Jeroboam I de Israel

Gedeón Martos

Enfrentados ya Jeroboam I, el primer rey de la Israel secesionista, y el heredero de Salomón, Roboam, temió aquel, casi tanto como que lo mataran que su enemigo volviera a poseer todo el reino, si el pueblo continuaba subiendo a ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén. Tomó entonces el titubeante reciente rey consejo sobre qué hacer, y decidió que, para evitar que la parte del pueblo sobre la que proyectaba su dominio se volviera a Roboam, debía hacer dos becerros, que efectivamente por un artífice fueron ejecutados como imágenes de madera chapadas de oro, a imitación del becerro que encontró Moisés tras su ausencia a causa de la epifanía de Yavé que lo sedujo.

Dijo a continuación a su pueblo: “Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto”. No estaba falto de sentido lo que el rey nuevo decía, aunque puedan parecer sus palabras una condenable caída en la idolatría. En absoluto pretendía su patrocinador que los becerros fueran representaciones de Yavé. Los toros alados, que la escritura llama querubines, eran símbolo legítimo de la presencia del dios único. Al igual que el arca, que constituía el trono de Yavé en el templo de Jerusalén, y más aún los querubines que allí había, que extendían sus alas sobre el arca custodiada en el primer santuario de la monarquía hebrea, estas figuras fueron concebidas no en calidad de dioses, sino como peana o pedestal sobre el que se entronizaría el invisible Yavé en los nuevos templos que Jeroboam había previsto promover, ateniéndose a una antigua tradición que ya hemos aludido.

Si se hubiera pretendido representar a Yavé en los dos becerros, los profetas del norte no habrían dejado de alzar su voz en contra. Pero por aquella primitiva ascendencia no fueron atacados ni por Elías ni por Eliseo, tampoco por Jehú ni por Amós, aunque rindiéndose al argumento de la ambigüedad el profeta Ajías, el contemporáneo de Jeroboam que le había adelantado su poder, los condenó, tanto como el autor del Deuteronomio. No falta tampoco una tradición, a la que es menos fácil identificar porque nos ha llegado anónima por efecto de reserva del nombre que la autoría original decidiera, aunque en apariencia sea asequible sospechar su procedencia, que niega que los becerros pudieran ser interpretados en modo alguno por imágenes de Yavé.

Pero el problema que de esta decisión podría derivar, precisamente a causa de la ambigüedad, era que para aquel momento desgraciadamente el becerro, en ocasiones para las que el tiempo modifica el ser toro, era utilizado ya como la representación y símbolo popular del dios Baal, e iba asociado a los cultos a la fecundidad a los que sus adeptos se entregaban con tanta pasión. De ahí venía el peligro de que aquellas imágenes pudieran inducir a error y hacer que los israelitas más superfluos se deslizaran hacia una grosera confusión de Yavé con el becerro, y por tanto con Baal. Era muy cierto el riesgo de sincretismo rayano con la idolatría que incluía esta decisión. El fenómeno venía haciendo estragos en las tierras de Judá incluso desde tiempos de Salomón, y los hechos posteriores se encargarían de confirmarlo. Las violentas reacciones de los profetas llegaron a Israel, por supuesto en tiempos de Elías, en el siglo IX, pero quizás ya en tiempos del mismo Jeroboam. En términos teológicos, la responsabilidad en la que habría incurrido Jeroboam al hacer los dos becerros, estaría en haber duplicado un culto hasta entonces concentrado en el arca, símbolo legítimo de la presencia divina. El Libro primero de los Reyes expresamente la reconoce en la semejanza entre los dos medios elegidos para expresar un mismo símbolo.

El proyecto de Jeroboam, sin embargo, en modo alguno era rechazar a Yavé y orientarse hacia otros cultos, sino que estaba dictado por motivos políticos. Con una decisión como esta pretendía neutralizar la atracción que el templo de Jerusalén, el centro del que a partir de ahora sería reino de Judá, pudiera seguir ejerciendo sobre su pueblo. Se esforzaba Jeroboam en guardar dentro de su reino las manifestaciones de fidelidad religiosa de los israelitas, a través de las cuales podría dar unidad a las tribus del norte y asegurarse su lealtad, al paso que podría sumar a sus ingresos los beneficios derivados de las peregrinaciones.

Mientras fundaba el reino separado de Israel, Jeroboam promovió centros religiosos propios, para que actuaran como rivales de Jerusalén, aunque aquella iniciativa, más allá de sus intenciones, llevó a los hebreos al borde del cisma religioso, una vez consumada la ruptura política.

Para acometer con éxito su proyecto nacional, se concentró en la recuperación de los santuarios de las tribus. Berseba, Guilgal y otros cuyo nombre desconocemos, fueron  lugares elegidos con aquel fin, y de los hechos del santuario de Lais, a la que sus conquistadores pusieron por nombre Dan, conocemos la historia de sus accidentados orígenes.

Un hombre llamado Miká, que habitaba en la montaña de Efraim, quitó a su madre cierta cantidad de plata que sin embargo más tarde le devolvió, por lo que Yavé lo bendijo. Decidió entonces la madre destinar parte del metal a la fabricación de un ídolo, el mismo que Miká puso luego en un santuario que tenía, junto con un efod y algunos terafim, a los que entonces consideraban, según parte de la exégesis, ídolos domésticos. Completó el hombre su fundación haciendo sacerdote del santuario a un hijo suyo, lo que desde luego convenía a la recta administración del patrimonio de la familia. Pero acertó a pasar por allí un joven levita, y en conciencia Miká, que sabía que el sacerdocio de este origen era más aceptable para Yavé, decidió ofrecer a tan autorizado hombre el puesto santo y diez siclos de plata al año, el vestido y la comida. No está claro que el levita dudara y es seguro que aceptó.

Mientras tanto, cinco hombres de la tribu de Dan, que emigraba hacia el norte, hombres valientes de Sorá y Estaol, se adelantaron para explorar tierras libres donde su gente pudiera establecerse, pues hasta aquel día a Dan no le había tocado heredad entre las tribus hebreas. Llegaron a la montaña de Efraim y pasaron en ella la noche. Como estaban cerca de la casa de Miká, recurrieron al joven levita, al que conocían, para que consultara a Yavé y saber si su exploración llegaría a buen fin. “Id en paz -les dijo el sacerdote-, el viaje que hacéis está bajo la mirada de Yavé”.

Partieron y llegaron a Lais, ciudad situada en el valle que se extiende hacia Bet Rejob, donde vieron que allí las gentes vivían seguras, tranquilas y confiadas, según las costumbres de los sidonios, aunque lejos de ellos quedara Sidón, y que nada les faltaba de cuanto la tierra produce. Volvieron a donde estaban sus hermanos y les comunicaron tan felices noticias, al tiempo que los apuraban para que cuanto antes todos pudieran tomar posesión de aquel país.

Seiscientos danitas bien armados emprendieron la expedición definitiva. En su viaje hacia la que había de ser su tierra de promisión acamparon la primera noche en Quiryat Yearim y luego llegaron hasta la montaña de Efraim. Ya en la casa de Miká, los cinco exploradores informaron a sus compañeros que allí había un efod, unos terafim y un ídolo de metal fundido. Aguardaron los seiscientos con sus armas de guerra en el umbral de la puerta, donde asimismo quedó a la expectativa el levita que allí encontrara empleo, y en la casa entraron los cinco y cogieron el efod, los terafim y el ídolo de fundición. “¿Qué estáis haciendo?”, les reprendió el sacerdote. “Calla -le contestaron-, pon la mano en tu boca y ven con nosotros. Serás para nosotros padre y sacerdote. ¿Prefieres ser sacerdote de la casa de un particular a ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?”. Se alegró con la invitación el corazón del levita, tomó el efod, los terafim y la imagen y se abrió un hueco en medio de la tropa. Así todos tomaron el camino definitivo a Lais, colocando en la cabeza de la expedición a las mujeres, los niños, los rebaños y los objetos preciosos.

Estaban ya los danitas lejos de la casa de Miká cuando sus vecinos le dieron noticia de cuanto acababa de suceder en ella y salieron todos en persecución de aquellos. Logró Miká alcanzarlos y les apeló: “Me habéis quitado a mi dios, el que yo me había hecho, y a mi sacerdote, al que yo había investido. Vosotros os marcháis y a mí ¿qué me queda?”. Los danitas le respondieron: “Calla de una vez, no sea que irrites a algunos, caigan sobre vosotros y pierdas tu vida y la de tu casa”. Los danitas siguieron su camino y Miká, viendo que eran más fuertes, se volvió a su casa.

Tomaron pues los danitas el dios que Miká había fabricado y al sacerdote que le servía y marcharon contra Lais, pueblo tranquilo y confiado. Pasaron a cuchillo a la población e incendiaron la ciudad. Nadie vino en su ayuda porque estaba lejos de Sidón y no tenía relaciones con los arameos. Reconstruyeron después los danitas la ciudad y se establecieron en ella, y erigieron para sí la imagen que había hecho Miká, y allí permaneció mientras estuvo en Silo la casa de Dios.

Pero los santuarios que recibieron la mayor atención del nuevo reino del norte fueron los localizados en Dan y Betel, centros de culto famosos desde antiguo. Creados, levantados y organizados como santuarios reales, marcaban los límites del nuevo reino, y mientras que el establecido en Dan debía actuar como el centro religioso del norte, el de Betel debía serlo del sur. El acto de consagración de cada uno de los dos santuarios como los principales del nuevo reino estuvo marcado por el destino dado a los dos becerros que Jeroboam mandara hacer, que de este modo adquirieron todo su sentido. Puso Jeroboam uno de los becerros en Betel, y el pueblo fue con el otro hasta Dan. Además, para estimular su respectivo desarrollo, Dan y Betel fueron concebidos como santuarios rivales.

Poco más que el detalle de la erección del becerro en el santuario conocemos sobre el culto practicado en Dan durante la monarquía. Sí es seguro que en el viejo santuario de Lais se consiguió rendir culto a Yavé, pero parece que en un estilo poco ortodoxo, porque los danitas se sirvieron del efod para consultar a Dios y pretendieron que por este procedimiento de él recibían respuesta. Pero sobre lo ocurrido en Betel es más lo que sabemos, gracias a que cumple de manera muy satisfactoria los objetivos políticos que con esta iniciativa se había marcado el nuevo rey. Betel era un lugar idóneo para erigir un santuario por su situación, que podía atraer con facilidad a los peregrinos que marcharan hacia el sur en busca de Jerusalén. Además, podía presentar como credencial a su favor, frente a la capital de Judá, que durante siglos había sido ciudad sagrada, debido a su asociación con los patriarcas, y que por tanto había sido meta de peregrinaciones antes de que Jerusalén fuera una ciudad controlada por los hebreos. Por eso Betel se convirtió en el santuario nacional del reino del norte.

Los cambios patrocinados por el advenido monarca al principio quedaron restringidos al símbolo, porque por lo demás mantuvo que su pueblo debía seguir en la práctica de la religión que ya le era propia. Pero luego fueron tomadas ciertas decisiones en relación con el culto que modificaron aquella decisión inicial. Todo indica que en Betel fueron instituidos los primeros altos a los que rindieron culto los hebreos, porque este tipo de lugar santo por primera vez es mencionado como original del reinado de Jeroboam. Los altos levantados en Betel fueron completados con la construcción de un templo y con al menos un altar con cuernos. A partir de aquí, empezaron las complicaciones para el nuevo monarca de Israel.

Subió Jeroboam con ocasión de sus cambios al altar que había hecho en aquellos altos. Para celebrar la dedicación del nuevo templo iba a ofrecer sacrificios al único becerro que junto a sí había mantenido, y sobre el altar quemar incienso, un día quince del mes octavo. Coincidía la fecha elegida con la fiesta de las Tiendas, que seguro el lector recordará por haber sido la misma en que fue celebrada la dedicación del templo construido por el rey sabio y rijoso. Ensoberbecido Jeroboam, había discurrido por su cuenta instituir aquel mismo día de la dedicación una nueva fiesta para los israelitas, aunque parecida a la fiesta de Judá, lo que de inmediato por algunos fue juzgado como intencionada confusión.

Así las cosas, un hombre de Dios llegó a Betel procedente de Judá por orden de Yavé. Encontró a Jeroboam de pie sobre el altar, dispuesto a quemar el incienso. Siguiendo la orden que de Yavé había recibido, aquel hombre se dirigió al altar en estos peculiares términos: “Altar, altar, Yavé te anuncia que ha nacido en la casa de David un hijo de nombre Josías que sobre ti sacrificará a los sacerdotes de los altos, a quienes queman incienso sobre ti, y que huesos humanos quemará sobre ti. Esta señal de que así ocurrirá Yavé te adelanta: te romperás y la ceniza que hay sobre ti será derramada”.

Cuando Jeroboam hubo oído lo que el hombre de Dios decía al altar de Betel, desde encima del altar, extendiendo su mano, ordenó prenderle. Mas la mano que había levantado contra el profeta quedó seca y no pudo volverla hacia sí. Al instante el altar se rompió y toda la ceniza que sobre él había quedó esparcida, según la señal pronosticada de orden de Yavé por aquel hombre de Dios.

Le pidió entonces Jeroboam, sobrecogido por su poder, que aplacara el rostro de Yavé para que su mano pudiera volver sobre él. Y eso fue lo que hizo el hombre de Dios. Aplacó el rostro de Yavé y retornó la vida a la mano del rey, quien quedó tan bien como estaba antes de que la maldición le hubiera anticipado la muerte a una parte de su cuerpo, una de las que por más móvil puede parecer de las más vivas.

Invitó el impresionado Jeroboam a aquel misterioso hombre a que entrara en su casa, con el ofrecimiento de que lo reconfortaría y le haría un regalo. Sin embargo, con orgulloso desprecio hacia la modesta hospitalidad generosa -reacción que con frecuencia provoca manejar las palabras divinas, que es algo muy parecido a jugar con las cartas marcadas- le replicó el hombre de Dios: “Aunque me dieras la mitad de tu casa no entraré contigo y no comeré ni beberé agua en este lugar, porque así me lo ha ordenado la palabra de Yavé: `No comerás pan, ni beberás agua, ni volverás por el camino por el que has ido´”. Y se marchó por un camino distinto al que lo había conducido hasta Betel, dejando a Jeroboam caviloso aunque reconfortado por la íntima satisfacción que produce declarar la sincera generosidad en el extremo de la desolación.

Pero Jeroboam por nada de esto retornó de su desviado camino. A los altos de Betel adscribió sacerdotes a su iniciativa investidos que constituyeron un clero propio también para su templo, sacerdotes del común del pueblo, tales que no habían sido tomados de entre los hijos de Leví. Ellos serían los que encargados de ocuparse del culto al becerro que allí había entronizado. Persistió en esta manera de nombrarlos y a todo el que lo deseaba lo investía, favor que solo la casta sacerdotal debería dispensar. A tanto llegó el desorden en este campo que en Betel hubo profeta que se ocupó del culto, con lo que invadía el terreno de los sacerdotes, una actitud a la que se opuso Amós, el primero de los profetas escritores. Y todavía algún texto añade a modo de acusación, sin duda rayando con sus alegaciones en el exceso, que hizo sátiros para los nuevos cultos. No queda del todo claro por la lectura si fueron hombres que esta particular forma sagrada representaron o solo imágenes. Más probable parece lo segundo, aunque no por eso deba admitirse como más cierto, porque sí es segura la interpretación que lee que para servicio de los sátiros habrían sido adscritos los mismos sacerdotes que innovaban la composición regular del clero por promoción exclusiva del rey.

A decir del texto sagrado también para los altos habrían hecho cipos. Pero este es un rasgo de los cultos promocionados por Jeroboam sobre el que se duda. No hay más pruebas de que Jeroboam introdujera esta versión del culto a la fecundidad en Israel que la que aporta el autor del Libro primero de los Reyes, cuando alude a los cipos en el transcurso de la exposición de los hechos de aquel reinado. Es muy probable que quien esta parte del texto escribiera lo hiciera a mucha distancia, desde el año 560 o más tarde aún.

Toda esta manera de actuar hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam, y esta fue la causa de su perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra. Con toda certeza, se cumpliría la palabra que por orden de Yavé aquel hombre de Dios había gritado contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los altos que había en las ciudades de Samaria. Visitaría Yavé el altar de Betel, sus cuernos serían derribados y caerían por tierra, y castigaría a Jeroboam y su descendencia. Sacudiría la casa de invierno con la casa de verano, se acabarían las casas con mobiliario o paredes adornados con incrustaciones de marfil y muchas más casas desaparecerían.


Constitución de la Monarquía

Gastón Barea

Cuando la civilización empieza, cada aldea es autónoma y está regida por su jefe. El poder de este hombre se sostiene sobre su reputación como productor de lluvias. Si es capaz para originarlas, es que tiene poderes sobre el más remoto de los medios de control del caudal de los ríos. De las lluvias depende el incremento de sus cauces, los que cada año deben garantizar la germinación de las semillas, responsables de la vida humana donde las tierras son trabajadas aun sin perseverancia. Es suficiente para que le valga el respeto de todos y hacerlo estimable a los ojos de sus vecinos, hasta el punto que lo hacen inmune. Tan extraordinaria propiedad, que los legisladores contemporáneos han preservado para que de ella se beneficien los gobernados, parece justa solo por ser exclusiva, no obstante proceder de una capacidad tan rara, tan concentrada en unas manifestaciones de los poderes naturales que hasta podría parecer escasa, y casi imposible, menos aún una causa suficiente para otorgar la dignidad más alta a persona alguna.

     Tanto como alabados son aquellos hombres pueden ser denostados y, he aquí lo más sorprendente de cuanto ha sido posible averiguar, gracias a las reliquias de las costumbres que ha salvado el relato etnográfico de Tácito Córnico, el más sagaz de los que se hayan interesado por ellas. En algunas de las civilizaciones que se atienen a este principio, el extraordinario poder del que se hacen acreedores semejantes soberanos absolutos está contrapesado con su muerte a manos de los gobernados, si llega la ocasión en la que quienes se someten a él como súbditos creen que los atributos del hombre singular decaen, como con el paso del tiempo declina, sin que nada pueda impedirlo, la sombra del gnomon, una crisis que los hechos ponen al descubierto; tan severa puede llegar a ser esta primitiva versión de la intransigente prevalencia del principio de soberanía popular, hoy rectora de los estados, y de cuya conquista a tan remotos primitivos, en modo alguno inciviles, hay que reconocer promotores. La crítica ahora no cree que sea brutal o extraordinario tan arriesgado juego, porque acepta que cualquier aventura de la clase de las políticas es arriesgada, y a ninguna le cabe la gradación de la barbarie que sus promotores, para su garantía personal, desearían regular. Le basta recordar el orden que rige un sistema que deriva de un principio casi idéntico, y aun así sabiamente constituido.

     Un hombre al que llaman fármaco es designado para que personifique cualquier miasma que una ciudad padezca, y de la que hay que desprenderse para que el orden público prosiga su curso. Lo expulsan de la comunidad, tanto que en buena parte de los lugares que se atienen a esta manera de proceder lo llevan al grado extremo del sacrificio, una manera prudente de necrosar la cápsula contaminante que amenaza la supervivencia de las instituciones, demasiado vulnerables cuando empiezan. Hay una ciudad en la que lo lapidan, y se congratulan por ello. La celebración de su muerte también está reconocida como recurso cívico en otra, donde, con el propósito de cumplir con el mismo papel, cuando ya la crueldad se ha protegido bajo el manto de los ritos sagrados, eligen a un condenado a muerte una vez descontado al censo. Finalmente lo arrojan al mar durante unas solemnes celebraciones en honor de uno de sus dioses, al que la ceremonia se asocia en reconocimiento de sus propiedades terapéuticas. Además de ultimar la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieren, las flechas que lanza su arco, que es el atributo de su poder, tienen otra saludable propiedad. Cuando las dispara pueden inocular cualquiera de las epidemias que exterminan a los hombres, y, por la misma causa que puede alentar una peste, a su criterio queda remediar los padecimientos humanos. Porque es divino, algo de lo que no todos los seres pueden presumir. Solo por eso está dentro de sus posibilidades comportarse tanto de un modo como del contrario. Al ofrecerle el fármaco, sus devotos satisfacen, previo cálculo de su costo, la detracción por enfermedad de las poblaciones, como quien salda una deuda, una decisión que es idéntica a reconocer su poder sobre la salud, para de este modo prever con criterio compensatorio las flechas de sus dispararos.

     En un par de colonias, creadas por hombres procedentes de la misma civilización, la iniciativa ha sido mejorada. El fármaco es alimentado a expensas del erario público durante un año, un gasto que no parece un dispendio del presupuesto, aun en las épocas menos expansivas, como las que suceden a la caída del producto bruto o a la deflación de los precios, que sin misericordia arruina a muchos y a tan pocos permite el negocio que beneficia a todos, como la bendición que imparten los sacerdotes, porque luego es expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consuma no es un sacrificio, a decir de los testimonios que en su momento recogió Tácito Córnico, aunque tenga como consecuencia la muerte de un hombre, de bajo valor relativo dada su abundancia en aquellos lugares; sino un rito de purificación que a todos los habitantes de aquellas ciudades alcanza.

     En ocasiones, las liturgias a las que está sujeto el fármaco son de una crueldad a la vez moderada e inteligente. En la mejor de las mejores ciudades que hayan existido, según los relatos que convergen en los textos de nuestro informante, su sacrificio no pasa de ser una alegoría, a un tiempo explícita y estimulante, y por tanto saludable. Como parte de las fiestas en honor del caprichoso dios que tanto prodiga su protección como se comporta de manera cruel, un hombre y una mujer son flagelados en los genitales, y a continuación, ya tumefacta la parte donde más púrpura aflora, los pasean desnudos y luego los expulsan. El refinamiento de quienes han sido capaces de idear aquellos ritos queda patente en la versión de un exterminio a castración alegórica, algo mucho menos cruel que la muerte, porque neutralizar los genitales de alguien no lo priva de la vida, aunque sí de ser su autor, y pone al descubierto que en la emigración forzada, cuando esté inspirada por el radicalismo político, puede ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad, así juzgada un lastre.

     La institución política destinada a deshacerse del depositario de toda la soberanía si llega la ocasión en la que quienes se someten a él como súbditos creen que el singular gobernante decae, en algunos casos convertida a elecciones confinadas al sufragio universal, con el recurso al chivo expiatorio gana un estado transitorio, que aún mantienen algunas culturas. Sobre un animal, valiéndose de los improperios más sonoros, tanto más depurados cuanto más zafios, son acumuladas todas las faltas de los hombres. Por esta causa sucede que llamar a alguien cabrón, la voz que expresa una virtud extraordinaria de la potencia para procrear, la más reconocida por la genética veterinaria, puede evolucionar a ignominia. Con una abrumadora carga de insultos demoledores el animal, que para otros ya no tiene que ser solo un cabrón, sino que puede ser cualquier ejemplar de las especies que la naturaleza ha distinguido con el alto atributo de los cuernos, es enviado al desierto, para que allí muera sin misericordia. De ese modo delegan al caos del principio, suprema potestad judicial que retorna cada amanecer, que desaparezcan con él todas las faltas de las que gracias a las más escogidas palabras se le hace portador.

     Sin embargo, más sabio aún resulta el procedimiento que rige entre los pueblos septentrionales, por los meridionales postergados a las estepas, a pesar de que mientras tanto todas las instituciones que han sido mencionadas permanecen en su estado genuino. Su soberano absoluto o rey justifica que solo a él corresponda el poder porque es intermediario entre la comunidad de los hombres y el mundo de los dioses, sean los que quieran la índole y los contenidos de las mediaciones que las circunstancias hagan necesarias, los seres divinos, sus representaciones imaginarias o sus mediadores. Bajo esta premisa, a los linajes reales por sus súbditos les está concedido que desde antes del comienzo de los tiempos estuvieran entroncados con los seres preternaturales, y que esto les valga su poder y en ellos se concentre toda la potencia sagrada. El monarca solo puede elegirse entre los miembros de las familias que puedan justificar tan exclusiva prosapia, precedentemente apartadas para colmar con seguridad calculada los fines que todos desean. La raíz de la concesión no está en una creencia insensata, sino en las felices consecuencias que por aprobar la convención a todos alcanzan. Por ser consentida como persona sagrada por nacimiento, es obligado suponerla en condiciones de otorgar el bienestar a sus súbditos, y la prosperidad al territorio que habitan. Pensar en la posibilidad de que no llegue a satisfacer todo lo que se espera del ejercicio de su poder es una afrenta a su condición de monarca, que en realidad, por razón de parentesco, también es divina, y hasta delito de lesa majestad lo creen, tanto que lo imponen entre quienes la consienten por la legislación penal más rigurosa. En la acción benefactora de los hechos queda demostrada la conveniencia de la superchería.

