Una digresión
Publicado: marzo 14, 2016 Archivado en: Epaminondas Álvarez | Tags: historias Deja un comentarioEpaminondas Álvarez
Decide contar Plutarco, en su Vida de Alejandro, una vez completado su relato de las campañas que lo retuvieron en Mesopotamia, que tras derrotar a los persas se constituyó rey de Asia, y que luego decidió bajar hasta Babilonia, cuya fama había sobrevivido aun habiendo transcurrido milenios; donde igualmente impuso el poder de su fuerza.
Aun no había ocupado las llanuras que preceden al golfo, cuando en una región próxima a las fuentes del Tigris a sus exploradores, que decidían las rutas que debía en cada trance seguir el cuerpo expedicionario, les sorprendió una gruta de la que manaba fuego, y desde la que salía una corriente de betún que se adensaba según descendía hasta formar un estanque.
Tan inesperado fenómeno, del que había quedado en las crónicas de las que se estaba sirviendo un relato lo bastante completo y fiel como para recibirlo con el suyo, le pareció a Plutarco, como siglos antes le había ocurrido a Heródoto, justificación suficiente para interrumpir la historia de las hazañas de su héroe.
Observaron que aquel betún reaccionaba tan vivamente ante el fuego que no era necesario que contactara con él para que se incendiara. Era suficiente la luz que irradiaba la llama para que aquella pez negra prendiera. Concluyeron que el sorprendente efecto era favorecido por el aire que circulaba entre fuego y betún. A causa de que este lo contaminaba, irradiaba desde su superficie ya a altas temperaturas y muy volátil.
Llegada la noche, los naturales del país, sabiéndose ya sujetos al poder de los macedonios, conociendo la admiración que aquel fenómeno entre ellos había causado, para ganarse su favor, representaron para la nueva corte un prodigio. A lo largo de la calle que llevaba hasta el lugar que Alejandro había elegido para su residencia trazaron un reguero con el fluido, y desde el extremo opuesto con una antorcha lo encendieron. Un instante fue suficiente para que el destello llegara hasta las puertas del palacio, y que quienes en él estaban quedaran sobresaltados.
Atenófanes, un ateniense empleado por el héroe para que tras el baño ungiera su cuerpo, y que durante el masaje solía complacerlo con actuaciones que contribuyeran a la distensión de su músculo, le propuso para el día siguiente un ingenioso pasatiempo. Estéfano, un esclavo de pocos años, bastante simple, de estampa extravagante, al que mantenían en la corte, a pesar de su escaso valor, porque ejecutaba el canto con gracia, podía ser útil para comprobar si las virtudes del betún deslumbrante, tal como pretendían los exploradores y habían representado los indígenas, eran tan extraordinarias. Al propio Estéfano, deseoso de congraciarse con Alejandro, cuando se la propusieron le entusiasmó la idea, y al héroe, que nunca dejaba de imaginar medios con los que castigar a sus oponentes, le pareció prudente y oportuna.
Fue untado Estéfano con el betún. Le aproximaron una lucerna y se transformó en una tea que inundaba la estancia con su luz. Sobre su cuerpo la llama no se extinguía. Algunos de los presentes, que pasivamente disfrutaban como espectadores privilegiados el esparcimiento del héroe, reaccionaron y recurrieron al agua que estaba cayendo en el estanque para apagar las llamas que consumían al pobre esclavo. No pudieron evitar que su cuerpo quedara en un estado lamentable. Fue necesario reconocer el poder extraordinario de aquel betún.
Nada se sabe sobre lo que le sucediera a Estéfano pasados los días. Plutarco no cree necesario prolongar en esa dirección el relato porque piensa que las digresiones deben ser contenidas, de dimensiones moderadas. En su opinión, han completado su papel si provocan una sonrisa en quienes ofuscados se hubieran entregado a la lectura.
La inversión en la crisis
Publicado: marzo 7, 2016 Archivado en: J. García-Lería | Tags: crisis, económica Deja un comentarioJ. García-Lería
El caso que permite conocer mejor hasta dónde llegaba la política de recurso a los depósitos judiciales, con el objetivo de comprar trigo, tanto para el abasto de las poblaciones como para la siguiente sementera, es el de la capital, que afortunadamente puede reconstruirse con bastante exactitud. Un certificado de 5 de abril de 1756, hecho por su contador del cabildo y regimiento, a cuyo cargo la junta del reino puso la cuenta de los caudales destinados a la compra de granos, relata con detalle la procedencia de los fondos utilizados para subvenir a la calamidad que padeció la región por la falta de cosecha y socorro de los pueblos y sus labradores vecinos en 1750. Para aquella fecha, posterior seis años al momento crítico, todavía se estaban debiendo a los interesados en los depósitos tomados, por orden de la junta regional de granos que entonces se creara, para que actuara como gobierno de crisis, las cantidades respectivas. Habían entrado en poder de un tesorero, igualmente nombrado ex profeso por la misma autoridad regional de excepción, que entonces puso aquellos fondos a disposición de las autoridades locales.
1. El dinero se acopió entre fines de mayo y principios de julio en cuatro fases: del 21 al 29 de mayo la primera, del 9 al 12 de junio la segunda, entre el 19 y el 22 de junio la tercera y el 1 de julio la cuarta. La importancia de cada recaudación decreció según pasaba el tiempo. En la primera ocasión se acumuló la porción mayor, 472.078 reales 9 maravedíes, lo que supone un 84 % del total recaudado. Las dos partidas de junio añadieron a 74.177 reales 8 maravedíes (13 % del total) y 14.976 reales (2,7 %) respectivamente, y a principios de julio solo se agregaron 1.945 reales 17 maravedíes (0,3 %).
El dinero se reunió en plata y en vellón, pero la proporción de la primera fue muy superior: 539.158 reales 11 maravedíes, frente a los 24.018 reales 23 maravedíes en vellón, respectivamente 96 % y 4 % del total. De las partidas de vellón se dice que fueron tomadas a estilo de comercio, y de ellas una de 8.415 reales 25 maravedíes fue ingresada en ochavos, mientras que en los otros casos se habla simplemente de vellón.
La relación detallada de las partidas según inversor directo merece atención. El mayor interesado en la crisis fue la Casa de Misericordia de Sevilla, que aportó 280.618 reales 28 maravedíes, la mitad de todo lo que se invirtió. Utilizó con este propósito dos fondos procedentes de mayorazgos. El primero era renta de uno cuya poseedora era una marquesa con señorío sobre una población regional, al que pertenecían 173.294 reales 4 maravedíes. Un tribunal había mandado que la cantidad fuera depositada en la Casa de Misericordia, que la recibió el 22 de septiembre de 1749. Después la junta de granos mandó que esta obligación de depósito le fuera entregada al tesorero que había designado, quien a su vez recibió la cantidad del tesorero de la Casa de Misericordia.
Un negocio posterior desvió parte de este fondo a otro fin, tal vez porque la inversión en la crisis no fuera todo lo productiva que su alentador hubiera previsto. En 5 de junio de 1751 suscribió una carta de pago por 30.000 reales Francisco Martel, presbítero, que actuaba como apoderado de Diego Ignacio de Muros y Luna, vecino de la capital. Su receptor la impuso y situó sobre sus bienes, y a favor del citado mayorazgo, de donde se deduce que la tomó a crédito con la garantía de su patrimonio. Días después, el 16 de junio de 1751, la junta de granos emitió libramiento por 30.000 reales a favor del presbítero que actuaba como apoderado de Diego Ignacio de Muros y Luna y a cuenta de este depósito. De este modo su valor inicial quedó reducido a 143.294 reales 4 maravedíes de vellón.
La otra cantidad, de 137.324 reales 24 maravedíes, era el principal de un censo perteneciente a un mayorazgo poseído por Ana Dorotea Ordóñez, marquesa de Cardeñosa, viuda del marqués de Algarinejo. El duque de Medina Sidonia lo redimió y la cantidad recuperada la depositaron en la Casa de Misericordia de la capital por autos judiciales. La recibieron los llaveros de la Casa a 9 de octubre de 1749. En la escritura de redención y depósito la junta de granos mandó anotar estos antecedentes para que la suma pasara a poder de su tesorero. Le fue entregada por los diputados y llaveros de la Casa de Misericordia y por el administrador del mayorazgo mencionado.
No debe pasar desapercibido que las mayores cantidades invertidas en la crisis, que acumuladas fueron la mitad de los medios de financiación manejados por la junta del reino, fueron transferidos a la Casa de Misericordia cuando ya se había iniciado el año agrícola que conocería la crisis, respectivamente el 22 de septiembre y el 9 deoctubre de 1749.
Francisco del Río, vecino y del comercio de la capital, fue el siguiente gran inversor en la crisis. Contribuyó al fondo de la junta de granos con 142.151 reales 18 maravedíes, la cuarta parte del total. Se sirvió para ello de cinco fondos que le habían sido confiados en depósito: dos procedentes de rentas de mayorazgos y los otros tres de una disposición testamentaria, una partición de bienes y un embargo respectivamente.
Habiendo muerto sin testar el poseedor de un mayorazgo, se siguieron autos sobre su posesión. Eran renta del mismo 118.092 y medio reales, que quedaron en depósito de Francisco del Río. Como la junta de granos, según era regular, había acordado que al depositario se le recompensara con el medio por ciento del depósito que se le confiara, cuando a su tesorero le fuera transferido, de los 118.092 y medio reales fueron deducidos los 590 y medio que al depositario le correspondían por el medio por ciento del depósito, por lo que de éste quedaron líquidos 117.502 reales.
Valiéndose de las rentas de otro mayorazgo fue concedido un crédito de 3.960 reales. Por autos judiciales la cantidad fue depositada en José Martínez Riscos, cuyo hijo y heredero fue el mismo Francisco del Río, en quien paró la cantidad depositada. De ella se bajaron 19 reales y 3 cuartillos del medio por ciento del depósito. De Francisco del Río la junta recibió líquidos 3.940 reales 8 maravedíes.
Se siguieron autos de partición de los bienes de Juan Antonio de Andrade. En poder en poder del mismo José Martínez Riscos fueron depositados 8.458 reales, correspondientes a los bienes que se dirimían. Francisco del Río, porque era hijo y heredero de José Martínez, los recibió. Cuando se decidió traspasarla, a la cantidad le fueron descontados 42 reales del medio por ciento del depósito, y el tesorero de la junta de granos percibió de Francisco del Río 8.415 reales 25 maravedíes.
Contra los bienes de Francisco Gómez se siguieron autos. Por la venta de 12 reses vacunas y 7 caballares del patrimonio del encausado se obtuvieron 4.700 reales, que en 1745 se depositaron en poder de José Martínez Riscos. Por ser heredero y albacea de este, por último Francisco del Río entregó al tesorero de la junta 1.945 reales 17 maravedíes, resto de los 4.700 reales.
Una disposición testamentaria de Francisco Javier de Valladares pasó a un juzgado. A consecuencia de esta iniciativa 10.400 reales quedaron depositados en nuestro Francisco del Río. De la cantidad quedaron líquidos 10.348 reales 2 maravedíes, porque se bajaron 52 reales del medio por ciento del depósito. Fueron recibidos por la junta del propio Francisco del Río, su depositario.
La Compañía de San Fernando, creada en la capital en 1747 para recuperar alguna iniciativa en el comercio con las colonias, también actuó como inversor directo en la crisis, aunque su participación ya descendió por debajo de la décima parte. De un mayorazgo era poseedor Francisco de Carvajal, menor, vecino de Jaén. Renta del mayorazgo eran 46.323 reales 18 maravedíes, que fueron depositados en los directores de la Real Compañía de San Fernando. Por mano de Nicolás del Campo, tesorero de la compañía, pasaron a poder de la junta de granos.
La quiebra de José Gómez, vecino de la capital y fabricante de sedas, que fue objeto de auto de acreedores, aportó a la crisis una inversión similar a la procedente de la Compañía de San Fernando. La liquidación de sus bienes perecederos fue el origen de una parte de su contribución. Así, un negro [sic], que era patrimonio de la quiebra y que fue vendido. Su importe, 1.505 reales 30 maravedíes, fue depositado en Melchor Manuel de los Cobos, vecino de la capital, de quien fueron transferidos al tesorero nombrado por la junta de granos. Otros bienes pertenecientes a la quiebra también fueron liquidados. Su valor, 2.245 reales, entraron en poder de Francisco Antonio Barredo, escribano del juzgado segundo, quien igualmente los entregó al tesorero de la junta. Además, en poder de Gabriel Cordobés Pintado, fueron depositados otros 35.739 reales 15 maravedíes pertenecientes a la quiebra. El depositario transfirió la cantidad al tesorero de la junta, aunque luego hizo constar que había entregado de más por equivocación 318 reales. Por libramiento de los señores de la junta del 14 de agosto de 1750 se bajaron de la cantidad inicial, por lo que quedó reducido este depósito a 35.421 reales 15 maravedíes de vellón.
Juan Prieto del Campillo también fue intermediario en el negocio de la crisis, transfiriendo a sus fondos poco menos que la Compañía de San Fernando y la quiebra de José Gómez. Aprovechó ingresos de un mayorazgo, un censo y un auto de acreedores. Las rentas vencidas de la vacante de un mayorazgo que poseyó el marqués con señorío sobre una población regional eran 14.139 reales 10 maravedíes. Esta cantidad fue depositada en Juan Prieto del Campillo, a consecuencia de autos formados en virtud de reales provisiones y ejecutorias. Por bajarse el medio por ciento del depósito, a Francisco de Nuevas, el tesorero de la junta de granos, Juan Prieto del Campillo entregó 14.068 reales 24 maravedíes. (Hechos posteriores modificaron este ingreso. El 19 de abril de 1755 fueron embargados en el tesorero de la junta de granos los 14.068 reales 24 maravedíes porque pertenecían a Juan Tello de Guzmán. El tesorero de la junta se obligó a tener en su poder la cantidad que había entrado bajo su responsabilidad.)
Un tributo perteneciente al estado de Medina Sidonia fue redimido por 22.235 reales. Juan Prieto del Campillo otorgó escritura de depósito por esta cantidad. Cuando le fue reclamada por el tesorero de la junta de granos, le entregó 22.124 reales porque descontaba el medio por ciento del depósito.
Por los acreedores de Manuel Muñoz fueron emprendidos autos. En este expediente otorgó depósito Juan Prieto del Campillo por 275 reales. Bajados de ellos el medio por ciento del depósito, quedaron líquidos 273 reales 22 maravedíes, cantidad que el tesorero de la junta de granos recibió del depositario.
El único inversor que aportó menos de una vigésima parte pero más de una centésima fue José de Cotiella, quien debió obtener un censo para la compra de la hacienda que explotaba en un término inmediato a la capital. Quizás por haberla utilizado como garantía hipotecaria fueron promovidos autos. A consecuencia de ellos el propio Cotiella entregó al tesorero de la junta 11.368 reales correspondientes al capital sobre el que se dirimía.
El resto de las inversiones, de escasa relevancia, no pueden presentar a su favor otro hecho que la iniciativa judicial en modestas disensiones, que permitió que Andrés Ruano, un escribano de los tribunales, destacara entre todos los que en este tipo de procedimientos intervenían. Fue el caso de Mariana y Antonio Belloso, que murieron sin testar. El procedimiento judicial consecuencia de este hecho permitió que pasaran en depósito a poder de Andrés Ruano, que en aquella circunstancia actuaba como escribano del juzgado correspondiente, 569 reales, que por él fueron transferidos al tesorero de la junta de granos.
