Variaciones

L. Delhore

Íbamos a completar la información que necesitábamos. Días antes habíamos agotado una estancia que creímos sería suficiente. Pero alguien nos pasó la confidencia. En el archivo de los servicios centrales había algo que podía ser muy revelador, decisivo para el punto de vista desde el que habíamos acordado tratar el asunto. Creímos que con una visita de poco más de veinticuatro horas sería suficiente.

Volvimos al hotel donde nos habíamos alojado la vez anterior. Cuando cruzábamos el primer paso de peatones, ya pudimos ver que en su fachada había algo anormal. Al llegar ante la puerta, la persiana metálica estaba casi por completo bajada. Nos asomamos por debajo y vimos que en los escalones se amontonaban objetos de todas clases, y en el vestíbulo los empleados celebraban una reunión.

Él decidió pasar por debajo de la persiana, aprovechando la franja que había quedado abierta, mientras que yo permanecí fuera, incapaz de pasar entre los objetos dispersos por los escalones. Cuando percibieron su presencia, algunos volvieron la cara. El que parecía el responsable de la reunión se levantó, se atravesó en su camino y le denegó el paso. Él insistía, le explicaba la urgencia de nuestro plan. El responsable cedió.

Se perdieron en dirección a los ascensores, mientras yo aún hacía esfuerzos por entrar. Pude por fin pasar. El hotel estaba más concurrido de lo que esperaba. Más que cerrado parecía reservado para alguna asamblea, para la que sin embargo los muebles no serían imprescindibles.

Pregunté por mi acompañante a un hombre alto, vestido con levita y corbata de lazo, sin duda empleado del hotel. Me dijo que no tenía ni idea de dónde podía estar, que él solo era el encargado de las habitaciones; que fuera a preguntar a la recepción, que estaba en la segunda planta.

Alcancé el patio central, cubierto por una montera. Era realmente suntuoso. Gigantescas columnas clásicas, dispuestas en círculo, unificaban las cuatro plantas, cada una de las cuales se asomaba al patio por las barandas que ponían límite a sus pasillos principales.

Subí a la segunda planta. Del anillo central que distribuía la circulación partían pasillos que llevaban hasta las habitaciones, cuyas puertas estaban alineadas en otros secundarios trazados ya a base de perpendiculares. El orden de su arquitectura era radicalmente distinto al del patio central. Habían dejado a la vista pilares y vigas de hormigón, y el gris de las telas que tapizaban el techo y las paredes, y el de las moquetas que cubrían el suelo, creaban una sedante penumbra, nada que ver con la luminosidad del patio.

Buscaba en cada puerta la que pudiera darme alguna señal de la presencia de mi acompañante cuando tropecé con una expedición de estudiantes. Eran decenas, apenas podía pasar entre ellos. El encargado de las habitaciones se esforzaba por separarlos y dejar libre el espacio suficiente cuando giró inesperadamente el cuello, miró al techo, lo señaló con un dedo y nos puso sobre aviso. Una de las vigas maestras de hormigón, la que atravesaba el pasillo en sentido transversal, estaba cediendo.

Corrí hacia la escalera de incendios, que estaba a mi izquierda, junto a los ascensores, al fondo de la última rama de las galerías, la más estrecha. El suelo empezó a ceder y el tramo en el que yo estaba fue cerrándose. Las vigas y los pilares dejaron de formar ángulo recto, el plano del pasillo perdía la horizontal, el techo descendía sobre nosotros. Cuatro o cinco estudiantes y yo estábamos atrapados en la asfixiante jaula asimétrica sin salida que se iba formando mientras empezó a oírse una música. Un violonchelo tocaba las variaciones Goldberg, y por debajo a sí mismo se replicaba con una versión del concierto italiano.

Al compás de la música la armadura del edificio se fue recomponiendo, tal como ocurre con las secuencias de las demoliciones que filman las agencias de noticias cuando las proyectan en retroceso. En poco tiempo pudimos bajar por las escaleras, cada vez más regulares, y salir indemnes por nuestro propio pie.


La defraudación del diezmo

J. García-Lería

Aunque las previsiones de la administración eclesiástica meridional sobre el cobro de los diezmos se cuidaban sobre todo del tramo que iba del arrendatario a los partícipes, no por eso dejaban de interesarse por la recaudación, quizás en términos demasiado generales.

