La saca
Publicado: junio 30, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
El 1 de julio aún quedaba por completar la otra parte de la recolección, los trabajos derivados de las siegas. Se habían iniciado en paralelo a ellas y agotaron un calendario que se prolongaría entre mediados de junio y primeros de septiembre, aunque su intensidad, así como sus dedicaciones preferentes, oscilaron a lo largo del verano.
Para esta parte de los trabajos eran empleados asalariados de los que regularmente trabajaban para la casa por periodos de entre quince y treinta días, durante los que permanecían en la explotación bajo la responsabilidad directa del aperador, quien los había contratado.
A cada asalariado que empleara le asignaba cada jornada una actividad según las necesidades de cada fase. Durante los veinticinco días comprendidos entre el 22 de mayo y el 15 de junio, todavía dedicados en su mayor parte a trabajos distintos a los que necesitaba la recolección de los granos y semillas, como acabar los barbechos o recortar estiércol, empezaron la saca y los trabajos de la era. Pero se trataba todavía de la fase inicial de esta secuencia de operaciones. Los veinticuatro días comprendidos entre el 16 de junio y el 9 de julio fueron los que de verdad concentraron la actividad laboral en la saca y en la era. En acabar aquella, la trilla de las gavillas restantes, limpiar y portear grano y formar los pajares fueron invertidos los quince días del siguiente periodo, los comprendidos entre el 10 y el 24 de julio, y durante los siguientes veintiún días, los que fueron del 25 de julio al 14 de agosto, excepcionalmente hubo una interrupción de los trabajos. Por la noche del 9 se volvieron a holgar desde el cortijo central a la población todos los asalariados, así como el aperador, para oír misa al día siguiente, día de san Lorenzo, tal como era la costumbre. A pesar de esta concesión, en aquel periodo todavía hubo que trabajar intensamente en la era, terminar de portear el grano y la paja, y labrarla en pajares y techarlos. Entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre el signo de los trabajos cambiaría radicalmente. Durante esos veinticuatro días, aparte repartir estiércol en algunos lugares de la explotación y reparar las pesebreras del cortijo que se iba a incorporar a la labor, se acabaron de techar los pajares y por fin se dejó limpia la era.
Tanto como se interesó por la siega, el administrador desde el principio supervisó sobre el terreno todo lo relacionado con sus trabajos derivados, y en ningún momento desistiría de la responsabilidad con la que las actividades paralelas le cargaban. En su visita a la explotación del 14 de junio, cuando estaba a punto de terminar el primer periodo, aprovechando que del cortijo central aquel día se volverían a holgar los asalariados regulares, trazó el plan al que debían atenerse a partir del estado en el que las encontró. Aunque el número de carretadas de gavillas que hasta el momento se habían sacado no le se lo pudieron precisar, constató que ya estaban recogidas y limpias dos parvas de trigo, una parte del cual aquel mismo día ya habían llevado a la población. Otra parva había quedado a medio trillar y otras dos estaban ya abarradas. Decidió que el día que volvieran los trabajadores, una vez terminada la huelga que empezaba el 15, que en la práctica fue el 17 de junio, la trilla ya quedara a cargo de las yeguas.
En cuanto a la cuenta de las carretadas de gavillas que habían trillado los mulos, del trigo limpio que ya se había llevado a la población, de la carne consumida en los tres últimos días del periodo precedente y de otros detalles, prefirió aplazarla hasta que se hiciera el balance del periodo siguiente, que se cerró el 9 de julio. Un par de días antes de que llegara este momento, por la tarde, otra vez a punto de terminar la segunda de las secuencias de actividad, para conocer la situación de primera mano de nuevo estuvo en el cortijo centro de los trabajos. Esta vez revisó los rastrojos y la saca de las gavillas, y después estuvo en la era. En nada encontró novedad digna de mención.
Los trabajos derivados de la siega, además de planificación, exigían un notable despliegue de medios. Su primer alarde convergió en el 8 de junio. Aquel día, desde el almacén de la casa, donde habrían hibernado, fueron trasladados a la explotación los primeros medios que se utilizarían para ellos. Dos carretas, que habían ido a la población para llevar arados y yugos para mulos de los que llamaban cangas, de vuelta llevaron al cortijo central las horcas de cabo largo para cargar las carretas y las que se utilizaban en la era, bieldos y bieldas, rastros y palas. Las horcas de cabo largo, simples palos en uno de cuyos extremos, en un travesaño, se insertaban largos y agudos dientes también de madera, eran herramientas específicas de la saca. Con ellas se cargaban las gavillas en las carretas. La casa las prefería a los collazos comunes, similares pero más cortos. Los bieldos, fueran comunes, de rostros, pajareros o grandes, que se utilizaban para los trabajos de la era, eran similares a las horcas. Para mantenerlos operativos, las carretas también llevaban cuatro haces de dientes. Los rastros, ensamblados con madera formando una retícula cuadrangular, de la que colgaban dientes de hierro, durante esta parte del año servirían para arrastrar las pajas.
Normalmente todas estas herramientas se compraban con un año de anticipación. Las que se utilizarían aquel año habían sido suministradas al almacén de la casa el 27 de julio del año anterior por un antiguo maestro y vendedor de utensilios de esta clase, vecino de una población cercana. Se las compraban con tanta antelación para darle enjugo a las maderas ligeras con las que estaban hechas. Sin embargo, el 1 de junio siguiente el suministrador habitual hubo de atender un pedido urgente de herramientas para la recolección, que se comprometió a completar en una semana, lo que tal vez fuera provocado por un volumen de la cosecha imprevisto. Entre el 1 y el 8 proporcionó más horcas para la saca y más palas para la era.
Las carretas también trasladaron al cortijo una pieza grande de pino, probablemente desecho del enjero de un arado, para con ella hacer la arnilla que se emplearía en la era. La viga tenía unos dos metros aproximadamente, y como había sido condenada a ser arnilla en sus extremos tendría un par de argollas, donde para recoger la parva ya terminada se engancharía el tiro de animales que hiciera la trilla.
Asimismo llevaron las piezas de madera necesarias para arreglar el lecho o trama de asiento de una de las carretas que se emplearían en la saca. El tiro o lanza, a la que se uncirían los animales que tirarían de ella, y que se prolongaba por debajo de la caja para sostener todo su entramado, era de álamo y tenía unos cinco metros y medio de longitud. Los dos limones, que eran las piezas que cerraban el lecho lateralmente en el sentido de la longitud, en paralelo al tiro, tenían unos dos metros y tres cuartos de largo. Para teleras se enviaron cuatro palos redondos, dos de ellos con poco más de dos metros y otros dos con apenas uno y tres cuartos. Las teleras, que efectivamente solían ser cuatro, se tendían en el sentido transversal de limón a limón para unirlos. Descansaban sobre el tiro, que los descargaba del peso que recogían. Y, para completar el equipamiento de las carretas, también llevaron treinta estacas de álamo. En las carretas, a cada lado, en vertical se disponían cinco listones de madera que se embutían por la base en los limones, y que por su extremo superior se aguzaban para quedaran afianzados por los aros de las riostras que las unían. Todavía una semana después otra carreta tuvo que llevar al cortijo, para que garantizar el mantenimiento de los lechos según fuera pasando la estación, otras dieciocho piezas de madera de las primeras que se obtenían del corte de los troncos en el sentido de la longitud, de unos dos metros y medio de largo, que se guardaban en el granero de la casa de campo.
También llevaron las dos carretas materiales para reparar las angarillas, que eran dos bolsas de lienzo sujetas a un par de armazones de madera cuadrados que se cargaban sobre los animales de transporte y que durante la recolección se utilizarían para trasladar la paja, y maderas de pino mal figuradas, que en su mayor parte aprovechaban palos viejos, para montar los sombrajos donde las burras se protegerían del sol del verano. Se sostendrían sobre muletas o pies derechos de poco más de dos metros de altura, encima de los cuales en horizontal descansarían durmientes de algo menos de cuatro metros, más un par de casi cinco, que para cerrar la techumbre a su vez recibirían cumbreras de la misma longitud que las durmientes comunes. Completarían aquel entramado elemental unas berlingas, probablemente móviles, de casi seis metros de largo entre las que se tendería una cuerda para que soportara alguna pantalla de tela que evitara la entrada rasante del sol.
El plan para el acopio de los medios necesarios para la recolección se completó durante los restantes días de junio. El suministrador de horcas y palas, el mismo día que había completado el encargo de urgencia que se le había hecho, se comprometió a empezar a partir del día siguiente trabajos de espartería, igualmente al servicio de la recolección. Con un oficial, entre el 9 y el 22 de junio estuvo arreglando soleras para carretas y reparando o haciendo serones. Las soleras, si se hacían de esparto y servían para las carretas, serían el fondo que se colocaba sobre el lecho para que contuviera la carga. Los serones eran un par de esportones cónicos unidos entre sí de manera que cargaban sobre el lomo de las bestias que se empleaban para el transporte. Además, confeccionaron un buen número de esportones boyeros, que habrá que suponer cilíndricos y con asas, destinados a contener los áridos que se cargaran en las carretas.
A partir del 13 de junio un maestro albardonero, a quien le acompañaban al menos su hermano y su hijo como oficiales, se empleó en arreglar las cinchas de las burras del acarreo del trigo y componer los costales que estaban estropeados, previa recogida de los materiales necesarios, que se guardaban en los almacenes de la casa. Las cinchas, que repararía con lienzo, sujetaban por debajo de la panza la albarda o almohadilla rellena de paja que amortiguaba el peso que recibían en el lomo los animales de carga. Según aquel plan, el que deberían soportar las burras sería el del trigo que se envasaba en los costales, unos sacos que también serían de lienzo. Un par de días después se dedicó además a hacer con lienzo cañamazo los costales nuevos que habrían de servir en el acarreo del trigo, y a coser con cordel de amarrar los viejos.
