Microeconomía
Publicado: enero 18, 2023 Archivado en: Rosendo Abril | Tags: historias Deja un comentarioRosendo Abril
Isaías trabaja en la casa desde siempre. Ha sido nuestro chófer desde que el abuelo de Fernando, otro más de la familia, compró el primer Ford, negro como el dedo del diablo; más que negro, fúnebre; de cuatro puertas, estribo, techo alto y motor delantero; un prodigio de la mecánica contemporánea en serie. Lo compró en el puerto, recién descargado de la bodega del trasatlántico que lo había traído hasta Málaga, a donde su abuelo iba a comerciar en pasas. Fue a causa de una novia que tuvo, antes, durante y después de su matrimonio, natural de Ronda pero afincada desde niña en el litoral. El padre, calculador, consintió la relación en beneficio del capital de la empresa envasadora de la uva moscatel que administraba. Su dueño, establecido en las Molucas, había creado una factoría de especias con la esperanza de monopolizarlas en la península. Invertía en oriente lo que drenaba con la venta de las pasas, lo que descapitalizó alarmantemente la casa matriz. El padre de la novia del abuelo vio en él la oportunidad de arruinar definitivamente al empresario de las pasas y hacerse con el negocio. Todo consistía en que el abuelo, bajo nombre falso, hiciera un pedido ciclópeo de pasas, no las pagara y despareciera, tan incorpóreo como su seudónimo. La empresa quebraría y ambos la comprarían de saldo. El abuelo no tenía un duro para intervenir en el negocio. Vender su firma falsa fue toda su inversión. Un sinvergüenza sin paliativos. Su capital fue su extorsión. Sabía demasiado, y lo fue detrayendo al administrador, periódicamente. Era imprescindible que visitara regularmente Málaga y contrató a Isaías, que entonces conducía un taxi. Para retirar sus beneficios y de paso cumplir con el débito conyugal, según creía el padre, quien había asistido a una boda en Antequera, preparada por el astuto abuelo, en la que el sacristán de la iglesia, que siempre vestía sotana, celebró un solemne enlace de valor nulo. Tan falso como el registro que firmó. Con nutrida concurrencia de acólitos, músicos e invitados, todos figurantes que el padre con gusto pagó, convencido de que liquidaba una dádiva y no la obligación de un contrato. Lamentablemente, el matrimonio no procreaba, la esperanza del padre para concentrar el capital. Solo a un aborto tuvo que arriesgarse la novia, en condiciones temerarias, tras el cual las más depuradas técnicas de contención del disparo seminal, importadas de París, se impusieron. Aquel capital al abuelo, además de una doble vida, que sostenía con naturalidad y constantes viajes inexcusables, con Isaías ya al volante del Ford, le permitió dedicarse al préstamo, con tanta fortuna que fue uno de los socios fundadores de la caja de ahorros. Fue creada como patronato benefactor de la clase obrera, para que los operarios de los nuevos tiempos, del campo y de la construcción, pudieran edificar su casa a bajo interés y largo plazo. De la caja su hijo Ramón fue, desde que tuvo edad para ser responsable de sus actos mercantiles, miembro nato de su consejo de administración. Lo presidió regularmente, en alternancia con el hijo del gerente de la olivarera del Tranco, durante décadas. Cuando Ramón accedió a los cargos ilustres, Isaías aún conducía el Ford, ya contratado en exclusiva. Ahora, siempre vestido con su discreta rebeca, que envuelve una moderada panza, ya está jubilado.
Singular señor Odescalchi
Publicado: diciembre 11, 2022 Archivado en: Marino Allende | Tags: historiografía Deja un comentarioMarino Allende
A la mesa de Dante Émerson llegaba toda clase de correspondencia, solo una parte a través del correo. Las cartas que le llevaba el cartero eran la parte que le parecía menos valiosa. Quienes se sujetaban a esta fórmula siempre escribían bajo el peso de la conciencia del texto epistolar. Poco se podía esperar de tanto rigor, de la certeza de que las palabras escritas serían indelebles e irreversibles y hasta publicables por el correspondiente, una vez pasado el trámite de la defunción, que no solo sacraliza las palabras, sino que las cotiza mejor en los mercados a donde los parásitos acuden en busca del sustento. Prefería la nota apresurada, el borrador, la comunicación que de él solo esperaba una cita para discutir ideas inmaduras y dudas delante de una taza de café. Las del señor Odescalchi las coleccionó aparte y, gracias a su diligencia, se han conservado.
Pensaba Odescalchi que no hay nada tan esclarecedor como escribir historias. Pero ¿qué historias escribir?, le preguntaba. Creía que las más eficaces son las que investigan la estupidez. Basta tomar como fuente el comportamiento espontáneo, al alcance de quien se detiene a observar el cotidiano de sus semejantes. Así se descubre la enajenación.
Le aseguraba que la fuente imprescindible era la imaginación, y que no había nada como los sueños para proporcionársela en el grado más alto. Los sueños son la construcción literaria íntima. Por eso parecen perfectos. Los sueños no ocultan secretos. Los sueños convierten en algo con el sentido que tiene la asociación espontánea de las ideas lo que es observado de manera dispersa en el mundo que se sufre durante la vigilia.
¿Desde qué punto de vista escribir?, le proponía. El relativo, se respondía. Bastaría recurrir como método a la sinceridad, llamada confesión cuando se convierte en género. (¿Me habrá confundido otra vez la apariencia?, reflexionaba en un intervalo. Juzgo ahora que el método, más que la sinceridad, es convertir el relato en un objeto, lo que permite a quien se confiesa aparentar la sinceridad con la misma exactitud que si la confesión fuera cierta, sin que sea inexcusable ser literalmente fiel a la expresión del pensamiento. Es una bendita opción que se explota en silencio.) El secreto para alcanzar la mejor escritura está en desprenderse del texto propio, sostenía, a base de sucesivas lecturas y correcciones, hasta convertirlo en objeto independiente.
El narrador, según él, nunca debía mezclarse en el relato. Jamás debía hablar de sí mismo o en primera persona. De esta manera tomaría la mayor distancia del hecho narrado, y salvaría el principio más poderoso –el del narrador que todo lo sabe– sin incurrir en él. Qué tiempo más perdido el del narrador que todo lo sabe. ¿Y el del narrador ecuánime, capaz de actuar como un juez? Entonces, ¿qué narradores? Los desequilibrados. El relato no puede emanciparse del desequilibrio, como nunca dejará de desesperar la espera, la vejación de alimentar el deseo de venganza, la traición de los sentimientos, el odio.
¿Con qué técnica? Sin ninguna duda, la historiográfica. Ninguna tiene tanta experiencia como ella, ni es tan inmediata. ¿Y qué prosa? No cabe duda. La sublime. ¿Puede haber alguna mejor? Como técnica, bastaría servirse de la sintaxis y encontrar el lugar más allá de la paradoja: la sintaxis para manipular la presentación de la ideas en su favor y sobrepasar la paradoja para buscarlas. El mejor procedimiento narrativo consistiría en no permitir que quede por escribir cualquiera de las ideas que haya sugerido otra anterior. Todo el milagro del texto lo oculta la alusión, que sin dirigir la lectura espera y satisface la inteligencia del lector.
¿Y la moral? ¡Ah, la moral! Nadie podrá invocar jamás un fundamento del discurso tan exigente. El adjetivo cínico no está fijado con precisión, o al menos no ha alcanzado el desarrollo que merece. Se ha quedado pequeño. Dice el diccionario que cinismo es desvergüenza en el mentir, placer insuperable que está en el origen del relato. Pero la savia que da fuerza al cinismo está en la otra proposición que hace. Cinismo también sería sostener ideas vituperables y actuar en consecuencia. Alcanzar la meta de la moral equivale a entrar en el dominio exclusivo de la voluntad. La responsabilidad que tiene la moral en el relato es excesiva. Solo es el marco dentro del que se pueden prever los juicios del lector. El autor que lo maneja con esta conciencia domina el efecto de sus cuadros. En el relato heroico la moral es canónica, los principios, ancestrales, los juicios, sólidos e inapelables. Quienes se muestran rigurosos en materia de moral deberían reconocer que solo la posibilidad de mentir justifica el esforzado acto de la escritura.
