La memoria impropia

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Replicante segundo
Contradictor ocasional

Los datos que proporciona la documentación de pleno siglo décimo octavo, cuando se refiere a los censos, la fórmula contractual más explícita de cuantas sostuvieron en aquel medio el crédito, o a los que con más precisión clasifica como censos a favor, el interesado con más probabilidad los encuentra registrados en las colecciones dedicadas al asiento de los bienes eclesiásticos. Es la referencia más exacta a la cobertura del crédito en el campo, a un tiempo moral y legal, que los acreedores estaban dispuestos a confesar.

Una parte de las fórmulas utilizadas, sostenidas sobre los entramados de instituciones civiles acogidas al canon de la iglesia romana, fueron admitidas por la ley, mientras que las demás que pudieran utilizarse, sin dejar de ser legales, estarían destinadas a la ocultación del fin real del negocio contratado y por tanto no emergerían en las declaraciones de los ingresos obtenidos del patrimonio. Creemos disponer de datos que autorizan a hablar en estos términos, que en este momento pueden resultar algo herméticos.

Los redactores de aquellos documentos, en muchas ocasiones, prefirieron utilizar la palabra memoria, denominación formal de la capellanía común o simple, con un sentido contable. Para quienes así la empleaban era una clase de renta, clasificada en la categoría general de censo a favor, y aludía a cualquier modalidad de transferencia causada por aquella forma inmediata de la piedad. Concebir así la memoria estaba justificado por una sólida tradición.

Según la documentación conservada, para ingresar con frecuencia anual partidas de capital líquido, aunque fuera en cantidades modestas, un mecanismo que alimentó los fondos de las instituciones que aceptaran estos encargos fue el gravamen sobre un bien que aportaba cantidades de escasa relevancia, a cambio de la atención regular a este monumento litúrgico. Tiempo antes, alguien había decidido cargar uno de sus bienes, o todos, con la obligación de un pago, que debía parar cada año en manos, por ejemplo, de un colegio de beneficiados. Como réplica, este quedaba sujeto a dar las satisfacciones espirituales correspondientes a una memoria. Así, sobre una casa, que se había transmitido dentro de la línea de los dueños que la cargaron, en 1495 pesaba una obligación a favor de aquel colegio de 40 maravedíes al año.

Otra instantánea del ingreso de capital, que también permitían observar los documentos, probablemente descriptiva de una situación algo más evolucionada que la expuesta precedentemente, pero no del todo diferente, complicaba las relaciones. Una persona había dejado todos o una parte de sus bienes a un tercero, habitualmente instituciones como cofradías, fábricas o incluso los beneficiados de cierta parroquia. Los receptores, por efecto de la transferencia, quedaban obligados a pagar una cantidad anual al mismo colegio de sacerdotes, deducida de los bienes señalados, a cambio de la memoria, que habría sido cargada previamente sobre ellos.

Probablemente, así descrito, puede parecer algo artificioso lo que solo es un momento de un proceso administrativo. La explicación de un caso puede bastar para aclarar los términos concretos del hecho, aunque quizás no para desvelar del todo sus causas. En 1458 un hombre, a través de su testamento, legó una casa a una fábrica parroquial, con la carga de 100 maravedíes, que debía percibir cada año una corporación de beneficiados a cambio del cumplimiento de una memoria, a cuyo cargo estaba su liturgia, antes cargada sobre aquel bien. A partir de aquel momento la receptora de la donación, la fábrica parroquial, si quería disfrutar del legado tendría que satisfacer, a favor de la corporación beneficial, la cantidad anual mencionada.

Esta clase de transferencias fue una vía regular de adquisición de renta en la baja edad media. Como posibilidad más respetuosa con la letra de los testimonios, se debe admitir que la mayor parte de las donaciones recibidas en dinero por la corporación de referencia antes de 1420 fueron modestas limosnas anuales a cambio de memorias, que no obstante fueron garantizadas haciendo recaer la obligación del pago sobre un bien. De otras 26 donaciones, registradas entre 1420 y 1532, de las que sin embargo se ignoraba quiénes habían sido sus autores, a excepción de una consumada en 1508, se puede tener la certeza de que estuvieron sujetas a esta fórmula. Las cantidades de este modo comprometidas oscilaron entre los 30 maravedíes y los 1.000, aunque raramente sobrepasaron los 200. La más habitual fue 100, pero también fue muy atractiva la mínima. El grupo que los valores por debajo de 100 formaban era casi igual al que puede formarse con los que se encuadraban en la siguiente centena.

Una parte de las personas obedientes a la teocracia romana, de poderes tan sólidos que sus siervos se declaraban resignadamente fieles, a institutos complicados con ella haría donaciones, sin esperar a cambio nada distinto a las recompensas litúrgicas, y, por su medio, trascendentes y espirituales, prodigadas por aquellos. Vender ritos a cambio de una limosna garantizada por una obligación podía ser tan poco arriesgado como lucrativo. Su oferta por el cuerpo de los beneficiados, que representaba la aristocracia del clero, pudo parecer suficiente y atractiva para quienes solo desearan atender la conmemoración de su paso por la tierra o el de sus antepasados; ficción cuya recompensa, para una parte de los atrapados por aquellas creencias, pudo ser más reconfortante que el negocio más rentable. El servicio podía liquidarse anualmente, sin más compromiso que la sujeción de un bien, y la corporación no tendría más que recibir renta líquida.

Las donaciones de limosnas con garantía, por voluntad de ciertos fieles, serían la consecuencia de las excéntricas aspiraciones a mantener viva, para siempre, la memoria de su paso por la tierra. Tan loco deseo llevó a una parte de los propietarios al exceso de condenar al menos una porción de las rentas de sus adquisiciones, convertidas en patrimonio, a la inmovilidad, para que pudieran generar ingresos con aquel fin. Ninguna responsabilidad, en una decisión así, puede atribuirse al receptor. El tercer elemento, lo inmovilizado, parece una necesidad correspondiente al plan concebido por hombres extraordinariamente piadosos.

Esta modesta manera de participar en la circulación de la renta, característica de la baja edad media, sobrevivió, aunque muy atenuada. Como medio de captación, al menos en la documentación de referencia, solo reaparece en cuatro ocasiones en el siglo décimo séptimo, pero tuvo que ser un hecho consolidado, que consiguió perpetuarse, al menos para una porción de los casos registrados posteriormente.

Una consecuencia de este modo de actuar, que hubiera sido relevante para el mercado de los créditos, pudo ser que estas rentas fueran atesoradas para luego ser utilizadas como principal en una operación abierta de crédito. Casi nunca fue así. Los ingresos generados por las primeras memorias raramente sirvieron para formar capitales aptos para operar en el mercado del dinero. De haberse actuado de este modo hubiera sido necesario, al mismo tiempo, renunciar a una parte de la generación de renta cada año, lo que le quitaría sentido a la existencia de la corporación que se beneficiaba de ella.

Entre comienzos de la época moderna y 1806 quedó registrada una tercera forma de sostener la memoria, no incompatible con las precedentes, ya ensayada en la edad media. El fundador la encargaba al colegio de los beneficiados a cambio de la cesión de un capital, que se declaraba, y no de réditos, para cuya seguridad se hipotecaba un bien, con preferencia una casa. Parece absurdo y cuesta aceptarlo, y no excluimos que nuestra lectura sea errónea, pero honradamente debemos presentarlo como un hecho rigurosamente cierto. Por separado, hemos analizado una y otra vez los términos de los contratos, para verificar si nuestra interpretación era correcta, y la hemos confirmado tantas veces como hemos repetido el análisis. Hubo promotores de memorias que a cambio donaron un capital con garantía hipotecaria.

La diferencia más visible, respecto a las imágenes precedentes, es que la denominación de la cosa donada, el capital, en la documentación se conservó en reales, por razones prácticas, consecuencia tanto de su tamaño como de las nuevas circunstancias monetarias, aunque a veces se prefirió hablar en ducados. A la vista de los testimonios, de nuevo se llegaba a la convicción de que lo que en esta ocasión nos permitían ver los documentos era otro momento procesal de una clase similar de operaciones, y así lo discutimos reiteradamente, a partir de aquella observación.

De la misma manera que, para los tiempos precedentes, hubo donaciones de rentas en sentido propio, aunque resulte más complicado detectarlas, una vez ideado el procedimiento para transferir rentas garantizadas, la posibilidad de seguirlo a la letra quedó abierta y fue seguido en proporciones superlativas; como si gracias a la ley de amnistía, concebida para garantizar la impunidad a quienes cometieron delitos contra los derechos humanos, hubieran salido de las cárceles la masa de los desorientados por sus convicciones, activistas en favor de mejores condiciones para la iniciativa política que a causa de su ineptitud habían caído en manos de la policía.

No se debe excluir esta enajenación transitoria ni negarle racionalidad, dado que todas las razones proceden de la moral y la moral afortunadamente nunca ha sido invariable. Supuesto que tras la muerte el alma puede disfrutar de una vida celestial, y que los sufragios allanan el camino para los que aspiran a este bien, invertir algún dinero en misas post mortem pudo parecer una decisión correcta. Nadie podrá negarle rigor económico a semejante manera de pensar.

Ocurría por último que de otras casi treinta iniciativas a favor de la misma institución, tomadas entre 1647 y 1783, solo podía decirse algo similar a lo que ya habíamos observado para las donaciones de capital de la época moderna, no exactamente lo mismo. Aunque quienes suscribieron el capital registrado, a partir de aquel momento, quedaron inscritos como fundadores de sus respectivas memorias, como origen del capital solo hacían referencia a la imposición de aquella carga sobre un bien, no a la procedencia de la cantidad que constaba como capital. Esta versión de la fórmula, más allá de los detalles de forma, para los ingresos regulares de la corporación no dejaba de ser similar a la más antigua. En efectivo, la cantidad que cada año ingresaba también la suministraban las rentas deducidas de cada donación.

La vigencia de esta manera de actuar pudimos confirmarla a través de la contabilidad del convento de referencia. De una parte de los capitales a él donados, activos como fuente de renta en la primera mitad del siglo décimo octavo, el ingreso efectivo que conseguía la institución también era solo el rédito anual, garantizado por el correspondiente bien, capital tangible en caso necesario. Era posible que el procedimiento prolongara su vida hasta más tarde, aunque tampoco esta corriente alimentó la constitución de capitales. Así lo demostraba la misma contabilidad para el tiempo en el que concentrábamos la atención. La renta donada con garantía hipotecaria, de ingreso anual, no repercutía en el fondo destinado al negocio crediticio sino en la caja del gasto corriente.

Recapitulados todos estos hechos, nos quedaba una duda.

Si al menos una parte de las donaciones hubiera exigido la condición hipotecaria, para a cambio hacerse responsables del encargo espiritual, habrían forzado la voluntad de los donantes con su apetencia de lucro, para que las alentaran con el incentivo de un bien en perspectiva. No era admisible suponer moral de comerciantes a instituciones con fundamentos en la piedad. Tendría más sentido que tales hipotecas pudieran estar inducidas por una compra de crédito, que usara las fórmulas asociadas a la donación, para completar su curso legal. Bastaría este detalle para que todo pareciera más sensato.

En el origen de esta idea, verbalizada por fin, tras varias discusiones, no siempre frías y desapasionadas, estuvo que no dejó de sorprendernos, en el transcurso del análisis de las memorias, la uniformidad en las decisiones piadosas. No solo para las activas a mediados del siglo décimo octavo. Era aún más evidente que las cantidades que era necesario liquidar cada año por las fundadas durante la edad media, a favor de la corporación de los beneficiados, se repetían con excesiva rigidez.

No tenía sentido que todos los donantes tarifaran su piedad con idénticas cantidades. Ensayamos diversas explicaciones a un comportamiento tan gregario. La que finalmente resultó más satisfactoria fue la que tomó como premisa que los gravámenes impuestos sobre los bienes causados por las memorias tenían la misma forma que los réditos, la liquidación anual de los intereses crediticios, que para entonces ya conocíamos con suficiente solvencia. Si actuábamos con ellos como si lo fueran, aplicándoles unos tipos tentativos, obteníamos, para las tres cuartas partes de las operaciones, valores idénticos a los principales que efectivamente se comprometían durante la época moderna, de los cuales ya teníamos también información detallada.

Las cantidades donadas como réditos, salvo excepciones, podían ajustarse a los intereses que debían liquidar anualmente los préstamos que cotizaban en el mercado del dinero; de la misma manera que la expresión nominal de los capitales de las casi treinta iniciativas de esta clase a favor del colegio de los beneficiados, tomadas ya entre 1647 y 1783, también, sorprendentemente, se ajustaban a las cantidades tipo de los créditos habituales. Así pues, cabía dentro de lo posible que bajo esta modalidad se hubieran negociado, además de servicios religiosos, cesiones de dinero por cantidades predeterminadas cuyo auxilio financiero fuera necesario.

Las sospechas a favor de esta posibilidad se fueron acumulando, al principio incrementadas por la parte que permanecía a oscuras, que alentaba los peores presagios, como ocurre con las pesadillas.

Pudimos documentar que una fábrica parroquial, que había recibido un bien por el que tendría que pagar al cuerpo de los beneficiados 80 maravedíes cada año, en 1514 admitió que aquella carga era indefinida, calificación que durante toda la época moderna fue compartida por una clase de créditos.

Al principio quisimos creer que el documento pudo expresarse en aquellos términos porque el encargo recibido por los beneficiados, la memoria, iba marcado por el deseo de perpetuidad. No podíamos tomar solo una afirmación procesal como prueba concluyente de que las creencias en el más allá estuvieran envolviendo comercio de dinero.

Pero se daba otra circunstancia que hacía recaer en la misma sospecha. Todas las memorias medievales analizadas, 31, se mantuvieron activas hasta 1817. Entre la fecha de origen de cada una y este momento final, decidido por nuestras fuentes, todas, con escasísimas modificaciones (solo dos fueron reducidas en 1785), pagaron año a año las rentas que debían. Por tanto también fueron pagos, ya que no infinitos, indefinidos, como los que respetaban por siglos quienes habían recibido la obligación de un crédito cuya liquidación definitiva no había sido prevista. Sin embargo, igualmente era posible replicar que en esto no se hizo más que cumplir con lo que había instituido la devoción.

Aun así, había más. Una parte de las cargas añadían, al dinero que era obligado liquidar cada año, un complemento en especie, siempre una o dos gallinas. En el lenguaje contable de la época a la que nos referimos, que aplicaba nuestra corporación, este concepto se llamaba adehala. Estaba concebido como un suplemento gracioso, no exento de obligación servil, agregado por el pagador al precio que para la transacción se hubiera acordado en un contrato, que llegaba a precisar, cuando se trataba de animales, si debía satisfacerse en vivo o en su equivalente metálico. Los contratos de arrendamiento de las tierras habitualmente la incluían. No veíamos cómo, si la adehala era la prolongación de un precio, pudo ser el complemento de una donación en metálico.

Llegados a este punto, la garantía hipotecaria, como parte de una donación, definitivamente nos pareció poco justificable. La transferencia directa de un capital, como se documenta con facilidad más adelante, podía ser bastante para satisfacer el sufragio y al mismo tiempo las aspiraciones de perpetuidad, sin por ello cargar obligaciones sobre otro bien. Al contrario, el ingreso anual comprometido, en todos los casos que parecían inconsecuentes, estaba asegurado por al menos una propiedad inmobiliaria, que en tres de cada cuatro era una casa.

En una ocasión el acuerdo sobre la supuesta donación mencionaba el derecho de retracto, a favor de los beneficiados, en caso de que el dominio sobre la casa cambiara de persona o institución, una reserva que también se aplicaba a las garantías crediticias.

Además, en las iniciativas de comienzos del décimo sexto eran frecuentes las referencias a la formalidad de la escritura de obligación, justificada por el recurso a la hipoteca, y para referirse al origen de la carga impuesta, las fuentes explicaban que procedía de un tributo, palabra también reservada para referirse a una de las formalidades crediticias. Y lo que parecía aún más directo: para identificar la carga misma siempre hablaban explícitamente de rédito, nombre común de los intereses de cualquier crédito.

En 1532 el poseedor de una casa que soportaba una de estas cargas fue requerido por vía ejecutiva al pago de las anualidades vencidas, lo que dice poco a favor de sus convicciones piadosas. En 1550 otra carga fue aceptada por el doble del valor que tenía a principios de aquel siglo, mucho después de que su promotor, ya desaparecido, pudiera duplicar su preocupación por la vida de ultratumba. En 1565 las religiosas de un convento heredaron a un hombre que en 1514 se había obligado a tres de estas donaciones, cada una garantizada con un bien distinto. Hacía singular el último caso que uno de los avales era una casa de otro, que luego las religiosas reconocieron como propia. El absurdo se podía resolver si interpretábamos que la operación avalada por aquel edificio pudo destinarse, de acuerdo con su dueño, a conseguir por vía de crédito dinero para su adquisición.

Por último, una parte de estas memorias comprometía, como garantía hipotecaria, el mayorazgo o el vínculo. No tendría sentido, por las consecuencias en las que puede desembocar la obligación hipotecaria, arriesgar el patrimonio al que una familia había concedido preferencia a cambio del culto a los antepasados. La necesidad de dinero líquido era una razón que partía con mejores condiciones para explicar una decisión tan delicada.

Todas estas situaciones podían admitirse como pruebas a favor de la idea que había ido decantando el análisis: que las memorias pudieron proporcionar la mejor cobertura para acceder al crédito. Eran lo bastante razonables para admitirla, y sobrepasaban, por su integridad, a las que pretendieran aceptarlas solo como un pacto piadoso. Al menos una fracción de las donaciones en dinero catalogadas como memorias, de liquidación anual, desde la baja edad media pudo incluir una operación de crédito.

Era posible que esta interpretación de los hechos no fuera del todo correcta. Tal vez habían escapado a nuestra atención circunstancias específicas en las que la garantía hipotecaria era exigible por la norma civil. Quizás pudo ser una de ellas el encargo de una memoria.

Admitir la duda permitió una de las discusiones más vivas entre nosotros.

–Para toda clase de acuerdos se podían exigir las garantías que se formalizaban con las llamadas obligaciones. El administrador de unos bienes o el mayordomo que gestionaba los fondos de una corporación, los padres de un colegial, los tutores de un pupilo, entre bastantes más tipos que podríamos mencionar, habitualmente se veían en la necesidad de suscribir una escritura de obligación, por la cual, una vez comprometidos a responder de ciertas cantidades de dinero que llegaban a sus manos, procedentes de cualquier clase de renta, debían garantizarlas con todo o con parte de sus bienes. Incluso quienes con ellos se prestaban a formar una sociedad, comprometida por el mismo encargo, justamente se solían constituir en grupo financiero solidario obligando mancomunadamente sus bienes.

–La memoria que hemos detectado era distinta. En el acuerdo que la hacía posible intervenía, además de una cantidad de dinero y un bien garante, un tercer elemento, las misas que debía atender el clero.

–Que serían el equivalente a los réditos.

–Innecesario si se hubiera suscrito un crédito común. Para contratarlo bastaba con comprometer contractualmente una determinada cantidad de dinero a favor de una institución que dispusiera de los depósitos que aseguraba la inmovilización, garantizándola con un bien. La cantidad comprometida era la que se había recibido de la entidad y el bien su correspondiente garantía hipotecaria.

“Cuando en los documentos se lee que alguien impone sobre un bien cierta cantidad a favor de una institución eso significa que el dueño del bien ha tomado de ella tal cantidad para cuya garantía obliga aquella parte de su patrimonio. Bajo aquellas condiciones, nada había que forzara a complementar el pago de los réditos con el encargo de unas misas, esfuerzo clerical inútil si se operaba con los réditos abiertamente.

–La memoria, como era una capellanía elemental, podía generarse de la siguiente manera. Alguien decidía fundar unas misas, de las que hacía cargo a una corporación. Para que se dijeran adjudicaba una determinada cantidad, para cuya garantía señalaba un bien. Era una obligación elemental, en todo similar a la que recaía sobre el bien destinado a sostener una capellanía del rango mayor o un convento. Era el origen de una inmovilización de ahorros idéntica. La única diferencia entre unas y otras modalidades era de tamaño de la cosa donada, en este caso la cantidad.

–Ah, ¿sí? ¿La cosa donada es la cantidad? ¿No es el bien garante? Entonces ¿cómo sí lo es en el caso de los vínculos o los conventos? ¿Cómo las donaciones que garantizan en estos casos la inmovilización no necesitan de ninguna garantía añadida? Quien inmovilizaba bienes para que sirvieran al sostén de un convento no debía garantizarlos además con otros bienes.

–Las escrituras responden con claridad: el bien debía asegurar la percepción de la limosna. Era el mecanismo inmovilizador.

–Réplica que reitera un argumento ya neutralizado. Más directo sería pensar que se trataba de una operación idéntica a un acuerdo crediticio. Se tomaba una cantidad de dinero y a cambio de él se pagaban unos réditos, para cuya garantía intervenía un tercer elemento que era el bien hipotecado. Se había tomado un dinero y a cambio se fundaban unas misas, cuyo precio, conceptuado como limosna, podía ser, no el del servicio religioso, sino el de los réditos, y como era habitual en cualquier operación crediticia se ofrecía como garantía un bien. Así de sencillo y así de razonable.