También ocurrió que los acreedores de Bartolomé López emprendieron autos contra él. Quedaron pendientes de resolución ante un tribunal en el que actuó el mismo Andrés Ruano. Por esta razón en su poder fueron depositados 600 reales, que también entregó al tesorero de la junta de granos.
Algo parecido sucedió con Pedro y José de Ostios, vecinos de Teba, quienes fueron embargados a consecuencia de los autos contra ellos emprendidos por Micaela Abet, viuda de Juan de San Miguel. Después, Tomás Redondo, vecino de la capital, también actuó contra los dos vecinos de Teba. Ambos procedimientos, que pasaron ante el mismo Andrés Ruano, permitieron que en su poder quedaran depositados 209 reales, que así mismo entregó al tesorero de la junta de granos.
Las demás transferencias a la junta de granos del reino no pueden verse como inversiones premeditadas, y solo el hecho judicial que las origina las vincula, si bien algunas no consiguen desprenderse por completo del interés financiero que pudo inspirarlas.
Se seguían autos contra Manuela Merino de Arévalo. El juez de los autos dio orden para que se pusiera en poder de Benito de Rojas, como depósito, cierta cantidad relacionada con el procedimiento que se seguía. Por haberse bajado de ella diferentes libramientos judiciales, así como lo correspondiente al medio por ciento de depósito, habían quedado líquidos de la mayor cantidad 1.936 reales, los mismos que entregó Benito de Rojas al tesorero de la junta de granos.
Una disposición testamentaria de Francisco Antonio de Ribas provocó un procedimiento judicial. A consecuencia de ellos una cantidad quedó en depósito. De la cantidad en depósito a poder de Nicolás de Robles pasaron 1.975 reales, de los que se bajaron 50 ducados, pagados de orden del teniente segundo, y 12 reales del medio por ciento del depósito. Quedaron 1.913 reales, que Nicolás de Robles entregó al tesorero de la junta.
En el caudal de la disposición del citado Francisco de Ribas a Gabriela Nieto de Pineda le correspondía una participación. Haciendo uso de ella, mediante disposición testamentaria propia, instituyó una dote de 550 reales a favor de la mujer de Juan de Angulo. Por libramiento de los señores de la junta de 26 de octubre de 1750 se libró a Juan de Angulo la cantidad de la dote a costa de los 1.913 reales que de este fondo restaban. Por esta razón quedó reducido el depósito a 1.363 reales, lo que fue anotado en la carta de pago o recibo que dio el tesorero de la junta el día 22 de junio de 1750 [sic].
A Diego Zuloeta pertenecían 400 reales. Por orden judicial fueron depositados en poder de José de Castro Cardenal, artista platero, quien los traspasó al tesorero de la junta. En relación con Ana de Baena así mismo se seguían autos, por los que se dio orden de que fueran consignados en poder del escribano que los tramitaba 110 reales, los cuales luego fueron transferidos al tesorero de la junta de granos.
Francisco Javier de Valladares, a través de su testamento, instituyó una manda de 1.889 reales 15 maravedíes, de la que nombró como fideicomisario a su padre, Cristóbal de León Gamero. Pero este falleció, por lo que la disposición testamentaria pasó al juzgado. Otro, Cristóbal de León, vecino de la capital, también estaba nombrado en la disposición de Francisco Javier de Valladares como depositario de la cantidad citada y la recibió, y fue él quien la transfirió al tesorero de la junta de granos.
2. Más interés que la procedencia directa de los fondos tiene la mediata o primitiva, la que precede a la mediación judicial. La mayor parte tiene su origen en rentas de cuatro mayorazgos, entre cuyos poseedores destacan los marqueses con señorío sobre una población regional. Acumulan un total de 321.188 reales 12 maravedíes, lo que supone el 57 % de todas las inversiones. También se invierte el principal de tres censos procedentes de rentas de mayorazgos, que se redimen con esta ocasión. Entre los actuantes bajo esta fórmula destaca el estado de Medina Sidonia, que en una ocasión es titular de capital y en otra redentor de censo. Por este medio fueron invertidos 163.388 reales 32 maravedíes, el 29 %. Así resulta que acumuladas las rentas de mayorazgos invertidas en la crisis a los capitales de censos procedentes de la misma fuente se obtiene el 86 % de toda la inversión, lo que reduce a una proporción de escasa significación el resto de orígenes de los fondos. El interés de los mayorazgos por participar en la crisis lo pone en evidencia la intervención del administrador de uno de ellos en la cesión de su capital a la junta de granos, sin que la mediación judicial parezca justificada.
Los demás procedimientos sólo significan el 14 % de las inversiones. Ninguno de ellos aporta una cantidad que supere los 12.000 reales y es muy común que queden por debajo de los 1.000. Se trata de depósitos consecuencia de disensiones provocadas por tres disposiciones testamentarias, tres quiebras y sus autos de acreedores, dos embargos, el empleo fraudulento de la garantía de un censo, un abintestato, una partición de bienes y tres autos indeterminados.
Se concluye, aparte los recursos que pudieran movilizar las poblaciones, que más de 19 millones de maravedíes fueron dispuestos para ser invertidos en el negocio de la crisis.
3. El recurso a los depósitos judiciales parece un procedimiento habitual para captar fondos con destino a las necesidades públicas. El dominio que los contemporáneos tuvieran sobre los procedimientos legales que lo facilitaban, muy superior al que podamos rescatar, crea no obstante sombra sobre el nexo entre el origen de los fondos y el imperativo judicial. ¿Por qué fueron elegidos unos depósitos y no otros?
Pero, aun cuando no se aceptara que quienes conocieran la ley pudieran organizar circuitos judiciales hábiles para el negocio, algo más elemental puede haber quedado inscrito en el que podemos observar. El plan para la captación de fondos desde posiciones judiciales no tuvo por qué ser distinto al de quienes la previeran con fines comerciales. Puede enseñar de dónde tendrían que provenir los capitales aptos para invertirse en operaciones de este tipo. Fuera o no intencionada la inversión, obtuvieran o no beneficio entonces, el caso es que fueron unas instituciones las que invirtieron en la operación comercial organizada para la crisis.
Hay partidas que son tan estrictamente judiciales como insignificantes. En estos casos el depositario regular es el escribano del procedimiento y no consta que deduzca en su favor ni siquiera el medio por ciento del depósito. Probablemente ahí esté la frontera entre el negocio financiero y la intervención judicial estricta. Pero otra parte de las que llegan a dominio judicial tiene unos antecedentes más complejos que en modo alguno son insignificantes. Detrás de estas se descubren secuencias de conexiones que parecen regulares. La conexión entre la administración de justicia y la junta la garantizan las autoridades públicas que la dirigen. Una parte de quienes actúan como jueces al menos en la jurisdicción local al mismo tiempo son miembros de ella. Creo que es bastante indicio, para los modestos límites del trabajo historiográfico, que la mayor parte de la inversión pueda relacionarse con las rentas de mayorazgos. Así lo evidencia el administrador de las rentas de uno que interviene directamente en la cesión de las rentas a la junta.
Aunque estuvieran protegidas por la intervención judicial, estas inversiones estaban expuestas a riesgos, como todas. Dado que su destino era el suministro de grano a los poblaciones, estas inversiones estaban garantizadas por los ingresos de los municipios: los que proporcionara el banco de granos local o pósito, cuyos descubiertos en caso de necesidad los propios compensaban, y en último extremo por el recurso extraordinario a los arbitrios, amparados legalmente por la real facultad. Así el riesgo de la inversión en este negocio quedaba reducido a la demora de su recuperación; con todas las garantías mencionadas, que al menos aseguraban la recuperación de la cantidad arriesgada.
Todo el horizonte de negocio podía quedar reducido a esto. Si las cantidades se prestaban en efectivo, no había posible beneficio, porque no estaba previsto ningún rédito a cambio de la cesión del numerario. Pero si las cantidades cedidas se prestaban en grano sí era posible el beneficio. Invertido el dinero en grano producido por una economía exterior, que por tanto se pagaba a costo de excedente, al entrar en el circuito de la economía regional, el grano adquiría el valor que correspondía a la escasez, el más alto posible. Para que el beneficio pudiera consumarse habría de actuar como realizador el comerciante que hiciera los necesarios trabajos de conexión, transmutador del valor y receptor y distribuidor de beneficios.
Este supuesto admite que los patrimonios que transitan por los tribunales, mientras las partes que por su causa se enfrentan dirimen sus contenciosos, no tienen un origen distinto al que hasta ellos, porque las familias más sosegadas evitan que escapen a su dominio, no llega, y que observados como un sistema todos los que pasan por allí no componen un espectro distinto al que la totalidad compondría.
De ser acertado el prejuicio especulativo, iluminaría el compartimiento subterráneo en el que están acumulados los ahorros; nos permitiría llegar hasta las fuentes del ahorro capaz de convertirse en inversión cuando en las poblaciones modernas sobreviene la oportunidad de crecimiento que la historiografía llama crisis de subsistencia.
Confiere verosimilitud al supuesto la política fiscal concerniente al trigo ultramarino, que estimula que todo el almacenado puede salir al mercado bajo aquella denominación. Las rentas deducidas del ahorro, de mayor magnitud que cualquiera que con ellas pretendiera competir, pueden ser invertidas en la adquisición de trigo y cebada -si no tienen ya esta forma-, para ser comercializados como granos ultramarinos. Subsidiariamente, pueden invertirse en la financiación del transporte del cereal, la otra gran fuente de beneficio durante la crisis.
Deudores rurales
Publicado: febrero 29, 2016 Archivado en: Narrador | Tags: crédito, rural Deja un comentarioNarrador
Los prestatarios o deudores también eran instituciones y personas, tal como los vendedores de créditos, solo que a este lado de los negocios el valor relativo de cada posición era el inverso. Mientras que el número de instituciones deudoras se limitaba a la quinta parte del universo de los prestatarios, las personas que se habían comprometido con un crédito eran los otros cuatro quintos. Con el tiempo, este reparto de papeles, en el mercado que se fue imponiendo, el de los censos, depuraría aún con más nitidez las posiciones de las partes actuantes. Observadas desde la contabilidad del convento de referencia, parece que el valor relativo de cada una fue incrementándose con su respectivo signo: el comprador de los censos de la primera mitad del siglo décimo octavo, en nueve de cada diez operaciones, era personal. Cuando además es posible observar el volumen de dinero comerciado, como en el caso del consumo de los créditos circulados por memorias, también se observa que la posición de mayor volumen era civil: seis de cada diez unidades monetarias eran cedidas por instituciones eclesiásticas en algún grado y movilizaban renta apta para financiar gastos de personas o grupos familiares útiles. Desde este punto de vista, todavía se deduce otro rasgo que parece característico de la demanda del crédito rural cuya restitución perseguimos. Su grado de concentración era alto: un tercio de la demanda captaría casi tres cuartas partes de la oferta. Del dinero vendido, a las manos de ese tercio habrían ido a parar siete de cada diez unidades monetarias, un fenómeno que afectaba aún más a la fracción institucional de los compradores.
El deudor corporativo en casi todos los casos al mismo tiempo era canónico. Cuatro reales, de cada diez vendidos por vía de memoria, no salían del dominio de las rentas eclesiásticas o asimiladas. La porción más explícita, que sumaba quince de cada cien operaciones de este tipo, era la que absorbían los conventos, cinco de cada seis de los cuales eran femeninos. De todo el dinero que salía a esta fracción del mercado reciclaban, por vía de crédito con memoria, una porción igual, lo que correspondía casi a la quinta parte del capital que por ella circulaba. Los regímenes económicos de una parte de las capellanías, y también de buen número de cofradías y hermandades, muy frágiles, les obligarían a financiarse regularmente con créditos, que podían obtener con preferencia en este circuito de las memorias, más limitado y más asequible. Sobre todo las cofradías, que suscribirían un crédito tipo alto (2.649,9 reales), encontrarían aquí su medio de financiación más favorable. Compradoras preferentes de créditos a través de esta fórmula, adquirían la décima parte del valor nominal de sus principales. Los patronatos, asimismo diversos, también consumían una parte significativa de esta oferta. El crédito medio que sintetizaba su demanda (420,4 reales) indica una baja capacidad para el endeudamiento. De las restantes posiciones canónicas (clérigos regulares y una monja, fábricas parroquiales), solo un hospital destacaba, aunque con una cuota por debajo de la vigésima parte.
La demanda de los tributos aparentaba mayor nitidez de los comportamientos, porque la parte institucional de las operaciones crediticias conceptuadas como tributos era la mayor. Al mismo tiempo, su grado de concentración de la demanda parecía más alto que el de todas las operaciones precedentes. Casi tres cuartas partes de los deudores mantenían más de un tributo anual. Aunque es cierto que la mayoría de estos apenas alcanzaban los cuatro compromisos de pago, había otros que satisfacían un número importante de tributaciones. Capellanías y una treintena de clérigos de todas las clases, por igual, cargaban con algo menos de la mitad de estas operaciones. Otra fracción importante, aunque por debajo de la vigésima parte, las cargaban sobre sí los conventos femeninos, casi los mismos que simultáneamente eran acreedores de cobros comparables. Los hospitales y el colegio de los jesuitas componían una parte de la demanda solo algo menor. Las demás operaciones correspondían a las instituciones habituales (cofradías, fábricas, obras pías y patronatos). La identificación de los deudores por su razón corporativa parece corresponder al hecho de que la carga se hubiera aceptado para financiar el gasto de la institución enunciada. El examen tipológico de la parte de los deudores identificada mediante esta razón, así como el de los instrumentos que utilizaban para endeudarse, nos ha permitido llegar a una conclusión que ya el análisis del tributo como tipo de contrato crediticio nos había adelantado, tan inmediata como valiosa para completar los rasgos del mercado del dinero en el campo. Una parte significativa de este orden tenía que ser cruzada, dado que las mismas instituciones eran acreedoras y deudoras.
Las corporaciones vinculadas al canon eclesiástico que adquirían censos, donde se concentraba en la primera mitad del siglo décimo octavo la masa de los compradores de dinero, también eran capellanías, cofradías, conventos y patronatos, pero ninguna pretendía crédito en una cantidad que fuera significativa, y desde el lado de los censos no era tan visible la parte endógena del crédito rural. A primera vista, parecía que las deudas institucionales fueran cruzadas que a un lado y a otro aparecieran fundaciones de la misma clase. Pero solo excepcionalmente encontrábamos la misma institución en las dos bandas (una hermandad, un convento de carmelitas calzados y un patronato), y aun en esos casos con preferencia se situaban en una y excepcionalmente a la otra. En los demás, las instituciones, aunque fueran de la misma clase, no eran idénticas.
