Babilonia. 2
Publicado: octubre 28, 2021 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: historias Deja un comentarioCosme Pettigrew
Las dos zonas en las que estaba repartida la parte monumental de la ciudad interior, una áulica y otra religiosa, quedaron unidas por la vía procesional, el gran eje norte sur de la zona más protegida de Babilonia. También rehecha infinidad de veces, los trabajos arqueológicos han rescatado unos novecientos metros de toda su longitud, lo que es suficiente para saber que su trazado tuvo como fin unir la puerta de Ishtar con el complejo dedicado a Marduk que Esagila y la Etemenanki formaban, por donde pasaba la fracción en la que sus constructores pusieron más atención. Cuando llegaba al zigurat –el primero de los dos recintos sacros– giraba al oeste para terminar en el único puente que cruzaba el Éufrates, situado hacia la mitad de su trayecto incluido dentro del espacio urbano y que unía la parte oriental de la ciudad interior con la occidental.
Si bien la vía procesional en sentido estricto quedaba comprendida dentro del espacio de la ciudad interior, en realidad es la parte más solemne de una línea cuyo trazado está decidido por los principales cultos que en la ciudad se celebraban, el más importante de los cuales era la fiesta del año nuevo, también conocida como fiesta del Akitu o Bib-akitu, una conmemoración anual que tenía lugar durante el equinoccio de primavera. Era la más concurrida de las fiestas que en Babilonia celebraran en honor de Marduk, y duraba del 1 al 11 de nisan, el primer mes del año babilónico. En su transcurso nadie podía sustraerse a la tiranía del culto a Marduk. El bullicio que provocaba arrastraba a toda la población.
La fiesta cumplía un papel tan relevante en la vida de la ciudad que la autoridad pública, durante décadas, mantuvo la redacción de una crónica dedicada a consignar su celebración. Explicaba las razones por la cuales ciertos años “Nabu no vino para la salida de Baal [y] Baal no salió”. Nabu, encarnación babilonia de la escritura y del saber, a quien aquella mitología presentaba como hijo de Marduk, era el dios propio de Borsippa, ciudad próxima a Babilonia, desde la que cada año se trasladaba a la capital para allí participar en la fiesta. Razones de seguridad aconsejarían que los años en los que la monarquía estaba empeñada en una guerra la fiesta fuera cancelada.
Conocemos parte de sus ceremonias gracias a una serie de tabletas que describen elementos de su ritual, aunque con importantes lagunas. Recurriendo a secuencias rituales análogas que han llegado hasta nosotros, así como a las múltiples alusiones que contienen otros textos, se puede reconstruir satisfactoriamente al menos una parte de su desarrollo. La fiesta comenzaba con una oración del sacerdote a Marduk, en la que por antonomasia era apelado como Baal, terminada la cual se abrían los actos rituales con la peregrinación de Nabu desde Borsippa. De lo que ocurría durante los días segundo y tercero no sabemos nada con seguridad, porque el texto que sirve para organizar su calendario, conocido como texto del Louvre, comienza con los actos del cuarto día.
El momento a partir del cual la relación de los actos festivos es recuperable está señalado con otra oración a Marduk, probablemente recitada tres horas antes del final de la madrugada de aquel cuarto día, en la que se le nombra “Señor del mundo, rey de los dioses, Marduk que determinas los destinos […], que ostentas la realeza, posees la soberanía”. En ella además se le pide por Babilonia, su ciudad, que sea indulgente y que tenga piedad de Esagila, su templo.
Después, aquel mismo cuarto día por la tarde, el gran sacerdote recitaba de principio a fin la Epopeya de la creación o Poema de la creación babilónico, que narraba los orígenes del mundo, cuando aún no existían ni el cielo ni la tierra, únicamente el abismo primordial. De esta manera se pretendía evocar que la celebración del nuevo año significaba el comienzo del mundo, del que era la renovación. Durante esta declamación las tiaras de Anu y Enlil se cubrían con un velo, como si se quisiera evitar que los que antiguamente eran los grandes dioses del panteón mesopotámico se inquietaran con la promoción conseguida por el pequeño Marduk.
Al día siguiente, el quinto de la celebración, tenía lugar la ceremonia de purificación del templo, liturgia que exigía que el dios lo abandonara. En el transcurso de esta jornada no solo era necesario el concurso del cuerpo levítico, sino que en la parte del ritual que durante ella se representaba también era indispensable la presencia del rey. El monarca era el encargado de coger la mano del dios para hacerle abandonar provisionalmente su templo. Cada fase de la ceremonia estaba marcada por ritos que ejecutaba bien el gran sacerdote bien el rey, y en ocasiones era necesario que ambos actuaran a la vez. Pero en el momento de mayor significado de la jornada, ante la multitud asistente, el gran sacerdote despojaba al rey de las insignias de su poder, le abofeteaba y le obligaba a arrodillarse delante del dios. El rey tenía que implorar el favor de Marduk para ser reinvestido de su poder. Tan desconcertante rito concentraba su enorme poder liberador en los minutos durante los cuales los babilonios, atentos espectadores del escarnio, se esforzaban por captar los signos que en su transcurso pudieran revelarse, para interpretarlos y así predecir el porvenir. El código que los súbditos aplicaban a la exégesis de la ceremonia estaba inspirado por el valor político que a la representación se le concedía. Si, como consecuencia de la bofetada, el rey dejaba caer unas lágrimas, había que interpretar que había recibido el favor divino. Por el contrario, si no derramaba lágrimas, no podía caber duda sobre que estaba próxima su caída.
La fiesta, una vez que era ofrecido un banquete a Marduk, terminaba con los actos comprendidos entre el octavo y el décimo primer día. El octavo se emprendía la procesión hacia el Akitu o Bit-akitu, templo del que sabemos que estaba al norte de la ciudad, con mucha probabilidad en pleno campo, todavía no localizado. En aquel recinto, en los tiempos antiguos, se celebraba uno de los actos más trascendentes de todo el ciclo festivo, el matrimonio sagrado entre el rey, que representaba al dios, y una sacerdotisa, destinado a garantizar la fecundidad del país para el año que empezaba.
En la época a la que nos referimos la procesión, formada por sacerdotes, tenía como objeto llevar al Akitu las imágenes de los dioses, entre las que el papel protagonista correspondía a la de Marduk, que así emprendía una pequeña excursión por fuera de los muros de la ciudad. La procesión dejaba atrás la Etemenanki, tras una breve parada ante la colina santa y otra en el estrado de los destinos. Después, tomaba la vía procesional para salir por la puerta de Ishtar, y a continuación el dios se embarcaba para llegar por el agua, a través del Éufrates, al Akitu. Llegado a su templo del campo, Marduk pasaba tres días en él y el décimo recibía a los dioses, que le hacían una visita solemne. Al día siguiente, el undécimo, todos juntos regresaban a la ciudad.
De esta manera, las procesiones, que solo podían celebrarse con plenas garantías cuando se daban todas las condiciones de seguridad, a causa de las multitudes que solo ellas satisfacían, terminaban siendo el elemento ritual que daba unidad narrativa a las fiestas. En el espacio, el medio unificador era la vía a su servicio, la vía procesional, y la puerta de Ishtar su nudo. Marcaba el punto en el que el camino que seguían las procesiones, después de rodear el recinto del zigurat y el palacio, dejaba el interior de la ciudad, o permitía que a través suya se retornara a la vía procesional. Era una marca destinada a representar permanentemente la solemnidad de las celebraciones del año nuevo.
La importancia del culto a Marduk no ensombrece, en la plenitud del primer milenio antes de la era, las muchas más celebraciones religiosas públicas que en Babilonia había, menos oficiales pero probablemente con mayor audiencia, algunas de las cuales, por su espontaneidad, parecen poco compatibles con las solemnes y un tanto envaradas fiestas del año nuevo. De entre todos esos rituales es interesante detenerse en los de la ancestral Ishtar, ahora revitalizada, muy presentes en Babilonia en los tiempos del nuevo imperio.
Por desgracia, también en este caso solo nos quedan algunos fragmentos de sus celebraciones. Proceden igualmente de tabletas que proporcionan textos relacionados con los ritos, así como otras que permiten conocer indicios simbólicos interesados. Los textos más explícitos, que por suerte pueden ser concordados con otros registrados en otras tabletas, hacen alusión a los recitativos que se repetían durante las ceremonias. De los documentos astrológicos de época neobabilónica que se conservan en el Louvre, un calendario proporciona la imagen del símbolo de Virgo sosteniendo una espiga. Otros elementos rituales supervivientes y dispersos completan la colección de indicios veraces de sus partes. Combinándolos se puede conseguir una idea, si no completa, sí bastante coherente de las fiestas que celebraban la existencia de la generosa Ishtar.