También es cierto que cada cual podía comprometerse, en cualquier clase de contrato, con las garantías que creyera oportunas. Quien así lo quisiera podría imponer sobre sus bienes las obligaciones que le parecieran adecuadas. La hipotecaria, en esta clase de intercambios, también pudo ser una exigencia de una de las partes o una condición libremente acordada por los contratantes.

Hasta ahora no hemos detectado el menor indicio sobre que las cosas, para las memorias sobre las que discutíamos, pudieran suceder así, y al contrario nos parecía concordante con cuanto habíamos podido averiguar la conclusión a la que habíamos llegado. Las creencias sobre la migración de las almas no resolvían la evidencia abrumadora, el recurso a la hipoteca en los compromisos referidos al culto de los antepasados.

Aunque la responsabilidad que cupiera a la hipoteca en estas transacciones estuviera justificada por razones distintas a la crediticia, que limosnas y donaciones, para los mismos periodos, fueran idénticas a los réditos que era necesario liquidar cada año, o a los principales con los que habitualmente se comerciaba, eran hechos activos a favor de la intromisión del mercado financiero en el medio de la piedad trascendida a memoria.

Para quienes necesitaran un crédito y supieran a quiénes podían acudir para que les proporcionaran capitales, la carga con una hipoteca a cambio del préstamo encubierto por la memoria pudo tener más demanda que el réquiem inmaculado, aunque fuera solo porque era menos generoso para cualquiera de las dos partes.

Se podía demostrar que el colegio de los beneficiados, a la vez que acordaba la clase de memorias que estábamos analizando, recibió donaciones de capital a cambio de otras que no obligaban a hipoteca alguna.

Desde que comenzó sus negocios, probablemente en el siglo décimo cuarto, tiempo de dificultades afrontadas con recursos institucionales abusivos, dispuso de capital líquido porque una parte de las responsabilidades que le fueron encomendadas fueron dotadas con dinero. No es fácil, para la época más remota, hablando en términos documentales, conocer todos los casos en los que pudo suceder algo idéntico, aun limitándonos a la misma corporación. Entre las donaciones más antiguas con seguridad hubo un par, una con toda certeza de 1321, cuyos bienes fueron originalmente dinero. La siguiente donación de esta clase de la que tampoco se puede dudar fue hecha en 1420, fecha posterior al origen de este cuerpo de clérigos al menos un siglo. Una parte de sus posesiones originales, porque así lo habían decidido los fundadores, así como se habían materializado en tierras o edificios, eran capitales igualmente sujetos a las obligaciones de la inmovilización.

El dinero que fuera recibiendo el instituto por esta vía, que hubiera llegado a sus manos antes de 1420, ya se vería en la necesidad de ser cedido para su uso, lo que equivale a decir que pudo ser activado como principales de créditos. De lo contrario, se consumiría sin generar renta.

La instantánea documental más sencilla, según la cual alguien garantizaba una renta anual a favor de la institución sujetando un bien, podría explicarse muy bien si representara la vigencia de un crédito indefinido cuyo bien garante permaneciera bajo control de quien había suscrito el crédito o sus herederos, que habrían aceptado, para mantener la posesión de la cosa, el deber que había de soportar la carga. La siguiente que retenían los documentos, que podríamos llamar triangular, por la que alguien, o con más probabilidad una institución, estaba en la obligación de satisfacer una renta en concepto de memoria, podría registrar una situación derivada. El bien garante del crédito habría sido transferido. Para su disfrute, al aceptarlo, los receptores se habrían responsabilizado de la obligación de pagar los réditos derivados del compromiso en el que hubiera incurrido antes el solicitante de un préstamo, quien habría decidido garantizarlo con aquel bien.

Si más adelante, para al menos una parte de las memorias con garantía hipotecaria acordadas entre 1420 y 1532, el capital no era el bien fundacional, sino los réditos, también tendríamos que concluir que su origen pudo ser un dinero previamente existente, luego aventurado a las oportunidades del mercado financiero. Y dado que de todas las supuestas donaciones de aquel periodo, menos una, responsables del origen de una memoria, se ignoraba quiénes habían sido sus autores, la extinción de las identidades podía suponerse una consecuencia de que los principales objeto del préstamo habían sido devueltos. Luego de la práctica totalidad de las memorias suscritas en la baja edad media que habían dejado rastro documental se podía admitir que fueran memorias ficticias.

La instantánea que se documentaba con más facilidad para la época moderna, que consistía en donar a cambio de una memoria un capital, garantizándolo con un bien, representaría la versión más inmediata a la suscripción de un préstamo. El capital donado sería el principal, la satisfacción de los gastos de la memoria los intereses y el bien la garantía hipotecaria.

Como causa de esta orientación administrativa del negocio, más explícita, se podía sospechar que en el mercado al alcance de los beneficiados, a partir del siglo décimo sexto, las circunstancias del intercambio financiero empezaron a variar porque desde entonces se hiciera sentir la influencia de un competidor, posiblemente el crédito redimible, que analizamos más adelante. Para mantener la posición en él pudo ser necesario aceptar esta variante del contrato, lo que permitiría que las nuevas inversiones de los principales más antiguos se mantuvieran hasta fines de la época moderna. El curso de las otras casi treinta iniciativas tomadas entre 1647 y 1783, de las que no constaba el origen de su capital, confirmaría que estos contratos pudieron proceder de una donación de dinero.

Creímos que era legítimo concluir que la corporación de referencia, durante su primer siglo de existencia al menos, porque recibiera donaciones que le permitieran arriesgar en el negocio financiero, pero también porque se viera tentada a invertir en créditos alguna porción de sus rentas, o porque pudo prestarse a servir de cobertura legal, como mediadora, a gente interesada en invertir en créditos, prefirió operar abiertamente con el dinero en el mercado de los préstamos. Para darles cobertura legal, pudo someter la liquidación anual de los réditos a las obligaciones de la memoria. El encargo de misas y vigilias, cuando se trataba de la cesión de dinero, daría cobertura, en algunos casos y durante algún tiempo al menos, a los intereses. La fórmula, para esta parte del patrimonio de la corporación, seguiría utilizándose de manera preferente hasta principios de la época moderna.

El cuerpo de los beneficiados transformó sus bienes, cuando fue necesario, para que sus rentas adelantaran, al tiempo que siempre se atuvo a la obligación derivada de ellos. La devolución del principal no extinguiría en modo alguno el deber de las celebraciones que cada año hubiera encargado el fundador. El compromiso no sería el mismo cuando, como ocurría en los casos que analizábamos, la obligación no estaba asociada al principal sino a los réditos. Devuelto aquel, estos se esfumaban, y con ellos cualquier obligación indefinida, nunca infinita. Parecía un azar extraordinario que las fundaciones de las que se habían perdido las referencias de sus orígenes estuvieran relacionadas con la donación de dinero. Para dos tercios de los casos observados, porque actuaban desconociendo su origen, su antecedente sería este. Tal como los principales iban siendo redimidos, la memoria se extinguiría y el capital retornaría al mercado.

El colegio de los beneficiados, en posesión de importantes rentas, habría vendido sus misas, vigilias y procesiones al precio de los intereses que regían en el mercado del crédito. Su compra con esta tarifa sería la preferida por algunos de los que quisieran acceder a un crédito formalizado, y podían aspirar a él porque disponían de un bien que hipotecar. Así adquirían el capital que deseaban, objeto principal de la operación, salvaban su conciencia y el clero beneficial justificaba su intervención en el negocio.

Cuando dimos por concluido este análisis, nos atrevimos a definir lo que por último habíamos decidido denominar memoria impropia. Sus elementos han sido reiterados. El capital donado era en realidad el reconocimiento de una deuda, de ahí que fuera necesaria la garantía de la hipoteca; y el pago de la limosna anual, justificada por los servicios religiosos que prestaba el clero, la liquidación anual de los intereses correspondientes. Llegados a esta conclusión, nos pareció lo más importante enfatizar que pudo existir gracias a que era posible su convivencia con la recta o propia. Poner en duda esta equivaldría a negar la posibilidad de que existiera aquella.

Dado que la memoria impropia obligaría a tomar una decisión sobre el culto a los antepasados, o incluso al propio suscriptor, en un documento específico, distinto al testamento, no sería inadecuado observar bajo esta luz todas las fundaciones inmovilizadoras, de la clase que fueran, originadas en vida de sus promotores y no a través de mandas. Partiendo de esta posibilidad, se podría admitir que aquellas instituciones, de cualquier clase, creadas en vida de sus promotores, igualmente pudieron ser impropias porque buscaran ponerse al servicio de otros negocios implícitos. Como destinar a un fin los ahorros era tanto como crear depósitos autónomos, bastantemente garantizados por las leyes reguladoras de la inmovilización, en un medio donde no era fácil habilitar otros cauces para disponer con fluidez de esta clase de recursos, cada obra autónoma, o previa al dictado de las últimas voluntades, que tuviera aquellos efectos, podía facilitar un fecundo tráfico de compromisos de pago consolidados.

En más de dos tercios de los casos documentados los vínculos fueron creados en vida de su promotor, mediante un acto particular. También la fundación de las capellanías autónomas solo en una cuarta parte de las ocasiones fue consumada a través del testamento. Quienes así actuaron habían optado por conservar hasta el final de sus días los bienes que desviarían hacia la institución, cuyo origen sería por tanto propio. Los demás, que pudieron ser la mayoría, porque prefirieron completar la segregación en vida y ver cómo la disfrutaba quienes habían designado su nuevo titular, la formalizaron a través de un instrumento específico. Tales concesiones, de ser impropias, pudieron ser garantes de un compromiso que los titulares de los bienes contraían, mediante la firma de la respectiva escritura, correspondientes a una transacción, y así además extenderían en ondas concéntricas, por absorción de los patrimonios obligados, las seguridades que para los ahorros llegados a depósitos proporcionaba la inmovilización.

Aunque tampoco faltaron espíritus muy calculadores. Un hombre separó su decisión de su riqueza, y primero fundó la capellanía y después, a través del testamento, le otorgó los bienes que le correspondían.


Origen de la vida levítica

Redacción

Estaban los judíos sufriendo su esclava existencia en Egipto cuando emplazó Yavé a Faraón. Le dijo que Israel era su primogénito y que debía dejarlo en libertad para que le diera culto. “De lo contrario –amenazó– mataré al tuyo.”

El señor de Egipto se negó a obedecer lo que Yavé le ordenaba. Tan poderoso y arrogante como debía ser, ni siquiera estaba a su alcance la idea de que alguien, dios o mortal, pudiera apremiarlo con un deber. Nada hizo. Desconocía el poder de la ira de Dios.

Cumplió Yavé su amenaza con creces. Murió en el país todo primogénito, desde el primogénito de Faraón, que en su trono se sentaba, hasta el primogénito de la esclava encargada de moler el trigo, hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como todo primer nacido del ganado. Mas todos los primogénitos de Israel quedaron a salvo. Porque también Yavé había decidido esto.

A consecuencia de aquel severo castigo, Faraón supo que un poder mayor que el suyo existía. De inmediato Israel quedó libre.

Pero he aquí que Yavé exigió una compensación a los liberados. Si había protegido a los primogénitos de Israel, aquel afortunado día en que hirió a los de Egipto, fue porque a cambio de la libertad quería consagrarlos a Él, todos, tanto los de hombre como los de ganado.

Terrible decisión. Perdida ya la memoria de los ritos ancestrales, habituados a las relajadas costumbres de los hombres del Nilo, ahora vueltos a la libertad, para conmemorar el fin de la esclavitud debían instituir una condena. A partir de aquel momento los israelitas tendrían por obligación consagrar a Dios todo primogénito varón o macho, fuera de hombre o de animal, todo el que abriera el seno materno.

Empezó la conmemoración del castigo a Egipto y la libertad de Israel. Los judíos sacrificaron a Yavé todo lo que abría el seno materno. Todo primer nacido, el primogénito de los hijos, el de las vacas y el de las ovejas, si era varón o macho, pertenecía a Yavé. Podía estar hasta siete días con su madre, pero al octavo había que entregarlo. Pertenecía a Yavé y debía entregársele.

Pero ocurrió que el pueblo judío, de camino a la tierra que Yavé les tenía reservada, cayó en la idolatría. No consintió su dios aquella deslealtad.

Por fortuna, los hijos de Leví pronto se dieron cuenta del sacrilegio. Al instante se pusieron a las órdenes de Yavé. Cada uno su espada se ciñó al costado. Recibieron el encargo de pasar y repasar por el campamento del pueblo desenfrenado. Debía cada uno matar a su hermano, a su amigo y a su pariente.

Con sumisa obediencia cumplieron la dura obligación. Aquel día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.

Pero para gloria de Israel, también aquel mismo día, los hijos de Leví, como premio a su lealtad, recibieron la investidura como sacerdotes de Yavé; cada uno a costa de sus hijos, cada uno a costa de sus hermanos.

El escarmiento había sido bastante. El pueblo quedó arrepentido de su pecado. Yavé decidió recompensarlo. Pero fue a costa de los sacrificados hijos de Leví, que otra vez dieron muestra de su generosa entrega y de su capacidad para sufrir. Los primogénitos de los israelitas, los que abren el seno materno, ya no se le entregarían más. Lo concedía a cambio de la tribu de Leví.

Así lo decidió Yavé y con esta justificación fueron cargados con tan pesado deber. Los levitas fueron para Él porque todo primogénito le pertenecía, fueron tomados para Yavé en lugar de todos los primogénitos. Y hasta el ganado de los levitas fue tomado en lugar de todos los primogénitos del ganado de los israelitas.

No obstante, Yavé no se los llevó al momento. Con generosidad los cedió como donados, para que sirvieran de intermediarios y guardia. Deberían permanecer indefinidamente, en exclusiva, en el sacerdocio.

Quiso Moisés ejecutar con justicia aquella transacción. Los primogénitos varones de los israelitas que tuvieran de edad un mes o más debían ser registrados por sus nombres. Así se hizo bajo la dirección de aquel sabio varón. El registro de todos los primogénitos de los israelitas, el primero de esta clase que se hacía, dio como resultado la cifra de 22.273, todos varones de un mes para arriba.

Pero era que entonces los levitas sumaban 22.000 exactamente. Si los de aquella tribu habían sido tomados por Yavé a cambio de todos los primogénitos, el cambio no era del todo equitativo. A los hombres en la tierra les corresponde ajustar las pequeñas cifras. Hasta ahí llega su idea de la justicia. Los grandes números son de un orden que los excede.

Entre unos y otros vieron que la siguiente composición resultaba buena. El resto 273, número en que los primogénitos sobrepasaban a los levitas, sería rescatado. Bastaría con pagar cinco siclos de plata por cabeza, abono al que estarían obligados los que obligados estaban a entregar sus primogénitos.

Para entonces los hijos de Leví ya eran responsables del santuario, el servicio principal del sacerdocio que sobre ellos había reacaído. Entre sus prudentes decisiones domésticas estaba la del siclo del santuario. Habían acordado que fuera de veinte óbolos, veinte óbolos por siclo. La previsión resultó feliz. Entregaron, quienes obligados estaban al rescate, 1.365 siclos de plata, siclos del santuario. Los recibieron los sacerdotes, que eran sus cuidadores.

Pronto se vio sin embargo que el problema del principio permanecería indefinidamente. Así como el grupo de los levitas sería reemplazado, generación tras generación, por razones biológicas, y su número podría permanecer aproximadamente constante, por las mismas razones siempre habría nuevas criaturas cuyo seno sería abierto por primera vez. La necesidad del rescate se renovaría cada día. Pareció lo más prudente reconocer la evidencia. El rescate, al principio una transacción, quedó instituido como un deber.

Para lo sucesivo quedó acordado que el primogénito del hombre podía rescatarse al mes de nacido. Su valor sería de cinco siclos de plata, siclos del santuario, que eran veinte óbolos. Era la única tarifa del principio, y permaneció invariable. No obstante, ningún ser humano consagrado como anatema podría ser rescatado, debía morir. Era declarado anatema quien no que se consagraba de modo absoluto a Dios. Su usufructo pertenecía a los sacerdotes.

A partir de entonces también pudo rescatarse el primer nacido de un asno. En este caso habría de cambiarse asno por cordero; de lo contrario, debía desnucarse.


La marginación de las tierras

Redacción

Era plena primera mitad del siglo XVIII, mes de septiembre. La asamblea de un municipio, a iniciativa de su cuerpo de labradores, decidió vender 1.000 fanegas de tierra de baldíos. Para hacerlas atractivas, se proyectó acotarlas y cerrarlas, así como adehesarlas. Se pretendía ofrecerlas en el mercado como tierras a pasto y labor, la forma de la unidad productiva agropecuaria más abierta posible.

Para acotarlas había que rodearlas con una linde o seto, mientras que para cerrarlas era necesario excluir el tránsito indiscriminado o abierto. Adehesar obligaba a entresacar la vegetación espontánea que hubiera sobrevivido en ellas, para que se mantuviera selecta y abierta la arbórea y desapareciera cuanto fuera posible la arbustiva, en beneficio de la herbácea. Para conseguir este efecto, la degradación del bosque tenía que consumir años, por lo que es presumible que la condición de dehesa aquellas tierras ya la hubieran alcanzado.

Así como esto último, a quienes tuvieran capacidad para explotarla, los labradores, no les oponía ninguna dificultad, acotar y cerrar, en su opinión, que llegó nítida hasta la asamblea, obligaba a que el comprador llegara a un acuerdo con las poblaciones que tenían hermandad y comunidad de pastos con el municipio, porque la hermandad, en caso de que el proyecto se consumara, sería nula en las tierras segregadas. Por tanto, era conveniente que los propios, nombre genérico del patrimonio municipal, avalaran la venta, incluyendo la responsabilidad de hacer frente a cualquier compensación a quienes vieran defraudados los derechos sobre el uso del suelo adquiridos anteriormente.

Con la venta se pretendía resolver un doble problema financiero. El municipio, responsable del pago de los servicios a la corona, o totalidad de las obligaciones contributivas civiles de la población, había acumulado atrasos en su debida liquidación periódica. Como por otra parte, para efectuar pagos anteriores de los mismos servicios, habría sido necesario suscribir créditos, se aspiraba a levantar sus principales.

Para enajenar el patrimonio local, y especialmente las tierras baldías, era necesario disponer de la autorización de la corona llamada facultad. Así se actuaba porque a la institución monárquica correspondía íntegramente el dominio de los baldíos, propiamente conocidos como baldíos de la corona, y siempre el prevalente en cualquier clase de espacio.

Ya tres años antes, a fines de septiembre, el consejo de Castilla había concedido al municipio la facultad para vender aquellas 1.000 fanegas de tierra que ahora, otra vez, se querían vender.

Entonces no se había consumado el proyecto porque las urgencias a las que se pretendía hacer frente con aquella fórmula habían pasado. El desabastecimiento de los mercados del grano había sido extremo. Con el ingreso que se obtuviera, se proyectaba hacer frente a las compras que fueran necesarias para recuperarlos. Afortunadamente, antes de proceder a la liquidación del patrimonio público, se había asegurado el abasto de la población, a base de granos ultramarinos, gracias a una contrata muy favorable suscrita con una casa de comerciantes holandeses naturalizados, a cuyo frente estaba entonces Francisco Clavinque. Además, se había pasado el tiempo de la sementera, que se juzgaba el más favorable para sacar al mercado unas tierras de aquellas características.

Entonces fueron tasadas las 1.000 fanegas en un mínimo de 18.000 ducados, o 198.000 reales de cuenta. Ahora, su aprecio se había hecho durante el mes de agosto. Había estado a cargo de un medidor local y de otro que trabajaba tanto para el cabildo civil como para el eclesiástico de la capital. Calibraron la superficie, la aptitud de las tierras tanto para la siembra como para pasto de ganados mayores y menores y el sitio donde se encontraban.

Con estos criterios, el medidor procedente de la capital apreció la fanega en 200 reales de cuenta, si quedaran baldías y libres para el aprovechamiento de los pastos por los partícipes y comuneros; y en 300 reales si fueran acotadas y sembradas. El medidor local, por su parte, las apreció en 20 ducados, o 220 reales, si quedaran baldías y comunes, y 30 ducados o 330 reales si cerradas y acotadas. El mismo aprecio que el medidor local hicieron dos labradores de la población, que actuaron como peritos, y dos de los veedores de campo municipales.

La venta de las 1.000 fanegas de tierra se pregonaría en la población, en la capital y en el primer mercado litoral de la región durante quince días, tiempo a lo largo del cual serían admitidas todas las posturas y mejoras. Para evitar complicaciones, finalmente se había decidido ofrecerlas con la condición de que quedaran libres para el aprovechamiento de los pastos, una vez alzados los frutos, para los partícipes y comuneros que sobre ellas tenían adquiridos derechos. Además se prescribió que, en caso de que la venta se consumara, introduciría las tierras en el circuito del espacio cultivado mediante un obligado ciclo inicial de barbecho y labranza.

