Jeroboam I de Israel
Publicado: diciembre 17, 2018 Archivado en: Gedeón Martos | Tags: constitución Deja un comentarioGedeón Martos
Enfrentados ya Jeroboam I, el primer rey de la Israel secesionista, y el heredero de Salomón, Roboam, temió aquel, casi tanto como que lo mataran que su enemigo volviera a poseer todo el reino, si el pueblo continuaba subiendo a ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén. Tomó entonces el titubeante reciente rey consejo sobre qué hacer, y decidió que, para evitar que la parte del pueblo sobre la que proyectaba su dominio se volviera a Roboam, debía hacer dos becerros, que efectivamente por un artífice fueron ejecutados como imágenes de madera chapadas de oro, a imitación del becerro que encontró Moisés tras su ausencia a causa de la epifanía de Yavé que lo sedujo.
Dijo a continuación a su pueblo: “Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto”. No estaba falto de sentido lo que el rey nuevo decía, aunque puedan parecer sus palabras una condenable caída en la idolatría. En absoluto pretendía su patrocinador que los becerros fueran representaciones de Yavé. Los toros alados, que la escritura llama querubines, eran símbolo legítimo de la presencia del dios único. Al igual que el arca, que constituía el trono de Yavé en el templo de Jerusalén, y más aún los querubines que allí había, que extendían sus alas sobre el arca custodiada en el primer santuario de la monarquía hebrea, estas figuras fueron concebidas no en calidad de dioses, sino como peana o pedestal sobre el que se entronizaría el invisible Yavé en los nuevos templos que Jeroboam había previsto promover, ateniéndose a una antigua tradición que ya hemos aludido.
Si se hubiera pretendido representar a Yavé en los dos becerros, los profetas del norte no habrían dejado de alzar su voz en contra. Pero por aquella primitiva ascendencia no fueron atacados ni por Elías ni por Eliseo, tampoco por Jehú ni por Amós, aunque rindiéndose al argumento de la ambigüedad el profeta Ajías, el contemporáneo de Jeroboam que le había adelantado su poder, los condenó, tanto como el autor del Deuteronomio. No falta tampoco una tradición, a la que es menos fácil identificar porque nos ha llegado anónima por efecto de reserva del nombre que la autoría original decidiera, aunque en apariencia sea asequible sospechar su procedencia, que niega que los becerros pudieran ser interpretados en modo alguno por imágenes de Yavé.
Pero el problema que de esta decisión podría derivar, precisamente a causa de la ambigüedad, era que para aquel momento desgraciadamente el becerro, en ocasiones para las que el tiempo modifica el ser toro, era utilizado ya como la representación y símbolo popular del dios Baal, e iba asociado a los cultos a la fecundidad a los que sus adeptos se entregaban con tanta pasión. De ahí venía el peligro de que aquellas imágenes pudieran inducir a error y hacer que los israelitas más superfluos se deslizaran hacia una grosera confusión de Yavé con el becerro, y por tanto con Baal. Era muy cierto el riesgo de sincretismo rayano con la idolatría que incluía esta decisión. El fenómeno venía haciendo estragos en las tierras de Judá incluso desde tiempos de Salomón, y los hechos posteriores se encargarían de confirmarlo. Las violentas reacciones de los profetas llegaron a Israel, por supuesto en tiempos de Elías, en el siglo IX, pero quizás ya en tiempos del mismo Jeroboam. En términos teológicos, la responsabilidad en la que habría incurrido Jeroboam al hacer los dos becerros, estaría en haber duplicado un culto hasta entonces concentrado en el arca, símbolo legítimo de la presencia divina. El Libro primero de los Reyes expresamente la reconoce en la semejanza entre los dos medios elegidos para expresar un mismo símbolo.
El proyecto de Jeroboam, sin embargo, en modo alguno era rechazar a Yavé y orientarse hacia otros cultos, sino que estaba dictado por motivos políticos. Con una decisión como esta pretendía neutralizar la atracción que el templo de Jerusalén, el centro del que a partir de ahora sería reino de Judá, pudiera seguir ejerciendo sobre su pueblo. Se esforzaba Jeroboam en guardar dentro de su reino las manifestaciones de fidelidad religiosa de los israelitas, a través de las cuales podría dar unidad a las tribus del norte y asegurarse su lealtad, al paso que podría sumar a sus ingresos los beneficios derivados de las peregrinaciones.
Mientras fundaba el reino separado de Israel, Jeroboam promovió centros religiosos propios, para que actuaran como rivales de Jerusalén, aunque aquella iniciativa, más allá de sus intenciones, llevó a los hebreos al borde del cisma religioso, una vez consumada la ruptura política.
Para acometer con éxito su proyecto nacional, se concentró en la recuperación de los santuarios de las tribus. Berseba, Guilgal y otros cuyo nombre desconocemos, fueron lugares elegidos con aquel fin, y de los hechos del santuario de Lais, a la que sus conquistadores pusieron por nombre Dan, conocemos la historia de sus accidentados orígenes.
Un hombre llamado Miká, que habitaba en la montaña de Efraim, quitó a su madre cierta cantidad de plata que sin embargo más tarde le devolvió, por lo que Yavé lo bendijo. Decidió entonces la madre destinar parte del metal a la fabricación de un ídolo, el mismo que Miká puso luego en un santuario que tenía, junto con un efod y algunos terafim, a los que entonces consideraban, según parte de la exégesis, ídolos domésticos. Completó el hombre su fundación haciendo sacerdote del santuario a un hijo suyo, lo que desde luego convenía a la recta administración del patrimonio de la familia. Pero acertó a pasar por allí un joven levita, y en conciencia Miká, que sabía que el sacerdocio de este origen era más aceptable para Yavé, decidió ofrecer a tan autorizado hombre el puesto santo y diez siclos de plata al año, el vestido y la comida. No está claro que el levita dudara y es seguro que aceptó.
Mientras tanto, cinco hombres de la tribu de Dan, que emigraba hacia el norte, hombres valientes de Sorá y Estaol, se adelantaron para explorar tierras libres donde su gente pudiera establecerse, pues hasta aquel día a Dan no le había tocado heredad entre las tribus hebreas. Llegaron a la montaña de Efraim y pasaron en ella la noche. Como estaban cerca de la casa de Miká, recurrieron al joven levita, al que conocían, para que consultara a Yavé y saber si su exploración llegaría a buen fin. “Id en paz -les dijo el sacerdote-, el viaje que hacéis está bajo la mirada de Yavé”.
Partieron y llegaron a Lais, ciudad situada en el valle que se extiende hacia Bet Rejob, donde vieron que allí las gentes vivían seguras, tranquilas y confiadas, según las costumbres de los sidonios, aunque lejos de ellos quedara Sidón, y que nada les faltaba de cuanto la tierra produce. Volvieron a donde estaban sus hermanos y les comunicaron tan felices noticias, al tiempo que los apuraban para que cuanto antes todos pudieran tomar posesión de aquel país.
Seiscientos danitas bien armados emprendieron la expedición definitiva. En su viaje hacia la que había de ser su tierra de promisión acamparon la primera noche en Quiryat Yearim y luego llegaron hasta la montaña de Efraim. Ya en la casa de Miká, los cinco exploradores informaron a sus compañeros que allí había un efod, unos terafim y un ídolo de metal fundido. Aguardaron los seiscientos con sus armas de guerra en el umbral de la puerta, donde asimismo quedó a la expectativa el levita que allí encontrara empleo, y en la casa entraron los cinco y cogieron el efod, los terafim y el ídolo de fundición. “¿Qué estáis haciendo?”, les reprendió el sacerdote. “Calla -le contestaron-, pon la mano en tu boca y ven con nosotros. Serás para nosotros padre y sacerdote. ¿Prefieres ser sacerdote de la casa de un particular a ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?”. Se alegró con la invitación el corazón del levita, tomó el efod, los terafim y la imagen y se abrió un hueco en medio de la tropa. Así todos tomaron el camino definitivo a Lais, colocando en la cabeza de la expedición a las mujeres, los niños, los rebaños y los objetos preciosos.
Estaban ya los danitas lejos de la casa de Miká cuando sus vecinos le dieron noticia de cuanto acababa de suceder en ella y salieron todos en persecución de aquellos. Logró Miká alcanzarlos y les apeló: “Me habéis quitado a mi dios, el que yo me había hecho, y a mi sacerdote, al que yo había investido. Vosotros os marcháis y a mí ¿qué me queda?”. Los danitas le respondieron: “Calla de una vez, no sea que irrites a algunos, caigan sobre vosotros y pierdas tu vida y la de tu casa”. Los danitas siguieron su camino y Miká, viendo que eran más fuertes, se volvió a su casa.
Tomaron pues los danitas el dios que Miká había fabricado y al sacerdote que le servía y marcharon contra Lais, pueblo tranquilo y confiado. Pasaron a cuchillo a la población e incendiaron la ciudad. Nadie vino en su ayuda porque estaba lejos de Sidón y no tenía relaciones con los arameos. Reconstruyeron después los danitas la ciudad y se establecieron en ella, y erigieron para sí la imagen que había hecho Miká, y allí permaneció mientras estuvo en Silo la casa de Dios.
Pero los santuarios que recibieron la mayor atención del nuevo reino del norte fueron los localizados en Dan y Betel, centros de culto famosos desde antiguo. Creados, levantados y organizados como santuarios reales, marcaban los límites del nuevo reino, y mientras que el establecido en Dan debía actuar como el centro religioso del norte, el de Betel debía serlo del sur. El acto de consagración de cada uno de los dos santuarios como los principales del nuevo reino estuvo marcado por el destino dado a los dos becerros que Jeroboam mandara hacer, que de este modo adquirieron todo su sentido. Puso Jeroboam uno de los becerros en Betel, y el pueblo fue con el otro hasta Dan. Además, para estimular su respectivo desarrollo, Dan y Betel fueron concebidos como santuarios rivales.
Poco más que el detalle de la erección del becerro en el santuario conocemos sobre el culto practicado en Dan durante la monarquía. Sí es seguro que en el viejo santuario de Lais se consiguió rendir culto a Yavé, pero parece que en un estilo poco ortodoxo, porque los danitas se sirvieron del efod para consultar a Dios y pretendieron que por este procedimiento de él recibían respuesta. Pero sobre lo ocurrido en Betel es más lo que sabemos, gracias a que cumple de manera muy satisfactoria los objetivos políticos que con esta iniciativa se había marcado el nuevo rey. Betel era un lugar idóneo para erigir un santuario por su situación, que podía atraer con facilidad a los peregrinos que marcharan hacia el sur en busca de Jerusalén. Además, podía presentar como credencial a su favor, frente a la capital de Judá, que durante siglos había sido ciudad sagrada, debido a su asociación con los patriarcas, y que por tanto había sido meta de peregrinaciones antes de que Jerusalén fuera una ciudad controlada por los hebreos. Por eso Betel se convirtió en el santuario nacional del reino del norte.
Los cambios patrocinados por el advenido monarca al principio quedaron restringidos al símbolo, porque por lo demás mantuvo que su pueblo debía seguir en la práctica de la religión que ya le era propia. Pero luego fueron tomadas ciertas decisiones en relación con el culto que modificaron aquella decisión inicial. Todo indica que en Betel fueron instituidos los primeros altos a los que rindieron culto los hebreos, porque este tipo de lugar santo por primera vez es mencionado como original del reinado de Jeroboam. Los altos levantados en Betel fueron completados con la construcción de un templo y con al menos un altar con cuernos. A partir de aquí, empezaron las complicaciones para el nuevo monarca de Israel.
Subió Jeroboam con ocasión de sus cambios al altar que había hecho en aquellos altos. Para celebrar la dedicación del nuevo templo iba a ofrecer sacrificios al único becerro que junto a sí había mantenido, y sobre el altar quemar incienso, un día quince del mes octavo. Coincidía la fecha elegida con la fiesta de las Tiendas, que seguro el lector recordará por haber sido la misma en que fue celebrada la dedicación del templo construido por el rey sabio y rijoso. Ensoberbecido Jeroboam, había discurrido por su cuenta instituir aquel mismo día de la dedicación una nueva fiesta para los israelitas, aunque parecida a la fiesta de Judá, lo que de inmediato por algunos fue juzgado como intencionada confusión.
Así las cosas, un hombre de Dios llegó a Betel procedente de Judá por orden de Yavé. Encontró a Jeroboam de pie sobre el altar, dispuesto a quemar el incienso. Siguiendo la orden que de Yavé había recibido, aquel hombre se dirigió al altar en estos peculiares términos: “Altar, altar, Yavé te anuncia que ha nacido en la casa de David un hijo de nombre Josías que sobre ti sacrificará a los sacerdotes de los altos, a quienes queman incienso sobre ti, y que huesos humanos quemará sobre ti. Esta señal de que así ocurrirá Yavé te adelanta: te romperás y la ceniza que hay sobre ti será derramada”.
