Rentas de los trabajos derivados de la siega
Publicado: octubre 29, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Aunque no es posible discriminar hasta saber cuántos asalariados participaron en cada actividad, se puede aproximar el número de todos los contratados durante los meses que se emplearon en la siega y sus trabajos derivados con bastante precisión. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio trabajarían unos 32 hombres. Del 16 de junio hasta el 9 de julio, unos 69, un número casi idéntico al de los que trabajarían entre el 10 y el 24 de julio, si bien es probable que en este otro periodo fueran algunos más. Desde el 25 de julio al 14 de agosto los contratados serían unos 47, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre unos 39.
La remuneración de los asalariados que encadenaron los trabajos comprendidos entre la saca y la labranza de los pajares fue diferente a la de quienes habían hecho la siega. Cuando el 17 de junio los que iban a ejecutar los trabajos derivados de la siega salieron para el cortijo central de la explotación lo hicieron sin ajuste, según costumbre. Habrá que interpretar que cuando eran reclutados aún no estaba acordado el precio de su trabajo. Se puede suponer que estarían sujetos a las decisiones de los labradores canónicos en los que la casa descargaba su responsabilidad sobre estas decisiones, tal como ocurría con la tasa del trabajo para la siega. Sin embargo, la costumbre al menos garantizaba que a los asalariados que ejecutaban los trabajos regulares se los remuneraba no por rendimiento, como a los destajistas que segaban, sino a razón de una comida y una cantidad de dinero, la que comúnmente se conocía como jornal, por cada día de actividad.
Entre el 3 de junio, momento a partir del cual pudo empezar la saca de las gavillas, y el 7 de septiembre, fecha en la que como máximo sería posible que aún se estuviera trabajando en techar los pajares, el jornal común se pagó a 3 reales. Solo entre los días 16 de junio y 9 de julio, cuando el trabajo se concentró en la era, subió a 4. Pero además, como era práctica habitual en la casa, se discriminó con suplementos exclusivos algunas dedicaciones. A cada uno de los gavilleros, entre el 3 de junio y el 24 de julio; de los rastrojeros, también entre el 3 de junio y el 24 de julio; y de los trilladores, entre el 16 de junio y el 24 de julio, se les pagó un real más. Si bien al guarda de la era, entre 3 de junio y el 24 de julio, también se le recompensó con un real más, entre el 25 de julio y el 14 de agosto solo recibió como complemento medio real por cada día trabajado.
También fueron mejorados el carrero del agua, por los 37 días que trabajó entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real más, y por los 18 ½ que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; el guarda de las habas, por los 11 días trabajados entre el 22 de mayo y el 15 de junio, con medio real; el arriero de las burras, o arriero mayor de las burras, por los 4 días que trabajó entre el 3 y el 15 de junio, con un real, aunque entre el 16 de junio y el 24 de julio se hizo acreedor de otros dos reales. A los arrieros de burros, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, se les pagó un real más, y al arreador, por los 22 días que trabajó entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, uno; al zagal de las burras, por cada uno de los 24 días que trabajó entre 16 de junio y el 24 de julio, real y medio; al que ayudó durante 4 días al arriero de los mulos entre el 25 de julio y el 14 de agosto, medio real; y las peonadas de carril hechas entre el 10 de julio y el 7 de septiembre, fueron premiadas con un cuarto o cuartillo de real más.
Al manijero de carretas, por los 2 días que trabajó entre el 10 y el 24 de julio, se le recompensó con un real más, y por los 17 días que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio; a los labradores de paja, entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real, y entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; y a los sabaneros o subidores de paja a los pajares, entre el 10 de julio y el 14 de agosto, con un real.
Para liquidar la parte monetaria del salario, en el transcurso del periodo, el aperador, en el cortijo, a los asalariados adelantaba o daba por cuenta una cantidad de dinero, sirviéndose del que previamente le había proporcionado la administración de la casa, de la que resultaba acreedor hasta tanto se hacía el balance de las jornadas trabajadas durante cada periodo. Cuando cada uno se cerraba, a los asalariados se les pagaba en el despacho el saldo que resultaba a su favor. Como la administración le adelantaba al aperador más de lo que él pagaba a los asalariados, normalmente quedaba acreedor de la caja de la casa, un remanente estable que le permitiría actuar con cierta libertad a la hora de decidir cuántos y quiénes serían los asalariados a contratar para cada periodo, su mayor responsabilidad.
De la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, el alimento básico era el pan. Su pago se efectuaba como consumo diario en el lugar de trabajo. Para todos los contratados, durante los días de la siega y sus actividades derivadas, osciló entre un mínimo de 39,6 hogazas al día y un máximo de 90. Tan importantes cambios de valor fueron consecuencia directa de la intensidad de los trabajos. Mientras que entre el 22 de mayo y el 15 de junio solo se consumieron las 39,6 mencionadas, los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, coincidiendo con la mayor actividad de saca y trilla, se consumieron las 90. A partir del 10 de julio el consumo fue descendiendo paulatinamente, tal como iban retrocediendo el ritmo y la diversidad de los trabajos. Así, entre el 10 y el 24 de julio se consumieron 83 1/3 hogazas día, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 54,05, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 44,38.
Pero la importancia del consumo no solo era consecuencia de la cantidad de asalariados contratados en cada periodo, a su vez exigida por los trabajos. Era también el resultado de la voluntad de la casa, que precisamente porque la intensidad de los trabajos oscilaba decidía incrementar o disminuir la ración diaria. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio cada día cada asalariado comió pan a razón de 2 libras, 15 onzas y 42 centésimas de otra, o sea, una hogaza menos 58 centésimas de onza. Los días entre el 16 de junio y el 9 de julio el consumo subió a 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas de otra, y durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio descendió algo, a 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Ya entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada asalariado solo comió 2 libras 15 onzas y 29 centésimas, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas, equivalentes a 1 hogaza menos 2 onzas y 52 centésimas.
Todo el pan fue suministrado bajo la forma de las consabidas hogazas de a tres libras, que eran llevadas al cortijo desde la población. El encargado de suministrarlo a diario fue alguien que ya conocemos, Acosta, el panadero que trabajaba para la casa. Para hacerse una idea de lo que este negocio supondría para él basta un par de cifras. Entre el 22 de mayo y el 7 de septiembre suministró 6.600 hogazas (990 + 2.160 + 1.250 + 1.135 + 1.065) de a tres libras, equivalentes a 19.800 libras de pan.
La otra parte de la comida se resolvía con un potaje, a base de garbanzos, aceite, vinagre y sal, que la casa también suministraba a los asalariados día tras día en el cortijo central de la explotación. Pero el 13 de junio los moreros empezaron a comer carne, mejora de la comida diaria a cargo de la casa que justificaba porque se estaban sacando gavillas y trillándolas con los mulos. Con aquel fin mataron dos borregos rezagados de la piara que estaba en el cortijo, con un total de 18 libras, y dos primales cojos, que pesaron 32. Más adelante quedó constancia de que a partir del 13 de junio, y durante los días 13, 14 y 15, se había dado comida de carne a todos por la saca de las gavillas, y que más exactamente se habían matado un primal y tres borregos del rezago de la piara.
Aquella innovación en la comida persistió durante el siguiente periodo, el comprendido entre el 16 de junio y el 9 de julio, el de mayor actividad de saca y era. En su transcurso se consumieron treinta borregos, con un total de 170 libras de carne, y treinta ovejas, con 343 libras, lo que daba un total de sesenta cabezas y 513 libras, de modo que hasta el 10 de julio se habían consumido sesenta y cuatro cabezas o 563 libras. No obstante, el potaje se comió en sustitución de la carne los viernes 17 y 24, el 28 de junio y los días 1 y 8 de julio.
En el periodo entre el 10 y el 24 de julio comieron carne durante las gavillas los días 11, 12, 13 y 14. La carne consumida fue 133 libras carniceras. Los animales que se mataron durante este periodo fueron catorce borregos con 88 libras y cuatro ovejas con 45, todos de las ganaderías de la explotación. El resto de los días comieron potaje, y el 15 de julio, concluida la saca de las gavillas, concluyó la comida de carne en el cortijo, de manera que a partir de aquel día, y hasta el 7 de septiembre, solo se comió potaje. Así resultó que las ovejas y los borregos consumidos durante los trabajos de recolección fueron en total, según balance del 25 de julio, treinta y seis ovejas y cuarenta y seis borregos con un total de 696 libras.
