Ingenio ilimitado. 2
Publicado: enero 16, 2025 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
La sustitución del grano con dinero estaba descartada, aunque contaba con muchas posibilidades para alcanzar el grado de la tolerancia, y hasta el de la norma no escrita, en un buen número de casos. Esta manera de resolver, considerada con criterio racional, ni favorecía ni perjudicaba a ninguna de las partes. Como consecuencia de los avatares comerciales que la circulación del grano habilitaba, una vez que se había decidido llevar el negocio a este terreno, tanto arrendatarios como contribuyentes podían representar en ocasiones el papel de vendedor, en otras el de comprador.
Que la iniciativa tuviera un signo para unos y el opuesto para otros, si nos reducimos a los términos lógicos, sería consecuencia directa del precio que para el grano se acordara, que debía ser común a todos los incursos en la operación. Un criterio para decidirlo que parece neutral sería el de las calidades del trigo y la cebada, con cuya suma terciada se componían los pagos. No era, sin embargo, el que con más frecuencia se imponía. La fecha elegida para acordarlo estaba en mejores condiciones para atribuir un signo a cada operación. En superficie, los precios del grano se dejaban llevar por una inercia cíclica asociada al cultivo de los cereales. Como el diezmo debía recaudarse en la era, justo cuando terminaba su recolección, tasar después de la siega, si el año era regular, permitía dirigir las estrategias hacia los precios favorables a quienes debían la prestación, gracias a que era el momento de la mayor disponibilidad de grano. No era fácil que el arrendatario aceptara dinero a cambio de grano cuando los precios anuales estaban bajos, mientras que la tasación no se discutía cuando los precios estaban altos.
Cuando la relación entre las partes era la propia, si los agricultores obligados a deshacerse de la décima parte de su producto demandaran la sustitución de su grano por una cantidad de dinero correspondiente, y el arrendatario la aceptaba, el pacto podía ser atenuante de abusos. Quienes debían pagar buscarían no deshacerse de tan importante fracción de su grano aconsejados por su fácil venta, evitar costos de transporte o garantizarse el grano semental. El arrendatario podía verse forzado a dar su beneplácito a un precio de composición por cualquier circunstancia coactiva también derivada de los comportamientos comerciales. Aceptar un precio incluso por debajo del prevalente en el mercado, si este amenazara con descender, para el arrendatario podía ser una manera de apresurarse a colocar la mercancía antes de incurrir en pérdidas. Su negocio, en este caso, podía quedar reducido a su menor dimensión.
Más probable era que la sustitución del grano por el dinero fuera consecuencia de una propuesta o una imposición de quien ocupaba la posición de fuerza, el arrendatario, que haría inviable cualquier otra solución. Entonces, el negocio alcanzaría hasta donde le aconsejara su arbitrariedad, y era más probable que se emplease con violencia y amenazas para conseguir cuanto antes el cobro de la cantidad que se propusiera percibir. Imponer una tasación alta, si los precios del mercado libre fueran prometedores, sería el precio a pagar por los agricultores que quisieran disponer de la mercancía en un momento favorable. Al arrendatario podía proporcionarle importantes ingresos, mientras que los agricultores estarían dispuestos a no deshacerse de su trigo a cualquier precio.
Adjudicado el diezmo en una cantidad de la especie, podía forzar un precio alto, difícil de alcanzar para los interesados en retenerlo, hasta ingresar en dinero una cantidad que superase el valor del diezmo en especie. Supongamos que hubiera sido adjudicado en tres mil fanegas de la mixtura regular conocida como pan terciado, mientras la fanega de trigo cotizara, por ejemplo, a veintiocho reales y la de cebada a catorce. Su valor equivalente, setenta mil reales, podían superarlo los noventa mil que obligara a pagar el arrendatario a quienes desearan retener el grano de su contribución. Para llevar hasta ese límite la tasación podía tomar como referencia el concepto imponible, el de pan terciado, de manera que le permitiera dar vida a su valor incluso al margen de los precios que rigieran en el mercado abierto. Todo consistiría en tasar la masa agregada a partir del valor del trigo. Si se forzara como referencia, por ejemplo, un trigo a treinta reales, el valor del rescate alcanzaría los noventa mil reales. Para contribuir a que precios así fueran aceptados, los arrendatarios podían designar para la entrega del grano un lugar hasta donde el transporte fuera más complicado.
Con abusos tan rudimentarios se aseguraban los negocios más forzados. Consumaban, sin embargo, los mejores con recursos más refinados, menos despóticos, más apropiados al comercio de raigambre.
Como los obligados a la prestación, para consumar la compra del grano del que debían deshacerse, tendrían que disponer de liquidez, su capacidad para financiarla podía depender del crédito que consiguieran. Tendrían que obtenerlo de una institución o de un prestamista, cada uno o como grupo solidario, fuera en el mercado regulado o en el marginal. No solo habrían de reponer las cantidades, sino que hasta tanto no se completara la devolución estarían obligados a atender los intereses correspondientes. La vía al crédito más accesible podía ser el propio arrendatario del cobro. Podía ser quien proporcionara el dinero, o incluso quien, ante la demanda de trueque por los contribuyentes, lo impusiera como condición. En tal caso, percibiría, además del valor acordado para el grano, los intereses debidos.
El negocio de los arrendatarios también podía estar aconsejado por rentabilizar el flujo de su liquidez. Si admitían dinero a cambio del grano, disponían de un capital que les permitía acometer cualquiera de sus negocios, entre los que podía ser oportuno invertirlo en comprar el grano con el que satisfacer su compromiso con el cedente del derecho al diezmo. Aun cuando el arrendatario renunciara a ingresar grano, al titular de la prestación, en el marco normativo regular, salvo acuerdo en otro sentido, debía liquidar la cantidad de grano comprometida por la adjudicación del arrendamiento, que debía obtener por algún medio. Con el dinero ingresado en un lugar podía adquirirlo en otro, y con la diferencia de precios entre poblaciones distantes, tanto más si las separaba el mar, que reducía los costos de transporte, asegurar el negocio. La distancia entre el precio del vendido a los obligados al pago y el entregado a los titulares sería la encargada de garantizar la ganancia. Ahora comprador, pero igualmente en posición de fuerza, de nuevo podía explotar el recurso al pan terciado para que la tasación cobrara vida al margen de los precios que rigieran en el mercado, e impondría el precio único para la masa agregada en el sentido que ahora le convenía, más próximo al valor al de la cebada. Cuando el arrendatario compraba grano además podía deducir de su precio costos de gestión como su medida o el transporte, o el monetario que podían ocasionar los cambios entre los tipos nobles y el vellón.
La liquidez, para los arrendatarios, también podía ser conducida hacia la oportunidad de adquirir grano de baja calidad para suplantar al debido. Además de los granos ingresados en otro lugar, podía contar con los almacenados, propios o de un comerciante al por mayor. Los depósitos de quienes los retenían estaban en condiciones de proporcionar el grano llamado ultramarino, el de peor calidad, consecuencia de su tránsito por el mar, que lo cargaba de humedad.
Diferente sería si el arrendatario tuviera que recurrir al crédito para comprar el grano que necesitara. En ese caso, el prestamista que aceptara el riesgo podía ser quien impusiera el precio al que se debía pagar el grano, lo que repercutiría en las cantidades que tuvieran que desembolsar los obligados al pago. Del mismo modo que el prestamista, al imponer un precio que le asegurase el beneficio, el arrendatario se procuraría el suyo recargándolo.
También podía ocurrir que los contribuyentes, por efecto del cúmulo de situaciones adversas a las que estaban expuestos, podían no disponer del grano necesario para hacer frente a la obligación diezmal que se les hubiera adjudicado, y verse forzados a comprarlo. El arrendatario entonces podía vender a los contribuyentes el que debían liquidarle. Su calidad quedaba a su merced, el precio consecuente le favorecería y de vuelta recibiría un grano que no se había movido de sus almacenes y que por último quedaba bajo su poder. Así su lucro era doble, el que deducía del precio impuesto al grano vendido y el que podía permitirle el grano antes de liquidarlo al cedente del cobro. Si el grano vendido a los contribuyentes procedía del ingresado en otro lugar, el negocio además podía encadenarse: se detraía la décima parte del producto en un lugar, se vendía en otro, se ingresaba dinero, se invertía el dinero en otra operación, y así sucesivamente, sin que el arrendatario desembolsara nada. Solo en caso de que decidiera, con el fin de sostener esta espiral, comprar grano, para así conectar operaciones, arriesgaría algún capital. A su alcance quedaría acordar que el pago del grano comprado se aplazara, o mantener la deuda indefinidamente para evitar gasto y reducirlo todo a beneficio inmediato.
Parte del negocio del arrendatario podía ser también retener el grano, cuando no el dinero equivalente, para lo que podía ofrecerlo a un precio al titular de la prestación, de cuya voluntad dependería que se consumara la colusión. El arrendatario podía forzarla. El grano ofrecido, por ser impostor, sería rechazado por el titular o cualquiera de los partícipes, quienes decidirían como mal menor que era preferible el ingreso en dinero; él como administrador y cualquiera de los partícipes como acreedores suyos. La situación favorecía que el arrendatario impusiera, para la sustitución del grano, un precio que le asegurase el beneficio.
El amplio círculo de los negocios que la imaginación especulativa fue urdiendo se cerraría de manera idónea si cualquiera de los que permitía el arrendamiento era confiado a un testaferro del cabildo catedralicio, único juez cuando se trataba de diezmo, y única parte bajo este supuesto.
Para los bienes sujetos a la carga diezmal distintos al grano, lo regular era el pago con dinero, salvo que el arrendatario optara, tal como la norma le permitía, por recaudar el bien. Analizadas las posibilidades de corrupción cuando el dinero sustituía al grano, no es necesario añadir nada a lo que enseña la múltiple conmutación, salvo que para cualquiera de los negocios derivados del diezmo del aceite, del vino o del ganado, por citar solo los más relevantes, los arrendatarios podían emplearse a placer en cualquiera de los frentes del producto agropecuario.
Ingenio ilimitado. 1
Publicado: diciembre 15, 2024 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
Hace algunas semanas, en estas mismas páginas, bajo el título No te fíes, la publicación que en su memoria mantienen dio a conocer el extracto de una carta de Dante Émerson. Advertía del error en el que puede incurrir quien toma el diezmo como indicador del producto, no tanto por el efecto que sobre lo ingresado pudo tener la cantidad deducida a quienes estaban obligados al pago, siempre dispuestos a defraudar, cuanto por la corrupción que podía acumular, antes de cualquier demanda del servicio, el procedimiento de adjudicación de su cobro.
