De sol a sol

Bartolomé Desmoulins

Alguna vez he discutido la expresión de sol a sol, referida a la duración de la jornada de trabajo, si es que se recurre a ella para dramatizar las penosas condiciones en las que se trabajaba en el medio rural antiguo. Seguro que las condiciones de trabajo eran duras, como sigue siendo cualquier dictado de regímenes productivos en los que se impone el tiempo o el rendimiento. Para que carguen con el estigma de la condena, no es necesario recurrir al melodrama que represente el día rural de trabajo como un continuo ininterrumpido mientras haya luz solar, que es lo que se pretende cuando se recurre a aquella expresión.

     Antes que yo, en estas páginas, alguien ha abordado el asunto y lo ha hecho con un criterio que en buena medida comparto. Hablo de memoria, y es posible que sea demasiado esquemático. Pero, en lo fundamental, quien antes que yo ha revisado aquí este problema, ha defendido que a fines de la edad media, para algunos lugares de las vegas interiores del sudoeste, se puede documentar que la jornada laboral se computaba desde antes del amanecer, que el trabajo comenzaba cuando el sol ya había salido y que concluía cuando alcanzaba el cénit; en cuyo caso, si al mismo tiempo se recurriera a la expresión de sol a sol para resumir la duración de la jornada laboral, el primer sol sería el del primer crepúsculo y el segundo el de su mayor altura en el transcurso del día.

     No siempre mi opinión sobre el parecer ajeno ha podido ser tan complaciente. En una ocasión, el ojo vago de mi interlocutor, adaptado a una vida regalada, estuvo a punto de salirse de la órbita y estrellarse contra el cristal de ventana, que no lente, que lo mantiene a resguardo, mientras le explicaba, en términos similares a los que acabo de emplear, lo que había podido saber gracias a tan valioso testimonio. Excuso las palabras a las que recurrí para vencer su cerrazón. El intercambio de puntos de vista solo pudo desembocar en una suspensión de las hostilidades que aún se rige por el armisticio, a la espera de una paz resolutiva.

     Comparto la opinión sobre las dificultades para encontrar informes sobre este asunto lo bastante descriptivos como para formarse un juicio acertado. Es tan obvio para la masa de los condenados a cargar con la cadena perpetua del trabajo que como los hábitos de aseo, o los del descanso, no necesita recurrir a pormenores cuando se pone por escrito. Por eso, en su defecto, permanezco atento a cualquier referencia, sea o no directa, y la sumo a la colección de piezas sueltas que pacientemente voy formando.

     Cuenta Trelawny, en sus Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, un viaje que hizo entre Livorno y Génova a fines de septiembre de 1822, una fecha en la que aún, en la península itálica, el modo de vida rural no había sido alterado por las innovaciones tecnológicas. Viajaba a caballo al paso y en aquellas fechas aún hacía calor. A diario, él y su acompañante recorrían entre treinta y cinco y cuarenta millas. Para completar sus jornadas, se ponían en marcha a las cuatro o las cinco de la mañana, y recorrían los caminos hasta las diez o las once. Paraban entonces en algún lugar habitado, o en despoblado donde hubiera sombra y agua. Daban de comer a los caballos, desayunaban, fumaban una pipa y sesteaban. Así recompensaban el esfuerzo que les había costado la mayor parte del trayecto de cada día. Repuestos, a las cuatro o las cinco de la tarde, reanudaban el camino hasta alcanzar la próxima estación de su plan de viaje. Cada día que pasaba mejoraba el estado físico tanto de los caballos como de los hombres, y concluye: Nunca he disfrutado de un modo de vida más sano y agradable que este.

     El plan de viaje de Trelawny es tan elocuente que no necesita quien lo defienda. Está regido por un principio sencillo. Para completarlo con éxito, se trataba de evitar las horas de más calor de cada jornada. De este modo, no solo se combatía cualquier contratiempo para la salud, sino que se mejoraba su estado.

     En el medio rural antiguo, la misma cordura se impondría de manera espontánea. En las épocas de temperaturas más inclementes, la jornada de trabajo rural se acoplaría al ciclo térmico diario, fraccionando los tiempos de manera que se evitaran sus comportamientos extremos. Sin ninguna duda, el ciclo completo, ya en el lugar de trabajo, se ajustaría a la duración de la luz solar. Un sol, el del crepúsculo del orto, marcaría el comienzo de la jornada, y otro, el del crepúsculo del ocaso, el final. Pero, entre uno y otro, los intervalos a un tiempo se aprovecharían para reponer fuerzas y evitar las horas de exposición de resultaran más perjudiciales para hombres y animales de trabajo. Ni unos ni otros trabajarían ininterrumpidamente de sol a sol.


El capital de un labrador

Bartolomé Desmoulins

En las transacciones matrimoniales, capital era el patrimonio que aportaba a la nueva sociedad el novio, así como dote era el que arriesgaba la futura esposa.

     En julio de 1742, poco antes de contraerse en un matrimonio don Antonio Fernando, su padre acordó con la futura esposa, doña Manuela Antonia, y sus padres, los tres vecinos de otra población, que él le entregaría a su hijo, una vez celebrado el matrimonio, todo lo necesario para mantener una labor de treinta cahíces de sementera. Las dimensiones pretendidas para la nueva empresa obligarían a que se constituyera sobre un cortijo.

     En el pacto que los comprometió juzgaron como medios imprescindibles para satisfacer el proyecto bueyes, yeguas y burras. Llegado el momento de hacer efectivo lo acordado, el marido recibió sesenta bueyes, unos de arada y otros carreteros, de diferentes edades; doce yeguas, necesarias para la trilla, todas de vientre, también de distintas edades y colores; un caballo capón, del que solían disponer los responsables de una labor para trasladarse hasta las tierras que explotaban; cuatro burras y seis asnos castrados, arreados, pertrechados de todo y puestos en camino, habitualmente utilizados para el transporte del grano desde el campo al granero de la casa.

     No todos aquellos animales eran idénticamente valiosos. Los bueyes fueron estimados, unos con otros, en cuatrocientos cincuenta reales, las yeguas en quinientos cincuenta, el caballo en seiscientos, cada burra en doscientos cincuenta y cada asno en cuatrocientos.

     En el acuerdo también fueron mencionados como medios necesarios para el mantenimiento de la nueva labor arados, carretas y paja. En concepto de arados, don Antonio, recibió veinte, aperados de todo lo necesario y puestos en besana, más otros diez sin rejas, teleras ni yugos. Los veinte, aceptado un rendimiento tipo del arado, serían la medida del límite por debajo del cual no estaría dispuesto a trabajar el labrador en ciernes, y los diez, susceptibles de sumarse a los veinte, así de las contingencias a las que tuviera que enfrentarse como de sus apetencias de crecimiento.

     Por carretas, útiles cuando durante la siega era necesario transportar las gavillas desde la besana hasta la era, recibió tres, puestas en camino, surtidas de todo lo necesario, más dos carros de dar paja con sus esportones, y de paja, destinada a la alimentación del ganado cuando escaseaban los pastos, doscientas cargas ya labradas y techadas con palma. Además, recibió otras herramientas, como rejas de repuesto para los arados, arrejacas, una azuela, un tiento, barrenas, escardillos, azadas, trébedes, bieldos, hoces, angarillones, una almohaza o corniles.

     Las diferencias de valor entre aquellos medios de trabajo eran grandes. El arado completamente aperado era un bien asequible, apreciado en treinta y dos reales y medio, y un arado sin reja, telera ni yugo, valorado en solo doce, lo era aún más. Pero cada carreta íntegramente equipada valía cuatrocientos reales, mientras que el carro de dar paja con sus esportones solo costaba cuarenta; y la paja fue estimada a razón de quince reales cada carga. El valor de cualquiera de las otras herramientas quedaba muy por debajo del reconocido a las principales. Oscilaba entre los doce reales y medio de las rejas nuevas y el medio real de un cornil.

     Gañanía era el alojamiento del que disponían las unidades de producción de mayor tamaño. Para dotar la suya, recibió don Antonio Fernando un arcón de dos varas de largo, de pino de la tierra, que debía servir para guardar el pan que a diario tendrían que recibir, como parte de su remuneración, quienes trabajaran en su labor. Para la elaboración de la otra parte del pago en especie del trabajo, la comida diaria, podría disponer de un dornillo grande y dos pequeños más una mesa de dos varas de largo y tres cuartas de ancho, de pino de la tierra.

     Los pastores asociados a la labor, que solían deambular lejos de sus instalaciones, estaban obligados a elaborar su comida. Previéndolo, don Antonio fue equipado con una caldera ganadera de cobre. Otra caldera, también de cobre, de cabida de dos arrobas, y una de azófar, de cuatro arrobas de capacidad, pudieron estar al servicio de las elaboraciones culinarias de la gañanía.

     Para que bebiera la gente del cortijo el padre solo le entregó una cuerda para el pozo y una tinaja para agua. Dos bancos de pino de la tierra debían servir para su descanso durante el día, mientras que para atender al nocturno don Antonio fue provisto con treinta y una varas y media de jerga. Una atahonilla para moler yeros, con todos sus pertrechos, estaría destinada a elaborar el pienso de los animales de la explotación.

     Entre todos aquellos bienes los podía haber moderadamente apreciados, como la caldera de azófar, estimada en noventa reales, pero la mayoría oscilaba entre los quince y los treinta reales.

     Todos los bienes hasta aquí mencionados, desde el ganado hasta el equipamiento de cualquier clase, a nuestro hombre le garantizaban la condición de campesino. Los barbechos, tierras ya preparadas para recibir la sementera, desde el momento en que las partes se concertaron lo ascendían a labrador.

     Desde el principio se había acordado que su labor tendría que ser de treinta cahíces de la sementera anual que llaman de hoja, nombre por el que se conocía una parte de las tierras de la unidad de producción, porque la ley de las rotaciones, de base bienal, por vía de contrato de cesión imponía limitar el uso de la tierra cedida a aquellas fracciones.

     Si aceptamos que el cahíz al que se estaban refiriendo las partes era el común, que equivalía a doce fanegas, don Antonio, según aquel compromiso, tendría que sembrar cada año 360 fanegas de grano. Invertir una fanega de capacidad por unidad de superficie era bastante común, aunque no universal, y menos probable en las tierras de más calidad, donde se arriesgaba más cantidad de grano con la esperanza de obtener un rendimiento alto. Por tanto, podemos estimar que la hoja a la que se obligó tendría que tener cada año una extensión comprendida entre las 180 fanegas de superficie, si las tierras explotadas fueran de la mayor calidad, y 360, si los suelos dedicados a la hoja fueran mediocres.

     Tratándose de tierras de suelos potentes, formados por siglos de insistente cultivo de las más demandadas, no es probable que la inversión de simiente descendiera hasta el límite mayor, ni siquiera que lo alcanzara. Si la naturaleza había aportado algo a favor de tan poderosos suelos, no había sido tanto el depósito aluvial como la distancia desde cada población, que de antemano los hacía más accesibles, cuando ya la temprana desforestación irreversible los había condenando a ser tierra campa.

     La sementera que promoviera cada año don Antonio no contaba de antemano con la seguridad del arraigo. La tierra que necesitara la obtendría por arrendamiento, y por tanto podía contar con la libertad del movimiento, si fuera necesario, una vez cumplido un ciclo de la cesión. Pero también es cierto que cuando se trataba de extensiones de tierra notables, las partes, cedente y cedido, a mediados del siglo décimo octavo solían acomodarse en convenios que, aunque fueran de periodicidad limitada, se renovaban sin grandes dificultades, excepción hecha, claro, del precio de la renta, que nunca dejó de ser sensible al antagonismo con el que las clases de campesino tenían que convivir.

     Cuando llegó la hora de hacer efectivo el acuerdo, recibió como primeros barbechos, o barbechos iniciadores de la nueva empresa, doscientas tres fanegas de tierra en las que ya se había trabajado para que pudieran recibir la simiente. A los barbechos los calificaba el número de hierros, rejas o pases del arado para la remoción improductiva de las tierras que hubieran conocido. En aquella concesión cada fanega fue valorada en quince reales, un precio que permite suponer que habría conocido entre dos y tres hierros, más probablemente dos, tratándose de una transacción en la que la parte constitutiva del capital tenía la iniciativa.

     Pero las tierras preparadas para sembrar no bastaban para poner en marcha la explotación. Para que fuera completada la sementera, desde el principio se acordó que el nuevo labrador recibiera el capital en especies de trigo y cebada a invertir en la hoja, imprescindible para ponerla a producir. Llegado el momento de ejecución del acuerdo, recibió setecientas cincuenta y una fanegas y media de trigo y ciento ochenta y cuatro de cebada, más ocho de habas y sesenta y dos de yeros menudos. Para evaluar todo el capital inicial en especie tomaron como precio de referencia para el trigo trece reales la fanega, diez para la de cebada, once para la de habas once y doce para la de yeros menudos.