Del análisis de la comida lo que trasciende a la remuneración del trabajo es evaluar en qué proporción la comida pudo incrementarla. Cuando el 8 de septiembre hizo balance del periodo que el día anterior había saldado los trabajos relacionados con la siega, el administrador advirtió que para hacer los cálculos de los costos que para la casa había tenido la comida se habían tenido en cuenta durante todo el año, desde San Miguel del año anterior, cuando se cerraba el ciclo agropecuario, hasta igual día del año en curso, para cuya conclusión aún quedaban veinte días, los precios siguientes: 54 reales la fanega de trigo con 35 hogazas de pan de 3 libras, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre, 6 ¾ reales la de sal y 72 reales la fanega rasa de garbanzos. La rigidez de los precios es algo más que una licencia contable. Todos los suministros, incluido el del trigo que servía para fabricar el pan, cuyos costos estaban tarifados por convenio con el panadero que suministraba a la casa, procedían de los almacenes de ella. No serían precios, ni menos aún tasas. Serían costos.
Aunque no disponemos de valores similares para evaluar el de la comida cuando el potaje era sustituido por la carne, con los que tenemos es suficiente para hacer una estimación del mínimo que añadía al jornal la comida.
Por lo que se refiere al costo del pan, si el precio de la fanega de trigo se estimó en 54 reales, y este valor fue el que sirvió para estimar el gasto en este suministro, debió incluir el costo de la elaboración de las 35 hogazas de pan de 3 libras. Como de cada fanega, según el acuerdo con el panadero concertado, se obtenía aquel producto, cada libra de pan le costaría a la casa 0,514 reales (54 reales/105 libras).
El costo del trabajo remunerado con pan cambiaría a lo largo del ciclo de la recolección. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, como cada día cada asalariado comió 2 libras, 15 onzas, 42 centésimas, su costo diario sería 1,52 reales. Para los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, como cada asalariado comió 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas, el costo diario del pan del salario sería 1,69. Durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio cada asalariado consumió 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Luego por este concepto costó a la casa 1,62 reales. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada uno de los trabajadores comió 2 libras 15 onzas y 29 céntimos de pan, que al costo regular equivalen a un desembolso de 1,52 reales. Y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre cada asalariado comió 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas de pan, a razón de 0,514 reales la libra, lo que para la casa significaría un desembolso por cabeza de 1,46 reales.
En cuanto al costo del potaje, la administración de la casa hizo sus cálculos ateniéndose al mismo procedimiento. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, cada día sumó a la renta percibida en dinero por los asalariados otros 2 reales 24 céntimos de costo; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 2 reales y 37 céntimos, y en el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 2 reales 28 céntimos. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 2 reales y casi 13 céntimos, y desde el 15 de agosto hasta el 7 de septiembre, 2 reales 13 céntimos. Por tanto, fue un costo muy estable.
Si sumamos la renta percibida en dinero a la comida, a su vez compuesta con pan y potaje, los ingresos diarios por asalariado habrían sido: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 6,76 reales; los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, 8,06; durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 6,9; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 6,64; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 6,59; un comportamiento que reitera el cíclico que ya marcaba la percepción de la renta en dinero.
En todos los momentos, la renta efectiva disponible sin tomar en cuenta la variación de costos que pudo ser consecuencia del cambio transitorio de dieta, es menos de la mitad de la renta total percibida, aunque también en cualquier situación se sitúa muy cerca de esa proporción. Si tuviéramos en cuenta los incentivos particulares, además cada renta personal podía verse incrementada circunstancialmente, en el mejor de los casos, entre 2 y 0,25 reales.
Por último, un asalariado que en el mejor de los supuestos consiguiera participar en todos aquellos trabajos ininterrumpidamente acumularía las siguientes rentas parciales: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 169 reales; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 193,44; entre el 10 y el 24 de julio, 103,5; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 139,44; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 158,16 reales. En total, 763,54 reales.
Aunque no dispongamos del número de días que trabajó cada cuadrilla de las que durante la siega del trigo se emplearon a destajo, es posible aproximar la comparación entre las rentas percibidas mediante aquel compromiso y el que aceptaron los asalariados regulares si tomamos como referencia el máximo de días posibles trabajados por las cuadrillas de segadores, el supuesto que menos les favorece.
Para facilitar los cálculos, podemos aceptar que las cuadrillas de segadores trabajaron como máximo 30 días. El segador que más cobró fue 568,31 reales, sin contar incentivos, aún más discrecionales que los que percibían los asalariados. El que menos, 82,55. Luego el segador que más rentabilizó su trabajo diario fue el que consiguió 568,31/30 = 18,94 reales, y el que menos 82,55/30 = 2,75 reales. Frente a esto, el óptimo de trabajo asalariado sumaría 109 días (25 + 24 + 15 + 21 + 24), por los que percibiría en el mejor de los casos 763,54 reales. De donde resultaría una renta media diaria de 763,54/109 = 7 reales.
Un hombre que se empleara a destajo como segador, si era favorecido con la adjudicación discrecional de tierras a segar, podía más que duplicar las rentas que obtendría si trabajara ininterrumpidamente para la misma casa en las demás actividades de la recolección del trigo y sus especies asociadas como asalariado regular. Si el destajista no contaba con aquel favor, hasta el punto que podía ser descalificado y despedido en plena campaña de la siega, vería que su renta diaria se reducía a menos de la mitad de la que percibiera el asalariado regular de los trabajos derivados de la siega. Sin embargo, su renta líquida disponible de cada día, 2,75 reales, que en su caso era toda la renta, no se alejaría mucho de la que percibiera en dinero el asalariado regular, en torno a los 3 reales.
Transporte y almacenamiento de la cosecha
Publicado: octubre 22, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Ya el 8 de junio los mulos estaban llevando yeros al primero de los graneros que aquel año se dedicaría preferentemente a almacenar trigo. Pero sería a partir del 16 cuando comenzara el transporte regular del grano. Aquel día ya se trasladó el primer trigo de la cosecha, ciento catorce fanegas. No obstante, el transporte regular empezaría dos días después, y a partir de entonces se atuvo al ritmo al que se consumaba el trabajo de la era, por una parte, y a la capacidad de recepción del grano en los almacenes que la casa tenía en la población, su punto de destino, por otra.
Lo ejecutaron los animales de carga de la casa, que cubrían una distancia de unas dos leguas cada vez que hacían un viaje. Primero estuvo a cargo de nueve mulos y tres mulillas organizados en dos reatas. De la atención que la casa concedía a este trabajo en aquel momento da idea que al mismo tiempo solo quedaron dos mulos libres, uno que trabajaría en la noria de la hacienda y otro que se había quedado en el cortijo tirando del carro del agua.
Cada reata estuvo bajo la responsabilidad de un arriero, uno los cuales el mismo 18 de junio había recogido de los almacenes de la casa los aparejos o dispositivos de carga de los mulos, con sus cinchas y cordeles nuevos, y los costales donde se envasaría el grano para su transporte. El maestro albardonero que trabajaba para la casa los había puesto a punto durante los veinte días previos. Con bayeta grana para ribetes había recuperado once aparejos, cabeceado once cinchas nuevas, arreglado veintiséis costales y hecho nuevos otros veintiséis. Cada mulo cargaría dos costales de trigo, mientras que cada una de las mulillas solo cargó uno, un ritmo de transporte se mantendría hasta el 27 de junio.
Pero a partir de aquel momento se intensificó notablemente. Diez burras se sumaron a los mulos para dar idéntica cantidad viajes. Aunque su número preciso lo desconocemos, hay alusiones que permiten suponer que al menos eran más de dos cada día. Se hizo cargo de sus aparejos y bozales un zagal, conocido como Villa, hasta que llegara el arriero que estaba buscando el aperador. Del almacén de la casa le fueron entregados un aparejo redondo, nueve albardones pastoriles, cuatro cinchas nuevas y otras seis de las que habían servido durante los trabajos del verano precedente, más sus correspondientes costales de dos varas, cortados de una madeja que el almacén tenía del año anterior. Trabajó durante veintitrés de los veinticuatro días del periodo, y durante doce de ellos se sirvió de un zagal o joven de las burras.
El transporte continuó a tal ritmo que a partir del 10 de julio concentraría en apenas quince días el máximo de su actividad. Su calendario preciso puede deducirse de que el arriero mayor de las burras y el zagal trabajaron durante doce días de aquel periodo, y de que a unos indefinidos trabajos de carril, pero con seguridad asociados al transporte, fueron destinados entre uno y dos hombres más. Durante aquel tiempo, y hasta el 24 de julio, también fueron transportados garbanzos y cebada, y escaña en un viaje.
A partir del 25 de julio fue necesario un número indeterminado de arrieros de burros, y alguien ayudó al arriero de los mulos durante cuatro de aquellos intensos días, mientras que en las peonadas de carril participaron entre nueve y diez hombres. Para el 27 los mulos ya estaban llevando el trigo de granzas, un trabajo que concluyeron en tres partidas el 29, cuando empezaron a llevar las regranzas, que fueron transportadas del 29 al 31 de julio. Para los suelos bastaron dos partidas, una del 31 de julio y otra del primero de agosto. Al final, los mulos serían los responsables exclusivos de transportar las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos que los hermanos Zafra habían ahechado.