En los relatos, que permiten conocer de la manera más directa sus contenidos, está descrito lo que sucede durante el cuarto día de la conmemoración, por la tarde y por la noche, en las calles de Eturkalama y del río. Se trataba de un episodio elaborado de una forma que podía satisfacer el gusto de los creyentes. Probablemente de forma muy exagerada y en ocasiones cómica, se escenificaba una escena de celos, inspirada en la vida privada. La representación tenía lugar en el templo que a la diosa estaba consagrado en la ciudad, durante al menos unos días del mes de tammuz, parte del verano que llevaba el nombre del amante de Ishtar, el pastor Dumuzi o Tammuz. Durante aquel periodo los actos dedicados a la diosa concentraban la atención de los habitantes de Babilonia
Mientras Zarpanitu, la esposa de Marduk, duerme en su habitación, su esposo se encuentra en el terrado, el lugar que en verano los babilonios preferían para pasar la noche. Están los cónyuges a aquella distancia cuando aparece Ishtar, celebrada por los textos como “la pequeña madre, […] la guapa, la reina de los babilonios”, quien se comporta como rival de Zarpanitu. Su presencia tiene como resultado que Marduk engañe a Zarpanitu. A consecuencia del desaire, esta, furiosa, emprende un largo viaje hacia Kuta, la ciudad del dios de los muertos, a donde con bastante probabilidad llega inspirada por la intención de deshacerse de Ishtar. Lamentablemente, la escena se interrumpe algo después, cuando Zarpanitu, celosa, sube a un zigurat. Subraya la carga histriónica de las actitudes de los personajes que un sacerdote kurgarru, un hombre invertido o de sexo dudoso, se abandone entonces a una demostración escatológica en la que parodia los textos líricos.
Algunos de los elementos de la antigua historia que Ishtar heredó permanecen en su nueva versión literaria, como las relaciones con el submundo de los muertos. Pero lo más relevante del episodio procede de los gruesos trazos que en el texto dejan algunas de las muy crudas palabras que Zarpanitu le dirige a Ishtar. Tanto la situación como el lenguaje a su servicio permiten concluir que las celebraciones en honor de la diosa, al menos cuando se observan leídas, contenían unos ritos muy sorprendentes, llenos de obscenidades, con un contenido de significado erótico tan explícito y tan frecuente que pasa al lado de la procacidad.
Babilonia. 1
Publicado: octubre 18, 2021 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: historias Deja un comentarioCosme Pettigrew
La ciudad de principios del siglo VI es conocida gracias a las excavaciones que patrocinaron los alemanes en el lugar que la capital había ocupado. Su espacio arqueológico estaba regido por la línea del Éufrates. Al norte, el que era llamado, cuando llegaron los excavadores, tell del Qasr (El castillo) cubría las ruinas de los palacios y los sistemas defensivos, a un lado y a otro de la muralla. Más al sur, una vasta llanura denominada el-Sahn (La sartén) señalaba el emplazamiento de la extensa zona religiosa que el zigurat y el templo del dios Marduk dominaban.
Los trabajos de los alemanes se concentraron en el palacio de Nabucodonosor y en el templo de Ishtar, pero eso no impidió que en el centro de la ciudad desenterraran un extenso barrio residencial, de red viaria regular, prueba que permitió conocer algunas peculiaridades de las casas de la Babilonia de entonces. Pudieron concluir quienes las recuperaron que el uso de sus habitaciones no estaba decidido para siempre, sino que casi todas eran utilizadas con fines distintos, dependiendo de circunstancias como la sombra y la luz en ellas proyectadas o el calor o el frío del aire que contuvieran, tal como aún ocurre en las casas rurales de los orientes próximo y medio. Únicamente las escasas actividades que requerían unas instalaciones fijas, como los sistemas de evacuación de aguas, estaban inmovilizadas en una parte de la edificación. Desde finales de la primavera hasta la llegada del otoño en aquellas casas la vida transcurriría en los patios y en las habitaciones bien aireadas, y es muy probable que los techos planos que las cubrían, de tierra batida, fueran lugares cuyo uso igualmente fuera variable y continuo. Además que los cubrieran cuando la atmósfera lo imponía, en verano, porque a la vez eran terrazas, podían ser utilizados como dormitorio, para secado del grano y quizás para ciertas preparaciones culinarias.
Pero la excavación de las zonas que en su momento concentraron la arquitectura de mayor entidad permitió concluir que en los pocos más de setenta años de la nueva hegemonía babilónica, por iniciativa de sus reyes, en las tierras que fueron el centro de sus dominios fue emprendida una gran cantidad de construcciones. No se trató de importantes obras en piedra, material ajeno a esta época, conocida, por referencia a las precedentes de hegemonía de la ciudad, como neobabilónica. Entonces se prefirió promover edificaciones que respetaran la tradición arquitectónica del sur de Mesopotamia, que durante milenios había preferido el ladrillo. Que el curso de la tradición fuera restaurado se explica porque la iniciativa arquitectónica, en muchas de las ciudades del país, se concentró en la reconstrucción de edificios anteriores, sobre todo templos.
Desde Nabopalasar, origen de la dinastía, hasta Nabónido, el último rey neobabilónico, las actividades edilicias fueron signo del tiempo de preeminencia que la región vivía. El gran constructor fue Nabucodonosor II, el hijo de Nabopalasar, príncipe de una época de numerosos trabajos. No dejó de intervenir y mejorar ciudades hasta las que alcanzó su poder, como Borsippa, Dilbat, Larsa, Marad, Sippar y las milenarias Ur y Uruk. La expansión del esfuerzo no le impidió destinar la mejor parte de sus medios al embellecimiento de Babilonia, la capital.
No sería justo adjudicarle en exclusiva su renacimiento arquitectónico. Babilonia, durante la nueva era, fue una gigantesca obra en la que estuvieron interesados todos sus reyes. La época de su mayor esplendor coincide con los celebrados tiempos de Nabucodonosor. Cuando accede al trono, la ciudad, que había sido devastada por las guerras del imperio asirio, aún estaba marcada por las destrucciones. Nabucodonosor la reconstruyó y la hizo más maravillosa que nunca. Quería que la santa Babilonia fuera una rica y gran metrópoli, expresión del poder que había concentrado, y efectivamente durante su reinado volvió a ser la ciudad que desde hacía siglos no había podido ser.
Los rasgos de la nueva Babilonia se pueden esquematizar. Se extendía por las dos orillas del Éufrates, que marcaba su natural eje norte-sur. Todo su espacio urbano estaba delimitado por largos muros y se calcula que dentro de ellos vivirían, en los momentos de plenitud del imperio, unas ochenta mil personas. Al suroeste de aquel área, a un lado y otro del Éufrates, se encontraba el núcleo de la ciudad o ciudad interior, un rectángulo de unos mil quinientos metros de norte a sur y unos dos mil quinientos de este a oeste, delimitado por muralla propia. Contenía el palacio, los grandes templos y los barrios residenciales con sus santuarios propios. El nexo de esta parte central del espacio urbano interior, que garantizaba su participación en la misma unidad, era la vía procesional, que llevaba desde la puerta de Ishtar, en la cara norte de la muralla, hasta el zigurat, hacia el centro de la extensa área rectangular.
Al este y al norte de la ciudad interior se extendía un vasto suburbio o ciudad exterior. También delimitado por murallas, las líneas que trazaban y la vertical del río formaban un enorme triángulo, cada uno de cuyos lados medían al menos unos tres mil metros, en el que por el oeste –el lado del Éufrates– quedaba injertado el rectángulo de la ciudad interior. La gran expansión del suburbio o ciudad exterior la había decidido una edificación que marcaba su vértice norte, el palacio de verano de Nabucodonosor, el actual Tell Babil, el lugar que hasta nuestros días ha conservado el nombre de la ciudad.
Los reyes de esta dinastía levantaron para sí mismos en Babilonia un inmenso palacio al norte de la ciudad interior, cuyos antecedentes se remontan a los orígenes de la dinastía. Sobre el antiguo cauce del río, Nabopalasar había hecho construir un pequeño palacio. Nabucodonosor decidió engrandecerlo, como correspondía a la magnitud de su poder, y todavía lo completó Nabónido. Fue el escenario de todos los actos públicos que los monarcas se reservaban como protagonistas, entre los que destacaban las grandes procesiones celebradas con motivo de las más solemnes conmemoraciones religiosas, y sin duda fue aquí donde murió Alejandro Magno en junio del 323.
En el momento de su mayor extensión ocupó una enorme parcela, con forma de trapecio, de algo más de trescientos veinte metros de latitud por unos ciento noventa de longitud, situada aproximadamente en medio del lado norte de la muralla de la ciudad interior y comprendida entre el Éufrates, al oeste, y la puerta de Ishtar y su vía procesional, al este. Era una fortificación maciza la que lo cerraba por el oeste sobre el cauce del Éufrates, y al norte lo protegía la muralla interior de la ciudad. En los otros dos lados, espesos muros lo aislaban de la vida urbana.
