Incidente
Publicado: mayo 12, 2023 Archivado en: Desiderio Iparraguirre | Tags: historias Deja un comentarioDesiderio Iparraguirre
Un arriero, al que llamaban Colmillo, en la tarde del ocho de septiembre había dejado los mulos de su recua pastando en un cortinal. Estaba en las inmediaciones de un monasterio, regente de un lugar santo, un manantial de aguas milagrosas, centro para las celebraciones de los días singulares, polo de ocurrentes de toda especie cuando se conmemoraba cualquiera de los ingenios de la astucia religiosa. Aquel día era sagrado para los devotos de la natividad, y a él, devoto radical de la potencia generatriz, porque lo era de la fecundación, se confió Colmillo.
Al otro lado del camino que pasaba ante la puerta de tan rentable lugar estaba el cortijo que labraba la sociedad Moreno y Escribano, uno de los más cotizados de las inmediaciones de la población, de los llamados de ruedo, donde los días comunes el trabajo los condenaba al infierno.
Machos y hembras los había dejado su dueño sujetos con una traba, un ingenio para la custodia pasiva que consistía en una cuerda corta, reforzada con un trenzado, que a los animales inmovilizaba las manos. No les impedía desplazarse a saltos, mientras iban cortando con sus dientes el pasto, pero les agotaba cualquier ansia de recorrer distancias. A Colmillo le parecía suficiente para dormir tranquilo, confiado en que no saldrían de la parcela. No contaba con la brisa nocturna de los últimos días del verano, que saturó el aire con el hipómanes de las yeguas estabuladas en el cortijo. Quienes lo explotaban las mantenían para que las elegidas por la fortuna fueran madres de ejemplares para la remonta, y todas contribuyeran, llegada la estación, a los trabajos de la trilla.
Uno de los machos mulares sin castrar, enardecido por la carga del aire, se deshizo de la traba, se extravió y se fue para las yeguas. Que fuera o no estéril solo los hechos llegarían a demostrarlo, pero desde aquel momento el poderoso mestizo dejó constancia de que la naturaleza no había renunciado a nada cuando fue concebido. No tuvo suficiente con una. Maltrató e hirió a varias, buena parte de las cuales estaban preñadas. Su lujuria llegó a tanto que una de las yeguas, que bien podía haber sido su madre, quedó herida por una mordedura, profunda y sangrante, realmente grave.
Los regentes del cortijo, cuando a la mañana siguiente vieron los estragos que había causado el monstruo, se temieron graves perjuicios para su capital, mientras que Colmillo, avisado por el hermano portero del cenobio, se apresuraba a recoger al macho yacente, exhausto, sus dientes de bestia a la vista, la lengua colgando, su rostro contraído en una sonrisa sardónica.
Enseguida dispuso que la yegua herida fuera curada por su cuenta, y el día siguiente las partes, de común acuerdo, designaron a un mariscal, Alceste de nombre, para que evaluara los daños que hubieran sufrido las inocentes ninfas. Sería su certificado el que discerniera si los había causado cualquier desgracia de las que tienen su origen en los accidentes que afectan a los équidos, o en el maltrato y el caldeo padecido a causa de la brega del macho. En el segundo supuesto el arriero tendría que hacer frente al fuego de su ejemplar. Tendría que liquidar a los consocios todos los perjuicios y daños apreciados a las yeguas, más los malos partos que pudieran ocurrir en el transcurso de los dos meses siguientes. Y si durante ese tiempo muriera alguna de ellas, como la que había sufrido la mordedura del mulo, los indemnizaría con su valor. Pero si pasara el plazo convenido sin ningún contratiempo, el arriero quedaría relevado de cualquier obligación.
Alceste, de palabra, ante las partes, y por escrito para el juez de campo, podría congratularse de que nada había trascendido a mayores, en parte gracias a sus cuidados, salvo que tres de las yeguas habían quedado preñadas. El mariscal, Colmillo, Escribano y Moreno celebrarían el prodigio, y el arriero, como recompensa al mal trago que hubiera hecho pasar a todos, decidiría renunciar a cualquier derecho sobre los potros que nacieran.
Expansión de un señorío. El frente sur
Publicado: abril 30, 2023 Archivado en: Redacción | Tags: economía agraria, población Deja un comentarioRedacción
Hasta donde lo conocemos, la referencia más antigua al enfrentamiento entre los poderes que compiten por el espacio escasamente poblado del confín occidental, marco de un buen número de experiencias de colonización a iniciativa señorial, está fechada el 21 de noviembre de 1399. Aquel año el concejo de Niebla había tomado y adehesado algunas tierras de los términos que colindaban con los dominios del concejo de Sevilla en la zona, de manera que no dejaba comer en ellas a los vecinos y vasallos de los lugares de Sevilla, según siempre se había acostumbrado y tenían por uso desde mucho antes.
Lo que parece ocupación o usurpación, desde el punto de vista de quien proporciona esta noticia, que es la parte perjudicada, habría utilizado como arma la demarcación de dehesas, y pretendería reservarse en exclusiva el derecho de uso ganadero de ciertos espacios. Así podemos interpretarlo si le concedemos a comer valor metonímico. Desde el principio de la competencia, a una parte de quienes estaban sujetos a sus fuerzas se les identifica como vecinos o residentes de pleno derecho, y a otra como vasallos o sometidos por un deber de fidelidad a una institución superior, razón jurídica y precedente a la servidumbre. Sus derechos sobre el uso del espacio se fundan sobre un uso y costumbre inmemorial.
Los ocupantes habían tirado y deshecho los mojones antiguos entre ambos términos, y habían consumado otros actos fuera de lugar en perjuicio del término de la ciudad de Sevilla, por lo cual estaban recibiendo allí un notable agravio y una sinrazón. Podemos suponer que al menos una agresión a iniciativa del condado de Niebla, concentrada en derribar las marcas de las lindes entre las tierras bajo dominio de los respectivos concejos, fuera anterior a la ocupación y segregación de las tierras acotadas; y que estas acciones pudieron ser el inicio del conflicto, dado que previamente regían entre las partes, no solo uso y costumbre, sino una hermandad o pacto que daba garantías al aprovechamiento de aquellas tierras y amparaba la buena voluntad que entre las partes hasta entonces había.
Eran razones suficientes para que la parte perjudicada acordara enviar a Juan Martínez de Monreal, veinticuatro o regidor de Sevilla, a Niebla para que viera todos estos agravios y sinrazones que en contra de sus intereses se habían cometido, pusiera en ellos remedio y partiera con ellos el término por donde siempre se acostumbraba. La iniciativa política parece inspirada por la voluntad de concordia. El concejo de Sevilla habría decidido presentarse en donde daba por supuesto que se habían tomado las decisiones a cuyas consecuencias deseaba hacer frente, y restaurar la situación anterior al litigio. Pero también se puede pensar que prefirió abordarlo por el flanco, o valiéndose de una institución interpuesta y subordinada, la más accesible. Desde 1368 los poderes sobre las tierras de Niebla correspondían a una autoridad por encima de su concejo, un señor, que en 1399 era Enrique de Guzmán o Pérez de Guzmán, un hombre con impulso y cuya fuerza le valdría convertirse a su pesar en el héroe de Gibraltar.