Para el 14 de junio un maestro herrero había terminado para la casa, además de otros trabajos, los suministros necesarios para el cajón del trigo, un medio del que no se da más noticia, tales como escuadras y clavos, pasadores y tiradores, y los clavos de los bancos para el sombrajo de las burras, complemento de las maderas que ya se habían enviado. Pero su destreza tendría su oportunidad en los días que siguieron hasta el 30 de junio, durante los que se concentró en arreglar el eje del carro del trigo, un ingenio de una complejidad exigente.
Era una pieza de hierro algo más larga que ancha era la caja. Sus dos extremos, que tenían forma de tronco de cono, eran las mangas, donde se ajustaban las ruedas. Renovarlas le obligaría a desmontar el eje y volver a forjarlas. Después, a las mangas puso cañoneras nuevas, roscones, arandelas y pasadores.
Las cañoneras eran el centro de la maza o núcleo donde convergían los radios de las ruedas. Tenían forma de tronco de cono regular porque debían recibir las correspondientes formas de tronco de cono de las mangas. Con unos salientes u orejillas, las cañoneras quedaban fijadas a la maza. Ahora se trataría de un trabajo de precisión.
Pero calcular los roscones no lo sería tanto. El eje terminaba en un par de salientes que se llamaban moños. Para protegerlos se forjaban los roscones, aros de hierro de bastante espesor. Las arandelas, por su parte, estaban al servicio de un buen cálculo de los equilibrios del peso muerto del carro. Los extremos o puntas del eje del carro que sobresalían de la rueda eran los pezones. Para que no se salieran las ruedas, en los pezones se colocaban las pezoneras o pasadores, unas cuñas de hierro que atravesaban las puntas del eje. Entre la maza y la pezonera se colocaba la arandela, una corona o anilla metálica, para evitar el roce de ambas.
Además, el maestro herrero, durante aquella segunda mitad de junio, arregló los hierros del trillo y de la arnilla. Del trillo que utilizara la casa no disponemos de información directa, tal vez porque su empleo fuera muy secundario, y su reparación de la arnilla podemos suponer que se reduciría a las argollas de sus extremos.
Finalmente, también fue necesario recurrir a un cedacero. El 30 de junio a un tal José, que ejercía este oficio, especializado en la fabricación de los utensilios necesarios para la criba, le fue liquidado el trabajo de calar un zarandón que se iba a destinar a cribar el trigo en el cortijo. El zarandón era un instrumento algo singular. La lexicografía local lo describe como un cedazo que se aplicaba a la criba en grandes cantidades. Según sus precisos informes, estaba hecho con un marco de madera de un metro y cuarto de ancho por dos de largo, y se apoyaba en el suelo por uno sus lados menores, mientras que dos trabajadores lo sostenían en posición inclinada para que el trabajo de criba se fuera ejecutando. La fuente que nos informa de las actividades relacionadas con la recolección explica que al cedacero la casa le había suministrado para aquel trabajo la piel de una yegua y las armas, una denominación parcial del objeto que hay que interpretar, a partir del documento léxico, como una armadura de madera procedente de otro zarandón, cuya piel, según ella misma, había sido desechada. La piel, calada con el grosor y la frecuencia adecuados al destino que de él se esperaba, que era la criba del trigo, una vez montada en el armazón, sería la encargada de satisfacerla.
La saca consistía en llevar las gavillas formadas por los segadores desde donde hubieran cortado la mies hasta la era, una secuencia de movimientos que también se llamaba barcinar. Se cargaban sobre carretas que tiraban los bueyes de la explotación y las depositaban junto a la era, donde esperaban a ser trilladas.
Preparar y mantener las carretas llevaba tiempo y necesitaba un trabajo que la casa obtenía de un taller de carpintería especializado, también externo a su organización pero subordinado a su demanda. A quienes trabajaban en él con el fin exclusivo de proporcionar los trabajos sobre la madera que demandaba una labor se les llamaba carpinteros bastos.
Desde que empezaba la saca, su concurso era necesario. Desde el 6 de junio, y hasta el 27, el maestro carpintero de lo basto del taller que habitualmente trabajaba para aquella labor, y hasta seis de sus oficiales, estuvieron trabajando en la cochera de la casa arreglando las carretas, además de arados, aguaderas y herramientas para la era.
Una parte de aquellos veintidós días, con dos de sus oficiales se desplazó al cortijo central para arreglar las de la saca y después armarlas. El 19 de junio aún se mantenían componiéndolas, a pesar de las veces que se les ha dicho, tanto a ellos como al aperador, que las composiciones largas se hagan en la población. La aversión de los gestores de la casa a que los carpinteros se trasladaran a la explotación a hacer su trabajo, donde su presencia estaría suficientemente justificada por la necesidad de reparar las carretas tal como iban estropeándose, provendría de que al costo por jornada de su trabajo, si estaban desplazados al campo, añadirían el de la comida diaria.
Al equipamiento de las carretas también permanecía atento el aperador, aunque limitándose al ámbito de sus competencias. Ya el 1 de julio pidió para las carretas que hacían la saca cuatro aperos de cáñamo, de cuyas características la fuente no proporciona más detalles. Se puede deducir, tanto por la fibra de la que estaban hechos los aperos como por el resto de su pedido, que se trataría de mantener el equipo para el manejo de los bueyes que servían en las carretas. Porque también solicitó seis pares de frontiles, la masa de desecho de textil o de fibra que se interponía entre la frente de los bueyes y la soga que los fijaba al yugo, para así amortiguar los efectos del rozamiento; y doce aguijadas, las varas con las que los boyeros estimulaban el trabajo de los bueyes. Aquel equipamiento permitiría mantener en activo simultáneamente seis carretas. Además, pidió cincuenta y cinco pitones o cáncamos para mantener los sombrajos que se habían montado.
En los días del final de la primavera un mínimo de entre tres y cuatro gavilleros se encargarían de echar las gavillas a las seis carretas que se dedicaron a este trabajo. Su rendimiento se medía en carretadas, expresión directa de la capacidad de carga de cada unidad de transporte, lo que obliga a dar por supuesto que todas las carretas que se empleaban en aquella actividad eran idénticas. El 11 de junio rindieron treinta y seis, lo que supondría un rendimiento de seis viajes por cada carreta, y el 16 se hizo el balance de todas las que habían sacado hasta el día anterior, ciento cuarenta y una.
El 17 de junio, cuando los trabajadores asalariados llegaron al cortijo central de la explotación donde estaban concentradas sus instalaciones después de la huelga preceptiva, a las carretas de la saca de las gavillas fueron destinados dieciocho de ellos. Al día siguiente la empezarían con dieciséis carretas, cada una de las cuales, hasta el 24, estuvo dando cuatro viajes diarios, un rendimiento moderadamente bajo, que tanto se podría explicar por la lentitud de los movimientos de los bueyes como por el tamaño que tuviera esta cabaña en aquella explotación y su práctica del revezo.
A partir del 26 de junio el número de carretas de la saca de gavillas subió a dieciocho, y en esa cifra se mantuvo hasta el 4 de julio, rindiendo a razón de los mismos cuatro viajes. Pero el 5 de julio, según el diario del aperador, empezaron a sacar gavillas veinte carretas, que redujeron su actividad a tres viajes diarios, y en ese nivel más moderado de trabajo se mantuvieron durante los dos días siguientes. Luego el volumen de los bueyes activos debió incrementarse notablemente. Para el 7 de julio, próximo ya el final del segundo periodo, pastaban en los rastrojos de uno de los cortijos de la explotación los cien bueyes que servían para las veinte carretas que daban tres viajes diarios, lo que se traduciría en un hato tipo de cinco bueyes por cada carreta y por tanto un revezo graduado a lo largo de la jornada a base de un reemplazo.
Si se había optado a favor de un tamaño tan grande para el hato de los bueyes de la saca debió ser porque se habrían impuesto unos patrones abusivos, derivados del contencioso que se había suscitado con el arrendatario saliente de un cortijo colindante con la explotación que la casa ya había arrendado para incorporarlo a ella al año siguiente. En el transcurso del mes de junio, al tiempo que se estaba jugando la decisiva siega del trigo, la casa tuvo que enfrentarse a este imprevisto.
Las costumbres de los labradores de la zona, cuando la cesión de un cortijo iba a terminar, eran que el arrendatario saliente solo debía mantener en él cuatro bueyes por cada carreta que empleara en su última saca, los que por convención estimarían suficientes para poder barcinar. Se actuaría así porque se daría por supuesto que la decisión sobre el uso como pastos de las rastrojeras correspondería ya al arrendatario entrante. Sería uno de los pocos restos que aún sobrevivían de cuando el dominio comunal aún no había sido laminado por el imperio absoluto de la nuda propiedad. El patrón cuatro por una para el tiro y el revezo de las carretas se habría impuesto dada la alta frecuencia con que las tierras cambiaban de mano.
El 6 de junio por el aperador se supo que el arrendatario saliente de aquel cortijo, cuya tierra había contratado la casa para empezar a barbecharla el 1 de enero siguiente, había decidido levantar sus últimas gavillas con siete carretas y cincuenta y ocho bueyes, lo que excedía incluso el doble de lo regular. Además, estaba dispuesto a meter una piara de cerdos para aprovechar la espiga desprendida de las gavillas que quedara en las tierras segadas.