Desde la obra de Nabucodonosor lo antecedía una puerta monumental, a la que se llegaba por la vía procesional, tras la cual un total de cinco unidades se sucedían: las salas de guardia, los servicios de la cancillería, las salas de recepción, los apartamentos reales y el harén. Todas tenían idéntica factura. Un gran patio, rodeado al norte por un sector de servicios y al sur por apartamentos oficiales, hacía de centro distribuidor al servicio de cada una de ellas. Por el tercer patio se llegaba al núcleo de las salas de recepción, la gran sala del trono, de poco más de cincuenta metros de longitud y cuya fachada fue decorada con ladrillos esmaltados y animales en marcha, iguales a los de la puerta de Ishtar. Durante mucho tiempo se creyó que las habitaciones que ocupan el ángulo noreste eran la base de los célebres jardines colgantes de la reina Semíramis, que fueron celebrados como una de las siete maravillas del mundo. Pero hoy parece más probable que se trate de almacenes bien guarnecidos.
Pero el perfil de Babilonia estaba dominado por sus templos, entre los que destacaba el de Marduk, llamado Esagila, palabra compuesta que significa templo que alza la cabeza, emplazado en la misma avenida donde estaba el palacio, más al sur, también en la ciudad interior. Era el principal de la ciudad y su corazón religioso porque albergaba a Marduk, su dios tutelar, al que ritualmente servía como palacio en la tierra, su residencia de techumbre elevada. Marduk era en origen un dios secundario y de principios poco precisos, pero terminó convirtiéndose en un dios importante, hasta el punto que llegó a ser conocido simplemente como Baal, el Señor, o más exactamente Bal, la transcripción usual en acadio; porque Baal es la transliteración de este título al hebreo bíblico y al semítico noroccidental. Como cualquier dios que se preciara, Marduk tenía adjudicada una esposa, Zarpanitu o Beltiya, Señora, cuyos orígenes son aún más oscuros que los de su esposo.
De las características del templo de Marduk en Babilonia se sabe por una tableta de arcilla, comúnmente conocida como tableta de Esagila, que describe el edificio, así como por cuanto los arqueólogos alemanes pudieron rescatar, que lamentablemente solo permitió trazar sus principales rasgos. La considerable profundidad del nivel arqueológico bajo la superficie actual, que alcanza nada menos que los veintiún metros, ha dificultado el trabajo y ha impedido que haya sido excavado en extensión. Pero, complementándose mutuamente ambos medios, se pueda afirmar con seguridad que el Esagila es el mayor de los santuarios de Babilonia. Ocupó unos seis mil quinientos metros cuadrados de superficie, magnitud que Nabucodonosor nunca dejó de mencionar en los textos que celebran sus trabajos, aunque su intervención en el edificio probablemente no llegara mucho más allá de la restauración de varias capillas del gran templo. La parte del edificio que ha salido a la luz, con muros en muy buen estado de conservación, por comparación con los templos contemporáneos que sí se han excavado completos, permite reconocer que el Esagila se atuvo al plano tipo del templo neobabilónico.
Al norte de Esagila, en un recinto independiente, se hallaba la Etemenanki (que significa casa o templo de los cimientos o piedra angular del cielo y la tierra), la que ha sido comúnmente conocida como Torre de Babel, que se comunicaba con el templo principal de Marduk a través de doce puertas que conectaban entre sí los respectivos recintos. La finalidad reconocida de la Etemenanki, que también estaba dedicada a Marduk, era alcanzar el cielo, de donde viene su nombre de ziqurat o zigurat, palabra derivada del verbo zaqaru, que significa construir en altura. Era la más monumental y la más alta de estas edificaciones, aunque también la última de su género.
En realidad la Etemenanki es la versión más reciente del gran zigurat de Ur, originalmente obra de Urnammu, de la tercera dinastía de Ur, dedicado al dios luna. Llegada la recuperación de Babilonia, sus directores creyeron adecuado acometer su réplica. Los trabajos con este fin fueron iniciados durante el reinado de Nabopalasar, pero quedaron inconclusos. Nabucodonosor los reemprendió y pudo ver cómo terminaban. Al cabo de un par de cientos de años debieron sufrir un deterioro notable, porque Alejandro Magno, ya en el siglo IV antes de la era, de nuevo tuvo el propósito de reconstruirlo. Para satisfacer su deseo se vio obligado a desescombrar íntegramente lo que los textos identifican como ruinas. Pero los accidentes de su vida en oriente impidieron que fuera completado un proyecto de restauración que por el momento ha sido el último.
Para documentarse sobre el resultado de la obra de la época neobabilónica es posible recurrir a un buen conjunto de fuentes directas. En primer lugar está disponible la clásica descripción de Herodoto, quien visitó Babilonia hacia mediados del siglo V y pudo verla todavía intacta. También Estrabón menciona la torre de Babilonia, aunque con toda probabilidad su información es indirecta. Sin embargo, los datos de primera mano obtenidos por otros medios superan cuanto de los textos se obtiene. La misma tableta de arcilla que describe Esagila proporciona detalles muy precisos sobre la Etemenanki, un documento de enorme valor al que además se pueden sumar todos los restos de la edificación que la arqueología ha rescatado y que aún se conservan en su emplazamiento.
Por desgracia no es mucho lo que de la obra neobabilónica se ha recuperado, tan poco que incluso podría decirse que del zigurat no queda casi nada. Solo sigue en pie el primer piso y los restos de las tres escaleras que llevaban hasta él. Para hacerse una idea más completa de su aspecto es necesario recurrir a los otros documentos, sobre cuya base, sin embargo, los numerosos intentos que se han hecho para representar una reconstrucción admisible permanecen todos en el aire. Ninguno de ellos tiene apoyo material suficiente. Ni por separado ni combinando las fuentes disponibles se resuelven las ambigüedades e incertidumbres que inevitablemente se mantienen.
Tal vez sea de las dimensiones del edificio de lo que es posible hacerse una idea más exacta. Las excavaciones alemanas, que permitieron al menos conocer directamente sus cimientos, dieron certeza sobre las longitudes de su base cuadrada, algo más de 91 metros de lado. Esta parte de los datos proporcionados por la exhumación afortunadamente está registrada en la tableta de Esagila, porque también da las dimensiones de la base del zigurat. “Medidas de la base de la Etemenanki –dice–. Estas son la longitud y la anchura a considerar, 3 x 60 es la anchura, medida en codos estándar [un codo equivale a 50 cm aproximadamente]. Sus dimensiones son por lo tanto 3 x 3 = 9, 9 x 2 = 18. Si no conoces el valor de 18, este es: 3 medidas de semilla, superficie medida con el codo pequeño. Base de la Etemenanki: la altura es igual a la longitud y la anchura. Que el sabio iniciado enseñe esto al iniciado. Que el no iniciado no lo vea”.
El texto de la tableta, cuya interpretación está lejos de ser unánime, porque su lectura aún resulta ambigua, sin embargo ilustra de manera satisfactoria los métodos de cálculo que empleaban los babilonios y cómo procedían a proyectarlo en sus obras. En ocasiones al menos seguían un sistema de cálculo basado en los múltiplos de tres. Cuando nuestra fuente declara que las dimensiones patrón del edificio son tres por tres y nueve por dos está indicando los módulos a partir de los cuales los constructores calculan. Mas la preferencia por el tres, como ella misma enseña, simplemente está decidida porque de antemano tal número ha sido provisto de un valor no numérico, bien místico bien trascendente. Que se proceda así permite pensar que la sencilla identificación de la medida regular con el principio armónico, que nuestra tradición atribuye a las altas culturas de la antigüedad, así como que sea considerada superior la reserva de este saber a los iniciados, por razón de las técnicas que es necesario manipular, eran ideas ya vivas entre los babilonios, de donde la tomarían los posteriores sistemas de pensamiento de la plenitud mediterránea. El plano de un zigurat conservado en el British Museum, que por su parte utiliza como canon la cifra siete, demuestra la regular vigencia de la misma sobrevaloración de los números para los planes arquitectónicos.
El texto de la tableta también demuestra, sobre la base del procedimiento de cálculo que los caldeos usaran, que el conjunto había sido cuidadosamente planificado. Su manera de explicar las dimensiones permite proyectar para todo el orden vertical del edificio lo que inicialmente solo es información horizontal. Una parte de los lectores de la tableta, cuando analiza cómo el texto expone los valores para la base de la Etemenanki, deduce que los constructores neobabilónicos mantenían un sistema de proporciones muy rígido, consistente, cuando de la obra del zigurat se trataba, en ir superponiendo cubos regulares. Para calcular la dimensión de cada volumen que hubiera que sobreponer, su altura habría de ser una dimensión idéntica a la del lado de la base.
Si además de los datos proporcionados, tanto por la excavación como por la tableta, se toma la información de los textos, es posible llevar más lejos lo que se ha deducido de los cálculos. La obra estaba erigida sobre un terraplén apisonado, y al contrario que los zigurates de épocas anteriores, construidos superponiendo volúmenes de perfil en talud, parece que nuestra torre estaba contenida por muros verticales en toda su altura. Siguiendo estos principios, como Herodoto cuenta que vio una torre de siete pisos comunicados entre sí por escalinatas, se deduce que en la Etemenanki se superponían siete niveles o cubos de volumen decreciente, hasta alcanzar una altura igual a la longitud del lado de su piso inferior, los poco más de 90 metros que ya han sido calculados. También de Herodoto procede la información de que cada piso se hacía más visible porque tenía un color diferente, uno de los cuales llamó en especial su atención porque era un luminoso azul. Se deduce que los artífices de la reconstrucción de la época de Nabucodonosor, como hicieran en otras obras de la capital, para el revestimiento decidirían emplear ladrillos esmaltados.
