La conservación del grano
Publicado: febrero 28, 2024 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
Que el trigo se mantuviera como un bien útil lo decidía sobre todo el tiempo atmosférico. Las condiciones climatológicas del sudoeste, en especial las altas temperaturas del verano, acortaban su supervivencia. El calor contribuía a la generación de insectos oportunistas, como la polilla o el gorgojo, los agentes vivos que con más facilidad se naturalizaban como parásitos en los montones de grano almacenado. Del calor se saltaba a la humedad de manera que esta podía generar los mohos que permitían que fermentaran.
Los medios para salir al paso de tantos contratiempos eran muy limitados. Se confiaban a lo que se resolviera durante el invierno, el tiempo que no creaba problemas de temperatura. En el sudoeste, la de los días más fríos era tan benigna como lo bastante baja para detener los procesos de transformación de la materia orgánica. Durante ese periodo, que correspondía a buena parte de las semanas de almacenamiento, si se limitaba al año de la cosecha, se trataba de eliminar cuanta humedad fuera posible.
Las condiciones con las que habían sido concebidos los soberados, habilitados, en las construcciones domésticas, lo más lejos del suelo que la arquitectura permitía, aportaban la ventilación necesaria para mantener el ambiente seco. Los convertiría en los lugares preferidos para almacenar. Si se dispersaba la partida en varias dependencias se evitaba la acumulación del grano en montones de tamaño excesivo, siempre propensos a la acumulación de calor y humedad. Pero ninguna de estas iniciativas tenía garantizados sus objetivos.
Desde hacía mucho tiempo, quizás milenios, en el sudoeste se recurría también al silo doméstico, habilitado bajo tierra, para guardar el grano, no solo porque localizaba el almacén en el mismo lugar donde se dormía, sino porque se podía cerrar herméticamente para evitar la entrada del aire que permitiera el desarrollo de parásitos. Pero podía ocurrir que en los años especialmente húmedos se perdieran decenas de miles de cargas del cereal que se hubiera almacenado en los silos. La capilaridad de las rocas más porosas destilaba la humedad que contaminaba el grano guardado. Ni siquiera la impedía combatirla, antes de almacenar el grano, con un riego de sus paredes y suelo con amurca, como recomendaba Columela. Además, la solución del almacén cerrado herméticamente tenía la desventaja de que obligaba a emplear de una vez todo el grano que se hubiera hurtado a la circulación, porque una vez abierto, cuando entraba de nuevo en contacto con el aire, se deterioraba vertiginosamente.
Pero el límite más severo provenía de los costos de su conservación. El cereal que se almacenaba en grandes cantidades requería mucho trabajo, tanto para su transporte como para oxigenarlo regularmente, más aún si se trataba de trigo de la mar. El efecto de la alianza fatal entre calor y humedad lo incrementaba el transporte por vías marítimas de longitud transnacional. El grano almacenado en la bodega de los barcos, como consecuencia de la acción combinada de ambos factores durante los trayectos, adquiría un mal olor que inevitablemente se perpetuaba como mal sabor de la harina que con él se elaboraba. Paliaba la humedad del grano transportado por los barcos desecar una fracción para luego mezclarlo con todo el que se cargaba en sus bodegas, y así enjugaran la que acumulaban los buques durante las travesías. Con este fin se aplicaron técnicas experimentales, como las estufas alimentadas con leña y los ventiladores accionados por molinos, de efectos muy limitados. Tampoco mezclar el desecado con otro húmedo evitaba el mal olor adquirido cuando había viajado cerca de la sentina. Según iba llegando, era necesario proveer los hombres que diariamente lo apalearan en los graneros donde se recogía, para que venteándolo enjugara la humedad que tuviera y que con este beneficio no se pudriera ni se perdiera.
Cualquiera que fuera la fortuna de los medios empleados para combatir el deterioro del trigo, su balance temporal era concluyente. Los cereales podían guardarse dos años sin detrimento de su calidad en el almacén que se hubiera elegido, una razón de tiempo tan poderosa que en algunas economías se había normalizado como el plazo máximo que la ley admitía para su almacenamiento. En otras, menos exigentes, aunque no lo dictaran de una manera tan rigurosa, tampoco se apartaban mucho del mismo dictado de la naturaleza. Daban por supuesto que los cereales como mucho podían guardarse entre dos y tres años, al tiempo que los hechos se encargaban de demostrar que apenas era posible conservarlos más allá de los tres. Si un trigo alcanzaba tanta edad, ya lo tachaban de viejo, con las consecuencias previsibles de tan cruel manera de llamar al paso del tiempo. Una partida que se había importado cuatro años atrás a un mercado comarcal estaba tan afectada por el gorgojo que se cotizaba muy por debajo de su precio de costo.
La salida del trigo a su mercado, mucho más que por la libre concurrencia, siempre vendría dada por su edad, como la de los aspirantes a contraerse en un matrimonio, o la de quienes se emplean como mercenarios, la de quienes aspiran a titularse, o con un rigor inmisericorde la de los que anhelan concluir por fin su compromiso laboral. Ni la menor de las duraciones del ciclo más largo quedaría al alcance de quienes almacenaran su cosecha a la espera de sus óptimos. Si se arriesgaran a hacerlo, se precipitarían a su ruina. Solo podrían demorarse algún tiempo, nunca demasiado.
Las posibilidades de conservación del grano habrían impuesto su ley, la que aceptaban y a la que se rendían los sistemas. Las explotaciones dominantes, que se ordenaban en dos o tres hojas, unas técnicas que imponían los acuerdos entre cedentes de las tierras y labradores, por tanto necesitarían hasta tres años para obtener la cosecha completa de cada unidad de producción a su servicio. Era la mejor manera de ajustarse inmediatamente a las posibilidades de conservación y almacenamiento del grano. Los mayores labradores las combatían acumulando unidades de producción, de manera que cada hoja anual fuera lo suficientemente extensa como para proporcionar una cosecha cuantiosa. Era preferible la máxima restricción del espacio cultivado a su alcance, la que inducían los sistemas a dos y tres hojas, para así contribuir a la mejor alza de los precios posible. Solo así podría competir por la posición más aventajada.
Como para aspirar al precio óptimo absoluto había que sobrepasar el límite del trienio, según se deduce de la observación analítica de las cotizaciones del grano, las iniciativas para satisfacer cada mercado local del trigo tendrían que planificarse a un plazo mucho mayor que el año, superior incluso al trienio. Quedaría por tanto excluida de la competencia por alcanzar el precio óptimo la acumulación de la cosecha local completa. A lo máximo que podría aspirar sería al óptimo relativo de los ciclos de menor duración.
Los sistemas que se habían impuesto en la mayor parte del suelo al servicio del producto de trigo se rendirían al poder de las tácticas comerciales. Los comerciantes se imponían sobre los labradores. Para garantizar la experiencia del precio óptimo absoluto, a pesar de sus esfuerzos para conseguirlo, no bastarían las técnicas impuestas por las rentas acordadas entre partes, que en círculos concéntricos se iban deduciendo a quienes trabajaban en el campo, y que de esta manera dejarían al descubierto su incapacidad para responder a las mejores posibilidades de los mercados. Ningún labrador, ni aun los de mayor capacidad de almacenamiento, que en cualquiera de los casos serían los mayores productores en cada población, podría llegar tan lejos contando solo con sus medios.
Las condiciones óptimas solo estarían al alcance de los grandes comerciantes, que a través del mar podrían movilizar en poco tiempo las partidas compradas fuera en el momento oportuno, el que indicara el comportamiento del precio al alza dentro del ciclo pausado que solo ellos eran capaces de concebir. Habitualmente operarían bajo la protección pública, temerosos los responsables de las administraciones de los efectos que pudieran tener los precios excesivos del pan, que tanto comprometían la paz social. Los municipios les servían de cobertura y de coartada. Ponían a su alcance los medios fiscales que les garantizaban la financiación de las magnas operaciones importadoras, para las que disponían de depósitos y de las conexiones con la red de circulación de los instrumentos que los movilizaban.
Como hay que suponer, para aceptar esta explicación, que el importador tendría que contratar con un productor igualmente externo que le proporcionara el trigo, podemos asimismo explicar que la situación recíproca también sucedería antes o después, y que por tanto también los labradores más capaces de la región, trabajando de manera coordinada con los comerciantes exportadores, estarían en las mejores condiciones para deducir en su favor, aunque resignados a una posición subordinada, una parte del beneficio que estas oleadas periódicas aseguraban cuando sucedían fuera, no necesariamente en otro país.
El anticuario
Publicado: enero 24, 2024 Archivado en: Remedios Alpuente | Tags: historias Deja un comentarioRemedios Alpuente
Me recibió vestido de etiqueta: un impecable frac negro, chaleco brillante sobre camisa blanca y corbata de lazo de blanco marfil. Nada que no pudiera esperarse del personaje que ha hecho de sí. La sala donde entramos estaba amueblada con los enseres imprescindibles, una pequeña mesa al centro, de madera reluciente con incrustaciones, apenas algún asiento. Al fondo, la habitación no tenía pared. Se abría a un inmenso salón donde con un sorprendente orden cientos de piezas estimables se guardaban. Todo lo que del suelo era de un mismo material estaba hecho, todo de madera era. Las paredes estaban reservadas para una infinita colección de espejos enmarcados en caprichosos marcos dorados, y del techo solo colgaba cristal, marcando el eje de cada lámpara el centro de una supuesta habitación, piezas que no podían existir porque todo estaba contenido dentro de un mismo espacio, aunque dividido estaba por cada orden de muebles.
Por fin me enseñó la joya de la casa. Era un grueso cristal en tres partes, que posó sobre la pequeña mesa de centro más próxima. Un par de impactos de bala, tan cerca uno del otro que ojos casi montados y confundidos parecían, apenas habían levantado sobre el cristal las escamas bastantes para que yo evocara aquella imagen. Tan dura era la materia. Pero las otras dos porciones del bloque único se habían separado con un corte limpio, seco y transparente, no opaco como el impacto de las balas. La asistenta, en un descuido, había dejado caer la valiosa pieza, y en el golpe contra el suelo había cedido con aquella limpieza la intimidad granítica de su esencia.
Las estatuillas de bronce, tres femeninas y otras tres masculinas, estaban expuestas aparte, en una vitrina. Las ofrecía a la venta como piezas para coleccionistas interesados en la primera antigüedad, una superchería que sin necesidad de disponer de información especializada se le podía suponer. Según me dijo, procedían de estratos contemporáneos a la primera mitad del periodo precedente al origen de la Monarquía Unitaria, tan maltratada luego por el tiempo. Por detalles en apariencia insignificantes, excelentes analistas, añadió, hacía décadas habían deducido que representaban de manera intencionada gente siria con inclinaciones herméticas. Los hombres, me hacía ver con el índice, “están representados con el potente cinturón metálico que más tarde usarían los dálmatas délficos y otros pueblos de la región”, y el gorro que distingue al más característico de ellos probablemente represente, según cree, el cónico utilizado hasta tiempos contemporáneos en el norte de aquel país del extremo oriental del Mediterráneo, “el mismo que aparece en sus monumentos de todas las épocas”. Por si esto no fuera suficiente, un par de rasgos, que eran habitualmente valorados como distintivos de las poblaciones antiguas, marcaban de manera aún más directa la singularidad de las piezas. Los hombres aparecían con el pelo corto y el bigote afeitado, siendo que sus contemporáneos y vecinos bien se afeitaban rostro y cabeza por completo, bien se dejaban crecer cabello y barba. Definitivamente, no quedaba margen para la duda sobre la intención del promotor de aquellos moldes. Su deseo era que en las estatuillas fueran reconocidos hombres de Levante, lo que acabaría de manera decisiva con la posibilidad que sin embargo había atraído más la atención de los especuladores, a los cuales no eran ajenos ni Píndaro Mejías ni sus asociados.
Otros hechos ponían sobre el rastro de una prueba aún más interesante. El primero era la confirmación por medio arqueológico de cuanto los análisis técnico y formal de las piezas indicaban. En los mismos estratos en que fueron encontradas las seis estatuillas, quienes trabajaban para los promotores de la extracción de esta clase de objetos, también encontraron sellos orientales, unos originales y otros que los imitaban. Eran una buena demostración de los lazos culturales, y de la manera en que eran anudados en el lugar de destino.