El 4 de agosto, una vez completado el porte de la cebada que la casa había comprado en una explotación vecina, los mulos y las burras que habían participado en él de nuevo se incorporaron a su actividad regular. Desde el cortijo central llevaron la cebada de la cosecha propia a los almacenes de la casa, un trabajo que se prolongó hasta el 9 siguiente, cuando también se transportaron los suelos de cebada, y que requirió nueve partidas. La escaña sería transportada durante los días 6, 7 y 8 de agosto, en cinco partidas.
Poco más habría que transportar. El 6 de agosto Manuel Mantas, el arriero que por último se había hecho cargo de las burras, ya había entregado a la administración de la casa los aparejos, bozales y demás pertrechos que había tenido a su cargo durante el acarreo del grano. Había perdido el día 4, durante el último viaje de vuelta con la cebada comprada, un albardón de los que se utilizaban para montar, más alto y con más amortiguación que la albarda común, la que se utilizaba para la carga, y un ataharre, el trozo de tejido basto al que se cosía una correa o una cinta que se pasaba por debajo de la cola del animal para impedir que el aparejo se desplazara hacia adelante.
El balance del transporte, a fecha de 12 de agosto, era de ciento treinta y siete viajes completos de a diez cargas de mulos con cuatro fanegas, más veinte de burras con dos fanegas. No equivalían a su número proporcional de días de trabajo porque los hubo en los que no se habían dado viajes completos por todas las bestias, en cuyo caso los que efectivamente se habían hecho se habían contabilizado aparte para luego sumar viajes completos.
El transporte, que completaba la secuencia de los trabajos productivos, terminaba en los graneros de la casa, invariablemente localizados en la población donde estaba centralizada su gestión. Así quedaba todo el producto bajo control directo de quienes debían tomar decisiones sobre él, y lo concentraban en el lugar que actuaría como su primer mercado. Desde hacía siglos las casas preferirían partir de él para comercializar su producto.
La preparación de los graneros para recibir el trigo era otra parte necesaria de las iniciativas precursoras de los trabajos de la recolección. Durante el 17 de junio los mulos de la casa estuvieron pasando a la casa de campo, centro de sus operaciones rurales en la población, y a uno de los graneros que aquel año recibiría la cebada nueva, la cebada, las habas y las ahechaduras o restos que había en otro de los graneros de la casa, que aquel año se dedicaría a almacenar trigo. Al mismo tiempo, al panadero Acosta se le llevó el último trigo de la cosecha del año precedente que aún tenía la casa en su poder, sesenta y ocho fanegas, de las cuales treinta y seis y media estaban en el granero de la casa de campo y treinta y una y media en otro de los que se dedicarían al trigo. Así, a la vez que se liquidaba definitivamente la cosecha del año precedente, durante el mismo mes que se estaba segando la nueva, dos de los graneros quedaban limpios para que los repararan y los blanquearan los albañiles, y, de este modo, quedaran listos para recibir el trigo nuevo. Se puede suponer que los demás graneros que se utilizarían aquel año para entonces ya estarían vacíos y en ellos los albañiles ya habrían hecho los trabajos preparatorios, porque el primer trigo había llegado el día anterior, el 16 de junio.
A partir de esta fecha, para esta primera fase de almacenamiento, la casa usó dos graneros, uno localizado en la casa de campo y el otro que ya se ha mencionado, localizado en un lugar que la fuente no precisa. Los fue llenando sucesivamente, ateniéndose a los espacios en los que cada uno estaba dividido. En el no localizado había una covacha y un cañón, mientras que para la casa de campo solo se mencionan cañones. El primer trigo se descargó en la covacha citada, y el que el 20 habían llevado en el último viaje los mulos, en el cañón del pajar del granero de la casa de campo.
El cambio en la intensidad del almacenamiento, que simultáneamente había impuesto la del transporte, lo decidió la llegada de Anacleto Rodríguez, el hombre al que la documentación identifica como subidor de cargas. Fue el responsable directo del manejo de los costales, que vaciaría en los graneros ayudado por el arriero de los mulos y los dos de las burras. Sobre cómo ejecutaba su trabajo no deja dudas el registro del 27 de junio, cuando empezó a subir las cargas de trigo al granero donde se estaba descargando en aquel momento. Para que se le liquidara su trabajo se atuvo al ajuste antiguo, dos reales por cada viaje de veinte burras y diez mulos, lo que equivale a subir cuarenta costales por viaje. Como en el primer momento solo había diez burras y diez mulos dando los portes, se le bajó a prorrata lo que correspondía, tal como era la costumbre.
El 27 de junio todavía se estaba descargando trigo en el cañón del pajar, que aquel día se completó, para a continuación empezar con el del arbollón. El 30 se seguía descargando en este, y el 3 de julio se empezó a depositar en el de la izquierda, entrando por el del pajar de la casa de campo. El 6 de julio por la tarde se descargó el primer trigo en el cañón de la calle del otro granero y otros dos viajes en el cañón de la izquierda del de la casa de campo.
Cuando el 10 de julio se hizo el primer balance del trigo que ya se había transportado, el granero de la casa de campo había recibido tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media, y el otro, mil cuatrocientas siete. La cifra que sumaban, cuatro mil novecientas ochenta y seis fanegas y media, se reconocía como el total fanegas de trigo recolectadas o recibidas hasta aquel momento. Tanta era la identidad entre el destino de todo el producto obtenido y el almacenamiento.
El 11 de julio el trigo que se estaba transportando fue a parar al cañón del patio del granero de localización incierta, y allí se continuó descargando hasta el 14 de julio, cuando los costales empezaron a descargarse en el cañón alto de la calle. El 15 fue necesario recurrir a un tercer granero, también en la población pero de cuya localización tampoco tenemos pruebas explícitas. En su cañón ancho aquel día empezaron a descargar trigo. El 20 las descargas del trigo se seguían haciendo en el tercer almacén, solo que en su cañón angosto, que estuvo recibiéndolas al menos hasta el 22, cuando de nuevo fue depositada una parte del que se había transportado aquel día en su cañón ancho.
Así resultó que el 24 de julio, cuando terminaba el periodo, el grano existente en los almacenes era el siguiente. En el primero de los graneros sin localizar había ochocientas ochenta y cinco fanegas y media de trigo, y en el otro que tampoco está localizado, dos mil doscientas cincuenta y media, todo de yema, es decir, del mejor que se había conseguido en la era, lo que daba un total de tres mil ciento treinta y seis fanegas que se habían transportado en veinticuatro viajes. Y aunque la fuente no precisa sus calendarios, para aquella fecha también se habían almacenado ya una parte de la cebada, la escaña y los garbanzos. De cebada, en el primero de sus graneros propios quedaban depositadas quinientas treinta y dos fanegas, y en el otro específico, cincuenta, lo que daba un total de quinientas ochenta y dos fanegas de cebada. De escaña, en el último aludido, cien fanegas, y de garbanzos, en aquel mismo lugar, procedentes de una de las zonas reputadas del cortijo central, veintitrés fanegas y media, y de los que ya se habían criado en el cortijo que al año siguiente se incorporaría plenamente a la explotación, cincuenta y cuatro fanegas, lo que daba un total de setenta y siete fanegas y media de garbanzos.
A partir del 27 de julio el almacenamiento se concentró en los restos. Las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos fueron descargadas en montones separados en el segundo granero sin localizar, o tercer granero preparado por la casa para recibir el trigo, entre el 27 de julio y el 1 de agosto. Entre el 1 y el 9 de agosto, fueron almacenadas en el primero de los graneros reservados para la cebada novecientas veinticinco fanegas y media de yema, mientras que de suelos de cebada fueron llevadas al segundo de sus almacenes el día 9 cuarenta y cinco y media. Por lo que el total de fanegas de cebada guardadas aquellos días, sumadas las de yema y las de suelos, fueron novecientas setenta y una. La escaña, que fue almacenada, en la sala alta del balcón al patio de las pilas de un lugar que tampoco es posible determinar, durante los días 6 y 7 de agosto, alcanzó las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media; y la almacenada en el segundo de los graneros que se utilizaban también para la cebada durante el 7 y el 8 de agosto fue ciento cuarenta y cuatro fanegas; lo que sumó un total de fanegas de escaña de quinientas ochenta y siete y media. Por último, un resto de habas, que apenas alcazaba la media fanega, también fue almacenado en el segundo de los graneros que se utilizaban para la cebada.