Pero para las memorias y los tributos la ambivalencia sí era un hecho regular. Cada fundación conventual, porque su régimen económico tenía su origen en una adjudicación de bienes privativa, se podía mantener a su modo. Fueran de clero masculino o femenino, unas podían no ser deficitarias y otras sí, y de estas unas más que otras. Al tiempo, ocurría que los establecimientos femeninos podían disponer de un régimen propio de ingresos, sostenido a lo largo del tiempo al margen de las rentas proporcionadas por el patrimonio inmovilizado, que los distinguía de los masculinos, el que le permitían las dotes de las profesas. Comprometer memorias y tributos, sin transferencia previa de capital, podía ser un medio para redistribuir, entre las instituciones afines deficitarias, no necesariamente de la misma orden, sus vigorosas rentas. Por lo que podíamos observar, las fundaciones conventuales masculinas, y sobre todo el beneficio parroquial podían ser sus correspondidos más probables. De clérigos regulares, monjas e incluso de las fábricas parroquiales podía esperarse que sus memorias y tributos, cuando fueran de iniciativa propia, no resultado de una sucesión, podían ser compromisos que utilizaban este procedimiento sin contrapesarlo con una cesión de capital, para transferir renta, fuera de manera estable o para salir al paso de un balance anual que no les favoreciera. En reciprocidad, la participación del consumidor corporativo común en estos mercados, por las modalidades que los documentos registran (cofradía, colegio, convento, fábrica, hermandad y patronato) se explicaría porque para una parte de ellos, en determinadas circunstancias, podían ser imprescindibles, quizás solo con fines contables, los créditos cruzados. Así se sostendría regularmente una circulación fiduciaria o primitivo dinero bancario en el medio rural moderno.
En paralelo a esta trama actuaban las instituciones típicamente deudoras, la primera el municipio. Los propios intervenían en el mercado del crédito exclusivamente como demandantes. Y así como era excepcional en el ambiente del endeudamiento el patrimonio público municipal, porque al mismo tiempo no se detectaba como acreedor, salvo su excepcional mediación fiduciaria, las instituciones estrictamente civiles deudoras eran vínculos, mayorazgos y títulos. Un título, un par de mayorazgos y, sobre todo, diecinueve vínculos, acumulaban la mitad del tráfico de los créditos conducidos a través de la memoria. Sus grandes consumidores, los vínculos, encontraban en ella la demanda adecuada porque concentraban la tercera parte, tanto de las operaciones como del dinero transferido. El cuadro de la demanda civil del crédito conmemorado lo completaban un título y un par de mayorazgos. Sobre todo estos eran excelentes compradores de inmovilizados derivados a principales. El volumen de las iniciativas personales conducidas a través de cualquiera de estas tres instituciones familiares permite pensar que un grupo de la población, ya segregado por iniciativas legales precedentes, pudo abundar en su preeminencia representando el culto a sus antepasados, para con él encubrir al menos una parte de su compra regular de dinero. Dado el limitado valor del crédito tipo que compraba, es posible creer que a esta fórmula recurría para hacer frente a los gastos de menor entidad.
Entre los deudores institucionales y civiles de tributos, que eran pocos, la identificación de las instituciones que los avalaban comprende cinco que pesaban sobre mayorazgos y ocho sobre vínculos. De las instituciones civiles que adeudaban censos la mitad eran vínculos necesitados de financiación. También eran deudores de censos dos mayorazgos, e igualmente había títulos en el lado de los deudores comprometidos por la relación financiera directa. Siendo todas personas demandantes de crédito que se identificaron al mismo tiempo como dueños de bienes inmovilizados, hay que admitir que las rentas que estos les proporcionaran serían insuficientes para sus proyectos económicos; de lo contrario, no comprarían dinero. No sería correcto incluirlas entre quienes sostenían su posición gracias a la renta que, valiéndose de la inmovilización, deducían al trabajo. Eran los deudores institucionales en los que más ha insistido la historiografía. Parece que era frecuente entre quienes debían sostener su iniciativa económica sobre bienes vinculados que utilizaran para extraerles liquidez los recursos habituales. Uno de los más comunes era cargar sobre ellos alguna de las obligaciones crediticias que estamos analizando. Si el titular de un bien con esta sujeción no tenía con qué financiar sus explotaciones o empresas podía recurrir a cargar sobre ellas un crédito; para lo cual, además de su habitual relación con los bienes vinculados o con los destinados a fines piadosos, podía comprometer a los suyos que no estuvieran de antemano limitados. Como la consecuencia era que por esta causa solo adquiría la obligación de pagar cada año una modesta cantidad, que el bien inmovilizado pudiera soportar este peso podía ser un incentivo para que el propietario abandonara la inversión productiva, eludiendo los gastos y el trabajo de la gestión de la empresa y reduciendo el recurso al capital a su papel de bien hipotecado.
Pero la dirección del crédito rural con preferencia iba de las corporaciones, que disponían de ahorro inmovilizado al que debían extraerle renta, a las personas físicas que lo demandaban. Sabiendo ya que cualquier comportamiento que tuviera alguna oportunidad en el mercado rural del dinero estaría acogido a sagrado; que sus prestamistas individuales igualmente sobrevivirían al calor del invernadero canónico, en mayor o menor grado; la amplia relación de los deudores del convento fue la que nos permitió verificar el análisis deducido de las fuentes más generales. Para conocer cuanto fuera posible de los deudores personales el rastro más seguro que los documentos permitían era su identidad, concentrada en la mención de sus nombres, la referencia que más concedían sus redactores. Solo averiguando de aquellos cuanto estos permitieran se podría satisfacer la descripción completa del ciclo crediticio. Deseábamos progresar en el análisis de los deudores sobre todo porque aspirábamos a conocer el empleo que daban a los préstamos, y especialmente si el destino que les aguardaba era productivo o no.
A partir de la identificación nominal ensayamos diversas formas de aproximación a las características de esta vertiente de aquel sistema. La primera con algún resultado consistió en detectar los posibles créditos cruzados, para restaurar la dimensión efectiva del número de los demandantes, antes de avanzar en cualquiera de las otras facetas del análisis. El balance fue satisfactoriamente precario. Solo dos personas eran simultáneamente acreedoras y deudoras. Eran los únicos comportamientos en los que podíamos apreciar un indicio que nos permitiera pensar que en este ámbito pudo actuar el financiero especulador. Creímos que era suficiente para afirmar que este comportamiento, aparentemente al menos, estaba excluido de aquellos mercados.
La dispersión del crédito era alta. Casi cuatro de cada cinco deudores de censos estaban comprometidos solo por una deuda, eran insignificantes los que tenían que responder por tres y nada más que uno mantenía cuatro, valor máximo del acaparamiento. Apenas una décima parte estaba obligada por los réditos de dos préstamos distintos. De esta manera de comportarse, de la que parece más responsable los que vendían el dinero que quienes lo demandaban, porque la entidad que nos permitía estas estimaciones periódicamente ingresaba importantes cantidades en su caja de los préstamos, aptas para ser activadas en el mercado del crédito, se podía deducir que la capitalización sería una posibilidad permanentemente abierta.
De los deudores personales de censos, solo tres vigésimos eran mujeres, y de estas la cuarta parte se declararon viudas. Mujeres, de las que no constaba que pudieran tener alguna relación con institutos eclesiásticos, también tenían presencia significativa en el mercado de los créditos cursados mediante memoria. Aunque eran algo menos del vigésimo de los demandantes, algo menos de la mitad de los capitales adquiridos estaban suscritos por ellas. Parecía que también eran circunstancias biológicas las que decidían sobre tan alta presencia femenina en la compra de esta clase de créditos. Concluidos sus matrimonios a consecuencia de la acción selectiva de la muerte, para cuyo apetito eran precedentes los ejemplares del otro sexo, habrían recibido en exclusiva la responsabilidad de una carga en su momento contraída por dos. Pero también había sido posible que la capacidad de endeudamiento de la familia se expandiera recurriendo a la cónyuge como responsables única del compromiso crediticio. Razones dictadas por la ineludible consanguinidad asimismo alentarían otras variantes del préstamo. Más de una cuarta parte de las deudas censatarias recayó en sus responsables por herencia. El compromiso se perpetuaba constituyéndose en deudores los herederos del prestatario primitivo, lo que en algunos casos aconsejó su transferencia a un solo pagador.
Entre los hombres que adeudaban censos era una porción irrelevante, inferior a la décima, la que decidió identificarse declarando, junto a su nombre, alguna referencia a su formación o a su actividad. Se preocuparon por actuar así, más que cualquiera de los otros, los eclesiásticos, en especial los que solo podían titularse presbítero, pero también frailes y clérigos de órdenes menores. De la población civil, fueron los jurados de la cámara del municipio quienes gustaron más hacer ostentación de su título. Solo un doctor en medicina hizo constar esta formación.
Los indicios sobre la posición relativa de los acreditados, dentro del agregado de las poblaciones, que eran universos porque al mismo tiempo eran lugares discretos, podían completarse con el examen del recurrente tratamiento, cuyo limitado valor provenía de su casi insobornable rigidez. Aunque nunca nos había parecido un recurso del que se pudieran esperar buenos resultados, ahora deseábamos agotar todas las posibilidades a nuestro alcance, dada la importancia de esta parte del problema. El grupo de quienes hacían ostentación, para que les sirviera de cobertura, del tratamiento que públicamente se les concedía era particularmente destacado entre la fracción de los consumidores que prefirieron el mercado específico de los créditos con memorias. Un tercio de sus deudores requirió el común a la distinción básica, don para los hombres y doña para las mujeres. Conducían una parte nada despreciable, del total de sus necesidades financieras, por este camino, como demostraba que el crédito tipo que obtenían estaba por encima del medio. La población civil significada con tratamiento la representaban dos vecinas y nueve vecinos, que acumulaban una décima parte del valor nominal de los créditos vendidos por esta vía. Podríamos haber enfatizado la alta proporción de dinero que acaparó el grupo, con seguridad muy superior a la que correspondía a su valor relativo en cada población. De proceder así, hubiéramos invertido un esfuerzo de documentación cuya rentabilidad no hubiera sido diferente a la que nos permitía la conjetura. Claro que esta manera de proceder es heterodoxa, pero el valor relativo del problema recomendaba correr el riesgo antes que dilapidar energía. La presencia de eclesiásticos entre los deudores de esta fracción del mercado, que avisaba de la importancia que pudo tener el trato preferente en las concesiones de préstamos, no restaba valor al peso civil de esta demanda porque era baja.
Más fecundo aún nos pareció el análisis complementario, que demostró para la oferta común de dinero a través de memorias lo asequible que para una parte de la población pudo ser. De dos terceras partes de los compradores pudimos tener la certeza que pertenecían al común porque no habían sido registrados con tratamiento. El tamaño del común, en las poblaciones modernas, también correspondería a una proporción más alta, que tampoco era necesario cuantificar para dar satisfacción a este axioma. Su valor efectivo, para nuestro análisis, indicaba la amplia difusión de la posibilidad de invertir, a través de la financiación que el crédito modesto facilitaba. Porque, al mismo tiempo, el análisis de los nombres de persona sin tratamiento demostraba que esta parte de la población tenía en el mercado de los créditos con memoria una presencia limitada a menos de la vigésima parte de las operaciones y algo por debajo de la mitad de los capitales adquiridos.
El valor relativo de los compradores sin tratamiento en el mercado de los tributos podía ser una prueba de su mucho más limitada admisión en esta clase de transacciones. Solo dos tributos los debían un par de hombres que no añadieron nada más a su identificación nominativa. Este hecho nos pareció la mejor demostración, de cuantas los documentos nos permitían ahora, a favor de que el mundo de los tributos era naturalmente hermético.
En guardia
Publicado: febrero 15, 2016 Archivado en: Ángela Herodias | Tags: historias Deja un comentarioÁngela Herodias
Cástulo es un hombre discreto, a pesar de su casi metro noventa. Calza sandalias, incluso en invierno, cuando se permite un par de calcetines, bien con estampado de colores, que se extienden sin contornos definidos por el empeine y el talón, bien de punto cruzado, para formar ingeniosas combinaciones romboidales, bien lisos, discretos de tono, probablemente más de fibra que de algodón. Sus únicos pantalones, de los que posee varios pares, ceñidos al tobillo, son piezas supervivientes de un conjunto truncado, adquiridas en mercados marginales los domingos por la mañana. Bajo el puente de las piernas le cuelgan poco menos de un palmo, y ante las rodillas mantienen una bolsa, resistente a los lavados a los que cada semana los somete. El jersey que cubre su torso recuerda a los que suministra el ejército a los soldados, de un verde apto para los camuflajes previsibles, no para las emboscadas, quizás de un tono más pálido que el original, ahora una consecuencia de su persistente exposición al sol. Se le adivina una camiseta debajo, porque algo por encima de los pectorales lleva marcado un arco y sin embargo nada asoma por el cuello, siempre completamente desnudo, tanto que al descubierto le quedan las pelusas del cogote. Tengo la certeza de que se afeita con regularidad, aunque no con frecuencia; he supuesto que los viernes, al estilo de los antepasados nuestros, quienes descubrieron que la madrugada del sábado, víspera del descanso más prolongado de la semana, relajaba las costumbres del modo menos favorable. Como tampoco frecuenta la peluquería, quizás porque ya no lo necesite demasiado, sus vecinos suponen que el momento decisivo de su vida coincidió con la ola pacifista que en los dos continentes, ambos del norte occidental, separados por un océano, suplantó la amenaza de una revolución; que después de los desastres de la peor guerra que haya conocido la humanidad cercaba a los gobiernos, inutilizaba los turnos.
Vive con la modestia que le aconsejan sus convicciones, que cela con el silencio, en poco más que una habitación; con el mayor decoro que sus circunstancias, sujetas a los ingresos de una parca prestación, le permiten. Hay que reconocer que es ahorrativo, que tiene organizados sus gastos con más rigor del que aconseja una sana economía. Compra la fruta por unidades, y la verdura, cuando la examina, ante la impaciente mirada del vendedor, la bondad hecha una estimable porción de carne, que se afeita la cabeza, la selecciona con la severidad de un almacenista, quien rechaza un lote si ve alguna pieza magullada. Y solo después toma una o dos que a lo sumo alcanzan los doscientos gramos, el cuarto de kilo como mucho. Se tiene prácticamente vedado el producto de la pesca, no porque crea nociva su carga de metales, y del vacuno su dieta, que lo restringe a una ocasión al mes, tiene aceptado el pesado hierro que destila disuelto en la sangre. Cuando le apremia la necesidad de proteína, recurre al pollo, aunque esté convencido que nada puede superar, si por las proteínas hay que preocuparse, a las legumbres, las más saludables. Al hombre sano no le tendría que estar consentido ponerles reparo porque sean flatulentas.
Pero no se puede decir que sufra privación alguna. El mobiliario de su hogar es el razonable para un hombre que vive solo. Cama, armario y los equipamientos de la cocina y del cuarto de baño son los mejores que tiene al alcance un hombre con sus ingresos. Es cierto que podría disponer de más confort en la habitación, la primera pieza de la casa que quien entra ve. Todo su mobiliario se limita a una mesa y un sofá; la mesa, para comer, el sofá, para dormir. Pero no necesita más. “Excederse en lo necesario solo conduce a la molicie”, dice.
