Tipo de interés y control del crédito
Publicado: octubre 31, 2017 Archivado en: Jasón Quesada | Tags: crédito, rural Deja un comentarioJasón Quesada
El marco legal que regía el crédito a mediados del siglo décimo octavo lo había fijado el legislador en 1705, decidido a detener la imparable caída del precio del dinero durante la época moderna. El emperador Carlos, entre 1534 y 1539, atendiendo a sucesivas peticiones de Cortes, había reiterado que en los contratos de censo que hasta entonces se hubieran hecho, así como en los que se hicieran en lo sucesivo, el dinero que se diera a título de censo debía cobrarse a razón de 14.000 al millar, es decir, al precio de mil maravedíes por cada 14.000, que es lo mismo que un 7,14 %. Decidió además que ningún censo o tributo al quitar (el préstamo que se podía cancelar en el momento que se devolviera el principal) se pudiera pagar en especie (pan, vino, aceite, leña, carbón, miel, cera, jabón, lino, gallinas, tocino) ni género que no sea dinero. Liquidar créditos con bienes de consumo se consideraba abusivo porque los precios de cada uno inevitablemente, en un medio de fuertes oscilaciones de los precios, con el tiempo modificaban el nominal de los principales. Lo que en modo alguno desterró la costumbre. A mediados del siglo décimo octavo aún era una de las fórmulas más frecuentadas por el crédito rural común o espontáneo.
En 1563, Felipe II mandó que no se pudieran imponer censos por menos de 14.000 al millar y que los contratos censales acordados hasta aquel momento se ajustaran a este precio, bajo la pena de que los que no se atuvieran a esta tasa fueran nulos, así como de privación del oficio de escribano a quien autorizase otro acuerdo. Esta decisión, tal como puede leerse en los códigos, es en el mejor de los casos ambigua, y como veremos su interpretación puede oscilar. Menos, en este lenguaje, puede ser más, porque cualquier tipo nominal menor que 14.000 al millar significaría un incremento del precio. Si 14.000 al millar es lo mismo que 7,14 %, 13.000 al millar, por ejemplo, sería 7,69 %, y así sucesivamente.
Lo cierto es que cualquiera de estas decisiones legislativas del siglo décimo sexto tendría como consecuencia la pérdida o el estancamiento de los ingresos que proporcionaran los réditos. La presión financiera consecuente sería la responsable de que en 1586, de acuerdo con una decisión que ya se había tomado en 1548, también en respuesta a peticiones de Cortes, se distinguiera entre los censos de a 14.000 al millar, al quitar, y los censos de por vida, cuyos rendimientos, aunque tan indefinidos en el tiempo como los censos al quitar, contaban a su favor con la posibilidad de prolongar más la deducción de intereses.
Pero pragmáticas de 1573, 1574 y 1580 revelaron que se contrataban censos bajo la modalidad de perpetuos, es decir, no cancelables nunca, cuyo precio, porque su cobro se prolongaba indefinidamente, estaba por debajo de 14.000 al millar. El medio en el que esto ocurría lo ponía al descubierto la complementaria regulación específica de los que seguían contratándose en especie (pan, vino, garbanzos, aceite, leña, carbón, miel, cera, jabón, lino, gallinas, tocino y cualquier otro género que no sea dinero), a pesar de lo regulado en 1534. Se ordenó que los censos contratados bajo esta condición, calculados al precio corriente que tenían las respectivas especies cuando y donde se contrató el censo y resultaran por debajo de 14.000 al millar, que se regularan a este precio; que los que se hubieran contratado como perpetuos se consideraran redimibles y se pudieran quitar pagando el principal, y que por tanto todos se consolidaran como redimibles; y que los perpetuos que tuvieran precio por debajo de 14.000 al millar, si no llegaban a 20.000 o 5 %, si el deudor quisiera, podría reducirlos a redimibles y pagarlos a 14.000 al millar.
Sin embargo, todavía una pragmática de 1583, que prohibió que se contrataran censos por dos, tres o más vidas, se plegaba a regular que los que se acordaran por una vida tuvieran por precio 7.000 al millar (14,29 %), y no menos precio, y que su principal no se pudiera transferir a plata labrada, oro labrado, tapices, ni otras alhajas o joyas, sino todo el dinero de contado. Los que antes se hubieran concedido por dos vidas debían reducirse a 8.000 al millar (12,5 %), y los acordados por más de dos vidas, que se redujeran a dos vidas y por tanto a 8.000 al millar.
Pero la circulación efectiva se impuso. Las pragmáticas de los años 1608 y 1621 mandaron que no se pudieran imponer ni censos ni juros al quitar a un precio inferior de 20.000 al millar. También ordenaron que los censos impuestos hasta aquel momento, incluso los que estaban constituidos con un precio más bajo, quedaran reducidos al mismo precio, y que a este, y no a más, se pagaran en lo sucesivo. Fue el primer ajuste severo de los tipos de interés modernos, más resignado que complaciente. La pena, en caso de que no se respetara la tarifa, sería solo la nulidad del acuerdo.
Posteriormente, según expone la pragmática de 1705 a la que se remiten todos nuestros documentos, al legislador se le habrían solicitado reiteradamente nuevas bajadas de los réditos de los censos. Muchos de sus acreedores, porque creían que obtenían más beneficio en conservar a su deudor tal como cultiva y administra sus bienes que en su desistimiento de los bienes hipotecados, por su cuenta habían decidido disminuir los réditos de los censos que ingresaban. Porque con la moderación se aseguran su paga. De ahí que el legislador de aquel año, para procurar el alivio posible, teniendo en cuenta que la necesidad obligaba a pedir nuevas ayudas y que la calamidad de los tiempos había disminuido el valor de los patrimonios rentables, porque no había ninguno que produjera los réditos que antes hizo ajustado el interés de 20.000 al millar, mandó que en lo sucesivo no se pudiera imponer censo al quitar a menos precio que 33.000 y 1/3 al millar (3,03 %), que tampoco se pudiera pedir más por ellos, ni en juicio ni fuera de él, y que los contratos que se hicieran de otra manera carecerían de valor. Ningún escribano podría hacerlos por debajo de este precio, pena de perder el oficio. Los censos que antes se hubieran suscrito a un precio inferior, a partir de aquel momento, quedarían reducidos a 33.000 1/3 al millar, y los réditos que en adelante corrieran se reducirían al mismo precio, que se ha de entender y practicar a tres por ciento.
En una pragmática de 6 de julio de 1750, finalmente, la administración de Fernando VI recapituló los antecedentes de esta evolución del mercado del crédito censal y el medio en el que se había decidido la última tarifa. Han sido distintos los réditos de los censos que se han permitido y prescrito por mis antecesores en estos reinos, alterándolos según lo iba pidiendo la conveniencia común de los vasallos; de modo que en tiempos no muy remotos se pagaba un crecido interés, después se fue moderando conforme la variación de las cosas, como ha sucedido a poco diferencia en todos los países de Europa, y aun del mundo, en donde hay censos; y últimamente el rey mi señor y padre, por su pragmática sanción de 12 de febrero de 1705, mandó que se redujese en los reinos de Castilla y León a tres por ciento el rédito de los censos que era de cinco, con los efectos ventajosos al público que acredita su observancia.
Así pues, entre el primer tercio del siglo décimo sexto y mediados del décimo octavo el crédito censatario que se sujetaba a la ley, una vez reducido a una sola modalidad, la cancelable, bajó del 7 al 3 %, es decir, redujo a menos de la mitad su precio. La primera etapa del recorrido descendente tal vez fuera consecuencia, sobre todo, de la inflación monetaria, pero después la caída del precio, al menos en el medio rural, quizás fuera más el efecto del exceso de oferta de rentas dispuestas a participar en este mercado.
El control judicial sobre el mercado de los censos era sin embargo más antiguo. Desde mediados del siglo décimo cuarto al menos estaba previsto que los jueces designaran en cada población una persona llana y abonada para que se hiciera cargo como depositario de los bienes sobre los que se litigara mientras transcurriera el proceso. En 1586, se afianzó la vigencia de esta figura en el ámbito rural mandando que los depósitos de los pueblos no se pudieran trasladar a las audiencias ni a las chancillerías, sucesivas instancias de los procesos judiciales, cuyas sedes estaban localizadas en los centros regionales, aunque hubiera apelación en las causas, salvo que lo consintieran los litigantes. De esta manera, se daban garantías parciales para la supervivencia local de los depósitos que habían tenido aquel origen. En los documentos de mediados del siglo décimo octavo positivamente es identificado el depositario de un capital redimido, sobre cuya titularidad se dirimía, como el depositario general de esta ciudad, lo que prueba la vigencia de aquella institución.
En cuanto a su control, en 1583 se ordenó que en cada población donde se hubiera constituido depositario, el escribano del ayuntamiento debía llevar un libro en el que registrara los bienes que le fueran entregados al depositario. Diez años después, para incrementar las garantías de aquel control, precisó que en poder del depositario no podían entrar más depósitos que los que asentara en su libro y que el escribano del ayuntamiento debía cotejar cada cuatro meses su libro con el del depositario, tras lo cual el escribano le daría el visto bueno. Desde su promulgación, estas normas estuvieron vigentes ininterrumpidamente, y el depositario judicial quedó constituido en las poblaciones como un fondo estable bajo control del gobierno de los municipios.
Sobre su vigencia y forma de proceder en el mercado del dinero en el siglo décimo octavo se puede discutir a partir del disenso sobre un tributo, cuyo principal eran 100 ducados, acordado en 1701. Las partes que por él se enfrentaban aceptaron como condición que el principal se había de depositar por la justicia real de la ciudad. La expresión no es lo suficientemente precisa como para afirmar que la intervención judicial la reducía a mediadora en la operación, actuando como depositaria transitoria de la cantidad prestada, o si tendría que ser la receptora del principal cuando el censo fuera redimido. El caso es que el 11 de febrero de 1701 fue firmado el compromiso entre las partes bajo esta condición.
Resulta llamativo que la institución que prestaba era una cofradía del santísimo sacramento de una parroquia. Conociendo el control que imponía la administración eclesiástica romana sobre todas las instituciones que en algún grado dependieran de ella, y más cuando se trataba de operaciones como las que tratamos, no parece muy justificada la mediación de una jurisdicción distinta a la canónica. En cuanto a la condición de los deudores, un matrimonio común, nada había que invite a pensar en la necesidad de un tratamiento legal extraordinario.
Tampoco una última precisión que hace el documento ayuda a resolver las dudas. El 9 de septiembre siguiente el tributo fue registrado en el libro de censos del cabildo de la ciudad. Debe referirse al libro registro de los depósitos que desde el siglo décimo sexto debía llevar la escribanía del municipio. El gobierno de la población, tal como estaba previsto, mantenía el registro de las operaciones de compraventa legal del dinero cuando se dirimía sobre ellas.
Lo que en 1701 resulta nebuloso medio siglo después parece algo más claro. En 1749 el heredero del bien sobre el que pesaba la carga de aquellos 100 ducados de principal, el colegio de la compañía de Jesús, quiso redimirlos. Presentó su solicitud al alcalde mayor de la ciudad, la primera instancia judicial, quien ordenó examinar la escritura de imposición del tributo. Y solo una vez que la había consultado, permitió que la cofradía recibiera el principal. Fue un procurador quien hizo efectivos el principal y los réditos pendientes. De la redención, así como de la cancelación que habitualmente se hacía constar en el contrato original, se tomó nota en el libro de censos de la ciudad.
Esta institución pública habría ido ganando posiciones a favor de la preeminencia de la jurisdicción civil sobre la canónica cuando se trataba de créditos. Al redimirse un principal de los vicebeneficiados de una parroquia, para lo que el deudor tuvo que cumplir con todas las formalidades exigidas por la jurisdicción eclesiástica (comparecer ante el provisor y vicario general del arzobispado, ganar despacho para la redención y seguir autos ante el vicario), el procedimiento hubo de completarse con una orden, que la redención se pusiera en los libros del cabildo de la ciudad donde estaba registrado el tributo. Es importante que conste que en este caso no mediaba disputa alguna de derechos. Se trataba solo de la devolución de un principal. Parece que la inscripción en aquel libro, si no en todos los casos, fue siendo el límite máximo del rigor formal cuando se cancelaba un crédito.
Pero hay más. Decisiones igualmente al margen de litigios, en otras ocasiones se encuentran referidas no a la cancelación del crédito si no a su primer compromiso. En 1731, un clérigo de menores se obligó a pagar a un convento de carmelitas descalzos los réditos de 2.000 reales de principal. La escritura de este segundo crédito, a petición del convento, fue anotada en el libro de tributos de la ciudad ocho años después, en 1739. Otro censo, comprometido el 29 de abril de 1751, cuya principal era de una capellanía, y en cuya gestión intervino, con todas las formalidades de rigor, la vicaría, incluyó entre sus cláusulas una que prescribía que el registro del censo habían de hacerlo los censatarios en la escribanía de cabildo de la ciudad. También a veces se ordenaba que las redenciones de principales de capellanías se inscribieran en los libros del cabildo de la ciudad donde estaban registrados los tributos.
Así pues, el control público sobre el mercado de los créditos, con el tiempo, no se limitaría a los principales y sus correspondientes réditos cuando se litigaban. Al menos en materia de redención de créditos e inscripción de los acuerdos fue ganando poder. Parece que las condiciones contractuales fueron parte decisiva para que unos créditos sí y otros no quedaran inscritos en el libro del cabildo. Al parecer se fue convirtiendo en un registro de los censos que explícitamente se contrataban con una cláusula que obligaba a esta formalidad. Desde luego la inscripción de estas operaciones en aquel registro, más aún si explícitamente estaba asociada a las condiciones del contrato, incrementaría sus garantías legales.
El dióxido de nitrógeno y la belladona
Publicado: octubre 21, 2017 Archivado en: Sergei Granville | Tags: historias Deja un comentarioSergei Granville
El parque del oeste es pequeño, si se compara con los espacios que dedican al esparcimiento en la periferia. Las autoridades, que conocen por estadísticas veraces las densidades de vecinos, concentran las inversiones públicas para jardines y áreas de recreo en zonas donde más demanda hay, y en las que se da la feliz coincidencia del mejor precio del suelo, tanto para el empleo del presupuesto, que no repara en gastos, como para los vendedores, cuya dedicación exclusiva a la compraventa les permite tarifar las superficies con un acierto que nunca alcanzará ningún instrumento de medida. Pero el parque del oeste, cercado por avenidas, es suficiente para que se solacen en él los vecinos del barrio donde vive Élder Condestable, oftalmólogo titulado en excedencia. La mayoría de los ellos habita en solitario su vivienda y dispone de suficiente tiempo de ocio en dimensión equivalente a la de sus rentas; bienestar que todavía prolonga el espacio de sus apartamentos, inversamente proporcional a sus aspiraciones a moverse. Mas el pánico que provoca la sospecha de la falta de aire para ellos tiene efectos expansivos. Aunque Élder, más que del espacio, es celoso de su tiempo, tanto más cuanto que le parece que no puede ser mucho del que pueda servirse una vez descontada a su vida la edad que ya acumula. Lo emplea con método, y del procedimiento que para su consumo se aplica cada día una parte es el paseo, que activa la circulación, entona las articulaciones y oxigena los pulmones en la medida que el aire de la ciudad lo permite. El aire de la ciudad os hará libres, recuerda, y reconoce que la libertad al servicio de las necesidades encuentra caminos inesperados. La proporción de dióxido de nitrógeno es una parte genuina de la atmósfera urbana, tan inexcusable como el encuentro con conocidos a los que no se desea saludar. Su consumo tiene ventajas para la libertad. Concede propiedades extáticas. Lo experimenta todos los días cuando el paseo está llegando a su límite, el que le imponen sus dos piernas, no siempre en el mismo orden. Cuando sale de su casa, apenas es capaz para depurar ideas e hilvanar una frase. Su cabeza se bate en un caos del que son responsables tanto el insomnio como la falta de cafeína, ya casi por completo excluida de su dieta. Según camina, empieza a fijar su atención en edificios, en encrucijadas, en personas singulares por exceso o por defecto. Son las únicas que a horas tan tempranas le estimulan algún enunciado moderadamente concluyente. Al cumplirse las dos horas del paseo, es capaz de las visiones más complejas, y, lo que es más afortunado, puede convertirlas en frases completas. Debe ser porque en la lengua tiene que haber algún principio tóxico que al entrar en contacto con el dióxido de nitrógeno consigue resultados textuales dignos de ser escritos.
En septiembre ya acude al parque. No hay en él plantas que lo atraigan, ni un quiosco en el que pueda acodarse si le urge. Solo busca bancos donde descargar el esfuerzo de las dos horas invertidas en caminar a paso sostenido. Allí su única compañía, a primera hora de la mañana, son tres perros, que corren de arriba abajo, de abajo arriba, una y cien veces. Alentados por sus amos, compiten entre sí en velocidad y destreza. Infaliblemente unos y otros vuelven cada mañana. A los perros los tiene encuadrados en el orden superior. Mientras permanecen atentos a los estímulos de sus dueños, estos conversan con indiferencia siempre sobre los mismos temas, y a lo sumo les lanzan un palito para que vayan a buscarlo y lo devuelvan. Así como la carrera de los perros es certera, y sin dudar un instante corren raudos al lugar en el que ha caído el palo, el tiro de los amos es errático, inseguro, y en ocasiones su disparo termina entre las uñas de león, junto a los urinarios, a su lado, encima del banco en el que está sentado. No es que sea un inconveniente que un perro babeante, con una enorme lengua colgándole por el lado de una boca llena de amenazantes caninos, pose sus patas delanteras justo a su lado. Es que entre los ejemplares que nunca faltan a la cita hay un gran danés negro, de casi un metro de altura sin contar la cabeza, que nunca mira con ojos de amigo. Cuando planta las dos patas sobre el banco, sobrepasa la estatura de un hombre sentado. Tampoco es que es por esta causa decida cambiar de asiento. Pero nunca espera a que sea el gran danés el que decida que desea compartir con él el banco, una posibilidad que el azar que gobierna los lanzamientos de los amos, esporádicamente racionales, hace que se repita con una frecuencia que prefiere no medir. Solo sus dudas sobre los efectos de su secreción de adrenalina lo retienen tras ver los caninos. El olfato de los perros la distingue en cuanto fluye con intensidad por la venas, y a poco que la huelan los impulsa a hincar sus dientes en la masa de carne de la que tienen la certeza que pertenece al responsable de la emanación de los vapores que perciben, carentes de conciencia como viven, seres irracionales. Deben resultarles estupefacientes.
Entre sus recuerdos imborrables está la atropina, de propiedades únicas. Dilata la pupila y permite estudiar el fondo del ojo, su estado, cómo ha evolucionado desde la última revisión, decidir si será necesaria alguna intervención en el globo para detener su deterioro, para revertir sus funciones en el caso de que fuera posible. Pero tiene un defecto. Es letal. Si una gota de atropina de una concentración inconveniente, por descuido de quien la aplica, rodara del ojo del paciente a su boca, moriría al instante. Claro que las concentraciones en las que se encuentra en el mercado del que se surten los oftalmólogos no tienen tanto poder. La belladona, su agente, tiene sobre la atropina la ventaja de una alta concentración de los principios activos tóxicos si es debidamente tratada. Sus semillas se pueden conseguir en cualquier herbolario, y a un precio muy asequible. Es preferible sembrarlas en laboratorio, donde se les saca el mayor partido. Para prepararlas sin renunciar a ese resultado, la víspera del día que se haya elegido para sembrarlas se echan en agua caliente, a la que se le añade una cantidad de agua oxigenada que en peso sea el doble que el de las semillas. Ayuda a que la germinación se acelere y bastan veinticuatro horas de inmersión para que estén en su punto en el momento previsto. Luego, se dejan secar durante otras veinticuatro horas y ya están listas para sembrarlas. Si se quiere obtener de ellas los resultados óptimos, que es la más alta concentración de activos tóxicos, es suficiente con sembrarlas en un semillero doméstico a mediados de septiembre. Para semillero puede convenir un cajón de algo más de medio metro de profundidad en el que antes se haya compactado una cantidad equivalente de tierra fértil mezclada con estiércol y recubierta con ocho o diez centímetros de mantillo de hoja, por ejemplo de la alameda. Una vez protegido el preparado con una pleita de paja de centeno, se espera a que hayan pasado diez o doce días para sembrar a voleo en aquella tierra las simientes preparadas, que deben protegerse con otra capa de mantillo. No hay que precipitarse, ni intentar acortar los plazos. La paciencia, en este caso, como en tantos otros, es el mejor aliado. Una vez hundidas en la tierra, se riegan con una regadera de alcachofa fina durante otros diez días, y después, cada vez que sea necesario, para que el semillero se mantenga húmedo. A partir de entonces ya todo es cuestión de perseverar en la espera, puesto que la semilla germina lenta e irregularmente. Pero la naturaleza de la belladona es generosa y recompensa. En veinte o veinticinco días nacen aproximadamente la mitad de las simientes esparcidas. Como luego empiezan los fríos, y los brotes son aún jóvenes y débiles, el cajón se debe cubrir por las noches, y avanzada la mañana destaparlo hasta que a media tarde de nuevo las temperaturas desciendan. Es posible que en ese tiempo también la humedad propia de la época incremente a causa de las lluvias la carga de agua que transpiran las plantas. Conviene entonces, para contribuir a su ventilación, regar el semillero con caldo bordelés al 0.5 %. Combate los hongos que inevitablemente parasitan los brotes al transpirar. El riesgo de que el sulfato de cobre que contiene el caldo, aun en tan baja solución, contamine y envenene la planta, es indiferente, dado el fin al que se dirige el cultivo. Por fin, cuando llegue la segunda quincena de marzo las matas tendrán el tamaño apto para el trasplante. Debe hacerse a primera hora de la mañana, con cuidado, y luego observar su evolución durante algunos días. Para evitar que el vigor de los más fuertes decaiga, se eliminarán los plantones que se vayan malogrando. De los otros se sabrá que han arraigado irreversiblemente cuando se formen nuevas hojas en la yema de sus tallos. Como el parque lo riegan cada día a partir de la primavera, puede confiarse el progreso posterior de las plantas a los servicios municipales de parques y jardines. El resultado de su trabajo está asegurado porque de antemano queda a cargo de una nómina. La flor de la belladona, de tonos rosáceos, abre sus pétalos como una estrella, y sus bayas, cuando la primavera ha llegado a la sazón, son como una cereza. Verdes al principio, cuando están maduras van cambiando del violeta al negro, y siempre se ofrecen redondas y brillantes. Su cuidado tiene además la impagable ventaja de que cada planta produce unos mil frutos, que suelen pesar en torno a los tres cuartos kilos, cantidad sobrada para los fines pretendidos.
Sobre la alimentación de los perros las opiniones difieren, pero solo en los matices menos comprometidos. Cualquiera de sus experimentados criadores parte de que el agua en abundancia es primordial, y acepta que los perros son predominantemente carnívoros. Su musculación necesita grandes dosis de proteínas, y deben consumir una cantidad importante de grasas si se quiere que sean activos. Para incrementar la masa corporal no son nada fiables los preparados proteínicos que comercializan actualmente. Están hechos con sobras de nombres que es preferible no reproducir. Por eso la mejor alimentación es la que se elabora en casa, aunque puede ser necesario completarla con algún complejo vitamínico, cuya prescripción sin embargo debe quedar a criterio del veterinario. Pero para suplementar la dieta, para que el desarrollo del animal sea equilibrado e irreversible, son necesarios alimentos ricos en fibras. Cualquiera de los cereales, mejor aún si son mezclados, puede valer. Sin embargo, ninguna fuente de fibra es más saludable que la vegetal, a cuyo consumo propenden los animales por instinto. Ni la carne más roja y fresca, ni la cabeza de cefalópodo más desarrollada los atrae tanto como una flor, como un fruto esférico que refleje los rayos del sol. Cuando se trata de la flor, por medios experimentales se ha comprobado que los responsables del estímulo no son los colores sino estambres y pistilos, que actúan como atrayentes según un azar que la ciencia aún no ha podido desentrañar. Siendo habitual que los musculados ejemplares de los parques sean machos, sus carreras pueden verse interferidas, inopinadamente, tanto por vigorosos estambres, como el de la cala, como por potentes pistilos, como el de la orquídea. Pero en el caso de la belladona el fruto se impone sobre la flor porque atrae por su forma. Aunque el dueño se desvele por sostener la disciplina alimenticia de su ejemplar, es inevitable que el perro picotee, como su propio dueño. Cuando se siente libre, si disfruta de sus minutos de expansión, es tan incontenible como voraz. Las consecuencias que estos actos causan son responsabilidad de los animales, aunque esté demostrado que la relación entre la lucidez que provoca el dióxido de nitrógeno urbano y la dedicación al cultivo de la belladona, aun en lugares públicos, necesita de la mediación de la voluntad como reactivo.
Espacio cultivado
Publicado: octubre 15, 2017 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agraria, economía Deja un comentarioAlain Marinetti
La tierra cultivada de la región se dedicaba preferentemente al trigo y sus especies subsidiarias. Según estimaciones contemporáneas muy sintéticas, absorbía como mínimo dos tercios de ese espacio. Tan alto consumo de tierra para un fin tan restringido sería permanente como consecuencia de la presión que originaba sobre ella el tamaño de la población, factor constante de cuyo signo había convencido ya la literatura económica que circulaba a mediados del siglo décimo octavo. Aparte la presunción de causalidad que contiene esta propuesta, el análisis de los valores del tamaño de la población no lleva a la misma conclusión. La preferencia por el cultivo del trigo parece más relacionada con la peculiar integración de los trabajadores en la empresa agrícola. Estos, según otros contemporáneos, siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, para así resolver la parte de sus ingresos destinada a la subsistencia, una posición económica que no siempre coincidiría con el autoconsumo.
Para comprobar en favor de qué afirmaciones está la veracidad que permiten los testimonios escritos, cuando se desciende a la escala de las poblaciones hay medios suficientes, los que consienten analizar el espacio cultivado con el trigo, que no obstante necesitan un examen atento.