No solo suscribo cuanto enseña, sino que estoy en condiciones de avalar con nuevos argumentos lo que en pocas líneas doctrina. Contando con lo que regularon las ordenanzas dictadas por el archiepiscopado del sudoeste, prolijas y casuísticas, más las instrucciones que las prolongaron, no menos inspiradas por el saber adquirido en la lid cada año librada por las ganancias, su cruce con experiencias que se han descrito para otros lugares y otros momentos hace posible reconstruir la trama de corrupción que pudo parasitar el diezmo, de bastante más alcance –y no solo cuantitativo– que la defraudación.
Corruptores y corrompidos disponían de su medio idóneo en el tráfico con el diezmo del cereal, el único a cobrar en especie, que el titular de los derechos podía recaudar por sí o por cesión a terceros. De las dos posibilidades, ninguna de ellas estaba exenta del riesgo de falsedad. La primera era confiada a la administración episcopal, cuya relajación secular, de dominio común desde la edad media, no es necesario someter a examen. Pero, fuera mayor o menor la fidelidad de los gestores propios, se impuso el arrendamiento, quizás porque el titular ahorrara costos de gestión, más probablemente porque los interesados en la especulación con el grano sedujeran con el negocio a quien disponía del derecho a cobrar el diezmo, canto del que irradiaban las ondas capaces para seducir el ingenio de los más capaces.
Los arrendatarios, que desde que se constituían al amparo de ese nombre eran amos transitorios del diezmo adquirido por la subasta, podían actuar como agentes de los titulares de la prestación, cualesquiera que fuesen los interdictos a clérigos que contuviera la norma. Al negarlos, señaló quiénes estaban más cerca de actuar, siendo arrendatarios, como testaferros del cabildo, titular de los derechos. Entre ellos era frecuente encontrar sacerdotes locales de la rama secular, a los que sus obligaciones canónicas pudieron aconsejarles cumplir con ese papel. La interferencia del testaferro, la que fuera su condición, desviaría la subasta para la adjudicación del cobro por donde interesara al titular, y forzaría las desviaciones del diez por ciento del producto debido. Si, en lugar de un testaferro, era recaudador un interesado civil, estaba a su alcance corromper al cedente para que le adjudicara el cobro.
La averiguación del montante del diezmo al que aspirase podía hacerla el arrendatario a partir de la superficie declarada por los agricultores, en los mismos términos que la aceptaba el recaudador de alcabalas y cientos. Esta manera de estimar el valor de la carga era también su modo de evitar la defraudación, al margen de que ya al comienzo del trámite el tazmeador se hubiera atenido al mismo criterio para hacer sus cálculos. En cada fanega de superficie se plantaba, según el orden más común, una de capacidad, que en el sudoeste producía unas ocho veces lo sembrado, o diez en el mejor de los casos, ocasión en la que el diezmo equivaldría a lo sembrado. Estaba al alcance de cualquiera un pronóstico, si no exacto, satisfactorio.
Se puede dar por de contado que el titular de la prestación siempre se propondría arrendar el diezmo al precio más alto, cualquiera que fuese la estimación del diezmo a cobrar. Tampoco al agricultor le importaría que el arrendamiento alcanzara el valor más alto posible, siempre que su adjudicación se atuviera a la cosecha en perspectiva, si es que se le iba a cobrar exclusivamente la décima parte de su producto. Pero el propósito de la subasta era precisamente conseguir, en cualquiera de los casos, que el diezmo que debía recaudarse quedara por encima de la décima parte de la cosecha.
Que por la persistencia en el arrendamiento se consiguiera que el diezmo se arrendara por un valor por encima del estimado, e incluso muy por encima, para quien observa, pasado el tiempo, resulta enojoso. Si el arrendatario quedaba comprometido a pagar al cedente más de la décima parte del producto recolectado, ¿de dónde salía el superávit que el titular de la prestación exigiría? Aun cuando no tenga una respuesta a tan inquietante pregunta, desde que constate que algo así ha ocurrido, puede dar por seguro que el germen de la corrupción ha colonizado el procedimiento. Nadie podría aceptar semejante compromiso de no disponer de medios que pudieran guiar satisfactoriamente, a través del entramado que titular y arrendatarios, valiéndose de la subasta, ya hubieran trazado, un proyecto para obligar a cualquier clase de campesino, fuera labrador o trabajador del campo circunstancialmente convertido en promotor de una explotación marginal, a contribuir con cantidades distintas a la décima parte del producto obtenido de su trabajo.
Corrupción resignada era la que tenía su origen en la actitud complaciente de los agricultores obligados al pago, semejante a la de quien decide alistarse voluntario en el ejército para pasar cuanto antes el trago de la muerte. De común acuerdo, podían adelantarse a sobrepujar sus diezmos con cantidades importantes para reservarse con garantías su recaudación. Optarían por pagar más de lo debido, incluso una cantidad excedida, para evitar que la renta fuera adjudicada a un tercero; lo preferirían antes que exponerse al riesgo de un arrendatario extorsionador y deshonesto. La experiencia del ambiente coactivo, endémico y conocido de antemano, les enseñaba que el costo de una adjudicación indeseada podía ser superior. Para que el tercero no concurriera a la subasta o, una vez que se les había adjudicado el arrendamiento, para recompensar su renuncia al lucro, incluso consentían que les coaccionara al pago de ciertas cantidades de grano y dinero. De ningún modo los naturales se hubieran reducido a tanto si tuvieran la certeza de que el cobro se atendría a lo que estaba regulado.
Pero, aun habiendo extralimitado el riesgo, era más probable que los naturales pudieran verse privados de los diezmos porque el cedente prefiriera concedérselos a los terceros con los que hubiera pactado previamente la cesión. Para facilitar el acuerdo, los aspirantes a las rentas corrompían al titular para que se las otorgara, suficiente para que aceptaran que la otra parte les impusiera un precio del arrendamiento excedido. Para cumplir con este compromiso, y resarcirse de las cantidades con las que hubieran corrompido al cedente, tenían que contar con la seguridad de que obligarían a los agricultores a pagar la cantidad que decidieran sirviéndose de la coacción.
No tenía que ser violenta. El titular, para asegurar el cobro, legítimo o no, había impuesto que ningún obligado al pago podía sacar el trigo de la era antes de llegar a un acuerdo con el arrendatario sobre la cantidad a pagar. Con aquella norma se corría el riesgo de que el comportamiento adverso del tiempo, según avanzara el verano, afectara al grano amontonado. Bajo aquella amenaza, el campesino aceptaba, por imposición del arrendatario, pagarle más de lo debido antes que exponer el producto a cualquier deterioro.
Para proceder a la recaudación, los arrendatarios anotaban el nombre de cada obligado al pago y las cantidades acordadas con cada uno, lo que les permitía actuar a discreción. Podían impugnar la superficie declarada, cuya consecuencia, en caso de que se demostrara ocultación, era una penalización que multiplicaba la contribución debida. El agricultor, ante semejante posibilidad, podía preferir pagar más antes que derivar al contencioso. El peso relativo de las amenazas de las penas previstas por la norma contra quienes no se atuvieren a las exigencias del arrendatario, si las reiteraba, podía recomendar resignarse a la transacción de cantidades excedidas tolerables. Es verdad que estaba en manos del titular admitir la impugnación del exceso y permitir que el obligado al pago procediera contra el arrendatario en caso de que este se hubiera excedido, así como regular la compensación con un factor que multiplicara el alcance de la demasía. Pero el titular también tenía regulada la acción del arrendatario contra el agricultor en el caso de que este pagara menos de lo que debía, para lo que del mismo modo fijaba un factor multiplicador del déficit.
El arrendatario incrementaba aún la inseguridad cobrando a unos más y a otros menos. El volumen de cada contribución lo decidía algo tan directo como que se colmara o no la medida, pero sobre todo era la connivencia entre el recaudador y cada campesino, para defraudar el pago de una manera que interesara a ambos, aunque fuera en contra del ingreso debido, la que hacía posible manipular de manera arbitraria cada transacción. A quienes habían pactado lo conveniente, les cobraba menos; a quienes no se plegaban a la composición, les cobraba más y los extorsionaba.
Por seiscientas fanegas de superficie a un labrador que las explotara se le podían pedir mil de capacidad en especie de trigo para que liquidara su diezmo, casi el doble de lo que valdría en el supuesto de rendimiento óptimo. Si a quien debía pagar le parecía excesivo, podía terminar dispuesto a pagar mil quinientas si tras la negativa era destrozado a puñetazos y patadas, sin más. El recaudador podía emplearse con violencia y amenazas para conseguir el cobro de la cantidad que pretendiera percibir. La concusión, en algunos casos, podía llegar al extremo de detraer a los forzados al pago seis veces la cantidad de trigo sembrado, cuando la inversión de grano equivalía al diezmo, según el rendimiento óptimo de las tierras meridionales.
Es cierto que cuando la cifra de adjudicación del diezmo era alta, los arrendatarios desde luego corrían el riesgo de ver muy limitado su beneficio, o incluso de resultar perjudicados; y que, para protegerse, lo más probable era que forzaran a los contribuyentes a aportar cantidades por encima de lo debido. Pero también, en un medio tan coactivo, un arrendatario en posición monopsónica con más ventaja podía asegurar su posición sin colusión con el titular, forzando un remate del diezmo por debajo del ingreso estimado porque contara con la posibilidad de extorsionar a los que debían pagar con un complemento compensatorio. Podía exigir a quienes debían pagar, por cualquiera de los medios a su alcance, además de la discreta cantidad en la que el diezmo le había sido adjudicado, el pago de una cantidad por unidad recaudada, como por ejemplo un maravedí por fanega, en concepto de algo tan inusitado como la revisión del trigo que se le hubiera entregado, o su correspondiente valor en grano; cantidades que ingresaría para sí. De recurrir a esta coacción, la comisión que obtuviera en especie y en dinero podía dispararse, hasta alcanzar una cantidad, tanto en valor nominal unitario como en total, superior a la que ingresara el titular del diezmo, incluso teniendo en cuenta solo el grano.
Todavía, para un arrendatario extorsionador, otra manera de extremar el beneficio podía ser reducir costos, obligando a quienes debían pagarlo a que se comprometieran a recaudarlo para después entregárselo; a lo que podía agregar el deber de transportar el grano debido. Podía señalar dónde quería recibirlo, al margen de cuál fuera la obligación para su depósito que hubiera contraído con el cedente; o su traslado a un lugar conveniente al arrendatario que al mismo tiempo supusiera un bajo costo de transporte para el agricultor, si bien a cambio de una recarga del costo en grano; o finalmente al depósito del trigo pagado hasta la cilla, el granero del titular.
