Los campesinos de la periferia

Alain Marinetti

En los términos muy extensos, las tierras periféricas eran las que estaban más allá del límite racional del movimiento. Eran menos accesibles desde el centro y más desde las poblaciones circundantes, que las podían acaparar desde las posiciones exteriores por su ventaja en relación con los desplazamientos.

     El apeo de sementeras de 1771 es poco preciso cuando describe las tierras periféricas. Solo permite distinguir sus clases de pegujal según la residencia de sus tenientes. Menciona con más frecuencia los radicados en el término de la población central en manos de quienes tienen su residencia en una de las poblaciones periféricas. Pero de ellos desconocemos cualquier indicio de la relación que está en su origen, salvo excepciones. No sabemos si están localizados en tierras que han tomado sus convecinos para crear labores, otros de pueblos contiguos o labradores de la población central. Solo queda a nuestro alcance su toponimia, que a lo sumo permite ensayar sobre las distancias.

     Asimismo, identifica los pegujales de quienes viven en la población central y están asociados a labores de quienes viven en alguna de las poblaciones circundantes. Son 20 pegujales que suman 146 fanegas. Tienen un tamaño comprendido entre unas excepcionales 36 fanegas, muy lejos de las siguientes 13, y 2, cualquiera de ellos con una frecuencia muy baja.

     Para ellos, la situación es la inversa a la precedente. Consta la dependencia, que es el nombre de quien tiene la labor pero no la toponimia, salvo alguna excepción. No sería posible la localización precisa de cada uno pero sí ensayar los costos de desplazamiento para todos, si se combina esta información con la localización de las labores de los labradores de las poblaciones periféricas.

     Pero tampoco sabemos nada de las condiciones bajo las cuales se asocian a la labor. En la mayor parte de los casos podrían ser pegujales sin vínculo laboral remunerado con pegujal. Se trata de uno o dos pegujales asociados a distintas labores. En otros sí parece mediar vínculo laboral, especialmente cuando en tierras que cultiva un Sebastián Dana se localizan 7 pegujales de entre 5 y 2 fanegas bastante jerarquizados. Estos 7 podrían ser pegujales por trabajo. Serían compatibles con otros pegujales de 13 y 8 fanegas cedidos a cambio de otros servicios. Luego Sebastián Dana, vecino a saber de cuál de las poblaciones periféricas, tendría un cortijo en el término, en el cual tendría una labor, remuneraría parte del trabajo adquirido con pegujales y todavía cedería otros pegujales.

     Por último, se identifican algunos pegujales de quienes, viviendo en la población, están alojados en cortijos de forasteros que tal vez ni siquiera estén en el término. En el único caso donde consta una descripción algo más completa hay un par de pegujales de 4 fanegas cada uno asociados a una labor media de alguien que vive en la población periférica más próxima a la central. Puede tratarse de un cortijo que está implantado sobre los dos términos, el central y el periférico, al que acuden. De ser así, cualquiera de los pegujales identificados solo con el nombre del cedente podría cumplir esta misma condición, siempre que las distancias fueran racionales, lo cual no se cumpliría con todos los términos colindantes. Claro que siempre cabría la posibilidad del hábitat provisional asociado a la explotación episódica, el que se conoce como chozo.

     El alcance de estas dificultades es limitado. Solo quedaron inscritos 42 pegujales de las agriculturas de las poblaciones periféricas, que acumulaban 400 unidades de superficie y ocupaban 28 áreas de 28 espacios. La desproporción entre pegujales del centro y pegujales de la periferia es inverosímil. Puede ocurrir que los regímenes de explotación de los cereales en las poblaciones periféricas excluyan la cesión de estas parcelas subsidiarias, si bien sería insostenible que en todas las que explotan el término se actuara de la misma manera. Aunque sean escasas, hay pruebas del recurso a la fórmula en ellas, y nada indica que el fenómeno sucediera desde las circundantes de un modo distinto a como se dispersa desde la central. Es más probable que cada una de ellas reprodujera el mismo orden a su escala (cortijos centro, centrifugación, etc.), y más aún que a esta parte de las cesiones no llegaran las averiguaciones desde la administración del centro, cuyas preocupaciones, por otra parte, estaban dirigidas a ingresar la cuota correspondiente a la cantidad de suelo puesta en cultivo. Tal vez la totalidad que formaran labores y pegujales quedara reducida a solo una cifra, sin entrar en matices ni descomposiciones, en las declaraciones de los labradores de la periferia, quienes así facilitarían el trabajo recaudatorio a la administración del término.

     Para formarse un juicio acertado de las características espaciales de las explotaciones subordinadas o subsidiarias puede ser suficiente con que nos restrinjamos a la información procedente del  centro. La cifra que suman es lo bastante representativa. Si tuviéramos en cuenta la exigua cantidad de los pegujales de la periferia además se desequilibraría innecesariamente la percepción de los hechos.


Los campesinos dispersos. II

Alain Marinetti

Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.

     Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.

     En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.

     La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.

     Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.

     Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.

     Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.

     Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.

     La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.

     Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.

     En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.

     De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.

     La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.

     Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.

     Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.

     Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.

     En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.

     Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.

     En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.

     Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.

     Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.

     Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.

     Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.

     Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.

     En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.

     También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.

     Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.


Los campesinos dispersos. I

Alain Marinetti

Tampoco el acaparamiento de toda la unidad de producción, para fragmentarla en parcelas asequibles, colmaba las aspiraciones de todos los que en una población habían decidido tener su propia explotación de cereales sin salir de su término, por más modesta que fuera. Los campesinos que no se podían acoger a labores o a grandes unidades productivas eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos o sus hazas.

     A las parcelas donde paraban la documentación suele llamarlas pegujales sueltos. Las posibilidades de que la tenencia directa sea una parte de los atributos de sus explotaciones, no especificada al inscribirlos, son las mayores. En caso de que se hubieran consumado, el registro les habría aplicado la denominación pegujal por extensión, si bien al clasificarlo como suelto, a pesar de la aparente paradoja, esta manera de proceder ganaría sentido. Campesino suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era el mismo que la ponía en explotación. Habrá que admitir además que quienes los constituyeran, porque se reducían a las condiciones del pegujal, no se quedarían al margen de la prestación de servicios, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formal, sino solo como predisposición hacia quien estuviera interesado en ella.

     Esta quinta clase de campesinos es la más extensa y diversa, y expresa en el orden marginal la presión sobre la tierra de los términos de sus poblaciones laborales. A veces se concentran en manchas discontinuas localizadas en áreas con tierras ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Otras veces están aislados, tal vez porque no tienen opción a encontrar un espacio regular, o porque en una casa se ocupan de un trabajo distinto a la labor, a pesar de lo cual el señor de la casa cree conveniente recompensarlo con un pegujal en una de sus explotaciones, aun estando dedicadas a otros cultivos.

     Son huéspedes sobre todo de olivares, con diferencia el primer cultivo alternativo al cereal en las vegas interiores. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas. Buena parte de ellos se localizan en haciendas descarriadas, una clase de las explotaciones de olivar que de nuevo debemos interpretar alejadas, menos accesibles. De otros se dice, sin dejar de advertir que están en tierras dedicadas al cultivo de los olivos, que se sitúan en un cortijuelo, en cuyo caso una mancha de tierra de labor estaría localizada en un territorio anómalo para esta clase de uso.

     Para 16 localizaciones en tierras de olivar, a veces contiguas, en las que se constituyen 45 pegujales que acumulan 245,25 fanegas, predomina la dispersión sobre las concentraciones. Solo en un lugar hay 19 de aquellos pegujales, y en otro 7, mientras que en los demás solo hay entre 3 y sobre todo 1. El espectro de los tamaños de las parcelas se extiende en términos relativos, y hasta se extrema con algo de paradoja: la mayor tiene 30 fanegas y la mínima 0,75.

     Aunque se siguen imponiendo los valores más bajos que se esfuerzan por aproximarse al tipo común, el pegujal de 30 fanegas es uno de los localizados en las haciendas descarriadas. De quien tiene un pegujal de 24 fanegas, equiparable, se dice además que está en su hacienda, un pronombre que eliminaría la cesión, salvo que se hubiera accedido a él por trabajo. Para otro de 4 fanegas tampoco habría cesión más allá de las relaciones laborales. El primero de los del área con 7 pegujales abarca 18 fanegas.

     Esta confluencia de rasgos, que separa estos casos de los demás, permite pensar en explotaciones a cargo de los que en la documentación del momento se llaman pelantrines, el tipo de transición entre el labrador y el pegujalero, uno de cuyos rasgos pudo ser la promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro estable. El aprovechamiento intensivo con un cultivo intercalar de una tierra secundaria o subordinada lo facilitaría que el campesino hubiera conseguido garantizarse con la propiedad la posesión de las tierras que hubiera destinado a olivares, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales.

     Los pegujales sueltos también podían ser huéspedes de una viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. De ahí su escasa presencia, su casi nula significación. En las tierras de las haciendas descarriadas también hay una viña en la que se ha abierto sitio un pegujal de 1,5 fanegas. Aunque sea un caso aislado, vale sin embargo como testimonio de que los pegujales se buscaban un lugar donde sobrevivir en cualquier parte.

     En las huertas, que por naturaleza eran explotaciones consolidadas y estables, debieron ser un fenómeno no solo ceñido a la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. Su valor relativo parece más consecuencia de la alta productividad del cultivo más intensivo que de la presión de los pegujales. No dejarían de presionar en estos lugares, pero las huertas los tolerarían mal.

     Solo en dos zonas de huertas se abren paso 11 pegujales que ocupan 38 fanegas. Las localizaciones en la primera se remiten a una zona donde se han impuesto las huertas. Es posible que sus pegujales estén dentro de  huertas, sobre todo en el caso de los más pequeños. Están comprendidos entre 4 y 1, con presencia de tipos fraccionarios, lo que debe significar intensidad del aprovechamiento del suelo. No es frecuente que tengan un tamaño tan exiguo. Pero no hay que dar por supuesto que sean una parte de los cultivos de las huertas.

     Los otros 7 pegujales se concentran en un lugar que se identifica como ruedo de la Huerta de la Reina. Es posible que el topónimo rector no aluda a un aprovechamiento presente, sino a otro anterior que quedó fijado al lugar. El mayor de los pegujales, de 12 fanegas, está en el ruedo de la huerta en sus olivares. El pronombre de la localización derivada puede ser un buen corrector del uso prevalente del espacio; el posesivo, de las relaciones a partir de las cuales se crea el orden de las cesiones. Los demás son muy regulares, de entre 2 y 3,5 fanegas.

     Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían así la trayectoria del defecto como la del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. El horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.

    Porque en 7 lugares de dehesas, de muy desigual implantación, conviven dos mundos, el de los pegujales públicos homogéneos, sorteados probablemente, y el de los habituales, que se distinguen por la disparidad de los valores de las series. El espectro de los tamaños de los 66 pegujales, que ocupan un total de 285 fanegas, es limitado y bajo, siempre por debajo de 10.

     Un tercio se localiza en una dehesilla del monte, unos concentrados (23 pegujales) y el resto (3) dispersos. El topónimo dehesilla del monte puede ser expresivo de dos cosas: tierra acotada y sin roturar o de monte recuperado. Hasta donde el registro permite deducirlo, se trata de tierras accesibles desde la población, una parte de ellas quizás también conectadas con zonas dedicadas a labor.

     Los otros dos tercios están en una dehesilla localizada en el área de las tierras de labor. Salvo un par de casos, todos son parcelas de 4 fanegas, por probables razones de concesión pública. Debe ser indicativo de la parcela que el municipio considera suficiente para que se mantenga durante un año un campesino común. Puede tratarse de un espacio público, además de acotado, que al menos transitoriamente se utiliza para el cultivo. El rigor del módulo indica equidad, sorteo e intervención pública en el mercado de los pegujales. La dimensión del caso es lo bastante elocuente respecto al alcance y las intenciones de la autoridad. Los casos singulares harían referencia: el menor, que la dehesilla está ocupada de manera similar a la de los cortijos, porque incluye huerta; y los dos, la posible remuneración de servicios públicos.

     El siguiente valor en importancia, aunque muy alejando, es el 8. Expresaría el siguiente grado, en orden ascendente, de las posibilidades del campesinado común acogido a la oferta pública. Estos pegujales de mayor tamaño, localizados en lugares que no están uno junto a otro, en parte están en tierras campas, inmediatamente debajo del escarpe, en un lugar muy accesible desde la población. Otra parte es posible que esté en la zona de terrazas. Pero también comparte su condición de suelos de dominio público porque todos están reunidos bajo el epígrafe de suertes. Por eso, encuadrarlos en la categoría dehesa no sería desorientado del todo. La condición de suertes de las parcelas se hace visible en la homogeneidad de los módulos.

 


Toda la tierra para campesinos

Alain Marinetti

Dado que solo una parte de los trabajadores del campo conseguía acceder a una cesión de tierras asociándose a una labor, siempre se generaba un excedente de los dispuestos a tomar una parcela, por lo que el fenómeno campesino se desbordaba en el espacio, y  daba origen a un estado de transición, tanto desde el punto de vista de la tenencia como desde el punto de vista del uso del suelo agrícola. Los más atentos a captar este exceso accedían a la unidad de producción a la que pudieran optar, fuera cortijo o haza, renunciaban a organizar una labor en ella y fragmentaban su superficie en parcelas hábiles para cederlas a cambio de las prestaciones que en cada caso se acordaran. Aunque los campesinos cedentes sostuvieran su explotación con sus propios medios, eso no excluiría la prestación de los huéspedes en beneficio del espacio que se hubiera reservado quien por aquel procedimiento se había constituido en señor o amo.

     Parece un fenómeno bastante marginal. Solo afecta expresamente a 5 cortijos, 1 cortijuelo –único en su género– y 8 hazas. Aunque carecemos de datos sobre su orden interno, al grupo podemos adscribir por conjetura otras 4 hazas, de las cuales solo conocemos su extensión total, que las acerca al tipo. Serían en total 18 unidades de producción que acumulaban 766,5 fanegas.

     A pesar de que una parte de ellas se presente como cortijo, las 18 debieron ser fragmentos, de hecho o de derecho, de otras mayores. Es muy posible que en la mayor parte de los casos se trate de unidades en estado de transición, por descanso de una parte de su espacio o en trance de agotar sus posibilidades para un tiempo. En el registro expresaría la dominante condición transitoria de cada una de las situaciones que se suelan identificar antes por el nombre de sus poseedores que por algún topónimo.

     Se dispersan en un rango de amplio recorrido. Las de mayores dimensiones, por encima de las cien unidades de superficie útiles, solo son dos, un cortijo y el cortijuelo. Otro par de cortijos y un haza recuren a extensiones comprendidas entre 40 y 70 unidades de superficie, diez, la mayoría, usan entre 20 y 40, y solo dos entre 14 y 20, y la que resta se reduce a 9 unidades de superficie.

     Las parcelas descritas son 108, que acumulan 660,5 fanegas, lo que daría una explotación tipo relativamente grande, 6,12 fanegas. Es la consecuencia de que haya parcelas anormalmente extensas para no tratarse de labores. El cortijo de mayor extensión utilizada reservó una de nada menos que 48 unidades de superficie, que la fuente clasifica expresamente como pegujal. Su tamaño es anómalo para este hecho, pero nada impide aceptar su clasificación. El pegujal es una relación, cualquiera que sea su tamaño.

     También hay parcelas cuyo tamaño está comprendido entre 13 y 20 unidades de superficie. La alta frecuencia de los tamaños pares entre 6 y 12, relativamente altos para estas situaciones, más los casos singulares de los impares intercalados, da como resultado la concentración en este grupo de 33 casos, un tercio del total. Sin embargo, como es regular en el tipo, la mayoría de las parcelas, 57, la mitad, como es habitual se agota con los tamaños 2, 3 y 4, con una frecuencia de casos casi idéntica. Tanta diversidad y tan alta frecuencia relativa de tamaños altos son señal de adaptación a la demanda y prueban la proximidad material entre cedente y cedido

     La relación entre número de parcelas en las que se fragmenta el espacio de cada unidad de producción y su extensión es directa. Por eso son más frecuentes las unidades divididas entre 4 y 6 parcelas, y solo hay un par de casos de relativa importancia, las dos unidades mayores, que dan origen a 18 y 17.

     Como poseedores de estas unidades de producción aparecen tres apellidos relacionables con el patriciado, que por tanto en aquel momento no serían labradores. Es posible que lo fueran en año de espera, que nunca lo hubieran sido o que hubieran retrocedido a la posición campesina.

     El caso de don Diego Martínez parece el más expresivo del labrador en transición. Posee un cortijo, identificado por su topónimo, a partir del cual compone once parcelas de entre 15 y 2 unidades de superficie, hasta sumar un total de 58. La mayor, a cierta distancia de las demás, pudo ser la que se reservara para sí, y el resto las que cediera. Que no se jerarquice el enunciado de las parcelas y que el número de las que tendrían otros sea alto excluye la posibilidad de que se trate de parcelas remuneradoras de trabajadores en su posible explotación.

     Los otros dos pudieron ser patricios en un estado distinto al de labrador. De las dos hazas que poseen, ninguna de las cuales llega a las 40 unidades de superficie, solo constan parcelas de tamaños por debajo de 10. No parece que alguno se hubiera reservado una extensión por encima de las otras, si es que se reservara alguna. Los dos habrían preferido la cesión de toda la tierra disponible a cambio de prestaciones. Si hubieran explotado alguna de aquellas parcelas, serían campesinos, a pesar de las relaciones familiares que le hubieran valido el acceso a lo que parecen dos desprendimientos de cortijo; y si no, se habrían instalado en la condición de rentistas.

     Directamente relacionado con la plenitud del patriciado está el cortiujelo, un bien patrimonio del municipio, del tipo que se solía llamar de propios. Parcelado, daba origen a otra forma de acceder a las mismas relaciones. Su espacio era repartido entre los aspirantes al suelo agrícola municipal valiéndose del sorteo. Así se representaba la ecuanimidad de quienes se reservaban el poder público más inmediato. Pero en 1771 este ejercicio de justicia distributiva tuvo un alcance muy limitado. Nada más que en 17 parcelas se dividió su espacio, y en módulos en desiguales: de 18, 10, 9 (en dos pedazos), 8 (3 parcelas), 6, 5 (2), 4 (6), 3 y 2.5 unidades de superficie. El municipio, antes que ser rigurosamente igualitario, ofertando las 106,5 unidades de superficie del cortijuelo en parcelas de extensión única, habría preferido adaptarse a una demanda dependiente de la capacidad de sus medios para cultivar la tierra.

