La suerte de los vínculos. III
Publicado: diciembre 31, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
Estimar la rentabilidad anual de los diez vínculos obliga a especular con algunas cifras supuestas.
Don Diego Luis ingresaría por la tenencia directa de las tierras de secano, tal como era regular en las casas de quienes preferentemente se dedicaban a labores. Si aceptamos literalmente su registro, según el cual cada dos años se obtenía una cosecha completa de trigo, y suponemos que como labrador activo no las cedía, las 449 ½ fanegas, calculando a partir de un rendimiento de 8 fanegas de producto por cada una de superficie, dado que se trata de tierras en las que domina la baja calidad, darían 1.798 fanegas de producto anual. A un precio de 15 reales la fanega, le proporcionarían 26.970 reales al año. Tal sería el resultado sin tener en cuenta otros productos. A poco que el sistema de cultivos y aprovechamientos fuera algo más complejo que el simple que toma en cuenta el registro, o que la familia tomara otras tierras para labor en arrendamiento, se incrementaría.
Los cortinales, dedicados al cultivo permanente de la cebada, suman 6 ¼ fanegas de superficie. Considerando un rendimiento de 12 fanegas por unidad de superficie, el producto anual alcanzaría las 75 fanegas de capacidad, que a un precio de 8 reales cada una proporcionarían un ingreso de 600 reales.
Para estimar la rentabilidad de los olivares podemos tomar como referencia la capacidad de los almacenes habilitados en los molinos. Sumados los productos estimados para cada uno de los dos de la casa, su valor nominal serían 60.000 reales.
Para las casas tendremos que aceptar la utilidad estimada por el registro de la Única, 2.041 reales en total, dado que no tenemos dimensiones de ninguna, ni por tanto podemos deducir a partir de un precio para el que sea de los módulos indicativos del valor de un edificio urbano. Del crédito que en este sentido hay que concederle a las utilidades se puede juzgar por lo que se deduce de la comparación entre las registradas y el producto estimado para los molinos. Mientras que, según hemos aceptado, 60.000 reales es una expresión correcta de su producto anual, la utilidad que el registro fiscal les adjudica es 2.400.
Es probable que sea una estimación del producto por debajo de lo que realmente se pudiera ingresar explotándolas. Pero si tenemos en cuenta que no sería acertado adjudicar a la utilidad de las casas el 5 % que aproximadamente representa la de los molinos en relación a su producto, y que la que cotiza más, con diferencia, es la residencia de primera orden en la que vive don Diego Luis, es posible que la utilidad acumulada de todo el patrimonio inmobiliario urbano sea una cifra moderadamente representativa de lo que se podía obtener cada año por la cesión de los demás edificios.
Los juros anualmente rentaban 1.060 reales, y los censos a favor, 323 reales 13 maravedíes. Por el contrario, los gravámenes restaban 768 reales 15 maravedíes. De modo que si el total de los ingresos puede estimarse en 90.994 reales 13 maravedíes, el balance bruto sería 90.225 reales 32 maravedíes.
Ninguno de los gastos de cualquiera de las explotaciones está deducido. Para estimarlos, aplicar una tasa de beneficio a los ingresos no arreglaría demasiado las cosas, pero como tentativa se puede aceptar que para las economías agropecuarias de la época el gasto anual equivalía a la mitad del ingreso bruto. Luego el ingreso neto anual que don Diego Luis obtuviera cada año tal vez se aproximara a los 45.000 reales.
El oficio de regidor, bien exclusivo entre los de todos los vínculos, los redactores de los registros, sin que se sintieran obligados a dar una explicación, lo consideraron sin utilidad fiscal, a pesar de que a su titular le valía el privilegio gubernativo. No es solo que el ejercicio de una regiduría podía proporcionar ingresos, aunque solo fueran los relacionados con las ayudas de costa que complementaban cualquiera de las diputaciones a las que un regidor se podía ver obligado. Es sobre todo que la regiduría permitía tomar decisiones cuyo efecto podía ser lucrativo para las empresas familiares.
Si el vínculo de don Pedro de Rueda era el baluarte del poder político de la familia, el que fundara Diego de Rueda, quizás anterior, a los descendientes de la familia le permitiría afianzarse como labradores por tiempo indefinido. No hay que dar por supuesta la precedencia. La adquisición del título de regidor pudo ser el vehículo que llevara a la familia a su destino agropecuario, aunque también pudo ser que la ganancia fuera el tesoro que permitió comprar aquella posición. Pero lo cierto es que si un fundador no tiene tratamiento y el otro sí es posible que Diego de Rueda fuera anterior en el tiempo.
La clave del ascenso del linaje pudo ser la economía del aceite. La acumulación de parcelas de olivar, que se podían adquirir a costos muy bajos cuando la expansión de su cultivo fue alentada por la apertura de nuevos mercados, pudo recomendar invertir el primer beneficio en molinos. Era compatible con la condición campesina básica, la que se concentraba en el cultivo de las tierras de cereales por cesión.
Más adelante, tomara o no la familia tierras de labor en arrendamiento, sus 449 ½ fanegas de tierra de secano en La Cascajosa le asegurarían una posición dominante en la producción de los cereales. Cualquiera de las características de aquellas tierras, tal como las describe el registro, no tiene más valor que el convencional, salvo una.
Como se podía esperar, la fracción menor de aquellas tierras se clasifica como tierra de primera calidad, y la mayor, con mucha diferencia, como de tercera. Tampoco descubre nada que se describan como tierras de secano que producen con un año de descanso. Si lo primero es poco más que una alusión a que se dedican a la producción de trigo y que son el centro de toda una trama de iniciativas agropecuarias, lo segundo solo refleja, de manera muy grosera, la organización del trabajo de aquellas complejas explotaciones.
Pero la localización en la zona conocida como La Cascajosa sí pone al descubierto la posición que durante la época moderna pudieron conquistar las familias de campesinos enriquecidas gracias a la especulación con el trigo. La Cascajosa, un área al norte de la población, durante siglos se habría mantenido como baldío de aprovechamiento comunal. No era tanto este estatuto el que garantizaba su perpetuación en aquel estado cuanto la calidad de sus tierras, por debajo de las que se habían consolidado como áreas reservadas a la producción en masa de los cereales. Estas las habían monopolizado los agraciados por la infeudación de plena edad media (órdenes militares, cabildo catedralicio, conventos, fábricas parroquiales, hospitales, corporaciones de beneficiados) directamente o por transmisión. A ellas había que acudir, de ellas las tomaban en arrendamiento los campesinos más capaces para ponerlas a producir cada año. Los Rueda pudieron ser parte de ese grupo.
La Cascajosa, en más de una ocasión, había sido arbitrada por el municipio para hacer frente a necesidades públicas. Su condición de tierra adehesada le daba ventajas cuando se creía necesario hacerla concurrir al mercado inmobiliario. Se podía vender bien a precios razonables. Solo que se ofertaba en cantidades tan altas que solo las instituciones con más capacidad financiera podían concurrir con una iniciativa de compra, lo que reforzaba aún más la posición dominante de las instituciones que ya la disfrutaban.
Los Rueda pudieron aprovechar simultáneamente las condiciones de aquellas tierras, en un momento en el que su ahorro hubiera alcanzado un volumen importante, con el puesto que habían conquistado en el gobierno de la población, el regimiento, encargado de arbitrar las tierras del municipio. Así, conseguirían consolidarse como una familia enriquecida que se había abierto un hueco entre los aristocráticos titulares de la infeudación, núcleo del régimen monárquico moderno, y la masa de campesinos que pugnaba cada año por salir adelante.
Era el germen de un nuevo y sólido grupo que convencionalmente se ha venido llamando burguesía agraria. Tal vez sea preferible llamarlo de los labradores. La primera denominación da idea de bienestar urbano y estabilidad, y la otra, porque incluye una referencia a la renovación anual de la condición empresarial, expresa con más precisión el permanente flujo de un grupo en el que los éxitos especulativos son la única garantía de la continuidad, y cuya única conquista a favor de la estabilidad son justamente las inmovilizaciones de bienes, emulación de la seguridad jurídica de la que gozan los grandes patrimonios procedentes de la infeudación medieval.
Gracias a los vínculos, esta familia fue abandonando la inseguridad del campesino alodial, de la que apenas le quedan algunos rasgos (unos pocos olivares y una huerta), que ni siquiera tienen que ser originales pero que pueden servir para evocar unas raíces. La obsesiva insistencia en acumular los vínculos es el signo de su emancipación. La enorme distancia entre la propiedad libre de bienes y el patrimonio vinculado es una buena medida del papel que se le atribuyó a la inmovilización de bienes en la consolidación de la preeminencia que los labradores iban conquistando.
La innovación atajó en dirección al retroceso. La inmovilización o amortización de bienes fue ideada para perpetuar la posición dominante de quienes se habían beneficiado de la infeudación, muro que se atravesaba en las aspiraciones de los labradores, quienes se veían obligados a compartir con aquellos la renta que obtenían del aprovechamiento de los bienes inmovilizados por las instituciones más poderosas. De no haber tenido que renunciar a esa parte de la renta que ingresaban, su posición hubiera sido más sólida, mayores sus aspiraciones.
Que tuvieran necesidad de endeudarse cuando adquirieron las tierras sería un hecho concordante con la condición campesina de partida. Para poner en cultivo las tierras adquiridas, agotado el ahorro, al principio les sería necesario recurrir al crédito. Y la adquisición de juros, la prueba del éxito instantáneo que podía obtener la empresa de cereales consolidada desde la condición de labrador, o de toda la iniciativa agropecuaria de la casa, de la que la producción de aceite era una parte primordial. Parte de la posibilidad tuvo que proporcionarla la regiduría. La adquisición de juros no estaba al alcance del común y estaba mediatizada por los municipios. Proclamaría la fortuna de la familia, cuando ya disponía de tratamiento y sus negocios fueran bien, por ejemplo como consecuencia de beneficios extraordinarios obtenidos en momentos cruciales.
La devoción a la imagen de Nuestra Señora de Belén en la iglesia mayor estaría relacionada con su representación pública. El interés por manifestar su preeminencia en el espacio del primer templo de la población lo perpetuaba la bóveda de la familia, que estaba localizada en medio de él. En el origen del interés por adquirir bienes destinados a la representación de la familia (casas de primer orden, casas balcón, memorias en la iglesia mayor, panteón) estaba el ejercicio público de la regiduría.
La suerte de los vínculos. II
Publicado: diciembre 31, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
De los cinco vínculos restantes, dos provienen de los Sotomayor, el instituido por Juan Gutiérrez de Sotomayor y el fundado por don García de Sotomayor y doña Beatriz Castellanos.
Sobre la conexión entre los Sotomayor y los Rueda, en las referencias del protocolo encontramos que entre los hijos que en 1556 reconoce como suyos Francisca de Rueda también está Guillerma Méndez de Sotomayor. Luego las relaciones con los Sotomayor también debieron ser anteriores a 1556, lo que confirma una referencia a este linaje algo anterior, de 1551, cuando Leonor Méndez de Sotomayor hizo su testamento. El nexo reaparece en 1561 en el de Pedro de Sotomayor, quien se declara hijo de Luis de Rueda y a su vez reconoce como uno de sus hijos a otro Luis de Rueda.
De 1582 es una noticia que descubre los lazos entre los Sotomayor y los Mendoza, que redundaría en la que ya conocemos sobre la relación entre los Rueda y los Mendoza. Florentina de Sotomayor, una vez difuntos sus padres, legó a su prima doña María de Mendoza lo que pudiera sobrar de la liquidación de sus obligaciones hereditarias, con el encargo de comprar un pedazo de olivar para que lo heredara Mayor de Camargo, tía de Florentina, a quien ya había designado su albacea. Dejó prevista la sucesión alternativa, para cuando fuera necesario, a favor de Inés Méndez de Sotomayor, también su tía, monja profesa en un convento, Diego de Armijo y ese mismo convento. Cualquiera de los herederos tendría la obligación de decir cada año, en la iglesia de Santiago, una misa cantada a la Encarnación y otra rezada el día de Santiago. Así, la obra inmovilizadora se reforzaba con una memoria, y el camino trazado pretendería asegurarse la perpetuidad conduciendo hasta un convento, institución más estable que las familiares.
De la insistencia de los Sotomayor en transmitir bienes por la vía conventual femenina, y por extensión del valor que actuar así tuviera para las familias patricias, también habla que en 1596 doña Leonor Méndez de Sotomayor, mujer de Sancho Verdugo Barba, testara a favor de cinco hijos, de los cuales tres eran el doctor Alonso Barba de Sotomayor, doña Isabel Barba, monja novicia en un convento, y fray Antonio Barba. Aquella pauta marcaría secularmente el comportamiento de la familia cuando se tratara de solventar sus necesidades hereditarias. Ya en 1669, Suero Méndez de Sotomayor dejó como su única heredera a la hija natural que reconoció, doña Gracia de Sotomayor, que también había profesado en un convento.
