No divago bastante

D. Ansón

Aníbal el inquilino abrió la cancela, el buzón, recogió la correspondencia del día y subió las escaleras. Lo del buzón era un hábito. No esperaba nada de él, aunque sí temía algo: la factura del suministro eléctrico. Tenía que llegar de un día a otro. Efectivamente, allí estaba.

     Abrió el sobre. Un escándalo. Nunca había alcanzado una cifra tan alta.

     Cenó y se acostó pronto. En la cama no dejaba de darle vueltas a los números que había visto en la factura. No dormía bien. A cada tanto despertaba y, de golpe, volvía la idea, violenta, ingrata. La factura tenía el tamaño de un mapa y colgaba de la pared. El oftalmólogo, con bata blanca, a su lado, le pedía que identificara uno por uno los números. Miraba alternativamente al oftalmólogo y a la cifra sin comprender. El oftalmólogo se excusaba y tomaba la puerta, y la cifra desaparecía sorbida por un agujero de la pared.

     Por la mañana, mientras se afeitaba, puso la radio. “Peligra el futuro de las pensiones.” “Llevo años trabajando. Si cuando me jubile no tengo ni para pagar la casa, no sé qué va a ser de mí. Si puedo disponer de un hogar es porque puedo pagar el alquiler. Si dejara de tener dinero, me quedaría en la calle. Horrible. Seguro que habrá un rincón en el que pueda encontrar sosiego y todo el tiempo del mundo para atender las escasas necesidades de mi escueta vida. Y si no lo hubiera, tampoco importaría demasiado. Antes llegaría el final que tiene que llegar. ”

     No había concluido el curso de sus ideas cuando el locutor afirmó: “La nueva guerra en el próximo oriente se cobra decenas de víctimas.” “Qué brutalidad. Otra vez personas inocentes muertas cada día. Sin tener la menor responsabilidad sobre los acontecimientos, sin que puedan hacer nada por detenerlos. Nunca habrá una injusticia mayor. La guerra es la mayor de las tragedias. Ante nada de lo que sea obra de las circunstancias se puede ser tan impotente. Tan imposible como es evitarlas, justo es huir de ellas. No hay otra solución. Si alguna vez fuera víctima de alguna, solo me preocuparía encontrar la puerta de salida cuanto antes, y del modo más ventajoso. Solo cabe confiar en que nada de esto ocurra. Saber que está sucediendo en otros lugares en nada contribuye a que pueda remediar la situación. Solo sirve para incentivar la industria del horror, que en parte fabrica armamento, en otra, noticias.”

     Antes de que pudiera dar por agotado el hilo de sus pensamientos, de nuevo el locutor lo cortó diciendo: “El papa, en una encíclica, aboga por el entendimiento entre las confesiones.” “Está bien. Nunca estará de más la tolerancia. Es bueno que haya quien se interese por acercar posiciones. Yo no tengo nada que ver con la confesión católica, ni con cualquiera de las otras. Es posible que para sus fieles su autoridad tenga gran valor. ¿Debe tenerla también para los demás? No más que la de cualquier hombre, siempre que se trate de asuntos de interés común. Si el problema es el entendimiento entre las confesiones, sus ideas pueden ser completamente gratuitas.”

     Ya en el autobús, una chica se sentó frente a él. No era muy alta, y de complexión frágil. “Qué perfil. ¿Por qué parpadeará tan despacio? Debe ser una criatura muy serena. Me recuerda una bailarina que vi hace años. Ni ella ni yo éramos ni siquiera adolescentes, y asistíamos a un banquete en el que sus padres y los míos, y todos nuestros tíos, vestían de etiqueta.” A punto estaba de reconstruir el salón donde se celebraba el encuentro cuando alguien que estaba de pie a su derecha, agarrado a la barra que colgaba del techo, comentó en voz alta: “Dos a cero. Una injusticia. El segundo, de penalti.” “Los árbitros también están corrompidos”, pensó Aníbal. “¿Cómo será que un deporte se convierte en parte de las vidas? Quizás sea por la violencia que administra. Los espectadores se identifican con los agresores. No está mal como liberación. Claro que tampoco estaría mal reconocerlo. Si se aceptara, tendría que contarse entre las conquistas de la civilización.”

     Cuando se bajó del autobús, reapareció la idea. “Puedo ahorrar si cada día prescindo de la estufa un par de horas. Eso sería reducir un tercio el consumo. También puedo comer más platos fríos. Así evitaría encender tanto la cocina, y seguro que consigo asimilar más vitaminas. La cocción las destruye.”

     Al pasar junto a un quiosco, desde la portada de los periódicos proclamaba el ministro de economía: “Las empresas han incrementado sus ventas un cinco por ciento durante el último mes.” “Eso es bueno. Para todos. Si venden más, necesitarán producir más, y más gente que trabaje. Me queda tan lejos el mundo de las empresas. Para mí, son entes que habitan en una formación gaseosa, por encima de nuestras cabezas, que las hace poco visibles y difíciles de alcanzar. No me pasa lo mismo cuando pienso en los empresarios. Seguro que habré conocido a alguno, a más de uno. Pero no he sabido distinguirlo de otros hombres. Solo soy capaz de representármelos en mi imaginación intrigantes, especuladores, y ambiciosos, poco honrados. Y nunca pienso en mi jefe como un empresario. No es ni un empresario ni un hombre. Es un déspota.”

     Durante la mañana, en el trabajo, tuvo ocasión de recuperar la imagen de la chica del perfil elegante. Le resultaba inevitable, volvía sola, sin que por eso se acumularan en su mesa más papeles. “Los papeles tienen su propia vida, y su manejo, para el que solo hace falta como mucho la mitad de la conciencia, es casi automático. Ahí sigue la instantánea. Tiene más fuerza de la que esperaba.”

     “Nos dejan sin puente”, oyó que comentaba uno de sus compañeros. “¡Cómo! No puede ser. Tenía previsto salir. Tendré que quedarme en casa, recluido con mis historias. Mi idea del tiempo se va diluyendo en beneficio de un continuo en el que cuando me instalo todo ocurre con la mayor armonía que conozco. Probablemente sea el resultado de la reducción de los hechos de mi vida. Cada vez son menos, cada vez, más sencillos. Esto los hace más accesibles, y reiterarlos más seguros. La serenidad que consigo me independiza de las horas, de los días de la semana. Solo su cómputo acumulado me obliga a reconocer que el tiempo va pasando sobre mí y a mi costa; que si es una idea, es de las que se pagan caras.”

