Composición de las rentas del trabajo. 2
Publicado: junio 14, 2025 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Evidentemente no son ni el hambre ni la despoblación los que necesariamente siguen a la composición y magnitud de la renta efectiva de la mayor parte de los trabajadores en los cereales. Si así hubiera sido, no hubiera prosperado durante generaciones en centenares de poblaciones. La iniciativa humana no es en modo alguno resignada. Las rentas suplementarias son también una parte del orden. Cuando declaran su actividad, los que estadísticamente luego son clasificados como jornaleros, se presentan a sí mismos, de la manera más expresiva, como activos a todo tráfico del campo. La renta que con mayor naturalidad se integra en el sistema, como si fuera una rama nacida del tronco, es la que proporciona el transporte. Ya sabemos que disponer de una bestia de labor es, de todos los que exige esta agricultura, el capital más asequible, mucho más si es de ganado menor. Ninguna inversión del excedente tan útil como esta, que se puede verificar razonablemente por pequeña que sea, mucho más imponiéndose una moderada privación. Un rucho se puede comprar con poco más de lo que valen un par de fanegas de trigo, y a evitar que su manutención sea un costo se puede aspirar con fundamento porque todas las poblaciones disponen de pastos públicos. Porque su aplicación al transporte de cereales tuvo que ser su dedicación inmediata, el orden del que se alimentaba esta agricultura cerraba con importantes límites económicos la exportación del cereal, mucho más efectivos que los dictados por el legislador. Pero no corresponde a este lugar continuar en esa dirección.
Los costos relativos del trabajo, como es previsible, se incrementan en razón inversa al tamaño de las explotaciones. Es la consecuencia que se puede esperar de un hecho que no admite modificación, que la unidad trabajador no sea fraccionable. Pero tampoco está en los propósitos de este ensayo fijar los diferentes costos del trabajo según tipo de iniciativa productora. Por el momento, de lo que se trata es de retener un modelo lo más preciso posible de los costos tipo que para cualquier empresa puede tener cada modalidad de trabajo, con el deseo de enunciarlos en la misma unidad métrica que el salario y poder, por tanto, medir con la mayor precisión su alcance económico.
Todo el tiempo de trabajo que acumulaba a lo largo de un año una fanega de tierra destinada al cultivo de los cereales, se ha estimado en solo 72 horas. Tan poco exigentes eran las técnicas aplicadas, tan generosa la naturaleza. Fragmentado el trabajo en unidades diarias, o tiempo mínimo de uso, de seis horas efectivas, en cada fanega sería necesario invertir 12 jornadas (72/6). Si reunimos las actividades que el cultivo requiere en tres series según duración y especialidad, resultaría la siguiente distribución parcial de las 12 jornadas. La gestión, que incluye gobierno y guarda y el cuidado de la ganadería de labor, necesarios durante todo el año para cada unidad de superficie, serían responsables de una cantidad de trabajo equivalente a 1,44 jornadas. Los trabajos de la parte del ciclo comprendida entre el otoño y la primavera, que son sementera, escarda y barbecho, consumen por unidad de superficie un tiempo casi igual, estimado en 1,56 jornadas. Por último, todos los trabajos de recolección (segar, agavillar y trillar) absorben las 9 jornadas restantes.
Para el de todo el año, la cantidad de trabajo que cada explotación demanda está en relación directa con el tamaño de la ganadería de labor que emplea. Este valor, a su vez, viene decidido por el número de arados reveceros que cada iniciativa pone en acción. Pero en el cálculo del tamaño idóneo de la cabaña de labor sus promotores afrontan con más o menos prudencia el problema de su tasa de reposición. Los más previsores, bien por quedar a cubierto de las epizootias bien porque están persuadidos de la continuidad de su empresa, acumulan y mantienen un mayor ahorro de capital ganadero vivo. El resultado es que necesitan disponer de una cantidad de ganaderos mayor, y por tanto incrementar su gasto en esta clase de trabajo. Otros, sean menos prudentes o se vean en la necesidad de sostener su empresa sobre cimientos más frágiles y menos duraderos, pueden salir al paso de la misma inversión con una cabaña menor, lo que también mantendrá su costo del trabajo correspondiente resignado a la moderación.
La documentación permite detectar estas dos tácticas como dos tamaños relativos de la plantilla que permanece trabajando para la explotación durante todo el año. Las vamos a llamar, sin abandonar las relativas posiciones, intensiva y extensiva. La primera se puede aislar con bastante precisión en el intervalo comprendido entre las 20 y las 25 fanegas de superficie puestas en explotación por cada trabajador de esta clase. La táctica extensiva, asimismo, queda definida con satisfactoria nitidez por los valores entre 30 y 35 fanegas por trabajador.
De la aplicación al cálculo de la cantidad de trabajo que demanda cada uno de estos dos comportamientos resultan, respectivamente, dos valores que expresan la cantidad de energía humana necesaria, expresada en unidades de trabajador, por cada fanega de superficie puesta en cultivo: 0,0444 para la modalidad intensiva y 0,0308 para la extensiva. Para el ensayo que en este momento deseamos puede bastar con el valor medio. Por cada fanega tipo puesta en cultivo sería necesario disponer de 0,0376 trabajadores de la clase que hay que mantener en activo durante todo el año.
Para las demás actividades el recorrido de los hechos que las fuentes permiten observar es mayor. Habiendo procedido de manera similar para su tratamiento, evitamos la descripción detallada de cada secuencia de cálculos, que está justificada por razones equiparables, y concentramos el texto en la presentación de los valores que son necesarios para llegar hasta la deducción de los costos unitarios.
El trabajo necesario para la sementera, en la que confluyen como factores inmediatos el tipo de ganado que se emplea y las condiciones físicas del suelo labrado, nuestras fuentes lo calculan entre 1,6667 hombres por fanega y día y 4. La mayor frecuencia de valores en torno a 2 (2,1505 y 2,3810) obliga a fijar el tipo para el cálculo en 2,5496.
La demanda para los barbechos, porque en ambas operan los mismos medios y las mismas condiciones, se valora en casi idénticos términos que la sementera, hasta el punto que buena parte de las explotaciones ni se detiene a separar el esfuerzo empleado en cada una. Como la profundidad de la reja es en alguna de las fases del barbecho mayor que en la sementera, los cálculos más detallados registran una demanda de trabajo algo más elevada para aquellas. El tipo que parece convenirles e 2,9138 hombres por unidad de superficie y día.
No es fácil fijar un valor para la demanda de trabajo de la escarda por las razones que ya han sido expuestas. Operando con sus elementos más regulares, que son los que nos han servido para atribuir un salario al peón que la hace (calificación y duración media de la faena), puede ser un índice orientador de su valor 0,5179 trabajadores por día y fanega.
Por el contrario, para conocer el trabajo que la siega consume la información disponible es la más abundante y la de mayor concordancia. La banda de valores que expresan el invertido en media docena de situaciones está comprendida entre 1,25 y 3,2258 hombres por fanega y día. El tamaño de la cosecha, que oscila con facilidad, sería responsable de las diferencias, mientras que la habitual coordinación de la capacidad productiva dentro de cada cuadrilla podría explicar que las diferencias entre los valores extremos no fuera tan acusada como en otras operaciones. Aunque el valor medio que los casos permiten calcular es 2,1684, los más próximos a la realidad del territorio que analizamos aconsejan preferir 2,8177 segador por fanega y día.
Las estimaciones del trabajo que se espera de los gavilleros durante la recolección de las que disponemos son demasiado groseras. Afirman, en términos que juzgamos simplificadores en exceso, que su rendimiento es la mitad que el de los segadores. Eso nos obligaría a multiplicar por dos el número de hombres que cada día trabajaran al recaudo de los cortadores del cereal de una fanega (5,6354). Tendríamos que aceptar una baja velocidad en la ejecución del trabajo. No contradiría este cálculo que fuera el ganado de labor, en una alta proporción vacuno, el habitualmente utilizado para el transporte que esta actividad incluye.
No faltan tampoco aproximaciones muy generales a la magnitud del trabajo combinado de los gavilleros y la gente de la era, aunque sus conclusiones son bastante más moderadas. Se describen explotaciones en las que por cada segador se calcula que son necesarios 1,1 hombres de era y gavilleros. La estimación concuerda moderadamente con la valoración que se hace del rendimiento de la trilla por otra parte. Es muy probable que la forma más común de ejecutarla fuera conducir a los ejemplares de equino de labor sobre la mies esparcida en la era, para que la pisaran reiteradamente, aunque la calidad del producto fuera inferior a la obtenida con el trillo o con el mayal, mucho menos probable. Por este procedimiento se conseguiría, según los cálculos que la fuente permite hacer, que cada hombre aplicado a trillar obtuviera al día un producto de 11,17 fanegas de capacidad. Este volumen puede aceptarse, con algo de optimismo, como el beneficio bruto proporcionado por cada fanega de superficie. Como la siega de cada una de estas consume el trabajo de 2,8177 hombres en la misma cantidad de tiempo, con una proporción como la indicada (1:1,1) estaríamos admitiendo que para gavillar y trabajar en la era son necesarios, en correspondencia, 3,0995. Si descontamos lo que el procedimiento de trilla consume, solo nos quedarían 2,0995 gavilleros. Habiendo aceptado que el trabajo de estos es lento, aunque no tanto como pretende la estimación más general (5,6354), un cálculo como el que antecede, probablemente más cerca de lo que ocurriera, ahora aparentemente sobrevaloraría el trabajo de los gavilleros.
Pero el procedimiento debemos retenerlo porque nuestras fuentes se muestran más sólidas cuando se refieren al trabajo conjunto de quienes arraciman y transportan los haces de mies y quienes le extraen el grano. Proporcionan para todo el trabajo datos que permiten evaluarlo dentro de una banda que por restringida resulta satisfactoria: entre 2,8571 hombres por unidad de superficie y día y 3,6364. El valor medio, 3,2468, nos permite concluir que para la trilla se emplea al día aproximadamente un hombre por unidad de superficie segada, y que este trabajo consume la actividad intermedia de 2,2468 gavilleros. No obstante, la decisión más acertada, para proceder a posteriores cálculos, creo que será, si los elementos del análisis lo permiten, el tipo conjunto (3,2468) antes que los separados.
Podemos experimentar ya con el cálculo de los costos del trabajo. En el siguiente cuadro, de las denominaciones del costo de cada día de trabajo, nos hemos limitado a verter a esta unidad de tiempo el primero que elaboramos, referido a las denominaciones salariales.
| Trabajador | Pegujal | Alimento | Dinero |
| Aperador o mayordomo | 15 fs / 280 ds | 1 / 30 fs | 4,25 rs |
| Casero o guarda | 15 fs / 365 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Zagal del guarda | – | 1 / 30 fs | 1,75 |
| Conocedor o mayoral | 15 fs / 280 ds | 1 / 30 fs | 3 |
| Boyero | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Vaquero | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Yegüerizo | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 3 |
| Guarda del ganado | 25 js / 365 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Zagal del guarda del g. | – | 1 / 30 fs | 1,75 |
| Borriquero o arriero | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Gañán | 25 js / 160 ds | 1,5 / 30 fs | 2,625 |
| Sembrador | – | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Bracero o peón | – | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Capataz | – | 1 / 27,6 fs | 5,25 |
| Segador | – | 1 / 27,6 fs | 5,25 |
| Gavillero | – | 1 / 27,6 fs | 2,625 |
| Gente de era | – | 1 / 27,6 fs | 2,625 |
Nada hay diferente de uno a otro, excepto las reducciones a que obliga el respeto a la unidad métrica común elegida. La decisión la justifica que el día es el tiempo mínimo para el que efectivamente se anudan relaciones laborales.
En el siguiente, del valor nominal y en unidades de salario de cada día de trabajo, hemos reproducido su correspondiente anterior, bien que ateniéndonos a la nueva unidad de tiempo.
| Trabajador | Pegujal | Alimento | Dinero | Total nominal | Total en unidades de salario |
| Aperador o mayordomo | 0,85714 | 0,53333 | 4,25 | 5,64047 | 0,02938 |
| Casero o guarda | 0,65753 | 0,53333 | 2,625 | 3,81586 | 0,01987 |
| Zagal del guarda | – | 0,53333 | 1,75 | 2,28333 | 0,01189 |
| Conocedor o mayoral | 0,85714 | 0,53333 | 3 | 4,39047 | 0,02287 |
| Boyero | 0,23438 | 0,53333 | 2,625 | 3,39271 | 0,01767 |
| Vaquero | 0,23438 | 0,53333 | 2,625 | 3,39271 | 0,01767 |
| Yegüerizo | 0,26786 | 0,53333 | 3 | 3,80119 | 0,01980 |
| Guarda del ganado | 0,17979 | 0,53333 | 2,625 | 3,33812 | 0,01739 |
| Zagal del guarda del g. | – | 0,53333 | 1,75 | 2,28333 | 0,01189 |
| Borriquero o arriero | 0,23438 | 0,53333 | 2,625 | 3,39271 | 0,01767 |
| Gañán | 0,41016 | 0,80000 | 2,625 | 3,83516 | 0,01997 |
| Sembrador | – | 0,53333 | 2,625 | 3,15833 | 0,01645 |
| Bracero o peón | – | 0,53333 | 2,625 | 3,15833 | 0,01645 |
| Capataz | – | 0,57971 | 5,25 | 5,82971 | 0,03036 |
| Segador | – | 0,57971 | 5,25 | 5,82971 | 0,03036 |
| Gavillero | – | 0,57971 | 2,625 | 3,20471 | 0,01669 |
| Gente de era | – | 0,57971 | 2,625 | 3,20471 | 0,01669 |
| 63,95156 | 0,33307 | ||||
| 3,76186 | 0,01959 |
Como en aquel, hemos decidido convertir todas las denominaciones en moneda de cuenta, primero, para por agregación expresar el valor íntegro de cada día de trabajo. Después, cada valor nominal del costo del trabajo lo hemos convertido en unidades de salario. Como para esta experiencia hemos tomado 12 fanegas de trigo como unidad de salario, su valor nominal (12·16 = 192 reales) nos ha permitido la operación.
Así como el ingreso anual amplía las diferencias entre las clases de trabajador, la percepción tipo diaria que cada uno puede conseguir las reduce a una secuencia muy corta; tan reducida que casi podemos afirmar que el desembolso diario en dinero se atiene universalmente a un valor muy próximo a 3 reales. Si al costo diario medio (3,76186) le deducimos los valores del alimento mínimo (0,53333) obtenemos una cifra muy próxima a aquella frontera (3,22853). Legitima la deducción, en relación con los hechos, que el alimento es un costo absorbido por el almacén de la explotación. En condiciones normales, procede de la reserva de grano de la cosecha del año precedente como mínimo. Es capital en forma de mercancía que con esta ocasión encuentra su oportunidad para la venta. Cada trabajador la compra pagándola con su trabajo, del mismo modo que adquiere especie monetaria a cambio de este. El peculio solo se distingue del alimento en que carga, al menos en la forma, sobre el producto presente y no sobre el pasado. Pero igualmente se adquiere comprando la mercancía con trabajo, que necesita de la mediación del capital fijo cuando toma la forma de pegujal. El costo del trabajo efectivamente desembolsado cada día sería por tanto una cantidad muy próxima a 3 reales por trabajador, liquidable en la moneda corriente.
Volvamos sobre el costo en tiempo que el cultivo de cada fanega tiene. Más arriba lo agrupábamos en tres bloques: el de gestión y ganadería, que consumiría un total de 1,44 jornadas; el de sementera, barbecho y escarda, a los que habría que dedicar 1,56, y el de recolección, que necesita el esfuerzo de 9 jornales.
Hemos reducido los salarios nominales de cada especialidad, utilizando una media aritmética simple, a un valor concordante con los tres grupos que la información de la que disponemos nos obliga a mantener. Para obtener el salario medio del primer grupo, el de gestión y ganadería (3,57309), hemos tenido en cuenta los diez primeros de nuestros cuadros (de aperador a arriero). Para el segundo (3,38394), los tres siguientes, y para el tercero (4,51721) los cuatro últimos.
El producto de la cantidad de tiempo que requiere el trabajo de cada bloque por su salario medio nominal nos proporciona el costo del capital variable por cada uno: 5,14525, 5,27895 y 40,65489 reales. La suma de los tres, 51,07909 reales, sería la expresión nominal del costo, en concepto de trabajo, de cada unidad de superficie puesta en cultivo. En unidades de salario el costo sería de 0,26604 (51,07909 / 192).
Puede ser más eficaz expresarse en términos prácticos. Para cubrir el gasto originado por el trabajo serían necesarias 3,19244 fanegas del producto bruto (51,07909 / 16). Con un rendimiento de 8 fanegas por unidad de superficie, como hemos supuesto en otras ocasiones, el costo del trabajo absorbería casi el 40 % de la cosecha obtenida.
El costo del trabajo por unidad de superficie, que nos remite de un salto al costo de toda la campaña, puede ser una medida demasiado grosera. Nos obliga a tantas síntesis que dejamos en el trayecto los pesos específicos de los tipos reales. Como disponemos también de la demanda de tipos de trabajo por unidad de superficie y día, podemos ensayar otro cálculo del gasto que origina este factor. A la vez que puede ser más preciso, nos permitirá, por concordancia, verificar hasta dónde alcanza la precisión del otro procedimiento que las fuentes toleran.
A continuación sintetizamos las piezas que permiten comprobar la utilidad de esta segunda solución. Junto a la relación de las actividades para las que podemos contar con los factores que facultan para el cálculo, en la primera columna de valores figura el número de trabajadores del tipo correspondiente que cada fanega demanda. Para la segunda, tomamos del último de los cuadros anteriores el valor nominal del salario por día que a cada actividad debe adjudicársele.
| Trabajos | Trabajadores /fanega | Salario / día | Producto |
| Trabajos anuales | |||
| Gestión y ganadería | 0,0376 | 3,57309 | 0,13435 |
| Trabajos de temporada | |||
| Sementera | 2,5496 | 3,49675 | 8,91531 |
| Barbecho | 2,9138 | 3,83516 | 11,17489 |
| Escarda | 0,5179 | 3,15833 | 1,63570 |
| Siega | 2,8177 | 5,82971 | 16,42637 |
| Gavillas y era | 3,2468 | 3,20471 | 10,40505 |
| Total | 48,69167 |
También en este caso estamos obligados a algunas síntesis. La que se refiere a los trabajos anuales, que ya antes decidimos, no es la más trascendente. Aunque es la que incluye el mayor número de actividades, el escaso valor relativo de este grupo de costos tiene una incidencia muy limitada en el resultado final. Un cálculo equivalente, trabajo a trabajo, que las fuentes nos permitirían intentar, apenas cambiaría el valor síntesis, al que ahora concedemos prioridad. De los demás, solo para la sementera y los trabajos posteriores a la siega tenemos que aunar valores. En cualquiera de los casos se trata de una media aritmética simple, tal como antes, de solo dos valores específicos.
El resultado es satisfactorio. Según este análisis, sería necesario afrontar, por cada fanega puesta en cultivo, un gasto nominal de 48,69167 reales en concepto de trabajo. Su valor en unidades de salario sería 0,2536, también muy próximo al obtenido con el procedimiento anterior.
Aunque los dos están evidentemente emparentados, porque utilizan los mismos factores, dada la mayor fidelidad al detalle del segundo, estamos en la obligación de concederle más crédito a su resultado. Es cierto que seguir la otra vía de cálculo, más rápida, en modo alguno nos conduciría, no ya a resultados erráticos, sino ni siquiera imprecisos. La comparación entre ambos aísla como principal diferencia la sobrevaloración del tiempo dedicado a los trabajos de gestión y ganadería, en la que se incurre con el primer procedimiento, en relación con el segundo. Ahí parece estar la mayor responsabilidad de la diferencia de los 2,38742 reales (51,07909 – 48,69167) que se observa en el valor nominal de todo el costo.
No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.
Composición de las rentas del trabajo. 1
Publicado: mayo 14, 2025 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
La remuneración que regía para todas las actividades de la agricultura del cereal, a mediados del siglo XVIII, era mixta. Con el salario, la comida y el pegujal, combinados de un modo para cada persona resignada a la venta de su fuerza, se componía su renta por trabajo. Al menos dos de los tres medios de pago se sumaban para proporcionarle la suya.
La combinación en la que insisten una y otra vez las fuentes es la que se llamaba estilo de cortijos, que integraba jornal y alimento, aunque la literatura de la época, por abuso, consagró salario como sinónimo de remuneración. Pero el abuso del lenguaje no debe llevar al error de creer que la remuneración quedó en algunos casos reducida a solo el elemento monetario. Aunque es una posibilidad que no se puede excluir, además de que no ha entrado en nuestro campo de observación, frente a ella se podría presentar un buen número de casos en los que si se incurre en la antonomasia es para a continuación especificar cuáles son las otras fuentes de ingreso que el trabajo añade. Es probable pues que el estilo de cortijos, por muy extendido que estuviera, no resolvía la totalidad de las combinaciones que a partir de ahora, aceptando el lenguaje de las fuentes, llamaremos salariales dado que expresamente es uno de los modos de hablar.
Nos proponemos, en esta ocasión, llegar a una denominación de la renta que proporciona el trabajo en la agricultura de los cereales. Deseamos expresarla en unidades de trigo para obtener la medida del valor que corresponde a la riqueza creada por esta economía y, eventualmente, expresar otras magnitudes en unidades de salario. Si conseguimos este objetivo, su primera aplicación, todavía dentro de los límites de este ensayo, puede ser el cálculo del costo del factor trabajo, en las mismas unidades, para las explotaciones dedicadas a aquella actividad.
Para dotar de la homogeneidad debida al cálculo de los salarios es necesario precisar el tiempo durante el que cada actividad era demandada. No tenemos fundamento para suponer que la duración de la unidad de tiempo de trabajo, la jornada, cambiara en la región durante la época moderna. Era un asunto que había fijado, quizás no resuelto, cada legislación local ya en tiempos medievales, según fuera sucediendo a las estimaciones de la renta con criterios serviles la necesaria ponderación de la especialidad y el producto por cada una obtenido. Lo que de esta clase de normas se conoce garantiza primero que el tiempo que hay que emplear en el traslado a la explotación quede incluido en el tiempo total de trabajo. No se trata tanto de que esta cargue con el costo de desplazamiento, aunque esta sea la consecuencia económica que consiente, cuanto que el trabajador esté ya en el lugar de trabajo a la salida del sol, con el propósito de optimizar el uso de la luz durante la jornada. En algunos casos se ha documentado un sistema de iluminación rural compuesto con una red de torres en cuyas terrazas se encendían hogueras para orientar en el tránsito por los caminos durante las horas precedentes al orto. En la época del año durante la que el calor que el sol descarga es mayor, que coincide con la de máxima actividad laboral de la agricultura de los cereales, el final de la jornada coincide con su cenit o mediodía solar. Esto nos obliga a pensar en una jornada de una duración media aproximada de seis horas para los trabajadores que deben desplazarse a la explotación.
El número de días no laborables del calendario moderno no era muy diferente del actual. Se estima en unos cien. El ajuste a jornadas completas por semana deduce en consecuencia un valor de 5 días de trabajo por cada semana. Pero se admite que durante los tres meses de los agostos, tanto por el vínculo habitual que activa la obligación como por la urgencia con que las faenas se acometen, es necesario sumar un día más a la semana laboral. 40 semanas a 5 jornadas alcanzarían 200 días de trabajo, mientras que las otras 12 a 6 supondrían 72, lo que acumularía un total anual de 272. Por concesión a las variantes locales y a cualquier otra circunstancia no prevista, se admite convencionalmente un máximo, para el calendario de trabajo de la agricultura de los cereales, de 280 días al año.
No todas las actividades que demandan trabajo se ajustan con idéntica precisión a este marco. El ciclo biológico de la actividad productiva se ajusta a los nueve meses que transcurren entre fines del otoño y fines del verano. Seis meses a 5 días por semana y otros tres a 6, acumularían un total máximo para toda la campaña de 192 días. También en este caso habitualmente se admite un ajuste a 180 días, por considerarlo un valor que puede estar más próximo a los límites reales del ciclo.
Las actividades de guarda de la explotación y del ganado, porque por naturaleza son de constante vigilancia, no admiten interrupción. Para ellas siempre será necesaria una dedicación absoluta, de modo que el año laboral de ambos guardas y sus correspondientes zagales tendrá que ser un valor muy próximo al máximo natural de 365 jornadas, con residencia obligada en la explotación.
Algo similar puede afirmarse del resto del personal de servicio, tanto del destinado al gobierno de la explotación como de todos los que atienden a cualquier clase de ganado de labor, que no toleraría bien las interrupciones en su atención. Pero a ninguna de estas dedicaciones está asociada la residencia obligatoria, e incluso de algunas podría decirse que obliga al movimiento continuo. Como las cuentas de mediados del XVIII enseñan que este personal también se mantiene durante los doce meses del año, estamos obligados a atribuirle el máximo laboral posible, 280 jornadas de trabajo.
