Mishail Abí. 4
Publicado: octubre 3, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
Pero estalló la revolución, frívola criatura de voracidad imprevisible, que tanto puede deglutir cualquier patrimonio como morir de inanición, como la amante caprichosa dotada de un criterio tan inestable como su humor. Por esta vez, por suerte, los manuscritos de los mauristas escaparon a sus ansias. Entre 1795 y 1796, pasados ya los tiempos terribles de la Convención, la biblioteca entera de Saint Germain des Pres pudo ser trasladada a la Biblioteca Nacional francesa sin novedad.
En apariencia, el mal momento se había superado y todo había quedado a salvo. Pero un buen día vino a descubrirse algo no exactamente sorprendente. Durante los años inmediatamente anteriores, en aquella época de desorden que luego pudo acotarse entre 1789 y 1794, la valiosa biblioteca benedictina había sufrido pérdidas. Algunos de los manuscritos procedentes del viejo monasterio de Corbie, el más valioso de los legados acumulados por los mauristas, habían desaparecido, y, lo que para nuestro caso es más notable, también había perdido la mayor parte de la colección procedente de Seguier.
Pasa con las amantes de fábula que satisfacen su capricho con un licor exótico, alguna joya, entre risas estentóreas nada fáciles de explicar. Antes, por insidiosa recomendación de un casi desconocido, de las manos del insensato habrá arrancado un documento de nulo valor para ella que entre sí los bancos en cadena descontarán. El hombre sin seso terminará arruinado, ella cargará con la culpa del desastre y en la sombra permanecerán los que de cualquier forma habrían ganado, sonriendo satisfechos porque en un tiempo récord lo consiguieron todo, simplemente trastocando las apariencias y dejando que los hombres fueran embaucados por sus suposiciones. Así ocurre en las circunstancias en las que el desorden social seduce a los apasionados revolucionarios. Nunca faltará quien disuelva en la estupidez hasta su sombra, y acogido a los rincones fuera de la luz del caos haga a la humanidad el gran favor de salvarse, llevando consigo cuanto es digno de ser conservado.
Hasta ahora la historia completa de la desaparición de los manuscritos de Saint Germain no es que haya dejado de ser escrita. Pero una versión de efectos convincentes aún no ha sido leída. Solo se ha aceptado, como transacción de alguna certeza, que aquel expolio tuvo lugar durante el año 1791, tercer año de la revolución, celebrado por ser el primero constitucional. El hecho de que muchos de los manuscritos antes pertenecientes al fondo abacial hayan conservado huellas de fuego para algunos es indicio incuestionable de que las circunstancias de aquella desaparición fueron violentas. No es un testimonio suficiente. Antes parece una forzada insinuación circunstancial para desalentar los deseos de los indagadores menos exigentes. Muchos estarían dispuestos a admitir la prueba por concordancia de las apariencias, y muchos también han sido los que achacaron al desorden y a la ira de la gente sin control cuanto se podía adjudicar a su descuido, al estado de abandono en que mantuvieron tan frágiles bienes llevados hasta su tiempo por una pesada cadena de siglos.
Sea o no acertada la valoración de la circunstancia, para explicar el extraño circuito recorrido por muchos de ellos desde el momento de su desaparición y su paradero final hace falta más. Por los más perspicaces alguna vez se ha revelado, por desgracia en textos aparecidos en revistas de escasa difusión, y aun así de forma anónima, que otros manuscritos procedentes de lo de Seguier y que habían estado en Saint Germain, sin rastro alguno de fuego, habían sido encontrados en lugares poco edificantes, desde luego sorprendentes. Con seguridad, ya en el siglo XIX fueron identificados seis, arrumbados en un almacén de los muelles de El Havre. Hecha averiguación por su perplejo descubridor, cuya descendencia ha conseguido conservarlos hasta hoy como precioso patrimonio de la familia, supo que hasta allí habían llegado calzando un envío de ricos tapices, igualmente extraviados con ocasión de los acontecimientos revolucionarios.
Pero la mayor parte de los manuscritos desaparecidos al parecer se movió poco. Ni siquiera llegó a salir de París, y pasó los desasosegados días de las revueltas en un tranquilo y apartado rincón, a recaudo de las desbordadas calles sin gobierno. Adonde los rayos del sol no alcanzaban ya estaban en 1792 y, he aquí lo que es más difícil demostrar, aunque no sorprendente ni inexplicable. No se sabe bien cómo, muy poco después, casi todos estaban en manos del secretario de la embajada rusa en la capital francesa, el intrigante y astuto Pedro Dubrovski, algo más que un diplomático.
Representaba este Dubrovski, como una parte de la protección que era debida a la delicada posición en la que el gobierno ruso lo había colocado, y aun mantenía, para el desempeño de encargos tan preciosos que obligaban a que en él fuera depositada toda la confianza –incluso ignorando sus actos– ser otro insaciable y voraz coleccionista, especialísimo apasionado por los manuscritos antiguos. Fue su inagotable capacidad de maniobra, unida a sus proclamadas inclinaciones, las que le valieron, en aquellas desordenadas circunstancias, la parte más valiosa de los manuscritos depositados en la abadía de Saint Germain des Pres, entre los que estaban los de incalculable valor procedentes del viejo monasterio de Corbie que también momentáneamente habían desaparecido, la base sobre la que los benedictinos pensaban consolidar sus ambiciosos proyectos historiológicos. Para completar tan preciosa coartada, así como el premio material a sus ocultas excelentes gestiones, todavía sumó al patrimonio documental adquirido en París una parte de los archivos de la Bastilla, también arrojados a la calle por las gentes enloquecidas que asaltaron la fortaleza de la festiva revolución y destrozaron sus instalaciones.
Dubrovski concluyó sus servicios inestimables de representación diplomática antes de que terminara el siglo, y regresó a San Petersburgo en 1800. Por entonces empezaba la Biblioteca Pública e Imperial de aquel sueño urbano, como en sus inicios estaba la ciudad misma, tan joven que aún no había alcanzado el siglo de existencia, un tiempo que para la ciudad que aspiraba a ser una capital de primer orden apenas equivaldría al de la infancia. En 1800 allí todo era reciente, y la colección de libros iniciada en ella lo era aún más. Los comienzos de aquella institución, la que debía conservarla, habían ocurrido a finales del siglo XVIII, cuando Catalina la Grande quiso fundarla con un lote inicial procedente de Varsovia, donde los hermanos Zaluskie habían creado una importante biblioteca. Habían conseguido reunir unos 250.000 libros hasta el momento en el que les fueron incautados por las tropas rusas, que finalmente los trasladaron desde Varsovia a San Petersburgo en 1796, el mismo año de la muerte de la emperatriz.
La mayor virtud de aquel enorme lote fundacional era que reunía fondos ricos en textos escritos con las lenguas de los países de Europa occidental –aparte los libros polacos, naturalmente los más numerosos–, algo especialmente estimado en la Rusia de aquellos primeros días de aquella capital. Con los textos en francés, y aún más si habían sido escritos por franceses, vino a desencadenarse en el más melancólico y alejado observatorio del mundo civilizado un apasionado universo imaginario más vigoroso que cualquier realidad, similar al que pasados los siglos ha originado en tantos lugares el inglés. Pero la pobreza en libros rusos de que adolecía en origen la biblioteca imperial causaba sonrojo; y, si bien estos podían ocupar entonces un lugar secundario en la estimación de los rectores de aquellas tierras enormes de fronteras imprecisas, con buen criterio consideraron que no era justo que lo más inmediato fuese, por un injustificable desprecio, alejado tanto que fuera perdido de vista.
Para compensar el defecto de libros, manuscritos o impresos escritos con la lengua evangelizadora de los eslavos, ya en Rusia la biblioteca Zaluskie, fueron utilizados dos procedimientos. El primero, común y muy eficaz, pero que para que rinda beneficios necesita décadas y décadas, fue concederle a la que ahora empezaba el depósito legal. Pero para conseguir pronto los efectos deseados sobre todo le fueron agregadas colecciones personales, la mayoría adquirida por medio de compra en el interior del país. Fue este último el medio más eficaz para incrementar en poco tiempo los fondos en lengua vernácula.
Sin embargo, para elevar la nueva biblioteca al lugar desde donde quería exhibirse, hacia el que tendría que levantar su rostro el que tuviera que admirarla, juzgaron sus promotores imprescindible engrosar sus fondos con obras procedentes del exterior occidental. La colección más estimable de cuantas pudieran representar tan exclusivo papel era, sin ninguna duda, la formada por Dubrovski. Había viajado con él desde París a San Petersburgo, no sin sufrir algunos contratiempos en el largo trayecto, entonces interceptado por innumerables fronteras y un número muy superior de sables. Inicialmente, su poseedor había planeado un sereno traslado de todo el lote desde los muelles del Sena, que efectivamente habría resultado más ventajoso, y cualquiera habría creído regular. Pero las amenazas del bloqueo, más las azarosas oscilaciones de la guerra, que entonces había tomado el mar como campo de batalla, le obligaron a optar por un penoso viaje por tierra. Tuvo que eludir vías de primer orden, descender hasta latitudes poco prácticas pero sosegadas, sobornar y mentir, engañar, en ocasiones afrontar el asalto de los ladrones que eran mantenidos por los bagajes. Gracias a esta estrategia, la peregrina caravana de los manuscritos pudo arribar a las orillas del Neva sin más novedad que algunos animales muertos, otros seriamente estragados, desperfectos en lanzas, ruedas y piezas menores de los carros, y algún herido entre los soldados de confianza, que sobornados con largueza en traje de civil hubieron de cruzar Europa, más de norte a sur y de sur a norte que de oeste a este; pero sin que daño digno de mención hubiera alcanzado a los preciados materiales que transportaba.
