Los campesinos dispersos. II

Alain Marinetti

Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.

     Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.

     En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.

     La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.

     Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.

     Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.

     Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.

     Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.

     La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.

     Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.

     En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.

     De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.

     La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.

     Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.

     Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.

     Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.

     En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.

     Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.

     En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.

     Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.

     Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.

     Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.

     Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.

     Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.

     En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.

     También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.

     Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.


El relato y su sentido

Dante Émerson

La conciencia historiográfica es bastante asequible. El relato histórico es una experiencia común. Cualquiera tiene conciencia de su pasado y a sí mismo se lo cuenta. Con sus recuerdos cada cual crea para sí un relato de la parte de su existencia que ya ha transcurrido. Cuando esta conciencia se dirige a sucesos distintos a los de la vida propia, las posibilidades del relato crecen hasta dimensiones colosales, pero a la vez pueden convertirse en un objeto para cuya manipulación quien así actúe podrá sentirse más libre. Lo que en modo alguno podrá soslayarse será el punto de vista particular o personal desde el que los acontecimientos que sean son observados, porque la conciencia no puede existir sin quien la personifique. Por tanto se puede concluir que la historia alcanza la condición de relato en el instante en el que la conciencia adquiere noción de pasado, más aún si esa adquisición se extiende fuera del sujeto que la alcanza. Ganada esa condición discursiva, su existencia solo depende de la voluntad que los hombres puedan aplicar a ese fin, de que los hombres cuenten cosas que han ocurrido.

     Después de dos mil quinientos años de existencia del género, más tal vez otros tantos anteriores de ensayo y definición, sería ingenuo pensar que esta clase de relatos se emprenden sin propósito alguno. Desde luego cabe dentro de lo posible que así se haga una vez más, porque la tradición nunca es coactiva, y quizás el enunciado más ambicioso de este principio que pudiera hacerse sería el que defendiera que el relato histórico no debe estar inducido o inspirado por prejuicio alguno. Es más. Entre los clásicos hay quien teoriza a partir de esta premisa, y la lleva lo bastante lejos como para dar la impresión de que por esta vía no es necesario avanzar más. Su posición se podría presentar en términos algo paradójicos diciendo que siente aversión a teorizar con los argumentos del relato. Partiendo de la idea de que las cosas humanas son por naturaleza inestables, piensa que los hechos a los que el relato debe enfrentarse son por naturaleza accidentales. El relato histórico no debe enunciar leyes ni proponerse deducir causa general alguna, porque dada aquella condición es imposible prefigurar en modo alguno la regularidad de las cosas de los hombres, mucho menos, como algunos pretenden, predecir el futuro. Si del relato no pueden ser deducidas causas, reglas ni leyes, quien lo emprenda no podrá disponer de cuerpo teórico alguno que lo marque o induzca con determinados prejuicios, sino que podrá actuar con absoluta libertad de cronista. El relato puede por tanto tener como propósito único contar los hechos con exactitud.

     Este punto de vista está aconsejado más por el escepticismo que por demostración alguna, y es de todas maneras un modo de afrontar esta parte del problema historiográfico muy parcial. Desde la antigüedad ha sido mucho más frecuente relatar con la convicción de que en la acción humana puede ser observada cierta regularidad, o al menos que con este rigor puede ser presentada al lector muy satisfactoriamente. Es probable que esto sea un espejismo originado porque el medio en el que el género vive, el de la lengua escrita, confiere a todo lo que da forma la propiedad de lo racional. Pero, al margen de que este sea el origen de la propensión a normalizar la actuación de los hombres, no hay por qué dudar de que desde esta convicción se ha alimentado la parte teórica del trabajo historiográfico, y que ésta a su vez haya sido la que ha estimulado o inspirado la mayor parte de los textos del género. Así pues, para la mayoría de quienes escriben relatos históricos no es suficiente con el puro encadenamiento de los datos obtenidos sobre lo ocurrido antes. El relato permite deducir normas del comportamiento humano. Con ellas puede ser enunciada una teoría sobre este, y tal teoría a su vez orientaría o inspiraría nuevos relatos, que así serían guiados por ese fin al que se dirigen. El principio del que ahora tratamos podría enunciarse en este punto, bajo esta otra consideración previa, a partir de la sumisión al hecho real de la elaboración teórica a base de la observación del pasado. Puesto que semejante teoría existe o puede ser deducida del propio relato y esta impondrá unos límites racionales al desarrollo de la narración, más vale de antemano enunciar el fin o el objetivo que cada relato particular quiere alcanzar, y así trabajar en todo momento a favor de él. Porque por otra parte conviene despertar de un sueño que durante algún tiempo se ha pretendido realizado. La literatura no puede ocurrir con absoluta libertad. Se engañan quienes así piensan. Las palabras son ideas, y estas o gobiernan el texto o no llevan a lugar alguno.