Fue esta reflexión la que dio alas a mi análisis. Cuando se detuvo en las figuras masculinas, las conclusiones no fueron muy favorables a la posibilidad de que aquellos productos demostraran una influencia llegada desde tiempos y lugares remotos. Las manos de las figuras masculinas estaban fundidas de manera que formaban un hueco cilíndrico. La intención de este acabado, le comenté, sería que cada figura sostuviera algún objeto, de cuya forma o tema al parecer no había llegado el menor rastro. A partir de esta evidencia, se había propuesto, siempre según mi amable anfitrión, que pudo tratarse de piezas añadidas, fabricadas en otro metal, como por ejemplo la plata, razón que pudo contribuir a que desaparecieran.
Pero el verdadero problema estaba en dilucidar si lo que estas estatuillas llevaban en las manos eran atributos que permitían distinguirlas como imágenes o solo eran piezas votivas. En el primer caso, los representados evocarían dioses y en el segundo serían donantes virtuosos, atenidos a la moral que los hombres debían seguir cuando reconocían y se rendían a la existencia de seres superiores.
Entre los dioses de Levante de épocas posteriores, los había que eran imaginados con un hacha en la mano. Del inmediato sur parecían provenir otras figurillas, bastante toscas, fundidas en cobre, que también representaban dioses y que portaban una lanza. Para reconocer la posibilidad de que pudiera tratarse de imágenes votivas, o representación de donantes heroicos que portaban ofrendas o votos, para ser depositados ante un ser superior, bastaba con valorar el aspecto de las figuras. De su análisis parecía desprenderse su más que probable vínculo directo con el oriente meridional. La más elemental consideración de las técnicas así lo había adelantado. Además, era tanto más probable cuanto que los que representaban las figuras de las que se trataba vestían un ancho cinturón y su sexo era ostensible. Que los hombres comparecieran desnudos probaba que se encontraban ante la divinidad.
Si parecieran convincentes estas pruebas favorables a los hilos que pudieron unir las figuras masculinas con la cultura de oriente, podría aceptarse que las tres figuras femeninas estaban creadas a partir de las mismas ideas, aunque también en este caso se hubiera dudado entre que fueran imagen de diosas o de donantes. Si porque fueran desnudas y la desnudez estuviera subrayada los ejemplares masculinos podían ser genuinos, sin necesidad de otro indicio, las femeninas debían ser apreciadas del mismo modo, porque las mujeres que representaban comparecían igualmente por completo desnudas y con el sexo muy marcado, incluso se diría que rasurado.
No obstante, en este caso había aún más indicios a favor de los posibles lazos repetidos. El característico gesto con el que estas mujeres comparecían, con los brazos bajo el seno, de tal manera cruzados que con cada mano levantaban la mama del lado opuesto, también había sido reproducido en las pequeñas figuras de los sellos para la impresión de placas de arcilla. Ningún rasgo formal más concluyente. El gesto era tan elaborado, probablemente porque se había convertido en signo distintivo de algún juego de sumisión, que no era fácil aceptar una coincidencia en las formas por azar.
Sin embargo, apostilló el anticuario, “lo que hasta este momento se ha comprobado es que el rito de orar desnudo solo ocurría en oriente.” “Bueno, no del todo”, repuse. “Tan refrescante sumisión, común a todo el mundo mediterráneo, sobrevivió con su carga supersticiosa por siglos. Cuando estaba siendo procesado, entre sus faltas, el bueno de Prisciliano confesó, algunos creen que estimulado por una tortura sabiamente dosificada, que oraba desnudo. Pero, si fuera incuestionable que la desnudez del orante es una manifestación exclusivamente oriental, tanto mejor. No solo de esta manera se podría reconocer con mayor fundamento que pudiera tratarse de camuflarlas como figurillas de donantes, sino que aportarían al tiempo la primera prueba seria en favor de que su origen estuviera próximo, por cualquier concepto, al mundo de los demonios benevolentes, fácilmente relacionables con la imagen con la que comparece Lilith. No en cualquier sitio ni ante cualquiera se desnudan los hombres.”
Las referencias a un mismo tiempo a los rasgos locales y a los elementos significativos eran lo bastante directas y sencillas como para pensar con más razón que el autor no quiso o no pudo escapar a aquella mistificación. Supuse entonces que eran obras de conocedores de su virtud por intermediarios, pero por completo consecuencia de la influencia que las representaciones de Lilith habían tenido. De allí habría provenido el sentido que su autor les diera. Juzgar con acierto sobre el sentido y los posibles vínculos de los que estas figuras pudieran hablar, concluí, era del mayor interés para conocer el valor reconocido al héroe masculino conmemorado por ellas.
El origen de la especie
Publicado: diciembre 14, 2023 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Narciso Sidmaringen había cursado biología en Érfurt, en cuya universidad contactó con un grupo de pintores de vanguardia que le obligó a revisar su visión del mundo.
En su mayoría eran rusos jóvenes, unos exiliados por razones de discrepancia, otros convencidos de que solo la savia occidental podría regenerar su cultura, víctima de la autocracia más impasible que haya existido.
Con las autocracias pasa como con los rayos del sol, que unos se perciben con resignación, otros con entusiasmo y otros sin que quien los padece tenga conciencia de sus perjuicios; mas con una diferencia. Así como para unidades de tiempo algo dilatadas la tolerancia de la piel, o de los ojos, son medianamente estables ante los rayos de sol, la autocracia puede tener efectos dispares aun en un continuo, de modo que quien la recibe puede sin intervalo repudiarla, combatirla, aceptarla con resignación o ignorarla. Tal es porque la emisión de las fuerzas de la autocracia es constante, mientras que la capacidad de resistencia de sus pacientes receptores oscila por el efecto inorgánico de la atención: a lo que ocurre, que absorbe, a las preocupaciones cotidianas, que distraen, o al insomnio, que la eleva a obsesión.
Los rusos de Érfurt habían decidido romper con todo. No solo donde debían dibujar triángulos trazaban líneas quebradas, donde pirámides, cilindros, o cuando alguien podía esperar de ellos una expresión emotiva, en vez de una rosa, pintaban una chimenea. Propugnaban una dieta desconcertante, sin reglas ni equilibrios, muchos cigarros, ningún alcohol y nada de siesta complementaria. Solo en la música encontraban armonía, por más que fueran incapaces de traducirla a normas que la explicaran.
Narciso, siguiendo su estela, entre citología y cultivo optó por el trombón. Hacía tiempo que deseaba averiguar la causa de un sonido que vibra en las entrañas, y que desde ese centro sube por las venas hasta la cabeza. Estaba convencido de que parte del secreto lo contenía la manera de meter el aire en los tubos. “Cuando soplan por la boquilla, los trombonistas en realidad cantan, tararean propiamente.”
Mientras soplaba, de boca de sus admirados contraventores oyó que solo en el Caribe sobrevivían los instrumentos de percusión puros. Desistió del trombón y se pasó a la conga el mismo día que presentó un proyecto de investigación de la malaria en Haití, uno de sus medios endémicos. El propósito de su coartada científica era transcribir a un pentagrama las diferencias tonales entre el bongó y la conga.
Se estableció en Petionville, emporio subsidiario. No eran su comercio, sus centros de gestión de la urbe, el trazado de sus vías las que la elevaban al orden de los fenómenos urbanos singulares. Eran sus edificios, resueltos con materiales perecederos suministrados por el medio, que permitían renovarlos permanentemente y un permanente reciclaje, más la masa compacta que entre todos, sin intervalos, componían, los que le otorgaba la condición de urbe única en el planeta.
Tuvo que adentrarse en su montaña. Encontró en una calleja una vivienda que debía compartir con dos familias, una criolla venida a menos y la otra de origen africano. Ni siquiera entre la oriunda de Gambia encontró a nadie que tocara conga o bongó, ni nada parecido, ni nadie, de su generación o de las inmediatas anteriores, había oído hablar jamás ni de bongó ni de conga alguna. Sí de leones, serpientes, marsupiales, gorilas e hipopótamos, más algunas pirañas y caimanes, y hasta de tribus antropófagas.
Terminó absorbido por ellas. Tuvo que devorar para sobrevivir, y esto le permitió doctorarse en prácticas caribes. Sentó cátedra en Port-au-Prince y de allí jamás volvió.
Expansión de un señorío. El frente norte. III
Publicado: noviembre 30, 2023 Archivado en: Redacción | Tags: población Deja un comentarioRedacción
Pasado el año de 1435, continúa Peralta, volvieron las rebeliones de los infantes y las furias y desobediencias en mayor crecimiento. Estaban las guerras civiles tan encumbradas en estos reinos, como la crónica del señor rey dice (debe referirse a la crónica de Juan II) que no había ni podía haber quien pidiese justicia, ni ante quien se pidiese. El conde y su casa habebat utrumque gladium, los grandes de la comarca, sus deudos y allegados, los caballeros de estado de la ciudad, sus parientes y salariados, los oficios del cabildo, alcaidías y veinticuatrías suyos, y otras cosas de tanto peso y tomo que ni había quien pidiese ni osase pedir justicia. De esta manera permaneció la potencia del conde de Niebla. Él y su villa de Niebla volvieron a ocupar el Campo de Andévalo, añadieron y acrecentaron con su potencia el uso de él, poniendo imposición y acrecentando vasallos, haciendo dehesas y otras cosas que les convenían, para quedar más enseñoreados de él.
Se juntó con esto la muerte del conde Enrique Pérez de Guzmán, en 1436, sobre Gibraltar en defensa de nuestra fe. Su hijo, Juan Alonso Pérez de Guzmán, tomó a Gibraltar (1462) y el señor rey don Enrique IV sucedió en estos reinos en 1454, donde por su crónica (Alonso de Palencia, Galíndez de Carvajal, etc.) se sabe los trabajos que en ellos hubo y lo que duraron.
En 1442, en la relación de bienes que el padre de ambos dejó, antesala de la transacción entre el conde y su hermana sobre la herencia común, consta el Campo de Andévalo, con la Alcaría de Juan Pérez, el castillo de Peña Alfaje y todas las otras casas a él accesorias y pertenecientes. De inmediato la actividad del conde en el Campo se reanudó. En 1445 el conde concede a Alosno una dehesa y la exención de la prestación de servicios y pago de impuestos a sus vecinos, y para aquel mismo año disponemos del texto de una iniciativa suya, una carta de franquicias para los vecinos y habitantes de la Alcaría de Juan Pérez, ariete de su avance hacia el oeste en el Campo.
Se atiene al tipo de contrato de colonización, aunque su primer editor no lo clasifica como carta puebla; lo que no impide que afirme que: “[…] tiene las mismas características de las cartas pueblas [sic]”. Fundado también sobre el principio de merced, está dirigido a todos los vecinos y habitantes. A los segundos se refiere como moradores, lo que se puede interpretar como que cumplen la condición de tener fundado un hogar en la población donde duermen. Son objeto del mismo trato legal tanto los presentes como los futuros. Como se trata de un lugar que ya tiene población en este momento, de que la merced se extienda a vecinos y moradores, así presentes como futuros, su editor deduce que el lugar “debía estar escasamente poblado, y se pretendiese revitalizarlo atrayendo nuevos pobladores”. No aporta ninguna prueba a favor de esta idea. No obstante, previamente observa que “no se trata, en este caso, de que el lugar hubiese sido abandonado”. Contradice su deducción, como en el caso de Villarrasa, que la merced se extienda también a los vecinos presentes. Es posible que trabaje con un doble prejuicio: que la política de colonización es una reacción contra la despoblación y que la única forma de población del condado es la concentrada y raíz.
El fin directo e inmediato declarado por el documento es que en el dicho mi lugar se pueble y acreciente más. Es, pues, política de colonización directa, un objetivo muy definido. Para alcanzarlo ofrece, en primer lugar, franquicia de servicios por veinte años. Cita como objeto de la franquicia pechos, pedidos, moneda y otros servicios, tanto del rey como del señor, lo que después se ha interpretado como franquicia de todo tipo por lo que a estas modalidades de gravámenes se refiere. En segundo lugar, suspende durante el plazo fijado el quinceno, que se deduce como la misma figura creada en el caso de Fuentecubierta en 1423, a lo que se añade la suspensión general de cualquier tributo de las cosas que hubiéredes de vuestra labranza y crianza. No sabemos si allí existían gravámenes sobre la producción distintos al diezmo eclesiástico, o si nuestra fuente se está refiriendo a este. No es probable que contara el conde con atributos o derechos suficientes y legítimos como para limitar los de la iglesia.