Amagó Dubrovski entonces con la institución de un gabinete de lectura abierto al público, sostenido a sus expensas, para su beneficio exclusivo y deleite reservado a sus usuarios, donde la valiosa copia de ingenio por él acumulada pudiera ser admirada. Era el penúltimo monólogo del papel que debía representar, el forzado epílogo previo al final apoteósico que del fiel servidor había de esperarse. En los planes de Catalina jamás hubo lugar para que a los ojos rusos la grandeza hubiera de ser representada más allá de donde su poder alcanzaba. Tampoco es obligado coronar la ambición con el desprecio cuando el apetito puede ser colmado si se sabe mantener la boca cerrada. Al contrario, conoce quien gana poder mayor deleite en el ejercicio de la magnanimidad, virtud que le es exclusiva. Y con la cuidada elegancia que adorna las más ordenadas cortes dejó la administración rusa que las cosas terminaran por parecer lo que debían, que fuera el inapreciable y querido Dubrovski el exclusivo encargado de redondear y rematar sus muchos, valiosísimos e impagables servicios. En 1805, en un acto de generosidad que a todos sorprendió, el antiguo secretario de embajada decidió donar al gobierno ruso toda la colección de los manuscritos que había reunido; con una sola condición, en realidad casi una caída sentimental: que fuera depositada en la biblioteca imperial que se estaba formando, para contribuir a su engrandecimiento y así a perpetuar la memoria de quien la promovía. Así fue aceptado por la administración del momento, en nada quedó modificada su voluntad.
En reconocimiento a tan especial donación, todos los valiosos manuscritos serían marcados con la inscripción Ex museo Petri Dubrovski. Pidió ser él quien con su propia mano así los identificara, para de este modo unir su caligrafía, como colofón testamentario, a los trazos salidos de las manos más cotizadas de la cultura occidental. Así le fue concedido y todos han conservado el delicado testimonio de su mano generosa, como reliquia de la más noble lealtad, distintivo que a los ojos de cualquier lector no solo los identifica sino que los engrandece.
Además, Dubrovski obtuvo del gobierno, como justa compensación a sus inestimables servicios literarios, un nombramiento vitalicio como conservador de la soberbia biblioteca donde su colección había quedado depositada, y que aquel abnegado cargo estuviese dotado con una modesta pensión, que sin embargo le permitiría vivir con desahogo el resto de sus días; una merecida y justa recompensa a una vida dedicada al servicio de la administración en sus más delicadas y secretas vertientes. De este modo tan imprevisible las equívocas palabras fueron el mejor reconocimiento a quien tendría que permanecer en silencio hasta el fin de sus días.
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Publicado: junio 28, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
La notable reputación de Seguier, pasado el tiempo de su vida, no solo fue consecuencia de su fervorosa entrega a la persecución y a la tortura. Siguiendo cierta inclinación simultánea, y no obstante paralela, a menudo una virtud que a esta clase de hombres completa tanto como sorprende, se dio a la colección de obras antiguas impresas y manuscritos de desigual valor literario. Pudo parecer en algún momento que su ingestión voraz de creaciones del ingenio humano tenía su origen en un lugar común a las dos incitaciones que daban fe de su alma única, la sanguinaria y la letrada, aquel donde arraigó la extraordinaria naturaleza de su ser. Sin embargo, ahora resulta más plausible que en su caso las letras fueran almacenadas para que actuaran como el agua, para que limpiaran las manchas de sangre vertida por su causa. Tanta vida ajena dejó la última señal de su existencia sobre las manos del canciller que la colección de libros, más que un arroyo, tuvo que ser un río caudaloso.
El marcado contraste de los actos de su vida, relatados a su iniciativa, invita a pensar en una dirección más elevada. En el transcurso de su tiránica expedición a Normandía, en medio del terror y de las ejecuciones que durante el día daban luz a su vida, encontraba tiempo para visitar a los más oscuros libreros de viejo, para buscar en lugares apartados del trato con los mortales preciosos manuscritos. Así lo quiere su diario de aquel viaje, escrito por un funcionario bajo sus órdenes, el dócil y leal Verthamont, para quien la cesión de su nombre fue toda su gloria.
No hay por qué dudar de que Seguier llegara a ser un hombre refinado y de alta formación. Los más grandes aman lo más grande. Son conocidas sus inclinaciones hacia la filosofía y por lo que entonces llamaban antigüedades, y hasta sintió atracción por la seductora paleografía, un juego para adultos tan inofensivo como los pasatiempos. Fue un significado amante pasivo de la nueva ciencia, entonces apenas brotando del racionalismo restaurado, y por eso cofundador, con Richelieu, de la Academia Francesa, de la que además fue un calificado protector oficial, munificencia que no impidió que fuera uno de sus más activos miembros de los orígenes.
La deliberada ostentación que durante toda su vida hizo del deseo de formar una gran biblioteca tuvo su más alta expresión en el acopio de raros manuscritos, tanto más apreciados cuanto más raros, libros extraños para todos, no tanto para él, que los apreciaba tanto que los hizo encuadernar sin reparar en gastos. Tanto los amó que para ellos hizo construir una galería, que a la vista de quienes tan alto y tan cerca de él lograban llegar no ocultara la que podía ser la mejor prueba de sus pasiones. Según el inventario redactado a un mes de su muerte, aunque todavía en 1672, luego, en 1686, publicado como repertorio con vistas a la venta de los volúmenes, en la misma París, tras el título Catálogo de los manuscritos de la biblioteca del difunto monseñor el canciller Seguier, solo la colección de los manuscritos estuvo organizada en cuatro series: contemporáneos, latinos, griegos y orientales.
La parte de los contemporáneos estaba formada con los que en origen habían sido los archivos personales de quien ejerciera los cargos de ministro de justicia y canciller. Todos utilizan el francés como medio de expresión. El resto es la colección que su dueño había ido formando mediante adquisiciones hechas en los lugares más escondidos, y cuya procedencia no siempre es posible decidir. Que hubiera en ella secciones griega y latina parece obligado en un hombre de su cultura, y que hiciera colección separada con los manuscritos orientales tampoco sorprende. Era algo hasta cierto punto frecuente en las mejores colecciones de aquel siglo. Pero en este último caso el criterio de segregación es solo temático. Casi nulo era entonces el conocimiento que Europa había elaborado de las antiguas lenguas de oriente. De hasta dónde había llegado, una prueba había entre sus manuscritos, un ejemplar del que parece el primer relato occidental de la escritura cuneiforme de Persépolis, copia del texto en origen escrito en latín por García Silva Figueroa, embajador español en Persia. Una primera edición de aquel texto, con el título De rerum persicarum epistola, había aparecido impresa en Amberes el año 1620. Seguier debió hacerse con el texto conectando con una tradición paralela, manuscrita, aun así estimable. Incluso entre quienes han estudiado el retroceso, los hay que consideran que volver al manuscrito fue, en su caso, una decisión digna de su alta condición, porque quien la tomó optó por un diseño sin concesiones a la inspiración innovadora. Cada vino tiene su botella… y cada libro su formato, sentencia uno de los admiradores de sus rarezas bibliográficas, aun sin tomar en consideración su contenido.
Muerto el canciller, la viuda conservó durante años la biblioteca que había heredado en el estado en que su dueño la había legado.
Rige en los tiempos inmediatos a la muerte la dictadura de los objetos que fueron pertenencia del difunto. Su posición inalterada sirve a la idea de que prolongan su presencia, y sin duda son origen de retornos fantasmagóricos de quien ya ha desaparecido. El deseo ferviente de quien no se resigna a la pérdida vivifica los objetos inertes, a base de expectante contemplarlos con la mirada concentrada en ellos horas y horas, hasta que la fatiga lo vence. Cuando al fin a la conciencia retorna la certeza de que los cuerpos inanimados son por naturaleza inmóviles, ha pasado el plazo de respeto a la memoria del difunto que impone la ley de la naturaleza. Para la viuda de Seguier también cumplió este plazo, y sus libros empezaron a peligrar.
Había crecido entre los herederos la idea de vender la colección completa de los manuscritos a un solo comprador, no tanto por encontrar una oferta más respetuosa con ella cuanto por convertir todo aquel patrimonio, de una vez, sin más especulaciones, en dinero contante. La Biblioteca Real francesa ya había mostrado interés por ellos, por razones similares a las que al canciller lo habían llevado a juntarlos. Inmejorable oferta, imposible mejor comprador. Pero las cuarenta mil libras en las que los herederos, no tan urgidos por sus deudas como por su número, que las generaciones multiplican, valoraron entonces toda la colección parecieron un precio excesivo a la Casa del Rey y el traspaso no se consumó.
Quiso la suerte, después de este primer fracaso, que la biblioteca de manuscritos del canciller no fuera disgregada en lotes ni dispersada por pequeñas colecciones. Gracias a un azar favorable, pasado algún tiempo, correspondió toda su herencia a uno de los nietos de Seguier, el ilustre Henri-Charles du Cambout de Coislin, obispo de Metz entre 1697 y 1732. Mientras estuvo en su poder, atendió a la conservación y al cuidado que merecía el patrimonio recibido, velando en especial por que los preciosos libros de raro origen se mantuvieran reunidos. Tan firme voluntad obligó al obispo a serios dispendios en obras de estantería, así como para cubrir la nómina del personal experto que debía sostenerla en uso. Nada de eso fue obstáculo para que mientras viviera su propósito no sufriera desviación alguna.
Con ser muchos sus méritos, el mayor de ellos lo reservó para el último momento. Hombre en extremo previsor, guiado por el encomiable deseo de prolongar más allá de su muerte su virtud, antes de su fallecimiento, por medio de su testamento, tomó una decisión irrevocable. Acordó legar todo el tesoro bibliográfico que había recibido a la afamada congregación benedictina de Saint Maur, la institución entonces más cualificada para ser su dueña. Desde que la condujera Jean Mabillon, considerado por Richelieu el hombre más capaz de su tiempo, los mauristas llevaban décadas atesorando pacientemente en el monasterio de Saint Germain des Pres, en París, inestimables tesoros manuscritos de todas las épocas. Para 1732, esta congregación ya era un instituto de prestigio, más que por su esforzada religión por su virtuosa consagración a la búsqueda, estudio y publicación de documentos de alto valor histórico.
El establecimiento encabezado por Mabillon, durante el siglo XVII y primeros años del XVIII, ya había contribuido de manera decisiva a proporcionar sólidos cimientos al análisis crítico, fundamento del conocimiento histórico, al tiempo que piedra angular de la filología, la herramienta más estimable de los procedimientos de la nueva ciencia. Tan decisiva fue aquella contribución que el tiempo ha venido a demostrar que el camino abierto por Mabillon fue trazado por las únicas cotas por donde el tránsito era posible, y jamás desde entonces ha sido necesario retornar al origen del que se hubiera partido, ni volver la vista añorándolo.