     Los marcos de referencia que pueden ser elegidos para situar los propósitos teóricos personales son varios, y aún podrían inventarse muchos más. Tal vez el más clásico sea el que cree inevitable la dirección política del relato histórico, de donde deduce una fecunda definición del objetivo general que esta debe proponerse, la que en su grado más elaborado fue enunciada en los siguientes términos: la historia es un medio de adquirir el arte del buen gobierno. Es cierto que esta forma incluye en germen la idea de soberano único o príncipe. Como aquella fórmula de gobierno es finita, podría ser enunciada de manera más general afirmando que el relato enseña a tomar decisiones y proporciona reglas para actuar a quienes tienen responsabilidades de gobierno, o de forma aún más general diciendo que la historia puede ser una ciencia al servicio de la política. Saber cómo ocurrieron las cosas en el pasado es la mejor escuela para la acción pública.

     No pueden creerse homogéneas sin embargo todas las interpretaciones de estos sencillos axiomas, y hay a partir de ellos deducciones realmente ingeniosas. Entre estas hay que recordar especialmente a los que de entre los antiguos con particular sensibilidad entendían lo político como algo matizadamente distinto a la acción pública, y por tanto creían que el relato histórico cumplía sus fines si era encomio para los amigos y denuesto para los enemigos.

     También hay quien cree que el relato está justificado si sirve para enseñar cuáles son los comportamientos adecuados y cuáles los incorrectos, cuáles las actitudes nobles y cuáles las degeneradas. El relato tendría que ser un teatro en el que presentar la moral correcta.

     Pero la teoría más ambiciosa es la que sostiene que de lo que se trata es de alcanzar una explicación causal de los hechos o esclarecer sus factores. El relato debe estar dirigido a indagar las causas de los hechos que son observados. El lugar más distante al que esta idea se ha conducido es el de las leyes. Algunos han pretendido demostrar que entre los hechos siempre hay relación regular, y que tales reglas en todos los casos deben ser deducidas para explicar la sucesión de los hechos mediante demostraciones. En opinión de ciertos autores, enunciar leyes del comportamiento público de los hombres queda al alcance de la historiografía porque creen que la naturaleza humana es siempre la misma.

     No es desacertada esta manera de observar, si bien a este propósito habría que tener en cuenta otra corriente de opinión. Para algunos el principio dogmático del que debe partir el relato es que la existencia de la humanidad está caracterizada por un progreso acumulado constante, aunque ocurran accidentalmente retrocesos. El progreso sería una derivación de las actividades destinadas a garantizar la subsistencia.

     Esta manera de concebir el relato parece incompatible con la de quienes en algún momento han elaborado teorías sobre los ciclos que regularmente conoce cualquier sociedad. Habiendo sido observado por algunos que en los grupos humanos se van sucediendo los hechos hasta completar ciclos, y que retornados a determinada situación suceden los hechos otra vez de forma similar, es posible generalizar y por tanto enunciar leyes, bien solo para la sucesión de las instituciones públicas o bien sobre la constitución de la sociedad.

     Para hacer compatible la idea sobre el progreso con la idea de la constante regularidad y sus consecuentes ciclos tal vez se podría distinguir entre actividades encaminadas a la obtención de las subsistencias e instituciones o incluso constitución de la sociedad toda. Mientras que a la actividad más inmediata o elemental habría ido afectando el progreso, las más elaboradas formas de la vida civil estarían sometidas al inexorable retorno. Habría entonces que dilucidar si es que a este otro estadio de la actividad humana aún no habría alcanzado el bien del progreso que al orden de la vida material ya ha llegado. Pero este ejercicio sería muy artificioso. No parece muy admisible separar las condiciones en las que los hombres obtienen sus medios de supervivencia de su organización y de las instituciones políticas que de ellas derivan o a su servicio son puestas.

     La propiedad más útil que de la posible regularidad de la actuación de los hombres puede derivarse es que a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que pueda ocurrir en circunstancias cuyos factores hayan sido estudiados con este fin. Es necesario reconocer sin embargo que aún queda muy lejos siquiera un cuadro de circunstancias tipificadas. Pero hay quien con excelente juicio insiste en que el trabajo historiográfico debe permitir al menos elaborar un cuerpo doctrinal. La posibilidad de enunciar normas del comportamiento ha sido sometida a un sencillo principio de método. Para extraer lecciones de la historia será necesario antes recopilar analogías. Es necesario terminar en la historia comparada si se pretende llegar a la deducción de normas sobre la actuación de los hombres.

