Peso, su verificación judicial y precio del pan
Publicado: marzo 18, 2018 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: agraria, economía Deja un comentarioCarmelo Terrera, becario
Un expediente titulado Autos sobre el repeso de pan y faltas experimentadas en él, de julio de 1751, permite conocer una parte de los procedimientos a los que recurrían los jueces a mediados del siglo décimo octavo para controlar la cantidad de pan que llegaba a los mercados. Para quienes tenían la responsabilidad de gobierno de cada localidad, que eran los que al mismo tiempo disponían del poder judicial en primera instancia, conseguir que en su lugar se concentrara la máxima cantidad de pan era contribuir a que el óptimo de población fuera alcanzado. Puede discutirse si para entonces el populacionismo ya había ganado tantos adeptos como tendría poco después. Pero quizás no admitía discusión que las autoridades, herederas de los saberes que la tradición hace llegar en forma de rutina, actuaban convencidas de que disponer de la mayor cantidad de población posible era a la vez reducir al mínimo el costo del trabajo. En las actuaciones judiciales que vamos a analizar, la representación del rigor cuantitativo, atributo visible de un gobierno justo, observarán sin embargo que aparenta ser la preocupación política.
Un regidor, a quien el alcalde mayor habría transferido sus poderes circunstancialmente para que actuara como juez ejecutor, el día 12 se hizo acompañar por un escribano, un ministro de la justicia o alguacil y un repesero. Si bien era regular que actuara una comisión como esta cuando se trataba de evacuar diligencias judiciales, no era habitual que en ellas figurase un repesero. En cualquiera solía haber un especialista en la materia que se tratara de juzgar, para que hiciera el papel de perito. Repesero, sin embargo, no era una función laboral decantada como profesión en las poblaciones medias, ni siquiera una actividad estable, aunque el repeso estuviera admitido como trabajo destinado a verificar la fidelidad al peso debido. De velar por la justicia en el mercado se encargaban en la administración los almotacenes, responsables de la exactitud de los instrumentos utilizados para pesar y medir, y toda clase de fieles, que velaban por el cumplimiento de las posturas, suministros bajo la condición de monopolio, según abastos o mercados que el poder local garantizaba por razones de seguridad. Pudo actuar como repesero, para aquella ocasión, porque fuera experto en la materia, cualquiera de los empleados del almotacenazgo, o alguno de los que estuviera adscrito al fielato de la harina, que actuaba en el pósito.
No consta que hubiera mediado denuncia, y todo indica que era propósito de la comisión judicial, para conferir autoridad a la inspección que emprendían, utilizar a su favor la sorpresa. Acudieron a un lugar de la población donde la venta de pan estaba consolidada, según corroboran documentos contemporáneos referidos a la misma materia. Allí el pan se vendía en casas por vendedores, o vendederos, como la fuente los llama. Probablemente en ellas había habitaciones preparadas como puestos donde el cliente podía encontrar otras mercancías, además de pan. A ellas los panaderos llevaban sus elaboraciones, de las que dejaban cierta cantidad en depósito, para que fueran vendidas.
Pero al lugar también acudían otro tipo de vendedores, de los cuales no se menciona instalación alguna para la venta. Allí los panaderos se ponían a vender el pan amasado que para su venta llevaban. Basta para suponer que se trataba de vendedores callejeros, que además cumplían con la condición de ser panaderos. La actividad de la panadería, que sobrevivía bajo el peso de una tasa de beneficio baja y que tenía prohibida la corporación propia o gremio, para excluir legalmente el monopolio de la industria, se sostenía sobre empresas muy frágiles, tanto que una parte de los panaderos se veía en la obligación de actuar simultáneamente como comerciante al por menor de su producto.
Entre los ocho y las nueve de la noche se presentaron en el lugar. Aunque la hora pueda parecer inapropiada para una actuación de la justicia, e inútil para que aún pudiera encontrar en los puestos piezas de pan, es probable que no lo fuera tanto por varias razones. La actividad agropecuaria, que ocupaba a la mayoría de los habitantes, durante aquellos días estaba en plenos agostos, la fase del año en la que los trabajos de la recolección de los cereales, por su extraordinario volumen, provocaban que la población de cualquier lugar dedicado a este cultivo apta para emplearse no fuera suficiente para satisfacer la demanda de fuerza. Era la plenitud del verano y las calles aún serían transitadas por gente.
Puede dar idea del ritmo de venta a lo largo de la jornada, y quizás también, indirectamente, de la capacidad productiva de las panaderías que vendían al por menor, que por estos autos consta que a aquellas horas un panadero aún ofrecía para su venta 13 piezas de pan del total de 30 con el que había concurrido al lugar donde había ofrecido su producto durante el día. Estaba terminando la jornada y había vendido poco más de la mitad del pan que había previsto vender. La esperanza de venta durante las últimas horas era alta, y también era una práctica regular entre panaderos, para sacar el mayor partido a sus medios, hacer un par de cocciones diarias. No obstante, hay que admitir la posibilidad de que tampoco el pan fabricado cada día fuera consumido íntegramente en su transcurso.
Cumpliendo con la comisión que tenía encomendada, el repesero hizo varias comprobaciones del peso del pan que allí se estaba vendiendo. El número de estas operaciones que efectuara no lo precisa la fuente. En una parte de ellas, según el texto, las faltas encontradas no fueron notables. Aunque la expresión no sea rigurosa, se puede afirmar sin riesgo de error que las faltas menores estarían por debajo de 1,5 onzas por cada pieza de 32. Pero en otros seis casos, porque el fraude en el peso superaba ese valor, el juez ejecutor decidió aprehender el pan que sus dueños habían puesto a la venta y proceder contra ellos. En el cuadro siguiente, donde las cantidades van expresadas en hogazas de pan bazo de a dos libras, están recogidas las características de aquellas incautaciones que ha retenido el expediente.
| Vendedero | Panadero | Hogazas incautadas | Con 3 onzas menos | Con 2 onzas menos | Con 1,5 onzas menos | Depositario |
| Cristóbal Gallardo | Don Juan de Valenzuela | 16 | 13 | 3 | 0 | Cristóbal Gallardo |
| Fernando García | Juan Manta | 9 | 2 | 7 | 0 | Fernando García |
| Isabel de Castañeda, viuda | Isabel de Castañeda, viuda | 13 | 0 | 13 | 0 | Francisco Fiallo |
| Manuel de Luna | Manuel de Luna | 18,5 | 0 | 13 | 5,5 | Cristóbal Gallardo |
| Juan García | Juan García | 5 | 5 | 0 | 0 | Cristóbal Gallardo |
| Javier Rodríguez | Javier Rodríguez | 7 | 7 | 0 | 0 | Francisco Sánchez |
Todo el pan se fabricaba con trigo, pero sus productos no eran de idéntica calidad. Los distinguía la que tuviera la harina que servía para su fabricación. Las calidades de esta las decidía, a su vez, el tamizado que las depuraba. Como la molienda del grano incluía inevitablemente la de su cáscara, los productos que se obtenían después de esta operación estaban comprendidos entre dos extremos, el que conseguía eliminar por completo el subproducto llamado salvado, o cáscara molturada, y el que en absoluto no lo depuraba. El primer producto se conocía como harina de flor, con la que se hacía el pan más apreciado, y al segundo hoy lo llamaríamos harina integral.
En un lugar muy próximo al límite inferior se situaba el pan que se fabricaba solo con salvado. En la fórmula regular mezclaba salvados obtenidos de sucesivas depuraciones de la harina. Los más groseros eran los decantados por las primeras operaciones de tamizado, y el más fino, el moyuelo, era el que resultaba de la última. Mezclando moyuelo con salvado se obtenía el pan bazo, que con el tiempo también fue conocido como pan moreno. En nuestra población era el de inferior calidad de los que se comercializaban regularmente.
La hogaza, pieza de pan redonda, tenía como rasgo más característico que se había obtenido, una vez elaborada la masa, y antes del horneado, sometiéndola a la fermentación más lenta, para permitir el máximo de gasificación y por tanto el mayor volumen por cada unidad. Es muy probable que nuestras hogazas se presentaran en público cruzadas por un par de cortes perpendiculares, que harían el panadero cuando ya las diera por modeladas. De esta manera, en caso de que la demanda así lo solicitara, podían comercializarse hasta en cuartos, aunque los indicios que las diligencias proporcionan solo permiten suponer que las piezas entonces eran vendidas por medias hogazas como mínimo.
Porque el pan estaba consagrado como el alimento imprescindible, dos libras, que entonces, en este lugar, eran casi lo mismo que un kilo (920,18 gramos), cuando se trataba de una pieza de pan, estaban admitidas en la región como cantidad imprescindible para asegurar la subsistencia diaria del trabajo adulto. Como la función económica del salario era garantizar la restauración cotidiana de la capacidad para trabajar, la hogaza de este peso había ganado valor, más allá de su virtud nutritiva, como unidad que permitía tasar el trabajo de cada jornada. Con una hogaza de este peso se pagaba la parte en especie del trabajo de un día, o mínimo de subsistencia. Gracias a que cumplía esta condición, fijaba, incluso materialmente, la posibilidad de comprar trabajo por este precio mínimo. La hogaza de pan bazo de a dos libras, por tanto, además de un alimento, era una unidad métrica tan precisa como valiosa.
La primera columna del cuadro precedente, aunque sea nominativa, pretende referirse al lugar donde el pan fue aprehendido, mientras que la segunda menciona al panadero que lo había fabricado. Cuando los nombres son distintos hay que interpretar que el pan era vendido en casas, y cuando uno y otro son el mismo hemos de suponer que se hace referencia a panaderos que actuaban como vendedores callejeros.
Cualquiera de ellos era vecino de la población, y por tanto objeto de la iniciativa judicial. Pero como el fabricante del pan era el verdadero responsable del fraude, aunque una parte de las aprehensiones fueran hechas a vendederos, estos, como se observa en la última columna, que se refiere a los depositarios del pan incautado, fueron preferidos por el juez ejecutor, que dejaba constancia de este acto ante el escribano, para formalizar la custodia del pan que serviría como prueba de la infracción cometida. De los otros que son mencionados como depositarios no disponemos de ninguna característica más.
La tercera columna se refiere a la cantidad de hogazas aprehendidas, de las que en ocasiones se dice que son el resto de una cantidad mayor previamente depositada en la casa donde eran vendidas o llevada al lugar con este fin. En las siguientes el total de las hogazas incautadas se descompone según la falta de peso que a cada una le fue encontrada. Las iniciativas defraudadoras fueron resumidas en un trío de tipo por los autores de las diligencias: tres onzas de falta en cada hogaza, dos onzas y algo más de una y media. Como esta unidad era 1/16 de libra, cada hogaza, que debía tener dos, habría de alcanzar de peso efectivo 32 onzas. El primer módulo de fraude supondría, en consecuencia, que el peso había quedado reducido a 29 onzas, el segundo a 30 y el tercero a algo menos de 30,5; o que en el primer caso se había defraudado un 9,375 % del peso, en el segundo un 6,25 y en el tercero un 4,6875.
Todo el fraude detectado por este procedimiento se resumía en que, de las 68,5 hogazas incautadas, 27 (39%) tenían tres onzas de menos, 36 (53%) dos y 5,5 (8%) algo más de una y media. La proporción de los defraudadores con relación al total de la venta no es posible conocerla porque no disponemos del número de comprobaciones hechas, ni del total de punto de venta activos en el momento en que se realiza la operación. Pero si nos limitamos a hablar de quienes decidían cruzar a la orilla del fraude, tomando por muestra el caso, se podría decir que la costumbre consolidada sería defraudar con moderación, entre una onza y onza y media por libra, lo que supone en torno a un 8 % del peso. Solo algunos tentados por la sisa, a la vez que temerosos de sus consecuencias, serían tímidos defraudadores, por debajo de la onza por libra, en torno al 5 % del peso. Actuarían convencidos de que pasarían desapercibidos porque su engaño era menos sensible.
La diligencia terminó con una decisión parcial, para la que estaría facultado el ejecutor. Para los repesos cuyas faltas no habían sido notables, este juez delegado dictó la obligación de vender el pan a menos precio, en proporción a las faltas que se habían encontrado. El procedimiento que se aplicó al cálculo de las rebajas del precio, como enseguida veremos, no siempre se atuvo al mismo principio de concordancia con la detracción ponderal. Pero para esta primera parte de las penalizaciones no disponemos de una información más descriptiva. Ordenó por último quien ejercía como juez que se diera cuenta de sus actuaciones al alcalde mayor, para que proveyera lo conveniente según su criterio, y así concluyó con el encargo que se le había hecho.
Al día siguiente, 13, el escribano acudió a la casa del alcalde mayor, aún en ejercicio de corregidor por ausencia del titular, y le notificó lo que hasta aquel momento se había actuado en este asunto. Lo aprobó y mandó que se llevara a la audiencia para celebrar la vista y sentenciar, lo que se hizo el 14 de julio. El alcalde mayor vio los autos precedentes y el pan que el ejecutor había aprehendido. Comprobó que lo había encontrado falto de peso. Declaró que aquellos hechos resultaban notables por el perjuicio que al común le causaban. Para que este se remediara en la parte que le correspondía, decidió dictar la siguiente sentencia.
Todas las hogazas aprehendidas con la falta de tres onzas tendrían que destinarse a los pobres de la cárcel, tal como era habitual en estos casos. Sin embargo, en la misma sentencia, al final, reconsideró el juez que este pan fuera aplicado a la gente inútil que permanecía encerrada. Teniendo en cuenta que en aquel momento los encarcelados estaban abastecidos, cada hogaza que tuviera la falta mayor retornaría al mercado a 6 maravedíes menos del precio al que se vendían regularmente las de su calidad. El ingreso que de esta manera se obtuviera, por el momento, y hasta que el alcalde mandara otra cosa, quedaría en poder del escribano que actuaba.
Un mes antes, en la misma población, se habían vendido hogazas de los mismos peso y calidad a 6 cuartos, la especie de cobre de cuatro maravedíes. El precio de cada pieza había sido pues de 24 maravedíes. La penalización supondría, si aceptamos esta tarifa, vender la hogaza a 18 maravedíes. A una defraudación del 9,375 % del peso correspondería como pena la rebaja del 25 % del precio, lo que se traduce en un coeficiente de penalización de 2,66 (25/9,375).
En cuanto a las hogazas aprehendidas con las faltas de dos onzas y onza y media, tendrían que venderse a 4 maravedíes menos del precio corriente a que se vendía el resto del pan de la misma calidad. En estos casos la pena consistiría en hasta cuadruplicar el costo del fraude. Si se había defraudado entre algo más de un 4,6875 % y un 6,25 del peso, el precio, para ambas infracciones, quedaría reducido en un 16,66 %, si aceptamos el que nuestra fuente paralela nos permite conocer. Proporcionalmente, cuanto menos hubiera sido el fraude más alta resultaría la penalización (cocientes 16,66/4,6875 = 3,55; 16,66/6,25 = 2,66). Al más defraudador de estos dos se le aplicaría idéntica pena que al máximo absoluto, siempre en términos proporcionales. Aunque para estos hubiera regido un principio riguroso de justicia equitativa, la pena aplicada al menos defraudador parece ir en contra de él.
Además, la sentencia dictaba que se apercibiría a los panaderos a los que se les había aprehendido el pan que se abstuvieran en lo sucesivo de vender pan falto de peso, en poco ni en mucha cantidad. Si no actuaran así, sobre proceder a lo que hubiera lugar, serían castigados con el mayor rigor. Por el momento, el alcalde se limitaba condenarlos mancomunadamente a las costas de las diligencias, que se tasarían.
Inicialmente se tarifaron en 60 reales 12 maravedíes contables para el alcalde mayor, que actuó como juez, 12 reales para el regidor que había hecho las veces de ejecutor, 32 reales para la escribanía, 10 reales para los ministros que asistieron a las diligencias y 12 maravedíes de papel. Pero al final fueron tasadas de modo que las partes de juez, ejecutor y escribanía quedaran respectivamente reducidas a 6, 8 y 24 reales, mientras que las de ministros y papel se mantuvieron tal como se habían calculado al principio. La suma de todo, 48 reales 12 maravedíes, aún fue redondeada en 48 reales.
El 14 de julio el escribano notificó la decisión judicial a los panaderos Juan Manta, Juan García, Isabel de Castañeda y Manuel de Luna, y al día siguiente, 15, al también panadero Javier Rodríguez. Sorprendentemente a don Juan de Valenzuela, el primero de los encausados, no consta que se le notificara la sentencia. Hubiera sido una iniquidad insostenible que quedara al margen de ella. Habían sido las prisas las culpables de este descuido. Es muy posible que las costas se redujeran y redondearan en 48 reales para facilitar su reparto mancomunado o equitativo. Aceptando esa cantidad, cada uno de los seis panaderos que habían sido objeto de aprehensión, de acuerdo con la sentencia, tendría que pagar 8 reales. Debemos deducir por tanto que don Juan de Valenzuela, aunque no fuera notificado formalmente, quedaría incurso en la pena dictada.
No debe ser fácil conseguir que todas las piezas de pan de una hornada tengan el mismo peso al final. El panadero inicialmente lo decide optando por la proporción de agua que hay que añadir a la harina para fabricar la masa. En ese momento se puede conseguir la uniformidad y por tanto es exigible un comportamiento homogéneo en la elaboración de cada tipo de pieza. Suele ser el elegido por el legislador para imponer las reglas ponderales. El que efectivamente resulte para cada pieza puede decidirlo el panadero con más seguridad luego, cuando se corta la masa y a cada unidad, justo antes de meterla en el horno, le da una forma.
Supongamos que el fraude fuera regular, tal como debemos aceptar ateniéndonos a la literalidad de la fuente y las deducciones que consiente. Es posible que en el peso del pan se practicara, a mediados del siglo décimo octavo, sirviéndose de los instrumentos de medida de capacidad, propios de cada panadería, con los que se decidía la cantidad de harina que se mezclaría con el agua en cada amasijo. Pero es más probable que se practicara recurriendo a los instrumentos de medida del peso. Bastaría con lastrarlos, según práctica secular, para camuflar un engaño equitativo y universal.
Sin embargo, más allá de las decisiones técnicamente controlables, todavía cada pieza de pan pierde peso espontáneamente, en distinta proporción, primero durante la cocción y luego, una vez en el lugar de venta, por desecación. Cuanto más tiempo lleve el pan expuesto a la venta, de tanta más humedad se desprende. Desde este punto de vista, la hora elegida por nuestro juez ejecutor para actuar, comprendida entre las ocho y las nueve de la noche, no es irrelevante.
No admite discusión que si los precios estaban regulados en función del peso, era demandable por el comprador una cantidad de pan a cambio de su dinero. Pero si el peso se adscribía a una pieza, y pieza y peso se tomaban por sinónimos, no había forma de garantizar invariablemente esa identidad. Cabía, para mantener el principio que relacionaba peso con precio, renunciar a la pieza como módulo, como efectivamente en algún momento decidió el legislador. Si, verificado el peso de una pieza, se encontrara que estaba falta de peso, debía completarse con un trozo de otra. Es posible que las subdivisiones marcadas en las hogazas cargaran también con esta función.
Pero nuestro juez prefirió, antes que completar el peso, algo que podía practicarse con más facilidad y al instante, quizás también más aceptable por los compradores, cambiar el precio en función del cambio de peso; con severidad manifiesta y poco justificada en los casos que menos la merecían. Pero la parte práctica de una solución como aquella era inapelable, rebajaba los precios en todos los casos. El precio cargaba con el papel protagonista de la representación necesaria porque en cualquier situación estimula los sentidos de los que se relacionan en el mercado. Así afrontaron en este caso un hecho tan cotidiano como difícil de justificar como delito. En consecuencia, los contraventores fueron moderadamente penados. La disminución de precio en que consistió la pena solo se aplicó a la parte aprehendida, y a esto solo hubo que sumar un apercibimiento y unas benévolas costas.
Si el procedimiento no estaba descubriendo nada desconocido y evitable, si apenas penalizaba a los infractores, solo lo justifica la representación del rigor que contienen las decisiones sobre los precios. Una operación dirigida a garantizar la equidad en la compraventa del pan bazo, cuyas propiedades sobrepasan las nutritivas, estaba destinada a ser aplaudida. Las tensiones vividas durante 1750 aconsejarían no solo ser sensibles al menor contratiempo en el mercado del pan, sino también parecerlo, para adelantarse a cualquier motivo de discordia. Con la sentencia se creaba una reserva de culpables sobre la que descargar los problemas en caso de que pudieran sobrevenir, al tiempo que se conseguía que el volumen del suministro del pan en modo alguno quedara modificado. Una parte corrió peligro de convertirse en limosna para los presos de la cárcel. Pero enseguida, ateniéndose a criterios dignos del mejor análisis económico, se comprendió que era una desviación improductiva del suministro alimenticio estratégico de la economía de los cereales.
La lógica del beneficio
Publicado: marzo 9, 2018 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
El beneficio bajomedieval y moderno quedó restringido al derecho a percibir y gozar las rentas y los bienes de la iglesia occidental. Fue beneficio durante todo ese tiempo porque se trataba de una concesión discrecional, a veces del papa, primera autoridad de la iglesia de occidente, habitualmente del obispo, su vicario en la región creada para los fines de aquella iglesia. Ejerciendo como soberanos en la plenitud de sus poderes teocráticos, en esa jurisdicción concedían aquel bien a cambio de una prestación de servicios, la obligación y cura de almas, en la práctica administrar los sacramentos y explicar la doctrina cristiana a los fieles que vivieran bajo la primera instancia de su fuero interno llamada parroquia. Para alcanzarlo era condición obligada ser presbítero, el sacerdote ordenado del último grado por la iglesia católica, el que permitía la celebración de los misterios. Se convertía así en lo que comúnmente se llamaba párroco o cura, aunque con más precisión quien lo disfrutaba por concesión del obispo o colación, o porque hubiera obtenido bulas pontificias, se llamaba cura propio.
Ninguno de los bienes acumulados por la región eclesiástica, ni todas las rentas que proporcionaran, sin dejar de ser tan importantes que solo a la corporación establecida en la catedral, primera de las parroquias, le valdrían ganar la primera posición como cedente de tierras, es ni son comparables al diezmo. Fue su ingreso anual, a partir del siglo décimo tercero, y no las rentas que produjeran los demás bienes eclesiásticos, el garante del sostén ininterrumpido de la extensa red tendida por el único beneficio que permanecería reglado en el sudoeste hasta el siglo décimo octavo.
Sin embargo, el diezmo a su vez fue una concesión que en julio de 1255 hizo la corona de Castilla al obispo y al cabildo catedralicio de la diócesis que la iglesia romana había instituido en esa poción de la península; algo que igualmente podríamos denominar beneficio. A partir de aquel momento, obispo y cabildo ejercerían siempre como cotitulares del bien diezmo, y nunca cualquiera de ellos renunció a sus derechos, aunque se repartieran las responsabilidades derivadas de su lucro. El cabildo ganó el derecho a ejercer como su gestor perpetuo, lo que incluía su recaudación y la formación de los lotes a repartir, y el obispo sería el responsable de concederlos.
Si sus titulares fueron determinadas instituciones de la iglesia romana tal vez fuera la consecuencia de una renuncia de esta, de una recompensa que la corona creyó parte de las obligaciones que con aquella había contraído. No es probable que se tratara de una remuneración de servicios prestados, materiales o espirituales. Aunque quizás no fuera demasiado descabellado imaginar a la iglesia de occidente en posición de vasallaje, aquella fabulosa recompensa más bien parece un medio de emancipación del vasallo rey del señor iglesia, tal como el siervo recompensaba al señor cuando aquel transmitía su patrimonio a sus herederos.
Pero no entra en el campo de nuestros objetivos averiguar cuál fuera la renuncia de la iglesia romana que aconsejó aquella recompensa, si la secularización del imperio, en beneficio de las aspiraciones del rey de Castilla, si la resolución de una competencia de jurisdicciones, o cualquier otra. Baste reconocer que la iglesia de Roma tuvo fuerza suficiente para obtener de una corona más la concesión de un poder del que, si por ella era transferido, tenía que ser porque era soberana en aquella materia. Porque fue el rey del momento quien mandó que los cristianos, primera fracción política de las poblaciones meridionales, dezmaran al obispo y cabildo.
La obligación de dezmar recaería sobre todo lo que ya dezmaba más al norte, en las tierras que se habían ocupado en el valle del Tajo a fines del siglo décimo primero. Pero no se imponía de manera indiferenciada. La descripción de los bienes sobre los que cargaba no deja lugar a dudas sobre qué productos tendrían que cargar con el deber. Quedaron sujetos al pago, en primer lugar, el pan, el vino y el aceite, los primeros productos de la economía agropecuaria del momento. La preferencia por una voz genérica para identificar el primer producto, en vez de recurrir a la mención de las especies destinadas a cereal, antes que deslizar un elemento de ambigüedad, prevendría las oscilaciones de estos cultivos que de un año a otro, y sobre todo de un lugar a otro, pudieran decidir sobre el producto idóneo para fabricar el pan, el bien alimenticio con el que se tarifaba la capacidad de trabajo humano, que era la primordial. El diezmo del pan se pagaba una vez que el cereal, depurado o neto, aún estuviera en la era. Sin embargo, vino y aceite sí eran productos finales. Cargados como bienes que resultaban de procesamientos que encabalgaban ciclos naturales, permitían deducir de ellos cada año el mayor valor posible.
También debía dezmar cualquier clase de ganado, un diezmo que pronto sería conocido como diezmo de la crianza. Dado que se conceptuaba producto de la actividad ganadera los ejemplares nacidos en el transcurso del año, se mencionan expresamente como obligadas a dezmar yeguas y vacas, como si por ser las madres fueran ellas las que tuvieran que renunciar a sus potros y becerros. Al detraer de este modo, la carga del equino y del bovino caía sobre la renovación de la energía que se invertía en la tierra, porque cualquiera de las dos especies se empleaba en los trabajos del campo.
Las obligaciones dezmales del ganado lanar se desplegaron en tres frentes: montazgo, queso y lana, prueba de la alta rentabilidad que de este ganado se obtenía en aquel momento. Para el montazgo, o derecho detraído por el pastar trashumante, se precisa que quien lo cobrara, allí donde se exigiera, era quien debía contribuir. Pero por los productos directos, cualquiera que fuera su grado de transformación, tendría que ser el dueño de la cabaña quien quedara sujeto a la obligación. Y todavía en el capítulo de los ganados que debían dezmar se señalaban expresamente las colmenas, de las que se obtenían miel y cera contando con las ventajas que proporcionaba la gran cantidad de espacio no roturado.
También estaba obligado a dezmar el producto de las huertas, las explotaciones intensivas consolidadas, en cualquiera de las dos vertientes productivas que las caracterizaban, las hortalizas de cultivo ininterrumpido y las frutas que se obtenían de las especies arbóreas.
Asimismo debían dezmar las casas. De lo que especifican los documentos que mencionan esta obligación, se induce que la carga recaía sobre la renta que se obtenía por su cesión. Era el dueño que las poseía como bien de libre disposición quien si ingresaba aquella renta estaba en la obligación de contribuir.
En ningún momento de este principio se dijo que para cumplir con cualquiera de estas obligaciones había que pagar de cada diez uno. Parece que se da por sentado que este coeficiente está implícito en el concepto diezmo. La clave de la naturalidad con que se impondría puede estar en que existía previamente, no solo entre moros, judíos y gentiles, como el legislador civil reconoce más adelante, sino en los otros obispados erigidos en las tierras de la corona al norte de Sierra Morena.
Quedaron explícitamente al margen de la obligación de dezmar al obispo y al cabildo los bienes que por este concepto ya contribuían a los ingresos de la corona, que no se mencionaron, pero que tal vez fueran los sujetos a monopolios que en cualquier caso se reservaba, como la fabricación de moneda o la explotación de las minas. Sería el rey quien de estos ingresos dezmaría directamente a la iglesia de occidente.
Pero también judíos y moros, las otras dos fracciones políticas de cada población, porque habían sido instituidas con estatuto propio, estaban sujetos a la obligación de dezmar bajo ciertas condiciones. En el caso de que compraran explotaciones y viviendas a cristianos, contribuirían, por cualquiera de ellas, de la clase que fuera, ateniéndose a las mismas obligaciones que recaían sobre aquellos bienes cuando los poseían sus dueños anteriores. El propósito sería que no decreciera el patrimonio sujeto a la obligación de dezmar. Pero ni moros ni judíos tendrían obligación derivada del uso de las explotaciones y viviendas que tomaran en cesión de los cristianos. Tendrían que ser estos los que dedujeran el diezmo de lo que por esta causa ingresaran.
Solo después de concedido, aunque aquel mismo 1255, en noviembre, vendría la justificación doctrinal del diezmo, quizás porque apenas transcurridos unos meses ya había resistencia al pago. Quienes pedían el diezmo, al parecer, eran amenazados, perseguidos y hasta heridos, y muchos de los obligados, cuando llegaba el momento de pagar, defraudaban. Se mencionan en particular las desviaciones en la liquidación de los cereales. Una de ellas debió ser recolectar el pan de noche o a escondidas. Para evitarlo, la autoridad civil ordenó que fuera cogido abiertamente y a la vista de todos. Pero sobre todo ocurriría que el montón del pan que ya estuviera limpio en la era se medía y guardaba antes de que acudieran quienes debían recaudarlo, una actividad para cuyo desempeño se mencionan los terceros, quienes es posible que ya obtuvieran el cobro de cualquiera de los diezmos por cesión de sus titulares, y que por estos fueran encargados de guardarlo hasta que se repartiera entre todos los partícipes. También en aquel caso la autoridad real interpuso su autoridad, y ordenó que nadie cogiera ni midiera el montón del pan que tuviera limpio en la era sin que antes fuera tañida la campana tres veces, una señal que se implantaría como aviso de que la recaudación había terminado. Hasta que no fuera oída, el pan limpio tendría que permanecer en la era, a la espera de que acudieran quienes debían recaudarlo.