A las estanterías habilitadas en Saint Germain des Pres fue llevada la colección de manuscritos del canciller Seguier durante 1735, a excepción de un pequeño lote previamente desprendido y de escaso valor, insignificante para el asunto que nos ocupa. Y allí, durante años, fue conservada con la dedicación y el cuidado que merecía.
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Publicado: mayo 26, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
La mejor creación de Mishail Abí, sin embargo, no debe buscarse entre las piezas por él fundidas, ni es necesario especular cuál pudo ser la primera, si el altar, la tribuna o el mar. De una parte de las fuentes se deduce que su mejor producto fue el sentido que diera con sus obras al atrio de los sacerdotes. Gracias a que aquel lugar fue su destino, conseguiría representar en el lugar sagrado las cuatro sustancias elementales de la primera física.
La tribuna, asentada sobre su sólido zócalo de bronce, representaba la tierra, el bien gracias al cual los hombres confiados a la vida pasiva ganan su identidad, valor al que delegan sus esfuerzos, materia sensible que entre sus manos les permite satisfacerse con el pulso que los verifica vivos, dominio sobre el espacio que les confiere derechos y vía que, emprendida, porque se prolonga insobornable, les proporciona la seguridad de un orden infinito; materia que emerge en cualquiera de los actos de los pueblos que para regular sus relaciones, porque han pasado el umbral de la agricultura benefactora, que los consagra productores, han debido radicarse. La tierra es la fuente de donde mana cuanto existe, y el abismo al que finalmente se precipita quien vive, lo que come, el lugar que habita, su cuerpo exánime y vacío. Toda la experiencia de los antepasados en la tierra yace disuelta, y de la tierra se levanta como los cuerpos desahuciados de sus tumbas. Nutre cuanto existe y da cobijo a cuanto se extingue; poso de sedimentos transgresores, férrica masa, fluido que las corrientes perezosas empantanan, destello de la cal, corrosión de la roca que nutre el metabolismo radicular.
Así fue teorizado por Mishail Abí, tal como puede leerse en una versión de sus textos originales que lamentablemente escaparon a la perspicacia de la crítica y cuya autoría sin embargo es discutida. La copia del manuscrito en la que está basada la edición que seguimos procede de la que hoy es la biblioteca principal de San Petersburgo, una de las más sólidas instituciones dedicadas al cuidado del libro en el mundo. Es una sencilla y buena versión de un original remoto, cuyo rastro debió perderse mucho antes de que existiera la lengua en la que fue escrita. Pudo ser uno de los primeros que usara el alfabeto, aunque para expresar el mismo viejo idioma de la Mesopotamia primera, elevado a modelo para la expresión escrita en donde sería levantada la definitiva e irreversible torre de Babel. El autor de la copia escribió su francés con una letra caligráfica clara, aunque tardía, hace más de trescientos años, desde luego en el transcurso del siglo XVII.
Perteneció aquel traslado a los archivos del canciller Seguier. Basta la mención de esta circunstancia para tener una idea precisa de sus características externas, y hasta de sus rasgos de estilo, lengua e incluso ortografía. Porque en las colecciones de textos de aquel hombre, pieza angular de la administración francesa por razón de sus cargos, convergen variantes ortográficas locales y modismos de región tan reconocibles como útiles para una precisa deducción externa. Tan característicos son que pueden asegurar hasta un grado de precisión sorprendente cualquier conjetura deducida de la forma de la expresión escrita; tanto que hasta un analista poco experimentado podría juzgar.
Aquellos documentos luego formaron parte de la colección de autógrafos y cartas llamada Dubrovski, una sorprendente concentración de lo que estuvo disperso cuando hace un siglo todo tendía a descomponerse; la misma que durante el frívolo tiempo soviético de la historia rusa, versión política de las caprichosas vanguardias, fue clasificada en el departamento de manuscritos de la que por aquellos felices tiempos de seguras convicciones debió cargar con el nombre de Biblioteca Gubernamental Pública Saltikov-Chtedrine de Leningrado.
Es oportuno aclarar origen e historia de la colección que formara Seguier con cuantos detalles hemos podido reunir; lo que es posible, al menos en parte, gracias a los materiales refundidos por L. D. Delisle, autor de una obra que tituló El gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional, un completo trabajo que como obra definitiva apareció en París en el transcurso del año 1874.
La historia conocida de los manuscritos arranca del propio Pierre Seguier, el canciller Seguier, eminencia gris de una época en la que las decisiones que afectaban a todo el mundo se tomaban en París. Vivió entre 1588 y 1672, y desde su nacimiento su carrera estaba decidida. Habría de satisfacerse con la alta burocracia parlamentaria, la magistratura pretoria de la administración gala moderna. Fue suficiente para que llegara a ser uno de los hombres de estado más importantes de su época, porque en la organización gubernamental de aquel siglo de grandeza, primero bajo la dirección de Richelieu y después a las órdenes de Mazarino, ocupó el lugar inmediato al primer ministro. Reunió las dos responsabilidades de gobierno más eminentes, ministro de justicia, cargo para el que fue nombrado en 1633, y canciller de Francia, una responsabilidad que, sin que dejara de ser compatible con la que antes había adquirido, desempeñó a partir de 1635. Gracias a aquella acumulación de confianza, durante cuarenta años ocuparía el centro de la política francesa, y viviría seguro entre los que tenían las más altas responsabilidades y el mayor poder. Personajes de tanto nombre como el propio Richelieu o Luis XIII, el mismísimo Luis XIV, Mazarino, Ana de Austria o Colbert le otorgaron su confianza. De su valía personal y de su capacidad para responder a tantas obligaciones, así como de su enorme poder, da finalmente idea el siguiente hecho. Cuando Seguier murió, Luis XIV, el gran Luis XIV, se vio obligado a separar los dos cargos que el excepcional hombre había desempeñado, y por necesidades del oficio público otorgar cada uno de ellos a una persona distinta, momento a partir del cual jamás volvieron a unirse.
De las altas responsabilidades recibidas, la de mayor peso fue la cancillería. En aquella administración, el canciller hacía de jefe de la política exterior. Seguier, por esta razón, fue acumulando en sus archivos documentos sobre las relaciones que la gran potencia continental del momento mantenía con las que solo podían aspirar a emularla. De la enorme trascendencia de aquellos documentos da idea que todo lo relacionado con la guerra, que entonces era la de los Treinta Años, entre otros incursos en la materia exterior, eran motivo de su discreta atención.
Pero Seguier prefirió concentrarse en los asuntos internos por razón de la jefatura suprema de la justicia, cargo menos honorable pero, por conjetura deducible, más recompensado. A consecuencia de esa responsabilidad era el jefe de los organismos centrales de la potestad que sobre todas distingue a la realeza, y por tanto de cuantos como intendentes delegados regían los tribunales en las provincias. Por la misma razón, asimismo, era el director de todos los departamentos, gubernamentales o provinciales, que tuvieran el encargo de velar por el mantenimiento del orden. Toda la materia que afectara al recto gobierno de los súbditos del rey de Francia, tanto de justicia como la anterior de policía, era de su incumbencia, y en particular la información reservada que siempre debe conocer quien tiene que tomar decisiones políticas firmes y acertadas en las situaciones más comprometidas y a su debido tiempo. Era tan delicado cometido el que le obligaba a mantener expedita y fluida, veloz y reproductiva, una extensa red de corresponsales tendida sobre toda la superficie del estado.
En poco tiempo llegó Pierre Seguier a ser un conocedor proverbial de los asuntos internos, y a desarrollar, no puede asegurarse si en consecuencia o como origen, una extrema pasión por tan embriagante parte de sus responsabilidades, tanto que jamás lo extenuaba. Empleaba los más eficaces medios de información y espionaje a su alcance contra los conspiradores de cualquier signo sin parar en límite alguno. Reprimía con mano decidida –él mismo un látigo de acero con correas guarnecidas con púas– todo tipo de motín o sedición. Torturaba sin vacilar, si llegaba el caso, a los que permanecían sobrecogidos y mudos, días y días, en las cóncavas mazmorras de altas naves. Tan extraordinaria fue su fama como complacido cumplidor de su deber de policía que su nombre terminó cercado de una sórdida y absorbente sonoridad, como el negro nimbo que distingue al diablo. Durante mucho tiempo sería recordado como el implacable inductor de los más severos castigos contra la población civil amotinada. De todos, el que una fama más siniestra le valió fue el que durante unas pocas semanas descargó sin descanso contra los rebeldes normandos.
No sería imprescindible decir que por esta causa Seguier terminó siendo extraordinariamente odiado, si no fuera porque llegó a ganar un grado raro en la consideración de sus pertinaces malevolentes. Alcanzó a ser despreciado con la vehemencia que por alta y grande parece que puede llegar al cambio de estado, como la acumulación de calor que transustancia los líquidos; que hace que el odio, de ser natural gaseoso, porque es emanación de las pasiones, cristalice en fluido, y destile un venenoso humor vítreo que en quien lo concibe, a partir de aquel instante, inyecta la sentencia de muerte; licor vital que al tiempo lo sostiene y alimenta y lo mantiene entre los mortales activo solo para la venganza, deseo que contamina todo el cuerpo y va generando cada gesto y alienta el ser; tanto que, cumplida, quien lo produjera termina por no generarlo, decae y, si no muere, vegeta.
A partir de su gesta de Normandía, la presencia pública del canciller llegó a ser excepcional, desconfiado de preservar su vida. Fue una prudente decisión, porque el vapor que el odio destila el aliento de quien lo acumula lo difunde al aire en grado letal. A lo sumo, su presencia a los demás llegaba como la firma categórica que un asunto zanjaba al pie de un escrito. Cuando en 1648 estalló la Fronda, en cuanto la muta fue dueña de París, por todos los medios intentó celebrar un festín con el cuerpo del canciller servido en cuartos. Hubo preparadas ruedas y estacas con su nombre escrito, al tiempo que crueles homicidas levantaban corazones de funcionarios, siervos de los sacrificios, clavados en las puntas de sus picas al grito de ¡No hay fiesta si el corazón no la siente! Solo un azar benévolo, que actuó contra sus innumerables aspirantes a verdugo, le permitió prolongar su existencia.
