Clases de campesino

Geneviève Valparaíso

La promoción de una labor, la empresa para la producción de cereales de orden superior, según quienes en 1768 escribieron Informes para el Expediente de la ley agraria, en el sudoeste exigía una inversión alta. Creían que para iniciar una no solo era necesario mucho caudal, sino que además hacía falta otra actividad que la sostuviera, si quien había tomado la iniciativa pretendiera además mantenerse como productor de cereales.

     Muy pocos eran los capacitados para hacer la economía que permitiera disponer del fondo con el que iniciar una labor. Cualquiera que trabajara en el campo, si quería prosperar, tenía que seguir un cursus penoso y lleno de dificultades. Adquirir la condición de labrador le obligaba a subir, peldaño a peldaño, desde la condición campesina más modesta. Tenía que empezar como pegujalero; si la fortuna le favorecía, pasaría a pelantrín o ranchero y, por último, si era previsor y actuaba con toda la templanza que sobrevivir en la selva de los negocios exigía, alcanzaría la condición de labrador. A quien lo intentaba desde abajo no le cabía mucho más que resignarse a las normas para la promoción personal que el comportamiento rural había impuesto.

     Es probable que todos los que opinaban de aquel modo partieran de prejuicios cargados con la habitual desconfianza hacia quienes aspiraban a destacar sobre sus semejantes. Pero también todos, cuando tomaron casos para demostrar que la escala campesina realmente operaba en los pueblos, ilustraron el penoso curso de la experiencia con la descripción de estados, un principio de método que supone que el análisis transversal puede ser suficiente para dar cuenta de hechos cuya observación  necesitaría reunir una secuencia de años.

     De un lugar de la región, cuyo patrón era la abundancia de aspirantes a emprender cada año una explotación propia de cereales, para estimar su demanda de tierra uno de aquellos informadores partió de que en ella había un labrador de seis yuntas, dos labriegos de cinco, cuatro de cuatro, seis de tres, ocho de dos, trece de un par de bueyes o mulas, cuatro de dos cangas de jumentos, veintiocho de solo una canga también de jumentos, doce pegujaleros sin yunta y noventa y siete jornaleros, braceros y vecinos asimismo sin ganado de labor. En total, ciento setenta y cinco demandantes de tierra para sembrar cereales.

     Los escalones superiores de aquel orden campesino estarían marcados por diferencias que las cifras no siempre sostienen de manera convincente. La que hay entre labrador y labriego la define la posesión de una sola yunta de bueyes, mientras que el recorrido de la escala de los labriegos va desde las cinco yuntas hasta una canga de asnos.

     Pero el criterio para segregarlos está claro. Transitar de una clase a otra sería solo una cuestión de clase y cantidad de animales de los que dispusiera cada cual. En los primeros escalones de la jerarquía las diferencias las marcaba la posesión por pares de animales de labor de tres especies de potencia decreciente, lo que a su vez fijaba la jerarquía campesina en tres grupos sustantivos: labrador y labriegos que poseen bueyes, labriegos que poseen mulas y labriegos que solo poseen asnos.

     Como quien poseía seis yuntas de bueyes ya estaba capacitado para ser considerado labrador, completar el curso que permitía llegar hasta esa cima en aquella población sería tan fácil como acumular entre una y cuatro yuntas de bueyes. No obstante, según proponen como principio los autores de los Informes, antes habría que empezar por poseer una yunta de asnos, luego dos, y de ahí saltar a la yunta de mulos o bueyes. Sería cuestión de ahorro y paciencia.

     La permanencia en el estado intermedio, el de labriego, a juzgar por la nomenclatura a la que se recurre, en aquel lugar haría largo y competido el trayecto ascendente, mientras que perder la condición de labrador sería fácil. Podía ser obra del azar. Bastaría con que a quien ya poseyera cinco yuntas se le muriera un buey.

     La inclusión de los pegujaleros entre los campesinos necesita una explicación, dado que carecen de ganado. La fuente añade que son los negociantes los que disponen de dinero bastante para invertirlo como pegujaleros en el cultivo de los cereales. De donde podemos deducir que los pegujaleros de aquel lugar, que no serían solo negociantes, porque la voz era compatible con la que los distinguía, en una parte eran campesinos transitorios provenientes de la actividad comercial. Como carecían de ganado propio, se verían obligados a servirse del ganado de fuerza ajeno para mantener sus explotaciones.

     Al margen, aspirarían a campesinos otros que tampoco poseían ganado de labor, y que por tanto también tendrían que actuar como pegujaleros. Una parte de ellos serían activos agrícolas, los jornaleros y braceros, pero también había vecinos que aspiraban a disponer de tierra para sembrar cereales sin ser activos agrícolas, entre los cuales, según sus relaciones, había pastores, artistas y arrieros. En otras ocasiones, los Informes también citan como aspirantes a pequeñas cantidades de tierra un sacristán, un cirujano, sastres, zapateros y otros artesanos. Para ellos sus respectivas actividades no eran una fuente de renta satisfactoria, por lo que aspirarían a la agrícola como complemento. Cualquiera de ellos, si conseguía abrirse un hueco entre las explotaciones de cereales de un año, como también carecía de ganado, ascendería momentáneamente al escalón campesino inferior, el de los pegujaleros, tal como los negociantes.