Para cargarse de argumentos, el autor de la justificación doctrinal presupone que Jesucristo, el protagonista de las biografías reunidas con el título colectivo de evangelios, es nuestro señor. Al recurrir al pronombre de aquel modo crea una comunidad universal, y al reconocer el señorío que ejerce sobre ella convierte a todos sus miembros en sus siervos. Tan extenso dominio es, en su opinión, la raíz de una soberanía tal que le vale la condición de rey supremo. Es rey sobre todos los reyes, dice, de manera que así se convertiría en la fuente de cualquiera de las otras soberanías existentes. Por él los reyes reinan y de él toman el nombre.
Al partir de aquel principio, su propósito inmediato es servirse de un apólogo que por su claridad pueda tener la fuerza de una autoridad incuestionable. Según cuentan aquellas biografías -recuerda a continuación-, Jesucristo, cuando los judíos quisieron tentarlo y le preguntaron si pagaría al césar su tributo, mandó que se respetaran los derechos de los reyes. Si hubiera respondido que no, argumenta, le habrían podido replicar que lesionaba el derecho de los reyes. Adivinó sus malos pensamientos y les replicó que había que reconocer al césar los derechos que le correspondían.
Autorizado así el núcleo de su argumento, a partir de él despliega su cadena de silogismos. Un señor tan absoluto, continúa, puede hacer lo que quiera, y como todas las honras y bienes proceden de él, los reyes, de tal señor, y de él cada uno recibe el poder de hacer justicia en la tierra, y él mandó respetar los derechos de los reyes sobre todos; por el amor que demuestra al respetar los derechos de los reyes, es razón y derecho que los estos le amen y le teman y respeten su honra y sus derechos, más aún el diezmo que él en especial reservó para sí, para demostrar que es el señor de todo y de él proceden todos los bienes.
Si se rastrean los hechos de los hebreos, en particular en el Éxodo (22, 28-30; 32; 34, 30), el Levítico (27) y el libro de los Números (3, 5-49), y se admite que en el siglo décimo tercero la lección de estos compendios bíblicos era al menos equivalente a la que con el tiempo su crítica ha cerrado, en la prescripción divina del sacerdocio, responsabilidad del siempre equívoco Yavé, que en tantos aprietos pone a la exégesis teológica de tradición cristiana, efectivamente se puede reconocer el rastro de una promoción divina del diezmo.
Emplazó Yavé a Faraón y le dijo que Israel era su primogénito y que debía dejarlo en libertad para que le diera culto. “De lo contrario -amenazó- mataré al tuyo.” El señor de Egipto se negó a obedecer lo que Yavé le ordenaba. Tan poderoso y arrogante como debía ser, ni siquiera estaba a su alcance la idea de que alguien, dios o mortal, pudiera apremiarlo con un deber. Nada hizo. Desconocía el poder de la ira de Yavé, quien cumplió su amenaza con creces. Murió en el país todo primogénito, desde el primogénito de Faraón, que en su trono se sentaba, hasta el primogénito de la esclava encargada de moler el trigo; hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como todo primer nacido del ganado. Pero, porque también Yavé había decidido esto, todos los primogénitos de Israel quedaron a salvo.
A consecuencia de tan severo castigo, Faraón supo que un poder mayor que el suyo existía. No dudó en dejar a Israel libre. Pero he aquí que Yavé, el autor de la libertad de todo un pueblo, exigió una compensación a los liberados. Si había amparado a los primogénitos de Israel, aquel afortunado día en que hirió a los de Egipto, había sido porque a cambio de la libertad quería consagrarlos a Él, todos, tanto los de hombre como los del ganado. Terrible decisión. Perdida ya la memoria de los ritos ancestrales, habituados a las relajadas costumbres de los hombres que vegetaban gracias a la generosidad del Nilo, ahora, vueltos a la libertad, para conmemorar el fin de la esclavitud debían instituir una condena. A partir de aquel momento los israelitas tendrían por obligación consagrar a Yavé todo primogénito varón o macho, fuera de hombre o de animal, todo el que abriera el seno materno.
Empezó la conmemoración del castigo a Egipto y de la libertad de Israel. Los judíos sacrificaron a Yavé todo lo que abría el seno materno. Todo primer nacido, el primogénito de los hijos, el de las vacas y el de las ovejas, si era varón o macho, pertenecía a Yavé. Podía estar hasta siete días con su madre, pero al octavo había que entregarlo porque pertenecía a Yavé y debía entregársele.
Pero ocurrió que el pueblo judío, de camino a la tierra que Yavé le tenía reservada, cayó en la idolatría. No consintió su dios aquella deslealtad. Inspiró a los hijos de Leví para que fueran conscientes del sacrilegio que se había cometido. De inmediato se pusieron a sus órdenes, cada uno su espada se ciñó al costado. De Él recibieron el encargo de pasar y repasar por el campamento donde estaba el pueblo desenfrenado. Debía cada uno matar a su hermano, a su amigo y a su pariente. Con sumisa obediencia cumplieron tan duro encargo. En un día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.
El escarmiento había sido suficiente, el pueblo quedó arrepentido de su pecado y Yavé decidió recompensarlo, aunque fuera a costa de los sacrificados hijos de Leví, que una vez más dieron muestra de su generosa entrega y de su resignación al sufrimiento. Para gloria de Israel, también aquel día, como premio a su lealtad, recibieron la investidura como sacerdotes de Yavé; cada uno a costa de sus hijos, cada uno a costa de sus hermanos. Los primogénitos de los israelitas, los que abren el seno materno, ya no se los entregarían más a Yavé. Lo concedía a cambio de la tribu de Leví. Así lo había decidido su dios y con esta justificación fueron cargados con tan pesado deber. Los levitas fueron para Él porque todo primogénito le pertenecía, fueron tomados para Yavé en lugar de todos los primogénitos de quienes había liberado. Y hasta el ganado de los levitas fue tomado en lugar de todos los primogénitos del ganado de los israelitas.
Pero Yavé no se los llevó al momento. Con generosidad los cedió como donados, para que sirvieran de intermediarios y guardia de su pueblo. A partir de aquel momento deberían permanecer indefinidamente, en exclusiva, en el sacerdocio.
Quiso Moisés, entonces responsable de los emigrantes que volvían de Egipto, completar con justicia aquella transacción. Los primogénitos varones de los israelitas que tuvieran de edad un mes o más debían ser registrados por sus nombres. Así se hizo bajo su dirección. El registro, el primero de esta clase que se hacía, dio como resultado la cifra de 22.273, todos varones de un mes para arriba. Pero entonces los levitas solo sumaban 22.000 exactamente. Si los de aquella tribu habían sido tomados por Yavé a cambio de todos los primogénitos, el cambio no era equitativo.
Como a los hombres en la tierra les corresponde ajustar las cifras, porque hasta ahí llega su idea de la justicia, porque los grandes números son de un orden que los excede, entre unos y otros vieron que la siguiente composición podía resultar buena. El resto, 273, número en que los primogénitos sobrepasaban a los levitas, sería rescatado. Bastaría con pagar cinco siclos de plata por cada uno al santuario, abono al que estarían sujetos los que estaban obligados a entregar sus primogénitos. Para entonces, los hijos de Leví ya eran responsables del santuario, el servicio principal del sacerdocio que sobre ellos había recaído, y ellos mismos, entre sus prudentes decisiones de gobierno del templo, habían previsto que el siclo del santuario fuera de veinte óbolos, veinte óbolos por siclo. Su previsión resultó feliz. Quienes estaban obligados al rescate entregaron 1.365 siclos de plata, siclos del santuario, que recibieron los sacerdotes, sus cuidadores.
Pronto se vio sin embargo que el problema del principio permanecería indefinidamente. Así como el grupo de los levitas sería reemplazado, generación tras generación, por la cadencia biológica de su estirpe, y su número podría permanecer aproximadamente constante, por las mismas razones siempre habría nuevas criaturas cuyo seno sería abierto por primera vez. La necesidad del rescate se renovaría cada día, a cada parto. Pareció lo más prudente reconocer la evidencia. El rescate, al principio una transacción, por los levitas fue instituido como un deber. Para lo sucesivo quedó acordado que el primogénito del hombre podía rescatarse al mes de nacido. Su valor sería de cinco siclos de plata, siclos del santuario, que eran veinte óbolos, cuyo usufructo pertenecía a los sacerdotes. Fue la única tarifa del principio, y permaneció invariable indefinidamente, aunque ningún humano consagrado como anatema, porque se consagraba de modo absoluto al dios, podría ser rescatado y debía morir. No así el primer nacido de un asno, que también a partir de entonces se pudo rescatar, en cuyo caso habría que cambiar asno por cordero. De lo contrario, debía desnucarse.
Así pues, según nuestro doctrinario, el diezmo sería el resultado de una decisión divina. Por las condiciones en las que se había originado, tal como las argumenta el antiguo testamento, el diezmo -si se acepta la tradición bíblica como supervivencia histórica de una misma divinidad- sería deuda debida a nuestro señor, y nadie podría justificar no darlo. Si los moros, los judíos y los gentiles, que son de creencias distintas a la fe verdadera, pagan los diezmos por derecho, tal como lo mandan sus leyes, concluye, mucho más y sin engaño deben pagarlo los que son los verdaderos hijos de la iglesia santa. Corresponde al rey reconocer y autorizar que esto sea así. Es quien debe respetar que es un derecho privativo de nuestro señor, y por esta causa está en la obligación de concederlo, lo que da por supuesto que es necesaria la mediación del poder coactivo del que en exclusiva dispone.
Solo queda argumentar su justificación práctica con una cadena de causalidades que no admite réplica. Los diezmos, dice, los quiso nuestro señor para templos, para cruces, para cálices, para vestimentas, libros y campanas, y para que se sustentaran los obispos, para predicar la fe y para los demás clérigos que imparten los sacramentos, y para los pobres en tiempos de hambre, para servicio de los reyes y provecho de ellos, y de su territorio cuando lo necesiten. Como de este modo se extiende en tan buenas obras, de tantos modos y tan en su provecho todos tienen parte, cada cual lo debe dar por su voluntad y sin más coacción. Si no, que lo haga pensando en el incremento temporal del bien que le provee nuestro señor. Porque el diezmo es provecho y salud del alma de cada uno y abundancia de frutos y de los bienes del mundo; lo que se prueba y ve cada día, afirma categóricamente, porque a quienes pagan sus diezmos Dios les incrementa sus bienes.
Obrando en consecuencia, el rey no quiere que en aquel momento, porque disminuya su justicia disminuyan o se pierdan los derechos de Dios, que son también los de su iglesia inviolable. Al rey no le parece que deba consentir que se lesionen aquellos derechos. Al contrario, cree que debe actuar en servicio de Dios y honra de la iglesia que considera digna de ser sagrada.
Hasta aquí la argumentación dogmática ha reconocido el nexo que une la soberanía de nuestro señor con la real, pero no el que pudiera haber entre él y la iglesia santa. La suplantación la justificaría su condición divina y la institución del sacerdocio tal como la cuenta el antiguo testamento, a lo que se pueden sumar argumentos extraídos de los evangelios que quien argumenta no cree necesario mencionar. Pero probablemente también contribuyeron a aquella identidad los términos más concretos del acuerdo entre las partes efectivamente existentes a mediados del siglo décimo tercero, la corona y la iglesia de occidente.
Parece que es desde esa posición desde la que se considera que el rey debe ordenar que todos los hombres de la región den su diezmo a nuestro señor Dios, y que señale como expresamente sujetos a esta obligación a los ricos hombres, a los caballeros y a los otros pueblos, pero que también crea que incurre en este deber todo el clero, incluido los obispos, quienes deben pagar el diezmo de todos los bienes que tengan y no sean de sus respectivas iglesias. Y que precise que debe cumplirse con él según manda la iglesia, alusión que presupone una reglamentación específica del pago del diezmo elaborada por esta y encaminada a garantizarse el ingreso. Provendría, tal como la propia experiencia real en esta materia, de lo previsto y experimentado en los tiempos precedentes en los territorios más al norte.
Si la iglesia ya tenía dictadas normas en materia de diezmo, su fuerza coactiva no sería suficiente para asegurárselo. Sería necesario el concurso de la autoridad real para que se respetara y se impusiera, lo que apunta al núcleo de una institución que justo por esto pudo ser conocida como beneficio.
Los siguientes indicios de resistencia al pago de los diezmos son de comienzos del verano de 1260, y se detectan al este de la región. Allí había algunos cristianos que no querían dezmar. Por esta causa, cayendo en gran yerro de las almas, permanecían sentenciados de excomunión. Pero más grave parece que no se ingresara el diezmo de los bienes producidos por los moros que labraban tierras de cristianos. Pretendían estos que eran ellos quienes debían ingresarlos, y que solo debían dar el diezmo de lo que ganaban por unidad de superficie gracias a la cesión de los derechos de uso de la tierra. El rey ordenó que los cristianos dezmaran correctamente, porque era un derecho de la iglesia inviolable, que los cristianos no retuvieran el diezmo que debían dar los moros y que los moros que explotaran tierras de cristianos dezmaran de ellas tal como los cristianos de las que tenían.
Al año siguiente, cuando aún no habían pasado seis desde que se instituyeran los diezmos, quizás porque se incrementaran aún más los problemas de recaudación, fue necesario regular específicamente el del ganado que se conocería como extremeño, el que trashumaba y se movía a un lado y a otro de las jurisdicciones, una manera de sostenerlo que comprometía el diezmo de la crianza.
La iniciativa tuvo su origen en una reunión de las Cortes de Castilla en la primera ciudad de la región. La representación de los concejos expuso que tanto los obispos como los maestres de las órdenes militares, responsables de los señoríos que se conocían como encomiendas, amparándose en que tenían que transitar los ganados por sus territorios, exigían el pago del diezmo tanto a los pastores como a los dueños de los rebaños, a veces pidiéndoles carneros en vez de corderos y vacas en lugar de becerros, y que cuando se resistían a los pagos que pretendían les tomaban en prenda ejemplares de sus cabañas como represalia. Unos justificaban la coacción por los pastos que habían aprovechado en su territorio, y otros porque creían que los dueños de los ganados estaban sujetos a las respectivas jurisdicciones eclesiásticas por razón de vecindad, y por tanto a la obligación de pagarles el diezmo. Pero cualquiera que fuese la razón, para los dueños de los ganados de todo aquello podía resultar que tuvieran que dar dos diezmos.
Lo que en las Cortes se había hecho visible como un problema de los criadores de ganado quedó al descubierto como un conflicto entre obispos. Sus exigencias eran parte del enfrentamiento entre los del norte de Sierra Morena y los del sur. Aunque el rey los conminó a que buscaran una solución, no se pusieron de acuerdo. Para encontrar una salida duradera, se apeló a la autoridad del papa. Pero hasta que no se pronunciara sobre el asunto, para que no se perdiera el diezmo y los obispos quedaran en paz, y tanto los dueños de los ganados como los pastores que los cuidaban no fueran perjudicados, el rey tuvo que decidir.
Si los ganados pacían todo el año en el obispado donde vivieran sus dueños, darían el diezmo en su parroquia; si iban a otro obispado y se quedaban allí todo el año, sería allí donde darían todo el diezmo; si la mitad de un año pacieran en el obispado donde residieran sus dueños y la otra mitad en otro, dividirían el diezmo entre los dos obispados. Si el ganado se desplazara por varios obispados, de modo que no se pudiera saber con certeza dónde estuvo más tiempo, liquidaría la mitad del diezmo en el obispado donde las hembras parieran y la otra mitad en la parroquia donde vivieran los dueños. Si las hembras parieran de paso en algún lugar, no pagarían diezmo alguno, salvo que la cabaña a la que pertenecieran estuviera en el lugar al menos un mes. Si el ganado paciera la mitad del año en el obispado donde viviera el dueño y la otra mitad se moviera entre dos obispados, de manera que de día comiera el pasto en un obispado y se guardara de noche en el otro, la mitad del diezmo se repartiría entre tales dos obispados, una por pasturaje y la otra por guarecerla.
Además, los pastores evitarían complicar más la situación con engaños, como mover el ganado de un obispado a otro, y los obispos pondrían a cargo de la recaudación del diezmo del ganado transeúnte a hombres que no lo tomaran hasta que las ovejas y las vacas hubieran parido, ni eligieran carneros por corderos ni vacas por becerros, sino lo que conviniera a los dueños del ganado.
También en 1261 la corona reguló el excusado eclesiástico. Con la denominación de excusado, para entonces, ya existiría el que podemos calificar como excusado regio, el mayor contribuyente de cada parroquia, cuyo diezmo se reservaba la corona, en ejercicio de su soberanía, íntegramente. El rey, como réplica, concedió al obispo y al cabildo que otro de los pagadores del diezmo de cada parroquia, el que ellos eligieran una vez que se hubiera segregado el mayor contribuyente, lo pudieran recaudar también íntegramente para sí. La ley de las compensaciones otra vez resolvería las diferencias entre los dos poderes.
Mientras tanto, en el obispado limítrofe en dirección este la resistencia al pago de los diezmos habría ido extendiéndose. Para agosto de 1268 de nuevo hay indicios de que el contagio se propagaba. En aquel momento había en sus tierras quienes no querían pagar el de cierto séptimo que venían percibiendo obispo y cabildo ni el de algunas grandes explotaciones, y otros que los pagaban mal o simplemente no querían pagarlos. A finales del mismo año persistían en idéntica actitud quienes, a pesar de que se lo pedían obispo y cabildo, no liquidaban sus diezmos o no dezmaban debidamente.
El rey interpuso de nuevo su autoridad y mandó que cada uno se atuviera a lo que en esta materia mandaba el derecho de la iglesia. Lo que debe dar por derecho ninguno debe retenerlo, sentenció. Al hablar así, con una ambigüedad que le permitía abarcar tanto lo que él mismo ya había decidido como lo que la norma canónica tuviera prescrito, tal vez le preocupara, más que los ingresos de la iglesia, los suyos. Creyó que su mediación estaba más justificada porque él perdería los ingresos que debía sumar por razón de tercias, la deducción a los diezmos de todas las parroquias que iban a parar a las arcas reales. El temor a que el contagio pudiera alcanzarle permitiría que las conminaciones disuasivas cedieran ante penas civiles serias. Decidió que a quienes no dieran o retuvieran los diezmos, por cuenta del rey se les podría prendar y obligar a pagar el doble.
En junio de 1276 persistía el problema del ganado extremeño. A pesar de que ya se había ordenado que los rebaños que pastaran en el obispado dieran la mitad del diezmo de la crianza en el obispado de la región y la otra mitad donde lo debieran dar, había quien aún no lo hacía así. No sería suficiente con que nuevo la autoridad de la corona interviniera y ordenara que quienes estuvieran al cuidado de los ganados tenían la obligación de dezmar tal como estaba acordado. Había causas que excedían lo que en esta materia se había legislado. A fines de 1278 el rey tuvo que reconocer que parte de la persistencia del problema pudo tener su origen en que había concedido que algunos ganados no pagaran derechos de tránsito, derechos de pasturaje o el diezmo que les correspondiera. De ahí pudo provenir que cuando sus ganados pasaran de la jurisdicción de un obispado a la de otro no quisieran pagar diezmo al segundo. Su intención, según declaró, nunca había sido quitarle a la iglesia su diezmo. Para redimir las responsabilidades en las que sin embargo pudiera haber incurrido ordenó de nuevo que para pagarlo todos debían atenerse a lo que ya estaba acordado.
La ola de la resistencia al pago del diezmo alcanzó al obispado que entonces correspondía a la mayor parte de la región en la primavera de 1274. También aquí había quienes no dezmaban como era debido, y ni siquiera pagaban las primicias, modesta contribución voluntaria parásita del diezmo. Su responsable había optado por sentenciar a los rebeldes, quienes, aunque permanecían mucho tiempo excomulgados, ni se enmendaban ni obedecían a la iglesia. Sin embargo, esta vez la mediación del rey se limitó a conminarlos a que obedecieran.
Previa, simultáneamente o después, el rey concedería al episcopado del sudoeste bienes inmuebles a partir de los cuales obtener rentas, fuera con el desarrollo de señoríos, con la cesión de aquellos bienes o por cualquiera de las fórmulas distintas al diezmo que permitían entonces detraer trabajo.
Mientras que las rentas detraídas por el ejercicio del dominio directo o por cesión de las tierras obligarían a compromisos y contratos personales, para así captar el trabajo del que deducir renta, el diezmo, por ser una renta de pretensiones universales, aseguraría una detracción masiva. Obtenerla sirviéndose de la prestación personal tendría sentido cuando la población escaseara. En esa circunstancia sería la manera más eficaz de asegurarse la renta. El incremento de las poblaciones durante la plena edad media reorientaría las estrategias de deducción del trabajo ajeno. De la prestación personal quienes tuvieran poder para exigirlo pasarían al pago de rentas que pudieran proporcionar una masa indiscriminada de ingresos y mucho mayor.
El diezmo sería una de las modalidades de deducción de trabajo que respondería al crecimiento de la población, tal vez la más rentable de todo el continente. Así todo el instituido en el siglo décimo tercero, por ser una renta de su tiempo, aunque pueda haber quien opine lo contrario, se convertiría en un signo de modernidad. De la innovación, el rey concedente, a quien no le faltaría conciencia de aquellos cambios, sería corresponsable.
Las explotaciones
Publicado: febrero 23, 2018 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agraria, economía Deja un comentarioAlain Marinetti
En la región, para referirse a las explotaciones dedicadas al cultivo de los cereales, los textos de mediados del siglo décimo octavo manejan un vocabulario relativamente extenso. Además de cortijos, mencionan hazas y manchones, así como pegujales, suertes y rozas, y ocasionalmente otras instalaciones, como las huertas. Ninguna de las denominaciones es inflexible, y todas estaban modificadas por la manera de verse a sí mismos que tenían sus responsables. Aunque el repertorio parezca amplio, recoge solo las palabras más habituales, y si descendiéramos a las variantes locales, se podría prolongar extraordinariamente la lista. Pero es muy probable que detrás de cada nombre a lo sumo encontráramos sinónimos de las siete voces enunciadas. Creo pues que se puede estar seguro, tratando de la producción de cereales, que en aquel momento todo lo distinto a estas siete clases, si conseguía existir, sería muy secundario. Pero si las acepta sin más, el lector contemporáneo tal vez confunda hechos que parece necesario discriminar cuando se trata de aislar los tipos de explotación que se organizaban cada año. Su análisis, para lo que bastará que se acepten sendas definiciones, aunque pueda ser parcial puede ser suficiente para desentrañar la diversidad que encubren, separar lo que no debe estar junto y demostrar la oportunidad de respetar las distinciones hasta el punto que permita una idea precisa de quiénes eran los que cultivaban cada año los cereales.
Cortijo es la unidad de producción que en 1750 tenía los recursos suficientes para emprender la gama más amplia de actividades agropecuarias. Su contenido primordial era la tierra, normalmente de calidades diversas, aptas para garantizar extensos cultivos y la manutención de manadas de ganado. Su mejor porción eran los suelos de pan sembrar, de la calidad más alta, reservados para producir los cereales, que se subdividían en parcelas o unidades territoriales habitualmente llamadas hazas. Otra parte era el área de pastos propia, quizás la más importante de su fracción no cultivada. Aunque aquella reserva la justificara una limitada calidad del suelo, esporádicamente, valiéndose de la alta fertilización que le añadía el ganado que la apacentara, era utilizada como área productiva. También como zona de uso pecuario, contaba con un ejido próximo al centro de la unidad productiva, reservado para localizar en él cualquiera de los cuidados que requirieran los ganados de la casa, y la fracción de superficie que pudiera restar eran los baldíos del cortijo, zona sin trabajar a la que se podía recurrir para satisfacer cualquiera de las necesidades de la explotación. Ni siquiera se aprovecharían de manera reglada, salvo para actividades marginales, porque su tierra sería la de calidad inferior.
Era asimismo equipamiento necesario de cualquier unidad de esta clase el agua, una parte de la cual circularía por sus tierras. Es muy probable que en muchos casos se estancara con una presa, para regular su uso, y su manipulación más útil, para la brega diaria con el ganado, era el abrevadero, un estanque en el que los animales de la explotación tenían aseguradas sus raciones de esta parte de su alimentación.
Buena parte de los cortijos, a la tierra y el agua imprescindibles sumaban un recurso proveniente de su forma genuina, unas edificaciones reservadas a las funciones reproductivas de hombres y animales. Aunque inequívocamente biológica, estaban destinadas a concentrar trabajo, para luego propagarlo por sus tierras, depósitos de cantidades ingentes de la energía que había hecho posible que su suelo fuera el más productivo. Por último, también era una parte necesaria de la instalación, reguladora de su economía, la red de vías con la que sus caminos interiores conectaban. Del entramado de los caminos que a él llegaban y se prolongaban por su espacio se deducía una parte sustantiva del costo efectivo de buena parte de los otros factores, a través de la razón del gasto energético, que no era solo el de su labor, sino el de la casa toda.
Pero de ninguna manera sería correcto decir que un cortijo era una explotación, empresa o iniciativa personal que aspiraba al cultivo de los cereales. El nombre más apropiado, o menos anacrónico, para identificar la plenitud de las empresas que se restringían cada año a obtener un producto de cereales es labor. Alcanzaba el estado óptimo gracias a que su dimensión, la mayor entre las explotaciones de cada territorio, le garantizaba la posición dominante. Parece que lo regular era que cada una explotara un cortijo, siempre fragmentado en las áreas aptas para la siembra con cereales que imponía el sistema, y que año tras año mantuviera su cultivo continuo sobre una suma discreta de esa clase de partes. Pero también sabemos que una parte de las labores utilizaban más de un cortijo, completo o en parte, sin que por ello sufriera su integridad como agente económico independiente. Era una proporción en modo alguno insignificante, que podía aproximarse a la décima parte de los casos. Cuando una parte de las labores actuaba así, seis de cada diez sumaba a todas las parcelas disponibles de un cortijo las que hubiera en al menos una parte de otro para explotarlas simultáneamente. Luego la asociación más característica de las empresas que decidían acaparar más de un módulo de uso del suelo alcanzaba a dos cortijos. Las cuatro restantes acumulaban con el mismo propósito como mínimo tres unidades de la misma clase.
Sin embargo, el orden para la labor no derivaba inmediatamente de la cantidad de unidades tomadas sino de su localización. En torno a la mitad de quienes tomaban más de un cortijo repartía su labor de manera equitativa entre los distintos lugares elegidos, lo que significaba que también para el conjunto de cada labor se creaba una jerarquía, como ocurría cuando un solo cortijo, ateniéndose a los rigores de los sistemas, se dividía con el fin de aprovechar cada campaña solo una parte de su superficie. En la otra mitad de los casos la superficie acumulada era utilizada simultáneamente de manera muy dispar.
Los matices podían ser consecuencia de la dispersión. Normalmente, quienes tomaban a su cargo más de un cortijo lo hacían aconsejados porque todas las unidades de producción, completas o parciales, eran colindantes, lo que en la práctica les permitiría organizar su trabajo como si se tratara de una sola. Pero también había labores repartidas en dos lugares separados, aunque entre las razones que las unían también rigiera el principio de proximidad.
No obstante, es posible que hubiera dos cortijos explotados por un mismo amo y que sin embargo admitieran dos labores en paralelo. Si esto era excepcional, cuando la iniciativa de la empresa se dispersaba en tres o más lugares, aunque en cada uno se ocupara una cantidad de superficie distinta, en la práctica cada una actuaba como si fuese una explotación autónoma. Había grados de dispersión probablemente poco tolerables, a causa del exceso de distancia, escasamente compatibles con el gasto energético de la empresa, lo que la abocaba a ganar cierta racionalidad constituyendo cada parte como una labor independiente.
Pero cualquiera de las combinaciones siempre mantenía una unidad de la clase principal como centro de todo su sistema técnico. Cualquier labor siempre tenía su centro en un cortijo, añadiera o no dos o tres parcelas de otro. Se podía por tanto decir que hasta las asociaciones más complejas serían en el fondo de cortijo, fueran completos o parciales. Es suficiente para reconocer, dada su compleja composición, que cualquiera de las empresas que se acometían sobre esta base, como todas utilizaban al menos una unidad de este tipo, tendría previsto utilizar su labor como centro en el que integrar otras actividades agropecuarias.
Sería un error, consecuencia de la acumulación de ejemplos de diversidad, presentar la labor como una explotación que quiere batirse en distintos frentes productivos. La labor es la parte de los proyectos empresariales reservada a la producción de cereales. Su producto protagonista es el trigo, preferente sobre los demás. Incluso en un buen número de labores la producción de trigo es lo único que se documenta positivamente, y en algunas además se averigua con seguridad que toda la explotación está íntegramente dedicada a la producción de trigo. Los cortijos tienen pues como principal objetivo producir trigo y a ello se dedican, no solo de manera preferente, sino en buena parte de los casos de manera íntegra.
A las hazas afecta la indefinición. Es la palabra que se usa con menos rigor para denominar explotaciones. De sus significados, los que resultan más relevantes son los que se deducen de la lectura comparada de los documentos. En sentido estricto, haza es una parcela continua de cultivo de cereal. Como el orden cíclico de este induce la división del espacio de las unidades de producción en otras menores, sobre las que va cargando alternativamente la responsabilidad del producto anual, un cortijo, según decíamos más arriba, regularmente estará dividido en hazas, que es lo mismo que decir que está dividido en piezas o parcelas independientes. Por tanto, haza puede definirse también como la parte de una unidad de producción de un tamaño mayor. El fenómeno espacial en este caso toma su identidad de que tiene lindes propias aun dentro de las del cortijo porque la fragmentación responsabilidad del sistema se haya consolidado. Por estas razones la parte puede segregarse con facilidad y existir con independencia, y que así llegue a ser la base a partir de la cual organizar explotaciones que puedan conocerse con el mismo nombre. Es probable que en este caso fueran los cortijos sin instalaciones los más expuestos al riesgo de degenerar a la cesión en fragmentos. Pero también la palabra haza, en los mismos testimonios, se utiliza para distinguir una unidad menor que el cortijo. Con las mismas características en el espacio, puede haberse generado al margen de una gran unidad como otra intermedia, e incluso puede referirse a una propiedad concentrada con el propósito de ser explotada como un cortijo.