     Además, a consecuencia de esta regalía, que releva a sus coterráneos de ritos enojosos, debe cumplir con las tareas de sacerdote y sacrificador supremo en beneficio de todos, de modo que nuestro autor, que con tanto provecho leemos, pensando en un hecho similar, conocido para sus lectores, a propósito puede decir que actúa para toda la tribu como el padre con su familia; una manera de hablar que al lector tal vez le resulte oscura porque entre aquella institución monárquica y el sacerdocio interfiere una decisión divina que emancipa a los padres. La segregación del sacerdocio interrumpe aquel vínculo natural, con la ventaja de que no se cuida de ser desinteresada. Fue una experiencia de los judíos tras sufrir su esclava existencia en Egipto la que le valió a la civilización aquella novedad. Emplazó Yavé a Faraón y le dijo que Israel era su primogénito y que debía dejarlo en libertad para que le diera culto. “De lo contrario -amenazó- mataré al tuyo.” El señor de Egipto se negó a obedecer lo que Yavé le ordenaba. Tan poderoso y arrogante como debía ser, ni siquiera estaba a su alcance la idea de que alguien, dios o mortal, pudiera apremiarlo con un deber. Nada hizo. Desconocía el poder de la ira de Yavé, quien cumplió su amenaza con creces. Murió en el país todo primogénito, desde el primogénito de Faraón, que en su trono se sentaba, hasta el primogénito de la esclava encargada de moler el trigo; hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como todo primer nacido del ganado. Pero, porque también Yavé había decidido esto, todos los primogénitos de Israel quedaron a salvo.

     A consecuencia de tan severo castigo, Faraón supo que un poder mayor que el suyo existía. No dudó en dejar a Israel libre. Pero he aquí que Yavé, el autor de la libertad de todo un pueblo, exigió una compensación a los liberados. Si había amparado a los primogénitos de Israel, aquel afortunado día en que hirió a los de Egipto, había sido porque a cambio de la libertad quería consagrarlos a Él, todos, tanto los de hombre como los del ganado. Terrible decisión. Perdida ya la memoria de los ritos ancestrales, habituados a las relajadas costumbres de los hombres que vegetaban gracias a la generosidad del Nilo, ahora, vueltos a la libertad, para conmemorar el fin de la esclavitud debían instituir una condena. A partir de aquel momento los israelitas tendrían por obligación consagrar a Yavé todo primogénito varón o macho, fuera de hombre o de animal, todo el que abriera el seno materno.

     Empezó la conmemoración del castigo a Egipto y de la libertad de Israel. Los judíos sacrificaron a Yavé todo lo que abría el seno materno. Todo primer nacido, el primogénito de los hijos, el de las vacas y el de las ovejas, si era varón o macho, pertenecía a Yavé. Podía estar hasta siete días con su madre, pero al octavo había que entregarlo porque pertenecía a Yavé y debía entregársele.

     Pero ocurrió que el pueblo judío, de camino a la tierra que Yavé le tenía reservada, cayó en la idolatría. No consintió su dios aquella deslealtad. Inspiró a los hijos de Leví fueron para que fueran conscientes del sacrilegio que se había cometido. De inmediato se pusieron a sus órdenes, cada uno su espada se ciñó al costado. De Él recibieron el encargo de pasar y repasar por el campamento donde estaba el pueblo desenfrenado. Debía cada uno matar a su hermano, a su amigo y a su pariente. Con sumisa obediencia cumplieron tan duro encargo. En un día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.

     El escarmiento había sido suficiente, el pueblo quedó arrepentido de su pecado y Yavé decidió recompensarlo, aunque fuera a costa de los sacrificados hijos de Leví, que una vez más dieron muestra de su generosa entrega y de su resignación al sufrimiento. Para gloria de Israel, también aquel día, como premio a su lealtad, recibieron la investidura como sacerdotes de Yavé; cada uno a costa de sus hijos, cada uno a costa de sus hermanos. Los primogénitos de los israelitas, los que abren el seno materno, ya no se los entregarían más a Yavé. Lo concedía a cambio de la tribu de Leví. Así lo había decidido su dios y con esta justificación fueron cargados con tan pesado deber. Los levitas fueron para Él porque todo primogénito le pertenecía, fueron tomados para Yavé en lugar de todos los primogénitos de quienes había liberado. Y hasta el ganado de los levitas fue tomado en lugar de todos los primogénitos del ganado de los israelitas.

     Pero Yavé no se los llevó al momento. Con generosidad los cedió como donados, para que sirvieran de intermediarios y guardia de su pueblo. A partir de aquel momento deberían permanecer indefinidamente, en exclusiva, en el sacerdocio.

     Quiso Moisés, entonces responsable de los emigrantes que volvían de Egipto, completar con justicia aquella transacción. Los primogénitos varones de los israelitas que tuvieran de edad un mes o más debían ser registrados por sus nombres. Así se hizo bajo su dirección. El registro, el primero de esta clase que se hacía, dio como resultado la cifra de 22.273, todos varones de un mes para arriba. Pero entonces los levitas solo sumaban 22.000 exactamente. Si los de aquella tribu habían sido tomados por Yavé a cambio de todos los primogénitos, el cambio no era equitativo.

     Como a los hombres en la tierra les corresponde ajustar las cifras, porque hasta ahí llega su idea de la justicia, porque los grandes números son de un orden que los excede, entre unos y otros vieron que la siguiente composición podía resultar buena. El resto, 273, número en que los primogénitos sobrepasaban a los levitas, sería rescatado. Bastaría con pagar cinco siclos de plata por cada uno al santuario, abono al que estarían sujetos los que estaban obligados a entregar sus primogénitos. Para entonces, los hijos de Leví ya eran responsables del santuario, el servicio principal del sacerdocio que sobre ellos había recaído, y ellos mismos, entre sus prudentes decisiones de gobierno del templo, habían previsto que el siclo del santuario fuera de veinte óbolos, veinte óbolos por siclo. Su previsión resultó feliz. Quienes estaban obligados al rescate entregaron 1.365 siclos de plata, siclos del santuario, que recibieron los sacerdotes, sus cuidadores.

     Pronto se vio sin embargo que el problema del principio permanecería indefinidamente. Así como el grupo de los levitas sería reemplazado, generación tras generación, por la cadencia biológica de su estirpe, y su número podría permanecer aproximadamente constante, por las mismas razones siempre habría nuevas criaturas cuyo seno sería abierto por primera vez. La necesidad del rescate se renovaría cada día, a cada parto. Pareció lo más prudente reconocer la evidencia. El rescate, al principio una transacción, por los levitas fue instituido como un deber. Para lo sucesivo quedó acordado que el primogénito del hombre podía rescatarse al mes de nacido. Su valor sería de cinco siclos de plata, siclos del santuario, que eran veinte óbolos, cuyo usufructo pertenecía a los sacerdotes. Fue la única tarifa del principio, y permaneció invariable indefinidamente, aunque ningún humano consagrado como anatema, porque se consagraba de modo absoluto al dios, podría ser rescatado y debía morir. No así el primer nacido de un asno, que también a partir de entonces se pudo rescatar, en cuyo caso habría que cambiar asno por cordero. De lo contrario, debía desnucarse.

     Así que aquella manera de expresarse Tácito Córnico se explica porque es costumbre entre los primitivos de occidente, antes de que la clase de los sacerdotes reduzca cualquier sacrificio a la condición de su trabajo exclusivo, que sea el padre de cada familia el responsable de celebrar los misterios, en beneficio de todos sus consanguíneos, sin discriminación de grado o clase de vínculo, incluido todo lo que a un varón le sobreviene a consecuencia de su contrato de matrimonio. En sus ofrendas, el supremo celebrante soberano debe actuar con pulcritud, y el rigor y la pureza de sus liturgias son así como sus mayores responsabilidades sus mejores garantías. Aquello le basta para gozar de la plenitud y la inmunidad que la realeza concede a uno solo entre todos los hombres cuando el estado monárquico tiene origen trascendente. En tales términos se ha fundado el orden constitucional por quienes entre han originado el pensamiento político, un uso de las palabras a cuya tentación nunca ha podido sustraerse ninguno de los pueblos primitivos que durante milenios se han enseñoreado de la Tierra. Bastan aquellas virtuosas afirmaciones para que resulte avalada la teoría justificativa del rigor con que es aplicada tan sencilla costumbre, consentida por quienes prefieren guardar silencio únicamente porque carecen de valor para contradecir los excesos, y la osadía de los atrevidos glosadores, que nutren sus ingresos con las palabras más radicales.

     Para sus reyes, quienes están sujetos a su autoridad, antes piden que sean favorecidos por la abundancia que por la victoria. Naturalmente que los mejores son los que viven en tiempos prósperos. El ciclo espontáneo de la vida colma a quienes bajo su jurisdicción se mantienen vivos para el trabajo, y el monarca lucra los buenos tiempos representando en público sacrificios eficaces, subido a una tribuna, rodeado por sus fieles, unas veces cubierta la cabeza, otras no, sin importarle que en público quede expuesta a la vista de todos su calvicie inexorable e irreversible. Tan inequívoco signo de la acción divina ven en esta clase especial de buen gobierno que su recuerdo queda perpetuado por el culto que a sus tumbas dedican las generaciones siguientes. Los herederos de quienes han recibido el beneficio de sus mediaciones viven convencidos de que los reyes benefactores favorecen, aun después de muertos, el lugar en el que están conmemorados, y desde allí su prerrogativa irradia a todas las tierras y a todas las gentes del país. Así se convierten en genios tutelares de quienes se mantienen resignados a la vida productiva.

     Sin embargo, en absoluto dispone aquel hombre único en la plenitud de los poderes soberanos, hasta tomados en cuenta los legislativos, como nunca ninguno de los soberanos absolutos, aunque lo pretenda, ha dispuesto de todos los medios que a un rey le permiten decidir. Al contrario, una parte está depositada en otro órgano de gobierno, una asamblea, que como cualquier cuerpo colegiado a duras penas consigue actuar como un solo hombre en las ocasiones críticas. Su constitución ha descargado el poder sobre la asamblea cuando los soberanos no son agraciados por las circunstancias, que con pertinacia a veces se confabulan en su contra. Así, los años de escasez, que recaen sobre aquellos reyes como las maldiciones, y los convierten en los seres más desgraciados, abrumándolos con sus pérdidas, hasta el extremo de poner en duda la perpetuación de su vida.

     Mas no es insensato ni cruel el control sobre la Monarquía que en esta exigencia tiene su origen. Como prueba, he aquí, gracias a la memoria salvada por los textos de Tácito Córnico, para que sirva de ejemplo a la posteridad, el caso del pobre Decio, quien se vio envuelto en una de las más angustiosas tragedias que por estas causas hayan ocurrido.

     Este rey, que había heredado a Ligur, su padre, gobernaba las tierras septentrionales del hemisferio norte. Pero, al poco de recaer sobre él tan alta responsabilidad, la escasez y el hambre se enseñorearon del país. No era desconocida entre los septentrionales aquella calamidad, y para afrontarla también habían concertado soluciones. Tal como en ocasiones similares habían actuado, como la más prudente medida política que primero convenía tomar optaron por organizar grandes sacrificios. Solo se trataba de verificar las aptitudes del rey. Lasala, población a elevada latitud, aislada y fría, más concentrada porque escaso era el número de sus ateridos habitantes, fue el lugar elegido para la celebración solemne. Todos concedían al lugar un gran prestigio tocante a la comunicación con los dioses, quienes, a pesar de los poderes que les han sido reconocidos por las constituciones, siempre se han visto obligados a sobrevivir sujetos al capricho de las emergencias, a los cambios de humor de sus devotos, que limitan el respeto que les tienen a los beneficios que de ellos reciben. Cuando hubo llegado el siguiente sombrío otoño, más sombrío cuanto más otoño, y más otoño cuanto más abarcado por las sombras que el otoño prolongaba cada día a causa del descenso de la declinación de los astros, allí sacrificaron portentosos bueyes de nulos atributos para hacerse acreedores de la magnanimidad de quienes tenían concedido que decidieran por encima de los hombres. Pero el año que siguió persistió en la adversidad.

     No fueron los septentrionales presos por la impaciencia, aunque por su constitución supieran que sería necesario tomar medidas tales que, por su alcance en el tiempo, con más probabilidad harían volver al curso deseado la vida. Siguieron su orden las estaciones, y por el momento no dejaron de manifestarse estériles.

     Al llegar al segundo oscuro otoño con las despensas vacías, más drásticos puesto que más acobardados, acordaron un conjuro más cruel. Decidieron sacrificar a un hombre, renuncia que era el siguiente grado de la oblación prescrita para la crisis por la constitución de aquel reino. Con tan exigente entrega, el monarca celebrante, una vez consumada, debía propiciar la naturaleza. Pero tampoco la consecuencia de una decisión tan extrema fue la que deseaban. El nuevo año incluso tuvo peor comportamiento que el precedente.

     En ambos sacrificios había oficiado como sacerdote supremo Decio en ejercicio de su alta responsabilidad. De su manipulación habían dependido primero el portentoso holocausto, y luego la ofrenda cruenta de un hombre en la plenitud de sus días. El efecto adverso que ambos ritos habían tenido puso al descubierto algo que nadie deseaba nombrar, la posible raíz litúrgica no tanto del mal como de la crisis, más grave que la peor de las pestes. No era un indicio que juzgaran superficialmente el que los conducía a aceptar esta explicación, peor que las maldiciones. La misma teoría teológica que estaba en el origen de la justificación de su sistema político había deducido, para las circunstancias extremas, que las razones de la adversidad podían ser dos. La más próxima era atribuible al ejercicio del sacerdocio supremo que al rey le estaba reservado. Alguna falta litúrgica, aun cometida por descuido, podía ser castigada por los dioses del modo más severo. Pero en aquella ocasión, por efecto del ingenio que la incertidumbre despierta en los pensadores políticos, fue explicado que la ineficacia radical de los ritos, aunque hubieran sido reiterados y recrecidos con toda la intensidad propiciatoria, podía ser consecuencia, no de la falta de pulcritud en las ceremonias, sino de la persona sobre la que hubiera recaído el derecho a la realeza, que podía ser inconveniente. En cualquiera de los supuestos, reconocido el bloqueo constitucional, estaba reglado que no había más opción que inmolar al rey.

     Fue necesario interpelar al supremo oficiante, único soberano, quien por el momento prefirió mantenerse sordo ante las insistentes y cada vez más directas insinuaciones sobre su probable colapso; una réplica gracias a la cual todavía por algún tiempo pudo, en tan crítico estado, contener la descomposición de sus poderes. Oportunamente, algunos, conscientes de la gravedad de las situaciones que exigen las medidas radicales, al tiempo que ceñidas a la ley, ya entonces habían recordado que aún quedaba el recurso supremo a la asamblea.

     Llegado el tercer negro otoño, los septentrionales de nuevo decidieron reunirse en Lasala, más sagrada según se agravaba la crisis y más gélida. Esta vez hasta allí llegaron los súbditos en un número desconocido. Hasta los abstencionistas radicales, que habían rehusado en los años anteriores participar en las ceremonias santas, allí estaban. Celebraron ante su monarca la asamblea de los hombres, la que solían reservar para las ocasiones extremas. Breves fueron los pocos discursos ante ella declamados, contenidos sus argumentos, escuetas las amplificaciones de los expertos oradores. Todos, incluido el propio monarca, sabían de qué se trataba. Estuvo terminada la junta cuando fue unánime la opinión sobre el origen de la escasez. Decidieron, en consecuencia, que la solución definitiva a sus problemas se consumara en el transcurso de un sacrificio solemne. Estaban convencidos de que así a las calamidades sucedería por fin un buen año.

     En el mismo instante en que fue tomada aquella decisión Decio desapareció, como ante los ojos del espectador atónito se evaporaba el cuerpo de Caryl Chessman sujeto a una silla con correas. Encarnación del estado, había dado en considerarse inmune, contando con el aval de los años prósperos, y, como es consecuencia habitual, a cuya regulación la ley hasta entonces se había resistido, no estaba dispuesto a cumplir con el principio constitucional, modalidad de ruptura del ciclo de las instituciones luego llamada golpe de estado y que entonces, entre los pueblos septentrionales, aún carecía de nombre porque para ellos era una respuesta desconocida.

     La crisis, como la veda, quedó abierta. Los hombres del norte reunidos en aquella decisiva asamblea acordaron que era necesario sacrificar a Decio en el mismo lugar donde la trágica decisión se tomaba, para esparcir su sangre sobre el altar que presidía el lugar sagrado y a su alrededor. Pensaban que con aquel rito purgarían la inconveniencia que padecían, que con el sacrificio solemne del rey hacían desaparecer una vida que había sido reputada contraproducente para todos. Por ser consecuencia de la opinión de la mayoría, parecía además un imperativo al que ninguna decisión podría mejorar.

     Se juramentaron para capturar a Decio. Fue buscado por los bosques y en las inmediaciones del lago, en las casas más apartadas, en las grutas ocultas que solo eran refugio de bestias, antes de que fuera dada por concluida la magna convocatoria. Finalmente fue encontrado, exhausto y hambriento, las escasas ropas que aún vestía desgarradas, el rostro hirsuto, solo reconocible por el puente que desde sus ojos la nariz trazaba hasta su labio. Detenido y llevado por la fuerza al lugar de los ritos públicos, la liturgia que a continuación debía seguirse fue preparada entre quienes estaban interesados en las consecuencias favorables a la recuperación del equilibrio dictado por sus normas constringentes. La inmolación de la víctima extraordinaria sería suficiente para cerrar el ciclo de las ceremonias prescritas.

     A diferencia de lo que era habitual entre los septentrionales cuando se trataba del sacrificio de un hombre común, a la ceremonia de la ofrenda del monarca no debía seguir un banquete a costa de su cuerpo, porque no había necesidad de ensañamiento, cuando además parecía lo más procedente evitar su reencarnación valiéndose del estómago de los súbditos. Tampoco había por qué representar una inútil e injustificada venganza, menos aún un rito de acción de gracias ni de cumplimiento de un débito del que los dioses fueran acreedores. Se trataba solo de un acto en favor del principio constitucional, la abolición de un linaje real que se había mostrado estéril. De antemano, y él lo sabía, cualquier monarca estaba expuesto al riesgo de la inmolación por tan justos principios políticos.

     Bastó la significativa dispersión de la sangre que el cuerpo del rey había vertido para que todo quedara consumado. Cuanta potencia negativa pudiera contener el cuerpo de aquel hombre, a consecuencia de un gesto tan sencillo, quedó pulverizada. Con la muerte del rey culminaba la crisis, más alto no podía dirigirse ningún proyecto de cambio. La expulsión por sacrificio de lo que impedía el correcto desarrollo de la vida común a partir de aquel momento permitía la renovación de la más alta responsabilidad política. Otro linaje reservado para cargar con la realeza podía servir a todos.


El veredicto de la arqueología

Gastón Barea

Es inevitable recurrir a la arqueología para decidir sobre el alcance político que tuviera la pujanza de quienes actuaban a favor de la república democrática a partir de mediados del milenio anterior a la era. Los procedimientos conquistados por esta fórmula permiten deducciones, si no indiscutiblemente acertadas, al menos independientes de lo que otras vías de información suministren, si el recopilador consigue mantener a salvo de contaminaciones mutuas sus fuentes.

     Frente a las afirmaciones de los textos que cuentan aquellos hechos, la arqueología se ha impuesto un deber de independencia. Para quienes trabajan ateniéndose a su método, se trata de saber con exactitud lo que pasaba en el perímetro extraño y sagrado del tofet, al margen de las seculares controversias de las que ha sido siempre objeto. Todo el mundo está de acuerdo en reconocer que el yacimiento que en su lenguaje se conoce con aquel nombre estaba reservado a incineraciones infantiles y que por eso era un recinto sagrado. Pero para los escépticos arqueólogos la cuestión está en saber si la cremación de los niños incluía su sacrificio o no, tal como pretenden los textos.

     Los arqueólogos creen que cualquier intento de reconstrucción del ritual del tofet a partir de sus procedimientos debe rehuir de la certeza de que consistía en un sacrificio humano, tal como los textos más explícitos sostienen. Así actúan convencidos de dar la mayor oportunidad posible a la crítica de las que juzga evidentes exageraciones de los textos. Además, como cuestión previa de método, en su opinión en modo alguno sería correcto refundir unos con otros dándoles un orden, el que suponían para los hechos imaginados, e insertar en el combinado, en la medida de lo posible, los materiales provenientes de las excavaciones. Ajustar las deducciones de los yacimientos a las afirmaciones de los textos antiguos, dando preferencia a estos solo porque ya estaban escritos, como durante un tiempo se hizo, sería negar el valor específico que pueda tener el registro arqueológico. Las reconstrucciones dominadas por los textos son una globalización acrítica de datos heterogéneos. Recomponen un cuadro siniestro, muy vivo y vibrante, de marcado tono oriental, que se han prolongado hasta el siglo XX. Así resultarían unas evocaciones del pretendido sacrificio infantil tan esquemáticas como demasiado simplificadoras.

     Para sacar todo el partido a la información arqueológica hay que recuperar las reconstrucciones desde una posición algo distinta. Para equiparar el valor de la información arqueológica al de la escrita, se trata sobre todo de cargar la responsabilidad sobre el material fósil que ha sido posible rescatar. El procedimiento de evocación ha consistido en combinar el análisis minucioso del registro con deducciones propias de una arqueología que ha dado en llamar experimental. Afortunadamente, los hechos probados por las excavaciones son suficientes para intentar una amplia reconstrucción de este tipo que, si no es del todo convincente, al menos sí es todo lo minuciosa en la descripción de los sucesos asociados al tofet que las excavaciones consienten.

     El tipo de yacimiento en el que hay que concentrar la atención, el que los arqueólogos llaman tofet, es una formación compleja. El de Cartago es sin duda el más sorprendente de todos, aun descontando la importancia de la ciudad, y también el mayor de cuantos se conocen. Como estuvo en uso de manera ininterrumpida durante mucho tiempo, ha proporcionado una información portentosa. Fue descubierto en 1921. Pero para entonces ya eran conocidos otros diez, unos en Tunicia y Argelia, otros en Sicilia y Cerdeña, y algunos incluso ya habían sido excavados. Hoy los tofetes están bien documentados, además de en Cartago, en Cádiz, Cagliari, Es Cuyram,  Hadrumeto, Marsala, Monte Sirai, Motya, Nora, Sfaz, Sulcis y Tharros. Los más interesantes, aparte el de Cartago, han resultado el de Hadrumeto, el de Motya y el de Tharros, que son también los conocidos desde hace más tiempo.

     El conocimiento de los tofetes está limitado por los azares y desventuras de sus excavaciones. Hace un siglo la investigación arqueológica todavía era una actividad algo marginal, muy probablemente por voluntad propia, porque en ella se mezclaban el deseo de saber y un difuso y lucrativo mercado extralegal al servicio del coleccionismo privado. En cualquier lugar la legislación sobre objetos antiguos encontrados en el subsuelo era ambigua o no existía, y en el África colonial francesa la situación no era menos indefinida. En estas circunstancias era frecuente que los hallazgos arqueológicos fueran resultado del azar, y no del método ni del acertado juicio de un equipo de especialistas.

     Hadrumeto, en el territorio de la actual Tunicia, está a unos doscientos kilómetros al sudeste de la capital, Túnez. Ocupó en el antiguo litoral una parcela que ahora cubre el solar de Susa. Su tofet fue descubierto en 1884 por azar. Luego fue alcanzado por los bombardeos de la segunda guerra mundial, circunstancia que ayudó a poner de actualidad el lugar. Terminada la guerra, fue estudiado por Pierre Cintas, uno de los clásicos expertos en este tipo de yacimientos, quien publicó los resultados de su trabajo en 1947.

