Una compra de trigo ultramarino
Publicado: junio 29, 2014 Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica Deja un comentarioRedacción
Un 3 de junio dos regidores, que una junta local de granos había diputado para la compra de trigo, informaron que se mantenían muy atentos a cerrar precios del grano en la capital, para que en el momento que fuera conveniente se pudiera llevar a la población en la cantidad que se les había encomendado. Tanto era el volumen pretendido que habían previsto un granero en la casa del regidor bajo cuya custodia estaba el dinero destinado a la operación.
El siguiente día 8 uno de ellos, para cumplir con lo que se le había encargado, viajó hasta la capital. Allí se instaló, contando con que el municipio habría de compensarle, mientras se ocupara en este empleo, a razón de 30 reales diarios en concepto de dieta única. Permaneció allí entre un lunes y un viernes, los cinco días comprendidos entre el 8 y el 12 de junio, fechas durante las que además hizo los viajes de ida y vuelta. En su transcurso, sirviéndose del cruce de correspondencia con el otro diputado, que permanecía en la población, ejecutó la mayor operación de compraventa de trigo, para una población y por tanto con cargo al patrimonio público, que hayamos podido documentar.
Entre los dos diputados circularon al menos ocho cartas, de las cuales siete fueron remitidas por el que se había establecido en la capital. La primera la escribió el mismo día 8, la segunda y la tercera el 10, otras tres sucesivamente a lo largo del 11 y la séptima el 12 de junio. La octava pieza de la que tenemos certeza fue la respuesta que el diputado que permanecía en la población dio a la segunda enviada desde la capital, o primera del día 10, miércoles, jornada en la que además la junta local de granos celebró reunión y a su vez tuvo noticia de la carta enviada el 8 desde la capital por su diputado.
Aunque el objeto preferente de la correspondencia fue todo lo relacionado con la compra que se habían propuesto, quedó algún margen para las confidencias. En la segunda comunicación del 10 de junio el diputado que se había desplazado se dirigió a su par en la población para certificarle que había recibido su comunicación aquel mismo día, después de que enviara la primera partida de trigo. Mencionaba además una de sus preocupaciones. Creía haber actuado según las instrucciones del corregidor. Por lo demás, no tenía otra cosa que contar, salvo enviar memorias a los amigos, por no caer en esa falta, aunque reconocía que no estaba en aquellos momentos para tales cuidados.
La frecuencia con la que en algunas ocasiones fue remitida la correspondencia desde la capital demuestra una alta velocidad en la comunicación, puesto que era necesario cubrir entre cinco y seis leguas para ir de un lugar a otro. Puede sospecharse que para satisfacer el servicio fuera necesario recurrir a propios, el sistema más rápido y más caro de los que se podía disponer en la época para atender al intercambio de información. Pero, como no consta entre los gastos originados por la compra del trigo que la comunicación fuera responsable de carga alguna, es posible que, por una parte, se tratara de los mismos propios que habitualmente fueran utilizados para cruzar correspondencia entre el lugar y la capital.
Consta asimismo que algunas de las cartas fueron remitidas con los mismos arrieros contratados para el transporte del grano, y que también actuó como correo un guarda de campo de la población, que durante cuatro de los cinco días acompañó al diputado. Cada jornada hacía viajes de ida y vuelta a la capital con tanta dedicación que su trabajo fue apreciado a razón de 12 reales por día. Primero volvió para llevar la noticia de la compra, y luego se empleó en acompañar a los arrieros forasteros contratados para el tráfico de la mercancía. También se sabe que quien actuó como pagador de la operación hizo circunstancialmente de correo entre el diputado que estaba en la capital y el que permanecía en la población, llevando informes sobre lo que podía suceder a mediados de la semana, cuando el sistema de transporte al que se había recurrido sufrió momentáneas complicaciones. Fuera de un modo o de otro, la rapidez con que circuló la información demuestra que mantener una posición de ventaja en una operación de compraventa de trigo exigía comunicaciones muy fluidas.
En cuanto llegó a la capital, cumpliendo con el encargo que llevaba, el diputado fue a los almacenes a ver granos. En aquel momento había cuatro vendiendo. Reconocidas las calidades de sus trigos, le pareció que el mejor era el ofrecido por Manuel Paulín, a la sazón el segundo comerciante que en calidad de tal se había convertido en miembro de la junta regional de granos. Para el comprador así lo confirmaba que la mayoría de las panaderías de la ciudad no compraban en otra parte. Se decidió pues a tratar el ajuste con él, partiendo de que su precio era el de todos los demás, que vendían a 38 reales la fanega, precio al que también lo estaban pagando los panaderos. No obstante, habiendo acordado con el comerciante la compra de un total de 1.000 fanegas, consiguió la rebaja de un real por fanega.
La compraventa tomó al diputado como rehén. Por la primera carta que el día 10 remite sabemos que Paulín no quería que quien representaba a la población que había hecho la compra se separara de su almacén hasta que la entrega de todo el trigo hubiera concluido. Cada jornada, en el mismo lugar donde estaba almacenada, antes de cargar la mercancía, era medida. Un medidor, que cobraba a razón de 4 maravedíes por fanega, era quien realizaba la operación. Como la cantidad cobrada por unidad de capacidad es clasificada por la documentación como derecho de medida es posible que se tratara de una tasa impuesta por el almotacenazgo de la capital. No obstante, el trabajo fue gratificado por los compradores con cuatro reales más. El 12 de junio un medidor público recibió del diputado que había efectuado la operación 123 reales y 2 maravedíes por la medida de las 1.046 fanegas de trigo.
Durante aquellos cinco días, la mayor inquietud, tanto del diputado que se había trasladado a la capital como de su colega, que permanecía en la población, fue organizar el transporte del cereal comprado. Desde el día que el primero se instalara, sobre todo le preocupó disponer de suficientes arrieros, nombre que conviene a los poseedores de bestias que las empleaban para la carga. Para garantizar que el trigo llegara inmediatamente hasta la población creía necesario que su correspondiente, el diputado que permanecía en ella, organizara lo más pronto posible el traslado a la capital de cuantas recuas pudiera facilitar, para que el trigo fuera transportado en los cuatro o cinco días siguientes. Había sido condición del ajuste que a la mayor brevedad se desocupara el almacén donde el trigo permanecía. Paulín esperaba más y quería guardarlo en el mismo almacén, y no sabía si el que llegara sería de la calidad del que le habían comprado.
Por la noche de aquel mismo día 8, una vez recibida la carta enviada, desde la población salieron todas las recuas que el diputado que allí permanecía había podido encontrar. Los dos primeros envíos de trigo, que salieron de la capital el día 10, pudieron disponer de un número satisfactorio de transportistas, nueve y ocho arrieros respectivamente. Pero al diputado que permanecía en la capital no debieron parecerle suficientes. La segunda carta del mismo día 10 insistía a su colega en que no se olvidara enviarle más arrieros, para que a la mayor brevedad quedara concluido el transporte del trigo.
No obstante desvelos y esfuerzos, el día 11 el envío del grano entró en crisis. Durante aquella jornada solo se pudo contar con cinco arrieros. El resultado fue que se movieron menos de doscientas fanegas. Se multiplicó el intercambio de correspondencia. En una de las cartas de aquel día el diputado que permanecía en la capital advertía a su colega que hasta la puesta de sol, cuando llegara a la población don Tomás García de la Reguera, que se había trasladado a la capital para efectuar el pago de la compra, no debía decidir nada en cuanto a recuas. Don Tomás llevaría una carta para el diputado que permanecía en la población que contenía informes sobre lo que podía suceder. Así podría actuar con conocimiento antes de lo que se pudiera decidir.