El trabajo del gañán, que se reparte entre la sementera y el barbecho, puede prolongarse hasta ocho de los nueve meses del ciclo. Así lo corrobora el pan que por término medio hay que suministrarle. Si cobra a razón de 1,5 fanegas por mes, al cabo de ocho obtiene el equivalente al máximo posible, 12 fanegas. Más allá de este límite temporal tampoco tendría justificación sufragar su especialidad, puesto que la última fracción de la campaña laboral es obligado concentrarla en exclusiva en los trabajos de recolección.
Tanto la siembra como la escarda son actividades que hemos adjudicado a braceros. El número de oportunidades para ganar un jornal a lo largo del año biológico que al trabajo agrícola no cualificado concede la historiografía oscila entre un mínimo de 15 y un máximo de 50. Así como su empleo como sembrador puede regularse contando con factores constantes, las posibilidades de trabajo que crea la escarda es, a decir de nuestros informantes, muy variable, porque dependen inmediatamente de los valores acumulados en el suelo por la humedad que aporta la atmósfera. Hay años en los que apenas puede ser necesaria, y otros en los que puede hasta cuadruplicarse la que en un año regular se necesita. Si aceptamos una demanda de trabajo no cualificado antes de la recolección de 32,5 días (15+50/2) probablemente solo estemos cometiendo el error más pequeño posible.
Aunque el tiempo total disponible para el trabajo durante el trimestre de la recolección sea de 72 días (12 semanas de 6 días laborables), los ajustes al máximo disponible en el ciclo aconsejan limitar a unos 69 los efectivos. Esa cifra marcaría la duración máxima del trabajo de los capataces, los segadores, los agavilladores y la gente de era.
Cualquiera de estas deducciones sobre el tiempo que cada trabajo puede ser requerido admite cálculos diferentes e igualmente aceptables. Todos los propuestos, como se habrá observado, aplican un criterio que pretende ser equivalente, el máximo al que cada oferente puede aspirar a lo largo de un año bajo las condiciones de la demanda de la agricultura de los cereales regional. Así conviene al fin que nos hemos propuesto. De esta manera podemos precisar el límite superior de la capacidad de intercambio de bienes originado por su renta salarial. El otro límite, el inferior, no necesita cálculos. El paro lo convierte en un axioma.
En el siguiente cuadro, que reúne las denominaciones por trabajador y medio de pago, están relacionados todos los trabajos personificados que hemos podido aislar.
|
Trabajador |
Pegujal |
Alimento |
Dinero: jornal |
Dinero: destajo |
|
Aperador o mayordomo |
45 fs / 3 |
1 fs x 12 |
4.25 rs x 280 |
– |
|
Casero o guarda |
45 fs / 3 |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 365 |
– |
|
Zagal del guarda |
– |
1 fs x 12 |
1,75 rs x 365 |
– |
|
Conocedor o mayoral |
45 fs / 3 |
1 fs x 12 |
3 rs x 280 |
– |
|
Boyero |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 280 |
– |
|
Vaquero |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 280 |
– |
|
Yegüerizo |
25 js |
1 fs x 12 |
3 rs x 280 |
– |
|
Guarda del ganado |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 365 |
– |
|
Zagal del guarda del ganado |
– |
1 fs x 12 |
1,75 rs x 365 |
– |
|
Borriquero o arriero |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 280 |
– |
|
Gañán |
25 js |
1,5 fs x 8 |
2,625 rs x 160 |
– |
|
Sembrador |
– |
1/30 fs x 32,5 |
2,625 rs x 32,5 |
– |
|
Bracero o peon |
– |
1/30 fs x 32,5 |
2,625 rs x 32,5 |
– |
|
Capataces |
– |
2,5 fs |
– |
5,25 rs x 69 |
|
Segadores |
– |
2,5 fs |
– |
5,25 rs x 69 |
|
Gavilleros |
– |
2,5 fs |
2,625 rs x 69 |
– |
|
Gente de era |
– |
2,5 fs |
2,625 rs x 69 |
– |
A cada uno le hemos adjudicado los conceptos por los que obtiene renta, de modo que el resultado es lo más próximo que hemos podido conseguir a lo que podríamos llamar una nómina del momento. De su enunciado íntegro es posible deducir que el llamado estilo de cortijos, versión básica del salario mixto, efectivamente es el fundamento de este sistema de rentas. Todas las actividades obtienen al menos alimento y dinero simultáneamente. Pero también tenemos que reconocer que solo la parte más frágil, por más inestable y menos duradera, de los vínculos laborales, es la que dispone solo de estos medios de ingreso. El pegujal enriquece la renta de la otra fracción de trabajadores. Pero así como esta separa las posiciones más sólidas de las que lo son menos, el destajo, consecuencia del esfuerzo de cada trabajador, crea diferencias entre los peor dotados.
En cada intersección están anotados los valores que corresponden, con las mismas denominaciones que las fuentes nos han permitido fijar, para evitar deformaciones tan innecesarias como abusivas. Que un salario sea mixto significa, antes que otra cosa, que se percibe en especies diferentes, dos en nuestro caso, trigo, en un grado u otro de transformación, y los metales con valor monetario corrientes. Cuando ha sido necesario, a la cantidad de especie acompaña su factor temporal, que permite enunciar su valor completo. En todos los casos nos hemos atenido a las deducciones sobre las unidades de tiempo que convienen a la ejecución óptima de cada uno de los trabajos.
El cuadro que satisface, a la vez íntegra y sintéticamente, el primer objetivo que nos hemos propuesto es el de los valores nominal y en trigo.
|
Trabajador |
Pegujal (rs) |
Alimento (rs) |
Jornal (rs) |
Destajo (rs) |
Total nominal (rs) |
Total equivalente en trigo (fs) |
|
Aperador o mayordomo |
240 |
192 |
1.190 |
– |
1.622 |
101,375 |
|
Casero o guarda . |
240 |
192 |
958,125 |
– |
1.390,125 |
86,88 |
|
Zagal del guarda . |
– |
192 |
638,75 |
– |
830,75 |
51,92 |
|
Conocedor o mayoral |
240 |
192 |
840 |
– |
1.272 |
79,5 |
|
Boyero |
65,625 |
192 |
735 |
– |
992,625 |
62,04 |
|
Vaquero |
65,625 |
192 |
735 |
– |
992,625 |
62,04 |
|
Yegüerizo |
65,625 |
192 |
840 |
– |
1.097,625 |
68,6 |
|
Guarda del ganado |
65,625 |
192 |
958,125 |
– |
1.215,75 |
75,98 |
|
Zagal del guarda del g. |
– |
192 |
638,75 |
– |
830,75 |
51,92 |
|
Borriquero o arriero |
65,625 |
192 |
735 |
– |
992,625 |
62,04 |
|
Gañán |
65,625 |
192 |
420 |
– |
677,625 |
42,35 |
|
Sembrador |
– |
17,3 |
85,3125 |
– |
102,6125 |
6,41 |
|
Bracero o peón |
– |
17,3 |
85,3125 |
– |
102,6125 |
6,41 |
|
Capataces |
– |
40 |
– |
362,25 |
402,25 |
25,14 |
|
Segadores |
– |
40 |
– |
362,25 |
402,25 |
25,14 |
|
Gavilleros |
– |
40 |
181,125 |
– |
221,125 |
13,82 |
|
Gente de era |
– |
40 |
181,125 |
– |
221,125 |
13,82 |
|
Totales |
1.113,75 |
2.306,6 |
9.946,125 |
– |
13.366,475 |
|
|
8,3 |
17,3 |
74,4 |
Corresponde al precedente, pero ejecutando así las operaciones como las conversiones métricas necesarias para llegar a resultados homologables. Tanto daba, para operar con la obligada unidad común, reducirlo todo a fanegas como a reales de cuenta. El alcance analítico que para este ensayo nos hemos propuesto nos recomendaba, para unificar, primero la reducción a la moneda y, una vez conseguido el valor del salario acumulado, expresar su correspondiente valor en las unidades de capacidad con las que se mide el trigo.
No es necesario sobrecargar el análisis con su expresión complementaria en valores relativos. A mediados del siglo XVIII, si no entramos en detalles por tipo de trabajo, que poco modificarían la idea general, las tres cuartas partes del salario se cobraban en dinero. Salvo que los precios del trigo cambiaran. En este caso, la expresión de su valor en moneda modificaría el valor relativo de cada especie en la composición del salario. Este supuesto, antes que una salvedad, es una norma. Si algo caracteriza, al menos para el lector contemporáneo, la agricultura de los cereales de la época moderna es la permanente oscilación del precio del trigo.
Aunque al trabajo evidentemente sí, al salario, si analizamos su composición, no toca casi responsabilidad como causa de tales cambios. La demanda para el alimento es estable. Ya hemos visto cómo se estimaba de antemano. Nunca actuaría sobre el producto obtenido, definidor directo de los ciclos de los precios en los mercados. Tampoco el peculio percibido en grano, que asimismo no modifica el valor del producto que se pueda obtener en cada cosecha. Solo si es percibido en forma de pegujal el volumen de la producción de cada uno contribuye a la formación de la oferta de grano en cada mercado. Al tratarse de unidades que están deliberadamente en el margen inferior de las unidades de producción, a consecuencia de su escaso tamaño, aun cuando consigan alta productividad y, en cualquiera de los casos, colocar una parte de su producto en el mercado, el valor relativo de su concurrencia reduce a dimensiones ínfimas su posibilidad de incidir en la formación del precio del trigo. Solo si la gran oferta se retrae, porque así se lo recomiende el exceso de producción, su margen de interferencia aumenta. Bajo esas condiciones, que son al mismo tiempo las de sus máximas posibilidades, el ciclo consecuente de los precios será depresivo, lo que hará que el valor del grano en la formación del salario con más probabilidad disminuya.
Podemos, por tanto, aceptar, admitiendo que el precio del trigo que hemos tomado para nuestros cálculos es muy moderado, como estancado se muestra con insistencia durante la primera mitad del siglo XVIII, que la proporción que la parte del salario que se percibe en moneda representa, cuando se estima en tres cuartos, está más cerca del mínimo efectivo que del máximo.
Si el consumo alimenticio de un trabajador adulto la economía del momento lo ha consolidado en una fanega de trigo por mes, los aperadores y los mayordomos de campo, gracias a la renta que su trabajo les proporciona, disponen de unas 7,5 unidades de salario para acceder al disfrute de otros bienes. Su ingreso bruto, en aquella unidad alimenticia, es casi 8,5 (101,375 fanegas de trigo/12 meses). Una de ellas la tiene que consumir en su manutención. Como el consumo alimenticio de cualquier otro adulto, en términos medios, no tiene razón para ser distinto, con las 7,5 posibilidades de alimentar a otros adultos de que dispone puede acceder, mediante intercambio, al equivalente en bienes y servicios generados por las actividades distintas a la producción de cereales. El mayor nivel de riqueza generado por la renta salarial de este sector vendrá dado por esa magnitud.
Con este modo de calcular estamos aceptando, de acuerdo con los atentos observadores contemporáneos que se propusieron generalizaciones teóricas, que el valor que para el cambio adquieren los bienes se origina a partir del excedente sobre la necesidad. Y, en consecuencia, que cualquier incremento del excedente, porque es incremento en calidad o en cantidad del trabajo, expande la capacidad de cambio. Al expresar una renta en unidades de consumo alimenticio universal estamos por tanto separando con exactitud la necesidad del excedente y expresamos la capacidad para el cambio, no solo para el trabajo agrícola, sino para cualquier actividad.
Tomando estos criterios, y vueltos a nuestro cuadro de valores, es posible concluir con algunas consideraciones útiles. Las de mayor interés están al otro extremo, reconociendo que no es necesario detenerse a describir la posición de bienestar que disfruta el resto de los criados o sirvientes, cuyos excedentes oscilan, en números enteros, entre 6 y 3. El trabajo no cualificado que obtiene sus rentas de las faenas anteriores a la recolección está por debajo del umbral de la subsistencia, que solo conseguiría satisfacer a medias, y el de los gavilleros y la gente de era está al límite de lo biológicamente sostenible, y apenas puede disponer de excedente que le permita acceder a bienes distintos a los alimenticios. No es mucho mejor la posición de capataces y segadores, a pesar de emplearse con la mayor intensidad, quienes solo consiguen una unidad de excedente. Solo los gañanes, que cargan con la parte sustancial del trabajo de temporada, consiguen aproximarse al estado material del servicio de labor.
Estas observaciones son tanto más trascendentes cuanto que afectan al menos a las tres cuartas partes de la población que trabaja en los cereales. Quizás parezca exagerada la afirmación, pero enseguida tendremos ocasión para descubrir y analizar con más detalle esa cifra. Los tres cuartos del trabajo que absorbe esta agricultura se concentran en la demanda para la recolección.
Siendo esto así, estamos obligados a añadir un matiz. El trabajo no cualificado de temporada puede retornar al mercado de trabajo con ocasión de los trabajos asociados a la cosecha. Quien consiguiera trabajar en la escarda, por ejemplo, y luego como gavillero, conseguiría al menos un excedente de casi 0,7. El alcance social de la renta disponible sería, por tanto, más atenuado. Se puede suponer que una parte de los que trabajen en la recolección han trabajado también, sin cualificación, entre el otoño y la primavera. Incluso se puede aceptar que todos como mínimo trabajan en la recolección. Es conocido que durante esta fase la demanda de trabajo crece tanto que provoca una fuerte inmigración. El verdadero límite inferior del espectro de la renta del trabajo estaría, por tanto, representado por la que perciben los gavilleros y quienes trabajan en la era.
De todas las consecuencias que el tamaño del excedente disponible pudiera tener, lo más trascendente, para el orden que sostiene la agricultura de los cereales, es la biológica. Convengamos, para reducir a los elementos básicos el análisis, que un adulto de cualquier sexo consume idéntica cantidad de trigo, mientras que un niño solo necesita la mitad. Quienes solo obtuvieran su renta como gavilleros y gente de era tendrían que permanecer solteros, aunque trabajaran como peones otra época del año, porque no tendrían cómo alimentar a la cónyuge, si esta carecía de renta propia. Capataces y segadores sí podrían casarse, pero no podrían tener descendencia, porque no tendrían cómo alimentar ni al primer hijo. Tan solo el gañán, seleccionado por la naturaleza, podría aspirar al menos a mantener una familia con tres descendientes vivos, si al tiempo renunciara a cualquier empleo de su excedente distinto al alimenticio.
Son condiciones demasiado restrictivas, para más de los tres cuartos de la población activa ocupada en los cereales, como para permitir su reproducción. Cualquier población que viviera realmente bajo estas condiciones estaría condenada a la extinción en lo que dura como máximo una vida. A la vuelta de un siglo no dispondría del trabajo que la producción de los cereales necesita.
De campesino a monje y viceversa
Publicado: junio 30, 2022 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Isidoro Martín, atrapado por la fortuna en el mismo lugar donde había nacido, poseía cuatro vacas de vientre, un novillo de cuatro años, otro de dos, dos yugos, tres rejas, dos teleras y un arado aperado, más un pegujal de seis fanegas de superficie sembrado de trigo, otro de solo una sembrado con cebada y otro más, también de una fanega, con habas. De su descripción, tanto como de sus circunstancias, se deduce que era el patrimonio que había conseguido retener después de un número indeterminado de años dedicados a progresar como campesino.
No era mucho. Solo del ganado y de los aperos podía disponer como bienes propios, porque el dominio sobre los pegujales era transitorio, limitado al ciclo anual que llevaba hasta la maduración de cualquiera de los cultivos que hubiera decidido, una vez arrendados a cambio de los costos más altos, unos pagaderos en dinero, otros en servicios. Ninguna posesión actual de tierra bajo aquellas condiciones la aseguraba para el futuro.
El 22 de mayo de 1749 decidió darle un giro definitivo a su vida. Donó al monasterio de San Jerónimo, a las afueras del lugar del que era vecino, todos los bienes que tenía; con ciertas condiciones: que los monjes lo sustentaran, lo vistieran y lo calzaran durante el resto de sus días, le concedieran el hábito de donado del monasterio y lo enterrasen en su templo con el rito que obligaba a que asistieran a las exequias todos los monjes de la casa, para que en su transcurso rezaran los mismos sufragios de los que sería acreedor cualquiera de ellos si falleciera.
Vivir bajo la disciplina monástica no era una gran exigencia, y a la condición de donado, que obligaba a servir a los profesos –los monjes que disfrutaban de la plenitud de los derechos que proporcionaba el voto definitivo–, se podía acceder sin ningún requisito previo, salvo el de sexo. Las exequias que proponía, incluso concediendo que fueran las más solemnes que la regla tuviera previstas, eran, tal como el propio demandante declara, las regulares de la casa.
Los monjes, apenas media docena en aquel momento, estuvieron de acuerdo con todo. El monasterio no vivía sus mejores tiempos, lo que no impidió que se mostraran moderadamente dignos, lo suficiente como para dejar constancia de que ellos eran la otra parte de una transacción. Isidoro Martín les había propuesto también que le dieran, para redondear su donación, cuatro ducados al año para sus necesidades, unos modestos cuarenta y cuatro reales. Los monjes solo se avinieron a darle tres ducados para que los empleara en sus religiosas necesidades, lo que aquel finalmente decidió aceptar.
Desde la segunda mitad del siglo décimo octavo, se lamentaban los primeros liberales, los que luego aprovecharían la debacle del estado desencadenada por la ocupación francesa, de la absurda inflación del clero regular, que ofrecía a los más desvergonzados la oportunidad de una indigna emancipación del trabajo; con la consiguiente lamentable e injustificable pérdida de fuerza laboral, germen del beneficio nutritivo.
No sabemos la edad de Isidoro Martín, pero sí se puede presumir próximo su final, dadas sus preocupaciones funerarias. Tampoco consta que hubiera experimentado algún estado civil distinto al natural, pero sí que era completamente analfabeto. Sin acceso a la tierra garantizado, con un patrimonio exiguo cuyo único destino posible era el trabajo en el campo, su porvenir, como el de quienes llegaran a la última fase de su vida en iguales condiciones, no era muy prometedor. Si su capacidad para el trabajo ya declinaba, no le quedaban muchas posibilidades para sobrevivir en un estado semejante al que en el bajo imperio romano indujo a encomendarse a muchos de los que vivían el declive de sus instituciones.
Los monjes, a consecuencia del pacto, se verían obligados a ser campesinos, al menos hasta que terminara la recolección de los pegujales; o tal vez Isidoro Martín, ya asistido por el monasterio, pudo convertirse en el parsimonioso hermano donado que se ocupaba de los pegujales de la casa, mientras esperaba reconfortado su final. Cualquiera de las dos situaciones, de ninguna de las cuales podríamos decir que fuera deshonesta sin arriesgar un juicio poco compasivo, sería algo bastante alejado del prejuicio de aquellos críticos contemporáneos.
El caudal del conde. Segunda parte
Publicado: febrero 19, 2021 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Una parte las rentas ingresadas por cualquiera de los tres medios (arrendamientos, adehalas y producto) completó pronto su circulación decayendo al autoconsumo. Una porción del trigo (20 fanegas) había sido entregada al casero como parte de su salario, y otra de la cebada (49 fanegas) la consumió el ganado que se empleaba en la producción del aceite. Además, se reservaron otras 13 de cebada para emplearlas como simiente del verde para las mulas.
Pero el grueso del autoconsumo de trigo y cebada era consecuencia del deber de alimentos que obligaba a las rentas del conde mientras fuera menor. La autoridad judicial, para ejecutarlo, emitía un libramiento anual. Como consecuencia, el administrador entregaba al conde 200 fanegas de trigo y 250 de cebada, destinadas a su manutención y a la de sus caballerías. Aunque la asignación fuera importante, el propio conde, aun en minoría, porque no fuera suficiente para cubrir su gasto, por su iniciativa se encargaría de completarla cuando hiciera falta. Con un mandato que suscribió ingresó a costa de la renta del cortijo de Montecillo otras 6 fanegas de trigo, antes de que pudieran sumarse a las demás que se almacenaran. Si las acumulamos a todo lo demás que tuvo el mismo fin, tenemos que reconocer que fueron derivadas al autoconsumo, de toda la masa disponible de grano, 226 fanegas de trigo y 312 de cebada.
De una parte del aceite producido también sabemos que tuvo como destino completar el salario del casero (4 arrobas) y el de los tareros regulares (13 arrobas), aunque la mayor parte del autoconsumo de aceite también fue doméstica, solo que en este caso sin que mediaran las decisiones judiciales. Fue suficiente con la voluntad del conde, quien siguiendo el mismo procedimiento que con el uso discrecional del trigo ingresado, iba remitiendo al administrador cédulas para que le proporcionara partidas de aceite (7, 12, 18 ¾, 16, 11 ½ y media cuarta, 20, 40 y 48 arrobas). El total que así se desvió de otros tránsitos ascendió a 173,25 arrobas y media cuarta.
Las adehalas cobradas en especie también tendrían este destino. Dada su condición, se daría por supuesto que era el señor quien debía disfrutarlas libremente. Las 35 fanegas 7 celemines de yeros, 7 fanegas de arvejones y 7 de habas que ingresara la casa, aun sin ser adehalas, también se aplicarían al pienso de sus animales de tiro.
El autoconsumo, por muy insaciable que fuera, nunca podría dar cuenta de los ingresos en especie porque su volumen excedía con mucho las necesidades domésticas, incluso las de las casas que contaran con una tropa de sirvientes. La mayor parte del capital circulante bajo la forma de las especies, procedieran de cualquiera de las rentas o del producto propio, estaba predestinado al comercio. Al progresar hasta los mercados, podía transformar su valor nominal con la medición de la venta.
De las 1.828 fanegas de trigo ingresadas, entre abril de 1725 y febrero de 1726 fueron vendidas 1.602 (el 87,6 % del total; 350, a 10 reales; 350, a 10 reales y cuartillo; 400, a 10 ½ reales; 194, a 12; 94 ½, a 19; 213 ½, a 20). Su fruto en dinero fueron 19.681 reales. De las 510 fanegas de cebada, entre enero y junio de 1726 se vendieron 448 (el 87,8 %, 400 a 5 reales y 48 a 6), de donde se dedujeron otros 2.288 reales.
A las 1.459 arrobas de aceite que habían sido el producto neto de la cosecha de 1725 para completar el lote propio se le sumó el remanente de la cosecha anterior, 344, de modo que el aceite disponible alcanzó las 1.803 arrobas. Deducidas las desviadas al autoconsumo por cédulas del conde y las pagadas como salario, entre mayo de 1725 y junio de 1726 las 1.612 restantes fueron vendidas (300 a 9 reales y cuartillo, 200 a 10 reales, 290 a 11 reales menos cuartillo, 656 arrobas a 11 reales y cuartillo y 166 arrobas a 11 ½ reales), ventas que proporcionaron 17.181,5 reales.
El aceite permitió además ingresos por la comercialización de los turbios de la cosecha de 1724 y del orujo de la siguiente. Por la venta de los fondos que habían quedado estancados en los depósitos donde el aceite se decantaba, que había que eliminar para evitar que contaminaran al nuevo, pero que podían aprovecharse para fabricaciones derivadas, se ingresaron 50 reales, prueba de su escasa calidad, cualquiera que fuese su volumen. El orujo, subproducto que se extraía de las prensas en forma de tortas, podía proporcionar todavía algún aceite poco apreciable. La casa prefirió venderlas por carretadas, a 13 reales cada una de las dos que bastaron para deshacerse de ellas. Sumaron otros escuetos 26 reales. De donde todo el producto del molino que se comercializó habría proporcionado 17.257,5 reales.
El agregado de todas las ventas todavía originó un gasto menor, el de papel sellado de las peticiones y el de las declaraciones de ventas, que en total sumaron nada más que 6 reales 32 maravedíes. Pero para sacar al mercado todo el grano fue necesario medirlo, un trabajo que hubo que pagar a razón de un ochavo o 2 maravedíes por cada fanega. Como fueron 2.070 las que se midieron (las 2.050 vendidas y las 20 entregadas al casero como parte de su salario), el gasto ascendió a 122 reales menos cuartillo. Para que el aceite llegara a su mercado, también hubo que hacer frente a ochavos y cargas, aunque no todo el aceite vendido pasó este trámite. De las 1.612 arrobas, solo 1.580 completaron aquellos pagos. Como el gasto que originaron ascendió a 129 reales, se puede estimar el costo de su venta en unos 2,75 maravedíes por arroba. De corresponder los ochavos a la medida del aceite, tal como en el caso de los granos, las cargas solas habrían añadido 36 reales al gasto de la venta.
De un lote de 12 arrobas de lana blanca, vendidas a dos ducados o 22 reales cada una, la casa obtuvo un ingreso de 264 reales. Tan corta cantidad excluye la posibilidad de que fuera producto propio, y no pudo ser adehala, porque de haberlo sido figuraría cuando menos en alguno de los contratos de cesión de las tierras. Tuvo que ser el resultado de una transacción, fuera compraventa o pago de una deuda en especie. Literalmente, fueron entregadas al señor conde y a la señora condesa su madre.