Para evitar contiendas judiciales por nuestra parte, siempre dañosas en estos casos -reflexionó en estas circunstancias el administrador-, he mandado al aperador que se vea con el perito don José Gómez, que ha mediado en las cuestiones suscitadas por el cortijo del que se trataba, y que con su opinión obre en él, desde luego resistiendo la entrada en los rastrojos de más ganado del que deba entrar para la faena de barcinar, y obligando al célebre colono saliente a que cumpla con su deber o que se queje a la autoridad, en cuyo caso contestaremos como corresponda. Lamentaba no haber podido hablar con don José Gómez, quien estaba en su cortijo del Charco de temporada. La palabra elegida por el administrador para referirse a la actividad que en aquel momento desarrollaba don José no es lo bastante precisa como para poner en duda los motivos de su ausencia. No deja de ser cierto que los edificios de los cortijos, cuando existían y estaban acondicionados, en el buen tiempo podían ser utilizados como residencia de descanso.
Un par de semanas después, otra vez gracias a los informes del aperador, se supo que el arrendatario saliente del cortijo de la controversia ahora insistía en sacar sus mieses metiendo seis bueyes por cada carreta y cuatro para la paja en la era. Se desentendía de cuanto se le decía en contra, explicó, y contestaba que le hablaran por la justicia o como se quiera, porque él sabía que estas eran las costumbres de los labradores. Increíble parece tanta mala fe y tan refinada hipocresía en un hombre que está rico con lo que ha sacado de esta casa, recapacitaba ahora el administrador, quien por el momento prefirió limitarse a reclamar de nuevo la mediación de don José Gómez, quien nada había contestado a la carta que le había escrito tres días antes sobre este vergonzoso negocio.
El 8 de julio empezó la saca de la cebada, que hasta entonces habría permanecido agalberada, ateniéndose a un procedimiento al servicio de la espera de turno para la trilla. Al agalberar las gavillas se amontonaban en el lugar donde la mies había sido cortada de manera que las espigas quedaran protegidas de la acción del tiempo. Aquel día y el siguiente al menos una parte de las veinte carretas estuvieron dedicadas a esta saca.
Terminado el periodo, ya el 10 de julio, quedó constancia de que las carretadas de gavillas de trigo sacadas para la era entre el 16 de junio y el 9 de julio habían sido en total mil trescientas sesenta y nueve. Por su parte, según la misma cuenta, las carretadas de gavillas de cebada que se habían sacado hasta entonces sumaban sesenta, aunque este trabajo aún estaba por acabar.
El 11 de julio salieron para el cortijo con destino a la saca, que había entrado en su fase final, los mismos asalariados que habían estado sacando gavillas de trigo durante el periodo anterior, dieciocho. No obstante, de afirmaciones que se hacen más adelante, se deduce que en los trabajos de gavillas solo estarían ocupados entre seis y siete hombres, lo que solo sería cierto si es que estos trabajos se prolongaron a lo largo de los quince días que duró el tercer periodo. Al día siguiente, 12 de julio, mientras seguían sacando gavillas veinte carretas, la administración de la casa se propuso terminar la saca del trigo para seguir con las gavillas de cebada, lo que efectivamente sucedió durante los dos días posteriores, lo que permitió que ya el 15 estuvieran sacando la escaña, para lo que se emplearon diecinueve carretas. Es posible que durante dos días al frente de estos trabajos estuviera un capataz de carretas.
Así fue como quedó concluida la saca de las gavillas, lo que formalmente se certificó el 17 de julio, una semana antes de que terminara el tercer periodo. Entonces se hizo el siguiente balance de las carretadas de gavillas que se habían sacado de uno de los cortijos anexos: de trigo, los días 11 y 12, veinte y treinta y nueve, lo que sumaba cincuenta y nueve; de escaña, los días 12 y 15, veintiuna y treinta carretadas, que componían cincuenta y una; y de cebada, los días 13, 14 y 15, sesenta, cincuenta y siete y ocho, que sumaron ciento veinticinco.
El complemento de la saca era recoger las espigas que se desprendieran de las gavillas según eran cargadas y transportadas. A aquel trabajo se llamaba respigar y de él se ocupaban los asalariados que mientras lo hacían se conocían con el nombre de respigadores. Se les llamaba rastrojeros cuando se encargaban de rebuscar la espiga entre los rastrojos. Para la primera fase bastó con tres respigadores y entre uno y dos rastrojeros.
El 17 de junio, cuando se había reanudado el trabajo de los asalariados contratados para el nuevo periodo, para ir tras de las carretas fueron destinados como respigadores nueve de ellos, pero al día siguiente se redujeron a ocho, y en esta cantidad se mantuvieron hasta el 24.
A fines de junio de nuevo otro par de veces oscilaría entre ocho y nueve aquella cantidad, y a partir del 1 de julio se volvió a los ocho. Sin embargo, el 5 se decidió subirla a diez, y en esa cifra se mantuvieron hasta el 8, cuando iban tras las carretas de la cebada. Pero las gavillas de cebada, quizás a consecuencia de su conservación, debieron exigir más trabajo de esta clase. El 9 de julio acompañaban a las carretas de cebada nada menos treinta respigadores, lo que pudo ser la consecuencia de haber permanecido agalberadas desde fines de mayo. Sin embargo, para el segundo periodo fue suficiente con un rastrojero, que trabajó durante diecinueve de los veinticuatro días.
Con las carretas que sacaban el trigo, en la última fase, que fue el tercer periodo, trabajaron diez respigadores, con las de cebada, nueve, y con las de escaña, ocho. Consta además que un rastrojero trabajó durante seis de sus quince días.
La siega del trigo
Publicado: junio 25, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Durante el día 3 de junio la administración de la casa a partir de la cual observamos estos fenómenos hizo frente a una actividad desacostumbrada, tanta que resultaría la jornada más intensa de aquel año. En la población donde tenía radicado el centro de sus actividades rentables fueron contratadas veintiuna cuadrillas de segadores. Un par de días después fue contratada la última, la vigésimo segunda. Todas debían salir para el cortijo central de su labor para emprender la siega del trigo y sus cultivos asociados desde la misma jornada en la que habían sido contratadas.
Sus tamaños no eran idénticos. Cualquiera de las mayores, de nueve o trece hombres, era excepcionalmente grande, mientras que las menores solo reunían entre dos y cuatro. Las que tenían entre cinco y siete sumaban más de la mitad de los casos. Aunque es posible precisar las especies cuya siega le fue encargada a cada una, no se puede hacer lo mismo con la cantidad de espacio a segar que le fuera adjudicado, tal vez porque antes de empezar quedara abierta en previsión de su dedicación y su velocidad comprobadas. Pero si se comparan los espacios atribuidos en el momento del contrato con las superficies positivamente segadas que luego se liquidaron se puede asegurar que las diferencias entre las previsiones y el trabajo realizado debieron ser pocas. Los tamaños de las cuadrillas se pueden tomar por tanto como una consecuencia forzosa, aunque diferida, de los encargos recibidos.
Tres de las veintidós fueron nutridas exclusivamente por miembros de una misma familia, sin que sepamos ni sus sexos, ni sus edades, ni el grado de parentesco que los identificaba. Todas las demás se reclutaron de manera abierta solo entre hombres. Pero fuese su extracción inducida por la consanguinidad o no, todos sus integrantes eran vecinos del municipio en cuyo término iban a trabajar. El aperador los conocía y él mismo los había buscado, y en su presencia recibieron el primer dinero por cuenta en el despacho de la administración de la casa, una vez que cualquiera de ellas para su remuneración explícitamente se atuviera al precio medio que resulte de los [precios] que paguen por sus fanegas de cuerda don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira en sus cortijos. Se trataba de las habituales tres labores del mismo término que se tomarían como referencia para evaluar el trabajo de la siega del trigo dentro de los límites del municipio. Proceder de aquella manera era una costumbre avalada por una práctica secular.
No sabemos cómo se comprometían con sus cuadrillas de segadores aquellas tres labores. Se puede temer que lo hicieran recurriendo a una expresión recíproca respecto de la casa cuyas formas de proceder conocemos. De actuar así, nadie tendría responsabilidad directa sobre una decisión de tanta trascendencia, y para todos equivaldría una evasión, puesto que para todos la decisión sería ajena. Pero también es posible que los responsables de aquellas tres labores estuvieran dispuestos a militar en la vanguardia de las decisiones más comprometidas, sin importarles que pudieran ser conocidos como causantes de un desenlace que no a todos contentaría, estuvieran a un lado o al otro de la única relación. En cualquiera de los casos, procediendo de aquel modo, unos, otros o todos los labradores, cerraban el consorcio que tarifaba en su favor la remuneración del trabajo consumido en aquellas condiciones.
La siega del trigo y sus cultivos asociados se desarrolló bajo la supervisión del administrador de la casa, quien periódicamente estuvo controlándola sobre el terreno. Durante la tarde del 14 de junio, pasados diez días del comienzo de los trabajos, fue al cortijo central de la casa y como un comandante revistó sus segadores y los de los otros dos integrados en la explotación. Encontró las siegas regulares y el trigo mal granado, aunque observó que el trabajo iba adelantado, tanto que se podía prever que acabaría pronto.
Solo cinco días más tarde, el 19 de junio, de nuevo fue hasta las tierras de la explotación para hacer pronósticos. Otra vez estuvo revistando a los segadores, pero también los trabajos de la era, hacia la cual empezaba a girar su atención y donde aquel día se estaba trillando el trigo sacado con carretas de las tierras de uno de los dos cortijos anexos. Vio que las pajas se trillaban con facilidad, ayudadas por la sequedad que habían provocado los solanos más recientes.