El orden de los siete niveles estaba coronado en su cima por un pequeño templo, cuya planta, en obediencia al principio supersticioso que inspira todos los cálculos de proporciones del edificio, no estaba delimitada por un cuadrado perfecto, como ocurría en las plantas de los sucesivos niveles, sino que había sido recortada para que correspondiera a la raíz cuadrada de la superficie del primer piso. En aquel templo cumbre habían sido habilitados seis santuarios, una habitación con una gran cama y un trono, un patio descubierto con otra cama y una estancia con una escalera para acceder al tejado. Según Herodoto, los caldeos de su tiempo aseguraban que en aquel lugar solo yacía una mujer, escogida de entre todas sus compañeras por el dios, que iba a visitarla por la noche, para de este modo significar que aquí el cielo se encontraba con la tierra.
El enorme conjunto religioso de Esagila no fue el único templo de la gran Babilonia, donde los lugares de culto eran numerosos. Los textos mencionan hasta cuarenta y tres santuarios urbanos, y nada impide tomar como veraz la cifra, dadas las dimensiones de la ciudad. Algunos de los diseminados por el recinto urbano han sido identificados y excavados, como el templo de Ninmah, al este de la vía procesional, cerca de la puerta de Ishtar de Akad, o los templos de Ninurta o de Nabu-sha-hare. También es necesario mencionar entre los más destacados el templo de Ishtar, llamado Eturkalama, que en sumerio significa la casa que es la majada del país. Los reyes del nuevo imperio babilónico igualmente emprendieron edificaciones de esta clase en las otras ciudades de su inmediato dominio, en las que también construyeron grandes templos.
Analizando de manera comparada las plantas de todos los edificios rescatados se llega a la conclusión de que todas aquellas obras se atuvieron a un mismo modelo, que en su mejor estado lo representa de manera excelente el mencionado templo de la diosa madre Ninmah. Se trata de un edificio de planta aproximadamente rectangular, de unos treinta metros de ancho por unos cincuenta de longitud. El eje del edificio está dispuesto en el sentido de la profundidad, y a lo largo de él, desde el lado sudoeste al noreste, se suceden sus piezas principales, cuyos vanos de entrada no obstante no están alineados en común.
Tras la única puerta, jalonada por dos torreones, sigue un vestíbulo de tránsito al gran patio (de unos quince metros por veinte), la pieza que actúa como centro de toda la planta. En los templos neobabilónicos el patio desempeña igual papel que el mismo espacio en las casas comunes: distribuye la circulación, proporciona luz y aire a las habitaciones repartidas a su alrededor y es el paso obligado hacia la zona más apartada del edificio.
Cruzado el patio en su longitud, se llega al sanctasanctórum, área localizada al extremo opuesto de la entrada. Comprende dos habitaciones que se encuentran aisladas del patio y del resto del edificio mediante una puerta de una sola hoja. La primera en la que se desemboca es la antecella, de idéntica anchura a la del patio; una habitación rectangular, abierta por su lado largo. A través suya se llega a otra habitación del mismo tipo, la cella (que no deja de recordar la habitación principal de las casas), similar en todo a la pieza que le precede, excepto en que el espacio está concentrado en una plataforma. Esta tiene como finalidad señalar la zona reservada a la estatua de la divinidad. En el muro del fondo o testero había un nicho, con un podio de ladrillo cocido, sobre el que se encontraba la estatua de culto. Los ladrillos utilizados en esta parte de las instalaciones tienen gran valor arqueológico. Eran grabados con el nombre del constructor y con el de las divinidades a las que estaba dedicado el templo, para que de esta manera quedara perpetuo recuerdo de la piedad de los soberanos. Completa la obra una red de dependencias anexas adosadas al muro, que aíslan las piezas principales y llenan la planta rectangular por dentro.
A pesar de las afinidades que la crítica encuentra entre el templo y la edificación doméstica, las respectivas formas de la cella y de la antecella, así como la baja plataforma de aquella, son elementos formales que permiten decidir que estas obras seguían sistemas de ordenación del espacio sagrado que habían sido heredados, y por tanto obligan a aceptar la continuidad de cierta tradición arquitectónica en la región. La planta tipo descrita es más afín a la se siguió para levantar los templos de Tell-Asmar, Eshnunna e Ishchali que a la que rigió los templos asirios.
Gracias a los relatos contemporáneos de las construcciones sabemos también que los santuarios estaban ricamente acondicionados. Nabucodonosor, que además de Esagila reconstruyó varios templos, a decir de los textos prodigó en todas partes oro, plata, piedras preciosas y maderas exóticas. Por otros informes está atestiguado que para cortar las vigas se hacían llegar desde muy lejos las maderas más preciosas, las que una vez colocadas en su lugar eran recubiertas de oro.
La falta de excavaciones completas alrededor de estas construcciones impide hacerse una idea precisa de su entorno, en donde, si hemos de creer lo que cuentan los textos, también tenían lugar celebraciones. Así mismo parece que los templos no formaban unidades aisladas del resto de la ciudad, sino que se conectaban con ella a través de las actividades seculares a las que estaban obligados, la más importante de las cuales estaba justificada como sustento de la divinidad, que se hacía presente a sus devotos en la figura de la estatua que en la cella recibía culto. Gracias a este deber, los templos se comportaban como verdaderas unidades de producción, y no solo como lugares de celebraciones rituales. El material encontrado en el espacio donde fueron construidos habla directamente de sus actos más humanos. Con el nombre de erib biti eran conocidas todas las personas que estaban autorizadas a entrar en el templo, un grupo compuesto no solo por los sacerdotes sino también por toda una serie de artesanos filosacerdotales, como canteros, artesanos del cuero y orfebres, más gente dedicada a actividades culinarias, como panaderos, cerveceros, carniceros y prensadores de aceituna, encargados de vestir y alimentar a la divinidad según cada rito.
En el punto en el que la ciudad interior conectaba con la exterior por el lado norte, junto al palacio, se erigió una puerta singular, llamada de Ishtar, la obra mejor conocida de la época neobabilónica. En lo fundamental se trataba de un arco flanqueado por dos torres, cuya obra inicial ya había sido ejecutada con ladrillos decorados con relieves. Posteriormente, de nuevo en tiempos de Nabucodonosor, el trabajo que hasta entonces había llegado fue enriquecido explotando el valor decorativo que el autor primitivo ya había reservado a los ladrillos. Fueron preparados dos moldes representando animales pasantes, uno de ellos con un toro y el otro con un dragón cornudo. Cocidos y sacados de sus moldes los ladrillos, los animales, que aparecían en relieve, fueron en cada caso tratados con esmaltes de colores vivos muy contrastados. Sobre el brillante fondo azul, los toros fueron vidriados con pasta amarilla, al tiempo que se les hacía ostentar un llamativo pelaje azul, concebido más para crear efecto decorativo que para servir a la descripción naturalista. Por su parte, los dragones, animales consagrados a Marduk, en todo su volumen fueron destacados con esmalte blanco, a la vez que los detalles más significados de su anatomía eran marcados con el amarillo. Expuestos a la luz, los intensos y saturados colores contrapuestos de los esmaltes empleados brillaban, y conseguían que la enorme construcción ganara en grandeza. Así fue completada la intervención de efectos más llamativos en aquella obra, la misma que ya en tiempos de la arqueología occidental fue reconstruida en el museo de Berlín, mientras que en el yacimiento solo permanecería su parte inferior, cuya altura está comprendida entre los siete y los ocho metros.
Las juntas de grano locales
Publicado: octubre 10, 2021 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
Las poblaciones cabecera de comarca, del tamaño mayor entre las rurales, se atuvieron con cierta disciplina, o al menos nominalmente, a la política de libertad para el comercio interior de los cereales dictada por la administración central. Intentaron encauzarla a través de una junta local de granos, un órgano de excepción que no era original de la circunstancia que se vivía en 1750, lo que puede dar idea del componente rutinario que había en las soluciones administrativas que se proponían para las situaciones críticas. Los gobiernos de las principales poblaciones organizaron sus juntas adelantándose a cualquier orden recibida desde las autoridades central o regional, bastante antes de que el consejo de Castilla decidiera extender la fórmula; un hecho que, pasados los meses, contribuiría a complicar las relaciones entre las otras autoridades y las locales.
Los datos de que disponemos permiten deducir que las juntas de granos de los municipios rurales, en 1750, fueron constituidas durante el mes comprendido entre fines de marzo y fines de abril.