     Podemos pues estar seguros de que el objetivo en el que se concentraba la nueva sociedad, a un tiempo civil y económica, era producir trigo, más la cebada subsidiaria que se necesitara para el pienso del ganado de trabajo de la explotación y las plantas, susceptibles de ser utilizadas como forrajeras, que lo complementaran. Nada que no fuera común entre los grandes productores del primero de los cereales en el sudoeste.

     A todo esto don Antonio Fernando sumó, por deferencia de su padre, un lote de ganado de cría, un capital que facultaba para: completar el aprovechamiento del pasto que pudieran generar las tierras de la explotación mantenidas sin cultivar cada año, el abonado a discreción, mientras los animales las pacían, de las destinadas a sementera al siguiente y sumar renta al balance de la explotación. Fueron ciento treinta ovejas, evaluadas a dieciocho reales cada, y once carneros, a treinta y tres reales la cabeza, suficientes para desarrollar una cabaña propia de ganado lanar.

     Cuando se concertaron las partes, el padre también se obligó a darle a su hijo, por cuenta de sus dos legítimas en expectativa, la paterna y la materna, nueve mil ducados, una cantidad equivalente a poco menos de cien mil reales de vellón que le habilitaría holgadamente la parte líquida del capital inicial en dinero, de la que tendría que hacer uso para el gasto corriente de la labor en cuanto la comenzara. Entre el momento del acuerdo y la recepción definitiva de los bienes, en diferentes ocasiones, por este concepto recibió cantidades de dinero que por el momento pusieron en sus manos una cuarta parte de lo previsto, veinticinco mil cuatrocientos setenta y cinco reales.

     También acordaron que del vínculo que había fundado el doctor don José Berrugo, canónigo de la catedral de Toledo, hermano del padre del contrayente, le sería transmitido por vía de capital, además de las casas principales pertenecientes al vínculo, para que en ellas alojara su hogar, el disfrute vitalicio de veinticuatro aranzadas de olivos, parte de las que su padre ya usufructuaba por ser en aquel momento el titular del vínculo, una institución para la que además el contrayente era el primer llamado a la sucesión, una vez que su padre hubiera fallecido. Al llegar el momento de ejecutar esta transmisión, del vínculo fundado por su tío don Antonio recibió cinco parcelas de olivar en diferentes sitios, de entre una y poco más de siete aranzadas, que en total sumaban veintitrés aranzadas y cuarenta y dos pies, con la obligación de mantenerlas cultivadas y labradas de alto y bajo.

     Pero como su padre era en aquel momento el titular del vínculo, por estos olivares, para no defraudar las expectativas de otros posibles herederos, debía pagarle cada año, en concepto de remuneración del usufructo y renta de los olivares, setecientos ochenta y dos reales y tres maravedís, a razón de treinta y tres reales por aranzada. Tendría que hacerlos efectivos cada día de pascua de navidad, y la primera paga debía satisfacerla el de 1743.

     Aparte, recibió de su padre, en razón de tercio del vínculo, por ser el primer llamado a suceder en él, otros cuatro pedazos de olivar en diferentes sitios, pertenecientes a la misma institución, de entre poco más de una aranzada y algo más de ocho, y que en total sumaron dieciséis y veinticuatro pies.

     Para completar el capital del contrayente, además de lo percibido para su labor, acordaron que recibiría de su padre todo el arreo de casa y los muebles necesarios para el hogar que se iba a fundar, más un coche nuevo con las galas y demás homenajes correspondientes a las personas de los futuros esposos y los dos machos para su servicio. Es seguro que al menos recibió una mula de Almagro parda de cuatro años, valorada en mil cincuenta reales.

     Los teóricos de la economía contemporáneos, para analizar el capital ya distinguían entre capital fijo y capital circulante. Para ellos, el fijo era el que contribuía de manera permanente a la producción, no se consumía en cada ciclo, se desgastaba progresivamente y antes o después debía ser repuesto. Los edificios, las instalaciones y la maquinaria lo materializaban. El circulante o capital de rotación era el que en el ciclo productivo cambiaba de forma porque se invertía en él. Se trataba sobre todo de las materias primas y los productos intermedios elaborados, el numerario y los créditos invertidos y la fuerza de trabajo.

     Para una explotación moderna de cereales, su capital fijo, por lo que se refiere a edificios e instalaciones, sería la tierra o superficie que se cultivaba y las construcciones que en ella se hubieran erigido; y la maquinaria se identificaría con el ganado de labor y los aperos a los que aplicaba su fuerzas más las herramientas que complementan el trabajo humano. En cuanto al capital circulante, las materias primas serían las simientes que se cultivaban, y los productos que tenían que intermediar se identificarían con todos los recursos para el abonado más los suministros textiles, de curtiduría, espartería, etc., que la explotación consumía a lo largo del ciclo. Numerario o moneda y dinero, créditos legales o censos, de los pósitos y las demás formas del crédito rural, imaginativas y muy ramificadas, más el inevitable trabajo compondrían sin más mediación los otros elementos del capital circulante que una explotación necesitaba.

     El pacto entre el padre de don Antonio Fernando y la familia de doña Manuela Antonia previó la tierra imprescindible cuando se preocupó por la transferencia de barbechos, y el mantenimiento de las edificaciones del cortijo equipando la gañanía, dando por descontado que a la tierra se accedía por cesión y que las edificaciones, de mampostería o de materiales frágiles, corrían de cuenta del cedido. Ganado de labor, aperos y herramientas fueron incluidos en el capital con una atención que no igualó ninguna de las otras concesiones. También la simiente, así como los suministros intermedios. La preocupación por el limitado abonado, que podría proporcionar cualquiera de las cabañas ganaderas, la concentró el lote de ganado lanar transferido. La disponibilidad de efectivo fue satisfecha con la adjudicación directa de una cantidad de dinero, y la posibilidad de acceder al crédito censal, el más barato, la proporcionó el acceso a los olivares vinculados, que podían actuar como garantía hipotecaria. La demanda del trabajo necesario, que en masa se consumiría cuando se activara todo el capital, estaba incluida en las previsiones sobre el sustento de los trabajadores y, como trabajo ya ejecutado, en el valor reconocido a los barbechos.

    No cabe duda. La composición del capital que recibió don Antonio fue meditada para satisfacer todo el capital que necesitaba una labor a mediados del siglo décimo octavo. El capital civil, el que negociaban las partes que habían acordado un matrimonio, en caso necesario correspondía al capital económico que requería a fines de la época moderna una explotación de cereales. Era una vía idónea para su adquisición. La recepción efectiva de todos los bienes adjudicados a don Antonio se formalizó ya a fines del año 1742, el 18 diciembre, y la firmaron de común acuerdo padre e hijo.

     El valor relativo de cada elemento, sin que el caso deje de ser singular, estaría pues en condiciones de indicar dónde tenían que concentrarse los esfuerzos de capitalización de una labor. Todos los bienes que recibió don Antonio importaron poco más de cien mil reales. Coches, dotación de la casa y otros muebles sumaron casi veinte mil, solo una quinta parte, mientras que el valor acumulado por todos los bienes útiles para la labor más el efectivo absorbió las otras cuatro.

     De esos ochenta mil reales, el valor del ganado de labor, capital fijo, en el caso de don Antonio acaparó casi la mitad (43.2); el efectivo recibido, capital circulante, casi un tercio (29.0), y el capital en especie, también circulante, un 14.2. Todo lo demás (medios y herramientas, 6.7; los barbechos, 3.5; el poco ganado de cría, 3.0; y la dotación de la gañanía, 0.5) quedó  por debajo del diez por ciento. Para acometer una labor, el verdadero problema era disponer de ganado de labor. Luego, requeriría esfuerzo disponer de dinero en efectivo, más que acceder a la simiente para iniciar el cultivo. Todo lo demás era bastante secundario.

     Tenían razón los arbitristas de pleno siglo décimo octavo cuando decían que para ser labrador era necesaria una importante inversión, disponer de medios para mantenerse y contar además con una actividad complementaria. Lo que escapó, si no a su perspicacia sí a lo que dejaron escrito, fue que había quienes alcanzaban la condición más alta del campesinado por un atajo, el que habilitaban la pertenencia a un linaje y los medios de transmisión de bienes que el derecho civil había ideado.

     A la vista de la experiencia de don Antonio Fernando, tres parecen las sendas que conducían hasta él: la constitución reglada de una familia, la transmisión de la legítima, que es consecuente de los encadenamientos de la anterior, y la vinculación. Su caso demuestra hasta qué punto la normativa civil estaba al servicio de las apetencias económicas, y no a la inversa. La constitución de una familia era la premisa para la adjudicación del correspondiente capital civil, capaz para contener todo el capital económico. La legítima, a la que se hacía acreedor el descendiente de una familia, podía asegurar algo tan necesario como el efectivo con el que hacer frente al gasto corriente de la empresa. La vinculación, que garantizaba la posesión indefinida de los bienes hipotecables, era la vía prevista para la financiación crediticia, así como un medio para acceder a otras actividades que ayudasen a sostener la principal.

     Capitalizar cobraba todo su sentido cuando se trataba de este encadenamiento de instituciones, destinadas a garantizar la reproducción de la clase que ya había ganado las posiciones más altas sin tener que seguir el largo curso que llevaba desde el campesinado mínimo hasta la cima.


Precaución

Bartolomé Desmoulins

Todo el acopio de ganado era poco. Los contemporáneos que se empleaban en los cálculos más precisos, estimaron que para obtener 150.000 kilos de estiércol durante un año era necesario mantener 500 ovejas en régimen de pastoreo, porque creían que cada cabeza por término medio proporcionaba unos 300 kilos. Si la cabaña era bovina, se podían esperar rendimientos más concentrados. 12 vacas y 6 bueyes, según sus estimaciones, proporcionarían unos 50.000 kilos de estiércol al año, a razón de 2.778 kilos por cabeza.

     Para que una hectárea proporcionara 10,6 fanegas de trigo debía consumir los nutrientes que le suministran unos 7.000 kilos de estiércol. Una explotación de 100 fanegas de superficie, si aceptamos que una fanega era aproximadamente media hectárea, para alcanzar ese rendimiento necesitaría unos 350.000 kilos de estiércol. Aspirar a un producto que no dejaba de ser discreto le obligaría al mantenimiento simultáneo de una importante cabaña ganadera, de al menos mil ovejas más el vacuno imprescindible; para la que, con el régimen de pastoreo, necesitaría una enorme cantidad de espacio adicional.

     Emeterio decidió acopiar cuantas vacas y ovejas cupieran en sus tierras, más de la mitad de la comarca, heredadas de un padre pertinaz e incansable y mucho menos longevo de lo que había previsto. Se proponía hacerlas tan feraces que atrajeran un número de colonos que le permitiera vivir sin trabajar. Tanto estiércol acumuló en ellas que al cabo de pocos años la acidez que habían acumulado las hizo estériles. Los colonos desistían de contratarlas.

     Cuando ya había padecido las consecuencias de su exceso, desesperó tanto que, sobreponiéndose a la pasión que lo ataba al patrimonio que había recibido, contrató a Elejalde y compañía el desestercolado de sus tierras a cambio de la mitad de ellas. Confiaba en que, con el abono recibido, la otra mitad, una vez desintoxicada, sobraría para proporcionarle los rendimientos ajenos con los que había soñado.

     Elejalde, cuya compañía era una potente bomba de agua, procedió a cumplir con su parte del trato. Pasaba por las tierras de Emeterio el río Aguión, generoso y corriente, abundante en percas. Elejalde acopló su bomba a la entrada del río en las tierras de Emeterio. Las sometió a un lavado tan intenso que recuperaron su pureza.

     Cuando llegó el momento de saldar las deudas, Emeterio, como Elejalde había empleado en remediar el mal lo que juzgaba un recurso de su hacienda, rehusó pagarle. Domiciano, perspicaz hijo de Elejalde, ya acogido a las tierras de Emeterio como primer colono, lo acusó de injusto, y objetó, como compensación, el pago del canon acordado.

     A Emeterio no le sorprendió la respuesta, y se aprestó a conducir parte de su importante reserva de ganado a las tierras de Domiciano, en las que por derecho podía pastar. Elejalde acabó con su asociado, y padre e hijo decidieron emigrar.


Ciudades agropecuarias

Bartolomé Desmoulins

La ciudad agropecuaria fue el medio de los poderes urbanos. Creo que fue un acierto que alguna vez las llamaran, recurriendo a la manera germánica de comprimir las ideas, agrociudades. No es una paradoja demasiado abusiva, aunque el neologismo no reconozca la responsabilidad que a la ganadería en los hechos le corresponde.