     Motya es el nombre que ha dado origen al de Mozia, que denomina ahora una población de Sicilia. Su tofet es el más importante de cuantos la isla ha proporcionado. Fue descubierto en 1920 por Joseph Whitaker, quien publicó los resultados de su excavación al año siguiente en Londres. La primitiva población fue destruida por Siracusa en el año 397 aC. Para que sirviera a los mismos fines sus desolados vecinos construyeron otra ciudad, la portuaria Lilibeo, cuyo lugar hoy recibe el nombre de Marsala. Aquellos hombres siguieron frecuentando los ritos del tofet, por lo que el de Lilibeo resulta la natural prolongación del que sirviera a la ciudad de Motya.

     El tofet de Tharros es el más importante de cuantos hubo en la isla de Cerdeña, aunque también tienen allí interés los de Monte Sirai y Sulcis. El de Tharros ha sido definitivamente excavado durante los últimos años ochenta. Dirigió su exhumación el profesor Enrico Acquaro, de la universidad de Bolonia, uno de los mejores especialistas en las arqueologías púnica y fenicia. Los restos proporcionados por el trabajo de campo luego han sido estudiados con sumo cuidado. En el análisis al detalle del material han colaborado con el profesor Acquaro otros especialistas italianos. Algunas de sus conclusiones fueron publicadas en 1988.

     La irregular trayectoria del conocimiento de los tofetes con mucha exactitud la resume la historia de la excavación del tofet de Cartago, cuyo descubrimiento fue obra de unos aficionados tenaces, rendidos a la pasión por la arqueología. Ocurrió  tras la puesta de sol de la víspera de la feliz Navidad del año 1921, horas para la que es difícil sustraerse a la tentación de tomarlas como precedentes a una Nochebuena. La versión más exacta del acontecimiento la cuenta el principal inventor del sitio, François Icard.

     Era suboficial de fusileros de la administración colonial, una ocupación que le permitía sobrevivir sin verse en la obligación de empuñar un arma. Alcanzado el grado de vejez que la burocracia exige para la promoción, fue después nombrado inspector de la policía de Túnez, cargo del que se enorgullecía, ya con las prendas civiles, a fines de aquel año.

     Cualquier policía colonial, mientras conservara su inclinación a la supervivencia, debía trazar una frontera entre los intereses de la metrópoli y la actividad de los indígenas. Si esta no interfería aquellos, la policía del colonizador podía recrearse en los atractivos del país. En el tiempo al que nos referimos en Túnez se vivía el estimulante estado del trabajo de utilidad limitada que activa aquella frontera, lo que a Icard le permitió alimentar su amistad con un franco Paul Gielly, modesto funcionario municipal con quien cada día compartía poco antes del almuerzo los excelentes aperitivos llegados de Sicilia .

     Las hierbas que se agregan al vermut pueden originar trastornos no del todo previsibles, según consta en viejos códices piamonteses. Mas no debe adjudicarse a su descontrolada acción que a consecuencia de sus habituales encuentros Icard y Gielly dieran en dedicar sus ratos libres a la arqueología, y que ocio y citas la convirtieran en la pasión de ambos. En aquella época las indígenas actuaban ocultándose en los dominios de la vida privada. Gracias a que al mismo tiempo para ellos era posible la frecuente incursión en campos fuera de todo control, consiguieron desarrollar un olfato particularmente sensible a las antigüedades, criatura adaptada a las circunstancias y a los tiempos.

     Con demasiada ligereza este tipo de personajes ha sido condenado por los más rigurosos promotores del método arqueológico. Sería un error descalificarlos sirviéndose del anacronismo, mucho más acusarlos de alguna intención desviada. Las publicaciones que alimentaron, y sobre todo las fichas elaboradas por Icard, demuestran que cualquier interés innoble quedó al margen de la búsqueda febril que aquellos pioneros abnegados protagonizaron en el tofet de Cartago.

     Las circunstancias del hallazgo demuestran la exactitud de estos juicios. Averiguó el leal Gielly que un indígena astuto, buscador de piedras -como tantos que desde hacía siglos esquilmaban el fértil subsuelo de Cartago- vendía en el mercado negro ciertas estelas funerarias. Eran ejemplares de un tipo muy conocido desde que empezaron a descubrirse, en diversos puntos de la región, a mediados del siglo XIX. La pareja de aficionados, que podía actuar a satisfacción en los círculos periféricos, respondió positivamente a la iniciativa de aquel hombre, quien a partir de entonces empezó a ofrecerle, con frecuencia creciente, las estelas en cuestión. Sorprendidos por la prodigalidad del vendedor, y arrastrados al deseo de saber hasta dónde se atrevería a llegar, en vez de retraerse, decidieron solicitarle más. Quedaron estupefactos cuando comprobaron que el traficante era capaz de suministrarle lotes enteros. Como la capacidad de oferta del tunecino era inagotable, los dos amigos tuvieron que rendirse a la obligación de satisfacer su intriga llegando hasta el fondo del asunto.

     Una peculiar entrega del especulador, la que ahora es conocida como estela del sacerdote, hoy en el museo del Bardo de Túnez, fue el afortunado medio que permitió que los acontecimientos se precipitaran. La estela parecía un emblema cuya interpretación creyeron inequívoca. Un hombre, vestido con una túnica, tocado con un gorro, aparecía con la mano derecha levantada, en un gesto que para ellos era propio de un orante, y con un niño de pañales en su brazo izquierdo, recogido sobre el cuerpo. El destino de aquel niño bien podía sospecharse. No les cupo duda, aquella estela procedía de un lugar donde eran practicados ciertos sacrificios. Era urgente dar con él antes de que el traficante lo destruyera por completo.

     Para alcanzar su objetivo idearon un plan sencillo. Sabedores de que las excavaciones que alimentaban aquel mercado se practicaban de noche, como de noche vegetan los tahúres o hacen sus balances los usureros, bastaría con mantener vigilado al suministrador durante la parte oscura de la jornada. No fue necesario que estrecharan demasiado el cerco, una vez reunidos los indicios suficientes. Una noche clara de fines de diciembre Icard y Gielly siguieron al tunecino. Consiguieron sorprenderle. Con la complicidad del dueño del terreno -una parcela cercana a la dársena rectangular del puerto antiguo-, más la ayuda de algunos obreros, en aquel momento extraía estelas del fondo de una zanja que habían abierto.

     Una vez hechas, no tenía sentido llevar las averiguaciones al fastidioso terreno penal. Al contrario, para ganar la mejor posición, lo sensato era colmar las expectativas mercantiles de los traficantes. Bastó con que Icard y Gielly juntaran sus ahorros, y con ellos adquirieran el terreno de donde procedían las estelas, para que todos los que con ellas especulaban se sintieran satisfechos y nuestros hombres exultantes. Con el trofeo en su poder, se apresuraron a demandar para sí el ingreso en el anhelado círculo de los arqueólogos, al que entonces accedía con más facilidad quien estaba provisto del aval que otorga el patrimonio inmobiliario. En una carta, fechada el 31 de diciembre de 1921, Icard informaba de su descubrimiento. Iba dirigida el presidente de la Comisión para África del Norte del Comité de trabajos históricos y científicos, E. Babelon, conservador del Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de París. Babelon, como respuesta, pidió a Icard que redactara un informe para el director de Antigüedades, L. Poinssot. Era una manera distante y algo arrogante, pero inequívocamente positiva, de dar  respuesta a la demanda de ingreso hecha.

     Los dos amigos, entusiasmados por su éxito, para nutrir con la mejor materia su comunicación, se entregaron a un febril trabajo de campo. Dedicaron a las excavaciones los domingos y todo el tiempo libre de que disponían, acordada entre ellos una relación que concedía la responsabilidad de los trabajos a Icard, hombre por demás prudente y que desde el principio supo dirigirlos con inmejorable método para su época y para su formación. Pero fue inevitable que al poco de emprender el trabajo, ya a comienzos de 1922, la endiablada arqueología del tofet de Cartago asomara, la misma que desconcertó a generaciones de excavadores, y que finalmente, presa de la inseguridad, le faltara la seguridad que da la precisión del registro.

     En una conocida carta que el 7 de febrero de 1922 Icard dirigió a E. Babelon cumplía con el compromiso adquirido. Describía sus avances y sus incertidumbres, a la vez que dejaba ver con ingenuidad sus limitaciones: “Al efectuar un sondeo más completo a 5,50 m de profundidad, hemos encontrado una capa uniforme de tierra arcillosa amarilla de tres centímetros de espesor. Esta capa, que se extiende horizontalmente bajo tierra, es muy compacta y está perforada en diversos puntos por bloques de toba en bruto que asoman como pequeños menhires. Bajo estos bloques de toba hemos realizado un hallazgo muy curioso. Al sacar uno de estos menhires, encontramos una especie de dolmen subterráneo bajo el cual había una urna con dos asas, con formas elegantes y pintadas con círculos rojizos. Este pequeño dolmen, que puede medir 0,50 m de altura, está formado con placas de toba procedentes seguramente de los alrededores de Cartago, posiblemente de las orillas del lago”. Impresionado por la sencillez de los restos aparecidos en el fondo de la excavación, concluía que podían ser de “una época tan lejana que podrían atribuirse a una colonia egipcia”.

     A la sesión del Comité celebrada solo una semana después, el 14 de febrero, L. Poinssot presentó un informe que se sostenía sobre aquella comunicación, al poco publicado en el Boletín Arqueológico del instituto, en el que sobre todo enfatizaba las ingenuidades contenidas en la carta de Icard. En cambio, omitía las juiciosas observaciones estratigráficas del generoso excavador, quien, enfrentado a la complejidad del yacimiento, rescataba sus característicos conjuntos votivos de unos niveles desiguales, en los que aparecían superpuestos. Es muy probable que su trabajo terminara por concentrarse en el estrato inferior, a juzgar por las alusiones que los textos hacen, donde las fases se superponían encabalgadas, razón que le aconsejaría finalmente evitar la propuesta de una estratigrafía rígida.

     Por desgracia, al tiempo que las prudentes apreciaciones que la correspondencia de Icard suministraba no fueron recogidas por el informe redactado por Poinssot, este se atrevió a proponer una estratigrafía de cuatro niveles, a la que añadió un intento de cronología absoluta, lo que le valió el mérito de crear  las primeras confusiones sobre el tofet adecuadamente enmascaradas bajo la apariencia del rigor. Por suerte, las excavaciones posteriores modificaron mucho su precipitada visión de las capas y de las fechas. Así quedó ejecutada, en este caso, aquella especie de justicia histórica que consiste en destruir lo que sobre el abuso se había levantado. Pero nada pudo evitar que el informe de Poinssot, revisado y con mayor extensión, se convirtiera un año después (1923) en el primer texto de inspiración arqueológica que sobre el tofet de Cartago fuera difundido. Lo firmó junto a su colaborador R. Lantier, y fue presentado al público en la francesa Revista de historia de las religiones con el título “Un santuario de Tanit en Cartago”.

     Las excavaciones de Icard y Gielly quedaron suspendidas el 4 de noviembre de 1922. Sobre las razones que llevaron a la interrupción aún se duda. Es cierto que les faltaron fondos para continuarlas. Su capacidad de financiación de los trabajos quedó seriamente mermada con la adquisición del solar, y no disponían de más medios para reponerla que el resto de sus ahorros y las severas economías que imponían a sus ingresos regulares. En menos de un año todas aquellas fuentes habían dado de sí cuanto estaba a su alcance. Pero también es verdad que entre los dos amigos y la Dirección de Antigüedades surgieron desacuerdos más que justificados. Icard, como responsable de la excavación, proporcionaba los datos a Poinssot, y con ellos este y Lantier redactaban sus comunicaciones, de mayor prestancia académica que los textos originales, aunque de discutible exactitud. Aquella manera de relacionarse fue motivo de enfrentamientos crecientes, en parte consecuencia de la distorsión que padecían  los datos obtenidos a pie de excavación, en otra, efecto de la ira que acumula quien se ve reducido a una posición subordinada porque trabaja en beneficio de otro. Icard no pudo más que ir detestando tan desigual colaboración y finalmente, tomando la iniciativa, acabar con ella. Sin apoyo oficial y sin medios propios para sacar adelante el proyecto, fue inevitable que renunciara a él, y así como quedaron interrumpidas las relaciones oficiales que daban aval al trabajo la excavación quedó en suspenso.

     El balance no podía ser muy satisfactorio. Se habían rescatado cientos de estelas y de urnas, pero la mayoría no podían proporcionar toda la información que en potencia contuvieran porque las tensiones en medio de las que hubo que trabajar habían originado una desalentadora falta de precisión del registro. Tampoco la primera publicación de resultados hacía justicia a la importancia del hallazgo, a causa de los excesos y los abusos de los que se había alimentado. Para colmo, mal vallado, poco después de que los trabajos se suspendieran, el recinto del que Icard y Gielly eran dueños fue objeto de pillajes.

     Pero aquella primera experiencia tampoco fue un fracaso completo. Había transcurrido menos de un año desde el descubrimiento y en tan poco tiempo algunas características del yacimiento podían ser enunciadas con suficiente justificación. Aunque las excavaciones se habían limitado a una pequeña superficie en los niveles más profundos, era suficiente para aislar con seguridad el lecho del yacimiento y el depósito que sobre él solía hacerse, entre otros descubrimientos de interés, observaciones ambas que con el tiempo han resultado esenciales para la interpretación correcta del tofet de Cartago.

     Con el tiempo, sin embargo, circuló otra versión de su hallazgo, la ofrecida por el que a sí mismo se presentaba con el llamativo título de conde Byron Khun de Prorock, tan convincente como el de marqués de Carabás. La contó en un breve texto, publicado en 1926 en forma de libro, bajo un enfático título, En busca de los extintos dioses africanos, un expansivo reportaje de los trabajos que aquel singular aristócrata desarrollara en Tunicia. Para hacerse una idea justa de su personalidad ayuda saber que lo que en este texto relata suele estar tocado por un grueso gusto por lo sensacional y por lo insólito. Se podrían multiplicar las referencias a los lugares de su obra que ilustran tal manera de proceder. Con el propósito de evocar su estado de excitación inmediato al descubrimiento del tofet, dice, por ejemplo, que “el virus de la excavación” se ha apoderado de él. En otro momento, incurre en tan fácil asimilación de su relato a los textos de Conan Doyle, afirmando que “el modo en que hemos descubierto el templo no está muy lejos de las proezas de Sherlock Holmes”, que el lector no sabe de qué admirarse más, si de su ingenuidad o de su atrevimiento. Pero, de cuanto de él se ha difundido, tal vez lo más evocador de su manera de proceder sea el relato de lo ocurrido tras descubrir, en el transcurso de las exhumaciones, una estela con una inscripción. Quienes pudieron leérsela le informaron que amenazaba a quien la derribara con que sería “aplastado por Baal”. Pretendió que la maldición había caído sobre quien se había responsabilizado de su conservación porque, al ir a mover la piedra, le hirió en la frente e hizo que cayera en un pozo del campo de excavaciones.

     Refiere Prorock que supo de la existencia del lugar del tofet gracias a la información que le proporcionara Paul Gielly, quien había trabado interesada amistad con cierto árabe astuto, el mismo del que sabemos que proveía el mercado negro de las consabidas estelas. Siguiéndolo hasta su escondite -no está claro si una antigua cisterna romana o un depósito municipal de agua-, Gielly, Icard y Prorock se hicieron los encontradizos y consiguieron congraciarse con él dándole de beber. Cuando a juicio de sus embaucadores estuvo lo bastante ebrio, lo interrogaron de tal modo que hicieron que admitiera su fechoría. Sirviéndose de la efusión de amistad del momento, le pidieron que al menos algún indicio les diera del lugar de donde sacaba las estelas. A fuerza de insistir le arrancaron una confesión.

     Entusiasmados, los tres amigos partieron en dirección a las montañas, algún lugar en los alrededores de Túnez. Pero volvieron con las manos vacías. La información que el taimado les había dado resultó falsa. El saqueador había conseguido burlarse de la policía, de la administración civil y hasta de la ciencia y beberse el vino sin pagar un franco, y todavía continuó su comercio con toda impunidad.

     Pero otro día Prorock, Gielly e Icard decidieron seguirlo, una vez caída la noche. Por la luz de la luna vieron al expoliador cavar. Era definitivo. Estaba en una zona que después sería identificada como recinto acotado para el tofet. El conde describe así el momento decisivo de la pesquisa: “Fue sorprendido con las manos en la masa, con diez piedras votivas a su alrededor. El lugar donde había trabajado necesitaba ser excavado de arriba abajo, así que compramos el área y nos pusimos al trabajo. Así fue cómo se descubrió el santuario de Tanit”.

     El relato de Prorock es el responsable de que los hechos que contó Icard degenerasen a una historia de misterio de opereta, y que haya sido esta, y no la primitiva, la aceptada como verdadera historia del hallazgo del tofet de Cartago, forma de venganza de los defraudados contra la que nada puede hacer la sinceridad.

     En realidad, el conde Byron Khun de Prorock, tan arqueólogo como millonario, entró en escena, de forma inesperada, después del 4 de noviembre de 1922, cuando Icard y Gielly suspendieron su excavación. Al parecer era de origen húngaro, aunque para entonces tenía nacionalidad norteamericana, o al menos con pasaporte de los Estados Unidos viajaba. En las fotos tiene el aspecto del dandi atildado de los años veinte. Vestido de blanco impecable, se hacía retratar en el lugar de las excavaciones encorbatado y tocado por un gorro colonial, razones suficientes para que algunos hayan opinado que gustaba tanto de la arqueología como de la vanidad.

     Pero en él coincidía otro rasgo de carácter que en aquellas circunstancias resultó feliz. A la debilidad por la arqueología sumaba otras virtudes, como el sentido práctico y el espíritu de empresa americanos, de modo que actuó como promotor arqueológico. Ese fue su verdadero papel en esta historia.

     Con una hábil política de relaciones públicas y propaganda, basada en conferencias, cursos y publicaciones, buscó ayuda financiera y científica para sacar adelante la empresa del tofet de Cartago. Con un entusiasmo similar al de los asociados para la protección de los animales, castigaba con una muletilla a los sufridos oyentes y lectores que necesitaban la cultura que él difundía. Era alarmante -venía a decir- la velocidad con que avanzaban las horribles construcciones nuevas en la nueva Cartago. Aquella voraz arquitectura era una inquietante amenaza para los verdaderos amantes de la arqueología. Era urgente salvar el sitio del tofet antes de que fuera definitivamente devorado y sepultado.

     Empezó por recomprar el terreno a Icard y Gielly y acondicionarlo. Pero su mayor éxito fue comprometer a un sólido equipo internacional para que continuara con las excavaciones, y tuvo finalmente el mérito de convertir su espíritu emprendedor en entusiasmo. Suscitó en aquel equipo un interés por las excavaciones no igualado, hasta el punto que lo esencial de la excavación del tofet fue resuelto entonces.

     En el grupo promovido por el conde coincidieron algunos de los mejores especialistas en la cultura púnica del momento, pioneros de esta disciplina de la arqueología y de la historia de la civilización. A su frente estuvo Francis W. Kelsey, de la universidad de Michigan, quien actuó como director del proyecto y jefe de la misión enviada por aquella universidad; encabezaba además la parte americana del grupo y fue el responsable de los trabajos de campo.

     El segundo pilar del sólido equipo fue el abate J. B. Chabot, en 1922 presidente de la Academia de Inscripciones y Buenas Letras francesa. Para entonces ya había participado en la formación del Corpus Inscriptionum Semiticarum (CIS), del que fue editor. Era la mayor autoridad de su época en la lectura de la lengua púnica. En aquel grupo representaba el aval científico francés.

     Con Chabot colaboró el profesor Stéphane Gsell, epigrafista, historiador e infatigable arqueólogo, y completaba la parte francesa del equipo Alfred Merlin, del Louvre, experto arqueólogo que había dirigido, en la costa oriental de Tunicia, la excavación del pecio del siglo I anterior a la era que contenía los bronces Mahdia.

     George R. Swain, fotógrafo asociado a la universidad de Michigan, fue el encargado de tomar las instantáneas de los trabajos. Sus clichés, muy precisos, con el tiempo se convirtieron en documentos de excepción para conocer el método que en las exhumaciones se fue usando y los descubrimientos que fueron sucediéndose.

     Por último, también era miembro del equipo el británico Donald B. Harden, joven adjunto en la universiad de Aberdeen, Escocia, cuando fue reclutado para esta misión. También era arqueólogo. Sus conocimientos serían tan preciosos para la comprensión del tofet que gracias a ellos dedujo una estratigrafía que, en lo esencial, aún sigue vigente, y dio el nombre que ha prevalecido a sus secuencias culturales, a las que también adjudicó fecha. Pasado el tiempo, sería uno de los que mejor conocieron los mundos fenicio y púnico, y acabó su carrera como conservador jefe del Museo Británico.

     Durante 1925 el equipo de Prorock completó su campaña de excavaciones. Se concentró en una parcela al norte del área que Icard había trabajado, bastante más extensa que esta. De sus descubrimientos Kelsey solo dio una breve explicación bajo el título Un informe preliminar de las excavaciones de Cartago, 1925. Apareció como suplemento de la Revista Americana de Arqueología en 1926, cuando McMillan la editaba en Nueva York. Kelsey quedaba muy agradecido a Prorock por no haberse lanzado sin reflexión a excavar, y por no haber revuelto la zona de arriba abajo, tal como amenazara después de comprarla. Prometía además un informe más elaborado de cuatrocientas cincuenta páginas que, por desgracia, jamás fue publicado, porque Kelsey murió antes de completarlo, en 1927. Afortunadamente, con el tiempo, otros participantes en aquella aventura irían ampliando sus deducciones.

     A partir de este momento la excavación del tofet quedó abandonada durante casi una década. Pero el doctor Carton, un personaje de especial interés por Cartago -cuyos méritos estaban acreditados desde fines del siglo XIX-, excavador de la ciudad antigua en otros terrenos, unos años después de la muerte de Kelsey decidió comprar una parcela al sur de la zona ya levantada, de mayor extensión aún. Se había propuesto emprender el trabajo de inmediato. Pero también murió antes de que pudiera satisfacer su deseo.

     Por iniciativa de la viuda de Carton, el padre blanco G. G. Lapeyre sería quien a continuación investigara en aquella parcela. La excavó entre 1934 y 1936. Para hacer frente a la empresa contó con alguna ayuda del Instituto de Francia. Los resultados de sus tres años de actividad los resumió Lapeyre en dos brevísimos trabajos, ambos aparecidos como actas de la Academia de Inscripciones. El primero, publicado en 1935, lo tituló simplemente “Recientes excavaciones en Cartago”, y el otro, ya de 1939, fue presentado como “Excavaciones del museo Lavigerie en Cartago”. A esto quedó limitada la explicación pública de sus actividades.

     Las campañas de Lapeyre proporcionaron miles de cipos, estelas y urnas. Por su medio mucho material epigráfico y para el análisis de las memorias funerarias se acumuló en los museos. Pero por desgracia todo este material también fue suministrado en bruto, porque tampoco Lapeyre se cuidó de la necesaria relación entre los restos y su estrato. El conocimiento del tofet como área de sacrificio no había avanzado nada durante los años treinta y estaba a punto de estallar la segunda guerra mundial.

     Como consecuencia de esta, el lugar permaneció en el mismo estado durante los siguientes años. Fue Pierre Cintas, un funcionario del cuerpo de aduanas, quien reemprendió las excavaciones del tofet tras la segunda guerra mundial. Trabajó acogido a la Dirección de Antigüedades, ya bajo la responsabilidad de G. Ch. Picard.

     Cintas fue el último y el mejor arqueólogo autodidacta de la serie salida de entre los funcionarios de las colonias francesas, arqueólogos de vocación que compensaban la falta de preparación con plena dedicación al trabajo, lo que les permitía dominar con rapidez el terreno. En Túnez estuvieron entre los que más contribuyeron al método y al conocimiento de la antigüedad.

     Cintas hizo sus prácticas de campo con el doctor Gobert, hombre experimentado y exigente que dominaba la arqueología de la prehistoria y de la protohistoria de Túnez. Gobert, para el tiempo de la postguerra, era autoridad equiparable a la del doctor Carton en su época, y además terminó siéndolo en los campos más extensos de las arqueologías púnica y romana. Considerando la situación de entonces allí, más lo que se acostumbraba hacer para formar arqueólogos en aquellos momentos, la escuela de Cintas fue buena, y fue un excavador con olfato y con suerte, mezcla poco habitual que dio origen a sospechas y recelos, y hasta dudas sobre la autenticidad de algunos de sus descubrimientos suscitó.