Cuando fue más temprana su constitución, la conciencia previa de esterilidad, más que la política patrocinada por la administración central, fue aval suficiente para recurrir a la fórmula. A iniciativa de su corregidor, una asamblea de gobierno local, cuando acordó crear su junta, se manifestó compadecida de la miseria en que estaba la población a consecuencia de la esterilidad y de lo exhaustos que estaban sus habitantes, afirmaciones que contaban en su favor con el tono enfático que convenía a los antecedentes ya conocidos y que tan bien resumía el concepto de esterilidad; al mismo tiempo, un modo de hablar lo suficientemente indefinido como para adelantarse a los efectos de la crisis y satisfacer las pretensiones más inmediatas de quienes las patrocinaron. Para ellos se trataba de hacer frente a lo que estaba ocurriendo y evitar en todo lo posible sus efectos negativos.
En otras poblaciones de rango similar parece que pesó más la inercia burocrática. A fines de abril en una de ellas se reconoció que urgía la constitución de su junta local de granos, que ya era inexcusable constituirla y que no era posible retrasar por más tiempo el recurso a un procedimiento que en otras ocasiones se había mostrado eficaz, lo que aconsejaba actuar de tan autónoma manera sin más dilación. Aunque se hubiera procedido de manera algo más prudente en lo que a esta clase de iniciativas se refiere, también se hizo con el propósito de que la junta local viera qué medidas se debían tomar para aliviar los efectos de la esterilidad. Con una manera tan vaga de expresarse sobre todo se pretendería dejar un margen a la obediencia a las órdenes que llegaban de la administración central.
Las juntas locales, en todos los casos documentados, se compusieron de manera muy similar. Por designación de sus gobiernos municipales, eran nombrados para que las formaran una parte de sus regidores, miembros de pleno derecho de la cámara soberana que gobernaba las poblaciones, que actuaban como sus diputados, a los que se sumaban eclesiásticos y particulares. En una fueron elegidos como diputados por la cámara de gobierno tres regidores, y para completarla fueron cooptados como sus miembros el vicario del clero local, dos presbíteros y tres vecinos. Otra la compusieron, además de los correspondientes tres regidores, también el vicario de la iglesia de occidente en la población, el abad mayor de la corporación local de sus beneficiados, el procurador mayor del municipio y dos personajes que fueron presentados como caballeros labradores. Así pues, en las juntas locales de granos no solo estaba presente la autoridad pública, sino también los otros poderes reconocidos para el orden rural: las máximas autoridades de la iglesia romana y los promotores habituales de las explotaciones del mayor tamaño dedicadas a producir cereales, regularmente llamados labradores.
La justificación del poder que recibían estaba inspirada por las únicas convicciones religiosas instituidas. A cualquiera de sus miembros se le suponía, explícitamente, católico celo. La única confesión religiosa estaría en la obligación de ser la fuente de la iniciativa política a cambio del beneficio de ser exclusiva; un presupuesto que parece oportuno, tomando en consideración el impulso que de la caridad recibía su moral, y el aún más trascendente valor que a la confesión del error en el uso privado de la virtud, posible consecuencia del furor religioso, concedía la iglesia romana. Sin embargo, de su actuación se esperaban consecuencias civiles.
A las tres clases se les pedía que cuidaran del encargo que recibían, dedicando sus mayores atenciones, como igualmente interesadas en el mismo procomunal, para que cuanto en la junta se hiciera y resolviera fuera de la mayor satisfacción de todos.
Las juntas de granos, que habitualmente se reunieron en las casas capitulares de su municipio, en el orden ejecutivo actuaron como gabinetes de crisis por delegación de los poderes de la cámara de gobierno local. De sus instituciones matrices los recibían en la forma legal común, de facultad amplia, cumplida y facultativa como podían y debían, para que juntos o la mayor parte en forma de junta acordaran e hicieran todo lo que fuera conducente al beneficio común, tal como si lo hiciera el gobierno de la población.
Aunque el alcance de aquellos poderes era impreciso y disponía en su favor de un alto margen de discreción, los recibían para que vieran monográficamente cualquier asunto relacionado con el tránsito crítico que vivían sus respectivas poblaciones. Sin embargo, tenían un límite en el tiempo. Solo actuarían durante los días que creyera conveniente la cámara local de gobierno origen de sus poderes.
Al mismo tiempo, fue normativo que cada una estuviera presidida por su corregidor, institución regular en las poblaciones de mayor tamaño, hasta el punto que quedaban subordinadas a él y obligadas a acompañarlo en las providencias que dictara. Así los corregidores quedaban investidos de la plena capacidad soberana para tomar las decisiones y en ellos, donde estaban instituidos al tiempo que la junta de granos, convergerían todos los poderes de esta. Aunque la soberanía de los corregidores nominalmente estuviera limitada, porque a través de ellos intervenía el consejo de Castilla, en la constitución de estos órganos de excepción al menos actuaron con autonomía, puesto que la decisión sobre su formación se adelantó a las decisiones que tomara el consejo.
No obstante, parece que la legalidad de las actuaciones de las juntas locales al menos aconsejó el reconocimiento expreso de la administración central. Al final de una de las reuniones constitutivas de uno de los organismos de esta clase, sus promotores decidieron solicitar al consejo de Castilla su aprobación. Pero no parece que fuera un requisito imprescindible para actuar. Aquel mismo día todos sus miembros, tal como los había designado la asamblea, aceptaron tanto el nombramiento como los poderes que se les habían otorgado, e inmediatamente entraron en acción. Apenas cuatro días después celebraron su primera reunión. Parece más que probable, conocida la lentitud de las comunicaciones regulares entre la administración central y las locales, que empezaran a ejercer sus magistraturas sin esperar respuesta alguna del consejo.
Sus funciones económicas efectivas podían reducirse a una. La junta de granos local, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, debían concentrarse en el comercio de los cereales. Cuando declaraban descriptivamente sus fines, se presentaban dirigidas a la más rápida y segura gestión de su suministro a sus respectivas poblaciones durante el tiempo que fuera necesario. Bajo esta premisa, reconocían como su obligación más remota buscar trigo para comprarlo a los precios más cómodos y en la cantidad que creyeran conveniente para sostener el abasto. Para su ajuste y transporte, podrían nombrar a los diputados o comisionados que creyeran convenientes. También pondrían la mayor atención en que se conservara el abasto regular de pan y tomarían todas las decisiones que condujeran a garantizar la manutención del común, cuyo alivio se deseaba.
Pocos testimonios pueden ofrecerse que muestren con mayor claridad que las juntas de granos, centradas en las cabeceras de comarca, procederían como bolsas o lonjas para la compraventa del grano, destinado al abasto público de cada una de sus poblaciones. Contando a su favor con el poder de que disponían, podían convertirse, por decisión propia, y sin que en modo alguno una decisión como esta fuera discutida, en reguladores absolutos del mercado local de los cereales porque esta prerrogativa procedía del señorío del municipio, que le sería transferida con los poderes transitorios que se les otorgaban. Iniciativas como estas, además de convulsionar la demanda, contribuirían a fragmentar los mercados en tantas unidades territoriales cuantas instituciones de esta clase actuaran.
A los responsables de las primeras juntas de granos, para hacer frente a los encargos que habían recibido, entre las obligaciones que se les asignaban estaba la de hacer uso de todos los recursos convenientes al mejor logro de sus objetivos. Debían trazar el primer plan para la captación de fondos susceptibles de ser invertidos en la crisis que sobrevendría. Se les llamaba a buscar todos los medios, fondos y caudales que fueran necesarios para la compra de granos, de los que se mencionan expresamente solicitar la entrega de los caudales de los depósitos que hubiera en la población, tanto de eclesiásticos como de seculares, así como la de los caudales que produjera el trigo del pósito, e igualmente de otros caudales cualesquiera, para lo que podrían otorgar en caso necesario las escrituras y cartas de pago correspondientes. De esta manera sus atribuciones se completaban con los poderes financieros que les permitieran actuar con eficacia en el mercado de los cereales.
Sin embargo, parece que no en todas partes rigió idéntico orden. Al contrario, hubo de transcurrir algún tiempo antes de que las decisiones de las autoridades municipales que hemos podido conocer se ordenaran como un conjunto. Las que se tomaron para hacer frente a la crisis durante la primera parte de la primavera se dispersaron, y dudaron, y hasta retrocedieron, incluidas las que se tomaban en las extraordinarias juntas locales de granos.
Aunque no se opusieron radicalmente a las decisiones de la administración central, en muchas circunstancias los gobiernos locales, aun igualmente inspirados por el deseo de hacer el bien a sus gobernados, se distanciaron de las ideas e instrucciones de los poderes superiores y tomaron iniciativas que modificaron sustancialmente sus pretensiones. Lo más destacable es que en todas, aunque nominalmente pudieran estar glosadas con profesiones de fe en la libertad de comercio patrocinada por la administración central, reaparecen las mismas viejas convicciones, e incluso reconocen que de su encadenamiento esperaban los mismos efectos. En todos los casos se trata de iniciativas políticas dirigidas a un único objetivo, garantizar el abasto autónomo de pan. Lo que las diferencia es que se tomaron por separado e incluso improvisando.