Un auto de fines de agosto de 1741, que abre un expediente, descubre los propósitos y los límites del documento llamado registro de sementeras. Dicta que todos los vecinos de una población que hayan sembrado durante aquel año, sea en poco o en mucha cantidad, registren ante el escribano de cabildo de su municipio la superficie que hayan cultivado, para lo que disponen de un plazo de tres días. Cada labrador y cada campesino, sin excepción de secular que sea vecino, habrá de proceder con toda claridad y justificación, porque se trata de repartir la décima en función de lo que cada cual haya sembrado.
La fecha en la que se publica el auto no deja dudas sobre el momento en el que se exige el registro. Estaría justificado porque la contribución que se pretende recaería sobre el producto obtenido. Al tratarse de un repartimiento, es seguro que el pago que se espera es uno de los conceptos del sistema de administración de las obligaciones fiscales que en su tiempo se conoció como rentas provinciales. Excluyo que haya que interpretar décima en el sentido de diezmo, la primera renta de la iglesia romana. En modo alguno esta renunciaría entonces a otra parte del ingreso que le proporcionaba, menos aún al de toda una población y a favor de los ayuntamientos. Rechazada esta posibilidad, puede tratarse bien de un ingreso de la corona relacionado con el comercio interior, bien de un derecho deducido por el municipio para hacer frente a los pagos a los que obligue el encabezamiento. En el primer caso sería el equivalente al almojarifazgo; en el segundo, podría ser la décima parte de cada real de vellón del producto. Ninguna de las dos posibilidades me parece del todo convincente, pero estoy más inclinado a pensar que se trata de una contribución municipal que grava ligeramente las sementeras, dado el régimen administrativo de las rentas provinciales.
Es necesario reconocer que la fecha en la que se exige la contribución, posterior a la cosecha, actúa contra la veracidad del testimonio. Una cosecha deficiente llevaría a ocultar parte de la superficie sembrada. Además, en estos registros la ocultación debía ser endémica, puesto que son los propios interesados quienes tienen la iniciativa de su redacción. Que el plazo concedido para declarar sea solo tres días va en contra de su alcance. Una parte de los concernidos, por ser tan perentorio, ha de quedar fuera, y que los eclesiásticos estén excluidos del procedimiento fiscal, que no es una excepción, desde luego altera el punto de vista, que queda limitado a la población secular.
Pero no todos estos obstáculos parecen insuperables por los hechos que retienen los textos. Concordado el auto que lo inicia con el registro efectivamente completado, se comprueba que en realidad las declaraciones fueron presentadas entre el 23 de agosto y el 1 de septiembre. Como es habitual en estos casos, los límites que al principio se decidieron luego fueron ampliados. En cuanto a que no incluya a los eclesiásticos, probablemente no sea un defecto que modifique en lo fundamental la idea que sobre el fenómeno que me propongo observar, el que expresa el título, permite obtener el documento. Sin acumular un error significativo, creo que la parte secular se puede aceptar como representación de la totalidad de los casos. No hay indicios positivos que hagan suponer que, de organizar empresas de cereal, los eclesiásticos las acometerían de una manera distinta a como lo hace el común de quienes participan en el sector, a excepción quizás de los procedimientos que aplicaran los jesuitas. La población eclesiástica que emprendiera directamente sementeras sería escasa, salvada la regular. Pero sobre todo el número de situaciones que el registro de las sementeras permite conocer, que se mide por centenares, es suficiente para obtener una descripción fiable de la diversidad de casos y de sus tamaños relativos. Frente a todos los previsibles límites del documento, hay que aceptar que el hecho de que los declarantes sean vecinos es concordante con el punto de vista que deseo, y en especial carga favorablemente su capacidad para retener características significativas de la agricultura del cereal del momento que los dos tipos humanos a los que el auto se refiera sean solo labrador y campesino.
Con una información similar a la del registro de sementeras de 1741, es posible disponer de apeos de sementeras y asientos de pegujales. Mientras que los primeros son en todo similares al registro, los otros eran documentos complementarios que anotaban el cobro de los pegujales sueltos, tanto de vecinos como de forasteros. Y aún se puede completar la información de registros, apeos y asientos con la colección de los papeles destinados a elaborar una estadística de las rentas provinciales ingresadas por aranzada de olivar y fanega de sementera, cuya información referida a los cereales sin duda procedía de sus primitivos apeos. Por lo tanto, a todos podemos conceder las mismas carencias y propiedades que le hemos reconocido al registro de 1741.
He conseguido disponer de dieciséis apeos para el periodo comprendido entre 1766 y 1781. Su cronología permite pensar en la crisis conocida como motín de Esquilache como la razón inmediata de las fidelidades en la redacción y la custodia del tipo. De la serie paralela de los asientos de pequeñas explotaciones estaban disponibles los ejemplares correspondientes a los años 1763-1781, y los papeles de rentas provinciales estaban referidos a los quince años comprendidos entre 1764 y 1778.
En el examen de toda la colección he empleado algún tiempo. Exploté primero el documento de 1741 de manera sintética, y redacté las correspondientes notas de los registros de sementeras de todos los vecinos de aquel año. Luego, elaboré copia íntegra de los apeos de sementeras correspondientes a 1766, 1767 y 1768 con relativo provecho. La transcripción del documento correspondiente al año 1767, porque cuando se transcribe es cuando se lee mejor, me sugirió las primeras ideas propias sobre este problema, que fijé en forma de notas entre el 21 y el 22 de enero de 1993 con el título Arqueología del apeo de sementeras, las que han dado origen a este texto. También hice copia del apeo de 1771, y por último elaboré con la estadística para las rentas provinciales de 1764-1778 un cuadro que expresaba en fanegas la superficie sembrada de cereal cada año.
Una vez comparados someramente los contenidos de todos los informes seleccionados, aun a riesgo de equivocarme decidí trabajar bajo la convicción de que lo que observara para un año, porque mi atención se dirigía a la parte estable de los comportamientos, podría ser equivalente a lo que ocurría otros años de la misma época. De acuerdo con esa premisa, de todos los apeos de sementeras que estaban a mi disposición preferí el de 1771 porque me permitía cruzar sus datos con unas relaciones juradas del mismo año relacionadas con el proyecto de única contribución. Cualquiera que las conozca podrá reconocer las ventajas que para operaciones derivadas tiene esta manera de proceder. Su elaboración estadística, a partir de otro impreso de la información contenida en soporte electrónico, ya producto de una elaboración intermedia, me permitió hacer cálculos y admitir sus resultados como la referencia de lo que era regular, aunque sobre las posibilidades de su explotación estadística no me engañé.
No usé los datos de 1741 con la misma intensidad que los de 1771 porque, a pesar de que eran los más próximos en el tiempo a 1750, no me parecieron tan ricos como los de 1771, aunque no puedo negar que las notas del registro de 1741 también adelantaban algunas conclusiones válidas. El documento de 1768 permitía completar algunas ideas y avanzar en otras antes no descritas, especialmente en tres: los cultivos a los que eran dedicadas las pequeñas explotaciones, las otras actividades de quienes las emprendían y qué era mozo de posada. Aunque su autor se propone averiguar idénticas cosas sobre todas las personas de su objeto, carece de la disciplina necesaria para obtener de cada una información sobre las mismas características. Reconoce en unas que es sugerente registrarlas, aparte los datos básicos de la identificación, y en otras le parece más útil una precisa descripción particular. Puede actuar así porque los tamaños de la población encuestada no son tan grandes que le impidan reconocer individualmente a cada una de las personas que somete a observación. Con tal flexibilidad de su sistema de registro se asegura ese resultado. Pero su rigor actúa por circunstancias. Aun siendo frecuente la información que sobre cada uno de ellos da, para la mayoría de los asientos la información que correspondiera no consta. La consecuencia es que cualquiera de los tres hechos aparece esporádicamente y no admite análisis cuantitativo. El análisis solo permite descubrir que existen. Además, la revisión detenida de la copia del documento de 1768 me autorizó a sostener con seguridad que las deducciones que el documento de 1771 me había permitido, de ser analizado el de 1768 de la misma forma, llevaría a otras similares. Hecha compulsa entre los asientos de pequeñas parcelas y el apeo de sementeras, sus contenidos permitían saber que eran similares a los de 1771. Por tanto, podía estar seguro de que la idea que me había proporcionado el apeo de este año no sería modificada en ninguno de sus sentidos fundamentales. Lo podía tomar como referencia y nada impedía generalizar las conclusiones a las que se llegara con él.
Sobre la superficie sembrada, el balance del registro de 1741 no es bueno. Mientras que inscribe algo menos de 1.500 parcelas, una cifra que por comparación con los otros asientos puede ser admitida como veraz, toda la superficie declarada por los tenientes de esas tierras no alcanza las 11.000 unidades de superficie. Por su parte, la dedicada a este cultivo en 1771 fue 32.600,75 de las mismas unidades. Basta comparar esta cifra con las correspondientes a los otros años incluidos en el cuadro que aparece más adelante para aceptarla como la más veraz de las dos. En la población a la que están referidos estos documentos la superficie registrada como apta para el cultivo del cereal era poco más de 93.000 unidades según las informaciones de la Única. Las 11.000 de 1741 apenas superarían la décima parte del espacio apto para ser cultivado con cereales. Ni aun teniendo en cuenta que en este registro la superficie sembrada por forasteros no queda inscrita y que esta, según los datos de 1771, es poco más del tercio de la totalidad de la superficie sembrada, se alcanzaría una cifra convincente de toda la superficie que en 1741 fuera sembrada para obtener cereal. Siendo el número de parcelas declaradas muy aceptable, solo cabe concluir que quienes hicieron los registros expresaron menos superficie de la que habían sembrado. Como se observa un número anormalmente bajo de grandes parcelas, las unidades de producción de las empresas de más envergadura, y estas unidades suman una cantidad pequeña, de escaso valor relativo para el total de parcelas, a la vez que acaparan las mayores cantidades de superficie, puede sospecharse una ocultación concentrada en la declaración de las unidades productivas de mayor tamaño.
Podemos aceptar pues como cánones básicos del espacio cultivado, para aquella población, que cada año se decidían por sembrar cereal unas 1.500 explotaciones y que solo empleaban para este fin algo más de unas 30.000 unidades de superficie, la tercera parte de las posibilidades del espacio apto para producirlo. Así se demuestra que la capacidad para la producción de trigo y cebada era restringida de manera severa regularmente. Los propósitos de esta restricción, que tiene toda la apariencia del imperio de lo que se viene llamando sistema trienal, podrían ser monopolísticos. Pequeños cambios proporcionales de las explotaciones, en espacios de la magnitud de los que tratamos, pueden tener como consecuencia notables aumentos de la producción. El efecto que el crecimiento de la oferta de grano puede tener para su precio pude ser adverso para el deseado orden de monopolio, aspiración común a cualquier posición de dominio en el mercado. El aumento de la superficie cultivada, por otra parte, no conduciría inevitablemente a la caída de los rendimientos. La reserva de suelo de alta productividad es con seguridad más que suficiente para mantener en el nivel consolidado los rendimientos, y por tanto que los beneficios quedan a salvo.
Pero, más allá de las cifras sintéticas, si se recurre a los datos del cuadro de rentas provinciales de 1764-1778 es posible encontrar ideas más próximas a la resolución de las dudas planteadas al comienzo. He preferido anotarlos en valores relativos para cada caso porque son los más expresivos y los que permiten generalizar con más facilidad. Se pueden reproducir divididos en dos series básicas, la referida a los vecinos y la correspondiente a los forasteros, un orden de la información que estaría justificado por el plan de cobro del derecho que gravaba la actividad que es objeto de nuestro interés. La serie de vecinos se abre por su parte en otras dos, la de labores y la de pequeñas explotaciones, de la primera de las cuales se puede presentar a su vez una subdivisión en seculares y eclesiásticos. Aunque las pequeñas explotaciones son denominadas específicamente pegujales sueltos, no cabe duda sobre que bajo esta entrada están agrupadas todas las pequeñas empresas de vecinos. La comparación con los datos de los años estudiados con detalle, en particular 1771, así permite afirmarlo. Tratándose en el origen de un documento redactado por quien pretende recaudar a cada contribuyente lo que le corresponde, no sería probable que cuando las pequeñas explotaciones se hubieran alojado en otras de mayor tamaño el señor de esta incluyera, en el espacio cuyo costo final él debe liquidar, el que hubiera cedido de cualquier modo a otros. De aquí podemos deducir que las series separan en lo fundamental los hechos que pretendemos conocer. Las entradas vecinos y eclesiásticos contendrían labores, al tiempo que en la columna pegujales estarían todas las explotaciones de esta modalidad. No obstante, mantengo reservas sobre que la entrada eclesiásticos se refiera realmente a labores, aunque en absoluto no hay que excluirlo. Sabemos positivamente que eclesiásticos también emprendían pequeñas explotaciones. Pero es tan escasa la intervención de los eclesiásticos en la producción de cereales que un error de interpretación, en cualquier sentido, no tendría la menor repercusión sobre los resultados de cualquiera de los análisis que interpretaciones divergentes indujeran. Aun así, es necesario reconocer que en 1741 en el apeo de sementeras solo constaban los pegujales de vecinos seculares. Que aparezcan elementos del clero disfrutándolos ya en el registro de 1768 permite deducir que los registros posteriores a 1741 también inscribirían eclesiásticos, y efectivamente, tal como desde el principio conjeturamos, son pocos los que finalmente pueden identificarse.
En el caso de los forasteros, es posible desplegar otras dos series, una de labores y la segunda de pequeñas empresas. Para la primera mitad, solo el valor global de la primera se consigna. Mediada la secuencia, aparece además el dato de pequeñas explotaciones. Esto abre varias posibilidades de interpretación, que en lo fundamental ya hemos adelantado en los análisis de los documentos precedentes, por lo que especular con ellas tampoco tiene mucho sentido. Los pegujales de forasteros son aún más insignificantes que las empresas de cereal de eclesiásticos. Nada que defendiéramos tendría consecuencia alguna para el hecho observado en toda su dimensión. Son tan erráticos los valores que la fuente nos proporciona a este propósito que es preferible ignorarlos. Suponemos que, así como la cesión de tierras a forasteros, mediante contratos regulares, se puede controlar con relativa facilidad, tener noticia de quienes toman pequeñas parcelas en todas las poblaciones circundantes sería bastante más complicado. Los pegujales de forasteros registrados tendrían tan poca entidad porque serían externos a las unidades de explotación de los labradores. Afortunadamente, el punto de vista adecuado para analizar esta parte del fenómeno, que como enseguida se verá es observar la parte de tierras periféricas que es segregada al uso de una población, en modo alguno se ve interferido por este defecto del medio informativo.
Completan el cuadro, al principio, la columna del tiempo y al final las de totales. Solo la que expresa toda la superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se ocupa va expresada en valores absolutos, en las unidades de superficie más comunes. A su lado, una columna de cierre expresa ese mismo valor en términos relativos. Recuérdese que el valor absoluto de la superficie disponible que admitiría el cultivo de cereales se estima en poco más de 93.000 [93.287,78] unidades de superficie.
| Años | Vecinos | Vecinos | Vecinos | Forasteros | Forasteros | Total | Total |
| Labores | Labores | Pegujales | Labores | Pegujales | En fanegas | % | |
| Seculares | Eclesiasts. | ||||||
| 1764 | 46 | 5 | 14 | 34 | Nc | 31.962,50 | 34 |
| 1765 | 49 | 5 | 15 | 31 | Nc | 32.013,83 | 34 |
| 1766 | 49 | 5 | 16 | 31 | Nc | 34.084,33 | 37 |
| 1767 | 46 | 4 | 18 | 32 | Nc | 29.681,00 | 32 |
| 1768 | 45 | 3 | 19 | 33 | Nc | 31.036,25 | 33 |
| 1769 | 46 | 2 | 17 | 34 | Nc | 32.345,25 | 35 |
| 1770 | 45 | 3 | 17 | 35 | Nc | 31.666,50 | 34 |
| 1771 | 41 | 3 | 19 | 35 | 1 | 30.685,25 | 33 |
| 1772 | 42 | 3 | 16 | 38 | 1 | 31.497,67 | 34 |
| 1773 | 39 | 3 | 17 | 40 | 0,4 | 31.155,83 | 33 |
| 1774 | 40 | 3 | 16 | 39 | 2 | 31.955,50 | 34 |
| 1775 | Nc | Nc | Nc | 42 | Nc | 36.015,50 | 39 |
| 1776 | 36 | 2 | 21 | 43 | 0,1 | 35.943,75 | 39 |
| 1777 | 34 | 2 | 20 | 42 | 2 | 38.086,75 | 41 |
| 1778 | 34 | 2 | 18 | 45 | 1 | 36.707,83 | 39 |
La serie demuestra la enorme estabilidad de la composición del fenómeno, tal como puede observarse a través de las características que el documento registra. Comparado con los demás años de la serie, el de 1771, si se observa desde la columna de los valores proporcionales, definitivamente parece representativo de los comportamientos estables. La fracción de superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se invierte se mantiene en torno al tercio, algo por encima si se quiere ser algo más preciso. Pero aunque la estabilidad del fenómeno es lo más notable, y por tanto lo que debe ser retenido por encima de todo, para cualquiera de sus componentes es posible observar matizadas evoluciones.
En la cantidad de tierra cada año sembrada se reconocen dos fases, la primera, con valores en torno al 34 % de la superficie disponible, y la segunda claramente por encima del 38. La primera abarca de 1764 a 1774 y la segunda corresponde al periodo 1775-1778. No sería exacto decir que la cantidad de tierra cultivable tiende a crecer. Más exacto sería afirmar que acontecimientos comprendidos entre 1774 y 1775 darían como resultado un perceptible crecimiento positivo de la cantidad de tierra que cada año se dedicaba al cultivo de los cereales. Dando por supuesto que tales factores debieron actuar, lo que obliga a una demostración positiva, podríamos decir, utilizando un vocabulario evasivo que es frecuente cuando se observan cambios como el descrito, que el mercado de la tierra cultivable, entendido como mercado anual de las cesiones, ha conocido una presión ante la que no ha podido resistir y ha decidido aumentar la oferta. Siendo los resultados los que recoge la tabla, habría ocurrido que la demanda de tierras para la sementera presionara sobre la oferta.
Los efectos de esta dirección de las actitudes podían ser adversos. Cualquier incremento de la cesión podría redundar en un no deseado crecimiento positivo del producto de cereales, según hemos reconocido más arriba. La sucesión de las cantidades de superficie sembrada, observada año a año, que demuestra una cadencia cíclica muy regular y muy corta, confirma el poder de la contención. A cada pequeña expansión anual relativa, bianual como máximo, sucede una contracción. No es imprudente pensar que el orden creado reaccionaría con sensibilidad, y solo necesitaría pequeños ajustes para mantener el rumbo del producto. Cada año pretendería satisfacer el óptimo que el deseado monopolio promete y cualquier exceso que se cometiera era inmediatamente corregido.
Pero si la presión sobre el mercado de las cesiones se resolviera con ese movimiento oscilatorio constante, las causas del fenómeno quedarían encerradas en un círculo que agotaría las posibilidades sin encontrar explicaciones para los problemas que nos hemos propuesto; quedarían descargadas sobre el precio del producto, un factor que en este momento queda fuera de nuestro campo de observación, y no resolvería nada sobre el papel que corresponde a las poblaciones. Afortunadamente, todos los valores de la estadística precedente no se resignan a esa razón. El valor mínimo para toda la superficie cultivada suma 29.681 unidades de superficie y el máximo 38.086,75. La diferencia entre uno y otro es casi 10.000, equivalente a una cantidad comprendida entre un cuarto y un tercio de toda la superficie cultivable. La oscilación, de año a año, también podía ser tan flexible y amplia como para decidir, en una fracción nada despreciable, sobre el monto del producto total obtenido. Es necesario especular con calma sobre las razones de tanto margen y sus consecuencias. Aunque el documento obliga a restringir las aspiraciones, su manera de interesarse por los hechos deja al descubierto factores del mercado de las cesiones de tierra comprendidos en nuestras hipótesis.
Las oscilaciones de mayor envergadura en parte pueden ser consecuencia de las presiones periféricas sobre el espacio cultivable. Los desplazamientos desde una población a la parcela cultivada, y por tanto los costos en tiempo de trabajo, decidirían sobre el espacio que se podía cultivar. Se puede precisar con bastante exactitud el radio máximo del que se ocupaba para el cultivo desde ella a partir de la información sobre arrendamientos de la Única. Incluso se podrían trazar las sucesivas coronas del movimiento por frecuencia de lugares según distancia. Pero su explotación con este propósito, porque los valores que aquellos proporcionan se refieren a una población, llevaría a conclusiones poco relevantes, y tampoco lo son las diferencias en las distancias a recorrer. Averiguar cuál es el límite racional de los desplazamientos es un ejercicio que con más facilidad se resuelve desde otro principio axiomático: las tierras periféricas de un término pueden quedar más próximas a poblaciones limítrofes, y por tanto ser explotadas con menos costo de tiempo por ellas. Aunque la presión de estas poblaciones sobre el espacio agrario disponible al otro lado del término esté modificada por las clases de límite que compartan.
En la estadística la superficie dedicada a labor por los vecinos declina inexorablemente a lo largo del periodo, mientras que la que ponen en cultivo bajo la misma modalidad los forasteros se comporta exactamente en el sentido inverso. (Las iniciativas de los eclesiásticos, poco relevantes, se atienen al comportamiento de los vecinos seculares, y lo siguen con absoluta fidelidad.) Si además se observa cada par de valores de cada año, el de los vecinos y el de los forasteros, es necesario reconocer el intercambio que hay entre ambos. Casi con todo rigor se cumple la regla de que cuando uno crece el otro disminuye. Es necesario reconocer la actuación consciente de ambas partes en la creación de este orden. Los labradores de la población y los de las poblaciones periféricas actúan coordinadamente para hacer uso del espacio dedicado a cereal.
Cualquiera de las situaciones tendría que admitir un factor constante. Vecinos y forasteros son cualidades que se refieren precisamente a la condición de residencia. Describen con precisión, aunque en términos relativos, el lugar donde se radica. Si las cosas ocurren así, es necesario afirmar, limitados como estamos a los términos de la propia estadística, que una de las presiones que conoce el mercado de la tierra, en el mismo sentido en el que antes hablábamos, es efectivamente la de las poblaciones. Si entre poblaciones de distinta radicación hay intercambio de tierra para sembrar el factor población es responsable directo, o inmediato, de la cantidad de tierra sembrada cada año; más exactamente, de la cantidad de tierra cultivada bajo la condición de labor.
Pero la presión no proviene de una población ni de su crecimiento, sino de varias y por su posición respecto de la tierra cultivable. Por la forma en que nos viene suministrado el dato aparenta ser la presión de todas las periféricas sobre una central, aunque el sentido de la evolución observable no debe engañarnos sobre el comportamiento del factor. Pudieron ser unas las que presionaran y otras no, y si decimos que las periféricas presionan sobe la central es porque al final del periodo la superficie acaparada por los vecinos cede en beneficio de los forasteros. Si trasladamos en el tiempo el punto de vista, al principio ocurriría que la presión desde fuera sería baja. En realidad, por tanto, estaríamos ante una especie de ley de la ósmosis inversa que aprovecha que los límites entre términos son membranas semipermeables. Cuando la presión crece de un lado, se incrementa el espacio acaparado por un lado y disminuye el que abarca el otro, y viceversa.
Si la masa de tierra sobre la que se ejerce la presión fuera constante, esta explicación podría bastar. Pero no es así. Hemos reconocido dos masas tipo diferentes, una anterior, menor, y otra posterior. A la variación de la masa corresponde, siempre en los términos de la estadística proporcionada por el archivo, además del intercambio de responsabilidades entre vecinos y forasteros, o factor población radicada, el trasvase entre formas de explotación, entre labores y pegujales. Si a partir de la tabla se deducen los valores de este trasvase correspondientes a las dos masas tipo, en el primero tramo, el de 1764 a 1774, el valor de la superficie puesta en cultivo por los pegujales oscila entre unas 4.500 unidades de superficie y 6.000, mientras que en el siguiente, el más breve, de 1775 a 1778, se sitúa entre unas 7.000 y casi 8.500.
Sería pues la presión de las pequeñas explotaciones de vecinos, la presión de quienes están dispuestos a arriesgar una en el interior del término, sin tener que completar largas distancias ni por tanto consumir tiempo de trabajo en los desplazamientos, la que incrementaría la cantidad de espacio puesto a producir. El aumento de la presión interna sobre el mercado de las cesiones de tierra permitiría simultáneamente liberar el especio periférico e incrementar el espacio cultivado, relevando de parte de sus responsabilidades a los vecinos labradores. A la vez que las labores locales descargaran el peso de la producción sobre las periféricas, otra parte se trasladaría a las explotaciones de menor tamaño. Si aceptamos que los pegujales de forasteros que aparecen registrados en la estadística serían externos a las unidades de explotación de los labradores radicados en las poblaciones circundantes, la liberación de espacio periférico pudo ser invertida de la misma manera en él. Al contrario, cuando esa presión disminuye, la superficie cultivada disminuye, el papel de las cesiones periféricas sería menor y también menor el de las pequeñas explotaciones interiores. Luego los labradores vecinos cargarían con una mayor responsabilidad sobre el tamaño del producto, incluidos sus riesgos. Sobre los forasteros, en la medida en que restringieran la presencia de pegujales, recaería una carga similar.
En el consumo de espacio para el cultivo de los cereales a fines de la época moderna la actividad agropecuaria se ajustaría por tanto al menos a dos patrones. Uno de contención del espacio cultivado y otro de expansión. La diferencia entre uno y otro la marcaría la iniciativa campesina, que desde dentro de las poblaciones haría oscilar el producto, cuya masa dominante y más estable no obstante permanecería bajo control de los labradores de cada una de ellas.