Cuando Jeroboam hubo oído lo que el hombre de Dios decía al altar de Betel, desde encima del altar, extendiendo su mano, ordenó prenderle. Mas la mano que había levantado contra el profeta quedó seca y no pudo volverla hacia sí. Al instante el altar se rompió y toda la ceniza que sobre él había quedó esparcida, según la señal pronosticada de orden de Yavé por aquel hombre de Dios.
Le pidió entonces Jeroboam, sobrecogido por su poder, que aplacara el rostro de Yavé para que su mano pudiera volver sobre él. Y eso fue lo que hizo el hombre de Dios. Aplacó el rostro de Yavé y retornó la vida a la mano del rey, quien quedó tan bien como estaba antes de que la maldición le hubiera anticipado la muerte a una parte de su cuerpo, una de las que por más móvil puede parecer de las más vivas.
Invitó el impresionado Jeroboam a aquel misterioso hombre a que entrara en su casa, con el ofrecimiento de que lo reconfortaría y le haría un regalo. Sin embargo, con orgulloso desprecio hacia la modesta hospitalidad generosa -reacción que con frecuencia provoca manejar las palabras divinas, que es algo muy parecido a jugar con las cartas marcadas- le replicó el hombre de Dios: “Aunque me dieras la mitad de tu casa no entraré contigo y no comeré ni beberé agua en este lugar, porque así me lo ha ordenado la palabra de Yavé: `No comerás pan, ni beberás agua, ni volverás por el camino por el que has ido´”. Y se marchó por un camino distinto al que lo había conducido hasta Betel, dejando a Jeroboam caviloso aunque reconfortado por la íntima satisfacción que produce declarar la sincera generosidad en el extremo de la desolación.
Pero Jeroboam por nada de esto retornó de su desviado camino. A los altos de Betel adscribió sacerdotes a su iniciativa investidos que constituyeron un clero propio también para su templo, sacerdotes del común del pueblo, tales que no habían sido tomados de entre los hijos de Leví. Ellos serían los que encargados de ocuparse del culto al becerro que allí había entronizado. Persistió en esta manera de nombrarlos y a todo el que lo deseaba lo investía, favor que solo la casta sacerdotal debería dispensar. A tanto llegó el desorden en este campo que en Betel hubo profeta que se ocupó del culto, con lo que invadía el terreno de los sacerdotes, una actitud a la que se opuso Amós, el primero de los profetas escritores. Y todavía algún texto añade a modo de acusación, sin duda rayando con sus alegaciones en el exceso, que hizo sátiros para los nuevos cultos. No queda del todo claro por la lectura si fueron hombres que esta particular forma sagrada representaron o solo imágenes. Más probable parece lo segundo, aunque no por eso deba admitirse como más cierto, porque sí es segura la interpretación que lee que para servicio de los sátiros habrían sido adscritos los mismos sacerdotes que innovaban la composición regular del clero por promoción exclusiva del rey.
A decir del texto sagrado también para los altos habrían hecho cipos. Pero este es un rasgo de los cultos promocionados por Jeroboam sobre el que se duda. No hay más pruebas de que Jeroboam introdujera esta versión del culto a la fecundidad en Israel que la que aporta el autor del Libro primero de los Reyes, cuando alude a los cipos en el transcurso de la exposición de los hechos de aquel reinado. Es muy probable que quien esta parte del texto escribiera lo hiciera a mucha distancia, desde el año 560 o más tarde aún.
Toda esta manera de actuar hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam, y esta fue la causa de su perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra. Con toda certeza, se cumpliría la palabra que por orden de Yavé aquel hombre de Dios había gritado contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los altos que había en las ciudades de Samaria. Visitaría Yavé el altar de Betel, sus cuernos serían derribados y caerían por tierra, y castigaría a Jeroboam y su descendencia. Sacudiría la casa de invierno con la casa de verano, se acabarían las casas con mobiliario o paredes adornados con incrustaciones de marfil y muchas más casas desaparecerían.
Celadas de la tradición. Los tópicos
Publicado: abril 7, 2017 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
La lectura comparada de todos los textos sobre el sacrificio infantil antiguo, así griegos como latinos, permite ordenar toda la información recibida en los siguientes tópicos.
1. El sacrificio de niños se practicaba entre los fenicios. La primera información conocida es la de Clitarco. La presenta como una costumbre basada en un voto a cierto dios. Si deseaban que este les concediera algún favor, dice, debían consagrarle en holocausto a un hijo. Filón de Biblos, mucho después, reitera por su parte la idea más general, que los fenicios ofrecían sacrificios de niños a cierto dios. Pero a la vez que no alude explícitamente a las condiciones de la celebración que explica Clitarco, añade a la tradición una buena porción de elementos específicos. Según él, los sacrificios son extraordinarios y ya se celebraban entre los fenicios en los tiempos de la guerra de Troya. Su frecuencia venía decidida no tanto por un voto personal, como se deduce de la lectura del texto de Clitarco, como por las circunstancias excepcionales a las que se ven expuestas las poblaciones.
De esta última idea de Filón se hace eco Justino, cuando dice que los sacrificios que se celebran en Cartago son un medio para acabar con la epidemia de peste, y con el tiempo la siguen aún más de cerca primero Porfirio y después Eusebio de Cesarea.
Sigue Filón diciendo que, en esos casos, lo normal es que los príncipes de las ciudades sacrifiquen a algunos de sus hijos más queridos con el fin de conseguir la salvación de todos; una idea que no obstante lo que ya hemos observado más arriba, se aproxima al voto que Clitarco patrocina. Pero de nuevo es Porfirio quien recoge con más fidelidad lo que dice Filón, al afirmar que son hijos de especial valor los sacrificados, aunque él prefiere hablar de los hijos más hermosos de las familias que los entregan al rito.
Los que son elegidos, termina Filón, son sacrificados durante una ceremonia misteriosa, en cuyo transcurso las víctimas son degolladas. Esta es la forma de presentarlas al dios como ofrenda adecuada para calmar los demonios de la venganza, y esta la razón por la cual es tan frecuente encontrar en la historia de los fenicios tales ceremonias; última parte de su información no tuvo seguidores.
A todo esto Plinio el Viejo solo añade que en Tiro, la principal de las ciudades fenicias por su iniciativa política y comercial, aquel sacrificio se hacía con fuego, lo que ni modifica ni añade nada sustancial a la tradición. En cualquier caso, su afirmación también queda aislada
2. La divinidad a la que los fenicios ofrecían estos sacrificios Clitarco la identifica con Cronos, un recurso muy habitual de los escritores clásicos, quienes para hacerse entender entre los lectores de la lengua en la que se expresan asimilan el dios que presentan al que se le asemeja, o al menos en parte lo ha heredado, en la cultura por aquella delimitada. Pero en un esfuerzo por hacerse entender por todos los lectores posibles Filón extiende la identificación a Saturno, al que con más facilidad entenderían quienes procedieran de la cultura en latín, al tiempo que reitera la identidad con Cronos. Adoptando una actitud ya influida por el afán de precisión de los datos que se manejan, como es frecuente en la baja antigüedad, para Porfirio y Eusebio de Cesarea la divinidad a la que los sacrificios son ofrecidos es Baal Hammón, lo que permite llevar al lector con más exactitud a la cultura fenicia. Mas en el fondo todas estas identificaciones son la misma y pueden ser aceptadas como parte de una misma tradición.
Quien de verdad enriquece la idea primitiva es de nuevo Filón, otra vez excelente informador original, quien lleva más allá sus explicaciones. Precisa que en realidad el nombre del dios del que se trata es El, del que explica que en origen fue un rey fenicio tras cuya muerte fue ascendido a dios.
Lo que Filón escribió sobre este asunto también lo escribe Eusebio de Cesarea, con seguridad tomándolo directamente de Filón, mientras que Minucio Félix parece referirse al mito sobre el origen del sacrificio cuando dice, de modo ciertamente poco preciso, que quienes lo practican siguen los precedentes establecidos por los dioses de los cartagineses. A esto se limita toda la fortuna de las sustantivas innovaciones de Filón al ofrecernos cuanto ha podido averiguar sobre el dios al que son ofrecidos los sacrificios.
3. De lo que ocurriera entre los fenicios en alguno de los momentos excepcionales a los que hacen referencia los narradores de aquellas costumbres, solo disponemos de las noticias que nos proporciona Quinto Curcio Rufo sobre lo ocurrido durante el asedio de Tiro por Alejandro. Dice que entonces creyeron los tirios que el momento era adecuado para renovar la antigua costumbre y algunos de ellos propusieron que fuera inmolado a Saturno un niño libre. Tal costumbre los tirios la habían recibido de los fundadores de la ciudad, aunque por lo que supieron los soldados griegos durante el asedio, durante muchos siglos no había sido observada. El consejo de los Ancianos, que era en este caso decisivo, no se opuso y la idea prosperó.
4. El núcleo del tópico del sacrificio de los niños en la antigüedad es que los cartagineses lo practicaron. Esta idea tiene su antecedente más remoto en Platón, quien acusa recibo de ella añadiendo solo que es un hecho conocido. Continúa con Clitarco, y posteriormente la reitera Ennio, quien la presenta como una costumbre. Sigue con Plutarco y con Minucio Félix, aunque, según es habitual en este, alude de manera oscura a la idea cuando dice que en algunas partes de África los niños eran sacrificados por sus padres. San Agustín retorna al enunciado directo de los hechos conocidos y dice que los cartagineses practican el sacrificio de niños. Tras él, termina una de las líneas más concurridas de la tradición Hesiquio de Mileto, quien se aventura a decir que son las mujeres cartaginesas las que deciden sacrificar a sus propios hijos.
5. Uno de los cauces abiertos en paralelo a este principal es el de los que prefieren hablar con más precisión. El propio Ennio vuelve sobre el asunto y completa sus enunciados afirmando que las víctimas del sacrificio que en Cartago se celebraba eran varones. Para Justino son más exactamente varones y jóvenes y para Tertuliano son niños pequeños.
6. Con Cicerón se inicia la trayectoria en la dirección opuesta, la manera más imprecisa de hablar sobre el sacrificio de niños en la antigüedad, con el propósito de enunciar del modo más general el hecho. Se limita a afirmar que los cartagineses están entre los que practican el sacrificio humano. La continúa Dionisio de Halicarnaso, se perpetúa con Plinio el Viejo e insiste en lo mismo Sexto Empírico cuando afirma sin más precisión que en Cartago es sacrificada una víctima humana.
El ciclo de este tópico termina con Silio Itálico, quien resultaría tan extremadamente ambiguo que incurriría en contradicción. Al tiempo que dice de modo genérico que en Cartago se celebran sacrificios humanos, menciona como ofrenda de los sacrificios a niños pequeños, y todavía, más adelante, dice que las víctimas se eligen entre hijos jóvenes.
7. Para hacerse entender, como es habitual, el supuesto Platón declara que el dios al que los cartagineses ofrecen el sacrificio de sus hijos es similar a Cronos, lo que reiteran Clitarco y Diodoro Sículo. Dionisio de Halicarnaso se refiere al mismo sujeto llamándolo Saturno, mientras que Plutarco vuelve a denominarlo Cronos. Minucio Félix adjudica a Saturno la ofrenda de las víctimas infantiles, lo mismo que hace Tertuliano. Para Sexto Empírico el dios en cuyo honor son celebrados los sacrificios en Cartago es Cronos, pero San Agustín de nuevo identifica a Saturno como el dios al que son ofrecidos los sacrificios de niños. Draconcio asimismo señala a Saturno como dios de los sacrificios y Hesiquio de Mileto vuelve a llamarlo Cronos.
8. Sobre las características del rito que se escenifica en Cartago, el primer detalle lo proporciona Clitarco. El procedimiento que siguen los cartagineses, según este, es prometer a un dios la consagración de un hijo en holocausto con el propósito de alcanzar un favor. Para proceder a la elección de las víctimas, según Silio Itálico, se procedía anualmente a un sorteo entre los hijos jóvenes de las familias. Draconcio mantiene la opinión de que en Cartago eran destinados al sacrificio cada año dos personas. A la idea aporta que se trata de dos nobles o aristócratas y que los receptores son los templos, sin más. También algunos hablan de altares. El sacrificio se celebra sobre altares ardientes, según Silio Itálico, y para Draconcio igualmente los niños eran sacrificados en altares.