Porque la explotación organizada sobre un haza puede ser una labor, dado que la superficie del haza, cultivada completa, puede equivaler a la fracción de un cortijo que simultáneamente se ponga a producir. Los medios que cualquiera de las dos necesitaría movilizar serían similares, lo cual sería suficiente para que ambas fueran orgánica o técnicamente labores. Pero no todas las hazas tienen que dar origen a una labor. Es posible que también se dividan, sujetándose al rigor de la alternancia, en fracciones, para cultivarlas sucesivamente. Su dimensión para el cultivo quedaría reducida al menos a la mitad y por tanto la necesidad y combinación de medios se contraerían hasta el punto que no sería correcto llamar al orden resultante labor.
En cuanto al número de estas unidades que se usan para organizar sobre ellas una empresa, el mundo de las hazas es bastante homogéneo. Como unidad origen de una labor también la modalidad más sencilla de explotación resulta de que alguien haya tomado a su cargo la producción de cereales sirviéndose de solo un haza. Las tres cuartas partes de las labores constituidas sobre hazas cuentan con una sola unidad: una labor, un haza. Al tomarla en solitario para constituir con ella una explotación autónoma, tiene que ser la responsable de las explotaciones de tamaño intermedio. Pero el haza es una parcela que puede convivir con el cortijo. Un haza puede sumarse a uno y con él crear una de las explotaciones que acumulan tierras, que es tanto como contribuir a la creación de las del tamaño mayor o labores del primer rango, tal como hemos visto más arriba. Sin embargo, solo excepcionalmente hay labores que sumen más de un haza cuando la acumulada no es un cortijo. Estas situaciones parecen proporcionar a sus promotores, más que un ascenso, un descenso en su posición. Bien el número de explotaciones que acumulan son del tipo pegujal, bien son tan pequeñas que, aunque sean un número relativamente alto, aún aproximan más a la condición del pegujal. Así pues, la acumulación de hazas da origen a una modalidad de explotación de la menor importancia relativa.
Define muy bien la empresa sostenida sobre más de un haza la dispersión, y en esto hay grados. Las hay en dos lugares, aunque en todos los casos conocidos en el mismo paraje. También las hay en más de dos, alcanzando grados de extrema dispersión por exceso de parcelas, incluso hasta seis. La discontinuidad en el espacio, en este caso, parece una decisión estratégica relacionada con los costos de desplazamiento. El propósito parece combinar unidades que suministren energía para el desplazamiento con otras dedicadas a los cultivos de mayor rentabilidad. A la dispersión alguna vez se añade la condición de casa agropecuaria, como cuando se mantienen al mismo tiempo una hacienda y tres hazas.
El manchón es una parte de la reserva de tierra de una gran unidad de producción o cortijo, se mantenga íntegra o segregada en haza; la que permanece sin cultivar ni trabajar, razón por la que también se le denomina erial o eriazo. En sentido propio es por tanto solo un recurso técnico de los sistemas de cultivo del cereal. Si se incluye entre sus explotaciones, tendrá que significar que se trata de una que se acomete directamente sobre una tierra sin antes haberla preparado para este cultivo, es decir, sin barbechar, y que al mismo tiempo, como labor inicial, debe incluir la roza o desbroce de la vegetación espontánea que haya nacido en la parcela. Que la densidad de las especies que hayan crecido sea mayor o menor dependerá del tiempo que el área haya permanecido sin cultivo ni trabajo, pero que pueda constituirse como explotación tiene que entenderse naturalmente dependiente de la actividad organizada por una de tamaño mayor. Luego sería en todo equivalente a la que pudiera organizarse a partir de un haza, bajo cualquiera de sus condiciones. La diferencia entre una y otra se reduciría a la inversión inicial de energía, que tiene que ser mayor cuando las labores deben ser profundas.
El pegujal es uno de los hechos más característicos de la economía de los cereales en 1750. Un pegujal es un patrimonio modesto e inseguro, doble condición inscrita en su génesis, asociada a la servidumbre entendida en su sentido primitivo de esclavitud. En 1750 todavía se acumulaba gracias a la remuneración del trabajo con una cantidad de bienes, con más probabilidad los mismos que se hubieran producido trabajando, o el disfrute transitorio de un modesto trozo de tierra que permitiera obtenerlos. Esta segunda posibilidad había dado alas a las parcelas más pequeñas. El modesto trozo de tierra se había abierto un hueco como objeto de cesión, también transitoria, sin necesidad de que mediara la prestación de trabajo; simplemente, sirviéndose de las reglas del arrendamiento. Por eso en 1750 se había generalizado para esta arqueológica palabra el significado de explotación de pequeñas dimensiones; con seguridad, la forma más modesta de explotación. Sobre la transmisión precaria de una parcela limitada, se podría poner en marcha una empresa o iniciativa muy discreta para producir cereales, cuya diversidad en parte permite deducir la documentación de referencia. Nada impide que un pegujal de mediados del siglo décimo octavo esté localizado en el interior de un cortijo. Cualquiera de sus modalidades lo permite y la experiencia enseña que la mayoría tienen esa localización. Estarían también, por tanto, subordinados a él. Pero asimismo es posible que los pegujales se localicen en hazas, estén o no reducidas a manchones, o en tierras que de antemano son pequeñas parcelas segregadas por la condición de propiedad.
La modalidad mayoritaria y que define inicialmente con más precisión esta forma de explotación es la parcela única. De todos los pegujales organizados, las tres cuartas partes se sostienen exclusivamente sobre una unidad de producción: una parcela, un pegujal. Lo que queda al margen de esto tampoco es algo extraordinario. Del cuarto de pegujales con más de una parcela, mitad por mitad son pegujales sobre dos o sobre tres parcelas. Luego nada impide que también haya algunas empresas del tipo pegujal que estén sometidas a la tensión de las parcelas dispersas. Hasta tal punto es así que hay pegujales localizados en tres lugares distintos, aunque en todos los casos que se atienen a esta variedad ocurre que la dispersión es muy limitada. Porque tratándose del pegujal, la dispersión es compatible con los escasos costos de desplazamiento, a la vez que con la inmediata accesibilidad desde las poblaciones. El número tres, referido al de parcelas, parece ser también un valor asociado a esta posible norma. Hay, no obstante, algún caso de excepcional dispersión. Se documenta un pegujal en más de seis sitios. Aún así, restringido al espacio de un mismo término se atiene a la regla de concentración relativa.
Suerte es una forma de acceder a la cesión cuando la demanda de los bienes de los que se pretende disfrutar es superior a la oferta. El cedente, bajo esas condiciones, para adjudicar el bien puede recurrir, entre otras posibilidades, al azar. Por antonomasia, el procedimiento se aplica a las tierras que están bajo dominio de los municipios. En las tierras públicas y comunales que se aprovechaban para el cultivo, previa licencia real, se delimitaban las unidades homogéneas que recibían aquel nombre, siempre de dimensiones reducidas. Los municipios recurrían habitualmente al sorteo como medio de adjudicación aconsejados por representar la equidad, cautela de los gobiernos que se proponen perseverar.
Pero entender el término en este sentido tan restringido dejaría fuera a tierras privadas, como ocurría con las situadas en los ruedos. Sus dueños también podían recurrir a esta manera de llamar a las parcelas pequeñas que cedían para que fueran explotadas. Es cierto que el procedimiento de adjudicación, en este caso, es más probable que estuviera mediatizado por la subasta, que garantizaba las rentas más altas posibles. Por tanto, el sorteo en sentido estricto no sería el encargado del reparto, lo que no impedía a los dueños encubrir con la palabra suerte cada parcela que cedieran.
No obstante, es posible que a las pequeñas unidades de producción ocasionalmente se las denomine suertes simplemente para significar que en origen fueron constituidas dentro de límites legales y definidos. Porque en algunos casos no consta que las que se han reunido para organizar una explotación procedan de adjudicación alguna de tierras mediante sorteo o subasta. El hecho de que puedan acumularse en una cantidad muy alta en una sola mano, para dar como producto una extensión media compatible con los medios de gestión de las labores, hace sospechar que en estos casos pudo haber acaparamiento de predios colindantes procedentes de un reparto por sorteo anterior.
Hemos precisado antes que roza es una técnica al servicio del sistema de cultivo, la destinada a deshacerse de la vegetación espontánea crecida en la parcela que se va a preparar para la siembra, sea por labores profundas o por ignición. Sin embargo, con el nombre de roza también se puede denominar una unidad de producción que hasta el momento en que reunimos la documentación había caído fuera del campo de observación del estudio de la economía regional del cereal. La escasa literatura sobre esta modalidad de agricultura que ha prosperado ha adoptado esta denominación. Para nosotros no hay más autoridad ni más tradición que la justifiquen. A ella nos remitimos con la seguridad de que los avances que para esta vertiente del tema habrán de venir conquistarán un vocabulario más preciso.
El nombre no es el más adecuado porque efectivamente se refiere a un procedimiento de cultivo, y no a un lugar en el espacio o a una iniciativa. Pero la extensión del nombre hasta identificar una explotación podría quedar más que justificada porque aquel procedimiento es, en este caso, el que decide sobre todo lo demás. Allí donde la ocupación del suelo con fines productivos es menos intensa, el origen de las explotaciones de quienes deciden cultivar cereales, en una proporción muy alta, debe partir cada año del desbroce de un espacio en el que durante años la vegetación espontánea ha crecido libremente. Se deslindan en espacios de estatuto equívoco, también consecuencia de la poco intensa apropiación del suelo por defecto de la competencia entre quienes pueden aspirar a ella, resultas de la confluencia de la baja calidad del suelo y la escasez de población, lo que suele enmascararse -o, si se quiere, resolver de manera sumaria- considerando el espacio comunal, en la práctica terrenos bajo dominio de los municipios, y a ellas se puede acceder por sorteo en caso necesario. Cualquier vecino de aquellas poblaciones dispuesto a emprender una explotación de esta clase dispone de todos los reconocimientos y ayudas públicas, o en sentido contrario no encuentra más impedimento que el personal que pueda oponerse a tomar la responsabilidad de este trabajo. Que estas parcelas sean localizadas, habitualmente y del modo más general, en el monte es, finalmente, una manera de indicar con comodidad y eficacia la calidad de las tierras que se siembran, lo que no impide que estas prácticas, como se podría esperar, tiendan a desplazarse y radicarse en las tierras de mejor calidad de las zonas donde es practicada, en una progresiva declinación hacia la estabilidad que contradice su fundamento.
La información que nos permite asomarnos al mundo de las rozas, que las aproxima mucho a los pegujales, evoca un orden sencillo. La explotación de las rozas se asienta sobre una parcela. Los limitados medios energéticos disponibles y contar con un rendimiento satisfactorio de antemano, gracias al abonado incluido en la técnica, son opuestos suficientes para que el tamaño de las explotaciones pueda ser en todos los casos discreto.
A las huertas las fuentes siempre se refieren manteniendo su sentido regular, y no hace falta explicar que la huerta es la explotación especializada en la producción ininterrumpida de frutas y verduras, que siempre ha sido un espacio proclive al cultivo promiscuo, ni que cuenta a su favor con el regadío y la intensidad del trabajo en dimensiones en las que el suministro de la energía humana es el que impone la pauta. Lo que ocurre es que la explotación de la agricultura intensiva llega a serlo tanto que incluso en ocasiones incluye el cultivo del cereal, o que el deseo de poseer cereal invade el territorio de otros cultivos. Ningún obstáculo entorpece que en explotaciones tan especializadas, y con un carácter tan definido, suceda esto. En la parte de las huertas que se siembra de cereal el comportamiento es de haza. La parte dedicada a cereal también es una parcela dentro de ellas. Pero solo hemos encontrado dos en las que una parte de su superficie se dedicara a sembrar cereales. Luego este hecho por necesidad sería, además de excepcional, restringido.
Así pues, un cortijo es una unidad integral de producción, una haza es una parte de las tierras de un cortijo, el manchón un espacio definido por un recurso técnico, el pegujal una posesión modesta y pasajera que mejor se materializa en una parcela, la suerte una forma de acceder a la cesión de la tierra, la roza otra parcela definida por otra técnica al servicio del sistema y una huerta la explotación especializada en la producción ininterrumpida de frutas y verduras que esporádicamente acoge el cultivo de los cereales. Hay que reconocer que los textos contemporáneos no son rigurosos a la hora de elegir un criterio a partir del cual decidirse por las palabras que deben distinguir las explotaciones que actuaban en la producción de los cereales. Ni para evitar que en el uso de este vocabulario se interfieran entre sí los factores para la definición, como el tamaño de la parcela, las formas de la tenencia o las técnicas que se emplean. Todo lo cual pone en el riesgo de que las conceptos se solapen y que por tanto todo se confunda.
Pero afortunadamente, porque al mismo tiempo con su gama de vocablos los autores se proponen trazar el cuadro de las explotaciones con las que conviven, los términos más habituales alcanzan ese orden cuando se emplean por antonomasia, lo que como hemos demostrado permite depurar y aislar en cada uno de ellos el componente explotación, el asunto que nos hemos propuesto aclarar. Bastan las definiciones para que en todos los casos se descubra el contenido relacionado con este criterio. Cuando en la documentación de la época se utiliza la palabra cortijo por antonomasia es sinónimo de empresa de cereal del tamaño mayor. Haza, cuando designa una unidad independiente, es una empresa de tamaño intermedio, lo mismo que manchón. El sentido en el que utilizan el concepto pegujal los documentos de mediados del siglo décimo octavo es empresa o iniciativa de pequeñas dimensiones para producir cereales, y cuando las fuentes eligen la palabra suerte para aplicarla al campo de las explotaciones se entiende también que se trata de explotaciones constituidas sobre parcelas de dimensiones modestas. En el caso de las rozas la trascendencia de la técnica, su responsabilidad decisiva, se identifica tanto con la explotación misma, una explotación de tamaño discreto, que termina denominándola. En la explotación llamada huerta el cultivo de los cereales es excepcional y restringido y no creo que sea necesario tenerlas en cuenta en lo sucesivo.
Luego las clases de explotación, si nos atenemos al criterio del tamaño, factor común de todas las definiciones, se pueden reducir a tres: la que representa el cortijo, la que se identifica en hazas y manchones y la que se materializa en pegujales, suertes y rozas. La responsabilidad que en la constitución de cualquiera de ellas tiene la configuración previa de las unidades de producción, que en todos los casos es decisiva más allá de la aparente obviedad, reduce aún más las posibilidades. Haza y manchón pueden estar acogidos a cortijos, y el pegujal, a cortijos y hazas, aunque también puede ser independiente. La suerte puede acogerse a cortijos, pero también a las tierras de dominio municipal, que es el espacio regular de las rozas. Así las cosas, el orden del espacio para ser explotado con cereales podría reducirse al siguiente principio. El cortijo sería la matriz del orden, así íntegro como por sus secreciones mediana y pequeña, y las tierras de dominio municipal un amortiguador elástico del uso de aquel, que es el prevalente.
El acierto de al menos una parte de este análisis se puede poner a prueba sometiéndolo al contraste cuantitativo. Una información contemporánea sostiene que cada año, a mediados del siglo décimo octavo, si nos limitamos a los términos más generales, el espacio regional dedicado a cereales quedaba repartido de la siguiente manera: un tercio de las explotaciones activas eran cortijos, casi una cuarta parte hazas y casi otro cuarto pegujales, proporción que aumentaría si a estos les fueran sumadas las suertes. Los demás tipos serían cuantitativamente muy poco significativos. Son cifras que solo aproximan y además ya podemos afirmar con certeza que en su manera de calcular está interfiriendo la falta de rigor que hemos detectado. La consecuencia es que las cifras, como los conceptos, se solapan y no se pueden dar por buenas.
Hemos reunido otras pruebas cuantitativas, también de alcance regional, que son más consecuentes con los tipos de unidades de producción depurados. El lugar común que la agotadora literatura sobre este tema ha sabido difundir con más éxito ha sido el de la extraordinaria dimensión de los cortijos. Durante un tiempo, y desde determinada posición, esta idea se ha combatido, seguro que con sobrado fundamento. Pero se puede afirmar que la idea más común, para mediados del siglo décimo octavo, es la más exacta. Entonces los cortijos de la región eran áreas de enorme extensión relativa, un principio que, aunque pueda parecer contradictorio, no es del todo incompatible con la idea de que el cortijo común entonces no era excesivamente grande. Evidentemente es posible relativizar, ordenar por tamaño, agrupar por clases, y siempre la idea general se podría matizar; tanto y con tanta elasticidad, gracias a la diversidad de situaciones que es posible presentar, que está al alcance de cualquiera defender desde posiciones parciales, sin el menor asomo de cinismo, la idea que se proponga. Valga con decir que, para 1750, hemos podido documentar cortijos activos cuya superficie es un valor comprendido entre 100 y 2.800 unidades. Pero el tipo general lo darían los comprendidos entre las 300 y las 600. Por los datos de que disponemos, nos persuadimos de que este es el intervalo que mejor define el tipo dominante entonces. Con bastante probabilidad la mayoría de los cortijos activos entrarían dentro de esta banda, y dentro de ella aún serían más probables los que se ajustaran al intervalo 300-500, cifras todavía más ceñidas a los valores documentados. Pero, más allá de los detalles, la idea que debe prevalecer sobre todas es que para el momento al que nos referimos los cortijos eran un universo que por su tamaño quedaba a enorme distancia de cualquiera de las otras modalidades de integración del espacio al servicio del producto agrario. Solo hablar de cortijos traslada el análisis de los hechos a un rango del espacio explotado que incluye la magnitud exagerada, muy lejos y muy por encima de cualquier otra clase de complejos territoriales. Solo a partir de este principio se puede hablar de clases cuantitativas de cortijo. Para dar una idea aproximada de la magnitud de estas superficies agrarias, se suele decir que una hectárea corresponde aproximadamente a la extensión del estadio convencional. Basta saber que las medidas de superficie con las que estamos trabajando equivalen a una media hectárea para que inmediatamente haya que reconocer que un cortijo que tuviera solo doscientas de aquellas unidades, equivalentes a unos cien estadios, era una enormidad, y nos rindamos a la evidencia.
Las unidades de producción a las que quienes declaran llaman haza ocupan una superficie cuyo valor está comprendido entre 1 y 72 unidades de superficie, máxima elongación de nuestra experiencia que resulta equívoca. Cuando se pasa por debajo de la barrera de las 25 se entra en el terreno de transición hacia el pegujal entendido como parcela. El grupo de las hazas propiamente dichas, en el que sin embargo se podrían incluir los manchones, queda por completo comprendido en las 50 unidades de diferencia que hay entre los umbrales 25 y 75. Todas las que pudieran considerarse tales están dentro de esos límites.
Aunque también se declaran parcelas destinadas a ser explotadas como pegujal cuyas extensiones es necesario enmarcar entre 2 y 34 unidades de superficie para considerarlas todas, lo que realmente define el tipo es que el dominio reservado al pegujal es el de tamaño ínfimo. Entre la mínima superficie útil para el cultivo y las 10 unidades se concentra la masa de este hecho. Los valores más frecuentes están entre 6 y 7, y cruzar el umbral de las 25 unidades de superficie es salir de este dominio, aunque algunos casos, que nunca llegan al valor 35, caigan en el campo marcado por aquella cifra.
La superficie de las suertes de iniciativa municipal viene inducida por la ley. Un valor común para ellas es las 8 unidades. Tal vez por eso a algunos contemporáneos la extensión tipo de las suertes comprendida entre 2 y 4 unidades de superficie les parece reducida, por insuficiente para atender las necesidades de ingreso de una unidad familiar que solo dispusiera de este medio. Sin embargo, una suerte de 2 unidades, a media legua del lugar poblado, los cálculos más exigentes la estiman suficiente para que un bracero, que es el trabajador del campo que no posee ganado de labor, trabaje durante un año. Habrá que entender que estos argumentos no se utilizan referidos a suertes de promoción pública.
Las parcelas para rozas son de pequeñas dimensiones, desde este punto de vista más próximas a las de pegujal que a cualquiera de las otras dos extensiones tipo, mientras que el tamaño de las parcelas interiores dedicadas al cultivo de los cereales en las huertas está comprendido entre las 30 y las 50 unidades superficie, lo que definitivamente las asimila a las hazas.
Pero si queremos disponer de cifras lo más precisas posible y derivadas de conceptos rigurosos hay que descender a la observación de las explotaciones de un territorio, como si se escrutara un mapa. Con los apeos y registros de sementeras y el cuadro de rentas provinciales referidos al espacio administrado por un municipio, que antes de ahora he manejado, se puede estudiar con más precisión y sin interferencias la frecuencia del tamaño de las explotaciones y la superficie que acumulan. Al tratarse de registros para detraer una renta pública, en ellos constan las cantidades de superficie por las que debe contribuir cada empresario. Esto es lo que asegura que la cantidad de tierra que cada declarante registró expresaba directamente el tamaño de su empresa, al margen de cómo la denominara, y que cada una de ellas se opone a todas las demás y es por tanto exclusiva.
A la vista de la frecuencia de los casos anotados en la tabla que los recoge íntegramente, se pueden decidir con nitidez los siguientes intervalos. Hay un primer dominio de las frecuencias del número de explotaciones cuyo rango llega hasta las 12 unidades de superficie. El número de casos, para cada unidad del rango, está aproximadamente marcado por el valor 50, y los valores modales se sitúan por encima de esta frecuencia. El segundo rango lo separan con claridad los valores entre 13 y 40 unidades porque las frecuencias más representativas de este dominio descienden bruscamente, hasta quedar comprendidas entre los 10 y 20 casos por cada unidad declarada. El tercer dominio, que comienza a partir de la superficie por encima de 40 unidades, es con toda claridad el de las frecuencias por debajo de 10, modales y no modales.
El siguiente cuadro, referido a un año tipo, ilustra esta definición independiente de los rangos.
| Intervalos de superficie | Frecuencia de los casos | Frecuencia de los casos | Superficie acumulada | Superficie acumulada |
| En valores absolutos | En % | En valores absolutos | En % | |
| Hasta 12 unidades | 1.424 | 85 | 5.822,50 | 18 |
| De 13 a 40 | 127 | 7 | 3.116,00 | 9 |
| De 41 en adelante | 128 | 8 | 24.062,25 | 73 |
| Totales | 1.679 | 33.000,75 |
Cualquier clasificación, porque siempre es rígida, corre el peligro de enmascarar o deformar los fenómenos. Pero creo que la claridad que reconoce el criterio de segregación de los grupos permite concluir que el cuadro precedente deja observar una realidad y no una elaboración estadística. Es probable que el mayor grado de fidelidad a los hechos se concentre en los extremos. Según resuelven los documentos, había dos clases de explotaciones, labores y pegujales. Probablemente, esta manera de proceder sus autores simplificó los hechos. Pero tuvo la virtud de poner de relieve con solo una instantánea algo más que lo más llamativo. Por debajo del valor 12 unidades de superficie queda sin ninguna duda el hecho de los pegujales absolutamente. Por encima de las 40 también es seguro que lo único que existe son labores, por definición. El dominio intermedio es sin embargo de transición. Ahí deben estar la parte sustantiva de quienes toman hazas y manchones para explotarlos íntegros. Pero también otros cuyos comportamientos redundan en los dominantes: los que toman grandes extensiones y sin embargo emprenden una labor discreta, para ceder en pegujales la otra porción de la superficie que tienen; y viceversa: es posible que estén declaradas como parcelas continuas las tomadas por un grupo de trabajadores para hacer de ellas el uso regular del tipo pegujal, que por otra parte en absoluto no excluye el aprovechamiento comunal. Aunque normalmente el pegujal se promovía por una persona, y se accediera a él por remuneración, arrendamiento, sorteo o teniendo que rozarlo, sobrevivía el pegujal como parcela comunal cultivada por un grupo de semejantes, una forma de explotación que aunque entronque con la senara igualmente se denomina pegujal.
Así pues, nada hay que añadir a lo observado sobre los valores que lo resumen. Casi el 80 % de la superficie puesta en cultivo lo concentraba menos del 10 % de las explotaciones, y más del 80 % de las explotaciones no acumulaban ni el 20 % de la superficie. Lo que quedaba en medio tenía escaso peso específico. Contando con estos valores se puede afirmar que en el centro de la región suroccidental de la península ibérica, a mediados del siglo décimo octavo, a la forma de empresa llamada labor eran dedicadas nada menos que entre tres cuartas y cuatro quintas partes de todo el espacio invertido cada año en la siembra de los cereales, un fenómeno que era compatible con que las labores de un territorio, al mismo tiempo, fueran la porción mínima de las empresas destinadas a aquel fin. Incluso si a las labores en sentido propio se les sumaban las que se acometían según sus mismos procedimientos, aunque en espacios distintos a los genuinos, se mantenían en torno a la décima parte de las iniciativas cuyo deseo era conseguir aquel producto. Tan desequilibradas relaciones dan suficiente idea del grado de concentración que se había impuesto en esta decisiva rama de actividad, así como de la preponderancia de este tipo de empresa. El cuerpo de las labores de un territorio creaba un orden en el espacio tan poderoso que alcanzaba a toda la actividad, cuyo régimen de gestión rebasaba los límites de cada una de las explotaciones que a sí mismas se llamaban de aquel modo. Además, decidía sobre la organización de todo el complejo de empresas primordiales al que debemos llamar casa, para el que actuaba como núcleo.
Las expectativas podían llevar a la promoción de un buen número de empresas. El criterio que prevalecía para constituirlas era el personal. Como norma general, juzgando a partir de las mismas fuentes, puede defenderse sin correr demasiados riesgos que el principio de organización de la economía del cereal era la iniciativa individual o personal, esporádicamente femenina, y que acceder al uso de la tierra mientras aún se permanecía bajo la patria potestad se cita como algo muy excepcional. De donde se deduce que la existencia de las explotaciones de cereal estaba sostenida por la vida adulta de los varones. De ahí que tenga el más preciso de los sentidos que la documentación de la época, para referirse a las clases de explotación de la manera más explícita, en muchas ocasiones simplemente personifique. Las clases de empresario que reitera son cuatro: labradores, pelantrines, manchoneros y pegujaleros. Labrador es el promotor de labores. Con toda la consecuencia, algunas mujeres justamente se presentaban a sí mismas como labradoras. Pelantrines y manchoneros serían los intermedios. Buena parte de los casos que se identifican a sí mismos con estas denominaciones al mismo tiempo están incluidos en el dominio de las hazas. A la masa reiteradamente se refiere la documentación con el regionalismo pegujaleros. Descrito el origen y el lugar que ocupan en el rango de las empresas, probablemente es más correcto, cuando es necesario generalizar y comparar, llamarlos campesinos, la forma más extendida de identificarlos en occidente. Por tanto, concordando los nombres habituales de los promotores de explotaciones con las inducciones cuantitativas precedentes, las dos clases de empresario decisivas para sostener el orden creado para el cultivo de los cereales serían labradores y campesinos.
Una parte del análisis historiográfico ve que en la organización de las empresas decidirían tres factores, a su vez entre sí relacionados: el tamaño de la superficie sobre la que se organizaba, los medios de los que disponía quien la decidía y el destino previsto para el producto. Del alcance decisivo del tamaño de las parcelas tenemos pruebas suficientes, mas del valor relativo que tenían los medios no es posible formarse un juicio en los límites de este ensayo. Pero incluso suponiendo que todos dispusieran de los mejores medios para la promoción de una empresa, las posibilidades de combinación con los otros dos factores que la harían realidad enseñan de antemano que no habría solución técnica que pudiera imponerse como la más racional, sobre todo contando como constante con la rígida bipolarización de los tamaños. De cualquier manera, es al tercer factor al que la mayoría le concede la responsabilidad. Suelen explicar que las clases de empresa se pueden discriminar, de la manera más sencilla, tomando solo como criterio el destino previsto para el producto. Según este, básicamente habría dos tipos de explotación, la que producía solo para autoabastecerse y la que además producía para el mercado. La frontera entre la iniciativa de los labradores y la de otros que quisieran disponer del mismo vendría dada por el diferente destino de su producto. Mientras que el labrador, en sentido propio, sería el que, además de la reserva, pretendiera una cosecha que le permitiera obtener rentas en el mercado, el campesino, que ni siquiera había de estar vinculado de manera preferente a la actividad agrícola, tendría como único propósito, cuando cultivaba un trozo de tierra para obtener cereal, conseguir su modesta despensa.
Creo que es precipitado aceptar tal oposición de términos. Efectivamente había explotaciones cuyo fin era abastecer los mercados, mientras que otras se situarían al margen de este propósito. Pero no sería exacto afirmar que las menores daban preferencia al suministro al hogar, porque nada impedía que su producto también concurriera al mercado, aunque a una parte de los gobiernos domésticos no conviniera desviar en aquella dirección el producto que obtenían. Los campesinos también buscaban renta, todos buscaban renta. La renta era la riqueza. La separación entre unos y otros la originaban las condiciones en las que cada cual podía acceder a su realización. Los mercados, el del grano, pero antes el de las cesiones de suelo, eran las encrucijadas en las que la lid, que el lenguaje del análisis económico ha atenuado llamándola competencia, otorgaba posiciones y posibilidades, victorias y derrotas, ganancias y pérdidas. Todos podrían depositar una parte de sus esperanzas en el golpe de suerte de una venta favorable del producto. Sobre todo porque no era una aspiración remota. El mercado en el que las respectivas explotaciones esperaban era el que proporcionaban sus propias poblaciones, cualquiera de ellas experta, así activa como pasiva, en las fuertes oscilaciones del precio del grano.
De acuerdo con los análisis acumulados en los límites de este texto, creo es posible replicar con otra teoría del origen de las explotaciones. Si aceptamos que la presión de las poblaciones circundantes sobre las tierras más alejadas del centro de un término se suma al incremento interior de los pegujales, tal como antes de ahora se ha demostrado, tendríamos que reconocer que la oscilación del tamaño de la superficie cultivada cada año se alimenta del recurso a las tierras periféricas en el sentido más extenso; de las periféricas porque la distancia las hiciera más útiles a quienes vivieran en la población vecina, de las periféricas porque su rendimiento pronosticable pudo hacerlas preferibles para su aprovechamiento como pegujales, al margen de donde estuvieran localizadas.
