Melqart marino

Gastón Barea

Melqart no permaneció invariable mientras fue reconocido como dios. Como le ocurre al tronco del árbol, que año tras año responde al tiempo, una vez que le ha tocado arraigarse, y lo fija, sobre su nombre fueron acumulándose los epítetos que para él sus fieles fueron imaginando, los mismos que han retenido los hechos de su historia.

Sin dejar de ser un exigente dios solar, que se crecía con la egersis, ya en plena primera mitad del milenio anterior a la era sería venerado como dios del mar, protector de las grandes empresas marítimas y del comercio de los tirios, más arrojados que los troyanos, y fundador de colonias.

Pero aunque el símbolo fuera el mismo, y para ambas hubiera de ser reconocido como dios marino, no está claro qué responsabilidad tocó en esta innovación a Tiro, la metrópoli de donde era originario, y cuál se debe atribuir a sus fecundas colonias, porque tanto las razones que aconsejaran su promoción marítima, como las consecuencias de alentarlo, serían distintas para una y las otras.

El problema incrementa su dificultad si los mitos referidos a este cambio, que siguen siendo el principal medio para conocer tan remotos tiempos, se entrecruzan con los hechos informados por las otras fuentes, mucho más parcas. Según estas, gracias a las enormes posibilidades que el comercio ofrecía, en Tiro se había formado entonces un poderoso grupo de mercaderes, con fuertes intereses en las empresas que arriesgaban en la navegación a lo largo del Mediterráneo, actividad a la que casi exclusivamente estaban dedicados.

Avanzado ya el primer milenio, aquellos pujantes hombres, para satisfacer sus ambiciosos proyectos, alentaron la idea de un gobierno de la ciudad nuevo, sostenido sobre el consenso de los comerciantes más ricos, una iniciativa que colisionaba con el principio de la Monarquía. La disyuntiva con el tiempo sería el germen de la crisis política más importante que conociera Tiro a lo largo de toda su historia. Pero lo más valioso de ella, y lo que por tanto obliga a llevar tan lejos como sea posible el análisis, es que estaba llamada a convertirse en el primer impulso en favor de la República, un arrojado proyecto que antecedería en siglos a cualquiera similar concebido en las afamadas tierras helénicas, que con tanta dificultad, desde el comienzo de los tiempos geométricos, sostenían sus penosos negocios, injustamente consagradas como sus promotoras.

La profundidad de la pionera pugna es reconocida por todos en la leyenda de la invención de la púrpura, una de las que ilustran la condición marítima de Melqart y la de mayor interés de las referidas al dios, a la que se le supone una transliteración del combate abierto entre ambas opciones.

Según la versión canónica, la amante a la que Melqart siempre se mantuvo fiel, la seductora ninfa Tyros, que lo abrumaba con exigencias que al dios agotaban, provocó el descubrimiento de la púrpura, una manufactura cuya fórmula hermética la convertiría en producto único y monopolio de la ciudad. Por efecto del vehemente deseo de la ninfa, fecundado por el ingenio del dios, a partir de tan singular obra, ya en la primera época colonial, porque sería usada para teñir el hilo con el que se bordaba la indumentaria, la púrpura sería muy estimada y pagada a buen precio.

Como la condición política está en el origen de esta divinidad, y, si se prescindiera de ella, o desapareciera ese alma, el dios mismo desaparecería, porque está escrita en su nombre, y es la razón de su existencia, no obstante la breve versión de la leyenda, de acuerdo con la premisa de la que parte la crítica se ha discutido cuál de las dos partes en conflicto pudo ser su creadora, y por tanto defensora de su proyecto político, o si pudo ser la representación del equilibrio que entre las dos fuerzas momentáneamente se alcanzara. O, si fuera elaboración posterior al momento en el que la disensión entre la nueva aristocracia de los negocios mercantiles a larga distancia y la primitiva Monarquía quedó abierto, porque la versión conocida del texto es tardía, explanación alegórica a la que se entregara algún autor posterior a los hechos, interesado en dejar constancia del triunfo de una de las partes enfrentadas.

Legítimamente, tomando a la letra sus términos, se puede pensar que la fábula fuera la expresión de una agresiva respuesta monárquica a la crisis política abierta por la ambiciosa aristocracia, que habría permitido que Melqart, que en ningún momento había abandonado su condición de señor y epónimo de Tiro, extendiera su dominio hacia la riqueza y la prosperidad que alcanzaban más allá del mar sus ciudadanos, de las que sería su principal benefactor y protector. Así se manifestaría lo que una parte de la crítica ha llamado peculiar nacionalismo religioso. Como Tiro era la metrópoli promotora, su monarquía habría convertido a Melqart en dios patrocinador del ambicioso proyecto de expansión comercial en el que la aristocracia mercantil invertía, con el deseo de imponerse sobre sus aventurados planes constitucionales.

Esta manera de pensar estaría justificada por un hecho que al mismo tiempo pondría a salvo de cualquier discusión la preeminencia que siempre Tiro mantuvo sobre sus colonias, un principio político que no admite discusión. Aun en los tiempos en los que dominó en la metrópoli la aristocracia gestada y crecida gracias al comercio exterior, en Tiro Melqart siguió siendo reconocido como señor de la ciudad, y su ascendiente sobre las colonias fue explícitamente aceptado por estas. El principio irrenunciable de su Monarquía, que allí, aun después de la crisis política de plena primera mitad del milenio anterior a la era, no se había extinguido, alcanzaría hasta la constitución de las colonias.

Otra interpretación posible, que no violenta los términos en los que se expresa la fuente legendaria, aunque es más neutra en sus términos políticos, podría ser la que reconociera que Tiro, la metrópoli personificada en ninfa, pudo conducir a Melqart a actuar como promotor de su primer producto de exportación, y a la larga como divinidad marinera, porque debía proteger las empresas de emancipación de su población. La misma riqueza que el comercio exterior estaba permitiendo habría estimulado el crecimiento biológico, al que la ciudad, justo como consecuencia de que aquel negocio se mantuviera sobre un orden aristocrático, no podía proporcionar espacio vital. El excedente de población que así se generaría, que en Tiro ya no podía sobrevivir, habría nutrido la migración colonial.

En cualquiera de los supuestos, hay razones suficientes para que una tercera interpretación deduzca que la lectura correcta de la leyenda sería que la púrpura había sido inventada por el Señor de Tiro pero por demanda de su amante ciudad. Si Melqart, Señor de la ciudad, había sido una invención del rey de Tiro, Melqart dios del mar pudo ser el uso aristocrático de aquella primitiva divinidad.

A la expansión de Melqart como divinidad marina habría contribuido no solo la primera de las ciudades fenicias, sino asimismo las demás. Por contagio de lo que ocurría en Tiro, también dedicadas pronto al comercio colonial, usaron de Melqart como dios del mar, y contribuirían a que terminara siendo reconocido como el protector del comercio y de la expansión de los fenicios en el Mediterráneo, un fenómeno muy posterior a los orígenes de la monarquía en Tiro y a la invención del dios.

Es cierto que fue en las colonias de Tiro donde, de todos los atributos y significados de Melqart, cuando en ellas recibió culto, desde el principio, por encima de cualquiera de ellos, fue apelado como divinidad marina. Pero la historia y la suerte de Melqart, a partir de cierto momento de la primera mitad del milenio anterior a la era, se nutrió de la historia y la suerte de las colonias que todos los fenicios fundaron en occidente. Hasta tal punto que se puede sostener que Melqart tutor del comercio y los mercados y protector de sus actividades económicas sería algo genuino de la colonia, y lo que en cualquier caso dio origen a un dios conocido fuera de Tiro con estos rasgos particulares. Estos significados, que encajan con el sentido que tenían las empresas fenicias, ultramarinas y comerciales, desde el origen de cada una sostenidas gracias al comercio a larga distancia, fueron más inmediatos en las colonias, ciudades preferentemente marineras, que en cualquier otra parte. En pocos lugares pudo estar tan justificado como en ellas.

Pero para descubrir el fondo político que siempre tiene que haber en Melqart, en el caso de las colonias estas explicaciones no son suficientes. Si se buscaran en los términos de la leyenda, dando por supuesto que es un relato para legitimar la ascensión de la aristocracia republicana, al mismo tiempo habría que reconocer que se pretendería reivindicando en su favor la legitimidad de un dios de fundamentos monárquicos. No sería válida esta legitimación de la esencia política del dios en el origen de las constituciones inspiradas por el comercio que sostenía la aristocracia mercantil. Sin embargo, cualquier premisa que pretenda alcanzar una explicación satisfactoria debe aceptar que, al menos en las colonias tirias de mayor rango, el vínculo entre Monarquía y Melqart fue completamente desconocido.

Así como en la ciudad primitiva Melqart era indisociable de su origen, y su antigüedad era la de la metrópoli, tal como explicaba Herodoto, y en el lugar donde tuvo su origen el dios podía tomarse por epónimo de Tiro, en el principio de cualquier colonia debió desempeñar un papel similar. Es obligado suponer que también en cada una Melqart y el régimen político que en ella fuera instituido debieron estar unidos.

Por las fábulas particulares que documentan su actuación como dios principal del comienzo de una colonia se sabe que actuó como fundador del asentamiento, creador y señor de la ciudad también en sentido literal, en cuyo caso se convertía en su patrono y protector, y por esa razón era representado con atributos humanos. Pero estos símbolos no resuelven el problema del origen de su poder en las colonias.

Si consideramos la situación original preferida para estas, la isla próxima a la costa, es fácil imaginar que su primer problema público tuvo que ser garantizar las relaciones, de manera duradera y pacífica, con las poblaciones indígenas. Al intercambio permanente y satisfactorio con ellas estaba dirigida la empresa colonial. A quienes se arriesgaban a permanecer en el extremo opuesto del mundo interesaba, por razones vitales, más que a nadie, que perpetuamente se dieran las más favorables condiciones de seguridad. El problema constitucional de los orígenes tuvo que ser dar un orden a la ciudad, entre los colonos estables, en beneficio de las mayores garantías para las relaciones con las poblaciones indígenas. No parece probable que existieran en las primitivas colonias fuerzas civiles lo bastante sólidas para garantizar cualquier clase de relaciones. El tamaño de la comunidad primitiva no haría posible contar con la fuerza como medio de imposición o de defensa, ni el desconocido y variado mundo indígena permitiría que una forma institucional importada fuese universalmente eficaz.

En esta situación, la instancia en la que todos podían confiar para acreditar sus relaciones, instancia única, podía ser la divina, idea fácil de extender y compartir, tanto entre los inmigrantes como entre los colonizados. El dios, y todo el aparato que lo rodeara, neutralizaría la desconfianza inicial de los habitantes primeros de la ciudad entre sí, cuando se asociaran para emprender un negocio; la de estos hacia los de fuera y, lo que es más importante, la de los indígenas hacia los recién llegados.

Melqart en la colonia pudo ser algo más que un dios. Allí su peso pudo ser excepcionalmente considerable. Pudo representar, más allá de lo religioso, pero bajo la protección fundamental de las creencias religiosas, papeles comerciales y civiles.

La institución que representara, entre los símbolos alegóricos de las creencias, la ciudad en las colonias, de la que sin duda el dios era la principal personificación y su símbolo, no está del todo clara. Desde luego no sería nítidamente política, porque de las de esta clase, para buena parte de ellas, en su población más antigua no hay ni rastro.

Pero he aquí una costumbre, mantenida en una antigua colonia de estirpe tiria, que parece representarla, una versión de la ordalía aplicada al comercio.
Se celebraba en el templo principal de la ciudad, dedicado a Melqart, aunque el contenido ritual del acto, su forma litúrgica precisa, no está descrito en las fuentes con la precisión deseable. Solo sabemos que tenía el aspecto de una ofrenda religiosa, y con toda probabilidad cualquier transacción comercial estaría sometida a ella. Así formalizaban las partes que se atenían en los tratos al arbitraje del dios. Su auspicio lo atraían por la ofrenda. Los bienes donados eran la escritura y la condición divina del ser supremo el derecho en el que se asentaría el convenio.

Así el templo de Melqart haría las veces de una cámara de comercio, donde propios y extraños acordarían sus compraventas, amparados por el dios tutelar del comercio y la ciudad; actuaría como garante de la buena fe de las partes, como fiel de la balanza en los litigios. En las colonias, Melqart sería el dios mercantil a cuyo cuidado quedaba la justicia de los intercambios entre las naves comerciantes y la población indígena. El templo de Melqart se ofrecería como un medio cierto de relación entre la colonia y las poblaciones previas del área, relación sobre todo comercial, por necesidad pacífica.

Tal pudo ser el germen de la republicana constitución colonial, primera de las de esta clase.

No obstante, todos los argumentos que aducen cualquiera de las interpretaciones de las leyendas, tanto la de la púrpura como las que aluden a la fundación de las colonias, son lo bastante frágiles como para no concederle a ninguno todo el crédito, y solo con estos medios tomar una decisión sobre este momento crucial del origen de la República. Para dilucidar, una pista mucho más sólida sobre tan importante tránsito la crítica la ha encontrado en el mito de Elisa.


Más sobre el origen de la República

Gastón Barea

1. En el último tercio del siglo IV, mientras Alejandro asediaba Tiro, sus habitantes creyeron llegada la ocasión para renovar los ritos purificadores que habían heredado de los fundadores de la ciudad, cuya memoria no se había perdido.

Había el rey de Macedonia atacado y sometido las principales ciudades fenicias, y Tiro, también por su obra, sufría un prolongado cerco. Durante el asedio, para evitar las humillaciones de la toma, embajadores de los cercados se dirigieron al sitiador para que les informara sobre qué debían hacer con el fin de protegerla. Alejandro les respondió que su propósito era celebrar un sacrificio a Heracles en el primer templo de Melqart, el que en tiempos remotos había sido levantado en Tiro.

Oída por la asamblea de los tirios la pretensión de quien estrechaba el cerco, su propósito le resultó inaceptable y a él se opuso con el arrojo que solo los desesperados arrostran. Probablemente fue argumentado por algunos que sería el ultraje de un lugar sagrado, y con seguridad hubo quien así lo interpretó. Pero estando próximo el fin de la libertad, esta objeción, dictada por un inútil exceso de orgullo, sería superflua. A la asamblea de los tirios le pareció inaceptable el propósito de Alejandro porque, siendo Melqart símbolo de la autonomía de la ciudad y de su independencia, sobre todo de su identidad, aquella exigencia podía tomarse por un insulto. Pretendía hacer algo que solo al rey de la ciudad correspondía. En Tiro era el rey, personalmente o por medio de otros, como el clero de Melqart, quien ordenaba y regía toda la vida de la ciudad, incluida la religiosa. El sitiador lo sabría. Su propósito, pues, era decididamente político.

En tan crítico estado, como airada respuesta a la soberbia de Alejandro, algunos de sus habitantes propusieron la inmolación en el fuego de un niño de condición libre, en honor del viejo dios de los exigentes sacrificios. Sin la oposición de los ancianos, cuyo consejo era decisivo en todos los asuntos públicos, el plan se impuso sobre otras consideraciones menos severas, y fue consumado.

Pero fue completada la conquista, y la ciudad sufrió una dura sumisión. El cerco había costado la muerte a miles de tirios y la ocupación convirtió en esclavos a los supervivientes. De aquellos trágicos sucesos solo salieron indemnes quienes se habían acogido al templo de Melqart.

Más adelante, entre fines del siglo IV o principios del III, la recuperación de la antigua costumbre se vio favorecida por la difusión del hábito de prometerle al exigente dios la consagración de un hijo en holocausto, aunque no para el beneficio público, sino cuando para su vida privada los agraciados por este derecho deseaban que les concediera un favor o correspondiera a un voto. De este modo, el viejo rito consiguió extenderse aún más y ser más frecuente que nunca en Tiro.

2. Mientras tanto, en occidente, el rescate de los principios rituales del sacrificio, que de modo tan portentoso había sido avalado décadas antes, debió conferirle tanto prestigio que entre fines del siglo IV y principios del III en Cartago, para la piedad común, fue recuperado lo que antes había sido espurio o extraordinario. Los ciudadanos, con su insistente reiteración del hábito, instituyeron el sacrificio de sus descendientes como una transacción. Al viejo dios que exigía víctimas infantiles, sin que hubiera de mediar alguna circunstancia excepcional, le proponían la concesión de uno de sus hijos cuando de él querían obtener algún beneficio.

Con esta manera de proceder pudo abrirse la puerta para que actuaran de la misma manera todos, al margen de los derechos políticos que los distinguieran y los autorizaran. En consecuencia, renunciando a uno de sus descendientes, a lo mismo todos aspiraron. En el sangriento intercambio la iniciativa debía corresponder al proponente de la compensación, mientras que al dios era reservado el papel de inmaculado benefactor pasivo. Si una transacción de aquella clase era propuesta por quien esperaba granjearse alguna ventaja a costa de sus hijos, bastaba con que acudiera al lugar donde debió permanecer la escultura en bronce del dios. Ante ella el sacrificio se consumaba según estaba prescrito.

Aprovechando el ímpetu de la corriente que le era favorable, la ceremonia consiguió expandirse aún más. Aparte cuanto la iniciativa de las familias esperara de la renuncia a uno de sus descendientes, la autoridad pública adquirió el compromiso de sortear cada año, entre las casas que por razón de estirpe estaban obligadas a la ofrenda, el sacrificio de dos de sus hijos que ya hubieran alcanzado la juventud.

De aquella decisión se alimentó la intriga política. En el tiempo comprendido entre las dos guerras con los romanos, Hannón, que competía con Aníbal por los más altos poderes magistrales de Cartago, hizo cuanto estuvo a su alcance para que sobre su oponente recayera la obligación de entregar al sacrificio a uno de sus hijos. Los designados por sus vínculos de sangre serían confiados a templos que las fuentes no precisan, los mismos que serían cómplices de la consumación del acto; aunque es más probable que, cuando creyeran llegado el instante, los encargados de la ejecución acudirían ante la abrumadora estatua de bronce.

Fue así como el primer estado republicano contribuyó a sostener aquel rito y a que fuera corroborada la idea de que actuar de aquel modo era inevitable. Por estos actos cualquier amenaza pública era conjurada; con ellos, cuando las inevitables ofensas de los hombres causaban la ira de los dioses, se tenía garantizada su misericordia. Entre los habitantes de la ciudad se había extendido la convicción de que la ofrenda de los descendientes era el pago que en concepto de rescate los hombres tenían que hacer a los dioses, que para con ellos se conducían de manera vengativa cuando sus actos no les satisfacían. Así habían sido alentadas las fórmulas espontáneas de consumación de la renuncia, y al dios que tenía acreditada aquella exigencia fueron ofrendadas víctimas infantiles en altares distintos al levantado ante la gigantesca representación en bronce del poderoso dios, profusión de lugares sagrados donde aquel rito podría alcanzar el grado más alto de intensidad.

3. Entre los siglos IV y II, sobre todo durante el III y el II, y es probable que hasta más tarde, un rápido proceso democratizador abrió a todos los cartagineses el rito del sacrificio de niños. Pudo extenderse de la misma forma que los atributos políticos de la personas cambiaron con la extinción de la Monarquía y la consolidación del sistema aristocrático que llamamos República. Curiosamente, la libertad acrecentada al final significaría que cualquiera, o poco menos, podía matar a sus hijos, a condición de que el acto quedara encubierto por el sacrificio que hasta entonces era ofrendado a Melqart.

Era aún comienzos del siglo II cuando todavía en Cartago se mantenía, si no todo lo que las circunstancias de fines del siglo IV habían provocado, lo esencial de los hábitos adquiridos. Los descendientes de las familias, que ahora precisamente debían ser varones, eran sacrificados. Según una corriente interpretativa, aquel acto había dejado de ser patrimonio de una divinidad, antes se consumaba en honor de todo el panteón. Durante el siglo III se habría extendido la idea de que con los sacrificios panteístas se atendía una demanda que todos los dioses hacían.

No todos los indicios disponibles permiten opinar del mismo modo, mientras que sí es indiscutible que reiteró la tradición el comportamiento de la mujer de Asdrúbal el último día de Cartago, primavera del año 146 antes de la era. Tan infausto día, ante los ojos de Escipión, habría decidido arrojarse a las llamas, en vista del trágico final que se avecinaba tanto para la ciudad como para sus responsables. La insistencia de los textos en estos hechos revela el propósito de significar que estas costumbres fueron mantenidas mientras la ciudad conservó su independencia.

4. La historia del sacrificio de niños concluyó una de sus fases a mediados del siglo II, a consecuencia de la conquista y destrucción de Cartago por los romanos.

Que la cultura cartaginesa quedara bajo el control de Roma tuvo, entre otros efectos civilizadores, aparte el arrasamiento de la ciudad, que terminara la celebración política de aquel rito antiguo. Los legados de la república latina, tras los hechos bélicos que decidieron el futuro del Mediterráneo para el resto de la antigüedad, dictaron a la nueva Cartago la prohibición de los viejos sacrificios, conscientes de que así minaban el consenso de su sistema.

Con aquella habría ocurrido lo que con tantas imposiciones. Aunque los nuevos responsables del gobierno de la ciudad se esforzaran en perseguir el hábito adquirido, los sacrificios al dios que los requería continuaron celebrándose, incluso sin ocultarse de quienes tendrían que haberlos castigado. Los devotos que los frecuentaban solo se tomaron la molestia de cambiar el lugar donde preferían consumarlos, aquel en el que la afamada estatua de bronce estuvo durante siglos erigida. El sitio al que la ceremonia decidió trasladarse fue un templo, lo que le otorgaría reserva y, en concesión recíproca, tolerancia de la nueva autoridad. La zona quedó marcada con árboles plantados en un jardín, en los cuales los fieles que a él acudían colgaban los testimonios de los votos que a la divinidad a la que se entregaban hacían.

Y aún pasó algún tiempo antes de que las cosas dejaran de suceder de este modo.

Cuando, casi coincidiendo con el cambio de era, Tiberio ejerció el proconsulado, siendo aún Octavio el emperador, actuó de manera mucho más decidida contra aquellos hábitos. Ordenó detener a los sacerdotes que ostentaran la máxima autoridad de aquella iglesia cada vez que un sacrificio de este tipo fuera celebrado. Gracias a uno de los pocos testimonios directos que sobre aquellas prácticas están a nuestra disposición, proporcionado por los soldados que actuaron siguiendo las órdenes del procónsul, sabemos que se procedió, cuando algunos de los sacerdotes celebrantes incurrieron en la circunstancia prevista por el legislador romano, con el mayor rigor, y fueron sentenciados a la crucifixión. Los mismos árboles que en el templo servían para que los fieles prendieran los objetos que representaban sus votos, para ellos fueron utilizados como cruces. De sus ramas fueron suspendidos vivos, aunque ninguna de las noticias disponibles permite afirmar que allí quedaran expuestos hasta que sus vidas terminaran.

El escarmiento no fue suficiente para provocar el efecto deseado por el nuevo poder, o al menos no tuvo eficacia definitiva. Más adelante, el propio Tiberio, ya emperador, y aun otros de los que le sucedieron, por castigar la contumacia en lo que ya la ley romana calificaba como crimen; por perseguir con la mayor severidad a quienes en él perseveraban, o simplemente por persuadirlos atemorizándolos, decidieron instituir la pena de muerte para los padres cartagineses que voluntariamente entregaran a sus descendientes, aún niños, para que fueran sacrificados.

Tampoco tan drástica decisión bastó para erradicar las convicciones sobre la eficacia de las antiguas prácticas y acabar con ellas. Los ritos del sacrificio infantil, aunque finalizarían en el templo en el que se habían refugiado, tras la persecución y castigo de sus sacerdotes, continuaron celebrándose. Para protegerlos de la policía criminal romana se practicaron de forma secreta en algún lugar reservado, y gracias a que eran disimulados pudieron continuar por más tiempo.