     Todo fue salir a comer para que volviera, con una brutalidad seca, como un puñetazo, lo que debía pagar a la compañía eléctrica. “Podría hacer menos vida nocturna. Todos los días me quedo dormido ante la televisión, sin apagar la lámpara y con la estufa encendida. Si me fuera antes a la cama, saldría además ganando en descanso.”

     Con tan prometedoras ideas entró en el bar. Desde la televisión una noticia de urgencia había silenciado a los clientes. “Por el momento, se eleva a más de una decena las víctimas del atentado. Se teme que el número se incremente en el transcurso de las próximas horas.”

     Fue suficiente para que desaparecieran sus planes sobre el consumo eléctrico, y en su lugar se impusieran afirmaciones solemnes. “No es justo. Los tribunales tendrían que actuar con la mayor severidad frente a quienes cometen semejantes barbaridades. No hay conflicto en el que una parte, si es la más débil, no sea acusada de saboteadora. Si fracasa, su recuerdo, que solo puede mantenerse si se escribe, la condenará por los siglos. Si triunfa, sus promotores ganarán el grado de fundadores del nuevo orden. A la inversa, no hay quien no pretenda imponer sus decisiones sirviéndose de la coacción, siempre en algún grado violenta. Solo las víctimas, en cualquiera de los casos, parece difícil justificarlas con algún argumento. En la antigüedad, a los que sobraban, porque no había alimento que darles, se les expulsaba. Eran ofrendados en el altar dedicado a la salvación de los que sí podían comer. A falta de argumentos, lo justificaban con una consagración ritual.”

     Por la noche, al llegar a casa, conectó la radio, mientras todavía lamentaba que la chica del perfil seductor no hiciera la vuelta en el mismo autobús que él. “¿A qué hora volverá? Es posible que haga el trayecto de vuelta a pie. De lo contrario, alguna vez tendría que haber coincidido con ella.” Una tertulia de los líderes de opinión especulaba sobre la acción futura de los partidos del arco parlamentario. “Los conservadores ganarán las elecciones y restringirán el gasto público, y se incrementará la pobreza”, auguraba un cenizo que pretendía argumentar en favor de las políticas humanitarias. “Si la izquierda consiguiera mayoría, se dispararía el presupuesto, sería necesario incrementar los impuestos y la economía padecería una brutal recesión”, amenazaba un agitador de fantasmas que pasaba por ser el analista más serio, incapaz de ocultar a sus fieles oyentes las más crudas verdades. “El voto es una responsabilidad que no se debe rehuir. Hay que votar y hacerlo con meditación, calibrando bien las consecuencias que puede tener una decisión de tanta trascendencia. Me angustia tener que representarme un futuro lleno de amenazas. ¿Es que de verdad tengo que pensar en el futuro? Si por más que me preocupo por el porvenir todos los días empiezo en el mismo lugar que el día anterior.”

     Pasó Aníbal otra madrugada inquieta. El recibo de la luz y la chica de perfil atractivo aparecían y desaparecían, a veces solos, con una fuerza que se imponía sobre las demás imágenes, a veces confundidos, mezclados con la guerra en el oriente próximo, el pago de las pensiones y el papa, que estaba descalzo y se remangaba el hábito blanco para huir de los proyectiles que le disparaban francotiradores orientales, mientras le preguntaba al ministro de hacienda, que corría a su lado, de qué confesión era, a lo que este respondía: “Errabundo.”

     “¿A mí qué me importa lo que diga el papa, qué responsabilidad tengo sobre lo que ocurre en el próximo oriente? ¿Por qué la radio, la televisión, los periódicos estarán empeñados en cortar una vez y otra el curso de las ideas? Incurren en una intromisión brutal e innombrable, violan la más recóndita y sagrada intimidad, no me dejan divagar lo suficiente. A mí lo que de verdad me preocupa es el recibo de la luz y la chica del perfil seductor”, se dijo frente al espejo a la mañana siguiente.

     “La luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su pérdida de peso”, escribió por la tarde, ya de vuelta del trabajo, en su revista virtual, que tenía escasos visitantes, sin esperanza de que tuviera lector alguno, más por sarcasmo que por venganza.

     Le sorprendió oír algunas mañanas después, en el primer boletín de la radio: “Expertos pronostican que la luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su peso.” No era posible. ¿Habría acertado?

     Al bajar del autobús, en el quiosco que encontraba de camino a su trabajo, un par de periódicos, cada uno de los cuales citaba como fuente una agencia de noticias distinta, se hacían eco de la misma noticia, y en unos términos casi iguales a los que había oído en la radio.

     Para salir de dudas, aquella tarde repitió la experiencia. “Es posible que los cauces fluviales de la cuenca del Mediterráneo se evaporen”, escribió con plena conciencia de que su afirmación era insostenible. Por la noche, al volver del trabajo y conectar la radio, una tertulia de expertos especulaba. “La cuenca del Mediterráneo lleva siglos sufriendo un deterioro galopante. Ha llegado el momento de su crisis, previsible por otra parte. Su futuro está en entredicho. El presente estado de cosas es insostenible. Todo dependerá de que la crisis finalmente pueda ser reversible.”

     Cuando comprobó que sus infundios eran reproducidos, y repetidos una y cien veces, como conocía su procedencia, se dedicó a fantasear sin obstáculos con el recibo de la luz y la chica del perfil único. “Con la factura del suministro eléctrico voy a hacer un barco. No sé si de una o de dos carteras. Bueno, es lo bastante grande como para que el barco tenga dos carteras. También podría hacer una pajarita. Pero cuesta más, y casi nunca me salen bien. Además, el barco tiene la ventaja de que navega. Puedo buscar una corriente que lo desplace a gran velocidad, y desearle buen viaje. ¿Y si cargara en él al ministro de hacienda, al secretario de estado norteamericano y a los líderes de opinión; al papa, que es un peregrino, no. También podría encender la chimenea con ella. No estaría mal convertir la electricidad en humo. Podría invitar a mi casa a la chica del perfil único. `Permítame que le moleste. No me importaría compartir con usted la vida. Durante las crudas madrugadas de invierno podríamos darnos calor mutuamente´.”