     Entre todos componen los estratos del campesinado de aquella población, que se ordenan, a partir de tres tipos de campesino, en una estrecha franja de labradores, una de tránsito, bastante más dilatada, de labriegos y la más concurrida y heterogénea, la de pegujaleros.

     En otra población del sudoeste, de poco más de doscientos habitantes, también elegida como paradigma, el redactor de uno de los Informes, para ponderar el valor relativo de las empresas dedicadas a producir cereales, a todos los campesinos los identifica como labradores, solo que de cuatro clases. De cuatro arados o yuntas hay dos, dice, de tres uno, de dos seis y de uno veinte. En total, veintinueve, mientras que los jornaleros son solo diecinueve.

     La condición de jornalero, en este lugar, parece excluyente de quienes forman el campesinado, a diferencia de lo que ocurría en el otro. Pero los criterios para jerarquizar a quienes forman parte de él son los mismos, solo que aplicados de manera sintética. También aquí, para ordenar su jerarquía, era suficiente con tomar como criterio la posesión de una cantidad de parejas de animales de labor, presumiblemente bueyes.

     Los tránsitos desde una posición a otra, aunque marcaran de manera muy definida cada estrato, serían muy abiertos y estarían al alcance de cualquiera de los campesinos porque solo dependían de cantidades de fuerza. Lo facilitaría aún más la equivalencia de yuntas y arados que acepta el informante.

     Es verdad que la identidad estanca el método. El ganado de labor es más sensible a los cambios porque es perecedero, aunque amenace permanentemente con desestabilizar el criterio yunta como referente de clase. Pero el arado, un elemento obligadamente estable del capital campesino, amplía las posibilidades analíticas. Permite reconocer la adquisición de un lugar en la jerarquía como un hecho consolidado.

     Si arado y yunta son intercambiables o se sustituyen mutuamente, como la descripción permite suponer, la jerarquía campesina en este caso incluiría la posibilidad de un flujo de posiciones adquiridas que pasaría por tres estados posibles: el labrador que posee yuntas y arados, el labrador que solo posee yuntas y no ha consolidado un número de arados y el que solo posee arados. No todos los estados parecen igual de probables, pero concebidos sucesivamente podrían ser expresivos de pasos en dirección a la decadencia del estado de labrador que se hubiera adquirido, y que sin embargo permitiría mantenerse aún en posición campesina.

     Además de estas dos descripciones integrales, se encuentran dispersas en los Informes afirmaciones ocasionales expresivas de las aptitudes requeridas a los aspirantes a agricultor. Hablando en los términos más generales, hay quien se emplea en precisar un cálculo del número óptimo de labradores a partir del tamaño de la población. Estima que, si una es de trescientos vecinos, la proporción racional correspondiente es que haya en su término entre cuarenta y cincuenta labradores. Puede ser un índice útil para cualquier comparación. Pero al referirse a la totalidad campesina como labradores, tal como en la segunda población que hemos analizado, nada descubre sobre sus clases.

     Otro afirma que la multitud de labrantines y pegujaleros no puede incluirse en la clase de los labradores porque los que más, a lo sumo, tendrán entre seis y ocho yuntas. Luego, según su criterio, el intervalo de seis a ocho yuntas marcaría el tránsito entre la condición de labrador, por un lado, y las de labrantín y pegujalero juntas, por otro, lo que sitúa el escalón de acceso al nivel superior del campesinado en un lugar algo más alto que el adjudicado por cualquiera de los dos estados precedentes.

     Pero es al otro extremo de la jerarquía donde se concentra el interés por marcar el límite de las aptitudes de los que se esfuerzan por ser agricultores. Unos precisan que pequeño labrador es el que tiene entre dos y cuatro yuntas, y añaden que el número de labradores de entre dos y cuatro yuntas no es significativo en la región. Este intervalo sería el dominio pleno de los que en otro lugar se llamaban labriegos, quienes según este criterio no serían algo muy distinto a los que en otros sitios llaman pelantrines, de los cuales se dice que son los disponen de dos o tres yuntas.

     Quienes se aplican a la definición más precisa del límite inferior de esta clase campesina insisten en que las dos yuntas de bueyes marcan el acceso a la condición de pelantrín porque imponen el límite admisible para una labor suficiente. Para quienes poseyeran yuntas, dos, insisten, era el número sobre el que se podía sostener la autonomía económica.

     También hay quienes se concentran en llamar la atención sobre lo que aparenta ser paradójico, que haya empresas sin tierra cuyo único capital es el ganado, algo que en realidad, como hemos comprobado, es denominador común para la definición de cualquiera clase campesina antes de tener en cuenta el acceso a la tierra de cultivo.

     Es un hecho consolidado en la región, según reiteran en sus textos, que haya campesinos cuyo único patrimonio es una, dos o tres yuntas, y entre ellos la inmensa mayoría solo tiene una y es de ganado menor. Quienes acceden a ese estado se esforzarían para que su capital mínimo fuera un par de cabezas porque así lo exige el arrastre de los arados y el tiro de los carros.

