Redacción

L. Delhore

Una ancha avenida llega hasta el colegio. Es larga y de trazado recto, sin la menor declinación. Un observador, situado en uno de sus extremos y dotado de una vista regular, verá al otro el fondo que corresponda, el campo abierto o la transversal de donde arranca sin apenas edificios. Los solares baratos ofrecidos por el ayuntamiento a un lado enseguida se llenaron de bloques de viviendas, y colmaron el trazado de aquella línea. Al otro lado el suelo no fue un costo porque solo edificios públicos allí levantaron. Y así ha quedado aquella perspectiva, sin prolongación ni ramas, sin apenas conexión con la ciudad, como los huesos de un cuerpo que hubieran despojado las aves en medio del campo.

El colegio queda en el extremo de la salida, al fondo a la derecha si se mira la recta desde el lugar donde se une a la ciudad. Justo en el punto opuesto de la avenida está el restaurante de mis padres, la casa donde vivimos. No es exactamente la esquina de la acera a la izquierda, pero poco le falta. Un par de casas entrados ya en la avenida está en el bajo el negocio y en el primer piso la vivienda.

Es un restaurante modesto. Comidas sencillas y baratas atraen a los empleados públicos y a los estudiantes, que con su insaciable apetito devoran cuanto nosotros necesitamos para vivir. No está a nuestro alcance lujo alguno. Como aquel legendario condenado, apenas si cada día acumulamos fuerzas para que nos vuelvan a nacer las entrañas que otros comen. Se diría que vegetamos. Pero vegetamos sobre la más sólida y secreta felicidad.

Mi padre procede del otro lado del planeta. Huyó de allí para evitar una vida miserable. Nada le obligaba a salir, y con seguridad habría encontrado entre los suyos un lugar en el que vivir con el corazón satisfecho. Bien sé que es un artífice del aire, el constructor de castillos sin cimientos más dotado, la pura arquitectura sin materiales andando. En el desierto levantaría el reino más colmado.

Pero se enamoró de mi madre, apenas metro y medio de frágil hermosura. Hay invernaderos, vitrinas donde colocar la porcelana en el museo. De ningún modo mi madre habría sobrevivido en un país donde al crudo invierno sucede un verano irrespirable e insano, donde las lluvias devastan a capricho las cosechas y las casas, a los hombres y a sus familias sin misericordia. Nunca he sabido cómo hizo para escapar con ella, pero la trajo al lugar adecuado. Sus mejillas siempre están sonrosadas, sobre el puro blanco de su rostro, y su mirada siempre abierta por una dulce sonrisa, sincera declaración de su dicha estable.

Para ir al colegio, mi hermano y yo podemos tomar por uno de dos caminos. El de la izquierda, que es la acera de ese lado de la avenida, está porticado. El de la derecha tiene la desventaja de que nos obliga a cruzar, y allí apenas hay el espacio suficiente para que dos personas caminen juntas.

La galería porticada es más atractiva por el tamaño de las cosas. Es el paraíso de los colores. Empieza con los luminosos de nuestro restaurante, que siguen sin cortarse hasta el final. Los bajos de todos los edificios están ocupados por comercios, entre los que con trabajo se abren un hueco las puertas de los pisos. Vive tanta gente en aquellos inmensos bloques que cualquier negocio prospera. Hay de todo, y en poco espacio cada uno tiene el suficiente para salir adelante. Solo los bancos son grandes. Los otros comercios emplean casi toda su fachada en un escaparate, y en él acumulan cuanto pueden. Para enseñar más, eligen como muestra lo más pequeño de cada clase, y cada escaparate es un mundo de colores.

De noche, solo esta mitad de la calle existe. Al otro lado los edificios públicos están vacíos y apagados. Nadie circula por allí y delante de ellos los coches esperan parados hasta el día siguiente. La vida se concentra en la línea de luz de los soportales. Nada hay más allá y todo está allí. Tampoco parece necesaria alguna cosa más, y ni siquiera se llega a pensar que pueda existir.

Nosotros ya somos de aquí, más aún porque aquí hemos nacido. Hablamos esta lengua y con ella hemos aprendido a escribir. Pero mi padre solo emplea su extraña y hermosa lengua. Se ha negado a olvidarla, y de ningún modo quiere que se contamine con las palabras que tuvieron un origen distinto al suyo. Hace cuanto puede para que nosotros la conservemos en un lugar que le es tan ajeno. Aunque si esto llegara a ocurrir debería agradecérselo a la infinita paciencia de mi madre. Mi padre emplea más tiempo en hacer protestas de conservación que en enseñarnos.

Pero domina como nadie su secreto. ¿Saben en qué consiste la seductora virtud de aquella vieja forma de expresarse? Es una lengua en aquel estado en que la escritura necesita de la invención de las palabras para ser leída. Sobre el papel solo hay un laberinto de extraños signos que no son vocales ni consonantes. Sugieren ideas, solo eso. El lector, que para hablar de hecho emplea otra lengua, pensada para entenderse en el mundo de las cosas concretas, vierte cuanto los signos le sugieren a las palabras que pronuncia. Cada texto es nuevo cada vez, aun para un mismo lector.

Mi padre ejecuta el prodigio en voz alta, como el sacerdote que leyera a sus fieles la palabra sagrada. Nos sienta a su alrededor y el periódico que alguna vez le envían le basta. Lo despliega como una carta de navegación encima de la mesa, y con el dedo va señalando las cotas que su segura derrota debe seguir. Extiende el relato como el violinista derrama su miel.

Yo sé que lo hace con método. Oyendo con atención, he podido descubrir procedimientos similares en noticias distintas. Entonces he sonreído de satisfacción, complacido como con pocas cosas. Porque de ese modo he sabido que entraba en el pensamiento de mi padre, y así él se reencarnaba en mí de la inmejorable manera que él en lo más íntimo desea.

Es rico en recursos mi soberano. En ocasiones ramifica la historia, como los fuegos artificiales que tapan las estrellas, con la misma alegría contagiosa con que aquel día sube. Otras veces la remonta hasta unos orígenes oscuros, especioso y analítico, sin que encuentre de una vez la expresión de su gusto. Aun hay otras en que, muy seguro del final, nos sorprende con un comienzo intrascendente, como la maniobra de distracción de los ejércitos antiguos. Hay días en fin que sus expresiones se llenan de símbolos y alusiones, con un orden que solo por la forma se percibe, pero cuyo secreto solo mi padre posee.

Pero no está en la lectura la clave de la felicidad que nos acoge. Soy aún más dichoso cuando pienso en ella, pero no por las palabras, sino por las escenas que imagino.

Camino con mi hermano para el colegio. Un color me recuerda alguna de las palabras que mi padre escoge. Me traslado con el pensamiento a la habitación en penumbra donde nos juntamos y me concentro en aquella escena. La veo desde arriba, y a la vez me veo en ella, como en los sueños. Lo que veo nunca ha ocurrido. Está hecho con todo lo mejor de cuanto ha sucedido, e incluso con algunos retoques que lo hacen todavía más atractivo. Aunque siga caminando, aunque ante mí pasen otros objetos y otros escaparates, señoras hermosas o viejos llamativos, si consigo concentrar mi pensamiento en aquella escena, sin dejar de ser consciente de lo que pasa a mi alrededor, la voy colmando de los detalles que me deleitan, y lo que ocurre a mi alrededor me parece tanto más hermoso cuanto más dueño de lo que pienso soy. No es la felicidad vivida lo que me satisface. Es vivir, estar en el mundo, y a la vez pensar por mí lo que en el momento en que estoy me hace dichoso.


Biblos

Calixto Alencar

1. En la costa de Levante, durante el tercer milenio, activas ciudades marítimas, pobladas por hombres capaces para el trabajo de cubierta y la carpintería de ribera, cuando el arado permanecía inactivo, a un tiempo aptos para la estiba y el corte de los cedros, una vez almacenados los cereales, tales como Arados, Biblos, Sidón o Tiro, promovieron relaciones sumamente ventajosas para ellas, a juzgar por el largo fruto que les sobrevino, la mediación entre Egipto y Siria. Su común emplazamiento a lo largo de la costa, así como la relativa equidistancia entre ellas, les permitiría reservarse y compartir un papel estratégico en el contacto a distancias largas, el mismo que las convertiría en el centro de una región extensa.

No todas habrían tenido su origen a un tiempo, aunque todas en el curso de aquel milenio pretendieran disfrutar de idéntica fortuna.

Tiro pudo entonces materializar los más recientes experimentos de la población confiada al contacto con el mar. Cuenta Herodoto, que visitó hacia 450 antes de la era el templo que en aquella ciudad habían dedicado al dios que con enunciativa decisión terminaron llamando Melqart (el rey de la ciudad), que sus sacerdotes le habían proporcionado un valioso informe cronológico. El santuario que aún veneraban, decían, había tenido su origen al tiempo que la ciudad era fundada, feliz suceso ocurrido 2300 años antes. En la valoración de este dato la literatura sobre el lugar es unánime. Su relativa precisión permite suponer que los sacerdotes hablaban con fundamento, e incluso es probable que lo hicieran tras haberlo deducido de algún testimonio conservado en los archivos que tuvieran a su cargo. El origen de la ciudad podría fecharse, por tanto, hacia 2750.

Afortunadamente, la síntesis de todo el trabajo arqueológico que en aquel lugar se ha desarrollado, tras décadas de campañas y esfuerzos, permite llegar a una conclusión concordante. Las prospecciones hasta ahora satisfechas en el centro de la Tiro insular, que es la del origen, han descubierto veintisiete niveles, cuyas fechas estarían comprendidas, a juicio de quienes aplican los procedimientos químicos, entre 2900 y 750. Así pues, a lo largo del tercer milenio, la actividad de Tiro, una vez emprendida, no habría hecho más que crecer.

2. Pero la plaza pionera tal vez fuera Biblos. Su nombre actual, Jebail, un lugar a 40 kilómetros al norte de Beirut, aún recuerda su primer nombre escrito, Gubal, topónimo semita citado así por los textos sumerios como por los egipcios desde aquel tercer milenio. Fueron los griegos los que lo transformaron en Biblos, y por la tiránica autoridad que los conocedores de la lengua helénica impusieron entre nosotros, que no es ajena a la que siempre quiso para sí, alentó y sostuvo la iglesia de Roma, este ha prevalecido en castellano, la lengua que imaginara la vida de los sufridos súbditos de dos señores al menos. Algunas estimaciones sobre su origen lo remontan varios milenios atrás, aunque es más probable que su primitiva población ocurriera a fines del cuarto milenio.

De todas aquellas ciudades, por sus sólidas relaciones con Egipto, ya en el tercer milenio bastantemente organizadas, resultaría entonces decisiva, para la estrategia que por el momento se impuso para las ciudades hacia las que la población fluía, porque estaban a orillas del mar, la posición de Biblos. Mantenía relación preferente con Egipto. Su importancia y su bien fundada necesidad de sobra las avalan los restos arqueológicos hallados en la ciudad, testimonio de valor extraordinario para además conocer los vínculos entre el singular reino unificado y todo el Mediterráneo oriental.

Los lugares de hallazgo de los objetos egipcios en Biblos, en una alta proporción, son los templos y sus áreas adyacentes, donde abundan. Resultan identificables en bastantes casos porque reiteran su presencia piezas con los nombres de los faraones de las dinastías del imperio antiguo. Hasta ahora la referencia más remota corresponde a la segunda dinastía, años en torno a 2700. En el templo llamado de la Dama de Biblos fueron encontrados vasos de alabastro enviados por el faraón Khasekhemuy, el último de aquella serie de reyes. De la cuarta dinastía, que tuvo su tiempo a mediados del mismo milenio, fue encontrado sobre soporte similar el cartucho del faraón famoso Keops, de la cuarta dinastía, cuyo reinado los egipcios hubieron de soportar hacia 2550; y también de aquel linaje la imprevisible tierra del próximo Levante ha querido conservar la memoria del nombre del no menos funesto faraón Micerinos, de hacia 2475.

Igualmente valiosa, por ser un documento explícito, es la parte de una estatua que por estilo parece del faraón Niuserre, quinta dinastía, hacia 2400, y de fines de la misma han sido hallados otros restos que pueden fecharse hacia 2350. De tiempos de la sexta son vasos que atestiguan la activa presencia de norteafricanos en el lugar desde que sus monarcas comenzaran a sucederse, en torno a 2300; época de la que también nos ha llegado el cartucho del faraón Pepi I, probablemente el más significado de los de aquella serie, de hacia 2275. Por último, un texto de tiempos de la séptima, crítica época que comienza hacia 2150, confirma con rotunda claridad la permanencia de los vínculos entre Egipto y Biblos a fines del tercer milenio.

A todos estos testimonios precisos pueden añadirse, como prueba más general de las relaciones entre nuestra ciudad y el norte de África, objetos sin inscripción pero de indudable estilo faraónico, tan frecuentes en la zona donde se localiza la población; figuritas de fayenza que representan animales, que han sido coleccionadas en número estimable, más una buena serie de escarabeos, cuentas y otros adornos de poco valor.

Las referencias a contactos con Biblos, para los tiempos del imperio antiguo, en las fuentes egipcias son en comparación escasas. Por la Piedra de Palermo se supo que durante el reinado de Esnofru, faraón que reinó hacia 2550, primero de la cuarta dinastía, fue adquirida la carga de madera que portaban cuarenta barcos procedentes de Biblos. Este nombre aparece citado en una mastaba de Guiza, construida hacia 2500, y también consta en los textos que más tarde un funcionario de Asuán, que visitó Opone con el gobernador de Elefantina, estuvo en Biblos, cuyos barcos parecían adecuados para el viaje hasta aquella región egipcia.

3. No hay margen para mucha especulación sobre las razones del contacto regular entre Egipto y Biblos. El relativo silencio de las fuentes jeroglíficas hace suponer la posición preeminente de la potencia norteafricana, aceptando la escasa mención como prueba de arrogante menosprecio hacia el que era considerado inferior. Basta admitir que se hubiera constituido como reino Egipto todo para por fuerza concederle la posición prevalente en aquella desigual relación.

Pero no parece que la actitud egipcia fuera al principio un excesivo interés por imponer su presencia en la zona, menos aún de control, o incluso de fuerza, en el área de Levante. A diferencia de lo que ocurrirá en tiempos posteriores, para todo el imperio antiguo los datos sobre la influencia directa que hubiera podido ejercer Egipto en toda Asia occidental son muy escasos, y esto ya parece significativo, aunque de ningún modo una demostración. Por lo poco que de ellos puede extraerse, lo más acertado y también lo más prudente parece deducir que la intervención que con sentido estratégico Egipto promoviera en aquella zona prefirió concentrarse en las ciudades del sur de Palestina, no obstante lo cual los datos más explícitos apuntan hacia algo más al norte.

Es cierto que tampoco es mucho lo que sobre esta porción específica del problema puede decirse. Las fuentes egipcias son igualmente pobres en referencias a las relaciones particulares entre el valle del Nilo y Palestina durante el imperio antiguo. Aun así, de algunas expediciones guerreras que partieron de Egipto hay jugosas referencias dispersas.

El dato alusivo al hecho de armas que más puede remontarse en el tiempo, a la vez que excepcionalmente detallado, es el viejo relato que contiene la biografía de Uni, militar que sirvió a Pepi I, faraón de la sexta dinastía, hacia 2250. Registra cómo aquel personaje condujo un ejército egipcio, reforzado con mercenarios nubios, contra la población sedentaria de una zona no especificada de Palestina. Organizó su acción en cinco campañas sucesivas y la culminó con un ataque coordinado por tierra y por mar que tuvo como escenario, para el encuentro con las fuerzas enemigas, las proximidades de un lugar denominado el Hocico de la Gacela, sitio que en ocasiones ha sido identificado con el monte Carmelo; hasta el punto que quizás con excesiva ligereza se ha llegado a afirmar que el ejército egipcio, durante la sexta dinastía, hizo incursiones hasta aquel monte palestino, queriendo encarecer así que esta fue la latitud límite septentrional del avance egipcio por tierras de Asia durante el tercer milenio; lo que no puede tomarse por rigurosamente cierto, por más que sea verosímil e indirectamente indicativo de que Egipto quizás entonces prefiriera ganar con rapidez posiciones en la frontera noreste, sirviéndose de la más fácil incursión costera.

A esta misma época está referida una serie de representaciones de ataques contra plazas fuertes asiáticas que figuran en tumbas de la sexta dinastía, construidas entre 2300 y 2150, más otras que están en enterramientos de finales de la undécima, cuyo tiempo coincide con el final del tercer milenio. No son informes de los que pueda deducirse localización exacta ni alcance de los acontecimientos.

Un último dato ayuda, si no a evaluar con precisión, sí a estimar la magnitud real de aquellas campañas. No es posible relacionarlo con las incursiones mencionadas porque la documentación no es tan explícita, pero resulta valiosísimo puesto en conexión con los escasos hechos que ha sido posible recopilar. Hacia 2200 Jericó fue destruido, así como otros lugares próximos de la misma geografía Palestina, según puede juzgarse por pruebas que aporta la arqueología. Podría admitirse como una de mayor magnitud que los testimonios escritos y gráficos, y vendría a confirmar que los ataques egipcios, al parecer, fueron dirigidos con preferencia contra la zona urbanizada de Palestina, algunas de cuyas ciudades ya poseían importantes fortificaciones. Asimismo indicaría que la destrucción de ciudades al sur de Palestina pudo tener como finalidad crear una banda fronteriza que a Egipto sirviera como protección, al modo de los grandes reyes medievales, que intentaban protegerse con sus anchas marcas.

4. Más que la voluntad de dominio directo sobre las tierras inmediatas, con el concurso de las armas, a los egipcios, a quienes por su agresiva presencia en Asia de antemano debe serles reconocida la iniciativa en estas relaciones, parece que durante el tercer milenio interesaba el comercio. Desde fines del anterior cuando menos, mucho antes de que los faraones decidieran reducirla a la condición de frontera, Palestina había representado otro papel en las relaciones exteriores que a los poderosos vecinos africanos interesaba mantener. Probablemente aquella modesta región fuera entonces una zona muy aislada, a consecuencia de su difícil naturaleza y de su aún más complicada población.

Unos vínculos especiales fueron los que en aquellos tiempos le valió contactar con otros mundos.

Arad, yacimiento en la frontera sur de Palestina, es por ahora el que ha proporcionado información más precisa para observar con la mayor exactitud el contenido de aquellos iniciales contactos, que unos y otros estuvieron interesados en mantener durante toda la primera mitad del tercer milenio. Se trata de un buen número de testimonios referidos a una singular red de intercambio que aúna un hecho decisivo, no inmediatamente visible.

Ya en el cambio de milenio los egipcios decidieron instalar factorías para la depuración del mineral de cobre en la Palestina meridional. La producción de aquellas fábricas serviría para cubrir las necesidades de metal en las ciudades palestinas que lo transformaban. Pero la demanda Palestina de un producto especializado no podía ser grande porque su economía no lo requería. La razón decisiva del orden que allí vino a concentrarse estaba en el más potente mercado próximo que de este abastecimiento necesitara. Seguro que en Egipto el mineral de cobre entonces encontraría a sus más cualificados clientes, la demanda más exigente y de envidiable tamaño, también el mercado más estable en el área que ahora consideramos. Nada hay que pruebe que aquellas factorías fueran el suministrador preferente de Egipto, mucho menos exclusivo. Para los egipcios estas poblaciones solo debieron ser una de las fuentes que los surtía de cobre. Pero, a consecuencia de tan poderoso estímulo, ganó vida una serie de poblaciones en aquel lugar, de las que Arad es el caso más destacado por mejor conocido. Aquellas factorías, según los datos que el excepcional yacimiento palestino proporciona, estarían activas entre los años 3000 y 2700, trescientos años durante los cuales, gracias a ellas, la frontera de la presencia humana llegó a latitudes muy meridionales en las tierras de Levante.

La materia prima para surtir estas factorías venía de lugares inmediatos, aunque a estos alcanzaba desde tierras bastante más remotas. Al norte del Neguev, área inmediata a Arad por el sur y situada entre Palestina y el Sinaí, también había aparecido ya en aquel tiempo una serie de ciudades que mantenían contacto preferente con una zona muy marcada por sus características geográficas, al sur de la península del Sinaí; un lugar en el que cuando comenzaba la cultura del bronce arraigaron poblaciones, gracias a que quienes se aventuraron a la ocupación de aquel remoto solar habían decidido dedicarse a la extracción del mineral de cobre que el país permitía. Observada toda la tierra a la que pertenece este rincón parece el fondo de una bolsa, sitio para el que no es fácil explicar el origen de sus habitantes. Si además del perímetro terrestre se tienen en cuenta la multitud de vías marítimas que podrían converger en aquel vértice, que desde las próximas costas africanas y asiáticas puede sin dificultad ser alcanzado, más bien resulta una compleja encrucijada.

La salida al exterior del producto del trabajo de los sinaítas del mediodía, obligado destino por la escasez del consumo local, si es que entre ellos era utilizado, se podría haber organizado por dos rutas divergentes. La primera, la noroeste, que podría haber llegado hasta el Uadi Tumilat, una de las líneas de comunicación entre Egipto y el Sinaí con el tiempo más frecuentadas, habría tenido unos trescientos kilómetros de longitud. La otra, orientada en la dirección noreste, costeando por su ribera sinaítica el golfo de Aqaba, a través de la Arabá tendría que haber llegado hasta la región de Edom, y por ahí hasta el Neguev y el sur de Palestina. Como la anterior, esta también obligaba a recorrer unos trescientos kilómetros, y su trazado litoral tampoco debía afrontar mayores obstáculos. No había en el espacio razón aparente en favor de una o de otra ruta.

De los dos trazados, el que de antemano puede parecer más probable es el que lleva más cerca de las tierras de Egipto, aceptado que la más potente demanda del mineral estaba entonces allí concentrada. Pero finalmente fue elegida la segunda ruta. El mineral extraído en el Sinaí terminó saliendo al exterior gracias a la mediación de unas ciudades probablemente levantadas en el Neguev septentrional con sentido de la oportunidad. Si era distribuido por toda la región desde esta línea de ciudades en excluyente régimen de monopolio, además de inducidas a la condición de mercado, resultaban decisivas. Quienes lo necesitaran en ellas lo tendrían a su alcance, bien que en las condiciones decididas por las ofertantes. Aquellos por su parte habrían organizado en la limitada región que entre los dos ocupaban un orden no menos excluyente. A los suministradores los habrían mantenido a raya en el sur, reservándose la transformación del producto que le servían al norte. Fue así como una doble frontera económica quedó trazada en aquel lugar. Hasta las ciudades septentrionales del Neguev llegaba el mineral y en las ciudades del sur de Palestina el mineral era transformado en metal.

5. Pero todavía un tercer factor concurrió a tan intensas y concentradas circunstancias. Por el mismo tiempo, y asimismo desde comienzos del tercer milenio al menos, entre Egipto y Palestina también fue sostenido un activo comercio, para cuya continuidad fue necesaria la iniciativa y el sostén del estado más fuerte. Los productos que desde el noreste bajaban hasta el delta fueron el vino y el aceite, de los que Palestina ya pudo poner a disposición del comercio sus excedentes. Iban destinados a los almacenes del faraón y su familia. A cambio, las ciudades palestinas recibían objetos de prestigio, sobre todo las vajillas de piedra, reservadas para las comidas más pesadas.

Demostraciones arqueológicas de este tipo de bienes importados a Palestina las hay para lugares muy distantes entre sí, unas en latitudes muy septentrionales y otras en las extremadamente meridionales, lo que sería manifestación de que el comercio del producto exótico abarcó toda la región. En un lugar actualmente conocido como Quirbet el-Querak, aunque probablemente llamado antes Bet-Yerá o Bet-Yeran, imponente fortaleza situada en la orilla sudoeste del mar de Galilea, enorme balsa de agua, luego conocida como Lago Tiberíades, al norte de Palestina, la excavación ha rescatado un tipo de jarro, alargado y con base achatada, cuyo origen ha sido fechado hacia 2800. El estilo al que corresponde recibe el nombre de Abidos, denominación adquirida por la que distingue a aquella ciudad entre las egipcias, puesto que en su área ha aparecido en mayor abundancia. Piezas de tipo semejante datan el comienzo en aquel lugar del contacto regular con los egipcios que el comercio forzara aún antes, en la época del faraón Menes, afamado nombre y desconocido personaje que son no obstante aceptados como principio de la primera dinastía, años en torno a 2900. Cerámica de características equiparables aparece finalmente también en una amplia y bien distribuida ciudad de las de aquella banda sur de Palestina, situada a unos treinta kilómetros al este de Berseba, justo en el límite de la aludida frontera meridional. Por lo que indican las pruebas extraídas de su solar puede afirmarse que fue destruida hacia 2700.

6. Precisamente esta fecha puede considerarse como el límite en el tiempo de la supervivencia del sistema mantenido por los tres elementos, un equilibrio delicado. Después de 2700 todas las factorías desaparecieron. Las circunstancias del abandono de la actividad metálica en aquellas poblaciones debieron ser críticas. La destrucción de la ciudad al este de Berseba es una consecuencia más violenta de lo que cabe esperar del fin de las actividades comerciales. Lamentablemente no hay más datos que permitan ser más precisos en la descripción del ambiente vivido por aquellos a quienes tocó conocer el final de la fundición del cobre en Palestina. Por alguna razón que aún no está aclarada de manera incontestable, a partir de aquel momento el orden para la producción de metal de cobre que se había organizado resultó inviable. La idea que los observadores aceptan como base sobre la que elaborar un argumento explicativo, para que sea aceptado como un hecho el cese de la actividad, es que Egipto debió compensar esta fuente de abastecimiento del metal estratégico con otras. Tampoco hay fundamento suficiente para afirmar que los sucesos de más al sur sean una consecuencia de este giro de los acontecimientos. Lo cierto es que al colapso de las instalaciones palestinas siguió el de las relaciones entre las ciudades del Neguev y el Sinaí. Poco a poco se fueron extinguiendo, hasta que finalmente desparecieron por completo durante el periodo comprendido entre 2600 y 2500.

Para una apreciación más exacta de lo que pudo interferir en aquel enigmático final, en la medida que los limitados indicios lo permiten, porque las historias remotas sobre frágiles cimientos deben ser sostenidas, al mismo tiempo es importante reconocer que después de 2700, aun así, las relaciones de intercambio ente Egipto y Palestina continuaron. Al final de la transformación del mineral de cobre no acompañó una ruptura de los vínculos entre los dos territorios. La diferencia entre lo que ocurría hasta aquí y lo que durante los siguientes doscientos años ocurrió fue que las relaciones ahora se sostuvieron solo sobre el comercio del producto agrícola.

Pero también a estas llegó su final. Después de 2500 empezaron a ser realmente escasas, y probablemente poco después también desaparecieron del todo. Arad es de nuevo la mejor guía para marcar los tiempos de esta decadencia. La progresiva extinción de la vida en aquel lugar, hasta culminar en su definitivo abandono, está íntegramente comprendida dentro del periodo que va de 2600 a 2500. Los vínculos entre Egipto y Palestina quedaron rotos durante un tiempo, desde luego los comerciales. El veredicto debe ser inequívoco. Para fechas a partir de 2500 la arqueología palestina apenas proporciona objetos egipcios. Es la prueba incontestable del fin de una etapa en aquellas relaciones bilaterales.