La subida de cargas terminó el 12 de agosto. Anacleto Rodríguez había completado desde el 27 de junio la subida de ciento treinta y siete viajes. Cada uno de ellos sumaba a las diez cargas de mulos con cuatro fanegas las veinte de las burras con dos fanegas, lo que daba un total de ochenta fanegas por viaje. Se le remuneraron al precio de dos reales por cada uno, lo que le supondría un ingreso total de doscientos setenta y cuatro reales por cuarenta y siete días brutos de trabajo, o casi seis reales por día trabajado.
Así fue posible que el 15 de agosto se hiciera el balance del grano almacenado, equivalente al que se había recolectado en la cosecha del verano de aquel año, con la precisa identificación de los graneros donde el de cada clase estaba. El trigo guardado en el granero de la casa de campo alcanzó las tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media; el depositado en el segundo granero, las dos mil cuatrocientas seis y media; y el que se almacenó en el tercero, las dos mil doscientas cincuenta y media. De donde el total de fanegas de trigo de yema obtenido fue ocho mil doscientas treinta y seis y media. Las fanegas de granzas de trigo guardadas en el tercer granero fueron trescientas veintitrés; las de regranzas, almacenadas en el mismo lugar, doscientas cuarenta y siete; y las de suelos, que también quedaron en aquel almacén, ciento siete y media. Luego el balance definitivo del trigo recolectado fue ocho mil novecientas catorce fanegas.
La cebada almacenada en el primero de los graneros reservado a esta especie, así de yema como de granzas, alcanzó las mil cuatrocientas cincuenta y siete fanegas y media. La derivada al segundo sumó solo noventa y cinco y media, de las cuales cincuenta eran de yema y cuarenta y cinco y media de suelos. Así que el total de fanegas de cebada obtenidas aquella cosecha fue mil quinientas cincuenta y tres.
La escaña, en una cantidad que sumaba las doscientas cuarenta y cuatro fanegas, por una parte fue a parar al segundo de los graneros que se utilizaban para almacenar la cebada; y por otra, hasta alcanzar las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media, a la sala alta con balcón al patio de las pilas del almacén que no hemos podido identificar con más precisión. Por tanto, el total de fanegas de escaña de aquella cosecha fue seiscientas ochenta y siete y media.
La cosecha de semillas fue de habas y yeros. Todos los yeros menudos, que fueron ciento noventa y ocho fanegas, los guardaron en el primero de los graneros de la cebada, y la mayor parte de las habas gordas secas, cuya cosecha alcanzó las ciento quince fanegas, fue guardada en un almacén reservado para ellas, mientras que en el almacén que compartían la cebada y la escaña fue depositado un resto de media fanega. Como en el cortijo se habían consumido verdes durante su recolección cinco fanegas y media, la cosecha de habas gordas sumó un total de ciento veintiuna fanegas. Las habas menudas que fueron almacenadas en el depósito reservado para ellas alcanzaron las quinientas treinta y ocho fanegas, y en el que compartieron con la cebada y la escaña llegaron hasta ciento setenta y seis. De modo que la cosecha de habas menudas alcanzó las setecientas catorce fanegas.
Y para almacenar los garbanzos se aplicó un estricto criterio de segregación por procedencia, aunque todos fueron a parar al más heterogéneo de los almacenes, el que además compartieron cebada, escaña y habas. Cuando se apartaron se tuvo en cuenta que cincuenta y cuatro fanegas habían sido obtenidas en un área conocida como Ranilla y otras veintitrés y media en la zona llamada el Cahíz, reiteradamente mencionada como lugar de origen de las partidas cuando se trataba de enfatizar la calidad de aquel producto. De cualquier manera, la cosecha de garbanzos de aquel año por tanto solo sumaría setenta y siete fanegas y media.
Así resultó un total de doce mil doscientas sesenta y cinco fanegas de grano recolectadas y almacenadas.
Al recibir el trigo que se almacenaba, las preocupaciones de los responsables de la casa se concentraban en comprobar su calidad, un control que se iba haciendo al mismo tiempo que entraba en los graneros. Su principal indicador era el peso de una muestra, una vez ahechada. Por los conocimientos previos sobre las propiedades de los suelos de la explotación que se tuvieran, actuaba como verificador del pesaje la procedencia del trigo, que siempre se precisaba. El control lo complementaba su separación en los almacenes según procedencia. Y de manera menos regular se recurría a otros indicadores circunstanciales.
Para el primer trigo de la cosecha que se llevó a la población, el del 16 de junio, bastó con decir que era endeble. Pero al día siguiente el medidor que trabajaba para la casa, de nombre Mariano, hizo el primer ensayo de la cosecha del año. Pesó una fanega de las ciento catorce llevadas el día anterior. Dio como resultado noventa y nueve libras, mucho más de lo que se esperaba, en vista de la granazón tan desigual, el mal color y las manchas que tenía de paulilla, uno de los insectos parásitos de los cereales. Aquel trigo el 20 de junio quedó cortado en la covacha y el rincón contiguo del primer granero no localizado, para no mezclarlo con el que aquel mismo día estaba empezando a llegar procedente de uno de los dos cortijos sumados al central.
El 21 se pesó el trigo que se había criado en ese cortijo. Sin embargo, el resultado de la medida no consta. El 24, el trigo que se estaba sacando pareció mejor que el anterior. Se juzgaba por el peso de las gavillas, tal como lo percibían los carreteros. El 27 se pesó el que aquel día se estaba descargando. Una fanega dio noventa y nueve libras y media. Y el 30 se pesó otra que también tuvo noventa y nueve y media, con el color como el último descargado en el cañón del pajar. Había sido criado en otra de las zonas características de uno de los cortijos anexos.
El trigo descargado el 3 de julio era de calidad regular, como el de los otros dos cañones del mismo granero de la casa de campo, y el 5 de julio se pesó una fanega del cañón de la izquierda, entrando por el granero de la casa de campo, algo mejor de color que el anterior. Sin ahechar, pesó noventa y ocho libras y media. El que llegó el 6, que era de otra de las áreas más reputadas, lo que no se supo hasta última hora, no había variado de calidad, mientras que el 7 de julio, ya durante los trabajos de saca y era, se encontró el trigo mejor granado que el resto de la sementera. El 8 se pesaron el del cañón de la calle del primer granero sin localizar, ya concluido, y el del patio, casi acabándose, ambos procedentes de la misma zona afamada. Sin embargo, solo dieron noventa y ocho libras y media por fanega.
El 11 de julio se pesó el que había entrado en el cañón del patio del segundo granero, procedente del segundo de los cortijos anexos a la explotación. De la medida resultó una fanega de cien libras. Quienes estuvieron presentes en la operación dejaron constancia de que era el mejor de color y soltura de los que habían visto aquel año. Sería el único que llegaría a este peso, tal como confirmó la cata del 14 siguiente, cuando se había terminado la descarga de trigo puro del mismo cortijo en el cañón alto de la calle del segundo granero. De nuevo una fanega pesó cien libras.
El 15 le tocó el turno a una fanega de trigo de las depositadas en el cañón ancho del tercer granero, que también procedía en su mayor parte del segundo de los cortijos anexos. Pero estaba mezclado con otros de otra procedencia. Esta vez pesó noventa y nueve libras largas. El 20 de julio se pesó el trigo que estaban llevando al cañón angosto del tercer granero, procedente de un área al sudeste del cortijo segundo, según el aperador. Tenía el color bastante regular y pesó la fanega noventa y nueve libras. Y el 22 se tomaron dos muestras del trigo de color regular que estaba recién llegado al tercer granero, una del cañón angosto, que dio noventa y nueve libras y media, y otra del cañón ancho, cuyo peso fue noventa y ocho libras y media.
A partir del 25 de julio solo faltaba comprobar la calidad de las granzas que estaban llevando los mulos al tercer granero. El 27 de julio se reconoció que estaban casi como el trigo de yema, tanto de color como de todo lo demás. Se pesó una fanega y tenía noventa y siete libras.
Como pesos, procedencias y observaciones eran indicadores de fiabilidad variable, la prueba decisiva del control de la calidad del trigo se confiaba a la fabricación del pan. El 5 de julio el primer trigo nuevo, el que se había almacenado en la covacha del primer granero sin localizar, se lo llevó Acosta, el panadero al que se confiaba la fabricación del pan para el gasto de la labor de la casa. La prueba de Acosta dio como resultado las treinta y cinco hogazas de a tres libras que estaban contratadas con él anteriormente. Luego Acosta ya se había comprometido, como panadero suministrador del pan que se consumía a diario en la labor, una parte nada desdeñable de su negocio, a extraer de manera estable ciento cinco libras de pan a cada fanega de trigo, lo que por otra parte se atenía estrictamente a lo que estaba regulado desde hacía siglos. El panadero, como buen prestidigitador, convertía lo irregular en regular; los pesos variables del trigo, consecuencia de su calidad variable, en un rendimiento estable.
