Transporte y almacenamiento de la cosecha
Publicado: octubre 22, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Ya el 8 de junio los mulos estaban llevando yeros al primero de los graneros que aquel año se dedicaría preferentemente a almacenar trigo. Pero sería a partir del 16 cuando comenzara el transporte regular del grano. Aquel día ya se trasladó el primer trigo de la cosecha, ciento catorce fanegas. No obstante, el transporte regular empezaría dos días después, y a partir de entonces se atuvo al ritmo al que se consumaba el trabajo de la era, por una parte, y a la capacidad de recepción del grano en los almacenes que la casa tenía en la población, su punto de destino, por otra.
Lo ejecutaron los animales de carga de la casa, que cubrían una distancia de unas dos leguas cada vez que hacían un viaje. Primero estuvo a cargo de nueve mulos y tres mulillas organizados en dos reatas. De la atención que la casa concedía a este trabajo en aquel momento da idea que al mismo tiempo solo quedaron dos mulos libres, uno que trabajaría en la noria de la hacienda y otro que se había quedado en el cortijo tirando del carro del agua.
Cada reata estuvo bajo la responsabilidad de un arriero, uno los cuales el mismo 18 de junio había recogido de los almacenes de la casa los aparejos o dispositivos de carga de los mulos, con sus cinchas y cordeles nuevos, y los costales donde se envasaría el grano para su transporte. El maestro albardonero que trabajaba para la casa los había puesto a punto durante los veinte días previos. Con bayeta grana para ribetes había recuperado once aparejos, cabeceado once cinchas nuevas, arreglado veintiséis costales y hecho nuevos otros veintiséis. Cada mulo cargaría dos costales de trigo, mientras que cada una de las mulillas solo cargó uno, un ritmo de transporte se mantendría hasta el 27 de junio.
Pero a partir de aquel momento se intensificó notablemente. Diez burras se sumaron a los mulos para dar idéntica cantidad viajes. Aunque su número preciso lo desconocemos, hay alusiones que permiten suponer que al menos eran más de dos cada día. Se hizo cargo de sus aparejos y bozales un zagal, conocido como Villa, hasta que llegara el arriero que estaba buscando el aperador. Del almacén de la casa le fueron entregados un aparejo redondo, nueve albardones pastoriles, cuatro cinchas nuevas y otras seis de las que habían servido durante los trabajos del verano precedente, más sus correspondientes costales de dos varas, cortados de una madeja que el almacén tenía del año anterior. Trabajó durante veintitrés de los veinticuatro días del periodo, y durante doce de ellos se sirvió de un zagal o joven de las burras.
El transporte continuó a tal ritmo que a partir del 10 de julio concentraría en apenas quince días el máximo de su actividad. Su calendario preciso puede deducirse de que el arriero mayor de las burras y el zagal trabajaron durante doce días de aquel periodo, y de que a unos indefinidos trabajos de carril, pero con seguridad asociados al transporte, fueron destinados entre uno y dos hombres más. Durante aquel tiempo, y hasta el 24 de julio, también fueron transportados garbanzos y cebada, y escaña en un viaje.
A partir del 25 de julio fue necesario un número indeterminado de arrieros de burros, y alguien ayudó al arriero de los mulos durante cuatro de aquellos intensos días, mientras que en las peonadas de carril participaron entre nueve y diez hombres. Para el 27 los mulos ya estaban llevando el trigo de granzas, un trabajo que concluyeron en tres partidas el 29, cuando empezaron a llevar las regranzas, que fueron transportadas del 29 al 31 de julio. Para los suelos bastaron dos partidas, una del 31 de julio y otra del primero de agosto. Al final, los mulos serían los responsables exclusivos de transportar las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos que los hermanos Zafra habían ahechado.
El 4 de agosto, una vez completado el porte de la cebada que la casa había comprado en una explotación vecina, los mulos y las burras que habían participado en él de nuevo se incorporaron a su actividad regular. Desde el cortijo central llevaron la cebada de la cosecha propia a los almacenes de la casa, un trabajo que se prolongó hasta el 9 siguiente, cuando también se transportaron los suelos de cebada, y que requirió nueve partidas. La escaña sería transportada durante los días 6, 7 y 8 de agosto, en cinco partidas.
Poco más habría que transportar. El 6 de agosto Manuel Mantas, el arriero que por último se había hecho cargo de las burras, ya había entregado a la administración de la casa los aparejos, bozales y demás pertrechos que había tenido a su cargo durante el acarreo del grano. Había perdido el día 4, durante el último viaje de vuelta con la cebada comprada, un albardón de los que se utilizaban para montar, más alto y con más amortiguación que la albarda común, la que se utilizaba para la carga, y un ataharre, el trozo de tejido basto al que se cosía una correa o una cinta que se pasaba por debajo de la cola del animal para impedir que el aparejo se desplazara hacia adelante.
El balance del transporte, a fecha de 12 de agosto, era de ciento treinta y siete viajes completos de a diez cargas de mulos con cuatro fanegas, más veinte de burras con dos fanegas. No equivalían a su número proporcional de días de trabajo porque los hubo en los que no se habían dado viajes completos por todas las bestias, en cuyo caso los que efectivamente se habían hecho se habían contabilizado aparte para luego sumar viajes completos.
El transporte, que completaba la secuencia de los trabajos productivos, terminaba en los graneros de la casa, invariablemente localizados en la población donde estaba centralizada su gestión. Así quedaba todo el producto bajo control directo de quienes debían tomar decisiones sobre él, y lo concentraban en el lugar que actuaría como su primer mercado. Desde hacía siglos las casas preferirían partir de él para comercializar su producto.
La preparación de los graneros para recibir el trigo era otra parte necesaria de las iniciativas precursoras de los trabajos de la recolección. Durante el 17 de junio los mulos de la casa estuvieron pasando a la casa de campo, centro de sus operaciones rurales en la población, y a uno de los graneros que aquel año recibiría la cebada nueva, la cebada, las habas y las ahechaduras o restos que había en otro de los graneros de la casa, que aquel año se dedicaría a almacenar trigo. Al mismo tiempo, al panadero Acosta se le llevó el último trigo de la cosecha del año precedente que aún tenía la casa en su poder, sesenta y ocho fanegas, de las cuales treinta y seis y media estaban en el granero de la casa de campo y treinta y una y media en otro de los que se dedicarían al trigo. Así, a la vez que se liquidaba definitivamente la cosecha del año precedente, durante el mismo mes que se estaba segando la nueva, dos de los graneros quedaban limpios para que los repararan y los blanquearan los albañiles, y, de este modo, quedaran listos para recibir el trigo nuevo. Se puede suponer que los demás graneros que se utilizarían aquel año para entonces ya estarían vacíos y en ellos los albañiles ya habrían hecho los trabajos preparatorios, porque el primer trigo había llegado el día anterior, el 16 de junio.
A partir de esta fecha, para esta primera fase de almacenamiento, la casa usó dos graneros, uno localizado en la casa de campo y el otro que ya se ha mencionado, localizado en un lugar que la fuente no precisa. Los fue llenando sucesivamente, ateniéndose a los espacios en los que cada uno estaba dividido. En el no localizado había una covacha y un cañón, mientras que para la casa de campo solo se mencionan cañones. El primer trigo se descargó en la covacha citada, y el que el 20 habían llevado en el último viaje los mulos, en el cañón del pajar del granero de la casa de campo.
El cambio en la intensidad del almacenamiento, que simultáneamente había impuesto la del transporte, lo decidió la llegada de Anacleto Rodríguez, el hombre al que la documentación identifica como subidor de cargas. Fue el responsable directo del manejo de los costales, que vaciaría en los graneros ayudado por el arriero de los mulos y los dos de las burras. Sobre cómo ejecutaba su trabajo no deja dudas el registro del 27 de junio, cuando empezó a subir las cargas de trigo al granero donde se estaba descargando en aquel momento. Para que se le liquidara su trabajo se atuvo al ajuste antiguo, dos reales por cada viaje de veinte burras y diez mulos, lo que equivale a subir cuarenta costales por viaje. Como en el primer momento solo había diez burras y diez mulos dando los portes, se le bajó a prorrata lo que correspondía, tal como era la costumbre.
El 27 de junio todavía se estaba descargando trigo en el cañón del pajar, que aquel día se completó, para a continuación empezar con el del arbollón. El 30 se seguía descargando en este, y el 3 de julio se empezó a depositar en el de la izquierda, entrando por el del pajar de la casa de campo. El 6 de julio por la tarde se descargó el primer trigo en el cañón de la calle del otro granero y otros dos viajes en el cañón de la izquierda del de la casa de campo.
Cuando el 10 de julio se hizo el primer balance del trigo que ya se había transportado, el granero de la casa de campo había recibido tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media, y el otro, mil cuatrocientas siete. La cifra que sumaban, cuatro mil novecientas ochenta y seis fanegas y media, se reconocía como el total fanegas de trigo recolectadas o recibidas hasta aquel momento. Tanta era la identidad entre el destino de todo el producto obtenido y el almacenamiento.
El 11 de julio el trigo que se estaba transportando fue a parar al cañón del patio del granero de localización incierta, y allí se continuó descargando hasta el 14 de julio, cuando los costales empezaron a descargarse en el cañón alto de la calle. El 15 fue necesario recurrir a un tercer granero, también en la población pero de cuya localización tampoco tenemos pruebas explícitas. En su cañón ancho aquel día empezaron a descargar trigo. El 20 las descargas del trigo se seguían haciendo en el tercer almacén, solo que en su cañón angosto, que estuvo recibiéndolas al menos hasta el 22, cuando de nuevo fue depositada una parte del que se había transportado aquel día en su cañón ancho.
Así resultó que el 24 de julio, cuando terminaba el periodo, el grano existente en los almacenes era el siguiente. En el primero de los graneros sin localizar había ochocientas ochenta y cinco fanegas y media de trigo, y en el otro que tampoco está localizado, dos mil doscientas cincuenta y media, todo de yema, es decir, del mejor que se había conseguido en la era, lo que daba un total de tres mil ciento treinta y seis fanegas que se habían transportado en veinticuatro viajes. Y aunque la fuente no precisa sus calendarios, para aquella fecha también se habían almacenado ya una parte de la cebada, la escaña y los garbanzos. De cebada, en el primero de sus graneros propios quedaban depositadas quinientas treinta y dos fanegas, y en el otro específico, cincuenta, lo que daba un total de quinientas ochenta y dos fanegas de cebada. De escaña, en el último aludido, cien fanegas, y de garbanzos, en aquel mismo lugar, procedentes de una de las zonas reputadas del cortijo central, veintitrés fanegas y media, y de los que ya se habían criado en el cortijo que al año siguiente se incorporaría plenamente a la explotación, cincuenta y cuatro fanegas, lo que daba un total de setenta y siete fanegas y media de garbanzos.
A partir del 27 de julio el almacenamiento se concentró en los restos. Las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos fueron descargadas en montones separados en el segundo granero sin localizar, o tercer granero preparado por la casa para recibir el trigo, entre el 27 de julio y el 1 de agosto. Entre el 1 y el 9 de agosto, fueron almacenadas en el primero de los graneros reservados para la cebada novecientas veinticinco fanegas y media de yema, mientras que de suelos de cebada fueron llevadas al segundo de sus almacenes el día 9 cuarenta y cinco y media. Por lo que el total de fanegas de cebada guardadas aquellos días, sumadas las de yema y las de suelos, fueron novecientas setenta y una. La escaña, que fue almacenada, en la sala alta del balcón al patio de las pilas de un lugar que tampoco es posible determinar, durante los días 6 y 7 de agosto, alcanzó las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media; y la almacenada en el segundo de los graneros que se utilizaban también para la cebada durante el 7 y el 8 de agosto fue ciento cuarenta y cuatro fanegas; lo que sumó un total de fanegas de escaña de quinientas ochenta y siete y media. Por último, un resto de habas, que apenas alcazaba la media fanega, también fue almacenado en el segundo de los graneros que se utilizaban para la cebada.
La subida de cargas terminó el 12 de agosto. Anacleto Rodríguez había completado desde el 27 de junio la subida de ciento treinta y siete viajes. Cada uno de ellos sumaba a las diez cargas de mulos con cuatro fanegas las veinte de las burras con dos fanegas, lo que daba un total de ochenta fanegas por viaje. Se le remuneraron al precio de dos reales por cada uno, lo que le supondría un ingreso total de doscientos setenta y cuatro reales por cuarenta y siete días brutos de trabajo, o casi seis reales por día trabajado.
Así fue posible que el 15 de agosto se hiciera el balance del grano almacenado, equivalente al que se había recolectado en la cosecha del verano de aquel año, con la precisa identificación de los graneros donde el de cada clase estaba. El trigo guardado en el granero de la casa de campo alcanzó las tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media; el depositado en el segundo granero, las dos mil cuatrocientas seis y media; y el que se almacenó en el tercero, las dos mil doscientas cincuenta y media. De donde el total de fanegas de trigo de yema obtenido fue ocho mil doscientas treinta y seis y media. Las fanegas de granzas de trigo guardadas en el tercer granero fueron trescientas veintitrés; las de regranzas, almacenadas en el mismo lugar, doscientas cuarenta y siete; y las de suelos, que también quedaron en aquel almacén, ciento siete y media. Luego el balance definitivo del trigo recolectado fue ocho mil novecientas catorce fanegas.
La cebada almacenada en el primero de los graneros reservado a esta especie, así de yema como de granzas, alcanzó las mil cuatrocientas cincuenta y siete fanegas y media. La derivada al segundo sumó solo noventa y cinco y media, de las cuales cincuenta eran de yema y cuarenta y cinco y media de suelos. Así que el total de fanegas de cebada obtenidas aquella cosecha fue mil quinientas cincuenta y tres.
La escaña, en una cantidad que sumaba las doscientas cuarenta y cuatro fanegas, por una parte fue a parar al segundo de los graneros que se utilizaban para almacenar la cebada; y por otra, hasta alcanzar las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media, a la sala alta con balcón al patio de las pilas del almacén que no hemos podido identificar con más precisión. Por tanto, el total de fanegas de escaña de aquella cosecha fue seiscientas ochenta y siete y media.
La cosecha de semillas fue de habas y yeros. Todos los yeros menudos, que fueron ciento noventa y ocho fanegas, los guardaron en el primero de los graneros de la cebada, y la mayor parte de las habas gordas secas, cuya cosecha alcanzó las ciento quince fanegas, fue guardada en un almacén reservado para ellas, mientras que en el almacén que compartían la cebada y la escaña fue depositado un resto de media fanega. Como en el cortijo se habían consumido verdes durante su recolección cinco fanegas y media, la cosecha de habas gordas sumó un total de ciento veintiuna fanegas. Las habas menudas que fueron almacenadas en el depósito reservado para ellas alcanzaron las quinientas treinta y ocho fanegas, y en el que compartieron con la cebada y la escaña llegaron hasta ciento setenta y seis. De modo que la cosecha de habas menudas alcanzó las setecientas catorce fanegas.
Y para almacenar los garbanzos se aplicó un estricto criterio de segregación por procedencia, aunque todos fueron a parar al más heterogéneo de los almacenes, el que además compartieron cebada, escaña y habas. Cuando se apartaron se tuvo en cuenta que cincuenta y cuatro fanegas habían sido obtenidas en un área conocida como Ranilla y otras veintitrés y media en la zona llamada el Cahíz, reiteradamente mencionada como lugar de origen de las partidas cuando se trataba de enfatizar la calidad de aquel producto. De cualquier manera, la cosecha de garbanzos de aquel año por tanto solo sumaría setenta y siete fanegas y media.
Así resultó un total de doce mil doscientas sesenta y cinco fanegas de grano recolectadas y almacenadas.
Al recibir el trigo que se almacenaba, las preocupaciones de los responsables de la casa se concentraban en comprobar su calidad, un control que se iba haciendo al mismo tiempo que entraba en los graneros. Su principal indicador era el peso de una muestra, una vez ahechada. Por los conocimientos previos sobre las propiedades de los suelos de la explotación que se tuvieran, actuaba como verificador del pesaje la procedencia del trigo, que siempre se precisaba. El control lo complementaba su separación en los almacenes según procedencia. Y de manera menos regular se recurría a otros indicadores circunstanciales.
Para el primer trigo de la cosecha que se llevó a la población, el del 16 de junio, bastó con decir que era endeble. Pero al día siguiente el medidor que trabajaba para la casa, de nombre Mariano, hizo el primer ensayo de la cosecha del año. Pesó una fanega de las ciento catorce llevadas el día anterior. Dio como resultado noventa y nueve libras, mucho más de lo que se esperaba, en vista de la granazón tan desigual, el mal color y las manchas que tenía de paulilla, uno de los insectos parásitos de los cereales. Aquel trigo el 20 de junio quedó cortado en la covacha y el rincón contiguo del primer granero no localizado, para no mezclarlo con el que aquel mismo día estaba empezando a llegar procedente de uno de los dos cortijos sumados al central.
El 21 se pesó el trigo que se había criado en ese cortijo. Sin embargo, el resultado de la medida no consta. El 24, el trigo que se estaba sacando pareció mejor que el anterior. Se juzgaba por el peso de las gavillas, tal como lo percibían los carreteros. El 27 se pesó el que aquel día se estaba descargando. Una fanega dio noventa y nueve libras y media. Y el 30 se pesó otra que también tuvo noventa y nueve y media, con el color como el último descargado en el cañón del pajar. Había sido criado en otra de las zonas características de uno de los cortijos anexos.
El trigo descargado el 3 de julio era de calidad regular, como el de los otros dos cañones del mismo granero de la casa de campo, y el 5 de julio se pesó una fanega del cañón de la izquierda, entrando por el granero de la casa de campo, algo mejor de color que el anterior. Sin ahechar, pesó noventa y ocho libras y media. El que llegó el 6, que era de otra de las áreas más reputadas, lo que no se supo hasta última hora, no había variado de calidad, mientras que el 7 de julio, ya durante los trabajos de saca y era, se encontró el trigo mejor granado que el resto de la sementera. El 8 se pesaron el del cañón de la calle del primer granero sin localizar, ya concluido, y el del patio, casi acabándose, ambos procedentes de la misma zona afamada. Sin embargo, solo dieron noventa y ocho libras y media por fanega.
El 11 de julio se pesó el que había entrado en el cañón del patio del segundo granero, procedente del segundo de los cortijos anexos a la explotación. De la medida resultó una fanega de cien libras. Quienes estuvieron presentes en la operación dejaron constancia de que era el mejor de color y soltura de los que habían visto aquel año. Sería el único que llegaría a este peso, tal como confirmó la cata del 14 siguiente, cuando se había terminado la descarga de trigo puro del mismo cortijo en el cañón alto de la calle del segundo granero. De nuevo una fanega pesó cien libras.
El 15 le tocó el turno a una fanega de trigo de las depositadas en el cañón ancho del tercer granero, que también procedía en su mayor parte del segundo de los cortijos anexos. Pero estaba mezclado con otros de otra procedencia. Esta vez pesó noventa y nueve libras largas. El 20 de julio se pesó el trigo que estaban llevando al cañón angosto del tercer granero, procedente de un área al sudeste del cortijo segundo, según el aperador. Tenía el color bastante regular y pesó la fanega noventa y nueve libras. Y el 22 se tomaron dos muestras del trigo de color regular que estaba recién llegado al tercer granero, una del cañón angosto, que dio noventa y nueve libras y media, y otra del cañón ancho, cuyo peso fue noventa y ocho libras y media.
A partir del 25 de julio solo faltaba comprobar la calidad de las granzas que estaban llevando los mulos al tercer granero. El 27 de julio se reconoció que estaban casi como el trigo de yema, tanto de color como de todo lo demás. Se pesó una fanega y tenía noventa y siete libras.
Como pesos, procedencias y observaciones eran indicadores de fiabilidad variable, la prueba decisiva del control de la calidad del trigo se confiaba a la fabricación del pan. El 5 de julio el primer trigo nuevo, el que se había almacenado en la covacha del primer granero sin localizar, se lo llevó Acosta, el panadero al que se confiaba la fabricación del pan para el gasto de la labor de la casa. La prueba de Acosta dio como resultado las treinta y cinco hogazas de a tres libras que estaban contratadas con él anteriormente. Luego Acosta ya se había comprometido, como panadero suministrador del pan que se consumía a diario en la labor, una parte nada desdeñable de su negocio, a extraer de manera estable ciento cinco libras de pan a cada fanega de trigo, lo que por otra parte se atenía estrictamente a lo que estaba regulado desde hacía siglos. El panadero, como buen prestidigitador, convertía lo irregular en regular; los pesos variables del trigo, consecuencia de su calidad variable, en un rendimiento estable.
La administración de la casa decidió que una vez que concluyera la recolección, y se conocieran las calidades del trigo nuevo, se decidiría sobre si era necesario variar este contrato. Se reservaría la posibilidad de exigirle más si los resultados de los controles de calidad del pan demostraran que al trigo crudo era posible extraerle rendimientos por encima de las ciento cinco libras de pan.
Los resultados de los controles de calidad sistemáticos demostrarían que los rendimientos estaban en el límite o por debajo de los estándares métricos. Cumplir rigurosamente con el contrato, aparte el margen que permitiera pasar del trigo crudo a la harina fermentada y cocida, dado que el peso de la fanega de trigo ya era variable, y por tanto su rendimiento en pan, consentiría mezclas más o menos regladas. Tal pudo ser el origen del pan bazo, que incorporaba distintas calidades de salvado, el que se había impuesto para el consumo regular.