El resultado de tantas maldades podía ser que en un término cultivado bajo las condiciones regulares de rendimiento, sembradas treinta mil fanegas de superficie, los diezmos fueran adjudicados, por ejemplo, en treinta y seis mil fanegas de capacidad, un quinto de fanega más por cada unidad de superficie aun contando con que el rendimiento fuera máximo. Aun así, puede que ningún agricultor llegara a pagar menos de dos fanegas por unidad de superficie; de donde cada contribuyente pagaría dos diezmos. Treinta mil fanegas de superficie, por tanto, proporcionarían al recaudador sesenta mil de grano. Si el diezmo había sido arrendado en treinta y seis mil fanegas, el beneficio que el arrendatario obtendría alcanzaría las veinticuatro mil fanegas. Como además a todos los contribuyentes se les podía exigir que sumaran un extra de por ejemplo tres cincuentavos de su cuota, al beneficio era necesario añadir, en concepto de exacción abusiva, tres mil seiscientas fanegas más, y por tanto el beneficio total sería de veintisiete mil seiscientas fanegas. Y todavía se les podía obligar a pagar como suplemento entre uno y dos maravedís por fanega, lo que supondría como mínimo otros sesenta mil maravedís, o mil seiscientos veinte y dos reales.
Mishail Abí. 6
Publicado: diciembre 8, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
No resistiría esta versión de los textos atribuidos a Mishail Abí la crítica más benevolente. Están plagados de anacronismos. ¿Cómo un escrito en la lengua fenicia, original de los comienzos del primer milenio antes de nuestra era, puede expresar conceptos tales como telúrico, convivencia, identidad o nutricio? No es admisible que sean palabras fijadas por el autor primitivo. Imposible. Tanto en la forma como en la idea abstraída corresponden a elaboraciones recientes de lenguas vivas. De alguna de ellas sería fácil deducir la filiación exacta por reciente. Es probable que en tal caso nos sorprendiera que su vida sea aún más corta que la nuestra. Bien la tradición que convergió en el escogido regalo a Seguier fue fatalmente contaminada por algún halagador sin escrúpulos, fuera el ambicioso Bosquet o con más probabilidad cualquiera de sus aduladores clientes; bien la edición de Héctor de la Ferriere fue descuidada, tal vez antológica y versionante, en unos tiempos en los que aún no regían con autoridad unas normas estables de edición leal. O bien cualquiera de las sucesivas reproducciones de lo que Ferriere publicara ha llevado el fervor arcaizante del transcriptor –el eslabón con el que nosotros hemos enlazado– a extralimitarse en sus retoques a la traducción, como ocurre con los atuendos de los actores que representan óperas de asunto histórico. Y todo esto sin hablar de las muchas expresiones cuya elaboración es sin ninguna duda posterior a la fecha pretendida para el original.
Todo esto ha sido suficiente para que subsistan en la crítica reservas sobre la autoría aceptada. Los más atentos analistas sostienen que Misahil Abí, para este texto, es un seudónimo que oculta un doble autor, aludido con un nombre compuesto. No le falta fundamento a la conjetura. Así como Misahil es un nombre que con facilidad puede admitirse como fenicio, Abí es una forma que igualmente sin mayor objeción puede aceptarse como palabra de un origen semita más impreciso. Lo que de ningún modo parece sostenible es que en el tiempo al que pretende remitirse la forma compuesta fuera de uso ese estilo en la denominación de las personas, y menos aún que Abí ocupara posición y aparentara función de patronímico. Más probable parece que por el primer nombre autores posteriores asociados intentaran expresar la fortaleza, la entereza de carácter, la sólida y valiente voluntad de ejecución, rasgos que corresponderían a la parte dominante de la entente literaria para aquel caso acordada. Y que, por contraste, con Abí quedara evocada la vertiente más dúctil de aquella comunión, el elemento que acompaña y se amolda a las aristas del ser dominante.
Ignora esta objeción que el hecho incontrovertible es que el nombre compuesto procede de las fuentes. El fundamento de sus observaciones alcanzaría hasta ellas, y obligaría a un examen más profundo del problema. Nada impide, sin embargo, contaminada o no en este punto la tradición, asunto que merecería tratamiento pormenorizado, pero que desde luego es caso aparte, el uso oportunista del nombre compuesto que el análisis más serio explica, por más que sus conjeturas no sean en rigor deducciones analíticas. Pudieron un par de autores aprovechar la oportunidad que les brindaba la forma en que nos ha llegado el nombre de aquel antiguo broncista para representar con apariencia de fundamento y esencia del ser su particular manera de ver las cosas.
Al menos un principio de solución a toda esta serie de incertidumbres ofrecería la consulta directa de los fondos aportados por Dubrovski a la Biblioteca Pública de San Petersburgo. Pero primero fue el hermetismo de la institución durante casi todo el siglo pasado, representación de la desconfianza que servía de justificación al ancestral estancamiento de cualquier gestión en donde Europa había quedado reducida a una isla enorme. Y luego ha sido el manifiesto desorden que a cualquier institución desequilibra, que al descubierto ahora sin pudor cualquiera de las rusas deja ver. Cuantos han intentado el contacto con aquellos venerables escritos, bien directo o bien por medios de comunicación de cualquier índole, entre los que se cuenta el autor de estas líneas, hasta ahora han fracasado. Imprecisión de las referencias, obras en la techumbre, cesantía del oficial encargado del departamento, pérdida de la llave del estante y silencio, impenetrable e infinito silencio, han sido parte de la colección de respuestas servidas por los servicios exteriores de la vieja institución.
Por el momento, pues, no queda más, por lo que a este asunto se refiere, que dejar las cosas en este punto. Hasta aquí alcanza cuanto ha llegado servido por la tradición. Desde Heródoto hasta Voltaire se sostuvo que el narrador que pretende ser veraz debe limitarse a escribir en beneficio del atento lector cuantos datos haya obtenido, con independencia del juicio que le merezcan, para que sea finalmente el afanoso indagador de las letras ajenas quien decida.
Mishail Abí. 5
Publicado: noviembre 6, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
La Biblioteca Pública e Imperial de San Petersburgo fue por fin abierta en 1814, bastante después de muerta su feliz promotora. Gracias al sereno y meditado plan de acopio y gestión del que se había beneficiado, durante todo aquel siglo, y hasta la revolución de 1917, fue la mayor biblioteca de todas las Rusias, la que podía pasar por biblioteca nacional, y aun pudo ser considerada, entre 1850 y 1900, por la cantidad de volúmenes que en ella estaban depositados, la segunda biblioteca del mundo, tras la Nacional de París.
Pasada la revolución soviética, por razones administrativas, dejó de ser la biblioteca preferente del estado. Pero no fue aquel cambio obstáculo para que la autoridad de su ya sedimentado prestigio se impusiera, y la vieja institución hiciera de centro que gestionara el patrimonio bibliográfico que a consecuencia de los nuevos tiempos iba siendo acumulado. En ella ingresaron millones de obras, procedentes de las colecciones privadas que habían sido confiscadas durante la más frívola de las aventuras políticas que puedan recodarse, y de otras públicas que por distintas razones habían quedado desintegradas. Como culminación de aquella ola de innovaciones, en 1932 la ya centenaria obra imperial fue rebautizada con el nombre del escritor Mijaíl Yevgráfovich Saltikov, más conocido por su semipseudónimo Saltikov-Chtedrine, cambio sobre cuya responsabilidad no debe buscarse razón alguna en la biblioteca misma. En la actualidad, restaurada como Biblioteca Nacional de San Petersburgo, este depósito gigantesco conserva la colección más completa de obras rusas anteriores a la revolución que se conozca, así como de obras extranjeras sobre Rusia.
Desde el momento de su donación hasta hoy, la colección Dubrovski ha sido conservada en ella con tanto cuidado como escasos lectores. No deja de sorprender, habiendo sido el francés una lengua tan fundamental para la cultura rusa más occidentalizada. Habrá que responsabilizar a las dificultades para la lectura que lo escrito a mano plantea que durante décadas y décadas aquellos fondos casi nunca fueran leídos.
Después de la revolución de 1917, algunos estudiosos repararon en ella con cierto desistimiento pero con sistema; a pesar de que durante la etapa que a partir de aquel momento comenzara, y que ha durado hasta tiempos recientes, el acceso a estos fondos, para cualquier lector no ruso, estuvo muy limitado, si no excluido. Pero durante el siglo precedente a la revolución, algún lector francés fue hasta allí arrastrado por la curiosidad, tras una penosa peregrinación, réplica de la sufrida marcha de los papeles de Seguier hasta Rusia, iniciación que lo preparaba para tan alto conocimiento. Entre los pocos que esta aventura completaron estuvo, antes que casi todos, Héctor de la Ferriere, el docto conde lionés, conocido por su afán, tan de persona sabia, de no decir lo obvio, de no alargar las frases, de decir lo justo para ser entendido. Tras sus fracasos políticos, inspirado por sus firmes convicciones republicanas, por los años sesenta del siglo XIX, entre otras decisiones acertadas, tomó la de emprender el viaje que lo llevó a San Petersburgo, donde pasó una larga temporada. Durante el tiempo que estuvo en la ciudad de los zares, trabajador infatigable, buena parte de sus esfuerzos intelectuales los concentró en la biblioteca imperial, con el propósito de conocer cuál era el contenido de los manuscritos que hasta ella habían llegado procedentes de Francia.
A su regreso, refugiado en su castillo de Ronfeugerai, en la baja Normandía, preparó el balance de sus indagaciones. Apareció en París en el año 1867 bajo el título Dos años de misión en San Petersburgo. Manuscritos, cartas y documentos salidos de Francia en 1789. Contenía la noticia circunstanciada de cuanto había podido revisar de la colección Dubrovski, descripción que en bastantes casos alcanzaba hasta la copia literal de buen número de piezas, tal como entonces era común en los todavía indefinidos instrumentos descriptivos de las colecciones documentales, donde convivían simples referencias propias de inventarios con descripciones catalográficas o ediciones escasamente regladas.
Con ser prolongada la estancia de Héctor de la Ferriere en San Petersburgo, y muchas las horas que dedicara al trabajo que se había impuesto, el balance de su trabajo pareció corto a sus críticos, una opinión que ha prevalecido. La masa de manuscritos que pasó por su mesa fue tanta, por efecto de su insaciable deseo de ver y ver, que resultó excesiva, y en apariencia desigual y dispersa. Tan poco fue el tiempo que pudo dedicar a cada pieza que en muchas ocasiones leyó con precipitación; de donde vendrían a derivar a veces imprecisiones, en otras indudables errores y en tantas tanta superficialidad en la interpretación que el contenido del manuscrito, conocido por el asiento que en su informe aparece, no puede saberse a ciencia cierta. Añádase que la conciencia de su limitada capacidad de consulta, la certeza de que sería imposible conocer el contenido completo de la colección, angustia que abrumó y ofuscó su trabajo desde su origen, le obligó a emplearse siempre seleccionando, y los criterios que para ello aplicó no fueron estables, definidos a partir de principios rigurosos, inspirados en ideas claras, explícitos siempre, y sí esquivos para el lector actual.