Ya el 29 volvió al cortijo central persuadido de que se estaba cerrando el capítulo del ciclo que había comenzado el día 3. Comprobó que la siega que quedaba pendiente era poca, y reconoció que los trabajos de la era apenas empezaban.
En el transcurso del mes durante el que se prolongó la siega el tamaño de las cuadrillas permaneció invariable en once de las veintidós, la mayor parte de las que tenemos información positiva. Casi todas eran del tamaño tipo, y algunas eran de los tamaños superiores. De las que no es posible deducir con exactitud si sus dimensiones oscilaron, otras nueve, sabemos que tres eran las familiares y las demás las de tamaños menores. Solo de dos se tienen noticias de la variación de su tamaño. Tanto el capataz de la primera como el de la segunda habían comprometido siete hombres, pero cuando se hizo el cómputo de la actividad de cada una solo constaron seis.
Las informaciones más explícitas sobre el cambio de tamaño de las cuadrillas, justamente referidas a la primera, son sin embargo contradictorias. El 18 de junio su capataz, aprovechando uno de los viajes para cobrar uno de los adelantos, llevó razón de que iba a aumentarla para aligerar la siega. Su intención permite suponer cierta flexibilidad del número de los que trabajaban cada día, sobre todo a favor del incremento. Quienes se comprometieran para la siega del trigo sabrían a qué se prestaban y permanecerían fieles a su compromiso.
La flexibilidad de los tamaños pudo estar relacionada con los desplazamientos periódicos desde los cortijos a la población. Si recurrimos de nuevo a los adelantos como indicador de estas migraciones, es posible aproximarlos. Aunque solo tengamos la certeza de que quien retornaba a la población era el capataz, porque acudía personalmente a la administración de la casa para recibir los adelantos, podemos suponer que si él se movía también podrían moverse los demás miembros de su cuadrilla, aunque los desplazamientos quedaran a la discreción de cada uno.
Todas, menos la vigésimo segunda, que fue contratada el 5, recibieron dinero a cuenta el día 3. Para cualquiera esas fechas serían las de su partida. Desde ese momento se sucedieron los adelantos según un calendario que conocemos. Para que podamos recurrir a él como indicador de la frecuencia de los retornos a la población de las cuadrillas, y a la vez evitar deformaciones, antes es necesario descontar las dos que abandonaron. El 11 de junio dejó su trabajo y se volvió a la población la décimo novena, cuya cuenta quedó cortada. Argumentó que el trigo que segaba estaba espeso. En las anotaciones del diario del administrador la referencia a tan singular comportamiento aparece bajo el epígrafe segadores malos. La misma consideración le merecería la cuadrilla décimo cuarta, que también aquel día abandonó la siega, una coincidencia de fecha que permite pensar en un abandono forzado; aunque días más tarde, el 16 de junio, el administrador también precisa que los de la décimo cuarta se habían vuelto a la población porque hacían mala siega.
Según el calendario de los adelantos, solo dos días, el 8 y el 16, habrían retornado simultáneamente siete cuadrillas, y en siete días (7, 11, 12, 14, 20, 23 y 30), cinco. El resto de los días durante los que se mantuvo la siega del trigo y sus especies asociadas solo volverían a la población simultáneamente tres o menos cuadrillas: en seis días (9, 17, 21, 24, 26 y 28), tres, en cinco (10, 13, 15, 22 y 25), dos, y en seis (6, 18, 19, 27, 29 y 4 de julio), una. Serían por tanto extraordinarios los retornos en masa, y mucho más probables los escalonados. Sin embargo, no hay asomo de distribución regular. A días de escasos retornos suceden al azar otros de valores máximos. A lo sumo, se podría admitir que la intensidad de los retornos sería mayor al principio, cuando en dos fechas consecutivas (7 y 8) se suceden retornos de los mayores tamaños, de cinco y siete cuadrillas respectivamente, y que iría disminuyendo algo según se aproximaba el final, lo que tiene más relación con la progresiva finalización de los trabajos y la vuelta definitiva de cada una.
Todo esto corrobora la autonomía de los movimientos, para la que sí se puede deducir cierta regularidad. Basta observar el fenómeno desde las decisiones tomadas por cada cuadrilla. Así, por ejemplo, la primera recibió a cuenta con intervalos de siete, seis, dos y cinco días, lo que indica un comportamiento que prefiere un valor en torno a cinco. Se podría pues decir que la primera cuadrilla solía retornar a la población cada cinco días aproximadamente, periodo que marcaría la frecuencia de actividades vitales que solo se podían satisfacer en la población, la primera de todas proveerse de los medios de subsistencia para mantenerse activa.
Este fue el comportamiento regular. Para trece de las veinte cuadrillas que cumplieron con sus compromisos hasta el final se observa un valor tipo de sus retornos dentro del intervalo entre poco más de cuatro días y seis, es decir, en torno a cinco. Los comportamientos extremos, menos uno, se concentran en el intervalo entre ocho y diez días. Tan prolongadas estancias continuadas en el campo se pueden relacionar con más claridad con la modestia del encargo (siempre por debajo de las veinte unidades de superficie de trigo), el pequeño tamaño de la cuadrilla y que la recluta de sus miembros se hizo entre los miembros de una misma familia. Aunque nunca hay una correlación inmediata entre los tres, sí es frecuente, por necesaria, que la haya entre los dos primeros factores. A la explicación de la estancia en el campo relativamente prolongada de familias completas, puede ayudar, aunque ahora valiéndonos de su signo complementario, el mismo factor que explicaría la mayor frecuencia de los retornos de los varones. Así como estos se verían forzados a volver a la población para garantizarse los medios básicos de subsistencia, la familia íntegra podría prever la permanencia y hasta improvisar un hogar en el campo. No obstante, en el otro extremo, el único valor excepcionalmente bajo, poco más de tres, corresponde también a una cuadrilla familiar, la única, de las tres que tienen este mismo origen, que contó con nueve miembros, un tamaño también excepcionalmente alto.
Una precisión sobre el comportamiento de la décimo cuarta, una de las dos cuadrillas que desistieron, es incidentalmente valiosa para conocer el horario de los desplazamientos de las cuadrillas. Registra el administrador que abandonó la siega a última hora del día 11 y llegó a la población el 12 temprano, lo que significa que sus hombres hicieron de madrugada el trayecto de vuelta.
Teniendo en cuenta los escasos cambios de tamaño documentados, podemos en conclusión aceptar unos tamaños, si no constantes sí duraderos, de las cuadrillas: primera, 8; segunda, 7; tercera, 13; cuarta, 7; quinta, 7; sexta, 7; séptima, 9; octava, 7; novena, 7; décima, 4; décimo primera, 5; décimo segunda, 5; décimo tercera, 2; décimo cuarta, 5; décimo quinta, 7; décimo sexta, 4; décimo séptima, 4; décimo octava, 5; décimo novena, 5; vigésima, 3; vigésimo primera, 2; vigésimo segunda, 9.
El administrador el 19 de junio, mientras supervisaba los trabajos sobre el terreno, constató que muchas cuadrillas de segadores estaban ya concluyendo los suyos, al tiempo que los recargaban en los sitios donde había más trigo por segar, un fenómeno doble que, aunque solo lo podamos conocer parcialmente, se puede rastrear.
Como era previsible, dada la diferencia de los encargos, la conclusión del trabajo de las cuadrillas ocurrió de manera escalonada y, tal como el administrador había previsto, a partir del 20 de junio. Con seguridad sabemos que entre el 23 y el 29 terminaron con el trigo que se les había encomendado la tercera, la décima, la décimo segunda, la décimo séptima, la vigésima y la vigésimo segunda.
Pero una parte de ellas continuó sus trabajos con la siega de parcelas en las que había otros cultivos. La tercera, que hasta el 21 también había segado garbanzos, terminada la del trigo emprendió la de la escaña, en la que todavía estaba trabajando el 29. Y la vigésimo segunda, el 23, una vez terminada su siega del trigo, empezó a segar la escaña, en la que persistía el 28. También sabemos que la cuarta y la quinta, que habían trabajado en las siegas del trigo y los yeros y del trigo y el centeno respectivamente, concluyeron todos sus trabajos el 30 y el 28, y que el 30 la vigésimo segunda había terminado todos sus trabajos. A todo esto podemos añadir, con idéntica precisión, algo que ya sabemos, que el 11 de junio abruptamente la décimo cuarta y la décimo novena habían terminado.
Son equívocas sin embargo las informaciones sobre la finalización de los trabajos de la séptima. Mientras que por una parte se afirma que el 20 de junio concluyó todos sus trabajos, consta a continuación que el 24 había terminado su siega del trigo y salió a segar los garbanzos. Interpretando la primera afirmación como referida solo al trigo sería compatible con la segunda. Pero todavía quedó registrado que el 28 había hecho la siega del trigo y salió a hacer la de los garbanzos, y aún se añade que el 30 había terminado la siega del trigo y hacía las de los yeros y los garbanzos. Al mismo tiempo, sobre el final de la siega de los yeros, se hace constar que la recolección de las semillas, es decir, de habas y yeros, se dio por concluida el 16 de junio. Si tenemos en cuenta que la siega de las habas había terminado el 17 de mayo, según esta información tendríamos que aceptar que en fechas próximas y anteriores al 16 de junio tuvo que concluir la de los yeros.
Es muy probable, aun así, que el trabajo de todas las cuadrillas menos la segunda, que todavía estaba trabajando el 4 de julio, terminara como máximo el 30 de junio. Podemos además conjeturar, con todas las posibilidades a nuestro favor, que, a excepción de la segunda, todas las que se mantuvieron activas hasta el final habrían concluido sus trabajos entre el 20 y el 30 de junio, aunque en realidad nada sabemos positivamente sobre cuándo terminaron diez cuadrillas (primera, sexta, octava, novena, décimo primera, décimo tercera, décimo quinta, décimo sexta, décimo octava y vigésimo primera). Por tanto, no podemos ensayar cálculos sobre tiempos de trabajo.