Los que envían a Juan Martínez de Monreal le ordenan –prosigue la autoridad de la capital– que […] veáis todas estas cosas cómo están, y partáis el término entre ellos y nosotros […] en manera que Sevilla no pierda cosa alguna de su término que siempre fue, y hagáis hacer muy grandes mojones […] en tal manera que no se deshagan […] porque vos y nuestros vecinos y nuestros vasallos sepan cuál es un término y el otro, y no caigan en yerro.
No parecen dispuestos a renunciar a la defensa de ninguno de los derechos adquiridos, tanto que si el concejo de Niebla no se igualara a partir el término por donde siempre había ido, y se opusiera a hacerlo, los veinticuatro de Sevilla también ordenaron a todos los concejos de todos sus lugares en aquella comarca que fueran con Juan Martínez de Monreal y lo ayudaran a hacer la partición, de manera que quedara hecha como cumplía tanto al provecho de la ciudad de Sevilla como al de la villa de Niebla. Así mismo les mandaron que creyeran a su representante en todo lo que le dijera de parte de Sevilla sobre este asunto.
El 23 de febrero de 1400, como respuesta, el concejo de Niebla, al tiempo que negó que hubiera modificado las lindes, designó a Lope Suárez, su alcalde mayor, para que fuera a todas las partidas adonde quiera que sus términos colindaran con los términos de Sevilla, una vez que ambas partes habían decidido reconocer las lindes aceptadas por la hermandad, para lo que el 25 de febrero presentaron a sus respectivos testigos, cuatro de Escacena, Manzanilla, Paterna del Campo e Hinojos, todos lugares de Sevilla, y cinco de Bollullos, lugar del conde.
Cuando testificaron, todos pretendieron rememorar hechos de entre treinta y cinco y cuarenta y seis años antes, lo que nos retrotraería a un periodo comprendido entre y 1354 y 1365. Nada autoriza a poner en duda que así fuera, excepto que los testigos de los lugares de Sevilla tienden a situar los hechos que rememoran entre cuarenta y cinco y cuarenta y seis años antes, mientras que los del lugar del conde se refieren a un tiempo comprendido entre treinta y cinco y cuarenta años. La intención inicial de cada una de las partes sería autorizar un estado en función de un tiempo distinto. Por eso, probablemente sea lo más correcto entender que los hechos que cualquiera de los testigos refiere al menos estaban vigentes en los tiempos inmediatamente anteriores a la contienda, una fecha sin duda próxima a 1399.
No todos los topónimos que mencionan en 1400 permiten localizarlos con precisión. Buena parte de ellos no se ha conservado, pero otra es tan inequívoca como la vecindad de los lugares de donde proceden los testigos. Algunos informan de los aprovechamientos previos de las tierras sobre las que se dirime. El de Escacena, por ejemplo, afirma que andaba con vacas de su padre y otros hombres por ellas. Los de Paterna e Hinojos precisan que la cañada del Garrobo, una de las líneas de límite hasta entonces reconocida, era vereda exenta y desembargada para todos los ganados sin pena ni caloña alguna, y que el alcornocal cerca de Santa María de las Rocinas y el bodegón de Juan Fraile, gracias a la hermandad, se comía exento. Uno de los de Bollullos, por su parte, prefiere reconocer que la pasada de Gelo era cañada y vereda por donde iban los ganados sin caloña.
Pero los hechos a partir de los cuales se habían originado las diferencias ocurrieron en torno y por iniciativa de los vecinos de Almonte. Según uno de los testigos, Diego Sánchez, su alcalde mayor, y otros hombres de Almonte, habrían desplazado mojones del antiguo deslinde. Además, ahora la vereda y cañada del Garrobo arriba estaba sembrada de pan por hombres de Almonte, que la defendían, y por tanto estaba cerrada a los ganados, lo que después los partidores comprobarían. Había sido allí, en la misma cañada, donde los de Almonte, labrando y sembrando, habían hecho mojones nuevos, algo que nunca había sucedido. En cuanto al alcornocal cerca de Santa María de las Rocinas y el bodegón de Juan Fraile, según el testigo de Hinojos, Almonte lo había hecho acotar y adehesar, y llevaba pena de seis maravedíes por res que tomaba, tanto a los de Sevilla como a los de Niebla o de cualquier parte.
El día siguiente, 26 de febrero, los partidores tomaron como testigos a uno de Almonte y a otros dos de Escacena. El de Almonte, que resultó ser pastor, además de corroborar lo que el día anterior los deponentes habían afirmado sobre la cañada del Garrobo, sostuvo que Almonte, desde antiguo, usaba y guardaba su dehesa de los bueyes, y que desde hacía poco tiempo los de Almonte habían adehesado el monte de la Rocina, que nunca antes se había adehesado ni guardado. Los dos testigos de Escacena se presentaron como partícipes en un deslinde ente Sevilla y Niebla que se habría hecho hacia 1350, en el que no se hacía mención alguna de Almonte ni de su concejo.
Sobre la base de estos testimonios, después de comer, los partidores emprendieron la revisión de los límites entre el concejo de Sevilla y Niebla en la parte que se dirimía. Los recorrieron íntegros y reconocieron los mojones antiguos o los renovaron. Se atuvieron a un ritual que reiteraron cada vez que acordaban un lugar en el que marcarlos. Levantaban uno hacia la parte de Sevilla y su partidor, Juan Martínez, se subía en él en señal de posesión; y otro hacia la parte de Niebla, y Lope Suárez hacía lo mismo, y cuando además tomaban como referencia un árbol, marcaban en él una cruz. Después, tanto uno como otro mandaba hacer una horca de palo, la hincaba en su lado y le ponía una soga de esparto también en señal de posesión, dice el documento, como afirmación de dominio jurisdiccional. Cuando tomaban como referencia los límites un arroyo, cada uno de los partidores caminaba por la orilla que correspondía a su lado, y cuando paraban para comer cada uno lo hacía en su parte, también en señal de posesión.
A lo largo del recorrido otros indicios de los aprovechamientos y la ocupación del espacio fueron registrados, así como de su toponimia. Del bodegón de Juan Fraile, que estaba junto a un camino, se dice que ya estaba derribado, y en su lugar había unas zahurdas. En la pasada de Gelo un camino cruzaba el arroyo. Donde se juntaba La Parrilla con el arroyo del Garrobo comenzaba la cañada del Garrobo, que era de partimiento entre Sevilla y Niebla, y en ella los partidores deshicieron los mojones que habían levantado los de Almonte, mientras que a caballo y a pie pasaron por encima de los panes sembrados, cada uno por su lado. Tras recorrer el arroyo del Garrobo y pasar un monte, en la cumbre de Carruchena reconocieron el fin del término entre Sevilla y Niebla en el partido contra Almonte. Como piezas del paisaje aparecen además higueras, labiérnagos, lentiscos, çumajos, una laguna, retuertas de los arroyos y pasadas.
Una vez resuelto el contencioso de Almonte, después de haber dormido, el 27 de febrero de 1400 los partidores se presentaron en la torre de Doña Mayor, también llamada la Tabla del Esparragal, a una legua de Villalba, lugar que había sido de Alvar Pérez de Guzmán, muerto en 1394. Los testigos que se habían tomado designaron la torre como linde entre Sevilla y Niebla en aquella otra parte, a una legua poco más o menos al norte de Almonte. Así había sido acordado en su momento en presencia de Juan Alonso Pérez de Guzmán, el primer conde de Niebla, muerto en 1396, y Alvar Pérez de Guzmán.