Como reconocimiento de la autoridad adquirida para demandar las rentas, al recaudador se le entregaba un documento específico, llamado recudimiento, que iba firmado por el administrador de la vicaría y el escribano de la renta de la que se tratara. El vicario estaba obligado a publicarlo en la iglesia de donde era la renta, y ningún recaudador podía cobrar diezmo de ningún contribuyente si no disponía de aquella autorización. Si cobraba algo sin ella, se le podía demandar criminalmente lo que hubiera ingresado, y, si era arrendatario, además de que perdía las pujas hechas, que cobraría el cabildo a favor de quien debiera haberlas, quedaba obligado a pagar cuatro veces lo que hubiera recaudado. Recíprocamente, nadie debía pagar diezmo a ningún recaudador antes de que el recudimiento se publicara, y si alguien pagaba a quien no lo tuviera, se arriesgaba a verse en la obligación de pagar otra vez el diezmo que ya hubiera satisfecho.

A pesar de todas las advertencias, había diezmadores que se adelantaban a pagarlo incluso antes de que la renta se le hubiera adjudicado definitivamente a quien debía recaudarla. Lo prueba que de un trigo que se estaba recaudando, el administrador de la vicaría de referencia, al tiempo que remitió el resultado de las posturas en la población, dijo que era muy bueno, y para demostrarlo remitió una muestra del que ya estaba almacenado en la cilla, que, según explicó, procedía de los diezmos que ya habían enviado los labradores; en un momento en el que todavía estaban por concluir las subastas.

Los plazos previstos para que quienes tuvieran que recaudar los diezmos los cobraran también estaban reglados. Los del pan, por ejemplo, podían demandarlos hasta el último día de diciembre del año al que correspondieran las rentas. Pero si no los cobraban en ese plazo, quedaba a elección de quienes debían pagarlos liquidarlos en especie o en metálico, en este caso ateniéndose al precio común que valiera aquel mismo día en la población donde se debían las rentas, una tarifa bastante más realista que la tasa. Como recompensa, estaba reconocido que en caso de que fuera necesario, los recaudadores estaban facultados para demandar los diezmos a los contribuyentes ante la justicia eclesiástica, porque los responsables de impartirla eran personas que sabían las maneras y las formas de dezmar. Ahora bien, si los recaudadores se precipitaban a demandarlos ante otro juez, que en la práctica era cualquiera de los seculares, podían dar por perdidos los diezmos que demandaran. Además, que un recaudador se hubiera decidido por aquella vía no sería justificación para que, en caso de que fuera arrendatario, dejara de pagar todo el precio en el que se le había rematado la renta, ni obstaría para que se aplicaran a las partes que debían percibirlas las rentas correspondientes, a la vez que incurriría en que a partir de aquel momento no volvería a ser admitido en diezmo alguno.

Pero tanto una correcta gestión contable que asegurase a los partícipes sus cuotas como las previsiones legales para garantizar la recaudación de los diezmos eran solo la epidermis del mayor problema al que tiene que hacer frente el procedimiento para estimar el producto. Cualquier cifra que se refiera a alguno de los momentos de la detracción, sea mediante fieldad o mediante arrendamiento, está en alguna medida interferida por las relaciones, naturalmente antagónicas, propias de la deducción de cualquier renta. Entre lo efectivamente producido y lo realmente cobrado se interpondría la coacción, ya fuera bajo la forma de coerción jurídica, ya como disuasión desde los púlpitos; o como coerción desde los púlpitos o disuasión desde los tribunales; o como las cuatro cosas a la vez o prudentemente combinadas y dosificadas. Por efecto de estas refracciones, el contribuyente se sentiría legitimado para pagar por debajo del tipo impositivo, mientras que el recaudador, en uso de su fuerza legal, forcejearía por alcanzar esa frontera.