Exoftalmía

Daniel Ansón

Cicero, suburbio al este de Chicago, porque estaba al margen de la jurisdicción de su policía se había convertido en el refugio del hampa que lideraba Alfonso Capone, alias Scarface. Allí había organizado su centro de operaciones mientras estuvo vigente la Ley Seca, allí disfrutaba de su riqueza, en aquel rincón se solazaba con actos inconfesables. Pero llegó a ser tan expuesta su evidencia que la tiranía de los excesos encontró mejor refugio en Stickney, entonces una aldea al sur de Cicero. Entre sus hallazgos en beneficio de la clandestinidad, más favorable a los delincuentes que a él se confiaban, sobresalió La Empalizada, la casa que Capone, cuando se supo demasiado observado en Cicero, mandó habilitar en la aldea. Estaba a un lado de la carretera, poco transitada aunque recta, siempre en parte cubierta con la arena de las cunetas, que comunicaba con el distrito meridional del condado. Su obra primitiva era antigua y la habían erigido sobre un zócalo de mampostería, capaz para sostener hasta tres plantas que aún eran de madera. Necesitaba reparaciones, pero tenía a su favor su tamaño. Para aprovecharlo, su nuevo dueño decidió que su aspecto formidable fuera mantenido. Para desconcierto de sus perseguidores, concluidas las reparaciones, dispuso de un café donde se consumían los licores prohibidos, y de un casino que ocupaba las salas principales de la planta baja. El resto del espacio público estaba ocupado por las habitaciones reservadas al primero de los destinos privados. Pero su peculiaridad consistía en que fuera del alcance de las miradas, gracias a la magnitud del edificio, disponía además de una red de compartimentos secretos entre el muro exterior y el revestimiento de las habitaciones, entre el techo y el cielo raso, entre el pavimento y el suelo. La secuencia de todas las cámaras ocultas formaba un laberinto que solo sus guardianes, habitantes permanentes del inframundo hermético, que ingresaban comida y bebida a través de un torno habilitado en el café, eran capaces para transitar con alguna certeza. A través de puertas camufladas en las falsas paredes, los camareros que dispensaban el destilado clandestino, los crupieres que atendían en las mesas de juego y las mujeres dedicadas a la prostitución especulativa, versión venal de la sagrada, a la que allí la primitiva había degenerado por la aplicación intransigente de los principios del liberalismo, cuando la policía hacía la inspección del edificio encontraban refugio. Entre las cámaras, las había acorazadas con acero, donde la mejor banda guardaba un poderoso arsenal de pistolas, revólveres, escopetas, rifles, ametralladoras de tambor, sus correspondientes municiones y cilíndricos cartuchos de expansiva dinamita, que al ciego hacían ver, al sordo, oír. Entre el techo y el cielo raso del salón principal, en una cámara insonorizada con el corcho de los alcornoques, poco habituales en las riberas de los Grandes Lagos, habían habilitado el centro de las operaciones invisibles. Allí confluía toda la teoría de los tubos, asimismo tendidos a lo largo de los dobles fondos, a través de los cuales los custodios del lugar podían comunicarse entre sí desde cualquier punto de la obra paralela sin ser advertidos. En aquella cámara podían permanecer cuanto tiempo desearan, entregados a sus pasatiempos. El común consistía en mirar. Todos los techos falsos de las habitaciones privadas estaban decorados con atractivas mujeres, a través de cuyas pupilas transparentes, simuladas con vidrio, era posible ver cuanto ocurría en su interior. Frecuentaba el local, cuando aún regía la paz que había acordado con Capone, Edward J. O´Donell, apodado Spike, de origen irlandés, quien usufructuaba en el cuarto sur de Chicago el crimen de la cerveza, fluido que, mientras rigió la Ley Seca, pasada la medianoche podía costar el juicio a los menos prudentes. Era dueño de una personalidad titánica. Habiendo sido objeto de decenas de intentos de acabar con su vida, obra de quienes se atenían con rigor salvaje al principio de la competencia, otras tantas había conseguido sobrevivir, aun habiéndose visto obligado a convalecer víctima de heridas fatales, en hospitales clandestinos, en manos de carniceros que poco podían justificar que de las paredes de sus consultas, apenas ocultas por un papel que la humedad levantaba a cada tanto, colgaran títulos de medicina al parecer expedidos en Heidelberg. Tan favorable le había sido el azar en tales ocasiones que con encomiable sentido del humor llegó a postularse como blanco profesional. Su pasión era Donita Dunes, empleada en La Empalizada. La fascinación de la que era víctima, a causa de sus desproporcionadas mamas, egregios globos oculares que impasibles devolvían la mirada de quien por ellos quedaba subyugado, cuyos iris emitían rayos protáctiles tan rígidos y comprimidos como vástagos de pernos, no le privaba de la conciencia delincuente. Tras el placer, el hábito del cálculo retornaba, capaz para urdir el modo de restituir a la humanidad lo que de la condición humana procedía. Acordó con Capone sacar partido a la parte oculta de la obra clandestina. Llegó el momento en el que, cada tarde, la población del doble fondo duplicaba a la del burdel, a veces más. Los ingresos de La Empalizada se cuadriplicaron. Aun repartiendo en razón de tres a uno, porque Capone era el dueño del local, los beneficios que le franquearon sus hombres, delegados tras la paredes más como supervisores que como vigilantes, relevo compensatorio del trabajo que antes hacían los de Scarface, a O´Donell le proporcionaron una fortuna. Cierto día, con la intención de concederle una recompensa a sus desvelos, Spike decidió llevar a su hijo Patrick, entonces de siete años de edad, a ver una procesión organizada por la comunidad católica activa en Chicago, de la que era miembro benefactor. El cortejo había de discurrir por la avenida Michigan, en las proximidades del lago, en el centro de la ciudad. Pasaba la procesión y la contemplaban el padre de pie, el hijo a horcajadas sobre sus hombros. Ostentaba la presidencia del cortejo George W. Mundelein, arzobispo titulado de la ciudad, a la sazón recién elevado al cardenalato por el papa Pío XI; un hombre de aspecto refinado, origen neoyorquino y buena cuna. Cuando la presidencia del cortejo llegó a la altura de ambos, el prelado saludó a Spike apenas intercambiando miradas. Una nube de incienso envolvía al supremo sacerdote y una multitud de angelicales acólitos, de blanco inmaculado, revoloteaba entre el desfile y los espectadores pidiendo limosna. Una vez transcurrida la procesión, Patsy preguntó a su padre por la identidad de aquel hombre extraño, que sin que pareciera importarle comparecía en público vestido con una túnica roja y frágiles zapatos de tacón. Antes de dar una respuesta a la curiosidad de su hijo, O´Donell, guiado por su sexto sentido, indagó el bolsillo de su pantalón donde solía llevar su pequeña fortuna cotidiana, un rollo de billetes grandes. Hasta entonces se había considerado invulnerable. En aquella ocasión no tuvo la misma suerte que cuando se había expuesto a las balas, aunque su vida, mientras la envolvió la nube de incienso, estuviera en vías de salvación y nunca en riesgo. El bolsillo derecho de su pantalón estaba vacío, no obstante estar persuadido de que antes de acudir al desfile había guardado en él nueve mil dólares. “Probablemente era un carterista”, respondió por fin O´Donell. A continuación, padre e hijo abandonaron el lugar. El cardenal Mundelein, para su comunidad de creyentes, terminó siendo un benefactor singular. Gracias a su munificencia, con el tiempo, fue levantado un gran seminario para la formación del clero católico en una pequeña ciudad residencial a pocos kilómetros al norte de Chicago. Por esta causa, en reconocimiento a su patrocinio, la modesta población decidió a fines de 1924 tomar el nombre de Mundelein, el mismo por el que todavía se la conoce.