Los partidores, desde la torre contra arriba hasta el monte, llegaron al Acebuche, y desde allí, aún contra arriba, a la cañada de La Zarza. Ambos lugares servían de referencia para partir Sevilla con Niebla. Las siguientes estaban en el río Corumbel, el Forcajo de la Corte y el río Tinto arriba hasta colindar con Zalamea. Así quedaron partidas las tierras de Sevilla y Niebla en esta zona.
Por último, los partidores se interesaron por las lindes en las proximidades de Manzanilla, una población próxima al este de Villalba. Los testigos reconocieron que al menos estaban en Los Aguilones, cerca de Manzanilla. Por eso cerca de la torre de Doña Mayor, para abajo, en una palma que en la sembrada había, levantaron un mojón.
Luego, en Manzanilla, en casa de un criado del rey, tomaron por testigos a tres vecinos de la población. Los tres, una vez conocidas las declaraciones que los testigos habían hecho en Santa María de las Rocinas, declararon sobre lo que ocurría cuarenta y cinco años antes. Confirmaron las lindes declaradas y que siempre habían visto, desde que se acordaban, que se comían los montes, se pacían las hierbas y se bebían las aguas con los ganados de una y otra parte sin pena alguna, y que se cortaban la leña y la madera hasta las viñas de Almonte, salvo la dehesa del lugar, y que Almonte no tenía otro término que la dehesa de los bueyes.
A principios del siglo XV cualquiera de los tres deslindes parciales son frentes de litigio entre poderes, parte de la pugna que puede impulsar la población con vasallos. Entonces el conde habría decidido que su frente pionero estaba en el sur, en las tierras más próximas al litoral, con mayor presencia humana y con más posibilidades para la expansión de la actividad agrícola. Esa sería su apuesta, eso lo que diferenciaba la iniciativa de Almonte, que contrastaba con el único aprovechamiento pecuario precedente. La mayor intensidad del uso del suelo, aunque fuera de la mano del cultivo de los cereales, estaba llegando al sur del extremo occidental. Probablemente la densidad de poblaciones ya radicadas en la zona haría desistir de este plan. Ya entre Bollullos, Paterna, Escacena, Hinojos, Manzanilla y Villalba las distancias apenas si alcanzaban, excepcionalmente, en el caso más extremo, la legua. Era una tierra ya densamente ocupada. Almonte, al sur de todas ellas, no quedaba mucho más lejos de cualquiera. El fracaso de este intento sería suficiente para abandonar el frente meridional.
Técnicas primarias
Publicado: abril 25, 2023 Archivado en: J. García-Lería | Tags: economía agraria Deja un comentarioJ. García-Lería
En el espacio de los cortijos, el cultivo de las legumbres, más que un innovador, era indirectamente más inversión en ganado, y el abonado, al que se podía aplicar una gama razonablemente amplia de recursos, adquiridos gracias a una dilatada experimentación con las propiedades de un buen número de productos naturales, según todos los indicios en casi todas las explotaciones se limitaba a la materia orgánica que proporcionaba el ganado propio, tanto el de trabajo como el de cría. Para agregarla a la tierra con el menor costo bastaba con que pacieran los rebaños la parcela que luego sería cultivada, lo que tenía el defecto, en el caso del cultivo primordial, de reducir el calendario del posible aprovechamiento. Si se recurría a la que se obtenía del ganado estabulado o del retenido en el aprisco, limitaba su uso el costo de su transporte a la parcela y sobre todo el penoso trabajo de su dispersión por toda su superficie.
La selección de la simiente no era propiamente una iniciativa inversora, ni por tanto estaba en condiciones de marcar diferencias a los rendimientos. Se había consolidado como el efecto espontáneo de la acción controlada, a largo plazo, de las leyes de la genética. El procedimiento selectivo que a la semilla de trigo se aplicaba, alentado por un principio naturalizado por el sistema, que solo la semilla de la tierra prevalecía, incuestionado en la época, consistía en elegir las mejores espigas cuando el fruto ya había alcanzado su sazón. Para designarlas bastaban las apariencias, que estuvieran bien formadas y que sus tallos fueran fuertes, criterios de los que hacían exhibición sacralizada en las procesiones públicas que celebraban la obra de la primavera. De las elegidas, se cortaban la punta y la base, que se desechaban, y se conservaba el tercio central, donde se concentraban los mejores granos. Llegado el momento oportuno, las fracciones que se habían guardado se desgranaban y se sembraban en una parcela escogida, donde de nuevo fructificarían. Encadenadamente, del mismo modo se procedía durante unos pocos años, al cabo de los cuales en efecto se conseguían granos sementales altamente adaptados a las características del suelo de la explotación.
Monopolio señorial y comercio del trigo
Publicado: marzo 18, 2023 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
El sistema sostenido por las rozas, que en compensación era de bajos costos, incluido el primero, el del tiempo total de trabajo durante cada año, no quedaba lejos de la cadencia bienal de las mayores unidades de producción en las tierras centrales, más productivas. A pesar de que parezcan separadas de las rozadas por una montaña de rendimientos, solo se diferenciaban en la cantidad de tiempo que acumulaban los respectivos ciclos.
El orden temporal corto, en las agriculturas prevalentes, obedecía al control sobre el espacio cultivado, que se limitaba decididamente en la medida que aquella cadencia imponía el barbecho, de tan saludables consecuencias para el reparto de los beneficios entre los dueños del suelo y los labradores que lo obtenían mediante arrendamiento. El barbecho aseguraba la moderación de las cosechas y el sostenimiento de los precios del trigo. Los ciclos largos de recuperación del monte bajo, para luego utilizarlo como fertilizante, una vez carbonizado, en tierras de bastante menos suelo consolidado, no serían más que el barbecho de la mayor duración, lo que también limitaba la capacidad productiva, aunque a cantidades muy inferiores pero con idénticos efectos benéficos para el precio del cereal.
Una decisión a favor de la exclusiva comarcal de las rozas normalizadas, tan comprometida como la que se pone a prueba en una aldea, no quedaría lejos de este objetivo. En aquel momento contaría a su retaguardia con una sólida base de operaciones sobre la que sostener el ensayo, la ordenación del mercado condal de los cereales, cuyo estado a fines del siglo XV, gracias a sus ordenanzas, podemos reconstruir con razonable precisión. Son ellas las que afirman taxativamente que en sus dominios el señor había decidido prohibir la salida del cereal por ser cosa tan cumplidera al bien de la cosa pública.
Tan estricta regulación mercantilista no solo sería recomendable porque fuera un bien estratégico, punto de vista para el que no le faltaba razón al conde, sobre todo porque se trataba de la parte fronteriza de sus estados expuesta a las tensiones de la guerra. Prohibir las exportaciones en todo su señorío estaba especialmente justificado, dice, por la mucha necesidad que tiene de pan, antonomasia con la que habitualmente se hacía referencia al cereal mientras la hogaza fue el patrón del costo del trabajo; nada que no se hubiera argumentado antes, ni que se repitiera insistentemente durante los siglos siguientes. Pero las menciones de lugar y tiempo que a continuación contienen las normas condales son lo bastante peculiares como para aconsejar el sondeo de las condiciones en las que circulaba el cereal en aquellas tierras, aun a partir de los lugares comunes sobre el déficit de la balanza comercial de los que tenemos que partir.