9. Pero sobre todo está la referencia a cierta estatua de bronce y todo lo que a su alrededor se hace cuando los sacrificios se celebran. El promotor original de ella es de nuevo Clitarco. Explica que en el momento en que hay que cumplir con lo prometido al dios se celebra el sacrificio ante una estatua de bronce que lo representa. Tiene los brazos extendidos sobre un gran brasero en llamas. Sobre ellos depositan al niño, que rueda sobre ellos hasta caer en la hoguera que arde debajo.
En términos similares es descrita por Diodoro Sículo. Dice que está en Cartago y es de bronce, y especifica que es gigantesca y representa a Cronos. También dice que tiene los brazos extendidos, y precisa que están en pendiente y que tiene sus manos con las palmas abiertas, por lo que de la misma forma el niño que es colocado sobre ellos rueda. Igualmente añade que en el momento del sacrificio, debajo de las manos, arde un brasero que está al fondo de un pozo. En una actualización posterior de esta afirmación general, a propósito de ciertos acontecimientos sobre los que más adelante volveremos, reitera que los niños destinados al sacrificio son depositados en los brazos de la estatua y por ellos se deslizan hasta caer en la fosa llena de fuego. Tanto en un paso como en otro de sus textos, cualquiera de las innovaciones del tópico original no son más que deducciones.
10. Continúa Clitarco el relato del sacrificio precisando que las llamas hacen que los miembros del niño se contraigan y que su boca se abra en una mueca, una afirmación a la que se adhirió una tradición particular. Tuvo su origen en una acotación a los versos 299 al 302 del canto XX de la Odisea, en los que el protagonista, agredido con una pata de buey por uno de los pretendientes de Penélope, sonríe en su ánimo con sonrisa sardónica. Uno de los escoliastas de la tradición de Homero anotó que también los cartagineses, que habitan en Cerdeña, sacrifican a Cronos en días establecidos, y que había sido precisamente el topónimo Cerdeña el que estuvo en el origen de la etimología del adjetivo que calificaba aquella clase de sonrisa. Puntualizó que llegó a hablarse de aquel modo porque en Cerdeña existe cierta planta venenosa cuya ingestión provoca unas convulsiones del rostro que degeneran en un desagradable rictus, recuerdo irónico de una sonrisa. Añadió, haciendo ostentación de una erudición tan elaborada como útil para sus explicaciones, que por esta razón cierta sonrisa sarcástica fue llamada sarda o sardónica, y que habría sido esta idea la que degeneró, por lo que se refiere al sacrificio de niños, en la opinión de que morían riendo o que llevaban la cara cubierta con una máscara que representaba una sonrisa.
Aquella cadena de explicaciones resultó la vía de difusión de Clitarco más feliz. Una vez elaborada, sus responsables fueron los escoliastas de la Odisea de Homero, a cuyas aclaraciones a aquel paso del texto se adhirió siempre la parte de la historia del sacrificio infantil que había escrito Clitarco.
A este propósito Diodoro Sículo se muestra menos elocuente y sigue efectivamente una de las ramas de la tradición particular abierta a partir de Clitarco. Dice, todavía actualizando, que en la fosa llena de fuego los niños finalmente se abrasaron y que al caer llevaban la cara cubierta con una máscara sonriente.
11. La explicación más abstracta de la causa del sacrificio corresponde también a los orígenes del tópico. Platón explica que los cartagineses actúan de esto modo porque lo estiman sagrado y lícito y no porque sean bárbaros y sus leyes sean otras.
Pero, para esta parte de los relatos, habitualmente se abren vías de otro tipo que tienen diversa fortuna. La de la religión comparada es la que intenta Silio Itálico, propenso a las generalizaciones, aunque no tiene continuidad. Observa que los sacrificios de niños en Cartago recuerdan los sacrificios ofrecidos a Diana en el reino de Thoas. La expresión es oscura porque no es posible componer una explicación satisfactoria de la comparación. Si bien Diana puede ser identificada con la luna y esta con Tanit, diosa de ascendencia fenicia a la que correspondió efectivamente un importante papel en esta historia, el reino de Thoas no es fácilmente interpretable. La posibilidad más seria es que el mencionado reino tal vez pudo ser Mirina, en la Eólida, Asia Menor, cuyo rey efectivamente se llamó Toas. Si bien el primer elemento parece abrir una vía de interpretación, el segundo no le proporciona ninguna base sobre la que progresar. Probablemente por eso resultó una vía muerta.
Más fortuna tuvo el camino mítico, como se podía esperar. El origen del sacrificio en occidente está en Elisa, según Justino, quien actuó así para salvar Cartago y guardar fidelidad a su marido muerto. Minucio Félix es algo más críptico, y con laconismo sentencia que Saturno no expuso a sus hijos sino que los devoró. Quien lleva las explicaciones míticas más lejos es San Agustín, quien dice que la razón por la que se hace el sacrificio de niños es que la mejor de todas las simientes es la humana. La manera que tanto poetas como filósofos físicos tienen de contar esto es decir que Saturno mató a sus hijos y los devoró. En su opinión, Saturno devoraba a sus hijos porque la simiente volvía al lugar del que había nacido.
12. Quien primero afirma que el sacrificio de niños se mantuvo en Cartago mientras la ciudad existió fue Dionisio de Halicarnaso, una idea que mantiene en términos similares Quinto Curcio Rufo.
13. La primera vez que se habla de que el sacrificio infantil fue perseguido por autoridades extrañas a Cartago fue cuando Justino dijo que Darío, el rey persa, prohibió a los cartagineses celebrar sacrificios humanos y comer carne de perro. La asociación de las dos prácticas en la misma frase es indicativa de que se trata de un elemento recibido sin depurar. La incoherente relación de Darío con Cartago termina de quitar cualquier crédito a esta afirmación.
Tertuliano, por su parte, informa que una vez que los romanos conquistaron y destruyeron la ciudad, las autoridades romanas prohibieron los sacrificios, aunque todavía, durante algún tiempo, continuaron abiertamente. Los niños siguieron siendo inmolados de forma pública, si bien las ceremonias se celebraban en un lugar distinto al que hasta entonces era el regular. Pero cuando Tiberio fue procónsul ordenó prender a los sacerdotes de aquellos ritos y los colgó vivos de los árboles de su templo, a cuya sombra los sacrificios habían sido ejecutados. Usándolos como cruces, allí quedaron suspendidos como las ofrendas votivas. El testimonio procedía de los soldados de su padre, que fueron los que siguieron la orden del procónsul, lo que le da el extraordinario valor de la forma clásica de prueba directa, el testimonio de vista. Todavía después, continúa Tertuliano, el mismo Tiberio, así como otros emperadores posteriores, instituyeron la pena de muerte contra los padres que entregaban sus hijos al sacrificio. No obstante todo esto, todavía informa que aquella práctica fue mantenida en secreto y continuó de forma encubierta, de modo que hacia fines del siglo II o comienzos del III el sacrificio de niños persistía en Cartago, a pesar de su persecución. En su opinión, así sucedía porque el África romana habría heredado esta costumbre de la cultura púnica.
14. El sacrificio de niños es ilustrado con casos conocidos. El que parece más remoto es el que refiere Justino, quien menciona el de un general cartaginés, de nombre Malco. Puede ser identificado como el general que en pleno siglo VI antes de la era lidera la expansión de Cartago en Sicilia y en Cerdeña, isla esta última en la que sufrió una derrota por la que hubo de sufrir destierro. Habiendo sido vencido en una batalla y condenado al exilio, para expiar su culpa mandó matar a su hijo delante de la ciudad.
Siguen en el tiempo los sucesos del año 406 siguiente en la isla de Sicilia, cuyo único relator es Diodoro. En las obras del cerco de Agrigento empleó Aníbal piedras funerarias procedentes de las necrópolis del entorno de la ciudad. Aquel expediente disgustó a una parte del ejército. Al poco una epidemia se desató en el campamento. El propio Aníbal murió víctima de la enfermedad. Se dio por cierto que aquella consecuencia había sido el castigo de los dioses por la sacrílega destrucción de los sepulcros. Tras aquello, algunos de los exploradores del ejército cartaginés volvieron contando que durante la noche alguien había visto espíritus de muertos. Himilcón, sucesor de Aníbal en el mando de las tropas cartaginesas, viendo cómo los soldados eran acosados por un temor supersticioso y que en el campamento el desánimo cundía, acabó con la destrucción de las memorias funerarias. Decidió levantar la moral de los soldados con un holocausto. Solicitó la ayuda de los dioses sacrificando un niño o un muchacho, o un joven soldado según otros, según la costumbre de su pueblo. El sacrificio fue ofrecido a Cronos, junto con una multitud de ganado a Poseidón. El asedio continuó con los ánimos renovados.
El siguiente caso referido es el originado por la expedición de Agatocles del 310, mientras el tirano de Siracusa asediaba Cartago. En este caso la tradición es más rica. El relato también tiene su origen en Diodoro Sículo, pero como ocurre en otras ocasiones es amplificado por Plutarco. Explica Diodoro que aquellos hechos provocaron la resurrección de los ritos de la antigua Cartago porque sus habitantes de nuevo eran víctimas del terror supersticioso. Pensaron que la cadena de adversidades de la que eran víctimas ocurría porque habían descuidado sus deberes hacia los dioses instituidos por sus padres. A estas premisas del relato replica Plutarco diciendo que creyeron en aquella crítica circunstancia que Cronos les había abandonado, molesto porque había decaído la antigua costumbre del sacrificio de los niños más nobles en su honor.
Continúa Diodoro diciendo que mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas y que hacía mucho tiempo que al dios de la ciudad madre no enviaban lo que antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. En los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia, una parte del relato que no la sigue Plutarco.
Diodoro cuenta después que en Cartago pareció que había llegado el mejor momento para reconciliarse con Cronos. Una comisión fue reunida para que el ritual de las ofrendas al dios fuese recuperado de la manera más correcta. La comisión investigó y supo que hasta aquel momento una práctica viciada se había extendido. La antigua costumbre de sacrificar los niños más nobles en su honor había decaído. En su lugar era habitual comprar en secreto niños de familias pobres, que primero alimentaban para que después cumplieran con el papel de víctimas de sustitución. Llegó a ser conocido por todos que quienes debían el sacrificio habían inmolado al dios niños que suplantaban a los ofrecidos.
Plutarco sí aprovecha las posibilidades que este parte del relato le ofrece y dramatiza a su modo. Dice que ahora las grandes familias solían comprar niños a las más pobres para sacrificarlos como víctimas de sustitución. Incluso los que no tenían hijos compraban recién nacidos como si fueran animales y los degollaban, como tantos corderos y pajarillos. En estos casos, durante la ceremonia, la madre del niño sacrificado, que asistía a la celebración, se debía mantener cerca sin llorar ni gemir, para no alertar a la víctima. Si la madre llegaba a verter una sola lágrima o dejaba escapar un solo gemido, se deshonraba y debía renunciar al dinero, aunque el niño era de todas maneras sacrificado. Mucho después, Draconcio, se une a esta corriente y afirma que los padres que por ello se lamentaban tristemente cerca del altar eran afeados.
El hilo del relato de Diodoro se reanuda diciendo que creían por esto los comisionados que Cronos les había abandonado y ahora molesto les era hostil. Considerando estas cosas y viendo el enemigo acampado delante de la ciudad, en compensación decidieron los ciudadanos de Cartago rescatar la vieja costumbre de manera regular, con el deseo de que Cronos les proporcionara sus favores. De nuevo Plutarco toma esta parte del relato diciendo solo que los ciudadanos decidieron rescatar la vieja costumbre entonces.
Sigue Diodoro diciendo que fueron acordados extraordinarios sacrificios. En su celo por purgar la falta en la que habían incurrido, eligieron doscientos niños de las familias más señaladas de la aristocracia y los destinaron al sacrificio en nombre del estado. Presas del remordimiento, poco después, otras muchas familias, las que eran sospechosas del engaño de la sustitución e incluso habían sido acusadas de comprar víctimas, se declararon dispuestas a compensar al dios. Estas ofrecieron sus hijos para el sacrificio de modo voluntario y trescientos niños más fueron conducidos a la inmolación. De este modo, finalmente fue organizado un gigantesco holocausto público de quinientos niños. Por su parte, Plutarco explica, también de modo sucinto, que se organizó en Cartago un gigantesco holocausto en el que sacrificaron quinientos niños, hijos de nobles y poderosos como en otro tiempo.