Como consecuencia, sobre sus características la información que podemos seguir empieza a ser frágil. Refiriéndose a pleno siglo I de nuestra era, algunos textos hablan ya de manera imprecisa. Unos simplemente identifican como víctima humana el objeto de cierto sacrificio que todavía en Cartago tenía lugar, y otros, que hacen afirmaciones más comprometidas, no dejan de añadir una referencia genérica al sacrificio humano como práctica arraigada entre los cartagineses. Se propondrían invitar al lector a que comparara las referidas con prácticas similares, igualmente frecuentadas en otras culturas, que para entonces también, porque ya hubieran sido difundidas sus noticias escritas, se habrían convertido en un asunto de obligada mención por los autores cuando trataban esta materia.

No obstante, es posible saber que en el transcurso de aquel siglo, en Cartago, el objeto ofrecido durante el peculiar sacrificio que se acostumbraba celebrar era precisamente un niño pequeño, y que sus destinatarios, según la práctica entonces lo autoriza, y tal como ocurriera en los momentos más próximos a los tiempos romanos, serían unos indeterminados dioses, a quienes se intentaría satisfacer con aquellas ofrendas. Y, como también nos enseñó la última versión del procedimiento, el sacrificio aún se celebraba sobre altares. Además, para que el rito que sobre ellos se desplegaba fuera correcto, era necesario mantenerlos alimentados con el fuego destinado a consumarlo.

Igualmente, aún se mantenía un principio que en la época de expansión del sacrificio infantil se había promovido desde el estado. El deber de cumplir con las obligaciones contraídas por quienes tenían depositada su confianza en aquella manera de actuar era sorteado cada año. El objeto preciso del sorteo eran los jóvenes de las familias, si bien no sabemos con exactitud en qué número preciso, ni entre qué estirpes eran seleccionados. Ni siquiera nuestros medios de información aclaran si en esta nueva fase el sorteo estuvo restringido a ciudadanos. Sometidas las instituciones de la Cartago independiente a la autoridad de quien había sido su principal competidor en occidente, los antiguos derechos, si no extinguidos, tendrían vigencia secundaria, de modo que la representación de las diferencias mediante un rito exclusivo tendría una relevancia muy limitada. Si además las actividades que las hacían visibles estaban perseguidas, sus fieles habrían quedado efectivamente reducidos por primera vez a una sociedad de iguales, dentro de la cual sería innecesario discriminar.

5. Para lo sucesivo, la información sobre la fortuna de la política romana en materia de sacrificios infantiles se extingue, así como la referida a las iniciativas legales conducentes a erradicar las antiguas costumbres. Ningún silencio puede ser admitido como indicio de que la convicción de los administradores romanos, y la fuerza que las ideas políticas proporcionan, decayeran.

Frente a este silencio, nuestros textos se esfuerzan por reiterar las afirmaciones a favor de la supervivencia del hábito cruento. Tomándolos como referencia, se puede admitir que a fines del siglo II todavía continuaba, de manera indiscriminada, entre quienes vivían en Cartago, la práctica de un sacrificio que se consideraba sagrado, que seguía celebrándose en secreto, cuyas víctimas eran niños pequeños; aún se consumaba en honor de un dios determinado, el mismo que había sido su destinatario desde que tuviera su origen, y que tal hábito había permanecido en la región, aun estando bajo control romano, porque procedía de los tiempos en los que la hegemonía sobre aquel territorio correspondía a la ciudad independiente.


Orígenes de la República II

Gastón Barea

 

A Melqart sus devotos también lo llamaron fuego del cielo. De esta manera fijaron la perpetua metamorfosis que en cada lengua debe garantizar la creencia en el poder sobrehumano que al ser que por la palabra existe debe serle reconocido. Así lo llamaron para asimilar a su origen un dios solar y agrícola, protector de los campos, que moría y resucitaba cada año, según los ciclos naturales. De su condición de dios agrícola derivaría que a continuación lo invocaran como dios de la fertilidad. Si Melqart era el origen de los frutos que proporcionaban los campos, los demás bienes naturales también podrían tener en él su principio, especialmente el más apreciado, el humano, el que los hombres imaginan cuando hablan de la fertilidad. Así vendría a ser fuente y base de la vida.

     La primera de las fiestas que a Melqart le fuera ofrecida celebraba este significado. También fue Hiram I, el rey de Tiro, su promotor, para que cada año, como reconocimiento al nombre del que era valedor, fuera conmemorada. Al menos a él distinguen las fuentes con el honor de haber sido el primero en celebrarla, iniciativa que equivale a la responsabilidad de su establecimiento. Con el tiempo, ha sido conocida con el nombre de egersis, y por ella sus devotos se regocijaban cada ciclo de las estaciones con la resurrección o despertar del dios. Tenía lugar a la llegada de cada primavera, durante el mes que en nuestro calendario oscilaría entre los de febrero y marzo; algunos añaden que coincidiendo con el final de las lluvias, observación que no concuerda con las fechas porque estas son anteriores o corresponden a una estación húmeda en el Mediterráneo. Por su posición en el calendario, así como por el significado inicial que le puede ser atribuido, la fiesta de la egersis sería muy semejante a las que en otros lugares del Asia próxima eran dedicadas a divinidades que morían y resucitaban. Los días elegidos pretendían destacar de Melqart su atributo solar, pero sobre todo el agrario, poderes ambos que inevitablemente confluían en aquellas antiguas y eclécticas divinidades.   

     No hay seguridad sobre todos los ritos con los que la liturgia de la egersis era organizada, pero algunos los hemos recibido con certeza satisfactoria. Además de en Tiro, la egersis de Melqart sin duda también fue celebrada en Cádiz, única segunda versión conocida de la fiesta.

     Sobre la forma de la celebración gaditana los testimonios que hasta nuestro tiempo han alcanzado son más parcos, equívocos y oscuros que los referidos a Tiro. Pausanías, sirviéndose de recursos poéticos, quizás forzados por el defecto de sus fuentes, se limita a mencionar la muerte y resurrección de Melqart en Cádiz; alusión indudable, aunque indefinida, a la egersis de nuestro dios. Además, por sus menciones, se puede pensar que el lugar para los actos que la hacían realidad, en sus tiempos, probablemente fuera el templo que a esta divinidad la ciudad tenía dedicado.

     Es posible que el relato más completo de la liturgia de la versión gaditana, aunque tardío, esté contenido en la historia marinera que contaba un Cleón de Magnesia. En Cádiz, pudo ver que echado en la playa había un gigantesco hombre marino, tan grande que ocupaba cinco yugadas, dimensión inverosímil. El monstruoso simulacro ardía a consecuencia de que el rayo que contra él Hércules había lanzado había conseguido alcanzarlo.

     Algunos han interpretado que la monstruosa imagen que Cleón vio pudo estar  inspirada en otra cuyo exacto perfil puede rastrearse por medios numismáticos. En unas conocidas acuñaciones de Tiro, un gran dios de la ciudad aparece cabalgando sobre un fantástico hipocampo o corcel marino. De ser cierta esta interpretación, habría que admitir que la persona del dios fue desdoblada para el relato de Cleón, algo al alcance de cualquier ser sobrenatural. En cierto momento de la celebración se le concebiría, aunque invisible, real y externo a su propia imagen, y sería desde este lugar exterior desde donde lanzaría el rayo que a él mismo en efigie destruyera junto con su corcel.

     Pero también pudo ser una criatura híbrida la que viera Cleón, mitad humana y mitad monstruosa encarnación de las febriles fantasías que los peligros de la navegación hace nacer en los cavilosos marineros, por la lengua común llamadas coñas, propiamente coñas marineras. Sorprende más que parte alguna de su relato que diga que la imagen que tendida sobre la playa viera era de hombre marino. Que la tradición haya conservado un epíteto sorprendente -¿por qué no marinero, o marino simplemente?- es prueba a un tiempo de la contaminación del relato en este punto y de que aquí, en un estado anterior del texto recibido, más próximo al original, probablemente era empleada una voz que nuestro comunicante, o alguna de las fuentes de las que se sirve, no habría interpretado rectamente, bien por desconocimiento de su lengua de origen bien por ser voz fruto del ingenio del autor primitivo, bien por cualquier otra causa. Un transmisor delicado del texto, que también puede ser nuestro comunicante, en el momento decisivo para nosotros tuvo el acierto de colocar en este lugar una rudeza que llamara la atención sobre lo que oculto del todo corría el peligro de quedar. Puede ser acertado entonces que imaginemos que bajo la expresión hombre marino se esconde la imagen de una criatura solo imaginaria. Seres fantásticos híbridos de animal y hombre son frecuente encarnación de la calidad extraordinaria, y hasta divina, de los símbolos que en el próximo oriente fueron usados para presentar ideas religiosas.

     Las afinidades entre esta visión y lo que es conocido de la egersis de Tiro son las que llevan a pensar que en cuanto contaba Cleón sobrevivían los restos de la antigua conmemoración de la vuelta a la vida de Melqart, no obstante inevitables transformaciones, consecuencia de otras influencias, reorganización de los símbolos por obra de una nueva reflexión teológica o simplemente por obra del deseo incontenible de innovar agradando. Que el dios al que los hombres de Cádiz dedicaban la fiesta de la resurrección para la inmortalidad sea llamado Hércules, o que su tamaño sea gigantesco hasta la monstruosidad, son elementos del relato que demuestran los cambios que hubo de conocer la fiesta con el paso del tiempo. Si lo primero indica que sin duda la versión del texto que hemos podido rescatar es romana, el tamaño de la imagen nos lleva con más precisión al bajo imperio.

     En la versión tiria clásica, el rito de la fiesta tendría como objetivo primordial representar de manera alegórica todo el año, si bien entendido con la forma de ciclo agrícola. El acto principal era la cremación de la divinidad. En el momento cumbre de la celebración una efigie de Melqart era puesta probablemente sobre una pira, y luego prendida hasta que el fuego lo consumía todo. Era la inmolación, la necesaria muerte previa a la adquisición de cualquier poder. Aceptada como redentora de la vida, que con la agricultura era identificada, la imagen moría en el fuego, símbolo del verano, año tras año.

     No fue fortuita la elección del fuego como medio de extinción de la materia viva. Al fuego le eran reconocidas propiedades extraordinarias. A un cuerpo que fuera devorado por las llamas le abría la puerta a la resurrección. La capacidad vivificadora de la cremación era una creencia cuyos antecedentes pueden rastrearse hasta la primitiva cultura de Ugarit, algunos de cuyos mitos ya hacen referencia a ella. En el caso de la resurrección de Melqart, la vía de aquel maravilloso efecto era el olfato. Melqart resucitaba al olor del humo que se desprendía del fuego.

     Sin embargo, lo más extraordinario era que, como si en una suerte de poderosa forja el cuerpo hubiese sido de nuevo fundido y templado, tras ser consumido por las llamas renacía con una condición exclusivamente divina, la inmortalidad. Más allá de la explicación sensible de la creencia, el detalle narrativo ejecutó una sintética alegoría capaz para contener el mito completo. Gracias a aquella cadena de sucesos, podía ser literalmente exacto y adecuado que Melqart fuera llamado fuego del cielo, alusión al sol que consumaba una acertada y precisa descripción del rito de la egersis en el momento insuperable, cuando la condición divina era alcanzada.

     La celebración de la fiesta continuaría con el entierro de los restos de la efigie calcinada, no obstante que el efecto prodigioso ya hubiera tenido lugar. La correcta ordenación litúrgica, que debía dirigirse al claro entendimiento de la creencia, tendría que consumar la representación de ese tránsito. Solo después del piadoso acto del entierro podría sobrevenir la epifanía del dios y su gloriosa vuelta a la vida.

     En la representación de toda aquella calculada teología, el rey de Tiro habría tenido buen cuidado de reservarse un papel protagonista en el momento sustantivo de los actos, que no ha sido con precisión situado en la secuencia litúrgica, pero que es probable que siguiera a la alegoría de la revitalización. Un matrimonio simbólico debía representarse, el de la pareja divina que Melqart y Astarté formaban. El sentido que pretendía tener aquella unión conyugal sería prodigar, desde la dominante condición divina, la fecundidad entre los mortales, un beneficio que cabía esperar del culto a una divinidad agrícola y una parte de la celebración que puede ser identificada como una versión de la habitual hierogamia de las religiones del oriente próximo.

     La pareja divina tenía que estar dignamente personificada a los ojos de los asistentes. El rey encarnaba a la divinidad masculina, la figura principal de la celebración, y Astarté sería bien una sacerdotisa bien la reina. Así, por su condición real, la pareja presente figuraba con ventaja sobre cualesquiera otros actores la alta condición divina, puesto que nadie podría competir en altura con ella.

     Para completar el conocimiento de la egersis tiria con un juicio, no es inoportuno considerar el beneficio que de esta manera de aparentar las cosas ante los súbditos deduciría la Monarquía de los fenicios. El rito del matrimonio divino sería, para los promotores de la fiesta, el que le daría todo su sentido político, y explicaría a plena satisfacción que hubiera sido Hiram I su creador. Con la descripción por medio de símbolos, de la muerte primero y de la resurrección después, que por ser obra del fuego equivalía a la adquisición de la propiedad divina, el reino ingeniaba fundamento para la Monarquía, y hasta podría justificar, si fuera necesario, el principio dinástico. Como simple celebración litúrgica, la invención  nada garantizaba, pero sí podía cobijar a la más alta magistratura que la fiesta fuera instituida, para lo que el rey era poder bastante.

     Contradiría estos planes que la fuente ritual elegida por el rey de Tiro, con el fin de inspirarse sobre las formas que debía dar a su fiesta anual, fuera de origen agrario. Siendo Tiro una ciudad comercial bien establecida, con esa finalidad creada y dirigida a ese destino, población marítima sin remisión, ¿qué tenían que representar allí los ritos agrarios? Pudiera ser que, así como los advenedizos, por carecer de orígenes equiparables en vínculos a proezas a los que, con fundamento, pueden presentarse como herederos de un dilatado patrimonio de linaje acendrado y sostenido con dignidad, son de una radicalidad en la ortodoxia adquirida excesiva y en ocasiones hasta temibles, los nuevos reyes de aquel centro comercial decidieran legitimar con la condición aristocrática la forma de gobierno elegida, aunque fuera monárquica, indicando un vínculo con la divinidad que se remontara a tiempos y poblaciones que por distantes y desconocidas podría resultar en apariencia, como extrahumanas para aquel mundo, superiores, y por inalcanzables bastantemente fundadas.

     Tampoco nada en el caso de Cádiz obliga a indagar fundamentos ni justificación, siendo también la ciudad que vigilaba la salida al Atlántico un centro obligadamente marítimo y comercial. Basta con recordar que Cádiz debía sus orígenes a Tiro para que cualquier explanación para persuadir sea innecesaria y toda responsabilidad sobre la metrópoli quede descargada.

     De esta manera queda al descubierto que la parte más antigua de Melqart estaría inspirada en algún precedente original de alguna religión vecina, de ella tomado y de allí importado a Tiro para la celebrada ocasión fundacional de la Monarquía del siglo décimo. Es muy probable que ente los fenicios su recepción se hubiera iniciado en las tierras libanesas de la vecina Biblos, donde la diosa epónima de la ciudad era objeto de cultos similares.

     Dos detalles más son apreciados como elementos que eran parte de aquella celebración. Durante la fiesta eran cantados himnos y de ella los extranjeros excluidos, hasta el punto que mientras duraba debían ausentarse de la ciudad o, si así no le decidían, correr el riesgo de una expulsión airada.

     El canto siempre ha sido un medio para  crear una comunidad, la asociación de los hombres que, como fundamento, cualquier forma urbana de gobierno necesita para estar justificada. La exclusión de los extranjeros de la ciudad sería la forma por la cual el grupo que por el canto, entre otros medios, era creado, se cerraba inicialmente como grupo nacional. Dice Cleón de Magnesia, refiriéndose a Cádiz, que cierto día, cuando se aproximaba a la ciudad con la intención de visitarla, fue obligado a navegar alejado de la isla donde los naturales residían. Así debía hacerlo porque tenía que obedecer un mandato que de Hércules mismo había emanado. Es justo en la exclusión de los forasteros en lo que las dos celebraciones conocidas más se aproximan, una circunstancia que sin embargo nunca podría admitirse como fundamento seguro de identidad si fuera única coincidencia. Son tantas y tan variadas las formas del hermetismo societario en las religiones antiguas que solo esta similitud obligaría a examinar decenas de prácticas sin más rasgos, sin más fundamento, que puedan aproximarlas a la egersis. Equivaldría a intentar fundar con argumentos razonables vínculos entre hombres tomando como criterio de afinidad que el iris de sus ojos fuera negro.

    

Gracias al análisis precedente de las dos versiones de la egersis, se ha formado además una opinión a favor de la práctica de una versión más antigua de la fiesta, en la que el objeto de la inmolación sería un ser humano. La transferencia del rito con el que era adorado el dios Melqart a seres humanos  simbolizaría la resurrección y el alcance de la inmortalidad a la que estos podrían aspirar por medio del sacrificio. Quienes así observan los antecedentes relacionan esta posibilidad con la alusión al sacrificio humano que puede leerse en el Pro Balbo de Cicerón, la única conocida a esta forma de oblación que pudiera practicarse en Cádiz durante la antigüedad, con la que el jurista romano celebra el recto juicio de César, civilizado juez que tuvo a bien prohibirlo definitivamente. La certeza de que aquellos sacrificios tuvieron un lugar en Cádiz, incluso hasta el siglo primero antes de nuestra era, de las afirmaciones de Cicerón debe ser deducida. Pudo tratarse de un acto recuperado cada año para aquella celebración.

     También contribuye a que esta idea sea alentada otra opinión, esta generalmente tomada en cuenta por la interpretación contemporánea. Fuera o no la primitiva egersis de Melqart el motivo del bárbaro ritual que el Pro Balbo alude, de ningún modo este parece que fuera un sacrificio infantil, aunque sí parece que pudo tratarse de un rito central, que compartía la versión gaditana de esta conmemoración anual con la que en Tiro era celebrada, y que por tanto esta última sería la responsable de que en ambos lugares al principio las cosas así de bárbaras fueran.

     Probablemente no sea posible encontrar mejor conexión entre las creencias religiosas que a Melqart sometían y el sacrificio de niños que posteriormente fue explicado con el mito de El. Inmolar a la descendencia en el fuego sería identificarla con este dios. Sorprendentemente, por lo que al origen de la República se refiere, de aquí derivaría la parte crítica de las invenciones de Melqart.


Colosos de Coptos

Gastón Barea

En Coptos, ciudad próxima a Tebas, en pleno Alto Egipto, excavando en la zona del templo, el famoso Flinders Petrie encontró en 1894, entre otras piezas de alto valor, los fragmentos de tres estatuas gigantescas talladas en piedra caliza. Lo sorprendente del hallazgo aconsejó a su descubridor especular con aquellos seres monstruosos. Dedujo que eran imágenes de uno o más dioses de la fecundidad, conclusión para la que se vio obligado a desplegar su singular perspicacia.

Representaba cualquiera de ellas un cuerpo de varón desnudo, incluso más que desnudo. Cada imagen solo estaba vestida con el consabido ceñidor, la prenda que la imaginería más antigua tenía reservada para subrayar el contraste con lo que al desnudo pudiera quedar, algo de lo que las buenas costumbres enseñan que conviene no exhibir aun en la mejor edad. Sostenían aquellos extraordinarios hombres con una mano una vara de madera, o un objeto similar, hoy desaparecido, y con la otra con seguridad su propio pene erecto, fabulosa pieza tallada aparte en piedra y que desgraciadamente en todos los casos también había desaparecido, pero de tal manera alojada en la imagen cuando se talló que representaba sin duda ser propio, porque el ánima donde encajaba el cilindro ha quedado como mudo testimonio, horadado en el lugar correspondiente al pubis, de la grandeza del miembro.

Aquí paró todo su análisis, e incluso se podría decir que inopinadamente en aquel estado quedaron detenidas las investigaciones sobre estas piezas. Quienes conocen bien el asunto creen que cualquier iniciativa en otro sentido hubiera sido vetada. A Petrie, o a quien patrocinaba sus trabajos, no debió parecer correcto que fuera incluida en la correspondiente memoria de la generosa excavación de aquel año imagen alguna de los restos de tales seres portentosos, como su publicación demuestra efectivamente.

Gracias a una feliz concurrencia, que afecta al tráfico de esta clase de tesoros, fotografías satisfactorias de las dos piezas que llegaron al museo Ashmolean, de Oxford, donde aún son conservadas, más el encuadre de la cabeza de una de ellas, cuyo rostro se ha perdido, sí fueron poco después difundidas. De la tercera pieza, guardada en El Cairo, jamás han sido dados a conocer ni dibujo ni fotografía. En este caso proceder así habría sido la consecuencia de una forma de pensar que los menos juiciosos calificarían de primitiva, pero que otros reconocen prudente y sabia. El temor a que los que aún mantienen fe en las fabulosas creencias que provocan estas imágenes la pierdan, al verse sorprendidos por la evidencia, más que la aún más supersticiosa persecución de cualquier clase de imagen de los dioses, habría aconsejado mantener oculta tan insolente representación de la divinidad.

Lo más sorprendente de todo es que, hasta la fecha en que recogimos nuestras notas, no había sido publicado un estudio que hiciera justicia a estas excepcionales piezas, un fatal estancamiento que nos deja en un incómodo estado de desamparo. Llegados a este punto, nos creemos en la obligación de sacar todo el partido posible a la escasa información hasta aquí circulada. Aunque pueda parecer remoto, estas imágenes contienen el germen de una parte nada despreciable de las explicaciones que buscamos cuando investigamos sobre el poder. El principal obstáculo que hay que vencer para avanzar, si queremos apurar los seguros indicios que proporcionan tan sorprendentes figuras, está en trabajar casi exclusivamente sobre lo que sus formas indican, aunque puedan hacerse algunas deducciones complementarias por concordancia con los materiales obtenidos con fundamento estratigráfico.

Ciertos detalles de estas figuras han permitido a los arqueólogos deducir ideas útiles. De una de las que hoy están en el Ashmolean la parte que se conserva corresponde aproximadamente al torso, o más exactamente solo al trozo de pectorales hacia abajo, más las piernas hasta las rodillas. Todo su volumen puede ser inscrito en un cilindro algo aplanado, de una longitud total de casi dos metros. Contando con esta porción y sus proporciones, es posible restituir tentativamente el estado original de toda la figura. Debió representar un cuerpo que tendría poco más de cuatro metros de altura, tamaño al que correspondería un peso de casi dos toneladas. Extendiendo esta reconstrucción a los tres ejemplares conocidos, se podría afirmar que en todos los casos se trató de representaciones verdaderamente colosales. Es casi imposible que estas estatuas estuviesen en el interior de un edificio cubierto.

La pieza de Oxford tiene todavía otros detalles de interés, unos referidos a la calidad de su acabado y otros a ciertas formas que pretenden ser muy descriptivas. En la fabricación de los colosos casi ni se empleó un segundo tallado, después del sumario desbastado que ya proporcionó las imprescindibles referencias anatómicas. Tan es así que en muchas partes ni siquiera fueron pulidas las irregularidades que dejara la primera cinceladura. Que fueran deliberadamente toscas pudo ser intencionado. Tal vez se quiso, con este medio expresivo, darles un sentido o significado no inmediato.

Pero tan sumario acabado es compatible con un concentrado interés por ciertos detalles. Aunque tenía la cabeza completamente calva, el rostro del personaje estaba cubierto por una barba poblada, y su amplio ceñidor figuraba estar plisado. La relativa minuciosidad llegaba aún más lejos. Al costado derecho, sobre el muslo, inscritos en un panel algo sobreelevado, fue esculpida en relieve la siguiente colección de símbolos: la cabeza de un venado, conchas de un molusco endémico del mar Rojo, un rayo en la parte superior de una vara, un elefante, una hiena y un toro con las patas apoyadas sobre unas colinas.

Conocida la evolución de la escritura de la lengua egipcia, aquella serie de precisas imágenes, que además aparecían en lugar destacado, inicialmente hizo pensar en un epígrafe, aunque aún en un estado muy elemental. La fácil identificación de alguna de aquellas imágenes con otras que más adelante serían símbolos asociados a determinadas divinidades, como el rayo sobre una vara, emblema del dios Min, hicieron excluir esta posibilidad. Pero posteriormente, un examen más detallado de la mayor parte de aquellos símbolos ha llevado a concluir que debían corresponder a un sistema de escritura distinto al que terminó imponiéndose en la escritura jeroglífica.