De la posible mediación de los Gutiérrez en el enlace entre Sotomayor y Rueda no es mucho lo que se puede admitir con alguna certeza. Un apellido tan poco marcado se dispersa en un mundo de relaciones que son por necesidad abiertas.
Hacia 1750 el vínculo fundado por Juan Gutiérrez de Sotomayor solo ingresa anualmente 231 reales, que equivalen a un 77 % de los de los 297 que correspondían a un préstamo que parece reciente, de 9.900 reales o 900 ducados al 3 % regular. Lo pagaba don Pedro Fernández Galindo, un vecino de una población cercana, quien lo había cargado sobre una casa que tenía en la población donde vivían los Rueda. Esta propiedad pudo facilitar que el demandante acudiera a ellos para financiarse.
Aquella fracción de los réditos era el resultado de un arreglo para la circulación de la renta entre los vínculos de la casa. El total de los intereses anuales, los 297 reales, en el registro está adjudicado a otro de los que terminaron bajo control de don Diego Luis, el fundado por don Luis de Consuegra, que los ingresaba por vía de censo. La conexión personal entre dos vínculos habría operado para la transferencia de un ingreso. Parece el intento desesperado de perpetuar el fundado por Juan Gutiérrez de Sotomayor. Su estado podríamos aceptarlo como una instantánea de la fase agónica de las instituciones de esta clase.
Ya vimos cómo los Castellanos pudieron mediar para la conexión de los Rueda con los Saavedra. Pero el entronque directo de los Rueda con el linaje de los Castellanos, y su posible mediación en el curso de los vínculos que terminaron en poder de don Diego Luis, más su incidencia en la preservación de una parte, había tenido posibilidades desde bastante antes. Eran un conglomerado familiar de los que primero se perfiló como un linaje diferenciado en donde vivían. En 1505 ya estaban inmovilizando bienes ateniéndose a la fórmula que con el tiempo resultaría la más frecuentada por las familias rurales, la que hacía compatibles la devoción y el resguardo de una parte de su patrimonio. Andrés Martín Castellanos, por su testamento, aquel año fundó una capellanía en uno de los templos de la población, para cuyo disfrute se decidió a favor de una línea con la que ya habrían entroncado, los Romero, con la que estaría conectado a través de una de las ramas paternas, a la que llamó en primer lugar para que se hiciera cargo de la obra piadosa.
Sin embargo, parece una etapa más precisa de aquellas relaciones que doña Isabel de Rueda, cuando se casó, probablemente en el último cuarto del siglo XVII, llevara como dote un vínculo fundado por don Juan de Vilches Castellanos en 1611, dotado con un olivar de 45 aranzadas y ¾ de un molino. Siguiéndole la pista, se averigua algo sobre la conservación del patrimonio de los vínculos que no carece de interés. En 1702, la doña Isabel de Rueda que había llevado como dote el vínculo fundado en 1611, ya viuda, vendió a un tal Andrés Domínguez 3 aranzadas 10 pies de olivar. No tenemos certeza de que se tratara de una parte de las 45 aranzadas originales de la fundación. De ser así, contravendría el principio inmovilizador, lo que por otra parte no debe sorprender. Sería tolerado, siempre que se contara con la cobertura legal adecuada, cuando la necesidad obligara. Para lo que nos hemos propuesto, eso ayuda a explicar por qué para mediados del siglo XVIII podemos creer que ante nosotros se están sucediendo instantáneas de diferentes estados los vínculos.
El fundado por don García de Sotomayor y doña Beatriz Castellanos solo conservaba como bienes 21 ½ aranzadas de olivar en producción, de primera calidad. Podríamos aceptar que fuera creado con solo estos bienes. Comparado con la composición habitual de los vínculos, tal como aparecen en los registros, más bien parece el resto de una fundación antigua que ha conseguido mantenerse sobre un patrimonio relativamente estable.
De los tres vínculos cuyo estado aún debemos analizar, dos procedían del mismo linaje, uno fundado por don Luis de Consuegra y el otro por doña Juana de Consuegra. Aunque no sabemos cómo se vincularon con los Rueda, según nuestras referencias los Consuegra ya estaban tendiendo puentes con otras familias en 1587, cuando Bartolomé Jiménez de Consuegra otorgó una carta de dote. Es posible por tanto que la relación con los Rueda sea posterior a 1587.
De lo que decidiera don Luis de Consuegra a favor de su vínculo permanecía bajo control de este instituto un olivar de 15 ¾ aranzadas de primera, en producción plena, en dos parcelas distintas. También mantenía un molino propio con una ventaja, que estaba localizado en la población, en el área surgida al calor de los que desde antiguo habían preferido radicarse más allá perímetro urbano bajo la jurisdicción plena del municipio. Pudo atraer el producto de pequeños cultivadores gracias a la confluencia de los movimientos. Pero debía cargar con el inconveniente de que el espacio del que podía disponer, urbano, más competido, limitaría sus dimensiones. Su almacén era de solo 1.000 arrobas.
A razón de 12 reales cada una, darían como consecuencia un producto máximo de 12.000 reales en expresión nominal. Sin embargo, si la rentabilidad estuviera relacionada con el servicio que pudiera proporcionar a los pequeños explotadores de olivares, los ingresos que obtuviera por las maquilas superarían los que se ganaran por la venta de un producto, que por otra parte, en ese supuesto, no serían íntegros del poseedor del molino. La acción enfrentada de los dos factores da como resultado una utilidad estimada por los agentes fiscales en 1.200 reales, idéntica a la de otros molinos de mayor capacidad localizados en sus respectivas explotaciones.
Ingresaba además, por vía de censo, la renta anual de 297 reales a la que ya nos hemos referido. Las rentas proporcionadas por el molino, primer bien del vínculo, serían lo bastante sólidas como generar excedentes con capacidad para ser capitalizados por el procedimiento financiero.
Pesaban sobre el vínculo dos memorias. Una, de 29 reales, a favor de la fábrica de la iglesia mayor, que cargaba sobre el molino, podría corresponder a 725 reales al 4 % o a 580 al 5. La otra, de 12 reales, a favor de don Juan Caro, un beneficiado de una de las parroquias de la población, sobre 5 ¾ de las aranzadas de olivar, podría ser la consecuencia de un crédito de 400 reales al 3 %; aunque también pudieron ser 300 al 4 o 240 al 5.
Su estado puede ser una manifestación de la vitalidad de un vínculo nada ambicioso pero fundado sobre un patrimonio sólido. El molino, dadas sus características, pudo ser agregado al vínculo en algún momento posterior a su fundación, para lo que no había ningún obstáculo legal. Los patrimonios inmovilizados, así como no podían disminuir, podían incrementarse cuanto se quisiera.
Del vínculo que había fundado doña Juana de Consuegra su único bien superviviente era un cortinal de 1 fanega de tercera de secano, que producía ininterrumpidamente cebada, en las inmediaciones de la población. No hay que excluir que un vínculo fuera dotado solo con un bien tan corto. La distancia entre las pretensiones del fundador y su inversión en el proyecto dejaría en evidencia unas aspiraciones extemporáneas. Más bien parece otro vínculo que agoniza. Habría ido agotando sus bienes a consecuencia de las adversidades que sobre él descargaran las circunstancias de su uso con fines rentables, un propósito al que todas las inmovilizaciones estaban obligadas.
Del último vínculo que hay que mencionar, el fundado por Beatriz de Santa Ana, de cuyas relaciones con los Rueda no disponemos de indicio alguno, solo podemos decir que poseía una casa en la población, de la que se puede pensar que fue una casa notable; que su olivar se reducía a una parcela de 7 aranzadas en plena producción; y que cobraba dos censos, cargados sobre una misma casa en la zona exterior de la población, pagados por dos hombres del común. Juan García, liquidaba cada años 19 reales 27 maravedíes, que equivalen a 673 maravedíes, y José Barrera, 6 reales 20 maravedíes, o 224 maravedíes.
Todo indica que se trataba de los réditos un crédito antiguo, denominado en maravedíes, cargado sobre una casa en cuya propiedad se habrían sucedido herederos de varias generaciones. Dividida entre ellos, unos y otros debían hacer frente a la carga que sobre la casa pesara en la misma proporción en la que cada una de las dos partes fuera su dueña. A mediados del siglo XVIII, unos dos tercios serían de Juan García, y sobre un tercio, de José Barrera. Los 897 maravedíes de los réditos corresponderían a un préstamo de 29.900 al 3 %, 22.425 al 4 o 17.940 al 5. Son demasiadas posibilidades, pero para cualquiera de ellas solo resulta viable la denominación en maravedíes; ninguna correspondería a otra en reales, lo que redunda en la antigüedad del crédito. Parecen los restos supervivientes de un vínculo en trance de agotamiento.
La suerte de los vínculos. I
Publicado: diciembre 23, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
El patrimonio personal de don Diego Luis de Rueda Barrientos, patricio de 1750, se reducía a unos pocos olivares y una huerta. Los olivares más valiosos eran tres parcelas localizadas en el pago de Vadillo. Podemos suponerlas contiguas y piezas de una explotación que estaba expandiéndose. Tenía otra más que se había plantado poco antes y solo producía a un tercio de su capacidad. De ella no se registró su localización. De estar en Vadillo, aun así la explotación de olivar de don Diego Luis apenas rozaría las 20 aranzadas de superficie. La huerta tenía solo media fanega. Producía hortaliza y el fruto de unos 100 árboles, la mitad de los cuales eran naranjos. Un pobre patrimonio, para tratarse de un patricio.
Pero se daba la feliz circunstancia de que don Diego, además, disfrutaba de nada menos que diez vínculos, instituciones civiles destinadas a inmovilizar una parte de los bienes de las familias con el fin de asegurarles su posesión para siempre jamás. Don Diego, como poseedor transitorio de ellos, no podía disponer libremente de propiedades que cargaban con una obligación tan rigurosa. Debía transmitirlos tal como los hubiera recibido, ateniéndose al régimen sucesorio decidido por el fundador de cada uno de ellos. Pero su disfrute, salvo previsión excepcional a iniciativa de los fundadores, sería vitalicio. Por lo que se refería a la percepción de sus rentas, equivalían a la plena propiedad sobre sus olivares y su huerta. Tanta fortuna solo pudo ser la consecuencia de una política de alianzas familiares que se iniciaría en el siglo XV.
No hay razones para dudar de que don Diego se atuviera con rigor a lo regulado sobre el régimen de gestión y transmisión de aquellos diez impasibles derechos. Pero, por más que el espíritu estrictamente conservador inspirase a los fundadores, sería inevitable que el azar de los negocios, al que tendrían que enfrentarse bienes tan celosamente atesorados, se cruzara en su discurrir a lo largo de los siglos. No es que algunos de quienes los hubieran disfrutado se extralimitaran en su gestión, más allá de lo que estuviera permitido. Es que los recursos pudieron agotarse. Todos los bienes no tenían la misma capacidad de realizar sus rentas, y cualquiera estaba expuesto a consumirse. Cada cual llegaría a manos de don Diego en un estado diferente, entre otras razones porque no habrían sido fundados a la vez. El examen de sus respectivos patrimonios a mediados del siglo XVIII puede servir para observar la suerte de los vínculos. Sin prejuzgar sobre la trayectoria de cada uno, por sus análisis también podemos valorar las respectivas fortalezas y los planes económicos de una extraordinaria acumulación urdida por una familia.
Cinco de los diez vínculos habían sido creados por antepasados de la familia Rueda. Don Diego los habría recibido celando generaciones la consanguinidad y la línea seleccionada. Para ellos, el objetivo previsto se habría cubierto a plena satisfacción. En 1750 seguían en sus manos.
Al margen de los cantos a las glorias del linaje, que eran objeto de comercio, el testimonio más antiguo que tenemos de ella se remonta a 1556, cuando Francisca de Rueda otorgó su testamento. Cualquiera de los cinco vínculos pudo tener su origen a partir de ese momento. Sobre el principio y la transmisión de tres, los fundados a iniciativa de Diego de Rueda, Beatriz de Rueda y don Hernando de Rueda podemos decir que habrían cumplido las previsiones sucesorias, aunque no todos de la misma manera.