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Publicado: abril 27, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
Con ser majestuoso el edificio, la obra de fundición que para el templo de Melqart hizo Mishail Abí por encargo de la República lo sobrepasó. Tantos fueron los bienes ofrendados, fundidos con tan enorme cantidad de bronce, que no se puede calcular su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que Adom Barek había atesorado para proveer a la fábrica. El obrador que debía moldearlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos ahora identifican con un yacimiento al este de la población que ha sobrevivido, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación. Además, todo lo consagrado, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años por Adom Barek, también fue traído por la República al templo y puesto en sus tesoros.
Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes Mishail Abí fundió el altar de los holocaustos, el mar y el dosel de las celebraciones.
El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa a la fábrica principal era el lado oeste, frente al pórtico, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que le daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental.
En la cima fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla, y en su parte más baja, con una depresión. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar. La parrilla que cubría el ara debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando, y la depresión, recoger la sangre que manaba de las víctimas. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo. Los restos que caían desde arriba luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Erik Magdal, habilitado a propósito para guardarlas.
Fue colocada en el ángulo sureste del atrio de los sacerdotes la segunda obra magna de Mishail el broncista, el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral a las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, debían representar quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.
No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquiliza al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se remita. Es tan indeterminado su enunciado que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre en innumerables ocasiones con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia desorientan a sus lectores. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando además el misterio aparente está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue cargando con el estigma de reservado.
Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, subrayaría las dificultades que se interponían en el que solo podía ser el tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era impenetrable. Lo haría atraído por la tentación permanente, mientras se cuenta, de alcanzar la lengua que se propone llevar al límite el alumbramiento de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Todo lo que había quedado ensombrecido era inservible. El origen de la oscuridad en la que se había encallado el relato pudo ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto, al que se aliaría después una secuencia de copias cada vez más alejada del sentido original de las palabras. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.
El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Mishail Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema un impúber, la víctima propiciatoria del holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Mishail hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que también debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas asimismo en una sola pieza. Las calabazas daban toda la vuelta al mar, a lo largo de los diez o doce metros del perímetro.
Descansaba el mar sobre doce bueyes o toros exentos, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio más reciente de los que ocupan la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios interiores: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden del espacio descubierto del santuario.
En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto. Aunque la tradición no lo reconoce como obra de nuestro excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. La República mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el ángulo noreste del atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada refutación; no incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Mishail Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.
No te fíes
Publicado: marzo 26, 2024 Archivado en: Dante Émerson | Tags: economía agraria Deja un comentarioDe la correspondencia de Dante Émerson
El diezmo, si no era tan antiguo como la agricultura, es probable que lo fuera desde que se normalizó la contabilidad decimal. A él recurrió la recaudación al servicio del erario imperial, alimentado por las provincias romanas. El que se impuso en el sudoeste, cuando en el siglo XIII fue transferido a la iglesia de los papas, ya cargaba con una infamante historia de corrupción.
No era su vertiente más deshonrosa la defraudación que ingeniaban los contribuyentes, múltiple, rica en recursos. La atención que le han prestado sus comentaristas y glosadores ha actuado como una cortina de humo. Su alcance era anecdótico, apenas un rasguño en la piel del Leviatán teocrático, si se compara con las prácticas de los interesados en su ingreso.
Sus recaudadores solían organizarse en consorcios que debían hacer frente a un cobro no tan complejo como extenso, y generador de un gasto anterior que era necesario sufragar con créditos. Conseguían cada recaudación previa subasta de su arrendamiento, un contrato que los comprometía a ingresar en las arcas del titular, cuyo gestor en cada comarca era el vicario de la iglesia romana, la cantidad que se les remataba. Así lo conectaban con el contribuyente, campesino de cualquiera de las clases, interesado en pagar lo menos posible.
Persistían en ciertas maneras de corromper la recaudación, las mismas que ya se frecuentaban en la antigüedad. Podían competir por el producto de una dezmería, por su calidad o por las ventajas de su comercialización, o porque fuera extraordinario el volumen de la cosecha o del esquilmo esperado. La pugna por adjudicárselo hacía que la cantidad comprometida cotizara muy por encima de la décima parte del producto debida por los contribuyentes. O, en el otro extremo, podían bloquear la adjudicación de una renta recurriendo al monopolio coactivo y demandándola en solitario, para que la cantidad comprometida quedara muy por debajo del valor del producto recaudado.
Pero la corrupción más común consistía en admitir dinero a cambio del producto debido, previa tasación. La tarifa, que en la práctica era precio al que lo recompraría el contribuyente, se decidía en función del costo del transporte del bien, encarecido por las distancias y las dificultades de cada trayecto. Se podía pactar en una cantidad que descontara, primero, los gastos itinerarios que tuviera que satisfacer quien debía pagar, la fracción menor del concepto, pero sobre todo los que cargaran sobre el recaudador. Mover el bien desde las áreas más apartadas cuando el recaudador era urbano, y sostenía su consorcio sobre su comercialización desde un centro distribuidor, fuera puerto o lugar de gran demanda, podía ser insostenible.
Cualquiera de las posiciones podía permitirse que el precio acordado fuera distinto al correspondiente a la calidad del producto a recaudar. El balance era satisfactorio para las dos partes. El contribuyente no tenía que deshacerse del bien, y el recaudador ingresaba una cantidad de dinero, útil para financiar cualquiera de sus operaciones.
El vicario, colaborador necesario en la corrupción, ingresaba la cantidad comprometida en la subasta, para que sustituyera a lo que había debido ingresar y no había recaudado, previo acuerdo con los obligados al pago, que habían adquirido el producto a recaudar en una operación comercial distinta, con ventaja para las partes. El bien que debiera ingresar el vicario lo suplantaban las sociedades de recaudadores recurriendo a distintos expedientes. Podían servirse del que tuvieran almacenado, proviniera de cosechas o esquilmos anteriores, del excedente ingresado en otro lugar, o de compra en otro mercado, fuera abastecido por una explotación vendedora o por el almacén de otro comerciante, de importaciones a las que hubiera tenido acceso, o porque al mismo tiempo fuera comerciante.
El vicario y los gestores episcopales del arrendamiento, los llamados hacedores de rentas, se protegían con las exigencias derivadas de la adjudicación por subasta, en las que delegaban su moral. Como el arrendamiento era una fórmula al amparo de la ley, ninguna responsabilidad se les podía exigir, salvo el haber impuesto un contrato que decidía sobre la renta ajena. Por el remate de la subasta tenían asegurado el ingreso de la cantidad que debía repartir entre los titulares de la renta, para los cuales, cualquiera que fuese el ingreso, era un beneficio.
Es fácil imaginar que con todos estos elementos se podían urdir combinaciones que disparaban la espiral del lucro. Cualquiera de las manipulaciones permitía que se comprometieran cantidades muy diferentes de las correspondientes al diez por ciento del producto con los titulares del diezmo, para que fueran defraudados o para que se convirtieran en felices cómplices del reparto del botín, una bastardía que era la responsable de incentivar la malversación.
Por eso insisto, querido Bartolomé, en mi llamada a la precaución, que no será la última. Nunca tomes como referencia del volumen de una cosecha la cantidad adjudicada a un recaudador como remate de una subasta, la cifra más visible de los registros diezmales porque era la única que ponía de acuerdo a todos. No tener en cuenta la distorsión múltiple que puede incluir ha sido la causa de sonoros fracasos, cuando no de fraudes académicos que han podido pasar desapercibidos.
La conservación del grano
Publicado: febrero 28, 2024 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
Que el trigo se mantuviera como un bien útil lo decidía sobre todo el tiempo atmosférico. Las condiciones climatológicas del sudoeste, en especial las altas temperaturas del verano, acortaban su supervivencia. El calor contribuía a la generación de insectos oportunistas, como la polilla o el gorgojo, los agentes vivos que con más facilidad se naturalizaban como parásitos en los montones de grano almacenado. Del calor se saltaba a la humedad de manera que esta podía generar los mohos que permitían que fermentaran.
Los medios para salir al paso de tantos contratiempos eran muy limitados. Se confiaban a lo que se resolviera durante el invierno, el tiempo que no creaba problemas de temperatura. En el sudoeste, la de los días más fríos era tan benigna como lo bastante baja para detener los procesos de transformación de la materia orgánica. Durante ese periodo, que correspondía a buena parte de las semanas de almacenamiento, si se limitaba al año de la cosecha, se trataba de eliminar cuanta humedad fuera posible.
Las condiciones con las que habían sido concebidos los soberados, habilitados, en las construcciones domésticas, lo más lejos del suelo que la arquitectura permitía, aportaban la ventilación necesaria para mantener el ambiente seco. Los convertiría en los lugares preferidos para almacenar. Si se dispersaba la partida en varias dependencias se evitaba la acumulación del grano en montones de tamaño excesivo, siempre propensos a la acumulación de calor y humedad. Pero ninguna de estas iniciativas tenía garantizados sus objetivos.
Desde hacía mucho tiempo, quizás milenios, en el sudoeste se recurría también al silo doméstico, habilitado bajo tierra, para guardar el grano, no solo porque localizaba el almacén en el mismo lugar donde se dormía, sino porque se podía cerrar herméticamente para evitar la entrada del aire que permitiera el desarrollo de parásitos. Pero podía ocurrir que en los años especialmente húmedos se perdieran decenas de miles de cargas del cereal que se hubiera almacenado en los silos. La capilaridad de las rocas más porosas destilaba la humedad que contaminaba el grano guardado. Ni siquiera la impedía combatirla, antes de almacenar el grano, con un riego de sus paredes y suelo con amurca, como recomendaba Columela. Además, la solución del almacén cerrado herméticamente tenía la desventaja de que obligaba a emplear de una vez todo el grano que se hubiera hurtado a la circulación, porque una vez abierto, cuando entraba de nuevo en contacto con el aire, se deterioraba vertiginosamente.
