Formas recientes de la servidumbre

Bartolomé Desmoulins

Contaban quienes mejor conocían la vida agraria del suroeste que ya en nuestro siglo vigésimo, para aprovechar la mitad de los cortijos que por convención aún se llamaba de barbecho, puesto que ahora las grandes unidades al servicio de las labores eran cultivadas en toda su extensión, gracias a la decisiva contribución del abonado químico, fue introducida una serie de cultivos alternantes. Entre principios de siglo y los años setenta, la fórmula fue sucesivamente aplicada con éxito a los cultivos de maíz, algodón y girasol, según el mercado fue aconsejando.

    Lo más relevante de aquella manera de actuar, para nuestro punto de vista, era que la primera mitad del cortijo, que seguía reservándose al cultivo del trigo, era explotada directamente por el dueño, mientras que la destinada al cultivo alternante era cedida en lotes a campesinos que aún eran llamados pegujaleros, para que se hicieran cargo de él. La forma de la cesión no era ni un arrendamiento ni una aparcería, sino un híbrido muy extraño que llegó a denominarse reparto. El tiempo de la cesión se limitaba a un total de siete meses, y los pegujaleros, por ella, debían pagar una cantidad, liquidable en dinero o en especie, que habían de entregar por adelantado. ¿Podía encontrarse mejor ejemplo de la supervivencia, o tal vez regeneración, aprovechando un medio político favorable, de lo que entonces la dogmática llamaba renta feudal, puesto que era detraída a partir de condiciones no inmediatamente económicas? El cedido pagaba una cantidad sin relación directa con el producto obtenido, como demostraba el hecho de que fuera liquidada por adelantado, y además al dueño de la tierra el pegujalero le prestaba el servicio de trabajar el barbecho del suelo que al año siguiente sería sembrado por aquel con cereales.



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