Diego de Rueda dotó al que fundara con 449 ½ fanegas de tierra de secano, localizadas en un lugar llamado La Cascajosa, que se dedicaban a la producción de cereales. El resto de su patrimonio sería insignificante, comparado con el que le daba sentido. Le adjudicó un par de parcelas de olivar en plena producción en lugares próximos a donde vivía, una con 1 ½ aranzadas y otra con 2. También le adscribió un par de cortinales, parcelas de escasa extensión, localizadas en las inmediaciones de la ciudad, dedicadas a la producción ininterrumpida de cebada en régimen de secano. El mayor era notable dentro de los de esta clase. Tenía 1 ½ fanegas de extensión. El otro solo tenía un celemín o doceavo de fanega. Es posible que Diego de Rueda se interesara por el transporte, o que rentabilizara la dedicación de otros a esta actividad.
Pero con el tiempo se habían cargado algunas obligaciones sobre aquel patrimonio. Debía pagar una memoria de 2 reales 32 maravedíes a favor de la fábrica de la iglesia mayor, que hipotecaban 344 ½ fanegas de las 449 ½ de tierra para cereales. Hay que recordar que el encargo de misas anuales, objeto común de las memorias, podía encubrir un crédito. Bastaba que el precio de las misas, que podían ser solo nominales, equivaliera al tipo de interés aplicado a la cantidad de dinero que prestara una institución con sacerdotes, necesarios para justificar el encargo de las misas, en cuyo caso la memoria sería impropia.
El cargo de 2 reales 32 maravedíes se ajusta bien a un crédito denominado en maravedíes porque también se podría enunciar como 100 maravedíes. De donde el montante del principal prestado podría estar comprendido entre 2.000 y 2.500 maravedíes al 5 o al 4 %. La denominación en aquella unidad monetaria permite sospechar además que el crédito habría tenido su origen en tiempos remotos, tanto más cuanto que los tipos 4 o 5 son tan posibles como por ejemplo un 8 que hubiera puesto precio a un préstamo de 1.250 maravedíes.
No son en absoluto inverosímiles ni el tipo de interés más alto, que sería anterior a la regulación moderna, o simplemente contratado al margen del mercado legal en una época en la que no se encontrase dinero barato, ni la cantidad de dinero prestada. Dado además que la memoria cargaría sobre las tierras vinculadas, la adquisición de estas pudo remontarse a tiempos anteriores al siglo XVI, cuando a quien las hubiera hecho suyas pudo serle necesario endeudarse.
La instantánea de todo este patrimonio inmovilizado en 1750 parece la de un vínculo que en 1750 se conservara en un estado próximo al original.
El que fundara Beatriz de Rueda, a la altura de 1750 solo posee 18 ½ aranzadas de olivar de primera, en plena producción, que además están cargadas con cuatro gravámenes, dos de los cuales se declaran expresamente memorias. Una, de 15 ½ reales a favor de Manuel de Villasante, beneficiado de una de las parroquias de la población, cuadra con un principal de 310 reales al 5 %, y la otra, de 12 reales a favor de don Félix de Amaral, cura de la iglesia mayor de la población, pudo corresponder a un principal de 400 reales al 3 %, 300 al 4 o 240 al 5. El tipo más bajo nos llevaría a un medio financiero reciente, de la primera mitad del siglo XVIII, mientras que los más altos, a tiempos anteriores, el 5 % con más probabilidad al primer tercio del siglo XVII.
De los otros dos gravámenes no se especifica su clase. El de 120 reales, equivalentes a 10 arrobas de aceite, a favor de la lámpara del Santísimo Sacramento de un convento, paradójicamente tiene todo el aspecto de una memoria justificada por una devoción, salvo que encubra un suministro al convento para su consumo. Aunque las dos posibilidades serían compatibles. Pero los 100 reales, a favor de la fábrica de una de las parroquias de una población próxima a la residencia de la fundadora, deben ser los réditos de un préstamo de 2.500 reales al 4 % o de 2.000 al 5.
El deterioro al que ha llegado el vínculo se aprecia por la cantidad de cargas que soporta un patrimonio limitado. La seguridad que proporcionaba poseer un vínculo a muchos llevaba a confiar su rentabilidad, cuando ya no era posible recurrir a otros medios de ingresar dinero a partir de sus bienes, a cargar créditos sobre ellos. Alguno de los poseedores anteriores del que fundara Beatriz de Rueda se habría endeudado tanto que pudo verse en la necesidad de aceptar préstamos paralegales a un interés alto.
Los bienes del vínculo que creara don Hernando de Rueda se limitaban a mediados del siglo XVIII a dos juros, títulos de la deuda de la corona, cargados sobre las alcabalas de la población. Anualmente rentaban 1.060 reales.
El tipo de interés al que se ofertaban los juros fue oscilante. Había épocas en los que podían cotizar, según las necesidades y la disponibilidad de los medios de pago o situado, tanto a un 7,14 % como a un 2,5. Pero sería la edad de los juros, que habían circulado desde la edad media, la que determinaría su rentabilidad. Tentativamente, y si no se tienen en cuenta las desviaciones que podía provocar el mercado secundario, se puede estimar que para adquirir aquellos dos juros se habrían invertido 21.200 reales, si el interés que por ellos se estuviera pagando hacia 1750 fuera el 5 %, entonces regular.
En el momento de la fundación, cuando coincidirían el capital disponible de la familia y la oportunidad de invertir en la deuda pública, dotando de aquel modo un vínculo pudo pretenderse el blindaje de una cantidad de dinero. También pudo ocurrir que alguno de los poseedores precedentes hubiera liquidado los bienes del vínculo que no fueran financieros y el capital obtenido lo hubiera invertido en las deudas de la corona. No contravendría la inmovilización y podría mejorar su rentabilidad. Un comportamiento conservador haría más probable la primera posibilidad. El estado del vínculo, en ese caso no habría sufrido ningún cambio desde su origen gracias a la confianza depositada en la inversión.
Los otros dos vínculos descendientes de la familia Rueda, el fundado por don Pedro de Rueda y Mendoza y doña Marina de Saavedra, y el que fuera iniciativa de don Diego Luis de Rueda y Mendoza y doña Mariana de Porres, pudieron conectar con otros patrimonios por la vía matrimonial.
En parte, los esponsales pudieron ser anteriores a 1556. Entre los hijos de Francisca de Rueda que constan en su testamento aparece María de Mendoza. Por tanto, las relaciones de los Rueda con los Mendoza tuvieron que precederlo. Pero solo podemos añadir que esta hija de Francisca de Rueda hizo el suyo el mismo año que su madre.
La conexión de los Rueda con los Saavedra llegaría a través de los Castellanos, con los que también enlazaron, si bien, para conjeturarlo, apenas disponemos de una referencia. En 1561 doña Isabel de la Cerda Saavedra se mandó enterrar en Santa Lucía, un templo de la capital, donde estaba sepultado su padre, Fernando Arias de Saavedra. En aquel momento doña Isabel era la mujer del regidor Juan Castellanos. En cuanto a las posibles relaciones entre los Rueda y los Porres, carecemos de testimonio que las verifique.
Don Pedro de Rueda y Mendoza y doña Marina de Saavedra habrían dotado su vínculo con dos casas, una de primer rango, frente a la iglesia mayor, y otra, que se presenta como casas balcón, localizada en la plaza mayor, sin demasiado espacio habitable, reservada para la comparecencia de la familia en los actos públicos.
Le habrían conferido además 6 parcelas de olivar en plena producción localizadas en Vadillo, que acumulaban un total de 71 1/6 aranzadas. Esta parte tan notable del vínculo complementaría las casi 20 aranzadas que en 1750 poseía don Diego Luis en el mismo sitio a título personal, tanto que la inversión en estas pudo ser solo una pieza de un plan de expansión de la misma empresa. Su potencia todavía se incrementó con un molino en aquel mismo pago, cuyo almacén tenía una capacidad de 4.000 arrobas. Formaba parte de un edificio que también contaba con casería con cuarto de vivienda. Calculando a razón de 12 reales por cada arroba de aceite, como el mismo registro acepta más adelante, el ingreso bruto que el aceite almacenable podía reportar al vínculo podría alcanzar los 48.000 reales por campaña.
También pertenecían a este vínculo otra parcela de olivar en plena producción de 8 1/3 aranzadas, en La Platera, y dos parcelas en El Saladillo que sumaban 8 ½ aranzadas, casi todas asimismo produciendo a pleno rendimiento. Y todavía le correspondían 3 ¼ fanegas de superficie destinadas a plantar olivos.
Como cargas, el vínculo declara cuatro memorias, dos de las cuales parecen consecuencia inmediata de las devociones familiares. Una imagen de Nuestra Señora de Belén, que recibía culto en la iglesia mayor, sería su objeto. Para la celebración de la fiesta que la conmemoraba destinaron cada año 259 reales, que recaían sobre una de las parcelas de olivar, y para la lámpara que iluminaba la imagen, 6 arrobas de aceite, que equivalían a 72 reales, a razón de 12 reales cada arroba.
Las otras dos cargas, porque carecen de la misma especificación piadosa, podrían ser memorias impropias. En tal caso, los 6 reales que se pagaban a la fábrica de la iglesia mayor, que recaían sobre la casa frente a ella, podrían corresponder a un crédito de entre 120 y 200 reales a tipos comprendidos entre el 3 y el 5 %, y los 100 reales para el convento de San Francisco, que cargaban la misma casa, a otro entre 2.000 y 2.500 a tipos del 5 o 4 %.
Por último, aquel vínculo era titular de un oficio de regidor. La parte destinada a asegurar la producción familiar de aceite sería un buen signo del estado óptimo de la preservación de los patrimonios a la que estaban destinadas estas instituciones. La regiduría además nos pondría sobre la pista de una iniciativa concentrada en la promoción y preservación de la grandeza de la familia.
El vínculo de don Diego Luis de Rueda y Mendoza y doña Mariana de Porres a mediados del siglo XVIII conservaba tres inmuebles en la población. Dos eran casas, y el tercero parece una cochera anexa a una de ellas. También tenía 7 ¼ aranzadas de olivar en pleno rendimiento en dos parcelas separadas, la mayor de ellas (5 ¼ aranzadas) en Vadillo. El cortinal del vínculo, que en régimen de secano se cultivaba ininterrumpidamente para producir cebada, tenía 2 ¾ fanegas de superficie.
Sobre la cochera estaba cargada una memoria de 28 reales al año a favor de la fábrica de la iglesia mayor, que corresponderían a 560 o 700 reales de principal al 5 o 4 %. Y sobre la parcela de 2 aranzadas de olivar pesaba otra memoria, de 12 reales, a favor de un vicebeneficiado de una de las parroquias de la población. La identidad del perceptor es tan expresa, tan al margen de una descripción que descubra la obligación de cumplir con una conmemoración, que en su caso parece más seguro que en otros que la memoria fuera impropia. De ser así, podría tratarse de un crédito de 400 reales al 3 %, si bien no se pueden excluir los 300 reales al 4 % ni los 240 al 5.
Bien se trató de un vínculo originalmente modesto, bien de uno antiguo que vio cómo sus bienes se iban reduciendo. Si la razón fuera la primera, quedaría al descubierto lo pretencioso de algunas iniciativas. Lo segundo lo confirmaría el patrimonio conservado.
Parea
Publicado: diciembre 17, 2021 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
En el promontorio Ténaro, en el extremo meridional de Laconia, cerca de la entrada al Hades había una fuente con propiedades únicas. Al asomarse a sus aguas, a pocas brazas de la superficie, se podían ver los puertos y las naves ancladas; todos los de Fenicia, de norte a sur, Alejandría, aún sin faro, los de Libia y las Sirtes, las radas de las Gadeira, el puerto de Menesteo con trirremes, pentecónteras y barcos de comercio y de pesca y gabarras de fondo plano, y sobre las dársenas más tranquilas, barcas con pescadores solitarios que empuñaban su arte mínima.
Camellos, elefantes, onagros nacidos en el desierto, gente de color semidesnuda, pálidos semitas solitarios, que con sus astucias alentaban la prosperidad de los negocios, estibadores cargados con ánforas y fardos, sus dueños, armadores y comerciantes, capitanes de fortuna, pilotos sin empleo les daban vida.
Nunca faltaron en el promontorio peregrinos dispuestos a experimentar el prodigio. Concurrían desde todas las latitudes, y nadie resultaba defraudado. Cuando antes sus ojos se repetía, fascinados bebían de las aguas de la fuente con la unción de un elegido, como los devotos de un lugar santo. Llevados por el transporte fuera del lugar y de su tiempo, pretendían que por sus venas fluyera el genio de la representación, para que, vueltos a sus patrias, quedara a su alcance lo que en silencio celaban sus vecinos.
Demetrio el remero calculó las posibilidades que para los habitantes del lugar tendría que algo tan inusual siguiera ocurriendo. Epámenes el piloto se asoció con Licurgo el comisionista, Lisias y Baquílides, y Adrasteo el tornero, con sus cuñados, prósperos ceramistas de vasos decorados, todos forzados al servicio por sus carencias.