Solo se debe escribir por placer. También en esto estaba equivocado. ¿No ves que escribir es consecuencia de haber sido invitado al banquete?, una celebración sobre la que nadie tiene responsabilidad alguna.
Reserva de trabajo y migraciones. 2
Publicado: noviembre 24, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
En un año de crisis, a consecuencia de la falta de las migraciones estacionales, el déficit de riqueza que se produjera se incrementaría de manera vertiginosa. En 1750 el consumo de trabajo agropecuario tuvo que hundirse, un fenómeno en absoluto desconocido. Como la manutención y alimento de los trabajadores, en una población, en 1737, asimismo año crítico, consistía principalmente en las faenas que demandaban los labradores, dicen las fuentes, a partir de abril los más abandonaron el pueblo. Fue tan crecido el número de los emigrantes que disminuyó el vecindario en más de una mitad. Los que en 1737 a partir de abril abandonaban el pueblo se mudaron a la capital con sus familias, donde por esta causa se originó el problema de mayor magnitud. En 1750 el excedente de trabajadores de nuevo provocó cambios en los previsibles movimientos de población, y de nuevo en la capital tuvieron que hacer frente al alud. Como allí se encontraba mayores amparo y hospitalidad, el número de los que acudían a la capital a pedir beneficio en 1750 resultó excesivo.
En cuanto a los inmigrantes que cargaban con la recolección, aquel año no habría lugar ni siquiera a los desplazamientos previos del invierno para cerrar sus contratos. Otra parte de los movimientos tal vez tuviera su origen en una decisión política. A partir del momento en el que las autoridades públicas decidían racionar el consumo del pan en las poblaciones, para excluir bocas que creían excedentes por inútiles, provocarían una forma de emigración exclusiva de aquellas situaciones.
La evaluación del alcance económico de este cambio en las pautas de los desplazamientos también podría presentarse como costo de la migración, tanto para las poblaciones que prescindían temporalmente de una parte de su trabajo, y por tanto de las rentas que genera, como para las poblaciones receptoras, que recibían masas extraordinarias de inmigrantes que, al tiempo que generaban más costos, tenían más limitadas sus expectativas de obtener ingresos. Era difícil calcular, según nuestras fuentes, las necesidades que se creaban en la capital, porque a ella se acogían todos los necesitados de los demás reinos del sur, a consecuencia de la inmigración extraordinaria.
Pero, dado el comportamiento regular de los mercados de trabajo, cuando faltó una buena parte de las tareas de la invernada el problema se concentró en la parte cerrada de las poblaciones, la que en cualquier caso eludía la emigración. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña la preocupación se concentraba en que para entonces los trabajadores habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos. A consecuencia de la seca, que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo, que impedía toda clase de actividades, ya hacía muchos días que estaban sin el jornal diario los braceros de estos lugares. El déficit de trabajo, que a principios de la primavera afectaba sobre todo a quienes eran ocupados en la escarda, se convirtió en un problema público. En algunos mercados locales, la caída de la actividad degeneraría en tumultos, precursores de formas de protesta laboral más características de poblaciones cuyas economías terminaron acomodadas a la expansión de los mercados, grado de la civilización que solo se generalizó en tiempos más recientes.
Al día 2 de abril corresponden los primeros hechos inquietantes en la población donde estas protestas pueden conocerse con cierto detalle. Era por la mañana cuando a la casa donde vivía su síndico procurador general, el responsable de la defensa de los intereses públicos en el gobierno de la población, se arrojó gran tumulto de gente trabajadora. Demandaba de él que en ejercicio de su condición de síndico y padre de pobres solicitase para ella, porque perecía, limosna, pan o en qué trabajar. Otros informes, menos comprometidos con una parte del conflicto, identifican como protagonistas de estos hechos a algunos trabajadores a los que acompañaban muchos más.
El procurador fue desde la casa donde vivía a las capitulares con la intención de tratar el problema con los regidores que allí hubiera. Pero cuando llegó encontró a las puertas de la casa del municipio el mismo tumulto. Subió a la sala y en ella solo había algunos regidores, con los que efectivamente trató el asunto. Pero, como no eran suficientes para celebrar cabildo, decidieron que se convocase a todos para el día siguiente, viernes, con el fin de analizar la situación y decidir lo que fuera más conveniente.
Sobre las diez de la mañana le fueron notificados los tumultos al corregidor, la primera autoridad judicial y ejecutiva de la población. También supo que había algunos capitulares en el ayuntamiento con quienes podría reflexionar sobre lo que para aquel momento pareciera más conveniente. Cuando subía a la sede del municipio, encontró muchos hombres del campo congregados en la plaza. Estos, al verle, se fueron acercando a las casas capitulares. Uno de ellos se adelantó y dijo en voz un poco alta: “Solo un cuarto hemos juntado hoy”. El corregidor le hizo entender que subía a la sala a tratar de remediar su situación. Pero cuando entró, y encontró pocos capitulares, también decidió diferir la conferencia y las decisiones para el día siguiente, y procedió a la convocatoria formal correspondiente.
Al día siguiente, 3 de abril, el corregidor, ante los reunidos en el capítulo civil, reconoció que la necesidad era mucha, habían faltado en parte los socorros necesarios y algunos trabajadores habían encontrado un argumento en esta carencia. Invitó a los reunidos a que resolvieran lo que les pareciera conforme a su obligación, piedad y atención a lo que habían expresado los trabajadores. Los reunidos decidieron aplazar sus conclusiones a cuando hubieran terminado los registros de trigo que se estaban haciendo, una iniciativa combatida por la administración central en la que sin embargo persistían las autoridades locales. Se trataba de averiguar cuánto trigo había guardado en todos los almacenes de cualquier clase que hubiera en la población con el objetivo de incautar el que fuera necesario para garantizar la subsistencia. Sería entonces cuando se podrían dar con pleno conocimiento las providencias que a la institución correspondían.
Por el momento, no obstante, creyeron conveniente contener la osadía que comenzaba a manifestar la gente trabajadora, sin más justificación que el propósito de mantenerse a expensas de las limosnas muchos que no las necesitan, y quienes, aunque hubiese que trabajar, no solían hacerlo. Aquel mismo día aquella asamblea de gobierno había sido informada de que había bastantes hombres que se habían excusado de trabajar en las viñas con un jornal de trece cuartos y todo el vino que pudiesen beber. Para contener este atrevimiento, acordaron solicitar al coronel del regimiento de Santiago que pusiera dos piquetes, uno en las casas capitulares, de doce hombres y un cabo, y otro en la plaza del Altozano de otros doce hombres y otro cabo, para que estuvieran día y noche a disposición de las justicias, con el fin de contener cualquier desorden y para que siempre a las justicias se les guardara el respeto debido.
No consta que estos hechos conocieran mayores complicaciones. Parece que en aquel momento tuvo más capacidad movilizadora la amenaza a la subsistencia que la pudiera hacer peligrar el empleo.
Reserva de trabajo y migraciones. 1
Publicado: noviembre 15, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
El excedente de trabajo era regular, el volumen de quienes aspiraban a trabajar parecía excesivo. Se personificaba en la alta cantidad de hombres que la literatura administrativa del momento llamaba jornaleros. Según cálculos contemporáneos, en el sudoeste la proporción de jornaleros por labrador solía estar por encima de cinco, aunque quedaba lejos de llegar a diez en los casos de mayor diferencia entre una y otra cifra.