     Quienes permanecían en la condición de campesinos del común y se decidieron por aprovechar el suelo útil parcelándolo ingeniaron otras relaciones. En el cortijo que se aprovechan 161 unidades de superficie, el extraordinario tamaño de la parcela que alcanza las 48 unidades convivía con otras 17, buena parte de ellas (5) de 12 unidades de superficie, pero otras de 10, 8, 7, 4 o 2. El cortijo además tenía su propia huerta, y en ella un fenómeno que no es singular: otra de las parcelas dedicadas a cereal, de solo una unidad de superficie de extensión.

     Diversas situaciones podrían haber convergido en aquel estado complejo. La existencia de la huerta nos pone sobre la pista de al menos una cesión prolongada en el tiempo, algo ya infrecuente en la segunda mitad del siglo XVIII. Tendríamos que admitir por tanto como más probable que la posesión de todo el espacio útil aquel año pudiera estar sostenida por la tenencia directa, a partir de la cual el cedente de las parcelas contaría con la garantía de reservarse una explotación propia, que en este caso sería la parcela de 48 unidades de superficie. Su convivencia con una oferta de fragmentos de espacio adaptada a una demanda diversa es una invitación a tomar las combinaciones que en otro lugar hemos llamado labor secundaria más pegujales autónomos como un hecho muy próximo a este, si no idéntico.

     En el cortijo que poseen los que suponemos hermanos Juan y José Ortiz, el espacio útil es de 66 fanegas y está fragmentado en diez parcelas. La mayor, de 20 unidades de superficie, de casi el doble que la siguiente de mayor tamaño, puede interpretarse como la que explotan los Ortiz, en el límite entre pegujal y labor modesta. La oscilación del tamaño de los otros y que no se atengan a jerarquía es indicio de mercado abierto que apela al espectro completo de los campesinos, desde los que en la documentación se llaman pelantrines y haceros (parcelas de 11 y 12 unidades) hasta los pegujaleros en sentido estricto (parcelas de 2, 3, 4 y 6).

     El haza de San Bartolomé en La Palmilla parece el desprendimiento de un cortijo que también tiene su origen en la propiedad, no en la cesión transitoria. Pero la situación aparenta ser más compleja. Cinco de las seis parcelas están en el haza, en tierras que tenía Alonso Alcalá, quien se habría quedado para sí con una de 10 unidades de superficie y habría cedido las otras cuatro, de entre 2 y 4. La otra, de 12, está en el cuartillo de La Palmilla, que sería una fracción del haza. Alcalá pudo tener dividida su pequeña labor en dos parcelas, o una de las de mayor tamaño dio origen a un pelantrín.

     El haza de Francisco Esteban, de la que se utilizan 33 unidades de superficie, divide su espacio en 7 parcelas de una manera muy equilibrada: cuatro de 6 unidades de superficie, una de 5 y dos de 2. Tal vez no sea desacertado pensar que pudo tratarse de una iniciativa solidaria o cooperativa. Francisco Esteban sería la cabeza legalmente comprometida de un grupo de campesinos que hacen frente en común a los costos y las posibilidades de una cesión de tierras.

     Las parcelas que son denominadas en conjunto como hazas descarriadas son cuatro que suman poco más de 30 unidades de superficie, dos del tamaño que tentativamente hemos tomado como propio de pelantrín (15, 10) y otras dos del característico de los pegujales (de 4 unidades). Por la manera de identificar el conjunto se puede pensar que fueran parcelas dispersas. Pero, en ese caso, no tendría sentido reunirlos en esta parte del registro. Es más probable que se trate de un topónimo que alude a un grupo de hazas alejadas.

     En el haza de los Abades se ocuparon 31 unidades de superficie útil para dar origen a 5 parcelas, dos de 8 y tres de 5. Es posible que se trate de un haza identificada por el nombre de su propietario institucional, y no por su topónimo. Se puede pensar que el dueño hubiera decidido ceder en parcelas regulares al mejor postor una tierra que no había encontrado acomodo entre los que la pudieran necesitar para completar una labor. Las parcelas son de un tamaño algo superior al común. Sus ocupantes pudieron ser campesinos de los más capaces, dotados de los medios que les permitieran pagar más renta.

     En el cortijo de Rojas, con 27 unidades de superficie útil dividida en 4 parcelas, la primera (de 19 unidades) mucho mayor que las otras, podría tomarse también por una labor modesta, sobre todo por su relación cuantitativa con las otras tres, que son pequeñas (3 y 2). También en un haza de Juan Mozo, con 4 parcelas que aprovechan 24 unidades de superficie, la primera de 14, cuyo tamaño más que duplica al siguiente, puede interpretarse como la discreta labor de quien le da nombre, y las demás como cesiones de entre 6 y 2 unidades condicionadas por renta o por trabajo. Y es similar el cortijo de Conejo (4 parcelas, la mayor de 13, y las demás pequeñas, de 4, 3 y 2). La suma da un tamaño de superficie utilizada (22 fanegas) que no contradice el aprovechamiento parcial del cortijo.

     El caso de Antonio Salgado, que posee el haza de Los Borriqueros, parece algo distinto. Se puede pensar que Salgado, que la tiene por cesión (el haza está en Antonio Salgado, dice la inscripción), ha decidido explotarla fragmentando las 19 unidades de superficie útil de las que dispone, que tal vez no han podido sumarse a una labor o que se ha decidido no barbechar, en 5 parcelas de 1, 3 (2) y 6 (2) unidades, estas de un tamaño algo superior al común cuando se trata de pegujales. Si el haza está identificada primero por el nombre de su poseedor presente, y no por su topónimo, Los Borriqueros identificaría a un grupo dedicado a otra actividad que recurre a la tierra para disponer de un suministro de energía.

     El haza de José Villarín solo recurre a 9 unidades de superficie útil, que se fragmentan en cuatro parcelas de entre 1 y 3 unidades. El poseedor identificado puede ser uno de los que tiene una de las cuatro parcelas y el responsable de la adquisición del haza. De la de Quebrantavigas y Las Lagunillas solo podemos decir que en 1771 se pusieron en cultivo 40 unidades de su espacio, y de la que se conoce como haza de la Gallega, de 24 fanegas, la personificación permite identificar a un personaje cuyas tácticas son lo bastante conocidas como para que la administración de la décima no se vea en la necesidad de especificar nada más. Ofrecía alojamiento a inmigrantes de temporada, incluyendo la cesión de parcelas bajo las condiciones de los pegujales.

     En el paraje conocido como Cortes, donde se concentraban unidades de producción de distinto tipo, todas probablemente provenientes de un primitivo donadío, cuya propiedad se habría ido dividiendo, se aprovechan en dos hazas 14 unidades de superficie, que dieron origen a dos parcelas, una de 9 unidades de superficie, y la otra en el cercado de la Fuente del Álamo, de solo 5. El cercado obliga a pensar en un área donde la presencia del ganado era regular. Pudo tratarse de tierras con esta dedicación preferente, si bien asociadas a una explotación agropecuaria compleja.


Pegujales autónomos asociados a labores

Alain Marinetti

También había labores de todos los tamaños, emprendidas sobre cortijos y hazas, cuyos pegujales huéspedes se constituían exclusivamente como explotaciones autónomas. En el registro se deducen porque el número de los adscritos a cada labor suele superar la decena, son de un tamaño superior al característico de otras condiciones y nunca se enuncian jerarquizados.

     Se atienen a este tipo 3 labores dominantes. Los 75 pegujales que ceden probablemente estén localizados en 4 áreas de sus 6 unidades de producción. Suman 418,5 fanegas, menos de la mitad del espacio que entre todas dedican a sus labores.

     Según nos adentramos en el campo de los pegujales autónomos, el valor relativo de los tamaños mayores se va incrementando hasta alcanzar el límite de la rentabilidad óptima. También se amplía el espectro de los tamaños de las explotaciones menores, de donde se deduce que los cedentes se adaptan a la demanda, pero nada vence a las más características, sobre todo a las de 3 fanegas.

     No hay duda de que un pegujal de 30 fanegas corresponde a la iniciativa de uno de estos tres labradores. Podría parecer inadecuado considerarlo un pegujal, y que tal vez tendría que pasar a la categoría de las labores menores. Cuando se trata de pegujales el problema no es de tamaño, sino de relación. Si la tierra se toma de quien a su vez la ha conseguido por arrendamiento, el cedido está incurriendo en una condición subordinada que si por escrúpulos parece inadecuado llamarlo pegujalero, por consideración al tamaño de su explotación podría tomarse por pelantrín o, circunstancialmente, porque la parcela se localice en el eriazo, por la de manchonero. Pero cualquiera de estas otras dos posibilidades contaminaría la relación que da origen a la pequeña explotación con factores modificantes ajenos a ella, como la tenencia directa en el caso del pelantrín, que de existir negaría la condición que está en el origen del pegujal, o una excepción al sistema, la que toleraba que al manchón se le requiriera una cosecha. Solo se podría tomar por labor del último rango en caso de que el labrador origen de la relación hubiera constituido su explotación por tenencia directa. Pero ni aun así se extinguiría del todo el rastro de las relaciones que origina el pegujal. La explotación menor estaría incluida en un espacio en el que domina una labor, a la que de alguna manera quedaría subordinada, aunque solo sea porque la explotación menor debe alojarse en las tierras que haya decidido quien tiene la unidad de explotación.

     Solo una de estas tres labores está regentada por un patricio, don Juan de Briones Saavedra, cuyo cortijo mantenía una labor de 480 fanegas. Es, entre los de esta clase, quien menos pegujales cede, 17, y quien concede un mayor peso relativo a la labor. Su comportamiento es anómalo. De acuerdo con el estilo patricio, tendría que haberse servido de la cesión de pegujales por trabajo. Pero la secuencia de los valores que se refieren a los que cede no deja lugar a dudas: su descripción no se atiene a la jerarquía regular de los pegujales por trabajo.

     Pudo recurrir a la fórmula más servil, ceder pegujales y obtener al menos parte del trabajo estable que necesitara su labor, el que habitualmente proporcionaban los temporiles cualificados, a cambio de la cesión de pegujales. Quienes los trabajaran mantendrían su explotación y prestarían los servicios que les demandara el señor de la labor cuando juzgara oportuno. Aunque se situara al margen del buen estilo de cortijos, se esforzaría por mantener la apariencia patricia.

     Las otras dos labores de este grupo, probablemente, más que en manos de campesinos en expansión, que en parte tendrían que serlo, son iniciativa de dos negociantes de fortuna o aventureros.

     La Miñana mantiene una labor de 270 fanegas en una unidad de producción, y cede 19 pegujales que suman justo 99 fanegas. Tal vez tenga sentido especulativo que La Miñana ceda exactamente esa cantidad de superficie, aunque también se puede pensar que ceder en torno a 100 fanegas sea un patrón cuando se trata de grandes unidades de producción en las que se emprenden grandes labores. Ya hemos visto otros casos que detienen su declaración de superficie justo en las inmediaciones de esa cifra.

     La posición de La Miñana en el mercado de los pegujales es probable que esté cerca de la que personifica La Gallega y su haza, una mujer que captaba tierras para cederlas asociadas al alojamiento de los inmigrantes que procedían del norte de la península. Del vínculo que pudiera haber entre ambas tal vez haya quedado retenido algo en sus respectivos epítetos. En Corominas, voz meñique, miñona tiene como antecedente inmediato el menino del portugués, en el que ha conservado el sentido de persona pequeña.

     Juan Rodríguez Colmillo parece aún más entregado a la manera hábil de emprender el negocio. El registro inscribe como suyos cuatro cortijos, de los cuales quizás solo uno lo tomó íntegramente, mientras que de los otros tres solo tendría hazas. Su labor más racional sería la que sumara las cuatro unidades porque estuvieran contiguas, una posibilidad a la que se opone el número de las tomadas, excepcionalmente alto.

     Del mismo modo que localizaría en distintas áreas su labor, también separa en por lo menos dos zonas los pegujales, a propósito de los cuales también es desmesurado. Cede casi 40. De ahí que se pueda pensar que su acaparamiento expansivo de tierras quede fiado a la ventura de su complejo empresarial, que tendría que contar tanto con el producto de una labor grande, de 359 fanegas, como con el beneficio que pudiera proporcionarle la fragmentación del espacio disponible para ceder casi 40 pegujales.

     Indica el triunfo de la captación de renta a través de los pegujales que la suma de su labor dé una cifra que no es redonda, en contra de lo habitual. Es más, se podía esperar de Colmillo que descargara el peso de sus proyectos sobre la cesión de pegujales. Si no admitió más, tal vez fuera porque no hubiera más candidatos a tomarlos.

     Como simultáneamente mantenía una labor de gran tamaño, su rentabilidad pudo  obtenerla ateniéndose al espectro más amplio de posibilidades, dada la magnitud de las cesiones de pegujales. El dador de parcelas pudo ingresar por trabajo a cambio de tierra, por intercambio de servicios entre labor dominante y pegujal, por prestación de servicios a los pegujales y por el pago de una renta en el caso de la relación más expeditiva. En cualquiera de los casos, es seguro que el de Juan Rodríguez Colmillo es uno de los casos más definidos del comportamiento especulativo en el mercado de los pegujales.

 

4 labores secundarias que se atienen a este patrón. Nos falta el nombre de uno de sus labradores, y el apellido de otro (Caro) podría tomarse como propio del patriciado. Pero como carece de tratamiento parece que se trata del miembro de una rama familiar sin conexión con la patricia. Como solo uno de los cuatro ostenta esta condición, parece que definitivamente vamos abandonando escalas y dominios en los que el patriciado prefiere comprometer sus relaciones mediante la tierra.

     Dos se sirven de tres unidades de producción distintas repartiéndolas de manera bastante equilibrada, y todos ceden 10 o más pegujales, hasta sumar 81 y 454 fanegas, y parece que no están tan dispersos como en las tres situaciones precedentes, sino que ocupan de manera continua sus respectivas áreas en cada cortijo.

     El tamaño 3 fanegas pierde posiciones y continúan incrementándose los valores algo superiores, sobre todo el inmediato superior, el 4, y el 6, que lo duplica. Los campesinos autónomos, según se descendía en la escala de la relación, cada vez arriesgarían más confiados a sus medios, y de esa manera empezarían a destacar los aspirantes a ocupar las posiciones superiores en el orden del campesinado.

     A tanto llega su concentración en esta escala que por primera vez los términos están invertidos. Hay complejos en los que el tamaño de las labores queda por debajo del acumulado por los pegujales subsidiarios. El promovido por Francisco Díaz, aun siendo notable, es un buen ejemplo de este comportamiento. Mantiene 120 fanegas de labor y cede 241 para 44 pegujales. Está claro que prefirió ampliar todo lo posible el horizonte de la renta que se podía extraer a los campesinos más activos.

     Por la forma en la que se presentan los valores del complejo de Francisco Caro se puede pensar que mantenía  una labor con pegujales por trabajo. Pero son muchos los que cede y de tamaños oscilantes, algo que no es habitual cuando se trata de los reservados a los temporiles. Más bien parece que de antemano optó por el equilibrio. La cantidad de tierra reservada para labor está prácticamente en paridad con la cedida para pegujales.

 

Además hay 16 promotores de labores autónomas que toman la decisión de asociar a sus explotaciones pegujales que deben mantenerse con independencia, una cifra que más que duplica a la acumulada de labradores dominantes y secundarios de este orden, prueba directa de que en esta escala se concentra el tipo. Es verdad que la relativa abundancia de casos se beneficia de la separación convencional entre el grupo medio y el inferior a partir de la frontera 100 fanegas. Pero, aun así, la diferencia de frecuencias entre este nivel y los dos anteriores es manifiesta.

     Aunque el patriciado, con una fuerza desigual, recupera algunas posiciones con tres de sus miembros, es la iniciativa de gentes del común que actúan como labradores, también con desigual compromiso, la que se impone según vamos descendiendo en la escala del acceso a las tierras. Conocemos por su nombre a once de los mínimos labradores del común que asocian pegujales a su labor: Francisco Blanco, Cristóbal Buiza, Juan Caballos, Juan Carvajales, Francisco de Castro, Juan García Matahambres, Pedro González Palmares, Juan Peña, José Pulido, José Rodríguez y Antonio Rojas.

     Las 16 labores están comprendidas entre 90 y 21 fanegas, y las reiteraciones de un mismo tamaño para una parte de ellas puede ser indicio de un módulo (36, 30 = 6·6, 6·5). Según declaran sus responsables, ponen a producir 14 cortijos y 2 hazas, aunque por la extensión total que de ellos llega hasta el cultivo (labor + pegujales) una parte de las unidades no parece que entren dentro de lo que convencionalmente se llama cortijo.

     El autor del registro suele utilizar esta palabra por antonomasia, aunque su sentido sea el de labor. También pudo ocurrir que fueran los propios declarantes quienes en busca de prestigio recurrieran al énfasis que espontáneamente se obtiene de la palabra cortijo. Es por tanto posible que en bastantes casos se trate solo de fracciones de ellos o hazas. No cabe duda de que era sí en el caso del haza de La Sancha, en su cortijo de La Mata de Uceda. También es seguro que José Rodríguez promovió su labor en una parte del cortijo de Los Sacristanes, y resulta aún más expresivo que una de las unidades que tuvo Juan García Matahambres se localizara en un cuartillo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que se tratase de unidades de producción que, sin dejar de ser cortijos, se hubieran plegado al principio de las hojas de cultivo con disciplina, y que las sembradas el año en curso fueran las de menores dimensiones, lo que a su vez redundaría en beneficio de la tierra disponible para pegujales. 

     Quienes llevan las labores más modestas ceden 206 parcelas que acumulan 827 fanegas. Aunque todos busquen lucrarse cuanto puedan de las cesiones, no todos actúan de la misma manera. Pero cualquiera de ellos tiene que encontrar su lugar en un campo de fuerzas marcado por dos polos, uno que podríamos llamar estilo de cortijos moderado, en la medida en que no ha lugar a pegujales por trabajo, y el que ya hemos llamado estilo especulativo. Ninguno atrae en exclusiva a patricios frente a campesinos ascendidos a labradores o viceversa, y entre ambos extremos las posiciones que se ocupan difieren.

     Los más próximos al polo moderado apenas se proponen intervenir en este mercado y prefieren confiarse a sus labores. Solo ceden uno o dos pegujales. Una labor de 40 fanegas con solo un pegujal de 16 en realidad podría componer una labor en dos parcelas separadas, aunque en el mismo cortijo. Y como una labor de 32 convive con otra de 20 más dos pegujales pequeños, es probable que el titular cediera una parte del espacio a un semejante, y además, por otro lado, los dos pegujales.