Por reconocimiento al trabajo esforzado de la Ferriere, y a su deseo de servir a la verdad, debe quedar constancia sin embargo que por su palabra aquel pionero declaró que no creía que su campaña de lecturas fuera la culminación de empresa alguna, sino una apertura de puertas que otros lectores tendrían que franquear, el comienzo de una vida cuya muerte a él le estaba negada como consecuencia de la propia, como es común que al padre con el hijo le ocurra. Allá hay –decía, refiriéndose a los depósitos de la biblioteca imperial– maravillosos yacimientos de oro que esperan ser explotados; basta tener buena mano, voluntad y paciencia para buscar.
El mayor mérito del conde, para quienes del gran templo de la República quieran saber, es haber rescatado, no sabemos si por la voluntad que le dictara su conciencia, la única versión por ahora conocida de los textos de Misahil Abí. No estaba entre los manuscritos orientales, sino formando parte del archivo personal que Seguier fue haciéndose, a consecuencia de su eficiente y leal gestión como administrador de la grandeza francesa; entre aquellos fondos de Seguier que genéricamente han venido siendo conocidos como manuscritos contemporáneos, simplemente porque utilizan como lengua el francés, aunque algo de híbrido deba reconocerse en su uso. Héctor de la Ferriere la descubrió en el legajo 107/I-III, descrito en su inventario como Colección de cartas originales de hombres ilustres del siglo XVII para servir a la historia, en tres carteras, 1633-1669.
La correspondencia recibida por Seguier en su tiempo, en la parte ahora conservada en San Petersburgo, es una colección de entre dos mil quinientas y tres mil piezas, algo relativamente pequeño y abarcable, si se compara con los muchos millares que habiendo pertenecido a las series guardadas por el canciller fueron a parar en la biblioteca imperial. Es lógico que el conde fijara en ella su atención y se propusiera revisarla dentro de los límites de su campaña de pesquisa, más aún porque es una materia seductora, sabrosa y variada, ligera en ocasiones, sorprendente con bastante frecuencia, buena muestra de la dispersa apertura a temas imprevistos que puede llegar a convertir en reconfortantes las tediosas y áridas horas que es obligado dedicar a la investigación sobre documentos para cada jornada acumular, como recompensa a tantos esfuerzos, algunos gramos de oro.
Las cartas enviadas desde las provincias al que fuera férreo responsable de la política interior francesa le informaban de todo cuanto los funcionarios, a su criterio, juzgaban de interés. Los había lacónicos, a la vez que estrictos cumplidores de su deber, corresponsales monótonos que periódicamente informaban sobre los mismos vagos asuntos con reiteradas palabras oscuras. También los había burocráticos y farragosos, extensos casuistas con aspiraciones a redactar los tratados de jurisprudencia que por fin dieran asiento a la ciencia de la recta administración de la justicia. No faltaban aquellos inevitables amantes del detalle irrelevante que casi a diario comunicaban al superior las sospechas que una palabra oída al paso, o un gesto visto en un instante, desencadenaban en quien permanentemente vivía sintiéndose perseguido por el odio que el delator merece.
Pero igualmente los había perezosos y descuidados, frívolos funcionarios que solo en alguna ocasión descendían a contar en tono adulatorio asuntos con los que ganar la simpatía del que debía benevolente perdonar su irresponsabilidad y de este modo quedar redimidos. Nada en este caso como que el empleado provincial, la institución delegada por boca de su gestor o el señor intendente, con mayor frecuencia redactor de los textos que estaban reservados a un tiempo al trato discreto y personal mas de alta etiqueta administrativa, regalasen a Seguier con un comunicado de interés intelectual, por completo privado, para satisfacer el exigente paladar del canciller en materia científica, y así ganar pronto su favor.
Fue François Bosquet, juez real en Provenza y Languedoc, luego obispo de Lodeve y Montpellier, uno de los que eligió el recto y ancho camino que sin dilaciones llega directo al corazón. Deslizó, como por casualidad, en una larga carta que escribiera a Seguier en 1644, ciertos pliegos, de procedencia desconocida, que a sus manos habían llegado por azar. Sabedor del interés que el canciller mantenía por aquel tipo de piezas, se complacía en adelantárselos en depurada copia. Se tomaba por lo demás la libertad de presentarlos bajo el título colectivo de Textos conservados de Misahil Abí el broncista.
Toda aquella calculada trama de circunstancias, sabiamente culminada con tan directa declaración del contenido; como directo es finalmente el golpe del noble boxeador que antes amagó, y con desviados ademanes ha fintado, para encantar al contrincante y llevarlo hacia el lugar erróneo, donde primero lo atornilla y luego lo sucumbe; debió estar conducida al deseo que no debía ser declarado, colocarle a Seguier en pro de sus favores los pliegos que Bosquet reservaba. Fuera que el canciller desconfiara de que fueran auténticos los documentos que de manera indirecta le eran ofrecidos, fuera si no que bastó al curioso iniciador de la academia la lectura hecha por aquel medio para desecharlos; fuera aún que a su atención, entre tanta correspondencia recibida, escapara aquella novedad, el caso es que queda aquí interrumpido el conocimiento de la procedencia de los textos de Misahil Abí. De lo que Bosquet pudiera haber poseído no hemos encontrado otro rastro por ahora. A la colección de manuscritos orientales que Seguier hiciera desde luego no llegaron, por lo que, de ser cierta nuestra suposición de la enmascarada operación de venta, habrá que considerarla fallida. Solo queda la transcripción que a mediados del siglo XIX el conde Héctor de la Ferriere hiciera. Por medio de su lectura, exclusivamente, tendrá que formarse el lector cualquier juicio sobre su fiabilidad y su valor.
Para su forjador, por el mar de bronce estaba representada el agua. Antes de que encontrara su destino en el orden de los sacrificios del clero organizado, el mar era la imagen de un lago, símbolo a favor de la teoría que sostiene que representaba el océano primordial. Cuando la naturaleza la restringe, el agua nunca debe prodigarse –dice Misahil Abí–. Aunque no haya quien de forma consciente se lo dicte ni quien lo declare, es un bien escaso, y a ella hay que dedicar atención aparte. Por eso responde sacralizando a quien de ella hace uso; es siempre agua lustral. Por ella los hombres prorrumpen en oraciones que la demandan como don a la divinidad.
El altar de los sacrificios tenía la responsabilidad de ser el que representara el fuego. Para Hiram Abí, justificaba su presencia en aquel lugar que el fuego contiene potencias capaces para fundir la roca. Llegado el verano, quizás movidos por una pasión que los arrastra a confiar en los ritos, quienes trabajan la tierra, a la luz del crepúsculo del atardecer, queman los rastrojos con la creencia que cauterizan las heridas que ellos mismos, durante el año, abrieron en la epidermis de la madre que les asegura la vida. Agitadas cabelleras de llamas coronan el horizonte, entonces apenas una línea ondulada que se desdibuja donde la vista se pierde. Mientras transcurre la noche, la incandescencia de los campos se refleja en la bóveda celeste y tiñe la primera luz del día. Amanecido, ya consumado el sacrificio, el aire recibe el producto de la metamorfosis y lo traslada a las alturas. Vírgulas flotantes pautan el mensaje hermético y lo llevan hasta el patio de las casas, donde es interpretado como la rúbrica de un deber satisfecho.
Con el más acertado criterio, el cuarto elemento decidió el broncista que fuera inmaterial, y que sin embargo, siempre que el templo tuviera vida, su presencia estuviera garantizada. Por las palabras de los ritos quedaba asegurada la región etérea, a la que sacerdotes y ministros, con sus votos y ofrendas, con sus cánticos, como si volaran, pretendían elevarse. En sus reflexiones sobre las virtudes del aire, reconocía que todo lo que es puede contenerse en lo que no se ve. Pero así como en los espacios abiertos las masas inasibles son una promesa, una expansión sin límites de la aptitud sensible, se tornan huidizas y misteriosas, inexpresivas, incapaces para una explicación cuando los edificios las conducen. En el templo, más aún que en las calles o en las plazas, más que en cualquier clase de construcción, son el flujo que hasta los humanos llega desde lugares más allá de sus posibilidades de percepción.
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Publicado: octubre 3, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
Pero estalló la revolución, frívola criatura de voracidad imprevisible, que tanto puede deglutir cualquier patrimonio como morir de inanición, como la amante caprichosa dotada de un criterio tan inestable como su humor. Por esta vez, por suerte, los manuscritos de los mauristas escaparon a sus ansias. Entre 1795 y 1796, pasados ya los tiempos terribles de la Convención, la biblioteca entera de Saint Germain des Pres pudo ser trasladada a la Biblioteca Nacional francesa sin novedad.
En apariencia, el mal momento se había superado y todo había quedado a salvo. Pero un buen día vino a descubrirse algo no exactamente sorprendente. Durante los años inmediatamente anteriores, en aquella época de desorden que luego pudo acotarse entre 1789 y 1794, la valiosa biblioteca benedictina había sufrido pérdidas. Algunos de los manuscritos procedentes del viejo monasterio de Corbie, el más valioso de los legados acumulados por los mauristas, habían desaparecido, y, lo que para nuestro caso es más notable, también había perdido la mayor parte de la colección procedente de Seguier.
Pasa con las amantes de fábula que satisfacen su capricho con un licor exótico, alguna joya, entre risas estentóreas nada fáciles de explicar. Antes, por insidiosa recomendación de un casi desconocido, de las manos del insensato habrá arrancado un documento de nulo valor para ella que entre sí los bancos en cadena descontarán. El hombre sin seso terminará arruinado, ella cargará con la culpa del desastre y en la sombra permanecerán los que de cualquier forma habrían ganado, sonriendo satisfechos porque en un tiempo récord lo consiguieron todo, simplemente trastocando las apariencias y dejando que los hombres fueran embaucados por sus suposiciones. Así ocurre en las circunstancias en las que el desorden social seduce a los apasionados revolucionarios. Nunca faltará quien disuelva en la estupidez hasta su sombra, y acogido a los rincones fuera de la luz del caos haga a la humanidad el gran favor de salvarse, llevando consigo cuanto es digno de ser conservado.
Hasta ahora la historia completa de la desaparición de los manuscritos de Saint Germain no es que haya dejado de ser escrita. Pero una versión de efectos convincentes aún no ha sido leída. Solo se ha aceptado, como transacción de alguna certeza, que aquel expolio tuvo lugar durante el año 1791, tercer año de la revolución, celebrado por ser el primero constitucional. El hecho de que muchos de los manuscritos antes pertenecientes al fondo abacial hayan conservado huellas de fuego para algunos es indicio incuestionable de que las circunstancias de aquella desaparición fueron violentas. No es un testimonio suficiente. Antes parece una forzada insinuación circunstancial para desalentar los deseos de los indagadores menos exigentes. Muchos estarían dispuestos a admitir la prueba por concordancia de las apariencias, y muchos también han sido los que achacaron al desorden y a la ira de la gente sin control cuanto se podía adjudicar a su descuido, al estado de abandono en que mantuvieron tan frágiles bienes llevados hasta su tiempo por una pesada cadena de siglos.