Que la proporción de hombres que ejercían como jornaleros fuese excesiva se adjudicaba, según una teoría extendida en la época, a la acción simultánea de: las normas aplicadas a la transmisión por vía de herencia del patrimonio familiar, que empobrecían a los herederos porque facilitaban la subdivisión de las tierras libres; el nivel de los precios, que a los observadores de mediados del siglo décimo octavo parece bajo y por tanto poco remunerador; y la supuesta falta de instituciones de crédito. No convence que estos factores operando a la vez tengan necesariamente aquel efecto, ni todos los supuestos son ciertos.
Otra teoría, más ajustada a factores causales inmediatos, partía de que la masa de jornaleros era consecuencia de la concentración de las labores, que reducía a quienes no eran labradores a la condición de jornalero. La restringida oferta de tierra que esto provocaba era causa de que muchos responsables de las pequeñas explotaciones tuvieran que ser simultáneamente jornaleros, probablemente en mayor proporción si se tiene en cuenta la procedencia de sus ingresos. Por eso buena parte de quienes se declaraban jornaleros poseían la clase de patrimonio que les permitía alcanzar ese estado, en especial el ganadero de labor.
De una o de otra manera, de la reducción de la población laboral agraria a la clase de los jornaleros resultaba, si hemos de creer a algunos analistas del momento, que estos no se casaban, el mayor perjuicio para el estado. Para ellos, la reducción a jornalero impedía el matrimonio, aunque al mismo tiempo afirmaban que las mujeres y los hijos de los jornaleros eran inútiles. Si las mujeres trabajaran como asalariadas, añaden, permitirían incrementar la renta de la familia cuyos ingresos dependían del trabajo. Pero las mujeres ni hilaban, ni iban a trabajar al campo. Que ni la mujer ni los niños ayudaban en las faenas del campo se podría explicar porque diariamente había que desplazarse hasta la explotación.
Una indagación más precisa del exceso de cada momento y sus consecuencias, observación adecuada para el análisis de la crisis, tendría que poner en relación la masa de trabajo a la que se podía aspirar con la población en edad laboral. Si el comportamiento regular del crecimiento de la población, en ausencia de mortalidad catastrófica, fuera positivo, habría que admitir que la proporción de población en edad laboral aumentaría constantemente. La desaparición de la mortalidad catastrófica permitiría el crecimiento positivo de la población y por tanto del tamaño de la oferta de mano de obra. Mientras la demanda de trabajo se mantuviera constante, habría exceso de población laboral.
No parece que la pauta biológica fuera tan definida durante la primera mitad del siglo décimo octavo, aunque tal vez la impresión puede ser más efecto de las dificultades para informarse que de lo que al crecimiento de la población le ocurriera entonces. Las fuentes más fiables son de la segunda mitad del siglo, y efectivamente permiten obtener un cuadro próximo al descrito. Pero quedan a mucha distancia del momento que observamos. Una solución transaccional podría ser poner en relación las cifras de jornaleros que registran los censos de fin de siglo con el tamaño de la población regional hacia 1750. Así se podría estimar el tamaño de la población amenazada por el déficit de trabajo para toda la región, e incluso sería posible observar el alcance del déficit por zonas, que sería función de las cantidades de jornaleros de cada grupo de poblaciones.
Cualquiera de estas estimaciones groseras de la reserva de trabajo no podría llevar a ningún resultado concluyente para adelantar en el análisis del déficit de trabajo desencadenado por una crisis. Parece que las relaciones que regían en el mercado de trabajo de la economía de los cereales, más que las pautas biológicas que acompasaban el crecimiento de las poblaciones, provocaba el fenómeno que marcaba el comportamiento del mercado de trabajo agropecuario, que era la permanente migración laboral. Las migraciones masivas por causa de trabajo eran una parte del orden regular de las poblaciones suroccidentales especializadas en el cultivo de los cereales. Es cierto que en la época el desplazamiento humano aún podía estar limitado por las condiciones señoriales que ordenaban, en mayor o menor medida, las poblaciones del momento. Pero la última palabra sobre el movimiento efectivo puede concedérsele a las posibilidades de que ocurriera.
El radio de acción de la búsqueda de trabajo se regía por el principio de la inmovilidad del hogar, lo que espontáneamente generaba los dos mercados que para la mano de obra distinguía la historiografía clásica, ambos locales, el domicilio y la feria anual. Aquel comportamiento actuaba en contra de la cotización de la fuerza de trabajo que se ofrecía. La mano de obra se convertía en la mercancía más estática, más estancada. La concurrencia actuaba en cada mercado en un grado muy bajo y era poco probable que los precios entre mercados locales tendieran a unificarse.
No obstante, según algunas explicaciones, un sencillo mecanismo podía provocar la expansión del mercado de trabajo y modificar el comportamiento regular de las migraciones. Lo desencadenaba la ampliación del espacio cultivado. La roturación de tierras en un municipio provocaría inmediatamente déficit del trabajo asalariado porque este sería transferido en masa, y bajo unas posibilidades distintas, al nuevo espacio cultivado. Inmediatamente estimularía al alza el precio del trabajo y, a continuación, incluso podía atraer población durante algún tiempo. La situación se prolongaría un máximo de tres o cuatro años, el tiempo que tardaban en agotar su fecundidad las tierras de menor calidad cuando se ponían en cultivo.
No parece una teoría desinteresada. Pero, dando por bueno que la causalidad entre factores que acepta esta explicación siempre actuara en las circunstancias regulares, sería posible evaluar el tamaño de las migraciones en cualquier caso, y por tanto su alcance. Bastaría poner en relación la superficie sembrada con la cantidad de hombres que esta tendría que demandar, según las cifras que precedentemente hemos ensayado. Restado a esta demanda el tamaño de la población jornalera que los censos precisan, se obtendría el tamaño estimado de la migración con su correspondiente signo.
Tal reconstrucción de las migraciones debería permitir además una conclusión, que también la renta que se obtuviera a cambio del trabajo de la superficie sembrada, en el caso de déficit o signo negativo, se perdería. No se trata tanto de la renta que se obtuviera a cambio del trabajo, que podría ser recompensada por la del trabajo que en otro lugar el migrante consiguiera; sino la renta que se obtuviera de la adquisición de trabajo ajeno para invertirlo en la tierra del lugar que perdiera al menos una parte de su energía humana. Cuando la mano de obra desapareciera de su mercado laboral, los rendimientos que de ella se obtuvieran dejarían de conseguirse, y el producto que de esta primordial aportación de energía pudiera obtenerse no llegaría a consumarse.
Esta posibilidad amenazaba cada ciclo a consecuencia de la caída del consumo de trabajo. Una parte del déficit era a un tiempo estacional y regular. Cuando cada año llegaba el denominado tiempo muerto, y la lluvia o el frío se imponían, no se podían hacer las faenas y se anulaba la posibilidad de trabajo. Era muy común que durante los meses de invierno las poblaciones se llenaran de hombres del campo que a causa del tiempo adverso retornaban a la población al día siguiente de haber trabajado.
A raíz de esta caída de la actividad se originaban migraciones regulares de corto radio, no obstante lo que más arriba se afirma sobre los movimientos de los trabajadores. Tan significativo desplazamiento de población desocupada ocurría en beneficio de los lugares donde las oportunidades de sobrevivir eran mayores. Los que ofrecían más posibilidades para atraer a los emigrantes eran evidentemente los de mayor tamaño, hacia los que con preferencia fluían los que se ausentaban provisionalmente del campo. Cada invierno, iban a la capital de la región por millares.
La amenaza de la pérdida de renta de las explotaciones por falta de quien trabajara alcanzaría un grado alarmante cuando afectara al extraordinario consumo de trabajo en tiempos de siega. Cuando ocurría la gigantesca demanda de la recolección, y la mayor cantidad de mano de obra era necesaria, en primer lugar se recurría a la ayuda del vecindario. Pero la población laboral radicada solía ser insuficiente. Era regular que en las poblaciones la oferta de actividad sobrepasara la cantidad de población apta para emplearse en este trabajo. Déficit de población y expansión del mercado de trabajo estacional eran el origen de los grandes movimientos anuales de población.