La administración de la casa decidió que una vez que concluyera la recolección, y se conocieran las calidades del trigo nuevo, se decidiría sobre si era necesario variar este contrato. Se reservaría la posibilidad de exigirle más si los resultados de los controles de calidad del pan demostraran que al trigo crudo era posible extraerle rendimientos por encima de las ciento cinco libras de pan.
Los resultados de los controles de calidad sistemáticos demostrarían que los rendimientos estaban en el límite o por debajo de los estándares métricos. Cumplir rigurosamente con el contrato, aparte el margen que permitiera pasar del trigo crudo a la harina fermentada y cocida, dado que el peso de la fanega de trigo ya era variable, y por tanto su rendimiento en pan, consentiría mezclas más o menos regladas. Tal pudo ser el origen del pan bazo, que incorporaba distintas calidades de salvado, el que se había impuesto para el consumo regular.
La decisión de la casa es lo bastante expresiva de la trascendencia que para los labradores podía tener disponer inmediatamente de su almacén. Antes que grandes comerciantes, serían voraces autoconsumidores. Para ellos, primero se trataría de asegurar el suministro de pan que en la explotación se consumía cada día de trabajo. Era la parte constante de la comida que cada jornada la casa debía suministrar a sus asalariados, mitad irrenunciable del salario consolidado. No disponer de trigo en el almacén propio, y tener que recurrir al mercado para conseguirlo, podía encarecer hasta lo insostenible la compra de trabajo. Si el almacén alcanzaba a cubrir la demanda del consumo interno, sería suficiente para tranquilizar sobre la estabilidad del precio del trabajo a lo largo de todo el año. Algo tan directo, y al mismo tiempo tan trascendente como esto, pudo estar en el origen de la abrumadora economía de los cereales y de la industria de la panadería que de la mano de ella se había consolidado en el medio rural del sudoeste.
Ya a fines de junio trabajaron entre tres y cuatro asalariados como labradores de paja, nombre que recibían los encargados de hacer un almiar, una acumulación de la paja derivada de la era, que quedaba a la intemperie y que debía servir a lo largo del año como almacén de al menos una parte del pienso que la explotación necesitara. Pero su actividad debió ser casi testimonial. Sería a partir del 10 de julio cuando los trabajos de labranza de los pajares concentraran más actividad.
El 16 cinco de los asalariados que estaban en aquel momento empleados como carreteros fueron a una laguna localizada en una zona de monte bajo, a unas tres leguas al este de la explotación. Allí le compraron al dueño de aquellas tierras, por setenta y cinco céntimos cada par, quinientos haces de castañuela, una planta arbustiva de tallo largo, propia de ambientes húmedos, que habitualmente se empleaba para hacer las cubiertas efímeras de las edificaciones más frágiles. En este caso iban a servir para recubrir el pajar al servicio del cortijo central, y allí los llevaron.
Además de los tres o cuatro asalariados que ya estaban empleados como labradores de paja, otros tres o cuatro fueron destinados a sabaneros. Recibían este nombre quienes se servían como herramienta de trabajo de un trozo de lienzo de gran tamaño, hecho con fibras fuertes y bastas, para transportar la paja, una vez consumada la trilla, desde la era hasta donde iba a ser acopiada. Si cuando trabajaban en el campo la llevaban hasta donde se iba a hacer el almiar, cuando trabajaban en la población en la sábana la descargaban del carro que la traía del campo para llevarla al pajar. Para esta ocasión, los sabaneros iban a actuar como subidores de paja.
Precedentes de la labor de los pajares esta vez también fueron los trabajos de carpintería. Hasta el 17 de julio el maestro de los carpinteros bastos, auxiliado por sus seis oficiales, una parte de su tiempo la había empleado en arreglar carretas en la cochera de la casa, aunque durante la otra, la mayor, habían estado en el cortijo, donde habían atendido sus encargos habituales, como arreglar las carretas y las herramientas para la era o formar la armadura para el cobertizo en el que se guarecían las burras. Pero ahora además se ocuparon en un trabajo relacionado con la labor de los pajares, el arreglo de los carrillos de mano que iban a servir para acarrear la paja. Si se recurrió a este medio, los sabaneros quedarían exentos del transporte de la paja desde la era, lo que permitiría que su trabajo se restringiera a subir la paja a los almiares que se fueran formando.
A partir del 25 de julio labrar los pajares sería la actividad que terminaría consumiendo la mayor cantidad de trabajo de los asalariados. Catorce de ellos el 29 ya estaban asignados a las carretas para que llevaran paja desde el cortijo central, en cuya era se había producido, a una de las dehesas de la casa. Los catorce que las conducían hicieron dos viajes, lo que supuso un volumen total transportado de veintiocho carretadas en un día, y permite pensar que el trabajo de cada asalariado asignado a aquella ocupación era ir al cargo de una de las carretas.
Ya en la dehesa, almiararían la paja otros cinco hombres, que ya estaban allí cogiendo los cogollos de palma que en aquel lugar serviría para completar el revestimiento de los almiares. De ellos, entre dos y tres actuarían como sabaneros o subidores de paja, mientras que los labradores de paja serían entre tres y cuatro.
Al día siguiente aquellos cincos hombres ya labraban la paja, al tiempo que continuaban recogiendo cogollos en la dehesa. La paja que estaban almiarando era, en primer lugar, el sobrante de un almacén de la casa que había quedado del año anterior, de donde se había sacado lo que los labradores necesitaron para asientos de los pajares. La demás era de la clase inferior que había abarrada y de algunas tornas o nudos de las cañas trilladas.
Para el 31, el aperador, que estuvo en la población, informó que aquel día otra vez se habían transportado a la dehesa catorce carretadas, lo que daba hasta el momento un balance de tres viajes de paja o cuarenta y dos carretadas, y que los cinco hombres seguían almiarándola al tiempo que cogiendo cogollos de palma. Convino con el administrador llevar a la misma dehesa a la que hasta aquel momento se había estado transportando otro viaje, lo que sumaría cincuenta y seis carretadas, y dos más de veintiocho carretadas a la otra dehesa que la casa tenía. Así sumaría todo el acopio ochenta y cuatro carretadas de paja endeble, mezcla de añeja y nueva.
Este plan se ejecutó entre el 1 y el 6 de agosto, semana durante la cual los responsables de que se completara siguieron siendo los mismos catorce hombres con sus catorce carretas, y los cinco que compartían su tiempo entre almiararla y coger cogollos de palma. El balance de hasta qué punto se había satisfecho el plan lo hizo el aperador el mismo día 6. A la primera dehesa, de la paja que había quedado del año anterior en el almacén de la casa, en tres viajes de trece carretas más en uno de diez, se habían llevado cuarenta y nueve carretadas, y de paja buena, en el último de los viajes de la paja añeja, cuatro carretadas y un viaje de catorce, lo que sumaba un total de sesenta y siete carretadas de paja, entre buena y endeble, transportada a aquella dehesa. A la segunda dehesa se habían dado dos viajes de trece carretas y uno de catorce, total, cuarenta carretadas. Así pues, se habían llevado a las dehesas en ocho viajes un total de ciento siete carretadas de paja. Al frente de las carretas había ido un capataz, quien había sumado un total de diecisiete días de trabajo.
Sin embargo, buena parte de la labor de los pajares aún estaba por completar, incluso en las dehesas. El 7 de agosto los cinco hombres que ya estaban ocupados en esta tarea estaban techando el pajar de la segunda dehesa y terminado el de la primera, donde siguieron con lo mismo durante los días 8 y 9, cuando terminaron. A ellos se había agregado a lo largo de la tarde del día 7 de agosto Manuel García, alias Piña, uno de los capataces al frente de una de las cuadrillas más activas durante las siegas. Con dos destajeros, ajustados a veinticuatro reales cada carretada, cortada y puesta con las agujas, se comprometió a techar con palmas el pajar de la primera dehesa.
Además, el mismo 7 de agosto las catorce carretas empezaron a llevar dos viajes de paja al cortijo que la casa ya había arrendado para sumarlo a la explotación a partir de la campaña siguiente, y así se mantuvieron durante los días 8 y 9. Se pretendía que allí se formara el tercer pajarete o almiar, para que le sirviera a los bueyes en los temporales de invierno, mientras que los levantados en las dehesas habrían de servir para el consumo de los ganados de cría.
Al llegar a la población un par de días después, aprovechando que al día siguiente se celebraba san Lorenzo, ya por la noche el aperador informó que en el nuevo cortijo había ya ochenta carretadas de paja, a pesar de lo cual, para terminar el trabajo, todavía sería necesario llevar otras trece o catorce, lo que ocurrió al día siguiente, cuando las catorce carretas llevarían allí las últimas carretadas. Por la cuenta que daba, las arrasaduras de paja habían sido acopiadas en un almiar.