Su mucha necesidad, sostiene el legislador, la acusa especialmente mi condado de Niebla, que la mitad del año compra pan de los recueros que lo traen de la provincia de León y de otras partes. Según tan explícita noticia, el grano que se producía en el condado solo sería capaz para atender a la mitad de su demanda, un déficit crónico que le habría aconsejado encauzar su importación ateniéndose a unos comerciantes y unas rutas cuya observancia el señor conduce y se reserva en la medida que dicta las normas. El conde sostendría unos proveedores consolidados, unos trayectos definidos y unos transportistas especializados, líneas de suministro estable, señal de que igualmente estable sería su organización.
Los suministradores identificados, probablemente los más regulares, aunque no los únicos, expedirían su producto desde las tierras al norte del Sistema Central. Lo transportarían los profesionales del tráfico terrestre que hicieran las rutas de herradura que llegaran al condado cruzando la sierra al norte, tal como se puede deducir de que el medio fueran recuas de mulas. Cargarían a lomo cuatro o cinco haldas, cada una del volumen aproximado de una fanega. La parte del grano que transportaran de tierras distintas a las leonesas la obtendrían a lo largo de la ruta, según era regular en este tipo negocio, lo que nos obliga a reconocer que la ocasión para el suplemento tendrían que encontrarla en las tierras extremeñas, donde practicarían un tráfico interpuesto, cuando no abiertamente intérlope, en la medida en que los transportistas disponían de medios para actuar al margen de las previsiones del señor. A mitad de la ruta podrían especular con el grano transportado desde el norte y reemplazarlo por el local.
Este sistema excluye la vía marítima, la más eficiente, y su efecto sería un encarecimiento notable de la mercancía cuando llegara a manos de quienes importaban, más aún de quienes la consumieran. Los intereses creados por aquel orden de las importaciones se opondrían a otro más fluido. Se puede presumir que las rentas que proporcionara aquella ruta a lo largo de sus múltiples estaciones se dispersarían de forma altamente retributiva. Así hay que reconocerlo porque no debemos olvidar que el volumen del grano importado equivaldría al producto cereal de todo el condado; aún más si aceptáramos como un hecho, tal como quiere el legislador, que de él no saliera nada de su cosecha y que todo el producido tuviera como destino el consumo interno.
Si la segunda posibilidad es verosímil, la primera no lo es tanto, a pesar de lo dictado por la norma. La causa inmediata del déficit de grano no era solo su limitada producción. Según revelan las mismas ordenanzas, algunos labradores del señorío, justificándose con que necesitaban dinero para financiar sus explotaciones, vendían pan a personas extrañas que lo sacaban fuera de los lugares donde se producía. Del mismo modo que había transportistas que se dedicaban a proveer grano del exterior, los había que lo extraían después de captarlo en las poblaciones que se dispersaban por la geografía del condado. No se puede excluir que fueran los mismos que lo importaban, que aquí compraban y allí vendían, inmejorables expertos en las posibilidades del mercado del grano al por menor a lo largo de las líneas de comunicación terrestre bajo su control. La referencia a la cadena que une producto y medios de transporte para la salida conecta directamente al campesinado productor, que saca de la era con carretas su grano, con los recueros, que lo cargan en bestias.
Esta exportación del cereal sería la causa inmediata, según precisa el texto más adelante, de que el señorío careciera de pan cuando más lo necesitaba, lo que ocurriría durante los meses a los que reiteradamente se refieren los textos de la época moderna como meses mayores, los inmediatamente anteriores a la cosecha, los de su carestía relativa dentro del ciclo anual, un calendario que facilitaría a los recueros su doble negocio. Con los meses mayores llegarían, cuando ya el buen tiempo permitía el tránsito de las rutas más exigentes, y en ese momento podrían contratar, sobre la base segura de la cosecha a la vista, la compra del grano que se iba a recoger durante las semanas siguientes, que igualmente podrían sacar durante el verano. Encontraría la mejor oportunidad de satisfacerse cuando los precios, para toda clase de productores, cualquiera que fuese el volumen sus cosechas, sedujeran tentadores a causa de la escasez provocada por la contracción del producto. A esto debemos añadir, como causa mediata y declarada de la exportación, la deficiente capacidad para encontrar medios con los que financiar la agricultura de los cereales.
La pena que el señor imponía por sacar grano del señorío era perderlo, así como las bestias y las carretas con las que lo movilizaban, salvo –he aquí la clave que cierra la bóveda de la política mercantilista del conde– que se extrajera bajo ciertas condiciones. Dictó que en ningún lugar se pudiera vender pan a personas extrañas al lugar sin antes pregonarlo en él durante tres días seguidos en la plaza y ante escribano. El interesado debía hacer constar cuánto pan quería vender y a qué precio, y solo si en el lugar no había quien lo comprase, entonces lo podía comerciar con quien quisiera, libremente. Así se consumaría la versión señorial del derecho de retracto sobre el mercado de los cereales, común en las legislaciones central y de los municipios, que era limitadamente coercitiva.
La acción punitiva del señor, en consecuencia, no iría tanto dirigida contra la salida del grano del señorío como contra que lo hiciera al margen del control de sus municipios, a los que así hacía partícipes en el negocio especulativo del grano. Bajo aquellas condiciones legales, el trato entre campesinos y recueros podía fluir sin accidentes y prodigar sus bendiciones. En el condado no habría tanto déficit del producto cereal como un intenso y lucrativo tráfico, sobre todo en las latitudes más al norte, donde las poblaciones eran notablemente menores, menos consumidoras y por eso fáciles generadoras de excedente, felices expendedoras de él gracias al tráfico especializado en este comercio que por ellas pasara.
Habiendo aceptado que las ordenanzas son herederas de normas precedentes, no tendremos ningún inconveniente en reconocer que la posición ganada por el señor en el comercio de los cereales, tan perfilado por prácticas seculares, estuviera activa desde tiempo atrás en sus dominios de frontera conectados con la red de caminos. ¿Qué tal si suponemos que ya la hubiera adquirido veinticinco años antes, y que pudo ser factor principal de la decisión sobre el control comarcal de las rozas en manos de un municipio? Detrás del orden de las rozas organizado a favor del concejo de la aldea, en ese caso, estaría otro de mayor alcance, que afectaría a todo el condado, la relación entre rozas y venta y consumo de su producto, que ocurriría en el marco común de un semimonopolio de su tráfico interior.
El proyecto de colonización que se ejecutó en el lugar no pudo ser ajeno a las condiciones que alentaban el comercio del cereal en la zona. Las rozas, con su regularidad cíclica, dadas aquellas condiciones comerciales, contribuirían a sostener el precio del cereal en niveles rentables. Pudieron ser las responsables del valor de la renta neta que alimentara cada hogar, de su radicación prolongada, de su estabilidad, de la apertura de perspectivas de crecimiento. Entra dentro de lo posible que los bajos costos de la producción bajo las condiciones de las rozas más el comercio interior de los cereales fueran las razones que aconsejaran el plan particular de avecindamiento de nuestra aldea. Solo faltaba saber si su ejecución por el municipio, al tiempo que incrementara los beneficios, contendría las tensiones heredadas.
Réplica
Publicado: febrero 24, 2023 Archivado en: Sansón Galilei | Tags: trabajo, agrario Deja un comentarioSansón Galilei
Desde la infancia, gracias a los programas para la detección precoz de enfermedades y malformaciones ocultas, cargo con la conciencia de un ojo vago, que en nada demora mi percepción de las monstruosidades.