Según Diodoro, el holocausto fue celebrado ante la gigantesca estatua de Cronos, una circunstancia que de nuevo aprovecha Plutarco para desplegar todo su aparato conmovedor. En los alrededores de la estatua de Cronos, dice, donde eran inmolados los niños, el ambiente estaba lleno de los sonidos que emitían los que tocaban fuerte flautas, tambores y tímpanos, de modo que los gritos y los llantos fueran ahogados y no llegaran a los oídos del pueblo. También esta parte del relato hizo fortuna, y otra vez hablando en general Minucio Félix dice que los llantos de los sacrificados eran calmados con palabras cariñosas y besos, por miedo a que una víctima fuera inmolada entre lágrimas.
El relato de Diodoro concluye explicando que como en otro tiempo había ocurrido, todas sus víctimas fueron los más distinguidos descendientes de las mejores familias. De esta manera los ciudadanos de Cartago esperaban restaurar los homenajes tradicionales a los dioses y ganar la salvación y el bienestar de la ciudad.
A un momento que el nombre de los personajes, por su frecuencia, no permite precisar, envía su caso el siempre evanescente Silio Itálico cuando refiere que Hannón, rival de Aníbal, intrigó para que una orden obligara a su opositor para que sacrificara su hijo a Baal.
15. Sobre la fortuna del sacrificio de niños cartaginés fuera de la propia Cartago, aparte la tradición derivada del adjetivo sardónico, que permite deducir una línea de narraciones relativas a lo que en esta isla sucediera, que sin embargo debió extinguirse por completo, las referencias más explícitas son las que cuentan lo que en Cádiz fuera organizado. También en este caso la tradición es singular, porque lleva directamente del texto antiguo a la recepción neoclásica contemporánea. El responsable del origen es en este caso Cicerón, quien cuenta que de Cádiz César erradicó cierto residuo bárbaro inveterado de sus costumbres e instituciones. De ellas una eran los sacrificios bárbaros de seres humanos que en Cádiz se celebraban. Sus víctimas eran hombres.
16. No mucho más generosa es la expansión de la otra rama por la que crece el tema, la que vincula el sacrificio procedente de Cartago con ritos equiparables que en Roma fueran celebrados, aunque en este caso los testimonios tienen la virtud de ser concordantes sin incurrir en el servilismo. Tienen además a su favor la proximidad en el tiempo. El primer informador es Dionisio de Halicarnaso, quien cuenta al modo mítico que Hércules, queriendo terminar con esta costumbre, erigió el altar que hay sobre la colina Saturnia. En ese altar practicó las ceremonias iniciales del sacrificio con víctimas sin mancha e inmoladas en un fuego puro. Para que la gente no sintiera ningún escrúpulo de conciencia por abandonar la forma de los sacrificios que habían recibido por tradición, les enseñó a apaciguar la cólera de la divinidad a la que estas víctimas eran debidas componiendo imágenes con forma humana, ataviadas del mismo modo que las víctimas vivas, para que fueran lanzadas al río en lugar de los hombres. Plinio el Viejo, sin dejarse contaminar por este relato, refiere que hay una estatua de Hércules, procedente de Cartago, en sus tiempos ya en Roma, y que ante esta estatua cada año eran sacrificados niños. Pero es que todavía San Agustín se esfuerza por dejar escrito que la práctica cartaginesa de sacrificar sus hijos no fue adoptada por los romanos.
17. El último de los tópicos es el que vincula el sacrificio infantil con los primeros cristianos. Su promotor literario, no se explica bien por qué, es Tertuliano, que sin embargo comparece ante el lector como apologista de aquella comunidad original en su región, el norte de África. Explica Tertuliano que con la policía que por aquella causa sostuvieran los gobernadores romanos que perseguían a los cristianos se relaciona cierta opinión sobre los sacrificios infantiles entonces activa en aquella tierra. A los cristianos africanos sus detractores los acusaban de aquella práctica atroz.
La retórica de Tertuliano es generosa. Si los gobernadores descubrían un crimen y el acusado tenía a bien reconocerse homicida, sacrílego, incestuoso, enemigo del estado -estos son los nombres que a los cristianos les daban sus actas de acusación-, esta confesión, según dice, no bastaba para dictaminar. Al contrario investigaban las causas: naturaleza del hecho, número, lugar, modo, momento, confidentes, cómplices. Mas con los cristianos nada parecido, aunque sería preciso igualmente arrancarles por la tortura la confesión de las falsedades que se les lanzan sobre la cabeza, en cuántos infanticidios ha tomado parte cada uno de ellos, qué cocineros los han presidido, qué perros han asistido. Concluye afirmando que sueñan con la gloria de un gobernador si destierra a un cristiano que haya devorado ya a cien niños recién nacidos.
Las ideas de Tertuliano fueron reiteradas por un contemporáneo suyo, Minucio Félix, quien incurre en el exceso de recrearse en los sabores que proporcionan los detalles gruesos en vez de complacerse en los aromas de la retórica. Explica Minucio Félix que lo que entonces se dice sobre la iniciación de los neófitos cristianos es tan detestable como conocido. Se sostiene que les presentan un niño cubierto de harina, para hacerlo irreconocible. Se invita al catecúmeno a clavar puñaladas, que él cree inocentes, en la superficie de harina, hasta que el niño muere por ciegas y ocultas heridas. Entonces lamen ávidamente su sangre y dispersan sus miembros. Quedan ligados por este asesinato, por la complicidad de un crimen, a un mutuo silencio.
Celadas de la tradición. Método
Publicado: marzo 24, 2017 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
Durante algún tiempo, en estas mismas páginas G. Barea, bajo del título Orígenes de la República, ha ido poniendo a disposición de sus lectores una completa colección de noticias sobre el sacrificio infantil antiguo. En nuestra opinión, su trabajo es merecedor de reconocimiento, aún más que por el orden en que fueron dadas a conocer, por el esfuerzo de síntesis que demuestran. Sin embargo, creemos que el cuadro que compone también es un buen ejemplo de las trampas que ocultan las tradiciones. Para defender este punto de vista, que compromete el valor de las informaciones recibidas, por el momento nos vamos a limitar a una de las que confluyen en tan meritorio trabajo, la clásica antigua, una de sus fuentes.
Cuanto se supo sobre tan peculiares sacrificios durante siglos se mantuvo concentrado en algunos textos. Se pueden organizar en dos tradiciones, una griega y otra latina. La griega se remonta a Platón y Clitarco y la prolongan Diodoro Sículo, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Filón, Sexto Empírico, Porfirio, Eusebio de Cesarea y Hesiquio de Mileto, mientras que los relatos sobre el sacrificio infantil que la antigüedad dejó registrados en latín empiezan con Ennio, continúan con Cicerón y siguen con Quinto Curcio Rufo, Plinio el Viejo, Silio Itálico, Justino, Tertuliano, Minucio Félix, San Agustín y Draconcio.
El origen de la tradición griega es una mención contenida en el diálogo titulado Minos, texto atribuido a Platón, de la primera mitad del siglo IV antes de nuestra era, entre los de dudosa autoría el de más probable autenticidad. Con lo que se adjudica a Platón se relaciona lo que cuenta Clitarco, un hombre probablemente natural de Alejandría, cuya vida conoció la plenitud a fines del siglo IV o principios del III; unos escolios a la República de Platón en los que cuenta lo relacionado con nuestro tema.
Diodoro Sículo nació en Agyrion, la actual Agirone, hacia el año 90 antes de la era y sobrevivió hasta fines del mismo siglo I. Su obra conocida, una Biblioteca histórica, o historia universal, en parte conservada, abunda en informaciones insustituibles sobre este asunto. Por su parte, Dionisio de Halicarnaso fue contemporáneo de Augusto. Nacido griego, se estableció en Roma justo cuando el primer emperador instituía su dominio sobre la constitución de la república, a principios del último tercio del siglo anterior a la era, y como tantos de sus coterráneos justificó su presencia en la capital del imperio como rétor. Cuando empezaba el nuevo siglo, decidió volver a Grecia y allí murió. Su referencia al sacrificio infantil procede de la principal de las obras suyas que se han conservado, una excelente Historia antigua de Roma, en la que analiza desde los orígenes de la ciudad hasta la guerra púnica.
También son estimables los datos proporcionados por el fecundo Plutarco, hombre ya del primer siglo posterior a la era, cuya vida transcurrió entre aproximadamente los años 50 y 125. El catálogo de su obra auténtica, aun así extenso, ha sido organizado en dos bloques, las Vidas paralelas y las Obras morales. Sobre la superstición es una obra del segundo grupo, la que según la vulgata de toda su producción ocupa el décimo cuarto lugar entre los textos morales, el último de una primera serie, la de los tratados éticos y didácticos. De ahí procede la información que proporciona sobre el sacrificio de niños.
El siguiente informador en lengua griega es Filón, quien murió en Biblos y vivió contemporáneo de Adriano, cuya existencia la cronología de los emperadores romanos encuadra entre los años 76 y 138. Escribió, entre otros asuntos, sobre la historia de Fenicia. El resultado de este trabajo, que se estima como la mejor fuente antigua sobre la materia, lo ordenó en ocho libros, aunque hasta nosotros ha llegado solo en parte y sobre todo por medio de Eusebio de Cesarea, un transmisor muy tardío. Del texto original proceden sus referencias al sacrificio de niños.
Sexto Empírico, quien fundamentalmente se dedicó a la ciencia y a la medicina, vivió entre los siglos II y III. En sus Hipotiposis pirrónicas deslizó una breve referencia al sacrificio infantil.
A Porfirio los menos exigentes lo hacen natural de Tiro, mientras que otros que aparentan estar más documentados precisan que nació en Batanea (Siria). Su primer nombre, sirio como su nacimiento más probable, era Malmos, cuyo significado podemos aceptar como próximo a rey. Pero instalado entre los griegos -entre quienes arraigó su memoria como discípulo de Plotino- prefirió ser conocido con aquel otro nombre, evocador en su lengua de adopción de la púrpura característica del país fenicio. Nació en 233-234 y murió en Roma hacia el 305. Escribió mucho, aunque completas solo se conocen once de sus obras. Lo que cuenta sobre el sacrificio infantil figura en su texto sobre La abstinencia.
A continuación debe figurar la información recogida por Eusebio de Cesarea, en realidad nacido en Palestina hacia el 265 y muerto el año 340, pero sobre todo conocido porque ejerció como obispo en Cesarea y permaneció fiel a Constantino y a la ortodoxia del credo cristiano a partir del 313. Su obra narrativa de más interés está dedicada a la historia de la Iglesia, género del que se le considera creador, pero lo que quiso decir sobre nuestro asunto lo dejó escrito en su Preparación evangélica, una de sus apologías.
Termina la tradición en griego con la información recogida por Hesiquio de Mileto, quien vivió en Alejandría en el transcurso del siglo VI.
En latín arranca con Ennio, quien nació calabrés en 239 antes de nuestra era. De su biografía es relevante para el texto que nos ha dejado su militancia en el ejército romano durante la segunda guerra púnica. Tan distinguido fue su servicio de armas que, enviado a Roma, prolongó su dedicación a la República. Catón lo avaló entre las nobles familias influyentes, de las que eligió la de Escipión para por fin comprometer su fidelidad. Murió el año 169 y escribió unos Anales, dedicados a Escipión el Africano, en forma de poema épico muy extenso. Cantaba la historia de Roma hasta su edad y en origen tuvo dieciocho libros, pero de él solo se han conservado seiscientos versos.
La continúa Cicerón, de cuya afamada vida, que transcurrió durante la primera mitad del siglo I anterior a la era, siempre será lo más llamativo sus dotes para sobrevivir en un medio feroz sin llegar a estar seriamente amenazado, salvo por él mismo. En sus trabajos hay un par de referencias al sacrificio humano de los antiguos que se relacionan con nuestro tema. La primera está en el Pro Balbo y la segunda procede de Ad familiares, una colección de correspondencia a parientes y amigos reunida en dieciséis libros.
Sigue Quinto Curcio Rufo, quien vivió durante el siglo I posterior a la era, aunque las fechas precisas de los años de su vida se desconocen. Por su estilo y ciertas referencias parece contemporáneo de Claudio, el emperador que disfrutó de la plenitud de sus poderes durante algunos años a mediados de aquel siglo, y como tal es admitido. En su obra conocida, una Vida de Alejandro en diez libros, cuenta lo que sabe sobre el sacrificio infantil.