El administrador, recibido este informe, aquella misma noche del 9 de agosto previó que, cuando se acabara de llevar paja, a los asalariados ya habría que ocuparlos en repartir estiércol y reunir boñigos y leña para la explotación. Además, siete hombres debían volver al día siguiente por la noche desde el cortijo a la población para el 11 irse a vendimiar a la viña de la casa a jornal seco, de acuerdo con lo que se pagara a los vendimiadores. Todo un programa que anunciaba que los trabajos de la recolección de trigo y sus cultivos subsidiarios estaban tocando a su fin.
No obstante, la labor de los pajares, estaba por terminar. Entre el 11 y el 14 de agosto la mayor parte de entre treinta y ocho y cuarenta y cinco asalariados fueron empleados en acabar de techar los pajares, y el 14 Manuel García Piña y sus dos compañeros habían terminado de poner en el pajarete de la primera dehesa, que tendría cuarenta y nueve carretadas de paja, las cinco carretadas de palma que allí se habían cortado. Por aquel trabajo, que habían completado en los seis días comprendidos entre el 7 y el 13, además de los veinticuatro reales por cada carretada que estaba previsto, recibieron como gratificación doce reales, en los que estaban incluidos el vino para todos, el sobrante de Piña y el incentivo al capataz por haberle puesto el cumbrero o cubierta al almiar, que se hacía con estiércol y paja de habas. Lo que pudiera quedar para terminar de labrar los pajares se completó entre el 26 y el 29 de agosto.
Ibn Jaldún
Publicado: octubre 15, 2018 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Abd al-Rahman Ibn Khaldun, de ascendencia sevillana, nació tunecino en 1332 y vivió como máximo hasta 1406, si bien hay quien pretende que su muerte ocurrió en 1382. Fue uno de los notables viajeros medievales. Su facilidad para el desplazamiento está en parte justificada por la relativa unidad que entonces caracterizaba al mundo islámico.
Es el autor de dos obras notables, una Historia de los árabes, los persas y los beréberes y una singularísima Introducción a la historia universal, igualmente conocida con el título de Prolegómenos a la historia y de manera abreviada con la voz árabe Mukaddima. La primera, con ser un trabajo de gran valor narrativo, porque su relato lineal es muy rico en información, es sobre todo apreciada por su permanente atención crítica a las fuentes que consulta, lo que ya es suficiente para convertirlo en un escritor singular. Su preocupación por esta parte principal del relato histórico, así como su reflexión sobre los métodos que deben ser utilizados, son permanentes, porque son comunes a todos sus textos conocidos. Llegó a crear un método propio para distinguir lo verdadero de lo falso, si bien relacionable con el pensamiento aristotélico. Empieza por enumerar todas las clases de error y de mentira y sus posibles causas, entre las que identifica, además del particular espíritu de cuerpo o asabiyya, la ignorancia, la presunción o la credulidad. Pero en segundo lugar, muy juicioso, ajusta el principio de verdad que debe inspirar el relato histórico al criterio de verosimilitud. Su conocimiento de las fuentes es amplio y penetrante, su capacidad para criticar la información que maneja, notable.
Pero su obra más estimada es la Introducción a la historia universal porque sin exageración marca una época. En el prefacio de esta obra elabora algo excepcional para su tiempo, una teoría general de los estados árabes basada en sus respectivas historias aunque de inspiración cíclica, como la de Polibio. Puede ser resumida así. Los pueblos de las estepas y los desiertos conquistan las tierras cultivables de los pueblos sedentarios para fundar extensos imperios. Estos son por su parte destruidos por otras invasiones de pueblos nómadas, que proceden de las mismas tierras de donde procedían los primeros conquistadores; lo que ocurre pasadas unas generaciones, cuando los nuevos reinos ya han perdido su vitalidad.
A partir de aquí generaliza con atractiva facilidad. La causa geográfica es de notable responsabilidad en los cambios sociales y su análisis debe concentrarse en las diferencias entre pueblos nómadas y sedentarios. Conseguida la prevalencia de unos sobre otros del modo que queda explicado, la grandeza de los estados que resulten dependerá de la reiterada asabiyya de la tribu donde esté la dinastía, mientras que la persistencia en la vida nómada, que origina parasitismo, saqueo y anarquía, da como fruto la decadencia.
Pero aún se arriesga a abstraer hasta una teoría de la historia. “ Has de saber -dice- que el verdadero objeto de la historia es instruir acerca del estado social del hombre, de la civilización, de las costumbres, de las manifestaciones del espíritu de cuerpo, de las diferencias de poder y de fuerza entre los hombres […], del trabajo, de las riquezas, de las ciencias y de las artes […] ”. Por esto se ha dicho que para Ibn Jaldún la materia histórica era la cultura del mundo, y que el suyo era el más ambicioso o extenso planteamiento del objeto que esta clase de narración debe proponerse hasta que Voltaire lo hiciera en términos similares. En realidad más bien parece que su dictado teórico pretende concentrar la atención en el análisis de los factores que hacen posible los cambios en las sociedades, sin mostrar preferencia por una clase de ellos, para explicar cómo ocurren las grandes transformaciones a lo largo del tiempo; que concibe la historia como una recopilación de datos sobre la organización social.
Sin embargo, su dictado teórico no suele afectar a su relato, que por lo común no está guiado por la búsqueda de una explicación para los hechos que expone. Con su valiosa manera de teorizar sobre la realidad habría contribuido sobre todo a interpretar la literatura histórica, y en su manera de proceder, más que en la explicación de sus ideas, algunos han advertido una clara distinción entre el relato histórico o descripción de los hechos y el cuerpo de conocimientos que sobre esta base podía ser elaborado, cuyo objeto principal sería el estudio de cómo ocurren los cambios.
Ibn Jaldún debe ser considerado el historiador más eminente del mundo árabe medieval. Pero es un caso aislado, sin relación con sus predecesores en árabe ni una posterior influencia digna de consideración. Él mismo, impotente pero con plena lucidez, analiza la decadencia de la historiografía árabe con la que convivió. Su método permaneció ignorado y por tanto sus repercusiones historiográficas fueron prácticamente nulas. Aunque su obra sea con acierto considerada el precedente de la que después escribiera Jean Bodin, no está demostrado que este llegara a tener conocimiento de lo que dejara escrito nuestro autor. Su obra pues no influyó sobre la cultura occidental. Lamentablemente sus trabajos solo pueden ser estimados como una anticipación de los motivos que mucho después serían objeto de reflexión teórica. Fue descubierto para la cultura occidental a mediados del siglo XIX y hoy se le considera un precursor admirable de la introducción al método de la historia.
La trilla
Publicado: octubre 1, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Según avanzaba la estación, los trabajos derivados de la siega quedaban cada vez más expuestos a los incendios, el peor de sus enemigos. A las tres de la tarde del 26 de junio, en un cortijo contiguo a la explotación de la casa, se originó uno cuyo origen se desconocía. Ardió el rastrojo, en una porción que se estimó de unas cuarenta unidades de superficie, de las que ya habían sacado las gavillas. Pero de otras catorce ardieron las gavillas de trigo y el rastrojo. Alcanzó después a un trozo de poca importancia de otra explotación vecina, corrió desde una senda hasta la vereda en la que desembocaba y allí se contuvo. El cortijo central de la casa se libró milagrosamente. Según opiniones generales, el haberse vuelto el viento en momentos críticos contuvo al terrible elemento, que amenazaba destruir las sementeras segadas entre la vereda y el río. Dios acude a la mayor necesidad, oró el administrador.
Quien había sufrido la pérdida mayor tenía asegurada su sementera por la sociedad salvadora de la población. No tuvo derecho a indemnización por no haber completado los requisitos del seguro, lo que no lo había librado del pago de su inscripción. Dios nos libre de los incendios como de los seguros -imploró ahora el administrador-, muy parecidos en sus efectos a las enfermedades y los médicos malos, que todos influyen a la vez contra la vida del pobre enfermo.
Aunque sabemos positivamente que el día 8 de junio los mulos estaban trillando yeros en la era abierta en el cortijo central de la casa, también es seguro que la trilla del trigo, la que consumiría la mayor parte del tiempo, empezó el 11. A partir de aquel día, y durante los inmediatos siguientes, asimismo fueron los mulos de la labor los encargados de hacerla. Ningún signo de la condición precursora de esta fase de los trabajos de recolección era tan evidente como aquel. Porque para la trilla se preferían las yeguas, que sin embargo en aquel momento aún no se habían incorporado a la era. Estaban a la espera de que entre los primeros rastrojos se abriera un espacio donde al menos pudieran pastar cuando llegaran.