Sea o no acertada la valoración de la circunstancia, para explicar el extraño circuito recorrido por muchos de ellos desde el momento de su desaparición y su paradero final hace falta más. Por los más perspicaces alguna vez se ha revelado, por desgracia en textos aparecidos en revistas de escasa difusión, y aun así de forma anónima, que otros manuscritos procedentes de lo de Seguier y que habían estado en Saint Germain, sin rastro alguno de fuego, habían sido encontrados en lugares poco edificantes, desde luego sorprendentes. Con seguridad, ya en el siglo XIX fueron identificados seis, arrumbados en un almacén de los muelles de El Havre. Hecha averiguación por su perplejo descubridor, cuya descendencia ha conseguido conservarlos hasta hoy como precioso patrimonio de la familia, supo que hasta allí habían llegado calzando un envío de ricos tapices, igualmente extraviados con ocasión de los acontecimientos revolucionarios.
Pero la mayor parte de los manuscritos desaparecidos al parecer se movió poco. Ni siquiera llegó a salir de París, y pasó los desasosegados días de las revueltas en un tranquilo y apartado rincón, a recaudo de las desbordadas calles sin gobierno. Adonde los rayos del sol no alcanzaban ya estaban en 1792 y, he aquí lo que es más difícil demostrar, aunque no sorprendente ni inexplicable. No se sabe bien cómo, muy poco después, casi todos estaban en manos del secretario de la embajada rusa en la capital francesa, el intrigante y astuto Pedro Dubrovski, algo más que un diplomático.
Representaba este Dubrovski, como una parte de la protección que era debida a la delicada posición en la que el gobierno ruso lo había colocado, y aun mantenía, para el desempeño de encargos tan preciosos que obligaban a que en él fuera depositada toda la confianza –incluso ignorando sus actos– ser otro insaciable y voraz coleccionista, especialísimo apasionado por los manuscritos antiguos. Fue su inagotable capacidad de maniobra, unida a sus proclamadas inclinaciones, las que le valieron, en aquellas desordenadas circunstancias, la parte más valiosa de los manuscritos depositados en la abadía de Saint Germain des Pres, entre los que estaban los de incalculable valor procedentes del viejo monasterio de Corbie que también momentáneamente habían desaparecido, la base sobre la que los benedictinos pensaban consolidar sus ambiciosos proyectos historiológicos. Para completar tan preciosa coartada, así como el premio material a sus ocultas excelentes gestiones, todavía sumó al patrimonio documental adquirido en París una parte de los archivos de la Bastilla, también arrojados a la calle por las gentes enloquecidas que asaltaron la fortaleza de la festiva revolución y destrozaron sus instalaciones.
Dubrovski concluyó sus servicios inestimables de representación diplomática antes de que terminara el siglo, y regresó a San Petersburgo en 1800. Por entonces empezaba la Biblioteca Pública e Imperial de aquel sueño urbano, como en sus inicios estaba la ciudad misma, tan joven que aún no había alcanzado el siglo de existencia, un tiempo que para la ciudad que aspiraba a ser una capital de primer orden apenas equivaldría al de la infancia. En 1800 allí todo era reciente, y la colección de libros iniciada en ella lo era aún más. Los comienzos de aquella institución, la que debía conservarla, habían ocurrido a finales del siglo XVIII, cuando Catalina la Grande quiso fundarla con un lote inicial procedente de Varsovia, donde los hermanos Zaluskie habían creado una importante biblioteca. Habían conseguido reunir unos 250.000 libros hasta el momento en el que les fueron incautados por las tropas rusas, que finalmente los trasladaron desde Varsovia a San Petersburgo en 1796, el mismo año de la muerte de la emperatriz.
La mayor virtud de aquel enorme lote fundacional era que reunía fondos ricos en textos escritos con las lenguas de los países de Europa occidental –aparte los libros polacos, naturalmente los más numerosos–, algo especialmente estimado en la Rusia de aquellos primeros días de aquella capital. Con los textos en francés, y aún más si habían sido escritos por franceses, vino a desencadenarse en el más melancólico y alejado observatorio del mundo civilizado un apasionado universo imaginario más vigoroso que cualquier realidad, similar al que pasados los siglos ha originado en tantos lugares el inglés. Pero la pobreza en libros rusos de que adolecía en origen la biblioteca imperial causaba sonrojo; y, si bien estos podían ocupar entonces un lugar secundario en la estimación de los rectores de aquellas tierras enormes de fronteras imprecisas, con buen criterio consideraron que no era justo que lo más inmediato fuese, por un injustificable desprecio, alejado tanto que fuera perdido de vista.
Para compensar el defecto de libros, manuscritos o impresos escritos con la lengua evangelizadora de los eslavos, ya en Rusia la biblioteca Zaluskie, fueron utilizados dos procedimientos. El primero, común y muy eficaz, pero que para que rinda beneficios necesita décadas y décadas, fue concederle a la que ahora empezaba el depósito legal. Pero para conseguir pronto los efectos deseados sobre todo le fueron agregadas colecciones personales, la mayoría adquirida por medio de compra en el interior del país. Fue este último el medio más eficaz para incrementar en poco tiempo los fondos en lengua vernácula.
Sin embargo, para elevar la nueva biblioteca al lugar desde donde quería exhibirse, hacia el que tendría que levantar su rostro el que tuviera que admirarla, juzgaron sus promotores imprescindible engrosar sus fondos con obras procedentes del exterior occidental. La colección más estimable de cuantas pudieran representar tan exclusivo papel era, sin ninguna duda, la formada por Dubrovski. Había viajado con él desde París a San Petersburgo, no sin sufrir algunos contratiempos en el largo trayecto, entonces interceptado por innumerables fronteras y un número muy superior de sables. Inicialmente, su poseedor había planeado un sereno traslado de todo el lote desde los muelles del Sena, que efectivamente habría resultado más ventajoso, y cualquiera habría creído regular. Pero las amenazas del bloqueo, más las azarosas oscilaciones de la guerra, que entonces había tomado el mar como campo de batalla, le obligaron a optar por un penoso viaje por tierra. Tuvo que eludir vías de primer orden, descender hasta latitudes poco prácticas pero sosegadas, sobornar y mentir, engañar, en ocasiones afrontar el asalto de los ladrones que eran mantenidos por los bagajes. Gracias a esta estrategia, la peregrina caravana de los manuscritos pudo arribar a las orillas del Neva sin más novedad que algunos animales muertos, otros seriamente estragados, desperfectos en lanzas, ruedas y piezas menores de los carros, y algún herido entre los soldados de confianza, que sobornados con largueza en traje de civil hubieron de cruzar Europa, más de norte a sur y de sur a norte que de oeste a este; pero sin que daño digno de mención hubiera alcanzado a los preciados materiales que transportaba.
Amagó Dubrovski entonces con la institución de un gabinete de lectura abierto al público, sostenido a sus expensas, para su beneficio exclusivo y deleite reservado a sus usuarios, donde la valiosa copia de ingenio por él acumulada pudiera ser admirada. Era el penúltimo monólogo del papel que debía representar, el forzado epílogo previo al final apoteósico que del fiel servidor había de esperarse. En los planes de Catalina jamás hubo lugar para que a los ojos rusos la grandeza hubiera de ser representada más allá de donde su poder alcanzaba. Tampoco es obligado coronar la ambición con el desprecio cuando el apetito puede ser colmado si se sabe mantener la boca cerrada. Al contrario, conoce quien gana poder mayor deleite en el ejercicio de la magnanimidad, virtud que le es exclusiva. Y con la cuidada elegancia que adorna las más ordenadas cortes dejó la administración rusa que las cosas terminaran por parecer lo que debían, que fuera el inapreciable y querido Dubrovski el exclusivo encargado de redondear y rematar sus muchos, valiosísimos e impagables servicios. En 1805, en un acto de generosidad que a todos sorprendió, el antiguo secretario de embajada decidió donar al gobierno ruso toda la colección de los manuscritos que había reunido; con una sola condición, en realidad casi una caída sentimental: que fuera depositada en la biblioteca imperial que se estaba formando, para contribuir a su engrandecimiento y así a perpetuar la memoria de quien la promovía. Así fue aceptado por la administración del momento, en nada quedó modificada su voluntad.
En reconocimiento a tan especial donación, todos los valiosos manuscritos serían marcados con la inscripción Ex museo Petri Dubrovski. Pidió ser él quien con su propia mano así los identificara, para de este modo unir su caligrafía, como colofón testamentario, a los trazos salidos de las manos más cotizadas de la cultura occidental. Así le fue concedido y todos han conservado el delicado testimonio de su mano generosa, como reliquia de la más noble lealtad, distintivo que a los ojos de cualquier lector no solo los identifica sino que los engrandece.
Además, Dubrovski obtuvo del gobierno, como justa compensación a sus inestimables servicios literarios, un nombramiento vitalicio como conservador de la soberbia biblioteca donde su colección había quedado depositada, y que aquel abnegado cargo estuviese dotado con una modesta pensión, que sin embargo le permitiría vivir con desahogo el resto de sus días; una merecida y justa recompensa a una vida dedicada al servicio de la administración en sus más delicadas y secretas vertientes. De este modo tan imprevisible las equívocas palabras fueron el mejor reconocimiento a quien tendría que permanecer en silencio hasta el fin de sus días.
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Publicado: junio 28, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
La notable reputación de Seguier, pasado el tiempo de su vida, no solo fue consecuencia de su fervorosa entrega a la persecución y a la tortura. Siguiendo cierta inclinación simultánea, y no obstante paralela, a menudo una virtud que a esta clase de hombres completa tanto como sorprende, se dio a la colección de obras antiguas impresas y manuscritos de desigual valor literario. Pudo parecer en algún momento que su ingestión voraz de creaciones del ingenio humano tenía su origen en un lugar común a las dos incitaciones que daban fe de su alma única, la sanguinaria y la letrada, aquel donde arraigó la extraordinaria naturaleza de su ser. Sin embargo, ahora resulta más plausible que en su caso las letras fueran almacenadas para que actuaran como el agua, para que limpiaran las manchas de sangre vertida por su causa. Tanta vida ajena dejó la última señal de su existencia sobre las manos del canciller que la colección de libros, más que un arroyo, tuvo que ser un río caudaloso.
El marcado contraste de los actos de su vida, relatados a su iniciativa, invita a pensar en una dirección más elevada. En el transcurso de su tiránica expedición a Normandía, en medio del terror y de las ejecuciones que durante el día daban luz a su vida, encontraba tiempo para visitar a los más oscuros libreros de viejo, para buscar en lugares apartados del trato con los mortales preciosos manuscritos. Así lo quiere su diario de aquel viaje, escrito por un funcionario bajo sus órdenes, el dócil y leal Verthamont, para quien la cesión de su nombre fue toda su gloria.