En la segunda carta de aquel 11 de junio, al informarle del envío de otra partida de trigo que en total sumaba 125 fanegas añadía que en aquel momento en la capital tenía disponibles 775 fanegas, lo que era casi del todo cierto. El día 10 había cargado 567,5 y el día 11, 183, lo que sumaba 750,5. Pedía a su correspondiente que para las 224,5 que restaban debía prever, para la mañana del día siguiente, que estuvieran en la capital las recuas necesarias para transportarlas. Probablemente entonces todavía pensaba que la operación se cerraría con la compra de 1.000 fanegas, puesto que 775 y 224,5 sumaban 999,5.
Pero el envío de trigo permanecía estancado. Aún el 11 de junio, por tercera vez, el diputado para la compra de trigo se dirige desde la capital a su compañero. Esta vez se limitó a enviarle una nota muy esquemática y confusa. Advertía que, al tiempo que la nota, un arriero de Paradas entregaría 32,5 fanegas, incluidas en la apuntación que llevara el mencionado don Tomás con otras 31 fanegas. Añadió como posdata una escueta advertencia, probablemente referida al granero al que aquellas partidas debían ser dirigidas, habilitado en las casas del regidor bajo cuya custodia estaba el dinero destinado a la compra del trigo ultramarino.
Del atolladero se salió al día siguiente, aunque, a pesar de que se había resuelto el envío de una cantidad superior a la inicialmente prevista, no fue suficiente. El 12 de junio de nuevo el diputado que permanecía en la capital notificó que el trigo que aquel día había remitido, a cargo de un tal Manuel Fernández, alcanzaba la cifra de 239,5 fanegas. Este Fernández estaba al frente de un convoy compuesto por once arrieros.
Se deduce que el problema pudo estar en Paulín, que al final, con la excusa de que quería vaciar el almacén, y contando a su favor con la rebaja de un real por fanega, estaba a punto de colocar a los compradores más de las 1.000 fanegas inicialmente previstas, exactamente 1.046. Así lo demuestra el balance del transporte. Las partidas comenzaron a enviarse el 10 de junio, y para el 12 ya habían cambiado de lugar 990 fanegas, según la contabilidad del punto de origen. El día 10 fueron enviadas 567,5 en dos partidas, el 11 en tres partidas 183 y el día 12 otras 239,5 en una partida. Las 56 restantes, hasta completar las 1.046 que finalmente tuvieron que ser objeto de la transacción, debieron quedar para un envío final, posterior al 12.
Cada partida o envío se consumó con la participación de cierto número de arrieros. Según este criterio, se puede decir que hubo dos clases de partida. Casi la totalidad de 990 fanegas (más de las 4/5 partes) fueron enviadas en tres partidas, cuyos medios de transporte los compusieron recuas de entre ocho y once arrieros. Las otras tres fueron de solo un arriero en dos casos, mientras que la tercera la integraron cuatro.
Cada unidad económica de las que fueron utilizadas para el transporte se puede identificar por su personificación. Los documentos comúnmente la segregan llamándola arriero. De los 32 casos observados, 30 ofertas de arriería fueron individuales. En el tipo común un individuo, actuando como arriero, aplica un determinado número de bestias al transporte. En una de las otras dos ocasiones una comunidad de estos transportistas se presenta como un hombre y sus compañeros, y en otra explícitamente los arrieros se declaran tres asociados. Si podemos conceder alguna representatividad a estos casos, se podría decir que en la región, aunque actuaran entonces las sociedades de arrieros, su relevancia económica sería muy limitada.
Cada uno de ellos se comprometía al transporte de un número de cargas o haldas. Luego el tamaño de las empresas empleadas en el tráfico terrestre del trigo vendría dado por el número de cargas que cada arriero fuera capaz de transportar. Indica que el tamaño expresado por este número, en el momento de la observación, es el límite superior de cada empresa que ninguna tenga capacidad para completar el transporte de la totalidad de la mercancía adquirida.
Por carga o halda en torno a 2 fanegas podían ser movidas. De los 32 casos en que puede conocerse este valor, solo cinco quedan algo por debajo de 2. Los demás están comprendidos entre 2 y 2,5, aunque son más frecuentes los próximos a 2 que los próximos a 2,5. Excepcionalmente se documenta que un arriero transporta 3 fanegas por carga, pero en este caso no se puede excluir que se trate de un error.
Estos cálculos y el modo de expresarse el documento permiten pensar que cada carga era un saco, también llamado en la época costal cuando se trataba de llenarlo de trigo, que normalmente iría cargado con algo más de una fanega. Para cada envase lo que sobrepasara este valor, como máximo, alcanzaría las 0,25 fanegas.
No es admisible que el número de cargas o haldas fuera idéntico al del número de animales que compusiera la recua de cada arriero, pero sí lo es que entre uno y otro valor hubiera una relación directa. El número de cargas que cada cual tomaba tenía que estar directamente relacionado con el de animales de que dispusiera. El rendimiento de los medios de cada empresa vendría dado por la relación entre el volumen de la mercancía y el número de animales, o capacidad de carga.
La información proporcionada por la fuente permite concebir la unidad de transporte como al menos un par de costales que colgaban a ambos lados del lomo de una de las bestias que se utilizaban para el transporte bajo la modalidad de recua, unas de la especie mular y otras de la asnal.
Las pequeñas oscilaciones que se observan, comprendidas entre el máximo 2,5 y el mínimo 1,86, concentradas en torno al valor medio 2, son la prueba directa de que no todos los animales tenían la misma masa, la misma envergadura o idéntica fuerza. La evidencia de los bienes vivos poseídos aconsejaría a sus dueños cargar unos más y otros menos. Es verdad que también las oscilaciones de este valor pueden ser indicio de deseos de optimización del medio de transporte o de regulación del esfuerzo para la distancia total que han de cubrir en sus rutas los respectivos arrieros. Pero no creemos que se yerre si los valores menores son atribuidos a machos o mulas, mientras que los valores más altos se adjudican a jumentos. Una bestia mayor podría cargar mayor número de costales, aunque con menos grano cada uno, mientras que las menores, con lomos capaces para un menor número de costales, serían cargadas con menos sacos que apuraran más su capacidad.
El tamaño de las empresas individuales estuvo comprendido entre 27 y 3 cargas. Las 15 haldas sería un límite que dividiría en dos a los arrieros, según el tamaño de sus medios de transporte. Mientras que con mucha regularidad, entre 27 y 15 cargas, las hay de los sucesivos tamaños, con preferencia impares, entre 14 y 3, además de que se documentan casi todos los valores posibles, son más frecuentes.
La sociedad de arrieros solo parcialmente eliminaba competencia por concentración. Los tres asociados consiguen el mayor de los tamaños conocidos, pero la otra sociedad en realidad solo permite aspirar a la competencia porque la agregación equipara en tamaño a las empresas personales comunes.
Estimando que una bestia pudiera transportar como mínimo dos sacas y como máximo cuatro, los tamaños de las recuas movilizadas por cada arriero podrían oscilar entre un máximo de 14 bestias y un mínimo de 1. Luego las empresas dedicadas al transporte del cereal en la región solían ser pequeñas.