     Todavía alguien decidió definir la categoría inferior de los que aspiran a poseer una yunta. La integran, según dice, quienes tienen media yunta, cuya capacidad de cultivo, aun siendo la mitad de quienes disfrutan de yuntas enteras, puntualiza que es superior a la del pegujalero, una consideración que redundaría en la idea de que pegujalero era el campesino que carecía de ganado de labor y aun así se interesaba en la producción de cereales.

     Para estimar el número de empresas de cereal y discriminarlas por tamaño, los arbitristas de 1768 recurrían insistentemente a un criterio muy definido, el número de yuntas o su correspondiente arado, que concentraban el valor de los medios o capital mínimo del que disponía cualquier proyecto de explotación. A partir de este método, se concentraron en examinar las condiciones y marcar las etapas del curso campesino en sus orígenes, en los escalones más bajos. Como propuesta para abordar el problema del flujo, es algo bastante más asequible que dirigir el análisis a la  capitalización fuerte que argumentaron los que hablaron en los términos más generales. Al método que estos arbitristas aplicaban a la definición de las clases campesinas se le podría objetar, sin embargo, que para ilustrar algo que ellos mismos reconocen como lleno de obstáculos y complejo, simplifican en exceso al recurrir como casos ilustrativos a poblaciones demasiado simples.


Supervivencia de la servidumbre

G. Valparaíso

Gracias a la hospitalidad que confirió a la miseria, ha sobrevivido, en el medio rural del sudoeste, el comportamiento servil.

Las condiciones legales a las que se sujetan las relaciones hace tiempo que excluyeron su reconocimiento. Si, pasados los siglos, todavía, quienes se ven sometidos a condiciones laborales onerosas, lamentan sentirse esclavizados, aunque sufran las consecuencias de la desigualdad que está en el origen de cualquiera de las de esta clase, nunca podrán decir que se vieron sometidos a ella sin que su voluntad participara en la decisión que los ha conducido al estado en el que se ven obligados a subsistir. La condición necesaria de cualquier clase de servidumbre, la que consiguió perpetuarse durante los siglos medievales y modernos, es la sumisión voluntaria a la sujeción subordinada.

Esa voluntad, sea lo que quiera la ley, no se ha extinguido. Entre nosotros, hay quienes persisten en entregarse a otros sin condiciones; de quienes esperan, a quienes se confían.

Por lo que he podido averiguar, el tránsito por las condiciones materiales de la subsistencia a fines de la época moderna contribuyó a salvar el germen de miseria que insiste en brotar como servidumbre genuina generación tras generación. Las condiciones a las que se resignó el trabajo con escasos medios, en explotaciones agropecuarias minúsculas, localizadas donde quienes disponían del uso controlado del espacio decidían, salvaron la aceptación de la miseria. El deseo que mejorar las condiciones materiales de la existencia fue el cómplice de la sumisión a unas posibilidades de crecer  tan remotas que ni el trabajo más intenso era capaz para deducir en favor del resignado el beneficio que le permitiera abandonar su condición.

La persistencia de aquellas condiciones, la imposibilidad material de escapar de aquella trampa, a una parte de quienes apostaran por aquella posibilidad los llevaría a rebelarse. Solo así saldrían del círculo de la miseria. A otra parte la condujo a someterse a la tiranía de una esperanza que se resistía a extinguirse.

Fueron estos los que a quienes les permitían seguir consumiendo sus vidas en las condiciones más miserables los siguieron llamando señor, mi señor, mi amo, aunque en su conciencia existiera un rincón en el que les estaba permitido maldecir a quienes les sometían. Aquellos siervos consentidos nunca han renunciado a su patrimonio de miseria humillante, y, valiéndose de las leyes de la herencia, se han reencarnado en quienes siguen complaciéndose en vivir encadenados.


Explotaciones mínimas

G. Valparaíso

Las explotaciones mínimas, que sumaban entre las tres cuartas y las cuatro quintas partes de todas las de cada año, eran un sector consolidado de la agricultura de los cereales. Buena parte de los observadores creen que estas empresas solo ambicionaban satisfacer el autoconsumo. Como la mayoría se organizaba sobre parcelas segregadas a las unidades de explotación de mayor tamaño, en otras ocasiones parecen subsidiarias de ellas no solo en el espacio. Por el momento, hasta donde alcanza mi información, no parece que haya sido argumentada de manera convincente ninguna de las dos posibilidades, lo que obliga a mantenerse atentos a los movimientos desde cualquiera de las dos posiciones.

     Su potencia, y por tanto su alcance, lo puede expresar del modo más directo el tamaño de las parcelas que tomaban, y luego el número de parcelas que sumaran para componer cada pegujal; porque pegujal era el nombre que convenía a esta modalidad de empresa, la más modesta. La documentación de la época deja muy claro que pegujal es empresa, y es por tanto una denominación que pertenece al mismo dominio semántico que labor. Labor y pegujal fueron los dos polos del sistema de empresas para producir los cereales, y entre ambos atraían prácticamente la totalidad de las iniciativas. Puede resultar tedioso detenerse en detalles de tamaño, pero es imprescindible si se quiere tener al menos criterio relativo para valorar cualquier de las dos posiciones.