La secular resistencia al pago del diezmo está sobradamente documentada por la historiografía occidental. El resumen del relato de los procedimientos que para eludirlo ha publicado aun así puede ser largo. La ocultación de lo producido era el fraude directo o simple, pero también estaban entre sus formas más comunes el levantamiento precipitado de las cosechas, pagar en casa y no en el campo o la manipulación de las medidas con las que había que pagar. También eran frecuentes el cálculo grosero de lo recogido, no pagar diezmo de las granzas o producto de la segunda trilla, pagar diezmo de lo propio pero no de lo arrendado, no pagar cuando el producto es muy pequeño o alegar la dificultad para controlar una producción. Los cultivos dedicados al autoconsumo, tanto humano como animal, quienes los practicaban los presuponían al margen del diezmo, lo que no carecía de base legal, aunque, valiéndose de esta premisa, se podían exagerar las necesidades del autoconsumo. Que una tierra antes no estuviera sometida a la obligación de contribuir con su diezmo podía parecer justificación suficiente para no pagarlo en adelante, aun habiendo entrado en producción. Un cultivo, porque fuera nuevo, como hasta entonces no estaba sometido a la obligación del pago del diezmo, podía escapar a su carga. El cultivo intercalar asimismo podía escapar al control del producto creado, y el cerramiento o cercado también podía ser una frontera que detuviera a los recaudadores. Asimismo eran formas habituales del fraude los cobros discrecionales, fuera por debajo del tipo o por debajo de la magnitud del bien sometido a gravamen. Tanto los arrendatarios del diezmo como la administración que los cedía, podían tener suficiente con ingresar lo que los grandes productores, fácilmente identificables en cada población, les satisfacían, sin esforzarse en un control del fraude en el que pudiera incurrir el productor marginal, que probablemente causaría un costo mayor que el posible ingreso que proporcionara.

En el arzobispado del sudoeste, la resistencia al pago del diezmo no se documenta con menos facilidad, aun sin que quien se interese por él se lo proponga. Está en el origen de la prestación. En 1255, en el privilegio que concede la renta a la iglesia romana, es precisamente este argumento la causa que justifica su regulación. Es cierto que para entonces era ya un tópico normativo, y que mucho después, en 1410, se sigue aludiendo al mismo problema en términos muy parecidos a los de siglo y medio antes.

Parece que en la baja edad media los comportamientos abiertamente opuestos al diezmo llegaron a ser más activos que el fraude espontáneo. Una parte de ellos al menos se puede interpretar como una parte de la competencia entre poderes que caracterizó aquella época en región. En 1404, los diezmos de las villas y lugares de un señor no encontraban quien se hiciera cargo de su arrendamiento porque quienes podrían hacerlo le tenían miedo. Los candidatos a la recaudación, dicen los testimonios, temen que los maten, los acuchillen o los deshonren. Por la misma razón, el cabildo igualmente tenía dificultades para encontrar fieles que los cogieran, cillas para el pan, lagares o tinajas para el vino.

No obstante, los diezmos de menudos de la primera de las villas de aquel señor pudieron arrendarse, lo que degeneró a las consecuencias que se habían previsto. A quienes estaban recaudándolos algunos hombres que estaban en la población los acuchillaron e hirieron de tal manera que les rompieron el cuero y les sacaron sangre. La razón de tan violenta oposición a los diezmos a principios del siglo XV, según el cabildo, era que había señores que pretendían para sí los diezmos de sus señoríos -que algunos de vos queredes las rentas para vos, son sus palabras-, y para conseguirlo se valían de la acción violenta de hombres a su servicio.

La resistencia al pago desde posiciones de fuerza iría extendiéndose en línea descendente en la escala de los poderes. En 1423 fue un veinticuatro, título que distinguía a los regidores vitalicios del regimiento de la capital, quien puso dificultades para pagar los diezmos de los frutos que Dios le ha dado, mientras que todavía en 1441 los vecinos y moradores de las principales villas de un señor se resistían a dezmar bien y derechamente; aunque afortunadamente, para entonces, la oposición ya solo daba origen a debate y contienda entre el cabildo y el señor sobre fraudes y colusiones y encubiertas.

En 1547 la oposición al diezmo se habría naturalizado como defraudación: “[…] Juan Ortiz, en nombre del deán y cabildo de la santa iglesia de la ciudad […] dice que los diezmeros, y personas que son obligados a diezmar […] sin pagar el dicho diezmo de lo que cogen, llevan el pan a sus casas, y lo venden, y hacen de ello lo que quieren; y cuando el arrendador de los dichos diezmos lo va a recibir, no le pagan lo que deben, y lo que le dan, es de lo postrero que cogen, y de las granzas que hacen; y caso que por justicia les quieren [sic] medir sus trojes, para que paguen bien el diezmo, como lo tienen ya vendido, y comido, no lo pagan […].” Aunque se acepte cierta deformación interesada de los hechos por parte del declarante, parece que las prisas por comercializar a mediados del siglo XVI saltaban por encima de las leyes de diezmos y las insistentes amenazas de excomunión.