La decisión de la casa es lo bastante expresiva de la trascendencia que para los labradores podía tener disponer inmediatamente de su almacén. Antes que grandes comerciantes, serían voraces autoconsumidores. Para ellos, primero se trataría de asegurar el suministro de pan que en la explotación se consumía cada día de trabajo. Era la parte constante de la comida que cada jornada la casa debía suministrar a sus asalariados, mitad irrenunciable del salario consolidado. No disponer de trigo en el almacén propio, y tener que recurrir al mercado para conseguirlo, podía encarecer hasta lo insostenible la compra de trabajo. Si el almacén alcanzaba a cubrir la demanda del consumo interno, sería suficiente para tranquilizar sobre la estabilidad del precio del trabajo a lo largo de todo el año. Algo tan directo, y al mismo tiempo tan trascendente como esto, pudo estar en el origen de la abrumadora economía de los cereales y de la industria de la panadería que de la mano de ella se había consolidado en el medio rural del sudoeste.
Ya a fines de junio trabajaron entre tres y cuatro asalariados como labradores de paja, nombre que recibían los encargados de hacer un almiar, una acumulación de la paja derivada de la era, que quedaba a la intemperie y que debía servir a lo largo del año como almacén de al menos una parte del pienso que la explotación necesitara. Pero su actividad debió ser casi testimonial. Sería a partir del 10 de julio cuando los trabajos de labranza de los pajares concentraran más actividad.
El 16 cinco de los asalariados que estaban en aquel momento empleados como carreteros fueron a una laguna localizada en una zona de monte bajo, a unas tres leguas al este de la explotación. Allí le compraron al dueño de aquellas tierras, por setenta y cinco céntimos cada par, quinientos haces de castañuela, una planta arbustiva de tallo largo, propia de ambientes húmedos, que habitualmente se empleaba para hacer las cubiertas efímeras de las edificaciones más frágiles. En este caso iban a servir para recubrir el pajar al servicio del cortijo central, y allí los llevaron.
Además de los tres o cuatro asalariados que ya estaban empleados como labradores de paja, otros tres o cuatro fueron destinados a sabaneros. Recibían este nombre quienes se servían como herramienta de trabajo de un trozo de lienzo de gran tamaño, hecho con fibras fuertes y bastas, para transportar la paja, una vez consumada la trilla, desde la era hasta donde iba a ser acopiada. Si cuando trabajaban en el campo la llevaban hasta donde se iba a hacer el almiar, cuando trabajaban en la población en la sábana la descargaban del carro que la traía del campo para llevarla al pajar. Para esta ocasión, los sabaneros iban a actuar como subidores de paja.
Precedentes de la labor de los pajares esta vez también fueron los trabajos de carpintería. Hasta el 17 de julio el maestro de los carpinteros bastos, auxiliado por sus seis oficiales, una parte de su tiempo la había empleado en arreglar carretas en la cochera de la casa, aunque durante la otra, la mayor, habían estado en el cortijo, donde habían atendido sus encargos habituales, como arreglar las carretas y las herramientas para la era o formar la armadura para el cobertizo en el que se guarecían las burras. Pero ahora además se ocuparon en un trabajo relacionado con la labor de los pajares, el arreglo de los carrillos de mano que iban a servir para acarrear la paja. Si se recurrió a este medio, los sabaneros quedarían exentos del transporte de la paja desde la era, lo que permitiría que su trabajo se restringiera a subir la paja a los almiares que se fueran formando.
A partir del 25 de julio labrar los pajares sería la actividad que terminaría consumiendo la mayor cantidad de trabajo de los asalariados. Catorce de ellos el 29 ya estaban asignados a las carretas para que llevaran paja desde el cortijo central, en cuya era se había producido, a una de las dehesas de la casa. Los catorce que las conducían hicieron dos viajes, lo que supuso un volumen total transportado de veintiocho carretadas en un día, y permite pensar que el trabajo de cada asalariado asignado a aquella ocupación era ir al cargo de una de las carretas.
Ya en la dehesa, almiararían la paja otros cinco hombres, que ya estaban allí cogiendo los cogollos de palma que en aquel lugar serviría para completar el revestimiento de los almiares. De ellos, entre dos y tres actuarían como sabaneros o subidores de paja, mientras que los labradores de paja serían entre tres y cuatro.
Al día siguiente aquellos cincos hombres ya labraban la paja, al tiempo que continuaban recogiendo cogollos en la dehesa. La paja que estaban almiarando era, en primer lugar, el sobrante de un almacén de la casa que había quedado del año anterior, de donde se había sacado lo que los labradores necesitaron para asientos de los pajares. La demás era de la clase inferior que había abarrada y de algunas tornas o nudos de las cañas trilladas.
Para el 31, el aperador, que estuvo en la población, informó que aquel día otra vez se habían transportado a la dehesa catorce carretadas, lo que daba hasta el momento un balance de tres viajes de paja o cuarenta y dos carretadas, y que los cinco hombres seguían almiarándola al tiempo que cogiendo cogollos de palma. Convino con el administrador llevar a la misma dehesa a la que hasta aquel momento se había estado transportando otro viaje, lo que sumaría cincuenta y seis carretadas, y dos más de veintiocho carretadas a la otra dehesa que la casa tenía. Así sumaría todo el acopio ochenta y cuatro carretadas de paja endeble, mezcla de añeja y nueva.
Este plan se ejecutó entre el 1 y el 6 de agosto, semana durante la cual los responsables de que se completara siguieron siendo los mismos catorce hombres con sus catorce carretas, y los cinco que compartían su tiempo entre almiararla y coger cogollos de palma. El balance de hasta qué punto se había satisfecho el plan lo hizo el aperador el mismo día 6. A la primera dehesa, de la paja que había quedado del año anterior en el almacén de la casa, en tres viajes de trece carretas más en uno de diez, se habían llevado cuarenta y nueve carretadas, y de paja buena, en el último de los viajes de la paja añeja, cuatro carretadas y un viaje de catorce, lo que sumaba un total de sesenta y siete carretadas de paja, entre buena y endeble, transportada a aquella dehesa. A la segunda dehesa se habían dado dos viajes de trece carretas y uno de catorce, total, cuarenta carretadas. Así pues, se habían llevado a las dehesas en ocho viajes un total de ciento siete carretadas de paja. Al frente de las carretas había ido un capataz, quien había sumado un total de diecisiete días de trabajo.
Sin embargo, buena parte de la labor de los pajares aún estaba por completar, incluso en las dehesas. El 7 de agosto los cinco hombres que ya estaban ocupados en esta tarea estaban techando el pajar de la segunda dehesa y terminado el de la primera, donde siguieron con lo mismo durante los días 8 y 9, cuando terminaron. A ellos se había agregado a lo largo de la tarde del día 7 de agosto Manuel García, alias Piña, uno de los capataces al frente de una de las cuadrillas más activas durante las siegas. Con dos destajeros, ajustados a veinticuatro reales cada carretada, cortada y puesta con las agujas, se comprometió a techar con palmas el pajar de la primera dehesa.
Además, el mismo 7 de agosto las catorce carretas empezaron a llevar dos viajes de paja al cortijo que la casa ya había arrendado para sumarlo a la explotación a partir de la campaña siguiente, y así se mantuvieron durante los días 8 y 9. Se pretendía que allí se formara el tercer pajarete o almiar, para que le sirviera a los bueyes en los temporales de invierno, mientras que los levantados en las dehesas habrían de servir para el consumo de los ganados de cría.
Al llegar a la población un par de días después, aprovechando que al día siguiente se celebraba san Lorenzo, ya por la noche el aperador informó que en el nuevo cortijo había ya ochenta carretadas de paja, a pesar de lo cual, para terminar el trabajo, todavía sería necesario llevar otras trece o catorce, lo que ocurrió al día siguiente, cuando las catorce carretas llevarían allí las últimas carretadas. Por la cuenta que daba, las arrasaduras de paja habían sido acopiadas en un almiar.
El administrador, recibido este informe, aquella misma noche del 9 de agosto previó que, cuando se acabara de llevar paja, a los asalariados ya habría que ocuparlos en repartir estiércol y reunir boñigos y leña para la explotación. Además, siete hombres debían volver al día siguiente por la noche desde el cortijo a la población para el 11 irse a vendimiar a la viña de la casa a jornal seco, de acuerdo con lo que se pagara a los vendimiadores. Todo un programa que anunciaba que los trabajos de la recolección de trigo y sus cultivos subsidiarios estaban tocando a su fin.
No obstante, la labor de los pajares, estaba por terminar. Entre el 11 y el 14 de agosto la mayor parte de entre treinta y ocho y cuarenta y cinco asalariados fueron empleados en acabar de techar los pajares, y el 14 Manuel García Piña y sus dos compañeros habían terminado de poner en el pajarete de la primera dehesa, que tendría cuarenta y nueve carretadas de paja, las cinco carretadas de palma que allí se habían cortado. Por aquel trabajo, que habían completado en los seis días comprendidos entre el 7 y el 13, además de los veinticuatro reales por cada carretada que estaba previsto, recibieron como gratificación doce reales, en los que estaban incluidos el vino para todos, el sobrante de Piña y el incentivo al capataz por haberle puesto el cumbrero o cubierta al almiar, que se hacía con estiércol y paja de habas. Lo que pudiera quedar para terminar de labrar los pajares se completó entre el 26 y el 29 de agosto.
La trilla
Publicado: octubre 1, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Según avanzaba la estación, los trabajos derivados de la siega quedaban cada vez más expuestos a los incendios, el peor de sus enemigos. A las tres de la tarde del 26 de junio, en un cortijo contiguo a la explotación de la casa, se originó uno cuyo origen se desconocía. Ardió el rastrojo, en una porción que se estimó de unas cuarenta unidades de superficie, de las que ya habían sacado las gavillas. Pero de otras catorce ardieron las gavillas de trigo y el rastrojo. Alcanzó después a un trozo de poca importancia de otra explotación vecina, corrió desde una senda hasta la vereda en la que desembocaba y allí se contuvo. El cortijo central de la casa se libró milagrosamente. Según opiniones generales, el haberse vuelto el viento en momentos críticos contuvo al terrible elemento, que amenazaba destruir las sementeras segadas entre la vereda y el río. Dios acude a la mayor necesidad, oró el administrador.
Quien había sufrido la pérdida mayor tenía asegurada su sementera por la sociedad salvadora de la población. No tuvo derecho a indemnización por no haber completado los requisitos del seguro, lo que no lo había librado del pago de su inscripción. Dios nos libre de los incendios como de los seguros -imploró ahora el administrador-, muy parecidos en sus efectos a las enfermedades y los médicos malos, que todos influyen a la vez contra la vida del pobre enfermo.
Aunque sabemos positivamente que el día 8 de junio los mulos estaban trillando yeros en la era abierta en el cortijo central de la casa, también es seguro que la trilla del trigo, la que consumiría la mayor parte del tiempo, empezó el 11. A partir de aquel día, y durante los inmediatos siguientes, asimismo fueron los mulos de la labor los encargados de hacerla. Ningún signo de la condición precursora de esta fase de los trabajos de recolección era tan evidente como aquel. Porque para la trilla se preferían las yeguas, que sin embargo en aquel momento aún no se habían incorporado a la era. Estaban a la espera de que entre los primeros rastrojos se abriera un espacio donde al menos pudieran pastar cuando llegaran.
Disponer de las yeguas para este fin en las mejores condiciones había sido objeto de atenciones especiales con bastante antelación. Ya en mayo, se había organizado la trashumancia que debía asegurarles los pastos que las pusieran a punto. El día 5 el administrador había acordado con el aperador y el yegüero que hicieran un viaje para buscar y comprarles hierbas, dada la escasez de pastos que había aquel año. Llevaban instrucciones precisas de no pagar por las que encontraran más de 3.000 reales. El día 8 aperador y yegüero ya estaban de vuelta en la población con el encargo cumplido, y fueron a dar cuenta de sus gestiones al administrador. Con mucho trabajo, habían encontrado hierbas en Palma del Río. Según el contrato que habían cerrado el día anterior, dejaban compradas las de 180 unidades de superficie en un cortijo de aquel término.
A pesar de que llevaban instrucciones de no pagar por ellas más de 3.000 reales, movidos por la necesidad que tenían las yeguas, por su propia voluntad se habían excedido hasta los 3.500, que deberían estar satisfechos el día que los animales entraran a disfrutar los pastos. Habían entregado en el acto 500 reales como señal, y habían acordado que las yeguas salieran de las tierras contratadas el día de san Juan Bautista, 24 de junio siguiente. Así conseguirían asegurarse en torno a mes y medio de pastos. Para aquel viaje el administrador, a cuenta de la operación, había dado al aperador 600 reales. Los gastos en los que había incurrido sumaban a los 500 reales de la señal 60 que había pagado al corredor por el trato y 21 empleados en comida, barca, posada y otros gastos menores; total, 581 reales. Los 19 restantes los devolvió aquel mismo día.
El 9 de mayo el administrador fue al cortijo y estuvo viendo las yeguas. La mayor parte de ellas estaba a medio engordar y muchas ni siquiera habían pelechado. De acuerdo con el plan previsto, en el transcurso de la jornada en torno a un centenar de cabezas, sumados las hembras y los potros de las paridas, deberían salir del cortijo para dormir en la dehesa del Pozo de la Huerta, una de las que tenía la casa, de donde tendrían que partir a la mañana siguiente temprano, para, una vez pasado el Guadalquivir por uno de los vados de Lora, dormir en las hierbas que se les habían comprado en Palma.
El administrador dio al yegüero 30 reales para gastos de la barca y los 3.000 que faltaban para completar el pago de las hierbas. Según el contrato, debía entregarlos al dueño de ellas en cuanto llegara a Palma, a cambio de lo cual recogería su recibo. En el cuadernillo que el administrador le había entregado para que llevara apunte de los costos de estos viajes, el 12 de mayo registró provisionalmente el pago de los 3.000 reales que completaban la compra de las hierbas para las yeguas, según recibo del dueño del cortijo.
A partir de aquel momento el yegüero y sus zagales serían los únicos responsables de la piara. Se le encargó mucho que no faltara de ella en ningún momento durante los días que mediaban hasta san Juan, y que los zagales hicieran lo mismo, para evitar que ocurriera algún extravío grave en tierra extraña. Para que ninguno descuidara un encargo en el que se había puesto tanto cuidado, acordaron además que los zagales de vacas del Pozo de la Huerta se encargaran de llevar a los responsables de las yeguas el hato correspondiente a los días que estuvieran fuera, así como las ropas que necesitaran. Para entregarles uno y otras, los de las yeguas los esperarían en Lora, en los álamos del paseo frente a la aceña, tras lo cual cada uno se volvería a su destino.
Aquella experiencia no debió resultar tal como se había previsto. El 11 de junio, a quince días del final del disfrute de los pastos, administrador y aperador convinieron que al día siguiente el guarda de la Trinidad, la otra dehesa de la casa, avisara al yegüero, que permanecía en Palma del Río, para que ya el 14 temprano llevara las yeguas a dormir al Pozo de la Huerta, diez días antes del previsto para la vuelta, hasta donde debía acompañarlo, y que el 15 temprano las llevara al cortijo para cuidarlas y herrarlas, de manera que empezaran la trilla el día después de la próxima huelga, que sería el 17.
Las decisiones se precipitaron hasta tal punto que el 14 de junio las yeguas ya llegaron al cortijo central. Aunque a sus responsables se les había encargado que durmieran aquella noche en el Pozo de la Huerta, habían salido de la dehesa [sic] de Palma del Río por la mañana temprano, para hacer menos molesto el camino, y con todos aquellos animales, entre ellos potros chicos, andado en una sola jornada las ocho leguas que separaban un lugar de otro. Supongo que si se les hubiera mandado esto que han hecho por su gusto los ganaderos se habrían lamentado amargamente, resistiéndolo como un imposible, reflexionó el administrador. Por fin, gracias a Dios, que han vuelto de la expedición sin novedad, aunque sufriendo la escasez de comida que en este año de miseria hay por todas partes, después de gastar un dineral para beneficiar las yeguas. Pero todo inútil desgraciadamente, según lo acreditan ya los malos resultados. El aperador y el yegüero estuvieron en este negocio bastante ligeros en todos los sentidos, concluyó. O el pasto se había terminado diez días antes de lo previsto o las condiciones en las que permanecían las yeguas en las tierras de Palma no habían sido todo lo satisfactorias que se esperaba. Todo parece indicar que la pobreza de los pastos contratados fue la culpable del relativo fracaso.
Afortunadamente, el 16 de junio ya podía darse por terminada la aventura, y todo lo que quedaba por hacer para permitir que la trilla del trigo fuera obra de las yeguas quedó encauzado. De los almacenes de las casa el yegüero recogió veinte cobras de cerda, más cuatro costales de jerga y cinco de cáñamo, que ya se habían desechado, para que fueran utilizados para los cinchos.
La cobra era un aparejo de una sola pieza, tejido con la cerda de los mismos animales, que enlazaba las yeguas que hacían la trilla, aunque su nombre lo recibía por extensión. En sentido propio, la cobra era el grupo que formaban cada tres yeguas enlazadas para que, sometidas a la autoridad del yegüero, pisaran en giros reiterados la mies tendida sobre la era. La más próxima a él llevaba un cincho o faja ceñida al tórax y fijado con una cuerda, la misma que, con la forma de dos colleras, unía a las otras dos del grupo. Probablemente unos trilladores auxiliaban al yegüero en la conducción de las yeguas que habían de hacer aquel trabajo durante el verano, o lo sustituían a cada tanto. Entre uno y dos asalariados fueron identificados como responsables de esta función durante el segundo periodo, y un número indeterminado de ellos trabajó durante una parte de los quince días del tercero.
La preparación de las yeguas para el trabajo en la era concluyó el 19, cuando se acabaron de herrar; en total, ochenta y cinco, una más de las previstas. El exceso había sido responsabilidad del yegüero, a quien el administrador había encargado que las herradas fueran justamente ochenta y cuatro, las que había contratado con Burraco, el mariscal que trabajaba para la casa, quien sobre todo se encargaba de mantener herradas sus bestias. El contrato acordado debió ser ochenta y cuatro porque se ajustaría al tamaño preciso de la fuerza que se deseaba invertir en la trilla. A razón de tres yeguas por cobra, de ochenta y cuatro cabezas resultarían veintiocho cobras activas.
Todas las yeguas, para irlas metiendo en trabajo y en pienso, el 19 ya estaban trillando. Su dieta, parte cotidiana de la inversión en aquella energía, era objeto de un cuidado específico. A partir del momento en el que se incorporaron a la trilla, y mientras estuvieron trabajando en la era, se beneficiaron de un régimen de alimentación que para ellas se sostuvo al menos hasta el 7 de julio. Ya el 3 de junio, en previsión de su llegada, los mismos mulos que habían llevado a la población un viaje de las habas menudas recolectadas llevaron de vuelta al cortijo central de la casa una porción de la cebada y la escaña que debían servirles de pienso mientras se mantuvieran en aquel trabajo. A propósito de su administración, el yegüero precisó que el 19 ya habían comido diecisiete fanegas de cebada y escaña, una cantidad que se iría modificando atendiendo más a la demanda de los animales que a las carretadas de gavillas que trillaban. El 21 siguiente comieron diecinueve, y el 7 de julio, aunque solo trillaban sesenta carretadas, se decidió subirles aquella cantidad hasta veinte, lo que sitúa la ración diaria de pienso de cada animal a una cantidad comprendida entre un quinto y un cuarto de fanega, a la que habría que sumar lo que libremente pastaran en los rastrojos.
Asociados al trabajo de la era estaban los asalariados que la documentación llama moreros, quienes, por una parte, debían volver la mies tendida sobre la era y, por otra, aventar y limpiar el grano. Según la lexicografía local, eran conocidos con aquel nombre por el color que su piel iba adquiriendo en el transcurso del verano.
En la primera fase fueron adscritos a la era solo dieciséis moreros. Pero el 17 de junio, al comienzo del segundo periodo, su número subió a treinta y seis. Sin embargo, al día siguiente solo había veintiocho trabajando en la era, según el listín del cortijo. A partir de aquel día, y hasta el final del mismo mes, su número osciló bastante, entre un mínimo de veinte y un máximo de treinta y ocho, con veinticinco-veintiséis como valores más habituales.
Unas oscilaciones tan acusadas de la cantidad de trabajo al servicio de la era debieron traducirse en cierta irregularidad de la producción diaria, de cuya conciencia quedó constancia. El 24 de junio se reconoció que la era estaba bastante atracada por falta de gente, razón que aconsejó decidir que se aumentara a partir de la siguiente jornada, lo que no evitó que la irregularidad se acusara aún más. El 1 de julio, en la era, que de nuevo estaba escasa de gente, servían solo dieciocho moreros, el mínimo absoluto del periodo. Al día siguiente su número se incrementó notablemente, hasta veintinueve, y a partir del 3, y durante el resto de la semana, osciló entre un mínimo de treinta y seis y un máximo de cuarenta, el valor que más se repitió. Por eso no deja de sorprender que el día 7 de julio, por la tarde, durante su visita a la explotación el administrador no encontrara en la era novedad particular. A pesar de la relativa estabilidad que se había conseguido para el trabajo de los moreros, aquel día tuvo que reconocer que había en la era cierta cantidad de parvas amontonadas, ya trilladas pero que permanecían a la espera de que el grano fuera separado.
La razón de la lentitud y el bloqueo de la actividad en la era, que sería la misma de las oscilaciones de la cantidad de trabajo que a diario se le asignaba, así como de la actitud del administrador, era que todos trabajaban confiados a las mareas, el viento suave del sudoeste, el que se juzgaba más favorable para aventar, que no terminaba de imponerse. De ahí que en aquel momento los moreros solo se ocuparan de las parvas que se trillaban en el día y que el rendimiento del trabajo de trilla de las yeguas aquel día se fijara en solo sesenta carretadas. Hasta que llegara el viento esperado, la estabilidad del trabajo se habría impuesto. Cuando los días 8 y 9 se decidió dedicarlo a la cebada, la situación no habría cambiado mucho. El número de moreros seguía estabilizado en treinta y cinco, según el diario. Para el 11 de julio solo había veintiocho, mientras que entre el 12 y el 15 su número osciló entre treinta y treinta y nueve, con valores más frecuentes cerca de este máximo. Todo indica que los vientos que se creían necesarios, durante la primera mitad de julio, seguirían siendo inconstantes.