Los dineros que no procedieron de los mercados la casa los ingresó por el disfrute pasivo de sus derechos adquiridos, legales o no. 12.450 reales provinieron de las adehalas y 6.102 de las cesiones de tierra. En total, 18.552 reales o 32 % de todo el dinero obtenido. Mientras tanto, por la venta del trigo se ingresaron 19.681 reales, por la de cebada 2.288, y por la de aceite, 17.257,5, que sumaron 39.226,5 reales o 68 % de todo el dinero ingresado (57.778,5 reales). El mercado se había impuesto a la economía de la casa. Los dos tercios de sus rentas se realizaban concurriendo cada especie de las que dispusiera al suyo.
Pero había grandes diferencias entre las gratificaciones que cada mercado le proporcionaba. Mientras que colocar en el mercado trigo y cebada apenas tuvo costos (571,75 reales), disponer de aceite para comercializarlo necesitó un gasto en dinero de 4.795 reales 10 ½ maravedíes. Si le sumamos los valores del gasto en especie necesario para producir el aceite (trigo, 20 fanegas; cebada, 49, y aceite, 17 arrobas) a precios tipo, resultan 5.302 reales 5,4 maravedíes, y si a esa cantidad le sumamos los gastos por su venta, que fueron 129 reales, el costo total de la llegada al mercado del aceite de la casa alcanza los 5.431 reales 5,4 maravedíes. Por cada real ingresado por el aceite fue necesario invertir 0,31 reales. El gasto necesario para ingresar cada real por el grano se redujo a 0,026, además de que el aceite vendido solo le proporcionó el 30 % de los ingresos. Las ventajas que para la casa tenían ejercer el señorío de hecho y la apropiación protegida del suelo eran evidentes.
El dinero obtenido por cualquiera de los medios llegaba a manos del conde con la mediación de la autoridad judicial, otra consecuencia de la minoría del conde. El corregidor emitía libramientos para que el administrador circulara cantidades de dinero que el conde recibía.
El total librado fue 49.453 reales 12 maravedíes, equivalente al ingreso íntegro, 57.778 ½ reales, deducidos los gastos (8.165 reales 1 maravedí) y lo poco que había quedado en poder del administrador (160 reales 4 maravedíes). Tenemos por tanto la certeza de que todo el dinero líquido, salvo este remanente, fue a parar a manos del conde, pero no sabemos nada del empleo que hacía de él.
A partir del calendario de los libramientos se pueden hacer algunas deducciones discretas. El corregidor emitió 36 libramientos, entre uno y cuatro al mes, excepto en abril de 1726, cuando no firmó ninguno. Las situaciones entre el doble libramiento diario, que se repite hasta tres veces, y los 41 días entre uno y otro, se dispersan a lo largo de los valores del intervalo, sin que ninguna de las frecuencias llegue a destacarse seriamente. Solo los cuatro y nueve días de separación llegan a repetirse, también tres veces, lo que no es nada excepcional en ningún sentido. Tampoco se observa una posible correlación entre mayor frecuencia y mes, con ningún signo.
No había pues una cadencia regular en el libramiento de las cantidades. La distancia en días entre libramientos no parece que obedeciera a una regla. Sus causas tuvieron que ser distintas al transcurso del calendario. Tal como se presentan las referencias en la contabilidad, solo nos queda la posibilidad de examinar las cantidades libradas.
Algunas de ellas, cinco, expresan cifras con fracciones denominadas en maravedíes contables. Parecen incluir un pago. Las demás, son enteras, y cualquiera admite ensayo con las unidades monetarias, lo que solo explicaría que responden al dinero efectivo del que dispusiera el administrador. Pero hay una, 1.666 reales, la que más se repite, que se libra siempre en la última década del mes y no es divisible, salvo por la unidad. Podría tratarse de ingresos girados periódicamente en forma de instrumentos financieros, operativos con su valor nominal, quizás descontado con coeficientes múltiplos de tres, cuya forma había que mantener cuando se libraban para que llegaran a manos del conde.
Si cualquiera de las cantidades libradas salían de manos del administrador, bajo la forma que fuera, y a él no le correspondía ninguna gestión más a partir de ellas, solo se puede suponer que el destino del dinero ingresado, una vez en manos del conde, tendría que ser el consumo o la inversión fuera del ámbito de los cauces regulares de generación de las rentas de la casa. Es más probable lo primero, dado que entre los fondos manejados por el administrador no constan ni juros ni censos, ni participaciones en cualquier otro negocio financiero.
La personalidad de los linajes rurales más afortunados pudo ser tan compleja a fines de la época moderna gracias a la acumulación de conquistas. Radicados en las mayores agrociudades, en el origen de su promoción estarían los servicios de armas a la corona cuando terminaba la edad media. A cambio, una parte habría conseguido consolidar el ejercicio de las regidurías hasta hacerlas hereditarias, lo que le valdría competir con ventaja en el acceso a la tierra útil mientras sus miembros ejercieran a la vez como labradores. En sucesivas generaciones el beneficio que le proporcionara el comercio del trigo lo irían invirtiendo en patrimonio territorial. Más adelante, una vez patrimonializadas las regidurías, protegerían los bienes con la fundación de al menos un mayorazgo. Cruzándose con linajes similares, harían posible que más de uno convergiera en un heredero común. La familia del conde consiguió además completar sus conquistas con un título nobiliario a principios del siglo XVIII.
A lo largo de aquel recorrido, no se desprendería de ninguna de las ventajas que había ido adquiriendo. El poder ganado en el ejercicio del señorío del municipio, la adquisición de la tierra, su blindaje diferenciado, el ejercicio de la labranza eran experiencias compatibles si de lo que se trataba era asegurarse ingresos regulares.
Así fue posible que hacia 1725, en el conde, para la captación y generación de sus ingresos, convivieran tres identidades, sin que por alguna razón fueran incompatibles: la de señor, la de rentista y la de cosechero, tres frentes en los que podía combatir con solvencia al mismo tiempo. Cada una de las facetas de su personalidad compleja le permitía detraer trabajo ajeno de un modo distinto: imponiendo un poder, deduciéndolo de un derecho de propiedad o comprándolo, a veces con salario mixto y a veces con salario solo en dinero.
Vistos los resultados, tenemos que reconocer que en el transcurso de la experiencia que le había valido disociarse, la casa prefirió irse desprendiendo primero de las facetas vitales que le exigían trabajo propio, después, en la medida de lo posible, de la adquisición de trabajo ajeno, de tan altos costos, para ir concentrando la captación de sus rentas en la detracción onerosa de las obtenidas por otros, ateniéndose a la fuerza coercitiva del marco legal de los arrendamientos, que permitía una doble deducción, la justificada por la cesión de la fecundidad de la tierra y la impuesta por la voluntad de un señor.
Las compatibilizaba con toda naturalidad simultaneando los ámbitos donde había decidido actuar, como en el cuerpo los órganos se reparten las funciones para mantener la vida. El aparato motor captaba rentas. Convertidas en sangre, las circulaba para que cada sistema cumpliera con una función. Cuando lo encontraban, las que destinadas al mercado se imponían sobre el autoconsumo.
De tan evidente opción por la economía especulativa solo se puede dudar porque mediaban las decisiones del administrador. Pero finalmente, en el cerebro financiero, cuando el dinero ingresado se ponía a girar, deducido el necesario para la producción de aceite y los gastos de administración, todo indica que el numerario terminaba en el consumo de la casa, en una proporción tan alta que cuesta no reconocerlo como el denostado gasto suntuario.
El caudal del conde. Primera parte
Publicado: febrero 13, 2021 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Los mayorazgos que convergían en el conde le garantizaban a su casa solidez y continuidad, así como protección al patrimonio acumulado por la familia. La mayor parte del que habían blindado eran tierras: seis cortijos, tres medios cortijos y haza y media en dos parcelas. La superficie de cada propiedad estaba comprendida entre 37,5 y 1.125 fanegas, aunque para la mayor parte se limitaba al intervalo comprendido entre 225 y 562,5. Su respectiva explotación no siempre se resolvía de la misma manera, si bien el dueño en ningún caso se comprometía en ella. Se limitaba a cederla a otros.
Las menores pudieron sostenerse con los medios de un labrador que contara con el capital necesario para completar empresas del tamaño más modesto. Algunas de las que eran mayores necesitaron sostenerse con una sociedad formada por dos o tres labradores, para así disponer del capital adecuado para sacarlas adelante. Las demás, con seguridad eran grandes explotaciones a cuyo frente un labrador decidía, mientras su ejecutor delegado, el aperador, se encargaría de la dirección de los trabajos. La diferencia entre unas y otras sería que las últimas no podrían prescindir de comprar trabajo para satisfacer cualquiera las actividades necesarias, aunque todas, con seguridad, harían lo mismo para completar al menos la siega.
De las cesiones de sus tierras el conde obtenía a cambio los ingresos conceptuados como arrendamientos. Los podía demandar porque debían remunerar lo que la propiedad había convertido en un derecho exclusivo. El conde disponía de ese título, estaba en condiciones legales de exigirlo y los contratos de cesión se lo garantizaban. Estrictamente, según sus principios, liquidaban el aprovechamiento transitorio del suelo.
La mayor parte los cobraba en fanegas de pan terciado, que ascendieron en diecisiete meses y doce días a 2.280, de las cuales 1.520 eran de trigo y 760 de cebada. Otra parte la ingresaba en dinero, hasta sumar 6.102 reales contables, y de alguna de las cesiones, en un tiempo anterior, debió obtener también un pago en semillas o legumbres, producto del área barbechada de las tierras. Así se deduce del resto de 35 fanegas 7 celemines de yeros, 7 fanegas de arvejones y 7 fanegas de habas que figuran como deudas pendientes de meses precedentes.
La renta de la tierra era una detracción al producto del trabajo y la metamorfosis más reciente de la servidumbre real. Lo que en su origen fueron prestaciones directas de trabajo, para que a cambio quienes aspiraban a disponer de una explotación propia obtuvieran la tierra, se verterían a un bien que podía representarlas, equivalente en el mercado de las cesiones.
Permitieron la transformación el incremento de los dispuestos a trabajar la tierra y la posibilidad de comercializar el producto. Ambos incentivos, por separado y juntos, abrieron la brecha para que se injertara el labrador, un elemento capaz interpuesto entre el trabajo y la comercialización. Comprando el trabajo de quienes estaban dispuestos a trabajar la tierra, y no habían conseguido acceder a ella, y remunerándolo a la baja, según se incrementaba la recluta de los empeñados en seguir por un camino tan transitado, y vendiendo el producto en las mejores condiciones posibles, podía disponer de los ingresos suficientes para hacer tres lotes y dejar a todos satisfechos con el reparto: para el señor o amo de la tierra su renta equivalente al trabajo que antes captara, para quien trabajaba, su salario, y el remanente para él.
Fue tan ventajosa intermediación la que consolidó la renta de la tierra, que vinieron después a justificar las teorías de la cesión de la fecundidad del suelo, en su opinión la responsable de los rendimientos, fuera la que fuese la forma en la que se le liquidaba al señor de la tierra. Que la percepción fuera acordada en las especies obtenidas o en dinero no modificaba el origen de la detracción, aunque sí la posición en los mercados de las dos partes, tanto de quien pagaba como de quien percibía la renta. Las apetencias de lucro del señor de la tierra, cuando se decidiera tomarse la molestia, pudieron llevarlo a preferir las cobradas en especie, que a su vez le permitían participar de la comercialización. Más aún cuando, como en este caso, quienes habían evolucionado a amos o señores de tierras bajo las condiciones del juro de heredad antes hubieran disfrutado de las mieles del labrador. A las que nunca estarían dispuestos a renunciar del todo.
La parte de la renta de la tierra ingresada en dinero quedaba en depósito del administrador de la casa, como parte de su función, sin que ello fuera origen de mayores complicaciones, mientras que los gastos de mantenimiento de las unidades de producción corrían por cuenta de los colonos. Pero los ingresos en especie generaban a la casa del conde un gasto al que no podía renunciar. Los graneros de los que pudiera disponer en propiedad no eran suficientes para almacenar las rentas percibidas en trigo y cebada. Necesitaba alquilar otros donde se pudiera recoger todo lo que ingresaba en estas especies, para lo que fue necesario desembolsar 450 reales.
De la cesión de las tierras de los mayorazgos el conde deducía también adehalas, resultado de la imposición de un principio de fuerza arraigado y cuya vigencia el contrato de cesión firmado regeneraba. Sin más justificación, actuando el conde como un señor, las cargaba directamente sobre el beneficio que proporcionaban las explotaciones. De las concentradas en la producción de cereales, en las que se obtenía trigo, cebada y legumbres, las restaban al remanente disponible, una vez descontados costos y gastos. Gracias a esta cláusula expeditiva, el conde ingresó en dinero 12.450 reales, y en especie 17 puercos (1 de sesenta libras, 12 de setenta y 4 de ochenta), 23 carneros primales y 120 gallinas, y 18 carretadas de paja. El disfrute de la tierra que otro se había apropiado obligaba a concederle parte del producto obtenido en las explotaciones de quienes las habían emprendido. Al menos en parte, sería trabajo a su vez comprado y transferido al producto por estos.
La absorción tanto de adehalas como de las rentas de la tierra generaba también los gastos de administración del patrimonio que se cedía. Fueron escasos, casi insignificantes, los que tuvieron su origen en los oficios de cabildo y de don José de Rivero, donde hubo que pagar 26 reales 18 maravedíes por las escrituras y nómina de arrendamientos. Distinto era el gasto que originaba el administrador. Los diecisiete meses y doce días de su trabajo hubo que satisfacerlos con 2.391 ½ reales. Su trabajo cualificado, de gestor financiero, se valoraba por encima del salario común, aunque no mucho más que el que remuneraba el trabajo de los máximos responsables de la labor. El del administrador se puede estimar en unos 4,6 reales diarios, mientras que un aperador podía ingresar a razón de 4 reales.
Ahora bien. Este gasto no era adjudicable en exclusiva a la gestión de adehalas y rentas, sino a la totalidad del trabajo de administración, sin que sea posible atribuir más responsabilidad a una parte que a otra, ni por tanto ponderar el gasto causado por cada una.
También era patrimonio de los mayorazgos la cadena de bienes que al conde le permitían obtener una cosecha propia de aceite, para lo que debía comportarse como cosechero, ocasión de bastantes más gastos que los que le causaban los ingresos de las cesiones de las tierras.
La casa tenía olivares propios, en los que es probable que se reservara una parcela, de menos de diez fanegas de superficie, para sembrar la cebada que sería recolectada como verde o forraje para el alimento de las mulas de la casa.
En la explotación directa de los olivares, cosecha de 1725, para arada, poda y cerca fue necesario gastar 1.500 reales. No consta que la casa dispusiera de los medios necesarios para hacer la arada, que podían conseguirse como un todo articulado (hombre, ganado y arado) gracias que no faltaban campesinos que se prestaban a este servicio. Aquel año el contratado fue José Montaño, a quien hubo que pagarle 1.300 reales.
Los trabajos de poda y cerca se obtuvieron adquiriéndolo de asalariados básicos. Para la poda, que debió ajustarse a destajo, fueron contratados 20 peones, a 5 reales cada uno, lo que a la casa le costó 100 reales, mientras que el trabajo de la cerca fue tarifado en jornales o día trabajado. Un maestro trabajó en ella cinco días, a razón de 6 reales, y cuatro peones cobraron a 3 ½ reales cada uno, lo que sumó otros 100 reales. La cantidad la percibiría el maestro y la distribuiría entre los peones de la cuadrilla, tal como hacían los manijeros responsables de la recluta de hombres para cualquiera de las actividades básicas. Es posible que fuera maestro carpintero porque la cerca se hiciera de madera, aunque no trabajaría con oficiales, sino con trabajadores reclutados para la ocasión.
La posesión de olivares propios obligaba a disponer de un casero, Antonio Rodríguez, un trabajador estable necesariamente, contratado bajo las condiciones de temporil. Recibió un salario mixto o complejo de alcance anual (de 6 a 6 de octubre de cada año, una vez terminada cada temporada, después de san Miguel), como era regular cuando se trata de las actividades que abarcaban todo el ciclo agropecuario.
En su caso se compuso con dinero, trigo y aceite. Por su salario en dinero hubo que pagarle 280 reales, y en especie, 12 fanegas de trigo y una arroba de aceite. Luego, tal como pidió, fue necesario recompensarlo con otros 40 reales, equivalentes a dos fanegas de trigo, porque se había vendido todo el que tenía el conde. Así quedó satisfecho todo su salario hasta el 6 de octubre de 1725. Más adelante hubo que liquidarle otros 180 reales, 8 fanegas de trigo y 3 arrobas de aceite por cuenta del año que cumpliría el 6 de octubre siguiente. En total, el trabajo del casero durante los diecisiete meses y doce días originó un desembolso de 500 reales en dinero, 20 fanegas de trigo y 4 arrobas de aceite.
Para la cogida de la aceituna, por una parte hubo que contratar tareros, que se hicieron responsables de la recolección a mano. Los elegidos para completarla fueron dos, que serían cabeza de sendas cuadrillas. Su remuneración también fue a destajo y mixta. A cada uno se le entregaron 13 arrobas de aceite, al respecto de tres en cuarta, es decir, una cuartilla de aceite por cada tres tareas, y cada una de las dos cuadrillas consumió coles por valor de 12 ½ reales. El dinero fue concertado a razón de 8,75 reales por cada tarea de quince fanegas. Cuando dieron cuenta de su trabajo, habían completado 147 tareas 4 fanegas, lo que daba un total de 2.209 fanegas recolectadas.
Pero, porque se atrasaba la cosecha, fue necesario recurrir a otros dos tareros ocasionales. Uno de ellos solo completó 2 tareas y 2 ½ fanegas, que le fueron pagadas a 16 reales, y el otro, que fue el casero, recogió 8 tareas 1 fanega, por las que se le pagaron 14 reales. Así que al final fueron 157 tareas y 7,5 fanegas o 157 ½, o 2.362 ½ fanegas, las recolectadas.
Además fue necesario contratar el apurado, segunda fase del trabajo que se hacía apaleando los árboles con varas y varejones. Al apurador contratado, un hombre distinto a quienes se habían ocupado de las tareas a mano, se le pagó por jornadas. Consumió 19 ½ días, cada uno de los cuales le fue liquidado a razón de 30 cuartos o 7 ½ maravedíes.
Para llevar hasta los olivares a quienes completaron todos estos trabajos fue necesario contratar carretas. La casa no dispondría de estos medios, otra consecuencia de su limitada dedicación agropecuaria. Pero tampoco faltaba oferta de hombres, animales de tiro y carros integrados dispuestos a dar portes, un costo más a sumar a la compra del trabajo necesario para hacer la cogida, que en suma ascendió a: en dinero, 1520 reales 5 maravedíes, de los cuales 25 fueron gastados en coles, y en aceite, 13 arrobas.
Poner en marcha el molino de la casa originó trabajos previos y gastos en equipamiento. Hubo que picar la piedra solera, de cuya rugosidad dependían el triturado para conseguir la pasta apta para la molienda y la conducción de los primeros jugos, así como reparar la caldera que debía calentar el agua que se utilizaría en la prensa. Ambos arreglos costaron 47,5 reales.
En la espartería hubo que equiparse de espuertas, serones de encierro y, además de sogas, sobre todo, capachos, que se fueron adquiriendo por mudas, unidad que equivaldría a la carga estimada o más adecuada para la prensa de la que dispusiera el molino de la casa. Las cinco primeras mudas se compraron antes de empezar los trabajos, en la feria, y posteriormente, mientras fueron transcurriendo los cinco meses de la campaña, fue necesario comprar otras dos más. El gasto hecho en espartería añadió otros 135 reales.
Para que tirase de la palanca del molino, la casa dispondría de un mulo, que no pudo completar los cinco meses de trabajo. En su lugar, durante tres semanas, hubo de trabajar un caballo, al que se decidió contratar a jornal. Además, el molino contaba con una burra, que se utilizaría para portes.
Equipar el tiro obligó a arreglar dos albardas, de las que ya dispondría el molino, y comprar otras dos nuevas, así como renovarle al mulo la manta de su aparejo con cuatro varas y media de jerga negra. Y para las bestias del encierro también fue necesario comprar unas cinchas, una de las cuales fue reservada para la burra.
Para la alimentación del ganado de fuerza del molino se empleó cebada y paja. Las 49 fanegas de cebada consumidas procedían del almacén de la casa, ingresadas como renta de sus tierras. Pero las tras carretadas de paja que comieron las bestias fueron adquiridas (paja cosaria), a pesar del suministro que a la casa le proporcionaban las adehalas. En total, el costo del trabajo del ganado fue: en dinero, 157 reales 20 maravedíes; en cebada, 49 fanegas.
Hubo también que comprar una pala para el molino, dos martillos y dos tablones delanteros para el pesebre (marometas), además de clavos, seis cántaros arrobales y dos jarronas, un mortero, hacer un gato, arreglar un rodillo y amolar unas hachas, todo lo cual ascendió a 37 reales 18 ½ maravedíes.
La continuidad de los trabajos en el molino necesitó de iluminación artificial. Para los candiles, además de aceite para que suministrara la energía, se hizo acopio de torcidas que mantuvieran la llama. Se compraba por libras, y de la misma manera se adquiría el jabón, cuyo suministro, a pesar de que la materia prima para su fabricación fuera el aceite, sería externo. Para el mismo fin fue necesario comprar una toalla, y todo reportó 5 reales 1 maravedí.
El trabajo consistió en sacar el producto a 178 moliendas, incluidas las dos de limpieza. Lo ejecutó un grupo compuesto por un maestro de molino y compañeros, que lo cobró a dos reales por cada una de las moliendas, una manera de reconocer la necesidad del trabajo coordinado y solidario e incentivarlo.
Además, el maestro de molino, Francisco López, por su trabajo de cinco meses y cuatro días, recibió como salario 49 reales por cada mes. Como la cantidad final que por este concepto se le liquidó fue 252 reales, se deduce que el día de su trabajo se le remuneró a razón de 1,75 reales. Se le pagó aparte, con 6 reales, que fuera al molino después de acabada la molienda para entregar un poco de aceite.
El moledor, Juan Jaro, responsable de la primera fase del proceso, percibió como salario tres ducados o 33 reales cada mes. En su cómputo de trabajo constaron cinco meses menos dos días. De la cantidad total que percibiera (162 reales 3 cuartillos) se deduce que el día se le liquidó a 1,1 reales.
El husillero, Francisco Antonia, encargado de ajustar el tornillo de la prensa cada vez que se cargaba, su trabajo de cinco meses y cuatro días le fue remunerado a dos ducados o 22 reales por mes. Como además tuvo que servir como moledor los seis días que faltó Juan Jaro, se le pagaron otros 2 reales 3 cuartillos, y percibió en total 115 reales 3 cuartillos.
Los otros trabajadores que intervinieran en el proceso, que ejecutarían trabajos no especializados, no han dejado rastro, aunque sí podemos estar seguros de que cuando las cuentas se refieren al maestro y compañeros solo están haciendo referencia al equipo de las tres personas responsables de los trabajos.
Cualquiera de los tres fue remunerado de un modo que podríamos llamar industrial. No recibieron, a cambio de sus trabajos, más ingreso que dinero, aunque desdoblado en jornal e incentivo por destajo. El vínculo laboral, en el molino del conde, habría progresado a la expresión impuesta por la economía especulativa. A la descarga de la remuneración del trabajo sobre la cantidad de producto obtenido, que ya tarifaba otros trabajos, sumaba el reconocimiento a la capacitación laboral como componente necesario del trabajo comprado. La capacitación podía repercutir en la calidad de un producto con el que había que competir de otro modo, porque su demanda, a diferencia de lo que ocurría con los cereales, no estaba asegurada por el tamaño de las poblaciones.
El trabajo en el molino originó el costo más importante de la producción del aceite propio, 892,5 reales, casi la quinta parte del gasto total de la cosecha y producción del aceite, que ascendió a: en dinero, 4.795 reales 10 ½ maravedíes; en trigo, 20 fanegas; en cebada, 49; en aceite, 17 arrobas. A cambio del gasto, el producto de la cosecha de 1725 fue 1.459 arrobas de aceite.
Rentas de los trabajos derivados de la siega
Publicado: octubre 29, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Aunque no es posible discriminar hasta saber cuántos asalariados participaron en cada actividad, se puede aproximar el número de todos los contratados durante los meses que se emplearon en la siega y sus trabajos derivados con bastante precisión. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio trabajarían unos 32 hombres. Del 16 de junio hasta el 9 de julio, unos 69, un número casi idéntico al de los que trabajarían entre el 10 y el 24 de julio, si bien es probable que en este otro periodo fueran algunos más. Desde el 25 de julio al 14 de agosto los contratados serían unos 47, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre unos 39.