Pero el límite más severo provenía de los costos de su conservación. El cereal que se almacenaba en grandes cantidades requería mucho trabajo, tanto para su transporte como para oxigenarlo regularmente, más aún si se trataba de trigo de la mar. El efecto de la alianza fatal entre calor y humedad lo incrementaba el transporte por vías marítimas de longitud transnacional. El grano almacenado en la bodega de los barcos, como consecuencia de la acción combinada de ambos factores durante los trayectos, adquiría un mal olor que inevitablemente se perpetuaba como mal sabor de la harina que con él se elaboraba. Paliaba la humedad del grano transportado por los barcos desecar una fracción para luego mezclarlo con todo el que se cargaba en sus bodegas, y así enjugaran la que acumulaban los buques durante las travesías. Con este fin se aplicaron técnicas experimentales, como las estufas alimentadas con leña y los ventiladores accionados por molinos, de efectos muy limitados. Tampoco mezclar el desecado con otro húmedo evitaba el mal olor adquirido cuando había viajado cerca de la sentina. Según iba llegando, era necesario proveer los hombres que diariamente lo apalearan en los graneros donde se recogía, para que venteándolo enjugara la humedad que tuviera y que con este beneficio no se pudriera ni se perdiera.
Cualquiera que fuera la fortuna de los medios empleados para combatir el deterioro del trigo, su balance temporal era concluyente. Los cereales podían guardarse dos años sin detrimento de su calidad en el almacén que se hubiera elegido, una razón de tiempo tan poderosa que en algunas economías se había normalizado como el plazo máximo que la ley admitía para su almacenamiento. En otras, menos exigentes, aunque no lo dictaran de una manera tan rigurosa, tampoco se apartaban mucho del mismo dictado de la naturaleza. Daban por supuesto que los cereales como mucho podían guardarse entre dos y tres años, al tiempo que los hechos se encargaban de demostrar que apenas era posible conservarlos más allá de los tres. Si un trigo alcanzaba tanta edad, ya lo tachaban de viejo, con las consecuencias previsibles de tan cruel manera de llamar al paso del tiempo. Una partida que se había importado cuatro años atrás a un mercado comarcal estaba tan afectada por el gorgojo que se cotizaba muy por debajo de su precio de costo.
La salida del trigo a su mercado, mucho más que por la libre concurrencia, siempre vendría dada por su edad, como la de los aspirantes a contraerse en un matrimonio, o la de quienes se emplean como mercenarios, la de quienes aspiran a titularse, o con un rigor inmisericorde la de los que anhelan concluir por fin su compromiso laboral. Ni la menor de las duraciones del ciclo más largo quedaría al alcance de quienes almacenaran su cosecha a la espera de sus óptimos. Si se arriesgaran a hacerlo, se precipitarían a su ruina. Solo podrían demorarse algún tiempo, nunca demasiado.
Las posibilidades de conservación del grano habrían impuesto su ley, la que aceptaban y a la que se rendían los sistemas. Las explotaciones dominantes, que se ordenaban en dos o tres hojas, unas técnicas que imponían los acuerdos entre cedentes de las tierras y labradores, por tanto necesitarían hasta tres años para obtener la cosecha completa de cada unidad de producción a su servicio. Era la mejor manera de ajustarse inmediatamente a las posibilidades de conservación y almacenamiento del grano. Los mayores labradores las combatían acumulando unidades de producción, de manera que cada hoja anual fuera lo suficientemente extensa como para proporcionar una cosecha cuantiosa. Era preferible la máxima restricción del espacio cultivado a su alcance, la que inducían los sistemas a dos y tres hojas, para así contribuir a la mejor alza de los precios posible. Solo así podría competir por la posición más aventajada.
Como para aspirar al precio óptimo absoluto había que sobrepasar el límite del trienio, según se deduce de la observación analítica de las cotizaciones del grano, las iniciativas para satisfacer cada mercado local del trigo tendrían que planificarse a un plazo mucho mayor que el año, superior incluso al trienio. Quedaría por tanto excluida de la competencia por alcanzar el precio óptimo la acumulación de la cosecha local completa. A lo máximo que podría aspirar sería al óptimo relativo de los ciclos de menor duración.
Los sistemas que se habían impuesto en la mayor parte del suelo al servicio del producto de trigo se rendirían al poder de las tácticas comerciales. Los comerciantes se imponían sobre los labradores. Para garantizar la experiencia del precio óptimo absoluto, a pesar de sus esfuerzos para conseguirlo, no bastarían las técnicas impuestas por las rentas acordadas entre partes, que en círculos concéntricos se iban deduciendo a quienes trabajaban en el campo, y que de esta manera dejarían al descubierto su incapacidad para responder a las mejores posibilidades de los mercados. Ningún labrador, ni aun los de mayor capacidad de almacenamiento, que en cualquiera de los casos serían los mayores productores en cada población, podría llegar tan lejos contando solo con sus medios.
Las condiciones óptimas solo estarían al alcance de los grandes comerciantes, que a través del mar podrían movilizar en poco tiempo las partidas compradas fuera en el momento oportuno, el que indicara el comportamiento del precio al alza dentro del ciclo pausado que solo ellos eran capaces de concebir. Habitualmente operarían bajo la protección pública, temerosos los responsables de las administraciones de los efectos que pudieran tener los precios excesivos del pan, que tanto comprometían la paz social. Los municipios les servían de cobertura y de coartada. Ponían a su alcance los medios fiscales que les garantizaban la financiación de las magnas operaciones importadoras, para las que disponían de depósitos y de las conexiones con la red de circulación de los instrumentos que los movilizaban.
Como hay que suponer, para aceptar esta explicación, que el importador tendría que contratar con un productor igualmente externo que le proporcionara el trigo, podemos asimismo explicar que la situación recíproca también sucedería antes o después, y que por tanto también los labradores más capaces de la región, trabajando de manera coordinada con los comerciantes exportadores, estarían en las mejores condiciones para deducir en su favor, aunque resignados a una posición subordinada, una parte del beneficio que estas oleadas periódicas aseguraban cuando sucedían fuera, no necesariamente en otro país.
El anticuario
Publicado: enero 24, 2024 Archivado en: Remedios Alpuente | Tags: historias Deja un comentarioRemedios Alpuente
Me recibió vestido de etiqueta: un impecable frac negro, chaleco brillante sobre camisa blanca y corbata de lazo de blanco marfil. Nada que no pudiera esperarse del personaje que ha hecho de sí. La sala donde entramos estaba amueblada con los enseres imprescindibles, una pequeña mesa al centro, de madera reluciente con incrustaciones, apenas algún asiento. Al fondo, la habitación no tenía pared. Se abría a un inmenso salón donde con un sorprendente orden cientos de piezas estimables se guardaban. Todo lo que del suelo era de un mismo material estaba hecho, todo de madera era. Las paredes estaban reservadas para una infinita colección de espejos enmarcados en caprichosos marcos dorados, y del techo solo colgaba cristal, marcando el eje de cada lámpara el centro de una supuesta habitación, piezas que no podían existir porque todo estaba contenido dentro de un mismo espacio, aunque dividido estaba por cada orden de muebles.
Por fin me enseñó la joya de la casa. Era un grueso cristal en tres partes, que posó sobre la pequeña mesa de centro más próxima. Un par de impactos de bala, tan cerca uno del otro que ojos casi montados y confundidos parecían, apenas habían levantado sobre el cristal las escamas bastantes para que yo evocara aquella imagen. Tan dura era la materia. Pero las otras dos porciones del bloque único se habían separado con un corte limpio, seco y transparente, no opaco como el impacto de las balas. La asistenta, en un descuido, había dejado caer la valiosa pieza, y en el golpe contra el suelo había cedido con aquella limpieza la intimidad granítica de su esencia.
Las estatuillas de bronce, tres femeninas y otras tres masculinas, estaban expuestas aparte, en una vitrina. Las ofrecía a la venta como piezas para coleccionistas interesados en la primera antigüedad, una superchería que sin necesidad de disponer de información especializada se le podía suponer. Según me dijo, procedían de estratos contemporáneos a la primera mitad del periodo precedente al origen de la Monarquía Unitaria, tan maltratada luego por el tiempo. Por detalles en apariencia insignificantes, excelentes analistas, añadió, hacía décadas habían deducido que representaban de manera intencionada gente siria con inclinaciones herméticas. Los hombres, me hacía ver con el índice, “están representados con el potente cinturón metálico que más tarde usarían los dálmatas délficos y otros pueblos de la región”, y el gorro que distingue al más característico de ellos probablemente represente, según cree, el cónico utilizado hasta tiempos contemporáneos en el norte de aquel país del extremo oriental del Mediterráneo, “el mismo que aparece en sus monumentos de todas las épocas”. Por si esto no fuera suficiente, un par de rasgos, que eran habitualmente valorados como distintivos de las poblaciones antiguas, marcaban de manera aún más directa la singularidad de las piezas. Los hombres aparecían con el pelo corto y el bigote afeitado, siendo que sus contemporáneos y vecinos bien se afeitaban rostro y cabeza por completo, bien se dejaban crecer cabello y barba. Definitivamente, no quedaba margen para la duda sobre la intención del promotor de aquellos moldes. Su deseo era que en las estatuillas fueran reconocidos hombres de Levante, lo que acabaría de manera decisiva con la posibilidad que sin embargo había atraído más la atención de los especuladores, a los cuales no eran ajenos ni Píndaro Mejías ni sus asociados.
Otros hechos ponían sobre el rastro de una prueba aún más interesante. El primero era la confirmación por medio arqueológico de cuanto los análisis técnico y formal de las piezas indicaban. En los mismos estratos en que fueron encontradas las seis estatuillas, quienes trabajaban para los promotores de la extracción de esta clase de objetos, también encontraron sellos orientales, unos originales y otros que los imitaban. Eran una buena demostración de los lazos culturales, y de la manera en que eran anudados en el lugar de destino.
Fue esta reflexión la que dio alas a mi análisis. Cuando se detuvo en las figuras masculinas, las conclusiones no fueron muy favorables a la posibilidad de que aquellos productos demostraran una influencia llegada desde tiempos y lugares remotos. Las manos de las figuras masculinas estaban fundidas de manera que formaban un hueco cilíndrico. La intención de este acabado, le comenté, sería que cada figura sostuviera algún objeto, de cuya forma o tema al parecer no había llegado el menor rastro. A partir de esta evidencia, se había propuesto, siempre según mi amable anfitrión, que pudo tratarse de piezas añadidas, fabricadas en otro metal, como por ejemplo la plata, razón que pudo contribuir a que desaparecieran.
Pero el verdadero problema estaba en dilucidar si lo que estas estatuillas llevaban en las manos eran atributos que permitían distinguirlas como imágenes o solo eran piezas votivas. En el primer caso, los representados evocarían dioses y en el segundo serían donantes virtuosos, atenidos a la moral que los hombres debían seguir cuando reconocían y se rendían a la existencia de seres superiores.