En las casas de Leónidas, próximas al puerto, los que llegaban dispuestos a rendirse al misterio encontraban alojamiento. Los mesones de Epámenes y sus asociados les daban de comer, y las tiendas de Adrasteo les proporcionaban reproducciones de la fuente. Parea la hieródula se empleó como lavandera. Iba de una casa a otra, de las pilas a los mesones, de los mesones a las tiendas. Toda la población trabajaba para excitar la fiebre fabulosa, todos encontraron cómo sacarle partido.
Una madrugada, sobrecargada Parea de ropa para lavar, tuvo que recurrir a la fuente. Por la mañana, el prodigio había terminado. Ahora solo pescadores de aguas someras sobreviven en el lugar. Tristes sardinas, boquerones escuálidos, algunas pingües caballas, de ojos planos y lomos hinchados, los deleitan.
Un patricio
Publicado: diciembre 10, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
Don Juan Berrugo de Morales en 1750 era dueño de nueve casas enteras y otra en común con un pariente, don Antonio Luis Berrugo. La primera que declaró fue la que habitaba, que tenía una cochera. La sexta estaba equipada con una tahona, la instalación industrial autónoma para la fabricación del pan, y la séptima era solo una accesoria. Las casas estaban dispersas por la población donde vivía. La primera encuesta de la Única, de acuerdo con sus tablas, evaluó la renta anual de este patrimonio en 4.307 reales.
También tenía 46 parcelas de olivar que la misma encuesta clasifica con mucho discernimiento. Casi todas, hasta 42, se reconocen en plena producción (olivar hecho), pero las segrega en tres categorías (primera, segunda y tercera). La consecuencia es que la masa del cultivo queda cobijada por la mediocridad. Más de la mitad de las parcelas (23) son de segunda, mientras que el resto se lo reparten casi por mitad las otras dos categorías (11 de primera, 8 de tercera).
Las extensiones acumuladas por cada clase no pueden ocultar la preponderancia de la producción de calidad. Aunque la concentración de parcelas en la segunda da como resultado inevitable la proporción mayor de las extensiones (148 1/6 aranzadas), la de primera gana en alcance proporcional (74 2/3 aranzadas) a la vez que la de tercera queda reducida a poco (18 ¾ aranzadas). De las 4 parcelas restantes, una, con 11 ½ aranzadas, se declara de segunda y de olivar nuevo que por tanto solo produce a un tercio de su capacidad. Las otras tres son de olivar tan nuevo que ni siquiera producen, y por tanto no es necesario adjudicarlas a categoría alguna. Ocurre sin embargo que ocupan hasta 61 5/6 aranzadas.
Tanta discriminación solo tiene sentido contributivo. La denominación de las clases de parcela es una expresión inmediata del efecto de utilidad fiscal que de cada una se espera. Esforzarse por desplazar el patrimonio a las categorías menos gravables es conseguir un balance impositivo más bajo.
Los olivares, cuya renta fue evaluada en 19.804 reales, suman una extensión de 315 aranzadas. Pero parecen muy dispersos. Se mencionan hasta 26 pagos o parajes distintos para localizarlos (Adavaque, Albercón, Bañuelos, Bentanás, Doña María, El Alamillo, El Arrecife, El Cigüeñal, El Retamoso, El Romeral, El Saltillo, El Tesorillo, Fuente del Álamo, La Alamedilla, La Carvajala, La Florida, La Ladrillera, Las Zorreras, Matallana, Palmagallarda, Pantorrilla, Ronqueruela, Santiche, Senda de Blas, Usagre, Valsequillo). Es tanta la fragmentación de este patrimonio que ni la parcela tipo, de algo menos de 7 aranzadas (315/46 = 6,85), es capaz de reflejar la alta frecuencia de las que tienen menos de 5 aranzadas. Son habituales las 1, 2 o 3, e incluso las hay de menos de 1, y son extraordinarios valores como 14, 22 o 36, cualquiera de ellos singulares. Representa bien este paradójico estado la gama de extensiones de las tres parcelas de olivar nuevo improductivo: 0,5, 11 y 50 1/3 aranzadas, a su vez los valores extremos de toda la secuencia.
Sus rasgos como dueño de olivares, sin embargo, no tienen nada de extraordinario. Del análisis de cualquier otro propietario de unidades territoriales de este mismo tipo obtendríamos el mismo resultado. Las parcelas se localizaban en los parajes de radicación regular del cultivo, una zona relativamente concentrada, en parte próxima a la población y toda con buenas comunicaciones. Se competía por ellos desde antiguo, cuando debieron ser dedicados preferentemente a la vid, que aún se conservaba allí como cultivo endémico. El acceso a la posesión de estas parcelas estaba regulado por el municipio, y el derecho a demandarlas afectaba a cada vecino. La fragmentación del espacio útil era su consecuencia inevitable.
En una de las parcelas localizadas en La Florida había un molino de aceite. Su almacén tenía una capacidad de 2.500 arrobas, y su renta anual fue estimada en 1.200 reales. Por bajo que fuera el precio del aceite almacenado –supongamos 8 reales la arroba, que no estaría muy lejos de una cotización a la baja– el ingreso obtenido por las 2.500 arrobas que podía almacenar, 20.000 reales, quedaría muy por encima de la utilidad de aquella industria que aceptaban los tasadores de la Única, independientemente de cuál fuera su idea de utilidad; lo que da una buena medida del alcance que le sería consentido al proyecto de reforma contributiva, de antemano condenado al fracaso.
Un negocio de aquel volumen, aunque en parte saliera al paso del importante consumo de aceite de cualquier casa, solo tendría sentido con el horizonte de la comercialización, en su mayor parte de alcance colonial. Gracias a esa posibilidad, la inversión en el orden integral de la producción de aceite, desde el cultivo de la especie hasta su producción y decantación, se había convertido en una excelente inversión complementaria de las casas que dedicaban sus esfuerzos preferentes a la producción de cereales. La rentabilidad del negocio era segura y estable.
Como propiedad inmobiliaria, todavía declara unos pinares concentrados en dos parcelas de primera con una extensión de 5 aranzadas, cuya renta fue evaluada en 135 reales 11 maravedíes. Irrelevante para el patrimonio familiar, el cultivo estaba relacionado con la fabricación y mantenimiento de aperos y envases y la carpintería de ribera.
Su patrimonio ganadero es importante, tanto que solo disponiendo de tierras donde explotarlo podría mantenerlo. De ovino posee 1.500 cabezas que se clasifican solo como ovejas, sin más, una cifra sin duda estimativa, y 330 carneros. Para sus proyectos económicos sería el ganado que en aquel momento se llama de cría, el que es objeto directo de explotación para rentabilizar el producto que se le pueda extraer. Mientras que el de las ovejas se calcula a razón de 9 reales por cabeza, para los carneros no se calcula ninguno. Habrá que suponer que el destino de los machos era exclusivamente la reproducción de la manada, a diferencia de las hembras, que proporcionarían crías, leche y lana, los mismos bienes que la administración del diezmo, siempre atenta a cualquier producto agropecuario, recauda bajo el concepto genérico de corderos, queso y lana.
Los corderos, en las cabañas de cría, estaban destinados a la constante reposición de la manada. Del beneficio extraído al queso no tenemos muchas más noticias que las deducidas de la recaudación diezmal, que gravaría una actividad limitada al autoconsumo. La lana, más aún si era merina, bien cotizada en los mercados y producto de una especie que por otra parte no es la más rentable cuando se dedica al aprovechamiento lácteo, era el producto preferente al que aspiraba toda actividad concentrada en la cría de ovino.
Su ganado vacuno consiste en 100 vacas y 185 bueyes y becerros. También solo las vacas se estiman rentables, en este caso a razón de 30 reales cada una, mientras que bueyes y becerros carecen de utilidad para el registro. A las vacas se las consideraría útiles por su capacidad reproductiva, mientras que los machos castrados, presentes o futuros, destinados al trabajo, no se reconocerían rentables por sí mismos. La masa de energía que proporcionan solo sería una intermediara de un producto final. Incluso si no tuviéramos otro indicio, este sería suficiente para sostener que nuestro hombre tendría que emplearse en la explotación de la tierra para la producción de cereales.
El equino caballar suma 52 yeguas y solo 7 caballos, una proporción que puede valer como referencia del empleo de cada clase de ejemplares. Las yeguas se reservan para la maternidad y la trilla. Lo primero las hace también útiles desde el punto de vista contributivo. La encuesta cifra su rentabilidad en 2.600 reales al año. Lo otro redunda en la dedicación de nuestro patricio a la agricultura de los cereales. Los caballos, también inútiles bajo la consideración fiscal, serían padres o jacas para el transporte individual selecto y de recreo.
De equino mular solo tiene 5 ejemplares, clasificados indiferentemente como mulos, inútiles también para la estimación de las rentas. Mulos y mulas, híbridos estériles, solo pueden tener como destino complementar la fuerza de la que dispone para los trabajos agropecuarios.
El ganado asnal suma 20 jumentas y 11 jumentos, y solo las primeras rentan 400 reales según la encuesta. La alta proporción de hembras, que se destinan preferentemente a procrear, y los pocos machos, cuya dedicación regular es el transporte para distancias cortas, indican que aquellas pudieran tener responsabilidades en la natalidad de los mulos.
El porcino se estima en 90 hembras, cuyo producto se evalúa en 3.600 reales, y 200 puercos inútiles. En la declaración del producto de las hembras debe estar incluido todo el aprovechamiento cárnico de la descendencia, desde que disfruta de la primera crianza hasta el engorde definitivo.
El balance de la cabaña es 2.500 cabezas de todas las especies y 23.100 reales de utilidad total estimada. Enunciarlo es suficiente para reconocer que la fuente se limita a poner a nuestra disposición unas cifras que permitan hacerse una idea de las proporciones. Pueden tomarse como representativas del patrimonio ganadero de un labrador. Se interesa simultáneamente por el ganado de cría y el de trabajo y en las cantidades adecuadas a cada dedicación regular de cada especie.
Don Juan disponía también de buenos recursos financieros. Declara, por una parte, 8 censos, con los que su casa habría obtenido capitales por un total comprendido entre 49.600 y 58.675 reales. Por el que menos, paga 16 reales, que podrían corresponder a un préstamo de 320 reales de principal al 5 % o a 400 al 4. Está garantizado por todo su patrimonio y los réditos los percibe un convento de dominicos. Puede provenir de un tiempo anterior, previo a 1705, cuando los intereses fueron tasados al 3 %. También cabe la posibilidad de que fuera tomado después de aquella fecha y hubiera sido acordado a un interés por encima del legal, que sería tolerado, lo que es menos probable, dada la saturación de la oferta en los mercados del crédito censal.
Las mismas reservas podemos tener sobre un rédito de 20 reales anuales que gravan todo su patrimonio. Podrían corresponder a 400 al 5 % o a 500 al 4. Como acreedores constan unos herederos de otro patricio local. Los tipos de interés posibles también nos pondrían sobre la pista de un préstamo que tiene cierta edad, y la identidad de los perceptores de los réditos, que el préstamo entre iguales, sin ocultarse, circulaba. Una incursión como esta sería excepcional, dada la alta concurrencia a este mercado de las múltiples instituciones piadosas, dominantes en él, que compiten entre sí por la captación de acreditados.
Paga también como intereses anuales 29 y 3 reales que cargan simultáneamente dos de sus casas. Los 29 se ajustan a un principal de 580 o 725 que se hubieran tomado al 5 o al 4 %. Los 3, a otro de 100 comprado al 3. Los 29 se pagan a un hospital y los 3 a una corporación de beneficiados parroquiales. Podría tratarse de dos créditos acumulados, uno antiguo y otro reciente; el antiguo, también tomado antes de 1705, aunque igualmente puede ser posterior a 1705 y contratado a un interés por encima de la tasa.
Los 33 reales que cargan sobre una parcela de olivar en plena producción, de primera y con 3 aranzadas, y otra de segunda, de 6 1/6 aranzadas, cuyo acreedor es una cofradía, se corresponden con un capital de 1.100 reales o 100 ducados tomados al 3 % vigente a mediados del siglo XVIII. Lo mismo puede decirse de los 36 reales que cargan sobre todo el patrimonio y que percibe un patronato cuya finalidad no se hizo constar. Por este, según nuestra interpretación, le habrían sido prestados 1.200 reales a un 3 %.
Otros 66 reales, que gravaban todo el patrimonio, corresponderían a 2.200 reales o 200 ducados al mismo interés, y el titular del capital cedido habría sido un convento de clarisas, que en aquel momento percibe los intereses anuales. También 264 reales, de los que son acreedoras dos hermanas profesas en el mismo convento, y que gravan una parcela de olivar hecho de segunda, de 7 ¼ aranzadas, se atienen al nominal de 8.800 reales, equivalentes a 800 ducados, adquirido al precio tasado para los censos entonces.