La remuneración de los asalariados que encadenaron los trabajos comprendidos entre la saca y la labranza de los pajares fue diferente a la de quienes habían hecho la siega. Cuando el 17 de junio los que iban a ejecutar los trabajos derivados de la siega salieron para el cortijo central de la explotación lo hicieron sin ajuste, según costumbre. Habrá que interpretar que cuando eran reclutados aún no estaba acordado el precio de su trabajo. Se puede suponer que estarían sujetos a las decisiones de los labradores canónicos en los que la casa descargaba su responsabilidad sobre estas decisiones, tal como ocurría con la tasa del trabajo para la siega. Sin embargo, la costumbre al menos garantizaba que a los asalariados que ejecutaban los trabajos regulares se los remuneraba no por rendimiento, como a los destajistas que segaban, sino a razón de una comida y una cantidad de dinero, la que comúnmente se conocía como jornal, por cada día de actividad.
Entre el 3 de junio, momento a partir del cual pudo empezar la saca de las gavillas, y el 7 de septiembre, fecha en la que como máximo sería posible que aún se estuviera trabajando en techar los pajares, el jornal común se pagó a 3 reales. Solo entre los días 16 de junio y 9 de julio, cuando el trabajo se concentró en la era, subió a 4. Pero además, como era práctica habitual en la casa, se discriminó con suplementos exclusivos algunas dedicaciones. A cada uno de los gavilleros, entre el 3 de junio y el 24 de julio; de los rastrojeros, también entre el 3 de junio y el 24 de julio; y de los trilladores, entre el 16 de junio y el 24 de julio, se les pagó un real más. Si bien al guarda de la era, entre 3 de junio y el 24 de julio, también se le recompensó con un real más, entre el 25 de julio y el 14 de agosto solo recibió como complemento medio real por cada día trabajado.
También fueron mejorados el carrero del agua, por los 37 días que trabajó entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real más, y por los 18 ½ que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; el guarda de las habas, por los 11 días trabajados entre el 22 de mayo y el 15 de junio, con medio real; el arriero de las burras, o arriero mayor de las burras, por los 4 días que trabajó entre el 3 y el 15 de junio, con un real, aunque entre el 16 de junio y el 24 de julio se hizo acreedor de otros dos reales. A los arrieros de burros, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, se les pagó un real más, y al arreador, por los 22 días que trabajó entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, uno; al zagal de las burras, por cada uno de los 24 días que trabajó entre 16 de junio y el 24 de julio, real y medio; al que ayudó durante 4 días al arriero de los mulos entre el 25 de julio y el 14 de agosto, medio real; y las peonadas de carril hechas entre el 10 de julio y el 7 de septiembre, fueron premiadas con un cuarto o cuartillo de real más.
Al manijero de carretas, por los 2 días que trabajó entre el 10 y el 24 de julio, se le recompensó con un real más, y por los 17 días que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio; a los labradores de paja, entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real, y entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; y a los sabaneros o subidores de paja a los pajares, entre el 10 de julio y el 14 de agosto, con un real.
Para liquidar la parte monetaria del salario, en el transcurso del periodo, el aperador, en el cortijo, a los asalariados adelantaba o daba por cuenta una cantidad de dinero, sirviéndose del que previamente le había proporcionado la administración de la casa, de la que resultaba acreedor hasta tanto se hacía el balance de las jornadas trabajadas durante cada periodo. Cuando cada uno se cerraba, a los asalariados se les pagaba en el despacho el saldo que resultaba a su favor. Como la administración le adelantaba al aperador más de lo que él pagaba a los asalariados, normalmente quedaba acreedor de la caja de la casa, un remanente estable que le permitiría actuar con cierta libertad a la hora de decidir cuántos y quiénes serían los asalariados a contratar para cada periodo, su mayor responsabilidad.
De la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, el alimento básico era el pan. Su pago se efectuaba como consumo diario en el lugar de trabajo. Para todos los contratados, durante los días de la siega y sus actividades derivadas, osciló entre un mínimo de 39,6 hogazas al día y un máximo de 90. Tan importantes cambios de valor fueron consecuencia directa de la intensidad de los trabajos. Mientras que entre el 22 de mayo y el 15 de junio solo se consumieron las 39,6 mencionadas, los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, coincidiendo con la mayor actividad de saca y trilla, se consumieron las 90. A partir del 10 de julio el consumo fue descendiendo paulatinamente, tal como iban retrocediendo el ritmo y la diversidad de los trabajos. Así, entre el 10 y el 24 de julio se consumieron 83 1/3 hogazas día, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 54,05, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 44,38.
Pero la importancia del consumo no solo era consecuencia de la cantidad de asalariados contratados en cada periodo, a su vez exigida por los trabajos. Era también el resultado de la voluntad de la casa, que precisamente porque la intensidad de los trabajos oscilaba decidía incrementar o disminuir la ración diaria. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio cada día cada asalariado comió pan a razón de 2 libras, 15 onzas y 42 centésimas de otra, o sea, una hogaza menos 58 centésimas de onza. Los días entre el 16 de junio y el 9 de julio el consumo subió a 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas de otra, y durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio descendió algo, a 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Ya entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada asalariado solo comió 2 libras 15 onzas y 29 centésimas, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas, equivalentes a 1 hogaza menos 2 onzas y 52 centésimas.
Todo el pan fue suministrado bajo la forma de las consabidas hogazas de a tres libras, que eran llevadas al cortijo desde la población. El encargado de suministrarlo a diario fue alguien que ya conocemos, Acosta, el panadero que trabajaba para la casa. Para hacerse una idea de lo que este negocio supondría para él basta un par de cifras. Entre el 22 de mayo y el 7 de septiembre suministró 6.600 hogazas (990 + 2.160 + 1.250 + 1.135 + 1.065) de a tres libras, equivalentes a 19.800 libras de pan.
La otra parte de la comida se resolvía con un potaje, a base de garbanzos, aceite, vinagre y sal, que la casa también suministraba a los asalariados día tras día en el cortijo central de la explotación. Pero el 13 de junio los moreros empezaron a comer carne, mejora de la comida diaria a cargo de la casa que justificaba porque se estaban sacando gavillas y trillándolas con los mulos. Con aquel fin mataron dos borregos rezagados de la piara que estaba en el cortijo, con un total de 18 libras, y dos primales cojos, que pesaron 32. Más adelante quedó constancia de que a partir del 13 de junio, y durante los días 13, 14 y 15, se había dado comida de carne a todos por la saca de las gavillas, y que más exactamente se habían matado un primal y tres borregos del rezago de la piara.
Aquella innovación en la comida persistió durante el siguiente periodo, el comprendido entre el 16 de junio y el 9 de julio, el de mayor actividad de saca y era. En su transcurso se consumieron treinta borregos, con un total de 170 libras de carne, y treinta ovejas, con 343 libras, lo que daba un total de sesenta cabezas y 513 libras, de modo que hasta el 10 de julio se habían consumido sesenta y cuatro cabezas o 563 libras. No obstante, el potaje se comió en sustitución de la carne los viernes 17 y 24, el 28 de junio y los días 1 y 8 de julio.
En el periodo entre el 10 y el 24 de julio comieron carne durante las gavillas los días 11, 12, 13 y 14. La carne consumida fue 133 libras carniceras. Los animales que se mataron durante este periodo fueron catorce borregos con 88 libras y cuatro ovejas con 45, todos de las ganaderías de la explotación. El resto de los días comieron potaje, y el 15 de julio, concluida la saca de las gavillas, concluyó la comida de carne en el cortijo, de manera que a partir de aquel día, y hasta el 7 de septiembre, solo se comió potaje. Así resultó que las ovejas y los borregos consumidos durante los trabajos de recolección fueron en total, según balance del 25 de julio, treinta y seis ovejas y cuarenta y seis borregos con un total de 696 libras.
Del análisis de la comida lo que trasciende a la remuneración del trabajo es evaluar en qué proporción la comida pudo incrementarla. Cuando el 8 de septiembre hizo balance del periodo que el día anterior había saldado los trabajos relacionados con la siega, el administrador advirtió que para hacer los cálculos de los costos que para la casa había tenido la comida se habían tenido en cuenta durante todo el año, desde San Miguel del año anterior, cuando se cerraba el ciclo agropecuario, hasta igual día del año en curso, para cuya conclusión aún quedaban veinte días, los precios siguientes: 54 reales la fanega de trigo con 35 hogazas de pan de 3 libras, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre, 6 ¾ reales la de sal y 72 reales la fanega rasa de garbanzos. La rigidez de los precios es algo más que una licencia contable. Todos los suministros, incluido el del trigo que servía para fabricar el pan, cuyos costos estaban tarifados por convenio con el panadero que suministraba a la casa, procedían de los almacenes de ella. No serían precios, ni menos aún tasas. Serían costos.
Aunque no disponemos de valores similares para evaluar el de la comida cuando el potaje era sustituido por la carne, con los que tenemos es suficiente para hacer una estimación del mínimo que añadía al jornal la comida.
Por lo que se refiere al costo del pan, si el precio de la fanega de trigo se estimó en 54 reales, y este valor fue el que sirvió para estimar el gasto en este suministro, debió incluir el costo de la elaboración de las 35 hogazas de pan de 3 libras. Como de cada fanega, según el acuerdo con el panadero concertado, se obtenía aquel producto, cada libra de pan le costaría a la casa 0,514 reales (54 reales/105 libras).
El costo del trabajo remunerado con pan cambiaría a lo largo del ciclo de la recolección. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, como cada día cada asalariado comió 2 libras, 15 onzas, 42 centésimas, su costo diario sería 1,52 reales. Para los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, como cada asalariado comió 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas, el costo diario del pan del salario sería 1,69. Durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio cada asalariado consumió 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Luego por este concepto costó a la casa 1,62 reales. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada uno de los trabajadores comió 2 libras 15 onzas y 29 céntimos de pan, que al costo regular equivalen a un desembolso de 1,52 reales. Y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre cada asalariado comió 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas de pan, a razón de 0,514 reales la libra, lo que para la casa significaría un desembolso por cabeza de 1,46 reales.
En cuanto al costo del potaje, la administración de la casa hizo sus cálculos ateniéndose al mismo procedimiento. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, cada día sumó a la renta percibida en dinero por los asalariados otros 2 reales 24 céntimos de costo; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 2 reales y 37 céntimos, y en el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 2 reales 28 céntimos. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 2 reales y casi 13 céntimos, y desde el 15 de agosto hasta el 7 de septiembre, 2 reales 13 céntimos. Por tanto, fue un costo muy estable.
Si sumamos la renta percibida en dinero a la comida, a su vez compuesta con pan y potaje, los ingresos diarios por asalariado habrían sido: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 6,76 reales; los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, 8,06; durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 6,9; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 6,64; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 6,59; un comportamiento que reitera el cíclico que ya marcaba la percepción de la renta en dinero.
En todos los momentos, la renta efectiva disponible sin tomar en cuenta la variación de costos que pudo ser consecuencia del cambio transitorio de dieta, es menos de la mitad de la renta total percibida, aunque también en cualquier situación se sitúa muy cerca de esa proporción. Si tuviéramos en cuenta los incentivos particulares, además cada renta personal podía verse incrementada circunstancialmente, en el mejor de los casos, entre 2 y 0,25 reales.
Por último, un asalariado que en el mejor de los supuestos consiguiera participar en todos aquellos trabajos ininterrumpidamente acumularía las siguientes rentas parciales: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 169 reales; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 193,44; entre el 10 y el 24 de julio, 103,5; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 139,44; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 158,16 reales. En total, 763,54 reales.
Aunque no dispongamos del número de días que trabajó cada cuadrilla de las que durante la siega del trigo se emplearon a destajo, es posible aproximar la comparación entre las rentas percibidas mediante aquel compromiso y el que aceptaron los asalariados regulares si tomamos como referencia el máximo de días posibles trabajados por las cuadrillas de segadores, el supuesto que menos les favorece.
Para facilitar los cálculos, podemos aceptar que las cuadrillas de segadores trabajaron como máximo 30 días. El segador que más cobró fue 568,31 reales, sin contar incentivos, aún más discrecionales que los que percibían los asalariados. El que menos, 82,55. Luego el segador que más rentabilizó su trabajo diario fue el que consiguió 568,31/30 = 18,94 reales, y el que menos 82,55/30 = 2,75 reales. Frente a esto, el óptimo de trabajo asalariado sumaría 109 días (25 + 24 + 15 + 21 + 24), por los que percibiría en el mejor de los casos 763,54 reales. De donde resultaría una renta media diaria de 763,54/109 = 7 reales.
Un hombre que se empleara a destajo como segador, si era favorecido con la adjudicación discrecional de tierras a segar, podía más que duplicar las rentas que obtendría si trabajara ininterrumpidamente para la misma casa en las demás actividades de la recolección del trigo y sus especies asociadas como asalariado regular. Si el destajista no contaba con aquel favor, hasta el punto que podía ser descalificado y despedido en plena campaña de la siega, vería que su renta diaria se reducía a menos de la mitad de la que percibiera el asalariado regular de los trabajos derivados de la siega. Sin embargo, su renta líquida disponible de cada día, 2,75 reales, que en su caso era toda la renta, no se alejaría mucho de la que percibiera en dinero el asalariado regular, en torno a los 3 reales.
Transporte y almacenamiento de la cosecha
Publicado: octubre 22, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Ya el 8 de junio los mulos estaban llevando yeros al primero de los graneros que aquel año se dedicaría preferentemente a almacenar trigo. Pero sería a partir del 16 cuando comenzara el transporte regular del grano. Aquel día ya se trasladó el primer trigo de la cosecha, ciento catorce fanegas. No obstante, el transporte regular empezaría dos días después, y a partir de entonces se atuvo al ritmo al que se consumaba el trabajo de la era, por una parte, y a la capacidad de recepción del grano en los almacenes que la casa tenía en la población, su punto de destino, por otra.
Lo ejecutaron los animales de carga de la casa, que cubrían una distancia de unas dos leguas cada vez que hacían un viaje. Primero estuvo a cargo de nueve mulos y tres mulillas organizados en dos reatas. De la atención que la casa concedía a este trabajo en aquel momento da idea que al mismo tiempo solo quedaron dos mulos libres, uno que trabajaría en la noria de la hacienda y otro que se había quedado en el cortijo tirando del carro del agua.
Cada reata estuvo bajo la responsabilidad de un arriero, uno los cuales el mismo 18 de junio había recogido de los almacenes de la casa los aparejos o dispositivos de carga de los mulos, con sus cinchas y cordeles nuevos, y los costales donde se envasaría el grano para su transporte. El maestro albardonero que trabajaba para la casa los había puesto a punto durante los veinte días previos. Con bayeta grana para ribetes había recuperado once aparejos, cabeceado once cinchas nuevas, arreglado veintiséis costales y hecho nuevos otros veintiséis. Cada mulo cargaría dos costales de trigo, mientras que cada una de las mulillas solo cargó uno, un ritmo de transporte se mantendría hasta el 27 de junio.
Pero a partir de aquel momento se intensificó notablemente. Diez burras se sumaron a los mulos para dar idéntica cantidad viajes. Aunque su número preciso lo desconocemos, hay alusiones que permiten suponer que al menos eran más de dos cada día. Se hizo cargo de sus aparejos y bozales un zagal, conocido como Villa, hasta que llegara el arriero que estaba buscando el aperador. Del almacén de la casa le fueron entregados un aparejo redondo, nueve albardones pastoriles, cuatro cinchas nuevas y otras seis de las que habían servido durante los trabajos del verano precedente, más sus correspondientes costales de dos varas, cortados de una madeja que el almacén tenía del año anterior. Trabajó durante veintitrés de los veinticuatro días del periodo, y durante doce de ellos se sirvió de un zagal o joven de las burras.
El transporte continuó a tal ritmo que a partir del 10 de julio concentraría en apenas quince días el máximo de su actividad. Su calendario preciso puede deducirse de que el arriero mayor de las burras y el zagal trabajaron durante doce días de aquel periodo, y de que a unos indefinidos trabajos de carril, pero con seguridad asociados al transporte, fueron destinados entre uno y dos hombres más. Durante aquel tiempo, y hasta el 24 de julio, también fueron transportados garbanzos y cebada, y escaña en un viaje.
A partir del 25 de julio fue necesario un número indeterminado de arrieros de burros, y alguien ayudó al arriero de los mulos durante cuatro de aquellos intensos días, mientras que en las peonadas de carril participaron entre nueve y diez hombres. Para el 27 los mulos ya estaban llevando el trigo de granzas, un trabajo que concluyeron en tres partidas el 29, cuando empezaron a llevar las regranzas, que fueron transportadas del 29 al 31 de julio. Para los suelos bastaron dos partidas, una del 31 de julio y otra del primero de agosto. Al final, los mulos serían los responsables exclusivos de transportar las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos que los hermanos Zafra habían ahechado.
El 4 de agosto, una vez completado el porte de la cebada que la casa había comprado en una explotación vecina, los mulos y las burras que habían participado en él de nuevo se incorporaron a su actividad regular. Desde el cortijo central llevaron la cebada de la cosecha propia a los almacenes de la casa, un trabajo que se prolongó hasta el 9 siguiente, cuando también se transportaron los suelos de cebada, y que requirió nueve partidas. La escaña sería transportada durante los días 6, 7 y 8 de agosto, en cinco partidas.
Poco más habría que transportar. El 6 de agosto Manuel Mantas, el arriero que por último se había hecho cargo de las burras, ya había entregado a la administración de la casa los aparejos, bozales y demás pertrechos que había tenido a su cargo durante el acarreo del grano. Había perdido el día 4, durante el último viaje de vuelta con la cebada comprada, un albardón de los que se utilizaban para montar, más alto y con más amortiguación que la albarda común, la que se utilizaba para la carga, y un ataharre, el trozo de tejido basto al que se cosía una correa o una cinta que se pasaba por debajo de la cola del animal para impedir que el aparejo se desplazara hacia adelante.
El balance del transporte, a fecha de 12 de agosto, era de ciento treinta y siete viajes completos de a diez cargas de mulos con cuatro fanegas, más veinte de burras con dos fanegas. No equivalían a su número proporcional de días de trabajo porque los hubo en los que no se habían dado viajes completos por todas las bestias, en cuyo caso los que efectivamente se habían hecho se habían contabilizado aparte para luego sumar viajes completos.
El transporte, que completaba la secuencia de los trabajos productivos, terminaba en los graneros de la casa, invariablemente localizados en la población donde estaba centralizada su gestión. Así quedaba todo el producto bajo control directo de quienes debían tomar decisiones sobre él, y lo concentraban en el lugar que actuaría como su primer mercado. Desde hacía siglos las casas preferirían partir de él para comercializar su producto.
La preparación de los graneros para recibir el trigo era otra parte necesaria de las iniciativas precursoras de los trabajos de la recolección. Durante el 17 de junio los mulos de la casa estuvieron pasando a la casa de campo, centro de sus operaciones rurales en la población, y a uno de los graneros que aquel año recibiría la cebada nueva, la cebada, las habas y las ahechaduras o restos que había en otro de los graneros de la casa, que aquel año se dedicaría a almacenar trigo. Al mismo tiempo, al panadero Acosta se le llevó el último trigo de la cosecha del año precedente que aún tenía la casa en su poder, sesenta y ocho fanegas, de las cuales treinta y seis y media estaban en el granero de la casa de campo y treinta y una y media en otro de los que se dedicarían al trigo. Así, a la vez que se liquidaba definitivamente la cosecha del año precedente, durante el mismo mes que se estaba segando la nueva, dos de los graneros quedaban limpios para que los repararan y los blanquearan los albañiles, y, de este modo, quedaran listos para recibir el trigo nuevo. Se puede suponer que los demás graneros que se utilizarían aquel año para entonces ya estarían vacíos y en ellos los albañiles ya habrían hecho los trabajos preparatorios, porque el primer trigo había llegado el día anterior, el 16 de junio.
A partir de esta fecha, para esta primera fase de almacenamiento, la casa usó dos graneros, uno localizado en la casa de campo y el otro que ya se ha mencionado, localizado en un lugar que la fuente no precisa. Los fue llenando sucesivamente, ateniéndose a los espacios en los que cada uno estaba dividido. En el no localizado había una covacha y un cañón, mientras que para la casa de campo solo se mencionan cañones. El primer trigo se descargó en la covacha citada, y el que el 20 habían llevado en el último viaje los mulos, en el cañón del pajar del granero de la casa de campo.
El cambio en la intensidad del almacenamiento, que simultáneamente había impuesto la del transporte, lo decidió la llegada de Anacleto Rodríguez, el hombre al que la documentación identifica como subidor de cargas. Fue el responsable directo del manejo de los costales, que vaciaría en los graneros ayudado por el arriero de los mulos y los dos de las burras. Sobre cómo ejecutaba su trabajo no deja dudas el registro del 27 de junio, cuando empezó a subir las cargas de trigo al granero donde se estaba descargando en aquel momento. Para que se le liquidara su trabajo se atuvo al ajuste antiguo, dos reales por cada viaje de veinte burras y diez mulos, lo que equivale a subir cuarenta costales por viaje. Como en el primer momento solo había diez burras y diez mulos dando los portes, se le bajó a prorrata lo que correspondía, tal como era la costumbre.
El 27 de junio todavía se estaba descargando trigo en el cañón del pajar, que aquel día se completó, para a continuación empezar con el del arbollón. El 30 se seguía descargando en este, y el 3 de julio se empezó a depositar en el de la izquierda, entrando por el del pajar de la casa de campo. El 6 de julio por la tarde se descargó el primer trigo en el cañón de la calle del otro granero y otros dos viajes en el cañón de la izquierda del de la casa de campo.
Cuando el 10 de julio se hizo el primer balance del trigo que ya se había transportado, el granero de la casa de campo había recibido tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media, y el otro, mil cuatrocientas siete. La cifra que sumaban, cuatro mil novecientas ochenta y seis fanegas y media, se reconocía como el total fanegas de trigo recolectadas o recibidas hasta aquel momento. Tanta era la identidad entre el destino de todo el producto obtenido y el almacenamiento.
El 11 de julio el trigo que se estaba transportando fue a parar al cañón del patio del granero de localización incierta, y allí se continuó descargando hasta el 14 de julio, cuando los costales empezaron a descargarse en el cañón alto de la calle. El 15 fue necesario recurrir a un tercer granero, también en la población pero de cuya localización tampoco tenemos pruebas explícitas. En su cañón ancho aquel día empezaron a descargar trigo. El 20 las descargas del trigo se seguían haciendo en el tercer almacén, solo que en su cañón angosto, que estuvo recibiéndolas al menos hasta el 22, cuando de nuevo fue depositada una parte del que se había transportado aquel día en su cañón ancho.
Así resultó que el 24 de julio, cuando terminaba el periodo, el grano existente en los almacenes era el siguiente. En el primero de los graneros sin localizar había ochocientas ochenta y cinco fanegas y media de trigo, y en el otro que tampoco está localizado, dos mil doscientas cincuenta y media, todo de yema, es decir, del mejor que se había conseguido en la era, lo que daba un total de tres mil ciento treinta y seis fanegas que se habían transportado en veinticuatro viajes. Y aunque la fuente no precisa sus calendarios, para aquella fecha también se habían almacenado ya una parte de la cebada, la escaña y los garbanzos. De cebada, en el primero de sus graneros propios quedaban depositadas quinientas treinta y dos fanegas, y en el otro específico, cincuenta, lo que daba un total de quinientas ochenta y dos fanegas de cebada. De escaña, en el último aludido, cien fanegas, y de garbanzos, en aquel mismo lugar, procedentes de una de las zonas reputadas del cortijo central, veintitrés fanegas y media, y de los que ya se habían criado en el cortijo que al año siguiente se incorporaría plenamente a la explotación, cincuenta y cuatro fanegas, lo que daba un total de setenta y siete fanegas y media de garbanzos.
A partir del 27 de julio el almacenamiento se concentró en los restos. Las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos fueron descargadas en montones separados en el segundo granero sin localizar, o tercer granero preparado por la casa para recibir el trigo, entre el 27 de julio y el 1 de agosto. Entre el 1 y el 9 de agosto, fueron almacenadas en el primero de los graneros reservados para la cebada novecientas veinticinco fanegas y media de yema, mientras que de suelos de cebada fueron llevadas al segundo de sus almacenes el día 9 cuarenta y cinco y media. Por lo que el total de fanegas de cebada guardadas aquellos días, sumadas las de yema y las de suelos, fueron novecientas setenta y una. La escaña, que fue almacenada, en la sala alta del balcón al patio de las pilas de un lugar que tampoco es posible determinar, durante los días 6 y 7 de agosto, alcanzó las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media; y la almacenada en el segundo de los graneros que se utilizaban también para la cebada durante el 7 y el 8 de agosto fue ciento cuarenta y cuatro fanegas; lo que sumó un total de fanegas de escaña de quinientas ochenta y siete y media. Por último, un resto de habas, que apenas alcazaba la media fanega, también fue almacenado en el segundo de los graneros que se utilizaban para la cebada.