Estos son cuantos datos que puedan ser relacionados con el momento de su creación el análisis formal de estas imágenes proporciona. Con ellos es difícil decidir sobre la fecha, dentro de unos límites cronológicos medianamente ajustados, o siquiera aproximados, en la que fueron concebidas. Son lo suficientemente diversos e imprecisos como para desconcertar. Menos aún sirven para pronunciarse sobre el sentido de aquellas esculturas y las creencias con las que pudieron estar relacionadas.

Está justificado el esfuerzo por precisar cuanto sea posible el tiempo en que fueron hechas aquellas obras. Supuesto que tales imágenes eran las de un dios de la fecundidad -lo que parece muy aceptable-, la exactitud en el análisis destinado a ponerles fecha es en realidad un trabajo dirigido a localizar con la mayor precisión el principio de uno de los más reveladores hechos de cuantos confluyen en la formación de la República. Las pasiones que pudieran haber inspirado la conversión original, de manifestaciones elementales de la naturaleza del hombre en fuente de creencia en fuerzas que a su dominio escapan, no tienen por qué ser descubiertas en los tiempos de las primeras expresiones de un hecho. Puede haber suficiente indicación del origen de las ideas en posteriores actos a propósito de las mismas creencias, y eso es lo que pudo ocurrir en este caso, o al menos ciertas pruebas hay que aconsejan reflexionar en aquella dirección sobre ellas.

Los mismos juiciosos expertos de aquella cultura que han organizado por primera vez toda esta información han llamado la atención sobre un hecho, tan evidente como escasamente valorado desde este punto de vista, tal vez porque afecta al conjunto y no a los detalles. Las formas toscas de aquellos colosos son evidentemente anteriores a lo que ellos mismos denominan la regulación, aquellas reducciones geométricas que un aspecto tan inconfundible y estable dieron siempre al arte egipcio antiguo. Parece correcto pensar que pudieron hacerse por los tiempos durante los que la monarquía unitaria tuvo su principio, entre fines del cuarto milenio y comienzos del tercero, y porque entonces aquella iniciativa estatal uniformadora todavía no había sido tomada. Dados los criterios que sirven de justificación a estas fechas, deberíamos tener presente que son tentativas y provisionales. Como más arriba quedó indicado, hay indicios paralelos que resultan concordantes. Algunos de los materiales que fueron descubiertos al tiempo que los gigantes de piedra pueden ser clasificados de manera bastante aceptable como productos elaborados a comienzos de la primera dinastía egipcia.

Con razón, otra parte de los analistas ha hecho notar que las técnicas de extracción y labrado de la piedra prima solo pueden ser equiparadas a las habituales a fines de la segunda dinastía, lo que desplazaría la ejecución de estas piezas unos doscientos años como mínimo. Incluso todavía hay quienes enfatizan que algunos de los recursos formales que han sido observados en nuestras esculturas aún están vigentes durante la tercera dinastía, es decir, todavía otros cien años después, aunque este último argumento es menos sólido. Para entonces el lenguaje formal ya se había transformado sustancialmente, ya estaba dentro de lo que más arriba se ha denominado regulación, y aunque nada impediría que sobreviviera la antigua manera de dar forma a las ideas, también es cierto que las posibilidades de que tal cosa ocurriera en los tiempos de la tercera dinastía serían menores. Desde esta última posición, una inquietante duda contamina todo el análisis precedente: la tosquedad de las formas no tiene por qué ser indicio de mayor antigüedad.

Pero finalmente se ha impuesto un análisis. Sobre el figurado cuerpo de los colosos de Coptos, sus insistentes estudiosos han observado unas pequeñas cuencas, que no obstante no podrían pasar desapercibidas. Son esporádicos rehundimientos de la superficie regular del cilindro en el que los volúmenes se inscriben, hechos por frotación, por lo que aparecen muy pulimentados y con una clara tendencia a formar esferas. Distintas explicaciones han querido darse a estas dispersas abolladuras que de ningún modo pueden ser atribuidas al azar. La que tiene mayor aceptación parte de una deducción incontrovertible. Por la zona donde algunas están localizadas, es imposible que hubieran sido hechas antes de que aquellas colosales estatuas estuvieran en posición horizontal, aceptada su altura original.

Tan certera observación ha dado origen a una sensata y fundada secuencia especulativa. Habiendo recibido culto aquellas imágenes en un lugar secundario del Alto Egipto, como era Coptos, durante siglos debieron mantenerse sostenidas y veneradas en su estado original. Unas creencias serían favorables a la pervivencia de unos primitivos ritos, que por otra parte desconocemos, aun cuando el paso del tiempo hubiera ido arrinconando aquellas elementales ideas. Probablemente en algún momento del llamado imperio antiguo, o segunda mitad del tercer milenio, la autoridad pública debió decidir que aquellas vulgares imágenes debían ser reemplazadas. El efecto de la decisión oficial pudo ser que los colosos fueran derribados. Pero es posible que por efecto de las acendradas y provincianas creencias, incluso después de que el culto a aquellas imágenes fuera abandonado, la gente de Coptos siguiera considerándolas una extraordinaria fuente de poder. Derribadas las estatuas, sus devotos aún acudían a ellas, y entonces las frotaban para conseguir unas partículas de su materia, a la que suponían propiedades vigorizantes. Qué aplicación culinaria tenía aquel cuerpo pulverizado del dios, que tendría que se digerido, se desconoce. Pero a juzgar por la cantidad de marcas de esta clase sobre los trozos conservados, aquellos supersticiosos hábitos debieron prolongarse durante cientos de años. Aquellas imágenes debieron ser objeto de marginal veneración durante mucho tiempo.

No obstante desconocer los ritos que de todo esto pudieran derivar, los hechos demostrables son lo bastante precisos como para permitir alguna deducción, en el sentido que es de interés para el asunto que perseguimos con ahínco. Disponer de la materia de la imagen de colosales proporciones es un acto que indica deseo de identidad. En el origen de aquella manera de concebir la divinidad pudo estar el deseo de infinita virilidad, que no es exactamente lo mismo que la estable fecundidad. Es muy probable que en Coptos ya hubiera germinado un primer núcleo de fieles republicanos. En favor de su potencia depone que los gigantescos bloques de piedra sobre los que hubieron de tallarse los colosos tuvieron que ser llevados a Coptos desde muy lejos. Incluso opinan algunos que las pesadas rocas fueron transportadas hasta allí desde las canteras de Turah, en las afueras del Cairo, lo que significaría un penoso desplazamiento de unos quinientos kilómetros río arriba. Como la demolición de los colosos habría coincidido con el principio de la Monarquía unitaria, el lector tendrá que denostar, entre los excesos de los que tal forma de dominio se nutrió, que combatiera que el poder espontáneamente emergente entre los iguales estaba justificado por el tamaño, un hecho preternatural.


Orígenes de la República I.3

Gastón Barea

La mejor creación de Hiram Abí no debe buscarse en alguna de las piezas por él fundidas. No es necesario especular cuál pudo ser la primera, si el altar o la tribuna, las basas, las columnas o el mar. De las fuentes se deduce que su mejor producto fue el sentido que dio con sus obras al atrio de los sacerdotes. Gracias a ellas, consiguió representar las cuatro sustancias elementales: la tierra, el agua, el fuego y el aire.

La tribuna, asentada sobre un sólido zócalo de bronce, representaba la tierra, el bien gracias al cual los hombres resignados a la vida pasiva ganan su identidad, valor al que confían sus esfuerzos, materia sensible que entre sus manos les permite satisfacerse con el pulso que los verifica vivos, dominio sobre el espacio que les confiere derechos y vía que, emprendida, porque se prolonga insobornable, les proporciona la seguridad de un orden infinito; materia que emerge en cualquiera de los actos de los pueblos que para regular sus relaciones, porque han pasado el umbral de la agricultura benefactora, que los consagra productores, han debido radicarse. La tierra es la fuente de donde mana cuanto existe y el abismo al que todo finalmente se precipita quien vive, lo que come, el lugar que habita, su cuerpo exánime y vacío. Toda la experiencia de los antepasados en la tierra yace disuelta, y de la tierra se levanta como los cuerpos desahuciados de sus tumbas. Nutre cuanto existe y da cobijo a cuanto se extingue; poso de sedimentos transgresores, férrica masa, fluido que las corrientes perezosas empantanan, destello de la cal, corrosión de la roca que nutre el metabolismo radicular.

Así fue teorizado por Hiram Abí, tal como puede leerse en una versión de sus textos originales cuya autoría sin embargo es discutida. La copia del manuscrito en la que está basada la edición que sigo procede de la que hoy es la biblioteca principal de San Petersburgo, una de las más sólidas instituciones dedicadas al cuidado del libro en el mundo. Es una sencilla y buena versión de un original remoto, cuyo rastro debió perderse mucho antes de que existiera la lengua en la que fue escrita. Pudo ser uno de los primeros que usara el alfabeto, aunque para expresar el mismo viejo idioma de la Mesopotamia primigenia, elevado a modelo para la expresión escrita en donde sería levantada la definitiva e irreversible torre de Babel. El autor de la copia escribió su francés con una letra caligráfica clara, aunque tardía, hace más de trescientos años, desde luego en el transcurso del siglo XVII.

Perteneció aquel traslado a los archivos del canciller Seguier. Basta la evocación de esta circunstancia para tener una idea precisa de sus características externas, y hasta de sus rasgos de estilo, lengua e incluso ortografía. Porque en las colecciones de textos de aquel hombre, pieza angular de la administración francesa por razón de sus cargos, convergen variantes ortográficas locales y modismos de región tan reconocibles como útiles para una precisa deducción externa. Tan característicos son que pueden asegurar hasta un grado de precisión sorprendente cualquier conjetura deducida de la forma de la expresión escrita; tanto que hasta un analista poco experimentado, no obstante su buena formación, podría juzgar.

Aquellos documentos luego formaron parte de la colección de autógrafos y cartas llamada Dubrovski, una sorprendente concentración de lo que estuvo disperso cuando todo tendía a descomponerse; la misma que durante el frívolo tiempo soviético de la historia rusa, versión política de las caprichosas vanguardias, fue clasificada en el departamento de manuscritos de la que por aquellos felices tiempos de seguras convicciones debió cargar con el nombre de Biblioteca Gubernamental Pública Saltikov-Chtedrine de Leningrado.

Creo que es oportuno aclarar origen e historia de la colección que formara Seguier con cuantos detalles he podido reunir; lo que es posible, al menos en parte, gracias a los materiales refundidos por L. D. Delisle, autor de una obra que tituló El gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional, un completo trabajo que como obra definitiva apareció en París en el transcurso del año 1874.

La historia conocida de los manuscritos arranca del propio Pierre Seguier, el canciller Seguier, eminencia gris de una época en la que las decisiones que afectaban a todo el mundo se tomaban en París. Vivió entre 1588 y 1672, y desde su nacimiento su carrera estaba decidida. Habría de satisfacerse con la alta burocracia parlamentaria, la magistratura pretoria de la administración gala moderna. Fue suficiente para que llegara a ser uno de los hombres de estado más importantes de su época, porque en la organización gubernamental de aquel siglo de grandeza, primero bajo la dirección de Richelieu y después a las órdenes de Mazarino, ocupó el lugar inmediato al primer ministro. Reunió las dos responsabilidades de gobierno más eminentes, ministro de Justicia, cargo para el que fue nombrado en 1633, y canciller de Francia, una responsabilidad que, sin que dejara de ser compatible con la que antes había recibido, desempeñó a partir de 1635. Gracias a aquella acumulación de confianzas, durante cuarenta años ocuparía el centro de la política francesa, y viviría seguro entre los que tenían las más altas responsabilidades y el mayor poder. Personajes de tanto nombre como el propio Richelieu o Luis XIII, el mismísimo Luis XIV, Mazarino, Ana de Austria o Colbert le otorgaron su confianza. De su valía personal y de su capacidad para responder a tantas obligaciones, así como de su enorme poder, da finalmente idea el siguiente hecho. Cuando Seguier murió, Luis XIV, el gran Luis XIV, se vio obligado a separar los dos cargos que el excepcional hombre había desempeñado, y por necesidades del oficio público otorgar cada uno de ellos a una persona distinta, momento a partir del cual jamás volvieron a unirse.

De las altas responsabilidades recibidas, la de mayor peso fue la cancillería. En aquella administración, el canciller hacía de jefe de la política exterior. Seguier, por esta razón, fue acumulando en sus archivos documentos sobre las relaciones que la gran potencia continental del momento mantenía con las que solo podían aspirar a emularla. De la enorme trascendencia de aquellos documentos da idea que todo lo relacionado con la guerra, que entonces era la de los Treinta Años, entre otros incursos en la materia exterior, eran motivo de su discreta atención.

Pero Seguier prefirió concentrarse sobre todo en los asuntos internos por razón de la jefatura suprema de la justicia, cargo menos honorable pero, por conjetura deducible, más recompensado. A consecuencia de esa responsabilidad era el jefe de los organismos centrales de la potestad que sobre todas distingue a la realeza, y por tanto de cuantos como intendentes delegados regían los tribunales en las provincias. Por la misma razón, asimismo, era el director de todos los departamentos, gubernamentales o provinciales, que tuvieran el encargo de velar por el mantenimiento del orden. Toda la materia que afectara al recto gobierno de los súbditos del rey de Francia, tanto de justicia como la anterior de policía, era de su incumbencia, y en particular la información reservada que siempre debe conocer quien tiene que tomar decisiones políticas firmes y acertadas en las situaciones más comprometidas y a su debido tiempo. Era tan delicado cometido el que le obligaba a mantener expedita y fluida, veloz y productiva, una extensa red de corresponsales tendida sobre toda la superficie del estado.

En poco tiempo llegó Pierre Seguier a ser un conocedor proverbial de los asuntos internos, y a desarrollar, no puede asegurarse si en consecuencia o como origen, una extrema pasión por tan embriagante parte de sus responsabilidades, tanto que jamás lo extenuaba. Empleaba los más eficaces medios de información y espionaje a su alcance contra los conspiradores de cualquier signo sin parar en límite alguno. Reprendía con mano decidida -él mismo un látigo de acero con correas guarnecidas con púas- todo tipo de motín o sedición. Torturaba sin vacilar, si llegaba el caso, a los que permanecían sobrecogidos y mudos, días y días, en las cóncavas mazmorras de altas naves. Tan extraordinaria fue su fama como complacido cumplidor de su deber de policía que su nombre terminó cercado, como el negro nimbo que distingue al del diablo, de una sórdida y absorbente sonoridad. Durante mucho tiempo sería recordado como el implacable inductor de los más severos castigos contra la población civil amotinada. De todos, el que una fama más siniestra le valió fue el que durante unas pocas semanas descargó sin descanso contra los rebeldes normandos.

No sería imprescindible decir que por esta causa Seguier terminó siendo extraordinariamente odiado, si no fuera porque llegó a ganar un grado raro en la consideración de sus pertinaces malevolentes. Alcanzó a ser despreciado con la vehemencia que por alta y grande parece que tiene que ganar un cambio de estado, como la acumulación de calor que transustancia los líquidos; que de ser natural gaseoso, porque es emanación de las pasiones, el odio cristalice en fluido, y destile un venenoso humor vítreo que en quien lo concibe, a partir de aquel instante, dicta sentencia de muerte; licor vital que al tiempo lo sostiene y alimenta y mantiene entre los mortales activo solo para la venganza, deseo que contamina todo el cuerpo y va generando cada gesto y alienta hasta la existencia misma; tanto que, cumplida, quien lo produjera termina por no generarlo, decae y, si no muere, vegeta.

A partir de su gesta de Normandía, la presencia pública del canciller llegó a ser excepcional, desconfiado de preservar su vida. Fue una prudente decisión, porque el vapor que el odio destila el aliento de quien lo acumula lo difunde al aire en grado letal. A lo sumo, su presencia a los demás llegaba como la firma categórica que un asunto zanjaba al pie de un escrito.

Cuando en 1648 estalló la Fronda, en cuanto la muta fue dueña de París, por todos los medios intentó celebrar un festín con el cuerpo del canciller servido en cuartos. Ruedas y estacas preparadas hubo con su nombre escrito, al tiempo que crueles homicidas levantaban corazones de sacerdotes, siervos de los sacrificios, clavados en las puntas de sus picas al grito de ¡No hay fiesta si el corazón no la siente! Solo un azar benévolo, que actuó contra sus innumerables aspirantes a verdugo, le permitió prolongar su existencia.

Pero la notable reputación de Seguier, pasado el tiempo de su vida, no fue solo consecuencia de su fervorosa entrega a la persecución y a la tortura. Siguiendo cierta inclinación simultánea, y no obstante paralela, a menudo una virtud que a esta clase de hombres completa tanto como sorprende, diose a la colección de obras antiguas impresas y manuscritos de desigual valor literario. Pudo parecer en algún momento que su ingestión voraz de creaciones del ingenio humano tenía su origen en un lugar común a las dos incitaciones que daban fe de su alma única, la sanguinaria y la letrada, aquel donde arraigó la legítima convicción de la extraordinaria naturaleza de su ser. Sin embargo, ahora resulta más plausible la posibilidad de que en su caso las letras fueran almacenadas para que actuaran como el agua, para que limpiaran las manchas de sangre de sus manos. Tanta vida ajena dejó la última señal de su existencia, a borbotones arrojada fuera del cuerpo que la contenía, sobre las manos del canciller, que la colección de libros, más que un arroyo, hubo de ser un río caudaloso.

Pero el marcado contraste de los actos de su vida, relatados a su iniciativa, invita a pensar en otra dirección, más elevada. En el transcurso de su tiránica expedición a Normandía, en medio del terror y de las ejecuciones que durante el día daban luz a su vida, encontraba tiempo para visitar a los más oscuros libreros de viejo, para buscar en lugares apartados del trato con los mortales preciosos manuscritos. Así lo quiere su diario de aquel viaje, escrito por un funcionario bajo sus órdenes, el dócil y leal Verthamont, para quien la cesión de su nombre fue toda su gloria.

No hay por qué dudar de que Seguier llegara a ser un hombre refinado y de alta formación. Los más grandes aman lo más grande. Son conocidas sus inclinaciones hacia la filosofía y por lo que entonces llamaban antigüedades, y hasta sintió atracción por la seductora paleografía, un juego inofensivo para adultos discretos. Fue un significado amante de la nueva ciencia, entonces apenas brotando del racionalismo restaurado, y por eso cofundador, con Richelieu, de la Academia Francesa, de la que además fue un calificado protector oficial, munificencia que no impidió que fuera uno de sus más activos miembros de los orígenes.

La deliberada ostentación que durante toda su vida hizo del deseo de formar una gran biblioteca personal tuvo su más alta expresión en el acopio de raros manuscritos, tanto más apreciados cuanto más raros, libros extraños para todos, no tanto para él, que los hizo encuadernar con cuidado y lujo. Tanto los amó que para ellos hizo construir una galería, que a la vista de quienes tan alto y tan cerca de él lograban llegar no ocultara la que podía ser la mejor prueba de sus pasiones. Según el inventario redactado a un mes de su muerte, aunque todavía en 1672, luego, en 1686, publicado como repertorio con vistas a la venta de los volúmenes, en la misma París, tras el título Catálogo de los manuscritos de la biblioteca del difunto monseñor el canciller Seguier; solo la colección de los manuscritos estuvo organizada en cuatro series: contemporáneos, latinos, griegos y orientales.

La parte de los contemporáneos estaba formada con los que en origen habían sido los archivos personales de quien ejerciera los cargos de ministro de justicia y canciller. De su clasificación según el criterio de la lengua, porque de su condición temporal, no obstante destacada, porque así pronto son percibidos su contenido especial y su relevancia, se deduce que todos utilizan el francés como medio de expresión. El resto es la colección que su dueño había ido formando mediante adquisiciones hechas en los lugares más escondidos, y cuya procedencia no siempre es posible decidir. Que hubiera en ella secciones griega y latina parece obligado en un hombre de su cultura, y que hiciera colección separada con los manuscritos orientales tampoco debe sorprender. Era algo hasta cierto punto frecuente en las mejores colecciones de aquel siglo. Pero en este último caso el criterio de segregación es solo temático. Casi nulo era entonces el conocimiento que Europa había elaborado de las antiguas lenguas de oriente. De hasta dónde había llegado una prueba había entre aquellos manuscritos, un ejemplar del que parece el primer relato occidental de la escritura cuneiforme de Persépolis, copia del texto en origen escrito en latín por García Silva Figueroa, embajador español en Persia. Una primera edición de aquel texto, con el título De rerum persicarum epistola, había aparecido impresa en Amberes el año 1620. Pero Seguier debió hacerse con el texto conectando con una tradición paralela, manuscrita, aun así estimable. Incluso entre quienes han estudiado el retroceso los hay que consideran que volver al manuscrito fue, en su caso, una decisión inmejorable, porque quien la tomó optó por un diseño sin concesiones a la inspiración innovadora. Cada vino tiene su botella… y cada libro su formato, sentencia uno de los admiradores de rarezas bibliográficas como esta.

Muerto el canciller, la viuda conservó durante años la biblioteca que había heredado en el estado en que su dueño la había legado. Rige en los tiempos inmediatos a la muerte la dictadura de los objetos que fueron pertenencia del difunto. Su posición inalterada sirve a la idea de que prolongan su presencia, y sin duda son origen de retornos fantasmagóricos de quien ya ha desaparecido. El deseo ferviente de quien no se resigna a la pérdida vivifica los objetos inertes, a base de expectante contemplarlos con la mirada concentrada en ellos horas y horas, hasta que la fatiga los vence. Cuando al fin a la conciencia retorna la certeza de que los cuerpos inanimados son por naturaleza inmóviles, ha pasado el plazo de respeto a la memoria del difunto que impone la costumbre. Para la viuda de Seguier también cumplió este plazo, pasado un tiempo, y sus libros empezaron a peligrar.

Había crecido entre los herederos la idea de vender la colección completa de los manuscritos a un solo comprador, no tanto por encontrar una oferta más lucrativa cuanto por convertir todo aquel patrimonio, de una vez, sin más especulaciones, en dinero contante. La Biblioteca Real francesa ya había mostrado interés por ellos, por razones similares a las que al canciller lo habían llevado a juntarlos. Inmejorable oferta, imposible mejor comprador. Pero las cuarenta mil libras en las que los herederos, urgidos por sus deudas, valoraron entonces toda la colección parecieron un precio excesivo a la Casa del Rey y el traspaso no se consumó.

Quiso la suerte sin embargo, aun después de este primer fracaso, que la biblioteca de manuscritos del canciller no fuera disgregada en lotes ni dispersada por pequeñas colecciones. Gracias a un azar favorable, pasado algún tiempo, correspondió toda su herencia a uno de los nietos de Seguier, el ilustre Henri-Charles du Cambout de Coislin, obispo de Metz entre 1697 y 1732. Mientras estuvo en su poder, atendió a la conservación y al cuidado que merecía el patrimonio recibido, velando en especial porque los preciosos libros de raro origen se mantuvieran reunidos. Tan firme voluntad obligó al obispo a serios dispendios en obras de estantería, así como para cubrir la nómina del personal experto que debía sostenerla en uso. Nada de eso fue obstáculo para que mientras viviera su propósito no sufriera desviación alguna.

Con ser muchos sus méritos, el mayor de ellos lo reservó para el último momento. Hombre en extremo previsor, guiado por el encomiable deseo de prolongar más allá de su muerte su virtud, antes de su fallecimiento, por medio de su testamento, tomó una decisión irrevocable. Acordó legar todo el tesoro bibliográfico que había recibido a la afamada congregación benedictina de Saint Maur, la institución entonces más cualificada para ser su dueña. Desde que la condujera Jean Mabillon, considerado por Richelieu el hombre más capaz de su tiempo, los mauristas llevaban décadas atesorando pacientemente en el monasterio de Saint Germain des Pres, en París, inestimables tesoros manuscritos de todas las épocas. Para 1732, esta congregación ya era un instituto de prestigio, más que por su esforzada religión por su virtuosa consagración a la búsqueda, estudio y publicación de documentos de alto valor histórico. El establecimiento encabezado por Mabillon, durante el siglo décimo séptimo y primeros años del décimo octavo, ya había contribuido de manera decisiva a proporcionar sólidos cimientos al análisis crítico, fundamento del conocimiento histórico, al tiempo que piedra angular de la filología, la herramienta más estimable de los nuevos procedimientos. Tan decisiva fue aquella contribución que el tiempo ha venido a demostrar que el camino abierto por Mabillon fue trazado por las únicas cotas por donde el tránsito era posible, y jamás desde entonces ha sido necesario retornar al origen del que se hubiera partido, ni aun volver la vista añorándolo.