El pregón se inició en los lugares previstos con el mes de septiembre y era el 30 y aún no había aparecido ningún licitador.

Los labradores que habían patrocinado la iniciativa creían ver tres causas del retraimiento. Primero, la angustia del tiempo y estrechez de las almas en todos los lugares de la región. La segunda, la diferencia de precio entre la tasación de tres años antes, que no llegaba a los 200.000 reales (198.000) y la actual, que había previsto un máximo de 330.000. Por último, como se había asociado a las tierras el calificativo de baldías, creían que se había dado a entender que debían quedar libres para el aprovechamiento de los pastos, cuando en realidad el respeto a este derecho solo se mantenía para los partícipes comuneros, y no para los vecinos de la población, para los que quedaban cerradas, y solo si no llegaran a un acuerdo con el comprador. Por lo que se refería al ganado de labor, creían que esta prevención era infundada, porque todo el activo tenía señalada su dehesa, que igualmente estaría al servicio del que se empleara en la labor que se hiciera en las tierras que se ofertaban.

El 30 de noviembre siguiente fueron rematadas en 270.000 reales de vellón, pagaderos en el plazo de tres días. Las había comprado el cabildo catedralicio de la capital. El 2 de diciembre, en la población, efectuó la compra un presbítero, de orden de aquel clero capitular, que para esta ocasión actuaba como administrador perpetuo de la dotación fundada en la catedral por el obispo de Segovia. El 30 de diciembre, de los 270.000 reales, todavía debía 70.000.


Pronóstico del tiempo II

C. Baines

-¿Sabe que hemos despertado mi apetito, a poco que unos pasos nos han oxigenado? -dice, ya ante la mesa de la acogedora taberna vecina-. Tomaré algo. Camarero, ¿es usted tan amable, por favor?

La etiqueta que el juez mantiene con David, al que trata por lo menos en un par de ocasiones al día, solo por su apariencia podría interpretarse como un modo de fijar las distancias y levantar barreras. Quien lo conozca tan bien como el propio David, con quien se relaciona desde hace décadas, sabe que es el gesto de mayor respeto hacia su persona que el camarero recibe cada jornada.

-La condición nubosa -prosigue, ya con su plato por delante- cualquier banda la adquiere gracias a la delicuescencia que fluye desde los centros de baja presión. Por muchas borrascas que haya en una misma familia, su condición, temperamental e impulsiva, les impide actuar como encubridoras. Al contrario, es más probable que sean un estímulo para la precipitación. La propiedad nubosa está en el ser de todos los bancos de niebla, invisible por evidente. De ahí que sea el centro de presión el núcleo de la formación de las bandas.

-¿Cree que los bancos pueden estar interesados en la existencia de las bandas? ¿que los centros de presión se atrevan incluso a promoverlas?

-¿Qué haría una caritativa asociación de lucha contra la malaria si la enfermedad, inopinadamente, se extinguiera? Sería catastrófico para ella. El equilibrio espiritual de sus afiliados quedaría deshecho. ¿A dónde dirigirían su tierna conmiseración? Y los hospitales que atienden la enfermedad ¿qué sería de ellos, de sus empleados? ¿Sabe cuántos enfermos por este contagio hay regularmente? Millones. ¿Qué cantidades de trabajo y suministros demandarán? ¿Y qué me dice de la más altruista promoción y reparto de su vacuna? ¡Necesita que la enfermedad exista!

“¿Depositaría usted sus ahorros en un banco, si tuviera la certeza de que en su casa no corren peligro? Salvo que deseara, por su mediación, entrar en negocios, ser el único que puede tomar decisiones sobre la riqueza propia siempre será motivo de mayor confianza. Si se comparte, aunque sea de forma limitada, es porque no se tiene la seguridad de mantenerla a resguardo. Nada como un clima de abundantes precipitaciones para que los bancos sean imprescindibles.

“Confiarlas a bandas permite esperar que estén bien organizadas y sean regulares. “Mañana otra banda nubosa recorrerá el país”, pronostica una y otra vez, sin miedo al error, el parte diario. Incluso faculta para prever sus movimientos. “Por el norte entrará una banda nubosa”, afirma en otras ocasiones la misma fuente. Disponer del orden de la banda amplía los efectos de las precipitaciones, si se alcanza a enviarlas alineadas en sucesivos frentes, como regularmente ocurre en aquellos territorios. Actuar encubiertas, gracias a su condición nubosa, las protege de la vista y la enemistad.

-Eso equivale a la impunidad.

-Hasta tanto consigan imponerse los grandes claros. No es menos transitoria su presencia. Nada hay que no lo sea. Tienen a su favor que devuelven la calma, y el tiempo que transcurre sereno, como la melodía que evita la síncopa, es denso y parece que dura más.

-Solo si los vientos cambian radicalmente de orientación puede esperarse tal consecuencia.

-En otra ocasión me ha oído denostar el carácter tormentoso. No modifico mi convicción. Es amargo, como amarga es la guerra. Jamás me verá celebrar sus gestas, ni aun sus héroes, que merecen reconocimiento solo si lo son a su pesar. Ninguna catástrofe será jamás una bendición para la humanidad.

“La muerte, cataclismo absoluto que arrasa cuanto hay, de la que no se puede ser cómplice ni aliado, para sí todos la desean fulminante, y entonces hasta les parece justa. Cuando el propósito es el fin de las bandas nubosas, porque el tránsito sea más breve, los vientos de carácter tormentoso son deseables.

-¿No sería preferible que evolucionaran de flojos a moderados? Desparecería la amenaza cruenta.

-Los vientos se mueven gracias a los cambios de presión. Hay quien piensa que al paulatino de la que acumulan y emiten los centros, sus responsables finales, conviene una moderación ponderada, primero poco intensa, a lo sumo de mediano embate. Si el carácter tormentoso amenaza con la destrucción, el flojo con la inmovilidad. Puede ser en sí mismo ninguno, al primer obstáculo desiste y este ni su empuje causa. Aún no conozco carácter flojo capaz de hacerse oír en su república doméstica.

“El carácter moderado es condenable sin remisión. Si el tormentoso es destructor y el flojo ridículo, el moderado está marcado por el estigma más denostado, que los más benevolentes llaman hipocresía. No confunda jamás la moderación con la serenidad. Esta la genera una corriente que va del corazón a los actos, y aquella otra alimentada por una energía distinta, que conecta el rostro con el bolsillo. Ambas emplean los mismos gestos, las mismas palabras. Solo las podrá distinguir calibrando sus respectivas consecuencias. La moderación está reñida con el valor.

-Para que soplen vientos tormentosos antes debe enrarecerse el ambiente, la temperatura subir. Conseguir el progreso de estos fenómenos puede resultar peligroso. Sin desearlo, se pueden alentar precipitaciones catastróficas.

-Olvida usted que es necesario, para que así sucedan los fenómenos, que por encima de todo domine la frialdad.

El juez Osborne, cuya formación es compleja, como los filósofos modernos herboriza, preferentemente en la ciudad, de donde casi nunca sale.

-Le sorprendería saber cuántas especies han encontrado un lugar en el medio urbano. Y no tendría por qué. Mírese al espejo. El hombre es una de ellas. En el fondo de mi retina conservo cientos. No son las más numerosas las que radican en cornisas y tejados, sino las más visibles. Tampoco las que encuentran un lugar en las llagas del pavimento. ¿Qué le parecen las que acumulan en las floristerías? Bellísimas todas. Es su obligación, al menos antes de la venta. Cada día exhiben más y más atractivas.

No tiene la menor idea de plantas, pero sí dispone de una buena colección de sus nombres, adquirida por lecturas. La sobremesa, sentados en la terraza del bar, saboreando un café sin azúcar, puede ser un medio adecuado para herborizar.

-Busquemos aristoloquias.

-¿Por alguna razón?

-¿Puede sugerir alguna planta mejor? Sería perfecta para emblema.

-Señor, no sólo ignoro cuanto se refiera a toda aristoloquia que habite en el mundo, sino hasta los rudimentos del herborizador.

-Lo más difícil ya está resuelto, gracias al sobrenatural esfuerzo del más remoto de nuestros antepasados. Acometió el informe universo de los seres, que encontró innombrado, y los discriminó con el propósito de hacerlos tan inconfundibles como su vista. Más tenemos que agradecerle la exhaustividad que el catálogo, en el que se cruzan hasta enredarse lenguas y significados. A partir de aquí solo nos queda actuar como el doctor Frankenstein.

-Corremos el peligro de que el producto sea monstruoso.

-Si algo así ocurriera, solo nosotros seríamos culpables. Procedamos con ánimo jovial y pantocrático. Para tallo tengo reservado uno esbelto, firme, cuyo grosor contraste con el airoso porte de su coronamiento. Dos clases de hojas lo compondrían, un par encrespadas y arrogantes, como los pétalos carnosos de las flores tropicales, y las otras en haz abierto y simétrico, estilizadas, planas, muy largas, feliz servicio que la cima no ignora.

“Sería toda verde, de distintos grados de intensidad, el menor en el tallo, para desposeerlo de una parte de su volumen; a excepción de las hojas más altas. Sin prescindir de él, hacia el centro lo degenerarían hasta extinguirlo. No admitiría flor visible, y su fruto, dentro de una diminuta cápsula, también quedaría oculto.

“¿Qué le parece?

-Inmejorable.

-Como los claros, si aspiran a la condición de grandes. La sabiduría de los antiguos así lo instituyó. A ningún hombre público se le exigía perfección, aunque sí virtudes. De entre todas, la primera generosidad, puesto que había de abandonar lo suyo en beneficio de los demás. Aquí radica toda la gloria de la entrega, si es que los contemporáneos la reconocen. Al contrario, los nuestros la ignoran y tratan la abnegación con desprecio, lo que es fuente de la más grave de las consecuencias constitucionales. Piensan, como en un principio, sin ponerlo en duda ni examinarlo, que la dedicación pública es lucro y vanidad. Con esta premisa ¿habrá alguien capaz que opte por prestarse al juego político? Solo un insensato. Consecuencia: que únicamente los vanidosos y los cegados por la codicia, que dan por descontadas sus pasiones, aventuran fama y vida al azar de la opinión, que la mueven los vientos.

“Nada obsta a que exijan con arrogancia, atrincherados tras su permanente censura -arma con la que agredir-, que el pavimento de las aceras esté limpio, las calles iluminadas, los semáforos coordinados, los hospitales atendidos, los delincuentes a recaudo, los precios asequibles, las rentas aseguradas, los derechos humanos impolutos y la paz, el bien más precioso, en la más inexpugnable cámara acorazada; entre otra pacotilla que cualquiera que se lo proponga, solo con un pequeño esfuerzo, puede encontrar en la tienda de chinos más próxima.

“Nadie puede discutir que los asuntos de interés común son tan reales como imprescindibles. ¿Cuánto tiempo les entregaría cada uno de nuestros contemporáneos? ¿Sería posible acompasarlos todos? Hay que aceptarlo, como admitimos que el dominio de ciertas técnicas, que exige atención completa, es una conquista de la humanidad. Es necesario que unos, de entre todos, se entreguen por completo a la administración de los bienes comunes, de los cuales son más apreciables y delicados los inmateriales, demandan más destreza y exigen más perspicacia. Desengañémonos, Baines. Jamás en una comunidad, aun siendo pequeña, todos sus miembros podrán dedicarse equitativamente a la resolución de lo que es bueno para todos. A cualquiera se le puede habilitar una posibilidad para intervenir, como es un bien de alto valor que a nadie le falte el acceso a la instrucción. ¿Sería prudente, gracias a esta, que todos recibieran los mismos conocimientos? De nada valdría que el dominio absoluto de una profesión fuera universal. Tampoco puede sostenerse la completa y perenne dedicación de todos a la política, tan agotadora. Nunca, población alguna, podrá constituirse de manera más eficaz que asegurando, con sus normas y costumbres, que de entre ella, para entregarse a lo que es del beneficio común, sean decantados sus grandes claros, en modo alguno perfectos, sí inmejorables. Desconfío que esto llegue a ocurrir entre nosotros. Tanto ha decaído la vida pública entre nosotros que ni siquiera literatura genera. ¿Sería usted capaz, tomándose el tiempo que necesite, de mencionar un buen relato, escrito en los últimos años, sobre este asunto? Inapelable prueba de lo bajo que ha caído entre el público la actividad.

-Ignoraba, hasta aquí, que cupiera, en algún lugar de su alma, el desaliento.

-Las nubes se han adueñado de la parte baja de la atmósfera.

-Por ellas las precipitaciones se suceden.

-Aún peor. Sirven como ariete a las borrascas. En el teatro sacro, que tanto alentaron a un lado y otro de la querella religiosa, la nube comparecía regularmente en escena. Era imprescindible para dar referencia de espacio a la irrupción del Dios todopoderoso, que sin empacho, atributos del imperio en sus manos, juzgaba a los humanos, infligía castigos, lanzaba rayos ante los ojos de los espectadores. El varón que la encarnaba, en cada compañía, era aquel joven, por su tez y delicadeza de rostro y miembros, reservado a los papeles del sexo opuesto. Vestía todo de gasas celestes. Una compleja teoría de alambreras, de las tejidas en hexágonos que aún usan para las jaulas de los pavos, evocaba la parte etérea que identificaba al personaje. El intérprete se la ceñía a la cintura y su cuerpo quedaba libre para gestos, de los brazos, y desplazamientos, tan sueltos e imaginativos como deseara, sus piernas libérrimas bajo tan singular tontillo.

“La comparecencia de la nube era tan celebrada, con tan fija certeza como en mi infancia aplaudíamos, en los bancos del cine, la llegada al galope del séptimo de caballería. Eran otros entonces los medios por los que el regocijo elegía expresarse. La chocarrería, cuya oportunidad el actor garantizaba, en modo alguno podía sorprender ni aun la inspirada por las más brutales fiebres. Frutos de temporada -tomates en verano, membrillos en invierno-, huevos de toda ave, infames sustancias, ni del todo líquidas ni por completo sólidas, festejaban con discutible libertad el ridículo tipo.

“Ha descendido mucho la estima pública de las nubes. No está consentida la licencia de género, hasta extremos que rozan el fanatismo, y los eligen, antes que por sus aptitudes, por la cordialidad de una instantánea.

-¿Debo entender, señor, que la condición de nube, a la que se llega por enrarecimiento, solo la adquiere una mitad de quienes se nutren del aire que en la atmósfera encuentran?

-Al contrario. Por desgracia, no hay límite para la caída en la condición de nube. Cualquiera puede llegar a ese estado. Como la muchedumbre ciega arrastra cuanto se le oponga, sin distinguir forma o color, la oportunidad evanescente puede sobrepasar a cualquiera. Recuerde que la multitud de los que a nube llegan, antes que su nación, los elige la arrogancia o el deseo de medrar. No es mucha la degradación que debe transformarlos. La corrupción de los cuerpos la garantiza la materia que los forma.

“La desviación que ha impuesto la barrera del género procede, de ninguna manera de atributo natural, mucho más de un vicio de las costumbres. Los receptores del gobierno, en su condición de ingenuos espectadores, deben satisfacer su regocijo eligiendo a los más felices broncas, que ante ellos se traban en combate. Para atraerlos, los candidatos insisten en aparecer como aparatosas nubes, antes que como claros. Les resulta más eficaz, corriendo entre las gentes aquel criterio, ensombrecerse, pintarse con el gris cristalino, con el amenazador ceniza opaco.

“Así como el siniestro rugido del mar negro, que ha de tragarse las naves, lo personificaron en seductora sirena ¿habrá discurso de nube más atrayente que el encarnado por una naturaleza de este género? Creo que por esta razón, con insistencia, se las ve desfilar con indumentaria ceñida y haciendo generosa ostentación de sus atributos.

-Que el tiempo tarde en devorar.

-Amén, por lo que a esa parte de la naturaleza se refiere. No convendrá su perpetuación, si sobreviven como nubes, a la naturaleza toda, pues tanto más probables serán las precipitaciones.

-¿Cómo detener el ciclo que nos arrastra?

-Solo nos cabe esperar en los pronósticos menos desfavorables, al menos de más nubes que claros, mejor de más claros que nubes. Estoy persuadido de que allí no puede aspirarse a nada más alentador.

-¿Es usted religioso, Baines? No es necesario que me conteste, si le resulto indiscreto.

-De ninguna manera, por toda respuesta. Tuve la fortuna de que llegara hasta mí, pronto y en las circunstancias más favorables, un venerable ejemplar, encuadernado en tela roja, de las Cartas filosóficas, proveniente de la biblioteca de mi abuelo. Aprendí, llevado en volandas por su exquisita prosodia, a observar las religiones desde sus iglesias, su parte visible; gracias a lo cual supe que todo en ellas, comunidades y creencias, es por completo humano. Nada de cuanto las religiones defienden o pretenden explicar me resulta imprescindible.

-Vivo la edad provecta, como puede ver.

-Está, señor, en la mejor edad.

-Para organizar, antes que mis fuerzas se dispersen, una retirada en orden.

-De nuevo lo veo sombrío.

-Consciente, amigo; consciente. A muchos ocurre, llegados a este tránsito, que les urge una creencia trascendente. Estoy convencido que esta reacción, para la práctica totalidad de los neófitos viejos, replica a su fracaso. La vida es un campo de minas, que hay que atravesar con Anquises sobre los hombros, Penélope del brazo y los Dióscuros siguiendo nuestras pisadas. Es difícil que no sucedan desgracias en la travesía. Cada golpe, que acopia con fidelidad el pozo de la memoria, en otro lugar de la conciencia llena una pompa de anhelo. Cuando la masa de burbujas es tan densa que una más no cabe estallan. Los efluvios que liberan inspiran el deseo de una vida tras la muerte, el único espejismo que mantiene vivas las religiones.

“Tampoco me tengo por religioso, y me he propuesto conservarme, en esta materia, incontaminado hasta el final. No porque ignore mis fracasos, que los cuentos por decenas, sino porque no me desalientan. Solo me entristecen. Jamás he podido admitir un juez severo que castiga con crueldad, por sentencia inapelable y mediante penas irredimibles, los errores de los hombres, tan naturalmente humanos.

“Reconozco, a la vez, que el pronóstico del tiempo urge, según pasa. Desalienta mucho saber que es previsible, día tras día, y que nada de su comportamiento, mientras el propio se agota, cambiará. La creencia en que otro mundo es posible se recupera y recibe el más entusiasta impulso cuando, inesperadamente, se oye: “En el transcurso del día se irán aclarando los cielos”, “Ojalá”, se oye retumbar en la bóveda del cráneo, gritado por algún automatismo. “Eso espero -continúo para mí-, porque de lo contrario los mortales seguiremos padeciendo su aturdimiento”, sin ser del todo consciente de cuanto mis pensamientos reflejos están dando por supuesto.

“Es posible, sin que hasta aquí lo haya advertido, que mi esperanza se esté rebelando; que quiera admitir la existencia de poderes excepcionales que todo lo subviertan. Me asusta padecer una tentación de este calibre.
“Si llegara el caso, y tales poderes fueran consentidos, antes cargarán con mi censura. Si tales son los cielos ¿les está permitido ocultarse a los hombres, admitir que sobre ellos discurran nubes y borrascas, frentes dirigidos desde centros de bajas presiones, que difundan las precipitaciones y hasta se desaten devastadoras tormentas? ¿Pueden los cielos desistir de sus responsabilidades, dejar que se emboten sus sentidos e incurrir en falta de claridad? ¡Su obligación es actuar siempre como cielos despejados!

-Los cielos, señor, siempre están presentes. Son las nubes las que se interponen entre ellos y la tierra. Otra cosa es que tengan los poderes que usted teme.

-Un cielo despejado permite que el aire sea sereno y el ambiente apacible. Se adueña de los espíritus, cuando se admira limpio, por su alta profundidad. Claro que es muy poderoso. Si está siempre ahí, lo que merece condena es que no se emplee de manera benefactora para todos. Con demasiada frecuencia tenemos que oír que en el norte los cielos estarán nublados, mientras que en el sur permanecerán despejados.

“Al menos nos queda el consuelo de vivir en el sur.


El forense, el pájaro más civilizado de la creación

J. D. Ansón

Lo vi pasar erguido por el patio de la audiencia. Por eso puedo describirlo. Era exactamente igual que un avestruz, solo que de mayor tamaño, dos o tres veces mayor que el avestruz. Su estatura se podía calibrar con bastante aproximación porque su oscilante cabeza alcanzaba la segunda planta del patio de la audiencia, el claustro de un antiguo monasterio de doble, alta y amplia arcada. Su piel era verde, del verde vivo e intenso que solo los saurios que viven en los trópicos pueden tener; verde desde la cabeza a los pies, verde desde el pico a las garras. Era una piel escamada, de las mismas escamas regulares de algunos tejados orientales. Pero en uno de los costados, el izquierdo, a la altura donde los avestruces tienen sus torpes alas, tenía plumas. Se trataba de las mismas plumas vistosas que los papagayos y los loros tienen en sus alas, en parte rojas, en otra mancha irregular amarillas. Su agraciada cabeza tenía el atractivo de la inocencia, porque conservaba rasgos de pollo de ave superior: redondeada, desnuda, con párpados prominentes y gruesos. El pico, de perfil preciso, ennoblecía su porte.