Con B. Desmoulins he intercambiado, en más de una ocasión, puntos de vista sobre asuntos de interés común. Nunca nuestros encuentros han sido previstos. Por ser fortuitos, han sido más vivos que las polémicas organizadas, que prevén las conclusiones. Hemos discutido sobre metrología, crédito, gobierno de los municipios, límites de los términos, demora en el pago de las rentas por cesión de las tierras. Raras han sido las coincidencias de opiniones.
El último intercambio de juicios sobre la jornada laboral no me ocupó más que el tiempo que consumió nuestro encuentro. Solo cuando he tenido noticia de su diatriba, de tan escasa autoridad, tan intolerante, lo he recuperado. No deseo prolongar innecesariamente una polémica que me parece de escasa utilidad, pero sí deseo acogerme al derecho de réplica que en esta ocasión, creo, me asiste. La limito a un testimonio que me parece incontestable, sostenido por la potestad legislativa de Pedro I de Castilla, alguien del que nuestro B. Desmoulins, según me ha confesado en más de una ocasión, percibe la atracción que irradia del perdedor.
En 1351, con ocasión de las Cortes de Valladolid, tomó decisiones sobre los trabajadores manuales que se solían alquilar. La expresión que utiliza para referirse a ellos deja al margen, con la eficacia de la palabra precisa, a los que trabajaran sin la posibilidad de obtener una renta a cambio del esfuerzo hecho en beneficio de otro. Su objeto serían solo los que ceden su trabajo por una duración acordada, de los que ni siquiera reconoce que todo su tiempo lo emplearan con aquel provecho. Solo deja a salvo que en su caso era lo más probable.
Además de carpinteros y albañiles, menciona, como trabajadores que acceden a esta modalidad de relación, a peones, obreros, obreras y jornaleros, los que de antemano podemos reconocer como activos agrícolas esporádicos. Tampoco los artesanos especializados, como los dos que cita expresamente, serían ajenos al trabajo en el campo cuando trabajaran bajo aquellas condiciones. Es probable que ni los cualificados ni los que carecían de formación específica, gracias a las rentas así obtenidas, accedieran a los bienes patrimoniales que les permitieran avecindarse en el lugar donde vivieran. El rey, de antemano, a todos los considera solo moradores.
Mandó que a las plazas en las que acostumbraban alquilarse, del lugar donde residieran, cada día salieran con sus herramientas y su vianda en rompiendo el alba. Así se desplegaría el mercado diario en el que ofrecían su trabajo, como por días lo venderían, y así comparecerían ante sus demandantes, como los soldados a los alardes, ya equipados para emprender la faena en cuanto fueran contratados. Se actuaría de aquel modo para que abandonaran la población de partida, con el fin de hacer las labores para las que hubieran sido alquilados, en saliendo el sol. Trabajarían durante todo el día y retornarían de sus labores en el momento que les permitiera llegar de vuelta a la población en poniéndose el sol.
Hasta aquí podría admitirse parcialmente el punto de vista de B. Desmoulins. Sin duda, quienes tenían que desplazarse al campo, el tiempo que dedicaban al trabajo cada día incluía el de la transacción que terminaba en contrato y el de los trayectos de ida y vuelta.
Pero, por aquella misma moción de las Cortes, el rey también decidió que quienes trabajasen en la población donde fueran alquilados tendrían que emprender la actividad desde el momento en que es ello el sol, y debían dejarla cuando se pusiera. Creo que es concluyente. Nada dice la norma de intervalos o descansos. Claro que habría un tiempo dedicado a la comida. Pero no hay indicio de que el peculiar Pedro I, que algunos han valorado como anticipador prematuro de las innovaciones, razón que le habría valido la crisis que dio origen a su trágico final, hubiera previsto evitar intemperie alguna.
Microeconomía
Publicado: enero 18, 2023 Archivado en: Rosendo Abril | Tags: historias Deja un comentarioRosendo Abril
Isaías trabaja en la casa desde siempre. Ha sido nuestro chófer desde que el abuelo de Fernando, otro más de la familia, compró el primer Ford, negro como el dedo del diablo; más que negro, fúnebre; de cuatro puertas, estribo, techo alto y motor delantero; un prodigio de la mecánica contemporánea en serie. Lo compró en el puerto, recién descargado de la bodega del trasatlántico que lo había traído hasta Málaga, a donde su abuelo iba a comerciar en pasas. Fue a causa de una novia que tuvo, antes, durante y después de su matrimonio, natural de Ronda pero afincada desde niña en el litoral. El padre, calculador, consintió la relación en beneficio del capital de la empresa envasadora de la uva moscatel que administraba. Su dueño, establecido en las Molucas, había creado una factoría de especias con la esperanza de monopolizarlas en la península. Invertía en oriente lo que drenaba con la venta de las pasas, lo que descapitalizó alarmantemente la casa matriz. El padre de la novia del abuelo vio en él la oportunidad de arruinar definitivamente al empresario de las pasas y hacerse con el negocio. Todo consistía en que el abuelo, bajo nombre falso, hiciera un pedido ciclópeo de pasas, no las pagara y despareciera, tan incorpóreo como su seudónimo. La empresa quebraría y ambos la comprarían de saldo. El abuelo no tenía un duro para intervenir en el negocio. Vender su firma falsa fue toda su inversión. Un sinvergüenza sin paliativos. Su capital fue su extorsión. Sabía demasiado, y lo fue detrayendo al administrador, periódicamente. Era imprescindible que visitara regularmente Málaga y contrató a Isaías, que entonces conducía un taxi. Para retirar sus beneficios y de paso cumplir con el débito conyugal, según creía el padre, quien había asistido a una boda en Antequera, preparada por el astuto abuelo, en la que el sacristán de la iglesia, que siempre vestía sotana, celebró un solemne enlace de valor nulo. Tan falso como el registro que firmó. Con nutrida concurrencia de acólitos, músicos e invitados, todos figurantes que el padre con gusto pagó, convencido de que liquidaba una dádiva y no la obligación de un contrato. Lamentablemente, el matrimonio no procreaba, la esperanza del padre para concentrar el capital. Solo a un aborto tuvo que arriesgarse la novia, en condiciones temerarias, tras el cual las más depuradas técnicas de contención del disparo seminal, importadas de París, se impusieron. Aquel capital al abuelo, además de una doble vida, que sostenía con naturalidad y constantes viajes inexcusables, con Isaías ya al volante del Ford, le permitió dedicarse al préstamo, con tanta fortuna que fue uno de los socios fundadores de la caja de ahorros. Fue creada como patronato benefactor de la clase obrera, para que los operarios de los nuevos tiempos, del campo y de la construcción, pudieran edificar su casa a bajo interés y largo plazo. De la caja su hijo Ramón fue, desde que tuvo edad para ser responsable de sus actos mercantiles, miembro nato de su consejo de administración. Lo presidió regularmente, en alternancia con el hijo del gerente de la olivarera del Tranco, durante décadas. Cuando Ramón accedió a los cargos ilustres, Isaías aún conducía el Ford, ya contratado en exclusiva. Ahora, siempre vestido con su discreta rebeca, que envuelve una moderada panza, ya está jubilado.