7. La explicación sobre por qué el sistema de extracción, beneficio y comercio del cobre fue de aquel modo ordenado en el espacio puede ser ensayada con fundada verosimilitud. Es opinión común que sus orígenes hay que buscarlos en Egipto, si bien no tanto en su posición como en sus movimientos. Fue su potente atractivo el que indujo a organizar aquel sistema precisamente dándole la apariencia de indirecto; el que llevó a la conducción del producto extraído hacia el Neguev, a su oferta en los lugares mencionados y a que allí fuera posible conseguir su más ventajosa captación; el que aconsejó que la decantación del mineral fuera completada en tierras inmediatas.

Pero la explicación no es satisfactoria si queda reducida a los factores relacionados con la economía del metal. Considerados solo estos, aquella combinación de piezas y su sierva localización no resultarían más ventajosas para los egipcios, sino resignada humillación de las gentes del Sinaí, del Neguev y de Palestina al caprichoso dictado de quien estaba en condiciones de imponerlo. Solo esa poderosa razón justificaría que suya fuera su promoción, y no en exclusiva del orden de los hechos que en el espacio habría prevalecido, sino de cuantos pudieran justificarse por dominantes y no por necesidad juiciosas causas no económicas.

Haciendo las cuentas nada más que con los sumandos que en suma dan cobre fundido no convence aquella organización. Para los egipcios no habría ventaja en que con el desplazamiento de la mena planeado descargaran sobe los comerciantes del mineral los altos costos del movimiento del producto sin transformar. Lo mismo podrían haber conseguido induciendo la circulación por la otra ruta. Bien se justifica que para reducir aún más los costos de su comercio prefirieran mover el producto transformado en metal cargando con el mínimo gasto de una radical inversión única, la que necesitó la creación de las factorías donde el metal fuera fundido. Pero también esto podrían haberlo hecho los promotores de la obra industrial a la salida de la línea del Uadi Tumilat, con la ventaja añadida de que el producto estaría más cerca de su lugar de mayor consumo. ¿Por qué entonces la conducción del metal hacia el sur de Palestina, supuesto que todo el movimiento está al servicio de la preponderante demanda egipcia?

Cabe recurrir al argumento de la celosa custodia de las fórmulas para la obtención del producto final. Como a partir de comienzos del milenio tendría alcance estratégico poseer la fórmula de la aleación basada en el cobre, y no tanto la depuración del metal, así reducido a la modesta condición de materia prima secundaria, sus huraños conocedores, los egipcios, podrían haber protegido su reservado conocimiento alejando de su país las factorías de obtención del metal. Mayor beneficio aún obtendrían, solo beneficio económico todavía, de su simultáneo desconocimiento por los explotadores de las minas. Lo último bien puede ser admitido incluso con relación al primer proceso, el de la obtención del cobre. Así quedaría mejor explicado que estos cargasen con el desaforado costo del transporte del mineral; por más que las cantidades de metal que en estos tiempos iniciales del bronce eran necesarias eran muy limitadas, y por tanto la masa de mineral que sería obligado mover no excesivamente voluminosa, en consecuencia el coste del transporte de la piedra no demasiado alto.

Pero, aceptado como cierto el control exclusivo de las técnicas de la transformación por los egipcios, nada hay en lo propuesto que obligue a pensar que la relación entre la obtención del metal y el trazado de la ruta hasta el Neguev fuera necesaria, menos aún la localización de las factorías del cobre en Palestina. Si los egipcios eran poseedores excluyentes de los secretos de la obtención del bronce en aquella región, y en su tierra los mantenían reservados, mayor protección les habrían proporcionado sin arriesgar una parte intermedia de la manufactura completa con una localización en el exterior. Tanto más favorable les habría sido para el buen cuidado del secreto industrial hacia su país conducir el mineral sin más.

¿Qué cabría decir entonces sobre que no lo hicieran así? Quizás sea necesario incluir otros hechos en la especulación, hechos no del todo a nuestro alcance, porque el análisis de las fuentes disponibles no los proporciona, aunque muchos sean los posibles que los conocidos sugieren; porque la asociación de las ideas es más fructífera que la más sacrificada de las excavaciones. Con solo los comprobados, excluida la anterior especulación, tienta la deslumbrante pero poco reflexiva posibilidad de que en consecuencia a las poblaciones del sur de Palestina debería tocar entonces ser las que realmente gozaran del secreto estratégico de la transformación del mineral, y que fuera esto lo que indujera a que las rutas de salida del mineral llegaran hasta allí, y lo que a sus arrogantes vecinos del suroeste obligara a desplazarse hasta sus tierras para obtener el producto que necesitaban. No es buena consecuencia esta, ni idea sostenible por tanto que quien la defienda no llegue a sentir sonrojo. Desconsidera los hechos de que la elaboración fuera parcial y sobre todo que los egipcios fueran los promotores de las factorías. Ambos imperativos excluyen radicalmente la posibilidad por un momento estimada.

Si fuera cierto, para algún momento, que dio pie a que potencias políticas se afianzaran en el próximo oriente el conocimiento reservado de la fabricación del bronce, la comprobada múltiple difusión de la sencilla técnica de obtención del decisivo producto, vigoroso hecho hace tiempo sobradamente demostrado por los viejos prehistoriadores, que con pocos medios con valentía defendieron ideas que el tiempo, y los acontecimientos irreversibles que trae, ha obligado a reconocerles, al alcance de las más toscas tecnologías, pronto eximiría a esta causa de la responsabilidad del orden del sistema de explotación y comercio del mineral descrito. No obstante, de ningún modo excluiría una explicación de su origen tomando en consideración que a comienzos del milenio el conocimiento de la fórmula sí pudo ser excluyente, en cuya valoración temporal podría ser este factor estimado, y así explicar tanto el principio como el fin de aquel ciclo. Durante trescientos años las factorías egipcias del sur de Palestina habrían conseguido mantener una parte importante del monopolio técnico. Luego la difusión de las técnicas pudo ser responsable de la crisis del sistema.

Más futuro debió corresponderle a la creencia en la importancia de la posesión del secreto como simple literatura, y a la suya añadió la simplificación de confundir el saber con la riqueza. Lo más sorprendente es que diera origen a la ridícula tópica de la piedra filosofal, y que tanto embaucado por el conocimiento hermético diera crédito, aun en tiempos contemporáneos, a una manera usuraria de expresar el conocimiento, porque usura es prometer mucho a cambio de poco, previa exigencia de mucho siendo poco lo que realmente se ofrece. La cábala es su producto y es admirable que haya admirado como lenguaje, el perfecto lenguaje; que haya suplantado a la soñada lengua dorada del hombre que tomó por nombre el del lugar de nacimiento del inventor de la literatura sobre el arte. Es sorprendente que el ansia de oro haya dado origen a la idea de que la literatura alcanza su mejor efecto cuando su conocimiento es hermético. Debe ser por eso que con frecuencia el mérito literario es justificado por la posesión de una condición natural a la que sus más apasionados defensores llaman talento. Hay que agradecer a la afortunada certeza que las palabras invariablemente garantizan la devolución de esta reducida manera de ver las cosas al lugar que le corresponde. Seguro recuerda el lector que talento fue aquella medida antigua colmo de la cantidad de peso que los griegos soñaron como idónea moneda y que jamás fueron capaces de acuñar. Nunca pasó de ser moneda de cuenta.

Pero aceptado el argumento de origen, y deducido con fundamento que los egipcios son los dueños del secreto de consecuencias más que económicas, solo una razón quedaría para justificar que fueran las factorías intermedias precisamente localizadas en el sur de Palestina, la existencia en aquel lugar del reactivo necesario para la obtención del metal. Las tierras que en superficie proporcionan cal en cantidades estimables se han mostrado como lugares decisivos para la radicación de la primitiva producción de metal fundido en una extensa geografía, incluso como en este caso imponiéndose sobre el costo del transporte del mineral. Se diría que las cantidades de reactivo calizo que las fórmulas antiguas necesitaban eran, si no mayores, tal vez más costosas, incluyendo entre los factores económicos no solo los contables, sino también los primordiales, que son los que miden en tiempo el gasto más oneroso de la actividad. A este propósito es conveniente tener en cuenta que la idea de minería contemporánea es poco apta para la más remota antigüedad, y aun para la plena y la baja. No eran excavados pozos y galerías. A lo máximo, hoyos de aproximadamente un metro de profundidad, extracciones en secuencia de poco más o menos un metro cúbico de material geológico. Es cierto que en aquella zona las tierras de Palestina podrían aportar este factor, pero no es tan exclusivo allí como para que deba considerarse decisivo.

8. Ninguna propiedad puede por el momento reconocerse a Palestina que justifique convenciendo que la radicación en su solar de factorías para la obtención de cobre fue necesaria. Definitivamente solo queda un indicio seguro para llegar a una explicación sobre cómo pudo ser que estando la demanda al este del mineral extraído en el sur fuera llevado al norte para transformarlo. Es el que proporciona el elemento más estable, el comercio entre Palestina y Egipto cuyo contenido principal es el producto agrícola, que obliga en consecuencia a tomar en consideración causas más allá del metal.

La supervivencia de aquel comercio paralelo durante unos quinientos años del tercer milenio fuerza a reconocer la existencia de una ruta independiente. Esto, que probablemente es lo más acertado que pueda afirmarse en todo este asunto sin abandonar el arriesgado terreno de la especulación, no está sin embargo fundado sobre pruebas documentales que sean concluyentes. Obliga a suponer que Egipto ya habría abierto y frecuentaría la más fácil de las rutas de conexión entre el delta del Nilo y Asia, la septentrional; aquella que terminaría siendo famosa vía y que discurría paralela a la costa del Mediterráneo, evitaba los desiertos del interior del Sinaí y llegaba hasta el sur de Palestina con pasable acomodo. Si esta ruta estaba sostenida antes por el flujo de productos agrícolas desde Palestina es algo que no puede ser demostrado con los datos actuales. Pero que, tras la decadencia de las ciudades dedicadas a la transformación del producto mineral, siguiera siendo frecuentada con ese destino indica al menos que aquel intercambio fue de mayor alcance, cuando menos en el tiempo. Aunque bien pudiera ser que el sueño de esta razón engendrara el moderado monstruo de una figura. Justificada la de los productos agrícolas como una ruta con contenido propio, quien la piensa, sin pensarlo, se vería arrastrado a imaginarla como una línea con distinto trazado en el espacio.

Pero cabe imaginar que la ruta de la costa podría tener más contenidos y encerrar más proyectos que el inmediato del cobre. Bajo las seductoras condiciones de la probabilidad, parece seguro que el contenido comercial de aquella ruta ya debía ser más amplio que el metálico, y que el sistema para el cobre ideado sería la consecuencia de que aquella ya estaba abierta y que desde antes tenía otros contenidos que la hacían útil y hasta necesaria; aunque todavía tienta una posibilidad más ambiciosa, que el cobre fuera solo una calculada pieza más de un más amplio entramado político, y que eso precisamente justificara que con toda intención fuera descargada sobre ella también este producto. En el fondo todo obedecería a un calculado plan meditado por quienes tenían que velar por los intereses egipcios. Sí, tal vez tan segura y cómoda ruta fuera la consecuencia de un planteamiento estratégico para el que se hubiera calculado que el secundario país palestino quedara integrado en el mundo de las influencias egipcias, concediéndole un estimable papel secundario a cambio de su lealtad, o al menos de su alianza. Así resultaría que el potente reino norteafricano habría promovido un sistema de movimiento del mineral que se justificaría porque desde su posición el lugar hacia el que fluía era de este modo para él más accesible, que no es exactamente lo mismo que más económico. Con la relativa certeza de que la afirmación es apropiada, se podría decir, concediendo al enunciado el debido tono diplomático, que los dueños del producto sin elaborar habían ido al encuentro de los egipcios, que por allí pasaban. ¿Sería la ruptura por parte de los palestinos de este sensato buen vivir lo que provocaría que luego se vieran reducidos a frontera militar? 9. Pero que finalmente también el intercambio agrícola fuera abandonado probaría el alcance último que para los egipcios aquel plan tendría. De nuevo para descubrirlo la evidencia decisiva sobre las razones del cambio la proporciona el medio arqueológico. Así como a partir de 2500 los objetos egipcios escasean en Palestina, hacia 2500 empiezan a encontrarse muchos en Biblos y en toda Siria, que es tanto como decir que la relaciones comerciales entre Palestina y Egipto disminuyeron cuando comenzó a utilizarse la vía marítima hacia Biblos.

Eso significaría que tras una tranquila e indecisa fase de tanteo, durante la cual serían probadas distintas rutas para la conexión comercial con el exterior, quien llevaba la iniciativa en el proyecto de expansión, que era Egipto, para sus contactos con Asia renunció durante mucho tiempo a las vicisitudes de la ruta terrestre, siempre más insegura y por comparación con la marítima más costosa, aunque pueda resultar más arriesgada. Porque lo que finalmente resolvió la situación, he aquí lo inesperado, fue que Egipto habría preferido a partir de mediados del tercer milenio servirse de las facilidades de la ruta marítima, que le conducía directamente a Biblos, y desde allí a los centros sirios, entre ellos la decisiva Ebla. Sería la sustitución del modelo de presencia industrial por otro de tipo solo comercial, que también podríamos llamar usando un lenguaje más común modelo colonial.

Así, pues, el sur de Palestina habría sido el área para la penetración de las influencias egipcias en el Asia suroccidental, pero solo durante la primera mitad del tercer milenio. Buscando explicaciones en causas más remotas a este final de la historia del sur de Levante hay quien ha recordado que entre fines del cuarto milenio, y durante toda la primera mitad del tercero, había ocurrido también que Palestina había quedado ligeramente retrasada respecto a Mesopotamia y Egipto, a pesar de la interesada presencia de este en su solar. Es verdad que desde que comenzara el tercer milenio Palestina estuvo en contacto con Siria, región a la que su mayor proximidad a Mesopotamia le hacía beneficiarse de tan poderoso estímulo. Pero el efecto positivo para Palestina no se hizo notar. Todavía durante mucho tiempo desconoció la escritura, al contrario que Mesopotamia y Egipto, que para aquellos siglos poseían ya hasta relatos históricos.

En el fondo de la decisión final egipcia estaría en consecuencia el desconocimiento de la escritura, según esta explicación, lo que sería tanto como atribuir el origen del modelo colonial a necesidades impuestas por innovaciones ocurridas en el campo del uso de las lenguas. Parece excesivo, mas no del todo desorientado. A estas alturas ya resulta indiscutible que es la finalidad contable la que está en el origen del tránsito de la marca del sello sobre arcilla a los signos cuneiformes al menos. No es muy aventurado suponerle un origen derivado de situaciones similares al hierático egipcio. El control escrito del movimiento comercial a larga distancia, responsabilidad que como hemos reiterado fue en origen una parte de las preocupaciones de la administración faraónica, demostraría la rentabilidad de cada relación y obligaría a la selección de los lugares, a la depuración de los procedimientos del contacto económico y de intercambio. De ahí pudo derivar la conclusión de que podría ser más ventajoso concentrar en un lugar la relación, reducir el vínculo al comercio y que era necesario, para un seguro efecto positivo sobre el beneficio, contar con corresponsales permanentes en el lugar elegido, tales que fueran capaces de llevar por escrito el control de las operaciones así como de comunicar sus resultados. Biblos tenía esta ventaja.


Mlk

Calixto Alencar

Para denominar el sacrificio infantil, una parte de la interpretación de los Textos Sagrados utiliza el término con el que la crítica actual suele referirse a él. Admite que molk es el nombre técnico que corresponde al sacrificio infantil que aquellos nos permiten conocer, la misma palabra que se suele utilizar para referirse al sacrificio infantil cartaginés, y que en consecuencia asimismo se podría denominar sacrificio molk.

Está generalmente admitido, desde que Paul G. Mosca lo demostrara, que molk es una palabra que expresa simplemente el acto del sacrificio, aunque en razón de la vía por la que fue documentada, y del análisis al que fueron aplicadas las conclusiones de este filólogo, por antonomasia con ella se denomina el infantil. Tomando fundamento en esta idea, es posible leer entre los intérpretes que la palabra mlk designa un tipo de sacrificio y es de origen fenicio, e incluso hay quien aconsejado por el deseo de ser muy preciso dice que molk, que se puede traducir por ofrenda, era el nombre que solían dar a la modalidad de sacrificio que se le aplicaba a un niño recién nacido.

Pero estas opiniones representan la parte más actual de una corriente que durante mucho tiempo ha ido en otra dirección. Desde hace siglos, el nombre que el sacrificio infantil recibe en el texto sagrado ha sido objeto de una fuerte corrupción tanto para la versión del Texto Sagrado como por parte de sus comentaristas. Cualquiera de las dos intervenciones en el patrimonio escrito ha contribuido, de manera deliberada o accidental, a crear cierta confusión, sobre todo cuando se ha tratado de identificar las divinidades a las que el sacrificio infantil documentado por la Fuente pudiera ser ofrecido.

En la transmisión de los textos el instrumento de la corrupción ha sido la vocalización de la palabra con la que se le denomina. La que tuvo más fortuna durante siglos fue la conversión de mlk en Moloch o Molok. Esta manera de proceder no solo hizo legible la palabra al lector de las lenguas clásicas, sino que incluyó una personificación. La doble coincidencia creó autoridad y tanto ha prevalecido que todavía se lee en su forma original entre algunos intérpretes del Texto Sagrado: que a Moloch eran hechos los sacrificios de niños, que los niños eran quemados en honor de Moloch o que una parte fundamental del culto a Moloch consistía en el sacrificio humano. Dando por sentada la personificación, el argumento se ha prolongado hasta el punto que se afirma que según el Antiguo Testamento Moloch fue un dios fenicio, cuya personalidad se podría identificar con la del clásico Cronos devorador de sus hijos. La supervivencia de toda esta manera de argumentar hay que admitirla como la expresión de la exégesis más sumisa a la condición sagrada del Texto, que también ha sido la más autorizada por la tradición.

Difundidas ya las demostraciones de Mosca, ahora es raro que todavía se mantengan literalmente afirmaciones como las recién reproducidas. Pero, ante la evidencia de que la Fuente afirma que el sacrificio era ofrecido a una divinidad cuyo nombre es una forma derivada de la palabra mlk, el efecto de las tesis de nuestro semitista se ha limitado a las versiones vocálicas, aun en el caso de los exégetas que se han mostrado más atrevidos. La transformación más difundida es la que patrocina que donde antes se leía Moloch ahora debe leerse Mólek. Esto lleva a otra parte de los comentaristas a concluir que la Fuente no deja ninguna duda sobre que el sacrificio de niños era ofrecido en honor de Mólek, que la expresión empleada para referirse a este sacrificio es la de pasar ante Mólek o, en el mejor de los casos, que los textos hablan de sacrificios ofrecidos al dios Mólek; en realidad palabra fenicio-púnica que designa un tipo de sacrificio, porque en la lengua hebrea Mólek fue aceptado como el nombre de un dios.

Una de las teorías más elaboradas a partir de las síntesis de la lectura Mólek con la última de las interpretaciones es la que pretende que la palabra, de indudable origen fenicio, fue divinizada en Ugarit, donde en su opinión aparecería entre la lista de los dioses. Dejando al margen que una palabra de origen fenicio jamás podría haber sido divinizada en Ugarit, porque la cultura fenicia es posterior a la ugarítica, debe constar que en la lista de los dioses de Ugarit no figura divinidad alguna con este nombre.

Mas, de las elaboraciones que sobre esta base se han sostenido, la más atrevida es la que argumenta que en realidad la vocalización Mólek fue hecha por aliteración a partir de la palabra boset, vergüenza, cuya vocalización es idéntica, para así obtener un efecto implícitamente condenatorio. Salvo que se demuestre que la vocalización de bst precede a la de mlk, esta idea carece de sentido, puesto que cualquiera de las dos vocalizaciones es una operación derivada con el objeto de verter la lengua semítica a la clásica. Por tanto, con este cambio de vocalización, por mucha fortuna que haya encontrado en la literatura que lo sigue, en realidad nada ha cambiado respecto de la situación anterior.

Pero admitir una variante a partir de la vocalización ha contribuido a flexibilizar la denominación del dios hasta límites que no han dejado de ser fecundos. Por ejemplo, Mólek es leído por algunos como Mélk, y otros incluso se atreven a interpretarlo como Milkom, un dios ammonita. Para el fin de vincularlo con el holocausto infantil además es presentado por la exégesis como el dios del mundo subterráneo al que eran sacrificados los niños.

Otro de los experimentos provocados por el mismo estímulo ha llevado a un ensayo bastante más complejo, porque pretende que cuando el sacrificio infantil fue objeto de la lengua hebrea habría sido alterado el significado común del término –mlk– probablemente a consecuencia de su semejanza con la palabra hebrea que significa rey –mélek–, que no pocas veces sirve también como epíteto divino y que por tanto con facilidad pudo dar origen a la correspondiente personificación. Presenta como prueba de que las cosas pudieron ocurrir así la singular expresión Puede haber preparado un tofet también para el rey, que puede leerse en el Texto Sagrado. A su parecer, en esta frase la alusión al rey sería solo un juego de palabras, puesto que en el texto original realmente se leería simplemente mlk. El sorprendente sentido que finalmente tendría la expresión en la lectura que hemos copiado, además de su condición extraordinaria, más bien parecen prueba de la forzada interpretación. Resulta más admisible la lectura de la palabra mélek sencillamente como personificación.

En la misma línea, otros han elaborado una tesis aún más comprometida. Parte del principio de que en realidad la vocalización Mélek, el rey, es una deformación de la vocalización que juzga correcta, Mólek, porque pudo entenderse que el sacrificio era ofrecido a Mélek, un epíteto divino que en este caso se pretende relacionado con la cultura yebusea. Lo que sabemos sobre los epítetos de la divinidad de la Jerusalén anterior a la llegada de los hebreos más bien indica que prevaleció el de Adonai, como se averigua a través del nombre conocido del rey yebuseo de Jerusalén. Pero sí es cierto que adonai, mi señor, en su forma singular se aplicó también en el sentido de rey, aunque no estamos seguros de que esto ocurriera entre los yebuseos.

La verdad es que los ensayos inspirados por los cambios en la vocalización resultan en exceso complejos y el balance de los respectivos esfuerzos es cuando menos confuso. Pero cualquiera de ellos comparte una virtud, que salva y respeta la personificación de la palabra, un imponderable dictado por el Texto Sagrado, al que la filología bíblica no renuncia porque gramaticalmente es inapelable. Es una obligación aceptar la personificación de la palabra porque así obliga a deducirlo la forma en que el Texto está redactado.

Gracias a esta conservadora actitud, en nuestra opinión se abre la vía más útil para explicar el uso que de la palabra mlk hacen los Autores Sagrados, el problema que realmente hay que dirimir. Probablemente la crítica está forzando la interpretación cuando quiere que la palabra rey –mélek– identifica a la divinidad a la que era ofrecido el sacrificio infantil. Pero persistiendo en la vía de la evidencia textual devuelve a la vía de la interpretación que la palabra rey efectivamente denomina en la tradición religiosa que desciende de Ugarit una divinidad, Melqart ya en el primer milenio y en la lengua de Tiro, la misma que antes ha sido con preferencia conocida como Señor o Baal. Eso obligaría a aceptar que es muy probable que el Autor Sagrado no fuera muy descaminado cuando identificó mlk con una divinidad, por más que efectivamente nunca existiera dios de nombre Moloch, Mólek o Mélek. Lo correcto sería leer Baal donde en el texto sagrado aparece Mlk.

Nada de esto contradice la conclusión de Mosca. Ninguno de estos argumentos niega que molk designe en la lengua de los cartagineses el acto del sacrificio. Lo que a nuestro parecer ocurrió en términos textuales fue que la peculiaridad del sacrificio infantil, que legítimamente pudo ser denominado con aquella palabra común, fue retenida por el Autor Sagrado justo manteniendo esa palabra, procedente de una lengua distinta a la que utilizaba. Esto, y la conciencia de que aquel acto era ofrecido a una divinidad definida, hicieron que ya él mismo decidiera divinizar la palabra. Actuando así, si nuestras interpretaciones son correctas, el Autor Sagrado habría conseguido expresar de la forma más directa posible que en Palestina en la época a la que nos referimos el sacrificio infantil era ofrecido a un indeterminado Baal, que nosotros hemos de interpretar como la divinidad que representaba el principio masculino en los cultos a la fecundidad.

La verdad es que nuestra conclusión no lleva a ningún lugar desconocido. Aunque pueda sorprender, es un hecho que la mayoría de los intérpretes, por más que hayan recorrido con la palabra mlk otros caminos, aceptan que el sacrificio infantil era ofrecido en honor de ese mismo indeterminado Baal sobre el que hemos descargado toda la tradición. Algunos, haciendo gala de unos recursos de erudición suministrados por medios muy precisos, señalan exactamente que estaban dedicados a Baal Hammón. En el Texto Sagrado hay párrafos que afirman positivamente que los niños eran sacrificados a las imágenes, las cuales eran destinatarias directas o inmediatas de ellos porque para ellas representaban el papel litúrgico de alimento. De manera más general, hay quien interpreta que los inmolaban a los dioses de Canaán, y otros se limitan a señalar que eran ofrecidos a dioses extranjeros. Las conclusiones más indefinidas son las que expresan quienes, queriendo marcar las distancias, hablan en términos negativos. Dicen que los sacrificios infantiles estaban solo dirigidos a divinidades extrañas al dios único o a la religión que distinguía al pueblo elegido. Ninguna de estas inconcretas opiniones es incompatible con que el dios al que preferentemente fueran ofrecidos estos sacrificios, o de cuyo ritual puede proceder, fuera Baal.

Pero en el origen, sobre el destinatario de los sacrificios de niños, la opinión de los intérpretes está dividida. Una parte opina que además los hebreos ofrecían sacrificios infantiles tanto a Baal como a Yavé. En modo alguno resuelve algo útil a nuestros fines entrar en esta polémica, pero no es inconveniente indicar que en el Texto Sagrado puede leerse una justificación dogmática del sacrificio infantil que fuera practicado por los seguidores de la religión del dios único. Que el sacrificio infantil llegara a convertirse en una institución de los elegidos está allí argumentado en los siguientes términos.

Amenazaba Yavé con que si no le servían como dictaba, servirían a los enemigos que contra ellos enviaría, una nación venida de lejos, de los extremos de la tierra, amenazadora desde lo más lejano como el águila que se cierne desde lo alto del cielo; una nación de rostro fiero de la que ni su extraña lengua conocerían. Asediaría todas sus ciudades, en toda la tierra que le hubiera dado Yavé los cercaría.

Tendrían que comer entonces el fruto de sus entrañas, la carne de los hijos y las hijas que Yavé les hubiera dado, a consecuencia del asedio y de la angustia a que les reduciría aquel enemigo. El más delicado y tierno de entre los suyos miraría con malos ojos a su hermano, e incluso a la esposa de su corazón y a los hijos que le quedaran, hasta en el odio extremo de negarse a compartir con todos la carne de sus propios hijos se vería. Porque inevitablemente tendría que comerse a sus hijos, al no quedarle ya nada que llevarse a la boca, a consecuencia del asedio y la angustia a que les reduciría el enemigo en todas sus ciudades.