Los 1.750 reales que gravan todo el patrimonio son la consecuencia de la operación financiera con más aspiraciones. Se deducirían de un principal de 35.000 reales si hubiera sido vendido al 5 %, o a 43.750 si el tipo hubiera sido el 4. Aun siendo, en cualquiera de los casos, una cantidad muy por encima de todas las demás (supone entre un 70 y un 75 % de todo el crédito), lo que realmente hace singular el caso es que el acreedor es una capellanía cuyo titular es don Fernando Berrugo Barba, hijo de nuestro patricio.
No es frecuente que quede al descubierto con tanta nitidez un plan financiero familiar. Si, como indican los tipos tentativos, pudiera tratarse de un crédito heredado, o vigente desde décadas atrás, la clave del plan habría sido colocar al hijo como titular de la capellanía. Pero en este caso resulta más convincente pensar que el crédito es reciente, se ha contratado a un precio superior al que rige en el mercado y que de esta manera se le aseguraba al hijo capellán la transferencia anual de 1.750 reales de la renta familiar. Mientras tanto, si la fundación fuera una obra de la familia, como era regular en las capellanías de iniciativa civil o gentilicias, la casa habría reciclado buena parte de las rentas de la institución para invertirlas en sus actividades.
También reconoce que paga 7 memorias, nominalmente oficios litúrgicos en conmemoración de los antepasados de una familia que habitualmente se resolvían con unas misas periódicas. Si tomamos como referencia, a partir de la cual analizarlas a título experimental, la posibilidad de que tan modestas transferencias de dinero puedan ocultar otra clase de créditos, se puede deducir cuáles podrían ser memorias en sentido recto y cuáles posibles memorias impropias.
Una limosna de 4 reales al año, cuyo pago debe garantizar la renta que proporcione otra de las casas, la percibe una corporación de beneficiados de una parroquia. Ateniéndonos al principio del que hemos decidido partir, podemos tomarla como un 5 %. En ese caso, la limosna se percibiría como los réditos de un capital de 80 reales. Si aceptamos que el tiempo es un 4 %, el capital sería 100. Lo mismo tendríamos que decir de otros 4 reales, que en este caso cargan sobre una parcela de olivar hecho de tercera que tiene solo ¾ de aranzada. Remuneran una memoria que está a cargo de otra corporación de beneficiados, los de la primera parroquia de la ciudad.
Los 5 reales que pesan sobre una parcela de olivar hecho, de segunda, con 6 1/3 aranzadas y pagaderos anualmente a un convento de franciscanos, corresponderían a 100 reales al 5 % o a 125 al 4. Sobre otra de las casas recae una memoria de 11 reales, equivalentes a 220 reales o 20 ducados al 5 % o 275 al 4, que cada año percibe una hermandad con sede en una parroquia. Los 13 ½ reales que recaen sobre una parcela de olivar hecho de tercera con 4 1/3 aranzadas, y que se pagan a un convento de carmelitas calzados, aunque podrían ser la consecuencia de haber prestado 270 reales al 5 %, se pueden admitir como el resultado de 450 reales cedidos al 3 % regular.
Ingresaba la corporación de los beneficiados de otra de las parroquias 16 reales por atender la memoria que cargaba sobre una parcela de olivar hecho de primera, de 3 1/3 aranzadas. De ser acertado lo que suponemos, corresponderían a 320 reales al 5 % o a 400 al 4. De 29 reales, de tratarse de réditos, ya hemos deducido que serían el 5 o el 4 % de 580 o 725 reales. Cargan sobre todo el patrimonio de la casa y los paga a la corporación de los beneficiados del primer templo parroquial de la población.
Todos los cálculos proporcionan cifras verosímiles como nominales de créditos, y en el más desfavorable de los casos, solo una limosna no se ajustaría a préstamos a un interés por encima de la tasa. Con estos resultados, se podría afirmar que la memoria impropia, en esta casa, tal vez estuviera encubriendo créditos cortos, los que circulan las cantidades menores de dinero, a un interés relativamente alto, tal como suele ocurrir cuando la necesidad de financiación es urgente. Los financieros idóneos en este caso serían los beneficiados parroquiales erigidos en corporación, insustituibles como proveedores de los oficios que pueden justificar el encargo de la memoria que les da cobertura legal. Cuando no se recurre a ellos, tampoco se sale del amparo del canon eclesiástico, capaz de proveer los presbíteros que avalen la conmemoración.
Cualquiera de los dos recursos financieros habla del pasado tanto como del presente. Los capitales tomados, tal como se deducen de los réditos que se registran, la encuesta elude identificarlos nominalmente. Pero se pueden deducir, con razonable precisión, a partir de los réditos que por cada uno paga. Todos serían invertidos en capitalizar cualquiera de las actividades de la casa, incluidas las no productivas, en el momento en el que fueron tomados.
Mientras no devolviera los principales, se trataría simplemente de seguir disfrutando el efecto económico del capital recibido en su momento. En la práctica, todos los créditos que habían sobrevivido hasta mediados del siglo XVIII eran indefinidos y redimibles. La inversión consumada bajo estas condiciones podemos estimarla comprendida entre 51.250 y 60.850 reales, a cambio de un costo anual de solo 2.299,5 reales al año, de los cuales al menos 1.750 revierten a la familia a través de la capellanía.
Por otra parte, gracias a que dispone de bienes suficientes que hipotecar, siempre se dirige a puertas de las que puede estar seguro que encontrará abiertas, entre bastantes más. Hospitales, corporaciones de beneficiados, capellanías, cofradías y hermandades, conventos, monjas profesas, siempre los había dispuestos a prestar con garantías hipotecarias a intereses bajos las rentas que ingresaban. Mientras no dedicasen una parte de sus esfuerzos piadosos a actividades productivas, las que por otra parte solían negarse con escrúpulos de disciplina eclesiástica, solo prestándolas podrían lucrarlas.
De los 9 capitales que no gravan todo el patrimonio, 6 los sostienen parcelas de olivar. Es cierto que el gravamen recaería sobre unos bienes o sobre todo el patrimonio por imposición del prestamista. Pero cuando quedara algún margen de discrecionalidad al deudor, la preferencia por un tipo de bienes está lo suficientemente definida. Así el papel reservado a los olivares gana profundidad. Las diminutas parcelas de olivar pudieron ser acaparadas, más que como un recurso destinado a la producción de aceite, como un medio fácil para ganar la posibilidad de endeudarse.
Por último, don Juan posee un oficio de regidor. No sabemos si fue usurpado por sus antepasados, si ganado a cambio de servicios a la corona, si comprado con posterioridad a quien antes lo hubiera obtenido. Pero desde que el régimen de los regidores se impusiera en el gobierno de los municipios, solo quienes disponen de este título tienen la plenitud de los derechos que antes había correspondido a todos los vecinos cuando se constituían en concejo.
Como ninguna de las instituciones de gobierno precedentes fue abolida, y a los atributos que la administración de justicia que tuviera el municipio se añadieron otros, el regimiento nunca fue el dueño de todos los poderes municipales donde se impuso. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII es la cámara de gobierno de las poblaciones. En él se toman todas las decisiones ejecutivas y sus miembros natos, con voz y voto, son los regidores. Poseída como parte del patrimonio, la regiduría es la pieza institucional imprescindible para ganar la condición patricia.
La fortuna de nuestro patricio en su mayor parte está fundada sobre la riqueza que se obtiene al margen de señoríos y vinculaciones, los blindajes institucionales de las aristocracias engendradas por la corona, tanto civiles como eclesiásticas. Los sobrepasaba con la iniciativa y la innovación paralegal. Así la tahona, emancipada de la servidumbre al monopolio de los molinos harineros del municipio, uno de los atributos de su señorío.
Sobre todo, utiliza con ventaja los recursos que ponen a su alcance la inmovilización de las tierras y el modo en el que obtenían sus rentas los aristócratas que las poseían. A él le permiten la que con seguridad fue la mayor de sus fuentes de riqueza, la explotación agropecuaria centrada en el cultivo de los cereales con la magnitud de las labores, tal como lo evidencia su cabaña ganadera. Aunque no se identifica como cedido que las tome con ese fin. Sin embargo, la nómina de los Berrugo y los Morales que arriendan tierras en las extensiones adecuadas para emprender labores es lo bastante directa como para reconocerle ese destino a tan importante masa ganadera. Todo indica que en la casa dividieron la declaración de las iniciativas económicas para repartir responsabilidades contributivas. Nuestro hombre solo se habría hecho cargo de las obligaciones derivadas de la explotación del olivar y de la ganadería, tanto la de cría como la de labor.
Sería ya mayor y aun vivía con su esposa, y de los descendientes de la familia solo convive con el matrimonio una nieta. Parecen razones para reconocer que muy probablemente hubiera alcanzado el estado que aconseja ir delegando funciones, no tantas que incurriera en el exceso de ceder su condición de patriarca del linaje. Seguía ejerciendo la regiduría que le permitía tener en sus manos las riendas de la obra familiar.
Pero con el mismo sentido de la oportunidad que conquista posiciones innovadoras que lo convierten en una pieza imprescindible para que las aristocracias ingresen sus rentas, aprovecha las posibilidades periféricas de la vinculación y del señorío. La investidura como capellán del hijo pone en evidencia el recurso sin prejuicios a la vinculación, responsable de la médula de sus flujos financieros. En cuanto a su disperso y fragmentario olivar la familia lo ha obtenido durante las últimas décadas por presura, la forma de adquisición del dominio sobre la tierra por uso, regulada desde el órgano de gobierno del municipio que ejerce el señorío sobre su término.
La patrimonialización de la regiduría lo colocaba en la ventajosa y singular posición de juez y parte en esta materia. Lo sorprendente, tratándose de esta modalidad de acceso a la tierra, no es que su patrimonio esté fragmentado y disperso, sino que recientemente haya conseguido del municipio parcelas de más de 11 o nada menos que 50 aranzadas. Es evidente su interés por el aceite. No solo por las parcelas de olivar que tiene consolidadas y en plena producción. También lo revela que está invirtiendo en la puesta en cultivo de otras.
La encuesta terminó clasificándolo como una persona de estado noble, aunque no ostentaba ningún título. Para que quienes trabajaron para las averiguaciones de la Única considerasen adquirida esa condición debió ser suficiente el de regidor. Pero es posible que a su alcance quedara además verificar otras razones. Averiguaron que en su casa para su servicio mantenía a cuatro criadas, y sobre todo que además tenía un número indeterminado de sirvientes, sobre cuya condición y relaciones con don Juan la fuente solo especifica que vivían en hogares separados.
El servicio de armas
Publicado: noviembre 28, 2021 Archivado en: Eloy Ramírez | Tags: población Deja un comentarioEloy Ramírez
El señor pretendía, al menos nominalmente, que el servicio prevalente fuera el de armas. Estaba en el origen de su poder y de todas las obligaciones que se le debían. De ahí que no le faltara rigor cuando, en el orden legal, prefiriera referirse a quienes vivían en el condado como vasallos.
Así como manejaba las demás prestaciones con el deseo de incrementar el número de sus siervos, el servicio de armas lo utilizaba para disponer de fuerzas propias que le permitieran hacerlo valer en las estrategias bélicas de la corona, que en 1504 pasaban de nuevo por un momento de tensión. Pero también lo aplicaba a dominar por la fuerza el territorio de su condado. Hasta aquel momento, su poder territorial se habría sostenido sobre sus fortalezas, y todavía aspiraba a prolongarlo manteniéndolas. Aunque no es seguro que las ordenanzas las mencionen todas, las que estaban bajo su control en aquellas tierras eran siete, algo realmente notable para un espacio relativamente restringido (4).
Cada una estaba bajo la responsabilidad de un alcaide y un portero, y sus guarniciones se mantenían como tropas permanentes gracias a un sistema de asientos o contratas, por el que en cada fortaleza debía haber una cantidad de hombres. Todos debían residir permanentemente en ellas (1) y tener sus armas en una sala ordenadas y a punto (2).
Se puede imaginar a los alcaides como capitanes mercenarios que encabezaban un grupo de hombres, también de fortuna, que prestarían su servicio militar bajo la misma condición. Cualquiera de ellos era acreedor a una soldada, origen de un costo regular notable, al que debía hacer frente cada año la casa señorial, máxime cuando en los asientos los alcaides se comprometían a mantener las fortalezas abastecidas de pan, vino y lo demás (3), sin cuyos almacenamientos carecerían de valor estratégico.
El poder territorial del señor, tan frágil y dependiente, lo haría aún más frágil que mantener la obra de las fortalezas no fuera parte de las obligaciones del asiento, sino un gasto al que debe hacer frente el señor. Para financiarlo, había decidido imponer el servicio específico del diezmo de cal y ladrillo, cuya recaudación se justificaba porque cal y ladrillo debían aplicarse precisamente a mantener las fortalezas (4).