La franquicia se extiende a la dehesa, en el sentido de que niega el pago de rentas o tributos por su uso. No se trata de la concesión de un espacio de esta clase, por tanto; el bien concedido no es territorial, sino de servicios. Parece que se da por supuesto, de ese modo, que ese espacio está ya señalado y en uso como consecuencia de algunos de los proyectos anteriores. Pero, sea o no así, resulta equívoca la afirmación siguiente: “los estímulos para arraigar comprendían la tradicional concesión de una dehesa concejil franca”. No hay ninguna referencia a los derechos de uso, pero sí se extiende en las garantías de la franquicia, que para este objeto en particular es indefinida y universal. No puede ser revocada por razón alguna, en tiempo alguno o de algún modo, ya sea mediante decisión condal anterior o por venir, que así queda revocada. De esta manera tan radical y absoluta la dehesa queda garantizada, protegida y excluida de usos y aprovechamientos ajenos de frutos (comida), ganaderos (pacida) o como consecuencia de roturación (quebrantada).
Sobre las condiciones y obligaciones, hay que recordar, en primer lugar, que también afectan así a vecinos y habitantes presentes como a los futuros, y que la vigencia de las obligaciones se extingue a los veinte años, a la vez que las franquicias. Se resumen en que deben dar fianza, ante el escribano público de Niebla, de hacer casa nueva y plantar como mínimo una aranzada (lanzada, literalmente) de viña. La fianza, según el texto, consiste en aportar fiador o fiadores que se obliguen solidariamente a cumplir las dos condiciones. Sería necesario organizar grupos para la población, que usarían en su beneficio vínculos más extensos que los de la familia nuclear. La necesidad de afianzar con tal contenido crearía los vínculos. Para cumplir la exigencia de la casa se da un plazo de un año, el doble que en Fuentecubierta en 1423, y para plantar la viña dos.
Las exigencias sobre la casa son en este caso descriptivas del sistema de cubierta, mientras que en 1423 se intentaba garantizar la radicación, citando explícitamente la obra de mampostería para el cerramiento vertical. Se nos escapa aún el sentido exacto de estas condiciones arquitectónicas tan precisas, pero son tan definidas que es conveniente retenerlas: la casa nueva debe ser de teja y cinco tijeras, referencia que interpretamos como pares. Por oposición, este rigor normativo podría indicar la existencia en el condado de otro tipo de edificio destinado a ser hogar, que desde este supuesto sería el que no está cubierto por teja. Por eso resulta que lo más llamativo de la condición de la casa nueva sea que incluya a los vecinos y habitantes presentes. O los vecinos y habitantes presentes habitaban un hogar más inestable, por sus características materiales, o ni siquiera tenían hogar radicado en el lugar. Lo primero le daría un sentido a la preocupación arquitectónica de la merced condal, mientras que lo segundo sería indicio de una manera de poblar que no incluye el hogar estable.
La preocupación por las características de la casa revela que el fin de la política de colonización es el mismo: radicar la población, la manera de querer en el espacio a los hombres de las autoridades condales, como ya se puede comprobar en casos anteriores.
Esta merced es, paradójicamente, más primitiva que las precedentes, tal vez como consecuencia de una progresiva radicalización de la política de población. El que no cumpla las condiciones en los plazos previstos deberá pagar 2.000 mrs. En su defecto –que habrá que entender como que el vecino se vaya– los fiadores cargan con la multa y con el deber de plantar la viña y levantar la casa.
Pero contiene esta merced una cláusula por completo nueva. Prolonga las franquicias y obligaciones indefinidamente, haciéndolas aplicables a cualquiera que se fuera a vivir al lugar durante los veinte años fijados para la situación presente, a contar desde el día en que dieren la fianza. No cambia por tanto nada de lo regulado para 1445. La única diferencia es que para ese supuesto futuro se trata de un derecho individual. La razón de este nuevo mecanismo es la misma que al principio se declaró: porque todavía se pueble mejor el dicho mi lugar.
Que el texto de Alcaría de Juan Pérez 1445 prolongue las franquicias y obligaciones indefinidamente, haciéndolas aplicables a cualquiera que se fuera a vivir al lugar durante los veinte años fijados para la situación presente, indica un cambio en la política de colonización, una actitud ante el problema de la población del condado al que nos referimos antes. Regula la población permanente, en cualquier momento. El mecanismo es sencillo.
Aún es necesario retener algo más. En ningún momento esta merced limita la inmigración de los vecinos ya asentados en las tierras del condado, otra diferencia significativa con los casos anteriores. Que la carta de franquicias no limite la inmigración de los vecinos ya asentados en el señorío posiblemente esté dando otra pista de que la política de colonización está girando hacia principios más realistas.
Aparte cuestiones de detalle –otro caso, otra manera de combinar los mecanismos de colonización habituales: franquicias aplazadas o indefinidas, universales o limitadas; quinceno o no; dehesa con unas u otras libertades de uso; casa con tal o cual característica; viñas, instrumento de población que ya hemos ido analizando– lo que más llama la atención del proyecto de Alcaría de Juan Pérez 1445 es que la política de colonización empieza a concebirse como una necesidad permanente, constante, al menos para el Campo de Andévalo.
Fueron a por nosotros
Publicado: noviembre 4, 2023 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historias Deja un comentarioDante Émerson
Conocí a Gaston Herrault, hispanista tunecino, hijo de un funcionario de la administración colonial francesa, en la Sede de la Fundación, entonces concertada con el gobierno de Burguiba para que acogiera en el continente europeo los trabajos del Institut Tunisien de la Recherche. El marqués del Tranco la había mantenido a su costa durante los años difíciles de la postguerra, a la que llegó en estado ruinoso. Las bombas se habían cebado con el edificio, los milicianos lo habían elegido como fuerte en primera línea de combate. Fue él quien negoció con la administración tunecina la cesión del edificio, que era de su propiedad, por noventa y nueve años. A él lo relevó de un gasto, que ya le resultaba insostenible, y a la Fundación, perdidos sus fondos durante la contienda, le permitió sobrevivir vegetando.
El Institut era el descendiente de un ingenio anacrónico promovido con más interés estratégico que científico. Las excavaciones de un yacimiento en el extremo meridional del continente, muy cerca de su puerto extremo, con la anuencia del socio con el que se compartía el protectorado sobre el norte de África, fueron el primer proyecto de un Centre pour les Rapports Appropriés, dirigido por su primer director, el prestigioso arqueólogo M. Armagnac, funcionario él mismo de la administración colonial francesa del norte de África; una iniciativa a la que se prestó la Fundación como mediadora legal. Ambos promotores apenas pudieron disimular que se trataba de disponer de una posición estratégica para controlar el estrecho, al margen de quienes fueran sus soberanos. La guerra generalizada que siguió, y las tensiones descolonizadoras posteriores a la paz, más que el valor de los trabajos a los que contribuyera la Fundación, habían devaluado su papel. Tal concurrencia de desequilibrios permitió que una promoción colonial se pusiera al servicio de quienes hacía poco habían conseguido su independencia.
La señorita Delhorme y yo, con un jersey de lana, con sus propias manos durante el verano tricotado, y una plancha en la maleta, nos habíamos instalado en una de las habitaciones de la Sede para la primera quincena de septiembre. Nos la había cedido el Institut Tunisien sin costo alguno, más para oficializar nuestra relación con sus administradores que para avanzar en el trabajo que con ellos habíamos comprometido. Entonces lo dirigía M. Labiche, otro hijo del mismo empleado de la administración colonial francesa, pródigo en descendencias mixtas, nunca contaminado de racismo. Hombre alto, miraba de través aprovechando las posiciones de flanco de sus interlocutores, inadvertidas por los concernidos. Su envergadura le permitía prescindir de tarima para tomar el punto de vista que desciende por encima del hombro, algo que nunca me ha desconcertado tanto como pretenden sus emisores, tal vez porque desde abajo las imposiciones se reciben con más indiferencia que cuando las caras se enfrentan; puesto que hasta la altura inferior todo llega desde las mismas latitudes.
Labiche vestía siempre de claro, como buen descendiente del orden colonial, corbata y zapatos negros y un panamá, no un salacot, con banda también negra. Al día siguiente de nuestra llegada nos citó en su despacho, él sentado tras su mesa, un par de sillones al otro lado, en los que a un gesto suyo nos sentamos. Nos dio la bienvenida en nombre de la institución, seguro de que nuestro trabajo sería satisfactorio. Le correspondimos declarando nuestro deseo de estar a la altura de la responsabilidad con la que nos habían distinguido.
La disciplina diaria de la Sede estaba confiada a una gobernanta dotada, joven y vigorosa, morena, indiferente a todo lo que no fuera asunto suyo, decidida de gestos, pasos y miradas arrasadores, sin aliados ni contrincantes, autónoma por decisión soberana inapelable. Nos convocaba a la mesa a golpe de cencerro sin badajo; una mesa única, larga, vestida con mantel blanco, en la que todos los alojados, hispanistas y agregados, compartíamos comida y experiencias. Intercambiábamos opiniones sobre lecturas y sus autores, más clásicos que actuales, reservadas por precaución, aclaratorias de interrogaciones directas cuando se expresaban, concesivas a los deslices inadvertidos, condescendientes con las opiniones no compartidas, siempre educadas.
Eran habituales del convivio a mediodía Armand Lumière, alto, de miembros independientes, que introducía cualquiera frase con un gentil bon, entonces concentrado en recopilar cartografía histórica; o Mlle. Lin, la bibliotecaria de la Sede, excelente catadora del valdepeñas a granel, servido en una frasca que se reservaba como sucedáneo de los postres, heraldos de las siestas. Era dedicación compartida por todos los alojados en la Sede organizar su biblioteca durante sus ratos libres. Los esfuerzos se concentraban en la colección de los miles de trabajos, muchos de ellos inéditos, de quienes hubieran tenido alguna relación con el Institut. A Mlle. Lin solo correspondía dirigir la actividad y gestionar la consulta de los fondos tras el descanso de la tarde.
Fue en la mesa donde coincidimos con Herrault y su mujer, campesina que no se tomaba demasiado en serio las formalidades del comedor, que apreciaba lo justo el valor de los cubiertos y la servilleta, así se tratara de costillas o de sardinas. Trabajaba con abnegación para él. El segundo día, cuando por el director supo de nuestra presencia y de los contenidos del trabajo que se nos había encomendado, decidió que comeríamos aparte. Siguiendo sus instrucciones, la gobernanta, el tercer día, nos condujo hasta la mesa para cuatro en la que ya nos esperaban ellos.
Durante la comida nuestra conversación no tuvo más asunto que sus preocupaciones. Hasta sus oídos había llegado que el trabajo que nos habían encomendado debía concluir en una cartografía. Era la oportunidad para hacernos partícipes de una importante novedad científica, la Gráfica, campo del conocimiento desbrozado no mucho antes por el pensamiento francés, del que Jacques Bertin, colega suyo, estaba siendo el padre. Para nuestra cartografía nada sería más oportuno que abrazar aquella innovación, de la que no teníamos noción alguna, como ninguno de nuestros connacionales. Era imprescindible partir de cero con buen pie. El Insititut debía organizar unas jornadas de iniciación a la nueva ciencia. Se podrían celebrar durante las semanas siguientes, una vez pasado el verano. Debían convocarse en el sur, espacio marco de la investigación en curso, donde mayor era el desconocimiento, tanto de esta como de tantas materias que en el África colonial francesa, gracias a los intercambios con la antigua metrópoli, ya eran moneda corriente. Él se encargaría de todo. Buscaría a los especialistas idóneos, negociaría con las instituciones la financiación del gasto que originara su presencia y una sede a la altura. Estaba en buena posición para asegurar el éxito de todas las gestiones. Durante años, había sido Jefe de Estudios del Institut, responsabilidad a un tiempo académica, administrativa y diplomática.
La administración regional del Sur, en aquel momento, apenas empezaba y buena parte de los fondos a los que aspiraba debían provenir de las instituciones europeas, de las que entonces el estado de nuestras leyes aún no era parte. Para ingresarlos, el Institut, gracias a sus pasadas conexiones coloniales, nunca extinguidas, podía actuar como intermediario. Los estudios que promovía, cuando se trataba de materias con alguna relación con la actividad económica, eran sondeos de las posibilidades de ganancia al servicio de los inversores europeos, que ya deseaban arriesgar sus capitales en los territorios periféricos.
Entonces estaban particularmente interesados por las posibilidades de la agricultura. Sobre todo les preocupaban las cepas. El objetivo del proyecto para el que trabajábamos era demostrar que la producción vitivinícola meridional era crónicamente excedentaria y de baja calidad, lo que hundía los precios de los caldos. El propósito no declarado de aquel teorema era arrasar con el cultivo de la vid cuanto fuera posible, para a continuación abrir mercado a los vinos continentales.