     Juan Caballos era un labrador de una población contigua que aquel año emprendió una labor de 80 fanegas y cedió 10 pegujales. Además, otros vecinos de la misma población, quizás manchoneros, tomaron tierras en un cortijo que también había labrado el año precedente Juan Caballos, quien aún lo tenía y que para el año en curso al menos en parte lo cedió para dar origen a dos pequeñas labores y un pegujal.

     Juan Carvajales actuó con una moderación tan modélica que cabría pensar que, aun siendo modesto labrador, cedió pegujales por trabajo, y la mención de unas tierras que solo son identificadas por su topónimo quizás sean una prueba de que se acometían proyectos circunstanciales, en una parte de un cortijo, que no encontraban la demanda de pegujales esperada.

     La mayor parte estos labradores del último nivel se instala en una cómoda zona templada. La registran bien los valores en torno a 1,5 fanegas de labor por cada una de las de pegujal, donde igualmente se mezclan campesinos y patricios, estos algo más tendentes a la especulación. Como don Fernando Barba, quien tenía, por una parte, un cortijo, La Mata de Uceda, y por otra El Mármol, que eran lugares contiguos.

     Por alguna razón prefirió organizar la explotación del cortijo del Mármol y La Mata de Uceda como empresas independientes; quizás, de nuevo, por no acumular las 100 unidades de superficie expresivas de un tipo. No las alcanzaría toda su labor junta. En el cortijo emprendió una labor modesta, de 28 fanegas, y en la mata otra de 58. Pero las sobrepasaría si a ambas le sumara la superficie cedida en pegujales, otras 86 fanegas.

     También los 13 pegujales que cediera los dividió en dos series, una de 7 y otra de 6, todos en el haza de La Sancha, que estaba en su cortijo de La Mata de Uceda. La denominación del producto, Haza de La Sancha, y la identificación por separado de las dos áreas de pegujales, resultan equívocas. Si el hecho integrador fuera una persona, ni siquiera la unidad tendría que ser un lugar continuo en el espacio. Sería una unidad ficticia a la que le daba sentido que una mujer tuviera el control de todas las parcelas. En ese caso, estaríamos ante un caso semejante al de La Gallega.

     Pero además de que sería concederle un papel efímero a la toponimia, que no suele tener, en el registro está bien identificada como una parte de un cortijo que poseía don Fernando, quien no trataría de evitar el límite de las 100 fanegas, sino de repartir el riesgo. Cuando organizara su empresa se atendría a un cálculo riguroso en paridad: mitad de la tierra disponible para labor, la otra mitad para pegujales.

     Si su cálculo hubiera sido este, se puede conjeturar que la relación con los campesinos estaría sostenida por la prestación de servicios que no tuvieran relación directa con el producto obtenido, sino con el trabajo que a cambio de la tierra pudiera demandarles o con la renta que debieran pagarle, en todos los casos calculada a partir de un precio de la unidad de superficie. De ese modo, si la cosecha de la labor defraudaba, se aseguraba la rentabilidad de la mitad de sus posesiones.

     Tampoco en un cortijo con labor de 21 fanegas tendría sentido que sus 6 pegujales, que no aparecen jerarquizados, fueran pegujales por trabajo siendo la labor tan corta, salvo que el trabajo de los cedidos se invirtiera en la labor. En un haza con labor de la misma extensión y 4 pegujales la distribución es compatible con que el titular tomara, además de la parcela que hemos clasificado como labor, alguna de las que interpretamos como pegujales. Juan García Matahambres, además de su labor de 36 fanegas en un cortijo en el que cede 7 pegujales, en un cuartillo pudo organizar una ampliación de su labor valiéndose de un espacio limítrofe con el del cortijo.

     Hay casos que si no podemos tomarlos como labor más pegujales por trabajo, aun cumpliendo el principio de jerarquía, es porque la razón entre el tamaño de la labor (46 fanegas) y el número de pegujales (10) lo niega. Puede tratarse de otra versión del vínculo en el que el intercambio de trabajo por parcela se realiza como prestación en la labor del cedente.

     Los que ceden más pegujales son de una generosidad en la oferta que no es nueva. El responsable de un cortijo con una labor de 30 fanegas y 13 pegujales, el de otro con labor de 36 fanegas y 15 pegujales y el de un tercero con labor de 30 fanegas y 16 pegujales, en cualquiera de los cuales se impone con mucho éxito el módulo 3 fanegas, para tomar sus decisiones parece que se atienen a una ley directa: cuanto más limitada la labor más posibilidades de alojar pegujales. Cualquiera de ellos se esfuerza por captar cuantos campesinos del rango menor sea posible. Quizás, en el orden de los hechos, primero sería la oferta del espacio para ser aprovechado en pegujales y luego, con el resto no adjudicado, decidir la labor propia, lo que la relegaría a las tierras marginales del cortijo.

     Y aún quedan algunos campesinos con ambiciones de labrador que se rinden con menos resistencia a la fuerza del polo especulativo. En un cortijo del Señor Vicario, con labor de 60 fanegas, se ceden hasta 25 pegujales. Mientras que la mayor parte de ellos tiene entre 2 y 6 fanegas, uno es de 24 y otro de 14. El afán por captar tenientes a su poseedor le recomendaría plegarse a la demanda ampliando la oferta con enorme flexibilidad.

     Pero es Pedro González Palmares quien pone al descubierto el comportamiento especulativo en su grado extremo. Con casi la misma superficie que el poseedor de las tierras del Señor Vicario cede para pegujales, duplica su número. Poseedor de un cortijo en el que promovió una labor de solo 36 fanegas, cedió 51 de entre 6 y 1 fanega, que segregaron de la unidad de producción un total de 127 explotaciones distintas. Es decir, que solo dedicó a su labor 0,28 fanegas por cada una de las cedidas.

     Las de dimensiones comprendidas entre 4 y 6 fanegas apenas son la quinta parte de las que cede. Las otras cuatro quintas partes las abarcan las que tienen entre 1 y 3, y son sobre todo las de 2, la mitad de las de esta fracción, las que más cede. Ninguno de los otros labradores del grupo desciende tan bajo. Es suficiente para reconocer que la oferta de este módulo se impuso en el negocio que emprendió Palmares, y que al otro lado encontró a campesinos dispuestos a aceptarla.

     La oferta de parcelas de poca extensión haría muy asequible el acceso a ellas, porque con cantidades relativamente pequeñas (de dinero, de producto o de trabajo) sería fácil pagarlas. Al mismo tiempo, al cedente le permitiría extremar el precio de cada unidad de superficie. Cuanto más pequeñas las parcelas, tanto mayor valor relativo podría tener la renta que de ellas pudiera deducir. La preferencia por aquel módulo sería por tanto una expresión directa del deseo de obtener la máxima rentabilidad de las cesiones. Así como había usureros del dinero, los había de la tierra. Este Pedro González Palmares, en su tiempo, pudo ser el que más.

     Pero aunque lo suyo fuera el exceso, lo obscenamente especulativo, lo desaforado y mayúsculo, no tenía nada de singular. Tomando el tamaño de todas las parcelas cedidas por los labradores autónomos para alumbrar pegujales subsidiarios, desde luego el empuje de las 2 fanegas es previsible por el peso relativo de la oferta de Palmares. Pero si lo descontamos, tenemos que reconocer, aun así, la recuperación de los valores menores cuando se llega a este orden inferior, seguramente por las mismas razones que hacen triunfar al 2 en manos de Palmares.

     En resumen. No había labor que prescindiera de asociar pegujales a sus explotaciones, para lo que les bastaba con servirse de una parte del espacio del que disponían. Tan universal es este principio que pone al descubierto el origen de la posición aventajada de la que partían los amos o señores cuando se atenían a aquella relación. Como todos los que promueven labores captan con este recurso a gente que les puede servir, están en condiciones de elegir a los dispuestos a contraer el compromiso, campesinos de una población centrada en su término para los que sería preferente alojar sus pegujales en los cortijos y hazas cuya superficie de más calidad estuviera reservada a labor.

 


Pegujales por trabajo y pegujales autónomos

Alain Marinetti

Otras labores diversificaban sus relaciones con los campesinos. En el espacio del que dispusieran convivían pegujales de dos clases, los que remuneraban el trabajo en ellas, y que por tanto daban origen a la misma relación que en el caso anterior, y los que se constituían como explotaciones autónomas. Esta otra manera de organizar la relación, por tratarse de pegujales, obligaría, para obtener a cambio la tierra, a prestaciones al amo o señor distintas al trabajo cualificado.

     Cualquiera que fuese el destino de los pegujales, es probable que todos se segregaran de una vez en áreas definidas de las unidades de producción en activo. Primero se apartarían los que se aplicaban a la remuneración del trabajo y lo que sobrara se ofertaría para alojar los otros pegujales. En la fuente, la convivencia de las dos modalidades en una misma explotación se deduce primero porque el número de pegujales que segregan los labradores es ostensiblemente superior a los que son creados cuando solo se destinan a remunerar, y sobre todo porque en una mitad se enuncian jerarquizados por tamaño y en la otra no.

     A este modelo mixto recurren en primer lugar algunos labradores dominantes (8), que también pertenecen al círculo de las familias patricias, cuyas labores no alcanzan el tamaño de las de su mismo rango que solo ceden pegujales por trabajo. Algunos de ellos podrían pasar por cedentes solo por trabajo si no fuera por algunos matices. Los pegujales cedidos por un marqués, tal como son enunciados, podrían ser pago del trabajo, salvo que por alguna razón, además de remunerar a sus trabajadores con pegujales, decidió ceder otro sin justificación laboral. También la jerarquía de los tamaños de los cedidos por otro labrador podría indicar una extraordinaria aplicación del pago del trabajo por este medio, pero cedió tal número que excedió el destinado a satisfacer el trabajo. Otro caso podría ser ejemplar de labor con pegujales por trabajo si no fuera porque tomó un haza solo para cederlos.

     Pero la mayoría de los labradores que tomaran esta decisión dual fueron ortodoxos partidarios de la simbiosis, buenos ejemplos de la mezcla moderada de los dos tipos. La consecuencia inmediata de su comportamiento fue que tal como tuvo que ser mayor cantidad de pegujales que necesitaron la superficie dedicada a pegujales debieron incrementarla. De ahí que se extiendiera el espectro de sus tamaños. Aunque se imponen los de 3 fanegas, que son casi la mitad (55), seguidos a mucha distancia por los de 2 (17), los hay de hasta 22 y 14 fanegas, si bien son singulares. Los dos menores son de 1,5.

     Aunque la cesión de pegujales no aparenta ser un motivo para acumular unidades de producción, lo cierto es que sus explotaciones acumularon dos o tres unidades de producción. Incrementar pegujales pudo ser una razón para agregar unidades de producción. Si ocurría algo parecido cuando solo se cedían pegujales por trabajo, su incremento no se conseguía por captación de más unidades de producción, sino por negociación con otro labrador.

     Como el índice que relaciona superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales va expresado en unidades de labor por unidad de pegujal, y no disponemos de la superficie de las unidades de producción, no podemos observar las retracciones o las expansiones absolutas. Pero sí es posible distinguir las dos actitudes básicas de los que ceden; distinguir a los que confían más en su labor de los que prefieren cargar su empresa sobre la cesión de pegujales; para lo que habría que admitir que el tamaño de la unidad de producción, aunque no sea visible, está operando.

     Las explotaciones tenderían a agotar en labor el espacio disponible –que es el permitido por el sistema– de las unidades de producción. Cuanta más superficie se dedique a labor, menos habrá disponible para pegujales, y viceversa. Cuanto menor es el tamaño de la labor, menor es el índice de la relación entre superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales. Y es evidente que las labores mayores disponen de más superficie a la que recurrir, tal como lo expresa fielmente su índice, que es mayor; dado que hay un patrón de cantidad que rige la cesión de tierra para pegujales, todavía, en este caso, quizás marcado por la necesidad de remunerar el trabajo ajeno.

     Sin embargo, cualquiera que fuera la opción, raramente agotaría la superficie disponible en las unidades de producción. Todas las grandes explotaciones suelen tener superficie disponible para alentar cualquiera de las dos posibilidades. Cargar sobre una o sobre la otra posibilidad, sin renunciar a ninguna, es cuestión de estrategia. Aquel prefiere pocos pegujales, este, muchos. Este año conviene menos labor y más pegujales, más labor y menos pegujales, poca labor y pocos pegujales, o mucha labor y muchos pegujales. Uno o el otro polo solo eran dos formas de beneficio que no se oponen, aunque sí están conectadas por vasos comunicantes: el que proporciona el trabajo ajeno y el que se obtiene de la cesión de tierra a cambio de determinados servicios.

     Cuando se trata de estas explotaciones, cualquiera de las tendencias sería matizada. No hay quien renuncie a una de las dos posibilidades de beneficio. Pero si utilizamos el criterio que permite segregar las dos clases de pegujal (primero enunciado jerarquizado; después, relación que no se ordena por tamaño de los pegujales), podemos marcar las distancias de este comportamiento lineal indicativas de las tendencias empresariales dominantes en este grupo de labradores.

     Se observa que ceden por trabajo un tercio de los pegujales, mientras que los otros dos son de quienes los explotan por su cuenta. La proporción se mantiene si tenemos en cuenta la cantidad de tierra que acumula cada modalidad: un tercio de la tierra dedicada a pegujales es para la remuneración del trabajo y los otros dos para los pegujales autónomos. Luego se prefiere captar en las unidades de producción dedicadas a la labor propia a quienes en paralelo trabajen en su explotación autónoma, antes que emplear el recurso tierra disponible en la compra de trabajo cualificado por temporadas. El deseo de captar a los campesinos autónomos lo sintetiza que el tamaño del pegujal medio es el más alto, 4,09 fanegas.

También hay algunas labores secundarias que segregan las mismas dos clases de pegujal. En esta fracción dominan los elementos del patriciado consolidado (Briones, Caro, Costiel, Curado, Rospillosi) sobre los campesinos en fase de expansión (Galantero, González), que son los que emprenden las labores menores.

     Para los 72 pegujales que ceden, localizados en 8 áreas de 5 cortijos, fueron necesarias 327,25 fanegas, algo más de una tercera parte de la superficie consumida por las  labores. Se impuso el tamaño 3 fanegas para cada parcela, cualquiera que fuese la modalidad de disfrute de la tierra cedida.

     Al descender el tamaño de las labores, descienden los índices que relacionan superficie de la labor y superficie de los pegujales. Pero la diferencia de comportamientos no solo es mucho más relativa sino que empieza a ramificarse. Hay labradores que representan con limpieza la combinación: solo dos parcelas cedidas al margen de las que remuneran el trabajo. En otros casos cabe dentro de lo posible que la primera parte de la serie enunciada corresponda a pegujales por trabajo, aunque la frecuencia del valor 3 es tan alta que parece más próxima a una oferta de cesiones abiertas, a iniciativa del titular, ateniéndose a un módulo. Más llamativo es el comportamiento de quien tiene más labor; al mismo tiempo es el que cede más tierra para pegujales. En este caso, la estrategia del labrador está clara: se confía a Dios y al diablo.

     Pero además, en esta escala se descubren indicios de cadenas de relaciones. Una inscripción en tres series separadas de pegujales parece la expresión de que se han  separado tres áreas de un cortijo. Primero, con fidelidad al modelo, seguro que se cederían pegujales por trabajo. El señor habría pagado con este concepto a sus temporiles cualificados. Después, segregó dos áreas de pegujales. Serían cesiones para crear explotaciones con algún grado de autonomía por lo menos.

     En cada una se emprendieron explotaciones sobre pegujales de un tamaño relativo grande, uno de 27 fanegas y el otro de 13. El tamaño 27 no está expresamente reconocido como pegujal. Tal vez sería más prudente identificarlo como una labor menor. De cualquier manera, está muy cerca de la frontera, y además cualquier consideración que hagamos de un valor de este rango de magnitudes se prestará siempre a la ambigüedad.

     A su vez, cualquiera de los dos cedidos cedería pegujales a terceros. El primero, el que había iniciado una explotación de 27 fanegas, parcelas de tamaños muy variables, como si se plegara a una demanda diversa; el otro, el que mantendría 13 fanegas por cuenta propia, de tamaños muy discretos. Cualquiera de los dos sería pues un cedido que a su vez cede.

     Algo semejante podría decirse de unos pegujales en un cortijo que están separados en dos series y donde primero se ceden por trabajo. Después, el mismo labrador registra otras tres parcelas, de 99,75 fanegas, 10,25 y 12, que tal vez fueran otras tres cesiones del mismo espacio. La inscripción de una de 99,75 parece una declaración de superficie que no quiere llegar a la barrera 100, una reserva que no tendría sentido fiscal, porque cuando se cobraba la décima por millones, alcabala y cientos se pagaba por unidad de superficie. Lo más probable es que la mayor (99,75) fuera un subarriendo capaz de dar origen a una labor a la que se asociaron dos pegujales autónomos de cierto tamaño (10,25 y 12).


Pegujales por trabajo para labores

Alain Marinetti

En 1771 hay quienes emprenden labores dominantes y segregan una parte del espacio de sus tierras para ceder pegujales con los que remunerar el trabajo que consumen. Siempre que declaran su localización, las parcelas están dentro del cortijo que labra el señor. Si su labor acumula más de uno, las concentra en la reserva de cada cortijo activo, que mantiene en provecho de su labor durante la campaña en curso.

     En el apeo de sementeras aparecen ordenados de mayor a menor extensión. De su cantidad y de su enumeración jerarquizada se deduce que son parte de la renta debida a los temporiles de primer nivel, los trabajadores más cualificados que se contratan para las dos temporadas del ciclo anual del cultivo del trigo. Cualquiera que sea la cantidad de tierra que cada señor de labores considere adecuado ceder por este concepto, la cantidad de pegujales de una labor, cuando su cesión es debida al trabajo, por definición está en relación directa con la cantidad de energía humana demandada para la explotación, de la que los temporiles son su síntesis.

     Cada trabajador remunerado con este concepto recibe una cantidad de tierra adecuada a su responsabilidad, y el tamaño descendiente de los pegujales expresa la jerarquía laboral. Su explotación o disfrute sería individual, porque cada uno de los pegujales descritos por el registro aparece asociado a un nombre. Durante las dos temporadas de su contrato tendría que simultanear la condición de temporil con la de campesino.