Así que la responsabilidad inmediata o causal directa sobre el espacio puesto a producir cargaría sobre el tamaño de las parcelas y la superficie que acumularan. Luego la presión cuyo resultado sería el incremento de la superficie puesta en cultivo cada año provendría, al menos en idéntica medida, de aquellos que siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, fueran o no trabajadores para otros. Si esta iniciativa tenía la intención de favorecer el autoconsumo o descargar los costos del producto sobre las pequeñas explotaciones es algo que no es posible resolver con los datos que suministran las fuentes tenidas en cuenta para esta ocasión. Pero sí es posible concluir que los comportamientos que inducen hablan en contra de una progresiva proletarización del campesinado, efecto a su vez de un crecimiento absoluto del tamaño de las poblaciones. Al contrario, exige utilizar en su favor la razón del incremento periódico del campesinado. Los hechos registrados, que no demuestran el aumento de su número, sí avalan la expansión de las posibilidades de sobrevivir bajo tan asequible y consolidada condición.
Valor del crédito en grano
Publicado: octubre 8, 2017 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: crédito, rural Deja un comentarioTadeo Coleman
Los pósitos, mercados públicos del grano, primero se limitaron a la intervención en el consumo y excluyeron el préstamo, que solo toleraban cuando había excedente en los almacenes y amenazaba con degradarse. Cuando actuaban así se acogían, como era regular para el negocio del crédito moderno, a instituciones civiles que lo encubrían. Posteriormente entraron en decadencia. En plena época moderna parecían naturalmente discontinuos. Según afirmaban los que con ellos convivían, unos años se hacía pósito y otros no. Pero en torno a 1735 fueron reorientados desde la administración central hacia la función crediticia. Solo en caso de necesidad podrían utilizar una parte de sus fondos para el abastecimiento público. Todavía hacia 1750, los del territorio al que circunscribimos nuestra observación, el área suroccidental de la península ibérica, estaban saliendo de su letargo y tenían una actividad limitada. Para algunos analistas, lo más apropiado sería aceptar que se consolidaron a partir de entonces como un intermediario comercial de extraordinaria capacidad, comparable a los grandes mercaderes interesados en el tráfico del grano, antes que como un instituto de crédito. Según otros, formaban el frente civil que actuaba contra la usura consolidada. Para resolver esta antinomia, hay quienes prefieren simplificar y clasifican los pósitos en dos clases, urbanos o rurales, según se dediquen al abastecimiento o al crédito. Creo que lo más acertado, al menos para la región mencionada, es reconocer que a mediados del siglo décimo octavo daban preferencia al crédito en grano como forma específica de comerciar, así como que la mayoría actuaba en los dos frentes, porque no quedaba a su alcance negar que en el origen de su fundación estaba el hecho mercantil.
Como cualquier banco, aunque sus aspiraciones lucrativas las hubiera contenido su origen, el pósito sobre todo se proponía vender con interés la semilla del cereal necesaria para la siembra y para los trabajos que el cultivo necesitaba, así como contribuir al abastecimiento de grano en su población. Para cualquiera de estos fines utilizaba indistintamente los fondos de los que disponía, preferentemente en la especie que lo justificaba pero también en metálico. La orientación la decidía el producto disponible en cada mercado. Había años en los que a los fondos de los pósitos los ciudadanos de los municipios recurrían para hacer frente a toda clase de urgencias. Sacaban trigo para elaborar pan, para cualquier otra asistencia de la población o para sufragar gastos de gran envergadura. También les sirvieron como instrumento con el que afrontar las arriesgadas consecuencias de la caída de la producción. En cualquiera de estas ocasiones, el recurso extraordinario era solicitado al asistente, entonces el primer poder civil de la región.
A los pósitos los préstamos en grano que hacían les eran devueltos en la misma especie, más sus correspondientes intereses o creces, dentro de un plazo que cada autoridad municipal, responsable de su gestión, daba a conocer. Esta parte del procedimiento era la que se llamaba reintegro o reintegración, aunque también denominaban de la misma manera la recuperación de la masa de trigo, al final de cada ciclo, de la que cada uno debía disponer. La devolución del trigo debido era la que contribuía a renovar su capital en especie, una necesidad insoslayable, dado el deterioro que permanentemente lo amenazaba.
El reintegro se iniciaba en un momento tan imprevisible como preciso, cuando comenzaba la recolección. Cualquiera que fuese la duración de las deudas en grano, así de la campaña actual como de las precedentes, tanto del principal como de las creces, la cantidad que los deudores pudieran devolver la llevaban por su cuenta al pósito, el mismo lugar de donde también cargando con los costos de transporte habían retirado el préstamo. El trigo que devolvieran había de ser nuevo, seco y de dar y tomar, mientras que los encargados de la recepción no podían admitir el que no fuera de muy buena calidad y no estuviera ahechado, porque cada quiebra en la categoría y limpieza del trigo reintegrado era responsabilidad de quienes lo recibían. En muchas poblaciones, a los medidores del grano que ejecutaban esta operación se les pagaba, a costa del capital del pósito, a razón de cuatro maravedíes de cuenta por cada unidad de capacidad medida durante el reintegro. Juzgando el asistente que esta costumbre iba en detrimento de los pósitos, en aplicación de su ordenanza fue necesario que todo el costo de medidores, tanto el del reparto como el del reintegro, recayese sobre los prestatarios.
Cuando aceptaban su deuda, los acreditados admitían una fecha para su vencimiento, siempre posterior a la cosecha, que marcaba el límite máximo dentro del cual debían liquidarla. En el pósito de referencia esta fecha osciló durante el periodo 1743-1746. Para las dos ofertas de 1743 y para la de 1744 fue el 15 de agosto siguiente, pero a partir de la sementera de 1744 la devolución de todos los préstamos, independientemente del momento del año en que se hubieran concedido, se adelantó al 25 de julio, probablemente con el deseo de recuperar el grano en los momentos inmediatos a la cosecha, y así evitar que los deudores dispersaran su producto en la liquidación de otros costos. Hasta 1746 las justicias locales se mantuvieron responsables de que aquel plazo se cumpliera. A quienes no se atenían a él los hacían comparecer ante la autoridad regional, o debían someterse a los ejecutores que les eran enviados. Pero en la nueva ordenanza de la asistencia, vigente ya en 1749, este plazo fue ampliado hasta el último día de agosto. Gracias a esta innovación, también sería posible completar el reintegro en los lugares donde, porque sus condiciones climatológicas retrasaban la maduración, la recolección se hacía más tarde.
El efectivo en trigo de los almacenes de los pósitos era por tanto, en su mayor parte, resultado de un flujo cíclico, espiral de repartos y reintegros. Pero esta no era su única fuente. También era habitual que a principios del otoño cualquier pósito invirtiera de una parte de su capital en moneda, caudal del que igualmente disponían tan peculiares bancos, en la compra de trigo de buena calidad para recuperar el fondo en grano que le correspondía. El ingreso en dinero se obtenía por diversos medios. Uno de los regulares era la venta de trigo de los fondos para que se fabricara pan en la población. Por las mismas fechas en las que se hacía el balance del negocio crediticio en grano de la campaña anterior, los pósitos compulsaban el trigo que habían vendido para hacer pan durante la que terminaba. Uno, por este concepto, había ingresado en moneda de cuenta 5.735 reales. El dinero también podía proceder de los créditos en metálico que asimismo hacía el pósito, aunque solo en ocasiones se permitiera competir con las instituciones que actuaban en este mercado. Cuando se tomara, con más probabilidad esta decisión se consumaría al comienzo de los ciclos, cuando circunstancialmente pudo ser necesario prestarlo sin más dilación a quienes emprendían el cultivo del cereal. Aunque no fueran la fuente más importante, porque tampoco era su actividad preferente, como las cantidades que hubieran sido cedidas en efectivo, llegado el otoño, también debían reintegrarse, asimismo podían emplearse en la compra de trigo de calidad.
Aunque los medios regulares de financiación de los pósitos fueran los que proporcionaban la compraventa y el préstamo del trigo, algunos municipios, cuando lo necesitaban, además sostenían el suyo con aportaciones extraordinarias. En el transcurso de la campaña 1748-49 hubo pósitos que sembraron con sus fondos una pequeña explotación dedicada a obtener trigo, la que en aquel momento se conocía como pegujal, y la recolectaron con el objeto de incrementarlos, una fórmula solidaria tan primitiva como la voz que la distingue. El pegujal público venía siendo un recurso avalado por principios consuetudinarios para regular una parte del uso de los espacios y los trabajos comunales de las poblaciones. Acotada un área cuyo dominio había sido adjudicado al común, condición política mínima de los vecinos, estos se solidarizaban en la prestación del trabajo que exigía obtener de él una cosecha procomunal, con preferencia de cereales. Si no había sobrevivido en tan primitivo estado, a mediados del siglo décimo octavo era rescatada con ocasión de las dificultades que entonces gravaran el gasto de algunos pósitos. La gestión de estos pegujales estuvo a cargo, en cada población que recurrió a ellos, de un regidor, antes nombrado su diputado. Nuestras fuentes, así como descubren que el trigo invertido en la operación era del pósito, no desvelan de dónde procedió el trabajo que lo multiplicara. Se podría conjeturar que lo aportaron quienes fueran deudores del instituto de crédito.
Terminado agosto, los municipios tenían que enviar a la capital, a la escribanía general de los pósitos, el certificado de haber completado su reintegro. Delegaban en quienes en su momento habían sido responsables del reparto, a los que también se les hacía responsables de la recepción del trigo cuando llegaba el momento de su devolución. Después, pero aún durante la primera mitad del mes de septiembre, como síntesis de todas estas operaciones, las cámaras que gobernaban los municipios, llamadas regimientos, recibían del responsable del pósito la cuenta correspondiente al ciclo precedente, una vez verificada por la autoridad regional. Se tenía ya la suficiente experiencia en la gestión de estos fondos como para sostener que la supervivencia de la institución dependía sobre todo de la pulcritud contable. Cuando resultaban alcances o déficits, fueran en grano o en dinero, las justicias actuaban contra los diputados, los llaveros y los depositarios responsables de la gestión material, para que repusieran el valor negativo, e informaban del procedimiento, en el plazo de ocho días, al asistente. Para los responsables estaba pues justificado el esfuerzo por presentar balances positivos. Un depositario que había recibido, al tomar bajo su responsabilidad el caudal de uno de los pósitos, 4.127 fanegas y 1 cuartillo de trigo, al cerrar la campaña de 1749 había ingresado, gracias a las devoluciones de préstamos con sus intereses o creces, 4.154 fanegas, 2 almudes y 3 cuartillos de la misma especie. De ahí se dedujo un saldo favorable al depositario, 27 fanegas, 2 almudes y 3 cuartillos. Remedido ante la intendencia de la región, al tiempo que se obtuvieron las llamadas creces naturales, fue aprobada la gestión sometida a su juicio. En recompensa, el depositario cesante, por acuerdo de su gobierno municipal, recibió ocho fanegas de trigo, porque entonces aún era normal que las creces naturales no fueran agregadas al fondo del pósito.
Pero nada de lo previsto ocurriría siempre con la regularidad de un mecanismo, y los imprevistos dejaban al descubierto a principios del otoño, momento decisivo para las economías agropecuarias más frágiles, el alcance efectivo de aquella vía de financiación. Durante la primera mitad de septiembre de 1749, a pesar de lo que estuviera legislado, todavía estuvo abierto el reintegro del grano en una parte de los pósitos de la región. Había empezado, como todos los años, una vez recogida la cosecha, y no en todos los lugares se habían liquidado todos los préstamos solicitados durante aquella campaña. Unos deudores habían hecho frente a aquel gasto inmediatamente, pero otros, por diversas razones, habían demorado su pago a sucesivas convocatorias de la misma clase, para lo cual debían afianzar de nuevo el préstamo que en su momento recibieran. Si las deudas adquiridas no las liquidaban en el plazo comprometido, los clientes del pósito ratificaban en la parte o en el todo pendientes sus obligaciones anteriores, mediante un procedimiento que se llamaba reobligación; aunque las reobligaciones que formalizaban la refinanciación de la deuda solo eran concedidas por un motivo legítimo e inevitable, y si la reobligación no bastaba para liquidar los préstamos, contra los deudores morosos se procedía por apremio.
Quizás fuera tanto más probable que las deudas se prorrogaran cuanto menor fuera el producto obtenido en la campaña recién terminada, pero no parece que siempre fuera así. No es seguro que quienes durante aquellos quince días recurrieron a tácticas evasivas de la devolución se encontraran, en todos los casos, apremiados por sus deudas. Septiembre, para la mayor parte de quienes podían contar con grano, era mes de venta del producto de la campaña que había terminado entre julio y agosto. En las poblaciones tanto deudores de grano al pósito como otros que no lo eran hacían todo lo posible por conducir el trigo que habían recolectado hacia donde pudieran venderlo con ventaja. Esta iniciativa incluía la posibilidad de sacarlo de la población en la que vivían, sin que se hiciera constar la exportación ante el municipio, señor de las poblaciones que en la época se arrogaba la intervención unilateral en los mercados locales. Actitudes de este tipo, según su criterio, iban en detrimento del reintegro del trigo del pósito y contribuían a que no se hiciera dentro del plazo que estaba marcado para este fin. El trigo que salía de cualquier población, mantenían los gobiernos municipales, no podía agregarse a la masa con la que hacer frente a las necesidades que sobrevinieran. Por el contrario, que no se consumaran todas las compraventas de trigo deseadas contribuiría a que el reintegro fuera completo, un argumento no demasiado satisfactorio para quien estuviera necesitado de liquidez.
Con la pretensión de salir al paso de este problema, en septiembre de 1749 se fijaron edictos que hicieron saber que nadie que fuera deudor del pósito podía usar libremente, o para un fin distinto que el de completar su capital a invertir en la siguiente siembra, el trigo que hubiera cogido, y que ningún vecino pudiera vender cantidad alguna de trigo, ni sacarlo de la población, sin que cualquiera de estas operaciones fuera notificada antes a la justicia ordinaria. Tanto rigor se amplificaba con la imposición del retracto. Como podía hacer falta cualquier trigo para las adquisiciones del pósito, se podría aplicar a este fin cualquier cantidad que se pusiera en venta. Si se hacía otra cosa, el trigo que la autoridad encontrara quedaría incautado sin posibilidad de rescate.
La drástica intervención municipal sin embargo no podía ignorar la situación en la que se encontraban algunos poseedores de una cosecha de grano, la que cada cual habían obtenido en su explotación. Sumado el compromiso extremo que para ellos era arriesgar en la campaña que estaba en sus comienzos a las pérdidas de simiente que acumulaban, y que en lo sucesivo pudieran padecer, replicaron algunos regidores algo más flexibles, una parte de los deudores no tendrían medio alguno para satisfacer las cantidades que habían sacado del pósito con el objetivo de emprender su explotación al comienzo del ciclo que había terminado, menos aún para volver a sembrar.
El cuadro que pintaron aquellos ciudadanos tal vez fuera melodramático, pero no era irreal. El origen del problema que planteaban estaba en quiénes eran los que acudían habitualmente al pósito para conseguir un préstamo con interés de su trigo, hasta aquí la única especie de la que es posible asegurar que fuera objeto de este tráfico en la región. En los de las poblaciones que concentraban su actividad en la producción de cereales, cada ciclo anual aquel mercado se abría con la llegada del otoño. Repartimiento era el nombre con el que habitualmente la gestión de los pósitos identificaba cada uno de los periodos durante los que admitían y atendían demandas de crédito en grano, aunque en su manera de hablar también se llamaba data. Con uno o con otro nombre, siempre coincidían con los comienzos de las fases de trabajo que marcaban las actividades regladas del cereal: la sementera, las barbechera y escarda y la recolección de frutos. Con estas mismas denominaciones eran conocidas las tres datas o repartos que cada año cada pósito podía hacer, para cuyas respectivas devoluciones, ya en la segunda mitad del siglo, los legisladores dispusieron diez, cinco y tres meses de plazo respectivamente. El observador externo, si presupone que la data de sementera estaba destinada a conceder grano para sembrarlo, podría pensar que la de barbechera, por las fechas en las que ocurría, necesariamente posteriores, estaba destinada a complementar con una resiembra la parcela ocupada con el cereal, o con el cultivo de un cereal de ciclo corto (trigo tremés). Es una posibilidad que no es posible excluir por completo con los datos disponibles. Pero en modo alguno puede admitirse siembra de trigo durante la recolección. Es una aporía tan absoluta que obliga a deducir que los préstamos de recolección, donde se hicieran, eran aplicados a financiar costos distintos en aquella circunstancia, con mucha diferencia la que más inversión exigía. Efectivamente, cuando el legislador es más descriptivo precisa que los créditos de los pósitos podían ser aplicados a las siguientes necesidades: proporcionar la simiente para emprender el cultivo del grano, el consumo familiar de quienes tomaban esta iniciativa y los gastos de manutención de quienes eran contratados para el trabajo en las labores. Luego al menos una parte de los créditos, fueran de sementera, barbechera o recolección, igualmente, podría emplearse en cualquiera de los fines previstos. Por tanto, no todo el trigo que el pósito prestara, ni aun en la data de sementera, sería sembrado, y la reserva que después de la siembra quedaba en sus almacenes estaría destinada a los momentos de mayor necesidad de grano, que eran abril y mayo y, sobre todo, desde junio hasta el final del verano, cuando buena parte de las existencias de cereal eran aplicadas a garantizar el alimento de los trabajadores que participaban en los trabajos de la recogida.
Pero aunque las posibilidades fueran tres, sería un error pensar que la inversión del crédito en grano se dispersaba. No todos los años se concedían préstamos al comienzo de todas las fracciones del ciclo de los trabajos. En el pósito de referencia, cuando las condiciones son las ordinarias, solo se documentan los dos repartimientos que las solicitudes prueban con insistencia, los que respectivamente eran conocidos como data de sementera y data de barbechera. Más aún, siempre que el pósito se abría para los vecinos, al menos organizaba la data de sementera. En correspondencia, las solicitudes de los interesados se concentraban en esta fase, y basta recurrir a sus palabras para comprobar que la demanda estaba aconsejada por satisfacer las necesidades de la siembra en el sentido estricto de la palabra. Cuando pedían su crédito al pósito, al fin al que pretendían destinar el grano los demandantes preferían referirse, en más de nueve de cada diez casos, recurriendo al verbo empanar, usado en el sentido traslaticio que aún conserva. A veces lo sustituyen por sembrar o cubrir, o por expresiones como empanar la sementera, sembrar su sementera, sembrar de trigo. Es cierto que también recurren a otras más ambiguas, como hacer la sementera, o incluso al sustantivo sementera, y que en dos ocasiones los solicitantes fueron excepcionalmente genéricos: en una el trigo se pedía para acabar de sembrar y en otra para concluir la sementera. Pero incluso en el caso de que cualquiera de estas voces y expresiones pudiera interpretarse como algo más que invertir el trigo en la tierra, cuando se trataba del préstamo de sementera sin ninguna duda este era su destino casi exclusivo.
Puede concluirse que el crédito en grano, que el legislador ya reconocía apto para la siembra, el consumo familiar y el suministro alimenticio al trabajo contratado, se ordenaba a lo sumo en tres plazos durante el ciclo, de los cuales a la mayor parte de los demandantes bastaría el primero o data de sementera, con el que cubrirían todas las necesidades que hubieran previsto al alcance de su capacidad de endeudamiento. La de barbechera y, si la hubiera, la de recolección atenderían las estimaciones de financiación con grano que hubieran sido más imprecisas. Con toda probabilidad, estarían aconsejadas por el gasto previsible en el consumo alimenticio propio y del trabajo ajeno empleado en las explotaciones.
Habitualmente, en la segunda mitad de septiembre, cuando llegaba el tiempo de acometer de nuevo el cultivo, se activaba el procedimiento administrativo que correspondía a cada campaña. Hasta 1746 las autoridades municipales de las poblaciones solicitaban a la regional la correspondiente licencia para el primer reparto del trigo de cada pósito, el de sementera. La solía conceder para la mitad del grano que hubiera efectivo en sus almacenes. Pero en algunas poblaciones era posible que sus responsables creyeran más acertado, por razones propias, liberar para la primera data más de la mitad de aquel capital. Entonces, el gobierno municipal, constituido en capítulo, tomaba el acuerdo y lo elevaba al asistente, quien decidía según su criterio. En ningún caso, a la vez que limitaba la cantidad que podía repartirse, permitía que el fondo de trigo se consumiera del todo. Los testimonios indican que rigió y predominó en las actuaciones de todos los responsables ofrecer para este reparto la mitad del trigo del que cada pósito dispusiera, tal como era regular. Pero probablemente es una idea más acertada, para restituir mejor lo que ocurrió efectivamente, que la mayoría de las veces no se llegaba a tanto, que la fracción ofrecida osciló entre un tercio y la mitad de la masa total de grano atesorado.
Concedida la licencia, para iniciar el reparto la primera decisión requerida por el reglamento (capítulo tercero de la norma para la administración de los pósitos que el asistente había concebido), que también el tiempo venía avalando, era el acuerdo municipal para que el plazo de solicitud de los préstamos destinados a la sementera siguiente fuera abierto. No obstante, a partir de 1747, si las autoridades habían remitido el certificado de reintegro, desde el 25 de septiembre podían iniciar el reparto de la mitad del capital en grano de sus respectivos pósitos sin necesidad de licencia.
Para que concurrieran quienes aspiraban a los préstamos, la administración de cada municipio, según su población, fijaba un plazo, el que le pareciera suficiente para cumplir con todas las formalidades del reparto sin que se atrasaran los trabajos. Normalmente habilitaba en la primera quincena de octubre un día, o a lo sumo dos, durante los que podían presentar sus solicitudes, llamadas memoriales por el lenguaje administrativo del momento. Excepcionalmente, algunos años aquel plazo fue retrasado a finales del otoño, o fueron señalados determinados días, separados entre sí a intervalos crecientes, en cuyo caso las fechas hábiles podían prolongarse entre primeros de noviembre y primeros de enero. Solo en una ocasión se pospusieron a diciembre, a principios y a finales del mes, y en otra el periodo de tramitación se prolongó nada menos que entre comienzos de noviembre y comienzos de enero siguiente, con un calendario que habilitó siete días, cinco de ellos en noviembre.
Cualquiera de los solicitantes, dentro del plazo marcado, debía comparecer ante los alcaldes o cualquiera de los diputados elegidos para el reparto y dejar constancia, ante el escribano que había de estar presente, de la superficie que tuviera preparada para sembrar, fuese en barbechos, en rozas, en eriazos o en rastrojos. Estaban obligados a declarar expresamente el lugar donde la tenían y el trigo que necesitaban, y tenían que hacer constar el nombre de sus fiadores. Como por codicia, aun teniendo, algunos pretendían que el pósito les concediera crédito en grano, en cada declaración de la tierra prevenida también tenía que constar la cantidad de trigo propio que cada uno tuviera, de modo que los préstamos pudieran ser concedidos en proporción a las necesidades reales.
Para los registros de tierra preparada y trigo disponible al principio no se creyó necesario exigir juramento. No parecía probable que se faltara al compromiso moral incluido en la fórmula común. Parecía bastante, para salir al paso de la codicia, con las penas previstas. A todos se les prevenía, si en algo faltaban a la verdad, que el trigo que les correspondiera lo perderían, aparte el procedimiento judicial por dolo que contra ellos debía seguirse. Pero, para ganar en seguridad, el Consejo, por su decisión del 1 de julio de 1747, terminó ordenando que las declaraciones sobre las superficies preparadas para la siembra, en tierras propias o cedidas, y del trigo que cada cual tuviera, fueran hechas bajo juramento. Sin embargo, para los registros rigurosos, que eran los que se hacían en las épocas de alza de precios y escasez de grano, no se exigía juramento alguno.
En 1749 en las poblaciones más urgidas el plazo se abrió ya en el transcurso de la última semana de septiembre, mientras que en otras se prefirió demorarlo al final de la segunda de octubre. Tanto los primeros como los que contaron a partir del 14 de octubre habilitaron para la presentación plazos excepcionalmente largos, de entre ocho y nueve días, a contar desde el siguiente a las respectivas convocatorias, tiempo que a todos parecía suficiente para cumplir con el trámite.
El 25 de septiembre, para iniciar el reparto, se pregonó en una parte de las poblaciones más madrugadoras un edicto en la forma prevista, que asimismo se expuso en los lugares públicos, en el que constaba la decisión tomada y que al reparto se iba a proceder ateniéndose a los principios de justificación, proporción e igualdad, tal como exigía la norma. Convocaba a todos los vecinos para que tramitaran, sí así lo deseaban, las relaciones juradas de las tierras que tuvieran preparadas para sembrar, anunciaba la fecha a partir de la cual podían presentarlas y el plazo durante el que serían admitidas sus demandas de grano. No obstante, el 2 de octubre de 1749, en uno de estos lugares, se reconocía que en los ocho días señalados para presentar las solicitudes habían acudido muy pocos vecinos, por lo que decidieron prorrogar el plazo otros cuatro. En realidad, el número de los que concurrían a la oferta de trigo ateniéndose al primer plazo estaba siendo escaso en más de un lugar.
Entre los que no actuaron con idéntica celeridad algunas situaciones no fueron menos paradójicas. Era ya 13 de octubre cuando una asamblea municipal reconoció que el tiempo estaba adelantado, y que por tanto había llegado el momento para proceder sin demora al reparto del trigo que había en el pósito municipal, de manera que pudiera ser utilizado en la próxima sementera, tal como se hacía regularmente. Cuando hablaban del tiempo, estaban invocando el comportamiento de los agentes meteorológicos, que imponían su rigor a las técnicas de las que disponía el campo. Un principio de método atenazaba entonces la agricultura de los cereales. La siembra del grano debía hacerse una vez caídas las primeras lluvias del otoño. Es probable que en aquel momento del otoño de 1749 algunos signos del aire fueran interpretados como precursores de las primeras lluvias, y que en aquel lugar hubieran preferido esperar a que aquellos síntomas aparecieran para poner en marcha el procedimiento de los préstamos. Sin embargo, los que prefirieron retrasar hasta aquel momento la convocatoria en poco tiempo se vieron en la necesidad de urgir a los interesados para que acudieran al departamento municipal que gestionaba el crédito público de grano con su registro de las tierras que tuvieran preparadas para la siembra, así como del trigo que poseyeran para empanarlas.
