Población estacionaria con inmigrantes
Publicado: junio 30, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
Durante el siglo XVIII el crecimiento de la población regional parece estancado. Las tasas que lo expresan coinciden en este punto: oscilan entre 0,15 y -0,19 %. Su composición por edades, observada a partir de los mejores censos de aquel siglo, no cambia de manera significativa. Si aceptamos literalmente lo que expresan estos dos parámetros, su mortalidad sería constante, tal como lo es su composición por edades, y dado que la mortalidad es constante, para avanzar en el análisis de los factores del crecimiento de aquella población es legítimo recurrir a una tabla de mortalidad que complete con sus descripciones lo que permiten los indicadores sintéticos.
Hemos preferido una de elaboración propia, basada en unos veinte mil registros de las defunciones ocurridas en el mismo universo, complementados por la necesaria observación directa de los nacimientos; casi cuarenta mil asientos, fondo suficiente para llegar a conclusiones fiables. Proceden del primer registro civil, que empezó a funcionar de manera regular en este extremo de occidente a partir de 1841. Aceptarla, a pesar de su desplazamiento cronológico, incluye reconocer que entonces la población regional no había conocido aún la primera fase de la transición demográfica. Para admitir esta premisa basta comparar sus valores con los cálculos típicos de la mortalidad, ya clásicos, de Naciones Unidas y Princeton, desarrollados a partir del procedimiento de estabilidad. Los que más se aproximan a la mortalidad observada son los niveles 4 y 5, masculinos y femeninos, con tasa de crecimiento 0, del modelo sur de Princeton. Con estos medios, más algunos cálculos parciales, es suficiente para ensayar una descripción de los límites a la población del sudoeste en pleno siglo XVIII.
De todos los sucesos vitales, el matrimonio era el más próximo a la voluntad humana antes de la transición demográfica. Como entonces la concepción de hijos fuera del matrimonio carecía de relevancia, la descendencia final de las mujeres de cualquier población dependía de si contraían nupcias, y en caso de que así fuera de la edad a la que lo hicieran; de la medida en que sintonizara con la fertilidad femenina. La población regional, antes de la transición demográfica, estaría alimentada por un matrimonio temprano e intenso. La edad media de acceso al matrimonio de las mujeres adquiere un valor entre los 21,5 y los 22 años, lo que significa que las que se casaban invertían en el matrimonio entre el 77 y el 79 % de su fertilidad. El nivel de la soltería definitiva femenina (solteras de 50 años y más, edad que asimismo se acepta como límite superior de la fertilidad) estaba comprendido entre el 20 y el 30 %, lo que en términos positivos o intensidad del matrimonio se traduce en valores entre el 73 y el 82 %. Combinando ambos indicadores, resultaría en resumen que en realidad aquella población solo ponía en juego entre el 60 y el 64 % de su capacidad reproductiva.
Claro que no toda la potencia procreadora invertida en el matrimonio se traduciría en nacimientos. El número de los de cada año, que se puede estimar comprendido entre unos 26.500 y poco más de 29.000, permite suponer que las tasas de natalidad se situaban entre el 36 y el 39 por mil. Si se acepta que el 95 % de los nacidos eran legítimos, de la anterior estimación se deduce una colección de valores de la fecundidad matrimonial en torno a 0,750, levemente por encima de los calculados para todo el país, situados entre 0,745 y 0,735. Indica que las mujeres casadas de la región procreaban al 75 % de como lo harían las mujeres de máxima fecundidad matrimonial observada, las hutteritas de 1921-1930. En el supuesto de que la fecundidad matrimonial hutterita fuese el techo biológico de la fecundidad femenina -y por el momento sí que es el máximo observado para cualquier lugar y para cualquier momento-, del valor del índice se deduce que el conjunto de los recursos reproductivos de toda la población regional funcionarían a poco más del 45 % de su capacidad. (Si en vez de aplicar la tabla modelo de mortalidad aceptamos que el registro de población en los censos es perfecto al menos para la población infantil masculina (varones de 0-6 años), tendríamos que hacer dos cálculos alternativos mediante ajuste a relación de masculinidad tolerable de acuerdo con el tamaño de población. Es decir, el valor real de la población infantil femenina quedaría comprendido entre un máximo y un mínimo. Si a las dos nuevas sumas resultantes se les aplica el mismo índice, resultaría otra fecundidad, no tan exagerada como en el primer supuesto, aunque aún seguiría siendo muy alta.)
Si se casan en torno al 80 % de las mujeres a una edad media temprana y realizan las tres cuartas partes de su fertilidad, el aporte de sumandos al crecimiento es sin duda alto, aunque parezca que la población funciona a medio gas porque solo aprovecha algo menos de la mitad de sus potencialidades reproductivas. Se estaría cerca de un supuesto máximo biológico posible que sin embargo no se agotaba.
Un lugar común de la historiografía demográfica es que durante el siglo XVIII las poblaciones peninsulares no estuvieron sometidas a los rigores de la mortalidad catastrófica, a excepción quizás del paludismo de fines de los ochenta. En el caso de la región al menos, no hay indicios de que se produjeran crisis de mortalidad graves. En cuanto a la mortalidad ordinaria, que sería por tanto la reguladora del crecimiento, las fuentes y sus estimaciones asociadas proporcionan datos precisos. Las evaluaciones posibles de la mortalidad adulta (de 20 a 55 años) son suficientes para marcar un límite por debajo del cual es difícil que se situara la mortalidad ordinaria. Con la más optimista se pueden calcular unas tasas anuales en torno al 40 por mil, lo que implicaría una esperanza de vida al nacer próxima a los 35 años. Es un nivel bajo de mortalidad regular a juzgar por los cálculos más autorizados referidos al conjunto del país (esperanza de vida al nacer 26,8 años), y que tampoco concuerda con la mortalidad implícitamente aceptada en los niveles 4 y 5 del modelo sur de Princeton, que corresponde a una esperanza de vida al nacer entre 27 y 30 años.
Pero, al tiempo que la mortalidad catastrófica ha desaparecido, al menos por el momento, y la adulta se muestra relativamente moderada, es alta la mortalidad infantil. Nuestra estimación de natalidad obliga a aceptar que su nivel estaba comprendido entre un 230 y un 270 por mil, lo que encaja más con los modelos de mortalidad de referencia; más aún si se tienen en cuenta las experiencias de las mortalidades infantil y postinfantil acumuladas, que se aproximarían al 50 % de los nacimientos. Así pues, sobre todo la muerte de los recién nacidos vendría a corregir severamente el comportamiento de la fecundidad: del orden de la mitad de los nacimientos acabarían en muerte antes de terminar la lactancia.
Con unas tasas de natalidad que como máximo alcanzarían el 39 por mil, y con una mortalidad que desde luego no bajaría del 40 por mil en los años en los que no hubiera repunte de la mortalidad, se deduce que el crecimiento ordinario, al menos el crecimiento natural, tendería a ser negativo. Los analistas más reconocidos, resistiéndose a admitir que en el saludable siglo XVIII hubiera alguna población que no se incrementara, optan por defender un débil crecimiento positivo, estimado en un 0,1 % anual. Si se aceptan con lealtad los valores de natalidad y mortalidad demostrados, parece más correcto admitir que el crecimiento se situaría como mínimo bastante más cerca de cero. Corroboran la sospecha de tan ajustado margen de crecimiento las tasas de reproducción que pueden deducirse de los censos, que son en este sentido claras: a una tasa bruta algo por encima de 2, con las condiciones de mortalidad estimadas y el perfil del matrimonio femenino deducido corresponde una tasa neta en torno a 1, lo que significa que cada mujer fecunda era sustituida por otra con las mismas posibilidades de realizar su fecundidad.
La selección de los hechos demográficos que pueden ser más pertinentes para una explicación del crecimiento en el pasado, combinados de una de las múltiples formas posibles, da como resultado lo que los especialistas llaman un sistema de la población, tan simplificador y tópico como útil para aislar algunas de las razones no demográficas del comportamiento biológico de una población a fines de la época moderna. En el caso de la regional, nos encontraríamos ante lo que clasifican como sistema de alta presión. La imagen que evoca esta expresión es coherente con lo que por el momento parecen hechos demostrados. El crecimiento regional estaría regulado por dos mecanismos de signo opuesto, un matrimonio femenino precoz e intenso, responsable de una fecundidad alta, contrapesado por el riguroso freno positivo de la mortalidad, especialmente descargada sobre la rigurosa mortalidad anterior al quinto aniversario.
La explicación de unos comportamientos aparentemente tan conservadores en el terreno de la reproducción habría que buscarla en el poder de la mortalidad, un factor que puede considerarse exógeno porque escapa a cualquier control. Con la reserva de fecundidad se pretendería hacer frente a los imponderables de la mortalidad catastrófica, en cuyo caso sería oportuno recurrir a ella para reequilibrar el sistema. Es probable que no fuera del todo así, entre otras razones porque la conciencia de la contención de la mortalidad extraordinaria solo puede existir cuando ha pasado una cantidad de tiempo que trasciende los comportamientos biológicos de cada año, los que miden las tasas. Tal vez sea necesario plantear en otros términos el problema.
Concebir la población como un todo homogéneo, cuando se trata de comportamientos biológicos, por más gregarios que sean, es un error que contagian al análisis histórico los procedimientos estadísticos. Si aceptamos que el matrimonio es el origen remoto de los factores del crecimiento natural al alcance de las voluntades, tenemos que aceptar también que las posibilidades de concertar un matrimonio, y en mayor grado sus consecuencias para la localización del hogar y la formación de la familia, tienen que ser dispares. No todo el mundo puede dotar del mismo modo a su descendencia femenina, ni con el mismo alcance, si la dote es una parte del curso consuetudinario que lleva al matrimonio; ni tiene la misma capacidad para transferir un capital al varón que desea contraer matrimonio para que haga frente a la creación de su hogar, cuando esta forma de resolverla sea la regular. Con los medios estadísticos solo es posible detectar lo más grosero, el comportamiento en masa.
Por suerte -solo bajo esta condición tan restringida- legitima tan sintética manera de proceder que las formas de obtener la renta las familias del siglo XVIII estuvieran muy polarizadas en el medio rural, el que por cantidad de actividades imponía sus pautas a las poblaciones. Bien un grupo restringido obtiene sus rentas detrayéndolas del trabajo ajeno, bien otro grupo, el mayoritario, las consigue concediendo que una parte del suyo tiene que venderlo a aquel. Las posibilidades de que el comportamiento biológico de los segundos deje rastro en las cantidades que registran los censos y los registros son casi todas, mientras que las que tendría el de los otros serían casi nulas, dada la magnitud de las diferencias.
La manifestación más visible de esta doble circunstancia, cuyas piezas no solo no se oponen sino que se complementan, es que la mayor parte de la población regional, bajo criterio laboral, en las estadísticas del momento se clasifica bajo la condición de jornalero, aunque en unas proporciones tan abrumadoras que resultan demasiado groseras. Es cierto que en la región el jornalero agrícola parece un hecho permanente, y que probablemente es parte de la población regional al menos desde la plena edad media. Con seguridad, su presencia ininterrumpida en la región se documenta desde el siglo XV. De estos testimonios habitualmente se deduce una proletarización progresiva y lineal del mercado de trabajo agropecuario. Cuesta creer en la presencia inalterable de una población jornalera cuyo tamaño crece inexorablemente. Si las casas agropecuarias, a las que sirven quienes trabajan en el campo, presentan como rasgo más estable su alta capacidad de adaptación a la coyuntura comercial, así interior como exterior, es poco probable que en la población jornalera, en su tamaño, y en su función económica, no se reproduzcan, previamente o como consecuencia, las oscilaciones de la coyuntura mercantil.
Aquella manera expeditiva de clasificar las profesiones sería una traslación del fenómeno de fondo al punto de vista; una consecuencia estadística, obra del procedimiento de las administraciones, de la que no obstante podemos congratularnos, porque abre una posibilidad de encontrar explicaciones. Bajo la voz jornalero de las estadísticas se esconde no tanto la diversidad como una situación compleja. Sus protagonistas, aunque no rechazaban aquella denominación, o la de bracero, preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo, una forma de identificarse que los unificaba y los arraigaba al fondo campesino del que provenían. En pleno siglo XVIII la mayor parte de la población rural aún no había renunciado a permanecer sujeta a ese fondo.
La demanda de trabajo, para a cambio detraer la renta a la que por este medio se aspiraba, se personificaba de cuatro formas: pegujalero, temporil, asalariado episódico y destajero. Temporil era el que se empleaba por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola en las grandes explotaciones, las que dominaban e imponían sus principios al sector, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Era lo más próximo al trabajo asalariado estable. Quienes ocuparan puestos de responsabilidad y guardia o quienes tuvieran a su cargo el complejo ganadero de aquellas empresas, tanto el de trabajo como el de cría, tendrían las mayores posibilidades para ser contratados como temporiles.
Asalariado episódico o jornalero en sentido propio era el que se empleaba para faenas determinadas, llamado por los aperadores, en las mismas explotaciones. Puede trabajar durante secuencias que va imponiendo el comportamiento del tiempo, habitualmente menores al mes pero superiores a la semana, en los trabajos sucesivos del cultivo del trigo, o de los que le están sometidos, incluido entre estos los del olivo y la vid. Iban desde la siembra hasta la recolección del cereal y sus legumbres asociadas, pasando por la escarda o el abonado.
Bajo las condiciones del destajo solo eran contratados los trabajos de siega del cereal y sus legumbres, así como la vendimia y la recolección de la aceituna. Son tan intensos como concentrados en el tiempo, y por eso los mejor remunerados, aunque ni mucho menos los más rentables.
El pegujal era una pequeña explotación campesina, de ciclo anual, que no solo no se oponía a las dominantes sino que se desarrollaba dentro de sus unidades de explotación, de dimensiones tales que podían acoger un buen número de quienes estaban dispuestos a hacerse cargo de uno. Su convivencia en el espacio con las tierras destinadas a cumplir con los objetivos dominantes está justificada por los posibles intercambios de servicios entre las dos células del sistema, la gran empresa y el pegujal. A quien lo trabajara le permitía sobrepasar la renta que se obtuviera como asalariado de cualquier tipo (temporil, jornalero o destajero), no tanto por la cantidad líquida que ingresara como porque lo capacitaba para disponer con independencia sobre todo de trigo, aunque también de cebada o legumbres, y así escapar a la tiranía de los precios del suministro alimenticio básico, o subsidiariamente del que necesitara el ganado de trabajo que había que poseer para aspirar a ejercer como campesino.
El mecanismo que regulara la oscilación entre tener y no tener un pegujal se originaría por tanto desde el mercado del trigo. Tan inestable como eran los precios del cereal básico sería la condición anual de campesino, y serían las violentas oscilaciones de aquellos las que convertirían el recurso al pegujal en un mecanismo regulador del mercado de trabajo rural. La consecuencia era que la posibilidad de acceder a pequeñas explotaciones anuales contribuiría a tensarlo constantemente. Y, paradójicamente, la posibilidad de convertirse en pequeño cultivador anual contendría el germen de la proletarización.
Para que el suministro de mano de obra contara con una importante reserva sería suficiente con que el número de los trabajadores del campo dispuestos a explotar aquellas unidades mínimas superara la oferta de parcelas aptas para convertirse en aquella forma de actividad campesina, lo que empujaría a los trabajadores del campo a emplearse en toda faena a cambio de un salario. Su proletarización tendría todas las posibilidades para progresar (=> aumento de la oferta de trabajo => estancamiento de los salarios) porque ya estaban abiertos tres frentes secundarios para la obtención de renta, los que cada año encarnaban los temporiles, los asalariados episódicos y los destajeros.
Esta dirección de los acontecimientos no era irreversible. Bastaría con que los precios del trigo invirtieran su comportamiento, y abrieran de nuevo oportunidades a la promoción de pegujales, para que otra vez se incentivara el riesgo a tener una pequeña empresa autónoma. Aunque las expectativas para acceder a una explotación de esta clase eran razonablemente cortas, inferiores siempre a cinco años, si se toman como pauta las oscilaciones de la producción de trigo hasta ahora conocidas, eran las que alentaban la vacilante condición campesina de los trabajadores del campo.
La representatividad de estas afirmaciones es aún muy limitada, hasta tanto no se pueda calibrar su extensión y su valor relativo. Pero obliga a recuperar, profundizar y completar el análisis del papel que a las explotaciones subsidiarias tocaba en aquel orden biológico.
Sobre la formación del hogar asociada al matrimonio, lo que de momento se deduce del análisis de los padrones es que rige el principio de neolocalidad, o erección del hogar en un lugar distinto al de procedencia de cualquiera de los contrayentes. En cuanto a la formación de la familia, parece que se impone la disciplina de la nuclear, la que se limita a los vínculos que unen a padres con hijos. Aquellas costumbres quizás fueran más consecuencia que causa, y su responsable podría ser la expectativa, constante, renovable año tras año, de adquirir una renta autónoma gracias al acceso a una pequeña parcela.
Si las expectativas de independencia familiar vía matrimonio, la parte del comportamiento biológico emancipada o autónoma, dependían de la disponibilidad de renta de los candidatos, en poblaciones donde para la mayoría el acceso a la renta no estaba subordinada a la transmisión del patrimonio agrario territorial dentro de la familia, como ocurría en zonas con predominio de población campesina propietaria, las aspiraciones y las prisas por contraer matrimonio serían mayores. No tanto porque los contrayentes se apuraran en ahorrar para casarse, simultaneando el trabajo agrícola autónomo con el servicio a una casa, independientemente del sexo, sino más bien porque una temprana salida a la fecundidad posibilitaría un mayor éxito en la obtención de hijos vivos y por tanto aptos para el trabajo en poco tiempo -contando con una edad de concurrencia al mercado de trabajo muy temprana-, de forma que pudieran acaparar con la pareja la cuota óptima de trabajo; tanto el dependiente, cuando fuera ofertado en masa en forma de trabajo estable en las explotaciones (temporiles, jornaleros, destajeros), como el independiente, el que permitía el pegujal, para sumar una renta total de la unidad familiar suficiente para vivir todo el año, objetivo que probablemente costaría alcanzar. Así, serían las expectativas de acceso al matrimonio las que dependerían inmediatamente de la coyuntura triguera.
Las consecuencias biológicas de estas pautas podrían ser las responsables de la alta presión. En la medida en que la renta de las familias que trabajaban de manera estable como asalariados y en las explotaciones subsidiarias creciera menos que los precios del trigo, las prisas por obtener el mayor número de hijos en poco tiempo, además de invitar a casarse y pronto, una vez constituida la familia trabajadora daría origen a una loca carrera de concepciones que inevitablemente se traduciría en un alto nivel de fracasos. La muerte de los recién nacidos durante el periodo de lactancia, más frecuente en los meses de verano a causa de la incorporación de la familia completa al trabajo (lo que alteraba la alimentación infantil y facilitaba las infecciones gastrointestinales, de efectos fatales), vendría a corregir severamente el crecimiento; lo que aún estimularía más la búsqueda de nuevos hijos. La experiencia tenía demostrado que arriesgar más fecundidad significaba alimentar más la presión de la mortalidad, inevitablemente.
La alta mortalidad durante los primeros cinco años de vida enfrentaría de nuevo al riesgo de estimular aún más la búsqueda de nuevos hijos, así como el previo acceso al matrimonio. Por este medio, dadas las pautas de la mortalidad ordinaria, por desgracia lo que se conseguiría sería, antes que acelerar el crecimiento positivo, alimentar la alta presión de la mortalidad. Al mismo tiempo, este incremento de la mortalidad -en particular, los altos niveles de mortalidad infantil- reduciría la mediata capacidad reproductiva en reserva, lo que en realidad limitaría las posibilidades de reequilibrio del sistema.
La alta presión sería pues la aportación biológica a la búsqueda de un equilibrio: disponer del máximo posible de descendientes vivos adultos para poder sostener una empresa familiar autónoma, y al tiempo, en caso necesario, optar a los otros mercados de trabajo, para así complementar las rentas. El crecimiento de la población cerrada, la que solo creciera por vía vegetativa, sería limitado porque limitado era el acceso a las parcelas que cada año permitían ser campesino.
Pero que la severidad de la mortalidad ordinaria probable corrigiera el sistema induciendo una importante contención de la fertilidad para mantener el difícil equilibrio de la familia campesina, al tiempo que invitaría a no recurrir a su reserva de capacidad reproductiva y extremar el control sobre las posibilidades biológicas, y aun así condujera hacia la máxima presión posible, en otra parte quizás fuera la reacción a un aporte inmigratorio constante.
El débil crecimiento positivo por el que opta una parte de los observadores quizás no esté del todo forzado. Los niveles de crecimiento próximos a cero o negativos de la población cerrada podrían estar compensados por un saldo migratorio oscilante y modesto. Cruzando las clasificaciones por sexo y edad que proporcionan los censos con las tablas de mortalidad de referencia, se deducen invariablemente saldos migratorios positivos para la población masculina adulta. El corrector inmigratorio, concentrado en la oferta de trabajo bajo las condiciones del destajo, sería el encargado de anular definitivamente las tentaciones y los excesos del crecimiento natural positivo. El aporte inmigratorio regular era necesario para mantener un sistema laboral colapsado por una demanda de trabajo superior a la oferta en muy poco tiempo (siega, vendimia, recolección de la aceituna), desde luego por encima de la capacidad de trabajo de la población autóctona.
De ocurrir así el movimiento, el comportamiento biológico juicioso partiría de que acelerar el crecimiento, equivaldría a incentivar la proletarización, puesto que el excedente sobre el número de parcelas posibles tendría la necesidad de competir en los otros mercados de trabajo, donde se enfrentaría a la cotización a la baja a la que necesariamente conduciría la concurrencia de la oferta de temporiles, episódicos y sobre todo destajeros. Contener el crecimiento no sería tanto una estrategia de reserva para caso de mortalidad catastrófica como un medio para evitar la proletarización acelerada.
Los intentos por ajustarse a la oscilante supervivencia bajo estas condiciones se traducirían en una alta presión probablemente límite. Pero el severo crecimiento biológico no satisfaría las modalidades de demanda de trabajo de cada año, y el aporte inmigratorio resultaría inevitable para satisfacerla, específicamente la del asalariado episódico en el grado más alto, el destajero. Así la demanda de trabajo actuaría como factor exógeno del crecimiento de la población.
Así pues, el sistema realmente sería dual, y las razones que obligaran a un crecimiento bicéfalo habría que buscarlas en las características del mercado regional de trabajo, a su vez dependiente del mercado del trigo. La población autóctona se esforzaría en mantenerse campesina, para escapar de la proletarización, gracias al pegujal. El proceso llamado proletarización estaría pautado, al ritmo que impusiera la economía mercantil del trigo, por un incremento de quienes se vieran excluidos de las posibilidades de actuar como campesino independiente cada año o como asalariado de una gran empresa, y quedaran a los pies del mercado estacional del trabajo, especialmente el relacionado con las recolecciones, sobre todo la del trigo, pero con el tiempo también de la aceituna, y algo menos de la uva.
Los elementos descritos serían los responsables del régimen demográfico regional, que en términos relativos está en buena posición para tipificar la imagen de alta presión demográfica. Pudo tratarse de un sistema de alta presión bien ajustado a la demanda de población del mercado ordinario de trabajo por un mecanismo incontrolado, la mortalidad, y dos complementarios y dependientes, la fecundidad matrimonial y la inmigración.
De ser correcta, esta deducción permitiría por último concluir además sobre el alcance del procedimiento. El sistema al que asimilar la población regional no solo puede concordarse con fundamento con una población estable, cuyas propiedades analíticas hemos aceptado implícitamente desde el principio. Con los hechos deducidos sería posible argumentar a favor de su variante más sencilla, la estacionaria, la estable que además cumple una condición restringida, que la tasa de crecimiento tiende a ser cero. Nada nos impediría admitir que la poblaciones estacionarias, a fines de la época moderna, eran un fenómeno común, y que su vigencia estuviera garantizada por las correcciones cíclicas a las que las sometían los movimientos migratorios estacionales.
Puede que atenerse al modelo estacionario sea arriesgado, precipitado, incluso improcedente. Pero, aparte que los síntomas sean suficientes como para pensar que la regional fueran una población estancada, y no siempre por síntomas cuantitativos, es el más consecuente con lo que se sabe. Dada su simplicidad, también es el más económico, el que antes puede llevar a unas propuestas; y el más fácilmente criticable y corregible por cualquiera en caso necesario.
El costo del trabajo
Publicado: abril 14, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
El salario, para casi todos los que trabajaban en las labores, se componía con dos piezas independientes, jornal y comida. La primera era una cantidad de dinero que remuneraba el tiempo que cada día se empleaba en el trabajo. La comida era el alimento que también por jornada el empleador proporcionaba a los trabajadores. Los siguientes valores, que describen unos gastos salariales, están referidos a una explotación de cereales de gran tamaño, de unas setecientas unidades de superficie llevadas a dos hojas. Corresponden a los días trabajados durante un mes de octubre, en plena campaña de siembra del grano.
El trabajo por día y hombre se medía en peonadas. Las hechas durante aquel mes se repartieron entre los trabajos del barbecho y los de la siembra. Cualquiera de los dos en lo fundamental era pasar el arado una y otra vez sobre la tierra, y en la práctica serían piezas encadenadas de una misma actividad, preparar el suelo para depositar la semilla y a continuación sembrar. El barbecho que se hacía asociado a la siembra era el cohecho. Con esta operación concluyente se trataba de oxigenar las tierras a última hora, aunque también podía aprovecharse para preparar las parcelas que se hubiera decidido sembrar poco antes, porque su aptitud lo permitiera o porque así lo recomendaran hechos no previstos.
En aquella explotación, durante el mes de octubre, se hicieron 577 ½ peonadas de barbecho, cada una de las cuales se pagó a 2 ½ reales, lo que ascendió a 1.443,75 reales, más 986 ½ de arada sembrando, que se pagaron a 3 reales, lo que obligó a gastar otros 2.959,5 reales. Además, los trabajos especializados propios de aquella fase del cultivo recibieron una remuneración extra. Los mejor pagados fueron los de los sembradores, que hicieron 81 peonadas, a quienes se les liquidaron 3 reales más por cada una, lo que sumó otros 243. Los muleros hicieron 119, que a ½ real más agregaron al gasto otros 59,5 reales. Un amelgador, que se encargó de trazar a una distancia regular los surcos que finalmente iban a recibir la semilla, para que toda el área sembrada resultara homogénea, hizo 25 peonadas, que se le gratificaron con 1 real más, lo que añadió al costo de los trabajos otros 25 reales. El rejero, que se encargaría de mantener a punto los arados, se ocupó 28 días de aquel mes, y su trabajo se gratificó con ½ real más, en total otros 14. Y durante 9 días se recurrió a un zagal de arriero, cuyo auxilio se complementó con un 1 real más, lo que sumó otros 9. El gasto total en jornales alcanzó pues los 4.753 reales 75 céntimos.
Estas cantidades se liquidaban al corriente con la mediación del aperador, quien recibía de la administración de la casa, a cuenta del gasto, una cantidad de dinero. Tal depósito estaría justificado por la necesidad de adelantar sus ingresos a los trabajadores, quienes solo alcanzaban a cobrar la totalidad de sus jornales una vez concluido cada periodo de trabajo, en el leguaje de aquella labor, cada dómeda. Durante aquella, que equivalió a un mes, los días 12, 19 y 24 al aperador la administración de la casa le entregó hasta 1.500 reales. Con aquella cantidad, la suma de la que le hizo depositario ascendió a 2.413,5. Según el cuaderno antiguo, el aperador había saldado la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre, día de nuestra señora del Rosario, con 913,5 reales en su contra. El total que había desembolsado a lo largo de octubre a la gente en el cortijo, en entregas que hay que presumir discrecionales, como adelanto de lo que habrían de cobrar al final, fue de 1.659 reales. Restados al total de los 4.753,75 a los que ascendieron los jornales de los trabajos de barbecho y siembra, resultó un balance de 3.094 reales 75 céntimos, que les fueron pagados a los trabajadores en la población, en el despacho que en ella tenía la administración de la casa. Así quedó debiendo a esta el aperador 754,5 reales, una cantidad anotada a su cargo en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.
Con la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, en aquella labor era alimentado a diario, a costa de la casa, todo el que trabajaba sobre el terreno, salvo que expresamente se hubiera comprometido a seco, es decir, sin comida. Así como con ella hubo que completar durante aquel octubre las 1.564 peonadas de los jornaleros que habían servido para atender los trabajos de barbecho y siembra, fue necesario atender la manutención diaria del personal estable de la labor y la de algunos esporádicos. Los estables a los que también hubo que alimentar fueron, durante aquel mes, de un lado los temporiles, trabajadores por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, quienes consumieron por sus 270 peonadas un total de raciones diarias idéntico. Se puede suponer que eran 9, dado que los días de trabajo de aquel periodo habían sido 30. El guarda, también parte estable de los trabajos de la labor, comió con los demás 22 días, y el grullero, solo 16. Unos esquiladores, que en aquella parte del año habrían sido empleados en cortar el pelo a los mulos, fueron atendidos con otras 11 raciones. Por tanto, para todos durante aquel octubre fue necesario suministrar 1.883 raciones diarias, equivalentes a la suma de las peonadas de todos los trabajadores.