Sin embargo, sí los podemos hacer de rendimientos por unidad de superficie, porque conocemos con mucha precisión la cantidad de tierra que cada cuadrilla segó, incluso su localización dentro de cada uno de los tres cortijos de la explotación.
Cualquiera de las superficies segadas también en este caso la medía un agrimensor. Hasta cuatro profesionales de aquella categoría se responsabilizaron de estos trabajos en esta parte del ciclo. Calculaban las tierras segadas sobre los rastrojos, para que no cupieran dudas sobre cuánta superficie cada cuadrilla había segado efectivamente. A continuación daban fe de la extensión de cada área segada y este arbitraje las partes lo admitirían como independiente. A la casa aquel testimonio le garantizaba la justeza del cálculo de los costos directos que le ocasionaba la siega, los mismos que para la otra parte eran sus rentas. Habiendo sido acordada la prestación de trabajo bajo las condiciones del destajo, su remuneración se deducía inmediatamente de la cantidad de superficie trabajada. Por esa razón los derechos de medida que percibían los agrimensores los pagaban mitad la casa, mitad la cuadrilla.
No por eso la medición quedaba a salvo de disensos, cuya resolución repercutía no solo en el cálculo de los costos y las remuneraciones debidas, sino también, cuando menos, en un retraso de la percepción de estas. Así ocurrió con la evaluación de la siega del trigo de la quinta, la sexta y la octava cuadrillas. Hubo dudas sobre la extensión de los rastrojos que habían quedado sobre la parte de uno de los cortijos anexos en la que las tres habían trabajado. En los tres casos la liquidación se suspendió hasta resolver las dudas. Al fin se deshicieron sin necesidad de remedir, y, satisfechas en lo posible, se les pagó a todos; para evitar los escándalos y perjuicios que causan las remedidas, la sospecha de colusión entre la casa y los medidores, el desprestigio para ambos, que no se evitaría con una gratificación sino con el reconocimiento por ambas partes de una cantidad de superficie que demostrara que la ecuanimidad había sido el camino para encontrar la salida.
Por la trascendencia que para el fenómeno tiene este factor, valdría la pena detenerse en precisar cuando menos la cantidad de superficie segada por cada cuadrilla. Pero la relación podría resultar demasiado enojosa. Para el fin que perseguimos, basta decir que de trigo la extensión máxima segada fue 81 unidades de superficie y la mínima, 6; que un grupo de ocho cuadrillas logró segar entre 40 y 66,5; y que la mayor parte de ellas, diez, segaron entre 10 unidades y poco más de 20.
A las seis que segaron yeros, sin embargo, les fueron adjudicadas superficies similares, entre 4 y 6,75 unidades, a excepción de la que solo segó poco más de 2 unidades. Garbanzos solo segaron dos, de manera que una (22,75 unidades de superficie) casi duplicó a la otra (14). También fueron dos las que segaron la escaña, solo que esta vez en cantidades muy parecidas, en torno a las 22 unidades de superficie. Y centeno solo segó una cuadrilla, sobre una superficie de escasa extensión (1,33 unidades).
Teniendo en cuenta estos valores, y los que hemos aceptado como estables para el tamaño de las cuadrillas, los rendimientos por unidad de superficie de la siega de las tierras sembradas de trigo, que es la primordial, sobresalen primero por su amplio recorrido, entre un máximo de 11,57 unidades de superficie por hombre, que consigue la segunda, y un mínimo de 1,02, que alcanza la séptima. Además, entre uno y otro límite toma valores para 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3 y 2 unidades enteras, aparte sus correspondientes fracciones, es decir, para todos los números naturales dentro del intervalo.
Ninguno de los factores inmediatos que permite observar la documentación conduce a identificar causalidad directa que explique absolutamente una oscilación tan extrema. La participación en más de una siega no parece que tenga responsabilidad alguna en los rendimientos. De las siete que cumplen con esta condición, tres se sitúan entre los cuatro primeros puestos de los rendimientos en la siega del trigo, mientras que otras dos están en el otro extremo, los dos peores rendimientos. Las otras dos ocupan discretas posiciones centrales. Y de las siete, cinco ya hicieron la siega de la cebada, sin que esta condición modifique sus rendimientos en la siguiente, que pueden ser superiores, medios o ínfimos. Ocurre además que las dos que ocupan los puestos inferiores son las que reciben una mayor cantidad de encargos distintos, entre los que se incluyen todos los de la siega de los garbanzos.
La extracción de las cuadrillas parece tener algo más de responsabilidad. Las familiares obtienen unos rendimientos muy discretos, en torno a los valores centrales, y solo consiguen elevarlos algo cuando su tamaño es drásticamente reducido. Una de ellas es la que ocupa el último puesto, en el que se acumulan tres siegas distintas, entre las que se cuenta una de las dos de garbanzos. Pero las cuadrillas familiares son un fenómeno marginal y nunca se hacen responsables de grandes cantidades de superficie.
El tamaño de las cuadrillas parece corresponder en mayor medida a los rendimientos. En diez de los veintidós casos, a menor tamaño de la cuadrilla, menor rendimiento, lo que indicaría que el cálculo previo la cantidad de trabajo necesaria se excedió. Por su parte, la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla es la que se muestra más favorable a una correspondencia entre términos. En catorce de los veintidós casos, a más tierra adjudicada, mayores rendimientos. La consecuencia más visible de la responsabilidad que pudo tocar a este factor es que las dos cuadrillas malas efectivamente ocupan puestos entre los seis rendimientos más bajos. Al interrumpir sus trabajos el día 11, naturalmente dispusieron de menos superficie que segar.
A la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla desde el principio le hemos reconocido relación causal con su tamaño. La mutua determinación entre estos dos factores, al tiempo que la responsabilidad dominante sobre la cantidad de tierra adjudicada, queda en evidencia cuando a una cuadrilla se le adjudica poca superficie y puede obtener un rendimiento algo más discreto, sin salir de los inferiores, reduciendo mucho su tamaño.
Cualquier correlación queda pues muy lejos de una explicación satisfactoria para todos los casos. Pero todo indica que tuvo un poder decisivo sobre los rendimientos un ponderado proceder discriminatorio por parte de la casa. De su voluntad dependía el factor visible de más peso, la cantidad de tierra que se adjudicó a cada cuadrilla, y de la misma el encargo de más trabajos o de los trabajos en siegas que pudieran contrapesar unos pésimos rendimientos en la del trigo.
La siega de los yeros tal vez fue la más dura. El propio documento, para referirse a ella, habla de segar o arrancar los yeros, que se habían cultivado en los llanos frente al edificio del cortijo central de la casa. Es posible que con la segunda opción esté relacionado que todos los que se plantaron aquel año fueron yeros menudos. La dureza del trabajo, en cualquier caso, la pone en evidencia que todos los rendimientos están por debajo de la unidad de superficie por segador (primera, 0,74; segunda, 0,69; tercera, 0,38; cuarta, 0,57; séptima, 0,75; vigésimo segunda, 0,23). La diferencia de rendimientos en este caso, más que de la cantidad de tierra asignada, fue consecuencia del tamaño de las cuadrillas, que cuando queda por debajo de diez los favorece, pero que cuando supera esa cifra, por exceso, podía actuar como factor negativo.
Si partimos de la discrecionalidad con que actuaba la administración de la casa, debemos reconocer que el reparto del trabajo, concentrado en las cuadrillas selectas, esta vez fue generalmente equitativo, aunque la vigésimo segunda fue discriminada. Cinco de las cuadrillas que participaron en esta actividad segaron una cantidad de superficie similar. Tan solo la vigésimo segunda quedó lejos de unos valores tan concentrados. Pero a todas favorecería haber sido elegidas para este trabajo. Fue el mejor remunerado con diferencia.
En la siega de los garbanzos las dos cuadrillas que en ella intervinieron justificaron sus tamaños. Sus rendimientos fueron similares y nada esforzados (tercera, 1,75; séptima, 1,56), pero los tamaños respectivos (13 y 9 hombres) les permitieron abarcar importantes áreas. Al mismo tiempo que este trabajo los liberaría parcialmente de la siega del trigo, de cuyos rendimientos inferiores fueron responsables, les permitiría compensar ingresos. Todo indica que gracias a estas decisiones recíprocas las cuadrillas tercera y séptima se vieron favorecidas.
Para la siega de la escaña también fueron elegidas solo dos cuadrillas, la vigésimo segunda y de nuevo la tercera. A cualquiera de ellas se le asignó una superficie casi idéntica. Para la vigésimo segunda aquella cantidad fue parte de su trato diferenciado. Las diferencias de rendimiento (vigésimo segunda, 2,48; tercera, 1,63) fueron consecuencia directa de los respectivos tamaños.
La siega del centeno le fue encomendada a una cuadrilla, la quinta, que había obtenido uno de los mejores rendimientos en la siega del trigo, de características muy similares. En esta ocasión su rendimiento fue el más bajo de todos, 0,19 unidades de superficie por hombre, consecuencia directa de que la cantidad de superficie sembrada de centeno se había reducido a 1,33 unidades de superficie.
Aunque cualquiera de los rendimientos de la siega de los cultivos asociados queda muy lejos de los rendimientos de las cuadrillas que trabajaron en el trigo, no cabe adjudicar estas diferencias a una dispersión de las cuadrillas en más de una siega a la vez. La documentación insiste en que acometían una cuando terminaban la otra, lo que no siempre excluye la posibilidad de alguna jornada de transición durante la cual la cuadrilla fuera repartida en dos áreas diferentes.