Mas le sobrevino adversa fortuna. Durante una de sus peritaciones desató la rigidez de su cuello con tan poca gracia que su cabeza cayó sobre la tierna cría de una gallina. La aplastó. Cuando fue consciente del terrible efecto que había tenido su falta de cálculo, antes de separar su cabeza del suelo de sus ojos ya caían lágrimas. El animal examinado efectivamente estaba estampado contra las losas.

No tuvo tiempo para reflexionar. La gallina madre, que por lo demás era gran ponedora y en poco tiempo podría reemplazar su cría con creces, comenzó a cacarear por encima de su dolor. A sus gritos de todas partes acudieron animales que juzgaron sin aguardar juicio alguno, ateniéndose a la sentencia que la gallina madre ya había dictado. El forense, el pájaro más civilizado de la creación, debía ser lapidado.

La verdad es que estuvo a punto de perecer. Pero finalmente lo salvé yo, que lo monté, lo conduje como una caballería y al trote nos pusimos ambos a salvo.

Si vieran pasar al forense, y hubieran juzgado solo por su porte, jamás le concederían virtud alguna. Camina levantando en exceso los pies, oscila su cuerpo adelante y atrás al ritmo de sus pasos, y su largo y serpenteante cuello acusa ese movimiento por reacción, de modo que cuando el buque de su masa se adelanta la cabeza alcanza su extrema elongación posterior, y a la inversa cuando la rígida cola está en su máximo retroceso. Su aspecto es hasta cierto punto severo, y por el aspecto de su piel despierta el espontáneo rechazo de todos los reptiles.

Sin embargo, es uno de los tipos más dotados por la naturaleza. El secreto de sus virtudes deriva de la conservación de la especie. Procede de cuando estaba empezando la vida en el planeta, y gracias a su metódica y escrupulosa segregación, dictada por su radical misanfaunía, ha conseguido sobrevivir a toda clase de adversidades.

Millones de años de existencia obligan a convivir con toda clase de miserias. Si el registro genético del forense pudiera ser leído espantaría. Allí ha quedado constancia de la más sanguinaria lucha por la supervivencia. Ha descendido a lugares más profundos que los abismos sin luz.

Mas el cerebro del forense ha destilado de forma sorprendente toda esta barbarie, porque su cerebro es como las antiguas fábricas de jabón, que de las más sucias borras obtenían el más delicado cosmético.


Principios de la población agrícola

Redacción

1. Entre 1290 y 1520 las administraciones que tenían la jurisdicción, para proveer poblaciones, tomaron muchas decisiones ajustadas a la radicación de comunidades humanas. En cada circunstancia combinaron unos instrumentos, de cuyo efecto poblador estaban convencidas. En la declaración de los principios que los inspiraron quedó contenida tanto la teoría que pudo alimentar sus políticas como su conciencia de las circunstancias que para sus propósitos eran un obstáculo.

Un proyecto, ejecutado entre 1290 y 1315, que afectó a varios lugares, lo habrían activado factores de orden militar y político, aunque en parte pudiera estar aconsejado por criterios económicos. Que el área estuviera localizada en el confín oeste confería valor estratégico a los límites competidos con otros reinos y otras jurisdicciones. La preocupación por la defensa del territorio y la seguridad de sus habitantes estaba entonces muy viva y alentó la suscripción de hermandades entre las grandes poblaciones, interesadas en la persecución de los malhechores allí refugiados. Para los responsables de esta clase de iniciativas, poblar sería dar seguridad al territorio por la presencia humana.

La constitución de señoríos jurisdiccionales en la misma zona y el deseo de evitar enfrentamientos entre ellos por el uso de la tierra, o que los campesinos bajo otro poder primitivo fueran atraídos con mayores compensaciones hacia las nuevas jurisdicciones, pudo también acelerar aquella iniciativa. Captar habitantes era deseo y final de cualquier poder porque todos se convertían en vasallos. La permanencia en el tiempo de esta actitud estaba tanto más justificada cuanto que se trataba de épocas de limitado crecimiento biológico de las comunidades humanas.

Para el promotor de estos primeros proyectos autónomos, aunque menos probable como causa, porque por naturaleza es inerte o inactiva, que como fuente de ideas, los repartos de bienes inmuebles promovidos a partir de 1262, tras la ocupación del territorio por las tropas patrocinadas por el rey de Castilla, al parecer resultaron insuficientes, al menos para la porción septentrional de la zona que quedó bajo jurisdicción de la primera población del centro oeste, antigua sede de un reino tan débil y degradado que fue rendido por la vía diplomática. Las heredades entonces concedidas no habrían prosperado, quedando en su lugar las tierras desocupadas; una forma de referirse al estado al que habían degenerado que aconseja aceptar como causa del poco éxito de la iniciativa de 1262 el abandono voluntario de las parcelas que recibieron los beneficiados por los repartos. La convicción sobre que tales habían sido los hechos al menos actuó como una premisa a partir de la cual argumentar. Si además se aceptara el fracaso de la repoblación de 1262, habría que admitir que una parte de las tierras ya habría sido roturada y ganada para el terrazgo. La agricultura, habiendo comenzado en aquella parte, pronto habría retrocedido porque las tierras que hubieran conocido este principio luego no habrían sido cultivadas.

Del proyecto de 1290-1315 además es posible pensar que no fue ajeno a las condiciones en las que se efectuaba el comercio del trigo en la zona. De las que inspiraron sus cálculos cuando se pretendía atraer habitantes un par de datos valiosos proporcionan los documentos de una época tan lacónica como formalista cuando se expresa por escrito. El primero está fechado en 1313. Entre otras concesiones, ese año la primera población del litoral obtuvo de la corona derecho a exportar nada menos que un tercio de su cosecha de cereales, en las mismas condiciones que ya lo disfrutaba la población principal del interior. El otro dato se refiere a 1326. Se trata de la confirmación a esta de la licencia que menciona la concesión de 1313, que así revalida un derecho activo en su caso al menos desde los primeros años del siglo décimo cuarto.

Para encontrar una explicación a la posibilidad concedida a la población del litoral, los analistas están dispuestos a reconocer alguna relación entre su señor y la salida de trigo con destino al oriente cantábrico, supuesto que el señorío de aquella ciudad portuaria lo había conseguido su titular mientras era miembro de una familia que también ostentaba el de Vizcaya. Por tanto, el objetivo de la licencia concedida en 1313 sería la exportación de trigo desde el primer puerto de la zona con destino al norte de la península. La identidad de este caso con el de la primera población del interior es tan evidente -las prerrogativas de uno se extienden al otro- que la posibilidad con la que se especula en relación con la población litoral o puerto podría aplicarse, aceptado el principio de reciprocidad absoluta que inspiran los documentos, también a la del interior y su tierra. No aclara la fuente cuándo esta consiguió tal régimen comercial, pero se tendría que aceptar que el derecho consolidado durante el primer tercio del siglo décimo cuarto también tendría como objetivo al menos una exportación similar. Dadas las premisas de su tenor, es posible afirmar que ya en 1313 en las tierras del centro oeste de la región podía ser una práctica consolidada fijar anualmente un cupo del producto de trigo para destinarlo a la exportación, que dependía del volumen de su producto bruto de cereales y que podía alcanzar hasta un tercio de este.

Puede dudarse si el contingente facilitaba la exportación o por el contrario la detenía. Lo primero es más probable para el tiempo del que se trata, porque supone que entonces sería un recurso común de la política de los mercados limitar la salida de los cereales. Así lo indica que el derecho privativo de la población del interior se obtuviera como licencia. La escasa población de sus tierras, de la que ya hay algún testimonio y sobre la cual en lo sucesivo se irán acumulando más, efectivamente no sería obstáculo para la exportación en aquellos tiempos. La demanda interna en su dominio sería muy baja.

Sin embargo, refiriéndose a la decisión de 1326, los analistas se proponen llevar más allá de la exportación las posibles causas de estas concesiones. Para una parte de ellos habría que interpretarlas asimismo como un incentivo para que en la zona fuera ampliado el terrazgo y así incrementar el producto bruto de trigo. Que la producción reciba un estímulo como consecuencia de las facilidades para la exportación casi puede admitirse como un efecto mecánico. Si se acepta el segundo vínculo que la interpretación precedente propone, realmente no se habría salido de los dominios de la idea de partida. Pero que a su vez el contingente sea un factor que potencie la roturación de tierras no parece tan inmediato. Dado que no hay indicios que permitan pensar en una mejora de las técnicas que favorezcan el aumento de la producción, por vía de mayores rendimientos, si se cree que el crecimiento del producto debe estar relacionado con las roturaciones, debe aceptarse que aumenta el número de explotaciones, que en buena medida tiene que depender del de pobladores que se incorporan a la agricultura. En estos términos deben haber ideado su análisis, porque presentan el proyecto de población correspondiente como el resultado de la forzada obligación de incrementar el número de habitantes y el aprovechamiento del suelo.

Para alcanzar a reconocer el vínculo que desde el régimen comercial lleva a las roturaciones a través de los proyectos de población, entre fines del siglo décimo tercero y comienzos del siglo décimo cuarto, es necesario pensar en las posibilidades para el comercio del trigo en la zona más allá de la exportación de grano. Precisamente porque se trata de un régimen particular para el comercio del cereal más demandado, adaptado a una zona de escaso atractivo, es posible esperar un efecto específico sobre su población. Si es cierto que en el momento en el que se toma la decisión a favor de la salida de grano la escasa población de las tierras de la primera población del interior no es un obstáculo para la exportación, porque la demanda interna en su dominio sería muy baja, hay que admitir que la atracción de pobladores puede llegar a ser un obstáculo a la exportación porque aumentaría el consumo interno. Si la zona consiguiera estar más poblada, la exportación podría ser una vía para las tensiones, un medio de desequilibrio. Una zona de escasas posibilidades con pocos efectivos puede alcanzar pronto el límite máximo de población. No valdría la pena regular hoy la exportación para mañana tener que limitarla. Si hay relación con la población en el comercio del trigo que activan las licencias este debe incluir, además de la exportación, la importación y el tráfico interno, el movimiento del trigo en todo el centro oeste de la región. Por tanto, para la población, más importantes que las expectativas en los mercados de otras economías, son las que crea el desigual mercado comarcal y regional, que como los demás de su tiempo asimismo no puede evitar la irregularidad. Debe incluir la notable posibilidad de la importación. La idea de la fuente indica un punto en el mapa que puede ser atractivo, con el que se pueden tener relaciones no solo de exportación sino también de ingreso. Los puertos deben estar abiertos para atender la demanda de cereal en el interior, en las altitudes mayores.

No es complicado demostrar que en cualquier circunstancia el producto de trigo desciende con la altura. Está al alcance de este texto defender que el incremento de la pendiente es inverso al de los rendimientos del cereal. En las tierras más al oeste, donde la pendiente se incrementa de manera constante de sur a norte, la respuesta económica a este límite es el avance de norte a sur de la población en busca de mejores rendimientos de los cereales. No es probable que opere ya en el siglo décimo cuarto en esta dirección el factor, dada la escasez de elementos pobladores. La regulación de la exportación obliga a aceptar que desde al menos 1313 es posible tener la certeza de que el del trigo es en esta zona marginal un mercado abierto, extraordinariamente abierto para un producto de subsistencia y con tantas propiedades económicas, acumuladas durante siglos. El mayor valor explicativo podría tenerlo el flujo de sur a norte de las producciones locales y de las importaciones. Entre fines del siglo décimo tercero y comienzos del décimo cuarto, cuando el espacio está escasamente poblado, el interés del comercio del trigo puede estar en que estimula el movimiento de la población. El comercio del trigo en el espacio oeste pudo ser un factor de población que debería tenerse en cuenta. El movimiento de la población del centro oeste tuvo siempre relación inmediata con el comercio del trigo. Por tanto cumple mejor con el objetivo de roturar si es un estímulo para los movimientos. Si se pone en relación la posibilidad de exportar trigo, vigente al parecer al menos desde comienzos del siglo décimo cuarto, con la política pobladora de la primera población del interior, cuyas instituciones tienen contenidos señoriales, concordarían ambas circunstancias en la insistencia por atraer población acotando dehesas boyales, pero no en la radicación mediante la siembra de vides; siempre que al mismo tiempo el trigo pudiera circular no solo hacia los puertos, al sur, sino aún más, al principio, desde estos hacia el norte.

2. Observadas las iniciativas pobladoras de la zona desde un proyecto acometido en 1311, parece más acuciante el deterioro de su población. El concejo de su núcleo más poderoso, que poseía la jurisdicción de buena parte del centro oeste, decidió crear en aquel dominio una puebla inmediata a un castillo. Algunas personas ya se habrían instalado en el lugar y se deduce que tal decisión en parte pudo ser consecuencia de una iniciativa pobladora anterior, de 1299, aunque para esta fecha es posible que allí también hubiera ya alguna gente asentada.

Los vecinos que en 1311 componían la comunidad que existiera, a la que pretendía atender el concejo con su iniciativa, vivían en condiciones de mucha pobreza. Tantas eran las dificultades en las que debían sobrevivir que decidieron amenazar con el abandono del lugar y quemar lo que hubiera de poblado. Puede que el estado que el documento describe sea una obra expeditiva de la retórica diplomática del momento, puesta al servicio de prejuicios interesados, con el propósito de ampliar privilegios a costa de la condescendiente actitud del concejo promotor. Pero es inapelable que se trata de un sitio para el que ya se había intentado, pocos años antes, una atracción de pobladores que no había satisfecho a sus promotores.

A fines del siglo décimo tercero se había decidido conceder al lugar una dehesa boyal, uno de los instrumentos para la población al que insistentemente se recurrió. Estimular la radicación humana con una dehesa común para el ganado vacuno innovó los procedimientos usados en aquel territorio, tomando como término de comparación el modelo que para el mismo fin aplicaron los primeros repartos tras la conquista castellana, concluidos cuando terminó el reinado de Alfonso X (1284). En estos la atracción de pobladores había sido confiada a la oferta de lotes individuales.

No está claro si las dehesas que se utilizaron como estímulo de la población fueron siempre y solo boyales. Datos algo posteriores permiten pensar que las acotadas con fines pobladores eran también cultivadas, pero no parece posible ofrecer con pruebas documentales una descripción que alcance hasta tales detalles de esa clase de espacios en el momento del que se trata. Serían pues al menos áreas destinadas en exclusiva a un ganado que al menos se aplicaba al trabajo del campo. Aceptando esta única premisa cierta, se puede deducir que las dehesas delimitadas tendrían como destino al menos suministrar la energía diaria que el ganado para la actividad agrícola consumía. Como se trata de un instrumento que pretende poblar, pudo hacerlo atractivo que su interposición permitiera que el consumo energético del trabajo animal no recayera sobre la renta de los campesinos.

Pero una dehesa boyal era tanto un servicio común como una renuncia particular. Desde el momento en el que se decidía su creación, la dehesa ocuparía un lugar en el espacio, por definición único y excluyente. La calidad de la dehesa, como la de cualquier otro lugar, sería irrepetible, aunque para hacerla útil al propósito poblador tendría que estar modificada por uno de los factores decisivos para conferir valor a una tierra, el de la distancia a los lugares habitados. Como la distancia se traduce en costos, y por tanto está en relación inversa con la estimación cualitativa de los espacios explotados -a mayor distancia más costos, y por tanto menor calidad-, si realmente la dehesa debe absorber gastos de la producción, porque los de tiempo empleado en el movimiento deducen cantidad de trabajo al que se pueda invertir en el suelo, siempre hablando en términos económicos, que son los de la enajenación, para con ella radicar población debe localizarse en las inmediaciones del lugar habitado.

Es muy probable que en aquel lugar simultáneamente hubiera tierras de la misma calidad disponibles para la población atraída con aquel medio en cualquier momento. De la misma manera que la dehesa no gravaría ninguna de las economías familiares, las economías concretas, tampoco cargaría sobre toda la economía de la zona ni sobre la común, de comunales o de propios, mientras hubiera espacio vacío o áreas sin colonizar de la misma calidad. Y como el ganado de labor también era utilizado para el transporte, igualmente hay que deducir que con la fórmula de la dehesa boyal el concejo patrocinador, más allá del propósito de colonizar, pretendería promover la producción agrícola a la vez que el transporte del que tuviera que servirse.

De ser correcto el contenido que para la dehesa queda supuesto, y nada aconseja pensar que se trata de una reconstrucción abusiva o que deforme de manera grave lo que ocurriera, habría que buscar en el espacio acotado las razones del fracaso que contiene el cuadro descrito para 1311. El deslinde de la dehesa hecho años antes también hubo de cargar con algunas carencias, aunque a causa del exceso verbal de los escribanos medievales permanezca la duda sobre cuáles pudieron ser las que condujeron al extremado balance que entonces por sus letras los vecinos presentaron.

Pudieron ser causa directa de la pobreza que invocaron, menos circunstanciales, más estables y constantes que las imprevistas, y en consecuencia contribuir a la crisis de la población, la insuficiencia de la extensión de la dehesa deslindada o la inadecuación de un recurso agropecuario a las actividades al alcance de los posibles pobladores. Pero es más probable que las razones del fracaso hubiera que buscarlas directamente en la deficiente producción del cereal, en las dificultades para el desplazamiento del producto en su territorio o en las dos causas al mismo tiempo. Las propiedades físicas de la zona permiten señalar la pobreza del suelo como la principal responsable de la baja producción, bien porque el espacio que fuera acotado estuvo por debajo de las necesidades energéticas bien porque el rendimiento del suelo aplicado al terrazgo fuera bajo. La tierra devolvería bajos rendimientos a cambio de altas cantidades de energía invertidas por pocas personas y pocos bueyes. Además, en el caso de que pudiera aspirarse al movimiento del cereal, más remoto, las características del espacio añadirían al transporte una dificultad que redundaría en la caída del beneficio. El error de la fórmula usada por el concejo poblador pudo estar en una inconsecuencia, el deseo de extender el crecimiento económico fundado en la agricultura a unas tierras con poco suelo. Todavía se puede sospechar que la receta aplicada alcanzaría a interesar menos aspirantes a trasladar su residencia que la alfonsina porque no modificó al instante su riqueza personal. Pero por el momento no es posible decidir si el procedimiento de la dehesa boyal complementó o mejoró aquel modelo. En cambio, se puede afirmar que la fórmula no dio el resultado que de él se esperaba.

La concluyente actitud de los vecinos, suficiente como para concederles el margen de crédito que permite tomarlos en serio, puso al descubierto algo distinto sobre las causas de la pérdida de población en la zona y por tanto del fracaso completo con el que amenazaron. Cuando expresaron sus razones no culparon a la dehesa boyal, sino que señalaron como responsables inmediatos de su amenaza los problemas de seguridad derivados de la presencia de las guarniciones encargadas de la conservación del territorio, así como las contribuciones que hubieron de pagar para costear las huestes destinadas a las campañas del Estrecho.

La guarnición territorial habría cargado sobre los vecinos deberes militares que les valieran alguna clase de gravamen. La retracción de pobladores en un ambiente naturalmente bélico pudo alentarla además el incremento no previsible de una tensión bélica habitual en la zona, descargada sobre el castillo del lugar. La que antes pudo parecer causa que invitaba a la iniciativa pobladora, la misma preocupación por asegurar la posesión del territorio, habría venido a convertirse en causa de lo contrario. A esto se añadiría la circunstancia fiscal provocada por otro deber militar. No pudo ser un objetivo declarado, aunque sí consecuencia de la sumisión al concejo con jurisdicción en la zona; consecuencia y objetivo evidentes, que sin embargo poco después también se volvieron a causa de pérdida de población. La ecuación despobladora avalada por el documento se enunciaría completa, por tanto, sumando a las iniciativas orientadas a garantizar la posesión del territorio el pago de contribuciones extraordinarias. Ambos términos acumulados originarían pobreza, y esta se convirtió en un factor de despoblación activa, movimiento negativo o emigración. De estas dos razones, la segunda desde luego era imprevisible, aunque no la primera, tratándose de un lugar contiguo a un castillo fronterizo. Lo incorrecto pudo ser aplicar un modelo general, el de la dehesa boyal, al caso.

Ante los fracasos, el procedimiento que se pretende aplicar por el plan de población de 1311 probablemente sea su mejor reconocimiento. Como indica alguno de los analistas que han sometido a examen el caso, recurre a viejas formas de reclamo de población, que basaban su atractivo en la posibilidad de incrementar el patrimonio personal. El concejo promotor exigió a los que se constituyeran en pobladores del lugar para el que se deseaba la población, si querían alcanzar la condición de vecino, plantar en dos años como máximo una parcela de viña. El patrimonio personal era al mismo tiempo que una causa o factor de población, una condición y un mecanismo de radicación. La siembra de vid otorgaría derechos a partir de la presura, un principio que nunca dejó de estar vigente como favorable a la creación de poblaciones.