No hay por qué dudar de que Seguier llegara a ser un hombre refinado y de alta formación. Los más grandes aman lo más grande. Son conocidas sus inclinaciones hacia la filosofía y por lo que entonces llamaban antigüedades, y hasta sintió atracción por la seductora paleografía, un juego para adultos tan inofensivo como los pasatiempos. Fue un significado amante pasivo de la nueva ciencia, entonces apenas brotando del racionalismo restaurado, y por eso cofundador, con Richelieu, de la Academia Francesa, de la que además fue un calificado protector oficial, munificencia que no impidió que fuera uno de sus más activos miembros de los orígenes.
La deliberada ostentación que durante toda su vida hizo del deseo de formar una gran biblioteca tuvo su más alta expresión en el acopio de raros manuscritos, tanto más apreciados cuanto más raros, libros extraños para todos, no tanto para él, que los apreciaba tanto que los hizo encuadernar sin reparar en gastos. Tanto los amó que para ellos hizo construir una galería, que a la vista de quienes tan alto y tan cerca de él lograban llegar no ocultara la que podía ser la mejor prueba de sus pasiones. Según el inventario redactado a un mes de su muerte, aunque todavía en 1672, luego, en 1686, publicado como repertorio con vistas a la venta de los volúmenes, en la misma París, tras el título Catálogo de los manuscritos de la biblioteca del difunto monseñor el canciller Seguier, solo la colección de los manuscritos estuvo organizada en cuatro series: contemporáneos, latinos, griegos y orientales.
La parte de los contemporáneos estaba formada con los que en origen habían sido los archivos personales de quien ejerciera los cargos de ministro de justicia y canciller. Todos utilizan el francés como medio de expresión. El resto es la colección que su dueño había ido formando mediante adquisiciones hechas en los lugares más escondidos, y cuya procedencia no siempre es posible decidir. Que hubiera en ella secciones griega y latina parece obligado en un hombre de su cultura, y que hiciera colección separada con los manuscritos orientales tampoco sorprende. Era algo hasta cierto punto frecuente en las mejores colecciones de aquel siglo. Pero en este último caso el criterio de segregación es solo temático. Casi nulo era entonces el conocimiento que Europa había elaborado de las antiguas lenguas de oriente. De hasta dónde había llegado, una prueba había entre sus manuscritos, un ejemplar del que parece el primer relato occidental de la escritura cuneiforme de Persépolis, copia del texto en origen escrito en latín por García Silva Figueroa, embajador español en Persia. Una primera edición de aquel texto, con el título De rerum persicarum epistola, había aparecido impresa en Amberes el año 1620. Seguier debió hacerse con el texto conectando con una tradición paralela, manuscrita, aun así estimable. Incluso entre quienes han estudiado el retroceso, los hay que consideran que volver al manuscrito fue, en su caso, una decisión digna de su alta condición, porque quien la tomó optó por un diseño sin concesiones a la inspiración innovadora. Cada vino tiene su botella… y cada libro su formato, sentencia uno de los admiradores de sus rarezas bibliográficas, aun sin tomar en consideración su contenido.
Muerto el canciller, la viuda conservó durante años la biblioteca que había heredado en el estado en que su dueño la había legado.
Rige en los tiempos inmediatos a la muerte la dictadura de los objetos que fueron pertenencia del difunto. Su posición inalterada sirve a la idea de que prolongan su presencia, y sin duda son origen de retornos fantasmagóricos de quien ya ha desaparecido. El deseo ferviente de quien no se resigna a la pérdida vivifica los objetos inertes, a base de expectante contemplarlos con la mirada concentrada en ellos horas y horas, hasta que la fatiga lo vence. Cuando al fin a la conciencia retorna la certeza de que los cuerpos inanimados son por naturaleza inmóviles, ha pasado el plazo de respeto a la memoria del difunto que impone la ley de la naturaleza. Para la viuda de Seguier también cumplió este plazo, y sus libros empezaron a peligrar.
Había crecido entre los herederos la idea de vender la colección completa de los manuscritos a un solo comprador, no tanto por encontrar una oferta más respetuosa con ella cuanto por convertir todo aquel patrimonio, de una vez, sin más especulaciones, en dinero contante. La Biblioteca Real francesa ya había mostrado interés por ellos, por razones similares a las que al canciller lo habían llevado a juntarlos. Inmejorable oferta, imposible mejor comprador. Pero las cuarenta mil libras en las que los herederos, no tan urgidos por sus deudas como por su número, que las generaciones multiplican, valoraron entonces toda la colección parecieron un precio excesivo a la Casa del Rey y el traspaso no se consumó.
Quiso la suerte, después de este primer fracaso, que la biblioteca de manuscritos del canciller no fuera disgregada en lotes ni dispersada por pequeñas colecciones. Gracias a un azar favorable, pasado algún tiempo, correspondió toda su herencia a uno de los nietos de Seguier, el ilustre Henri-Charles du Cambout de Coislin, obispo de Metz entre 1697 y 1732. Mientras estuvo en su poder, atendió a la conservación y al cuidado que merecía el patrimonio recibido, velando en especial por que los preciosos libros de raro origen se mantuvieran reunidos. Tan firme voluntad obligó al obispo a serios dispendios en obras de estantería, así como para cubrir la nómina del personal experto que debía sostenerla en uso. Nada de eso fue obstáculo para que mientras viviera su propósito no sufriera desviación alguna.
Con ser muchos sus méritos, el mayor de ellos lo reservó para el último momento. Hombre en extremo previsor, guiado por el encomiable deseo de prolongar más allá de su muerte su virtud, antes de su fallecimiento, por medio de su testamento, tomó una decisión irrevocable. Acordó legar todo el tesoro bibliográfico que había recibido a la afamada congregación benedictina de Saint Maur, la institución entonces más cualificada para ser su dueña. Desde que la condujera Jean Mabillon, considerado por Richelieu el hombre más capaz de su tiempo, los mauristas llevaban décadas atesorando pacientemente en el monasterio de Saint Germain des Pres, en París, inestimables tesoros manuscritos de todas las épocas. Para 1732, esta congregación ya era un instituto de prestigio, más que por su esforzada religión por su virtuosa consagración a la búsqueda, estudio y publicación de documentos de alto valor histórico.
El establecimiento encabezado por Mabillon, durante el siglo XVII y primeros años del XVIII, ya había contribuido de manera decisiva a proporcionar sólidos cimientos al análisis crítico, fundamento del conocimiento histórico, al tiempo que piedra angular de la filología, la herramienta más estimable de los procedimientos de la nueva ciencia. Tan decisiva fue aquella contribución que el tiempo ha venido a demostrar que el camino abierto por Mabillon fue trazado por las únicas cotas por donde el tránsito era posible, y jamás desde entonces ha sido necesario retornar al origen del que se hubiera partido, ni volver la vista añorándolo.
A las estanterías habilitadas en Saint Germain des Pres fue llevada la colección de manuscritos del canciller Seguier durante 1735, a excepción de un pequeño lote previamente desprendido y de escaso valor, insignificante para el asunto que nos ocupa. Y allí, durante años, fue conservada con la dedicación y el cuidado que merecía.
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Publicado: mayo 26, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
La mejor creación de Mishail Abí, sin embargo, no debe buscarse entre las piezas por él fundidas, ni es necesario especular cuál pudo ser la primera, si el altar, la tribuna o el mar. De una parte de las fuentes se deduce que su mejor producto fue el sentido que diera con sus obras al atrio de los sacerdotes. Gracias a que aquel lugar fue su destino, conseguiría representar en el lugar sagrado las cuatro sustancias elementales de la primera física.
La tribuna, asentada sobre su sólido zócalo de bronce, representaba la tierra, el bien gracias al cual los hombres confiados a la vida pasiva ganan su identidad, valor al que delegan sus esfuerzos, materia sensible que entre sus manos les permite satisfacerse con el pulso que los verifica vivos, dominio sobre el espacio que les confiere derechos y vía que, emprendida, porque se prolonga insobornable, les proporciona la seguridad de un orden infinito; materia que emerge en cualquiera de los actos de los pueblos que para regular sus relaciones, porque han pasado el umbral de la agricultura benefactora, que los consagra productores, han debido radicarse. La tierra es la fuente de donde mana cuanto existe, y el abismo al que finalmente se precipita quien vive, lo que come, el lugar que habita, su cuerpo exánime y vacío. Toda la experiencia de los antepasados en la tierra yace disuelta, y de la tierra se levanta como los cuerpos desahuciados de sus tumbas. Nutre cuanto existe y da cobijo a cuanto se extingue; poso de sedimentos transgresores, férrica masa, fluido que las corrientes perezosas empantanan, destello de la cal, corrosión de la roca que nutre el metabolismo radicular.
Así fue teorizado por Mishail Abí, tal como puede leerse en una versión de sus textos originales que lamentablemente escaparon a la perspicacia de la crítica y cuya autoría sin embargo es discutida. La copia del manuscrito en la que está basada la edición que seguimos procede de la que hoy es la biblioteca principal de San Petersburgo, una de las más sólidas instituciones dedicadas al cuidado del libro en el mundo. Es una sencilla y buena versión de un original remoto, cuyo rastro debió perderse mucho antes de que existiera la lengua en la que fue escrita. Pudo ser uno de los primeros que usara el alfabeto, aunque para expresar el mismo viejo idioma de la Mesopotamia primera, elevado a modelo para la expresión escrita en donde sería levantada la definitiva e irreversible torre de Babel. El autor de la copia escribió su francés con una letra caligráfica clara, aunque tardía, hace más de trescientos años, desde luego en el transcurso del siglo XVII.
Perteneció aquel traslado a los archivos del canciller Seguier. Basta la mención de esta circunstancia para tener una idea precisa de sus características externas, y hasta de sus rasgos de estilo, lengua e incluso ortografía. Porque en las colecciones de textos de aquel hombre, pieza angular de la administración francesa por razón de sus cargos, convergen variantes ortográficas locales y modismos de región tan reconocibles como útiles para una precisa deducción externa. Tan característicos son que pueden asegurar hasta un grado de precisión sorprendente cualquier conjetura deducida de la forma de la expresión escrita; tanto que hasta un analista poco experimentado podría juzgar.
Aquellos documentos luego formaron parte de la colección de autógrafos y cartas llamada Dubrovski, una sorprendente concentración de lo que estuvo disperso cuando hace un siglo todo tendía a descomponerse; la misma que durante el frívolo tiempo soviético de la historia rusa, versión política de las caprichosas vanguardias, fue clasificada en el departamento de manuscritos de la que por aquellos felices tiempos de seguras convicciones debió cargar con el nombre de Biblioteca Gubernamental Pública Saltikov-Chtedrine de Leningrado.
Es oportuno aclarar origen e historia de la colección que formara Seguier con cuantos detalles hemos podido reunir; lo que es posible, al menos en parte, gracias a los materiales refundidos por L. D. Delisle, autor de una obra que tituló El gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional, un completo trabajo que como obra definitiva apareció en París en el transcurso del año 1874.