Si se examina el repertorio normalizado de las ciudades del continente en 1750, una parte nada insignificante de las poblaciones de la región suroccidental cumpliría el requisito urbano por tamaño. Quizás haya que bajar hasta los escalones inferiores del rango para que entren en la categoría. Pero no es necesario recurrir a ningún atlas, ni a una frontera convencional, para tener conciencia de que un buen número de aquellas poblaciones concentra un buen número de habitantes, y que esta concentración traslada las poblaciones al orden urbano del momento. Condiciones peculiares, cuyo enunciado ahora vamos a intentar, habrían favorecido un fenómeno urbano que resulta llamativo comparado con las reglas que lo hicieron posible en otras latitudes del continente. Una alta concentración de habitantes habría convivido con una división del trabajo en la que la dedicación agropecuaria persistiera en absorber la masa de trabajo de sus habitantes; sin por eso renunciar a rasgos propios de ciudad.

Creo que la raíz de esta aparente distorsión, que en el fondo es solo diversidad, o revelación de fenómenos cuya complejidad no ha sido del todo descrita aún, es su origen militar. Al hablar de origen no me refiero a sus cimientos urbanos, a los estratos que están en el fondo de la erección de su arquitectura. Pienso en lo que las hizo útiles cuando fueron ocupadas por los castellanos, y en lo que les pudo valer aquella ventaja todavía durante siglos, mientras la guerra fue un medio para que los señores de cualquier clase combatieran entre sí y se impusieran. Entre los siglos XIII y XV pudo ser suficiente para que una parte de los habitantes de las tierras de la región, escasos y con problemas de arraigo, prefirieran acogerse a unos sólidos muros y a unas altitudes relativas que daban ventaja natural a la defensa. Ahí estaría el origen de las singulares concentraciones, y de las escasas posibilidades para la población dispersa del campo en una parte nada despreciable del territorio meridional.

A continuación, las concesiones reales, que respondieron a las aspiraciones de quienes no tenían la obligación de residir, pero que defraudaron las de quienes sí debían habitar las tierras ocupadas, permitieron que las concesiones de mayor tamaño, que eran las que no tenían asociada la obligación de residencia, persistieran, y que las otras, en beneficio de la concentración tuvieran dificultades para sobrevivir.

No tuvieron que ser los mismos que ya detentaban donadíos, los mayores lotes ganados, quienes se vieran favorecidos por la concentración, pero todo se concertaba en favor de la acumulación de unidades de espacio apto para el aprovechamiento agropecuario de grandes dimensiones.

La corriente favorable a la concentración, que seguía siendo excluyente del poblamiento disperso, nunca se extinguiría, gracias a que recibió un impulso no previsto. Se mantuvo y hasta pudo aumentar sus posibilidades gracias al beneficio colonial.

Coincidió con los orígenes de este fenómeno, el del beneficio colonial, hasta entonces ajeno al espacio de la región suroccidental, por razones que probablemente no estaban desconectadas, el final del ciclo bélico medieval, al que contribuyeron quienes ya se beneficiaban con el uso agropecuario de las concentraciones de tierras. La corona los eligió como aliados tanto para terminar con aquel ciclo, que tanto beneficiaba a los poderes señoriales que ganaban vasallaje militar, como para ganar sobre estos la posición que más les favoreciera.

El señorío de los municipios, que en algún momento pudo quedar bajo control de los linajes sostenidos por las concesiones reales, como consecuencia de aquella alianza quedó en manos de quienes habían hecho tan importante contribución. Ya eran quienes aprovechaban las posibilidades de las grandes concentraciones de tierra porque las obtenían por cesión y las ponían a trabajar.

Aquello los constituyó en señores urbanos, y consolidó un sistema de poder que coaligaba, bajo su control, la producción agropecuaria y el orden de sus mercados, que eran las poblaciones concentradas, para las que por razón de señorío podían decidir el orden que les favoreciera.

Nunca sus decisiones se dirigieron a deshacer la concentración del suelo y del acceso a su uso, y sí a facilitar la existencia de grandes mercados del producto que creaban. De otro modo, no hubiera sido posible que convivieran el dominio de la actividad agropecuaria y las dimensiones urbanas de las poblaciones.


El papel de su vida

Bartolomé Desmoulins

Desde su nacimiento tenía madera. Lo supo porque pronto se manifestaron en ella esa clase de inclinaciones que llamamos intelectuales. Antes de cumplir los quince años ya disponía de una interesante colección de poemas, quizás no del todo originales pero sin ninguna duda propios. Ocasionalmente los enseñaba a su profesor de literatura, quien los leía con mucha atención. Fue él quien por primera vez le dijo que estaba dotada de una sensibilidad muy particular, una afirmación que ella convirtió en el descubrimiento de una verdad y en una sólida base sobre la que levantar su vida. La animaba a que continuara por aquel camino.

     Pero fue en plena juventud, ya afincada en la ciudad, cuando descubrió el teatro. No el género, claro, que bien que lo había estudiado durante sus años de bachillerato, sino la magia de la representación. En la universidad supo de la existencia de varios grupos de aficionados que llevaban la entrega a aquella actividad hasta la militancia ferviente. Ingresó en uno, que pronto consideró algo inmaduro, y al poco en otro, que todos reconocían como el más cualificado.

     Estaba más allá de la dedicación profesional. Los que se empleaban en el teatro como profesión lo hacían llevados por el deseo de enriquecerse. Aquel grupo, que actuaba al aire libre, con el propósito declarado de acabar con todos los convencionalismos, solo trabajaba con el objeto de alcanzar la metamorfosis, la de sus miembros pero también la de los espectadores que estuvieran dispuestos a abrir los ojos a la realidad.

     No dejó de atender sin embargo su vertiente más creativa, y todavía, recién terminados sus estudios superiores, redactaba con regularidad textos muy personales, a solas, con frecuencia a altas horas de la madrugada, a veces incluso gracias a la más absoluta vigilia; la misma que le permitía percibir segundo a segundo el inefable tránsito de la absoluta penumbra a la plena luz del día. Ya no eran los inocentes versos demasiados sonoros de diez años atrás, las ingenuas vueltas a temas que nada tenían que ver con su propia vida. Ahora eran cosas que sentía en sus entrañas, como una hoguera, como un volcán que le estallara en el centro del cuerpo. Le salían con cierto desorden, es verdad, pero en una suerte de prosa poética que le parecía insuperable porque manaba de la más absoluta sinceridad.

     Fue entonces cuando decidió unir su vida a la de aquel hombre, tan varonil, tan meridional, tan apasionado. Cierto que tenía un pequeño defecto. Inevitablemente, fuese en una reunión restringida o en otra más amplia, tartamudeaba. Pero aquello le confería un encanto añadido, al que en su opinión ninguna mujer que de verdad lo sea puede dejar de concederle toda su atención. Aquello lo revelaba vulnerable y por tanto doblemente amable. Su segunda gran virtud era su amor a la poesía. Por aquellos días pocos habían penetrado la poesía de Góngora con tanto acierto como él.

     Detestaba por entonces las instituciones y la suya fue una unión de hecho. Pero poco después le surgió la oportunidad de vivir en una bonita casa entre pinos. Había que reconocer que el mundo no es perfecto y que todo al final puede ser reducido a un bien al que para acceder a él es necesario el dinero. Disponer de este exigía ciertas formalidad, y entre ellas la suma de los respectivos patrimonios, lo que solo podría tener el necesario aval público si estaba autorizado por la unión conyugal. Realmente no era nada por lo que ellos pudieran ser acusados. El mundo ya estaba mal inventado antes de que nacieran, y si cedían a formalizar su relación era por acceder a un bien que trascendía todos los prejuicios, que solo ellos sabían apreciar por su justo valor, porque en el fondo era un bien que pertenecía al orden de los bienes espirituales. La capacidad creativa de la que eran dueños, dueños exclusivos, dispondría del mejor medio en una casa entre pinos y en ella con seguridad sería multiplicada por muchos.

     Por otra parte, habían conseguido mientras tanto sendos trabajos que les permitían suficientes ingresos, fueran más o menos precarios. Lo más apreciable de aquellas ocupaciones era que les permitían mantenerse fieles a sus sentimientos y formaciones. No todo el mundo podía felicitarse de aquella posición. Para su suerte, estaban dedicados a lo que les gustaba, lo que a ellos les parecía el colmo de la felicidad. Formalizaron pues su unión y se fueron a vivir a la urbanización entre pinos.

     Había sin embargo en aquel hombre una parte excesiva, previsible por algunos actos de sus años anteriores, en su momento tomados por una virtud por quien habían decidido convertirse en la compañera de sus días: su incontinencia. No es que se empleara apasionadamente en su trabajo, que polemizara con sus interlocutores excusando contenerse en los gestos o en las palabras. Nada de eso. Es que propendía a sátiro. Como los antiguos, Carmen, que concentraba todos sus encantos en la parte anterior de su caja torácica, aquella demasía al principio la tomó por un rasgo divino. Pero no tardó en descubrir su vertiente más mortal, la que ponía en relación a su marido con otros seres vivos.

     Cuando la encantadora casa entre pinos le fue pareciendo una cárcel y el trabajo en lo que le gustaba una condena, decidió tomarse un tiempo de reflexión y alejarse cuanto fuera posible. Eligió Argentina como tierra de exilio. Estaba tan distante que casi se podía tomar por las antípodas, y aquel extraordinario país tenía la gran ventaja de que en él lo que ella consideraba sus virtudes, su extraordinaria sensibilidad, contaba con la comprensión más general. Además se podría dedicar al teatro por completo, su verdadera vocación, y aprender mucho más de cuanto hasta entonces sobre esta materia hubiera podido saber.

     Actuó en consecuencia. Durante unos años de feliz excedencia laboral se pudo dedicar por completo al teatro en el paraíso del psicoanálisis, lo que para ella equivalió a un renacimiento, y sumó a sus logros que incluso tuvo la oportunidad de conocer al mismísimo Borges en su casa de Buenos Aires. Fue el colmo de sus aspiraciones. Llegó al convencimiento de que aquello equivalía a una transfiguración, no en el objeto de su devoción, ya ciego y ausente, sino en ella misma, que por reflexión habría adquirido los dones que naturalmente irradia un ser superior.

     Cuando juzgó que ya estaba bastante santificada volvió a España. Otra vez hubo de vérselas con el hemisferio de la vida que había dejado a un lado. Su marido había organizado su vida con al menos otra mujer, mucho más joven que ella, atractiva, bien considerada en los mejores círculos; una mujer con mucho porvenir, probablemente hasta más allá de la vida de su actual cónyuge. A ella solo le quedaban un par de hijos, igualmente marcados por el signo del arte, y una casa entre los pinos. Para ganarse la vida tendría que volver a trabajar. No había cosa que deseara menos, y sin embargo no tenía a su alcance otra posibilidad para salir adelante. De nuevo tendría que dedicarse a lo que en su momento le había parecido inmejorable, porque era trabajar en lo que le gustaba, luego una condena.

     Afortunadamente era mucho lo que había aprendido sobre los medios de expresión de una actriz y sus recursos. Aquellos especiales conocimientos, adquiridos durante sus años de estancia en Argentina, fueron su salvación. De vuelta a su trabajo, dada su edad, pudo parecer la más experta de las personas que se dedicaban a aquella profesión, la más sensible, la que atesoraba mayor capacidad para entender los enigmáticos signos que el comportamiento de los seres con los que en aquella actividad había que tratar ofrecía cifrados. En realidad detestaba aquel mundo, y todo su deleite provenía de la completa eficacia de su mentira, que le valía una relativa comodidad. Así logró sobrevivir algunos años. Pero el agotamiento la iba minando, el deseo de alcanzar el más absoluto de los ocios la extenuaba.

     Fue en aquel estado cuando concibió lo que juzgó habría de ser la solución definitiva de su vida. Emplearía sus excelentes dotes de actriz en adelantar el final de su vida laboral. Si lo conseguía, dispondría de todo el tiempo del mundo y de los ingresos suficientes para mantener una existencia algo más que digna sin necesidad de trabajar. Le sobraban recursos para conseguir sin grandes problemas tan excelente estado.

     Fue desplegando su plan por fases. Cierto día comunicó a su jefe que padecía fuentes ataques de melancolía. En aquella circunstancia iba caracterizada de manera conveniente. Sus pelos, ya muy maltratados por tintes y manipulaciones, no solo parecían ajados, sino con el característico desorden con el que son representados los que sufren enajenación. Bajo sus ojos dos sombras descendían hasta los pómulos. Sus manos temblaban mientras constantemente sostenían un cigarrillo que nunca consumía por completo. Caía hecho cenizas en su manga si permanecía inmóvil o sobre su pecho cuando se lo acercaba a la boca.