El cenicero

D. Ansón

Mantengo sobre la mesa donde trabajo un singular cenicero, recuerdo de un viaje a Grecia que años atrás hizo un amigo. Es de tan buena condición que hasta allí llegó, cargado de maletas, tras horas de espera y trasbordo, llevado por el deseo de traerse en la memoria lo que su pasión por el extinto mundo antiguo le proporcionaba aquí sin causarle molestias.

Venero la pieza en su sentido recíproco. A mí no puede recordarme el país de Homero porque no lo conozco, y hechos cálculos con mis deseos de saber y la vida que me queda pronostico que raro será que alguna vez lo pise. Tampoco es mi atracción por aquella tierra tanta que mi conciencia sucumba a la vívida reiteración de un deseo insatisfecho. Reconozco en este objeto la afortunada circunstancia de que estando mi amigo afanándose en complacerse, lejos de aquí, mi vida fuese traída a su presente en el instante de generosidad de su viaje, seguro que no por enmascarar la venganza.

Es un cuenco de moderado tamaño, regular para cenicero, de la forma que bien pudiera cualquier acompañante de Isadora Duncan haber aprendido como correcta en un manual universitario antes de partir. Ingenioso hombre y emprendedor, uno de ellos abrió al pie de la Acrópolis una próspera tienda que hoy sus herederos de sangre mixta regentan, inapreciable fruto de la tierra que con su vida Lord Byron quiso rescatar para occidente.

Un pequeño pie, con la forma de un trípode, lo mantiene en alto. Bien podría utilizarlo como recogedor del tabaco calcinado o, recurriendo a mi parte más refinada, como quemaperfumes. Nunca faltan hierbas aromáticas que endulzar puedan el ambiente en el que la vida debe continuar.

Pero no es de una o de la otra forma que lo uso. Lo sostengo siempre ardiendo para verdugo. Una imperceptible llama, azul en ocasiones, incandescente roja cuando aguarda, consume con voraz oxígeno las pastillas de carbón con que lo alimento impasible. No tiene prisa. Allí espera que dicte sentencia. ¿Caerá también este papel bajo su jurisdicción?


El forense, el pájaro más civilizado de la creación

J. D. Ansón

Lo vi pasar erguido por el patio de la audiencia. Por eso puedo describirlo. Era exactamente igual que un avestruz, solo que de mayor tamaño, dos o tres veces mayor que el avestruz. Su estatura se podía calibrar con bastante aproximación porque su oscilante cabeza alcanzaba la segunda planta del patio de la audiencia, el claustro de un antiguo monasterio de doble, alta y amplia arcada. Su piel era verde, del verde vivo e intenso que solo los saurios que viven en los trópicos pueden tener; verde desde la cabeza a los pies, verde desde el pico a las garras. Era una piel escamada, de las mismas escamas regulares de algunos tejados orientales. Pero en uno de los costados, el izquierdo, a la altura donde los avestruces tienen sus torpes alas, tenía plumas. Se trataba de las mismas plumas vistosas que los papagayos y los loros tienen en sus alas, en parte rojas, en otra mancha irregular amarillas. Su agraciada cabeza tenía el atractivo de la inocencia, porque conservaba rasgos de pollo de ave superior: redondeada, desnuda, con párpados prominentes y gruesos. El pico, de perfil preciso, ennoblecía su porte.

Mas le sobrevino adversa fortuna. Durante una de sus peritaciones desató la rigidez de su cuello con tan poca gracia que su cabeza cayó sobre la tierna cría de una gallina. La aplastó. Cuando fue consciente del terrible efecto que había tenido su falta de cálculo, antes de separar su cabeza del suelo de sus ojos ya caían lágrimas. El animal examinado efectivamente estaba estampado contra las losas.

No tuvo tiempo para reflexionar. La gallina madre, que por lo demás era gran ponedora y en poco tiempo podría reemplazar su cría con creces, comenzó a cacarear por encima de su dolor. A sus gritos de todas partes acudieron animales que juzgaron sin aguardar juicio alguno, ateniéndose a la sentencia que la gallina madre ya había dictado. El forense, el pájaro más civilizado de la creación, debía ser lapidado.

La verdad es que estuvo a punto de perecer. Pero finalmente lo salvé yo, que lo monté, lo conduje como una caballería y al trote nos pusimos ambos a salvo.

Si vieran pasar al forense, y hubieran juzgado solo por su porte, jamás le concederían virtud alguna. Camina levantando en exceso los pies, oscila su cuerpo adelante y atrás al ritmo de sus pasos, y su largo y serpenteante cuello acusa ese movimiento por reacción, de modo que cuando el buque de su masa se adelanta la cabeza alcanza su extrema elongación posterior, y a la inversa cuando la rígida cola está en su máximo retroceso. Su aspecto es hasta cierto punto severo, y por el aspecto de su piel despierta el espontáneo rechazo de todos los reptiles.

Sin embargo, es uno de los tipos más dotados por la naturaleza. El secreto de sus virtudes deriva de la conservación de la especie. Procede de cuando estaba empezando la vida en el planeta, y gracias a su metódica y escrupulosa segregación, dictada por su radical misanfaunía, ha conseguido sobrevivir a toda clase de adversidades.

Millones de años de existencia obligan a convivir con toda clase de miserias. Si el registro genético del forense pudiera ser leído espantaría. Allí ha quedado constancia de la más sanguinaria lucha por la supervivencia. Ha descendido a lugares más profundos que los abismos sin luz.

Mas el cerebro del forense ha destilado de forma sorprendente toda esta barbarie, porque su cerebro es como las antiguas fábricas de jabón, que de las más sucias borras obtenían el más delicado cosmético.


La libertad de la mentira

José D. Ansón

 Era cierto callejón, que bien recuerdo, mas de cuya descripción relevo.