También proporciona información útil Plinio el Viejo, nacido en Novum Comum el año 23 y muerto el 79 en Stabiae, cuando estaba ocurriendo la colosal erupción del Vesubio. Movido por su curiosidad, fue a observarla, y tanto se acercó a ella que aspiró los gases que manaban de la montaña, que para él resultaron letales. Amigo de Vespasiano, de familia ecuestre, su trabajo diario fue el administrativo, aunque su preocupación fueron las letras. Mas por efecto de su incontinente afán erudito dispersó su actividad literaria en una variada poligrafía del todo desconocida, a excepción de la monumental Historia Natural, obra de treinta y siete libros. La tenía terminada antes del 77, el año en que se la dedica a Tito, en la que extracta unas dos mil lecturas, a decir del propio autor.
El siguiente es Silio Itálico, a quien algunos lo hacen originario de Itálica, donde Escipión asentara una colonia de veteranos tras la guerra contra Aníbal. Pero esta posibilidad se funda solo en el sobrenombre del personaje, si bien hay otro dato que redunda en su origen bético. En su biografía ha quedado establecido que creció en una ciudad amurallada de la Hispania meridional, la misma que había estado bajo el dominio de los Barca antes de la conquista romana. Nació hacia el año 25 y murió en el 101, tras sufrir una enfermedad que le forzaba a rechazar la comida. Vivió como funcionario poco ambicioso y rico que se complacía en la privada dedicación a la literatura. Su obra de interés es el largo poema titulado Púnica, en diecisiete libros, donde hablando de la guerra entre cartagineses y romanos dice lo que sabe sobre este asunto.
El siguiente eslabón de los textos latinos sobre el sacrificio infantil es la información proporcionada por Justino, quien vivió cuando los Antoninos gobernaron, el siglo II. Fue modesto autor de una Historia universal, en realidad largo extracto de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, hoy perdidas.
La información que proporciona Tertuliano es de las más valiosas porque nació en Cartago hacia el 155, la misma ciudad en la que murió en torno al 220. Hijo de un centurión, fue a Roma para estudiar, y allí, durante su primera juventud, ejerció de abogado y se hizo cristiano. Volvió a su África natal hacia el 195, ya entregado a la militancia religiosa, y en los años inmediatos escribió unos veinte textos, los más notables de los cuales dedicó a su nueva creencia, la materia por la que desde hacía tiempo se apasionaba. Su rigorismo moral lo fue apartando de la iglesia cristiana y lo hizo evolucionar hacia posiciones montanistas, por lo que cuantos textos escribiera después del 200 son ya alegatos religiosos radicales y polémicos. Tal vez el mayor honor que le pueda caber sea declararlo el iniciador de la literatura teológica de inspiración cristiana en latín, aunque para otros sea contarlo como el primer padre de aquella iglesia nacido en África. Pero para nosotros tiene más interés que encarne la supervivencia de la cultura púnica en el norte del continente meridional. Es en su obra maestra, la Apología, escrita en 197, donde deja registrado cuanto desea confesar sobre lo mucho que del sacrificio infantil debió saber.
El testimonio de Minucio Félix resulta asimismo apreciable porque se le tiene por un oriundo de África que vivió entre los siglos II y III, fue abogado y rétor y también se convirtió al cristianismo. Con toda probabilidad, fue el autor de una obra titulada Octavio, redactada durante el gobierno de Antonino Pío (138-161), la primera obra cristiana en latín que se conoce. Se trata de una ingenua controversia en defensa del cristianismo, en la que un pagano critica la nueva religión con objeciones vulgares a las que responde un cristiano con argumentos cultos.
Muy estimable es también lo que sobre el tema recibe San Agustín, otro hombre cuya vida, que transcurrió entre el año 354 y el 430, estuvo vinculada a los dominios de la antigua Cartago. En La ciudad de Dios, donde se interesa por destacar cómo han sobrevivido la lengua y los cultos cartagineses en el norte de África, toma nota de la creencia según la cual ciertos pueblos practicaban el sacrificio de niños.
Concluye la serie con Draconcio, también cartaginés de nacimiento, quien siempre vivió en África, en el transcurso del siglo V, cuando ya los vándalos ocupaban la región. Cristiano, redactó una alabanza al emperador de Bizancio tan desafortunada que le costó la cárcel, donde en demanda de piedad escribió al rey vándalo el poema que nos sirve de fuente.
Recopiladas y examinadas, ambas tradiciones resultan dos medios tan valiosos como limitados. Ninguno de los autores proporciona un cuadro completo de aquellos hechos. Tras su lectura, además es inevitable la impresión, más que de parcialidad, de haber conectado con tradiciones indirectas. Cualquiera de ellos se habría servido de informaciones de segunda mano.
Para decidir de la manera más rigurosa sobre el valor de sus contenidos, y poder optar por las afirmaciones contrastadas, he compulsado varias versiones de los textos que de cada autor he aislado. Desafortunada ocurrencia. Añaden un obstáculo preliminar al valor relativo de los contenidos. Las comparaciones llevan a la conclusión de que cualquiera de las dos tradiciones sigue siendo inestable, incluso después de los enormes esfuerzos hechos por las filologías clásicas. Buena parte de los textos está tan lejos de haber sido fijada que, dependiendo de cuál sea la versión que se lea, los contenidos de los relatos oscilan, y no es fácil reconocer como originarios de los mismos lugares párrafos de los cuales sus editores sin embargo confiesan idéntica procedencia.
Ante este cuadro, desconcertante para quien como yo se confía a los especialistas, porque tengo un conocimiento muy limitado de las lenguas en que originalmente fueron escritos, solo me queda optar, frente a la cita literal, que aparenta ser más rigurosa, por la versión del original lo más fiel posible, ya que no a las palabras, a las ideas expuestas.
Aplicando este procedimiento, he llegado a unos textos que respetan todo lo posible la letra de las lecciones recibidas, tal como son aceptadas por las ediciones compulsadas. Tienen sobre las versiones literales la ventaja de la claridad, incluso de la más modesta sensatez en algunos casos. Siempre he hecho prevalecer el texto concordado y con sentido cuando el respetuoso con la letra era más oscuro. He sacrificado la incertidumbre a la interpretación, que por ser siempre una decisión favorable a uno de los caminos posibles, aquel que honradamente se cree el más acertado, incluye naturalmente el riesgo del error, que no solo acepto, sino de cuya segura existencia derivarán reticencias que desde este momento son admitidas con la resignación que debe corresponder a cualquier atrevimiento. En compensación, al menos he podido disponer de una serie de textos cuya lección puedo dar por cerrada y así avanzar en el análisis de ambas secuencias.
Interpretados los textos, persiste la impresión de estar leyendo información poco sólida y muy reiterada, y que la síntesis de los hechos que puede hacerse contiene relatos que sin discusión no merecen confianza alguna. Por tanto, es necesario verificar cuáles son informaciones dignas de crédito, porque procedan de testimonios directos o de fiabilidad contrastada, y cuáles por el contrario son datos secundarios y por tanto merecedores de menos atención.
A partir de aquí, ya solo quedaría enfrentar el inevitable problema de la veracidad. No solo es necesario aceptar que no se puede admitir indiscriminadamente toda la información proporcionada por los testimonios. En este caso hay que aplicar este principio de la manera más exigente porque es necesario resolver hasta qué punto la idea sobre el sacrificio al que en la antigüedad eran entregados algunos niños puede haberse perdido en un pequeño laberinto de lugares comunes, y a cuya salida, finalmente, no hay nada.
Para ello, es imprescindible intentar una reconstrucción del árbol de sus relaciones con la mayor precisión posible. Pero con el estado en el que nos llegan los textos antiguos sostener una demostración de originalidad no es fácil, así como probar que un autor ha leído a otro y lo sigue es tarea en la mayor parte de las ocasiones condenada al fracaso. Solo los más íntegros citan sus fuentes, y no todos los que hoy admitimos como autores dignos de admiración se pueden contar entre estos. Sobre todo los latinos, versionan una y otra vez los textos recibidos sin citar procedencia ni respetar autoría.
Para probar la lectura de uno por otro, sin más medios positivos que unos enunciados todavía inestables, solo hay un indicio en el que se pueda confiar, quizás en apariencia no tan irrefutable como la mención literal, pero de una enorme solidez. Que dos autores digan lo mismo sobre el mismo asunto demostraría directamente que uno está leyendo a otro, si no es posible aportar prueba alguna en cualquier sentido. Las posibilidades que abre la combinación de las palabras son tantas, aun tratándose de la exposición de las mismas ideas, que hay que excluir de antemano que dos frases coincidan en su expresión, cuando quienes escriben no han tenido el menor contacto entre sí. No se trata de la similitud de términos y sintaxis, la cual, aunque se descuidara la mención de la fuente, sería evidente demostración de servilismo. Es sobre todo limitarse a un horizonte de palabras, que demuestra incapacidad para informarse sobre un asunto más allá de lo que ofrece el texto que se está siguiendo.
Aunque no se acostumbre utilizar medios para advertirlo, la reiteración de frases de contenido similar es prueba directa de vínculo literal. Si se da la circunstancia de que un autor escribe lo mismo que otro que es posterior a este en el tiempo, la conclusión obligada debe ser que el más reciente sigue al más antiguo. Esta manera de proceder me parece más segura que la referencia, más aún cuando a nadie puede sorprender que los autores se citen unos a otros sin declararlo, y la demostración de copia que resulta críticamente más exigente. Cuando se expresa la misma idea, aunque se utilicen palabras diferentes, el vínculo entre los textos se puede demostrar. El mejor procedimiento para llegar a conclusiones seguras sobre el parentesco de primer grado entre palabras, o filología, es pues seguir el rastro imborrable que dejan los lugares comunes.
Consecuencias de los errores diplomáticos
Publicado: marzo 10, 2017 Archivado en: Gedeón Martos | Tags: constitución Deja un comentarioGedeón Martos
Aunque fuera ya en la ancianidad cuando con más facilidad sus mujeres consiguieron que el corazón del rey se inclinara a otros dioses, Salomón, según su contemporáneo Ajías de Silo, finalmente se había postrado ante Astarté, diosa de los sidonios, ante Kemós, dios de Moab, y ante Mólek, dios de los ammonitas. Para Astarté había construido un alto, mientras que a Kemós y a Mólek, Melek o Milkom había consagrado sendos santuarios mediante la erección de un altar; si bien otras fuentes señalan que a ellos también sendos altos fueron dedicados, y que decisiones similares había tomado para satisfacer a todas las demás esposas extranjeras que quemaban incienso y hacían sacrificios a sus dioses.
De este modo entre los hebreos se impuso la tendencia al sincretismo y a una abierta idolatría, y en Jerusalén los altares a los dioses extranjeros terminaron siendo ciento. El lugar donde se concentraron tantos santuarios o lugares altos fue un monte situado frente a Jerusalén, según el texto sagrado, una elevación que hoy muchos localizan al este de la ciudad primitiva. Para unos todos los indicios aconsejan identificarlo con el monte de los Olivos, mientras que otros prefieren situarlo al sur de este. Pero muchos coinciden con que debe asimilarse a aquel que fue justamente llamado Monte del Escándalo. No obstante, el santuario de Gabaón, erigido antes, siguió siendo el mayor de los lugares altos en tiempos de Salomón, según el Libro primero de los Reyes. En su capítulo tres hace la primera mención del santuario, que entonces debió tener una notable preeminencia.
Una acusación de infanticidio, tal vez relacionado con la prostitución sagrada, completa el cuadro de las torpes inclinaciones a las que dieron origen tan graves errores diplomáticos. A Salomón acudieron dos prostitutas y se presentaron ante él. Una de ellas dijo que las dos vivían en la misma casa, y que ella había dado a luz estando ambas en su vivienda. A los tres días del alumbramiento, la otra mujer también había dado a luz. Seguían las dos juntas, solas, sin que ningún extraño hubiera en la casa, y una noche el nacido más reciente murió porque su madre se había acostado sobre él, según declaró la otra mujer.
Se enojó Yavé con Salomón, que había desviado su corazón del dios del pueblo elegido, a quien se le había aparecido dos veces y le había ordenado que no fuera en pos de otros dioses. Para zanjar las diferencias, porque ya no le servía con lealtad le dijo: “Porque de tu parte has hecho esto y no has guardado mi alianza ni las leyes que te ordené, voy a arrancarte el reino para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré sin embargo durante tu vida, en memoria de David, tu padre. Lo arrancaré de mano de tu hijo. Mas no lo desposeeré del todo. Le dejaré una tribu, en atención a David, mi siervo, y porque he elegido Jerusalén”.