La alimentación de cada día, en términos contables, era el gasto del pan y demás comestibles. La división no solo tenía sentido administrativo. De pan, que en este caso se llevaba al cortijo ya elaborado, durante aquel mes se consumieron 2.040 hogazas de 3 libras de peso cada una. Si tenemos en cuenta que el consumo por cabeza que resulta es 1,08 hogazas, la ración diaria de pan sería de 3,24 libras. Dando por bueno que cada libra equivaliera a 0,46 kilos, el consumo diario de pan por trabajador podríamos estimarlo en 1,49 kilos.
Con los demás comestibles, que eran garbanzos, aceite, vinagre y sal, se cocinaba el potaje. Durante aquel octubre, para el potaje, además de las 1.883 raciones correspondientes a las peonadas ya descritas, fue necesario elaborar otras 240 para 6 boyeros y 2 borriqueros, que igualmente lo comieron con la gente en el cortijo todos los días. Ambos empleados, que también trabajaban por temporadas, como ganaderos que eran podían consumir sus raciones diarias de una de dos maneras, en el cortijo, si el ganado que cuidaban se mantuviera estante, o como cabañería que llevaban consigo cuando el ganado se hubiera desplazado en busca de pastos. Por tanto, el total de raciones de potaje consumidas fue 2.123.
Para formar la cuenta de estos valores, los de los alimentos con los que componía la ración diaria, se mantuvieron en todo el año, desde san Miguel del año anterior hasta igual día del siguiente, estos precios: 54 reales la fanega de trigo, 72 reales la fanega rasa de garbanzos, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre y 6 ¾ la de sal.
Como de la fanega de trigo se obtenían 35 hogazas de pan de a 3 libras, cada libra de pan costó, solo en materia prima, sin tener en cuenta la remuneración del panadero que trabajaba para el cortijo, 0,514 reales. Si se consumieron 2.040 hogazas de a 3 libras, el costo sin transformar de las 6.120 libras resultantes fue de 3.145,68 reales. Dado que las raciones de pan fueron 1.883, alimentar con pan a cada trabajador costó cada día 1,671 reales.
Para elaborar las 2.123 raciones de potaje se consumieron en total 336 cuartillos de garbanzos, 38 cuartas de aceite, 36 cuartas de vinagre y 48 cuartillos de sal. Luego en cada ración fue necesario gastar 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,018 cuarta de aceite, 0,017 cuarta de vinagre y 0,023 cuartillo de sal.
Como la fanega de garbanzos tenía 48 cuartillos, la arroba de aceite 4 cuartas, la arroba de vinagre también 4 cuartas y la arroba de sal 8 cuartillos, los precios que fueron tomados en cuenta para los cálculos contables, una vez reducidos a sus divisores, fueron: el cuartillo de garbanzos, 1,5 reales; la cuarta de aceite, 13; la cuarta de vinagre, 5; y el cuartillo de sal, 0,844 reales. De modo que el costo de cada ingrediente de la ración fue: por el 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,237 reales; por la 0,018 cuarta de aceite, 0,234; por la 0,017 cuarta de vinagre, 0,085; y por el 0,023 cuartillo de sal, 0,019 reales. Sumados, el de cada ración de potaje sería 0,575 reales.
De todo esto resulta que el costo diario de la comida por cada trabajador que recibiera pan y potaje sería 2,246 reales, suma de los 1,671 reales en concepto de pan y el 0,575 de potaje. En los cálculos de los costos totales de cada peonada de esta dómeda hechos por el administrador, que con toda seguridad serían más precisos que los nuestros, porque los suyos tenían ante sí los hechos, la misma cifra da como resultado 2,157 reales. La diferencia, no obstante, se podría adjudicar a las oscilaciones efectivas de los precios, mes a mes, y al redondeo de las cifras en el que nosotros hemos incurrido.
En síntesis, el costo diario del trabajo sería, como mínimo, sin tener en cuenta, los complementos de los especialistas, que tenían un escaso alcance, para las peonadas de barbecho 2,5 + 2,246 = 4,746 reales, y para las de arada sembrando 3 + 2,246 = 5,246 reales.
El costo del salario es siempre relativo. Con estos números sería poco juicioso sostener que era caro o que era barato. Sin más medios que los que hemos puesto sobre la mesa, no tendríamos modo de aseverar una cosa o la contraria. Para resolver con afirmaciones tan comprometidas sería necesario analizar la composición de la renta de quien debe hacer frente a este gasto, no tanto en la parte que analizara cada uno de los conceptos de compra cuanto en el tamaño del ingreso y la rentabilidad de las inversiones, algo que queda muy lejos de las posibilidades de esta discreta observación de hechos simples. Nuestro análisis solo es capaz para poner al descubierto algo sobre lo que aun así nos parece conveniente llamar la atención, convencidos de que una reflexión consecuente tal vez conduzca a incluir en el juicio de la economía de fines de la época moderna criterios que quizás puedan ahorrar mucho del tiempo que tantas veces hay que emplear en conjeturas y especulaciones.
El costo del trabajo, con aquella manera de componer el salario, la más elemental de las que remuneraban su venta a quienes estaban interesados en la actividad agropecuaria, era exigente. No bastaba con liquidar una cantidad de tiempo con una cantidad de dinero. Era necesario además, si no garantizarlo, dejar lo suficientemente acotado el margen del mínimo de supervivencia como para que no se convirtiera en un obstáculo; el que, cuando se franqueaba en la dirección descendente, ponía en peligro la posibilidad de contar con la energía humana necesaria. Si es cierto que cargar sobre el salario la alimentación de los trabajadores provenía de cierta responsabilidad adquirida por los demandantes de trabajo ajeno en tiempos precedentes, es algo que tampoco podemos resolver en los límites de este ensayo. Pero al menos nos permite tener la certeza de que quienes trabajaran por días podían estar cerca de asegurarse la subsistencia, siquiera durante las los horas inmediatas de las jornadas que consiguieran trabajar.
Sin embargo, a la eficacia de esta manera de satisfacer el salario se le oponía su fuerte dependencia de los precios del trigo, los garbanzos, el aceite, el vinagre y la sal, los cinco bienes que decidían su costo. Sus valores estaban sujetos a oscilaciones que podemos ponderar tomando en cuenta la composición cada ración diaria.
Como cada libra de pan equivale a 0,460 kilo, cada cuartillo de garbanzos a 1,156 litros, la cuarta de aceite a 3,141 litros, la de vinagre también a 3,141 litros y un cuartillo de sal a 1,438 kilos, si aceptamos la equivalencia entre litro y kilo (lo que admitiría discusión, más por el alcance los pesos específicos de cada uno de los productos que por el alcance comercial del criterio) podríamos afirmar que por cada unidad de pan se utilizaban 2,513 de garbanzos, 6,828 de aceite, otras 6,828 de vinagre y 3,126 de sal, cifras que expresarían el valor ponderal de cada ingrediente si de todos se utilizara en cada ración la respectiva unidad.
Pero como el valor proporcional de cada ingrediente en cada ración no era su unidad, sino una cantidad que ya hemos calculado durante el análisis de su composición, el valor relativo de cada precio se podría expresar con los siguientes números: 3,24 para el pan, 0,397 para los garbanzos, 0,123 para el aceite, 0,116 para el vinagre y 0,072 para la sal, que reducidos a sus correspondientes valores ponderales serían 82, 10, 3, 3 y 2.
La conclusión es evidente. El precio del trabajo cargaba sobre el precio del grano. La remuneración en dinero, apenas conocía alteraciones nominales. Había medios suficientes para conseguirlo. Para calcular con qué dinero se pagarían los jornales, los que trabajaban acordaban el precio con sus contratantes conforme al que pagaran otros. Unos elegían determinadas autoridades, como el colegio de los jesuitas, otros tomaban como referencia a dos labradores de la misma población y otros admitían las condiciones a las que se atuvieran otros tres del mismo lugar, quizás porque, si pagaran cantidades distintas, podrían atenerse al valor central. Pero fueran los referentes uno, dos o tres, cuando se actuaba de aquella manera se reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo y el monopsonio que imponían en el mercado de trabajo, como indican las limitadas cifras. Durante décadas, con aquel procedimiento, los labradores consiguieron que la denominación en moneda corriente de los jornales se mantuviera estable, cuando no invariable.
En cuanto a la alimentación de los trabajadores, cualquier ingrediente es irrelevante en comparación con el pan. Las oscilaciones de sus respectivos precios, por muy violentas que fueran, apenas tendrían repercusión sobre el costo del trabajo. Incluso en términos absolutos, la alimentación estaba descargada sobre el suministro diario de masas de hidratos de carbono, la fuente de la energía humana. Lo que de verdad podía hacer cambiar el precio del trabajo era el valor del grano panificable. Cualquier incremento, era incremento de los costos del trabajo; cualquier caída, disminución.
Al hacer estas afirmaciones, tal vez parezca que caemos en los brazos de la escuela de Mánchester, e incluso que el mismísimo Richard Cobden nos hubiera recibido con un abrazo. No estamos seguros que sea una desgracia esta afectuosa manera de concluir. Pero hay una diferencia entre sus planteamientos y lo que enseña el análisis contable. No es la capacidad adquisitiva del asalariado, y su relación con los hábitos alimenticios, la que carga con la responsabilidad salarial que tiene el precio del grano, sino directamente el modo de satisfacer el trabajo que mantenían los labradores.
La agricultura de los cereales a fines de la época moderna estaría permanentemente amenazada por una trampa. Cualquier incremento de los precios del cereal satisfacía las expectativas de renta que tenía creadas aquel orden. Pero esto, tal como acabamos de comprobar, podía encarecer su producción. Encontrar el equilibrio no era fácil. Habría que ingeniar mecanismos que descomprimieran la tensión que aquellas fuerzas divergentes creaban. La salida al exterior del grano en busca del precio óptimo, compleja, que costó organizar, y no siempre con éxito, de haberla conocido sería saludada por Cobden. Otro, más seguro, fue trasladar una parte de la responsabilidad en la creación del producto a pequeñas explotaciones, bajo control de las de mayor tamaño, que podían regular tanto el volumen deseado para la cosecha, y evitar el hundimiento de los precios, como el consumo interno, liberador de una masa equivalente apta para la posible salida al exterior. No sabemos si esta manera de atajar el problema alcanzó el rigor de las más estoicas, pero desde luego terminó con la inmolación consciente de quienes se aferraron a ser campesinos.
La cantidad de trabajo
Publicado: marzo 3, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
La energía aportada a la tierra, que se realizaba como trabajo, conseguía refractar, en beneficio de quienes decidían obtener cereales, la conexión secreta que unía la capacidad productiva del suelo y los agentes atmosféricos. Con mucha diferencia, su cultivo era el que demandaba mayores masas de energía. La proporcionaban los hombres y los animales que habían sido seleccionados con este fin, en cantidades tales que necesitaban contratarlas por lotes.
Para la agronomía arbitrista, el recurso al trabajo humano proporcionado por personas ajenas a las grandes explotaciones tenía como consecuencia que las faenas no se hicieran bien, que se ejecutaran de manera tumultuaria, forzada y con atropello. Pero debía reconocer que los operarios mercenarios son muy necesarios, que sin ellos a los labradores al menos les sería imposible hacer sus sementeras y recoger sus frutos.
Por suerte, la cantidad de trabajo que necesitaba una explotación tanto se podía invertir en unidades de energía humana como en unidades animales. En algunos lugares, para calcular los costos energéticos del trabajo agrícola, estaba aceptada la siguiente equivalencia entre ambas. Un día de trabajo de un par de animales, fuera con arado o con carro, conducidos por su dueño, equivalían a cuatro jornadas de trabajo de un hombre. Probablemente no sea un cálculo demasiado acertado, ni mucho menos aplicable a cualquier lugar. Pero da una idea de la distancia que había entre una y otra capacidad energética, así como del alcance que tenía la energía animal; también de las posibilidades del intercambio entre las dos clases de energía que la prudencia pudiera aconsejar. La ampliación de la cabaña de labor tendría que ser al mismo tiempo disminución de trabajo humano y viceversa. Es verdad que algunas técnicas podían imponer límites a la aplicación de las respectivas energías, así como que había faenas en las que la energía animal podía ser desplazada por el trabajo humano, si era necesario. Para las parcelas de pequeñas dimensiones, donde el trabajo con el arado podía ser sustituido por el azadón, era una posibilidad que podía reducir notablemente los costos aunque incrementara el trabajo humano. Y no era del todo paradójico que para las grandes explotaciones, las que consumían las grandes masas de energía, disponer en lugares próximos de aquellas modestas unidades de producción, si tuvieran ganado de trabajo, no era una competencia; antes, un útil complemento para llegar por la vía más económica a la energía animal que en aquellas sustituyera a la humana.
Las cantidades de trabajo humano que comparaban las grandes explotaciones se fragmentaban en unidades de tiempo que los acuerdos entre partes regulaban. No se sabe que se hicieran por horas, y sí por días, semanas y temporadas.
La jornada laboral estaba naturalmente limitada por el día solar. Aunque su duración a su vez variaba con las estaciones, algo más que una evidencia si se tiene en cuenta la sucesión de los trabajos a lo largo del año, parece que se había consolidado como una cantidad de tiempo. Cuando se trataba de dedicarse a arar, según decían en la época, las jornadas eran largas. Pero las destinadas a las otras actividades no tendrían una duración muy distinta, y no hay indicios de su modificación real a lo largo de toda la época moderna. Una misma duración de la jornada de trabajo en la empresa agrícola, que tenía previsto que las horas de ida y vuelta al trabajo fueran computadas como parte de ella, regiría en todo el continente desde la edad media. Empezaba a la salida del sol y terminaba a las doce de la mañana, cuando el sol alcanza el cénit, el momento de mayor emisión de calor. En la región, están documentados esta medida de la jornada y el cómputo a favor de la suma del tiempo empleado en los desplazamientos. El trabajo de la siega positivamente se regía por esta duración. Que los segadores o jornaleros vayan de ante noche o de tal madrugada a los segadores que estén allí, para que en señalando que se viene el alba, comiencen a segar, y que sieguen hasta que sea visto ser mediodía, dicen unas ordenanzas de la primera mitad del siglo décimo sexto. Tal vez parezca inapropiada esta medida del día laborable, tanto más cuanto que se ha naturalizado la idea de que la expresión de sol a sol, cuando va referida a su duración, debe interpretarse referida a los crepúsculos y no al tramo que va del alba al cénit. No parece que tuviera aquel sentido durante la época moderna. En cualquier caso, si la unidad mínima de compraventa del trabajo era el día, que la jornada durase más o menos solo tendría consecuencias para la cantidad de energía empleada pero no para referir la unidad de renta percibida.
El número de días de trabajo por semana en la empresa agrícola podía oscilar entre cuatro y seis, y cualquiera que fuese el tamaño de la semana laboral, cuando llegaba la recolección se trabajaba al menos un día más. Así se acusaría en primer lugar la innovación que inducían las estaciones al ciclo de los trabajos. Hay quienes además creen que para una completa evaluación de los días de trabajo, cuando se trataba del trabajo agrícola, habría que incluir no solo los días destinados a faenas en el campo sino también los reservados a todas las actividades domésticas que invertía la unidad familiar con él relacionado, como la trilla de invierno o el hilado, tan característico del trabajo femenino rural.
Pero cualquiera que fuese el cómputo, el volumen del trabajo requerido oscilaba a lo largo del año, irregularidad que es posible precisar para 1750 a partir de algunos casos. Una labor, que aquel año tenía de ciento cincuenta y seis a ciento sesenta y ocho fanegas de barbechos, más los rastrojos que resultaran de la campaña en curso, en el momento en que su responsable describió su explotación mantenía durante todo el año como sirvientes ocho hombres. Pero añadió que si hubiera más o menos faena variaría el número de sus sirvientes. Otra, que aquel 1750 estaba organizada en un cortijo que tenía quinientas fanegas, mantenía en total cuarenta y dos sirvientes, aunque necesitaría más cuando llegara el momento de segar, poner era y otras faenas que su amo no especificó.
Un labrador que tenía un cortijo, en el que además criaba ganado, decía que la oscilación del número de sus empleados dependía de que las faenas del cortijo aumentaran o disminuyeran. Decidían la oportunidad de las estaciones y las condiciones de las montaneras, cuando conducían y vigilaban la estancia del ganado de cerda en las dehesas, para cebarlo con bellotas, y otros pastoríos, como sacar los ganados todos los días a pastar, lo que en aquel momento necesitaban.
Una cuarta explotación estaba organizada sobre dos cortijos, con cuyos espacios en total su promotor aquel año había creado una labor de setecientas fanegas de puño, de las cuales cuatrocientas estaban sembradas de trigo y trescientas de cebada. Para uno de ellos, cuya labor a lo largo del año necesitaba la sementera, la escarda, los barbechos y la siega, mantenía hasta setenta y cinco personas entre ganaderos, temporiles y escardadores. Entre los estables, con seguridad, estaban el aperador, el guarda, el yegüero y el rabadán. De temporiles, en el momento en que declara, por lo menos tenía veintisiete. El resto del personal, cuarenta y ocho personas, eran los trabajadores temporales episódicos de aquel momento, sobre cuya permanencia en el trabajo su responsable nada podía asegurar.
Quien tenía un par de cortijos, tres haciendas y once manadas de ganado lanar necesitaba personal para poner en marcha los treinta arados reveceros con los que sostenía toda su labor, más los ganaderos que correspondían a las once manadas de ovino. Destinados como ganaderos, casero, guardas y otros sirvientes de su labor tenía cincuenta y cinco hombres. Pero advirtió que los trabajadores que empleaba aumentaban y disminuían según los tiempos, tal como fueran llegando la escarda, la sementera o el parto de los ganados.
Las mayores diferencias de volumen del trabajo no eran, sin embargo, solo estacionales, sino que derivaban además del tipo de explotación. Para mantener cualquiera, el trabajo personal necesario, en lo esencial, era el mismo. Pero en las empresas de menor tamaño la energía humana modificaba su valor relativo. Cuando las tierras eran de peor calidad, algo frecuente en este rango de las explotaciones, exigían más cantidad de trabajo, si se deseaba obtener la misma cantidad de producto. Si una explotación estaba dispersa en varias parcelas, lo que igualmente era más probable cuando se trataba de empresas modestas, una vez sobrepasado cierto grado, estimable en función de la cantidad de tiempo que consumían los desplazamientos, necesitaba trabajo ajeno. La cantidad de trabajo humano invertido en ellas, se contratara o no el trabajo de otro, estaba modificada por el tamaño de la familia y su contribución a los rendimientos de la empresa.
Las explotaciones menores, por sí mismas, no eran incompatibles con el empleo de personal para que las trabajara, incluso todas las condiciones mencionadas lo facilitaban. Sabemos positivamente de algunas explotaciones menores en las que en 1750 se empleaba personal estable. En una su aplicación no está aclarada por la fuente. Se trataba de un labrador que además tenía un cortijo. Había preparado para la siguiente campaña cincuenta aranzadas para las que tenía que mantener dos personas durante el año. En otra, se especifica que se trataba de personal para atender al ganado de labor. La viuda que tenía en arrendamiento una explotación menor de tierra calma de setenta y dos fanegas, para la guarda de los bueyes y demás ganado de labor suyo propio mantenía anualmente un conocedor, un boyero, dos vaqueros y un yegüerizo, que en total sumaban cinco sirvientes.
En una explotación dispersa de treinta y tres aranzadas de trigo y cuarenta y nueve de cebada, una labor que estaba cerca de la modalidad intermedia o de tránsito entre las de mayor cuantía y la pequeña explotación, se necesitaban por una parte un casero, un zagal y tres gañanes. Eso significa que su promotor había separado el trabajo estable de vigilancia del que se hacía con el arado. El primero se puede considerar a todos los efectos permanente o fijo y el segundo, que se aplicaba a la siembra y al barbecho, estacional o temporal. De los gastos de siega y era, a los que alude, no es posible deducir si empleaba o no personal para estas faenas.
Un hortelano, que en su huerta tenía una sementera de cincuenta y cuatro fanegas, tenía que emplear segadores para recolectarlas. El número probable de segadores se puede estimar en cuatro. El dueño de una pequeña explotación en más de seis sitios, aunque dentro del mismo término, debía emplear personal. Otro empleaba personal para el servicio de la pequeña explotación con los mismos criterios que en los cortijos, separando con claridad entre el trabajo fijo y el temporal.
Un hombre que tenía diecinueve aranzadas y media en tres parcelas tenía que mantener un sirviente, probablemente durante todo el año, y otro hay que considerarlo desde todo punto de vista extraordinario. Acostumbraba sembrar una pequeña parcela, que aquel 1750 tenía sembradas diez fanegas de trigo, y que además de su salario recibía de sus amos -los padres del convento de San Jerónimo- cuarenta fanegas de trigo en grano como pegujal, todavía por su cuenta estaba echando todos los años una manada de carneros para el abasto de la capital, para cuyo cuidado necesitaba emplear ganaderos. Por tanto, recurrir al trabajo ajeno en las explotaciones menores era una excepción que puede justificarse por un anómalo crecimiento o por la dispersión de la fórmula.
Si nos restringimos a las explotaciones mínimas, son muy pocas las referencias que los textos hacen al empleo de personal en ellas. Es muy raro que recurran al trabajo ajeno. No obstante, tampoco en este caso faltan algunas situaciones que, como siempre, obligan a admitir que ninguna de estas modalidades de iniciativa económica ha de ser concebida con rigidez. En los casos en que son más claras se trata de explotaciones que forman parte de una labor en la que también, simultáneamente, se mantiene la misma actividad. Como con más frecuencia está relacionado con el cuidado del ganado de labor, parece que lo que se busca es suplir la carencia de esta energía en la explotación que la necesita.
El empleo que se hacía del trabajo ajeno en aquel rango del espacio explotado quedaba muy lejos por tanto del que se hacía en los cortijos. Aparte las funciones de dirección y responsabilidad universal, no había característica que como el consumo de trabajo humano marcara con tanta claridad la frontera entre las grandes explotaciones y las pequeñas. Desde este punto de vista se abre el mayor abismo entre estas, entendidas en el sentido estricto de explotaciones autónomas o independientes, y el cortijo, la unidad de producción sobre la que se sostiene la parte sustantiva de las empresas dedicadas a la producción de cereales. Mientras que los cortijos no podían prescindir del trabajo ajeno, las explotaciones de dimensión menor pocas veces recurrían a él, lo que tal vez proporcione el mejor índice de la relevancia de estas otras modalidades de empresas de cereal.
Pero, cualquiera que fuera el tamaño de la explotación o el grado o la modalidad de la dependencia del trabajo ajeno, es indudable que una consecuencia directa de la situación que se estaba viviendo en 1750 sería la caída de la oferta de trabajo, efecto inmediato de la caída de la actividad en el campo. Primero, el retraso de las lluvias a principios del otoño impediría que fuera requerido el trabajo de quienes obtuvieran su renta empleándose en la siembra. Más adelante, durante los llamados meses de invierno, que eran de seis a siete, cuando se realizaban los barbechos y la escarda, la necesidad de trabajo se hundiría. Aquel año las tareas de la invernada no se emprenderían en buena parte de las grandes explotaciones.
Hay datos positivos que confirman que efectivamente los trabajos de invierno no se emprendieron a consecuencia de la retracción que se había desencadenado. Un hombre que llevaba dos cortijos, que en total sumaban una labor de setecientas fanegas, por lo que se refería a los barbechos y demás tierras que tendría que sembrar confesó que no podía hacer los barbechos que regularmente hacía, como le había sucedido a los demás labradores, por la imposibilidad del ganado, lo que hay que interpretar como falta de hierbas con que alimentarlo. Otro, que mantenía una labor en tres cortijos en el año en curso, se expresó en términos casi idénticos.
Aquella situación, sobre todo a través del barbecho, pudo modificar la organización del trabajo y los medios de los que dispusieran las explotaciones, de manera que la crisis llegara a convertirse en inductora de importantes modificaciones técnicas. Con nuestras fuentes se puede documentar un recurso que se proponía hacer frente a la adversidad productiva que originaba la falta de lluvias. En un cortijo el 31 de marzo de 1750 se constató que su ama había mandado mantener una reserva de trigo en grano con la intención de sembrarlo, porque la sementera que se había hecho estaba seca. El recurso, inducido por la sequía, consistiría en requerir tierras ya sembradas con otra sementera tardía o de ciclo corto. La solución no tenía nada de extemporánea. Según otro testimonio, esta vez de 1735, un año que fue tan complicado como 1750, como en marzo era regular que se acometieran las labores de preparación de las tierras que se iban a sembrar al año siguiente, se aprovechó para la que podemos denominar segunda siembra o siembra extra. Y de los plazos para la devolución de los préstamos a los pósitos, ya en la segunda mitad del siglo décimo octavo, se deduce que estas las labores asociadas al barbecho algunos años se concentraban en los meses de abril y mayo.
Serían las faenas que habitualmente ocupaban a los trabajadores asalariados episódicos, los que comúnmente eran conocidos con los nombres de braceros y jornaleros, que eran la mayor parte de la población que trabajaba por cuenta ajena en la agricultura de los cereales, las que verían seriamente limitadas sus posibilidades. Sus protagonistas quedarían expuestos al riesgo de quedar sin trabajo no solo durante la invernada. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña, había preocupación por los braceros. La razón que señalan quienes así se manifiestan es que habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos, porque la seca que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo impedía toda clase de actividades.
Dado que la producción se hundió, la recolección asimismo se vería muy limitada. Hay testimonios, ya de septiembre, que confirman que efectivamente la demanda de trabajo relacionada con aquella actividad había caído. Probablemente este era el mayor problema, desde el punto de vista del consumo de trabajo, y desde luego su efecto expansivo sobre las rentas se multiplicaría.
El contraste entre el consumo de trabajo regular y el de la recolección era muy grande. Sin que fuera necesario contar con crisis alguna, convivían en el ciclo anual una escasa demanda de trabajo con una circunstancial demanda gigantesca. De la escasa demanda regular son buena prueba las explicaciones del labrador que en 1750 sostenía su labor con veinte yuntas reveceras. Había decidido explotar mil fanegas de tierra reunidas en un cortijo que mantenía a tres hojas, una para sementera, otra para el cultivo y preparación de la sementera del año siguiente y la tercera de descanso. De las trescientas treinta y tres fanegas que para la sementera necesitaba cada año, doscientas eran para trigo y ciento treinta y tres para cebada. Empleaba como sirvientes de la labor cada año, desde la sementera hasta la recolección en la era, un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno para la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, y diez gañanes, que trabajan en el arado. La demanda regular de mano de obra dejaba a un lado el trabajo agrícola episódico, más aún si, como en este caso, el espacio dedicado al cultivo se mantenía constante. Aquel amo con solo quince sirvientes mantenía en estado latente mil unidades de superficie.
No se debe pues confundir la alta demanda de trabajo concentrada en una época del año, con la demanda efectiva de trabajo. El tiempo neto que se dedicaba a todo el trabajo de los cereales estaba muy descompensado. Observadores contemporáneos estimaron que una persona distribuía el trabajo en la empresa de cereal de cada ciclo del siguiente modo: arado y siembra, doce días; cosecha, veintiocho; siega de los cultivos secundarios, veinticuatro; trilla, ciento treinta; otras actividades, doce. Total, doscientos seis días de trabajo por año. Aunque no esté declarada la superficie a la que era necesario destinar este esfuerzo, es posible generalizar calculando proporciones: arado y siembra, seis por ciento de todo el tiempo de trabajo; cosecha, trece; siega de los cultivos secundarios, doce; trilla, sesenta y tres; otras actividades, seis. La distancia entre las necesidades de trabajo para la sementera y para la siega sería enorme. Según estos cálculos, consumía casi dos tercios de todo el tiempo. En términos complementarios, algunos han calculado cifras más moderadas, y explican que en años de crisis del producto agrícola la contracción de la oferta de trabajo podía afectar a un tercio de las jornadas de cosecha y trilla.
La diferencia se puede medir de otro modo. Mientras que una yunta de caballos solo necesitaba un gañán para sembrar el cereal de otoño de unas quince hectáreas, un buen segador apenas conseguía segar unas veinte áreas en un día. La relación que había entre el trabajo que necesitaba la siembra y el que necesitaba la siega era la que hay entre cuatro y trescientos: por cada cuatro unidades de trabajo que se emplearan en la siembra, en la siega serían necesarias trescientas. Jean Meuvret llamó la atención sobre este abismo en unos términos aún más precisos: había una gran desproporción entre el poco personal habitualmente necesario, gracias al concurso de la energía del ganado de labor para las faenas y el desplazamiento de cualquier clase, y las enormes cantidades de trabajo que eran necesarias para la siega y la trilla, faenas para las que la energía animal apenas contaba.