     Por comparación con los otros modos de ceder pegujales, en estos casos se impone una manera peculiar de atenerse al estilo de cortijos, que con sentido técnico podríamos llamar el estilo de cortijos genuino o forma ortodoxa de concertar las relaciones con los primeros temporiles de una labor. También podríamos llamarla estilo de caballeros o aristocrático, por lo que de sus labradores puede averiguarse. Llamarlo de caballeros solo sería correcto si se evitara aplicar la palabra sin perder de vista por completo su sentido primitivo. Mejora cualquiera de las denominaciones posibles llamarla estilo patricio, porque quienes promueven labores ateniéndose a esa condición corresponden a este grupo, en el que confluyen preeminencia y posibilidades exclusivas para su capitalización.

     Los pegujales cedidos por las labores dominantes para remunerar trabajo fueron en 1771 pocos y de poca extensión, 127 parcelas que consumieron una superficie de 436,5 fanegas. La correlación entre número de pegujales creados y superficie total segregada en pegujales es casi completamente lineal: más pegujales, más superficie apartada para ellos, lo que expresa con bastante precisión que para la clase patricia rigen módulos para la remuneración del trabajo con tierra. Como máximo, se cedieron 14 y como mínimo, 5, y entre uno y otro límite todos los valores se repitieron una vez, menos los extremos y 10, aunque nadie cedió 11.

     Las parcelas cedidas como mínimo tenían 1 fanega, y como máximo 8,5. Los tamaños más característicos, y por tanto más expresivos de la jerarquía remuneradora, fueron 7 fanegas (8 pegujales), 4 (26), 3 (62) y 2 (19). Los demás tamaños bien fueron singulares (8,5; 2,5; 1,5), bien rebaja [6 (3), 1 (2)] o incremento [5 (4)] de los tipos comunes.

     Por cada unidad de superficie que destinaron a pegujal los labradores dominantes dedicaron a labor 12,27 (5.356/436,5). Tomando esta pauta, se pueden deducir clases de comportamiento patricio cuando se trata de ceder pegujales.

     Resultan cicateros los que sobrepasan ostensiblemente ese índice (don Luis Quintanilla, 770 fanega de labor / 27,5 fanegas de pegujales = 28; don José Rueda, 480 / 21 = 22,86). Parecen remisos a ceder tierra a cambio de trabajo según el patrón de la época. Por comparación, se pueden considerar generosos aquellos cuyo índice queda un tercio por debajo del valor tipo (don José Caro, 370 / 45 = 8,22; don Martín Nieto, 360 / 44 = 8,18; don Bartolomé Nieto, 300 / 35 = 8,57; don Cristóbal del Águila, 210 / 27 = 7,78), labradores semejantes en su comportamiento incluso por el número de pegujales que ceden. 

     La mayoría, como era previsible, se pliega al tipo, aunque en distinto grado. Dos mujeres (doña Antonia González, 440 / 28 = 15,71; doña Francisca Araoz, 456 / 32 = 14,25), con labores semejantes, se inclinan a restringir la cesión de espacio, para lo que recurren a módulos propios, mientras que un hombre (don Luis Cansino, 280 / 20 = 14), que también se separa por exceso del tipo, segrega un número y un tamaño de los pegujales que son compatibles con el modo más regular de pagar el trabajo.

     Los más próximos al valor central (don Bartolomé de Quintanilla, 600 / 49 = 12,24; don Juan de Romera, 242 / 20 = 12,1) consiguen el resultado por distinta causa: mientras el primero porque incrementa el número de pegujales hasta el máximo, el segundo, gracias al tamaño no excedido de su labor. Los que se distancian algo por abajo (don José de Briones, 438 / 41 = 10,68; don Ignacio Laso, 480 / 47 = 10,21) alcanzan su particular equilibrio llevando cerca del límite superior el número de los pegujales que se cedían para remunerar el trabajo y jerarquizándolos con rigor, aunque su número es compatible con lo que parece el estilo más generoso.

     Ninguno de los comportamientos se atiene a una correlación definida entre tamaño de la labor y superficie reservada a pegujales. No hay que excluir que se trate de distintos patrones de considerar la cantidad de trabajo demandada por cada labor. En los casos que hemos clasificado como generosos, el número de pegujales, de distribución regular, es compatible con el pago del trabajo en labores no exageradamente grandes. De ser correcto este supuesto, los del tipo apurarían las posibilidades del trabajo mientras que los cicateros las extremarían.

     También entres quienes mantienen labores secundarias hay quienes crean pegujales con una parte de sus unidades de producción para pagar el trabajo que emplean. En su enunciado la fuente sigue el mismo procedimiento que en la descripción de los correspondientes a las labores dominantes, su enumeración ordenada de mayor a menor tamaño.

     Ceden en total 46 pegujales que acumulan un total de 149,25 fanegas. Cuando descendemos en la escala de las labores, la correspondencia entre tamaño de la labor y cantidad de tierra segregada para pegujales se comporta de otro modo. Quien mayor cantidad de tierra segrega para pegujales (28 fanegas) es justo el responsable de la labor menor del grupo (100 fanegas), y al contrario la segunda labor de la secuencia según tamaño (144 fanegas) es la que menos tierra aparta para pegujales (13 fanegas). Además, los valores se desvían poco del valor medio de la superficie cedida (21,32 fanegas), lo que expresaría de manera aún más directa que la concesión de los pegujales se atiene a tarifas a las que recomienda atenerse el estilo propio de esta escala, definida por la relativamente corta distancia entre la labor más grande (152 fanegas) y la menor (100).

     La parcela más grande que ceden es de 6 fanegas y la menor de 1, si bien la mayor parte tienen 4 (8 pegujales), 2 (11) y 3 fanegas (17). Parece que desde la remuneración del nivel superior se ha descendido un escalón: de las 7 fanegas de las labores dominantes a las 6 de las secundarias. Tendrá que relacionarse con la menor cantidad de trabajo que consume una labor de un tamaño inferior. En la alta frecuencia de los valores 3, 2 y 4 fanegas está inscrito que los responsables de estas labores aplicaron una tarifa propia para remunerar con tierra el trabajo.

     Si el número de pegujales no guarda relación con el tamaño de las labores, dependería de la cantidad de personas con las que esta remuneración se haya comprometido. Quizás también con la predisposición de cada labrador a optar por esta posibilidad. Por cada unidad de superficie que se destina a pegujal se dedican a labor 6,04 (902 / 149,25), la mitad del valor correspondiente a las labores dominantes, lo que también evidencia la escala.

     Los más generosos están por debajo de 5 (don Fernando Villar 100 / 28 =  3,57; Manuel Dana 130 / 29 = 4,48), que se mantienen fieles a la fórmula en cantidad y jerarquía de pegujales. De los intermedios, identificables por los índices comprendidos entre más de 5 y menos de 8, alguna labor está al límite de las grandes labores, pero las demás se ajustan a la regla, si bien alguna relación entre tamaño de la labor (125 fanegas, discreto) y número de pegujales (6, alto) puede descubrir una mayor demanda o una mayor prestación de trabajo en la labor que se remunera con tierra.

     La menos desprendida (doña María Priego 144 / 13 = 11,08), en este caso está muy separada de los demás, por encima de 10. No obstante, si se tienen en cuenta las tres mujeres que actúan como labradoras secundarias, se puede pensar que pagan el trabajo en su labor con la disciplina que merece la preservación del estilo de cortijos. Son ortodoxas hasta en la escala que relaciona labor con pegujales remuneradores. La invariante femenina incluso se revela como ponderación. Deciden unos tamaños de los pegujales que parecen muy ajustados.

     De los seis pegujales que cede una de ellas, doña Isabel Villar, uno, de 4 fanegas, está registrado con la advertencia de que está en lo de Colmillo. Colmillo es Juan Rodríguez, quien tiene más de un cortijo, bastante labor y muchos pegujales cedidos por razón distinta al pago del trabajo regular. Es posible que Colmillo accediera a que uno de los trabajadores para doña Isabel Villar tuviera su pegujal en lo suyo porque sus explotaciones fueran contiguas. Doña Isabel, de ser así, evitaría restar espacio a su labor (120, la penúltima del grupo por tamaño), y Colmillo, experto cedente de pegujales, en cuyas manos estaba un complejo de tierras importante, encontraría la manera de llegar a un acuerdo con doña Isabel, a quien le tocaría cargar con el costo del pegujal, cualquiera que fuera la forma de conceptuarlo.

     Entre las labores autónomas igualmente las había que separaban en pequeñas parcelas una parte de sus unidades de producción para utilizarlas como medio de pago del trabajo. Cuando la superficie destinada a labor es la menor, la cesión de pegujales por trabajo se comporta de manera más errática. Justo por razón de tamaño, el tipo tiende a abrirse y dispersarse, en la misma medida que parece que nos vamos distanciando del estilo patricio.

     No se descubre causalidad entre tamaño de la labor y número de pegujales cedidos. Basta recorrer el tamaño de las labores de quienes ceden 6 pegujales, el valor más reiterado, que va desde la labor mayor (76: 36 + 40) hasta una que tiene la mitad de tamaño (30) para comprobarlo. Pero la correlación entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin es bastante directa mientras el tamaño de las parcelas cedidas es el común. Los labradores autónomos ceden 113 pegujales que suman 403,5 fanegas, y el tamaño de los pegujales que ceden está comprendido entre 16 fanegas y 1.

     Parece que la remuneración regular del trabajo esté en las que tienen entre 4 y 3 fanegas, que son 54 parcelas, y que tampoco quedaría muy lejos del tamaño más común, que es 2, del que se ceden 36 parcelas. Los valores 5 y 6 se referirían a remuneraciones que sin dejar de atenerse al comportamiento reglado serían algo más generosas, y el 1 es marginal.

     Mientras se cumple la relación directa entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin, podemos reconocerla como la vigencia de una fórmula remuneradora común. La cesión de dos o tres pegujales parece el patrón para el pago del trabajo remunerado imprescindible cuando alcanzamos la escala de las labores autónomas. Pero los valores más altos (de 16 a 8 fanegas), que son solo cinco, ponen sobre la pista de otra posibilidad. Aunque sean compatibles con la remuneración del trabajo, como su tamaño se separa ostensiblemente del que tiene el resto de los pegujales de una misma labor parecen consecuencia del injerto circunstancial de otras modalidades de cesión de los pegujales.

     La relación entre el tamaño de la labor y la superficie cedida en pegujales es 2,65 fanegas de labor por cada una de las cedidas en pegujal (1.069,5 / 403,5), lo que expresa bien que las posibilidades de ceder pegujales está de antemano modificada por el tamaño de las unidades de producción disponibles para desarrollar de manera satisfactoria una labor. Lo paradójico es que si los hay extremadamente tacaños (Francisco Morales 56: 32 + 24 / 6 = 9,33; don Sebastián del Villar 50 / 5,5 = 9,09) o muy tacaños (Juana Pérez 38 / 6 = 6,33; doña María Parrilla 72 / 14 = 5,14) es probable que sea porque se atienen al comportamiento regular, que ceden parcelas solo a cambio de trabajo. Los que ceden en paridad, o incluso por debajo de ella, que son la mayoría, es más probable que sean los que no excluyen ceder por razones distintas al trabajo.

     Entre ellos, hay casos de una disciplina en exceso rigurosa: mitad de la tierra para la labor propia y la otra mitad para pegujales. Tan equitativo reparto de la tierra autoriza a pensar que la decisión obligaría a una estimación anormalmente precisa de la cantidad de trabajo necesaria. Pero no se opondría al comportamiento ortodoxo.

     Con uno de los pegujales de José Álvarez Miserias ocurre algo similar a lo que hemos visto en el caso de doña Isabel Villar. De los seis que cede, uno está en lo del Campero. Aunque esto pudo dar origen a una relación peculiar entre labradores, tampoco modificaría la finalidad remuneradora del pegujal.

     Otros casos, que simultanean un número relativamente alto de pegujales (cinco jerarquizados) con una labor corta (40 fanegas), se podrían explicar como cesiones por trabajo, a pesar del tamaño de su labor, si se toma en consideración que el demandado para la labor pudiera realizarse como tiempo y como prestación.

     Del cortijo de Sebastián el Miñano (labor 50 fanegas, parcelas regulares), que podría estar relacionado con el cortijo de la Miñana (ver después), se podría pensar que los pegujales podrían estar cedidos a cambio de trabajo en la labor que podía alternar con el trabajo en el pegujal.

     A veces el pegujal mayor (16 fanegas, muy por encima de los demás) puede parecer una ampliación de la labor propia, si fuera concertada con un socio parcial; o que se trabaja a cambio de actividad según el modelo anterior, mientras el resto son pegujales comunes remuneradores de trabajo.

     Hay situaciones –labor de 56 fanegas, 3 pegujales de 2 fanegas cada uno– que permiten  sospechar relaciones biunívocas, intercambio de trabajo entre la labor y los pegujales. Los pegujales se recibirían a cambio de trabajo en la labor, y la labor, a su vez, puede prestar algunos servicios en los pegujales. En una situación semejante (labor de 38 fanegas, dos pegujales de 3 fanegas cada uno), dentro de la modalidad en las dimensiones más modestas, pudo ser el factor femenino, tal como corresponde al caso, el refractor o mediador favorable al intercambio mutuo. Algo parecido se podría decir de las islas de Azanaque (labor 24; pegujales [2], 4/4), que están en un sitio muy peculiar.

     Aunque de una labor de 30 fanegas con 6 pegujales, de 10, 4, 3, 6, 4 y 6 fanegas, se puede pensar, a causa del tamaño de la labor, bajo, y el de los pegujales, algunos altos, que se trata de remuneración del trabajo (siempre que se acepte que la prestación de trabajo consistiera en compartir el tiempo laboral de quienes reciben el pegujal entre su parcela y la labor), se recae en la sospecha de cesión de otro tipo por ruptura de la jerarquía. En la sospecha de asociación de labores con pegujales cedidos por causa distinta al trabajo se puede persistir solo por el enunciado de las parcelas, a un tiempo de dimensiones parecidas y no jerarquizadas (labor 36; 6 pegujales de 3/2/3/3/4/3). Y hay casos sobre los que definitivamente se puede pensar que quizás incluyan alguna cesión de otra clase solo por cómo se enuncian los pegujales, que no se atienen a jerarquía.

     La tendencia a la hibridación permitiría clasificar algunos de estos casos en otras modalidades de cesión. Si finalmente hemos decidido mantenerlos en este lugar ha sido porque en casi todos parece prevalente la cesión por trabajo. El espectro de labradores autónomos según su propensión a ceder tierra para pegujales es de todas maneras más abierto. Marcar las distancias debió quedar en manos de las posibilidades de simultanear las cesiones de parcelas por trabajo con las aconsejadas por otras relaciones.


Todos los pegujales

Alain Marinetti

Mi amo o mi señor me da dos o tres fanegas de pegujal. Estas expresiones, y otras semejantes, salvo variaciones de cantidad, son frecuentes en la documentación administrativa de pleno siglo XVIII.

     Según esta manera de enunciarlo, pegujal es una gracia que hace un amo o un señor. Referirse al concedente como amo parece un anacronismo. Es verdad que a fines de la época moderna aún había esclavos, y por tanto amos. Pero no parece que pueda aplicarse a la relación con labradores, los acaparadores del espacio productivo de cereales, quienes partían de las mejores condiciones para proporcionar los pegujales. Aun así, la voz sobrevive para referirse al dador de aquel bien. Contando con que es el tomador quien se refiere a la otra parte recurriendo a la palabra amo, parece el resultado de una actitud, decidida a representar hasta ese punto la sumisión que facilite el bien deseado.

     La palabra señor referida a quien daba el pegujal no podía tener el sentido de hombre que había recibido del rey poderes instituidos, que a su vez le valían imposiciones tan onerosas como la administración de justicia, la capacidad para legislar o la percepción de rentas, aunque limitadas a un área o dominio. Este señorío integral, en pleno siglo XVIII, desde luego no tiene nada de anacrónico, ni siquiera de superviviente de un pasado glorioso. Al contrario, se mantiene pleno de fuerza y vitalidad.

     Pero no todos los labradores son señores instituidos, mi mucho menos. Puede haberlos, pero son insignificantes como agentes directos. Para la economía, la condición de labrador ha sobrepasado a la de señor y ha modernizado el circuito de la renta agraria, gracias a su interposición entre el dueño de la tierra y quien la trabaja. Ha sido el responsable de la expansión de las relaciones a las que daba origen la primera de  las agriculturas. Para toda clase de señores instituidos, totales o parciales, civiles o eclesiásticos, el labrador deduce del producto de su labor las rentas que por su medio ingresan, mientras el trabajo ajeno que contribuye a la creación del producto, al otro lado, recibe de sus manos las acordadas.

     Si hay quienes afirman que de un señor reciben un pegujal lo harían porque mantienen viva la noción de señorío de hecho, que nada tiene que ver ni con la institución de un poder ni con la propiedad de la tierra. El señor que puede dar un pegujal es quien ocupa el lugar más alto en la jerarquía de los que acaparan el espacio útil, cualquiera que sea la forma en que lo posean al presente. Ese es su dominio efectivo. En  sus manos están los cortijos, concentración del espacio en la que sobrevive la totalidad de la vida agropecuaria que antes pudo existir como espacio dominical. Tal como lo concibe el tomador del pegujal, el señor con el que se relaciona tiene que ser el poseedor de un bien de cuyo disfrute puede participar.

     La fanega a la que normalmente se hace referencia es la medida de superficie, y no la de capacidad. Pegujal, desde este punto de vista, tiene que ser por tanto, además, una cantidad de tierra, siempre pequeña, un rasgo de su identidad que, dada la condición previa, termina por darle pleno sentido a la relación con el amo o señor. Quien lo recibe de cualquiera de estos es un pigmeo que convive con un gigante.

     El perceptor de la gracia, también en la documentación del momento, prefiere identificarse como trabajador del campo, una condición que transita, temporada a temporada, entre la actividad en aquella concesión y el trabajo esporádico o parcial para la de otro. Para homologarlo, y evitar voces que han deteriorado su contenido con el paso del tiempo, tal vez lo más correcto sea llamarlo campesino si nos decidimos por la denominación más neutra, porque, recibido el pegujal, a continuación lo explota con una sementera para beneficio propio, una salida para el aprovechamiento de la tierra que parece inevitable.

     Tal es la relación que se deduce de aquel enunciado tan descriptivo y tan habitual. En 1771, en el término que describe tan detalladamente el apeo de sementeras de aquel año, esta parte subordinada o subsidiaria del orden de la actividad agropecuaria se materializa en 1.485 explotaciones de cereal, que acumulan 6.971 unidades de superficie, localizadas en 184 áreas de 172 espacios rurales.