Argumentar con el rendimiento en el momento crítico de las explicaciones puede parecer apelar a un factor que no ha sido tenido en cuenta en el análisis precedente, un argumento que se deja sobre la mesa como los tramposos enseñan el as decisivo. No sería riguroso decidirse por este juicio en este momento. Aunque solo en apariencia. El concepto de presión de la demanda de tierras para organizar explotaciones, central en todas argumentaciones, lo contiene.
Para la modificación del valor de la superficie puesta en cultivo, parece decisivo el número de las parcelas que salen al mercado cada año, a partir de las cuales satisfacer la creación de una explotación autónoma. De su responsabilidad específica sobre el resultado final no pueden caber dudas. A los pegujales, creo que en todos los casos, se accede por cesión. Si la presión sobre su mercado se incrementa, crecen las expectativas de obtener renta por ellos. No sería por tanto rendimiento de la tierra lo que se esperara, sino de las cesiones, un hecho en modo alguno exógeno a nuestro análisis, al contrario, incluido desde el principio en el análisis, dado el modo de acceder a la promoción de un pegujal que parece común. Así pues, buena parte de la responsabilidad sobre la creación de las explotaciones habría que hacerla recaer sobre las rentas detraídas al trabajo invertido en la producción del cereal, fuera por iniciativa de los demandantes de las tierras o por decisiones de sus cedentes.
Los precios deciden
Publicado: diciembre 14, 2017 Archivado en: Abel Émerson | Tags: agraria, economía Deja un comentarioAbel Émerson
De los precios de hace casi trescientos años se conservan algunos registros. Uno de ellos está coleccionado en unos cuadernos de tamaño folio, en los que sus autores fueron anotando los precios mínimo y máximo que cada semana alcanzaban bienes vendidos entre enero de 1752 y diciembre de 1799 en un mercado, la población donde se conservan; cuarenta y ocho años de información regular de cuando aún las estadísticas apenas existían.
El plan fue concebido para once productos (trigo, cebada, habas, garbanzos, aceite, lana, carnero, vaca, cerdo, tocino y macho cabrío). Es posible que proviniera de una decisión administrativa. A mediados del siglo décimo octavo las autoridades de la región suroccidental insistían en pedir información sobre precios semanales. Incluso es muy probable que el origen de esta preocupación haya que atribuirlo a los sucesos de 1750. Aquel año, en plena crisis, la administración regional una vez más quiso coleccionar informes de precios. Tal vez las crisis, que podían ser esperadas, que excitaban las compraventas, inspirasen las decisiones más ambiciosas, incluidas las administrativas. Pero solo durante las dos primeras décadas se cumpliría un programa tan extenso. Después, quedaría reducido a los cinco productos que proporcionaban los ingresos más estables de las empresas que se concentraban en la agricultura (trigo, cebada, habas, garbanzos y aceite).
Para la cotización del trigo, la mercancía en la que por el momento he decidido concentrar mi atención, la colección estadística tiene cinco lagunas. Tres solo afectan a una semana: una de junio de 1766, otra de diciembre de 1779 y la tercera de noviembre de 1792. La cuarta es de medio año, el comprendido entre el 25 de noviembre de 1758 y el 11 de mayo de 1759. La más importante es de un año nada menos, del 31 de diciembre de 1790 al 29 de diciembre de 1791. No son inútiles las lagunas, como no lo son los errores. Los vacíos, junto con las secuencias caligráficas de los manuscritos, así como que los cuadernos no tengan las formalidades propias de los documentos, aun tratándose de un depósito administrativo, son razones suficientes para creer que se trata de una colección de copias compuesta a partir de uno o varios originales, estos sí probablemente creados por el gestor público, que no se han conservado en aquel depósito o que al menos fueron reunidos en una colección aparte.
De todos los testimonios que hablan en favor de que sean copias, es resolutiva la laguna más importante, probable error consecuencia de un salto de igual a igual. Es posible que los copistas de los precios fueran varios, aunque es seguro que todos estaban formados en la caligrafía de los amanuenses de fines de la época moderna. Por el depósito que ha conservado la colección, se puede conjeturar que pudieron ser empleados de un municipio, que tenían acceso a la documentación relacionada con la gestión de los asuntos públicos, con la posibilidad de dedicar una parte de su tiempo a la copia por encargo. Tal vez trabajaron para una sociedad económica, un club interesado en esta clase de informaciones. La que hubo en la capital de la región, que prefirió calificarse a sí misma de patriótica, en el primer volumen de sus memorias, que salió de la imprenta en 1779, entre las páginas 129 y 134 publicó una estadística similar; precios máximos y mínimos del trigo, tal como habían cotizado en su alhóndiga entre 1649 y 1778. Pudo ser un registro oficial de mercados semejantes a la alhóndiga el responsable remoto de los valores utilizados por los autores de los cuadernos locales que vamos a emplear como fuente para el análisis de los precios del trigo. Tal vez los encargos a los copistas se fueran sucediendo, y esta fuera la causa de los cambios en la caligrafía. Pero se puede asegurar que el último tuvo que completarse con posterioridad a 1799, porque la serie se interrumpe coincidiendo con el final de este año, una cifra expresiva del límite de un ciclo, no en los hechos, sí para los cómputos. Esto permite suponer que la serie, bien de los originales bien de las copias, pudo extenderse hasta los comienzos del siglo décimo noveno al menos, y que tal vez fue coleccionada en otro legajo que no ha tenido la fortuna de sobrevivir.
La unidad de tiempo que usa la estadística es la semana. Pudo ser una parte nada despreciable de la experiencia que se adquiría en los mercados, no digamos del comportamiento de los especuladores. Una y otro fueron descargados en su estadística por los responsables más remotos de la redacción de los cuadernos al elegirla. Pero excluye la posibilidad de observar las oscilaciones del valor de los bienes durante menos tiempo. Al tomar esta decisión, sus autores impidieron sobre todo el análisis de los cambios de los precios del trigo a lo largo de un día, en cuyo transcurso se efectuaban las operaciones de compraventa.
Sin embargo, aquella decisión de los autores de la estadística no es un imponderable. La duración de la semana no está borrada por completo, en los cuadernos el rastro del día solo ha desaparecido parcialmente. Al decidir que se registraran hasta dos valores por semana, el mínimo y el máximo, sus redactores permitieron que fueran observables los cambios de valor durante la unidad de tiempo menor posible, y así describir del mejor modo las oscilaciones de los precios del trigo en el tiempo concreto. En la convivencia de ambos valores en la misma unidad de tiempo verían contenida suficiente elocuencia para explicar el fenómeno regular de los permanentes cambios de valor de aquella mercancía. Así pues, al considerar máximos y mínimos nos hacemos partícipes de la experiencia de los autores de la estadística.
No obstante, se puede sospechar que sobre el registro de ambos valores carga la rutina. Anotar una diferencia de dos reales entre ellos durante una semana, tal como es frecuente, puede ser una manera convencional y expeditiva de expresar la oscilación habida, sin perder el tiempo en más detalles, ni creerse en la necesidad de buscar información más precisa sobre un hecho que al fin y al cabo es de sobra conocido. Pero con más frecuencia que la diferencia de 2 reales se registran las de 3, las de 4, que son las mayores absolutamente, y hasta las de 5. Es verdad que los valores pares se imponen sobre los impares, como es regular en cualquier secuencia de anotaciones estadísticas, y que el registro de los valores enteros se impone sobre el de sus respectivos decimales, a excepción del valor 1.5. Aunque nada de esto es distinto a lo que se observa en las tablas de precios de cualquier mercado al por menor, de acuerdo con esta descripción tendríamos que reconocer que tal vez hayamos perdido en precisión. Pero gracias a la dispersión de los casos podemos estar seguros que la amplitud de la observación, en sustancia, ha sido retratada con sus rasgos habituales más visibles.
Los precios están denominados en vellón, una carga métrica que puede tener consecuencias para la correcta apreciación del fenómeno. La inflación del vellón a partir de 1772, y no los cambios en el aprecio de los bienes, pudo ser responsable de una parte de las oscilaciones registradas. De ser así, habría que neutralizar su efecto, para evitar que el cambio de valor de la moneda contaminara la observación del cambio de valor de las mercancías. Pero examinada la tabla bruta de los precios registrados, se aprecia que las alteraciones de la denominación en moneda de cuenta del valor de los bienes se comportan con autonomía en relación con el paso del que sea de los valores del tiempo. Antes y después de la inflación de 1772 se observan valores extremos, tanto en un sentido como en otro, y también antes y después se los puede encontrar moderados. Máximos y mínimos son pues aleatorios, y cualquiera de ellos lo es respecto de la duración de su ciclo. Los efectos de la inflación estarían por tanto absorbidos o serían indiferentes a la cotización del trigo.
Hasta donde llega mi información, creo que para el suroeste estos precios semanales contienen el grado más alto de observación de un mercado del trigo hasta ahora conocido, así como su descripción continuada más completa. El elegido tenía alcance comarcal. Tal vez de ahí vino la atención que decidieron concederle a sus cotizaciones unos contemporáneos interesados en los fenómenos mercantiles. De su valor eran tan conscientes al designarlo como observatorio que de ellas encargaron copia, y luego quienes las vieron anotadas aunque reconocieran que no eran documentos propios de aquel depósito decidieron conservarlas en él. No es frecuente encontrar colecciones de precios con estas propiedades. De su condición extraordinaria se tiene la certeza si se la compara con las descritas en las obras clásicas sobre la historia de esta materia, incluida la mercurial de París de E. Labrousse.
La historiografía tal vez le haya concedido demasiada importancia a los precios. En su origen hay un interés que le es ajeno. El que hubiera cuando se formaron las primeras grandes colecciones tenía objetivos de política económica. La atención que en su momento se concentró en el estudio de la revolución de los precios del siglo décimo sexto no es indiferente, al menos en el tiempo, a las primeras formulaciones keynesianas ni a la política de New Deal. Las elaboraciones literarias referidas al pasado, aun sin considerar su papel de mediador técnico para determinadas elaboraciones teóricas, le confiaron la responsabilidad de termómetro de los síntomas económicos, de donde a veces dedujeron comportamientos y causas que los datos por sí mismos no ponen al descubierto. Cuesta trabajo aceptar muchas de sus deducciones, buena parte de ellas basada en elaboraciones estadísticas que van dejando atrás los datos originales según van avanzando; ahora dejan a un lado los valores excepcionales, luego toman los que describen unos movimientos según los principios del modelo A o el B, e ignoran los demás. Tales métodos pueden ser útiles para ciertas demostraciones, pero crean un artificio que oculta los comportamientos espontáneos. Son lamentablemente tautológicos en la medida en que incluyen en los instrumentos de análisis las premisas de las que parten, a veces cínicamente presentadas como hipótesis. Ni siquiera el año-cosecha, el artificio más neutro que se consintió la historiografía de los precios antiguos es suficiente para respetar las oscilaciones que describen los números. Siguió la pauta que trazaban los textos contemporáneos a los hechos estudiados, que estaban tan interesados en crear una opinión homogénea como en encubrir las tácticas que efectivamente permitían los mejores beneficios. Así los relatos historiográficos se convirtieron en una parte anacrónica de aquel orden.
Para ganar una posición independiente puede bastar un axioma incontrovertible a partir del cual inducir. Los precios, cuando los propone quien oferta, están destinados a contenerlo todo: las inversiones y los gastos, los beneficios y las rentas, las detracciones y los intereses, y por supuesto la satisfacción de las necesidades inmediatas a la supervivencia y los deseos menos perentorios. Cuando acepta un precio, quien vende aspira a cubrir con el ingreso que obtenga esa totalidad. Lo hará o no, tendrá que resignarse a una cantidad por debajo de la que desee o podrá completar una operación que le proporcione una ganancia por encima de la más optimista de las previsiones. Pero en todos los casos sus aspiraciones a alcanzar aquella totalidad estarán siempre en el origen de las decisiones mercantiles que tome. Todo su esfuerzo se concentrará en alcanzar el mejor orden de monopolio para el medio en el que actúe; de la dimensión y de la duración que sea, pero que permita en algún momento dictar el precio para aquel ámbito, una aspiración que le quedará tanto más lejos cuanta mayor sea la capacidad del comprador para elegir oferta. Así concebido, el precio es mucho más que un indicador. Es el que finalmente decide. Si el analista retrocede a lo largo de su composición y de sus avatares, puede recorrer el camino que lleva hasta el último de los esfuerzos acumulados para crear el bien que lo permite y obtener el beneficio.
Por ahora, mi objetivo es reconstruir, sirviéndome de los precios, con la mayor fidelidad posible, los comportamientos que confluyeran en el mercado del trigo, un propósito no menos ambicioso que potencia tienen las estadísticas fuente. Parto del principio de que el relato más detallado de las oscilaciones de los precios es el que permite la restauración más completa de los actos que es posible conocer tomando como pauta estas colecciones de números, sin que la cantidad garantice que el rescate sea más fiel solo por cumplir esa condición. Pero, tratándose de hechos cuantificados, la masa permite llevar su ponderación hasta el límite, que por definición es el lugar hasta donde alcance la información conservada. La reiteración de los números registrados descubre lo que en aquel mercado había de anodino y gregario. No hay evidencias sobre que los comportamientos discurrieran al margen de estos límites. Su examen desde el principio demuestra que los actuantes se atenían al principio de razón, por cuya causa se comportarían tal como los demás presumieran y tuvieran consentido. Sobre este principio se sostiene lo que la teoría económica llama el comportamiento racional de los agentes; el fatídico principio racional de la enajenación, que es también ambición compartida, según el cual es más probable que los bienes se precipiten al mercado cuando asciende el precio, tanto más cuanto más ascienda. Según el comportamiento de este, y no a la inversa, no porque concurrieran, acudirían a emparejarse con su comprador resignado y pasivo trigos de todas las clases, viejos y jóvenes, atrojados y desembarazados. Los comportamientos más probables serían los inducidos por las oscilaciones de los precios, tanto más cuanto más se aproximara el orden de monopolio. La oscilación de los precios es la prueba más directa de que los agentes también decidían según principios distintos al racional cuando la posibilidad de monopolio se alejaba.
El método debe imponerse violentar los números proporcionados por la estadística con la menor cantidad de premisas, para observar el comportamiento espontáneo del mercado del trigo, con la intención de eludir cualquier modelo de análisis que inyecte prejuicios en los hechos. Probablemente la descripción de las oscilaciones de los precios sin manipulación estadística no permita llegar demasiado lejos. Tal vez resulte monótona y poco instructiva. Sin embargo, estoy convencido, porque parto del principio del comportamiento enajenado por la ambición, de que es suficiente para descubrir razones, aunque sean muy elementales, que permitan reconstruir los comportamientos gregarios que insistentemente concurrían a la compraventa del trigo.
Para homologar la información y no perder el tiempo en matices insignificantes, antes que nada, he revisado una por una las cotizaciones registradas. Los valores expresados por un número entero no han necesitado adaptación alguna. Las fracciones, cuando el valor registrado no era un número entero, las he concentrado en el medio real, equivalente al redondeo menos distorsionante posible. La fuente me permitiría ser más preciso, pero me entretendría demasiado y no conseguiría nada serio a cambio. Basta esta manipulación de los datos, además de los errores de transcripción, para que se acumulen cálculos erróneos, aunque se ponga todo el cuidado, lo cual ya es deformación sobrada.
La representación de todos los valores en una sola imagen es la otra parte del método. Sin su auxilio la detección de los cambios resulta tan penosa como expuesta al error. Sobre cualquier decisión arbitraria, tiene la ventaja que permite valorar, cuando se representa la serie completa, qué oscilaciones tienen entidad para el comportamiento general y cuáles no. Atenerse a este procedimiento, aceptada la necesidad de la mediación gráfica, impone manejar una sola cifra para cada unidad de tiempo, la única elaboración estadística que debe consentirse. La semana, en la estadística representada por un mínimo y un máximo, así queda reducida a un valor, el precio medio semanal, y reducida a esta dimensión permite delinear las oscilaciones.
Para servirme de ella durante los análisis y hacerlos avanzar, he elaborado una nomenclatura provisional, frágil, probablemente no demasiado ortodoxa, aunque redactada bajo la convicción de que resulta clara y útil. La piedra angular de mi léxico es ciclo, un concepto siempre cargado por el punto de vista. Habiendo decidido que la semana, unidad de tiempo, quedara representada por un solo valor, solo es posible observar ciclos agregando semanas. Pero todos los ciclos, aunque agreguen las semanas como quieran, conceptualmente pueden aceptar un modelo universal, el más elemental, el incluido en la idea misma de ciclo. Cualquiera es el compuesto por una primera secuencia de crecimiento y una segunda de retroceso; o viceversa, porque para la observación tanto da una como otra forma. Todo depende de donde tenga que partir el observador. Si la primera secuencia de valores que aprecia es descendente, los ciclos podrán sucederse en V; en caso contrario, valdría esta misma imagen, solo que invertida. A esta idea no habría nada que objetar. Explica lo que podemos denominar ciclo espontáneo cuando se manejan las cifras originales. Aunque sea el fruto de una abstracción, es el único principio que se puede dictar cuando se desea observar el fenómeno sin contaminación.
Pero cuando el punto de vista de verdad interfiere es cuando hay que identificar un máximo y un mínimo absolutos en cada ciclo. A partir del examen de los números, para aceptar una inflexión como irreversible he optado por valores que estén separados por una diferencia superior a los cinco reales. Cuando una secuencia de valores se está incrementando y se mantiene con ese comportamiento sin que esa parte de la serie conozca una inversión del incremento superior a tal cantidad, acepto que el sentido de la evolución se mantiene y que el retroceso momentáneo ha sido intrascendente. Cada una de esas orientaciones puede incluir pequeñas oscilaciones, de duración variable, aunque todas limitadas a cambios en la cotización inferiores a los cinco reales. Actuando de este modo, he descubierto treinta y siete ciclos para aquellos casi cincuenta años, base suficiente para la observación del fenómeno cíclico más inmediato.
Mas si desisto del cinco como límite a partir del cual reconocer inflexiones, que en realidad es tan arbitrario como el cuatro o el seis, y que solo aprovecha que las posibilidades de que se opongan máximo y mínimo van descendiendo según se va incrementando el factor, y me atengo ahora a la observación gráfica de toda la serie, descubro solo nueve ciclos completos. Creo por tanto que desde ahora es necesario aceptar que, observando todas las oscilaciones, se descubren dos clases de ciclos espontáneos, el que convencionalmente, por comparación, puedo llamar corto, el primero que he descrito, y el que ateniéndome al mismo criterio debo llamar largo.
Para completar la nomenclatura, duración de un ciclo será el tiempo que consuma en agotar todo su movimiento, el que suma un ascenso a un descenso, o viceversa, y llamaré fase a cada una de las secuencias de tiempo o duraciones ininterrumpidas bien de incrementos positivos bien de caídas; antes de que se alcancen un mínimo o un máximo absolutos, tal como quedan marcados por cada secuencia cíclica, sea estadística o gráfica. También podría decir que una fase es la mitad de un ciclo o un semiciclo, siempre que por mitad no se entienda una duración sino la persistencia en el signo de los incrementos. Amplitud de los ciclos será el nombre conveniente a las diferencias entre el máximo y el mínimo de cada uno. Definida así, expresaría la escala a lo largo de la cual vendedores y compradores podrían satisfacer o defraudar sus aspiraciones. Un mayor recorrido o longitud de la escala serían más oportunidades, mientras que cuando el recorrido fuera corto, las oportunidades serían menores. Por último, habrá que denominar factor multiplicador a cuantas veces el máximo contenga al mínimo. Expresaría las mayores ganancias efectivas que podrían alcanzar los poseedores de grano que lo sacaran al mercado cuando se llegaba a la mayor amplitud; o las mayores pérdidas de oportunidad, si fuera necesario vender al mínimo, una vez escapada la del máximo.
El ciclo largo
Para satisfacer las mayores expectativas que se podían esperar de todos las oscilaciones del precio del trigo, era necesario aguardar como mínimo dos años y tres meses, y podía llegar el caso que fuera necesario poner a prueba la paciencia de los concurrentes durante casi nueve años. Esto sería extraordinario, pero no lo sería mantenerse a la expectativa entre cuatro y cinco años y medio, o en torno a siete.
Para contar con el viento de cola del alza era necesario arriesgar mucho. Las semanas de alza eran casi dos tercios del total. Aunque no hay que despreciar el otro tercio, el recesivo, una amenaza ante la que a quien concurriera con su trigo al mercado le obligaría a permanecer en guardia para evitar depreciaciones encadenadas de su producto.
De los nueve ciclos, en cuatro el máximo se alcanzaba en otoño, normalmente entre ocho y nueve semanas después de su comienzo, es decir, en la segunda mitad de noviembre, más que mediado el otoño, casi en vísperas del invierno. Si tomáramos como referencia de suministro de los mercados la cosecha precedente, un supuesto que no está desorientado porque acepta el principio del tamaño del mercado inmediato como pauta para decidir el volumen del producto, así como la ley de la responsabilidad del costo del transporte en el precio final del producto que se moviera, tendríamos que admitir que con más frecuencia en favor del máximo trabajaría la contracción del producto debido a la cosecha local inmediatamente anterior, y que para combatirla no se ha recurrido a la importación de choque.
En el orden de las frecuencias del máximo, al otoño le sigue la primavera. Como ocurre en tres de los ciclos, no sería una deformación de los hechos admitir que era un fenómeno tan probable como el máximo de otoño. Era más probable que ocurriera unas seis semanas después de empezada, esto es, en abril. Respetando el mismo modelo de comportamiento de los mercados locales, porque si es aceptado para una situación tiene que serlo para cualquiera de las demás, un máximo de primavera tendría que significar que la reserva apta para concurrir al mercado local, cualquiera que sea su edad, amenaza con retraerse, más probablemente por agotamiento, y no se ha recurrido a importar grano; o si se ha hecho, no ha sido suficiente para contraer los precios.
Las otras dos posibilidades, que el máximo sea de verano o de invierno, justo porque son excepcionales, ganan un significado valioso si nos atenemos al mismo modelo. Un verano de máximos es la prueba de una cosecha completamente perdida, la mejor de las oportunidades para quienes tengan reservas; y que sea en invierno puede ser la consecuencia de que la caída del producto previo pudo quedar atenuada por un volumen que no fuera catastrófico o por la llegada de grano exterior.
Así como el máximo más probable es el de otoño, el mínimo más probable es el de verano. Más de la mitad de los mínimos se observan en esta estación, y no habría que esperar mucho para que ocurriera. Bastaba aguardar a que llegara como mucho un par semanas desde su comienzo. Si nos mantenemos fieles al esquema lógico que nos ha parecido válido para explicar los máximos, cualquier mínimo de verano sería el reconocimiento de una cosecha que puede colmar las expectativas de la demanda local hasta el grado de la saturación.
Algo similar podría decirse de los mínimos de primavera, que suceden casi con la misma frecuencia que los de verano. El mínimo de primavera reconocería que las expectativas que la cosecha que está madurando parece garantizar pueden satisfacer el mismo objetivo, aunque sin alcanzar el grado de la certeza. El mínimo de primavera sería un adelanto de los mismos comportamientos consecuencia de que la excelencia de la cosecha local era una evidencia antes de que se hubiera consumado su siega.
Los mínimos de invierno, que aunque son algo menos frecuentes pueden imponerse en la quinta parte de los casos, serían la consecuencia de un mercado local colmado hasta la saturación, que a la cosecha local pudo sumar importaciones contingentes, no del todo previstas, quizás a su vez consecuencia de las imprevisiones de los planes locales destinados a prever el producto que se pudiera demandar. Y que no hubiera mínimo en otoño por tanto debe significar que tales modificaciones del mercado local tardarían en llegar y tendrían un efecto moderado.
Hasta dónde podía llevar sus expectativas quien tuviera capacidad para aguardar la mayor cantidad de tiempo para satisfacerlas lo expresa con exactitud la amplitud del precio del trigo durante los ciclos largos. Oscila entre un factor 1.36 y 6. Alguien que tuviera depositadas sus esperanzas en estas duraciones, porque la experiencia le hubiera demostrado la ventaja de ser el más paciente, en el peor de los casos, cuando después de tanto esperar el ciclo hubiera sido en exceso calmado, apenas si podría esperar incrementar un tercio sus ganancias. Pero si el ciclo fuera de la mayor amplitud conocida, su apuesta por la paciencia podía valerle multiplicar por 6 sus posibilidades iniciales de ganar dinero con la venta del trigo. Si hubiera adquirido una partida de 500 unidades de capacidad al precio menor del ciclo, incluso si lo hubiera obtenido a ese costo produciéndolo, supongamos de 15 reales cada una, su inversión sería, expresada en las mismas unidades monetarias, de 7.500, mientras su venta en el momento más oportuno le valdría un ingreso de 45.000. Es verdad que para alcanzar este óptimo tendría que esperar mucho tiempo, la mayor cantidad que le enseñara la experiencia. Pero los incrementos más frecuentes, cuyos factores estaban comprendidos entre 2.4 y 4.88, también proporcionarían beneficios en modo alguno despreciables. Como mínimo más que duplicarían la inversión, y sin demasiada dificultad casi la quintuplicarían. Además, en estos casos no sería necesario fiarse a plazos excesivamente largos. No solo no hay correlación directa entre mayores incrementos y mayores duraciones, aunque es evidente que a mayor duración mayores posibilidades para que oscile el precio del trigo, sino que incluso la experiencia enseña que el segundo mayor incremento (factor 4.88) coincide con una de las menores duraciones (poco más de 3 años). A todo lo cual aún hay que añadir que los máximos colmarían las expectativas más ambiciosas cuando hubiera transcurrido una de las fases del ciclo, la de alza, que convencionalmente podemos situar a la mitad de su transcurso. Luego la mayor satisfacción podía obtenerse aguardando como máximo entre 4 y 5 años, pero sería más probable y aun altamente satisfactorio esperarlo entre 2 y 3 años. Dadas las enormes ganancias que gracias a estas oscilaciones se podían obtener, parece consecuente admitir que nunca faltarían interesados en fiar a estos comportamientos del mercado del trigo sus ganancias. Es más, serían una parte estable de su orden comercial, porque los hechos demuestran que invariablemente llegaban tan excelentes oportunidades.
A satisfacer tan altas expectativas se opone sin embargo un imponderable decisivo, la conservación del trigo. Ninguno podría superar la frontera de la existencia. Cualquier grano, para consumar sus aspiraciones vitales, había de estar vivo. El ciclo biológico lo decidía su capacidad para resistir el paso del tiempo. Una tabla de mortalidad del grano la resumiría en cifras. Pero no creo que sea necesario ensayarla. Sabemos que a lo sumo, con los medios que se le aplicaban a la conservación en esta época, la supervivencia del grano alcanzaría los dos años. Luego ni la menor de las duraciones del ciclo largo quedarían al alcance de quienes almacenaran su cosecha a la espera de estos óptimos. Si lo hicieran, sería su ruina. Podrían arriesgarse, esperar un tiempo, pero no demasiado, porque la humedad y el gorgojo enseguida amenazarían la conservación de su tesoro. Ningún labrador, ni aun los de mayor capacidad de almacenamiento, que serían los mayores productores, podría llegar tan lejos contando solo con sus medios. Aquellas condiciones óptimas solo estarían al alcance de los grandes comerciantes, que a través del mar podrían movilizar en poco tiempo las partidas compradas en el exterior en el momento oportuno. Habitualmente operaban bajo la protección pública, temerosos los responsables políticos de los efectos que pudieran tener los precios excesivos del trigo. Como hay que suponer, para aceptar esta explicación, que el importador tendría que conectar con un productor igualmente externo que le proporcionara el trigo, debemos admitir que la situación recíproca también sucedería, y que por tanto algunos labradores, trabajando de manera coordinada con los comerciantes exportadores, podrían deducir en su favor una parte del beneficio que estos momentos extremos aseguraban cuando sucedían fuera, no necesariamente en otro país.
Si es acertado este punto de vista, eso significaría que las iniciativas que terminaban en el mercado del trigo tendrían que planificarse a un plazo mucho mayor que el año, superior incluso al trienio, un límite que incluiría la obtención de una cosecha completa en los casos de ordenación en dos o tres hojas de la explotación, los órdenes del sistema más habituales. No bastarían los sistemas comunes para garantizar la experiencia del precio óptimo inmediatamente.
El ciclo corto
No había ciclo corto de los precios del trigo inferior a los tres meses, y apenas significan algo los que duran entre tres y cuatro. Serían más probables los que duraban entre un semestre y dos. Sin embargo, hasta aquí todos los ciclos cabrían dentro de un año. Todos ocurrirían durante el ciclo productivo completo. Serían menos de la mitad. Las duraciones comprendidas entre uno y dos años tampoco serían las más probables. Pero es que todo lo demás, todo lo que dure más de dos años, es aún más disperso y poco probable. Es cierto que hay una duración de tres años y nueve meses, que marcaría el máximo, una duración extrema, muy llamativa. Pero es casi tan singular como la de cerca de tres años, aunque no tanto como las que giran en torno a los dos, cuya frecuencia relativa, superior a la décima parte de los casos, las coloca en el segundo puesto de las posibilidades. Luego las duraciones superiores a un año son todas extraordinarias, aunque en total serían las más frecuentes. Sería pues más probable lo excepcional, y no es una paradoja.