Habría que esperar al 16 para que la trilla experimentara el giro definitivo. Estuvieron trabajando en la era sesenta asalariados, e incluso se incorporaron a ella cinco carreteros, que habían quedado libres una vez concluida la saca. Este valor extremo apenas pudo mantenerse el 17, cuando trabajaron en la era sesenta y dos asalariados. Porque a partir del 18, y hasta el 23, el número de moreros se estabilizó entre cincuenta y tres y cincuenta y nueve, con valores más frecuentes en torno a cincuenta y cuatro. No obstante, el 21, cuando esta era la cantidad de los que trabajaban, a ellos se sumaron otra vez carreteros. Ahora fueron los seis que habían llegado aquel día de la capital, a donde había ido el día anterior. Para el 22, cuando el trigo de yema ya se iba concluyendo, los cincuenta y nueve moreros de aquella jornada se ocuparon en los garbanzos, la cebada y demás restos de la era, con los que acabaron el 23. O el viento suave del sudoeste acudió fielmente a la cita cada día desde mediados de julio, feliz concurrencia de los elementos que se creían necesarios, o el final de la trilla sería más el resultado de la decidida voluntad de terminar con ella.
Durante los días que la trilla estuvo pendiente, por las noches se mantendría un servicio de vigilancia. Un guarda de las habas fue empleado durante once días de la primera fase, y un guarda de la era durante cinco. Sin interrupción, este permanecería vigilante durante los veinticuatro días del segundo periodo y durante los quince del tercero. Pero ningún trabajo complementario fue tan imprescindible como el del carrero o carretero del agua, que se mantuvo activo día tras día desde el 16 de junio hasta el 12 de agosto. Gracias a su auxilio se combatirían las altas temperaturas de la estación. La casa entregaba a cada cuadrilla de segadores unas aguaderas, cuatro cántaros y un lebrillo. El trabajo del carretero del agua, que la trasladaría desde la fuente de la que se surtiera la explotación hasta cada lugar de trabajo, sería mantener los cántaros de las aguaderas durante la siega, así como surtir a quienes trabajaran en la era.
A pesar de que la trilla había concluido cuando julio terminaba, todavía hubo que trabajar en la era durante el cuarto periodo, si bien no está del todo claro en qué clase de actividades. Todo apunta a que se concentraban en cargar el grano trillado y aventado para transportarlo hasta la población. Se deduce de una decisión tomada el 31 de julio, cuando el administrador y el aperador acordaron no dejar pasar más tiempo sin recoger las cuatrocientas fanegas de cebada compradas a un labrador vecino para que atendieran el gasto del campo de los señores, una urgencia para la casa que sería la consecuencia tanto de una imperdonable falta de cálculo en su planificación de la sementera precedente como de la escasez de pastos de aquel año. Al día siguiente, primero de agosto, saldrían del cortijo central para el contiguo veinticinco burras y los diez mulos. Debían cargar a razón de cien fanegas de cebada cada viaje, hasta traerse las cuatrocientas. Saldrían al atardecer, para que hicieran el viaje con la fresca, parte de tarde y parte de madrugada. Como estaba concluido el trigo en la era del cortijo central, y solo quedaban por transportar la cebada y la escaña, cuyo traslado daba más tregua, burras y mulos podían emplearse preferentemente en la traída de la cebada comprada.
Durante aquella nueva fase la cantidad de trabajo consumida por la era disminuiría sensiblemente. Hasta el 28 de julio estuvieron trabajando en ella treinta y dos asalariados, y a partir del 29 su número se mantuvo bastante estable, entre veinticuatro y veintisiete, con veinticinco y veintiséis como valores más frecuentes. A partir del 10 de agosto, y hasta el 14, subió algo por encima de treinta. Cuando se especifican, se siguen identificando como moreros, y cuando a partir del 3 de agosto se menciona explícitamente el trabajo que estaban haciendo se dice que ya estaban cargando la cebada y la escaña. Pero otra parte del trabajo que se les encomendara debió ser sacar granzas, regranzas y suelos.
Al aventar el grano y pasarlo por el zarandón se obtenía el producto de yema o de primera calidad. Los restos que no pasaban la selección eran las granzas, que a su vez se decantaban con un harnero y con una criba, dos clases del mismo medio de depuración que se distinguían por la luz de sus urdimbres. En lo fundamental cualquiera de ellos era un aro al que se había fijado alguna clase de trama, más o menos tupida, para pasar a través de ella los restos de los áridos y así separarlos por estado o calidad y limpiarlos. Esta operación, que se llamaba ahechar, a su vez originaba un subproducto, las regranzas, que asimismo se ahechaban. Suelo, por último, era el nombre de los granos que quedaban en el área de la era, de la que tomaban su nombre. Una vez que se había recogido toda la parva con la arnilla, se sacaban barriéndola.
El 7 de agosto quedó constancia de que los hermanos Antonio y Manuel Zafra, para levantar la era en el cortijo central, habían ahechado de dos manos, una de harnero y otra de criba, los trigos de granzas, regranzas y suelos. Ahecharon nada menos que seiscientas noventa y siete fanegas y media, de las cuales trescientas veintitrés habían sido de granzas, doscientas cuarenta y siete de regranzas y ciento siete y media de suelos, más veinte de bacia o desecho que el aperador decidió dejar en el cortijo para comida de las gallinas. En una segunda fase, los hermanos Zafra estuvieron ahechando hasta el 23 de agosto las setenta y siete fanegas y media de garbanzos de la cosecha de aquel año, de las cuales veintitrés y media procedían del área más próxima al cortijo central de la casa, que habrían tenido de bacia media fanega y de agracejo o garbanzos sin madurar dos, y cincuenta y cuatro del área contigua al cortijo que se iba a incorporar al año siguiente a la labor, que tendrían de bacia una fanega y de agracejo dos, todo igualmente de dos manos, una de criba y otra de harnero. Cobraron a razón de dieciocho reales cada cien fanegas, y además recibieron dieciséis reales por la impertinencia.
Entre el 26 y el 29 de agosto, quinto periodo, entre veinte y veintiséis jornaleros, en cantidades decrecientes, estuvieron barriendo la era de la tierra de los hormigueros que había en el empedrado. Se puede suponer que toda la tierra acumulada en la era no tendría aquella procedencia. De lo contrario, no tendría mucho sentido emplear tantos hombres en barrer y sacar tierra durante cuatro días.
La saca
Publicado: junio 30, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
El 1 de julio aún quedaba por completar la otra parte de la recolección, los trabajos derivados de las siegas. Se habían iniciado en paralelo a ellas y agotaron un calendario que se prolongaría entre mediados de junio y primeros de septiembre, aunque su intensidad, así como sus dedicaciones preferentes, oscilaron a lo largo del verano.
Para esta parte de los trabajos eran empleados asalariados de los que regularmente trabajaban para la casa por periodos de entre quince y treinta días, durante los que permanecían en la explotación bajo la responsabilidad directa del aperador, quien los había contratado.
A cada asalariado que empleara le asignaba cada jornada una actividad según las necesidades de cada fase. Durante los veinticinco días comprendidos entre el 22 de mayo y el 15 de junio, todavía dedicados en su mayor parte a trabajos distintos a los que necesitaba la recolección de los granos y semillas, como acabar los barbechos o recortar estiércol, empezaron la saca y los trabajos de la era. Pero se trataba todavía de la fase inicial de esta secuencia de operaciones. Los veinticuatro días comprendidos entre el 16 de junio y el 9 de julio fueron los que de verdad concentraron la actividad laboral en la saca y en la era. En acabar aquella, la trilla de las gavillas restantes, limpiar y portear grano y formar los pajares fueron invertidos los quince días del siguiente periodo, los comprendidos entre el 10 y el 24 de julio, y durante los siguientes veintiún días, los que fueron del 25 de julio al 14 de agosto, excepcionalmente hubo una interrupción de los trabajos. Por la noche del 9 se volvieron a holgar desde el cortijo central a la población todos los asalariados, así como el aperador, para oír misa al día siguiente, día de san Lorenzo, tal como era la costumbre. A pesar de esta concesión, en aquel periodo todavía hubo que trabajar intensamente en la era, terminar de portear el grano y la paja, y labrarla en pajares y techarlos. Entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre el signo de los trabajos cambiaría radicalmente. Durante esos veinticuatro días, aparte repartir estiércol en algunos lugares de la explotación y reparar las pesebreras del cortijo que se iba a incorporar a la labor, se acabaron de techar los pajares y por fin se dejó limpia la era.
Tanto como se interesó por la siega, el administrador desde el principio supervisó sobre el terreno todo lo relacionado con sus trabajos derivados, y en ningún momento desistiría de la responsabilidad con la que las actividades paralelas le cargaban. En su visita a la explotación del 14 de junio, cuando estaba a punto de terminar el primer periodo, aprovechando que del cortijo central aquel día se volverían a holgar los asalariados regulares, trazó el plan al que debían atenerse a partir del estado en el que las encontró. Aunque el número de carretadas de gavillas que hasta el momento se habían sacado no le se lo pudieron precisar, constató que ya estaban recogidas y limpias dos parvas de trigo, una parte del cual aquel mismo día ya habían llevado a la población. Otra parva había quedado a medio trillar y otras dos estaban ya abarradas. Decidió que el día que volvieran los trabajadores, una vez terminada la huelga que empezaba el 15, que en la práctica fue el 17 de junio, la trilla ya quedara a cargo de las yeguas.
En cuanto a la cuenta de las carretadas de gavillas que habían trillado los mulos, del trigo limpio que ya se había llevado a la población, de la carne consumida en los tres últimos días del periodo precedente y de otros detalles, prefirió aplazarla hasta que se hiciera el balance del periodo siguiente, que se cerró el 9 de julio. Un par de días antes de que llegara este momento, por la tarde, otra vez a punto de terminar la segunda de las secuencias de actividad, para conocer la situación de primera mano de nuevo estuvo en el cortijo centro de los trabajos. Esta vez revisó los rastrojos y la saca de las gavillas, y después estuvo en la era. En nada encontró novedad digna de mención.
Los trabajos derivados de la siega, además de planificación, exigían un notable despliegue de medios. Su primer alarde convergió en el 8 de junio. Aquel día, desde el almacén de la casa, donde habrían hibernado, fueron trasladados a la explotación los primeros medios que se utilizarían para ellos. Dos carretas, que habían ido a la población para llevar arados y yugos para mulos de los que llamaban cangas, de vuelta llevaron al cortijo central las horcas de cabo largo para cargar las carretas y las que se utilizaban en la era, bieldos y bieldas, rastros y palas. Las horcas de cabo largo, simples palos en uno de cuyos extremos, en un travesaño, se insertaban largos y agudos dientes también de madera, eran herramientas específicas de la saca. Con ellas se cargaban las gavillas en las carretas. La casa las prefería a los collazos comunes, similares pero más cortos. Los bieldos, fueran comunes, de rostros, pajareros o grandes, que se utilizaban para los trabajos de la era, eran similares a las horcas. Para mantenerlos operativos, las carretas también llevaban cuatro haces de dientes. Los rastros, ensamblados con madera formando una retícula cuadrangular, de la que colgaban dientes de hierro, durante esta parte del año servirían para arrastrar las pajas.
Normalmente todas estas herramientas se compraban con un año de anticipación. Las que se utilizarían aquel año habían sido suministradas al almacén de la casa el 27 de julio del año anterior por un antiguo maestro y vendedor de utensilios de esta clase, vecino de una población cercana. Se las compraban con tanta antelación para darle enjugo a las maderas ligeras con las que estaban hechas. Sin embargo, el 1 de junio siguiente el suministrador habitual hubo de atender un pedido urgente de herramientas para la recolección, que se comprometió a completar en una semana, lo que tal vez fuera provocado por un volumen de la cosecha imprevisto. Entre el 1 y el 8 proporcionó más horcas para la saca y más palas para la era.
Las carretas también trasladaron al cortijo una pieza grande de pino, probablemente desecho del enjero de un arado, para con ella hacer la arnilla que se emplearía en la era. La viga tenía unos dos metros aproximadamente, y como había sido condenada a ser arnilla en sus extremos tendría un par de argollas, donde para recoger la parva ya terminada se engancharía el tiro de animales que hiciera la trilla.
Asimismo llevaron las piezas de madera necesarias para arreglar el lecho o trama de asiento de una de las carretas que se emplearían en la saca. El tiro o lanza, a la que se uncirían los animales que tirarían de ella, y que se prolongaba por debajo de la caja para sostener todo su entramado, era de álamo y tenía unos cinco metros y medio de longitud. Los dos limones, que eran las piezas que cerraban el lecho lateralmente en el sentido de la longitud, en paralelo al tiro, tenían unos dos metros y tres cuartos de largo. Para teleras se enviaron cuatro palos redondos, dos de ellos con poco más de dos metros y otros dos con apenas uno y tres cuartos. Las teleras, que efectivamente solían ser cuatro, se tendían en el sentido transversal de limón a limón para unirlos. Descansaban sobre el tiro, que los descargaba del peso que recogían. Y, para completar el equipamiento de las carretas, también llevaron treinta estacas de álamo. En las carretas, a cada lado, en vertical se disponían cinco listones de madera que se embutían por la base en los limones, y que por su extremo superior se aguzaban para quedaran afianzados por los aros de las riostras que las unían. Todavía una semana después otra carreta tuvo que llevar al cortijo, para que garantizar el mantenimiento de los lechos según fuera pasando la estación, otras dieciocho piezas de madera de las primeras que se obtenían del corte de los troncos en el sentido de la longitud, de unos dos metros y medio de largo, que se guardaban en el granero de la casa de campo.
También llevaron las dos carretas materiales para reparar las angarillas, que eran dos bolsas de lienzo sujetas a un par de armazones de madera cuadrados que se cargaban sobre los animales de transporte y que durante la recolección se utilizarían para trasladar la paja, y maderas de pino mal figuradas, que en su mayor parte aprovechaban palos viejos, para montar los sombrajos donde las burras se protegerían del sol del verano. Se sostendrían sobre muletas o pies derechos de poco más de dos metros de altura, encima de los cuales en horizontal descansarían durmientes de algo menos de cuatro metros, más un par de casi cinco, que para cerrar la techumbre a su vez recibirían cumbreras de la misma longitud que las durmientes comunes. Completarían aquel entramado elemental unas berlingas, probablemente móviles, de casi seis metros de largo entre las que se tendería una cuerda para que soportara alguna pantalla de tela que evitara la entrada rasante del sol.
El plan para el acopio de los medios necesarios para la recolección se completó durante los restantes días de junio. El suministrador de horcas y palas, el mismo día que había completado el encargo de urgencia que se le había hecho, se comprometió a empezar a partir del día siguiente trabajos de espartería, igualmente al servicio de la recolección. Con un oficial, entre el 9 y el 22 de junio estuvo arreglando soleras para carretas y reparando o haciendo serones. Las soleras, si se hacían de esparto y servían para las carretas, serían el fondo que se colocaba sobre el lecho para que contuviera la carga. Los serones eran un par de esportones cónicos unidos entre sí de manera que cargaban sobre el lomo de las bestias que se empleaban para el transporte. Además, confeccionaron un buen número de esportones boyeros, que habrá que suponer cilíndricos y con asas, destinados a contener los áridos que se cargaran en las carretas.
A partir del 13 de junio un maestro albardonero, a quien le acompañaban al menos su hermano y su hijo como oficiales, se empleó en arreglar las cinchas de las burras del acarreo del trigo y componer los costales que estaban estropeados, previa recogida de los materiales necesarios, que se guardaban en los almacenes de la casa. Las cinchas, que repararía con lienzo, sujetaban por debajo de la panza la albarda o almohadilla rellena de paja que amortiguaba el peso que recibían en el lomo los animales de carga. Según aquel plan, el que deberían soportar las burras sería el del trigo que se envasaba en los costales, unos sacos que también serían de lienzo. Un par de días después se dedicó además a hacer con lienzo cañamazo los costales nuevos que habrían de servir en el acarreo del trigo, y a coser con cordel de amarrar los viejos.
Para el 14 de junio un maestro herrero había terminado para la casa, además de otros trabajos, los suministros necesarios para el cajón del trigo, un medio del que no se da más noticia, tales como escuadras y clavos, pasadores y tiradores, y los clavos de los bancos para el sombrajo de las burras, complemento de las maderas que ya se habían enviado. Pero su destreza tendría su oportunidad en los días que siguieron hasta el 30 de junio, durante los que se concentró en arreglar el eje del carro del trigo, un ingenio de una complejidad exigente.
Era una pieza de hierro algo más larga que ancha era la caja. Sus dos extremos, que tenían forma de tronco de cono, eran las mangas, donde se ajustaban las ruedas. Renovarlas le obligaría a desmontar el eje y volver a forjarlas. Después, a las mangas puso cañoneras nuevas, roscones, arandelas y pasadores.
Las cañoneras eran el centro de la maza o núcleo donde convergían los radios de las ruedas. Tenían forma de tronco de cono regular porque debían recibir las correspondientes formas de tronco de cono de las mangas. Con unos salientes u orejillas, las cañoneras quedaban fijadas a la maza. Ahora se trataría de un trabajo de precisión.
Pero calcular los roscones no lo sería tanto. El eje terminaba en un par de salientes que se llamaban moños. Para protegerlos se forjaban los roscones, aros de hierro de bastante espesor. Las arandelas, por su parte, estaban al servicio de un buen cálculo de los equilibrios del peso muerto del carro. Los extremos o puntas del eje del carro que sobresalían de la rueda eran los pezones. Para que no se salieran las ruedas, en los pezones se colocaban las pezoneras o pasadores, unas cuñas de hierro que atravesaban las puntas del eje. Entre la maza y la pezonera se colocaba la arandela, una corona o anilla metálica, para evitar el roce de ambas.
Además, el maestro herrero, durante aquella segunda mitad de junio, arregló los hierros del trillo y de la arnilla. Del trillo que utilizara la casa no disponemos de información directa, tal vez porque su empleo fuera muy secundario, y su reparación de la arnilla podemos suponer que se reduciría a las argollas de sus extremos.
Finalmente, también fue necesario recurrir a un cedacero. El 30 de junio a un tal José, que ejercía este oficio, especializado en la fabricación de los utensilios necesarios para la criba, le fue liquidado el trabajo de calar un zarandón que se iba a destinar a cribar el trigo en el cortijo. El zarandón era un instrumento algo singular. La lexicografía local lo describe como un cedazo que se aplicaba a la criba en grandes cantidades. Según sus precisos informes, estaba hecho con un marco de madera de un metro y cuarto de ancho por dos de largo, y se apoyaba en el suelo por uno sus lados menores, mientras que dos trabajadores lo sostenían en posición inclinada para que el trabajo de criba se fuera ejecutando. La fuente que nos informa de las actividades relacionadas con la recolección explica que al cedacero la casa le había suministrado para aquel trabajo la piel de una yegua y las armas, una denominación parcial del objeto que hay que interpretar, a partir del documento léxico, como una armadura de madera procedente de otro zarandón, cuya piel, según ella misma, había sido desechada. La piel, calada con el grosor y la frecuencia adecuados al destino que de él se esperaba, que era la criba del trigo, una vez montada en el armazón, sería la encargada de satisfacerla.
La saca consistía en llevar las gavillas formadas por los segadores desde donde hubieran cortado la mies hasta la era, una secuencia de movimientos que también se llamaba barcinar. Se cargaban sobre carretas que tiraban los bueyes de la explotación y las depositaban junto a la era, donde esperaban a ser trilladas.
Preparar y mantener las carretas llevaba tiempo y necesitaba un trabajo que la casa obtenía de un taller de carpintería especializado, también externo a su organización pero subordinado a su demanda. A quienes trabajaban en él con el fin exclusivo de proporcionar los trabajos sobre la madera que demandaba una labor se les llamaba carpinteros bastos.
Desde que empezaba la saca, su concurso era necesario. Desde el 6 de junio, y hasta el 27, el maestro carpintero de lo basto del taller que habitualmente trabajaba para aquella labor, y hasta seis de sus oficiales, estuvieron trabajando en la cochera de la casa arreglando las carretas, además de arados, aguaderas y herramientas para la era.
Una parte de aquellos veintidós días, con dos de sus oficiales se desplazó al cortijo central para arreglar las de la saca y después armarlas. El 19 de junio aún se mantenían componiéndolas, a pesar de las veces que se les ha dicho, tanto a ellos como al aperador, que las composiciones largas se hagan en la población. La aversión de los gestores de la casa a que los carpinteros se trasladaran a la explotación a hacer su trabajo, donde su presencia estaría suficientemente justificada por la necesidad de reparar las carretas tal como iban estropeándose, provendría de que al costo por jornada de su trabajo, si estaban desplazados al campo, añadirían el de la comida diaria.
Al equipamiento de las carretas también permanecía atento el aperador, aunque limitándose al ámbito de sus competencias. Ya el 1 de julio pidió para las carretas que hacían la saca cuatro aperos de cáñamo, de cuyas características la fuente no proporciona más detalles. Se puede deducir, tanto por la fibra de la que estaban hechos los aperos como por el resto de su pedido, que se trataría de mantener el equipo para el manejo de los bueyes que servían en las carretas. Porque también solicitó seis pares de frontiles, la masa de desecho de textil o de fibra que se interponía entre la frente de los bueyes y la soga que los fijaba al yugo, para así amortiguar los efectos del rozamiento; y doce aguijadas, las varas con las que los boyeros estimulaban el trabajo de los bueyes. Aquel equipamiento permitiría mantener en activo simultáneamente seis carretas. Además, pidió cincuenta y cinco pitones o cáncamos para mantener los sombrajos que se habían montado.