     Por este procedimiento pudo tomarse varias semanas de receso. A la vuelta su aspecto era aún más desastroso, y todavía en dos o tres ocasiones más repitió la experiencia, hasta presentarse en un estado lamentable. Consiguió de este modo que finalmente la propusieran para que un tribunal examinara su estado y decidiera sobre si era conveniente que dejara del todo su trabajo, a causa de tan imparable y dolorosa decadencia.

     Pocas actuaciones habrán sido preparadas con tanta frialdad, con un estudio tan preciso de cada escena, de los papeles que se podían prever y de la reacción de actores y público. Cuando llegó el día de la comparecencia todo ocurrió según había previsto, y bien pueden imaginar el interrogatorio, los diálogos y las reacciones de nuestra primera actriz. Al salir hizo el balance de la función. Según sus cálculos, todo había salido tal como se podía esperar.

     Había señalados quince días como máximo para que el tribunal emitiera su veredicto definitivo. Mientras tanto ella debía permanecer en casa, a decir del médico que la había examinado, preocupada solo por su salud. En ese estado se encontraba cuando recibió un correo inesperado. En un apartado postal había sido depositado a su nombre un paquete.

     A la mañana siguiente fue a recogerlo. Se trataba de una grabación. Rápidamente volvió a casa. Al verla quedó sobrecogida. A tan gran actriz había correspondido un gran director. Durante su comparecencia ante el tribunal sus actitudes, sus explicaciones, sus más leves gestos habían sido registrados en tanta cantidad y con tal detalle que la secuencia de aquella que finalmente se había compuesto no dejaba lugar a dudas sobre su intención real.

     La decisión negativa del tribunal llegó a su casa dos días después, el siguiente al del suicidio.

 


Trabajo pagado con tierra

Bartolomé Desmoulins

Cuando el trabajo ajeno se obtiene valiéndose del salario, el comprador se apropia de una fracción de su capacidad productiva, que se mide por unidades de tiempo o por actividad completada. De todas las modalidades de detracción de trabajo, la que más se le asemeja es la prestación de servicios a cambio de una parcela. En ambos casos se trata de entregar a otro tiempo dedicado a la actividad productiva. Hay, sin embargo, algo primordial que las separa, y no es la cantidad de tiempo; una parte, en el caso de quien recibe a cambio una parcela; todo el que estén dispuestos a comprarle sus demandantes, en el caso del que recibe un salario.

     Como la detracción de servicios tiene como remuneración el acceso a la tierra, y el tiempo de trabajo que se vende a otro siempre es a cambio de una renta, ha ocurrido una mutación radical. El asalariado no tiene ninguna capacidad para decidir sobre el uso del suelo, y por lo tanto sobre la cantidad de producto que de él se pueda obtener. Su remuneración se ha independizado de los rendimientos que puedan obtenerse. El contratante, invirtiendo los términos, es ahora quien le transfiere una parte del ingreso bruto que obtiene, calculada en función de su capacidad para trabajar, tal como hace para el resto de la energía que consume una labor. Es probable que esto nunca dejara de tomarlo en cuenta quien demandaba cualquier forma de trabajo ajeno porque está en el origen de la actividad humana.

     Pero ¿qué decir cuando el salario es una parcela de tierra? Entonces el fenómeno alcanza un grado de complejidad poco frecuente, que necesita análisis y reflexión. Sabemos positivamente que esto solo ocurre cuando la parcela se suma a otros medios de pago. Supongamos que fuera toda la remuneración; si era una parte de ella, es porque también podría ser toda. Sería algo similar, si no idéntico, a la muy remota relación que conectaba corveas con manso. Aunque no por eso dejaría de ser trabajo asalariado. El tiempo de trabajo vendido a otro, más aún en el caso de que sea todo, se compra entregando a cambio otro bien. Podríamos decir que es un pago en especie. Es cierto que se trata de una especie con propiedades peculiares, pero no mucho más que otras. Si en vez de recibir como pago tierra se percibiera por ejemplo lana, convertirlo en renta final propia también podría exigir añadir trabajo al trabajo ya hecho, el que ha sido pagado de aquel modo. Es verdad que se podría vender la lana, sin más, y así ya se obtendría un ingreso; como se ganaría cediendo la parcela percibida como pago a cambio de una renta, sin más. Pero extraerle a cualquiera de las dos formas de pago toda su renta posible exigiría efectivamente añadir trabajo al trabajo ya hecho: lavar, cardar, tundir, hilar, en el caso de la lana; sembrar, escardar, recolectar, en el caso del suelo.

     Probablemente, la explicación, en el caso de la remuneración mediante suelo esté en la renta que sus cualidades pueden generar, la que podría obtener el pagado con él solo a condición de que se la cediera a otro. Cuando quien compra el trabajo paga con una parcela está cediendo un valor que se expresa con la idea de renta de la tierra. Es la consecuencia de la enorme cantidad de trabajo acumulado en la que tiene utilidad agropecuaria, y sobre todo de la alta demanda de suelo fraccionado, hábil para el trabajo campesino, que provoca la concentración de su mercado. Las parcelas de pequeñas dimensiones son las que alcanzan la más alta cotización por unidad de superficie, a base de pasar de unas manos a otras, de arriendo a subarriendos, cadena de transmisiones o intermediarios, cada uno de los cuales espera su parte. Quien las tomara a ese precio tendría que disponer de unos medios y arriesgar unas inversiones imprescindibles, según el procedimiento o sistema al que se atuviera, para lo que disponía de una gama de posibilidades, siempre limitadas por las condiciones de la cesión, sobre todo por el tiempo para el que se hubiera previsto. Si dispone de todos los medios necesarios, o se resigna a los que tenga, bastará con que cuente con ellos y su trabajo. De lo contrario, tendrá que recurrir a contratar servicios que cubran sus carencias. El inventario de unos y otros, de los medios propios y de los servicios que pueden ser necesarios, sería la relación de los trabajos campesinos más completa, y a renglón seguido de las posibilidades que al trabajo ajeno se le abren.

     Si volvemos ahora a nuestro asalariado cuyo trabajo se paga con una parcela, se liquide de este modo todo o solo una parte, parece razonable pensar que el bien tierra que percibe, aunque podría trasladarlo a otro, es más probable que prefiera mantenerlo bajo su control y ponerlo a producir. A partir de aquel momento, su condición sería doble, asalariado y campesino; asalariado para otro, campesino para sí. Si además de trabajar para otro dispusiera de medios para actuar como campesino, todo consistiría en compatibilizar su compromiso laboral con el trabajo en la parcela cedida. Claro que en ese caso no podría dedicar todo su tiempo de trabajo a quien lo contrata, quien habitualmente exigía esta condición. De ser así, solo le quedaría una salida. Que los medios que necesitara para poner a producir la parcela con la que se le pagaba los adquiriera comprando los servicios que su explotación fuera necesitando.

     Nadie estaba en mejor posición para proporcionárselos que el labrador para el que trabajaba, que los tenía en abundancia, desde la simiente hasta los destajistas que segaban las mieses. Por supuesto, porque la tierra en cesión parcelada era un bien que cotizaba en alza en su mercado, además de pagarle los servicios que le prestara, como se los tendría que pagar a otro, quienquiera que los completara, tendría que pagarle a su contratante la renta de la tierra con que lo había remunerado. Pagar el trabajo asalariado con la cesión de una parcela, para quien lo adquiría tendría una doble ventaja, asegurarse la actividad del contratado a lo largo de todo el ciclo, tiempo durante el que trabajador, porque había sido anclado como campesino, tendría que asegurarse la extracción del producto a la parcela de su paga, y la percepción de rentas exigibles por la prestación de servicios y la cesión del suelo.


León Hernández

Bartolomé Desmoulins

León Hernández, astuto mediador de negocios transnacionales en un despoblado, tan vacío que llegó a ser desnombrado, fue excluido del servicio militar a causa de la deformidad de sus plantas. Las plasmó una en un papel secante, y los doctores jurados certificaron que cargaba con un puente de un ojo tan abierto que su radio era mayor que la suma de las superficies sobre las que descargaba el peso de su cuerpo, respectivamente anterior y posterior a la comba. Había concertado con su novia de entonces, tricotadora hábil y modesta, de cuerpo redondeado por masas discretas, acogedoras, con tienda abierta por cuenta propia en las dependencias exteriores de una casa propiedad de su madre, por las que jamás le pidió nada, salvo una promesa de que sus días no terminarían en un asilo de caridad, anticuado, atendido por monjas, exigentes de la pensión que a causa de la agonía de su tiempo la titular percibiera, fuera del estado o de un fondo en el que los ahorros invertidos permitieran deducir ingresos, cumplidos los requisitos de la póliza, que lo esperaría, si fuera necesario. Había alcanzado ya la plenitud de su astucia, y acordó una sociedad con otro negociante, cuya actividad se había consolidado en poblaciones más próximas al centro de la región, incluidas algunas moderadamente recreativas. Fueron las relaciones con aquel hombre de ardides las que le permitieron la natividad de sus días de ternura. Vivía convencido de que ya los conocía, gracias a la hábil tricotadora, que recompensaba sus encuentros con cálculos y conversaciones sobre el costo del hogar que compartirían en el futuro. Mas, gracias al conocimiento adquirido, tuvo conciencia del alcance de su apostura. Por si no fuera suficiente, el ingenio para multiplicar las oportunidades se mostró fecundo, porque para los hombres la capacidad para inventar carece de límites. Así, León Hernández, que recibió la comunicación del tribunal médico una vez que hubiera decidido, porque era incapaz de sobreponerse a una renuncia temporal al tráfico de frontera que le inyectaba dinamita en las venas, exrrostrarse con un clavo su ojo izquierdo. Había evaluado sus ingresos en una cantidad muy por encima del horizonte, al otro lado de la línea entre los dos estados, que entonces le permitía alcanzar su vista. Así como Aníbal, por haberse expuesto a las aguas estancadas del lago Trasimeno, una vez recibidas innumerables heridas, curadas de urgencia en campaña, perdió un ojo, trofeo que le valió más fama que cualquiera de sus victorias, conseguidas con un equipo limitado, esperanzas defraudadas, cálculos transportados por la orina a lo largo de la uretra, alcanzó la cima de su gloria, León, quien ganó el corazón de la secretaria de su socio, cuya madre, que había enviudado joven, estaba a su cargo. Una vez que fuera equiparado a Robert de Niro, por aquella época en la plenitud de sus días, tal como aún es posible admirarlo en Taxi Driver, admitió el costo que la persistente salud de Isadora, en casa de pocas plantas viviendo, contigua a la de su hermana, no tan felizmente viuda, cuyo cónyuge, empleado en una fábrica de cerveza, durante años se había resistido a cambiar su domicilio, afrontado a la factoría, puesto que todavía amaneciendo, ya el verano vigente, el aroma del lúpulo lo despertaba, aunque por último había consentido tomar un piso en la misma planta, hacer las tareas del hogar, gestionar los pagos mensuales, pasear en solitario, una vez perdida buena parte de su olfato, añadía a la servidumbre de los tuertos. Nunca la tricotadora presumió, mientras transcurrieron sus días serenos, que el tiempo que había empleado en complementar el suministro de su tienda, a cargo de textiles del nordeste, tuviera que convertirlo en un gasto deducible. Llegaba por correo ordinario, cargado en vagones mercancía, y León, con el documento por el que ella lo autorizaba, pasaba a recogerlo, con el beneplácito de los empleados de la oficina, a cargo del tío de un amigo con el que compartía ocios y deportes, juegos de esfuerzo, antes de que fuera llamado a filas. “De poco te servirá demorarte” le oí decirle, una vez que acudí al estanco frontero, repuesto de fumadores ahorrativos, previsores del costo que el suministro a granel, a economías dependientes y de ingresos limitados, suponía, porque pasaba por la puerta y rechacé justificar con un mal disimulado despiste seguir sin saludar, el escaparate colmado de colores, apenas del ancho de una ventana, la luz de plena mañana segregando cada cual para que cada ojo los agregara en una suma, cuyo resultado en cada corazón explotaría. Cuando, conocida la secretaria, tuvo que pagar los portes, la tricotadora los incluyó en su declaración de gravámenes.


Animales maltratados

Bartolomé Desmoulins

1. El valor que los antiguos concedían al ganado asnal lo demuestra un conocido apólogo, aquel que cuenta que los vecinos de Nauplia, ciudad principal en las tierras de los argivos, a cuyo frente combatió Agamenón, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador. Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una urbe, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse. La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera bien visible a cualquiera que se acercara a sus tierras, y así conmemorar que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.