     La frecuencia del fenómeno según tamaño deja poco margen a los matices. Si sumamos las explotaciones cuya entidad está comprendida entre la media fanega, dimensión mínima de este orden inferior, y las cuatro, superamos la mitad del hecho, y si a estas añadimos las que llegan hasta cinco fanegas y media, alcanzamos los tres cuartos. Las explotaciones que se constituyen sobre parcelas de tres unidades de superficie son las más frecuentes (379), a las que siguen, aunque a distancia, las que ocupan dos (294) y cuatro (258). Solo ellas son casi la mitad. Con mucha diferencia, se ceden en cantidades enteras (tres, dos, cuatro) antes que en cualquiera de las fraccionarias intermedias (dos y media o dos y tres cuartos), que nunca llegan a sumar porciones por debajo del cuarto de fanega.

     Si tenemos en cuenta las que tienen ente seis y trece, todavía podemos segregar una significativa quinta parte, con lo que prácticamente se agota el hecho. Acumuladas a las menores, sobrepasamos el 95 % de estas explotaciones mínimas. De todo lo demás, que es cuantitativamente intrascendente, solo tiene algún significado lo excesivo. Se consigna un pegujal de hasta 48 fanegas, y otro de 36. En parte cualquiera de ellos puede ser consecuencia de que el objeto de la cesión puede estar disperso por más de una parcela, lo que permite una posición relativamente aventajada. Pero cualquiera de los que tienen más de 15 fanegas representa menos de centésima parte de los casos, y menos de la ducentésima a partir de las 20.

     La curva que entre coordenadas representara todos los valores, tal como si fuera un hecho continuo, tendría un sorprendente parecido con la que representa la fecundidad natural. Desde valores muy bajos, inmediatamente alcanza los máximos y a partir de ellos va descendiendo lenta pero inexorablemente hasta extinguirse.

     Sin salir de tan claros límites cuantitativos, el fenómeno de los pegujales no se resigna a la simplificación. Las posibles causas que los localicen, que se entrecruzan, en el espacio lo representan múltiple y diverso. Los de quienes viven en la población central del término, que son 1.465 (98,6 % de los registrados), ocupan 6.725 unidades de la superficie dedicada a estas explotaciones, también más de las nueve décimas partes del total de la superficie a la que se le da este destino (96,5). Están dispersos por 168 áreas de 156 espacios.

     Cuando los acogían cortijos, el centro del orden del espacio cultivado, los integraban con grados decrecientes de dependencia y localización. De los subordinadas a labores de todos los tamaños los había exclusivamente cedidos para a cambio recibir el trabajo más cualificado que necesitaban. El trabajo sería la prestación a cambio de la cual se recibía el pegujal. Otras labores, tanto grandes como medias, diversificaban sus relaciones en este frente. En el espacio del que dispusieran convivían pegujales de dos clases, los que remuneraban el trabajo en ellas, y que por tanto daban origen a la misma relación que en el caso anterior, y los que se constituían como explotaciones autónomas. Esta otra manera de organizar la relación, por tratarse de pegujales, obligaría, para obtener a cambio la tierra, a prestaciones al amo o señor distintas al trabajo cualificado. Y también había labores de todos los tamaños cuyos pegujales huéspedes se activaban exclusivamente acogidos a esta segunda posibilidad.

     Por tanto, no había labor que prescindiera de asociar pegujales a sus explotaciones, para lo que les bastaba con servirse de una parte del espacio del que disponían. Tan universal es este principio que pone al descubierto el origen de la posición aventajada de la que partían los amos o señores cuando se atenían a aquella relación. Como todos los que promueven labores captan con este recurso a gente que les puede servir, están en condiciones de elegir a los dispuestos a contraer el compromiso, campesinos de una población centrada en su término para los que sería preferente alojar sus pegujales en los cortijos y hazas cuya superficie de más calidad estaba reservada a labor.

     Dado que como consecuencia solo una parte de los trabajadores del campo conseguiría consumar este vínculo, siempre se generaría un excedente de los dispuestos a prestaciones a cambio de tierra, por lo que el fenómeno pegujal se desbordaba en el espacio. Los más atentos a captar este exceso tomaban una unidad de producción del tipo cortijo y ofertaban toda su superficie hábil como pegujales autónomos, a cambio de los servicios o prestaciones que en caso se acordaran. Era un estado de transición tanto desde el punto de vista de las cesiones como desde el punto de vista del uso de la unidad de producción, que podía estar sostenida, en algunos casos, por la tenencia directa, que en ocasiones permitía al cedente de los pegujales reservarse una explotación similar a las cedidas para crear la propia. Aunque sostuviera su explotación con sus propios medios, eso no excluiría la prestación de los huéspedes del espacio del que por aquel procedimiento se había constituido como señor o amo.

     Pero tampoco esto colmaba las aspiraciones de quienes en una población central habían decidido tener durante un año su propia explotación de cereales, por más modesta que fuera. Los pegujales que no se podían acoger a labores o a grandes unidades de producción eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos. A estos la documentación suele llamarlos pegujales sueltos, condición en la que las posibilidades de la tenencia directa serían las mayores. Cuando se consumaran, se les aplicaría la denominación pegujal por extensión, si bien la clasificación como pegujal suelto ganaría sentido, a pesar de ser aparentemente paradójica. Suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era quien la ponía en explotación. Aunque, si aun así, se las incluía en la clase de pegujal habrá que admitir que quienes constituyeran estos pegujales no se quedarían al margen de la prestación de servicios a otros, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formalizado, sino solo como oferta a partir de la cual quien estuviera interesado en la prestación podría acceder a ella.

     Los pegujales sueltos se agrupan en manchas discontinuas de áreas con tierras secundarias ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Cuando se impone el otro aprovechamiento, son huéspedes sobre todo de olivares, el primer cultivo alternativo al cereal. También pueden serlo de la viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. La promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro cultivo estable, que aprovecharía el espacio intercalar, la facilitaría la posesión de las tierras con aquellas dedicaciones, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales. En las huertas, que eran un cultivo consolidado y estable, debieron ser un fenómeno común en la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas.

     Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían tanto el camino del defecto como del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. Además, el horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.

     Para el municipio las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.

     Si era el factor distancia el que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales, o por las que trazaba el desplazamiento humano. De estas, eran preferidas las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraer pegujales su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio.

     La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. Podemos sospechar que algo así ocurre no solo cuando se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle su lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.

     En los términos muy extensos, las tierras periféricas son las que están más allá del límite racional del movimiento. Son menos accesibles desde el centro y más desde las poblaciones circundantes, que las pueden acaparar desde las posiciones exteriores por su ventaja en relación con el movimiento. El apeo de sementeras de 1771 es poco preciso cuando describe las tierras periféricas. Solo permite distinguir sus clases de pegujal según la residencia de sus tenientes. Menciona con más frecuencia los radicados en el término de la población central en manos de quienes tienen su residencia en una de las poblaciones periféricas. Pero de ellos desconocemos cualquier indicio de la relación que está en su origen, salvo excepciones. No sabemos si están localizados en tierras que han tomado sus convecinos para crear labores, otros de pueblos contiguos o labradores de la población central. Solo queda a nuestro alcance su toponimia, que a lo sumo permite ensayar sobre las distancias.

     En segundo lugar, identifica los pegujales de quienes viven en la población central y están asociados a labores de quienes viven en alguna de las poblaciones circundantes. Para ellos, la situación es la inversa a la precedente. Consta la dependencia, que es el nombre de quien tiene la labor pero no la toponimia, salvo alguna excepción. No sería posible la localización precisa de cada uno pero sí ensayar los costos de desplazamiento para todos, si se combina esta información con la localización de las labores de los labradores de las poblaciones periféricas. Pero tampoco sabemos nada de las condiciones bajo las cuales se asocian a la labor.

     Por último, se identifican algunos pegujales de quienes, viviendo en la población, están alojados en cortijos de forasteros que tal vez ni siquiera estén en el término. De ser así, cualquiera de los identificados solo con el nombre del cedente podría cumplir esta misma condición, siempre que las distancias fueran racionales, lo cual no se cumpliría con todos los términos colindantes.

     El alcance de estas dificultades es limitado. Solo quedaron inscritos 42 pegujales de las agriculturas de las poblaciones periféricas, que acumulaban 400 unidades de superficie y ocupaban 28 áreas de 28 espacios. La desproporción entre pegujales del centro y pegujales de la periferia es inverosímil. Puede ocurrir que los regímenes de explotación de los cereales en las poblaciones periféricas excluyan la cesión de estas parcelas subsidiarias, si bien sería insostenible que en todas las que explotan el término se actuara de la misma manera. Aunque sean escasas, hay pruebas del recurso a la fórmula en ellas, y nada indica que el fenómeno sucediera desde las circundantes de un modo distinto a como se dispersa desde la central. Es más probable que cada una de ellas reprodujera el mismo orden a su escala (cortijos centro, centrifugación, etc.), y más aún que a esta parte de las cesiones no llegaran las averiguaciones desde la administración del centro, cuyas preocupaciones, por otra parte, estaban dirigidas a ingresar la cuota correspondiente a la cantidad de suelo puesta en cultivo. Tal vez la totalidad que formaran labores y pegujales quedara reducida a solo una cifra, sin entrar en matices ni descomposiciones, en las declaraciones de los labradores de la periferia, quienes así facilitarían el trabajo recaudatorio a la administración del término.

     Para formarse un juicio acertado de las características espaciales de las explotaciones subordinadas o subsidiarias, puede ser suficiente con que nos restrinjamos a la información procedente del centro. La cifra que suman es lo bastante representativa. Si tuviéramos en cuenta la exigua cantidad de los pegujales de la periferia, además se desequilibraría innecesariamente la percepción de los hechos.


La esquila del ovino

Alain Marinetti

Cuando una casa explotaba en sus tierras una cabaña de ovino, al llegar el mes de mayo, comienzo de la segunda temporada de las dos en las que los labradores habían dividido el año agrario, organizaba la esquila que le permitiera obtener su lana, una parte del producto pretendido si optaba por aquella empresa. Quizás para algunas de ellas no fuera el beneficio más esperado. Aunque con la obtención de leche y queso sería difícil que se pudieran alcanzar metas tan altas, la desviación regulada de una parte de la cabaña al mercado, de acuerdo con un meditado plan para su renovación, podía permitir cada año ingresos muy interesantes, y aconsejar a una parte de estos ganaderos que tal vez fuera preferible, para extraer el mejor rendimiento a su actividad, la comercialización de sus cabezas de ovino a distintas edades, y no la obtención de la lana. Pero, cualquiera que fuese la orientación preferente de la empresa, llegada la primavera era necesario descargar a toda la cabaña del pelo que le hubiera crecido en el transcurso de un año, fibra muy apreciada en los mercados del continente cuando provenía de la especie merina, en la que persistían las casas del sudoeste. Y tan inevitable como era proceder al alivio de su carga a los animales era que el producto obtenido de aquella operación proporcionara unos ingresos, si no preferentes, nada insignificantes.

     Hasta donde llega nuestra información, las casas, de la misma manera que contrataban a cuadrillas especializadas para la siega del trigo y sus cultivos asociados, para cortar la lana a su ovino recurrían a equipos de esquiladores que asimismo se pueden suponer itinerantes. Pero a diferencia de las cuadrillas de segadores, que eran pequeñas y apenas tenían marcada la función de mando, las de la esquila eran verdaderas compañías con una jerarquía tan cerrada que el responsable de todo el equipo, único contratante del grupo reconocido por quienes les daban empleo, se hacía llamar a sí mismo capitán de esquila. Solo excepcionalmente, si ocurría que mientras fuera necesario tomar una decisión que comprometiera a todos estuviera trabajando en otro lugar, delegaba sus poderes de concertación en un subordinado inmediato, es probable que muchas veces emparentado con él, que se hacía identificar como contracapitán o segundo en la línea de mando; quien, no obstante, cuando actuaba bajo estas premisas, hacía constar que había sido encargado para una ocasión tan excepcional por el único capitán de esquila.

     Las decisiones que cualquiera de los dos tomara comprometían a todos los hombres sujetos a su disciplina, los esquiladores, quienes identificados con esta denominación eran quienes debían ejecutar el trabajo. Sumaban cada día que actuaban una cantidad proporcionada al número de cabezas que fuera necesario esquilar en el transcurso de la jornada. Como las cabañas de las casas eran numerosas, y sus promotores decidían concentrar el trabajo en pocos días, el número de los esquiladores de cada jornada solía ser alto, siempre por encima de las dos decenas en las condiciones que podemos creer habituales, muy superior al tamaño de las cuadrillas que se esforzaban en la siega, equipos de tamaño variable entre cuatro y siete hombres.

     No parece que alcanzado el grado de esquilador hubiera diferencias por razones funcionales entre quienes lo tuvieran. Pero los textos, a veces, hablan, con una carga expresiva que no es necesario discutir, de esquiladores mandones, etiqueta específica y distintiva dentro del mismo tipo. La denominación, más que con alguna responsabilidad, que como capataces cargaría sobre ellos cuando actuaran los equipos complejos que se entregaran al combate cuerpo a cuerpo con los animales, tomaba nota de una categoría laboral que efectivamente era reconocida con su correspondiente remuneración.

     La casa contribuía a la recluta de aquel ejército con las tropas auxiliares, en parte al menos quintadas entre sus empleados estables. La mayor parte de sus temporiles, o trabajadores contratados por una o las dos temporadas, era la que en las casas solían llamar ganaderos, muy discriminados según especie. Los que se ocupaban del cuidado permanente del ovino estaban bajo el mando supremo del rabadán, uno de los cuatro o cinco empleados de más cualificación de cualquier casa de entidad. A su autoridad  estaban sometidos todos los pastores, cada uno de ellos responsable de una piara, la unidad de población ovina definida por un atributo común relacionado con su crecimiento natural. La menos distinguida, y que abarcaba la mayor parte de la cabaña, era la de ovejas. Pero, pensando en la salida al mercado de los animales más estimados, tanto como en la reproducción controlada de toda la manada, se podían segregar piaras de borregas, hembras de hasta dos años; de primales, ovino de entre un año y dos; y de la categoría que llamaban chicada, que separaba a los corderos nacidos en los tiempos más expuestos a los agentes patógenos, para que fuera objeto de cuidados especiales. También podían separarse para que fueran criados aparte los borregos, machos del mismo segmento de edad que sus correspondientes hembras, y, sobre todo, los carneros, los machos de la especie en la plenitud de sus atributos. En cada piara, bajo las órdenes directas de su pastor, trabajaban además los correspondientes zagales, que  alcanzaban un número que doblaba al de pastores. Mientras que en la separada por sexo y edad podía bastar con uno, en la menos discriminada el número de zagales debía ser mayor, en la proporción correspondiente hasta alcanzar aquel total.

     Completaba la nómina de los empleados permanentes para el cuidado del ovino el guarda del coto de las ovejas, encargado de preservar los espacios por los que fuera migrando aquella población en busca de pastos. Para la inevitable trashumancia del ovino, aunque fuera de corto radio, podían ser un recurso suficiente las tierras de cualquier clase que explotara la casa durante la parte del año en la que el ganado no obstaculizara los cultivos y los aprovechamientos elegidos para ocuparlas. Todo dependería de la entidad de cada cabaña. Tampoco era infrecuente, en caso de que esta fuera importante, que la casa se viera en la necesidad de arrendar pastos externos, ahora en un lugar, luego en otro, durante algún tiempo. Pero tanto en uno como en otro caso, además, como la pieza imprescindible de cualquiera de las casas era su labor, una vez que se levantaba la cosecha de trigo y sus cultivos complementarios, sus piaras, durante la segunda temporada, aprovechaban como pasto los rastrojos que en la tierra más trabajada hubieran dejado aquellos cultivos. Invariablemente, el guarda iría custodiando todos los cambios de lugar para garantizar su reserva. Es difícil sin embargo que su responsabilidad alcanzara hasta las piaras que se desplazaran a las ferias, en plena primavera, cuando hacía falta buscarle pastos a lo largo del trayecto hasta el lugar donde se celebrara.

     Cada equipo de pastores y zagales iba contribuyendo a la esquila de su piara como personal auxiliar, y al mismo tiempo presente a lo largo de todo el trabajo, junto al cual actuarían en idéntica posición a otros que citan las fuentes, como atadores, escoberos, perreros, moreneros y alguien que presume de titularse escribano, todos los cuales llegarían integrados en las cuadrillas de esquiladores. De la función que tuviera cada uno de los tres primeros no es difícil hacerse una idea, y ninguna representa una gran responsabilidad, ni siquiera un trabajo que en todos los casos fuera necesario. La del morenero, sin embargo, sí era específica y a la vez imprescindible. La esquila, inevitablemente, provocaba cortes en la piel de los animales. Para cauterizarlas se elaboraba una solución de carbón y vinagre que se conocía con el nombre de morenillo. El morenero estaba encargado de mantenerla a punto y en el lugar donde fuera necesario aplicarla al instante. Además, es muy probable que quien se hacía llamar escribano fuera el encargado de llevar un registro puntual del trabajo de cada día y su producto.

     La esquila, donde hemos podido observarla más de cerca, se ejecutaba en pocos días, unos diez para una cabaña de poco más de tres mil cabezas, lo que no impedía que se dividiera en dos fases. La primera o anticipación estaba reservada al ganado que había sido seleccionado para ir a las ferias, donde la casa se deshacía de los ejemplares que ya no necesitaba o que podían proporcionarle buenos ingresos. Habiéndose reservado el valor de su lana, además de obtener una parte de su renta, al deshacerse de él en las ferias contribuía al plan de renovación permanente de la cabaña, un recurso de la cría del ovino necesario si al mismo tiempo se deseaba obtener de él el mejor producto lanar, tanto más estimado cuanto más jóvenes fueran los ejemplares. Para apurar los ciclos de renovación los buenos criadores necesitaban encontrar el equilibrio entre la edad de los ejemplares y la productividad lanera a cada una de ellas. Parece que se inclinaban a deshacerse de los ejemplares en torno a los dos años de edad, en una proporción de dos hembras por cada macho, más algunos carneros, una parte de los cuales explícitamente habrían sido clasificados antes como mansos.

     En la segunda parte se completaba la esquila de toda la cabaña, aunque el feliz cumplimiento de cualquiera de las dos estaba sujeto a los contratiempos que podían retrasar los planes. El más recelado, tal como ocurría con cualquiera de las otras actividades agrarias, era la lluvia, que para el ovino inesperadamente podía hacerse presente con toda su carga negativa. En una casa estaba todo preparado para esquilar las borregas cuando llegó el aviso de que se habían mojado la tarde anterior con una tormenta que había caído en el coto donde aguardaban su traslado. Pareció necesario demorar el trabajo veinticuatro horas, tiempo que se juzgaría suficiente para que el vellón recuperase el estado que pareciera adecuado para la esquila, aunque la responsabilidad que tocaba a la humedad acumulada por la lana en el momento del corte resulta equívoca. A la vez que se repudiaba el efecto de la lluvia, la regla había establecido que el mismo día en que los ejemplares eran esquilados, inmediatamente antes fueran encerrados en un área reservada para este fin que se conocía con el nombre de bache, para que allí, hacinados, sudaran. Tan primitivo recurso se justificaba por la necesidad de lubricar la piel y el pelo de los animales, y así facilitar el corte de las tijeras; lo que al mismo tiempo no dejaría de incrementar el peso del vellón. Parece pues que la carga de humedad que añadiera la lluvia, pudiendo cumplir con idéntico propósito, sobrepasaría lo tolerable.