En los días del final de la primavera un mínimo de entre tres y cuatro gavilleros se encargarían de echar las gavillas a las seis carretas que se dedicaron a este trabajo. Su rendimiento se medía en carretadas, expresión directa de la capacidad de carga de cada unidad de transporte, lo que obliga a dar por supuesto que todas las carretas que se empleaban en aquella actividad eran idénticas. El 11 de junio rindieron treinta y seis, lo que supondría un rendimiento de seis viajes por cada carreta, y el 16 se hizo el balance de todas las que habían sacado hasta el día anterior, ciento cuarenta y una.
El 17 de junio, cuando los trabajadores asalariados llegaron al cortijo central de la explotación donde estaban concentradas sus instalaciones después de la huelga preceptiva, a las carretas de la saca de las gavillas fueron destinados dieciocho de ellos. Al día siguiente la empezarían con dieciséis carretas, cada una de las cuales, hasta el 24, estuvo dando cuatro viajes diarios, un rendimiento moderadamente bajo, que tanto se podría explicar por la lentitud de los movimientos de los bueyes como por el tamaño que tuviera esta cabaña en aquella explotación y su práctica del revezo.
A partir del 26 de junio el número de carretas de la saca de gavillas subió a dieciocho, y en esa cifra se mantuvo hasta el 4 de julio, rindiendo a razón de los mismos cuatro viajes. Pero el 5 de julio, según el diario del aperador, empezaron a sacar gavillas veinte carretas, que redujeron su actividad a tres viajes diarios, y en ese nivel más moderado de trabajo se mantuvieron durante los dos días siguientes. Luego el volumen de los bueyes activos debió incrementarse notablemente. Para el 7 de julio, próximo ya el final del segundo periodo, pastaban en los rastrojos de uno de los cortijos de la explotación los cien bueyes que servían para las veinte carretas que daban tres viajes diarios, lo que se traduciría en un hato tipo de cinco bueyes por cada carreta y por tanto un revezo graduado a lo largo de la jornada a base de un reemplazo.
Si se había optado a favor de un tamaño tan grande para el hato de los bueyes de la saca debió ser porque se habrían impuesto unos patrones abusivos, derivados del contencioso que se había suscitado con el arrendatario saliente de un cortijo colindante con la explotación que la casa ya había arrendado para incorporarlo a ella al año siguiente. En el transcurso del mes de junio, al tiempo que se estaba jugando la decisiva siega del trigo, la casa tuvo que enfrentarse a este imprevisto.
Las costumbres de los labradores de la zona, cuando la cesión de un cortijo iba a terminar, eran que el arrendatario saliente solo debía mantener en él cuatro bueyes por cada carreta que empleara en su última saca, los que por convención estimarían suficientes para poder barcinar. Se actuaría así porque se daría por supuesto que la decisión sobre el uso como pastos de las rastrojeras correspondería ya al arrendatario entrante. Sería uno de los pocos restos que aún sobrevivían de cuando el dominio comunal aún no había sido laminado por el imperio absoluto de la nuda propiedad. El patrón cuatro por una para el tiro y el revezo de las carretas se habría impuesto dada la alta frecuencia con que las tierras cambiaban de mano.
El 6 de junio por el aperador se supo que el arrendatario saliente de aquel cortijo, cuya tierra había contratado la casa para empezar a barbecharla el 1 de enero siguiente, había decidido levantar sus últimas gavillas con siete carretas y cincuenta y ocho bueyes, lo que excedía incluso el doble de lo regular. Además, estaba dispuesto a meter una piara de cerdos para aprovechar la espiga desprendida de las gavillas que quedara en las tierras segadas.
Para evitar contiendas judiciales por nuestra parte, siempre dañosas en estos casos -reflexionó en estas circunstancias el administrador-, he mandado al aperador que se vea con el perito don José Gómez, que ha mediado en las cuestiones suscitadas por el cortijo del que se trataba, y que con su opinión obre en él, desde luego resistiendo la entrada en los rastrojos de más ganado del que deba entrar para la faena de barcinar, y obligando al célebre colono saliente a que cumpla con su deber o que se queje a la autoridad, en cuyo caso contestaremos como corresponda. Lamentaba no haber podido hablar con don José Gómez, quien estaba en su cortijo del Charco de temporada. La palabra elegida por el administrador para referirse a la actividad que en aquel momento desarrollaba don José no es lo bastante precisa como para poner en duda los motivos de su ausencia. No deja de ser cierto que los edificios de los cortijos, cuando existían y estaban acondicionados, en el buen tiempo podían ser utilizados como residencia de descanso.
Un par de semanas después, otra vez gracias a los informes del aperador, se supo que el arrendatario saliente del cortijo de la controversia ahora insistía en sacar sus mieses metiendo seis bueyes por cada carreta y cuatro para la paja en la era. Se desentendía de cuanto se le decía en contra, explicó, y contestaba que le hablaran por la justicia o como se quiera, porque él sabía que estas eran las costumbres de los labradores. Increíble parece tanta mala fe y tan refinada hipocresía en un hombre que está rico con lo que ha sacado de esta casa, recapacitaba ahora el administrador, quien por el momento prefirió limitarse a reclamar de nuevo la mediación de don José Gómez, quien nada había contestado a la carta que le había escrito tres días antes sobre este vergonzoso negocio.
El 8 de julio empezó la saca de la cebada, que hasta entonces habría permanecido agalberada, ateniéndose a un procedimiento al servicio de la espera de turno para la trilla. Al agalberar las gavillas se amontonaban en el lugar donde la mies había sido cortada de manera que las espigas quedaran protegidas de la acción del tiempo. Aquel día y el siguiente al menos una parte de las veinte carretas estuvieron dedicadas a esta saca.
Terminado el periodo, ya el 10 de julio, quedó constancia de que las carretadas de gavillas de trigo sacadas para la era entre el 16 de junio y el 9 de julio habían sido en total mil trescientas sesenta y nueve. Por su parte, según la misma cuenta, las carretadas de gavillas de cebada que se habían sacado hasta entonces sumaban sesenta, aunque este trabajo aún estaba por acabar.
El 11 de julio salieron para el cortijo con destino a la saca, que había entrado en su fase final, los mismos asalariados que habían estado sacando gavillas de trigo durante el periodo anterior, dieciocho. No obstante, de afirmaciones que se hacen más adelante, se deduce que en los trabajos de gavillas solo estarían ocupados entre seis y siete hombres, lo que solo sería cierto si es que estos trabajos se prolongaron a lo largo de los quince días que duró el tercer periodo. Al día siguiente, 12 de julio, mientras seguían sacando gavillas veinte carretas, la administración de la casa se propuso terminar la saca del trigo para seguir con las gavillas de cebada, lo que efectivamente sucedió durante los dos días posteriores, lo que permitió que ya el 15 estuvieran sacando la escaña, para lo que se emplearon diecinueve carretas. Es posible que durante dos días al frente de estos trabajos estuviera un capataz de carretas.
Así fue como quedó concluida la saca de las gavillas, lo que formalmente se certificó el 17 de julio, una semana antes de que terminara el tercer periodo. Entonces se hizo el siguiente balance de las carretadas de gavillas que se habían sacado de uno de los cortijos anexos: de trigo, los días 11 y 12, veinte y treinta y nueve, lo que sumaba cincuenta y nueve; de escaña, los días 12 y 15, veintiuna y treinta carretadas, que componían cincuenta y una; y de cebada, los días 13, 14 y 15, sesenta, cincuenta y siete y ocho, que sumaron ciento veinticinco.
El complemento de la saca era recoger las espigas que se desprendieran de las gavillas según eran cargadas y transportadas. A aquel trabajo se llamaba respigar y de él se ocupaban los asalariados que mientras lo hacían se conocían con el nombre de respigadores. Se les llamaba rastrojeros cuando se encargaban de rebuscar la espiga entre los rastrojos. Para la primera fase bastó con tres respigadores y entre uno y dos rastrojeros.
El 17 de junio, cuando se había reanudado el trabajo de los asalariados contratados para el nuevo periodo, para ir tras de las carretas fueron destinados como respigadores nueve de ellos, pero al día siguiente se redujeron a ocho, y en esta cantidad se mantuvieron hasta el 24.
A fines de junio de nuevo otro par de veces oscilaría entre ocho y nueve aquella cantidad, y a partir del 1 de julio se volvió a los ocho. Sin embargo, el 5 se decidió subirla a diez, y en esa cifra se mantuvieron hasta el 8, cuando iban tras las carretas de la cebada. Pero las gavillas de cebada, quizás a consecuencia de su conservación, debieron exigir más trabajo de esta clase. El 9 de julio acompañaban a las carretas de cebada nada menos treinta respigadores, lo que pudo ser la consecuencia de haber permanecido agalberadas desde fines de mayo. Sin embargo, para el segundo periodo fue suficiente con un rastrojero, que trabajó durante diecinueve de los veinticuatro días.
Con las carretas que sacaban el trigo, en la última fase, que fue el tercer periodo, trabajaron diez respigadores, con las de cebada, nueve, y con las de escaña, ocho. Consta además que un rastrojero trabajó durante seis de sus quince días.
La siega del trigo
Publicado: junio 25, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Durante el día 3 de junio la administración de la casa a partir de la cual observamos estos fenómenos hizo frente a una actividad desacostumbrada, tanta que resultaría la jornada más intensa de aquel año. En la población donde tenía radicado el centro de sus actividades rentables fueron contratadas veintiuna cuadrillas de segadores. Un par de días después fue contratada la última, la vigésimo segunda. Todas debían salir para el cortijo central de su labor para emprender la siega del trigo y sus cultivos asociados desde la misma jornada en la que habían sido contratadas.
Sus tamaños no eran idénticos. Cualquiera de las mayores, de nueve o trece hombres, era excepcionalmente grande, mientras que las menores solo reunían entre dos y cuatro. Las que tenían entre cinco y siete sumaban más de la mitad de los casos. Aunque es posible precisar las especies cuya siega le fue encargada a cada una, no se puede hacer lo mismo con la cantidad de espacio a segar que le fuera adjudicado, tal vez porque antes de empezar quedara abierta en previsión de su dedicación y su velocidad comprobadas. Pero si se comparan los espacios atribuidos en el momento del contrato con las superficies positivamente segadas que luego se liquidaron se puede asegurar que las diferencias entre las previsiones y el trabajo realizado debieron ser pocas. Los tamaños de las cuadrillas se pueden tomar por tanto como una consecuencia forzosa, aunque diferida, de los encargos recibidos.
Tres de las veintidós fueron nutridas exclusivamente por miembros de una misma familia, sin que sepamos ni sus sexos, ni sus edades, ni el grado de parentesco que los identificaba. Todas las demás se reclutaron de manera abierta solo entre hombres. Pero fuese su extracción inducida por la consanguinidad o no, todos sus integrantes eran vecinos del municipio en cuyo término iban a trabajar. El aperador los conocía y él mismo los había buscado, y en su presencia recibieron el primer dinero por cuenta en el despacho de la administración de la casa, una vez que cualquiera de ellas para su remuneración explícitamente se atuviera al precio medio que resulte de los [precios] que paguen por sus fanegas de cuerda don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira en sus cortijos. Se trataba de las habituales tres labores del mismo término que se tomarían como referencia para evaluar el trabajo de la siega del trigo dentro de los límites del municipio. Proceder de aquella manera era una costumbre avalada por una práctica secular.
No sabemos cómo se comprometían con sus cuadrillas de segadores aquellas tres labores. Se puede temer que lo hicieran recurriendo a una expresión recíproca respecto de la casa cuyas formas de proceder conocemos. De actuar así, nadie tendría responsabilidad directa sobre una decisión de tanta trascendencia, y para todos equivaldría una evasión, puesto que para todos la decisión sería ajena. Pero también es posible que los responsables de aquellas tres labores estuvieran dispuestos a militar en la vanguardia de las decisiones más comprometidas, sin importarles que pudieran ser conocidos como causantes de un desenlace que no a todos contentaría, estuvieran a un lado o al otro de la única relación. En cualquiera de los casos, procediendo de aquel modo, unos, otros o todos los labradores, cerraban el consorcio que tarifaba en su favor la remuneración del trabajo consumido en aquellas condiciones.
La siega del trigo y sus cultivos asociados se desarrolló bajo la supervisión del administrador de la casa, quien periódicamente estuvo controlándola sobre el terreno. Durante la tarde del 14 de junio, pasados diez días del comienzo de los trabajos, fue al cortijo central de la casa y como un comandante revistó sus segadores y los de los otros dos integrados en la explotación. Encontró las siegas regulares y el trigo mal granado, aunque observó que el trabajo iba adelantado, tanto que se podía prever que acabaría pronto.
Solo cinco días más tarde, el 19 de junio, de nuevo fue hasta las tierras de la explotación para hacer pronósticos. Otra vez estuvo revistando a los segadores, pero también los trabajos de la era, hacia la cual empezaba a girar su atención y donde aquel día se estaba trillando el trigo sacado con carretas de las tierras de uno de los dos cortijos anexos. Vio que las pajas se trillaban con facilidad, ayudadas por la sequedad que habían provocado los solanos más recientes.
Ya el 29 volvió al cortijo central persuadido de que se estaba cerrando el capítulo del ciclo que había comenzado el día 3. Comprobó que la siega que quedaba pendiente era poca, y reconoció que los trabajos de la era apenas empezaban.
En el transcurso del mes durante el que se prolongó la siega el tamaño de las cuadrillas permaneció invariable en once de las veintidós, la mayor parte de las que tenemos información positiva. Casi todas eran del tamaño tipo, y algunas eran de los tamaños superiores. De las que no es posible deducir con exactitud si sus dimensiones oscilaron, otras nueve, sabemos que tres eran las familiares y las demás las de tamaños menores. Solo de dos se tienen noticias de la variación de su tamaño. Tanto el capataz de la primera como el de la segunda habían comprometido siete hombres, pero cuando se hizo el cómputo de la actividad de cada una solo constaron seis.
Las informaciones más explícitas sobre el cambio de tamaño de las cuadrillas, justamente referidas a la primera, son sin embargo contradictorias. El 18 de junio su capataz, aprovechando uno de los viajes para cobrar uno de los adelantos, llevó razón de que iba a aumentarla para aligerar la siega. Su intención permite suponer cierta flexibilidad del número de los que trabajaban cada día, sobre todo a favor del incremento. Quienes se comprometieran para la siega del trigo sabrían a qué se prestaban y permanecerían fieles a su compromiso.
La flexibilidad de los tamaños pudo estar relacionada con los desplazamientos periódicos desde los cortijos a la población. Si recurrimos de nuevo a los adelantos como indicador de estas migraciones, es posible aproximarlos. Aunque solo tengamos la certeza de que quien retornaba a la población era el capataz, porque acudía personalmente a la administración de la casa para recibir los adelantos, podemos suponer que si él se movía también podrían moverse los demás miembros de su cuadrilla, aunque los desplazamientos quedaran a la discreción de cada uno.
Todas, menos la vigésimo segunda, que fue contratada el 5, recibieron dinero a cuenta el día 3. Para cualquiera esas fechas serían las de su partida. Desde ese momento se sucedieron los adelantos según un calendario que conocemos. Para que podamos recurrir a él como indicador de la frecuencia de los retornos a la población de las cuadrillas, y a la vez evitar deformaciones, antes es necesario descontar las dos que abandonaron. El 11 de junio dejó su trabajo y se volvió a la población la décimo novena, cuya cuenta quedó cortada. Argumentó que el trigo que segaba estaba espeso. En las anotaciones del diario del administrador la referencia a tan singular comportamiento aparece bajo el epígrafe segadores malos. La misma consideración le merecería la cuadrilla décimo cuarta, que también aquel día abandonó la siega, una coincidencia de fecha que permite pensar en un abandono forzado; aunque días más tarde, el 16 de junio, el administrador también precisa que los de la décimo cuarta se habían vuelto a la población porque hacían mala siega.
Según el calendario de los adelantos, solo dos días, el 8 y el 16, habrían retornado simultáneamente siete cuadrillas, y en siete días (7, 11, 12, 14, 20, 23 y 30), cinco. El resto de los días durante los que se mantuvo la siega del trigo y sus especies asociadas solo volverían a la población simultáneamente tres o menos cuadrillas: en seis días (9, 17, 21, 24, 26 y 28), tres, en cinco (10, 13, 15, 22 y 25), dos, y en seis (6, 18, 19, 27, 29 y 4 de julio), una. Serían por tanto extraordinarios los retornos en masa, y mucho más probables los escalonados. Sin embargo, no hay asomo de distribución regular. A días de escasos retornos suceden al azar otros de valores máximos. A lo sumo, se podría admitir que la intensidad de los retornos sería mayor al principio, cuando en dos fechas consecutivas (7 y 8) se suceden retornos de los mayores tamaños, de cinco y siete cuadrillas respectivamente, y que iría disminuyendo algo según se aproximaba el final, lo que tiene más relación con la progresiva finalización de los trabajos y la vuelta definitiva de cada una.
Todo esto corrobora la autonomía de los movimientos, para la que sí se puede deducir cierta regularidad. Basta observar el fenómeno desde las decisiones tomadas por cada cuadrilla. Así, por ejemplo, la primera recibió a cuenta con intervalos de siete, seis, dos y cinco días, lo que indica un comportamiento que prefiere un valor en torno a cinco. Se podría pues decir que la primera cuadrilla solía retornar a la población cada cinco días aproximadamente, periodo que marcaría la frecuencia de actividades vitales que solo se podían satisfacer en la población, la primera de todas proveerse de los medios de subsistencia para mantenerse activa.
Este fue el comportamiento regular. Para trece de las veinte cuadrillas que cumplieron con sus compromisos hasta el final se observa un valor tipo de sus retornos dentro del intervalo entre poco más de cuatro días y seis, es decir, en torno a cinco. Los comportamientos extremos, menos uno, se concentran en el intervalo entre ocho y diez días. Tan prolongadas estancias continuadas en el campo se pueden relacionar con más claridad con la modestia del encargo (siempre por debajo de las veinte unidades de superficie de trigo), el pequeño tamaño de la cuadrilla y que la recluta de sus miembros se hizo entre los miembros de una misma familia. Aunque nunca hay una correlación inmediata entre los tres, sí es frecuente, por necesaria, que la haya entre los dos primeros factores. A la explicación de la estancia en el campo relativamente prolongada de familias completas, puede ayudar, aunque ahora valiéndonos de su signo complementario, el mismo factor que explicaría la mayor frecuencia de los retornos de los varones. Así como estos se verían forzados a volver a la población para garantizarse los medios básicos de subsistencia, la familia íntegra podría prever la permanencia y hasta improvisar un hogar en el campo. No obstante, en el otro extremo, el único valor excepcionalmente bajo, poco más de tres, corresponde también a una cuadrilla familiar, la única, de las tres que tienen este mismo origen, que contó con nueve miembros, un tamaño también excepcionalmente alto.
Una precisión sobre el comportamiento de la décimo cuarta, una de las dos cuadrillas que desistieron, es incidentalmente valiosa para conocer el horario de los desplazamientos de las cuadrillas. Registra el administrador que abandonó la siega a última hora del día 11 y llegó a la población el 12 temprano, lo que significa que sus hombres hicieron de madrugada el trayecto de vuelta.
Teniendo en cuenta los escasos cambios de tamaño documentados, podemos en conclusión aceptar unos tamaños, si no constantes sí duraderos, de las cuadrillas: primera, 8; segunda, 7; tercera, 13; cuarta, 7; quinta, 7; sexta, 7; séptima, 9; octava, 7; novena, 7; décima, 4; décimo primera, 5; décimo segunda, 5; décimo tercera, 2; décimo cuarta, 5; décimo quinta, 7; décimo sexta, 4; décimo séptima, 4; décimo octava, 5; décimo novena, 5; vigésima, 3; vigésimo primera, 2; vigésimo segunda, 9.
El administrador el 19 de junio, mientras supervisaba los trabajos sobre el terreno, constató que muchas cuadrillas de segadores estaban ya concluyendo los suyos, al tiempo que los recargaban en los sitios donde había más trigo por segar, un fenómeno doble que, aunque solo lo podamos conocer parcialmente, se puede rastrear.
Como era previsible, dada la diferencia de los encargos, la conclusión del trabajo de las cuadrillas ocurrió de manera escalonada y, tal como el administrador había previsto, a partir del 20 de junio. Con seguridad sabemos que entre el 23 y el 29 terminaron con el trigo que se les había encomendado la tercera, la décima, la décimo segunda, la décimo séptima, la vigésima y la vigésimo segunda.
Pero una parte de ellas continuó sus trabajos con la siega de parcelas en las que había otros cultivos. La tercera, que hasta el 21 también había segado garbanzos, terminada la del trigo emprendió la de la escaña, en la que todavía estaba trabajando el 29. Y la vigésimo segunda, el 23, una vez terminada su siega del trigo, empezó a segar la escaña, en la que persistía el 28. También sabemos que la cuarta y la quinta, que habían trabajado en las siegas del trigo y los yeros y del trigo y el centeno respectivamente, concluyeron todos sus trabajos el 30 y el 28, y que el 30 la vigésimo segunda había terminado todos sus trabajos. A todo esto podemos añadir, con idéntica precisión, algo que ya sabemos, que el 11 de junio abruptamente la décimo cuarta y la décimo novena habían terminado.
Son equívocas sin embargo las informaciones sobre la finalización de los trabajos de la séptima. Mientras que por una parte se afirma que el 20 de junio concluyó todos sus trabajos, consta a continuación que el 24 había terminado su siega del trigo y salió a segar los garbanzos. Interpretando la primera afirmación como referida solo al trigo sería compatible con la segunda. Pero todavía quedó registrado que el 28 había hecho la siega del trigo y salió a hacer la de los garbanzos, y aún se añade que el 30 había terminado la siega del trigo y hacía las de los yeros y los garbanzos. Al mismo tiempo, sobre el final de la siega de los yeros, se hace constar que la recolección de las semillas, es decir, de habas y yeros, se dio por concluida el 16 de junio. Si tenemos en cuenta que la siega de las habas había terminado el 17 de mayo, según esta información tendríamos que aceptar que en fechas próximas y anteriores al 16 de junio tuvo que concluir la de los yeros.