Dos pudieron ser las modalidades de desplazamiento del arriero que acompañaba a su recua, porque este bien aceptaba un número de cargas impar bien par. Probablemente el valor impar indique que el arriero caminaba junto a sus bestias, y aprovechaba al límite el reparto de la carga entre todos los animales posibles. El último costal, o costal impar, se tendería sobre la dorsal de la bestia más capaz. Por su parte, el par sería indicativo de que el arriero estima su peso equivalente a un par de costales, y a horcajadas o a la jamuga se desplazaba sobre una de las bestias que era capaz de cargar al mismo tiempo con dos haldas. El predominio del número impar del número de cargas permite pensar que eran más los que preferían caminar junto a sus animales para apurar su capacidad de carga.
La residencia declarada de los arrieros permite conocer las rutas que frecuentaba el comercio interior del grano en la región. Para el transporte del trigo era necesario salvar la distancia entre la capital y la población por una ruta que en aquel momento era la habitual para el transporte. Por esta desde la capital a la población, situada al este de aquella, había que cubrir unos 30 km. Se acepta entonces que el desplazamiento a pie rinde a razón 0,666 leguas por hora. Siendo la legua una medida itineraria, no expresaba tanto una medida de longitud cuanto un rendimiento de los medios que se utilizaban para desplazarse. Como el precio del porte acordado fue 2,5 reales la fanega, si se admite que al caminar el rendimiento en longitud es mayor que el que proporciona el transporte en recuas podemos pensar que la distancia entre la capital y la población fue evaluada en 5 leguas y que cada una de ellas fuera tarifada para el transporte a razón de 0,5 reales por fanega.
Los transportistas que operan dentro del mínimo radio de acción son insignificantes. Solo sabemos de un arriero de la población, que nada más absorbe 39 fanegas en 18 cargas, y otro que declara su residencia en una población inmediata al norte, a unos 20 kilómetros, aún menos, 13 fanegas en 7 haldas. Dada su posición relativa al este de la capital, es la residencia de los arrieros en núcleos del eje terrestre que unía el primer puerto del Guadalquivir con el primero del Mediterráneo sur la que nutre el movimiento del cereal que llega a la población. Se localizan en ondas sucesivas.
La primera onda, que incluye las poblaciones distantes del lugar en el que es necesario descargar situadas a una distancia de este comprendida entre 25 y 30 kilómetros (Marchena y Paradas), absorben 42,5 fanegas en 17 cargas y 32,5 fanegas en 17 cargas, lo que suma 75 fanegas en 34 cargas. La segunda onda, que traza un radio respecto del mismo centro de entre 80 y 120 kilómetros de longitud (Montalbán de Córdoba, La Alameda y Campillos), se reparte: para los residentes en Montalbán de Córdoba, tres arrieros: 30 fanegas en 15 haldas, 27 fanegas en 14 haldas y 43 fanegas en 21 haldas (100 fanegas en 50 haldas); en La Alameda, tres asociados, 92,5 fanegas en 47 cargas; y en Campillos, un arriero, 20 fanegas en 9 haldas. El total asciende a 212,5 fanegas en 106 haldas o cargas. La observación más próxima de las sociedades o de la solidaridad implícita entre quienes tienen la misma residencia, cuando se trata de la segunda onda o distancias medias, enseña que la distribución del peso a transportar entre los animales disponibles tiende al valor medio 2 fanegas por cada carga. Y la tercera onda, situada a algo más de 180 kilómetros (Málaga), dos arrieros: 32 fanegas en 13 cargas y 22 fanegas en 10 haldas, en total 54 cargas en 23 cargas o haldas.
La última remesa del trigo comprado, de 56 fanegas (1.046-990), que completaba la adquisición y muy probablemente fue enviada después del día 12 y antes del 16 de junio, necesitó de un transporte específico. Habiendo concluido el día 12 su comisión el diputado que se había trasladado a la capital, sería necesario que la población enviara a alguien para que actuara como supervisor de la última operación. Consta que, para fiscalizar esta última remesa de trigo enviado, a la capital fue un comisario, a quien este trabajo le fue recompensado con 20 reales.
El transporte del dinero para liquidar la operación también exigió medios propios. En la carta del día 8 el diputado que estaba en Sevilla pidió a su colega que se lo remitiera con la persona que creyera conveniente. Como inicialmente estaba prevista la compra de 1.000 fanegas, a 37 reales cada una, en respuesta a la demanda del día 8 la entrega de los 37.000 reales correspondientes la efectuó un comisario enviado con este fin, Tomás García de la Reguera, quien tuvo que emplear una cabalgadura para llevar la moneda hasta la capital. Por el trabajo que se tomó y la cabalgadura que empleó recibió 31 reales, suma algo irregular.
La moneda que se transportaba para el pago era de las dos especies nobles, oro y plata. Mientras llevaba el dinero, dos soldados del regimiento de caballería de la capital escoltaban al responsable del pago. También les fue gratificada su protección a razón de 12 reales por persona. Llegados a su destino, para llevar el dinero hasta las casas de Manuel Paulín fue necesario contratar a un costalero, a quien le fueron pagados 1 real y 20 maravedíes. Debió liquidarse materialmente esta parte de la operación hacia el 10 de junio, porque en esta fecha uno de los dos soldados, en nombre de ambos, declaró haber recibido del diputado que estaba en la capital los 24 reales que gratificaron el acompañamiento del comisario que había llevado el dinero desde la población.
Pero, como finalmente la compra superó en 46 fanegas las 1.000 inicialmente previstas, fue necesario pagar otros 1.702 reales. La entrega de esta cantidad, que cerraba la operación, hubo de hacerse con posterioridad al 12 de junio. Había sido este día cuando formalmente Manuel Paulín, vecino y del comercio de Sevilla, había declarado haber vendido al diputado para la compra de grano que se había trasladado hasta la capital un total de 1.046 fanegas de trigo ultramarino, destinadas al abasto público de la población. Afirmaba que las había vendido a 37 reales de vellón, por lo que operación alcanzaba la suma de 38.702 reales de vellón, cantidad que había recibido en oro o plata a su satisfacción.
Es probable sin embargo que el pago de esta última porción se hiciera antes del 16, cuando ya todo el trigo que materialmente había sido objeto de la compraventa había sido entregado. No es hasta esta fecha cuando los diputados de la junta de granos de la población para comprar en la capital trigo ultramarino certifican que han adquirido a Manuel Paulín 1.046 fanegas a 37 reales y las han pagado en plata y oro. Para efectuar este último pago fue necesario que otra persona llevara a la capital los 1.702 que todavía se le debían a Manuel Paulín, a la que con otros 8 reales le fue pagado su trabajo.
Con el objeto de fiscalizar las mermas que el transporte pudiera provocar, los compradores adquirieron en la capital una media fanega, el recipiente usado para medir la capacidad. No era nueva, y aun así costó 20 reales. Pero había sido debidamente contrastada, una verificación que al menos incluía dos operaciones, su corte y su sellado. Habrá que reconocer en tan alto precio la intervención del monopolio público del servicio de pesas y medidas de la metrópoli. Fue remitida con la primera carta del día 10 por el diputado que estaba en la capital y llegó a su destino con la primera remesa de trigo.
Cuando fue recogida en la población, su contraste tuvo que arreglarla, asegurando sus maderas con clavos, y tuvo que hacerle un rasero nuevo. No debió ser un trabajo excesivo porque fue evaluado en solo 5 reales, que fueron liquidados el 13 de junio por los mismos diputados para la compra del trigo ultramarino. No obstante, cabe dudar tanto de la necesidad como del efecto de la composición, porque pudo tener consecuencias inmediatas sobre el cálculo del volumen de trigo transportado, una vez que fuera recibido en la ciudad.