A las estanterías habilitadas en Saint Germain des Pres fue llevada la colección de manuscritos del canciller Seguier durante 1735, a excepción de un pequeño lote previamente desprendido y de escaso valor, insignificante para el asunto que nos ocupa. Y allí, durante años, fue conservada con la dedicación y el cuidado que merecía.

Pero estalló la revolución, frívola criatura de voracidad imprevisible, que tanto puede deglutir cualquier patrimonio como morir de inanición, como la amante caprichosa dotada de un criterio tan inestable como su humor. Por esta vez, por suerte, los manuscritos de los mauristas escaparon a sus ansias. Entre 1795 y 1796, pasados ya los tiempos terribles de la Convención, la biblioteca entera de Saint Germain des Pres pudo ser trasladada a la Biblioteca Nacional francesa sin novedad.

En apariencia, el mal momento se había superado y todo había quedado a salvo. Pero un buen día vino a descubrirse algo no exactamente sorprendente. Durante los años inmediatamente anteriores, en aquella época de desorden que luego pudo acotarse entre 1789 y 1794, la valiosa biblioteca benedictina había sufrido pérdidas. Algunos de los manuscritos procedentes del viejo monasterio de Corbie, el más valioso de los legados acumulados por los mauristas, habían desaparecido, y, lo que para nuestro caso es más notable, también había perdido la mayor parte de la colección procedente de Seguier.

Pasa con las amantes de fábula que satisfacen su capricho con un licor exótico, alguna joya, entre risas estentóreas que nada fáciles de explicar. Antes, por insidiosa recomendación de un casi desconocido, de las manos del insensato habrá arrancado un documento de nulo valor para ella, que entre sí los bancos en cadena descontarán. El hombre sin seso terminará arruinado, ella cargará con la culpa del desastre y en la sombra permanecerán los que de cualquier forma habrían ganado, sonriendo satisfechos porque en un tiempo récord lo consiguieron todo, simplemente trastocando las apariencias y dejando que los hombres fueran embaucados por sus prejuicios. Así ocurre en las circunstancias en las que el desorden social seduce a los apasionados revolucionarios. Nunca faltará quien disuelva en la estupidez hasta su sombra, y acogido a los rincones fuera de la luz del caos haga a la humanidad el gran favor de salvarse, llevando consigo cuanto es digno de ser conservado.

Hasta ahora la historia completa de la desaparición de los manuscritos de Saint Germain no es que haya dejado de ser escrita. Pero una versión de efectos convincentes aún no ha sido leída. Solo se ha aceptado, como transacción de alguna certeza, que aquel expolio tuvo lugar durante el año 1791, tercer año de la revolución, celebrado por ser el primero constitucional.

El hecho de que muchos de los manuscritos antes pertenecientes al fondo abacial hayan conservado huellas de fuego para algunos es indicio incuestionable de que las circunstancias de aquella desaparición fueron violentas. No es un testimonio suficiente. Antes parece una forzada insinuación circunstancial para desalentar los deseos de los indagadores poco exigentes. Muchos estarían dispuestos a admitir la prueba por concordancia de las apariencias, y muchos también han sido los que achacaron al desorden y a la ira de la gente sin control cuanto se podía adjudicar a su descuido, al estado de abandono en que mantuvieron tan frágiles bienes llevados hasta su tiempo por una pesada cadena de siglos.

Sea o no acertada la valoración de la circunstancia, para explicar el extraño circuito recorrido por muchos de ellos desde el momento de su desaparición y su paradero final hace falta más. Por los más perspicaces alguna vez se ha revelado, por desgracia en textos aparecidos en revistas de escasa difusión, y aun así de forma anónima, que otros manuscritos procedentes de lo de Seguier y que habían estado en Saint Germain, sin rastro alguno de fuego, habían sido encontrados en lugares poco edificantes, desde luego sorprendentes. Con seguridad, ya en el siglo pasado fueron identificados seis, arrumbados en un almacén de los muelles de El Havre. Hecha averiguación por su perplejo descubridor, cuya descendencia ha conseguido conservarlos hasta hoy como precioso patrimonio de la familia, supo que hasta allí habían llegado calzando un envío de ricos tapices, igualmente extraviados con ocasión de los acontecimientos revolucionarios.

Pero la mayor parte de los manuscritos desaparecidos al parecer se movió poco, ni siquiera llegó a salir de París, y pasó los desasosegados días de las revueltas en un tranquilo y apartado rincón, a recaudo de las desbordadas calles sin gobierno. Adonde los rayos del sol no alcanzaban ya estaban en 1792 y, he aquí lo que es más difícil demostrar, aunque no sorprendente ni inexplicable, no se sabe bien cómo, muy poco después, casi todos estaban en manos del secretario de la embajada rusa en la capital francesa, el intrigante y astuto Pedro Dubrovski, algo más que un diplomático.

Representaba este Dubrovski, como una parte de la protección que era debida a la delicada posición en la que el gobierno ruso lo había colocado, y aun mantenía, para el desempeño de encargos tan preciosos que obligaban a que en él fuera depositada toda la confianza, incluso ignorando sus actos, ser otro insaciable y voraz coleccionista, especialísimo apasionado por los manuscritos antiguos. Fue su inagotable capacidad de maniobra, unida a sus proclamadas inclinaciones, las que le valieron, en aquellas desordenadas circunstancias, la parte más valiosa de los manuscritos depositados en la abadía de Saint Germain des Pres, entre los que estaban los de incalculable valor procedentes del viejo monasterio de Corbie que también momentáneamente habían desaparecido, la base sobre la que los benedictinos pensaban consolidar sus ambiciosos proyectos historiológicos.

Para completar tan preciosa coartada, así como el premio material a sus ocultas excelentes gestiones, todavía sumó al patrimonio documental adquirido en París una parte de los archivos de la Bastilla, también arrojados a la calle por las gentes enloquecidas que asaltaron la fortaleza de la festiva revolución y destrozaron sus instalaciones.

Dubrovski concluyó sus servicios inestimables de representación diplomática antes de que terminara el siglo, y regresó a San Petersburgo en 1800. Por entonces empezaba la Biblioteca Pública e Imperial de aquel sueño urbano, como en sus inicios estaba la ciudad misma, tan joven que aún no había alcanzado el siglo de existencia, un tiempo que para la ciudad que aspiraba a ser una capital apenas equivaldría al de la infancia. En 1800 allí todo era reciente, y la colección de libros iniciada en ella lo era aún más. Los comienzos de aquella institución, la que debía conservarla, habían ocurrido a finales del siglo décimo octavo, cuando Catalina la Grande quiso fundarla con un lote inicial procedente de Varsovia, donde los hermanos Zaluskie habían creado una importante biblioteca. Habían conseguido reunir unos 250.000 libros hasta el momento en el que les fueron incautados por las tropas rusas, que finalmente los trasladaron desde Varsovia a San Petersburgo en 1796, el mismo año de la muerte de la emperatriz.

La mayor virtud de aquel enorme lote fundacional era que reunía fondos ricos en textos escritos con las lenguas de los países de Europa occidental -aparte los libros polacos, naturalmente los más numerosos-, algo especialmente estimado en la Rusia de aquellos primeros días de aquella capital. Con los textos en francés, y aún más si habían sido escritos por franceses, vino a desencadenarse en el más melancólico y alejado observatorio del mundo civilizado un apasionado universo imaginario más vigoroso que cualquier realidad, similar al que pasados los siglos ha originado en tantos lugares el inglés. Pero la pobreza en libros rusos de que adolecía en origen la biblioteca imperial causaba sonrojo; y, si bien estos podían ocupar entonces un lugar secundario en la estimación de los rectores de aquellas tierras enormes de fronteras imprecisas, con buen criterio consideraron que no era justo que lo más inmediato fuese por un injustificable desprecio alejado tanto que fuera perdido de vista.

Para compensar el defecto de libros, manuscritos o impresos, escritos con la lengua evangelizadora de los eslavos, ya en Rusia la biblioteca Zaluskie, fueron utilizados dos procedimientos. El primero, común y muy eficaz, pero que para que rinda beneficios necesita décadas y décadas, fue concederle a la que ahora empezaba el depósito legal. Pero para conseguir pronto los efectos deseados sobre todo le fueron agregadas colecciones personales, la mayoría adquirida por medio de compra en el interior del país. Fue este último el medio más eficaz para incrementar en poco tiempo los fondos en lengua vernácula.

Sin embargo, para elevar la nueva biblioteca al alto lugar desde donde quería exhibirse, hacia el que tendría que levantar su rostro el que tuviera que admirarla, juzgaron sus promotores imprescindible engrosar sus fondos con obras procedentes del exterior occidental. La colección más estimable de cuantas pudieran representar tan exclusivo papel era, sin ninguna duda, la formada por Dubrovski. Había viajado con él desde París a San Petersburgo, no sin sufrir algunos contratiempos en el largo trayecto, entonces interceptado por innumerables fronteras y un número mayor de sables. Inicialmente, su poseedor había planeado un sereno traslado de todo el lote desde los muelles del Sena, que efectivamente habría resultado más ventajoso y  cualquiera habría creído regular. Pero las amenazas del bloqueo, más las azarosas oscilaciones de la guerra, que entonces había tomado el mar como campo de batalla, le obligaron a optar por un penoso viaje por tierra. Tuvo que eludir vías de primer orden, descender hasta latitudes poco prácticas pero sosegadas, sobornar y mentir, engañar, en ocasiones afrontar el asalto de los ladrones que eran mantenidos por los bagajes. Gracias a esta estrategia, la peregrina caravana de los manuscritos pudo arribar a las orillas del Neva sin más novedad que algunos animales muertos, otros seriamente estragados, desperfectos en lanzas, ruedas y piezas menores de los carros, y algún herido entre los soldados de confianza, que sobornados con largueza en traje de civil hubieron de cruzar Europa, más de norte a sur y de sur a norte que de oeste a este; pero sin que daño alguno hubiera alcanzado a los preciados materiales que transportaba.

Amagó Dubrovski entonces con la institución de un gabinete de lectura abierto al público, para su beneficio exclusivo y deleite de sus usuarios, sostenido a sus expensas, donde la valiosa copia de ingenio por él acumulada pudiera ser admirada. Era el penúltimo monólogo del papel que debía representar, el forzado epílogo previo al final apoteósico que del fiel servidor había de esperarse. En los planes de Catalina jamás hubo lugar  para que a los ojos rusos la grandeza hubiera de ser representada más allá de donde su poder alcanzaba. Tampoco es obligado coronar la ambición con el desprecio cuando el apetito puede ser colmado si se sabe mantener la boca cerrada. Al contrario, conoce quien gana poder mayor deleite en el ejercicio de la magnanimidad, virtud que le es exclusiva. Y con la cuidada elegancia que adorna las más ordenadas cortes dejó la administración rusa que las cosas terminaran por parecer lo que debían, que fuera el apreciable y querido Dubrovski el exclusivo encargado de redondear y rematar sus muchos, valiosísimos e impagables servicios.

En 1805, en un acto de generosidad que a todos sorprendió, el antiguo secretario de embajada decidió donar al gobierno ruso toda la colección de los manuscritos que había reunido; con una sola condición, en realidad casi un modesto y sentimental parecer: que fuera depositada en la biblioteca imperial que se estaba formando, para contribuir a su engrandecimiento y así a perpetuar la memoria de quien la promovía. Así fue aceptado por la administración del momento, en nada quedó modificada su voluntad.

En reconocimiento a tan especial donación, todos los valiosos manuscritos serían marcados con la inscripción Ex museo Petri Dubrovski. Pidió ser él quien con su propia mano así los identificara, para de este modo unir su caligrafía, como colofón testamentario, a los rasgos salidos de las manos más cotizadas de la cultura occidental. Así le fue concedido y han conservado el delicado gesto de su mano generosa, como reliquia de la más noble lealtad, distintivo que a los ojos de cualquier lector no solo los identifica sino que los engrandece.

Además, Dubrovski obtuvo del gobierno, como justa compensación a sus inestimables servicios literarios, un nombramiento vitalicio como conservador de la soberbia biblioteca donde su colección había quedado depositada, y que aquel abnegado cargo estuviese dotado con una modesta pensión, que sin embargo le permitiría vivir con desahogo el resto de sus días; un merecido colofón y recompensa justa a una vida dedicada al servicio de la administración rusa en sus más delicadas y secretas vertientes. De este modo tan imprevisible las equívocas letras fueron el mejor premio para quien debía permanecer en silencio hasta el fin de sus días.

La Biblioteca Pública e Imperial de San Petersburgo fue por fin abierta al público en 1814, bastante después de muerta su feliz promotora. Gracias al sereno y meditado plan de acopio y gestión del que se había beneficiado, durante todo aquel siglo, y hasta la revolución de 1917, fue la mayor biblioteca de todas las Rusias, la que podía pasar por biblioteca nacional, y aun pudo ser considerada, entre 1850 y 1900, por la cantidad de volúmenes que en ella estaban depositados, la segunda biblioteca del mundo, tras la Nacional de París.

Pasada la revolución soviética, por razones administrativas, dejó de ser la primera biblioteca rusa. Pero no fue el cambio obstáculo para que la autoridad de su ya sedimentada organización se impusiera, y la vieja institución hiciera de centro que gestionara el patrimonio bibliográfico que a consecuencia de los nuevos tiempos iba siendo acumulado. En ella ingresaron millones de obras, procedentes de las colecciones privadas que habían sido confiscadas durante la más frívola de las aventuras políticas que puedan recodarse, y de otras públicas que por distintas razones desintegradas habían quedado. Como culminación de aquella ola de innovaciones, en 1932 la ya centenaria biblioteca imperial fue rebautizada con el nombre del escritor Mijaíl Yevgráfovich Saltikov, más conocido por su semipseudónimo Saltikov-Chtedrine, cambio sobre cuya responsabilidad no debe buscarse razón alguna en la biblioteca misma. En la actualidad, restaurada como Biblioteca Nacional de San Petersburgo, este depósito gigantesco ha sobrepasado el tamaño de los veinte millones de piezas y conserva la colección más completa de obras rusas anteriores a la revolución, así como de obras extranjeras sobre Rusia.

Desde el momento de su donación hasta hoy, la colección Dubrovski ha sido conservada allí con tanto cuidado como escasos lectores. No deja de sorprender, habiendo sido el francés una lengua tan fundamental para la cultura rusa más occidentalizada. Habrá que responsabilizar a las dificultades para la lectura que lo escrito a mano a cada signo plantea que durante décadas y décadas aquellos fondos casi nunca fueran leídos.

Después de la revolución de 1917, algunos estudiosos repararon en ella con cierto desistimiento pero con sistema; a pesar de que durante la etapa que a partir de aquel momento comenzara, y que ha durado hasta tiempos recientes, el acceso a estos fondos, para cualquier lector no ruso, estuvo muy limitado, si no excluido. Pero durante el siglo precedente a la revolución, algún lector francés fue hasta allí arrastrado por la curiosidad, tras una penosa peregrinación, réplica de la sufrida marcha de los papeles de Seguier hasta Rusia que lo preparaba para tan alto conocimiento. Entre los pocos que esta aventura emprendieron estuvo, antes que muchos, Héctor de la Ferriere, el docto conde lionés, conocido por su afán, tan de persona sabia, de no decir lo obvio, de no alargar las frases, de decir lo justo para ser entendido.

Tras sus fracasos políticos, inspirado por sus firmes convicciones republicanas, por los años sesenta del siglo décimo noveno, entre otras decisiones acertadas, tomó la de emprender un viaje que lo llevó a San Petersburgo, donde pasó una larga temporada. Durante el tiempo que estuvo en la ciudad de los zares, trabajador infatigable, buena parte de sus esfuerzos intelectuales los concentró en la biblioteca imperial, con el propósito de conocer cuál era el contenido de los manuscritos que hasta ella habían llegado procedentes de Francia.

A su regreso, refugiado en su castillo de Ronfeugerai, en la baja Normandía, preparó el balance de sus indagaciones. Apareció en París en el año 1867 bajo el título Dos años de misión en San Petersburgo. Manuscritos, cartas y documentos salidos de Francia en 1789. Contenía la noticia circunstanciada de cuanto había podido revisar de la colección Dubrovski, descripción que en bastantes casos alcanzaba hasta la copia literal de buen número de piezas, tal como entonces era común en los todavía indefinidos instrumentos descriptivos de las colecciones documentales, en los que convivían simples referencias propias de inventarios con descripciones catalográficas o ediciones escasamente regladas.

Con ser prolongada la estancia de Héctor de la Ferriere en San Petersburgo, y muchas las horas que dedicara al trabajo que se había impuesto, el balance de su trabajo pareció corto a sus críticos, una opinión que ha prevalecido. La masa de manuscritos que pasó por su mesa fue tanta, por efecto de su insaciable deseo de ver y ver, que resultó excesiva, y en apariencia desigual y dispersa. Tan poco fue el tiempo que pudo dedicar a cada pieza que en muchas ocasiones leyó con precipitación; de donde vendrían a veces a derivar imprecisiones, en otras indudables errores y en tantas tanta superficialidad en la interpretación que el contenido del manuscrito, conocido por el asiento que en su informe aparece, no puede saberse a ciencia cierta. Añádase que la conciencia de su limitada capacidad de consulta, certeza desde el principio de que sería imposible conocer el contenido completo de la colección, angustia que abrumó y ofuscó su trabajo en el origen, le obligó a trabajar siempre seleccionando, y los criterios que para ello aplicó no fueron estables, definidos a partir de principios rigurosos, inspirados en ideas luminosas, explícitos siempre, y sí esquivos para el lector actual.

Por reconocimiento al trabajo esforzado de la Ferriere, y su deseo de servir a la verdad, debe quedar escrito sin embargo que por su palabra aquel pionero reveló el límite de su ajuste humano. No creía que su campaña de lecturas fuera la culminación de empresa alguna, sino una apertura de puertas que otros lectores tendrían que franquear, el comienzo de una vida cuya muerte a él le estaba negada como consecuencia de la propia, como es común que al padre con el hijo le ocurra. Allá hay -decía, refiriéndose a los depósitos de la biblioteca imperial- maravillosos yacimientos de oro que esperan ser explotados; basta tener buena mano, voluntad y paciencia para buscar.

Pero el mayor mérito del conde, para quienes del primer templo de los tirios quieran saber, es haber rescatado, no sé si por la voluntad que le dictara su conciencia, la única versión por ahora conocida de los textos de Hiram Abí. No estaba entre los manuscritos orientales, sino formando parte del archivo personal que Seguier fue haciéndose, a consecuencia de su eficiente y leal gestión como administrador de la grandeza francesa; entre aquellos fondos de Seguier que genéricamente han venido siendo conocidos como manuscritos contemporáneos, simplemente porque utilizan como lengua el francés, aunque algo de híbrido deba reconocerse en ella. Héctor de la Ferriere la descubrió en el legajo 107/I-III, descrito en su inventario como Colección de cartas originales de hombres ilustres del siglo XVII para servir a la historia, en tres carteras, 1633-1669.

La correspondencia recibida por Seguier en su tiempo, en la parte ahora conservada en San Petersburgo, es una colección de entre dos mil quinientas y tres mil piezas, algo relativamente pequeño y abarcable, si se compara con los muchos millares que habiendo pertenecido a las series guardadas por el canciller fueron a parar en la biblioteca imperial. Es lógico que el conde fijara en ella su atención y se propusiera revisarla dentro de los límites de su campaña de pesquisa, más aún porque es una materia seductora, sabrosa y variada, ligera en ocasiones, sorprendente con bastante frecuencia, buena muestra de la dispersa apertura a temas imprevistos que puede llegar a convertir en reconfortantes las tediosas y áridas horas que es obligado dedicar a la investigación sobre documentos para cada jornada poder acumular, como recompensa a tantos esfuerzos, algunos gramos de oro.

Las cartas enviadas desde las provincias al que fuera férreo responsable de la política interior francesa le informaban de todo cuanto los funcionarios, a su criterio, juzgaban de interés. Los había lacónicos, a la vez que estrictos cumplidores de su deber, corresponsales monótonos que periódicamente informaban sobre los mismos vagos asuntos con reiteradas palabras oscuras. También los había burocráticos y farragosos, extensos casuistas con aspiraciones a redactar los tratados de jurisprudencia que por fin dieran asiento a la ciencia de la recta administración de la justicia. No faltaban aquellos inevitables amantes del detalle irrelevante que casi a diario comunicaban al superior las sospechas que una palabra oída al paso, o un gesto visto en un instante, desencadenaban en quien permanentemente vivía sintiéndose perseguido por el odio que el delator merece.

Pero igualmente los había perezosos y descuidados, frívolos funcionarios que solo en alguna ocasión descendían a contar en tono adulatorio asuntos con los que ganar la simpatía del que debía benevolente perdonar su irresponsabilidad y de este modo quedar redimidos. Nada en este caso como que el empleado provincial, la institución delegada por boca de su gestor o el señor intendente, con mayor frecuencia redactor de los textos que estaban reservados a un tiempo al trato discreto y personal mas de alta etiqueta administrativa, regalasen a Seguier con un comunicado de interés intelectual, por completo privado, para satisfacer el exigente paladar del canciller en materia científica, y así ganar pronto su favor.

Fue François Bosquet, juez real en Provenza y Languedoc, luego obispo de Lodeve y Montpellier, uno de los que eligió el recto y ancho camino que sin distracciones llega directo al corazón. Deslizó, como por casualidad, en una larga carta que escribiera a Seguier en 1644, ciertos pliegos, de procedencia desconocida, que a sus manos habían llegado por azar. Sabedor del interés que el canciller mantenía por aquel tipo de piezas, se complacía en adelantárselos en depurada copia. Se tomaba por lo demás la libertad de presentarlos bajo el título colectivo de Textos conservados de Hiram Abí, el broncista de Tiro.

Toda aquella calculada trama de circunstancias, sabiamente culminada con tan directa declaración del contenido, como directo es finalmente el golpe del noble boxeador que antes amagó, y con desviados ademanes ha fintado, para encantar al contrincante y llevarlo hacia el lugar erróneo, donde primero lo atornilla y luego lo sucumbe; debió estar conducida al deseo que no debía ser declarado, colocarle a Seguier los pliegos que Bosquet reservaba en pro de sus favores. Fuera que el canciller desconfiara de que fueran auténticos los documentos que de manera indirecta le eran ofrecidos, fuera si no que bastó al curioso iniciador de la academia la lectura hecha por aquel medio para desecharlos; fuera aún que a su atención, entre tanta correspondencia recibida, escapara aquella novedad, el caso es que queda aquí interrumpido mi conocimiento de la procedencia de los textos de Hiram Abí. De lo que Bosquet pudiera haber poseído no he encontrado rastro alguno por ahora. A la colección de manuscritos orientales que Seguier hiciera desde luego no llegaron, por lo que, de ser cierta mi suposición de la enmascarada operación de venta, habrá que considerarla fallida. Solo me queda la transcripción que a mediados del siglo décimo noveno el conde Héctor de la Ferriere hiciera. Por medio de su lectura, exclusivamente, tendrá que formarse el lector cualquier juicio sobre su fiabilidad y su valor.

Para su forjador, por el mar de bronce estaba representada el agua. Antes de que encontrara su destino en el orden de los sacrificios del clero organizado, es posible que el mar fuera la imagen de un lago, como lagos sagrados que tenían los egipcios, símbolo a favor de la teoría que sostiene que representaban el océano primordial. Cuando la naturaleza la restringe, el agua nunca debe suponerse -dice Hiram Abí-. Aunque no haya quien de forma consciente se lo dicte ni quien lo declare, es otra cosa, y a ella es dedicada atención aparte. Por eso responde sacralizando a quien de ella hace uso; es siempre agua lustral. Por ella los hombres prorrumpen en oraciones que la demandan como don a la divinidad.