Una explicación probable de las oscilaciones de los comportamientos tal vez sea el de las lluvias de otoño, que quizás aquel año fueran tan imprevisibles como la impaciencia las representaba. Otra, que una parte de los pósitos pudieron demorarse en la reposición de sus depósitos de grano, y que por tanto la masa apta para la oferta de créditos no fuera en todos los casos la suficiente, una vez llegado el momento de iniciar el ciclo. Y también pudo ocurrir que algunas ofertas no fueran demasiado atractivas, lo que tal vez se podría relacionar más con el producto obtenido en la cosecha anterior, que a muchos permitiría disponer del grano necesario para la nueva campaña, que con el recurso a otros medios de financiación.
Las solicitudes de sementera eran presentadas por una persona, a excepción también de las pocas que eran suscritas por el aperador y los demás temporiles, asalariados contratados por una o las dos temporadas en las que se dividía el año de trabajo en los cereales, de sendos cortijos, que actuaban mancomunadamente. Solo en algo menos de la vigésima parte de los casos las mujeres eran las solicitantes. De los varones habitualmente no se especificaba el estado civil, mientras que de las mujeres en dos casos de cada tres se decía que eran viudas y en el otro soltera. Una parte de las solicitudes a la identificación del solicitante no solían añadir palabras que permitan completar la idea que de ellos nos pudiéramos hacer. Apenas enunciaban el nombre de cada uno de ellos, y al de las mujeres que esporádicamente aparecían a lo sumo acompaña su condición civil. En algo más de la décima parte de los casos los solicitantes tampoco hicieron constar su profesión. Sin embargo, con el tiempo, entre quienes cumplimentaban sus demandas, se fue extendiendo la costumbre de añadir al nombre referencias a su actividad. He aquí los resultados que se obtienen tomando todas las menciones de esta clase que hemos podido recopilar, aunque a la porción no sea prudente concederle el alcance que a las muestras los análisis cuantitativos dan cuando las ejecutan en regla.
Se identifican como solicitantes de créditos, con más frecuencia, las distintas clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo, en primer lugar los boyeros, pero también los porqueros, los capataces de cerdos o los rabadanes, que asimismo pueden ser citados sin especificar a qué amo prestan sus servicios. También, indicando su vinculación a un amo, son mencionados los arrieros, los maestros de molino, específicamente de pan de manera esporádica, los caseros, el guarda de una hacienda o los que simplemente son llamados temporiles. A quien se dedica al transporte nuestros documentos prefieren llamarlo en algún caso aljamel. Todos, igualmente, pueden ser aludidos también sin que sea necesario referir su vínculo con alguien, y en los casos de los arrieros o de los maestros de molino es posible admitir las dos posibilidades, la dependiente y la independiente. Los aperadores también son referidos como empleados de un amo, pero prefieren ser identificados como aperadores de un cortijo, lo que tal vez haya que admitir como la instantánea no del todo consciente de la posición pública a la que aspiraban. De los casos colectivos ya sabemos que se trataba de aperadores y temporiles de cortijos. También se presentan labrantines y hortelanos.
Pero, aunque el número de casos no sea mayor, es más extensa la relación de gente cuya dedicación primordial no es agrícola, no obstante lo cual solicitan créditos del pósito para actuar como cultivadores de cereal. Son aguadores, albañiles, aserradores, carretero, especiera, hornero, maestro de zapatero, zapatero o zurrador. Incluso aparecen actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero y ministro. Se mencionan además presbíteros, y tienen interés identificaciones de eclesiásticos aún más explícitas: el prior de un convento de la orden de predicadores, el prior de un monasterio de la orden de san Jerónimo y el prior de un convento del carmen calzado. Y, por último, se cita como condición de un solicitante de grano la de gallego, indicativa, aunque no exactamente de una actividad, de migración por causa laboral. La lectura de los memoriales, y este análisis, sugiriere además la posibilidad de que entre los peticionarios hubiera testaferros, pero no es posible obtener ningún testimonio que permita demostrar su presencia en algún caso.
La residencia común observada para los solicitantes era efectivamente la población donde estaba radicado el pósito, aunque con frecuencia los demandantes de crédito por encima de las 20 fanegas de grano no mencionaban su domicilio. Pero es cierto que había algunas excepciones, concordantes con lo previsto por la norma. En algunos lugares se habían suscitado controversias sobre qué municipio debía conceder el crédito de trigo cuando los labradores tenían su labor en un término del que no eran vecinos, y en los casos más complejos había quienes tenían una parte de su labor en un término y otra en alguno de los contiguos. A partir de 1747 este contencioso se resolvió satisfaciendo la concesión donde cultivaran y por tanto pagaban las contribuciones extraordinarias, origen de un documento de alto valor. En cada uno de los municipios se les concedía la porción que les correspondía según la superficie sembrada en cada cual. De este modo, para erigirse en acreedores de concesión alguna, no tenían que pretender razón de vecindad. Los que se identificaron como vecinos de municipios colindantes, y justificaron su solicitud porque al menos una de las unidades de explotación que componían las instalaciones de su empresa estaba en el término al que servía el pósito, vivían en poblaciones a la vez próximas, a unos veinte kilómetros de distancia como máximo. Pero son casos tan irrelevantes que tomarlos en consideración deformaría inútilmente el análisis.
Concluidos los plazos para la presentación de solicitudes, tal como por la instrucción estaba previsto, el momento para el reparto efectivo del grano que había de ser empleado en la sementera llegaba cuando, terminando octubre, un escribano de cabildo, entonces la personificación de la ley que supervisaba las decisiones públicas, leía, ante el órgano de gobierno de su población, un documento taxativo que descendía desde el asistente. Estaba ejecutando una operación que simultáneamente repetirían todos los municipios de la región que habían decidido abrir sus pósitos. Por su providencia daba las instrucciones necesarias para proceder al reparto del trigo de la primera data, así como algunas indicaciones todavía atinentes al cobro de los reintegros que a los pósitos aún les fueran adeudados. En su cumplimiento se redactaría en cada lugar el repartimiento del trigo, para el que eran diputados algunos regidores, miembros de pleno derecho de las cámaras locales de gobierno, quienes debían ser asistidos por labradores prácticos e inteligentes de cada población y atenerse a las siguientes reglas.
Los que tuvieran trigo suficiente para atender la sementera de sus barbechos, su manutención y la de sus familias, así como los gastos necesarios de su labor, según la norma, no podían ser admitidos como aspirantes a estos préstamos ni objeto de reparto de trigo alguno. Los privilegiados tampoco podían aspirar a los créditos del pósito, salvo que expresamente se sometieran a la jurisdicción real, la vía para el apremio en caso necesario. Quienes tuvieran algo de trigo, pero no suficiente para completar su sementera, podían recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad que les pudiera corresponder. Los deudores de parte de lo que hubieran recibido en repartos anteriores también podían recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad total por la que antes se habían endeudado. Al que debiera una parte solo del crédito ya recibido se le podía conceder, en la nueva campaña, la mitad de lo que hubiera reintegrado. Pero especialmente el Consejo tenía ordenado que no se diera trigo a quien fuese deudor de todo el crédito precedente. Sus órdenes insistían en ello. Los insolventes absolutos bajo ningún concepto podían participar en los repartos. Debían quedar al margen del derecho a postularse quienes debieran todo lo que anteriormente hubieran recibido.
Es posible admitir, de acuerdo con lo previsto en la norma, que en la práctica no todos los solicitantes dependerían por completo del trigo del pósito, si querían hacer una sementera a su satisfacción. Pero solo en dos, de las 626 solicitudes de grano para la sementera analizadas, los aspirantes declaraban poseer ya algo de trigo. La extraordinaria frecuencia de este aval, en reciprocidad, autoriza a pensar que pudo ser condición para acudir al pósito, en demanda del crédito primordial para acometer la empresa de los cereales, carecer por completo de grano. Los clientes del pósito, con más probabilidad, se contarían entre la parte más descapitalizada de quienes se comprometían en la producción de los cereales.
Para resolver con la mayor transparencia, y en justicia adjudicar a cada solicitante lo que le correspondiera, se hacían dos prorrateos de la mitad del capital en grano de cada pósito, calculada como si estuviera por completo reintegrado. No obstante, donde había estilo del reparto a jornaleros, siempre que hubiera capital bastante para no perjudicar las labores, antes era separada, de la mitad para el primer reparto la fracción que a la autoridad le pareciera adecuada a este fin, de la que a cada jornalero, mediante un reparto propio, se le repartía en proporción a lo que necesitaba. La excepción, sin embargo, no dificulta el análisis. De esta modalidad de reparto no hemos encontrado rastro alguno.
El primer prorrateo se hacía entre todos los solicitantes comunes, identificados en los términos más descriptivos como labradores, pelantrines, pegujaleros y manchoneros, así deudores como solventes, según las tierras registradas por cada uno. El trigo se repartía por unidad de superficie preparada. A todos se les concedía en la proporción que aritméticamente les correspondiera. Si, efectuada esta operación, a cada unidad tocaba un valor fraccionario, de la mitad del capital en reserva se tomaba lo necesario para completar cada lote hasta celemines o cuartillos. Pero los deudores, así como quienes no necesitaban trigo, o solo una porción, no podían ser tratados de la misma manera que quienes estaban al corriente en la devolución de sus créditos al pósito. Los que dispusieran de trigo, en caso de que aún necesitaran, siendo solventes solo podían recibir la porción que les hiciera falta, de acuerdo con el mismo valor tipo. En cuanto a los deudores, desde tiempo atrás estaban previstas las bajas que les correspondían, lo que la nueva instrucción reguló con más precisión. A los deudores nada se les repartía si antes no habían asegurado sus deudas. A los absolutos no podía repartírseles nada, y a quienes adeudaban una parte se les deducía de la cantidad que les hubiera correspondido la porción que debían. Estas deducciones generaban un excedente circunstancial. En la instrucción precedente se había previsto ya que no se quedara en el granero del pósito, así como el incremento que, en compensación, podía corresponderle a los solventes. La nueva reguló que fuera en beneficio de quienes dependían por completo de estos créditos.
Ajustados los lotes que realmente se podían conceder, se hacía el segundo prorrateo con el trigo excedente, entre los que no tenían ninguno o no les sobraba del que les había tocado en el primero. A los deudores parciales, deducida de la cantidad que les había correspondido la porción que debían, de esta se les concedía una mitad. En los sucesivos repartos, mientras mantuvieran sus deudas, se procedía con ellos de la misma manera, con la intención de estimular el reintegro. Los solventes eran los principales beneficiados. El tamaño de sus créditos se incrementaba, con la cantidad aún remanente, en proporción a las tierras que tuvieran preparadas. De ese modo a cada cual se le concedía según la tierra prevista y a proporción del prorrateo de la cantidad total que se hubiera podido repartir.
El curso que llevaba desde la presentación de las relaciones juradas, con el registro de las sementeras de cada interesado en los préstamos, al reparto efectivo de estos no estaba a salvo de incidentes. Las impugnaciones y controversias, que la impaciencia alentaba, fueron habituales durante el tiempo transcurrido entre uno y otro momento.
A fines de octubre, en las poblaciones observadas para documentar el ciclo 1749/50, los más impacientes apelaban a la urgencia del cohecho, que no había podido completarse. Cuando las tierras que se iban a sembrar habían sido preparadas según las conocidas reglas de la barbechera, cohecho era la última labor dada a la superficie dispuesta para la siembra, razón por la que también solían llamarla alzar el barbecho. Tal vez pudo ocurrir que no hubieran terminado el cohecho de sus explotaciones, al menos una parte de quienes se habían atenido al rigor de la tradición, porque estuvieran faltando las lluvias. Para no atrasarlo más, presionados por la necesidad de disponer de trigo, porque no tenían qué sembrar aunque hubieran hecho sus respectivos registros de tierras, y bajo la convicción de que al menos podrían esperarlo para la parte de la explotación ya preparada, y porque creían urgente sembrarlo, pretendían que al menos les fuera proporcionada una parte del trigo que habían pedido al pósito, a cuenta de lo que les pudiera tocar en el repartimiento. Si aceptamos que quienes hubieran sembrado el año anterior podrían disponer de simiente, es probable que quienes así argumentaran podrían ser promotores de empresas que comenzaban, bien porque hubieran liquidado todo su capital circulante, tentados por la oportunidad, bien porque se aventuraban a esta experiencia por primera vez. En contra de su impaciencia se volvía la prórroga de los plazos concedidos para hacer los registros, decisión que obstaculizaba siquiera evaluar el lote que en el reparto pudiera corresponderles. Aun así, eran socorridos con discreción por la autoridad judicial, la misma que era parte del gobierno de los municipios.
También generaba tensiones el método para el control de las adjudicaciones. Del reparto efectivo se hacían copias para exponerlas en los lugares públicos. Las justicias debían vigilar la ecuanimidad de los repartos, y castigar, en caso necesario, de manera ejemplarizante los que no fueran los debidos. La copia del reparto, y su correspondiente edicto, permanecían expuestos durante tres días. Expresaba el capital en trigo del pósito, la mitad de este valor, lo que se debía deducir por las deudas no liquidadas y la cantidad que se apartaba para los jornaleros. Calculando con estos factores, se obtenía el capital líquido que podía repartirse entre las explotaciones demandantes. De cada una, constaba la cantidad de tierra preparada que había declarado su promotor, lo que permitía expresar lo que en bruto correspondía a cada unidad de superficie prevista. A continuación aparecían los solicitantes, uno por uno, separados en cuatro clases: los que no debían nada y habían incrementado el préstamo medio por unidad de superficie con los remanentes de las otras clases; los deudores parciales, a quienes se había deducido lo que les tocaba por valor medio en proporción al débito que mantenían; los que tenían trigo propio, con las deducciones del tipo que les correspondían, totales o parciales; y los deudores de todas sus partidas precedentes, que no percibían trigo alguno.
Pero el control de la veracidad del procedimiento, además de los medios coactivos mencionados, se completaba con la admisión de las denuncias espontáneas. A la vez que el reparto, se publicaba un edicto, apelando a los vecinos de la población, para que quienes observaran que algún labrador, pelantrín, pegujalero o manchonero hubiera declarado una superficie distinta a la que tenía preparada, ocultado trigo o incurrido en algún acuerdo previo en detrimento de otros, o en cualquier otra clase de engaño, lo notificaran. Los denunciantes podían comparecer ante el asistente, bien de manera abierta bien en secreto, personalmente, por medio de representante o por escrito. Pero el procedimiento podía sustanciarse también ante las justicias o los gobiernos locales, asimismo garantizando el secreto de quien denunciaba. De verificarse la contradicción, el denunciante recibía la tercera parte del trigo que el denunciado hubiera recibido, en especie o en dinero, una eficaz manera de estimular las iniciativas y favorecer la veracidad de los documentos redactados.
Entre otros hechos reiterados, también era habitual que en las demandas de reparto se incurriera en determinados abusos. Los solicitantes solían pedir cantidades que podían interpretarse como excesivas. No les faltaba justificación. Esperaban que lo que pudiera ser valorado como demasiada confianza en la productividad de la tierra, porque aparentaran invertir en ella en una proporción por encima de la que era aceptada para las tierras de mayor calidad, incluso cultivadas de manera extensa, fuera suplido con una sobrecarga de trabajo. Afrontando esta actitud, la autoridad rectora de los pósitos de antemano descontaba el exceso hasta de las menores ilusiones, concediendo siempre cantidades por debajo de las solicitadas. Pero como consecuencia de estos hábitos, a veces era necesario, antes de la conclusión de la campaña, depurar los excesos verificables. Un juez de comisión nombrado por el asistente, que también actuaba como juez regional de los pósitos, ya en plena primavera de 1750 pudo proceder contra pelantrines, pegujaleros y manchoneros de una población, así como contra algunos de sus labradores, que habían cometido excesos en los registros de tierra cursados el otoño anterior. Para beneficiarse del reparto del trigo, habían declarado como porciones destinadas a la sementera más de las que tenían preparadas. Sin pararse en demasiadas consideraciones, el juez dictó auto de prisión para quienes habían incurrido en el exceso. El gobierno de la población donde residían, alarmado, creyó que, de actuarse así, se provocarían perjuicios y conflictos innecesarios. Los encausados estaban muy empeñados y padecían muchos atrasos a consecuencia de la consabida esterilidad de los tiempos, causa que los responsables del municipio creían que pudo aconsejar a aquellas personas excederse en sus registros. Además, pensaban que en aquel caso no había lugar a fuero o competencia del tribunal actuante, dada la cortedad del pósito; tanta que en los repartos en cuestión a los solicitantes no les llegó a tocar ni la mitad del trigo que necesitaban para sembrar. En la práctica esto significaba, aun reconociendo que se habían excedido en la declaración de las superficies preparadas, que ni siquiera habían alcanzado a cubrir las necesidades de la sementera que realmente proyectaban, lo que en los hechos, por tanto, no contenía abuso alguno. El municipio propuso al juez, no solo que actuara con benevolencia, sino una transacción, que los encausados pagaran a prorrata las costas del proceso.
Tampoco ningún reparto del trigo del pósito quedaba al margen de la permanente pugna política, y como otros asuntos públicos siempre estaba expuesto al riesgo de convertirse en motivo de enfrentamiento. Un aspirante a alcalde por el estado noble, que compartía la jurisdicción de su municipio con el alcalde por el estado general, más conocido como alcalde ordinario, pretendía que se le admitiera en el empleo sin dar fianzas. Había sido nombrado para el cargo acatando una provisión de la audiencia regional, institución judicial que más aún era ejecutiva. Pero su nombramiento fue contradicho por su colega, el alcalde del estado general, quien no creía que aquel reuniera las condiciones requeridas para el desempeño. Pensaba que el aspirante, así como los demás vecinos de la población que se pretendían nobles, excepto dos, eran notoriamente pobres de solemnidad, sin ropa de una mediana decencia, ni noticia en dependencia, por no haberse versado en ellas, a causa de haber andado siempre retirados del concurso y tráfico de sujetos inteligentes y principales. Como el alcalde por el estado noble debía ser responsable en la distribución del trigo del pósito, el alcalde ordinario insistió en que, antes de tomar posesión el pretendiente, para prever su posible descubierto tendría que dar fianza para el empleo al que aspiraba. Le parecía indispensable proceder de este modo, tanto más cuanto creía que el propuesto por el estado noble, sin perjuicio de lo que de él pensaba, era el más apto bajo aquellas condiciones.
Puede suponerse que los pósitos recurrían al aval paralelo de financieros para garantizar su actividad. Sabemos que los mayordomos que se hacían cargo de la gestión de los ingresos y gastos de otras instituciones, o los administradores de las rentas de las casas, podían constituir sociedad con personas solventes para ser legalmente fiables. Lo peculiar del acceso al control del capital público en grano sería que la función gestora quedaba reservada a una parte de quienes de antemano disponían de algún poder en la jurisdicción local, que así se verían favorecidos por una regla que los convertía en lo que podríamos llamar financieros natos, aun cuando su capital apto para este negocio fuera limitado. Muy significativo resulta además que un hidalgo, en este caso, careciera del patrimonio que le permitiera beneficiarse de esta posición. Su estado lo convertiría automáticamente en testaferro.
Llegado a aquel punto el enfrentamiento, elevó su tono el problema que bajo él latía, el financiero que hemos detectado, hasta cobijarse bajo una controversia institucional. Se discutió nada menos que sobre la conveniencia de mantener en aquel ayuntamiento la vara del estado noble, algo realmente innovador, y si no sería adecuado hacer que despareciera en beneficio de la alcaldía del estado general, aprovechando que habían de hacerse nuevas propuestas de oficios de justicia en propiedad, asuntos sobre los cuales la audiencia, aunque sorprenda, ya se había manifestado favorablemente. Para resolver, se decidió consultar de nuevo a esta y que fuera la que decidiera. No hemos encontrado noticia de qué respondió el tribunal de la región a la consulta, ni siquiera se puede afirmar que la consulta llegara a formalizarse. Pero es seguro que el aspirante al empleo de alcalde por el estado noble, sin necesidad de fianza, cuatro días después de que la polémica pusiera al descubierto sus raíces políticas, tomó posesión y el pósito pudo seguir adelante con sus actividades.
Pero no era frecuente que el procedimiento de los pósitos, en aquel momento decisivo, se viera especialmente interferido por querellas. Al contrario, en la mayoría todo era resuelto de forma previsible. Completado el repartimiento, el procedimiento se culminaba con la firma de la obligación correspondiente a la partida que a cada uno hubiera tocado. Para formalizarla los prestatarios disponían de tiempo suficiente. A mediados de siglo, durante el periodo comprendido entre 1743 y 1765, el reconocimiento de la deuda de sementera solía firmarse en días hábiles comprendidos entre noviembre y diciembre, y solo excepcionalmente se adelantaba a octubre o se prolongaba hasta enero. Todas las obligaciones debían incluir avales o fianzas que satisficieran a los responsables locales de los pósitos, que eran sus justicias, gobiernos y diputados, quienes, para que actuaran con el mayor rigor, en este momento procedían por su cuenta y a su riesgo. Ningún privilegiado, por la vía que lo fuese, si había sobrepasado el filtro del reparto, era admitido sin haber presentado ya en el momento de la solicitud fiadores legos, llanos y abonados que estuvieran bajo jurisdicción ordinaria, a satisfacción y por cuenta y riesgo de los repartidores. También los jornaleros beneficiarios de los préstamos del pósito, si querían disponer de ellos, tenían que asegurarlos con fianzas suficientes. Cada uno de los fiadores, previo acuerdo mutuo, se debía obligar a la liquidación de toda la deuda, como si fuera el acreditado.
La mayoría de los deudores formalizaba su obligación en el libro donde el escribano al servicio del pósito registraba los créditos que no superaban las 20 fanegas. Tales asientos eran suficientes para que los concedidos fueran requeridos por las justicias a su cumplimiento. Cada uno debía ir firmado por los prestatarios y sus avalistas o fiadores, y por testigos en caso de que no supieran firmar, y el escribano, que no cobraba por este acto derecho alguno, los autorizaba. Cuando las partidas sobrepasaban las 20 fanegas debían otorgarse escrituras de obligación en forma. En ellas se hacían constar el plazo para la liquidación del crédito y las creces o interés vigente para los préstamos de esta clase.
Algunos reconocimientos de las deudas quedaban sin formalizar, y si faltaban sus firmas, los deudores podían no admitir que en su momento habían recibido los créditos. Las complicaciones que en consecuencia surgían terminaban siendo una carga para los pósitos. La responsabilidad de este descuido se hacía recaer sobre los escribanos que actuaban para la institución, a quienes por esta causa se les penaba. A partir de 1747 se quiso limitar el efecto de la falta exigiendo, junto a la copia del reparto que debía enviarse a la asistencia, un certificado que afirmara en forma que todas las escrituras de reconocimiento de las deudas habían quedado íntegramente cumplimentadas.
La relación de los firmantes permite identificar como única sociedad para financiar la explotación la que formaban el aperador y los demás temporiles de algunos cortijos, en un caso constituida solo por aquel y uno de los temporiles de los que trabajan bajo su mando. De las tres cuartas partes [61 de los 81] de los avalistas que constan en los memoriales analizados solo se puede deducir que son personas distintas al prestatario. Del enunciado de sus respectivos nombres, así como de otros rasgos que de ambos pueda mencionar el documento, no se deducen vínculos entre ellos que puedan justificar la relación. Pero el otro cuarto [los otros 19 casos] proporciona algunos indicios que permiten aislar al menos parte de los medios de donde proceden, así como de las relaciones que los conducen a actuar comprometiéndose.
En unos casos observamos que prestatario y avalista comparten el apellido, vínculo que en dos más es corroborado por la declaración positiva de la condición de hijo o madre de los fiadores. Por comparación con los de la data de sementera, una novedad se observa entre los de una data de barbechera, cuando se admite como fiadora la esposa del demandante del crédito. En otros casos la persona que sale a favor del acreditado es a la vez el amo -voz que hay que interpretar como teniente- del cortijo donde se va a sembrar. La relación permite pensar que el señor principal de la labor puede ser parte interesada en la inversión en grano que se pretende.
Puede ser indicativo de una sociedad previa, responsable de un tipo muy sencillo de empresa de cereal que está en el origen de una parte de los préstamos, que un memorial sea presentado por quien tiene preparadas 6 fanegas de tierra en el cortijo de su amo, tres de ellas de tiempo [sic] y las otras tres a dinero, lo que tal vez signifique que estas eran subarrendadas y aquellas obtenidas a cambio de trabajo. En dos casos coinciden ambos nombres, el del prestatario y el del fiador. Avalarían los créditos por sí mismos los demandantes, valiéndose de fórmulas hipotecarias que merecen un grado de crédito extraordinario, supuesto que la hipoteca de todos los bienes es una parte inexcusable de la obligación que más adelante firma el prestatario, la que formaliza definitivamente el crédito recibido. Dedujimos, por último, la posibilidad de que entre los fiadores o avalistas los hubiera que intervenían en el negocio exclusivamente con este papel, y evidentemente buscando obtener beneficio de esta modalidad de participación. Para este comportamiento sí disponemos de una prueba. Ciertos nombres de avalistas se repiten. No es posible explorar más la posibilidad porque no tiene más fundamento que este y porque su frecuencia, en el universo de la muestra, no es relevante. Como posibilidad más verosímil, consideramos que pudo tratarse de arrendatarios de cortijos que luego los subcedían en parcelas a interesados en explotaciones de dimensiones menores.
Todos los incursos en el reparto tenían que retirar del pósito el trigo que les hubiera correspondido dentro del plazo que cada autoridad local decidiera, cuya duración correspondía al número de habitantes de cada población y a la cantidad de trigo que se iba a transferir. Pero en ningún caso la entrega efectiva se iniciaba antes del 15 de octubre. Con esta condición se pretendía inducir que los labradores no aplicaran el trigo a un gasto distinto a la siembra. Para salir al paso de su posible desviación, además estaba prohibido que las autoridades admitieran los créditos en trigo concedidos a labradores, pelantrines, pegujaleros y manchoneros para cobrar padrones, repartimientos o cualquiera de los servicios a los que aquellos pudieran estar obligados; incluso si los afectados quisieran emplearlos con este fin. La autoridad estaba conminada a velar por que los granos del pósito se invirtieran exclusivamente en la sementera, lo que, recuérdese, no era lo mismo que sembrarlos.