Los asientos, y en el mejor de los casos el diezmo de cal y ladrillo, solo garantizarían la defensa pasiva del territorio. Para que el señor pudiera disponer de tropas activas debía nutrirlas valiéndose del servicio de armas que debían prestarle sus vasallos, que era universal. Con ellos el señor compondría su ejército. Tanto la recluta como su encuadre según armas derivaban inmediatamente de las riquezas de cada uno, un parámetro que obtenía regularmente a partir de las encuestas patrimoniales conocidas como cuantías.
Según indicaran, los vasallos debían actuar como caballeros, espingarderos, ballesteros o lanceros (25). La obligación de estar siempre pertrechado como correspondiera a cada uno corría por cuenta de cada uno de ellos (25), algo que debemos considerar un servicio previo al de armas en sentido estricto, que solo se prestaría cuando el señor lo demandara, lo que se afirma expresamente de los espingarderos, de los que se dice que prestan su servicio quando yo [el conde] me quiera servir de ellos (19). No se trataría de un ejército profesional como el de las fortalezas, sino reclutado entre civiles, aunque asimismo permanente pero no siempre movilizado.
Para verificar que caballeros, espingarderos, ballesteros y lanceros estaban pertrechados, había un visitador (25), ante quien pasaban revista en dos alardes cada año, uno por la Pascua de Reyes y otro en San Juan (26). Verificaba su orden ateniéndose a un Libro de la gente de armas, del que no consta más (26). Pero los encargados de tomar los alardes, de los que dejaban constancia escrita (26), eran los alcaides de las fortalezas, donde las había, o los alcaldes de los municipios.
Estaban destinados a ser caballeros quienes alcanzaran una cuantía comprendida entre cincuenta mil y cien mil maravedíes (16). Debían mantener las armas y prendas que por ella les correspondía, tal como estaba previsto en el Libro de los alardes (9), la primera de las cuales era el caballo (26), que se clasificaba de silla o de montar para distinguirlo del padre y del que pudiera utilizarse para el trabajo. Aunque tampoco consta que estos estén sujetos a carga contributiva, como expresamente el de silla no se acontía (11), la exención de la cría de caballos sería una forma de contribuir a que se los mantuviera aptos para prestar el servicio de armas.
Una viuda cuya cuantía estuviera comprendida entre cincuenta mil maravedíes y cien mil no estaba en la obligación de mantener caballo ni de tener armas (16). Pero si la viuda tuviera un hijo mancebo soltero [sic] que pudiera cabalgar, sí debía mantener caballo y armas, y si se daba la circunstancia de que la viuda tuviera más de cien mil maravedíes de cuantía, aunque no tuviera hijo también debía tener caballo y armas (16).
Pero la caballería que reclutaba el señor por vía de servicio no era suficiente. La complementaba con gente de acostamiento (27). Solo habría caballería mercenaria en los lugares (27) donde, por efecto reflejo, lo decidieran las cuantías, además de cualquier otra condición del servicio que las ordenanzas no desvelan. En una parte de los lugares del condado las cuantías no alcanzarían la cuota que obligaba a mantener caballo miliciano. En ese caso, si el señor quisiera disponer de caballería en todos sus lugares, no tendría otra opción que hacerse cargo de una parte del costo de ser caballero, porque en cualquier caso los caballos debían ser propiedad de quienes se prestaban a esta modalidad del servicio (27). Invertir en ellos pudo ser una manera de aspirar al acostamiento, aparte lo que supusiera para la promoción personal; incluso el ingreso que de este modo se pudiera obtener, pudo ser la fuente que a los aspirantes les permitiera tener y mantener un caballo (27).
Para verificar que esta gente de acostamiento mantenía caballos, armas y buenos equipos, el conde, en cada lugar donde la había, designaba a quien tomara su alarde en las dos ocasiones previstas, a quien también acompañaba un veedor enviado por el señor (27), quien redactaba el libro de estos alardes (28). Verificaba que los caballos eran propiedad de quienes servían con ellos y no se los habían prestado ni alquilado, y que desde tres meses antes del alarde los habían mantenido (27).
Era el escudero, caballero en ciernes, también de acostamiento, quien debía demostrar que se había actuado así (27). Es probable que cuando la ordenanza habla de escudero se esté refiriendo a gente que cumple con las condiciones para ser clasificada bajo aquel concepto, y que partiendo de ellas aspirase a ser caballero de acostamiento. Una de ellas pudo ser que escudero fuese el hijo de caballero, y por tanto aspirante a esta categoría por estar llamado a suceder por línea de varón en el patrimonio que otorga la condición bélica superior. El par combatiente que se adquiriese por vía de acostamiento sería, de cualquier modo, el formado por caballero más escudero.
Los espingarderos, combatientes armados con una escopeta de cañón largo, serían la mayor novedad estratégica del ejército del señor a principios del siglo décimo sexto. En 1503 el conde decidió dar un impulso a este cuerpo sirviéndose de los vasallos de menor cuantía (18).
Cualquiera de los que cumplieran esta condición y quisiera ser espingardero recibiría la espingarda, pólvora, pelotas, bolsas y mechas, y lo demás que necesitara (18) para actuar como combatiente. Además, percibiría de sueldo cinco maravedíes más que los ballesteros quando me ovieren de servir (19). Si compatibilizaban la cuantía, y el deber derivado de servir con armas, con la percepción de una renta, serían por tanto también gente de acostamiento. Que el señor se hiciera cargo además del costo del equipo de combate era una franquicia a favor de quienes quisieran incorporarse a este cuerpo, porque los demás vasallos, para prestar el servicio de armas, estaban obligados a mantener su equipo por cuenta propia, una diferencia que demuestra el interés del señor por el crecimiento de este cuerpo de su ejército.
Desde el momento que alguien decidiera aprovechar esta oportunidad, quedaba obligado [sic] a servir como espingardero por un tiempo (19), durante el cual aprovecharía la exención de servicios más amplia. Quedaba exento de todos los servicios personales (pago de gallinas, pollos, perdices, leña y paja, de cualquier arreglo de caminos, fuentes y puentes, de velas y rondas, de señalamientos de cartas y caminos, y de cualquier otro servicio de esta clase). Tampoco le eran echados huéspedes ni sacada ropa, ni sus bestias eran tomadas para ningún servicio de la condición que fuera en que los otros mis vasallos me ovieren de servir (19).
Además, a los espingarderos vecinos de la población central se les hacía una concesión en precario, media cahizada de tierra en los hardales de la villa, en las tierras desmontadas, que podrían arrendar y desfrutar mientras sirvieran con la espingarda (20). A los que estuvieran avecindados en otra a pocos kilómetros al noroeste de este centro también se les daría tierra en un carrascal colindante con la dehesa del lugar (21). Ambas franquicias añadidas estarían dirigidas a concentrar combatientes de esta clase en el nudo bélico del territorio.
Los espingarderos reclutados en cualquier lugar del señorío quedarían encuadrillados en grupos de a diez, uno de los cuales actuaría como cuadrillero (22). Se exhibirían tirando con las espingardas todos los días de fiesta (23), y no podrían vender ni empeñar la espingarda ni su aparejo (24).
De la infantería equipada con lanza, las ordenanzas no dan más noticia que una mención a los lanceros (25), y de la que combate con ballesta dice que igualmente debía mantener las armas y prendas que le correspondía (9), y que los ballesteros percibirían de sueldo cinco maravedíes menos que los espingarderos (19). Así que los ballesteros también eran, al menos en parte, gente de acostamiento que compatibilizaba la cuantía que les obliga al servicio de costo de las armas con la percepción de una renta.
Aunque el origen de la prestación militar estuviera en un deber de servicio derivado del vasallaje, igualmente, tanto como los asientos de las fortalezas, generaría un gasto para la casa señorial. Es muy probable que toda la gente que el conde tenía con caballos, armas y buenos equipos, es decir, todo su ejército, fuera, cuando menos en alguna medida, de acostamiento (27). Sería una consecuencia de la progresiva profesionalización del servicio de armas, que generaría inestabilidad periódicamente a causa de quienes habían optado por esta forma de vida y no encontraban ocupación; que lo haría difícilmente sostenible, a consecuencia de sus costos crecientes; con escasas posibilidades de competir con el ejército que reclutaba la corona, no menos costoso pero sí mucho más capaz; que definitivamente iría desaconsejando a los señores hacer valer sus fuerzas armadas como medio para ganar poder y de él deducir rentas.
Pegujales por trabajo y pegujales autónomos
Publicado: noviembre 13, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Otras labores diversificaban sus relaciones con los campesinos. En el espacio del que dispusieran convivían pegujales de dos clases, los que remuneraban el trabajo en ellas, y que por tanto daban origen a la misma relación que en el caso anterior, y los que se constituían como explotaciones autónomas. Esta otra manera de organizar la relación, por tratarse de pegujales, obligaría, para obtener a cambio la tierra, a prestaciones al amo o señor distintas al trabajo cualificado.
Cualquiera que fuese el destino de los pegujales, es probable que todos se segregaran de una vez en áreas definidas de las unidades de producción en activo. Primero se apartarían los que se aplicaban a la remuneración del trabajo y lo que sobrara se ofertaría para alojar los otros pegujales. En la fuente, la convivencia de las dos modalidades en una misma explotación se deduce primero porque el número de pegujales que segregan los labradores es ostensiblemente superior a los que son creados cuando solo se destinan a remunerar, y sobre todo porque en una mitad se enuncian jerarquizados por tamaño y en la otra no.
A este modelo mixto recurren en primer lugar algunos labradores dominantes (8), que también pertenecen al círculo de las familias patricias, cuyas labores no alcanzan el tamaño de las de su mismo rango que solo ceden pegujales por trabajo. Algunos de ellos podrían pasar por cedentes solo por trabajo si no fuera por algunos matices. Los pegujales cedidos por un marqués, tal como son enunciados, podrían ser pago del trabajo, salvo que por alguna razón, además de remunerar a sus trabajadores con pegujales, decidió ceder otro sin justificación laboral. También la jerarquía de los tamaños de los cedidos por otro labrador podría indicar una extraordinaria aplicación del pago del trabajo por este medio, pero cedió tal número que excedió el destinado a satisfacer el trabajo. Otro caso podría ser ejemplar de labor con pegujales por trabajo si no fuera porque tomó un haza solo para cederlos.
Pero la mayoría de los labradores que tomaran esta decisión dual fueron ortodoxos partidarios de la simbiosis, buenos ejemplos de la mezcla moderada de los dos tipos. La consecuencia inmediata de su comportamiento fue que tal como tuvo que ser mayor cantidad de pegujales que necesitaron la superficie dedicada a pegujales debieron incrementarla. De ahí que se extiendiera el espectro de sus tamaños. Aunque se imponen los de 3 fanegas, que son casi la mitad (55), seguidos a mucha distancia por los de 2 (17), los hay de hasta 22 y 14 fanegas, si bien son singulares. Los dos menores son de 1,5.
Aunque la cesión de pegujales no aparenta ser un motivo para acumular unidades de producción, lo cierto es que sus explotaciones acumularon dos o tres unidades de producción. Incrementar pegujales pudo ser una razón para agregar unidades de producción. Si ocurría algo parecido cuando solo se cedían pegujales por trabajo, su incremento no se conseguía por captación de más unidades de producción, sino por negociación con otro labrador.
Como el índice que relaciona superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales va expresado en unidades de labor por unidad de pegujal, y no disponemos de la superficie de las unidades de producción, no podemos observar las retracciones o las expansiones absolutas. Pero sí es posible distinguir las dos actitudes básicas de los que ceden; distinguir a los que confían más en su labor de los que prefieren cargar su empresa sobre la cesión de pegujales; para lo que habría que admitir que el tamaño de la unidad de producción, aunque no sea visible, está operando.
Las explotaciones tenderían a agotar en labor el espacio disponible –que es el permitido por el sistema– de las unidades de producción. Cuanta más superficie se dedique a labor, menos habrá disponible para pegujales, y viceversa. Cuanto menor es el tamaño de la labor, menor es el índice de la relación entre superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales. Y es evidente que las labores mayores disponen de más superficie a la que recurrir, tal como lo expresa fielmente su índice, que es mayor; dado que hay un patrón de cantidad que rige la cesión de tierra para pegujales, todavía, en este caso, quizás marcado por la necesidad de remunerar el trabajo ajeno.