Otros cálculos son aún más demoledores. Estiman que todo el trabajo humano (con arado común, rastrillo, hoz y mayal) que requería una hectárea (aproximadamente algo menos dos fanegas cortas) durante un ciclo completo era ciento cuarenta y cuatro horas, ¡que es lo mismo que seis días o menos de veinte jornadas laborales! Cultivar por ejemplo cinco fanegas, según este cálculo, solo exigiría el trabajo de cincuenta días netos como máximo. Eran cientos las explotaciones –al menos tres cuartas partes, según una estimación moderada– las que cada año estaban comprendidas en el rango inferior de los tamaños, el que quedaba por debajo de las cinco fanegas de superficie. Por tanto, quien cultivara aquella superficie tipo aún dispondría de más de trescientos días de energía durante cada ciclo, para que pudiera aplicarlos al destino que prefiriera. Mientras tanto, cuando comenzaba el siglo décimo octavo, en el continente, en cualquiera de las otras ramas de actividad, se trabajaban, según algunas estimaciones, unos ciento ochenta días al año; mientras que otras, tal vez más fiables gracias a la condición fiscal de sus fuentes, estiman que ascendían a doscientos. Cualquiera que fuese la actividad o el tipo de relación que la proporcionaba, las cantidades de energía humana que necesitaba el cultivo de los cereales, medidas en las unidades de tiempo básicas, las jornadas; que por tanto permitían estimar el tamaño del trabajo en sentido restringido, eran escandalosamente bajas.
La enorme masa de trabajo liberada por el cultivo de los cereales, si era campesino quien la creaba, podía consumirla en su modesta explotación, y por incremento del trabajo aumentar su rendimiento. También, cuando en la explotación, porque por el sistema de cultivos decidido así sucediera, la podía emplear en cuidados a distintas plantas, de modo que los intervalos sin actividad se fueran reduciendo. Es posible que los medios de trabajo disponibles no pudieran responder satisfactoriamente a un ritmo creciente de actividad. Mas inevitablemente el esfuerzo llegaría al límite tras el cual cada inversión de trabajo, sujeta a los límites técnicos decididos, no sería incremento de la productividad de la tierra. Alcanzado, su mejor opción, si deseaba seguir consumiendo su energía para acumular renta, sería invertirla en otra actividad; o quizás en otra parcela, mejor si era contigua, en relación con la cual su trabajo podía ser subsidiario, tanto más cuanto mayor fuera la otra explotación.
De todo el trabajo humano, el asalariado episódico era solo una parte -y probablemente no la mayor- del trabajo ajeno que necesitaba la agricultura de los cereales, a su vez una fracción sin duda menor de la energía que consumía. Más aún. De todo el trabajo, el humano, aunque fuera el decisivo, era la parte menor. Sin embargo, el asalariado episódico se convirtió, a partir de abril de 1750, en el primer motivo de preocupación durante la crisis, el que concentró las iniciativas políticas en materia laboral.
El tiempo de un año
Publicado: febrero 17, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
El administrador las primeras lluvias que registró en su diario fueron las del 9 de octubre. En la madrugada había llovido regular. Pero el agua que había caído no le pareció bastante para remediar la necesidad que en aquel momento, a su juicio, tenían los campos, máxime cuando tampoco la lluvia había sido general. No obstante, al día siguiente dio orden para que salieran los mulos con cinco gañanes para el primer cortijo de la casa, centro de su labor, y empezaran la arada. Desde allí irían a la mañana siguiente a sembrar el vicio en otra de las explotaciones que sostenía, por si Dios quisiera enviar temprano el agua.
El 11 de octubre los trabajadores a su servicio efectivamente sembraron cebada para vicio con la tierra seca, por si Dios quería enviar las lluvias. Esperaba que pudiera nacer pronto y tuviera el despunte temprano, como lo necesitaban todas las ganaderías. Pero el 14 la tierra seguía seca, sin haberse otoñado como necesitaba, porque no había llovido lo bastante para que pudiera declararse la otoñada, lo que tampoco impidió que al día siguiente, 15, sábado, se empezara a sembrar el grano en el cortijo, para no dejarlo de la mano hasta acabar, si el tiempo no lo impedía. El grano se tapa bien -añadió- porque todo tiene, cuando menos, un hierro de cohecho, dado con las tierras flojas, tal como se pusieron con las tormentas de agosto y septiembre, o como lo han estado este año generalmente. Pero, aun así, se lamentaba. Corremos la suerte de todos los años malos o de temporales contrarios, como están viniendo desgraciadamente. Pero no podemos suspender la siembra del grano, ya que ha llegado el tiempo natural para los trabajos, toda vez que hay necesidad de contar con días determinados para hacerlos, por la gente, los ganados, que también están malos, y los temporales que puedan venir, siempre extremosos, según venimos experimentándolos hace años. Dios sobre todas nuestras cosas, y su santísima madre y nuestra señora nos guíe por sus caminos, para que seamos buenos labradores y mejores cristianos. Aquel día, todavía convino con el aperador que sería mejor sembrar primero la cebada y la escaña, para seguir luego con el trigo en los baldíos de uno de los cortijos que explotaba la labor de la casa y en las tierras endebles de la hoja elegida para aquella campaña, dejando las de cuerpo para sembrarlas las últimas, por si mientras tanto lloviera.
El 17 siguieron sembrando en las tierras barbechadas que estaban completamente secas, con el tiempo caloroso, como de verano, y el 20 estuvieron desarando la tierra que habían sembrado el día anterior. El administrador quiso especificar que la tierra seca no permitía que con el primer hierro se tapara bien el trigo, a pesar de los cohechos y de haber estado la tez tierna durante la sementera. Así que para romperla a una profundidad que permitiera que se tapara bien el trigo era necesario desarar un día lo que se araba el anterior.
El 21 uno de los empleados de la casa fue con una yunta de mulos desde el cortijo hasta la población, donde la administración tenía su despacho, el centro donde se tomaban las decisiones, para al día siguiente ir a la hacienda que el amo también explotaba, al otro lado del término. Pretendía arar allí la huerta y melgar los olivares trocados, si la tierra lo permitía. Mientras tanto, los demás estuvieron sembrando en el cortijo, con la tierra seca, y entre el 22 y el 24 continuaron el mismo trabajo bajo las mismas condiciones, lo que hizo que el administrador otra vez se lamentara, ahora en términos aún más dramáticos. Dios no quiere enviarnos la lluvia, y esto es ya una ruina para los campos.
El 26 consignó que la seca tan tenaz nos pierde enteramente, mientras los hombres bajo sus órdenes seguían sembrando con la tierra averanada. Al día siguiente, 27, seguían sembrando en las mismas condiciones. El tiempo se mantenía seco y caluroso de día, causando la ruina de los campos, ganados, etcétera, aunque va sintiéndose el frío de noche.
El 28, mientras seguían sembrando con la tierra seca y soportando grandes solaneras, reconoció que se había abierto un segundo frente de complicaciones, las consecuencias que la falta de lluvias estaba teniendo para el ganado. En el vacuno que pastaba en un par de dehesas ajenas a la casa se había detectado mal de pezuña. Al día siguiente, el conocedor comunicó que en la dehesa de la casa habían nacido durante la semana dos becerros, uno macho y otro hembra, los primeros de la temporada, endeblitos, como sus madres, porque el tiempo no podía serles más contrario. Le pareció dudoso que los recién nacidos vivieran. Llevamos dos años de pésimas otoñadas y de peores primaveras para las ganaderías, añadió el administrador.
El 2 de noviembre los mulos de la casa llevaron a la dehesa diez sacas de tornas buenas, aprovechando la abundancia que de ellas hacían los bueyes en la sementera. El propósito del trasiego, que era atender a los muchos animales necesitados que allí había, aunque por supuesto no se había terminado la paja del acopio, se hacía en vista de la calamidad terrible que sufrimos en los campos con la sequía sin término que Dios nuestro señor nos ha enviado, sin duda para castigar nuestra soberbia e incredulidad contagiosas. Los ganados todos amenazan una ruina completa por su endeblez, que la traen desde el mal otoño pasado, y el mal de pezuña se padece en todo el término, a la peor ocasión que podía presentarse con la falta de comida, etc., etc. Dios nuestro señor venga en todo, rogó. Y ordenó que por el momento siguieran los mulos llevando tornas diariamente a razón de diez sacas.
Durante los días 3 y 4 de noviembre siguieron sembrando trigo con la tierra seca, y el 5, aun con la tierra seca, los paleros empezaron a alumbrar las zanjas para desagüe en las tierras sembradas en el cortijo. El 6 el conocedor llevó la temida mala noticia. Se había presentado el mal de pezuña en dos vacas de la dehesa propia. Es cuanto le hacía falta a los ganados palmareños en un año de tan malísima otoñada, sin tener comida verde ninguna en las dehesas, hallándose amenazados de muerte por el hambre hace días.
Nada de esto impidió que el 7 acabaran de sembrar trigo en seco en una haza, lo que al administrador le permitió hacer un primer balance de la faena. Todo lo que se ha sembrado hasta ahora ha sido con la tierra seca y en fuerza de no poderse dejar de hacer los trabajos del campo cuando llega su día, pero a la mayor ventura y con perjuicio grande del simiente que va quedando en la tierra, sin saberse cuándo podrá nacer, ni el que dejarán los bichos para que nazca. Dios sobre todo. En el cortijo central de la casa hemos tenido el bien, en medio de tanto mal, que la tierra ha podido ararse regular para tapar la simiente, lo cual no han podido hacerlo en otros terrenos duros y averanados.
El 8 estuvieron desarando la última haza que se había sembrado, y con aquella operación dieron por concluida la siembra del trigo por el momento, hasta que la tierra pudiera ararse en uno de los cuartos y en otra haza, que no se habían podido sembrar por lo dura que estaba la tierra.
Al día siguiente empezaron a barbechar, con la tierra seca, aunque no tanto que no pudiera trabajarse, y el 10 siguieron barbechando en las mismas condiciones. La lluvia había amenazado, como el día anterior, pero no acabó de llover según necesitaba el campo desde hacía días. El 11 siguieron barbechando, asimismo con la tierra seca, porque lo que ha llovido no es para remediar tan grande necesidad, a pesar de lo cual los paleros seguían alumbrando desagües, y el 12 siguieron arando de barbecho con la tierra seca como antes, desgraciadamente.
Pero el 13 amaneció lloviendo, lo que reanimó las esperanzas perdidas, porque para entonces la seca ya se creía calamitosa. Sin embargo, en poco tiempo se retrajeron las nubes, lo que dejó la misma impresión de necesidad.
El 14 siguieron barbechando con la tierra seca, como antes, y el 15, que amaneció nublado, por fin al mediodía las nubes empezaron a descargar. Siguió lloviendo durante toda la tarde y las primeras horas de la noche. Pareció que la necesidad de los campos al menos quedaría socorrida con el favor de Dios y con la cantidad de lluvia que se había recogido durante la jornada. Era las primeras precipitaciones formales de aquel otoño. La tierra había calado regular, aunque los arados llegaban a lo seco. Le pareció bastante para sembrar las habas, por no esperar otra sazón que no sabemos si vendrá a tiempo.
Aquel mismo día el conocedor mandó la noticia de que la piara de vacas de la dehesa de la casa se hallaba en muy mal estado, con el mal de pezuña en toda su fuerza, y la falta de comida en el campo y la endeblez de los animales, que no querían la paja que se les echaba. El práctico del ganado que trabajaba para la casa, que hacía las veces de veterinario, le había dicho que no había remedio posible para los animales cerreros, y que la lluvia había venido a empeorar el estado de los que en aquel momento padecían la mala enfermedad. Dios ponga su mano sobre tantos males, invocó una vez más el administrador.
El 17 noviembre llegaron al cortijo cuatro yuntas de mulos para sembrar los picos de terreno donde no podía entrar el apero de los bueyes sin perder tiempo. Querían aprovechar la lluvia caída un par de días antes y acabar la sementera. A mediodía empezó a llover de nuevo, con señales de temporal fuerte, pero prevaleció la conciencia de la situación contradictoria que se estaba viviendo. Dios ponga su mano en los ganados todos, que están amenazando una ruina espantosa, si el temporal se arraiga, como las señales lo indican.
Al día siguiente el tiempo se portó de manera apropiada, como de otoño, lloviendo y haciendo sol a ratos, pero sin impedir las faenas del campo, gracias a Dios. Pero el 19, según el conocedor, en la dehesa el mal de pezuña amenazaba con un desastre. Se había ensañado en toda la piara de un modo lamentable, y sin remedio posible para evitarlo. La lluvia, el frío y el cambio de la estación que todos deseábamos ha venido para estas vacas en lo peor del mal, cuando la calentura la tienen en su fuerte, y sin poder comer nada, con la boca y hasta el pulmón hecho una llaga viva. Dios venga en todo.
El 20 el tiempo seguía lluvioso, pero sin entorpecer el trabajo ni en la tierra campa ni en los olivares, gracias a lo cual el 23 quedó concluida la siembra del trigo con la tierra en buena sazón. El tiempo había mejorado notablemente, gracias a Dios. El trigo sembrado durante la seca va naciendo con buenas disposiciones, y el tiempo sigue lluvioso y caliente, como de una buena otoñada, aunque tardía.
El 25 de nuevo amaneció lloviendo, después de una noche de temporal fuerte. Como en aquellas condiciones no podían seguir arando, se volvieron del cortijo los gañanes, así como los mulos encargados de rematar la siembra. Mas el 28 hizo un día hermoso de sol, aunque sin retirarse las nubes. Los bueyes de la labor estuvieron paciendo en el monte del cortijo, ahora que el camino está bueno, para que no se cansen atascados, como sucede en los temporales de agua.
El 29 fue un día de primavera de lo más completo. Sin embargo, se perdió para la siembra de lo poco que faltaba, con disgusto del administrador, porque los jornaleros estaban holgando desde el 26, cuando se liquidó la última dómeda. Pero el 30 de nuevo salieron las cuatro yuntas de mulos para el cortijo con sus gañanes a sembrar los últimos restos de habas gordas y menudas y de cebada, aprovechando la buena sazón que ha venido en estos días.
El 2 de diciembre el administrador decidió enviar dos jornaleros para contribuir al cuidado del equino y el vacuno enfermos, antes que se vengan los temporales del invierno y tengamos en estos ganados mayores perjuicios. No erró. Las lluvias no volvieron a aparecer hasta el 11 de diciembre. Durante la madrugada llovió bastante, con temporal fuerte, lo que caló bien la tierra. Todavía la necesitaba para que crecieran la hierba, las sementeras y los árboles. La tierra se mantuvo buena para ararla, a pesar de lo que ha llovido anoche.
El 15 quedó detenida la arada de los barbechos que se estaban haciendo a causa de las lluvias, y el 16 seguían holgando los jornaleros del cortijo por esta misma razón. Esta fase de lluvias se prolongaría algunos días más. El 23 y el 24 el tiempo todavía seguía lluvioso, aunque con temporal templado, pero sin poderse arar con sazón, bastante contrario para que pudieran caminar los bueyes; y desde el mediodía del 24, y hasta la primera hora de la noche, llovió con temporal fuerte y tormentas acompañadas de fuertes vendavales, que amenazaban un largo temporal, el primero del año. Creía el administrador que a los campos le no vendría mal porque la tierra estaba sana. Pero los ganados sufrirán muchos perjuicios en el mal estado que se hallan. Dios sobre todo. Desde la hacienda, a donde habían ido para comenzar la arada de los olivares, volvieron a la población los mulos, ganando solo el mediodía de camino, porque las lluvias no le habían permitido arar nada aquel día. Había razones para tanta precisión. Los que araban con los mulos en los olivares se acogían a un procedimiento de remuneración a seco, es decir, sin comida, un acuerdo que incluía como recompensa, al menos en esta casa, el pago del día de huelga por lluvias.
El 25 amaneció bueno, aunque con nubes, a pesar del fuerte temporal que había hecho la noche anterior, y el 26 holgaron también los mulos porque el tiempo seguía lluvioso. Durante la tarde y la noche del 27 volvió a llover con temporal deshecho, y se volvieron o tuvieron que volverse a la población los gañanes sacados aquel día. El 28 temprano, a causa de las copiosas lluvias que habían caído la noche anterior, se volvieron del cortijo los jornaleros sacados el día anterior. La tierra quedaba entorpecida para unos días.
El 29 estuvo claro y bueno, aunque frío, lo que permitió que se oreara el campo y la tierra. Por esta razón, porque estaba la tierra buena para ararla, se acordó sacar al día siguiente otra vez a los jornaleros. El 31, aprovechando que estaban la tierra y el tiempo buenos, salió el arriero de los mulos con cuatro gañanes a continuar las aradas en la hacienda.
El 1 de enero el administrador anotó que desde el día anterior estaba lloviendo sin parar, aunque templadamente, por lo que se habían tenido que suspender las aradas. Se han reunido a holgar los gañanes del cortijo por causa de las lluvias. Mañana se hará huelga. También los jornaleros estuvieron holgando, y a mediodía, a causa de las lluvias llegaron a la población los mulos que estaban arando en la hacienda.
El 3 el tiempo seguía entorpecido con las lluvias, y todos los trabajadores estaban en la población. Creía probable que los gañanes no volvieran a salir hasta que pasara la Pascua de Reyes. De todos modos, el 4 de enero no se hubiera podido arar porque la tierra estaba mojada, y el 6 de enero, el día de la Pascua de Reyes, aún siguieron holgando los gañanes del cortijo a causa de las lluvias. Aunque la tierra se podía arar bien, esta vez los habían detenido en la población las elecciones; a propósito de las cuales la casa no se ha entendido con ellos para nada, se apresuró a anotar el administrador el día 3. Pero los trabajos debieron reanudarse alguno de los días inmediatos, ya que el 9 no se siguió sembrando los yeros porque el día había estado lluvioso.
A partir de aquel momento, cuando los trabajos de la siembra ya estaban casi terminados, la preocupación del administrador por el tiempo comenzó a relajarse. Hasta el 20 enero no volvió a hacer alguna anotación sobre el asunto, y solo para decir que el día estaba crudo y frío y con nubes, y que el 21 los rastros no trabajaron a causa de las nubes y de los chamuscos que habían caído el día anterior por la tarde y durante la noche precedente.
En realidad, a partir del 27 sus anotaciones volvieron a concentrarse en las lluvias. Pero su actitud estaba cambiando de signo. En la noche de aquel día se habían formalizado, aunque cayendo templadamente, como el campo las necesitaba, pero en cantidad suficiente para impedir que se siguiera arando y haciendo trabajos de tierra por el momento. El 28 continuó lloviendo, aunque templadamente. Primero se volvieron a la población los jornaleros del cortijo porque no se podía seguir arando, y en la tarde dos carretas de la casa que habían ido a la capital el día 24. De sus bueyes dijo que llevaban un día malísimo con las lluvias y el barro del camino.
El 29 aún se hizo huelga por las lluvias, y los mulos llevaron desde el cortijo a la dehesa once sacas de paja tornas para las malucadas. Era inevitable el viaje porque con el temporal que se había presentado no tenían paja ninguna en la dehesa. Como estaba lloviendo, iban dos hombres con el arriero por temor de los caminos, y a pesar de ir tres con las once sacas, se habían dejado una en el trayecto porque, según el arriero, no pudieron cargarla entre los tres porque iban cortados de frío y calados con las lluvias. Parece que el mulo se cayó en un mal paso, sin poder evitar la pérdida. Además, la dómeda fue interrumpida antes del día de la Candelaria, tal como era costumbre, a causa de las lluvias.
Ahora el balance de aquellos temporales no era desalentador. El 30 fue el administrador al cortijo a revisar la sementera y este fue su diagnóstico. Aunque chiquita toda ella, no puede estar más sana ni mejor dispuesta. Le ha venido esta lluvia perfectamente bien. Dios le eche su santa bendición y será una cosecha notable, según podemos calcular hasta el día presente.
El 1 de febrero los gañanes del cortijo continuaron holgando a causa de las lluvias, y el 3 seguían en la población porque no dejaba de llover diariamente y la tierra tenía mucha agua, lo que impedía las aradas tanto en la labor como en los olivares. El 4 amaneció lloviendo. La gente siguió toda en la población por causa de las lluvias. Si no son fuertes, como no cesan, mantienen las tierras mojadas para no poder trabajarlas. Las mulas, aunque tenían preparado desde el día anterior un viaje de habas para seguir moliéndolas, habían llevado cuatro viajes de estiércol desde la casa de campo al otro olivar de la casa, que compartía sus tierras con las viñas. Lo habían descargado en la era y los padrones porque se atollaba el terreno del olivar arado.
El día 5 había estado regular, aunque sin retirarse del todo las nubes, por lo que el 7 se pensó sacar la gente, que estaba parada desde el 28 de enero, para seguir arando en el cortijo. Pero estaba lloviendo desde el amanecer. Quedaban otra vez los trabajos de tierra entorpecidos por unos días, y los jornaleros en la población pasando necesidades que no tienen número. Por estar lloviendo, otra vez los mulos habían dejado enjardado en el granero el viaje de habas para molerlas.
El 9 dejó constancia de que tanto el día anterior como este habían llevado los bueyes del cortijo al monte, reacción a la necesidad de tenerlos parados hace días con el motivo de las lluvias. Aunque los bueyes tengan poco que comer en el monte, les basta con aquel desahogo y la huella seca para ganar mucho y economizar la paja.
El 10 volvió a llover desde el amanecer, aunque poco, pero entorpeciendo la tierra para no poder ararla por el momento. Los jornaleros del cortijo, dispuestos para salir aquel día, otra vez se quedaron en la población pasando necesidades. El día 7 sucedió lo mismo que hoy, la salida de estos entorpecida por las lluvias, anotó retrospectivamente a modo de reflexión. Volvieron los mulos a dejar enjardado el viaje de habas a la espera del buen tiempo.
El 11 salieron los gañanes para el cortijo, a instancias del aperador, su responsable directo. Había previsto emplearlos en recortar estiércol. Pero desde el mediodía llovió más que durante los días anteriores, causando a la labor el extravío consiguiente. De nada sirve recortar estiércol para empezar a llover desde luego, objetó en su diario el administrador. Como las lluvias sigan, no podremos moler más habas mientras no abone.
El 12 hizo un día de lluvias fuertes desde el amanecer. Dejó el campo lleno de agua y entorpecidos todos los trabajos por unos días. Los jornaleros sacados el día anterior, con tan mal acierto, en opinión del administrador, estuvieron recortando estiércol, según el aperador, a pesar de tanto llover. Los bueyes continuaron subiendo de día al monte, y la presa del cortijo aquel día acabó de llenarse de agua, por primera vez desde la limpieza que se le había hecho a fines del verano precedente, por San Miguel. Los mulos, que tenían previsto hacer cuatro viajes de estiércol, solo habían llevado tres a la estacada del olivar por las lluvias. Si el temporal de lluvias que hoy tenemos presente continúa, sufriremos grandes pérdidas en todas las ganaderías, que se están sosteniendo milagrosamente, extenuadas de flacas.
El 13 hizo otro día regular, lo que no se esperaba, sin llover nada, y con tiempo suave y apacible. Para el campo el tiempo resultó buenísimo, aunque los trabajos se entorpecieran y las ganaderías sufrieran mucho por su endeblez y la falta de alimento anticipado. En el cortijo seguían recortando estiércol los jornaleros, más bien por socorrerlos en la presente calamidad que por la necesidad de hacer este trabajo. Pronosticaba el administrador que probablemente el recortado se acabaría antes de que la tierra se pusiera buena para poder ararla, y habría que despedir a los jornaleros si no se habilitaban ocupaciones que, como esta, cedan en provecho de los pobres, y en bien del amo para con Dios, que le agradecerá la buena obra.
El 15 no llovió nada, aunque las nubes no se habían retirado, lo que fue facilitando los trabajos del campo. Pero el 16 volvió a llover con aguaceros fuertes, aunque salió el sol a ratos. La lluvia una vez más había entorpecido los trabajos de la tierra y había aumentado la angustia de los jornaleros y escardadores del cortijo. Habían tenido que volverse a la población y harían huelga al día siguiente, seis días inútiles de dómeda de trabajo desde el día 11.
Tal como estaba previsto, el 17 estuvieron holgando los jornaleros, pero sin liquidar cuentas, porque no corría prisa, visto el estado del tiempo. El 19 amaneció lloviendo. De nuevo se detuvo la salida de los gañanes y los escardadores al cortijo, que estaba dispuesta para aquel día. Se prolongó así la necesidad de los pobres y el atraso de los trabajos de la labor. Los bueyes siguieron yendo de día al monte, y otra vez quedó enjardado el viaje de habas que iban a llevar los mulos al molino, hasta el día siguiente, por si no llovía. El 20 estuvo regular, de sol claro, y tampoco pudieron salir los gañanes ni los escardadores del cortijo como consecuencia de las lluvias caídas el día anterior. Se decidió que salieran al día siguiente, incluso si el tiempo seguía lo mismo. Sin embargo, el 21 salieron los gañanes y los escardadores con el día bueno, aunque la tierra húmeda. Los primeros empezaron a arar de tercer hierro, y los escardadores a hacer su trabajo en uno de los cuartillos. Dios conserve el tiempo bonancible por buenos días, como lo necesita el campo, rogó el administrador, que aquel día de nuevo estuvo revisando la sementera, la reserva de agua de la labor y el ganado. Encontré los trigos buenos todos, y la cebada, buenísima, gracias a Dios. La presa está completamente llena de agua clara y hermosa, en cantidad enorme, que parece más bien que presa un lago. Los ganados están regulares, aunque necesitan hierba o verde.
Cuando ya todo parecía orientarse en la mejor dirección, el 23 volvieron las nubes y las señales de lluvias otra vez a visitarnos, causándonos el disgusto consiguiente. Dios nos libre de tanto perjuicio y trastornos como nos cercan en todos conceptos. Pareció inevitable que el 24 amaneciera lloviendo y se volvieran del cortijo los mulos, así como los gañanes de los bueyes. No podían seguir arando. También se suspendió el trabajo de la escarda por el momento. El administrador, por la tarde, fue al cortijo para evaluar parte de la sementera y el estado de la tierra, por si puede la gente salir pronto, y no hay que liquidar cuentas. Si al día siguiente hiciera bueno, volverían a sacarse los gañanes y las escardadoras, sin hacer huelga para tan pocos días de dómeda. Pero si llovía, habría que pagarles. Los mulos estaban parados por las lluvias, y los bueyes no habían podido ir al monte porque estaba el camino intransitable con los atolladeros. Una piara de ovejas fue llevada el día anterior a las tierras de la labor con la esperanza de comerse la hierba de los barbechos que se estaban arando. Aquel día andaban en los bancales de las laderas de las tierras del cortijo. Su pastor realmente había ido a buscar en las tierras de la labor comida para los borregos. No se sabe qué hacer con las lluvias. Todo será inútil si sigue lloviendo.
El 25 volvió a llover con temporal deshecho. Se disiparon las nubes a ratos, después de dejar la tierra anegada. Pero los campos seguían buenos con el tiempo húmedo y caliente que les hacía, aunque fastidiara los trabajos. El administrador pagó a los trabajadores del cortijo las peonadas que habían hecho esta dómeda, cortada por las lluvias como la anterior.
El 27 otra vez llovió mucho, particularmente en los olivares. Reconocía el administrador que por esta causa continúa la angustia de los trabajadores, aunque para el campo venga bien todavía, gracias a Dios, un desliz consecuencia de un descuido sintáctico. Porque no es posible creer que el administrador de la casa pensara que la angustia de los trabajadores le viniera bien al campo gracias a Dios. Y el 28 volvió a llover y continuaron parados los jornaleros, que saldrían al día siguiente si se presentara despejado de nubes, porque en las tierras de la labor había llovido menos que en los olivares y se había oreado la tierra desde media mañana en adelante.
El 1 de marzo amaneció con el día de sol claro y bueno, gracias a Dios, y salieron los gañanes para el cortijo y las escardadoras. Todo se hizo con el principal objeto de remediar la necesidad de los braceros, que ya es calamitosa, además del atraso que llevaban los trabajos en un mes que estaba lloviendo, sin hacerse nada bueno en el campo. Pero el 2 el tiempo volvió a removerse como para llover de nuevo, que es cuanto nos hace falta para los trabajos y trabajadores, glosó, otra vez descuidadamente, el administrador. En la madrugada del 3 efectivamente llovió, aumentándose la calamidad de los braceros, que ya se hace insoportable. El campo gracias a Dios se sostiene sano y bueno, lo mismo en la labor que en los olivares. Temprano se volvieron a la población los mulos, por no poder arar en el cortijo. Pero se habían quedado allí los gañanes, con los de los bueyes, escardando en los altos de las laderas donde la tierra estaba regular. Aún padecían las ganaderías por la endeblez que traían de antiguo.