Además concede a los vecinos la exención de las tributaciones concejiles durante diez años, de manera tal que pone al descubierto que la exención fiscal es su mayor atractivo. Pero la decisión, incluso para los promotores, era solo relativa o diferencial porque incluía el defecto de su limitación temporal, evidencia de que el promotor de la población no renunciaba al ingreso fiscal equivalente al reconocimiento de que el pago de servicios era un iniciador de la despoblación.

Se pretendió crear condiciones que hicieran atractiva la inmigración sin renunciar al que se reconocía como objetivo primordial del proyecto, que seguía siendo conseguir mediante la población garantizar la conservación de lo que entonces se consideraba genéricamente sierra. No se entiende que se empeñaran en dar preferencia a guarecer la tierra cuando habían debido reconocer que esta empobrecía a los vecinos y era causa de que amenazaran con destruir lo habitado e irse. El empeño estratégico de quien tenía la jurisdicción y la iniciativa pobladora, al que no deseaba renunciar tratándose de un castillo, aunque conservarlo pudiera ser causa de la despoblación y se opusiera al objetivo final de nuevo perseguido y declarado, que en consecuencia parece imponerse sobre cualquier otra consideración, pudo ser entonces el principal responsable de la despoblación, más allá de sus buenos propósitos colonizadores.

Dada además la amenaza de los vecinos de aquel lugar en 1311, ¿se puede admitir que actuaba entonces en la zona una despoblación activa o de tierra quemada? El teorema común sobre el origen de la despoblación supone el abandono o muerte lenta, una emigración paulatina hasta la extinción, que nunca es absoluta durante siglos. Según esta idea, la despoblación llevaría de la aldea al despoblado. Si se considera la posibilidad de que las amenazas contenidas en el documento se cumplieran, al contrario se podría pensar tanto en la desaparición instantánea de poblaciones como en la inmediata aparición de otra en otro lugar, si es que no se diluyen los emigrantes en una o varias poblaciones ya consolidadas. Tal supuesto permite también admitir la existencia de poblaciones itinerantes. Porque, en lenguaje demográfico ahora, no en el sentido primitivo de la palabra población, que es raíz o espacial, tal comportamiento supondría a la misma población, el mismo grupo humano, y dos lugares distintos en el espacio. De actuar la despoblación activa, el tiempo que separa la desaparición de un grupo humano de un lugar y su aparición en otro tendría que ser necesariamente corto.


Comparación de los sistemas de crédito en dinero

Redacción

1. El gobierno de la primera ciudad del litoral estaba endeudado. Nada extraordinario, excepto que era entonces el centro económico de la región. Allí terminaban rutas y flotas del comercio colonial, desde allí sus siete naciones comerciales giraban sus letras. Solo algunas plazas, por el volumen de su actividad comercial, se le podían comparar en el continente.

Simplificaríamos si dijéramos que los municipios, en aquella época, contaban con medios de financiación e ingresos saneados. El sistema de propios, del que se mantenían, les permitía atender a sus gastos en bastantes casos, a condición de que los bienes sujetos a esta obligación fueran sólidos. Bienes inmuebles, especialmente rurales, en el interior de la región sostenían razonablemente el gasto local de las poblaciones que podían ser grandes porque grandes eran sus dominios o términos. Los que tenían que sobrevivir en espacios más limitados, porque sus posibilidades de enajenar territorio eran menores, descargaban la responsabilidad del ingreso municipal sobre imposiciones específicas, llamadas arbitrios, así como sobre la venta de la función pública de su jurisdicción; y ni aun así se aseguraban siempre el sostén de la limitada carga del gasto municipal que proporcionaba relativos servicios al común, plebe cuyos derechos políticos estuvieron restringidos, cuando menos, a la elección de sus tribunos o jurados.

Es sumaria, tal vez en exceso, esta forma de referirnos a los sistemas de la financiación local, aunque suficiente para encontrar una posición relativa a los datos de los que aquí deseamos servirnos. La gran ciudad comercial, población marítima, carecía de espacio rural. Queda al margen del objetivo de este texto analizar sus propios y hacer el balance correspondiente. Por ahora solo se trata de justificar que la grandeza de la ciudad, como a las familias de cuya virtud solo sobrevive el peso del apellido, precipitaba a su gobierno a una carrera de deudas porque sus medios territoriales eran prácticamente nulos.

La mitad de las que sobre sus ingresos cargaba su gobierno la forzaba la liquidación de pagos pendientes a la hacienda real por distintos conceptos. Había que cubrir atrasos en la transferencia de la tributación nobiliaria, conocida con el nombre de lanzas, obligación de quienes estaban exentos del pago del resto de los servicios fiscales. También había que traspasarle la mitad de los ingresos que anualmente proporcionaban los oficios públicos vacantes (escribanías, por ejemplo), que cubría en su beneficio la ciudad; recompensa conocida en el lenguaje de la hacienda como media anualidad; e igualmente era perentorio liquidar el principal de un crédito. Todo esto apenas era la décima parte del total del endeudamiento. La causa mayor de este capítulo de la carga financiera provenía de sus obligaciones contributivas. El municipio había ajustado con la hacienda real el conjunto de los servicios fiscales comunes -alcabalas, tercias y millones, en lo fundamental- en un tanto alzado, forma para la descarga de estos deberes conocida como encabezamiento, y se había hecho responsable de su recaudación y de su posterior entrega a la titular. Este procedimiento, que ahorraba gastos a todos, ya era conocido con el nombre de rentas provinciales, denominación que procedía de proyectos de encabezamiento más ambiciosos en el espacio. La hacienda real solicitaba su liquidación por cuatrimestres, aunque los documentos aluden a cantidades mensuales pendientes de ingreso en el departamento de las rentas provinciales. Tal vez fueran compatibles las dos unidades de tiempo, una para la contabilidad de los recaudadores, la menor, y otra para las entradas en la caja del titular del derecho. La gestión de aquellos fondos, en una ciudad económicamente compleja, debió sobrepasar las previsiones de su gobierno. Cuando reconoció estas deudas ya había renunciado a la fórmula, pero la consecuencia de la gestión pasada, no del todo sorprendente, había sido la necesidad de endeudarse para satisfacer las cantidades que el municipio había comprometido con la hacienda real. Bien las recaudaciones quedaron por debajo de las previsiones, bien los fondos ingresados fueron entretenidos en gastos productivos cuyo rendimiento defraudó el cálculo previo del beneficio. Es probable que ambas causas compartieran la responsabilidad de la circunstancia.

La otra fracción notable del endeudamiento del municipio, que significaba casi un tercio del total, era la obra pública. Había que pedir prestado para la fábrica de las murallas, las construcciones de una alhóndiga y una pescadería nueva o para reparar la cárcel y unos almacenes de los propios. También era una exigencia edilicia la limpieza de la ciudad, que estaba confiada en régimen de monopolio a un asentista, con quien se mantenía una deuda que solo pudo saldarse en parte con un crédito de 18.000 reales contables. Obligaron a contraer deudas, además, los envíos de dinero a la corte para la gestión de los asuntos de interés para la ciudad ante el Consejo, cargo regular de todos los municipios, confiado a representantes, agentes o mediadores con calificación legal, a los que con frecuencia se les llamaba procuradores; en cuyo caso no es fácil trazar la frontera entre el gasto administrativo, la provisión de fondos, las ayudas de costa y el cohecho, a la vista de los conceptos que los justificaban. Esta parte del regreso podía convertirse en un pozo que no era fácil colmar. Fue necesario obtener crédito para pagar facturas inaplazables, nóminas de empleados y para satisfacer, con urgencia, una deuda personal, que en su origen también pudo ser el principal de un crédito anterior. Además, la inconsecuencia que se cobraba de las obligaciones de grandeza había causado una deuda ridícula. La muerte de la reina Luisa de Orleáns había forzado al municipio a cargar con un préstamo para sufragar los gastos de la publicación de los lutos, a los que el protocolo, en opinión del prestatario con responsabilidad política en aquel momento, obligaba.

Para captar la financiación que necesitaban en la ciudad pudieron recurrir a dos fórmulas. Una, el censo, era compartida con el medio rural. La otra, el premio, eufemismo entonces vigente para referirse a la usura libre, en pleno siglo décimo octavo sobrevivía aclimatada al medio urbano. En sentido propio, premio era la compensación que regía la paridad entre las monedas nobles y de vellón. Estando el negocio financiero justificado en parte por el cambio, de ahí derivaría que el premio terminara siendo el tipo de interés aplicado al crédito que actuaba al descubierto. Por extensión, terminó diciéndose que un préstamo había sido tomado a premio para referirse a los que se obtenían en el mercado más abierto. La fórmula también se denominaba daño, y en la documentación de la época asimismo era llamada estilo de comercio porque se daba por supuesto que estaba limitada al ámbito mercantil.

Cada forma contractual en aquel caso decidida, censo o premio, satisfizo aproximadamente la mitad de la carga crediticia, aunque exactamente las cifras indican una moderada preferencia por los censos. Los redimibles eran más baratos que los créditos comerciales. Cuando se atenían a la norma, aplicaban el 3 % anual al principal transferido. Si nuestro gobierno no descargó toda su capacidad de endeudamiento sobre el censo, además del prestigio que espontáneamente gana en la argumentación el principio de la diversidad, versión para las controversias en una cámara de los intereses que puedan obligar a los representantes en ella reunidos, pudo ser porque su crédito ante las instituciones que lo ofrecían estuviera agotado. Solo dos de los mercantiles fueron comprados al 5, y otros dos al 6. Los demás, otros seis en total, hubo que adquirirlos al 8 %. La relación entre tipo y tamaño del principal, porque incluiría plazos de amortización relacionados directamente con este, era inversa, aunque no con absoluta rigidez.

Que aquel municipio se viera obligado a tomar más créditos en el mercado abierto al mayor precio indica que su solvencia no era la más deseable. Sus avales eran a un tiempo precarios y exclusivos. Nada más que dos operaciones, una de las cuales fue el censo perpetuo y la otra uno de los redimibles de solo 5.500 reales, fueron acordados con garantía hipotecaria común, un par de casas del patrimonio municipal. Nueve operaciones, que sumaron 553.539 reales 14 maravedíes de principal, la proporción más importante de todas las deudas, muy por encima de la mitad, y que incluían los mayores créditos absolutos (129.505 reales 30 maravedíes y 101.647 reales), cinco censos y cuatro a premio, se sostuvieron con facultades reales, requisito normativo para crear los arbitrios, a su vez denominación genérica de todas las fórmulas de financiación de las urgencias que sobrevenían al gasto municipal.

La enajenación de algún bien del patrimonio público, para el derecho dominio exclusivo de la corona, que era uno de los más frecuentes, exigía esta autorización expresa de la administración central. No sabemos bajo qué condiciones fueron concedidas aquellas facultades, pero no parece que fueran de esta clase los arbitrios habilitados en la ciudad. De lo contrario, los ingresos obtenidos por las enajenaciones hubieran hecho innecesarios los créditos. Es más probable que fueran de la otra habitual, que se inspiraba en la antigua fórmula de la sisa, vehículo entonces de los que hoy concebimos como el impuesto indirecto más sencillo. El Consejo facultaba para que el gasto necesario se financiara cargando sobre algún consumo un gravamen, que se sumaría a su precio final. Las dudas sobre la solvencia, que se extenderían por igual en uno y otro mercado, el intervenido o tarifado y el libre o ingenuo, supuesto que el arbitrio fuera de esta clase, estarían justificadas, porque la garantía del crédito, en los hechos, se aplazaría al cobro cotidiano del arbitrio, tan inestable como cualquier ingreso fiscal, tan incierto como todas las innovaciones.

De otros nueve créditos, asimismo tomados tanto en uno como en otro mercado, los documentos no indican más garantía que el correspondiente acuerdo del gobierno de la ciudad. Tanta fragilidad está compensada por una relativa frecuencia de cantidades cortas de principal y, sobre todo, por altos precios. De los seis créditos comprometidos al 8 %, cuatro solo contaban con la dudosa autoridad de esta decisión política con valor administrativo.

De sus acreedores se puede sospechar que se contaran entre los más capaces. Para los concedentes de préstamos mercantiles, la fuente que ahora consultamos solo da nombres y apellidos. Dados los fines que perseguimos, no tiene objeto reproducir sus nombres, sin mayor significado para el texto, muy accesibles a través del documento para quien desee conocerlos. Es probable que entre ellos figuren algunos que les resulten familiares a los interesados en el pasado del comercio colonial. El análisis de las pocas características que permite deducir la onomástica desnuda, como el sexo o el parentesco, en este caso tampoco dejaría de ser superficial y poco aleccionador. Para avanzar en la historia del crédito rural, no encontramos en esa relación valor más alto que el negativo. De este mercado estaban excluidos en absoluto quienes operaban en el otro.

Quienes participaban en el mercado censal compartían su condición canónica. Actuaban amparados por las instituciones sostenidas sobre el derecho de la iglesia romana, buena parte de las cuales, como venimos observando, tenía la raíz de su origen en el ámbito civil. Invirtieron sus rentas en créditos fundaciones de clero regular, como un monasterio cartujo, que por sí concedió el crédito censal más alto, 101.647 reales de principal, equivalente a la cuarta parte de todas las concesiones de esta clase; y dos conventos de la ciudad, uno masculino y otro femenino; e instituciones de clero secular, como el cabildo catedralicio de su obispado, con los ingresos personales que obtenían sus miembros por la asistencia diaria al coro, llamada pitancería, y con las rentas que le proporcionaba una hacienda a él vinculada, así como la fábrica del mismo templo, el primero de la diócesis.

Las otras eran, propiamente, instituciones de derecho civil acogidas a sagrado: patronatos piadosos, capellanías y una cofradía. Salvado el hecho excepcional del crédito concedido por la cartuja, los patronatos eran los principales inversores, suministradores de un tercio de la masa crediticia censal. Las capellanías apenas contribuyeron con una vigésima parte, mientras que la cofradía fue capaz para aportar un significativo 15 %. Si contamos que el cabildo catedralicio, aparte sus ingresos propios y el control de los que obtuviera la fábrica del primer templo, en este caso era responsable de las capellanías y administraba dos de los patronatos, su participación en los créditos censatarios equivalió a la cuarta parte.

Para completar el análisis de los créditos de esta clase, es necesario mencionar por último uno, que se identifica, como los usurarios, solo por el nombre de su vendedor. El laconismo del documento no consiente suponer nada más que dos posibilidades, que la iniciativa usuraria libre tal vez hiciera incursiones en el campo del crédito censal o que el personaje tuviera la condición de eclesiástico.

2. Había vendido la corona dos participaciones en las rentas del tráfico relacionado con el comercio colonial, ambas aseguradas por el orden de monopolio para él organizado. Una se obtenía gravando con el 1 % las mercancías que entraban por la aduana del puerto donde tenía su sede, o importaciones legales. La otra cargaba con 1 y 4 % los mismos bienes cuando eran importados y luego exportados, respectivamente, a través de la misma frontera regular. Cualquiera de las dos estaba proporcionando hacia 1750 una rentabilidad alta. El derecho sobre importaciones exportadas estaba repartiendo cada año algo más de un 16 % sobre el capital invertido; el de las importaciones, un sustancioso 28 %, evaluado a partir de la misma base inicial. En 1753 fue posible dar cuenta fiel de quiénes habían sido los adquirentes de aquellas rentas y de qué cantidad había invertido cada uno en el atractivo negocio. El examen de los datos proporcionados por el documento no solo permite identificarlos sino también evaluar su capacidad inversora.

En la compra del 1 % sobre la importación participaron 24 inversores, que gastaron algo más de 1.600.000 reales contables (1.632.102 reales 32 maravedíes. Las diferencias entre nuestras cifras síntesis y las que expresa la fuente tienen su origen en que concedemos preferencia a las lecciones de los valores parciales.); y en el negocio de los 1 y 4 % sobre la balanza 34, con un total de 3.330.000 aproximadamente (3.330.698 reales 25,5 maravedíes). La participación fue, a un tiempo, más barata y más restringida en la operación de rentabilidad más alta. Para comprar el primer derecho el inversor tipo hubo de emplear algo más de 68.000 reales, mientras que quien pudo acceder al segundo debió elevar su esfuerzo, por término medio, hasta casi 98.000. Se puede pensar en concesiones predeterminadas a una parte de los interesados, y creer que en la segunda oferta se encontrarían inversores más cualificados que la competencia seleccionó.

Nos apartaría ostensiblemente de nuestro plan resolver el primer problema, relevante pero carente de significado para aquel. Los interesados excluidos, en el supuesto de que se hubiera inducido la adjudicación a candidatos preseleccionados, no estarían menos interesados en la alta rentabilidad. De idéntica manera a los admitidos, representarían un orden inversor distante. Aun así, a los desviados de la primera operación podría habérseles aceptado en la segunda, dado el más alto precio, indicativo de una mayor concurrencia. Tampoco ha lugar llevar en esta dirección el análisis. Los tipos de inversor que se identifican, en cualquiera de las dos operaciones, son los mismos, y entre sí solo se diferencian por las cantidades que cada cual interesa, que varían dentro de un amplio espectro y que no descubren relación directa con la diferente rentabilidad.

Se podrían valorar otras circunstancias. La rentabilidad conocida para cada carga es el resultado, obtenido de unas actividades comerciales efectivas, contingentes y variables cada año, y no de una previsión. El primer derecho repartió un 28 %, como beneficio medio, durante un quinquenio, y el segundo un 16 con las mismas constantes; valores que los azares del comercio variarían cada campaña. De antemano, pudo parecer más atractivo este, porque gravaba toda la balanza comercial, y además, en la dirección de salida, con un tipo notablemente más alto que los otros, un 4 %. La mayor concentración de inversores, efecto de este señuelo, pudo estar en el origen de un precio más alto de cada participación, y después de un reparto de beneficios inferior.

Todas estas razones nos han parecido suficientes para analizar la información sobre los inversores, suministrada por la fuente, como un todo, 58 ahorradores interesados en deducir, con el sólido respaldo de la coacción fiscal, una porción del beneficio que originaba el comercio colonial de mediados del siglo décimo octavo, el primero de la península y uno de los más notables de Europa, entonces centro económico del mundo.

Las cantidades invertidas fueron muy diferentes. Desde los modestos 1.332 reales de cuenta sacados de los fondos de una capellanía a los 451.605 reales 17 maravedíes de la misma especie provenientes de las rentas de un vínculo. Es una parte previsible del comportamiento, observado en masa y reducido a cantidades la que concentra la curva que unificaría todo el movimiento descrito. A menor esfuerzo inversor tanto mayor es la posibilidad de invertir, y cuanta más cantidad haya que arriesgar más decrecerán los candidatos al riesgo. Mientras que 25 inversores arriesgaron hasta 49.999 reales y 17 entre 50.000 y 99.999, entre 150.000 y 500.000 solo invirtieron 7; una relación entre valores que permitiría deducir lo que podríamos llamar la función del inversor en aquellas circunstancias. Creemos que es suficiente para demostrar que la transferencia del dinero quedó a criterio de quienes fueran llamados a estas operaciones, y no de quienes las ofertaron.

Las cifras enseñan que una parte de los actuantes se ajustó a la tasación habitual del esfuerzo, que toma la unidad monetaria contable como parámetro. De estos, la mayoría tarifó su inversión en ducados (4.400, 5.500, 7.700, etcétera, hasta 66.000 reales nominales, equivalentes a 400, 500, 700, etcétera, 6.000 ducados de cuenta.) Otros prefirieron atenerse a la unidad de cuenta más fuerte, el peso (16.500, 54.000, 67.815 o 72.885 reales nominales, equivalentes a 1.100, 3.600, 4.521 y 4.859 pesos contables, respectivamente.) Si sumábamos ambos, abarcábamos en torno a la cuarta parte de los inversores. Para esta fracción el vendedor pudo admitir como pago una transferencia nominal, a través de cualquier documento activo en términos financieros.

De otros valores, porque se repitieron dos (21.691 reales 25,5 maravedíes, 31.692 reales 17 maravedíes) y hasta tres veces (80.133 reales 17 maravedíes), se podía sospechar que operaron en origen con unidades monetarias distintas a las vigentes para los sistemas hispánicos. No era una posibilidad rechazable, pero tampoco podíamos demostrarla con argumentos cuantitativos incontestables. Con más facilidad, estos casos podrían presentarse como el reparto equitativo entre partícipes en una cantidad invertida; que tampoco, tomada entera, se ajustaría a ninguna de las formas del dinero ya citadas.

Un vecino de la ciudad pudo compartir con otro de la capital del reino una participación en los negocios de 43.383 reales 17 maravedíes, de modo que repartidos por mitad a cada uno tocara 21.691 reales 25,5 maravedíes. Del mismo modo pudieron concertarse una señora, residente en la mayor de las poblaciones inmediatas a la ciudad, y las profesas de un convento establecido en otra del litoral que actuaba como antepuerto (31.692 reales 17 maravedíes por dos). Parece menos probable un concierto a tres entre los franciscanos de un convento de la ciudad, un conde de Castelo y un particular, pero bastante la acción mancomunada de los citados en último lugar (160.267 reales repartidos entre dos).