El altar de los sacrificios tenía la responsabilidad de ser el que al fuego representara. Para Hiram Abí justificaba su presencia en aquel lugar que el fuego contiene potencias capaces para fundir la roca. Llegado el verano, quizás movidos por una pasión que los arrastra a confiar en los ritos, quienes trabajan la tierra, a la luz del crepúsculo del atardecer, queman los rastrojos con la creencia que cauterizan las heridas que ellos mismos, durante el año, abrieron en la epidermis de quien les asegura la vida. Agitadas cabelleras de llamas coronan el horizonte, entonces apenas una línea ondulada que se desdibuja donde la vista se pierde. Mientras transcurre la noche, la incandescencia de los campos se refleja en la bóveda celeste y tiñe la primera luz del día. Amanecido, ya consumado el sacrificio, el aire recibe el producto de la metamorfosis y lo traslada a las alturas. Vírgulas flotantes pautan el mensaje hermético y lo llevan hasta el patio de las casas, donde es interpretado como la rúbrica de un deber satisfecho.

Por último, con el más acertado criterio el cuarto elemento decidió el broncista que fuera inmaterial, y que sin embargo, siempre que el templo tuviera vida, su presencia estuviera garantizada. Por las palabras de los ritos quedaba asegurada la región etérea, a la que sacerdotes y ministros, con sus votos y ofrendas, con sus cánticos, como si volaran, pretendían elevarse. Así dejó escritas algunas reflexiones sobre el papel que al aire tocaba. Todo lo que es puede contenerse en lo que no se ve. Pero así como en los espacios abiertos las masas inasibles son una promesa, una expansión sin límites de la aptitud sensible, se tornan huidizas y misteriosas, inexpresivas, incapaces para una explicación cuando los edificios las conducen. En el templo, más aún que en las calles o en las plazas, más que en cualquier clase de construcción, son el flujo que hasta los humanos llega desde lugares más allá de sus posibilidades de percepción.

No resistiría esta versión de los textos atribuidos a Hiram Abí la crítica más benevolente. Están plagados de anacronismos. ¿Cómo un escrito en la lengua fenicia, original de los comienzos del primer milenio antes de nuestra era, puede expresar conceptos tales como telúrico, convivencia, identidad o nutricio? No es admisible que sean palabras fijadas por el autor primitivo. Imposible. Tanto en la forma como en la idea abstraída corresponden a elaboraciones recientes de lenguas vivas. De alguna de ellas sería fácil deducir la filiación exacta por reciente. Es probable que en tal caso nos sorprendiera que su vida es aún más corta que la nuestra. Bien la tradición que convergió en el escogido regalo a Seguier fue fatalmente contaminada por algún halagador sin escrúpulos, fuera el ambicioso Bosquet o con más probabilidad cualquiera de sus aduladores clientes; bien la edición de Héctor de la Ferriere fue descuidada, tal vez antológica y versionante, en unos tiempos en los que aún no regían con autoridad absoluta unas normas estables de edición leal; o bien cualquiera de las sucesivas reproducciones de lo que Ferriere publicara ha llevado el fervor arcaizante del transcriptor a extralimitarse en sus retoques a la traducción, como ocurre con los excesivos atuendos de los actores que representan óperas de asunto histórico. Y todo esto aun sin hablar del sinfín de expresiones cuya elaboración es sin ninguna duda posterior a la fecha pretendida para el original.

Subsisten también en la crítica reservas sobre la autoría hasta aquí aceptada. Los más atentos analistas sostienen que Hiram Abí, para este texto, es un seudónimo que oculta un doble autor, aludido con un nombre compuesto. No le falta fundamento a esta conjetura. Así como Hiram es un nombre que con facilidad puede admitirse como fenicio, Abí es una sencilla forma que igualmente sin mayor objeción puede aceptarse por nombre de origen árabe. Lo que de ningún modo parece sostenible es que en el tiempo al que pretende remitirse la forma compuesta fuera de uso ese estilo en la denominación de las personas, y menos aún que Abí ocupara posición y aparentara función de patronímico.

Más probable parece que por el primer nombre autores posteriores asociados intentaran expresar la fortaleza, la entereza de carácter, la sólida y valiente voluntad de ejecución, rasgos que corresponderían a la parte dominante de la entente literaria para aquel caso acordada. Por contraste, con Abí quedaría evocada la vertiente más dúctil y sensible de aquella comunión, el elemento que acompaña y se amolda a las aristas del dominante para presentarlas como dulces curvas.

Ignora no obstante esta posibilidad el hecho incontrovertible de que el nombre compuesto procede de las fuentes. El fundamento de sus observaciones alcanzaría hasta ella, y obligaría a un examen más profundo del problema. Nada impide, sin embargo, contaminado o no en este punto el texto, cuestión que bien merecería tratamiento pormenorizado, pero que desde luego es caso aparte, el uso oportunista del nombre compuesto que el análisis más serio explica, por más que sus conjeturas no sean en rigor deducciones del análisis. Bien pudieron un par de autores aprovechar la oportunidad que les brindaba la forma en que nos ha llegado el nombre de aquel antiguo broncista, para representar con apariencia de fundamento y esencia del ser de las cosas su particular manera de verlas.

Al menos un principio de solución a toda esta serie de incertidumbre ofrecería la consulta directa de los fondos aportados por Dubrovski a la Biblioteca Pública de San Petersburgo. Pero primero fue el hermetismo de la institución durante casi todo el siglo pasado, representación de la desconfianza que servía de justificación al ancestral estancamiento de cualquier gestión en donde Europa había quedado reducida a una isla enorme. Y luego ha sido el manifiesto desorden que a cualquier institución desequilibra, que al descubierto ahora sin pudor cualquiera de las rusas deja ver. Cuantos han intentado el contacto con aquellos venerables escritos, bien directo o bien por medios de comunicación de cualquier índole, entre los que cuenta el autor que ahora puede leerse, hasta ahora han fracasado. Imprecisión de las referencias, obras en la techumbre, cesantía del oficial encargado del departamento, pérdida de la llave del estante y silencio, impenetrable e infinito silencio, han sido parte de la amplia colección de respuestas servidas por los servicios exteriores de la vieja institución.

Por el momento, pues, no queda más, por lo que a este asunto se refiere, que dejar las cosas en este punto. Hasta aquí alcanza cuanto ha llegado servido por la tradición. Desde Herodoto hasta Voltaire se ha sostenido que el narrador que pretende ser veraz debe limitarse a escribir en beneficio del atento lector cuantos datos haya obtenido, con independencia del juicio que le merezcan, para que sea finalmente el afanoso indagador de las letras ajenas quien decida.


Orígenes de la República. I.2

Gastón Barea

La obra de fundición que por encargo del rey hizo para su templo de Melqart un hombre llamado Hiram Abí fue la siguiente: las dos estelas o columnas, las molduras de los dos capiteles que debían ir sobre las columnas, los dos trenzados para cubrir las molduras de los capiteles y las cuatrocientas granadas para adornar los trenzados; los diez carros de las ceremonias y los diez depósitos que debían colocarse sobre los carros; el altar, el estrado, tribuna o dosel y el mar con los doce bueyes para que lo sustentaran; y las jofainas, discutidas como ceniceros, las paletas y los acetres, que algunos textos identifican, de manera más precipitada, simplemente como recipientes, vasijas, palas y otros instrumentos necesarios para el culto. Tanta fue la copia de bienes ofrendada por el rey Hiram I a la primera casa de Melqart. Los fundió con tan enorme cantidad de bronce que no puede calcularse su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que el Viejo Rey había atesorado para proveer a la fábrica del templo. El obrador que debía fundirlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos identifican en un yacimiento al este de la Tiro superviviente, entre las poblaciones actuales de Borj al-Chmali y Bazouriye, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación.

Fundidas las dos estelas o columnas, y los dos capiteles con forma de azucena que debían montar sobre sus cimas, porque era deseo de su creador adornarlos profusamente, para que fueran colocados alrededor de cada uno fabricó primero dos trenzados a modo de cadena. Después, para enriquecer aún más uno y otro trenzado, tomando como punto de apoyo las prominencias que había por debajo de cada cadena, fueron colocadas cuatrocientas granadas, las mismas que habían sido fundidas sueltas. Fueron ordenadas en dos filas, doscientas para ponerlas alrededor de un capitel y las otras doscientas sobre el otro.

Dos tradiciones se enfrentan cuando, al mencionar el suyo, reconocen la memoria del autor de los nombres puestos a las columnas, si bien ambas están de acuerdo en que fueron distinguidas con los nombres de La Sólida y La Fuerte. Dicen algunos que fue el rey Hiram quien a la columna situada a la derecha le puso por nombre La Sólida, y a la que había sido emplazada a la izquierda, La Fuerte. Pero otros afirman que fue el mismo broncista, una vez erigida la columna de la derecha, quien la llamó con el nombre que la tradición ha conservado y puso el correspondiente a la que estaba colocada a la izquierda. Fuera Hiram I o Hiram Abí quien decidiera las denominaciones, con ellas el trabajo de las columnas quedó acabado, tal como Adán concluyera su parte de la creación.

Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes fueron fundidos un altar de bronce, al centro, en el ángulo sureste el mar y en el inmediato en la dirección septentrional, el noreste, el dosel de las celebraciones.

El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa al edificio principal era el lado oeste, frente al pórtico de aquel, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que al patrio daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce que soportaba tanto el peso como la sangre de las víctimas, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental. Así consiguió que el altar, por el lado en el que estaban sus gradas, quedara mirando al este.

En la parte más alta fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era un mecanismo mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar en su parte más baja, donde había sido practicada una fosa, para que recogiera la sangre que manaba de las víctimas. La parrilla cubría el ara. Debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo, donde eran recogidos los restos que caían desde arriba, que luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Ergasto, hecho a propósito para guardarlas.

Fue la segunda obra de Hiram el broncista el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral necesaria para las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios debían representar. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos literarios por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.

No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquilizaría al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se traslade. Es tan indeterminada su referencia que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre tantas veces con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia con sus lectores, con apariencia más favorable cuando tratan medidas. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando el misterio aparente además está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue teniendo una estima extraordinaria, a causa del grado de concentración que la lógica cuantitativa exige.

Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, enfatizó las dificultades que se interponían en el que solo podía ser tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era inaccesible. Lo haría atraído por la tentación de la lengua dorada, la que se propone llevar al límite la expresión de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Porque todo lo que había quedado oculto era inservible. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene, y el fundamento de la oscuridad en la que se había encallado, cuyo origen puede ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto; y luego una copia cada vez más alejada del sentido original de las palabras; porque es rigurosamente humana, hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.

El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Hiram Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema el buey, el holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Hiram hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas también en una sola pieza. Las calabazas daban también toda la vuelta al mar, a lo largo de los largos diez o doce metros del perímetro.

Descansaba el mar sobre otros doce bueyes o toros, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio que ocupa la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios de los tirios: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden de todo el espacio descubierto del santuario.

En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto.

Aunque la tradición no lo reconoce como obra del excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. El rey Hiram mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada apagogia. No incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Hiram Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.

Para satisfacer las necesidades de los ritos lustrales por todo el atrio interior había dispersos diez carros, que para describirlos mejor hay que llamar carros de las ceremonias lustrales del holocausto. Añadían magnificencia y suntuosidad al lugar, e incluso a todo el templo, por sus dimensiones, su hechura y su sorprendente delicadeza.

Aunque los textos insisten en utilizar la palabra basa para distinguir cada una de las piezas de esta obra de fundición, evoca mejor el sentido de este trabajo que a cada una  se la nombre carro de las ceremonias. La razón es la siguiente. En cada uno de aquellos cubos ambulantes encajaba una pila cóncava muy abierta, de tal modo que su destino final era servir de asiento al recipiente; de los que por cierto también Hiram Abí hubo de fundir en bronce diez, de un metro y sesenta centímetros de altura cada uno y una capacidad de cuarenta medidas. Aquellos lavaderos o pilas sobre los carros deambulaban por el atrio durante las ceremonias porque estaban destinados a las abluciones de todo lo que  fuera ofrecido en holocausto.

Para cada carro fundió Hiram por separado su armazón y las placas o paneles que los adornaran. El cuerpo del armazón, de forma cúbica, tenía un metro y sesenta centímetros de largo, idéntica longitud en el sentido del ancho y un metro y veinte centímetros de alto. Cuatro vástagos de bronce, de sección cuadrada de veinte centímetros de lado, delimitaban en vertical su volumen. En la misma dirección, lo completaban los cuatro paneles cuadrados que eran sostenidos por cada dos vástagos. Cruzando los vértices de sus cuatro ángulos exteriores, a sesenta centímetros por debajo del borde superior de la obra, tenía cada carro cuatro asas, que parecían apliques, aunque formaban un todo con su carro porque también con él estaban fundidas.

Cada uno de estos cuerpos cúbicos descargaba su peso sobre dos ejes, colocados en paralelo por debajo de los paneles, aunque unidos al armazón. Ambos transmitían todo el peso de la obra a cuatro ruedas, que fue necesario fundir aparte. La altura de cada una era sesenta centímetros y su forma era similar a las de un carro común, con iguales llantas, radios y cubos, todo también de fundición, como de fundición eran los ejes. (Aunque sería más apropiado evocar la similitud invirtiendo los términos, puesto que de esta modesta obra derivó luego, entre los fenicios, la carpintería de los carros, y sabios, por esta causa, también fueron los que de aquí tomando ejemplo la ejecutaron.)

El receptáculo contenido por cada armazón, que excedía la altura de su volumen cúbico, hasta sobresalir veinte centímetros por encima de los paneles, era completamente cilíndrico. Cada uno era sostenido por un ánima, también cilíndrica, de cuarenta centímetros de altura, comprendidos entre un lugar correspondiente al que por fuera ocupaban las asas y el borde del cuerpo cúbico. Por debajo de este soporte todavía dispusieron otro de sesenta centímetros de altura, embutido en el volumen del carro. Así quedó completada la altura total de un metro y veinte centímetros de la obra, si bien, observado solo, ya terminado, el armazón cúbico tenía nada más que un metro de altura; metro al que el receptáculo cilíndrico, una vez embutido, sumaba los últimos veinte centímetros.

Cada panel de los carros estaba decorado con grabados de leones, palmeras, bueyes o toros y grifos, y por encima y por debajo de los leones y de los toros el diestro broncista puso volutas. De manera similar estaban decorados los vástagos que sostenían los paneles, a lo largo de la banda de veinte centímetros con que cada uno, por cada cara, los enmarcaba. También sobre la boca del armazón, en el panel con hueco circular donde encajaba el receptáculo, y que cerraba por arriba el carro, había obra de grabado.

Así fueron concluidos los diez carros, todos iguales, una misma fundición y un mismo tamaño para cada uno. Cinco carros fueron colocados al lado derecho de la casa, a decir de los textos primitivos, y otros cinco al izquierdo. La interpretación literal debería obligar a situarlos en la nave. Pero como el altar para los holocaustos estaba fuera, ante el templo en sentido propio, el lugar litúrgicamente correcto, presidiendo el atrio de los sacerdotes, puede ser más acertado decidir que los lados norte y sur del lugar que era manchado por la sangre de las víctimas, antes purificadas, donde los carros eran de verdad útiles, eran el derecho y el izquierdo del atrio de los sacerdotes que las fuentes citan como local de los carros.

Hizo también Hiram el broncista los ceniceros, según algunos manuscritos de la versión griega y del Cronicón, o jofainas, según el arquetipo de Sancouniatón, tal como puede restituirse a través de Filón de Biblos, las paletas y los acetres. Así como los dos últimos nombres, porque no hay variantes que los hagan inestables, no están cercados por la necesidad de examen crítico, apartado a un lado el deseo de la especulación; la equipolencia entre lo que puede leerse en griego y por tanto en latín, y lo que en fenicio quedó escrito, obliga a una examen más detenido de lo que en castellano, al final, son voces que entre sí se excluyen, atendiendo al servicio al que estuvieron destinados en sus días aquellos objetos.

La interpretación concordante con cuanto hemos recopilado parece que sería la que acepta la lección jofaina, y por tanto excluye cenicero. De dos órdenes son los argumentos que la palabra proporciona, uno extraído del canon de lo consecuente o concordante, y el otro inspirado por la regla de aquel espacio, también localizado en el dominio de la comparación, que como circuito con dispositivo de seguridad llamamos contradictorio.

No parece necesaria la existencia separada de ceniceros. El único lugar litúrgico en el que habría cenizas con regularidad era el altar de los holocaustos, que contaba con un calculado dispositivo para desalojarlas inmediatamente de donde el fuego las generaba, sin que pudieran manchar el pavimento del atrio de los sacerdotes. Jofainas sí eran necesarias, las que completaban la obra de los carros de las ceremonias, recipientes del agua de los lavatorios que siempre debía estar a mano. Si vuelve a leerse lo que ha quedado escrito sobre aquellas piezas, también llamadas basas, se podrá concluir que su descripción ha sido minuciosa, y completa para la lógica del lector que fuera ensamblando las piezas en su imaginación. Y que faltaban los envases donde el agua debía ser trasvasada, que por fin dieran sentido a toda aquella obra.

Fueron además fundidos en metales preciosos, por deseo del rey Hiram, otros objetos, para que luego fueran puestos en el templo. El primero pudo ser el altar de oro que los testimonios localizan en la nave. Como de él también afirman que era para quemar el incienso, y del altar de cedro destinado a ese fin el texto fenicio dice que fue revestido de oro, puede tomarse como una certeza que altar de cedro, altar del incienso y altar de oro de la nave son todos una cosa, unas veces aludida por la materia que estaba oculta, otra por su dedicación y otra vez nada más que por su revestimiento. De donde puede concluirse que del altar del incienso en oro solo fue hecho su adorno exterior. Con un procedimiento similar debieron fabricarse las mesas que en la nave había, incluida la mesa sobre la que eran puestos los panes de la presencia.

Pero sin duda solo de oro, de oro fino, fueron hechos los diez candelabros con sus lámparas. Los fundieron según la forma prescrita, tal vez preocupada por garantizar la obligación de que tuvieran siete brazos. Y aparte cuantas lámparas tuvieran, eran también de oro purísimo las despabiladeras de los candelabros y las flores que los adornaban. De oro fino o puro fueron hechas asimismo las cucharas, los cuchillos, las copas o vasos, los braseros y otros cien acetres. Y con oro fundieron los goznes para las puertas de la cámara interior, que era la cella, para las puertas del vestíbulo y para las de la nave, así como el revestimiento de las planchas de madera de las interiores, las de entrada al santo de los santos.

Fue la nave la más favorecida por toda la obra de metal noble. Pudo así representar aquel espacio el segundo cielo, porque en él estaban al menos las siete velas del candelabro fundido para sostener estas luces, tantas como las estrellas errantes, y los doce panes de la mesa el número de los signos del zodiaco. Todas las demás estrellas del firmamento quedaban en aquel lugar indicadas por medio de las perlas incrustadas en oro que allí hubiera.

Además, todo lo consagrado por el Viejo Rey, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años, fueron traídos por Hiram I al templo y puestos en sus tesoros.

Así quedó concluida la grandiosa obra de un monarca memorable, no obstante ser predecesor de la República.


Orígenes de la República II.1.2

Gastón Barea

He aquí cómo se consumaba el sacrificio del unigénito entre los antepasados de los tirios.

Obediente a una llamada de El, cuando un hijo varón era único y por más amado lo tenían, su padre lo ofrecía en sacrificio. Para entonces ya había sido admitido entre sus contemporáneos como temeroso del dios, por quien la tierna víctima, que al menos tres años cumplidos debía tener, le era aceptada para que le sirviera de expiación. Si le era ofrecida en holocausto, a cambio el ser supremo debía colmar al padre de bendiciones, y acrecentar muchísimo su descendencia, tanto como las estrellas del cielo, así como las arenas de la playa. Por obra del número, su linaje se adueñaría de las ciudades de sus enemigos, una consecuencia que si había sido calculada correctamente era bastante para recompensar el sacrificio invertido.

Decidido el día de la consumación, padre e hijo, juntos, tomaban una senda que los alejaba del lugar donde vivían. El sitio donde el sacrificio debía tener lugar era cierto monte al que habían puesto un nombre que conmemoraba el de la divinidad.

El oferente, la víctima y algunos mozos de la casa, aconsejados por su buen juicio, partían aún de madrugada, antes de que el sol alumbrara la tierra. En un asno cargaban la impedimenta, y la leña del holocausto ya con ellos iba, en un haz atada. No eran necesarias ramas lustradas. Bastaba con que las tomaran del mismo almacén que alimentaba y mantenía vivo el fuego del hogar.

A tres jornadas de distancia estaba aquel monte. A su vista, aún de él apartados, los mozos acampaban y quedaban al cuidado del asno, mientras que padre e hijo continuaban hasta el formidable altar con el que la naturaleza los apremiaba para que completaran el rito al que obligados habían quedado. Quien había de morir cargaba con el haz de leña y quien a él iba a renunciar llevaba el fuego y el cuchillo de la ofrenda.

Ignoraba siempre el hijo que estaba destinado a ser la víctima, no obstante tener la certeza de que a celebrar un sacrificio se dirigían. Si andando acaso preguntaba dónde estaba la víctima que habían de ofrecer, respondía el padre que el dios mismo sería el encargado de proporcionarla. Así tan primitivos hombres justificaban ante los sentenciados hijos de su sangre que al monte elegido lo llamaran por referencia a esta provisión; y, si era necesario, añadían una historia sobre la fecundidad de aquel monte.

“Hay tanta vida allí -registra una de las versiones del texto que nos informa sobre estas costumbres- que nuestros antepasados lo tuvieron por la fuente de la vida. Las plantas permanecen siempre frescas, no les faltan flores en ningún tiempo, aun sin dejar de proporcionar excelentes frutos, y la descendencia de toda clase de animales es tan abundante que generaciones enteras de progenitores la conocen toda hasta el sexto grado”.

Llegados a la cumbre, el padre preparaba el sacrificio. Levantaba el ara y sobre ella disponía la leña. Ataba al hijo y lo colocaba encima de ramas y altar. Luego, ya anocheciendo, consumaba la ofrenda. Con pulso firme cogía el cuchillo, imponía la mano libre sobre la cabeza de su único descendiente y le asestaba en el cuello el calculado corte.

El homicidio culminaba con el holocausto. La sangre de la víctima era derramada alrededor del altar y sobre él, su cuerpo era partido por la mitad encima de la leña, sobre ella cada medio era depositado frente al otro y la antorcha pasaba entre ambas partes. Extinguida por completo la luz del sol, en medio de las densas tinieblas, irradiaba el horno humeante, y el cuerpo sin vida del sacrificado, dividido y sobre el altar, era quemado completo porque toda la grasa debía arder como manjar abrasado de calmante aroma para el dios.

Consumida la víctima, volvía por fin el padre junto a sus mozos, y emprendían padre, mozos y asno el camino de regreso. Es posible que ya fuera costumbre erigir en la cumbre donde se había consumado el holocausto un alto en memoria del sacrificado.


Orígenes de la República I.1

Gastón Barea

Para corresponder a su hallazgo, edificaría Hiram un santuario dedicado a Melqart, convencido de que las grandes ideas parecen eternas si las retiene la arquitectura, que en apetencias compite con la naturaleza, y que si se lo propone puede durar siglos.

El santuario sería edificado en el lugar donde, según una tradición inestable, ya se había manifestado el dios a su predecesor, el Viejo Rey. No se le habría hecho presente bajo la forma de manantial o cueva, ni elegiría un meteoro o un cataclismo para irrumpir. En aquella ocasión parece que fue una inspiración verbal, a través de la cual la divinidad ya habría revelado su origen genuino, la que a su receptor sorprendió, mientras descansaba sobre una prominencia al sureste de la isla, dedicado a la lectura, desde la que veía la ensenada que ahora los visitantes eligen para su esparcimiento porque creen que es la más hermosa de un litoral único.