La lluvia es un don de la naturaleza que solo quienes siembran saben apreciar. Es un milagro que en silencio, fuera de la vista, nutra la bendición de una zanahoria, el beneficio de una patata, excelsa si frita. Pero quienes habitan en las ciudades, antes que agradecerla, suelen enemistarse con ella. No es que la repudien, ni que ignoren el valor profiláctico que el lixiviado de las calles, de los edificios que las llenan y del aire urbano para ellos tiene. Sin embargo, les contraría que a todos, antes o después, les sorprenda inermes. Los que se atienen a los ritmos de la vida en la ciudad viven sometidos a una velocidad que comprime su capacidad para tomar decisiones, como cuando al frenar el autobús los cuerpos se agolpan, restringida por la duración del tiempo, tasada y medida; como en la cola de la ópera, como en las gradas del estadio. Más de la mitad de las veces los sorprende sin paraguas.
Ninguna de las medidas que la economía de esfuerzos civiles ha tomado en la ciudad, con el fin de sobreponerse a ese azar, ha conseguido evitar el peor de sus efectos. Ni escuetos gorros de alas caídas, que encajan a presión en las cabezas porque tienen las dimensiones justas, ni prendas reversibles, ni calzado impermeabilizado son solución alguna. Una y otra vez ensombrecen el paisaje urbano, tan querido, tan hospitalario, los pelos adheridos a los rostros, caídos, los peinados destrozados, los pies chapoteando dentro del calzado, los calcetines empapados, los cuerpos calados hasta los huesos. No es que el paraguas sea la solución completa a los problemas. Pero resuelve el más insoportable de los efectos de la lluvia, la cara batida por las gotas.
Lupe es una joven pariente de Cástulo que convive con una amiga. Para recordar su nombre, que rara vez llega a mencionar, él debe recorrer un camino largo, algo complicado, y no obstante infalible, en pocos instantes. En cierto restaurante, hace años, cuando aún era joven, servían un plato muy apetitoso, sencillo, a base de huevo y tomate y poco más, con el que se deleitaba con toda la frecuencia que sus escasos medios entonces le permitían. Apelar al recuerdo que conserva de aquel plato, que recupera como una imagen, un cuenco de acero inoxidable humeante, rojo, blanco y amarillo, sobre el mostrador de madera mate por efecto de la insistente limpieza, desencadena en él un flujo de las papilas generoso. La disciplina de la ayuna, que es parte del procedimiento que le permite obtener aquel resultado, la recompensa el destello de un rótulo enmarcado, en donde figura el nombre del establecimiento, el mismo que el de aquella chica.
Con Lupe esporádicamente se encuentra, y menos aún se interesa por su estado, más por educación que por interés. Sus saludos se limitan a cuando alguna coincidencia fortuita o de las programadas por la familia los hace converger. Así ocurrió el día al que quiero referirme, cuando coincidieron en un soportal próximo a la casa de él, donde los dos se habían refugiado, inermes, sorprendidos por la lluvia. Tras el intercambio de saludos, satisfecha con toda la compostura de la que era capaz la representación de la sorpresa, le ofreció arriesgarse unos metros, y a cambio alcanzar su modesta vivienda, donde podría disponer de un paraguas. Lupe aceptó. Pero cuando llegó el momento de elegir uno de los que Cástulo mantenía en su paragüero, con una desfachatez que lo encontró con la guardia baja, le afeó que los tres que ponía a su disposición estuvieran tan nuevos. Al contrario, su dueño creía, justo porque estuvieran en tan buen estado, que daban testimonio de su generosidad.
No era la insolencia, a la que en el caso de aquella criatura ya estaba acostumbrado, lo que le había desconcertado. Era su actitud desagradecida. Tal vez ni los hubiera estrenado, le dijo. Incluso sospechaba que no quisiera deteriorarlos con el uso. Para evitar un nuevo gasto, por tan ahorrativo como era. Quizás el propósito del dueño de la casa solo había sido dar algo de color a aquel rincón de la triste entrada, reflexionó en voz alta. En su vida era todo tan superficial y tan innecesario, le sentenció. Porque ni siquiera las posibilidades cromáticas de los paraguas las había aprovechado. O prefería ignorar que también en verano podían ser utilizados, bien como bastón bien como elegantes sombrillas al servicio de discretas damas de tamaños orientales.
Ignoraba Lupe que Cástulo era generoso y versátil en el manejo de cualquier clase de paraguas, que nunca los mantenía ociosos, que nadie como él les daba vida; que cuando caminaba con uno en la mano declaraba con él su pensamiento, oscilante como los ritmos de su corazón, estimulado por las instantáneas vistas al paso, por los encuentros fortuitos, los luminosos, los quioscos, los tristes automóviles que como pesadas vagonetas por el fondo de una galería penosamente circularan. Si tomado por el mango con la mano izquierda, ordenaba la rosa de los vientos, para que en sus direcciones favorables circularan quienes caminaren frente a él. Si en la derecha, mantenido algo por debajo de la cadera, sus decisiones estaban tomadas, sabía a dónde se dirigía. Tanto podía parecer báculo como batuta, sable como fusil. Tan pródigo era en darles aire, tanto sentido podían tener sus tamaños, sus colores y sus formas.
Hablar de aquel modo, tan encubiertamente amable para los oídos menos experimentados, era un hábito con el que Lupe, desde que era niña, cuando se encontraba con él, lo había gratificado. Recordaba el día que lo había sorprendido hojeando un diccionario de alemán que acababa de comprar. “¿Para qué quieres un diccionario de alemán, si tú no sabes alemán?”, le dijo. Cástulo, que siempre ha sido un hombre moderado, entonces evitó responderle con toda la crudeza que su generosa sinceridad merecía. El ponderado rechazo que incluía la pregunta, que se sostenía sobre un mal disimulado prejuicio, porque carecía de certeza sobre lo que daba por seguro, le impidió pasar del sonrojo.
Bien hubiera podido responderle que justo por lo que ella misma pensaba, en el caso de que fuera cierto, lo necesitaba. Prefirió componerse una explicación sobre aquella actitud. Las inocentes criaturas, que todos los días son convocadas a la mesa de los sacrificios y las oblaciones, obedientes a la llamada del padre celebrante, momento único en el que toda la familia se reúne, oyen de la boca de sus progenitores, sagrada como el oráculo, las mejores opiniones sobre los parientes; un modesto e inocente medio de conjurar las adversidades de la familia en la que es inevitable vivir, descargándolas sobre representaciones simplificadas de la parte más próxima, y a la vez ajena, tan conocida por los hijos, quienes con facilidad pueden identificar a sus miembros, ya clasificados, unos con favor, desfavorecidos otros, para que con ellos compongan sus primeros órdenes del mundo. Por experiencia sabía que el principio que prodigaba el trato amable entre los sentados alrededor de la mesa devoradora de víctimas propiciatorias era el de la descalificación. Estaba seguro que él había sido objeto de las más acabadas censuras de aquel género por parte de sus parientes, los padres de la criatura, algo excedidos por la edad ya cuando la concibieron, nunca del todo convencidos del acierto de su generación, durante más de uno y de dos almuerzos. Sospechaba que a causa de su parsimoniosa y retirada vida, que en nada comprometía a las ajenas, por las que en modo alguno deseaba verse concernido.
Cuando llegó a su casa, tan empapada como el día de vientos huracanados consentía a todos los transeúntes, inermes o armados, Lupe arrinconó el paraguas. En su gesto concentró su enemistad eterna con la lluvia, que no había podido vencer, el desprecio a la debilidad propia, por haber cedido a un estúpido ofrecimiento, y la condena a su pariente, tan inútil hasta en sus favores. Pero en un par de días incubó su odio como un incontenible deseo de ultimarlo, como si con aquella oportunidad hubiera ganado una posición única, que la obligaba a ser la ejecutora de una venganza, cuerpo a la vanguardia de una familia justiciera que ya había dictado sentencia contra la injustificable vida de Cástulo.
Es muy religiosa Lupe, más las fiestas de guardar que en los días laborables, y mucho más en los señalados días que en el año están reservados a la manifestación pública de la penitencia. Es seguro que sus descalificaciones de cualquiera interesan el territorio de su moral, compuesta con un buen número de juicios severos y sentencias irrevocables, dictadas por unos poderes divinos inmisericordes, ante los que solo se puede decir amén. Cualquiera de las condenas promulgadas a consecuencia de la aplicación de este código debe ser purgada con un sufrimiento. Descosió con deleite Lupe la tela, separó una por una las varillas, en aplicación del veredicto a su conciencia llegado. Y se recreó en la previsión de los posibles sucesos por venir. Si Cástulo le solicitara la devolución del paraguas, lo que sería otra manifestación de su desviada manera de comportarse, porque un paraguas no es una prenda valiosa, y no debe entrar en el canon de las personas con algo de educación solicitar que sean devueltos, apelaría al viento. Cuando volvía a casa, le diría, las rachas que acompañaban a la lluvia volvieron del revés el paraguas y lo destrozaron.
Durante algunas noches, ella y su amiga se divirtieron sirviéndose del bastón, ya sin rayos ni varillas, imitando con discutible acierto los gestos de Chaplin, los progresos de un desvalido cuponero por la acera. Cuando hubieron agotado estos ingeniosos recursos, decidieron servirse de las varillas para practicar esgrima, con tan magnífico desprecio de la experiencia, con tanta pericia en el giro de la muñeca, así como en el acoso del contrincante y el amago de las estocadas, que su amiga estuvo a punto de exrrostrarle un ojo.
Pasados los días, efectivamente Cástulo fue a recuperar lo que era suyo, y pudo ver ante sí las consecuencias de la derrota que había sufrido. Tras retirarle los restos del paraguas, que encontró desperdigados y retorcidos, a pesar de lo cual él los creía aún recuperables, a poco que les concediera algo de paciencia, y del cariño que hacia aquellos fieles concebía de manera espontánea, de él recibió Lupe generosas recomendaciones. “También en materia de parches para ojos vaciados hay tendencias. La memoria conservada de Aníbal, el más egregio de los tuertos antiguos, describe el suyo como un trozo de cuero, más becerro sin apenas curtir que suave badana, tensado por un par de tiras del mismo material, que se anudaban en vistoso lazo sobre el occipucio, una vez pasadas por encima de las orejas. A esa misma estirpe pertenecen el que lució la mejor casta de los piratas, en la que nunca faltaron héroes monoculares, y el de John Ford, que sometió su naturaleza al objetivo de las cámaras. También el del heroico Publio Horacio, apodado Cocles, hombre de la más gallarda apariencia y del más valeroso espíritu, que salvó Roma en una de sus horas más delicadas. Sin embargo, entre la aristocracia trasatlántica ahora se ha extendido otra modalidad. Consiste en acabar el parche como una concavidad, para conseguir algo de volumen, de modo que, visto el rostro de perfil, el lado en el que el ojo falta también aparente algo de su natural relieve. Para que el efecto que se pretende sea mayor, puede ser necesaria la contribución de un autor de alta costura, dados el tamaño de la pieza y la delicadeza del objeto. Pero no es necesario incurrir en dispendios. En todos los barrios hay gente con buenas manos, capaces para resolver la pieza con una sola costura central, para que recuerde los párpados cerrados. Incluso las puntadas, si se ejecutan con paciencia y a trechos regulares, tal como para el punto de ojal, puede ser una ingeniosa referencia a las pestañas, que lamentablemente, si sobreviven, han de quedar ocultas tras el trozo de cuero. Las cintas, para obtener un posado del parche que se adapte con naturalidad a la cuenca donde el ojo antes se alojaba, según la nueva tendencia deben pasar divergentes, una por arriba, recorriendo la frente, y la otra por debajo del lóbulo de la oreja, y ambas encontrarse sobre el inevitable occipital, donde consiguen una mayor sujeción. Pero, al alcanzar ese término, deben ser hurtadas a las miradas, disimuladas bajo el peinado.”
Las tácticas del almacenamiento
Publicado: febrero 2, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica Deja un comentarioRedacción
El trigo atesorado tendía a retraerse de la circulación y refugiarse en lugares oscuros y apartados, como los delincuentes a los que la justicia acosa.
Un lugar para guardarlo que contaba a su favor con una fácil coartada era el horno donde el pan se fabricaba. A ella recurrían con naturalidad los panaderos, y lo mismo hacían las personas no vinculadas al oficio pero necesitadas de su trabajo. Los que se encubrían con esta apariencia descargaban mancomunadamente la responsabilidad de su almacenamiento sobre aquel personaje si con él habían quedado comprometidos. El lazo que los unía era denominado obligación, como tantos otros compromisos que hoy podríamos llamar contratos. De la descripción que de él hacen se deduce que consistía en que una persona, habitualmente con cargo de familia, había depositado en manos de un panadero cierta cantidad de trigo, a cambio de la cual este quedaba sujeto a entregarle diariamente una cantidad regular de sus elaboraciones.
Así actuaron cuatro hombres, que hicieron su registro en el mismo documento, o en reciprocidad un panadero que mantenía una gran cantidad de trigo apartada de la circulación. Convencido de que aquellas menciones hablaban a su favor, apeló a familias de la ciudad entre las que figuraban la de un administrador de rentas provinciales, nada menos que responsable directo del sistema fiscal del momento, las de tres hombres del comercio, la de un tesorero del registro, la del regente de la audiencia, que debía celar por la justicia, la del juez de marina, la de una señora fatalmente viuda, así como la casa en la que convivían ciertas damas, sobre cuyos vínculos el documento guardó un decoroso silencio. En total, identificó veintisiete cabezas de familia que lo habían elegido para dar cobertura a su almacén de trigo. Las menciones más sorprendentes coincidían con cantidades elevadas, por encima del acopio común. Así ocurría con los cargos de la administración o, sobre todo, con los hombres del comercio, quienes difícilmente, dados aquellos tamaños del acopio, podían ocultar que en su caso había algo más que necesidad de asegurar el consumo del hogar.
La ramificación de esta forma de almacenamiento que tal vez sea de mayor interés la alentaba el comercio del grano. Valiéndose de las obligaciones que tenían contraídas, algunos panaderos que tenían a su cargo un horno justificaban su declaración de contratos porque estaban a la espera de recibir grandes cantidades de trigo, por ejemplo 2.000 unidades de capacidad, compradas fuera de la región.
Algunos vecinos de la capital recurrían a declarar que sus almacenes los mantenían en determinadas poblaciones, tan alejadas de ella que a su registro le sería imposible verificarlo. Probablemente por eso se les permitía afirmar además que allí ya había sido registrado. En otros casos, desviar el trigo a lugares alejados se justificaba por razones comerciales, porque se tuviera previsto venderlo en el lugar identificado. También podía ser consecuencia de la posición favorable que permitía la actividad de quien almacenaba. Un vecino de la capital guardaba su trigo en el palacio del señor de un lugar próximo, a medio camino entre las casas de la ciudad y las edificaciones rurales, porque era el administrador de aquel estado.
Para hacer más eficaz el almacenamiento, repartir el trigo entre distintos depósitos podía ser una buena táctica. De esta manera se complicaba el control que cualquier autoridad pudiera intentar sobre él. No debía ser nada condenable, porque había declarantes que lo afirmaban sin el menor ánimo de disimulo. En más de una ocasión quienes afirmaron actuar de este modo eran regidores de la capital, titulados caballeros veinticuatros. Supuesto que el patriciado, por razón de prudencia, se vería en la obligación de actuar en el momento crítico con la mayor integridad, es legítimo suponer que a través de los casos que revelan diversificación de almacenes estamos observando un comportamiento más generalizado.