La subida de cargas terminó el 12 de agosto. Anacleto Rodríguez había completado desde el 27 de junio la subida de ciento treinta y siete viajes. Cada uno de ellos sumaba a las diez cargas de mulos con cuatro fanegas las veinte de las burras con dos fanegas, lo que daba un total de ochenta fanegas por viaje. Se le remuneraron al precio de dos reales por cada uno, lo que le supondría un ingreso total de doscientos setenta y cuatro reales por cuarenta y siete días brutos de trabajo, o casi seis reales por día trabajado.
Así fue posible que el 15 de agosto se hiciera el balance del grano almacenado, equivalente al que se había recolectado en la cosecha del verano de aquel año, con la precisa identificación de los graneros donde el de cada clase estaba. El trigo guardado en el granero de la casa de campo alcanzó las tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media; el depositado en el segundo granero, las dos mil cuatrocientas seis y media; y el que se almacenó en el tercero, las dos mil doscientas cincuenta y media. De donde el total de fanegas de trigo de yema obtenido fue ocho mil doscientas treinta y seis y media. Las fanegas de granzas de trigo guardadas en el tercer granero fueron trescientas veintitrés; las de regranzas, almacenadas en el mismo lugar, doscientas cuarenta y siete; y las de suelos, que también quedaron en aquel almacén, ciento siete y media. Luego el balance definitivo del trigo recolectado fue ocho mil novecientas catorce fanegas.
La cebada almacenada en el primero de los graneros reservado a esta especie, así de yema como de granzas, alcanzó las mil cuatrocientas cincuenta y siete fanegas y media. La derivada al segundo sumó solo noventa y cinco y media, de las cuales cincuenta eran de yema y cuarenta y cinco y media de suelos. Así que el total de fanegas de cebada obtenidas aquella cosecha fue mil quinientas cincuenta y tres.
La escaña, en una cantidad que sumaba las doscientas cuarenta y cuatro fanegas, por una parte fue a parar al segundo de los graneros que se utilizaban para almacenar la cebada; y por otra, hasta alcanzar las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media, a la sala alta con balcón al patio de las pilas del almacén que no hemos podido identificar con más precisión. Por tanto, el total de fanegas de escaña de aquella cosecha fue seiscientas ochenta y siete y media.
La cosecha de semillas fue de habas y yeros. Todos los yeros menudos, que fueron ciento noventa y ocho fanegas, los guardaron en el primero de los graneros de la cebada, y la mayor parte de las habas gordas secas, cuya cosecha alcanzó las ciento quince fanegas, fue guardada en un almacén reservado para ellas, mientras que en el almacén que compartían la cebada y la escaña fue depositado un resto de media fanega. Como en el cortijo se habían consumido verdes durante su recolección cinco fanegas y media, la cosecha de habas gordas sumó un total de ciento veintiuna fanegas. Las habas menudas que fueron almacenadas en el depósito reservado para ellas alcanzaron las quinientas treinta y ocho fanegas, y en el que compartieron con la cebada y la escaña llegaron hasta ciento setenta y seis. De modo que la cosecha de habas menudas alcanzó las setecientas catorce fanegas.
Y para almacenar los garbanzos se aplicó un estricto criterio de segregación por procedencia, aunque todos fueron a parar al más heterogéneo de los almacenes, el que además compartieron cebada, escaña y habas. Cuando se apartaron se tuvo en cuenta que cincuenta y cuatro fanegas habían sido obtenidas en un área conocida como Ranilla y otras veintitrés y media en la zona llamada el Cahíz, reiteradamente mencionada como lugar de origen de las partidas cuando se trataba de enfatizar la calidad de aquel producto. De cualquier manera, la cosecha de garbanzos de aquel año por tanto solo sumaría setenta y siete fanegas y media.
Así resultó un total de doce mil doscientas sesenta y cinco fanegas de grano recolectadas y almacenadas.
Al recibir el trigo que se almacenaba, las preocupaciones de los responsables de la casa se concentraban en comprobar su calidad, un control que se iba haciendo al mismo tiempo que entraba en los graneros. Su principal indicador era el peso de una muestra, una vez ahechada. Por los conocimientos previos sobre las propiedades de los suelos de la explotación que se tuvieran, actuaba como verificador del pesaje la procedencia del trigo, que siempre se precisaba. El control lo complementaba su separación en los almacenes según procedencia. Y de manera menos regular se recurría a otros indicadores circunstanciales.
Para el primer trigo de la cosecha que se llevó a la población, el del 16 de junio, bastó con decir que era endeble. Pero al día siguiente el medidor que trabajaba para la casa, de nombre Mariano, hizo el primer ensayo de la cosecha del año. Pesó una fanega de las ciento catorce llevadas el día anterior. Dio como resultado noventa y nueve libras, mucho más de lo que se esperaba, en vista de la granazón tan desigual, el mal color y las manchas que tenía de paulilla, uno de los insectos parásitos de los cereales. Aquel trigo el 20 de junio quedó cortado en la covacha y el rincón contiguo del primer granero no localizado, para no mezclarlo con el que aquel mismo día estaba empezando a llegar procedente de uno de los dos cortijos sumados al central.
El 21 se pesó el trigo que se había criado en ese cortijo. Sin embargo, el resultado de la medida no consta. El 24, el trigo que se estaba sacando pareció mejor que el anterior. Se juzgaba por el peso de las gavillas, tal como lo percibían los carreteros. El 27 se pesó el que aquel día se estaba descargando. Una fanega dio noventa y nueve libras y media. Y el 30 se pesó otra que también tuvo noventa y nueve y media, con el color como el último descargado en el cañón del pajar. Había sido criado en otra de las zonas características de uno de los cortijos anexos.
El trigo descargado el 3 de julio era de calidad regular, como el de los otros dos cañones del mismo granero de la casa de campo, y el 5 de julio se pesó una fanega del cañón de la izquierda, entrando por el granero de la casa de campo, algo mejor de color que el anterior. Sin ahechar, pesó noventa y ocho libras y media. El que llegó el 6, que era de otra de las áreas más reputadas, lo que no se supo hasta última hora, no había variado de calidad, mientras que el 7 de julio, ya durante los trabajos de saca y era, se encontró el trigo mejor granado que el resto de la sementera. El 8 se pesaron el del cañón de la calle del primer granero sin localizar, ya concluido, y el del patio, casi acabándose, ambos procedentes de la misma zona afamada. Sin embargo, solo dieron noventa y ocho libras y media por fanega.
El 11 de julio se pesó el que había entrado en el cañón del patio del segundo granero, procedente del segundo de los cortijos anexos a la explotación. De la medida resultó una fanega de cien libras. Quienes estuvieron presentes en la operación dejaron constancia de que era el mejor de color y soltura de los que habían visto aquel año. Sería el único que llegaría a este peso, tal como confirmó la cata del 14 siguiente, cuando se había terminado la descarga de trigo puro del mismo cortijo en el cañón alto de la calle del segundo granero. De nuevo una fanega pesó cien libras.
El 15 le tocó el turno a una fanega de trigo de las depositadas en el cañón ancho del tercer granero, que también procedía en su mayor parte del segundo de los cortijos anexos. Pero estaba mezclado con otros de otra procedencia. Esta vez pesó noventa y nueve libras largas. El 20 de julio se pesó el trigo que estaban llevando al cañón angosto del tercer granero, procedente de un área al sudeste del cortijo segundo, según el aperador. Tenía el color bastante regular y pesó la fanega noventa y nueve libras. Y el 22 se tomaron dos muestras del trigo de color regular que estaba recién llegado al tercer granero, una del cañón angosto, que dio noventa y nueve libras y media, y otra del cañón ancho, cuyo peso fue noventa y ocho libras y media.
A partir del 25 de julio solo faltaba comprobar la calidad de las granzas que estaban llevando los mulos al tercer granero. El 27 de julio se reconoció que estaban casi como el trigo de yema, tanto de color como de todo lo demás. Se pesó una fanega y tenía noventa y siete libras.
Como pesos, procedencias y observaciones eran indicadores de fiabilidad variable, la prueba decisiva del control de la calidad del trigo se confiaba a la fabricación del pan. El 5 de julio el primer trigo nuevo, el que se había almacenado en la covacha del primer granero sin localizar, se lo llevó Acosta, el panadero al que se confiaba la fabricación del pan para el gasto de la labor de la casa. La prueba de Acosta dio como resultado las treinta y cinco hogazas de a tres libras que estaban contratadas con él anteriormente. Luego Acosta ya se había comprometido, como panadero suministrador del pan que se consumía a diario en la labor, una parte nada desdeñable de su negocio, a extraer de manera estable ciento cinco libras de pan a cada fanega de trigo, lo que por otra parte se atenía estrictamente a lo que estaba regulado desde hacía siglos. El panadero, como buen prestidigitador, convertía lo irregular en regular; los pesos variables del trigo, consecuencia de su calidad variable, en un rendimiento estable.
La administración de la casa decidió que una vez que concluyera la recolección, y se conocieran las calidades del trigo nuevo, se decidiría sobre si era necesario variar este contrato. Se reservaría la posibilidad de exigirle más si los resultados de los controles de calidad del pan demostraran que al trigo crudo era posible extraerle rendimientos por encima de las ciento cinco libras de pan.
Los resultados de los controles de calidad sistemáticos demostrarían que los rendimientos estaban en el límite o por debajo de los estándares métricos. Cumplir rigurosamente con el contrato, aparte el margen que permitiera pasar del trigo crudo a la harina fermentada y cocida, dado que el peso de la fanega de trigo ya era variable, y por tanto su rendimiento en pan, consentiría mezclas más o menos regladas. Tal pudo ser el origen del pan bazo, que incorporaba distintas calidades de salvado, el que se había impuesto para el consumo regular.
La decisión de la casa es lo bastante expresiva de la trascendencia que para los labradores podía tener disponer inmediatamente de su almacén. Antes que grandes comerciantes, serían voraces autoconsumidores. Para ellos, primero se trataría de asegurar el suministro de pan que en la explotación se consumía cada día de trabajo. Era la parte constante de la comida que cada jornada la casa debía suministrar a sus asalariados, mitad irrenunciable del salario consolidado. No disponer de trigo en el almacén propio, y tener que recurrir al mercado para conseguirlo, podía encarecer hasta lo insostenible la compra de trabajo. Si el almacén alcanzaba a cubrir la demanda del consumo interno, sería suficiente para tranquilizar sobre la estabilidad del precio del trabajo a lo largo de todo el año. Algo tan directo, y al mismo tiempo tan trascendente como esto, pudo estar en el origen de la abrumadora economía de los cereales y de la industria de la panadería que de la mano de ella se había consolidado en el medio rural del sudoeste.
Ya a fines de junio trabajaron entre tres y cuatro asalariados como labradores de paja, nombre que recibían los encargados de hacer un almiar, una acumulación de la paja derivada de la era, que quedaba a la intemperie y que debía servir a lo largo del año como almacén de al menos una parte del pienso que la explotación necesitara. Pero su actividad debió ser casi testimonial. Sería a partir del 10 de julio cuando los trabajos de labranza de los pajares concentraran más actividad.
El 16 cinco de los asalariados que estaban en aquel momento empleados como carreteros fueron a una laguna localizada en una zona de monte bajo, a unas tres leguas al este de la explotación. Allí le compraron al dueño de aquellas tierras, por setenta y cinco céntimos cada par, quinientos haces de castañuela, una planta arbustiva de tallo largo, propia de ambientes húmedos, que habitualmente se empleaba para hacer las cubiertas efímeras de las edificaciones más frágiles. En este caso iban a servir para recubrir el pajar al servicio del cortijo central, y allí los llevaron.
Además de los tres o cuatro asalariados que ya estaban empleados como labradores de paja, otros tres o cuatro fueron destinados a sabaneros. Recibían este nombre quienes se servían como herramienta de trabajo de un trozo de lienzo de gran tamaño, hecho con fibras fuertes y bastas, para transportar la paja, una vez consumada la trilla, desde la era hasta donde iba a ser acopiada. Si cuando trabajaban en el campo la llevaban hasta donde se iba a hacer el almiar, cuando trabajaban en la población en la sábana la descargaban del carro que la traía del campo para llevarla al pajar. Para esta ocasión, los sabaneros iban a actuar como subidores de paja.
Precedentes de la labor de los pajares esta vez también fueron los trabajos de carpintería. Hasta el 17 de julio el maestro de los carpinteros bastos, auxiliado por sus seis oficiales, una parte de su tiempo la había empleado en arreglar carretas en la cochera de la casa, aunque durante la otra, la mayor, habían estado en el cortijo, donde habían atendido sus encargos habituales, como arreglar las carretas y las herramientas para la era o formar la armadura para el cobertizo en el que se guarecían las burras. Pero ahora además se ocuparon en un trabajo relacionado con la labor de los pajares, el arreglo de los carrillos de mano que iban a servir para acarrear la paja. Si se recurrió a este medio, los sabaneros quedarían exentos del transporte de la paja desde la era, lo que permitiría que su trabajo se restringiera a subir la paja a los almiares que se fueran formando.
A partir del 25 de julio labrar los pajares sería la actividad que terminaría consumiendo la mayor cantidad de trabajo de los asalariados. Catorce de ellos el 29 ya estaban asignados a las carretas para que llevaran paja desde el cortijo central, en cuya era se había producido, a una de las dehesas de la casa. Los catorce que las conducían hicieron dos viajes, lo que supuso un volumen total transportado de veintiocho carretadas en un día, y permite pensar que el trabajo de cada asalariado asignado a aquella ocupación era ir al cargo de una de las carretas.
Ya en la dehesa, almiararían la paja otros cinco hombres, que ya estaban allí cogiendo los cogollos de palma que en aquel lugar serviría para completar el revestimiento de los almiares. De ellos, entre dos y tres actuarían como sabaneros o subidores de paja, mientras que los labradores de paja serían entre tres y cuatro.
Al día siguiente aquellos cincos hombres ya labraban la paja, al tiempo que continuaban recogiendo cogollos en la dehesa. La paja que estaban almiarando era, en primer lugar, el sobrante de un almacén de la casa que había quedado del año anterior, de donde se había sacado lo que los labradores necesitaron para asientos de los pajares. La demás era de la clase inferior que había abarrada y de algunas tornas o nudos de las cañas trilladas.
Para el 31, el aperador, que estuvo en la población, informó que aquel día otra vez se habían transportado a la dehesa catorce carretadas, lo que daba hasta el momento un balance de tres viajes de paja o cuarenta y dos carretadas, y que los cinco hombres seguían almiarándola al tiempo que cogiendo cogollos de palma. Convino con el administrador llevar a la misma dehesa a la que hasta aquel momento se había estado transportando otro viaje, lo que sumaría cincuenta y seis carretadas, y dos más de veintiocho carretadas a la otra dehesa que la casa tenía. Así sumaría todo el acopio ochenta y cuatro carretadas de paja endeble, mezcla de añeja y nueva.
Este plan se ejecutó entre el 1 y el 6 de agosto, semana durante la cual los responsables de que se completara siguieron siendo los mismos catorce hombres con sus catorce carretas, y los cinco que compartían su tiempo entre almiararla y coger cogollos de palma. El balance de hasta qué punto se había satisfecho el plan lo hizo el aperador el mismo día 6. A la primera dehesa, de la paja que había quedado del año anterior en el almacén de la casa, en tres viajes de trece carretas más en uno de diez, se habían llevado cuarenta y nueve carretadas, y de paja buena, en el último de los viajes de la paja añeja, cuatro carretadas y un viaje de catorce, lo que sumaba un total de sesenta y siete carretadas de paja, entre buena y endeble, transportada a aquella dehesa. A la segunda dehesa se habían dado dos viajes de trece carretas y uno de catorce, total, cuarenta carretadas. Así pues, se habían llevado a las dehesas en ocho viajes un total de ciento siete carretadas de paja. Al frente de las carretas había ido un capataz, quien había sumado un total de diecisiete días de trabajo.
Sin embargo, buena parte de la labor de los pajares aún estaba por completar, incluso en las dehesas. El 7 de agosto los cinco hombres que ya estaban ocupados en esta tarea estaban techando el pajar de la segunda dehesa y terminado el de la primera, donde siguieron con lo mismo durante los días 8 y 9, cuando terminaron. A ellos se había agregado a lo largo de la tarde del día 7 de agosto Manuel García, alias Piña, uno de los capataces al frente de una de las cuadrillas más activas durante las siegas. Con dos destajeros, ajustados a veinticuatro reales cada carretada, cortada y puesta con las agujas, se comprometió a techar con palmas el pajar de la primera dehesa.
Además, el mismo 7 de agosto las catorce carretas empezaron a llevar dos viajes de paja al cortijo que la casa ya había arrendado para sumarlo a la explotación a partir de la campaña siguiente, y así se mantuvieron durante los días 8 y 9. Se pretendía que allí se formara el tercer pajarete o almiar, para que le sirviera a los bueyes en los temporales de invierno, mientras que los levantados en las dehesas habrían de servir para el consumo de los ganados de cría.
Al llegar a la población un par de días después, aprovechando que al día siguiente se celebraba san Lorenzo, ya por la noche el aperador informó que en el nuevo cortijo había ya ochenta carretadas de paja, a pesar de lo cual, para terminar el trabajo, todavía sería necesario llevar otras trece o catorce, lo que ocurrió al día siguiente, cuando las catorce carretas llevarían allí las últimas carretadas. Por la cuenta que daba, las arrasaduras de paja habían sido acopiadas en un almiar.
El administrador, recibido este informe, aquella misma noche del 9 de agosto previó que, cuando se acabara de llevar paja, a los asalariados ya habría que ocuparlos en repartir estiércol y reunir boñigos y leña para la explotación. Además, siete hombres debían volver al día siguiente por la noche desde el cortijo a la población para el 11 irse a vendimiar a la viña de la casa a jornal seco, de acuerdo con lo que se pagara a los vendimiadores. Todo un programa que anunciaba que los trabajos de la recolección de trigo y sus cultivos subsidiarios estaban tocando a su fin.
No obstante, la labor de los pajares, estaba por terminar. Entre el 11 y el 14 de agosto la mayor parte de entre treinta y ocho y cuarenta y cinco asalariados fueron empleados en acabar de techar los pajares, y el 14 Manuel García Piña y sus dos compañeros habían terminado de poner en el pajarete de la primera dehesa, que tendría cuarenta y nueve carretadas de paja, las cinco carretadas de palma que allí se habían cortado. Por aquel trabajo, que habían completado en los seis días comprendidos entre el 7 y el 13, además de los veinticuatro reales por cada carretada que estaba previsto, recibieron como gratificación doce reales, en los que estaban incluidos el vino para todos, el sobrante de Piña y el incentivo al capataz por haberle puesto el cumbrero o cubierta al almiar, que se hacía con estiércol y paja de habas. Lo que pudiera quedar para terminar de labrar los pajares se completó entre el 26 y el 29 de agosto.
La trilla
Publicado: octubre 1, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Según avanzaba la estación, los trabajos derivados de la siega quedaban cada vez más expuestos a los incendios, el peor de sus enemigos. A las tres de la tarde del 26 de junio, en un cortijo contiguo a la explotación de la casa, se originó uno cuyo origen se desconocía. Ardió el rastrojo, en una porción que se estimó de unas cuarenta unidades de superficie, de las que ya habían sacado las gavillas. Pero de otras catorce ardieron las gavillas de trigo y el rastrojo. Alcanzó después a un trozo de poca importancia de otra explotación vecina, corrió desde una senda hasta la vereda en la que desembocaba y allí se contuvo. El cortijo central de la casa se libró milagrosamente. Según opiniones generales, el haberse vuelto el viento en momentos críticos contuvo al terrible elemento, que amenazaba destruir las sementeras segadas entre la vereda y el río. Dios acude a la mayor necesidad, oró el administrador.
Quien había sufrido la pérdida mayor tenía asegurada su sementera por la sociedad salvadora de la población. No tuvo derecho a indemnización por no haber completado los requisitos del seguro, lo que no lo había librado del pago de su inscripción. Dios nos libre de los incendios como de los seguros -imploró ahora el administrador-, muy parecidos en sus efectos a las enfermedades y los médicos malos, que todos influyen a la vez contra la vida del pobre enfermo.
Aunque sabemos positivamente que el día 8 de junio los mulos estaban trillando yeros en la era abierta en el cortijo central de la casa, también es seguro que la trilla del trigo, la que consumiría la mayor parte del tiempo, empezó el 11. A partir de aquel día, y durante los inmediatos siguientes, asimismo fueron los mulos de la labor los encargados de hacerla. Ningún signo de la condición precursora de esta fase de los trabajos de recolección era tan evidente como aquel. Porque para la trilla se preferían las yeguas, que sin embargo en aquel momento aún no se habían incorporado a la era. Estaban a la espera de que entre los primeros rastrojos se abriera un espacio donde al menos pudieran pastar cuando llegaran.
Disponer de las yeguas para este fin en las mejores condiciones había sido objeto de atenciones especiales con bastante antelación. Ya en mayo, se había organizado la trashumancia que debía asegurarles los pastos que las pusieran a punto. El día 5 el administrador había acordado con el aperador y el yegüero que hicieran un viaje para buscar y comprarles hierbas, dada la escasez de pastos que había aquel año. Llevaban instrucciones precisas de no pagar por las que encontraran más de 3.000 reales. El día 8 aperador y yegüero ya estaban de vuelta en la población con el encargo cumplido, y fueron a dar cuenta de sus gestiones al administrador. Con mucho trabajo, habían encontrado hierbas en Palma del Río. Según el contrato que habían cerrado el día anterior, dejaban compradas las de 180 unidades de superficie en un cortijo de aquel término.
A pesar de que llevaban instrucciones de no pagar por ellas más de 3.000 reales, movidos por la necesidad que tenían las yeguas, por su propia voluntad se habían excedido hasta los 3.500, que deberían estar satisfechos el día que los animales entraran a disfrutar los pastos. Habían entregado en el acto 500 reales como señal, y habían acordado que las yeguas salieran de las tierras contratadas el día de san Juan Bautista, 24 de junio siguiente. Así conseguirían asegurarse en torno a mes y medio de pastos. Para aquel viaje el administrador, a cuenta de la operación, había dado al aperador 600 reales. Los gastos en los que había incurrido sumaban a los 500 reales de la señal 60 que había pagado al corredor por el trato y 21 empleados en comida, barca, posada y otros gastos menores; total, 581 reales. Los 19 restantes los devolvió aquel mismo día.
El 9 de mayo el administrador fue al cortijo y estuvo viendo las yeguas. La mayor parte de ellas estaba a medio engordar y muchas ni siquiera habían pelechado. De acuerdo con el plan previsto, en el transcurso de la jornada en torno a un centenar de cabezas, sumados las hembras y los potros de las paridas, deberían salir del cortijo para dormir en la dehesa del Pozo de la Huerta, una de las que tenía la casa, de donde tendrían que partir a la mañana siguiente temprano, para, una vez pasado el Guadalquivir por uno de los vados de Lora, dormir en las hierbas que se les habían comprado en Palma.
El administrador dio al yegüero 30 reales para gastos de la barca y los 3.000 que faltaban para completar el pago de las hierbas. Según el contrato, debía entregarlos al dueño de ellas en cuanto llegara a Palma, a cambio de lo cual recogería su recibo. En el cuadernillo que el administrador le había entregado para que llevara apunte de los costos de estos viajes, el 12 de mayo registró provisionalmente el pago de los 3.000 reales que completaban la compra de las hierbas para las yeguas, según recibo del dueño del cortijo.
A partir de aquel momento el yegüero y sus zagales serían los únicos responsables de la piara. Se le encargó mucho que no faltara de ella en ningún momento durante los días que mediaban hasta san Juan, y que los zagales hicieran lo mismo, para evitar que ocurriera algún extravío grave en tierra extraña. Para que ninguno descuidara un encargo en el que se había puesto tanto cuidado, acordaron además que los zagales de vacas del Pozo de la Huerta se encargaran de llevar a los responsables de las yeguas el hato correspondiente a los días que estuvieran fuera, así como las ropas que necesitaran. Para entregarles uno y otras, los de las yeguas los esperarían en Lora, en los álamos del paseo frente a la aceña, tras lo cual cada uno se volvería a su destino.
Aquella experiencia no debió resultar tal como se había previsto. El 11 de junio, a quince días del final del disfrute de los pastos, administrador y aperador convinieron que al día siguiente el guarda de la Trinidad, la otra dehesa de la casa, avisara al yegüero, que permanecía en Palma del Río, para que ya el 14 temprano llevara las yeguas a dormir al Pozo de la Huerta, diez días antes del previsto para la vuelta, hasta donde debía acompañarlo, y que el 15 temprano las llevara al cortijo para cuidarlas y herrarlas, de manera que empezaran la trilla el día después de la próxima huelga, que sería el 17.