Pegujales por trabajo para labores
Publicado: octubre 8, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
En 1771 hay quienes emprenden labores dominantes y segregan una parte del espacio de sus tierras para ceder pegujales con los que remunerar el trabajo que consumen. Siempre que declaran su localización, las parcelas están dentro del cortijo que labra el señor. Si su labor acumula más de uno, las concentra en la reserva de cada cortijo activo, que mantiene en provecho de su labor durante la campaña en curso.
En el apeo de sementeras aparecen ordenados de mayor a menor extensión. De su cantidad y de su enumeración jerarquizada se deduce que son parte de la renta debida a los temporiles de primer nivel, los trabajadores más cualificados que se contratan para las dos temporadas del ciclo anual del cultivo del trigo. Cualquiera que sea la cantidad de tierra que cada señor de labores considere adecuado ceder por este concepto, la cantidad de pegujales de una labor, cuando su cesión es debida al trabajo, por definición está en relación directa con la cantidad de energía humana demandada para la explotación, de la que los temporiles son su síntesis.
Cada trabajador remunerado con este concepto recibe una cantidad de tierra adecuada a su responsabilidad, y el tamaño descendiente de los pegujales expresa la jerarquía laboral. Su explotación o disfrute sería individual, porque cada uno de los pegujales descritos por el registro aparece asociado a un nombre. Durante las dos temporadas de su contrato tendría que simultanear la condición de temporil con la de campesino.
Por comparación con los otros modos de ceder pegujales, en estos casos se impone una manera peculiar de atenerse al estilo de cortijos, que con sentido técnico podríamos llamar el estilo de cortijos genuino o forma ortodoxa de concertar las relaciones con los primeros temporiles de una labor. También podríamos llamarla estilo de caballeros o aristocrático, por lo que de sus labradores puede averiguarse. Llamarlo de caballeros solo sería correcto si se evitara aplicar la palabra sin perder de vista por completo su sentido primitivo. Mejora cualquiera de las denominaciones posibles llamarla estilo patricio, porque quienes promueven labores ateniéndose a esa condición corresponden a este grupo, en el que confluyen preeminencia y posibilidades exclusivas para su capitalización.
Los pegujales cedidos por las labores dominantes para remunerar trabajo fueron en 1771 pocos y de poca extensión, 127 parcelas que consumieron una superficie de 436,5 fanegas. La correlación entre número de pegujales creados y superficie total segregada en pegujales es casi completamente lineal: más pegujales, más superficie apartada para ellos, lo que expresa con bastante precisión que para la clase patricia rigen módulos para la remuneración del trabajo con tierra. Como máximo, se cedieron 14 y como mínimo, 5, y entre uno y otro límite todos los valores se repitieron una vez, menos los extremos y 10, aunque nadie cedió 11.
Las parcelas cedidas como mínimo tenían 1 fanega, y como máximo 8,5. Los tamaños más característicos, y por tanto más expresivos de la jerarquía remuneradora, fueron 7 fanegas (8 pegujales), 4 (26), 3 (62) y 2 (19). Los demás tamaños bien fueron singulares (8,5; 2,5; 1,5), bien rebaja [6 (3), 1 (2)] o incremento [5 (4)] de los tipos comunes.
Por cada unidad de superficie que destinaron a pegujal los labradores dominantes dedicaron a labor 12,27 (5.356/436,5). Tomando esta pauta, se pueden deducir clases de comportamiento patricio cuando se trata de ceder pegujales.
Resultan cicateros los que sobrepasan ostensiblemente ese índice (don Luis Quintanilla, 770 fanega de labor / 27,5 fanegas de pegujales = 28; don José Rueda, 480 / 21 = 22,86). Parecen remisos a ceder tierra a cambio de trabajo según el patrón de la época. Por comparación, se pueden considerar generosos aquellos cuyo índice queda un tercio por debajo del valor tipo (don José Caro, 370 / 45 = 8,22; don Martín Nieto, 360 / 44 = 8,18; don Bartolomé Nieto, 300 / 35 = 8,57; don Cristóbal del Águila, 210 / 27 = 7,78), labradores semejantes en su comportamiento incluso por el número de pegujales que ceden.
La mayoría, como era previsible, se pliega al tipo, aunque en distinto grado. Dos mujeres (doña Antonia González, 440 / 28 = 15,71; doña Francisca Araoz, 456 / 32 = 14,25), con labores semejantes, se inclinan a restringir la cesión de espacio, para lo que recurren a módulos propios, mientras que un hombre (don Luis Cansino, 280 / 20 = 14), que también se separa por exceso del tipo, segrega un número y un tamaño de los pegujales que son compatibles con el modo más regular de pagar el trabajo.
Los más próximos al valor central (don Bartolomé de Quintanilla, 600 / 49 = 12,24; don Juan de Romera, 242 / 20 = 12,1) consiguen el resultado por distinta causa: mientras el primero porque incrementa el número de pegujales hasta el máximo, el segundo, gracias al tamaño no excedido de su labor. Los que se distancian algo por abajo (don José de Briones, 438 / 41 = 10,68; don Ignacio Laso, 480 / 47 = 10,21) alcanzan su particular equilibrio llevando cerca del límite superior el número de los pegujales que se cedían para remunerar el trabajo y jerarquizándolos con rigor, aunque su número es compatible con lo que parece el estilo más generoso.
Ninguno de los comportamientos se atiene a una correlación definida entre tamaño de la labor y superficie reservada a pegujales. No hay que excluir que se trate de distintos patrones de considerar la cantidad de trabajo demandada por cada labor. En los casos que hemos clasificado como generosos, el número de pegujales, de distribución regular, es compatible con el pago del trabajo en labores no exageradamente grandes. De ser correcto este supuesto, los del tipo apurarían las posibilidades del trabajo mientras que los cicateros las extremarían.
También entres quienes mantienen labores secundarias hay quienes crean pegujales con una parte de sus unidades de producción para pagar el trabajo que emplean. En su enunciado la fuente sigue el mismo procedimiento que en la descripción de los correspondientes a las labores dominantes, su enumeración ordenada de mayor a menor tamaño.
Ceden en total 46 pegujales que acumulan un total de 149,25 fanegas. Cuando descendemos en la escala de las labores, la correspondencia entre tamaño de la labor y cantidad de tierra segregada para pegujales se comporta de otro modo. Quien mayor cantidad de tierra segrega para pegujales (28 fanegas) es justo el responsable de la labor menor del grupo (100 fanegas), y al contrario la segunda labor de la secuencia según tamaño (144 fanegas) es la que menos tierra aparta para pegujales (13 fanegas). Además, los valores se desvían poco del valor medio de la superficie cedida (21,32 fanegas), lo que expresaría de manera aún más directa que la concesión de los pegujales se atiene a tarifas a las que recomienda atenerse el estilo propio de esta escala, definida por la relativamente corta distancia entre la labor más grande (152 fanegas) y la menor (100).
La parcela más grande que ceden es de 6 fanegas y la menor de 1, si bien la mayor parte tienen 4 (8 pegujales), 2 (11) y 3 fanegas (17). Parece que desde la remuneración del nivel superior se ha descendido un escalón: de las 7 fanegas de las labores dominantes a las 6 de las secundarias. Tendrá que relacionarse con la menor cantidad de trabajo que consume una labor de un tamaño inferior. En la alta frecuencia de los valores 3, 2 y 4 fanegas está inscrito que los responsables de estas labores aplicaron una tarifa propia para remunerar con tierra el trabajo.
Si el número de pegujales no guarda relación con el tamaño de las labores, dependería de la cantidad de personas con las que esta remuneración se haya comprometido. Quizás también con la predisposición de cada labrador a optar por esta posibilidad. Por cada unidad de superficie que se destina a pegujal se dedican a labor 6,04 (902 / 149,25), la mitad del valor correspondiente a las labores dominantes, lo que también evidencia la escala.
Los más generosos están por debajo de 5 (don Fernando Villar 100 / 28 = 3,57; Manuel Dana 130 / 29 = 4,48), que se mantienen fieles a la fórmula en cantidad y jerarquía de pegujales. De los intermedios, identificables por los índices comprendidos entre más de 5 y menos de 8, alguna labor está al límite de las grandes labores, pero las demás se ajustan a la regla, si bien alguna relación entre tamaño de la labor (125 fanegas, discreto) y número de pegujales (6, alto) puede descubrir una mayor demanda o una mayor prestación de trabajo en la labor que se remunera con tierra.
La menos desprendida (doña María Priego 144 / 13 = 11,08), en este caso está muy separada de los demás, por encima de 10. No obstante, si se tienen en cuenta las tres mujeres que actúan como labradoras secundarias, se puede pensar que pagan el trabajo en su labor con la disciplina que merece la preservación del estilo de cortijos. Son ortodoxas hasta en la escala que relaciona labor con pegujales remuneradores. La invariante femenina incluso se revela como ponderación. Deciden unos tamaños de los pegujales que parecen muy ajustados.