El 4 de marzo el administrador estuvo otra vez en el cortijo viendo la sementera, que al parecer no estaba lastimada todavía por las lluvias, a pesar de haber sido continuas y de haber bastante agua acumulada sobre la tierra en los llanos y en los bajos gredosos, y el 5 otra vez se volvieron los jornaleros y escardadoras del cortijo a causa de las lluvias. El administrador decidió que se haría huelga pagándoles mañana domingo, y el 7 pagó a los jornaleros del cortijo las peonadas que habían hecho en aquella dómeda, una vez más cortada por las lluvias. Habían barbechado y escardado sin que dejara de llover.
El 8 de marzo salieron a trabajar las escardadoras con el día regular, por la prisa que corría la escarda, pero los jornaleros gañanes no salieron todavía, hasta que se asegurara más el tiempo. El 9 amaneció lloviendo, con gran disgusto de todos, porque a los perjuicios que debía causar en los campos el agua excesiva le seguían los insufribles de los trabajos malísimos que se hacían. Siendo precisos, como la escarda y las aradas, dejaban de hacerse, y la calamidad de los pobres trabajadores y sus agregados ya es insoportable. Dios Nuestro Señor tenga misericordia de nosotros. Dispuesto todo para sacar los jornaleros del cortijo y las escardadoras, fue necesario desistir otra vez, dejándolos en la población. Mas, aunque el día estuvo de lluvias, como era día de hato no se pudo dejar de salir con los caballos, que fueron acompañados con los zagales de yeguas.
El 11 de marzo volvieron a salir jornaleros para escardar trigo con el tiempo regular, hasta ver si se oreaba más la tierra para poder ararla, aunque había señales de volver a llover pronto. Sin embargo, el 14 continuaba el tiempo bueno y la tierra regular, aunque todavía con bastante humedad. Parecía que por fin terminaba el ciclo del invierno, y así debía pensarlo el administrador, quien el 16 estuvo en los cortijos de la labor dando una vuelta a la sementera ya con el tiempo sereno, gracias a Dios.
El 21 siguió el tiempo bueno, con el sol claro, aunque corrió un viento solano fuerte, que arrebataría pronto la tez de la tierra, endureciéndola, si continuara algunos días más. Las flores de los habales y frutales sufrirían perjuicio con este viento. A pesar de lo cual valía más el viento que las lluvias para el campo y los trabajos pendientes. Dios sobre todo.
El 22, tal como había previsto, la tierra se iba poniendo áspera con el viento solano, que corría hacía dos o tres días, y la hierba, escasa todavía, sufría también perjuicio. Aquel tiempo aconsejaría que el 25 se dispusiera el herradero de los becerros para el día siguiente, sábado, antes de que vinieran más las calores y perjudicaran a los animales con las heridas que causaba el hierro.
El paréntesis de estabilidad al comienzo de la primavera modificó otra vez el valor que se le daba a las lluvias. El 8 de abril amaneció lloviendo gracias a Dios. La lluvia fue escasa, aunque siguió nublado. Si viene en abundancia remediará la gran necesidad de los campos para las hierbas y semillas, y a buenísimo tiempo para todo. Los bueyes en el cortijo estaban comiendo paja y grano por la escasez absoluta de hierba, y en las dehesas aún estaban pasando hambre los ganados, poco menos que en el invierno. Hasta la población no había podido llevarse hierba buena para los caballos. La que gastaban las bestias de la casa de campo era basta y endeble. Además, las escardadoras y los escardadores habían perdido la peonada porque llovía a la hora de su salida.
El 9 quedó constancia de que la lluvia del día anterior no había sido cosa para mojar la tierra, que continuaba la necesidad de jugos para los campos, y solo algunos días después, el 13, el administrador ya invocó el temporal de seca, que arreciaba más cada día, y sostuvo que la escasez de comida para las ganaderías grandes se iba haciendo imponente, tanto más temible cuanto que recaía sobre la gran miseria que habían sufrido los animales en todo el otoño e invierno precedentes. Dios solamente podrá sacarnos de tanto apuro y necesidad.
El 14 de abril el tiempo seguía seco y ruinoso para la hierba y los ganados, que se arruinarán si Dios no los remedia. En este año de gracia no salimos de una para entrar en otra calamidad, todas temibles, sentenció, y el 16 el tiempo seguía seco y contrario para la hierba. En la tarde del 17, día de huelga, el administrador volvió al cortijo para una de sus inspecciones. Estuvo viendo el campo y los potros, los ruchos, los bueyes y las burras, que estaban todos a hierba. Habían perdido mucho con las solaneras tan perjudiciales que estaban corriendo.
El 19 el tiempo seguía seco y aún corrían vientos solanos sumamente dañinos para los campos. Se iba secando todo en agraz y enflaqueciendo los ganados, cuando deberían reponerse para todo el año. Dios nos remedie tantas necesidades y males como sobrevienen en esta época de ruinas. Pero a las siete y media de la mañana del 20 empezó a llover templadamente, cuando menos se esperaba, aunque lo deseábamos todos, como el ciego la vista. Dios nuestro señor quiera enviarla en cantidad bastante para remediar los campos tan necesitados. Estuvo lloviendo hasta mediodía, y por la tarde estuvo nublado. Antes de empezar a llover habían salido para el cortijo los jornaleros destinados a escardar las hierbas, los garbanzos y algunos restos de trigo; para ayudar a los ganaderos en la feria y suplir a los que fueran; y para arar en los barbechos cuando lloviera, lo cual había sucedido, sin esperarlo la noche precedente, antes de reunirse los jornaleros en el cortijo. Se habían ocupado, el primer día de dómeda, en recortar el estiércol que faltaba. Probablemente tendrían que volverse los mulos a la población y salir las piaras de los manchones de hierba donde en aquel momento se hallaban, para no enterrarla cuando tanta falta hacía. Veremos lo que dispone el tiempo.
El 25 hicieron calor y viento solano, tan fuertes y tan dañinos para el campo, en lugar de la lluvia deseada, y el 26 continuaba el solano y los calores fuertes dañando el campo extraordinariamente. El 27 de nuevo hizo mucho calor, contratiempo de seca tan grande que sufrimos, aunque el 28 la sementera, a pesar del temporal de seca tan contrario que había corrido, no tenía daño. Seguían los trigos en su mayor parte buenos, aunque por momentos necesitaban las lluvias.
Por la tarde del 29 de abril ha querido Dios que llueva con tormentas. Se remedió en parte la gran necesidad de los campos aunque se ignoraba todavía los puntos del término donde había descargado. Dios quiera que la lluvia sea general y en cantidad bastante para sacarnos de apuros con trigos y hierbas, aunque tan mal lo merezcamos. Pero el balance del tiempo durante el mes de abril, que el administrador hizo casi un mes después, no era positivo. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día.
El 4 de mayo llovió con tormentas en las tierras de la labor, pero sin entorpecerlas para ararlas, y el 5 se supo que en una hacienda el ganado se había mojado durante la tarde anterior con la tormenta que había caído. El 6 el administrador celebró que no cayera en el cortijo ni por sus alrededores, donde había llovido poco, como para no entorpecer la arada, la tormenta de granizos que había descargado por los olivares. El 7 suspendieron la esquila y la siega de las habas a causa de las lluvias con tormentas. También en esta ocasión había llovido poco en el cortijo, donde tampoco habían caído granizos, gracias a Dios.
Cuando estaba terminando el mes, el 24, estuvo el administrador en los tres cortijos de la labor revisando los trigos y el rastrojo de la cebada que estaban segando. El trigo estaba ya casi para segarlo, principalmente en uno de ellos, con el grano regular. Pero, en lo que tenía visto, las espigas generalmente eran cortas y con pocas órdenes. De donde infiero que los trigos acudirán poco en simientes si la granazón no acaba muy perfectamente, de lo cual tampoco hay las mejores señales hasta la fecha. El 26 de nuevo estuvo en dos de los tres cortijos viendo la sementera, que iba granando medianamente, y a los segadores de la cebada, que continuaban segándola. Corroboró sus ideas de un par de días antes. La cebada estaba todo lo mala que cabía, lo mismo de paja que de grano. Está espesa como un linar, y además le faltó la primavera.
A partir de aquí, una vez que tuvo la cosecha a la vista, la atención que el administrador prestaba al tiempo decayó hasta extinguirse. Hay que esperar hasta el 19 de junio para encontrar otra referencia, de pasada, al tiempo, a propósito del cual invocó una vez más la sequedad que traían consigo los solanos recientes. El 20, ya con tono de balance, el administrador afirmó que el año había sido estéril de aguas como ninguno, sin que conste que se sintiera obligado a dar una explicación por un comentario tan sorprendente.
Era ya 14 de agosto cuando volvió a hacer referencia al tiempo. Aquel día, un viaje con unas sacas de paja, previsto para la tarde, no se pudo cargar por causa del viento fuerte que había hecho. El ciclo de su preocupación por las lluvias, las que habían sido su objeto de atención preferente, lo reanudó solo tres días después. El 17 de agosto, durante la noche, había llovido bastante como para causar mucho daño en el campo, y principalmente en los ganados. El poco pasto que tenían en las tierras campas quedaba desvirtuado. De seguido tendremos que dar paja a los bueyes en las pesebreras, y grano por consiguiente. Los ganados en piara, que tanto necesitan una buena otoñada para salir del mal estado en que se hallan, han empezado a sufrir este contratiempo, uno de los peores para ellos aun en los buenos años. Dios sobre todo.
El 19 volvió a llover de tormentas con gran daño para el campo, principalmente en el pasto que comían los ganados, dejándolo sin sustancia, aparte el que enterraban con las patas. En el coto de las tierras de monte anexas a la labor había llovido más que por el cortijo central de la casa. Sin embargo, el 21 el conocedor, que había ido a llevar un becerro perniquebrado, probó la tierra del cercado de la dehesa, y dijo que estaba buena para ararla con dos hierros de cohecho. Al hablar así estaba pensando que se sacaría algún fruto a la mala lluvia que había caído, beneficiando aquella tierra para el vicio, para la que saldrían al día siguiente los mulos con sus aperos.
El 5 de septiembre se había empezado a moler habas en una tahona para dejar este trabajo hecho antes de que lloviera, el 18 no pudieron cargar paja los mulos porque había corrido vendaval como de tiempo revuelto y el 19 volvió a llover de tormenta regular en la población y por los olivares. El 22 amaneció lloviznando, sin poder cargar paja los mulos como estaba previsto, y el 29 volvió a llover con tormentas que descargaron algo más en la parte alta del cortijo, hacia su monte, pero en cantidad corta para lo que la tierra en aquel momento necesitaba. El tiempo seguía fresco, pero sin declararse la otoñada como hacía falta.
Los responsables de los trabajos
Publicado: enero 6, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
Aunque la sucesión de los trabajos agrícolas limitaba la especialización y, en consecuencia, su productividad, el trabajo humano que necesitaba acumular el producto de los cereales, a consecuencia tanto del orden decidido como de su calendario daba origen a cierta división.
Quien personificaba la labor, y hasta le daba su nombre, se reservaba la parte estratégica del trabajo, que era la capacidad para decidir. Se le llamaba comúnmente labrador, si bien asimismo era frecuente que se le conociera como amo y como señor. Al optar por un orden para los cultivos, además de iniciar con su decisión el ciclo de los trabajos, inducía y dirigía todos los demás, aunque quizás su responsabilidad directa no fuera mucha. Según un observador contemporáneo, era habitual que los labradores solo fueran al cortijo para andar detrás de los aperos por diversión.
Tal vez por eso era necesario que hubiera quien tomara como ocupación permanente el gobierno económico de los trabajos y los supervisara. Su responsable fue conocido como administrador, con quien se relacionaba el encargado de dirigir la explotación sobre el terreno, primero de los empleados de una casa en su parte estrictamente rural que al mismo tiempo podía ser el responsable de contratar la mano de obra necesaria. Con esta función las fuentes citan el mayordomo de campo, el aperador y los capataces. Una de ellas, con una intención que no puede ocultar, afirma, refiriéndose a estos empleados, que la labor estaba delegada en hombres mercenarios. Lo cierto es que el aperador, la figura más común de todas las mencionadas, asistía continuamente a los trabajos en el campo.
Las responsabilidades estables del cortijo no eran muchas. La función básica era la guarda de la casería, núcleo de la anémica población rural que originaba esta agricultura, para la que podía ser necesaria ayuda, más aún porque podía hacerse extensiva a toda la explotación de manera indiferenciada. De esta clase se citan el casero o ayudador, el mozo de casero y el guarda del cortijo y su zagal, todos los cuales, tal como estaba organizado el trabajo de los ciclos, eran residentes episódicos, transeúntes en el grado más bajo. Sirva como ejemplo de la escasa necesidad de personal residente en aquellas poblaciones que el 31 de marzo de 1750 un casero era la única persona que había en un cortijo. Tal estado de aquellas mínimas poblaciones no era extraordinario. Como este, se podrían citar otros casos.
Aparte quienes cargaban con la custodia de las labores, los inmigrantes que residían durante más tiempo en los cortijos eran sus ganaderos. Mucho trabajo continuo requería cualquier clase de ganado que se mantuviera en ellos. El más importante era la atención al vacuno de labor, algo común a la mayoría. Durante todo el año necesitaba, por un lado, la conservación, guarda y guía de los bueyes, y por otro apacentarlos, lo que requería a su vez ayuda. A todo esto había que sumar la dirección de todos los que participaban en el cuidado de ganado tan estratégico. Pero como el equino también podía hacer estos trabajos, en este apartado asimismo entraba el cuidado de las yeguas, y si además el cortijo tenía dehesa para mantener todo el ganado de labor, también necesitaba quien la vigilara.
Los ganaderos que se citan como responsables de todas estas actividades son el conocedor o mayoral, el boyero, que alguna vez puede cumplir con el trabajo mixto de boyero y vaquero, el vaquero y su zagal, el guarda del ganado de labor y su zagal, el pensador o mozo que le daba los piensos y el yegüerizo, que en parte al menos también se justificaría por la necesidad de mantener la sección hembra del equino de fuerza. El trabajo de los zagales, tal vez porque fuera el más barato, podía llegar a ser muy especializado cuando se trataba de emplearlo en el cuidado del ganado de labor. De este tipo de adolescentes se citan los destinados a la guarda de los ejemplares cerriles: becerros, caballos y mulos sin domar. Finalmente, otra función relacionada con el ganado de trabajo era el manejo de las bestias de carga ocupadas en cualquier clase de tráfico que necesitara la gran explotación. Los bueyes, además de en la labranza, se utilizaban como medio de transporte, al menos dentro de ella, lo que hacía necesario guiarlos uncidos al carro. El arriero, que se ocuparía de la conducción del ganado mular, también se limitaría a las necesidades de transporte interior. Aunque a veces se contrataba a un borriquero, de edad indeterminada, los zagales igualmente eran preferidos para la atención al ganado asnal. Los empleaban en su cuidado y en la conducción de las provisiones de víveres y lo demás que hiciera falta al cortijo.
Pero, si además del ganado de labor en la gran explotación se mantenía otro ganado, era necesario guardar, guiar y apacentar cualquiera que fuese. Los documentos de 1750 citan a este propósito, en un extremo del trabajo ganadero especializado, el cuidado de las yeguas destinadas a la cría caballar selecta; en el otro, el de los puercos, a cuyo frente estaban el porquero o el ganadero de ganado de cerda. Igualmente podían necesitar atenciones las cabras, cuyo responsable era el cabrero, aunque un zagal, que tenía entre catorce y quince años, era suficiente para conducir una piara de cabras. Pero, sobre todo, las ovejas, que necesitaban un buen número de pastores que trabajaban bajo la autoridad del rabadán. El guarda del ganado en general y el guarda de la dehesa se limitarían a la vigilancia de toda la cabaña y del área de pastos reservada de la explotación.
Las tareas de temporada no originaban muchos trabajos especializados. En los casos para los que disponemos de información directa, parece que el sembrador era único por explotación. Como empleados para la siembra, además se mencionan los gañanes, trabajadores que manejaban el arado. Sin embargo, sería durante los barbechos cuando serían empleados en masa, aunque no deja de ser sorprendente que las faenas específicas de aquella prolongada fase de la actividad en los cortijos en las fuentes no sean identificadas con trabajador alguno. Algo similar ocurre cuando mencionan los empleados en la escarda. A lo sumo, en alguna ocasión, a los escardadores se los identifica como gente que trae arrancando.
Solo en los agostos se emplean tres especialistas distintos: los segadores, que manejan la hoz, los gavilleros y la gente de era, que bien usa el mayal bien recurre a que el ganado pise la mies, como es habitual en las grandes explotaciones. Es una costumbre documentada que entonces además se recurra, porque es necesario disponer de grandes cantidades de trabajo, a los llamados manijeros, ocupación exclusivamente ligada a esa circunstancia. Durante los trabajos de los agostos encarnarían el grado más alto de especialización y el más transitorio de los estados. Su actividad consistía en organizar cuadrillas de trabajadores, con el propósito de contabilizar su tiempo de trabajo y evaluar, con la toda la exactitud que les fuera posible, el gasto que originaban, que ellos mismos liquidaban a tan esforzados acreedores. Los aguadores, que también contribuían con su trabajo a los agostos, solían ser niños.
El resto de funciones que pudieran ser precisas carecía de especialización. Para referirse a ellas las fuentes, una vez más personificando, emplean las voces de jornalero, bracero y peón del campo. Los reducidos a esta condición serían los responsables de suministrar las masas de trabajo que se necesitaran para las tareas temporales indiferenciadas.
En las explotaciones de menor tamaño la división del trabajo apenas tuvo oportunidades. Algunas necesitaban servirse de ayuda durante todo el año, y otras, tratándose de los trabajos temporales, contratan por separado los de siega y los de era. Solo tenemos constancia de una en la que fuera necesario mantener personificadas, y durante todo el año, las funciones relacionadas con la atención al ganado de labor. Se trataba de guardar los bueyes y demás ganado de fuerza propio de quien la promovía. Para mantener otra, en este caso dispersa, que también se aproximaba a la economía de los campesinos, se enuncian como necesarias las funciones de cuidado de la casa en la que está centrada la explotación, la ayuda a esta función y sobre todo el trabajo de labranza, que no se discrimina del temporal.
En el caso de las del tamaño inferior es aún más común la afirmación en el sentido contrario a la división de las tareas. Un maestro herrador, que tenía preparadas para sembrar seis fanegas de tierra, mantenía su explotación sin dividir o compartir trabajo alguno, y un maestro cirujano, con plaza de sangrador en el hospital de la Sangre -afortunadamente- cuando en 1748 sembró una pequeña parcela con trigo y cebada lo hizo también sin dividir o compartir tarea alguna.
Pero no es mucho más lo que a este respecto se puede decir. Aunque sí se puede afirmar con seguridad, porque en ello insisten las fuentes, que los responsables de las explotaciones menores en ningún caso se hacían ayudar por sus mujeres e hijos.
El calendario de los trabajos
Publicado: diciembre 31, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
Las actividades que el sistema para el cultivo de los cereales tenía previstas eran sembrar, barbechar, escardar y recolectar. Para cualquiera de ellas, a mediados del siglo décimo octavo se actuaba con una conciencia cuya versión escrita es posible rescatar en parte. Como a todas las describían ateniéndose al calendario, las llamaban faenas de por tiempos o faenas del año. La duración de cada una era variable, aunque las ordenanzas de los municipios, vigentes en sus términos, por cualquiera de los medios señoriales podían obligar a que cada trabajo agrícola se realizara por cantidades de tiempo limitadas.
En algunos lugares los trabajos del año agrícola empezaban dando con el arado dos labores abiertas y superficiales, que con sentido proverbial también llamaban rejas; en otros, más, tres o cuatro, para desmenuzar la tierra antes de sembrarla. A veces las confundían con lo que abiertamente llamaban cohecho, un nombre demasiado comprometido que cedía ante una justa expresión sinónima, alzar los barbechos, modo de hablar que recordaba que en el origen de la aptitud de las tierras para recibir la semilla estaba la roturación de las segadas al final de la campaña precedente. Cualquiera de los cohechos, quedara o no al descubierto, consistía en pasar sobre el espacio barbechado, llegado el otoño, la última reja, justo antes de proceder a la siembra.
Esta se hacía dentro de unos límites cronológicos a los que sin embargo se ajustaban con flexibilidad los trabajos imprescindibles. El trimestre comprendido entre octubre y diciembre era el adecuado para que prevalecieran, además del trigo, la cebada, el centeno y las habas. En cuanto a su comienzo, invocando la experiencia, unos pensaban que sembrar cuanto antes, una vez llegado el otoño, proporcionaría una cosecha mayor; otros, más rigurosos, prescribían que el mes de noviembre era el más a propósito, tanto para completar la siembra como para hacer las labores que necesitara, mientras que también había quienes creían que a primeros de diciembre aún se estaba a tiempo de consumar la siembra.
Además, todavía circulaba con naturalidad la idea de que era preferible sembrar en luna nueva, bajo la certeza de que así la simiente germinaría antes. Para cumplir con este precepto, el tiempo de la ejecución tenía que ser el comprendido entre la luna nueva de septiembre y la de noviembre, un ajuste tan exigente que a él solo podrían restringirse quienes sembraran una cantidad de tierra modesta.
Más allá de viejas creencias, asociadas a cualquiera de los calendarios, solar o lunar, que se remontaban a más de dos milenios, el mejor tiempo para las faenas de la siembra, según dictaban los guardianes de la ortodoxia del sistema, era cuando el suelo estaba seco o, mejor aún, ligeramente húmedo. El idóneo quedaba al alcance en cuanto cayera la primera agua del otoño, momento a partir del cual ya no sería posible retrasarla; de lo contrario, el arado no se deslizaría bien y el gasto en fuerza se multiplicaría innecesariamente.
En las grandes explotaciones, que dominaban el sector e impondrían el pensamiento que se codificaba como sistema, no se sembraba todo lo que se preparaba o se preveía. En una, de más de mil unidades de superficie, para el año que empezaría en el otoño de 1750, finalmente se sembraría toda la tierra que el tiempo permitiera. A la vez, había cortijos en los que se había previsto, para la mitad que se sembraba cada año, que cuando llegara la sementera, por lo vicioso de las tierras, sería necesario hacer dos siembras porque su calidad las hacía especialmente aptas para dar fruto. Entre uno y otro límite, cuando las lluvias postergaban las decisiones, las posibilidades tampoco eran tantas.
La campaña de siembra, en las grandes explotaciones, podía prolongarse durante un par de meses, una estimación de su duración más real que la que se hiciera a partir de cualquier especulación sobre lo que cada día se pudiera trabajar; aunque, una vez concluida, en la tierra sembrada en todos los casos sería necesario abrir surcos para desalojar el exceso de agua que pudiera sobrevenir durante la estación posterior al depósito de la simiente y anterior a la germinación.
Al barbecho, que consistía en arar el espacio vacío que cada labrador hubiera seleccionado con el deseo de ponerlo en cultivo durante la campaña siguiente, los labradores solían referirse en plural porque el número de rejas, tanto las necesarias como las posibles, podía ser variable. El número de rejas sobre las tierras barbechadas siempre era discreto y oscilaba de una explotación a otra a causa de los medios de los que cada cual dispusiera. Cada una se iba distinguiendo, a partir de la primera, con una denominación que simplemente indicaba orden. La operación completa, por tanto, al menos comprendería dos labores, alzar y binar, nombres que tradicionalmente recibían los primeros pases de reja sobre la elegida parte de las tierras de cada explotación. Más probable era que el barbecho, tal como algunos lo describen, comprendiera tres de aquellas operaciones, en cuyo caso las denominarían alzar, binar y terciar. A veces, la última, al margen de cuantas le hubieran precedido, porque no siempre tendría que ser la tercera, o incluso la posterior, se asociaba a la siembra del grano, lo que en la práctica la convertiría en cohecho.
Los barbechos podían tomarse todo el tiempo de los seis primeros meses del año, aunque su duración dependía del que se empleaba en la sementera. Pero cualquiera que fuese su duración, cada jornada destinada a arar, a quienes tenían que completarla, les parecía larga porque las labores había que darlas en sazón. Esta manera de identificar la oportunidad incluía un cálculo sobre el peso de las tierras. Una vez que se había terminado la siembra, si las aguas y el frío lo permitían, se alzaban los rastrojos, primera vuelta con las rejas a los restos de la cosecha precedente. Lluvia y frío eran necesarios para que la tierra expuesta a la intemperie se pudriera y el sol, en los meses siguientes, la cociera y penetrara. Las otras dos, tres o más vueltas del barbecho se daban durante el tiempo restante de los primeros seis meses del año, siempre que la tierra no estuviera demasiado húmeda y por tanto con una carga añadida innecesaria.
Especulaban sus involucrados con los límites naturales que marcaban el tiempo idóneo del barbecho. Aunque durante enero en algunos lugares se araban bien las tierras designadas para dar el producto siguiente, en las zonas más templadas era posible removerlas entre febrero y marzo. Desde luego, no todos se decidirían por el mismo calendario, pero con seguridad había poblaciones que preferían que una de las fases del barbecho al menos fuera completada ya durante el último mes del primer trimestre del año.
Además de la insistente arada, durante el primer semestre, al tiempo que pasaban una y otra vez las rejas por la tierra huera, que solo con el tiempo, cuando fuera favorable, sería fecundada, se sembraban las semillas tremesinas, entre las que podía estar el trigo de ciclo corto, si las circunstancias lo impusieran, los yeros, los alcaceles o cebada que era segada mientras aún estuviera verde, la cebada que se dejaba crecer hasta que estuviera madura y los garbanzos.
La escarda era una faena imprescindible, tanto más cuanto más coincidían ciertas condiciones atmosféricas. En lugares o tiempos húmedos y fríos, espontáneamente nacían plantas, tales como cardos y otras especies silvestres, juzgadas tan nocivas que sobre todas caía el anatema de malas hierbas. Aquella amenaza debía eliminarse absolutamente. En torno al cereal naciente toda la vegetación que pudiera competir con él, si se deseaba que prosperase, porque podía mermarlo y hasta asfixiar su crecimiento debía desaparecer.
Regularmente la escarda se hacía al menos durante el mes de marzo. Por tanto, en condiciones normales, también podía acometerse a la vez que alguna de las fases del barbecho. Pero sobre su duración no se podía prever nada fijo. Unas veces había más y otras menos, y en unos años había mucha escarda, y en otros, poca. Donde concurrían las condiciones más adversas de humedad y frío, había años en los que las escardas necesarias podían ser hasta cuatro, un retorno que las convertía en las faenas más costosas y decisivas de todo el año.
El estercolado, que no era universal, también podía compatibilizarse con las faenas que se hicieran entre el invierno y principios de la primavera. Consistía en cortar el estiércol que en la explotación se había acumulado, para después esparcirlo sobre la parcela que se hubiera decidido abonar, siempre una fracción de toda la que se fuera a cultivar, aquella en la que se juzgara que sería más útil invertir un recurso limitado no tanto por la cantidad de excremento de la que se pudiera disponer como por la extensión de las explotaciones. Del resto del abonado se encargaba el ganado estante en la explotación cuando aprovechaba los pastos espontáneos que crecieran en los lugares que luego serían elegidos para el barbecho y la siembra.
La recolección era una faena que en algunos lugares llamaban agostos, mientras que para otros era la cogida. Su entidad era la recompensa al esfuerzo acumulado durante los dos años que consumían todos los trabajos que, según estos cánones, necesitaba cada espacio cultivado. Cuanto más eficaces hubieran sido barbecho y siembra, tanto más se podían complicar los agostos, porque tanto mayor sería el volumen del producto.
Se descomponía en cuatro tareas sucesivas, de las cuales la primera era la siega, que se ejecutaba durante el mes de junio. Consistía en cortar por la caña el cereal ya maduro. Para su ejecución, confiada a los mejores manipuladores de la hoz, se imponía la rapidez, urgidas las explotaciones por los vertiginosos cambios del clima que se sucedían entre fines de la primavera y comienzos del verano. Por eso era necesario disponer al mismo tiempo de importantes masas de trabajo, las más mayores del año.
Según iba progresando la siega, debían hacerse las gavillas o racimos atados de las plantas de cereal ya segadas, con las que se formaban las unidades para el transporte del producto desde la besana, o parcela donde se hubiera cortado, hasta la era, un área de trabajo que tendría que formarse en un trozo de tierra accesible a la explotación y que antes se habría limpiado y comprimido bien, incluso empedrado en algunos casos.
Nada se puede afirmar de modo categórico sobre su localización, si cerca de los caseríos de las unidades de producción o de las poblaciones, aunque por razones de seguridad en la custodia del producto parezca lo regular lo segundo. No obstante, en 1750 había quien confesaba que en el cortijo que llevaba, cuando llegara el momento de segar, le sería necesario poner era. Porque también era costumbre hacer las eras, llegado el verano, en el ejido, un espacio comunal inmediato a las poblaciones; una manera de actuar que no excluía la posibilidad de que se actuara de manera similar en el ejido del cortijo, zona próxima a su caserío, residencia tanto de hombres como de animales, acotada como un corral.