     Pero todavía debemos añadir algo sobre este problema, relacionado con afirmaciones precedentes. Son dos cosas distintas el comportamiento humano y las propiedades de la lengua. Del comportamiento humano no cabe esperar que siempre sea racional, y tal vez sea más acertado partir del principio de que lo único regular de que antemano de él se puede esperar, considerados los comportamientos de los grupos, es el comportamiento irracional. De la lengua, que es la materia con la que el relato es compuesto, su propiedad natural es la lógica. Por la correcta construcción del texto podrá ser presentada una cadena racional de hechos o comportamientos, cuando de la materia de la que se trata es la histórica. El relato histórico está condenado, porque es texto, a desembocar en una presentación racional o explicativa de los asuntos de que trata. Cosa distinta es que habiéndose propuesto el relato observar todos los comportamientos se obligue en todos los casos a presentarlos de manera racional. Entre los comportamientos dominan los que no son razonables, y con estos a lo máximo que se puede aspirar es a la descripción.

     Así pues, para resolver el problema teórico inicial, o premisa a partir de la cual organizar la materia para el relato, es conveniente plantear antes el objeto que se desea tratar. De ciertos hombres, en particular los admirables, cabe esperar un comportamiento racional, digno de ser conocido. Cuando se siguen las reglas de la explicación causal puede proporcionar un excelente producto escrito exponer su vida ateniéndose a las reglas del género biográfico. De todos los sucesos y comportamientos de la revolución francesa no cabe esperar una cadena razonable, y es tanto más probable la sinrazón cuanto mayor es la cantidad de personas que fueron protagonistas de los asuntos de que se trate. El relato de los hechos como una crónica puede ser el mejor producto escrito que de cuanto entonces sucediera puede ser elaborado.


La historia solo existe como texto

Dante Émerson

Sobre qué sea la historia los clásicos no están de acuerdo, hasta el punto que algunas maneras de concebir esta materia parecen incompatibles con otras. Reduciendo todas las posiciones a sus rasgos generales, se podría decir que todas parecen inspirarse en al menos una de dos premisas. Para unos la historia es una materia artificial que quienes la escriben van creando justo por el hecho de poner por escrito determinados sucesos. Por razones que ahora no es necesario considerar, ciertas personas deciden dedicarse a crear estos objetos. Para ellas la historia por su origen no sería distinta a una escultura o una máquina. Otros creen que la historia existe más allá de la voluntad de quienes la escriben, como si fuese un arcano que poco a poco se va revelando a los hombres que dedican su esfuerzo a su descubrimiento, quienes con la investigación le van arrancando sus secretos. También hay quienes creen que esa materia es un cuerpo de conocimientos que trasciende el esfuerzo y la capacidad de cada hombre que con él se las ve, y quienes parten de que es un orden de los hechos humanos ya previsto hacia el que los comportamientos invariablemente deben dirigirse

     Cualquiera de ellos olvida que al exponer sus principios solo enuncia como pensamiento sus propósitos, lo que es tan legítimo como humano. El pensamiento es aquella faceta del comportamiento que pretende justificar cuanto los hombres son y hacen recurriendo a los medios que proporcionan las lenguas; propiedad que porque deriva de la existencia de estas, que son en cualquier caso invención humana, puede tenerse por expansión previsible de la vida de esta clase de seres. Puede discutirse sobre la dirección regular de la corriente que desemboca en pensamiento, aunque resulta casi una evidencia que son las palabras la fuente que alimenta las ideas. Pero de lo que no cabe dudar es de que el pensamiento se vierte en la conciencia, el medio natural que le permite existir, en forma de palabras.

     Como la forma de expresar el pensamiento por escrito es el texto, y como la historia alcanza el idóneo estado de materia cuando se pone por escrito, se puede afirmar que cualquiera que sea la idea que se tenga sobre lo que es historia necesita ser vertida a la forma de texto. Se podría expresar esta idea con mayor rotundidad y de forma lapidaria: la historia solo puede existir como texto, en modo alguno podría ser algo distinto a un texto.

     De aquí se debe deducir que la creación de historia es algo al alcance de cualquiera. La única condición previa que exige es que se conozca un sistema de escritura que permita expresar el pensamiento.