Entre los dioses de Levante de épocas posteriores, los había que eran imaginados con un hacha en la mano. Del inmediato sur parecían provenir otras figurillas, bastante toscas, fundidas en cobre, que también representaban dioses y que portaban una lanza. Para reconocer la posibilidad de que pudiera tratarse de imágenes votivas, o representación de donantes heroicos que portaban ofrendas o votos, para ser depositados ante un ser superior, bastaba con valorar el aspecto de las figuras. De su análisis parecía desprenderse su más que probable vínculo directo con el oriente meridional. La más elemental consideración de las técnicas así lo había adelantado. Además, era tanto más probable cuanto que los que representaban las figuras de las que se trataba vestían un ancho cinturón y su sexo era ostensible. Que los hombres comparecieran desnudos probaba que se encontraban ante la divinidad.
Si parecieran convincentes estas pruebas favorables a los hilos que pudieron unir las figuras masculinas con la cultura de oriente, podría aceptarse que las tres figuras femeninas estaban creadas a partir de las mismas ideas, aunque también en este caso se hubiera dudado entre que fueran imagen de diosas o de donantes. Si porque fueran desnudas y la desnudez estuviera subrayada los ejemplares masculinos podían ser genuinos, sin necesidad de otro indicio, las femeninas debían ser apreciadas del mismo modo, porque las mujeres que representaban comparecían igualmente por completo desnudas y con el sexo muy marcado, incluso se diría que rasurado.
No obstante, en este caso había aún más indicios a favor de los posibles lazos repetidos. El característico gesto con el que estas mujeres comparecían, con los brazos bajo el seno, de tal manera cruzados que con cada mano levantaban la mama del lado opuesto, también había sido reproducido en las pequeñas figuras de los sellos para la impresión de placas de arcilla. Ningún rasgo formal más concluyente. El gesto era tan elaborado, probablemente porque se había convertido en signo distintivo de algún juego de sumisión, que no era fácil aceptar una coincidencia en las formas por azar.
Sin embargo, apostilló el anticuario, “lo que hasta este momento se ha comprobado es que el rito de orar desnudo solo ocurría en oriente.” “Bueno, no del todo”, repuse. “Tan refrescante sumisión, común a todo el mundo mediterráneo, sobrevivió con su carga supersticiosa por siglos. Cuando estaba siendo procesado, entre sus faltas, el bueno de Prisciliano confesó, algunos creen que estimulado por una tortura sabiamente dosificada, que oraba desnudo. Pero, si fuera incuestionable que la desnudez del orante es una manifestación exclusivamente oriental, tanto mejor. No solo de esta manera se podría reconocer con mayor fundamento que pudiera tratarse de camuflarlas como figurillas de donantes, sino que aportarían al tiempo la primera prueba seria en favor de que su origen estuviera próximo, por cualquier concepto, al mundo de los demonios benevolentes, fácilmente relacionables con la imagen con la que comparece Lilith. No en cualquier sitio ni ante cualquiera se desnudan los hombres.”
Las referencias a un mismo tiempo a los rasgos locales y a los elementos significativos eran lo bastante directas y sencillas como para pensar con más razón que el autor no quiso o no pudo escapar a aquella mistificación. Supuse entonces que eran obras de conocedores de su virtud por intermediarios, pero por completo consecuencia de la influencia que las representaciones de Lilith habían tenido. De allí habría provenido el sentido que su autor les diera. Juzgar con acierto sobre el sentido y los posibles vínculos de los que estas figuras pudieran hablar, concluí, era del mayor interés para conocer el valor reconocido al héroe masculino conmemorado por ellas.
El origen de la especie
Publicado: diciembre 14, 2023 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Narciso Sidmaringen había cursado biología en Érfurt, en cuya universidad contactó con un grupo de pintores de vanguardia que le obligó a revisar su visión del mundo.
En su mayoría eran rusos jóvenes, unos exiliados por razones de discrepancia, otros convencidos de que solo la savia occidental podría regenerar su cultura, víctima de la autocracia más impasible que haya existido.
Con las autocracias pasa como con los rayos del sol, que unos se perciben con resignación, otros con entusiasmo y otros sin que quien los padece tenga conciencia de sus perjuicios; mas con una diferencia. Así como para unidades de tiempo algo dilatadas la tolerancia de la piel, o de los ojos, son medianamente estables ante los rayos de sol, la autocracia puede tener efectos dispares aun en un continuo, de modo que quien la recibe puede sin intervalo repudiarla, combatirla, aceptarla con resignación o ignorarla. Tal es porque la emisión de las fuerzas de la autocracia es constante, mientras que la capacidad de resistencia de sus pacientes receptores oscila por el efecto inorgánico de la atención: a lo que ocurre, que absorbe, a las preocupaciones cotidianas, que distraen, o al insomnio, que la eleva a obsesión.
Los rusos de Érfurt habían decidido romper con todo. No solo donde debían dibujar triángulos trazaban líneas quebradas, donde pirámides, cilindros, o cuando alguien podía esperar de ellos una expresión emotiva, en vez de una rosa, pintaban una chimenea. Propugnaban una dieta desconcertante, sin reglas ni equilibrios, muchos cigarros, ningún alcohol y nada de siesta complementaria. Solo en la música encontraban armonía, por más que fueran incapaces de traducirla a normas que la explicaran.
Narciso, siguiendo su estela, entre citología y cultivo optó por el trombón. Hacía tiempo que deseaba averiguar la causa de un sonido que vibra en las entrañas, y que desde ese centro sube por las venas hasta la cabeza. Estaba convencido de que parte del secreto lo contenía la manera de meter el aire en los tubos. “Cuando soplan por la boquilla, los trombonistas en realidad cantan, tararean propiamente.”
Mientras soplaba, de boca de sus admirados contraventores oyó que solo en el Caribe sobrevivían los instrumentos de percusión puros. Desistió del trombón y se pasó a la conga el mismo día que presentó un proyecto de investigación de la malaria en Haití, uno de sus medios endémicos. El propósito de su coartada científica era transcribir a un pentagrama las diferencias tonales entre el bongó y la conga.
Se estableció en Petionville, emporio subsidiario. No eran su comercio, sus centros de gestión de la urbe, el trazado de sus vías las que la elevaban al orden de los fenómenos urbanos singulares. Eran sus edificios, resueltos con materiales perecederos suministrados por el medio, que permitían renovarlos permanentemente y un permanente reciclaje, más la masa compacta que entre todos, sin intervalos, componían, los que le otorgaba la condición de urbe única en el planeta.
Tuvo que adentrarse en su montaña. Encontró en una calleja una vivienda que debía compartir con dos familias, una criolla venida a menos y la otra de origen africano. Ni siquiera entre la oriunda de Gambia encontró a nadie que tocara conga o bongó, ni nada parecido, ni nadie, de su generación o de las inmediatas anteriores, había oído hablar jamás ni de bongó ni de conga alguna. Sí de leones, serpientes, marsupiales, gorilas e hipopótamos, más algunas pirañas y caimanes, y hasta de tribus antropófagas.
Terminó absorbido por ellas. Tuvo que devorar para sobrevivir, y esto le permitió doctorarse en prácticas caribes. Sentó cátedra en Port-au-Prince y de allí jamás volvió.
Expansión de un señorío. El frente norte. III
Publicado: noviembre 30, 2023 Archivado en: Redacción | Tags: población Deja un comentarioRedacción
Pasado el año de 1435, continúa Peralta, volvieron las rebeliones de los infantes y las furias y desobediencias en mayor crecimiento. Estaban las guerras civiles tan encumbradas en estos reinos, como la crónica del señor rey dice (debe referirse a la crónica de Juan II) que no había ni podía haber quien pidiese justicia, ni ante quien se pidiese. El conde y su casa habebat utrumque gladium, los grandes de la comarca, sus deudos y allegados, los caballeros de estado de la ciudad, sus parientes y salariados, los oficios del cabildo, alcaidías y veinticuatrías suyos, y otras cosas de tanto peso y tomo que ni había quien pidiese ni osase pedir justicia. De esta manera permaneció la potencia del conde de Niebla. Él y su villa de Niebla volvieron a ocupar el Campo de Andévalo, añadieron y acrecentaron con su potencia el uso de él, poniendo imposición y acrecentando vasallos, haciendo dehesas y otras cosas que les convenían, para quedar más enseñoreados de él.
Se juntó con esto la muerte del conde Enrique Pérez de Guzmán, en 1436, sobre Gibraltar en defensa de nuestra fe. Su hijo, Juan Alonso Pérez de Guzmán, tomó a Gibraltar (1462) y el señor rey don Enrique IV sucedió en estos reinos en 1454, donde por su crónica (Alonso de Palencia, Galíndez de Carvajal, etc.) se sabe los trabajos que en ellos hubo y lo que duraron.
En 1442, en la relación de bienes que el padre de ambos dejó, antesala de la transacción entre el conde y su hermana sobre la herencia común, consta el Campo de Andévalo, con la Alcaría de Juan Pérez, el castillo de Peña Alfaje y todas las otras casas a él accesorias y pertenecientes. De inmediato la actividad del conde en el Campo se reanudó. En 1445 el conde concede a Alosno una dehesa y la exención de la prestación de servicios y pago de impuestos a sus vecinos, y para aquel mismo año disponemos del texto de una iniciativa suya, una carta de franquicias para los vecinos y habitantes de la Alcaría de Juan Pérez, ariete de su avance hacia el oeste en el Campo.
Se atiene al tipo de contrato de colonización, aunque su primer editor no lo clasifica como carta puebla; lo que no impide que afirme que: “[…] tiene las mismas características de las cartas pueblas [sic]”. Fundado también sobre el principio de merced, está dirigido a todos los vecinos y habitantes. A los segundos se refiere como moradores, lo que se puede interpretar como que cumplen la condición de tener fundado un hogar en la población donde duermen. Son objeto del mismo trato legal tanto los presentes como los futuros. Como se trata de un lugar que ya tiene población en este momento, de que la merced se extienda a vecinos y moradores, así presentes como futuros, su editor deduce que el lugar “debía estar escasamente poblado, y se pretendiese revitalizarlo atrayendo nuevos pobladores”. No aporta ninguna prueba a favor de esta idea. No obstante, previamente observa que “no se trata, en este caso, de que el lugar hubiese sido abandonado”. Contradice su deducción, como en el caso de Villarrasa, que la merced se extienda también a los vecinos presentes. Es posible que trabaje con un doble prejuicio: que la política de colonización es una reacción contra la despoblación y que la única forma de población del condado es la concentrada y raíz.