Actuaba como pantalla encubridora del plan el secular latifundismo meridional, insostenible por ineficiente, justamente cargado con la mayor condena moral, por todos conocido, cuya secuela más nociva era un crecimiento económico poco saludable. A nosotros nos tocaba cartografiar el fenómeno en los tiempos históricos más recientes.
En el tiempo que medió entre la decisión de Herrault y la celebración de las jornadas, fue adscrito al proyecto, sección histórica, Santos Máyer, cuyo interés por los problemas que debía resolver se limitaba a las cantidades que podía ingresar con su trabajo. Nunca lo ocultó y su sinceridad lo calificó para defender durante las jornadas la reconstrucción parcelaria que hasta entonces habíamos conseguido. Yo era incapaz de enfrentarme a un público autorizado, del que todo lo temía.
Además de Gaston Herrault y Jacques Bertin, había decidido inscribirse en las jornadas una tropa de personajes de formación y disciplina académicas, la mayoría docentes en la primera universidad de la región, la Universidad Magistral, con distinto grado de compromiso.
Jacques Bertin, llamado a ser quien abriera las jornadas, finalmente declinó su asistencia. Su agenda tenía previsiones para aquellas fechas desde hacía tiempo y sus compromisos precedentes eran inexcusables. Envió para que lo representara a Serge Bonin, su colaborador de confianza.
Después, tuvimos que oír de boca de Sagrario Doncel, de la universidad de Oriente, la defensa del método del puzle para la reconstrucción del parcelario que se documentaba con el catastro de Ensenada. Estaba razonablemente sostenido. Pero extraerle resultados obligaba a disponer de varias vidas, si se quería reconstruir un área razonablemente representativa del mayor número de posibilidades.
Aquel método permitía restaurar el parcelario de la propiedad, de cuyo supuesto peso todo el mundo tenía insistentes y agotadoras pruebas. No habían tenido que pasar muchas semanas para que descubriéramos que la persistencia en saber de la propiedad latifundista ocultaba una realidad bastante más compleja. Solo la fragmentación que podíamos observar a partir de nuestras reconstrucciones cartográficas tentativas, basadas en la primera edición del Mapa Topográfico Nacional, lo devaluaban como fenómeno que decidiera.
Acordamos aprovechar las jornadas dedicadas a la iniciación a la Gráfica para defender nuestro punto de vista, basado en un registro parcelario de 1771 que no se refería a la propiedad, sino a las explotaciones que habían estado activas aquel año. Cuando Santos Máyer expuso las conclusiones a las que habíamos llegado a partir de él, que trascendía la imagen del espacio que se obtenía gracias al catastro de Ensenada, todo se vino abajo. Su contingencia fue lo que nos costó el alud.
Primero fue Adán Maqueda, entonces aspirante a un puesto en el departamento de Prospectiva Territorial de la universidad magistrante. Ignorar la propiedad, nos dijo, era edificar sin cimientos. La propiedad era determinante, decidía sobre todo lo demás.
Nadie la ignoraba, le replicamos. Pero reducir la observación a ese factor, o utilizarlo como filtro de los demás, era privarnos del elenco completo de los actores del drama rural, que competían con el protagonista –en el supuesto de que el propietario lo fuera–, cada uno de los cuales se podía identificar gracias a un documento tan directo como el parcelario de 1771.
Después fue Ramón Contreras, quien estaba preparando su tesis doctoral con el objetivo de ganar una plaza en el departamento de Anacronía Hispánica de la misma universidad. Elevó el tono de la crítica a nuestra posición a partir de un juicio sorprendente, tan sin sentido que fuimos incapaces de replicarle. Pensaba que habíamos incurrido en un abuso al servirnos del catastro de Ensenada como elemento de comparación. Él había recurrido a la misma colección de documentos como la principal informadora para su tesis, y trabajábamos sobre territorios, si no idénticos, sí muy próximos. Como había empezado sus trabajos antes que nosotros, nuestra obligación tendría que haber sido saber que él ya trabajaba a partir de aquella fuente. Con nuestra inmadura forma de proceder estábamos incurriendo en la contravención de una norma no escrita, cuya aceptación académica era universal, según la cual dos no podían trabajar sobre lo mismo. Le estábamos pisando la fuente, nos dijo. Más aún. Incluso se nos podría acusar de cometer un acto de filibusterismo intelectual, expuesto a penas administrativas, teniendo en cuenta que él tenía oficialmente registrado el título de su tesis. Eso nos ocurría por trabajar como francotiradores, concluyó, como gente al margen de las instituciones académicas, las que legítimamente tenían delegada la responsabilidad social de la investigación.
Aquello no tenía sentido. El catastro de Ensenada se había convertido en el catecismo de todo el que se aproximaba al siglo XVIII, arqueólogo o no, y acusar a alguien de servirse de él era tan absurdo como recriminarle al del asiento vecino que hubiera tomado el mismo autobús que nosotros para ir al trabajo en el que ambos estuviéramos empleados. Definitivamente iban a por nosotros.
La faena la remató Albino Marchante, ya consolidado profesor del departamento de Anacronía Precedente, colaborador habitual de la publicación científica del Institut y que antes también había trabajado para él. Investido de la mayor autoridad entre los historiadores presentes, se atribuyó la crítica más demoledora. Negó rigor y calidad a nuestro trabajo. Nuestros procedimientos no estaban avalados por precedentes que los autorizaran. Cualquier método debía estar contrastado con reiteradas comprobaciones de su oportunidad. Hasta entonces nadie había demostrado que aquello que llamábamos parcelario fuera una fuente adecuada, mucho menos idónea para el fin que nos proponíamos. ¿Quiénes eran sus autores, cuáles sus procedimientos para recabar la información? ¿Se basaba en declaraciones de parte, disponía de algún medio de control de los datos que recababa? En una palabra, ¿dónde estaban las conclusiones de nuestra crítica? No se podía confiar un trabajo con repercusiones sociales a gente sin experiencia, sin más aval que su buena disposición, que no ponía en duda, pero que no bastaba para enfrentarse a trabajos que tendrían consecuencias para el futuro de la región.
No tuvimos quien nos defendiera. También Herrault había excusado su asistencia porque ocupaciones inaplazables lo retenían en Montpellier. Derrotados, no nos quedó otra salida que pedir perdón y retirar nuestra ponencia, que, reconocíamos, no merecía ser publicada. Para el consejero representante de las instituciones regionales, que fue el último en tomar la palabra, las jornadas habían colmado sobradamente sus objetivos.
Heliogábalo
Publicado: octubre 8, 2023 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: historias Deja un comentarioTadeo Coleman
Heliogábalo, uno de los emperadores degenerados que proclamaba el ejército, dueño del poder efectivo, que necesitó servirse de la crueldad sin razón para justificar sus decisiones abusivas, a principios del siglo tercero de la era, para satisfacer su depravación excéntrica restauró en Roma, solo por el tiempo de su imperio, el sacrificio infantil nacido en oriente.
Su nombre anterior habría sido Vario, a causa de que Simiamira, su madre, sin cuya anuencia nunca tomó decisión alguna, lo había concebido de semen sin identificar, el mismo que mantuvo a su progenitor, ser único entre los candidatos a padre, en el anonimato.
Según Elio Lampridio, uno de los autores recopilados en la Historia Augusta, el nombre que después lo distinguió era el de un dios solar, originario de Siria (pues los fenicios llaman Heliogábalo al Sol) de donde llevó su culto a Roma y del que antes había sido sacerdote.
Aún en oriente, se había iniciado en el culto de la Magna Máter según el rito del taurobolio, durante el cual sobre el neófito caía la sangre de un toro mientras lo sacrificaban; imitó sin excederse los ritos de los galos, los sacerdotes de Cibeles que alcanzaban el grado santo una vez que se emasculaban; y tomó cuantas iniciativas rituales convenían al engrandecimiento de su dios. Cuando llegó a Roma para comenzar su gobierno, consagró a Heliogábalo el Palatino y lo hizo templo con la intención de que fuera el del dios único, tanto para judíos como para samaritanos y cristianos.
Para restaurar el sacrificio infantil con todo su rigor, designó a lo largo de toda la península itálica a hijos de familias nobles mientras aún eran niños y vivían sus progenitores, y recargó el rito con la tortura. Actualizó la verificación del comportamiento de los progenitores durante el sacrificio, tal como se mantenía durante los años en que se había recurrido a la víctima vicaria. Debían estar presentes en el acto, y su entereza frente a la adversidad decidía sobre la satisfacción del pago debido a quienes habían tenido que vender a sus hijos para que fueran primero mantenidos, luego criados tal como correspondía a la condición aristocrática de la familia oferente y finalmente entregado a las llamas. Y todavía lo innovó con el concurso de una suerte de arúspices, que actuaban bajo su dirección cuando el sacrificio, que habría prescindido del holocausto, se había consumado. Examinaban las vísceras del inocente, y si encontraban en su disposición augurios favorables daban las gracias a las divinidades que tan indignamente los habían aconsejado.
A decir de Lampridio, actuó con tan exacerbada crueldad inspirado por el deseo de multiplicar el padecimiento de quienes tenían que renunciar a ellos después de haberles dado la vida, y antes de que ningún accidente, de salud o por obra de un azar indeseado, los hubiera interferido.
Los relatos de la Historia Augusta han sobrevivido desprestigiados, y Elio Lampridio pasa por apócrifo. No sería justo que la memoria de Heliogábalo, solo por haber encontrado este camino, no mereciera la condena. Al contrario, la crueldad que el narrador le atribuye la hace más veraz. Quien ingenió la Historia Augusta se habría servido de la cobertura de un intermediario imaginario para deslizar lo que de otro modo rechazarían sus lectores.
Expansión de un señorío. El frente norte. II
Publicado: octubre 1, 2023 Archivado en: Redacción | Tags: servidumbre Deja un comentarioRedacción
Pedro de Peralta, en su memorial, acota las apreciaciones de Trujillo sobre la duración de los enfrentamientos que se iniciaran en 1415, reconocidos como la causa política de las apetencias del conde. En los años 1430 y 1431, dice, vinieron a concordia las cosas de los infantes de Aragón con el rey, quienes se redujeron a su obediencia e hicieron su voluntad. Para el remedio de lo que antes había ocurrido, añade, en 1432 se reunieron las Cortes en Zamora y en Madrid, donde los pueblos manifestaron grandes exclamaciones para que se les restituyesen los campos, dehesas y términos que en estos tiempos los grandes y poderosos les habían despojado.
Nada de esto impidió que el contencioso entre el conde y el regimiento de Sevilla se reanudara. El licenciado Gonzalo Rodríguez de Ayllón, oidor de la audiencia del rey, para que resolviera las diferencias recibió comisión, en la que iban insertas las decisiones de las Cortes de 1432. Es de suponer que la vista del pleito tuviera lugar en el transcurso de 1434. Ayllón lo sentenciaría en diciembre, una vez agotado el plazo para que se pronunciara.
Su dictamen consideraba probado que el lugar de Andévalo, con su castillo y fortaleza, eran de la corona y de la ciudad de Sevilla, fundándose en el privilegio de Alfonso X que confirmaba otro de Fernando III por el que delimitaba su tierra. También dio por probado que desde hacía veinte años el conde había mandado ocupar injusta y no debidamente gran parte del Campo, de lo que solían tener y poseer como suyo libre los veinticuatros de la capital. Con el tiempo, Pedro de Peralta interpretaría además que la sentencia de Ayllón incluía la concesión a su municipio del castillo y fortaleza que dicen la Peña Alhange, que es Alfaya de la Peña.
Frente a lo decidido por el juez, el conde alegó que el castillo y lugar de Calañas, la Alcaría de Juan Pérez y otras alcarías y lugares del Campo, él y aquellos de quien él tenía causa los habían poseído por tanto tiempo que habían ganado la propiedad y señorío de ellos contra el rey y contra los veinticuatros.
Una ambigüedad de la sentencia, que parece calculada, y apenas resuelta como una especificación por las copias que nos han llegado a través de la administración señorial, nos obligaría a dudar si el conde extendió su plan de ocupación a todo el Campo o solo a la parte que poseerían sus oponentes. En el segundo supuesto cabría la posibilidad de que el conde, heredero de los derechos reconocidos a las instituciones de Niebla antes de que su tierra fuera reducida a señorío, pudiera considerarse el legítimo poseedor de por lo menos la otra.