A las duraciones extraordinarias hay que reconocerles impulsos diferentes, o no derivados de los que pudiera originar el ciclo productivo, a los cuales se sumarían. Pero son tan dispares que no sería legítimo atribuirles, aunque fuera por la vía de la suposición, causas similares. Se puede concluir primero que el patrón de tiempo que parece más adecuado al análisis de las duraciones de los ciclos cortos es la estación o trece semanas, decidida por la naturaleza, a la que debía atenerse el ciclo productivo de los cereales. Pero como no hay ciclos de duración inferior a las doce semanas, todos los ciclos eran de duración superior a la de una estación. El fenómeno biológico, la estación, era trascendido por las oscilaciones, cuya prevalente composición humana queda así en evidencia. Como son treinta y siete ciclos cortos para casi cincuenta años, entre crecimiento de los precios del trigo y año natural tampoco habría correlación. No es un descubrimiento positivo pero obliga a pensar asimismo en factores distintos al encadenamiento estacional de las cosechas locales como responsables de aquel comportamiento. Si partimos de las premisas que hemos aceptado para deducir comportamientos asociados al ciclo largo, que no tienen por qué ser distintas porque el tiempo durante el que ocurren todos los hechos es el mismo para cualquiera de nuestras abstracciones, podemos aceptar que quienes esperaran el beneficio del ciclo corto espontáneo tendrían más posibilidades si apostaran porque duraría en torno a un año. De no ser así, es probable que en dos años vieran satisfechas sus aspiraciones. Tampoco es necesario reiterar las premisas del análisis precedente para afirmar que el ciclo corto sí quedaría al alcance de los labradores locales porque estaban en condiciones de almacenar el trigo hasta el máximo biológico de dos años. El ciclo corto sería su oportunidad. Su volumen de producción les permitiría adquirir ventaja en el mercado local cuanto más se prolongara el ciclo, y adquirir ventaja en esa duración con ese alcance no incluiría la necesidad de invertir en transporte.
Los ciclos marcados por el alza, que son los ciclos en los que dura más el incremento que la caída, son dos tercios. La duración de los incrementos en condiciones de prevalencia del crecimiento positivo es sin embargo muy abierta, y lo mismo ocurre con la duración de sus correspondientes caídas. Los ciclos marcados por el descenso, que son aquellos en los que dura más la fase de caída que el incremento, suman el otro tercio. Es suficiente para reconocer inmediatamente que la duración de la caída cuando domina la caída responde a una gama de duraciones más restringida y que también ocurre lo mismo con la duración del incremento cuando domina la caída. La tensión a favor del alza domina, y lo que es más importante, las duraciones de los incrementos positivos se prolongan mucho más que las caídas. El resultado de esta experiencia es lo que podríamos llamar el ciclo corto tipo. Para cualquier unidad de tiempo, las posibilidades de que el precio se incremente son el doble que las de que disminuya, y el tiempo durante el que se puede disfrutar de las condiciones al alza se prolonga casi una quinta parte más. Sin embargo, la proporción de semanas de subida es 58.9, mientras que la de semanas de bajada es 41.1, un resultado que no es del todo sorprendente.
Los máximos de primavera son los más frecuentes, un tercio. En primavera se encontrarían las mayores oportunidades. Los de otoño son algo menos probables, poco más de un cuarto, y los de invierno tampoco quedan muy lejos, son un cuarto. Sin embargo, los máximos de verano son solo un décimo. Así pues, la estación parece bastante indiferente al máximo, excepto cuando se trata del verano, que raramente lo permite. En cuanto a los mínimos, los de primavera y los de verano, cada uno de los cuales son poco más de un tercio, contrastan con los de invierno, que son casi una quinta parte, y mucho más con los de otoño, que son menos de la décima parte. Luego los mínimos son más probables en primavera y verano, raramente ocurrirían en invierno y mucho menos en otoño. Luego el otoño sería la mejor época para vender.
Hay un buen número de ciclos en los que el factor multiplicador indica que apenas se puede esperar incentivo de su transcurso. Está comprendido entre 1,1 y 1,3. Son la tercera parte. Las expectativas se incrementan razonablemente cuando queda comprendido entre 1,4 y 1,6. Son otra tercera parte. Las expectativas son buenas en los ciclos que desarrollan uno entre 1,7 y 1,9, pero solo son una quinta parte. Las excepcionales son casi únicas. El factor 2 está esperando en dos ciclos, y nada menos que en torno al cuatro, otros dos: uno 3,9 y el extraordinario 4,2.
En el ciclo corto, que era el que quedaba al alcance de los labradores, apenas se podría aspirar a duplicar las ganancias, porque la práctica totalidad de las posibilidades estaban bajo ese techo. Ahora bien, con un almacenamiento local, se podía esperar que la fortuna sonriera alguna vez, en cuyo caso a lo máximo que se podría llegar es a cuadruplicar las ganancias regulares. La verdad es que las expectativas del hecho extraordinario no quedaban demasiado lejos de las semejantes del ciclo largo. Aunque los labradores, restringiéndose a su alcance local, no pudieran aspirar a multiplicar sus inversiones tanto como los grandes comerciantes, con bastante menos riesgo podrían llegar a beneficios no demasiado lejos de los extraordinarios de estos.
El semiciclo o fase semanal
Ni siquiera el deseo de representar los valores semanales a partir de una única cifra debe ser causa para descuidar la atención a los datos brutos, que son el máximo y el mínimo de la cotización que ha tenido el trigo en el transcurso de una semana en el mercado local, tal como la fuente los proporciona, más aún si hemos aceptado que la semana puede ser una parte nada despreciable de la experiencia de los mercados. Desde luego ambas cifras son una síntesis demasiado comprimida de cientos de actuaciones semanales, en las que el comportamiento inmediato de los precios correspondería a la concurrencia del trigo a los mercados según calidades. Aunque no sea fácil saber cómo se graduaba el flujo del trigo a los mercados según este criterio, es posible especular con las posibilidades y aceptar premisas para formarse un juicio. Bajo estas condiciones el relato se podría prolongar extraordinariamente. Para evitarlo por ahora basta reconocer que los cambios que se conocieran durante la semana serían de muy corto alcance. Su efecto, por esa misma razón, sería muy limitado; muy limitado en el tiempo, aunque no en sus efectos, a los que nada le impide ser los más afortunados o los más catastróficos.
Pero habría comportamientos gregarios, para unos y para otros, y para todos a la vez, tal como los garantiza el principio de razón. Bajo esta premisa es posible es posible deducir comportamientos propios de la cantidad menor de tiempo que está a nuestro alcance observar. Como el análisis de máximos y mínimos ya está tenido en cuenta en los ciclos, y tenemos la ventaja de que para la semana no es posible hablar de duraciones, porque el autor de la estadística la designó unidad de tiempo, sino solo de fases y por tanto de amplitudes, o diferencias entre mínimo y máximo habidas en el transcurso de una semana, todo lo que podemos hacer con aquella información es estudiarlas. Si la diferencia es incuestionable, según la estadística, seguro que habría quienes participaban en aquel mercado confiados a las posibilidades de las oscilaciones más cortas.
Las amplitudes bajas, que son las comprendidas entre 0 y 2 reales, son poco frecuentes, quedan por debajo de la décima parte. Pocas posibilidades habría de que el precio del trigo oscilara poco de una semana para la siguiente. Más bien cabría afirmar que no estaba en la naturaleza del precio del trigo permanecer invariable, y que por tanto poco se podrían fiar los agentes a esta posibilidad. Por el contrario, las diferencias comprendidas entre más de 2 y menos de 7 serían las más frecuentes, más de la mitad de las posibles, y cualquiera de los valores que pudiera tomar (2, 3, 4, 5 y 6), enteros o no, tenía unas posibilidades similares. Por tanto, cualquiera podía esperar como hecho más probable que el precio del trigo, a lo largo de una semana, ganara entre dos y siete reales, una diferencia nominal nada despreciable.
Es probable que esta diferencia de cotización dependiera de la calidad del trigo ofertado. No cotizaría igual el de la campaña reciente que el de la anterior. También cotizaría en el mercado inmediato la maduración del grano, visible en las marcas que en él quedaban, y que los corredores del comercio local, al mismo tiempo medidores de las cosechas, exhibían cuando querían incentivar una compraventa al por mayor. Con ellos siempre llevaban una muestra que probaba la granazón que cada cosecha bajo su control había alcanzado. Aunque también cotizaría, y no en el mismo sentido, el trigo apresurado, al que le urgía alcanzar el mercado y saldar costos y deudas. La concurrencia de una oferta tan abierta y tan diversa sería suficiente para ampliar las opciones en una banda que a quienes la tuvieran almacenada les podría recomendar tentar la suerte en esos momentos.
Las amplitudes entre 7 y 8 reales ya verían seriamente reducidas sus posibilidades, poco por encima de la décima parte. Solo los tacticistas empedernidos permanecerían atentos a que surgiera esta oportunidad. Quizás todavía quienes esperaran una oscilación de 9 reales aguardaran, porque aún le podría favorecer en algo más de la vigésima de las semanas, una de cada veinte. La verdad es que no era nada despreciable la posibilidad de acumular casi diez reales por una oferta de grano a poco que se aguardara entre dos y tres semanas a que la oportunidad apareciera. Pero solo los más contumaces tendrían justificado esperar un incremento del precio del trigo entre 10 y 20 reales, máximo observado, dentro de la misma semana. Ninguna de esas posibilidades llegaba ni siquiera a la cuadragésima parte de las posibilidades, algo que solo podría ocurrir una vez en el transcurso de un ciclo agrícola. La posibilidad extrema, que en una semana el precio del trigo conociera una diferencia entre máximo y mínimo de 20 reales, era solo de un 2.5 por mil, algo muy remoto.
Ahora bien, esa oportunidad extrema, sería grandiosa. Estaría al alcance de cualquier ofertante de cualquiera de las clases que concurrieran al mercado del trigo, desde el almacenista hasta el labrador, desde el labrador hasta el más modesto campesino, soñar con ella. Porque acceder al mercado local con los costos de transporte mínimos en las duraciones inmediatas estaba al alcance de todos. Este era el espejismo al que todos estaban expuestos. Cualquiera podría rendirse a él. Para el tiempo inmediato no sería tan importante el valor relativo del incremento como el valor nominal. Incrementar de manera tan rápida los ingresos era hacer frente a toda clase de costos que no oscilaban, ni mucho menos, con idéntica violencia. Los créditos, por ejemplo, se mantenían invariables en el precio del 3 % de interés desde principios de siglo. El enriquecimiento rápido y coyuntural, por un medio tan sencillo, acechaba cada semana, y en cualquier momento podía agraciar a alguien.
Las posibilidades especulativas eran múltiples, en el ciclo largo, en el corto o cada semana. Todos, cualquiera que fuese el tamaño de su cosecha o de su reserva, podían arriesgar apostando por la ganancia sirviéndose de la duración que quisieran, porque cualquiera de ellas les podían dar satisfacciones. Es verdad que no todas del mismo alcance ni de iguales rendimientos. Tampoco las posibilidades de las ofertas eran las mismas para todos. Tales son al menos una parte de los comportamientos mercantiles regulares que la observación directa de los cambios espontáneos del valor del trigo permite inducir.
Espacio cultivado
Publicado: octubre 15, 2017 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agraria, economía Deja un comentarioAlain Marinetti
La tierra cultivada de la región se dedicaba preferentemente al trigo y sus especies subsidiarias. Según estimaciones contemporáneas muy sintéticas, absorbía como mínimo dos tercios de ese espacio. Tan alto consumo de tierra para un fin tan restringido sería permanente como consecuencia de la presión que originaba sobre ella el tamaño de la población, factor constante de cuyo signo había convencido ya la literatura económica que circulaba a mediados del siglo décimo octavo. Aparte la presunción de causalidad que contiene esta propuesta, el análisis de los valores del tamaño de la población no lleva a la misma conclusión. La preferencia por el cultivo del trigo parece más relacionada con la peculiar integración de los trabajadores en la empresa agrícola. Estos, según otros contemporáneos, siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, para así resolver la parte de sus ingresos destinada a la subsistencia, una posición económica que no siempre coincidiría con el autoconsumo.
Para comprobar en favor de qué afirmaciones está la veracidad que permiten los testimonios escritos, cuando se desciende a la escala de las poblaciones hay medios suficientes, los que consienten analizar el espacio cultivado con el trigo, que no obstante necesitan un examen atento.
Un auto de fines de agosto de 1741, que abre un expediente, descubre los propósitos y los límites del documento llamado registro de sementeras. Dicta que todos los vecinos de una población que hayan sembrado durante aquel año, sea en poco o en mucha cantidad, registren ante el escribano de cabildo de su municipio la superficie que hayan cultivado, para lo que disponen de un plazo de tres días. Cada labrador y cada campesino, sin excepción de secular que sea vecino, habrá de proceder con toda claridad y justificación, porque se trata de repartir la décima en función de lo que cada cual haya sembrado.
La fecha en la que se publica el auto no deja dudas sobre el momento en el que se exige el registro. Estaría justificado porque la contribución que se pretende recaería sobre el producto obtenido. Al tratarse de un repartimiento, es seguro que el pago que se espera es uno de los conceptos del sistema de administración de las obligaciones fiscales que en su tiempo se conoció como rentas provinciales. Excluyo que haya que interpretar décima en el sentido de diezmo, la primera renta de la iglesia romana. En modo alguno esta renunciaría entonces a otra parte del ingreso que le proporcionaba, menos aún al de toda una población y a favor de los ayuntamientos. Rechazada esta posibilidad, puede tratarse bien de un ingreso de la corona relacionado con el comercio interior, bien de un derecho deducido por el municipio para hacer frente a los pagos a los que obligue el encabezamiento. En el primer caso sería el equivalente al almojarifazgo; en el segundo, podría ser la décima parte de cada real de vellón del producto. Ninguna de las dos posibilidades me parece del todo convincente, pero estoy más inclinado a pensar que se trata de una contribución municipal que grava ligeramente las sementeras, dado el régimen administrativo de las rentas provinciales.
Es necesario reconocer que la fecha en la que se exige la contribución, posterior a la cosecha, actúa contra la veracidad del testimonio. Una cosecha deficiente llevaría a ocultar parte de la superficie sembrada. Además, en estos registros la ocultación debía ser endémica, puesto que son los propios interesados quienes tienen la iniciativa de su redacción. Que el plazo concedido para declarar sea solo tres días va en contra de su alcance. Una parte de los concernidos, por ser tan perentorio, ha de quedar fuera, y que los eclesiásticos estén excluidos del procedimiento fiscal, que no es una excepción, desde luego altera el punto de vista, que queda limitado a la población secular.
Pero no todos estos obstáculos parecen insuperables por los hechos que retienen los textos. Concordado el auto que lo inicia con el registro efectivamente completado, se comprueba que en realidad las declaraciones fueron presentadas entre el 23 de agosto y el 1 de septiembre. Como es habitual en estos casos, los límites que al principio se decidieron luego fueron ampliados. En cuanto a que no incluya a los eclesiásticos, probablemente no sea un defecto que modifique en lo fundamental la idea que sobre el fenómeno que me propongo observar, el que expresa el título, permite obtener el documento. Sin acumular un error significativo, creo que la parte secular se puede aceptar como representación de la totalidad de los casos. No hay indicios positivos que hagan suponer que, de organizar empresas de cereal, los eclesiásticos las acometerían de una manera distinta a como lo hace el común de quienes participan en el sector, a excepción quizás de los procedimientos que aplicaran los jesuitas. La población eclesiástica que emprendiera directamente sementeras sería escasa, salvada la regular. Pero sobre todo el número de situaciones que el registro de las sementeras permite conocer, que se mide por centenares, es suficiente para obtener una descripción fiable de la diversidad de casos y de sus tamaños relativos. Frente a todos los previsibles límites del documento, hay que aceptar que el hecho de que los declarantes sean vecinos es concordante con el punto de vista que deseo, y en especial carga favorablemente su capacidad para retener características significativas de la agricultura del cereal del momento que los dos tipos humanos a los que el auto se refiera sean solo labrador y campesino.
Con una información similar a la del registro de sementeras de 1741, es posible disponer de apeos de sementeras y asientos de pegujales. Mientras que los primeros son en todo similares al registro, los otros eran documentos complementarios que anotaban el cobro de los pegujales sueltos, tanto de vecinos como de forasteros. Y aún se puede completar la información de registros, apeos y asientos con la colección de los papeles destinados a elaborar una estadística de las rentas provinciales ingresadas por aranzada de olivar y fanega de sementera, cuya información referida a los cereales sin duda procedía de sus primitivos apeos. Por lo tanto, a todos podemos conceder las mismas carencias y propiedades que le hemos reconocido al registro de 1741.
He conseguido disponer de dieciséis apeos para el periodo comprendido entre 1766 y 1781. Su cronología permite pensar en la crisis conocida como motín de Esquilache como la razón inmediata de las fidelidades en la redacción y la custodia del tipo. De la serie paralela de los asientos de pequeñas explotaciones estaban disponibles los ejemplares correspondientes a los años 1763-1781, y los papeles de rentas provinciales estaban referidos a los quince años comprendidos entre 1764 y 1778.
En el examen de toda la colección he empleado algún tiempo. Exploté primero el documento de 1741 de manera sintética, y redacté las correspondientes notas de los registros de sementeras de todos los vecinos de aquel año. Luego, elaboré copia íntegra de los apeos de sementeras correspondientes a 1766, 1767 y 1768 con relativo provecho. La transcripción del documento correspondiente al año 1767, porque cuando se transcribe es cuando se lee mejor, me sugirió las primeras ideas propias sobre este problema, que fijé en forma de notas entre el 21 y el 22 de enero de 1993 con el título Arqueología del apeo de sementeras, las que han dado origen a este texto. También hice copia del apeo de 1771, y por último elaboré con la estadística para las rentas provinciales de 1764-1778 un cuadro que expresaba en fanegas la superficie sembrada de cereal cada año.
Una vez comparados someramente los contenidos de todos los informes seleccionados, aun a riesgo de equivocarme decidí trabajar bajo la convicción de que lo que observara para un año, porque mi atención se dirigía a la parte estable de los comportamientos, podría ser equivalente a lo que ocurría otros años de la misma época. De acuerdo con esa premisa, de todos los apeos de sementeras que estaban a mi disposición preferí el de 1771 porque me permitía cruzar sus datos con unas relaciones juradas del mismo año relacionadas con el proyecto de única contribución. Cualquiera que las conozca podrá reconocer las ventajas que para operaciones derivadas tiene esta manera de proceder. Su elaboración estadística, a partir de otro impreso de la información contenida en soporte electrónico, ya producto de una elaboración intermedia, me permitió hacer cálculos y admitir sus resultados como la referencia de lo que era regular, aunque sobre las posibilidades de su explotación estadística no me engañé.
No usé los datos de 1741 con la misma intensidad que los de 1771 porque, a pesar de que eran los más próximos en el tiempo a 1750, no me parecieron tan ricos como los de 1771, aunque no puedo negar que las notas del registro de 1741 también adelantaban algunas conclusiones válidas. El documento de 1768 permitía completar algunas ideas y avanzar en otras antes no descritas, especialmente en tres: los cultivos a los que eran dedicadas las pequeñas explotaciones, las otras actividades de quienes las emprendían y qué era mozo de posada. Aunque su autor se propone averiguar idénticas cosas sobre todas las personas de su objeto, carece de la disciplina necesaria para obtener de cada una información sobre las mismas características. Reconoce en unas que es sugerente registrarlas, aparte los datos básicos de la identificación, y en otras le parece más útil una precisa descripción particular. Puede actuar así porque los tamaños de la población encuestada no son tan grandes que le impidan reconocer individualmente a cada una de las personas que somete a observación. Con tal flexibilidad de su sistema de registro se asegura ese resultado. Pero su rigor actúa por circunstancias. Aun siendo frecuente la información que sobre cada uno de ellos da, para la mayoría de los asientos la información que correspondiera no consta. La consecuencia es que cualquiera de los tres hechos aparece esporádicamente y no admite análisis cuantitativo. El análisis solo permite descubrir que existen. Además, la revisión detenida de la copia del documento de 1768 me autorizó a sostener con seguridad que las deducciones que el documento de 1771 me había permitido, de ser analizado el de 1768 de la misma forma, llevaría a otras similares. Hecha compulsa entre los asientos de pequeñas parcelas y el apeo de sementeras, sus contenidos permitían saber que eran similares a los de 1771. Por tanto, podía estar seguro de que la idea que me había proporcionado el apeo de este año no sería modificada en ninguno de sus sentidos fundamentales. Lo podía tomar como referencia y nada impedía generalizar las conclusiones a las que se llegara con él.
Sobre la superficie sembrada, el balance del registro de 1741 no es bueno. Mientras que inscribe algo menos de 1.500 parcelas, una cifra que por comparación con los otros asientos puede ser admitida como veraz, toda la superficie declarada por los tenientes de esas tierras no alcanza las 11.000 unidades de superficie. Por su parte, la dedicada a este cultivo en 1771 fue 32.600,75 de las mismas unidades. Basta comparar esta cifra con las correspondientes a los otros años incluidos en el cuadro que aparece más adelante para aceptarla como la más veraz de las dos. En la población a la que están referidos estos documentos la superficie registrada como apta para el cultivo del cereal era poco más de 93.000 unidades según las informaciones de la Única. Las 11.000 de 1741 apenas superarían la décima parte del espacio apto para ser cultivado con cereales. Ni aun teniendo en cuenta que en este registro la superficie sembrada por forasteros no queda inscrita y que esta, según los datos de 1771, es poco más del tercio de la totalidad de la superficie sembrada, se alcanzaría una cifra convincente de toda la superficie que en 1741 fuera sembrada para obtener cereal. Siendo el número de parcelas declaradas muy aceptable, solo cabe concluir que quienes hicieron los registros expresaron menos superficie de la que habían sembrado. Como se observa un número anormalmente bajo de grandes parcelas, las unidades de producción de las empresas de más envergadura, y estas unidades suman una cantidad pequeña, de escaso valor relativo para el total de parcelas, a la vez que acaparan las mayores cantidades de superficie, puede sospecharse una ocultación concentrada en la declaración de las unidades productivas de mayor tamaño.
Podemos aceptar pues como cánones básicos del espacio cultivado, para aquella población, que cada año se decidían por sembrar cereal unas 1.500 explotaciones y que solo empleaban para este fin algo más de unas 30.000 unidades de superficie, la tercera parte de las posibilidades del espacio apto para producirlo. Así se demuestra que la capacidad para la producción de trigo y cebada era restringida de manera severa regularmente. Los propósitos de esta restricción, que tiene toda la apariencia del imperio de lo que se viene llamando sistema trienal, podrían ser monopolísticos. Pequeños cambios proporcionales de las explotaciones, en espacios de la magnitud de los que tratamos, pueden tener como consecuencia notables aumentos de la producción. El efecto que el crecimiento de la oferta de grano puede tener para su precio pude ser adverso para el deseado orden de monopolio, aspiración común a cualquier posición de dominio en el mercado. El aumento de la superficie cultivada, por otra parte, no conduciría inevitablemente a la caída de los rendimientos. La reserva de suelo de alta productividad es con seguridad más que suficiente para mantener en el nivel consolidado los rendimientos, y por tanto que los beneficios quedan a salvo.
Pero, más allá de las cifras sintéticas, si se recurre a los datos del cuadro de rentas provinciales de 1764-1778 es posible encontrar ideas más próximas a la resolución de las dudas planteadas al comienzo. He preferido anotarlos en valores relativos para cada caso porque son los más expresivos y los que permiten generalizar con más facilidad. Se pueden reproducir divididos en dos series básicas, la referida a los vecinos y la correspondiente a los forasteros, un orden de la información que estaría justificado por el plan de cobro del derecho que gravaba la actividad que es objeto de nuestro interés. La serie de vecinos se abre por su parte en otras dos, la de labores y la de pequeñas explotaciones, de la primera de las cuales se puede presentar a su vez una subdivisión en seculares y eclesiásticos. Aunque las pequeñas explotaciones son denominadas específicamente pegujales sueltos, no cabe duda sobre que bajo esta entrada están agrupadas todas las pequeñas empresas de vecinos. La comparación con los datos de los años estudiados con detalle, en particular 1771, así permite afirmarlo. Tratándose en el origen de un documento redactado por quien pretende recaudar a cada contribuyente lo que le corresponde, no sería probable que cuando las pequeñas explotaciones se hubieran alojado en otras de mayor tamaño el señor de esta incluyera, en el espacio cuyo costo final él debe liquidar, el que hubiera cedido de cualquier modo a otros. De aquí podemos deducir que las series separan en lo fundamental los hechos que pretendemos conocer. Las entradas vecinos y eclesiásticos contendrían labores, al tiempo que en la columna pegujales estarían todas las explotaciones de esta modalidad. No obstante, mantengo reservas sobre que la entrada eclesiásticos se refiera realmente a labores, aunque en absoluto no hay que excluirlo. Sabemos positivamente que eclesiásticos también emprendían pequeñas explotaciones. Pero es tan escasa la intervención de los eclesiásticos en la producción de cereales que un error de interpretación, en cualquier sentido, no tendría la menor repercusión sobre los resultados de cualquiera de los análisis que interpretaciones divergentes indujeran. Aun así, es necesario reconocer que en 1741 en el apeo de sementeras solo constaban los pegujales de vecinos seculares. Que aparezcan elementos del clero disfrutándolos ya en el registro de 1768 permite deducir que los registros posteriores a 1741 también inscribirían eclesiásticos, y efectivamente, tal como desde el principio conjeturamos, son pocos los que finalmente pueden identificarse.
En el caso de los forasteros, es posible desplegar otras dos series, una de labores y la segunda de pequeñas empresas. Para la primera mitad, solo el valor global de la primera se consigna. Mediada la secuencia, aparece además el dato de pequeñas explotaciones. Esto abre varias posibilidades de interpretación, que en lo fundamental ya hemos adelantado en los análisis de los documentos precedentes, por lo que especular con ellas tampoco tiene mucho sentido. Los pegujales de forasteros son aún más insignificantes que las empresas de cereal de eclesiásticos. Nada que defendiéramos tendría consecuencia alguna para el hecho observado en toda su dimensión. Son tan erráticos los valores que la fuente nos proporciona a este propósito que es preferible ignorarlos. Suponemos que, así como la cesión de tierras a forasteros, mediante contratos regulares, se puede controlar con relativa facilidad, tener noticia de quienes toman pequeñas parcelas en todas las poblaciones circundantes sería bastante más complicado. Los pegujales de forasteros registrados tendrían tan poca entidad porque serían externos a las unidades de explotación de los labradores. Afortunadamente, el punto de vista adecuado para analizar esta parte del fenómeno, que como enseguida se verá es observar la parte de tierras periféricas que es segregada al uso de una población, en modo alguno se ve interferido por este defecto del medio informativo.
Completan el cuadro, al principio, la columna del tiempo y al final las de totales. Solo la que expresa toda la superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se ocupa va expresada en valores absolutos, en las unidades de superficie más comunes. A su lado, una columna de cierre expresa ese mismo valor en términos relativos. Recuérdese que el valor absoluto de la superficie disponible que admitiría el cultivo de cereales se estima en poco más de 93.000 [93.287,78] unidades de superficie.
| Años | Vecinos | Vecinos | Vecinos | Forasteros | Forasteros | Total | Total |
| Labores | Labores | Pegujales | Labores | Pegujales | En fanegas | % | |
| Seculares | Eclesiasts. | ||||||
| 1764 | 46 | 5 | 14 | 34 | Nc | 31.962,50 | 34 |
| 1765 | 49 | 5 | 15 | 31 | Nc | 32.013,83 | 34 |
| 1766 | 49 | 5 | 16 | 31 | Nc | 34.084,33 | 37 |
| 1767 | 46 | 4 | 18 | 32 | Nc | 29.681,00 | 32 |
| 1768 | 45 | 3 | 19 | 33 | Nc | 31.036,25 | 33 |
| 1769 | 46 | 2 | 17 | 34 | Nc | 32.345,25 | 35 |
| 1770 | 45 | 3 | 17 | 35 | Nc | 31.666,50 | 34 |
| 1771 | 41 | 3 | 19 | 35 | 1 | 30.685,25 | 33 |
| 1772 | 42 | 3 | 16 | 38 | 1 | 31.497,67 | 34 |
| 1773 | 39 | 3 | 17 | 40 | 0,4 | 31.155,83 | 33 |
| 1774 | 40 | 3 | 16 | 39 | 2 | 31.955,50 | 34 |
| 1775 | Nc | Nc | Nc | 42 | Nc | 36.015,50 | 39 |
| 1776 | 36 | 2 | 21 | 43 | 0,1 | 35.943,75 | 39 |
| 1777 | 34 | 2 | 20 | 42 | 2 | 38.086,75 | 41 |
| 1778 | 34 | 2 | 18 | 45 | 1 | 36.707,83 | 39 |
La serie demuestra la enorme estabilidad de la composición del fenómeno, tal como puede observarse a través de las características que el documento registra. Comparado con los demás años de la serie, el de 1771, si se observa desde la columna de los valores proporcionales, definitivamente parece representativo de los comportamientos estables. La fracción de superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se invierte se mantiene en torno al tercio, algo por encima si se quiere ser algo más preciso. Pero aunque la estabilidad del fenómeno es lo más notable, y por tanto lo que debe ser retenido por encima de todo, para cualquiera de sus componentes es posible observar matizadas evoluciones.
En la cantidad de tierra cada año sembrada se reconocen dos fases, la primera, con valores en torno al 34 % de la superficie disponible, y la segunda claramente por encima del 38. La primera abarca de 1764 a 1774 y la segunda corresponde al periodo 1775-1778. No sería exacto decir que la cantidad de tierra cultivable tiende a crecer. Más exacto sería afirmar que acontecimientos comprendidos entre 1774 y 1775 darían como resultado un perceptible crecimiento positivo de la cantidad de tierra que cada año se dedicaba al cultivo de los cereales. Dando por supuesto que tales factores debieron actuar, lo que obliga a una demostración positiva, podríamos decir, utilizando un vocabulario evasivo que es frecuente cuando se observan cambios como el descrito, que el mercado de la tierra cultivable, entendido como mercado anual de las cesiones, ha conocido una presión ante la que no ha podido resistir y ha decidido aumentar la oferta. Siendo los resultados los que recoge la tabla, habría ocurrido que la demanda de tierras para la sementera presionara sobre la oferta.
Los efectos de esta dirección de las actitudes podían ser adversos. Cualquier incremento de la cesión podría redundar en un no deseado crecimiento positivo del producto de cereales, según hemos reconocido más arriba. La sucesión de las cantidades de superficie sembrada, observada año a año, que demuestra una cadencia cíclica muy regular y muy corta, confirma el poder de la contención. A cada pequeña expansión anual relativa, bianual como máximo, sucede una contracción. No es imprudente pensar que el orden creado reaccionaría con sensibilidad, y solo necesitaría pequeños ajustes para mantener el rumbo del producto. Cada año pretendería satisfacer el óptimo que el deseado monopolio promete y cualquier exceso que se cometiera era inmediatamente corregido.