La más tierna y delicada de las mujeres tiernas y delicadas mirará con malos ojos al esposo de su corazón, e incluso a su hijo y a su hija, hasta a las secundinas salidas de su seno y a los hijos que dé a luz. Pues inevitablemente los comerá a escondidas, por la privación de todo, durante el asedio y la angustia a que los reduciría el enemigo en todas sus ciudades.

Pusieron sus monstruos abominables en la casa que llaman por mi nombre, profanándola, y fraguaron los altos de Baal que hay en el valle de Ben Hinnom para hacer pasar por el fuego a sus hijos e hijas en honor de Moloc –lo que no les mandé ni me pasó por las mientes–, obrando semejante abominación con el fin de hacer pecar a Judá.

Incluso llegué a darles preceptos que no eran buenos y normas con las que no podrían vivir, y los contaminé con sus propias ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todo primogénito, a fin de infundirles horror, para que supieran que yo soy Yavé.

Están ensangrentadas sus manos, han cometido adulterio con sus basuras, y hasta a sus hijos, que me habían dado a luz, los han hecho pasar por el fuego como alimento para ellas. Han llegado a hacerme hasta esto: han contaminado mi santuario en este día y han profanado mis sábados; después de haber inmolado sus hijos a sus basuras, el mismo día, han entrado en mi santuario para profanarlo. Esto es lo que han hecho en mi propia casa.

Los Textos Sagrados con frecuencia son producto de añadido de piezas de distinta procedencia. En este caso es evidente que así ocurre, y el resultado es cierta falta de consecuencia en la argumentación. Pero son demasiado terminantes y directos los términos de los últimos párrafos como para ignorarlos. Para imponerse por el horror Yavé habría decidido convertir en precepto la inmolación del primogénito.


De Melqart a Heracles

Gastón Barea

1. En una época imprecisa, por causas aún discutidas, Melqart fue infiltrado y confundido con Heracles. Después, el segundo suplantó al primero. Es fácil que al intercambio de hechos y representaciones atribuidos a una y otra figura ayudaran el gusto por el riesgo y la aventura, propio de autores antiguos. Ambos rasgos los comparten, si no Melqart mismo, sí las expediciones comerciales fenicias y las historias del héroe griego. Se podría aceptar que en la mezcla hay un fondo de espontáneo intercambio de hechos y personajes, solo obra del incontenible deseo que puede arrastrar a los que gustan de estos relatos, tomar aquella parte del otro que al admirador insaciable puede resultar más atractiva. Pero parece, más importante que la afinidad y el intercambio de elementos narrativos, la intención política, que a los hombres desconcierta y tienta. Esa sería la interesada responsable de la confusión. Hoy apenas nadie duda que fue calculada; lo que añade más interés al problema, porque al riesgo y la aventura une la intriga; que, si no es más valiosa, porque causa admiración se aprecia más.

El intercambio entre las historias de Melqart y las de Heracles pudo empezar cuando los griegos decidieron participar en la colonización del occidente mediterráneo, años entre la segunda mitad del siglo séptimo y primera del sexto anterior a la era. Así como Melqart, cuando en la primera mitad del milenio los fenicios se lanzan al comercio por mar, toma apariencia de divinidad marítima y comercial, los griegos, cuando después organizan un proyecto colonial parecido, tomarían como símbolo a Heracles, una parte de cuyas aventuras ocurrían en el confín oeste del Mediterráneo. Solo esta circunstancia sería la decisiva, que Heracles fuera y venciera en un lugar a donde querían ir y vencer los griegos. Podría decirse, para simplificar, que al Melqart fenicio, a fines de la primera mitad del milenio, los griegos opusieron su Heracles. Nada más que por razones de competición comercial. No serían, por tanto, aquellos siglos el tiempo de la síntesis, que diluye el antagonismo, sino el del enfrentamiento.

Entre el siglo quinto y el segundo, significados autores en griego, como Herodoto y Polibio, así como un epígrafe bilingüe, que en apariencia tiene propósitos explicativos o de interpretación, asimilan Melqart a Heracles; mientras que ya durante el siglo cuarto Heracles se identifica con Melqart de Tiro sin rodeos. Aquellos autores serían por tanto los responsables de la síntesis, al menos a nuestros ojos. Es muy probable que solo sea una deformación provocada por nuestro punto de vista, que deriva de un más que parcial conocimiento de los textos antiguos. Pero es en sus escritos donde podemos leer ahora la asimilación, y además como algo que se debe dar por supuesto. No obstante, para adelantar en saber las causas, parece recomendable por lo menos separar el principio de esta fase de cuatro siglos del final, y también considerar por separado unos y otros autores. Herodoto es un feliz redactor de historias sorprendentes. Polibio, fiel servidor de Escipión, que como habrá de verse tiene una parte no despreciable en esta historia, tal vez esté inspirado por otras intenciones.

En los hechos del principio, los del siglo quinto, ni en la actitud del escritor que representa aquella época, nada se adivina que parezca interesado. Parece normal, parece hasta obligado, que un autor, que siempre desea que sus lectores lo entiendan, busque la expresión más clara. Una manera eficaz de presentar a cierto dios de nombre desconocido en una lengua, porque procede de otra, es acogerlo al nombre familiar. Es lo que la crítica comúnmente llama interpretación. Por otra parte, si recapacitamos sin precipitaciones, también es verdad que por el momento nada semejante entre Melqart y Heracles ha sido advertido; más bien al contrario. Solo una circunstancia de espacio los ha hecho coincidir. Todo lo más que entonces se enfatice que Heracles es hijo de Zeus. Se destaca su parte divina. De esta manera puede subir de la categoría de héroe a la de dios y puede ser equiparable a Melqart. ¿Sería la inocente interpretación la única responsable, para antes del siglo cuarto, de lo que terminó siendo en la práctica una asimilación? Es posible y hasta lo más probable. Pero, mientras tanto, ha ocurrido que los griegos se han convertido en la potencia comercial que domina el occidente mediterráneo, a costa de los fenicios. La interpretación ha podido ser también asimilación, y así un medio más para extender el dominio griego a zonas bajo control fenicio.

2. Pero a fines del siglo cuarto Heracles se convierte en la divinidad tutelar de Alejandro, el debelador de pueblos y artífice de un imperio con pretensiones universales. Con las hazañas del macedonio fueron difundidas por todo el Mediterráneo las de sus dios protector, convenientemente mezcladas. Lo que el dios hace en sus trabajos, manifestación de su poder y de su fuerza imparables, es lo que Alejandro hace en Grecia y en oriente. Por semejanza, Alejandro aparece como el brazo armado de Heracles en la tierra. Puede pretenderse su descendiente, aspirar a ser considerado divino.

No terminan aquí sin embargo las novedades. Cuando Alejandro se aproxima a Heracles, también procede a una adecuada adaptación de la divinidad, una reinvención, si bien se valoran los cambios. Por sus celebrados doce trabajos Heracles fue convertido en una divinidad que debía abarcarlo todo, capaz de infundir fuerza y poder siempre, de extender su dominio y sujeción a todas las tierras y poblaciones. Es probable que la absorción de Melqart de Tiro por Heracles ya hubiera ocurrido, aparte la equivalencia fácil entre ambas divinidades que podía leerse desde el siglo quinto. Con los cambios de tiempos de Alejandro aparece un Heracles por completo distinto a Melqart, separado de los conceptos en los que el dios fenicio estuvo fundado, pero que la incluye por efecto de como mínimo la interpretación.

Para mayor complicación, por desgracia nuestra observación de los hechos del siglo cuarto no es todo lo directa que sería deseable. Al tiempo que ganaba tierras, poder y fama, Alejandro promovió la forma de civilización que llamamos helenismo. Este fenómeno, aparte otras derivaciones, actúa como una ideología en el proyecto alejandrino de estado. De aquí dos consecuencias. Primera, que el Alejandro que da vida a un nuevo Heracles, además de manifiesto medio de propaganda del conquistador, es un instrumento político de mayor alcance, útil para su inventor y también para quien esté en la posibilidad de servirse de él. Una ideología es una explicación convincente de por qué los hombres deben echarse en brazos de quienes la han inventado. Segunda, que aquella cultura prolongó su existencia, más allá de la vida de Alejandro, un par de siglos más. Las posibilidades de tomar el medio político creado en el siglo cuarto se prolongan mucho.

De nuevo nuestro problema brota de manera imprevista y se ramifica, aunque solo una de las líneas de su crecimiento debe prolongar el asunto que venimos persiguiendo; las otras solo pueden ser diversión. La clave está en decidir cuál es la buena. Porque, como ocurre al jugador forzado a decidir su envite ante las cartas boca abajo, la apariencia de todas es idéntica. Exactamente esto es lo que ocurre por convertir el medio de acumular fama sobre el poderoso general en una ideología. Varias veces podemos contemplar lo mismo, pero solo en un caso estaríamos viendo al Alejandro confundido con el Heracles que a su vez contiene a Melqart. En los demás vemos un retrato intermitente, tras el cual, en momentos inciertos, están otros, entre los cuales puede ocultarse desde el principio el mismísimo Alejandro, utilizando su identidad con el héroe divinizado como medio para la conquista de voluntades, más allá de la conquista militar. Pero no es seguro que el observador elija la apariencia adecuada, lo que le obliga a explorar en todas las direcciones, a ramificar el análisis mismo.

Algunas cosas, no obstante, pueden darse de momento por sentadas, aunque nada deba considerarse todavía definitivo. La más destacada es que ya Melqart aparente tener poco que ver con esta historia. Melqart y Heracles debían estar ya más que asemejados y fundidos; mejor aún, el pez grande Heracles había engullido al pequeño Melqart hacía tiempo. Su presencia en todo este enredo, al parecer, solo se explicaría por aquel antecedente tan remoto.

También puede ser aceptado que, a fines del siglo cuarto, Alejandro y sus inmediatos seguidores o diadocos, más que interesados en una identificación de dioses que ya sería un hecho, estarían empeñados en la difusión de una nueva figura gigantesca de Heracles. Según puede conjeturarse, por combinación de los datos aceptables que dan los textos con lo que se va cercando por deducción, las razones de la probable campaña inicial de promoción, más que deducidas de la guerra en la que el general vivía embebido, proceden de un proyecto político de más alcance. Diversos centros helenísticos serían los responsables de la difusión tanto de la identidad entre Alejandro y Heracles como de su nuevo significado.

3. Desde que en el siglo tercero los Escipión ocupan puestos en la primera fila política romana, por ellos Alejandro es elegido para servir de símbolo del sector senatorial que representan. Se trata de un grupo muy influido por la cultura helenística, y su Alejandro incluye al poderoso Heracles original del siglo anterior. Algunos defienden que fue realmente en esta fase más avanzada del helenismo, que se prolongaría hasta el siglo segundo, cuando aquel Heracles griego, que tanto puede, quedó de manera definitiva vinculado al gran Alejandro, como su patrono y su dios protector. Serían estas gentes las que de verdad difundirían ambos fenómenos. Por lo demás, puede documentarse de manera fehaciente que ahora este Heracles griego desarrollado, o más aún el Hércules romano que le sucede, ya no conservan los dos significados básicos del viejo Melqart, el de dios agrícola, identificado con el sol, y el de dios marino, protector de la navegación y del comercio.

Para este momento, de las potencias griegas ya no queda nada, ni en el orden colonial ni en el político. Han desaparecido del dominio del Mediterráneo occidental, aunque todavía se mantengan vínculos nominales entre primitivas metrópolis y antiguas colonias. Algo similar ocurre, desde antes, en la antigua red tejida por los fenicios. Se han beneficiado de la desaparición de aquel mundo las nuevas potencias, que justamente son occidentales. Las antiguas ciudades griegas están en su decadencia, y hasta caen bajo el irreversible dominio político de occidente desde mediados del siglo segundo.

4. Para resumir. La cultura helenística, en un momento que no se puede precisar, pero que con seguridad tiene su límite inicial en los años finales del siglo cuarto y está consumado para cuando termina el segundo, suplanta del todo al Melqart tirio, ya asimilado a Heracles, con un Heracles griego solo personificación del dominio. El proceso completo de la sustitución, que incluye simbiosis, posterior absorción más metamorfosis, ocurriría entre el siglo séptimo y el segundo, y el momento crítico de las transformaciones se concentraría en la segunda mitad del siglo cuarto sin duda.

Descrito el proceso, el problema que ahora resulta más visible, y que está por resolver, es el de la pretensión del instrumento ideológico puesto en funcionamiento por aquella cultura. Las razones políticas que se indican para justificarlo apuntan hacia proyectos de expansión desde oriente hacia occidente, concebidos en aquel siglo cuarto.


Cursos de historia de Dante Émerson

Redacción

Mis cursos de historia tienen su origen en una asignatura que estaba dedicada a la historia de España, cuyos alumnos regulares eran jóvenes entre los dieciséis y los dieciocho años. Su programa primitivo abarcaba desde la prehistoria hasta el momento actual, y todavía la época más reciente era ampliada con una geografía, aunque en parte física en la mayor parte humana. Con este motivo aún se extendía hacia el estudio de lo que su autor llamaba los países hispánicos, lo que no fue impedimento para que más adelante la asignatura fuera complementada con la enseñanza de la constitución vigente desde 1978.

Cuando la tuve bajo mi responsabilidad la primera vez, a principios de los ochenta del siglo pasado, ya acumulaba toda esa materia, razón por la que para su docencia la administración había decidido concederle clase diaria. Aun así, de mis compañeros más expertos, con el encargo de la asignatura recibí el aviso de que no era fácil comprimir en el tiempo disponible tanta materia. Por eso ya entonces era práctica consolidada renunciar desde el principio a una parte del programa. En aquellos años, los planes para el curso ni eran muy formales ni tan rígidos como han llegado a ser. Cuando empezaba un ciclo académico todo el mundo tenía los mejores propósitos y declaraba estar dispuesto a afrontar todo lo que le había sobrevenido. Pero más adelante, según el tiempo iba transcurriendo, como el viajero en globo que ve que la canasta va perdiendo altura, cada encargado de la explicación de un programa iba desprendiéndose de cuanto creía prescindible. En el caso de la asignatura a la que me refiero, la constitución solía ser lo primero que era arrojado por la borda, una actitud extremadamente irresponsable. Luego se desprendía el trozo de los países hispánicos, casi todo un continente, y por último, ya en las postrimerías del curso, era reducida al peso mínimo la geografía de la península ibérica, tierra diversa donde las haya, de la que solo los más prudentes, al impartirla como introducción geopolítica al principio del curso, conseguían explicar la parte física.

No recuerdo con exactitud cuáles fueron mis planes para el primer año que la enseñé, aunque estoy dispuesto a reconocer que al principio a mí mismo debí decirme que no veía motivo para de antemano renunciar a nada. Pero sí estoy seguro que al siguiente ya había tomado una decisión drástica. Por mi parte, desde aquel momento solo impartiría un curso de historia de España. Tras la escasa experiencia adquirida me creía con autoridad suficiente para defender esto ante cualquier instancia administrativa, y si fuera necesario argumentarlo con cuantas ideas a su favor quisieran oírse. Aquel mismo año emprendí la redacción de un detallado plan para la enseñanza de la asignatura tal como la había concebido, en el que ordenaba mis motivos y mis argumentos, que entrado el siguiente tuve listo. De inmediato lo cursé a la autoridad académica, decidido a defenderlo hasta donde hiciera falta, invitándola cordialmente a mantener una entrevista con este exclusivo asunto. Tuvo para conmigo la deferencia de no dar respuesta a mi invitación.

Explicar historia de España desde la prehistoria me pareció entonces, además de una estimulante paradoja, la mejor de las ocupaciones posibles. Pero pronto hube de modificar mi opinión. Resultaba enormemente complicado. Las generalizaciones a las que está habituado cualquier lector de obras de este género, a un alumno que vive la segunda mitad de la segunda década de su vida le resultaban inalcanzables, le eran completamente ajenas. Abstracciones como hegemonía, negociación diplomática, crisis o simplemente acción política raramente se habían cruzado en sus vidas, mucho menos por su cabeza. Hacía memoria y tenía que reconocer que nada anormal había en aquello. Para mí mismo no eran nociones adquiridas hacía tanto tiempo, y desde luego eran por completo artificiales. Solo a fuerza de ver repetido una y otra vez su uso había terminado por conocer su sentido preciso y su aplicación más correcta, cosas ambas que por entrar en el terreno de los lenguajes herméticos al principio parecen más allá del alcance de cualquier diccionario.

Deduje entonces que tal vez fuera conveniente explicar la asignatura empezando por estas premisas. Podría resolverse el problema, como tantas veces, con una introducción, gracias a la cual quedaran acordados y definidos de una vez por todas los conceptos comunes a los temas que luego habrían de ser estudiados. Solo ahora reconozco que fue así como empecé a desvelar el secreto que mi paradoja ocultaba. Si por fin decidía actuar así, efectivamente tendría que empezar por explicar historia desde la prehistoria.

Debió ser mientras meditaba sobre la eficacia de esta solución parcial cuando recordé algo con lo que había especulado durante mis últimos años de estudiante. No diré que fue la conclusión más valiosa que pude ganar gracias a aquella experiencia, pero sí es probable que la resuma completa con bastante fidelidad. Si para expresarla solo con una frase dijera que finalmente me sentía defraudado, tal vez juzgarían que no paso de afirmar una vulgaridad. Con toda la razón. Probablemente casi todos los estudiantes, de cualquier época, han observado una enorme distancia entre las ilusiones con las que llegaron a sus estudios y el fruto que les quedaba entre las manos al terminarlos. No me excluyo de estos sentimientos más vulgares, como no me cuesta confesar que puedo llegar a emocionarme con un melodrama, por más que me parezca una detestable manera de simplificar la vida. Recuerdo la alegría que me produjo sentirme por fin estudiante de historia, aunque no recuerdo haber denostado lo que sobre esta materia me enseñaron durante los años que le dediqué a tal actividad. Pero un defecto de esta clase solo se puede adjudicar al sujeto que lo padece, porque es fruto de uno de los muchos excesos en los que incurre la juventud, en cualquiera de los casos una ingenuidad.

Pero no es en ese sentido en el que deduje que algo de fraude podía haber en la formación que había recibido. La mayor parte de los programas que estudié estaban dedicados al conocimiento de hechos y personajes de ciertas épocas, separados a su vez con criterios territoriales. Cuando menciono los acontecimientos que era necesario conocer no me refiero solo a los políticos, diplomáticos y bélicos. Para entonces ya se incluían en las explicaciones académicas los hechos sociales y económicos, y hasta los que fueron llamados de mentalidades, bien que con desigual dominio y éxito. Por el contrario, los conocimientos propios del especialista, como la arqueología o la paleografía, ocupaban menos tiempo y recibían una atención secundaria, tanto que salvo memorables excepciones –la paleografía, en mi caso, probablemente más efecto de la dedicación del profesor de la asignatura que del interés de los autores del plan de capacitación– podían tenerse por formaciones, si no del todo prescindibles, sí al margen. (Me apresuro a puntualizar que mi maestro de paleografía fue uno de los peor encarados que hube de aceptar. Pero por efecto del azar, que todo lo desconcierta, bien que alentado por una definida declaración de sus convicciones políticas en el momento en el que aún la administración pública le era favorable, más una indudable maestría en la materia, disfrutaba de una posición inmejorable, así como disponía de la excepcional cantidad de medios que le permitían convertir a sus alumnos en buenos peritos en la materia, si esta era su voluntad).

Al terminar mis estudios opinaba que las cosas tendrían que haber ocurrido exactamente a la inversa. Precisamente tendría que haberse tratado de formar especialistas. Si no toda la atención –aunque hasta este lugar tan extremo estaba dispuesto a llegar– el principal propósito del plan de estudios tendría que haber sido familiarizar a los alumnos con los archivos, las bibliotecas y los museos, hacerlos asiduos de ellos, introducirlos en sus complicaciones y sus rechazos hasta el punto que conocieran de primera mano los problemas que para el manejo de las fuentes a cada momento hay que resolver, saber cómo de ellas se deduce e interpreta la información que proporcionan. Desafortunadamente, mientras fui alumno nunca vi que esto se hiciera de forma programada y eficaz. Experiencias de esta clase no me habían faltado, pero exactamente del mismo valor que el ejemplo o la más lamentable curiosidad. Lo peor era que indicios suficientes ya me permitían sospechar que todo esto podía ser el asunto principal de la formación de postgrado, un nivel cuyo acceso en aquella época casi escapaba a cualquier regulación, y por tanto a cualquier aspiración legítima. Era en este sentido en el que me sentía defraudado. La formación del especialista que tendría que ser quedaba reservada de manera discrecional a una mínima parte de los historiadores nominales, por efecto de un detestable y anacrónico sentido corporativo. Por desgracia, cuando pasados unos años tuve la oportunidad de acceder a mi formación de postgrado, pude averiguar que ni aun lo que afectado por la fiebre del novel había sospechado ocurría.

Hoy reconozco que no hay asunto más importante, cuando se trata del relato histórico, que el conocimiento paciente y hasta el límite posible de los hechos de que se trate, así como de su exposición, e incluso que ninguno de ellos puede ser mejor objeto de esta clase de preocupaciones que los políticos, porque estos son por sí mismos a la vez todos los que competen a aquel. Pero creo que llegar hasta ahí con seguridad requiere dedicación y aprendizaje, y de esto era de lo que se trataba mientras se estaba reducido a la fugacísima condición de estudiante.

Pero, más allá de mis especulaciones sobre el contenido de la materia, había ido descubriendo que la capacidad analítica es la más desarrollada por los alumnos a la edad a la que yo debía tratarlos. No sabría indicar con certeza alguna razón que explicara por qué las cosas ocurren para la generalidad de los casos así, y solo excepcionalmente algunos pueden además sintetizar o enunciar los principios más generales con dominio de los argumentos que los demuestran, o emplear los sentidos para percibir la variedad de elementos y actividades entre las que cada persona siempre está. Me temo que están más relacionadas con la formación ya recibida que con la aptitud para el aprendizaje que la naturaleza del hombre decida. Sobre el papel que a la condición de ser vivo deba concedérsele en la demostración de las posibilidades de adquirir conocimientos creo que lo justo es limitarlo al hecho de la aptitud, y así debería ser reconocido con carácter universal. El hombre tiene capacidad constante de aprender, una vez alcanzado el dominio de sus sentidos, y en ese estado permanece mientras el accidente de la muerte, o sus adelantadas las enfermedades, no lo interrumpen de modo violento. Si actualmente a los dieciséis años insiste en descargar sobre su capacidad de análisis todo el tráfico de su conocimiento es porque los medios que en nuestras escuelas consideran imprescindibles para alcanzar el de cualquier tipo insisten en dotarlo de esa capacidad. Las matemáticas y las gramáticas son enseñadas primero pieza a pieza, número a número las primeras, nada menos que letra a letra las segundas. Reconocerán que es una manera excepcional de enseñar, no la adquisición de extraordinarios conocimientos. Pocas materias cuentan a su favor con la posibilidad de ser aprendidas a partir de su desintegración atómica ya en la infancia.

Pienso que del éxito de esta manera de enseñar es más responsable la aritmética que la gramática, arrastrada por la fascinación que aquella sigue irradiando sobre las personas más impresionables. Que la enseñanza haya alcanzado a toda la población ha tenido efectos simplificadores, por la misma razón que es necesario derivar a la mediocridad el sabor de los alimentos que aspiran a monopolizar un mercado. A muchos antiguos les impresionaba la sofística, o uso vicioso de un método, y en absoluto no los conmovía el pensamiento, el fin al que aquel estaba destinado. Aún sigue siendo muy popular identificar la inteligencia con la agilidad en el manejo de los números, por lo demás perfectamente inútil mientras solo es abstracción. Creo que es en esta falsa creencia donde está el origen del orden actual de la enseñanza, porque cuando es organizada como un sistema público el promotor de la ley que lo ampara y regula prefiere responder a lo que la opinión de los electores aprueba.

Pero el hecho era que había de vérmelas con alumnos muy capacitados para el análisis, escasamente dotados para los demás medios de adelantar en el conocimiento. Decidí afrontar en su estado original lo que bajo mi responsabilidad había caído, y resolver mis cursos de la manera más directa. Derivé la explicación de la historia de España hacia las fuentes, sobre cuyo análisis descargué todo el programa. Tendría que ser la que me permitiera desarrollarlo una buena selección de documentos, con tanta precisión hecha que ninguno de los temas en él propuesto quedara el margen.
Aunque pueda parecer complicado buscar y combinar de esta manera una colección de fuentes, realmente no lo es, porque cualquier programa es igualmente una selección de asuntos. Para llevar a buen fin el proyecto basta con utilizar para esta a un tiempo los dos elementos. El programa previo indica documentos preferentes, y estos, una vez elegidos, recortan con mucha precisión los contenidos de aquel.

El obstáculo más serio que esta forma de enseñar habría de salvar era el de los conocimientos previos de historia que los alumnos necesitaban para analizar con seguridad e independencia los documentos. Dos maneras de vencerlo había. La primera dedicándole algún tiempo a proporcionárselos antes del estudio de las fuentes, y la segunda remitirlos a algún manual útil a mi propósito.

Nunca me he sentido a gusto si he tenido que explicar un curso ateniéndome con disciplina a un manual. Si alguna consecuencia de mis explicaciones es capaz de abrumarme es el error que por descuido pueda en ellas deslizar. No es la precipitación, ni la improvisación, que tantas veces es necesaria, ni siquiera la mala prosodia, que pesa sobre mí como una maldición. Del error lo que me abruma no es verme en la obligación de corregirlo, sino crear un mal fundamento sobre el que, pasado el tiempo, haya que seguir levantando el conocimiento de la misma materia. Sobre un buen número de detalles, de los más diversos asuntos, con el tiempo he podido ir comprobando que tenía una idea inicial errónea, tan nociva a partir de cierto momento que trastocaba todo cuanto sobre lo mismo hubiera ido acumulando, e impedía su progreso. Solo cuando me he detenido a corroborar mi idea del principio y he deducido que estaba en un error la he corregido y he podido seguir adelante sin mayores dificultades. Pero ni aun así la primitiva noción errónea se ha extinguido del todo, y reaparece con su corrección, como recuerdo imborrable, cada vez que debo recuperar mis conocimientos sobre aquel asunto.

En modo alguno me tranquiliza saber que por descuido puedo ser el origen de escollos de este tipo, tenaces saboteadores del buen saber. Mas si de los errores que por mi palabra puedan recaer sobre mis alumnos yo soy responsable, y a mí me toca remediarlos a la menor oportunidad, no son de mi incumbencia los que se hayan podido deslizar en los manuales. Y ocurre mucho que no es solo que los manuales, por ser obras de hombres, están expuestos exactamente al mismo riesgo que mi explicación, sino que quizás con excesiva frecuencia están plagados de imprecisiones, afirmaciones discutibles, simplificaciones injustificadas, además de simples errores, que caen como un pesado fardo con el que debe cargar durante meses quien ha decidido indicarlo a sus alumnos para que sigan su curso. No sería a mí a quien correspondería responder de estas culpas, ni consumir mi tiempo en resolver los equívocos a los que pueda dar origen. Sin embargo, cuando he tenido aquella debilidad, me he visto con frecuencia en la obligación de recomendar correcciones al manual, ante un escéptico auditorio, que cada vez que propongo una me mira con desconfianza. Concedida por el alumno, al comienzo del curso, toda la autoridad en la materia tanto a su profesor como a su manual, lo que es propio e inevitable a la edad de la que trato, cualquier conflicto entre ambos solo puede ser fuente de dudas e inquietudes, o de retiradas de confianza que se terminan resolviendo del lado que está a su alcance, el de su profesor, que así, sobre carecer de responsabilidad en el origen de la crisis y estar movido por la mejor voluntad, resulta deshonrosamente degradado en la consideración de sus discípulos.