Cualquiera que fuese su localización, allí comenzaban las actividades paralelas a la siega conocidas entonces como trabajos de la era. De ellos el inmediato debía ser trillar. Consistía en extender sobre la superficie preparada el cereal maduro, el producto del trabajo de los segadores, para a continuación fracturar la espiga con el objetivo de que se desprendiera el grano. La separación la aseguraban las pisadas de los animales que en la era trabajaran, el trillo y, en las explotaciones más modestas, el mayal; porque, si el trillo era un instrumento elemental a propósito, aún más lo era el mayal. Junto a la era, por último, el producto de la trilla se aventaba, para separar el grano de los restos de paja que todavía se mezclaran con él.
Los trabajos de la era ocupaban una buena cantidad de tiempo. En condiciones regulares, se prolongaban durante tres meses poco más o menos. En las grandes explotaciones, que aspiraban a determinar el comportamiento de los precios en el mercado de los cereales, se esforzaban por disponer del producto pronto, lo que no impedía que debieran prolongarlos, después de concluida la siega, durante los largos días del verano. La pequeña empresa no tenía inconveniente en acometer los trabajos posteriores a la siega en invierno, en los intervalos de trabajo impuestos por el calendario, siempre que dispusiera de almacenes para su mies.
Los días que no se ocupaban en trabajos directos sobre el cultivo, bien porque fueran intercalares o porque el tiempo lo impidiera, se podían emplear en actividades paralelas; más aún en las casas agropecuarias, empresas complejas que, aunque daban preferencia al cultivo del trigo, acumulaban el de otras especies y el cuidado de los ganados de labor y de cría. Así, arreglar los arados, reparar la vivienda, restaurar y limpiar los establos, levantar cercas, hacer setos de zarzas, cañas o cambrones, valladares, zanjas, desviar arroyos, limpiar el cereal y las semillas, acarrear el grano al molino, acopiar leña, limpiar tinajas, trasegar vino, etcétera. Nada de esto era perentorio y todo podía ser útil.
La crisis del ganado
Publicado: noviembre 19, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica Deja un comentarioRedacción
En 1750 la parálisis agraria no solo tuvo efectos negativos para los granos y las semillas. Las fuentes señalan como otra de sus víctimas al ganado. Su pérdida fue un temor presente al menos desde diciembre, y en él se seguía insistiendo, en términos similares, tres meses después.
Los que prefirieron hablar sobrecogidos, y no con templanza analítica, tendieron a exagerar los efectos de la sequía para las cabañas. Cuando se hacía balance de la crisis, los más proclives al drama afirmaron que todos los ejemplares de cualquier cabaña, por falta de pasto, habían enflaquecido mucho, y que cabezas de todas las especies habían muerto en una proporción considerable. Un corregidor sostuvo que quienes habían sembrado cereales habían perdido totalmente sus ganados, lo que no le impidió añadir que en el momento en el que hablaba, todavía marzo, seguían pereciendo a causa del hambre y la sed.
La hipérbole, y tan enfáticas y ambiguas alusiones a los efectos que para el ganado tuvo la sequía, son demasiado desmedidas como para concederles algún crédito. Los hechos que dejaron por escrito los testigos directos son bastante más moderados. A juzgar por los documentos que redactaron a partir del segundo trimestre del año, cuando se vivió la fase más aguda de la crisis, nunca amenazaron con tan extraordinarias consecuencias.
Cuando llegó la primavera, los dueños de animales de toda clase competían por el aprovechamiento de los pastos disponibles, aunque no parece que su escasez fuera demasiada. Quienes tenían cercadas las tierras que explotaban disponían de pastos en exclusiva, y todos los que emprendían el cultivo de los cereales podían disponer de espacios públicos para mantener su ganado de labor, bien bajo la misma modalidad de dehesa reservada, en este caso separada según el tipo y la dedicación del ganado, bien como tierras abiertas no cultivadas o baldías, que se disfrutaban como espacios comunales.
Aun así, ya entonces pugnaban por cualquier pasto hábil.
A fines de marzo, una vez reconocida una dehesa de yeguas, se llegó a la conclusión de que el pasto que había en ella no servía para alimentarlas.
Mantener una reserva de pastos para las yeguas era doblemente provechoso para los interesados en las actividades del campo. En ellas tenían reservado un par de responsabilidades. Eran el medio de fuerza regular para la trilla, una operación dilatada y laboriosa, no demasiado esforzada pero que demandaba energía durante un buen número de jornadas. Las yeguas también garantizaban una de las inversiones más rentables de las casas agropecuarias, la cría del equino de calidad, porque contaban con el arma de caballería como cliente seguro. Una vez al año, los responsables de la remonta visitaban las cabañas de la región y adquirían los caballos que juzgaban aptos para el servicio.
Dado que el pasto que había en aquella dehesa de yeguas era inútil para criarlas, un cabildo abierto decidió tolerar su aprovechamiento al ganado vacuno local.
El cabildo abierto era una forma extraordinaria de la asamblea de gobierno de las poblaciones, a la que solo se recurría en ocasiones singulares. En tiempos, tal vez fuera la expresión soberana de todos los avecindados de manera regular en una población. Para fines de la época moderna, había evolucionado a una reunión de próceres que buscaba más consenso que objeciones.
Un regidor, miembro de la asamblea ordinaria con plenitud de derechos, después seguido por otros capitulares, decidió oponerse a aquella decisión, que suponía contraria a lo que le parecía justo.
Para resolver el enfrentamiento, recurrieron a la máxima autoridad ejecutiva de la región, quien el 3 de abril tomó una decisión que pretendía ser equitativa. Mientras no lloviera, no se impediría que las vacas de los vecinos comieran la palma de la dehesa de yeguas. Si alguien se opusiera a esta decisión, desde aquel momento quedaba condenado a las costas del recurso interpuesto.
El colegio de los regidores acordó no poner impedimento a que las vacas pastaran en el palmar de la dehesa de yeguas mientras que no lloviera, pero reiteró que en cuanto lloviera las vacas debían ser desalojadas de ella. A los comisarios de la cría y raza de yeguas quedó encomendada la ejecución de aquel acuerdo, que muy pronto requirió las decisiones más comprometidas. Durante la madrugada del 15 de abril llovió.
Los comisarios de las yeguas recordaron al gobierno del municipio que la licencia concedida por el asistente había sido concedida con la condición de que en el momento que lloviera el vacuno saliera. Requirieron de la autoridad que las vacas fueran desalojadas, y la asamblea ordinaria de gobierno de seguida tomó la decisión que le demandaban, e hizo responsables de la ejecución de su acuerdo al alguacil mayor y a cualquiera de los comisarios de las yeguas.
La paja, en la otra vertiente de la alimentación del ganado, para la que desempeñaba un papel secundario, también empezó a escasear en primavera, hasta el punto que ya en mayo se competía por la que hubiera almacenada, aunque en unos términos igualmente desprovistos de dramatismo. El incremento de su importancia relativa lo había decidido la drástica restricción de los pastizales provocada por la sequía y, desde algún tiempo antes, el creciente recurso al ganado mular, consumidor de mayores cantidades de este suplemento.
La paja de la que dispusieran las poblaciones también estaba comprometida en sus obligaciones fiscales. Con la contribución llamada de paja y utensilio, relevaban las cargas y molestias que antes soportaban a causa del deber de alojamiento de las tropas que transitaran por ellas; una obligación que incluía el mantenimiento, durante los días que durara del tránsito, de toda la caballería que desplazara el ejército.
Del suministro de la paja al ejército se hacía cargo un asentista, quien lo contrataba en régimen de monopolio con la superintendencia de los ejércitos regionales. El medio que el intermediario tenía para adquirir sus ingresos podía variar de una población a otra, según permitieran los procedimientos fiscales del momento, si administración directa, si encabezamiento, si rentas provinciales, modalidades de gestión del ingreso público cuya descripción en este lugar carece de interés. Para ejecutar al menos la recogida de los suministros, el asentista contrataba a factores. En su nombre actuaban y de él recibían los poderes.
El 4 de mayo un factor de víveres y provisiones para el ejército estaba ocupado en comprar paja en una población. Por lo que se deduce de las palabras de nuestros informantes, allí la contrata del asiento debía gestionarse de la siguiente manera. Al suministro de la paja su responsable accedía en el mercado local, según fuera transitando la tropa. Cuando esta recibiera la que demandara, sus jefes emitirían el correspondiente recibo en favor de quienes hubieran entregado la provisión. El asentista recogía de manos de los suministradores los recibos que tuvieran y los pagaría al precio que con ellos hubieran acordado.
El factor tenía calculado que para el 12 siguiente la paja que había podido acopiar para subsistencia de la tropa se le habría acabado, y que solo encontraba quien le vendiera más a unos precios que, esforzándose en ser moderado, calificaba de irregulares. El aumento del precio de la paja en los ciclos críticos era previsible, y se tomaba como precedente al inevitable encarecimiento de los cereales destinados a la alimentación humana. Solo un labrador, que decía poseer alguna que podía vender, le pedía diez pesos por la chalupada de treinta a cuarenta arrobas; ciento cincuenta reales de cuenta, lo que elevaba el valor medio de la arroba a más de cuatro reales. Le parecía tanto más irregular cuanto que le constaba que allí había paja más que suficiente.
Sostenía el factor que el suministro de la necesaria debía garantizarlo cada población, como consecuencia de su obligación de paja y utensilio. El asentista, en su opinión, solo tenía que recoger y pagar los recibos al precio que fuera regular o al que mandara el intendente, responsable administrativo del suministro de las tropas, autoridad que recaía también en el asistente.
En la población, apenas pasada una semana, la situación a la que se había llegado se observaba con más calma. Las dos o tres últimas cosechas habían sido escasas de paja y durante el año en curso su gasto había sido excesivo. Por la falta de hierbas y pastos, había sido necesario recurrir a ella para el consumo suplementario del ganado de labor, y su demanda se había incrementado aún más porque, para mitigar su mayor exposición a la mortalidad, había sido inexcusable que la consumieran vacas, yeguas y potros jóvenes. A todo esto había que sumar el mayor consumo que durante los meses precedentes habían hecho los ganados que daban servicio dentro del pueblo, para los cuales la paja había suplido asimismo la falta de las hierbas y forrajes con los que habitualmente se mantenían en primavera. Enumerar aquellos hechos era suficiente para reconocer que en modo alguno había paja de sobra, ni había previsión de que pudiera almacenarse mucha más.
Al contrario, eran bastantes los labradores que no tenían la que necesitaban para mantener sus labores, y muchos, ninguna, y cualquiera de ellos encaraba el porvenir con desazón porque aceptaba que no se cogería ninguna durante la próxima cosecha; un nuevo motivo de inquietud, a sumar a la carestía de granos que ya se vivía. Si la poca paja que pudiera sobrarle a algunos, en el más favorable de los supuestos, se aplicara a usos ajenos a su consumo en el campo aumentaría la preocupación de los labradores. Se les impediría el auxilio al que podrían recurrir, por poco o por mucho precio, según el tiempo fuera decidiendo, cuando se vieran necesitados.
Ciertamente era una situación poco favorable a la provisión, como el mismo factor reconocía. Si, como aseguraba, en aquel momento había labrador dispuesto a venderle alguna, estaba claro que lo hacía urgido por su necesidad y porque no disponía de otro recurso con que hacer frente a ella. Nadie podría cuestionar que se atuviera al precio más favorable que encontrara en la comarca, porque de otro modo no podría conseguir la venta deseada ni por tanto el socorro que necesitaba. Lo mejor que podría hacer el factor era surtirse a través del labrador que mencionaba sin demorarse demasiado, porque de no hacerlo era muy posible que se le hiciera más difícil la compra que le urgía; antes de que muchos de los que necesitaban paja, en cuanto supieran que tenía alguna para vender, acudieran a aquel labrador. El factor habría podido surtirse de sobra de la cosecha anterior a veinte reales, y aun después de pasado el tiempo de la cosecha, e incluso llegado el tiempo de la sementera siguiente pudo hacer lo mismo a veinticinco reales la carretada corsaria, lo que sin embargo en cualquiera de aquellas ocasiones despreció.
Le recomendaban que cuando fuera tanta su indigencia que no pudiera comprar la paja que necesitara al precio que corriera en la población, podría proveerse de la que en abundancia tenía un personaje que seguro conocía, el propio asentista que lo había contratado, quien la guardaba en el cortijo de Gallegos, que este labraba, distante de la población solo legua y media.
Por lo demás, al cabildo civil no le constaba su obligación de suministrar paja a la tropa acuartelada, una precisión nada insignificante. Cuando la tropa no estaba de tránsito, tal como ocurría durante el invierno, satisfacer sus necesidades no entraba dentro de las obligaciones a las que atendía la contribución de paja y utensilio, por cuyo concepto, recordaba, la población pagaba anualmente por los tercios que se le repartían. Por eso estaría bien que el proveedor hiciera constar los términos de la contrata de paja que el asentista había firmado y aprobado el rey.
Su réplica el factor la concibió en términos evasivos. La contrata de paja aprobada por el rey en aquel momento no estaba en su poder, aunque sí la tenía la superintendencia del sur, por lo que avisaría al asentista para que el intendente se comunicara con el corregidor.
Cuando llegó el verano, y ya se había consumado la caída de la producción, los problemas para el abastecimiento del ejército no hicieron más que incrementarse. El superintendente, entre los días 4 y 6 de julio, solicitó a otra población nada menos que 24.500 arrobas de paja para la tropa, las que desde la administración central se le habían repartido para atenderla.
Es posible que en este lugar la gestión de la renta de paja y utensilio fuera directa, porque su gobierno el 10 de julio, acordó remitir a la administración central, además de la petición del superintendente, un certificado de cuánto se pagaba por los repartimientos de paja al asentista. El valor de la contribución de paja y utensilio la repartiría entre los vecinos obligados el municipio y el asentista se encargaría de su recaudación, la que lo remuneraría directamente. En la diferencia que hubiera entre lo que recaudara y el costo que tuviera la adquisición del suministro cifraría sus esperanzas del beneficio que le consentía la administración de los ejércitos al suscribir el asiento con él. Por tanto, sería de cuenta del asentista proveer la caballería.
Sin embargo, la paja que había en la población, que se había ahorrado gracias a que se habían sacado los ganados para Extremadura y otros lugares, se había reservado para hacer la media sementera del comienzo del otoño, para la que ni siquiera era suficiente. Si la paja que había en reserva saliera de la población, sería imposible emprender aquel trabajo.
El 21 de julio el gobernador del Consejo adelantó a la población que había escrito al asistente comunicándole que, teniendo en cuenta la escasez de paja que padecían sus labradores, había decidido que la autoridad regional buscara una solución que al tiempo que evitara la ruina de estos atendiera las necesidades inmediatas de la caballería. Como respuesta, el 27 de julio el gobierno de la población designó a un regidor para que en la capital negociara con el asistente un repartimiento de paja equitativo, y un par de días después una clemente resolución de la administración central la dispensaba del repartimiento de las 24.500 arrobas. A cambio autorizó un cargo corto de esta especie, cuyo valor, sin embargo, nuestra fuente no especifica, y ordenó que a los vecinos se les pagara pronto la que suministraran.
No obstante, hasta el 11 de agosto los responsables de la política local no dieron su autorización para que quienes hubieran suministrado paja conocieran las decisiones de fines de julio y supieran el modo en el que percibirían su importe. En lo que se refería a la reserva que se debía tener a disposición de la tropa durante el tiempo que permaneciera en la población, y de la que transitara por ella, los diputados de guerra cuidarían de que fuera suficiente. Ellos serían los encargados de recoger los recibos y vistos buenos que fueran necesarios para su abono y hacer la justificación de los precios a que corriera cuando se tomara.
Probablemente aquella decisión se demoró porque no fue hasta el 4 de agosto cuando el intendente comunicó a los gobiernos locales que se había decidido suspender el repartimiento de paja que previamente se había ordenado. Optar por esta solución había sido posible porque se había encontrado un remedio paliativo. Los responsables del ejército habían resuelto que salieran de las provincias de la región para las de Murcia y Extremadura dos regimientos de Caballería, así como dar la vuelta a las tensiones que las compraventas de la paja para el suministro de la tropa habían provocado. La que ya hubiera ingresado la caballería a consecuencia del reparto, la pagaría el asentista al precio al que valiera. A los recibos emitidos por los responsables de la tropa cuando la tuvieran en su poder debía acompañar la justificación de su valor intervenida por la respectiva máxima autoridad municipal.
A partir del día 1 de aquel mes de agosto, también se acreditaría a los municipios todo el suministro hecho durante un año, cuyo balance estos completarían descontando el importe de lo que debían satisfacer las poblaciones por concepto de paja y utensilios. Además, debían tomar las medidas que fueran convenientes para que no hubiera falta alguna en la asistencia a la caballería.
El 6 de agosto un municipio confirió sobre el alcance que pare él tenía esta decisión. El factor del asentista se había retirado cautelosamente de la población a principios del mes de junio, después de haber sacado de ella con el mismo sigilo la paja, la cebada que ya tenía comprada y las camas y lo demás que correspondía al suministro al que estaba obligado. Por eso, desde hacía dos meses el gobierno de la población había atendido al suministro de lo necesario para la subsistencia de la tropa, tanto estante como transeúnte.
Para que a partir de aquel momento tampoco sufriera el real servicio las faltas a las que le dejara expuesto el factor, el municipio, por el momento, seguiría haciéndose cargo del suministro, del mismo modo que lo había hecho durante los dos meses precedentes. Pero, al mismo tiempo, hizo observar que los perjuicios sufridos podrían provenir de haberle quitado a la población la factoría que siempre había tenido, hubiera sido la provisión de víveres por asiento o por administración. Así se había creído conveniente hasta entonces porque la población era grande y de mucho tránsito. Allí la provisión no podía gestionarse con acierto si no se mantenían un factor y un dependiente que le ayudara. Solicitaron a la administración central que ordenara al asentista que cumpliera las obligaciones de su asiento sin perjuicio de las poblaciones ni de sus gobiernos.
La escasez de pastos en los espacios abiertos, ya en pleno verano, derivó en problemas para otros cultivos. Varios cosecheros, dueños de viñas, olivares, pinares, garrotales y estacadas se quejaron de los daños que padecían sus explotaciones a consecuencia de la continua entrada en ellas de ganados de todas las especies, y en especial el vacuno, el cabrío y el de cerda. En pleno mes de agosto aquellos abusos, tanto por parte de los ganados como de los ganaderos, parecían más excesivos. Querían que en el plazo de dos días salieran de las heredades todas las especies de ganados, con el apercibimiento que de no hacerlo se daría por decomiso el que en ellas fuera encontrado.
El 17 de agosto fue discutida aquella queja en la correspondiente asamblea de gobierno, a la que le constaban los hechos que denunciaba. Por las ordenanzas estaba previsto que las viñas, olivares y demás explotaciones permanecieran cerradas a toda clase de ganado en los tiempos de fruto pendiente, que empezaban a contarse el 15 de agosto de cada año, hasta que las cosechas se hubieran alzado por completo. El correspondiente auto de buen gobierno, aprobado y confirmado por la real audiencia, así lo había dispuesto ya para aquel año.
Probablemente mantener abiertas las explotaciones hasta tan tarde por sí mismo causaba grave daño porque los ganados ya se comían el esquilmo. Pero el año en curso, a causa de la falta de pastos, a pesar de que no había en ninguna de las explotaciones, había sido y seguía siendo muy reiterada la entrada de todo tipo de ganados, que recurrían tanto al esquilmo como a los ramones y los pimpollos de los árboles. A los olivares les restaba fruto, a la cría de pinares, plantones, y a las cercas y vallados, pitas, a consecuencia de la desmedida corta que de ellas se hacía para que sirvieran de pasto a los cerdos.
El último recurso, para hacer frente a la necesidad de hierbas para el ganado, fue invocar las mancomunidades de pastos, un viejo recurso cuya vigencia, no sin dificultades, había conseguido sobrevivir hasta fines de la época moderna. Ya hemos mencionado que para primeros de julio, una población, queriendo asegurarse su manutención, había organizado por su cuenta la emigración en masa de sus ganados para Extremadura y otros lugares.
Por una reunión celebrada el 3 de julio sabemos que muchos vecinos de otro lugar habían llevado los suyos a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, tierras hasta las que extendía su jurisdicción la capital, sirviéndose de la mancomunidad de pastos que el municipio mantenía con ella. Pero había ocurrido que las autoridades de aquellas poblaciones a unos les habían entorpecido el uso de los pastos y a otros se lo querían impedir.
Buena parte de aquellos acuerdos tenían su origen en la plena edad media, cuando contribuyeron a tejer una red de intereses comunes entre poblaciones frágiles que ayudó a consolidar el control y la gestión del territorio conquistado. Como la memoria de aquel origen no se había extinguido, y la oposición al cumplimiento de los acuerdos se había mostrado especialmente intolerante, cuando terminaba el verano en la población se desató un furor anticuario inusual.
A partir del acuerdo que el municipio había tomado el 3 de julio, un regidor, procurador mayor y alcalde de los hijosdalgo, y un presbítero, abogado del municipio, reconocieron papeles e instrumentos antiguos sobre la mancomunidad de pastos entre el municipio y la capital y la tierra de su jurisdicción. El 14 de septiembre el ayuntamiento vio su informe sobre los documentos y ejecutorias que habían encontrado. Eran favorables a los intereses de la población y acreditaban la mancomunidad, en virtud de la concordia celebrada en uno de sus templos parroquiales, a la que habían concurrido diputados de ella y del cabildo de la capital. Luego, la mancomunidad había sido aprobada por el regente y los oidores de la capital y ejecutoriada por el rey y presidente y oidores de la chancillería del sur. El gobierno de la población acordó que el original se encuadernara en el libro capitular y que se sacaran copias de la concordia y las ejecutorias, las cuales también se encuadernarían a continuación del cabildo, y que los originales fueran diligenciados. Además, fueron cometidos el regidor antes mencionado y otro más para el seguimiento de los pleitos y autos correspondientes.
Otro problema creado por la crisis, de los derivados de la particular que padeciera aquel año toda clase de ganado, fue el desabastecimiento de carne a los mercados y los problemas que podrían seguirse de su consumo. El analista de la capital dejó escrito que en ella la consecuencia de la escasez de ganado que provocar la crisis había sido que ya durante el mes de noviembre empezó a venderse en las carnicerías carne de macho, cuando antes esto jamás había ocurrido. La ambigüedad del sustantivo no permite resolver si la especie a la que se refiere era mular o cabrío. Hubiera sido mucho más anómalo el consumo del primero. Probablemente en esta manera de expresarse, más que propósito de informar, había deseo de escandalizar a sus lectores.
Al contrario, el término más grave al que llegara aquella vertiente de la crisis tal vez fuera la duda sobre la calidad de las carnes y las prudentes reservas sobre las consecuencias que pudiera tener para la salud. La exhibición de estas inquietudes al menos inspiró una parte de los argumentos que se utilizaron durante aquellos meses. Pero el único indicio directo de las complicaciones que pudieran derivarse del mal estado de las carnes, asociado a la posible mortalidad catastrófica que el ganado padeciera en aquel momento, es muy tenue. El 13 de abril, en una población, sus diputados para el abasto permanecían vigilantes para que no se pesara en el rastrillo carne alguna de res de la que no se hubiera verificado que había muerto con salud. Querían evitar los perjuicios que, actuando de otro modo, podían derivarse para quienes la consumieran. Nada más.
Que esta sea toda la información sobre este asunto permite pensar que la mortalidad del ganado no parece que llegara a ser catastrófica, y mucho menos resultado de epizootias, y que la calidad de las carnes que se consumían en ningún momento alcanzaría el rango de amenaza para la salud pública. El testimonio más bien es índice de que nada evitaría que las prevenciones, cuando se trataba del consumo de carnes, fueran las mayores.
Tal vez el problema práctico fuera que aquellas reticencias se lo crearan al abasto. Aunque el consumo de carnes tenía un alcance muy limitado en la dieta común. Su demanda era tan elástica que con facilidad soportaría las carencias que sufrieran los suministros. En primavera, se trató solo de no bajar la guardia para que no dejara de llegar carne a los mercados.
El 25 de mayo un ayuntamiento acordó que los diputados del matadero estuvieran muy atentos para que no faltara provisión de carnes, y le bastó con salir al paso dando al corregidor con antelación suficiente los avisos que correspondieran. Pero al llegar el verano mantener el control sobre el ganado disponible empezó ser complicado, como consecuencia de su movilidad. El 20 de julio, en el ayuntamiento de la población en la que muchos de sus vecinos habían llevado sus ganados a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, un regidor explicó que no había carneros para el abasto de las carnicerías, y que solo se encontraba a propósito una partida de 150 cabezas, por las que, dada su calidad, querían 64 maravedíes por libra. La asamblea acordó que el regidor solicitara el abasto de manera más equitativa, sin por eso dejar de plegarse al precio que corriera en el momento.
Una semana después, 27 de julio, al ayuntamiento el corregidor informó que se estaban pesando en las carnicerías públicas borregos lechales, una carne que, en su opinión, más que salud a los enfermos, que eran quienes la consumían, causaba un daño notable. Para redimir a la población de un tan próximo mal, él había procurado con los mayores desvelos, en caso de proseguirse con este consumo, solicitar entre varias personas alguna cantidad de carneros ya hechos. Entre ellas, había una que había ofrecido para este abasto una cantidad bastante para por el momento relevar a la población de un abasto tan perjudicial. Como estos carneros eran de buena y salutífera calidad, se habrían de pagar a 68 maravedíes la libra, y no a los 60 a los que en aquel momento se vendía la de borrego lechal. En cumplimiento de la obligación aneja a su cargo, y por persistir en los buenos deseos que a él le asistían, lo hacía presente a la asamblea de gobierno, para que deliberase lo que creyera conveniente. La asamblea, advertida de las justas y celosas expresiones del corregidor, acordó darle las gracias por lo mucho que se había esmerado y aún se esmeraba en beneficio del común, y que en observancia de su cristiano, puro y fiel deseo se pesaran los carneros en la forma que había contratado, con preferencia a cualquier carne que no excediera en calidad a la que tenían tales carneros.
Aquella amenazante causa, que tan fatales consecuencias podía tener, en realidad podía ser crónica. En otro lugar, todos los años se padecía escasez y falta en las carnicerías públicas del abasto de carne de carnero para el consumo de su vecindario. La razón era justificable. Sus dueños sacaban los que se criaban en su término para venderlos en la feria de Villamartín y otras similares. En el año en curso, tanto por la poca cría que había habido de esta especie como por el buen deseo y necesidad que tendrían sus dueños de vender sus ejemplares, se podía prever que este abasto allí faltaría durante buena parte del año, si no se tomara una decisión que bastara para reparar y precaver los inconvenientes que por su falta se podían ocasionar.
Así fue como al problema se le terminó aplicando la política más conservadora. El 25 de agosto el gobierno de la población acordó prohibir absolutamente la salida de los carneros que se criaban en su término para venderlos fuera, y suplicar al corregidor que contribuyera con la autoridad de sus providencias para que la prohibición se hiciera efectiva y la observaran todos los criadores y dueños de aquel ganado.
El 31 de agosto cinco criadores de ganados, entre los que se encontraba uno que además acumulaba la condición de presbítero, presentaron al cabildo de su ayuntamiento un memorial por el que se daban por enterados, por sí y en nombre de los demás, de que no se podían sacar los carneros que pastaban en aquel término para venderlos en una feria ni en otra parte, sino que debían reservarlos para el abasto de las carnicerías. Exponían, sin embargo, que de actuar de aquel modo resultarían perjuicios. La hacienda de la corona no percibiría los derechos que por estas ventas le correspondieran, porque los criadores no podrían valerse de los carneros en los mercados exteriores. Además, como no había dehesa ni dónde poderlos mantener, perecerían muchos. Según su criterio, en vez de la decisión tomada debía guardarse el siguiente estilo: que los criadores dejaran la cuarta parte de los ganados que llevaran a una feria con la obligación de entregarlos para el abasto de las carnicerías locales.
Se acordó que el fiel del matadero y de las carnicerías públicas redactara un certificado de las cabezas de carnero que se habían sacrificado para el abasto público desde el 1 de septiembre de 1749 hasta el día de la fecha, 31 de agosto de 1750. Y que los criadores de ganado de esta especie presentaran relación jurada, en el plazo de cuatro días, de todos los carneros que tuvieran existentes de la cría del año en curso. Pasado este plazo, se procedería a hacer registro a costa de quien incurriera en la omisión.