     A partir de julio de 1944 Cintas excavó en el llamado terreno Hervé, una extensa parcela al sur de las ya estudiadas en el tofet. Estaba separada de estas por la calle Numidia, que atraviesa de oeste a este desde la avenida Aníbal hasta la calle Yugurta. La parcela tenía forma trapezoidal y unos dos mil metros cuadrados de superficie. Pero su particularidad no solo procedía de que estaba algo separada de todo lo que ya del tofet se había excavado. El subsuelo también era distinto. Estaba repleto de muros en los niveles más inmediatos, y a más profundidad los cimientos romanos habían alterado los estratos originales. Esto empezó por complicar los trabajos, no obstante lo cual los muros fueron aprovechados como referencias para el sistema de coordenadas de las tres dimensiones que gustan respetar los arqueólogos más metódicos. Además, uno de ellos, un grueso muro curvado de radio muy amplio, orientado poco más o menos de este a oeste, fue utilizado para dividir la excavación en dos sectores, el norte y el sur.

     La excavación empezó por el sector norte. Cintas abrió una zanja en la dirección dominante de la parcela -la este-oeste- de unos ocho a diez metros de longitud. Partió del límite oeste, la avenida Aníbal. La exploración inicial fue decepcionante. Solo proporcionó estelas y cerámicas púnicas tardías, incluso a cuatro o cinco metros de profundidad. Pero más hacia el este los estratos parecían más consistentes. Aparecieron cipos de gres estucado a unos cinco o seis metros. Sin embargo, el nivel arcaico no daba la menor señal, aun a tanta distancia del suelo actual. La explicación a esta anomalía la encontró poco después. Aún más al este, Cintas y Feuille, su colaborador, hallaron una hilera de losas verticales que formaban un muro, orientado en dirección norte-sur. Parecía que estaban en uno de los límites del recinto. Dedujeron que podría tratarse del lado oeste del primer trazado, anterior en el tiempo a una masa de conjuntos votivos, la superior -correspondiente a una época poco precisa, quizás el siglo IV-, que se vio en la necesidad de rebasar aquel límite.

     En el área oriental de la zanja, más allá de las losas hincadas en posición vertical, ya pudieron identificar los estratos que los excavadores anteriores habían descrito. A una profundidad entre seis y siete metros descubrieron los más antiguos depósitos rituales. A tanta profundidad la excavación terminó en el agua. El mar, muy próximo por el lado este, de la antigüedad acá había subido medio metro su nivel.

     La primera campaña de Cintas en la zona norte del terreno Hervé levantó unos ochenta metros cuadrados de la superficie de la parcela. Fue muy útil para la descripción precisa del nivel más profundo. Después, desde 1946, y durante casi dos años, excavó la mitad al sur del muro curvo. Allí la obra romana, levantada sobre los restos de la ciudad cartaginesa, de nuevo apareció primero. Eran grandes pilares de cimentación de planta cuadrada, levantados en orden triangular. El punto más alto de los pilares romanos, numerados uno por uno, sirvió otra vez como referencia de partida para medir la profundidad de los niveles. La otra referencia, la opuesta, fue el nivel del agua, anotado día a día.

     El mejor descubrimiento, tanto de la carrera de Cintas como de toda la excavación del tofet, ocurrió en la primavera de 1947. Bajo los primeros niveles de urnas apareció un depósito y una pequeña y sorprendente arquitectura. Supuso que todo correspondía a un lugar sagrado dentro del recinto, por lo que el conjunto luego sería conocido, no sin sarcasmo, como capilla de Cintas. Su primera descripción la publicó en la Revista tunecina de 1948 con el título “Un santuario precartaginés en el arenal de Salambó”.

     Estaba localizada en un área rectangular de poca extensión, delimitada por las estacas V, VI, XIII y XIV del lado sur del terreno Hervé. El centro era un hueco en el suelo primitivo, al parecer un pozo natural. A su alrededor había restos de muros derrumbados, algunos en paralelo entre sí, formando estrechos pasillos.

     Según la reconstrucción de Cintas, en una primera fase, anterior a cualquier instalación en el lugar, solo había existido la cavidad natural. Después se había levantado la pequeña obra cuyos restos aún podían tocarse, una modesta cámara, cubierta con una bóveda rebajada que descansaría sobre los muros paralelos interiores. El minúsculo espacio así cubierto habría sido lo que Cintas suponía el santuario precartaginés. La obra de arquitectura estaría destinada a proteger un depósito, el que se habría hecho al principio en el pozo espontáneo, y podía suponerse la prueba material de la solemnidad concedida a aquel acto.

     En una fase siguiente -tercera de su teoría- el monumento degeneró a un montón de ruinas, con solo los fundamentos de los muros en su sitio. Solo en otra posterior -cuarta fase- el lugar sería ya centro de la actividad propia de un tofet púnico, en este caso todavía en su época primera. Así lo demostraban para Cintas los agujeros en los muros derrumbados, donde aparecían depositadas innumerables ofrendas de la primera fase.

     La responsabilidad de toda esta reconstrucción recaía sobre la excepcional cerámica encontrada en aquel sitio, en cuyo análisis Cintas concentró toda su atención. Podía separarse en tres conjuntos. Una lucerna de dos mechas y un ánfora era el primero, que apareció por encima del pozo central. Para su descubridor era una prueba de que en época posterior a la de su origen hubo un relleno de tierras. El segundo era más homogéneo en apariencia y más abundante. Estaba cubierto por el lodo endurecido que había llenado el hueco natural, donde estaba depositado. Sus piezas mejores eran un askos en forma de pájaro, tres oinochoes y dos kotyles con decoración geométrica. Porque no cabía duda de que se trataba de cerámica griega. Pero el tercero era el más atractivo. Estaba metido en la base de uno de los muros y por eso pronto lo interpretó su descubridor como un depósito de fundación, dos objetos que además sugerían una fecha muy remota. Uno, una lucerna escudilla de una sola mecha, lo podía relacionar con la tradición fenicia. Para decidir que podía proceder de la fecha más remota, el indicio más alentador era que las lucernas encontradas en las tumbas de época arcaica tenían dos mechas. La otra pieza era aún más cautivadora, una hermosa ánfora ovoide con asas retorcidas y decoración geométrica. Cintas interpretó que tenía características micénicas.

     Creyó que el supuesto depósito de fundación y lo que había en el pozo era todo de fines del segundo milenio y así lo declaró en su texto de 1948. Estaba convencido que había descubierto, en la misma playa que pisaron los navegantes que vinieron de oriente, una prueba arqueológica de la leyenda de la fundación de Cartago. Según esta, en las versiones paralelas del siglo IV antes de nuestra era, Cartago habría sido fundada muy a fines del precedente siglo XIII. Con aquellos materiales, Cintas se creía en condiciones de avalar la certeza de la fecha que la leyenda hasta entonces había sostenido.

     Desde que explicara sus deducciones, la cronología de Cintas fue el aval de la supuesta fundación de Cartago en el segundo milenio. Él mismo se entregó con entusiasmo a desarrollar una teoría con la mediación de más piezas. Pero en 1951 P. Demargue, en un trabajo que tituló “La cerámica púnica”, aparecido en la Revista arqueológica, corrigió las fechas de Cintas de manera convincente. Era la primera réplica seria a las autorizadas ideas del apasionado excavador.

     Con el tiempo se ha demostrado que las cerámicas fechadas por Cintas en el segundo milenio eran efectivamente griegas y uno de los primeros depósitos del tofet. También que habían sido puestas en aquel lugar en dos momentos, próximos en el tiempo. Pero la cronología absoluta debía variar. La fecha del conjunto quedó primero fijada en mediados del siglo VIII, aunque luego con más flexibilidad se atribuyeron a los años que van del 760 al 680. Eran objetos euboico-cicládicos y corintios, tal vez procedentes de la colonia de Pithecusa, promovida desde Eubea y fundada en la italiana isla de Ischia.

     La bibliografía de Cintas es extensa y del mayor interés para conocer con rigor el tofet de Cartago. Pero de ella destacan dos obras, una de 1950 y otra de 1970. En 1950 publicó un grueso volumen de Cerámica púnica. Recogía los importantes trabajos sobre la materia anteriores a él, y aun así sentaba nuevas bases para esta ceramología, que así quedaba convertida en un conocimiento especializado. Pero sobre todo esta obra contiene lo mejor de sus teorías sobre la Cartago del segundo milenio. En 1970, ya al final de su vida, publicó el primer tomo de su Manual de arqueología púnica. A pesar de las correcciones, es aún un manifiesto en favor de las dataciones arcaicas para Cartago. Pero en él, deliberadamente, destruye de una vez la teoría propia sobre la pretendida capilla que fue conocida con su nombre. Para redactar el Manual Cintas recuperó las notas de sus excavaciones de los años cuarenta. A su vista relativizó el valor y el significado de su hallazgo de 1947. Revivió ahora situaciones arqueológicas, si no similares a las de la capilla, por lo menos comparables. Existieron otras pequeñas cámaras, poco analizadas antes, que también tenían sus pozos sin depósitos óseos pero asociados a objetos votivos como betilos, cipos y cerámicas.

     Pero en 1970 todavía pensaba que la cerámica hallada en la primavera de 1947 era excepcional. Por eso da la impresión que en su obra definitiva, decepcionado por tener que admitir que la cerámica griega que había encontrado no tenía la antigüedad que pretendiera, prefirió banalizar el medio arqueológico de este descubrimiento con argumentos no muy sólidos. Sin embargo, la razón no le faltaba por completo. Aún hay detalles que este excavador tan singular observara que subsisten sin contradicción, o al menos sin explicar de manera satisfactoria. El más importante es la evidencia de los muros en el nivel inferior del tofet, arquitectura anterior a por lo menos una parte de los primeros depósitos en aquel recinto. Solo el reiterado uso de un mismo lugar para sucesivos depósitos, con la obligada remoción del estrato también en el nivel más bajo -circunstancia no descrita en la literatura del lugar-, explicaría lo que en apariencia sigue siendo, si no anómalo, algo poco frecuente.

     Cintas trabajaba en la publicación exhaustiva de sus actividades en el tofet cuando una muerte prematura lo sorprendió. Su obra quedó sin terminar. Los archivos que dejara, por desgracia incompletos y casi insondables sin él, demuestran su excelente dominio del método. Había deducido, por ejemplo, que era necesaria la reconstrucción gráfica cuando las situaciones arqueológicas son muy complejas o muy ricas, algo que hoy el procedimiento considera normativo pero que entonces no era todavía regular. Sus excepcionales cualidades como dibujante le permitían registrar los datos del terreno en tres dimensiones, aunque con la fidelidad asequible a las técnicas manuales. Se proponía convertir muchos de estos apuntes en gráficos analíticos, completando las reconstrucciones en alzado y planta con una serie de cortes que bien podrían llamarse histológicos.

     En los años setenta del siglo XX Cartago ya se había convertido en la temida ciudad balnearia. Las casas se habían multiplicado en los alrededores del tofet, tal como había previsto Prorock. El estudio de campo del sitio del tofet estaba detenido desde los cuarenta. Pero por suerte el mismo año de la muerte de Cintas empezó una campaña internacional, patrocinada por la Unesco, para la salvaguarda del sitio. Aprovechando este impulso, un equipo norteamericano, de la Escuela de Investigaciones Orientales de Chicago, reemprendió las excavaciones del tofet en 1974. Su proyecto aspiraba a objetivos muy amplios. Pretendía delimitar con la mayor exactitud posible los periodos y las fases del tofet, analizar los restos humanos y animales que las urnas del recinto contenían, clasificar las estelas y los cipos funerarios y estudiar las inscripciones; un programa ambicioso que abarcaba todo lo que del tofet tiene interés.

     Lawrence Stager fue el director de este equipo, y entre sus componentes destacó Jeffrey Schwartz, especialista en antropología médica de la universidad de Pittsburg, encargado del estudio de los restos contenidos en las urnas que se fueron encontrando. Los descubrimientos de Schwartz han sido importantes y a menudo sorprendentes. Los resultados de sus análisis son conocidos a través de los textos de Stager.

     Durante los años de 1975 a 1979 Stager y los suyos excavaron en el tofet. Retomaron el trabajo donde lo había dejado medio siglo antes otro grupo dirigido por un norteamericano. Porque el equipo de Chicago levantó una parcela contigua a la que excavara el dirigido por Kelsey, casi de la misma superficie, en dirección este. Las excavaciones fueron difíciles porque el terreno se volvió pantanoso, a consecuencia de la profundidad que las zanjas abiertas alcanzaron.

     Para 1990 el equipo de Stager aún no había publicado el conjunto de su excavación. No obstante, algunos informes parciales y unos cuantos artículos permitieron conocer sus conclusiones provisionales. Además, un estudio notable se relaciona con las campañas de los setenta, el de Susanna Shelby Brown. Participó en el equipo y luego escribió una tesis a la que puso el título de Sacrificio infantil tardío y monumentos de sacrificio en su contexto mediterráneo. Fue presentada en la universidad de Chicago en 1986.

 


Celadas de la tradición. Los tópicos

Cosme Pettigrew

La lectura comparada de todos los textos sobre el sacrificio infantil antiguo, así griegos como latinos, permite ordenar toda la información recibida en los siguientes tópicos.

1. El sacrificio de niños se practicaba entre los fenicios. La primera información conocida es la de Clitarco. La presenta como una costumbre basada en un voto a cierto dios. Si deseaban que este les concediera algún favor, dice, debían consagrarle en holocausto a un hijo. Filón de Biblos, mucho después, reitera por su parte la idea más general, que los fenicios ofrecían sacrificios de niños a cierto dios. Pero a la vez que no alude explícitamente a las condiciones de la celebración que explica Clitarco, añade a la tradición una buena porción de elementos específicos. Según él, los sacrificios son extraordinarios y ya se celebraban entre los fenicios en los tiempos de la guerra de Troya. Su frecuencia venía decidida no tanto por un voto personal, como se deduce de la lectura del texto de Clitarco, como por las circunstancias excepcionales a las que se ven expuestas las poblaciones.

De esta última idea de Filón se hace eco Justino, cuando dice que los sacrificios que se celebran en Cartago son un medio para acabar con la epidemia de peste, y con el tiempo la siguen aún más de cerca primero Porfirio y después Eusebio de Cesarea.

Sigue Filón diciendo que, en esos casos, lo normal es que los príncipes de las ciudades sacrifiquen a algunos de sus hijos más queridos con el fin de conseguir la salvación de todos; una idea que no obstante lo que ya hemos observado más arriba, se aproxima al voto que Clitarco patrocina. Pero de nuevo es Porfirio quien recoge con más fidelidad lo que dice Filón, al afirmar que son hijos de especial valor los sacrificados, aunque él prefiere hablar de los hijos más hermosos de las familias que los entregan al rito.

Los que son elegidos, termina Filón, son sacrificados durante una ceremonia misteriosa, en cuyo transcurso las víctimas son degolladas. Esta es la forma de presentarlas al dios como ofrenda adecuada para calmar los demonios de la venganza, y esta la razón por la cual es tan frecuente encontrar en la historia de los fenicios tales ceremonias; última parte de su información no tuvo seguidores.

A todo esto Plinio el Viejo solo añade que en Tiro, la principal de las ciudades fenicias por su iniciativa política y comercial, aquel sacrificio se hacía con fuego, lo que ni modifica ni añade nada sustancial a la tradición. En cualquier caso, su afirmación también queda aislada

2. La divinidad a la que los fenicios ofrecían estos sacrificios Clitarco la identifica con Cronos, un recurso muy habitual de los escritores clásicos, quienes para hacerse entender entre los lectores de la lengua en la que se expresan asimilan el dios que presentan al que se le asemeja, o al menos en parte lo ha heredado, en la cultura por aquella delimitada. Pero en un esfuerzo por hacerse entender por todos los lectores posibles Filón extiende la identificación a Saturno, al que con más facilidad entenderían quienes procedieran de la cultura en latín, al tiempo que reitera la identidad con Cronos. Adoptando una actitud ya influida por el afán de precisión de los datos que se manejan, como es frecuente en la baja antigüedad, para Porfirio y Eusebio de Cesarea la divinidad a la que los sacrificios son ofrecidos es Baal Hammón, lo que permite llevar al lector con más exactitud a la cultura fenicia. Mas en el fondo todas estas identificaciones son la misma y pueden ser aceptadas como parte de una misma tradición.

Quien de verdad enriquece la idea primitiva es de nuevo Filón, otra vez excelente informador original, quien lleva más allá sus explicaciones. Precisa que en realidad el nombre del dios del que se trata es El, del que explica que en origen fue un rey fenicio tras cuya muerte fue ascendido a dios.

Lo que Filón escribió sobre este asunto también lo escribe Eusebio de Cesarea, con seguridad tomándolo directamente de Filón, mientras que Minucio Félix parece referirse al mito sobre el origen del sacrificio cuando dice, de modo ciertamente poco preciso, que quienes lo practican siguen los precedentes establecidos por los dioses de los cartagineses. A esto se limita toda la fortuna de las sustantivas innovaciones de Filón al ofrecernos cuanto ha podido averiguar sobre el dios al que son ofrecidos los sacrificios.

3. De lo que ocurriera entre los fenicios en alguno de los momentos excepcionales a los que hacen referencia los narradores de aquellas costumbres, solo disponemos de las noticias que nos proporciona Quinto Curcio Rufo sobre lo ocurrido durante el asedio de Tiro por Alejandro. Dice que entonces creyeron los tirios que el momento era adecuado para renovar la antigua costumbre y algunos de ellos propusieron que fuera inmolado a Saturno un niño libre. Tal costumbre los tirios la habían recibido de los fundadores de la ciudad, aunque por lo que supieron los soldados griegos durante el asedio, durante muchos siglos no había sido observada. El consejo de los Ancianos, que era en este caso decisivo, no se opuso y la idea prosperó.

4. El núcleo del tópico del sacrificio de los niños en la antigüedad es que los cartagineses lo practicaron. Esta idea tiene su antecedente más remoto en Platón, quien acusa recibo de ella añadiendo solo que es un hecho conocido. Continúa con Clitarco, y posteriormente la reitera Ennio, quien la presenta como una costumbre. Sigue con Plutarco y con Minucio Félix, aunque, según es habitual en este, alude de manera oscura a la idea cuando dice que en algunas partes de África los niños eran sacrificados por sus padres. San Agustín retorna al enunciado directo de los hechos conocidos y dice que los cartagineses practican el sacrificio de niños. Tras él, termina una de las líneas más concurridas de la tradición Hesiquio de Mileto, quien se aventura a decir que son las mujeres cartaginesas las que deciden sacrificar a sus propios hijos.

5. Uno de los cauces abiertos en paralelo a este principal es el de los que prefieren hablar con más precisión. El propio Ennio vuelve sobre el asunto y completa sus enunciados afirmando que las víctimas del sacrificio que en Cartago se celebraba eran varones. Para Justino son más exactamente varones y jóvenes y para Tertuliano son niños pequeños.

6. Con Cicerón se inicia la trayectoria en la dirección opuesta, la manera más imprecisa de hablar sobre el sacrificio de niños en la antigüedad, con el propósito de enunciar del modo más general el hecho. Se limita a afirmar que los cartagineses están entre los que practican el sacrificio humano. La continúa Dionisio de Halicarnaso, se perpetúa con Plinio el Viejo e insiste en lo mismo Sexto Empírico cuando afirma sin más precisión que en Cartago es sacrificada una víctima humana.

El ciclo de este tópico termina con Silio Itálico, quien resultaría tan extremadamente ambiguo que incurriría en contradicción. Al tiempo que dice de modo genérico que en Cartago se celebran sacrificios humanos, menciona como ofrenda de los sacrificios a niños pequeños, y todavía, más adelante, dice que las víctimas se eligen entre hijos jóvenes.

7. Para hacerse entender, como es habitual, el supuesto Platón declara que el dios al que los cartagineses ofrecen el sacrificio de sus hijos es similar a Cronos, lo que reiteran Clitarco y Diodoro Sículo. Dionisio de Halicarnaso se refiere al mismo sujeto llamándolo Saturno, mientras que Plutarco vuelve a denominarlo Cronos. Minucio Félix adjudica a Saturno la ofrenda de las víctimas infantiles, lo mismo que hace Tertuliano. Para Sexto Empírico el dios en cuyo honor son celebrados los sacrificios en Cartago es Cronos, pero San Agustín de nuevo identifica a Saturno como el dios al que son ofrecidos los sacrificios de niños. Draconcio asimismo señala a Saturno como dios de los sacrificios y Hesiquio de Mileto vuelve a llamarlo Cronos.

8. Sobre las características del rito que se escenifica en Cartago, el primer detalle lo proporciona Clitarco. El procedimiento que siguen los cartagineses, según este, es prometer a un dios la consagración de un hijo en holocausto con el propósito de alcanzar un favor. Para proceder a la elección de las víctimas, según Silio Itálico, se procedía anualmente a un sorteo entre los hijos jóvenes de las familias. Draconcio mantiene la opinión de que en Cartago eran destinados al sacrificio cada año dos personas. A la idea aporta que se trata de dos nobles o aristócratas y que los receptores son los templos, sin más. También algunos hablan de altares. El sacrificio se celebra sobre altares ardientes, según Silio Itálico, y para Draconcio igualmente los niños eran sacrificados en altares.

9. Pero sobre todo está la referencia a cierta estatua de bronce y todo lo que a su alrededor se hace cuando los sacrificios se celebran. El promotor original de ella es de nuevo Clitarco. Explica que en el momento en que hay que cumplir con lo prometido al dios se celebra el sacrificio ante una estatua de bronce que lo representa. Tiene los brazos extendidos sobre un gran brasero en llamas. Sobre ellos depositan al niño, que rueda sobre ellos hasta caer en la hoguera que arde debajo.

En términos similares es descrita por Diodoro Sículo. Dice que está en Cartago y es de bronce, y especifica que es gigantesca y representa a Cronos. También dice que tiene los brazos extendidos, y precisa que están en pendiente y que tiene sus manos con las palmas abiertas, por lo que de la misma forma el niño que es colocado sobre ellos rueda. Igualmente añade que en el momento del sacrificio, debajo de las manos, arde un brasero que está al fondo de un pozo. En una actualización posterior de esta afirmación general, a propósito de ciertos acontecimientos sobre los que más adelante volveremos, reitera que los niños destinados al sacrificio son depositados en los brazos de la estatua y por ellos se deslizan hasta caer en la fosa llena de fuego. Tanto en un paso como en otro de sus textos, cualquiera de las innovaciones del tópico original no son más que deducciones.

10. Continúa Clitarco el relato del sacrificio precisando que las llamas hacen que los miembros del niño se contraigan y que su boca se abra en una mueca, una afirmación a la que se adhirió una tradición particular. Tuvo su origen en una acotación a los versos 299 al 302 del canto XX de la Odisea, en los que el protagonista, agredido con una pata de buey por uno de los pretendientes de Penélope, sonríe en su ánimo con sonrisa sardónica. Uno de los escoliastas de la tradición de Homero anotó que también los cartagineses, que habitan en Cerdeña, sacrifican a Cronos en días establecidos, y que había sido precisamente el topónimo Cerdeña el que estuvo en el origen de la etimología del adjetivo que calificaba aquella clase de sonrisa. Puntualizó que llegó a hablarse de aquel modo porque en Cerdeña existe cierta planta venenosa cuya ingestión provoca unas convulsiones del rostro que degeneran en un desagradable rictus, recuerdo irónico de una sonrisa. Añadió, haciendo ostentación de una erudición tan elaborada como útil para sus explicaciones, que por esta razón cierta sonrisa sarcástica fue llamada sarda o sardónica, y que habría sido esta idea la que degeneró, por lo que se refiere al sacrificio de niños, en la opinión de que morían riendo o que llevaban la cara cubierta con una máscara que representaba una sonrisa.

Aquella cadena de explicaciones resultó la vía de difusión de Clitarco más feliz. Una vez elaborada, sus responsables fueron los escoliastas de la Odisea de Homero, a cuyas aclaraciones a aquel paso del texto se adhirió siempre la parte de la historia del sacrificio infantil que había escrito Clitarco.

A este propósito Diodoro Sículo se muestra menos elocuente y sigue efectivamente una de las ramas de la tradición particular abierta a partir de Clitarco. Dice, todavía actualizando, que en la fosa llena de fuego los niños finalmente se abrasaron y que al caer llevaban la cara cubierta con una máscara sonriente.