Pero como a cada mal es necesario aplicarle su antídoto, con el tiempo y la mucha práctica he adquirido una útil disciplina a este propósito. Me permito proponerla a quienes se vean en situaciones semejantes. No muevo ni un músculo del rostro cuando una barbaridad procedente de la lectura de un manual cae como una bomba en medio de la clase, por más que se me conmuevan las entrañas. Ya he conseguido pasar en silencio sobre el asunto, e incluso soslayarlo si la explicación no ha de pisar sobre el cráter abierto por el obús. Pero ni aun eso impide que me mantenga en un permanente estado de rebeldía en relación a los manuales, e intente por todos los medios evitar el recurso a ellos.

Creo que el origen de este problema está en que las editoriales de los textos que se emplean en los institutos, que obtienen extraordinarios beneficios con costosas ediciones que venden a precios excedidos, descargan cuanto pueden su gasto en aquella parte del libro, que tal como lo editan, efectivamente, queda muy reducida, la que es responsabilidad del autor literario. Pocos son los promotores que dedican atención y presupuesto a esta parte de la obra y no recurren al trabajo de noveles que liquidan con poco más que una gratificación.

Si ahora me muestro desconfiado ante los manuales, cuando empecé a impartir historia también era radical en esta materia. Excluí de antemano recurrir a alguno, lo que por tanto significó que hube de simultanear las explicaciones de las premisas sobre las que tenía que quedar fundado el análisis con el estudio de las fuentes. El efecto inevitable fue que los programas avanzaban con desesperante lentitud. Pero debo confesar que me instalé con toda comodidad en ella. De un lado, por una razón práctica. Como yo era quien había de pedir cuenta de lo aprendido, examinaría solo de la materia impartida. Pero también a causa de una idea que se iba convirtiendo en una convicción. Lo importante era avanzar en la destreza del análisis de fuentes, la mejor manera de adquirir un buen método para estudiar toda la historia.

Siguieron apacibles cursos recompensados con los mayores deleites. Recuerdo de entonces con satisfacción, por ejemplo, las horas dedicadas a discutir y deducir con los alumnos el valor documental de los planos de fractura de las piezas paleolíticas, o el sentido que podía tener el acabado de algunas de ellas; a desentrañar las palabras del Estrabón editado por García y Bellido, del que tanto había aprendido; a analizar la asombrosa permanencia de los límites de la cora de Rayya en la actual provincia de Málaga; a agotar las posibilidades cartográficas y metrológicas de los libros de repartimiento, entonces renovados con sistema por los medievalistas; o a deducir del análisis comparativo de las curvas de Hamilton comportamientos monetarios. También recuerdo el monstruoso intento de verter el Ibn Jabdún de García Gómez y Levi-Provençal en un sistema de clasificación, organización y varia combinatoria de todos los datos que proporciona, que tanto esfuerzo exigió a mis alumnos, tanto de su tiempo consumió y tan poco fruto les rindió finalmente.

Pero el más memorable de aquellos momentos fue el que protagonizara el singular Mantero, entonces afamado portero de fútbol, bien por su estatura bien porque fumaba en los vestuarios. En aquella ocasión se trataba nada menos que de extraer de una colección de epígrafes tomados del CIL datos útiles para un análisis social y demográfico de la Hispania romana, que al mismo tiempo tenía que estar bien fundado según criterios estadísticos, de modo que sus conclusiones fueran inmejorables dada la fuente disponible. En clase había dado instrucciones sobre el procedimiento y sobre cómo extraer la muestra para que fuera fiable, sin dejar al tiempo de respetar los principios de la obligada crítica de concordancia. También había aleccionado con indicaciones para interpretar la información proporcionada por los epígrafes, y todos habíamos experimentado con algunos casos durante el tiempo de nuestro horario compartido. Pero el resto quedaba bajo la responsabilidad de los alumnos, que a vuelta de clase debían dar cuenta de sus conclusiones.

Fue el alto Mantero el convocado a exponerlas ante sus compañeros. No tenía con qué responder, nada había preparado. Pero no se sintió inerme ni manifestó desconcierto. Sin que yo pudiera percibirlo, como luego celebramos reiteradamente, su incondicional amigo de entonces, nuestro querido Francisco Ramírez, un hombre siempre aconsejado por la bondad, aguerrido e incansable centrocampista, leal compañero en el mismo equipo, junto a él, allá en la última fila, le deslizó su propio trabajo. Con la mayor naturalidad Mantero inició la más mentirosa e improvisada de las exposiciones que haya oído nunca, hermosa como una epopeya y llena de excelentes ideas y buen sentido. A cada hallazgo de su floreada prosa, que yo celebraba, el orador se crecía, y nos regalaba con nuevas depuradas insensateces. Dos días completos al menos agotamos en aquella festiva aventura, que vino a demostrar que puede más un alumno ingenioso que la monótona dedicación del profesor más severo.

Para entonces ya hacía tiempo que le daba vueltas a una idea que por días iba creciendo, y que en el transcurso de algunas noches alcanzaba el tamaño del remordimiento. “A nadie se le ocurriría explicar física relatando la infinidad de casos en los que se puede observar la caída de los cuerpos –me decía–. Sería tan agotador como poco provechoso. Basta reproducir la experiencia un número limitado de veces y a partir de ahí generalizar, apoyándose en la teoría a este propósito enunciada. ¿Por qué en historia habrá que someter a los alumnos a la tortura de volver una y cien veces sobre hechos similares, reinos que se sostienen sobre dinastías, crisis políticas que se resuelven con guerras, golpes de estado que interrumpen el curso de las instituciones?”.

Era fácil encontrar una explicación inmediata a que aquel procedimiento de enseñanza de la historia, que ya me iba pareciendo insensato que se mantuviera. La historia formaba parte de los planes de estudio solo porque contribuía a generar la idea de pertenencia a una nación. Por eso era necesario explicar específicamente historia de España incurriendo en el absurdo de relatar una cadena de hechos que comenzaba en el momento más remoto posible. Pero exactamente no me parecía inútil explicar historia de España, ni siquiera contribuir de esta manera a la estabilidad de las instituciones ciudadanas. Lo que me parecía la confesión de un vacío era que a los promotores de la asignatura no se les hubiera ocurrido nada mejor para rellenarlo que acumular una larga cadena de acontecimientos, que además amenazaba con crecer a consecuencia de la apertura del relato histórico hacia nuevos campos.

Tenía que reconocer que la historia no se beneficiaba de un cuerpo teórico unificado. Porque su naturaleza es literaria, la divergencia de las ideologías la habían cargado de teorías separadas y hasta contradictorias, y habían bloqueado cuanto en orden a la formación de una dogmática propia pudiera haberse hecho desde la época moderna. Era víctima de aquel estancamiento porque no podía recurrir a sistema alguno que viniera en mi auxilio y a la vez me veía en la obligación de enseñar. En su lugar solo había ideologías cuya mera invocación, aunque fuese de paso, sonrojaba. Me faltaban fundamentos que me permitieran actuar con seguridad, en detrimento de la materia que impartía y de mí mismo. Cuando los alumnos al mismo tiempo reciben clases de ciencias que operan con solidez y avanzan con paso decidido, conocimientos con poco cuerpo son recibidos con escepticismo, con frecuencia incluso rechazados, y finalmente relegados a una categoría inferior que solo puede satisfacer a los menos aptos. Por desgracia, esto estaba ocurriendo ante mis ojos.

Debo admitir también que por reacción, y en cierta medida por el contagio que sucede a la falta de defensas, contaminé mis clases de análisis de fuentes con procedimientos tomados de otros campos de conocimiento, en particular los de tipo cuantitativo, por los que entonces sentía especial predilección. Pero en esto no actué desviándome de las enseñanzas de métodos aplicables a la historia entonces en expansión. Quienes conozcan la materia seguro recordarán obras que se extendían en su difusión entre los historiadores y que llegaron a ser muy populares. Pero en buena medida también fue consecuencia de que caí en una tentación, y me dejé arrastrar por la correspondiente pasión. Así como a los demagogos es el aplauso el que los inspira, y no reparan en recursos para obtenerlo, porque había comprobado que la aplicación de los métodos cuantitativos a la historia sorprendía con facilidad a las ingenuas almas juveniles, por razones que antes expliqué y entonces descubrí, insistí en desplegar ante ellos aquellas herramientas, que conseguían mantenerlos activos y despiertos, aunque fuera solo por obra de la novedad.

Admitía sin embargo que el camino que había emprendido no era el correcto, e incluso cierta conciencia de mi inmoralidad me permitía. Pero, al mismo tiempo, observaba un filón de virtud en mi comportamiento que me pareció suficiente justificación para tanto atrevimiento. Situaba la enseñanza de la historia en un dominio distinto, lo cual por sí mismo me parecía bueno, y aún creo que lo era. Entre enseñar historia relatando hechos, lo que equivalía a confundir la función del texto de historia con la que corresponde a la clase de historia, y enseñar historia abusando del análisis cuantitativo de las fuentes, prefería lo segundo sin duda alguna, por más inapropiado que pudiera parecer. En esto podía haber error, pero en aquello solo había lamentable pérdida de tiempo.

Proseguí todavía con aquel plan, extendiéndolo y completándolo cuanto podía. La necesidad de relacionarme con nuevos alumnos ayudó a ampliar y mejorar el cuerpo documental de aquellas prácticas clases de historia. Pero a fines de los ochenta corté aquel curso de mis enseñanzas. Fue entonces cuando descubrí que estaba cometiendo un error. Hacía tiempo que había deducido que la eficacia de mis clases derivaba de la adquisición de unos conocimientos previos. Mi error, tal como entonces pude concluir, había consistido en creer que estos conocimientos tenían que ser de historia de España. Lo que realmente necesitaban mis alumnos para enfrentarse al análisis de las fuentes era instrumentos para su crítica. Así lo había ido comprobando curso tras curso. Los conocimientos previos que debía suministrarles no tenían que ser de historia de España, un asunto que a aquella altura había pasado a convertirse en algo circunstancial, sino de métodos de análisis de las fuentes.

A partir de entonces me concentré en la mejor documentación de los procedimientos cuya explicación juzgaba imprescindible. Mejoré y completé cuanto de ellos sabía y me preocupé porque ninguno de los que en la práctica era obligado aplicar escapara a mi previsión. Tendría que explicar arqueología, al menos en aquella parte experimental relacionada con la fabricación de utensilios a partir de la piedra, y a ser posible también en la que se ocupa de la cerámica. Habría de enseñar a los alumnos de modo reglado, como técnica independiente, el modo de obtener de las fuentes narrativas afirmaciones de veracidad tan acendrada que en ellas pudiera confiar para redactar la propia reconstrucción de los hechos. Sería necesario que conocieran por sí mismos todos los secretos de la elaboración de un mapa histórico, para que ante cualquiera, fuera o no obra propia, pudieran deducir el caudal de información que esta clase de síntesis contiene. Por el modo como había evolucionado la recogida de datos y su presentación durante las últimas décadas, también se hacía preciso dar a conocer el manejo más apropiado de las informaciones cuantificadas.

Todas estas materias particulares, y algunas más, eran estudios imprescindibles si se quería dotar a los alumnos de criterios personales a partir de los cuales tener ideas propias y acertadas sobre los hechos de los que las fuentes informan. Dar este giro a la materia que explicaba venía además a proporcionarme otra respuesta, sobre una satisfacción. De este modo abolía el absurdo de la explicación finita de hechos que se repiten y se repetirán, sin más satisfacción que el placer que pueda proporcionar coleccionar buenos relatos.

Decidí entonces dar el paso definitivo. Hasta aquel momento había mantenido las explicaciones sobre los métodos como un complemento al programa de historia de España, si bien aquellas me ocupaban todo el tiempo que dedicaba a esta actividad. Los alumnos, para cada tema del programa, a vuelta de clase venían con el análisis de las fuentes incluidas en mi antología que les habían sido indicadas. El único vínculo real que conservaba con la asignatura prescrita era que todas las fuentes eran hispánicas. A partir del momento en que opté por reconocer lo que estaba haciendo, el programa de temas de historia de España lo sustituí por otro de métodos para el análisis de fuentes. Mantuve la antología de testimonios relacionados con aquella, pero fue por evitar el salto en el vacío. El objeto había dejado de ser la historia de España. Ahora se trataba de métodos historiográficos. De aquella solo quedaba el nombre.

Por fortuna coincidí entonces con alumnos excepcionales.

No es un contrasentido decir que de esta clase nunca faltan. En cualquier grupo hay alumnos destacados. Lo que hace precisa cada estimación es la cantidad que cada año se conoce y el valor relativo de tal condición. El momento óptimo de esta feliz coincidencia es el que permite conocer y tener trato con una proporción significativa de buenos estudiantes en una clase integrada por buenos alumnos. Tan favorable estado me aconsejó aprovechar la circunstancia para valorar la eficacia real que aquella manera de impartir la asignatura tenía.

No me refiero a cómo era recibida la materia entre los alumnos. A aquellas edades los alumnos están necesitados de conocimientos, y aceptan cualquier cosa que se les explique, a condición de que se les presente de forma clara, con seguridad y con cuanta seriedad se pueda añadir al trabajo regular. Los alumnos abren entonces un comercio de esfuerzos por el que miden de la misma manera que saben que ellos habrán de ser medidos. Como son conscientes de que el juicio ha de recaer finalmente sobre su trabajo, califican la autoridad moral de quien debe emitirlo fundados en el principio de la igualdad. El esfuerzo que les sea pedido ha de venir precedido por el de quien vaya a pedírselo. No es necesario que sea enorme, basta con que sea sincero.

Deseaba saber si mis explicaciones sobre asuntos que yo mismo consideraba muy ajenos a los alumnos, y que ellos mismos con frecuencia declaraban extraños y anómalos para que pudieran ser admitidos como historia, eran recibidos por ellos con la misma facilidad con la que pudieran aceptar las explicaciones sobre, por ejemplo, los verbos deponentes, algo no menos ignorado antes de entrar en la materia por quienes han de estudiarla cuando se les explica por primera vez. Es verdad que con sorpresa había ido aprendiendo en las aulas que los alumnos están dispuestos a admitir enseñanzas con un grado creciente de interés correlativo a su extravagancia. Al principio no acertaba a explicármelo, porque de mis años de estudiante no conservaba memoria de nada parecido. Pero porque también aceptaba que mis recuerdos eran muy parciales (nunca fui ni siquiera un alumno regular, y ahí está para demostrarlo mi expediente) intenté saber algo más sobre las razones de este comportamiento. Con el tiempo fui descubriendo que la formación proporcionada a los alumnos es tanto más aceptada por ellos cuanto más ajena les resulta, porque su mundo se alimenta de radicales contrapuntos. El mundo en el que viven, aun en la clase, es hermético e impenetrable, y siempre permanece al margen de la relación que mantienen con quien les enseña. Si en alguna ocasión este cree haber tendido algún puente hasta aquella otra orilla, a través de algún alumno que parezca más dispuesto a abrir las recias puertas que la guardan, que desconfíe de su conexión. Resultará siempre la menos acertada, el alumno medio será el menos apropiado para introducirlo en la liga secreta. Insistir en avanzar por territorios desconocidos no asegura éxitos, pero coloca en la mejor posición para al menos aspirar a sentirse razonablemente satisfecho.

Disponía de los exámenes para saber inmediatamente qué efectos tenían mis explicaciones. Pero no me resultaba un medio de indagación satisfactorio por dos razones, una de la índole ajena pero otra procedente de una injustificable incapacidad personal. Nunca los exámenes son una circunstancia en la que los alumnos puedan ser observados en estado de naturaleza. La excepcional ocasión, la inseguridad espontánea que desconocer el cuestionario origina, las urgencias a causa del tiempo limitado de que disponen deforman la observación hasta un grado en el que la experiencia deja de ser significativa. Muy pocos son los que consiguen sobreponerse a tantas adversidades, y estos por todos los conceptos resultan extraordinarios y en consecuencia nada representativos.

Además, en aquella época, mi falta de pericia para proponer exámenes adecuados era notable. Yo mismo era consciente de mi debilidad, y mis alumnos una y otra vez, por cuantos civilizados modos tenían a su alcance, se alzaban contra aquella desastrosa tiranía, que tan trágicos efectos personales para ellos, siempre en vísperas de vacaciones, podía tener. Eran excesivos bajo cualquier consideración. Largos, tanto que yo mismo debía emplear en su solución más tiempo del que podían consumir en el acto efectivo los alumnos; farragosos, hasta exigir el manejo de una cantidad de medios de trabajo que lindaba con el absurdo; complicados, porque en muchas ocasiones las soluciones a los problemas planteados podían ser distintas; oscuros, porque no siempre las respuestas estaban solicitadas con un enunciado que fuera inequívoco. De todos aquellos despropósitos, el que se arriesgaba a alcanzar lo cómico era el de los recursos que el alumno debía prever para el examen: calculadora, escuadra y cartabón, compás, colores, y en ocasiones hasta diccionario y atlas. Los alumnos debían acudir a la convocatoria provistos de todo, en previsión de lo que pudieran necesitar. Los más sarcásticos con ostentación desplegaban sobre su mesa todos los medios, y hacían cuanto fuera posible para que la ocuparan por completo, de modo que no quedara sitio para el cuestionario ni para el modesto folio en el que tenían que escribir sus respuestas.

Necesitaba recurrir a otro medio si deseaba averiguar con algún fundamento qué estaba pasando con el curso que explicaba. El adecuado me lo proporcionaron dos de aquellos alumnos excepcionales. Por cómo actuaban diariamente había podido averiguar que eran de una seriedad poco habitual, rara para su edad, sorprendentemente temprana o prematura. Asistían con regularidad a clase, seguían atentamente las explicaciones, tomaban notas de ellas con mucha seguridad y pedían sensatas aclaraciones cuando las necesitaban; resolvían con acierto las prácticas con las fuentes a las que cada tema estaba orientado y, aun así, no eran alumnos que se mostraran satisfechos de su trabajo o presuntuosos ante sus compañeros. No recordaba haber tenido alumnos de aquella sólida, disciplinada y a la vez amable manera de conducirse.

Cierto día, mientras corregía con uno de ellos uno de los ejercicios, la idea surgió como si fuera una consecuencia, con la misma naturalidad con que cualquiera de ellos podía haber deducido la solución a un problema que antes hubiéramos enunciado. No debía dejar que pasara la oportunidad, tenía que conocer los apuntes que aquellos alumnos redactaban. Allí, sin preparación interesada, en aquella parte reservada de su trabajo, estaba retratado con la mayor fidelidad mi curso.

Mantuve mi idea sin declararla hasta que finalizó el año académico. Cuando ya había terminado, incluso cumplido el trámite de las calificaciones finales, decidí pedirles copia de sus apuntes. Afortunadamente accedieron. Hasta mis manos llegaba por primera vez un retrato de mis clases tomado del natural. Examiné aquellos apuntes, corregí mis errores y juzgué que no obstante el resultado era apreciable. Decidí reescribir completa la parte teórica, atento sobre todo a expresar las ideas con la mayor claridad de la que fuera capaz, dejándome llevar por la noción de nitidez que de lo escrito por mis alumnos recibía, y el resultado fue la primera versión escrita de mis cursos.

Así, pues, los nombres de Sara Fernández López y José Enrique Pavón Cumplido, los responsables de aquellas notas, deben constar con la condición de autores de la primitiva versión de los textos de mis cursos, y como tales, en reconocimiento a su trabajo, es mi deseo que prevalezcan.

No modifiqué de inmediato el plan para mis clases a consecuencia de aquella novedad. Seguí por un lado impartiéndolas con los mismos medios de los que hasta entonces había hecho uso, sin innovarlos más de lo que antes, por el curso espontáneo de la experiencia, lo hacía; y por otro fui haciendo crecer y completando el texto del curso impartido del que disponía.

Vino entonces a ocurrir algo que en su momento alcanzó el rango de acontecimiento. El legislador creyó conveniente trastocar todo el plan de estudios que hasta entonces los alumnos de aquellas edades seguían. Mucho fueron discutidas sus ideas y sus decisiones, y de modo adverso ambas solían ser recibidas, aunque en esta consecuencia no había mucha más convicción que vicio de costumbres. Entre quienes vivo, las ideas que todavía no son repetidas como propias por principio son recibidas con recelo. Por mi parte, la pasión por aquellos asuntos, porque la pasión alimenta la intensidad con la que es empleada la voluntad, para entonces había descendido de manera tan ostensible, por comparación con la que durante mi juventud en mí desataban, que ya me juzgaba más paciente espectador de la vida pública que sujeto agente, sujeto no obstante sin pretensiones de agente.

Pero debo confesar que fui arrastrado por la corriente de aquel debate, debilidad que con demasiada frecuencia ha desviado el curso de mi vida. Un accidente administrativo me condujo hasta la obligación de conocer cuanto el legislador había declarado sobre aquella materia, que era mucho, no siempre claro y en ocasiones contradictorio. Por replicar a las reducciones con las que se suelen despachar los asuntos cuando de opiniones se trata, me vi envuelto en polémicas, y conducido por estas volví a encontrarme en medio de violentas discusiones. Maldije una vez más la hora en la que no fui capaz de responder con silencio a la estupidez, me condené otra vez por mi falta de la más preciosa de las contenciones que la conciencia puede dominar, la que cualquiera puede y deber tener en recta moral sobre el uso de la palabra. No detestaba la batalla, ni actitud de combatiente alguno. En la batalla los hombres crecen y la grandeza del enemigo ennoblece al que es derrotado. Lo que no me perdonaba a mí mismo era la falta de previsión que había tenido en el momento en el que el conflicto estalló. Una actitud más prudente al instante me habría permitido ganar posiciones fuera del campo de las hostilidades.

Pero lo peor fue que de allí se siguió otro fatal deslizamiento hacia la más degenerada acción. Quien sobre su voluntad tiene limitado el poder por contumacia se entrega a la irresponsable tiranía de los instintos, y vuelto una vez más a este infierno por perversión da en deleitarse en el abuso en el que incurre. Arrastrado por la corriente de las pasiones, me vi absorbido por ellas, y di en encontrar placer en la polémica. Mas, habiendo excluido que los argumentos con que fuera sostenida, en cualquier circunstancia, pudieran en alguna ocasión ser lo bastante fundados como para alimentar un juicioso debate –tanto era el desconocimiento desde el que solía hablarse, tanto no obstante el atrevimiento de todos–, en vez de activar la polémica para el buen fin al que puede ser conducida, si así se desea, llegué a atizarla con el exclusivo fin de comprobar si las reacciones a las opiniones que podía defender provocaban las reacciones que había previsto. El placer lo alcanzaba cuando comprobaba que las cosas ocurrían como las había podido pronosticar.

Nadie crea que siempre conseguía este efecto, ni menos aún que las opiniones que expresaba fueran regularmente acogidas, por más que debo reconocer que en algún caso casi me sonrojaba ver la facilidad con que las ideas ajenas eran inmediatamente hechas propias y convertidas en arma para la polémica. Tampoco debe pensarse que algo de aquello tuviera fatales consecuencias. Bien juzgado, no pasaba de ser un juego, peligroso en la medida en que era cargado con pasiones, pero inofensivo si aquellas no se hacían estallar. Por fortuna, ninguna explosión rebasó los límites de la mutua acusación de usar malas artes, del abandono airado de una reunión o del aún más inofensivo hacer ostensible el silencio como fórmula de protesta.

El tamaño de aquel mundo era pequeño y la escala a la que podía observar el fenómeno reducida. Pero siempre he sostenido que la magnitud del caso no resta valor normativo a la ley que pueda poner al descubierto. Como en el experimento de laboratorio, para deducir sobre los comportamientos humanos, la observación de las pasiones en medios reducidos tiene la ventaja de que permite desembarazarse de ciertos límites circunstanciales, porque de antemano, aunque al observador genérico le puedan parecer activos, se sabe que son inoperantes. El estado que entonces alcanzó entre nosotros la modesta acción pública me permitió ver en estado original la naturaleza de la ambición, cuyo fruto es el poder. Fue entonces cuando descubrí que se alimenta exclusivamente del placer que proporciona tomar decisiones cuyos efectos se han previsto, y estos están en todo dirigidos a cumplir con un curso de los hechos que satisface íntegramente los deseos de quien activa la acción. Puede complementarse con la satisfacción de deseos, con la vanidad quizás en los casos más elementales. Pero si así ocurre son alianzas circunstanciales. El placer puede sostenerse solo sobre aquella razón, y no si solo dispone de alguna de las otras dos.

Pero, al margen de las contiendas, la lectura de cuanto el legislador había decidido me permitió descubrir una novedad que interesaba a mis propósitos consolidados. Había dictado la libertad de programas más extrema que jamás se haya previsto. Tan excesiva era su idea que se limitaba a indicar un programa de materias a impartir, a su criterio recomendable, pero que en absoluto no era obligado para quienes tuvieran la responsabilidad de explicar. Positivamente se llegaba a declarar que estos podían decidir con autonomía qué programa creían oportuno impartir.

No dejó de llamarme la atención tan extraordinaria manera de entender la libertad de la docencia, que a mi parecer tenía más de inconsciente improvisación que de radicalismo libertario. Pero no me resultaba del todo sorprendente. Años antes había podido vivir una experiencia similar, muy instructiva. La autoridad académica había decidido promover la investigación en la enseñanza media. Cuando tuve la primera noticia no me pareció una iniciativa desacertada. Desde sus limitadas posibilidades, quienes están dedicados a este trabajo tienen demostrado que con algo pueden contribuir a esa parte del patrimonio público. Además, me parecía una excelente fórmula para la promoción profesional, incluso idónea porque es estimulante, comparativamente mucho mejor que la triste y muy limitada carrera docente. Pero no se trataba de eso. Lo que la autoridad académica había decidido era introducir en la investigación a los alumnos. No daba crédito a lo que entendía cuando tuve la certeza de que aquella era la intención de quienes tenían la responsabilidad de administrar el derecho a la enseñanza. ¿Que los alumnos dedicaran una parte de su tiempo a investigar? ¿En serio? ¿Quienes aún carecían de las nociones que permiten entrar en los conocimientos especializados?

Pero más sorprendente aún era que aquel proyecto estaba excelentemente dotado. Cuando medité sobre esta otra parte de la idea, me apresuré a presentar diez planes para experimentar con diez ideas relacionables con los programas que explicaba, suscritos por otros tantos alumnos a los que durante aquel curso enseñaba. Mi propósito era muy práctico: captar fondos para invertirlos en la dotación de mi departamento, entonces poco más que una habitación con el mobiliario imprescindible; una institución que carecía de presupuesto propio y que sobrevivía en ocasiones en medio de la penuria, en otras de la indigencia. Así se lo hice saber a los alumnos a los que comprometí en aquella aventura, que por lo demás se prestaron animosamente a contribuir de aquel modo a sostener y desarrollar uno de gérmenes de los que directamente se nutrían.