    Sobre el tamaño de las parcelas, es posible reunir testimonios coetáneos desde diferentes puntos de vista. Si aquel universo es observado a partir de las 103 descripciones de trabajadores del campo que alcanzaban a organizar aquellas empresas, registradas en 1771, el tamaño de la parcela tenía como mínimo 1 fanega de superficie y como máximo 10. Las frecuencias de los valores extremos del espectro son escasas, dos en cada caso. Basta con llegar a la segunda posición del rango, la parcela de 2 fanegas, para que se incremente notablemente la frecuencia. El grueso de las parcelas queda comprendido entre las 2 y las 4. De las 103, nada menos que 77 están comprendidas entre esos márgenes tan próximos, tres cuartas partes de los casos. La parcela más representativa en absoluto es la de 3 fanegas, 34 casos, un tercio. No obstante, la superficie de la parcela media (402.5 / 103 = 3,91 fanegas) está más cerca de 4 que de 3. De todo lo demás, comprendido entre los valores enteros 5 y 8, solo las parcelas de 6 y 7 fanegas tienen cierta significación, en torno a la vigésima parte. Los tamaños fraccionarios (2 ¼, 4 ½, 6 ¾ y 8 ½ fanegas) son singulares.

     La superficie de nueve parcelas cedidas en un cortijo a pegujales en 1756 estaba comprendido entre 2.5 y 12 fanegas. Sus valores estaban muy dispersos: 2.5, 3, 6, 6.5, 8, 9, 11 y 12. Solo el valor 8 se repetía. Algunos años después, la superficie de las parcelas cedidas para el mismo fin en el mismo cortijo tuvo como mínimo 1.92 fanegas y un máximo de 12.75. Más de la mitad, hasta un total de 81, estaba comprendida entre 2 y 4 como valores enteros (de entre 2 y 2.99, 21; de entre 3 y 3.99, 27; de entre 4 y 4.99, 33). Si se suman las comprendidas entre 5 y 6 (de entre 5 y 5.99, 16; de entre 6 y 6.99, 24), que eran 40, algo más de una cuarta parte, se llega a proporciones muy altas, casi nueve décimas partes de todas las sorteadas. Luego todas las de mayor tamaño, que fueron 17 (de entre 7 y 7.99, 5; de entre 8 y 8.99, 5; de entre 9 y 9.99, 4; de entre 10 y 10.99, 1; de entre 12 y 12.99, 2), carecían de importancia para el fenómeno. La de 1.92, o 1 fanega y 11 almudes, era por completo anómala, única.

     El tamaño de las parcelas que describen las estadísticas de los cortijos que se cedían a pegujales en todo un término oscilaba entre límites más amplios. Las había que superaban las 20 fanegas y también las había de solo 1, pero las dominantes eran parcelas de 2, 3 y 4 fanegas, aunque quizás sea más acertado decir de 3, 2 y 4, porque este era el orden de la frecuencia con que aparecen. La diferencia que había entre sus valores solo permite afirmar que 3 fanegas, con algo de distancia sobre los otros dos valores, era el tamaño de la parcela preferida para organizar el pegujal. Un segundo grupo de valores elegidos para crearlo lo marcaban las 6 fanegas, y algo por debajo las 5 y las 8. Aparte estos, solo resultaban por último significativas 1 y 12 fanegas.

     Aunque número de parcelas y número de pegujales eran cifras muy próximas, era mayor el primero que el segundo. Lo común era que un pegujal se constituyera sobre una parcela nada más. En plena segunda mitad del siglo décimo octavo, en una proporción que oscilaba entre un 90 y un 95 %, cada parcela daba origen a una empresa personal distinta, a cada parcela correspondía un explotador y solo un explotador; unas  proporciones que corroboran las declaraciones de 1771. Para casi diecinueve de cada veinte trabajadores del campo que se arriesgaban a esta forma de explotación, que eran la masa de quienes emprendían pegujales, bastaba con una parcela para acometer la empresa.

     Pero había personas que tomaban más de una parcela para crear su pegujal. Apenas la décima parte de quienes los emprendían en 1741 se atrevían con más de una, mientras que en años posteriores a 1750 solo para un vigésima parte de las parcelas que se cultivaban el teniente se repetía. Uno de ellos acumulaba tres parcelas; los demás, dos. En 1771 se constituían sobre más de una parcela una proporción algo por encima de la vigésima parte. Para estos casos, las situaciones más documentadas eran dos. Bien había quien tomaba dos parcelas o bien había quien se hacía cargo de tres. Los que tomaban dos eran entre el doble y las dos terceras partes de los que tomaban tres. Muy raramente había quien tomaba cuatro.

     Cuando se trataba de tierras de ruedo las proporciones se desviaban algo del comportamiento común. De los 100 agraciados con las suertes del cortijo a pegujales entre 1767 y 1772, 28 accedieron a más de una parcela, lo que supone una cuarta parte. Sus ventajas quedaron comprendidas entre 2 y 4 parcelas. Tuvieron dos, 21, tres, 3 y cuatro, 4.