Pero, como tantos nobles legados de la antigüedad, la memoria de tan acertado reconocimiento se extinguió. No diré que fue el descuido la causa única, o incluso la directa, de la pérdida. Pero desde luego contribuyó a que surgieran controversias, enfrentamientos y querellas sobre el valor de tan pacientes animales, unas por intolerancia, otras por menosprecio.

Uno de los más agrios que conozco fue el que tuvo su origen en 1756, cuando el representante y defensor de los algo más de setenta campesinos que trabajaban las tierras de un cortijo, localizado en el extremo sudoeste del continente europeo, pródigo en historias de animales, cuyo señor, para multiplicar sus rentas, había preferido fragmentarlo en al menos otras tantas parcelas, se querelló contra un vecino de la población en la que vivían, donde ejercía como boletero para el embargo de las bestias menores.

Entre las cargas que recaían sobre la población no exenta, estaban las exigidas por razón de servicio militar que habían sobrevivido hasta pleno siglo décimo octavo. El embargo de los animales de fuerza de la especie asnal, a los que solían referirse llamándolos bestias menores, hasta tal punto las había de mayor entidad, probablemente era una de sus formas más visibles. El encargado de ejecutarlo era conocido con el nombre de boletero porque hacía y repartía boletas o acreditaciones del alojamiento, otro de los servicios que por razones militares se había reservado, quizás en parte una vez recuperado, el señorío de la corona. Obligaba a los vecinos de cada población a dar cobijo en sus hogares a los soldados que por ella transitaran. El documento, que el boletero repartía entre los miembros de la tropa que llegaban, los acreditaba. Presentándolo, cada soldado era admitido en la casa que le hubiera asignado.

Aunque para pleno siglo décimo octavo el servicio de alojamiento ya se redimía con una contribución, llamada de paja y utensilio, el embargo de las bestias menores sobrevivía como una obligación material. Quienes fueran dueños de este tipo de animales estaban sujetos al deber de ponerlos a disposición de las tropas para facilitarles el transporte de su impedimenta mientras transitaran por los caminos de cada municipio. De la selección y embargo provisorio de los ejemplares que lo efectuarían, y asegurar que se cumpliera, se encargaba también el boletero. El discurrir de estos bagajes, cuyas jornadas estaban reguladas en ocho leguas por día, a causa de las continuas guerras sostenidas por los ejércitos de la corona las poblaciones de la región lo habían padecido continuamente, según algunos contemporáneos, entre 1709 y 1756, casi medio siglo de prestación ininterrumpida del mismo servicio.

2. Muchos trabajadores del campo se arriesgaban a promover modestas explotaciones porque disponían de algunas cabezas de ganado, y así, aunque fuera por un año, se convertían en ilusionados y discretos pequeños empresarios. La mayor parte de los que habían tomado las parcelas de aquel cortijo en 1756, todos de esta clase, poseían una yunta de burras, con la que atendían las necesidades de fuerza de sus respectivos planes. Frágiles y no obstante entregadas, las jumentas les proporcionaban la energía más elemental de cuantas se aplicaban a la producción de los cereales. Mientras que los que habían decidido ser transitoriamente empresarios se limitaban a ellas, las grandes labores solían servirse de poderosos bueyes, que les permitían disponer de las enormes masas de trabajo que consumían, y de mulos, ganado preferido cuando se trataba de invertir cantidades moderadas de esfuerzo.

Las burras de aquellos campesinos nunca estaban paradas, y las aplicaban incesantemente a toda clase de trabajos. Las utilizaban para transportar a las tierras que iban a sembrar sus granos sementales, que guardaban en sus casas. Luego, antes de verter la simiente en los surcos, emparejadas por el yugo, tiraban del arado y consumaban el barbecho que les era posible, limitado a dar a las tierras el hierro necesario para que quedaran abiertas. Y, una vez sembradas, de nuevo las araban, para completar los trabajos que daban principio a cada explotación. Cuando llegaba la hora de recolectar, recogían las gavillas de la mies que cada cual hubiera segado en unas grandes redes trenzadas con tomiza, de malla de luz muy abierta. Las cargaban sobre sus burras y los sufridos animales las llevaban hasta la era, junto a la cual las iban dejando. Esparcidas sobre el empedrado, también eran ellas las que pisaban y tiraban del trillo que pasaba sobre las espigas. Y, una vez separado el grano de la espiga, asimismo lo transportaban hasta el lugar donde cada uno deseara conservarlo.

Durante el resto del año, los días que no estaban ocupadas en el cultivo o en la recolección las empleaban en recoger estiércol. Lo iban mendigando por las casas y otros lugares en donde pudieran encontrarlo, como mesones y posadas, y allí donde lo consiguieran lo recogían, una vez más sirviéndose de ellas, para conducirlo hasta las tierras que cultivaban. A juicio de quienes eran expertos en los procedimientos que convenían a aquella manera de cultivar los cereales, era indispensable que quienes la adoptaban aplicaran sus jumentas a llevar el estiércol a sus parcelas paulatinamente, para que sus tierras pudieran alcanzar la sazón que necesitaban si a continuación, en otoño, debían sembrarlas. Las estercoladas eran la principal inversión que las pequeñas empresas podían permitirse en beneficio de sus parcelas. A causa de su incesante preocupación por obtener producto, las sembraban todos los años, y para que pudieran fructificar con tan exigente frecuencia, no había más modo de requerirlas que agregar a la tierra estiércol, sin el cual no podría servir porque se agotaría. Así se garantizaban una productividad que de otro modo sería imposible.

Pero la burra era una especie de ganado de tan endeble naturaleza que, aunque trabajara día tras día, en modo alguno era a propósito para hacer largas jornadas itinerarias. En caso de que con ella se decidiera atender rutas, solo podía aplicarse a cubrir dos, a los sumo tres, leguas cada día, distancia máxima que era capaz de resistir.

3. Desde antiguo existía una legislación que amparaba a los campesinos frente al embargo de bestias. Una de las leyes del reino había establecido que bueyes nin vacas, nin otras bestias de arada, nin los arados, ni las ferramientas, ni las otras cosas, que son menester para labrar las heredades, nin los siervos que son puestos en ellas señaladamente para labrarlas, defendemos que en ninguno no lo tome a peños. Nin otrosí, ningún juzgador, nin otro home no sea osado de las prendar nin facer entrega de ellas, e cualquier que los ficiese sea tenudo de pechar al señor de ellas todo el daño e menoscabo que viniere por esta razón.

Más tarde, a esta explícita decisión le fue añadida otra similar, con el tiempo incorporada a la recopilación novísima: Establecemos y mandamos que no sean tomados, ni prendados, ni embargados por ningún ni alguna manera bueyes ni bestias de arar, ni los aparejos que sean para labrar y coger pan, y si contra esto hicieren mandamos que tornen la prenda que prendaron, tomaron o embargaron en cualquier manera al querelloso con el daño que por ello recibiere, y por este mismo hecho caigan e incurran en pena del cuatro tanto de lo que valiere la cosa que fuere tomada y embargada.

Luego las bestias de arada que sirvieran para el cultivo de las tierras de cereales debían quedar exentas de las obligaciones relacionadas con los tránsitos militares. Aun así, ocasionalmente el rey podía exigir a sus vasallos a que le suministraran carros y bagajes, para su real servicio, a un precio tasado y a la vez moderado, aunque era raro que transigiera aplicar esta exigencia extraordinaria a quienes labraban las tierras que producían los bienes alimenticios. No obstante, el boletero de las bestias menores de la población, para destinarlas a los tránsitos de soldados y cargas, decidió embargar las burras que los campesinos de aquel cortijo tenían, incluso cuando las estaban empleando en las actividades a las que regularmente las dedicaban.

Aparte la forzada manera de interpretar el fuero, las consecuencias materiales de aquella manera de obrar se podían prever. Por experiencia se sabía que para que consumieran entera una jornada de ida y vuelta al servicio del ejército, de ocho leguas de dilatadas y violentas marchas, era preciso apalearlas, de lo que resultaba que muchas volvieran lastimadas, totalmente inservibles.

Denunciar estos hechos fue suficiente para que el corregidor, que actuaba como juez de primera instancia, ordenara que ni aquel boletero ni los demás, fueran de bagajes mayores o de menores, en modo alguno embargaran a los campesinos los animales que tuvieran. También les ordenó que para los tránsitos de los soldados por los caminos de la población, a partir de aquel momento, tal como siempre se había hecho, recurrieran a las bestias de arrieros, hortelanos, aguadores y otros traficantes, a quienes el embargo no les causaba perjuicio.

4. Pero, avanzado ya 1757, el corregidor modificó su criterio. Amparándose en que debía aclarar el sentido de la sentencia precedente, de cuya redacción dijo que había causado dudas, tanto a los cedidos en el cortijo como a los boleteros, porque cada uno de ellos la había interpretado de distinta forma, precisó que su propósito había sido garantizar los animales que tuvieran a quienes trabajaban sus tierras durante la siembra y los agostos, pero no durante el resto del año, una decisión ante la que quienes estaban instalados en el cortijo habían reaccionado exigiendo excepción para todo el año. Tanta intransigencia, en opinión del corregidor, estaba ocasionando graves perjuicios a los militares que transitaban por la población, quienes no podían disponer de todos los medios que necesitaban. Había decidido, por tanto, que los boleteros pudieran embargar las bestias menores de quienes las tuvieran cuando fueran necesarias para cualquiera de los tránsitos, si no eran tiempos de siembra o de recolección.

Haciendo uso del margen que le había proporcionado aquel nuevo auto, en la noche del primer o segundo día del mes de septiembre el boletero embargó una burra a uno de los campesinos del cortijo, a pesar de que en aquel momento estaba llevando estiércol a su haza y estaba sembrando su tierra. Necesitaba siete bestias menores y el corregidor le había mandado que recurriera a las de aquellos campesinos. Cuando la jumenta fue embargada era robusta y estaba sana, pero cuando le fue devuelta a su dueño estaba tan lastimada, a causa de lo pesadas que habían sido las cargas que había soportado, que de la agitación que padeciera en el tránsito murió.

5. La reacción del representante de los campesinos no se hizo esperar. Por su iniciativa, el día siete de aquel mismo mes, ante el corregidor tuvo que comparecer el boletero de bagajes menores para someterse al interrogatorio que proponía. En el transcurso de su declaración vinieron a descubrirse nuevas circunstancias del caso, las mismas que luego, en las deposiciones que se sucedieron ante la autoridad judicial, a partir de fines de septiembre, de los testigos aportados por el defensor, fueron corroboradas y en algún caso completadas.

Quedó demostrado que el boletero nunca, en ninguna época del año, había embargado bestias a los magnates del negocio de los cereales, los labradores que explotaban cortijos completos, a pesar de que sus burras solo trabajaban en la conducción de sus granos durante la recolección. Así se había conducido siempre, incluso cuando había la mayor necesidad y faltaban bestias para cumplir con los tránsitos de soldados.

No se pudo precisar cuántos arrieros ejercían en la población, ni cuál era la cantidad de animales que sumaban sus recuas, respecto de lo cual solo quedó constancia de lo que declaró, con una buena dosis de cinismo, el propio boletero: que unos tenían dos bestias, otros tres, otros cuatro, otros cinco, otros seis, otros siete y tal cual ocho. Pero sí se pudo establecer que los arrieros le pagaban cada mes 30 reales para que en los embargos los tratara de la manera que más les favoreciera.

Pero sobre todo se supo que la verdadera ocupación diaria del boletero en cuestión era recabar uno, dos, tres y hasta más reales de cada vecino que tuviera burras. A cambio, si le daban la cantidad que les pedía, les ofrecía que las relevaría de los embargos para los tránsitos de soldados. Muchos, para evitarlos, conservar sus jumentas y evitarles el daño al que podrían quedar expuestas, no se pensaban dos veces pagarle lo que les pedía, y continuamente le daban algunas cantidades. Uno de los campesinos del cortijo, además de un real de a ocho por año, cuando se hallaba apurado de fuerzas recurría a darle uno o dos reales, mientras que otro, que tiempo atrás también había labrado una de las parcelas del cortijo, para que el boletero le eximiera las burras que tenía, también le había pagado dos reales por cada vez que se las libraba.

Aun así, los campesinos, además de darle cantidades de dinero como las mencionadas, se veían forzados a concederle otras compensaciones. Muchas veces había ido a casa de uno de ellos a embargarle las burras, y para que no lo hiciera, aparte las ocasiones en las que le dio dinero, tuvo que darle carne, pan o trigo y, por la pascua de navidad, tortas. Otro día había ido el boletero a casa de uno de ellos y le había pedido a cambio de la exención una cuartilla de harina. Mientras estaba sentado en el patio esperando la dádiva, lo atravesó una polluela. El boletero se la pidió y el campesino no tuvo otro recurso que dejar que se la llevara. Sabía que si no se la daba perdería, además de la harina, que le mirase sin equidad en los embargos con los que le amenazaba.