Uno de los veinticuatros dividió su patrimonio en tres fracciones. Las dos más importantes, que juntas componían casi la totalidad del grano de que disponía, las repartió entre el cortijo que labraba en un término próximo y la hacienda que tenía en otro aún más cercano, a razón de dos tercios para el primer depósito y un tercio para el segundo. El resto, casi dos centésimas partes del total, lo guardaba en su casa. El otro veinticuatro guardaba en el cortijo que labraba, también localizado en un término próximo, algo menos de una cuarta parte de su inversión en trigo, mientras que las otras tres cuartas partes las mantenía custodiadas en la alhóndiga de la capital, en los graneros del monte de piedad.
El tamaño y la relación proporcional de las cantidades descritas permiten deducir que el trigo almacenado en casa estaba destinado al consumo familiar, tal como se hacía en otros casos, mientras que los almacenes rurales cumplirían con la función de poner a buen recaudo el grueso del capital en grano. Algo distinto parece el recurso a la institución de la alhóndiga. Si hemos de juzgar por la expresión que utiliza el autor de la declaración, parece que la abierta en la capital, en 1750, simultaneaba la función que le era propia, de mercado franco del trigo, con el de institución de crédito de grano mediante hipoteca de bienes, característica que era propia de los pósitos. Es probable que en la capital, para hacer más eficaz la política de granos en el estado de crisis, la autoridad hubiera preferido unificar las dos instituciones. Aunque pueda parecer censurable que el veinticuatro aprovechara en beneficio propio almacenes públicos, la desviación de una parte del ahorro hacia la alhóndiga indica voluntad de comercialización ateniéndose a los cauces regulares del comercio, quizás aspirando a ser estímulo para que otros tomaran iniciativas similares.
Sobre el almacenamiento en la alhóndiga es posible precisar más. Otro declarante afirmó que en su casa guardaba algo más de las tres cuartas partes del trigo que poseía, mientras que la otra cuarta parte estaba en el pósito de la alhóndiga. Con excelente criterio, comenta además que esta porción, a su vez, era el resto de una cantidad que el teniente mayor del municipio le había pedido. Aquel resto, con toda probabilidad porque así lo habría decidido él mismo, había quedado allí con la condición de que fuera reembolsada en trigo semental cuando llegara el momento de la siembra siguiente.
Parece que la alhóndiga, bien para atender las necesidades de venta en los momentos de mayor caída de la oferta bien para cubrir los servicios que se esperaban de los pósitos, de menor demanda en una población con escasa dedicación a la agricultura, se servía del ahorro privado en trigo. La devolución de patrimonio que así tomaba la iría efectuando la institución según acuerdo entre las partes, en el que seguro incluirían en concepto de intereses algunas ventajas materiales para el dador, como recibir trigo apto para la siembra. No habría en esta diversificación del almacenamiento más que una estimable dosis de buena voluntad, o a lo sumo una posición política que obligaba a actuar de este modo.
En otros casos la diversificación se extiende, no solo en el sentido horizontal, sino también en el vertical. Un hombre que labraba un cortijo en una población cercana guardaba en grano y en harina. Tres cuartas partes del patrimonio en grano lo custodiaba en sus propios almacenes, que estaban en la capital, en el sitio de la Pajería, mientras que en el cortijo mantenía la otra cuarta parte. Al tiempo, también en el cortijo, conservaba una cantidad de harina aproximadamente similar al grano allí depositado, medida en unidades de capacidad. Este comportamiento apunta en dirección a la apertura de un frente para la captación de demanda, el trigo que fluía a la primera población regional. Que la parte transformada en harina se mantuviera en el cortijo indica que lo que allí permanecía almacenado tal vez estuviera destinado al consumo interno de la explotación.
Algunos labradores dijeron servirse de los graneros de un monasterio, más allá de una de las puertas de la ciudad, o del granero del que disponía una hermandad de caridad, que estaba junto a su casa. Acogerse a una institución piadosa para almacenar trigo podía ser algo más rutinario de lo que estos casos aparentan. También eran fundaciones de este tipo las que habitualmente cargaban con el crédito común. El almacén de trigo de una institución piadosa podía proporcionar una cobertura similar, aunque en este caso no se hubiera consolidado un medio legal, equiparable al censo consignativo, que permitiera encubrir la forma de proceder. Pero el efecto sería idéntico. La institución piadosa almacenaba para hacer frente a sus fines, y el almacén de la institución relevaba de la responsabilidad de la ocultación al grano que a ella se acogiera, como apartaba del censo consignativo la pesada carga de la acusación de usura.
Podemos asegurar también que el trigo, en las situaciones de crisis, completaba el servicio que de él se esperaba cambiando de almacén. Aparte los efectos que pudiera tener para la exactitud de los registros, el movimiento era una fase de la acumulación que aproximaba a la satisfacción de los deseos que llevaran a tomar la decisión de guardar. Con el movimiento se buscaba el mejor mercado posible. Las noventa y ocho unidades de trigo que tenía un hombre que explotaba un pegujal habían sido compradas, por mano de un intermediario, vecino de una población próxima y panadero que amasaba el pan a ciertos ganaderos, a un vecino de otra inmediata.
Una variante del almacenamiento doméstico, que no carece de interés, era la desviación del almacén propio a la casa de otro. La razón que aconsejaba actuar así no se deduce con certeza del análisis comparativo de los casos en los que esto ocurría, pero en ocasiones se descubre que mediaban vínculos que facilitaban su formación. Siempre eran lazos de parentesco los que podrían explicar la decisión, como la de aquel boticario que almacenaba en las casas de su suegro, que vivía en su mismo barrio, o la de aquel hombre que guardaba en el mismo lugar que su hermano. Además, había quien elegía la casa de otro para almacenar mencionando sitios con nombre propio, lo que tal vez esté indicando que la derivación buscaba localizar el almacén en la periferia de la ciudad; mientras que un hombre del comercio dijo que el trigo que poseía lo pasó del almacén que tenía en las inmediaciones del río a un convento de monjas próximo, donde profesaba una hija, a la que por su pobreza aún mantenía. No parece que correspondan a las coartadas las tiendas y los puestos, donde también se almacenaba. Un hombre con tienda de semillería y puesto de cebada que guardaba en este, así como el que lo hacía en su casa estanco del tabaco, no disponían de cantidades más allá de las que necesitaban para surtir sus ventas al por menor.
Pero todavía es posible avanzar más en el conocimiento de los recursos de los que se nutría la ocultación observando cómo se actuaba cuando el almacén se había localizado en el campo. Cuando sus guardianes menos avisados eran sorprendidos con trigo, y a la vez se resistían a declararlo, recurrían a un argumento tan previsible como el de la llave. Lo exponían de una manera tan indefinida como ingenua, comparable a la justificación que de las travesuras hacen los niños. En tres ocasiones los interrogados afirmaron que la llave del cuarto, granero o soberado que estaba cerrado la tenía el amo de la explotación, que no estaba presente. En dos de ellas, en el transcurso de la declaración, los interrogados terminaron admitiendo que en las dependencias a su cuidado había trigo, pero que no les era posible averiguar la cantidad por la misma razón. Tal acceso de sinceridad, emergencia de una punta de reflexión sobre la ridiculez del argumento, haría manifiesto el deseo de eludir responsabilidades personales.
En otros casos, a la vez que no se resignaban a reconocer su ingenuidad, los declarantes pretendían dar solidez al argumento tomando distancia, cuanta más mejor, incluso concediéndose la confesión abierta de que en las dependencias cerradas había trigo. Mientras que un responsable de su custodia decía que las llaves de los graneros donde estaba guardado las tenía un padre de uno de los colegios jesuitas de la capital, a cuyo cargo estaba la explotación, y que en aquel momento se encontraba en ella, otro explicó que el granero estaba cerrado y la llave la tenía el mayordomo del dueño, quien estaba en Extremadura cumpliendo con sus obligaciones.
Lo sorprendente es que bastara esto para no seguir adelante y el registro quedara suspenso. Como en ningún caso se utiliza un argumento distinto al de la llave, habrá que pensar que las tácticas aplicadas al retraimiento de la circulación del grano eran igualmente elementales, tanto como elegir dependencias con puertas provistas de cerradura, echar la llave y hacerla desaparecer. Evaluada la escasa entidad del argumento, más bien habrá que deducir que la tolerancia encubría la elemental táctica de la ocultación, alimentada por hábito con subterfugios y mentiras groseras.
Los titulares de derechos sobre el diezmo tenían su propia red de dispersión del trigo. Utilizaban las cillas como almacén un hombre de actividad indeterminada, que guardaba en la que el cabildo catedralicio tenía en una población en plena campiña, donde recogía el pan terciado de los diezmos; el mayordomo de la fábrica de una parroquia de la capital, que mantenía en poder del arrendador del diezmo de pan de la collación lo que le tocó a la fábrica en el reparto de 1749, y al declarante como percepción por ser mayordomo; y un contador de la real caja de subsidio, quien, de las sesenta fanegas, siete almudes y dos cuartillos de trigo que tenía, veinticinco fanegas las guardaba en las casas donde vivía, otras veinticinco, siete almudes y dos cuartillos las tenía en poder de un presbítero, arrendador de la renta de pan de otra de las collaciones para el año de 1749 y otras diez fanegas en poder del arrendador de la renta de pan de cierta población en el año 1748.
El cabildo además poseía el granero de la santa iglesia o cilla central, donde una viuda, a cuyo cargo estaba la mayordomía de la mesa capitular, guardaba lo que le había tocado a su hijuela de pan en el año en curso, mientras que lo que le correspondió en la concordia de otra población de la campiña lo mantenía en poder de quien la administraba.
Las legumbres
Publicado: enero 11, 2016 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
Los antiguos habían fijado fábulas, destinadas a advertir y enseñar a las generaciones siguientes, que las condenaban taxativamente como una parte de la dieta de los hombres. Un relato recibido a través de Hernán García de Bobadilla aceptaba que una divinidad precolombina, a la que los indígenas hacían responsable de los ciclos agrícolas, permisiva del progreso de sus vidas, debía serlo también de haber revelado a los humanos el que consentía obtener las flatulentas habas. Pero como los ritos que reconocían los poderes de aquel ser extraordinario, a consecuencia de los rigores que sus adeptos se habían impuesto, debían celebrarse en recintos cerrados, casi sin ventanas, sin que circulara aire entre ellos, los iniciados en aquellas creencias herméticas, las que se rendían ante su omnímoda presencia, tenían prohibido comer habas.
–Con el tiempo, aquellos creyentes habían completado su excéntrica disciplina con un conjuro de su vulgar excusa, cuyo objeto era descargar a la diosa de cualquier responsabilidad en un principio que por último había resultado tan inoportuno.
El relato humanista que la había recibido en occidente, no el original, que se había perdido, había ideado un epónimo al que llamó Ciámites, el de las habas, a quien le fue adjudicada la desastrosa decisión de sembrar las primeras, las mismas que después tuvieran tan inesperadas y molestas consecuencias.
Leía aquella clase de relatos consciente de que lo entretenían inútilmente. Le desconcertaba no terminar de encontrarles sentido. Conceder algún crédito a tan simples testimonios, que procedían del mundo de las oscuras supersticiones, que tan faltos estaban de autoridad y tan poco rigurosos eran, absurdamente orientados contra el consumo humano de la saludable legumbre, era insensato, tanto más porque con sus insensateces a sí mismos persistían en descalificarse.
–Otro de los que había encontrado en la misma tesis, dedicada a conocer el origen de ciertos cultivos a un lado y otro del Atlántico, contaba que aquellos cofrades de la comunidad que rendía culto a la mítica Tláloc mantenían que en la tumba de un poderoso Tehuáltepec, que a la fabulosa divinidad cierto día acogió y dio hospedaje, cavada en las inmediaciones de su casa, podía leerse este epitafio: Aquí un día el héroe rey Tehuáltepec recibió a la venerable / Tláloc, cuando le mostró por primera vez el fruto del otoño, / que la raza de los mortales llamó sagrado higo. / Desde entonces la familia de Tehuáltepec comenzó a tener honores eternos.
Era absurdo. Para dar crédito al sentido pretendido para este epígrafe, era necesario admitir que Tehuáltepec tendría que haber conocido a Tláloc adelantada la edad de su declive, puesto que su descubrimiento había conducido a la amarga y desastrosa conclusión de identificar higo con otoño. Por otra parte, no parece que la manifestación pública de cualesquiera higo, cuando la naturaleza que lo ha creado ya ha emprendido la decadencia, sea motivo para elevar a quien lo observara a la condición de héroe, menos aún para que toda la estirpe de sus descendientes sea indefinidamente honrada por esta causa. Sin embargo, a consecuencia de tan lamentable giro de las creencias, entre los precolombinos, según aquellas fuentes, se había naturalizado la idea de que la divina Tláloc fue la primera que a los hombres mostró el higo, así como sus insustituibles aplicaciones.
Cómo aprovechar el tiempo
Publicado: diciembre 28, 2015 Archivado en: J. García-Lería | Tags: crisis, económica Deja un comentarioJ. García-Lería
Se ha explicado con insistencia que el clima, durante la época moderna, se convertía en un factor directo de la producción porque decidía los resultados de la empresa agrícola. Regularía lo que los clásicos llamaban capacidad productiva de la naturaleza o fertilidad. Con la mediación de la labor, la tierra, por efecto de la acción del sol y del aire, se purifica de los malos humores y se fecunda de buenos nitros, y consume las malas hierbas en que pudiera degenerar por falta de sazón o madurez, adoctrinaba uno de ellos. Pero, sobre todo, su responsabilidad se reconocía absoluta cuando su comportamiento resultaba adverso. Todos, sin excepción, lo señalaban como el causante directo de la pérdida de las cosechas de grano cuando estas ocurrían.
Con el deseo de verificar esta causa, se han hecho esfuerzos por aislar los elementos del clima que tenían consecuencias para la economía del cereal de la época moderna. Los de mayor incidencia en el secano, condición técnica a partir de la cual se generaba la masa del producto, según quienes más han adelantado en esta dirección, eran las temperaturas mínimas y medias de la estación fría, la duración de esta, el valor absoluto de las precipitaciones y el relativo de la aridez. Las bajas temperaturas del invierno, un signo invariablemente adverso, serían causa directa de malas cosechas porque helaban los campos de cereales y, cuando eran demasiado frías, destruían los cultivos y provocaban la muerte del ganado joven. Si el rigor del invierno se prolongaba y caía nieve sobre las mieses cuando ya estaban en flor, circunstancia que paralizaba su ciclo biológico, se ponía en riesgo la cosecha. También eran desfavorables las heladas en primavera, así como la precocidad de las temperaturas excesivamente altas. Pero la falta de lluvias era la que tenía efectos más nocivos, especialmente si ocurría en el primer trimestre del año agrícola, el último del año natural. No obstante, asimismo podían ser causa de mala cosecha el exceso de lluvias y las inundaciones que pudieran prolongarlo. Y si el clima conocía al menos una estación árida, la deshidratación endurecía tanto el suelo que había que esperar a que lloviera de nuevo para que fuera posible henderlo con el arado.
Otros han preferido partir de que el clima encontraba a la agricultura indefensa. Trazados los confines del marco productivo por la cantidad de tierra sembrada, cualquier alteración meteorológica la registraba inmediatamente la agricultura del cereal porque sus medios eran tan limitados que apenas podían decidir sobre el rendimiento. Todos los factores de la producción quedaban bajo su influencia directa. Ni el abonado ni los utensilios permitían modificar la productividad efectiva del suelo, si el tiempo no contribuía.