De los seis pegujales que cede una de ellas, doña Isabel Villar, uno, de 4 fanegas, está registrado con la advertencia de que está en lo de Colmillo. Colmillo es Juan Rodríguez, quien tiene más de un cortijo, bastante labor y muchos pegujales cedidos por razón distinta al pago del trabajo regular. Es posible que Colmillo accediera a que uno de los trabajadores para doña Isabel Villar tuviera su pegujal en lo suyo porque sus explotaciones fueran contiguas. Doña Isabel, de ser así, evitaría restar espacio a su labor (120, la penúltima del grupo por tamaño), y Colmillo, experto cedente de pegujales, en cuyas manos estaba un complejo de tierras importante, encontraría la manera de llegar a un acuerdo con doña Isabel, a quien le tocaría cargar con el costo del pegujal, cualquiera que fuera la forma de conceptuarlo.
Entre las labores autónomas igualmente las había que separaban en pequeñas parcelas una parte de sus unidades de producción para utilizarlas como medio de pago del trabajo. Cuando la superficie destinada a labor es la menor, la cesión de pegujales por trabajo se comporta de manera más errática. Justo por razón de tamaño, el tipo tiende a abrirse y dispersarse, en la misma medida que parece que nos vamos distanciando del estilo patricio.
No se descubre causalidad entre tamaño de la labor y número de pegujales cedidos. Basta recorrer el tamaño de las labores de quienes ceden 6 pegujales, el valor más reiterado, que va desde la labor mayor (76: 36 + 40) hasta una que tiene la mitad de tamaño (30) para comprobarlo. Pero la correlación entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin es bastante directa mientras el tamaño de las parcelas cedidas es el común. Los labradores autónomos ceden 113 pegujales que suman 403,5 fanegas, y el tamaño de los pegujales que ceden está comprendido entre 16 fanegas y 1.
Parece que la remuneración regular del trabajo esté en las que tienen entre 4 y 3 fanegas, que son 54 parcelas, y que tampoco quedaría muy lejos del tamaño más común, que es 2, del que se ceden 36 parcelas. Los valores 5 y 6 se referirían a remuneraciones que sin dejar de atenerse al comportamiento reglado serían algo más generosas, y el 1 es marginal.
Mientras se cumple la relación directa entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin, podemos reconocerla como la vigencia de una fórmula remuneradora común. La cesión de dos o tres pegujales parece el patrón para el pago del trabajo remunerado imprescindible cuando alcanzamos la escala de las labores autónomas. Pero los valores más altos (de 16 a 8 fanegas), que son solo cinco, ponen sobre la pista de otra posibilidad. Aunque sean compatibles con la remuneración del trabajo, como su tamaño se separa ostensiblemente del que tiene el resto de los pegujales de una misma labor parecen consecuencia del injerto circunstancial de otras modalidades de cesión de los pegujales.
La relación entre el tamaño de la labor y la superficie cedida en pegujales es 2,65 fanegas de labor por cada una de las cedidas en pegujal (1.069,5 / 403,5), lo que expresa bien que las posibilidades de ceder pegujales está de antemano modificada por el tamaño de las unidades de producción disponibles para desarrollar de manera satisfactoria una labor. Lo paradójico es que si los hay extremadamente tacaños (Francisco Morales 56: 32 + 24 / 6 = 9,33; don Sebastián del Villar 50 / 5,5 = 9,09) o muy tacaños (Juana Pérez 38 / 6 = 6,33; doña María Parrilla 72 / 14 = 5,14) es probable que sea porque se atienen al comportamiento regular, que ceden parcelas solo a cambio de trabajo. Los que ceden en paridad, o incluso por debajo de ella, que son la mayoría, es más probable que sean los que no excluyen ceder por razones distintas al trabajo.
Entre ellos, hay casos de una disciplina en exceso rigurosa: mitad de la tierra para la labor propia y la otra mitad para pegujales. Tan equitativo reparto de la tierra autoriza a pensar que la decisión obligaría a una estimación anormalmente precisa de la cantidad de trabajo necesaria. Pero no se opondría al comportamiento ortodoxo.
Con uno de los pegujales de José Álvarez Miserias ocurre algo similar a lo que hemos visto en el caso de doña Isabel Villar. De los seis que cede, uno está en lo del Campero. Aunque esto pudo dar origen a una relación peculiar entre labradores, tampoco modificaría la finalidad remuneradora del pegujal.
Otros casos, que simultanean un número relativamente alto de pegujales (cinco jerarquizados) con una labor corta (40 fanegas), se podrían explicar como cesiones por trabajo, a pesar del tamaño de su labor, si se toma en consideración que el demandado para la labor pudiera realizarse como tiempo y como prestación.
Del cortijo de Sebastián el Miñano (labor 50 fanegas, parcelas regulares), que podría estar relacionado con el cortijo de la Miñana (ver después), se podría pensar que los pegujales podrían estar cedidos a cambio de trabajo en la labor que podía alternar con el trabajo en el pegujal.
A veces el pegujal mayor (16 fanegas, muy por encima de los demás) puede parecer una ampliación de la labor propia, si fuera concertada con un socio parcial; o que se trabaja a cambio de actividad según el modelo anterior, mientras el resto son pegujales comunes remuneradores de trabajo.
Hay situaciones –labor de 56 fanegas, 3 pegujales de 2 fanegas cada uno– que permiten sospechar relaciones biunívocas, intercambio de trabajo entre la labor y los pegujales. Los pegujales se recibirían a cambio de trabajo en la labor, y la labor, a su vez, puede prestar algunos servicios en los pegujales. En una situación semejante (labor de 38 fanegas, dos pegujales de 3 fanegas cada uno), dentro de la modalidad en las dimensiones más modestas, pudo ser el factor femenino, tal como corresponde al caso, el refractor o mediador favorable al intercambio mutuo. Algo parecido se podría decir de las islas de Azanaque (labor 24; pegujales [2], 4/4), que están en un sitio muy peculiar.
Aunque de una labor de 30 fanegas con 6 pegujales, de 10, 4, 3, 6, 4 y 6 fanegas, se puede pensar, a causa del tamaño de la labor, bajo, y el de los pegujales, algunos altos, que se trata de remuneración del trabajo (siempre que se acepte que la prestación de trabajo consistiera en compartir el tiempo laboral de quienes reciben el pegujal entre su parcela y la labor), se recae en la sospecha de cesión de otro tipo por ruptura de la jerarquía. En la sospecha de asociación de labores con pegujales cedidos por causa distinta al trabajo se puede persistir solo por el enunciado de las parcelas, a un tiempo de dimensiones parecidas y no jerarquizadas (labor 36; 6 pegujales de 3/2/3/3/4/3). Y hay casos sobre los que definitivamente se puede pensar que quizás incluyan alguna cesión de otra clase solo por cómo se enuncian los pegujales, que no se atienen a jerarquía.
La tendencia a la hibridación permitiría clasificar algunos de estos casos en otras modalidades de cesión. Si finalmente hemos decidido mantenerlos en este lugar ha sido porque en casi todos parece prevalente la cesión por trabajo. El espectro de labradores autónomos según su propensión a ceder tierra para pegujales es de todas maneras más abierto. Marcar las distancias debió quedar en manos de las posibilidades de simultanear las cesiones de parcelas por trabajo con las aconsejadas por otras relaciones.
Población gentilicia
Publicado: octubre 4, 2021 Archivado en: Dante Émerson | Tags: población Deja un comentarioDante Émerson
En los grupos primitivos, vertebrados por la consanguinidad, el principio jerárquico está muy marcado. Debe regir para la distribución del alimento o para tomar las responsabilidades espirituales, las que luego dan origen a las religiosas. Del principio jerárquico nace el liderazgo, que en la comunidad primitiva más elemental corresponde a un senior. Es el mayor del grupo, no por edad, sino por posición dentro de él. Bajo su autoridad quedan los iuniores, estado común del resto de los miembros del grupo.
El monte es un medio apropiado para el aislamiento. Lo particular tiene allí más posibilidades. Es más fácil que en él surjan y sobrevivan los grupos pequeños instituidos a partir de las obligaciones derivadas de la consanguinidad. El aislamiento y los vínculos reconocidos estimulan la independencia.
En un medio de monte y poco humanizado el ganado suele ser el medio de vida. Puede ser propiedad del grupo, de familias o de personas. Cuando es un dueño o amo quien posee el dominio sobre él, tiene las mejores posibilidades para convertirse en el senior del grupo. Tanto más alcanza la condición de aristócrata dentro del grupo cuanto más exclusiva sea su propiedad. La actividad pastoril que debe sostener a la comunidad genera un orden jerárquico cuya cima la ocupa el senior o patriarca.
La carencia del ganado conduce a los iuniores a especializarse en el oficio pastoril. Al recibir el ganado de quien lo posee, lo reconocen como el señor más primitivo. Cuando, una vez resignado a su preeminencia, acuerda con él una dependencia personal, que le obliga a la fidelidad y a cumplir con el servicio pastoril, y reduce su capacidad de vincularse al grupo a la mediación de tal senior, el iunior se instituye como cliente. Si su relación con el senior lo equipara al ganado que cuida, porque consiente que como este sea un bien de su propiedad, acepta que se regule por el principio de servidumbre.