Al proponer diez planes de investigación mi propósito fue solicitar mucho para obtener algo. Cifraba mi esperanza en que serían atendidas aproximadamente un tercio de las demandas. Fueron aprobadas y dotadas todas. No era ningún mérito. Vine a saber luego que el departamento que nos trataba tan generosamente disponía de un buen presupuesto a este fin destinado y que no había recibido muchas demandas. Aquello, por más que fuera poco sensato, era razonable en la medida en que podía explicarlo todo.

Por lo demás, los alumnos efectivamente desarrollaron sus programas de trabajo durante el verano siguiente a plena satisfacción, y nuestra fortuna nos permitió dotar el departamento con unos medios entonces del todo inusuales en esta clase de institutos. Lo que terminó de colmar aquel incomprensible ciclo fue que, vencido el plazo que para nuestras actividades nos habíamos propuesto en nuestros planes de trabajo, autoridad alguna mostró jamás el menor interés por sus resultados, que desde entonces, en el mismo departamento donde fueron hechas, permanecieron archivados. Espero que aún hoy quien desee comprobarlo allí los tenga a su disposición.

Aprendida entonces la lección, no había que dejarse sorprender por la radical huida hacia la libertad de enseñanza, sino aprovechar la oportunidad que ofrecía, y eso fue lo que hice. Como podía contar con que la ley me permitía enseñar un programa propio, me apresuré a poner a punto el mío. Solo tenía que redactar el que de mi primera versión de los apuntes de mis alumnos inmediatamente podía deducir.

Me satisfizo poder explicar lo que a mi juicio era el contenido adecuado a un curso sobre la materia, pero sobre todo me tranquilizó legalizar mi posición. Honradamente, creo que me encontró más decidido el deseo de no estar al descubierto que toda la aspiración de originalidad. Durante los últimos años, una vez que había decidido convertir la explicación de las técnicas y procedimientos para la crítica de las fuentes en el objeto de mi curso, había vivido en franca ilegalidad. El nombre que el programa oficial daba a la asignatura lo había mantenido, pero eso era casi lo único que de aquel quedaba. Había dado las clases con un creciente temor a que alguien impugnara mi trabajo, por otra parte asistido por todas las razones que cualquier instancia judicial puede admitir como bastante fundadas. Este temor podía desaparecer a partir de aquel momento.

Había de hacer frente a otra novedad sin embargo, que me obligaba a ciertas modificaciones de mi programa. Con los nuevos planes, la asignatura que le servía de marco había desaparecido, y con ella la excepcional circunstancia que permitía disponer de clase diaria para explicarla. Habría de buscarle un adecuado sustituto, apto sobre todo por la cantidad de tiempo que proporcionara, que efectivamente era extensión del programa, pero también por edad de los alumnos, para que pudiera mantener las explicaciones que tenía elaboradas.

Por razones que no es imprescindible explicar no pude de inmediato elegir la asignatura que para la misma edad de los alumnos había reemplazado a la antigua historia de España. Solo tenía el mínimo defecto de que disponía de una hora menos a la semana. Pero tampoco me pareció del todo desafortunado no contar con aquella suplantadora. Se trataba de una asignatura que solo los alumnos que de antemano habían tomado cierta decisión recibirían, y la experiencia anterior me había permitido deducir por comparación que justo los que tomaban aquella vía, aun pareciendo de antemano los destinados a mostrar más inclinación por esta materia, resultaban los menos entusiasmados por sus contenidos. El origen de la paradoja había que buscarlo en aquella sofística que sobrevive y que más arriba aludí, la que consiste en estimar más la enseñanza de los conocimientos que se adquieren por la aplicación estricta del procedimiento lógico.

Por parecerme el menor de los males, acepté descender un escalón en la edad de los alumnos, que es tanto como decir un año, porque la otra posibilidad, ascenderlo, me llevaba al límite mismo del nivel de la enseñanza en el que trabajaba. No me pareció prudente experimentar con los que por otra parte tal vez podrían ser alumnos más adecuados solo por el hecho de que el examen decisivo que al final de su curso habrían de sufrir escapaba por completo a mi control.

Ninguno de los obstáculos que la vía que había tenido que tomar por exclusión me interponía me pareció sin embargo insuperable, a pesar de que habría de vérmelas, no ya con alumnos más jóvenes, sino con un horario semanal de solo tres clases. Con una inconsciencia que entonces me pareció reconfortante optimismo me apresuré a retocar mi programa. Bastaba con eliminar los asuntos más complejos para conseguir un curso a un tiempo breve y más adecuado para ser recibido a la edad que tendrían los alumnos que habrían de seguirlo. Fue el programa de esta versión modificada el que finalmente presenté como mi compromiso para la explicación de la nueva asignatura durante el curso que empezaba, que a pesar de su imprecisión original se podría llamar historia universal, denominación que por su ambigüedad forzada me parecía la más satisfactoria para mis planes.

Empecé el curso y acometí mis explicaciones según tenía por costumbre. Hasta entonces, de pie ante la pizarra, con una tiza en la mano, desarrollaba de viva voz los epígrafes previstos en el programa, del que los alumnos disponían desde el principio de curso. Ocasionalmente esquematizaba ante su vista, en letras de molde, los pasos de los argumentos más ramificados, anotaba las palabras que suponía desconocidas por los alumnos, alguna vez me concedía la licencia de hacer un dibujo, aprovechando que durante la hora de clase la puerta del aula permanecía cerrada y al final siempre borraba cuanto hubiera quedado en la pizarra. Los alumnos seguían las explicaciones según su criterio y tomaban las notas que les parecían oportunas. Cuando a vuelta de clase tenían que presentar sus ejercicios, eran ellos los que ocupaban el lugar que yo había ocupado antes, y así íbamos avanzando tema a tema. Siguiendo este procedimiento había sido elaborado el material que había servido para redactar la primera versión de mi curso.

No fue necesario que pasara más de una clase para comprobar que aquel procedimiento era inviable. Los alumnos permanecían inmóviles ante las explicaciones, y su parálisis por momentos degeneraba a un hosco rechazo, modalidad de las relaciones entre los hombres que en mi caso produce el efecto contrario al deseable. Cuanto más falta de comprensión observo en mi interlocutor más me deslizo por el vicio de las frases oscuras, y tanto más incomprensible resulta cuanto digo. Salvo casos en los que tenga que hacer frente a una extrema arrogancia o a la desfachatez, que inevitablemente antes o después es necesario cortar con secos, serenos y sorprendentes afloramientos de carácter, mi esforzada moderación consigue con mediano éxito contener los siempre peligrosos motines. Tampoco en este caso la ira acopiada pasó a rebeldía. Pero me obligó a volver a pensarlo todo.

Desde luego no ignoraba cuál era la causa inmediata de aquella situación, por más que me había resistido a concederle el valor que ahora bien podía comprobar que tenía. La capacidad de los alumnos para seguir una clase regular había descendido mucho más de un año. Pero a fuerza de reflexión sobre lo que vivía descubrí que no era un problema de ineptitud. No pueden ser víctimas del mismo mal de idiotez todos los miembros de una generación, por la misma razón que no todos alcanzan los mismos resultados si se esfuerzan en correr a toda velocidad cierta distancia o en lanzar con cuanta potencia sean capaces un peso prefijado. Entre los miembros de cualquier generación los hay más dispuestos al estudio y menos, y no son los de hoy menos aptos ni todos los de ayer eran brillantes. Estas son apreciaciones tan superficiales que no es necesario enjuiciarlas.

Los alumnos que aquel año tenían que seguir la nueva asignatura no eran ni más ni menos capaces que los de cualquiera de los precedentes o de los que luego los han seguido. Pero tampoco era un problema de capacitación, aunque este fuera el efecto visible del mal que les aquejaba. A todos los alumnos les faltaban recursos para seguir con atención explicaciones, tomar notas sobre ellas y, llegado el caso, hacer observaciones adecuadas, confesar dudas razonables, replicar con fundamento. Era la consecuencia de una formación elemental muy descuidada, con seguridad inspirada por ideas erróneas que sin embargo durante algún tiempo tuvieron crédito y fueron aplicadas al menos con un consentimiento muy generalizado. Probablemente todo aquello había ocurrido por obra de la confluencia de la simplificación de teorías en modo alguno desacertadas, la siempre deslumbrante novedad y la pereza en la aplicación de procedimientos, males a los que jamás nadie por completo escapa. No creo necesario detener mis explicaciones en el análisis de estas causas ni menos aún calificarlas. Baste reconocer que los alumnos llegaron por aquellos años con una formación muy limitada.

Pero, con ser grave, este no era el fondo del mal. Lo que complicaba hasta la crisis el problema era que venían poseídos por la insensata convicción de que instalarse en aquel estado de incapacidad era un derecho que les asistía. A mi juicio no sería acertado adjudicar a una predisposición natural de las personas su capacidad para el estudio y su dedicación a él, porque toda la materia con que debe tratar es convencional, aunque sí es aceptable la idea de que hay umbrales biológicos que no se pueden atravesar si se desea permanecer del lado adecuado. Pero cuando las personas se pretenden acreedoras de derechos toda la responsabilidad es de las instituciones, artificio que se propone dotar a ciertas decisiones de estabilidad y duración. De todas las instituciones son responsables los hombres que las crean y las mantienen.

El legislador, del mismo modo que había innovado de manera radical en materia de programas, había decidido fundar sobre nuevos principios el juicio sobre la capacidad del alumno. Así como no habría unos asuntos precisos sobre los que instruir, no habría un modo universal de juzgar sobre el esfuerzo de los estudiantes y los resultados que con él consiguieran; no solo por razón de diversidad de programas, sino porque se aceptaba como principio que las posibilidades para alcanzar los conocimientos eran distintas. Como la vieja máxima política: a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus posibilidades. Los alumnos menos capaces, e incluso víctimas de bajos rendimientos, podrían ser bien valorados a condición de que mostrasen la mejor disposición para el estudio y algún avance, por pequeño que fuera, en sus conocimientos.

Como principio para valorar el trabajo este es tan desconcertante como el que utiliza cierta moral de inspiración religiosa para juzgar los actos humanos. Concede el perdón a cualquier falta a condición de que los pecadores acepten la exclusiva jurisdicción de su iglesia en esta materia y manifiesten arrepentimiento. El efecto de esta inconsecuencia es el imperio universal de la inmoralidad, que en modo alguno hay que confundir con la desvergüenza, patrimonio exclusivo de quienes simultáneamente son cínicos. Si para valorar el esfuerzo podía bastar con declararse entusiasta del trabajo y aportar alguna prueba de rendimiento, la actividad del alumno sería ocasional y caprichosa, y en su mayor parte el trabajo quedaría por hacer.

Otra idea patrocinada por los innovadores que tenía efectos nocivos para mi procedimiento era la que explicaban sobre la propensión al trabajo. Que hubiera, a su parecer, era exclusiva responsabilidad de quien enseñaba, que debía esforzarse en provocarla. La parte de verdad que en aquella idea observaba era algo que ya en mis primeras experiencias había reconocido porque yo mismo me atengo a ella, que la actividad de los alumnos declina a la parsimonia. Pero también sé que, una vez despierto, el deseo de saber es más poderoso. Reconozco que servirse de la provocación o de la curiosidad ayuda a activarlo e incluso a vigorizarlo, pero quienes pensaban que el origen de todas las decisiones correspondía a quien debía tomar las principales olvidaban la parte que toca a la voluntad en todas las acciones de los hombres. Lo que parece inadecuado es excluirla, y en la exclusión se incurre si la inclinación al trabajo es responsabilidad ajena. La falta de solidez de esta idea tiene su origen en que elimina el motor de las decisiones a la vez que espera que las decisiones sean tomadas. Equivale a creer que usted se levantará de la silla porque yo lo piense.

Como los alumnos sabían bien que no se esforzaban porque no querían, la pasividad había degenerado a vicio, complacencia en un comportamiento que se juzga inadecuado y al que en modo alguno se opone quien lo padece.

Tan estúpida situación obró sin embargo a favor de mi curso, y quienes entonces se resistieron a recibirlo a él contribuyeron en una medida que nunca imaginarán, ayudaron a que diera el paso que resultó de mayor trascendencia para que alcanzara el estado definitivo que tuvo. Como los alumnos no se mostraban favorables a tomar nota de las explicaciones, y sobre esa base redactar los temas del programa, decidí ser yo quien pusiera también esa parte del trabajo. Sirviéndome de la versión que ya tenía escrita, fui redactando semana a semana el contenido de los epígrafes del programa previsto. Al principio de cada una entregaba a los alumnos lo que había adelantado, y durante las clases teóricas nos limitábamos a leer lo que había escrito, y a resolver las aclaraciones que me fueran solicitadas. No se me ocurría procedimiento que facilitara más el trabajo del alumno.

Hasta entonces nunca había hecho nada parecido, e incluso pensaba que aquella fórmula degradaba mi trabajo, porque limitaba, si no excluía, el empleo del medio del que la palabra escrita no se puede servir, y que sin embargo la circunstancia de la clase crea espontáneamente. Gracias a aquella decisión descubrí que también la rígida solución de la lectura tiene ventajas y posibilidades: permite ser más ordenado, adecuar con mayor precisión la velocidad de las explicaciones a la capacidad de los alumnos, volver con aprovechamiento y seguridad sobre ideas ya estudiadas que puede ser necesario rescatar, y tantas otras que cada día iba conociendo. Por esas razones decidí que a partir de entonces los temas de mi programa pasarían a ser lecciones.

Pero no fue mejor recibida aquella modalidad de trabajo. Detestaban los alumnos primero tener que servirse de fotocopias, pero sobre todo la oscuridad de mi prosa. Era cierto que a causa de la premura con la que debía trabajar redacté de forma en exceso esquemática ciertos epígrafes, y otros, para los que no disponía de nada redactado, hube de improvisarlos. Y así como el texto que había escrito sobre la base de los buenos apuntes de los buenos alumnos me había parecido correcto, porque reproducía el lenguaje docente que ellos me habían descubierto, para esta nueva versión dirigida a alumnos menores no terminaba de encontrar el tono adecuado. A mí mismo en ocasiones me parecía en exceso contaminado por el académico de procedencia de las informaciones que utilizaba como fuente, y en otras también a mí oscuro, fruto de la misma falta de luz a la que mis herméticos y pasivos alumnos me condenaban.

Bien conocidos por mí estos defectos, bien sabía que en ellos encontraba medio el vicio de la pasividad, y con él creció el más oportunista de los derrotismos. De la oscuridad pasaron a la inopinada novedad del programa, que les impedía servirse de conocimientos que ya tuvieran, y de la necesidad de estudiar a partir de cero a la aridez de los contenidos. A todo intentaba dar respuestas convincentes. La novedad no es en sí misma virtud ni defecto, les decía, y para avanzar en el estudio es obligado agregar nuevos conocimientos siempre. Llegar a un campo nuevo tiene la ventaja de que no necesita conocimientos adquiridos. La materia no es nunca en sí misma árida. La aridez deriva de la falta de entusiasmo o de la indolencia con que son afrontados los esfuerzos que inevitablemente hay que realizar. Por lo demás, estaba convencido de la corrección de mis ideas fundamentales sobre la enseñanza de la historia, y con todo esto no estaba haciendo otra cosa que comportarme con honradez, pues era leal y consecuente con ellas.

Ni que decir tiene que ningún argumento fue bastante para vencer aquella obstinación en la pereza. Durante semanas no encontré vía alguna para salir de tan desalentador estado. Pero por suerte vino en mi auxilio cierto cinismo docente, que entonces me resultó un completo desconocido, pero que desde entonces me acompaña, y a propósito del cual debo reconocer que con el tiempo no ha hecho más que concederme su amistad.

Un buen día me sorprendí reiterando mis argumentos sin la menor pasión por mi parte. Los había repetido, y no solo no había incurrido en la precipitación, el exceso de tono o la sospecha de que no se saben expresar las ideas, que sobreviene cuando una vez más se explican y se han agotado las palabras a las que recurrir para hacerse entender; sino que las había expuesto con serenidad, con toda la claridad de la que era capaz y seguro de lo que decía. Y lo que era aún mejor. Cuando había terminado no estaba de mal humor. Al contrario, me encontraba en la mejor disposición conmigo mismo.

Reflexioné sobre cuál podía ser la razón de tan reconfortante sorpresa y encontré que estaba en la indiferencia. Creía en lo que había dicho, y había expresado con claridad lo que pensaba. Como sabía de antemano que cuanto dijera sería inútil, porque de antemano mis interlocutores habían decretado la inutilidad de cuanto dijera, no me preocupaba la reacción que sucediera a lo que decía. De pronto caí en la cuenta de las enormes posibilidades que aquella actitud tenía para el futuro de mi trabajo diario, aunque por el momento preferí no deleitarme más en el descubrimiento.

Para el resto del curso no dejé de actuar con corrección en mis obligaciones, entre otras cosas porque aparentemente nada había cambiado. Proseguía la lectura de los asuntos previstos en el programa y respondía a las preguntas que a su propósito los alumnos me formulaban. Les asignaba ejercicios y según los iban resolviendo los corregíamos. Si algún indicio de que la gran revolución había sucedido escapaba a mi control a lo sumo era la serenidad con que me conducía habitualmente, siendo que antes había padecido perenne inquietud, y todo lo más algunas ocasionales sonrisas, cuando la feliz idea retornaba a mi conciencia vigorosa y sin que la hubiera llamado.

En las clases me conducía con frialdad. Los alumnos leían en voz alta el texto que les había entregado, mientras paseaba entre ellos con las manos a la espalda. La perplejidad con que mi actitud hubiera por el momento podido detener sus reacciones la percibía por sus desacostumbrados silencios y, cuando esporádicamente hablaban, en la moderación de sus expresiones.

Nada de aquello me pareció una victoria, menos aún una conquista. Por momentos me resultaba indiferente. Mientras andaba entre los alumnos si respondía era solo por cumplir con mi cometido. Mi verdadera ocupación era corregir el texto que oía, mi propio texto. El soporte de otra voz le estaba dando la propiedad de los objetos, algo que de él no había conseguido convirtiéndolo en prosa mecanografiada. Era la primera vez que alcanzaba ese estado tratándose de un curso mío. Fue así como supe tomar la distancia que permite el juicio sereno del texto propio, la que faculta para corregirlo con acierto. Cada vez que una palabra me resultaba innecesaria, o con más frecuencia poco precisa, oía una expresión desordenada o falta de ideas, o un párrafo desviado de su propósito inicial por defecto de concentración en la escritura, o simplemente detectaba una laguna en la cadena de ideas, me acercaba a la mesa, sobre la que mantenía abierta mi copia, marcaba en su lugar la advertencia que debía y volvía a poner mi atención en la delatora voz.

Durante los dos o tres cursos siguientes actué ateniéndome a un patrón en todo prolongación de aquel feliz estado. Seguí recogiendo notas sobre asuntos de los que quería tratar y para los que no tenía información proporcionada, redacté nuevas lecciones e incorporé cuantas correcciones iba atesorando. Llevaba el deseo de ver crecer aquel proyecto hasta el extremo de modificar radicalmente los contenidos de un año para otro. Si juzgaba que cuanto había escrito para explicar las nociones de arqueología ya estaba bastante elaborado, al año siguiente excluía esta materia, y concentraba las lecciones en el análisis de los manuscritos. Hoy tengo que reconocer que aquello debió resultar muy desconcertante, pero también debo decir en mi defensa que las sucesivas ediciones de los apuntes que así fui elaborando hicieron posible que los cursos dieran el paso decisivo. Mis cursos, gracias a ellos, se desplazaron de lugar. De una clase, donde al principio nacían y morían con la mayor naturalidad, habían emigrado a un cuaderno, donde gracias a que estaban quedando escritos se estaban salvando. Así pude mantenerme fiel a los límites de mi capacidad docente.

Sobrevino finalmente lo que siempre había temido. Mis cursos fueron impugnados por la autoridad académica. No llegó la decisión antes de que el año escolar empezara, ni fue la consecuencia del examen por su parte del programa con el que regularmente notificaba a la administración la materia que estaba enseñando. Me sorprendió cuando ya más de la mitad del tiempo que cada año le dedicaba a mi objeto había transcurrido, y llegó como efecto de la censura de la siempre oscura opinión pública. Mis cursos, que habían aprovechado el cauce abierto por la nueva legislación de la enseñanza, y que gracias a él tanto se habían expandido, eran víctimas de su aliado circunstancial. Suele ocurrir que las coaliciones oportunistas sean la fuente directa de las más inmisericordes traiciones. Quien las suscribe de nada debe lamentarse.

El dominio en el que el legislador dispuesto a volver a inventar la enseñanza, propósito tan prudente como el de crear el aire, primero innovó fue el de las instituciones rectoras de los centros destinados a este fin. Mi primer puesto de trabajo, al que me incorporé ya empezado aquel curso, había quedado vacante a consecuencia de la jubilación forzada de un hombre que encarnaba la institución que durante años había dirigido. Presidía cualquier órgano que tomara decisiones, quienes debían ejecutar cualquier clase de gestión recibían de él sus órdenes, hasta hacía poco había contratado personalmente a todos los que en aquel lugar trabajaran. Su caso no era excepcional, aunque en cada uno de los que se le asemejaban, sobre el fondo institucional que les confería toda clase de poderes, precisamente por esta razón, había florecido una frondosa obra única. Con ellos iba desapareciendo una tan personal manera de gestionar los asuntos públicos que con facilidad degeneraba a los abusos autoritarios, lo que no siempre ocurría y además permitía acciones y comportamientos magnánimos. El legislador, avalado por el buen criterio que a su iniciativa proporcionaba la decisión de salir al paso de posibles abusos, decidió poco después acabar con aquella fórmula. Pero la que a cambio alumbró también vino al mundo marcada por su pecado original.

Por aquellos años, el nuevo sistema político, aún débil y tan vulnerable que poco después estuvo a punto de sucumbir, pugnaba por quedar anclado entre la población, el vínculo que a cualquiera le permite sobrevivir y mantenerse indefinidamente. Algún estratega político, tal vez próximo, concibió que abriendo los órganos de gestión de los centros de enseñanza a quienes hacían uso del servicio, entre otros, creaba poderes que por ser originales tendrían que ser fieles a quien los ponía en circulación. Podría discutirse la prudencia de esta manera de pensar. Con acierto se ha repetido que para la enseñanza fue tan arriesgada como si para la medicina se patrocinara conceder capacidad de decisión al enfermo. Que haya sobrevivido la vieja costumbre de llamar a este paciente permite pensar que algo así no es probable que ocurra. Decisiones como aquella confunden el deseo de recta gestión, para cuyo control la ley general siempre proporciona medios suficientes, con el combate político, que debe quedar al margen de este tipo de instituciones. Pero sin duda al principio fue un acierto.

Alguien, en el órgano que regía el centro de enseñanza en el que yo trabajaba, en el que aún sigo y en el que esto escribo, valiéndose del poder que le concedía la paternidad, contradijo la oportunidad de mi plan. La autoridad académica de inmediato me comunicó la novedad, aunque olvidó aclarar de quién procedía, con lo cual, como ocurría a los demandados ante los tribunales que vigilaban la pureza de la fe, jamás dispuse de la oportunidad de interpelar a mi contradictor. Imagino que fundadas razones de prudencia y buen gobierno le recomendaron actuar así. Por mi parte, no habría deseado sino conocer de primera mano las objeciones que se me oponían. Acompañó mi superior su arbitraje con la recomendación de que me plegara al programa general. Así lo hice de inmediato, renunciando al tiempo a cualquier combate que de antemano consideraba perdido y para el que por otra parte tampoco me sentía capaz. Cualquier batalla como esta debe ser librada desde la convicción. Con la experiencia acumulada, ni yo mismo confiaba ya en que mis cursos fueran el mejor contenido que se podía dar a la historia en la enseñanza secundaria. Menos aún estaba dispuesto a convertirme en la ridícula caricatura de hombre a la que degeneran quienes se dejan arrastrar a esa forma de prostitución que se llama escándalo.

Es tan plástica la materia con la que hay que ir formando la vida que ni el más previsor puede evitar que le sorprenda. Mis cursos hacía tiempo que se habían ido a vivir a un cuaderno, y a las clases solo acudían para volver de ellas mejorados. A partir de aquel momento, expulsados de las clases, no languidecieron sin embargo. Para mi sorpresa ganaron en vitalidad, como si la salida de la vida les beneficiara la salud.

Está este centro para el esforzado trabajo al que diariamente acudo en lo alto de un cerro, como en tiempos los castillos o luego algunas prisiones. Su único vecino próximo es un cuartel de la guardia civil, lo que en modo alguno lo protege. Queda expuesto por sus cuatro flancos a todos los vientos, a la inclemente lluvia, a los corrosivos rayos del sol a cualquier hora del día, en cualquier época del año. Si el tiempo es sereno lo agota el calor, y si severo y desapacible, de asfixiante solano o humedad lacerante, es obligado permanecer protegido aun a cubierto.

Adjudico a las inhóspitas condiciones el porte huraño con el que me conduzco mientras aquí permanezco, lo que deriva, en enorme provecho para el fin que aquí me trae, a una rigurosa y disciplinada entrega a la acción.

Ha venido a ocurrir por otra parte, como efecto del afamado plan de renovación de la enseñanza, que ahora permanezco aquí muchas más horas que antes, aunque por la misma razón tengo mucho menos que hacer. Siempre he detestado la negra pereza, aún más negra que la envidia, el peor de los males que al hombre pueda sobrevenir, porque la víctima de la que se nutre es la voluntad. Tengo además experimentado que en ninguna condición me entrego con más provecho a la escritura que en la más radical carencia de medios y en el mayor de los aislamientos. Creo que en mi caso se trata de un hábito que adquirí mientras estuve en el ejército. Desterrado durante meses, sin más medios de evasión a mi alcance que los que bien se pueden imaginar, la mayor parte de mi tiempo libre la empleaba en largas cartas que mis amables corresponsales tuvieron la generosidad de soportarme todo el tiempo sin amonestar, y que en los casos más abnegados hasta me contestaban con impagable regularidad.

Como le ocurre a la palmera, o de modo aún más sorprendente al camello, sobre el que la amable literatura árabe de la feliz decadencia mantiene que necesita adentrarse en el desierto para procrear, la afortunada coincidencia de todas estas anomalías ha venido a beneficiar el texto de los cursos más de lo que jamás hubiera previsto. Durante los últimos años con preferencia he dedicado las muchas horas muertas que aquí paso a redactarlos. Podría seguir actuando todavía de la misma manera indefinidamente, completando y mejorando el texto, como en todos los casos es de mi gusto. Pero debo confesar que esta dedicación no ha conseguido que restaure la primitiva ilusión que por este objeto tuve. A fuerza de prepararlo se ha convertido en un artefacto del que tal vez deba deshacerme, al menos por ahora, si quiero ser honrado. La materia que en ellos se trata por días me resulta ajena. Creo que lo que ha ocurrido ha sido que los cursos por último han pasado a ser solo esa forma de necesidad que circunstancialmente se llama literatura.