Para 1568, cuando Juan de Mal Lara publicó en la capital de la región su Filosofía vulgar, la resistencia se había instalado en liquidar el diezmo debido con el producto de más baja calidad. En la centuria segunda de su obra, registra en estos términos el refrán 17: Los diezmos de Dios, de tres blancas sisar dos, y añade que, a pesar de que el Evangelio dice que Lo que es de Dios daldo a Dios, y lo de César a César, no lo tenían en cuentan los que habían de pagar los diezmos de todo lo que estaba santificado a Dios, y procuran dar lo peor que tienen, porque no consideran ser aquello presente para Dios, sino para personas.

A partir de la segunda mitad del XVI, la defraudación se concentraría en acciones que no contravinieran abiertamente las leyes de diezmos. De 1589 es una relación de vecinos originarios de la capital que habían dejado de pagar en ella su mitad con la justificación de que en 1580 el hacedor que fue a una población a poner las rentas había dicho que todos habían de pagar sus diezmos en donde vivieran, lo que solo era parcialmente cierto según las leyes de diezmos vigentes. Y aquel mismo 1589 el cabildo se vio obligado a cobrar en fieldad los diezmos de un cortijo que sus dueños habían arrendado con la condición de que no habían de pagarlos, para lo que de ningún modo disponían de títulos.

Pero todavía en 1590 sobrevivía buena parte de las fragilidades de los sistemas de recaudación. Para dejar de pagar los diezmos de aquel año, ciertos diezmadores no declararían lo que debían pagar, aun habiendo llegado el tiempo en el que debían hacerlo. El cabildo estaba seguro que muchas veces se perdía su hacienda por no acudir con tiempo para cobrar, reflexionó, y que si con alguna hacienda se había de tener puntualidad era con los diezmos. Después de alzados y cogidos, a quienes debían liquidarlos se les hacía de más el pagarlo, y aunque para lo pasado la demora ya no tenía remedio, la experiencia debía servir para que aquel año se acudiera al cobro sin retraso. Dando por descontado que habría algunas personas que con poco temor de Dios y de sus conciencias no declaren lo que cogieren, creyó conveniente adelantarse e instruir a uno de sus vicarios para que avisara en caso de que algo así sucediera con el diezmo del vino. Si fuera necesario, estaba dispuesto a enviarle desde la capital una comisión del juez eclesiástico para que procediera contra los que no quisieran declarar, al tiempo que visitaba las bodegas y por los afueros ver lo que debieren de diezmo.

Aun así, a pesar de que se esforzara por aparentar severidad frente a la ocultación, tuvo que conceder a los recaudadores que en ocasiones actuaran con flexibilidad. A quienes debían recaudar unos diezmos de pan administrados en fieldad instruyó que procuraran cobrarlos en grano, y que, si no fuera posible, en moneda, que los tarifaran a la tasa, el precio máximo legal, de escasa autoridad en los mercados; y, si ni aún así consiguieran cobrarlos, que hicieran que los deudores al menos se obligaran por escrito a pagar en el futuro los que debieran. Al mismo tiempo, de ciertas fieldades, para dos lugares diferentes, tenía que reconocer que muchas personas habían quedado debiendo sus diezmos, así por no haberlos declarado como porque los que declararon no los pagaron enteramente.

Pero según avanzara la época moderna, la resistencia se iría resolviendo a través de pleitos en los que era necesario acreditar documentalmente los derechos a la exención o a la rebaja que se pretendieran. Una de las iniciativas que era motivo de controversia jurídica, incluso de jurisprudencia contradictoria, era la que afectaba a las tierras que, habiendo estado dedicadas al cultivo, se convertían en pastizal. Para más complicación, solía ocurrir que las decisiones arbitradas por los tribunales en estos casos oscilaban según lugares.

Se puede pues interpretar que con el paso del tiempo la resistencia al pago de los diezmos se iría civilizando y reduciendo el margen de sus posibilidades, aunque todavía en 1604 la administración episcopal se lamentaba de su supervivencia, y en 1661 el labrador de un cortijo se resistía a pagar el diezmo del ganado que Dios nuestro señor le ha dado. Cabe pensar que, según fuera avanzando la época moderna, las formas de la resistencia al pago del diezmo quizás no causaran un daño serio al ingreso de la renta, tanto menos cuanto más la renta diezmal y sus medios de coerción se fueran consolidando, e incluso podrían considerase pruebas de las escasas posibilidades de defraudación que tenía a su alcance el obligado al pago. Claro que también es posible conjeturar que la resistencia al pago de los diezmos pudo civilizarse gracias a una corrupción secular persistente, naturalizada y tolerada, resultado del equilibrio que se hubiera alcanzado entre quienes podían imponer un pago reducido de sus productos, porque la fuerza de la concentración como labradores se hubiera ido imponiendo en la producción agropecuaria, y los perceptores de unos ingresos que eran lo suficientemente grandes como para satisfacer una holgada supervivencia del beneficio.