Singular señor Odescalchi
Publicado: diciembre 11, 2022 Archivado en: Marino Allende | Tags: historiografía Deja un comentarioMarino Allende
A la mesa de Dante Émerson llegaba toda clase de correspondencia, solo una parte a través del correo. Las cartas que le llevaba el cartero eran la parte que le parecía menos valiosa. Quienes se sujetaban a esta fórmula siempre escribían bajo el peso de la conciencia del texto epistolar. Poco se podía esperar de tanto rigor, de la certeza de que las palabras escritas serían indelebles e irreversibles y hasta publicables por el correspondiente, una vez pasado el trámite de la defunción, que no solo sacraliza las palabras, sino que las cotiza mejor en los mercados a donde los parásitos acuden en busca del sustento. Prefería la nota apresurada, el borrador, la comunicación que de él solo esperaba una cita para discutir ideas inmaduras y dudas delante de una taza de café. Las del señor Odescalchi las coleccionó aparte y, gracias a su diligencia, se han conservado.
Pensaba Odescalchi que no hay nada tan esclarecedor como escribir historias. Pero ¿qué historias escribir?, le preguntaba. Creía que las más eficaces son las que investigan la estupidez. Basta tomar como fuente el comportamiento espontáneo, al alcance de quien se detiene a observar el cotidiano de sus semejantes. Así se descubre la enajenación.
Le aseguraba que la fuente imprescindible era la imaginación, y que no había nada como los sueños para proporcionársela en el grado más alto. Los sueños son la construcción literaria íntima. Por eso parecen perfectos. Los sueños no ocultan secretos. Los sueños convierten en algo con el sentido que tiene la asociación espontánea de las ideas lo que es observado de manera dispersa en el mundo que se sufre durante la vigilia.
¿Desde qué punto de vista escribir?, le proponía. El relativo, se respondía. Bastaría recurrir como método a la sinceridad, llamada confesión cuando se convierte en género. (¿Me habrá confundido otra vez la apariencia?, reflexionaba en un intervalo. Juzgo ahora que el método, más que la sinceridad, es convertir el relato en un objeto, lo que permite a quien se confiesa aparentar la sinceridad con la misma exactitud que si la confesión fuera cierta, sin que sea inexcusable ser literalmente fiel a la expresión del pensamiento. Es una bendita opción que se explota en silencio.) El secreto para alcanzar la mejor escritura está en desprenderse del texto propio, sostenía, a base de sucesivas lecturas y correcciones, hasta convertirlo en objeto independiente.
El narrador, según él, nunca debía mezclarse en el relato. Jamás debía hablar de sí mismo o en primera persona. De esta manera tomaría la mayor distancia del hecho narrado, y salvaría el principio más poderoso –el del narrador que todo lo sabe– sin incurrir en él. Qué tiempo más perdido el del narrador que todo lo sabe. ¿Y el del narrador ecuánime, capaz de actuar como un juez? Entonces, ¿qué narradores? Los desequilibrados. El relato no puede emanciparse del desequilibrio, como nunca dejará de desesperar la espera, la vejación de alimentar el deseo de venganza, la traición de los sentimientos, el odio.
¿Con qué técnica? Sin ninguna duda, la historiográfica. Ninguna tiene tanta experiencia como ella, ni es tan inmediata. ¿Y qué prosa? No cabe duda. La sublime. ¿Puede haber alguna mejor? Como técnica, bastaría servirse de la sintaxis y encontrar el lugar más allá de la paradoja: la sintaxis para manipular la presentación de la ideas en su favor y sobrepasar la paradoja para buscarlas. El mejor procedimiento narrativo consistiría en no permitir que quede por escribir cualquiera de las ideas que haya sugerido otra anterior. Todo el milagro del texto lo oculta la alusión, que sin dirigir la lectura espera y satisface la inteligencia del lector.
¿Y la moral? ¡Ah, la moral! Nadie podrá invocar jamás un fundamento del discurso tan exigente. El adjetivo cínico no está fijado con precisión, o al menos no ha alcanzado el desarrollo que merece. Se ha quedado pequeño. Dice el diccionario que cinismo es desvergüenza en el mentir, placer insuperable que está en el origen del relato. Pero la savia que da fuerza al cinismo está en la otra proposición que hace. Cinismo también sería sostener ideas vituperables y actuar en consecuencia. Alcanzar la meta de la moral equivale a entrar en el dominio exclusivo de la voluntad. La responsabilidad que tiene la moral en el relato es excesiva. Solo es el marco dentro del que se pueden prever los juicios del lector. El autor que lo maneja con esta conciencia domina el efecto de sus cuadros. En el relato heroico la moral es canónica, los principios, ancestrales, los juicios, sólidos e inapelables. Quienes se muestran rigurosos en materia de moral deberían reconocer que solo la posibilidad de mentir justifica el esforzado acto de la escritura.
Solo se debe escribir por placer. También en esto estaba equivocado. ¿No ves que escribir es consecuencia de haber sido invitado al banquete?, una celebración sobre la que nadie tiene responsabilidad alguna.
Reserva de trabajo y migraciones. 2
Publicado: noviembre 24, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
En un año de crisis, a consecuencia de la falta de las migraciones estacionales, el déficit de riqueza que se produjera se incrementaría de manera vertiginosa. En 1750 el consumo de trabajo agropecuario tuvo que hundirse, un fenómeno en absoluto desconocido. Como la manutención y alimento de los trabajadores, en una población, en 1737, asimismo año crítico, consistía principalmente en las faenas que demandaban los labradores, dicen las fuentes, a partir de abril los más abandonaron el pueblo. Fue tan crecido el número de los emigrantes que disminuyó el vecindario en más de una mitad. Los que en 1737 a partir de abril abandonaban el pueblo se mudaron a la capital con sus familias, donde por esta causa se originó el problema de mayor magnitud. En 1750 el excedente de trabajadores de nuevo provocó cambios en los previsibles movimientos de población, y de nuevo en la capital tuvieron que hacer frente al alud. Como allí se encontraba mayores amparo y hospitalidad, el número de los que acudían a la capital a pedir beneficio en 1750 resultó excesivo.
En cuanto a los inmigrantes que cargaban con la recolección, aquel año no habría lugar ni siquiera a los desplazamientos previos del invierno para cerrar sus contratos. Otra parte de los movimientos tal vez tuviera su origen en una decisión política. A partir del momento en el que las autoridades públicas decidían racionar el consumo del pan en las poblaciones, para excluir bocas que creían excedentes por inútiles, provocarían una forma de emigración exclusiva de aquellas situaciones.
La evaluación del alcance económico de este cambio en las pautas de los desplazamientos también podría presentarse como costo de la migración, tanto para las poblaciones que prescindían temporalmente de una parte de su trabajo, y por tanto de las rentas que genera, como para las poblaciones receptoras, que recibían masas extraordinarias de inmigrantes que, al tiempo que generaban más costos, tenían más limitadas sus expectativas de obtener ingresos. Era difícil calcular, según nuestras fuentes, las necesidades que se creaban en la capital, porque a ella se acogían todos los necesitados de los demás reinos del sur, a consecuencia de la inmigración extraordinaria.