Para que la vida pública de la próspera comunidad, constituida por las tribus establecidas en Canaán poco antes, desembocara en tan detestable desastre ocurrió, según la escritura, lo siguiente. Aún reinaba Salomón cuando salió Jeroboam, hijo de Nebat, de Jerusalén, y se encontró a su paso en el camino al profeta Ajías de Silo. Iba este cubierto con un manto nuevo, y junto a él caminó. Ya estaban los dos solos en el campo cuando, sin mediar palabra, sin que hubiera razón aparente para que obrara de aquel modo, tomó Ajías el manto que lo cubría, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboam: “Toma para ti diez jirones, porque así dice Yavé, dios de Israel: ‘Voy a hacer jirones el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus. Le quedará la otra tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus […]. Porque me ha abandonado y se ha postrado ante […] [otros dioses ] […], y no ha seguido mis caminos, haciendo lo que es justo a mis ojos, ni mis decretos, ni mis sentencias como su padre David ’ ”. Para el momento en que hablaba Ajías la tribu de Judá, la que permanecería en la casa de David, ya había absorbido a Simeón, por lo que para obtener el total de tribus que formaban la comunidad en vez de doce habrá que sumar solo hasta once. De este modo el profeta transmitió a Jeroboam las palabras de Yavé que pronosticaban que sería el primer rey de Israel.
A la muerte de Salomón el reino efectivamente quedó dividido en dos, Israel al norte y Judá al sur, y tal como había adelantado Ajías la secesión de Israel arrastró a la mayor parte de las tribus. Esta fue la consecuencia institucional de aquel momento crítico en la historia de los hebreos, cuya consumación se fecha hacia 922. A partir de entonces reinaría Jeroboam entre las gentes que desde aquel momento serían reino de Israel -diez tribus discrepantes con la monarquía que antes se había instituido- hasta 910, por lo que propiamente a partir de ahora tendría que ser conocido como Jeroboam I de Israel. Por su parte, el legítimo Roboam, hijo y heredero de Salomón, sería contra su voluntad el origen del reino de Judá, fracción del pueblo elegido en la que se integraban solo las dos tribus restantes, bajo la hegemonía de la que da nombre al estado, sobre el que reinó también desde 922 hasta 911. Además, con Roboam se iniciaría la costumbre que durante siglos se mantuvo sobre la unción de los reyes. Todos sus sucesores en el reino de Judá fueron ungidos en el patio del templo que Salomón había mandado levantar en Jerusalén.
La crisis fue una consecuencia o, en la más prudente de las explicaciones, parte componente de hechos provocados por las desviaciones religiosas. Por esta causa en 922 la comunidad que Salomón había gobernado sufriría las disensiones que darían origen a los dos reinos. La contaminación de los principios teológicos del reino, a consecuencia de los errores diplomáticos por Salomón, habría justificado una secesión que pudo satisfacer la ambición de poder de hebreos excluidos de la sucesión al trono. Parece que el Ajías que protagoniza el encuentro con Jeroboam fue en realidad un conspirador entregado a la tarea de derrocar a Salomón, o al menos así se ha interpretado su papel en aquellos acontecimientos. Es probable que actuara como representante de cierta corriente antimonárquica, ya muy activa, a la que tantos profetas con el tiempo, por razones muy comprensibles, pertenecieron.
El alcance de la secesión, con ser crítico para los hebreos, se incrementó gracias a que alcanzó a las relaciones internacionales, como consecuencia de la actitud adoptada por Sesonq, el rey egipcio, el primero de la vigésimo segunda dinastía, quien mantuvo la responsabilidad de aquel antiguo gobierno entre aproximadamente 945 y 924. La escritura sagrada ve la iniciativa de Sesonq como un efecto de la infidelidad heredada por Roboam. Rey y Judá habrían hecho el mal a los ojos de Yavé, cuyo celo irritaron más aún que sus padres por tamaños pecados constantemente cometidos. Todas las abominaciones de las gentes que Yavé había arrojado de delante de los israelitas hicieron las gentes de Judá. Aunque lo peor no sería la abominación de Roboam y los suyos, sino aquel castigo que habrían recibido a consecuencia él y el pueblo todo.
Pero esto no explica la intromisión del rey de los egipcios. El antecedente más remoto de la crisis habría sido el apoyo de Sesonq a Jeroboam, una parte de la crisis que sin embargo aún no es posible esclarecer a satisfacción. Hay analistas que sostienen que Jeroboam, defraudada al principio su ambición, se vio obligado a huir de junto a Salomón y habría elegido para refugiarse la corte de Sesonq. Si el faraón no actuó como instigador directo de las decisiones secesionistas, sí parece que acogió de la manera más favorable a Jeroboam. De ahí derivarían unas relaciones entre Sesonq e Israel, cuando este quedó constituido, que serían preferentes. Incluso hay quienes piensan que habría sido a instigación de Jeroboam que Sesonq decidiera atacar el reino de Judá.
Pero aunque las intenciones de Sesonq para con el nuevo reino aparentaran ser amistosas, otros creen que en realidad estaba esperando una oportunidad para apoderarse de su país, muy codiciado por Egipto. Era territorio de cuyo control el gran estado africano nunca había desistido, e incluso es probable que hasta entonces no hubiera escapado del todo a su dominio. Al menos Sesonq llegó más lejos de lo que cualquier relación amistosa permite prever, y decidió actuar por cuenta propia. Abierta la crisis que terminaría con la división del reino de Salomón en dos, Sesonq, para oponer su fuerza a la potencia que con David había aparecido en la región, aprovecharía para invadir sus tierras. A pesar de su previa amistad con Jeroboam, el rey africano no habría dejado pasar la oportunidad que le ofrecía la debilidad militar del pueblo elegido una vez escindido en dos reinos. Sus decisiones, abierto el frente norte, serían el origen de la parte de la crisis que resultó realmente más peligrosa.
Aunque los elementos de juicio disponibles permiten dudar de esta teoría de las causas de la crisis, lo cierto es que todo el territorio de la antigua monarquía unitaria, y aún más, como consecuencia de la mutua debilidad a la que se habían condenado los dos reinos de los hebreos, por igual hubo de sufrir entonces la agresión de Sesonq. De aquella región lo asoló todo, y parece que precisamente fueron Edom, la entrada al sur, e Israel, el nuevo reino de Jeroboam, al norte, los que hubieron de soportar los golpes más duros que la invasión llevó a aquellas tierras.
La fecha en la que ocurrió al menos el momento de mayor empuje de la invasión no es posible precisarla de manera indiscutible. Unas fuentes resuelven refiriéndola al año quinto del rey de Judá. Como una parte de los intérpretes cree que el reinado de Roboam comienza en 931, esto daría como resultado el año 926, cálculo compartido por algunos que proceden a partir de datos diferentes. Pero otros, utilizando aquella misma referencia al quinto año de Roboam, creen que el año de la invasión corresponde a una fecha hacia 930. Mas todavía hay quienes, partidarios de las cronologías bajas, piensan que el faraón Sesonq invadió Palestina en el año 925. De este modo resultaría para la operación bélica una banda cronológica comprendida entre 930 y 925.
Ninguno de estos cálculos haría verosímil el cisma como estímulo de la iniciativa egipcia, supuesto que en general se acepta que aquel hecho decisivo habría ocurrido en torno a 922. Sería por tanto admisible, para estos hechos, pensar primero en una reiteración de campañas que se prolongarían durante más de un año, y segundo que tal vez un quinquenio más adecuado para encuadrar tales acciones fuera el comprendido entre 925 y 920. De lo contrario, y habida cuenta de que los cálculos más autorizados prefieren el anterior, sería necesario rechazar el año 922 como año del cisma, o evitar este como motivo de aquella iniciativa militar. Cualquiera de estas posibilidades, no obstante, complicaría el análisis hasta ahora admitido, desde las causas sobre las que se ha especulado hasta los costes que para el territorio objeto de nuestro interés pudo tener, hasta un extremo que obligaría a decenas de exposiciones sustitutorias de la que estamos presentando, quizás útiles como ejercicio pero no satisfactoriamente explicativas.
Los movimientos de las tropas egipcias durante aquella campaña, o al menos en el año de mayor actividad, han sido reconstruidos en sus rasgos generales. No solo están autorizados por la escritura sagrada, sino también por la epigrafía egipcia, lo que permite componer un escenario de mayor complejidad, y que corrige bastante la idea que de seguir solo la primera fuente se obtendría.
Una gran escena grabada en el muro sur del templo de Amón en Karnak muestra al faraón como vencedor. Aunque los egipcios no consignaron por escrito los resultados de esta campaña, allí grabaron una lista fragmentaria de las ciudades conquistadas por Sesonq que atestiguan las noticias de estos acontecimientos. No hay duda de que la lista proporcionada por los muros de Karnak, que aun siendo parcial enumera ciento cincuenta ciudades sometidas en Siria y Palestina, exceden lo que realmente ocurrió. Pero los nombres de lugar esculpidos sirven para reconstruir una secuencia de movimientos verosímil.
El objetivo estratégico de aquellas acciones habría sido recuperar el control de la ruta comercial consolidada, la que seguía la costa mediterránea y cruzaba la llanura de Esdrelón hasta alcanzar las tierras fenicias. Habría subido Sesonq por la costa hasta Gaza, y desde allí llegado hasta Gezer, que se convertiría en la base de sus operaciones en Palestina. La primera incursión importante hacia el interior del país alcanzó hasta Gibeon, al este, a donde llegaron dos expediciones paralelas, una siguiendo una ruta más al norte, a través de Aljalon, y la otra pasando por Rabbah. A partir de Gibeon los invasores, de nuevo formando un único cuerpo expedicionario, fueron trazando un amplio circuito por todo el país, de sur a norte por el interior, y luego de norte a sur cerca de la costa. Las principales estaciones de su recorrido fueron Siquem, en pleno Israel; Penuel y Mahanain en la Transjordania; Beth-Shean y Shunem, de nuevo a este lado del Jordán, y sobre todo Megido, a la que llegaron pasando por Taanac y que probablemente fue, por el interior, el límite norte de aquella operación. Desde Megido emprenderían la ruta oeste de descenso, paralela a la costa, que les llevó de nuevo a Gezer. Así resultaría que Sesonq efectivamente habría invadido no solo Judá sino también Israel.
Pero ni israelitas ni judíos permanecerían impasibles ante la agresión egipcia. Es muy probable que Roboam, el rey de Judá, como más inmediatamente concernido, poco después de aquellas acciones fortificara la línea fronteriza del sur, con seguridad como prevención contra las iniciativas de los invasores meridionales. Las quince ciudades que a este propósito cita el Libro segundo de las Crónicas, que habrían sido dotadas de medios de defensa pasiva por entonces, es posible que sean la prueba explícita de las medidas que tomara el reino de Judá para prevenir la amenaza de invasión del monarca egipcio.
Mas ninguna de las iniciativas contra la invasión, ni las que hubieran podido preverse antes de las acciones que Karnak permite reconstruir, ni cualquiera de las posteriores, incluidas todas las labores de fortificación, impidió que las ciudades de primer orden de los hebreos sufrieran aquellas agresiones. La fuente arqueológica contribuye a precisar esta parte de los acontecimientos registrados por los textos. El final del nivel correspondiente al cambio de milenio en los yacimientos de Palestina aparece con frecuencia señalado por una destrucción violenta, cuya causa principal puede ser atribuida sin dificultad a los acontecimientos de los que tratamos.
Que en las pesas de uno, dos, cuatro y ocho sheqeles, encontradas en la tierra del que fuera reino de Judá por los arqueólogos, los números aparezcan indicados en escritura hierática se tiene por signo de al menos la influencia de Egipto sobre la administración real de Judá entonces. A las invasiones directamente puede ser atribuida la destrucción en aquellas fechas de la ciudad de Dor, en la costa israelí, que correría la misma suerte que otras dos grandes ciudades del mismo reino, Megido y Beth-Shean, aunque ambas, por máxima lejanía del invasor, creyeran ser más seguras. Por proximidad el mayor grado de devastación tal vez lo sufriera el sur de Judá, así como sus principales núcleos de población, y no hay ninguna duda de que Sesonq fue contra Jerusalén, la capital de aquel reino, e incluso se admite como hecho demostrado que llegó a conquistarla.
El rey egipcio se habría conducido, en esta ocasión cuando menos, de manera aceptablemente magnánima. Aunque gracias a la conquista de Jerusalén consiguiera imponerse a la debilitada monarquía de Judá, finalmente la habría perdonado, porque respetó la ciudad y evitó saquearla. Pero a cambio habría exigido una indemnización tan fuerte que habría sido preciso recurrir a los respectivos tesoros del templo y de la casa del rey o palacio, en una proporción que la crítica estima comprendida entre grandes cantidades y la totalidad. Tal vez sea más exacto decir que Roboam consiguió impedir que Sesonq saqueara Jerusalén entregándole, por completo o parcialmente, los mencionados tesoros. No falta quien, a pesar de todos los indicios, opina que en realidad Sesonq se apoderó de aquellos tesoros sin más contemporización, en todo o en parte, a título de botín.