Los inversores solidarios pudieron invertir un activo que compartían por el valor nominal que resulta de la suma de sus participaciones, de modo que se puede concluir que esta hubo de ser la forma de pago para las tres cuartas partes de las inversiones, excluido su ajuste a las formas monetarias circulantes y nominales. El vendedor tendría que resignarse a la admisión de toda clase de efectos, financieros y comerciales, para satisfacer las posiciones de la demanda, según indica la alta proporción de esta posibilidad.

En una porción poco significativa -solo dos casos- se pudo operar con una de las monedas corrientes, el real provincial (1.332 y 149.868 reales nominales, equivalentes a 24 2/3 y 2.775 1/3 reales de plata.) De nuevo parecía que la escasa circulación de metal era algo más que un lugar común, incluso en medios económicos conectados con los circuitos comerciales de mayor radio. Por lo tanto, el vendedor poco ingresaría en moneda metálica.

Fueron 14 las formas legales de inversor. A cada una le hemos atribuido las cantidades arriesgadas que se le pueden adjudicar, según la fuente, también ordenadas por rango. Para cada una, pretendiendo completar lo que dedujéramos sobre su papel económico, calculamos, con la misma manera de proceder que antes, la inversión tipo que le correspondía.
Un prebendado de la catedral invirtió una parte de su renta en el negocio fiscal del caso. Su aportación (2.837 reales contables) resultó la inferior por tipo de inversor. El obispado no era de los mayores, aunque la concentración de habitantes en la capital fuera alta. Su casi nula dedicación a la agricultura la hacía poco útil para el diezmo. Las diferencias entre las capellanías que participaron en el negocio fiscal tienen apariencia geográfica. Mientras que la meridional, radicada en la ciudad, invirtió una cantidad significativa (31.236 reales 17 maravedíes), las otras tres, del señorío de Vizcaya, arriesgaron capitales pequeños (1.332, 7.700 y 8.800 reales). No sería correcto pensar, por esta causa, que las capellanías del norte disponían de rentas más bajas, y que esta circunstancia podía ser consecuencia de una alta fragmentación del patrimonio de las familias, efecto a su vez de transmisiones sucesivas. La inversión tipo de las capellanías (12.267), en exceso sintética porque encubre comportamientos bien diferenciados, es útil para situarlas en uno de los niveles más bajos de la capacidad para transferir ahorro.

Pero había una hermandad en la ciudad, la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, establecida en el convento de monjas de Nuestra Señora Santa María, tan saneada como enfática. Una vez satisfechos sus fines inmediatos, pudo emplear en el negocio fiscal 15.894 reales 32 maravedíes de sus fondos. La suma, probablemente alta para cualquier hermandad, sitúa esta clase de instituciones entre las de menos posibilidades inversoras. Una fábrica de un templo de la ciudad, el sobrecogedor de San Antonio, donde pudo materializarse la superstición que el texto sagrado adjudica a los santuarios babilónicos, altamente lucrativa; que actuaba como auxiliar de una parroquia matriz, tuvo capacidad para destinar 16.500 reales al negocio que está sirviendo de marco. La cantidad a la institución le valió un modesto lugar entre los agentes de aquellas operaciones.

Una parte de los ahorradores, en los documentos disponibles, se identifica solo por su nombre, al que a lo sumo añaden alguna circunstancia en apariencia poco relevante. Ninguno de ellos invoca título, relación con institución de alguna clase, pertenencia a determinada comunidad.

Disponer en beneficio propio de privilegio, o legislación ad hoc, era posible a título individual o a través de una corporación. La primera necesitaba, como condición política, contar a su favor con una posición de dominio, naturalmente excepcional. La segunda era muy asequible. Así, por ejemplo, eran decenas de miles, en cada generación, los que ingresaban en fundaciones conventuales, privilegiadas al menos como parte de la iglesia romana. La supervivencia en un mundo urdido sobre el privilegio no podía evitar la contaminación, como la exposición de la piel a los rayos del sol, inevitable cuando se vive a la intemperie, la curte. El procedimiento legislativo vigente había tenido su origen, y durante mucho tiempo había sido el exclusivo, en el privilegio, y aún con dificultad se abría paso la norma de alcance universal. Es posible que nadie pudiera reivindicarse al margen del privilegio, ni el menos agraciado. La obtención de rentas quizás en ninguna circunstancia tuvo la oportunidad de negarse el favor de algún límite. La ingenuidad, o libertad negativa, que nunca reivindicaron los revolucionarios del siglo décimo noveno, una falta de ambición que nunca se les podrá agradecer bastante, por naturaleza no era materia apta para que fuera tratada por la norma. Solo existía en el lugar adonde no alcanzaban las reglas. En las inversiones, porque eran intercambios sometidos a contrato, la libertad tenía que ser relativa.

Tal vez, en el documento, aquellos ahorradores silenciaran cualquiera de estas circunstancias; que tal fuera miembro de cierta hermandad y tal otro, con discreción, se hubiera inscrito en un gremio o universidad formada para actuar en el comercio, clase de corporación que fue objeto del más preciado de los privilegios económicos. Quienes procedían del señorío de Vizcaya se pretendían acreedores absolutos de la exención de servicios pecuniarios, solo por circunstancias de nacimiento y lugar. Desde que puede detectarse la presencia de una comunidad genovesa en la región se comprueba que recibía legislación específica. Y las viudas eran objeto de un paternal trato impositivo, que aligeraba su peso fiscal reduciéndolas a la mitad.

En caso de que cualquiera de estas circunstancias, o cuantas puedan asemejársele, hubieran concurrido, los que hemos agregado en este grupo prefirieron no anteponerlas, aunque las pudieran presentar como acreedoras de derechos que justificaran su participación en aquel negocio. Los ahorradores que solo se identificaron por su nombre, apenas matizado, al menos se distanciaban de los otros en que su recurso al privilegio, en aquella circunstancia, sería más remoto. Los límites a favor del manejo de esta parte de sus rentas eran menores y por eso mayores sus posibilidades de inversión. Nada impedía que el ahorro privado, desnudo, sin acogerse a la cobertura de instituciones que le proporcionaran sosiego a la conciencia, se aventurara en el mercado de los capitales, sin necesidad de que mediaran los instrumentos inmovilizadores a favor de personas, aunque quizás no tanto cuando afectaban a corporaciones. Podemos conjeturar entonces con fundamento que para aquella inversión tal vez emplearan las rentas libres de cualquier servidumbre, obtenidas de actividades y bienes cuyo uso no estuviera limitado por instituciones precedentes.

No habla en favor de la posición privada, entre las que compiten en el mercado de las inversiones, la nitidez de sus perfiles, expresados por las cantidades que emplean y por sus orígenes. Recorren un espectro amplio, como se puede esperar del grupo más nutrido, que suma 17 inversores, al tiempo que forman clases muy definidas. Dos pueden detectarse con más claridad: el de los inversores de apellido vasco y el de los que se pueden relacionar con la colonia italiana establecida en la ciudad. Los primeros comparten que ocupan los puestos inferiores del riesgo entre los de su clase. Los de la nación italiana tienen en común un módulo inversor mucho más alto. Su capacidad de arriesgar la expresa su capital tipo, 36.531 reales, no obstante entre los más bajos de los que nacían de la iniciativa individual.

Tres de los títulos que invirtieron en el negocio de la aduana nada declararon que modificara el mecanismo que les garantizaba sus rentas, a pesar de que uno de ellos se esforzó en relatar méritos acreditativos de su condición. Una marquesa viuda y un marqués se limitaron a enunciar sus apelativos. La inversión tipo del grupo, 46.799 reales, resume con aceptable precisión que se trataba de ahorradores que arriesgaron en torno a 60.000 reales como máximo. Una de las posesiones del mencionado primero era un lugar despoblado, no tenía siervos y por tanto difícilmente proporcionaba rentas de origen señorial. El título ingresaría como señor de otra población y dueño de tierras. Es posible que los tres representaran el orden inferior de la actuación de señores en el mercado financiero.

Se rindieron algunos conventos femeninos, activos inversores de sus capitales, al atractivo negocio gaditano. Los más decididos eran próximos. Arriesgaron en razón inversa a la distancia. Uno de la primera población antepuerto en la bahía invirtió casi 100.000 reales en total; 67.815 en la primera operación, que resultó la más lucrativa, y 31.692 reales 17 maravedíes en la segunda. Otro, de franciscanas descalzas, radicado en la ciudad, dispuso de 80.133 reales y medio, y el de Santa María de la Paz, de la capital de la región, puso 72.885. Solo el convento de las Brígidas, de Lasarte, que empleó nada más que 14.208 reales, a la vez que extremó la regla de la distancia que al parecer rigió la actuación de los conventos, se mostró reticente al negocio, tal como sus coterráneos. Esta es la causa de que la inversión tipo del grupo, 53.347 reales, no sea todo lo evocadora que el cálculo pretende. Si prescindimos del último valor, el tipo se incrementa en 10.000 reales, aproximándose a una frontera probablemente más precisa del papel que a los conventos femeninos tocó en el negocio financiero.

El documento también menciona la universidad de Irún, constitución primitiva del municipio de esta población, bajo cuyo nombre actuó don José Manuel de Zamora Irigoyen, vecino de Hernani. Invirtió una suma de 101.176 reales, cifra muy alejada de la disponible para los vascos que intervinieron en el mismo negocio. Hay que reconocer que se trataba de una institución, también en lo económico, singular y muy sólida. Más valor aún tiene que se tratara de una cantidad absoluta, y no de un tipo, que al mismo tiempo marca un límite, por encima del cual solo se situaban los inversores que aún no hemos analizado. Abre un abismo de casi 50.000 reales entre él y el anterior, que además duplica el valor tipo más alto de todos los precedentes. Esto permite afirmar que cuando franqueamos la barrera de los 100.000 reales estamos entrando en otra escala de la inversión.

La práctica totalidad de los inversores por encima de este límite contaron con la protección de un vínculo, uno de los mecanismos al servicio de la permanente génesis de rentas susceptibles de ser trasladadas al negocio financiero. A excepción de los inversores personales, nadie invirtió tanto como las familias titulares de instituciones de esta clase. Hasta un total de trece operaciones compartieron este denominador común. La combinación de circunstancias era múltiple. Para juzgar sobre el efecto de cada una, conviene aislarlas cuanto la fuente permite.

El número de inversores de las rentas de vínculos fue nueve, que emplearon los ahorros generados por diez instituciones. Una marquesa, domiciliada en la población más importante de las próximas a la gran ciudad comercial, con las rentas de un vínculo fundado en esta realizó cuatro operaciones distintas, que sumaron en total 240.939 reales 17 maravedíes. Un doctor en cánones, prebendado de la catedral, era titular de dos vínculos, uno fundado por Gaudioso de Berovia y el otro por el capitán don Juan de Ochoa Suazo. Con las rentas de cada uno hizo una operación, de 55.000 y 141.174 reales 17 maravedíes respectivamente, lo que para él supuso una inversión total de 196.174 reales 17 maravedíes. Los demás poseedores de vínculos hicieron cada uno una inversión.

Siete de los ochos inversores de rentas vinculares simultáneamente eran títulos. Podemos pensar que al menos las cuatro quintas partes del ahorro que emplearon sus poseedores tuvieron su origen en rentas señoriales, aunque nada impide que también tuvieran origen señorial las rentas de los vínculos del prebendado. El octavo no añadió a la descripción de su atributo institucional especificación alguna.

Los inversores de esta clase cumplen con relativa exactitud la que parece una ley general de la distancia financiera. Cinco procedían de la primera población próxima, con un valor tipo de 61.388 reales, tres de la propia ciudad (92.103), dos de la capital de la región (100.271) y otros dos de la capital del reino (176.642). De una desconocemos su procedencia. Si consideramos que cuatro de las cinco operaciones más próximas fueron decididas por la misma persona, la marquesa mencionada, la posición de los vínculos de aquella población en el mercado del negocio fiscal se vería sensiblemente alterada.

El vínculo confirió una de las posiciones más sólidas para intervenir en el mercado fiscal. Fue el soporte de la mayor inversión en absoluto. El matrimonio que había recibido por la línea de la contrayente el que fundó doña Susana Escón invirtió 451.605 reales 17 maravedíes en el derecho del 1 y 4 % sobre la balanza. Fue decisivo para elevar a otro orden la inversión. El titular de uno de estos derechos que menos invirtió empleó 66.000 reales contables, y la inversión tipo por institución se elevó a 176.520.

La iglesia de San Hipólito, de la ciudad cabecera del valle medio del primer río de la región, era colegial, y prefirió actuar corporativamente, o antes de repartir entre sus canónigos las rentas que ingresaba, para invertir 135.152 reales en los negocios a los que estamos refiriéndonos. Gracias a este esfuerzo mancomunado, se situó en una posición muy destacada entre quienes arriesgaron en aquellas operaciones.

De los tres patronatos que invirtieron en los derechos de la aduana, uno estaba destinado al culto del Santísimo. Lo había fundado Melchor de Cuéllar y su gestión, en 1753, estaba en manos del ayuntamiento de la ciudad. Del segundo solo sabemos que lo fundó don Manuel de Iriberri, y del tercero que su fundadora, doña Luisa Sierra, había actuado en nombre de don Alonso de Sierra, a saber si por minoría o por ausencia. El segundo invirtió una cantidad muy significativa, 332.837 reales, razón por la cual la inversión tipo del grupo se dispara (142.440). De no darse esta circunstancia, los patronatos habrían actuado en aquella ocasión a la altura de las instituciones con una capacidad inversora por debajo de los 60.000 reales.

Los santos lugares de Jerusalén, también obra pía, invirtieron 361.797 reales, y en la ciudad asimismo hicieron valer sus rentas dos de los hospitales más importantes de la región, ambos establecidos en su capital, el de la Misericordia y el de la Santa Caridad, la fundación del venerable Mañara. El primero invirtió 222.992 reales y el segundo 404.117 divididos en tres partidas equiparables. Tan notables cifras dan una apariencia excesiva del tipo. Las diferencias de tamaño de estas fundaciones permiten esperar su presencia en ocasiones de negocio más modestas.

Los mayorazgos, por derecho propio, ocuparon el lugar más alto de la inversión. Tres se interesaron en el negocio de la balanza comercial. El fundado por quien no tuvo inconveniente en presentarse como doña Francisca de la Padilla y Barrionuevo, del que era titular un hombre que tampoco eludió identificarse como don Jerónimo de Espinosa Torres de Navarra, estaba administrado por un marqués, residente en la capital de la región, que actuaba como tutor de aquel. Invirtió 146.198 reales 8,5 maravedíes. El capitán que en vida se dejó llamar don Juan de Saldias y Esturlain y una mujer que se resignó a ser conocida como doña Baltasara Quinert habían fundado en la ciudad asimismo un mayorazgo, que había recaído, por el tiempo al que nos referimos, en una doña habituada a comparecer como María Ana Ponce de León. Sorprendentemente, también carecía de la plenitud civil, y de su administración se encargaba una mujer, sin parentesco aparente con la titular, que vivía en una población del litoral mediterráneo próxima al primer puerto regional en aquel mar. Esta fue quien optó por invertir en aquel negocio 183.110 reales de las rentas que cuidaba. Al mayorazgo fundado por un don Pedro de Villasís le agregó un don Francisco de Villasís, que se hacía titular sin rubor conde de Peñaflor, caballero de la orden de Santiago y consejero de Indias, otra porción de bienes. Había recaído en doña Ana Catalina de Villasís Manrique de Lara (sic), casada con don Sancho Fernández de Miranda Ponce de León (sic), conde de Las Amayuelas y Peñaflor y marqués de Valdecorsena, título este de dudosa veracidad. Fue el marido, gestor de aquel patrimonio por vía consorte, quien de las rentas que generaba el agregado de bienes utilizó 279.811 reales en aquel negocio.

De la mitad de las inversiones en las rentas del tráfico colonial se sabe que llegaron de un lugar distinto a la sede del monopolio. Para el ahorro de la capital de la región aquel riesgo fue atractivo. Más de un tercio del flujo exterior, cursado en siete partidas distintas, llegó desde ella. De la capital del reino, en cinco aportaciones, fue enviada la cuarta parte de la misma masa, y de la primera población próxima procedió, en seis operaciones, tres vigésimos. Desde la población en el litoral mediterráneo llegó la mitad que desde la primera población próxima, y de la ciudad del valle medio del río la vigésima parte del total, en ambos casos por una iniciativa. Dos inversores, desde la población antepuerto, también contribuyeron con un valor en torno a una vigésima parte de la masa externa y una aportación similar llegó desde Guipúzcoa, repartida en cinco contribuciones, de las cuales tres procedían de San Sebastián y las otras dos de Lasarte y Hernani. La última cantidad llegada de fuera provino de Génova, la capital de Liguria, sección consolidada de los negocios de nuestra gran ciudad comercial.

Si calculamos la razón entre todo el capital invertido desde cada lugar y el número de operaciones a que corresponde, el resultado, o capital tipo de cada punto, es un valor equivalente, en términos aproximados, a la distancia entre cada uno de ellos y la ciudad. Los valores más bajos corresponden, como en un mapa, al antepuerto (49.754) y la primera población próxima (62.726), y los siguientes son los de la capital de la región (128.648), la ciudad del valle medio (135.152) y la población del litoral mediterráneo (183.110). La distancia financiera entre la ciudad y la capital del reino (118.168) sería menor que la que se observa en el espacio quizás porque fuera consecuencia de la intensidad en las relaciones que añade la función administrativa central; y aún más baja para las lejanas Génova (60.737) y Guipúzcoa (30.477), gracias a la radicación en la ciudad de colonias con aquellos orígenes, que para el caso pudieron actuar como sucursales o mediadoras que neutralizaban las distancias en el espacio.

De la procedencia de la otra mitad de las inversiones no es mucho lo que se puede decir. Solo sabemos que una tercera parte de ellas no tuvo que salir de la ciudad. Es probable que las restantes tampoco, y que su localización no fuera declarada por evidente. En rigor, no es posible interpretar en términos positivos el silencio. Los diez casos expresamente locales, aun así, corroboran la esquemática aproximación a la escala de los mercados que permite el caso. Su inversión tipo es la inferior (47.569), como nula tendría que ser la distancia a recorrer por el capital.

3. Sobre los mercados del crédito rural, una descripción extensa proporcionaría, para cada intervalo y para cada clase, un mayor número de valores tipo. Pero creemos que los dominios y los límites del sistema no habría que modificarlos en lo fundamental. Para aceptar que están satisfactoriamente representados por las cifras obtenidas parecen suficientes las referencias a las otras inversiones contemporáneas propuestas. Actúan como la cota de referencia en los trabajos geodésicos: son un límite por debajo del cual estaría, desde cualquier criterio, incluso la más compleja de las iniciativas económicas, de las activas en la agricultura de los cereales, que en 1750 se sirviera del mercado del crédito para el campo. Definido con este parámetro el máximo, al análisis de los órdenes financieros del campo permite estimar su alcance real.

Si la referencia son los tipos de inversor no es mucha la distancia que se puede observar entre un medio y otro. Corporaciones de las mismas clases que hemos visto actuar en la población agrícola actúan también en la ciudad. Bajo este criterio, la diferencia solamente la marca la participación abierta de los inversores personales, propios del centro urbano. Son las cantidades que arriesgan las que marcan límites con más nitidez. En la población de referencia, el superior del riesgo tomado por el crédito rural era 60.000 reales contables, cantidad que igualmente marcaba el límite para la mitad inferior de la inversión urbana. En la inversión en el negocio fiscal relacionado con el comercio, el techo estaba mucho más alto, algo por encima de los 450.000, y la mitad de las inversiones en este superó la barrera del crédito rural. No hay duda de que el término de comparación elegido es una referencia precisa para la descripción del orden superior en el empleo del ahorro, así como para trazar con seguridad la escala a la que estaba relegado el crédito en el campo a mediados del siglo décimo octavo.
El tamaño de la inversión parece reservar la relación más directa a las distancias que deben recorrer los ahorros para encontrar su destino. El incremento de la distancia tendía a variar, en razón directa, con el incremento de las inversiones. El movimiento del capital en el espacio generaría un costo que aumentaría con la distancia, a veces en magnitudes que podían ser muy significativas cuando se operaba materialmente, solo recompensadas por el tamaño de la inversión. Es una ley interesante a la parte del objeto cuya restauración perseguimos. En torno a los 60.000 reales contables se sobrepasaría el radio comarcal para entrar en los órdenes regional y superiores. Para el crédito que atendía las demandas rurales, su escala propia, según enseña el mercado de referencia, sería la comarca o negocio entre poblaciones colindantes. Esto limitaría el movimiento, desde las ciudades donde se concentraba el capital financiero, a favor del crédito en las poblaciones rurales.

Pero tan valioso como este marco, para el mismo objeto, es lo que debemos reconocer sobre la mitad de las inversiones en la ciudad: comparten el tamaño del ahorro que se arriesga en el negocio financiero del campo. Que fluyera hacia el negocio que se alimentaba del comercio o al crediticio que actuaba en la economía agrícola lo decidiría la oportunidad. Una parte pudo operar al mismo tiempo en los dos, y por tanto en alguna proporción estar presente en las inversiones que analizamos. En tal caso, estaríamos ante interesados en el negocio financiero absolutos.