Pero en el argumento del conde está incluido el reconocimiento de que carece de título alguno sobre las tierras del Campo. Solo dispone del derecho real que pudiera demostrar por posesión continuada, y nada de lo que alega se opone a lo establecido por el dictamen del juez, que se refiere expresamente a un lugar distinto a los que él menciona.
Ante lo argumentado por las partes, Ayllón, no obstante lo sentenciado, para averiguar la verdad antes de condenar a una de ellas decidió que la capital de la región presentara los títulos que juzgara a su favor, y que en el plazo de nueve días el conde presentara testigos que lo avalaran. No deja de sorprender que nada de esto hubiera ocurrido antes de que dictara la sentencia. Es posible que el proceso no se hubiera desarrollado con todas los requisitos que pudieran satisfacer a las partes. Además, para poder pronunciarse definitivamente, iría al Campo con el fin de deslindar lo que ya, para él, el conde sin duda tenía entrado.
Tuvo que pasar casi un año para que el juez decidiera ejecutar la sentencia y deslindara las tierras ocupadas por el conde, un ejemplar de cuyas actas, en un testimonio de 1492, probablemente relacionado con las que se han publicado, es descrito como un cuaderno de pergamino de cuero. Durante los once meses transcurridos el conde bien había recusado al juez bien había apelado la sentencia, o quizás hubiera decidido ambas cosas, por lo que el deslinde y la ejecución tuvieron que hacerse, entre el 10 y el 27 de noviembre de 1435, con la oposición y sin la presencia del conde, apercibido de rebeldía por el juez.
Los trabajos de campo comenzaron el 22 de noviembre. Una vez en el lugar del Cerro, Ayllón tomó como testigos a tres vecinos de aquella población y a otros tres de Cortegana, ambos lugares de los veinticuatros. Junto a muchos vecinos del Cerro, fueron todos al lugar conocido como la Cabeza de Andévalo, localizada en el Campo, y desde allí señalaron que las tierras ocupadas por el conde iban desde dos cabezas a mano izquierda, mirando hacia el mar, llamadas las Cabezas de Dos Hermanas, que estaban cerca de una Alcaría cuyo nombre, en las fuentes que registran el deslinde, oscila entre Pinta, Patán o Primera. Se prolongaban, atravesando el Campo, hacia una sierra a mano derecha, la sierra de Gibratalla, a una legua del río Chanza, frontera entre el Campo y Portugal. Desde la Cabeza de Andévalo hasta aquella sierra estimaron que habría unas ocho leguas de distancia. A partir de Gribatalla, en dirección sur, llegaban hasta otra sierra, la de Santo Domingo, en donde limitaba el Campo con Gibraleón, en un lugar distante de la Cabeza de Andévalo unas cinco leguas. A solo una de donde estaban había otro cabezo, llamado Cabeza Hueca, desde donde, siguiendo adelante, a mano izquierda se veía otro cerro, el Puerto del Galame o Galamen, y otros dos cabezos, también a mano izquierda, conocidos como el castillo de Sotiel, donde se cerraba el circuito de las tierras ocupadas por el conde. Además, había ocupado muchas más en otras zonas colindantes entre Sevilla y Niebla, aunque desde allí no se veían más tierras del Campo.
El 25 de noviembre, cerca de la ermita de San Benito de Andévalo, Ayllón reunió a los representantes legales de la capital y muchos vecinos y moradores del Cerro y Cortegana, y tomó como testigos a cuatro vecinos del Cerro, uno de Aroche y otro de Cortegana, para saber si el otero de la ermita y lo que desde él se divisaba era el término de Andévalo [sic]. Los testigos afirmaron que todo lo que se veía alrededor, con la dehesa de la Cobica, que no estaba a la vista, aunque sí La Montaraciega, la Cabeza Hueca, La Butrera o Buitrera, el Charco de la Plata –un topónimo que aparece en las fuentes más tardías, tal vez por corrupción interesada–, los ríos Malagón y Malagoncillo, y bastantes más tierras que no se veían desde allí, era término de Andévalo. Fue suficiente para que Ayllón decidiera entregar las tierras que se habían deslindado a los veinticuatros, en la persona de su procurador, Juan Fernández, quien en señal de posesión vareó y cortó ramas de árboles, se apeó, mandó desenfrenar mulas y caballos que aguardaban para apacentar en el Campo, anduvo por las tierras y entró en la ermita. Después, Alfonso Miçer, sustituto de Fernández, por orden de este, para continuar con la posesión cazó con perros y otros pertrechos en las tierras próximas al otero.
El 26 de noviembre, en un cerro en las inmediaciones de la Higuera del Gamito, cerca del arroyo del Angostura, los procuradores titular y sustituto de la capital sostuvieron ante Ayllón que las tierras donde estaban eran parte del Andévalo. El oidor tomó cinco testigos, quienes afirmaron que el cabezo y otras tierras que se veían –a mano derecha, mirando a Calañas, hasta unos cabezos, insertan solo una parte de los testimonios–, que llamaban la Moheda de Blasco o Velasco, con otras tierras y cabezos que estaban adelante, que se llamaban los Charcos de Bordallo, y adelante, hasta dar en la Fuente de Bordallo –que en ocasiones se lee Huerta de Bordallo– y la Majada de Bordallo, hasta el Charco de la Plata, y por los Oraques hasta dar en los Oraques [sic], todo era término de Andévalo, y que entre ello no había donadío ni dehesa de otro.
Terminado el segundo avistamiento, Ayllón, de nuevo, puso en posesión de las tierras que señalaron los testigos a los representantes de la capital, quienes esta vez, para demostrarlo, varearon bellotas de unas encinas, apacentaron sus bestias y cortaron ramas de árboles.
A pesar de la inestabilidad de las lecciones, y de que una parte de la toponimia no es fácil localizarla, de los lugares que fueron identificados aquellos días se deducen rasgos de la presencia humana en el Campo de distinto carácter y en distinto grado. Los físicos aprehendidos con un topónimo, en el caso de los hechos hidrográficos, evidentemente reconocen su papel en la radicación de las poblaciones. Pero buena parte de ellos parecen elegidos, tal como es habitual en los deslindes, por ser hechos estables del espacio. Los cauces fluviales de cualquier categoría eran una línea real que podía cumplir con esa función mejor que otros rasgos físicos. Así los ríos Chanza, Malagón y Malagoncillo o el Arroyo del Angostura. Lo mismo podría decirse de buena parte de los lugares elegidos del relieve, seleccionados por su visibilidad, aunque su papel en los deslindes no pudiera estar a la misma altura que los ríos. Tal responsabilidad le correspondería a Cabeza de Andévalo, Cabezas de Dos Hermanas, Sierra de Gibratalla, Sierra de Santo Domingo o Cabeza Hueca.
Pero otros hechos hidrográficos, inseparables de los orográficos, sin que excluyeran sus papeles primarios, incluyeron otros más complejos, con carga de funciones que podrían indicar una presencia humana más próxima a ellos. El Puerto del Galame o Galamen unía orografía con comunicaciones terrestres, y el Castillo de Sotiel, en dos cabezos, el relieve con su papel para erigir un lugar fuerte. En San Benito de Andévalo, una ermita que estaba en un otero alto, se había recurrido a una forma del relieve para apartar un lugar santo.
En el Campo la presencia humana se dispersa, sobre la base de localizaciones de agua y lugares señalados del relieve, en función de vías de comunicación naturales, lugares fortificados y santuarios. Pero no solo. Los Charcos de Bordallo, que aunaban cabezos con propiedades hidrográficas, y la Moheda de Blasco o Velasco, que era un cabezo del que para identificarlo se retuvo su vegetación, porque estaban además personificados serían lugares en los que la presencia humana incluiría además algún grado de radicación de habitantes.
Que esa forma más concentrada de hacerse presente se debe asociar al aprovechamiento que se hiciera del Campo lo descubren las actas. Los que tomaron posesión de él encontraron mulas y caballos trabados que aguardaban a que terminara el deslinde para apacentar en él, tal como hacían las bestias que llevaban con ellos, varearon bellotas de sus encinas y cortaron ramas de árboles. Al aprovechamiento forestal del bosque nativo se sumaba el ganadero, entonces más ostensible. Ayllón lo incluye en las actas. En ellas dejó establecido que desde los cerros donde estaba el castillo de Sotiel hasta la Cabeza de Andévalo siempre habían pacido libremente los vecinos y moradores bajo jurisdicción de la capital.
El memorial de Pedro de Peralta amplificaría notablemente un principio que él transformó en un dictado. Afirma que gracias a la sentencia de Ayllón todos los vecinos de Sevilla y su tierra podían pacer las hierbas, beber las aguas y cortar, rozar y sembrar por las partes y lugares que quisieran como por campo y término de la ciudad de Sevilla y de su lugar de Andévalo. Los que traían sus ganados, dice, pagaban doce maravedíes del verde, veinticuatro maravedíes de cada vaquero, cuatro maravedíes de cada puerco y dos maravedíes de cada cochino, en tiempo de la montanera, a los almojarifes de Niebla, una mención que le obliga a puntualizar. Aunque aquel derecho se pagara a los almojarifes de Niebla, el derecho de almojarifazgo, precisa, es solo del rey, y las casas de la aduana de este derecho las pone su alteza, también en tierra de señorío, como en Huelva, que es del duque de Medina, y en el Puerto de Santa María, que es del duque de Medinaceli. Para cobrar estos derechos, continúa, los alguaciles de los pueblos eran los que ejecutaban y cobraban, con lo que se verificaba lo que los testigos dicen, que los alguaciles de Niebla cobraban este derecho, mayormente que siendo el duque tan poderoso y que tomaba y ocupaba con su potencia los términos de la ciudad de Sevilla, con más facilidad podía hacer cobrar los derechos que dicen del verde. Para más disimularlo, llevaba tan poca cantidad.
Su complejo de aprovechamientos hay que ponerlo en cuarentena porque se trata de un testimonio tardío que seguro injerta actividades propias del pleno siglo XVI. Es posible que Peralta esté interpolando sin mención expresa, para presentarlo como hechos de 1434-1435, testificaciones de otro momento. Cuando hace inventario de lo que la sentencia de Ayllón, según interpreta, reconoce a todos los vecinos de la capital y su tierra, además de los derechos a pacer las hierbas, beber las aguas y cortar, por las partes y lugares del Campo que quisieran, incluye los de rozar y sembrar; cuando la sentencia solo habla de pacer, al menos en la versión procedente del archivo señorial. Para que se vea ser así, añade Peralta, véase cómo los testigos lo dicen, que los de la tierra de Sevilla rozaban y sembraban por todo el Campo donde querían y como querían, sin pagar derechos algunos. Por manera que dejaban el uso del Campo a su dueño como de cosa suya. Para ganar posesión iban poco a poco imponiendo derechos no debidos. No es de creer que si no tuviera el duque el Campo pacífico, dejara sembrar y hacer otro aprovechamiento algunos a los vecinos de la tierra de Sevilla, ni hacer todos los demás aprovechamientos que querían. Ayuda a esta verdad que las probanzas que hace el duque y su villa de Niebla tienen muchos testigos que dicen que los vecinos de Sevilla, y los de las villas y lugares de su tierra, pastaban, cazaban, rozaban y sembraban en todo el Campo sin contradicción del duque ni de Niebla, ni de otra persona alguna.
Aun a riesgo de anacronismo, es suficiente para que no podamos excluir que el Campo ya se rozara para explotar cultivos de ciclo anual, los cereales en primer lugar, aunque lo cierto es que la referencia a la actividad agrícola que encontramos en la toponimia es mínima. Las Higueras del Gamito, que están cerca del arroyo del Angostura, y, si admitimos lecciones particulares, a lo sumo la Huerta de Bordallo.
Cualquiera de ellas, sin embargo, contribuye a cercar las peculiaridades del poblamiento del Campo. En el deslinde aparecen dos topónimos que registran presencia humana indeterminada, la Butrera o Buitrera y los Oraques. El posible que la Butrera o Buitrera fuera un lugar relacionado con la caza, una actividad que se pude esperar del medio del que se trata, pero los Oraques hasta dar en los Oraques resultan más indefinidos y hasta desconcertantes. ¿Indicaría la expresión un área que desembocaba, terminaba o se concentraba en un lugar marcado por alguna forma de hábitat?