La comunidad pastoril es población cuando radica su actividad en un área, y se perpetúa mientras el orden que la ha instituido se mantiene. Si además la autoridad del senior se hace hereditaria, el orden instituido igualmente puede aspirar a ser hereditario. Para garantizar la igualdad en el acceso a la condición de senior por esta vía, la línea de sucesión debe ser agnaticia mientras sobrevivan las mismas condiciones de población del área. Los aspirantes ganarán la legitimidad que les faculta para acceder a la condición más alta por ser varones consanguíneos del senior primitivo, según se sucedan las generaciones. El orden superviviente, gracias al estadio superior de agregación consanguínea así alcanzado, garantiza la concordia y asegura la mutua protección.
Dado que esta armonía orgánica solo afectaría a los agnados del senior primitivo, que se mantenga debe ser consecuencia también de que sea aceptada por quienes en el sistema ideado cargan con el papel de iuniores. Por ser inevitables, mientras deben vivir como clientes o siervos responsables del cuidado de los rebaños, tienen el poder de alterar cualquier comunidad pastoril primitiva.
La forma más elemental de insubordinación es el aprovechamiento discrecional del ganado puesto a su cuidado. Pueden ejecutarlo como detracción de una parte de cualquiera de los esquilmos o como apropiación indebida de algunos ejemplares. La emancipación o rebeldía absoluta contra el orden al que están sujetos la consuman como emigración. Los iuniores huyen a lugares poco habitados o vacíos, donde dan origen a poblaciones nuevas que reproducen el orden contra el que se insubordinaron.
Estas obligaciones e intercambios primitivos, en los relatos que se refieren a ellos, se suelen presentar como formas de relación pasadas y excepcionales. Sería un error creer que se han extinguido. Cualquiera, a poco que sustituya el ganado por cualquier otro bien, podría citar, hasta con nombres y apellidos, grupos consanguíneos en los que las obligaciones e intercambio de servicios entre sus miembros sobrepasan cualquier norma escrita.
Se podría decir precede, en lugar de sobrepasa, porque se puede pensar como algo anterior a lo que dicte cualquier norma. Pero no sería correcto. El dictado de la consanguinidad también es una norma. Lo que ocurre es que su fuerza se impone a partir de un argumento moral con el que no es capaz de competir el fundamento de la ley. En la práctica ignora, o puede prescindir, de lo que la ley dicte como requisito que obliga a las relaciones, sin que ello signifique su contravención; aun sin contar con que en algún lugar de la ley también puede haber una justificación de la norma idéntica a la que inspira la concordia primitiva que neutraliza los conflictos entre consanguíneos. La condición primitiva de las obligaciones hace más probable su vigencia preponderante, a veces casi o por completo exclusiva, cuando la constitución de otras formas de poder es débil o frágil, porque apenas ha empezado o porque está en trance de extinción.
Si la vigencia de la comunidad primitiva la verificamos ahora en familias y poblaciones, no hay razones para pensar que deje de serlo, ni para pretender que en algún lugar no lo fuera antes. La comunidad que toma sus razones morales y su fuerza vigorizante de la consanguinidad es probable que estuviera en el origen de poblaciones que aspiraban a radicarse en las zonas más deshabitadas. En épocas históricas, la población gentilicia sería más probable en momentos y tierras de más difícil poblamiento. La radicación, la fuerza pobladora, provendría de los pioneros que se organizaban a partir de obligaciones cuya fuerza moral se les imponía desde un fondo que ni creían a su alcance ni eran capaces de poner en duda.
En el confín occidental de la región, cuya población superviviente es difícil y tardía, si se la compara con el resto del sudoeste, los rastros de este pasado han llegado hasta nosotros en relativo buen estado. Allí un buen número de testimonios toponímicos ha sobrevivido como antropónimo. Juzgando a partir de ellos, no es aventurado comprometer el origen de estas poblaciones a partir de un senior.
Lo testimonian de forma muy expresa Los Agostines, Encinar de Antón Pérez, Arroyo, charcos, fuente, majada y venta de Bordallo, Alcaría y casas de Domingo Binas, Majada de Galindo, Corte Gonzalo, Bodegón de Juan Fraile, Alcaría de Juan Pérez, Molino de Juan Rodríguez, Molino y monte de Martín Juan, Moheda de Pero Gómez, Alcaría Pinto, Cañada de Sancha González, Mohedas de Velasco, Casa Verlanca. En buena parte de estos casos, el antropónimo completa su identidad con el patronímico, lo que permite pensar en un senior cabeza de un linaje. Para constituir la comunidad, en ellos habría sido suficiente con un grupo familiar que inyectara legitimidad al orden agnaticio destinado a consolidar la población pretendida.
La emancipación o rebeldía de los iuniores contra el orden ganadero constituido por seniores también se puede rastrear en la misma zona. La que alcanzara el grado de la migración la han retenido ciertos apellidos, frecuentes entre sus habitantes, que indican procedencia de tierras con predominio ganadero. En otras ocasiones se ha refugiado en topónimos que no son testimonio directo del fenómeno sino verosímiles como nombres de persona.
Gracias a que la condición nominativa de cualquier topónimo admite la personificación, en algunos lugares se ha naturalizado una elaboración legendaria que se sirve de los recursos narrativos del procedimiento mitológico; en unos casos, heroica, en otros, divina. Esta manera de manipular los nombres de lugar partiría de la conciencia del estado anterior, la dependencia de un senior ganadero, e indicaría que en el origen de las poblaciones que se han explicado con el recurso al epónimo hubo un iunior rebelde que rompió con el orden ganadero. El instrumento de la emancipación tendría que ser la experiencia agrícola, y la condición heroica o divina el mérito reconocido a quienes consiguieron coronar con el éxito la radicación estable de la comunidad.
Al consagrar la leyenda al iunior pionero como único responsable del origen de estas poblaciones, explicaría además que la nueva autoridad correspondería a otro senior, en este caso agrícola, principio de un orden en la medida que a la experiencia se sumara un grupo al menos familiar. De ser el protagonista un grupo de iuniores, con sus correspondientes consanguíneos, la constitución tendría que ser colectiva o corporativa. De cualquiera de las dos maneras, la nueva comunidad comenzaría de nuevo el ciclo de las relaciones, ahora para dar origen a la explotación del suelo, clientelares o serviles, y por tanto reactivaría el riesgo de la rebeldía y la emancipación de una fracción de sus miembros.
La rebeldía contra el orden gentilicio, origen de las crisis en las poblaciones constituidas a partir de un senior ganadero, no en todos los casos se resolvería con la emigración. La tensión crítica podría evolucionar a crónica si derivara a otras maneras de satisfacerse, como la detracción de producto, el abigeato o, en el sentido opuesto, la descarga de las obligaciones de los iuniores. También puede ocurrir que el orden de los seniores, para perpetuarse, acepte la emancipación agrícola de una parte de los iuniores, que por tanto no dejarían de serlo ni abandonarían su condición servil o clientelar. En muchos de los lugares que han retenido en su nombre el de una persona es posible seguir el rastro a comunidades de raíz ganadera que evolucionan a mixtas. Sin abandonar la posición ganada, los seniores, que no renuncian a ser los dueños del ganado, también ejercerían como seniores agrícolas.
La precisión temporal de cualquiera de estos fenómenos complica la detección de sus manifestaciones con la interferencia de hechos más visibles, más cercanos a la epidermis cronológica, que enrarecen y dificultan reconocerlos.
En la época en la que están surgiendo aquellas poblaciones suroccidentales los interfieren sobre todo los intereses estratégicos de la monarquía, que puede emprender acciones bélicas. La inmediatez de la frontera con otro reino y otra monarquía inevitablemente origina conflictos que distorsionan no solo porque acaban con la paz y la seguridad, sino sobre todo porque reclutan hombres y desplazan poblaciones.
Cuando no llega a ese extremo, la monarquía interfiere la constitución gentilicia con el ejercicio de su soberanía administrativa, de la que hace un uso discrecional. Si la ejerce directamente, es la responsable de la agregación del sistema románico de orden político y gestión, instituido por el municipio castellano, a la constitución de las poblaciones. Crea poderes que hibridan el de raíz gentilicia y que este, sin embargo, asimila hasta el punto que los subordina al genuino de la población que ha tenido este origen.
Si la cede a un potentado, es este el encargado de la introducción del régimen municipal en las poblaciones, con los mismos efectos para ellas. Para imponer su autoridad, pretende además el poder unificador de todos los locales para sí, razón por la cual se titula señor de todo el territorio para el que se le han reconocido poderes. El recurso a esta palabra para referirse al orden institucional interpuesto se rinde al atributo del que no puede desprenderse, si aspira a conservar la preeminencia que da la posesión de un bien, en su caso los poderes otorgados por el rey. Para ejecutarlos se arroga el señorío legislativo, del que se sirve para completar y ampliar los que haya detraído a la monarquía.
Cualquiera de estas interferencias, desde la distancia que impone el tiempo, son más perceptibles que el fenómeno gentilicio, cuyos rastros sin embargo se han conservado incluso en las fuentes documentales, las más directas.
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