     Cada casa agraria sostenía en la población que había elegido como lugar donde concentrar sus actividades un edificio principal, para que alojara el hogar de sus titulares y fuera sede de la proclamación pública de su bienestar. La casa de campo era el lugar separado dentro de aquel edificio principal para que se dedicara exclusivamente a todas las actividades productivas, fuese la que se quiera su complejidad, que convenía centralizar o mantener bajo control inmediato de sus máximos responsables. Cuando llegaba el día previsto para su esquila, cada piara era trasladada desde su coto hasta su correspondiente casa de campo, para que allí los esquiladores hicieran su trabajo. La víspera, de acuerdo con el capitán o con el contracapitán, se elegía los ejemplares que debían ser esquilados y se estimaba cuántos esquiladores sería necesario tener dispuestos para aquella cantidad. El número previsible lo decidía primero la cantidad de cabezas ovinas señaladas y después su clase. Todo indica que regía un patrón según el cual cada esquilador debía consumar por jornada el corte del vellón de diez ejemplares: si estaba previsto esquilar doscientas ovejas, el capitán o su contracapitán debían concurrir a la casa de campo con veinte de los esquiladores bajo su mando. A partir de esta proporción se harían las previsiones, aunque luego, cada día, mientras se trabajaba, siempre se consiguiera, valiéndose de la emulación entre los trabajadores, extraerle a una parte de ellos una productividad algo mayor, tal vez compensatoria de los cálculos previos, que favorecerían a los contratados. Cuando se observan los casos, la razón entre ejemplares despachados cada día y número de hombres que actuaron siempre da un valor algo por encima de diez.

     Sin embargo, en los días en los que el trabajo se descargaba sobre cierto tipo de animales, el rendimiento podía verse incrementado en márgenes, aunque restringidos, nada despreciables. La ley que rigiera los cambios de valor dentro de esta banda, si se pretende deducir de los valores concedidos al trabajo que han quedado registrados parece sencilla. Señala a una relación inversa entre la edad de los ejemplares y el rendimiento del trabajo. Los días en los que la proporción de carneros y borregos esquilados era más alta, el rendimiento era más moderado, más próximo a diez, mientras que cuando era mayor el número de primales y añinos, los ejemplares en torno a un año, la productividad podía incrementarse hasta alcanzar un valor cercano a trece en los momentos en que aquella proporción era mayor, justo al final de la segunda fase.

     Pero una productividad que de uno o de otro modo nunca conseguía separarse mucho de diez parece baja. Aceptar que algo así estaba consolidado puede ser la mejor disposición para concluir que, tal como ocurriera con la siega, las jornadas de esquila tal vez eran cortas, quizás porque fuera aconsejable evitar las temperaturas más altas de las horas centrales del día, cuando las sangrías accidentales podían tener peores consecuencias. Parecería más razonable concentrar el trabajo en el tiempo imprescindible para un aprovechamiento juicioso del trabajo y cuanto más cerca de las horas extremas del día mejor. La duración prevista para la jornada también decidiría sobre el número de esquiladores a convocar cada día así como sobre la proporción de trabajadores auxiliares adecuada a ese número: dos moreneros cuando la cantidad de cabezas a esquilar en una jornada oscilara entre doscientas y trescientas, y cuatro entre pastores y zagales de la casa.

     Los esquiladores, tal como los segadores, vendían su trabajo diario solo por una cantidad de dinero. Tal compromiso lo contraían, con un par de días de antelación a lo sumo, a través del capitán, quien antes los habría reclutado para su cuadrilla. El acuerdo que hacía acreedores de aquella renta no estaba cumplido en el momento que se presentaban en el lugar de trabajo. Si la tarea no podía realizarse inmediatamente, aunque fuera por una causa de la que no podía hacérseles responsables, la incertidumbre se cernía sobre la posibilidad de ingresar la renta de aquel día. Así ocurrió en cierta ocasión, cuando fue necesario aplazar la esquila porque el ganado que para ello se había apartado fue víctima de una tormenta. El aviso del contratiempo no llegó a la casa de campo hasta la mañana siguiente, cuando los esquiladores ya estaban allí consentidos en ganar la peonada. Al cabo, no pudieron ingresar la cantidad que esperaban. Se imponía el principio según el cual el trabajo solo se debía liquidar después de completado.

     Los trabajadores auxiliares, si eran parte de los empleados estables de la casa, como los pastores, los zagales y el guarda, tal como se actuaba con los demás de esta categoría, además del dinero que por cada día de trabajo ingresaban ganaban la comida. La habitual, en su caso, se les entregaba de antemano, en previsión de sus desplazamientos constantes, como un lote de provisiones que ellos mismos debían elaborar luego. Pero los días que contribuían a la esquila disfrutaban de una comida que se elaboraba en donde se estaba desarrollando el trabajo. Conocemos al menos sus ingredientes, incluso las proporciones en las que cada uno de ellos era empleado, aunque no su combinación. No obstante, valiéndonos de los dos criterios disponibles, se puede conjeturar que uno de los platos más elaborados podía ser de bacalao, y que se complementaría con una ensalada, y que para cualquiera de las dos elaboraciones se recurría a cebollas y ajos y especias, aceite, vinagre y sal suministrados por la despensa de la casa. A todo esto se sumaba el indispensable pan, que en forma de hogazas se repartía entre los comensales a razón de una libra por persona y día.

     Aun siendo común esta composición de la comida, no era invariable. El plato principal también podía elaborarse con carnero, habas y guisantes, era posible que a la ensalada se le agregara tocino y entre los suministros provenientes de la despensa de la casa, para completar la dieta, también podía llegar queso. Pero asimismo podía cocinarse una borrega que hubiera muerto, que podía ser comida suficiente, junto con el pan y los demás condimentos que necesitara aquel guiso, para dos días. Que padeciera alguna enfermedad, como la modorra, que afectaba al cerebro del animal, podía ser un incentivo para sacrificarla y consumirla, aunque siempre después de que se hubiera esquilado. Y también podía ocurrir que algunos días no se elaborase comida alguna por haber empezado tarde a esquilar.  En ese caso, como aun así era obligado satisfacer la comida diaria de los empleados estables de la casa, podía bastar con los suministros regulares de pan, aceite y vinagre, más el queso y las aceitunas provenientes de la despensa de la casa.

     La otra parte de los trabajadores auxiliares, que eran un apéndice de los esquiladores, y por tanto tan extraordinarios como ellos, solo ganaba la comida, cualquiera que fuese su extracción o su origen. Ahora bien, el que fuera de ellos la percibía en dinero efectivo, lo que no dejaba de ser una salida convencional al pago del trabajo diario no exenta de paradojas. Así como para el acceso a la comida que cada día se elaboraba no se discriminaban las cantidades que cada pastor, zagal o guarda pudiera consumir, la comida de los auxiliares integrada en la tropa de los esquiladores estaba tarifada según funciones, de manera que los atadores ingresaban más por su comida diaria que perreros, escoberos o escribanos, o que los moreneros, que ingresaban por debajo de todos los demás. Aunque no es seguro que estas funciones se desdoblaran en personas distintas a los esquiladores, con cuyo trabajo principal podían ser compatibles, sí lo es que, de hacerlo, quienes las desempeñaran trabajarían solo por la comida, cuyo valor nominal mínimo se aproximaba al del jornal de un peón sin cualificar, si bien ninguno de ellos alcanzaba hasta el valor de la remuneración que se obtenía con el trabajo directo como esquilador. Procediendo de este modo, el resultado era una clara jerarquía de la renta diaria de quienes eran contratados expresamente para este trabajo, toda reducida a dinero, según los grados de su ejecución.

     Más equívoca era la posición de los capitanes, y más todavía la de los esquiladores distinguidos con la expresiva calificación de mandones. Si capitán y contracapitán, al mismo tiempo que se mantenían en su posición suprema, actuaban como esquiladores, ganaban, además de la remuneración correspondiente a este trabajo, el dinero correspondiente a su comida, tal como los auxiliares eventuales, que también se tarifaba la más alta de todas las que se resolvían de este modo, aunque siempre por debajo de la renta obtenida por el trabajo directo de esquila. Pero los días que su actividad se redujera a ejercer su trabajo de dirección, su ingreso se reducía al valor de la comida, recibido en efectivo. Sin embargo, además participaban de los platos que a diario se preparaban para los trabajadores estables de la casa. Unos días se arrimaban ellos, otros se convidaban y, en definitiva, quien cargaba con aquellos costos, cuando hacía balance, reiteradamente tenía que lamentarse de que los capitanes persistieran en ser invitados según malas costumbres.

     De la misma manera, los esquiladores distinguidos con el mencionado título de preeminencia, percibían un suplemento por comida si al mismo tiempo ejecutaban la esquila, o solo aquella cantidad en caso de que su papel se redujera al asociado a su posición en la jerarquía de la cuadrilla. Sin embargo, para una fase de los trabajos podían ajustarse expresamente solo por el dinero que remuneraba el trabajo directo. Pero los términos que utiliza la fuente, llegada esta ocasión, son lo suficientemente ambiguos como para que se pueda suponer, de una parte, que ocasionalmente actuaban como capitanes, quizás en ausencia de estos, y tal como ellos se sumaban a disfrutar de los platos elaborados cada día; o que simplemente se resignaban a renunciar al suplemento por comida que podrían ingresar. Como después del ajuste aludido siguieron cobrándolo, es más probable que ocurriera lo primero, aunque no hay constancia expresa de que sucediera.

     Las prisas por disponer del vellón actuaban a favor del valor nominal del trabajo, y no solo porque una parte de quienes lo ejecutaban pudieran duplicar los conceptos por los que era remunerado. Quienes más se beneficiaban de aquella tensión eran los esquiladores efectivos, la masa de quienes componían las cuadrillas, que solo ingresaban la cantidad en la que hubiera sido tasado el trabajo del día que lo vendieran. Así, una casa acordaría con un contracapitán, porque el capitán de la cuadrilla estaba esquilando en otro lugar, empezar al día siguiente la esquila de los ejemplares que iban a ir a las ferias. Un par de días después, una vez resueltos todos los contratiempos, veintisiete hombres completaron el trabajo que se había previsto para aquella jornada. Tal como habían contratado, cada uno recibió por su día de trabajo siete reales, tras lo cual se previó que al día siguiente continuaran el trabajo veinticinco de aquellos hombres. Pero, en contra de lo que estaba planeado, aquella jornada no se trabajó, y solo un par de días después se pudo negociar de nuevo la esquila de los carneros y los borregos que estaban en uno de los cortijos de la casa a la espera de ir a las ferias, cuyas fechas se aproximaban inexorables. El propio capitán que negociara no estaba en condiciones de comprometerse en un jornal porque permanecía a la expectativa de lo que decidieran los esquiladores con los que solía contar. Desde hacía unos días estaban sin trabajar por cuestión de precio. Con otro labrador ya se habían ajustado a nueve reales al día, un jornal que pretendían extender a todas las cuadrillas. La casa, urgida por el calendario, no tuvo otra opción que plegarse a las pretensiones de los esquiladores. A partir del día siguiente, cuando se reanudaron los trabajos, y para todos los días durante los que aún se prolongaron, hubo de liquidarlos a nueve reales por persona y día, como los demás labradores; a pesar de lo cual todavía opinó, al recapitular los trabajos contratados, que los jornales no habían sido muy altos.

     Cuando se había completado la esquila, se hacía balance. Según el suyo, durante los ocho días de mayo trabajados una casa había conseguido esquilar 3.149 ejemplares de ovino, de los cuales 115 eran carneros, 1.769 ovejas y primales y 1.265 borregos añinos. Pero el balance sustantivo, para cualquiera de las casas que se hubiera empleado en la crianza de esta especie, era el referido a la lana que hubieran proporcionado los animales, mucho más minucioso, en cuyas propiedades se concentraban las aspiraciones de esta rama de su actividad.

     El peso de los vellones esquilados era naturalmente desigual, no solo de una clase de animal a otra, sino entre los ejemplares del mismo tipo. Aunque comúnmente se pesaban todos los vellones y de todos los tamaños según se iban cortando, los pastores que asistían a la esquila de sus piaras tenían la costumbre de no pesar por separado los más pequeños, a consecuencia de lo cual ni siquiera se ataban. La consecuencia de esta manera de proceder era que, cuando se completaba el registro del producto obtenido cada día, para anotar el peso de todos los vellones que se habían cortado se procedía según un método muy grosero. Se tomaban en cuenta los valores máximo y mínimo de los pesos verificados según tipo de animal, y a continuación se designaba como referencia el valor medio de cada intervalo, corregido según criterios no siempre rigurosos ni constantes, y se multiplicaba por el número de cabezas de cada clase que aquel día habían entrado en el bache. Concluido el trabajo, para deducir un balance de la campaña bastaba con sumar los parciales diarios según tipos de animal. Así, la casa que en total había esquilado 115 carneros, y que aceptó como peso tipo para sus vellones las 10 libras, estimó el producto obtenido de esta parte de su ovino en 46 arrobas, una operación que tenía en cuenta su premisa métrica, según la cual una arroba equivalía a veinticinco libras. Procediendo de manera con las ovejas, por una parte, y con los borregos, por otra, por último sumó un total de 714 arrobas de lana.

     El juicio sobre la calidad de la lana por el momento también era muy difuso. Se reducía a deslizar ocasionalmente alguna opinión del tipo “la lana tiene una calidad regular para lo que se esperaba este año, tan miserable para el ganado”, una manera de hablar en la que la palabra elegida para enjuiciar es lo suficientemente ambigua como para no comprometer. Las casas daban por descontado que todas estas valoraciones eran muy débiles porque habían delegado el cálculo de todos los pesos que fueran precisos al momento de venta de la lana. Según se fueran consumando las transacciones, tal como llegaran, asimismo se irían verificando las calidades elegidas por el comprador y a partir de ellas el precio de las cantidades por él solicitadas.

     Por el momento, para terminar con los trabajos de plena primavera, bastaba con almacenar todo el producto obtenido en su correspondiente cuarto lanero. En las vísperas de la esquila, al comienzo de mayo, se habilitaba en la misma casa de campo donde se desarrollarían los trabajos. En la explotación cuyo proceder seguimos de cerca fue necesario habilitarlo en otro que llamaban del esparto, que fue desplazado a una de las salas del piso bajo de la vivienda porque el que estaba reservado para que fuera el lanero estaba aún ocupado con al menos una parte de la lana que se había esquilado el año precedente. Para que estuviera convenientemente equipado para recibir la lana nueva, los cuartos laneros primero se blanqueaban, luego se entarimaban y sobre las tarimas, por último, se tendían esteras.

 


Las explotaciones

Alain Marinetti

En la región, para referirse a las explotaciones dedicadas al cultivo de los cereales, los textos de mediados del siglo décimo octavo manejan un vocabulario relativamente extenso. Además de cortijos, mencionan hazas y manchones, así como pegujales, suertes y rozas, y ocasionalmente otras instalaciones, como las huertas. Ninguna de las denominaciones es inflexible, y todas estaban modificadas por la manera de verse a sí mismos que tenían sus responsables. Aunque el repertorio parezca amplio, recoge solo las palabras más habituales, y si descendiéramos a las variantes locales, se podría prolongar extraordinariamente la lista. Pero es muy probable que detrás de cada nombre a lo sumo encontráramos sinónimos de las siete voces enunciadas. Creo pues que se puede estar seguro, tratando de la producción de cereales, que en aquel momento todo lo distinto a estas siete clases, si conseguía existir, sería muy secundario. Pero si las acepta sin más, el lector contemporáneo tal vez confunda hechos que parece necesario discriminar cuando se trata de aislar los tipos de explotación que se organizaban cada año. Su análisis, para lo que bastará que se acepten sendas definiciones, aunque pueda ser parcial puede ser suficiente para desentrañar la diversidad que encubren, separar lo que no debe estar junto y demostrar la oportunidad de respetar las distinciones hasta el punto que permita una idea precisa de quiénes eran los que cultivaban cada año los cereales.

     Cortijo es la unidad de producción que en 1750 tenía los recursos suficientes para emprender la gama más amplia de actividades agropecuarias. Su contenido primordial era la tierra, normalmente de calidades diversas, aptas para garantizar extensos cultivos y la manutención de manadas de ganado. Su mejor porción eran los suelos de pan sembrar, de la calidad más alta, reservados para producir los cereales, que se subdividían en parcelas o unidades territoriales habitualmente llamadas hazas. Otra parte era el área de pastos propia, quizás la más importante de su fracción no cultivada. Aunque aquella reserva la justificara una limitada calidad del suelo, esporádicamente, valiéndose de la alta fertilización que le añadía el ganado que la apacentara, era utilizada como área productiva. También como zona de uso pecuario, contaba con un ejido próximo al centro de la unidad productiva, reservado para localizar en él cualquiera de los cuidados que requirieran los ganados de la casa, y la fracción de superficie que pudiera restar eran los baldíos del cortijo, zona sin trabajar a la que se podía recurrir para satisfacer cualquiera de las necesidades de la explotación. Ni siquiera se aprovecharían de manera reglada, salvo para actividades marginales, porque su tierra sería la de calidad inferior.

     Era asimismo equipamiento necesario de cualquier unidad de esta clase el agua, una parte de la cual circularía por sus tierras. Es muy probable que en muchos casos se estancara con una presa, para regular su uso, y su manipulación más útil, para la brega diaria con el ganado, era el abrevadero, un estanque en el que los animales de la explotación tenían aseguradas sus raciones de esta parte de su alimentación.

     Buena parte de los cortijos, a la tierra y el agua imprescindibles sumaban un recurso proveniente de su forma genuina, unas edificaciones reservadas a las funciones reproductivas de hombres y animales. Aunque inequívocamente biológica, estaban destinadas a concentrar trabajo, para luego propagarlo por sus tierras, depósitos de cantidades ingentes de la energía que había hecho posible que su suelo fuera el más productivo. Por último, también era una parte necesaria de la instalación, reguladora de su economía, la red de vías con la que sus caminos interiores conectaban. Del entramado de los caminos que a él llegaban y se prolongaban por su espacio se deducía una parte sustantiva del costo efectivo de buena parte de los otros factores, a través de la razón del gasto energético, que no era solo el de su labor, sino el de la casa toda.