Además del aprovechamiento del bosque en campo abierto habría espacios de aprovechamiento excluyente. El deslinde menciona la Dehesa de la Cobica y La Montaraciega, otra dehesa. Pudieron ser estas áreas de concentración de la actividad humana las más capacitadas para radicar poblaciones. La pista más certera puede darla el topónimo Bordallo, que es todo un complejo humano marcado por la identificación de una persona. Un área, quizás pantanosa (Charcos) contaría con un manantial (Fuente) que permitiría concentrar el ganado que su responsable explotase (Majada) y que gracias al agua disponible hasta pudo disponer de una explotación agrícola intensiva (Huerta). Ninguna de las categorías de su presencia en el espacio corresponde a ninguna clase de poblamiento convencional, y la actividad más claramente tipificada es la ganadera. Esta pudo ser la forma característica de presencia de población en el espacio del Campo, extendida por un área, sin un lugar único de concentración de los activos en espacios más o menos definidos o adehesados.
Por la alegación del conde, que señala como sus posesiones en el Campo la Alcaría de Juan Pérez y otras alcarías, podemos reconocer que combate con armas propias. La ocupación del Campo promocionada por el conde, alternativa si no innovadora, se sostendría sobre alquerías o alcarías, una modalidad de poblamiento que se puede asociar a la vanguardia de una experiencia colonizadora frágil. La mención de la Alcaría Pinta, Patán o Primera, indica además que aquella fue una forma de poblamiento concentrado primaria del Campo frente al poblamiento inorgánico del tipo Bordallo. Cualquiera de estas formas características de radicarse contrasta además con las poblaciones definidas y consolidadas que mencionan las actas, como Aroche, El Cerro, Cortegana o Gibraleón, periféricas al Campo.
Gracias a todos estos testimonios se adquiere por último certeza sobre a qué se referirán los textos –cuando menos desde el punto de vista de los veinticuatros, porque todos los testigos del deslinde de 1435 proceden de poblaciones que se mantenían en su órbita– a partir de este momento cuando se referían a la parte del Campo de Andévalo en la que tenía concentrada su iniciativa el conde. Queda encuadrada como un área limitada al norte por la sierra en sentido propio, la frontera de Portugal al oeste, las tierras de Gibraleón al sur y las de Calañas como confín oriental, cuya extensión se puede estimar próxima a 60 leguas cuadradas, 1.870 km2 o 187.000 hectáreas, una sustanciosa porción del sudoeste que no cuenta, según la sentencia, ni con donadíos ni dehesas en manos de gente ajena al Campo, las dos formas extensas de apropiación excluyente del espacio en el sudoeste, y para cuyo disfrute solo hacía falta población dispuesta a explotarla.
Pantocrátor
Publicado: junio 30, 2023 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Albino Casar, el abogado del barrio, ganaba dinero con su negocio. El suyo era el único despacho en aquel confín y allí vivía mucha gente. Pero la fortuna que manejó durante su vida no procedía de sus pleitos. Con su título en puertas, había concurrido al mercado del matrimonio en una posición que él creyó ventajosa. Los hechos vinieron a darle la razón.
Inés, la hija de un trapero de altura, de gracias contenidas, fue su elección. Del negocio del padre sabía Albino por su abuelo, que liquidó los restos de un antiguo molino, heredado por su mujer, que nada había producido desde que dispusiera de él y que probablemente no producía desde décadas antes. La maquinaria estaba oxidada, los enseres, desvencijados, las telarañas, por todas partes.
Era un trapero de recia formación iletrada, gordo, con la cara abotargada, los ojos saltones, padre de no sé cuántos hijos, todos varones, con el mismo rostro que el padre, Benítez de apellido, creo; menos Inés. Lo mismo compraba papel que chatarra, lotes enteros de desechos de fabricación, canastos y cestos de palma, la fruta podrida que desechaban los puestos de la plaza de abastos. Su pasión era la lotería, el sumidero por donde se le iba buena parte de los ingresos.
Valiéndose de un conocido común, concertó las cosas de modo que coincidiera con Inés en las vísperas del carnaval. Apenas un baile, dos o tres paseos después, una merienda en la casa paterna fueron suficientes. El régimen del matrimonio le permitió disponer de la alícuota de los fondos del trapero.
Los dirigió al mercado inmobiliario. “Los precios de las casas solo suben, nunca bajan”, fue el único principio en el que basó sus firmes decisiones.
Tanto conocimiento de aquel abigarrado mundo se lo debía al hijo de un tendero, pertinaz depredador de pesos y monedas, invariable inmovilizador de sus ahorros en la calle eje del centro, fuera el edificio de viviendas, de oficinas o apenas un viejo almacén, superviviente de tiempos remotos. “Solo el solar vale más de lo que cuesta la casa”, reiteraba cuando se deshacía del dinero celosamente custodiado en un lugar de la tienda a buen resguardo, detrás del cajón de los garbanzos, entre el de las lentejas y el de las alubias, siempre al alcance de su vista, a medio metro de la caja registradora.
En sus tiempos de aprendiz, cuando El Almacén era de un montañés, lo había elegido como el lugar más seguro. Entonces dormía bajo el mostrador, con una manta por toda compañía, frente por frente al cajón, a la altura de su vista. Si dormía con un ojo abierto, lo mantenía bajo vigilancia. Tras doce años de alternar la vigilia del ojo derecho con la del izquierdo, pudo tener la certeza de que hasta aquel lugar no llegaría jamás nadie, ni el más paciente de los ladrones, ni el más calculador de los dependientes que se adelantaran a la aurora, ni los ratones con la corte de sus gatos.
Coincidía con el hijo del tendero en el bar de Casiodoro, a partir de las doce, y hasta las tres, a intervalos de unos veinte minutos, los que discurrían entre la atención a los clientes, el aviso al pasante de que lo iba a dejar solo y los saludos a la puerta del despacho. Eran cervezas, solo cervezas, las que trasegaba el hijo del tendero, ininterrumpidamente, acodado en la barra, durante aquellas tres horas de creciente inspiración mercantil. Albino no se podía permitir nada menos que un rioja, que a razón de veinte minutos por cada copa durante las mismas tres horas le permitían llegar bastante más lejos en sus visiones inmobiliarias.
No es que despreciara las enseñanzas de su experto iniciador. Pero a base de tomar nota mentalmente de los pronósticos que le oía sobre la evolución de los precios, en aquel o en otro sector de la ciudad, las tácticas a emplear con quienes ofertaban, cómo proceder con los bancos, y analizar el lenguaje de las astucias que desplegaba -con el mismo lenguaje incontestable que emplean en sus afirmaciones los expertos que se presentan impasibles ante los micrófonos y las cámaras- supo dilucidar cuándo le mentía, cuándo estaba indicando con una negación dónde estaba la mejor oportunidad, a quién de los que condenaba como ineptos era necesario acudir para conseguir el precio más ventajoso.
Consiguió consolidar la propiedad de diez o doce pisos en buenas zonas, y de cada presa esperaba la revaluación segura. Orgulloso de su olfato, saturado de certeza, creyendo a buen recaudo toda la inversión, tras conseguir buenos beneficios de las patatas calientes de las que se había deshecho con mano izquierda, decidió diversificar el negocio, e invertir en ganado. Era bastante más arriesgado porque era un bien perecedero. Pero poseído por la pasión del jugador, encontró en la necesidad de especular con tiempo limitado su nuevo placer. ¿Qué es lo que hay en el fondo de esa pasión? ¿Qué es lo que hay bajo la tierra que es capaz de germinar en colores?, recordaba. No sabría explicarlo.
Contactó con un veterinario, cuyo título jamás había colgado en la pared de una consulta, especializado en precisar la edad de los ejemplares ovinos que salían al mercado sin tener en cuenta los anticuados métodos de los corredores de ganado, nada fiables, en su opinión la fuente de los engaños de todos conocidos, incomparables con los precisos resultados que proporcionaban condensadores, barímetros y espéculos de alta precisión, refractantes de los rayos que se proyectaban sobre los iris de cada cabeza.
Para una primera experiencia, con su mediación, Albino compró a un ganadero derrotado por las pérdidas una docena de ejemplares hembra. Las vendió como dotadas de excelentes condiciones orgánicas para la maternidad, de entre uno y dos años certificados científicamente. La comisión del veterinario fue de una cuarta parte del valor neto de la venta, y el riesgo le pareció demasiado alto. Decidió cambiar de campo.
Un hombre de su formación no se podía permitir no ser culto. Con su pasión por el fútbol, no pasaba de ser uno de tantos. A eso era necesario añadirle algo más, algo que la encubriera o que la relegara a un segundo plano, como una concesión a la clientela, con la que era necesario comentar los resultados de la última jornada. Seguro que en el mundo del arte, que tanto dinero era capaz de cambiar de mano en una sola jugada, podría ensanchar sus horizontes.
Empezó por abonarse a la programación de ópera. El despliegue de los decorados, los ricos vestuarios y el desfile de los coros, a Inés la entusiasmaron. En los intermedios, en el bar, se codeaban con gente que solo conocían de oídas. Su vecino de localidad se la señalaba. Allí está el pintor Lasalle, aquellos, los modistos que visten a duquesas. Tampoco les importaban demasiado. Pero lo dejaron correr porque el pasatiempo fue suficiente para intimar con Suituberto, que así se llamaba quien ocupaba la localidad a la izquierda de Inés, un hombre simpático, de mundo, aunque nada lo hiciera prever. Era bajo, poco agraciado. Solo su particular elegancia hacía sospechar que su cabeza rondaba por lugares diferentes a los que poblaba la mayoría.
Para la temporada siguiente, en vista del éxito, amplió el abono, y además de las representaciones de ópera contrató todas las sinfonías de Beethoven. Ahora, los días de concierto, Inés se dormía, y Suituberto, siempre obsequioso con ella, lo comprendía. Ni siquiera completaron la audición de la segunda, y en el descanso decidieron permanecer en el bar. A partir de aquel momento, y hasta que terminó la novena, los coloquios se fueron animando. Albino, que había visto en Suituberto un mediador, fue llevando las conversaciones hacia el terreno que pretendía pisar. ¡Cómo iba a imaginar que Suituberto era un excelente especialista en pintura medieval! Y que, más por pasatiempo que por lucro, en ocasiones, intermediaba en operaciones de un anticuario de prestigio, conectado con los centros de subasta internacionales. “Y ahora, ¿tiene a la venta algo interesante?” “Tiene de todo, y de todos los precios. Depende de lo que cada cual quiera invertir.” “Es que estoy pensando en comprar algo, nada en particular. Solo por no tener parado el dinero.” “Si quieres, te lo presento en su tienda y tú decides.”
Terminó por comprar por mil quinientos euros una tabla de cuarenta y cinco por treinta, muy colorista, que representaba un Pantocrátor. Suituberto le aseguró que era algo tardía, del siglo XV, pero de muy buena escuela; si no flamenca, de alguno de los territorios hasta los que alcanzó su influencia.
Albino sabía que lo estaban engañando. Pero su objetivo no era coleccionar arte. Solo trataba de probar si podría vender por más de lo que invertía, tal como había hecho con las ovejas o con los pisos que habían pasado por sus manos.
Frecuentaba el despacho de Albino, en busca de las armaduras para sus batallas vectoriales, Martín Condestable, vecino, pintor experimentado y con olfato. Entre ellos se había instalado, desde que en el barrio se supo que Albino escalaba hacia las alturas del arte, cierta suspicacia cordial. Conociéndolo, desconfiaba Martín de que Albino llegara a saborear el néctar, y le pronosticaba que antes o después, por su falta de criterio, tendría un desliz, no en materia de arte, que por supuesto jamás quedaría a su alcance, sino en la comercial que perseguía. Aceptaba Albino el reto que así Martín le proponía, y llegaron a formalizarlo poniendo cada parte cierta cantidad de dinero sobre la mesa, cien euros, todo para el que consiguiera demostrar que el otro había errado.
En cuanto tuvo la tabla en su poder, Albino llamó a Martín. Quedó sorprendido al verla. Era realmente buena. Aunque algún bestia la había barnizado sin contemplaciones, la obra no había perdido calidad, y el barniz, sin proponérselo, había servido de pantalla protectora. Los colores estaban apagados pero aún se podía apreciar que habían sido vivos en origen. Y el dibujo era preciso y muy descriptivo, impecable bajo ese criterio.
Martín le pidió tiempo a Albino para formarse una opinión definitiva. Tenía que estudiarla con detenimiento. Durante todo el tiempo que quisiera, con la condición de que la pintura no saliera de su casa. Nada temía Albino de Martín. Solo lo hacía con la intención de provocarlo. No podría sacarla, aunque sí fotografiarla cuando estuviera solo.