     Por tanto, en modo alguno serían significativas las explotaciones sobre más de dos parcelas. No sería característico de este tipo de empresa constituirse sobre más de una, sí excepcional mantenerse sobre dos, y en modo alguno propio del modo simultanear tres o más. Aunque no fuera preciso, y sea preferible evitar que una idea se confunda con la otra, también parece legítimo que en la época se hablara de pegujal para expresar indiferentemente parcela y empresa.

     Consideremos un rendimiento tipo de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, que en más de una ocasión hemos aceptado como representativo de los que se obtenían en pleno siglo décimo octavo. Si tomamos como pauta el pegujal organizado sobre una parcela, que abarca la práctica totalidad del fenómeno, y tomamos como límites representativos del universo de los tamaños los valores 1 y 12, las cosechas obtenidas por los pegujales quedarían comprendidas entre las 10 y las 120 unidades de capacidad. Las más frecuentes serían las cosechas de 20, 30 y 40.

     En esta misma página se han analizado niveles de consumo de hacia 1750, y se ha aceptado como representativo un consumo por persona y día de 1.6 libras de trigo, un valor equivalente a 0.0133 de aquellas unidades de capacidad. Si una persona come al día 0.0133, al cabo de un año consumirá 4.8545 fanegas. Luego el consumo de una familia de dos personas sería 9.7090 y el de una con cuatro, 19.4180. Estos cálculos se pueden mejorar y matizar por edades. Pero para los fines que nos proponemos son una pauta suficiente.

     No se puede concluir con una respuesta simple a si las explotaciones mínimas estaban destinadas al autoconsumo o se podían proponer otros fines. No es necesario prolongar los cálculos para reconocer que casi todas aquellas explotaciones podrían aspirar a cubrir las necesidades de grano de una familia durante un año. Sería un objetivo inmediato especialmente entre quienes acometían pegujales sin ser trabajadores del campo. Para ellos sería una actividad suplementaria que podría garantizar al menos una parte de la defensa que necesitaran frente al desabastecimiento y las carestías.

     Pero estos eran solo una cuarta parte de los promotores de esta clase de empresas. Los otros tres cuartos, que eran los trabajadores del campo, podrían aspirar a otros objetivos. Entre ellos, las partidas se jugarían en el espectro comprendido entre las 20 y las 40 fanegas de producto. Con 40 se podría disponer de un excedente bruto de la mitad del producto, que incluso permitiría aventurarse en ocupar algunas de las posiciones más modestas del mercado del cereal. Con 20 también se podrían cubrir las necesidades de una familia tipo. Pero de ninguna manera se podría hacer frente a los costos de la empresa mínima, entre los cuales los había tan irrenunciables como el pago de la cesión de la parcela, la inversión en simiente, la alimentación del ganado propio y el diezmo. Para obtener un producto de 20 fanegas no tendría sentido invertir en un pegujal.

     Como para organizarlo el recurso previo común era una cabaña de labor propia, empleando este recurso los poseedores de pegujales podían desempeñar un papel subsidiario que les permitiera hacer frente a un tiempo a los costos y a las necesidades del consumo familiar. El suministro de servicios, y en particular el de porciones de la energía que cada año necesitaba la agricultura de los cereales, podía ser una oportunidad que los hiciera razonables. Aun así, los más incautos, que eran la mayoría, solo sembraban en sus pegujales trigo, mientras que otros, los más calculadores, preferían emplearlos en obtener alimento para el ganado de labor, bien cebada bien legumbres.


Los recursos humanos de los campesinos

G. Valparaíso

Entre quienes emprendían las explotaciones mínimas, de duración inferior al año, porque participaban de las urgencias que extenuaban a la agricultura de los cereales, en pleno siglo décimo octavo, por lo que puede averiguarse a partir de sus propias declaraciones, se había impuesto el matrimonio. Los casados eran más de las cuatro quintas partes. El otro quinto se lo repartían casi por mitad los viudos, que eran algunos más, y los solteros. Luego casi nueve de cada diez comprometidos con aquellas empresas habían recurrido al matrimonio, estuviera vigente o hubiera existido en el pasado.

     Entre pequeña empresa cíclica y matrimonio la identidad era tan alta que es legítimo pensar en su mutua dependencia. Para confirmarlo tampoco es necesario demorarse en especulaciones, lo que por otra parte podría parecer deseo de violentar la información que sobre el curso espontáneo de cualquiera de los dos hechos, gracias a sus palabras, se obtiene. Buena parte de los declarantes atestiguan las aspiraciones materiales que delegaban en sus matrimonios con más claridad de la que podía esperarse, tanta que a veces las expusieron con un lenguaje desnudo. No tengo más caudal que dos fanegas de pegujal, mi mujer y un niño de un año, explicó uno de ellos, mientras que otro, recurriendo a unos términos aún más radicales, declaró: Mi familia se reduce a mi mujer y una jumenta. Para alimento de ella y mis agencias mantengo a mi mujer.