Hacer efectivos los créditos concedidos era responsabilidad directa de los diputados para la entrega, los llaveros y los depositarios. Para verificarla con garantías, a quienes se les había concedido crédito en el reparto, es probable que al tiempo de formalizar la obligación, se les daba una cédula, que debían presentar al depositario de los graneros del pósito, acreditativa de la partida que a cada cual se le hubiera adjudicado. Debía ir firmada por los diputados y el escribano, y no era admitida la que estaba firmada solo por el escribano. En algunas poblaciones, se habían aceptado cédulas que llegaban solo con la firma del escribano y, sirviéndose de este ardid, se habían sacado cantidades no concedidas. Si los diputados de entrega descuidaban su deber de suscripción eran penados. Tampoco a los depositarios se les aceptaban en la data de su contabilidad las partidas que no cumplían la condición de las firmas.
Había ocurrido con frecuencia, años atrás, que los agraciados iban todos a la vez a retirar su trigo. A veces, en el acto mismo de la entrega, unas partidas se mezclaban con otras. Desde 1747 los responsables de los repartos quedaron comprometidos a no comenzar una entrega sin que estuviera completada la precedente. Para que pudiera actuarse de este modo, era necesario que todos los responsables de la operación estuvieran presentes, lo que les obligaba a evitar el vicio de procedimiento que consistía en que unos tuvieran las llaves que eran responsabilidad de otros. Los almacenes estaban asegurados por varias cerraduras, la custodia de cada una de las cuales era una parte de los deberes de un cargo.
En los pósitos, para proceder a esta operación, había medidas ajustadas al sistema métrico de cada población. Las que se describen eran de álamo, de nogal o de otra madera que no menguara. Estaban barreteadas con cantoneras y abrazaderas de hierro, así como el rasero, que era redondo, lo estaba con sus chapas correspondientes. Con ellas se repartía y luego se ingresaba el trigo. Era costumbre, extendida por un buen número de poblaciones, que en el momento del reparto los acreditados pagaran a los medidores del grano 4 maravedíes de cuenta por unidad de capacidad medida para la entrega de cada partida. La costumbre fue refrendada por la ordenanza de 1747.
Concluido el plazo de la entrega, la actividad del pósito entraba en un paréntesis y sus graneros se cerraban. Los responsables de la institución, hasta el último día de enero, a la vez que testimoniaban que se había hecho en tiempo y que a los interesados se les había entregado en la proporción que estaba regulada, enviaban al asistente una copia literal del reparto del trigo para la sementera. Era el momento para hacer balance del costo que había tenido la parte más relevante de su actividad. En los municipios cuyos términos eran extensos las cifras eran de cierto relieve. Un pósito activo en un espacio de tales características repartió en el otoño de 1749, entre los vecinos que habían decidido cultivar cereales recurriendo a esta vía de financiación, nada menos que 6.248 fanegas de trigo. El cálculo que recurra a los factores más elementales permite estimar que pudo sembrarse, con aquel grano, en torno a una cantidad de superficie similar. Pero del alcance real de la mediación del pósito en la financiación de las explotaciones de cereal puede dar una idea más acertada que en esa misma población, en plena primera mitad del siglo décimo octavo, contando con todo el grano que el registro público había conseguido localizar en toda clase de almacenes, 14.901 fanegas de trigo y cebada, creían necesarias para la siguiente sementera 25.099 fanegas más. Así se completaban 40.000, que en las estimaciones del momento sumaban las dos terceras partes de las sementeras que se podrían hacer. Luego se aceptaba que el espacio cultivado posible consumiría un total de 60.000 fanegas. Por informaciones posteriores, se averigua que aquel año fueron 50.000 las fanegas de cuerda sembradas, aunque tres años antes se había estimado en el mismo lugar que para sembrar eran necesarias 32.000 fanegas de trigo. Podemos, en conclusión, aceptar que entonces se sembrarían, regularmente, en aquellas tierras, unas 36.000 fanegas de capacidad.
En 1750, avanzado el año, cuando ya se había impuesto como opinión que se estaba viviendo el momento de inflexión de un ciclo, en la misma población se estimó que quienes habían sembrado habían invertido más de 150.000 fanegas de trigo y cebada. Dadas las circunstancias, que alimentaban la simplificación interesada, es más que probable que esta cifra fuera exagerada. Basta comparar con las precedentes. La autoridad, apasionadamente confesional, se expresaba entonces recurriendo a los elementales principios éticos a los que se habían habituado las creencias, dictados por la hipérbole y el exceso de dramatización, tal como hacía para cualquiera de las circunstancias que concurrían en la crisis que marcaba la cima para la secuencia del beneficio. En esta ocasión afirmaba además, dando por supuesto que no habría cosecha, que el resultado de tan importante inversión sería que quienes habían sembrado quedarían muy empeñados con el pósito local, que para la mayor parte de las sementeras había sido el suministrador del grano. Descontando, asimismo, que la cifra referida a la inversión en el cultivo hubiese sido doblada, gracias a la suma de la cebada, lo que probablemente sea excesivo, sin mucho riesgo de error podemos deducir que la fracción habitualmente proporcionada por el pósito oscilaría en torno a la quinta parte del trigo sembrado, y a veces ni siquiera alcanzaría la décima parte.
Población estacionaria con inmigrantes
Publicado: junio 30, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
Durante el siglo XVIII el crecimiento de la población regional parece estancado. Las tasas que lo expresan coinciden en este punto: oscilan entre 0,15 y -0,19 %. Su composición por edades, observada a partir de los mejores censos de aquel siglo, no cambia de manera significativa. Si aceptamos literalmente lo que expresan estos dos parámetros, su mortalidad sería constante, tal como lo es su composición por edades, y dado que la mortalidad es constante, para avanzar en el análisis de los factores del crecimiento de aquella población es legítimo recurrir a una tabla de mortalidad que complete con sus descripciones lo que permiten los indicadores sintéticos.
Hemos preferido una de elaboración propia, basada en unos veinte mil registros de las defunciones ocurridas en el mismo universo, complementados por la necesaria observación directa de los nacimientos; casi cuarenta mil asientos, fondo suficiente para llegar a conclusiones fiables. Proceden del primer registro civil, que empezó a funcionar de manera regular en este extremo de occidente a partir de 1841. Aceptarla, a pesar de su desplazamiento cronológico, incluye reconocer que entonces la población regional no había conocido aún la primera fase de la transición demográfica. Para admitir esta premisa basta comparar sus valores con los cálculos típicos de la mortalidad, ya clásicos, de Naciones Unidas y Princeton, desarrollados a partir del procedimiento de estabilidad. Los que más se aproximan a la mortalidad observada son los niveles 4 y 5, masculinos y femeninos, con tasa de crecimiento 0, del modelo sur de Princeton. Con estos medios, más algunos cálculos parciales, es suficiente para ensayar una descripción de los límites a la población del sudoeste en pleno siglo XVIII.
De todos los sucesos vitales, el matrimonio era el más próximo a la voluntad humana antes de la transición demográfica. Como entonces la concepción de hijos fuera del matrimonio carecía de relevancia, la descendencia final de las mujeres de cualquier población dependía de si contraían nupcias, y en caso de que así fuera de la edad a la que lo hicieran; de la medida en que sintonizara con la fertilidad femenina. La población regional, antes de la transición demográfica, estaría alimentada por un matrimonio temprano e intenso. La edad media de acceso al matrimonio de las mujeres adquiere un valor entre los 21,5 y los 22 años, lo que significa que las que se casaban invertían en el matrimonio entre el 77 y el 79 % de su fertilidad. El nivel de la soltería definitiva femenina (solteras de 50 años y más, edad que asimismo se acepta como límite superior de la fertilidad) estaba comprendido entre el 20 y el 30 %, lo que en términos positivos o intensidad del matrimonio se traduce en valores entre el 73 y el 82 %. Combinando ambos indicadores, resultaría en resumen que en realidad aquella población solo ponía en juego entre el 60 y el 64 % de su capacidad reproductiva.
Claro que no toda la potencia procreadora invertida en el matrimonio se traduciría en nacimientos. El número de los de cada año, que se puede estimar comprendido entre unos 26.500 y poco más de 29.000, permite suponer que las tasas de natalidad se situaban entre el 36 y el 39 por mil. Si se acepta que el 95 % de los nacidos eran legítimos, de la anterior estimación se deduce una colección de valores de la fecundidad matrimonial en torno a 0,750, levemente por encima de los calculados para todo el país, situados entre 0,745 y 0,735. Indica que las mujeres casadas de la región procreaban al 75 % de como lo harían las mujeres de máxima fecundidad matrimonial observada, las hutteritas de 1921-1930. En el supuesto de que la fecundidad matrimonial hutterita fuese el techo biológico de la fecundidad femenina -y por el momento sí que es el máximo observado para cualquier lugar y para cualquier momento-, del valor del índice se deduce que el conjunto de los recursos reproductivos de toda la población regional funcionarían a poco más del 45 % de su capacidad. (Si en vez de aplicar la tabla modelo de mortalidad aceptamos que el registro de población en los censos es perfecto al menos para la población infantil masculina (varones de 0-6 años), tendríamos que hacer dos cálculos alternativos mediante ajuste a relación de masculinidad tolerable de acuerdo con el tamaño de población. Es decir, el valor real de la población infantil femenina quedaría comprendido entre un máximo y un mínimo. Si a las dos nuevas sumas resultantes se les aplica el mismo índice, resultaría otra fecundidad, no tan exagerada como en el primer supuesto, aunque aún seguiría siendo muy alta.)
Si se casan en torno al 80 % de las mujeres a una edad media temprana y realizan las tres cuartas partes de su fertilidad, el aporte de sumandos al crecimiento es sin duda alto, aunque parezca que la población funciona a medio gas porque solo aprovecha algo menos de la mitad de sus potencialidades reproductivas. Se estaría cerca de un supuesto máximo biológico posible que sin embargo no se agotaba.
Un lugar común de la historiografía demográfica es que durante el siglo XVIII las poblaciones peninsulares no estuvieron sometidas a los rigores de la mortalidad catastrófica, a excepción quizás del paludismo de fines de los ochenta. En el caso de la región al menos, no hay indicios de que se produjeran crisis de mortalidad graves. En cuanto a la mortalidad ordinaria, que sería por tanto la reguladora del crecimiento, las fuentes y sus estimaciones asociadas proporcionan datos precisos. Las evaluaciones posibles de la mortalidad adulta (de 20 a 55 años) son suficientes para marcar un límite por debajo del cual es difícil que se situara la mortalidad ordinaria. Con la más optimista se pueden calcular unas tasas anuales en torno al 40 por mil, lo que implicaría una esperanza de vida al nacer próxima a los 35 años. Es un nivel bajo de mortalidad regular a juzgar por los cálculos más autorizados referidos al conjunto del país (esperanza de vida al nacer 26,8 años), y que tampoco concuerda con la mortalidad implícitamente aceptada en los niveles 4 y 5 del modelo sur de Princeton, que corresponde a una esperanza de vida al nacer entre 27 y 30 años.
Pero, al tiempo que la mortalidad catastrófica ha desaparecido, al menos por el momento, y la adulta se muestra relativamente moderada, es alta la mortalidad infantil. Nuestra estimación de natalidad obliga a aceptar que su nivel estaba comprendido entre un 230 y un 270 por mil, lo que encaja más con los modelos de mortalidad de referencia; más aún si se tienen en cuenta las experiencias de las mortalidades infantil y postinfantil acumuladas, que se aproximarían al 50 % de los nacimientos. Así pues, sobre todo la muerte de los recién nacidos vendría a corregir severamente el comportamiento de la fecundidad: del orden de la mitad de los nacimientos acabarían en muerte antes de terminar la lactancia.
Con unas tasas de natalidad que como máximo alcanzarían el 39 por mil, y con una mortalidad que desde luego no bajaría del 40 por mil en los años en los que no hubiera repunte de la mortalidad, se deduce que el crecimiento ordinario, al menos el crecimiento natural, tendería a ser negativo. Los analistas más reconocidos, resistiéndose a admitir que en el saludable siglo XVIII hubiera alguna población que no se incrementara, optan por defender un débil crecimiento positivo, estimado en un 0,1 % anual. Si se aceptan con lealtad los valores de natalidad y mortalidad demostrados, parece más correcto admitir que el crecimiento se situaría como mínimo bastante más cerca de cero. Corroboran la sospecha de tan ajustado margen de crecimiento las tasas de reproducción que pueden deducirse de los censos, que son en este sentido claras: a una tasa bruta algo por encima de 2, con las condiciones de mortalidad estimadas y el perfil del matrimonio femenino deducido corresponde una tasa neta en torno a 1, lo que significa que cada mujer fecunda era sustituida por otra con las mismas posibilidades de realizar su fecundidad.
La selección de los hechos demográficos que pueden ser más pertinentes para una explicación del crecimiento en el pasado, combinados de una de las múltiples formas posibles, da como resultado lo que los especialistas llaman un sistema de la población, tan simplificador y tópico como útil para aislar algunas de las razones no demográficas del comportamiento biológico de una población a fines de la época moderna. En el caso de la regional, nos encontraríamos ante lo que clasifican como sistema de alta presión. La imagen que evoca esta expresión es coherente con lo que por el momento parecen hechos demostrados. El crecimiento regional estaría regulado por dos mecanismos de signo opuesto, un matrimonio femenino precoz e intenso, responsable de una fecundidad alta, contrapesado por el riguroso freno positivo de la mortalidad, especialmente descargada sobre la rigurosa mortalidad anterior al quinto aniversario.
La explicación de unos comportamientos aparentemente tan conservadores en el terreno de la reproducción habría que buscarla en el poder de la mortalidad, un factor que puede considerarse exógeno porque escapa a cualquier control. Con la reserva de fecundidad se pretendería hacer frente a los imponderables de la mortalidad catastrófica, en cuyo caso sería oportuno recurrir a ella para reequilibrar el sistema. Es probable que no fuera del todo así, entre otras razones porque la conciencia de la contención de la mortalidad extraordinaria solo puede existir cuando ha pasado una cantidad de tiempo que trasciende los comportamientos biológicos de cada año, los que miden las tasas. Tal vez sea necesario plantear en otros términos el problema.
Concebir la población como un todo homogéneo, cuando se trata de comportamientos biológicos, por más gregarios que sean, es un error que contagian al análisis histórico los procedimientos estadísticos. Si aceptamos que el matrimonio es el origen remoto de los factores del crecimiento natural al alcance de las voluntades, tenemos que aceptar también que las posibilidades de concertar un matrimonio, y en mayor grado sus consecuencias para la localización del hogar y la formación de la familia, tienen que ser dispares. No todo el mundo puede dotar del mismo modo a su descendencia femenina, ni con el mismo alcance, si la dote es una parte del curso consuetudinario que lleva al matrimonio; ni tiene la misma capacidad para transferir un capital al varón que desea contraer matrimonio para que haga frente a la creación de su hogar, cuando esta forma de resolverla sea la regular. Con los medios estadísticos solo es posible detectar lo más grosero, el comportamiento en masa.
Por suerte -solo bajo esta condición tan restringida- legitima tan sintética manera de proceder que las formas de obtener la renta las familias del siglo XVIII estuvieran muy polarizadas en el medio rural, el que por cantidad de actividades imponía sus pautas a las poblaciones. Bien un grupo restringido obtiene sus rentas detrayéndolas del trabajo ajeno, bien otro grupo, el mayoritario, las consigue concediendo que una parte del suyo tiene que venderlo a aquel. Las posibilidades de que el comportamiento biológico de los segundos deje rastro en las cantidades que registran los censos y los registros son casi todas, mientras que las que tendría el de los otros serían casi nulas, dada la magnitud de las diferencias.
La manifestación más visible de esta doble circunstancia, cuyas piezas no solo no se oponen sino que se complementan, es que la mayor parte de la población regional, bajo criterio laboral, en las estadísticas del momento se clasifica bajo la condición de jornalero, aunque en unas proporciones tan abrumadoras que resultan demasiado groseras. Es cierto que en la región el jornalero agrícola parece un hecho permanente, y que probablemente es parte de la población regional al menos desde la plena edad media. Con seguridad, su presencia ininterrumpida en la región se documenta desde el siglo XV. De estos testimonios habitualmente se deduce una proletarización progresiva y lineal del mercado de trabajo agropecuario. Cuesta creer en la presencia inalterable de una población jornalera cuyo tamaño crece inexorablemente. Si las casas agropecuarias, a las que sirven quienes trabajan en el campo, presentan como rasgo más estable su alta capacidad de adaptación a la coyuntura comercial, así interior como exterior, es poco probable que en la población jornalera, en su tamaño, y en su función económica, no se reproduzcan, previamente o como consecuencia, las oscilaciones de la coyuntura mercantil.
Aquella manera expeditiva de clasificar las profesiones sería una traslación del fenómeno de fondo al punto de vista; una consecuencia estadística, obra del procedimiento de las administraciones, de la que no obstante podemos congratularnos, porque abre una posibilidad de encontrar explicaciones. Bajo la voz jornalero de las estadísticas se esconde no tanto la diversidad como una situación compleja. Sus protagonistas, aunque no rechazaban aquella denominación, o la de bracero, preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo, una forma de identificarse que los unificaba y los arraigaba al fondo campesino del que provenían. En pleno siglo XVIII la mayor parte de la población rural aún no había renunciado a permanecer sujeta a ese fondo.
La demanda de trabajo, para a cambio detraer la renta a la que por este medio se aspiraba, se personificaba de cuatro formas: pegujalero, temporil, asalariado episódico y destajero. Temporil era el que se empleaba por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola en las grandes explotaciones, las que dominaban e imponían sus principios al sector, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Era lo más próximo al trabajo asalariado estable. Quienes ocuparan puestos de responsabilidad y guardia o quienes tuvieran a su cargo el complejo ganadero de aquellas empresas, tanto el de trabajo como el de cría, tendrían las mayores posibilidades para ser contratados como temporiles.
Asalariado episódico o jornalero en sentido propio era el que se empleaba para faenas determinadas, llamado por los aperadores, en las mismas explotaciones. Puede trabajar durante secuencias que va imponiendo el comportamiento del tiempo, habitualmente menores al mes pero superiores a la semana, en los trabajos sucesivos del cultivo del trigo, o de los que le están sometidos, incluido entre estos los del olivo y la vid. Iban desde la siembra hasta la recolección del cereal y sus legumbres asociadas, pasando por la escarda o el abonado.
Bajo las condiciones del destajo solo eran contratados los trabajos de siega del cereal y sus legumbres, así como la vendimia y la recolección de la aceituna. Son tan intensos como concentrados en el tiempo, y por eso los mejor remunerados, aunque ni mucho menos los más rentables.
El pegujal era una pequeña explotación campesina, de ciclo anual, que no solo no se oponía a las dominantes sino que se desarrollaba dentro de sus unidades de explotación, de dimensiones tales que podían acoger un buen número de quienes estaban dispuestos a hacerse cargo de uno. Su convivencia en el espacio con las tierras destinadas a cumplir con los objetivos dominantes está justificada por los posibles intercambios de servicios entre las dos células del sistema, la gran empresa y el pegujal. A quien lo trabajara le permitía sobrepasar la renta que se obtuviera como asalariado de cualquier tipo (temporil, jornalero o destajero), no tanto por la cantidad líquida que ingresara como porque lo capacitaba para disponer con independencia sobre todo de trigo, aunque también de cebada o legumbres, y así escapar a la tiranía de los precios del suministro alimenticio básico, o subsidiariamente del que necesitara el ganado de trabajo que había que poseer para aspirar a ejercer como campesino.
El mecanismo que regulara la oscilación entre tener y no tener un pegujal se originaría por tanto desde el mercado del trigo. Tan inestable como eran los precios del cereal básico sería la condición anual de campesino, y serían las violentas oscilaciones de aquellos las que convertirían el recurso al pegujal en un mecanismo regulador del mercado de trabajo rural. La consecuencia era que la posibilidad de acceder a pequeñas explotaciones anuales contribuiría a tensarlo constantemente. Y, paradójicamente, la posibilidad de convertirse en pequeño cultivador anual contendría el germen de la proletarización.
Para que el suministro de mano de obra contara con una importante reserva sería suficiente con que el número de los trabajadores del campo dispuestos a explotar aquellas unidades mínimas superara la oferta de parcelas aptas para convertirse en aquella forma de actividad campesina, lo que empujaría a los trabajadores del campo a emplearse en toda faena a cambio de un salario. Su proletarización tendría todas las posibilidades para progresar (=> aumento de la oferta de trabajo => estancamiento de los salarios) porque ya estaban abiertos tres frentes secundarios para la obtención de renta, los que cada año encarnaban los temporiles, los asalariados episódicos y los destajeros.
Esta dirección de los acontecimientos no era irreversible. Bastaría con que los precios del trigo invirtieran su comportamiento, y abrieran de nuevo oportunidades a la promoción de pegujales, para que otra vez se incentivara el riesgo a tener una pequeña empresa autónoma. Aunque las expectativas para acceder a una explotación de esta clase eran razonablemente cortas, inferiores siempre a cinco años, si se toman como pauta las oscilaciones de la producción de trigo hasta ahora conocidas, eran las que alentaban la vacilante condición campesina de los trabajadores del campo.
La representatividad de estas afirmaciones es aún muy limitada, hasta tanto no se pueda calibrar su extensión y su valor relativo. Pero obliga a recuperar, profundizar y completar el análisis del papel que a las explotaciones subsidiarias tocaba en aquel orden biológico.
Sobre la formación del hogar asociada al matrimonio, lo que de momento se deduce del análisis de los padrones es que rige el principio de neolocalidad, o erección del hogar en un lugar distinto al de procedencia de cualquiera de los contrayentes. En cuanto a la formación de la familia, parece que se impone la disciplina de la nuclear, la que se limita a los vínculos que unen a padres con hijos. Aquellas costumbres quizás fueran más consecuencia que causa, y su responsable podría ser la expectativa, constante, renovable año tras año, de adquirir una renta autónoma gracias al acceso a una pequeña parcela.
Si las expectativas de independencia familiar vía matrimonio, la parte del comportamiento biológico emancipada o autónoma, dependían de la disponibilidad de renta de los candidatos, en poblaciones donde para la mayoría el acceso a la renta no estaba subordinada a la transmisión del patrimonio agrario territorial dentro de la familia, como ocurría en zonas con predominio de población campesina propietaria, las aspiraciones y las prisas por contraer matrimonio serían mayores. No tanto porque los contrayentes se apuraran en ahorrar para casarse, simultaneando el trabajo agrícola autónomo con el servicio a una casa, independientemente del sexo, sino más bien porque una temprana salida a la fecundidad posibilitaría un mayor éxito en la obtención de hijos vivos y por tanto aptos para el trabajo en poco tiempo -contando con una edad de concurrencia al mercado de trabajo muy temprana-, de forma que pudieran acaparar con la pareja la cuota óptima de trabajo; tanto el dependiente, cuando fuera ofertado en masa en forma de trabajo estable en las explotaciones (temporiles, jornaleros, destajeros), como el independiente, el que permitía el pegujal, para sumar una renta total de la unidad familiar suficiente para vivir todo el año, objetivo que probablemente costaría alcanzar. Así, serían las expectativas de acceso al matrimonio las que dependerían inmediatamente de la coyuntura triguera.
Las consecuencias biológicas de estas pautas podrían ser las responsables de la alta presión. En la medida en que la renta de las familias que trabajaban de manera estable como asalariados y en las explotaciones subsidiarias creciera menos que los precios del trigo, las prisas por obtener el mayor número de hijos en poco tiempo, además de invitar a casarse y pronto, una vez constituida la familia trabajadora daría origen a una loca carrera de concepciones que inevitablemente se traduciría en un alto nivel de fracasos. La muerte de los recién nacidos durante el periodo de lactancia, más frecuente en los meses de verano a causa de la incorporación de la familia completa al trabajo (lo que alteraba la alimentación infantil y facilitaba las infecciones gastrointestinales, de efectos fatales), vendría a corregir severamente el crecimiento; lo que aún estimularía más la búsqueda de nuevos hijos. La experiencia tenía demostrado que arriesgar más fecundidad significaba alimentar más la presión de la mortalidad, inevitablemente.
La alta mortalidad durante los primeros cinco años de vida enfrentaría de nuevo al riesgo de estimular aún más la búsqueda de nuevos hijos, así como el previo acceso al matrimonio. Por este medio, dadas las pautas de la mortalidad ordinaria, por desgracia lo que se conseguiría sería, antes que acelerar el crecimiento positivo, alimentar la alta presión de la mortalidad. Al mismo tiempo, este incremento de la mortalidad -en particular, los altos niveles de mortalidad infantil- reduciría la mediata capacidad reproductiva en reserva, lo que en realidad limitaría las posibilidades de reequilibrio del sistema.
La alta presión sería pues la aportación biológica a la búsqueda de un equilibrio: disponer del máximo posible de descendientes vivos adultos para poder sostener una empresa familiar autónoma, y al tiempo, en caso necesario, optar a los otros mercados de trabajo, para así complementar las rentas. El crecimiento de la población cerrada, la que solo creciera por vía vegetativa, sería limitado porque limitado era el acceso a las parcelas que cada año permitían ser campesino.
Pero que la severidad de la mortalidad ordinaria probable corrigiera el sistema induciendo una importante contención de la fertilidad para mantener el difícil equilibrio de la familia campesina, al tiempo que invitaría a no recurrir a su reserva de capacidad reproductiva y extremar el control sobre las posibilidades biológicas, y aun así condujera hacia la máxima presión posible, en otra parte quizás fuera la reacción a un aporte inmigratorio constante.