Sin embargo, cualquiera que fuera la opción, raramente agotaría la superficie disponible en las unidades de producción. Todas las grandes explotaciones suelen tener superficie disponible para alentar cualquiera de las dos posibilidades. Cargar sobre una o sobre la otra posibilidad, sin renunciar a ninguna, es cuestión de estrategia. Aquel prefiere pocos pegujales, este, muchos. Este año conviene menos labor y más pegujales, más labor y menos pegujales, poca labor y pocos pegujales, o mucha labor y muchos pegujales. Uno o el otro polo solo eran dos formas de beneficio que no se oponen, aunque sí están conectadas por vasos comunicantes: el que proporciona el trabajo ajeno y el que se obtiene de la cesión de tierra a cambio de determinados servicios.
Cuando se trata de estas explotaciones, cualquiera de las tendencias sería matizada. No hay quien renuncie a una de las dos posibilidades de beneficio. Pero si utilizamos el criterio que permite segregar las dos clases de pegujal (primero enunciado jerarquizado; después, relación que no se ordena por tamaño de los pegujales), podemos marcar las distancias de este comportamiento lineal indicativas de las tendencias empresariales dominantes en este grupo de labradores.
Se observa que ceden por trabajo un tercio de los pegujales, mientras que los otros dos son de quienes los explotan por su cuenta. La proporción se mantiene si tenemos en cuenta la cantidad de tierra que acumula cada modalidad: un tercio de la tierra dedicada a pegujales es para la remuneración del trabajo y los otros dos para los pegujales autónomos. Luego se prefiere captar en las unidades de producción dedicadas a la labor propia a quienes en paralelo trabajen en su explotación autónoma, antes que emplear el recurso tierra disponible en la compra de trabajo cualificado por temporadas. El deseo de captar a los campesinos autónomos lo sintetiza que el tamaño del pegujal medio es el más alto, 4,09 fanegas.
También hay algunas labores secundarias que segregan las mismas dos clases de pegujal. En esta fracción dominan los elementos del patriciado consolidado (Briones, Caro, Costiel, Curado, Rospillosi) sobre los campesinos en fase de expansión (Galantero, González), que son los que emprenden las labores menores.
Para los 72 pegujales que ceden, localizados en 8 áreas de 5 cortijos, fueron necesarias 327,25 fanegas, algo más de una tercera parte de la superficie consumida por las labores. Se impuso el tamaño 3 fanegas para cada parcela, cualquiera que fuese la modalidad de disfrute de la tierra cedida.
Al descender el tamaño de las labores, descienden los índices que relacionan superficie de la labor y superficie de los pegujales. Pero la diferencia de comportamientos no solo es mucho más relativa sino que empieza a ramificarse. Hay labradores que representan con limpieza la combinación: solo dos parcelas cedidas al margen de las que remuneran el trabajo. En otros casos cabe dentro de lo posible que la primera parte de la serie enunciada corresponda a pegujales por trabajo, aunque la frecuencia del valor 3 es tan alta que parece más próxima a una oferta de cesiones abiertas, a iniciativa del titular, ateniéndose a un módulo. Más llamativo es el comportamiento de quien tiene más labor; al mismo tiempo es el que cede más tierra para pegujales. En este caso, la estrategia del labrador está clara: se confía a Dios y al diablo.
Pero además, en esta escala se descubren indicios de cadenas de relaciones. Una inscripción en tres series separadas de pegujales parece la expresión de que se han separado tres áreas de un cortijo. Primero, con fidelidad al modelo, seguro que se cederían pegujales por trabajo. El señor habría pagado con este concepto a sus temporiles cualificados. Después, segregó dos áreas de pegujales. Serían cesiones para crear explotaciones con algún grado de autonomía por lo menos.
En cada una se emprendieron explotaciones sobre pegujales de un tamaño relativo grande, uno de 27 fanegas y el otro de 13. El tamaño 27 no está expresamente reconocido como pegujal. Tal vez sería más prudente identificarlo como una labor menor. De cualquier manera, está muy cerca de la frontera, y además cualquier consideración que hagamos de un valor de este rango de magnitudes se prestará siempre a la ambigüedad.
A su vez, cualquiera de los dos cedidos cedería pegujales a terceros. El primero, el que había iniciado una explotación de 27 fanegas, parcelas de tamaños muy variables, como si se plegara a una demanda diversa; el otro, el que mantendría 13 fanegas por cuenta propia, de tamaños muy discretos. Cualquiera de los dos sería pues un cedido que a su vez cede.
Algo semejante podría decirse de unos pegujales en un cortijo que están separados en dos series y donde primero se ceden por trabajo. Después, el mismo labrador registra otras tres parcelas, de 99,75 fanegas, 10,25 y 12, que tal vez fueran otras tres cesiones del mismo espacio. La inscripción de una de 99,75 parece una declaración de superficie que no quiere llegar a la barrera 100, una reserva que no tendría sentido fiscal, porque cuando se cobraba la décima por millones, alcabala y cientos se pagaba por unidad de superficie. Lo más probable es que la mayor (99,75) fuera un subarriendo capaz de dar origen a una labor a la que se asociaron dos pegujales autónomos de cierto tamaño (10,25 y 12).
La segunda intempestiva de Nietzsche
Publicado: noviembre 4, 2021 Archivado en: P. Martín Vázquez | Tags: historiografía Deja un comentarioP. Martín Vázquez
En 1874 Nietzsche publicó la segunda entrega de su plan de trabajo, concebido con propósitos intemporales. Su título principal era De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida.
Cree que la historiografía adquiere tres formas, todas ellas al servicio de la vida, ese poder oscuro e impulsor que con insaciable afán se desea a sí mismo: monumental, anticuaria y crítica. La primera, que también podría llamarse memorable, corresponde al interés del hombre activo y poderoso, capaz para intervenir en los acontecimientos y modificarlos, algo reservado a muy pocos. Se interesa por la historia porque de ella puede aprender cómo actuar, cómo corregir errores y evitar que hechos indeseables se reiteren.
La historiografía anticuaria es la que ocupa a quien se interesa por conservar su mundo, con el que se identifica. Rescata y preserva piadosamente cualquier pieza de los tiempos precedentes, por insignificante que sea, para asegurar que llegue a las generaciones siguientes. Con la pasión de un devoto, colecciona y guarda las reliquias que le dan sentido a su vida.
Se decide por la historiografía crítica quien sufre la herencia recibida por su tiempo y necesita liberarse del sufrimiento. Investiga minuciosamente el pasado para enjuiciarlo, e inevitablemente condenarlo, porque en las cosas humanas siempre han privado la violencia y la debilidad humanas.
La pretensión científica para la historia convierte a quienes se interesan por ella en meros observadores de la vida, cuyo objetivo se limita a acumular conocimiento. El resultado es una saturación de informes que es peligrosa para la vida. El exceso puede debilitar la personalidad, que se arriesga a disolverse en el piélago de los acontecimientos conocidos, de sentidos diferentes, entre los cuales finalmente no atrae más que lo extraordinario, que no deja percibir lo sublime. Así triunfa la objetividad, que puede inspirar el espejismo de la equidad, lo que a quien actúa bajo su inspiración le hace creerse capacitado para juzgar los hechos, cuando en realidad valora los vaivenes del pasado a partir de las opiniones más elementales de su tiempo.
A quienes incurren en el exceso, saturarse de conocimientos históricos también puede crearles dificultades para la maduración. En ellos fomenta personalidades que se dejan llevar al trabajo acumulativo y a sumarse cuanto antes a la fábrica de las utilidades, cuyo producto satisface los fines prácticos de su tiempo.
La convicción de que por la vía de la ciencia se puede llegar a conocer el objeto de la vida puede abolir el horizonte del futuro, que ya no ocultaría nada que valiera la pena conocer, lo que puede hacer creer que se ocupa la posición del epígono. Una consecuencia desconcertante puede ser una especie de conciencia irónica del conocimiento histórico que es posible alcanzar. Quizás sea menos útil de lo previsto, e incluso un error promover su difusión entre los jóvenes como parte de su formación, mucho más alentarlo masivamente. Desembocar en el cinismo, y concluir que todo siempre ha ocurrido tal como ahora y que es inútil oponerse a su curso inexorable, es posible desde esta posición.
Para operar contra estos excesos propone dos antídotos: lo ahistórico y lo suprahistórico. Lo ahistórico capacitaría para poseer el arte y la fuerza que permitan olvidar lo que no es parte de la vida y encerrarse en un horizonte limitado. Suprahistóricos son los poderes que desvían la mirada del devenir y la dirigen hacia aquello que confiere a la existencia el carácter de lo eterno e inalterable. Recapacitar sobre las genuinas necesidades de la vida y desechar las aparentes permite practicar el estudio de la historia de los modos monumental, anticuario o crítico.
El vasallaje y los servicios
Publicado: noviembre 3, 2021 Archivado en: Eloy Ramírez | Tags: población Deja un comentarioEloy Ramírez
En aquel señorío nadie creía que hubiera cumplido sus obligaciones de radicación por sí mismo. Cada aspirante tenía que probar que las había satisfecho ante la justicia señorial, que el señor había delegado en los municipios. A cambio, el municipio donde hubiera decidido radicarse le daba una carta en la que constaba que había adquirido su condición de vecino (55). Convertirse en vecino era por tano la premisa para la radicación estable, bajo una autoridad delegada que en algún grado era municipal, cuya mediación para verificarla haría posible la sumisión al vasallaje personal y familiar y permitiría encomendarse al señor. En el señorío, adquirir la condición de vecino era adquirir la plenitud del vasallaje.
La vecindad, así como convertía en vasallo, obligaba a servicios, de donde se deduce que las dos posibilidades del estatuto personal, la de vasallo y la de sirviente, no eran excluyentes, aunque el señor, cuando legislaba prefiriera identificar a quienes estaban acogidos a su patrocinio como vasallos. La totalidad que agrega ambas la reconoce el señor porque espera prestaciones a cambio de su amparo al trabajo en las tierras que concedía como beneficio y peculio.
Para referirse a ellas, las ordenanzas mencionan genéricamente pechos y servicios (78), una manera de abarcarlas tan sintética como precisa desde el punto de vista material. Servicios, en el lenguaje de las ordenanzas, serían las prestaciones que se ejecutaban como actos personales, en forma de trabajo o productos derivados de este, mientras que pechos serían las que se habían transferido a rentas, provinieran de una sumisión vasallática o de la demanda de lo que precedentemente hubiera sido un servicio. El texto proporciona una relación bastante detallada de servicios y pechos, aunque no podemos estar seguros de que sea una descripción de todas las obligaciones que vasallos y sirvientes avecindados tuvieran que satisfacer.
Servicios personales (19) eran las adehalas, resultado de la imposición de un principio de fuerza arraigado. Tendrían tan escaso fundamento como cualquiera de los malos usos. Se satisfacían como gallinas, pollos, perdices, leña y paja que el sirviente debía darle al señor. Para liquidar su parte común, el jurado municipal de cada lugar del condado debía coger de cada casa gallinas y pollos, según que de tiempo antiguo estaban obligados a darle al señor sus sirvientes. Los vecinos cuya casa tuviera menos de cuatro mil maravedíes de cuantía, darían un pollo; los que tenían casa suya que llegaba a cuatro mil maravedíes de cuantía, una gallina; y los que llegaban a veinte mil, una gallina y un pollo. Los que pasaban de veinte hasta treinta mil, dos gallinas; y los que pasaban de treinta mil, dos gallinas y un pollo (79).
También debían satisfacer como servicios personales la fazendera, que les obligaba a contribuir al arreglo de caminos, fuentes y puentes (19), la anubda, o participación en las velas y rondas (19), y la mandadería, con la que se contribuía al mantenimiento de cartas y caminos (19). Asimismo se les podía sacar ropa y echar huéspedes (19), obligaciones que materializaban en el condado el hospedaje o alojamiento y el yantar.
Para hospedar, en cada lugar un regidor y el aposentador del conde examinaban el memorial de quiénes lo acompañaban y hacían el aposentamiento, dando a cada persona la posada que le correspondía, lo que no estaba exento de complicaciones. Si el señor llevaba consigo toda su casa, podía faltar ropa para el alojamiento. De la que se sacaba para hacer frente a esta situación el regidor y el aposentador hacían memoria y la entregaban a una persona de la casa del señor, quien debía devolverla para que retornara a sus dueños. Lo mismo se hacía con todas las alhajas que se tomaban para el servicio del señor (30). Si no fuera suficiente con una posada, designaban dos, tres o más, siempre que no sacaran ropa de una casa para otra (29), y si el señor no iba en persona, solo se daba posada a quien tenía mandato expreso (31). Además, a los vecinos se les podían tomar sus bestias para cualquier servicio en que mis vasallos me ovieren de servir (19).