Las posibilidades de conocer el comportamiento del tiempo hace trescientos años son muy limitadas. Para la época moderna no es fácil disponer de datos que permitan describir su evolución durante los meses del ciclo vegetativo de los granos, que abarcaban los comprendidos entre otoño y junio, ni por tanto evaluar su responsabilidad en el progreso de las cosechas, menos aún sin deben ser tan precisos como pretende cualquiera de las propuestas. No parece que pueda haber buenos datos sobre los indicadores directos, o que puedan obtenerse. Los más próximos a mediados del siglo décimo octavo, los primeros de cuya existencia se tiene constancia, parten de series todavía inestables y son ya de fines de aquel siglo.
Es cierto que quien lo desee se puede formar un juicio sobre la responsabilidad que pudo caber al tiempo contando con que los textos invariablemente proporcionan indicios de su comportamiento, en especial cuando amenazaba con volverse en contra. Hay pacientes y extensas recopilaciones que así lo demuestran. Para el ciclo 1749-1750, del que efectivamente sabemos que se saldó con una fuerte caída de la producción en el sudoeste, los datos de esta clase a los que es posible recurrir son abundantes. Se concentran en tres series, una referida al otoño, otra a fines del invierno y la tercera a plena primavera, aunque esporádicamente en cada una de ellas se podría intercalar algún dato suelto más.
El 25 de septiembre de 1749 quedaron registrados las recias aguas que habían llovido y los impetuosos vientos que habían corrido, y el 4 de octubre que habían caído tales precipitaciones sobre la campiña que calculaban quienes las padecieron que permitiría el nacimiento de hierba. El 16 siguiente de nuevo había llovido en tiempo inmediato anterior, hasta el punto que la humedad proporcionada por aquellas aguas era bastante para sembrar pinos a orillas del primer río de la región. Pero el 30 de octubre otros se lamentaban, por primera vez en el transcurso de aquel año agrícola, de la falta de lluvias. Sin embargo, sabemos que entre mediados y fines de diciembre de 1749 de nuevo algo llovió en algunos lugares, aunque menos de lo que entonces se admitía como regular. Las cantidades caídas hasta entonces habrían sido tan exiguas que el 15 de diciembre las simientes del cereal aún no habían nacido.
A primeros de marzo ya era incuestionable la falta de precipitaciones, y a mediados del mismo mes aún no había llovido, por más que no sabemos exactamente desde cuándo. Pero en los días inmediatos algo cambió el tiempo y llovió, así como a fines de mes, aunque justo el último día de marzo en algunos lugares insistían en afirmar que la sementera que se había hecho en la campiña estaba seca. El balance pluviométrico negativo, al menos para la agricultura de los cereales, a fines del invierno era un hecho generalizado.
La siguiente colección de indicios sobre el comportamiento del tiempo, correspondiente al mes de mayo, puede valer para hacerse una idea del tiempo que hizo en primavera, aunque en este caso el único medio que habilitan las fuentes para obtener nociones útiles es nada más que el aspecto que entonces presentaban los cereales. A la ambigüedad a la que lleva una colección de testimonios de quienes mantenían alguna labor, del 23 de mayo, días inmediatos y siguientes, abre una vía algo más precisa el que descubre oscilaciones del tiempo durante las semanas precedentes. Entre fines del invierno y aquellos días, según este, llovió, con lo que en algunos tuvieron esperanza de que al menos se cogería el grano para volver a sembrar, aunque no habría cosecha alguna porque la mayor parte de lo sembrado se había perdido. Las oscilaciones en los pronósticos de aquellos labradores serían consecuencia de los cambiantes signos del tiempo a fines de aquel mes. Por medios distintos a sus testimonios se averigua positivamente que ya entrado mayo repitió la lluvia en abundancia. Con seguridad fue recogida en cantidades significativas en la capital antes del 25, y entonces se tuvieron esperanzas, si no de suficiente cosecha, al menos de asegurar la salubridad de la primavera, cuya sequedad era temible. Y del 8 de junio sabemos, por testimonios de escribanos, que aquel día en algunos lugares las actividades públicas tuvieron que suspenderse a causa de la mucha lluvia que estaba cayendo.
Las observaciones meteorológicas que en los documentos quedaron registradas durante el ciclo 1749-1750 no eran muy distintas a las de ocasiones similares. Otros informes, referidos a plena primera mitad del mismo siglo, explican, por ejemplo, que en el transcurso de un otoño el comportamiento del tiempo empezó a interpretarse como seco, mientras se hacían los trabajos de la siembra, porque las lluvias, a juicio de quien escribía, habían sido escasas. Para otro observador, que la sementera del año no hubiera nacido pasada la primera mitad del mes de enero, también como consecuencia de la falta de lluvias, era anómalo, mientras que un tercero, ya en febrero, enfatizaba el alcance de la sequía subrayando su coincidencia con muchos aires secos del norte y de levante. La secuencia de indicios que a mediados del siglo se coleccionó puede ser aceptada como representativa de las observaciones que se hacían durante los años considerados críticos. Siempre se trataba de afirmaciones más o menos expeditivas, que se concentraban bien en indicios fenológicos directos bien en la descripción de la lluvia, el meteoro al que se le atribuía el papel más directo en el desarrollo de los cultivos.
El balance que permiten no es demasiado alentador. Son noticias discontinuas y de escaso rigor, y por tanto de utilidad muy limitada. Para decidir sobre el papel que al tiempo le corresponde en la activación de la fecundidad de la naturaleza, o en el estímulo de todos los factores de la producción, hasta llevarlos a sus mejores niveles, y sostener con fundamentos sólidos una teoría del papel del tiempo en las crisis, con estos datos no es posible. Subsiste la dificultad de disponer de información regular y directa sobre el comportamiento del clima durante los años centrales del siglo décimo octavo.
Se han ensayado distintos medios de aproximarse, sin la mediación de juicios, a información más rigurosa y contrastada sobre los indicadores meteorológicos. Para el cereal, se ha propuesto utilizar la fecha de los contratos de siega que suscribían los inmigrantes, tal como la proporcionan algunas contabilidades. Cambiaban de un año a otro en función del grado de maduración del fruto. Con relativo éxito, e idéntico sentido, se han utilizado las rogativas a determinadas imágenes en demanda de lluvias, que sin embargo, porque naturalmente eran un fenómeno discontinuo, no permite crear medios estables de observación y análisis. Por el momento, la fecha del comienzo de la vendimia es la que ha mostrado la mayor solidez como indicador de las temperaturas del aire. Si la continuidad de las colecciones documentales permite conocerlas, cuentan en su favor con la insustituible ventaja de la frecuencia. Contada la fecha del comienzo de la vendimia en días a partir del uno de septiembre, muestra un alto grado de relación inversa con los cambios de valor de la temperatura media del periodo de abril a septiembre. Cuantos más días transcurren entre su día uno y el comienzo de la vendimia, tanto menor es el valor de la temperatura media. Aunque significa renunciar a la observación directa, y resignarse a la fenológica, quien las ha patrocinado con el fin que nos proponemos ha obtenido cierto éxito. No es prudente desoír sus sugerencias, más aún cuando de lo contrario, como en tantas ocasiones, si se adopta la actitud opuesta, a lo máximo que se puede aspirar es a la ignorancia.
Para verificar hasta dónde es posible desarrollarlas, primero hay que reconocer su limitado alcance cuando se trata de la agricultura de los cereales, el objeto preferente de nuestro interés. Lamentablemente el ciclo de maduración de la vid solo se superpone en su tramo inicial al último del cereal. La relación de uno con otro no está avalada por los respectivos procesos vegetativos. Pero es posible transferir el sencillo procedimiento a colecciones que registran el cultivo de los cereales si cumplen con idénticas propiedades de rigor y continuidad. La transferencia que ensayamos, que consiente experimentar en esa dirección, se basa en las fechas de las subastas de las rentas diezmales, el primero de los ingresos de los que haya dispuesto la iglesia católica.
En su episcopado suroeste, el llamado remate a la vara era uno de los actos por los que aquellas rentas eran adjudicadas a quienes arrendaban su cobro. Se subastaban por separado los diezmos de los cereales, llamados el pan por los gestores de la región eclesiástica; los del vino que denominaban temprano, que era el producido en buena parte de sus campiñas; los del vino tardío, o vino del resto de los territorios de su valle central; los del vino de la sierra, al norte de la región; y los de todo el aceite.
Los calendarios para que fueran celebrados los remates, en el caso de los diezmos, estaban delimitados por las normas canónicas que regían el recaudación del derecho, si bien la decisión definitiva sobre cuándo habían de celebrarse la tomaba según recomendaban las circunstancias cada año, en la región episcopal, su cabildo catedralicio, que ostentaba todos los poderes en materia diezmal. El sustrato informativo sobre el que se sostenía la decisión está descrito con cierto detalle en los autos capitulares de la corporación, el documento en el que precisamente constan las fechas a las que nos referimos. Su contaduría mayor esperaba a recibir informes de al menos la mayor parte de los administradores de estas rentas, red de su organización cuyos centros eran las cabeceras de las vicarías o comarcas eclesiásticas. Sus responsables solían ser clérigos con cargo pastoral, que al mismo tiempo ostentaban la máxima autoridad canónica en aquella jurisdicción intermedia entre la parroquia y el obispado. Aparte el poder ordinario que de este cargo derivaba, como administrador de rentas diezmales el vicario mantenía contacto permanente con la contaduría por carta, medio a través del cual enviaba todo tipo de informes relacionados con las rentas y por el que recibía de la contaduría toda clase de instrucciones y órdenes. El objeto particular de los avisos de los administradores, en el caso de nuestro interés, era el estado de las cosechas.
Es probable que la contaduría que específicamente se ocupaba de las rentas diezmales quedara al margen de este circuito informativo, porque no consta que elevara informe a la contaduría mayor, la primera de las oficinas de la catedral. Recibidos los avisos de los administradores, esta anotaba en su cuaderno los informes que recogía. En aquel mismo cuaderno hacía constar cuándo en su opinión habían de ser rematadas las rentas de cada año, y era este mismo documento, el cuaderno de la contaduría mayor, el que presentaba al cabildo. En él relataba los informes que había recibido de los administradores. Luego, proponía las fechas que le parecían adecuadas para los respectivos remates y en todos los casos el cabildo las corroboraba.
Puede discutirse sobre cuál sea el sentido de cada fecha. Que la subasta del vino estuviera separada en tres diferentes, y no la del pan o la del aceite, añade un importante aval a la propuesta de la que parte nuestra experiencia, porque indica que en su momento, efectivamente, a la vid se le reconocía una mayor sensibilidad ante el comportamiento de los elementos meteorológicos incidentes en la agricultura, tal como posteriormente la historiografía ha registrado y hecho suyo. Pero asimismo se puede discutir que la sazón, que es óptimo producto y óptimo beneficio también para la cesión por arrendamiento mediante el cobro del diezmo, sea indicativa de un comportamiento térmico o de las precipitaciones, o que el estado adverso sea el efecto de cierto grado de la aridez, que percibe la acción combinada de los factores meteorológicos.
Es necesario reconocer además que parte del valor que este indicador está limitado, como puede deducirse de la descripción del procedimiento informativo, por su carga burocrática, que es muy alta, tanta que son los signos administrativos los más sensibles. Todos los días señalados para el remate eran domingo, lo que estaba justificado por las reglas de gestión. Se aprovechaba la misa mayor para reclamar de los fieles su contribución a la parte menos espiritual del cuidado de sus almas. Lamentablemente, esto resta mucha precisión a las fechas que suministran los acuerdos. Aunque sean regulares y su dimensión multisecular, lo realmente significativo de los datos que proporcionan sería en cada caso la semana del año, no el día del mes. Aunque conserven toda su carga cuantitativa, las diferencias entre unas y otras fechas pierden sensibilidad. El valor de las diferencias puede oscilar entre siete días, lo mínimo posible, y veintiuno, lo máximo observado. Entre uno y otro valor el tiempo solo puede tomar el valor catorce días, lo que restringe mucho las posibilidades de reaccionar a las diferencias.
Pero no es útil entrar en estas discusiones, que en buena medida serían ociosas porque solo pueden llevar a un callejón sin salida. Aceptemos, pues, que cada producto expresa una respuesta biológica ante las condiciones ambientales, y específicamente que las variantes territoriales añadidas al vino lo cargan de mayor valor para el fin que perseguimos, porque deben acusar sobre todo las condiciones térmicas que la posición en el espacio destila en el producto. La decisión final a favor de una fecha para cada subasta dependería del grado de maduración de los frutos respectivos, por lo que las acordadas serían un índice de la acción conjunta de la humedad y la temperatura de cada año.
Para que pueda juzgarse si estas premisas son acertadas, y si las condiciones meteorológicas pudieron ser tan responsables del desarrollo de los cultivos como se pretende, hemos decidido seleccionar los remates a la vara de la década que encuadraba el año biológico que terminó a mediados de 1750, del que de antemano sabemos que fue catastrófico para el cultivo de los cereales, a consecuencia de la falta de lluvias según las fuentes.
Al remate del pan la fecha más temprana que durante aquella década se le adjudicó fue el 17 de junio y la más tardía el 3 de julio. Entre una y otra hay poco más de dos semanas de diferencia. Lo regular era que la decisión se hiciera a favor de algún día de la última decena de junio. En el caso del remate del aceite, la primera fecha elegida fue el 1 de noviembre y la última el 10 del mismo mes. La diferencia entre ambas se reduce a una decena de días y las fechas más comunes con preferencia se concentraron en su segunda mitad. En el remate del vino temprano la fecha más adelantada fue el 12 de agosto, mientras que la más atrasada fue el 27 del mismo mes. En este caso, la diferencia entre uno y otro límite es de dos semanas aproximadamente, y los casos se distribuyen por igual entre la segunda y la tercera decena del periodo. Cuando se trató del remate del vino tardío la primera fecha elegida fue el 19 de agosto y la última el 10 de septiembre. La diferencia entre una y otra es de tres semanas, aunque los casos se concentran con preferencia en la primera decena de septiembre. Si era el vino de la sierra el que se subastaba, como máximo la fecha de su remate se adelantaba al 21 de septiembre, mientras que el límite de los retrasos alcanzaba hasta el 6 de octubre. De nuevo la oscilación abarca dos semanas, al tiempo que las fechas tienden a concentrarse en la última semana de septiembre.
A las decisiones sobre las fechas en muchas ocasiones acompañaban argumentos que las explicaban. En 1747, hablando del vino de una población de la sierra, se esperaba que sus rentas fueran escasas, por lo que el cabildo había decidido que hasta allí no se desplazara ningún hacedor capitular, sino que la contaduría remitiera al administrador una orden para que las pusiera y rematara por sí mismo. En las rentas del aceite se actuó de manera similar. En vista de la cosecha que se podía prever, era preferible que no fueran hacedores a rematarlas.