La historia conocida de los manuscritos arranca del propio Pierre Seguier, el canciller Seguier, eminencia gris de una época en la que las decisiones que afectaban a todo el mundo se tomaban en París. Vivió entre 1588 y 1672, y desde su nacimiento su carrera estaba decidida. Habría de satisfacerse con la alta burocracia parlamentaria, la magistratura pretoria de la administración gala moderna. Fue suficiente para que llegara a ser uno de los hombres de estado más importantes de su época, porque en la organización gubernamental de aquel siglo de grandeza, primero bajo la dirección de Richelieu y después a las órdenes de Mazarino, ocupó el lugar inmediato al primer ministro. Reunió las dos responsabilidades de gobierno más eminentes, ministro de justicia, cargo para el que fue nombrado en 1633, y canciller de Francia, una responsabilidad que, sin que dejara de ser compatible con la que antes había adquirido, desempeñó a partir de 1635. Gracias a aquella acumulación de confianza, durante cuarenta años ocuparía el centro de la política francesa, y viviría seguro entre los que tenían las más altas responsabilidades y el mayor poder. Personajes de tanto nombre como el propio Richelieu o Luis XIII, el mismísimo Luis XIV, Mazarino, Ana de Austria o Colbert le otorgaron su confianza. De su valía personal y de su capacidad para responder a tantas obligaciones, así como de su enorme poder, da finalmente idea el siguiente hecho. Cuando Seguier murió, Luis XIV, el gran Luis XIV, se vio obligado a separar los dos cargos que el excepcional hombre había desempeñado, y por necesidades del oficio público otorgar cada uno de ellos a una persona distinta, momento a partir del cual jamás volvieron a unirse.
De las altas responsabilidades recibidas, la de mayor peso fue la cancillería. En aquella administración, el canciller hacía de jefe de la política exterior. Seguier, por esta razón, fue acumulando en sus archivos documentos sobre las relaciones que la gran potencia continental del momento mantenía con las que solo podían aspirar a emularla. De la enorme trascendencia de aquellos documentos da idea que todo lo relacionado con la guerra, que entonces era la de los Treinta Años, entre otros incursos en la materia exterior, eran motivo de su discreta atención.
Pero Seguier prefirió concentrarse en los asuntos internos por razón de la jefatura suprema de la justicia, cargo menos honorable pero, por conjetura deducible, más recompensado. A consecuencia de esa responsabilidad era el jefe de los organismos centrales de la potestad que sobre todas distingue a la realeza, y por tanto de cuantos como intendentes delegados regían los tribunales en las provincias. Por la misma razón, asimismo, era el director de todos los departamentos, gubernamentales o provinciales, que tuvieran el encargo de velar por el mantenimiento del orden. Toda la materia que afectara al recto gobierno de los súbditos del rey de Francia, tanto de justicia como la anterior de policía, era de su incumbencia, y en particular la información reservada que siempre debe conocer quien tiene que tomar decisiones políticas firmes y acertadas en las situaciones más comprometidas y a su debido tiempo. Era tan delicado cometido el que le obligaba a mantener expedita y fluida, veloz y reproductiva, una extensa red de corresponsales tendida sobre toda la superficie del estado.
En poco tiempo llegó Pierre Seguier a ser un conocedor proverbial de los asuntos internos, y a desarrollar, no puede asegurarse si en consecuencia o como origen, una extrema pasión por tan embriagante parte de sus responsabilidades, tanto que jamás lo extenuaba. Empleaba los más eficaces medios de información y espionaje a su alcance contra los conspiradores de cualquier signo sin parar en límite alguno. Reprimía con mano decidida –él mismo un látigo de acero con correas guarnecidas con púas– todo tipo de motín o sedición. Torturaba sin vacilar, si llegaba el caso, a los que permanecían sobrecogidos y mudos, días y días, en las cóncavas mazmorras de altas naves. Tan extraordinaria fue su fama como complacido cumplidor de su deber de policía que su nombre terminó cercado de una sórdida y absorbente sonoridad, como el negro nimbo que distingue al diablo. Durante mucho tiempo sería recordado como el implacable inductor de los más severos castigos contra la población civil amotinada. De todos, el que una fama más siniestra le valió fue el que durante unas pocas semanas descargó sin descanso contra los rebeldes normandos.
No sería imprescindible decir que por esta causa Seguier terminó siendo extraordinariamente odiado, si no fuera porque llegó a ganar un grado raro en la consideración de sus pertinaces malevolentes. Alcanzó a ser despreciado con la vehemencia que por alta y grande parece que puede llegar al cambio de estado, como la acumulación de calor que transustancia los líquidos; que hace que el odio, de ser natural gaseoso, porque es emanación de las pasiones, cristalice en fluido, y destile un venenoso humor vítreo que en quien lo concibe, a partir de aquel instante, inyecta la sentencia de muerte; licor vital que al tiempo lo sostiene y alimenta y lo mantiene entre los mortales activo solo para la venganza, deseo que contamina todo el cuerpo y va generando cada gesto y alienta el ser; tanto que, cumplida, quien lo produjera termina por no generarlo, decae y, si no muere, vegeta.
A partir de su gesta de Normandía, la presencia pública del canciller llegó a ser excepcional, desconfiado de preservar su vida. Fue una prudente decisión, porque el vapor que el odio destila el aliento de quien lo acumula lo difunde al aire en grado letal. A lo sumo, su presencia a los demás llegaba como la firma categórica que un asunto zanjaba al pie de un escrito. Cuando en 1648 estalló la Fronda, en cuanto la muta fue dueña de París, por todos los medios intentó celebrar un festín con el cuerpo del canciller servido en cuartos. Hubo preparadas ruedas y estacas con su nombre escrito, al tiempo que crueles homicidas levantaban corazones de funcionarios, siervos de los sacrificios, clavados en las puntas de sus picas al grito de ¡No hay fiesta si el corazón no la siente! Solo un azar benévolo, que actuó contra sus innumerables aspirantes a verdugo, le permitió prolongar su existencia.
Mishail Abí. 1
Publicado: abril 27, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
Con ser majestuoso el edificio, la obra de fundición que para el templo de Melqart hizo Mishail Abí por encargo de la República lo sobrepasó. Tantos fueron los bienes ofrendados, fundidos con tan enorme cantidad de bronce, que no se puede calcular su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que Adom Barek había atesorado para proveer a la fábrica. El obrador que debía moldearlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos ahora identifican con un yacimiento al este de la población que ha sobrevivido, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación. Además, todo lo consagrado, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años por Adom Barek, también fue traído por la República al templo y puesto en sus tesoros.
Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes Mishail Abí fundió el altar de los holocaustos, el mar y el dosel de las celebraciones.
El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa a la fábrica principal era el lado oeste, frente al pórtico, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que le daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental.
En la cima fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla, y en su parte más baja, con una depresión. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar. La parrilla que cubría el ara debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando, y la depresión, recoger la sangre que manaba de las víctimas. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo. Los restos que caían desde arriba luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Erik Magdal, habilitado a propósito para guardarlas.
Fue colocada en el ángulo sureste del atrio de los sacerdotes la segunda obra magna de Mishail el broncista, el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral a las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, debían representar quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.
No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquiliza al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se remita. Es tan indeterminado su enunciado que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre en innumerables ocasiones con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia desorientan a sus lectores. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando además el misterio aparente está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue cargando con el estigma de reservado.
Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, subrayaría las dificultades que se interponían en el que solo podía ser el tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era impenetrable. Lo haría atraído por la tentación permanente, mientras se cuenta, de alcanzar la lengua que se propone llevar al límite el alumbramiento de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Todo lo que había quedado ensombrecido era inservible. El origen de la oscuridad en la que se había encallado el relato pudo ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto, al que se aliaría después una secuencia de copias cada vez más alejada del sentido original de las palabras. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.
El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Mishail Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema un impúber, la víctima propiciatoria del holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Mishail hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que también debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas asimismo en una sola pieza. Las calabazas daban toda la vuelta al mar, a lo largo de los diez o doce metros del perímetro.
Descansaba el mar sobre doce bueyes o toros exentos, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio más reciente de los que ocupan la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios interiores: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden del espacio descubierto del santuario.
En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto. Aunque la tradición no lo reconoce como obra de nuestro excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. La República mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el ángulo noreste del atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada refutación; no incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Mishail Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.
No te fíes
Publicado: marzo 26, 2024 Archivado en: Dante Émerson | Tags: economía agraria Deja un comentarioDe la correspondencia de Dante Émerson
El diezmo, si no era tan antiguo como la agricultura, es probable que lo fuera desde que se normalizó la contabilidad decimal. A él recurrió la recaudación al servicio del erario imperial, alimentado por las provincias romanas. El que se impuso en el sudoeste, cuando en el siglo XIII fue transferido a la iglesia de los papas, ya cargaba con una infamante historia de corrupción.
No era su vertiente más deshonrosa la defraudación que ingeniaban los contribuyentes, múltiple, rica en recursos. La atención que le han prestado sus comentaristas y glosadores ha actuado como una cortina de humo. Su alcance era anecdótico, apenas un rasguño en la piel del Leviatán teocrático, si se compara con las prácticas de los interesados en su ingreso.
Sus recaudadores solían organizarse en consorcios que debían hacer frente a un cobro no tan complejo como extenso, y generador de un gasto anterior que era necesario sufragar con créditos. Conseguían cada recaudación previa subasta de su arrendamiento, un contrato que los comprometía a ingresar en las arcas del titular, cuyo gestor en cada comarca era el vicario de la iglesia romana, la cantidad que se les remataba. Así lo conectaban con el contribuyente, campesino de cualquiera de las clases, interesado en pagar lo menos posible.
Persistían en ciertas maneras de corromper la recaudación, las mismas que ya se frecuentaban en la antigüedad. Podían competir por el producto de una dezmería, por su calidad o por las ventajas de su comercialización, o porque fuera extraordinario el volumen de la cosecha o del esquilmo esperado. La pugna por adjudicárselo hacía que la cantidad comprometida cotizara muy por encima de la décima parte del producto debida por los contribuyentes. O, en el otro extremo, podían bloquear la adjudicación de una renta recurriendo al monopolio coactivo y demandándola en solitario, para que la cantidad comprometida quedara muy por debajo del valor del producto recaudado.
Pero la corrupción más común consistía en admitir dinero a cambio del producto debido, previa tasación. La tarifa, que en la práctica era precio al que lo recompraría el contribuyente, se decidía en función del costo del transporte del bien, encarecido por las distancias y las dificultades de cada trayecto. Se podía pactar en una cantidad que descontara, primero, los gastos itinerarios que tuviera que satisfacer quien debía pagar, la fracción menor del concepto, pero sobre todo los que cargaran sobre el recaudador. Mover el bien desde las áreas más apartadas cuando el recaudador era urbano, y sostenía su consorcio sobre su comercialización desde un centro distribuidor, fuera puerto o lugar de gran demanda, podía ser insostenible.