El análisis de los ahorros que fluyen hacia la ciudad conduce también hasta el descubrimiento del principio que puede explicar esta divergencia de comportamientos, todavía más útil para la historia del crédito rural. La posición relativa de este, entre todos los mercados activados por el negocio del dinero, era la del margen, tanto más si se amplía el campo de visión y se observa que en aquellos momentos el ahorro podía obtener rentas mucho más altas que las deducidas de las cuotas de beneficios proporcionadas por el crédito. En el origen del doble mercado del dinero de la ciudad, intervenido y libre, significados que hay que atribuir a los eufemismos más frecuentes en el momento, censatario y mercantil respectivamente, en parte estarían las condiciones para operar en el negocio impuestas por la ley.

El racionalista económico, preocupado por el empleo correcto de sus silogismos, en esto vería mejor la fuerza inexorable de las decisiones óptimas, que como hechos humanos también se podrían llamar comportamientos gregarios, los que siempre terminan imponiéndose; sin tener en cuenta que no puede haber razones donde no hay reglas.

El crédito a premio, legal o tolerado, cuya vigencia en el medio rural resulta tan escurridiza; que solo actuaba de manera descubierta en los grandes mercados urbanos, que se reducían a la ciudad sede del monopolio colonial y la capital de la región; en los casos más lucrativos, a mediados del siglo décimo octavo, conseguía vender a un 8 %. Las participaciones en los detrimentos fiscales al tráfico comercial estaban proporcionando, hacia 1750, una rentabilidad comprendida entre un mínimo del 16 % y un máximo del 28. No cabría discutir que la alta rentabilidad del comercio con América sería la responsable de la tensión al alza de los tipos de interés comerciales. Cuando estas operaciones se estaban formalizando, la tarifa del crédito censal, que entonces dominaba en el mercado del crédito de capitales en el medio rural, se había inmovilizado en un modesto 3 % anual. La oportunidad de invertir en los ingresos fiscales, el menos rentable de los cuales duplicaba las ganancias en perspectiva de la mejor usura, por la razón deducida incluiría a los inversores pasivos más capaces, por encima de cualquiera de los actuantes en los otros dos mercados. Su descripción analítica, probablemente demasiado premiosa, que tiene en cuenta su aptitud para arriesgar cierto tamaño de los ahorros, permite mediante esas cifras cuantificar las distancias entre el óptimo relativo de las inversiones de alta rentabilidad, y escaso riesgo, y los pedestres inversores rurales, expuestos a los rigores del tiempo imprevisible.

Admitir flexibilidad en el comportamiento de los inversores de rango inferior daba mayor solidez al hecho aislado, la existencia de un universo con carácter llamado crédito rural. Su oferta estaría determinada por el mayor atractivo del crédito al comercio, polo cuya capacidad para imantar despejaba una parte de la competencia y le dejaba todo el campo. Las instituciones sobre las que se sostuviera serían las que no tuvieran demasiada renta neta, que no podrían aventurarse en operaciones exigentes, las que permitían un reparto de beneficios mayor. Muy probablemente eran las rentas secundarias o incluso marginales, de todas las que eran obtenidas del patrimonio familiar activo, las que circulaban hacia el crédito en el campo, hacia todo el negocio financiero rural. El tamaño máximo del capital de esta clase a disposición de los inversores, indicado en nuestra experiencia por el valor 60.000 reales, marcaría la pauta convencional para decidir sobre la dirección del riesgo. De no existir, todo el capital huiría a donde había más rentabilidad.

Además, la resignada posición del crédito rural sería otra obra de la remuneración común del capital en las poblaciones rurales. Sobre la más baja con diferencia, era escasa; para los observadores clásicos prolongación hasta el mercado financiero de los bajos rendimientos que entonces pesaban sobre las actividades económicas de aquel medio, dominadas por la agricultura de los cereales.

La espiral de la descapitalización que en consecuencia la amenazara la accionaba una circunstancia. Se transferiría poco capital a la producción agrícola porque el beneficio que la demanda de esta proporcionaba, cíclico, se podía obtener con más facilidad mediante la importación del trigo ultramarino; siempre que se acepte que trigo ultramarino significa exactamente no solo lo que parece, el importado de economías exteriores, sino también trigo almacenado, incluso en las bodegas de los barcos, que por su pérdida de calidad bien podía parecer expuesto a la humedad de las travesías marítimas, aunque en realidad procediera de la inversión masiva y oportuna en la producción regional que era almacenada.

Justamente por esto sería más razonable desviar cuanta inversión rural fuera posible al crédito mercantil, expresión en la que debemos incluir, si aceptamos la acotación precedente, el empleo de fondos en la adquisición de las cosechas de la región al por mayor cuando la alta concurrencia deprimía los precios.

Si esto fuera así, tendríamos que admitir que sería muy probable que el discreto crédito rural, modestamente, esperara en la remuneración que pudiera proporcionarle al capital arriesgado la otra parte de los ciclos, la de alza de los precios; una esperanza limitada e incierta pero verificable antes o después; una incertidumbre que permitiría a la demanda ganar la posición de dominio en estas relaciones.


Portes

Bartolomé Desmoulins

A mediados del siglo décimo sexto, para corresponder a la tasa del grano, la administración de la corona tasó el transporte de las fanegas de trigo y cebada. El objetivo declarado de las tarifas públicas era marcar un límite máximo para los precios, algo finalmente tan complicado como descansar los lunes, pedir perdón, sonreír a la madre del cónyuge o envasar el vacío en una botella con el encomiable propósito de ponerlo a la venta. El de los gobernantes que tomaron estas decisiones, según quedó escrito en las declaraciones de los motivos que pretendían justificarlas, era evitar que se incrementara en exceso el costo del bien de consumo básico.

Para el transporte, aquellas decisiones impusieron un modo de calcular los costos del servicio, llamados portes, que en lo sucesivo marcaría la formación de su precio. Simplificaron el procedimiento para que fueran acordados en unidades monetarias por legua y fanega. Por cada saco regular, origen de la persistente unidad de capacidad, variable como todas las antiguas, pero equivalente en cifras groseras a poco más de 50 litros, que contuviera cualquiera de aquellos dos bienes mientras eran desplazados se podrían pedir, a causa del esfuerzo, como máximo 6 maravedíes por cada legua recorrida, medida itineraria también sujeta a cambios de valor según territorios pero cuyo tamaño tipo se aproximaba a los 5,5 kilómetros. Cercano ya el fin de la misma centuria, la misma tasa fue actualizada a 10 maravedíes por legua y fanega, lo que equivaldría a unos 42 maravedíes por tonelada y kilómetro, para conceder reconocimiento legal a la presión al alza que los precios en aquel mercado estaban imponiendo.

La vigencia de esta una manera de acordar lo que había de pagarse al demandante del transporte la demuestran los precios documentados en contratos no sujetos al máximo, suscritos durante la época moderna. Para una parte de ellos rigieron valores comprendidos entre 10 y 20 maravedíes por legua y fanega, aceptados a mediados del siglo décimo octavo. Un acuerdo entre partes, completado en 1769, por los mismos conceptos aceptó como canon 14 maravedíes.

Pero los precios conminatorios, tan exigentes como poco sensibles a los cambios, dejaron de usarse ya en el mismo siglo décimo sexto, y cien años después de acordada la tasa ya no la tenían en cuenta ni arrieros ni comerciantes. No era más respetada que la que regía para los granos, idénticamente inútil. Por la misma razón que causan baja en los ejércitos totalitarios los más incapaces, arguyendo volumen del tórax, déficit de la estatura o pie cavo. León Hernández, astuto mediador de negocios transnacionales en un despoblado, tanto que llegó a ser desnombrado, fue excluido del servicio a causa de la deformidad de su pie. Plasmó en un secante su planta, y los doctores jurados certificaron que cargaba con un puente de un ojo tan abierto que su radio era mayor que la suma de las superficies sobre las que descargaba el peso de su cuerpo, respectivamente anterior y posterior a la comba. Había concertado con su novia de entonces, tricotadora hábil y modesta, de cuerpo redondeado por masas discretas, acogedoras, con tienda abierta por cuenta propia en las dependencias exteriores de una casa propiedad de su madre, por las que jamás le pidió nada, salvo una promesa de que sus días no terminarían en un asilo de caridad, anticuado, atendido por monjas, exigentes de la pensión que a causa de la agonía de su tiempo la beneficiaria percibiera, fuera del estado o de un fondo en el que los ahorros invertidos permitieran deducir ingresos, cumplidos los requisitos de la póliza; que lo esperaría, si fuera necesario. Había alcanzado ya la plenitud de su astucia, y acordó una sociedad con otro negociante, cuya actividad se había consolidado en poblaciones más próximas al centro de la región, incluidas actividades recreativas. Fueron las relaciones con aquel hombre de ardides las que le permitieron la natividad de sus días de ternura. Vivía convencido de que ya los conocía, gracias a la hábil tricotadora, que recompensaba sus encuentros con cálculos y conversaciones sobre el costo del hogar que compartirían en el futuro. Pero, gracias al conocimiento adquirido, tuvo conciencia del alcance de su apostura.

No obstante, a mediados del siglo siguiente, décimo séptimo, fue restaurada la tasa del transporte, nunca del todo derogada porque la ficción de la norma entonces era capaz para sostener la percepción de una autoridad cándida. La tasa del transporte había tenido un efecto inverso al buscado, aceptando que fuera el mismo que el declarado paternalmente en los documentos. El encomiable plan para evitar que se disparara el costo de los dos consumos básicos sirvió durante siglos a la justificación para incrementar el precio tasado de los cereales. El procedimiento para el cálculo del precio del movimiento que la tasa habilitó, a quienes traficaban con los portes, si querían obtener un beneficio fácil les permitía manipular la declaración de los trayectos recorridos, aunque fuera escasamente, gracias a que era ponderado a partir de unidades mínimas de volumen y longitud.

Una cuenta de arrieros de fines del siglo décimo séptimo enseña impúdicamente el huevo de los beneficios generados por el transporte durante la época moderna, una vez que se había naturalizado la opinión de que era un costo alto. Para mover 600 arrobas de mercancías entre el prelitoral cantábrico y la capital donde ya había radicado su sede una corona que unificaba los territorios de casi todos los reinos hispánicos, evaluables como la parte mayor de la península occidental del continente clásico, no tanto su contenido, que acumulaba injertos hérulos, tracios, eslavos y hasta arios, fueron empleados 12 arrieros y 50 mulos. Los gastos de los arrieros ascendieron a 300 reales, 400 hubo que emplearlos en la cebada para las bestias y 250 para el resto de necesidades surgidas a lo largo del viaje. Dado que los transportistas cobraron ateniéndose a la fórmula regular, a razón de 34 maravedíes por tonelada y kilómetro, el total de sus ingresos ascendió a 2.400 reales. Deducido el gasto, el ingreso neto resultante fue de 1.450 reales. Gracias a la nota se descubre que la voracidad de quienes arriesgaban moviéndose, petrificado el principio de cálculo por unidades de capacidad e itineraria, conquistó margen para descargar los factores del costo.

Pero, por si no fuera suficiente, el ingenio para multiplicar las oportunidades del costo se mostró fecundo, porque la capacidad para inventar carece de límites. Así León Hernández, que recibió la comunicación del tribunal médico una vez que hubiera decidido, porque era incapaz de sobreponerse a una renuncia temporal al tráfico de frontera que le inyectaba dinamita en las venas, exrostrarse con un clavo su ojo izquierdo. Había evaluado sus ingresos en una cantidad muy por encima del horizonte, al otro lado de la línea entre los dos estados, que le permitía alcanzar su vista. Así como Aníbal, por haberse expuesto a las aguas estancadas del lago Trasimeno, una vez recibidas innúmeras heridas, curadas de urgencia en campaña, perdió un ojo, trofeo que le valió más fama que cualquiera de sus victorias, conseguidas con un equipo limitado, esperanzas defraudadas, cálculos transportados por la orina a lo largo de la uretra, alcanzó la cima de su gloria, León ganó el corazón de la secretaria de su socio, cuya madre, que había enviudado joven, estaba a su cargo.

Una vez que fuera equiparado a Robert de Niro, por aquella época en la plenitud de sus días, tal como aún es posible admirarlo como Travis Bickle en Taxi Driver, admitió el costo que la persistente salud de Isadora, en casa de pocas plantas viviendo, contigua a la de su hermana, no tan felizmente viuda; cuyo cónyuge, empleado en una fábrica de cerveza, durante años se había resistido a cambiar de domicilio, afrontado a la factoría, puesto que todavía amaneciendo, ya el verano vigente, el aroma del lúpulo lo despertaba, aunque por último había consentido tomar un piso en la misma planta, hacer las tareas del hogar, gestionar los pagos mensuales, pasear en solitario, una vez perdida buena parte de su olfato; añadía a la servidumbre de los tuertos.

Si se deseaba incrementar aún más el beneficio, ya entonces se podía recurrir a cobrar el transporte por jornadas empleadas en la operación, en vez de por unidades de carga y longitud. Gracias a este precedente, se fue naturalizando la fórmula de los conciertos ponderados, para la que se tomaron como factores formadores del precio del transporte una serie tan dilatada de circunstancias imprevisibles que el precio final difícilmente se podía homologar.

Las características topográficas y materiales de la vía de comunicación podían justificarse como modificantes inmediatos. Eran más baratos los transportes en llano que en cuesta, y a consecuencia de la falta de buenos caminos podía, según un testimonio, recaer sobre el precio del grano el sobrecosto de 10 reales por legua en cada carga, sin contar con que el transporte por vía fluvial era más barato que el terrestre.

Para mediados del siglo décimo octavo, cuanto más largo era un desplazamiento, fuera en tiempo o en distancia, más caro debía resultar. Obtener mayores ingresos por razón de distancia, aceptado el procedimiento común de cálculo de los costos, no presentaba inconvenientes. Pero para incrementar los ingresos en función del tiempo, entre quienes ofertaban el servicio regía una evidencia, que la velocidad era inversamente proporcional a la duración del viaje, de modo que cuanto más durara mejores debían ser las caballerías y mayores los riesgos de cualquier clase, matices que podían ser ocasión de incremento de los gastos.

Movilizado por etapas, el precio del transporte del grano era algo más alto que si se desplazaba sin paradas, aunque los trayectos fueran más largos. Así lo demuestra la comparación de valores referidos a una misma distancia. Mientras que el costo de un transporte continuado era de 15 reales 28 maravedíes por fanega, en dos etapas la primera costaba 9 reales/fanega y la segunda 7 reales 27 maravedíes. Luego la diferencia entre una y otra modalidad era de 1 real menos 1 maravedí. Parte del beneficio que podía originar el incremento más remunerativo derivaba hacia las posadas, donde hacían sus estaciones los transportistas.

El carro era aproximadamente el doble de caro que el animal. Para una distancia entre 70 y 75 kilómetros, un vehículo con una capacidad para 36 arrobas cobraba entre 7,5 y 8 reales, mientras que una bestia que cargaba 7 arrobas cobraba 30 maravedíes. Esto suponía un gasto de más de 7,5 maravedíes por arroba, cuando se optaba por el carro, frente a solo 4,3 si se optaba por el traslado a lomos de animal. Los costos que para los transportistas ocasionaban las diferencias a favor del traslado en carro, a mediados del siglo décimo octavo, eran la manutención del ganado y la de los mozos. Por eso, en su momento, el precio del transporte a lomos de animal, más que alto, a quienes lo pagaban llegó a parecerles excesivo.

Nunca la tricotadora presumió, mientras transcurrieron sus días serenos, que el tiempo que había empleado en complementar el suministro de su tienda, a cargo de textiles del nordeste, tuviera que convertirlo en un gasto deducible. Llegaba por correo ordinario, cargado en vagones mercancía, y León, con el documento por el que ella lo autorizaba, pasaba a recogerlo, con el beneplácito de los empleados de la oficina, a cargo del tío de un amigo con el que compartía ocios y deportes, juegos de esfuerzo, antes de que fuera llamado a filas.

–De poco te servirá demorarte –le oí decirle, una vez que acudí al estanco frontero, repuesto de fumadores ahorrativos, previsores del costo que el suministro a granel, a economías dependientes y de ingresos limitados, suponía; porque pasaba por la puerta y rechacé justificar con un mal disimulado despiste seguir sin saludar; el escaparate colmado de colores, apenas del ancho de una ventana, la luz de plena mañana segregando cada cual para que cada ojo infantil los agregara en una suma, cuyo resultado cada plexo solar desbordaría.

Cuando, conocida la secretaria, tuvo que pagar los portes, la tricotadora los incluyó en su declaración de gravámenes.

Pero existían circunstancias que permitían que el transporte de mercancías en vehículos, por razón de volumen, fuera más asequible que el que se hacía a lomos de animales. El transporte en carro podía ser más barato que el transporte en animal cuando la densidad de la red era alta y las vías muy accesibles por razón de estado del firme. Al menos, esta era una de las convicciones con las que se hacían planes para la innovación de las comunicaciones en la época.

Al contrario, encarecía aún más el transporte que en algunos sitios fuera necesario trasvasar la carga a lomo de animal. En ocasiones, podía parecer conveniente pasarla de carro a bestia, porque lo impusiera el estado de las vías de comunicación. Pero sobre todo era una operación ineludible cuando el producto llegaba a través del mar envasado en barricas. Entonces, para cumplir con el transporte desde los puertos del litoral al interior, debía ser enfardado, envase necesario para adaptar la mercancía al transporte de herradura.

Las precedentes cosechas de forrajes y legumbres, que modificaban tanto el precio de estas como de los pastos con los que se combinaban, concurrían al costo de la alimentación del ganado para el transporte. A mediados del siglo décimo octavo, para hacer frente a este gasto, cuando había que cubrir largas distancias era un recurso habitual vender algunos animales en el trayecto. Y también eran contabilizados como costos, tratándose del desplazamiento a larga distancia, las reparaciones del medio de transporte y la sustitución de los mulos que morían.


Los fundamentos de la literatura

Continúa El banquete funesto

Recopilador

No comparten todos los egiptólogos la misma teoría sobre los fundamentos de la escritura jeroglífica. La que aquí se va a defender, inspirada por el deseo de rebatir que en su momento originó una reyerta sorda, en cuyo transcurso los contrincantes jamás se vieron las caras, pretende desenmascarar a quienes han ocultado, tras sociedades científicas sin ánimo de lucro, intereses bastardos, sirviéndose al tiempo de las posibilidades societarias que derivan del matrimonio.

Parece que la escritura jeroglífica egipcia, hasta donde es conocida, se regía por principios algo inestables, aunque no tan lejanos a los que hoy resultan familiares, puesto que inspiran también las normas de la manera actual de escribir. Los usos vigentes son herederos de otros remotos anteriores, aunque realmente próximos en el tiempo, y la impresión que del aparente empleo universal de pictogramas pueda deducir el observador que empieza a interesarse por la forma jeroglífica de escribir aquella lengua no debe conducir a un error por simplificación. En ocasiones es económica, y casi de inspiración taquigráfica, y en otras es premiosa y reiterativa hasta cansar, e incluso absurda.

Puede adjudicarse esta divergencia a que al analista contemporáneo han llegado inevitablemente prácticas distintas, seleccionadas por el azar certero del hallazgo arqueológico, que tanto puede revelar la aplicación disciplinada de unas normas con claridad aprendidas, si es que alguna vez fueron dictadas, como su uso abierto, flexible y hasta incorrecto, aun ejecutadas de forma precipitada y no deducida de los buenos fundamentos que debieron distinguir a los buenos escribas. Pudiera ser que todas estas posibilidades, paradigmas extremos al servicio de una explicación esquemática, sean prueba de que en aquella antigua escritura el estado normativo asiento de su práctica, si es que fue alguna vez elaborado, no había alcanzado el rigor que la fácil difusión de las reglas contemporáneas termina imponiendo.

En el egipcio medio o clásico, que puede ser identificado sin dificultad por quien vea los textos escritos sobre piedra desde fines del imperio antiguo, los jeroglíficos son ya en lo fundamental fonéticos, por lo que no es impropio llamarlos signos, aunque antes pudiera parecer más correcta otra denominación. Tales representaciones de sonidos, que por deseo de generalizar algunos llaman también fonogramas, como puede esperarse de la escritura estaban destinadas a reproducir los sonidos de las palabras utilizadas por el habla, de los que eran su traslado convencional.

Según una clasificación hoy admitida, tales signos en lo esencial podían ser alfabéticos o silábicos. Los alfabéticos equivalían a una parte de los sonidos que admiten su reducción a solo un signo de los que son usados por lenguas como la que en estos momentos se está usando, y con ellos componer un alfabeto artificial, muy parecido a los vigentes, también denominado pseudoalfabeto egipcio.