A decir de una de las escasas fuentes que registran estos acontecimientos, que no obstante afirma haber recogido buen número de testimonios de sus predecesoras, el Viejo Rey, una vez que conociera al dios por infusión, antes de abandonar este mundo, creyendo que a la revelación convendría un edificio que la conmemorara, todavía hizo algunas previsiones. Para que en la elección de su emplazamiento, y en la posición relativa del edificio sagrado, quedara claro su origen semita dio indicaciones precisas. Dado que para erigir la ciudad, sus pobladores habían elegido el lado oeste de la isla prevista por el designio colonizador, entonces próxima a la costa, la misma que la leyenda aceptaría como una de las Piedras Ambrosianas, el lugar preciso donde se levantara el santuario debía ser una colina rocosa que estaba al este. A su lado pasaría el canal que la separaba del continente, cuya orientación correspondía aproximadamente al actual trazado de la calle que lleva el nombre de Mohammad El-Zayyat. Aquel extremo de la isla podía ser segregado. Carecía de habitantes porque hasta entonces había acogido enterramientos.

Designó además el sitio exacto donde debía levantarse el edificio, el campo que labraba un hombre de estirpe ugarita al que sus contemporáneos conocían con el nombre de Baesa, y todavía arrasó la casa en la que se cobijaba, desmontó las cepas de los cedros que en la parcela habían sobrevivido y niveló para meseta su cima. En opinión del Viejo Rey era el lugar adecuado para representar la ciudad, tal como un faro el santuario donde el dios residiría. El templo que se levantara indicaría a los navegantes de la urbe la ruta que debía conducir a buen puerto sus vidas, hasta entonces consumidas por el comercio.

Pero solo una parte de estas previsiones contribuyó a la obra que después se propuso Hiram. Para concordarla con su idea de la Monarquía, quiso, en primera lugar, al santuario sumar el palacio, y para edificar ambos eligió a Nekao, hijo de Nebal, egipcio de Pi Ramsés, y de la viuda Arbida. Había llegado hasta el Líbano en una de las caravanas que hacían la ruta por el litoral, a través del Sinaí y el Neguev. Para entonces, ya conocía Hiram la calidad del trabajo que ejecutaba para otros, y tan valioso le pareció que desde el principio contó con su confianza. Primero lo puso al frente de la leva de la casa de Barca, una vez que el rey hubiera decidido que con trabajo de levas, requerido a los linajes como un servicio debido, se levantara la obra. Después, le otorgó el puesto de mayor responsabilidad en el proyecto, previa garantía de que durante los trabajos no se oirían martillazos, ni en el solar sagrado ni en su edificio, ni sierras, ni ruido de instrumento de hierro alguno, porque desde la cantera las piedras hasta donde fuera levantado el santuario llegarían preparadas.

Para adecuar la colina al complejo, aun habiendo sido en parte preparada para aquel fin por un rey -si bien cuando ya era anciano-, Nekao tuvo que transformarla por completo. El resultado de este esfuerzo fue un gigantesco soporte para la fábrica que los textos llaman Zócalo. En algún lugar, los comentaristas de las fuentes, sirviéndose de las palabras más frecuentes, con abuso de la confianza que en todas el lector deposita, y queriendo ocultar el sentido recto que Zócalo sugiere, dicen que Hiram mandó erigirlo para cerrar la brecha abierta por la ciudad que su padre había proyectado. Expresándose así, querían significar que con aquel bloque quedaría colmado el abismo que Melqart había abierto entre los propósitos del Viejo Rey, el precursor de la obra, y la magnificencia que para ella ansiaba su hijo.

En realidad, el Zócalo fue un recurso ideado para crear el plano horizontal que sirviera de cimiento a la parte edificada del complejo. La forma de la colina, si se quería partir de una superficie nivelada, obligaba a desmontar de un lado mucha más tierra de la que el Viejo Rey ya había removido, y a Hiram no le pareció conveniente que una obra sagrada estuviera asentada solo sobre tierra removida. Era mejor que descansara sobre una masa de piedra compacta. Una mampostería tan ambiciosa solo podía contenerla un muro, de impresionante grosor, que bajara hasta la roca del valle. Tendrían que sostenerlo gruesos contrafuertes de insuperada potencia, elevados desde las más profundas gargantas hasta la cima del monte.

Concluido el muro, que alcanzó cierta altura por la parte occidental y escasa por el norte, pero tanta por sus lados oriental y meridional que parece poco verosímil, su arquitectura fue suficiente para contener toda la tierra y los bloques de piedra desmontados de un lado y acumulados en otro. Así se creó un terraplén, que se apoyaba sobre los restos de la colina rocosa, sobre el que el arquitecto podría levantar el santuario y la casa del rey.

Si antes que Hiram pisara la tierra en aquel lugar hubo un monte, la obra que por iniciativa de aquel hombre se hizo mejoró lo que cualquier otro ser, injustamente tenido por superior, allí hubiera levantado. Al desorden espontáneo sustituyó la regla de la arquitectura, y donde antes la mirada no se detuviera, ahora la ambición de un hombre enamorado de la divinidad habría conseguido colmar la vista. Si enorme era lo que había compuesto la obra ingente de la naturaleza, gigante fue lo que un hombre, por aproximarse a su dios, le sobrepuso.

Para emplazar el templo en la parcela fue elegido su lado norte. Allí unos anticuarios encontraron el rastro del edificio hace unos cuatrocientos años, y dejaron constancia que de él no se había conservado vestigio arquitectónico alguno. Por esta causa, la responsabilidad de conocer su características ha recaído íntegramente sobre las fuentes escritas, y como la lengua es por naturaleza ambigua, nada de lo que se refiere a esta iniciativa parece del todo resuelto. No obstante, solo queda exponerse al riesgo.

Así pues, del caos tradicional en el que con el tiempo el templo cayó solo las palabras lo pueden rescatar, para llevarlo por una vía más segura, hasta donde la imaginación pueda figurarlo. Eso es lo que nos proponemos, previo examen de los testimonios escritos que hemos podido coleccionar. Para evitar que una inadecuada elección de las palabras desvíe la atención de quien pueda aprovechar lo que la escritura inevitablemente inmortaliza, a lo largo del relato que sigue habrá que referir algunas medidas, forma del lenguaje cuya reiteración resulta enojosa, y por cuyo uso continuado es obligado pedir disculpas de antemano.

De las afirmaciones sobre la invención del santuario debidas al ingenio de los logógrafos, la primera que resulta particularmente oscura es la que hace referencia a su titular. Dice que en Tiro había un templo dedicado al dios Molok-Cronos, único testimonio que literalmente se expresa así. Es una simplificación no del todo desinteresada, a juzgar por lo que luego repetirían las escrituras sagradas. Depurada la transmisión de injerencias tan comprometidas, puede interpretarse como una referencia a que el templo desde su origen estuvo dedicado a Melqart, lo que por los demás era previsible.

Sobre cuándo fue tomada la iniciativa, algunos de los que siguen la cronología más alta creen que el origen de la decisión se remonta a la guerra de Troya, por lo que cualquier obra de las erigidas sobre el Zócalo tendría que ser anterior a la fundación de la ciudad, lo que carece de sentido. Tal vez por eso Herodoto, que quizás tuviera contacto con estas transferencias menos juiciosas, con más sensatez sostiene que el templo sería el origen de la ciudad. Actuaría así aconsejado por su sentido crítico, no porque dispusiera de informes positivos sobre el orden de los hechos.

El templo, para cuya ejecución Hiram se atuvo al dibujo primitivo, también inspirado, según los textos, a su progenitor por el propio Melqart, ocupó una superficie de algo menos de cien mil metros cuadrados. Su perímetro exterior dibujaba sobre el solar preparado un cuadrado de poco más de trescientos metros de longitud por cada lado, cada uno de ellos orientado hacia uno de los puntos cardinales.

Observada completa, podían distinguirse en la fábrica del santuario dos partes, los atrios y la más importante, la que legítimamente los autores llaman la casa del dios o templo mismo.

Ante la obra quedaba libre un espacio llano y con suficiente amplitud, como un patio que todo lo circunvalara, que lo abarcara todo a la vez, un lugar abierto, nombrado el gran patio por oposición al que a veces es llamado patio interior, o patio dentro del cual estaba alzado el templo.

Pero estas denominaciones inestables pueden llevar a error, más aún cuando tan semejantes son a las que el primer testimonio usa para presentar partes similares del palacio. Los atrios del santuario, al margen de lo que uniera todo el complejo, formaban dos series de recintos que pueden distinguirse con precisión, los atrios exteriores, que eran el de los paganos y el de los tirios, representación en aquel universo de la mansión terrestre en la que viven los hombres, y el atrio interior o de los sacerdotes, reservado para las celebraciones, cielo en cuyo centro brillaba el edificio principal.

La anchura de la lonja que rodeaba todo el complejo terminaba por su lado interior en un potente muro, tal como un pilono, que habrá que llamar exterior, levantado sobre el solar siguiendo el dibujo de un cuadrado. Cada uno de sus lados tenía una longitud de doscientos cuarenta metros. En todo el contorno exterior los muros fueron esculpidos con relieves de grifos, palmeras y capullos abiertos, asuntos que también fueron tallados en sus paredes por la parte de dentro. Envueltas por el muro, y apoyada en él la primera fila, había en sentido de la profundidad galerías cubiertas, formadas con columnas a distancias regulares. Delimitaban y sostenían cuatro pórticos, uno por cada lado del cuadrado, los llamados pórticos de los paganos, después denominados en conjunto pórtico de Hiram. Fueron elogiados por los materiales de su fábrica, su bella construcción, la suntuosidad que los distinguía y sus dimensiones.

El espacio inmediato a estos pórticos, entre la última fila de columnas y el otro muro -el muro interior- de nuevo quedaba al descubierto. El área así delimitada fue distinguida con el nombre de atrio de los paganos, el atrio periférico o más alejado del centro del santuario. El acceso a estos pórticos y a su atrio era libre. Estaban abiertos a quien aun no siendo tirio hacia el imponente edificio se sintiera atraído.

El muro interior, envuelto por el atrio de los paganos, marcaba el espacio reservado en exclusiva para los melqaritas, un área en la que a los extranjeros el acceso estaba prohibido bajo pena de muerte. Este muro menor también delimitaba un cuadrado, ahora circundante de una superficie de cuarenta mil metros, todo él elevado sobre una gran meseta. Para pasar a su interior era por tanto necesario subir unas gradas, acceso precedente a cada una de las tres puertas, que fueron abiertas al centro de tres de los lados del muro, el oriental, el sur y el norte, y luego cerradas con batientes revestidos de bronce. Un espacioso y profundo pasillo acogía tras cada una a los que podían transitar al otro lado.

Ante ellos, a partir de allí, se extendía todo el espacio de los tirios, ordenado por división de la superficie en nueve cuadrículas iguales, tres por cada lado. De todas las cuadrículas, siete componían en conjunto lo que hay que denominar el atrio de los tirios, que también ha sido llamado atrio exterior, atrio grande, atrio del pueblo, gran pórtico y gran basílica, aunque la última denominación procede ya de las versiones tardías del texto. Fue elegida con la intención de evocar al lector más reciente que los pórticos que envolvían y distinguían este atrio eran triples, como los que eran levantados en las basílicas de los romanos, según cierta literatura arquitectónica a su vez versionada.

El atrio de los tirios sobrepasaba a otro cualquiera en muchos aspectos. Su extraordinaria hermosura era consecuencia de que aquel orden de siete cuadrículas iguales había sido dotado de similar arquitectura, siete zonas regidas por la misma regla de elementos elegidos y de relación entre ellos, las mismas en que todo el atrio podría ser descompuesto sin que parte alguna desdijera del todo.

Cada una de las siete zonas fue delimitada con pórticos, uno por lado, lo que daría un total de veintiuno, porque todos los interiores servían a un tiempo a lados compartidos por dos zonas. No obstante, otros dos más fueron levantados, los que daban paso a la zona más reservada, la asentada sobre las dos cuadrículas restantes.

Cualquiera de aquellos veintitrés pórticos fue edificado con tres órdenes de piedras labradas, tres filas de piedras, unidas entre sí mediante entablamentos de cedro o filas de vigas de cedro. Con aquellas maderas que formaban la armadura que cubría cada pórtico también los soportes quedaban con más firmeza unidos entre sí y las columnas con el muro que envolvía el atrio, y toda la trabazón así aseguraba la estabilidad de la obra. Además, aquellas cubiertas, porque eran planas, permitían recorrer toda la red de los pórticos a su altura, y desde allí observar desde lo alto todo el templo.

A partir de aquí la construcción sería de ladrillo, y es probable que subiera más de una planta, aunque su número sería distinto y su altura variable según las necesidades. Pero su existencia por encima de los pórticos, incluso sobre los pórticos de los paganos, la certifica la alusión de la fuente a las escaleras hechas con madera de cedro que servían para comunicarlas.

Allí habrían sido habilitadas las cámaras para toda clase de trabajos de la casa del Señor de la ciudad; cámaras para los sacerdotes, cantores y otros oficiantes, así como dependencias para el consejo de ancianos, para la escuela de teología, para las prostitutas sagradas y otros oficios imprescindibles del templo. Y también tendrían como destino estos aposentos guardar cuantos utensilios necesitara el desempeño del culto divino, enseres que ocasionalmente debían encontrar dispuestos en el correcto lugar litúrgico los celebrantes, y a los que luego bastaba con que fueran conservados.

El resto de la superficie de cada una de las siete áreas -el que entre los pórticos quedaba- permaneció como zona descubierta o patio. Cada uno de ellos podía denominarse por su posición relativa a la rosa de los vientos. El situado en el ángulo suroccidental podía llamarse el que mira al ábrego; el inmediato en dirección este, que ocupaba el centro del lado sur, el que da al austro; el del ángulo entre el sur y el este, patio orientado al euro; el que estaba al centro del lado este, el patio que mira al levante; el inmediato en dirección norte, mitad del lado septentrional y mitad del este, patio del aquilón; el del centro del lado norte, patio del septentrión; y el del ángulo noroeste, patio que afronta al cauro.

Tres pórticos quedaban interrumpidos por los pasillos de entrada desde el atrio de los paganos, y otros tres más hacia el interior, los correspondientes en paralelo a los tres inmediatos al muro, también lo estaban por razones semejantes. Así quedaban organizadas tres vías de entrada, que franqueaban el paso al área más reservada, cada una de ellas abierta sobre el mismo eje que sus correspondientes más alejadas, las que daban entrada desde el exterior del santuario. A la entrada del oriente correspondía otra al oriente, a la del sur otra al sur y a la norte la suya.

Dos de las cuadrículas, de las nueve iguales e imaginarias en que fue dividido el espacio de los tirios, estaban ordenadas de otro modo con el fin de acoger la parte más destacada de toda la obra. La superficie que entre las dos sumaban fue aún más elevada que todo lo demás, y el pórtico que tendría que haberlas separado no fue construido, para que la vista del edificio principal allí levantado no quedara interrumpida por obstáculo alguno. El espacio más alto estaba partido, en el sentido de su longitud, en dos zonas, una menor, cuadrangular, de superficie idéntica a la de cada patio adyacente, y la mayor, de la misma anchura pero más larga, porque añadía a una superficie como la otra la que hubiera ocupado el pórtico intermedio que se había dejado de construir. La primera parcela estaba sobre el lado este del área ahora descrita y la más grande sobre el oeste.

Solo una cerca separaba ambos dominios. Aunque la marca construida era la menos visible por su masa, era la más llamativa por la posición de sus vanos. Ninguna de las dos pequeñas aberturas que en ella habían sido habilitadas, para que de una a otra zona fuera posible el paso, estaba situada en el centro de la cerca, alineada sobre el eje que los vanos de aquel lado oriental regían. Semejante eje era solo un lugar geométrico invisible que ordenaba la simetría de los dos vanos, pero ninguno había en aquel lugar central afrontado a la puerta principal del templo. Así se hizo por razones de respeto y reverencia, para que quienes al atrio salieran desde el edificio insigne no dieran la espalda a la puerta del lugar sagrado, que indicaba la posición, al fondo, del sitio más santo.

La zona cuadrangular estaba descubierta. Era el último de los atrios o patios, el interior según los Crónicas, de los sacerdotes, según la precisión de las Memorias. Estaba en medio del santuario, ante el templo mismo, y su denominación más restringida viene de que allí encontraba su espacio casi toda la función sacerdotal. De ahí derivaba que solo estuviera abierto a quienes la desempeñaban, bien a título pleno bien a sus ministros, y que al contrario su acceso estuviera prohibido al resto del pueblo, los monarcas incluidos. En el atrio de los sacerdotes eran celebrados los sacramentos del sacrificio en todas sus versiones.

Centrado en la otra parcela, la rectangular, la última que de todo este espacio queda por describir, estaba el templo sagrado, la obra concentrada de un lugar santo. A él se podía llegar desde el palacio por un acceso que sin embargo es desconocido, incluso para Newton, y sobre el que no resulta fácil conjeturar. Por la forma del edificio, que era de planta alargada o rectangular y por sus cuatro costados libre o exento, nada serio puede deducirse sobre una posible vía de acceso, fuera a ras de suelo o volada porque usara las plantas más elevadas de los pórticos. Al contrario, parece que la posibilidad queda del todo excluida, salvo que la entrada reservada desde el lugar donde el monarca vivía fuera subterránea; extremo no improbable, habida cuenta de que entre los cimientos habían encerrado volumen bastante para habilitar mundos inferiores.

Las descripciones conservadas distinguen en el edificio del templo tres piezas, partes o recintos principales, sucesivos en el sentido de la profundidad. Para explicarlos al lector contemporáneo, resulta adecuado llamarlos nártex, nave y cella respectivamente. De todos, sus medidas, su arquitectura y el revestimiento de sus muros son conocidos.

El nártex que estaba delante de la nave hacía de vestíbulo o tránsito desde los sucesivos atrios abiertos a la parte del todo cubierta del santuario. Tenía ocho metros de longitud en el sentido del ancho del edificio del que formaba parte, y de profundidad en el sentido del largo cuatro y medio, o algo menos, aunque no faltan textos que dicen que solo tenía cuatro. A él se entraba por una puerta única, única entrada al templo, afrontada al este; de modo que la cabecera, justo el lado opuesto del edificio, estaba orientada a occidente. Hiram decidió que todo aquel pórtico fue recubierto por dentro con láminas de oro puro.

Unas cámaras anexas a uno y otro lado, respetando el orden simétrico de los sitios edificados, con toda probabilidad servían para guardar los vasos y los utensilios de más valor. Estas serían las cámaras que el Cronicón llama despensas, no porque en ellas fueran guardados alimentos o bebidas, sino porque entre sus destinos pudo estar el de alacena de las vestiduras sagradas, y al construirlas fueron trabadas las mismas formas con las que aquellos magistrales ejecutores de la divina voluntad hicieron las más comunes despensas del trigo, del vino o del aceite, de las que luego será preciso fijar un texto que deje constancia de que existieron.

La fachada del nártex era la más importante de todas las del santuario. Su altura al exterior era la mayor, cuarenta y ocho metros. Estaba levantada con un triple orden, cada uno de ellos tetrástilo. Cada orden correspondía a una planta. La primera acogía el vestíbulo y cámaras ya descritos, la segunda estaba reservada a los cenáculos y la tercera solo era torre. Las plantas de estas dos eran en todo semejantes a la del piso inferior.

Nave y cella formaban un cuerpo diferenciado de veinticuatro metros de longitud, ocho de anchura y diez de alto, según la versión griega, o doce, según la fenicia. Pero la nave sola, aunque de ancho fuera igual a la cella, tenía dieciséis metros de longitud, el doble que la cella, y así entre los dos sumaban los veinticuatro. La altura más probable de la nave tal vez fuera diez metros. En torno al cuerpo único que las dos dependencias formaban, adosada al muro común que las encerraba, fue además construida una galería de habitaciones que lo envolvía por completo.

La nave delante de la cella estuvo destinada a gran sala de culto. Al interior estaba adornado con pilastras y fue revestida de madera de ciprés, recubierta con láminas de oro fino, tras haber tallado sobre ella palmas y cadenillas. Los montantes de la puerta de la nave, y tal vez el cabecero, eran de madera de acebuche y ocupaban la cuarta parte del vano. Sobre los montantes fueron instalados dos batientes de madera de abeto, cada uno a base de dos planchas giratorias, sobre los que los hábiles artífices habían esculpido grifos, palmeras y capullos abiertos, y luego embutido oro sobre la decoración. La puerta de la nave era en todo semejante a la que guardaba la entrada a la cella.

En esta sala de culto alzaron un altar de cedro, el conocido como altar del incienso. Estuvo colocado justo delante de la entrada a la cella, haciendo coincidir el eje de ambos, altar y entrada. Era el segundo altar del santuario, porque dos eran también los altares de los santuarios itinerantes, el del holocausto y el de los perfumes. Así se garantizó que los dos altares sobrevivieran en el templo.

En la nave también estaban las mesas y los candelabros. Entre las mesas, los textos citan la de los panes de oblación o panes de la presencia. Los candelabros eran diez, y debían arder en la nave, según el rito, delante de la cella, cinco a la derecha de su entrada y otros cinco a su izquierda.

Ha sido motivo de controversia dónde fueron colocadas dos estelas o columnas fundidas en bronce para adorno del santuario. Las fuentes no son a este propósito definitivas. Serían dos labores independientes y exentas, que equivaldrían a las estelas de los santuarios cananeos o a las que tuviera el templo de Jerusalén o el Idalion chipriota, documentadas por medios escritos o arqueológicos. Algunas referencias al lugar donde estaban son muy imprecisas. Se contentan con declarar que las dos columnas se hallaban en el pórtico del santuario, sin que sea dado precisar en cual porque los pórticos fueron muchos. Quizás pudo ser que en aquella indicación se hubiera deslizado la palabra pórtico en lugar de atrio, más exacta, no por error sino con evidente falta de propiedad. Cada atrio, en sentido general, estaba compuesto con dos piezas, los pórticos que lo rodeaban y el patio, zona descubierta o atrio en sentido particular. De ser así, sería fácil interpretar que quien de esta manera escribió pudo pretender una indicación del atrio en el que con más facilidad podría pensarse solo hablando en singular, el atrio de los sacerdotes. Coincidiría entonces con aquellas otras referencias que se limitan a decir, también con una económica administración de las palabras, que nunca son un gasto inútil, que las dos columnas fueron alzadas ante el atrio. Sin que deje de parecer innecesario demorarse en escrúpulos, valdrá especular con que esta mención puede también tomarse por una reducida del atrio de los sacerdotes.

Pero los que así hablan añaden una pista valiosa para iluminar la exégesis, aunque de nuevo su forma de explicar cree la duda. Dicen que las columnas estaban una a un lado de la entrada y la otra al otro. Tal precisión podría tomarse por un deseo, no bien satisfecho, porque no es ejecutado con fortuna, de evocar la entrada al nártex. No puede quien de este modo escribió referir la entrada al atrio de los sacerdotes, porque a él se llegaba por tres vías distintas. Debió redactar de manera que la entrada referida no fuera nunca tomada por entrada al atrio, sino por entrada desde el atrio; si bien con más facilidad pudo decir que hablaba de la entrada al templo en sentido propio.

No le habría faltado justificación para hablar con palabras sencillas. Son bastantes los que declaran sin dudas que aquellas dos famosas columnas fueron erigidas jalonando la entrada al nártex de la nave, ante la fachada del vestíbulo, como los obeliscos egipcios eran levantados ante el pilono. Las refieren llanamente diciendo que había dos pilares libres o entregados flanqueando la entrada al templo.

Pero aún hay quien va más allá, aunque quizás sin intención de llegar tan lejos, y dice que las columnas fueron erigidas delante de la nave, una a la derecha y otra a la izquierda. La interpretación recta de esta topografía debe deducir, por consecuencia de la escueta expresión, que también hay quien cree que las dos columnas estarían dentro del nártex mismo, ante la puerta de la nave.