Las decisiones se precipitaron hasta tal punto que el 14 de junio las yeguas ya llegaron al cortijo central. Aunque a sus responsables se les había encargado que durmieran aquella noche en el Pozo de la Huerta, habían salido de la dehesa [sic] de Palma del Río por la mañana temprano, para hacer menos molesto el camino, y con todos aquellos animales, entre ellos potros chicos, andado en una sola jornada las ocho leguas que separaban un lugar de otro. Supongo que si se les hubiera mandado esto que han hecho por su gusto los ganaderos se habrían lamentado amargamente, resistiéndolo como un imposible, reflexionó el administrador. Por fin, gracias a Dios, que han vuelto de la expedición sin novedad, aunque sufriendo la escasez de comida que en este año de miseria hay por todas partes, después de gastar un dineral para beneficiar las yeguas. Pero todo inútil desgraciadamente, según lo acreditan ya los malos resultados. El aperador y el yegüero estuvieron en este negocio bastante ligeros en todos los sentidos, concluyó. O el pasto se había terminado diez días antes de lo previsto o las condiciones en las que permanecían las yeguas en las tierras de Palma no habían sido todo lo satisfactorias que se esperaba. Todo parece indicar que la pobreza de los pastos contratados fue la culpable del relativo fracaso.
Afortunadamente, el 16 de junio ya podía darse por terminada la aventura, y todo lo que quedaba por hacer para permitir que la trilla del trigo fuera obra de las yeguas quedó encauzado. De los almacenes de las casa el yegüero recogió veinte cobras de cerda, más cuatro costales de jerga y cinco de cáñamo, que ya se habían desechado, para que fueran utilizados para los cinchos.
La cobra era un aparejo de una sola pieza, tejido con la cerda de los mismos animales, que enlazaba las yeguas que hacían la trilla, aunque su nombre lo recibía por extensión. En sentido propio, la cobra era el grupo que formaban cada tres yeguas enlazadas para que, sometidas a la autoridad del yegüero, pisaran en giros reiterados la mies tendida sobre la era. La más próxima a él llevaba un cincho o faja ceñida al tórax y fijado con una cuerda, la misma que, con la forma de dos colleras, unía a las otras dos del grupo. Probablemente unos trilladores auxiliaban al yegüero en la conducción de las yeguas que habían de hacer aquel trabajo durante el verano, o lo sustituían a cada tanto. Entre uno y dos asalariados fueron identificados como responsables de esta función durante el segundo periodo, y un número indeterminado de ellos trabajó durante una parte de los quince días del tercero.
La preparación de las yeguas para el trabajo en la era concluyó el 19, cuando se acabaron de herrar; en total, ochenta y cinco, una más de las previstas. El exceso había sido responsabilidad del yegüero, a quien el administrador había encargado que las herradas fueran justamente ochenta y cuatro, las que había contratado con Burraco, el mariscal que trabajaba para la casa, quien sobre todo se encargaba de mantener herradas sus bestias. El contrato acordado debió ser ochenta y cuatro porque se ajustaría al tamaño preciso de la fuerza que se deseaba invertir en la trilla. A razón de tres yeguas por cobra, de ochenta y cuatro cabezas resultarían veintiocho cobras activas.
Todas las yeguas, para irlas metiendo en trabajo y en pienso, el 19 ya estaban trillando. Su dieta, parte cotidiana de la inversión en aquella energía, era objeto de un cuidado específico. A partir del momento en el que se incorporaron a la trilla, y mientras estuvieron trabajando en la era, se beneficiaron de un régimen de alimentación que para ellas se sostuvo al menos hasta el 7 de julio. Ya el 3 de junio, en previsión de su llegada, los mismos mulos que habían llevado a la población un viaje de las habas menudas recolectadas llevaron de vuelta al cortijo central de la casa una porción de la cebada y la escaña que debían servirles de pienso mientras se mantuvieran en aquel trabajo. A propósito de su administración, el yegüero precisó que el 19 ya habían comido diecisiete fanegas de cebada y escaña, una cantidad que se iría modificando atendiendo más a la demanda de los animales que a las carretadas de gavillas que trillaban. El 21 siguiente comieron diecinueve, y el 7 de julio, aunque solo trillaban sesenta carretadas, se decidió subirles aquella cantidad hasta veinte, lo que sitúa la ración diaria de pienso de cada animal a una cantidad comprendida entre un quinto y un cuarto de fanega, a la que habría que sumar lo que libremente pastaran en los rastrojos.
Asociados al trabajo de la era estaban los asalariados que la documentación llama moreros, quienes, por una parte, debían volver la mies tendida sobre la era y, por otra, aventar y limpiar el grano. Según la lexicografía local, eran conocidos con aquel nombre por el color que su piel iba adquiriendo en el transcurso del verano.
En la primera fase fueron adscritos a la era solo dieciséis moreros. Pero el 17 de junio, al comienzo del segundo periodo, su número subió a treinta y seis. Sin embargo, al día siguiente solo había veintiocho trabajando en la era, según el listín del cortijo. A partir de aquel día, y hasta el final del mismo mes, su número osciló bastante, entre un mínimo de veinte y un máximo de treinta y ocho, con veinticinco-veintiséis como valores más habituales.
Unas oscilaciones tan acusadas de la cantidad de trabajo al servicio de la era debieron traducirse en cierta irregularidad de la producción diaria, de cuya conciencia quedó constancia. El 24 de junio se reconoció que la era estaba bastante atracada por falta de gente, razón que aconsejó decidir que se aumentara a partir de la siguiente jornada, lo que no evitó que la irregularidad se acusara aún más. El 1 de julio, en la era, que de nuevo estaba escasa de gente, servían solo dieciocho moreros, el mínimo absoluto del periodo. Al día siguiente su número se incrementó notablemente, hasta veintinueve, y a partir del 3, y durante el resto de la semana, osciló entre un mínimo de treinta y seis y un máximo de cuarenta, el valor que más se repitió. Por eso no deja de sorprender que el día 7 de julio, por la tarde, durante su visita a la explotación el administrador no encontrara en la era novedad particular. A pesar de la relativa estabilidad que se había conseguido para el trabajo de los moreros, aquel día tuvo que reconocer que había en la era cierta cantidad de parvas amontonadas, ya trilladas pero que permanecían a la espera de que el grano fuera separado.
La razón de la lentitud y el bloqueo de la actividad en la era, que sería la misma de las oscilaciones de la cantidad de trabajo que a diario se le asignaba, así como de la actitud del administrador, era que todos trabajaban confiados a las mareas, el viento suave del sudoeste, el que se juzgaba más favorable para aventar, que no terminaba de imponerse. De ahí que en aquel momento los moreros solo se ocuparan de las parvas que se trillaban en el día y que el rendimiento del trabajo de trilla de las yeguas aquel día se fijara en solo sesenta carretadas. Hasta que llegara el viento esperado, la estabilidad del trabajo se habría impuesto. Cuando los días 8 y 9 se decidió dedicarlo a la cebada, la situación no habría cambiado mucho. El número de moreros seguía estabilizado en treinta y cinco, según el diario. Para el 11 de julio solo había veintiocho, mientras que entre el 12 y el 15 su número osciló entre treinta y treinta y nueve, con valores más frecuentes cerca de este máximo. Todo indica que los vientos que se creían necesarios, durante la primera mitad de julio, seguirían siendo inconstantes.
Habría que esperar al 16 para que la trilla experimentara el giro definitivo. Estuvieron trabajando en la era sesenta asalariados, e incluso se incorporaron a ella cinco carreteros, que habían quedado libres una vez concluida la saca. Este valor extremo apenas pudo mantenerse el 17, cuando trabajaron en la era sesenta y dos asalariados. Porque a partir del 18, y hasta el 23, el número de moreros se estabilizó entre cincuenta y tres y cincuenta y nueve, con valores más frecuentes en torno a cincuenta y cuatro. No obstante, el 21, cuando esta era la cantidad de los que trabajaban, a ellos se sumaron otra vez carreteros. Ahora fueron los seis que habían llegado aquel día de la capital, a donde había ido el día anterior. Para el 22, cuando el trigo de yema ya se iba concluyendo, los cincuenta y nueve moreros de aquella jornada se ocuparon en los garbanzos, la cebada y demás restos de la era, con los que acabaron el 23. O el viento suave del sudoeste acudió fielmente a la cita cada día desde mediados de julio, feliz concurrencia de los elementos que se creían necesarios, o el final de la trilla sería más el resultado de la decidida voluntad de terminar con ella.
Durante los días que la trilla estuvo pendiente, por las noches se mantendría un servicio de vigilancia. Un guarda de las habas fue empleado durante once días de la primera fase, y un guarda de la era durante cinco. Sin interrupción, este permanecería vigilante durante los veinticuatro días del segundo periodo y durante los quince del tercero. Pero ningún trabajo complementario fue tan imprescindible como el del carrero o carretero del agua, que se mantuvo activo día tras día desde el 16 de junio hasta el 12 de agosto. Gracias a su auxilio se combatirían las altas temperaturas de la estación. La casa entregaba a cada cuadrilla de segadores unas aguaderas, cuatro cántaros y un lebrillo. El trabajo del carretero del agua, que la trasladaría desde la fuente de la que se surtiera la explotación hasta cada lugar de trabajo, sería mantener los cántaros de las aguaderas durante la siega, así como surtir a quienes trabajaran en la era.
A pesar de que la trilla había concluido cuando julio terminaba, todavía hubo que trabajar en la era durante el cuarto periodo, si bien no está del todo claro en qué clase de actividades. Todo apunta a que se concentraban en cargar el grano trillado y aventado para transportarlo hasta la población. Se deduce de una decisión tomada el 31 de julio, cuando el administrador y el aperador acordaron no dejar pasar más tiempo sin recoger las cuatrocientas fanegas de cebada compradas a un labrador vecino para que atendieran el gasto del campo de los señores, una urgencia para la casa que sería la consecuencia tanto de una imperdonable falta de cálculo en su planificación de la sementera precedente como de la escasez de pastos de aquel año. Al día siguiente, primero de agosto, saldrían del cortijo central para el contiguo veinticinco burras y los diez mulos. Debían cargar a razón de cien fanegas de cebada cada viaje, hasta traerse las cuatrocientas. Saldrían al atardecer, para que hicieran el viaje con la fresca, parte de tarde y parte de madrugada. Como estaba concluido el trigo en la era del cortijo central, y solo quedaban por transportar la cebada y la escaña, cuyo traslado daba más tregua, burras y mulos podían emplearse preferentemente en la traída de la cebada comprada.
Durante aquella nueva fase la cantidad de trabajo consumida por la era disminuiría sensiblemente. Hasta el 28 de julio estuvieron trabajando en ella treinta y dos asalariados, y a partir del 29 su número se mantuvo bastante estable, entre veinticuatro y veintisiete, con veinticinco y veintiséis como valores más frecuentes. A partir del 10 de agosto, y hasta el 14, subió algo por encima de treinta. Cuando se especifican, se siguen identificando como moreros, y cuando a partir del 3 de agosto se menciona explícitamente el trabajo que estaban haciendo se dice que ya estaban cargando la cebada y la escaña. Pero otra parte del trabajo que se les encomendara debió ser sacar granzas, regranzas y suelos.
Al aventar el grano y pasarlo por el zarandón se obtenía el producto de yema o de primera calidad. Los restos que no pasaban la selección eran las granzas, que a su vez se decantaban con un harnero y con una criba, dos clases del mismo medio de depuración que se distinguían por la luz de sus urdimbres. En lo fundamental cualquiera de ellos era un aro al que se había fijado alguna clase de trama, más o menos tupida, para pasar a través de ella los restos de los áridos y así separarlos por estado o calidad y limpiarlos. Esta operación, que se llamaba ahechar, a su vez originaba un subproducto, las regranzas, que asimismo se ahechaban. Suelo, por último, era el nombre de los granos que quedaban en el área de la era, de la que tomaban su nombre. Una vez que se había recogido toda la parva con la arnilla, se sacaban barriéndola.
El 7 de agosto quedó constancia de que los hermanos Antonio y Manuel Zafra, para levantar la era en el cortijo central, habían ahechado de dos manos, una de harnero y otra de criba, los trigos de granzas, regranzas y suelos. Ahecharon nada menos que seiscientas noventa y siete fanegas y media, de las cuales trescientas veintitrés habían sido de granzas, doscientas cuarenta y siete de regranzas y ciento siete y media de suelos, más veinte de bacia o desecho que el aperador decidió dejar en el cortijo para comida de las gallinas. En una segunda fase, los hermanos Zafra estuvieron ahechando hasta el 23 de agosto las setenta y siete fanegas y media de garbanzos de la cosecha de aquel año, de las cuales veintitrés y media procedían del área más próxima al cortijo central de la casa, que habrían tenido de bacia media fanega y de agracejo o garbanzos sin madurar dos, y cincuenta y cuatro del área contigua al cortijo que se iba a incorporar al año siguiente a la labor, que tendrían de bacia una fanega y de agracejo dos, todo igualmente de dos manos, una de criba y otra de harnero. Cobraron a razón de dieciocho reales cada cien fanegas, y además recibieron dieciséis reales por la impertinencia.
Entre el 26 y el 29 de agosto, quinto periodo, entre veinte y veintiséis jornaleros, en cantidades decrecientes, estuvieron barriendo la era de la tierra de los hormigueros que había en el empedrado. Se puede suponer que toda la tierra acumulada en la era no tendría aquella procedencia. De lo contrario, no tendría mucho sentido emplear tantos hombres en barrer y sacar tierra durante cuatro días.
La saca
Publicado: junio 30, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
El 1 de julio aún quedaba por completar la otra parte de la recolección, los trabajos derivados de las siegas. Se habían iniciado en paralelo a ellas y agotaron un calendario que se prolongaría entre mediados de junio y primeros de septiembre, aunque su intensidad, así como sus dedicaciones preferentes, oscilaron a lo largo del verano.
Para esta parte de los trabajos eran empleados asalariados de los que regularmente trabajaban para la casa por periodos de entre quince y treinta días, durante los que permanecían en la explotación bajo la responsabilidad directa del aperador, quien los había contratado.
A cada asalariado que empleara le asignaba cada jornada una actividad según las necesidades de cada fase. Durante los veinticinco días comprendidos entre el 22 de mayo y el 15 de junio, todavía dedicados en su mayor parte a trabajos distintos a los que necesitaba la recolección de los granos y semillas, como acabar los barbechos o recortar estiércol, empezaron la saca y los trabajos de la era. Pero se trataba todavía de la fase inicial de esta secuencia de operaciones. Los veinticuatro días comprendidos entre el 16 de junio y el 9 de julio fueron los que de verdad concentraron la actividad laboral en la saca y en la era. En acabar aquella, la trilla de las gavillas restantes, limpiar y portear grano y formar los pajares fueron invertidos los quince días del siguiente periodo, los comprendidos entre el 10 y el 24 de julio, y durante los siguientes veintiún días, los que fueron del 25 de julio al 14 de agosto, excepcionalmente hubo una interrupción de los trabajos. Por la noche del 9 se volvieron a holgar desde el cortijo central a la población todos los asalariados, así como el aperador, para oír misa al día siguiente, día de san Lorenzo, tal como era la costumbre. A pesar de esta concesión, en aquel periodo todavía hubo que trabajar intensamente en la era, terminar de portear el grano y la paja, y labrarla en pajares y techarlos. Entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre el signo de los trabajos cambiaría radicalmente. Durante esos veinticuatro días, aparte repartir estiércol en algunos lugares de la explotación y reparar las pesebreras del cortijo que se iba a incorporar a la labor, se acabaron de techar los pajares y por fin se dejó limpia la era.
Tanto como se interesó por la siega, el administrador desde el principio supervisó sobre el terreno todo lo relacionado con sus trabajos derivados, y en ningún momento desistiría de la responsabilidad con la que las actividades paralelas le cargaban. En su visita a la explotación del 14 de junio, cuando estaba a punto de terminar el primer periodo, aprovechando que del cortijo central aquel día se volverían a holgar los asalariados regulares, trazó el plan al que debían atenerse a partir del estado en el que las encontró. Aunque el número de carretadas de gavillas que hasta el momento se habían sacado no le se lo pudieron precisar, constató que ya estaban recogidas y limpias dos parvas de trigo, una parte del cual aquel mismo día ya habían llevado a la población. Otra parva había quedado a medio trillar y otras dos estaban ya abarradas. Decidió que el día que volvieran los trabajadores, una vez terminada la huelga que empezaba el 15, que en la práctica fue el 17 de junio, la trilla ya quedara a cargo de las yeguas.
En cuanto a la cuenta de las carretadas de gavillas que habían trillado los mulos, del trigo limpio que ya se había llevado a la población, de la carne consumida en los tres últimos días del periodo precedente y de otros detalles, prefirió aplazarla hasta que se hiciera el balance del periodo siguiente, que se cerró el 9 de julio. Un par de días antes de que llegara este momento, por la tarde, otra vez a punto de terminar la segunda de las secuencias de actividad, para conocer la situación de primera mano de nuevo estuvo en el cortijo centro de los trabajos. Esta vez revisó los rastrojos y la saca de las gavillas, y después estuvo en la era. En nada encontró novedad digna de mención.
Los trabajos derivados de la siega, además de planificación, exigían un notable despliegue de medios. Su primer alarde convergió en el 8 de junio. Aquel día, desde el almacén de la casa, donde habrían hibernado, fueron trasladados a la explotación los primeros medios que se utilizarían para ellos. Dos carretas, que habían ido a la población para llevar arados y yugos para mulos de los que llamaban cangas, de vuelta llevaron al cortijo central las horcas de cabo largo para cargar las carretas y las que se utilizaban en la era, bieldos y bieldas, rastros y palas. Las horcas de cabo largo, simples palos en uno de cuyos extremos, en un travesaño, se insertaban largos y agudos dientes también de madera, eran herramientas específicas de la saca. Con ellas se cargaban las gavillas en las carretas. La casa las prefería a los collazos comunes, similares pero más cortos. Los bieldos, fueran comunes, de rostros, pajareros o grandes, que se utilizaban para los trabajos de la era, eran similares a las horcas. Para mantenerlos operativos, las carretas también llevaban cuatro haces de dientes. Los rastros, ensamblados con madera formando una retícula cuadrangular, de la que colgaban dientes de hierro, durante esta parte del año servirían para arrastrar las pajas.
Normalmente todas estas herramientas se compraban con un año de anticipación. Las que se utilizarían aquel año habían sido suministradas al almacén de la casa el 27 de julio del año anterior por un antiguo maestro y vendedor de utensilios de esta clase, vecino de una población cercana. Se las compraban con tanta antelación para darle enjugo a las maderas ligeras con las que estaban hechas. Sin embargo, el 1 de junio siguiente el suministrador habitual hubo de atender un pedido urgente de herramientas para la recolección, que se comprometió a completar en una semana, lo que tal vez fuera provocado por un volumen de la cosecha imprevisto. Entre el 1 y el 8 proporcionó más horcas para la saca y más palas para la era.
Las carretas también trasladaron al cortijo una pieza grande de pino, probablemente desecho del enjero de un arado, para con ella hacer la arnilla que se emplearía en la era. La viga tenía unos dos metros aproximadamente, y como había sido condenada a ser arnilla en sus extremos tendría un par de argollas, donde para recoger la parva ya terminada se engancharía el tiro de animales que hiciera la trilla.
Asimismo llevaron las piezas de madera necesarias para arreglar el lecho o trama de asiento de una de las carretas que se emplearían en la saca. El tiro o lanza, a la que se uncirían los animales que tirarían de ella, y que se prolongaba por debajo de la caja para sostener todo su entramado, era de álamo y tenía unos cinco metros y medio de longitud. Los dos limones, que eran las piezas que cerraban el lecho lateralmente en el sentido de la longitud, en paralelo al tiro, tenían unos dos metros y tres cuartos de largo. Para teleras se enviaron cuatro palos redondos, dos de ellos con poco más de dos metros y otros dos con apenas uno y tres cuartos. Las teleras, que efectivamente solían ser cuatro, se tendían en el sentido transversal de limón a limón para unirlos. Descansaban sobre el tiro, que los descargaba del peso que recogían. Y, para completar el equipamiento de las carretas, también llevaron treinta estacas de álamo. En las carretas, a cada lado, en vertical se disponían cinco listones de madera que se embutían por la base en los limones, y que por su extremo superior se aguzaban para quedaran afianzados por los aros de las riostras que las unían. Todavía una semana después otra carreta tuvo que llevar al cortijo, para que garantizar el mantenimiento de los lechos según fuera pasando la estación, otras dieciocho piezas de madera de las primeras que se obtenían del corte de los troncos en el sentido de la longitud, de unos dos metros y medio de largo, que se guardaban en el granero de la casa de campo.
También llevaron las dos carretas materiales para reparar las angarillas, que eran dos bolsas de lienzo sujetas a un par de armazones de madera cuadrados que se cargaban sobre los animales de transporte y que durante la recolección se utilizarían para trasladar la paja, y maderas de pino mal figuradas, que en su mayor parte aprovechaban palos viejos, para montar los sombrajos donde las burras se protegerían del sol del verano. Se sostendrían sobre muletas o pies derechos de poco más de dos metros de altura, encima de los cuales en horizontal descansarían durmientes de algo menos de cuatro metros, más un par de casi cinco, que para cerrar la techumbre a su vez recibirían cumbreras de la misma longitud que las durmientes comunes. Completarían aquel entramado elemental unas berlingas, probablemente móviles, de casi seis metros de largo entre las que se tendería una cuerda para que soportara alguna pantalla de tela que evitara la entrada rasante del sol.
El plan para el acopio de los medios necesarios para la recolección se completó durante los restantes días de junio. El suministrador de horcas y palas, el mismo día que había completado el encargo de urgencia que se le había hecho, se comprometió a empezar a partir del día siguiente trabajos de espartería, igualmente al servicio de la recolección. Con un oficial, entre el 9 y el 22 de junio estuvo arreglando soleras para carretas y reparando o haciendo serones. Las soleras, si se hacían de esparto y servían para las carretas, serían el fondo que se colocaba sobre el lecho para que contuviera la carga. Los serones eran un par de esportones cónicos unidos entre sí de manera que cargaban sobre el lomo de las bestias que se empleaban para el transporte. Además, confeccionaron un buen número de esportones boyeros, que habrá que suponer cilíndricos y con asas, destinados a contener los áridos que se cargaran en las carretas.
A partir del 13 de junio un maestro albardonero, a quien le acompañaban al menos su hermano y su hijo como oficiales, se empleó en arreglar las cinchas de las burras del acarreo del trigo y componer los costales que estaban estropeados, previa recogida de los materiales necesarios, que se guardaban en los almacenes de la casa. Las cinchas, que repararía con lienzo, sujetaban por debajo de la panza la albarda o almohadilla rellena de paja que amortiguaba el peso que recibían en el lomo los animales de carga. Según aquel plan, el que deberían soportar las burras sería el del trigo que se envasaba en los costales, unos sacos que también serían de lienzo. Un par de días después se dedicó además a hacer con lienzo cañamazo los costales nuevos que habrían de servir en el acarreo del trigo, y a coser con cordel de amarrar los viejos.
Para el 14 de junio un maestro herrero había terminado para la casa, además de otros trabajos, los suministros necesarios para el cajón del trigo, un medio del que no se da más noticia, tales como escuadras y clavos, pasadores y tiradores, y los clavos de los bancos para el sombrajo de las burras, complemento de las maderas que ya se habían enviado. Pero su destreza tendría su oportunidad en los días que siguieron hasta el 30 de junio, durante los que se concentró en arreglar el eje del carro del trigo, un ingenio de una complejidad exigente.
Era una pieza de hierro algo más larga que ancha era la caja. Sus dos extremos, que tenían forma de tronco de cono, eran las mangas, donde se ajustaban las ruedas. Renovarlas le obligaría a desmontar el eje y volver a forjarlas. Después, a las mangas puso cañoneras nuevas, roscones, arandelas y pasadores.
Las cañoneras eran el centro de la maza o núcleo donde convergían los radios de las ruedas. Tenían forma de tronco de cono regular porque debían recibir las correspondientes formas de tronco de cono de las mangas. Con unos salientes u orejillas, las cañoneras quedaban fijadas a la maza. Ahora se trataría de un trabajo de precisión.
Pero calcular los roscones no lo sería tanto. El eje terminaba en un par de salientes que se llamaban moños. Para protegerlos se forjaban los roscones, aros de hierro de bastante espesor. Las arandelas, por su parte, estaban al servicio de un buen cálculo de los equilibrios del peso muerto del carro. Los extremos o puntas del eje del carro que sobresalían de la rueda eran los pezones. Para que no se salieran las ruedas, en los pezones se colocaban las pezoneras o pasadores, unas cuñas de hierro que atravesaban las puntas del eje. Entre la maza y la pezonera se colocaba la arandela, una corona o anilla metálica, para evitar el roce de ambas.
Además, el maestro herrero, durante aquella segunda mitad de junio, arregló los hierros del trillo y de la arnilla. Del trillo que utilizara la casa no disponemos de información directa, tal vez porque su empleo fuera muy secundario, y su reparación de la arnilla podemos suponer que se reduciría a las argollas de sus extremos.