     Allí estaban ellos, los dos, ambos de buen porte, los dos simpáticos y desde tiempo queridos, aunque por motivos diferentes. Me acerqué a ellos y les revelé el secreto, que atendieron con delectación. Este era: Mariví, la Mariví que ellos bien conocían, era miembro del espionaje. Inaudito, aunque se podía esperar de aquella criatura. Conseguí admirarlos.

     Inesperadamente, sin que hubiera motivo para ello, y sin que nadie pudiera preverlo, después de años de ausencia, Mariví volvió a aparecer entre nosotros. Demoledor. Ninguna falta hacía en aquel momento. El más sorprendido fui yo.

     La invitamos a que se sentara con nosotros en la terraza de un café, alrededor de una mesa de forja con una tapa redonda de piedra, grande, los asientos también de forja. Mariví, la única mujer entre nosotros, cuatro o cinco hombres jóvenes, contó extraordinarias historias y nos mantuvo sin tregua admirados y atentos a ella.

     Cuando hubo terminado uno de sus relatos, uno de los dos del principio, el moreno de rasgos groseros, simpático y espontáneo, sin mediar prólogo ni transición que anunciara lo que tramaba, saltó con la intención de comprobar la veracidad de lo que yo les había contado en el callejón. Pésima recompensa al aprecio que sinceramente le profesaba y que afortunadamente aún hacia él conservo.

     A Mariví solo por un instante pude verla sorprendida, aunque sonriente. Mantenía silencio.

     Antes de que pudiera considerar la posibilidad de hablar, me adelanté y repliqué a quienes cuando menos ya inevitablemente veía como escépticos interlocutores:

     –La mentira es indemostrable, a fortiori –dije.

     El más filósofo de nosotros, que no estuvo en el callejón y actuaba por tanto como juez que podía valorar nuestros argumentos, asintió, admitiendo mi réplica como indiscutible.

     Así quedó zanjado el asunto.


Beneficios de la civilización

D. Ansón

Tienen en la cafetería la desastrosa costumbre de servir en doble fila. Ocurre cuando más gente hay. Los camareros, aleccionados por el dueño, desde el momento en que un posible cliente atraviesa una de las puertas, lo siguen con la vista hasta donde se detiene, para ver si algún espacio libre en la barra queda. En ese instante, mientras recorre con su mirada la larga y quebrada línea, el camarero que tras el mostrador justo enfrente ha tomado posiciones ya ha posado el servicio para el café y le pregunta cómo lo quiere. Solo los más arrogantes rechazan el amable ofrecimiento. La cortesía obliga a responder con el pedido sin más consideraciones.

     A un Señor de Gris le ocurrió cierta mañana esto.

     Vino a quedar detenido tras una Señora de Rojo.

     Cuando tuvo su café servido, solicitó, con cuanta amabilidad su voz era capaz para representar, un poco de espacio, de manera formularia:

     –¿Me permite?

     Ignoraba el Señor de Gris que la Señora de Rojo padeciera enfermedad alguna. Pero al instante pudo deducir que debía padecer una severa lesión de oído, por más que la lesión debía afectarle a un solo oído, justo el que tenía frente a su boca el Señor de Gris, porque, sirviéndose del otro, mantenía con toda naturalidad una regular conversación con quien la acompañaba. “Es algo que le ocurre a bastante gente”, pensó el Señor de Gris.

     El Señor de Gris, a pesar de la dificultad que la proximidad de la Señora de Rojo era para él, consiguió verter el azúcar dentro del café. Pero hubo de hacer tantos equilibrios que se manchó el traje. Aun así, se lo tomó con calma. A cierta distancia, aislado, el único que permanecía en aquella ridícula posición a lo largo de toda la barra, pretendía naturalidad tomando a pequeños sorbos el espléndido café que hasta allí lo llevaba todas las mañanas. Justificó con la calidad de la infusión el insostenible estado de quienes sufren el acceso de espalda tabla de roble.

     Pero todavía le quedaba algo más por padecer. Cuando fue a devolver taza, plato y cucharilla al mostrador, todo adelantado con una sola mano entre dos espaldas, la de la Señora de Rojo y la de un Señor con Camisa Celeste, aquella hizo un movimiento brusco ante el que fuera de control reaccionó el brazo del Señor de Gris. Taza y cucharilla fueron a parar al suelo, con el efecto que se puede prever. Acudió el camarero, miró hosco al Señor de Gris y este le pidió disculpas. Aprovechó para rogarle que le cobrara, y el camarero tuvo la deferencia de tomarle en cuenta solo el café, como corresponde a una cafetería de esta clase. En cuanto tuvo el cambio en su poder, el Señor de Gris salió del local cabizbajo, algo corrido, confundido.

     Ya en la calle, recuperó algo de su calma habitual y recapacitó. Reconstruyó mentalmente los hechos y dedujo las causas de cuanto lo acusaba. Valoró de otro modo la amabilidad del camarero, consideró bajo otras posibilidades el alcance de la sordera de la Señora de Rojo.

Apenas había recorrido unos metros, la Señora de Rojo y su compañera lo adelantaron. Él retuvo el paso. Cuando las dos mujeres hubieron llegado a la altura del semáforo se despidieron. Una se preparó para cruzar al otro lado y la Señora de Rojo siguió adelante por la misma acera. El Señor de Gris se mantuvo tras ella a una distancia discreta, tal que le permitía observarla sin ser visto ni llamar la atención por ello.

     Cuando ve que la Señora de Rojo emprende la subida de las escaleras del banco inmediato, el Señor de Gris acelera sus pasos y entra rápidamente por la puerta de servicio. En el mismo instante en que la Señora de Rojo llegaba ante la ventanilla el Señor de Gris tomaba asiento al otro lado. Cruzan las miradas. Sonríe el hombre tímidamente. No obtiene respuesta. Saluda y la Señora de Rojo responde con indiferencia. Parece que no lo reconoce. Vuelve a sonreír el Señor de Gris y confirma que no es reconocido.

     –¿Qué desea? –le pregunta.

     –Cobrar este cheque.

     –Imposible. No hay modo.

     Primero hay problemas con las líneas, luego bloqueo por sobrecarga de operaciones, más adelante algo extraño. Por último, la cuenta de la Señora de Rojo no tiene fondos.

     El Señor de Gris se ha servido de un truco que utilizan los empleados para especular instantáneamente con las cuentas, algo peligroso, que él jamás se había atrevido a intentar, pero que de sobra conocía y que esta vez se fue deslizando hacia él sin que hubiera separación consciente entre el deseo y el acto.