Sean unas u otras las razones de la defraudación, o el grado y el alcance que conociera en cada momento, para el valor que el diezmo tenga como medio para conocer el tamaño del producto basta sospechar que el pago se defraudaba para anular su valor como indicador. La permanente amenaza de fraude que revelan los testimonios es suficiente para que, al menos tratándose del procedimiento, se admita que en todas las cifras que se relacionen con la recaudación hay un vicio de origen que las invalida.


Edward Gibbon

Redacción

Nació en Londres en 1737 y murió en la misma ciudad en 1794. Por ser de familia con patrimonio suficiente, pudo dedicarse al estudio. Ingresó en Oxford, y allí empezó su formación superior. Pero su momentánea conversión al catolicismo le valió la expulsión de la universidad. De inmediato dio muestras de su peculiar inteligencia. Decidió que a partir de entonces mantendría una actitud crítica ante la religión, y durante el resto de su vida se mantuvo fiel al principio que la necesidad le había dictado.

Decidió su padre enviarlo al continente para que completara su formación, y efectivamente, gracias a sus viajes, a los conocimientos que adquirió, pero sobre todo a su pasión por la lectura, que hizo compatible con su inquietud, consiguió colmar su juventud con una excelente educación. Fue un rendido lector de los clásicos griegos y latinos, de la literatura histórica que se escribía en su tiempo y de modernos como Locke, Montesquieu, Hume y Voltaire. Llegó a establecerse en Lausana, Suiza, donde pudo conocer al Voltaire más estable, sereno y admirado, y posteriormente se introdujo en los círculos ilustrados del continente, que con el tiempo serían los que de manera decisiva marcarían su obra. No obstante, en 1790, ya al final de su vida, se mostró abiertamente enemigo de la revolución francesa. Consideraba a los revolucionarios los nuevos bárbaros, y se opuso a la idea de un gobierno popular y a las “locas ideas sobre los derechos y la igualdad natural del hombre.”

Fruto de sus viajes es el proyecto original de su gran obra, que rememora así: “Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, meditando entre las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas en el templo de Júpiter, cuando me vino por primera vez a la imaginación la idea de escribir la decadencia y la caída de la ciudad.”

De vuelta ya en Inglaterra, a partir de 1768 emprende la redacción de aquel proyecto. Pero hasta 1776 no sería publicado su primer volumen, que apareció ya con el título definitivo que mantendría toda la obra, Historia de la decadencia y caída del imperio romano, denominación que declara el deseo de emulación de la obra de Montesquieu, de quien sobre todo estima la energía de su estilo – es su propia expresión – y la audacia de sus hipótesis, de la que sin embargo por muchas razones debe ser distinguida.

La obra tuvo un gran éxito inmediatamente, y en poco tiempo se vendieron tres ediciones de ella. Admirador de Hume, y reconociéndose discípulo suyo, hizo llegar a este el primer tomo que se publicara. Hume lo leyó, y lo apreció tanto que honró a Gibbon con una visita a su casa de Londres poco antes de morir. Fue el impulso definitivo para el fecundo narrador, quien finalmente entregaría un total de seis volúmenes de la obra, cuya publicación se prolongaría hasta 1788.

La Historia de Gibbon es una enorme historia del imperio romano entre 180 y 641, más una síntesis de la historia bizantina, en relación con toda la historia medieval, que alcanza hasta su final, en 1453. Está basada en un excelente conocimiento de las narraciones antiguas y toda la historiografía sobre el tema aparecida hasta su tiempo, circunstancias ambas que le permiten manejar muchos datos que, aunque no sean de primera mano, pueden ser tan precisos como poco conocidos. Solo por esta virtud su obra debe ser reconocida como una gran investigación y, para algunos, la auténtica primera obra moderna de historia. Considera la decadencia romana independiente de los progresos acumulados hasta entonces por la humanidad, porque mientras el poder de la ciudad desapareció estos no se perdieron. Cree que la causa de la caída del imperio romano fue el cristianismo, que lo habría desnaturalizado y corroído.