Valor de la renta de la tierra

Redacción

Para decidir sobre el precio efectivo que se pagaba por la cesión de las mayores unidades productivas, asunto principal cuando se desea saber cómo alcanzaban el beneficio las empresas agropecuarias dominantes, aun contando con la más favorable disposición de la fuente, es necesario resolver sobre la composición de la renta acordada, pieza clave del modelo de crecimiento moderno. A mediados del siglo décimo octavo no era excesivamente compleja.

1. El pago principal podía ser agregado con especies de distinta clase, entre las que se había impuesto el dinero, hasta el punto que las nueve décimas partes de los cedentes contaban con que fuera una parte o todo su ingreso. Más aún: las cesiones contratadas solo en dinero eran los cuatro quintos de las que tomaban en cuenta esta forma de ingreso.

Las denominaciones de las rentas así acordadas solían expresarse en reales, y excepcionalmente en ducados, en cuyo caso la denominación era alta, 400 o 500 unidades. Tampoco, cuando se fijaba la renta en dinero, se recurría a un ajuste a la moneda superior del sistema vigente. Solo revelan este trasfondo dos denominaciones, 1.100 y 3.300 reales.

Sin embargo, con puntualidad se contrataba la especie monetaria en la que debía efectuarse cada liquidación. En las tres cuartas partes de los casos se aceptaba el pago en moneda corriente, sin entrar en especificaciones. Pero en la otra cuarta parte se precisaba el valor metálico con el que era obligado hacer frente a las cesiones. En casi la mitad de ellos se regulaba que debía efectuarse en moneda de oro o plata, lo que no impedía que se hiciera referencia explícita a sus respectivas condiciones de monedas usuales y corrientes. En poco más de la otra mitad la especie del pago se restringía a la moneda de plata, de la que igualmente se podía precisar que fuera de curso común. Solo excepcionalmente se acordaba que el pago se efectuara en especie de maravedíes.

La décima parte que acordaba el pago principal en una especie distinta al dinero se comprometía por una determinada cantidad del producto que obtuviera del cultivo de la unidad cedida, nunca por una parte de la cosecha recolectada. En todos los casos el acuerdo era una cantidad de unidades de capacidad del producto cereal. Cuando se especificó la clase de cereales que era necesario liquidar siempre se mencionó el trigo, incluido el acuerdo excepcional que contrataba el pago con un combinado de trigo y cebada. En todos los demás, cedente y cedido acordaban que bastaría con trigo para que la renta en especie fuera saldada. Si el pago era regulado con un combinado de cereales, se escrituraba precisamente que el líquido cada año fuera pan terciado, una manera de expresarse que precisaba el deber de sumar dos partes de trigo a una de cebada.

Sobre las características de los cereales que debían pagarse se mostraban muy expresivos los contratos. Para el trigo, la fórmula que ambas partes aceptaban era que fuera bueno, limpio, enjuto y ahechado o zarandeado de dos manos. A la cebada solamente se le exigía que estuviera limpia. Pero lo más característico de los acuerdos del pago en la especie de cereales era que el trigo debía ser macho, una modalidad que se muestra esquiva pero que sin ninguna duda era la preferida. Aunque esta manera de contratar parece más interesada por la reproducción, la percepción de al menos una parte de la renta en cereales permitiría una modestísima participación en los respectivos mercados, de antemano ni positiva ni negativa.

2. Una cuarta parte de los cedentes exigió, y los cedidos aceptaron, complementar el pago principal con las llamadas adehalas, entonces admitida como una remuneración graciosa, a la que cuesta no reconocerle algo de servil.

Su proporción podía ser muy importante cuando los pagos eran acordados en especie, en cuyo caso cuatro de cada cinco acuerdos sumaban al pago de la renta esta contribución. Tal comportamiento solía incluir algo más. Era normal que las adehalas fueran acordadas en especie. Cuatro de cada cinco contratos que las incluían optaban por esta forma. Pero, cuando específicamente el pago principal había sido acordado en especie más adehalas, en tres de cada cuatro casos estas se pedían en dinero.

Los cuatro quintos que aceptaban las adehalas en especie, para satisfacerlas acordaban cerdos, gallinas, garbanzos, paja, pan terciado y terneras, aunque la proporción en la que cada una estaba presente en la composición final del complemento variaba. Lo más común –casi la mitad de los casos– era que se acordara una determinada cantidad de gallinas y un número de carretadas de paja –casi un tercio de los casos–, mientras que cerdos, garbanzos, pan terciado y ternera eran recompensas singulares.

También variaba la composición del lote. Las gallinas estaban siempre presentes, y además eran el único componente del complemento en la mitad de los contratos que lo sumaban. Las carretadas de paja también casi siempre eran una adehala exclusiva, que se imponía en un tercio de los contratos atinentes a esta fórmula. Las soluciones complejas, las que sumaban tres o más componentes, eran siempre singulares. Probablemente ayude a explicar, mejor que cualquiera de los puntos de vista posibles, que la composición más completa de las adehalas solían contratarlas los conventos femeninos.

En cuanto a las calidades de las especies solicitadas, como expresión general que resumía lo acordado para esta parte del contrato, para el conjunto de los pagos en especie se escrituraba que todo fuera de recibo o de dar y recibir.

A la mitad de los acuerdos sobre gallinas no se les exigía ninguna condición, pero para la otra mitad se especificaba que debían entregarse en pluma o incluso vivas, para negar explícitamente la posibilidad de liquidarlas en dinero, tal como se hacía en una parte de los contratos cuyo pago con esta especie estaba previsto. En ocasiones se precisaba que debían ser gordas, o gordas y sanas, y también era frecuente que se les exigiera que fueran de recibo. Excepcionalmente se acordaba que fueran de dar y recibir pero no hicieran pi ni clo, lo que probablemente signifique que habían de llegar ya sacrificadas.

A las carretadas de paja no se les exigía ninguna condición, ni a los garbanzos, pero de la ternera se especificaba que su peso debía sobrepasar las 100 libras y ser sana y de buena calidad, y de los cerdos que debían estar cebados de 70 a 80 libras cada uno. De los cereales que liquidaran como pan terciado se esperaban, además de la proporción ya prevista, las mismas características que cuando eran el objeto del pago principal. Teniendo en cuenta su valor relativo en la composición de la renta, y su interesante precio, cabe en lo posible que lo que proporcionara más posibilidades fuera intervenir en el mercado de la paja.

3. Esta era la composición regular del precio a cambio del cual eran cedidos los cortijos. Pero todavía, en algunos casos, se podían añadir otras compensaciones. Por ejemplo, la retrocesión de un pegujal, o renuncia a favor del cedente de una porción de la tierra cedida. Así, alguien contrató que, en la hoja del cortijo que cada año sembrara, el arrendatario daría un pegujal al monasterio que lo había cedido.

También podía contabilizarse como una parte del precio el mantenimiento de las edificaciones del cortijo, la parte más visible de su capitalización. Estaba obligado el arrendatario a conservar las que hubiera en él, de las que se solían mencionar precisamente casas, graneros y pozos. Cualquier obra o reparo que necesitaran correría por su cuenta, aunque podía ocurrir que la madera que hubiera que emplear la pusiera el cedente. Por esta causa el arrendatario no podría descontar renta, y al vencer el contrato todos los edificios debían estar reparados y compuestos tal como habían sido recibidos. Solo en el caso de que se hubieran deteriorado a causa de los temporales, la reparación sería responsabilidad de los propietarios. Excepcionalmente, se podía acordar que también fuera de costa del arrendatario limpiar y poner corriente la presa del cortijo porque en el momento de firmarse el contrato estuviera perdida, para que fuera usada una vez pasados los años por los que se había acordado el arrendamiento.

Por último, con la cesión del bien al arrendatario se le podía transferir parte de las obligaciones fiscales asociadas al dominio sobre él, de modo que sumaran otro gasto derivado de la cesión, y por tanto otra porción del precio de la transferencia temporal de la unidad. Había arrendatarios que se comprometían a pagar lo que se repartiera al cortijo por utensilios, paja y servicio ordinario, una obligación que regularmente cargaba sobre la propiedad. En ese caso, debían pagar esta parte de las rentas provinciales los cedidos, sin que pudieran descontarlo del pago principal.

4. Las condiciones contratadas en relación con el diezmo pueden confundir cuando lo que se pretende es analizar la composición de la renta.

Lo normal era que la tierra fuera cedida libre de diezmo y rediezmo, un acuerdo que se refería a la renta misma. Estaba libre de diezmo y rediezmo la que no pagaba al cedente cantidad alguna por ninguno de estos conceptos. El pagador de la renta no incurría en la obligación de liquidar diezmo por la que había generado y, lo que era más importante, tampoco tenía que cargar con el rediezmo, la contribución de la renta de la tierra a los ingresos de la iglesia romana a la que estaba obligado quien la percibía, el cedente y no el cedido. En algo más de las cuatro quintas partes de los casos documentados, esta era la única condición contratada en relación con el diezmo.

Pero en poco menos de la quinta parte se reguló el pago de diezmos del producto obtenido en la explotación al cedente, una forma de contratar que era compatible y en modo alguno interfería que la renta se hubiera contratado libre de diezmo y rediezmo. Las modalidades de esta obligación eran dos. En casi la mitad de estos casos el arrendatario debía pagar al cedente todos los diezmos causados en el cortijo. Así ocurría porque el dueño de la tierra había conseguido sumar a su valor, como consecuencia de un acuerdo particular con la iglesia romana, el de esta renta. La expresión utilizada por los textos, para significar que el arrendatario debía hacer frente a este pago, era que el cortijo se arrendaba cautivo de diezmos. En poco más de la otra mitad de estos casos, los arrendatarios se obligaban a pagar solo un tercio de los diezmos de todo lo que se sembrara y cogiera. Normalmente esta condición coincidía con que el cedente fuera un convento, que igualmente, por concordia con el cabildo catedralicio, había ganado este privilegio parcial.

Cuando el arrendamiento se acordaba bajo cualquiera de estas dos modalidades, los arrendatarios podían quedar obligados a comparecer cada año en la contaduría mayor del cabildo, la responsable de la gestión universal de este ingreso en todo el arzobispado, para declarar los diezmos que correspondieran a cada especie producida en el cortijo, y una prevención podía tomarse, que si algún pegujalero de los que sembraren en las tierras del cortijo sacara la mies para levantarla en otro parte, el arrendatario tendría que darle cédula de la cantidad sacada, para que le constara al cedente, acreedor de los diezmos.

Si el contrato descendía a detalles, especificaba que la obligación de estos pagos recaía precisamente sobre el grano o sobre el pan y las semillas de todo lo que se cogiera en el cortijo. Por extensión de lo acordado sobre las calidades del cereal, cuando era utilizado como un pago de la renta, el diezmo también debía entregarse limpio y enjuto, de dar y recibir. Todas estas menciones parecen indicios muy ciertos de que la obligación del pago de los diezmos, en estos casos, quedaba reducida al trigo, la cebada y las leguminosas, e ignoraban el ganado nacido en la explotación, lo que tal vez fuera recompensado con el pago de las adehalas en especie.

Pero lo más importante es que cualquiera de estas decisiones se refería a las obligaciones del cedido derivadas de su relación con el cedente, y no interferían las que todas las empresas, por el hecho de constituirse, adquirían con la iglesia romana, que mantenía sus derechos. Era haciendo uso de ellos que los cedía en todo o en parte a alguna persona o institución, que a su vez podía hacer uso de ellos, como bien propio, por ejemplo justo cuando acordaba un contrato de arrendamiento.

Luego, en el fondo, para la renta que el arrendatario debía liquidar por el uso de la tierra el diezmo, libre o cautivo, fuera a parar al dueño de la tierra o a las arcas de la administración episcopal católica, era indiferente. De cualquier manera había de pagarlo como una renta distinta, fundada en otras obligaciones. Para quienes acometieran empresas agropecuarias lo era por imposición de dominio, en este caso del dominio de la iglesia romana. El cedido, puesta en marcha su empresa, tendría siempre que renunciar a la décima parte de su producto bruto en beneficio de quien fuera el titular del diezmo de cada tierra puesta en cultivo.

Por tanto, el diezmo nunca puede tomarse como un componente de la renta por cesión.

5. El valor nominal de la renta en dinero tenía un amplísimo recorrido en los documentos analizados, entre 290 reales y 8.240, con un total de 30 denominaciones distintas para unas 50 denominaciones coleccionadas. De ninguna de ellas se puede decir que fuera preeminente. A lo sumo, 650 reales, precio en dinero acordado en cinco contratos. Para todos los demás, es tan baja la frecuencia que las dos terceras partes de los valores solo están representados por un caso. Los valores nominales de unidades de capacidad del producto cereal comprometidas como renta oscilaban entre 23 y 104.

El amplio recorrido de las denominaciones, así en dinero como en unidades de capacidad del producto cereal, es suficiente para reconocer que el mercado estaba muy abierto, tanto para quienes ofertaban como para quienes aspiraran a disponer de una unidad de producción de esta clase. Para cualquiera de las modalidades de cesión, son datos que obligan a reconocer que la gama de las cantidades y las clases de unidades que se encontraran con los arrendatarios en el mercado tendría que ser amplia.

Las adehalas pactadas en dinero fueron acordadas siguiendo un principio muy sencillo, una cantidad de reales idéntica a la cifra expresiva de las unidades de capacidad acordadas para el pago en especie. Luego sus valores también oscilan entre los 23 y los 104 por año. A 23 fanegas de trigo, valor de la renta, correspondían 23 reales de vellón como adehalas. La cantidad de gallinas demandada por este mismo concepto osciló entre 2 y 40. Lo más frecuente eran 12 gallinas, cifra fijada en algo más de un tercio de los contratos; la mitad, 6, en una sexta parte de los casos; y lo demás, singular. La cantidad de carretadas de paja, que varió entre 1 y 6, estaba más abierta, porque solo se repite el valor 3 carretadas de paja. Cerdos, garbanzos y ternera son 1 o 2 unidades: 1 ternera que pase de 100 libras, 2 cerdos cebados de 70 a 80 libras cada uno y 2 fanegas de garbanzos. Solo de pan terciado se acuerda una cantidad importante, 36 fanegas de pan terciado.

6. Conocida la composición de cada renta, para obtener valores homologables es necesario reducir la expresión de los componentes de las documentadas al unificador monetario, la medida ideada para cumplir con este fin. Solo decidiendo un precio para cualquiera de las especies distintas a las monetarias, y sumando el producto del volumen de cada una de las contratadas al de la renta en dinero, se puede obtener un valor íntegro del precio anual de cada unidad cedida, y proporcionarle capacidad comparativa a los pagos.

Sería necesario en primer lugar adjudicar un precio a los cereales en los que se acuerda la liquidación de la renta. Podemos tomar 16 reales para el trigo y 7 para la cebada, precios medios que las contabilidades del momento aceptan. Con estos valores, para el pago en pan terciado se obtiene un resultado de 468 reales, similar a otros de la serie que componen los pagos solo en dinero. Para los demás, los valores de las rentas acordadas solo en trigo, las denominaciones oscilarían entre 368 y 1.664 reales, con valores intermedios de 720 y 1.280, tampoco discordantes con las suscritas solo en dinero.

Para calcular el efecto real sobre las rentas debidas de las especies contratadas como adehalas, valores para el momento, tan probables como tentativos, podrían ser: gallina, 5 reales; carretada de paja, 15; pan terciado, calculado a partir de 2/3 de trigo y 1/3 de cebada, 13 reales la unidad de capacidad; ternera que pase de 100 libras, 82; cerdo cebado de 70 a 80 libras, 131; garbanzos, 20 reales la unidad cúbica. Aplicados estos factores a todos los casos que contratan adehalas, el valor acumulado de la renta, sumado tanto su denominación principal como la complementaria, estaría comprendido entre 320 reales y 6.084 reales, con un total de 15 denominaciones distintas.

Si se compara la serie de las rentas acordadas sin adehalas, comprendida entre 290 reales y 8.240, con un total de 30 denominaciones distintas, con las que las tienen previstas para sus pagos, no hay diferencias de recorrido. Por tanto, nada que no se pudiera obtener acordando una renta solo en dinero.

7. En un caso fue acordado que los arrendatarios retrocedieran dos cahíces de pegujal al cedente, lo que equivale al pago duplicado de esa cantidad de superficie, una por ser parte de toda la cesión y otra por la renuncia al uso de esa parte de la tierra. Estimar el efecto que la retrocesión de pegujales tiene sobre el precio del bien cedido conduce a un bucle. Solo sería posible evaluarlo atribuyendo un precio a la unidad de superficie, algo que a su vez depende de la averiguación que tenemos en curso. Si adelantamos valores cuya estimación queda demostrada más adelante, donde se deduce que el precio máximo al que se cotiza entonces la unidad de superficie es 7,2 reales, el costo máximo de la retrocesión, y por tanto el sumando que habría que agregar al precio final de la cesión, sería 7,2 x 2 x 12 = 172,8 reales.

Pero el costo efectivo del pegujal era mayor. También quedó acordado entre las partes que, aunque el cedente se obligara a poner el trigo necesario para la siembra del pegujal, los costos de siega, saca y conducción serían obligación del arrendatario. Por tanto, al precio implícito en la retrocesión de la tierra habría que sumar el costo de la siega de las 24 fanegas, que se puede estimar en 80 reales. Si se duplica este valor, que puede ser una razonable estimación del costo de saca y conducción, el alcance total del valor que sería necesario agregar por pegujal ascendería a 332,8 reales. Evidentemente estas retrocesiones recompensarían valores nominales bajos de la cesión del bien. Luego, aunque nominalmente el valor deducido para esta aportación sea alto, no excedería ninguno de los límites de la renta precedentemente calculados.

8. Tampoco el costo del mantenimiento de las edificaciones era relevante. Para estimarlo no es necesario recurrir a una tabla de los precios de la albañilería. En un caso se estableció que las obligaciones adquiridas al comprometer el mantenimiento de las casas llegaban hasta un los 100 reales. Si el costo de las obras o reparos sobrepasara esta cantidad, se descontaría de la renta. Por tanto, 100 reales puede tomarse como un valor tipo de este factor.

9. Pero todavía, para obtener una expresión satisfactoria del valor de la renta, al montante de su expresión nominal completa es necesario añadirle el costo que originaban los transportes de los bienes de cualquier clase debidos al cedente, quien siempre exigió que le fueran entregados en el lugar donde él designara. Invariablemente recaía sobre el cedido la obligación de que la renta fuera puesta, por su cuenta y a su costa y riesgo, con los gastos de cobranza y salarios que pudiera causar el cobro, en poder del cedente, en donde viviera o, subsidiariamente, en manos de sus administradores o tesoreros.

No era un costo en modo alguno despreciable. Transportar los bienes que materializaban la renta podía llegar a convertirse en un gasto oneroso porque la cotización del transporte de cualquier clase de bienes era siempre alta. Modificaban el precio final de los transportes los medios empleados, si rodados si caballerías. También podía oscilar en función del tipo de bienes transportados. Tenía un precio el transporte del dinero, una forma de pago acordada en la mayor parte de los contratos que podía necesitar custodia y protección. Al trigo pagado como renta se le exigía que fuera puesto y encamarado por cuenta, costa y riesgo del arrendatario en los graneros del cedente, lo mismo que cuando con el grano había que liquidar diezmos; un acuerdo que incluía el ciclo del transporte completo, desde la era donde era depurado hasta la descarga en su almacén. Para las carretadas de paja podía exigirse que fueran llevadas por cuenta del arrendatario a una hacienda o al molino de aceite del cedente, para que allí sirviera a la alimentación de la bestia de él cuando fuera oportuno, o precisamente al comienzo de la molienda de la aceituna.

Pero, sobre todo, cualquiera de los costos del transporte era modificado por las distancias a cubrir. Teniendo en cuenta que la residencia de los cedentes era variable, el valor del traslado de los bienes, que habitualmente se refería al lugar donde vivía quien daba el cortijo en arrendamiento, también lo sería. Mientras que residencia del cedente o de su representante y cortijo estuvieran en la misma jurisdicción, el costo del transporte sería moderado.

Sin embargo, esto solo ocurría en una parte menor de las cesiones, en la sexta parte. Por tanto, en las otras cinco sextas era necesario correr con los gastos que multiplicaban las distancias. La más frecuente, como consecuencia de la concentración de las residencias de los poseedores de patrimonios acumulados, era la que obligaba a trasladar los bienes de los pagos a la capital, donde vivían dos tercios de los cedentes o sus representantes. Eso obligaba a cargar con el gasto que al traslado agregaban las 5,5 leguas que era necesario cubrir.

Todo lo demás era muy secundario, aunque los arrendadores aún se reservaban la posibilidad de indicar al arrendatario, para que efectuara el pago, un lugar distinto al de su residencia o de su representante. En ocasiones la distancia podía ser menor, de un par de leguas, porque bastaba para llegar hasta el lugar donde vivía el administrador. Pero también podía ser la sierra al norte de la región, e incluso Alcántara o Madrid.

10. Tratándose de transportes, no es fácil tomar unos valores tipo que resuman la diversidad de costos, según mercancías, medios y trayectos. Cualquier estimación de los valores antepasados está sometida a tales márgenes de error que siempre será preferible silenciarlas. Pero es obligado hacerlas, si se quiere concluir en algún resultado.

Para las estimaciones en curso podemos aceptar una tarifa tentativa de 10 reales por legua, muy aproximada y que solo justifica la necesidad de obtener una estimación de urgencia. Tomándola en cuenta, podemos ensayar con las distintas distancias marco, concordantes con los datos sobre la residencia de los cedentes que previamente ha sido documentada. El transporte hasta la capital sumaría 55 reales, el destinado a la sierra duplicaría esta cantidad, el de Alcántara lo multiplicaría por diez y el de Madrid por 15. El costo del transporte al lugar a solo dos leguas, según estos mismos patrones, rondaría los 20 reales.

Sobre el gasto personal que estos desplazamientos podían originar se puede juzgar por las recompensas que por esta razón exigía el cedente, en caso de que él fuera el obligado a interesarse por el cobro de la renta que le pertenecía, una cláusula cuya recurrencia en los contratos al principio sorprende. Si para el cobro de la renta, o para cumplir con las condiciones acordadas, fuera necesario que desde el lugar de residencia del cedente o de sus representantes alguien en su nombre tuviera que actuar, y desplazarse al lugar donde vivían los arrendatarios, estos tendrían que pagarle una cantidad como recompensa de los gastos en los que por esta causa incurrieran. Unos acordaron que debían pagarles 12 reales por cada uno de los días en los que se ocuparan en los trámites que fueran necesarios, y cuantos viajes de ida y vuelta hiciere. Otros tarifaron el gasto en 400 maravedíes diarios, más los viajes de ida y vuelta, y otros prefirieron fijar en 22 reales el costo total de los gastos que cada vez que la persona encargada de las gestiones tuviera que desplazarse.

11. Todo el esfuerzo analítico de la renta no sería suficiente para decidir con rigor sobre el precio de la tierra cedida si finalmente no fuera posible operar poniéndolo en relación con el tamaño de cada una de las unidades traspasadas.

Lamentablemente, aunque en todos los casos constan las cantidades que es necesario liquidar, los contratos se muestran especialmente herméticos en la declaración de la superficie de la unidad cedida. De la casi totalidad de los cortijos arrendados no consta su superficie. Más aún. Entre las cláusulas del contrato es común que se haga constar que el cortijo se arrienda sin obligación de medida, y más explícitamente que el arrendatario no está obligado a sanear las medidas del cortijo durante los años de vigencia del contrato.

Aunque es una importante decepción, esta manera de actuar es por sí misma reveladora. Los cortijos se arrendaban, más que como una cantidad de superficie, como la unidad de explotación integral que eran, compleja, cuyas posibilidades de aprovechamiento estaban permanentemente abiertas, tantas que el cedente en modo alguno podría prever de antemano. Incluso habría que admitir que bajo este supuesto el valor de cada unidad de suelo productiva de cereales no sería lo más importante. Y dado que, no obstante, producir cereales era lo que tenía más interés de estas ofertas integrales, no entrar en detalles de medida también puede ser una manera de obtener el suelo a un bajo precio.

Por fortuna, esporádicamente, además de la descripción pormenorizada de los devengos a los que quedaba obligado el arrendatario, que nunca faltaba, se especificó la superficie de la unidad productiva por la que había que pagar aquellas cantidades. Por tanto, en estos casos es posible poner en relación la cantidad de superficie contratada con el valor de la renta demandada a cambio, y cumplir con el principio analítico de rigor.

En la mayor parte de los casos documentados de esta manera, el pago se hacía exclusivamente en dinero. Pero en otros se agregaba al pago en dinero, factor constante, bien determinada cantidad de carretadas de paja bien cierto número de gallinas, las persistentes adehalas. En estos casos todavía sería necesario añadir el costo de los transportes de los bienes debidos, nada más.

Pues bien. Ni aun así obtendríamos unos valores convergentes. La serie de los precios por unidad de superficie que se obtiene es 2,23, 4,42, 5,92, 5,94, 6,63 y 7,2 reales de cuenta por unidad de superficie. Es lo bastante dispersa para reconocer que tuvieron que existir factores sustancialmente modificantes del precio de la cesión distintos a los analizados.

La cantidad de tierra arrendada no es un factor capaz para explicar las diferencias. Uno de los valores más altos corresponde a la mayor cantidad de tierra cedida, y el más bajo a una superficie relativamente alta, de casi 450 fanegas. El tipo de especie monetaria que se exige para el pago de la renta tampoco descubre una causalidad explicativa. Las especies más valiosas, oro y plata, se conciertan para el valor más alto de la renta. No podrían ser una compensación a la demanda de metal. Tampoco el pago de los diezmos recompensa el valor de la renta. El precio pedido por unidad de superficie en uno de los casos en los que el dueño también ingresa el diezmo del producto bruto es casi el doble que en el otro. Las adehalas o el costo de su transporte apenas son modificantes del valor final que se obtiene.

Pudo modificar al alza el precio el cerramiento. Por un cortijo de superficie indeterminada, cerrado y adehesado, el arrendatario debía pagar 5.500 reales, una cifra de las más altas que haya sido posible documentar. Otro, también de superficie indeterminada, igualmente cerrado y adehesado, se contrató por 500 ducados de vellón, es decir, también 5.500 reales. Pero nada garantiza que sus espacios tuvieran idéntica extensión y las mismas posibilidades.

Puede sospecharse además que, como querían los clásicos, la calidad de la tierra decidiría, lo que sin embargo, en modo alguno, está aludido en los contratos de cesión.

12. Ninguno de los elementos descritos por los documentos como formadores de la renta alcanza a explicar las enormes diferencias que se observan. Los factores sustancialmente modificantes del precio de la cesión no quedaron registrados en los contratos. Solo es posible afirmar que lo sustancial, lo realmente significativo de las diferencias de valor, es la cantidad de dinero pedida en unos y otros casos. Solo a esa verdad tan evidente se puede atribuir responsabilidad directa de la oscilación de las cotizaciones; una consecuencia, el efecto esperado de condiciones que operaron más allá de lo que hacen visible los contratos de arrendamiento, no la explicación que es necesario encontrar.