Como los grandes movimientos migratorios eran estacionales, que es tanto como decir que no modificaban la radicación del hogar, seguían corrientes estables, que también se atenían a la rigidez que ha sido descrita. La subida del precio de aquel trabajo era tan regular como el retorno de los ciclos, y de esta forma se garantizaba la rentabilidad de las explotaciones. No era la modificación de la demanda de mano de obra la que conducía los desplazamientos de la mercancía y su acceso a los mercados, sino las mencionadas corrientes. En invierno acudían en busca de este trabajo hombres del centro y del norte de la península y acordaban sus contratos para cuando finalizara la primavera.
Los gallegos que acudían a la demanda de trabajo para la siega de la región, parte más estable y más conocida de estos movimientos pendulares, tenían trazada una ruta que pasaba avanzada la primavera por Zamora, donde solían aprovisionarse al menos para una parte de su viaje. Otra parte de estos inmigrantes estacionales procedía de Santander, para cuyos habitantes era un destino preferente. Según un análisis correspondiente a mediados del siglo décimo octavo, que informa tanto de los desplazamientos definitivos como de los estacionales, algo más del 15 % de todos sus emigrantes elegía como destino la región, preferencia solo superada por las Indias.
Al menos una parte de los inmigrantes laborales que llegaban al suroeste hacían su camino a pie. Viajaban en grupo, porque de lo contrario no eran alojados en el trayecto, y era frecuente que se añadieran al viaje de alguna recua o vehículo. Cuando emprendían el viaje de retorno a sus lugares de residencia, quienes habían llegado hasta la región para trabajar en la siega formaban grupos, a cuyo frente un experto en las rutas del norte actuaba como guía, para evitar que los salteadores les robaran sus ganancias. Si concluían con éxito el peor tránsito, en un santuario próximo a Ponferrada dejaban como exvotos sus hoces.
La piedad de los antiguos
Publicado: noviembre 6, 2022 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Entre los masagetas, según cuenta Herodoto, regía en tiempos arcaicos la feliz costumbre de que, cuando alguien alcanzaba la ancianidad extrema, sus allegados le evitaban terminar sus días a causa de la enfermedad inmolándolo, y con él un buen número de animales de antemano consagrados al sacrificio. A continuación, cocían todas las víctimas, la humana y las bestias juntas, y las sacralizaban ingiriéndolas durante un banquete en honor del difunto, de quien de este modo celebraban que hubiera escapado a una muerte cruel. Este era el modo de conmemorar que alguien hubiera eludido la muerte natural, lo que para ellos era la felicidad extrema.
Tan singular costumbre ni era exclusiva ni consiguieron mejorarla los indios padeos de tiempos de Darío, que incurrieron en el exceso de la cantidad. Cuando enfermaba alguien de la tribu, también sus allegados resolvían sacrificarlo, el hombre por los de su sexo, la mujer por las del suyo, justificándose con que si la enfermedad lo estragara sus carnes se corromperían. No valía que los afectados protestaran no estar enfermos, tal como solía ocurrir. Nadie los creía, y los parientes, resueltos, sin aguardar a que se manifestaran otros signos del mal, con sus cuerpos se daban un banquete. La consecuencia era que entre los indios padeos la vejez era rara, a pesar de lo cual, si alguien la alcazaba, tal como los masagetas, la conmemoraban inmolándolo y comiéndoselo.
De los isedones se sabe que cuando a un varón se le moría el padre sus allegados le regalaban reses, que sacrificaban y descuartizaban, tras lo cual también partían en cuatro trozos el cadáver del difunto. Con todas las carnes juntas procedían a celebrar un banquete, pero la cabeza, de la que habían despojado al muerto antes, la depilaban, la lavaban con cuidado y la bañaban en oro. Una vez seca, la veneraban como una imagen sagrada a la que se ofrecían sacrificios todos los años.
La vuelta al mundo
Publicado: octubre 29, 2022 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Antonio Pigafetta, nacido en Vicenza, donde Andrea Palladio concentraría su arte, escribió la crónica más divulgada de la travesía que completó la flota de Magallanes. La dirigió a un antepasado de Villiers de l´Isle Adam, el autor de los Cuentos crueles, de nombre Filippo, gran maestre de la orden de Rodas, de la que Pigafetta era caballero.
Durante los años que consumió la derrota fue tomando nota de hechos singulares, unos vividos, otros conocidos por relatos. De ellos explota el contraste de las costumbres, y abunda en lo anómalo. Parece que su propósito hubiera sido atraer la atención del lector invirtiendo los valores de su mundo.
Cuenta que en las aguas del Mar del Sur de China quienes vivían en sus poblaciones litorales, cuando salían a navegar encontraban flotando un fruto más grande que una sandía, cuyo origen les era desconocido. Uno de los juncos que habitualmente salían a la ventura, navegando por sus aguas, un día fue arrastrado por el viento hasta unos violentos remolinos. Destrozada la embarcación por la fuerza de los giros, y absorbidos todos sus tripulantes, asido a un madero sobrevivió un niño que los acompañaba. Para ponerse a salvo, subió a un árbol que emergía junto a los vórtices y en él se cobijó, rendido, perdida la noción del tiempo. Al despertar un día después, fue consciente de que había dormido bajo el ala de un gran pájaro. El ave convivía con otros ejemplares de su mismo tamaño en aquel árbol gigantesco, que era el responsable del fruto enorme que atrapaban con sus redes los pescadores del litoral. Los pájaros, de extraordinaria envergadura, estaban dotados de tanta fuerza que eran capaces de llevar hasta sus nidos, para asegurar la manutención de los suyos y la propia, búfalos y hasta elefantes, que transportaban aferrados con sus garras. Fue cuando el pájaro que lo había cobijado voló para hacerse con un búfalo que el niño pudo volver a su tierra.
De los habitantes de una isla en el área indonesia, próxima a Timor, dice que son muy veloces, y de ellos le llama la atención su voz, que es aguda. Cobijan sus hogares en cuevas subterráneas, se afeitan todo el cuerpo y no emplean indumentaria alguna, y se alimentan de lo que pescan tanto como de una resina blanca, que extraen en forma de bolas de entre la corteza y el tronco de ciertos árboles. No son más altos que un cubo, precisa, y del mismo tamaño que sus cuerpos son sus orejas, propiedad que les proporciona la ventaja de utilizar una para acostarse dentro de ella y la otra para protegerse de la intemperie de la noche.
De buena parte del relato se tiene la sospecha de que tal vez lo que le pareciera más eficaz, para hacerse con la atención de sus lectores, fueran las escenas de antropofagia. Supo que en la isla de Sulach, también del área indonesia, habitaba gente sin creencias y desprendida, que andaba desnuda por su país, cubría sus compromisos con un trozo de la corteza de un árbol y comía carne humana.
No le parecen mucho menos peculiares que los hombres que se hacen llamar Los Peludos, que viven en un cabo de la isla de Mindanao, a la orilla de uno de sus cauces fluviales. Son esforzados y felices guerreros que se sirven de arcos y espadas, de solo un palmo de longitud, para enfrentarse a sus oponentes. Cuando en el transcurso de un encuentro se cobran la vida de uno, se comen nada más que su corazón. No lo elaboran, salvo que lo marinan con zumo de limón o de naranja.