Con la media fanega comprada en la capital se hizo el recibo de cada partida a la llegada a la población. De nuevo un medidor recibía la mercancía, aunque esta vez solo cobraba su trabajo a razón de 2 maravedíes la fanega. Al medidor local le eran pagadas sus medidas tal como iban llegando las partidas, a razón de la cantidad de trigo recibida, no de la enviada.
Según la medida de la capital, la primera partida sumaba 240 fanegas. Llegada a la población, y de nuevo evaluada con aquella medida, se encontró que faltaban cuatro fanegas y siete almudes. Una nota del 11 de junio, añadida una vez recibido el segundo envío en la población, de 327,5 fanegas en origen, afirmaba que se había medido y que se encontraron 325 fanegas, 6 almudes y 2 cuartillos. Otra nota del mismo 11 de junio, correspondiente a la tercera partida, de 27 fanegas, aclaraba que aquel día fueron entregadas 26 fanegas y 7,5 almudes. Y todavía el 11 de junio otra nota más precisa que los tres arrieros de La Alameda, que habían cargado aquel día 92,5 fanegas, en realidad habían entregado 91 fanegas.
Fue el 12 de junio cuando el arriero de Paradas y sus compañeros, que asimismo se habían encargado el día anterior de transportar desde la capital otras 32,5 fanegas, entregaron su partida. En este caso la medida de la recepción dio como resultado 32 fanegas y 3 almudes. Aquel mismo día otra nota aclaró que fueron entregadas 30 fanegas y 10 almudes o 31 fanegas. Las dos cifras fueron escritas una tras otra sin más advertencia. Como por ellas, según la nota, fueron pagados de portes 77 reales de vellón, aceptando que el precio del porte fue 2,5 reales la fanega, se deducen 30,8 fanegas, un valor efectivamente más próximo a 31 que a 30. En realidad es que 31 fanegas habían sido las cargadas en la capital. Sobre las 239,5 fanegas remitidas el 12 de junio, una nota del día siguiente aclaró que, medida aquella partida, llegaron a la población 237 fanegas y 6,5 almudes.
Así, pues, llevadas las 1.046 fanegas a la población, y medidas con la misma medida que en la capital, su merma había sido de 11 fanegas y 2 almudes. Por tanto, realmente habían sido recibidas 1.034 fanegas y 10 almudes.
Por la primera carta que el día 10 el diputado que estaba en la capital dirige a su colega de la población, para comunicarle la remisión de la primera partida, sabemos también que su porte lo había ajustado en dos reales y medio por fanega, por lo que pedía a su correspondiente que liquidara a los arrieros, cuando llegaran a su destino, lo que a cada uno le correspondiera. El precio del transporte que había acordado para la primera entrega se mantuvo para todos los arrieros que participaron en el traslado del trigo a lo largo de la operación.
Los portes fueron pagados cada vez que una partida era aceptada, también tal como se decidió para la primera vez. Así, sabemos que el día 11 les fueron liquidados a quien había conducido una partida aquel mismo día, así como a los tres arrieros de La Alameda. Por otra nota se averigua que el 12 de junio el arriero de Paradas y sus compañeros, que asimismo se habían encargado el día anterior de transportar otra partida desde la capital, la entregaron y les fue inmediatamente satisfecho el valor de los portes.
Cuando hubo que hacer las cuentas, el costo total del transporte fue calculado según el valor deducido una vez medidas las partidas en la población, y no a partir del volumen cargado en el punto de origen, de modo que no fueron 1.046 las fanegas cuyo transporte hubo que pagar, sino las 1.034 fanegas y 10 almudes que entregaron los arrieros en la población. Así resultó que los portes de las 1.034 fanegas y 10 almudes de trigo entregadas, pagados a razón de 2,5 reales de porte cada una, alcanzaron el valor de 2.587 reales (1.034 x 2,5 = 2.585; 0,8333 x 2,5 = 2,083; 2.585 + 2 = 2.587).
Procediendo de este modo, se descargaban sobre los arrieros las mermas que el transporte había originado. Si esta manera de actuar fue aceptada por ellos, a su mediación se puede atribuir que el volumen del trigo comprado disminuyera, más que a cualquier manipulación del instrumento de medida. Por cada fanega de trigo defraudada, los arrieros, si lo comercializaran en la población, obtendrían el sustancioso beneficio neto de 39,5 reales, resultado de restarle a 42 reales, precio acordado para el “trigo ultramarino” en la población, los 2,5 reales de porte que dejaban de percibir. No hay que excluir que las mermas fueran solo resultado de la manipulación y movimiento de la mercancía.
No obstante, porque también acepta la cifra final, como al medidor de la población le fueron liquidados sus ingresos sobre la base de 1.034 fanegas, habrá que reconocer que la merma pudo ocurrir no solo en el trayecto entre la capital y su destino sino también en el acto de la medida de recepción. Porque al medidor de la población, a 2 maravedíes la fanega, hubo que pagarle 60 reales y 28 maravedíes (60 x 34 = 2.040 / 2 = 1.020; 28 / 2 = 14; 1.020 + 14 = 1.034).
Según se iba midiendo a su llegada, el trigo era apaleado y recogido en los graneros que se habían previsto. Paralelamente a la operación de compra, la autoridad local había desplegado en la población una política de captación de graneros para almacenar el trigo público. Para ella inicialmente el problema lo originaba el trigo del pósito. El 1 de junio el ayuntamiento había visto tres libranzas para el pago de graneros: una, de 88 reales, por reparo de los graneros del pósito y para el pago de los jornaleros que asistieron al apaleo; la segunda, de 400 reales, para satisfacer al regidor bajo cuya custodia estaba el dinero destinado a la compra del trigo ultramarino el arrendamiento de sus graneros, que se estaban utilizando para encamarar parte del trigo del pósito; y la tercera, también de 88 reales, a favor otro individuo por el arrendamiento de otros graneros. Todas estas cantidades fueron libradas contra los caudales del pósito. No se habían satisfecho antes por las alteraciones de precio que había conocido el trigo. Para satisfacerlas, la cámara de gobierno de la población acordó que se vendiera la porción de trigo en aquel momento existente en el pósito, porque al precio que tenía tal vez fuera bastante para satisfacer lo que montaban las libranzas.
En la misma reunión, aquel órgano creyó que debía separar los caudales en trigo del pósito y los de la junta de granos. Esta, por su parte, había decidido que el suyo se pusiera en los graneros de casa del regidor bajo cuya custodia estaba el dinero destinado a la compra del trigo ultramarino, donde ya se almacenaba al menos una parte del trigo del pósito. Por eso la ciudad acordó que se pasara lo que hubiera en ellos del pósito a los del peso de la harina, donde habitualmente se guardaban. Se comprometió a hacérselo saber a los regidores llaveros del pósito y al depositario.
Más adelante, el 5 de junio, el ayuntamiento vio un memorial de otro vecino que pedía que se le pagaran 120 reales por el arrendamiento del granero que tenía cedido para el trigo del pósito, asunto del cual los diputados de esta institución fueron los encargados de informar. Y a continuación justo un informe de los diputados del pósito, a raíz del memorial de un vecino más, que decía que se le estaban debiendo 100 reales por el arrendamiento del granero que había cedido para encamarar parte del trigo del pósito por el año que iba a cumplir en el próximo 24 de junio, que decidía que se librara la cantidad adeudada contra los caudales del pósito.