El 7 de septiembre, en la reunión del ayuntamiento, un escribano informó de que solo cuatro criadores de carneros habían presentado en su oficina las relaciones juradas de los que tenían, a pesar de que se había cumplido el plazo fijado. La morosidad de los criadores más bien se reconocía en los mismos que encabezaron el memorial que había dado origen a estas providencias. En ello se conocía el dolo con que procedían, en perjuicio del beneficio común. Se acordó comisionar a los diputados del matadero para que pidieran al alcalde mayor lo que conviniera a este asunto, para que se hiciera registro íntegro de todas las crías de carnero, y asegurar el abasto de la especie.
Ya en el último trimestre, las discusiones quedaron circunscritas a la calidad de la carne a la venta. El 9 de octubre el informe de un regidor, diputado del matadero, descubría la mala calidad de las reses vacunas que en aquel momento se estaban sacrificando en un matadero local para destinarlas al abasto. A falta de un registro de esta especie, porque se trataba de que no faltara un abasto tan preciso, se había visto en la necesidad de hacer un repartimiento que no excluyera a ninguno de los criadores de este ganado. Eran pocas las reses asignadas, para que sus dueños las entregaran obligadamente al sacrificio, y de muy mala calidad. Por eso se acordó que se publicara que toda persona que quisiera hacer aquel tipo de registro, u obligarse a abastecer de cualquier especie de ganado a la población, lo hiciera, para lo que se le admitirían las posturas que hicieran a los precios que propusieran.
Aquel mismo 9 de octubre el ayuntamiento recibió un informe del regidor diputado de las carnicerías. Ateniéndose a un acuerdo del gobierno de la población, había optado finalmente por abastecer con cerdo las carnicerías. Pero también había faltado la especie y no había encontrado quien pudiera abastecerla. Tras repetidas diligencias, había encontrado una persona que le facilitara hoja de tocino, mitad de la canal del cerdo partida en el sentido de su longitud. Su condición era que se vendiese en las carnicerías al precio que había tenido el cerdo que se había rematado, que había sido 40 cuartos la libra, y que estos fueran los que hubiera de obtener en cada libra el dueño de la hoja. Se acordó comprar la partida de cerdo para el abasto de las carnicerías y que se vendiera al precio correspondiente, cargándose a los 40 cuartos la libra, que ingresaba el dueño de la hoja, los reales derechos. Los fieles ejecutores celarían que los carniceros no vendieran fuera de la forma que había estado en estilo, arreglándose al gasto diario de cada individuo.
Contratiempos
Publicado: junio 3, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica Deja un comentarioRedacción
Las rogativas estaban autorizadas por siglos de cultura. En la época moderna se habían concentrado en la agraria, a la que se habían incorporado como uno de sus recursos, a la misma altura de todos los que se agregaban en el sistema, como cualquiera de ellos resultado de una prolongada tradición. Invariablemente, cuando la adversidad meteorológica se juzgaba extrema, se respondía con rogativas, con el fin expreso de orientar el tiempo atmosférico en favor de las sementeras.
Mediaba diciembre de 1749 cuando en un templo de la capital, ante un crucifijo que era objeto de especial devoción, se concentraron los primeros inquietos por cómo el tiempo estaba actuando aquel otoño. La misericordia divina quiso que poco después lloviera algo. El ayuntamiento de la ciudad creyó conveniente solicitar del cabildo catedralicio que organizara una procesión de acción de gracias, en vista de que la divinidad parecía atender las oraciones que desde la tierra se le dirigían. Pretendía que la comitiva hiciera estación en lugares donde más devotos de toda clase solían concentrarse, como una ermita localizada en uno de los barrios más habitados, y terminara ante el crucifijo que tan eficaz mediador había sido. Pero el gobierno de la catedral no creyó oportuno proceder de este modo. Pensaba que aún no estaba satisfecha la necesidad, y a su favor señalaba como prueba que en distintos lugares otras rogativas seguían promoviéndose. En modo alguno le parecía aconsejable ignorar una corriente que apenas empezaba a crecer.
Mientras tanto, en algunas poblaciones de la región también organizaban rogativas bajo idéntica inspiración, aunque en ellas, donde todo ocurría con más severidad y más orden, y las iniciativas no tenían fisuras, al menos aparentes, se concentraban en imágenes de reconocido prestigio en esta materia.
Hecho el inventario de las calamidades que a fines de 1749 se padecían, porque las lluvias se habían retrasado, una autoridad local dejó constancia de que no tenía en esta ni en otras esterilidades o conflictos otro asilo para su remedio y consuelo que el amparo de la milagrosísima imagen de la Virgen santísima su patrona, de cuya benignidad había merecido siempre la grave intercesión con la divina majestad de su santísimo Hijo para el logro de sus beneficios y el de aplacar su justicia. Para impetrar la soberana intercesión de tan milagrosísima imagen decidió hacer una procesión en rogativa, pasando en la forma acostumbrada al lugar donde recibía culto, extramuros de la población, donde se hallaba depositado tan divino simulacro. Un regidor acordó con el vicario eclesiástico el día de la procesión, y los dos cabildos, el civil y el del clero, encauzaron la participación en ella de las corporaciones ciudadanas. A los pocos días la procesión tuvo lugar. Por el momento, con esto fue suficiente para que quedaran satisfechos los primeros accesos de piedad que el retraso de las lluvias allí provocaba.
Pero para comienzos de 1750 los responsables del mismo gobierno local se habían convencido de que la rigurosa situación que se vivía convocaba la devoción, que dirigía sus clamores a la milagrosísima imagen de Nuestra Señora, por lo que decidieron convocar una reunión para que se votara su traslado a la población desde el lugar donde tenía su sede. Cuando ya se estaba confiriendo sobre este asunto, quien presidía la reunión creyó conveniente dejar constancia de que, aun sin haber llegado a tratar que la imagen fuera trasladada, sino solamente con haberlo imaginado, los campos de la población habían conseguido un copioso rocío. El portento había sucedido justo cuando se pensó trasladar la imagen si no se experimentara el alivio que tanto deseaban. Teniendo en cuenta este beneficio, porque no cabía dudar que fuera obra de su poderoso patrocinio, suplicó a la asamblea que demostrara su agradecimiento en acción de gracias por tan singular socorro. La institución, a su vez, le agradeció su celo, y por supuesto, en justa recompensa por el sumo beneficio recibido, gracias a la intercesión de Nuestra Señora, acordó promover la procesión general con la imagen que se había previsto, cuyos gastos correrían a cargo de los capitulares. A ella sería convocado el clero de la población, en la forma que creyera conveniente la primera autoridad local.
En la capital no ocurrió algo muy diferente. Aunque ni las rogativas de diciembre ni las oraciones de las muchas almas justas que en las públicas calamidades se interesaron por el socorro del cielo pudieron ahora ablandarlo, y había entrado el año con las muestras de esterilidad consiguiente a la falta de lluvias, el efecto no previsto de este impulso de la devoción fue que a fines del mes de enero de 1750 también hubo lluvias, si bien de una intensidad que se equiparó a las precedentes. Por eso, el 23 de enero, en una reunión extraordinaria que celebraba el cabildo de la catedral, también fue necesario reconocer que la majestad divina se había dignado remediar la necesidad que había por la falta de agua, por lo que creyeron debido tributar gracias por tan gran beneficio. Fue del parecer de los reunidos que en el día de la fecha, durante el que, según lo previsto, iba a celebrarse una procesión, se entonase en la última nave un tedeum, y que al tiempo repicara la torre, para luego terminar en el altar mayor, con el fin de que se dijeran allí las oraciones acostumbradas pro gratiarum actione, y de este modo concluyera la rogativa que se hacía todos los días.
Discurrieran con más o menos fortuna las precedentes, en 1750 las rogativas alcanzaron en la capital su grado más alto a fines de febrero, un estado de excitación de la piedad que se mantuvo durante todo el mes de marzo.
El cabildo catedralicio, terminando febrero, decidió hacer las rogativas que venía celebrando en el altar mayor del primer templo de la región después de la misa de tercia al santísimo. Bastaría con que en la celebración eucarística se dijera la coleta ad petendam pluviam, excepto los días de primera clase. De la misma forma se actuaría en las capillas de la catedral. Esta fue la causa de que a partir de la tarde de la jornada en la que se tomó esta decisión se hiciera rogativa en todas las misas y, en la forma acostumbrada en ocasiones similares, estación a la capilla donde recibía culto una imagen de Santa María que era objeto de particular devoción en estos casos.
La misma corporación, a renglón seguido, encargó a sus diputados de ceremonias que propusieran, de acuerdo con lo que se había hecho otras veces, qué demostración pública les parecía adecuada para corresponder a la necesidad de lluvias. De todas las precedentes, la diputación de ceremonias prefirió tomar como referencia la más próxima, de la cual con facilidad pudo encontrar la documentación que avalara sus propuestas. Pocos días después, el cabildo catedralicio recibió su informe, en el que proponía que el siguiente lunes por la tarde, con asistencia de la universidad de beneficiados, clero y cruces, se hiciera una procesión general de rogativas con la imagen principal del templo. El desfile debía tener el mismo aparato y acompañamiento que se usaba el 15 de agosto, día de la fiesta anual de la imagen que iba a salir en procesión. Para que todo se mantuviera dentro de lo previsto actuaría como su preste un señor dignidad, asistido por los diáconos de semana, para su gobierno fueron nombrados diputados del cabildo catedralicio y, con el fin de sufragar los gastos, la fábrica decidió librar a la capilla real lo mismo que se empleaba en los actos del 15 de agosto. Acordado que así se procedería, se informó al titular de la sede y a la autoridad civil, por si creyeran oportuno asistir. Al provisor se le notificó el acuerdo, para que convocara a beneficiados, clero y cruces, y el maestro de ceremonias avisó del día y la hora decididos al capellán mayor de la capilla real y a los alcaldes de la hermandad del santísimo, para que también asistieran, como lo hacían en ocasiones semejantes; y a los maestro de capilla, sochantre, comendador, veedor y demás ministros de la catedral.
Por los mismos días de fines de febrero, la corporación municipal de una de las poblaciones con rango de centro de comarca fue al lugar donde recibía culto la imagen de Santa María en la que había decidido concentrar su iniciativa piadosa. Lo hacía para cumplir con un voto anual precedente, asistir a una misa cantada ante aquella imagen en honor del santo en cuyo día precisamente la población, en una situación similar a la que entonces se estaba viviendo, mereció el beneficio de las aguas. Como la adversidad del tiempo persistía, aprovechando aquel aniversario, por iniciativa del procurador mayor se convocó una reunión del órgano de gobierno del municipio para deliberar sobre la conveniencia de llevar la milagrosísima imagen de Nuestra Señora hasta la población, y así conseguir el socorro del que tanto necesitaban los campos propios y los de la comarca.
Al día siguiente, durante la reunión prevista, se aceptó que en todas las ocasiones de necesidad que la población había padecido, gracias a la mediación de la imagen de la que se trataba se había experimentado el beneficio de la salud pública y de las aguas necesarias para las mieses de los campos. De ahí que para remediar la necesidad de lluvias que en aquel momento se sufría acordaran que se llevara en procesión general, desde su iglesia a la mayor de la población. Con este fin convocaron al clero, a las órdenes religiosas en ella establecidas y a las hermandades que en ella existían. Era su propósito, una vez colocada la imagen en el altar mayor de la parroquia, que ante ella se celebraran nueve fiestas y rogativas, más cuantas a iniciativa de los piadosos corazones fueran necesarias, para que por su patrocinio e intercesión se alcanzara de la infinita piedad alivio en la extrema necesidad de aguas que se padecía; de la divina misericordia, las lluvias que se deseaban para la fecundidad de los campos. Una vez que hubieran terminado, la imagen se restituiría a su iglesia con la misma solemnidad y con la acostumbrada asistencia de la asamblea de gobierno de la ciudad. Para ver satisfechos sus deseos, de entre sus miembros nombró dos diputados.
A primeros de marzo el cabildo catedralicio recibió a la diputación de la autoridad civil de la capital que correspondía a la invitación que le había remitido. Se mostró dispuesta a asistir con rueda entera a la procesión en la que se iba a sacar a la imagen elegida por los canónigos, para que por su intercesión se apiadase la divina justicia, usando de sus misericordias, y enviara el rocío general que tanto se necesitaba. El cabildo catedralicio reconoció la cortesía y, como preparación a la solemnidad prevista, durante tres noches, después de maitines, cerradas las puertas de la catedral, organizó procesiones que partían de las últimas naves. A ellas asistieron, además de los fieles que respondían a la convocatoria, el propio cabildo y ministros, que cantaban las letanías de los santos, mientras la torre tocaba a rogativa, pero no mujeres, cuya entrada en el templo para aquellos actos a deshoras fue prohibida. Finalizaron todos aquellos desfiles de clausura ante el altar mayor, descubierto el santísimo, con las preces ad petendam pluviam.
Estaba terminando la primera década de marzo cuando se celebró la procesión prevista por el clero de la catedral. No fue necesario que durante la mañana del día señalado hubiera novedad alguna, si bien, como había de hacerse luego procesión de rogativa, aquel día se omitió la que se estaba haciendo a la imagen a la que se le prestaba una atención especial en aquellas ocasiones.
La ceremonia, una vez preparado el altar mayor de primera clase y de morado, empezó dadas las doce del día. Primero desde la torre se tocó para convocar a las cruces. A continuación, campana y esquila de la tarde tocaron de dos y media a tres, de modo que, empezada la esquila, se dio un toque de segunda clase para llamar al clero. La procesión obligaba a los capitulares y ministros catedralicios con pena de medio día. Disciplinadamente, los canónigos concurrieron al coro de la catedral vestido con las sobrepellices y dijeron las completas, tras las cuales cantaron los maitines. Concluidos, las campanas tocaron un pino de primera clase para convocar a la ciudad. Antes de salir la procesión, después de las preces, a la imagen se le cantó al menos un motete y una oración, al tiempo que se la turificaba.
Formaron el desfile, bajo la presidencia de la máxima autoridad episcopal, además del cabildo catedralicio, los capellanes reales, la hermandad del santísimo y representaciones de órdenes religiosas y del clero secular, y es de suponer que a la comitiva se añadirían al menos los delegados por la ciudad. El cabildo, que acompañaba la procesión con las sobrepellices que vestía desde que concurriera a completas, iba cantando las letanías de los santos ateniéndose al estilo con que se cantan en las rogaciones, empezando en el coro y terminando en la capilla real. Para engrosar la salmodia, el sochantre había nombrado ministros que así mismo cantaran las letanías entre el clero en el coro.
La procesión discurrió por las gradas de la catedral, siguiendo la línea que marcaba su nivel más bajo. Salió y entró por la misma puerta sin hacer estaciones, y mientras duró se tocó en la torre a rogativa. En determinados lugares del trayecto algunos jesuitas se habían apostado con el fin de llamar a los concurrentes a que hicieran penitencia. La severidad de aquel acto resultó más llamativa porque coadministrador y autoridades civiles, de común acuerdo, habían prohibido que en el trayecto de la procesión hubiera puestos de comidas y bebidas. Finalizó el acto en la capilla real con las preces y oraciones del ritual romano ad petendam pluviam, cantadas igualmente por el cabildo catedralicio. Aquella misma noche los jesuitas que habían arengado a los espectadores de la procesión, en uno de los barrios de la ciudad predicaron a los hombres que se habían reunido en sus templos.
En la tarde de un jueves de primeros de marzo, el gobierno de la población aludida, para cumplir con su acuerdo de fines de febrero anterior, salió de su iglesia mayor en procesión general de rogativa. También concurrieron a ella el clero y las hermandades, y se dirigió a la iglesia del monasterio donde estaba la imagen que concentraba la iniciativa piadosa. Ya en ella, su vicario, por ausencia del padre prior, por sí, y en nombre de la comunidad, requirió al gobierno de la población.
En aquellas circunstancias, tomar posesión de la imagen, tal como este se había propuesto, obligaba a unas formalidades cuya descripción permite reconstruir al menos una parte de los ritos que pudieron sacralizar este tipo de transacciones, así como el celo que despertaba el dominio sobre una imagen en momentos como aquellos. A sus dos comisionados, la corporación había otorgado el poder necesario para que firmaran la escritura que para semejantes transferencias se acostumbraba, llamada de pleito homenaje, un arcaísmo que pretendía asemejar el acto al de fidelidad que se debía a un señor. El vicario del monasterio, al requerir al gobierno de la población tomaba la iniciativa formal para que quienes había diputado el gobierno local la otorgaran.
La corporación se manifestó dispuesta a cumplir con este requisito. Pasaron a la capilla mayor del monasterio el corregidor y los regidores diputados para el acto y, de rodillas ante la imagen objeto de la transferencia, las manos de los diputados puestas entre las del corregidor, firmaron el documento por el que se obligaban a restituir a la iglesia del monasterio la milagrosa imagen, concluido el novenario. Prometieron, como caballeros hijosdalgo notorios, de casa y solar conocidos, una, dos y tres veces, y las demás en derecho necesarias, según fuero y leyes de España, llevar en procesión general la milagrosísima imagen de Nuestra Señora, colocarla en el altar mayor de la parroquia primera de la población y en ella celebrar el novenario de fiestas y rogativas que el municipio había decidido, y todas a las que concurriera la devoción. También se obligaron, concluidas estas, a que fuera restituida la imagen a su iglesia con la misma suntuosidad, y entregada al padre vicario y su comunidad. Para el cumplimiento de todo dieron y empeñaron palabra como caballeros hijosdalgo, bajo la pena, en caso de infringirla, de caer e incurrir en la que caen e incurren los caballeros hijosdalgo notorios que no cumplen en todo lo que prometen en las escrituras de pleito homenaje. Satisfecha esta formalidad, el fraile se declaró dispuesto por sí y su comunidad a entregar la milagrosa reliquia.
La historiografía de las poblaciones de tamaño medio tiene su origen en la época moderna. Muy probablemente sea un producto de la cultura que hizo posible el deseo de rescatar, de manera consciente, la antigüedad. Los textos genuinos agregaron las primeras formas de la arqueología, que en aquella época fueron conocidas con el nombre colectivo de antigüedades, una limitada recepción de narraciones, una recopilación de biografías de varones ilustres de la población y una historia sacra, preocupada sobre todo por el origen de las instituciones religiosas activas en el lugar. Todo el relato estaba inspirado por el principio narrativo sublime, tanto para la detección de los antecedentes más remotos como para explicar las fundaciones piadosas o los singulares actos que probaban la grandeza personal. El comportamiento noble, único capaz de generar cuanto fuera digno de memoria, era el mismo que justificaba la hidalguía. En ese lugar encontraron su medio para propagar su manera de concebir sus obligaciones cívicas quienes actuaron ateniéndose a este tipo de culto a las principales imágenes de una población, objeto de las promociones religiosas con más posibilidades y representación por sí mismas de virtudes singulares.
Un domingo de marzo por la tarde, a punto de terminar la primera década del mes, se celebró otra procesión de rogativa con la milagrosa imagen de un cristo que recibía culto bajo una advocación concentrada en lo que a todos estaba preocupando, desde la ermita donde la tenían colocada hasta la iglesia mayor de su población. Como las demás que aquellos días se organizaban, la razón del traslado era la esterilidad que los campos padecían como consecuencia de la falta de lluvias. En respuesta al convite hecho por una hermandad establecida en la misma ermita, cuya titular era una imagen de Santa María, constituida bajo un título igualmente adecuado a las circunstancias que se estaban viviendo, a ella asistió el gobierno del municipio.
Una vez el cristo en la población, como varios devotos suyos habían tenido la iniciativa de costear un novenario con misa cantada y sermón diario, fue necesario que permaneciera en la iglesia mayor durante los días siguientes. Actuando así, sus promotores deseaban implorar el auxilio divino, para que concediera la lluvia que tanto se deseaba para el beneficio común. El gobierno municipal, convencido de que la institución debía tratar con preferencia los deseos y afectos de los devotos, más aún en la estación que se vivía, en atención a tan justo y debido culto, acordó, en sesión celebrada después de la procesión, que el último día del novenario se hiciera por su cuenta la fiesta con misa y sermón y lo demás correspondiente. La imagen permaneció en la iglesia mayor durante aquellos días, y el último, asimismo con asistencia de representantes del municipio, otra procesión de rogativa durante la tarde la devolvió a su ermita, donde fue colocada en el lugar donde solía recibir culto.
Mediado ya marzo, donde para disponer de una imagen de Santa María había sido necesario otorgar escritura de su cesión, una vez trasladada a la iglesia mayor se habían celebrado doce rogativas ante ella, todas las que la devoción municipal y de varios gremios le había ofrecido. Sin embargo, una vez finalizada la función celebrada del que resultó ser último día de rogativas, el gobierno de la población se reunió en la sacristía de la iglesia mayor para constatar que, después de tan repetidos cultos y devotas rogativas, persistía la esterilidad que se padecía en los contornos, y no se había experimentado el beneficio de las aguas, razones por las que aumentaban las fatigas de la población. Admitieron la justa indignación de la majestad suprema, de la que pensaron que se hallaba ofendida con la suma de culpas que incesantemente se cometían por los pecadores. No obstante, tenían entera confianza en la mediación de su divina patrona. Esperaban que teniéndola algún tiempo más en la iglesia mayor, continuando las rogativas y las súplicas de la población, se lograría de la majestad suprema el beneficio tan deseado. Con la aprobación del prior del monasterio depositario de la imagen, que estaba presente, decidieron que continuara el divino simulacro de Nuestra Señora en la iglesia mayor hasta el último día de la pascua de resurrección, que coincidiría con el último día de marzo, tiempo durante el que seguirían sus cultos. El padre prior estuvo de acuerdo con que así se procediera bajo la condición de que se reiterara la escritura de pleito homenaje suscrita a primeros de mes, lo que hubo de ejecutarse de inmediato.
A punto de concluir la primera parte del ciclo de las rogativas en la capital, en su primer templo se seguían celebrando. Tal como se había propuesto de nuevo, su cabildo organizó actos de penitencia a puerta cerrada, solo para hombres, durante tres noches de mediados de marzo, las de los días 16, 17 y 18. Después de maitines, por las últimas naves del edificio, otra vez se organizaba la procesión. Una dignidad del cabildo llevaba la reliquia del lignum crucis, y junto a ella un coro de canónigos cantaba la letanía de los santos, que los asistentes repetían. Cuando la procesión llegaba al altar mayor, se manifestaba la majestad en el sagrario y se recitaban las preces de rigor, para acabar con el canto del tantum ergo. A juicio del analista de la capital, gracias a aquellos devotísimos actos, desde el primer día, se hizo notar que el tiempo había empezado a moverse.
A partir del domingo siguiente, la autoridad civil también se prodigó en este tipo de actividades. Además de visitar una imagen de Nuestra Señora, decidió asistir regularmente a las rogativas que en la catedral seguían celebrándose, actitud en la que se mantuvo hasta finales del mes siguiente. De acuerdo con los escribanos públicos, los judiciales y la universidad de corredores de lonja, concurrió a otra de las parroquias de la capital para solicitar la mediación de la patrona del municipio. Allí celebraron misa votiva y fue pronunciado un sermón, en el que el orador llamó a la penitencia y a la devoción a Santa María.
Pero no toda la actividad piadosa de la capital se daba cita en el primer templo de la región. Por los mismos días de marzo, de uno que era sede parroquial salió en procesión una imagen de Nuestra Señora, venerada bajo una advocación igualmente concordante con la situación que se estaba viviendo. La acompañaban dos hermandades, también fundadas acogiéndose a la advocación mariana, y costeó la cera otra más, y fueron en la procesión los corporativos del santísimo y el clero y cabildo de la parroquia.
Ya de noche, una cofradía sacó en procesión su imagen del nazareno en un paso de semana santa desde el templo donde tenía su sede. Cuando el desfile alcanzó la plaza ante el edificio del cabildo civil fue pronunciado el sermón correspondiente. Y también por la noche otra hermandad, establecida en otra de las parroquias, llevó su simpecado primero a un convento de monjas y después a otro donde se celebraba rogativa. En el templo de una tercera parroquia, situada en uno de los barrios con mayor población, comenzó una novena de rogativas, y con este motivo los frailes de un convento dominico y una cofradía cuyo titular era un cristo, de nuevo bajo la recurrente advocación concordante con las circunstancias, llevaron en procesión la imagen.
Las rogativas estaban siendo tan estimuladas que llegó el momento en que cobraron un impulso tal que nada pudo detenerlas antes de alcanzar el paroxismo. Aunque alguno de nuestros informantes cree que por la multitud de estas penitencias se viene en conocimiento de lo grave de la calamidad, su frecuencia, según las mismas fuentes, dio motivo a varios desórdenes, no siendo el menor lo extraño y singular de algunas mortificaciones. Durante los días que restaban de marzo las demostraciones de laceración que exhibieron en público quienes por penitencia se humillaban llegaron al exceso. Se puede imaginar parte de aquellas formas radicales de la penitencia gracias a la persistencia de la indumentaria reservada al ejercicio de la mortificación extrema que fue utilizada durante siglos en las procesiones públicas. Permite identificar con certeza al menos dos de sus especies, los disciplinantes y los empalados. Cada uno depurado por su propia tradición, ambos respondían al tipo genérico llamado penitentes de sangre.
Los disciplinantes son los más conocidos. En las procesiones públicas cubrían su cabeza con un capirote blanco, que al mismo tiempo les ocultaba la cara, y vestían una túnica, también de color blanco, que dejaba al descubierto la espalda. Formando círculos o filas, unos a otros se azotaban y herían con un látigo normalmente de hilo. Blanco White, atento observador de la especie, quien los sitúa unos veinticinco años después de la fecha de nuestro interés, los refiere como gente bañada en su propia sangre que procedía de lo más abyecto de las clases bajas. Descubre que antes de incorporarse a la procesión se herían la espalda, y ya en ella se azotaban unos a otros con disciplinas hasta hacer que la sangre corriera por sus hábitos. Estaba muy extendida la idea de que este acto de penitencia tenía al mismo tiempo un excelente efecto sobre la constitución física; y mientras por un lado la vanidad se sentía halagada por el aplauso con que el público premiaba la flagelación más sangrienta, una pasión todavía más fuerte buscaba impresionar irresistiblemente a las robustas beldades de las clases humildes.
El empalado, en contra de lo que ocurriera con los disciplinantes, ha sobrevivido, aunque en condiciones endémicas. Fuentes etnográficas permiten identificarlo como un varón que desde la cintura se cubre con una vestidura talar sobre la que sobrepone un faldellín de encajes de las mismas dimensiones. Va descalzo, y sobre el cuello sostiene un palo recto y largo, al que se han fijado sus brazos con una cuerda gruesa y basta que rodea palo y brazos con cuidado, para no dejar ver ni una ni otra cosa, ni siquiera las manos. Con idéntico procedimiento y una cuerda del mismo tipo, el tórax se recubre en toda su superficie hasta la altura de las axilas, directamente sobre la piel. La imagen que así se obtiene es la de un crucificado. Sobre los dos brazos mantenidos en horizontal cae un largo encaje a modo de sudario, que pasa de un lado a otro por la espalda del empalado. De ambos brazos, atados con cuerdas más finas, cuelgan unos instrumentos de hierro, que pueden ser tenazas o similares, evocadores de los atributos de la pasión. Cabeza y rostro del individuo van cubiertas con un velo, también de encaje. Si bien oculta los detalles del rostro, deja apreciar con nitidez sus rasgos esenciales. Sobre el velo, encajada en la cabeza, lleva una guirnalda trenzada con ramos y flores, cerrada sobre sí misma, que recuerda la corona de espinas.
A fines del primer tercio del siglo décimo séptimo, Arguijo describió un personaje muy similar transitando por las calles de la capital un viernes santo poco antes del sol puesto. Aunque en su indumentaria haya alguna diferencia con respecto al que ha sobrevivido, no puede haber dudas sobre su identidad y sobre su ascendencia. Según aquel, iba desnudo de cintura arriba, con unos calzoncillos de lienzo, una soga de esparto al cuello y amarrados los brazos con ella y una barra de hierro. siglo décimo séptimo, y otras que certifican sus persistencia en pleno siglo vigésimo, se puede presumir que a mediados del siglo décimo octavo estaba vigente, y que, junto con los disciplinantes que impresionaban con sus hemorragias, pudo ser uno de los personajes dramáticos que incrementaron la fuerza de las rogativas de aquel año.
Probablemente la emulación y las pasiones tendrían una parte de responsabilidad en el giro que estaban dando. Pero lo que consta por las crónicas es que fueron las órdenes religiosas, que compitieron entre sí por rentabilizar la situación que se había creado, las que más contribuyeron a que la pasión piadosa se desbordara. A la vanguardia de esta nueva corriente actuaron los jesuitas. Organizados en misión, y apoyados por el clero de las parroquias, llamaron a la penitencia en los barrios más poblados de la capital, en cuyos templos, pronunciando sermones, prolongaron su actividad durante las tardes de un par de días. Sin embargo, el exceso en las penitencias no parece que fuera responsabilidad directa de esta iniciativa. En la noche del mismo día que los jesuitas habían tomado la decisión de promover sus misiones, los capuchinos salieron con coronas de espinas y sogas al cuello, echando saetas y jaculatorias, y en tono lúgubre cantando los salmos penitenciales. Dos farolitos pequeños abrían su procesión, y otros dos iguales alumbraban al santo cristo con que concluía. Los acompañó mucha gente hasta que se recogieron, ya las dos de la madrugada.