Y todavía algunos complican el rescate de aquella fábrica con otras indicaciones, tal vez insuficientes, tal vez sinceras opiniones separadas, que sin embargo invitan a localizar las columnas en algún lugar próximo a la nave. Unos dicen sencillamente que delante de la sala fueron levantadas las dos columnas, mientras que otros que a los dos lados de la entrada al espacio sagrado estaban las dos estelas. Así como la primera forma lleva a pensar en el espacio inmediato a la entrada a la nave, la segunda admitiría, al tiempo que esta misma interpretación, otra aún más restringida: que de este modo es mencionada la entrada a la cella. Esta, expuesta de manera sencilla, es por fin la posibilidad más admitida, porque está apoyada en el texto primordial, que las dos columnas estuvieron a cada lado de la entrada a la cella.

Si no resuelve el problema de manera definitiva, el testimonio métrico, mucho más estable, al menos puede contribuir a formar una opinión más sólida. Cada columna, dicen las fuentes, tenía una altura de dieciocho codos, un hilo de doce medía su circunferencia y sobre cada una había un capitel, que en cada caso tenía por única longitud de la vertical cinco codos.

Otro testimonio afirma que las columnas eran de treinta y cinco codos de alto. Debe tratarse de un error, a consecuencia de una lectura precipitada, que después ha llegado hasta el copista como lección deficiente. Dieciocho más doce son treinta, y cinco, treintaicinco. Porque ya leía con la idea del canon clásico, el que copiaba se vio en la obligación de sumar a la altura del fuste la del capitel, y por precipitación sumó también el perímetro de aquel.

Tal deducción, a la vez que puede tomarse por la prueba de aquel error, se convierte en aval indirecto de la certeza del primer testimonio. La lección correcta sería dieciocho más cinco, veintitrés codos, si lo que se desea es saber la altura total de la pieza. Veintitrés codos equivalen a poco más de nueve metros. No es concluyente el dato, pero es una dimensión que parece más proporcionada a los espacios cerrados que a los abiertos, lo que concentraría las posibilidades de localización en las entradas a la nave y a la cella.

La cella, cámara del fondo o templo en sentido propio, era la parte excelente del edificio. Ha sido además llamada de muchas maneras, santuario en sentido propio, oráculo, sala o casa del propiciatorio, sala del santo de los santos o simplemente santo de los santos; y, con la claridad a que el lugar invita, también fue llamado el lugar más sagrado. Fue construido en la zona más reservada del edificio para depositar en medio el testimonio de la epifanía de Melqart, protegido por dos grifos. Tenía sus tres dimensiones idénticas. Su longitud, correspondiente al ancho de la casa, era de ocho metros, y su anchura de otros ocho. También su altura era la misma cantidad de las mismas unidades, lo que significa que entre la altura de la nave y la de la cella había dos metros de diferencia en favor de aquella. De ahí habrá que deducir que el pavimento de la cella debió estar más alto que la nave un par de metros, y aún más alto que el vestíbulo. El suelo de la cella debía ser el más elevado de todos para que formara como un estrado para el testimonio.

El interior de este lugar más santo fue revestido de planchas de cedro desde el suelo hasta las vigas, y luego la madera fue recubierta con oro fino o puro, oro de Parvayim. Absolutamente todo fue así enriquecido, las vigas, los umbrales, sus paredes y sus puertas; hasta el piso fue pavimentado con oro, al interior y al exterior [?]. Tal cantidad de metal fue necesaria emplear con este fin que alcanzó hasta los seiscientos talentos de peso, incluidos los cincuenta siclos que fueron consumidos en la fundición de los clavos.

Pero no terminó ahí el rico adorno que debía engrandecer el lugar más santo. Para darle más brillo, sobre el oro fueron incrustadas piedras preciosas.

Hay quien dice que para separar nave y cella solo había una mampara. Pero, además de que esta posibilidad no concordaría con todo lo que sobre este lugar hasta aquí por lo escrito ha sido posible rescatar, puede presentarse un testimonio distinto más rico en detalles, minuciosidad de los datos que le da una apariencia que lo hace más aceptable. Explican que en el lugar correspondiente al velo que había en los santuarios itinerantes, de estirpe egipcia, en el templo fueron instaladas unas puertas de madera, las que comunicaban el santo de los santos con la nave. Su dintel y sus jambas ocupaban la quinta parte del vano, sus dos batientes fueron hechos de madera de acebuche, sobre estos fueron esculpidos grifos, palmas y capullos abiertos, y los grifos y las palmeras fueron por último revestidos con láminas de oro.

Recorridos ambos cielos, el atrio interior y el santo, parece que se entrara en el tercer cielo al llegar al santo de los santos, cuya penumbra durante el día recordaba el crepúsculo durante el que se manifestó el dios al Viejo Rey, según este dejó relatado. Pero allí se asentaba el mismo Melqart sobre los grifos, y la luz lo representaba. La cella recibía luz del exterior a través de unas ventanas situadas sobre el muro del fondo. De esta manera, los rayos del sol entraban sin ser interrumpidos, sin que mediara objeto de reflexión, desde occidente, a la hora del atardecer, al ocaso, cuando el día estaba para morir. Entonces la luz se posaba sobre el testimonio.

Fueron tallados para la cella dos grifos sobre madera de acebuche, o de olivo simplemente, por último cubierta de oro. Cada grifo, figurado pasante, de diez codos de altura, fue colocado en aquel recinto con su cara vuelta hacia la sala. Como los toros asirios, tenían sus alas, de cinco codos de longitud cada una, desplegadas sobre el testimonio, como si lo protegieran. Desde la punta de un ala hasta la punta de la otra del mismo grifo había diez codos de distancia, de modo que la abarcada por las cuatro alas extendidas era de veinte. El ala de un grifo tocaba una pared lateral de la sala y la opuesta del segundo la pared opuesta, mientras que las dos interiores se tocaban entre sí en el centro del espacio sagrado.

El testimonio conservado en la cella era el que insistentemente es llamado en los textos primordiales testimonio de la epifanía. Con este nombre lo distinguían porque representaba la elección hecha por el dios a favor de la ciudad. Estaba contenido en una caja de madera de acacia, chapada en oro y con anillas para que los sacerdotes pudieran transportarla. Ocupó el lugar preferente del templo, tras un acto solemne.

Los cenáculos estaban construidos sobre el edificio principal del templo, en una segunda planta. La superficie que ocupaban era equivalente a la de todo el cuerpo unitario en el que estaban fundidos nártex, nave y cella en la planta baja. Debían estar separados en al menos cinco partes, para coincidir con la organización de la fábrica que tenían debajo, ya separada en vestíbulo con dos dependencias a su lado, sala de culto y santísimo. Todas estas partes pueden ser consideradas genéricamente cenáculo, aunque aquella división debió responder a diversos usos. Pero en realidad se ignoran la finalidad, los nombres y otros datos de cada una de las posibles dependencias segregadas. Como la cella, todo el cenáculo fue recubierto de oro.

Recíprocamente, aprovechando el espacio liberado por el cimiento de los muros, fue habilitado bajo el santuario un edificio interior, donde fueron localizadas ciertas dependencias subterráneas, según ratifican diversos testimonios escritos. En aquellas estancias hubo espaciosos habitáculos, abiertos por vaciado de la masa de tierra y piedra que la mole construida descargaba. Quedaron situados bajo los pórticos del atrio de los tirios y del atrio de los sacerdotes, y también, respetando la anchura que exigían los cimientos, debajo del templo mismo. Para todos, el acceso único era una entrada abierta en el ala derecha del edificio.

La obra hecha entre los cimientos quedó para almacenes o tesoros, y como despensas y alacenas para uso de las cocinas. Eran muchos y grandes aquellos almacenes y tenían capacidad en primer lugar para guardar el vino, el aceite y el trigo procedentes de los diezmos y primicias que por todos los súbditos eran pagados. Las impresionantes cantidades que por ellos eran recogidas en el templo pueden deducirse de que servían para alimentar a los sacerdotes, que eran treinta y ocho mil con sus respectivas familias. En aquellas dependencias subterráneas también era almacenado la madera y todo lo necesario para el culto.

Por dentro no era posible ver la piedra. Los paramentos fueron revestidos con planchas de madera de cedro, desde el suelo hasta las vigas del techo. Paredes y puertas fueron talladas con grifos, palmeras, capullos abiertos, calabazas y otros adornos florales. Las habitaciones fueron cubiertas con artesonados de cedro y los suelos fueron pavimentados con planchas de ciprés.

Visto todo el santuario desde el lado oriental, el que permitía admirar las construcciones más elevadas y de mayor dignidad y majestad, aparecían en primer término la valla exterior, de dos metros y medio de altura. Por detrás, el muro exterior y la planta alta del pórtico de los gentiles, y en lo más alto los pórticos de los tirios, que sobresalían soberbios por encima de cuanto los rodeaba. Era el cuerpo más extenso, ordenado como galería de tres alturas, del que destacaba sobre todo la serie de ventanas con celosías que adornaban sus muros. Pero todavía más alta aparecía la portada del templo, fachada del vestíbulo o nártex, que había quedado levantada con un triple orden de columnas.


Orígenes de la República III

Gastón Barea

Poco antes del año 820 previo a la era ocupaba el trono de Tiro el rey Matan I. El poder que por consenso de sus súbditos había adquirido le había permitido erigirse también en señor de la vecina Sidón, algunas millas al norte de Tiro, en la misma costa, así como en dueño de las riquezas de una isla que igualmente había quedado sujeta a su dominio, Chipre, en una posición mucho más septentrional, al oeste del golfo de Alejandreta.

Siendo grandes sus poderes, la sensatez a Matan le recomendaba dar más valor a la vida que de sus allegados recibía. Colmaban su existencia dos hijos, Elisha o Alashiya, cuyo nombre, adaptado al código castellano, ha dado Elisa, la mayor de sus descendientes, y Pumayyaton, que en la misma lengua es conocido como Pigmalión. Con sus nombres celebraban los hijos de Matan el poder que el monarca había ganado sobre aquella isla, puesto que Elisa derivaría del antiguo de Chipre, Alashiya, y el de su hermano habría denominado a un dios de aquel lugar.

Aunque en su vida privada se regocijara con esta felicidad, a la que no deseaba poner nombre para evitar contaminarla, no era completa la dicha de Matan. Tenía que compartir su poder con Acherbas o Zakarbaal, nombre transformado en Asdrúbal, personaje rico y poderoso, dueño de extensísimas tierras en Fenicia. Probablemente por esta causa acumulaba además la autoridad religiosa de Tiro, el sumo sacerdocio de Melqart, nombre de un dios que vertido a la lengua corriente equivale a la expresión señor o rey de la ciudad.

A la suprema responsabilidad sacerdotal la constitución de la ciudad reservaba un lugar inmediato al del rey, en el orden de las autoridades, y a su dueño además le otorgaba el primer lugar del rango social, jerarquía de la que solo estaba exceptuado el monarca. Pero más todavía lo equiparaba al soberano que aquel hombre, miembro de la familia real, al mismo tiempo fuera tío de sus dos descendientes, Elisa y su hermano Pigmalión.

Sobraban razones para que Asdrúbal y Matan fueran rivales. Los acontecimientos que decidieron el futuro de ambos, así como de las instituciones que representaban, transcurridos ya casi tres mil años, han llegado hasta el presente por conductos diversos, unos literales y otros alegóricos, todos tan interesados por la verdad como fragmentarios. Con las piezas que cada uno suministra es posible ensayar la composición de la secuencia narrativa más ajustada al rescate de los hechos útiles al fin principal de este texto, que debe interesarse por el origen de la constitución de los estados.

Fue el dominio sobre Sidón, así como la posibilidad de extenderlo hasta Chipre, que obligaba a organizar empresas coloniales, el motivo próximo del enfrentamiento declarado entre los dos rivales, aunque nada hacía prever que hasta el origen del poder pudiera alcanzar la crisis. Dos opciones políticas pugnaban por garantizar los medios que permitieran el control simultáneo de la metrópoli y los territorios separados de ella por el mar a los que ya era posible aspirar. A una le parecía que el mejor modo de asegurarlo era mantener el orden estatal inalterado, porque inalterada permanecería la sumisión de los que se habían mostrado débiles ante la fuerza que había llegado de lejos. Otra pretendía la renovación de los principios del poder, porque eran más las tierras descubiertas y distintas las personas que las habitaban. A la cabeza de la primera estaba quien tenía a un tiempo la mayor autoridad religiosa y un extenso patrimonio, y la segunda quedó personificada por el rey legítimo.

Aun contando a su favor con su posición preeminente, acertó a eludir por el momento la pugna Matan aprovechando una feliz iniciativa de Asdrúbal. Había decidido formalizar ante el rey la solicitud en matrimonio de Elisa, su sobrina. Con satisfacción el monarca decidió entregarla, haciendo ponderación de que era virgen intacta, dulce deber que hacía únicas las primeras nupcias. No formaba parte del plan institucional que Asdrúbal fuera el esposo feliz de Elisa, ni que Elisa lo amara. Mas habiendo discurrido de este modo el azar de los deseos, la crisis pareció mejor resuelta y más improbable el enfrentamiento entre rivales.

Porque creyó Matan llegado el momento para descargarse del peso con el que lo abrumaban las instituciones, satisfecho por haber cumplido a un tiempo sus deberes paternos y políticos, para completar la bendición que las nupcias habían resultado tuvo el propósito de transferir el trono a sus dos descendientes. Vivía convencido que ninguno se sentiría relegado por el padre compartiéndolo ambos, y que cada uno, convertido en líder, podría encauzar los respectivos proyectos de las facciones organizadas. Porque el poder quedaría repartido, para tomar cualquier decisión sería necesario alcanzar el acuerdo entre ellas.

Fue suficiente para que se reactivara la crisis entre quienes pugnaban por imponer su respectiva solución constitucional. Los que en las instituciones decidían se opusieron a tal salida y optaron por Pigmalión como sucesor único. Con tal arte actuaron, presionando a favor de la opción encarnada por el hombre, que hacia el año 820 el rey Matan I, incapacitado ya para retroceder en su proyecto de abandonar el poder, cedía el trono de Tiro a su hijo varón, entonces apenas un muchacho de once años.

A partir de entonces en Tiro quedaran enfrentados el joven monarca, apoyado por la parte reformista de sus súbditos, y un grupo de la aristocracia hasta entonces no interesado en el comercio colonial, a cuya cabeza se colocaría Asdrúbal, por su matrimonio partícipe en los derechos sucesorios, por su condición sacerdotal dueño de los poderes más sagrados.

Pasaron siete años, durante los cuales Pigmalión también creció en aversión a su oponente. Había concebido contra su adversario tal odio que la codicia bastó para que la rivalidad política degenerara a conspiración. Para colmar sus deseos de dominio, y al mismo tiempo arrebatarle sus riquezas, decidió acabar con Asdrúbal y encargó su asesinato a un sicario.

Estaba el sumo sacerdote oficiando solo ante el altar que le valía su poder mientras que tras él permanecía oculto el emisario fatal. Sin que la solemnidad del acto o la condición del lugar fueran bastantes para detenerlo, decide actuar y consuma el homicidio, doblemente sacrílego. Luego, levanta el cuerpo exánime, que había caído sobre el ara y, completando las instrucciones recibidas, lo entierra en un lugar inhóspito, con el deseo de ocultar cualquier rastro de la afrenta.

Aunque durante su transcurso permaneciera sentado en su trono, todo el peso del crimen había recaído sobre Pigmalión, cuyas circunstancias su ignominia arrastraban hasta límites infrecuentes. No solo había acabado con un hombre significado y había destrozado su bienestar y el de los suyos. Se trataba además de su tío, que por vía de matrimonio se había convertido también en su hermano civil. Pero aún más multiplicaba su infamia que el asesinato lo hubiera consumado sin dejar de ser rey de Tiro y con el único propósito de perpetuarse en aquel estado.

Para mantener oculto el crimen, con sus propias manos se deshizo Pigmalión del instrumento de su odio, único depositario del secreto. Aliado al silencio, llevó al extremo su maldad. Con frecuencia acudía al hogar desolado para consolar a su hermana y hacerle concebir esperanzas sobre el retorno del esposo desaparecido.

Pero una noche Elisa, mientras dormía, recuperó la imagen de Asdrúbal. Estaba demacrado y en su pecho una herida permanecía abierta. Por sus venas ya no corría la sangre y sus ropas estaban desgarradas. Le relató los hechos de los que había sido víctima y le permitió ver los rastros que su muerte había dejado en el lugar ultrajado. Su sangre, derramada sobre el altar, se había confundido con la vertida por las víctimas propiciatorias que a diario ofrecía.

Le advierte además que debe huir de inmediato y dejar su mundo, porque ella también corre peligro, y le da señas de tesoros sepultados bajo tierra, cuya existencia ha sido ignorada durante mucho tiempo. Le adelanta que es una cantidad enorme de oro y plata, de la que puede servirse para el viaje que la ponga a salvo, hasta un lugar lejos de la muerte. Días después, el hallazgo de las riquezas ocultas, prefiguradas por la infusión onírica, verifica y da alas al conocimiento adquirido por el sueño.

Decide Elisa huir de su hermano y recluta socios para la empresa. Se le juntan quienes ya han dejado que su adversidad degenere a temor o alcance el grado de desprecio a Pigmalión. Sobresalen, en el grupo de los que ya saben que el sumo sacerdote ha muerto, y aun así le son fieles, una parte de los que se apellidan príncipes a consecuencia de la responsabilidad que en la jerarquía del poder la constitución de Tiro les reconocía. Al tomar una decisión a favor de aquel proyecto, dada su condición, son conscientes de que se convierten en exiliados.

Resignados a reconocerse perdedores de la contienda política, más aún que de sus derechos civiles, sabedores de que viajaban para apartarse de Tiro, porque sin embargo no la detestaban proyectaron crear una colonia inmaculada, clase de población que al preservar las relaciones con la metrópoli no les obligaba a renunciar a derecho alguno y podía satisfacer todas sus aspiraciones: el negocio comercial, las económicas; la supervivencia de los vínculos entre la patria y la nueva población, las políticas.

Bajo estas convicciones, antes de partir rindieron homenaje a Melqart, ya divinidad protectora de las aventuras marítimas. Una parte de los relatos afirma que a continuación Astarté, la diosa que entre los fenicios simbolizaba la fecundidad, les proporcionó un augurio. En el lugar que eligieran para establecerse debían encontrar una cabeza de caballo, que sería el signo inequívoco de que por siglos la ciudad que levantaran quedaría invicta en la guerra y en la paz permanecería fecunda.

Se adueñan de naves que estaban en el puerto, las llenan con el oro y la plata rescatados y, acogidos a la noche, salen de Tiro huyendo en secreto. Comandaba la flota tiria en la que Elisa huía Bitias, uno de los príncipes de la ciudad, y con ellos iba también, entre otros, Barcas, igualmente de la clase aristocrática. Una importante cantidad de riquezas y hombres escapaban a la tiranía de Pigmalión, con Elisa se iban por el mar caudales que el avaro rey ansiaba. El caudillo de aquella hazaña una mujer estaba siendo, su propia hermana, poniéndose a la cabeza de un grupo de fieles al esposo muerto. Transcurría el año 814, séptimo del reinado de Pigmalión, treinta y ocho antes de la primera olimpiada.

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La primera escala de la expedición fue Chipre, aunque no con la intención de poblar en aquel territorio, demasiado próximo a Tiro. Los fugitivos anclaron allí en busca de alianzas. Demandaron primero el apoyo del templo que tenía dedicado en Kition la diosa Astarté, al que debían creer, con fundamento en la legitimidad, obligado a prestarles su concurso para cumplir el proyecto de fundar la colonia que habían proyectado. No defraudó las esperanzas de los prófugos. Se unió a los aristócratas que huían quien ostentaba en aquel templo la responsabilidad del sumo sacerdocio. Consintió arriesgarse a la aventura a cambio de que allí donde se establecieran, cumplida la travesía, el oficio sacerdotal quedara limitado a su familia, para la que permanecería hereditario. Además, impuso que en aquel lugar regiría la prostitución sagrada, rito consecuente con una parte de las creencias sobre la fecundidad que se habían naturalizado en Levante. Con ambos dictados pretendía garantizar que el poder de la religión que compartían continuara en el sitio que eligieran para quedarse.

Los compromisos contraídos con los exiliados, que por necesitar apoyo no tuvieron otra posibilidad que resignarse a las contraofertas sacerdotales, anudaron la alianza de la isla con ellos y equivalieron a un acuerdo que a los chipriotas permitía participar en las instituciones que en la colonia proyectada fueran creadas. La población promotora de la nueva ciudad tendría una doble procedencia, un grupo aristocrático de Tiro, que además representaba una opción política distinta a la reinante, y otro originario de la isla de Chipre, asimismo con raíces teocráticas. Así lo acordaron y así la primera ciudad de la isla, por medio de su autoridad religiosa, también tomó distancias de Tiro y debilitó la posición del fatal rey metropolitano. Antes de zarpar, todavía reclutaron en la isla las ochenta niñas que habrían de entregarse a la prostitución venerable.

Salida de Chipre, tras dura travesía la expedición paró en el lugar del norte de África donde está el golfo de Túnez, similar al bucle que en los abridores que también descorchan, no así en los que reducen a la palanca más elemental su trabajo, permite que salte la chapa de la botella que contiene la cerveza, no néctar de dioses mas apta para héroes. En donde atracaron fueron acogidos los viajeros con saludos y regalos por los de Utica, una colonia creada por la misma Tiro años antes en aquella costa. Pero tras ellos estaba la región de Libia, menos hospitalaria, poblada por los muxitanos, aguerridos combatientes que se mostraban intratables en cualquier contienda. Su rey era Hiarbas, quien no obstante decidió dar libre entrada en su territorio a los que llegaban, causa de que los navegantes también fueran bien recibidos por los naturales que vivían próximos al litoral. En aquella circunstancia a Elisa la llamaron Deido o Dido, que quiere decir La Errante.

Una familia de los relatos explica que fue entonces cuando los exiliados encontraron la cabeza de caballo que Astarté les había pronosticado, y que por eso decidieron comprar en aquel sitio un solar. Otra cree que este paso es un injerto tardío derivado de las posteriores monedas cartaginesas, una de cuyas figuras fue la cabeza de un caballo, y no un remoto y poco probable augurio. Pero todos coinciden en que Elisa y los suyos, en aquel momento, viéndose vagar sin rumbo por aquellas tierras, ajustándose a las leyes de Hiarbas, para erigir sus hogares le compraron suelo inmediato a la playa, sin más recursos que los que pudiera proporcionarles la ventura en las aguas del litoral.

Tal vez fuera Hiarbas, a pesar de su predisposición favorable hacia ellos, quien impusiera un límite a los inmigrantes: para establecerse solo podrían adquirir el terreno que cubrieren con una piel de buey. Pero también es posible que los recién llegados, sintiéndose en realidad repelidos por el derecho que los africanos les habían reconocido, se limitaran a acordar con ellos la compra de un trozo de terreno tan grande como pudiera contener una piel de toro, razón por la cual se proveerían de una.

Fuera por una o por otra causa, los nativos se rieron ante la insignificancia bien de la concesión bien de la demanda, y creyeron una vergüenza negar cualquier posibilidad a una composición tan ridícula. La consintieron y a ella se comprometieron mediante juramento, urgidos por conocer cuál sería el plan concebido para crear la nueva población. No podían imaginar cómo una ciudad podía construirse en una porción de terreno tan exigua.

Elisa, como respuesta, cortó en tiras finísimas la piel del animal y con ellas delimitado un amplio perímetro, suficiente para erigir una ciudad, al tiempo que para respetar el acuerdo de adquirir a los nativos tanto terreno como abarcarse pudiera con la reiterada piel. El campo acotado para ciudad decidieron llamarlo Byrsa, según todas las versiones de la leyenda, porque era el espacio que la piel de un buey había podido circundar.

Se ha demostrado que toda esta parte de la historia en realidad está sostenida por una etimología popular, ideada desde la lengua griega. Byrsa, que efectivamente significa cuero o piel de buey en aquella lengua, es el nombre con que fue conocido en griego el lugar más fuerte de la ciudad que se creara. Es probable que los griegos eligieran la palabra byrsa para denominar aquella colina por semejanza de sonidos con determinada voz semítica. Brt, cuyo significado los autores de los relatos antiguos ignoraron, en la lengua de los fenicios significó ciudadela fortificada o fortaleza, lo que en latín se entiende por oppidum o arx. Brt se habría asimilado a la palabra griega byrsa y tal convergencia fonética habría dado origen después a la leyenda de la piel cortada en tiras.