Como era público y notorio todo aquello, para justificar sus extraordinarios ingresos, el boletero se vio forzado a alegar que se había ocupado, y aún se ocupaba, aparte su mediación en los tránsitos militares, en trabajar en el campo. Pero todos los testigos mantuvieron que en realidad para mantenerse no tenía otra ocupación, ni ejercicio, ni trabajo, ni modo de pasar la vida, y que no se le conocía más oficio que su continuada estafa. Tan frecuentes habían llegado a ser sus abusos que ya eran muchas las ocasiones en las que públicamente se habían quejado por este motivo tanto aguadores y arrieros como algunos de los campesinos, los cuales, por esta causa, además habían elevado continuas quejas al señor del cortijo. Su administrador, actuando en su nombre, había intentado convencer al boletero para que se contuviera, pero no lo había conseguido. Aquella había sido la causa inmediata que había obligado a los campesinos a solicitar en justicia acabar con aquella situación. Al final, el boletero, que hacía dos años que estaba ocupado en aquel ejercicio, a consecuencia de su insaciable abuso, no solo había ido perdiendo de unos y otros las constantes regalías de las que era objeto, sino que estaba poniendo en riesgo su trabajo de mediación en los tránsitos militares.

6. Considerados los testimonios, el defensor creyó conveniente alegar, primero, que los treinta reales que al boletero le daban los arrieros abolían la igualdad y la proporción que correspondían al reparto de las cargas concejiles, lo que en sí mismo era radicalmente injusto. Llamó también la atención sobre un hecho evidente. Sin los carros y bagajes de los vasallos no podrían producirse los frutos de los campos, ni fecundarse ni fertilizarse, porque las tierras cultivadas eran la sustancia del reino. No creía superfluo recordar que sus representados cultivaban y sembraban tierras que fructificaban a Dios, al rey y al común, y sometió a juicio del tribunal la siguiente reflexión. Si el cortijo que sus representados ponían a producir continuamente permaneciera explotado por un solo labrador y estuviera a tres hojas, de las que solamente cada año sembraría una, el diezmo sería al menos un tercio inferior, y muchas menos las contribuciones, porque todas las rentas obligadas recaerían sobre una persona, cifra notablemente más baja de la que sumaban quienes en aquel momento hacían fructificar las tierras del cortijo. Por tanto, si las abandonaran, porque les fuera imposible mantenerlas, perjudicarían al diezmo, al real patrimonio, al señor conde dueño de las tierras y al común, sobre el que recaerían todas las cargas personales, reales y mixtas de las personas que las trabajaban. Y asimismo le pareció adecuado considerar, sin que creyera necesario mencionar el trato de favor del que eran objeto los labradores, que a pesar de las continuas guerras sostenidas por la corona desde 1709, y por efecto de las mismas haber padecido la población los continuos tránsitos de regimientos militares, nunca se había visto echar mano de las burras, estuviesen horras, preñadas o paridas.

Mas, concluyó el alegato del defensor, la mayor dificultad del recurso a las burras para los tránsitos, que efectivamente había puesto al descubierto aquel procedimiento, provenía de un hecho que todos los testimonios habían coincidido en reconocer, y que era necesario aceptar como imponderable. Si las burras hacían las largas jornadas que de ellas requería el ejército, debían parar en posadas. Cuando llegaban a una que no dispusiera de algún albergue separado o de alguna caballeriza exclusiva, no les daban acogida, ni siquiera les permitían que entraran. Así había podido experimentarlo uno de los campesinos en una ocasión, cuando con una burra suya, por no haber querido darle entrada en ninguna posada, le fue preciso hacer noche en el campo, y así ocurría con todos los que llevaban burras lejos. Cuando no las admitían en las posadas, porque habitualmente no tenían albergue particular para ellas, se veían precisados, después de la agitación del camino, a quedarse en despoblado y tenerlas sin reparo ni abrigo, de lo que resultaba volverse incapaces de servir. El rigor de aquel trato no provenía de una actitud de los posaderos especialmente hostil hacia aquellos animales. Las burras eran perjudiciales y dañosas siempre que en las mismas cuadras hubiera otros ganados machos alojados, fueran asnales, caballares o mulares. Por esta razón los trajinantes y arrieros jamás usaban burras.

El representante de los campesinos, en vista de todos los testimonios reunidos, solicitó que al boletero le fuera impuesta una grave multa, liquidara a sus representados los daños que les hubiera causado y se le condenara a las costas del procedimiento. Solicitó además, expresamente, que el valor de la burra embargada que después había muerto le fuera pagado a su dueño.

El 13 de octubre de 1757 el corregidor dictó un auto por el que ordenó al boletero servirse en lo sucesivo solo de las bestias asnales de los arrieros, trajineros, azacanes, hortelanos y los demás que las tuvieran en la población y no acreditaran excepción por fuero o privilegio, sin recurrir al embargo de burras de quienes tenían labranza. En caso de que no hubiera bastantes bagajes, daría cuenta al corregidor, quien decidiría. Sobre todo lo demás que, gracias al procedimiento, había quedado al descubierto, al boletero solo se le apercibió.


Política para una crisis

Bartolomé Desmoulins

Aún no había terminado marzo –tres meses antes de la sazón del grano– y la pérdida de la cosecha de cereales ya se daba por segura. Al error en el pronóstico no le quedaba demasiado margen. Sentado por el procedimiento que la sementera tenía que seguir a las lluvias del otoño, como estas habían faltado durante el precedente buena parte de la superficie prevista para el cultivo quedaría sin sembrar. La consecuencia, por completo previsible, sería una bajísima producción, aun cuando el tiempo actuara a favor de quienes sobrepasando los prejuicios hubieran aventurado la inversión de su grano semental en la tierra.

Dos consecuencias, que asimismo podían preverse, tendría una decisión como esta. La primera en el tiempo, que propagaría el beneficio de la caída del producto hasta donde hubiera población, porque el alimento universal era el trigo, el desabastecimiento de los mercados locales del pan. La segunda, que comprometía el futuro del orden productivo que se nutría del estado crítico al que podía llevar la falta de cosecha, urgente cuando el ciclo retornara al otoño, la falta de simiente para la siguiente inversión, que permitiría la necesaria recuperación de las explotaciones a los costos menores.

Puede evaluarse el alcance económico de una previsión como la primera, o caída del producto agrícola en perspectiva, tomando como criterio el costo mínimo del trabajo, que a consecuencia de la alta concurrencia de los oferentes capaces para dispensarlo equivaldría a la alimentación diaria de un varón adulto. En la región vivían entonces unas 725.000 personas. Si su composición por edades fuera la que registra el más prestigioso de los censos del siglo (32 % jóvenes, quizás algo más; 54 % adultos y 14 % ancianos, tal vez algo menos) y a la vez se da por bueno que un adulto, para reponer la energía que sostenía su actividad, necesitaba consumir un par de libras de pan de trigo al día; así como que a cualquiera de los otros elementos al margen de la plenitud biológica le bastaría con la mitad, el inexorable consumo de trigo en el sur puede estimarse en la nada despreciable cifra de casi 14.000 fanegas (13.956,25 exactamente) cada día. Aun aceptando, solo por obtener una cifra indicativa, que todo este volumen fuera comercializado a la tasa, o precio máximo legal entonces vigente, de 28 reales de vellón, probabilidad inferior de las posibles, eso supondría como mínimo una benefactora lluvia diaria de 390.775 reales; un valor superior al que obtendrían como renta de su trabajo, para la misma unidad de tiempo, 100.000 personas que se emplearan como trabajadores asalariados en la agricultura de los cereales, casi tres vigésimos de toda la población. Como hasta la cosecha siguiente quedaba más de un año, el volumen de negocio posible se podría estimar en torno a los 150 millones de reales contables. Si además se tuviera en cuenta la alimentación del ganado de labor, igualmente comprometida por la caída de la producción de la cebada, el otro cereal regularmente cultivado, el volumen del negocio previsible evidentemente habría que recalcularlo al alza.

Estas oportunidades de negocio se jugaban en primavera porque era entonces cuando se creaban, en modo alguno porque fueran una consecuencia espontánea. Las administraciones de la época, con el mejor criterio, no se demoraban en ponerse al servicio de un futuro tan próximo y tan excelente, conscientes de que tendrían que afrontar un problema colateral. La caída de la producción, porque era al mismo tiempo caída de todas las rentas, para propagar el beneficio potencial necesitaba importantes recursos financieros. Aun admitiendo que la mayor parte del gasto estimado pudiera nutrirse del autoconsumo, que en la región, como es regular, convivía con una economía de los cereales que había consolidado la producción para el mercado, los recursos necesarios para una operación de esta envergadura todavía superarían la capacidad de inversión de cualquier iniciativa. Los problemas tras el horizonte quedaban para otro día. Los responsables políticos más altos sus preocupaciones inmediatas no las dirigían hacia la captación de fondos, un asunto que no podían descuidar del todo. Con excelentes previsión y sentido del orden, primero se concentraron en regular los mercados de manera que permitieran la magna operación comercial.

Los máximos gestores de la política interior actuantes fueron tanto los cuadros del consejo de Castilla como los directores de rentas provinciales, integrados en el consejo de Hacienda, quienes seguían las órdenes del marqués de la Ensenada. Aunque en la forma la iniciativa parece que correspondió al consejo de Castilla, los hombres del marqués, que actuaban en consecuencia de las primeras decisiones, se perfilan como los responsables remotos de las órdenes que se cursaban a las autoridades regionales y locales. Así se deduce de la primera decisión del gobierno relacionada con el negocio que se estaba gestando en el sur, que fue tomada el 17 de marzo en Madrid por los directores generales de rentas provinciales, el sistema de recaudación, entonces en fase expansiva, de la porción más importante de los ingresos correspondientes a la hacienda real.

A consecuencia de la cortedad de las cosechas que se padecía en la zona -así se hablaba ya a mediados de marzo-, resolvieron decretar la prohibición de extraer todo tipo de granos y semillas de los cuatro reinos del mediodía. Pero, al tiempo que anulaban la conexión de la economía meridional con el exterior por la vía de salida, decidieron no restringir ni la de entrada ni la circulación interna. Al contrario, ampliaron el marco legal de la importación y ordenaron que cereales y legumbres que llegaran al confín austral de la península, bien procedentes de los dominios de la corona bien de los extranjeros, por mar o por tierra, quedaran libres de todos los derechos que gravaban el tráfico, incluidos alcabala y cientos de las primeras ventas. Gestores al mismo tiempo de los ingresos de la corona, pusieron cuidado en especificar que esta exención debía entenderse como una medida transitoria.

El control de la monarquía hispánica sobre la balanza comercial del grano siempre se había pretendido muy estricto. Algunos de los teóricos creían que era una de las materias más graves y delicadas de cuantas concurrían en el gobierno económico, y que por esa razón estaba justificado que su dirección fuera una responsabilidad del consejo de Castilla. Fuera o no consecuencia de tan graves reflexiones, la iniciativa pública centró su interés en conseguir que el grano fuera barato y por tanto el pan que se elaboraba con él.

Esperaba conseguir ambos objetivos ateniéndose al principio de autarquía, que se ejecutaba en primer lugar prohibiendo la exportación de los granos. En pleno siglo décimo sexto, para los territorios del sur, el código vigente prohibía sacar de sus reinos cereales y legumbres, e incluso prescribía con más exactitud que de ellos no saliera grano por vía marítima, en especial del área suroccidental. Además, para evitar la dependencia del exterior en un suministro tan estratégico, le parecía necesario el trasvase de los excedentes de unos territorios a otros. También entonces, igualmente refiriéndose a las tierras del suroeste, el mismo código había establecido que no pudiera prohibirse la salida de pan ni otros productos alimenticios de ninguna población, estuviera en realengo o en señorío, si el propósito era llevarlos de una a otra sin salir de la región.

Pero el comercio interior, parte decisiva de la estrategia autárquica, se enfrentaba a importantes límites. Los más significados eran, por un lado, las leyes contra acaparadores, revendedores y especuladores y, por otro, los privilegios a favor de ferias y mercados.