Formando juicio por la herencia gráfica recibida, pero también por los documentos que fundan con seguridad la tradición de la equivalencia entre los diversos signos que sin embargo pueden representar idénticos sonidos, no resulta desacertada la valoración alfabética de aquellos trazos, aunque habrá quien piense, con justificado sentido crítico, que es anacrónica. El estado de elaboración gráfica en el que se encuentra la lengua egipcia escrita por los antiguos admite la sospecha. Por aquella razón los signos alfabéticos también son llamados unilíteros o monolíteros.

Los otros signos expresaban sílabas compuestas con dos o tres letras del pseudoalfabeto, de donde los gramáticos conocedores de aquella forma escrita de la vieja lengua los creen especie de abreviaciones, ya que uno solo puede equivaler a dos o tres alfabéticos. A este propósito es adecuado tomar en consideración, aunque no sea relevante para la demostración deseable, para que el lector esta sí en especial considere, que la escritura jeroglífica del egipcio no representaba las vocales intermedias de las palabras, y en ocasiones hasta omitía algunas de las finales, por lo que en conjunto puede tomarse por una escritura predominantemente consonántica, aunque de ningún modo ignorante de las vocales.

Todo signo silábico egipcio se supone que tomaba su valor fonético de la palabra que en aquella antigua lengua servía para designar el objeto que representaba. Recurriendo a la analogía con el castellano, ocurría algo así como si la representación de una mesa sirviera para escribir la secuencia de sonidos mesa, y solo con ese fin podía ser elegida para la escritura. Lógicamente, cuando fuera utilizada la imagen con propósitos fonéticos, tan solo tendría que representar la secuencia de sonidos, sin que forzosamente hubiera de referirse al objeto en cuestión. En el uso regular del jeroglífico, la imagen de la mesa podría ser utilizada para escribir, por ejemplo, una parte de la palabra promesa. De ningún modo quien procediera a leer la frase en la que se encontrara esta imagen, completada por otro signo para que fuera posible escribirla entera, en el supuesto aducido, durante la lectura tendría que tomar en consideración aquel mueble en sentido alguno, ni siquiera acordarse de él; solo tendría que identificar por la imagen la cadena de sonidos adecuada.

Sería, en consecuencia, un uso de los signos que se podría aceptar como perfectamente actual, porque la condición de su correcto empleo es que hace posible, y hasta recomendable, olvidar que el dibujo mesa tenga algo que ver con el objeto que por la pronunciación exclusiva de esos sonidos debe ser identificado.

Lo mismo habría ocurrido en el supuesto de que en el origen de la actual letra a estuviera el dibujo de una cabeza humana, y se hubiera alcanzado el estadio de su uso en el que ya todo el mundo actuara sin necesitar la conciencia de que aquella forma fuera la justificación del rasgo que hay que trazar para escribir el signo, que sin embargo parecería perfectamente abstracto y convencional, directo y limpio capricho que por su singular pureza puede ser colmado con el contenido que se desee, aun sin dejar de ser la representación simplificada de una cabeza humana.

Hasta aquí, aunque se hayan deslizado algunos argumentos discutibles, todas las teorías pueden convivir. Lo que sigue es el centro de la controversia

La propiedad de la lengua escrita en la que es necesario detenerse, porque no es decididamente respetuosa con esta regla del juego de la escritura jeroglífica, deriva del principio de su práctica que ha sido expuesto, razón además justificativa de que se haya demorado el relato de forma tan escolar en la precedente llamada de atención.

Según la finalidad que tenga su uso, procediendo de nuevo a clasificar con el método analógico, los signos silábicos egipcios pueden ser separados en dos grupos, los sonoros y los determinativos. Los primeros, como ocurre que unos pueden representar por sí dos y hasta tres sonidos equivalentes a dos o tres signos alfabéticos, son denominados, cuando quien explica desea ser extremadamente preciso, bilíteros y trilíteros, modo de llamarlos que mantiene el criterio inicialmente elegido para separar los tipos de signo que en el jeroglífico egipcio clásico suelen distinguirse.

Puede sorprender que sean utilizados estos dos tipos de signo existiendo los alfabéticos o monolíteros, que podrían cargar con todo el trabajo, deducción sintética a la que podría haber llegado el escritor antiguo. Sin embargo, este modo de observar el problema no tiene en cuenta el principio de economía de la escritura, un criterio elemental, deducible desde humildes estimaciones paleográficas, de especial valor cuando se trata de esta modalidad de escritura. Dada la lentitud con que cada signo debía ser trazado, porque la formalidad figurativa siempre fue mantenida y respetada, aun en la más cursiva escritura hierática, dibujar uno que representara más de un sonido ahorraría trabajo. La razón de la economía del esfuerzo sería bastante para justificar el uso de la amplia batería complementaria de signos no alfabéticos.

Siendo bilíteros e incluso trilíteros los signos silábicos, también ocurre, para mayor paradoja, que ocasionalmente puedan ser complementados o auxiliados por signos alfabéticos. De la función que tienen reservada en la escritura esto es lo que del modo más sorprendente los caracteriza, que precisamente no solo puedan ser utilizados para representar el sonido inmediato que se les reconoce, sino que también pueden complementar el valor fonético de los signos considerados silábicos. Tal abuso de la regla deducida revela la supervivencia de anomalías, que solo por generosidad pueden ser llamadas excepciones, y sitúa sobre la acertada pista que podría explicar la emergencia de equívocos a consecuencia del recurso a medios expresivos innecesariamente redundantes.

Había razones gramaticales que aconsejaban la composición híbrida de las palabras, aunque estas actuaran desde una posición de dudosa solidez normativa. En la lengua egipcia escrita puede suceder que dos palabras, o distintas secuencias de sonidos, y a veces tres y hasta más, sirvan para designar un mismo objeto. Es una consecuencia derivada de que el origen de los signos silábicos, con toda probabilidad, remonte su valor a un ideograma, y que para dar nombre a una cosa la idea que la sugiriera fuese en unos casos una y en otros otra; como desde distintas ideas, por una asociación en secuencia de pensamientos vertiginosos, para la que no es fácil encontrar una explicación satisfactoria, feliz fuente de toda la imaginería de la palabra, es posible llegar a la explicación justificada de un mismo hecho correcto, más aún de un objeto, distintas palabras, de extracción diversa, distintos caminos señalados por distintos sonidos pueden llevar hasta el mismo lugar. Para evitar esta desviación, y hacer más precisa la lectura del signo silábico, existía la costumbre de escribir, al lado de la mayor parte de los de esta clase una o todas las letras que formaban la sílaba que representaba el signo en cuestión. Parece justificado, pues, que por esta razón fueran usados signos alfabéticos asociados a los signos silábicos, y de este modo asegurar su comprensión y evitar la ambigüedad.

Algo distinto son los determinativos, signos que son en todo idénticos, por apariencia, a los anteriores, aunque su sentido es distinto y no obstante próximo al recién examinado. Su existencia está justificada por una razón igualmente específica. Más que en ninguna otra, en la escritura egipcia es posible que llegue a emplearse con mucha frecuencia una misma forma escrita de una palabra para expresar conceptos diferentes. El procedimiento común en el que está basada la escritura es razón suficiente para explicar la alta frecuencia con la que puede presentarse esta posibilidad. Pero también ocurre, al estar compuestas con dos letras las que se pueden considerar las raíces de la mayor parte de las voces, que no hay muchas posibilidades para multiplicarlas, o que por necesidad los signos elegidos pueden ser pocos.

Para ser rigurosos, hay que añadir que el interesado, aun así, puede documentar un buen número de signos silábicos dispuestos a representar sonidos, y que estos signos efectivamente representan una amplia gama en cantidad significativa de casos, lo que por tanto impide tomar cuanto se está afirmando como una regla cerrada. Pero la práctica se alía también en esta ocasión con la tendencia espontánea o previa de la escritura para conducirla hacia la economía de signos. El sistema de escritura adoptado debió tener medios fundados para llegar hasta una correcta elección de cuáles debían ser los mejores jeroglíficos para representar cada par de sonidos, aunque no están del todo claros los criterios que pudieron ser los decisivos. En la mayor parte de las expresiones, una vez elegidos, a unos signos sí y no a otros los fue convirtiendo en representantes preferentes y reiterados de aquellos determinados sonantes grupos cerrados. Lo definitivo fue que tan solo cerca de un centenar de esos posibles signos, sobre todo bilíteros pero también trilíteros, fueron los comúnmente usados.

Para evitar el riesgo de ambigüedad, el mayor defecto de los usos de la escritura jeroglífica, fue necesario, en consecuencia, recurrir a los determinativos, signos colocados después de la parte fonética de una palabra que el lector debía interpretar aunque de ningún modo pronunciar, porque no estaban destinados a modificar en algo el enunciado sensible de las voces. Su objetivo único era distinguir los diversos sentidos posibles de una misma raíz.

En la composición de las frases, la secuencia de las ideas podía cargar con una parte de la responsabilidad para evitar la ambigüedad, pero el peso de aquel duro trabajo terminó recayendo en la invención paralela y ciertamente ortopédica de los signos adicionales, encargados decisivos de evitar las confusiones cuando se hacía necesario, llamados determinativos.
Llegadas las expresiones de sentido abierto, tales signos auxiliares eran decisivos, si no obligados, para permitir la correcta interpretación de las palabras que habían sido escritas con signos que representaban determinada secuencia consonántica pero cuyos significados no estaban resueltos. Era, por ejemplo, el caso de la solución jeroglífica de los sonidos smn. Si iban acompañados del pictograma de una oca significaban oca del Nilo, pero si iban acompañados de un trazo horizontal con una pequeña muesca en el centro significaban establecer.

Dos son las clases en las que ahora, a partir de este criterio básico, suelen separarse los determinativos, la de los especiales y la de los genéricos. Son especiales los que se aplican solo a un número muy restringido de palabras de la misma naturaleza, mientras que genéricos son los que están destinados a referirse a grupos muy numerosos. Debió bastar su representación, como si de una advertencia paralela se tratara, no del todo explícita, como la que los símbolos contienen, para que el intérprete pudiera encontrar el sentido específico que la palabra en cuestión quería expresar. Indicaba simplemente una categoría o grupo en el que la voz podía ser encuadrada y al que por tanto, por este medio, se consideraba que pertenecía, porque igualmente en esa familia el objeto al que la palabra hacía referencia era con facilidad localizable.

Por esta razón hay quienes apellidan a los determinativos semánticos, porque efectivamente en este orden rinden todo su servicio. Es verdad que el uso de los signos alfabéticos con un sentido fonético puede admitirse también como determinativo, valoración particular del signo que no sería incorrecta, porque tiene en cuenta que, así como el determinativo semántico evita que se extravíe el sentido, aquel matiz evitaría que se errara en la pronunciación. De considerar de este modo el uso de los signos alfabéticos asociados a los bilíteros o a los trilíteros, debería tenerse presente que su consecuencia, para la práctica de la lectura, sería sobre todo gramatical, y que por tanto su efecto primordial sería morfológico, y que tal vez desde alguna de estas maneras de ver también podría apellidarse el legítimo determinativo deducido. De ahí que pueda resultar prudente, aunque parezca redundante, hablar de determinativos semánticos, y así evitar innecesarias confusiones donde ya de por sí la ambigüedad tiene sobradas posibilidades de ensombrecerlo todo.

También justifica esta manera de hablar otro uso del jeroglífico, al que por ahora solo se ha hecho alusión, el último que por el momento hay que examinar, el ideográfico. La correcta comprensión de su valioso papel, y del significado que de este deriva, debe partir de la constatación de que el determinativo semántico, según se ha denominado, para distinguirlo con precisión, por más que parezca inmediato, es el usado con menos frecuencia, y hasta llegó a ser excepcional su presencia en los textos epigráficos.

Hay un uso común de la solución que el determinativo proporciona, más frecuente tal vez por aún más sencilla. En lugar de escribir una palabra entera con su desarrollo fonético más o menos completo, o sus signos sonoros comunes, más su determinativo de una o de otra categoría, toda la compleja serie es con ventaja sustituida por un solo jeroglífico. Semejante tipo de representación figurativa, también llamada ideografo, ideograma o pictograma, está destinada a expresar palabras enteras. Normalmente, aunque no siempre, para ganar en precisión estos jeroglíficos suelen estar seguidos del signo |, que hace de indicador de que la imagen que ha sido representada tendría que interpretarse en su sentido propio. Cualquier nombre de animal o planta, o cualquier objeto, cosas que puedan ser representadas por medio de un jeroglífico claro e inequívoco, son escritos de manera preferente usando solamente este signo.

Pero no solo el determinativo específico puede resolver la escritura de hechos materiales, sino que igualmente puede servir a la representación directa de ideas, aunque bajo ciertas posibilidades que por el momento se dejan abiertas pero que conviene que advertidas queden.

Tales jeroglíficos pueden tomarse en sentido estricto por determinativos específicos, tan exactos que no pueden ser confundidos con otros y que por eso hacen innecesaria cualquier aclaración fonética. En realidad no son nada distinto a los semánticos, con la única y significativa diferencia de que el jeroglífico único absorbe todas las funciones gramaticales que debe representar la serie de imágenes reducidas a signos en el otro caso.

De su existencia podría derivarse con fundamento la teoría de que el camino seguido por el desarrollo de la escritura jeroglífica egipcia pudo ser el inverso al que ha seguido esta explicación. Pero de lo que no hay duda es de que todos los determinativos, sean morfológicos, semánticos o específicos, porque en el fondo comparten la condición de pictograma, en conjunto son la prueba de la convivencia de elementos ideográficos con los fonéticos en la lengua egipcia antigua, aun en tiempos de su plenitud clásica.

No era obligada la indefinición para que estos pictogramas complementarios fueran utilizados. Solo por afán de precisar, en ocasiones, las palabras eran completadas con el determinativo, y de este modo quedaba advertido el lector, al entrar en un texto, cuál era el dominio semántico en el que debía situarse para interpretar correctamente los sonidos consonánticos que habría de ir identificando. Era usual que fuera dibujada una imagen solo para advertir que se estaba escribiendo de dioses, un aspa encerrada en una circunferencia cuando la frase estaba referida a ciudades o una línea quebrada, en posición vertical, cuando el asunto era algún pueblo extranjero.

Desarrollado el sistema jeroglífico de escritura, debió ser posible, para quienes escribieran aquella lengua, utilizar la imagen de cierto objeto para enunciar palabras sin ninguna relación semántica con él, y que conservaran como único vínculo, aunque incluso en el habla fueran expresadas con una pronunciación distinta a la correspondiente a la forma que se dibujaba, una secuencia de consonantes idéntica. Pudo justificarse este procedimiento como el medio más seguro al que se podía llegar para expresar en la escritura los conceptos abstractos, que efectivamente mal podían quedar resueltos por la fórmula descriptiva elegida para expresarse por escrito. Es más que probable que esta necesidad estuviera en el origen de aquella extensión de la regla. Aunque se perdiera precisión en la expresión escrita, a cambio se ganaba la extensión del horizonte, hasta unos límites desconocidos, de lo que era posible presentar a los ojos de quien leyera.

Además, la aparición en fecha bastante temprana del estilo cursivo o hierático, versión de la escritura jeroglífica que recibe un nombre derivado de la palabra griega reservada para distinguir a la casta sacerdotal, estilo impuesto con probabilidad por la necesidad de que el curso de los signos sobre el papiro fuera rápido, e inspirado en principios sintéticos que también tendrían efectos económicos, debió facilitar la evolución esquematizada. Gracias a este recurso, pronto estaría al alcance de quienes escribieran, por ser a un tiempo sintética y sencilla, la solución que de forma más resumida se puede llamar bilítera, según la nomenclatura empleada más arriba.

Pero, a pesar de la extensión del modo hierático de trazar los signos, una característica del estilo que aplicaban los textos oficiales, que probablemente hicieron más por la selección de las formas supervivientes que otros cualesquiera, fue conservar con delicadeza todo el detalle y la forma natural de los símbolos empleados por referencia a sus fuentes materiales. Fue así posible que los fundamentos figurativos del sistema de escritura jamás se perdieran y que se prolongara indefinidamente una tradición gráfica que legítimamente admite ser llamada pura.


Vive oculto

Bartolomé Desmoulins

Entre los antiguos, fue difundida con éxito la siguiente creencia. Habitaban en algunos lugares de África unos hechiceros que secaban árboles, e incluso daban muerte a niños, si los encomiaban. Por esta causa algunos temieron ser elogiados por un hechicero, fuera que las palabras salieran de su boca o de la de otro pero en su presencia, porque a su alabanza cualquiera de ellos podía añadir palabras de hechizo o de encantamiento que pasaran inadvertidas. De la misma creencia provino la superstición de referirse a uno mismo con denuestos y desprecios, porque el elogio pronunciado con vanidad podía hechizar.

Investigada por quienes aceptaban aquella especie, descubrieron que la cualificada capacidad de aquellos antiguos hechiceros no provenía de sus palabras, que en sus sortilegios eran solo un ardid embaucador, sino de un hecho singular. En la visión poseían cierta cualidad emponzoñada y casi corpórea, inductora de la enfermedad o la muerte.

El alma de alguien profundamente inclinado al mal tenía la marca de hacer daño, y el cuerpo, unido al alma mediante los movimientos del corazón, también se veía transformado, y su transformación llegaba hasta los ojos. El mal había sido introducido por la naturaleza para castigo de las mentes embrutecidas. Le pareció bien a la naturaleza, así como engendró en el hombre la costumbre de alimentarse con entrañas humanas, tomada de los animales salvajes, producir en todo el cuerpo y también en los ojos de algunos una especie de veneno, para que no existiera ningún mal que no lo tuviera también el hombre. El cuerpo era empujado por el alma y, afectado por el mal, se convertía en causa o instrumento del daño. El alma o la imaginación dañada empujaban los cuerpos, que parecían desprender venenos después que veían. Desde los ojos se podía emponzoñar algo que estuviera fuera de él, sobre todo si era fácilmente mutable, como el niño, más débil y por eso con más facilidad víctima de aquella señal. Como réplica, dada su especial virulencia contra la infancia, había quienes colgaban del cuello de los niños dijes deformes para alejar hechizos y fascinaciones, que tenían el efecto de apartar los ojos de los que contemplaban a las criaturas fijamente.

Se temió la vileza del que miraba, pero también fue motivo del recelo fascinante solo la exagerada fealdad, porque era concebida como imagen del mal. Presentaron como ironía cruel de esta superstición la que por obra del destino se obró en cierta hembra, nacida en matrimonio legal, a quien su padre decidió poner por nombre Bárbara, mujer buena y de carácter apacible, que con el tiempo resultó de una fealdad extrema. Algo similar que le habría ocurrido a una buena madre, que por incontinencia, y exceso de celo en el cumplimiento de sus compromisos familiares, puso a su hijo por nombre Emiliano Adrián, siendo que el apellido del padre era Cristóbal. Decisión tan desaforada obró a través del metabolismo del muchacho. Resultó de una fealdad triple, fruto de la deformidad que su cuerpo había adquirido a causa de su enorme tamaño. Al mismo orden correspondió lo que ocurriera con el esclavo Esopo, el más feo de todos los hombres que haya descrito la literatura antigua. Su dueño lo regaló a un vecino con la esperanza de que su casa quedara encantada.

Cuando se trataba de mujeres hechiceras, poseían tan gran maldad en su corazón como en su mismo cuerpo, y fácilmente emponzoñaban con la fuerza de su imaginación natural. Tan poderosa era su imaginación que llegaban a dañar a los niños más débiles, igualmente cuando se dirigían hacia ellos con los ojos, mientras los contemplaban fascinadores. Hasta podían matar a quienes eran capaces de concebir en su mente mediante su imaginación penetrante, e incluso a sí mismas.

Un efecto moderado tal fuerza era que los ojos de la mujer en menstruación, el estado en el que la condición femenina acumulaba más poder, eran capaces de emponzoñar el espejo, aunque, por lo que se refiere a los espejos manchados por mujeres en periodo de menstruación, aún no se había dilucidado del todo si se debía a la vista o al aliento.

Fue buscada la razón de tan portentosa manera de manejar así la adulación como la mirada, tanto en hombres como en mujeres, y encontraron que sus causantes genuinos, los primitivos hechiceros africanos, eran híbridos descendientes de dos etnias singulares. Una la de los tribalios, gente tracia que se movía en zonas bajo influencia del cauce inferior del Danubio. La otra la de los ilirios, asentados en la costa oriental del Adriático. Cualquiera de ellos había hechizado con la vista y provocado la muerte, con más facilidad a los muchachos, cuando miraba atentamente durante largo tiempo y con ojos particularmente airados.

Evolucionaron estas creencias a la idea de que a quienes hablan de sí de manera elogiosa les sobreviene la envidia como desgracia, un hallazgo cuya convergencia con los precedentes más remotos registró la cultura griega antigua con una palabra, la que eligió para expresar la acción de fascinar, que indica a la vez envidiar. Por eso a quienes actuaban movidos por la envidia se les tenía por instrumentos de la fascinación.

Por tanto, el daño de la fascinación procedería de los ojos, y no de los labios de quienes elogiaban a personas objeto de sus alabanzas, por fascinar definitivamente se entendió apropiarse por la mirada y se tuvo por fascinado al que quedaba sujeto por lo que veía.