Finalmente, también fue necesario recurrir a un cedacero. El 30 de junio a un tal José, que ejercía este oficio, especializado en la fabricación de los utensilios necesarios para la criba, le fue liquidado el trabajo de calar un zarandón que se iba a destinar a cribar el trigo en el cortijo. El zarandón era un instrumento algo singular. La lexicografía local lo describe como un cedazo que se aplicaba a la criba en grandes cantidades. Según sus precisos informes, estaba hecho con un marco de madera de un metro y cuarto de ancho por dos de largo, y se apoyaba en el suelo por uno sus lados menores, mientras que dos trabajadores lo sostenían en posición inclinada para que el trabajo de criba se fuera ejecutando. La fuente que nos informa de las actividades relacionadas con la recolección explica que al cedacero la casa le había suministrado para aquel trabajo la piel de una yegua y las armas, una denominación parcial del objeto que hay que interpretar, a partir del documento léxico, como una armadura de madera procedente de otro zarandón, cuya piel, según ella misma, había sido desechada. La piel, calada con el grosor y la frecuencia adecuados al destino que de él se esperaba, que era la criba del trigo, una vez montada en el armazón, sería la encargada de satisfacerla.
La saca consistía en llevar las gavillas formadas por los segadores desde donde hubieran cortado la mies hasta la era, una secuencia de movimientos que también se llamaba barcinar. Se cargaban sobre carretas que tiraban los bueyes de la explotación y las depositaban junto a la era, donde esperaban a ser trilladas.
Preparar y mantener las carretas llevaba tiempo y necesitaba un trabajo que la casa obtenía de un taller de carpintería especializado, también externo a su organización pero subordinado a su demanda. A quienes trabajaban en él con el fin exclusivo de proporcionar los trabajos sobre la madera que demandaba una labor se les llamaba carpinteros bastos.
Desde que empezaba la saca, su concurso era necesario. Desde el 6 de junio, y hasta el 27, el maestro carpintero de lo basto del taller que habitualmente trabajaba para aquella labor, y hasta seis de sus oficiales, estuvieron trabajando en la cochera de la casa arreglando las carretas, además de arados, aguaderas y herramientas para la era.
Una parte de aquellos veintidós días, con dos de sus oficiales se desplazó al cortijo central para arreglar las de la saca y después armarlas. El 19 de junio aún se mantenían componiéndolas, a pesar de las veces que se les ha dicho, tanto a ellos como al aperador, que las composiciones largas se hagan en la población. La aversión de los gestores de la casa a que los carpinteros se trasladaran a la explotación a hacer su trabajo, donde su presencia estaría suficientemente justificada por la necesidad de reparar las carretas tal como iban estropeándose, provendría de que al costo por jornada de su trabajo, si estaban desplazados al campo, añadirían el de la comida diaria.
Al equipamiento de las carretas también permanecía atento el aperador, aunque limitándose al ámbito de sus competencias. Ya el 1 de julio pidió para las carretas que hacían la saca cuatro aperos de cáñamo, de cuyas características la fuente no proporciona más detalles. Se puede deducir, tanto por la fibra de la que estaban hechos los aperos como por el resto de su pedido, que se trataría de mantener el equipo para el manejo de los bueyes que servían en las carretas. Porque también solicitó seis pares de frontiles, la masa de desecho de textil o de fibra que se interponía entre la frente de los bueyes y la soga que los fijaba al yugo, para así amortiguar los efectos del rozamiento; y doce aguijadas, las varas con las que los boyeros estimulaban el trabajo de los bueyes. Aquel equipamiento permitiría mantener en activo simultáneamente seis carretas. Además, pidió cincuenta y cinco pitones o cáncamos para mantener los sombrajos que se habían montado.
En los días del final de la primavera un mínimo de entre tres y cuatro gavilleros se encargarían de echar las gavillas a las seis carretas que se dedicaron a este trabajo. Su rendimiento se medía en carretadas, expresión directa de la capacidad de carga de cada unidad de transporte, lo que obliga a dar por supuesto que todas las carretas que se empleaban en aquella actividad eran idénticas. El 11 de junio rindieron treinta y seis, lo que supondría un rendimiento de seis viajes por cada carreta, y el 16 se hizo el balance de todas las que habían sacado hasta el día anterior, ciento cuarenta y una.
El 17 de junio, cuando los trabajadores asalariados llegaron al cortijo central de la explotación donde estaban concentradas sus instalaciones después de la huelga preceptiva, a las carretas de la saca de las gavillas fueron destinados dieciocho de ellos. Al día siguiente la empezarían con dieciséis carretas, cada una de las cuales, hasta el 24, estuvo dando cuatro viajes diarios, un rendimiento moderadamente bajo, que tanto se podría explicar por la lentitud de los movimientos de los bueyes como por el tamaño que tuviera esta cabaña en aquella explotación y su práctica del revezo.
A partir del 26 de junio el número de carretas de la saca de gavillas subió a dieciocho, y en esa cifra se mantuvo hasta el 4 de julio, rindiendo a razón de los mismos cuatro viajes. Pero el 5 de julio, según el diario del aperador, empezaron a sacar gavillas veinte carretas, que redujeron su actividad a tres viajes diarios, y en ese nivel más moderado de trabajo se mantuvieron durante los dos días siguientes. Luego el volumen de los bueyes activos debió incrementarse notablemente. Para el 7 de julio, próximo ya el final del segundo periodo, pastaban en los rastrojos de uno de los cortijos de la explotación los cien bueyes que servían para las veinte carretas que daban tres viajes diarios, lo que se traduciría en un hato tipo de cinco bueyes por cada carreta y por tanto un revezo graduado a lo largo de la jornada a base de un reemplazo.
Si se había optado a favor de un tamaño tan grande para el hato de los bueyes de la saca debió ser porque se habrían impuesto unos patrones abusivos, derivados del contencioso que se había suscitado con el arrendatario saliente de un cortijo colindante con la explotación que la casa ya había arrendado para incorporarlo a ella al año siguiente. En el transcurso del mes de junio, al tiempo que se estaba jugando la decisiva siega del trigo, la casa tuvo que enfrentarse a este imprevisto.
Las costumbres de los labradores de la zona, cuando la cesión de un cortijo iba a terminar, eran que el arrendatario saliente solo debía mantener en él cuatro bueyes por cada carreta que empleara en su última saca, los que por convención estimarían suficientes para poder barcinar. Se actuaría así porque se daría por supuesto que la decisión sobre el uso como pastos de las rastrojeras correspondería ya al arrendatario entrante. Sería uno de los pocos restos que aún sobrevivían de cuando el dominio comunal aún no había sido laminado por el imperio absoluto de la nuda propiedad. El patrón cuatro por una para el tiro y el revezo de las carretas se habría impuesto dada la alta frecuencia con que las tierras cambiaban de mano.
El 6 de junio por el aperador se supo que el arrendatario saliente de aquel cortijo, cuya tierra había contratado la casa para empezar a barbecharla el 1 de enero siguiente, había decidido levantar sus últimas gavillas con siete carretas y cincuenta y ocho bueyes, lo que excedía incluso el doble de lo regular. Además, estaba dispuesto a meter una piara de cerdos para aprovechar la espiga desprendida de las gavillas que quedara en las tierras segadas.
Para evitar contiendas judiciales por nuestra parte, siempre dañosas en estos casos -reflexionó en estas circunstancias el administrador-, he mandado al aperador que se vea con el perito don José Gómez, que ha mediado en las cuestiones suscitadas por el cortijo del que se trataba, y que con su opinión obre en él, desde luego resistiendo la entrada en los rastrojos de más ganado del que deba entrar para la faena de barcinar, y obligando al célebre colono saliente a que cumpla con su deber o que se queje a la autoridad, en cuyo caso contestaremos como corresponda. Lamentaba no haber podido hablar con don José Gómez, quien estaba en su cortijo del Charco de temporada. La palabra elegida por el administrador para referirse a la actividad que en aquel momento desarrollaba don José no es lo bastante precisa como para poner en duda los motivos de su ausencia. No deja de ser cierto que los edificios de los cortijos, cuando existían y estaban acondicionados, en el buen tiempo podían ser utilizados como residencia de descanso.
Un par de semanas después, otra vez gracias a los informes del aperador, se supo que el arrendatario saliente del cortijo de la controversia ahora insistía en sacar sus mieses metiendo seis bueyes por cada carreta y cuatro para la paja en la era. Se desentendía de cuanto se le decía en contra, explicó, y contestaba que le hablaran por la justicia o como se quiera, porque él sabía que estas eran las costumbres de los labradores. Increíble parece tanta mala fe y tan refinada hipocresía en un hombre que está rico con lo que ha sacado de esta casa, recapacitaba ahora el administrador, quien por el momento prefirió limitarse a reclamar de nuevo la mediación de don José Gómez, quien nada había contestado a la carta que le había escrito tres días antes sobre este vergonzoso negocio.
El 8 de julio empezó la saca de la cebada, que hasta entonces habría permanecido agalberada, ateniéndose a un procedimiento al servicio de la espera de turno para la trilla. Al agalberar las gavillas se amontonaban en el lugar donde la mies había sido cortada de manera que las espigas quedaran protegidas de la acción del tiempo. Aquel día y el siguiente al menos una parte de las veinte carretas estuvieron dedicadas a esta saca.
Terminado el periodo, ya el 10 de julio, quedó constancia de que las carretadas de gavillas de trigo sacadas para la era entre el 16 de junio y el 9 de julio habían sido en total mil trescientas sesenta y nueve. Por su parte, según la misma cuenta, las carretadas de gavillas de cebada que se habían sacado hasta entonces sumaban sesenta, aunque este trabajo aún estaba por acabar.
El 11 de julio salieron para el cortijo con destino a la saca, que había entrado en su fase final, los mismos asalariados que habían estado sacando gavillas de trigo durante el periodo anterior, dieciocho. No obstante, de afirmaciones que se hacen más adelante, se deduce que en los trabajos de gavillas solo estarían ocupados entre seis y siete hombres, lo que solo sería cierto si es que estos trabajos se prolongaron a lo largo de los quince días que duró el tercer periodo. Al día siguiente, 12 de julio, mientras seguían sacando gavillas veinte carretas, la administración de la casa se propuso terminar la saca del trigo para seguir con las gavillas de cebada, lo que efectivamente sucedió durante los dos días posteriores, lo que permitió que ya el 15 estuvieran sacando la escaña, para lo que se emplearon diecinueve carretas. Es posible que durante dos días al frente de estos trabajos estuviera un capataz de carretas.
Así fue como quedó concluida la saca de las gavillas, lo que formalmente se certificó el 17 de julio, una semana antes de que terminara el tercer periodo. Entonces se hizo el siguiente balance de las carretadas de gavillas que se habían sacado de uno de los cortijos anexos: de trigo, los días 11 y 12, veinte y treinta y nueve, lo que sumaba cincuenta y nueve; de escaña, los días 12 y 15, veintiuna y treinta carretadas, que componían cincuenta y una; y de cebada, los días 13, 14 y 15, sesenta, cincuenta y siete y ocho, que sumaron ciento veinticinco.
El complemento de la saca era recoger las espigas que se desprendieran de las gavillas según eran cargadas y transportadas. A aquel trabajo se llamaba respigar y de él se ocupaban los asalariados que mientras lo hacían se conocían con el nombre de respigadores. Se les llamaba rastrojeros cuando se encargaban de rebuscar la espiga entre los rastrojos. Para la primera fase bastó con tres respigadores y entre uno y dos rastrojeros.
El 17 de junio, cuando se había reanudado el trabajo de los asalariados contratados para el nuevo periodo, para ir tras de las carretas fueron destinados como respigadores nueve de ellos, pero al día siguiente se redujeron a ocho, y en esta cantidad se mantuvieron hasta el 24.
A fines de junio de nuevo otro par de veces oscilaría entre ocho y nueve aquella cantidad, y a partir del 1 de julio se volvió a los ocho. Sin embargo, el 5 se decidió subirla a diez, y en esa cifra se mantuvieron hasta el 8, cuando iban tras las carretas de la cebada. Pero las gavillas de cebada, quizás a consecuencia de su conservación, debieron exigir más trabajo de esta clase. El 9 de julio acompañaban a las carretas de cebada nada menos treinta respigadores, lo que pudo ser la consecuencia de haber permanecido agalberadas desde fines de mayo. Sin embargo, para el segundo periodo fue suficiente con un rastrojero, que trabajó durante diecinueve de los veinticuatro días.
Con las carretas que sacaban el trigo, en la última fase, que fue el tercer periodo, trabajaron diez respigadores, con las de cebada, nueve, y con las de escaña, ocho. Consta además que un rastrojero trabajó durante seis de sus quince días.
La siega del trigo
Publicado: junio 25, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Durante el día 3 de junio la administración de la casa a partir de la cual observamos estos fenómenos hizo frente a una actividad desacostumbrada, tanta que resultaría la jornada más intensa de aquel año. En la población donde tenía radicado el centro de sus actividades rentables fueron contratadas veintiuna cuadrillas de segadores. Un par de días después fue contratada la última, la vigésimo segunda. Todas debían salir para el cortijo central de su labor para emprender la siega del trigo y sus cultivos asociados desde la misma jornada en la que habían sido contratadas.
Sus tamaños no eran idénticos. Cualquiera de las mayores, de nueve o trece hombres, era excepcionalmente grande, mientras que las menores solo reunían entre dos y cuatro. Las que tenían entre cinco y siete sumaban más de la mitad de los casos. Aunque es posible precisar las especies cuya siega le fue encargada a cada una, no se puede hacer lo mismo con la cantidad de espacio a segar que le fuera adjudicado, tal vez porque antes de empezar quedara abierta en previsión de su dedicación y su velocidad comprobadas. Pero si se comparan los espacios atribuidos en el momento del contrato con las superficies positivamente segadas que luego se liquidaron se puede asegurar que las diferencias entre las previsiones y el trabajo realizado debieron ser pocas. Los tamaños de las cuadrillas se pueden tomar por tanto como una consecuencia forzosa, aunque diferida, de los encargos recibidos.
Tres de las veintidós fueron nutridas exclusivamente por miembros de una misma familia, sin que sepamos ni sus sexos, ni sus edades, ni el grado de parentesco que los identificaba. Todas las demás se reclutaron de manera abierta solo entre hombres. Pero fuese su extracción inducida por la consanguinidad o no, todos sus integrantes eran vecinos del municipio en cuyo término iban a trabajar. El aperador los conocía y él mismo los había buscado, y en su presencia recibieron el primer dinero por cuenta en el despacho de la administración de la casa, una vez que cualquiera de ellas para su remuneración explícitamente se atuviera al precio medio que resulte de los [precios] que paguen por sus fanegas de cuerda don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira en sus cortijos. Se trataba de las habituales tres labores del mismo término que se tomarían como referencia para evaluar el trabajo de la siega del trigo dentro de los límites del municipio. Proceder de aquella manera era una costumbre avalada por una práctica secular.
No sabemos cómo se comprometían con sus cuadrillas de segadores aquellas tres labores. Se puede temer que lo hicieran recurriendo a una expresión recíproca respecto de la casa cuyas formas de proceder conocemos. De actuar así, nadie tendría responsabilidad directa sobre una decisión de tanta trascendencia, y para todos equivaldría una evasión, puesto que para todos la decisión sería ajena. Pero también es posible que los responsables de aquellas tres labores estuvieran dispuestos a militar en la vanguardia de las decisiones más comprometidas, sin importarles que pudieran ser conocidos como causantes de un desenlace que no a todos contentaría, estuvieran a un lado o al otro de la única relación. En cualquiera de los casos, procediendo de aquel modo, unos, otros o todos los labradores, cerraban el consorcio que tarifaba en su favor la remuneración del trabajo consumido en aquellas condiciones.
La siega del trigo y sus cultivos asociados se desarrolló bajo la supervisión del administrador de la casa, quien periódicamente estuvo controlándola sobre el terreno. Durante la tarde del 14 de junio, pasados diez días del comienzo de los trabajos, fue al cortijo central de la casa y como un comandante revistó sus segadores y los de los otros dos integrados en la explotación. Encontró las siegas regulares y el trigo mal granado, aunque observó que el trabajo iba adelantado, tanto que se podía prever que acabaría pronto.
Solo cinco días más tarde, el 19 de junio, de nuevo fue hasta las tierras de la explotación para hacer pronósticos. Otra vez estuvo revistando a los segadores, pero también los trabajos de la era, hacia la cual empezaba a girar su atención y donde aquel día se estaba trillando el trigo sacado con carretas de las tierras de uno de los dos cortijos anexos. Vio que las pajas se trillaban con facilidad, ayudadas por la sequedad que habían provocado los solanos más recientes.
Ya el 29 volvió al cortijo central persuadido de que se estaba cerrando el capítulo del ciclo que había comenzado el día 3. Comprobó que la siega que quedaba pendiente era poca, y reconoció que los trabajos de la era apenas empezaban.
En el transcurso del mes durante el que se prolongó la siega el tamaño de las cuadrillas permaneció invariable en once de las veintidós, la mayor parte de las que tenemos información positiva. Casi todas eran del tamaño tipo, y algunas eran de los tamaños superiores. De las que no es posible deducir con exactitud si sus dimensiones oscilaron, otras nueve, sabemos que tres eran las familiares y las demás las de tamaños menores. Solo de dos se tienen noticias de la variación de su tamaño. Tanto el capataz de la primera como el de la segunda habían comprometido siete hombres, pero cuando se hizo el cómputo de la actividad de cada una solo constaron seis.
Las informaciones más explícitas sobre el cambio de tamaño de las cuadrillas, justamente referidas a la primera, son sin embargo contradictorias. El 18 de junio su capataz, aprovechando uno de los viajes para cobrar uno de los adelantos, llevó razón de que iba a aumentarla para aligerar la siega. Su intención permite suponer cierta flexibilidad del número de los que trabajaban cada día, sobre todo a favor del incremento. Quienes se comprometieran para la siega del trigo sabrían a qué se prestaban y permanecerían fieles a su compromiso.
La flexibilidad de los tamaños pudo estar relacionada con los desplazamientos periódicos desde los cortijos a la población. Si recurrimos de nuevo a los adelantos como indicador de estas migraciones, es posible aproximarlos. Aunque solo tengamos la certeza de que quien retornaba a la población era el capataz, porque acudía personalmente a la administración de la casa para recibir los adelantos, podemos suponer que si él se movía también podrían moverse los demás miembros de su cuadrilla, aunque los desplazamientos quedaran a la discreción de cada uno.
Todas, menos la vigésimo segunda, que fue contratada el 5, recibieron dinero a cuenta el día 3. Para cualquiera esas fechas serían las de su partida. Desde ese momento se sucedieron los adelantos según un calendario que conocemos. Para que podamos recurrir a él como indicador de la frecuencia de los retornos a la población de las cuadrillas, y a la vez evitar deformaciones, antes es necesario descontar las dos que abandonaron. El 11 de junio dejó su trabajo y se volvió a la población la décimo novena, cuya cuenta quedó cortada. Argumentó que el trigo que segaba estaba espeso. En las anotaciones del diario del administrador la referencia a tan singular comportamiento aparece bajo el epígrafe segadores malos. La misma consideración le merecería la cuadrilla décimo cuarta, que también aquel día abandonó la siega, una coincidencia de fecha que permite pensar en un abandono forzado; aunque días más tarde, el 16 de junio, el administrador también precisa que los de la décimo cuarta se habían vuelto a la población porque hacían mala siega.
Según el calendario de los adelantos, solo dos días, el 8 y el 16, habrían retornado simultáneamente siete cuadrillas, y en siete días (7, 11, 12, 14, 20, 23 y 30), cinco. El resto de los días durante los que se mantuvo la siega del trigo y sus especies asociadas solo volverían a la población simultáneamente tres o menos cuadrillas: en seis días (9, 17, 21, 24, 26 y 28), tres, en cinco (10, 13, 15, 22 y 25), dos, y en seis (6, 18, 19, 27, 29 y 4 de julio), una. Serían por tanto extraordinarios los retornos en masa, y mucho más probables los escalonados. Sin embargo, no hay asomo de distribución regular. A días de escasos retornos suceden al azar otros de valores máximos. A lo sumo, se podría admitir que la intensidad de los retornos sería mayor al principio, cuando en dos fechas consecutivas (7 y 8) se suceden retornos de los mayores tamaños, de cinco y siete cuadrillas respectivamente, y que iría disminuyendo algo según se aproximaba el final, lo que tiene más relación con la progresiva finalización de los trabajos y la vuelta definitiva de cada una.
Todo esto corrobora la autonomía de los movimientos, para la que sí se puede deducir cierta regularidad. Basta observar el fenómeno desde las decisiones tomadas por cada cuadrilla. Así, por ejemplo, la primera recibió a cuenta con intervalos de siete, seis, dos y cinco días, lo que indica un comportamiento que prefiere un valor en torno a cinco. Se podría pues decir que la primera cuadrilla solía retornar a la población cada cinco días aproximadamente, periodo que marcaría la frecuencia de actividades vitales que solo se podían satisfacer en la población, la primera de todas proveerse de los medios de subsistencia para mantenerse activa.
Este fue el comportamiento regular. Para trece de las veinte cuadrillas que cumplieron con sus compromisos hasta el final se observa un valor tipo de sus retornos dentro del intervalo entre poco más de cuatro días y seis, es decir, en torno a cinco. Los comportamientos extremos, menos uno, se concentran en el intervalo entre ocho y diez días. Tan prolongadas estancias continuadas en el campo se pueden relacionar con más claridad con la modestia del encargo (siempre por debajo de las veinte unidades de superficie de trigo), el pequeño tamaño de la cuadrilla y que la recluta de sus miembros se hizo entre los miembros de una misma familia. Aunque nunca hay una correlación inmediata entre los tres, sí es frecuente, por necesaria, que la haya entre los dos primeros factores. A la explicación de la estancia en el campo relativamente prolongada de familias completas, puede ayudar, aunque ahora valiéndonos de su signo complementario, el mismo factor que explicaría la mayor frecuencia de los retornos de los varones. Así como estos se verían forzados a volver a la población para garantizarse los medios básicos de subsistencia, la familia íntegra podría prever la permanencia y hasta improvisar un hogar en el campo. No obstante, en el otro extremo, el único valor excepcionalmente bajo, poco más de tres, corresponde también a una cuadrilla familiar, la única, de las tres que tienen este mismo origen, que contó con nueve miembros, un tamaño también excepcionalmente alto.
Una precisión sobre el comportamiento de la décimo cuarta, una de las dos cuadrillas que desistieron, es incidentalmente valiosa para conocer el horario de los desplazamientos de las cuadrillas. Registra el administrador que abandonó la siega a última hora del día 11 y llegó a la población el 12 temprano, lo que significa que sus hombres hicieron de madrugada el trayecto de vuelta.
Teniendo en cuenta los escasos cambios de tamaño documentados, podemos en conclusión aceptar unos tamaños, si no constantes sí duraderos, de las cuadrillas: primera, 8; segunda, 7; tercera, 13; cuarta, 7; quinta, 7; sexta, 7; séptima, 9; octava, 7; novena, 7; décima, 4; décimo primera, 5; décimo segunda, 5; décimo tercera, 2; décimo cuarta, 5; décimo quinta, 7; décimo sexta, 4; décimo séptima, 4; décimo octava, 5; décimo novena, 5; vigésima, 3; vigésimo primera, 2; vigésimo segunda, 9.
El administrador el 19 de junio, mientras supervisaba los trabajos sobre el terreno, constató que muchas cuadrillas de segadores estaban ya concluyendo los suyos, al tiempo que los recargaban en los sitios donde había más trigo por segar, un fenómeno doble que, aunque solo lo podamos conocer parcialmente, se puede rastrear.
Como era previsible, dada la diferencia de los encargos, la conclusión del trabajo de las cuadrillas ocurrió de manera escalonada y, tal como el administrador había previsto, a partir del 20 de junio. Con seguridad sabemos que entre el 23 y el 29 terminaron con el trigo que se les había encomendado la tercera, la décima, la décimo segunda, la décimo séptima, la vigésima y la vigésimo segunda.
Pero una parte de ellas continuó sus trabajos con la siega de parcelas en las que había otros cultivos. La tercera, que hasta el 21 también había segado garbanzos, terminada la del trigo emprendió la de la escaña, en la que todavía estaba trabajando el 29. Y la vigésimo segunda, el 23, una vez terminada su siega del trigo, empezó a segar la escaña, en la que persistía el 28. También sabemos que la cuarta y la quinta, que habían trabajado en las siegas del trigo y los yeros y del trigo y el centeno respectivamente, concluyeron todos sus trabajos el 30 y el 28, y que el 30 la vigésimo segunda había terminado todos sus trabajos. A todo esto podemos añadir, con idéntica precisión, algo que ya sabemos, que el 11 de junio abruptamente la décimo cuarta y la décimo novena habían terminado.