Los muy bajos rendimientos de la siega de las especies asociadas, si se los compara con los del trigo, sería la mejor demostración de que atribuirla discrecionalmente era una forma directa de decidir a favor de determinadas cuadrillas. Una tabla con el balance de toda la tierra segada por cada cuadrilla apenas modificaría lo que se observa a través de la siega del trigo, que impone su ley por abrumador dominio cuantitativo. De las 927,99 unidades de superficie segadas en esta fase definitiva, en la que se incluye la siega de la cebada, que fue su avanzada, 752,75 fueron de trigo, de las cuales 143,25 correspondieron a uno de los cortijos anexos, 174,92 al otro y 434,58 al cortijo central de la explotación. Las de cebada fueron 65, las de escaña, 43,58; las de yeros menudos, 28,58; las de garbanzos, 36,75; y las de centeno, 1,33. De donde se deduce que las de trigo fueron más de las cuatro quintas partes de la tierra puesta en explotación.
Era el 4 de julio y la cuadrilla segunda aún no había concluido sus trabajos, pero formalmente, entre el 28 y el 30 de junio fueron liquidados los de las veintidós contratadas para la fase definitiva de la siega, si bien hay indicios suficientes para pensar que las liquidaciones en realidad pudieron prolongarse hasta el 11 de julio.
Estaban pendientes de los precios que se decidieran para cada uno de los trabajos. En el transcurso del mes de junio, después del 3 pero antes del 30, don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira, los labradores de referencia a partir de los cuales se evaluaría el trabajo de la siega del trigo y sus especies asociadas, si debemos aceptar lo que literalmente sostienen nuestras fuentes, se habrían decidido a pagar determinadas cantidades por sus unidades de superficie segadas. La casa las habría conocido y, calculado el precio medio resultante de aquellas cotizaciones, tal como estaba acordado con todas las cuadrillas, decidió pagar por la unidad de superficie de trigo o centeno segada 39 reales, por la de yeros menudos, 55; por la de cebada, 40; por la de escaña, 25; y por la de garbanzos, 30. No obstante, hubo una excepción. A la séptima la siega de los garbanzos se le pagó a solo 15 reales la unidad de superficie, la mitad de lo acordado. La razón para la rebaja que expuso el administrador fue que habían estado muy endebles. Como a la otra cuadrilla que participó en la siega de los garbanzos la unidad de superficie sí se le pagó a los 30 reales estipulados, se puede interpretar que quienes estuvieron endebles fueron los miembros de la cuadrilla séptima durante las jornadas que emplearan en aquella parte de su trabajo. No obstante, no es posible excluir por completo la posibilidad de que la apelación a la endeblez sea una referencia a la calidad de la cosecha que había crecido en el área que le fue asignada a la cuadrilla peor pagada.
La combinación de cantidad de tierra adjudicada a las cuadrillas con su tamaño, la acumulación de trabajos y los precios que para ellos finalmente acordó la casa hizo posible que las diferencias de renta percibida por los segadores pudieran ser muy acusadas; tanto como la que hay entre 3.978,17 reales, que fue la cantidad percibida por la segunda cuadrilla, la que más ganó, y 234, la ingresada por la décimo tercera; una diferencia que se expresa mejor si se tiene en cuenta que la mayor contiene a la menor algo más de diecisiete veces. Luego entraba dentro de lo posible que un grupo restringido de asalariados, sujetándose a los dictados del destajo, pudiera ganar hasta diecisiete veces más que otro.
Entre uno y otro extremo el recorrido de la renta, sin embargo, se agrupa con relativa claridad, a diferencia de lo que ocurría con los rendimientos, de modo que la diferencia de rendimientos por unidad de superficie sería parcialmente neutralizada por el dinero ganado por el grupo. Aunque el caso que roza los 4.000 reales es excepcional, tan singular como el siguiente en el orden de los tamaños de las rentas, que alcanza los 3.400, la serie de las que quedan comprendidas en el intervalo entre 2.000 y 3.000 está nutrida por ocho cuadrillas. El rango de la élite que forman las cuadrillas por razón de renta, que comprende poco menos de la mitad de ellas, estaría delimitado pues por el mínimo 2.000 reales.
A partir de ahí se abre un abismo. Entre el valor 2.000 y el 1.000 solo hay un caso, por debajo de 1.500. Así que el segundo rango al que podían aspirar las cuadrillas estaría claramente marcado por el intervalo 500-1.000 reales, en el que se encuadran otras nueve, casi la otra mitad. Las dos inferiores no solo quedan por debajo de 500 sino que además la menor es casi la mitad de la antecedente.
El alcance personal de aquellas diferencias era aún menos acusado, gracias a que el tamaño de las cuadrillas habría sido previsto como el atenuante de las diferencias entre los encargos y por tanto entre las rentas totales obtenidas. Esta vez la diferencia entre lo ingresado tras el reparto equitativo por el que más cobró (568,31 reales, cada uno de los hombres de la segunda) y el que menos (82,55, cualquiera de quienes trabajaran en la denostada décimo novena) es solo de algo menos de siete veces el valor más bajo, casi la tercera parte de la diferencia que separaba entre sí los ingresos totales de las cuadrillas; lo que no obsta para que sea necesario reconocer que un segador destajista podía ganar hasta unas siete veces más que otro, primero por razón de trabajo asignado por los responsables de la labor donde trabajara y en segundo lugar por el tamaño de la cuadrilla en la que se integrara, inversamente proporcional al rendimiento que de él se podía esperar.
Aunque los casos se pueden también agrupar por rangos, las distancias que separan unos de otros no son tan amplias, si exceptuamos un grupo de cabeza, muy destacado de los demás. Ingresa por encima de los 400 reales y abre una brecha con el siguiente de unos 50. Pero a partir de ahí las diferencias quedan bastante atenuadas. Entre 350 y 250 aproximadamente se encuadran los miembros de nueve cuadrillas, casi la mitad, y entre unos 220 y 100 quedan otros nueve. El último valor, 82,55, es bajo todos los conceptos una excepción, a pesar de lo cual es necesario reconocer que, trabajando a destajo, cualquier segador con seguridad podía conseguir durante el tiempo que se empleara en esta actividad unos ingresos en efectivo superiores a los que obtuviera si se empleara como asalariado regular para trabajar en otras tareas. Mientras que si se empleara bajo esta condición, durante un periodo de 25 días, similar al que puede estimarse para cualquiera de las cuadrillas de la siega, ingresaría en concepto de jornal 87,5 reales, si completara el trabajo que se le asignara como segador podía aspirar a ingresar como mínimo algo más de 100 reales.
Nada de esto impedía que la casa, aun repartidas las rentas directamente relacionadas con la productividad del trabajo, todavía se esforzara en completar la discriminación sirviéndose de gratificaciones. Las recibía íntegramente el capataz, quien luego las repartía entre quienes hubieran sido distinguidos con ellas. Para la casa, sería la manera más directa de declarar sus preferencias, beneplácitos y condenas, y estimular las diferencias y la competencia entre trabajadores.
Los primeros y más agraciados eran los propios capataces, ya distinguidos con los poderes del cabo sobre sus escuadras. Los hubo que consiguieron sumar hasta 40 reales a los ingresos que obtenían como miembro activo de la cuadrilla que dirigían, lo que se pudo traducir en pasar de 315,73 reales a 355,73, que sería tanto como incrementar sus rentas en más de una décima parte. También hubo quien sumó 35, y una buena porción, hasta siete capataces, añadió 30, en la mayor parte valiéndose solo del premio a su trabajo en la siega del trigo, en otra sumando la dirección de los trabajos en el trigo, la cebada, los garbanzos y la escaña. Porque las gratificaciones del trabajo en el trigo siempre eran notablemente más altas que las más modestas que se percibían por cualquiera de las otras siegas. Y también hubo quienes se quedaron en una discreta zona intermedia, no demasiado concurrida, entre los 25 y los 10 reales de premio.
Aunque hay una alta correspondencia entre el volumen de trabajo desarrollado y las gratificaciones de los capataces, se detectan casos de visible preferencia, como el del capataz de la cuadrilla vigésimo segunda, que encabeza la tabla de las gratificaciones, cuando el valor del trabajo de su cuadrilla, aunque alto, estaba a más de mil reales de distancia de la cabeza. Algo similar, aunque no en un grado tan alto, ocurre con las sexta, octava y novena. Pero donde la discriminación se concentra es en ignorar la gratificación. Hay siete capataces que no reciben ninguna.
Contra todo pronóstico, el capataz de la décimo novena, Manuel Díaz Román, también estuvo entre los mejor gratificados por su trabajo en la siega del trigo, los que fueron discrecionalmente agraciados con 30 reales y más. El administrador justificó tan inopinada generosidad, puesto que se trataba del capataz de una de las cuadrillas de segadores malos, aclarando que se vino enfermo, muriéndose. A 30 reales -un tercio de la renta menor que se podía percibir por un mes de trabajo a destajo- ascendería en aquel momento lo más parecido a una indemnización compensatoria de muerte relacionada con el trabajo.
La interrupción del trabajo de la décimo novena el 11 de junio pudo estar relacionada con este desenlace, y cabe la posibilidad de que la décimo cuarta, que abandonó el mismo día, se viera arrastrada por una reacción solidaria contra la misma circunstancia. Eso daría un giro a la calificación del trabajo desarrollado por aquellas cuadrillas, a las que a pesar de todo el administrador no dejó de calificar como malas, una valoración que puede incluir tanto las exigencias de los contratantes como la dureza del trabajo. Tanto el tamaño de la recompensa como la persistencia en la opinión adversa, a pesar de la evidencia fatal, deben tomarse como testimonios directos de la responsabilidad que el contratante estaba dispuesto a reconocerse en hechos de aquella naturaleza.