Menos frecuente era lo que ocurría en un lugar de la Tierra de Verzin, actual Brasil. Allí el hijo único de una anciana murió a manos de los jóvenes de una tribu vecina, con la que los suyos se mantenían enemistados. Días después, los consanguíneos del varón que había dejado a su madre desolada, dieron con uno de los que habían participado en su muerte, se hicieron con él y lo llevaron a presencia de la anciana para que decidiera. Le propinó un mordisco en la espalda, a pesar de lo cual, y de su prisión, consiguió huir y volver con su gente, a la que contó que habían querido devorarlo. La réplica no se hizo esperar. A la primera oportunidad, una vez tomados presos algunos de la tribu de la anciana, se los comieron, tras lo cual los deudos de los devorados, como venganza, no tuvieron más que comerse a quienes antes habían sido comensales. Pero cualquiera de ellos, para digerir el cuerpo de la represalia, que guardaban como bien comunal, cada vez que decidía congratularse con la venganza le cortaba del muslo un filete, se lo llevaba a su casa y allí lo ahumaba. A los ocho días, para completar el rito, volvía sobre el cuerpo conservado y se cortaba otra porción, que esta vez asaba y combinaba con los otros manjares que reservaba para su mesa. Todo lo cual lo celebraba en conmemoración de sus enemigos. Bajo aquellas premisas regía en aquellas tierras el derecho de gentes.
Debió ser el espíritu de emulación lo que condujo a quienes se habían aventurado en la travesía a tomar decisiones equiparables. Estaba la expedición atracada en un islote próximo al cabo de Gaticara, en el extremo sur de la India, cuando se vio sorprendida por un ataque de la población indígena. De resultas de la emboscada, se vieron privados del esquife de la nave capitana, que los atacantes apresaron. Cuando se disponían a desembarcar para recuperarlo, algunos de la tripulación, contaminados por aquellas aguas insanas, encargaron a los ballesteros de la tropa que defendía la flota, responsables del contraataque, que si mataban a alguien, hombre o mujer, les trajeran sus intestinos, porque estaban seguros de que en cuanto se los comieran se curarían.
Tampoco quiso privarse Pigafetta de relatos que le pudieran ganar la simpatía más espontánea, haciendo concesiones a la fantasía y a la identidad. Si no es posible asegurar que con este recurso consiguiera más aplauso de sus lectores que con el de la antropofagia, se puede conjeturar.
Refiriéndose a quienes viven en la isla de Mactán, del archipiélago de las Filipinas, revela que sus varones, porque son de escasa potencia, la estimulan con una barrita de oro o de estaño que les atraviesa el miembro. Diversas veces quise que me lo enseñaran muchos, así viejos como jóvenes, pues no lo podía creer, reconoce, y a continuación se recrea en la descripción de los efectos de tan singular costumbre. Y a propósito de los solteros de Java, estos tocados por el don de la poesía, cuenta que con un hilo, cuando se enamoran de una joven, se atan al miembro una campanilla. Al acercarse a la ventana de la pretendida, la campanilla suena entusiasta, y al momento ella acude, y hacen su voluntad. A sus mujeres les causa gran placer escucharlas cómo les resuenan dentro de sí, concluye.
Las relaciones laborales
Publicado: octubre 18, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: trabajo, agrario Deja un comentarioRedacción
Quienes poseían las explotaciones mayores, tanto en extensión como en orden, para adquirir el trabajo que necesitaban sus empresas a lo largo del año comprometían una gama restringida de relaciones, si bien, para referirse a ellas, recurrían a un lenguaje que oscilaba. Había quien discriminaba entre trabajadores fijos, temporeros y jornaleros, mientras que un hombre que explotaba al mismo tiempo un cortijo y una dehesa se servía, por una parte, de los que llamaba los criados mayores de la labor, y por otra, entre otros, de temporiles y pastores. Pero en buena parte de los cortijos, a quienes trabajaban en ellos de manera estable preferían denominarlos sirvientes, al tiempo que otros los llamaban genéricamente temporiles.
Tan distintas maneras de expresarse no ayudan a reconstruir las redes de nexos que tejieran. Sin embargo, no son un obstáculo que impida definir sus modalidades. Todas las formas de adquirir el trabajo ajeno que necesitaban las empresas de cereal, tal como las ponen al descubierto los casos que hemos coleccionado para 1750, es posible reducirlas a tres. En el lado de quienes vendían el trabajo, las personificaban sirvientes, temporiles y jornaleros, denominaciones que en lo fundamental hacen referencia al tiempo durante el que se mantenían los respectivos vínculos con el comprador.
Tomando como referencia el nombre del tipo, se puede conjeturar que en los sirvientes, estuvieran o no sujetos a la servidumbre de derecho, o sus afectados actuaran o no como siervos, sobreviviría de algún modo la forma servil de transferencia del trabajo. Incluiría un compromiso personal con el amo o dueño de la labor que los haría dependientes de él. El vínculo sería anterior a la organización de las labores y se prolongaría más allá del tiempo del que aquellos hombres pudieran disponer de su trabajo con autonomía, o de la relación que con el amo acordaran para cada actividad, tanto que comprometería su capacidad para decidir incluso más allá de las obligaciones laborales.
La palabra criado, empleada esporádicamente para referirse a quienes trabajaban para una explotación de manera estable, podría indicar alguno de los rasgos de la subordinación derivada de aquel vínculo, por lo que contiene todavía de obligación de mantener a quien está sujeto a la autoridad de un señor. De la conciencia que esta situación pudiera crear, más allá de las suposiciones, se pueden leer explícitas declaraciones contemporáneas, como la que decía que servir a un amo era acomodarse a un miserable estado.
A los sirvientes se confiaban las actividades permanentes, permanentes en la medida en que afectaban a todo el ciclo anual. Aunque no todas las de esta clase se resolvían con sirvientes, siempre que se disponía de sirvientes quedaban comprometidos en trabajos de esta duración. Así, por ejemplo, en una labor de mil fanegas al tercio (sementera, barbecho y descanso) se califican como sirvientes los quince hombres que era necesario contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era: un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno que se empleaba en la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, así como diez gañanes, que trabajaban en el arado.
El examen de otros casos descubre otros matices de la relación. En uno, a la vez que se identifican como sirvientes del cortijo el aperador, el mayordomo de campo, el casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo y su zagal, también son reunidos bajo la misma etiqueta algún temporil [sic] y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario. Las dos últimas menciones crean confusión porque uno de los términos que nos proponemos esclarecer, temporil, contamina al de sirviente.
A veces, para distinguir entre el personal estable en la explotación, como sinónimo de radicado en ella, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a todos los cuales también se refieren los contratantes como servicio de labor, lo que también crea confusión, en la que medida que puede interpretarse que ganadero no es sirviente de un cortijo aunque sí servicio de la labor. Además, que los sirvientes sean radicados tampoco significa que su número permanezca inalterable a lo largo del año. En alguna ocasión explícitamente se dice que estos suelen aumentar y disminuir.
A los temporiles de los cortijos nuestras fuentes, cuando se expresan genéricamente, se refieren como trabajadores para las faenas de por tiempos. El ciclo completo de las actividades estacionales, que eran siembra, barbechos, escarda y recolección, solía dividirse en dos temporadas, la primera, desde el uno de octubre hasta el treinta de abril; la segunda, desde primero de mayo hasta terminar septiembre. La mayor parte de las grades explotaciones declaraban su necesidad de temporiles. Para anudar el vínculo era condición necesaria completar una parte o todas las actividades del año, y había temporiles que podían ser demandados para dedicarlos a las agrícolas o al cuidado de la cabaña durante todo el ciclo.
Temporiles a tiempo completo eran el aperador, el casero, el guarda, los pastores, el yegüerizo y el arriero, y también había mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas. Pero a mediados del siglo décimo octavo la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible. Cada compromiso podía abarcar una de las dos temporadas, e incluso una parte de cualquiera de ellas. Así, los trabajadores del campo que poseían patrimonio de labor. A veces se les llama temporeros, expresamente trabajadores a tiempo parcial que tenían su propia yunta y eran empleados por los labradores cuando necesitaban arada para sus tierras. Una duración de esta versión del vínculo en 1750 la pone al descubierto una explotación intermedia. Una viuda que tenía en arrendamiento una haza de tierra calma de setenta y dos fanegas, y que solo poseía cuatro arados reveceros, para labrar estas tierras, según declaró, necesitaba gañanes para la sementera, lo que puede interpretarse como un recurso tanto para la siembra como para los barbechos.