Aquellas habían impuesto que el único comercio legal fuera el de los trajineros o recueros, nombres que indistintamente les eran adjudicados a los comerciantes al por menor o finales. Con la primera denominación se hacía referencia al movimiento, mientras que la segunda tomaba por característico de la actividad el medio de transporte más sencillo de los utilizados por quienes a ella se dedicaban, los animales que con la mercancía a sus lomos se desplazaban agregados en recuas o manadas. Los arrendadores de rentas, mercaderes capaces para movilizar enormes cantidades de grano, durante la primera mitad del siglo décimo sexto tuvieron prohibido el comercio del cereal que por aquel procedimiento adquirían, y cuando ya en la segunda mitad del mismo siglo fueron autorizados a comerciar con su grano debieron someterse a la tasa. Sin embargo, cualquier grado de sucesivas operaciones comerciales o reventa, se mantuvo prohibida por la ley, exclusión perseguida con más facilidad dentro de las poblaciones. Las ordenanzas locales reiteraban ufanas la prohibición de comprar cereal para volver a venderlo en ella.

Para regular el funcionamiento de los mercados también se intervino restringiendo, aunque una parte de esta política se propusiera adelantarse a las necesidades. Al principio del reinado del emperador Carlos, aún activa la sedición de las Comunidades, se legisló por primera vez la posibilidad de comprar grano por adelantado. Se pagaba al precio vigente en la población de compra durante los treinta días que la fiesta de Santa María de septiembre dividía en dos periodos de quince, fechas del ciclo estacional en las que los precios habitualmente estaban bajos. Buscando favorecer la demanda, en realidad quedaron legalizados los que se consideraron buenos momentos para captar grano barato, si el objetivo era almacenarlos, y financiar la empresa, por parte de quien la hubiera acometido. La consecuencia sería que durante el resto del año los mercados locales sobrevivirían en estado de letargo y propendiendo los precios a subir.

Siendo estas las premisas de la autarquía hispánica, ya en la época hubo quien pensó que si lograra sus dos objetivos, que a un tiempo fueran baratos el grano y el pan con él elaborado, se daría origen a un ciclo que terminaría siendo perjudicial al fin público que se perseguía. Mientras que las restricciones a la participación en el comercio del grano disuadirían a quienes podían aportar contingentes mayores, a pesar de que su concurrencia a los mercados provocaría el efecto de la caída de los precios, y reducirían progresivamente la concurrencia de quienes tenían limitada su capacidad de financiación al débil tráfico de mercancía que podían sostener, aunque la adquisición del grano a un precio asequible pudiera limitar los costos de la panadería, la vigencia de precios bajos también para el producto elaborado asimismo reduciría el atractivo de esta industria. La retracción de las inversiones que efectivamente se habría impuesto en el sector, que una parte de los observadores supieron adjudicar explícitamente a la prohibición de exportar y a los límites al comercio interior, fue que efectivamente, a pesar de la presión de la demanda, la expansión del cultivo matriz fue limitada.

Las condiciones cambiaron algo entre 1651 y 1756. Durante aquel siglo ya todos los interesados pudieron practicar legalmente el comercio interior de cereales. Sin embargo, la circulación interior del grano se mantuvo limitada por la decisión de exigir licencias de saca o exportación, controladas por sus guías y tornaguías, filtros solo justificables porque podían ser utilizados como medios con los que generar ingresos a las haciendas. Para evitar que los derechos reales fueran defraudados, cualquiera que extrajera de su población mercancía para su venta iba provisto de su correspondiente guía. Si conseguía venderla debía traerla consigo la vuelta, lo que permitiría cobrar los derechos debidos. Solo a partir de 1756 desapareció esta obligación legal.

En cuanto al comercio exterior, aunque siguió estando prohibido, órdenes circunstanciales modificaron transitoriamente la rigidez de la norma consolidada. Por una instrucción a los intendentes, de 4 de julio de 1718, quedó regulada la exportación parcial de las cosechas de granos desde los territorios de la monarquía hispánica, durante los años de abundancia y bajo la supervisión de la administración central. Para asegurar la correcta ejecución de esta política, se organizó un sistema de información por quincenas del estado de las cosechas, los precios de los principales frutos, el valor estimado de las siguientes recolecciones, los volúmenes de grano que se preveían necesarios para el consumo y los remanentes que podrían quedar para la exportación. Su efecto fue que durante la primera mitad del siglo esporádicamente, según convenía a la recuperación o a la contención de los precios, el gobierno central abrió las fronteras de la península al comercio de granos.

En pleno siglo la teoría ya aceptaba que la exportación de granos bajo control estimulaba el cultivo de los cereales, e indirectamente era un medio de abundancia, así como de lucha contra la escasez de los años de caída de la producción. También la opinión que se había ido formando en el continente era favorable al estímulo de la libertad de comercio, y expresamente a la exportación, sobre todo porque entre los productores se aspiraba a una recuperación de los precios de los cereales, en caída desde el siglo anterior, un mal que durante la primera mitad del décimo octavo había contagiado a toda la economía del continente.

En Inglaterra los precios de los cereales no se habían comportado de manera distinta, pero su política para combatir su caída se había convertido ya en un modelo. Consistía en ajustarse cada año a lo que el producto permitiera. Si había generado excedente sobre la demanda interior, desde mediados del siglo anterior, el de sus revoluciones y guerras civiles, se subvencionaba la exportación de cereales, un incentivo que se prolongó durante toda la primera mitad del décimo octavo. Regularmente se primaba la exportación de trigo con dos reales y medio de plata por fanega, siempre que el precio no excediera cierto límite, una señal de alarma que automáticamente bloqueaba la salida del grano, y así evitar carestías injustificables y desabastecimiento en el interior. Así se conseguía a un tiempo dar una lucrativa salida al excedente los años de alta producción, combatir la caída de los precios consecuente a la abundancia de la oferta y por tanto acelerar la recuperación del sistema productivo de los cereales.

Los incentivos a la exportación efectivamente favorecieron la tensión al alza de los precios de manera estable y se convirtieron en los fundamentos de las que, ya a principios del siglo décimo noveno, serían conocidas como corn laws, aunque el estímulo a la sobreproducción, según pasaron los años, también había tenidos efectos contagiosos en otro sentido. Habitualmente las exportaciones inglesas de cereales fueron suficientes para saturar el mercado internacional. Las economías receptoras de sus agresivas exportaciones tendieron a reaccionar protegiéndose. En el área cantábrica, en 1750, se decidió que el cereal importado incurriera en la obligación de venderse en solo treinta y seis horas, a precio de coste. Se justificaba la decisión por la necesidad de mitigar la escasez en sus mercados. La consecuencia fue que los comerciantes se retrajeron de intervenir y los barcos ingleses, cargados con el cereal, prefirieron retirarse del litoral antes que confiarse a una venta al por menor.

El indudable éxito para la balanza comercial del grano inglés, aunque circunstancialmente tuviera que hacer frente a imprevistos, hizo que este modelo fuera deseado por las administraciones continentales. Sería Francia la siguiente que permitiría la exportación de cereales. Dada la verificada interconexión entre los mercados, la iniciativa francesa indujo a Inglaterra a prohibir circunstancialmente la exportación, decisión a partir de la cual los movimientos tácticos se impusieron en las políticas interventoras de la balanza comercial del grano en todo el continente, que evolucionaron a contradictorias y erráticas. Pero eso no impidió que a mediados del siglo décimo octavo el modelo de origen inglés inspirara al responsable de la hacienda castellana.

La premisa que entonces alentaba su política comercial era que la libertad de comercio del cereal panificable podía resolver al menos los problemas de desabastecimiento. En opinión de una parte de sus coterráneos, extender la libertad del comercio del trigo específicamente al sur, dada la capacidad de sus explotaciones, abría la posibilidad de sacar por sus puertos todo el que se produjera en la región, con destino al extranjero o a los otros nudos litorales de la península. Creían, prolongando miméticamente los principios del modelo británico, que el efecto de tal política sería el alza constante de su precio, y que solo cuando fuera muy alto dentro de los límites de aquel espacio evitaría por sí mismo que el trigo se exportara.

Es necesario reconocer que aquella política, que los acontecimientos de mediados del siglo décimo octavo permitieron aplicar, tuvo efectos expansivos. Los hechos vendrían a darle cierta razón. Antes de 1750 la caída del precio de los granos había provocado una disminución notable del número de los labradores. Como consecuencia de la expansión económica de la agricultura del cereal, obra del alza de los precios, posterior a 1750, ocurrió que faltaron tierras y sobraron labradores. Los acontecimientos de 1750, como crearon la primera oportunidad para la política de libertad de comercio de grano, fueron un impulso para la economía del cereal. Por tanto, el objetivo de la libertad de comercio sería el incremento de los precios en el mercado regional, para expandir el beneficio cuanto fuera posible.

No obstante, examinadas de cerca, las decisiones del 17 de marzo sobre movimiento de granos podían, a la vez que aproximarse al procedimiento que estaba extendiéndose por el continente, parecer conservadoras. La receta que aplicaban, en modo alguno a la vanguardia de las iniciativas europeas, respondía fielmente a los principios de la política comercial consolidada, que se concentraba en la intervención de la balanza, fuera por medios directos o por la vía fiscal.

Además de las guías y las posturas, gravaban tradicionalmente el intercambio de grano la alcabala y sus cientos. El destinado a la venta entraba en las poblaciones por puntos determinados precisamente para obligar a su pago. No estaban sujetos a él el destinado al consumo personal y el del pósito, y existían medios para eludir legalmente estas obligaciones fiscales. Una forma común de inversión del beneficio que proporcionaba la agricultura de los cereales al pequeño labrador, una vez atesorado como patrimonio, fue la creación de una capellanía. Con ello no solo trataba de inmovilizar un patrimonio. También pretendía conducir la venta de sus productos para eludir la alcabala, porque los frutos de las capellanías estaban exentos de su pago. Teniendo creada esta fundación y un hijo como responsable de ella, era utilizada para vender como fruto de la misma todo el producto que obtuvieran tanto las tierras de la capellanía del hijo como las explotaciones que sostuviera el padre, y en particular su labor, con lo que su renta bruta anual podía escapar sin dificultad al pago de las alcabalas.

Pero estas fundaciones, siendo muy populares, solo estaban al alcance de una parte mínima de la población rural, aquella que había conseguido retener como ahorro una parte de sus rentas. Como la traída desde el exterior de los cereales tampoco estaba obligada al pago de las alcabalas, con seguridad tenía efectos mucho más visibles sobre el ciclo económico estimular su importación, mediante las suspensión temporal de las obligaciones fiscales de frontera que convinieran, que para esta dirección del comercio exterior estaban reguladas por el arancel.

La fiscalidad del comercio del grano había sido utilizada, siguiendo una pauta habitual, como un instrumento inductor de su comercio. Cuando las cosechas eran escasas y el precio del cereal subía mucho se podían liberar del pago de cualquier clase de impuestos las transacciones de trigo y cebada durante un año. Que el 17 de marzo se optara por relajar solo la fiscalidad interior, y limitar la decisión a las primeras transacciones, podría significar que en aquel momento la situación que se pretendía corregir aún no se juzgaba lo bastante alentadora. (Algunas semanas después fue necesario salir al paso de posibles abusos de esta decisión de choque.) Hay quien opina que aquella decisión del gobierno central, eximiendo de los impuestos sobre el primer comercio los cereales conducidos a la región, tanto desde los mercados interiores como importados, fue solo una reacción inmediata a la baja cosecha del año anterior, y no a la previsible falta de producto durante el verano siguiente. Aun quedaba por explotar, si se mantenía la fidelidad al modelo inglés, la posibilidad de subvencionar directamente la importación de cereales.

Durante los días inmediatos al 17, los máximos responsables de la corona en política interior todavía se revelaron explícitos promotores de la parte de las fórmulas liberalizadoras que estaba a su alcance. El 31 de marzo el gobernador del consejo de Castilla formalizó unas instrucciones que se apresuró en difundir, tanto que consta que ya habían llegado a las poblaciones de la región el 7 de abril siguiente. Empezaban por reiterar la desgravación de los cereales importados. Muy de antemano –decía– ha concedido la piedad del rey el considerable alivio de libertar absolutamente de todos los derechos de rentas generales de cientos y alcabalas de las primeras ventas de granos de los que entren y se conduzcan de dentro y fuera del reino, cuyas reales órdenes se hallan comunicadas a los puertos y demás partes. Con esta primera medida, recordaba el consejo de Castilla, se trataba de conseguir los precios más bajos posibles para el grano. Pero para evitar, aun así, que reaccionaran de manera inversa, creía que debían utilizarse simultáneamente otros dos instrumentos, abolir la tasa y evitar los registros. De ambas decisiones esperaba consecuencias precisas en la misma dirección.