     La Señora de Rojo monta en cólera. El Señor de Gris ejecuta todas las operaciones que son necesarias para comprobar la veracidad de aquel hecho y efectivamente nuestro hombre le demuestra que en su cuenta no hay nada.

     –Véalo usted misma. Cero.

     A la Señora de Rojo la cabeza le da vueltas. Finalmente se rinde.

     Cuando ya ha desistido y emprende la salida, una sirena sobrepasa todo lo que puede ser oído y paraliza todos los movimientos. Pasa ante el banco una ambulancia a toda prisa.

     –¿Qué ha ocurrido? –pregunta el Señor de Gris.

     –Nada de importancia –le contesta un compañero que entra de la calle–. Un camarero de la cafetería, que ha resbalado y al caer se ha abierto una brecha en la frente. Ha estado conmocionado unos minutos, y la verdad es que manaba sangre en abundancia. Pero no parece que sea grave.


La Señora Llamas

Daniel Ansón

1. Preocupaba a los estados la alimentación de sus habitantes. De ella dependía su vigor. Ninguno podría aspirar a constituirse en potencia si careciera de la masa que en las guerras, ocasión para que los pueblos sean grandes, porta los artefactos, sostiene las posiciones, se camufla entre las líneas, ocupa los territorios que serán moneda con la que comprar la paz del día siguiente a los sucesos luctuosos, nutre las conmemoraciones solemnes que después perpetran los vivos en presencia de los muertos. La fuerza frente a los competidores se mide por el número de brazos capaces para la acción, recurso detractor si la energía no los sostiene. Como al amanecer, cuando una lámina de luz rasante secciona los somnolientos cuerpos que han arraigado en la tierra y los recupera para la vida, una benefactora hoja de bisturí que estimula la piel al contacto con la arista, saturando de sangre el músculo en beneficio de su dueño enfermo, el alimento agresivo y poderoso, capaz para separar las células dispuestas de las insanas, apelante a las fuentes de las decisiones para que alineados queden en posición de combate los hombres. En los días de bruma, cuando cada paso es incierto, solo quienes se arriesgan a caer en el vacío encuentran tierra en la que posar sus cuerpos. Si la abstinencia, que nutrió a quienes justificaban por la pasividad contemplativa sus vidas, fue admitida como causa de fuerza fue porque de su valor hicieron juicio jueces inhumanos, seres ingratos poseídos por la barbarie religiosa. En el vacío no hay fuerza ni luz; en la carencia, beneficio ni gloria. La olla colmada, que no es garantía para ningún efecto premeditado, patrocina cualquier función que se proponga que en el escenario, ante el espectador que permanezca atento, expande los cuerpos, satura de alegría, ensancha el horizonte.

Sin política de alimentación ningún gobierno obtendría consenso. Los botes que en el litoral aguardan la llegada del crepúsculo, como a la convocatoria del alba se mantienen atentos los danzantes de ritos más cargados de agradecimiento que de superstición; la siesta que del umbral de las prospecciones en la conciencia cuelga, para que avance por alegorías; el membrillo que ya sin piel, a una compota destinado, del tesón del cocinero pretende su gloria; tienen cifrada su esperanza en los proyectos de los hombres elegidos para que arriesguen en el transcurso de sus vidas la responsabilidad que barcos, sueños y frutos prefieren eludir. Confían en que sus magistrados hayan cooperado con los poderes inmanentes que la naturaleza despliega, garantes de que las hembras submarinas aoven, la temperatura de la tarde deprima la circulación de la sangre y los cinco pétalos de la flor se entreguen abiertos, para que la fuerza de los hombres quede restaurada.

Contó entre las más felices iniciativas de Porfirio Carranza, afamado patrón de sicarios mientras tuvo la responsabilidad de un ejecutivo, su promoción de la siesta. Actuó guiado por convicciones personales, medida infalible de las decisiones públicas. Porque no era tan aplicado gobernante como excelso comensal, entre sus aportaciones a la cultura de occidente, que será la que prevalezca aun bajo los escombros de innumerables edificios, obra y víctima de la barbarie arrasadora del negocio sin orden, deben contarse los almuerzos ejecutivos, nunca degradados por la cantidad, bendecidos por la duración. A su ingenio se debe una fórmula combinada de actos elementales, que con el tiempo se ha recuperado y enaltecido, nexo que unió el buen comer al buen dormir. Contiguo al comedor en el que reunía a quienes con él habían de tomar las decisiones, para eludir las actitudes atrabiliarias mantenía dispuestos dormitorios individuales tras puertas herméticas, donde los agasajados podían recuperar el tono de su reflexión si antes relajaban el músculo. Al buen criterio de su conciencia podían regresar, tras que un mole poblano hubiera sustraído todo el bombeo de su corazón, con autonomía o con solidaridad cómplice. Está probado que la parte más optimista de la generación humana procede de las horas posteriores a la comida principal del día y anteriores a la decadencia de la tarde, cuando el abandono de los códigos expande, más que el vigor, la libertad de los actos, el entusiasmo por el pubis. Los anfitriados de Carranza, si admitían acompañante en la intimidad de sus siestas, calibraban sus proyectos, despedían en silencio las poco calculadas palabras de los verbosos, se mostraban complacientes con las observaciones gubernamentales; entregada su evocación al pasado reciente, para el olfato sostenido por las emanaciones de los cuerpos que aún flotaban en el aire.

Hay cálculos que prefieren ver en las políticas de nutrición el esfuerzo público en beneficio de quienes se lucran con el trabajo, dador de rentas. Tal vez alguno haya decidido dedicar una parte de su esfuerzo a restringir el que los inversores deben hacer para detraer sus beneficios. Porque su iniciativa es caución y purga para todos, reconstituyente público de las acciones de un torneo que nunca concluye, de quienes tienen la responsabilidad de mantener el tono muscular de todo un pueblo ha de esperarse su colaboración subsidiaria.

Si un promotor ha de invertir en banquetes para jueces, árbitro, camilleros, montadores, responsables de propaganda y promoción, estando también obligado a cuidar de la dieta del púgil, quien metaboliza por decenas las libras de carne que ha de registrar la báscula, la bolsa se verá mermada, el incentivo para la contienda decaerá y la sangre que ha de verterse sobre la lona convocará adictos febles. No se formarán largas filas ante las taquillas, los espectadores domésticos optarán por otro plan, y quienes cargan con una parte del gasto que causa la emisión de la señal invisible, que se transmite a través de las ondas por unos impulsos que el hombre no percibe a cambio de la expansión sin control de sus ingresos, desistirán del esfuerzo.