El débil crecimiento positivo por el que opta una parte de los observadores quizás no esté del todo forzado. Los niveles de crecimiento próximos a cero o negativos de la población cerrada podrían estar compensados por un saldo migratorio oscilante y modesto. Cruzando las clasificaciones por sexo y edad que proporcionan los censos con las tablas de mortalidad de referencia, se deducen invariablemente saldos migratorios positivos para la población masculina adulta. El corrector inmigratorio, concentrado en la oferta de trabajo bajo las condiciones del destajo, sería el encargado de anular definitivamente las tentaciones y los excesos del crecimiento natural positivo. El aporte inmigratorio regular era necesario para mantener un sistema laboral colapsado por una demanda de trabajo superior a la oferta en muy poco tiempo (siega, vendimia, recolección de la aceituna), desde luego por encima de la capacidad de trabajo de la población autóctona.
De ocurrir así el movimiento, el comportamiento biológico juicioso partiría de que acelerar el crecimiento, equivaldría a incentivar la proletarización, puesto que el excedente sobre el número de parcelas posibles tendría la necesidad de competir en los otros mercados de trabajo, donde se enfrentaría a la cotización a la baja a la que necesariamente conduciría la concurrencia de la oferta de temporiles, episódicos y sobre todo destajeros. Contener el crecimiento no sería tanto una estrategia de reserva para caso de mortalidad catastrófica como un medio para evitar la proletarización acelerada.
Los intentos por ajustarse a la oscilante supervivencia bajo estas condiciones se traducirían en una alta presión probablemente límite. Pero el severo crecimiento biológico no satisfaría las modalidades de demanda de trabajo de cada año, y el aporte inmigratorio resultaría inevitable para satisfacerla, específicamente la del asalariado episódico en el grado más alto, el destajero. Así la demanda de trabajo actuaría como factor exógeno del crecimiento de la población.
Así pues, el sistema realmente sería dual, y las razones que obligaran a un crecimiento bicéfalo habría que buscarlas en las características del mercado regional de trabajo, a su vez dependiente del mercado del trigo. La población autóctona se esforzaría en mantenerse campesina, para escapar de la proletarización, gracias al pegujal. El proceso llamado proletarización estaría pautado, al ritmo que impusiera la economía mercantil del trigo, por un incremento de quienes se vieran excluidos de las posibilidades de actuar como campesino independiente cada año o como asalariado de una gran empresa, y quedaran a los pies del mercado estacional del trabajo, especialmente el relacionado con las recolecciones, sobre todo la del trigo, pero con el tiempo también de la aceituna, y algo menos de la uva.
Los elementos descritos serían los responsables del régimen demográfico regional, que en términos relativos está en buena posición para tipificar la imagen de alta presión demográfica. Pudo tratarse de un sistema de alta presión bien ajustado a la demanda de población del mercado ordinario de trabajo por un mecanismo incontrolado, la mortalidad, y dos complementarios y dependientes, la fecundidad matrimonial y la inmigración.
De ser correcta, esta deducción permitiría por último concluir además sobre el alcance del procedimiento. El sistema al que asimilar la población regional no solo puede concordarse con fundamento con una población estable, cuyas propiedades analíticas hemos aceptado implícitamente desde el principio. Con los hechos deducidos sería posible argumentar a favor de su variante más sencilla, la estacionaria, la estable que además cumple una condición restringida, que la tasa de crecimiento tiende a ser cero. Nada nos impediría admitir que la poblaciones estacionarias, a fines de la época moderna, eran un fenómeno común, y que su vigencia estuviera garantizada por las correcciones cíclicas a las que las sometían los movimientos migratorios estacionales.
Puede que atenerse al modelo estacionario sea arriesgado, precipitado, incluso improcedente. Pero, aparte que los síntomas sean suficientes como para pensar que la regional fueran una población estancada, y no siempre por síntomas cuantitativos, es el más consecuente con lo que se sabe. Dada su simplicidad, también es el más económico, el que antes puede llevar a unas propuestas; y el más fácilmente criticable y corregible por cualquiera en caso necesario.
Una gran explotación
Publicado: junio 13, 2017 Archivado en: Silas Roberto | Tags: agraria, economía Deja un comentarioSilas Roberto
El siguiente documento describe con una precisión poco habitual una gran explotación moderna.
No está fechado. Pero hay una versión simplificada de la misma imagen, de 1751.

(Corresponde a la microfilmación realizada por el CECOMi sobre las Respuestas Generales depositadas en Simancas e individualizada por pueblos según el Catastro)
El autor de esta versión, al igual que el del primer documento, afirma que la dimensión de ese espacio era, de levante a poniente, media legua; de norte a sur, un cuarto; y de circunferencia, legua y media. La concordancia de forma y dimensiones es suficiente para fechar la primera imagen, la descriptiva, con bastante precisión. Es muy probable que corresponda a mediados del siglo XVIII.
Las descripciones que contiene, así como la información que las complementa, invitan a revisar algunas de las características que entonces distinguían a las mayores unidades de producción, las más codiciadas, las que cargaban con la responsabilidad del crecimiento económico, una ingeniosa manera de explicar las conquistas del trabajo. Para quienes la aceptan, tiene la gran ventaja de que centrifuga el remanente de la riqueza sin perjudicar al beneficio y satisface a quienes lo rentabilizan.
En la zona donde estaba localizada, inmediatamente al oeste de la capital de la región, a la gran explotación preferían llamarla hacienda. Cuando se trata de unidades producción del rango más alto, es una denominación intercambiable con la de cortijo, más frecuente cuanto más al este se observe el fenómeno. Ninguna de las dos afecta a su contenido genuino, la tierra y su compleja dedicación, aunque es cierto que se prefirió llamar hacienda a las explotaciones cuya dedicación preferente terminó siendo la producción de aceituna y cortijo a la que se destinaba en primer lugar a la producción de trigo.
Como la imagen permite saber, en este caso la voz hacienda además tiene un sentido restringido. Se refiere precisamente al edificio principal de las tierras concentradas, de la cual a la derecha se traza su planta y abajo la vista del alzado de su mejor fachada, la del lado sur. Situado en el centro de la explotación, era un complejo organizado en torno a un par de patios, uno anterior, tal vez relacionado con las actividades productivas, y otro posterior, quizás doméstico. Anexas, tenía acotadas tres áreas, quizás corrales, y en la fachada principal se levantaban dos torres que jalonaban la entrada, muy probablemente concebidas para que contribuyeran a los contrapesos de las prensas de los dos molinos construidos en el cuerpo del complejo que reproduce el dibujo del alzado.
Los dueños no residían en la explotación. Vivían en la capital, aunque dadas las características del edificio es posible que lo ocuparan durante una época del año, como residencia para el descanso. Es posible además que en el cuerpo anterior estuviese concentrado todo el hábitat de la explotación, en la que residían de manera permanente al menos cuatro familias, aunque las casas disponibles eran nueve, todas del dueño de la explotación. Tal vez una de ellas fuera la de don Juan Bruno de Ortega, quien en la información escrita se identifica como labrador. Es posible que la explotación, en aquel momento, le hubiera sido cedida en arrendamiento y que hubiera decidido residir en ella. La proximidad de un buen número de pequeñas poblaciones, hasta siete, no haría muy diferente la residencia en un núcleo de la plenamente rural. Otra debió ser la del hortelano, Andrés García, y otra, la de José Jiménez, quien se declara trabajador del campo. Por otra parte, un mayordomo gestionaba la hacienda y en ella había un guarda.
Sus amos la poseían como heredamiento, según una parte de la información escrita, mientras otra dice que se trataba de un donadío. Sin entrar a discutir el valor que para la residencia de ellos pudo tener cualquiera de estos atributos, cuyo origen legal se remontaba a quinientos años antes, lo que da sentido a cualquiera de las dos calificaciones en el momento del que se trata es que disponen del bien como juro de heredad. Habían ganado la capacidad de transmitirlo sin renunciar al dominio que hubieran acumulado sobre él desde que estuviera bajo su poder.
Como era habitual entre las familias de su rango, el mayorazgo se había encargado de perpetuar la cadena de las transmisiones. Pero los atributos que, con el paso de los años, habían añadido al poder sobre la tierra elevaban su calidad y hacían más codiciable el derecho a transmitirla. Del señorío de la corona habían obtenido para ella las jurisdicciones civil y criminal, en tales condiciones que les permitían imponer penas a los delitos cometidos dentro de sus lindes, y en las causas civiles ejecutar las sentencias. Este poder judicial se ejecutaba mediante la tolerancia o capacidad para nombrar directamente los cargos de la administración de justicia. Con un alcalde ordinario era suficiente, porque no se trataba tanto de asegurar la justicia entre una población elástica, dependiente de las fases del trabajo agropecuario, cuanto un medio que permitía, una vez reguladas unilateralmente las penas pecuniarias por el titular del dominio, ingresar unas rentas más estables y extensas que las que permitía la servidumbre personal. No obstante, como esta no se había extinguido, el vasallaje tal vez sobreviviera en los derechos cobrados a cambio de la ocupación de las casas que los activos del campo ocuparan en el edificio de la explotación. Aunque lo que en sus límites tal vez les proporcionaran los mejores ingresos fueran las alcabalas, otro derecho sobre vasallos adquirido al señorío la corona para sumarlo a los ya rentables atributos que había ido acumulando aquella tierra. Entonces las alcabalas, o rentas deducidas a la circulación de bienes, sería un ingreso nada despreciable en una explotación como aquella, del primer rango, dada la gama de productos comercializables que proporcionaba. Además, había ganado el derecho de cerramiento para una parte de las tierras de la explotación, lo que al tiempo que incrementaba su valor limitaba los derechos comunales.
Era una unidad de explotación extensa. Su tamaño, según los testimonios escritos, alcanzaba las 1.550 unidades de superficie. Su dedicación productiva principal, tal como era regular en estas grandes unidades, era lo que en el lenguaje del momento se llamaba sementera o sembradura de secano. Ocupaba 240 de aquellas 1.550 unidades de superficie. La instantánea permite deducir algunas de sus características, tanto de localización relativa como de calidad. Eran las tierras a un lado de la hacienda entendida como edificio central de la unidad de explotación, el oeste. El río era su eje, y hasta sus dos orillas llegaban las tierras de mayor calidad, que el autor del plano, aludiendo a su topografía y a la categoría de su suelo, identifica como vega. Pensando en su dedicación las llama tierras de labor. Tanto su emplazamiento como su extensión, marcada en el dibujo por una línea discontinua, las tenía claras el dueño. Su régimen de producción sería relativamente intenso. Es probable que esta fracción se cultivara solo con trigo y cebada según una frecuencia que se podría resumir con dos tipos. Las más potentes tal vez se cultivaran interrumpidamente, año tras año, y las demás producirían dos de cada tres años.
Hacia levante, el resto del espacio de labor en el plano se identifica con el regionalismo tierra calma, deformación de la expresión castellana tierra campa, el nombre que se daba a la tierra roturada que se había desprovisto de cualquier vegetación que pudiera competir con el cultivo al que, una vez preparada, se dedicara. La denominación regional tierra calma había ganado un matiz valioso para identificar el régimen de cultivo de esta parte de las tierras. Se aplicaba específicamente a la tierra que se barbechaba. En esta explotación era la tierra de menor calidad relativa, dentro de las de cultivo herbáceo regular. Actuaba como reserva cíclica, a la que se recurría con un periodicidad bienal, para obtener una cosecha en dos años, en cualquier caso en una cantidad dictada por las oportunidades de hacer negocio con el grano. Cuando la tierra calma era de la mejor posible, además de sembrar trigo y cebada en la parte activa, en el barbecho se sembraban de manera muy flexible arvejones, garbanzos, habas y yeros. En las de menor calidad solo se sembraba trigo.
El olivar era el otro gran cultivo de la explotación, al otro lado del edificio central, el este, donde ocupaba un espacio continuo, una superficie que se puede estimar en otras casi 200 unidades. Se trataba de olivar hecho, en plena producción, a excepción de una modesta parcela al norte, ganada a la tierra de labor, que el autor del plano llama estacada, lo que permite interpretar que había sido plantada recientemente y aún no era productiva. El estaconal se habría plantado siguiendo algún método, ortogonal o al tresbolillo, mientras que el olivar consolidado, más antiguo, estaría desordenado. La proximidad de esta decisión es una buena prueba de la fase expansiva que estaría conociendo el cultivo.
Inmediata al camino, en el límite oeste del área ocupada por los olivares, sobrevivía una parcela de viña, cuya superficie la imagen amplía, probablemente con el deseo de enfatizar su presencia en la explotación, junto a la hacienda. La información paralela estima que ocupaba solo una fanega. En ella había una pequeña edificación, a la que se podía entrar desde el camino, probable resto de la entidad que en otro tiempo pudo tener la explotación de las viñas en aquellas tierras. Pudo ser el centro de los trabajos de aquella parcela.
Al sur del área de los olivares estaba localizada la parcela de huerta, despensa viva, algo habitual en esta clase de unidades de producción, reservada al consumo de quienes trabajaban en ella. Si se compara con la que representa la viña, se llega a la conclusión de que en este caso la imagen deben ser solo tópica, localizadora de la superficie considerada genéricamente huerta. Según la evaluación escrita, ocupaba algo menos de doce fanegas, sumando el espacio ocupado por hortalizas y el de los frutales, que se dispersarían al azar por toda ella, por no ser regular plantarlos a los márgenes. Las especies frutales que tenía plantadas eran almendro, ciruelo, damasco, encina de huerta, granado, higuera, membrillo y peral. Era la única área regada de la explotación. Observada la distancia que la separaba del río, se puede pensar que aprovechaba un alumbramiento subterráneo de aguas, con pozo, noria y alberca reguladora del consumo diario de agua.
El resto del espacio de la explotación, en la imagen, son las dehesas, una en el extremo de levante, y la otra, la mayor, en el confín de poniente. Las dos eran un espacio ocupado por montes y pastos, un complejo vegetal que hay que suponer formado con áreas de bosque integral, otras del llamado monte bajo y otras en las que predominaría la vegetación herbácea, en proporciones que no es posible precisar. Ni el estado en que se encontraran sería irreversible ni su evolución sería lineal. El bosque tanto podría degenerar como recuperarse, según evolucionaran los planes del señor, que solía reservarse los derechos sobre el bosque, o los intereses de la casa que explotara las tierras, si tuviera capacidad para roturar. En aquel momento, según la información escrita, se había segregado una parcela para crear un pequeño bosque alóctono de pinar, que ocuparía unas 50 unidades de superficie. La demanda de la madera de pino para la carpintería de ribera incentivaba estas decisiones.
Aunque en la imagen su dimensión relativa parece menor, si hacemos los cálculos, y seguimos el rastro de la información escrita, las dehesas ocuparían algo más de 1.100 unidades de superficie, unos dos tercios de toda la explotación. Al autor del plano debió parecerle poco oportuno expresar con más exactitud sus dimensiones. Su idea de lo que tenía que contener un plano parece más inspirada por el trasunto del valor relativo de cada área, de manera que el dibujo fuera más expresivo del peso específico que la renta de cada uso del suelo podía proporcionar a quien lo explotaba.
De toda la superficie de las dehesas, algo más de dos tercios estaban acotados o cerrados, en ejercicio del derecho adquirido por el dominio. En aquellas casi 800 unidades de superficie la reserva de pastos era absoluta, y efectivamente de ellas solo se explotaban los pastos, un aprovechamiento ganadero que estaba reservado con preferencia a la cría del ganado vacuno, la única especie que las dehesas de aquella explotación mantenían. De las algo más de 300 fanegas restantes se obtenía bellota, el subproducto que se sacaba del escamondo o limpieza de los árboles y leña, y en alguna parte de ellas habría colmenas, porque a través de los textos se documenta positivamente que la explotación producía miel y cera.
Las grandes unidades de explotación de la época eran complejas. Acumulaban grandes cantidades de tierra y la gama más amplia posible de aprovechamientos del suelo con los procedimientos agropecuarios vigentes. No eran brutales plantaciones sometidas a un estricto régimen de monocultivo. Su producto era todo lo diverso que las demandas del producto alimenticio aconsejaban, pero en ellas regía un claro orden jerárquico del destino que había que dar al suelo, a cuya cabeza estaba la dedicación al trigo, que dictaba un tiránico orden de aprovechamientos en su beneficio, porque el beneficio que proporcionaba inmediatamente era el más alto posible. Cualquier otra iniciativa, que no estaba excluida de antemano, le estaba sometida.
Su orden interior expresaba esa prevalencia. Así como el río, vía de comunicación natural que conectaba los espacios más allá de los límites que impusiera el dominio, hacía de eje de las tierras de labor; la totalidad del espacio analizado estaba integrado por una línea artificial propia, perpendicular al río, el camino que la atravesaba en sentido longitudinal, de este a oeste. Su trazado y su posición, como un eje vertebral, ordenaban sus movimientos interiores. Gracias a él, el edificio de la hacienda, tal como lo localiza el plano, tiene una posición, aunque algo escorada a favor de los cultivos arbóreos y arbustivos, matizadamente central con respecto a todo el espacio que ocupaba la explotación, una posición decisiva sobre todas las tierras, la que equilibraría los movimientos internos.
Aquel orden del espacio pone al descubierto el papel que le estaba reservado a las dehesas. Basta observar su posición relativa para considerarlas la parte marginal del complejo productivo. Pero el tamaño relativo que en este caso tienen, unos dos tercios de la explotación, revela a qué grado llegaba la marginación de las tierras en las grandes unidades de explotación y qué importancia podían llegar a tener. Como la imagen demuestra, el fenómeno no parece determinado por la calidad del suelo, sino por su posición respecto del centro de los movimientos dentro de aquella unidad de trabajos. Serían la reserva marginal interna organizada. Sobre ellas no cargaban más límites que las obligaciones comunales, las mismas que recaían sobre cualquiera clase de tierras, cualquiera que fuese su titularidad.
Las grandes unidades de explotación trabajaban a favor del desierto. Las poblaciones radicadas en ellas eran las imprescindibles para mantener, por cesión vía arrendamiento, el dominio sobre el espacio. Esas decisiones, que dependían de quienes eran sus titulares, dejaban un amplio margen de libertad a quienes decidían hacerse responsables de su empleo productivo. De ellos dependía el empleo anual de suelo, la generación del producto, el consumo de trabajo y el reparto de la renta entre todos los interesados en que aquel orden sobreviviera.
Insomnio
Publicado: abril 28, 2017 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Es inútil el centro cuando todo está cerrado, aunque no mucho más que la cama durante el día. En ocasiones hablan de mantener el comercio abierto más tiempo. No les falta razón a quienes así piensan. Así como la cama jamás negará el descanso, una tienda nunca podrá resistirse a una venta. Basta con hacerla accesible, como el dormitorio a su dueño. Y si cualquiera puede ser dormilón, que es estar dispuesto al sueño siempre, el deseo de hacer la compra puede sobrevenir en cualquier momento.
Tomemos un ejemplo. Yo mismo puedo servir. He pasado buena parte de la noche en blanco. La razón es que estoy seriamente interesado en convertirme en un hombre culto, pero culto más allá de lo superficial, más allá de la conversación que en una reunión a veces debe emprenderse con un interlocutor al que apenas conocemos. Me ha propuesto ser un experto en poesía. Sí, sí, tal como lo han leído. Experto en el más difícil arte que haya, y además en poesía grecolatina. ¿Qué me dicen? ¿Se puede aspirar a llegar más alto?
Por desgracia, mi formación de bachiller fue muy deficiente. No tuve una oportunidad seria de estudiar griego ni latín durante mi juventud. Es verdad que algunas parientes, unos próximos y otros más distantes, hicieron todo cuanto estaba en sus manos para introducirme en aquellos placeres. Honradamente debo dejar constancia de todo el agradecimiento del que soy capaz hacia tan generosas atenciones. Pero ni a ellas les podía pedir dedicación más allá de lo que por deseo propio entregaban, ni menos aún en mí había el entusiasmo o la voluntad adecuados, porque entusiasmo y voluntad de estudio en vacaciones iban siempre a otra parte, calculo que al otro hemisferio, donde en aquella estación harían más falta, mucho menos las aptitudes requeridas para tan arduas materias. Porque ¿para qué vamos a engañarnos? En el fondo es que aquellos conocimientos me resultaban inalcanzables, estaban mucho más allá de mi juvenil capacidad de comprensión.
No obstante, nada de aquello quitaba que al tiempo observara melancólico cómo mi amigo de la infancia, que a partir de entonces empezó a tomarme distancia, avanzaba con paso firme en el estudio del latín y del inglés, lenguas que para mí, a la vista de mi ineptitud para el estudio de la primera, me parecían tan extrañas y ajenas como con seguridad atractivas y seductoras, como la criatura que domina nuestros deseos y sus decisiones porque sabe que creemos que de un abrumador instinto que nos somete procede nuestra ansia de poseerla.
A esto de las dos y media de la madrugada última me desperté, no sé muy bien por qué, a vueltas con la dichosa literatura grecolatina. Tal vez haya sido porque ayer noche, que era noche de domingo, volví a ver por el centro, sentado en la terraza de un bar, de lejos, a aquel amigo, ya convertido en un sabio hombre, señor de sólida formación que si no nos ha sorprendido todavía con un nuevo sistema filosófico será porque la obra que debe legarse a los mortales de la posteridad no debe descuidarse ni en una coma, ni desdorar en nada la alta condición a la que su autor debe aspirar.
Aún no del todo consciente, un excelente Horacio, que compré meses atrás y que todavía mantenía cerrado, se me impuso. Veía en la oscuridad el exquisito grabado que evoca la descansada vida del que se aparta del mundo para deleitarse en su contemplación porque todo lo ama, porque todo lo entiende, que el inmejorable editor ha elegido para ilustrar la sobrecubierta de la memorable edición de la más exacta de las líricas.
Debí entrar en ese estado de recogimiento y ascensión que quienes se dedican a escribir poemas dicen que sobreviene cuando se sienten iluminados y forzados al gozo de la escritura más intensa. Porque cuentan que suele ser la noche, la noche plena, de madrugada y aun dormidos, cuando aquel desorden místico los abruma y los remueve, y no retornan a la calma hasta que sobre el papel la revelación ha quedado vertida, como si la escritura hubiera sido un exorcismo. Deduzco entonces que en mi caso solo he alcanzado el estado prepoético. Recibí la llamada del volumen, y como hipnotizado por él, sin pensarlo dos veces, me levanté y tomé. Y aquí me tienen ustedes, en pijama y abrigándome solo con la bata, junto a la más discreta y más aparta luz de la casa, sentado en una severa silla de respaldo recto, a vueltas con los hexámetros. Nada más.
No duré mucho, la verdad. Pero la excitación que de mi cuerpo se había adueñado me ha mantenido con los ojos abiertos, incluso en la cama y en completa oscuridad, hasta pasadas las cinco. Antes de la siete ya estaba de nuevo levantado, ahora para ir al trabajo. Ya pueden imaginar con qué cuerpo y con qué ganas. Para darme ánimos, la radio me ha comunicado la feliz noticia de que en la calle de al lado alguien ha conseguido ganar en la lotería miles de millones. Probablemente tampoco haya dormido esta noche aunque por causas mucho menos nobles, que a las siete de la mañana, quien tiene que volver al trabajo, solo puede detestar.
No sé cómo he tenido arrestos suficientes para llegar hasta aquí. Son más de las diez de la mañana. Estoy en plena jornada de exámenes, la más interminable de cuantas jornadas el demonio haya inventado para castigar mi incivilidad. Para pasar mejor el rato escribo, mientras los alumnos copian; por eso, porque ambas son razones dignas, y para no dormirme. Nada deseo más en este momento que una cama. Y fíjense, es pleno día. Allí en mi habitación está ella, sola, después de que durante la madrugada la despreciara, y en su lugar prefiriera a un poeta muerto.
Otra cosa hubiera sido, un aun ahora sería, si entonces, en plena noche, rigiera nuestros hábitos la costumbre de que el centro permaneciera abierto. Habría bastado un corto paseo y un café. Vivo a pocos cientos de metros de donde puede tomarse el mejor café de la ciudad. Ya que estaba desvelado, caminar bien abrigado entre la bruma de la noche pasada; el frío, recibiéndome como un lugar donde todo puede empezar, como una página en blanco, hubiera sido el mejor comienzo de la reiterada recuperación de la vida, adelantándome a su llega y yendo a recibirla al lugar donde mejor puede saborearse. ¿O es que puede haber algún lugar más exclusivo que el centro? Mas no ha sido posible.
El costo del trabajo
Publicado: abril 14, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
El salario, para casi todos los que trabajaban en las labores, se componía con dos piezas independientes, jornal y comida. La primera era una cantidad de dinero que remuneraba el tiempo que cada día se empleaba en el trabajo. La comida era el alimento que también por jornada el empleador proporcionaba a los trabajadores. Los siguientes valores, que describen unos gastos salariales, están referidos a una explotación de cereales de gran tamaño, de unas setecientas unidades de superficie llevadas a dos hojas. Corresponden a los días trabajados durante un mes de octubre, en plena campaña de siembra del grano.
El trabajo por día y hombre se medía en peonadas. Las hechas durante aquel mes se repartieron entre los trabajos del barbecho y los de la siembra. Cualquiera de los dos en lo fundamental era pasar el arado una y otra vez sobre la tierra, y en la práctica serían piezas encadenadas de una misma actividad, preparar el suelo para depositar la semilla y a continuación sembrar. El barbecho que se hacía asociado a la siembra era el cohecho. Con esta operación concluyente se trataba de oxigenar las tierras a última hora, aunque también podía aprovecharse para preparar las parcelas que se hubiera decidido sembrar poco antes, porque su aptitud lo permitiera o porque así lo recomendaran hechos no previstos.
En aquella explotación, durante el mes de octubre, se hicieron 577 ½ peonadas de barbecho, cada una de las cuales se pagó a 2 ½ reales, lo que ascendió a 1.443,75 reales, más 986 ½ de arada sembrando, que se pagaron a 3 reales, lo que obligó a gastar otros 2.959,5 reales. Además, los trabajos especializados propios de aquella fase del cultivo recibieron una remuneración extra. Los mejor pagados fueron los de los sembradores, que hicieron 81 peonadas, a quienes se les liquidaron 3 reales más por cada una, lo que sumó otros 243. Los muleros hicieron 119, que a ½ real más agregaron al gasto otros 59,5 reales. Un amelgador, que se encargó de trazar a una distancia regular los surcos que finalmente iban a recibir la semilla, para que toda el área sembrada resultara homogénea, hizo 25 peonadas, que se le gratificaron con 1 real más, lo que añadió al costo de los trabajos otros 25 reales. El rejero, que se encargaría de mantener a punto los arados, se ocupó 28 días de aquel mes, y su trabajo se gratificó con ½ real más, en total otros 14. Y durante 9 días se recurrió a un zagal de arriero, cuyo auxilio se complementó con un 1 real más, lo que sumó otros 9. El gasto total en jornales alcanzó pues los 4.753 reales 75 céntimos.