El fin directo e inmediato declarado por el documento es que en el dicho mi lugar se pueble y acreciente más. Es, pues, política de colonización directa, un objetivo muy definido. Para alcanzarlo ofrece, en primer lugar, franquicia de servicios por veinte años. Cita como objeto de la franquicia pechos, pedidos, moneda y otros servicios, tanto del rey como del señor, lo que después se ha interpretado como franquicia de todo tipo por lo que a estas modalidades de gravámenes se refiere. En segundo lugar, suspende durante el plazo fijado el quinceno, que se deduce como la misma figura creada en el caso de Fuentecubierta en 1423, a lo que se añade la suspensión general de cualquier tributo de las cosas que hubiéredes de vuestra labranza y crianza. No sabemos si allí existían gravámenes sobre la producción distintos al diezmo eclesiástico, o si nuestra fuente se está refiriendo a este. No es probable que contara el conde con atributos o derechos suficientes y legítimos como para limitar los de la iglesia.
La franquicia se extiende a la dehesa, en el sentido de que niega el pago de rentas o tributos por su uso. No se trata de la concesión de un espacio de esta clase, por tanto; el bien concedido no es territorial, sino de servicios. Parece que se da por supuesto, de ese modo, que ese espacio está ya señalado y en uso como consecuencia de algunos de los proyectos anteriores. Pero, sea o no así, resulta equívoca la afirmación siguiente: “los estímulos para arraigar comprendían la tradicional concesión de una dehesa concejil franca”. No hay ninguna referencia a los derechos de uso, pero sí se extiende en las garantías de la franquicia, que para este objeto en particular es indefinida y universal. No puede ser revocada por razón alguna, en tiempo alguno o de algún modo, ya sea mediante decisión condal anterior o por venir, que así queda revocada. De esta manera tan radical y absoluta la dehesa queda garantizada, protegida y excluida de usos y aprovechamientos ajenos de frutos (comida), ganaderos (pacida) o como consecuencia de roturación (quebrantada).
Sobre las condiciones y obligaciones, hay que recordar, en primer lugar, que también afectan así a vecinos y habitantes presentes como a los futuros, y que la vigencia de las obligaciones se extingue a los veinte años, a la vez que las franquicias. Se resumen en que deben dar fianza, ante el escribano público de Niebla, de hacer casa nueva y plantar como mínimo una aranzada (lanzada, literalmente) de viña. La fianza, según el texto, consiste en aportar fiador o fiadores que se obliguen solidariamente a cumplir las dos condiciones. Sería necesario organizar grupos para la población, que usarían en su beneficio vínculos más extensos que los de la familia nuclear. La necesidad de afianzar con tal contenido crearía los vínculos. Para cumplir la exigencia de la casa se da un plazo de un año, el doble que en Fuentecubierta en 1423, y para plantar la viña dos.
Las exigencias sobre la casa son en este caso descriptivas del sistema de cubierta, mientras que en 1423 se intentaba garantizar la radicación, citando explícitamente la obra de mampostería para el cerramiento vertical. Se nos escapa aún el sentido exacto de estas condiciones arquitectónicas tan precisas, pero son tan definidas que es conveniente retenerlas: la casa nueva debe ser de teja y cinco tijeras, referencia que interpretamos como pares. Por oposición, este rigor normativo podría indicar la existencia en el condado de otro tipo de edificio destinado a ser hogar, que desde este supuesto sería el que no está cubierto por teja. Por eso resulta que lo más llamativo de la condición de la casa nueva sea que incluya a los vecinos y habitantes presentes. O los vecinos y habitantes presentes habitaban un hogar más inestable, por sus características materiales, o ni siquiera tenían hogar radicado en el lugar. Lo primero le daría un sentido a la preocupación arquitectónica de la merced condal, mientras que lo segundo sería indicio de una manera de poblar que no incluye el hogar estable.
La preocupación por las características de la casa revela que el fin de la política de colonización es el mismo: radicar la población, la manera de querer en el espacio a los hombres de las autoridades condales, como ya se puede comprobar en casos anteriores.
Esta merced es, paradójicamente, más primitiva que las precedentes, tal vez como consecuencia de una progresiva radicalización de la política de población. El que no cumpla las condiciones en los plazos previstos deberá pagar 2.000 mrs. En su defecto –que habrá que entender como que el vecino se vaya– los fiadores cargan con la multa y con el deber de plantar la viña y levantar la casa.
Pero contiene esta merced una cláusula por completo nueva. Prolonga las franquicias y obligaciones indefinidamente, haciéndolas aplicables a cualquiera que se fuera a vivir al lugar durante los veinte años fijados para la situación presente, a contar desde el día en que dieren la fianza. No cambia por tanto nada de lo regulado para 1445. La única diferencia es que para ese supuesto futuro se trata de un derecho individual. La razón de este nuevo mecanismo es la misma que al principio se declaró: porque todavía se pueble mejor el dicho mi lugar.
Que el texto de Alcaría de Juan Pérez 1445 prolongue las franquicias y obligaciones indefinidamente, haciéndolas aplicables a cualquiera que se fuera a vivir al lugar durante los veinte años fijados para la situación presente, indica un cambio en la política de colonización, una actitud ante el problema de la población del condado al que nos referimos antes. Regula la población permanente, en cualquier momento. El mecanismo es sencillo.
Aún es necesario retener algo más. En ningún momento esta merced limita la inmigración de los vecinos ya asentados en las tierras del condado, otra diferencia significativa con los casos anteriores. Que la carta de franquicias no limite la inmigración de los vecinos ya asentados en el señorío posiblemente esté dando otra pista de que la política de colonización está girando hacia principios más realistas.
Aparte cuestiones de detalle –otro caso, otra manera de combinar los mecanismos de colonización habituales: franquicias aplazadas o indefinidas, universales o limitadas; quinceno o no; dehesa con unas u otras libertades de uso; casa con tal o cual característica; viñas, instrumento de población que ya hemos ido analizando– lo que más llama la atención del proyecto de Alcaría de Juan Pérez 1445 es que la política de colonización empieza a concebirse como una necesidad permanente, constante, al menos para el Campo de Andévalo.
Fueron a por nosotros
Publicado: noviembre 4, 2023 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historias Deja un comentarioDante Émerson
Conocí a Gaston Herrault, hispanista tunecino, hijo de un funcionario de la administración colonial francesa, en la Sede de la Fundación, entonces concertada con el gobierno de Burguiba para que acogiera en el continente europeo los trabajos del Institut Tunisien de la Recherche. El marqués del Tranco la había mantenido a su costa durante los años difíciles de la postguerra, a la que llegó en estado ruinoso. Las bombas se habían cebado con el edificio, los milicianos lo habían elegido como fuerte en primera línea de combate. Fue él quien negoció con la administración tunecina la cesión del edificio, que era de su propiedad, por noventa y nueve años. A él lo relevó de un gasto, que ya le resultaba insostenible, y a la Fundación, perdidos sus fondos durante la contienda, le permitió sobrevivir vegetando.
El Institut era el descendiente de un ingenio anacrónico promovido con más interés estratégico que científico. Las excavaciones de un yacimiento en el extremo meridional del continente, muy cerca de su puerto extremo, con la anuencia del socio con el que se compartía el protectorado sobre el norte de África, fueron el primer proyecto de un Centre pour les Rapports Appropriés, dirigido por su primer director, el prestigioso arqueólogo M. Armagnac, funcionario él mismo de la administración colonial francesa del norte de África; una iniciativa a la que se prestó la Fundación como mediadora legal. Ambos promotores apenas pudieron disimular que se trataba de disponer de una posición estratégica para controlar el estrecho, al margen de quienes fueran sus soberanos. La guerra generalizada que siguió, y las tensiones descolonizadoras posteriores a la paz, más que el valor de los trabajos a los que contribuyera la Fundación, habían devaluado su papel. Tal concurrencia de desequilibrios permitió que una promoción colonial se pusiera al servicio de quienes hacía poco habían conseguido su independencia.
La señorita Delhorme y yo, con un jersey de lana, con sus propias manos durante el verano tricotado, y una plancha en la maleta, nos habíamos instalado en una de las habitaciones de la Sede para la primera quincena de septiembre. Nos la había cedido el Institut Tunisien sin costo alguno, más para oficializar nuestra relación con sus administradores que para avanzar en el trabajo que con ellos habíamos comprometido. Entonces lo dirigía M. Labiche, otro hijo del mismo empleado de la administración colonial francesa, pródigo en descendencias mixtas, nunca contaminado de racismo. Hombre alto, miraba de través aprovechando las posiciones de flanco de sus interlocutores, inadvertidas por los concernidos. Su envergadura le permitía prescindir de tarima para tomar el punto de vista que desciende por encima del hombro, algo que nunca me ha desconcertado tanto como pretenden sus emisores, tal vez porque desde abajo las imposiciones se reciben con más indiferencia que cuando las caras se enfrentan; puesto que hasta la altura inferior todo llega desde las mismas latitudes.
Labiche vestía siempre de claro, como buen descendiente del orden colonial, corbata y zapatos negros y un panamá, no un salacot, con banda también negra. Al día siguiente de nuestra llegada nos citó en su despacho, él sentado tras su mesa, un par de sillones al otro lado, en los que a un gesto suyo nos sentamos. Nos dio la bienvenida en nombre de la institución, seguro de que nuestro trabajo sería satisfactorio. Le correspondimos declarando nuestro deseo de estar a la altura de la responsabilidad con la que nos habían distinguido.
La disciplina diaria de la Sede estaba confiada a una gobernanta dotada, joven y vigorosa, morena, indiferente a todo lo que no fuera asunto suyo, decidida de gestos, pasos y miradas arrasadores, sin aliados ni contrincantes, autónoma por decisión soberana inapelable. Nos convocaba a la mesa a golpe de cencerro sin badajo; una mesa única, larga, vestida con mantel blanco, en la que todos los alojados, hispanistas y agregados, compartíamos comida y experiencias. Intercambiábamos opiniones sobre lecturas y sus autores, más clásicos que actuales, reservadas por precaución, aclaratorias de interrogaciones directas cuando se expresaban, concesivas a los deslices inadvertidos, condescendientes con las opiniones no compartidas, siempre educadas.