Los franciscanos del convento casa grande, durante tres noches de aquellos mismos días, organizaron una procesión también presidida por un cristo. En ciertos lugares del trayecto los frailes llamaban a la reforma de las costumbres y amenazaban con un castigo más terrible que el que se padecía, que no estaría lejos. Uno que formaba parte del desfile iba coronado de espinas y llevaba una pesada cruz a cuestas, lo que movía a compasión.
Desde una de las parroquias de la capital, una cofradía sacó en procesión su imagen de Nuestra Señora, que recorrió el barrio. También en ella iban frailes capuchinos, quienes, tras presentarse con instrumentos de varias penitencias, a lo largo del trayecto pronunciaron sermones. En otra parroquia, otra hermandad de Nuestra Señora sacó en procesión su imagen, esta vez acompañada por los mercedarios descalzos de San José, cuyos individuos se presentaron con distintas mortificaciones. En la parroquia anexa a la catedral, cuando terminaba la segunda década de marzo, y durante seis noches, aprovechando el rosario que allí todos los días se celebraba al atardecer, hubo pláticas y disciplinas. Y todavía tuvieron lugar otras muchas procesiones con penitencias públicas y secretas, algunas de las cuales iban en estación a la Cruz del Campo.
Aquellas manifestaciones radicales de penitencia fueron razón suficiente para que la máxima autoridad eclesiástica, ya comenzada la primavera de 1750, finalmente decidiera prohibir las procesiones de rogativas, a pesar de lo cual los rosarios de la capital mantuvieron las suyas. Los miembros de uno de ellos, vinculado a la primera casa de los dominicos, durante nueve noches todavía hicieron estación a distintas iglesias, aunque en ellas, una vez que el episcopado romano había tomado aquella decisión, solo fueron pronunciadas pláticas. También la autoridad municipal de la primera ciudad de la región, precedida por los alguaciles de los veinte, y contando de nuevo con los escribanos y los corredores de lonja, como penitencia todavía acordó ir andando hasta el lugar donde recibía culto cierto cristo. Sin embargo, esta decisión fue modificada por una circunstancia que tal vez facilitó que fuera, antes que otro estímulo a los comportamientos extremos, el catalizador que precipitara la inversión del curso que antes habían tomado. A los pocos días de que el cuerpo civil de la capital acordara ir hasta el mencionado cristo empezó a llover. Fue razón suficiente para que a continuación una hermandad de Nuestra Señora, a la que ahora se adhirieron los frailes agustinos, otra vez promoviera, en vez de más penitencias, funciones de acción de gracias por el beneficio recibido.
En las poblaciones de la región, mientras tanto, todo discurría de manera más sosegada, aunque sin que tampoco en ellas faltara la interferencia de las órdenes del clero regular, que desde mediados del invierno insistentemente refractaban las rogativas.
Estaba terminando marzo y era domingo de ramos. Para la tarde de aquel día una comunidad de clero masculino había organizado una rogativa a una milagrosa y santa imagen de Nuestra Señora, asimismo objeto de gran devoción, que recibía culto en su convento, situado, tal como era común en estos casos, extramuros de aquella población. Habían previsto un acto en dos partes, primero un sermón y luego el habitual desfile con la imagen. Con el propósito de que asistiera a ambos, habían invitado al cabildo municipal, y este efectivamente acudió. En el transcurso del sermón, aprovechando su presencia, el predicador recordó al municipio que desde antiguo estaba obligado a la mayor veneración, devoción y culto de la santa imagen a la que en aquel momento se le rogaba.
A la vuelta de la procesión, llegada la hora del toque de la campana para la oración del ave María, el gobierno del municipio se reunió en las casas capitulares. Por experiencia sabía el patrocinio y la protección que concedía la Virgen en aquella milagrosa imagen, como testimoniaban tanto sus fieles de la población como los de todos los reinos de Castilla, e incluso los sujetos a su corona en el Nuevo Mundo. Aceptó por tanto la obligación con la que le había conminado el predicador, y por unanimidad votó corresponder a ella satisfaciendo un deseo concebido días antes, nombrar su compatrona a Nuestra Señora la Virgen María venerada en aquella imagen. En aquel asunto los capitulares actuaban inspirados por la firme esperanza de que por este medio conseguirían, tanto ellos como la población, dulce y eficaz patrocinio para el acierto y el beneficio común y particular, y logro de las consolaciones que tanto necesitaban; especialmente en la aflicción que vivían, ocasionada por la falta de agua que desde hacía tanto tiempo padecían, de tal magnitud que hacía temer que, si no se conseguía pronta y piadosa providencia divina, habría general pérdida de todas las sementeras, ganados y frutos. De este modo, en aquellos excepcionales momentos, se consumó un patronazgo, una forma muy común de alimentar la identidad colectiva en las poblaciones de la época.
Pocos años después, uno de los regidores de una de ellas teorizó que la condición de verdadero patriota se adquiría aceptando el patronazgo de una imagen mariana. Patria, entonces, ateniéndose al sentido clásico, exclusivamente se refería a la población en la que se había nacido. Luego patriotas serían todos los que compartieran esta condición natural. Ahora bien, según aquel regidor, los habría de al menos dos clases, los verdaderos y los que no lo eran. Serían los primeros los que al mismo tiempo aceptaran el patronazgo de su correspondiente imagen mariana. Quienes no lo aceptaran, sin dejar de ser patriotas, porque esta condición se adquiría por naturaleza, incurrirían en algo aún peor, la de no ser verdaderos.
Dado que, para entonces, mediados del siglo décimo octavo, aquellas imágenes, especialmente las elegidas para que adquirieran esta condición, contaban con al menos uno o dos siglos de culto, el número de sus devotos, entre los patriotas o nacidos en un mismo lugar, tendrían que ser significativo, en cualquier caso superior al número de los que disponían de derechos políticos. Los regidores, o miembros de pleno derecho de las asambleas de gobierno locales, y los jurados, que solo tenían voz en ellas, eran los únicos elementos de la sociedad civil que al mismo tiempo poseían derechos políticos, en los que se mantenían por vía de apropiación.
Si nos atenemos a la teoría de aquel regidor, contemporánea de los hechos que estamos analizando, cuando una cámara de gobierno local decidía designar compatrona a una imagen habría decidido compartir su dominio con ella, puesto que este era el contenido del derecho de patronato. Más allá de la apariencia simbólica de aquella decisión, con una decisión como aquella el municipio que así actuara pretendería crear consenso para su exclusiva sociedad política nutriéndose de los devotos de la imagen, quienes, gracias al poder que a esta le reconocieran, automáticamente se lo concederían. La extensión del vínculo de identidad, o condición de verdadero patriota a todos los devotos, que tendría ser automática por el hecho de ser devoto, en la medida en que lo aceptaran los convertiría en sujetos a la exclusiva sociedad política limitada a regidores y jurados, sin que al mismo tiempo dispusieran de los derechos que eran inherentes a quienes formaban parte de ella.
En aquel estado de calculado fervor, tras insistir en su deseo de servir más a Dios Nuestro Señor y reverenciar a Nuestra Señora la Virgen María, aquel municipio también acordó que, si en toda la santa semana que aquel día empezaba no se conseguía el beneficio de la deseada y congruente lluvia, se continuaría la rogativa comenzada con una procesión que llevara la imagen a la iglesia mayor, en donde se le haría una fiesta con la decencia correspondiente. La procesión tendría lugar el segundo día de la inmediata pascua de resurrección por la tarde, y en el siguiente la fiesta, a costa de todos los miembros del cabildo, según la devoción y facultades de cada uno, considerando no obstante el atraso tan grande y notorio de los propios. Para dar cuenta del voto que se había comprometido, al provincial de la orden en cuyo convento estaba la imagen, que residía en él, a su padre corrector y a toda la comunidad, así como para cuidar de la procesión y fiesta decididas, fueron nombrados como diputados dos regidores.
Ya a primeros de abril, más de dos semanas después de otorgada la última escritura de pleito homenaje, un domingo por la tarde, el gobierno de la población donde se atenían con disciplina a estas formalidades organizó una procesión general con el clero, las órdenes religiosas y las hermandades. Llevaban en ella la milagrosísima imagen de María santísima madre de Dios y señora nuestra. Salieron de la iglesia parroquial mayor y fueron a la del monasterio extramuros donde se mantenía su culto. En la capilla mayor del monasterio el corregidor y los dos regidores para esto diputados entregaron la imagen a la comunidad que lo regentaba, y, en su nombre, al prior, quien otorgó que la recibía. El corregidor hizo, en forma de cancelación, alza y quita de la obligación contraída por los diputados en las escrituras de pleito homenaje, otorgadas a primeros de mediados de marzo. Declaró las escrituras por ningunas y rotas y que los diputados habían cumplido con la obligación que por ellas habían adquirido.
Para entonces, las rogativas de 1750 podían darse por concluidas. Todo cuanto de ellas se podía esperar había sucedido.
No se debe precipitar el lector contemporáneo en su juicio sobre la pertinencia de las rogativas, aunque ahora estemos dispuestos a sonreír con benevolencia ante semejantes actuaciones. En años como aquel sobraban razones para comportarse del modo más comprometido, en modo alguno inconsciente, a la hora de la adversidad. Por desgracia, no hay muchos datos sobre los efectos inmediatos que en el transcurso de los meses siguientes, los de la primavera y el verano, la penitencia pública tuviera en el campo sobre el que pretendía incidir, lo que debe considerarse más un descuido de los autores de nuestras fuentes que falta de eficacia de aquellas transacciones. Pero, a pesar de la falta de información positiva, disponemos de indicios suficientes sobre cuáles pudieron ser. Conocidos los reiterados esfuerzos por modificar el discurrir adverso del tiempo, no es posible creer que de tan generosa entrega y tantas movilizaciones los explícitos beneficios temporales que de ellas se esperaban no dejaran rastro.
En su momento, las rogativas eran percibidas como un hecho que, aparte sus beneficios espirituales, también podía provocarlos de orden económico. Evidentemente no tenían ningún efecto en el campo de la producción. Pero, así como el tiempo atmosférico era causante directo, porque a él está subordinada la supervivencia de las sementeras, las rogativas tenían demostrado que eran factor que modificaba inmediatamente el comportamiento de los precios del grano. Bastaba su convocatoria para que los precios de los cereales panificables subieran.
Probablemente sería un exceso concederles toda la responsabilidad directa sobre algo que por sí mismo disponía de medios más que suficientes para alentar toda clase de oscilaciones en cualquiera de las direcciones deseadas por quienes participaran en aquellos mercados. En la época todos los interesados en su mercado eran conscientes de que la evolución del precio del trigo cada año se podía estimar con antelación. No hacía falta más que tener en cuenta el curso de las cotizaciones en los tiempos anteriores y corrientes. Perceptores de renta en especie, vendedores de grano, trabajadores agrícolas y consumidores urbanos, todos muy sensibles a todas las oscilaciones de los precios de los cereales, harían sus apuestas sobre el signo y el valor de los siguientes de acuerdo con el comportamiento de los anteriores del ciclo, en el que por experiencia sabían que estaban atrapados. Cada año, porque todos tenían una expectativa sobre el comportamiento futuro de aquellos precios, cada cual utilizaría todos los medios a su alcance para conseguir que su comportamiento le fuera el más favorable.
Han sido ensayados distintos procedimientos estadísticos para reconstruir estas esforzadas voluntades, y ninguno ha podido ignorar, completada la observación de los precios efectivos, que no hay modo de representar con una sola imagen un único orden armónico que las evoque al menos transitoriamente compatibles. A decir de los observadores más críticos, bastaba, por ejemplo, que trascendieran al público instrucciones gubernamentales sobre el suministro de trigo y cebada al ejército y la armada para que el precio de los cereales subiera, porque al instante se difundía la sospecha de un previsible comportamiento acaparador de los asentistas, que a unos favorecía y a otros defraudaba. Pero sobre todo eran los tempranos anuncios de escasez los que despertaban la esperanza en los precios mayores, que tampoco a todos satisfacían. La previsible caída de la producción, efecto inmediato de la sequía, era bastante para añadir, aun varios meses antes de que llegara el momento de la cosecha, el factor de incertidumbre que desde la primavera, cuando regularmente los precios del grano conocían sus máximos, los lanzaría de manera extraordinaria.
Sin que nada de esto dejara de ser efectivo en cualquier ocasión, y todo tuviera sus consecuencias, aun así, nadie le puede negar a las rogativas, que tenían reservado su momento estelar entre el final del invierno y el comienzo de la primavera, el poder para liberar ciertas fuerzas que habían ganado. La autoridad regional, en pleno siglo décimo octavo, las identificó con claridad. Se me acaba de asegurar –dijo– que el ilustrísimo cabildo eclesiástico ha acordado hacer rogativas públicas, para obtener de la divina misericordia la lluvia que considera necesaria. Me ha sorprendido esta noticia, porque siendo tan notoria la influencia que tienen estas determinaciones públicas para alterar el precio del trigo, y demás abastos, creía yo que antes de determinarlas debía ser previa la solicitud del gobierno, y su conformidad. Nada hay más temible, cuando se trata del abasto del pan, que el hambre aprensiva, y esta se suscitará infaliblemente por el mero hecho de ver el pueblo se hacen rogativas públicas, porque suponen estas hallarnos amenazados de una calamidad. Por otra parte, no veo que el estado de las sementeras exija el recurso al medio extraordinario de las rogativas.
Las previsiones que podían hacerse sobre cómo las rogativas podían repercutir en los mercados del grano, en caso de que fueran convocadas, eran tanto más certeras cuanto que sus programas habían llegado a ser igualmente reiterativos e insistentes. Poco más de diez años antes, durante el trimestre del invierno, en una de tantas poblaciones de rango medio fueron movilizadas las fuerzas necesarias para que todo ocurriera según era habitual. Llegado marzo, se acordó un novenario a un cristo y su procesión, y la corporación pública, experta y previsora, aunque participó de la iniciativa de los devotos de la imagen, decidió prever también, aparte la común rogativa para que lloviera, para el caso de que ocurrieran las deseadas lluvias, una fiesta solemne de gracias, en la que se cantara un tedeum y que se complementara con el sermón a propósito. Como, pasados los días, persistió la sequía, aparte lo que ya había previsto, optó por solicitar al arzobispo que enviara a un capuchino para que predicara una misión por las tardes durante un novenario de rogativas, y creyó conveniente, para preservar la dedicación a la penitencia, que se evitaran licencias para romerías, sobre todo a mujeres que no fueran acompañadas de sus maridos. La misma secuencia de actividades, si bien resumida, con que la que se actuó en 1750.
Aunque las rogativas puedan reducirse a uno de los recursos agronómicos relacionados con las creencias, servido por una tradición milenaria, en pleno siglo décimo octavo habían conseguido ser algo más. Eran un medio eficaz para extender la conciencia de que los granos se encarecerían, condición que inmediatamente ayudaba a que así ocurriera. No es necesario discutir que, si algo así efectivamente pasaba, solo convenía a los que poseían grano. Pero la convocatoria de las rogativas, más allá de lo que a cada cual interesara, preparaba a todos para enfrentarse a precios altos. Entonces, como luego la publicidad, aquellas movilizaciones de devotos, que aspiraban a comprometer a patrióticas mayorías, preparaban la demanda del grano para un consumo resignado a los precios altos.
Convocando las rogativas no es seguro que se obtuviera el benéfico efecto, pero cuando menos no era descabellado intentarlo. Allí donde se esperaba recibir los mayores beneficios de la crisis, como en la capital de la región, mercado de primer orden, porque las posibilidades para la venta del trigo eran las más extensas, las rogativas serían más tempranas y más frecuentes. Mientras tanto, en las poblaciones medias de la región, muchas de las cuales actuaban como centros comerciales de alcance comarcal de un tamaño estimable, seguirían aquel rastro, aunque con una actitud más contenida y bajo un mayor control de los medios que ponían en acción. También es probable que fuera el final del invierno el tiempo preferido para desencadenar las rogativas asociadas al comportamiento adverso del tiempo que prometía tiempos expansivos. Era un lugar común de la época que los precios del grano se iban incrementando según se iba agotando el producto precedente, más aún cuando la cosecha próxima se pronosticara deficiente justo como consecuencia de un imprevisto efecto del clima.
Como las rogativas se habían consolidado como un recurso reservado para momentos excepcionales, el comportamiento adverso del tiempo en 1750 creó la oportunidad para comprometerse con una declaración pública de que un tiempo singular debía comenzar. Poco antes de 1750 todos reconocían la atonía de los precios de los productos de la agricultura de los cereales de la región. Se aceptaba que estaba estancada. Aquel año, ante la oportunidad que ofrecía la naturaleza, a algunos también pudo tentar el estímulo de sus precios al alza, utilizando para ello todos los medios racionales al alcance de las empresas que invertían en aquella agricultura, entre los que sin duda cumplían mejor con esa propiedad, porque tenían demostrados sus servicios, los proporcionados por las devociones. Entre los promotores de las rogativas de 1750 pudo haberlos interesados en extender entre sus semejantes el crecimiento que solo la multiplicación del precio de los abastos básicos podía originar. Su cálculo previo sobre cómo se podían a comportar los precios del trigo, si las rogativas fueran alentadas correctamente, crearía la opinión en favor de la necesidad de recurrir a tales medios estimulantes del precio. Su comportamiento previsible dentro del ciclo anual colmaría tanto fervor.
Todavía a comienzos de septiembre de 1750, cuando ya todo se hubiera consumado, el municipio que en marzo había designado como su compatrona a una imagen de Santa María decidió hacer cada año una fiesta a la imagen, con su misa mayor y su sermón, en la iglesia del convento donde recibía culto. Como el día ocho de aquel mismo mes se celebraba la natividad de la Virgen, y parecía la ocasión más oportuna para satisfacer este propósito, una vez meditadas sus decisiones, vio el gobierno de la población que ese día no era el más adecuado. Aquel día concurrían demasiadas cofradías o hermandades de los devotos al convento, que año tras año asistían primero a la función y luego a la procesión, haciéndola tan larga que terminaba a las cuatro o incluso a las seis de la tarde. Concluyeron que era preferible que el voto se cumpliera una semana más tarde, el siguiente día quince, octavo de la natividad. A la fiesta de ese día asistiría el cabildo, al menos representado por la diputación que para ello tendría que designar. Sería suficiente para que se tuviera por cumplida la fiesta acordada, sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que era la asistencia de toda la corporación, tanto por lo largo de la estación como por la grave incomodidad que en los días de la octava ocasionaban los calores. Pasado el día quince, quedó suficiente constancia de lo penoso de la estación cuando los diputados para el acto presentaron las cuentas de los gastos que la fiesta había ocasionado. Hubieron de asistir, acompañados por el escribano del municipio, durante la mañana de aquel día en un coche que les costó ocho reales. En lo sucesivo, pues, tendría que ser el día octavo de la natividad de Nuestra Señora el que cada año se reservara para que con la asistencia de la corporación se celebrara la fiesta acordada. Por el municipio fueron elegidos como diputados para cuidar y asistir a ella un regidor y el alférez mayor, que al tiempo también era regidor. Al padre principal de la provincia de la orden en la que estaba el convento, a su padre corrector y a la comunidad les entregarían copia del acuerdo, para que les constara lo que la asamblea había decidido, y por ellos fuera aceptado.
Composición del gasto de las familias
Publicado: abril 24, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
Contra la opinión favorable a la composición de un gasto tipo o cesta de la compra, hay analistas que mantienen que las familias con capacidad media de consumo dispersaban su demanda por muchos bienes, y que tampoco los de las familias de quienes obtenían su renta solo con la venta de su trabajo era muy homogénea. Las leyes de la estadística les quitan la razón, porque ponen al descubierto, sin sobrepasar nunca el límite de la descripción, que el comportamiento de las poblaciones es bastante más gregario de lo que pretenden los defensores de la capacidad individual para decidir y actuar. Alimentación, indumentaria, hogar, iluminación y alquiler de la vivienda eran los componentes regulares del gasto de cualquier familia en cualquier población.
El alimento básico era el pan. Si se toma como referencia el continente, el menos habitual era el que se elaboraba con trigo candeal. Para la mayor parte de la población, incluso el consumo de trigo estaba limitado por su renta disponible hasta el punto que puede afirmarse que el pan blanco era un lujo. El consumo del pan de centeno, el otro cereal panificable, era bastante mayor. También se recurría a la cebada para satisfacer la necesidad más perentoria del alimento imprescindible, en especial cuando escaseaba el trigo, aunque el pan que con ella se elaboraba era pesado e indigesto.
No era frecuente que los panes fueran puros. Para su elaboración solía recurrirse en primer lugar a mezclar el trigo con otros cereales, y más aún se frecuentaban combinaciones inferiores. Se consumían más, por este orden, panes de centeno con salvado y de centeno y cebada, e incluso familias en buena posición decidían alimentarse con pan de mezcla después de haber renunciado al de centeno solo.
Pero ninguna de estas excepciones parece un buen medio para explicar lo que ocurría en la región. No hay constancia de que la cebada fuera panificada en ella, menos aún de que los cereales menores llegaran al mismo fin, lo que en modo alguno obliga a excluirlo. Tal vez sea aconsejable, tal vez solo con fines especulativos, considerar la expresión pan terciado, en la que insisten las fuentes para referirse a todo el producto del cultivo de los cereales, en su sentido literal. Si la cebada era una fracción constante del combinado que se recaudaba cada cosecha, pudo ser la consecuencia de que estuviera admitida como posible agregado a la panificación del trigo. Tampoco parece probable que el consumo de pan de centeno fuera importante, entre otras razones porque su cultivo era marginal en la región.
Alimentos equiparables al pan eran la torta o las gachas de trigo sarraceno, también conocido como alforfón, los mismos preparados de maíz y la sémola de avena. Igualmente era habitual que el pan se consumiera como ingrediente de una sopa más o menos consistente, elaborada con tocino, legumbre, col, rábano, cebolla y huevo. La avena, aunque como la cebada solía ser alimento animal, podía consumirse en forma de papilla, si bien con bastante menos frecuencia que cualquiera de los alimentos derivados de los otros cereales. Las algarrobas, en caso de que faltaran los cereales panificables, podían sustituirlos, aunque solo en años de extraordinaria carencia, cuando se consumían como un sucedáneo del alimento diario.
Algunos cálculos sostienen que una libra de grano por persona y día era el umbral alimenticio que permitía mantener la vida y la capacidad de trabajo en la agricultura de las zonas de clima templado. Otros estiman que el consumo de cereal por persona y año oscilaba entre 150 y 200 kilos. Teniendo en cuenta que una libra equivale a 0.46 kilos, el consumo anual estimado se situaría entre 326 y 435 libras, lo que da un valor medio de 380 libras, algo superior al precedente.
En la armada, hacia 1725, el costo de una ración alimenticia diaria se estimaba en 92 maravedíes. Si se toman en cuenta los precios tipo del trigo en la época, el consumo por persona y día todavía daría un valor algo inferior. Ciertas proyecciones, referidas a los ejércitos de la primera época moderna, llevan a concluir que la ración mínima o de subsistencia por soldado era de 700 gramos al día, que proporcionaban 1.875 calorías; pero que, si no se complementaba con otros alimentos, podía conducir a la inanición. Cuando los ejércitos se desplazaban, para que un soldado pudiera caminar entre seis y ocho horas diarias necesitaba entre 3.400 y 3.600 calorías.
En Francia, para la plenitud del siglo décimo octavo, una familia de seis miembros que se mantenía con una cantidad modesta de trigo necesitaba cuatro kilos al día. También se estima que una familia de entre cinco y seis miembros consumía al año unos 15 quintales de trigo y centeno. Como el quintal son 46 kilos, el consumo de los 15 equivale a 690 kilos, y por tanto la estimación da un resultado que es la mitad que la anterior, porque 4 por 365 es 1.460. Luego habrá que suponer que la familia citada en primer lugar tendría entre 10 y 12 miembros. En otra familia rural, compuesta por la pareja y tres hijos de seis a nueve años, el varón adulto consumía entre 2 y 3 libras de pan diarias porque de él obtenía regularmente su energía. Puede afirmarse con exactitud esta cantidad porque esta ración es al mismo tiempo el elemento en especie del salario agrícola. El consumo de la mujer adulta era similar, y el de los niños se deduce del consumo total diario para esta familia tipo, que se estima comprendido entre 8 y 10 libras. Otros creen más realista situar el consumo diario de pan de una familia tipo en un valor comprendido entre 6 y 8 libras. Pero probablemente el cálculo correcto es el inverso, al menos para nuestra región. No es tan factible calcular la cantidad de alimento que cada día se necesita para obtener el suministro energético cuanto averiguar la cantidad de energía que efectivamente es suministrada por día a cada trabajador: una fanega por persona y mes.
Hacia 1750, para una población de 150.000 habitantes, se calcula un consumo diario de unas 2.000 fanegas de trigo. No parece exagerado porque 2.000 fanegas son unos 111.000 kilos o 241.304 libras. De donde resultaría un consumo por persona de 1,6 libras.
La carne que se consumía era de cerdo salada. En la región la fresca se llamaba tocino y su suministro a los mercados se aseguraba mediante el sistema de abastos. Lentejas, habas y judías eran las legumbres de consumo preferente. Ajo, cebolla, rábano y col también eran habituales, así como la leche y el queso. Sal, grasa, aceite y manteca eran suministros estables de las cocinas. El vino era una parte estimable de la dieta allí donde se producía.
El déficit de renta inducía a comer alimentos poco saludables. Ocurre ocasionalmente la sustitución prolongada durante días de la comida de pan por exclusivamente frutas, lo que, en opinión de los observadores contemporáneos, puede ser causa del incremento de la morbilidad de crisis en la región. Probablemente se refieren a sus efectos sobre el tracto intestinal y sus coléricas consecuencias. También puede suceder abstenerse de la dieta de carne durante meses y reiterar la de legumbres, hierbas y frutas poco nutritivas y en cantidades escasas, lo que tiene el mismo efecto, según la misma opinión. La carencia de alimentos llevaba al consumo de hierbas silvestres.
Para la indumentaria común se utilizan paño grueso o telas de lana del país, y para el trabajo tejido de cáñamo mezclado con lino o con algodón, materias estas últimas a las que también se recurre para la lencería. De lino y de lana se hacen los sombreros y las cofias. Como calzado, en el campo se usan los zuecos de madera o galochas. Los zapatos quedan reservados para las ocasiones. La leña sirve para la calefacción y la lumbre, y las velas de sebo son la base del sistema de iluminación artificial. Gasto común imprescindible era el alquiler, medio corriente de acceso a la vivienda.
Solo el producto del precio medio del pan por el consumo estimado alcanza a superar el 90% de los ingresos que proporcionan los 200 días de trabajo al año que aportaría el varón adulto cuando se alimenta de pan de centeno. Panes de calidad inferior hacen descender la proporción, pero siempre la mantienen por encima del 60%, aunque también hay quien concede al consumo de pan un valor relativo próximo al 50%.
Algunas estimaciones, al tiempo que conceden un menor valor relativo al consumo del pan, próximo al 50% del gasto, creen que el total del gasto alimenticio alcanza los dos tercios del gasto total, lo que implícitamente otorga un 16% al agregado vino, hortalizas, legumbres, etc.
Las mismas estimaciones que conceden al gasto en pan el valor relativo del 50%, y al del agregado vino, hortalizas, legumbres, etc. el 16, a la indumentaria conceden un 15, a la energía doméstica un 5 y al alumbrado un 1. Debemos suponer que el resto (13%) habrá que atribuirlo al alquiler de la vivienda. No obstante, en los analistas que leemos, parece más probable que tal resto se esté concediendo implícitamente al pan. Pero, tratándose de la región, tal vez es más acertado tener en cuenta el alquiler de la vivienda como un gasto general.
Por su parte, para avalar la escasa diferencia entre el comportamiento diacrónico de un índice de precios aritmético y otro ponderado, uno de los más representativos observadores, partidario de la primera forma, optó por los siguientes valores ponderales para la época de nuestro interés. Trigo, 4; vino y aceite de oliva, 3; cebada, queso, garbanzos, carne de vaca, cordero, azúcar, huevos y arroz, 2; el resto de su larga serie de bienes, 1.
El negocio público del trigo ultramarino
Publicado: abril 17, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica Deja un comentarioRedacción
1.
Un acuerdo de la junta de granos regional, el órgano público para la gestión de las crisis, del 18 de junio de 1750, que daba por consumada la pérdida de la cosecha de aquel año, ofrecía a los gobiernos de las poblaciones la posibilidad de proveerse de trigo hasta el siguiente, a través de ella, bajo su dirección y según sus acuerdos. Desde aquel momento podrían servirse de las reservas que la junta ya tenía hechas y de las que en el futuro pudiera hacer. En el caso de que así lo decidieran, tendrían que comunicarle el acuerdo en el que explícitamente cada municipio se comprometiera, tanto a pagar el grano recibido como a garantizar su liquidación mediante una escritura formal que obligara a sus gobernantes como particulares. Era una condición necesaria para que pudieran reservar lo que la junta luego les facilitara, tal como estaba previsto en el capítulo once de una instrucción del 14 de mayo, comunicada el 16 siguiente.