Gracias a las valiosas palabras de la escritura sagrada se puede al menos obtener, si no una respuesta arbitral, una idea del alcance de aquellas deducciones al patrimonio del templo de Jerusalén. Entre los apreciados bienes de los que Sesonq se apoderó estuvieron con seguridad los famosos escudos de oro mandados hacer por Salomón con destino a su gran obra. Pasadas la ocupación y el saqueo, para sustituirlos Roboam se vio en la precisión de encargar otros de bronce, convencido de la utilidad que aquellos objetos tenían como símbolo de la monarquía. Los confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada a la casa del rey; la guardia real, cuyos miembros en ocasiones eran distinguidos con la expresiva denominación de corredores de escolta del carro del rey. Cuando el rey entraba en el templo, la guardia los llevaba y después los devolvía a la sala de armas de aquel cuerpo de protección.
El botín conseguido en estas expediciones militares permitió a Sesonq y a sus sucesores proseguir el ambicioso programa de construcciones que se propusieron. Sin embargo, la impresión de fuerza y poder que dejaron tras de sí sus campañas no se correspondía con un equipamiento militar sólido. Egipto no sería capaz de hacer frente poco después a los ejércitos asirios. Asaltar una debilitada Jerusalén era una cosa, pero resistir a la poderosa Asiria otra muy distinta.
Diplomacia de Salomón
Publicado: octubre 22, 2016 Archivado en: Gedeón Martos | Tags: constitución Deja un comentarioGedeón Martos
El paso por la tierra de Salomón dejó un rastro imperecedero. Fue el primero de los ungidos, a partir de él la unción representó el don singular de quien encarnaba la Monarquía. El aceite perfumado de aquella primera ceremonia proclamó que era el elegido de su dios, y desde entonces fue el símbolo de la condición sobrehumana de los reyes.
Con su gobierno el reino único para el pueblo elegido alcanzó su plenitud. Heredero de su padre, el rey David, la posición que de él había recibido era lo bastante sólida como para no recelar de la estabilidad del orden institucional por este creado y que su estirpe encarnaba. Decidió engrandecerla anudando vínculos con quienes representaban la mayor fuerza en la región, una idea que le aconsejó que en las relaciones con las potencias vecinas debía dar preferencia a los lazos con Egipto, al sur. Para satisfacer aquel objetivo tuvo la iniciativa de contraer matrimonio con una hija de su rey, y aceptó las correspondientes responsabilidades.
Para el reino que gobernaba Salomón eran muchos los beneficios que podían derivar de aquellos lazos. Gracias a ellos, pudo importar el sistema administrativo que daba estabilidad al gobierno vecino. Con el propósito de delegar en ellos la responsabilidad de sus gestiones, mientras concentraba sus esfuerzos en audiencias y consejos, el rey sabio mandó llamar a escribas duchos en el manejo del jeroglífico. También promovió un control del territorio inspirado por el centralismo, que igualmente para la monarquía meridional era un medio eficaz para garantizarse sus dominios. Aunque carecía de tradición entre las tribus de los hebreos, hasta poco antes errabundas, bastó con que el país del que el rey de los hebreos se enseñoreaba fuera ordenado en los doce distritos que las replicaban, y que la identidad que por la sangre adquirían la colmaran con la ocupación de la tierra.
Incrementada así la confianza entre las partes, pocos años después pudo poseer carros tirados por caballos, ingenio bélico concebido por la potencia egipcia con el fin de asegurarse en las contiendas la victoria. Salomón, consciente de las consecuencias que aquella innovación tenía en el equipamiento de sus tropas, no dudó en adaptar su ejército a las fórmulas orgánicas propias de la eficaz milicia meridional, cuya capacidad ofensiva venía avalada por siglos de sangre y arrasamiento.
El amistoso gesto abrió las puertas para que las relaciones directas con el sur se cargaran también con la mediación en la venta del armamento procedente de África. La adquisición de carros de combate, comprobadas las ventajas de su posición relativa, al rey sabio le valió también la conciencia del peso que a su reino podía convertir en una potencia regional, y a sus poderes sumó su rédito estratégico. Se convirtió en un puente necesario para el provechoso intercambio del singular medio de guerra entre los territorios que quedaban al sur, donde tenía sus instalaciones el fabricante del ingenio bélico, y los del norte, un comercio que no podía dejar de ser lucrativo para nadie.
Más adelante, saldada con tan sólidos beneficios su inclinación al sur, Salomón ensayó contrapesar la balanza de sus relaciones exteriores. Sin repudiar lo que ya había convenido, llegó a acuerdos para la cooperación comercial con las activas ciudades de la costa de Levante. Con su peculiar perspicacia, aceptada la consolidada preeminencia que tenían en el campo del comercio por el mar, alternaba con ellas fases de estrechos intercambios con periodos de relativo desinterés, lo que incentivaba la encendida astucia traficante de los calculadores semitas. Contaba en su favor con que siempre sería pacífica, porque los de Levante, frágiles y reducidos a sus playas, habían renunciado a la guerra. La más remuneradora fue la que anudara con Hiram de Tiro, coetáneo y solidario igual de Salomón, rey de la primera de las ciudades del litoral. En aquel tiempo, Hiram completaba su gran programa político con un gran programa de construcciones, concentrado en la fundación de muchos y sólidos templos, cuyas obras patrocinó cuando ya su dios principal era un trasunto de él, justamente llamado Melqart, en su lengua el rey de la ciudad, su genial invención, una de las tentaciones que pondría en crisis la condición semidivina de Salomón.
Al acrecentar sus posibilidades para el movimiento de bienes gracias a las preferentes relaciones acordadas con quienes poseían experimentadas flotas mercantes, el oro y otros géneros preciosos empezaron a llegar a sus territorios desde Arabia. Por sus rutas interiores eran enviados hacia el sur, parte del país de Ofir, desde cuyo centro, en el cuerno de África, con otras mercancías eran reenviadas a Levante a través de vías terrestres, lo que por su posición reportaba toda la ventaja al reino de Salomón. La parte interior de las rutas árabes estaban entonces bajo el control de la seductora reina de Saba, a cuyos encantos, con el fin de sellar sus intercambios, no tuvo inconveniente en rendirse.
Comprobadas los beneficios de las relaciones que se habían levantado sobre el deseo, Salomón apuró hasta el límite de sus fuerzas el recurso a tan satisfactorio medio. Él, que en todo fue grande, también en esto resultó el más excepcional de los reyes. Después de la hija del rey de Egipto, una vez que había disfrutado las bendiciones de su primera iniciativa matrimonial, y había pasado por la abrasadora relación con la reina de Saba, decidió tomar muchas más esposas. Tan impetuoso fue el impulso dado a una política exterior tan bien concebida que poseyó en total a setecientas mujeres con rango de princesa, aparte sus trescientas concubinas.
Tal vez pudo aspirar a disponer de un harén tan bien poblado por alcanzar la fama, porque así lo pedía la costumbre impuesta entre los hombres poderosos de su tiempo, para quienes poseer un gran harén era señal de lujo y fuerza. Sin embargo, en favor de su portentoso acopio actuó igualmente aconsejado por razones políticas, a fin de sellar alianzas y consolidar relaciones amistosas con cuantas naciones pudiera entenderse. Sus cientos de esposas eran también mujeres de otros pueblos, de muy distintas procedencias. Unas eran moabitas o amonitas, otras del país de Edom y otras de la justamente afamada ciudad de Sidón. También con mujeres hititas y otras egipcias se desposó.
El imprevisto fue que Salomón se apegó a sus muchas mujeres extranjeras y las amó, y a causa de aquella inclinación favoreció el culto a dioses extranjeros. Fueron llegando a su palacio al mismo tiempo que las esposas procedentes de otras naciones, según se iban incrementando los éxitos diplomáticos de su reinado, que nadie no admiraba. Y cuando el rey ya había llegado a la ancianidad, parte de la vida en la que todas las fuerzas desisten, con más facilidad sus mujeres conseguían que el corazón del rey se inclinara a otros dioses.
A partir de entonces ya no fue por entero de su dios, a quien tanto había servido. Solo confusión y sincretismo absurdo derivó de su senil debilidad. Porque no había guardado las leyes que estaban en el origen de su reinado único, las que tenían un inequívoco origen divino, provino una crisis. Un intento de sublevación protagonizado por Jeroboam, justificado por tan sedicioso desvío, aunque finalmente fracasara acabó con la armoniosa convivencia con su aliado preferente. Jeroboam, ya enemigo declarado de Salomón, había elegido para refugiarse, una vez defraudada su ambición, la corte del rey del sur, donde fue bien acogido.
Lamentablemente ninguno de estos hechos ha sido consignado en documentos escritos en la lengua jeroglífica. Pero los registrados en el texto sagrado, más aquellos que pueden ser corroborados con testimonios de los anticuarios, prestan a cualquiera de las posibilidades con las que hemos especulado la pasable verosimilitud que le otorgan las palabras.
Canaán
Publicado: junio 25, 2015 Archivado en: Recopilador | Tags: constitución Deja un comentarioRecopilador
Hay que reconocer que quienes con generosidad inmolan su esforzada vida activa para acrecentar cuanto pueda saberse sobre la antigüedad anterior a la invención de la escritura trabajan con escasísimos medios de enjuiciamiento. El principio de autoridad, en muchas ocasiones, cuando deben conjeturar, se les impone, antes incluso de que estén en condiciones de accionar criterios propios que les permitan llevar a otro lugar sus propias observaciones. La fortuna previsible para las teorías del admirable Gordon Childe puede ser a este propósito una excelente lección. Es el autor de las ideas sobre el neolítico que ya deben ser consideradas patrimonio de la cultura humana en absoluto. Mas están fundadas en principios del comportamiento humano que casi excluyen la inteligencia del ser racional, y en generosas cronologías que ni aun fundadas en los más flexible criterios geológicos pueden ser tan titánicas. Llegará el día, si es que no ha llegado ya, en que tales frágiles principios quiebren, no obstante ser encomiable su resultado teórico, y seductora su lectura.
Pero, sin discutir el fondo de esta teoría, para comienzos del tercer milenio desprendimientos del supuesto tronco común semita ya consumados, así como los movimientos autónomos de los grupos independizados, son dados por seguros dos. Se sostiene aún de modo que en lo fundamental no es discutido que fue el de los acadios el primero, precisamente. Luego también habrían emprendido su inevitable marcha del grupo original, como el hijo que ha crecido y del padre debe separarse, los amorritas, que durante el tercer milenio están ya asentados en Siria, para luego al menos en una parte aventurarse en una incursión por la región de los dos ríos, la misma que les habría llevado nada menos que a innovar su geografía con la fundación de Babilonia, hecho de cuya trascendencia sin embargo no debe juzgarse por lo que tiempo después ocurra. De lo contrario podría incurrirse en abusos como el que justamente perseguimos.
Para proporcionarse estado de certeza, quienes han tratado del origen de estos pueblos y de sus movimientos solo la información escrita han tenido por ahora como autoridad, porque siendo la más precisa ha sido el criterio de la lengua el que hasta aquí se ha usado para aprobar la segregación con identidad propia de unos y otros pueblos. Y ocurre que la información escrita, para aquel momento, y aun para casi todo el tercer milenio, está concentrada en el área cultural sumeria, la zona en general correspondiente a la baja Mesopotamia, porque de allí es originaria la escritura. A lo largo del cuarto milenio había sido creado en Mesopotamia un sistema de contabilidad que terminó dando origen a la escritura. Pictográfica en un primer momento, cuya fecha se puede estimar hacia 3200, a finales de aquel milenio alcanzaría el estadio de la escritura fonética, el que permite que los signos copien la lengua. A partir de entonces fue posible dejar constancia del objeto de una transacción no solo mediante su imagen, sino también mediante su desdoblamiento como nombre; y otros nombres, y verbos, y hasta expresar ideas completas consintió. Cupo también a Uruk la fortuna de ser el lugar donde tuvo su origen la escritura que con el tiempo sería llamada cuneiforme.