Pero, dado el comportamiento regular de los mercados de trabajo, cuando faltó una buena parte de las tareas de la invernada el problema se concentró en la parte cerrada de las poblaciones, la que en cualquier caso eludía la emigración. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña la preocupación se concentraba en que para entonces los trabajadores habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos. A consecuencia de la seca, que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo, que impedía toda clase de actividades, ya hacía muchos días que estaban sin el jornal diario los braceros de estos lugares. El déficit de trabajo, que a principios de la primavera afectaba sobre todo a quienes eran ocupados en la escarda, se convirtió en un problema público. En algunos mercados locales, la caída de la actividad degeneraría en tumultos, precursores de formas de protesta laboral más características de poblaciones cuyas economías terminaron acomodadas a la expansión de los mercados, grado de la civilización que solo se generalizó en tiempos más recientes.
Al día 2 de abril corresponden los primeros hechos inquietantes en la población donde estas protestas pueden conocerse con cierto detalle. Era por la mañana cuando a la casa donde vivía su síndico procurador general, el responsable de la defensa de los intereses públicos en el gobierno de la población, se arrojó gran tumulto de gente trabajadora. Demandaba de él que en ejercicio de su condición de síndico y padre de pobres solicitase para ella, porque perecía, limosna, pan o en qué trabajar. Otros informes, menos comprometidos con una parte del conflicto, identifican como protagonistas de estos hechos a algunos trabajadores a los que acompañaban muchos más.
El procurador fue desde la casa donde vivía a las capitulares con la intención de tratar el problema con los regidores que allí hubiera. Pero cuando llegó encontró a las puertas de la casa del municipio el mismo tumulto. Subió a la sala y en ella solo había algunos regidores, con los que efectivamente trató el asunto. Pero, como no eran suficientes para celebrar cabildo, decidieron que se convocase a todos para el día siguiente, viernes, con el fin de analizar la situación y decidir lo que fuera más conveniente.
Sobre las diez de la mañana le fueron notificados los tumultos al corregidor, la primera autoridad judicial y ejecutiva de la población. También supo que había algunos capitulares en el ayuntamiento con quienes podría reflexionar sobre lo que para aquel momento pareciera más conveniente. Cuando subía a la sede del municipio, encontró muchos hombres del campo congregados en la plaza. Estos, al verle, se fueron acercando a las casas capitulares. Uno de ellos se adelantó y dijo en voz un poco alta: “Solo un cuarto hemos juntado hoy”. El corregidor le hizo entender que subía a la sala a tratar de remediar su situación. Pero cuando entró, y encontró pocos capitulares, también decidió diferir la conferencia y las decisiones para el día siguiente, y procedió a la convocatoria formal correspondiente.
Al día siguiente, 3 de abril, el corregidor, ante los reunidos en el capítulo civil, reconoció que la necesidad era mucha, habían faltado en parte los socorros necesarios y algunos trabajadores habían encontrado un argumento en esta carencia. Invitó a los reunidos a que resolvieran lo que les pareciera conforme a su obligación, piedad y atención a lo que habían expresado los trabajadores. Los reunidos decidieron aplazar sus conclusiones a cuando hubieran terminado los registros de trigo que se estaban haciendo, una iniciativa combatida por la administración central en la que sin embargo persistían las autoridades locales. Se trataba de averiguar cuánto trigo había guardado en todos los almacenes de cualquier clase que hubiera en la población con el objetivo de incautar el que fuera necesario para garantizar la subsistencia. Sería entonces cuando se podrían dar con pleno conocimiento las providencias que a la institución correspondían.
Por el momento, no obstante, creyeron conveniente contener la osadía que comenzaba a manifestar la gente trabajadora, sin más justificación que el propósito de mantenerse a expensas de las limosnas muchos que no las necesitan, y quienes, aunque hubiese que trabajar, no solían hacerlo. Aquel mismo día aquella asamblea de gobierno había sido informada de que había bastantes hombres que se habían excusado de trabajar en las viñas con un jornal de trece cuartos y todo el vino que pudiesen beber. Para contener este atrevimiento, acordaron solicitar al coronel del regimiento de Santiago que pusiera dos piquetes, uno en las casas capitulares, de doce hombres y un cabo, y otro en la plaza del Altozano de otros doce hombres y otro cabo, para que estuvieran día y noche a disposición de las justicias, con el fin de contener cualquier desorden y para que siempre a las justicias se les guardara el respeto debido.
No consta que estos hechos conocieran mayores complicaciones. Parece que en aquel momento tuvo más capacidad movilizadora la amenaza a la subsistencia que la pudiera hacer peligrar el empleo.
Reserva de trabajo y migraciones. 1
Publicado: noviembre 15, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
El excedente de trabajo era regular, el volumen de quienes aspiraban a trabajar parecía excesivo. Se personificaba en la alta cantidad de hombres que la literatura administrativa del momento llamaba jornaleros. Según cálculos contemporáneos, en el sudoeste la proporción de jornaleros por labrador solía estar por encima de cinco, aunque quedaba lejos de llegar a diez en los casos de mayor diferencia entre una y otra cifra.
Que la proporción de hombres que ejercían como jornaleros fuese excesiva se adjudicaba, según una teoría extendida en la época, a la acción simultánea de: las normas aplicadas a la transmisión por vía de herencia del patrimonio familiar, que empobrecían a los herederos porque facilitaban la subdivisión de las tierras libres; el nivel de los precios, que a los observadores de mediados del siglo décimo octavo parece bajo y por tanto poco remunerador; y la supuesta falta de instituciones de crédito. No convence que estos factores operando a la vez tengan necesariamente aquel efecto, ni todos los supuestos son ciertos.
Otra teoría, más ajustada a factores causales inmediatos, partía de que la masa de jornaleros era consecuencia de la concentración de las labores, que reducía a quienes no eran labradores a la condición de jornalero. La restringida oferta de tierra que esto provocaba era causa de que muchos responsables de las pequeñas explotaciones tuvieran que ser simultáneamente jornaleros, probablemente en mayor proporción si se tiene en cuenta la procedencia de sus ingresos. Por eso buena parte de quienes se declaraban jornaleros poseían la clase de patrimonio que les permitía alcanzar ese estado, en especial el ganadero de labor.
De una o de otra manera, de la reducción de la población laboral agraria a la clase de los jornaleros resultaba, si hemos de creer a algunos analistas del momento, que estos no se casaban, el mayor perjuicio para el estado. Para ellos, la reducción a jornalero impedía el matrimonio, aunque al mismo tiempo afirmaban que las mujeres y los hijos de los jornaleros eran inútiles. Si las mujeres trabajaran como asalariadas, añaden, permitirían incrementar la renta de la familia cuyos ingresos dependían del trabajo. Pero las mujeres ni hilaban, ni iban a trabajar al campo. Que ni la mujer ni los niños ayudaban en las faenas del campo se podría explicar porque diariamente había que desplazarse hasta la explotación.
Una indagación más precisa del exceso de cada momento y sus consecuencias, observación adecuada para el análisis de la crisis, tendría que poner en relación la masa de trabajo a la que se podía aspirar con la población en edad laboral. Si el comportamiento regular del crecimiento de la población, en ausencia de mortalidad catastrófica, fuera positivo, habría que admitir que la proporción de población en edad laboral aumentaría constantemente. La desaparición de la mortalidad catastrófica permitiría el crecimiento positivo de la población y por tanto del tamaño de la oferta de mano de obra. Mientras la demanda de trabajo se mantuviera constante, habría exceso de población laboral.