Aquella primera oferta no debió tener la respuesta que sus promotores esperaban, porque en torno al 1 de julio la junta decidió reiterar a las poblaciones bajo su jurisdicción, si tenían urgencia de granos para el abasto público, que debían manifestarlo a través del diputado que cada cabildo nombrara, y que al solicitar el que necesitaran debían remitirle la obligación correspondiente con todas las formalidades que la instrucción prescribía. Quería saber con certeza cuáles eran los pueblos que querían abastecerse, no sólo ateniéndose a la dirección y a las decisiones de la junta, a lo que por supuesto estaban obligados, sino por medio de ella, de sus recursos y los demás auxilios que pudiera proporcionar. El acuerdo expreso de atenerse a la dirección de la junta del reino debían tomarlo, tal como estaba previsto en la instrucción del 14 de mayo, aun en el caso de que los pueblos quisieran abastecerse por sí, a propósito de lo cual se les recordaba que debían dar cuenta de cuanto actuasen en este sentido. Si además quisieran proveerse a través de la junta del reino, tendrían que expresar por cuanto tiempo, a sabiendas de que el plazo que decidieran habría de limitarse al que durase la calamidad y hasta que se pudiera recurrir a la cosecha de 1751. Por eso, en definitiva, esperaba la junta regional que las poblaciones expresaran precisamente si querían proveerse a través de ella o por sí mismas, teniendo presente lo previsto en el acuerdo mencionado.
Con aquellas decisiones, la junta de granos de la región pretendía que la compra de trigo ultramarino con su mediación fuese la vía que eligieran las poblaciones del sudoeste para asegurarse su abastecimiento mientras sus mercados estuvieran sujetos a las carencias que sucedían a la caída de la producción interior. No es fácil documentar todas las operaciones comerciales que pudieron contribuir a que decisiones como estas fueran posibles. Pero es seguro que la junta de granos del reino, para acudir tanto al abastecimiento de trigo para el consumo como para prever las necesidades de la siembra, por cuenta propia se comprometió con el comercio internacional para que se trajese trigo del extranjero, una vez presentados ante la administración central sus temores de que faltara grano para asegurar el alimento y la sementera siguiente. Como consecuencia de aquellas decisiones, al menos el 30 de octubre, con la cobertura de una orden de la administración central, fueron recibidas en la capital nueve mil fanegas de trigo duro de Sicilia. La junta las puso en los graneros del cabildo y las fue distribuyendo a los labradores bajo determinados precios y obligaciones, que creyó equitativas. Así pretendía que comenzara la recuperación de los mercados locales de los cereales. Pero las respuestas que recibió a todas estas iniciativas estuvieron lejos de sus pretensiones, y más aún de ser favorables a los cálculos de aquel negocio.
2.
En una población inmediata a la capital, el abasto de grano estaba deformado por una circunstancia peculiar. Una parte significativa de quienes en ella trabajaban se dedicaba precisamente a las actividades relacionadas con la elaboración del pan de trigo. La asamblea de gobierno de su municipio el 1 de julio, tras ver el primer acuerdo de la junta regional, decidió recordarle esta circunstancia, que el tráfico y manejo de aquella población en su mayor parte era la panadería. Diariamente sus vecinos dedicados a esta actividad se abastecían del trigo que necesitaban en los almacenes de la capital, a donde llevaban el pan, mientras que los panaderos que limitaban su actividad a la población, que abastecían a los que no eran panaderos, hacían lo mismo. Por el momento, la población decidió dar a la junta solo las debidas gracias, y prometer que si en adelante necesitara del suministro le ofrecía, acudiría a pedírselo con las condiciones que había decidido.
Los responsables del gobierno de otra población se reunieron el 9 de julio. Les fue presentado el primer acuerdo de la junta de granos regional, el del 18 de junio, para que sus miembros consideraran la posibilidad de proveerse a través de ella. Analizado, así como los capítulos diez y once de la instrucción de mayo, referidos a las condiciones de la compraventa, unánimemente decidieron derivar la respuesta a la junta de granos local. El órgano de gobierno de la población tenía dadas y cedidas todas sus facultades en aquella materia a una junta local de granos que él mismo había creado, para que dirigiera y administrara de la mejor manera el abasto de pan de su plaza y todo lo relacionado con él. Así pues, el acuerdo de la junta de granos de la región se remitiría a la local, que debía deliberar si, para el abasto de pan de la plaza, el gobierno de la población debía proveerse de las reservas de la junta del reino. Sabiendo lo ardua que sería al ayuntamiento la obligación que se exigía, si se deseaba servirse de las reservas de la junta regional, resolvería lo que más conviniera, y su resolución sería aceptada como acuerdo de la asamblea de gobierno.
La junta local se reunió el 24 de julio para cumplir con el encargo que había recibido. Sentó que el gobierno de la población contaba con fondos suficientes para mantener el abasto de pan de su plaza, y que ni su volumen ni aquella manera de proceder hubiera dado lugar a la menor inquietud pública. Acordó, en consecuencia, que el suministro de pan a la población prosiguiera por cuenta propia, gestionado por la junta local, bajo las mismas condiciones y del mismo modo que hasta aquel instante, haciendo las compras necesarias en los momentos oportunos. El 30 de julio la asamblea de gobierno celebró la reunión prevista, durante la cual fue presentado el acuerdo de la junta local del día 24, trámite necesario para que adquiriera toda la fuerza legal lo que esta había decidido. Visto, oído y entendido por el ayuntamiento, fue unánimemente aprobado.
En una tercera población también habían tomado ya sus propias decisiones sobre la compra de trigo para abastecer a quienes en ella vivían, y fue el 25 de junio, durante una de sus reuniones, cuando su junta de granos supo de la orden de la regional que contenía los acuerdos del día 18 anterior. Aquel otro gabinete de crisis, también de alcance local, manifestó que deseaba someterse a la general del reino y aceptaba lo que esta le proponía sobre obtener bajo su dirección el suministro necesario para el abasto cotidiano. Con el fin de estudiar las circunstancias de esta colaboración, y para dar cuenta del estado de sus habitantes, nombró un diputado que se hiciera responsable de las gestiones que correspondían.
El 2 de julio siguiente, en la capital, en la junta de granos de la región, su escribano leyó una carta escrita a su presidente por aquella población que incluía tres testimonios. Uno estaba referido al dinero que había recaudado la junta local de granos para el abasto de su población, procedente tanto del tercio de rentas provinciales, cedido temporalmente por la hacienda de la corona, como de otros depósitos, y a su inversión en la compra de trigo ultramarino. Otro, sobre el acuerdo de su junta por el que había decidido someterse a la regional y aceptar sus propuestas, así como sus condiciones para abastecerse de todo lo necesario para el consumo diario, y otro sobre los fondos de los que en aquel momento disponía el pósito de la población.
La junta regional, a la vista de la carta y de los testimonios que la acompañaban, decidió responder a través de su secretario. Se daba por enterada de las decisiones que se habían tomado para mantener aquel abasto, de las que personalmente ya había informado a la máxima autoridad de la región el diputado nombrado con este fin. Pero estaba lejos de considerarlas satisfactorias. Reiteró que, por su acuerdo del día 18 de junio, quería saber a ciencia cierta cuáles eran los pueblos que querían abastecerse, no solo ateniéndose a la dirección y a las decisiones de la junta, sino por medio de ella. Sin embargo, la población ni siquiera presentaba el acuerdo expreso de someterse a la dirección de la junta de granos de la región. En cualquier caso, esperaba que aquella asamblea de gobierno expresara claramente si quería proveerse a través de ella o por sí misma.
El 13 de julio el ayuntamiento decidió dar satisfacciones a la junta regional. Le comunicaría que tenía en su poder 1.000 fanegas de trigo, compradas a iniciativa suya, y que por el momento no necesitaba de contribución a su abasto diario, porque los panaderos se lo aseguraban por cuenta propia en la capital, donde compraban el trigo ultramarino que necesitaban a precios cómodos. Aclararía además que no estaba en condiciones de indicar la cantidad de trigo que le haría falta más adelante, ni menos aún de renunciar a la ayuda que le ofrecía la junta de la región, porque no quería exponerse a que en lo dilatado de la estación algún suceso inopinado pusiera a su común en la necesidad. Prefería reservarse para esa circunstancia declarar cualquier novedad que le ocurriera.
El día 20 siguiente, en la capital, en la junta general de granos, fue leída la carta que la población había dirigido a su secretario el 18 de julio, en la que, con un lenguaje más directo, le explicaba que estaba abundantemente abastecida para su alimento diario gracias a los panaderos que iban a la capital a vender pan, y que por tanto no necesitaba del contingente de granos ultramarinos del que disponía la junta general.
Ante aquella respuesta, esta vez la junta reaccionó presionando. Al día siguiente, 21 de julio, a través de su secretario, titulado conde, decidió prevenirle con toda expresión, que la junta de la región no podía estar de acuerdo con lo acordado por los responsables de aquel municipio. La junta regional no debía mantener reservas para las poblaciones que desde aquel momento no empezaran a proveerse recurriendo a ella. Así que bien decidían, expresamente, desde aquel momento, que habían de abastecerse de lo que necesitaran cada mes a través de la junta regional, y calculaban específicamente la cantidad que cada treinta días iban a necesitar, cantidad en la que se tendría en cuenta lo que la población ya tenía reservado por cuenta propia y en su haber, o si querían abastecerse por sí mismos durante todo el año, en cuyo caso quedarían como responsables de las contingencias del tiempo y de los perjuicios que por falta de granos, aumento o disminución de los precios llegara a sufrir su común.
El 27 de julio el ayuntamiento vio la carta del conde secretario. Se acordó comunicarle que un regidor iría personalmente a explicar las razones que habían motivado las respuestas dadas sobre este asunto hasta aquel momento, las mismas que aún permanecían vigentes. Tomándolas como punto de partida, hablarían sobre cuál podría ser la decisión definitiva sobre, la que, conocida por el gobierno municipal, serviría para que actuara como creyera más conveniente. No hay constancia de que aquella última gestión modificara las posiciones, por lo que tampoco en este caso el balance puede considerarse favorable a los negocios de la junta general.
3.
El gobierno de una cuarta población, interior, próxima al confín occidental del sudoeste, el 28 de junio también discutió la oferta de abasto de trigo que la junta de granos de la región había decidido hacer. Que alguna diferencia había entre la que recibiera y otras anteriores se deduce tanto de la comunicación registrada, fechada el 19 previo, en vez del 18 que consta en otras poblaciones, como de la respuesta dada. Aunque el contenido preciso de la nueva oferta no figura explícitamente, se puede deducir de lo que a continuación actuó.
La junta de granos le ofrecía ayuda, bien en especie bien en dinero, para garantizar el suministro de trigo a su población. Reconoció que la junta le proporcionaba un beneficio que podía satisfacer la necesidad de su común, al abrirle una posibilidad de abastecerse al menor costo. Se proveería, pues, bajo el auxilio de la junta, del trigo de la mar que necesitara. Organizaría el suministro a través de los dos puertos marítimos, situados al sur de la población, a unos treinta kilómetros, porque eran los más inmediatos a ella. Su asamblea de gobierno habría decidido aceptar esta oferta al tiempo que habría resuelto que un diputado de la corporación fuera a conferir con la junta la forma y el montante de la ayuda que juzgaran necesario hasta que se recogiera la cosecha del año siguiente.
El acuerdo tomado aquel día debió incluir algunos detalles más, una parte de los cuales asimismo es posible conocer por referencias que se encuentran en la documentación posterior, de mediados del mes siguiente. El más importante, pasadas las semanas, resultó ser que aquellos capitulares también habían decidido beneficiarse de la protección de la junta bajo las condiciones de obligación previstas por la instrucción de mayo. Hasta tanto fueran formalizadas, creyeron que sería suficiente que al agente general, que debía residir en la capital de la región, se le remitiera por correo un testimonio del acuerdo tomado, para que, en nombre de la corporación, lo hiciera presente a la junta.
Hacia mediados de julio, tal vez algo más tarde, pretendiendo hallar el medio adecuado para obtener el mayor beneficio, la autoridad local acordó sin embargo no precisar la cantidad de fanegas de trigo ultramarino que necesitaría para su abasto hasta la cosecha de 1751. Prefería recibir lo correspondiente mes a mes. También esta población ya tenía prevista una reserva de 1.000 fanegas de trigo ultramarino para garantizar su abasto, no obstante lo cual decidió reiterar que lo que deseaba era el auxilio y la protección de la junta, así como no separarse de ella, tal como había manifestado en acuerdos anteriores. Los capitulares asimismo nombraron al regidor que debía gestionar las decisiones tomadas, a quien se le encargó que actuara según lo que le propusiera la junta, así como adecuándose al tamaño del vecindario de la población, los tráficos a los que se dedicaba y el estado que en aquel momento presentaba la cosecha. Y para que resolviera sobre cuanto necesitara una decisión inmediata se le otorgó poder.
El regidor designado no viajó a la capital hasta el 4 de agosto, donde primero intentó reunirse con el secretario de la junta al día siguiente. No pudo porque el conde había estado durante toda la jornada fuera de su casa, pero el día 6 por la mañana estuvo con él. Ateniéndose a las cartas que le dirigía el gobierno de la población, al testimonio de sus acuerdos y a lo dicho por el diputado, durante aquella entrevista el conde se comprometió a dar cuenta de los hechos que se ponían en su conocimiento a la junta regional durante la sesión que aquella misma mañana celebraría. De lo que acordara le informaría al día siguiente, como efectivamente hizo. La junta había decidido deliberar sobre el asunto después de oírlo, y una vez que hubiera satisfecho las preguntas que se le harían, para lo que fue citado a comparecer a la sesión del día 8 por la mañana.
El 8 de agosto, el representante de la población fue recibido por la junta de granos del reino, a la que fue presentado por el conde. Tomó la iniciativa, y antes de explicar las razones que tenía la población para tomar sus decisiones, adelantó que cuando las conocieran comprenderían que no era necesario discutirlas, y que el propósito de las autoridades que representaba era el mayor acierto en todo. A continuación, ante la junta expuso las decisiones que se habían tomado para prevenir su abasto de pan.
Una vez oídas sus justificaciones, como preámbulo la junta le hizo saber que quedaba satisfecha, y que le ofrecía todos los medios de los que disponía, para que entre ellos eligieran sus representados. Le parecía razonable que no quisieran precisar la cantidad de fanegas de trigo que necesitarían hasta la próxima cosecha, y que prefirieran recibir lo correspondiente mes a mes. Pero debían pensar que, aunque la población tuviera una reserva de 1.000 fanegas de trigo ultramarino para su abasto, durarían pocos días si llegara a haber falta, la que en poco tiempo no se podría cubrir por cuenta propia. Teniendo en cuenta esto, y para atender a aquella población con especialidad, como a ninguna otra, deberían regular las fanegas de trigo que pudiera necesitar para uno, dos o tres meses, y prevenirlo, porque la junta de granos estaba dispuesta a entregarlo siempre que se comprometiera la obligación de satisfacerlo, tal como estaba previsto.
El diputado debió poner algunas objeciones, de las que podemos juzgar por los argumentos en contra que a continuación, según los documentos, los responsables de la junta acumularon en favor de la venta de trigo ultramarino que patrocinaban. La primera debió referirse a los plazos, porque, en cuanto al tiempo para pagar el trigo que se adquiriera, podían elegir entre dos formas, según se fuera vendiendo o pagándolo cuando llegara el verano del año siguiente, por el día de Santiago, porque hasta entonces la autoridad regional no necesitaba reintegrar a sus depósitos los caudales de los que estaba haciendo uso para hacer frente a sus compras.
Otra debió considerar la posibilidad de que el mercado del trigo acopiado se estancara, a sabiendas de que el trigo ultramarino no tenía en su favor la mejor fama, lo que le fue replicado con recomendaciones muy prácticas. Si antes de que llegara aquel momento, no obstante beneficiarse el trigo con apaleos, como hacía la junta con el que tenía en la capital, se observara que el trigo tuviera algún perjuicio, lo comunicarían a esta, que daría el permiso necesario para intervenir en el mercado del grano con una corrección que cuando menos necesitaba ser sancionada por la administración regional. Podría el gobierno de la población, llegado el tiempo anterior al de la futura cosecha, obstaculizar la venta de otros trigos, obligando a los panaderos a que aceptaran el público al coste que tuviera, y a los vecinos que no se abastecieran de las plazas repartirles trigo según la familia y las labores que mantuvieran, porque para todos debía tener reservas. El conde, vocal y secretario del gabinete regional, así se lo comunicaría al ayuntamiento por escrito.
El diputado, antes de volver a la población, para completar sus gestiones reconoció los trigos que tenía almacenados la junta. Los encontró de buena calidad y decidió llevarse una muestra de ellos. Y el 11 de agosto, cuando ya estaba de vuelta, su ayuntamiento se reunió para oír el informe de lo que había tratado. Explicó cómo había expuesto las razones de los acuerdos de pleno mes de julio, y con detalle la respuesta obtenida de la junta, así como sus gestiones en sus almacenes de grano, y entregó a la escribanía de cabildo la muestra de trigo que había traído consigo.
Recibido este informe, la asamblea reiteró que su deseo era estar siempre bajo el auxilio de la junta, y acordó que aceptaba su disposición. Decidió que el dinero que tenía en las arcas, del que la piedad del rey se había servido librarle, para que pudiera hacer frente a la urgencia de aquel momento, se empleara en la compra del trigo ultramarino que habitualmente se estaba vendiendo en la capital. Según sus cálculos, podría comprar en aquel momento hasta 500 fanegas, que al precio de 40 reales cada una supondrían 20.000. Además, de la junta de granos regional se tomarían otras 1.500 fanegas de trigo, asimismo a 40 reales, cuyo importe se liquidaría en las arcas de la junta el día de Santiago de 1751. Con esta provisión se alcanzarían las 3.000 fanegas de reservas. Así su común quedaría abastecido, aun en el caso de que sucediera alguna carestía, y dispondría de tiempo suficiente para informar a la junta de cualquier novedad que pudiera ocurrir. De los 60.000 reales que importaban las 1.500 fanegas que se habrían de comprar más adelante se otorgaría la correspondiente obligación formal, en los términos previstos. Para lo demás que en lo sucesivo pudiera necesitar la población, para evitar las obligaciones, haría sus compras al contado. Confiaba en que la junta tendría a bien este acuerdo y se serviría socorrerla siempre que la viera amenazada de indigencia.
Pero el gobierno de la población aún se reservó una iniciativa. Decidió que el acuerdo precedente y la propuesta que lo había originado se hicieran saber a todos los miembros de su asamblea que en aquel momento estaban en uso de sus oficios, tanto regidores como jurados, incluso a los que no habían estado presentes, para que expresaran su conformidad con él o expusieran el dictamen que fuera de su parecer y lo firmaran. Una vez completado este procedimiento, se remitiría testimonio del mismo a la junta, para que con su anuencia se pudiera otorgar la correspondiente obligación. Y añadieron, conocedores de la opinión que ya se hubiera naturalizado entre los miembros del gobierno municipal, que en caso de que todos los capitulares no estuvieran dispuestos a otorgar la obligación, se suplicaría a la junta que diera la providencia oportuna, bien para que la concedieran bien para que se sintieran sujetos a la obligación a la que sus oficios les llevaba, puesto que se trataba de una decisión que se dirigía al beneficio común. El mismo regidor que había desempeñado la diputación ante la junta, tras recibir el agradecimiento de los reunidos por su trabajo y su esmero, quedó otra vez comisionado para ejecutar estas decisiones.
La consulta a los capitulares, que efectuaron los empleados de la oficina del cabildo, en todos los casos consistió en que el escribano notificó, a todos personalmente, el acuerdo que el gobierno de la población había tomado sobre la obligación de las 1.500 fanegas de trigo que más adelante habría que comprar.
Comenzó el 13 de agosto. Aquel día fueron consultados seis regidores y dos jurados. Para tres de los regidores no consta el lugar donde se les requirió para que se pronunciaran, pero de los otros tres se sabe que sus votos les fueron tomados en sus respectivas casas, a donde acudieron los empleados públicos. Uno de los regidores declaró que se conformaba con lo acordado y dispuesto en todo, como si para celebrarlo hubiera concurrido al acto, pero otros dos se manifestaron en contra. Uno de estos dijo que no estaba de acuerdo porque perjudicaba al común, puesto que el trigo ultramarino, de la misma calidad que las 1.500 fanegas que se había decidido comprar a 40 reales, en aquel momento se estaba vendiendo en la capital a un precio comprendido entre 28 y 32 reales. El otro, algo más circunspecto, afirmó que por el momento, y mientras se informaba por su abogado, no se pronunciaba en favor del acuerdo, y menos obligándose como particular. En cuanto dispusiera del informe de su abogado, lo comunicaría al gobierno municipal.
Los otros tres excusaron y eludieron su responsabilidad. Uno dijo que, como por despacho real, estaba exento de la obligación de acudir a los cabildos, por sus muchos achaques y su avanzada edad, se creía libre de la responsabilidad a la que se le quería sujetar. Otro, que también dijo tener despacho real para librarse de la obligación de asistir a los cabildos, asimismo por sus muchos achaques, argumentó en los mismos términos. Y el tercero se limitó a decir que reflexionaría sobre lo acordado por la ciudad y que respondería lo que resolviera.
De los jurados, uno fue consultado en un lugar que la fuente no precisa y el otro en el oficio de cabildo. El primero dijo que estaba de acuerdo con todo y por todo, pero el segundo declaró que no debía intervenir en la obligación personal por cuanto el oficio de jurado no tenía alguna. Su argumento efectivamente estaba avalado por que los jurados, en origen representantes de los vecinos según barrios, carecían de derecho de voto. Como consecuencia de su oficio, solo les correspondía contradecir lo que les parecía no ser lo más útil al común, como a los primeros tribunos de la antigüedad romana.
El balance del día no era nada alentador. Solo un regidor se había declarado a favor del acuerdo, otros dos se habían manifestado en contra y tres habían eludido pronunciarse. De los jurados, uno se había declarado de acuerdo y otro había manifestado abiertamente su negativa a intervenir en la decisión. Sin embargo, al final de la jornada, el corregidor, repasadas las diligencias de notificación que se habían hecho, prefirió creer que los capitulares a quienes se había comunicado el acuerdo no habían dado respuesta fija. Dictó un auto para que la dieran puntualmente, y mandó que se hiciera saber a quienes no se habían comprometido con ninguna, así como a los que no se les había hecho saber, para que dijeran si estaban o no en favor del acuerdo a lo largo del día siguiente, 14. Si no lo hicieran, se daría cuenta a la junta de granos regional, para que decidiera lo que creyera conveniente.
El 14 agosto fueron de nuevo consultados dos de los regidores que el día anterior habían comprometido su voto, pero no se consiguió que modificaran su posición. Uno dijo atenerse a la respuesta que había dado el día precedente. Había sido la propia institución de gobierno local la que le había concedido la licencia que lo liberaba de la asistencia a cabildo y de todos los negocios públicos, a causa de la avanzada edad que tenía y de los males que padecía, y estaba enteramente separado de toda actividad, así de gobierno como particulares. El otro dijo que por el momento no podía decir más que lo que ya tenía respondido. Necesitaba saber y enterarse de las razones que contribuyeron a que fuera tomado el acuerdo, cuyo conocimiento le había sido impedido por la indisposición que entonces estaba padeciendo. Pero que tomaría una decisión en cuanto se encontrara apto y mejorado.
También votó de nuevo el jurado que el día anterior se había declarado irresponsable. Había decidido comparecer ante el escribano y decir que en la notificación que se le hizo en el día anterior ya había dado cierta respuesta, y que había optado por reformarla declarando que se conformaba con el acuerdo, y que se obligaba a todo cuanto expresaba.
Además, fueron encuestados otros cinco regidores y dos jurados. De los regidores, cuatro fueron requeridos en lugares que se desconocen, mientras que al quinto lo encontraron en su casa. A favor del acuerdo solo se pronunció uno, quien dijo que aceptaba lo dispuesto sobre la obligación. Los otros cuatro no se pronunciaron. Uno dijo que no podía dar respuesta justificada mientras no se le entregaran los documentos del cabildo del día 11, para que, vistos por su abogado, diera con su parecer la respuesta fija. Otro respondió de manera similar, apelando igualmente a los documentos y a la opinión del abogado que lo asesoraba, y exactamente lo mismo ocurrió con el tercero y con el cuarto. Los dos jurados recibieron la notificación al mismo tiempo y ambos en la oficina de la corporación. Dijeron que como no tenían voto por ser jurados, no podían ni debían votar en pro ni en contra en acuerdo alguno que hiciera la asamblea, por lo que no podían ni debían comprometerse como particulares a cualquier obligación a la que decidiera sujetarse la institución local.
Así pues, el día 14 solo se obtuvieron dos pronunciamientos a favor del acuerdo, uno de un regidor y el otro del jurado que había decidido modificar su voto del día anterior. Del resto de los que fueron consultados aquel día, los dos regidores que ya habían eludido comprometerse mantuvieron su voto, mientras que otros cuatro prefirieron no pronunciarse. Los dos jurados más se adhirieron a la posición de irresponsabilidad que ya sus colegas habían defendido.
Las posibilidades abiertas por el recurso al voto individualizado se habían extinguido. A la reunión del día 11 habían acudido, además del corregidor, nueve regidores y dos jurados. Aun aceptando que los doce fueran favorables al acuerdo, con el balance de la encuesta de los días 13 y 14 el resultado no estaba claro, al menos en términos políticos. Solo cuatro votos fueron acumulados a favor del acuerdo, dos de regidores y otros dos de jurados. En contra se habían manifestado dos regidores, mientras que no se pronunciaron siete regidores más dos jurados que mantuvieron la posición de irresponsabilidad.
La información sobre el estado que se había creado no se recupera hasta pasado un mes, el 14 de septiembre siguiente, y lo que se puede averiguar no deja de sorprender. Ante su asamblea de gobierno, el regidor diputado ante la junta, después comisionado para verificar el voto sobre la obligación de las 1.500 fanegas de trigo, presentó un informe que silenciaba todo lo ocurrido durante los días 13 y 14 de agosto, y que afirmaba que el día 11 anterior se había decidido solicitar a la junta regional aquellas 1.500 fanegas de trigo, a 40 reales, con la obligación de satisfacer su importe el día de Santiago de 1751, y que asimismo el gobierno de la población había decidido que con el dinero del que en aquel momento disponía, procedente del que el rey cedió del valor de sus rentas, se compraran otras 500 fanegas de trigo en la capital.
Como la ejecución de estas decisiones le había sido cometida al informante, explicó que en el correo inmediato a lo decidido el 11 se había remitido testimonio del acuerdo a la junta, la que sin embargo, a pesar de que había transcurrido más de un mes, aún no había dado respuesta alguna. Por eso el comisionado tampoco había comprado las 500 fanegas que entonces se le habían encargado. Dados la suspensión y el silencio de la junta, y sabiendo que estaba próxima la llegada de un delegado por la administración central, para que se hiciera cargo del socorro a los pueblos, la asamblea decidió que hasta que este no llegara era posible esperar la resolución de la junta. Si para cuando llegara aún la junta no hubiera respondido, el regidor diputado tendría que informar al delegado de todo lo sucedido en este asunto.
No parece que el gobierno del municipio finalmente recurriera a los medios que le había ofrecido la junta de granos del reino. Ya el 8 de noviembre, una vez constatado que faltaba cosecha y que escaseaban los granos para el socorro y abasto de los vecinos, en atención a tal estado estaba haciendo las mayores y más eficaces diligencias para que no hubiera carencia. La parte de las tercias que en las rentas del diezmo del pan de la población correspondían al señor de ella estaban a cargo de su tesorero recaudador, quien a su vez era el corregidor al frente del gobierno del municipio donde estaba radicado el primero de los puertos al sur de la población. La corporación acordó que su alcalde ordinario, como diputado de la corporación, fuera a la ciudad portuaria para ajustar con aquel corregidor tan versátil aquella parte de los granos. De su importe y contrata haría el instrumento que se le pidiera, por el que se obligaría personalmente, así como a los capitulares, a satisfacer la cantidad acordada en el tiempo y en el plazo que tratara. Recogidos los libramientos de casa de cuentas con el beneplácito de su tesorero recaudador, para poder percibir los granos de los arrendadores, lo que el alcalde ordinario hiciera los capitulares lo aprobaban y se obligaban a cumplirlo. Si fuera necesario, de este acuerdo se daría testimonio, que se le entregaría al alcalde, para que su representación fuera legitimada.
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