     Pero de ninguna manera sería correcto decir que un cortijo era una explotación, empresa o iniciativa personal que aspiraba al cultivo de los cereales. El nombre más apropiado, o menos anacrónico, para identificar la plenitud de las empresas que se restringían cada año a obtener un producto de cereales es labor. Alcanzaba el estado óptimo gracias a que su dimensión, la mayor entre las explotaciones de cada territorio, le garantizaba la posición dominante. Parece que lo regular era que cada una explotara un cortijo, siempre fragmentado en las áreas aptas para la siembra con cereales que imponía el sistema, y que año tras año mantuviera su cultivo continuo sobre una suma discreta de esa clase de partes. Pero también sabemos que una parte de las labores utilizaban más de un cortijo, completo o en parte, sin que por ello sufriera su integridad como agente económico independiente. Era una proporción en modo alguno insignificante, que podía aproximarse a la décima parte de los casos. Cuando una parte de las labores actuaba así, seis de cada diez sumaba a todas las parcelas disponibles de un cortijo las que hubiera en al menos una parte de otro para explotarlas simultáneamente. Luego la asociación más característica de las empresas que decidían acaparar más de un módulo de uso del suelo alcanzaba a dos cortijos. Las cuatro restantes acumulaban con el mismo propósito como mínimo tres unidades de la misma clase.

     Sin embargo, el orden para la labor no derivaba inmediatamente de la cantidad de unidades tomadas sino de su localización. En torno a la mitad de quienes tomaban más de un cortijo repartía su labor de manera equitativa entre los distintos lugares elegidos, lo que significaba que también para el conjunto de cada labor se creaba una jerarquía, como ocurría cuando un solo cortijo, ateniéndose a los rigores de los sistemas, se dividía con el fin de aprovechar cada campaña solo una parte de su superficie. En la otra mitad de los casos la superficie acumulada era utilizada simultáneamente de manera muy dispar.

     Los matices podían ser consecuencia de la dispersión. Normalmente, quienes tomaban a su cargo más de un cortijo lo hacían aconsejados porque todas las unidades de producción, completas o parciales, eran colindantes, lo que en la práctica les permitiría organizar su trabajo como si se tratara de una sola. Pero también había labores repartidas en dos lugares separados, aunque entre las razones que las unían también rigiera el principio de proximidad.

     No obstante, es posible que hubiera dos cortijos explotados por un mismo amo y que sin embargo admitieran dos labores en paralelo. Si esto era excepcional, cuando la iniciativa de la empresa se dispersaba en tres o más lugares, aunque en cada uno se ocupara una cantidad de superficie distinta, en la práctica cada una actuaba como si fuese una explotación autónoma. Había grados de dispersión probablemente poco tolerables, a causa del exceso de distancia, escasamente compatibles con el gasto energético de la empresa, lo que la abocaba a ganar cierta racionalidad constituyendo cada parte como una labor independiente.

    Pero cualquiera de las combinaciones siempre mantenía una unidad de la clase principal como centro de todo su sistema técnico. Cualquier labor siempre tenía su centro en un cortijo, añadiera o no dos o tres parcelas de otro. Se podía por tanto decir que hasta las asociaciones más complejas serían en el fondo de cortijo, fueran completos o parciales. Es suficiente para reconocer, dada su compleja composición, que cualquiera de las empresas que se acometían sobre esta base, como todas utilizaban al menos una unidad de este tipo, tendría previsto utilizar su labor como centro en el que integrar otras actividades agropecuarias.

     Sería un error, consecuencia de la acumulación de ejemplos de diversidad, presentar la labor como una explotación que quiere batirse en distintos frentes productivos. La labor es la parte de los proyectos empresariales reservada a la producción de cereales. Su producto protagonista es el trigo, preferente sobre los demás. Incluso en un buen número de labores la producción de trigo es lo único que se documenta positivamente, y en algunas además se averigua con seguridad que toda la explotación está íntegramente dedicada a la producción de trigo. Los cortijos tienen pues como principal objetivo producir trigo y a ello se dedican, no solo de manera preferente, sino en buena parte de los casos de manera íntegra.

     A las hazas afecta la indefinición. Es la palabra que se usa con menos rigor para denominar explotaciones. De sus significados, los que resultan más relevantes son los que se deducen de la lectura comparada de los documentos. En sentido estricto, haza es una parcela continua de cultivo de cereal. Como el orden cíclico de este induce la división del espacio de las unidades de producción en otras menores, sobre las que va cargando alternativamente la responsabilidad del producto anual, un cortijo, según decíamos más arriba, regularmente estará dividido en hazas, que es lo mismo que decir que está dividido en piezas o parcelas independientes. Por tanto, haza puede definirse también como la parte de una unidad de producción de un tamaño mayor. El fenómeno espacial en este caso toma su identidad de que tiene lindes propias aun dentro de las del cortijo porque la fragmentación responsabilidad del sistema se haya consolidado. Por estas razones la parte puede segregarse con facilidad y existir con independencia, y que así llegue a ser la base a partir de la cual organizar explotaciones que puedan conocerse con el mismo nombre. Es probable que en este caso fueran los cortijos sin instalaciones los más expuestos al riesgo de degenerar a la cesión en fragmentos. Pero también la palabra haza, en los mismos testimonios, se utiliza para distinguir una unidad menor que el cortijo. Con las mismas características en el espacio, puede haberse generado al margen de una gran unidad como otra intermedia, e incluso puede referirse a una propiedad concentrada con el propósito de ser explotada como un cortijo.

     Porque la explotación organizada sobre un haza puede ser una labor, dado que la superficie del haza, cultivada completa, puede equivaler a la fracción de un cortijo que simultáneamente se ponga a producir. Los medios que cualquiera de las dos necesitaría movilizar serían similares, lo cual sería suficiente para que ambas fueran orgánica o técnicamente labores. Pero no todas las hazas tienen que dar origen a una labor. Es posible que también se dividan, sujetándose al rigor de la alternancia, en fracciones, para cultivarlas sucesivamente. Su dimensión para el cultivo quedaría reducida al menos a la mitad y por tanto la necesidad y combinación de medios se contraerían hasta el punto que no sería correcto llamar al orden resultante labor.

     En cuanto al número de estas unidades que se usan para organizar sobre ellas una empresa, el mundo de las hazas es bastante homogéneo. Como unidad origen de una labor también la modalidad más sencilla de explotación resulta de que alguien haya tomado a su cargo la producción de cereales sirviéndose de solo un haza. Las tres cuartas partes de las labores constituidas sobre hazas cuentan con una sola unidad: una labor, un haza. Al tomarla en solitario para constituir con ella una explotación autónoma, tiene que ser la responsable de las explotaciones de tamaño intermedio.  Pero el haza es una parcela que puede convivir con el cortijo. Un haza puede sumarse a uno y con él crear una de las explotaciones que acumulan tierras, que es tanto como contribuir a la creación de las del tamaño mayor o labores del primer rango, tal como hemos visto más arriba. Sin embargo, solo excepcionalmente hay labores que sumen más de un haza cuando la acumulada no es un cortijo. Estas situaciones parecen proporcionar a sus promotores, más que un ascenso, un descenso en su posición. Bien el número de explotaciones que acumulan son del tipo pegujal, bien son tan pequeñas que, aunque sean un número relativamente alto, aún aproximan más a la condición del pegujal. Así pues, la acumulación de hazas da origen a una modalidad de explotación de la menor importancia relativa.

     Define muy bien la empresa sostenida sobre más de un haza la dispersión, y en esto hay grados. Las hay en dos lugares, aunque en todos los casos conocidos en el mismo paraje. También las hay en más de dos, alcanzando grados de extrema dispersión por exceso de parcelas, incluso hasta seis. La discontinuidad en el espacio, en este caso, parece una decisión estratégica relacionada con los costos de desplazamiento. El propósito parece combinar unidades que suministren energía para el desplazamiento con otras dedicadas a los cultivos de mayor rentabilidad. A la dispersión alguna vez se añade la condición de casa agropecuaria, como cuando se mantienen al mismo tiempo una hacienda y tres hazas.

     El manchón es una parte de la reserva de tierra de una gran unidad de producción o cortijo, se mantenga íntegra o segregada en haza; la que permanece sin cultivar ni trabajar, razón por la que también se le denomina erial o eriazo. En sentido propio es por tanto solo un recurso técnico de los sistemas de cultivo del cereal. Si se incluye entre sus explotaciones, tendrá que significar que se trata de una que se acomete directamente sobre una tierra sin antes haberla preparado para este cultivo, es decir, sin barbechar, y que al mismo tiempo, como labor inicial, debe incluir la roza o desbroce de la vegetación espontánea que haya nacido en la parcela. Que la densidad de las especies que hayan crecido sea mayor o menor dependerá del tiempo que el área haya permanecido sin cultivo ni trabajo, pero que pueda constituirse como explotación tiene que entenderse naturalmente dependiente de la actividad organizada por una de tamaño mayor. Luego sería en todo equivalente a la que pudiera organizarse a partir de un haza, bajo cualquiera de sus condiciones. La diferencia entre una y otra se reduciría a la inversión inicial de energía, que tiene que ser mayor cuando las labores deben ser profundas.

     El pegujal es uno de los hechos más característicos de la economía de los cereales en 1750. Un pegujal es un patrimonio modesto e inseguro, doble condición inscrita en su génesis, asociada a la servidumbre entendida en su sentido primitivo de esclavitud. En 1750 todavía se acumulaba gracias a la remuneración del trabajo con una cantidad de bienes, con más probabilidad los mismos que se hubieran producido trabajando, o el disfrute transitorio de un modesto trozo de tierra que permitiera obtenerlos. Esta segunda posibilidad había dado alas a las parcelas más pequeñas. El modesto trozo de tierra se había abierto un hueco como objeto de cesión, también transitoria, sin necesidad de que mediara la prestación de trabajo; simplemente, sirviéndose de las reglas del arrendamiento. Por eso en 1750 se había generalizado para esta arqueológica palabra el significado de explotación de pequeñas dimensiones; con seguridad, la forma más modesta de explotación. Sobre la transmisión precaria de una parcela limitada, se podría poner en marcha una empresa o iniciativa muy discreta para producir cereales, cuya diversidad en parte permite deducir la documentación de referencia. Nada impide que un pegujal de mediados del siglo décimo octavo esté localizado en el interior de un cortijo. Cualquiera de sus modalidades lo permite y la experiencia enseña que la mayoría tienen esa localización. Estarían también, por tanto, subordinados a él. Pero asimismo es posible que los pegujales se localicen en hazas, estén o no reducidas a manchones, o en tierras que de antemano son pequeñas parcelas segregadas por la condición de propiedad.

     La modalidad mayoritaria y que define inicialmente con más precisión esta forma de explotación es la parcela única. De todos los pegujales organizados, las tres cuartas partes se sostienen exclusivamente sobre una unidad de producción: una parcela, un pegujal. Lo que queda al margen de esto tampoco es algo extraordinario. Del cuarto de pegujales con más de una parcela, mitad por mitad son pegujales sobre dos o sobre tres parcelas. Luego nada impide que también haya algunas empresas del tipo pegujal que estén sometidas a la tensión de las parcelas dispersas. Hasta tal punto es así que hay pegujales localizados en tres lugares distintos, aunque en todos los casos que se atienen a esta variedad ocurre que la dispersión es muy limitada. Porque tratándose del pegujal, la dispersión es compatible con los escasos costos de desplazamiento, a la vez que con la inmediata accesibilidad desde las poblaciones. El número tres, referido al de parcelas, parece ser también un valor asociado a esta posible norma. Hay, no obstante, algún caso de excepcional dispersión. Se documenta un pegujal en más de seis sitios. Aún así, restringido al espacio de un mismo término se atiene a la regla de concentración relativa.

     Suerte es una forma de acceder a la cesión cuando la demanda de los bienes de los que se pretende disfrutar es superior a la oferta. El cedente, bajo esas condiciones, para adjudicar el bien puede recurrir, entre otras posibilidades, al azar. Por antonomasia, el procedimiento se aplica a las tierras que están bajo dominio de los municipios. En las tierras públicas y comunales que se aprovechaban para el cultivo, previa licencia real, se delimitaban las unidades homogéneas que recibían aquel nombre, siempre de dimensiones reducidas. Los municipios recurrían habitualmente al sorteo como medio de adjudicación aconsejados por representar la equidad, cautela de los gobiernos que se proponen perseverar.

     Pero entender el término en este sentido tan restringido dejaría fuera a tierras privadas, como ocurría con las situadas en los ruedos. Sus dueños también podían recurrir a esta manera de llamar a las parcelas pequeñas que cedían para que fueran explotadas. Es cierto que el procedimiento de adjudicación, en este caso, es más probable que estuviera mediatizado por la subasta, que garantizaba las rentas más altas posibles. Por tanto, el sorteo en sentido estricto no sería el encargado del reparto, lo que no impedía a los dueños encubrir con la palabra suerte cada parcela que cedieran.

     No obstante, es posible que a las pequeñas unidades de producción ocasionalmente se las denomine suertes simplemente para significar que en origen fueron constituidas dentro de límites legales y definidos. Porque en algunos casos no consta que las que se han reunido para organizar una explotación procedan de adjudicación alguna de tierras mediante sorteo o subasta. El hecho de que puedan acumularse en una cantidad muy alta en una sola mano, para dar como producto una extensión media compatible con los medios de gestión de las labores, hace sospechar que en estos casos pudo haber acaparamiento de predios colindantes procedentes de un reparto por sorteo anterior.

     Hemos precisado antes que roza es una técnica al servicio del sistema de cultivo, la destinada a deshacerse de la vegetación espontánea crecida en la parcela que se va a preparar para la siembra, sea por labores profundas o por ignición. Sin embargo, con el nombre de roza también se puede denominar una unidad de producción que hasta el momento en que reunimos la documentación había caído fuera del campo de observación del estudio de la economía regional del cereal. La escasa literatura sobre esta modalidad de agricultura que ha prosperado ha adoptado esta denominación. Para nosotros no hay más autoridad ni más tradición que la justifiquen. A ella nos remitimos con la seguridad de que los avances que para esta vertiente del tema habrán de venir conquistarán un vocabulario más preciso.

     El nombre no es el más adecuado porque efectivamente se refiere a un procedimiento de cultivo, y no a un lugar en el espacio o a una iniciativa. Pero la extensión del nombre hasta identificar una explotación podría quedar más que justificada porque aquel procedimiento es, en este caso, el que decide sobre todo lo demás. Allí donde la ocupación del suelo con fines productivos es menos intensa, el origen de las explotaciones de quienes deciden cultivar cereales, en una proporción muy alta, debe partir cada año del desbroce de un espacio en el que durante años la vegetación espontánea ha crecido libremente. Se deslindan en espacios de estatuto equívoco, también consecuencia de la poco intensa apropiación del suelo por defecto de la competencia entre quienes pueden aspirar a ella, resultas de la confluencia de la baja calidad del suelo y la escasez de población, lo que suele enmascararse -o, si se quiere, resolver de manera sumaria- considerando el espacio comunal, en la práctica terrenos bajo dominio de los municipios, y a ellas se puede acceder por sorteo en caso necesario. Cualquier vecino de aquellas poblaciones dispuesto a emprender una explotación de esta clase dispone de todos los reconocimientos y ayudas públicas, o en sentido contrario no encuentra más impedimento que el personal que pueda oponerse a tomar la responsabilidad de este trabajo. Que estas parcelas sean localizadas, habitualmente y del modo más general, en el monte es, finalmente, una manera de indicar con comodidad y eficacia la calidad de las tierras que se siembran, lo que no impide que estas prácticas, como se podría esperar, tiendan a desplazarse y radicarse en las tierras de mejor calidad de las zonas donde es practicada, en una progresiva declinación hacia la estabilidad que contradice su fundamento.

     La información que nos permite asomarnos al mundo de las rozas, que las aproxima mucho a los pegujales, evoca un orden sencillo. La explotación de las rozas se asienta sobre una parcela. Los limitados medios energéticos disponibles y contar con un rendimiento satisfactorio de antemano, gracias al abonado incluido en la técnica, son opuestos suficientes para que el tamaño de las explotaciones pueda ser en todos los casos discreto.

     A las huertas las fuentes siempre se refieren manteniendo su sentido regular, y no hace falta explicar que la huerta es la explotación especializada en la producción ininterrumpida de frutas y verduras, que siempre ha sido un espacio proclive al cultivo promiscuo, ni que cuenta a su favor con el regadío y la intensidad del trabajo en dimensiones en las que el suministro de la energía humana es el que impone la pauta. Lo que ocurre es que la explotación de la agricultura intensiva llega a serlo tanto que incluso en ocasiones incluye el cultivo del cereal, o que el deseo de poseer cereal invade el territorio de otros cultivos. Ningún obstáculo entorpece que en explotaciones tan especializadas, y con un carácter tan definido, suceda esto. En la parte de las huertas que se siembra de cereal el comportamiento es de haza. La parte dedicada a cereal también es una parcela dentro de ellas. Pero solo hemos encontrado dos en las que una parte de su superficie se dedicara a sembrar cereales. Luego este hecho por necesidad sería, además de excepcional, restringido.

     Así pues, un cortijo es una unidad integral de producción, una haza es una parte de las tierras de un cortijo, el manchón un espacio definido por un recurso técnico, el pegujal una posesión modesta y pasajera que mejor se materializa en una parcela, la suerte una forma de acceder a la cesión de la tierra, la roza otra parcela definida por otra técnica al servicio del sistema y una huerta la explotación especializada en la producción ininterrumpida de frutas y verduras que esporádicamente acoge el cultivo de los cereales. Hay que reconocer que los textos contemporáneos no son rigurosos a la hora de elegir un criterio a partir del cual decidirse por las palabras que deben distinguir las explotaciones que actuaban en la producción de los cereales. Ni para evitar que en el uso de este vocabulario se interfieran entre sí los factores para la definición, como el tamaño de la parcela, las formas de la tenencia o las técnicas que se emplean. Todo lo cual pone en el riesgo de que las conceptos se solapen y que por tanto todo se confunda.