Disponer de las yeguas para este fin en las mejores condiciones había sido objeto de atenciones especiales con bastante antelación. Ya en mayo, se había organizado la trashumancia que debía asegurarles los pastos que las pusieran a punto. El día 5 el administrador había acordado con el aperador y el yegüero que hicieran un viaje para buscar y comprarles hierbas, dada la escasez de pastos que había aquel año. Llevaban instrucciones precisas de no pagar por las que encontraran más de 3.000 reales. El día 8 aperador y yegüero ya estaban de vuelta en la población con el encargo cumplido, y fueron a dar cuenta de sus gestiones al administrador. Con mucho trabajo, habían encontrado hierbas en Palma del Río. Según el contrato que habían cerrado el día anterior, dejaban compradas las de 180 unidades de superficie en un cortijo de aquel término.
A pesar de que llevaban instrucciones de no pagar por ellas más de 3.000 reales, movidos por la necesidad que tenían las yeguas, por su propia voluntad se habían excedido hasta los 3.500, que deberían estar satisfechos el día que los animales entraran a disfrutar los pastos. Habían entregado en el acto 500 reales como señal, y habían acordado que las yeguas salieran de las tierras contratadas el día de san Juan Bautista, 24 de junio siguiente. Así conseguirían asegurarse en torno a mes y medio de pastos. Para aquel viaje el administrador, a cuenta de la operación, había dado al aperador 600 reales. Los gastos en los que había incurrido sumaban a los 500 reales de la señal 60 que había pagado al corredor por el trato y 21 empleados en comida, barca, posada y otros gastos menores; total, 581 reales. Los 19 restantes los devolvió aquel mismo día.
El 9 de mayo el administrador fue al cortijo y estuvo viendo las yeguas. La mayor parte de ellas estaba a medio engordar y muchas ni siquiera habían pelechado. De acuerdo con el plan previsto, en el transcurso de la jornada en torno a un centenar de cabezas, sumados las hembras y los potros de las paridas, deberían salir del cortijo para dormir en la dehesa del Pozo de la Huerta, una de las que tenía la casa, de donde tendrían que partir a la mañana siguiente temprano, para, una vez pasado el Guadalquivir por uno de los vados de Lora, dormir en las hierbas que se les habían comprado en Palma.
El administrador dio al yegüero 30 reales para gastos de la barca y los 3.000 que faltaban para completar el pago de las hierbas. Según el contrato, debía entregarlos al dueño de ellas en cuanto llegara a Palma, a cambio de lo cual recogería su recibo. En el cuadernillo que el administrador le había entregado para que llevara apunte de los costos de estos viajes, el 12 de mayo registró provisionalmente el pago de los 3.000 reales que completaban la compra de las hierbas para las yeguas, según recibo del dueño del cortijo.
A partir de aquel momento el yegüero y sus zagales serían los únicos responsables de la piara. Se le encargó mucho que no faltara de ella en ningún momento durante los días que mediaban hasta san Juan, y que los zagales hicieran lo mismo, para evitar que ocurriera algún extravío grave en tierra extraña. Para que ninguno descuidara un encargo en el que se había puesto tanto cuidado, acordaron además que los zagales de vacas del Pozo de la Huerta se encargaran de llevar a los responsables de las yeguas el hato correspondiente a los días que estuvieran fuera, así como las ropas que necesitaran. Para entregarles uno y otras, los de las yeguas los esperarían en Lora, en los álamos del paseo frente a la aceña, tras lo cual cada uno se volvería a su destino.
Aquella experiencia no debió resultar tal como se había previsto. El 11 de junio, a quince días del final del disfrute de los pastos, administrador y aperador convinieron que al día siguiente el guarda de la Trinidad, la otra dehesa de la casa, avisara al yegüero, que permanecía en Palma del Río, para que ya el 14 temprano llevara las yeguas a dormir al Pozo de la Huerta, diez días antes del previsto para la vuelta, hasta donde debía acompañarlo, y que el 15 temprano las llevara al cortijo para cuidarlas y herrarlas, de manera que empezaran la trilla el día después de la próxima huelga, que sería el 17.
Las decisiones se precipitaron hasta tal punto que el 14 de junio las yeguas ya llegaron al cortijo central. Aunque a sus responsables se les había encargado que durmieran aquella noche en el Pozo de la Huerta, habían salido de la dehesa [sic] de Palma del Río por la mañana temprano, para hacer menos molesto el camino, y con todos aquellos animales, entre ellos potros chicos, andado en una sola jornada las ocho leguas que separaban un lugar de otro. Supongo que si se les hubiera mandado esto que han hecho por su gusto los ganaderos se habrían lamentado amargamente, resistiéndolo como un imposible, reflexionó el administrador. Por fin, gracias a Dios, que han vuelto de la expedición sin novedad, aunque sufriendo la escasez de comida que en este año de miseria hay por todas partes, después de gastar un dineral para beneficiar las yeguas. Pero todo inútil desgraciadamente, según lo acreditan ya los malos resultados. El aperador y el yegüero estuvieron en este negocio bastante ligeros en todos los sentidos, concluyó. O el pasto se había terminado diez días antes de lo previsto o las condiciones en las que permanecían las yeguas en las tierras de Palma no habían sido todo lo satisfactorias que se esperaba. Todo parece indicar que la pobreza de los pastos contratados fue la culpable del relativo fracaso.
Afortunadamente, el 16 de junio ya podía darse por terminada la aventura, y todo lo que quedaba por hacer para permitir que la trilla del trigo fuera obra de las yeguas quedó encauzado. De los almacenes de las casa el yegüero recogió veinte cobras de cerda, más cuatro costales de jerga y cinco de cáñamo, que ya se habían desechado, para que fueran utilizados para los cinchos.
La cobra era un aparejo de una sola pieza, tejido con la cerda de los mismos animales, que enlazaba las yeguas que hacían la trilla, aunque su nombre lo recibía por extensión. En sentido propio, la cobra era el grupo que formaban cada tres yeguas enlazadas para que, sometidas a la autoridad del yegüero, pisaran en giros reiterados la mies tendida sobre la era. La más próxima a él llevaba un cincho o faja ceñida al tórax y fijado con una cuerda, la misma que, con la forma de dos colleras, unía a las otras dos del grupo. Probablemente unos trilladores auxiliaban al yegüero en la conducción de las yeguas que habían de hacer aquel trabajo durante el verano, o lo sustituían a cada tanto. Entre uno y dos asalariados fueron identificados como responsables de esta función durante el segundo periodo, y un número indeterminado de ellos trabajó durante una parte de los quince días del tercero.
La preparación de las yeguas para el trabajo en la era concluyó el 19, cuando se acabaron de herrar; en total, ochenta y cinco, una más de las previstas. El exceso había sido responsabilidad del yegüero, a quien el administrador había encargado que las herradas fueran justamente ochenta y cuatro, las que había contratado con Burraco, el mariscal que trabajaba para la casa, quien sobre todo se encargaba de mantener herradas sus bestias. El contrato acordado debió ser ochenta y cuatro porque se ajustaría al tamaño preciso de la fuerza que se deseaba invertir en la trilla. A razón de tres yeguas por cobra, de ochenta y cuatro cabezas resultarían veintiocho cobras activas.
Todas las yeguas, para irlas metiendo en trabajo y en pienso, el 19 ya estaban trillando. Su dieta, parte cotidiana de la inversión en aquella energía, era objeto de un cuidado específico. A partir del momento en el que se incorporaron a la trilla, y mientras estuvieron trabajando en la era, se beneficiaron de un régimen de alimentación que para ellas se sostuvo al menos hasta el 7 de julio. Ya el 3 de junio, en previsión de su llegada, los mismos mulos que habían llevado a la población un viaje de las habas menudas recolectadas llevaron de vuelta al cortijo central de la casa una porción de la cebada y la escaña que debían servirles de pienso mientras se mantuvieran en aquel trabajo. A propósito de su administración, el yegüero precisó que el 19 ya habían comido diecisiete fanegas de cebada y escaña, una cantidad que se iría modificando atendiendo más a la demanda de los animales que a las carretadas de gavillas que trillaban. El 21 siguiente comieron diecinueve, y el 7 de julio, aunque solo trillaban sesenta carretadas, se decidió subirles aquella cantidad hasta veinte, lo que sitúa la ración diaria de pienso de cada animal a una cantidad comprendida entre un quinto y un cuarto de fanega, a la que habría que sumar lo que libremente pastaran en los rastrojos.
Asociados al trabajo de la era estaban los asalariados que la documentación llama moreros, quienes, por una parte, debían volver la mies tendida sobre la era y, por otra, aventar y limpiar el grano. Según la lexicografía local, eran conocidos con aquel nombre por el color que su piel iba adquiriendo en el transcurso del verano.