Nadie gana con que se detraiga gasto privado en alimentación, y todos pueden sacar partido de que un costo tan imprescindible quede cargado sobre la deuda pública, elástica y primordial como la materia que dio origen a la vida. La salud ha sido aceptada como un gasto que se debe consentir entre quienes prevén el incremento del tamaño de la actividad que la humanidad necesita. Hasta crean cargas, sostenidas por los contribuyentes, que deben proporcionar al erario una parte de sus satisfacciones.

2. Había en la Bonaerense un manuscrito que el catálogo, a pesar de los escrúpulos de su director, admitió como un diálogo. Realmente es un tratado que se sirvió de los recursos del drama, como Hesiodo prefirió la reconvención para exponer sus conocimientos agropecuarios. Hay sistemas penales que para curar la enfermedad cortan el miembro, padres que educan a sus hijos azotándolos. Menos inapropiado debe parecer que un maestro cocinero instruya con admoniciones sobre las consecuencias nocivas de las cargas de nutrientes saludables.

El lector atento descubre en él muchas maneras de cocinar espárragos, calabacines, pepinos y nabos, sabia y no obstante impostada manera de aludir a las adversas propiedades afrodisíacas de los nutrientes, para una parte de los sexos, de su respectiva frecuentación.

Si está prescrito que deba morderse el espárrago por la punta -dice-, se está limitando el placer que su degustación proporciona. Porque los incisivos, porción del dispositivo dental a cuya merced queda la vanguardia del cilindro cuando alcanza la cavidad bucal, se muestran incapaces para contener la segmentación, dolorosa para el objeto mismo, aun insensible e inanimado, parcial para el paladar. Si con los labios se rodeara, a semejanza de los círculos de cuyo tracto es posible esperar una progresiva penetración hasta el muro que limita el placer, la ingestión completa del vástago aseguraría toda clase de recompensas, fueran o no conseguidas. Para la crítica, la evocación de que pudiera ser fascinante una mordedura en el glande, retenida en la propuesta de sección con los dientes de la punta del espárrago, porque por grosor y resistencia, ya que es la porción más blanda, parece la parte más sabrosa, procede de una época en la que el horror de las torturas se apoderó de la humanidad. En la composición del espárrago, acuoso y flácido, nada seductor hay. Cuando, una vez ingerido, el riñón lo haya destilado, al desalojar el detrito, nadie podrá decir que su efecto haya sido saludable, puesto que huele de manera detestable. Pero en el artificio de sus elaboraciones todas las satisfacciones que se puedan imaginar caben. Sobre el calabacín, el texto es más neutro. Su carencia de sabores no lo patrocina, y hasta lo relega a un orden alejado de cualquier exaltación.

En las subastas que las casas que captan objetos extraordinarios celebran, a las que concurren dispendiosos coleccionistas víctimas de su estupidez, también presentan libros. La Señora Llamas, llevada por su ambición de saberes culinarios, pujó por una copia de aquel venerable texto y lo consiguió.

Al atardecer, cuando los días sin nubes el sol se despide de su monótona jornada, los cuerpos convexos se convierten en focos que iluminan el paisaje. Su aptitud para la reflexión la incrementa la grasa. Ningún instituto capilar, hasta hoy, ha conseguido una explicación que satisfaga el alcance de los comportamientos en materia de calvicie. Estas fundaciones son las que más arriesgan, entre los que arriesgan mucho, invierten sumas que nadie reconoce. Es posible que la higiene pueda resolver más sobre la calvicie del marido de la Señora Llamas.

El cruce de la calvicie con el cabello rubio, sea su pigmentación obra de la naturaleza o responsabilidad de una experimentada obra humana, puede dar frutos muy estimables. Están descritos casos en los que por esta afortunada convergencia fueron deducidos descendientes de cabellera encrespada, crines abundantes, melenas tan procelosas como las que cuelgan entre las ancas de las yeguas.

3. Cierto día el abad de Saint-Germain-des-Prés descubrió que uno de sus tonsurados, hasta aquel momento encargado del archivo, tenía un comportamiento extraño. Otro de los clérigos evadía obligaciones con su connivencia. Indagaron la causa de sus comportamientos y descubrieron que era la frecuentación de la carne pilopitrópica, recurso culinario de cenobios y otras sociedades herméticas. El hermano boyero proveía a la castración de los animales para el tiro del lagar, fuente de los placeres que proporcionaba el sacrificio, con el concurso de los legos que cargaban con los cantorales, engendros de tamaño monstruoso al combate de la presbicia de los profesos al coro asistentes dirigidos.

El varón que aspira al trofeo de sus atributos debe luchar contra los toros. No es importante que sean encastados, ni que respondan con empuje contra el peto del caballo cuando la puya, adelantada de la saña contra las fieras, los desangra. Basta con que sucumban al flujo del acero, que los penetra cuando mortal como el cuchillo en la tarta. El estofado de carne pilopitrópica también es muy apreciado entre gimnastas.

Ha descendido tanto la clase de los artistas en la consideración pública a causa de su conversión en profesionales. De haberse mantenido hombres libres, exentos de cualquier deber aún serían admirados. Así la cocina, que es una arte, según la teoría que defiende la Señora Llamas. Ningún recetario ha colmado las posibilidades de combinación de los elementos nutritivos, como no hay laboratorio que haya podido satisfacer toda la combinatoria de los principios químicos elementales. Sobre las maneras de confitar nadie podrá decir jamás la última palabra. El verbo expresa una idea que está en permanente movimiento. Para descubrir sus arcanos, la Señora Llamas incurre en combinaciones arriesgadas y creativas. Entre ellas, en su opinión, tiene que haberlas de espárragos, calabacines, nabos y pepinos con carne pilopitrópica. Las celebraciones familiares son una ocasión inigualable para exhibir los resultados de la investigación culinaria propia.

En las embarcaciones la demora de las campañas, el tiempo que consumían sus singladuras, causaban escorbuto en los tripulantes. Está demostrado que el escorbuto, causa fatal, entre los indonesios procede de la persistencia en el consumo de la carne pilopitrópica. Su fanatismo, que para ellos veda el consumo de carnes que podrían ser magras y saludables, los mantiene consumiendo aquella casquería, oval y elástica, tarada con la superstición de la potencia, saturada con las toxinas que acumula la excitación. Caen exhaustos de la materia vitamínica que conecta a la salud.

¿Han considerado alguna vez las reacciones que en el mundo occidental, saturado de cámaras para la seguridad, pueden provocar las importaciones de alimentos? Pongamos los langostinos, que llegan de Madagascar o de Ecuador. He adquirido el hábito, desde que me intereso por las cuestiones culinarias, de su disección. El intestino que traen es innombrable, longaniza de heces, sentina de los metales pesados.