Se repitieron estos argumentos en relación con el vino tardío, en 1749. Como también se presentaba una cosecha corta, el cabildo decidió que tampoco fueran hacedores a las parroquias de la zona para completar el proceso de adjudicación de los cobros. Las noticias que se tenían sobre la cosecha de aceite de 1751 indicaban que también habría de ser escasa, por lo que el cabildo asimismo decidió no enviar hacedores de las rentas de aceite al condado, y que cuando la contaduría tuviera razón de las rentas de la sierra el cabildo estudiara qué hacer. Y en 1752, también a propósito del aceite, el cabildo se reservó asimismo la posibilidad de que los hacedores hicieran su trabajo en cualquiera de las vicarías de la región.
En 1753, cuando se trató de las rentas del grano, teniendo en cuenta lo adelantado del tiempo y el calor, se decidió que las rentas se debían poner a la vara cuanto antes, para así asegurar el ingreso, aunque ya hubieran sido puestos fieles de orden de la contaduría. Si en algunas zonas, según los informes que llegaran de los administradores, conviniera retrasar la decisión, la contaduría tendría que dar cuenta de la circunstancia al cabildo. De todos modos, atendiendo a lo estéril del año, y a las malas noticias que de los campos llegaban, el cabildo ordenó que tampoco en esta ocasión se desplazaran hacedores para gestionar las rentas de los cereales. En cuanto a las rentas del vino tardío, también en 1753, considerando la cortedad de la cosecha, de la que se había informado, se decidió asimismo la ausencia de los hacedores. Por idéntica razón, del mismo modo se actuó para las rentas del vino de la sierra y todas las de aceite.
Para las rentas del vino tardío, en 1754, sabiendo que era poca la cosecha esperada, el cabildo también mandó que no fueran hechos hacimientos. Para evaluar el vino de la sierra tampoco fue enviado gestor alguno, igualmente porque sería escasa la vendimia, según las previsiones. Y a la de aceite, porque era mediana, tampoco fueron enviados los correspondientes hacedores. De 1755, con referencia al vino de la sierra, se sabe que se había adelantado la maduración de la uva.
No es necesario detenerse en los cometidos de cada uno de los personajes de la administración diezmal que las acotaciones mencionan para deducir que las decisiones negativas sobre su presencia en las poblaciones o su inactividad trataban de reducir costos en la gestión del derecho. Comparadas las fechas con las afirmaciones que las acompañan, se tiene la impresión de que las decisiones sobre el remate de las rentas son más útiles por las apreciaciones sobre el comportamiento del tiempo que habitualmente se adhiere a aquellas. Pero, aunque permiten adelantar algo más en el conocimiento del comportamiento de los agentes meteorológicos, que nos devuelven, incluso cuando son muy explícitas, a la pura descripción de síntomas, la constante refracción que provoca la decisión sobre los mediadores administrativos inmediatamente modifica el valor sus informaciones.
Para llevar al límite este experimento, solo resta analizar el comportamiento más inmediato, las informaciones de un año, en nuestro caso el central, 1750, y deducir si el tiempo en su transcurso tuvo responsabilidad en que fuera catastrófico, puesto que se reconoce que a esta anomalía los registros serían más sensibles. Para el remate del vino temprano en 1750 fue fijado el 9 de agosto. En 1750 la maduración de este fruto pudo ser excepcional. Se adelantó más que en cualquiera de los demás momentos del periodo. En la mayor parte de las campiñas las temperaturas pudieron ser más altas de lo habitual. El vino tardío se remató el 23 de agosto. Las temperaturas de aquel año, observado desde el mismo producto y otro territorio, aunque estuvo dentro de lo regular, tendríamos que reconocer que habría que situarlas entre las tempranas. Dado que fue el 13 de septiembre el día elegido en 1750 para la subasta del vino de la sierra, de nuevo estaríamos ante un adelanto extraordinario, y de nuevo tendríamos que reconocer en las sierras que las temperaturas tal vez fueran anormalmente altas. Para el remate del aceite el día elegido fue el 8 de noviembre. En este caso el dato debe admitirse como indicio de hechos regulares en cualquier sentido. Pero lo más directo, desde nuestro punto de vista, es lo que ocurriera con los cereales. En 1750 fue fijado para el remate de la renta el 21 de junio. Como las fechas límite de la época estaban comprendidas entre el 17 de junio y el 3 de julio, y lo regular era que se concentraran en la última década de junio, en modo alguno lo ocurrido este año podría admitirse como anómalo. Lo más que podríamos decir es que se trató de una fecha algo adelantada. En cuanto a las anotaciones que acompañan a las referencias al calendario en 1750, este año fueron dos. El cabildo acordó que para las rentas de los cereales no salieran hacedores, de acuerdo con la limitada cosecha que se esperaba, y la misma decisión tomó cuando trató sobre la fecha más conveniente para la subasta del vino tardío.
Hecho balance, no termina de imponerse la impresión de que 1750 fuera un año excepcional. Toda la colección de indicios, más las decisiones asociadas al calendario, indican que el año no fue, desde el punto de vista de la humedad, especialmente anómalo. Tal vez el otoño de 1749 fue seco, y aunque el invierno también lo fue, no sería adecuado considerarlo anormal. Lo que tal vez pudiera añadirse sobre el defecto de aguas acumulado es que las lluvias de primavera parece que se retrasaron algo más de lo habitual. Se puede concluir que la temprana maduración tanto del cereal como sobre todo de la uva pudo ser consecuencia de un efecto combinado de baja humedad y altas temperaturas, y es probable que su verano, cuando ya se había completado la siega de los cereales, fuera caluroso.
El alcance de nuestro experimento es muy modesto, impreciso, limitado. No es más alentador que el obtenido por otros medios. Para aislar el posible efecto del clima en la oscilación de los rendimientos, y garantizar el rigor, sería necesario otro planteamiento, como trabajar a partir de un modelo independiente de los datos, directos o indirectos, que las fuentes proporcionan sobre el tiempo, y que a la vez no fuera demasiado complejo. El siguiente podría servir. Supuesto que la superficie que cada año se decide sembrar estará recomendada por los precios que puedan pronosticarse, el regular comportamiento cíclico de los precios, sobre el que se dispone de información fiable, indicará cómo se debe actuar en la inversión de simiente. De ahí se podría deducir un previsible tamaño de la cosecha, dando por descontado que el marco técnico no varía. Si, estimada esta, se desviara de manera notable de lo previsto, la causa directa del cambio de valor podría ser la modificación de los rendimientos por efecto del comportamiento del clima. De lo contrario, el producto tendrá que ser resultado del mucho más probable incremento de la superficie sembrada, aunque habría que prever la desviación derivada de este crecimiento, que incluiría retroceso de los rendimientos medios. Tal vez sea pedir demasiado a las fuentes, algo que no queda al alcance de los medios de los dispone la reconstrucción de los hechos más distantes en el tiempo, porque, así como los precios son conocidos, los otros factores del modelo no se pueden documentar con idéntica certeza.
Puede que 1750 no fuera del todo anómalo desde el punto de vista del tiempo, pero desde luego fue un año durante el que se afrontó decididamente su comportamiento. Las instituciones de gobierno de las poblaciones, constituidas en sesión plenaria, ya en otoño hacían expresivos índices de las consecuencias que del tiempo temían. Recelaban perjuicios para la salud pública, la pérdida del ganado, así de cría como de labor, una cosecha de cereales nula, la subida de los precios de los bienes que servían para la alimentación y el paro y los insensatos desplazamientos de quienes trabajaban en el campo.
Revisados los informes de las fuentes, se constata que al principio del año agrícola no todos tenían el mismo alcance, y ya avanzado su efecto fue variable. La preocupación por la morbilidad fue la precursora. Todavía era diciembre y ya se creía que a causa del gran retraso de las lluvias la salud pública estaba expuesta a las contingencias que pudieran resultar de la gran sequía que se estaba padeciendo, aunque en la documentación no se encuentra indicio alguno de morbilidad extraordinaria en aquellas fechas, menos aún de excesos de muertes. Y que no los hubo, en comparación con las que ocurrían otros años, se puede comprobar con las estadísticas de la defunción por parroquias. Su repaso no descubre más muertes de las habituales, ni descenso de la natalidad al año siguiente, aunque sí, tal vez, una caída del número de matrimonios. Es más probable que en diciembre la supervivencia del ganado se enfrentara a mayores dificultades, aunque para esta morbilidad no es fácil disponer de información fiable.
Después, en pleno invierno, el paro y los movimientos migratorios efectivamente llegaron. Pero por aquellas fechas, cualquier año, todavía ocurrirían del modo que se podía esperar. Era el domino del llamado tiempo muerto, durante el que las poblaciones se llenaban de hombres del campo que a causa de las lluvias, que impedían las faenas, retornaban a la población al día siguiente de haber trabajado. Después, la intemperie creaba un movimiento migratorio de temporada que partía desde las poblaciones rurales. Cada invierno, sus trabajadores del campo se trasladaban a la capital de la región por millares, en busca de otras oportunidades. En cuanto al incremento de los precios, aquel año no sería un hecho verificable hasta comienzos de la primavera, aunque se temiera antes, y la pérdida de la cosecha solo se consumaría llegado junio, para el que en aquel momento aún quedaban tres meses. Por tanto, en otoño, a excepción tal vez de la supervivencia del ganado, todavía era demasiado pronto para que cualquiera de los temores que las autoridades enunciaban se convirtiera en un problema.
Cuando se expresaban de aquella forma, las autoridades locales concedían a sus auditorios, las inquietas poblaciones que gobernaban, una dramatización excesiva del estado en que se encontraban. El discurso en su favor lo armaban con los prejuicios compartidos en tantas ocasiones similares. Desde luego declaraban interesarse por las consecuencias que pudiera tener la evolución negativa del tiempo sobre el producto disponible, una vez llegado el verano, puesto que de ello dependía el abastecimiento de los mercados, el primero de los asuntos públicos. Pero cuando los juicios se sostenían sobre los efectos visibles que el tiempo estaba teniendo en los cereales su objetivo no era prever su comportamiento, no era climatológico. Bastaban aquellas declaraciones para que ya en otoño la conciencia de la posible acción de tan amenazadores sucesos germinara.
El lenguaje administrativo que depuraba el efecto adverso del comportamiento del clima invariablemente desencadenaba una crisis, aprovechando que las conocidas afirmaciones sobre sus efectos eran ya hechos consentidos. A partir de su prefiguración muchos meses antes ya era indiferente que se perdiera o no la cosecha. Al hablar en aquellos términos públicamente ya se daba por perdida, y por tanto se podía actuar como si llegado junio no se fuera a recolectar trigo alguno, independientemente de que después, hubiera más o menos pérdida del ganado, paro y migraciones que sobrepasaran las habituales, y hasta enfermedades. Así ocurrió en 1750. Según hemos podido detectar, no solo el tiempo no fue decididamente adverso al producto de los cereales, sino que incluso en la primavera algo se pudo recuperar.
Aun cuando en origen pudieran ser separados hechos reales y hechos solo imaginados o ficticios, afirmar que cualquiera de ellos pudiera ocurrir creaba un estado que permitía decisiones y actos que, si no hacían real lo que solo se imaginaba, generaba comportamientos sensibles que pretendían encauzar y anticiparse a una adversidad ya consentida.
Depurando la interpretación de los documentos con el orden de los sucesos, se descubre que las precursoras observaciones sobre el comportamiento del tiempo, prefigurar las fatales consecuencias que pudiera tener, buscaba un efecto práctico inmediato, alcanzar la declaración de lo que insistentemente llaman esterilidad. Con esta palabra, que acogía y multiplicaba el eco del discurso que se hubiera elaborado durante la recepción de las anomalías meteorológicas, se creaba una verdad favorable a las empresas productoras del grano que abastecía los mercados del consumo básico, las que se suponía realmente expuestas a la incidencia directa del tiempo atmosférico. Aquel primer objetivo, el más perentorio, quedaba satisfecho cuando se conseguía su declaración formal. Gracias a la decisión administrativa en su favor, tomada expresamente en los órganos de gobierno de las poblaciones, se podía activar la cláusula de esterilidad que hubieran previsto los contratos de cesión, que permitía la rebaja de la renta a pagar por las tierras cedidas, en proporciones variables, entre uno y dos tercios, así como el aplazamiento del pago de las obligaciones contributivas con la corona. Además, declarada la pérdida de la cosecha, no había lugar a la liquidación de diezmo, la carga más importante que tenían que soportar las tierras dedicadas a producir grano.
Pero sobre todo la señal de salida de la crisis desencadenaba el mejor de los negocios para la agricultura de los cereales. El temor a la caída de los ingresos en perspectiva actuaba simultáneamente en todas las empresas agrícolas. En un orden de la producción de los cereales dominado por las pocas que tenían capacidad para almacenar, los efectos comerciales de aquella conciencia, que levantaba la veda de los precios, con la anuencia de unos gobiernos que ignoraban la tasa que ellos mismos dictaban, son lo suficientemente previsibles como para que no sea necesario, en este momento, extenderse en una explicación.
No deja de tener interés que aquella ideología de la adversidad haya conseguido sobrevivir aliándose a la teoría. Algunos han hecho notar que el comportamiento del tiempo, aceptando que es indiscutible su condición de causa directa de las crisis que bloqueaban la conexión entre el producto y los mercados de los cereales, sería un factor de modernización. En las circunstancias críticas de contracción de la oferta de grano debió tener un efecto positivo. La escasa conexión entre los mercados de los cereales panificables, un mal congénito de la economía rural moderna, gracias a que las crisis podían alcanzar la dimensión regional, porque el alcance de la adversidad climatológica podía ser tanta, tal vez fuera momentáneamente vencida. Gracias a que provocaban directamente la caída local de la producción, las crisis estimularían la integración de los mercados, una consecuencia de la acción de otros factores, tanto previstos como espontáneos, pero entre los que el más destacado sería la bendita calamidad climatológica.
Pero para su tiempo aquella manera de consentir la acción adversa del tiempo tuvo efectos más duraderos. Fue aprovechada por la economía de los cereales de manera estable, según se puede leer en la literatura especializada de la época. Invocando los escasos conocimientos que sobre él se tenían, una vez elaborada en forma de agronomía contribuyó a engrosar la dogmática favorable a la concentración de las tierras. Las convicciones sobre el régimen de lluvias promocionaron la idea de que podía ser conveniente que las tierras, en cada explotación, fueran cultivadas con una baja frecuencia. Además, explicaban, convenía beneficiarlas, trabajarlas sin sembrar, porque también aceptaban que cuando las tierras no se beneficiaban eran más vulnerables ante la adversidad del tiempo. Si las tierras no descansaban, y se sembraban un año tras otro, agotadas y sin el beneficio de los abonos, caían ante los contratiempos, en su sentido literal, víctimas del comportamiento negativo del tiempo. La experiencia acreditaba que cuando se sembraba una tierra de rastrojo, o que había sido sembrada el año precedente, aun habiéndola estercolado, se esquilmaba, a consecuencia de las altas temperaturas y la escasez de lluvias, fenómenos incuestionables en la región.
Como creencias en favor del mercado concentrado de las tierras de cultivo, aquellas teorías serían una sólida conquista. Pero más decisiva resultó su aplicación inmediata. La tecnología activa había consolidado el principio de que el acto de la siembra estuviera asociado a las lluvias del otoño. Si llovía, se sembraba; si no, la sementera se atrasaba. Como la siembra era la actividad decisiva, si durante la primera estación agrícola no se presentaban las lluvias, no era posible efectuarla, lo que de antemano, con seis meses de anticipación como mínimo, el mismo calendario al que se atenían los pronósticos más sombríos, aseguraba la caída de la producción. No todos actuaban con la misma rigidez, y una parte de los decididos inversores arriesgaba a pesar de la prolongación de la seca del otoño. Pero en la rigidez del principio técnico enunciado y defendido estaban inscritas las aspiraciones comerciales que alentaban en el origen de cualquier crisis.