Pero si la presión sobre el mercado de las cesiones se resolviera con ese movimiento oscilatorio constante, las causas del fenómeno quedarían encerradas en un círculo que agotaría las posibilidades sin encontrar explicaciones para los problemas que nos hemos propuesto; quedarían descargadas sobre el precio del producto, un factor que en este momento queda fuera de nuestro campo de observación, y no resolvería nada sobre el papel que corresponde a las poblaciones. Afortunadamente, todos los valores de la estadística precedente no se resignan a esa razón. El valor mínimo para toda la superficie cultivada suma 29.681 unidades de superficie y el máximo 38.086,75. La diferencia entre uno y otro es casi 10.000, equivalente a una cantidad comprendida entre un cuarto y un tercio de toda la superficie cultivable. La oscilación, de año a año, también podía ser tan flexible y amplia como para decidir, en una fracción nada despreciable, sobre el monto del producto total obtenido. Es necesario especular con calma sobre las razones de tanto margen y sus consecuencias. Aunque el documento obliga a restringir las aspiraciones, su manera de interesarse por los hechos deja al descubierto factores del mercado de las cesiones de tierra comprendidos en nuestras hipótesis.
Las oscilaciones de mayor envergadura en parte pueden ser consecuencia de las presiones periféricas sobre el espacio cultivable. Los desplazamientos desde una población a la parcela cultivada, y por tanto los costos en tiempo de trabajo, decidirían sobre el espacio que se podía cultivar. Se puede precisar con bastante exactitud el radio máximo del que se ocupaba para el cultivo desde ella a partir de la información sobre arrendamientos de la Única. Incluso se podrían trazar las sucesivas coronas del movimiento por frecuencia de lugares según distancia. Pero su explotación con este propósito, porque los valores que aquellos proporcionan se refieren a una población, llevaría a conclusiones poco relevantes, y tampoco lo son las diferencias en las distancias a recorrer. Averiguar cuál es el límite racional de los desplazamientos es un ejercicio que con más facilidad se resuelve desde otro principio axiomático: las tierras periféricas de un término pueden quedar más próximas a poblaciones limítrofes, y por tanto ser explotadas con menos costo de tiempo por ellas. Aunque la presión de estas poblaciones sobre el espacio agrario disponible al otro lado del término esté modificada por las clases de límite que compartan.
En la estadística la superficie dedicada a labor por los vecinos declina inexorablemente a lo largo del periodo, mientras que la que ponen en cultivo bajo la misma modalidad los forasteros se comporta exactamente en el sentido inverso. (Las iniciativas de los eclesiásticos, poco relevantes, se atienen al comportamiento de los vecinos seculares, y lo siguen con absoluta fidelidad.) Si además se observa cada par de valores de cada año, el de los vecinos y el de los forasteros, es necesario reconocer el intercambio que hay entre ambos. Casi con todo rigor se cumple la regla de que cuando uno crece el otro disminuye. Es necesario reconocer la actuación consciente de ambas partes en la creación de este orden. Los labradores de la población y los de las poblaciones periféricas actúan coordinadamente para hacer uso del espacio dedicado a cereal.
Cualquiera de las situaciones tendría que admitir un factor constante. Vecinos y forasteros son cualidades que se refieren precisamente a la condición de residencia. Describen con precisión, aunque en términos relativos, el lugar donde se radica. Si las cosas ocurren así, es necesario afirmar, limitados como estamos a los términos de la propia estadística, que una de las presiones que conoce el mercado de la tierra, en el mismo sentido en el que antes hablábamos, es efectivamente la de las poblaciones. Si entre poblaciones de distinta radicación hay intercambio de tierra para sembrar el factor población es responsable directo, o inmediato, de la cantidad de tierra sembrada cada año; más exactamente, de la cantidad de tierra cultivada bajo la condición de labor.
Pero la presión no proviene de una población ni de su crecimiento, sino de varias y por su posición respecto de la tierra cultivable. Por la forma en que nos viene suministrado el dato aparenta ser la presión de todas las periféricas sobre una central, aunque el sentido de la evolución observable no debe engañarnos sobre el comportamiento del factor. Pudieron ser unas las que presionaran y otras no, y si decimos que las periféricas presionan sobe la central es porque al final del periodo la superficie acaparada por los vecinos cede en beneficio de los forasteros. Si trasladamos en el tiempo el punto de vista, al principio ocurriría que la presión desde fuera sería baja. En realidad, por tanto, estaríamos ante una especie de ley de la ósmosis inversa que aprovecha que los límites entre términos son membranas semipermeables. Cuando la presión crece de un lado, se incrementa el espacio acaparado por un lado y disminuye el que abarca el otro, y viceversa.
Si la masa de tierra sobre la que se ejerce la presión fuera constante, esta explicación podría bastar. Pero no es así. Hemos reconocido dos masas tipo diferentes, una anterior, menor, y otra posterior. A la variación de la masa corresponde, siempre en los términos de la estadística proporcionada por el archivo, además del intercambio de responsabilidades entre vecinos y forasteros, o factor población radicada, el trasvase entre formas de explotación, entre labores y pegujales. Si a partir de la tabla se deducen los valores de este trasvase correspondientes a las dos masas tipo, en el primero tramo, el de 1764 a 1774, el valor de la superficie puesta en cultivo por los pegujales oscila entre unas 4.500 unidades de superficie y 6.000, mientras que en el siguiente, el más breve, de 1775 a 1778, se sitúa entre unas 7.000 y casi 8.500.
Sería pues la presión de las pequeñas explotaciones de vecinos, la presión de quienes están dispuestos a arriesgar una en el interior del término, sin tener que completar largas distancias ni por tanto consumir tiempo de trabajo en los desplazamientos, la que incrementaría la cantidad de espacio puesto a producir. El aumento de la presión interna sobre el mercado de las cesiones de tierra permitiría simultáneamente liberar el especio periférico e incrementar el espacio cultivado, relevando de parte de sus responsabilidades a los vecinos labradores. A la vez que las labores locales descargaran el peso de la producción sobre las periféricas, otra parte se trasladaría a las explotaciones de menor tamaño. Si aceptamos que los pegujales de forasteros que aparecen registrados en la estadística serían externos a las unidades de explotación de los labradores radicados en las poblaciones circundantes, la liberación de espacio periférico pudo ser invertida de la misma manera en él. Al contrario, cuando esa presión disminuye, la superficie cultivada disminuye, el papel de las cesiones periféricas sería menor y también menor el de las pequeñas explotaciones interiores. Luego los labradores vecinos cargarían con una mayor responsabilidad sobre el tamaño del producto, incluidos sus riesgos. Sobre los forasteros, en la medida en que restringieran la presencia de pegujales, recaería una carga similar.
En el consumo de espacio para el cultivo de los cereales a fines de la época moderna la actividad agropecuaria se ajustaría por tanto al menos a dos patrones. Uno de contención del espacio cultivado y otro de expansión. La diferencia entre uno y otro la marcaría la iniciativa campesina, que desde dentro de las poblaciones haría oscilar el producto, cuya masa dominante y más estable no obstante permanecería bajo control de los labradores de cada una de ellas.
Así que la responsabilidad inmediata o causal directa sobre el espacio puesto a producir cargaría sobre el tamaño de las parcelas y la superficie que acumularan. Luego la presión cuyo resultado sería el incremento de la superficie puesta en cultivo cada año provendría, al menos en idéntica medida, de aquellos que siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, fueran o no trabajadores para otros. Si esta iniciativa tenía la intención de favorecer el autoconsumo o descargar los costos del producto sobre las pequeñas explotaciones es algo que no es posible resolver con los datos que suministran las fuentes tenidas en cuenta para esta ocasión. Pero sí es posible concluir que los comportamientos que inducen hablan en contra de una progresiva proletarización del campesinado, efecto a su vez de un crecimiento absoluto del tamaño de las poblaciones. Al contrario, exige utilizar en su favor la razón del incremento periódico del campesinado. Los hechos registrados, que no demuestran el aumento de su número, sí avalan la expansión de las posibilidades de sobrevivir bajo tan asequible y consolidada condición.
Una gran explotación
Publicado: junio 13, 2017 Archivado en: Silas Roberto | Tags: agraria, economía Deja un comentarioSilas Roberto
El siguiente documento describe con una precisión poco habitual una gran explotación moderna.
No está fechado. Pero hay una versión simplificada de la misma imagen, de 1751.

(Corresponde a la microfilmación realizada por el CECOMi sobre las Respuestas Generales depositadas en Simancas e individualizada por pueblos según el Catastro)
El autor de esta versión, al igual que el del primer documento, afirma que la dimensión de ese espacio era, de levante a poniente, media legua; de norte a sur, un cuarto; y de circunferencia, legua y media. La concordancia de forma y dimensiones es suficiente para fechar la primera imagen, la descriptiva, con bastante precisión. Es muy probable que corresponda a mediados del siglo XVIII.
Las descripciones que contiene, así como la información que las complementa, invitan a revisar algunas de las características que entonces distinguían a las mayores unidades de producción, las más codiciadas, las que cargaban con la responsabilidad del crecimiento económico, una ingeniosa manera de explicar las conquistas del trabajo. Para quienes la aceptan, tiene la gran ventaja de que centrifuga el remanente de la riqueza sin perjudicar al beneficio y satisface a quienes lo rentabilizan.
En la zona donde estaba localizada, inmediatamente al oeste de la capital de la región, a la gran explotación preferían llamarla hacienda. Cuando se trata de unidades producción del rango más alto, es una denominación intercambiable con la de cortijo, más frecuente cuanto más al este se observe el fenómeno. Ninguna de las dos afecta a su contenido genuino, la tierra y su compleja dedicación, aunque es cierto que se prefirió llamar hacienda a las explotaciones cuya dedicación preferente terminó siendo la producción de aceituna y cortijo a la que se destinaba en primer lugar a la producción de trigo.
Como la imagen permite saber, en este caso la voz hacienda además tiene un sentido restringido. Se refiere precisamente al edificio principal de las tierras concentradas, de la cual a la derecha se traza su planta y abajo la vista del alzado de su mejor fachada, la del lado sur. Situado en el centro de la explotación, era un complejo organizado en torno a un par de patios, uno anterior, tal vez relacionado con las actividades productivas, y otro posterior, quizás doméstico. Anexas, tenía acotadas tres áreas, quizás corrales, y en la fachada principal se levantaban dos torres que jalonaban la entrada, muy probablemente concebidas para que contribuyeran a los contrapesos de las prensas de los dos molinos construidos en el cuerpo del complejo que reproduce el dibujo del alzado.
Los dueños no residían en la explotación. Vivían en la capital, aunque dadas las características del edificio es posible que lo ocuparan durante una época del año, como residencia para el descanso. Es posible además que en el cuerpo anterior estuviese concentrado todo el hábitat de la explotación, en la que residían de manera permanente al menos cuatro familias, aunque las casas disponibles eran nueve, todas del dueño de la explotación. Tal vez una de ellas fuera la de don Juan Bruno de Ortega, quien en la información escrita se identifica como labrador. Es posible que la explotación, en aquel momento, le hubiera sido cedida en arrendamiento y que hubiera decidido residir en ella. La proximidad de un buen número de pequeñas poblaciones, hasta siete, no haría muy diferente la residencia en un núcleo de la plenamente rural. Otra debió ser la del hortelano, Andrés García, y otra, la de José Jiménez, quien se declara trabajador del campo. Por otra parte, un mayordomo gestionaba la hacienda y en ella había un guarda.
Sus amos la poseían como heredamiento, según una parte de la información escrita, mientras otra dice que se trataba de un donadío. Sin entrar a discutir el valor que para la residencia de ellos pudo tener cualquiera de estos atributos, cuyo origen legal se remontaba a quinientos años antes, lo que da sentido a cualquiera de las dos calificaciones en el momento del que se trata es que disponen del bien como juro de heredad. Habían ganado la capacidad de transmitirlo sin renunciar al dominio que hubieran acumulado sobre él desde que estuviera bajo su poder.
Como era habitual entre las familias de su rango, el mayorazgo se había encargado de perpetuar la cadena de las transmisiones. Pero los atributos que, con el paso de los años, habían añadido al poder sobre la tierra elevaban su calidad y hacían más codiciable el derecho a transmitirla. Del señorío de la corona habían obtenido para ella las jurisdicciones civil y criminal, en tales condiciones que les permitían imponer penas a los delitos cometidos dentro de sus lindes, y en las causas civiles ejecutar las sentencias. Este poder judicial se ejecutaba mediante la tolerancia o capacidad para nombrar directamente los cargos de la administración de justicia. Con un alcalde ordinario era suficiente, porque no se trataba tanto de asegurar la justicia entre una población elástica, dependiente de las fases del trabajo agropecuario, cuanto un medio que permitía, una vez reguladas unilateralmente las penas pecuniarias por el titular del dominio, ingresar unas rentas más estables y extensas que las que permitía la servidumbre personal. No obstante, como esta no se había extinguido, el vasallaje tal vez sobreviviera en los derechos cobrados a cambio de la ocupación de las casas que los activos del campo ocuparan en el edificio de la explotación. Aunque lo que en sus límites tal vez les proporcionaran los mejores ingresos fueran las alcabalas, otro derecho sobre vasallos adquirido al señorío la corona para sumarlo a los ya rentables atributos que había ido acumulando aquella tierra. Entonces las alcabalas, o rentas deducidas a la circulación de bienes, sería un ingreso nada despreciable en una explotación como aquella, del primer rango, dada la gama de productos comercializables que proporcionaba. Además, había ganado el derecho de cerramiento para una parte de las tierras de la explotación, lo que al tiempo que incrementaba su valor limitaba los derechos comunales.
Era una unidad de explotación extensa. Su tamaño, según los testimonios escritos, alcanzaba las 1.550 unidades de superficie. Su dedicación productiva principal, tal como era regular en estas grandes unidades, era lo que en el lenguaje del momento se llamaba sementera o sembradura de secano. Ocupaba 240 de aquellas 1.550 unidades de superficie. La instantánea permite deducir algunas de sus características, tanto de localización relativa como de calidad. Eran las tierras a un lado de la hacienda entendida como edificio central de la unidad de explotación, el oeste. El río era su eje, y hasta sus dos orillas llegaban las tierras de mayor calidad, que el autor del plano, aludiendo a su topografía y a la categoría de su suelo, identifica como vega. Pensando en su dedicación las llama tierras de labor. Tanto su emplazamiento como su extensión, marcada en el dibujo por una línea discontinua, las tenía claras el dueño. Su régimen de producción sería relativamente intenso. Es probable que esta fracción se cultivara solo con trigo y cebada según una frecuencia que se podría resumir con dos tipos. Las más potentes tal vez se cultivaran interrumpidamente, año tras año, y las demás producirían dos de cada tres años.
Hacia levante, el resto del espacio de labor en el plano se identifica con el regionalismo tierra calma, deformación de la expresión castellana tierra campa, el nombre que se daba a la tierra roturada que se había desprovisto de cualquier vegetación que pudiera competir con el cultivo al que, una vez preparada, se dedicara. La denominación regional tierra calma había ganado un matiz valioso para identificar el régimen de cultivo de esta parte de las tierras. Se aplicaba específicamente a la tierra que se barbechaba. En esta explotación era la tierra de menor calidad relativa, dentro de las de cultivo herbáceo regular. Actuaba como reserva cíclica, a la que se recurría con un periodicidad bienal, para obtener una cosecha en dos años, en cualquier caso en una cantidad dictada por las oportunidades de hacer negocio con el grano. Cuando la tierra calma era de la mejor posible, además de sembrar trigo y cebada en la parte activa, en el barbecho se sembraban de manera muy flexible arvejones, garbanzos, habas y yeros. En las de menor calidad solo se sembraba trigo.
El olivar era el otro gran cultivo de la explotación, al otro lado del edificio central, el este, donde ocupaba un espacio continuo, una superficie que se puede estimar en otras casi 200 unidades. Se trataba de olivar hecho, en plena producción, a excepción de una modesta parcela al norte, ganada a la tierra de labor, que el autor del plano llama estacada, lo que permite interpretar que había sido plantada recientemente y aún no era productiva. El estaconal se habría plantado siguiendo algún método, ortogonal o al tresbolillo, mientras que el olivar consolidado, más antiguo, estaría desordenado. La proximidad de esta decisión es una buena prueba de la fase expansiva que estaría conociendo el cultivo.
Inmediata al camino, en el límite oeste del área ocupada por los olivares, sobrevivía una parcela de viña, cuya superficie la imagen amplía, probablemente con el deseo de enfatizar su presencia en la explotación, junto a la hacienda. La información paralela estima que ocupaba solo una fanega. En ella había una pequeña edificación, a la que se podía entrar desde el camino, probable resto de la entidad que en otro tiempo pudo tener la explotación de las viñas en aquellas tierras. Pudo ser el centro de los trabajos de aquella parcela.
Al sur del área de los olivares estaba localizada la parcela de huerta, despensa viva, algo habitual en esta clase de unidades de producción, reservada al consumo de quienes trabajaban en ella. Si se compara con la que representa la viña, se llega a la conclusión de que en este caso la imagen deben ser solo tópica, localizadora de la superficie considerada genéricamente huerta. Según la evaluación escrita, ocupaba algo menos de doce fanegas, sumando el espacio ocupado por hortalizas y el de los frutales, que se dispersarían al azar por toda ella, por no ser regular plantarlos a los márgenes. Las especies frutales que tenía plantadas eran almendro, ciruelo, damasco, encina de huerta, granado, higuera, membrillo y peral. Era la única área regada de la explotación. Observada la distancia que la separaba del río, se puede pensar que aprovechaba un alumbramiento subterráneo de aguas, con pozo, noria y alberca reguladora del consumo diario de agua.
El resto del espacio de la explotación, en la imagen, son las dehesas, una en el extremo de levante, y la otra, la mayor, en el confín de poniente. Las dos eran un espacio ocupado por montes y pastos, un complejo vegetal que hay que suponer formado con áreas de bosque integral, otras del llamado monte bajo y otras en las que predominaría la vegetación herbácea, en proporciones que no es posible precisar. Ni el estado en que se encontraran sería irreversible ni su evolución sería lineal. El bosque tanto podría degenerar como recuperarse, según evolucionaran los planes del señor, que solía reservarse los derechos sobre el bosque, o los intereses de la casa que explotara las tierras, si tuviera capacidad para roturar. En aquel momento, según la información escrita, se había segregado una parcela para crear un pequeño bosque alóctono de pinar, que ocuparía unas 50 unidades de superficie. La demanda de la madera de pino para la carpintería de ribera incentivaba estas decisiones.
Aunque en la imagen su dimensión relativa parece menor, si hacemos los cálculos, y seguimos el rastro de la información escrita, las dehesas ocuparían algo más de 1.100 unidades de superficie, unos dos tercios de toda la explotación. Al autor del plano debió parecerle poco oportuno expresar con más exactitud sus dimensiones. Su idea de lo que tenía que contener un plano parece más inspirada por el trasunto del valor relativo de cada área, de manera que el dibujo fuera más expresivo del peso específico que la renta de cada uso del suelo podía proporcionar a quien lo explotaba.
De toda la superficie de las dehesas, algo más de dos tercios estaban acotados o cerrados, en ejercicio del derecho adquirido por el dominio. En aquellas casi 800 unidades de superficie la reserva de pastos era absoluta, y efectivamente de ellas solo se explotaban los pastos, un aprovechamiento ganadero que estaba reservado con preferencia a la cría del ganado vacuno, la única especie que las dehesas de aquella explotación mantenían. De las algo más de 300 fanegas restantes se obtenía bellota, el subproducto que se sacaba del escamondo o limpieza de los árboles y leña, y en alguna parte de ellas habría colmenas, porque a través de los textos se documenta positivamente que la explotación producía miel y cera.
Las grandes unidades de explotación de la época eran complejas. Acumulaban grandes cantidades de tierra y la gama más amplia posible de aprovechamientos del suelo con los procedimientos agropecuarios vigentes. No eran brutales plantaciones sometidas a un estricto régimen de monocultivo. Su producto era todo lo diverso que las demandas del producto alimenticio aconsejaban, pero en ellas regía un claro orden jerárquico del destino que había que dar al suelo, a cuya cabeza estaba la dedicación al trigo, que dictaba un tiránico orden de aprovechamientos en su beneficio, porque el beneficio que proporcionaba inmediatamente era el más alto posible. Cualquier otra iniciativa, que no estaba excluida de antemano, le estaba sometida.
Su orden interior expresaba esa prevalencia. Así como el río, vía de comunicación natural que conectaba los espacios más allá de los límites que impusiera el dominio, hacía de eje de las tierras de labor; la totalidad del espacio analizado estaba integrado por una línea artificial propia, perpendicular al río, el camino que la atravesaba en sentido longitudinal, de este a oeste. Su trazado y su posición, como un eje vertebral, ordenaban sus movimientos interiores. Gracias a él, el edificio de la hacienda, tal como lo localiza el plano, tiene una posición, aunque algo escorada a favor de los cultivos arbóreos y arbustivos, matizadamente central con respecto a todo el espacio que ocupaba la explotación, una posición decisiva sobre todas las tierras, la que equilibraría los movimientos internos.
Aquel orden del espacio pone al descubierto el papel que le estaba reservado a las dehesas. Basta observar su posición relativa para considerarlas la parte marginal del complejo productivo. Pero el tamaño relativo que en este caso tienen, unos dos tercios de la explotación, revela a qué grado llegaba la marginación de las tierras en las grandes unidades de explotación y qué importancia podían llegar a tener. Como la imagen demuestra, el fenómeno no parece determinado por la calidad del suelo, sino por su posición respecto del centro de los movimientos dentro de aquella unidad de trabajos. Serían la reserva marginal interna organizada. Sobre ellas no cargaban más límites que las obligaciones comunales, las mismas que recaían sobre cualquiera clase de tierras, cualquiera que fuese su titularidad.
Las grandes unidades de explotación trabajaban a favor del desierto. Las poblaciones radicadas en ellas eran las imprescindibles para mantener, por cesión vía arrendamiento, el dominio sobre el espacio. Esas decisiones, que dependían de quienes eran sus titulares, dejaban un amplio margen de libertad a quienes decidían hacerse responsables de su empleo productivo. De ellos dependía el empleo anual de suelo, la generación del producto, el consumo de trabajo y el reparto de la renta entre todos los interesados en que aquel orden sobreviviera.
Colonización interior
Publicado: marzo 31, 2017 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: agraria, economía Deja un comentarioTadeo Coleman
Un total de sesenta y cuatro solicitudes de tierra de un mismo término, todas de 1700, ayudan a documentar las raíces del extraordinario crecimiento de la agricultura del olivar y su industria derivada, un fenómeno que debió desarrollarse durante la primera mitad del siglo XVIII. Las solicitudes, en todos los casos admitidas, y satisfechas con los títulos que reconocían a los interesados su pleno domino sobre la parcela deseada, sin más condiciones que dejar la vereda desembarazada, tendrían su amparo legal en el derecho de presura. Estaba vigente en tierras castellanas al menos desde la plena edad media, y no dejaría de ser un recurso colonizador desde que en el siglo XIII comenzara la ocupación del término por los conquistadores que procedían del norte. Si dijéramos que era una forma de adquisición gratuita ignoraríamos que requería, para que el derecho de uso con el tiempo se consolidara como dominio, el trabajo del suelo, y que a partir del momento en que fuera puesto a producir redundaría en ingresos del municipio. Pero sí es cierto que al principio las tierras ocupadas estaban al margen de las compraventas a las que era necesario atenerse si se deseaba acceder a las parcelas de la misma clase. Aunque también es verdad que se trataba, cuando aquella modalidad de parcelas llegaba al mercado regular, de unidades de producción con cierto grado de madurez por lo menos, a diferencia de las que estaban en el origen del proceso que vamos a examinar.
Sobre sus atributos legales previos, uno de los casos analizados especifica lo fundamental. De la tierra que se solicita se dice que es de la que está realenga. Probablemente lo más valioso de esta expresión sea su referencia al estado del suelo. Que la tierra en el momento esté realenga especifica que el dominio sobre ella permanece bajo la corona, lo que equivale a decir que no ha sido privatizada de ningún modo, aunque su gestión ha sido delegada al municipio, que sin embargo no puede decidir unilateralmente sobre sus cambios de uso. Modificarlos, y abrir la puerta al cambio de estado, exige la aprobación de la administración real que se conoce con el nombre de facultad, que en este caso debe suponerse concedida para la parcelas de las que se trata. De lo contrario, el municipio no hubiera podido acceder a todas las transferencias demandadas ateniéndose a las condiciones de la presura.
Gracias a la identificación de los lugares solicitados, es posible además reconocerlos como una parte de las zonas no cultivadas, áreas que sobrevivían en cualquiera de los extensos términos de las ciudades del sudoeste, a pesar de la alta ocupación agrícola del suelo que en ellos se había alcanzado. Los territorios bajo su jurisdicción estaban lejos de estar saturados, y por tanto de retornar a cada tanto al riesgo de verse en la necesidad de aprovechar suelos de bajos rendimientos.
En cierto número de casos la parcela solicitada se identifica como un manchón de tierra, una manera de hablar que permite reconstruir el estado del paisaje del que se partía, al tiempo que obliga a ser cauto. Es muy probable que haya que entender el manchón como algo más que un pedazo de tierra en que nacen las plantas muy espesas y juntas, tanto en los sembrados como en los matorrales (Acad.). En lenguaje regional, puede ser terreno erial en un cortijo, una mancha grande de monte y parte de terreno de caza que tiene nombre peculiar y se bate sola (AV). La ventaja que desde este punto de vista tiene la palabra elegida es que todas las descripciones que la definen comparten, aparte matices, que se está refiriendo a áreas ocupadas por la vegetación espontánea, bien porque desde antiguo se haya consolidado en ellas, bien porque allí se ha recuperado recientemente, tras haber conocido el cultivo y haberlo abandonado. Que además el estado previo del espacio a colonizar estaba ocupado por una formación del tipo matorral es algo más que una sospecha. La confirma, al tiempo que la completa, uno de los solicitantes cuando expone la necesidad de desmontar de monte bajo y algunos chaparros. Mientras que la referencia al monte bajo corroboraría la deducción, la supervivencia de chaparros dispersos probaría que la parte arbórea del bosque autóctono, aunque en aquellos lugares se hubiera degradado, se resistía a desaparecer. Ante este paisaje, cualquiera que pretendiese poner en cultivo las parcelas solicitadas necesitaría rozar y desbrozar, y en algunos casos hasta descepar, para después roturar y poner a punto la tierra para la siembra, un proceso largo y costoso como mínimo en tiempo y esfuerzo.
Los solicitantes se pueden dividir en dos grupos. Uno, el de los que tienen apellidos que los identifican como miembros de lo que convencionalmente podemos llamar, para no demorar innecesariamente el análisis, el grupo aristocrático de la ciudad. Su posición está asentada sobre un modo de acceder al dominio de la tierra garantizado por la inmovilización de los bienes, de la que participa, a lo que suma el control directo de las instituciones del municipio. El otro es el de quienes no ponen al descubierto consanguinidad alguna con ese grupo.
La relación de los primeros, que no es larga, vale la pena: don Bartolomé Nieto de Morales, don Manuel Antonio Morillo, don Teodomiro de Briones Quintanilla, don Antonio Eugenio Berrugo de Morales, alcalde de la santa hermandad por el estado de los caballeros hijosdalgo, don Baltasar Barba de Bohórquez, don Cristóbal Roales de Consuegra, don Juan Ignacio Barraza, presbítero, don Bernabé Canelo de Romera, don Bartolomé de Briones Quintanilla, don Juan Caro Tavera, don Bernardo Bravo Navarro, don Marco Antonio de Liñán, don Bartolomé de Mesa Jinete, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, don José Navarro y don Diego López Moreno. Quizás a los dos últimos habría que eliminarlos de esta relación. Pero sobre los demás no caben dudas. Son catorce de los sesenta y cuatro, poco más de la quinta parte. Luego quienes tenían capacidad para tomar la decisión favorable a las concesiones fueron los primeros en utilizarla en su favor.
Las otras cuatro quintas partes de los solicitantes, que pueden representar nombres como los de Juan González de Perea, Blas Gallardo o Jerónimo Rodríguez, todos varones, porque están idénticamente interesados en la adquisición de una parcela tenemos que considerarlos genéricamente campesinos. Cualquiera de los valores o rasgos que a partir de aquí podamos deducir, como característicos del fenómeno que deseamos documentar, salvo indicación expresa, serán representativos de actitudes y decisiones de este grupo, dado su abrumador peso relativo.
La dimensión de la parcela solicitada no siempre se declara. En diecisiete ocasiones se refiere como una suerte de tierra, en once como un pedazo de tierra, en ocho como un manchón de tierra, en cinco como una poca tierra y en una ocasión como un rincón de tierra. La indefinición tiene en algunos casos sus ventajas. Ya hemos visto hasta dónde permite llegar que se hable de manchones. También al hablar de suerte es posible alcanzar alguna conclusión. Puede parecer que se está haciendo referencia a un sistema de acceso a la tierra. No parece que en este caso tenga demasiado sentido. Sin embargo, pudo ser el método para regular las concesiones. Todas las suertes se concentran en un predio, la Cañada del Paraíso. Tal vez los campesinos dispuestos a tomarse aquel trabajo pugnaban por una calidad de las tierras o por la accesibilidad a una parcela, o por las dos cosas porque aquel lugar reuniera ambas ventajas. Las suertes, además, tienen todo el aspecto de responder a un módulo, expresión de la equidad de los repartos. Todas las que además precisan su extensión tienen tres fanegas.
Cuando solo o también se especifica la superficie de la parcela que se solicita los valores oscilan entre media fanega y seis, en este segundo caso expresadas como medio cahíz. Cualquiera de los dos valores, así como uno y cinco, son singulares. Las dimensiones comunes oscilan entre dos (cuatro casos) y cuatro (otros cuatro), y el valor modal es, con diferencia, tres (dieciocho casos). De donde resulta un valor medio de la parcela muy representativo de la regularidad del procedimiento: tres fanegas y dos centésimas. Solo una vez la superficie se expresa en otra unidad, dos aranzadas.