11. La explicación más abstracta de la causa del sacrificio corresponde también a los orígenes del tópico. Platón explica que los cartagineses actúan de esto modo porque lo estiman sagrado y lícito y no porque sean bárbaros y sus leyes sean otras.

Pero, para esta parte de los relatos, habitualmente se abren vías de otro tipo que tienen diversa fortuna. La de la religión comparada es la que intenta Silio Itálico, propenso a las generalizaciones, aunque no tiene continuidad. Observa que los sacrificios de niños en Cartago recuerdan los sacrificios ofrecidos a Diana en el reino de Thoas. La expresión es oscura porque no es posible componer una explicación satisfactoria de la comparación. Si bien Diana puede ser identificada con la luna y esta con Tanit, diosa de ascendencia fenicia a la que correspondió efectivamente un importante papel en esta historia, el reino de Thoas no es fácilmente interpretable. La posibilidad más seria es que el mencionado reino tal vez pudo ser Mirina, en la Eólida, Asia Menor, cuyo rey efectivamente se llamó Toas. Si bien el primer elemento parece abrir una vía de interpretación, el segundo no le proporciona ninguna base sobre la que progresar. Probablemente por eso resultó una vía muerta.

Más fortuna tuvo el camino mítico, como se podía esperar. El origen del sacrificio en occidente está en Elisa, según Justino, quien actuó así para salvar Cartago y guardar fidelidad a su marido muerto. Minucio Félix es algo más críptico, y con laconismo sentencia que Saturno no expuso a sus hijos sino que los devoró. Quien lleva las explicaciones míticas más lejos es San Agustín, quien dice que la razón por la que se hace el sacrificio de niños es que la mejor de todas las simientes es la humana. La manera que tanto poetas como filósofos físicos tienen de contar esto es decir que Saturno mató a sus hijos y los devoró. En su opinión, Saturno devoraba a sus hijos porque la simiente volvía al lugar del que había nacido.

12. Quien primero afirma que el sacrificio de niños se mantuvo en Cartago mientras la ciudad existió fue Dionisio de Halicarnaso, una idea que mantiene en términos similares Quinto Curcio Rufo.

13. La primera vez que se habla de que el sacrificio infantil fue perseguido por autoridades extrañas a Cartago fue cuando Justino dijo que Darío, el rey persa, prohibió a los cartagineses celebrar sacrificios humanos y comer carne de perro. La asociación de las dos prácticas en la misma frase es indicativa de que se trata de un elemento recibido sin depurar. La incoherente relación de Darío con Cartago termina de quitar cualquier crédito a esta afirmación.

Tertuliano, por su parte, informa que una vez que los romanos conquistaron y destruyeron la ciudad, las autoridades romanas prohibieron los sacrificios, aunque todavía, durante algún tiempo, continuaron abiertamente. Los niños siguieron siendo inmolados de forma pública, si bien las ceremonias se celebraban en un lugar distinto al que hasta entonces era el regular. Pero cuando Tiberio fue procónsul ordenó prender a los sacerdotes de aquellos ritos y los colgó vivos de los árboles de su templo, a cuya sombra los sacrificios habían sido ejecutados. Usándolos como cruces, allí quedaron suspendidos como las ofrendas votivas. El testimonio procedía de los soldados de su padre, que fueron los que siguieron la orden del procónsul, lo que le da el extraordinario valor de la forma clásica de prueba directa, el testimonio de vista. Todavía después, continúa Tertuliano, el mismo Tiberio, así como otros emperadores posteriores, instituyeron la pena de muerte contra los padres que entregaban sus hijos al sacrificio. No obstante todo esto, todavía informa que aquella práctica fue mantenida en secreto y continuó de forma encubierta, de modo que hacia fines del siglo II o comienzos del III el sacrificio de niños persistía en Cartago, a pesar de su persecución. En su opinión, así sucedía porque el África romana habría heredado esta costumbre de la cultura púnica.

14. El sacrificio de niños es ilustrado con casos conocidos. El que parece más remoto es el que refiere Justino, quien menciona el de un general cartaginés, de nombre Malco. Puede ser identificado como el general que en pleno siglo VI antes de la era lidera la expansión de Cartago en Sicilia y en Cerdeña, isla esta última en la que sufrió una derrota por la que hubo de sufrir destierro. Habiendo sido vencido en una batalla y condenado al exilio, para expiar su culpa mandó matar a su hijo delante de la ciudad.

Siguen en el tiempo los sucesos del año 406 siguiente en la isla de Sicilia, cuyo único relator es Diodoro. En las obras del cerco de Agrigento empleó Aníbal piedras funerarias procedentes de las necrópolis del entorno de la ciudad. Aquel expediente disgustó a una parte del ejército. Al poco una epidemia se desató en el campamento. El propio Aníbal murió víctima de la enfermedad. Se dio por cierto que aquella consecuencia había sido el castigo de los dioses por la sacrílega destrucción de los sepulcros. Tras aquello, algunos de los exploradores del ejército cartaginés volvieron contando que durante la noche alguien había visto espíritus de muertos. Himilcón, sucesor de Aníbal en el mando de las tropas cartaginesas, viendo cómo los soldados eran acosados por un temor supersticioso y que en el campamento el desánimo cundía, acabó con la destrucción de las memorias funerarias. Decidió levantar la moral de los soldados con un holocausto. Solicitó la ayuda de los dioses sacrificando un niño o un muchacho, o un joven soldado según otros, según la costumbre de su pueblo. El sacrificio fue ofrecido a Cronos, junto con una multitud de ganado a Poseidón. El asedio continuó con los ánimos renovados.

El siguiente caso referido es el originado por la expedición de Agatocles del 310, mientras el tirano de Siracusa asediaba Cartago. En este caso la tradición es más rica. El relato también tiene su origen en Diodoro Sículo, pero como ocurre en otras ocasiones es amplificado por Plutarco. Explica Diodoro que aquellos hechos provocaron la resurrección de los ritos de la antigua Cartago porque sus habitantes de nuevo eran víctimas del terror supersticioso. Pensaron que la cadena de adversidades de la que eran víctimas ocurría porque habían descuidado sus deberes hacia los dioses instituidos por sus padres. A estas premisas del relato replica Plutarco diciendo que creyeron en aquella crítica circunstancia que Cronos les había abandonado, molesto porque había decaído la antigua costumbre del sacrificio de los niños más nobles en su honor.

Continúa Diodoro diciendo que mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas y que hacía mucho tiempo que al dios de la ciudad madre no enviaban lo que antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. En los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia, una parte del relato que no la sigue Plutarco.

Diodoro cuenta después que en Cartago pareció que había llegado el mejor momento para reconciliarse con Cronos. Una comisión fue reunida para que el ritual de las ofrendas al dios fuese recuperado de la manera más correcta. La comisión investigó y supo que hasta aquel momento una práctica viciada se había extendido. La antigua costumbre de sacrificar los niños más nobles en su honor había decaído. En su lugar era habitual comprar en secreto niños de familias pobres, que primero alimentaban para que después cumplieran con el papel de víctimas de sustitución. Llegó a ser conocido por todos que quienes debían el sacrificio habían inmolado al dios niños que suplantaban a los ofrecidos.

Plutarco sí aprovecha las posibilidades que este parte del relato le ofrece y dramatiza a su modo. Dice que ahora las grandes familias solían comprar niños a las más pobres para sacrificarlos como víctimas de sustitución. Incluso los que no tenían hijos compraban recién nacidos como si fueran animales y los degollaban, como tantos corderos y pajarillos. En estos casos, durante la ceremonia, la madre del niño sacrificado, que asistía a la celebración, se debía mantener cerca sin llorar ni gemir, para no alertar a la víctima. Si la madre llegaba a verter una sola lágrima o dejaba escapar un solo gemido, se deshonraba y debía renunciar al dinero, aunque el niño era de todas maneras sacrificado. Mucho después, Draconcio, se une a esta corriente y afirma que los padres que por ello se lamentaban tristemente cerca del altar eran afeados.

El hilo del relato de Diodoro se reanuda diciendo que creían por esto los comisionados que Cronos les había abandonado y ahora molesto les era hostil. Considerando estas cosas y viendo el enemigo acampado delante de la ciudad, en compensación decidieron los ciudadanos de Cartago rescatar la vieja costumbre de  manera regular, con el deseo de que Cronos les proporcionara sus favores. De nuevo Plutarco toma esta parte del relato diciendo solo que los ciudadanos decidieron rescatar la vieja costumbre entonces.

Sigue Diodoro diciendo que fueron acordados extraordinarios sacrificios. En su celo por purgar la falta en la que habían incurrido, eligieron doscientos niños de las familias más señaladas de la aristocracia y los destinaron al sacrificio en nombre del estado. Presas del remordimiento, poco después, otras muchas familias, las que eran sospechosas del engaño de la sustitución e incluso habían sido acusadas de comprar víctimas, se declararon dispuestas a compensar al dios. Estas ofrecieron sus hijos para el sacrificio de modo voluntario y trescientos niños más fueron conducidos a la inmolación. De este modo, finalmente fue organizado un gigantesco holocausto público de quinientos niños. Por su parte, Plutarco explica, también de modo sucinto, que se organizó en Cartago un gigantesco holocausto en el que sacrificaron quinientos niños, hijos de nobles y poderosos como en otro tiempo.

Según Diodoro, el holocausto fue celebrado ante la gigantesca estatua de Cronos, una circunstancia que de nuevo aprovecha Plutarco para desplegar todo su aparato conmovedor. En los alrededores de la estatua de Cronos, dice, donde eran inmolados los niños, el ambiente estaba lleno de los sonidos que emitían los que tocaban fuerte flautas, tambores y tímpanos, de modo que los gritos y los llantos fueran ahogados y no llegaran a los oídos del pueblo. También esta parte del relato hizo fortuna, y otra vez hablando en general Minucio Félix dice que los llantos de los sacrificados eran calmados con palabras cariñosas y besos, por miedo a que una víctima fuera inmolada entre lágrimas.

El relato de Diodoro concluye explicando que como en otro tiempo había ocurrido, todas sus víctimas fueron los más distinguidos descendientes de las mejores familias. De esta manera los ciudadanos de Cartago esperaban restaurar los homenajes tradicionales a los dioses y ganar la salvación y el bienestar de la ciudad.

A un momento que el nombre de los personajes, por su frecuencia, no permite precisar, envía su caso el siempre evanescente Silio Itálico cuando refiere que Hannón, rival de Aníbal, intrigó para que una orden obligara a su opositor para que sacrificara su hijo a Baal.

15. Sobre la fortuna del sacrificio de niños cartaginés fuera de la propia Cartago, aparte la tradición derivada del adjetivo sardónico, que permite deducir una línea de narraciones relativas a lo que en esta isla sucediera, que sin embargo debió extinguirse por completo, las referencias más explícitas son las que cuentan lo que en Cádiz fuera organizado. También en este caso la tradición es singular, porque lleva directamente del texto antiguo a la recepción neoclásica contemporánea. El responsable del origen es en este caso Cicerón, quien cuenta que de Cádiz César erradicó cierto residuo bárbaro inveterado de sus costumbres e instituciones. De ellas una eran los sacrificios bárbaros de seres humanos que en Cádiz se celebraban. Sus víctimas eran hombres.

16. No mucho más generosa es la expansión de la otra rama por la que crece el tema, la que vincula el sacrificio procedente de Cartago con ritos equiparables que en Roma fueran celebrados, aunque en este caso los testimonios tienen la virtud de ser concordantes sin incurrir en el servilismo. Tienen además a su favor la proximidad en el tiempo. El primer informador es Dionisio de Halicarnaso, quien cuenta al modo mítico que Hércules, queriendo terminar con esta costumbre, erigió el altar que hay sobre la colina Saturnia. En ese altar practicó las ceremonias iniciales del sacrificio con víctimas sin mancha e inmoladas en un fuego puro. Para que la gente no sintiera ningún escrúpulo de conciencia por abandonar la forma de los sacrificios que habían recibido por tradición, les enseñó a apaciguar la cólera de la divinidad a la que estas víctimas eran debidas componiendo imágenes con forma humana, ataviadas del mismo modo que las víctimas vivas, para que fueran lanzadas al río en lugar de los hombres. Plinio el Viejo, sin dejarse contaminar por este relato, refiere que hay una estatua de Hércules, procedente de Cartago, en sus tiempos ya en Roma, y que ante esta estatua cada año eran sacrificados niños. Pero es que todavía San Agustín se esfuerza por dejar escrito que la práctica cartaginesa de sacrificar sus hijos no fue adoptada por los romanos.

17. El último de los tópicos es el que vincula el sacrificio infantil con los primeros cristianos. Su promotor literario, no se explica bien por qué, es Tertuliano, que sin embargo comparece ante el lector como apologista de aquella comunidad original en su región, el norte de África. Explica Tertuliano que con la policía que por aquella causa sostuvieran los gobernadores romanos que perseguían a los cristianos se relaciona cierta opinión sobre los sacrificios infantiles entonces activa en aquella tierra. A los cristianos africanos sus detractores los acusaban de aquella práctica atroz.

La retórica de Tertuliano es generosa. Si los gobernadores descubrían un crimen y el acusado tenía a bien reconocerse homicida, sacrílego, incestuoso, enemigo del estado -estos son los nombres que a los cristianos les daban sus actas de acusación-, esta confesión, según dice, no bastaba para dictaminar. Al contrario investigaban las causas: naturaleza del hecho, número, lugar, modo, momento, confidentes, cómplices. Mas con los cristianos nada parecido, aunque sería preciso igualmente arrancarles por la tortura la confesión de las falsedades que se les lanzan sobre la cabeza, en cuántos infanticidios ha tomado parte cada uno de ellos, qué cocineros los han presidido, qué perros han asistido. Concluye afirmando que sueñan con la gloria de un gobernador si destierra a un cristiano que haya devorado ya a cien niños recién nacidos.

Las ideas de Tertuliano fueron reiteradas por un contemporáneo suyo, Minucio Félix, quien incurre en el exceso de recrearse en los sabores que proporcionan los detalles gruesos en vez de complacerse en los aromas de la retórica. Explica Minucio Félix que lo que entonces se dice sobre la iniciación de los neófitos cristianos es tan detestable como conocido. Se sostiene que les presentan un niño cubierto de harina, para hacerlo irreconocible. Se invita al catecúmeno a clavar puñaladas, que él cree inocentes, en la superficie de harina, hasta que el niño muere por ciegas y ocultas heridas. Entonces lamen ávidamente su sangre y dispersan sus miembros. Quedan ligados por este asesinato, por la complicidad de un crimen, a un mutuo silencio.


Celadas de la tradición. Método

Cosme Pettigrew

Durante algún tiempo, en estas mismas páginas G. Barea, bajo del título Orígenes de la República, ha ido poniendo a disposición de sus lectores una completa colección de noticias sobre el sacrificio infantil antiguo. En nuestra opinión, su trabajo es merecedor de reconocimiento, aún más que por el orden en que fueron dadas a conocer, por el esfuerzo de síntesis que demuestran. Sin embargo, creemos que el cuadro que compone también es un buen ejemplo de las trampas que ocultan las tradiciones. Para defender este punto de vista, que compromete el valor de las informaciones recibidas, por el momento nos vamos a limitar a una de las que confluyen en tan meritorio trabajo, la clásica antigua, una de sus fuentes.

Cuanto se supo sobre tan peculiares sacrificios durante siglos se mantuvo concentrado en algunos textos. Se pueden organizar en dos tradiciones, una griega y otra latina. La griega se remonta a Platón y Clitarco y la prolongan Diodoro Sículo, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Filón, Sexto Empírico, Porfirio, Eusebio de Cesarea y Hesiquio de Mileto, mientras que los relatos sobre el sacrificio infantil que la antigüedad dejó registrados en latín empiezan con Ennio, continúan con Cicerón y siguen con Quinto Curcio Rufo, Plinio el Viejo, Silio Itálico, Justino, Tertuliano, Minucio Félix, San Agustín y Draconcio.

El origen de la tradición griega es una mención contenida en el diálogo titulado Minos, texto atribuido a Platón, de la primera mitad del siglo IV antes de nuestra era, entre los de dudosa autoría el de más probable autenticidad. Con lo que se adjudica a Platón se relaciona lo que cuenta Clitarco, un hombre probablemente natural de Alejandría, cuya vida conoció la plenitud a fines del siglo IV o principios del III; unos escolios a la República de Platón en los que cuenta lo relacionado con nuestro tema.

Diodoro Sículo nació en Agyrion, la actual Agirone, hacia el año 90 antes de la era y sobrevivió hasta fines del mismo siglo I. Su obra conocida, una Biblioteca histórica, o historia universal, en parte conservada, abunda en informaciones insustituibles sobre este asunto. Por su parte, Dionisio de Halicarnaso fue contemporáneo de Augusto. Nacido griego, se estableció en Roma justo cuando el primer emperador instituía su dominio sobre la constitución de la república, a principios del último tercio del siglo anterior a la era, y como tantos de sus coterráneos justificó su presencia en la capital del imperio como rétor. Cuando empezaba el nuevo siglo, decidió volver a Grecia y allí murió. Su referencia al sacrificio infantil procede de la principal de las obras suyas que se han conservado, una excelente Historia antigua de Roma, en la que analiza desde los orígenes de la ciudad hasta la guerra púnica.

También son estimables los datos proporcionados por el fecundo Plutarco, hombre ya del primer siglo posterior a la era, cuya vida transcurrió entre aproximadamente los años 50 y 125. El catálogo de su obra auténtica, aun así extenso, ha sido organizado en dos bloques, las Vidas paralelas y las Obras morales. Sobre la superstición es una obra del segundo grupo, la que según la vulgata de toda su producción ocupa el décimo cuarto lugar entre los textos morales, el último de una primera serie, la de los tratados éticos y didácticos. De ahí procede la información que proporciona sobre el sacrificio de niños.

El siguiente informador en lengua griega es Filón, quien murió en Biblos y vivió contemporáneo de Adriano, cuya existencia la cronología de los emperadores romanos encuadra entre los años 76 y 138. Escribió, entre otros asuntos, sobre la historia de Fenicia. El resultado de este trabajo, que se estima como la mejor fuente antigua sobre la materia, lo ordenó en ocho libros, aunque hasta nosotros ha llegado solo en parte y sobre todo por medio de Eusebio de Cesarea, un transmisor muy tardío. Del texto original proceden sus referencias al sacrificio de niños.

Sexto Empírico, quien fundamentalmente se dedicó a la ciencia y a la medicina, vivió entre los siglos II y III. En sus Hipotiposis pirrónicas deslizó una breve referencia al sacrificio infantil.

A Porfirio los menos exigentes lo hacen natural de Tiro, mientras que otros que aparentan estar más documentados precisan que nació en Batanea (Siria). Su primer nombre, sirio como su nacimiento más probable, era Malmos, cuyo significado podemos aceptar como próximo a rey. Pero instalado entre los griegos -entre quienes arraigó su memoria como discípulo de Plotino- prefirió ser conocido con aquel otro nombre, evocador en su lengua de adopción de la púrpura característica del país fenicio. Nació en 233-234 y murió en Roma hacia el 305. Escribió mucho, aunque completas solo se conocen once de sus obras. Lo que cuenta sobre el sacrificio infantil figura en su texto sobre La abstinencia.

A continuación debe figurar la información recogida por Eusebio de Cesarea, en realidad nacido en Palestina hacia el 265 y muerto el año 340, pero sobre todo conocido porque ejerció como obispo en Cesarea y permaneció fiel a Constantino y a la ortodoxia del credo cristiano a partir del 313. Su obra narrativa de más interés está dedicada a la historia de la Iglesia, género del que se le considera creador, pero lo que quiso decir sobre nuestro asunto lo dejó escrito en su Preparación evangélica, una de sus apologías.  

Termina la tradición en griego con la información recogida por Hesiquio de Mileto, quien vivió en Alejandría en el transcurso del siglo VI.

En latín arranca con Ennio, quien nació calabrés en 239 antes de nuestra era. De su biografía es relevante para el texto que nos ha dejado su militancia en el ejército romano durante la segunda guerra púnica. Tan distinguido fue su servicio de armas que, enviado a Roma, prolongó su dedicación a la República. Catón lo avaló entre las nobles familias influyentes, de las que eligió la de Escipión para por fin comprometer su fidelidad. Murió el año 169 y escribió unos Anales, dedicados a Escipión el Africano, en forma de poema épico muy extenso. Cantaba la historia de Roma hasta su edad y en origen tuvo dieciocho libros, pero de él solo se han conservado seiscientos versos.

La continúa Cicerón, de cuya afamada vida, que transcurrió durante la primera mitad del siglo I anterior a la era, siempre será lo más llamativo sus dotes para sobrevivir en un medio feroz sin llegar a estar seriamente amenazado, salvo por él mismo. En sus trabajos hay un par de referencias al sacrificio humano de los antiguos que se relacionan con nuestro tema. La primera está en el Pro Balbo y la segunda procede de Ad familiares, una colección de correspondencia a parientes y amigos reunida en dieciséis libros.

Sigue Quinto Curcio Rufo, quien vivió durante el siglo I posterior a la era, aunque las fechas precisas de los años de su vida se desconocen. Por su estilo y ciertas referencias parece contemporáneo de Claudio, el emperador que disfrutó de la plenitud de sus poderes durante algunos años a mediados de aquel siglo, y como tal es admitido. En su obra conocida, una Vida de Alejandro en diez libros, cuenta lo que sabe sobre el sacrificio infantil.

También proporciona información útil Plinio el Viejo, nacido en Novum Comum el año 23 y muerto el 79 en Stabiae, cuando estaba ocurriendo la colosal erupción del Vesubio. Movido por su curiosidad, fue a observarla, y tanto se acercó a ella que aspiró los gases que manaban de la montaña, que para él resultaron letales. Amigo de Vespasiano, de familia ecuestre, su trabajo diario fue el administrativo, aunque su preocupación fueron las letras. Mas por efecto de su incontinente afán erudito dispersó su actividad literaria en una variada poligrafía del todo desconocida, a excepción de la monumental Historia Natural, obra de treinta y siete libros. La tenía terminada antes del 77, el año en que se la dedica a Tito, en la que extracta unas dos mil lecturas, a decir del propio autor.

El siguiente es Silio Itálico, a quien algunos lo hacen originario de Itálica, donde Escipión asentara una colonia de veteranos tras la guerra contra Aníbal. Pero esta posibilidad se funda solo en el sobrenombre del personaje, si bien hay otro dato que redunda en su origen bético. En su biografía ha quedado establecido que creció en una ciudad amurallada de la Hispania meridional, la misma que había estado bajo el dominio de los Barca antes de la conquista romana. Nació hacia el año 25 y murió en el 101, tras sufrir una enfermedad que le forzaba a rechazar la comida. Vivió como funcionario poco ambicioso y rico que se complacía en la privada dedicación a la literatura. Su obra de interés es el largo poema titulado Púnica, en diecisiete libros, donde hablando de la guerra entre cartagineses y romanos dice lo que sabe sobre este asunto.

El siguiente eslabón de los textos latinos sobre el sacrificio infantil es la información proporcionada por Justino, quien vivió cuando los Antoninos gobernaron, el siglo II. Fue modesto autor de una Historia universal, en realidad largo extracto de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, hoy perdidas.

La información que proporciona Tertuliano es de las más valiosas porque nació en Cartago hacia el 155, la misma ciudad en la que murió en torno al 220. Hijo de un centurión, fue a Roma para estudiar, y allí, durante su primera juventud, ejerció de abogado y se hizo cristiano. Volvió a su África natal hacia el 195, ya entregado a la militancia religiosa, y en los años inmediatos escribió unos veinte textos, los más notables de los cuales dedicó a su nueva creencia, la materia por la que desde hacía tiempo se apasionaba. Su rigorismo moral lo fue apartando de la iglesia cristiana y lo hizo evolucionar hacia posiciones montanistas, por lo que cuantos textos escribiera después del 200 son ya alegatos religiosos radicales y polémicos. Tal vez el mayor honor que le pueda caber sea declararlo el iniciador de la literatura teológica de inspiración cristiana en latín, aunque para otros sea contarlo como el primer padre de aquella iglesia nacido en África. Pero para nosotros tiene más interés que encarne la supervivencia de la cultura púnica en el norte del continente meridional. Es en su obra maestra, la Apología, escrita en 197, donde deja registrado cuanto desea confesar sobre lo mucho que del sacrificio infantil debió saber.