Es muy probable, aun así, que el trabajo de todas las cuadrillas menos la segunda, que todavía estaba trabajando el 4 de julio, terminara como máximo el 30 de junio. Podemos además conjeturar, con todas las posibilidades a nuestro favor, que, a excepción de la segunda, todas las que se mantuvieron activas hasta el final habrían concluido sus trabajos entre el 20 y el 30 de junio, aunque en realidad nada sabemos positivamente sobre cuándo terminaron diez cuadrillas (primera, sexta, octava, novena, décimo primera, décimo tercera, décimo quinta, décimo sexta, décimo octava y vigésimo primera). Por tanto, no podemos ensayar cálculos sobre tiempos de trabajo.
Sin embargo, sí los podemos hacer de rendimientos por unidad de superficie, porque conocemos con mucha precisión la cantidad de tierra que cada cuadrilla segó, incluso su localización dentro de cada uno de los tres cortijos de la explotación.
Cualquiera de las superficies segadas también en este caso la medía un agrimensor. Hasta cuatro profesionales de aquella categoría se responsabilizaron de estos trabajos en esta parte del ciclo. Calculaban las tierras segadas sobre los rastrojos, para que no cupieran dudas sobre cuánta superficie cada cuadrilla había segado efectivamente. A continuación daban fe de la extensión de cada área segada y este arbitraje las partes lo admitirían como independiente. A la casa aquel testimonio le garantizaba la justeza del cálculo de los costos directos que le ocasionaba la siega, los mismos que para la otra parte eran sus rentas. Habiendo sido acordada la prestación de trabajo bajo las condiciones del destajo, su remuneración se deducía inmediatamente de la cantidad de superficie trabajada. Por esa razón los derechos de medida que percibían los agrimensores los pagaban mitad la casa, mitad la cuadrilla.
No por eso la medición quedaba a salvo de disensos, cuya resolución repercutía no solo en el cálculo de los costos y las remuneraciones debidas, sino también, cuando menos, en un retraso de la percepción de estas. Así ocurrió con la evaluación de la siega del trigo de la quinta, la sexta y la octava cuadrillas. Hubo dudas sobre la extensión de los rastrojos que habían quedado sobre la parte de uno de los cortijos anexos en la que las tres habían trabajado. En los tres casos la liquidación se suspendió hasta resolver las dudas. Al fin se deshicieron sin necesidad de remedir, y, satisfechas en lo posible, se les pagó a todos; para evitar los escándalos y perjuicios que causan las remedidas, la sospecha de colusión entre la casa y los medidores, el desprestigio para ambos, que no se evitaría con una gratificación sino con el reconocimiento por ambas partes de una cantidad de superficie que demostrara que la ecuanimidad había sido el camino para encontrar la salida.
Por la trascendencia que para el fenómeno tiene este factor, valdría la pena detenerse en precisar cuando menos la cantidad de superficie segada por cada cuadrilla. Pero la relación podría resultar demasiado enojosa. Para el fin que perseguimos, basta decir que de trigo la extensión máxima segada fue 81 unidades de superficie y la mínima, 6; que un grupo de ocho cuadrillas logró segar entre 40 y 66,5; y que la mayor parte de ellas, diez, segaron entre 10 unidades y poco más de 20.
A las seis que segaron yeros, sin embargo, les fueron adjudicadas superficies similares, entre 4 y 6,75 unidades, a excepción de la que solo segó poco más de 2 unidades. Garbanzos solo segaron dos, de manera que una (22,75 unidades de superficie) casi duplicó a la otra (14). También fueron dos las que segaron la escaña, solo que esta vez en cantidades muy parecidas, en torno a las 22 unidades de superficie. Y centeno solo segó una cuadrilla, sobre una superficie de escasa extensión (1,33 unidades).
Teniendo en cuenta estos valores, y los que hemos aceptado como estables para el tamaño de las cuadrillas, los rendimientos por unidad de superficie de la siega de las tierras sembradas de trigo, que es la primordial, sobresalen primero por su amplio recorrido, entre un máximo de 11,57 unidades de superficie por hombre, que consigue la segunda, y un mínimo de 1,02, que alcanza la séptima. Además, entre uno y otro límite toma valores para 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3 y 2 unidades enteras, aparte sus correspondientes fracciones, es decir, para todos los números naturales dentro del intervalo.
Ninguno de los factores inmediatos que permite observar la documentación conduce a identificar causalidad directa que explique absolutamente una oscilación tan extrema. La participación en más de una siega no parece que tenga responsabilidad alguna en los rendimientos. De las siete que cumplen con esta condición, tres se sitúan entre los cuatro primeros puestos de los rendimientos en la siega del trigo, mientras que otras dos están en el otro extremo, los dos peores rendimientos. Las otras dos ocupan discretas posiciones centrales. Y de las siete, cinco ya hicieron la siega de la cebada, sin que esta condición modifique sus rendimientos en la siguiente, que pueden ser superiores, medios o ínfimos. Ocurre además que las dos que ocupan los puestos inferiores son las que reciben una mayor cantidad de encargos distintos, entre los que se incluyen todos los de la siega de los garbanzos.
La extracción de las cuadrillas parece tener algo más de responsabilidad. Las familiares obtienen unos rendimientos muy discretos, en torno a los valores centrales, y solo consiguen elevarlos algo cuando su tamaño es drásticamente reducido. Una de ellas es la que ocupa el último puesto, en el que se acumulan tres siegas distintas, entre las que se cuenta una de las dos de garbanzos. Pero las cuadrillas familiares son un fenómeno marginal y nunca se hacen responsables de grandes cantidades de superficie.
El tamaño de las cuadrillas parece corresponder en mayor medida a los rendimientos. En diez de los veintidós casos, a menor tamaño de la cuadrilla, menor rendimiento, lo que indicaría que el cálculo previo la cantidad de trabajo necesaria se excedió. Por su parte, la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla es la que se muestra más favorable a una correspondencia entre términos. En catorce de los veintidós casos, a más tierra adjudicada, mayores rendimientos. La consecuencia más visible de la responsabilidad que pudo tocar a este factor es que las dos cuadrillas malas efectivamente ocupan puestos entre los seis rendimientos más bajos. Al interrumpir sus trabajos el día 11, naturalmente dispusieron de menos superficie que segar.
A la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla desde el principio le hemos reconocido relación causal con su tamaño. La mutua determinación entre estos dos factores, al tiempo que la responsabilidad dominante sobre la cantidad de tierra adjudicada, queda en evidencia cuando a una cuadrilla se le adjudica poca superficie y puede obtener un rendimiento algo más discreto, sin salir de los inferiores, reduciendo mucho su tamaño.
Cualquier correlación queda pues muy lejos de una explicación satisfactoria para todos los casos. Pero todo indica que tuvo un poder decisivo sobre los rendimientos un ponderado proceder discriminatorio por parte de la casa. De su voluntad dependía el factor visible de más peso, la cantidad de tierra que se adjudicó a cada cuadrilla, y de la misma el encargo de más trabajos o de los trabajos en siegas que pudieran contrapesar unos pésimos rendimientos en la del trigo.
La siega de los yeros tal vez fue la más dura. El propio documento, para referirse a ella, habla de segar o arrancar los yeros, que se habían cultivado en los llanos frente al edificio del cortijo central de la casa. Es posible que con la segunda opción esté relacionado que todos los que se plantaron aquel año fueron yeros menudos. La dureza del trabajo, en cualquier caso, la pone en evidencia que todos los rendimientos están por debajo de la unidad de superficie por segador (primera, 0,74; segunda, 0,69; tercera, 0,38; cuarta, 0,57; séptima, 0,75; vigésimo segunda, 0,23). La diferencia de rendimientos en este caso, más que de la cantidad de tierra asignada, fue consecuencia del tamaño de las cuadrillas, que cuando queda por debajo de diez los favorece, pero que cuando supera esa cifra, por exceso, podía actuar como factor negativo.
Si partimos de la discrecionalidad con que actuaba la administración de la casa, debemos reconocer que el reparto del trabajo, concentrado en las cuadrillas selectas, esta vez fue generalmente equitativo, aunque la vigésimo segunda fue discriminada. Cinco de las cuadrillas que participaron en esta actividad segaron una cantidad de superficie similar. Tan solo la vigésimo segunda quedó lejos de unos valores tan concentrados. Pero a todas favorecería haber sido elegidas para este trabajo. Fue el mejor remunerado con diferencia.
En la siega de los garbanzos las dos cuadrillas que en ella intervinieron justificaron sus tamaños. Sus rendimientos fueron similares y nada esforzados (tercera, 1,75; séptima, 1,56), pero los tamaños respectivos (13 y 9 hombres) les permitieron abarcar importantes áreas. Al mismo tiempo que este trabajo los liberaría parcialmente de la siega del trigo, de cuyos rendimientos inferiores fueron responsables, les permitiría compensar ingresos. Todo indica que gracias a estas decisiones recíprocas las cuadrillas tercera y séptima se vieron favorecidas.
Para la siega de la escaña también fueron elegidas solo dos cuadrillas, la vigésimo segunda y de nuevo la tercera. A cualquiera de ellas se le asignó una superficie casi idéntica. Para la vigésimo segunda aquella cantidad fue parte de su trato diferenciado. Las diferencias de rendimiento (vigésimo segunda, 2,48; tercera, 1,63) fueron consecuencia directa de los respectivos tamaños.
La siega del centeno le fue encomendada a una cuadrilla, la quinta, que había obtenido uno de los mejores rendimientos en la siega del trigo, de características muy similares. En esta ocasión su rendimiento fue el más bajo de todos, 0,19 unidades de superficie por hombre, consecuencia directa de que la cantidad de superficie sembrada de centeno se había reducido a 1,33 unidades de superficie.
Aunque cualquiera de los rendimientos de la siega de los cultivos asociados queda muy lejos de los rendimientos de las cuadrillas que trabajaron en el trigo, no cabe adjudicar estas diferencias a una dispersión de las cuadrillas en más de una siega a la vez. La documentación insiste en que acometían una cuando terminaban la otra, lo que no siempre excluye la posibilidad de alguna jornada de transición durante la cual la cuadrilla fuera repartida en dos áreas diferentes.
Los muy bajos rendimientos de la siega de las especies asociadas, si se los compara con los del trigo, sería la mejor demostración de que atribuirla discrecionalmente era una forma directa de decidir a favor de determinadas cuadrillas. Una tabla con el balance de toda la tierra segada por cada cuadrilla apenas modificaría lo que se observa a través de la siega del trigo, que impone su ley por abrumador dominio cuantitativo. De las 927,99 unidades de superficie segadas en esta fase definitiva, en la que se incluye la siega de la cebada, que fue su avanzada, 752,75 fueron de trigo, de las cuales 143,25 correspondieron a uno de los cortijos anexos, 174,92 al otro y 434,58 al cortijo central de la explotación. Las de cebada fueron 65, las de escaña, 43,58; las de yeros menudos, 28,58; las de garbanzos, 36,75; y las de centeno, 1,33. De donde se deduce que las de trigo fueron más de las cuatro quintas partes de la tierra puesta en explotación.
Era el 4 de julio y la cuadrilla segunda aún no había concluido sus trabajos, pero formalmente, entre el 28 y el 30 de junio fueron liquidados los de las veintidós contratadas para la fase definitiva de la siega, si bien hay indicios suficientes para pensar que las liquidaciones en realidad pudieron prolongarse hasta el 11 de julio.
Estaban pendientes de los precios que se decidieran para cada uno de los trabajos. En el transcurso del mes de junio, después del 3 pero antes del 30, don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira, los labradores de referencia a partir de los cuales se evaluaría el trabajo de la siega del trigo y sus especies asociadas, si debemos aceptar lo que literalmente sostienen nuestras fuentes, se habrían decidido a pagar determinadas cantidades por sus unidades de superficie segadas. La casa las habría conocido y, calculado el precio medio resultante de aquellas cotizaciones, tal como estaba acordado con todas las cuadrillas, decidió pagar por la unidad de superficie de trigo o centeno segada 39 reales, por la de yeros menudos, 55; por la de cebada, 40; por la de escaña, 25; y por la de garbanzos, 30. No obstante, hubo una excepción. A la séptima la siega de los garbanzos se le pagó a solo 15 reales la unidad de superficie, la mitad de lo acordado. La razón para la rebaja que expuso el administrador fue que habían estado muy endebles. Como a la otra cuadrilla que participó en la siega de los garbanzos la unidad de superficie sí se le pagó a los 30 reales estipulados, se puede interpretar que quienes estuvieron endebles fueron los miembros de la cuadrilla séptima durante las jornadas que emplearan en aquella parte de su trabajo. No obstante, no es posible excluir por completo la posibilidad de que la apelación a la endeblez sea una referencia a la calidad de la cosecha que había crecido en el área que le fue asignada a la cuadrilla peor pagada.
La combinación de cantidad de tierra adjudicada a las cuadrillas con su tamaño, la acumulación de trabajos y los precios que para ellos finalmente acordó la casa hizo posible que las diferencias de renta percibida por los segadores pudieran ser muy acusadas; tanto como la que hay entre 3.978,17 reales, que fue la cantidad percibida por la segunda cuadrilla, la que más ganó, y 234, la ingresada por la décimo tercera; una diferencia que se expresa mejor si se tiene en cuenta que la mayor contiene a la menor algo más de diecisiete veces. Luego entraba dentro de lo posible que un grupo restringido de asalariados, sujetándose a los dictados del destajo, pudiera ganar hasta diecisiete veces más que otro.
Entre uno y otro extremo el recorrido de la renta, sin embargo, se agrupa con relativa claridad, a diferencia de lo que ocurría con los rendimientos, de modo que la diferencia de rendimientos por unidad de superficie sería parcialmente neutralizada por el dinero ganado por el grupo. Aunque el caso que roza los 4.000 reales es excepcional, tan singular como el siguiente en el orden de los tamaños de las rentas, que alcanza los 3.400, la serie de las que quedan comprendidas en el intervalo entre 2.000 y 3.000 está nutrida por ocho cuadrillas. El rango de la élite que forman las cuadrillas por razón de renta, que comprende poco menos de la mitad de ellas, estaría delimitado pues por el mínimo 2.000 reales.
A partir de ahí se abre un abismo. Entre el valor 2.000 y el 1.000 solo hay un caso, por debajo de 1.500. Así que el segundo rango al que podían aspirar las cuadrillas estaría claramente marcado por el intervalo 500-1.000 reales, en el que se encuadran otras nueve, casi la otra mitad. Las dos inferiores no solo quedan por debajo de 500 sino que además la menor es casi la mitad de la antecedente.
El alcance personal de aquellas diferencias era aún menos acusado, gracias a que el tamaño de las cuadrillas habría sido previsto como el atenuante de las diferencias entre los encargos y por tanto entre las rentas totales obtenidas. Esta vez la diferencia entre lo ingresado tras el reparto equitativo por el que más cobró (568,31 reales, cada uno de los hombres de la segunda) y el que menos (82,55, cualquiera de quienes trabajaran en la denostada décimo novena) es solo de algo menos de siete veces el valor más bajo, casi la tercera parte de la diferencia que separaba entre sí los ingresos totales de las cuadrillas; lo que no obsta para que sea necesario reconocer que un segador destajista podía ganar hasta unas siete veces más que otro, primero por razón de trabajo asignado por los responsables de la labor donde trabajara y en segundo lugar por el tamaño de la cuadrilla en la que se integrara, inversamente proporcional al rendimiento que de él se podía esperar.
Aunque los casos se pueden también agrupar por rangos, las distancias que separan unos de otros no son tan amplias, si exceptuamos un grupo de cabeza, muy destacado de los demás. Ingresa por encima de los 400 reales y abre una brecha con el siguiente de unos 50. Pero a partir de ahí las diferencias quedan bastante atenuadas. Entre 350 y 250 aproximadamente se encuadran los miembros de nueve cuadrillas, casi la mitad, y entre unos 220 y 100 quedan otros nueve. El último valor, 82,55, es bajo todos los conceptos una excepción, a pesar de lo cual es necesario reconocer que, trabajando a destajo, cualquier segador con seguridad podía conseguir durante el tiempo que se empleara en esta actividad unos ingresos en efectivo superiores a los que obtuviera si se empleara como asalariado regular para trabajar en otras tareas. Mientras que si se empleara bajo esta condición, durante un periodo de 25 días, similar al que puede estimarse para cualquiera de las cuadrillas de la siega, ingresaría en concepto de jornal 87,5 reales, si completara el trabajo que se le asignara como segador podía aspirar a ingresar como mínimo algo más de 100 reales.
Nada de esto impedía que la casa, aun repartidas las rentas directamente relacionadas con la productividad del trabajo, todavía se esforzara en completar la discriminación sirviéndose de gratificaciones. Las recibía íntegramente el capataz, quien luego las repartía entre quienes hubieran sido distinguidos con ellas. Para la casa, sería la manera más directa de declarar sus preferencias, beneplácitos y condenas, y estimular las diferencias y la competencia entre trabajadores.
Los primeros y más agraciados eran los propios capataces, ya distinguidos con los poderes del cabo sobre sus escuadras. Los hubo que consiguieron sumar hasta 40 reales a los ingresos que obtenían como miembro activo de la cuadrilla que dirigían, lo que se pudo traducir en pasar de 315,73 reales a 355,73, que sería tanto como incrementar sus rentas en más de una décima parte. También hubo quien sumó 35, y una buena porción, hasta siete capataces, añadió 30, en la mayor parte valiéndose solo del premio a su trabajo en la siega del trigo, en otra sumando la dirección de los trabajos en el trigo, la cebada, los garbanzos y la escaña. Porque las gratificaciones del trabajo en el trigo siempre eran notablemente más altas que las más modestas que se percibían por cualquiera de las otras siegas. Y también hubo quienes se quedaron en una discreta zona intermedia, no demasiado concurrida, entre los 25 y los 10 reales de premio.
Aunque hay una alta correspondencia entre el volumen de trabajo desarrollado y las gratificaciones de los capataces, se detectan casos de visible preferencia, como el del capataz de la cuadrilla vigésimo segunda, que encabeza la tabla de las gratificaciones, cuando el valor del trabajo de su cuadrilla, aunque alto, estaba a más de mil reales de distancia de la cabeza. Algo similar, aunque no en un grado tan alto, ocurre con las sexta, octava y novena. Pero donde la discriminación se concentra es en ignorar la gratificación. Hay siete capataces que no reciben ninguna.
Contra todo pronóstico, el capataz de la décimo novena, Manuel Díaz Román, también estuvo entre los mejor gratificados por su trabajo en la siega del trigo, los que fueron discrecionalmente agraciados con 30 reales y más. El administrador justificó tan inopinada generosidad, puesto que se trataba del capataz de una de las cuadrillas de segadores malos, aclarando que se vino enfermo, muriéndose. A 30 reales -un tercio de la renta menor que se podía percibir por un mes de trabajo a destajo- ascendería en aquel momento lo más parecido a una indemnización compensatoria de muerte relacionada con el trabajo.
La interrupción del trabajo de la décimo novena el 11 de junio pudo estar relacionada con este desenlace, y cabe la posibilidad de que la décimo cuarta, que abandonó el mismo día, se viera arrastrada por una reacción solidaria contra la misma circunstancia. Eso daría un giro a la calificación del trabajo desarrollado por aquellas cuadrillas, a las que a pesar de todo el administrador no dejó de calificar como malas, una valoración que puede incluir tanto las exigencias de los contratantes como la dureza del trabajo. Tanto el tamaño de la recompensa como la persistencia en la opinión adversa, a pesar de la evidencia fatal, deben tomarse como testimonios directos de la responsabilidad que el contratante estaba dispuesto a reconocerse en hechos de aquella naturaleza.
Atadores, para la siega del trigo, eran los miembros de la cuadrilla que hacían las gavillas, quienes también eran objeto de gratificación. El espectro de sus premios es más reducido. Nunca pudo proporcionar un ingreso que incrementara de manera sensible el que se obtenía como miembro regular de la cuadrilla. Todas las gratificaciones repartidas entre ellos están comprendidas entre 10 y 20 reales, y de nuevo premian con criterios muy selectivos a los que trabajan en cuadrillas que ya han sido distinguidas con los demás recursos discriminatorios al alcance de la administración. Pero igualmente el anatema cae sobre una parte de quienes desempeñaban aquel trabajo. Ahora incluso con más severidad. Son 12, más de la mitad, los atadores que no recibieron aquel reconocimiento.
El último recurso para marcar las diferencias entre las cuadrillas era darles una gratificación para que la gastaran en vino para todos los miembros de la que hubiera sido agraciada con tan alta distinción; más otra declaración de los contratantes, y de su manera de concebir las relaciones con quienes les proporcionaban el trabajo que convertía sus gastos en renta, que una forma de la gratificación. Cargar con los costos de una pretendida celebración por el final de los trabajos sería su manera de representar que la armonía entre las partes quedaba consagrada por una libación. Nada en los testimonios asegura que aquella cantidad fuera invertida en aquel consumo, y nada impide pensar que podría ser repartida entre los miembros de la cuadrilla como un complemento más de su nómina.