Estas cantidades se liquidaban al corriente con la mediación del aperador, quien recibía de la administración de la casa, a cuenta del gasto, una cantidad de dinero. Tal depósito estaría justificado por la necesidad de adelantar sus ingresos a los trabajadores, quienes solo alcanzaban a cobrar la totalidad de sus jornales una vez concluido cada periodo de trabajo, en el leguaje de aquella labor, cada dómeda. Durante aquella, que equivalió a un mes, los días 12, 19 y 24 al aperador la administración de la casa le entregó hasta 1.500 reales. Con aquella cantidad, la suma de la que le hizo depositario ascendió a 2.413,5. Según el cuaderno antiguo, el aperador había saldado la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre, día de nuestra señora del Rosario, con 913,5 reales en su contra. El total que había desembolsado a lo largo de octubre a la gente en el cortijo, en entregas que hay que presumir discrecionales, como adelanto de lo que habrían de cobrar al final, fue de 1.659 reales. Restados al total de los 4.753,75 a los que ascendieron los jornales de los trabajos de barbecho y siembra, resultó un balance de 3.094 reales 75 céntimos, que les fueron pagados a los trabajadores en la población, en el despacho que en ella tenía la administración de la casa. Así quedó debiendo a esta el aperador 754,5 reales, una cantidad anotada a su cargo en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.
Con la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, en aquella labor era alimentado a diario, a costa de la casa, todo el que trabajaba sobre el terreno, salvo que expresamente se hubiera comprometido a seco, es decir, sin comida. Así como con ella hubo que completar durante aquel octubre las 1.564 peonadas de los jornaleros que habían servido para atender los trabajos de barbecho y siembra, fue necesario atender la manutención diaria del personal estable de la labor y la de algunos esporádicos. Los estables a los que también hubo que alimentar fueron, durante aquel mes, de un lado los temporiles, trabajadores por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, quienes consumieron por sus 270 peonadas un total de raciones diarias idéntico. Se puede suponer que eran 9, dado que los días de trabajo de aquel periodo habían sido 30. El guarda, también parte estable de los trabajos de la labor, comió con los demás 22 días, y el grullero, solo 16. Unos esquiladores, que en aquella parte del año habrían sido empleados en cortar el pelo a los mulos, fueron atendidos con otras 11 raciones. Por tanto, para todos durante aquel octubre fue necesario suministrar 1.883 raciones diarias, equivalentes a la suma de las peonadas de todos los trabajadores.
La alimentación de cada día, en términos contables, era el gasto del pan y demás comestibles. La división no solo tenía sentido administrativo. De pan, que en este caso se llevaba al cortijo ya elaborado, durante aquel mes se consumieron 2.040 hogazas de 3 libras de peso cada una. Si tenemos en cuenta que el consumo por cabeza que resulta es 1,08 hogazas, la ración diaria de pan sería de 3,24 libras. Dando por bueno que cada libra equivaliera a 0,46 kilos, el consumo diario de pan por trabajador podríamos estimarlo en 1,49 kilos.
Con los demás comestibles, que eran garbanzos, aceite, vinagre y sal, se cocinaba el potaje. Durante aquel octubre, para el potaje, además de las 1.883 raciones correspondientes a las peonadas ya descritas, fue necesario elaborar otras 240 para 6 boyeros y 2 borriqueros, que igualmente lo comieron con la gente en el cortijo todos los días. Ambos empleados, que también trabajaban por temporadas, como ganaderos que eran podían consumir sus raciones diarias de una de dos maneras, en el cortijo, si el ganado que cuidaban se mantuviera estante, o como cabañería que llevaban consigo cuando el ganado se hubiera desplazado en busca de pastos. Por tanto, el total de raciones de potaje consumidas fue 2.123.
Para formar la cuenta de estos valores, los de los alimentos con los que componía la ración diaria, se mantuvieron en todo el año, desde san Miguel del año anterior hasta igual día del siguiente, estos precios: 54 reales la fanega de trigo, 72 reales la fanega rasa de garbanzos, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre y 6 ¾ la de sal.
Como de la fanega de trigo se obtenían 35 hogazas de pan de a 3 libras, cada libra de pan costó, solo en materia prima, sin tener en cuenta la remuneración del panadero que trabajaba para el cortijo, 0,514 reales. Si se consumieron 2.040 hogazas de a 3 libras, el costo sin transformar de las 6.120 libras resultantes fue de 3.145,68 reales. Dado que las raciones de pan fueron 1.883, alimentar con pan a cada trabajador costó cada día 1,671 reales.
Para elaborar las 2.123 raciones de potaje se consumieron en total 336 cuartillos de garbanzos, 38 cuartas de aceite, 36 cuartas de vinagre y 48 cuartillos de sal. Luego en cada ración fue necesario gastar 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,018 cuarta de aceite, 0,017 cuarta de vinagre y 0,023 cuartillo de sal.
Como la fanega de garbanzos tenía 48 cuartillos, la arroba de aceite 4 cuartas, la arroba de vinagre también 4 cuartas y la arroba de sal 8 cuartillos, los precios que fueron tomados en cuenta para los cálculos contables, una vez reducidos a sus divisores, fueron: el cuartillo de garbanzos, 1,5 reales; la cuarta de aceite, 13; la cuarta de vinagre, 5; y el cuartillo de sal, 0,844 reales. De modo que el costo de cada ingrediente de la ración fue: por el 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,237 reales; por la 0,018 cuarta de aceite, 0,234; por la 0,017 cuarta de vinagre, 0,085; y por el 0,023 cuartillo de sal, 0,019 reales. Sumados, el de cada ración de potaje sería 0,575 reales.
De todo esto resulta que el costo diario de la comida por cada trabajador que recibiera pan y potaje sería 2,246 reales, suma de los 1,671 reales en concepto de pan y el 0,575 de potaje. En los cálculos de los costos totales de cada peonada de esta dómeda hechos por el administrador, que con toda seguridad serían más precisos que los nuestros, porque los suyos tenían ante sí los hechos, la misma cifra da como resultado 2,157 reales. La diferencia, no obstante, se podría adjudicar a las oscilaciones efectivas de los precios, mes a mes, y al redondeo de las cifras en el que nosotros hemos incurrido.
En síntesis, el costo diario del trabajo sería, como mínimo, sin tener en cuenta, los complementos de los especialistas, que tenían un escaso alcance, para las peonadas de barbecho 2,5 + 2,246 = 4,746 reales, y para las de arada sembrando 3 + 2,246 = 5,246 reales.
El costo del salario es siempre relativo. Con estos números sería poco juicioso sostener que era caro o que era barato. Sin más medios que los que hemos puesto sobre la mesa, no tendríamos modo de aseverar una cosa o la contraria. Para resolver con afirmaciones tan comprometidas sería necesario analizar la composición de la renta de quien debe hacer frente a este gasto, no tanto en la parte que analizara cada uno de los conceptos de compra cuanto en el tamaño del ingreso y la rentabilidad de las inversiones, algo que queda muy lejos de las posibilidades de esta discreta observación de hechos simples. Nuestro análisis solo es capaz para poner al descubierto algo sobre lo que aun así nos parece conveniente llamar la atención, convencidos de que una reflexión consecuente tal vez conduzca a incluir en el juicio de la economía de fines de la época moderna criterios que quizás puedan ahorrar mucho del tiempo que tantas veces hay que emplear en conjeturas y especulaciones.
El costo del trabajo, con aquella manera de componer el salario, la más elemental de las que remuneraban su venta a quienes estaban interesados en la actividad agropecuaria, era exigente. No bastaba con liquidar una cantidad de tiempo con una cantidad de dinero. Era necesario además, si no garantizarlo, dejar lo suficientemente acotado el margen del mínimo de supervivencia como para que no se convirtiera en un obstáculo; el que, cuando se franqueaba en la dirección descendente, ponía en peligro la posibilidad de contar con la energía humana necesaria. Si es cierto que cargar sobre el salario la alimentación de los trabajadores provenía de cierta responsabilidad adquirida por los demandantes de trabajo ajeno en tiempos precedentes, es algo que tampoco podemos resolver en los límites de este ensayo. Pero al menos nos permite tener la certeza de que quienes trabajaran por días podían estar cerca de asegurarse la subsistencia, siquiera durante las los horas inmediatas de las jornadas que consiguieran trabajar.
Sin embargo, a la eficacia de esta manera de satisfacer el salario se le oponía su fuerte dependencia de los precios del trigo, los garbanzos, el aceite, el vinagre y la sal, los cinco bienes que decidían su costo. Sus valores estaban sujetos a oscilaciones que podemos ponderar tomando en cuenta la composición cada ración diaria.
Como cada libra de pan equivale a 0,460 kilo, cada cuartillo de garbanzos a 1,156 litros, la cuarta de aceite a 3,141 litros, la de vinagre también a 3,141 litros y un cuartillo de sal a 1,438 kilos, si aceptamos la equivalencia entre litro y kilo (lo que admitiría discusión, más por el alcance los pesos específicos de cada uno de los productos que por el alcance comercial del criterio) podríamos afirmar que por cada unidad de pan se utilizaban 2,513 de garbanzos, 6,828 de aceite, otras 6,828 de vinagre y 3,126 de sal, cifras que expresarían el valor ponderal de cada ingrediente si de todos se utilizara en cada ración la respectiva unidad.
Pero como el valor proporcional de cada ingrediente en cada ración no era su unidad, sino una cantidad que ya hemos calculado durante el análisis de su composición, el valor relativo de cada precio se podría expresar con los siguientes números: 3,24 para el pan, 0,397 para los garbanzos, 0,123 para el aceite, 0,116 para el vinagre y 0,072 para la sal, que reducidos a sus correspondientes valores ponderales serían 82, 10, 3, 3 y 2.
La conclusión es evidente. El precio del trabajo cargaba sobre el precio del grano. La remuneración en dinero, apenas conocía alteraciones nominales. Había medios suficientes para conseguirlo. Para calcular con qué dinero se pagarían los jornales, los que trabajaban acordaban el precio con sus contratantes conforme al que pagaran otros. Unos elegían determinadas autoridades, como el colegio de los jesuitas, otros tomaban como referencia a dos labradores de la misma población y otros admitían las condiciones a las que se atuvieran otros tres del mismo lugar, quizás porque, si pagaran cantidades distintas, podrían atenerse al valor central. Pero fueran los referentes uno, dos o tres, cuando se actuaba de aquella manera se reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo y el monopsonio que imponían en el mercado de trabajo, como indican las limitadas cifras. Durante décadas, con aquel procedimiento, los labradores consiguieron que la denominación en moneda corriente de los jornales se mantuviera estable, cuando no invariable.
En cuanto a la alimentación de los trabajadores, cualquier ingrediente es irrelevante en comparación con el pan. Las oscilaciones de sus respectivos precios, por muy violentas que fueran, apenas tendrían repercusión sobre el costo del trabajo. Incluso en términos absolutos, la alimentación estaba descargada sobre el suministro diario de masas de hidratos de carbono, la fuente de la energía humana. Lo que de verdad podía hacer cambiar el precio del trabajo era el valor del grano panificable. Cualquier incremento, era incremento de los costos del trabajo; cualquier caída, disminución.
Al hacer estas afirmaciones, tal vez parezca que caemos en los brazos de la escuela de Mánchester, e incluso que el mismísimo Richard Cobden nos hubiera recibido con un abrazo. No estamos seguros que sea una desgracia esta afectuosa manera de concluir. Pero hay una diferencia entre sus planteamientos y lo que enseña el análisis contable. No es la capacidad adquisitiva del asalariado, y su relación con los hábitos alimenticios, la que carga con la responsabilidad salarial que tiene el precio del grano, sino directamente el modo de satisfacer el trabajo que mantenían los labradores.
La agricultura de los cereales a fines de la época moderna estaría permanentemente amenazada por una trampa. Cualquier incremento de los precios del cereal satisfacía las expectativas de renta que tenía creadas aquel orden. Pero esto, tal como acabamos de comprobar, podía encarecer su producción. Encontrar el equilibrio no era fácil. Habría que ingeniar mecanismos que descomprimieran la tensión que aquellas fuerzas divergentes creaban. La salida al exterior del grano en busca del precio óptimo, compleja, que costó organizar, y no siempre con éxito, de haberla conocido sería saludada por Cobden. Otro, más seguro, fue trasladar una parte de la responsabilidad en la creación del producto a pequeñas explotaciones, bajo control de las de mayor tamaño, que podían regular tanto el volumen deseado para la cosecha, y evitar el hundimiento de los precios, como el consumo interno, liberador de una masa equivalente apta para la posible salida al exterior. No sabemos si esta manera de atajar el problema alcanzó el rigor de las más estoicas, pero desde luego terminó con la inmolación consciente de quienes se aferraron a ser campesinos.
Celadas de la tradición. Los tópicos
Publicado: abril 7, 2017 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
La lectura comparada de todos los textos sobre el sacrificio infantil antiguo, así griegos como latinos, permite ordenar toda la información recibida en los siguientes tópicos.
1. El sacrificio de niños se practicaba entre los fenicios. La primera información conocida es la de Clitarco. La presenta como una costumbre basada en un voto a cierto dios. Si deseaban que este les concediera algún favor, dice, debían consagrarle en holocausto a un hijo. Filón de Biblos, mucho después, reitera por su parte la idea más general, que los fenicios ofrecían sacrificios de niños a cierto dios. Pero a la vez que no alude explícitamente a las condiciones de la celebración que explica Clitarco, añade a la tradición una buena porción de elementos específicos. Según él, los sacrificios son extraordinarios y ya se celebraban entre los fenicios en los tiempos de la guerra de Troya. Su frecuencia venía decidida no tanto por un voto personal, como se deduce de la lectura del texto de Clitarco, como por las circunstancias excepcionales a las que se ven expuestas las poblaciones.
De esta última idea de Filón se hace eco Justino, cuando dice que los sacrificios que se celebran en Cartago son un medio para acabar con la epidemia de peste, y con el tiempo la siguen aún más de cerca primero Porfirio y después Eusebio de Cesarea.
Sigue Filón diciendo que, en esos casos, lo normal es que los príncipes de las ciudades sacrifiquen a algunos de sus hijos más queridos con el fin de conseguir la salvación de todos; una idea que no obstante lo que ya hemos observado más arriba, se aproxima al voto que Clitarco patrocina. Pero de nuevo es Porfirio quien recoge con más fidelidad lo que dice Filón, al afirmar que son hijos de especial valor los sacrificados, aunque él prefiere hablar de los hijos más hermosos de las familias que los entregan al rito.
Los que son elegidos, termina Filón, son sacrificados durante una ceremonia misteriosa, en cuyo transcurso las víctimas son degolladas. Esta es la forma de presentarlas al dios como ofrenda adecuada para calmar los demonios de la venganza, y esta la razón por la cual es tan frecuente encontrar en la historia de los fenicios tales ceremonias; última parte de su información no tuvo seguidores.
A todo esto Plinio el Viejo solo añade que en Tiro, la principal de las ciudades fenicias por su iniciativa política y comercial, aquel sacrificio se hacía con fuego, lo que ni modifica ni añade nada sustancial a la tradición. En cualquier caso, su afirmación también queda aislada
2. La divinidad a la que los fenicios ofrecían estos sacrificios Clitarco la identifica con Cronos, un recurso muy habitual de los escritores clásicos, quienes para hacerse entender entre los lectores de la lengua en la que se expresan asimilan el dios que presentan al que se le asemeja, o al menos en parte lo ha heredado, en la cultura por aquella delimitada. Pero en un esfuerzo por hacerse entender por todos los lectores posibles Filón extiende la identificación a Saturno, al que con más facilidad entenderían quienes procedieran de la cultura en latín, al tiempo que reitera la identidad con Cronos. Adoptando una actitud ya influida por el afán de precisión de los datos que se manejan, como es frecuente en la baja antigüedad, para Porfirio y Eusebio de Cesarea la divinidad a la que los sacrificios son ofrecidos es Baal Hammón, lo que permite llevar al lector con más exactitud a la cultura fenicia. Mas en el fondo todas estas identificaciones son la misma y pueden ser aceptadas como parte de una misma tradición.
Quien de verdad enriquece la idea primitiva es de nuevo Filón, otra vez excelente informador original, quien lleva más allá sus explicaciones. Precisa que en realidad el nombre del dios del que se trata es El, del que explica que en origen fue un rey fenicio tras cuya muerte fue ascendido a dios.
Lo que Filón escribió sobre este asunto también lo escribe Eusebio de Cesarea, con seguridad tomándolo directamente de Filón, mientras que Minucio Félix parece referirse al mito sobre el origen del sacrificio cuando dice, de modo ciertamente poco preciso, que quienes lo practican siguen los precedentes establecidos por los dioses de los cartagineses. A esto se limita toda la fortuna de las sustantivas innovaciones de Filón al ofrecernos cuanto ha podido averiguar sobre el dios al que son ofrecidos los sacrificios.
3. De lo que ocurriera entre los fenicios en alguno de los momentos excepcionales a los que hacen referencia los narradores de aquellas costumbres, solo disponemos de las noticias que nos proporciona Quinto Curcio Rufo sobre lo ocurrido durante el asedio de Tiro por Alejandro. Dice que entonces creyeron los tirios que el momento era adecuado para renovar la antigua costumbre y algunos de ellos propusieron que fuera inmolado a Saturno un niño libre. Tal costumbre los tirios la habían recibido de los fundadores de la ciudad, aunque por lo que supieron los soldados griegos durante el asedio, durante muchos siglos no había sido observada. El consejo de los Ancianos, que era en este caso decisivo, no se opuso y la idea prosperó.
4. El núcleo del tópico del sacrificio de los niños en la antigüedad es que los cartagineses lo practicaron. Esta idea tiene su antecedente más remoto en Platón, quien acusa recibo de ella añadiendo solo que es un hecho conocido. Continúa con Clitarco, y posteriormente la reitera Ennio, quien la presenta como una costumbre. Sigue con Plutarco y con Minucio Félix, aunque, según es habitual en este, alude de manera oscura a la idea cuando dice que en algunas partes de África los niños eran sacrificados por sus padres. San Agustín retorna al enunciado directo de los hechos conocidos y dice que los cartagineses practican el sacrificio de niños. Tras él, termina una de las líneas más concurridas de la tradición Hesiquio de Mileto, quien se aventura a decir que son las mujeres cartaginesas las que deciden sacrificar a sus propios hijos.
5. Uno de los cauces abiertos en paralelo a este principal es el de los que prefieren hablar con más precisión. El propio Ennio vuelve sobre el asunto y completa sus enunciados afirmando que las víctimas del sacrificio que en Cartago se celebraba eran varones. Para Justino son más exactamente varones y jóvenes y para Tertuliano son niños pequeños.
6. Con Cicerón se inicia la trayectoria en la dirección opuesta, la manera más imprecisa de hablar sobre el sacrificio de niños en la antigüedad, con el propósito de enunciar del modo más general el hecho. Se limita a afirmar que los cartagineses están entre los que practican el sacrificio humano. La continúa Dionisio de Halicarnaso, se perpetúa con Plinio el Viejo e insiste en lo mismo Sexto Empírico cuando afirma sin más precisión que en Cartago es sacrificada una víctima humana.
El ciclo de este tópico termina con Silio Itálico, quien resultaría tan extremadamente ambiguo que incurriría en contradicción. Al tiempo que dice de modo genérico que en Cartago se celebran sacrificios humanos, menciona como ofrenda de los sacrificios a niños pequeños, y todavía, más adelante, dice que las víctimas se eligen entre hijos jóvenes.
7. Para hacerse entender, como es habitual, el supuesto Platón declara que el dios al que los cartagineses ofrecen el sacrificio de sus hijos es similar a Cronos, lo que reiteran Clitarco y Diodoro Sículo. Dionisio de Halicarnaso se refiere al mismo sujeto llamándolo Saturno, mientras que Plutarco vuelve a denominarlo Cronos. Minucio Félix adjudica a Saturno la ofrenda de las víctimas infantiles, lo mismo que hace Tertuliano. Para Sexto Empírico el dios en cuyo honor son celebrados los sacrificios en Cartago es Cronos, pero San Agustín de nuevo identifica a Saturno como el dios al que son ofrecidos los sacrificios de niños. Draconcio asimismo señala a Saturno como dios de los sacrificios y Hesiquio de Mileto vuelve a llamarlo Cronos.
8. Sobre las características del rito que se escenifica en Cartago, el primer detalle lo proporciona Clitarco. El procedimiento que siguen los cartagineses, según este, es prometer a un dios la consagración de un hijo en holocausto con el propósito de alcanzar un favor. Para proceder a la elección de las víctimas, según Silio Itálico, se procedía anualmente a un sorteo entre los hijos jóvenes de las familias. Draconcio mantiene la opinión de que en Cartago eran destinados al sacrificio cada año dos personas. A la idea aporta que se trata de dos nobles o aristócratas y que los receptores son los templos, sin más. También algunos hablan de altares. El sacrificio se celebra sobre altares ardientes, según Silio Itálico, y para Draconcio igualmente los niños eran sacrificados en altares.
9. Pero sobre todo está la referencia a cierta estatua de bronce y todo lo que a su alrededor se hace cuando los sacrificios se celebran. El promotor original de ella es de nuevo Clitarco. Explica que en el momento en que hay que cumplir con lo prometido al dios se celebra el sacrificio ante una estatua de bronce que lo representa. Tiene los brazos extendidos sobre un gran brasero en llamas. Sobre ellos depositan al niño, que rueda sobre ellos hasta caer en la hoguera que arde debajo.
En términos similares es descrita por Diodoro Sículo. Dice que está en Cartago y es de bronce, y especifica que es gigantesca y representa a Cronos. También dice que tiene los brazos extendidos, y precisa que están en pendiente y que tiene sus manos con las palmas abiertas, por lo que de la misma forma el niño que es colocado sobre ellos rueda. Igualmente añade que en el momento del sacrificio, debajo de las manos, arde un brasero que está al fondo de un pozo. En una actualización posterior de esta afirmación general, a propósito de ciertos acontecimientos sobre los que más adelante volveremos, reitera que los niños destinados al sacrificio son depositados en los brazos de la estatua y por ellos se deslizan hasta caer en la fosa llena de fuego. Tanto en un paso como en otro de sus textos, cualquiera de las innovaciones del tópico original no son más que deducciones.
10. Continúa Clitarco el relato del sacrificio precisando que las llamas hacen que los miembros del niño se contraigan y que su boca se abra en una mueca, una afirmación a la que se adhirió una tradición particular. Tuvo su origen en una acotación a los versos 299 al 302 del canto XX de la Odisea, en los que el protagonista, agredido con una pata de buey por uno de los pretendientes de Penélope, sonríe en su ánimo con sonrisa sardónica. Uno de los escoliastas de la tradición de Homero anotó que también los cartagineses, que habitan en Cerdeña, sacrifican a Cronos en días establecidos, y que había sido precisamente el topónimo Cerdeña el que estuvo en el origen de la etimología del adjetivo que calificaba aquella clase de sonrisa. Puntualizó que llegó a hablarse de aquel modo porque en Cerdeña existe cierta planta venenosa cuya ingestión provoca unas convulsiones del rostro que degeneran en un desagradable rictus, recuerdo irónico de una sonrisa. Añadió, haciendo ostentación de una erudición tan elaborada como útil para sus explicaciones, que por esta razón cierta sonrisa sarcástica fue llamada sarda o sardónica, y que habría sido esta idea la que degeneró, por lo que se refiere al sacrificio de niños, en la opinión de que morían riendo o que llevaban la cara cubierta con una máscara que representaba una sonrisa.
Aquella cadena de explicaciones resultó la vía de difusión de Clitarco más feliz. Una vez elaborada, sus responsables fueron los escoliastas de la Odisea de Homero, a cuyas aclaraciones a aquel paso del texto se adhirió siempre la parte de la historia del sacrificio infantil que había escrito Clitarco.
A este propósito Diodoro Sículo se muestra menos elocuente y sigue efectivamente una de las ramas de la tradición particular abierta a partir de Clitarco. Dice, todavía actualizando, que en la fosa llena de fuego los niños finalmente se abrasaron y que al caer llevaban la cara cubierta con una máscara sonriente.
11. La explicación más abstracta de la causa del sacrificio corresponde también a los orígenes del tópico. Platón explica que los cartagineses actúan de esto modo porque lo estiman sagrado y lícito y no porque sean bárbaros y sus leyes sean otras.
Pero, para esta parte de los relatos, habitualmente se abren vías de otro tipo que tienen diversa fortuna. La de la religión comparada es la que intenta Silio Itálico, propenso a las generalizaciones, aunque no tiene continuidad. Observa que los sacrificios de niños en Cartago recuerdan los sacrificios ofrecidos a Diana en el reino de Thoas. La expresión es oscura porque no es posible componer una explicación satisfactoria de la comparación. Si bien Diana puede ser identificada con la luna y esta con Tanit, diosa de ascendencia fenicia a la que correspondió efectivamente un importante papel en esta historia, el reino de Thoas no es fácilmente interpretable. La posibilidad más seria es que el mencionado reino tal vez pudo ser Mirina, en la Eólida, Asia Menor, cuyo rey efectivamente se llamó Toas. Si bien el primer elemento parece abrir una vía de interpretación, el segundo no le proporciona ninguna base sobre la que progresar. Probablemente por eso resultó una vía muerta.