Una semana después, ya día 12 siguiente, el ayuntamiento vio el informe correspondiente a la liquidación de los 120 reales por el arrendamiento de un granero, y acordó librarlos de los efectos del pósito, para lo que debía venderse el trigo equivalente. En la misma reunión los diputados del pósito informaron que se habían gastado 103 reales 32 maravedíes en jornales para desocupar el trigo de este instituto que había en los graneros del regidor bajo cuya custodia estaba el dinero destinado a la compra del trigo ultramarino, con el fin de encamarar el que se fuera trayendo de la mar. Se acordó que la cantidad se pagara de los efectos del pósito.
Un ofrecimiento, algo extemporáneo, pudo complementar esta política. El 1 de julio, en la junta de granos, fue leída una carta del cabildo catedralicio metropolitano, de 30 de junio, en la que franqueaba los graneros de las rentas diezmales para almacenar el repuesto del trigo ultramarino. Al mismo tiempo, el vicario presentó otra carta, de la misma fecha, en la que se le ordenaba que actuara en este sentido, bien que atendiendo a la reserva del sitio que fuera necesario para la recolección de los granos de los diezmos. El vicario explicó que para este fin era suficiente con una de las cillas, la que el fiel diezmal eligiera. Se decidió dar las gracias al cabildo catedralicio y que por su parte los diputados para la compra del trigo usaran las cillas a beneficio del común como creyeran conveniente.
Fueron peones los que se ocuparon en el trabajo del almacenamiento de todo el trigo que se había comprado. A quien encamaró el trigo durante los días 10 y 11 de junio (235 fs 5 al + 325 fs 6 al 2 c + 26 fs 7 al 2 c = 587 fs 7 al) le fueron pagados 5 reales, y otros tres debieron gastarse en satisfacer el trabajo de quien se encargara la misma operación durante el día 12 (403 fs). Como no se encuentra relación inmediata entre la cantidad de trigo encamarado y su compensación económica, parece más probable que el trabajo fuera evaluado según tiempo.
Del mismo modo se debió proceder algunos días después, aunque en esta ocasión aconsejados sus custodios por el estado en que estuviera el trigo comprado. Fue necesario que durante los días 15 y 16 de junio tres peones, cada uno de los cuales recibió los 2,5 reales que eran regulares en la valoración de las peonadas, se ocuparan en apalear trigo de un lado a otro. Fueron en total 6 peonadas que importaron 15 reales. Tanto trasiego de grano obligó a comprar una pala nueva, por la que hubo que pagar 3 reales.
El día 11 de junio la junta de granos volvió a reunirse y en ella el diputado para la compra de granos que permanecía en la población informó que durante el día anterior había llegado la primera remesa de trigo. Sus especulaciones y las decisiones que a consecuencia de este informe la junta toma son la última lección, si no sobre cómo se formaba, sí al menos sobre cómo se completaba el precio final del trigo.
Según la medida de la capital, la primera partida sumaba 240 fanegas. Llegada a la población, y de nuevo evaluada con la medida de la capital, se había encontrado que faltaban cuatro fanegas y siete almudes. Hecha la cuenta según el precio neto a que costaba, correspondía de falta a cada fanega 25 maravedíes (37 x 34 = 1258; 1258 / 12 = 104,83; 1258 x 4 = 5.032; 104,83 x 7 = 733,81; 5032 + 733,81 = 5765,81; 5765,81 / 234,5 = 24,48). Teniendo en cuenta, según experiencia, que el trigo de la mar regularmente pierde humedad, y por tanto peso y volumen, la junta creía que se le debían aumentar además 26 maravedíes, de modo que una y otra partida componían un real y medio (25 + 26 = 34 -real- + 17 -medio real-). Sumados a los dos y medio de porte, daban en total cuatro reales. Si se tenían en cuenta además los gastos de la medida de la capital, los propios, el diputado, el apaleo, el granero, el fiel y otros no especificados, pero que se consideraban indispensables, creía que por el momento se podía añadir a cada fanega un real, con lo que en total sumaban cinco. Añadidos a los 37 del precio neto y, sin perjuicio de otra providencia que hubiera que tomar a la vista de las cuentas de las 1.000 fanegas mandadas llevar, que fueran consumidas, menguando o alzando, acordó que se vendieran a 42 reales la fanega. Decidió que así se publicara por las plazas para que constara a los panaderos que desearan acudir.
Estos cálculos previos no dejaban de ser interesados. Pocos días después, el 16 de junio, los costos de esta operación, en los que no estaban aún incluidos los de graneros ni fiel, fueron documentados con la mayor precisión. El pago del trigo había consumido 38.702 reales de vellón y los gastos de medida, gestión, pago, transporte y recepción del grano ascendieron en total a 3.108 reales 16 maravedíes. Aceptado que los 38.702 eran la consecuencia de haber pagado a 37 reales cada una de las 1.046 fanegas compradas en origen, según el procedimiento de cálculo del precio final que aplicaba la junta local al de cada unidad solo sería necesario añadirle los costos mencionados (3.108 reales 16 maravedíes) y el de las 12 fanegas pérdidas (1.046 – 1.034) en el traslado desde la capital a la población, que al precio pagado (37 reales) suponían otros 444 reales. Serían en total 3.552 reales 16 maravedíes. Repartidos entre las 1.034 fanegas que se ponían a la venta supondrían 3,44 reales más por unidad. Añadidos a los 37 de costo, resultaría un precio final de 40,44 reales la fanega. Las prematuras decisiones de la junta tendrían efectos inflacionistas, pero añadirían beneficio. Su manera de actuar lo propagaba, solo que en este caso el aspirante a beneficiario era el propio municipio.
Por si no fuera correctamente interpretada esta intención, adelantándose a las opiniones que la decisión pudiera originar, aquel mismo día 11 de junio la junta de granos decidió encargar a sus diputados para la compra del trigo que tuvieran la suficiente precaución como para evitar que se imputara a la junta que hacía comercio con el trigo. Acordó que no se vendieran partidas a labradores que pudieran ir a la capital a abastecerse, sino a los vecinos particulares que quisieran comprar una o dos fanegas para amasarlas en su casa para el abasto de su hogar.
Más que estos indicios de la panadería doméstica, es importante el de las corrientes subterráneas de “trigo ultramarino”. Quienes, teniendo trigo, aparentaran ir a la capital a abastecerse todavía podrían encontrar una ocasión para vender el trigo que tuvieran almacenado al excelente precio diferencial que los cálculos de la junta permitían. La analística de la capital sólo hace referencia a una importación de trigo siciliano y en octubre. Es cierto que esta literatura no tiene por qué estar bien informada sobre las importaciones, entre otras razones porque en modo alguno le preocupa a su método. Pero el dato al menos autoriza a pensar que la temprana disponibilidad de “trigo ultramarino” en los almacenes de los comerciantes pudo alimentarse del peor trigo de la tierra, cuya pésima calidad pudo coincidir con la del importado.
El 1 de julio la junta de granos de la población vio la cuenta del 16 de junio, correspondiente a las 1.046 fanegas de trigo ultramarino que se habían adquirido. La firmaban sus diputados para esta operación y ascendía, hasta esa fecha, a 41.810 reales 16 maravedíes. La junta de granos la aprobó.