Otras duraciones están más definidas en los testimonios. En un cortijo que se componía de dos hojas de tierra, una de trescientas setenta y dos fanegas y la otra de trescientas sesenta, y para cuyas labores se mantenían diez arados, se contrataban aperador y sembrador solo para los cuatro meses de siembra y barbechos que su dueño tenía calculados. Para otro cortijo que tenía el mismo labrador, con cien fanegas de tierra poco más o menos, y otras sesenta y ocho en diecisiete suertes de tierra, de cuatro aranzadas [sic] cada una, repetía el plan de contratos: diez arados, aperador y sembrador para dos meses de siembra. Así pues, este labrador contrataba a un aperador por cuatro meses para dos faenas y otro por dos meses para otra, cuando aquella responsabilidad, para una empresa con el tamaño que declara, solía ser permanente.
También había quienes contrataban por temporadas que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica. Tal podía ocurrir con los zagales, y en general con todos los trabajadores que ocupaban el último escalón de las dedicaciones ganaderas.
Parece por tanto que en el lenguaje del momento temporil era el trabajo asalariado estable, un recurso de tamaño bastante circunstancial, independientemente de su duración. Con aquella denominación, quienes se atenían a esta relación evocaban que para ellos se trataba de un vínculo derivado del tiempo de su vida que estaban dispuestos a poner en venta. Evaluando el que a cada trabajo dedicaban, deducirían la renta que en casa caso deseaban o podían adquirir. Encarnarían por tanto una modalidad autónoma de prestación de trabajo, sujeta a un vínculo o contrato ajeno a la dependencia personal.
En la denominación regional, a quienes personificaban el trabajo asalariado episódico se les aplicaban denominaciones como bracero o jornalero, aunque cuando se expresaban sus protagonistas preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo. Muchos de ellos especificaban que su dedicación no partía de exigencias previas, que vivían dispuestos a emplearse a todo tráfico.
El trabajo asalariado episódico se contrataba cuando era necesario disponer del trabajo en cantidades masivas, solo para ciertas faenas y por tiempo limitado, tanto que podía reducirse al día, la unidad de tiempo que regía las duraciones de todos los vínculos laborales entonces. Podía emplearse para cualquiera de las faenas marcadas por el calendario de cultivo que imponían el recurso a un aporte en masa de la energía humana. Para la siembra, se identifican los gañanes y los sembradores, y para los barbechos, los primeros. Para la escarda, a la gente que trae arrancando o escardadores, y para la recolección a su tres tipos característicos, los segadores, los gavilleros y la gente de era. Cualquiera de ellos, a decir de los contemporáneos, vivía de los grandes y pequeños labradores, trabajaba bajo la dirección de un capataz y cobraba su jornal el día que lo llamaban.
El trabajo asalariado episódico no plantea dudas. Era complementario de cualquiera de las actividades y bastaba contratarlo por días cuando era necesario. No necesitaba más vínculo que el salario. Distinto es lo que los testimonios informan sobre sirvientes y temporiles, cuyas diferencias no están claras. Es necesario resolverlas.
El tipo de trabajo de cada uno se muestra poco útil a la distinción. Es verdad que las especialidades asociadas a la recolección son patrimonio exclusivo del trabajo asalariado episódico. Pero los trabajos ganaderos tanto pueden ser de sirvientes como de temporiles, y todos los demás pueden sujetarse a cualquiera de las tres fórmulas.
Si tomamos como criterio la duración del vínculo, el tiempo del sirviente, solo por su denominación aparenta ser superior al ciclo agropecuario anual. Aunque es verdad que a los sirvientes se confiaban las actividades que abarcaban todo el ciclo anual. Sirvientes eran los hombres a los que había que contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era. Sin embargo, también los sirvientes solían aumentar y disminuir a lo largo del año. Luego bajo la condición de sirviente también se acogería una modalidad de relación que no sobrevivía en el tiempo más allá del desempeño de las actividades para las que eran tomados los servicios.
Y al mismo tiempo ocurría que no en todos los casos todas las actividades permanentes se resolvían con sirvientes. También con temporiles se podían completar todas a una parte de las actividades del año si eran ordenadas como faenas estacionales. Cada compromiso podía abarcar una o las dos. La diferencia parece que es que también la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible, solo para los cuatro meses de siembra y barbechos o solo para dos meses de siembra. Incluso había quienes contrataban temporiles por tiempos que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica.
Quizás un criterio diferenciador más activo pudo ser la residencia. Como a veces, para distinguir entre el personal radicado en la explotación, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a quienes también se refieren los contratantes como servicio de labor. Estas afirmaciones parecen suponer que el vínculo sirviente es más probable que radicara en el cortijo. Pero como los ganaderos también pueden ser temporiles, no parece que pueda oponerse sirviente radicado a temporil transeúnte.
También muestra que la diferencia entre sirviente y temporil era por razón de residencia no estaba marcada que el personal que reside de manera estable en la explotación sea de dos clases compatibles, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, y que ambos sean reunidos bajo el concepto único de servicio de labor. Aun siendo servicio, el ganadero no sería sirviente. Sería servicio porque reside de manera estable en el cortijo.
Tampoco la categoría laboral es bastante para marcar las diferencias, aunque sus posibilidades son las mayores. Son sirvientes el mayordomo de campo, el capataz o aperador, el pensador, el ayudador o casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo, los zagales, así como los gañanes que trabajaban en el arado. Pero a veces eran temporiles, entre otros, el aperador, el casero, el sembrador, el guarda, los pastores, el yegüerizo, el arriero, los zagales y demás personal ganadero subordinado a rabadanes y pastores, así como los mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas o los que eran referidos simplemente como arados que se contrataban. Además, redunda que en que la línea que separaba a sirvientes de temporiles era franqueable que se identifiquen como sirvientes algún temporil y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario.
Todo parece indicar que las condiciones de sirviente y temporil eran intercambiables. Cualquiera de ellos era trabajador del campo a todo tráfico y se vincula según oportunidades. Los que oscilan entre sirvientes y temporiles probablemente tienen como condición necesaria, para ganar un vínculo más duradero, la posesión de ganado de labor. La situación intermedia, entre el asalariado temporal y el asalariado episódico, que personifica un grupo muy estimable, el de los trabajadores del campo que poseían patrimonio ganadero de labor, puede contener una parte nada despreciable de la explicación. Eran contratados para la sementera en sentido amplio, es decir, siembra y barbechos. Que sean explícitamente gañanes pone en guardia sobre el uso de este término, que se documenta en buen número de casos. Bajo esta denominación podía ocultarse la masa de temporiles que eran contratada para completar las necesidades de energía de las labores. No es irrelevante que una parte de una labor que contrataba diez arados fueran sesenta y ocho fanegas en diecisiete suertes de tierra de cuatro aranzadas cada una. Completa esta posibilidad que los gañanes pudieran ser contratados también como trabajadores asalariados episódicos. Hasta podían ser trabajadores temporales episódicos los gañanes contratados la siembra y los barbechos, los primeros.
Quizás todo pueda reducirse a que en buena parte de los cortijos sus amos, a quienes trabajaran para ellos durante más tiempo prefirieran sujetarlos a la condición de sirviente, que se referiría a las obligaciones del vínculo, servir, y no a la posición en las relaciones ni a su duración, ni siquiera a la remuneración del trabajo. Al mismo tiempo, habría labradores que decidirían obtener el trabajo que necesitaran contratando a temporiles. Mientras que para aquella relación la posición que se impone sería la del amo o señor de la labor, en el caso de los temporiles su relación con el labrador la decidirían las condiciones salariales convenidas.