Atadores, para la siega del trigo, eran los miembros de la cuadrilla que hacían las gavillas, quienes también eran objeto de gratificación. El espectro de sus premios es más reducido. Nunca pudo proporcionar un ingreso que incrementara de manera sensible el que se obtenía como miembro regular de la cuadrilla. Todas las gratificaciones repartidas entre ellos están comprendidas entre 10 y 20 reales, y de nuevo premian con criterios muy selectivos a los que trabajan en cuadrillas que ya han sido distinguidas con los demás recursos discriminatorios al alcance de la administración. Pero igualmente el anatema cae sobre una parte de quienes desempeñaban aquel trabajo. Ahora incluso con más severidad. Son 12, más de la mitad, los atadores que no recibieron aquel reconocimiento.
El último recurso para marcar las diferencias entre las cuadrillas era darles una gratificación para que la gastaran en vino para todos los miembros de la que hubiera sido agraciada con tan alta distinción; más otra declaración de los contratantes, y de su manera de concebir las relaciones con quienes les proporcionaban el trabajo que convertía sus gastos en renta, que una forma de la gratificación. Cargar con los costos de una pretendida celebración por el final de los trabajos sería su manera de representar que la armonía entre las partes quedaba consagrada por una libación. Nada en los testimonios asegura que aquella cantidad fuera invertida en aquel consumo, y nada impide pensar que podría ser repartida entre los miembros de la cuadrilla como un complemento más de su nómina.
Tampoco está claro que no fuera un recurso marginal para levantar una última barrera para marcar las diferencias entre destajistas. Facilita que sea un último medio de discriminación la participación en más de una siega. Aunque siempre sería exiguo, todavía fue capaz para discriminar con el arma de las recompensas valiéndose de una estrecha banda, la comprendida entre los 20 y los 8 reales. La serie de todos los casos, si exceptuamos el de la quinta cuadrilla, es capaz de tomar siete valores distintos, y servirse de la intervención en distintas siegas para llevar a los lugares más altos el más disperso de los reconocimientos. Aunque la serie redunda en las jerarquías ya consolidadas por otros conceptos, la cantidad dada para vino añade un matiz de cualificación de los trabajos que hace que se consoliden en la preeminencia cuadrillas ya favorecidas por otros medios, y demuestra que hubo ocho cuadrillas, todas a partir de la décima, que no tuvieran oportunidad de probar el vino, aunque se lo propusieran, a costa del reconocimiento de la casa.
Los 40 reales para vino que recibió la quinta son evidentemente una excepción, que sin embargo se explica con facilidad. Fue la comunión con la casa bajo esta especie la que salió al paso de la reclamación por parte de la cuadrilla de más precio del acordado para la siega del centeno. Argumentó que lo habían segado bajo. Pero se convinieron por fin dándoles 20 reales para vino, a sumar a los 20 que ya habían percibido por el mismo concepto como gratificación de su trabajo en la siega del trigo.
La última manera de gratificar consistió en que la casa condonara a las cuadrillas el pago de la mitad de los derechos de medida que les tocaba. Fue el trato común, probablemente porque los gastos ya los hubiera adelantado la casa, que a su vez sería quien previamente contratara a los agrimensores que hacían las mediciones. Dieciséis de las veintidós cuadrillas que segaron el trigo se vieron recompensadas de esta forma, cuatro de las cinco que ejecutaron la siega de la cebada, las seis que participaron en la de los yeros, una de las dos que segaron garbanzos y las dos que segaron la escaña.
Excepcionalmente, se habían avenido a no medir sus tierras dos de las cuadrillas que hicieron la siega del trigo y una de las que hicieron la de los garbanzos. El compromiso lo adquirieron con el aperador, a cuyo cargo quedaba la estimación de la superficie segada. De la manera de expresarse los textos se deduce que se calculaba de antemano, como parte del compromiso inicial. Esto, además de que eximiría a las cuadrillas de cargar con aquel costo, todavía podía permitir algún trato de favor. La décimo quinta, que fue una de las dos que se atuvo a esta posibilidad, por la siega del trigo cobró dos fanegas dos celemines de más por equivocación del aperador.
Valiéndose de este recurso, resultarían indirectamente penalizadas las que tuvieran que cargar con la obligación de pagar su mitad. Así sucedería a cuatro de las cuadrillas que participaron en la siega del trigo (décimo primera, décimo octava, décimo novena y vigésimo primera), una de las que participaron en la de cebada (la primera) y la que hizo la siega del centeno (la quinta). Así puede deducirse de que los testimonios, para estos casos, silencian que la mitad de los derechos de medida les fueran condonados.
Primeras siegas
Publicado: junio 15, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Una casa agropecuaria podía estar interesada en la producción de aceite, en la de vino, en la cría de ganado de cualquier especie. Ninguna de estas actividades sería suficiente para satisfacer por completo su plan. Una labor, la explotación destinada a la producción de trigo y sus cultivos asociados, era la pieza imprescindible para las que aspiraban a las primeras posiciones, un rango para el que nunca faltaban competidores. Les proporcionaba al menos la mitad de los ingresos que obtuvieran cada año. Tan importante renta, cuyo tamaño la justificaría, se la jugaban a la siega, el trabajo decisivo de la recolección.
En una labor de primer orden, mantenida por una casa que estaba interesada al mismo tiempo en todas las producciones que se han mencionado, este trabajo empezó con la siega de las habas, un cultivo al servicio del barbecho que se ha solido llamar semillado, a su vez tributario del cultivo determinante, el del trigo. Para ella fueron contratadas tres cuadrillas de trabajadores del campo, que la casa identificaba por el nombre de su capataz, quien antes había reclutado a los que en cada una trabajarían con él. La de Manuel Caballero Martos sumó quince jornaleros o trabajadores esporádicos, Cristóbal García López, Tobalo para los amigos, compuso la suya con trece y Francisco Blanco González con diecisiete o dieciocho mujeres también de la clase de los asalariados. Mientras que las de hombres se ajustaron a siete reales secos, es decir, sin comida o solo por una cantidad de dinero por cada día trabajado, la de mujeres lo hizo por la mitad, tres reales y medio. No obstante, porque era una costumbre aceptada en todas partes, a todos se les permitió mientras segaran recurrir a las habas que recolectaran para que se hicieran un guiso diario.
A los capataces de las cuadrillas de hombres el administrador de la casa les adelantó cantidades a cuenta de la remuneración del trabajo que iban a hacer, mientras que para la de mujeres dio al aperador, responsable directo de las actividades de la explotación, el dinero que debía servir al mismo fin, para que les pagara diariamente en el cortijo donde debían actuar. Los adelantos a costa del trabajo que se iba a realizar, que era una práctica regular en estos casos, serían tanto una apuesta a favor de quienes iban a hacerlo como una satisfacción al apremio de quienes dependían de la renta diaria para hacer frente a sus necesidades de consumo.
La cuadrilla de mujeres empezó a trabajar el 7 de mayo y a partir del 9, cuando todos salieron temprano para el campo, trabajaron simultáneamente las tres. En el primer cortijo de la explotación, el que hacía de centro de sus actividades, las encontró aquel mismo 9 de mayo el administrador, quien fue a inspeccionar cómo marchaba la siega que les había encargado. Las hay medio verdes, escribió, refiriéndose a las habas, aunque otras están maduras, en vista de lo cual a los segadores les encargó que fueran dejando atrás las verdes, para evitar el agracejo o mal sabor que tal vez tuvieran, consecuencia de que les faltaba maduración.
La siega de las habas se prolongó hasta el 17, el mismo día que fue pagada a jornal, y por tanto sin medir ni separarse los costos de la siega. Habían sido once días en total para la cuadrilla de mujeres y nueve para las dos de hombres, aunque a estas en realidad solo les había ocupado siete, porque los dos últimos, el 16 y el 17, los habían empleado en atar las habas que habían recolectado. La cuadrilla de Cristóbal García López había acumulado ciento treinta y ocho peonadas, de las cuales ciento nueve habían sido de siega, mientras que las otras veintinueve las había empleado en atar las habas. El capataz, como reconocimiento a su responsabilidad, recibió un plus de un real, sobre los siete acordados, por sus nueve peonadas, además de una gratificación de otros cinco, aunque no es costumbre, para redondear los cuatro adelantos y la liquidación. La de Manuel Caballero Martos sumó ciento treinta y siete peonadas, de las cuales ciento dieciséis fueron de siega y veinte de atar o engavillar, a lo que se le sumaron las nueve de una mujer que durante aquellos días trabajó con los hombres de la cuadrilla. El capataz recibió el mismo plus y la misma gratificación que el de la otra. Por último, la de Francisco Blanco González acumuló ciento sesenta y una peonadas, hechas por entre once y dieciocho mujeres entre el 7 y el 17. De siega fueron ciento treinta y cinco y veintiséis de atar las gavillas. Al capataz se le reconocieron las once peonadas a ocho reales, cantidad en la que iba incluido el real de plus.