En una ocasión fue concedida más tierra de la solicitada y en otra menos. Pero ninguna de las dos oscilaciones tiene trascendencia ni para cada demanda ni para el fenómeno: un solicitante de dos fanegas recibió tres, y uno de cuatro, también tres. Lo que redunda en que las decisiones se atuvieron a un plan, persistentemente regido por la equidad. Le daría valor político y expresaría el peso que tenía, a la hora de tomar las decisiones públicas, el papel de los beneficiados por ellas. La dimensión de la parcela habría sido su patrón. Pero fuera así o no, creo firmemente que la dimensión tres fanegas, que se impuso, es expresiva de una capacidad energética de la masa de los solicitantes, campesinos con limitados medios.
Como condición añadida, Tomás Machado pidió que la poca de tierra que solicitaba estuviera arrimada a la de Alonso del Trigo. También Cristóbal Baena y José de Aguilera pidieron que sus parcelas estuvieran linde de la que la ciudad tiene dada a Alonso del Trigo y Francisco López. Estos rastros de afinidad pueden ser expresivos de la cooperación solidaria que pudo existir entre quienes se comprometían con aquella iniciativa, un rasgo del grupo que en otros documentos, como los relacionados con el crédito, también se deja ver. En otros casos, el objetivo parece puesto en completar un plan de expansión personal. Alonso Rodríguez, maestro mayor de obras, solicita la suerte de tierra que linda con su heredad de viñas. Que alguien sea maestro mayor de obras y al tiempo aspire a consolidarse como campesino es una buena prueba no solo de ambición. También revela que la condición de campesino entonces estaba abierta y no excluía otras. Por su parte, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, quien solicitó y obtuvo cinco fanegas, una de las dos parcelas mayores, quiso que empezaran desde un pedazo de olivar de don Bartolomé de Mesa, su padre. De una o de otra forma, que existieran lindes consolidadas, las que también se mencionan en cuatro instancias más, indican que el territorio elegido para la experiencia ya estaba ocupado parcialmente.
Durante la primera fase de ejecución del proyecto, las solicitudes se dispersaron por más de diez lugares distintos, todos en una zona no destinada previamente al cultivo de los cereales, a excepción de un manchón de tierra, de extensión indeterminada, solicitado por don Bartolomé de Briones Quintanilla, caballero del orden de Calatrava, para plantarla de olivos. Estaba localizado en un territorio conocido como El Saltillo, en plena depresión del término, donde el cultivo de los cereales estaba consolidado desde hacía siglos, y del que se da la circunstancia de que no hacía mucho había sido objeto de la concesión de un señorío. Pero durante la segunda mitad del proceso, las solicitudes se concentraron en el predio ya mencionado, la Cañada del Paraíso. Puede decirse que de aquella política también tuvo que ser parte un plan de colonización, quizás no del todo ajeno al deseo de contener la expansión señorial que amenazaba los poderes del municipio.
Los cultivos para los que se solicitaron las tierras fueron tres: viñas, olivos y pinos. El deseo de plantar viñas acaparó casi los dos tercios de las peticiones y la dedicación al olivar, solo un tercio. El exiguo resto fue para los pinos. El único caso que falta para completar la suma, el de quien duda dedicar la tierra que obtenga si a viña si a olivar, es insignificante en términos cuantitativos. Sin embargo, aparte que la jurisdicción del municipio alcanzara hasta la ordenación de los cultivos nada menos, un hecho que sería necesario analizar con más reflexión, expresa con nitidez el dilema que se abrió al programa colonizador, al que debieron enfrentarse quienes buscaban una vía de promoción invirtiendo en las concesiones de tierra.
La viña era un cultivo consolidado. Quienes se esfuerzan en conectarse con parcelas con lindes hechas, a las que desean acogerse, en las que quieren apoyarse, optan por la viña. Serían colonos que preferirían jugar sobre seguro. Quienes optan por el olivar aluden al paisaje que tienen ante sí en unos términos consecuentes con el riesgo de la inversión, porque incluye desmonte y plantar estacones. En cualquiera de los casos en los que estas descripciones son más explícitas los promotores son del grupo aristocrático. Uno pretendía desmontar en favor de un olivar del patronato del que era patrono, y otro suplica a la ciudad se sirva demandar ver un pedazo de tierra de su mayorazgo para plantar de olivar.
Con la concesión de parcelas, los que ya dispusieran de medios podrían acceder a la condición campesina más sólida, la que les permitía disponer como propiedad de una unidad de explotación agropecuaria. Los que optaron por no arriesgar demasiado, la mayor parte de ellos, dos de cada tres, prefirieron acogerse al cultivo de la vid. Solo el otro tercio se prestaría a competir con quienes estaban dispuestos a invertir en un cultivo cuya renovada expansión empezaba. Aquellos con los que debían competir ya disfrutaban de una posición sólida, y su opción en favor del olivar no sería ajena al éxito que el cultivo finalmente tuvo. Los datos de cultivos y aprovechamientos de cincuenta años después demuestran que la pugna se resolvería en favor del olivo. Mientras que su cultivo, para entonces, había conseguido ocupar unas tres vigésimas partes de todo el espacio cultivado, en el que el dedicado a cereales abarcaba algo más de los dos tercios, el viñedo prácticamente había desaparecido. No llegaba ni a la centésima parte.
Explotaciones mínimas
Publicado: febrero 24, 2017 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agraria, economía Deja un comentarioG. Valparaíso
Las explotaciones mínimas, que sumaban entre las tres cuartas y las cuatro quintas partes de todas las de cada año, eran un sector consolidado de la agricultura de los cereales. Buena parte de los observadores creen que estas empresas solo ambicionaban satisfacer el autoconsumo. Como la mayoría se organizaba sobre parcelas segregadas a las unidades de explotación de mayor tamaño, en otras ocasiones parecen subsidiarias de ellas no solo en el espacio. Por el momento, hasta donde alcanza mi información, no parece que haya sido argumentada de manera convincente ninguna de las dos posibilidades, lo que obliga a mantenerse atentos a los movimientos desde cualquiera de las dos posiciones.
Su potencia, y por tanto su alcance, lo puede expresar del modo más directo el tamaño de las parcelas que tomaban, y luego el número de parcelas que sumaran para componer cada pegujal; porque pegujal era el nombre que convenía a esta modalidad de empresa, la más modesta. La documentación de la época deja muy claro que pegujal es empresa, y es por tanto una denominación que pertenece al mismo dominio semántico que labor. Labor y pegujal fueron los dos polos del sistema de empresas para producir los cereales, y entre ambos atraían prácticamente la totalidad de las iniciativas. Puede resultar tedioso detenerse en detalles de tamaño, pero es imprescindible si se quiere tener al menos criterio relativo para valorar cualquier de las dos posiciones.
Sobre el tamaño de las parcelas, es posible reunir testimonios coetáneos desde diferentes puntos de vista. Si aquel universo es observado a partir de las 103 descripciones de trabajadores del campo que alcanzaban a organizar aquellas empresas, registradas en 1771, el tamaño de la parcela tenía como mínimo 1 fanega de superficie y como máximo 10. Las frecuencias de los valores extremos del espectro son escasas, dos en cada caso. Basta con llegar a la segunda posición del rango, la parcela de 2 fanegas, para que se incremente notablemente la frecuencia. El grueso de las parcelas queda comprendido entre las 2 y las 4. De las 103, nada menos que 77 están comprendidas entre esos márgenes tan próximos, tres cuartas partes de los casos. La parcela más representativa en absoluto es la de 3 fanegas, 34 casos, un tercio. No obstante, la superficie de la parcela media (402.5 / 103 = 3,91 fanegas) está más cerca de 4 que de 3. De todo lo demás, comprendido entre los valores enteros 5 y 8, solo las parcelas de 6 y 7 fanegas tienen cierta significación, en torno a la vigésima parte. Los tamaños fraccionarios (2 ¼, 4 ½, 6 ¾ y 8 ½ fanegas) son singulares.
La superficie de nueve parcelas cedidas en un cortijo a pegujales en 1756 estaba comprendido entre 2.5 y 12 fanegas. Sus valores estaban muy dispersos: 2.5, 3, 6, 6.5, 8, 9, 11 y 12. Solo el valor 8 se repetía. Algunos años después, la superficie de las parcelas cedidas para el mismo fin en el mismo cortijo tuvo como mínimo 1.92 fanegas y un máximo de 12.75. Más de la mitad, hasta un total de 81, estaba comprendida entre 2 y 4 como valores enteros (de entre 2 y 2.99, 21; de entre 3 y 3.99, 27; de entre 4 y 4.99, 33). Si se suman las comprendidas entre 5 y 6 (de entre 5 y 5.99, 16; de entre 6 y 6.99, 24), que eran 40, algo más de una cuarta parte, se llega a proporciones muy altas, casi nueve décimas partes de todas las sorteadas. Luego todas las de mayor tamaño, que fueron 17 (de entre 7 y 7.99, 5; de entre 8 y 8.99, 5; de entre 9 y 9.99, 4; de entre 10 y 10.99, 1; de entre 12 y 12.99, 2), carecían de importancia para el fenómeno. La de 1.92, o 1 fanega y 11 almudes, era por completo anómala, única.
El tamaño de las parcelas que describen las estadísticas de los cortijos que se cedían a pegujales en todo un término oscilaba entre límites más amplios. Las había que superaban las 20 fanegas y también las había de solo 1, pero las dominantes eran parcelas de 2, 3 y 4 fanegas, aunque quizás sea más acertado decir de 3, 2 y 4, porque este era el orden de la frecuencia con que aparecen. La diferencia que había entre sus valores solo permite afirmar que 3 fanegas, con algo de distancia sobre los otros dos valores, era el tamaño de la parcela preferida para organizar el pegujal. Un segundo grupo de valores elegidos para crearlo lo marcaban las 6 fanegas, y algo por debajo las 5 y las 8. Aparte estos, solo resultaban por último significativas 1 y 12 fanegas.
Aunque número de parcelas y número de pegujales eran cifras muy próximas, era mayor el primero que el segundo. Lo común era que un pegujal se constituyera sobre una parcela nada más. En plena segunda mitad del siglo décimo octavo, en una proporción que oscilaba entre un 90 y un 95 %, cada parcela daba origen a una empresa personal distinta, a cada parcela correspondía un explotador y solo un explotador; unas proporciones que corroboran las declaraciones de 1771. Para casi diecinueve de cada veinte trabajadores del campo que se arriesgaban a esta forma de explotación, que eran la masa de quienes emprendían pegujales, bastaba con una parcela para acometer la empresa.
Pero había personas que tomaban más de una parcela para crear su pegujal. Apenas la décima parte de quienes los emprendían en 1741 se atrevían con más de una, mientras que en años posteriores a 1750 solo para un vigésima parte de las parcelas que se cultivaban el teniente se repetía. Uno de ellos acumulaba tres parcelas; los demás, dos. En 1771 se constituían sobre más de una parcela una proporción algo por encima de la vigésima parte. Para estos casos, las situaciones más documentadas eran dos. Bien había quien tomaba dos parcelas o bien había quien se hacía cargo de tres. Los que tomaban dos eran entre el doble y las dos terceras partes de los que tomaban tres. Muy raramente había quien tomaba cuatro.
Cuando se trataba de tierras de ruedo las proporciones se desviaban algo del comportamiento común. De los 100 agraciados con las suertes del cortijo a pegujales entre 1767 y 1772, 28 accedieron a más de una parcela, lo que supone una cuarta parte. Sus ventajas quedaron comprendidas entre 2 y 4 parcelas. Tuvieron dos, 21, tres, 3 y cuatro, 4.
Por tanto, en modo alguno serían significativas las explotaciones sobre más de dos parcelas. No sería característico de este tipo de empresa constituirse sobre más de una, sí excepcional mantenerse sobre dos, y en modo alguno propio del modo simultanear tres o más. Aunque no fuera preciso, y sea preferible evitar que una idea se confunda con la otra, también parece legítimo que en la época se hablara de pegujal para expresar indiferentemente parcela y empresa.
Consideremos un rendimiento tipo de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, que en más de una ocasión hemos aceptado como representativo de los que se obtenían en pleno siglo décimo octavo. Si tomamos como pauta el pegujal organizado sobre una parcela, que abarca la práctica totalidad del fenómeno, y tomamos como límites representativos del universo de los tamaños los valores 1 y 12, las cosechas obtenidas por los pegujales quedarían comprendidas entre las 10 y las 120 unidades de capacidad. Las más frecuentes serían las cosechas de 20, 30 y 40.
En esta misma página se han analizado niveles de consumo de hacia 1750, y se ha aceptado como representativo un consumo por persona y día de 1.6 libras de trigo, un valor equivalente a 0.0133 de aquellas unidades de capacidad. Si una persona come al día 0.0133, al cabo de un año consumirá 4.8545 fanegas. Luego el consumo de una familia de dos personas sería 9.7090 y el de una con cuatro, 19.4180. Estos cálculos se pueden mejorar y matizar por edades. Pero para los fines que nos proponemos son una pauta suficiente.
No se puede concluir con una respuesta simple a si las explotaciones mínimas estaban destinadas al autoconsumo o se podían proponer otros fines. No es necesario prolongar los cálculos para reconocer que casi todas aquellas explotaciones podrían aspirar a cubrir las necesidades de grano de una familia durante un año. Sería un objetivo inmediato especialmente entre quienes acometían pegujales sin ser trabajadores del campo. Para ellos sería una actividad suplementaria que podría garantizar al menos una parte de la defensa que necesitaran frente al desabastecimiento y las carestías.
Pero estos eran solo una cuarta parte de los promotores de esta clase de empresas. Los otros tres cuartos, que eran los trabajadores del campo, podrían aspirar a otros objetivos. Entre ellos, las partidas se jugarían en el espectro comprendido entre las 20 y las 40 fanegas de producto. Con 40 se podría disponer de un excedente bruto de la mitad del producto, que incluso permitiría aventurarse en ocupar algunas de las posiciones más modestas del mercado del cereal. Con 20 también se podrían cubrir las necesidades de una familia tipo. Pero de ninguna manera se podría hacer frente a los costos de la empresa mínima, entre los cuales los había tan irrenunciables como el pago de la cesión de la parcela, la inversión en simiente, la alimentación del ganado propio y el diezmo. Para obtener un producto de 20 fanegas no tendría sentido invertir en un pegujal.
Como para organizarlo el recurso previo común era una cabaña de labor propia, empleando este recurso los poseedores de pegujales podían desempeñar un papel subsidiario que les permitiera hacer frente a un tiempo a los costos y a las necesidades del consumo familiar. El suministro de servicios, y en particular el de porciones de la energía que cada año necesitaba la agricultura de los cereales, podía ser una oportunidad que los hiciera razonables. Aun así, los más incautos, que eran la mayoría, solo sembraban en sus pegujales trigo, mientras que otros, los más calculadores, preferían emplearlos en obtener alimento para el ganado de labor, bien cebada bien legumbres.
El tiempo de un año
Publicado: febrero 17, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
El administrador las primeras lluvias que registró en su diario fueron las del 9 de octubre. En la madrugada había llovido regular. Pero el agua que había caído no le pareció bastante para remediar la necesidad que en aquel momento, a su juicio, tenían los campos, máxime cuando tampoco la lluvia había sido general. No obstante, al día siguiente dio orden para que salieran los mulos con cinco gañanes para el primer cortijo de la casa, centro de su labor, y empezaran la arada. Desde allí irían a la mañana siguiente a sembrar el vicio en otra de las explotaciones que sostenía, por si Dios quisiera enviar temprano el agua.
El 11 de octubre los trabajadores a su servicio efectivamente sembraron cebada para vicio con la tierra seca, por si Dios quería enviar las lluvias. Esperaba que pudiera nacer pronto y tuviera el despunte temprano, como lo necesitaban todas las ganaderías. Pero el 14 la tierra seguía seca, sin haberse otoñado como necesitaba, porque no había llovido lo bastante para que pudiera declararse la otoñada, lo que tampoco impidió que al día siguiente, 15, sábado, se empezara a sembrar el grano en el cortijo, para no dejarlo de la mano hasta acabar, si el tiempo no lo impedía. El grano se tapa bien -añadió- porque todo tiene, cuando menos, un hierro de cohecho, dado con las tierras flojas, tal como se pusieron con las tormentas de agosto y septiembre, o como lo han estado este año generalmente. Pero, aun así, se lamentaba. Corremos la suerte de todos los años malos o de temporales contrarios, como están viniendo desgraciadamente. Pero no podemos suspender la siembra del grano, ya que ha llegado el tiempo natural para los trabajos, toda vez que hay necesidad de contar con días determinados para hacerlos, por la gente, los ganados, que también están malos, y los temporales que puedan venir, siempre extremosos, según venimos experimentándolos hace años. Dios sobre todas nuestras cosas, y su santísima madre y nuestra señora nos guíe por sus caminos, para que seamos buenos labradores y mejores cristianos. Aquel día, todavía convino con el aperador que sería mejor sembrar primero la cebada y la escaña, para seguir luego con el trigo en los baldíos de uno de los cortijos que explotaba la labor de la casa y en las tierras endebles de la hoja elegida para aquella campaña, dejando las de cuerpo para sembrarlas las últimas, por si mientras tanto lloviera.
El 17 siguieron sembrando en las tierras barbechadas que estaban completamente secas, con el tiempo caloroso, como de verano, y el 20 estuvieron desarando la tierra que habían sembrado el día anterior. El administrador quiso especificar que la tierra seca no permitía que con el primer hierro se tapara bien el trigo, a pesar de los cohechos y de haber estado la tez tierna durante la sementera. Así que para romperla a una profundidad que permitiera que se tapara bien el trigo era necesario desarar un día lo que se araba el anterior.
El 21 uno de los empleados de la casa fue con una yunta de mulos desde el cortijo hasta la población, donde la administración tenía su despacho, el centro donde se tomaban las decisiones, para al día siguiente ir a la hacienda que el amo también explotaba, al otro lado del término. Pretendía arar allí la huerta y melgar los olivares trocados, si la tierra lo permitía. Mientras tanto, los demás estuvieron sembrando en el cortijo, con la tierra seca, y entre el 22 y el 24 continuaron el mismo trabajo bajo las mismas condiciones, lo que hizo que el administrador otra vez se lamentara, ahora en términos aún más dramáticos. Dios no quiere enviarnos la lluvia, y esto es ya una ruina para los campos.
El 26 consignó que la seca tan tenaz nos pierde enteramente, mientras los hombres bajo sus órdenes seguían sembrando con la tierra averanada. Al día siguiente, 27, seguían sembrando en las mismas condiciones. El tiempo se mantenía seco y caluroso de día, causando la ruina de los campos, ganados, etcétera, aunque va sintiéndose el frío de noche.
El 28, mientras seguían sembrando con la tierra seca y soportando grandes solaneras, reconoció que se había abierto un segundo frente de complicaciones, las consecuencias que la falta de lluvias estaba teniendo para el ganado. En el vacuno que pastaba en un par de dehesas ajenas a la casa se había detectado mal de pezuña. Al día siguiente, el conocedor comunicó que en la dehesa de la casa habían nacido durante la semana dos becerros, uno macho y otro hembra, los primeros de la temporada, endeblitos, como sus madres, porque el tiempo no podía serles más contrario. Le pareció dudoso que los recién nacidos vivieran. Llevamos dos años de pésimas otoñadas y de peores primaveras para las ganaderías, añadió el administrador.
El 2 de noviembre los mulos de la casa llevaron a la dehesa diez sacas de tornas buenas, aprovechando la abundancia que de ellas hacían los bueyes en la sementera. El propósito del trasiego, que era atender a los muchos animales necesitados que allí había, aunque por supuesto no se había terminado la paja del acopio, se hacía en vista de la calamidad terrible que sufrimos en los campos con la sequía sin término que Dios nuestro señor nos ha enviado, sin duda para castigar nuestra soberbia e incredulidad contagiosas. Los ganados todos amenazan una ruina completa por su endeblez, que la traen desde el mal otoño pasado, y el mal de pezuña se padece en todo el término, a la peor ocasión que podía presentarse con la falta de comida, etc., etc. Dios nuestro señor venga en todo, rogó. Y ordenó que por el momento siguieran los mulos llevando tornas diariamente a razón de diez sacas.
Durante los días 3 y 4 de noviembre siguieron sembrando trigo con la tierra seca, y el 5, aun con la tierra seca, los paleros empezaron a alumbrar las zanjas para desagüe en las tierras sembradas en el cortijo. El 6 el conocedor llevó la temida mala noticia. Se había presentado el mal de pezuña en dos vacas de la dehesa propia. Es cuanto le hacía falta a los ganados palmareños en un año de tan malísima otoñada, sin tener comida verde ninguna en las dehesas, hallándose amenazados de muerte por el hambre hace días.
Nada de esto impidió que el 7 acabaran de sembrar trigo en seco en una haza, lo que al administrador le permitió hacer un primer balance de la faena. Todo lo que se ha sembrado hasta ahora ha sido con la tierra seca y en fuerza de no poderse dejar de hacer los trabajos del campo cuando llega su día, pero a la mayor ventura y con perjuicio grande del simiente que va quedando en la tierra, sin saberse cuándo podrá nacer, ni el que dejarán los bichos para que nazca. Dios sobre todo. En el cortijo central de la casa hemos tenido el bien, en medio de tanto mal, que la tierra ha podido ararse regular para tapar la simiente, lo cual no han podido hacerlo en otros terrenos duros y averanados.
El 8 estuvieron desarando la última haza que se había sembrado, y con aquella operación dieron por concluida la siembra del trigo por el momento, hasta que la tierra pudiera ararse en uno de los cuartos y en otra haza, que no se habían podido sembrar por lo dura que estaba la tierra.
Al día siguiente empezaron a barbechar, con la tierra seca, aunque no tanto que no pudiera trabajarse, y el 10 siguieron barbechando en las mismas condiciones. La lluvia había amenazado, como el día anterior, pero no acabó de llover según necesitaba el campo desde hacía días. El 11 siguieron barbechando, asimismo con la tierra seca, porque lo que ha llovido no es para remediar tan grande necesidad, a pesar de lo cual los paleros seguían alumbrando desagües, y el 12 siguieron arando de barbecho con la tierra seca como antes, desgraciadamente.
Pero el 13 amaneció lloviendo, lo que reanimó las esperanzas perdidas, porque para entonces la seca ya se creía calamitosa. Sin embargo, en poco tiempo se retrajeron las nubes, lo que dejó la misma impresión de necesidad.
El 14 siguieron barbechando con la tierra seca, como antes, y el 15, que amaneció nublado, por fin al mediodía las nubes empezaron a descargar. Siguió lloviendo durante toda la tarde y las primeras horas de la noche. Pareció que la necesidad de los campos al menos quedaría socorrida con el favor de Dios y con la cantidad de lluvia que se había recogido durante la jornada. Era las primeras precipitaciones formales de aquel otoño. La tierra había calado regular, aunque los arados llegaban a lo seco. Le pareció bastante para sembrar las habas, por no esperar otra sazón que no sabemos si vendrá a tiempo.
Aquel mismo día el conocedor mandó la noticia de que la piara de vacas de la dehesa de la casa se hallaba en muy mal estado, con el mal de pezuña en toda su fuerza, y la falta de comida en el campo y la endeblez de los animales, que no querían la paja que se les echaba. El práctico del ganado que trabajaba para la casa, que hacía las veces de veterinario, le había dicho que no había remedio posible para los animales cerreros, y que la lluvia había venido a empeorar el estado de los que en aquel momento padecían la mala enfermedad. Dios ponga su mano sobre tantos males, invocó una vez más el administrador.
El 17 noviembre llegaron al cortijo cuatro yuntas de mulos para sembrar los picos de terreno donde no podía entrar el apero de los bueyes sin perder tiempo. Querían aprovechar la lluvia caída un par de días antes y acabar la sementera. A mediodía empezó a llover de nuevo, con señales de temporal fuerte, pero prevaleció la conciencia de la situación contradictoria que se estaba viviendo. Dios ponga su mano en los ganados todos, que están amenazando una ruina espantosa, si el temporal se arraiga, como las señales lo indican.
Al día siguiente el tiempo se portó de manera apropiada, como de otoño, lloviendo y haciendo sol a ratos, pero sin impedir las faenas del campo, gracias a Dios. Pero el 19, según el conocedor, en la dehesa el mal de pezuña amenazaba con un desastre. Se había ensañado en toda la piara de un modo lamentable, y sin remedio posible para evitarlo. La lluvia, el frío y el cambio de la estación que todos deseábamos ha venido para estas vacas en lo peor del mal, cuando la calentura la tienen en su fuerte, y sin poder comer nada, con la boca y hasta el pulmón hecho una llaga viva. Dios venga en todo.
El 20 el tiempo seguía lluvioso, pero sin entorpecer el trabajo ni en la tierra campa ni en los olivares, gracias a lo cual el 23 quedó concluida la siembra del trigo con la tierra en buena sazón. El tiempo había mejorado notablemente, gracias a Dios. El trigo sembrado durante la seca va naciendo con buenas disposiciones, y el tiempo sigue lluvioso y caliente, como de una buena otoñada, aunque tardía.
El 25 de nuevo amaneció lloviendo, después de una noche de temporal fuerte. Como en aquellas condiciones no podían seguir arando, se volvieron del cortijo los gañanes, así como los mulos encargados de rematar la siembra. Mas el 28 hizo un día hermoso de sol, aunque sin retirarse las nubes. Los bueyes de la labor estuvieron paciendo en el monte del cortijo, ahora que el camino está bueno, para que no se cansen atascados, como sucede en los temporales de agua.
El 29 fue un día de primavera de lo más completo. Sin embargo, se perdió para la siembra de lo poco que faltaba, con disgusto del administrador, porque los jornaleros estaban holgando desde el 26, cuando se liquidó la última dómeda. Pero el 30 de nuevo salieron las cuatro yuntas de mulos para el cortijo con sus gañanes a sembrar los últimos restos de habas gordas y menudas y de cebada, aprovechando la buena sazón que ha venido en estos días.
El 2 de diciembre el administrador decidió enviar dos jornaleros para contribuir al cuidado del equino y el vacuno enfermos, antes que se vengan los temporales del invierno y tengamos en estos ganados mayores perjuicios. No erró. Las lluvias no volvieron a aparecer hasta el 11 de diciembre. Durante la madrugada llovió bastante, con temporal fuerte, lo que caló bien la tierra. Todavía la necesitaba para que crecieran la hierba, las sementeras y los árboles. La tierra se mantuvo buena para ararla, a pesar de lo que ha llovido anoche.
El 15 quedó detenida la arada de los barbechos que se estaban haciendo a causa de las lluvias, y el 16 seguían holgando los jornaleros del cortijo por esta misma razón. Esta fase de lluvias se prolongaría algunos días más. El 23 y el 24 el tiempo todavía seguía lluvioso, aunque con temporal templado, pero sin poderse arar con sazón, bastante contrario para que pudieran caminar los bueyes; y desde el mediodía del 24, y hasta la primera hora de la noche, llovió con temporal fuerte y tormentas acompañadas de fuertes vendavales, que amenazaban un largo temporal, el primero del año. Creía el administrador que a los campos le no vendría mal porque la tierra estaba sana. Pero los ganados sufrirán muchos perjuicios en el mal estado que se hallan. Dios sobre todo. Desde la hacienda, a donde habían ido para comenzar la arada de los olivares, volvieron a la población los mulos, ganando solo el mediodía de camino, porque las lluvias no le habían permitido arar nada aquel día. Había razones para tanta precisión. Los que araban con los mulos en los olivares se acogían a un procedimiento de remuneración a seco, es decir, sin comida, un acuerdo que incluía como recompensa, al menos en esta casa, el pago del día de huelga por lluvias.
El 25 amaneció bueno, aunque con nubes, a pesar del fuerte temporal que había hecho la noche anterior, y el 26 holgaron también los mulos porque el tiempo seguía lluvioso. Durante la tarde y la noche del 27 volvió a llover con temporal deshecho, y se volvieron o tuvieron que volverse a la población los gañanes sacados aquel día. El 28 temprano, a causa de las copiosas lluvias que habían caído la noche anterior, se volvieron del cortijo los jornaleros sacados el día anterior. La tierra quedaba entorpecida para unos días.
El 29 estuvo claro y bueno, aunque frío, lo que permitió que se oreara el campo y la tierra. Por esta razón, porque estaba la tierra buena para ararla, se acordó sacar al día siguiente otra vez a los jornaleros. El 31, aprovechando que estaban la tierra y el tiempo buenos, salió el arriero de los mulos con cuatro gañanes a continuar las aradas en la hacienda.
El 1 de enero el administrador anotó que desde el día anterior estaba lloviendo sin parar, aunque templadamente, por lo que se habían tenido que suspender las aradas. Se han reunido a holgar los gañanes del cortijo por causa de las lluvias. Mañana se hará huelga. También los jornaleros estuvieron holgando, y a mediodía, a causa de las lluvias llegaron a la población los mulos que estaban arando en la hacienda.
El 3 el tiempo seguía entorpecido con las lluvias, y todos los trabajadores estaban en la población. Creía probable que los gañanes no volvieran a salir hasta que pasara la Pascua de Reyes. De todos modos, el 4 de enero no se hubiera podido arar porque la tierra estaba mojada, y el 6 de enero, el día de la Pascua de Reyes, aún siguieron holgando los gañanes del cortijo a causa de las lluvias. Aunque la tierra se podía arar bien, esta vez los habían detenido en la población las elecciones; a propósito de las cuales la casa no se ha entendido con ellos para nada, se apresuró a anotar el administrador el día 3. Pero los trabajos debieron reanudarse alguno de los días inmediatos, ya que el 9 no se siguió sembrando los yeros porque el día había estado lluvioso.
A partir de aquel momento, cuando los trabajos de la siembra ya estaban casi terminados, la preocupación del administrador por el tiempo comenzó a relajarse. Hasta el 20 enero no volvió a hacer alguna anotación sobre el asunto, y solo para decir que el día estaba crudo y frío y con nubes, y que el 21 los rastros no trabajaron a causa de las nubes y de los chamuscos que habían caído el día anterior por la tarde y durante la noche precedente.