La importancia del tamaño
Publicado: junio 5, 2013 Archivado en: J. García-Lería | Tags: crisis, económica Deja un comentarioJ. García-Lería
A primeros de mayo de 1750 debió tomarse la última decisión sobre la libertad de comercio, ya entonces aliada a los poderes, que el encadenamiento de los hechos de aquel año permitió. En opinión de sus promotores, la unificación métrica facilitaría la circulación del grano.
Convencido de la bondad de esta iniciativa, el gobernador del consejo de Castilla ordenó el 12 de mayo a las justicias de la región que reconocieran las medidas con las que se estaban midiendo los cereales, cada una en el ámbito de su jurisdicción. Si encontraran que estuvieran defectuosas, o no hubieran sido marcadas por el fiel de la capital, debían recogerlas y remitirlas a costa de sus dueños a la administración regional, para que el mencionado funcionario las arreglara al marco de Ávila, dominio métrico que a partir de entonces debía ser el patrón de capacidad común. Cuando así se hubiera hecho, se enviaría en el plazo de quince días a la escribanía de la junta de granos el testimonio de haber actuado tal como se había prescrito.
El 18 de junio siguiente la junta recordó lo que había ordenado el gobernador del consejo de Castilla el 12 de mayo, y todavía en torno al 1 de julio reiteró sus decisiones, en los términos en los que habían quedado contenidas en su acuerdo del 18 anterior.
Una administración municipal, en respuesta a esta orden, por fin publicó que cualquier persona que tuviera medidas para granos, en el plazo de tres días, debía presentarlas ante ella, para que reconociera si estaban arregladas y marcadas según el patrón de Ávila; para que, en caso de que no fuera así, enviarlas a la capital con el fin de ajustarlas a él por su fiel marcador.
En otra población el asunto apenas fue soslayado. En el transcurso de una reunión de su asamblea de gobierno, examinado el acuerdo de la junta de granos del reino, se decidió requerir al medidor de la alhóndiga local para que presentara, ante uno de los alcaldes y el escribano que verificaba las reuniones del gobierno local, las medias y demás medidas con las que calibraba los granos en aquel mercado. Si les encontraran algún defecto, los designados para la inspección harían lo que tuvieran por conveniente, aunque ateniéndose al acuerdo citado.
En una tercera, ya el 4 de julio, en la reunión del cabildo civil, se acordó delegar en uno de sus alcaldes para que reconociera todas las medidas con las que en ella se medía el trigo; para que, si encontrara que no estaban arregladas al marco de Ávila, mandara que se remitieran a costa de sus dueños al fiel marcador de la capital de la región y las contrastara.
Hasta aquí nada que no fuera rutinario había sucedido.
Pero en una cuarta población ocurrió lo inevitable. El 25 de junio su junta de granos conoció lo que el 18 había acordado la del reino y decidió cumplirlo punto por punto. El día 1 siguiente, en la reunión que celebraba, hizo que comparecieran el almotacén y el fiel medidor locales. Habían sido avisados y llevaban las medidas que para todo género de granos usaban, las habituales medias fanegas, hechas con maderas de nogal o de cedro para que resistieran las deformaciones que originaba el uso, que de acuerdo con lo ordenado había que pasar, corregir y contrastar en la capital de la región.
Las presentaron ya corregidas y contrastadas según ciertas medidas patrón que presentó el almotacén, al parecer igualmente verificadas, marcadas con un marco de fuego de la forma de una Z. Sin embargo, la media fanega que presentó el fiel medidor estaba sellada con un marco distinto, grabado con un golpe seco. Representaba la figura de una X con los extremos superiores rematados por nódulos y una vertical que partía del vértice de la v, o mitad superior de la X, y la dividía en dos mitades iguales.
Observada la diferencia de marcas, se mandó llevar a la reunión una tercera medida que custodiaban en el pósito, traída de la capital con ocasión de una compra de trigo que por iniciativa del municipio allí se había hecho. Se cumplió la orden y se reconoció que tenía igual marca que las medidas presentadas por el almotacén, lo que permitió aceptar que Z era el signo del marco de la capital. Su extensión legal ya había sido avalada por las decisiones de la administración regional, aunque es probable que la inercia hubiera contribuido a que se mantuviera el marco del municipio.
Vistas las diferencias de marcas, la junta decidió que sus dos diputados, los mismos que habían intervenido en la compra de trigo, se ocuparan en arreglar la media fanega del fiel medidor a la del almotacén, y que a este se le notificara que las medidas que en los sucesivo hiciera tuvieran las mismas longitud y anchura que delimitaban las tablas que él había presentado marcadas. También decidió que se pregonara que todos los vecinos de la población, en el plazo de ocho días, debían comparecer ante el almotacén a corregir y marcar todas sus medidas de grano, bajo la amenaza de perder las que no estuvieran contrastadas y no tuvieran el marco del municipio; y que lo mismo tendrían que hacer quienes tuvieran medidas en los molinos de pan, que estaban radicados fuera de la población.
Los diputados de la junta local, como respuesta al encargo que habían recibido, sirviéndose del almotacén, compararon y midieron las dos medias fanegas que en la reunión habían presentado el propio almotacén y el fiel medidor. Reconocieron que la media fanega presentada por el almotacén con la marca de fuego Z estaba mayor que la presentada por el fiel medidor con el marco de golpe X. La diferencia de media a media fue evaluada en la mitad de medio cuartillo escasa (1/48 de fanega). En proporción, el mismo exceso tenía una cuartilla con el marco de fuego que había presentado el almotacén. Pero, verificada la comparación con la media fanega enviada desde la capital, marcada a fuego, semejante a la media presentada por el almotacén a la junta, se encontró que era (¡sorpresa!) igual a la presentada por el fiel medidor, y por tanto más pequeña que la presentada por el almotacén, con la misma diferencia que se había observado en la primera comparación.
Ante esta novedad, el abismo del pánico se abrió bajo los pies de los diputados. Decidieron enviar a otro de los vocales de la junta, que en aquel momento estaba en la capital, la media padrón antiguo y la cuartilla también antiguo padrón que el fiel almotacén de la población custodiaba, ambas referencia del sistema métrico local; otra media, hecha y marcada en la población por su fiel marcador, con un marco de fuego en forma de Z, expresivo del sistema de la capital; la cantidad de grano de la diferencia de media a media y un testimonio de la última comparación. Se le encargaba, una vez explicadas las discordancias que se habían observado, que presentara al almotacén o marcador de la capital la cantidad de grano que las demostraba, y en colaboración con él hiciera el ajuste al marco de Ávila; y que, efectuada la corrección, devolviera todas las medidas con un certificado del marcador en el que constara que las dos medias volvían iguales y que en la cuartilla se había hecho también la corrección adecuada. Además, por el momento, en vista de lo que estaba sucediendo, se creyó conveniente suspender el pregón que se había decidido.
El 2 de julio, a la seis de la tarde, un escribano dio a un vecino de la población que viajaba a la capital, maestro carpintero que ejercía como alcalde del oficio en aquella, las dos medias fanegas y la cuartilla y el excedente de culantro, semilla utilizada como verificador del aforo y prueba material de las diferencias encontradas entre las medidas, para que cumpliera con la entrega que se había decidido. Aquel mismo día el fiel marcador de la capital acusó su recibo.
Con la intención de resolver el enojoso asunto a la mayor brevedad, el mismo día 2 los diputados de la junta local también habían encargado a un maestro cerrajero un marco con la figura de una L. Para que las diferencias quedaran claras, habían decidido que con él el gobierno de la ciudad marcara en lo sucesivo todas las medias fanegas, así como las demás medidas de granos que debían servir en el municipio, una vez que volviera a la población la remesa de las que se habían llevado a la capital para ajustarlas.