Lo que va de auténtico a veraz
Publicado: octubre 17, 2022 Archivado en: Marino Allende | Tags: documentos Deja un comentarioMarino Allende
Cuatro documentos, correspondientes a plena segunda mitad del siglo quince, referidos a un lugar llamado Facanías, entonces población de un condado al sudoeste de la península y frontero con Portugal, el condado de Niebla, relatan unos hechos que permiten ensayar, con las mismas invariantes que si dispusiéramos de los compuestos para un ensayo, los reactivos que los más previsores ponían a punto con el fin de adquirir derechos. Te propongo que los tomemos como referentes para averiguar los hilos que se mueven en tales casos.
Quizás pienses que a desentrañar la complejidad del problema nada puede contribuir la insignificancia de una aldea. Estoy convencido de lo contrario. Desde hace tiempo trabajo persuadido de que las dimensiones no alteran la esencia, y que cuando se observan fenómenos a escala es posible neutralizar la interferencia de piezas que en las situaciones más complejas impiden que se concentre la atención en el comportamiento de los factores decisivos. Así procede desde hace siglos, con indudable éxito, la hermana mayor de la narrativa, de la que el relato historiográfico es solo su descendiente más ingenuo. Es muy probable que no podamos más especular con unas y con otras posibilidades. Es inevitable cuando se trata de textos administrativos lejanos, distantes también por su laconismo, que se interponen en nuestros deseos de saber. Pero yo no tengo el menor inconveniente en emplearme de esa manera. Nada más que corremos el riesgo del error, de los errores reiterados, que siempre me han parecido preferibles a permanecer en silencio.
Tan singular concentración de testimonios, tratándose de una población mínima, puede parecer la consecuencia del azar que decide sobre la conservación de los documentos. De sus contenidos, y de las líneas ininterrumpidas de las dos tradiciones que se han esforzado por que sobrevivan, se deduce que los hechos reflejados en ellos es muy probable que ya fueran considerados por sus protagonistas, tanto los de la primera como los de las sucesivas generaciones, si no decisivos desde aquel punto de vista, avisos para navegantes.
A una de las tradiciones la podemos denominar condal porque tiene su origen en la parte del archivo del señor de Facanías que se conserva en Sanlúcar de Barrameda. Culminó en 2006 con un admirable trabajo de Ana María Anasagasti y Laureano Rodríguez, quienes editaron todos los documentos de la baja edad media relacionados con aquel condado de los que tenían referencia. A su esfuerzo tendremos que estar siempre agradecidos, y de ellos todos los que nos interesemos por sus contenidos seremos deudores durante bastante tiempo.
Parte de la copia, hecha en Sanlúcar de Barrameda el 7 de enero de 1570 por un tal Alonso de Cabañas, secretario de la cancillería señorial, de un documento que confirma derechos a favor del municipio de Valverde del Camino, provincia de Huelva; asimismo fechada en Sanlúcar de Barrameda casi cincuenta años antes, el 6 de enero de 1526. Se puede conjeturar, a partir de lo que describen sus editores, que allí tal vez se conserve como un cuaderno en papel, con más de ocho folios, escrito en letra procesal encadenada.
De su contenido, Anasagasti y Rodríguez se limitan a transcribir, ajustándose a los límites cronológicos que impusieron a su trabajo, el documento de 20 de enero de 1493, que a su vez incluye: a) uno de 28 de noviembre de 1480 que contiene el de 10 de febrero de 1479; b) otro de 27 de febrero de 1481 que inserta el de 29 de noviembre de 1480; c) el anterior a 24 de enero de 1492; y d) el de 24 de enero de 1492. Mientras que los dos últimos documentos están referidos a Valverde del Camino, los que alcanzan hasta 1481 son los cuatro que corresponden a Facanías, en los que por su alcance hemos decidido concentrar nuestro interés.
La otra tradición, a la que parece adecuado llamar local, la ha completado rigurosamente en 2022 Juan Carlos Castilla. Tiene su origen en un códice de ocho folios de pergamino, con el íncipit y la primera inicial adornados e iluminados, escrito con una letra anacrónica, que se conserva en el archivo municipal de Valverde. Contiene otra copia del mismo reconocimiento de los derechos que el 6 de enero de 1525 [sic] su señor había confirmado a Valverde y que también certifica Alonso de Cabañas el 27 [sic] de enero de 1570 en Sanlúcar de Barrameda.
La copia inserta primero su solicitud por el concejo de Valverde, sin fecha, aunque anterior y próxima al 27 de enero de 1570, que la justifica porque debe valerse de ella cuando ya su original se ha deteriorado. A continuación, reproduce todo el cuerpo documental solicitado, que es el que se contiene en el documento de 20 de enero de 1493, y que por tanto también incluye: a) el documento de 28 de noviembre de 1480 que a su vez inserta el de 10 febrero 1469 [sic]; b) el de 27 de febrero de 1481 que a su vez incorpora el de 29 de noviembre de 1480; c) el anterior a 24 enero 1492; y d) el de 24 enero 1492. Por último, copia la carta de 6 enero 1525 [sic] que confirma el documento precedente con todos sus insertos.
Como puedes comprobar, las fechas de las copias que dan origen a las dos ramas de la tradición difieren en veintes días, aunque ambas se identifican como efectuadas en Sanlúcar de Barrameda y certificadas por el mismo secretario. Con los datos que proporcionan las ediciones, se puede creer que tal vez ocurriera que la copia condal, formalmente concluida el 7 de enero de 1570, actuara como arquetipo a partir del cual se hizo la solicitada por el concejo de Valverde, al que le sería entregada veinte días después. Sin embargo, nada lo demuestra, y por tanto positivamente solo podemos admitir que se trata de dos copias diferentes, en cuyo caso, dada la alta concordancia entre ellas, el arquetipo sería una tercera pieza de la que no tenemos noticia.
Su autor tendría a la vista los originales, una parte de los cuales está descrita por los documentos posteriores. El primero fue una carta escrita en papel. Recibido por las instituciones que rigieran el lugar de Facanías, pasado algún tiempo le comunicaron a su señor que había empezado a rasgarse. Para contener el peligro que por esta causa amenazaba la verificación de los derechos que regulaba, el municipio le había pedido que la expidiera en pergamino, y ese fue el origen diplomático del segundo acto documental, el consumado el 28 de noviembre de 1480.
La iniciativa tendría la consecuencia deseada. El tercer documento, cuyo original fue fechado el día siguiente, 29 de noviembre de 1480, alude al suscrito el día anterior como un privilegio del señor escrito en pergamino de cuero y firmado de su nombre y sellado con su sello pendiente de cintas de seda a colores y refrendado de Juan de Écija, su secretario. Lo mismo ocurre con el documento de 29 de febrero de 1481, el cuarto de los que concentran nuestra atención. Su continente se refiere a él como un privilegio con sello pendiente en cintas de seda verde y custodiado en una caja de madera.
Caben pues pocas dudas sobre que las dos tradiciones, por lo que se refiere a los cuatro documentos de Facanías, descienden de los mismos originales, aunque a veces ciertas diferencias de lección planteen algunas dudas, nada serio, excepto la fecha del primer documento, que las separa radicalmente; una sorprendente anomalía, mucho más si tenemos en cuenta, no ya la posibilidad del arquetipo, sino la precisión en la que concuerdan las copias cuando describen los originales a los que se remiten. En la copia local se lee que fue suscrito el 10 de febrero de 1469, mientras que los que siguen la del archivo señorial leen siempre 10 de febrero de 1479.
Es indudable que en alguna de las copias, al escribir el año, alguien cometió un error. De no disponer de otro indicio, sería lo bastante explicativo el error por sustitución, uno de los que se suelen clasificar como triviales, convincente por sí mismo. Quien maneja manuscritos que expresan las cifras con palabras seguro que en más de una ocasión incurre en el error de leer sesenta por setenta y viceversa.
Bastaría como explicación. Pero, aunque fuera acertada, no resuelve la disparidad. No inclina la balanza hacia ninguno de los dos lados, y por tanto no podemos tomar ninguna decisión sobre la fecha correcta del documento, ni por tanto disponer de una referencia cierta a partir de la cual hacer los cálculos de tiempo transcurrido entre los hechos retenidos por los documentos.