Tampoco está claro que no fuera un recurso marginal para levantar una última barrera para marcar las diferencias entre destajistas. Facilita que sea un último medio de discriminación la participación en más de una siega. Aunque siempre sería exiguo, todavía fue capaz para discriminar con el arma de las recompensas valiéndose de una estrecha banda, la comprendida entre los 20 y los 8 reales. La serie de todos los casos, si exceptuamos el de la quinta cuadrilla, es capaz de tomar siete valores distintos, y servirse de la intervención en distintas siegas para llevar a los lugares más altos el más disperso de los reconocimientos. Aunque la serie redunda en las jerarquías ya consolidadas por otros conceptos, la cantidad dada para vino añade un matiz de cualificación de los trabajos que hace que se consoliden en la preeminencia cuadrillas ya favorecidas por otros medios, y demuestra que hubo ocho cuadrillas, todas a partir de la décima, que no tuvieran oportunidad de probar el vino, aunque se lo propusieran, a costa del reconocimiento de la casa.
Los 40 reales para vino que recibió la quinta son evidentemente una excepción, que sin embargo se explica con facilidad. Fue la comunión con la casa bajo esta especie la que salió al paso de la reclamación por parte de la cuadrilla de más precio del acordado para la siega del centeno. Argumentó que lo habían segado bajo. Pero se convinieron por fin dándoles 20 reales para vino, a sumar a los 20 que ya habían percibido por el mismo concepto como gratificación de su trabajo en la siega del trigo.
La última manera de gratificar consistió en que la casa condonara a las cuadrillas el pago de la mitad de los derechos de medida que les tocaba. Fue el trato común, probablemente porque los gastos ya los hubiera adelantado la casa, que a su vez sería quien previamente contratara a los agrimensores que hacían las mediciones. Dieciséis de las veintidós cuadrillas que segaron el trigo se vieron recompensadas de esta forma, cuatro de las cinco que ejecutaron la siega de la cebada, las seis que participaron en la de los yeros, una de las dos que segaron garbanzos y las dos que segaron la escaña.
Excepcionalmente, se habían avenido a no medir sus tierras dos de las cuadrillas que hicieron la siega del trigo y una de las que hicieron la de los garbanzos. El compromiso lo adquirieron con el aperador, a cuyo cargo quedaba la estimación de la superficie segada. De la manera de expresarse los textos se deduce que se calculaba de antemano, como parte del compromiso inicial. Esto, además de que eximiría a las cuadrillas de cargar con aquel costo, todavía podía permitir algún trato de favor. La décimo quinta, que fue una de las dos que se atuvo a esta posibilidad, por la siega del trigo cobró dos fanegas dos celemines de más por equivocación del aperador.
Valiéndose de este recurso, resultarían indirectamente penalizadas las que tuvieran que cargar con la obligación de pagar su mitad. Así sucedería a cuatro de las cuadrillas que participaron en la siega del trigo (décimo primera, décimo octava, décimo novena y vigésimo primera), una de las que participaron en la de cebada (la primera) y la que hizo la siega del centeno (la quinta). Así puede deducirse de que los testimonios, para estos casos, silencian que la mitad de los derechos de medida les fueran condonados.
Primeras siegas
Publicado: junio 15, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Una casa agropecuaria podía estar interesada en la producción de aceite, en la de vino, en la cría de ganado de cualquier especie. Ninguna de estas actividades sería suficiente para satisfacer por completo su plan. Una labor, la explotación destinada a la producción de trigo y sus cultivos asociados, era la pieza imprescindible para las que aspiraban a las primeras posiciones, un rango para el que nunca faltaban competidores. Les proporcionaba al menos la mitad de los ingresos que obtuvieran cada año. Tan importante renta, cuyo tamaño la justificaría, se la jugaban a la siega, el trabajo decisivo de la recolección.
En una labor de primer orden, mantenida por una casa que estaba interesada al mismo tiempo en todas las producciones que se han mencionado, este trabajo empezó con la siega de las habas, un cultivo al servicio del barbecho que se ha solido llamar semillado, a su vez tributario del cultivo determinante, el del trigo. Para ella fueron contratadas tres cuadrillas de trabajadores del campo, que la casa identificaba por el nombre de su capataz, quien antes había reclutado a los que en cada una trabajarían con él. La de Manuel Caballero Martos sumó quince jornaleros o trabajadores esporádicos, Cristóbal García López, Tobalo para los amigos, compuso la suya con trece y Francisco Blanco González con diecisiete o dieciocho mujeres también de la clase de los asalariados. Mientras que las de hombres se ajustaron a siete reales secos, es decir, sin comida o solo por una cantidad de dinero por cada día trabajado, la de mujeres lo hizo por la mitad, tres reales y medio. No obstante, porque era una costumbre aceptada en todas partes, a todos se les permitió mientras segaran recurrir a las habas que recolectaran para que se hicieran un guiso diario.
A los capataces de las cuadrillas de hombres el administrador de la casa les adelantó cantidades a cuenta de la remuneración del trabajo que iban a hacer, mientras que para la de mujeres dio al aperador, responsable directo de las actividades de la explotación, el dinero que debía servir al mismo fin, para que les pagara diariamente en el cortijo donde debían actuar. Los adelantos a costa del trabajo que se iba a realizar, que era una práctica regular en estos casos, serían tanto una apuesta a favor de quienes iban a hacerlo como una satisfacción al apremio de quienes dependían de la renta diaria para hacer frente a sus necesidades de consumo.
La cuadrilla de mujeres empezó a trabajar el 7 de mayo y a partir del 9, cuando todos salieron temprano para el campo, trabajaron simultáneamente las tres. En el primer cortijo de la explotación, el que hacía de centro de sus actividades, las encontró aquel mismo 9 de mayo el administrador, quien fue a inspeccionar cómo marchaba la siega que les había encargado. Las hay medio verdes, escribió, refiriéndose a las habas, aunque otras están maduras, en vista de lo cual a los segadores les encargó que fueran dejando atrás las verdes, para evitar el agracejo o mal sabor que tal vez tuvieran, consecuencia de que les faltaba maduración.
La siega de las habas se prolongó hasta el 17, el mismo día que fue pagada a jornal, y por tanto sin medir ni separarse los costos de la siega. Habían sido once días en total para la cuadrilla de mujeres y nueve para las dos de hombres, aunque a estas en realidad solo les había ocupado siete, porque los dos últimos, el 16 y el 17, los habían empleado en atar las habas que habían recolectado. La cuadrilla de Cristóbal García López había acumulado ciento treinta y ocho peonadas, de las cuales ciento nueve habían sido de siega, mientras que las otras veintinueve las había empleado en atar las habas. El capataz, como reconocimiento a su responsabilidad, recibió un plus de un real, sobre los siete acordados, por sus nueve peonadas, además de una gratificación de otros cinco, aunque no es costumbre, para redondear los cuatro adelantos y la liquidación. La de Manuel Caballero Martos sumó ciento treinta y siete peonadas, de las cuales ciento dieciséis fueron de siega y veinte de atar o engavillar, a lo que se le sumaron las nueve de una mujer que durante aquellos días trabajó con los hombres de la cuadrilla. El capataz recibió el mismo plus y la misma gratificación que el de la otra. Por último, la de Francisco Blanco González acumuló ciento sesenta y una peonadas, hechas por entre once y dieciocho mujeres entre el 7 y el 17. De siega fueron ciento treinta y cinco y veintiséis de atar las gavillas. Al capataz se le reconocieron las once peonadas a ocho reales, cantidad en la que iba incluido el real de plus.
Terminada la siega de las habas, se emprendió la de cebada, un cultivo al que las casas invariablemente dedicaban atención por la responsabilidad que le tocaba en la alimentación de su ganado. El 19 de mayo fueron contratadas cuatro de las cinco cuadrillas que debían realizarla. De nuevo Cristóbal García López organizó una con siete hombres. Francisco Blanco González, que para las habas había preferido mujeres, esta vez reunió diez hombres. Las otras dos las reclutaron capataces que antes no habían actuado. Manuel García, alias Piña, creó la suya con siete destajeros, y Francisco Escamilla Lora reunió solo seis. Debían salir a trabajar al día siguiente, el mismo durante el que el administrador completó la contratación de los hombres que había creído necesarios. Otra vez Manuel Caballero Martos se comprometió con siete destajeros, bajo las mismas condiciones y con los mismos medios.
Todas las cuadrillas se ajustaron exponiéndose a las tensiones que conociera el mercado de trabajo durante aquellos días, a lo largo de los cuales su demanda se incrementaba, tal como era habitual. Las partes se limitaron a remitir el jornal al precio medio que paguen sus fanegas de cuerda don Ramón Sanjuán, don José Gavira y don Antonio Quintanilla, labradores que también cultivaban cebada, quienes por causas que no conocemos servirían de referencia a las explotaciones de aquel término. Para contribuir a su trabajo, cada cuadrilla recibió del almacén de la casa unas aguaderas, cuatro cántaros pequeños y un lebrillo, medios que creerían necesarios para sostener el trabajo en la besana cuando ya el verano estaba próximo. Las aguaderas, que se hacían con madera o con esparto, estaban pensadas para cargarlas sobre bestias. Las dividirían en cuatro compartimentos, dos a cada lado de la bestia, para colocar los cuatro cántaros, vasijas de barro de las que regularmente beberían. El lebrillo, más ancho por el borde que por el fondo, de barro vidriado, lo utilizarían para asearse.
El 24 de mayo, mediada la siega de la cebada, el administrador fue al cortijo para ver el rastrojo que estaba dejando. En su opinión, las cuadrillas lo llevaban regular, una expresión, más que imprecisa, moderadamente descalificadora. Pero para aquel momento su interés estaba ya concentrado en la inspección de los trigos. A su juicio estaban casi para segarlos, con el grano regular, principalmente en uno de los tres cortijos integrados en la labor de la casa; aunque las espigas, al menos las que aquel día vio, eran cortas y generalmente con pocas órdenes; de donde dedujo que proporcionarían poco en simientes, si la granazón no acababa muy perfectamente. Tampoco de esto percibía las mejores señales en aquel momento. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día, se lamentó.
Parece que las cuadrillas contratadas regularon con autonomía sus ciclos de trabajo. A los dos días de haber empezado el suyo, la de Cristóbal García López se volvió a la población para holgar por primera vez, y aquel mismo 24 de mayo hicieron su primera huelga las cuadrillas de Manuel García alias Piña, Francisco Escamilla Lora, Francisco Blanco González y Manuel Caballero Martos.
La frecuencia con la que se movieron se puede aproximar. Todas, a la espera de que su trabajo tomara precio, también para esta ocasión fueron recibiendo dinero a cuenta, las cuatro primeras los días 19, 23 o 24 y 29, y la quinta, el 20 y el 24. Dada la regularidad con la que los capataces acudían a las dependencias de la administración de la casa para tomar estos adelantos, se puede suponer que del mismo modo podrían regular su retorno a la población las cuadrillas de segadores. Bajo este supuesto, el calendario de sus movimientos, contando con que la primera fecha es la de partida, sería 23 o 24 de mayo para todas, es decir, entre cuatro y cinco días después de la partida, y entre cinco y seis para el siguiente y definitivo retorno. Probablemente, las cuadrillas fijaban su residencia en el cortijo de un modo muy inestable, y la frecuencia de sus desplazamientos iría en detrimento de la duración efectiva de la jornada de trabajo. Parte de la responsabilidad de tan segmentado empleo de la energía pudo corresponder a que su ajuste tampoco incluía la comida.
El 26 el administrador fue de nuevo a la explotación. Esta vez estuvo viendo la sementera de trigo en las otras dos unidades integradas en ella, donde, según observó, ya iba granando medianamente. También supervisó a los segadores de la cebada, a la que, en su opinión, le había faltado la primavera. Aunque continuaban cortándola, estaba espesa como un linar, todo lo mala que cabe, lo mismo de paja que de grano.
El 29 los asalariados que habían sido destinados a sacar las gavillas de habas, porque habían quedado en la besana una vez segadas, una parte de los que habitualmente contrataba el aperador para cualquiera de los trabajos que fueran necesarios, habían terminado este trabajo. En la unidad central de la explotación, desde días antes, otra parte de ellos estaba ya trabajando en su trilla con los mulos de la casa. Las gordas ya las tenían limpias y de las menudas estaban aventando la primera parva. Dieciséis de ellos todavía debieron seguir en la era del cortijo trillando habas menudas con los mulos los días 30 y 31 de mayo y 1 de junio.
Mientras tanto, el 27 había empezado, en el nombre de Dios, el acarreo del grano de la cosecha de aquel año, que se concentraba íntegramente en las dependencias de la casa en la población. Aquel día las burras de la casa habían llevado tres viajes de habas, y los mulos, solo uno. En total, ciento sesenta y una fanegas, de las cuales ciento quince eran de habas gordas y cuarenta y seis de menudas. Las dejaron en uno de los graneros de la casa. A partir de aquel día continuaron porteándolas al mismo lugar los días 30, 31 y 1 de junio, y era ya el 3 cuando los mulos todavía estaban llevando habas menudas, lo que seguirían haciendo hasta concluir su almacenamiento.
Aunque el 28 de mayo terminara la siega de la cebada, no se liquidaron cuentas, a la espera de que el consorcio de labradores tarifara todo el trabajo de quienes segaban. No obstante, el 29, cuando cuatro de las cinco cuadrillas estaban percibiendo sus últimos adelantos a cuenta, dos de los capataces, Tobalo y Piña, le entregaron al administrador sus fes de medida del terreno segado, hechas por un agrimensor, don Pedro Calvo, para que cuando hubiera precio pudieran liquidarse sus cuentas. De aquellas certificaciones, que fijaban con precisión e independencia arbitrales toda la superficie segada por cada cuadrilla, dependían sus ingresos, porque tal como se acordaba en todos los casos se tarifaba la remuneración del trabajo por unidad de superficie.
En aquella ocasión la cebada segada estuvo concentrada en uno de los tres cortijos de la explotación, la mayor parte de ella en áreas indiscriminadas de él, otra en el llano del pozo y el resto en el haza de la laguna. El balance de la superficie de cebada que se había segado fue de sesenta y cinco unidades de superficie. Cada una de las cinco cuadrillas había segado en torno a una quinta parte de aquel total. La diferencia entre la que más había segado y la que menos no llegaba a las tres unidades de superficie.
La esquila del ovino
Publicado: mayo 23, 2018 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Cuando una casa explotaba en sus tierras una cabaña de ovino, al llegar el mes de mayo, comienzo de la segunda temporada de las dos en las que los labradores habían dividido el año agrario, organizaba la esquila que le permitiera obtener su lana, una parte del producto pretendido si optaba por aquella empresa. Quizás para algunas de ellas no fuera el beneficio más esperado. Aunque con la obtención de leche y queso sería difícil que se pudieran alcanzar metas tan altas, la desviación regulada de una parte de la cabaña al mercado, de acuerdo con un meditado plan para su renovación, podía permitir cada año ingresos muy interesantes, y aconsejar a una parte de estos ganaderos que tal vez fuera preferible, para extraer el mejor rendimiento a su actividad, la comercialización de sus cabezas de ovino a distintas edades, y no la obtención de la lana. Pero, cualquiera que fuese la orientación preferente de la empresa, llegada la primavera era necesario descargar a toda la cabaña del pelo que le hubiera crecido en el transcurso de un año, fibra muy apreciada en los mercados del continente cuando provenía de la especie merina, en la que persistían las casas del sudoeste. Y tan inevitable como era proceder al alivio de su carga a los animales era que el producto obtenido de aquella operación proporcionara unos ingresos, si no preferentes, nada insignificantes.
Hasta donde llega nuestra información, las casas, de la misma manera que contrataban a cuadrillas especializadas para la siega del trigo y sus cultivos asociados, para cortar la lana a su ovino recurrían a equipos de esquiladores que asimismo se pueden suponer itinerantes. Pero a diferencia de las cuadrillas de segadores, que eran pequeñas y apenas tenían marcada la función de mando, las de la esquila eran verdaderas compañías con una jerarquía tan cerrada que el responsable de todo el equipo, único contratante del grupo reconocido por quienes les daban empleo, se hacía llamar a sí mismo capitán de esquila. Solo excepcionalmente, si ocurría que mientras fuera necesario tomar una decisión que comprometiera a todos estuviera trabajando en otro lugar, delegaba sus poderes de concertación en un subordinado inmediato, es probable que muchas veces emparentado con él, que se hacía identificar como contracapitán o segundo en la línea de mando; quien, no obstante, cuando actuaba bajo estas premisas, hacía constar que había sido encargado para una ocasión tan excepcional por el único capitán de esquila.
Las decisiones que cualquiera de los dos tomara comprometían a todos los hombres sujetos a su disciplina, los esquiladores, quienes identificados con esta denominación eran quienes debían ejecutar el trabajo. Sumaban cada día que actuaban una cantidad proporcionada al número de cabezas que fuera necesario esquilar en el transcurso de la jornada. Como las cabañas de las casas eran numerosas, y sus promotores decidían concentrar el trabajo en pocos días, el número de los esquiladores de cada jornada solía ser alto, siempre por encima de las dos decenas en las condiciones que podemos creer habituales, muy superior al tamaño de las cuadrillas que se esforzaban en la siega, equipos de tamaño variable entre cuatro y siete hombres.
No parece que alcanzado el grado de esquilador hubiera diferencias por razones funcionales entre quienes lo tuvieran. Pero los textos, a veces, hablan, con una carga expresiva que no es necesario discutir, de esquiladores mandones, etiqueta específica y distintiva dentro del mismo tipo. La denominación, más que con alguna responsabilidad, que como capataces cargaría sobre ellos cuando actuaran los equipos complejos que se entregaran al combate cuerpo a cuerpo con los animales, tomaba nota de una categoría laboral que efectivamente era reconocida con su correspondiente remuneración.
La casa contribuía a la recluta de aquel ejército con las tropas auxiliares, en parte al menos quintadas entre sus empleados estables. La mayor parte de sus temporiles, o trabajadores contratados por una o las dos temporadas, era la que en las casas solían llamar ganaderos, muy discriminados según especie. Los que se ocupaban del cuidado permanente del ovino estaban bajo el mando supremo del rabadán, uno de los cuatro o cinco empleados de más cualificación de cualquier casa de entidad. A su autoridad estaban sometidos todos los pastores, cada uno de ellos responsable de una piara, la unidad de población ovina definida por un atributo común relacionado con su crecimiento natural. La menos distinguida, y que abarcaba la mayor parte de la cabaña, era la de ovejas. Pero, pensando en la salida al mercado de los animales más estimados, tanto como en la reproducción controlada de toda la manada, se podían segregar piaras de borregas, hembras de hasta dos años; de primales, ovino de entre un año y dos; y de la categoría que llamaban chicada, que separaba a los corderos nacidos en los tiempos más expuestos a los agentes patógenos, para que fuera objeto de cuidados especiales. También podían separarse para que fueran criados aparte los borregos, machos del mismo segmento de edad que sus correspondientes hembras, y, sobre todo, los carneros, los machos de la especie en la plenitud de sus atributos. En cada piara, bajo las órdenes directas de su pastor, trabajaban además los correspondientes zagales, que alcanzaban un número que doblaba al de pastores. Mientras que en la separada por sexo y edad podía bastar con uno, en la menos discriminada el número de zagales debía ser mayor, en la proporción correspondiente hasta alcanzar aquel total.
Completaba la nómina de los empleados permanentes para el cuidado del ovino el guarda del coto de las ovejas, encargado de preservar los espacios por los que fuera migrando aquella población en busca de pastos. Para la inevitable trashumancia del ovino, aunque fuera de corto radio, podían ser un recurso suficiente las tierras de cualquier clase que explotara la casa durante la parte del año en la que el ganado no obstaculizara los cultivos y los aprovechamientos elegidos para ocuparlas. Todo dependería de la entidad de cada cabaña. Tampoco era infrecuente, en caso de que esta fuera importante, que la casa se viera en la necesidad de arrendar pastos externos, ahora en un lugar, luego en otro, durante algún tiempo. Pero tanto en uno como en otro caso, además, como la pieza imprescindible de cualquiera de las casas era su labor, una vez que se levantaba la cosecha de trigo y sus cultivos complementarios, sus piaras, durante la segunda temporada, aprovechaban como pasto los rastrojos que en la tierra más trabajada hubieran dejado aquellos cultivos. Invariablemente, el guarda iría custodiando todos los cambios de lugar para garantizar su reserva. Es difícil sin embargo que su responsabilidad alcanzara hasta las piaras que se desplazaran a las ferias, en plena primavera, cuando hacía falta buscarle pastos a lo largo del trayecto hasta el lugar donde se celebrara.
Cada equipo de pastores y zagales iba contribuyendo a la esquila de su piara como personal auxiliar, y al mismo tiempo presente a lo largo de todo el trabajo, junto al cual actuarían en idéntica posición a otros que citan las fuentes, como atadores, escoberos, perreros, moreneros y alguien que presume de titularse escribano, todos los cuales llegarían integrados en las cuadrillas de esquiladores. De la función que tuviera cada uno de los tres primeros no es difícil hacerse una idea, y ninguna representa una gran responsabilidad, ni siquiera un trabajo que en todos los casos fuera necesario. La del morenero, sin embargo, sí era específica y a la vez imprescindible. La esquila, inevitablemente, provocaba cortes en la piel de los animales. Para cauterizarlas se elaboraba una solución de carbón y vinagre que se conocía con el nombre de morenillo. El morenero estaba encargado de mantenerla a punto y en el lugar donde fuera necesario aplicarla al instante. Además, es muy probable que quien se hacía llamar escribano fuera el encargado de llevar un registro puntual del trabajo de cada día y su producto.
La esquila, donde hemos podido observarla más de cerca, se ejecutaba en pocos días, unos diez para una cabaña de poco más de tres mil cabezas, lo que no impedía que se dividiera en dos fases. La primera o anticipación estaba reservada al ganado que había sido seleccionado para ir a las ferias, donde la casa se deshacía de los ejemplares que ya no necesitaba o que podían proporcionarle buenos ingresos. Habiéndose reservado el valor de su lana, además de obtener una parte de su renta, al deshacerse de él en las ferias contribuía al plan de renovación permanente de la cabaña, un recurso de la cría del ovino necesario si al mismo tiempo se deseaba obtener de él el mejor producto lanar, tanto más estimado cuanto más jóvenes fueran los ejemplares. Para apurar los ciclos de renovación los buenos criadores necesitaban encontrar el equilibrio entre la edad de los ejemplares y la productividad lanera a cada una de ellas. Parece que se inclinaban a deshacerse de los ejemplares en torno a los dos años de edad, en una proporción de dos hembras por cada macho, más algunos carneros, una parte de los cuales explícitamente habrían sido clasificados antes como mansos.