En la primera fase fueron adscritos a la era solo dieciséis moreros. Pero el 17 de junio, al comienzo del segundo periodo, su número subió a treinta y seis. Sin embargo, al día siguiente solo había veintiocho trabajando en la era, según el listín del cortijo. A partir de aquel día, y hasta el final del mismo mes, su número osciló bastante, entre un mínimo de veinte y un máximo de treinta y ocho, con veinticinco-veintiséis como valores más habituales.
Unas oscilaciones tan acusadas de la cantidad de trabajo al servicio de la era debieron traducirse en cierta irregularidad de la producción diaria, de cuya conciencia quedó constancia. El 24 de junio se reconoció que la era estaba bastante atracada por falta de gente, razón que aconsejó decidir que se aumentara a partir de la siguiente jornada, lo que no evitó que la irregularidad se acusara aún más. El 1 de julio, en la era, que de nuevo estaba escasa de gente, servían solo dieciocho moreros, el mínimo absoluto del periodo. Al día siguiente su número se incrementó notablemente, hasta veintinueve, y a partir del 3, y durante el resto de la semana, osciló entre un mínimo de treinta y seis y un máximo de cuarenta, el valor que más se repitió. Por eso no deja de sorprender que el día 7 de julio, por la tarde, durante su visita a la explotación el administrador no encontrara en la era novedad particular. A pesar de la relativa estabilidad que se había conseguido para el trabajo de los moreros, aquel día tuvo que reconocer que había en la era cierta cantidad de parvas amontonadas, ya trilladas pero que permanecían a la espera de que el grano fuera separado.
La razón de la lentitud y el bloqueo de la actividad en la era, que sería la misma de las oscilaciones de la cantidad de trabajo que a diario se le asignaba, así como de la actitud del administrador, era que todos trabajaban confiados a las mareas, el viento suave del sudoeste, el que se juzgaba más favorable para aventar, que no terminaba de imponerse. De ahí que en aquel momento los moreros solo se ocuparan de las parvas que se trillaban en el día y que el rendimiento del trabajo de trilla de las yeguas aquel día se fijara en solo sesenta carretadas. Hasta que llegara el viento esperado, la estabilidad del trabajo se habría impuesto. Cuando los días 8 y 9 se decidió dedicarlo a la cebada, la situación no habría cambiado mucho. El número de moreros seguía estabilizado en treinta y cinco, según el diario. Para el 11 de julio solo había veintiocho, mientras que entre el 12 y el 15 su número osciló entre treinta y treinta y nueve, con valores más frecuentes cerca de este máximo. Todo indica que los vientos que se creían necesarios, durante la primera mitad de julio, seguirían siendo inconstantes.
Habría que esperar al 16 para que la trilla experimentara el giro definitivo. Estuvieron trabajando en la era sesenta asalariados, e incluso se incorporaron a ella cinco carreteros, que habían quedado libres una vez concluida la saca. Este valor extremo apenas pudo mantenerse el 17, cuando trabajaron en la era sesenta y dos asalariados. Porque a partir del 18, y hasta el 23, el número de moreros se estabilizó entre cincuenta y tres y cincuenta y nueve, con valores más frecuentes en torno a cincuenta y cuatro. No obstante, el 21, cuando esta era la cantidad de los que trabajaban, a ellos se sumaron otra vez carreteros. Ahora fueron los seis que habían llegado aquel día de la capital, a donde había ido el día anterior. Para el 22, cuando el trigo de yema ya se iba concluyendo, los cincuenta y nueve moreros de aquella jornada se ocuparon en los garbanzos, la cebada y demás restos de la era, con los que acabaron el 23. O el viento suave del sudoeste acudió fielmente a la cita cada día desde mediados de julio, feliz concurrencia de los elementos que se creían necesarios, o el final de la trilla sería más el resultado de la decidida voluntad de terminar con ella.
Durante los días que la trilla estuvo pendiente, por las noches se mantendría un servicio de vigilancia. Un guarda de las habas fue empleado durante once días de la primera fase, y un guarda de la era durante cinco. Sin interrupción, este permanecería vigilante durante los veinticuatro días del segundo periodo y durante los quince del tercero. Pero ningún trabajo complementario fue tan imprescindible como el del carrero o carretero del agua, que se mantuvo activo día tras día desde el 16 de junio hasta el 12 de agosto. Gracias a su auxilio se combatirían las altas temperaturas de la estación. La casa entregaba a cada cuadrilla de segadores unas aguaderas, cuatro cántaros y un lebrillo. El trabajo del carretero del agua, que la trasladaría desde la fuente de la que se surtiera la explotación hasta cada lugar de trabajo, sería mantener los cántaros de las aguaderas durante la siega, así como surtir a quienes trabajaran en la era.
A pesar de que la trilla había concluido cuando julio terminaba, todavía hubo que trabajar en la era durante el cuarto periodo, si bien no está del todo claro en qué clase de actividades. Todo apunta a que se concentraban en cargar el grano trillado y aventado para transportarlo hasta la población. Se deduce de una decisión tomada el 31 de julio, cuando el administrador y el aperador acordaron no dejar pasar más tiempo sin recoger las cuatrocientas fanegas de cebada compradas a un labrador vecino para que atendieran el gasto del campo de los señores, una urgencia para la casa que sería la consecuencia tanto de una imperdonable falta de cálculo en su planificación de la sementera precedente como de la escasez de pastos de aquel año. Al día siguiente, primero de agosto, saldrían del cortijo central para el contiguo veinticinco burras y los diez mulos. Debían cargar a razón de cien fanegas de cebada cada viaje, hasta traerse las cuatrocientas. Saldrían al atardecer, para que hicieran el viaje con la fresca, parte de tarde y parte de madrugada. Como estaba concluido el trigo en la era del cortijo central, y solo quedaban por transportar la cebada y la escaña, cuyo traslado daba más tregua, burras y mulos podían emplearse preferentemente en la traída de la cebada comprada.
Durante aquella nueva fase la cantidad de trabajo consumida por la era disminuiría sensiblemente. Hasta el 28 de julio estuvieron trabajando en ella treinta y dos asalariados, y a partir del 29 su número se mantuvo bastante estable, entre veinticuatro y veintisiete, con veinticinco y veintiséis como valores más frecuentes. A partir del 10 de agosto, y hasta el 14, subió algo por encima de treinta. Cuando se especifican, se siguen identificando como moreros, y cuando a partir del 3 de agosto se menciona explícitamente el trabajo que estaban haciendo se dice que ya estaban cargando la cebada y la escaña. Pero otra parte del trabajo que se les encomendara debió ser sacar granzas, regranzas y suelos.
Al aventar el grano y pasarlo por el zarandón se obtenía el producto de yema o de primera calidad. Los restos que no pasaban la selección eran las granzas, que a su vez se decantaban con un harnero y con una criba, dos clases del mismo medio de depuración que se distinguían por la luz de sus urdimbres. En lo fundamental cualquiera de ellos era un aro al que se había fijado alguna clase de trama, más o menos tupida, para pasar a través de ella los restos de los áridos y así separarlos por estado o calidad y limpiarlos. Esta operación, que se llamaba ahechar, a su vez originaba un subproducto, las regranzas, que asimismo se ahechaban. Suelo, por último, era el nombre de los granos que quedaban en el área de la era, de la que tomaban su nombre. Una vez que se había recogido toda la parva con la arnilla, se sacaban barriéndola.
El 7 de agosto quedó constancia de que los hermanos Antonio y Manuel Zafra, para levantar la era en el cortijo central, habían ahechado de dos manos, una de harnero y otra de criba, los trigos de granzas, regranzas y suelos. Ahecharon nada menos que seiscientas noventa y siete fanegas y media, de las cuales trescientas veintitrés habían sido de granzas, doscientas cuarenta y siete de regranzas y ciento siete y media de suelos, más veinte de bacia o desecho que el aperador decidió dejar en el cortijo para comida de las gallinas. En una segunda fase, los hermanos Zafra estuvieron ahechando hasta el 23 de agosto las setenta y siete fanegas y media de garbanzos de la cosecha de aquel año, de las cuales veintitrés y media procedían del área más próxima al cortijo central de la casa, que habrían tenido de bacia media fanega y de agracejo o garbanzos sin madurar dos, y cincuenta y cuatro del área contigua al cortijo que se iba a incorporar al año siguiente a la labor, que tendrían de bacia una fanega y de agracejo dos, todo igualmente de dos manos, una de criba y otra de harnero. Cobraron a razón de dieciocho reales cada cien fanegas, y además recibieron dieciséis reales por la impertinencia.
Entre el 26 y el 29 de agosto, quinto periodo, entre veinte y veintiséis jornaleros, en cantidades decrecientes, estuvieron barriendo la era de la tierra de los hormigueros que había en el empedrado. Se puede suponer que toda la tierra acumulada en la era no tendría aquella procedencia. De lo contrario, no tendría mucho sentido emplear tantos hombres en barrer y sacar tierra durante cuatro días.
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