El testimonio de Minucio Félix resulta asimismo apreciable porque se le tiene por un oriundo de África que vivió entre los siglos II y III, fue abogado y rétor y también se convirtió al cristianismo. Con toda probabilidad, fue el autor de una obra titulada Octavio, redactada durante el gobierno de Antonino Pío (138-161), la primera obra cristiana en latín que se conoce. Se trata de una ingenua controversia en defensa del cristianismo, en la que un pagano critica la nueva religión con objeciones vulgares a las que responde un cristiano con argumentos cultos.

Muy estimable es también lo que sobre el tema recibe San Agustín, otro hombre cuya vida, que transcurrió entre el año 354 y el 430, estuvo vinculada a los dominios de la antigua Cartago. En La ciudad de Dios, donde se interesa por destacar cómo han sobrevivido la lengua y los cultos cartagineses en el norte de África, toma nota de la creencia según la cual ciertos pueblos practicaban el sacrificio de niños.

Concluye la serie con Draconcio, también cartaginés de nacimiento, quien siempre vivió en África, en el transcurso del siglo V, cuando ya los vándalos ocupaban la región. Cristiano, redactó una alabanza al emperador de Bizancio tan desafortunada que le costó la cárcel, donde en demanda de piedad escribió al rey vándalo el poema que nos sirve de fuente.

Recopiladas y examinadas, ambas tradiciones resultan dos medios tan valiosos como limitados. Ninguno de los autores proporciona un cuadro completo de aquellos hechos. Tras su lectura, además es inevitable la impresión, más que de parcialidad, de haber conectado con tradiciones indirectas. Cualquiera de ellos se habría servido de informaciones de segunda mano.

Para decidir de la manera más rigurosa sobre el valor de sus contenidos, y poder optar por las afirmaciones contrastadas, he compulsado varias versiones de los textos que de cada autor he aislado. Desafortunada ocurrencia. Añaden un obstáculo preliminar al valor relativo de los contenidos. Las comparaciones llevan a la conclusión de que cualquiera de las dos tradiciones sigue siendo inestable, incluso después de los enormes esfuerzos hechos por las filologías clásicas. Buena parte de los textos está tan lejos de haber sido fijada que, dependiendo de cuál sea la versión que se lea, los contenidos de los relatos oscilan, y no es fácil reconocer como originarios de los mismos lugares párrafos de los cuales sus editores sin embargo confiesan idéntica procedencia.

Ante este cuadro, desconcertante para quien como yo se confía a los especialistas, porque tengo un conocimiento muy limitado de las lenguas en que originalmente fueron escritos, solo me queda optar, frente a la cita literal, que aparenta ser más rigurosa, por la versión del original lo más fiel posible, ya que no a las palabras, a las ideas expuestas.

Aplicando este procedimiento, he llegado a unos textos que respetan todo lo posible la letra de las lecciones recibidas, tal como son aceptadas por las ediciones compulsadas. Tienen sobre las versiones literales la ventaja de la claridad, incluso de la más modesta sensatez en algunos casos. Siempre he hecho prevalecer el texto concordado y con sentido cuando el respetuoso con la letra era más oscuro. He sacrificado la incertidumbre a la interpretación, que por ser siempre una decisión favorable a uno de los caminos posibles, aquel que honradamente se cree el más acertado, incluye naturalmente el riesgo del error, que no solo acepto, sino de cuya segura existencia derivarán reticencias que desde este momento son admitidas con la resignación que debe corresponder a cualquier atrevimiento. En compensación, al menos he podido disponer de una serie de textos cuya lección puedo dar por cerrada y así avanzar en el análisis de ambas secuencias.

Interpretados los textos, persiste la impresión de estar leyendo información poco sólida y muy reiterada, y que la síntesis de los hechos que puede hacerse contiene relatos que sin discusión no merecen confianza alguna. Por tanto, es necesario verificar cuáles son informaciones dignas de crédito, porque procedan de testimonios directos o de fiabilidad contrastada, y cuáles por el contrario son datos secundarios y por tanto merecedores de menos atención.

A partir de aquí, ya solo quedaría enfrentar el inevitable problema de la veracidad. No solo es necesario aceptar que no se puede admitir indiscriminadamente toda la información proporcionada por los testimonios. En este caso hay que aplicar este principio de la manera más exigente porque es necesario resolver hasta qué punto la idea sobre el sacrificio al que en la antigüedad eran entregados algunos niños puede haberse perdido en un pequeño laberinto de lugares comunes, y a cuya salida, finalmente, no hay nada.

Para ello, es imprescindible intentar una reconstrucción del árbol de sus relaciones con la mayor precisión posible. Pero con el estado en el que nos llegan los textos antiguos sostener una demostración de originalidad no es fácil, así como probar que un autor ha leído a otro y lo sigue es tarea en la mayor parte de las ocasiones condenada al fracaso. Solo los más íntegros citan sus fuentes, y no todos los que hoy admitimos como autores dignos de admiración se pueden contar entre estos. Sobre todo los latinos, versionan una y otra vez los textos recibidos sin citar procedencia ni respetar autoría.

Para probar la lectura de uno por otro, sin más medios positivos que unos enunciados todavía inestables, solo hay un indicio en el que se pueda confiar, quizás en apariencia no tan irrefutable como la mención literal, pero de una enorme solidez. Que dos autores digan lo mismo sobre el mismo asunto demostraría directamente que uno está leyendo a otro, si no es posible aportar prueba alguna en cualquier sentido. Las posibilidades que abre la combinación de las palabras son tantas, aun tratándose de la exposición de las mismas ideas, que hay que excluir de antemano que dos frases coincidan en su expresión, cuando quienes escriben no han tenido el menor contacto entre sí. No se trata de la similitud de términos y sintaxis, la cual, aunque se descuidara la mención de la fuente, sería evidente demostración de servilismo. Es sobre todo limitarse a un horizonte de palabras, que demuestra incapacidad para informarse sobre un asunto más allá de lo que ofrece el texto que se está siguiendo.

Aunque no se acostumbre utilizar medios para advertirlo, la reiteración de frases de contenido similar es prueba directa de vínculo literal. Si se da la circunstancia de que un autor escribe lo mismo que otro que es posterior a este en el tiempo, la conclusión obligada debe ser que el más reciente sigue al más antiguo. Esta manera de proceder me parece más segura que la referencia, más aún cuando a nadie puede sorprender que los autores se citen unos a otros sin declararlo, y la demostración de copia que resulta críticamente más exigente. Cuando se expresa la misma idea, aunque se utilicen palabras diferentes, el vínculo entre los textos se puede demostrar. El mejor procedimiento para llegar a conclusiones seguras sobre el parentesco de primer grado entre palabras, o filología, es pues seguir el rastro imborrable que dejan los lugares comunes.


Consecuencias de los errores diplomáticos

Gedeón Martos

Aunque fuera ya en la ancianidad cuando con más facilidad sus mujeres consiguieron que el corazón del rey se inclinara a otros dioses, Salomón, según su contemporáneo Ajías de Silo, finalmente se había postrado ante Astarté, diosa de los sidonios, ante Kemós, dios de Moab, y ante Mólek, dios de los ammonitas. Para Astarté había construido un alto, mientras que a Kemós y a Mólek, Melek o Milkom había consagrado sendos santuarios mediante la erección de un altar; si bien otras fuentes señalan que a ellos también sendos altos fueron dedicados, y que decisiones similares había tomado para satisfacer a todas las demás esposas extranjeras que quemaban incienso y hacían sacrificios a sus dioses.

De este modo entre los hebreos se impuso la tendencia al sincretismo y a una abierta idolatría, y en Jerusalén los altares a los dioses extranjeros terminaron siendo ciento. El lugar donde se concentraron tantos santuarios o lugares altos fue un monte situado frente a Jerusalén, según el texto sagrado, una elevación que hoy muchos localizan al este de la ciudad primitiva. Para unos todos los indicios aconsejan identificarlo con el monte de los Olivos, mientras que otros prefieren situarlo al sur de este. Pero muchos coinciden con que debe asimilarse a aquel que fue justamente llamado Monte del Escándalo. No obstante, el santuario de Gabaón, erigido antes,  siguió siendo el mayor de los lugares altos en tiempos de Salomón, según el Libro primero de los Reyes. En su capítulo tres hace la primera mención del santuario, que entonces debió tener una notable preeminencia.

Una acusación de infanticidio, tal vez relacionado con la prostitución sagrada, completa el cuadro de las torpes inclinaciones a las que dieron origen tan graves errores diplomáticos. A Salomón acudieron dos prostitutas y se presentaron ante él. Una de ellas dijo que las dos vivían en la misma casa, y que ella había dado a luz estando ambas en su vivienda. A los tres días del alumbramiento, la otra mujer también había dado a luz. Seguían las dos juntas, solas, sin que ningún extraño hubiera en la casa, y una noche el nacido más reciente murió porque su madre se había acostado sobre él, según declaró la otra mujer.

Se enojó Yavé con Salomón, que había desviado su corazón del dios del pueblo elegido, a quien se le había aparecido dos veces y le había ordenado que no fuera en pos de otros dioses. Para zanjar las diferencias, porque ya no le servía con lealtad le dijo: “Porque de tu parte has hecho esto y no has guardado mi alianza ni las leyes que te ordené, voy a arrancarte el reino para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré sin embargo durante tu vida, en memoria de David, tu padre. Lo arrancaré de mano de tu hijo. Mas no lo desposeeré del todo. Le dejaré una tribu, en atención a David, mi siervo, y porque he elegido Jerusalén”.

Para que la vida pública de la próspera comunidad, constituida por las tribus establecidas en Canaán poco antes, desembocara en tan detestable desastre ocurrió, según la escritura, lo siguiente. Aún reinaba Salomón cuando salió Jeroboam, hijo de Nebat, de Jerusalén, y se encontró a su paso en el camino al profeta Ajías de Silo. Iba este cubierto con un manto nuevo, y junto a él caminó. Ya estaban los dos solos en el campo cuando, sin mediar palabra, sin que hubiera razón aparente para que obrara de aquel modo, tomó Ajías el manto que lo cubría, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboam: “Toma para ti diez jirones, porque así dice Yavé, dios de Israel: ‘Voy a hacer jirones el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus. Le quedará la otra tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus […]. Porque me ha abandonado y se ha postrado ante […] [otros dioses ] […], y no ha seguido mis caminos, haciendo lo que es justo a mis ojos, ni mis decretos, ni mis sentencias como su padre David ’ ”. Para el momento en que hablaba Ajías la tribu de Judá, la que permanecería en la casa de David, ya había absorbido a Simeón, por lo que para obtener el total de tribus que formaban la comunidad en vez de doce habrá que sumar solo hasta once. De este modo el profeta transmitió a Jeroboam las palabras de Yavé que pronosticaban que sería el primer rey de Israel.

A la muerte de Salomón el reino efectivamente quedó dividido en dos, Israel al norte y Judá al sur, y tal como había adelantado Ajías la secesión de Israel arrastró a la mayor parte de las tribus. Esta fue la consecuencia institucional de aquel momento crítico en la historia de los hebreos, cuya consumación se fecha hacia 922. A partir de entonces reinaría Jeroboam entre las gentes que desde aquel momento serían reino de Israel -diez tribus discrepantes con la monarquía que antes se había instituido- hasta 910, por lo que propiamente a partir de ahora tendría que ser conocido como Jeroboam I de Israel. Por su parte, el legítimo Roboam, hijo y heredero de Salomón, sería contra su voluntad el origen del reino de Judá, fracción del pueblo elegido en la que se integraban solo las dos tribus restantes, bajo la hegemonía de la que da nombre al estado, sobre el que reinó también desde 922 hasta 911. Además, con Roboam se iniciaría la costumbre que durante siglos se mantuvo sobre la unción de los reyes. Todos sus sucesores en el reino de Judá fueron ungidos en el patio del templo que Salomón había mandado levantar en Jerusalén.

La crisis fue una consecuencia o, en la más prudente de las explicaciones, parte componente de hechos provocados por las desviaciones religiosas. Por esta causa en 922 la comunidad que Salomón había gobernado sufriría las disensiones que darían origen a los dos reinos. La contaminación de los principios teológicos del reino, a consecuencia de los errores diplomáticos por Salomón, habría justificado una secesión que pudo satisfacer la ambición de poder de hebreos excluidos de la sucesión al trono. Parece que el Ajías que protagoniza el encuentro con Jeroboam fue en realidad un conspirador entregado a la tarea de derrocar a Salomón, o al menos así se ha interpretado su papel en aquellos acontecimientos. Es probable que actuara como representante de cierta corriente antimonárquica, ya muy activa, a la que tantos profetas con el tiempo, por razones muy comprensibles, pertenecieron.

El alcance de la secesión, con ser crítico para los hebreos, se incrementó gracias a que alcanzó a las relaciones internacionales, como consecuencia de la actitud adoptada por Sesonq, el rey egipcio, el primero de la vigésimo segunda dinastía, quien mantuvo la responsabilidad de aquel antiguo gobierno entre aproximadamente 945 y 924. La escritura sagrada ve la iniciativa de Sesonq como un efecto de la infidelidad heredada por Roboam. Rey y Judá habrían hecho el mal a los ojos de Yavé, cuyo celo irritaron más aún que sus padres por tamaños pecados constantemente cometidos. Todas las abominaciones de las gentes que Yavé había arrojado de delante de los israelitas hicieron las gentes de Judá. Aunque lo peor no sería la abominación de Roboam y los suyos, sino aquel castigo que habrían recibido a consecuencia él y el pueblo todo.

Pero esto no explica la intromisión del rey de los egipcios. El antecedente más remoto de la crisis habría sido el apoyo de Sesonq a Jeroboam, una parte de la crisis que sin embargo aún no es posible esclarecer a satisfacción. Hay analistas que sostienen que Jeroboam, defraudada al principio su ambición, se vio obligado a huir de junto a Salomón y habría elegido para refugiarse la corte de Sesonq. Si el faraón no actuó como instigador directo de las decisiones secesionistas, sí parece que acogió de la manera más favorable a Jeroboam. De ahí derivarían unas relaciones entre Sesonq e Israel, cuando este quedó constituido, que serían preferentes. Incluso hay quienes piensan que habría sido a instigación de Jeroboam que Sesonq decidiera atacar el reino de Judá.

Pero aunque las intenciones de Sesonq para con el nuevo reino aparentaran ser amistosas, otros creen que en realidad estaba esperando una oportunidad para apoderarse de su país, muy codiciado por Egipto. Era territorio de cuyo control el gran estado africano nunca había desistido, e incluso es probable que hasta entonces no hubiera escapado del todo a su dominio. Al menos Sesonq llegó más lejos de lo que cualquier relación amistosa permite prever, y decidió actuar por cuenta propia. Abierta la crisis que terminaría con la división del reino de Salomón en dos, Sesonq, para oponer su fuerza a la potencia que con David había aparecido en la región, aprovecharía para invadir sus tierras. A pesar de su previa amistad con Jeroboam, el rey africano no habría dejado pasar la oportunidad que le ofrecía la debilidad militar del pueblo elegido una vez escindido en dos reinos. Sus decisiones, abierto el frente norte, serían el origen de la parte de la crisis que resultó realmente más peligrosa.

Aunque los elementos de juicio disponibles permiten dudar de esta teoría de las causas de la crisis, lo cierto es que todo el territorio de la antigua monarquía unitaria, y aún más, como consecuencia de la mutua debilidad a la que se habían condenado los dos reinos de los hebreos, por igual hubo de sufrir entonces la agresión de Sesonq. De aquella región lo asoló todo, y parece que precisamente fueron Edom, la entrada al sur, e Israel, el nuevo reino de Jeroboam, al norte, los que hubieron de soportar los golpes más duros que la invasión llevó a aquellas tierras.

La fecha en la que ocurrió al menos el momento de mayor empuje de la invasión no es posible precisarla de manera indiscutible. Unas fuentes resuelven refiriéndola al año quinto del rey de Judá. Como una parte de los intérpretes cree que el reinado de Roboam comienza en 931, esto daría como resultado el año 926, cálculo compartido por algunos que proceden a partir de datos diferentes. Pero otros, utilizando aquella misma referencia al quinto año de Roboam, creen que el año de la invasión corresponde a una fecha hacia 930. Mas todavía hay quienes, partidarios de las cronologías bajas, piensan que el faraón Sesonq invadió Palestina en el año 925. De este modo resultaría para la operación bélica una banda cronológica comprendida entre 930 y 925.

Ninguno de estos cálculos haría verosímil el cisma como estímulo de la iniciativa egipcia, supuesto que en general se acepta que aquel hecho decisivo habría ocurrido en torno a 922. Sería por tanto admisible, para estos hechos, pensar primero en una reiteración de campañas que se prolongarían durante más de un año, y segundo que tal vez un quinquenio más adecuado para encuadrar tales acciones fuera el comprendido entre 925 y 920. De lo contrario, y habida cuenta de que los cálculos más autorizados prefieren el anterior, sería necesario rechazar el año 922 como año del cisma, o evitar este como motivo de aquella iniciativa militar. Cualquiera de estas posibilidades, no obstante,  complicaría el análisis hasta ahora admitido, desde las causas sobre las que se ha especulado hasta los costes que para el territorio objeto de nuestro interés pudo tener, hasta un extremo que obligaría a decenas de exposiciones sustitutorias de la que estamos presentando, quizás útiles como ejercicio pero no satisfactoriamente explicativas.

Los movimientos de las tropas egipcias durante aquella campaña, o al menos en el año de mayor actividad, han sido reconstruidos en sus rasgos generales. No solo están autorizados por la escritura sagrada, sino también por la epigrafía egipcia, lo que permite componer un escenario de mayor complejidad, y que corrige bastante la idea que de seguir solo la primera fuente se obtendría.

Una gran escena grabada en el muro sur del templo de Amón en Karnak muestra al faraón como vencedor. Aunque los egipcios no consignaron por escrito los resultados de esta campaña, allí grabaron una lista fragmentaria de las ciudades conquistadas por Sesonq que atestiguan las noticias de estos acontecimientos. No hay duda de que la lista proporcionada por los muros de Karnak, que aun siendo parcial enumera ciento cincuenta ciudades sometidas en Siria y Palestina, exceden lo que realmente ocurrió. Pero los nombres de lugar esculpidos sirven para reconstruir una secuencia de movimientos verosímil.

El objetivo estratégico de aquellas acciones habría sido recuperar el control de la ruta comercial consolidada, la que seguía la costa mediterránea y cruzaba la llanura de Esdrelón hasta alcanzar las tierras fenicias. Habría subido Sesonq por la costa hasta Gaza, y desde allí llegado hasta Gezer, que se convertiría en la base de sus operaciones en Palestina. La primera incursión importante hacia el interior del país alcanzó hasta Gibeon, al este, a donde llegaron dos expediciones paralelas, una siguiendo una ruta más al norte, a través de Aljalon, y la otra pasando por Rabbah. A partir de Gibeon los invasores, de nuevo formando un único cuerpo expedicionario, fueron trazando un amplio circuito por todo el país, de sur a norte por el interior, y luego de norte a sur cerca de la costa. Las principales estaciones de su recorrido fueron Siquem, en pleno Israel; Penuel y Mahanain en la Transjordania; Beth-Shean y Shunem, de nuevo a este lado del Jordán, y sobre todo Megido, a la que llegaron pasando por Taanac y que probablemente fue, por el interior, el límite norte de aquella operación. Desde Megido emprenderían la ruta oeste de descenso, paralela a la costa, que les llevó de nuevo a Gezer. Así resultaría que Sesonq efectivamente habría invadido no solo Judá sino también Israel.

Pero ni israelitas ni judíos permanecerían impasibles ante la agresión egipcia. Es muy probable que Roboam, el rey de Judá, como más inmediatamente concernido, poco después de aquellas acciones fortificara la línea fronteriza del sur, con seguridad como prevención contra las iniciativas de los invasores meridionales. Las quince ciudades que a este propósito cita el Libro segundo de las Crónicas, que habrían sido dotadas de medios de defensa pasiva por entonces, es posible que sean la prueba explícita de las medidas que tomara el reino de Judá para prevenir la amenaza de invasión del monarca egipcio.

Mas ninguna de las iniciativas contra la invasión, ni las que hubieran podido preverse antes de las acciones que Karnak permite reconstruir, ni cualquiera de las posteriores, incluidas todas las labores de fortificación, impidió que las ciudades de primer orden de los hebreos sufrieran aquellas agresiones. La fuente arqueológica contribuye a precisar esta parte de los acontecimientos registrados por los textos. El final del nivel  correspondiente al cambio de milenio en los yacimientos de Palestina aparece con frecuencia señalado por una destrucción violenta, cuya causa principal puede ser atribuida sin dificultad a los acontecimientos de los que tratamos.

Que en las pesas de uno, dos, cuatro y ocho sheqeles, encontradas en la tierra del que fuera reino de Judá por los arqueólogos, los números aparezcan indicados en escritura hierática se tiene por signo de al menos la influencia de Egipto sobre la administración real de Judá entonces. A las invasiones directamente puede ser atribuida la destrucción en aquellas fechas de la ciudad de Dor, en la costa israelí, que correría la misma suerte que otras dos grandes ciudades del mismo reino, Megido y Beth-Shean, aunque ambas,  por máxima lejanía del invasor, creyeran ser más seguras. Por proximidad el mayor grado de devastación tal vez lo sufriera el sur de Judá, así como sus principales núcleos de población, y no hay ninguna duda de que Sesonq fue contra Jerusalén, la capital de aquel reino, e incluso se admite como hecho demostrado que llegó a conquistarla.

El rey egipcio se habría conducido, en esta ocasión cuando menos, de manera aceptablemente magnánima. Aunque gracias a la conquista de Jerusalén consiguiera imponerse a la debilitada monarquía de Judá, finalmente la habría perdonado, porque respetó la ciudad y evitó saquearla. Pero a cambio habría exigido una indemnización tan fuerte que habría sido preciso recurrir a los respectivos tesoros del templo y de la casa del rey o palacio, en una proporción que la crítica estima comprendida entre grandes cantidades y la totalidad. Tal vez sea más exacto decir que Roboam consiguió impedir que Sesonq saqueara Jerusalén entregándole, por completo o parcialmente, los mencionados tesoros. No falta quien, a pesar de todos los indicios, opina que en realidad Sesonq se apoderó de aquellos tesoros sin más contemporización, en todo o en parte, a título de botín.

Gracias a las valiosas palabras de la escritura sagrada se puede al menos obtener, si no una respuesta arbitral, una idea del alcance de aquellas deducciones al patrimonio del templo de Jerusalén. Entre los apreciados bienes de los que Sesonq se apoderó estuvieron con seguridad los famosos escudos de oro mandados hacer por Salomón con destino a su gran obra. Pasadas la ocupación y el saqueo, para sustituirlos Roboam se vio en la precisión de encargar otros de bronce, convencido de la utilidad que aquellos objetos tenían como símbolo de la monarquía. Los confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada a la casa del rey; la guardia real, cuyos miembros en ocasiones eran distinguidos con la expresiva denominación de corredores de escolta del carro del rey. Cuando el rey entraba en el templo, la guardia los llevaba y después los devolvía a la sala de armas de aquel cuerpo de protección.

El botín conseguido en estas expediciones militares permitió a Sesonq y a sus sucesores proseguir el ambicioso programa de construcciones que se propusieron. Sin embargo, la impresión de fuerza y poder que dejaron tras de sí sus campañas no se correspondía con un equipamiento militar sólido. Egipto no sería capaz de hacer frente poco después a los ejércitos asirios. Asaltar una debilitada Jerusalén era una cosa, pero resistir a la poderosa Asiria otra muy distinta.


Diplomacia de Salomón

Gedeón Martos

El paso por la tierra de Salomón dejó un rastro imperecedero. Fue el primero de los ungidos, a partir de él la unción representó el don singular de quien encarnaba la Monarquía. El aceite perfumado de aquella primera ceremonia proclamó que era el elegido de su dios, y desde entonces fue el símbolo de la condición sobrehumana de los reyes.

     Con su gobierno el reino único para el pueblo elegido alcanzó su plenitud. Heredero de su padre, el rey David, la posición que de él había recibido era lo bastante sólida como para no recelar de la estabilidad del orden institucional por este creado y que su estirpe encarnaba. Decidió engrandecerla anudando vínculos con quienes representaban la mayor fuerza en la región, una idea que le aconsejó que en las relaciones con las potencias vecinas debía dar preferencia a los lazos con Egipto, al sur. Para satisfacer aquel objetivo tuvo la iniciativa de contraer matrimonio con una hija de su rey, y aceptó las correspondientes responsabilidades.