En realidad, a partir del 27 sus anotaciones volvieron a concentrarse en las lluvias. Pero su actitud estaba cambiando de signo. En la noche de aquel día se habían formalizado, aunque cayendo templadamente, como el campo las necesitaba, pero en cantidad suficiente para impedir que se siguiera arando y haciendo trabajos de tierra por el momento. El 28 continuó lloviendo, aunque templadamente. Primero se volvieron a la población los jornaleros del cortijo porque no se podía seguir arando, y en la tarde dos carretas de la casa que habían ido a la capital el día 24. De sus bueyes dijo que llevaban un día malísimo con las lluvias y el barro del camino.
El 29 aún se hizo huelga por las lluvias, y los mulos llevaron desde el cortijo a la dehesa once sacas de paja tornas para las malucadas. Era inevitable el viaje porque con el temporal que se había presentado no tenían paja ninguna en la dehesa. Como estaba lloviendo, iban dos hombres con el arriero por temor de los caminos, y a pesar de ir tres con las once sacas, se habían dejado una en el trayecto porque, según el arriero, no pudieron cargarla entre los tres porque iban cortados de frío y calados con las lluvias. Parece que el mulo se cayó en un mal paso, sin poder evitar la pérdida. Además, la dómeda fue interrumpida antes del día de la Candelaria, tal como era costumbre, a causa de las lluvias.
Ahora el balance de aquellos temporales no era desalentador. El 30 fue el administrador al cortijo a revisar la sementera y este fue su diagnóstico. Aunque chiquita toda ella, no puede estar más sana ni mejor dispuesta. Le ha venido esta lluvia perfectamente bien. Dios le eche su santa bendición y será una cosecha notable, según podemos calcular hasta el día presente.
El 1 de febrero los gañanes del cortijo continuaron holgando a causa de las lluvias, y el 3 seguían en la población porque no dejaba de llover diariamente y la tierra tenía mucha agua, lo que impedía las aradas tanto en la labor como en los olivares. El 4 amaneció lloviendo. La gente siguió toda en la población por causa de las lluvias. Si no son fuertes, como no cesan, mantienen las tierras mojadas para no poder trabajarlas. Las mulas, aunque tenían preparado desde el día anterior un viaje de habas para seguir moliéndolas, habían llevado cuatro viajes de estiércol desde la casa de campo al otro olivar de la casa, que compartía sus tierras con las viñas. Lo habían descargado en la era y los padrones porque se atollaba el terreno del olivar arado.
El día 5 había estado regular, aunque sin retirarse del todo las nubes, por lo que el 7 se pensó sacar la gente, que estaba parada desde el 28 de enero, para seguir arando en el cortijo. Pero estaba lloviendo desde el amanecer. Quedaban otra vez los trabajos de tierra entorpecidos por unos días, y los jornaleros en la población pasando necesidades que no tienen número. Por estar lloviendo, otra vez los mulos habían dejado enjardado en el granero el viaje de habas para molerlas.
El 9 dejó constancia de que tanto el día anterior como este habían llevado los bueyes del cortijo al monte, reacción a la necesidad de tenerlos parados hace días con el motivo de las lluvias. Aunque los bueyes tengan poco que comer en el monte, les basta con aquel desahogo y la huella seca para ganar mucho y economizar la paja.
El 10 volvió a llover desde el amanecer, aunque poco, pero entorpeciendo la tierra para no poder ararla por el momento. Los jornaleros del cortijo, dispuestos para salir aquel día, otra vez se quedaron en la población pasando necesidades. El día 7 sucedió lo mismo que hoy, la salida de estos entorpecida por las lluvias, anotó retrospectivamente a modo de reflexión. Volvieron los mulos a dejar enjardado el viaje de habas a la espera del buen tiempo.
El 11 salieron los gañanes para el cortijo, a instancias del aperador, su responsable directo. Había previsto emplearlos en recortar estiércol. Pero desde el mediodía llovió más que durante los días anteriores, causando a la labor el extravío consiguiente. De nada sirve recortar estiércol para empezar a llover desde luego, objetó en su diario el administrador. Como las lluvias sigan, no podremos moler más habas mientras no abone.
El 12 hizo un día de lluvias fuertes desde el amanecer. Dejó el campo lleno de agua y entorpecidos todos los trabajos por unos días. Los jornaleros sacados el día anterior, con tan mal acierto, en opinión del administrador, estuvieron recortando estiércol, según el aperador, a pesar de tanto llover. Los bueyes continuaron subiendo de día al monte, y la presa del cortijo aquel día acabó de llenarse de agua, por primera vez desde la limpieza que se le había hecho a fines del verano precedente, por San Miguel. Los mulos, que tenían previsto hacer cuatro viajes de estiércol, solo habían llevado tres a la estacada del olivar por las lluvias. Si el temporal de lluvias que hoy tenemos presente continúa, sufriremos grandes pérdidas en todas las ganaderías, que se están sosteniendo milagrosamente, extenuadas de flacas.
El 13 hizo otro día regular, lo que no se esperaba, sin llover nada, y con tiempo suave y apacible. Para el campo el tiempo resultó buenísimo, aunque los trabajos se entorpecieran y las ganaderías sufrieran mucho por su endeblez y la falta de alimento anticipado. En el cortijo seguían recortando estiércol los jornaleros, más bien por socorrerlos en la presente calamidad que por la necesidad de hacer este trabajo. Pronosticaba el administrador que probablemente el recortado se acabaría antes de que la tierra se pusiera buena para poder ararla, y habría que despedir a los jornaleros si no se habilitaban ocupaciones que, como esta, cedan en provecho de los pobres, y en bien del amo para con Dios, que le agradecerá la buena obra.
El 15 no llovió nada, aunque las nubes no se habían retirado, lo que fue facilitando los trabajos del campo. Pero el 16 volvió a llover con aguaceros fuertes, aunque salió el sol a ratos. La lluvia una vez más había entorpecido los trabajos de la tierra y había aumentado la angustia de los jornaleros y escardadores del cortijo. Habían tenido que volverse a la población y harían huelga al día siguiente, seis días inútiles de dómeda de trabajo desde el día 11.
Tal como estaba previsto, el 17 estuvieron holgando los jornaleros, pero sin liquidar cuentas, porque no corría prisa, visto el estado del tiempo. El 19 amaneció lloviendo. De nuevo se detuvo la salida de los gañanes y los escardadores al cortijo, que estaba dispuesta para aquel día. Se prolongó así la necesidad de los pobres y el atraso de los trabajos de la labor. Los bueyes siguieron yendo de día al monte, y otra vez quedó enjardado el viaje de habas que iban a llevar los mulos al molino, hasta el día siguiente, por si no llovía. El 20 estuvo regular, de sol claro, y tampoco pudieron salir los gañanes ni los escardadores del cortijo como consecuencia de las lluvias caídas el día anterior. Se decidió que salieran al día siguiente, incluso si el tiempo seguía lo mismo. Sin embargo, el 21 salieron los gañanes y los escardadores con el día bueno, aunque la tierra húmeda. Los primeros empezaron a arar de tercer hierro, y los escardadores a hacer su trabajo en uno de los cuartillos. Dios conserve el tiempo bonancible por buenos días, como lo necesita el campo, rogó el administrador, que aquel día de nuevo estuvo revisando la sementera, la reserva de agua de la labor y el ganado. Encontré los trigos buenos todos, y la cebada, buenísima, gracias a Dios. La presa está completamente llena de agua clara y hermosa, en cantidad enorme, que parece más bien que presa un lago. Los ganados están regulares, aunque necesitan hierba o verde.
Cuando ya todo parecía orientarse en la mejor dirección, el 23 volvieron las nubes y las señales de lluvias otra vez a visitarnos, causándonos el disgusto consiguiente. Dios nos libre de tanto perjuicio y trastornos como nos cercan en todos conceptos. Pareció inevitable que el 24 amaneciera lloviendo y se volvieran del cortijo los mulos, así como los gañanes de los bueyes. No podían seguir arando. También se suspendió el trabajo de la escarda por el momento. El administrador, por la tarde, fue al cortijo para evaluar parte de la sementera y el estado de la tierra, por si puede la gente salir pronto, y no hay que liquidar cuentas. Si al día siguiente hiciera bueno, volverían a sacarse los gañanes y las escardadoras, sin hacer huelga para tan pocos días de dómeda. Pero si llovía, habría que pagarles. Los mulos estaban parados por las lluvias, y los bueyes no habían podido ir al monte porque estaba el camino intransitable con los atolladeros. Una piara de ovejas fue llevada el día anterior a las tierras de la labor con la esperanza de comerse la hierba de los barbechos que se estaban arando. Aquel día andaban en los bancales de las laderas de las tierras del cortijo. Su pastor realmente había ido a buscar en las tierras de la labor comida para los borregos. No se sabe qué hacer con las lluvias. Todo será inútil si sigue lloviendo.
El 25 volvió a llover con temporal deshecho. Se disiparon las nubes a ratos, después de dejar la tierra anegada. Pero los campos seguían buenos con el tiempo húmedo y caliente que les hacía, aunque fastidiara los trabajos. El administrador pagó a los trabajadores del cortijo las peonadas que habían hecho esta dómeda, cortada por las lluvias como la anterior.
El 27 otra vez llovió mucho, particularmente en los olivares. Reconocía el administrador que por esta causa continúa la angustia de los trabajadores, aunque para el campo venga bien todavía, gracias a Dios, un desliz consecuencia de un descuido sintáctico. Porque no es posible creer que el administrador de la casa pensara que la angustia de los trabajadores le viniera bien al campo gracias a Dios. Y el 28 volvió a llover y continuaron parados los jornaleros, que saldrían al día siguiente si se presentara despejado de nubes, porque en las tierras de la labor había llovido menos que en los olivares y se había oreado la tierra desde media mañana en adelante.
El 1 de marzo amaneció con el día de sol claro y bueno, gracias a Dios, y salieron los gañanes para el cortijo y las escardadoras. Todo se hizo con el principal objeto de remediar la necesidad de los braceros, que ya es calamitosa, además del atraso que llevaban los trabajos en un mes que estaba lloviendo, sin hacerse nada bueno en el campo. Pero el 2 el tiempo volvió a removerse como para llover de nuevo, que es cuanto nos hace falta para los trabajos y trabajadores, glosó, otra vez descuidadamente, el administrador. En la madrugada del 3 efectivamente llovió, aumentándose la calamidad de los braceros, que ya se hace insoportable. El campo gracias a Dios se sostiene sano y bueno, lo mismo en la labor que en los olivares. Temprano se volvieron a la población los mulos, por no poder arar en el cortijo. Pero se habían quedado allí los gañanes, con los de los bueyes, escardando en los altos de las laderas donde la tierra estaba regular. Aún padecían las ganaderías por la endeblez que traían de antiguo.
El 4 de marzo el administrador estuvo otra vez en el cortijo viendo la sementera, que al parecer no estaba lastimada todavía por las lluvias, a pesar de haber sido continuas y de haber bastante agua acumulada sobre la tierra en los llanos y en los bajos gredosos, y el 5 otra vez se volvieron los jornaleros y escardadoras del cortijo a causa de las lluvias. El administrador decidió que se haría huelga pagándoles mañana domingo, y el 7 pagó a los jornaleros del cortijo las peonadas que habían hecho en aquella dómeda, una vez más cortada por las lluvias. Habían barbechado y escardado sin que dejara de llover.
El 8 de marzo salieron a trabajar las escardadoras con el día regular, por la prisa que corría la escarda, pero los jornaleros gañanes no salieron todavía, hasta que se asegurara más el tiempo. El 9 amaneció lloviendo, con gran disgusto de todos, porque a los perjuicios que debía causar en los campos el agua excesiva le seguían los insufribles de los trabajos malísimos que se hacían. Siendo precisos, como la escarda y las aradas, dejaban de hacerse, y la calamidad de los pobres trabajadores y sus agregados ya es insoportable. Dios Nuestro Señor tenga misericordia de nosotros. Dispuesto todo para sacar los jornaleros del cortijo y las escardadoras, fue necesario desistir otra vez, dejándolos en la población. Mas, aunque el día estuvo de lluvias, como era día de hato no se pudo dejar de salir con los caballos, que fueron acompañados con los zagales de yeguas.
El 11 de marzo volvieron a salir jornaleros para escardar trigo con el tiempo regular, hasta ver si se oreaba más la tierra para poder ararla, aunque había señales de volver a llover pronto. Sin embargo, el 14 continuaba el tiempo bueno y la tierra regular, aunque todavía con bastante humedad. Parecía que por fin terminaba el ciclo del invierno, y así debía pensarlo el administrador, quien el 16 estuvo en los cortijos de la labor dando una vuelta a la sementera ya con el tiempo sereno, gracias a Dios.
El 21 siguió el tiempo bueno, con el sol claro, aunque corrió un viento solano fuerte, que arrebataría pronto la tez de la tierra, endureciéndola, si continuara algunos días más. Las flores de los habales y frutales sufrirían perjuicio con este viento. A pesar de lo cual valía más el viento que las lluvias para el campo y los trabajos pendientes. Dios sobre todo.
El 22, tal como había previsto, la tierra se iba poniendo áspera con el viento solano, que corría hacía dos o tres días, y la hierba, escasa todavía, sufría también perjuicio. Aquel tiempo aconsejaría que el 25 se dispusiera el herradero de los becerros para el día siguiente, sábado, antes de que vinieran más las calores y perjudicaran a los animales con las heridas que causaba el hierro.
El paréntesis de estabilidad al comienzo de la primavera modificó otra vez el valor que se le daba a las lluvias. El 8 de abril amaneció lloviendo gracias a Dios. La lluvia fue escasa, aunque siguió nublado. Si viene en abundancia remediará la gran necesidad de los campos para las hierbas y semillas, y a buenísimo tiempo para todo. Los bueyes en el cortijo estaban comiendo paja y grano por la escasez absoluta de hierba, y en las dehesas aún estaban pasando hambre los ganados, poco menos que en el invierno. Hasta la población no había podido llevarse hierba buena para los caballos. La que gastaban las bestias de la casa de campo era basta y endeble. Además, las escardadoras y los escardadores habían perdido la peonada porque llovía a la hora de su salida.
El 9 quedó constancia de que la lluvia del día anterior no había sido cosa para mojar la tierra, que continuaba la necesidad de jugos para los campos, y solo algunos días después, el 13, el administrador ya invocó el temporal de seca, que arreciaba más cada día, y sostuvo que la escasez de comida para las ganaderías grandes se iba haciendo imponente, tanto más temible cuanto que recaía sobre la gran miseria que habían sufrido los animales en todo el otoño e invierno precedentes. Dios solamente podrá sacarnos de tanto apuro y necesidad.
El 14 de abril el tiempo seguía seco y ruinoso para la hierba y los ganados, que se arruinarán si Dios no los remedia. En este año de gracia no salimos de una para entrar en otra calamidad, todas temibles, sentenció, y el 16 el tiempo seguía seco y contrario para la hierba. En la tarde del 17, día de huelga, el administrador volvió al cortijo para una de sus inspecciones. Estuvo viendo el campo y los potros, los ruchos, los bueyes y las burras, que estaban todos a hierba. Habían perdido mucho con las solaneras tan perjudiciales que estaban corriendo.
El 19 el tiempo seguía seco y aún corrían vientos solanos sumamente dañinos para los campos. Se iba secando todo en agraz y enflaqueciendo los ganados, cuando deberían reponerse para todo el año. Dios nos remedie tantas necesidades y males como sobrevienen en esta época de ruinas. Pero a las siete y media de la mañana del 20 empezó a llover templadamente, cuando menos se esperaba, aunque lo deseábamos todos, como el ciego la vista. Dios nuestro señor quiera enviarla en cantidad bastante para remediar los campos tan necesitados. Estuvo lloviendo hasta mediodía, y por la tarde estuvo nublado. Antes de empezar a llover habían salido para el cortijo los jornaleros destinados a escardar las hierbas, los garbanzos y algunos restos de trigo; para ayudar a los ganaderos en la feria y suplir a los que fueran; y para arar en los barbechos cuando lloviera, lo cual había sucedido, sin esperarlo la noche precedente, antes de reunirse los jornaleros en el cortijo. Se habían ocupado, el primer día de dómeda, en recortar el estiércol que faltaba. Probablemente tendrían que volverse los mulos a la población y salir las piaras de los manchones de hierba donde en aquel momento se hallaban, para no enterrarla cuando tanta falta hacía. Veremos lo que dispone el tiempo.
El 25 hicieron calor y viento solano, tan fuertes y tan dañinos para el campo, en lugar de la lluvia deseada, y el 26 continuaba el solano y los calores fuertes dañando el campo extraordinariamente. El 27 de nuevo hizo mucho calor, contratiempo de seca tan grande que sufrimos, aunque el 28 la sementera, a pesar del temporal de seca tan contrario que había corrido, no tenía daño. Seguían los trigos en su mayor parte buenos, aunque por momentos necesitaban las lluvias.
Por la tarde del 29 de abril ha querido Dios que llueva con tormentas. Se remedió en parte la gran necesidad de los campos aunque se ignoraba todavía los puntos del término donde había descargado. Dios quiera que la lluvia sea general y en cantidad bastante para sacarnos de apuros con trigos y hierbas, aunque tan mal lo merezcamos. Pero el balance del tiempo durante el mes de abril, que el administrador hizo casi un mes después, no era positivo. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día.
El 4 de mayo llovió con tormentas en las tierras de la labor, pero sin entorpecerlas para ararlas, y el 5 se supo que en una hacienda el ganado se había mojado durante la tarde anterior con la tormenta que había caído. El 6 el administrador celebró que no cayera en el cortijo ni por sus alrededores, donde había llovido poco, como para no entorpecer la arada, la tormenta de granizos que había descargado por los olivares. El 7 suspendieron la esquila y la siega de las habas a causa de las lluvias con tormentas. También en esta ocasión había llovido poco en el cortijo, donde tampoco habían caído granizos, gracias a Dios.
Cuando estaba terminando el mes, el 24, estuvo el administrador en los tres cortijos de la labor revisando los trigos y el rastrojo de la cebada que estaban segando. El trigo estaba ya casi para segarlo, principalmente en uno de ellos, con el grano regular. Pero, en lo que tenía visto, las espigas generalmente eran cortas y con pocas órdenes. De donde infiero que los trigos acudirán poco en simientes si la granazón no acaba muy perfectamente, de lo cual tampoco hay las mejores señales hasta la fecha. El 26 de nuevo estuvo en dos de los tres cortijos viendo la sementera, que iba granando medianamente, y a los segadores de la cebada, que continuaban segándola. Corroboró sus ideas de un par de días antes. La cebada estaba todo lo mala que cabía, lo mismo de paja que de grano. Está espesa como un linar, y además le faltó la primavera.
A partir de aquí, una vez que tuvo la cosecha a la vista, la atención que el administrador prestaba al tiempo decayó hasta extinguirse. Hay que esperar hasta el 19 de junio para encontrar otra referencia, de pasada, al tiempo, a propósito del cual invocó una vez más la sequedad que traían consigo los solanos recientes. El 20, ya con tono de balance, el administrador afirmó que el año había sido estéril de aguas como ninguno, sin que conste que se sintiera obligado a dar una explicación por un comentario tan sorprendente.
Era ya 14 de agosto cuando volvió a hacer referencia al tiempo. Aquel día, un viaje con unas sacas de paja, previsto para la tarde, no se pudo cargar por causa del viento fuerte que había hecho. El ciclo de su preocupación por las lluvias, las que habían sido su objeto de atención preferente, lo reanudó solo tres días después. El 17 de agosto, durante la noche, había llovido bastante como para causar mucho daño en el campo, y principalmente en los ganados. El poco pasto que tenían en las tierras campas quedaba desvirtuado. De seguido tendremos que dar paja a los bueyes en las pesebreras, y grano por consiguiente. Los ganados en piara, que tanto necesitan una buena otoñada para salir del mal estado en que se hallan, han empezado a sufrir este contratiempo, uno de los peores para ellos aun en los buenos años. Dios sobre todo.
El 19 volvió a llover de tormentas con gran daño para el campo, principalmente en el pasto que comían los ganados, dejándolo sin sustancia, aparte el que enterraban con las patas. En el coto de las tierras de monte anexas a la labor había llovido más que por el cortijo central de la casa. Sin embargo, el 21 el conocedor, que había ido a llevar un becerro perniquebrado, probó la tierra del cercado de la dehesa, y dijo que estaba buena para ararla con dos hierros de cohecho. Al hablar así estaba pensando que se sacaría algún fruto a la mala lluvia que había caído, beneficiando aquella tierra para el vicio, para la que saldrían al día siguiente los mulos con sus aperos.
El 5 de septiembre se había empezado a moler habas en una tahona para dejar este trabajo hecho antes de que lloviera, el 18 no pudieron cargar paja los mulos porque había corrido vendaval como de tiempo revuelto y el 19 volvió a llover de tormenta regular en la población y por los olivares. El 22 amaneció lloviznando, sin poder cargar paja los mulos como estaba previsto, y el 29 volvió a llover con tormentas que descargaron algo más en la parte alta del cortijo, hacia su monte, pero en cantidad corta para lo que la tierra en aquel momento necesitaba. El tiempo seguía fresco, pero sin declararse la otoñada como hacía falta.
Composición del gasto de las familias
Publicado: abril 24, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
Contra la opinión favorable a la composición de un gasto tipo o cesta de la compra, hay analistas que mantienen que las familias con capacidad media de consumo dispersaban su demanda por muchos bienes, y que tampoco los de las familias de quienes obtenían su renta solo con la venta de su trabajo era muy homogénea. Las leyes de la estadística les quitan la razón, porque ponen al descubierto, sin sobrepasar nunca el límite de la descripción, que el comportamiento de las poblaciones es bastante más gregario de lo que pretenden los defensores de la capacidad individual para decidir y actuar. Alimentación, indumentaria, hogar, iluminación y alquiler de la vivienda eran los componentes regulares del gasto de cualquier familia en cualquier población.
El alimento básico era el pan. Si se toma como referencia el continente, el menos habitual era el que se elaboraba con trigo candeal. Para la mayor parte de la población, incluso el consumo de trigo estaba limitado por su renta disponible hasta el punto que puede afirmarse que el pan blanco era un lujo. El consumo del pan de centeno, el otro cereal panificable, era bastante mayor. También se recurría a la cebada para satisfacer la necesidad más perentoria del alimento imprescindible, en especial cuando escaseaba el trigo, aunque el pan que con ella se elaboraba era pesado e indigesto.
No era frecuente que los panes fueran puros. Para su elaboración solía recurrirse en primer lugar a mezclar el trigo con otros cereales, y más aún se frecuentaban combinaciones inferiores. Se consumían más, por este orden, panes de centeno con salvado y de centeno y cebada, e incluso familias en buena posición decidían alimentarse con pan de mezcla después de haber renunciado al de centeno solo.
Pero ninguna de estas excepciones parece un buen medio para explicar lo que ocurría en la región. No hay constancia de que la cebada fuera panificada en ella, menos aún de que los cereales menores llegaran al mismo fin, lo que en modo alguno obliga a excluirlo. Tal vez sea aconsejable, tal vez solo con fines especulativos, considerar la expresión pan terciado, en la que insisten las fuentes para referirse a todo el producto del cultivo de los cereales, en su sentido literal. Si la cebada era una fracción constante del combinado que se recaudaba cada cosecha, pudo ser la consecuencia de que estuviera admitida como posible agregado a la panificación del trigo. Tampoco parece probable que el consumo de pan de centeno fuera importante, entre otras razones porque su cultivo era marginal en la región.
Alimentos equiparables al pan eran la torta o las gachas de trigo sarraceno, también conocido como alforfón, los mismos preparados de maíz y la sémola de avena. Igualmente era habitual que el pan se consumiera como ingrediente de una sopa más o menos consistente, elaborada con tocino, legumbre, col, rábano, cebolla y huevo. La avena, aunque como la cebada solía ser alimento animal, podía consumirse en forma de papilla, si bien con bastante menos frecuencia que cualquiera de los alimentos derivados de los otros cereales. Las algarrobas, en caso de que faltaran los cereales panificables, podían sustituirlos, aunque solo en años de extraordinaria carencia, cuando se consumían como un sucedáneo del alimento diario.
Algunos cálculos sostienen que una libra de grano por persona y día era el umbral alimenticio que permitía mantener la vida y la capacidad de trabajo en la agricultura de las zonas de clima templado. Otros estiman que el consumo de cereal por persona y año oscilaba entre 150 y 200 kilos. Teniendo en cuenta que una libra equivale a 0.46 kilos, el consumo anual estimado se situaría entre 326 y 435 libras, lo que da un valor medio de 380 libras, algo superior al precedente.
En la armada, hacia 1725, el costo de una ración alimenticia diaria se estimaba en 92 maravedíes. Si se toman en cuenta los precios tipo del trigo en la época, el consumo por persona y día todavía daría un valor algo inferior. Ciertas proyecciones, referidas a los ejércitos de la primera época moderna, llevan a concluir que la ración mínima o de subsistencia por soldado era de 700 gramos al día, que proporcionaban 1.875 calorías; pero que, si no se complementaba con otros alimentos, podía conducir a la inanición. Cuando los ejércitos se desplazaban, para que un soldado pudiera caminar entre seis y ocho horas diarias necesitaba entre 3.400 y 3.600 calorías.
En Francia, para la plenitud del siglo décimo octavo, una familia de seis miembros que se mantenía con una cantidad modesta de trigo necesitaba cuatro kilos al día. También se estima que una familia de entre cinco y seis miembros consumía al año unos 15 quintales de trigo y centeno. Como el quintal son 46 kilos, el consumo de los 15 equivale a 690 kilos, y por tanto la estimación da un resultado que es la mitad que la anterior, porque 4 por 365 es 1.460. Luego habrá que suponer que la familia citada en primer lugar tendría entre 10 y 12 miembros. En otra familia rural, compuesta por la pareja y tres hijos de seis a nueve años, el varón adulto consumía entre 2 y 3 libras de pan diarias porque de él obtenía regularmente su energía. Puede afirmarse con exactitud esta cantidad porque esta ración es al mismo tiempo el elemento en especie del salario agrícola. El consumo de la mujer adulta era similar, y el de los niños se deduce del consumo total diario para esta familia tipo, que se estima comprendido entre 8 y 10 libras. Otros creen más realista situar el consumo diario de pan de una familia tipo en un valor comprendido entre 6 y 8 libras. Pero probablemente el cálculo correcto es el inverso, al menos para nuestra región. No es tan factible calcular la cantidad de alimento que cada día se necesita para obtener el suministro energético cuanto averiguar la cantidad de energía que efectivamente es suministrada por día a cada trabajador: una fanega por persona y mes.
Hacia 1750, para una población de 150.000 habitantes, se calcula un consumo diario de unas 2.000 fanegas de trigo. No parece exagerado porque 2.000 fanegas son unos 111.000 kilos o 241.304 libras. De donde resultaría un consumo por persona de 1,6 libras.
La carne que se consumía era de cerdo salada. En la región la fresca se llamaba tocino y su suministro a los mercados se aseguraba mediante el sistema de abastos. Lentejas, habas y judías eran las legumbres de consumo preferente. Ajo, cebolla, rábano y col también eran habituales, así como la leche y el queso. Sal, grasa, aceite y manteca eran suministros estables de las cocinas. El vino era una parte estimable de la dieta allí donde se producía.
El déficit de renta inducía a comer alimentos poco saludables. Ocurre ocasionalmente la sustitución prolongada durante días de la comida de pan por exclusivamente frutas, lo que, en opinión de los observadores contemporáneos, puede ser causa del incremento de la morbilidad de crisis en la región. Probablemente se refieren a sus efectos sobre el tracto intestinal y sus coléricas consecuencias. También puede suceder abstenerse de la dieta de carne durante meses y reiterar la de legumbres, hierbas y frutas poco nutritivas y en cantidades escasas, lo que tiene el mismo efecto, según la misma opinión. La carencia de alimentos llevaba al consumo de hierbas silvestres.
Para la indumentaria común se utilizan paño grueso o telas de lana del país, y para el trabajo tejido de cáñamo mezclado con lino o con algodón, materias estas últimas a las que también se recurre para la lencería. De lino y de lana se hacen los sombreros y las cofias. Como calzado, en el campo se usan los zuecos de madera o galochas. Los zapatos quedan reservados para las ocasiones. La leña sirve para la calefacción y la lumbre, y las velas de sebo son la base del sistema de iluminación artificial. Gasto común imprescindible era el alquiler, medio corriente de acceso a la vivienda.
Solo el producto del precio medio del pan por el consumo estimado alcanza a superar el 90% de los ingresos que proporcionan los 200 días de trabajo al año que aportaría el varón adulto cuando se alimenta de pan de centeno. Panes de calidad inferior hacen descender la proporción, pero siempre la mantienen por encima del 60%, aunque también hay quien concede al consumo de pan un valor relativo próximo al 50%.
Algunas estimaciones, al tiempo que conceden un menor valor relativo al consumo del pan, próximo al 50% del gasto, creen que el total del gasto alimenticio alcanza los dos tercios del gasto total, lo que implícitamente otorga un 16% al agregado vino, hortalizas, legumbres, etc.
Las mismas estimaciones que conceden al gasto en pan el valor relativo del 50%, y al del agregado vino, hortalizas, legumbres, etc. el 16, a la indumentaria conceden un 15, a la energía doméstica un 5 y al alumbrado un 1. Debemos suponer que el resto (13%) habrá que atribuirlo al alquiler de la vivienda. No obstante, en los analistas que leemos, parece más probable que tal resto se esté concediendo implícitamente al pan. Pero, tratándose de la región, tal vez es más acertado tener en cuenta el alquiler de la vivienda como un gasto general.
Por su parte, para avalar la escasa diferencia entre el comportamiento diacrónico de un índice de precios aritmético y otro ponderado, uno de los más representativos observadores, partidario de la primera forma, optó por los siguientes valores ponderales para la época de nuestro interés. Trigo, 4; vino y aceite de oliva, 3; cebada, queso, garbanzos, carne de vaca, cordero, azúcar, huevos y arroz, 2; el resto de su larga serie de bienes, 1.

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