Más fortuna tuvo el camino mítico, como se podía esperar. El origen del sacrificio en occidente está en Elisa, según Justino, quien actuó así para salvar Cartago y guardar fidelidad a su marido muerto. Minucio Félix es algo más críptico, y con laconismo sentencia que Saturno no expuso a sus hijos sino que los devoró. Quien lleva las explicaciones míticas más lejos es San Agustín, quien dice que la razón por la que se hace el sacrificio de niños es que la mejor de todas las simientes es la humana. La manera que tanto poetas como filósofos físicos tienen de contar esto es decir que Saturno mató a sus hijos y los devoró. En su opinión, Saturno devoraba a sus hijos porque la simiente volvía al lugar del que había nacido.
12. Quien primero afirma que el sacrificio de niños se mantuvo en Cartago mientras la ciudad existió fue Dionisio de Halicarnaso, una idea que mantiene en términos similares Quinto Curcio Rufo.
13. La primera vez que se habla de que el sacrificio infantil fue perseguido por autoridades extrañas a Cartago fue cuando Justino dijo que Darío, el rey persa, prohibió a los cartagineses celebrar sacrificios humanos y comer carne de perro. La asociación de las dos prácticas en la misma frase es indicativa de que se trata de un elemento recibido sin depurar. La incoherente relación de Darío con Cartago termina de quitar cualquier crédito a esta afirmación.
Tertuliano, por su parte, informa que una vez que los romanos conquistaron y destruyeron la ciudad, las autoridades romanas prohibieron los sacrificios, aunque todavía, durante algún tiempo, continuaron abiertamente. Los niños siguieron siendo inmolados de forma pública, si bien las ceremonias se celebraban en un lugar distinto al que hasta entonces era el regular. Pero cuando Tiberio fue procónsul ordenó prender a los sacerdotes de aquellos ritos y los colgó vivos de los árboles de su templo, a cuya sombra los sacrificios habían sido ejecutados. Usándolos como cruces, allí quedaron suspendidos como las ofrendas votivas. El testimonio procedía de los soldados de su padre, que fueron los que siguieron la orden del procónsul, lo que le da el extraordinario valor de la forma clásica de prueba directa, el testimonio de vista. Todavía después, continúa Tertuliano, el mismo Tiberio, así como otros emperadores posteriores, instituyeron la pena de muerte contra los padres que entregaban sus hijos al sacrificio. No obstante todo esto, todavía informa que aquella práctica fue mantenida en secreto y continuó de forma encubierta, de modo que hacia fines del siglo II o comienzos del III el sacrificio de niños persistía en Cartago, a pesar de su persecución. En su opinión, así sucedía porque el África romana habría heredado esta costumbre de la cultura púnica.
14. El sacrificio de niños es ilustrado con casos conocidos. El que parece más remoto es el que refiere Justino, quien menciona el de un general cartaginés, de nombre Malco. Puede ser identificado como el general que en pleno siglo VI antes de la era lidera la expansión de Cartago en Sicilia y en Cerdeña, isla esta última en la que sufrió una derrota por la que hubo de sufrir destierro. Habiendo sido vencido en una batalla y condenado al exilio, para expiar su culpa mandó matar a su hijo delante de la ciudad.
Siguen en el tiempo los sucesos del año 406 siguiente en la isla de Sicilia, cuyo único relator es Diodoro. En las obras del cerco de Agrigento empleó Aníbal piedras funerarias procedentes de las necrópolis del entorno de la ciudad. Aquel expediente disgustó a una parte del ejército. Al poco una epidemia se desató en el campamento. El propio Aníbal murió víctima de la enfermedad. Se dio por cierto que aquella consecuencia había sido el castigo de los dioses por la sacrílega destrucción de los sepulcros. Tras aquello, algunos de los exploradores del ejército cartaginés volvieron contando que durante la noche alguien había visto espíritus de muertos. Himilcón, sucesor de Aníbal en el mando de las tropas cartaginesas, viendo cómo los soldados eran acosados por un temor supersticioso y que en el campamento el desánimo cundía, acabó con la destrucción de las memorias funerarias. Decidió levantar la moral de los soldados con un holocausto. Solicitó la ayuda de los dioses sacrificando un niño o un muchacho, o un joven soldado según otros, según la costumbre de su pueblo. El sacrificio fue ofrecido a Cronos, junto con una multitud de ganado a Poseidón. El asedio continuó con los ánimos renovados.
El siguiente caso referido es el originado por la expedición de Agatocles del 310, mientras el tirano de Siracusa asediaba Cartago. En este caso la tradición es más rica. El relato también tiene su origen en Diodoro Sículo, pero como ocurre en otras ocasiones es amplificado por Plutarco. Explica Diodoro que aquellos hechos provocaron la resurrección de los ritos de la antigua Cartago porque sus habitantes de nuevo eran víctimas del terror supersticioso. Pensaron que la cadena de adversidades de la que eran víctimas ocurría porque habían descuidado sus deberes hacia los dioses instituidos por sus padres. A estas premisas del relato replica Plutarco diciendo que creyeron en aquella crítica circunstancia que Cronos les había abandonado, molesto porque había decaído la antigua costumbre del sacrificio de los niños más nobles en su honor.
Continúa Diodoro diciendo que mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas y que hacía mucho tiempo que al dios de la ciudad madre no enviaban lo que antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. En los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia, una parte del relato que no la sigue Plutarco.
Diodoro cuenta después que en Cartago pareció que había llegado el mejor momento para reconciliarse con Cronos. Una comisión fue reunida para que el ritual de las ofrendas al dios fuese recuperado de la manera más correcta. La comisión investigó y supo que hasta aquel momento una práctica viciada se había extendido. La antigua costumbre de sacrificar los niños más nobles en su honor había decaído. En su lugar era habitual comprar en secreto niños de familias pobres, que primero alimentaban para que después cumplieran con el papel de víctimas de sustitución. Llegó a ser conocido por todos que quienes debían el sacrificio habían inmolado al dios niños que suplantaban a los ofrecidos.
Plutarco sí aprovecha las posibilidades que este parte del relato le ofrece y dramatiza a su modo. Dice que ahora las grandes familias solían comprar niños a las más pobres para sacrificarlos como víctimas de sustitución. Incluso los que no tenían hijos compraban recién nacidos como si fueran animales y los degollaban, como tantos corderos y pajarillos. En estos casos, durante la ceremonia, la madre del niño sacrificado, que asistía a la celebración, se debía mantener cerca sin llorar ni gemir, para no alertar a la víctima. Si la madre llegaba a verter una sola lágrima o dejaba escapar un solo gemido, se deshonraba y debía renunciar al dinero, aunque el niño era de todas maneras sacrificado. Mucho después, Draconcio, se une a esta corriente y afirma que los padres que por ello se lamentaban tristemente cerca del altar eran afeados.
El hilo del relato de Diodoro se reanuda diciendo que creían por esto los comisionados que Cronos les había abandonado y ahora molesto les era hostil. Considerando estas cosas y viendo el enemigo acampado delante de la ciudad, en compensación decidieron los ciudadanos de Cartago rescatar la vieja costumbre de manera regular, con el deseo de que Cronos les proporcionara sus favores. De nuevo Plutarco toma esta parte del relato diciendo solo que los ciudadanos decidieron rescatar la vieja costumbre entonces.
Sigue Diodoro diciendo que fueron acordados extraordinarios sacrificios. En su celo por purgar la falta en la que habían incurrido, eligieron doscientos niños de las familias más señaladas de la aristocracia y los destinaron al sacrificio en nombre del estado. Presas del remordimiento, poco después, otras muchas familias, las que eran sospechosas del engaño de la sustitución e incluso habían sido acusadas de comprar víctimas, se declararon dispuestas a compensar al dios. Estas ofrecieron sus hijos para el sacrificio de modo voluntario y trescientos niños más fueron conducidos a la inmolación. De este modo, finalmente fue organizado un gigantesco holocausto público de quinientos niños. Por su parte, Plutarco explica, también de modo sucinto, que se organizó en Cartago un gigantesco holocausto en el que sacrificaron quinientos niños, hijos de nobles y poderosos como en otro tiempo.
Según Diodoro, el holocausto fue celebrado ante la gigantesca estatua de Cronos, una circunstancia que de nuevo aprovecha Plutarco para desplegar todo su aparato conmovedor. En los alrededores de la estatua de Cronos, dice, donde eran inmolados los niños, el ambiente estaba lleno de los sonidos que emitían los que tocaban fuerte flautas, tambores y tímpanos, de modo que los gritos y los llantos fueran ahogados y no llegaran a los oídos del pueblo. También esta parte del relato hizo fortuna, y otra vez hablando en general Minucio Félix dice que los llantos de los sacrificados eran calmados con palabras cariñosas y besos, por miedo a que una víctima fuera inmolada entre lágrimas.
El relato de Diodoro concluye explicando que como en otro tiempo había ocurrido, todas sus víctimas fueron los más distinguidos descendientes de las mejores familias. De esta manera los ciudadanos de Cartago esperaban restaurar los homenajes tradicionales a los dioses y ganar la salvación y el bienestar de la ciudad.
A un momento que el nombre de los personajes, por su frecuencia, no permite precisar, envía su caso el siempre evanescente Silio Itálico cuando refiere que Hannón, rival de Aníbal, intrigó para que una orden obligara a su opositor para que sacrificara su hijo a Baal.
15. Sobre la fortuna del sacrificio de niños cartaginés fuera de la propia Cartago, aparte la tradición derivada del adjetivo sardónico, que permite deducir una línea de narraciones relativas a lo que en esta isla sucediera, que sin embargo debió extinguirse por completo, las referencias más explícitas son las que cuentan lo que en Cádiz fuera organizado. También en este caso la tradición es singular, porque lleva directamente del texto antiguo a la recepción neoclásica contemporánea. El responsable del origen es en este caso Cicerón, quien cuenta que de Cádiz César erradicó cierto residuo bárbaro inveterado de sus costumbres e instituciones. De ellas una eran los sacrificios bárbaros de seres humanos que en Cádiz se celebraban. Sus víctimas eran hombres.
16. No mucho más generosa es la expansión de la otra rama por la que crece el tema, la que vincula el sacrificio procedente de Cartago con ritos equiparables que en Roma fueran celebrados, aunque en este caso los testimonios tienen la virtud de ser concordantes sin incurrir en el servilismo. Tienen además a su favor la proximidad en el tiempo. El primer informador es Dionisio de Halicarnaso, quien cuenta al modo mítico que Hércules, queriendo terminar con esta costumbre, erigió el altar que hay sobre la colina Saturnia. En ese altar practicó las ceremonias iniciales del sacrificio con víctimas sin mancha e inmoladas en un fuego puro. Para que la gente no sintiera ningún escrúpulo de conciencia por abandonar la forma de los sacrificios que habían recibido por tradición, les enseñó a apaciguar la cólera de la divinidad a la que estas víctimas eran debidas componiendo imágenes con forma humana, ataviadas del mismo modo que las víctimas vivas, para que fueran lanzadas al río en lugar de los hombres. Plinio el Viejo, sin dejarse contaminar por este relato, refiere que hay una estatua de Hércules, procedente de Cartago, en sus tiempos ya en Roma, y que ante esta estatua cada año eran sacrificados niños. Pero es que todavía San Agustín se esfuerza por dejar escrito que la práctica cartaginesa de sacrificar sus hijos no fue adoptada por los romanos.
17. El último de los tópicos es el que vincula el sacrificio infantil con los primeros cristianos. Su promotor literario, no se explica bien por qué, es Tertuliano, que sin embargo comparece ante el lector como apologista de aquella comunidad original en su región, el norte de África. Explica Tertuliano que con la policía que por aquella causa sostuvieran los gobernadores romanos que perseguían a los cristianos se relaciona cierta opinión sobre los sacrificios infantiles entonces activa en aquella tierra. A los cristianos africanos sus detractores los acusaban de aquella práctica atroz.
La retórica de Tertuliano es generosa. Si los gobernadores descubrían un crimen y el acusado tenía a bien reconocerse homicida, sacrílego, incestuoso, enemigo del estado -estos son los nombres que a los cristianos les daban sus actas de acusación-, esta confesión, según dice, no bastaba para dictaminar. Al contrario investigaban las causas: naturaleza del hecho, número, lugar, modo, momento, confidentes, cómplices. Mas con los cristianos nada parecido, aunque sería preciso igualmente arrancarles por la tortura la confesión de las falsedades que se les lanzan sobre la cabeza, en cuántos infanticidios ha tomado parte cada uno de ellos, qué cocineros los han presidido, qué perros han asistido. Concluye afirmando que sueñan con la gloria de un gobernador si destierra a un cristiano que haya devorado ya a cien niños recién nacidos.
Las ideas de Tertuliano fueron reiteradas por un contemporáneo suyo, Minucio Félix, quien incurre en el exceso de recrearse en los sabores que proporcionan los detalles gruesos en vez de complacerse en los aromas de la retórica. Explica Minucio Félix que lo que entonces se dice sobre la iniciación de los neófitos cristianos es tan detestable como conocido. Se sostiene que les presentan un niño cubierto de harina, para hacerlo irreconocible. Se invita al catecúmeno a clavar puñaladas, que él cree inocentes, en la superficie de harina, hasta que el niño muere por ciegas y ocultas heridas. Entonces lamen ávidamente su sangre y dispersan sus miembros. Quedan ligados por este asesinato, por la complicidad de un crimen, a un mutuo silencio.
Colonización interior
Publicado: marzo 31, 2017 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: agraria, economía Deja un comentarioTadeo Coleman
Un total de sesenta y cuatro solicitudes de tierra de un mismo término, todas de 1700, ayudan a documentar las raíces del extraordinario crecimiento de la agricultura del olivar y su industria derivada, un fenómeno que debió desarrollarse durante la primera mitad del siglo XVIII. Las solicitudes, en todos los casos admitidas, y satisfechas con los títulos que reconocían a los interesados su pleno domino sobre la parcela deseada, sin más condiciones que dejar la vereda desembarazada, tendrían su amparo legal en el derecho de presura. Estaba vigente en tierras castellanas al menos desde la plena edad media, y no dejaría de ser un recurso colonizador desde que en el siglo XIII comenzara la ocupación del término por los conquistadores que procedían del norte. Si dijéramos que era una forma de adquisición gratuita ignoraríamos que requería, para que el derecho de uso con el tiempo se consolidara como dominio, el trabajo del suelo, y que a partir del momento en que fuera puesto a producir redundaría en ingresos del municipio. Pero sí es cierto que al principio las tierras ocupadas estaban al margen de las compraventas a las que era necesario atenerse si se deseaba acceder a las parcelas de la misma clase. Aunque también es verdad que se trataba, cuando aquella modalidad de parcelas llegaba al mercado regular, de unidades de producción con cierto grado de madurez por lo menos, a diferencia de las que estaban en el origen del proceso que vamos a examinar.
Sobre sus atributos legales previos, uno de los casos analizados especifica lo fundamental. De la tierra que se solicita se dice que es de la que está realenga. Probablemente lo más valioso de esta expresión sea su referencia al estado del suelo. Que la tierra en el momento esté realenga especifica que el dominio sobre ella permanece bajo la corona, lo que equivale a decir que no ha sido privatizada de ningún modo, aunque su gestión ha sido delegada al municipio, que sin embargo no puede decidir unilateralmente sobre sus cambios de uso. Modificarlos, y abrir la puerta al cambio de estado, exige la aprobación de la administración real que se conoce con el nombre de facultad, que en este caso debe suponerse concedida para la parcelas de las que se trata. De lo contrario, el municipio no hubiera podido acceder a todas las transferencias demandadas ateniéndose a las condiciones de la presura.
Gracias a la identificación de los lugares solicitados, es posible además reconocerlos como una parte de las zonas no cultivadas, áreas que sobrevivían en cualquiera de los extensos términos de las ciudades del sudoeste, a pesar de la alta ocupación agrícola del suelo que en ellos se había alcanzado. Los territorios bajo su jurisdicción estaban lejos de estar saturados, y por tanto de retornar a cada tanto al riesgo de verse en la necesidad de aprovechar suelos de bajos rendimientos.
En cierto número de casos la parcela solicitada se identifica como un manchón de tierra, una manera de hablar que permite reconstruir el estado del paisaje del que se partía, al tiempo que obliga a ser cauto. Es muy probable que haya que entender el manchón como algo más que un pedazo de tierra en que nacen las plantas muy espesas y juntas, tanto en los sembrados como en los matorrales (Acad.). En lenguaje regional, puede ser terreno erial en un cortijo, una mancha grande de monte y parte de terreno de caza que tiene nombre peculiar y se bate sola (AV). La ventaja que desde este punto de vista tiene la palabra elegida es que todas las descripciones que la definen comparten, aparte matices, que se está refiriendo a áreas ocupadas por la vegetación espontánea, bien porque desde antiguo se haya consolidado en ellas, bien porque allí se ha recuperado recientemente, tras haber conocido el cultivo y haberlo abandonado. Que además el estado previo del espacio a colonizar estaba ocupado por una formación del tipo matorral es algo más que una sospecha. La confirma, al tiempo que la completa, uno de los solicitantes cuando expone la necesidad de desmontar de monte bajo y algunos chaparros. Mientras que la referencia al monte bajo corroboraría la deducción, la supervivencia de chaparros dispersos probaría que la parte arbórea del bosque autóctono, aunque en aquellos lugares se hubiera degradado, se resistía a desaparecer. Ante este paisaje, cualquiera que pretendiese poner en cultivo las parcelas solicitadas necesitaría rozar y desbrozar, y en algunos casos hasta descepar, para después roturar y poner a punto la tierra para la siembra, un proceso largo y costoso como mínimo en tiempo y esfuerzo.
Los solicitantes se pueden dividir en dos grupos. Uno, el de los que tienen apellidos que los identifican como miembros de lo que convencionalmente podemos llamar, para no demorar innecesariamente el análisis, el grupo aristocrático de la ciudad. Su posición está asentada sobre un modo de acceder al dominio de la tierra garantizado por la inmovilización de los bienes, de la que participa, a lo que suma el control directo de las instituciones del municipio. El otro es el de quienes no ponen al descubierto consanguinidad alguna con ese grupo.
La relación de los primeros, que no es larga, vale la pena: don Bartolomé Nieto de Morales, don Manuel Antonio Morillo, don Teodomiro de Briones Quintanilla, don Antonio Eugenio Berrugo de Morales, alcalde de la santa hermandad por el estado de los caballeros hijosdalgo, don Baltasar Barba de Bohórquez, don Cristóbal Roales de Consuegra, don Juan Ignacio Barraza, presbítero, don Bernabé Canelo de Romera, don Bartolomé de Briones Quintanilla, don Juan Caro Tavera, don Bernardo Bravo Navarro, don Marco Antonio de Liñán, don Bartolomé de Mesa Jinete, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, don José Navarro y don Diego López Moreno. Quizás a los dos últimos habría que eliminarlos de esta relación. Pero sobre los demás no caben dudas. Son catorce de los sesenta y cuatro, poco más de la quinta parte. Luego quienes tenían capacidad para tomar la decisión favorable a las concesiones fueron los primeros en utilizarla en su favor.
Las otras cuatro quintas partes de los solicitantes, que pueden representar nombres como los de Juan González de Perea, Blas Gallardo o Jerónimo Rodríguez, todos varones, porque están idénticamente interesados en la adquisición de una parcela tenemos que considerarlos genéricamente campesinos. Cualquiera de los valores o rasgos que a partir de aquí podamos deducir, como característicos del fenómeno que deseamos documentar, salvo indicación expresa, serán representativos de actitudes y decisiones de este grupo, dado su abrumador peso relativo.
La dimensión de la parcela solicitada no siempre se declara. En diecisiete ocasiones se refiere como una suerte de tierra, en once como un pedazo de tierra, en ocho como un manchón de tierra, en cinco como una poca tierra y en una ocasión como un rincón de tierra. La indefinición tiene en algunos casos sus ventajas. Ya hemos visto hasta dónde permite llegar que se hable de manchones. También al hablar de suerte es posible alcanzar alguna conclusión. Puede parecer que se está haciendo referencia a un sistema de acceso a la tierra. No parece que en este caso tenga demasiado sentido. Sin embargo, pudo ser el método para regular las concesiones. Todas las suertes se concentran en un predio, la Cañada del Paraíso. Tal vez los campesinos dispuestos a tomarse aquel trabajo pugnaban por una calidad de las tierras o por la accesibilidad a una parcela, o por las dos cosas porque aquel lugar reuniera ambas ventajas. Las suertes, además, tienen todo el aspecto de responder a un módulo, expresión de la equidad de los repartos. Todas las que además precisan su extensión tienen tres fanegas.
Cuando solo o también se especifica la superficie de la parcela que se solicita los valores oscilan entre media fanega y seis, en este segundo caso expresadas como medio cahíz. Cualquiera de los dos valores, así como uno y cinco, son singulares. Las dimensiones comunes oscilan entre dos (cuatro casos) y cuatro (otros cuatro), y el valor modal es, con diferencia, tres (dieciocho casos). De donde resulta un valor medio de la parcela muy representativo de la regularidad del procedimiento: tres fanegas y dos centésimas. Solo una vez la superficie se expresa en otra unidad, dos aranzadas.
En una ocasión fue concedida más tierra de la solicitada y en otra menos. Pero ninguna de las dos oscilaciones tiene trascendencia ni para cada demanda ni para el fenómeno: un solicitante de dos fanegas recibió tres, y uno de cuatro, también tres. Lo que redunda en que las decisiones se atuvieron a un plan, persistentemente regido por la equidad. Le daría valor político y expresaría el peso que tenía, a la hora de tomar las decisiones públicas, el papel de los beneficiados por ellas. La dimensión de la parcela habría sido su patrón. Pero fuera así o no, creo firmemente que la dimensión tres fanegas, que se impuso, es expresiva de una capacidad energética de la masa de los solicitantes, campesinos con limitados medios.
Como condición añadida, Tomás Machado pidió que la poca de tierra que solicitaba estuviera arrimada a la de Alonso del Trigo. También Cristóbal Baena y José de Aguilera pidieron que sus parcelas estuvieran linde de la que la ciudad tiene dada a Alonso del Trigo y Francisco López. Estos rastros de afinidad pueden ser expresivos de la cooperación solidaria que pudo existir entre quienes se comprometían con aquella iniciativa, un rasgo del grupo que en otros documentos, como los relacionados con el crédito, también se deja ver. En otros casos, el objetivo parece puesto en completar un plan de expansión personal. Alonso Rodríguez, maestro mayor de obras, solicita la suerte de tierra que linda con su heredad de viñas. Que alguien sea maestro mayor de obras y al tiempo aspire a consolidarse como campesino es una buena prueba no solo de ambición. También revela que la condición de campesino entonces estaba abierta y no excluía otras. Por su parte, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, quien solicitó y obtuvo cinco fanegas, una de las dos parcelas mayores, quiso que empezaran desde un pedazo de olivar de don Bartolomé de Mesa, su padre. De una o de otra forma, que existieran lindes consolidadas, las que también se mencionan en cuatro instancias más, indican que el territorio elegido para la experiencia ya estaba ocupado parcialmente.
Durante la primera fase de ejecución del proyecto, las solicitudes se dispersaron por más de diez lugares distintos, todos en una zona no destinada previamente al cultivo de los cereales, a excepción de un manchón de tierra, de extensión indeterminada, solicitado por don Bartolomé de Briones Quintanilla, caballero del orden de Calatrava, para plantarla de olivos. Estaba localizado en un territorio conocido como El Saltillo, en plena depresión del término, donde el cultivo de los cereales estaba consolidado desde hacía siglos, y del que se da la circunstancia de que no hacía mucho había sido objeto de la concesión de un señorío. Pero durante la segunda mitad del proceso, las solicitudes se concentraron en el predio ya mencionado, la Cañada del Paraíso. Puede decirse que de aquella política también tuvo que ser parte un plan de colonización, quizás no del todo ajeno al deseo de contener la expansión señorial que amenazaba los poderes del municipio.
Los cultivos para los que se solicitaron las tierras fueron tres: viñas, olivos y pinos. El deseo de plantar viñas acaparó casi los dos tercios de las peticiones y la dedicación al olivar, solo un tercio. El exiguo resto fue para los pinos. El único caso que falta para completar la suma, el de quien duda dedicar la tierra que obtenga si a viña si a olivar, es insignificante en términos cuantitativos. Sin embargo, aparte que la jurisdicción del municipio alcanzara hasta la ordenación de los cultivos nada menos, un hecho que sería necesario analizar con más reflexión, expresa con nitidez el dilema que se abrió al programa colonizador, al que debieron enfrentarse quienes buscaban una vía de promoción invirtiendo en las concesiones de tierra.
La viña era un cultivo consolidado. Quienes se esfuerzan en conectarse con parcelas con lindes hechas, a las que desean acogerse, en las que quieren apoyarse, optan por la viña. Serían colonos que preferirían jugar sobre seguro. Quienes optan por el olivar aluden al paisaje que tienen ante sí en unos términos consecuentes con el riesgo de la inversión, porque incluye desmonte y plantar estacones. En cualquiera de los casos en los que estas descripciones son más explícitas los promotores son del grupo aristocrático. Uno pretendía desmontar en favor de un olivar del patronato del que era patrono, y otro suplica a la ciudad se sirva demandar ver un pedazo de tierra de su mayorazgo para plantar de olivar.
Con la concesión de parcelas, los que ya dispusieran de medios podrían acceder a la condición campesina más sólida, la que les permitía disponer como propiedad de una unidad de explotación agropecuaria. Los que optaron por no arriesgar demasiado, la mayor parte de ellos, dos de cada tres, prefirieron acogerse al cultivo de la vid. Solo el otro tercio se prestaría a competir con quienes estaban dispuestos a invertir en un cultivo cuya renovada expansión empezaba. Aquellos con los que debían competir ya disfrutaban de una posición sólida, y su opción en favor del olivar no sería ajena al éxito que el cultivo finalmente tuvo. Los datos de cultivos y aprovechamientos de cincuenta años después demuestran que la pugna se resolvería en favor del olivo. Mientras que su cultivo, para entonces, había conseguido ocupar unas tres vigésimas partes de todo el espacio cultivado, en el que el dedicado a cereales abarcaba algo más de los dos tercios, el viñedo prácticamente había desaparecido. No llegaba ni a la centésima parte.

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