     Para el reino que gobernaba Salomón eran muchos los beneficios que podían derivar de aquellos lazos. Gracias a ellos, pudo importar el sistema administrativo que daba estabilidad al gobierno vecino. Con el propósito de delegar en ellos la responsabilidad de sus gestiones, mientras concentraba sus esfuerzos en audiencias y consejos, el rey sabio mandó llamar a escribas duchos en el manejo del jeroglífico. También promovió un control del territorio inspirado por el centralismo, que igualmente para la monarquía meridional era un medio eficaz para garantizarse sus dominios. Aunque carecía de tradición entre las tribus de los hebreos, hasta poco antes errabundas, bastó con que el país del que el rey de los hebreos se enseñoreaba fuera ordenado en los doce distritos que las replicaban, y que la identidad que por la sangre adquirían la colmaran con la ocupación de la tierra.

     Incrementada así la confianza entre las partes, pocos años después pudo poseer carros tirados por caballos, ingenio bélico concebido por la potencia egipcia con el fin de asegurarse en las contiendas la victoria. Salomón, consciente de las consecuencias que aquella innovación tenía en el equipamiento de sus tropas, no dudó en adaptar su ejército a las fórmulas orgánicas propias de la eficaz milicia meridional, cuya capacidad ofensiva venía avalada por siglos de sangre y arrasamiento.

     El amistoso gesto abrió las puertas para que las relaciones directas con el sur se cargaran también con la mediación en la venta del armamento procedente de África. La adquisición de carros de combate, comprobadas las ventajas de su posición relativa, al rey sabio le valió también la conciencia del peso que a su reino podía convertir en una potencia regional, y a sus poderes sumó su rédito estratégico. Se convirtió en un puente necesario para el provechoso intercambio del singular medio de guerra entre los territorios que quedaban al sur, donde tenía sus instalaciones el fabricante del ingenio bélico, y los del norte, un comercio que no podía dejar de ser lucrativo para nadie.

     Más adelante, saldada con tan sólidos beneficios su inclinación al sur, Salomón ensayó contrapesar la balanza de sus relaciones exteriores. Sin repudiar lo que ya había convenido, llegó a acuerdos para la cooperación comercial con las activas ciudades de la costa de Levante. Con su peculiar perspicacia, aceptada la consolidada preeminencia que tenían en el campo del comercio por el mar, alternaba con ellas fases de estrechos intercambios con periodos de relativo desinterés, lo que incentivaba la encendida astucia traficante de los calculadores semitas. Contaba en su favor con que siempre sería pacífica, porque los de Levante, frágiles y reducidos a sus playas, habían renunciado a la guerra. La más remuneradora fue la que anudara con Hiram de Tiro, coetáneo y solidario igual de Salomón, rey de la primera de las ciudades del litoral. En aquel tiempo, Hiram  completaba su gran programa político con un gran programa de construcciones, concentrado en la fundación de muchos y sólidos templos, cuyas obras patrocinó cuando ya su dios principal era un trasunto de él, justamente llamado  Melqart, en su lengua el rey de la ciudad, su genial invención, una de las tentaciones que pondría en crisis la condición semidivina de Salomón.

     Al acrecentar sus posibilidades para el movimiento de bienes gracias a las preferentes relaciones acordadas con quienes poseían experimentadas flotas mercantes, el oro y otros géneros preciosos empezaron a llegar a sus territorios desde Arabia. Por sus rutas interiores eran enviados hacia el sur, parte del país de Ofir, desde cuyo centro, en el cuerno de África, con otras mercancías eran reenviadas a Levante a través de vías terrestres, lo que por su posición reportaba toda la ventaja al reino de Salomón. La parte interior de las rutas árabes estaban entonces bajo el control de la seductora reina de Saba, a cuyos encantos, con el fin de sellar sus intercambios, no tuvo inconveniente en rendirse.

     Comprobadas los beneficios de las relaciones que se habían levantado sobre el deseo, Salomón apuró hasta el límite de sus fuerzas el recurso a tan satisfactorio medio. Él, que en todo fue grande, también en esto resultó el más excepcional de los reyes. Después de la hija del rey de Egipto, una vez que había disfrutado las bendiciones de su primera iniciativa matrimonial, y había pasado por la abrasadora relación con la reina de Saba, decidió tomar muchas más esposas. Tan impetuoso fue el impulso dado a una política exterior tan bien concebida que poseyó en total a setecientas mujeres con rango de princesa, aparte sus trescientas concubinas.

     Tal vez pudo aspirar a disponer de un harén tan bien poblado por alcanzar la fama, porque así lo pedía la costumbre impuesta entre los hombres poderosos de su tiempo, para quienes poseer un gran harén era señal de lujo y fuerza. Sin embargo, en favor de su portentoso acopio actuó igualmente aconsejado por razones políticas, a fin de sellar alianzas y consolidar relaciones amistosas con cuantas naciones pudiera entenderse. Sus cientos de esposas eran también mujeres de otros pueblos, de muy distintas procedencias. Unas eran moabitas o amonitas, otras del país de Edom y otras de la justamente afamada ciudad de Sidón. También con mujeres hititas y otras egipcias se desposó.

     El imprevisto fue que Salomón se apegó a sus muchas mujeres extranjeras y las amó, y a causa de aquella inclinación favoreció el culto a dioses extranjeros. Fueron llegando a su palacio al mismo tiempo que las esposas procedentes de otras naciones, según se iban incrementando los éxitos diplomáticos de su reinado, que nadie no admiraba. Y cuando el rey ya había llegado a la ancianidad, parte de la vida en la que todas las fuerzas desisten, con más facilidad sus mujeres conseguían que el corazón del rey se inclinara a otros dioses.

     A partir de entonces ya no fue por entero de su dios, a quien tanto había servido. Solo confusión y sincretismo absurdo derivó de su senil debilidad. Porque no había guardado las leyes que estaban en el origen de su reinado único, las que tenían un inequívoco origen divino, provino una crisis. Un intento de sublevación protagonizado por Jeroboam, justificado por tan sedicioso desvío, aunque finalmente fracasara acabó con la armoniosa convivencia con su aliado preferente. Jeroboam, ya enemigo declarado de Salomón, había elegido para refugiarse, una vez defraudada su ambición, la corte del rey del sur, donde fue bien acogido.

     Lamentablemente ninguno de estos hechos ha sido consignado en documentos escritos en la lengua jeroglífica. Pero los registrados en el texto sagrado, más aquellos que pueden ser corroborados con testimonios de los anticuarios, prestan a cualquiera de las posibilidades con las que hemos especulado la pasable verosimilitud que le otorgan las palabras.


Problemas de hermenéutica

Gastón Barea

Inspirado por el deseo de obtener cuanta información pudiera, siempre pensando en los hechos relacionables con el origen de la República, que era mi preocupación, había aceptado que el Antiguo Testamento era la fuente que podía decidir sobre la veracidad y el alcance de lo que me habían revelado los textos clásicos. El legado recibido en forma de libros venerables resultaba extremadamente valioso por su capacidad para comunicar sin mediación con tiempos muy alejados. Nadie puede dudar que el Antiguo Testamento es una fuente principal para el conocimiento de Levante entre la crisis del hierro y mediados del primer milenio, el tiempo durante el que la República se gesta y nace. Los textos sagrados, gracias al gran cuidado puesto en su conservación, y a la manipulación de siglos que sobre ellos se ha acumulado, son un excepcional corpus literario. Es verdad que están muy modificados por la tradición. Pero, por más objeciones que a ellos pudieran oponerse, siempre habrá que admitir que, entre los textos antiguos, no hay ninguno de veracidad tan acendrada ni de estimación comparable. Su valor es inapreciable para conocer la historia religiosa del pueblo elegido, así como su historia política e institucional; desde luego, también su historia literaria. Pero, sobre todo, es un lugar en el que han quedado retenidas de manera excepcional muchas creencias y prácticas religiosas de la zona palestina durante la primera mitad del primer milenio, para las que no hay un medio de conocimiento más directo, e incluso, para muchas, otro medio de información en absoluto. Si por proximidad cultural y cronológica a los primitivos ritos del tofet ninguna fuente estaba en condiciones de mejorar lo que ella sobre tales hechos permita conocer, me bastaría con volver sobre el Antiguo Testamento y su exégesis para deducir de sus narraciones pruebas para documentar hasta el límite de lo posible el tema que a mi texto interesaba, para luego exponerlas del modo que me pareciera más útil a tal fin. Buscar entre las antigüedades religiosas contenidas en las escrituras sagradas, pensé, me podría proporcionar la documentación más importante para conocer los ritos del tofet, y cómo evolucionaron, así como sobre los temas con ellos relacionados. Su juicio, bajo estas premisas, tendría que considerarlo inapelable. Decidí, pues, recurrir a su arbitraje.

Esta idea hacía tiempo que la poseía, adquirida, como tantas, no por la vía de la reflexión, sino por el común medio escolástico. Hasta que no tuve contacto literal con la magna colección no llegué a descubrir que la causa de su conservación no había sido el valor que pudiera tener como documento. Quienes se habían esforzado en su transmisión habían reconocido en ella algo excepcional. Fue en aquel momento cuando por primera vez tuve la conciencia de que debía tratar con una escritura sagrada, forma histórica de lo que vanamente habían soñado quienes habían aspirado al texto excelente, y que sin embargo no habían alcanzado a reconocer. Concluí entonces que los escritores, antes que proponerse una forma personal de la más alta escritura, ¿no hubieran sido más sensatos si se hubieran rendido a beber de la fuente sagrada? Siendo escritura alimentada de tal forma, ¿cabía dudar de ella? En cuanto a mis proyectos, ¿se podía aspirar a un juez tan decisivo e inapelable? Aquellas reflexiones fueron acicate para que mi atención se concentrara en su consulta y la investigara sistemáticamente.

El único obstáculo que entorpecía aquella vía era que el examen de la escritura sagrada me obligaría a tomarme para su estudio tal vez más tiempo del que juzgara deseable quien pretendiera encontrar un juicio tranquilizador. Pocos textos han dado origen a tanto trabajo, a tanta literatura derivada, a tanto análisis. También me parecía un serio inconveniente preliminar que además fuera necesario imponerse en su lenguaje y en su especialísimo valor documental. Pero, al mismo tiempo, estaba seguro de que todo este esfuerzo quedaría recompensado con el producto que la escritura sagrada proporcionaría, que sería de alto valor y de la mayor fiabilidad. Lo que obtuve creo que demuestra de manera suficiente que, al menos para un primer momento, las expectativas que la escritura sagrada en mi caso habían despertado no se vieron en modo alguno defraudadas.

Para hacer una valoración correcta de la información que proporcionara, al tiempo que la recogía, me pareció lo más conveniente recopilar, además de la información directa sobre el asunto de mi interés, el rico caudal de datos que también suministra sobre la historia antigua del pueblo elegido. Al poco de empezar mi recopilación, deduje que así facilitaría la interpretación de la secuencia de los argumentos que de ella podía extraer, sobre todo porque entre historia y teología del pueblo elegido había mucha menos distancia de la que de antemano podía imaginar. No solo porque fueron operaciones simultáneas, me pareció más esclarecedor manejar a un tiempo los elementos de historia del pueblo elegido y la información recogida a propósito de las antigüedades religiosas durante la primera mitad del primer milenio en Palestina que el texto sagrado suministra.

Una correcta interpretación de la historia del pueblo elegido, antes de iniciar su exposición, necesita aceptar de buen grado la siempre molesta tiranía de los detalles. Las discrepancias de fecha entre la historia bíblica y otras historias antiguas son en parte debidas a la diferencia de lección de las fuentes, pero sobre todo a algo tan sencillo como la necesaria transformación de años lunisolares, los bíblicos, en solares, los de nuestro sistema cronológico. Esto realmente no debería originar problema alguno, pero es un hecho que resulta imposible evitarlos. Advertido queda el lector que la coincidencia de estas dos dificultades puede hacer que los cálculos sean en ocasiones discordantes y que, por tanto, las fechas que en la exégesis puedan leerse no siempre coincidan con las que puedan ser leídas en otros textos para los mismos hechos o los mismos personajes. Pero, en el peor de los casos, las discordancias sin embargo serán, a lo sumo, solo de un año nominal. Como es conocido, para tomar una decisión correcta en materia cronológica, cuando se manejan fuentes de distinto origen, siempre debe tenerse en cuenta el problema que para la precisión de las fechas deriva de los sistemas cronológicos que conviven en el próximo oriente durante el primer milenio antes de nuestra era. Las fechas que en el texto sagrado están expresadas, como es usual en la cronología antigua, en términos relativos de los reinados, según la práctica babilónica, en lo esencial similar, sin embargo se enuncian sin tener en cuenta el año de la subida al trono del monarca al que están referidas. El año octavo de un reinado, según el sistema común, que es el hebreo, sería según el babilónico el séptimo.

La inestabilidad que aún afecta al texto bíblico, a pesar de siglos de recensión y exégesis; la incomunicación entre las dos ramas principales de la hermenéutica, la judía y la cristiana; y hasta la independiente evolución de las patrocinadas por las distintas iglesias desde el siglo décimo sexto, hacen obligada alguna referencia a los testimonios de donde la descripción haya sido tomada. Para no estorbar la atención más allá de donde parece prudente distraerla con estas precisiones, decidí reducirlas a las imprescindibles.

El texto bíblico es aún inestable a consecuencia de su condición de texto sagrado. Paradójico balance tras tantos siglos de trabajo. Pero cualquier paradoja es solo una explicación en estado embrionario. Basta con desplegarla para avanzar un poco más. Cuando la escritura es declarada sagrada la pretensión de quien así obra es hacerla intangible. Está en la condición misma de la escritura la estabilidad, y hasta podría decirse que tal era su inevitable destino, porque para inmovilizar la palabra fue ideada. Hasta un exceso vería en su invención quien juzgara sobre sus orígenes, conociendo el lugar donde fue creada, la aplicación que entonces tuvo y quiénes fueron los responsables del ingenio. Otra vez una calculada alteración del orden de los hechos para ponerla al servicio de una rotunda demostración, porque la evocación deductiva tiene más poder sobre la conciencia que cualquier certeza vivida, pudo ser el origen de una verdad. La necesidad del registro el clero pudo exponerla como tarea encomendada a su alto ministerio, que la palabra fuera hurtada a la acción del tiempo. El signo que la arcilla fresca dócil recibiera permanecía, porque obediente al fin de duración que le estaba impuesto el barro a su alrededor pronto endurecía sin alterar la vacía huella. Necesario pudo ser deducir de aquel hecho, si es que así alguna vez fue dicho por quienes primero la usaban, que entre ellos la escritura se había hecho presente para ser la imagen de las cosas santas. Inútil esfuerzo, más aún si la palabra ha de usarse como dogma. El empleo de la palabra, aunque solo sea por efecto del error, a ella misma modifica.

Pero los esfuerzos para que permanezca inalterada son enormes, y hasta encomiables en ocasiones. Cuando son gigantescos, pueden producir el efecto de parar el movimiento de la palabra, como si un ser dotado de fuerza extraordinaria sostuviera con sus poderosos brazos un alud. Se diría en tales ocasiones que el acto de la sacralización ha conseguido el efecto deseado, y por el texto la palabra se hace por un tiempo inalterable. Los antiguos promotores de tan esforzadas empresas nada distinto hicieron a cuanto justifica la dedicación a su trabajo de los modernos editores, por cuyo medio también la palabra es consagrada en el acto del texto. Difiere la varia tradición del texto bíblico de la que somos herederos en que la consagración separó interpretaciones distintas, sin que ninguna de ellas admitiera la lección de las otras, de modo que cada una excluía todas las demás. Sobran razones no textuales para explicar tan exagerada actitud, y no hay quien no pueda traer a su pensamiento algunas que no es necesario nombrar. Hoy cada exclusión es parte constitutiva de una iglesia, pero el resultado para el lector que no se adscribe a ninguna es que aún no dispone de un texto bíblico satisfactorio, a pesar de siglos y siglos de la más esforzada filología.

Para la selección de los indicios que de mi interés fueran solo apliqué una leve restricción cronológica. Deduciría las antigüedades religiosas que eran mi objeto siempre que estuvieran comprendidas entre dos límites anteriores a nuestra era, la segunda mitad del segundo milenio y la vuelta de los hebreos de su destierro en Mesopotamia, año 538. Solo dentro de ellos se podría aceptar como posible la relación entre los hechos relatados por la fuente sagrada y las costumbres mantenidas por los promotores de la República. Realmente resultó una reducción de muy limitado alcance, casi imperceptible. Muy poca ha debido ser la información de la clase que me interesa que pueda haber escapado a mi observación. Más aún, no soy consciente de que alguna haya quedado fuera. Con todo, para corregir posibles distorsiones y ayudar a la más completa comprensión de cuanto debía ser tratado en esta parte, las fechas abiertas de origen debían ser presentadas con sus antecedentes, así como la final acompañada con las explicaciones necesarias para dar por concluidas sus ramificaciones.

Para la lectura hube de aplicar principios de método, porque, obra de tal magnitud, sin método consciente, puede imponer su poder y, abrumándonos, conducirnos en una dirección que no sea la deseada. El principal tendría que ser esforzarme por depurar los testimonios sobre las creencias y las liturgias que pudieran descubrirme cualquier indicio de los hábitos que eran origen de mi interés. Los hebreos, en la región y durante el tiempo en el que crean su orden político, aseguran su ser peculiar porque concentran toda la divinidad en un solo dios. Los rasgos de su religión, la del dios único, son suficientemente conocidos. Pero, una vez radicados en las tierras que ocupan, no permanecen sin comunicación con otras religiones, en primer lugar las que estuvieran activas en aquel lugar cuando llegaron, pero también otras con las que a lo largo del periodo indicado inevitablemente tuvieron contacto; en unos casos como consecuencia de relación pacífica, en otros por efecto de las sucesivas expansiones imperiales sobre el territorio que ocuparan, que en las situaciones más extremas tuvo por resultado la transferencia de población hacia lugares en los que la imaginación religiosa era diferente.

El texto sagrado, que registra también la vida religiosa de los hebreos, tampoco permanece incontaminado por estas relaciones. Entre la abundante información sobre la religión de Yavé en sus primeros tiempos también ha transmitido una buena serie de alusiones a otros ritos, que tanto sus autores como los comentaristas posteriores consideran bien consecuencia de la intromisión de cultos ajenos a las prácticas consideradas regulares entre los hebreos, bien productos de la fusión de estas con cualquiera de las costumbres religiosas exteriores que hasta estos pudieron llegar, bien simple registro de extravagancias ante las que el observador literario no es capaz de permanecer indiferente. Se trata de un conjunto heterogéneo de menciones, de testimonios parciales, además de indirectos en buena proporción, pero suficientes como para partir del principio de que por esas pruebas podemos conocer distintas liturgias, que es tanto como decir la manifestación externa de creencias igualmente independientes, con orígenes distintos, procedentes de distintas épocas o culturas diversas, aunque, por convivir o coincidir en el tiempo en algún grado, se comunicarían entre sí.

Durante la lectura del texto sagrado el entusiasta intérprete de sus códigos debe cargar sin embargo con la valoración negativa que hace de todos los actos que puedan ser de nuestro interés, lo que no es más que la manifestación del deseo de marcar diferencias con unas prácticas que en absoluto no resultan ajenas a la ortodoxia del dios único. La mayor parte de los cultos que el texto sagrado registra para condenarlos proceden de las culturas distintas a la pretendida original hebrea que hubiera llegado hasta Canaán en el periodo expresado. Pero, incluso más allá de la valoración que a nuestros autores los hechos rastreados les merezcan, aunque en parte como consecuencia de que su actitud ante ellos habitualmente es condenatoria, saber a qué se están refiriendo cuando emplean las expresiones que contienen la información de nuestro interés había de superar un obstáculo hermenéutico. Es frecuente que las encontremos en un estadio derivado, posterior al etimológico. Sistemáticamente para aludirlos recurren a eufemismos que terminan siendo formularios. A este procedimiento acuden cuando desean caracterizar con eficacia uno de los hábitos rituales contrarios a la ortodoxa práctica de la religión de Yavé. En ocasiones, además, la necesidad del recurso estaría justificada porque el autor del texto sagrado quiere ocultar que se trata de un elemento asociado a una práctica que también llegó a ser habitual en la religión de Yavé. Así, del modo más general, condena una situación, una época o un personaje.

En modo alguno en la mayor parte de las ocasiones quien invoca las que considera manifestaciones nefastas se detiene a utilizar en sentido propio los términos que la representan, de modo que las palabras empleadas para referirse a los hechos no tendrían una finalidad descriptiva, alusiva o asimilada a una lengua de llegada desde otra de procedencia con la que hubiera equivalencia o traducción posible. Basta con su mención para conseguir en el lector el efecto deseado, una vez que este ha visto repetida la experiencia. Como una y otra vez se reproduce la mención formularia de ciertos ritos y objetos de culto, en particular en los textos históricos, a la tercera o cuarta repetición el lector ya sabe que basta con que piense que el autor está hablando en términos condenatorios para que su interpretación sea acertada. De haber sido utilizadas voces con características descriptivas podría haber sido identificada la práctica a la que se refieren. Al contrario, al elegir las palabras que finalmente fueron tantas veces reiteradas se habría pretendido ocultar, razón que bastaría para justificar tanto su oscuridad como su éxito. Para el autor, con tal efecto es suficiente, y por tanto no se cuida de ser más preciso o propio en el uso de estos términos. Sin embargo, en ocasiones las referencias a estas manifestaciones de la heterodoxia son algo más descriptivas. La crítica las ha sabido aprovechar y afortunadamente, gracias a la combinación de su trabajo con la letra de la escritura, es posible, si no contar con una descripción todo lo precisa que sería deseable, porque no siempre es fácil deslindar de modo satisfactorio la idea que se persigue, sí disponer de conceptos lo bastante acertados como para saber de lo que está hablando el texto sagrado cuando emplea estas palabras, y de ese modo descubrir que se trata de un objeto de nuestro interés.

El texto sagrado con frecuencia suele presentar todas estas prácticas confundidas, como si de una sola influencia extraña se tratara, aunque la crítica, como en seguida se verá, se basta para deslindar cada una de ellas. En estos cultos confluye una serie de prácticas que están bien caracterizadas por él. Su mención es bajo cualquier condición prueba directa de su convivencia en las tierras de Canaán con las que con el tiempo han sido tenidas por prácticas hebreas ortodoxas. La acumulación de estos testimonios negativos permite por sí misma, más adelante, una vez que se ha aprendido a identificar cada elemento, la decantación que finalmente es necesaria. Pero en ocasiones es conveniente seguir la línea expositiva que marca la religión del dios único para hallar con claridad lo que de ella es distinto. Es posible también que ocurriera que en aquellos momentos finales en la corriente dominante fuesen vertidos todos los elementos anteriores o laterales. Pero, como la misma indagación me enseñó que no siempre era conveniente aplicar el principio de segregación con absoluto rigor, hube de hacer compatible la primera norma de método, aun siendo prevalente, con su excepción. En muchas ocasiones es tan alto el grado de sincretismo que cualquier disección daña la materia que es digna de ser extraída. Mantener entonces el elemento religioso sin separar es bueno para observar mejor el hecho buscado.

Pero que la escritura haya salvado estos testimonios tiene otras consecuencias. La crítica cree que toda la serie de oposiciones entre prácticas consideradas ortodoxas y otras que presentan como inapropiadas los autores sagrados prueban que entre los hebreos, durante la primera mitad del primer milenio, quienes practicaban los cultos tenidos por ortodoxos también frecuentarían los que se tienen por heterodoxos, y que de esta manera los autores de los textos sagrados condenan el sincretismo. No hay base documental suficiente para hacer tan temeraria afirmación, ni en nuestra opinión es necesario llevar las cosas a ese extremo. Para nuestro fin es suficiente con reconocer que las prácticas condenadas convivían en Canaán con las admitidas como apropiadas para identificar la religión del dios único, una conclusión que sí se ajusta a los términos de la información proporcionada por la sagrada fuente. Lo que las afirmaciones del texto permiten deducir es que aquellos autores pudieron tener contacto y conocer las prácticas para ellos fuera de lugar.