     Tales modos de hablar no dejan mucho margen para dudar del papel que tenía reservado el convenio matrimonial entre los trabajadores del campo que se hacían cargo de las explotaciones marginales. Los comprometidos con pequeñas explotaciones confiarían sus recursos humanos a los proveídos por el matrimonio y su descendencia directa. Sería esta razón la que entre ellos habría impuesto la familia nuclear, absolutamente, supervivieran o no los dos cónyuges. Era más probable que ambos permanecieran vivos, aunque el matrimonio sin hijos era el más frecuente, en una proporción muy próxima a la cuarta parte. A la familia nuclear sin descendientes le seguían, en el orden de las frecuencias, el matrimonio con un hijo, el matrimonio con dos y el matrimonio con tres, que representaban proporciones muy próximas entre sí, algo por debajo de la quinta parte para cada una de las tres posibilidades. Luego la práctica totalidad de los recursos humanos de las familias campesinas estaban restringidos a estos límites. Las demás que conservaran sus progenitores, el matrimonio con cuatro hijos, el matrimonio con cinco hijos y, sobre todo, el matrimonio con siete hijos, eran hechos excepcionales. Las familias nucleares truncadas por la muerte de uno de los cónyuges, que eran la fracción restante, en torno a la décima parte del total, reproducían, descontada su carencia, el patrón dominante. Era más común la viuda o viudo, mitad por mitad, con un hijo, y de cerca, por orden de importancia, seguían la viuda o, con más frecuencia, viudo con dos hijos y el viudo sin hijos. Era excepcional el viudo con cuatro hijos.

     De estos hechos, positivamente informados por las declaraciones, se sigue que toda la esperanza de obtener la energía humana que se pudiera invertir en una de aquellas modestas empresas a su vez dependería inmediatamente de la fecundidad de la pareja, por su parte efecto, antes que de cualquier otro factor, de la edad de los cónyuges.

     Es posible conocer con datos suficientes la del hombre, ateniéndose a las condiciones bajo las cuales ha sido analizada en una entrega anterior (El riesgo de ser campesino). Pero la que tenía la mujer no se puede documentar de manera similar, dado su papel secundario en la formación de las empresas de las que se trata. Aceptando por supuesto que el matrimonio ocurría dentro de los límites de la fecundidad, porque de lo contrario carecería de sentido para quienes pensaban en los términos deducidos, para aproximarse a su potencia el recurso que permite la fuente es la sintonía entre la edad de los dos cónyuges.

     Solo está declarada en veintiocho ocasiones, y su registro puede estar contaminado por los habituales defectos de las antiguas declaraciones de edades. Tan limitado número de casos apenas permite entrever las raíces biológicas que pudieron alimentar la fundación de la sociedad matrimonial de los trabajadores del campo esporádicos campesinos. Pero consiente plantear en términos razonables el problema. Los datos que se obtienen a partir de aquellas pocas declaraciones, suministrados por los responsables de cada familia, permiten al menos detectar los proyectos de inversión de la fuerza natural que podían decidir el futuro de tan comprometidos matrimonios.

     Un mayor compañerismo matrimonial, o mayor proximidad de la edad entre los casados, significaría primero un reparto solidario del peso biológico que había recaído sobre la entente. Es cierto que la que decidía era la edad de la mujer. Pero igualmente el mayor vigor masculino, y por tanto el mayor aprovechamiento posible de toda la fertilidad, correspondería a su mayor potencia, igualmente razón del tiempo de su vida que hubiera transcurrido. Por tanto, la mayor proximidad entre ambas edades permitiría el óptimo de fecundidad por ajuste a los recursos biológicos hábiles. Al contrario, la mayor distancia entre ambos cursos vitales, fuese el femenino el que se hubiera adelantado al masculino o viceversa, incrementaría la amenaza de quebrar la duración del matrimonio, y sus beneficios fecundos, por efecto de la mortalidad.

     Aunque los valores positivos, obtenidos restando a la edad del varón la de la mujer indican una apuesta a favor de la fecundidad femenina, los frágiles datos insinúan que el compañerismo se imponía. El valor tipo de la diferencia es poco más de tres años, y la dispersión de los casos es igualmente indicativa de que se prefería la afinidad de las edades. Las cuatro quintas partes estaban comprendidos entre los cero y los seis años. Cualquier otra distancia, la mitad positiva, la otra mitad negativa, era singular.

     Sin embargo, si bien estos indicios permiten pensar que los obstáculos impuestos por la sintonía entre los sexos no podían ser muy altos, por desgracia, para quienes se aventuraban en aquella clase de empresas, alcanzar una descendencia que suministrara alta cantidad de energía humana era una aspiración severamente restringida. La escueta energía humana invertible en el compromiso empresarial esporádico la expresa con precisión el tamaño alcanzado por cada familia, tal como ha quedado expuesto. No se pude decir que su formación no se hiciera con la esperanza en el éxito del proyecto. Casi dos tercios de la descendencia de los matrimonios que es posible conocer, los que sumaban los que tenían entre uno y tres hijos, demuestran positivamente el deseo de obtener descendencia del matrimonio. Y del otro tercio, o poco menos, el que sumaban los que no tenían hijos, no se puede afirmar que al menos en una parte no orientaran la regulación de su fecundidad en la misma dirección. Pero los resultados vivos remiten a una alta mortalidad infantil, y por tanto al reducido tamaño de la descendencia superviviente que se puede observar. La inversión de la capacidad biológica en la descendencia con aptitud para contribuir con su fuerza al sostén de la sociedad familiar, completado el plazo de la crianza, era defraudada por el riguroso comportamiento de la mortalidad.