Sin embargo, he aquí algo sorprendente que puede contener parte de la explicación de las diferencias de precio.

Uno de los contratos analizados, después de acordar una renta anual de 4.000 reales por una cantidad de superficie que no especifica, dice que la parte del cortijo a sembrar el primer año debía limitarse a 93 unidades cuadradas, que a 24 reales cada una alcanzaría el valor de 2.232 reales en plata, cantidad a cuya liquidación quedaba obligado el arrendatario. Precisa además que, si se sembraran más de las 93 unidades de superficie, el exceso lo pagaría al mismo precio, 24 reales por cada una.

Por tanto, el precio del suelo tal vez oscilara en función de la cantidad tierra puesta en cultivo cada año, un valor que se encargaban de moderar el sistema y las oportunidades comerciales. Es posible que este fuera el factor que decidía la formación de la renta. Los contratos de arrendamiento se esforzaban en inducir el sistema y sus ciclos, sin duda lo más explícito de su contenido. Su minuciosa regulación pretendería que escapara al cedente la participación idónea en el beneficio más importante, el que proporcionaba la comercialización del trigo.


Amiano Marcelino

Apeles Ernesto

Oriental de nacimiento, gracias a que su patria era griega pudo utilizar el latín como un objeto, con la misma destreza que el orfebre repuja las hojas de los metales, ya diestro en el manejo de los medios adquiridos durante su aprendizaje. La independencia entre las palabras de su identidad y las que utilizaba para el relato le permitieron manipular la expresión con la destreza de un entallador.

En la parte conservada de su obra, la materia primera para el texto, como ya hicieron los creadores del género, la toma de su experiencia militar. Campañas, guerras o intrigas alrededor del príncipe son, como para sus predecesores, sus mejores asuntos. Hasta la peste que paraliza los combates, feliz tópico de Tucídides, luego replicado por Lucrecio, fue uno de sus temas.

Pero la unidad de su relato no es el resultado de una introspección que le haya permitido crear un discurso exculpatorio. Es un atributo externo garantizado por la sucesión de los hechos, la forma más asequible y segura de ganar la complacencia de cualquier lector del género; quien, partícipe por herencia de las mismas reglas de composición, concede el curso del tiempo como un impulso natural, para el que no es necesaria justificación, de los hechos historiográficos. Quien actúa así delega en la secuencia biológica, inexorable, la causa de la cadena de los comportamientos, sin que se crea obligado a presentar prueba alguna a favor de estas razones.

Juliano, el césar de occidente, luego emperador, protagoniza el relato que se ha conservado. A decir del texto, adornaba sus acciones con elegantes palabras. Así el narrador, que mueve todas sus secuencias como las ruedas, que al desplazar los vehículos no parece que acusen el rozamiento, sobre combinaciones de ingenios textuales encadenadas.

El recurso de procedimiento común al relato consiste en superponer planos, como el pintor que crea un paisaje. Sobre el fondo va disponiendo personajes secundarios, mientras reserva los lugares centrales a los protagonistas. Las oraciones principales son las que ejecutan las posiciones precedentes, y toda la clase de las subordinadas, injertadas con limpieza en aquellas, va creando los sucesivos planos y la profundidad. La nobleza de la narración la garantizan las longitudes de los periodos.

Cuál sea el procedimiento de la historiografía lo explica de la siguiente forma. Una vez narrados en orden y con todo el esmero posible los hechos sucedidos hasta una época inmediata a la actual, no es conveniente adentrarse en asuntos demasiado cercanos, porque así se evitan los peligros que crea decir la verdad, recurso obligado de esta clase de relatos. Descontado que al escribir historia hay que ser totalmente sincero, es compatible con los discursos atribuidos y la reiterada recreación de combates, cuyas múltiples variantes pretende compensar la monotonía del que el autor ha elegido como asunto primero, las acciones bélicas lideradas por los emperadores. En discursos y documentos se puede servir del testimonio apócrifo para ganar en veracidad, tal como el canon antiguo tenía aceptado, y en los excursos geográficos puede insertar breves relatos exóticos, no siempre depurados de elementos fabulosos, al estilo de Herodoto.

Alejándose del presente, el autor elude soportar después las duras críticas de los que examinen los detalles de su obra. Unos, tal vez la descalifiquen por haberles perjudicado, en caso de que hubiera mencionado lo que dijo el protagonista en una cena. Otros, por no explicar la causa por la que unos soldados fueron castigados ante las insignias, o por no ser conveniente que, en la extensa descripción de una zona, se omitiera alguna explicación acerca de unas fortificaciones insignificantes; aquellos porque no se han expresado los nombres de todos los que se habían reunido para presentar sus respetos ante el pretor de la ciudad. Y así otras muchas supuestas faltas, de las que juzgarían que no se atenían a unas supuestas leyes de la historiografía.

Al contrario, el género debe aplicarse a narrar hechos esenciales, y no a escudriñar minucias y acciones insignificantes. Si alguien quisiera conocer eso, es como si pretendiera contar los pequeños corpúsculos que flotan en el vacío, que entre los griegos reciben el nombre de átomos.

Suplica a sus futuros lectores, si es que los tuviera alguna vez, que no le exijan narrar con exactitud lo sucedido, o especificar el número de los muertos, una tarea totalmente imposible. Bastante sería con no ocultar la verdad con mentira alguna y narrar los hechos más importantes.


Jefté

Gastón Barea

He aquí las consecuencias que los cultos a dioses distintos a Yavé trajeron para el sucesor de Yaír, el valiente guerrero Jefté, también galaadita, hijo de una prostituta; aun después de que hubiera venido sobre él el espíritu de Yavé, hubiera recorrido Galaad y Manasés, y pasado por Mispá de Galaad.

Estando ante los ammonitas hizo el siguiente voto a Yavé:

–Si entregas en mis manos a los ammonitas, el primero que salga por las puertas de mi casa a mi encuentro, cuando vuelva victorioso de los ammonitas, será para Yavé y lo ofreceré en holocausto.

Era dueño Jefté de un buen número de esclavos, y cuando hizo aquel voto, sin que pensara del todo en lo que decía, convencido estaba de que un esclavo sería la encarnación de su ofrenda.

Fue Jefté al encuentro de los ammonitas, los atacó y Yavé los puso en sus manos. Los derrotó desde Aroer hasta cerca de Minnit, en total veinte ciudades, y hasta Abel Keramim. Completa fue la derrota y humillados resultaron los ammonitas ante los hijos de Israel.

Volvió radiante Jefté a Mispá, su casa, y cuando a ella se acercaba he aquí que su hija salió a su encuentro, bailando al son de las panderetas, también llena de júbilo, sabedora ya de la victoria conseguida por su padre. Era su única hija; fuera de ella no tenía hijo ni hija alguna.

Al verla, Jefté rasgó sus vestiduras y gritó:

–¡Ay, hija mía! ¡Me has destrozado! ¿Habías de ser tú la causa de mi desgracia? Abrí la boca ante Yavé y no puedo volverme atrás.

Ella le respondió:

–Padre mío, has abierto tu boca ante Yavé. Haz conmigo lo que salió de tu boca, ya que Yavé te ha concedido vengarte de tus enemigos los ammonitas.

Cuando supo cuál había sido el voto de su padre, la hija de Jefté le dijo:

–Que se me conceda esta gracia. Déjame dos meses para ir a vagar por las montañas y llorar con mis compañeras mi virginidad –porque la joven no había conocido varón y quedar sin descendencia era una desgracia y una deshonra para cualquier mujer hebrea.

Consintió su padre en lo que le pedía y la dejó marchar dos meses, sin que su potestad la vigilara, ciego a la vista de sus tratos. Fue con sus compañeras y estuvo llorando su virginidad por los montes, mundo de satíricos pastores. Al cabo de los dos meses volvió junto a su padre, sin que hubiera conocido varón, y él cumplió en ella el voto que había hecho.

Se hizo así costumbre que las hebreas fueran a lamentarse con cánticos cuatro días cada año por la hija de Jefté el galaadita.

Hay quien colige de esta historia, sin que en el texto lo permita de inmediato, que Jefté en realidad habría ofrecido a Yavé quemar a su hija en su honor, a cambio de la victoria sobre sus enemigos, y que de cualquier modo el holocausto fue la forma del sacrificio. También, con algo más de verosimilitud –porque concluye juzgando por el caso, que así es tomado por ejemplo–, que en el tiempo de los Jueces, antes de una batalla, la ofrenda en sacrificio a Yavé de los hijos de los combatientes era habitual. Sin embargo, hay quien cree que cuando Jefté sacrificó a su propia hija el hecho se narró como algo extraordinario y horrible.


Campañas

Antón Fagasta

Viajábamos la señorita Valparaíso y yo para buscar los documentos elementales que en los pueblos se encuentran. Con su impagable auxilio, emprendí con el mejor ánimo la investigación en sucesivas campañas de verano, mientras que las vacaciones intermedias –las de navidad y semana santa– las aprovechaba, no sin apresurarme, para completar las pequeñas lagunas que en la mecánica y embrutecedora toma de datos siempre iban quedando.

Fuimos a todos los archivos que había previsto, y a algunos más que aprovechábamos al paso, y no siempre obtuvimos buenos frutos. Nuestras excursiones diplomáticas nos permitieron conocer estados de la documentación muy distintos, regímenes para su administración que en algunos casos rozaban lo imposible, pero sobre todo mucha amabilidad de parte de los empleados públicos, cuya obligación sobre la custodia y gestión de los respectivos archivos nadie les había adjudicado, y que sin embargo con toda la dedicación que estaba a su alcance mantenían.

Un 20 de agosto fuimos atendidos por uno de ellos, una cordial Mercedes. Para llegar hasta el depósito, que estaba a su cargo, tuvimos que viajar con ella desde el edificio principal del ayuntamiento hasta uno de los barrios del pueblo, donde en aquel momento estaba guardado. Allí, bajo la supervisión de nuestra acompañante, vimos satisfecho nuestro objetivo. Nos franqueó el acceso a los fondos del municipio previo pago de una tasa de doscientas pesetas. Jamás supimos en concepto de qué las habíamos pagado, ni nadie nos explicó en qué parte de las ordenanzas estaba prevista. Sobre las dos dudas siempre hemos guardado todo el silencio que el interés por salvar los obstáculos que pudieran interponerse a nuestro deseos nos había recomendado.

La época por la que hicimos estas excursiones puede ser fácilmente reconocida por cierta obra pública, como el final de la época moderna en los templos españoles o el tiempo de Mussolini en muchos edificios, así italianos como extranjeros. Regía entonces el gusto de los promotores públicos la obra de los arquitectos que siguieron un movimiento, efímero y popular a la vez, que se conoció con distintas denominaciones, entre las que triunfó la expresión arte postmoderno. Probablemente, con esta manera de entenderse, quienes propusieron y ejecutaron aquellas ideas, tanto en arquitectura como en pintura, pretendían sugerir determinadas posibilidades para la creación. Pero, para la obra que llegó hasta muchas poblaciones, el arte ejecutado en los edificios quedó reducido a un escueto código, el mismo que debió valerle su aceptación.

El día que llegamos a uno de nuestros pueblos su ayuntamiento estaba estrenando un edificio levantado según este código. El orden interior que su autor había creado, en torno a un patio cubierto, conseguía los efectos de conexión entre departamentos, actividad permanente y vanguardia gracias a pasillos volados y superpuestos, que servían a la comunicación entre lados opuestos de un mismo nivel. El bronce dorado y bruñido de las barandas, trazadas como redes de cuadrados cruzados con aspas, cegados parcialmente con paneles opacos, combinado con la madera, daba a las fachadas interiores un aspecto actual y aristocrático que el movimiento de empleados y visitantes justificaba.

Pudimos poner a prueba aquel ingenioso sistema de plantas, pasillos y barandas. Cuando entramos en el edificio, de información no remitieron al despacho de don José María Muñoz, entonces secretario del alcalde. Desde este nos mandaron al secretario de la institución, que entonces ocupaba su puesto de manera accidental, quien por último nos envió a su secretaria, Mari, que amablemente nos condujo hasta la colección de los documentos.

Un 24 de agosto llegamos hasta uno de los pueblos más sombríos que entonces conociéramos. Así como la nueva restauración de la monarquía, en su primera época, quedará unida a la versión más reciente de la arquitectura historicista, la anterior, cuyo origen se remonta al último cuarto del siglo décimo noveno, dejó edificios inconfundibles, probablemente los primeros de mampostería compleja que se extendieron por la región. Eran obras cuyo regular volumen en su momento original debió sobresalir del que a sus lados otras casas tuvieran. Solo cuando los edificios estaban levantados en parcelas delimitadas por la confluencia de calles, la arista de la esquina se eliminaba en beneficio de una moderada curva. Todos los ejemplares conservados que recuerdo tienen dos plantas e integran en la misma corpulenta obra ladrillo, en pocas ocasiones explícito, e hierro, que queda reservado a la rejería y a ciertos detalles decorativos. Rara es la fachada que no está centrada por un solemne cierro de metal fundido y cristal y cuya línea de separación entre las plantas no esté marcada al exterior por una larga cenefa de menudo y rígido tema vegetal, igualmente compuesta con módulos de hierro extraídos de un mismo molde.

El edificio que ocupaba el ayuntamiento era de los que presentaban a la vista el ladrillo rojo, combinado con losa esmaltada de color verde, en todo el plano de su fachada. Parecía demasiado grande y vetusto. Se interpretaba como la única prueba conservada de una pasada grandeza. Desde el vestíbulo hasta la escalera que llegaba hasta la planta principal, tanto el interior como todo su mobiliario parecían abandonados y supervivientes de un pasado que debió darles más sentido. La documentación que allí conservaban estaba contaminada por el mismo aire. Había sufrido tan seria falta de cuidados antes de parar en la triste instalación en la que había conseguido abrirse un hueco que sobrevivía en mal estado, a causa de la humedad, y seriamente minada por lagunas.

La visita que hicimos un blanco día de enero resultó infructuosa por una razón similar, pero tampoco previsible. La sede del ayuntamiento estaba en obras, por lo que sus instalaciones habían sido alojadas provisionalmente en unas cocheras. En el reparto transitorio de refugios, al archivo municipal le había correspondido un almacén, donde la documentación, amontonada, era inaccesible. Aquella escena, que nos permitieron ver como prueba de que nuestras aspiraciones no podían ser atendidas, todavía era muy frecuente a principios de los ochenta. Entonces muchos archivos municipales eran solo almacenes de papel desordenados, a la vez que depósitos de objetos desechados.

Un día de pleno verano, aunque resultó uno de los más fecundos de aquella campaña, empezamos con mal pie. En una de las poblaciones seleccionadas un funcionario, sobre el que habían pasado demasiados años de servicio, no nos dejó consultar el archivo del municipio.

El responsable de su actitud fue un estúpido equívoco.

Para acreditarnos, cuando llegábamos a los ayuntamientos, explicábamos que hasta allí nos habían conducido los inventarios publicados, cuyos costos, desde el humano o de organización de los depósitos hasta el material de las ediciones, habían sufragado las diputaciones provinciales. Esperábamos que tal prueba rememorara una actuación que se había sostenido sobre la seriedad, y que se había saldado de manera satisfactoria para instituciones e interesados. Nuestro interlocutor, aquel funcionario cargado de años, de cuanto vio y nos oyó seleccionó la palabra diputación, suficiente para eclipsar todas las demás.

Conservo mal el recuerdo de los exabruptos que el buen hombre descargó contra la institución, aunque sí estoy seguro que lo oía bajo la impresión de que habíamos activado un oscuro mecanismo, tan fuera de su control como del nuestro. Entre acusación e insulto, pudo ponerse a salvo un argumento, que después nos pareció la justificación de su radical actitud, una deuda no saldada por la administración provincial. Había creído que nuestro remoto vínculo con ella era suficiente para negarnos cualquier derecho a intervenir en algo relacionado con aquel ayuntamiento. No hubo manera de convencerlo para que nos excluyera de su prejuicio. Aunque hicimos propósito de volver, nunca reunimos valor suficiente para enfrentarnos de nuevo a él.

Una madrugada, sugestionado por la incertidumbre, tuve una feliz premonición sobre el progreso de nuestras exploraciones.

Estaba anocheciendo y a la vuelta de una curva, tras bajar por una estrecha carretera una cuesta, ya conocida de otras ocasiones, a cuyos márgenes crecía abundante vegetación de un verde muy sombrío, vimos la señorita Valparaíso y yo, en una parte de la encrucijada que en aquel lugar se formaba, un estrecho sendero, también cercado por abundante vegetación.

Sabíamos a dónde conducía. Pero, dada la hora y la necesidad de confirmar que nuestra orientación era acertada, decidimos bajar del coche y preguntar en las pocas casas que en aquel lugar se habían juntado. Las reconocí como las Ventas de Tintín, no obstante lo cual le pregunté al primer hombre, de mediana edad, que me salió al paso.

Se mostró hermético ante mi pregunta sobre el lugar en el que estábamos y, sin pronunciar palabra, volvió su mirada cómplice a otro hombre similar, algo más moreno, que había tras él, ocupado en trasegar forraje desde una carretilla a un pesebre.

Decidido a obtener de ellos alguna palabra, aventuré mi pronóstico:

–Estas son las Ventas de Tintín –afirmé, esforzándome por parecer seguro.
Sonrieron satisfechos los dos hombres y, tras intercambiar de nuevo miradas, por fin decidieron hablar. Al contrario de lo que antes hicieran, ahora se comportaron con una locuacidad sumamente hospitalaria.

–Hace años viajamos a Rusia –nos contaron–. Entramos en un bar y nos sentamos en un velador. Pedimos de beber y charlamos. En la conversación, alguno de nosotros pronunció el nombre de este lugar. Un hombre que, sentado junto a nuestra mesa, nos daba la espalda, giró y nos dijo: `Yo soy de las Ventas de Tintín.´

“`No es posible´, respondimos. Pero él insistió y nos dio pruebas de que efectivamente era así. Además, teníamos que admitir lo que aseguraba porque hablaba como nosotros. Congeniamos y se unió a nuestro grupo. La mujer de uno de los que con nosotros iba, que era rusa, le mostró a su hijo, un niño que todavía no andaba. Nuestro paisano se emocionó.

“`No es porque añore las Ventas de Tintín. Es por el niño´ aclaró su compañera. `No hemos podido tener hijos. Es núlido.´

“Cuando nuestra vecina de mesa pronunció la palabra núlido todos, ella y su compañero, los visitantes, todos los que oíamos el relato, explotamos en sanas carcajadas de satisfacción.”
También la señorita Valparaíso y yo, y unos y otros lo celebramos.

El trabajo que nos permitieron en otra población, pequeña y hospitalaria, pasado el tiempo, siempre lo hemos recordado como uno de los más afortunados que aquellas campañas rindieron, y en ocasiones lo hemos revivido con cariño. No es imposible que al efecto contribuyera que cuando llegamos la primera vez estaban ultimando los preparativos de su feria, que celebraban en torno al 15 de agosto. Desde la habitación donde trabajamos, con la ventana abierta, en el piso bajo del edificio consistorial, podíamos ver cómo en la plaza consolidaban el escenario sobre el que actuaría una orquesta, y tendían de un árbol a otro las guirnaldas de las luces. Habían previsto que toda la plaza fuera la pista de baile, cercada con mesas y sillas de baraja, que los vecinos ocuparían para cenar al aire libre, contando con la provisión que trajeran de sus despensas. La celebración que pudimos evocar la convertimos en entusiasmo por aquel mundo y su gente.

Pero al brillo que con el tiempo tuvieron aquellos recuerdos contribuyó más quien nos descubría las peculiaridades de la celebración, el mismo funcionario que con una atención discreta y sin excesos nos había facilitado la consulta. Con solicitud, satisfacía la curiosidad que nos despertaba lo que por la ventana veíamos, sin por eso distraernos de nuestro trabajo con indiscreciones. Su figura de hombre enjuto y porte amable y sencillo, pelo cano y gafas, que se protegía aun en pleno verano con una rebeca, ha representado para nosotros desde entonces la del hombre bondadoso hasta el extremo de no manifestar fastidio alguno, y que mucho antes ha aprendido a saborear la vida en secreto, observándola desde cualquiera de sus márgenes. Cuando hubimos terminado nuestro trabajo, su sentido de las buenas relaciones lo colmó negándose a cobrarnos las copias que le habíamos encargado.

A la población central de un antiguo y extenso dominio no llegamos hasta meses después, a mediados del siguiente mes de junio, un día por la mañana. Podría mencionar su nombre y forzarlo para componer una imagen. Pero me parece poco afortunado, tal vez porque he visto hacerlo repetidamente y he podido juzgar los resultados. Sabiendo que el nombre de muchas poblaciones es la asimilación, por proximidad de sonidos, a una palabra de la lengua de llegada de otra que procede de otras distintas y anteriores, la explicación a la que aspira cualquier ingeniosa etimología normalmente resulta pobre. Por fortuna, los avances de la investigación toponímica suelen dinamitar los ingenios más poéticos. Pero no se puede evitar que la falsa etimología, por más injustificada que sea la imagen a la que conduzca, cree conciencia, y que quienes la acepten actúen inspirados por ella. Aquel día pudimos comprobar que entre los habitantes de aquella población, sin saber muy bien por qué oscuro determinante de su identidad, regía el angustioso caos de la niebla, tal como aparentaba haber quedado retenido por su nombre.

Al llegar al ayuntamiento, solicitamos del conserje indicaciones sobre el lugar al que debíamos dirigirnos para consultar el archivo. Nos envió a Paco, el secretario del alcalde, quien nos recibió de inmediato. Oyó nuestro propósito y creyó que quien podía atenderlo era don Cristóbal Rodríguez, entonces encargado del juzgado de paz. Hombre prudente y calculador, don Cristóbal decidió que el asunto que nos ocupaba era digno de ser conocido por el alcalde en persona, por lo que nos recomendaba que solicitáramos entrevistarnos con él. Así lo hicimos a continuación. Sin vernos en la necesidad de soportar una larga espera, el alcalde nos hizo pasar a su despacho y oyó con atención cuanto le expusimos. Concluyó que el hombre adecuado para resolver lo que le demandábamos era Paco, su secretario, al que ya conocíamos, a quien no obstante amablemente nos presentó. Reflexionó de nuevo Paco sobre la decisión que debía tomar, y como era previsible otra vez dedujo que nuestro hombre era don Cristóbal Rodríguez. Retornamos a este, ahora provistos de todas las formalidades que le satisfacían, y de él por último obtuvimos la aceptación del encargo que se le estaba haciendo, atendernos en la consulta del archivo municipal.

Lamentablemente, sobre que habíamos consumido buena parte de la mañana entre despachos, don Cristóbal tenía que hacer compatibles sus obligaciones en el juzgado de paz con la atención al archivo y la biblioteca municipales, lo que le impedía hacer las dos cosas a un tiempo. Como al juzgado se dedicaba por la mañana, en el archivo solo podía atendernos por la tarde. Saldamos, pues, nuestra primera jornada en aquel lugar con el compromiso de vernos una tarde próxima y una despedida. Seis días después, ya comenzado el mes de julio, pudimos volver, una calurosa tarde, y en el antiguo hospital, tan correctamente recuperado como dotado del equipo que necesitaba para cumplir con su nuevo destino, en una sala alta, hacer nuestras consultas.

Nuestros contactos con los archivos cuyos registros necesitábamos fue bastante aceptable. Solo dos fueron por completo inútiles, aunque, víctima de la precipitación, cuando disponía de pocos días cometía errores que me obligaban a volver sobre los pasos dados.

Devorador insaciable de mi tiempo libre, en realidad no sabía muy bien a dónde iba, y si alguien me preguntaba cuál era el objetivo de mi trabajo, con la mayor candidez le hablaba de mis metas, la elaboración del excelente instrumento analítico que pretendía, en el que pensaba como si se tratara del más depurado ingenio, y que sinceramente era mi única aspiración. Mis interlocutores no sabían muy bien lo que habían oído, o si realmente habían entendido, no ya lo que les explicaba, que les traía sin cuidado, sino el fondo de mis explicaciones. Unos me miraban perplejos, suspendida su atención por unos instantes, y otros sonreían benévolos y permanecían en silencio. ¿Realmente pensaba así? Pero ¿qué había del tiempo y del esfuerzo invertidos? ¿Y del dinero? ¿Qué era lo que obtenía a cambio de todo aquello?

Tengo que reconocer que para nada tenía una respuesta que pudiera considerar razonable. Empleaba en aquel trabajo el tiempo de mis vacaciones, gastaba una parte de mis ingresos en satisfacer mi voluntad y, en cuanto al esfuerzo, no me parecía un consumo que se pudiera tener en cuenta, porque lo administraba con la pletórica y exclusiva generosidad con la que se puede malgastar cuando alguien se siente libre. ¿Tenía que esperar algo más?

Hoy me veo en la obligación de reconocer que el punto de vista insensato era el mío. Han pasado muchos años, y mi posición en la sociedad en modo alguno se ha modificado, a pesar del esfuerzo hecho. ¿Algún trabajo merece la entrega que exige, si no se obtiene a cambio alguna mejora en la posición que es inevitable ocupar cuando no queda otro remedio que vivir hundido en el lodo de la vida madura?

Lo peor fue que inevitablemente, a causa de mi irresponsabilidad, con gran insensatez por mi parte, había enredado a la señorita Valparaíso y a nuestra querida descendencia común en mis poco sólidas aspiraciones. Cruzamos los inhóspitos campos calcinados una y otra vez, en todas las direcciones, bajo tórridas temperaturas, y lo que más siento es que entonces el coche en el que viajábamos no tenía aire acondicionado y nuestra hija tenía entre ocho y nueve años. Creo que hubo momentos en que sufrió alucinaciones. Conservo pruebas de cierto día de julio cuando, yendo desde la capital a una de las poblaciones más distantes, sobre una de las tarjetas que utilizábamos para tomar notas, entre ondas, evocadoras del cuerpo que pierde consistencia cuando se derrite, escribió como único epígrafe Sol de verano. Afortunadamente no parece que nada de aquello le afectara a lo que es necesario para sobrevivir y goza de buena salud, y hoy concentra todos sus esfuerzos en organizar la más feliz de las convivencias.

Si cuento todo esto es porque quiero que mi experiencia sirva para que nadie más, en lo sucesivo, se aventure en una investigación por cuenta propia. Quien emprenda un proyecto de estos que siempre lo haga bajo la dirección de una autoridad reconocida, que elija un tema adecuado a lo que indiquen las necesidades del conocimiento, que nadie mejor que ella puede saber cuál es, y que no crea que por su cuenta puede resolver grandes tareas; que valore con exactitud los gastos de toda índole que el trabajo le pueda originar y que vea si puede efectivamente obtener por su intervención recompensa suficiente. Pero, sobre todo, que trabaje en condiciones saludables y que con su insensatez no arrastre a otros a los sufrimientos que cualquier trabajo inflige.