En la segunda parte se completaba la esquila de toda la cabaña, aunque el feliz cumplimiento de cualquiera de las dos estaba sujeto a los contratiempos que podían retrasar los planes. El más recelado, tal como ocurría con cualquiera de las otras actividades agrarias, era la lluvia, que para el ovino inesperadamente podía hacerse presente con toda su carga negativa. En una casa estaba todo preparado para esquilar las borregas cuando llegó el aviso de que se habían mojado la tarde anterior con una tormenta que había caído en el coto donde aguardaban su traslado. Pareció necesario demorar el trabajo veinticuatro horas, tiempo que se juzgaría suficiente para que el vellón recuperase el estado que pareciera adecuado para la esquila, aunque la responsabilidad que tocaba a la humedad acumulada por la lana en el momento del corte resulta equívoca. A la vez que se repudiaba el efecto de la lluvia, la regla había establecido que el mismo día en que los ejemplares eran esquilados, inmediatamente antes fueran encerrados en un área reservada para este fin que se conocía con el nombre de bache, para que allí, hacinados, sudaran. Tan primitivo recurso se justificaba por la necesidad de lubricar la piel y el pelo de los animales, y así facilitar el corte de las tijeras; lo que al mismo tiempo no dejaría de incrementar el peso del vellón. Parece pues que la carga de humedad que añadiera la lluvia, pudiendo cumplir con idéntico propósito, sobrepasaría lo tolerable.
Cada casa agraria sostenía en la población que había elegido como lugar donde concentrar sus actividades un edificio principal, para que alojara el hogar de sus titulares y fuera sede de la proclamación pública de su bienestar. La casa de campo era el lugar separado dentro de aquel edificio principal para que se dedicara exclusivamente a todas las actividades productivas, fuese la que se quiera su complejidad, que convenía centralizar o mantener bajo control inmediato de sus máximos responsables. Cuando llegaba el día previsto para su esquila, cada piara era trasladada desde su coto hasta su correspondiente casa de campo, para que allí los esquiladores hicieran su trabajo. La víspera, de acuerdo con el capitán o con el contracapitán, se elegía los ejemplares que debían ser esquilados y se estimaba cuántos esquiladores sería necesario tener dispuestos para aquella cantidad. El número previsible lo decidía primero la cantidad de cabezas ovinas señaladas y después su clase. Todo indica que regía un patrón según el cual cada esquilador debía consumar por jornada el corte del vellón de diez ejemplares: si estaba previsto esquilar doscientas ovejas, el capitán o su contracapitán debían concurrir a la casa de campo con veinte de los esquiladores bajo su mando. A partir de esta proporción se harían las previsiones, aunque luego, cada día, mientras se trabajaba, siempre se consiguiera, valiéndose de la emulación entre los trabajadores, extraerle a una parte de ellos una productividad algo mayor, tal vez compensatoria de los cálculos previos, que favorecerían a los contratados. Cuando se observan los casos, la razón entre ejemplares despachados cada día y número de hombres que actuaron siempre da un valor algo por encima de diez.
Sin embargo, en los días en los que el trabajo se descargaba sobre cierto tipo de animales, el rendimiento podía verse incrementado en márgenes, aunque restringidos, nada despreciables. La ley que rigiera los cambios de valor dentro de esta banda, si se pretende deducir de los valores concedidos al trabajo que han quedado registrados parece sencilla. Señala a una relación inversa entre la edad de los ejemplares y el rendimiento del trabajo. Los días en los que la proporción de carneros y borregos esquilados era más alta, el rendimiento era más moderado, más próximo a diez, mientras que cuando era mayor el número de primales y añinos, los ejemplares en torno a un año, la productividad podía incrementarse hasta alcanzar un valor cercano a trece en los momentos en que aquella proporción era mayor, justo al final de la segunda fase.
Pero una productividad que de uno o de otro modo nunca conseguía separarse mucho de diez parece baja. Aceptar que algo así estaba consolidado puede ser la mejor disposición para concluir que, tal como ocurriera con la siega, las jornadas de esquila tal vez eran cortas, quizás porque fuera aconsejable evitar las temperaturas más altas de las horas centrales del día, cuando las sangrías accidentales podían tener peores consecuencias. Parecería más razonable concentrar el trabajo en el tiempo imprescindible para un aprovechamiento juicioso del trabajo y cuanto más cerca de las horas extremas del día mejor. La duración prevista para la jornada también decidiría sobre el número de esquiladores a convocar cada día así como sobre la proporción de trabajadores auxiliares adecuada a ese número: dos moreneros cuando la cantidad de cabezas a esquilar en una jornada oscilara entre doscientas y trescientas, y cuatro entre pastores y zagales de la casa.
Los esquiladores, tal como los segadores, vendían su trabajo diario solo por una cantidad de dinero. Tal compromiso lo contraían, con un par de días de antelación a lo sumo, a través del capitán, quien antes los habría reclutado para su cuadrilla. El acuerdo que hacía acreedores de aquella renta no estaba cumplido en el momento que se presentaban en el lugar de trabajo. Si la tarea no podía realizarse inmediatamente, aunque fuera por una causa de la que no podía hacérseles responsables, la incertidumbre se cernía sobre la posibilidad de ingresar la renta de aquel día. Así ocurrió en cierta ocasión, cuando fue necesario aplazar la esquila porque el ganado que para ello se había apartado fue víctima de una tormenta. El aviso del contratiempo no llegó a la casa de campo hasta la mañana siguiente, cuando los esquiladores ya estaban allí consentidos en ganar la peonada. Al cabo, no pudieron ingresar la cantidad que esperaban. Se imponía el principio según el cual el trabajo solo se debía liquidar después de completado.
Los trabajadores auxiliares, si eran parte de los empleados estables de la casa, como los pastores, los zagales y el guarda, tal como se actuaba con los demás de esta categoría, además del dinero que por cada día de trabajo ingresaban ganaban la comida. La habitual, en su caso, se les entregaba de antemano, en previsión de sus desplazamientos constantes, como un lote de provisiones que ellos mismos debían elaborar luego. Pero los días que contribuían a la esquila disfrutaban de una comida que se elaboraba en donde se estaba desarrollando el trabajo. Conocemos al menos sus ingredientes, incluso las proporciones en las que cada uno de ellos era empleado, aunque no su combinación. No obstante, valiéndonos de los dos criterios disponibles, se puede conjeturar que uno de los platos más elaborados podía ser de bacalao, y que se complementaría con una ensalada, y que para cualquiera de las dos elaboraciones se recurría a cebollas y ajos y especias, aceite, vinagre y sal suministrados por la despensa de la casa. A todo esto se sumaba el indispensable pan, que en forma de hogazas se repartía entre los comensales a razón de una libra por persona y día.
Aun siendo común esta composición de la comida, no era invariable. El plato principal también podía elaborarse con carnero, habas y guisantes, era posible que a la ensalada se le agregara tocino y entre los suministros provenientes de la despensa de la casa, para completar la dieta, también podía llegar queso. Pero asimismo podía cocinarse una borrega que hubiera muerto, que podía ser comida suficiente, junto con el pan y los demás condimentos que necesitara aquel guiso, para dos días. Que padeciera alguna enfermedad, como la modorra, que afectaba al cerebro del animal, podía ser un incentivo para sacrificarla y consumirla, aunque siempre después de que se hubiera esquilado. Y también podía ocurrir que algunos días no se elaborase comida alguna por haber empezado tarde a esquilar. En ese caso, como aun así era obligado satisfacer la comida diaria de los empleados estables de la casa, podía bastar con los suministros regulares de pan, aceite y vinagre, más el queso y las aceitunas provenientes de la despensa de la casa.
La otra parte de los trabajadores auxiliares, que eran un apéndice de los esquiladores, y por tanto tan extraordinarios como ellos, solo ganaba la comida, cualquiera que fuese su extracción o su origen. Ahora bien, el que fuera de ellos la percibía en dinero efectivo, lo que no dejaba de ser una salida convencional al pago del trabajo diario no exenta de paradojas. Así como para el acceso a la comida que cada día se elaboraba no se discriminaban las cantidades que cada pastor, zagal o guarda pudiera consumir, la comida de los auxiliares integrada en la tropa de los esquiladores estaba tarifada según funciones, de manera que los atadores ingresaban más por su comida diaria que perreros, escoberos o escribanos, o que los moreneros, que ingresaban por debajo de todos los demás. Aunque no es seguro que estas funciones se desdoblaran en personas distintas a los esquiladores, con cuyo trabajo principal podían ser compatibles, sí lo es que, de hacerlo, quienes las desempeñaran trabajarían solo por la comida, cuyo valor nominal mínimo se aproximaba al del jornal de un peón sin cualificar, si bien ninguno de ellos alcanzaba hasta el valor de la remuneración que se obtenía con el trabajo directo como esquilador. Procediendo de este modo, el resultado era una clara jerarquía de la renta diaria de quienes eran contratados expresamente para este trabajo, toda reducida a dinero, según los grados de su ejecución.
Más equívoca era la posición de los capitanes, y más todavía la de los esquiladores distinguidos con la expresiva calificación de mandones. Si capitán y contracapitán, al mismo tiempo que se mantenían en su posición suprema, actuaban como esquiladores, ganaban, además de la remuneración correspondiente a este trabajo, el dinero correspondiente a su comida, tal como los auxiliares eventuales, que también se tarifaba la más alta de todas las que se resolvían de este modo, aunque siempre por debajo de la renta obtenida por el trabajo directo de esquila. Pero los días que su actividad se redujera a ejercer su trabajo de dirección, su ingreso se reducía al valor de la comida, recibido en efectivo. Sin embargo, además participaban de los platos que a diario se preparaban para los trabajadores estables de la casa. Unos días se arrimaban ellos, otros se convidaban y, en definitiva, quien cargaba con aquellos costos, cuando hacía balance, reiteradamente tenía que lamentarse de que los capitanes persistieran en ser invitados según malas costumbres.
De la misma manera, los esquiladores distinguidos con el mencionado título de preeminencia, percibían un suplemento por comida si al mismo tiempo ejecutaban la esquila, o solo aquella cantidad en caso de que su papel se redujera al asociado a su posición en la jerarquía de la cuadrilla. Sin embargo, para una fase de los trabajos podían ajustarse expresamente solo por el dinero que remuneraba el trabajo directo. Pero los términos que utiliza la fuente, llegada esta ocasión, son lo suficientemente ambiguos como para que se pueda suponer, de una parte, que ocasionalmente actuaban como capitanes, quizás en ausencia de estos, y tal como ellos se sumaban a disfrutar de los platos elaborados cada día; o que simplemente se resignaban a renunciar al suplemento por comida que podrían ingresar. Como después del ajuste aludido siguieron cobrándolo, es más probable que ocurriera lo primero, aunque no hay constancia expresa de que sucediera.
Las prisas por disponer del vellón actuaban a favor del valor nominal del trabajo, y no solo porque una parte de quienes lo ejecutaban pudieran duplicar los conceptos por los que era remunerado. Quienes más se beneficiaban de aquella tensión eran los esquiladores efectivos, la masa de quienes componían las cuadrillas, que solo ingresaban la cantidad en la que hubiera sido tasado el trabajo del día que lo vendieran. Así, una casa acordaría con un contracapitán, porque el capitán de la cuadrilla estaba esquilando en otro lugar, empezar al día siguiente la esquila de los ejemplares que iban a ir a las ferias. Un par de días después, una vez resueltos todos los contratiempos, veintisiete hombres completaron el trabajo que se había previsto para aquella jornada. Tal como habían contratado, cada uno recibió por su día de trabajo siete reales, tras lo cual se previó que al día siguiente continuaran el trabajo veinticinco de aquellos hombres. Pero, en contra de lo que estaba planeado, aquella jornada no se trabajó, y solo un par de días después se pudo negociar de nuevo la esquila de los carneros y los borregos que estaban en uno de los cortijos de la casa a la espera de ir a las ferias, cuyas fechas se aproximaban inexorables. El propio capitán que negociara no estaba en condiciones de comprometerse en un jornal porque permanecía a la expectativa de lo que decidieran los esquiladores con los que solía contar. Desde hacía unos días estaban sin trabajar por cuestión de precio. Con otro labrador ya se habían ajustado a nueve reales al día, un jornal que pretendían extender a todas las cuadrillas. La casa, urgida por el calendario, no tuvo otra opción que plegarse a las pretensiones de los esquiladores. A partir del día siguiente, cuando se reanudaron los trabajos, y para todos los días durante los que aún se prolongaron, hubo de liquidarlos a nueve reales por persona y día, como los demás labradores; a pesar de lo cual todavía opinó, al recapitular los trabajos contratados, que los jornales no habían sido muy altos.
Cuando se había completado la esquila, se hacía balance. Según el suyo, durante los ocho días de mayo trabajados una casa había conseguido esquilar 3.149 ejemplares de ovino, de los cuales 115 eran carneros, 1.769 ovejas y primales y 1.265 borregos añinos. Pero el balance sustantivo, para cualquiera de las casas que se hubiera empleado en la crianza de esta especie, era el referido a la lana que hubieran proporcionado los animales, mucho más minucioso, en cuyas propiedades se concentraban las aspiraciones de esta rama de su actividad.
El peso de los vellones esquilados era naturalmente desigual, no solo de una clase de animal a otra, sino entre los ejemplares del mismo tipo. Aunque comúnmente se pesaban todos los vellones y de todos los tamaños según se iban cortando, los pastores que asistían a la esquila de sus piaras tenían la costumbre de no pesar por separado los más pequeños, a consecuencia de lo cual ni siquiera se ataban. La consecuencia de esta manera de proceder era que, cuando se completaba el registro del producto obtenido cada día, para anotar el peso de todos los vellones que se habían cortado se procedía según un método muy grosero. Se tomaban en cuenta los valores máximo y mínimo de los pesos verificados según tipo de animal, y a continuación se designaba como referencia el valor medio de cada intervalo, corregido según criterios no siempre rigurosos ni constantes, y se multiplicaba por el número de cabezas de cada clase que aquel día habían entrado en el bache. Concluido el trabajo, para deducir un balance de la campaña bastaba con sumar los parciales diarios según tipos de animal. Así, la casa que en total había esquilado 115 carneros, y que aceptó como peso tipo para sus vellones las 10 libras, estimó el producto obtenido de esta parte de su ovino en 46 arrobas, una operación que tenía en cuenta su premisa métrica, según la cual una arroba equivalía a veinticinco libras. Procediendo de manera con las ovejas, por una parte, y con los borregos, por otra, por último sumó un total de 714 arrobas de lana.
El juicio sobre la calidad de la lana por el momento también era muy difuso. Se reducía a deslizar ocasionalmente alguna opinión del tipo “la lana tiene una calidad regular para lo que se esperaba este año, tan miserable para el ganado”, una manera de hablar en la que la palabra elegida para enjuiciar es lo suficientemente ambigua como para no comprometer. Las casas daban por descontado que todas estas valoraciones eran muy débiles porque habían delegado el cálculo de todos los pesos que fueran precisos al momento de venta de la lana. Según se fueran consumando las transacciones, tal como llegaran, asimismo se irían verificando las calidades elegidas por el comprador y a partir de ellas el precio de las cantidades por él solicitadas.
Por el momento, para terminar con los trabajos de plena primavera, bastaba con almacenar todo el producto obtenido en su correspondiente cuarto lanero. En las vísperas de la esquila, al comienzo de mayo, se habilitaba en la misma casa de campo donde se desarrollarían los trabajos. En la explotación cuyo proceder seguimos de cerca fue necesario habilitarlo en otro que llamaban del esparto, que fue desplazado a una de las salas del piso bajo de la vivienda porque el que estaba reservado para que fuera el lanero estaba aún ocupado con al menos una parte de la lana que se había esquilado el año precedente. Para que estuviera convenientemente equipado para recibir la lana nueva, los cuartos laneros primero se blanqueaban, luego se entarimaban y sobre las tarimas, por último, se tendían esteras.
Así sobrevivió la servidumbre
Publicado: mayo 4, 2018 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: economía agraria Deja un comentarioCarmelo Terrera
Quien necesitaba recurrir al trabajo ajeno para completar todo el que demandara su explotación tenía dos posibilidades, contratar asalariados o comprar servicios. Así como cualquiera de ellas las tenía a su alcance, ninguna era incompatible con la otra, y podían sucederse o acumularse a conveniencia de quien las consumiera. Por razón del procedimiento, destinado a identificar con la mayor claridad posible lo que el costo de cada una de ellas tuvo de singular, las trataremos como si existieran en exclusiva, lo que tampoco era imposible, y seguramente, tomados territorios y momentos por separado, bastante más probable.
Al recurrir a asalariados se podía comprar trabajo por determinada cantidad de tiempo o para una actividad. Se optaba por adquirir el tiempo de trabajo de otros por temporadas o por fracciones menores. El año agrícola, que iba de octubre a septiembre, se dividía en dos temporadas, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Para los puestos de mayor responsabilidad se contrataban asalariados que los cubrían todo el año, mientras que con sus subordinados, que asimismo debían desempeñar trabajos que se podían prolongar meses, se podía actuar de manera algo más flexible. Pero así como podía ocurrir que entre quienes cargaban con las funciones más importantes los hubiera que se comprometían solo por una de las dos temporadas, era frecuente que la mayor parte de sus subordinados trabajaran bajo sus órdenes durante todo el año. A todos, como consecuencia de esta manera de tasar el tiempo que se les compraba, se les llamaba genéricamente temporiles.
Pero cada ciclo temporal, con fines laborales, se subdividía en unidades de tiempo inferiores a la temporada. Su duración se aproximaba a la del mes, y a esta pauta, mientras nada lo impidiera, se atenían, aunque un factor independiente, fuera del control de quienes planificaban los trabajos, podía acortar su duración, y hasta suspender toda actividad. Cuando la lluvia persistía no era posible trabajar la tierra, y a veces, dependiendo de la clase de suelo, incluso era necesario aguardar a que desapareciera de la superficie el agua acumulada.
Concurriera o no aquel factor independiente, la unidad de las fracciones de tiempo inferiores a la temporada venía dada por la relación entre el responsable de todos los trabajos sobre el terreno, el que regularmente era conocido con el nombre de aperador, quien a su vez solía ser un temporil, y los hombres a los que había contratado para realizar los trabajos que fueran necesarios en esa fracción de tiempo, según progresaran los cultivos, los que solían ser conocidos con los nombres genéricos de braceros o jornaleros, a quienes también los distinguían denominaciones específicas a partir de los trabajos que de ellos en cada fase se esperaban, como gañán o mozo de arada, sembrador o escardadora.
Se optaba por la otra posibilidad, comprar trabajo solo para una actividad, cuando era necesario completarla en una cantidad de tiempo de antemano limitada por los procedimientos de cultivo. A diferencia de las actividades que podían someterse a la cadencia aproximadamente mensual, para la siega, en el caso del trigo y sus cultivos asociados, y las tareas, cuando se trataba de la recolección de las aceitunas maduras, se habían impuesto las prisas. Decidir cuál era la razón que en cualquiera de los dos casos dictaba el apresuramiento no es fácil. Se puede adjudicar, también esta vez, a los dictados del ingobernable clima, que podrían provocar el temor a unas aguas inoportunas que malograran la calidad del grano maduro. Es posible que esto ocurriera en junio, cuando se recolectaba el trigo, y que por tanto se meditara la conveniencia de apresurar la exposición de las mieses a un riesgo tan severo. Pero que ocurriera en otoño, cuando eran más probables las lluvias, y que afectara a la aceituna madura, no sería una inconveniencia. Al contrario, contribuiría a incrementar su volumen, su peso, su rendimiento y su rentabilidad.
Es más probable que fuera la urgencia por ganar una posición definida, tan definitiva como el volumen real de la cosecha que finalmente se hubiera conseguido, la que aconsejara acopiar el producto anticipándose a los competidores, y la causa inmediata de que, para sujetar la carrera a una regla, quienes estaban en condiciones de competir firmaran un pacto entre caballeros, según el cual el valor del trabajo que para aquellas dos actividades se compraba quedaba pospuesto a lo que entre todos los de una zona decidieran que había sido el rendimiento capaz de absorber los costos del trabajo así contratado. Al proceder con prisas, concentraban tanta demanda de trabajo en tan poco tiempo que la población activa autóctona era insuficiente. Solo la inmigración podía satisfacer la demanda.
Los costos del trabajo por una actividad, fuera siega o recolección de aceitunas, podían ser nominalmente más altos, aun contando con el osmótico pacto entre caballeros, que el de los trabajos por temporadas o por sus fracciones aproximadamente mensuales, si se toma como criterio la parte del salario que se liquidaba en dinero. Pero la composición del salario del momento podía variar. Todos los asalariados contratados por tiempo, independientemente de su responsabilidad o de la duración de sus compromisos, accedieran al trabajo por temporadas o por sus fracciones, ingresaban renta al menos de dos maneras, una, el dinero, la otra, los bienes alimenticios. La primera remuneraba la cantidad de tiempo de trabajo descargado cada día ateniéndose a una tarifa predeterminada. La otra se sustanciaba como una comida diaria, que quien contrataba proporcionaba a sus asalariados cada jornada en el lugar de trabajo. El menú, invariablemente, además de un potaje que admitía distintas combinaciones, incluía pan, en una cantidad próxima a una libra por persona y día, que los procedimientos del trabajo agropecuario habían evaluado imprescindible para garantizar el acopio de los hidratos de carbono que debían regenerar la energía o trabajo que cada día era necesario transformar en actividad. Mientras tanto, el salario de cualquiera de los destajistas, fueran los de la siega o los de la recolección, se acordaba sin comida, a seco, según el lenguaje que había ido depurando el mismo procedimiento o estilo de cortijos.