La amplificación griega sería un buen ejemplo de cómo, en tantas ocasiones, procede la literatura de los mitos, que explica las causas por las palabras, que es tanto como deducir la causa por el efecto: primero existe la palabra y luego una historia sugerida por el significado de aquel nombre en la lengua que la usa. De la palabra byrsa habría derivado el momento de los acontecimientos primitivos de la nueva ciudad que al relato pasó como una de los más ingeniosos. En realidad, toda la inventiva habría que reconocérsela a algún narrador en griego.

Pero, por paradójico que parezca, la modesta elaboración legendaria de un griego antiguo por la crítica contemporánea ha sido reconocida como garantía de autenticidad de una parte del relato, porque acoge con la fábula un testimonio que es incapaz para no respetar, continente de una etimología tan sólida que la convierte en una irrefutable prueba. Aquella colina fue el lugar donde los tirios disidentes fundaron su ciudad, y aquel lugar terminaría siendo la acrópolis de la población una vez crecida, el mismo que por naturaleza separa del llano la colina desde antiguo conocida con aquel nombre.

Pero tan significativo como el rastro arqueológico que la reliquia filológica ha conseguido salvar es el hecho de que Elisa, una mujer que guía una expedición de cualificados prófugos políticos, nacida en la primera de las ciudades fenicias como miembro de su aristocracia, actúa sin embargo en esta parte del relato como el oikistés griego. Tal como los romanos y los propios cartagineses transmitieron, consumada su arriesgada actuación, efectivamente fundó una colonia sobre el solar adquirido, del cual marcó sus límites para que fueran levantadas unas murallas que protegieran el área habitada y, para completarla, a su obra la llamó Qart-hadasht, que significa ciudad nueva, queriendo evocar que se trataba de la nueva Tiro, nombre con el tiempo transformado en Cartago para adaptarlo a esta lengua.

Justo por la concordancia entre el testimonio lingüístico y el papel de oikistés, esta manera de proceder a una parte de los analistas le hace dudar de la autenticidad de muchos de los sucesos precedentemente expuestos, todos coincidentes con la condición que conviene a los protagonistas de las fundaciones de las polis. El lector contemporáneo, más aún el que se interese por los orígenes de la República, debe aceptar que buen número de elementos de cultura helénica, contaminados por los medios de transimisión, mediaran en ella los latinos o los cartagineses, han podido deformar y hasta condenar a las sombras elementos de aquel hecho principal que habrá de dar por irremediablemente perdidos.

A juzgar por los elementos del relato más explícitamente orientales, que a pesar de todo son reconocibles y suficientes, no obstante es posible conjeturar que los autores originales del mito que documenta la fundación de la primera república de la antigüedad tal vez pertenecieran a la familia real de Tiro, y que con más seguridad se los pueda encontrar entre quienes, perteneciendo a aquella rama, se mantuvieron incontaminados porque en ellos prevaleció su fidelidad al templo metropolitano de Melqart, magno depositario de relatos según testimonia Herodoto, una filiación muy precisa que incrementaría el valor de los hechos verosímiles que contiene.

La decisión sobre la empresa colonizadora se habría tomado en oposición a la bárbara autoridad reinante en la metrópoli. Sería consecuencia directa de las luchas políticas que a fines del siglo noveno en Tiro ocurrieran, y del ascenso allí de grupos de activos ciudadanos que no encontraban en la metrópoli saturada un lugar institucional satisfactorio a sus apetencias de dominio, estimuladas por el comercio a larga distancia. La pujanza que habían adquirido la prueba en el relato que la zona donde Cartago fue fundada era conocida por los emigrantes, puesto que allí, por iniciativa de Tiro, antes había sido creada la ciudad de Utica. La nueva colonia sería por tanto el éxito de estos, y la obra política que la sostuvo mérito de una de las partes enfrentadas en la metrópoli, justo la que al principio había sido derrotada, a la que los comerciantes más decididos se habría coaligado.

Es probable que los nuevos ciudadanos, o más propiamente cartagineses, al principio rompieran su contacto con las instituciones tirias a consecuencia de aquella crisis, a su vez efecto de sus luchas civiles, y así se mantuvieran durante las primeras generaciones, como prueba en la leyenda la decidida voluntad de permanecer independientes en el lado occidental del Mediterráneo.

Tan claro deseo de emancipación, y no su sumisión a una autoridad, es el que permite considerarla desde el principio entidad institucional autónoma. En términos que resultan muy explícitos, una rama de una de las versiones de la leyenda afirma que Elisa se constituyó en la única rectora de aquel lugar y sus habitantes, a los que administraba justicia, y que quienes con premura a ella obedientes huyeron en su obediencia a continuación se deleitaron.

Mas la peculiaridad del nuevo régimen no fue la soberanía femenina, de la que en oriente ya existía buen número de precedentes. Habría sido el injerto teocrático, emergencia del grupo derrotado en la metrópoli, que por iniciativa de los aristócratas exiliados fue agregado a la constitución de la ciudad nueva. El orden institucional que en su origen a Cartago le fuera adjudicado sería obra de familias desprendidas de la nueva aristocracia tiria asociadas a grupos también conservadores, tanto de la metrópoli como de Chipre, y solo a ellas permanecería vinculado.

Por lo poco que se sabe de las relaciones entre Tiro y Cartago, la colonia nunca se consideró una entidad política del todo independiente. Aunque la decisión de ruptura con la población del origen fuera inequívoca, y al principio se evitaran las relaciones, con el templo de Melqart de Tiro jamás se rompió, lo que se puede explicar por el origen de uno los grupos comprometidos, que no habría renunciado a los fundamentos de su poder, e interpretarse como que aquel hizo de institución matriz, o fuente que confería legitimidad a la colonia; como antes, porque las consagraba, había hecho con otras.

Aunque no esté recogida por ninguna de las versiones del relato del principio, otra tradición explica que desde la fundación de la ciudad los cartagineses, cada año, enviaron una embajada a Tiro para llevar una ofrenda al templo de Melqart. Consistía en la décima parte de las ganancias obtenidas por la colonia durante cada ejercicio. Varios siglos después de su fundación, Cartago aún pagaba el tributo a Tiro, en unas condiciones similares a las que sometían a las pequeñas ciudades y aldeas del reino original. Aunque la nueva ciudad no se considerase obligada a la autoridad metropolitana, de la que era enemiga declarada, sí se reconocía en el orden de las colonias porque a la ciudad matriz se vinculaba a través del templo de la divinidad que personificaba la ciudad, por una vía de autoridad que sería admitida como superior.

La consecuencia más importante de este peculiar injerto teocrático, para la historia de la constitución de los estados, fue que imposibilitó que Cartago fuera gobernada por un rey, tal como en las ciudades autónomas fenicias. Si la unidad indivisible de la monarquía procedía del principio constitucional según el cual el rey era la residencia transitoria de Melqart, auténtico señor o rey de la ciudad, imposible que ningún otro lugar pudiera disponer de la misma soberanía. Tendrían que ser los magistrados valorados como jueces por los observadores clásicos, que a través del latín en castellano fueron llamados sufetes, los encargados de la responsabilidad de gobierno en la ciudad nueva, tal como ocurría en las demás ciudades subordinadas a la metrópoli.

Con la fundación de Cartago habría triunfado otra constitución de la ciudad antigua, admirada por la reflexión política más cualificada entre los clásicos. A la circunstancial relación que dio origen a la República genuina, porque así los antiguos la valoraron, por encima de la romana, incluso por autores que contribuyeron a la cultura latina, que permitió la participación de un poderoso templo, hay que concederle más importancia que a la iniciativa de disidentes dispuestos a aventurarse en negocios por cuenta propia.

Afortunadamente la lejanía, con el tiempo, hizo que las colonias terminaran siendo independientes de hecho, y por tanto inexcusablemente ciudadanas. Así fue instituida la Primera República, tierra de tirios, estirpe de Agenor, y así juzgará un lector leal cuál debe ser la enseñanza que se extraiga de tan singular acontecimiento.

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El final de esta historia oscila según cuál sea la versión seguida. La canónica virgiliana, que una tradición inapelable ha consagrado, concluye en los siguientes términos.

Quiso Elisa edificar en su solar, donde luego estaría el centro de Cartago, un inmenso templo en honor de Astarté, tan rico en dones como la augusta protección de la diosa merecía. Por todo él lució el bronce; en el umbral, realzado con majestad por una extensa escalinata, en la reluciente trabazón de las vigas y en las puertas de hoja doble y rechinantes quicios. En aquel mismo lugar hubo con el tiempo una arboleda de sombra acogedora. Con idénticos criterios levantó Elisa su palacio y en él un templete de mármol, dedicado a prolongar la memoria del marido muerto. Era su propósito guardar en él las prendas que por su ausencia adoraba y que con ella había traído. Con amorosa dedicación lo mantuvo adornado de ínfulas blancas y guirnaldas verdes.

Dos temores convivían con Elisa en Cartago. Uno, que Pigmalión, su hermano, se abalanzara a arrasar la ciudad por ella creada; otro, que Hiarbas la arrastrara a Getulia prisionera. Lo más duro era el acoso de quienes le pedían matrimonio, el rey de Libia el primero. Concluida la fundación, loco de celos por la viva memoria de Asdrúbal, quiso desposar a Elisa aun recurriendo a amenazas, y todavía con insistencia la solicitaba sin éxito. Persistía en recordarle las circunstancias de su llegada errante y la astucia que le perdonara, y que le había aplicado con generosidad sus leyes y permitido que consumara la fundación. En todo había consentido porque ya para entonces había concebido su amor por ella.

Ana, su hermana, le hacía ver el peligro de persistir en aquella actitud, tenazmente fiel a un fantasma; aunque comprendiera que, enferma de dolor, no la atrajera novio alguno, de Tiro o de Libia, y que despreciara a Hiarbas y a otros jefes de África, en sus trofeos tan ilustre.

Ante la amenaza de una guerra, no pudo mantenerse firme y en beneficio de su pueblo se vio forzada a aceptar.

Aterrada por sus hados, la infeliz Elisa al fin invocó la muerte y un espantoso prodigio impulsó más la fatal intención contra su vida. Sobre el ara donde el incienso humea, al colocar su ofrenda se le antoja ver ennegrecida la sagrada linfa y el vino convertido en sangre impura. Del templete de mármol dedicado a Asdrúbal, al llegar la noche, oye que salen voces, llamadas del esposo ido. Un triste búho, al lanzar solitario desde los tejados su sollozo funeral, parece que prolonga en llanto aquel quejido. Y de nuevo la aterran pronósticos terribles de antiguos vates.

Vencida por el dolor, Elisa da entrada en su alma a las furias y firme determina morir. Consigo acuerda el momento y el ardid para su ejecución. Finge aplacar los manes de su esposo. Dice a su hermana que en secreto, dentro del palacio y al aire libre, erija una pira; que amontone junto a ella las prendas que aquel hombre que amara dejó suspensas en la estancia, el feliz tálamo ¡ay! en que ambos yacieran. Pretende Elisa que será un consuelo acabar con las últimas memorias de aquel ser para siempre ido.

Cumple presurosa Ana lo mandado. La reina, cuando ve ya hacinada en el patio la gigante pira de pino y roble, engalana el recinto con guirnaldas y fúnebre follaje. En lo alto coloca el lecho con todas las vestiduras, con la espada abandonada y la efigie del marido. Bien sabe a dónde se encamina. Altares hay en torno. Una hechicera, suelto el cabello, con voces atronadoras a cien divinidades apellida: Erebo, Caos, Hécate triforme y el triple rostro de la virgen Diana. Primero vierte agua, que parece la fuente del Averno; luego toma unos tallos verdes, segados con segur de bronce a la luz de la luna y que una leche de veneno letal destilan; y por último un mechón cortado de la frente de un potrillo, arrancado a las ansias de su madre.

Elisa, con el vestido desceñido y un pie desnudo, en sus manos piadosas ante las aras presenta la mola. A la vista de la muerte, por sus testigos pone a los dioses y a los astros, conocedores de su lamentable hado; y si algún numen en su guarda tuviera a tan desgraciada amante, le suplica que, justo brazo del destino, le ayude entonces. A Barce, la nodriza de Siqueo, dice:

-Ve, querida, que Ana pronto me busque aquí; que antes rocíe con agua lustral su cuerpo, y que traiga con las víctimas los dones que fueron prescritos; que así venga, y tú también ciñe tus sienes con las ínfulas. Quiero, dile, poner fin a los ritos ya empezados a honra de Jove Leteo, y con ellos dar un término a mi afán, al ver las llamas cebándose en los restos de aquel descendiente de la estirpe de Agenor.

Aprovecha Elisa y se lanza al patio del palacio. Presa de súbito furor, de un vuelo sube la gradería de la pira. Está en su cima cuando las llamas son más altas. La espada desenvaina, no destinada a tan fatal intento. Sobre el lecho nupcial se tiende, y grave pronuncia sus últimas palabras:

-He vivido mi vida, el noble curso que me abrió la Fortuna he recorrido. He levantado una gran ciudad; sus regios muros, los míos, vi surgir. Vengué a mi esposo y castigué a mi hermano por su crimen.

Hablaba aún y la ven sus doncellas desplomarse sobre la espada. El hierro espuma con la sangre, sus miembros se desatan. Todavía pudo Elisa oír a su hermana llamarla a gritos por su nombre. Desmayada de terror, lastimándose el rostro con las uñas y con los puños el pecho, Ana se abalanza entre la servidumbre. Escala la pira. Contra el seno acaricia a Elisa moribunda y restañar quiere, entre abrazos y gemidos, los brotes de la sangre con sus ropas. Inútil su piadosa cura, inútiles sus maldiciones y lamentos.

La muerte de Elisa las llamas de la hoguera consumaron. Fiel a la memoria de su marido, había eludido el matrimonio con Hiarbas. Por haberse inmolado de esta forma, sus acompañantes la divinizaron, y sus descendientes conservaron su culto hasta los últimos días de la Cartago púnica.

Para la crítica que acepta esta versión, la certera evocación del principio de independencia a través del símbolo de la inmolación en el fuego, a iniciativa de la promotora de aquel nuevo estado, hace sospechosamente original la conclusión de la vieja historia sobre la fundación de Cartago. La raíz política de la ciudad nueva estaría fielmente representada por un rito que tomó la forma de sacrificio humano, bajo la variante específica de la inmolación ritual. Así serían conmemorados a un tiempo el acto heroico de la huida, la aventura de la travesía y la feliz semilla de una población nueva. El bien de una comunidad superior justificaría la inmolación por fuego que se impone la protagonista.

Es necesario reconocer el acierto de esta teoría y habrá que aceptar que pudo ser en honor de la heroína, que es tanto como decir a mayor gloria de la independencia de la ciudad, que se hicieran los primeros sacrificios humanos en Cartago, y que estos quedaran reservados a las familias vinculadas directamente con las instituciones de gobierno.

La segunda versión, que procede de la parte menos autorizada de las tradiciones, mantiene pequeñas variantes que sin embargo son decisivas para la interpretación de los asuntos que interesan.

Quiso Elisa edificar en su solar, donde luego estaría el centro de Cartago, un inmenso templo en honor de Astarté, tan rico en dones como la augusta protección de la diosa merecía. Por todo él lució el bronce; en el umbral, realzado con majestad por una extensa escalinata, en la reluciente trabazón de las vigas y en las puertas de hoja doble y quicios chirriantes; en el mismo lugar donde con el tiempo hubo una arboleda de sombra acogedora. Con idéntico canon levantó Elisa su palacio y en él un templete de mármol, destinado a perpetuar la memoria de su difunto marido. Era su propósito guardar en él las prendas que por su ausencia adoraba y que con ella había traído. Con amorosa dedicación lo mantuvo adornado de ínfulas blancas y guirnaldas verdes.

Dos temores convivían con Elisa en Cartago. Uno, que Pigmalión, su hermano, se abalanzara a arrasar la ciudad por ella creada; otro, que Hiarbas la arrastrara a Getulia prisionera. Lo más duro era el acoso de quienes le pedían matrimonio, el rey de Libia el primero. Concluida la fundación, loco de celos por la viva memoria de Asdrúbal, quiso desposar a Elisa aun recurriendo a amenazas, y todavía con insistencia la solicitaba sin éxito. Persistía en recordarle las circunstancias de su llegada errante y la astucia que le perdonara, y que le había aplicado con generosidad sus leyes y permitido que consumara la fundación. En todo había consentido porque ya para entonces había concebido su amor por ella.

Ana, su hermana, le hacía ver el peligro de persistir en aquella actitud, tenazmente fiel a un fantasma; aunque comprendiera que, enferma de dolor, no la atrajera novio alguno, de Tiro o de Libia, y que despreciara a Hiarbas y a otros jefes de África, en sus trofeos tan ilustre.

Ante la amenaza de una guerra, no pudo mantenerse firme y en beneficio de su pueblo se vio forzada a aceptar.

Aterrada por sus hados, la infeliz Elisa al fin invocó la muerte y un espantoso prodigio impulsó más su fatal intención contra la vida. Sobre el ara donde el incienso humea, al colocar su ofrenda se le antoja ver ennegrecida la sagrada linfa y el vino convertido en sangre impura. Del templete de mármol dedicado a Asdrúbal, al llegar la noche, oye que salen voces, llamadas del esposo ido. Un triste búho, al lanzar solitario desde los tejados su sollozo funeral, parece que prolonga en llanto aquel quejido. Y de nuevo la aterran pronósticos terribles de antiguos vates.

Vencida por la angustia, Elisa da entrada en su alma a las furias y firme determina acabar. Consigo acuerda el momento y el ardid necesarios. Finge aplacar los manes de su esposo. Dice a su hermana que en secreto, dentro del palacio y al aire libre, erija una pira; que amontone junto a ella las prendas que aquel hombre que amara dejó suspensas en la estancia, el feliz tálamo ¡ay! en que ambos yacieran. Pretende Elisa que será un consuelo acabar con las últimas memorias de aquel ser para siempre ido. Desea que Hiarbas sea testigo de su renuncia y solicita su presencia.

Cumple presurosa Ana lo mandado. La reina, cuando ve ya hacinada en el patio la gigantesca pira de pino y roble, engalana el recinto con guirnaldas y fúnebre follaje. En lo alto coloca el lecho con todas las vestiduras, con la espada abandonada y la efigie del marido. Bien sabe a dónde se encamina. Altares hay en torno. Una hechicera, suelto el cabello, con voces atronadoras a cien divinidades apellida: Erebo, Caos, Hécate triforme y el triple rostro de la virgen Diana. Primero vierte agua, que parece la fuente del Averno; luego toma unos tallos verdes, segados con segur de bronce a la luz de la luna y que una leche de veneno letal destilan; y por último un mechón cortado de la frente de un potrillo, arrancado a las ansias de su madre.

Elisa, con el vestido desceñido y un pie desnudo, en sus manos piadosas ante las aras presenta la mola. A la vista de la muerte, por sus testigos pone a los dioses y a los astros, conocedores de su lamentable hado; y si algún numen en su guarda tuviera a tan desgraciada amante, le suplica que, justo brazo del destino, le ayude entonces. A Barce, la nodriza de Asdrúbal, dice:

-Ve, querida, que Hiarbas pronto me busque aquí; que antes rocíe con agua lustral su cuerpo, y que traiga con las víctimas los dones que fueron prescritos; que así venga, y tú también ciñe tus sienes con las ínfulas. Quiero, dile, poner fin a los ritos ya empezados a honra de Jove Leteo, y con ellos dar un término a mi afán, al ver las llamas cebándose en los restos de aquel descendiente de la estirpe de Agenor.

Aprovecha Elisa y se lanza al patio del palacio. Presa de súbito furor, de un vuelo sube la grada de la pira. Está en su cima cuando las llamas son más altas. La espada desenvaina, no destinada a tan fatal intento. Sobre el lecho nupcial se tiende, y grave pronuncia estas palabras:

-He vivido mi vida, el noble curso que me abrió la Fortuna he recorrido. He levantado una gran ciudad; sus regios muros, los míos, vi surgir. Vengué a mi esposo y castigué a mi hermano por su crimen.

Al oírla hablar así, Hiarbas teme lo peor. Se apresura a contener la furia de Elisa, que contra su vida atenta. Se abalanza entre los presentes y escala la pira. Cuando abraza a Elisa para inmovilizarla, el hierro espuma con su sangre, sus miembros se desatan. Lo ven las doncellas desplomarse sobre la espada. Pudo entonces Elisa oír a su hermana llamarla a gritos por su nombre. Desmayada de terror, lastimándose el rostro con las uñas y con los puños el pecho, Ana corre en auxilio de Hiarbas. Contra el seno lo acaricia moribundo y restañar quiere, entre abrazos y gemidos, los brotes de la sangre con sus ropas. Inútil su piadosa cura, inútiles sus maldiciones y lamentos.

La muerte de Hiarbas las llamas de la hoguera consumaron. Fiel a la memoria de su marido, había eludido Elisa el matrimonio con quien tanto la hostigaba. Por haber actuado de esta forma, sus acompañantes la divinizaron, y sus descendientes conservaron su culto hasta los últimos días de la Cartago púnica.

Los elementos comunes del final del relato remiten a la arquitectura original tiria, que combinaba templo y palacio, e incorporaba espacios destinados a servir a los ritos semíticos más característicos, como los jardines evocadores de bosques sagrados. Al contrario, es muy probable que sea un anacronismo adjudicar el primer templo de la ciudad a Astarté. Sería mucho más verosímil su dedicación a Melqart. Con el tiempo, el templo del dios tirio edificado en Cartago, de cuya existencia los testimonios son reiterados, será también en la colonia el lugar donde se concentren las actividades que son una parte imprescindible de este relato.


Orígenes de la República II.1.1

Gastón Barea

Sobrevivía entre los tirios una creencia: que en tiempos de la guerra de Troya, antes de que terminara el segundo milenio que precedió a nuestra era, los príncipes de las ciudades fenicias tenían por costumbre sacrificar a sus hijos más queridos. Actuaban así en casos extraordinarios, como la guerra y los otros desastres que causan las calamidades humanas, en honor de un dios cuyo nombre era El. Su mito lo representaba como un monarca que había reinado sobre su país y había sido padre de un hijo, nacido de su unión con una ninfa coterránea llamada Anobret, al que por los signos que lo distinguían había llamado Ieud o Ieoud, nombre que entre los antiguos semitas estaba reservado a los unigénitos. En el transcurso del reinado de El, ante una inminente amenaza al país, para conjurar la adversidad el rey preparó un altar, impuso a su hijo los atributos de la condición que el destino había cargado sobre sus hombros y lo sacrificó. Muerto el padre, gracias a los méritos a los que por su crueldad se había hecho acreedor, ganó la condición divina y fue reconocido en el astro que después representaría a Cronos.

Tomando autoridad de este precedente, a El quedó asociada la idea de que el sacrificio de una vida humana cuando empieza es una renuncia tan alta que a los dioses puede arrancar las más generosas decisiones a favor de los hombres, aun tratándose de los trances más inopinados. Para sucesivas generaciones, cuando entre los fenicios ocurrían grandes calamidades, fueran guerras, pestes, plagas, sequías o desabastecimientos, los príncipes de sus ciudades se atenían al deber del sacrificio de alguno de sus hijos, más aún si eran de los más queridos. Lo presentaban al dios con el deseo de apaciguar los demonios vengativos, convencidos de que actuando así evitaban la destrucción de todos. Los elegidos eran inmolados en el curso de una ceremonia misteriosa, una parte de la cual consistía en degollarlos.

A partir de entonces esta manera de proceder se convirtió en costumbre. Llegadas las adversidades habituales, la aristocracia fenicia, que mantenía la creencia en aquella manifestación divina y en las exigencias que le convenían, frecuentó el sacrificio en su honor de los hijos más hermosos de las mejores familias, y la historia de los semitas del Líbano se llenó de esta clase de celebraciones.