Cualquiera de las posiciones podía permitirse que el precio acordado fuera distinto al correspondiente a la calidad del producto a recaudar. El balance era satisfactorio para las dos partes. El contribuyente no tenía que deshacerse del bien, y el recaudador ingresaba una cantidad de dinero, útil para financiar cualquiera de sus operaciones.
El vicario, colaborador necesario en la corrupción, ingresaba la cantidad comprometida en la subasta, para que sustituyera a lo que había debido ingresar y no había recaudado, previo acuerdo con los obligados al pago, que habían adquirido el producto a recaudar en una operación comercial distinta, con ventaja para las partes. El bien que debiera ingresar el vicario lo suplantaban las sociedades de recaudadores recurriendo a distintos expedientes. Podían servirse del que tuvieran almacenado, proviniera de cosechas o esquilmos anteriores, del excedente ingresado en otro lugar, o de compra en otro mercado, fuera abastecido por una explotación vendedora o por el almacén de otro comerciante, de importaciones a las que hubiera tenido acceso, o porque al mismo tiempo fuera comerciante.
El vicario y los gestores episcopales del arrendamiento, los llamados hacedores de rentas, se protegían con las exigencias derivadas de la adjudicación por subasta, en las que delegaban su moral. Como el arrendamiento era una fórmula al amparo de la ley, ninguna responsabilidad se les podía exigir, salvo el haber impuesto un contrato que decidía sobre la renta ajena. Por el remate de la subasta tenían asegurado el ingreso de la cantidad que debía repartir entre los titulares de la renta, para los cuales, cualquiera que fuese el ingreso, era un beneficio.
Es fácil imaginar que con todos estos elementos se podían urdir combinaciones que disparaban la espiral del lucro. Cualquiera de las manipulaciones permitía que se comprometieran cantidades muy diferentes de las correspondientes al diez por ciento del producto con los titulares del diezmo, para que fueran defraudados o para que se convirtieran en felices cómplices del reparto del botín, una bastardía que era la responsable de incentivar la malversación.
Por eso insisto, querido Bartolomé, en mi llamada a la precaución, que no será la última. Nunca tomes como referencia del volumen de una cosecha la cantidad adjudicada a un recaudador como remate de una subasta, la cifra más visible de los registros diezmales porque era la única que ponía de acuerdo a todos. No tener en cuenta la distorsión múltiple que puede incluir ha sido la causa de sonoros fracasos, cuando no de fraudes académicos que han podido pasar desapercibidos.
La conservación del grano
Publicado: febrero 28, 2024 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
Que el trigo se mantuviera como un bien útil lo decidía sobre todo el tiempo atmosférico. Las condiciones climatológicas del sudoeste, en especial las altas temperaturas del verano, acortaban su supervivencia. El calor contribuía a la generación de insectos oportunistas, como la polilla o el gorgojo, los agentes vivos que con más facilidad se naturalizaban como parásitos en los montones de grano almacenado. Del calor se saltaba a la humedad de manera que esta podía generar los mohos que permitían que fermentaran.
Los medios para salir al paso de tantos contratiempos eran muy limitados. Se confiaban a lo que se resolviera durante el invierno, el tiempo que no creaba problemas de temperatura. En el sudoeste, la de los días más fríos era tan benigna como lo bastante baja para detener los procesos de transformación de la materia orgánica. Durante ese periodo, que correspondía a buena parte de las semanas de almacenamiento, si se limitaba al año de la cosecha, se trataba de eliminar cuanta humedad fuera posible.
Las condiciones con las que habían sido concebidos los soberados, habilitados, en las construcciones domésticas, lo más lejos del suelo que la arquitectura permitía, aportaban la ventilación necesaria para mantener el ambiente seco. Los convertiría en los lugares preferidos para almacenar. Si se dispersaba la partida en varias dependencias se evitaba la acumulación del grano en montones de tamaño excesivo, siempre propensos a la acumulación de calor y humedad. Pero ninguna de estas iniciativas tenía garantizados sus objetivos.
Desde hacía mucho tiempo, quizás milenios, en el sudoeste se recurría también al silo doméstico, habilitado bajo tierra, para guardar el grano, no solo porque localizaba el almacén en el mismo lugar donde se dormía, sino porque se podía cerrar herméticamente para evitar la entrada del aire que permitiera el desarrollo de parásitos. Pero podía ocurrir que en los años especialmente húmedos se perdieran decenas de miles de cargas del cereal que se hubiera almacenado en los silos. La capilaridad de las rocas más porosas destilaba la humedad que contaminaba el grano guardado. Ni siquiera la impedía combatirla, antes de almacenar el grano, con un riego de sus paredes y suelo con amurca, como recomendaba Columela. Además, la solución del almacén cerrado herméticamente tenía la desventaja de que obligaba a emplear de una vez todo el grano que se hubiera hurtado a la circulación, porque una vez abierto, cuando entraba de nuevo en contacto con el aire, se deterioraba vertiginosamente.
Pero el límite más severo provenía de los costos de su conservación. El cereal que se almacenaba en grandes cantidades requería mucho trabajo, tanto para su transporte como para oxigenarlo regularmente, más aún si se trataba de trigo de la mar. El efecto de la alianza fatal entre calor y humedad lo incrementaba el transporte por vías marítimas de longitud transnacional. El grano almacenado en la bodega de los barcos, como consecuencia de la acción combinada de ambos factores durante los trayectos, adquiría un mal olor que inevitablemente se perpetuaba como mal sabor de la harina que con él se elaboraba. Paliaba la humedad del grano transportado por los barcos desecar una fracción para luego mezclarlo con todo el que se cargaba en sus bodegas, y así enjugaran la que acumulaban los buques durante las travesías. Con este fin se aplicaron técnicas experimentales, como las estufas alimentadas con leña y los ventiladores accionados por molinos, de efectos muy limitados. Tampoco mezclar el desecado con otro húmedo evitaba el mal olor adquirido cuando había viajado cerca de la sentina. Según iba llegando, era necesario proveer los hombres que diariamente lo apalearan en los graneros donde se recogía, para que venteándolo enjugara la humedad que tuviera y que con este beneficio no se pudriera ni se perdiera.
Cualquiera que fuera la fortuna de los medios empleados para combatir el deterioro del trigo, su balance temporal era concluyente. Los cereales podían guardarse dos años sin detrimento de su calidad en el almacén que se hubiera elegido, una razón de tiempo tan poderosa que en algunas economías se había normalizado como el plazo máximo que la ley admitía para su almacenamiento. En otras, menos exigentes, aunque no lo dictaran de una manera tan rigurosa, tampoco se apartaban mucho del mismo dictado de la naturaleza. Daban por supuesto que los cereales como mucho podían guardarse entre dos y tres años, al tiempo que los hechos se encargaban de demostrar que apenas era posible conservarlos más allá de los tres. Si un trigo alcanzaba tanta edad, ya lo tachaban de viejo, con las consecuencias previsibles de tan cruel manera de llamar al paso del tiempo. Una partida que se había importado cuatro años atrás a un mercado comarcal estaba tan afectada por el gorgojo que se cotizaba muy por debajo de su precio de costo.
La salida del trigo a su mercado, mucho más que por la libre concurrencia, siempre vendría dada por su edad, como la de los aspirantes a contraerse en un matrimonio, o la de quienes se emplean como mercenarios, la de quienes aspiran a titularse, o con un rigor inmisericorde la de los que anhelan concluir por fin su compromiso laboral. Ni la menor de las duraciones del ciclo más largo quedaría al alcance de quienes almacenaran su cosecha a la espera de sus óptimos. Si se arriesgaran a hacerlo, se precipitarían a su ruina. Solo podrían demorarse algún tiempo, nunca demasiado.
Las posibilidades de conservación del grano habrían impuesto su ley, la que aceptaban y a la que se rendían los sistemas. Las explotaciones dominantes, que se ordenaban en dos o tres hojas, unas técnicas que imponían los acuerdos entre cedentes de las tierras y labradores, por tanto necesitarían hasta tres años para obtener la cosecha completa de cada unidad de producción a su servicio. Era la mejor manera de ajustarse inmediatamente a las posibilidades de conservación y almacenamiento del grano. Los mayores labradores las combatían acumulando unidades de producción, de manera que cada hoja anual fuera lo suficientemente extensa como para proporcionar una cosecha cuantiosa. Era preferible la máxima restricción del espacio cultivado a su alcance, la que inducían los sistemas a dos y tres hojas, para así contribuir a la mejor alza de los precios posible. Solo así podría competir por la posición más aventajada.
Como para aspirar al precio óptimo absoluto había que sobrepasar el límite del trienio, según se deduce de la observación analítica de las cotizaciones del grano, las iniciativas para satisfacer cada mercado local del trigo tendrían que planificarse a un plazo mucho mayor que el año, superior incluso al trienio. Quedaría por tanto excluida de la competencia por alcanzar el precio óptimo la acumulación de la cosecha local completa. A lo máximo que podría aspirar sería al óptimo relativo de los ciclos de menor duración.
Los sistemas que se habían impuesto en la mayor parte del suelo al servicio del producto de trigo se rendirían al poder de las tácticas comerciales. Los comerciantes se imponían sobre los labradores. Para garantizar la experiencia del precio óptimo absoluto, a pesar de sus esfuerzos para conseguirlo, no bastarían las técnicas impuestas por las rentas acordadas entre partes, que en círculos concéntricos se iban deduciendo a quienes trabajaban en el campo, y que de esta manera dejarían al descubierto su incapacidad para responder a las mejores posibilidades de los mercados. Ningún labrador, ni aun los de mayor capacidad de almacenamiento, que en cualquiera de los casos serían los mayores productores en cada población, podría llegar tan lejos contando solo con sus medios.
Las condiciones óptimas solo estarían al alcance de los grandes comerciantes, que a través del mar podrían movilizar en poco tiempo las partidas compradas fuera en el momento oportuno, el que indicara el comportamiento del precio al alza dentro del ciclo pausado que solo ellos eran capaces de concebir. Habitualmente operarían bajo la protección pública, temerosos los responsables de las administraciones de los efectos que pudieran tener los precios excesivos del pan, que tanto comprometían la paz social. Los municipios les servían de cobertura y de coartada. Ponían a su alcance los medios fiscales que les garantizaban la financiación de las magnas operaciones importadoras, para las que disponían de depósitos y de las conexiones con la red de circulación de los instrumentos que los movilizaban.
Como hay que suponer, para aceptar esta explicación, que el importador tendría que contratar con un productor igualmente externo que le proporcionara el trigo, podemos asimismo explicar que la situación recíproca también sucedería antes o después, y que por tanto también los labradores más capaces de la región, trabajando de manera coordinada con los comerciantes exportadores, estarían en las mejores condiciones para deducir en su favor, aunque resignados a una posición subordinada, una parte del beneficio que estas oleadas periódicas aseguraban cuando sucedían fuera, no necesariamente en otro país.
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