Tenemos que seguir especulando. Por lo que dicen las copias publicadas, el origen del error, con más probabilidad, pudo ser el traslado del documento de 10 de febrero escrito en papel al primer soporte en pergamino, el efectuado el 28 de noviembre de 1480. Parece una explicación suficiente teniendo en cuenta que la versión original, en papel, a pesar de su deterioro, es muy probable que se conservara en Facanías. Es más. Todo indica, por las respectivas descripciones de 28 de noviembre de 1480, que el original con todas las formalidades debió conservarse allí, porque allí fue donde fundó derecho y desde allí se solicitó su versión a un soporte más duradero. El responsable de su puesta por escrito, Juan de Écija, también secretario del señor, que circunstancialmente la ejecutó en Trigueros, o más probablemente quienes escribieran bajo sus órdenes, pudieron incurrir en el error de lección o de copia al registrar el documento, fuente a partir de la cual tendría que expedir la cancillería del señor las posteriores copias. El error pudo perpetuarse en los sucesivos momentos de la tradición (las copias de 1526 y 1570) que partiera de archivo señorial. Pero no llegaría a contaminar la local, porque Valverde, ya en 1525, y también en 1570, habría concurrido con sus originales a la cancillería del señor para que le certificaran sus derechos, y en ella nadie habría reparado en el error, en ninguno de los dos momentos. En ese caso, la veracidad correspondería a 1469; si bien, aunque tanta suposición estuviera bien argumentada, tendríamos que reconocer que tampoco la convivencia con el original excluye el error, y que por lo tanto, por lo que respecta a la veracidad, los términos deban invertirse; con lo que volveríamos al principio.
Si seguimos recapacitando, y nos limitamos a lo que realmente queda a nuestro alcance, que es el par de ediciones de las copias de 1570, solo estamos legitimados para afirmar que el responsable del error solo pudo ser el autor material de una de ellas. De haber tenido su origen en la local, solemne e iluminada, destinada a preservar derechos, habría que atribuirlo al copista de la conservada en el archivo de Valverde. De lo contrario, habría que atribuírselo al que puso por escrito el ejemplar que se conserva en el archivo señorial.
En cualquier de los dos casos, el azar, el error inadvertido, pudieron ser los responsables de la consecuencia. Pero si, aconsejados por el hecho de que el error se concentra en la fecha, probamos a excluir el azar de nuestras conjeturas, lo más convincente sería aceptar que la diferencia de año pudiera estar relacionada con la fundación de derechos, algo que nunca conviene perder de vista cuando se trabaja a partir de documentos, que son instrumentos y que por tanto, cuando cuentan con todos los requisitos exigidos por la ley, tienen valor probatorio. Los casos de su manipulación eran demasiado frecuentes cuando durante la época moderna las partes los presentaban ante los tribunales como testimonios.
En pleno siglo dieciséis, el municipio que ya entonces era conocido con el topónimo Valverde del Camino, y que a fines del siglo quince heredaría los atributos institucionales de Facanías, decidió utilizar los tribunales para competir por el aprovechamiento de tierras baldías del condado de Niebla en las condiciones más favorables, un derecho cuyo origen pudo estar en lo que concediera el señor aquel 10 de febrero del documento en cuestión. Uno de los pleitos que emprendiera, iniciado en 1553, el primero relevante de los de la larga serie que provocó la competencia por tales tierras, se prolongó hasta 1586.
Durante la época moderna fue un recurso forense habitual presentar como prueba ante los tribunales la posesión inmemorial, una de las más sorprendentes inconsecuencias a las que ahora, quien vuelve sobre ellas, tiene que enfrentarse cuando lee sus expedientes; primero sorprendido, luego escandalizado. (Que fuera una institución proveniente del derecho romano no la hace más convincente; antes, la condena con más razón a la barbarie.)
Para demostrar que un uso permanecía inalterado desde un tiempo anterior indefinido, bastaba presentar ante un tribunal pruebas de que no había memoria en sentido contrario. Aportar pruebas de este tipo mediante testigos, como seguro has pensado ya, era tan fácil como permanecer en silencio y a la vez parecer sabio, según enseña el proverbio. Ningún compareciente, por muy comprometida que fuera la situación, mentía expresamente si afirmaba que carecía de memoria sobre un uso en sentido contrario; en realidad, nada que pueda sorprender cuando se trata de prestar testimonio ante un juez, ante quien tantas veces la memoria de los comparecientes se queda en blanco. El absurdo se alcanzaba cuando en el tribunal podía prevalecer como demostración la falta de demostración positiva.
En los pleitos como el que hemos referido todo valdría en nombre del acceso al dominio sobre los bienes. El premio que a cambio del sofisma se obtenía era suculento, la prescripción adquisitiva. Gracias a las pruebas a favor de la posesión inmemorial, si se demostraba que esta se había mantenido de manera continuada durante cierto tiempo, se podía acceder, por prescripción, a la posesión del bien que se tratara.
Siempre he tenido la impresión, íntegro Damas, que pleitos como aquel, promovidos y sostenidos durante años tan difíciles, por municipios con escasísima capacidad para decidir, de nula representatividad, intervenidos por una autocracia, tuvieron la intención de darle al órgano de gobierno de sus poblaciones la apariencia de algún contenido político. Si llegáramos a saber que en alguna medida lo consiguieron, tendríamos que detener nuestro análisis en este lugar y dedicarle toda nuestra atención, para la que los cuatro documentos no serían más que una pantalla que nos ocultaría el fondo de las intenciones. Estaríamos en la obligación de desentrañar lo que a esta clase de iniciativas puede corresponder como muro de contención de las tensiones públicas que en las comunidades rurales conducían al estado prerrevolucionario.
Si en el pleito al que hemos hecho referencia se tratara de reivindicar la posesión inmemorial de cien años, para que a cambio se obtuviera la prescripción adquisitiva del derecho que se estuviera dirimiendo en 1570, año de nuestras dos copias inmediatas, tan próximas en el tiempo como opuestas judicialmente si fueran instrumentos relacionados con la querella, sería suficiente con partir de 1469 como origen del ejercicio continuado del mismo derecho. Sin embargo, no habría lugar a la inmemorial de cien años si el de la fecha del documento de 10 de febrero fuera 1479. El municipio heredero de aquellas concesiones, que en 1570 era Valverde del Camino, pudo forzar la lección sesenta donde estaba escrito setenta, y el encargo de su copia solemne e iluminada ser su ejecutor moral o material.
Me replicarás, seguro, que también ahora podríamos argumentar en el sentido contrario; que la otra parte no estuviera dispuesta a reconocer ante los tribunales la inmemorial de cien años, y que Alonso de Cabañas, en este caso, fuera el encargado de perpetrar el fraude en la cancillería señorial. Tienes razón. Pero tendrás que reconocer también, puestos a ramificar con dúplicas las posibilidades, que aunque cualquiera de las dos copias pudo ser contaminada justo en este lugar a consecuencia de un tema tan sensible a las disputas forenses, dado que de derivarse alguna consecuencia de la demostración de la inmemorial de cien años sería positiva para Valverde, y nada positivo obtendría a cambio la administración señorial, salvo que las cosas permanecieran como estaban, es más probable la innovación a iniciativa local.
Y aún hay más. Seguro que también has observado ya que los editores de la copia condal a los que seguimos, aunque no se interesan por los documentos de época moderna, sí dejan claro que el último documento que contiene el que presumimos cuaderno que toman como fuente para su edición, que es la confirmación precedente de todo lo anterior, está fechado 6 de enero de 1526, mientras que en la copia local la fecha es 6 enero 1525, justo un año, la misma diferencia que hay en las dataciones del primero documento y con el mismo signo. Esto ya cuesta considerarlo un error inadvertido. Redunda en la posibilidad de se trate de una innovación intencionada.
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