     Tal vez las esperanzas, o quizás el mayor éxito, estaban concentradas en la edad del mayor de sus descendientes masculinos. Así lo insinúa el esfuerzo por referirse a ellos, que a veces se extiende hasta la especificación de la edad de los dos primeros. En tales aclaraciones estaría inscrita una noción, probablemente resultado de una idea gregaria, sobre la edad a partir de la cual los varones habidos empezarían a ser útiles, realmente productivos, para las familias interesadas en las pequeñas explotaciones. Se pueden interpretar como la expresión de la conciencia creada sobre las edades en las que, teniendo ya capacidad para ser útiles, los descendientes aún no se habían emancipado, y por tanto estaban en condiciones de contribuir al trabajo que consumía la pequeña empresa sostenida por la familia.

     De ser ciertos estos supuestos, la edad de la emancipación revelaría el umbral biológico a partir del cual se había alcanzado la posibilidad de aprovechar el trabajo de la descendencia. Aunque se mencionan casos desde los 12 años, y para los sucesivos 14, 15 y 16, creo que la frecuencia de las menciones permite suponer que eran los 17 años la edad que las familias campesinas estaban dispuestas a admitir como apta para desempeñar con plena capacidad los trabajos que eran necesarios en una explotación con las características de las que analizamos. Para otros, tal vez fueran los 18 años, pero a partir de los 19 esa conciencia decaía, no obstante lo cual algunos estaban dispuestos a retrasar la edad de emancipación, gracias a que se hubiera adquirido la plenitud, hasta los 22. Por encima de esa edad nadie hizo mención alguna de descendientes vivos que convivieran con sus progenitores.

     Las edades de los hijos de viudo o viuda que se mantenían viviendo con su padre o con su madre podrían por tanto ser una prueba en el mismo sentido y de signo contrario. Aquellos descendientes se pueden interpretar como hombres que habían sobrepasado la frontera de la emancipación, porque ya usaban la fuerza que les permitiría sostenerse por cuenta propia, y sin embargo permanecían sujetos al hogar paterno a consecuencia  de las obligaciones familiares que habían aceptado, obra fatal de la muerte. Serían hijos sobrepasados los que convivían con viudos o viudas teniendo 19, 22, 23, 28 y hasta 40 años.

     Todo parece indicar que la familia de los trabajadores del campo con posibilidades de disponer de su pequeña explotación, cualquiera que fuera el estado de su evolución, era una célula biológica del tipo más elemental, la de menores costos posibles, concentrada en garantizar la fecundidad. Estando sus iniciativas económicas destinadas al producto de cereales, y siendo cada familia el medio social mínimo de la demanda de aquel bien, el tamaño de las familias sería el de su consumo al tiempo que el de la generación de sus recursos laborales. Fundadas por principio como sociedades, en los asuntos biológicos se comportarían como células destinadas a la creación y el reparto de bienes. Su medio natural sería el hogar, donde convergerían y serían distribuidas las energías que cada una generase.


Los servicios prestados

G. Valparaíso

Los servicios que a mediados del siglo décimo octavo se prestaban a las actividades agropecuarias se concentraban en los pegujales, denominación entonces compartida por las empresas menores. En su marco el intercambio de los trabajos era el resultado de una  perentoria confluencia de carencias mutuas que estaba bastante extendida.

La roza

En los cortijos cuya superficie de más calidad se había reservado a labor propia, cuando terminaba el año agrícola precedente ya estaban emprendiendo los trabajos preparatorios de la parte de sus tierras que iban a destinar a pegujales durante la campaña que seguiría. A principios de septiembre ya estarían rozando el haza donde serían localizados. Es muy probable que estos trabajos hubieran comenzado terminando agosto, y que transcurrida una semana de actividad se iniciara su segunda fase, que se prolongaría de manera intermitente hasta fines de septiembre al menos.

     Aquel trabajo se proponía eliminar de la parcela de cultivo cualquier competencia que la vegetación espontánea pudiera oponer a la semilla de trigo que, a continuación, debía sembrarse. Aunque para fechas tan avanzadas los rastrojos, que ya habrían sido aprovechados por el ganado, como máximo durante un par de meses, podían ser las primeras víctimas de la roza, el sentido de aquel trabajo ya sería sobre todo eliminar la vegetación espontánea crecida desde la siega, que en el leguaje de la fuente simboliza el cardo silvestre, muy abundante en la zona. Por una de sus alusiones posteriores, se averigua además que del complejo de vegetación espontánea condenada también formaba parte la biznaga, otra planta xerófila, igualmente crecida mientras la tierra permanecía sin cuidados.