Son equívocas sin embargo las informaciones sobre la finalización de los trabajos de la séptima. Mientras que por una parte se afirma que el 20 de junio concluyó todos sus trabajos, consta a continuación que el 24 había terminado su siega del trigo y salió a segar los garbanzos. Interpretando la primera afirmación como referida solo al trigo sería compatible con la segunda. Pero todavía quedó registrado que el 28 había hecho la siega del trigo y salió a hacer la de los garbanzos, y aún se añade que el 30 había terminado la siega del trigo y hacía las de los yeros y los garbanzos. Al mismo tiempo, sobre el final de la siega de los yeros, se hace constar que la recolección de las semillas, es decir, de habas y yeros, se dio por concluida el 16 de junio. Si tenemos en cuenta que la siega de las habas había terminado el 17 de mayo, según esta información tendríamos que aceptar que en fechas próximas y anteriores al 16 de junio tuvo que concluir la de los yeros.
Es muy probable, aun así, que el trabajo de todas las cuadrillas menos la segunda, que todavía estaba trabajando el 4 de julio, terminara como máximo el 30 de junio. Podemos además conjeturar, con todas las posibilidades a nuestro favor, que, a excepción de la segunda, todas las que se mantuvieron activas hasta el final habrían concluido sus trabajos entre el 20 y el 30 de junio, aunque en realidad nada sabemos positivamente sobre cuándo terminaron diez cuadrillas (primera, sexta, octava, novena, décimo primera, décimo tercera, décimo quinta, décimo sexta, décimo octava y vigésimo primera). Por tanto, no podemos ensayar cálculos sobre tiempos de trabajo.
Sin embargo, sí los podemos hacer de rendimientos por unidad de superficie, porque conocemos con mucha precisión la cantidad de tierra que cada cuadrilla segó, incluso su localización dentro de cada uno de los tres cortijos de la explotación.
Cualquiera de las superficies segadas también en este caso la medía un agrimensor. Hasta cuatro profesionales de aquella categoría se responsabilizaron de estos trabajos en esta parte del ciclo. Calculaban las tierras segadas sobre los rastrojos, para que no cupieran dudas sobre cuánta superficie cada cuadrilla había segado efectivamente. A continuación daban fe de la extensión de cada área segada y este arbitraje las partes lo admitirían como independiente. A la casa aquel testimonio le garantizaba la justeza del cálculo de los costos directos que le ocasionaba la siega, los mismos que para la otra parte eran sus rentas. Habiendo sido acordada la prestación de trabajo bajo las condiciones del destajo, su remuneración se deducía inmediatamente de la cantidad de superficie trabajada. Por esa razón los derechos de medida que percibían los agrimensores los pagaban mitad la casa, mitad la cuadrilla.
No por eso la medición quedaba a salvo de disensos, cuya resolución repercutía no solo en el cálculo de los costos y las remuneraciones debidas, sino también, cuando menos, en un retraso de la percepción de estas. Así ocurrió con la evaluación de la siega del trigo de la quinta, la sexta y la octava cuadrillas. Hubo dudas sobre la extensión de los rastrojos que habían quedado sobre la parte de uno de los cortijos anexos en la que las tres habían trabajado. En los tres casos la liquidación se suspendió hasta resolver las dudas. Al fin se deshicieron sin necesidad de remedir, y, satisfechas en lo posible, se les pagó a todos; para evitar los escándalos y perjuicios que causan las remedidas, la sospecha de colusión entre la casa y los medidores, el desprestigio para ambos, que no se evitaría con una gratificación sino con el reconocimiento por ambas partes de una cantidad de superficie que demostrara que la ecuanimidad había sido el camino para encontrar la salida.
Por la trascendencia que para el fenómeno tiene este factor, valdría la pena detenerse en precisar cuando menos la cantidad de superficie segada por cada cuadrilla. Pero la relación podría resultar demasiado enojosa. Para el fin que perseguimos, basta decir que de trigo la extensión máxima segada fue 81 unidades de superficie y la mínima, 6; que un grupo de ocho cuadrillas logró segar entre 40 y 66,5; y que la mayor parte de ellas, diez, segaron entre 10 unidades y poco más de 20.
A las seis que segaron yeros, sin embargo, les fueron adjudicadas superficies similares, entre 4 y 6,75 unidades, a excepción de la que solo segó poco más de 2 unidades. Garbanzos solo segaron dos, de manera que una (22,75 unidades de superficie) casi duplicó a la otra (14). También fueron dos las que segaron la escaña, solo que esta vez en cantidades muy parecidas, en torno a las 22 unidades de superficie. Y centeno solo segó una cuadrilla, sobre una superficie de escasa extensión (1,33 unidades).
Teniendo en cuenta estos valores, y los que hemos aceptado como estables para el tamaño de las cuadrillas, los rendimientos por unidad de superficie de la siega de las tierras sembradas de trigo, que es la primordial, sobresalen primero por su amplio recorrido, entre un máximo de 11,57 unidades de superficie por hombre, que consigue la segunda, y un mínimo de 1,02, que alcanza la séptima. Además, entre uno y otro límite toma valores para 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3 y 2 unidades enteras, aparte sus correspondientes fracciones, es decir, para todos los números naturales dentro del intervalo.
Ninguno de los factores inmediatos que permite observar la documentación conduce a identificar causalidad directa que explique absolutamente una oscilación tan extrema. La participación en más de una siega no parece que tenga responsabilidad alguna en los rendimientos. De las siete que cumplen con esta condición, tres se sitúan entre los cuatro primeros puestos de los rendimientos en la siega del trigo, mientras que otras dos están en el otro extremo, los dos peores rendimientos. Las otras dos ocupan discretas posiciones centrales. Y de las siete, cinco ya hicieron la siega de la cebada, sin que esta condición modifique sus rendimientos en la siguiente, que pueden ser superiores, medios o ínfimos. Ocurre además que las dos que ocupan los puestos inferiores son las que reciben una mayor cantidad de encargos distintos, entre los que se incluyen todos los de la siega de los garbanzos.
La extracción de las cuadrillas parece tener algo más de responsabilidad. Las familiares obtienen unos rendimientos muy discretos, en torno a los valores centrales, y solo consiguen elevarlos algo cuando su tamaño es drásticamente reducido. Una de ellas es la que ocupa el último puesto, en el que se acumulan tres siegas distintas, entre las que se cuenta una de las dos de garbanzos. Pero las cuadrillas familiares son un fenómeno marginal y nunca se hacen responsables de grandes cantidades de superficie.
El tamaño de las cuadrillas parece corresponder en mayor medida a los rendimientos. En diez de los veintidós casos, a menor tamaño de la cuadrilla, menor rendimiento, lo que indicaría que el cálculo previo la cantidad de trabajo necesaria se excedió. Por su parte, la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla es la que se muestra más favorable a una correspondencia entre términos. En catorce de los veintidós casos, a más tierra adjudicada, mayores rendimientos. La consecuencia más visible de la responsabilidad que pudo tocar a este factor es que las dos cuadrillas malas efectivamente ocupan puestos entre los seis rendimientos más bajos. Al interrumpir sus trabajos el día 11, naturalmente dispusieron de menos superficie que segar.
A la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla desde el principio le hemos reconocido relación causal con su tamaño. La mutua determinación entre estos dos factores, al tiempo que la responsabilidad dominante sobre la cantidad de tierra adjudicada, queda en evidencia cuando a una cuadrilla se le adjudica poca superficie y puede obtener un rendimiento algo más discreto, sin salir de los inferiores, reduciendo mucho su tamaño.
Cualquier correlación queda pues muy lejos de una explicación satisfactoria para todos los casos. Pero todo indica que tuvo un poder decisivo sobre los rendimientos un ponderado proceder discriminatorio por parte de la casa. De su voluntad dependía el factor visible de más peso, la cantidad de tierra que se adjudicó a cada cuadrilla, y de la misma el encargo de más trabajos o de los trabajos en siegas que pudieran contrapesar unos pésimos rendimientos en la del trigo.
La siega de los yeros tal vez fue la más dura. El propio documento, para referirse a ella, habla de segar o arrancar los yeros, que se habían cultivado en los llanos frente al edificio del cortijo central de la casa. Es posible que con la segunda opción esté relacionado que todos los que se plantaron aquel año fueron yeros menudos. La dureza del trabajo, en cualquier caso, la pone en evidencia que todos los rendimientos están por debajo de la unidad de superficie por segador (primera, 0,74; segunda, 0,69; tercera, 0,38; cuarta, 0,57; séptima, 0,75; vigésimo segunda, 0,23). La diferencia de rendimientos en este caso, más que de la cantidad de tierra asignada, fue consecuencia del tamaño de las cuadrillas, que cuando queda por debajo de diez los favorece, pero que cuando supera esa cifra, por exceso, podía actuar como factor negativo.
Si partimos de la discrecionalidad con que actuaba la administración de la casa, debemos reconocer que el reparto del trabajo, concentrado en las cuadrillas selectas, esta vez fue generalmente equitativo, aunque la vigésimo segunda fue discriminada. Cinco de las cuadrillas que participaron en esta actividad segaron una cantidad de superficie similar. Tan solo la vigésimo segunda quedó lejos de unos valores tan concentrados. Pero a todas favorecería haber sido elegidas para este trabajo. Fue el mejor remunerado con diferencia.
En la siega de los garbanzos las dos cuadrillas que en ella intervinieron justificaron sus tamaños. Sus rendimientos fueron similares y nada esforzados (tercera, 1,75; séptima, 1,56), pero los tamaños respectivos (13 y 9 hombres) les permitieron abarcar importantes áreas. Al mismo tiempo que este trabajo los liberaría parcialmente de la siega del trigo, de cuyos rendimientos inferiores fueron responsables, les permitiría compensar ingresos. Todo indica que gracias a estas decisiones recíprocas las cuadrillas tercera y séptima se vieron favorecidas.
Para la siega de la escaña también fueron elegidas solo dos cuadrillas, la vigésimo segunda y de nuevo la tercera. A cualquiera de ellas se le asignó una superficie casi idéntica. Para la vigésimo segunda aquella cantidad fue parte de su trato diferenciado. Las diferencias de rendimiento (vigésimo segunda, 2,48; tercera, 1,63) fueron consecuencia directa de los respectivos tamaños.
La siega del centeno le fue encomendada a una cuadrilla, la quinta, que había obtenido uno de los mejores rendimientos en la siega del trigo, de características muy similares. En esta ocasión su rendimiento fue el más bajo de todos, 0,19 unidades de superficie por hombre, consecuencia directa de que la cantidad de superficie sembrada de centeno se había reducido a 1,33 unidades de superficie.
Aunque cualquiera de los rendimientos de la siega de los cultivos asociados queda muy lejos de los rendimientos de las cuadrillas que trabajaron en el trigo, no cabe adjudicar estas diferencias a una dispersión de las cuadrillas en más de una siega a la vez. La documentación insiste en que acometían una cuando terminaban la otra, lo que no siempre excluye la posibilidad de alguna jornada de transición durante la cual la cuadrilla fuera repartida en dos áreas diferentes.
Los muy bajos rendimientos de la siega de las especies asociadas, si se los compara con los del trigo, sería la mejor demostración de que atribuirla discrecionalmente era una forma directa de decidir a favor de determinadas cuadrillas. Una tabla con el balance de toda la tierra segada por cada cuadrilla apenas modificaría lo que se observa a través de la siega del trigo, que impone su ley por abrumador dominio cuantitativo. De las 927,99 unidades de superficie segadas en esta fase definitiva, en la que se incluye la siega de la cebada, que fue su avanzada, 752,75 fueron de trigo, de las cuales 143,25 correspondieron a uno de los cortijos anexos, 174,92 al otro y 434,58 al cortijo central de la explotación. Las de cebada fueron 65, las de escaña, 43,58; las de yeros menudos, 28,58; las de garbanzos, 36,75; y las de centeno, 1,33. De donde se deduce que las de trigo fueron más de las cuatro quintas partes de la tierra puesta en explotación.
Era el 4 de julio y la cuadrilla segunda aún no había concluido sus trabajos, pero formalmente, entre el 28 y el 30 de junio fueron liquidados los de las veintidós contratadas para la fase definitiva de la siega, si bien hay indicios suficientes para pensar que las liquidaciones en realidad pudieron prolongarse hasta el 11 de julio.
Estaban pendientes de los precios que se decidieran para cada uno de los trabajos. En el transcurso del mes de junio, después del 3 pero antes del 30, don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira, los labradores de referencia a partir de los cuales se evaluaría el trabajo de la siega del trigo y sus especies asociadas, si debemos aceptar lo que literalmente sostienen nuestras fuentes, se habrían decidido a pagar determinadas cantidades por sus unidades de superficie segadas. La casa las habría conocido y, calculado el precio medio resultante de aquellas cotizaciones, tal como estaba acordado con todas las cuadrillas, decidió pagar por la unidad de superficie de trigo o centeno segada 39 reales, por la de yeros menudos, 55; por la de cebada, 40; por la de escaña, 25; y por la de garbanzos, 30. No obstante, hubo una excepción. A la séptima la siega de los garbanzos se le pagó a solo 15 reales la unidad de superficie, la mitad de lo acordado. La razón para la rebaja que expuso el administrador fue que habían estado muy endebles. Como a la otra cuadrilla que participó en la siega de los garbanzos la unidad de superficie sí se le pagó a los 30 reales estipulados, se puede interpretar que quienes estuvieron endebles fueron los miembros de la cuadrilla séptima durante las jornadas que emplearan en aquella parte de su trabajo. No obstante, no es posible excluir por completo la posibilidad de que la apelación a la endeblez sea una referencia a la calidad de la cosecha que había crecido en el área que le fue asignada a la cuadrilla peor pagada.
La combinación de cantidad de tierra adjudicada a las cuadrillas con su tamaño, la acumulación de trabajos y los precios que para ellos finalmente acordó la casa hizo posible que las diferencias de renta percibida por los segadores pudieran ser muy acusadas; tanto como la que hay entre 3.978,17 reales, que fue la cantidad percibida por la segunda cuadrilla, la que más ganó, y 234, la ingresada por la décimo tercera; una diferencia que se expresa mejor si se tiene en cuenta que la mayor contiene a la menor algo más de diecisiete veces. Luego entraba dentro de lo posible que un grupo restringido de asalariados, sujetándose a los dictados del destajo, pudiera ganar hasta diecisiete veces más que otro.
Entre uno y otro extremo el recorrido de la renta, sin embargo, se agrupa con relativa claridad, a diferencia de lo que ocurría con los rendimientos, de modo que la diferencia de rendimientos por unidad de superficie sería parcialmente neutralizada por el dinero ganado por el grupo. Aunque el caso que roza los 4.000 reales es excepcional, tan singular como el siguiente en el orden de los tamaños de las rentas, que alcanza los 3.400, la serie de las que quedan comprendidas en el intervalo entre 2.000 y 3.000 está nutrida por ocho cuadrillas. El rango de la élite que forman las cuadrillas por razón de renta, que comprende poco menos de la mitad de ellas, estaría delimitado pues por el mínimo 2.000 reales.
A partir de ahí se abre un abismo. Entre el valor 2.000 y el 1.000 solo hay un caso, por debajo de 1.500. Así que el segundo rango al que podían aspirar las cuadrillas estaría claramente marcado por el intervalo 500-1.000 reales, en el que se encuadran otras nueve, casi la otra mitad. Las dos inferiores no solo quedan por debajo de 500 sino que además la menor es casi la mitad de la antecedente.
El alcance personal de aquellas diferencias era aún menos acusado, gracias a que el tamaño de las cuadrillas habría sido previsto como el atenuante de las diferencias entre los encargos y por tanto entre las rentas totales obtenidas. Esta vez la diferencia entre lo ingresado tras el reparto equitativo por el que más cobró (568,31 reales, cada uno de los hombres de la segunda) y el que menos (82,55, cualquiera de quienes trabajaran en la denostada décimo novena) es solo de algo menos de siete veces el valor más bajo, casi la tercera parte de la diferencia que separaba entre sí los ingresos totales de las cuadrillas; lo que no obsta para que sea necesario reconocer que un segador destajista podía ganar hasta unas siete veces más que otro, primero por razón de trabajo asignado por los responsables de la labor donde trabajara y en segundo lugar por el tamaño de la cuadrilla en la que se integrara, inversamente proporcional al rendimiento que de él se podía esperar.
Aunque los casos se pueden también agrupar por rangos, las distancias que separan unos de otros no son tan amplias, si exceptuamos un grupo de cabeza, muy destacado de los demás. Ingresa por encima de los 400 reales y abre una brecha con el siguiente de unos 50. Pero a partir de ahí las diferencias quedan bastante atenuadas. Entre 350 y 250 aproximadamente se encuadran los miembros de nueve cuadrillas, casi la mitad, y entre unos 220 y 100 quedan otros nueve. El último valor, 82,55, es bajo todos los conceptos una excepción, a pesar de lo cual es necesario reconocer que, trabajando a destajo, cualquier segador con seguridad podía conseguir durante el tiempo que se empleara en esta actividad unos ingresos en efectivo superiores a los que obtuviera si se empleara como asalariado regular para trabajar en otras tareas. Mientras que si se empleara bajo esta condición, durante un periodo de 25 días, similar al que puede estimarse para cualquiera de las cuadrillas de la siega, ingresaría en concepto de jornal 87,5 reales, si completara el trabajo que se le asignara como segador podía aspirar a ingresar como mínimo algo más de 100 reales.
Nada de esto impedía que la casa, aun repartidas las rentas directamente relacionadas con la productividad del trabajo, todavía se esforzara en completar la discriminación sirviéndose de gratificaciones. Las recibía íntegramente el capataz, quien luego las repartía entre quienes hubieran sido distinguidos con ellas. Para la casa, sería la manera más directa de declarar sus preferencias, beneplácitos y condenas, y estimular las diferencias y la competencia entre trabajadores.
Los primeros y más agraciados eran los propios capataces, ya distinguidos con los poderes del cabo sobre sus escuadras. Los hubo que consiguieron sumar hasta 40 reales a los ingresos que obtenían como miembro activo de la cuadrilla que dirigían, lo que se pudo traducir en pasar de 315,73 reales a 355,73, que sería tanto como incrementar sus rentas en más de una décima parte. También hubo quien sumó 35, y una buena porción, hasta siete capataces, añadió 30, en la mayor parte valiéndose solo del premio a su trabajo en la siega del trigo, en otra sumando la dirección de los trabajos en el trigo, la cebada, los garbanzos y la escaña. Porque las gratificaciones del trabajo en el trigo siempre eran notablemente más altas que las más modestas que se percibían por cualquiera de las otras siegas. Y también hubo quienes se quedaron en una discreta zona intermedia, no demasiado concurrida, entre los 25 y los 10 reales de premio.
Aunque hay una alta correspondencia entre el volumen de trabajo desarrollado y las gratificaciones de los capataces, se detectan casos de visible preferencia, como el del capataz de la cuadrilla vigésimo segunda, que encabeza la tabla de las gratificaciones, cuando el valor del trabajo de su cuadrilla, aunque alto, estaba a más de mil reales de distancia de la cabeza. Algo similar, aunque no en un grado tan alto, ocurre con las sexta, octava y novena. Pero donde la discriminación se concentra es en ignorar la gratificación. Hay siete capataces que no reciben ninguna.
Contra todo pronóstico, el capataz de la décimo novena, Manuel Díaz Román, también estuvo entre los mejor gratificados por su trabajo en la siega del trigo, los que fueron discrecionalmente agraciados con 30 reales y más. El administrador justificó tan inopinada generosidad, puesto que se trataba del capataz de una de las cuadrillas de segadores malos, aclarando que se vino enfermo, muriéndose. A 30 reales -un tercio de la renta menor que se podía percibir por un mes de trabajo a destajo- ascendería en aquel momento lo más parecido a una indemnización compensatoria de muerte relacionada con el trabajo.
La interrupción del trabajo de la décimo novena el 11 de junio pudo estar relacionada con este desenlace, y cabe la posibilidad de que la décimo cuarta, que abandonó el mismo día, se viera arrastrada por una reacción solidaria contra la misma circunstancia. Eso daría un giro a la calificación del trabajo desarrollado por aquellas cuadrillas, a las que a pesar de todo el administrador no dejó de calificar como malas, una valoración que puede incluir tanto las exigencias de los contratantes como la dureza del trabajo. Tanto el tamaño de la recompensa como la persistencia en la opinión adversa, a pesar de la evidencia fatal, deben tomarse como testimonios directos de la responsabilidad que el contratante estaba dispuesto a reconocerse en hechos de aquella naturaleza.
Atadores, para la siega del trigo, eran los miembros de la cuadrilla que hacían las gavillas, quienes también eran objeto de gratificación. El espectro de sus premios es más reducido. Nunca pudo proporcionar un ingreso que incrementara de manera sensible el que se obtenía como miembro regular de la cuadrilla. Todas las gratificaciones repartidas entre ellos están comprendidas entre 10 y 20 reales, y de nuevo premian con criterios muy selectivos a los que trabajan en cuadrillas que ya han sido distinguidas con los demás recursos discriminatorios al alcance de la administración. Pero igualmente el anatema cae sobre una parte de quienes desempeñaban aquel trabajo. Ahora incluso con más severidad. Son 12, más de la mitad, los atadores que no recibieron aquel reconocimiento.
El último recurso para marcar las diferencias entre las cuadrillas era darles una gratificación para que la gastaran en vino para todos los miembros de la que hubiera sido agraciada con tan alta distinción; más otra declaración de los contratantes, y de su manera de concebir las relaciones con quienes les proporcionaban el trabajo que convertía sus gastos en renta, que una forma de la gratificación. Cargar con los costos de una pretendida celebración por el final de los trabajos sería su manera de representar que la armonía entre las partes quedaba consagrada por una libación. Nada en los testimonios asegura que aquella cantidad fuera invertida en aquel consumo, y nada impide pensar que podría ser repartida entre los miembros de la cuadrilla como un complemento más de su nómina.
Tampoco está claro que no fuera un recurso marginal para levantar una última barrera para marcar las diferencias entre destajistas. Facilita que sea un último medio de discriminación la participación en más de una siega. Aunque siempre sería exiguo, todavía fue capaz para discriminar con el arma de las recompensas valiéndose de una estrecha banda, la comprendida entre los 20 y los 8 reales. La serie de todos los casos, si exceptuamos el de la quinta cuadrilla, es capaz de tomar siete valores distintos, y servirse de la intervención en distintas siegas para llevar a los lugares más altos el más disperso de los reconocimientos. Aunque la serie redunda en las jerarquías ya consolidadas por otros conceptos, la cantidad dada para vino añade un matiz de cualificación de los trabajos que hace que se consoliden en la preeminencia cuadrillas ya favorecidas por otros medios, y demuestra que hubo ocho cuadrillas, todas a partir de la décima, que no tuvieran oportunidad de probar el vino, aunque se lo propusieran, a costa del reconocimiento de la casa.
Los 40 reales para vino que recibió la quinta son evidentemente una excepción, que sin embargo se explica con facilidad. Fue la comunión con la casa bajo esta especie la que salió al paso de la reclamación por parte de la cuadrilla de más precio del acordado para la siega del centeno. Argumentó que lo habían segado bajo. Pero se convinieron por fin dándoles 20 reales para vino, a sumar a los 20 que ya habían percibido por el mismo concepto como gratificación de su trabajo en la siega del trigo.
La última manera de gratificar consistió en que la casa condonara a las cuadrillas el pago de la mitad de los derechos de medida que les tocaba. Fue el trato común, probablemente porque los gastos ya los hubiera adelantado la casa, que a su vez sería quien previamente contratara a los agrimensores que hacían las mediciones. Dieciséis de las veintidós cuadrillas que segaron el trigo se vieron recompensadas de esta forma, cuatro de las cinco que ejecutaron la siega de la cebada, las seis que participaron en la de los yeros, una de las dos que segaron garbanzos y las dos que segaron la escaña.
Excepcionalmente, se habían avenido a no medir sus tierras dos de las cuadrillas que hicieron la siega del trigo y una de las que hicieron la de los garbanzos. El compromiso lo adquirieron con el aperador, a cuyo cargo quedaba la estimación de la superficie segada. De la manera de expresarse los textos se deduce que se calculaba de antemano, como parte del compromiso inicial. Esto, además de que eximiría a las cuadrillas de cargar con aquel costo, todavía podía permitir algún trato de favor. La décimo quinta, que fue una de las dos que se atuvo a esta posibilidad, por la siega del trigo cobró dos fanegas dos celemines de más por equivocación del aperador.
Valiéndose de este recurso, resultarían indirectamente penalizadas las que tuvieran que cargar con la obligación de pagar su mitad. Así sucedería a cuatro de las cuadrillas que participaron en la siega del trigo (décimo primera, décimo octava, décimo novena y vigésimo primera), una de las que participaron en la de cebada (la primera) y la que hizo la siega del centeno (la quinta). Así puede deducirse de que los testimonios, para estos casos, silencian que la mitad de los derechos de medida les fueran condonados.
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