Dedicó los días siguientes a estudiar los detalles. Por encima de la cabeza del Pantocrátor había una mancha que parecía… ¡un platillo volante! Qué absurdo. Imposible. “Es mi retina, que interpreta un ovni porque tiene en la memoria la forma que se asimila a ese nombre.” Aunque bien pensado… “igual que se ven ahora pudieron verse en el siglo XV. A lo mejor el pintor no vio nada parecido, pero sí pudo tener en la memoria, como yo ahora, una representación de la forma, vista en algún manuscrito… Tal vez se sirviera de ella como un símbolo místico para asociarlo al Pantocrátor.”
Era posible. En el halo que enmarcaba la cabeza había formas inidentificables que quizás tuvieran el mismo sentido. Parecían signos, puede que letras. Los amplió. Perdía calidad el fotograma. La forma se difuminaba y no se identificaba nada con sentido.
Volvió al despacho de Albino decidido a ver aquel detalle mejor. Aprovechó un momento de soledad para levantar en aquel sitio el barniz. Sí…, parecían una jota y una e góticas. ¿Jota y e…? Volvió sobre el ovni, y allí repitió su restauración de urgencia. Ahora el objeto que sobrevolaba la cabeza del Pantocrátor más que un ovni… ¡parecía un cordero!, un cordero que recogía sus patas bajo su vientre, casi una esfera “¡No es posible! Jan van Eyck firmó algunas de sus obras, y el cordero…” ¡¿Sería aquella tabla un ensayo para el retablo de San Bavón de Gante?!
Tomó fotografías de los detalles, salió y se despidió en silencio. “¿Qué?”, le lanzó Albino cuando ya estaba en el umbral. “Es bueno, ¿verdad?” “No sé…”
Los días siguientes Martín evitó aparecer por el despacho. Sufría un inexplicable episodio de abstinencia. Era por culpa de la dichosa tabla, a la que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
“¿Por cuánto venderías la tabla?”, le preguntó por fin, la semana siguiente, Martín a su dueño. “Mira. No te tengo que explicar lo que tú sabes mejor que yo. Tú has visto la tabla con detalle y sabes que no es buena. Yo también lo sé, lo sé desde el primer momento. Sé que han querido engañarme. Pero también sé que puedo venderla por el doble de lo que me costó.” “Que fue…” “No estoy dispuesto a darla por menos de tres mil euros.” “¿Y tienes quien te la compre?” “Seguro que no falta. Ya lo verás.”
Indagó Martín y consiguió contactar, esta vez en serio, con un centro de subastas internacional. Les dejó las fotos para que juzgaran. Al cabo de un par de semanas le comunicaron oficialmente que estaban dispuestos a pagar por la tabla, una vez contrastados los juicios de sus expertos, en nombre de un comprador británico, sesenta mil euros. No se podría vender como obra de autor certificada, y por tanto nunca podría alcanzar las máximas cotizaciones, pero tenía las calidades suficientes como para salir al mercado como una obra de buen nivel.
Fue entonces cuando Martín tuvo la seguridad de que sus sospechas, que no había confesado a nadie, habían sido corroboradas. La casa de subastas, sirviéndose del supuesto comprador británico, estaba decidida a hacer su negocio del año. Para ella, todo consistía en contratar, una vez que la tabla estuviera en sus manos, a un experto que por una comisión regular hiciera público el descubrimiento. Tampoco a la casa, ni al experto, le interesaría que lo que pudieran sostener fuera rigurosamente cierto. Pero la factura de la tabla daría de sí lo suficiente como para atraer la atención y revalorizarla hasta límites que la difusión de la noticia hiciera imprevisibles.
Una vez en manos de la red, era difícil salir de ella. No lo dejarían. Pero no sería difícil mejorar la oferta del supuesto comprador británico. Podía decirle a los subastadores que el dueño tenía otro coleccionista que estaba dispuesto a pagar más. Aunque la casa de subastas siguiera teniendo la exclusiva sobre la venta, se vería en la necesidad de admitirla, si no quería que quedara al descubierto la jugada con la que estaba maniobrando. Él, Martín, que era el único que tenía el mapa completo, podría servirse de algún testaferro para que representara aquel papel. El problema era disponer en aquel momento de sesenta y cinco mil o setenta mil euros. Cargaba con una hipoteca, tenía que pagar mensualmente alimentos y no vendía un cuadro.
Se jugó su última carta. “La tabla tiene cierta clase. Es mejor de lo que pensaba. ¿Cuánto me darías de comisión si te encuentro un comprador por treinta mil euros?” Albino calló y en lo sucesivo nunca volvieron a hablar del asunto. El mercado inmobiliario se hundió, Albino tuvo que deshacerse precipitadamente de los pisos que había acumulado, y ni aun así pudo evitar la ruina. Pero de la tabla jamás se deshizo. Una vez muerto, la tabla pasó a manos de uno de sus herederos, quizás de alguno de sus acreedores, pero Martín, a fecha de hoy, ignora quién la tiene en su poder.
Los campesinos de la periferia
Publicado: junio 3, 2023 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
En los términos muy extensos, las tierras periféricas eran las que estaban más allá del límite racional del movimiento. Eran menos accesibles desde el centro y más desde las poblaciones circundantes, que las podían acaparar desde las posiciones exteriores por su ventaja en relación con los desplazamientos.
El apeo de sementeras de 1771 es poco preciso cuando describe las tierras periféricas. Solo permite distinguir sus clases de pegujal según la residencia de sus tenientes. Menciona con más frecuencia los radicados en el término de la población central en manos de quienes tienen su residencia en una de las poblaciones periféricas. Pero de ellos desconocemos cualquier indicio de la relación que está en su origen, salvo excepciones. No sabemos si están localizados en tierras que han tomado sus convecinos para crear labores, otros de pueblos contiguos o labradores de la población central. Solo queda a nuestro alcance su toponimia, que a lo sumo permite ensayar sobre las distancias.
Asimismo, identifica los pegujales de quienes viven en la población central y están asociados a labores de quienes viven en alguna de las poblaciones circundantes. Son 20 pegujales que suman 146 fanegas. Tienen un tamaño comprendido entre unas excepcionales 36 fanegas, muy lejos de las siguientes 13, y 2, cualquiera de ellos con una frecuencia muy baja.
Para ellos, la situación es la inversa a la precedente. Consta la dependencia, que es el nombre de quien tiene la labor pero no la toponimia, salvo alguna excepción. No sería posible la localización precisa de cada uno pero sí ensayar los costos de desplazamiento para todos, si se combina esta información con la localización de las labores de los labradores de las poblaciones periféricas.
Pero tampoco sabemos nada de las condiciones bajo las cuales se asocian a la labor. En la mayor parte de los casos podrían ser pegujales sin vínculo laboral remunerado con pegujal. Se trata de uno o dos pegujales asociados a distintas labores. En otros sí parece mediar vínculo laboral, especialmente cuando en tierras que cultiva un Sebastián Dana se localizan 7 pegujales de entre 5 y 2 fanegas bastante jerarquizados. Estos 7 podrían ser pegujales por trabajo. Serían compatibles con otros pegujales de 13 y 8 fanegas cedidos a cambio de otros servicios. Luego Sebastián Dana, vecino a saber de cuál de las poblaciones periféricas, tendría un cortijo en el término, en el cual tendría una labor, remuneraría parte del trabajo adquirido con pegujales y todavía cedería otros pegujales.
Por último, se identifican algunos pegujales de quienes, viviendo en la población, están alojados en cortijos de forasteros que tal vez ni siquiera estén en el término. En el único caso donde consta una descripción algo más completa hay un par de pegujales de 4 fanegas cada uno asociados a una labor media de alguien que vive en la población periférica más próxima a la central. Puede tratarse de un cortijo que está implantado sobre los dos términos, el central y el periférico, al que acuden. De ser así, cualquiera de los pegujales identificados solo con el nombre del cedente podría cumplir esta misma condición, siempre que las distancias fueran racionales, lo cual no se cumpliría con todos los términos colindantes. Claro que siempre cabría la posibilidad del hábitat provisional asociado a la explotación episódica, el que se conoce como chozo.
El alcance de estas dificultades es limitado. Solo quedaron inscritos 42 pegujales de las agriculturas de las poblaciones periféricas, que acumulaban 400 unidades de superficie y ocupaban 28 áreas de 28 espacios. La desproporción entre pegujales del centro y pegujales de la periferia es inverosímil. Puede ocurrir que los regímenes de explotación de los cereales en las poblaciones periféricas excluyan la cesión de estas parcelas subsidiarias, si bien sería insostenible que en todas las que explotan el término se actuara de la misma manera. Aunque sean escasas, hay pruebas del recurso a la fórmula en ellas, y nada indica que el fenómeno sucediera desde las circundantes de un modo distinto a como se dispersa desde la central. Es más probable que cada una de ellas reprodujera el mismo orden a su escala (cortijos centro, centrifugación, etc.), y más aún que a esta parte de las cesiones no llegaran las averiguaciones desde la administración del centro, cuyas preocupaciones, por otra parte, estaban dirigidas a ingresar la cuota correspondiente a la cantidad de suelo puesta en cultivo. Tal vez la totalidad que formaran labores y pegujales quedara reducida a solo una cifra, sin entrar en matices ni descomposiciones, en las declaraciones de los labradores de la periferia, quienes así facilitarían el trabajo recaudatorio a la administración del término.
Para formarse un juicio acertado de las características espaciales de las explotaciones subordinadas o subsidiarias puede ser suficiente con que nos restrinjamos a la información procedente del centro. La cifra que suman es lo bastante representativa. Si tuviéramos en cuenta la exigua cantidad de los pegujales de la periferia además se desequilibraría innecesariamente la percepción de los hechos.
Expansión de un señorío. El frente norte. I
Publicado: mayo 21, 2023 Archivado en: Redacción | Tags: servidumbre Deja un comentarioRedacción
Parece que el conde, a partir de 1415, habría desplazado su frente pionero desde el sur, donde la competencia por el espacio, dada la concentración de poblaciones, era muy alta, al norte-noroeste, donde los testimonios insisten en revelar que persiste y domina el aprovechamiento pecuario del espacio, mucho más extensivo y menos expuesto a la competencia. Allí sus proyectos de expansión se concentraron en el Campo de Andévalo, donde a pesar de todo tuvo que vérselas con un señor corporativo, la cámara de los veinticuatros que regía Sevilla, que enseguida reivindicó derechos sobre aquella extensa comarca.
Según el enfrentamiento fue acumulando argumentos, las partes irían apelando a pruebas demostrativas de sus respectivos derechos. El más remoto, hasta donde los conocemos, sostiene que el lugar de Andévalo, con su castillo y fortaleza era de la corona y de la ciudad de Sevilla, según se podía deducir de un privilegio de Alfonso X, que confirmaba otro de Fernando III, por el que delimitaba su tierra. Mientras la de Niebla no fuera un señorío, aquel derecho no se oponía a las iniciativas que su concejo tuviera para estar presente en el Campo.
Pero a partir de 1368, cuando el rey la concede en feudo a quien inviste como señor, su posición relativa cambia de signo. La referencia de un procedimiento incoado por la justicia de Zalamea, que tomara testigos para una hidalguía en Calañas el 8 de agosto de 1377, sería utilizada por los señores siguientes, que se titularon condes, como el argumento más remoto a su favor. Con aquella prueba se podía acreditar que entonces decían que Calañas, en el Campo de Andévalo, era aldea de Niebla, lo que demostraría el ejercicio del dominio del conde en la zona pocos años después de que ganara el señorío.
Uno de los que con el tiempo se interesaron por las causas políticas de la querella fue el letrado Pedro de Peralta, quien se contó entre los que por encargo, a lo largo del siglo XVI, actuaron en los tribunales para defender a uno de los interesados. Redactó su memorial sobre el contencioso a su cargo hacia 1560, y en él la más remota la encuentra en los hechos de 1383-1385, cuando hubo grandes guerras entre el reino de Portugal y el reino de Castilla. Entonces, dice, la ciudad de Sevilla había dado el Campo de Andévalo para el reparo de los muros de la villa de Niebla, ya capital del condado, razón suficiente para que se originasen interpretaciones dispares sobre la ascendencia que unos y otros pudieran tener sobre la comarca.
Pero el origen del enfrentamiento sin concesiones, según Peralta, estaría en que a comienzos del siglo XV se precipitó la crisis que hizo posible los extraordinarios poderes del conde de Niebla en el reino de Sevilla. A causa de la inestabilidad política, a partir de 1415 el conde ganó poder, y sabría servirse de las circunstancias para ocupar el Campo de Andévalo, tan provechoso, próximo a su señorío y villas de Niebla, Beas, Trigueros, Luçería (sic, por Lucena) y otras de su condado. Con facilidad lo pudo ocupar y ocupó, y con facilidad lo defendió. De la misma opinión es otro de los letrados que se tuvieron que interesar por el enfrentamiento, de apellido Trujillo, quien redactó hacia 1557 el memorial que defendería sus tesis ante el tribunal que entonces enjuiciara las disensiones.