     Pero afortunadamente, porque al mismo tiempo con su gama de vocablos los autores se proponen trazar el cuadro de las explotaciones con las que conviven, los términos más habituales alcanzan ese orden cuando se emplean por antonomasia, lo que como hemos demostrado permite depurar y aislar en cada uno de ellos el componente explotación, el asunto que nos hemos propuesto aclarar. Bastan las definiciones para que en todos los casos se descubra el contenido relacionado con este criterio. Cuando en la documentación de la época se utiliza la palabra cortijo por antonomasia es sinónimo de empresa de cereal del tamaño mayor. Haza, cuando designa una unidad independiente, es una empresa de tamaño intermedio, lo mismo que manchón. El sentido en el que utilizan el concepto pegujal los documentos de mediados del siglo décimo octavo es empresa o iniciativa de pequeñas dimensiones para producir cereales, y cuando las fuentes eligen la palabra suerte para aplicarla al campo de las explotaciones se entiende también que se trata de explotaciones constituidas sobre parcelas de dimensiones modestas. En el caso de las rozas la trascendencia de la técnica, su responsabilidad decisiva, se identifica tanto con la explotación misma, una explotación de tamaño discreto, que termina denominándola. En la explotación llamada huerta el cultivo de los cereales es excepcional y restringido y no creo que sea necesario tenerlas en cuenta en lo sucesivo.

     Luego las clases de explotación, si nos atenemos al criterio del tamaño, factor común de todas las definiciones, se pueden reducir a tres: la que representa el cortijo, la que se identifica en hazas y manchones y la que se materializa en pegujales, suertes y rozas. La responsabilidad que en la constitución de cualquiera de ellas tiene la configuración previa de las unidades de producción, que en todos los casos es decisiva más allá de la aparente obviedad, reduce aún más las posibilidades. Haza y manchón pueden estar acogidos a cortijos, y el pegujal, a cortijos y hazas, aunque también puede ser independiente. La suerte puede acogerse a cortijos, pero también a las tierras de dominio municipal, que es el espacio regular de las rozas. Así las cosas, el orden del espacio para ser explotado con cereales podría reducirse al siguiente principio. El cortijo sería la matriz del orden, así íntegro como por sus secreciones mediana y pequeña, y las tierras de dominio municipal un amortiguador elástico del uso de aquel, que es el prevalente.

     El acierto de al menos una parte de este análisis se puede poner a prueba sometiéndolo al contraste cuantitativo. Una información contemporánea sostiene que cada año, a mediados del siglo décimo octavo, si nos limitamos a los términos más generales, el espacio regional dedicado a cereales quedaba repartido de la siguiente manera: un tercio de las explotaciones activas eran cortijos, casi una cuarta parte hazas y casi otro cuarto pegujales, proporción que aumentaría si a estos les fueran sumadas las suertes. Los demás tipos serían cuantitativamente muy poco significativos. Son cifras que solo aproximan y además ya podemos afirmar con certeza que en su manera de calcular está interfiriendo la falta de rigor que hemos detectado. La consecuencia es que las cifras, como los conceptos, se solapan y no se pueden dar por buenas.

     Hemos reunido otras pruebas cuantitativas, también de alcance regional, que son más consecuentes con los tipos de unidades de producción depurados. El lugar común que la agotadora literatura sobre este tema ha sabido difundir con más éxito ha sido el de la extraordinaria dimensión de los cortijos. Durante un tiempo, y desde determinada posición, esta idea se ha combatido, seguro que con sobrado fundamento. Pero se puede afirmar que la idea más común, para mediados del siglo décimo octavo, es la más exacta. Entonces los cortijos de la región eran áreas de enorme extensión relativa, un principio que, aunque pueda parecer contradictorio, no es del todo incompatible con la idea de que el cortijo común entonces no era excesivamente grande. Evidentemente es posible relativizar, ordenar por tamaño, agrupar por clases, y siempre la idea general se podría matizar; tanto y con tanta elasticidad, gracias a la diversidad de situaciones que es posible presentar, que está al alcance de cualquiera defender desde posiciones parciales, sin el menor asomo de cinismo, la idea que se proponga. Valga con decir que, para 1750, hemos podido documentar cortijos activos cuya superficie es un valor comprendido entre 100 y 2.800 unidades. Pero el tipo general lo darían los comprendidos entre las 300 y las 600. Por los datos de que disponemos, nos persuadimos de que este es el intervalo que mejor define el tipo dominante entonces. Con bastante probabilidad la mayoría de los cortijos activos entrarían dentro de esta banda, y dentro de ella aún serían más probables los que se ajustaran al intervalo 300-500, cifras todavía más ceñidas a los valores documentados. Pero, más allá de los detalles, la idea que debe prevalecer sobre todas es que para el momento al que nos referimos los cortijos eran un universo que por su tamaño quedaba a enorme distancia de cualquiera de las otras modalidades de integración del espacio al servicio del producto agrario. Solo hablar de cortijos traslada el análisis de los hechos a un rango del espacio explotado que incluye la magnitud exagerada, muy lejos y muy por encima de cualquier otra clase de complejos territoriales. Solo a partir de este principio se puede hablar de clases cuantitativas de cortijo. Para dar una idea aproximada de la magnitud de estas superficies agrarias, se suele decir que una hectárea corresponde aproximadamente a la extensión del estadio convencional. Basta saber que las medidas de superficie con las que estamos trabajando equivalen a una media hectárea para que inmediatamente haya que reconocer que un cortijo que tuviera solo doscientas de aquellas unidades, equivalentes a unos cien estadios, era una enormidad, y nos rindamos a la evidencia.

     Las unidades de producción a las que quienes declaran llaman haza ocupan una superficie cuyo valor está comprendido entre 1 y 72 unidades de superficie, máxima elongación de nuestra experiencia que resulta equívoca. Cuando se pasa por debajo de la barrera de las 25 se entra en el terreno de transición hacia el pegujal entendido como parcela. El grupo de las hazas propiamente dichas, en el que sin embargo se podrían incluir los manchones, queda por completo comprendido en las 50 unidades de diferencia que hay entre los umbrales 25 y 75. Todas las que pudieran considerarse tales están dentro de esos límites.

     Aunque también se declaran parcelas destinadas a ser explotadas como pegujal cuyas extensiones es necesario enmarcar entre 2 y 34 unidades de superficie para considerarlas todas, lo que realmente define el tipo es que el dominio reservado al pegujal es el de tamaño ínfimo. Entre la mínima superficie útil para el cultivo y las 10 unidades se concentra la masa de este hecho. Los valores más frecuentes están entre 6 y 7, y cruzar el umbral de las 25 unidades de superficie es salir de este dominio, aunque algunos casos, que nunca llegan al valor 35, caigan en el campo marcado por aquella cifra.

     La superficie de las suertes de iniciativa municipal viene inducida por la ley. Un valor común para ellas es las 8 unidades. Tal vez por eso a algunos contemporáneos la extensión tipo de las suertes comprendida entre 2 y 4 unidades de superficie les parece reducida, por insuficiente para atender las necesidades de ingreso de una unidad familiar que solo dispusiera de este medio. Sin embargo, una suerte de 2 unidades, a media legua del lugar poblado, los cálculos más exigentes la estiman suficiente para que un bracero, que es el trabajador del campo que no posee ganado de labor, trabaje durante un año. Habrá que entender que estos argumentos no se utilizan referidos a suertes de promoción pública.

     Las parcelas para rozas son de pequeñas dimensiones, desde este punto de vista más próximas a las de pegujal que a cualquiera de las otras dos extensiones tipo, mientras que el tamaño de las parcelas interiores dedicadas al cultivo de los cereales en las huertas está comprendido entre las 30 y las 50 unidades superficie, lo que definitivamente las asimila a las hazas.

     Pero si queremos disponer de cifras lo más precisas posible y derivadas de conceptos rigurosos hay que descender a la observación de las explotaciones de un territorio, como si se escrutara un mapa. Con los apeos y registros de sementeras y el cuadro de rentas provinciales referidos al espacio administrado por un municipio, que antes de ahora he manejado, se puede estudiar con más precisión y sin interferencias la frecuencia del tamaño de las explotaciones y la superficie que acumulan. Al tratarse de registros para detraer una renta pública, en ellos constan las cantidades de superficie por las que debe contribuir cada empresario. Esto es lo que asegura que la cantidad de tierra que cada declarante registró expresaba directamente el tamaño de su empresa, al margen de cómo la denominara, y que cada una de ellas se opone a todas las demás y es por tanto exclusiva.

     A la vista de la frecuencia de los casos anotados en la tabla que los recoge íntegramente, se pueden decidir con nitidez los siguientes intervalos. Hay un primer dominio de las frecuencias del número de explotaciones cuyo rango llega hasta las 12 unidades de superficie. El número de casos, para cada unidad del rango, está aproximadamente marcado por el valor 50, y los valores modales se sitúan por encima de esta frecuencia. El segundo rango lo separan con claridad los valores entre 13 y 40 unidades porque las frecuencias más representativas de este dominio descienden bruscamente, hasta quedar comprendidas entre los 10 y 20 casos por cada unidad declarada. El tercer dominio, que comienza a partir de la superficie por encima de 40 unidades, es con toda claridad el de las frecuencias por debajo de 10, modales y no modales.

     El siguiente cuadro, referido a un año tipo, ilustra esta definición independiente de los rangos.

Intervalos de superficie Frecuencia de los casos Frecuencia de los casos Superficie acumulada Superficie acumulada
  En valores absolutos En % En valores absolutos En %
Hasta 12 unidades 1.424 85 5.822,50 18
De 13 a 40 127 7 3.116,00 9
De 41 en adelante 128 8 24.062,25 73
Totales 1.679   33.000,75  

     Cualquier clasificación, porque siempre es rígida, corre el peligro de enmascarar o deformar los fenómenos. Pero creo que la claridad que reconoce el criterio de segregación de los grupos permite concluir que el cuadro precedente deja observar una realidad y no una elaboración estadística. Es probable que el mayor grado de fidelidad a los hechos se concentre en los extremos. Según resuelven los documentos, había dos clases de explotaciones, labores y pegujales. Probablemente, esta manera de proceder sus autores simplificó los hechos. Pero tuvo la virtud de poner de relieve con solo una instantánea algo más que lo más llamativo. Por debajo del valor 12 unidades de superficie queda sin ninguna duda el hecho de los pegujales absolutamente. Por encima de las 40 también es seguro que lo único que existe son labores, por definición. El dominio intermedio es sin embargo de transición. Ahí deben estar la parte sustantiva de quienes toman hazas y manchones para explotarlos íntegros. Pero también otros cuyos comportamientos redundan en los dominantes: los que toman grandes extensiones y sin embargo emprenden una labor discreta, para ceder en pegujales la otra porción de la superficie que tienen; y viceversa: es posible que estén declaradas como parcelas continuas las tomadas por un grupo de trabajadores para hacer de ellas el uso regular del tipo pegujal, que por otra parte en absoluto no excluye el aprovechamiento comunal. Aunque normalmente el pegujal se promovía por una persona, y se accediera a él por remuneración, arrendamiento, sorteo o teniendo que rozarlo, sobrevivía el pegujal como parcela comunal cultivada por un grupo de semejantes, una forma de explotación que aunque entronque con la senara igualmente se denomina pegujal.

     Así pues, nada hay que añadir a lo observado sobre los valores que lo resumen. Casi el 80 % de la superficie puesta en cultivo lo concentraba menos del 10 % de las explotaciones, y más del 80 % de las explotaciones no acumulaban ni el 20 % de la superficie. Lo que quedaba en medio tenía escaso peso específico. Contando con estos valores se puede afirmar que en el centro de la región suroccidental de la península ibérica, a mediados del siglo décimo octavo, a la forma de empresa llamada labor eran dedicadas nada menos que entre tres cuartas y cuatro quintas partes de todo el espacio invertido cada año en la siembra de los cereales, un fenómeno que era compatible con que las labores de un territorio, al mismo tiempo, fueran la porción mínima de las empresas destinadas a aquel fin. Incluso si a las labores en sentido propio se les sumaban las que se acometían según sus mismos procedimientos, aunque en espacios distintos a los genuinos, se mantenían en torno a la décima parte de las iniciativas cuyo deseo era conseguir aquel producto. Tan desequilibradas relaciones dan suficiente idea del grado de concentración que se había impuesto en esta decisiva rama de actividad, así como de la preponderancia de este tipo de empresa. El cuerpo de las labores de un territorio creaba un orden en el espacio tan poderoso que alcanzaba a toda la actividad, cuyo régimen de gestión rebasaba los límites de cada una de las explotaciones que a sí mismas se llamaban de aquel modo. Además, decidía sobre la organización de todo el complejo de empresas primordiales al que debemos llamar casa, para el que actuaba como núcleo.

     Las expectativas podían llevar a la promoción de un buen número de empresas. El criterio que prevalecía para constituirlas era el personal. Como norma general, juzgando a partir de las mismas fuentes, puede defenderse sin correr demasiados riesgos que el principio de organización de la economía del cereal era la iniciativa individual o personal, esporádicamente femenina, y que acceder al uso de la tierra mientras aún se permanecía bajo la patria potestad se cita como algo muy excepcional. De donde se deduce que la existencia de las explotaciones de cereal estaba sostenida por la vida adulta de los varones. De ahí que tenga el más preciso de los sentidos que la documentación de la época, para referirse a las clases de explotación de la manera más explícita, en muchas ocasiones simplemente personifique. Las clases de empresario que reitera son cuatro: labradores, pelantrines, manchoneros y pegujaleros. Labrador es el promotor de labores. Con toda la consecuencia, algunas mujeres justamente se presentaban a sí mismas como labradoras. Pelantrines y manchoneros serían los intermedios. Buena parte de los casos que se identifican a sí mismos con estas denominaciones al mismo tiempo están incluidos en el dominio de las hazas. A la masa reiteradamente se refiere la documentación con el regionalismo pegujaleros. Descrito el origen y el lugar que ocupan en el rango de las empresas, probablemente es más correcto, cuando es necesario generalizar y comparar, llamarlos campesinos, la forma más extendida de identificarlos en occidente. Por tanto, concordando los nombres habituales de los promotores de explotaciones con las inducciones cuantitativas precedentes, las dos clases de empresario decisivas para sostener el orden creado para el cultivo de los cereales serían labradores y campesinos.

     Una parte del análisis historiográfico ve que en la organización de las empresas decidirían tres factores, a su vez entre sí relacionados: el tamaño de la superficie sobre la que se organizaba, los medios de los que disponía quien la decidía y el destino previsto para el producto. Del alcance decisivo del tamaño de las parcelas tenemos pruebas suficientes, mas del valor relativo que tenían los medios no es posible formarse un juicio en los límites de este ensayo. Pero incluso suponiendo que todos dispusieran de los mejores medios para la promoción de una empresa, las posibilidades de combinación con los otros dos factores que la harían realidad enseñan de antemano que no habría solución técnica que pudiera imponerse como la más racional, sobre todo contando como constante con la rígida bipolarización de los tamaños. De cualquier manera, es al tercer factor al que la mayoría le concede la responsabilidad. Suelen explicar que las clases de empresa se pueden discriminar, de la manera más sencilla, tomando solo como criterio el destino previsto para el producto. Según este, básicamente habría dos tipos de explotación, la que producía solo para autoabastecerse y la que además producía para el mercado. La frontera entre la iniciativa de los labradores y la de otros que quisieran disponer del mismo vendría dada por el diferente destino de su producto. Mientras que el labrador, en sentido propio, sería el que, además de la reserva, pretendiera una cosecha que le permitiera obtener rentas en el mercado, el campesino, que ni siquiera había de estar vinculado de manera preferente a la actividad agrícola, tendría como único propósito, cuando cultivaba un trozo de tierra para obtener cereal, conseguir su modesta despensa.

     Creo que es precipitado aceptar tal oposición de términos. Efectivamente había explotaciones cuyo fin era abastecer los mercados, mientras que otras se situarían al margen de este propósito. Pero no sería exacto afirmar que las menores daban preferencia al suministro al hogar, porque nada impedía que su producto también concurriera al mercado, aunque a una parte de los gobiernos domésticos no conviniera desviar en aquella dirección el producto que obtenían. Los campesinos también buscaban renta, todos buscaban renta. La renta era la riqueza. La separación entre unos y otros la originaban las condiciones en las que cada cual podía acceder a su realización. Los mercados, el del grano, pero antes el de las cesiones de suelo, eran las encrucijadas en las que la lid, que el lenguaje del análisis económico ha atenuado llamándola competencia, otorgaba posiciones y posibilidades, victorias y derrotas, ganancias y pérdidas. Todos podrían depositar una parte de sus esperanzas en el golpe de suerte de una venta favorable del producto. Sobre todo porque no era una aspiración remota. El mercado en el que las respectivas explotaciones esperaban era el que proporcionaban sus propias poblaciones, cualquiera de ellas experta, así activa como pasiva, en las fuertes oscilaciones del precio del grano.

     De acuerdo con los análisis acumulados en los límites de este texto, creo es posible replicar con otra teoría del origen de las explotaciones. Si aceptamos que la presión de las poblaciones circundantes sobre las tierras más alejadas del centro de un término se suma al incremento interior de los pegujales, tal como antes de ahora se ha demostrado, tendríamos que reconocer que la oscilación del tamaño de la superficie cultivada cada año se alimenta del recurso a las tierras periféricas en el sentido más extenso; de las periféricas porque la distancia las hiciera más útiles a quienes vivieran en la población vecina, de las periféricas porque su rendimiento pronosticable pudo hacerlas preferibles para su aprovechamiento como pegujales, al margen de donde estuvieran localizadas.

     Argumentar con el rendimiento en el momento crítico de las explicaciones puede parecer apelar a un factor que no ha sido tenido en cuenta en el análisis precedente, un argumento que se deja sobre la mesa como los tramposos enseñan el as decisivo. No sería riguroso decidirse por este juicio en este momento. Aunque solo en apariencia. El concepto de presión de la demanda de tierras para organizar explotaciones, central en todas argumentaciones, lo contiene.

     Para la modificación del valor de la superficie puesta en cultivo, parece decisivo el número de las parcelas que salen al mercado cada año, a partir de las cuales satisfacer la creación de una explotación autónoma. De su responsabilidad específica sobre el resultado final no pueden caber dudas. A los pegujales, creo que en todos los casos, se accede por cesión. Si la presión sobre su mercado se incrementa, crecen las expectativas de obtener renta por ellos. No sería por tanto rendimiento de la tierra lo que se esperara, sino de las cesiones, un hecho en modo alguno exógeno a nuestro análisis, al contrario, incluido desde el principio en el análisis, dado el modo de acceder a la promoción de un pegujal que parece común. Así pues, buena parte de la responsabilidad sobre la creación de las explotaciones habría que hacerla recaer sobre las rentas detraídas al trabajo invertido en la producción del cereal, fuera por iniciativa de los demandantes de las tierras o por decisiones de sus cedentes.