En el transcurso del día siguiente el fiel marcador de la capital contrastó las medidas que le habían entregado la víspera. Las dejó arregladas y selladas según el marco de Ávila, conforme a las ordenanzas de la capital y para que sirvieran como padrón al municipio que lo solicitaba, y extendió el certificado de haber efectuado la operación. Recibido por el diputado responsable de las gestiones, devolvió a la población las dos medias y la cuartilla.
En la mañana del 4 de julio, el vecino de la población que un par de días antes había sido encargado, así de las dos medias fanegas y la cuartilla sobre las que se dirimía como del culantro métrico, para que las arreglara el almotacén de la capital, los devolvió y los entregó a uno de los diputados por la junta local. Traía también un recado de quien se había responsabilizado del trámite: que conservara las medidas en su poder hasta que aquel estuviera presente, lo que efectivamente ocurrió el 5 de julio, cuando ya había viajado de vuelta a la población. Había decidido entregar personalmente a uno de los dos diputados para esta operación, en presencia del otro, el testimonio que el fiel marcador de la capital había redactado el 3 de julio.
Los diputados decidieron que las dos medias y la cuartilla arregladas fueran llevadas a las casas capitulares, y que allí comparecieran el almotacén, con la semilla necesaria para hacer los cotejos, el fiel medidor, con las medias con las que en aquel momento medía, y el maestro cerrajero con la marca que se le había encargado. El propósito era ajustar todas las medidas locales a las que habían llegado marcadas por el contraste de la capital.
Los convocados acudieron antes de lo previsto. El maestro cerrajero llevó el nuevo marco de hierro para marcarlas, el fiel medidor la media fanega con la que medía y el almotacén las dos medias fanegas y la cuartilla padrones, después de recogerlas en la casa de uno de los diputados, a donde habían llegado desde la capital y donde todavía estaban. Llevaba consigo también una previsión de culantro para hacer las comprobaciones.
El almotacén, ante los diputados de la junta de granos, llenó de culantro la media padrón antiguo marcada a fuego con el marco en forma de Z. A continuación, vertió aquella cantidad de semilla en la media fanega que el fiel medidor había llevado, con la que en aquel momento se estaban midiendo los granos en la población. Se comprobó que esta media, que tenía un marco hecho de golpe con la figura de la X ya descrita, estaba falta en la mitad de medio cuartillo. Y por último comparó con el padrón antiguo, sirviéndose del mismo procedimiento, una de las medias fanegas que habían sido enviadas a la capital para que fueran corregidas y marcadas, y que efectivamente había sido marcada por su fiel marcador el 3 de julio. Esta media, sin embargo de lo certificado por el responsable de la operación en la capital, y de estar marcada por marco de fuego en forma de Z, resultó más falta aún que la marcada con marco de golpe. Reconocidas con más detenimiento las dos medias y la cuartilla devueltas a la población, aunque tenían idénticos marcos de fuego, todavía resultó que tampoco tenían igual capacidad, tal como reiteradas comparaciones de expertos demostraron. Todos quedaron estupefactos.
En aquel momento de desazón, los diputados buscaron desesperadamente una salida. Hicieron comparecer al maestro carpintero que ejercía como alcalde del oficio en la población, a quien se le habían confiado las medidas para que las llevara y trajera de la capital. Le ordenaron que cuanto antes hiciera una media fanega nueva según el padrón antiguo, a salvo de los defectos que acumulaba el uso, y después compararla de nuevo con una de las medias que él mismo había traído, en la que estaba marcado el marco de fuego. Actuó con toda la celeridad que se le pedía, y lamentablemente tuvo que reconocer que la media estaba más pequeña que el padrón, aunque según su verificación la diferencia era de la mitad de medio cuartillo de culantro.
Ante el desconcierto, pareció que lo mejor era apelar al arbitraje de otra media fanega, una de las antiguas, de las que se estaban utilizando para medir los granos que comerciaba el pósito de la población hasta el 25 de junio, el día en que la junta local de granos había decidido cumplir con lo que el 18 había acordado la del reino; en un intento desesperado por recuperar la paz en la que vivían antes de que empezara todo aquel embrollo. La tenían reservada los responsables del pósito para recibir el trigo que habían prestado, partiendo de que las liquidaciones de grano debido tenían que ser medidas con la misma medida que se había utilizado en la venta a título de cesión. Verificó el maestro carpintero la comparación entre esta media y el antiguo padrón y, por desgracia, todavía resultó que la media del pósito estaba mayor que el padrón en la mitad de medio cuartillo de grano más la mitad de la mitad de medio cuartillo, lo que en total sumaba 7/32 de almud o 7/384 de fanega.
Los diputados, ya inermes, decidieron informar de todo al corregidor, la máxima instancia judicial del distrito, para que sometiera al dictado de su autoridad las actuaciones tanto del almotacén como del maestro carpintero que había hecho las gestiones. El problema de las medidas amenazaba con crear un caos en el que se perdieran las rectas intenciones de unificación de los mercados, concebida por las autoridades regionales, y de su mano la buena voluntad de las que gobernaban la población. Nada parecía mejor que imponer el rigor de una sentencia para solucionarlo.
Aún era el 5 de julio y ya se celebró la vista que se había decidido. Ante el corregidor se presentaron los dos diputados de la junta de granos para las medidas, acompañados por el almotacén y por el maestro carpintero. Los diputados explicaron al corregidor lo que hasta aquí habían actuado y las diferencias que habían encontrado entre el padrón y cuantas medias fanegas le habían comparado.
Oído el informe, el corregidor, solemnizando la ecuanimidad a la que estaba obligado, mandó declarar primero al almotacén y luego al maestro carpintero. El responsable de las medidas del municipio, un hombre de más de sesenta años, al que ya no debía preocuparle demasiado el porvenir, fue el primero con valor suficiente para no ocultar que estaba perdido. Explicó que primero había medido la media fanega padrón sellada con el marco de fuego de la capital, la había comparado con la media fanega con la que medía el fiel medidor y había encontrado que la segunda estaba falta, en relación con la primera, en la mitad de medio cuartillo. Luego había medido y comparado el padrón con una media fanega que había llegado a la población, marcada con el mismo marco de fuego de la capital; operación por la que había comprobado que la tercera media estaba aún más falta que la segunda. Vistas las desigualdades entre el padrón y las dos medias, no podía decir cuál era la cierta y segura, más aún dada la innovación introducida por la orden, que obligaba a ajustar las medidas de la población al marco de Ávila por obra del almotacén de la capital.
El maestro carpintero, que además ejercía como alcalde del oficio, un hombre mayor de cincuenta años que aún tenía aspiraciones sin satisfacer, probablemente preocupado por su prestigio, también desorientado, prefirió culpar a los medios con los que trabajaba. Declaró que había medido y comparado la media fanega padrón antiguo marcada con marco de fuego con otra marcada con el mismo padrón en la capital por su fiel marcador. Tuvo que reconocer que la segunda media fanega era más pequeña que la del padrón, en una cantidad de grano equivalente a la mitad de medio cuartillo. También explicó que había medido y comparado con el mismo padrón otra media de las que antes se usaban en la población, que estaba guardada en el pósito para recibir los granos prestados a los vecinos. En este caso había comprobado que la tercera media era mayor que el padrón en medio cuartillo de grano más la mitad de la mitad de otro medio cuartillo. Y todavía añadió a su declaración algo que su predecesor no había hecho notar. Había comprobado en el transcurso de las verificaciones hechas que el culantro con el que se ejecutaban no era adecuado porque estaba picado, y en cada operación, por más delicadamente que fuera tratado, se deshacía, de donde debía derivarse la ninguna certeza de las comprobaciones.