No parece que la pauta biológica fuera tan definida durante la primera mitad del siglo décimo octavo, aunque tal vez la impresión puede ser más efecto de las dificultades para informarse que de lo que al crecimiento de la población le ocurriera entonces. Las fuentes más fiables son de la segunda mitad del siglo, y efectivamente permiten obtener un cuadro próximo al descrito. Pero quedan a mucha distancia del momento que observamos. Una solución transaccional podría ser poner en relación las cifras de jornaleros que registran los censos de fin de siglo con el tamaño de la población regional hacia 1750. Así se podría estimar el tamaño de la población amenazada por el déficit de trabajo para toda la región, e incluso sería posible observar el alcance del déficit por zonas, que sería función de las cantidades de jornaleros de cada grupo de poblaciones.
Cualquiera de estas estimaciones groseras de la reserva de trabajo no podría llevar a ningún resultado concluyente para adelantar en el análisis del déficit de trabajo desencadenado por una crisis. Parece que las relaciones que regían en el mercado de trabajo de la economía de los cereales, más que las pautas biológicas que acompasaban el crecimiento de las poblaciones, provocaba el fenómeno que marcaba el comportamiento del mercado de trabajo agropecuario, que era la permanente migración laboral. Las migraciones masivas por causa de trabajo eran una parte del orden regular de las poblaciones suroccidentales especializadas en el cultivo de los cereales. Es cierto que en la época el desplazamiento humano aún podía estar limitado por las condiciones señoriales que ordenaban, en mayor o menor medida, las poblaciones del momento. Pero la última palabra sobre el movimiento efectivo puede concedérsele a las posibilidades de que ocurriera.
El radio de acción de la búsqueda de trabajo se regía por el principio de la inmovilidad del hogar, lo que espontáneamente generaba los dos mercados que para la mano de obra distinguía la historiografía clásica, ambos locales, el domicilio y la feria anual. Aquel comportamiento actuaba en contra de la cotización de la fuerza de trabajo que se ofrecía. La mano de obra se convertía en la mercancía más estática, más estancada. La concurrencia actuaba en cada mercado en un grado muy bajo y era poco probable que los precios entre mercados locales tendieran a unificarse.
No obstante, según algunas explicaciones, un sencillo mecanismo podía provocar la expansión del mercado de trabajo y modificar el comportamiento regular de las migraciones. Lo desencadenaba la ampliación del espacio cultivado. La roturación de tierras en un municipio provocaría inmediatamente déficit del trabajo asalariado porque este sería transferido en masa, y bajo unas posibilidades distintas, al nuevo espacio cultivado. Inmediatamente estimularía al alza el precio del trabajo y, a continuación, incluso podía atraer población durante algún tiempo. La situación se prolongaría un máximo de tres o cuatro años, el tiempo que tardaban en agotar su fecundidad las tierras de menor calidad cuando se ponían en cultivo.
No parece una teoría desinteresada. Pero, dando por bueno que la causalidad entre factores que acepta esta explicación siempre actuara en las circunstancias regulares, sería posible evaluar el tamaño de las migraciones en cualquier caso, y por tanto su alcance. Bastaría poner en relación la superficie sembrada con la cantidad de hombres que esta tendría que demandar, según las cifras que precedentemente hemos ensayado. Restado a esta demanda el tamaño de la población jornalera que los censos precisan, se obtendría el tamaño estimado de la migración con su correspondiente signo.
Tal reconstrucción de las migraciones debería permitir además una conclusión, que también la renta que se obtuviera a cambio del trabajo de la superficie sembrada, en el caso de déficit o signo negativo, se perdería. No se trata tanto de la renta que se obtuviera a cambio del trabajo, que podría ser recompensada por la del trabajo que en otro lugar el migrante consiguiera; sino la renta que se obtuviera de la adquisición de trabajo ajeno para invertirlo en la tierra del lugar que perdiera al menos una parte de su energía humana. Cuando la mano de obra desapareciera de su mercado laboral, los rendimientos que de ella se obtuvieran dejarían de conseguirse, y el producto que de esta primordial aportación de energía pudiera obtenerse no llegaría a consumarse.
Esta posibilidad amenazaba cada ciclo a consecuencia de la caída del consumo de trabajo. Una parte del déficit era a un tiempo estacional y regular. Cuando cada año llegaba el denominado tiempo muerto, y la lluvia o el frío se imponían, no se podían hacer las faenas y se anulaba la posibilidad de trabajo. Era muy común que durante los meses de invierno las poblaciones se llenaran de hombres del campo que a causa del tiempo adverso retornaban a la población al día siguiente de haber trabajado.
A raíz de esta caída de la actividad se originaban migraciones regulares de corto radio, no obstante lo que más arriba se afirma sobre los movimientos de los trabajadores. Tan significativo desplazamiento de población desocupada ocurría en beneficio de los lugares donde las oportunidades de sobrevivir eran mayores. Los que ofrecían más posibilidades para atraer a los emigrantes eran evidentemente los de mayor tamaño, hacia los que con preferencia fluían los que se ausentaban provisionalmente del campo. Cada invierno, iban a la capital de la región por millares.
La amenaza de la pérdida de renta de las explotaciones por falta de quien trabajara alcanzaría un grado alarmante cuando afectara al extraordinario consumo de trabajo en tiempos de siega. Cuando ocurría la gigantesca demanda de la recolección, y la mayor cantidad de mano de obra era necesaria, en primer lugar se recurría a la ayuda del vecindario. Pero la población laboral radicada solía ser insuficiente. Era regular que en las poblaciones la oferta de actividad sobrepasara la cantidad de población apta para emplearse en este trabajo. Déficit de población y expansión del mercado de trabajo estacional eran el origen de los grandes movimientos anuales de población.
Como los grandes movimientos migratorios eran estacionales, que es tanto como decir que no modificaban la radicación del hogar, seguían corrientes estables, que también se atenían a la rigidez que ha sido descrita. La subida del precio de aquel trabajo era tan regular como el retorno de los ciclos, y de esta forma se garantizaba la rentabilidad de las explotaciones. No era la modificación de la demanda de mano de obra la que conducía los desplazamientos de la mercancía y su acceso a los mercados, sino las mencionadas corrientes. En invierno acudían en busca de este trabajo hombres del centro y del norte de la península y acordaban sus contratos para cuando finalizara la primavera.
Los gallegos que acudían a la demanda de trabajo para la siega de la región, parte más estable y más conocida de estos movimientos pendulares, tenían trazada una ruta que pasaba avanzada la primavera por Zamora, donde solían aprovisionarse al menos para una parte de su viaje. Otra parte de estos inmigrantes estacionales procedía de Santander, para cuyos habitantes era un destino preferente. Según un análisis correspondiente a mediados del siglo décimo octavo, que informa tanto de los desplazamientos definitivos como de los estacionales, algo más del 15 % de todos sus emigrantes elegía como destino la región, preferencia solo superada por las Indias.
Al menos una parte de los inmigrantes laborales que llegaban al suroeste hacían su camino a pie. Viajaban en grupo, porque de lo contrario no eran alojados en el trayecto, y era frecuente que se añadieran al viaje de alguna recua o vehículo. Cuando emprendían el viaje de retorno a sus lugares de residencia, quienes habían llegado hasta la región para trabajar en la siega formaban grupos, a cuyo frente un experto en las rutas del norte actuaba como guía, para evitar que los salteadores les robaran sus ganancias. Si concluían con éxito el peor tránsito, en un santuario próximo a Ponferrada dejaban como exvotos sus hoces.
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