No se puede discutir que cuando las cosechas habían sido malas los factores climáticos habían sido adversos, aunque la interferencia del discurso de esterilidad impida reconocer la responsabilidad directa que pudiera corresponderles en el desarrollo de aquellas tensiones. Tal vez no sea posible disponer de medios que permitan restaurar el curso de los elementos del clima, con algo de rigor y certeza, antes de la existencia de los registros contemporáneos. Es de lamentar para quienes aspiren a construir el relato del clima del pasado. Pero quienes se interesen por su papel en las antiguas crisis agropecuarias no deben preocuparse por esta carencia. Su papel en su desarrollo era nulo, aunque en modo alguno inútil. Daba la señal de salida, y su responsabilidad podía ser absoluta en el comienzo de cualquier crisis, una causa suficiente para convertirlo en factor directo de la producción.
Mecánica y energía
Publicado: noviembre 17, 2015 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: agraria, economía Deja un comentarioDámaso Pérez
Para avanzar en el conocimiento del capital que atesoraban las grandes labores, que a las casas agropecuarias permitían perpetuarse, con la misma seguridad que se perpetúan el vientoy la lluvia, la noche y el padre sol, debía detenerse nuestro análisis en el tipo de arado al que habitualmente recurrían, maquinaria aplicada al cultivo de los cereales, núcleo de su escueto equipamiento. Para vencer el silencio de los testimonios, herméticos cuando debían referirse a los mecanismos, y no obstante satisfacer nuestros planes, decidimos revelar cuanto supiéramos del ingenioso artefacto de manera que colmara dos propósitos, poner al descubierto el alcance de algunas características del método al que se atenían las antiguas labores y justificar la pertinencia de la atención que el Proyecto que habíamos imaginado concedería al ganado que labraba, la otra parte irrenunciable de su capital fijo. Durante el tiempo que consumió mi dedicación a esta rama del conocimiento de las casas, mis preocupaciones siempre estuvieron concentradas en aquel asunto, que por deferencia la Dirección me había adjudicado. No sé si a los demás esto pudo parecer una falta de compromiso con el plan, o una negación de la ayuda que el trabajo de cualquier compañero pudiera necesitar. Yo, por el contrario, permanezco convencido de que actué de la manera más consecuente, porque siempre he pensado que para alentar cualquiera de las averiguaciones de quienes se entregan a un descubrimiento que los colma de entusiasmo es mejor mantenerse al margen, para que sus ideas emerjan vírgenes, poderosas, presionando desde el centro del vórtice sobre el esternón, hacia fuera, y se mantengan incontaminadas.
Antes de hacer mis primeras averiguaciones, ya sabía que, aunque en algunos casos no se adjetivara, o en otros el tipo que se mencionaba para eludir explicaciones convencionalmente se apellidara romano, era lo más habitual que las fuentes insistieran en calificar como revecero el arado que habitualmente usaban los labradores. Aquella manera de expresarse, con la que no se hacía referencia a unas formaspeculiares de un instrumento de la clase de los arados, resultaba sumamente valiosa, porque su significado era muy restringido. En la época, revezo era lo mismo que repuesto. Luego arado revecero tenía que ser el que dispusiera de relevo o refresco, para que los animales que trabajaban la tierra se turnaran y repusieran sus fuerzas.
Del material disponible en el Departamento, para que acometiera mi trabajo, nuestro Director, que años antes había hecho avanzar el estudio de los problemas que nacían de lo que aparentaba ser solo un modesto mecanismo, me había proporcionado una colección de referencias, tomadas en uno de los depósitos documentales por nosotros frecuentado, donde se conservaban varios legajos referidos a este asunto. Me pareció un buen punto de partida para que progresara mi primera idea, y al mismo tiempo desarrollar mi parte del plan. Los resultados que inmediatamente obtuve no hicieron más que confirmar el acierto de aquella experta iniciativa. Si descendía de la denominación del artefacto a la descripción de los hechos por los que se veía concernido, las primeras menciones sobre las prácticas a las que daba lugar me permitían mejorar bastante el conocimiento de lo que en realidad era un complejo, no obstante primordial entre los que se componían para capitalizar las mayores empresas de cereales, algo de mucho más interés que el modesto análisis de las variantes de una mecánica sencilla.
Un labrador de la época, bajo el peso del testimonio debido a la máxima instancia judicial de la región, insistente así como severa, distante y al tiempo presente en todas partes, a veces cruel, raramente magnánima, para comparecer ante la cual era necesario sufrir leguas de separación, y días de espera, afirmó que disponía de veinte yuntas, y que esta cantidad de fuerza, según el cálculo regular que los labradores hacían en donde vivía, o de yuntas reveceras, compondría una cabaña de ochenta cabezas. Algunos años después, en un lugar no muy distante, asimismo a propósito de la misma técnica, bajo idénticas circunstancias coercitivas, otro hombre corroboraría expresamente que seis yuntas reveceras eran veinticuatro reses. Y con cualquiera de las dos declaraciones coincidían las que hicieran algunos labradores, algo más excéntricos e inestables, recogidas por un contemporáneo. Convencidos de que una labor suficiente podía ser cien unidades de superficie, si se explotaran al tercio y quien las ponía a producir actuara como arrendatario, sostenían que para mantenerla serían necesarios seis yugos, cada uno servido por dos parejas de animales de fuerza, una medida de la potencia energética que, según explicaban, equivalía a un máximo de veinticuatro reses de trabajo.
Gracias a estos testimonios, podía dar por sentado que el relevo era una práctica que consistía simplemente en complementar cada yunta con otros dos animales de repuesto. Era suficiente para imaginar cómo se practicaría la insobornable arada, la actividad genuina de la agricultura de los cereales mantenida por los patrones de las labores. Una pareja de animales tiraría del arado y haría un surco. Cuando llegara al final, otra, equipada con otro arado, situada en el límite de la parcela, haría el surco de retorno, mientras que la yunta anterior, gobernada por el conductor del artefacto que los textos llamaban gañán, quien también descansaría, se preparaba para tomar el relevo en donde se hubiera detenido. Y así sucesivamente. De ser correcta la secuencia de movimientos que había imaginado, en el futuro podría sostener, como principio a partir del cual elaborar toda mi contribución, que los arados de las labores, con sus correspondientes equipos de animales y hombre, tendrían que trabajar por parejas, como la vieja policía del campo, como los cómplices, como los responsables de la renovación biológica de la humanidad, y que en las mayores sería más probable el número par de estas unidades complejas.
Aquellas conjeturas, gracias a las actas cuantitativas de las que ya disponía, además me permitieron comprometer, en la dirección en la que en aquel momento deseaba concentrar mi trabajo, otras observaciones, lo bastante valiosas como para justificar ante mis compañeros la pertinencia de este análisis. La cabaña de trabajo al servicio de cada empresa sería la que inmediatamente decidiría cada año su máxima extensión, la única que habría que tomar en cuenta para calibrar y comparar con certeza la entidad de las explotaciones llamadas labores, y en particular para decidir cómo se accedería a su rango mayor. La dotación por parejas de bestias condenadas al trabajo más rudo, cuyo rendimiento medio permitiría calcular unos múltiplos, legitimados para estimar las superficies abarcables, podía ser el límite superior que el capital imponía a las empresas dedicadas al cultivo de los cereales. Los tamaños anuales de sus labores serían expresivos de sus oscilantes capacidades para capitalizar sus empresas con ganado de trabajo. Generalizando, incluso podía comprometerme a defender que aquellos tamaños tal vez fueran la consecuencia de un cálculo basado en las posibilidades de transferir a capital de explotación el beneficio conseguido.Para precisar las fronteras hasta la que alcanzaba el mundo de las labores, el número de animales de fuerza no solo me permitiría expresar su entidad, sino también el umbral a partir del cual una empresa agropecuaria entraba en la élite de las explotaciones.
Pero informaciones posteriores, a las que tuve acceso según avanzaba en la consulta de aquellos documentos, me obligaron a modificar mi primera imagen de la técnica del relevo, así como a dejar a un lado mis ambiciosas especulaciones sobre los tamaños máximo, mínimo o idóneo de las mayores empresas. Era evidente que me había precipitado al explicar cómo se practicarían los reemplazos que aseguraban el rendimiento estable de la fuerza necesaria. Por lo que decían en otra población, algo alejada, una variante del revezo pudo consistir en que al final de cada surco los animales que hubieran trabajado fueran liberados del arado y, en el lugar donde se hacía el cambio, al yugo uncieran los dos de refresco que allí esperaban. Al principio, me pareció poco probable que se actuara de este modo, dado el gasto suplementario del trabajo de los hombres, siempre encarecedor de la empresa, que consumiría uncir y desuncir bestias a cada trayecto. Sin embargo, porque permitiría bastarse con la mitad de arados, era posible que tuviera como ventaja que al menos reduciría a la mitad la inversión en maquinaria.
Lamentablemente, días después supe que tampoco con el rescate de aquella variante había reconstruido todas las prácticas que permitían sacar el mejor partido a la fórmula. El relevo admitía otras posibilidades, sobre las que los testimonios que habían sobrevivido en los documentos eran cada vez más divergentes. Alguien, sometido a las mismas condiciones imperiosas que los declarantes que ya me habían servido como informadores, asimismo impuestas por el rigor de los tribunales, que raramente perdonaban, escasamente conmutaban, expeditivamente condenaban, precisó que en su población todos araban con yuntas reveceras porque las cambiaban por otras a mitad de la jornada. Me apresuré a digerir mi nuevo descubrimiento arriesgando en la partida toda mi credulidad. Quien procediera de este modo podría recurrir a una versión del refresco muy práctica, y bastante más compatible con el ahorro de trabajo. Bastaría con que dividiera todo el tiempo útil de cada día en dos mitades y las repartiera equitativamente entre toda su cabaña de labranza.
A la semana siguiente, cuando estaba preparando la exposición que me correspondía presentar a la reunión prevista para dar cuenta del progreso de los trabajos, en vista de las oscilaciones de los testimonios que había coleccionado decidí resignarme a un balance, que tal vez pareciera más encubridor y exculpatorio que una síntesis convincente de mis conclusiones provisionales. Explicaría, sin preámbulos, que, según la serie de pruebas que hasta entonces había reunido, parecía que el relevo más común fuera ordenado como un recurso técnico para cuya ejecución sería necesario disponer de cuatro animales por cada unidad mecánica de trabajo, se alternaran con su equipo íntegro, se uncieran a un mismo arado después de cada giro o se repartieran por mitad toda la jornada. No tuve que terminar mi borrador para convencerme de que mis argumentos serían recibidos con suspicacia, y que en algunos casos incluso podrían ser replicados con cierto desdén. Para que los tomaran en serio, urgentemente necesitaba que mis averiguaciones dieran mejores frutos.
Podía recurrir a más descripciones del mismo método, aliándome a los testimonios documentales que aún no había explotado. Pero la mayor parte de ellas no revelaba una manera de actuar que modificara lo que ya sabía. Días después, entre las que aún no conocía, encontré otra de la que recibí algún aliento. Describía una aplicación flexible del relevo, aunque por desgracia quedaba oculta tras un lenguaje demasiado oscuro. En cierta población, ya transcurriendo la segunda mitad del siglo décimo octavo, de unos labradores se decía que eran reveceros, y que de esta clase eran los que tenían cuatro yuntas, lo que en aquel lugar y sus alrededores daba un total de ocho. La respuesta era lo bastante imprecisa como para que tuviera que admitir la posibilidad de que quienes labraban de aquel modo a cada arado pudieran uncir entre dos y cuatro reses. Como, de ser correcta la primera posibilidad, quedaría excluido el relevo, y sería obligado reconocer que no tendría sentido hablar de labradores reveceros, tenía que admitir, de acuerdo con la dimensión de la cabaña que indicaban las interpretaciones precedentes, que ocho serían las yuntas reveceras; una lectura que equivaldría a aceptar que a la composición de este complejo contribuiría un máximo de treinta y dos animales, o cuatro animales por arado, como en la primera modalidad que había imaginado. Pero la exégesis menos cargada por el prejuicio también permitía pensar que los animales que en aquel lugar componían la manada de trabajo podían ser dieciséis. Al principio quedé desconcertado. Aquello, en contra de lo que necesitaba, enrarecía aún más el conocimiento de los hechos en cuya restauración tanto me había comprometido, y restaba todavía más soporte a mi inestable posición. Un instante bastó para que viera derribarse ante mí todo la arquitectura que había levantado. Definitivamente, parecía como si la fuente que había heredado de mi Director estuviera cargada con un maleficio.
Ya me había impuesto discreción para las sucesivas síntesis cuando un paréntesis de calma, que empleé en repasar la colección de anotaciones que había reunido, una vez agotada la consulta en el archivo, me permitió analizar una versión del revezo que hasta entonces había escapado a mi atención. Algunos de los que habían comparecido ante el juez para satisfacer la misma encuesta, habitantes de lugares no muy distantes de los precedentes, declararon que sus labradores reveceros invertían la energía de su labor a razón de tres reses por arado. Estaba por tanto en la obligación de reconocer que para sus revezos solo un animal sustituirían cada vez, con más probabilidad dividiendo la jornada en tercios.
Cuando recapitulé, y comprobé que en los testimonios el adjetivo revecero no solo se aplicaba a los arados, sino que también se atribuía a labradores y a yuntas, empecé a comprender. Los comportamientos que contenía la palabra revezo eran múltiples. Las abstracciones que permitían los hechos recuperados gracias a los documentos enseñaban que a la disección de cada caso se debía proceder con sumo cuidado. El análisis siempre tendría que mantenerse atento a aislar tres piezas, el arado, la yunta y los labradores, cada una de las cuales, según los testimonios, podía adjetivarse revecero, puntos de vista desde los cuales era idénticamente legítimo observar el fenómeno, pero que sin embargo no eran intercambiables sin más. Si en lo sucesivo actuara sin precipitarme, podría sacarle el mayor partido a lo que averiguara siempre que especulara sin prejuicios, con flexibilidad, al mismo tiempo con todas las variantes documentadas. Yunta revecera sería la que refrescara a otra, arado revecero el refrescado, fuera por una yunta o solo por un animal, mientras que el labrador que se llamara a sí mismo revecero sería el que hiciera uso de ambos recursos mediante la combinación de sus posibilidades. Cualquiera de los tres elementos pudo convertirse en el factor a partir del que emplear del modo más conveniente el capital energético de cada labor, aunque seguramente la posición más sensible al alcance del fenómeno sería la del labrador. Que un labrador fuera revecero podía significar que, para acumular la energía que necesitara cada arado disponía de dos animales, de los cuales, para abrir cada surco, solo uncía uno, mientras que el otro descansaba; de tres por arado, de los que por turno iba sustituyendo a uno de los dos uncidos; o contaba con cabaña suficiente para relevarlos a todos, bien por parejas bien a discreción. Debía, pues, ser mucho más cauto cuando reconstruyera el relevo a partir delos textos que lo mencionaran.
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