Terminada la siega de las habas, se emprendió la de cebada, un cultivo al que las casas invariablemente dedicaban atención por la responsabilidad que le tocaba en la alimentación de su ganado. El 19 de mayo fueron contratadas cuatro de las cinco cuadrillas que debían realizarla. De nuevo Cristóbal García López organizó una con siete hombres. Francisco Blanco González, que para las habas había preferido mujeres, esta vez reunió diez hombres. Las otras dos las reclutaron capataces que antes no habían actuado. Manuel García, alias Piña, creó la suya con siete destajeros, y Francisco Escamilla Lora reunió solo seis. Debían salir a trabajar al día siguiente, el mismo durante el que el administrador completó la contratación de los hombres que había creído necesarios. Otra vez Manuel Caballero Martos se comprometió con siete destajeros, bajo las mismas condiciones y con los mismos medios.
Todas las cuadrillas se ajustaron exponiéndose a las tensiones que conociera el mercado de trabajo durante aquellos días, a lo largo de los cuales su demanda se incrementaba, tal como era habitual. Las partes se limitaron a remitir el jornal al precio medio que paguen sus fanegas de cuerda don Ramón Sanjuán, don José Gavira y don Antonio Quintanilla, labradores que también cultivaban cebada, quienes por causas que no conocemos servirían de referencia a las explotaciones de aquel término. Para contribuir a su trabajo, cada cuadrilla recibió del almacén de la casa unas aguaderas, cuatro cántaros pequeños y un lebrillo, medios que creerían necesarios para sostener el trabajo en la besana cuando ya el verano estaba próximo. Las aguaderas, que se hacían con madera o con esparto, estaban pensadas para cargarlas sobre bestias. Las dividirían en cuatro compartimentos, dos a cada lado de la bestia, para colocar los cuatro cántaros, vasijas de barro de las que regularmente beberían. El lebrillo, más ancho por el borde que por el fondo, de barro vidriado, lo utilizarían para asearse.
El 24 de mayo, mediada la siega de la cebada, el administrador fue al cortijo para ver el rastrojo que estaba dejando. En su opinión, las cuadrillas lo llevaban regular, una expresión, más que imprecisa, moderadamente descalificadora. Pero para aquel momento su interés estaba ya concentrado en la inspección de los trigos. A su juicio estaban casi para segarlos, con el grano regular, principalmente en uno de los tres cortijos integrados en la labor de la casa; aunque las espigas, al menos las que aquel día vio, eran cortas y generalmente con pocas órdenes; de donde dedujo que proporcionarían poco en simientes, si la granazón no acababa muy perfectamente. Tampoco de esto percibía las mejores señales en aquel momento. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día, se lamentó.
Parece que las cuadrillas contratadas regularon con autonomía sus ciclos de trabajo. A los dos días de haber empezado el suyo, la de Cristóbal García López se volvió a la población para holgar por primera vez, y aquel mismo 24 de mayo hicieron su primera huelga las cuadrillas de Manuel García alias Piña, Francisco Escamilla Lora, Francisco Blanco González y Manuel Caballero Martos.
La frecuencia con la que se movieron se puede aproximar. Todas, a la espera de que su trabajo tomara precio, también para esta ocasión fueron recibiendo dinero a cuenta, las cuatro primeras los días 19, 23 o 24 y 29, y la quinta, el 20 y el 24. Dada la regularidad con la que los capataces acudían a las dependencias de la administración de la casa para tomar estos adelantos, se puede suponer que del mismo modo podrían regular su retorno a la población las cuadrillas de segadores. Bajo este supuesto, el calendario de sus movimientos, contando con que la primera fecha es la de partida, sería 23 o 24 de mayo para todas, es decir, entre cuatro y cinco días después de la partida, y entre cinco y seis para el siguiente y definitivo retorno. Probablemente, las cuadrillas fijaban su residencia en el cortijo de un modo muy inestable, y la frecuencia de sus desplazamientos iría en detrimento de la duración efectiva de la jornada de trabajo. Parte de la responsabilidad de tan segmentado empleo de la energía pudo corresponder a que su ajuste tampoco incluía la comida.
El 26 el administrador fue de nuevo a la explotación. Esta vez estuvo viendo la sementera de trigo en las otras dos unidades integradas en ella, donde, según observó, ya iba granando medianamente. También supervisó a los segadores de la cebada, a la que, en su opinión, le había faltado la primavera. Aunque continuaban cortándola, estaba espesa como un linar, todo lo mala que cabe, lo mismo de paja que de grano.
El 29 los asalariados que habían sido destinados a sacar las gavillas de habas, porque habían quedado en la besana una vez segadas, una parte de los que habitualmente contrataba el aperador para cualquiera de los trabajos que fueran necesarios, habían terminado este trabajo. En la unidad central de la explotación, desde días antes, otra parte de ellos estaba ya trabajando en su trilla con los mulos de la casa. Las gordas ya las tenían limpias y de las menudas estaban aventando la primera parva. Dieciséis de ellos todavía debieron seguir en la era del cortijo trillando habas menudas con los mulos los días 30 y 31 de mayo y 1 de junio.
Mientras tanto, el 27 había empezado, en el nombre de Dios, el acarreo del grano de la cosecha de aquel año, que se concentraba íntegramente en las dependencias de la casa en la población. Aquel día las burras de la casa habían llevado tres viajes de habas, y los mulos, solo uno. En total, ciento sesenta y una fanegas, de las cuales ciento quince eran de habas gordas y cuarenta y seis de menudas. Las dejaron en uno de los graneros de la casa. A partir de aquel día continuaron porteándolas al mismo lugar los días 30, 31 y 1 de junio, y era ya el 3 cuando los mulos todavía estaban llevando habas menudas, lo que seguirían haciendo hasta concluir su almacenamiento.
Aunque el 28 de mayo terminara la siega de la cebada, no se liquidaron cuentas, a la espera de que el consorcio de labradores tarifara todo el trabajo de quienes segaban. No obstante, el 29, cuando cuatro de las cinco cuadrillas estaban percibiendo sus últimos adelantos a cuenta, dos de los capataces, Tobalo y Piña, le entregaron al administrador sus fes de medida del terreno segado, hechas por un agrimensor, don Pedro Calvo, para que cuando hubiera precio pudieran liquidarse sus cuentas. De aquellas certificaciones, que fijaban con precisión e independencia arbitrales toda la superficie segada por cada cuadrilla, dependían sus ingresos, porque tal como se acordaba en todos los casos se tarifaba la remuneración del trabajo por unidad de superficie.
En aquella ocasión la cebada segada estuvo concentrada en uno de los tres cortijos de la explotación, la mayor parte de ella en áreas indiscriminadas de él, otra en el llano del pozo y el resto en el haza de la laguna. El balance de la superficie de cebada que se había segado fue de sesenta y cinco unidades de superficie. Cada una de las cinco cuadrillas había segado en torno a una quinta parte de aquel total. La diferencia entre la que más había segado y la que menos no llegaba a las tres unidades de superficie.
La invención de la historiografía
Publicado: junio 7, 2018 Archivado en: Recopilador | Tags: historiografía Deja un comentarioRecopilador
La historiografía quedó fijada como género literario en la Grecia clásica. Las propiedades que entonces le fueron adjudicadas decidieron los límites dentro de los que estuvo durante toda la antigüedad. Uno de ellos impondría las exigencias de forma y el otro decidiría sobre su finalidad. Ni uno ni otro eran consecuencias que debieran derivarse del hecho de que fuera recibida como género, aunque en los dos casos hubo de ser inevitable que los hábitos antes adquiridos para organizar y justificar el relato del pasado transfirieran al menos una parte de la autoridad que espontáneamente la tradición confiere. Fueron decisiones propias de hombres que vivieron en aquella cultura, que aunque heredera y respetuosa con las de Egipto y Próximo Oriente que le habían precedido prefirió crear en el tiempo de su mayor independencia bajo los principios de razón y orden.
A partir de entonces el relato histórico estuvo regido por la condición de la calidad literaria. Tanto las narraciones escritas en griego como las que luego fueron redactadas en latín se atuvieron a esta norma. Si bien es cierto que ninguno de los dos precedentes del género de los que podemos tener certeza fue ajeno al interés literario, sería no reconocer los hechos ignorar que mientras en los anales el interés literario es circunstancial, en las narraciones inspiradas por mitos aquel interés es permanente y estimula todo el trabajo. De aquí habría que deducir que la historiografía clásica, en su origen, estuvo preferentemente influida -hablando solo de las tradiciones que en ella pudieron converger- por la mitografía. Eso significaría que pudo ser más poderosa como fuente la evocación de ideas ejemplares que la veracidad o la fidelidad a los hechos de referencia que el relato expone. Aunque entre los antiguos la aspiración fundamental a la verdad nunca fue discutida, sin embargo se exigió que la obra histórica fuera literaria. Todo quedó subordinado a la eficacia artística. Nunca se emprendería el análisis adecuado de las obras de historia escritas durante la última antigüedad si no se las tomara como obras literarias. La idea la resumió un contemporáneo, Quintiliano, en una máxima muy expresiva: la historia es casi poesía y en cierta manera canto libre.
Pero otra característica definió formalmente este tipo de creaciones en la antigüedad, y facilitó la recepción de la analística. En todos los casos, la obra antigua de historia debía tener un fino sentido político, aunque no exactamente público. Debía ayudar a que en la ciudad hubiera un adecuado clima de convivencia, así como a que quienes en ella habitaran se sintieran identificados entre sí como parte necesaria de la vida en comunidad a la que inevitablemente pertenecían por nacimiento. También en este caso las ideas fueron depuradas hasta transformarlas en un aforismo: la historia debe ser encomio para los amigos y denuesto para los enemigos. Aunque expresadas en estos términos las ideas deban ser declaradas originales de la fijación de la historiografía, es inevitable reconocer en su fondo la responsabilidad que los anales tuvieron en la definición y sostén de las instituciones políticas egipcias. La diferencia entre una y otra iniciativa está en que la versión más tardía o desarrollada es declaradamente política.
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