Como es indiscutible que la lengua acadia es la primera versión escrita de la lengua sumeria, a su vez la primera que fue puesta en cuneiforme en Mesopotamia, ha sido establecido como algo cierto que los acadios, que sin duda son grupo independiente porque toman su nombre de una ciudad que no puede ser más que un hecho de población separado, como dejan rastro de una lengua con seguridad semita, tuvieron que ser los primeros desprendidos del supuesto tronco común que hasta entonces sería aquel pueblo; imagen del árbol injertada con avisada previsión para la posterior lección demostrativa del parentesco entre las lenguas que genéricamente así son llamadas. Es un orden supuesto para los hechos que está basado en una abusiva aplicación retrospectiva de un acontecimiento, porque la consecuencia extraída no mantiene ninguna relación de necesidad con la premisa. Otro medio para precisar el origen de los semitas en la región de Mesopotamia debiera ser usado, porque el de la escritura, que es cierta cuando es leída, no es por sí concreta precisión del tiempo. Al contrario, es natural propiedad de lo que escrito queda pasar el tiempo.
Una derivación de la existencia del acadio, de cuyo interés habrá ocasión de juzgar según vaya siendo necesario desplegar cada explanación que el dilatado problema de las prácticas del tofet exige, es otro hecho que sí está legítimamente fundamentado. Palestina empezó a ser en parte una porción del mundo semita a fines del tercer milenio porque también fue comunicada con la cultura escrita a través de aquella lengua. Ya sabemos que es probable que estuviera en el mundo de la escritura jeroglífica desde antes, aunque testimonios decisivos, como en el caso de Biblos, no haya. La proximidad lo permitiría y habría que tomarlo por una consecuencia esperable en un mundo en el que mientras las relaciones fueron con preferencia terrestres tenían que ser lentas. Pero probablemente la recepción de la escritura jeroglífica fuera en Palestina más casual y exógena que en este otro caso. En aquella región han sido encontradas tablillas escritas en lengua acadia en estratos con seguridad fechables en los tiempos de los que ahora hablamos, de modo que como juzgamos correcto es el yacimiento el que proporciona la seguridad cronológica y no la escritura.
De ahí han sido extraídas consecuencias sobre el poblamiento semita de Palestina que, si bien tampoco son definitivas, sí están sostenidas sobre la base cierta del testimonio escrito bien datado. La deducción que a continuación presentamos, siempre que se mantenga en los límites de lo posible y no sea argumento al servicio de la exclusión de otras gentes que pudieran haber poblado aquella tierra, es admisible. Puede en consecuencia aceptarse como algo adecuado la denominación Canaán, desde 2100 como muy tarde, para la mayor parte del territorio de Palestina. Aceptar así determinada tradición literaria, si bien puede que no sea del rigor que guste, no estorba al fin propuesto, y tiene la ventaja de que separa con una palabra distinta para el texto, no tanto lo que pudo ser un cambio en los acontecimientos, sino un tiempo nuevo. Por la misma razón también debe ser admitido que para entonces ya allí podían existir habiru o apiru, apelativo étnico que bien podría serle adjudicado a aquella parte semita de la población palestina, y que muy probablemente pudo dar origen a la palabra hebreo de los textos que tienen su origen en la literatura sagrada. El nombre Israel, que por ahora relación cierta ninguna mantiene con cualquiera de los asuntos de los que estoy hablando, solo es conocido como nombre individual durante el tercer milenio en Ebla.
De nuevo sobre Mlk
Publicado: junio 12, 2015 Archivado en: Calixto Alencar | Tags: constitución Deja un comentarioCalixto Alencar
Aunque los textos de los monumentos funerarios cartagineses sean lacónicos, el análisis filológico se las ha ingeniado para apurar la información que contienen. Entre los estudiosos que han llevado al límite tan hermética colección textual, destaca Paul G. Mosca, especialista en epigrafía púnica. Docente a principios de los noventa en la universidad de la Columbia británica, escribió una tesis, que presentó en Harvard en 1975, a la que puso por título El sacrificio infantil en la religión cananea e israelita: un estudio sobe Molk y MLK. En ella estudió las inscripciones de las estelas de los tofets, aprovechando la feliz circunstancia de que a partir del siglo cuarto el material epigráfico que suministra la arqueología es muy abundante. Una insistente fórmula votiva, asociada al criterio de cantidad, se vuelve así un precioso aliado que permite nuevas conclusiones. Su radical importancia deriva, además, de que por primera vez intentó reunir en un solo análisis todas las tradiciones textuales supervivientes, las clásicas pero también la púnica rescatada, y con él dar respuesta concordada a los principales problemas que plantea la arqueología de Cartago.
En su opinión, lo que tiene mayor interés para avanzar en el conocimiento de los ritos del tófet es la lectura acertada de los tipos de ofrenda, según los nombres que para ellos usan las inscripciones. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, antes de pasar examen a la galería de interpretaciones, que cualquiera de las lecciones que se han ensayado parte de que era un sacrificio el principal acto del rito. Semejante punto de partida no debe considerarse una realidad demostrada, ni por tanto las lecturas de esta parte de los textos definitiva. En conjunto, las fórmulas solo evidencian que existieron ritos privados, cuyo sentido exacto se nos escapa, fijados en monumentos que se presentan como ofrendas individuales y se justifican como don, regalo, promesa o prestación a cambio de una gracia recibida. Pero nada más.
La lectura más llamativa, y de más gravedad en relación con los ritos de los tofets, ha sido la de la palabra molk, leída con un significado muy comprometido. Parece que la palabra solo es usada en el tófet de Cartago, donde aparece con la epigrafía de los monumentos funerarios, aunque la palabra molk es mencionada con frecuencia en el Antiguo Testamento. Por eso fueron los filólogos de la Biblia los que tomaron la iniciativa. Vocalizaron mlk, según la tradición admitida, moloch, y aplicaron a su interpretación, antes de que decidieran sobre el sentido definitivo de la palabra, lo que dice el texto sagrado. Que los judíos antiguos, en ciertas épocas, discontinuas y de distinta duración, adoraban a una divinidad extraña a la religión de Yavé, el dios que en el texto recibido es llamado Moloch. Así impusieron un significado, el que fue durante siglos aceptado por razones únicamente basadas en una autoridad ahora sagrada.
La posibilidad de que mlk no fuera el nombre de un dios fue por primera vez avanzada en los años treinta. Eissfeldt demostró entonces, de modo inapelable, que la lectura moloch era consecuencia de un error de interpretación. Paul G. Mosca recuperó esta idea de Eissfeldt y añadió que, al menos desde el punto de vista púnico, y a juzgar por las inscripciones del tófet, es seguro que la palabra mlk no designa a un dios sino un rito de sacrificio. En su opinión mlk, que ahora vocalizaba molk, había que interpretarla como la expresión reservada al acto del sacrificio. Hay quien ha llegado más allá y ha afirmado que en la lengua de las inscripciones votivas molk es desde luego una modalidad de sacrificio, pero no una modalidad cualquiera, sino el sacrificio por antonomasia, es decir, el sacrificio de la víctima humana. Pero esta conclusión, si nos atenemos a los límites del testimonio filológico, es excesiva. Como réplica hay quien ha interpretado que mlk es sinónimo de mtnt, una palabra que también aparece en las fórmulas de las inscripciones votivas, y que ambas solo significan don u ofrenda.
Lo más aceptable de todo parece que la sola palabra mlk sea raíz indicativa de solo sacrificio, sin nada que denote modalidad, tal como puede conjeturarse por ejemplo a partir de la expresión mlk´mr, que en seguida analizamos. También podría aceptarse como interpretación que en el rito de base mlk la víctima sería sacrificada a la divinidad destruyéndola con fuego. Ese sería el significado estricto de la palabra mlk. La conclusión, tan aceptable como vigencia tenga esta lectura, es obligada: el ritual de los tofets incluía al menos un sacrificio del tipo holocausto.
Parece que la fórmula que se expresa mlk´mr hace referencia a un sacrificio de sustitución en el que la víctima es una oveja, aunque con más exactitud tal vez sea la ofrenda de un cordero. Claro que otros simplemente afirman que en la lengua de las inscripciones mlk´mr es el sacrificio de la víctima de sustitución, sean los que fueren sustituido y sustituto. O ni aun eso, que mlk´mr puede expresar el sacrificio de un cordero con el fin de cumplir un voto.
En todo este laberinto de opiniones parece reflejarse la duda de los arqueólogos, porque también los arqueólogos meditan si había sustitución o no, cómo y cuándo. Puede que por prudencia los filólogos hayan respetado el rastro de sus hermanos más atrevidos, que en estos problemas va marcándoles el camino que deben seguir. Pero también se aprecia la huella de la retrolectura, de estirpe filológica pura. Puede demostrarse que mlk´mr fue vocalizado molchomor en latín.
En las estelas de Ngaous, en Argelia, puede leerse por ejemplo “sacrum magnum nocturnum molchomor”, en una expresión cuya referencia al ritual de sustitución no es puesta en duda por nadie. Del texto se deduce que el sacrificio de sustitución se celebraba de noche y, además, que el molchomor incluía víctimas tales como corderos y cabras. También es seguro que una ofrenda morchomor era lo mismo que una molchomor y que ambas se resumen en la expresión latina agnum pro vicario. Porque también en las inscripciones votivas de Ngaous se alude a la víctima morchomor con expresiones del tipo vita pro vita, sanguine pro sanguine o anima pro anima.
El acierto es en este caso indiscutible. La lengua latina actúa como medio de verificación de la lectura del texto semítico. Pero hay que advertir que el tiempo al que pertenecen las expresiones en latín es posterior al 146 anterior a la era, y que por tanto se refieren a un ambiente que no es propiamente púnico. La retrolectura que alcanza hasta la Cartago de la plenitud incluiría el supuesto de que los ritos sobreviven al arrasamiento romano.
Como también son conocidas las tarifas púnicas de los sacrificios de animales, se pueden leer con la intención de verificar si la interpretación de la palabra compuesta mlk´mr es correcta. Los textos de las tarifas fueron escritos para clavarlos a la entrada de los templos o de los recintos sagrados. Los sacerdotes y los oficiantes del culto informaban con detalle de los precios de cada ofrenda animal, que podía ser de buey, carnero, cordero, pájaro y otras aves, así como de piezas fruto de una cacería. Explicaban los distintos ritos del sacrificio y advertían sobre las normas a tener en cuenta para el reparto del sacrificado animal entre la divinidad, el sacerdote y quien lo ofrecía. El oferente podía consumar el sacrificio por su propia mano. Si ejecutaba el donante, el sacerdote percibía una parte proporcional de la víctima, pero si además intervenía la parte de la ofrenda que recibía era mayor. De este modo se aseguraba la existencia de la clase sacerdotal y de los oficiantes de los santuarios, además de sus rentas y subsistencias. Al mismo tiempo, se conseguía que la comunidad de los creyentes fuera parte activa del culto, si lo deseaba.
Las tarifas conocidas se remontan a los siglos cuarto y tercero anteriores a la era. Lamentablemente nada dice la literatura especializada sobre si en sus textos se recurría, para referirse a ciertos sacrificios de animales, al giro mlk´mr. La llamada tarifa de Marsella seguramente procede de Cartago. Cita por orden de estimación descendente los animales aptos para el sacrificio: bueyes, terneras, ciervos, carneros, machos cabríos, corderos, cabritos, cervatillos y pájaros. También admite las ofrendas de granos y las libaciones de aceite o leche. Se puede fechar hacia el siglo tercero anterior a la era. En ella está prescrita la parte de la víctima que corresponde al sacerdote y la que está a disposición del oferente, y precisa el estipendio que quien hace la ofrenda debe dar por el sacrificio.
Menos seguras son las lecciones de otras palabras que el propio Mosca patrocina, aunque no menos interesantes. Mlk b`l expresaría ofrenda en lugar de un lactante. De ser exacta, habría que aceptar dos cosas: que un lactante podía ser el objeto principal de ciertas ofrendas y que efectivamente se practicaba la sustitución. Mlb´ba´al designaría la ofrenda hecha por un noble, cuyo objeto sería un niño procedente de familia aristocrática, mientras que la expresión mlk adam, que no aparece en Cartago, aunque sí en el tófet de Constantina, en Argelia, designaría el sacrificio de un niño salido del pueblo.
Más allá de las consideraciones sociales, a las que se prestan los dos últimos giros, lo más importante es que concuerdan con los análisis óseos, aunque sea en la parte más obvia. Sobre todo la lectura de la expresión mlk adam sería consecuente y demostrativa de que los niños podían ser sacrificados. Aceptado que la raíz mlk indica holocausto y que lo que aparece enterrado con mayor frecuencia son huesos de niño, lo que por el texto se declara es concluyente. Alguno de los estudiosos de las inscripciones del siglo cuarto anterior a la era descubiertas por Icard y Gielly en el tófet de Cartago reconoce en ellas la declaración de los sacrificios de niños.
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