Si un langostino, no privado de su colon, entrara en combinación con carne pilopitrópica, el resultado sería fatal. Cuando el antimonio entra en reacción con la testosterona, actuando el vinagre de Jerez como precipitante ácido, quienes ingieran la ensalada pueden darse por obitados.

4. La difusión de las noticias sobre muertes por envenenamiento es una buena oportunidad para sondear la moral. No es fácil encontrar alguien que deponga a favor del placer que la muerte le proporciona. La lectura de un buen texto necrológico es un excelente sucedáneo.

Aunque lo pretendan, los médicos forenses no podrán reunir argumentos suficientes a su favor para arrogarse la última palabra sobre las causas de una muerte. Menos aún un narrador omnisciente. Podríamos considerar la responsabilidad que a la Providencia toca en el acto más decisivo de la vida, siendo muerte. Muchos autores confiesan que gracias a los mundos que ingenian consiguen ser como Dios. Probablemente Dios sea uno de los mayores errores de la humanidad. La perspicacia de los teólogos solo alcanzó a trazar el mapa de su parte inhumana.

No se averigua la causa de la muerte de los comensales que acudieron a la mesa de la Señora Llamas, ni ha sido posible descubrir la responsabilidad de la Señora Llamas en la causa de la muerte de los comensales invitados a su mesa. ¿Actuó la Señora Llamas consciente de sus decisiones sobre el menú de navidad? ¿Descubrió en el tratado de la Bonaerense la receta fatal? Tampoco se deduce con certeza el placer que a la Señora Llamas haya causado la muerte de sus parientes, entre los que se han contado sus descendientes directos, aunque haya sido la consecuencia de su estupidez y no de su deseo. Hay homicidas que han calculado el placer que les proporcionará reducir su mundo a las dimensiones de una celda.


Otra estupefacción

José D. Ansón

Esta mañana, mientras paseaba, he pasado por la escena de un suicidio.
Segundos antes, en la calle perpendicular, un coche de policía
de improviso alarmaba a los escasos viandantes de los domingos.
Ha debido ser en los momentos precedentes
cuando la mujer se ha precipitado desde su balcón.
Al volver la esquina, la aglomeración de curiosos,
más la ambulancia y los patrulleros,
ya hacían evidente cuál era el lugar donde los hechos habían ocurrido.
Desde las terrazas de las casas de la acera de enfrente
los vecinos contemplaban, aún en bata, el acontecimiento.

Cuando la atención está concentrada en algo
que de golpe corta el curso de cada vida,
y hace que en unos pocos instantes todas confluyan,
es preferible observar a los espectadores
antes que el de sobra conocido, y ya inalterable, centro de la escena,
con seguridad marcado por el horror, nada instructivo
y al que las miradas confluyentes solo pueden añadir indecencia.

Nunca había observado tanto silencio en una de las espontáneas asambleas
que hacen que las personas queden disueltas en la masa.
Creo que estaban sobrecogidos
porque cada uno veía en aquel efecto una posibilidad para el fin de la existencia
alguna vez considerada.
La violencia de la escena les hacía recapacitar,
no por imprevisible, sí por inesperada.
Fue en ese momento, cuando el pensamiento que los reunidos se contagian
ha alcanzado su estado sensible, cuando pasé.
Lo vi en los efectos como en un espejo
y por eso ahora puedo escribirlo.


Estupefacción

José D. Ansón

Esta mañana, mientras paseaba, he pasado por la escena de un suicidio. Segundos antes, en la calle perpendicular, un coche de policía de improviso alarmaba a los escasos viandantes de los domingos. Ha debido ser en los momentos precedentes cuando la mujer se ha precipitado desde su balcón. Al volver la esquina, la aglomeración de curiosos, más la ambulancia y los patrulleros, ya hacían evidente cuál era el lugar donde los hechos habían ocurrido. Desde las terrazas de las casas de la acera de enfrente los vecinos contemplaban, aún en bata, el acontecimiento.

Cuando la atención está concentrada en algo que de golpe corta el curso de cada vida, y hace que en unos pocos instantes todas confluyan, es preferible observar a los espectadores antes que el de sobra conocido, y ya inalterable, centro de la escena, con seguridad marcado por el horror, nada instructivo y al que las miradas confluyentes solo pueden añadir indecencia.

Nunca había observado tanto silencio en una de las espontáneas asambleas que hacen que las personas queden disueltas en la masa. Creo que estaban sobrecogidos porque cada uno veía en aquel efecto una posibilidad para el fin de la existencia alguna vez considerada. La violencia de la escena les hacía recapacitar, no por imprevisible, sí por inesperada. Fue en ese momento, cuando el pensamiento que los reunidos se contagian ha alcanzado su estado sensible, cuando pasé. Lo vi en los efectos como en un espejo y por eso ahora puedo escribirlo.


Excursión, también llamada Trip

José Daniel Ansón

En sueños viajo en una bicicleta elemental. Es de aquellas que tienen las ruedas pequeñas y a las que el manillar y el asiento se les pueden subir o bajar, según convenga al tamaño del ciclista. En ocasiones he visto sus ruedas con pocos radios, y esta noche la delantera llevaba sujeta la cubierta a la llanta con una correa de cuero, idéntica a la negra que uso para mantener los pantalones a la altura de la cintura aproximadamente.

Con seguridad en mi sueño esta bicicleta representa el milagro del transporte. Me permite trasladarme de un lugar a otro casi con la misma facilidad que el sueño mismo, me admira que con su ingravidez pueda competir con el pesado coche aventajándolo.

Esta noche he llevado a mi novia en esta amable bicicleta hasta Villanueva del Ariscal. Salimos de madrugada y temíamos encontrar en el camino a la policía, porque estábamos seguros que vería mal que dos personas fueran subidas en tan frágil medio de transporte. El camino se hacía largo y las luces de los coches nos sobrecogían. Pero encontramos gentiles caminantes que venían andando en la dirección opuesta. Nos dieron seguras noticias que acabaron con nuestros temores. Esto nos permitió pedalear algo más tranquilos hasta alcanzar la última curva. Cuando giramos a la derecha la ciudad apareció luminosa, radiante bajo el sol. El amanecer era la contemplación de la ciudad. Giré la cabeza para observar el efecto que el admirable acontecimiento causaba en mi novia, y en su rostro vi aquella inmensa sonrisa que tan bien conozco y que solo en las ocasiones en las que está poseída por su más completa dicha me está permitido ver.