No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.
Ante esta amenaza, no sería una insensatez comprar los servicios que fueran necesarios. Al mercado de trabajo concurrían insistentemente limpiar de vegetación espontánea la parcela que se iba a poner en cultivo, ararla el número de veces que deseara el demandante antes de la siembra, sembrarla de trigo o completar su recolección desde la siega hasta el encamarado. Podían contratarse por separado o íntegramente. Pero en cualquiera de los casos lo que a quienes prestaban los servicios les permitía competir en aquel mercado era su ganado de labor. Quien dispusiera de una cabaña capaz para responder a cualquiera de estos compromisos estaba en condiciones de obtener renta a cambio de aquellos trabajos. Al otro lado de la relación laboral encontraría al promotor de una explotación que carecía de aquella energía, total o parcialmente. Cualquiera de los servicios que vendiera la consumía en cantidades importantes, aunque cuando se contrataban no se adquiría en exclusiva la fuerza del trabajo animal, sino el combinado energético integral que componían animal, apero y hombre que los empleaba racionalmente.
La capacidad de ofertar este trabajo, tomada como una posibilidad, sería función directa del tamaño de la cabaña de labor de cada dueño de esta clase de patrimonio. Los poseedores de mandas de trabajo cuyas dimensiones se expresaran en cientos de cabezas, que siempre eran una fracción dominante en los términos más extensos, estarían en las mejores condiciones de emplear su capital ganadero en este mercado.
Sin que nada impidiera que hubiera labradores del rango más alto que actuaran de este modo, y así extendieran los horizontes de su negocio, era más probable que los grandes reservaran su cabaña de labor para emplearla exclusivamente en su explotación. Y al contrario, era mucho más probable que campesinos con un modesto capital ganadero de trabajo, mucho más si el número de sus cabezas estaba por debajo de diez, recurrieran a emplearlo en las explotaciones de otros, íntegro o en parte, para todas las actividades del ciclo o solo para algunas de ellas. La posibilidad la modificaría el grado de su uso en una hipotética explotación propia. De haberla emprendido, el ganado propio solo parcialmente estaría disponible para el trabajo en otra. Si no hubiera sido posible acometerla, el patrimonio ganadero de labor propio estaría ocioso, y ofertar todos o cualquiera de los servicios demandados sería el mejor medio de ingresar una renta propia.
Los precios de estos servicios se tarifaban por unidad de superficie trabajada. Comprar solo los trabajos de barbechera era dos veces y media más barato que adquirir los que incluyeran todos los comprendidos entre la siembra y la recolección. Nominalmente, el valor de cualquiera de ellos podía ser alto, aunque no muy diferente al que alcanzaba la unidad de capacidad de trigo en los mercados. Pero para quien adquiría el trabajo la ventaja de esta forma de acceder a él era que estaba exenta del costo de la alimentación, y por tanto al menos diferida de las oscilaciones de los precios de los cereales. Bastaba tomar esta distancia para descargar este costo sobre quien ofrecía el servicio, para que el valor efectivo que en el mercado alcanzara la cartera de servicios no dependiera inmediatamente del precio del trigo, aunque este, el de la cebada, y hasta el de las legumbres y la paja, contribuyeran a su formación. Su factor inmediato sería la masa de ganado de labor en manos de quienes estuvieran en condiciones de contratarlo para los servicios demandados. Al decidir sus tarifas, quien los ofertara estaría sujeto a la presión de sus competidores antes que al costo de su alimentación y la de su ganado.
Se puede tener la certeza de que quienes estaban en aquellas condiciones, en cualquier población, eran al menos la mitad de quienes estaban dispuestos a participar en los trabajos agrarios, una invariante que era una consecuencia espontánea de las inveteradas aspiraciones a la promoción personal de quienes estaban sujetos al trabajo en el campo, las mismas que se habían saldado una y otra vez con el éxito de unos pocos y el fracaso de la mayoría. Invertir el ahorro en ganado de labor, para a partir de su empleo en explotaciones propias ir incrementando las rentas personales era un plan ampliamente compartido, e insistentemente reiterado por los comportamientos y las opiniones que han dejado testimonios.
Una oferta tan amplia contendría el precio de los servicios, y en cualquier caso evitaría que oscilaran tan fuera de control como en ocasiones podía hacerlo el del trigo, y por tanto el del trabajo asalariado. Pudieron llegar momentos, situaciones, en los que contratar los servicios integrales fuera preferible a comprar el trabajo de asalariados. En cualquiera de los dos casos, se conseguía el producto sirviéndose del trabajo ajeno. Pero, mientras en uno se obtendría cargando con la responsabilidad de su reproducción, en el otro quien lo compraba se desentendería de esta necesidad. Que la segunda modalidad progresara podía tener a su favor, además de esta ventaja, que el ahorro de la población agraria se dirigiera a adquirir y consolidar la condición campesina y reducir las posibilidades de la oscilación desaforada de los precios del trigo.
El ajuste más favorable de estos engranajes podía conseguirse sin grandes dificultades. La mejor manera de escapar a los constantes cambios de humor de los precios del trigo era obtenerlos por cuenta propia. Para eso bastaba valerse del ganado propio y con él emprender la explotación que lo permitiera. La mayor parte de estas explotaciones no podía ser muy grande, porque la mayor parte de los patrimonios ganaderos era modesta. Pero para conseguir el trigo de subsistencia, el necesario para alimentarse diariamente con pan fabricado con su harina, tampoco hacía falta disponer de una parcela extensa. Estaba tasado, por quienes compraban el trabajo cargando con este costo, que un hombre podía sostenerse con una unidad de capacidad al mes. Para obtener el producto anual de doce de estas unidades podía ser suficiente con una parcela de poco más de una unidad de superficie. Si damos por descontado que quien se constituía como campesino aceptaba atenerse al estado biológico regular y que este incluía una familia nuclear de cuatro miembros, formada por los dos progenitores y dos descendientes, aunque la necesidad de grano pudiera hasta triplicarse en el más exigente de los casos, ni siquiera sería necesario que la parcela cultivada tuviera cuatro unidades de superficie, o dos hectáreas aproximadamente. De la energía que proporcionara una pareja de bueyes trabajando durante todo el año para aquel proyecto sobraría como mínimo la mitad.
El proyecto era viable y el excedente de energía estaba asegurado. Quienes quisieran disponer de su propio trigo y al mismo tiempo servirse de una parte de su patrimonio energético para obtener sus rentas podrían hacerlo. La competencia que de su producto pudiera sobrevenirle a las labores, productoras de las masas de trigo que sostenían los mercados, era imposible. La producción de las explotaciones menores estaba condenada a ser marginal porque estaba inspirada por la atención al consumo alimenticio familiar.
La mayor dificultad a la que podía enfrentarse un curso de los comportamientos como este era la inversión inicial en tan modestas explotaciones. Las caídas absolutas de la producción, inevitable para los sistemas del cultivo que se habían impuesto, podía incapacitarlas absolutamente para disponer de la simiente que cada año diera origen al ciclo productivo.
Si el crédito del pósito, mercado público del grano, resolviera esta permanente amenaza de bloqueo, el costo del trabajo podría ir liberándose de la rémora de las oscilaciones del precio del trigo. Cuanto mayores fueran las explotaciones, como mayores eran las cantidades de trabajo ajeno que debían comprar, tanto más podrían aspirar a reducir sus costos si se ensanchara aquella senda. Pero quienes contrataban en masa el trabajo ajeno, sin dejar de aspirar a este objetivo, corrigieron el rumbo de esta fuerza en una dirección que no fue la recta.
Una parte de quienes tomaran la iniciativa de emprender una modesta explotación incompetente solo aspiraría a escapar a la espiral endiablada de los precios del trigo. En su mayoría era gente que ni siquiera, por su dedicación habitual, tenía relación directa con la actividad agropecuaria. Aprovechando que el pósito ofrecía crédito en grano a un interés razonable, aunque algo por encima del que se había consolidado en el mercado rural del crédito en dinero, al que buena parte de la población no podía concurrir a falta de patrimonio que actuara como garantía hipotecaria, se arriesgaba a promover su propia modesta empresa y garantizarse la despensa de pan del año. Como carecía de medios para dedicarse a la actividad agropecuaria, recurriría, para atenderla, a los campesinos, que vendían sus servicios.
Aunque no eran la parte más significativa del orden a la que podía dársele alas, es muy probable que muchos de los activos en otras ramas, de las más diversas dedicaciones, sumaran al menos la décima parte de las explotaciones que cada año se emprendieran. Su inexperiencia, quizás aún más sus débiles conexiones con aquel mundo, los obligaría a cargar con las tierras de peor calidad, las propiamente marginales, cuyos bajos rendimientos, aun siendo los inferiores, apenas repercutirían en los mercados de la tierra o del trabajo. Para sus promotores serían una renta en especie suplementaria.
Pero la masa de quienes dispusieran de ganado de labor, si decidieran promover su propia empresa valiéndose del crédito en simiente, competiría por las tierras de costos más bajos. El ruedo, espacio inmediato a las poblaciones, era el área de cultivo más codiciada por las empresas menores. La escasa distancia que era necesario recorrer cada día de trabajo incrementaba el valor relativo del tiempo neto disponible y reducía todos los costos en los que mediara el movimiento. El efecto sobre el precio del suelo era el contrario al deseado. Las tierras de ruedo, fragmentadas en parcelas de pequeñas dimensiones, eran las que en cesión alcanzaban los precios más altos por unidad de superficie.
A partir de los ruedos, en coronas sucesivas, cuyo centro eran las poblaciones arraigadas, las explotaciones menores se iban dispersando hasta un radio máximo de cuatro leguas, límite en parte consecuencia de la cantidad de tiempo que sería necesario invertir en los desplazamientos desde el centro donde se tuviera radicado el hogar; fácilmente comprensible si se tiene en cuenta que convencionalmente una legua se recorría en una hora; en otra proporción resultado de la competencia con las poblaciones circundantes por el espacio cultivable. El primer obstáculo podía ser parcialmente sobrepasado con la erección de un hábitat unitario provisional, hábil al menos para hombres, con muro de tapia y cubierta vegetal, similar al cottage que describen los textos franceses y anglosajones, radicado en la parcela de trabajo. El segundo lo amortiguaban las enormes distancias y las amplias bandas de espacio desierto y sin roturar entre términos.
Esta masa de aspirantes a explotación propia, campesinos genuinos gracias a su capital ganadero, podía acceder cada año a la parcela que la permitiera valiéndose de las cesiones. De todas la modalidades de acceso a esa clase de tierra, la más asequible era la que aprovechaba la fragmentación de una gran unidad de producción, a su vez obtenida mediante arrendamiento en buena parte de los casos, para a su vez subarrendarla a quienes tenían estas aspiraciones. La competencia por obtenerlas podía llegar a ser tanta que la adjudicación debía recurrir al sorteo, procedimiento regular cuando se trataba de tierras públicas, cuyos gestores se veían obligados a representar de este modo la ecuanimidad. Es fácil colegir que de estas tensiones igualmente resultarían interesantes incrementos de los precios del suelo.
La obra posibilidad era alojarse como huésped, también por vía de subarriendo, en una gran explotación, a su vez nutrida por una o varias de las grandes unidades de producción, fuera cortijo o dehesa, que en su favor había ido decantando el dominio sobre la tierra. Era frecuente que los mayores labradores, los responsables de las explotaciones de grandes dimensiones que imponían su orden o sistema a la producción del trigo, reservaran una parte del espacio de las magnas unidades bajo su control para que fuera explotada en pequeñas parcelas por campesinos. Probablemente, en estos casos siempre habría algún grado de intercambio simbiótico. Al cedente o labrador podría interesarle, según su criterio, por ejemplo roturar una parte del espacio de sus tierras sin cultivar, porque hubiera permanecido en ese estado varios años por cualquiera de las causas que aconsejaran dejarlo al margen, sin hacer frente a los costos directos de una operación que requería el gasto de energía más alto. El ganado del campesino sin tierra, en ese caso, podía ser un recurso idóneo. Bastaba alojarlo en la explotación y disponer de él indirectamente. El producto que el campesino obtuviera de la puesta en cultivo de aquel espacio sería la remuneración de su trabajo y el labrador, al final de la campaña, obtendría una tierra de rastrojos apta para a partir de ese momento ser reciclada con regularidad en el ciclo de los barbechos de la explotación principal.
Se pueden imaginar decenas de intercambios energéticos entre labor y pequeña explotación conviviendo en un mismo espacio y útiles a las dos, aunque todas, inmediatamente, sugieren instantáneas que alguna vez se han descrito como propias de las relaciones de servidumbre. En pleno siglo décimo octavo, en cualquiera de los intercambios, mediaba su evaluación como renta propia, y en muchos casos hasta la respectiva denominación en unidades monetarias, lo que permite concluir que en todos los casos se trataba de un calculado flujo de intereses económicos entre las dos partes. Tampoco hay que excluir que esto hubiera ocurrido desde la baja antigüedad, cuando las relaciones que se llaman de servidumbre, cuyas raíces en la esclavitud no puede hurtar la palabra que para denominarlas ha prevalecido, habrían tenido su origen. Pero cualquiera de aquellos intercambios tampoco podría ignorar que la relación se anudaba desde posiciones desiguales, una subordinada y la otra supraordinada, decididas por la enorme diferencia entre los capitales con los que cada uno de ellos partía. El resultado invariable, en cualquiera de los casos, era que quien disponía de la masa preponderante del capital, el labrador, deducía del que fuera de los intercambios una renta a bajos, si no nulos, costos. Para que sucediera así el campesino tenía que renunciar obligadamente a una parte de su trabajo, independientemente de la forma a la que debiera atenerse para cederla.
Este lucrativo filón fue explotado por los labradores más avezados pervirtiendo los términos de la relación. En las grandes explotaciones se había consolidado la costumbre de completar la remuneración de los máximos responsables de los trabajos sobre el terreno, cuatro o cinco trabajadores cualificados que eran contratados por todo el año, con una pequeña explotación similar a las que acabamos de analizar, como ella alojada y huésped de la principal; un concepto de la remuneración de sus respectivos trabajos que se sumaba a los comunes, que eran, como sabemos, el dinero y la comida diarios.
Como aquellos trabajadores dedicaban todo su tiempo a la explotación para la que habían sido contratados, o labor, por la que eran convenientemente remunerados con sus ingresos regulares, el trabajo que necesitaran las respectivas pequeñas parcelas que suplementaban sus rentas, aunque lo ejecutaran ellos mismos en alguna parte, puesto que ya había sido comprado mediante contrato, era conceptuado como servicio que prestaba el labrador a tan selectos trabajadores, tal como los servicios que normalmente se prestaban en aquel extenso mercado agropecuario, y como tales debían pagarlos quienes se beneficiaban de él; a lo que era necesario sumar el precio de la cesión de la tierra cultivada en su beneficio, que como cualquier otra cesión alojada tenía su precio en su mercado. Ambas cantidades el trabajador agraciado con aquel generoso suplemento las abonaba con el ingreso en dinero de su remuneración regular. Antes de liquidarla se le deducían, y a cambio, además del neto en dinero resultante, recibía la cantidad de trigo correspondiente al rendimiento medio por unidad de superficie de toda la explotación aplicado a la extensión de la parcela que hubiera recibido como recompensa. De esta manera, en realidad una venta forzada del producto de la explotación donde había trabajado, conseguía su propio almacén de trigo.
Tan viciada manera de proceder solo se sostendría por el valor que se concediera a disponer de una reserva de trigo personal. Si el objetivo de los labradores que alentaban esta práctica hubiera sido liberar del precio del trigo al costo del trabajo, habrían prescindido de la comida como concepto de las remuneraciones de sus trabajadores más cualificados. Pero no fue así. Todos los trabajadores, incluidos los que eran remunerados con una pequeña explotación bajos aquellas condiciones, siguieron recibiendo su comida diaria como parte de su paga. Habrá pues que reconocer que si se mantuvo la explotación mínima de cualquier clase tuvo que ser porque para todos, para los trabajadores de primer orden, pero también para los campesinos, alojados en grandes explotaciones o promotores de sus pequeñas explotaciones autónomas, e incluso para los activos de otros sectores que aun careciendo de medios se afanaban por disponer de su propio almacén de trigo, garantizarse este ahorro en especie debió convertirse en algo más que una decisión racional. Quizás estuviera más cerca de un conjuro, a cambio del cual se alejaban del hogar las amenazas de las carencias de un alimento que las costumbres seculares habían sacralizado. Es verdad que los más conocidos cambios de humor de los precios del trigo podían convertir aquellas sombras amenazantes en algo más que un fruto de la imaginación. Pero también es cierto que los procedimientos comerciales que se habían ingeniado al calor de las tensiones de aquel mercado, para mediados del siglo décimo octavo, reducían las amenazas al desabastecimiento del trigo a sus justos términos lucrativos. Cuando la caída de la producción era una evidencia y los precios del trigo efectivamente se disparaban, las importaciones de choque, convenientemente subvencionadas con los ingresos públicos, ya de la corona ya de los municipios, recuperaban el abastecimiento y de paso aseguraban el negocio a los acaparadores de grano, expertos en estos movimientos de la mercancía en masa, a la distancia que fuera y con las mediaciones comerciales convenientes.
La expansión del mercado del trigo, desde que en 1750 se ensayaran en el sur las primeras medidas que poco después consolidaron su comercio abierto, ensancharía el horizonte de la comercialización de su producto a las grandes explotaciones, hasta el punto que las relevaría de la sujeción a sus limitados mercados locales. La oportunidad que así quedara desvalida pudo ser rentabilizada por los modestos productores de trigo, los que se afanaban cada año en disponer de sus pequeñas explotaciones. Es posible que el volumen de todo su producto tuviera capacidad para llenar ese vacío, y también es posible que esa sea una parte de la explicación del fenómeno más llamativo de los que suceden a la viciada situación crítica vivida en 1750, la expansión de los pósitos meridionales en un grado hasta entonces desconocido.
Sostenidos por los municipios, bajo la supervisión de la autoridad regional, alentaron la inversión imprescindible, la que era necesario arriesgar en el trigo que se sembraba. La administración, que consideraría las ventajas públicas de tomar una iniciativa así, decidió cargar con la obligación de colmar este hiato y cargar a sus ingresos el gasto. A partir de 1750 el pósito municipal garantizaría a los interesados en promover su propia explotación el trigo que necesitaran para sembrarlo, y las explotaciones más modestas correspondieron convirtiéndose en sus clientes preferentes y casi exclusivos. Cualquiera de los más discretos proyectos estuvo en condiciones de prosperar. La subvención pública, quizás mejor señorial, en la medida que los municipios eran señores para el área de su dominio o término, implícita en la titularidad enajenada de aquellos institutos, evidencia un interés directo en que las empresas de los campesinos persistieran. ¿Por qué, si su fuerza siempre fue excedentaria, y hasta prescindible; si su capacidad productiva amenazaba con saturar los mercados y provocar el hundimiento de los precios que aseguraban excelentes beneficios a poco que el producto tasado, y convenientemente almacenado, se moviera por los circuitos que la especulación creía correctos?
Si se insistió en la promoción del campesinado, poseído por sus aspiraciones al enriquecimiento personal y sus obsesiones por el almacén propio, debió ser porque fuera útil al orden en el que los labradores, bajo cuyo control habían quedado los municipios, tenían asegurada la posición de dominio. Una masa de campesinos, que permanentemente demandaba, para explotarla en cantidades discretas, más tierra de la que estaban dispuestos a sacar al mercado quienes la acaparaban, porque la habían tomado en arrendamiento en cantidades solo al alcance de unos pocos inversores; que disponía de medios de trabajo que sobrepasaban los que pudieran necesitar los predios que se pusieran a producir; era una oferta de trabajo condenada a cotizar a la baja mientras se mantuvieran aquellos parámetros. Su trabajo no era cada vez más barato porque se hubieran emancipado de una forma de remuneración, y por sus medios hubieran decidido asegurarse el mínimo de subsistencia. Lo que hundía su valor era su magnitud, excesiva, que los precipitaba a trabajar por debajo de los costos y a la extinción. Para sobrevivir, en un mercado que fácilmente se saturaría del producto, tendrían que optar por vender sus servicios, si querían completar sus rentas, puesto que los ingresos posibles que les proporcionara el trigo, una vez satisfecha sus aspiración a la despensa propia, o porque sucumbieran a la tentación del mercado y la agotaran, tenderían a insuficientes. Si esta posibilidad les faltara y les urgiera disponer de renta, para ellos solo quedaría liquidar su ganado de labor, el capital que les aseguraba su condición y que, una vez perdido, los reducía a la condición de asalariados. A partir de aquel momento, estarían más cerca de trabajar por un ingreso cercano al costo de la comida, al que el estilo de cortijos, calculador y eficiente, no había querido renunciar; si el valor nominal de la parte de los jornales liquidada en dinero se estancara.
En la medida en que quienes tuvieran capacidad para prolongar indefinidamente aquel estado, sosteniendo año tras año el mercado de los créditos en especie, al mismo tiempo tuvieran intereses en las grandes explotaciones del monocultivo, se podría estabilizar aquel progresivo y seguro declive del precio del trabajo que tanto podía descargar sus costos. Su éxito sería tanto mayor cuanta mayor capacidad tuvieran para moderar la cantidad de espacio que cada año se pusiera en cultivo. Limitarlo equivaldría a garantizar la reserva de trabajo que cotizaba a la baja, incluso si su costo, por masificación de la oferta, retornara a quedar mayoritariamente expuesto a las oscilaciones de los precios del trigo. En esos casos el mismo pósito sería suficiente actuar como amortiguador de los excesos.
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