Pero la prestación del alojamiento no era equitativa. Aunque si fuera necesario, puntualiza el legislador, todos recibirían huéspedes (32), previendo la aplicación selectiva de la obligación, alcaldes, regidores y jurados, mientras estuvieran en sus oficios, no los tendrían, ni tampoco los que hubieran ganado esta franquicia, una diferencia que daría lugar a tensiones. Cuando yo voy por la dicha mi tierra en el aposentar hay algunas diferencias (29).
El señor recaudaba también un diezmo de cal, teja y ladrillo, que habría sucedido a la castellaria, obligación personal de trabajar para el mantenimiento de las fortalezas y que aún se justificaba porque era necesario para ese mismo fin (4). En cada una de ellas había un mayordomo de las obras, que cobraba el diezmo, así como la abastecía de los mantenimientos y bastimentos, que entregaba al alcaide (6). Los obligados al pago del diezmo, una vez cocidas las labores de teja y ladrillo, antes de abrir los hornos debían avisar al mayordomo de las obras para que lo cobrase, y en su defecto al alcalde o al escribano del lugar (7). Para comprobar que se hacía efectivo, el señor, valiéndose de sus visitadores, se reservaba la inspección de lo que necesitaran las fortificaciones, sus muros, torres y todos sus edificios (323).
El ejercicio de la jurisdicción proporcionaría al señor calumnias o caloñas, las penas pecuniarias, un ingreso nada despreciable. Para la mayoría de las previsiones penales de las ordenanzas al menos una parte debía ir a parar a las obras del señorío, una denominación de la caja del señor que no es lo bastante ambigua como para poner en duda su interpretación (passim).
El señor no habría renunciado a nada que le pudiera ser reconocido como un bien del que debía ser acreedor. La relación de prestaciones prevista por las ordenanzas, además de todo lo detallada que sea necesario para evitar confusiones, es bastante completa y regular, según el orden señorial común. Al margen los servicios y pechos quedarían las rentas que hubiera obtenido por concesión vía beneficio o por compra de la corona, como las tercias reales.
Babilonia. 2
Publicado: octubre 28, 2021 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: historias Deja un comentarioCosme Pettigrew
Las dos zonas en las que estaba repartida la parte monumental de la ciudad interior, una áulica y otra religiosa, quedaron unidas por la vía procesional, el gran eje norte sur de la zona más protegida de Babilonia. También rehecha infinidad de veces, los trabajos arqueológicos han rescatado unos novecientos metros de toda su longitud, lo que es suficiente para saber que su trazado tuvo como fin unir la puerta de Ishtar con el complejo dedicado a Marduk que Esagila y la Etemenanki formaban, por donde pasaba la fracción en la que sus constructores pusieron más atención. Cuando llegaba al zigurat –el primero de los dos recintos sacros– giraba al oeste para terminar en el único puente que cruzaba el Éufrates, situado hacia la mitad de su trayecto incluido dentro del espacio urbano y que unía la parte oriental de la ciudad interior con la occidental.
Si bien la vía procesional en sentido estricto quedaba comprendida dentro del espacio de la ciudad interior, en realidad es la parte más solemne de una línea cuyo trazado está decidido por los principales cultos que en la ciudad se celebraban, el más importante de los cuales era la fiesta del año nuevo, también conocida como fiesta del Akitu o Bib-akitu, una conmemoración anual que tenía lugar durante el equinoccio de primavera. Era la más concurrida de las fiestas que en Babilonia celebraran en honor de Marduk, y duraba del 1 al 11 de nisan, el primer mes del año babilónico. En su transcurso nadie podía sustraerse a la tiranía del culto a Marduk. El bullicio que provocaba arrastraba a toda la población.
La fiesta cumplía un papel tan relevante en la vida de la ciudad que la autoridad pública, durante décadas, mantuvo la redacción de una crónica dedicada a consignar su celebración. Explicaba las razones por la cuales ciertos años “Nabu no vino para la salida de Baal [y] Baal no salió”. Nabu, encarnación babilonia de la escritura y del saber, a quien aquella mitología presentaba como hijo de Marduk, era el dios propio de Borsippa, ciudad próxima a Babilonia, desde la que cada año se trasladaba a la capital para allí participar en la fiesta. Razones de seguridad aconsejarían que los años en los que la monarquía estaba empeñada en una guerra la fiesta fuera cancelada.
Conocemos parte de sus ceremonias gracias a una serie de tabletas que describen elementos de su ritual, aunque con importantes lagunas. Recurriendo a secuencias rituales análogas que han llegado hasta nosotros, así como a las múltiples alusiones que contienen otros textos, se puede reconstruir satisfactoriamente al menos una parte de su desarrollo. La fiesta comenzaba con una oración del sacerdote a Marduk, en la que por antonomasia era apelado como Baal, terminada la cual se abrían los actos rituales con la peregrinación de Nabu desde Borsippa. De lo que ocurría durante los días segundo y tercero no sabemos nada con seguridad, porque el texto que sirve para organizar su calendario, conocido como texto del Louvre, comienza con los actos del cuarto día.
El momento a partir del cual la relación de los actos festivos es recuperable está señalado con otra oración a Marduk, probablemente recitada tres horas antes del final de la madrugada de aquel cuarto día, en la que se le nombra “Señor del mundo, rey de los dioses, Marduk que determinas los destinos […], que ostentas la realeza, posees la soberanía”. En ella además se le pide por Babilonia, su ciudad, que sea indulgente y que tenga piedad de Esagila, su templo.
Después, aquel mismo cuarto día por la tarde, el gran sacerdote recitaba de principio a fin la Epopeya de la creación o Poema de la creación babilónico, que narraba los orígenes del mundo, cuando aún no existían ni el cielo ni la tierra, únicamente el abismo primordial. De esta manera se pretendía evocar que la celebración del nuevo año significaba el comienzo del mundo, del que era la renovación. Durante esta declamación las tiaras de Anu y Enlil se cubrían con un velo, como si se quisiera evitar que los que antiguamente eran los grandes dioses del panteón mesopotámico se inquietaran con la promoción conseguida por el pequeño Marduk.
Al día siguiente, el quinto de la celebración, tenía lugar la ceremonia de purificación del templo, liturgia que exigía que el dios lo abandonara. En el transcurso de esta jornada no solo era necesario el concurso del cuerpo levítico, sino que en la parte del ritual que durante ella se representaba también era indispensable la presencia del rey. El monarca era el encargado de coger la mano del dios para hacerle abandonar provisionalmente su templo. Cada fase de la ceremonia estaba marcada por ritos que ejecutaba bien el gran sacerdote bien el rey, y en ocasiones era necesario que ambos actuaran a la vez. Pero en el momento de mayor significado de la jornada, ante la multitud asistente, el gran sacerdote despojaba al rey de las insignias de su poder, le abofeteaba y le obligaba a arrodillarse delante del dios. El rey tenía que implorar el favor de Marduk para ser reinvestido de su poder. Tan desconcertante rito concentraba su enorme poder liberador en los minutos durante los cuales los babilonios, atentos espectadores del escarnio, se esforzaban por captar los signos que en su transcurso pudieran revelarse, para interpretarlos y así predecir el porvenir. El código que los súbditos aplicaban a la exégesis de la ceremonia estaba inspirado por el valor político que a la representación se le concedía. Si, como consecuencia de la bofetada, el rey dejaba caer unas lágrimas, había que interpretar que había recibido el favor divino. Por el contrario, si no derramaba lágrimas, no podía caber duda sobre que estaba próxima su caída.
La fiesta, una vez que era ofrecido un banquete a Marduk, terminaba con los actos comprendidos entre el octavo y el décimo primer día. El octavo se emprendía la procesión hacia el Akitu o Bit-akitu, templo del que sabemos que estaba al norte de la ciudad, con mucha probabilidad en pleno campo, todavía no localizado. En aquel recinto, en los tiempos antiguos, se celebraba uno de los actos más trascendentes de todo el ciclo festivo, el matrimonio sagrado entre el rey, que representaba al dios, y una sacerdotisa, destinado a garantizar la fecundidad del país para el año que empezaba.
En la época a la que nos referimos la procesión, formada por sacerdotes, tenía como objeto llevar al Akitu las imágenes de los dioses, entre las que el papel protagonista correspondía a la de Marduk, que así emprendía una pequeña excursión por fuera de los muros de la ciudad. La procesión dejaba atrás la Etemenanki, tras una breve parada ante la colina santa y otra en el estrado de los destinos. Después, tomaba la vía procesional para salir por la puerta de Ishtar, y a continuación el dios se embarcaba para llegar por el agua, a través del Éufrates, al Akitu. Llegado a su templo del campo, Marduk pasaba tres días en él y el décimo recibía a los dioses, que le hacían una visita solemne. Al día siguiente, el undécimo, todos juntos regresaban a la ciudad.
De esta manera, las procesiones, que solo podían celebrarse con plenas garantías cuando se daban todas las condiciones de seguridad, a causa de las multitudes que solo ellas satisfacían, terminaban siendo el elemento ritual que daba unidad narrativa a las fiestas. En el espacio, el medio unificador era la vía a su servicio, la vía procesional, y la puerta de Ishtar su nudo. Marcaba el punto en el que el camino que seguían las procesiones, después de rodear el recinto del zigurat y el palacio, dejaba el interior de la ciudad, o permitía que a través suya se retornara a la vía procesional. Era una marca destinada a representar permanentemente la solemnidad de las celebraciones del año nuevo.
La importancia del culto a Marduk no ensombrece, en la plenitud del primer milenio antes de la era, las muchas más celebraciones religiosas públicas que en Babilonia había, menos oficiales pero probablemente con mayor audiencia, algunas de las cuales, por su espontaneidad, parecen poco compatibles con las solemnes y un tanto envaradas fiestas del año nuevo. De entre todos esos rituales es interesante detenerse en los de la ancestral Ishtar, ahora revitalizada, muy presentes en Babilonia en los tiempos del nuevo imperio.
Por desgracia, también en este caso solo nos quedan algunos fragmentos de sus celebraciones. Proceden igualmente de tabletas que proporcionan textos relacionados con los ritos, así como otras que permiten conocer indicios simbólicos interesados. Los textos más explícitos, que por suerte pueden ser concordados con otros registrados en otras tabletas, hacen alusión a los recitativos que se repetían durante las ceremonias. De los documentos astrológicos de época neobabilónica que se conservan en el Louvre, un calendario proporciona la imagen del símbolo de Virgo sosteniendo una espiga. Otros elementos rituales supervivientes y dispersos completan la colección de indicios veraces de sus partes. Combinándolos se puede conseguir una idea, si no completa, sí bastante coherente de las fiestas que celebraban la existencia de la generosa Ishtar.
En los relatos, que permiten conocer de la manera más directa sus contenidos, está descrito lo que sucede durante el cuarto día de la conmemoración, por la tarde y por la noche, en las calles de Eturkalama y del río. Se trataba de un episodio elaborado de una forma que podía satisfacer el gusto de los creyentes. Probablemente de forma muy exagerada y en ocasiones cómica, se escenificaba una escena de celos, inspirada en la vida privada. La representación tenía lugar en el templo que a la diosa estaba consagrado en la ciudad, durante al menos unos días del mes de tammuz, parte del verano que llevaba el nombre del amante de Ishtar, el pastor Dumuzi o Tammuz. Durante aquel periodo los actos dedicados a la diosa concentraban la atención de los habitantes de Babilonia
Mientras Zarpanitu, la esposa de Marduk, duerme en su habitación, su esposo se encuentra en el terrado, el lugar que en verano los babilonios preferían para pasar la noche. Están los cónyuges a aquella distancia cuando aparece Ishtar, celebrada por los textos como “la pequeña madre, […] la guapa, la reina de los babilonios”, quien se comporta como rival de Zarpanitu. Su presencia tiene como resultado que Marduk engañe a Zarpanitu. A consecuencia del desaire, esta, furiosa, emprende un largo viaje hacia Kuta, la ciudad del dios de los muertos, a donde con bastante probabilidad llega inspirada por la intención de deshacerse de Ishtar. Lamentablemente, la escena se interrumpe algo después, cuando Zarpanitu, celosa, sube a un zigurat. Subraya la carga histriónica de las actitudes de los personajes que un sacerdote kurgarru, un hombre invertido o de sexo dudoso, se abandone entonces a una demostración escatológica en la que parodia los textos líricos.
Algunos de los elementos de la antigua historia que Ishtar heredó permanecen en su nueva versión literaria, como las relaciones con el submundo de los muertos. Pero lo más relevante del episodio procede de los gruesos trazos que en el texto dejan algunas de las muy crudas palabras que Zarpanitu le dirige a Ishtar. Tanto la situación como el lenguaje a su servicio permiten concluir que las celebraciones en honor de la diosa, al menos cuando se observan leídas, contenían unos ritos muy sorprendentes, llenos de obscenidades, con un contenido de significado erótico tan explícito y tan frecuente que pasa al lado de la procacidad.
Comentarios recientes