Tan ingente obra tuvo enorme valor para el desarrollo de la manera de pensar que puede ser más adecuada para crear un relato histórico. Está sostenida sobre un fondo teórico que procede de los grandes pensadores del siglo XVIII, y es un excelente ejemplo de cómo es posible conseguir un relato completo del pasado, en todas sus manifestaciones, gracias al apoyo de un sólido sistema de ideas. Inspirado por este impulso, enuncia el siguiente juego de palabras que sin embargo puede ser tomado por un principio. Ya que los filósofos no siempre son historiadores, que al menos los historiadores sean filósofos. Por eso su manera de ver el trabajo historiográfico, como en el caso de Montesquieu, ha sido también llamada historia filosófica. En su opinión la historia humana es un proceso de constante progreso acumulativo, aunque puedan ocurrir retrocesos accidentales. Cree que el progreso humano está unido a las actividades que el hombre despliega para garantizarse la subsistencia.

En realidad, lo que ocurre con su procedimiento es que igualmente quiere explicaciones sobre los hechos que, al tiempo que puedan descubrir los factores de los comportamientos, satisfagan la condición de ser racionales. Por eso sigue a Montesquieu y se propone un tema gigantesco, e intenta encontrarle una explicación satisfactoria. Como aquel, ordena con sentido jerárquico las razones en las que debe ser fundada la secuencia explicativa, deduciendo la causa general de las parciales que tras el examen de cada circunstancia hayan sido extraídas.

Pero sobre todo la obra de Gibbon debe ser apreciada por su calidad literaria. Lo que a Gibbon le valió el éxito fue su alta capacidad como escritor. Irónico y racionalista a un tiempo, en el fondo lo mueve que siempre está dispuesto a elaborar una frase brillante, fruto genuino de su admirable e infinita elocuencia. Por eso su obra se estima como una de las cumbres de la lengua inglesa y una de las primeras de cualquier época.


Supervivencia de la servidumbre

G. Valparaíso

Gracias a la hospitalidad que confirió a la miseria, ha sobrevivido, en el medio rural del sudoeste, el comportamiento servil.

Las condiciones legales a las que se sujetan las relaciones hace tiempo que excluyeron su reconocimiento. Si, pasados los siglos, todavía, quienes se ven sometidos a condiciones laborales onerosas, lamentan sentirse esclavizados, aunque sufran las consecuencias de la desigualdad que está en el origen de cualquiera de las de esta clase, nunca podrán decir que se vieron sometidos a ella sin que su voluntad participara en la decisión que los ha conducido al estado en el que se ven obligados a subsistir. La condición necesaria de cualquier clase de servidumbre, la que consiguió perpetuarse durante los siglos medievales y modernos, es la sumisión voluntaria a la sujeción subordinada.

Esa voluntad, sea lo que quiera la ley, no se ha extinguido. Entre nosotros, hay quienes persisten en entregarse a otros sin condiciones; de quienes esperan, a quienes se confían.

Por lo que he podido averiguar, el tránsito por las condiciones materiales de la subsistencia a fines de la época moderna contribuyó a salvar el germen de miseria que insiste en brotar como servidumbre genuina generación tras generación. Las condiciones a las que se resignó el trabajo con escasos medios, en explotaciones agropecuarias minúsculas, localizadas donde quienes disponían del uso controlado del espacio decidían, salvaron la aceptación de la miseria. El deseo que mejorar las condiciones materiales de la existencia fue el cómplice de la sumisión a unas posibilidades de crecer  tan remotas que ni el trabajo más intenso era capaz para deducir en favor del resignado el beneficio que le permitiera abandonar su condición.

La persistencia de aquellas condiciones, la imposibilidad material de escapar de aquella trampa, a una parte de quienes apostaran por aquella posibilidad los llevaría a rebelarse. Solo así saldrían del círculo de la miseria. A otra parte la condujo a someterse a la tiranía de una esperanza que se resistía a extinguirse.

Fueron estos los que a quienes les permitían seguir consumiendo sus vidas en las condiciones más miserables los siguieron llamando señor, mi señor, mi amo, aunque en su conciencia existiera un rincón en el que les estaba permitido maldecir a quienes les sometían. Aquellos siervos consentidos nunca han renunciado a su patrimonio de miseria humillante, y, valiéndose de las leyes de la herencia, se han reencarnado en quienes siguen complaciéndose en vivir encadenados.