Eran habituales del convivio a mediodía Armand Lumière, alto, de miembros independientes, que introducía cualquiera frase con un gentil bon, entonces concentrado en recopilar cartografía histórica; o Mlle. Lin, la bibliotecaria de la Sede, excelente catadora del valdepeñas a granel, servido en una frasca que se reservaba como sucedáneo de los postres, heraldos de las siestas. Era dedicación compartida por todos los alojados en la Sede organizar su biblioteca durante sus ratos libres. Los esfuerzos se concentraban en la colección de los miles de trabajos, muchos de ellos inéditos, de quienes hubieran tenido alguna relación con el Institut. A Mlle. Lin solo correspondía dirigir la actividad y gestionar la consulta de los fondos tras el descanso de la tarde.
Fue en la mesa donde coincidimos con Herrault y su mujer, campesina que no se tomaba demasiado en serio las formalidades del comedor, que apreciaba lo justo el valor de los cubiertos y la servilleta, así se tratara de costillas o de sardinas. Trabajaba con abnegación para él. El segundo día, cuando por el director supo de nuestra presencia y de los contenidos del trabajo que se nos había encomendado, decidió que comeríamos aparte. Siguiendo sus instrucciones, la gobernanta, el tercer día, nos condujo hasta la mesa para cuatro en la que ya nos esperaban ellos.
Durante la comida nuestra conversación no tuvo más asunto que sus preocupaciones. Hasta sus oídos había llegado que el trabajo que nos habían encomendado debía concluir en una cartografía. Era la oportunidad para hacernos partícipes de una importante novedad científica, la Gráfica, campo del conocimiento desbrozado no mucho antes por el pensamiento francés, del que Jacques Bertin, colega suyo, estaba siendo el padre. Para nuestra cartografía nada sería más oportuno que abrazar aquella innovación, de la que no teníamos noción alguna, como ninguno de nuestros connacionales. Era imprescindible partir de cero con buen pie. El Insititut debía organizar unas jornadas de iniciación a la nueva ciencia. Se podrían celebrar durante las semanas siguientes, una vez pasado el verano. Debían convocarse en el sur, espacio marco de la investigación en curso, donde mayor era el desconocimiento, tanto de esta como de tantas materias que en el África colonial francesa, gracias a los intercambios con la antigua metrópoli, ya eran moneda corriente. Él se encargaría de todo. Buscaría a los especialistas idóneos, negociaría con las instituciones la financiación del gasto que originara su presencia y una sede a la altura. Estaba en buena posición para asegurar el éxito de todas las gestiones. Durante años, había sido Jefe de Estudios del Institut, responsabilidad a un tiempo académica, administrativa y diplomática.
La administración regional del Sur, en aquel momento, apenas empezaba y buena parte de los fondos a los que aspiraba debían provenir de las instituciones europeas, de las que entonces el estado de nuestras leyes aún no era parte. Para ingresarlos, el Institut, gracias a sus pasadas conexiones coloniales, nunca extinguidas, podía actuar como intermediario. Los estudios que promovía, cuando se trataba de materias con alguna relación con la actividad económica, eran sondeos de las posibilidades de ganancia al servicio de los inversores europeos, que ya deseaban arriesgar sus capitales en los territorios periféricos.
Entonces estaban particularmente interesados por las posibilidades de la agricultura. Sobre todo les preocupaban las cepas. El objetivo del proyecto para el que trabajábamos era demostrar que la producción vitivinícola meridional era crónicamente excedentaria y de baja calidad, lo que hundía los precios de los caldos. El propósito no declarado de aquel teorema era arrasar con el cultivo de la vid cuanto fuera posible, para a continuación abrir mercado a los vinos continentales.
Actuaba como pantalla encubridora del plan el secular latifundismo meridional, insostenible por ineficiente, justamente cargado con la mayor condena moral, por todos conocido, cuya secuela más nociva era un crecimiento económico poco saludable. A nosotros nos tocaba cartografiar el fenómeno en los tiempos históricos más recientes.
En el tiempo que medió entre la decisión de Herrault y la celebración de las jornadas, fue adscrito al proyecto, sección histórica, Santos Máyer, cuyo interés por los problemas que debía resolver se limitaba a las cantidades que podía ingresar con su trabajo. Nunca lo ocultó y su sinceridad lo calificó para defender durante las jornadas la reconstrucción parcelaria que hasta entonces habíamos conseguido. Yo era incapaz de enfrentarme a un público autorizado, del que todo lo temía.
Además de Gaston Herrault y Jacques Bertin, había decidido inscribirse en las jornadas una tropa de personajes de formación y disciplina académicas, la mayoría docentes en la primera universidad de la región, la Universidad Magistral, con distinto grado de compromiso.
Jacques Bertin, llamado a ser quien abriera las jornadas, finalmente declinó su asistencia. Su agenda tenía previsiones para aquellas fechas desde hacía tiempo y sus compromisos precedentes eran inexcusables. Envió para que lo representara a Serge Bonin, su colaborador de confianza.
Después, tuvimos que oír de boca de Sagrario Doncel, de la universidad de Oriente, la defensa del método del puzle para la reconstrucción del parcelario que se documentaba con el catastro de Ensenada. Estaba razonablemente sostenido. Pero extraerle resultados obligaba a disponer de varias vidas, si se quería reconstruir un área razonablemente representativa del mayor número de posibilidades.
Aquel método permitía restaurar el parcelario de la propiedad, de cuyo supuesto peso todo el mundo tenía insistentes y agotadoras pruebas. No habían tenido que pasar muchas semanas para que descubriéramos que la persistencia en saber de la propiedad latifundista ocultaba una realidad bastante más compleja. Solo la fragmentación que podíamos observar a partir de nuestras reconstrucciones cartográficas tentativas, basadas en la primera edición del Mapa Topográfico Nacional, lo devaluaban como fenómeno que decidiera.
Acordamos aprovechar las jornadas dedicadas a la iniciación a la Gráfica para defender nuestro punto de vista, basado en un registro parcelario de 1771 que no se refería a la propiedad, sino a las explotaciones que habían estado activas aquel año. Cuando Santos Máyer expuso las conclusiones a las que habíamos llegado a partir de él, que trascendía la imagen del espacio que se obtenía gracias al catastro de Ensenada, todo se vino abajo. Su contingencia fue lo que nos costó el alud.
Primero fue Adán Maqueda, entonces aspirante a un puesto en el departamento de Prospectiva Territorial de la universidad magistrante. Ignorar la propiedad, nos dijo, era edificar sin cimientos. La propiedad era determinante, decidía sobre todo lo demás.
Nadie la ignoraba, le replicamos. Pero reducir la observación a ese factor, o utilizarlo como filtro de los demás, era privarnos del elenco completo de los actores del drama rural, que competían con el protagonista –en el supuesto de que el propietario lo fuera–, cada uno de los cuales se podía identificar gracias a un documento tan directo como el parcelario de 1771.
Después fue Ramón Contreras, quien estaba preparando su tesis doctoral con el objetivo de ganar una plaza en el departamento de Anacronía Hispánica de la misma universidad. Elevó el tono de la crítica a nuestra posición a partir de un juicio sorprendente, tan sin sentido que fuimos incapaces de replicarle. Pensaba que habíamos incurrido en un abuso al servirnos del catastro de Ensenada como elemento de comparación. Él había recurrido a la misma colección de documentos como la principal informadora para su tesis, y trabajábamos sobre territorios, si no idénticos, sí muy próximos. Como había empezado sus trabajos antes que nosotros, nuestra obligación tendría que haber sido saber que él ya trabajaba a partir de aquella fuente. Con nuestra inmadura forma de proceder estábamos incurriendo en la contravención de una norma no escrita, cuya aceptación académica era universal, según la cual dos no podían trabajar sobre lo mismo. Le estábamos pisando la fuente, nos dijo. Más aún. Incluso se nos podría acusar de cometer un acto de filibusterismo intelectual, expuesto a penas administrativas, teniendo en cuenta que él tenía oficialmente registrado el título de su tesis. Eso nos ocurría por trabajar como francotiradores, concluyó, como gente al margen de las instituciones académicas, las que legítimamente tenían delegada la responsabilidad social de la investigación.
Aquello no tenía sentido. El catastro de Ensenada se había convertido en el catecismo de todo el que se aproximaba al siglo XVIII, arqueólogo o no, y acusar a alguien de servirse de él era tan absurdo como recriminarle al del asiento vecino que hubiera tomado el mismo autobús que nosotros para ir al trabajo en el que ambos estuviéramos empleados. Definitivamente iban a por nosotros.
La faena la remató Albino Marchante, ya consolidado profesor del departamento de Anacronía Precedente, colaborador habitual de la publicación científica del Institut y que antes también había trabajado para él. Investido de la mayor autoridad entre los historiadores presentes, se atribuyó la crítica más demoledora. Negó rigor y calidad a nuestro trabajo. Nuestros procedimientos no estaban avalados por precedentes que los autorizaran. Cualquier método debía estar contrastado con reiteradas comprobaciones de su oportunidad. Hasta entonces nadie había demostrado que aquello que llamábamos parcelario fuera una fuente adecuada, mucho menos idónea para el fin que nos proponíamos. ¿Quiénes eran sus autores, cuáles sus procedimientos para recabar la información? ¿Se basaba en declaraciones de parte, disponía de algún medio de control de los datos que recababa? En una palabra, ¿dónde estaban las conclusiones de nuestra crítica? No se podía confiar un trabajo con repercusiones sociales a gente sin experiencia, sin más aval que su buena disposición, que no ponía en duda, pero que no bastaba para enfrentarse a trabajos que tendrían consecuencias para el futuro de la región.
No tuvimos quien nos defendiera. También Herrault había excusado su asistencia porque ocupaciones inaplazables lo retenían en Montpellier. Derrotados, no nos quedó otra salida que pedir perdón y retirar nuestra ponencia, que, reconocíamos, no merecía ser publicada. Para el consejero representante de las instituciones regionales, que fue el último en tomar la palabra, las jornadas habían colmado sobradamente sus objetivos.
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