Política para una crisis

Bartolomé Desmoulins

Aún no había terminado marzo –tres meses antes de la sazón del grano– y la pérdida de la cosecha de cereales ya se daba por segura. Al error en el pronóstico no le quedaba demasiado margen. Sentado por el procedimiento que la sementera tenía que seguir a las lluvias del otoño, como estas habían faltado durante el precedente buena parte de la superficie prevista para el cultivo quedaría sin sembrar. La consecuencia, por completo previsible, sería una bajísima producción, aun cuando el tiempo actuara a favor de quienes sobrepasando los prejuicios hubieran aventurado la inversión de su grano semental en la tierra.

Dos consecuencias, que asimismo podían preverse, tendría una decisión como esta. La primera en el tiempo, que propagaría el beneficio de la caída del producto hasta donde hubiera población, porque el alimento universal era el trigo, el desabastecimiento de los mercados locales del pan. La segunda, que comprometía el futuro del orden productivo que se nutría del estado crítico al que podía llevar la falta de cosecha, urgente cuando el ciclo retornara al otoño, la falta de simiente para la siguiente inversión, que permitiría la necesaria recuperación de las explotaciones a los costos menores.

Puede evaluarse el alcance económico de una previsión como la primera, o caída del producto agrícola en perspectiva, tomando como criterio el costo mínimo del trabajo, que a consecuencia de la alta concurrencia de los oferentes capaces para dispensarlo equivaldría a la alimentación diaria de un varón adulto. En la región vivían entonces unas 725.000 personas. Si su composición por edades fuera la que registra el más prestigioso de los censos del siglo (32 % jóvenes, quizás algo más; 54 % adultos y 14 % ancianos, tal vez algo menos) y a la vez se da por bueno que un adulto, para reponer la energía que sostenía su actividad, necesitaba consumir un par de libras de pan de trigo al día; así como que a cualquiera de los otros elementos al margen de la plenitud biológica le bastaría con la mitad, el inexorable consumo de trigo en el sur puede estimarse en la nada despreciable cifra de casi 14.000 fanegas (13.956,25 exactamente) cada día. Aun aceptando, solo por obtener una cifra indicativa, que todo este volumen fuera comercializado a la tasa, o precio máximo legal entonces vigente, de 28 reales de vellón, probabilidad inferior de las posibles, eso supondría como mínimo una benefactora lluvia diaria de 390.775 reales; un valor superior al que obtendrían como renta de su trabajo, para la misma unidad de tiempo, 100.000 personas que se emplearan como trabajadores asalariados en la agricultura de los cereales, casi tres vigésimos de toda la población. Como hasta la cosecha siguiente quedaba más de un año, el volumen de negocio posible se podría estimar en torno a los 150 millones de reales contables. Si además se tuviera en cuenta la alimentación del ganado de labor, igualmente comprometida por la caída de la producción de la cebada, el otro cereal regularmente cultivado, el volumen del negocio previsible evidentemente habría que recalcularlo al alza.

Estas oportunidades de negocio se jugaban en primavera porque era entonces cuando se creaban, en modo alguno porque fueran una consecuencia espontánea. Las administraciones de la época, con el mejor criterio, no se demoraban en ponerse al servicio de un futuro tan próximo y tan excelente, conscientes de que tendrían que afrontar un problema colateral. La caída de la producción, porque era al mismo tiempo caída de todas las rentas, para propagar el beneficio potencial necesitaba importantes recursos financieros. Aun admitiendo que la mayor parte del gasto estimado pudiera nutrirse del autoconsumo, que en la región, como es regular, convivía con una economía de los cereales que había consolidado la producción para el mercado, los recursos necesarios para una operación de esta envergadura todavía superarían la capacidad de inversión de cualquier iniciativa. Los problemas tras el horizonte quedaban para otro día. Los responsables políticos más altos sus preocupaciones inmediatas no las dirigían hacia la captación de fondos, un asunto que no podían descuidar del todo. Con excelentes previsión y sentido del orden, primero se concentraron en regular los mercados de manera que permitieran la magna operación comercial.

Los máximos gestores de la política interior actuantes fueron tanto los cuadros del consejo de Castilla como los directores de rentas provinciales, integrados en el consejo de Hacienda, quienes seguían las órdenes del marqués de la Ensenada. Aunque en la forma la iniciativa parece que correspondió al consejo de Castilla, los hombres del marqués, que actuaban en consecuencia de las primeras decisiones, se perfilan como los responsables remotos de las órdenes que se cursaban a las autoridades regionales y locales. Así se deduce de la primera decisión del gobierno relacionada con el negocio que se estaba gestando en el sur, que fue tomada el 17 de marzo en Madrid por los directores generales de rentas provinciales, el sistema de recaudación, entonces en fase expansiva, de la porción más importante de los ingresos correspondientes a la hacienda real.

A consecuencia de la cortedad de las cosechas que se padecía en la zona -así se hablaba ya a mediados de marzo-, resolvieron decretar la prohibición de extraer todo tipo de granos y semillas de los cuatro reinos del mediodía. Pero, al tiempo que anulaban la conexión de la economía meridional con el exterior por la vía de salida, decidieron no restringir ni la de entrada ni la circulación interna. Al contrario, ampliaron el marco legal de la importación y ordenaron que cereales y legumbres que llegaran al confín austral de la península, bien procedentes de los dominios de la corona bien de los extranjeros, por mar o por tierra, quedaran libres de todos los derechos que gravaban el tráfico, incluidos alcabala y cientos de las primeras ventas. Gestores al mismo tiempo de los ingresos de la corona, pusieron cuidado en especificar que esta exención debía entenderse como una medida transitoria.

El control de la monarquía hispánica sobre la balanza comercial del grano siempre se había pretendido muy estricto. Algunos de los teóricos creían que era una de las materias más graves y delicadas de cuantas concurrían en el gobierno económico, y que por esa razón estaba justificado que su dirección fuera una responsabilidad del consejo de Castilla. Fuera o no consecuencia de tan graves reflexiones, la iniciativa pública centró su interés en conseguir que el grano fuera barato y por tanto el pan que se elaboraba con él.

Esperaba conseguir ambos objetivos ateniéndose al principio de autarquía, que se ejecutaba en primer lugar prohibiendo la exportación de los granos. En pleno siglo décimo sexto, para los territorios del sur, el código vigente prohibía sacar de sus reinos cereales y legumbres, e incluso prescribía con más exactitud que de ellos no saliera grano por vía marítima, en especial del área suroccidental. Además, para evitar la dependencia del exterior en un suministro tan estratégico, le parecía necesario el trasvase de los excedentes de unos territorios a otros. También entonces, igualmente refiriéndose a las tierras del suroeste, el mismo código había establecido que no pudiera prohibirse la salida de pan ni otros productos alimenticios de ninguna población, estuviera en realengo o en señorío, si el propósito era llevarlos de una a otra sin salir de la región.

Pero el comercio interior, parte decisiva de la estrategia autárquica, se enfrentaba a importantes límites. Los más significados eran, por un lado, las leyes contra acaparadores, revendedores y especuladores y, por otro, los privilegios a favor de ferias y mercados.

Aquellas habían impuesto que el único comercio legal fuera el de los trajineros o recueros, nombres que indistintamente les eran adjudicados a los comerciantes al por menor o finales. Con la primera denominación se hacía referencia al movimiento, mientras que la segunda tomaba por característico de la actividad el medio de transporte más sencillo de los utilizados por quienes a ella se dedicaban, los animales que con la mercancía a sus lomos se desplazaban agregados en recuas o manadas. Los arrendadores de rentas, mercaderes capaces para movilizar enormes cantidades de grano, durante la primera mitad del siglo décimo sexto tuvieron prohibido el comercio del cereal que por aquel procedimiento adquirían, y cuando ya en la segunda mitad del mismo siglo fueron autorizados a comerciar con su grano debieron someterse a la tasa. Sin embargo, cualquier grado de sucesivas operaciones comerciales o reventa, se mantuvo prohibida por la ley, exclusión perseguida con más facilidad dentro de las poblaciones. Las ordenanzas locales reiteraban ufanas la prohibición de comprar cereal para volver a venderlo en ella.

Para regular el funcionamiento de los mercados también se intervino restringiendo, aunque una parte de esta política se propusiera adelantarse a las necesidades. Al principio del reinado del emperador Carlos, aún activa la sedición de las Comunidades, se legisló por primera vez la posibilidad de comprar grano por adelantado. Se pagaba al precio vigente en la población de compra durante los treinta días que la fiesta de Santa María de septiembre dividía en dos periodos de quince, fechas del ciclo estacional en las que los precios habitualmente estaban bajos. Buscando favorecer la demanda, en realidad quedaron legalizados los que se consideraron buenos momentos para captar grano barato, si el objetivo era almacenarlos, y financiar la empresa, por parte de quien la hubiera acometido. La consecuencia sería que durante el resto del año los mercados locales sobrevivirían en estado de letargo y propendiendo los precios a subir.

Siendo estas las premisas de la autarquía hispánica, ya en la época hubo quien pensó que si lograra sus dos objetivos, que a un tiempo fueran baratos el grano y el pan con él elaborado, se daría origen a un ciclo que terminaría siendo perjudicial al fin público que se perseguía. Mientras que las restricciones a la participación en el comercio del grano disuadirían a quienes podían aportar contingentes mayores, a pesar de que su concurrencia a los mercados provocaría el efecto de la caída de los precios, y reducirían progresivamente la concurrencia de quienes tenían limitada su capacidad de financiación al débil tráfico de mercancía que podían sostener, aunque la adquisición del grano a un precio asequible pudiera limitar los costos de la panadería, la vigencia de precios bajos también para el producto elaborado asimismo reduciría el atractivo de esta industria. La retracción de las inversiones que efectivamente se habría impuesto en el sector, que una parte de los observadores supieron adjudicar explícitamente a la prohibición de exportar y a los límites al comercio interior, fue que efectivamente, a pesar de la presión de la demanda, la expansión del cultivo matriz fue limitada.

Las condiciones cambiaron algo entre 1651 y 1756. Durante aquel siglo ya todos los interesados pudieron practicar legalmente el comercio interior de cereales. Sin embargo, la circulación interior del grano se mantuvo limitada por la decisión de exigir licencias de saca o exportación, controladas por sus guías y tornaguías, filtros solo justificables porque podían ser utilizados como medios con los que generar ingresos a las haciendas. Para evitar que los derechos reales fueran defraudados, cualquiera que extrajera de su población mercancía para su venta iba provisto de su correspondiente guía. Si conseguía venderla debía traerla consigo la vuelta, lo que permitiría cobrar los derechos debidos. Solo a partir de 1756 desapareció esta obligación legal.

En cuanto al comercio exterior, aunque siguió estando prohibido, órdenes circunstanciales modificaron transitoriamente la rigidez de la norma consolidada. Por una instrucción a los intendentes, de 4 de julio de 1718, quedó regulada la exportación parcial de las cosechas de granos desde los territorios de la monarquía hispánica, durante los años de abundancia y bajo la supervisión de la administración central. Para asegurar la correcta ejecución de esta política, se organizó un sistema de información por quincenas del estado de las cosechas, los precios de los principales frutos, el valor estimado de las siguientes recolecciones, los volúmenes de grano que se preveían necesarios para el consumo y los remanentes que podrían quedar para la exportación. Su efecto fue que durante la primera mitad del siglo esporádicamente, según convenía a la recuperación o a la contención de los precios, el gobierno central abrió las fronteras de la península al comercio de granos.

En pleno siglo la teoría ya aceptaba que la exportación de granos bajo control estimulaba el cultivo de los cereales, e indirectamente era un medio de abundancia, así como de lucha contra la escasez de los años de caída de la producción. También la opinión que se había ido formando en el continente era favorable al estímulo de la libertad de comercio, y expresamente a la exportación, sobre todo porque entre los productores se aspiraba a una recuperación de los precios de los cereales, en caída desde el siglo anterior, un mal que durante la primera mitad del décimo octavo había contagiado a toda la economía del continente.

En Inglaterra los precios de los cereales no se habían comportado de manera distinta, pero su política para combatir su caída se había convertido ya en un modelo. Consistía en ajustarse cada año a lo que el producto permitiera. Si había generado excedente sobre la demanda interior, desde mediados del siglo anterior, el de sus revoluciones y guerras civiles, se subvencionaba la exportación de cereales, un incentivo que se prolongó durante toda la primera mitad del décimo octavo. Regularmente se primaba la exportación de trigo con dos reales y medio de plata por fanega, siempre que el precio no excediera cierto límite, una señal de alarma que automáticamente bloqueaba la salida del grano, y así evitar carestías injustificables y desabastecimiento en el interior. Así se conseguía a un tiempo dar una lucrativa salida al excedente los años de alta producción, combatir la caída de los precios consecuente a la abundancia de la oferta y por tanto acelerar la recuperación del sistema productivo de los cereales.

Los incentivos a la exportación efectivamente favorecieron la tensión al alza de los precios de manera estable y se convirtieron en los fundamentos de las que, ya a principios del siglo décimo noveno, serían conocidas como corn laws, aunque el estímulo a la sobreproducción, según pasaron los años, también había tenidos efectos contagiosos en otro sentido. Habitualmente las exportaciones inglesas de cereales fueron suficientes para saturar el mercado internacional. Las economías receptoras de sus agresivas exportaciones tendieron a reaccionar protegiéndose. En el área cantábrica, en 1750, se decidió que el cereal importado incurriera en la obligación de venderse en solo treinta y seis horas, a precio de coste. Se justificaba la decisión por la necesidad de mitigar la escasez en sus mercados. La consecuencia fue que los comerciantes se retrajeron de intervenir y los barcos ingleses, cargados con el cereal, prefirieron retirarse del litoral antes que confiarse a una venta al por menor.

El indudable éxito para la balanza comercial del grano inglés, aunque circunstancialmente tuviera que hacer frente a imprevistos, hizo que este modelo fuera deseado por las administraciones continentales. Sería Francia la siguiente que permitiría la exportación de cereales. Dada la verificada interconexión entre los mercados, la iniciativa francesa indujo a Inglaterra a prohibir circunstancialmente la exportación, decisión a partir de la cual los movimientos tácticos se impusieron en las políticas interventoras de la balanza comercial del grano en todo el continente, que evolucionaron a contradictorias y erráticas. Pero eso no impidió que a mediados del siglo décimo octavo el modelo de origen inglés inspirara al responsable de la hacienda castellana.

La premisa que entonces alentaba su política comercial era que la libertad de comercio del cereal panificable podía resolver al menos los problemas de desabastecimiento. En opinión de una parte de sus coterráneos, extender la libertad del comercio del trigo específicamente al sur, dada la capacidad de sus explotaciones, abría la posibilidad de sacar por sus puertos todo el que se produjera en la región, con destino al extranjero o a los otros nudos litorales de la península. Creían, prolongando miméticamente los principios del modelo británico, que el efecto de tal política sería el alza constante de su precio, y que solo cuando fuera muy alto dentro de los límites de aquel espacio evitaría por sí mismo que el trigo se exportara.

Es necesario reconocer que aquella política, que los acontecimientos de mediados del siglo décimo octavo permitieron aplicar, tuvo efectos expansivos. Los hechos vendrían a darle cierta razón. Antes de 1750 la caída del precio de los granos había provocado una disminución notable del número de los labradores. Como consecuencia de la expansión económica de la agricultura del cereal, obra del alza de los precios, posterior a 1750, ocurrió que faltaron tierras y sobraron labradores. Los acontecimientos de 1750, como crearon la primera oportunidad para la política de libertad de comercio de grano, fueron un impulso para la economía del cereal. Por tanto, el objetivo de la libertad de comercio sería el incremento de los precios en el mercado regional, para expandir el beneficio cuanto fuera posible.

No obstante, examinadas de cerca, las decisiones del 17 de marzo sobre movimiento de granos podían, a la vez que aproximarse al procedimiento que estaba extendiéndose por el continente, parecer conservadoras. La receta que aplicaban, en modo alguno a la vanguardia de las iniciativas europeas, respondía fielmente a los principios de la política comercial consolidada, que se concentraba en la intervención de la balanza, fuera por medios directos o por la vía fiscal.

Además de las guías y las posturas, gravaban tradicionalmente el intercambio de grano la alcabala y sus cientos. El destinado a la venta entraba en las poblaciones por puntos determinados precisamente para obligar a su pago. No estaban sujetos a él el destinado al consumo personal y el del pósito, y existían medios para eludir legalmente estas obligaciones fiscales. Una forma común de inversión del beneficio que proporcionaba la agricultura de los cereales al pequeño labrador, una vez atesorado como patrimonio, fue la creación de una capellanía. Con ello no solo trataba de inmovilizar un patrimonio. También pretendía conducir la venta de sus productos para eludir la alcabala, porque los frutos de las capellanías estaban exentos de su pago. Teniendo creada esta fundación y un hijo como responsable de ella, era utilizada para vender como fruto de la misma todo el producto que obtuvieran tanto las tierras de la capellanía del hijo como las explotaciones que sostuviera el padre, y en particular su labor, con lo que su renta bruta anual podía escapar sin dificultad al pago de las alcabalas.

Pero estas fundaciones, siendo muy populares, solo estaban al alcance de una parte mínima de la población rural, aquella que había conseguido retener como ahorro una parte de sus rentas. Como la traída desde el exterior de los cereales tampoco estaba obligada al pago de las alcabalas, con seguridad tenía efectos mucho más visibles sobre el ciclo económico estimular su importación, mediante las suspensión temporal de las obligaciones fiscales de frontera que convinieran, que para esta dirección del comercio exterior estaban reguladas por el arancel.

La fiscalidad del comercio del grano había sido utilizada, siguiendo una pauta habitual, como un instrumento inductor de su comercio. Cuando las cosechas eran escasas y el precio del cereal subía mucho se podían liberar del pago de cualquier clase de impuestos las transacciones de trigo y cebada durante un año. Que el 17 de marzo se optara por relajar solo la fiscalidad interior, y limitar la decisión a las primeras transacciones, podría significar que en aquel momento la situación que se pretendía corregir aún no se juzgaba lo bastante alentadora. (Algunas semanas después fue necesario salir al paso de posibles abusos de esta decisión de choque.) Hay quien opina que aquella decisión del gobierno central, eximiendo de los impuestos sobre el primer comercio los cereales conducidos a la región, tanto desde los mercados interiores como importados, fue solo una reacción inmediata a la baja cosecha del año anterior, y no a la previsible falta de producto durante el verano siguiente. Aun quedaba por explotar, si se mantenía la fidelidad al modelo inglés, la posibilidad de subvencionar directamente la importación de cereales.

Durante los días inmediatos al 17, los máximos responsables de la corona en política interior todavía se revelaron explícitos promotores de la parte de las fórmulas liberalizadoras que estaba a su alcance. El 31 de marzo el gobernador del consejo de Castilla formalizó unas instrucciones que se apresuró en difundir, tanto que consta que ya habían llegado a las poblaciones de la región el 7 de abril siguiente. Empezaban por reiterar la desgravación de los cereales importados. Muy de antemano –decía– ha concedido la piedad del rey el considerable alivio de libertar absolutamente de todos los derechos de rentas generales de cientos y alcabalas de las primeras ventas de granos de los que entren y se conduzcan de dentro y fuera del reino, cuyas reales órdenes se hallan comunicadas a los puertos y demás partes. Con esta primera medida, recordaba el consejo de Castilla, se trataba de conseguir los precios más bajos posibles para el grano. Pero para evitar, aun así, que reaccionaran de manera inversa, creía que debían utilizarse simultáneamente otros dos instrumentos, abolir la tasa y evitar los registros. De ambas decisiones esperaba consecuencias precisas en la misma dirección.

El corazón de la política comercial aplicada a los cereales había sido la tasa, o precio máximo legal, fijado por última vez en 1699 para el trigo, la cebada y el centeno. Pero durante décadas se había experimentado que la del trigo provocaba que se vendiera como mercancía de contrabando, y que en las transacciones efectivas raramente fuera respetada. En opinión del gobernador del consejo de Castilla, a mediados del siglo desde el que observamos los comportamientos la tasa solo ocasionaba la ocultación y el retraimiento de los granos, mientras que si se evitara se conseguiría su emergencia, y por consiguiente la mayor abundancia para su concurrencia. Conforme a la voluntad real, por lo que se refería a los reinos del sur a partir de aquel 31 de marzo debía disimularse y ser tolerado el exceso de los precios del grano sobre la tasa, porque se esperaba que espontáneamente la arreglara, e incluso la disminuyera, la abundancia que facilitaba la libertad, como decían que se había experimentado en otras ocasiones cuando se había consentido el disimulado permiso de los precios. De este modo, al menos transitoriamente, quedaba abolida de derecho la tasa de los granos en el sur, aunque lo cierto era que para entonces ya había perdido toda su eficacia real.

Pero la tasa, en términos legales, era una red de obligaciones entrecruzadas. Las normas que restringían el comercio del grano a los trajineros o recueros en su momento fueron una parte de la misma legislación, asimismo destinada a contribuir a que la vigencia del precio máximo fuera efectiva. Acopios, registros y requisas del grano eran otra parte de la misma política de intervención, igualmente procedimientos consecuentes a su aplicación. Quien registrara previamente los granos que poseía quedaba autorizado para su movimiento legal, siempre que fuera justificado como aprovisionamiento propio. Pero el registro tenía un efecto legal derivado. Los granos que se hubieran declarado, en caso de necesidad, podían ser requisados al precio de la tasa. Por tanto el procedimiento, que inmediatamente tenía efectos inmovilizadores, podía alcanzar hasta la incautación de todo el grano almacenado por cualquiera de sus poseedores. Así había ocurrido en 1737, cuando la administración central decidió que el registro general de trigo y cebada entonces ordenado tuviera como consecuencia que todo lo que se encontrara quedara embargado y en depósito para la sementera, con prohibición de que se amasara. Por eso, inevitablemente las declaraciones obligatorias de grano a las que daban origen estas operaciones solían ser fraudulentas.

Tomando su justificación de este hecho, el gobernador del consejo de Castilla no creía oportunos los registros. Además de que en aquel momento, para verificarlos, no se reconocía que existiera aquella necesidad que podía hacer conveniente el uso de este medio, que a su parecer siempre surtía poco o ningún efecto, el motivo de practicarlos desaparecería por completo. Como era la tasa la que ocasionaba la ocultación de granos, habiéndose decidido suspenderla se conseguiría su manifestación, y por consiguiente su mayor abundancia. La libertad del precio alejaba mucho cualquier razón para ocultar los cereales y retraerlos a la circulación. En su opinión, en síntesis, la tasa causaba almacenamiento y la libertad lo evitaba. Decidía pues que debían excusarse en todos los pueblos todos los acopios y registros, a excepción de los casos en los que hubiera particulares motivos para practicarlos. Como era habitual, la excepción no dejaría de ser aprovechada para, a pesar de lo decidido, recurrir a ellos.

Con estas premisas, la iniciativa del 31 de marzo se concentró en la circulación terrestre o fluvial de los granos dentro de los límites de los reinos del sur. Observada desde esta posición la evolución de las decisiones, la anterior, la del 17, parece la primera pieza de un orden meditado y que apuntaba en la dirección deseada para la satisfacción del modelo en boga. La mayor libertad posible en la circulación de los granos dentro de la región se concebía como medio principal para conseguir el objetivo de un comportamiento satisfactorio de los precios. En consecuencia, el gobernador del consejo de Castilla, en aquella misma carta del 31, declaró solemnemente la libertad de circulación de los granos.

Una decisión como esta le obligó a aclarar precisamente, al mismo tiempo, que se excluía la posibilidad de retracto, otro recurso de política comercial, en este caso de aplicación en el ámbito local, que asimismo podía completarse con la incautación. Cuando faltaba grano en una población, si esta se encontraba en una ruta comercial activa, la autoridad local, por miedo a la protesta, podía requisar el que transitara con destino a otros mercados y ejercer sobre él derecho de tanteo. La autoridad municipal también tenía el mismo derecho sobre las ventas a plazo, y todavía estaba en vigor una ley que reconocía a los municipios la posibilidad de incautarse de la mitad del grano almacenado en la población por los arrendadores de rentas en especie, pagándolo al precio implícito en las condiciones del arrendamiento.

Según la decisión del 31 de marzo, cuando se llevaran efectivamente vendidos los granos que se encargaran, en los pueblos por donde transitaran los arrieros que los condujeran no podrían retenerlos ni tantearlos con el pretexto de no estar abastecidos. El derecho de retención y tanteo sobre el producto cereal solo lo podría practicar cada población por lo que se refiriera a sus frutos y a las cosechas de su respectivo territorio. El gobernador del consejo de Castilla declaraba, en consecuencia, la libertad de circulación pública de cereales. Para que también contribuyera a moderar los precios el más libre comercio y tráfico de los granos, podrían las ciudades y los pueblos de los reinos del sur conducir, de los lugares donde lo encontraran, sin necesidad de acudir por licencia para ellos, los granos que estimaran necesarios para la manutención de sus vecinos.

No obstante, pretendía que la libertad de la circulación interna de los granos fuera compatible con la más estricta prohibición de las exportaciones. Una vez más el legislador ejecutivo prohibía absolutamente la exportación de cereales. Al tiempo que optaba por la libertad para el mercado interior, renovaba de manera inequívoca las órdenes que en todos los tiempos se habían dado para prohibir la exportación de cereales fuera de los reinos del sur.

En síntesis, las órdenes del gobernador del consejo de Castilla sobre la circulación de los granos mandaban que a estos no se les diera precio fijo, sino que se vendieran a lo que el tiempo diere; que no se impidiera el tránsito de los granos de un pueblo a otro, para que mutuamente se socorrieran; que no era conveniente que se hicieran registros de granos por varias razones; que, siendo justo el derecho de tanteo que cada pueblo tenía a los frutos cogidos en su territorio, pagándolos en contado, no lo era ni se debía permitir que los que de fuera parte se condujeran de unos pueblos a otros se detuvieran ni entorpecieran en los tránsitos, porque los que estuvieran distantes perecerían.

Las decisiones del 31 de marzo trazaron en lo fundamental las líneas políticas que en la administración central inspiraron todas las decisiones que a partir de este momento pretendieron salir al paso de la crisis de producto. En los meses inmediatos, cuando se jugarían las posibilidades del negocio, poco más se decidió en materia de regulación del marco estatal para el comercio interior de los cereales. Tan solo el 7 de abril, por la administración central, de nuevo coordinados los consejos de Castilla y de Hacienda, fueron precisados los límites de la política liberalizadora. La dirección de rentas provinciales comunicó que el marqués de la Ensenada, en aviso de aquel día, le había advertido sobre la siguiente circunstancia. La franquicia de derechos concedida a los que condujeran granos a los cuatro reinos del sur, desde fuera de los reinos de España o desde otras provincias, sus habitantes querían extenderla a los que interiormente comerciaran o retuvieran. Se aclaraba que este no era el sentido de la decisión. De actuar de este modo, se frustraría el objetivo de que tuvieran beneficio los que surtían en condiciones de carestía, al tiempo que los codiciosos que guardaban los granos se emplearían a fondo, aprovechándose de los derechos concedidos, sin que por eso llegaran a venderlos más baratos. En este concepto deberían darse las órdenes correspondientes a su cumplimiento.

A esto quedó limitada la intervención de la administración central durante aquella primavera. A partir de entonces dejó a su suerte la aventura del beneficio que pudiera proporcionar la previsible caída de la producción. Prefirió no inmiscuirse en negocios cuyos límites prefirió no conocer.