Aunque los analistas del siglo XVI que seguimos, que defendieron los intereses de los veinticuatros, coinciden en que hacia 1415 habría empezado la expansión del señorío a costa de aquel espacio, no todos lo presentan de la misma manera. Para Peralta, el conde hacia 1415 había mandado ocupar gran parte del Campo, o con más precisión la parte del Campo de Andévalo que poseía Sevilla, lo que en su momento consideraba suficientemente probado. Trujillo, más directo, sostuvo que quien había tomado la iniciativa de entrar y ocupar el Campo de Andévalo había sido el conde don Enrique, activo entre 1396 y 1436, tal como en el discurrir de la querella a lo largo de los años se había comprobado. Hacia 1415, escribe, en la sazón que el conde don Enrique de Guzmán se entró en estos términos, era poderoso en Sevilla y señor de los oficios. Vulgarmente en todo el reino le llamaban duque de Sevilla, y respecto de Sevilla y vecinos de ella se puede decir que fue fuerza de señor a vasallo. De tal manera era poderoso que el regimiento de Sevilla no tenía libertad para poderle pedir cosa alguna. Era el tiempo de las alteraciones, que fue desde el año de 1415 hasta después de echados los infantes de Aragón de Castilla.
Para un tercero, que firma Santofimia, autor de otro memorial, escrito hacia 1568, el conde de Niebla, a partir de 1415, había tenido y mandado entrar y ocupar injusta y no debidamente muy gran parte del Campo, de lo que solía poseer así como suyo libre y exentamente la ciudad de Sevilla y los vecinos de ella. En el transcurso de los veinte años siguientes, añade, en lugares que no precisa veían a los alguaciles de Niebla cobrar dos, cuatro, doce y veinticuatro maravedíes de los bueyes y vacas, puercos y cochinos de algunos vecinos de la tierra de Sevilla, unos dicen que por el derecho del almojarifazgo, otros por lo verde, otros por la bellota.
Ni el conde ni ninguno de sus sucesores, hasta donde sabemos, negó en alguna ocasión cualquiera de estos términos; ni el más genérico, el referido a la iniciativa del señor pionero, ni las exigencias de exacciones, en conflicto con los atributos de la corona. Sin embargo, la ocupación a la que apelan los defensores de los intereses de capital no parece que fuera manu militari, sino colonial, aunque apoyada en la presencia de la fuerza del señor.
Contaba a su favor con el precedente de las iniciativas colonizadoras que el concejo de Niebla, cuando actuaba sin interferencia señorial directa, había tenido. Entre 1290 y 1315, en uso de los poderes entonces instituidos en su favor, había promovido una colonización concentrada en lugares estratégicos del Campo de Andévalo, un proyecto bien concebido territorialmente, que ejecutó en dos fases. Durante la más expansiva promovió en 1290 la colonización de la aldea llamada Castillejo, en 1299 la población del Castillo de Alfayar, junto al río Chanza, frontera portuguesa, y en 1309 la de Cabeza de Andévalo. En 1311, entre la primera y segunda fase, el municipio decidió crear una puebla con el nombre de Villanueva de Alfayar, aneja al Castillo de Alfayar. A la vez que prolongaba y corregía lo actuado antes, pudo ser una razón que aconsejara la segunda fase de la experiencia colonizadora, que se concentró en los años 1314-1315 y fue desarrollada en dos frentes, uno de revisión de todo lo actuado antes y otro que se aplicó al lugar en el que se había puesto más empeño y parecía más inestable, el que tal vez concentrara un mayor grado de fracaso, el Castillo de Alfayar y su Villanueva.
Trujillo y Pedro de Peralta coinciden en afirmar que el pleito más antiguo sobre la posesión del Campo, según que se menciona en la documentación que manejan, es el de 1427, que conoció el doctor Garci Gómez, juez de comisión; aunque Peralta añade que del año 1427 atrás parece haber venido otro juez a petición de la ciudad de Sevilla. El memorial de Trujillo se limita a reclamar que las pruebas que presentara el conde habrían de referirse a los ciento treinta años precedentes, durante los cuales se habían sucedido los pleitos, lo que de acuerdo con la fecha en la que fue escrito nos remonta al mismo año.
Es probable que la causa directa del primer pleito, si es que el de 1427 fue el primero, estuviera en la oferta para colonizar Fuentecubierta, hecha por el conde en 1423, en pleno Campo de Andévalo, una de las más completas de las que hicieran los condes mientras mantuvieran esta política entre el siglo XV y el XVI. Tal vez parte de las ventajas que ofrecía a quienes inmigraran al lugar excedieran los atributos de los poderes que tenía reconocidos por la corona.
En sus indagaciones, Peralta encontró que para concurrir a la actuaciones del doctor Garci Gómez fueron diputados un par de veinticuatros, un jurado y un letrado miembros del municipio sevillano. En agosto, según pudo averiguar gracias a los acuerdos que tomara, se les dio dineros para la ayuda de costa y la despensa de la que tendrían que disponer en un mes que entendemos que estarán allá. Sería uno de los veinticuatros, llamado Fernando de Medina, quien se encargaría de ejecutar la posesión del Campo, trabajo que terminó al menos nueve días después de que concluyera el mes inicialmente previsto.
El de Peralta es el único testimonio directo, aunque tardío, de la actuación de esta comisión, que no obstante podemos completar con lo que registraron las actuaciones replicantes del conde. Si hemos de creerlas, la comisión representante de los intereses de los veinticuatros se presentaría en Calañas, donde le manifestaron que querían ser vasallos de Sevilla, aunque bajo la amenazaba de que si decían que querían ser del conde los mandarían ahorcar. También estaría en Paimogo, y también los presentes al acto les dirían que eran vecinos de Sevilla bajo coacción. Fernando de Medina, el representante de la cámara de gobierno de la capital, no obstante, los mandó prender, y se llevó a algunos de ellos presos al Cerro, donde los tuvo ocho días. Los amenazó asimismo con que si decían que no eran vasallos de Sevilla los mandaría ahorcar. Además, la gente que había venido con Medina les había tomado por la fuerza, entre otras cosas, gallinas y cebada.
Cuando se hizo presente en la Alcaría de Juan Pérez nombró un alcalde, tras lo cual los vecinos también dirían que era su deseo ser de Sevilla, aunque igualmente bajo amenaza. Les aseguró que los mandaría ahorcar si decían que eran del conde y que los vendería y les haría atar las manos y llevar a tierra de Sevilla presos. Y aún estaría en el Alosno, donde a tres vecinos el veinticuatro los prendió y les hizo muchas injurias porque manifestaron que eran vasallos del conde y del término de Niebla. La gente que venía con él les tomó muchas cosas contra sus voluntades, entre ellas cabritos, gallinas y cebada, por lo que no les dieron nada. Se quejaron al veinticuatro, quien no solo no hizo algo para impedirlo sino que los llevó presos al Cerro, término de Sevilla.
El conde no tardó en reaccionar. El concejo de Niebla, el 27 de agosto, declaró como suyos, entre otros localizados en el Campo de Andévalo, los lugares de Calañas, el Alcaría de Juan Pérez, Alosno y Paimogo, dispersos de tal manera en él que abarcaban de norte a sur y sobre todo de este a oeste buena parte de su geografía. Y el día siguiente fue el conde quien afirmó sin más que el Campo de Andévalo era suyo.
Durante los últimos días del mes, un representante de Niebla y el conde estuvo sucesivamente en Calañas, Paimogo, la Alcaría de Juan Pérez y Alosno. En Calañas presidió la elección de un alcalde y un alguacil, quienes se declararon vasallos del señor, y revocó las autoridades que hubiera nombrado Medina. Añadieron que si alguna vez habían dicho que querían ser de Sevilla lo dijeron con temor de la muerte. Luego tomó posesión de la dehesa de Calañas, en el Campo de Andévalo, y la deslindó respecto de los términos que eran de Sevilla.
En Paimogo, tras declarar que era término de Niebla y que estaba en el Campo de Andévalo, tomó posesión del lugar. Los vecinos presentes dijeron que eran vasallos del conde, y que desde hacía mucho tiempo vivían en el lugar algunos que siempre lo fueron. También afirmaron que si alguna vez habían dicho que eran vecinos de Sevilla lo hicieron por temor a la muerte y por miedo al veinticuatro de la capital.
En la Alcaría de Juan Pérez el representante de los intereses del señor ratificó la posesión del lugar, tras reconocerlo también localizado en el Campo de Andévalo, desposeyó al alcalde que había sido nombrado por el veinticuatro y nombró nuevos alcaldes y alguacil, quienes juraron servicio al conde. Declararon que los vecinos de la alcaría desde hacía mucho tiempo eran del conde, y que si al veinticuatro habían dicho que querían ser de Sevilla, que lo habían hecho por temor.
Y en el Alosno, del que también se hizo constar que estaba en el Campo de Andévalo y era término de Niebla, su representante preguntó a tres vecinos de quién eran vasallos, y ellos respondieron que desde hacía mucho tiempo lo eran del conde. Uno de ellos, que en aquel momento servía como ballestero, añadió que hacía unos cincuenta años que vivía en aquella tierra, y que nunca había conocido otro señor que los condes. Y todavía contó que un hermano suyo había sido doce años alcaide de la fortaleza de la Peña de Alhaje, una de las del Campo, nombrado para el puesto por el conde, quien le proporcionaba todas las cosas que eran menester para la provisión del castillo.
No es necesario hacer ninguna concesión al interesado punto de vista de los testimonios de la administración del conde para reconocer que era la captación de vasallos la que estaba interfiriendo aquella confrontación. Gracias a los testimonios, es posible reconstruir el procedimiento que la formalizaba. La declaración expresa de la voluntad de ser vasallo de un señor estaba siendo decisiva para fundar la relación de servidumbre en el Campo, necesaria para que se expandiera el dominio de quienes competían por él. Para cualquiera de los interesados en ella la servidumbre tendría que ser el resultado de un acuerdo entre partes. Era iniciado desde la coacción, quienes se encomendaban lo expresaban verbalmente y quienes los acogían lo ponían por escrito.
Los que ejercían como representantes del señorío, durante el acto en el que se expresaba aquella voluntad, ejecutaban su preeminencia de inmediato tomando sin consentimiento bienes como cabritos, gallinas o cebada. Eran un compendio con valor simbólico de la renta que se obtendría gracias a la imposición de una fuerza. En su condición estaba ser un abuso, tal como lo corrobora la afirmación de algunas de sus víctimas cuando declaran que no percibían nada a cambio de lo que les era tomado sin su consentimiento.
El dominio que por el acuerdo verbal se obtenía al instante se instituía como poder jurisdiccional. Para que se ejerciera inmediatamente se nombraban alcaldes, quienes gracias a la designación de la que eran beneficiarios recibían la facultad de administrar justicia por deseo del señor, algo que por su naturaleza parecería legitimador; y alguaciles, sus ejecutores, presencia coactiva del poder impuesto. La fuerza que instituía estas potestades era preeminente, tanto que exponía al dictado de penas expeditivas, que a los encomendados podía llevarlos a padecer desde la cárcel hasta la muerte.
Quienes vivían en los lugares por los que se competía, que eran la parte pasiva de los acuerdos, de una o de otra manera, o de un día para otro, con el conde o con los veinticuatro, serían vasallos, una condición que los reducía a la posibilidad de ser objeto de transacción entre señores. Aparte la amenaza expresa del veinticuatro, hubo intercambios que la admitieron como algo regular. Aquel mismo 1427 un matrimonio había adquirido la aldea llamada Alcaría la Vaca, entre los ríos Chanza y Malagón, linde con Portugal, también en el Campo de Andévalo, a unos hermanos vecinos de Utrera. El objeto de la compraventa fueron sus tierras y sus vasallos.
La apelación a la compraventa de aquel lugar, que cambiaría de manos varias veces a lo largo del siglo XV, será un argumento reiterado durante los sucesivos pleitos. Para la verificación de los hechos que estuvieran en el origen del enfrentamiento lo inmediato es reconocer que en el Campo los vasallos, en 1427, eran tanto objeto de fuerza como mercantil. No podemos excluir que la segunda posibilidad fuera parte del acuerdo formal entre señor y siervos.
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