El corazón de la política comercial aplicada a los cereales había sido la tasa, o precio máximo legal, fijado por última vez en 1699 para el trigo, la cebada y el centeno. Pero durante décadas se había experimentado que la del trigo provocaba que se vendiera como mercancía de contrabando, y que en las transacciones efectivas raramente fuera respetada. En opinión del gobernador del consejo de Castilla, a mediados del siglo desde el que observamos los comportamientos la tasa solo ocasionaba la ocultación y el retraimiento de los granos, mientras que si se evitara se conseguiría su emergencia, y por consiguiente la mayor abundancia para su concurrencia. Conforme a la voluntad real, por lo que se refería a los reinos del sur a partir de aquel 31 de marzo debía disimularse y ser tolerado el exceso de los precios del grano sobre la tasa, porque se esperaba que espontáneamente la arreglara, e incluso la disminuyera, la abundancia que facilitaba la libertad, como decían que se había experimentado en otras ocasiones cuando se había consentido el disimulado permiso de los precios. De este modo, al menos transitoriamente, quedaba abolida de derecho la tasa de los granos en el sur, aunque lo cierto era que para entonces ya había perdido toda su eficacia real.

Pero la tasa, en términos legales, era una red de obligaciones entrecruzadas. Las normas que restringían el comercio del grano a los trajineros o recueros en su momento fueron una parte de la misma legislación, asimismo destinada a contribuir a que la vigencia del precio máximo fuera efectiva. Acopios, registros y requisas del grano eran otra parte de la misma política de intervención, igualmente procedimientos consecuentes a su aplicación. Quien registrara previamente los granos que poseía quedaba autorizado para su movimiento legal, siempre que fuera justificado como aprovisionamiento propio. Pero el registro tenía un efecto legal derivado. Los granos que se hubieran declarado, en caso de necesidad, podían ser requisados al precio de la tasa. Por tanto el procedimiento, que inmediatamente tenía efectos inmovilizadores, podía alcanzar hasta la incautación de todo el grano almacenado por cualquiera de sus poseedores. Así había ocurrido en 1737, cuando la administración central decidió que el registro general de trigo y cebada entonces ordenado tuviera como consecuencia que todo lo que se encontrara quedara embargado y en depósito para la sementera, con prohibición de que se amasara. Por eso, inevitablemente las declaraciones obligatorias de grano a las que daban origen estas operaciones solían ser fraudulentas.

Tomando su justificación de este hecho, el gobernador del consejo de Castilla no creía oportunos los registros. Además de que en aquel momento, para verificarlos, no se reconocía que existiera aquella necesidad que podía hacer conveniente el uso de este medio, que a su parecer siempre surtía poco o ningún efecto, el motivo de practicarlos desaparecería por completo. Como era la tasa la que ocasionaba la ocultación de granos, habiéndose decidido suspenderla se conseguiría su manifestación, y por consiguiente su mayor abundancia. La libertad del precio alejaba mucho cualquier razón para ocultar los cereales y retraerlos a la circulación. En su opinión, en síntesis, la tasa causaba almacenamiento y la libertad lo evitaba. Decidía pues que debían excusarse en todos los pueblos todos los acopios y registros, a excepción de los casos en los que hubiera particulares motivos para practicarlos. Como era habitual, la excepción no dejaría de ser aprovechada para, a pesar de lo decidido, recurrir a ellos.

Con estas premisas, la iniciativa del 31 de marzo se concentró en la circulación terrestre o fluvial de los granos dentro de los límites de los reinos del sur. Observada desde esta posición la evolución de las decisiones, la anterior, la del 17, parece la primera pieza de un orden meditado y que apuntaba en la dirección deseada para la satisfacción del modelo en boga. La mayor libertad posible en la circulación de los granos dentro de la región se concebía como medio principal para conseguir el objetivo de un comportamiento satisfactorio de los precios. En consecuencia, el gobernador del consejo de Castilla, en aquella misma carta del 31, declaró solemnemente la libertad de circulación de los granos.

Una decisión como esta le obligó a aclarar precisamente, al mismo tiempo, que se excluía la posibilidad de retracto, otro recurso de política comercial, en este caso de aplicación en el ámbito local, que asimismo podía completarse con la incautación. Cuando faltaba grano en una población, si esta se encontraba en una ruta comercial activa, la autoridad local, por miedo a la protesta, podía requisar el que transitara con destino a otros mercados y ejercer sobre él derecho de tanteo. La autoridad municipal también tenía el mismo derecho sobre las ventas a plazo, y todavía estaba en vigor una ley que reconocía a los municipios la posibilidad de incautarse de la mitad del grano almacenado en la población por los arrendadores de rentas en especie, pagándolo al precio implícito en las condiciones del arrendamiento.

Según la decisión del 31 de marzo, cuando se llevaran efectivamente vendidos los granos que se encargaran, en los pueblos por donde transitaran los arrieros que los condujeran no podrían retenerlos ni tantearlos con el pretexto de no estar abastecidos. El derecho de retención y tanteo sobre el producto cereal solo lo podría practicar cada población por lo que se refiriera a sus frutos y a las cosechas de su respectivo territorio. El gobernador del consejo de Castilla declaraba, en consecuencia, la libertad de circulación pública de cereales. Para que también contribuyera a moderar los precios el más libre comercio y tráfico de los granos, podrían las ciudades y los pueblos de los reinos del sur conducir, de los lugares donde lo encontraran, sin necesidad de acudir por licencia para ellos, los granos que estimaran necesarios para la manutención de sus vecinos.

No obstante, pretendía que la libertad de la circulación interna de los granos fuera compatible con la más estricta prohibición de las exportaciones. Una vez más el legislador ejecutivo prohibía absolutamente la exportación de cereales. Al tiempo que optaba por la libertad para el mercado interior, renovaba de manera inequívoca las órdenes que en todos los tiempos se habían dado para prohibir la exportación de cereales fuera de los reinos del sur.

En síntesis, las órdenes del gobernador del consejo de Castilla sobre la circulación de los granos mandaban que a estos no se les diera precio fijo, sino que se vendieran a lo que el tiempo diere; que no se impidiera el tránsito de los granos de un pueblo a otro, para que mutuamente se socorrieran; que no era conveniente que se hicieran registros de granos por varias razones; que, siendo justo el derecho de tanteo que cada pueblo tenía a los frutos cogidos en su territorio, pagándolos en contado, no lo era ni se debía permitir que los que de fuera parte se condujeran de unos pueblos a otros se detuvieran ni entorpecieran en los tránsitos, porque los que estuvieran distantes perecerían.

Las decisiones del 31 de marzo trazaron en lo fundamental las líneas políticas que en la administración central inspiraron todas las decisiones que a partir de este momento pretendieron salir al paso de la crisis de producto. En los meses inmediatos, cuando se jugarían las posibilidades del negocio, poco más se decidió en materia de regulación del marco estatal para el comercio interior de los cereales. Tan solo el 7 de abril, por la administración central, de nuevo coordinados los consejos de Castilla y de Hacienda, fueron precisados los límites de la política liberalizadora. La dirección de rentas provinciales comunicó que el marqués de la Ensenada, en aviso de aquel día, le había advertido sobre la siguiente circunstancia. La franquicia de derechos concedida a los que condujeran granos a los cuatro reinos del sur, desde fuera de los reinos de España o desde otras provincias, sus habitantes querían extenderla a los que interiormente comerciaran o retuvieran. Se aclaraba que este no era el sentido de la decisión. De actuar de este modo, se frustraría el objetivo de que tuvieran beneficio los que surtían en condiciones de carestía, al tiempo que los codiciosos que guardaban los granos se emplearían a fondo, aprovechándose de los derechos concedidos, sin que por eso llegaran a venderlos más baratos. En este concepto deberían darse las órdenes correspondientes a su cumplimiento.

A esto quedó limitada la intervención de la administración central durante aquella primavera. A partir de entonces dejó a su suerte la aventura del beneficio que pudiera proporcionar la previsible caída de la producción. Prefirió no inmiscuirse en negocios cuyos límites prefirió no conocer.


Fondos de inversión

Bartolomé Desmoulins

Manejan quienes pescan cerca de esta costa un arte parecido a la nasa, cuya denominación, oscilante a lo largo de todo este litoral, no termina de quedar consolidada. Algunos lo llaman rémora y otros huércano, si bien entre los marineros de los poblados más lejanos rige el excesivo nombre de vampira. Con acierto la duda en la elección es juzgada como prueba de la incertidumbre que su uso engendra, implícita confesión de la conciencia de que con ella se está recurriendo a medios en alguna medida reprobables.

Pero sirve al deseo de asegurar a los que a ella recurren excelentes rendimientos con nulos riesgos, un cálculo que siempre inspirará el trabajo de quienes se adentran en el mar justo hasta donde se está a punto de perder de vista la costa; temerarios aventureros de litoral que puede distinguirlos el curioso con algo de atención y un poco de la perspicacia que deben poseer quienes dotados de aquella condición pasean por la orilla del mar. Suelen llevar barba de varios días, aun recién afeitados, pipa curva y la característica gorra con la que el frívolo revolucionario continental subía a la tribuna de la arenga. Algunos están tan poseídos por estos caracteres que no necesitan mojarse las manos. Les basta con exhibirlos durante todo el día a la puerta de algún establecimiento público. Los demás embarcan a la hora a la que los veraneantes aún tienen la oportunidad de admirar su porte, la nobleza con la que soportan el rigor de la vida que les ha tocado. Su entereza les lleva a tolerar la injusta distancia que los separa de quienes entregados a una vida regalada los miran ignorando absolutamente su presencia.

El arte consiste en una red cónica, reforzada con aros de junco o madera muy flexible. Tejen el largo cono previendo que una vez echado quede sumergido en la posición normal de esta figura geométrica, la base siempre por delante avanzando hacia las profundidades. La longitud que para él juzgan apropiada es la que permita llegar hasta el fondo, siempre próximo en las cotas del litoral.

Calculan el perímetro de la circunferencia principal tan extensa como la combinación de calado y eslora que cada embarcación permite, porque del punto de equilibrio de esas dos dimensiones depende la estabilidad de la nave desde la que se opera cuando se levanta el copo. Su extensión es llevada al límite para abarcar la mayor cantidad de presa posible. El uso correcto del arte consiste en ir soltando los pliegues de la red a trechos, según marcan los aros que la circundan de tramo en tramo.

Las especies que conviven acogidas a los lugares donde se sienten más seguras son primero abarcadas, y según va descendiendo el ingenio acosadas. Los más despiadados manipuladores del arte cuelgan del aro inferior fantoches y caretas, con el fin de sobrecoger a los desvalidos peces. Bajo la convicción de que las especies que deben ser devoradas sobre la mesa temen la presencia de otras que tienen por superiores y abrumadoras, los pescadores deforman con desbordado patetismo medusas y congrios fabulosos, o seres inexistentes que juzgan pavorosos por su tamaño o por su color. No está demostrado que las criaturas que han preferido sobrevivir aun hundidas en el agua sean receptivas a las misma insensateces que desconciertan a las que viven sobre la tierra. Sí ha podido comprobarse sin embargo que una reacción nerviosa de los seres sumergidos sigue a la aparición de aquellas fatalidades. Pero los analistas opinan que el hecho de que los peces, una vez sustraídos al medio marino, invariablemente aparezcan con los ojos exorbitados y aparentando pasmo no se debe adjudicar al estupor que pueda causarles la fealdad de engendros mal concebidos y peor ejecutados, y sí tal vez a que sean conscientes de la inminencia de la muerte.

Lo cierto es que quienes utilizan el arte convencidos de que es el arma más eficaz sostienen, fundados en unos principios que no pueden ser rebatidos, que proporciona sus mejores beneficios cuando consigue que los peces se vean obligados a invertir la dirección que siguen mientras van escapando. Ante el acoso de la red huyen, bien sea por instinto o bien dominados por el pavor que pueda provocarles, hacia las profundidades. Descender más y más en dirección al centro de la tierra es cavar la tumba. Si ya no pueden bajar más porque encuentran el fondo, y al tiempo el aro del arte lo toca, invariablemente todos los ejemplares cercados se convierten en presa, y ya atrapados ascienden en loca carrera por un embudo en el que finalmente quedan inmovilizados.

Cuando los activos pescadores consideran que han embolsado presa bastante, con un cabo que llega hasta la boca del arte lo cierran. Lo arrastran hasta ganar la posición más favorable, protegida del viento y de la marejada, y entonces lo elevan y lo descargan sobre la cubierta. El trabajo de selección y reparto lo completan los servidores de la nave antes de llegar a puerto, acosados por las voraces gaviotas de pico narigudo.

Los viejos y expertos marineros de esta costa enuncian así el principio de eficacia de la despiadada vampira. Quien por su uso desee los mayores beneficios debe localizar el lugar donde el fondo está exactamente a la distancia que la longitud de red prevista es capaz de cubrir. A esto los pescadores más expertos llaman dar con el fondo de inversión correcto.