Quienes tenían que decidir tras la vista, tan perplejos como quienes habían aportado sus testimonios, no vieron otra salida que comenzar de nuevo. El corregidor y los dos diputados, con la intención de impedir cualquier perjuicio que por las dilaciones e interferencias observadas pudiera ocurrir, decidieron que las dos medias fanegas de la misma marca, la cuartilla y todas las demás medidas de granos cuya comparecencia había sido reclamada volvieran a la capital, llevadas por el maestro carpintero de obra prima, respecto de quien ya se había decidido que se convirtiera en el nuevo almotacén local. Se le hizo responsable de que todas llegaran a la capital, fueran arregladas definitivamente por su fiel contraste y volvieran iguales entre sí y contrastadas con su marca. Así se podría cumplir de una vez por todas con lo que había ordenado la junta de granos del reino el 18 de junio.
Para asegurar la decisión, el corregidor y los dos diputados también se dirigieron al asistente, máxima instancia judicial de la región, a quien comunicaron lo que hasta aquel momento habían dispuesto para cumplir el acuerdo de la junta de granos del reino, de 18 de junio. Le expusieron además su deseo de que otra vez el fiel marcador de la capital arreglara y marcara todas las medidas que se le enviaban.
El 6, ya en la capital, compareció ante el teniente de asistente el maestro carpintero, futuro fiel contraste de la población. Había hecho provisión de cuanto podía ser un problema. Cargaba con las dos medias fanegas, una cuartilla y un juego del resto de las medidas de grano que eran utilizadas, más pequeñas: almud, medio almud, cuartillo, medio cuartillo, la mitad de medio cuartillo y una octava parte del cuartillo. Solicitó que se le atendiera para los fines con los que llegaba diputado.
El teniente del gobierno regional envió al maestro carpintero a casa del fiel marcador de varas y medidas de la capital, para que por su padrón arreglara las dos medias fanegas, de manera que ambas quedaran iguales a él, y para que procediera de la misma manera con las demás medidas. Le ordenó que una vez que las hubiera recompuesto todas, las resellara de nuevo con la marca que se usaba en la capital, para que a continuación fueran devueltas a su lugar de procedencia con quien las había llevado.
El maestro carpintero, sin más dilación, acudió a la casa del fiel, y en su presencia este llenó el padrón de la capital de semilla de cilantro. Utilizándola del modo que era habitual, arregló las dos medias fanegas, de tal forma que quedaron iguales al padrón con el que contrastaba el fiel. Para conseguirlo fue preciso achicar la media fanega que hacía de padrón en el municipio que había originado todo este largo proceso. Bastó con cortarle la demasía que se le dejaba encima para el acupamiento del fierro. Las demás medidas, cada una en su proporción, asimismo fueron arregladas al padrón de la capital, todas por el fiel marcador ante el maestro carpintero, y reselladas de nuevo con el sello que se acostumbraba en la capital. Todos los presentes prefirieron no objetar aquella manera tan expeditiva de proceder, y a partir de aquel momento nadie volvió a señalar diferencias de más o menos importancia, ni se entretuvo en impugnaciones de instrumentos de calibre o de alguno de los trabajos de contraste.
Dos días después, ya de vuelta en la población, compareció el maestro carpintero ante el corregidor y los diputados de la junta local de granos que habían sido encargados del arreglo y marca de las medidas, ante los que describió las sencillas gestiones que había hecho con el fin de homologar las que había llevado a la capital. El corregidor y los diputados le ordenaron que presentara las medidas marcadas y arregladas en la casa capitular, para que allí fueran reconocidas como correspondía. Aquel mismo día el maestro carpintero las entregó en la sede del consistorio, justo en presencia del corregidor y los diputados. Los representantes de las instituciones del municipio reconocieron que el maestro había cumplido con su deber y anularon el recibo de las medidas que había firmado cuando se hizo cargo de ellas para llevarlas a la capital. Para entonces, todas, aparte el marco que allí les impusieran, ya habían sido grabadas con el de la figura de L, inscrito a fuego, que días antes había forjado un maestro cerrajero.
A continuación mandaron comparecer al medidor público de granos, para que ajustara al nuevo canon las medias que en aquel momento estaba utilizando, que eran idénticas a la que se empleaba en el pósito. El mismo 8 de julio el medidor compareció ante el corregidor y los dos diputados, en presencia del maestro carpintero y del almotacén marcador. Maestro y almotacén, cooperando en aquel momento de transición, llenaron de simiente de culantro una de las dos medias fanegas que habían llegado de la capital, ahora arreglada y marcada de nuevo; precisamente la que hasta aquí había sido el padrón antiguo de la ciudad, hecha con madera de nogal. Con la cantidad de culantro que en ella cupo midieron una de las medias que había llevado el medidor. Reconocieron que estaba algo más grande que la media arreglada. Después midieron y compararon la otra media que el medidor había presentado. La encontraron aún algo más grande que la anterior.
El corregidor y los diputados mandaron que las dos medias del medidor, de las que se había comprobado que estaban crecidas, fueran arregladas a lo justo por el almotacén, siguiendo el sano procedimiento adquirido en la capital, que consistía en cortar en la madera las demasías peritadas. A fin de que no parara la medida diaria de granos, para que se sirviera de ella hasta tanto se hacían todos los ajustes de las dos que había presentado, le fue entregada al medidor la otra media que había llegado calibrada de la capital, la que era de madera de cedro.
Para completar la reforma emprendida, todavía al almotacén marcador le fueron entregadas las medidas padrón que habían sido verificadas y marcadas por el fiel de la capital, para que a partir de aquel momento, sirviéndose de ellas, pudiera corregir todas las de grano que fueran a ser utilizadas en la población. El lote de los instrumentos métricos que habían sido contrastados estaba compuesto por la primera media fanega, cuartilla, almud, medio almud, cuartillo, medio cuartillo, mitad de medio cuartillo y mitad de la mitad de medio cuartillo. Todos llevaban el marco de la capital y el nuevo de la L, que a partir de entonces debía distinguir las medidas del municipio; razón por la cual en aquel momento también tuvo que hacerse cargo del hierro con la figura de L. Marcando con él cada medida que verificara, además de completar su trabajo, el municipio podría dejar claro, a pesar de la homologación, que en modo alguno había renunciado a su jurisdicción en esta materia.
Decidieron por último el corregidor y los diputados que se publicara el bando diferido, para que fueran convocadas todas las personas que tuvieran medidas para granos. En el plazo de ocho días, a contar a partir del elegido para su difusión, debían acudir con ellas al almotacén, para corregirlas, arreglarlas y marcarlas. Así se conseguiría normalizar el que por primera vez se llamó el nuevo marco del municipio.
De haberse realizado todas las operaciones, que resultaron definitivas, la junta de granos del reino tuvo conocimiento, ya el 14 de julio, a través de un testimonio, obra del fiel marcador de la capital. Daba fe del ajuste de las medidas de granos que había verificado. Al día siguiente, para su satisfacción, la junta local recibió la carta de aquella que así se lo comunicaba.
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