No era asunto por el que debiera desviarme deslindar los elementos de cada religión. Esforzarme por separar lo que correspondiera a la religión del dios único de lo que pudiera proceder de otras religiones no era de mi competencia. Nuestro objetivo no era separar lo que procedía de una religión y unas creencias de lo que pudo proceder de otras. A nuestro tema lo que interesaba era la precisa documentación de prácticas que pudieron estar relacionadas con el sacrificio infantil. Nuestro intento estaba dirigido a saber todo cuanto fuera posible sobre él. Eran los rastros dejados en el texto por la contaminación nuestro objeto, y no la contaminación que pudieran sufrir los hebreos, asunto que ni observo ni discuto. Mi propósito ha sido averiguar con certeza lo que en esta fuente privilegiada fuera posible encontrar sobre la bárbara práctica ritual que hasta los cartagineses llegó y naturalizada quedó entre ellos.

Nuestras expectativas no se han visto defraudadas. Ninguna fuente puede ofrecer mejor información sobre esta práctica antigua que el texto sagrado. Es así porque sus autores lo conocieron con mayor cercanía que cualquiera de los autores de textos antiguos que hasta nosotros hayan llegado. Que esta práctica fuera ortodoxa o no para una parte de las creencias, si en algún momento fue una parte de esta religión o de otra, no es problema que vaya a discutir ni que en modo alguno me preocupe.

En este medio de creencias distintas con distintos significados, cada uno de las cuales tiene objetivos particulares, aunque todos dirigidos a facilitar a los creyentes el contacto con la divinidad, es en el que conviene situar los datos que sobre el sacrificio infantil registra el texto sagrado. Porque más allá de la opinión que merezcan los testimonios proporcionados por nuestra fuente, la finalidad que a esta clase de actos pueda serle reconocida, las razones que los aconsejaran o la procedencia que se les pueda atribuir, lo cierto es que suministra evidencias suficientes sobre que el sacrificio infantil en Palestina, al menos en los tiempos de la monarquía hebrea, estaba vigente. Una afirmación tan comprometida como esta ha debido admitir antes que un propósito como el que mantenemos, servirnos de los textos bíblicos como medio preferente para documentar aquella bárbara ceremonia, ha de afrontar otro problema. Sobre la actividad religiosa que era parte principal de la vida de los antiguos hebreos la fuente sagrada proporciona un caudal mucho más abundante que el manante de cualquier otra. Pero aunque nos permita coleccionar buen número de hechos santos de todo tipo, también hay que reconocer que, para nuestro asunto, su punto de vista es muy limitado, lo que se debe en gran parte precisamente a la forma en que fue concebida la fuente sagrada. En la materia que es objeto de nuestra indagación los autores sagrados adoptan puntos de vista demasiado particulares, siempre inspirados por el principio de que el sacrificio infantil era extremadamente negativo. Una parte significativa de las afirmaciones que lo condenan puede leerse, por ejemplo, en el Levítico, un texto procedente de los sacerdotes del dios único. Es comprensible que se sintieran indignados ante lo que consideraban abominable. Para un sacerdote nada es tan digno de condena como lo que aleja a los fieles de la ortodoxia que defiende. Pero no se trata de una actitud sólo plasmada en la obra directa de la escuela sacerdotal. Se mantiene en la generalidad de los libros, y en particular en los textos de los profetas, porque la inspiración de la casta levítica, junto con el permanente revisionismo de los hechos del pasado, inspiraron toda la literatura bíblica.

Aquella actitud de condena absoluta del sacrificio infantil los llevó a veces a deformaciones inverosímiles de los hechos que narraban. Así, llegó a inspirar referencias a su práctica tan oscuras e inquietantes como esta: Un grupo de devotos sigue a un sacerdote o a una sacerdotisa hasta dentro de un bosquecillo sagrado para realizar algún rito idolátrico secreto, en el que se incluye la comida de algún manjar prohibido. Por si no bastara la espesa sombra de la insinuación, nuestros autores no se privaron de hacer escalofriantes afirmaciones explícitas. A estos despiadados asesinos de sus hijos, devoradores de entrañas en banquetes de carne humana y de sangre; a estos iniciados en bacanales, padres asesinos de seres indefensos, habías querido destruirlos a manos de nuestros padres, para que la tierra que te era la más apreciada de todas recibiera una digna colonia de hijos de Dios. El autor de estas últimas frases, que han sido extraídas del tardío libro de la Sabiduría, alude a un canibalismo que en absoluto no está demostrado que alguien practicara alguna vez en Palestina. Para proporcionarle entidad toma elementos de los cultos que requerían la iniciación, tan frecuentes en la cultura helenística, a algunos de cuyos ritos alude. El mar de fondo que agita estas posiciones radicales, que afortunadamente son algo infrecuente, podría descalificar la fuente a los ojos de un analista que tuviera prisas por conseguir información positiva.

Precisamente gracias a que esta actitud inspira todo el texto disponemos de una buena cantidad de información sobre la modalidad del sacrificio infantil que fue practicada en Palestina entonces. Las líneas que hemos copiado, aunque descubren que su autor incurre en la imperdonable deformación del anacronismo, demuestran una manera ordenada de proceder en la concepción del discurso. Quien lo redactó, para ganar en verosimilitud, recurrió a una composición con piezas de los hechos de probada realidad, solo que en este caso tomadas de un tiempo inadecuado. Así actúan los autores sagrados en la generalidad de los casos, con la diferencia, respecto de la cita tomada del libro de la Sabiduría, de que parten de referencias directas al sacrificio infantil que conocen. De que estaba vigente cuando escribían suministran la prueba más general las alusiones regulares al mismo, que a lo largo del texto son tan abundantes como incontestables. Basta citar una. Sucedió incluso que tomaron a sus hijos y a sus hijas que habían dado a luz y se los sacrificaron a las imágenes como alimento. ¿Acaso no era suficiente tu prostitución, que inmolaste también a mis hijos y los entregaste haciéndoles pasar por el fuego en su honor?

Los principios de composición de este otro cuadro son los mismos que hemos deducido del análisis del anterior. El autor, para dar fuerza a sus argumentos, otra vez recurre a hechos conocidos. Se reitera tanto su mención, con tanto detalle en buen número de ocasiones se sostiene la exposición, que se concluye que la actitud de rechazo radical es la que habitualmente sostienen quienes conocen bien los actos que condenan. Se podría decir que el efecto del deseo de desprenderse de ellos estimula una extraordinaria locuacidad. El resultado es que las exposiciones que contra el sacrificio infantil elaboraron los autores sagrados cuando lo afrontan de manera directa son otras tantas descripciones de aspectos del rito. Basta con deshacerse de sus valoraciones para disponer de información neta de primera mano. Gracias a esto, los datos sobre este tipo de sacrificio dispersos por los textos sagrados son tan copiosos que puede considerarse sin la menor duda la fuente más completa y con diferencia más exhaustiva sobre esta práctica, incluso contando con que una pequeña parte de la información sobre el sacrificio infantil en algunas ocasiones esté mezclada con la más general sobre el sacrificio humano.

Pero cuando se trata del sacrificio infantil vigente en Palestina durante la primera mitad del milenio anterior a nuestra era el interesado debe contar, además de con el caudal que los textos sagrados derraman, con las opiniones que aquella liturgia inspira precisamente porque ocurre entonces y en aquel lugar. La necesidad no deriva tanto de que la exposición de estos hechos en el texto sagrado sea por sí misma oscura o complicada, sino de los caminos que al tema le ha hecho recorrer la parte de la crítica que no ha podido desprenderse de las valoraciones. La lectura comparada de los testimonios directos que sobre el sacrificio infantil han permanecido conservados en los textos sagrados con las interpretaciones que de ellos han derivado proporciona una de las más ricas experiencias sobre la enorme distancia que en ocasiones puede mediar entre la letra y la idea.

Los intérpretes, desde las posiciones más divergentes, se esfuerzan por acopiar una cantidad tan grande de argumentos para la que juzgan mejor erudición que quien los lee no puede sustraerse a deducir lo que de valor contienen. Por eso es recomendable que, además, este problema sea investigado tomando también la información que deriva de la exégesis. El principio que a este propósito se debe seguir para la completa exposición de cuanto es posible averiguar sobre este asunto es el repaso de todas las opiniones sobre las instituciones que por la escritura sagrada pueden relacionarse con el sacrificio infantil, ateniéndose a sus rasgos más generales, tal como los ha ido elaborando y admite la propia hermenéutica de los textos bíblicos, sin pararse a distinguir si se trata de una opinión defendida por el canon judío, por cualquiera de los cristianos o por el católico. A cuanto los textos proporcionan incluso es posible añadir con provecho la abundante escoliástica adherida por los exegetas de todas las tradiciones, aunque sea de muy desigual calidad. Manejada con la prudencia que solo el estudio comparativo permite, también ella contribuye a componer un patrimonio documental de enorme valor, el mismo que conduce a la demostración más satisfactoria. Porque de esto también depende que a la información de los textos sagrados se le confiera el valor de testimonio directo sobre el asunto al que aún permanecemos atentos.


Canaán

Recopilador

Hay que reconocer que quienes con generosidad inmolan su esforzada vida activa para acrecentar cuanto pueda saberse sobre la antigüedad anterior a la invención de la escritura trabajan con escasísimos medios de enjuiciamiento. El principio de autoridad, en muchas ocasiones, cuando deben conjeturar, se les impone, antes incluso de que estén en condiciones de accionar criterios propios que les permitan llevar a otro lugar sus propias observaciones. La fortuna previsible para las teorías del admirable Gordon Childe puede ser a este propósito una excelente lección. Es el autor de las ideas sobre el neolítico que ya deben ser consideradas patrimonio de la cultura humana en absoluto. Mas están fundadas en principios del comportamiento humano que casi excluyen la inteligencia del ser racional, y en generosas cronologías que ni aun fundadas en los más flexible criterios geológicos pueden ser tan titánicas. Llegará el día, si es que no ha llegado ya, en que tales frágiles principios quiebren, no obstante ser encomiable su resultado teórico, y seductora su lectura.

Pero, sin discutir el fondo de esta teoría, para comienzos del tercer milenio desprendimientos del supuesto tronco común semita ya consumados, así como los movimientos autónomos de los grupos independizados, son dados por seguros dos. Se sostiene aún de modo que en lo fundamental no es discutido que fue el de los acadios el primero, precisamente. Luego también habrían emprendido su inevitable marcha del grupo original, como el hijo que ha crecido y del padre debe separarse, los amorritas, que durante el tercer milenio están ya asentados en Siria, para luego al menos en una parte aventurarse en una incursión por la región de los dos ríos, la misma que les habría llevado nada menos que a innovar su geografía con la fundación de Babilonia, hecho de cuya trascendencia sin embargo no debe juzgarse por lo que tiempo después ocurra. De lo contrario podría incurrirse en abusos como el que justamente perseguimos.

Para proporcionarse estado de certeza, quienes han tratado del origen de estos pueblos y de sus movimientos solo la información escrita han tenido por ahora como autoridad, porque siendo la más precisa ha sido el criterio de la lengua el que hasta aquí se ha usado para aprobar la segregación con identidad propia de unos y otros pueblos. Y ocurre que la información escrita, para aquel momento, y aun para casi todo el tercer milenio, está concentrada en el área cultural sumeria, la zona en general correspondiente a la baja Mesopotamia, porque de allí es originaria la escritura. A lo largo del cuarto milenio había sido creado en Mesopotamia un sistema de contabilidad que terminó dando origen a la escritura. Pictográfica en un primer momento, cuya fecha se puede estimar hacia 3200, a finales de aquel milenio alcanzaría el estadio de la escritura fonética, el que permite que los signos copien la lengua. A partir de entonces fue posible dejar constancia del objeto de una transacción no solo mediante su imagen, sino también mediante su desdoblamiento como nombre; y otros nombres, y verbos, y hasta expresar ideas completas consintió. Cupo también a Uruk la fortuna de ser el lugar donde tuvo su origen la escritura que con el tiempo sería llamada cuneiforme.

Como es indiscutible que la lengua acadia es la primera versión escrita de la lengua sumeria, a su vez la primera que fue puesta en cuneiforme en Mesopotamia, ha sido establecido como algo cierto que los acadios, que sin duda son grupo independiente porque toman su nombre de una ciudad que no puede ser más que un hecho de población separado, como dejan rastro de una lengua con seguridad semita, tuvieron que ser los primeros desprendidos del supuesto tronco común que hasta entonces sería aquel pueblo; imagen del árbol injertada con avisada previsión para la posterior lección demostrativa del parentesco entre las lenguas que genéricamente así son llamadas. Es un orden supuesto para los hechos que está basado en una abusiva aplicación retrospectiva de un acontecimiento, porque la consecuencia extraída no mantiene ninguna relación de necesidad con la premisa. Otro medio para precisar el origen de los semitas en la región de Mesopotamia debiera ser usado, porque el de la escritura, que es cierta cuando es leída, no es por sí concreta precisión del tiempo. Al contrario, es natural propiedad de lo que escrito queda pasar el tiempo.

Una derivación de la existencia del acadio, de cuyo interés habrá ocasión de juzgar según vaya siendo necesario desplegar cada explanación que el dilatado problema de las prácticas del tofet exige, es otro hecho que sí está legítimamente fundamentado. Palestina empezó a ser en parte una porción del mundo semita a fines del tercer milenio porque también fue comunicada con la cultura escrita a través de aquella lengua. Ya sabemos que es probable que estuviera en el mundo de la escritura jeroglífica desde antes, aunque testimonios decisivos, como en el caso de Biblos, no haya. La proximidad lo permitiría y habría que tomarlo por una consecuencia esperable en un mundo en el que mientras las relaciones fueron con preferencia terrestres tenían que ser lentas. Pero probablemente la recepción de la escritura jeroglífica fuera en Palestina más casual y exógena que en este otro caso. En aquella región han sido encontradas tablillas escritas en lengua acadia en estratos con seguridad fechables en los tiempos de los que ahora hablamos, de modo que como juzgamos correcto es el yacimiento el que proporciona la seguridad cronológica y no la escritura.

De ahí han sido extraídas consecuencias sobre el poblamiento semita de Palestina que, si bien tampoco son definitivas, sí están sostenidas sobre la base cierta del testimonio escrito bien datado. La deducción que a continuación presentamos, siempre que se mantenga en los límites de lo posible y no sea argumento al servicio de la exclusión de otras gentes que pudieran haber poblado aquella tierra, es admisible. Puede en consecuencia aceptarse como algo adecuado la denominación Canaán, desde 2100 como muy tarde, para la mayor parte del territorio de Palestina. Aceptar así determinada tradición literaria, si bien puede que no sea del rigor que guste, no estorba al fin propuesto, y tiene la ventaja de que separa con una palabra distinta para el texto, no tanto lo que pudo ser un cambio en los acontecimientos, sino un tiempo nuevo. Por la misma razón también debe ser admitido que para entonces ya allí podían existir habiru o apiru, apelativo étnico que bien podría serle adjudicado a aquella parte semita de la población palestina, y que muy probablemente pudo dar origen a la palabra hebreo de los textos que tienen su origen en la literatura sagrada. El nombre Israel, que por ahora relación cierta ninguna mantiene con cualquiera de los asuntos de los que estoy hablando, solo es conocido como nombre individual durante el tercer milenio en Ebla.


De nuevo sobre Mlk

Calixto Alencar

Aunque los textos de los monumentos funerarios cartagineses sean lacónicos, el análisis filológico se las ha ingeniado para apurar la información que contienen. Entre los estudiosos que han llevado al límite tan hermética colección textual, destaca Paul G. Mosca, especialista en epigrafía púnica. Docente a principios de los noventa en la universidad de la Columbia británica, escribió una tesis, que presentó en Harvard en 1975, a la que puso por título El sacrificio infantil en la religión cananea e israelita: un estudio sobe Molk y MLK. En ella estudió las inscripciones de las estelas de los tofets, aprovechando la feliz circunstancia de que a partir del siglo cuarto el material epigráfico que suministra la arqueología es muy abundante. Una insistente fórmula votiva, asociada al criterio de cantidad, se vuelve así un precioso aliado que permite nuevas conclusiones. Su radical importancia deriva, además, de que por primera vez intentó reunir en un solo análisis todas las tradiciones textuales supervivientes, las clásicas pero también la púnica rescatada, y con él dar respuesta concordada a los principales problemas que plantea la arqueología de Cartago.

En su opinión, lo que tiene mayor interés para avanzar en el conocimiento de los ritos del tófet es la lectura acertada de los tipos de ofrenda, según los nombres que para ellos usan las inscripciones. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, antes de pasar examen a la galería de interpretaciones, que cualquiera de las lecciones que se han ensayado parte de que era un sacrificio el principal acto del rito. Semejante punto de partida no debe considerarse una realidad demostrada, ni por tanto las lecturas de esta parte de los textos definitiva. En conjunto, las fórmulas solo evidencian que existieron ritos privados, cuyo sentido exacto se nos escapa, fijados en monumentos que se presentan como ofrendas individuales y se justifican como don, regalo, promesa o prestación a cambio de una gracia recibida. Pero nada más.

La lectura más llamativa, y de más gravedad en relación con los ritos de los tofets, ha sido la de la palabra molk, leída con un significado muy comprometido. Parece que la palabra solo es usada en el tófet de Cartago, donde aparece con la epigrafía de los monumentos funerarios, aunque la palabra molk es mencionada con frecuencia en el Antiguo Testamento. Por eso fueron los filólogos de la Biblia los que tomaron la iniciativa. Vocalizaron mlk, según la tradición admitida, moloch, y aplicaron a su interpretación, antes de que decidieran sobre el sentido definitivo de la palabra, lo que dice el texto sagrado. Que los judíos antiguos, en ciertas épocas, discontinuas y de distinta duración, adoraban a una divinidad extraña a la religión de Yavé, el dios que en el texto recibido es llamado Moloch. Así impusieron un significado, el que fue durante siglos aceptado por razones únicamente basadas en una autoridad ahora sagrada.

La posibilidad de que mlk no fuera el nombre de un dios fue por primera vez avanzada en los años treinta. Eissfeldt demostró entonces, de modo inapelable, que la lectura moloch era consecuencia de un error de interpretación. Paul G. Mosca recuperó esta idea de Eissfeldt y añadió que, al menos desde el punto de vista púnico, y a juzgar por las inscripciones del tófet, es seguro que la palabra mlk no designa a un dios sino un rito de sacrificio. En su opinión mlk, que ahora vocalizaba molk, había que interpretarla como la expresión reservada al acto del sacrificio. Hay quien ha llegado más allá y ha afirmado que en la lengua de las inscripciones votivas molk es desde luego una modalidad de sacrificio, pero no una modalidad cualquiera, sino el sacrificio por antonomasia, es decir, el sacrificio de la víctima humana. Pero esta conclusión, si nos atenemos a los límites del testimonio filológico, es excesiva. Como réplica hay quien ha interpretado que mlk es sinónimo de mtnt, una palabra que también aparece en las fórmulas de las inscripciones votivas, y que ambas solo significan don u ofrenda.

Lo más aceptable de todo parece que la sola palabra mlk sea raíz indicativa de solo sacrificio, sin nada que denote modalidad, tal como puede conjeturarse por ejemplo a partir de la expresión mlk´mr, que en seguida analizamos. También podría aceptarse como interpretación que en el rito de base mlk la víctima sería sacrificada a la divinidad destruyéndola con fuego. Ese sería el significado estricto de la palabra mlk. La conclusión, tan aceptable como vigencia tenga esta lectura, es obligada: el ritual de los tofets incluía al menos un sacrificio del tipo holocausto.

Parece que la fórmula que se expresa mlk´mr hace referencia a un sacrificio de sustitución en el que la víctima es una oveja, aunque con más exactitud tal vez sea la ofrenda de un cordero. Claro que otros simplemente afirman que en la lengua de las inscripciones mlk´mr es el sacrificio de la víctima de sustitución, sean los que fueren sustituido y sustituto. O ni aun eso, que mlk´mr puede expresar el sacrificio de un cordero con el fin de cumplir un voto.

En todo este laberinto de opiniones parece reflejarse la duda de los arqueólogos, porque también los arqueólogos meditan si había sustitución o no, cómo y cuándo. Puede que por prudencia los filólogos hayan respetado el rastro de sus hermanos más atrevidos, que en estos problemas va marcándoles el camino que deben seguir. Pero también se aprecia la huella de la retrolectura, de estirpe filológica pura. Puede demostrarse que mlk´mr fue vocalizado molchomor en latín.

En las estelas de Ngaous, en Argelia, puede leerse por ejemplo “sacrum magnum nocturnum molchomor”, en una expresión cuya referencia al ritual de sustitución no es puesta en duda por nadie. Del texto se deduce que el sacrificio de sustitución se celebraba de noche y, además, que el molchomor incluía víctimas tales como corderos y cabras. También es seguro que una ofrenda morchomor era lo mismo que una molchomor y que ambas se resumen en la expresión latina agnum pro vicario. Porque también en las inscripciones votivas de Ngaous se alude a la víctima morchomor con expresiones del tipo vita pro vita, sanguine pro sanguine o anima pro anima.

El acierto es en este caso indiscutible. La lengua latina actúa como medio de verificación de la lectura del texto semítico. Pero hay que advertir que el tiempo al que pertenecen las expresiones en latín es posterior al 146 anterior a la era, y que por tanto se refieren a un ambiente que no es propiamente púnico. La retrolectura que alcanza hasta la Cartago de la plenitud incluiría el supuesto de que los ritos sobreviven al arrasamiento romano.

Como también son conocidas las tarifas púnicas de los sacrificios de animales, se pueden leer con la intención de verificar si la interpretación de la palabra compuesta mlk´mr es correcta. Los textos de las tarifas fueron escritos para clavarlos a la entrada de los templos o de los recintos sagrados. Los sacerdotes y los oficiantes del culto informaban con detalle de los precios de cada ofrenda animal, que podía ser de buey, carnero, cordero, pájaro y otras aves, así como de piezas fruto de una cacería. Explicaban los distintos ritos del sacrificio y advertían sobre las normas a tener en cuenta para el reparto del sacrificado animal entre la divinidad, el sacerdote y quien lo ofrecía. El oferente podía consumar el sacrificio por su propia mano. Si ejecutaba el donante, el sacerdote percibía una parte proporcional de la víctima, pero si además intervenía la parte de la ofrenda que recibía era mayor. De este modo se aseguraba la existencia de la clase sacerdotal y de los oficiantes de los santuarios, además de sus rentas y subsistencias. Al mismo tiempo, se conseguía que la comunidad de los creyentes fuera parte activa del culto, si lo deseaba.

Las tarifas conocidas se remontan a los siglos cuarto y tercero anteriores a la era. Lamentablemente nada dice la literatura especializada sobre si en sus textos se recurría, para referirse a ciertos sacrificios de animales, al giro mlk´mr. La llamada tarifa de Marsella seguramente procede de Cartago. Cita por orden de estimación descendente los animales aptos para el sacrificio: bueyes, terneras, ciervos, carneros, machos cabríos, corderos, cabritos, cervatillos y pájaros. También admite las ofrendas de granos y las libaciones de aceite o leche. Se puede fechar hacia el siglo tercero anterior a la era. En ella está prescrita la parte de la víctima que corresponde al sacerdote y la que está a disposición del oferente, y precisa el estipendio que quien hace la ofrenda debe dar por el sacrificio.

Menos seguras son las lecciones de otras palabras que el propio Mosca patrocina, aunque no menos interesantes. Mlk b`l expresaría ofrenda en lugar de un lactante. De ser exacta, habría que aceptar dos cosas: que un lactante podía ser el objeto principal de ciertas ofrendas y que efectivamente se practicaba la sustitución. Mlb´ba´al designaría la ofrenda hecha por un noble, cuyo objeto sería un niño procedente de familia aristocrática, mientras que la expresión mlk adam, que no aparece en Cartago, aunque sí en el tófet de Constantina, en Argelia, designaría el sacrificio de un niño salido del pueblo.

Más allá de las consideraciones sociales, a las que se prestan los dos últimos giros, lo más importante es que concuerdan con los análisis óseos, aunque sea en la parte más obvia. Sobre todo la lectura de la expresión mlk adam sería consecuente y demostrativa de que los niños podían ser sacrificados. Aceptado que la raíz mlk indica holocausto y que lo que aparece enterrado con mayor frecuencia son huesos de niño, lo que por el texto se declara es concluyente. Alguno de los estudiosos de las inscripciones del siglo cuarto anterior a la era descubiertas por Icard y Gielly en el tófet de Cartago reconoce en ellas la declaración de los sacrificios de niños.