     Cuando se emprendía la segunda fase de la roza, consumada ya contra rastrojos, cardos y biznagas, la actividad se concentraba en tierras eriazadas, en otras que directamente eran denominadas eriazos y en parte de los barbechos que habían quedado preparados antes del verano, lo que demuestra que la decisión definitiva sobre las tierras que se pondrían en cultivo para que fueran trabajadas como pegujales, en algunos casos al menos, sobrepasaría el volumen de las que se hubieran barbechado en los meses precedentes, y que se tomaría cuando ya estaba cerca el momento de proceder a la siembra, próximo a colmar la demanda de esta clase de explotaciones. En aquellas vísperas de la nueva campaña, si era consentida la presión de los aspirantes a tierra para obtener cereales, aunque fuera en cantidades modestas, habría casas que aún optarían por la expansión, y sus responsables decidirían que una parte de las tierras mantenidas en reserva pasaran directamente del eriazo a la sementera.

     Para eliminar todo el complejo vegetal indeseado era habitual que se recurriera a un procedimiento muy primitivo, vigente durante siglos en las tierras del sudoeste. Consistía en acabar con él incendiándolo. Era muy barato y se aceptaba que a la vez era fertilizante del cultivo posterior por obra de la ceniza que quedaba sobre la parcela. Probablemente era un sucedáneo del abonado, y más aún una coartada para no invertir en estiércol, un suministro caro, de aplicación selectiva, sobre todo por los gastos a los que obligaba su transporte a la parcela que se quería potenciar. Que tal vez se actuara de esta manera tan expeditiva permite sospecharlo la cantidad de esfuerzo que se invertiría en este trabajo, solo la que sumara a diario una frágil cuadrilla, compuesta por un manijero y entre uno y cuatro jornaleros, durante el tiempo que se prolongara la actividad, aproximadamente un mes.

     Gracias a esta práctica, podemos estar seguros de que la roza era un trabajo que necesitaban los pegujales, pero que no era un servicio que prestaran campesinos a campesinos. No constan documentos que demuestren que fuera contratado entre quienes se hubieran comprometido con medios mínimos. Su roza solo se detecta en los pegujales que estaban alojados en los cortijos que al tiempo mantuvieran labores, donde una parte de las pequeñas explotaciones eran el lote apartado para completar la remuneración del trabajo de los temporiles.

     Como el análisis de los pegujales en los cortijos con labor dominante demuestra que, además de los reservados a estos trabajadores, existirían otros cedidos a campesinos sin esa condición laboral, no se puede excluir que los trabajos de la roza de los pegujales, que se hacían al mismo tiempo que los que demandaba la labor, fueran satisfechos por la casa a todos los que a ella se hubieran acogido, recurriendo a sus abundantes medios y hombres, todos jornaleros en este caso. En la tradición de los servicios llegada a mediados del siglo décimo octavo la roza de los pegujales sería pues un trabajo servido por una labor a los campesinos acogidos a su potencia.

Las obradas

Sí eran servicios objeto de transacción entre campesinos, que ellos se interesaban por  elevar a materia de contrato entre las partes, las que se denominaban genéricamente obradas del pegujal. No todos los pegujales que se emprendieran cada año requerirían el contrato previo del servicio de las obradas, como habría los que no recurrieran a contratar rozas. Pero no caben dudas sobre que el de obradas era uno de los servicios más prestados entre semejantes.

     Obradas, en el sentido más general que autorizan los testimonios, podrían ser todos los trabajos sobre la parcela cultivada distintos y anteriores a la recolección. Este compromiso más propiamente era llamado obligación de siembra, e incluso se suscribían documentos en los que con el mismo contenido se acordaban las obradas de la siembra, lo que efectivamente las concentraba en la primera mitad de las campañas.

     En lo fundamental el servicio consistía en que el dador se comprometía a hacer la arada que necesitara la siembra, origen de la actividad productiva de los cereales, con el apero y el ganado de fuerza que tuviera. Sería la sinergia a la que con más frecuencia se recurriría para acumular, cuando se careciera o se necesitara de ellos, los medios energéticos mínimos necesarios para acometer la explotación.

     Cuando se descendía a mencionar los contenidos de aquellos trabajos se acordaban barbecho y siembra. En ocasiones no hay duda de que esta manera de expresarse hacía referencia al compromiso de satisfacer sucesivamente los trabajos tanto del barbecho como del depósito de la simiente en el surco. Con más exactitud, se comprometía el barbecho de dos hierros y la siembra, y con más aún se decía que las obradas empezarían por barbechar de dos hierros para después sembrar de otro hierro.

     No obstante, los acuerdos más descriptivos permiten saber que las obradas se descomponían, a discreción de las partes, en una prolongada serie de operaciones, cada una de las cuales podía ser objeto de prestación de servicios por separado. El acuerdo podía limitarse al barbecho, e incluso, a la vez que se acordaba barbechar, se podía comprometer solo un hierro, o podían contratarse dos hierros indeterminados. Pero cuando se contrataba de esta forma tan directa, había ocasiones en las que se trazaban con precisión la frontera que separaba las operaciones que debían incluir las obradas. Podían acordarse dos hierros de cohecho, la operación inmediatamente anterior a la siembra, o que toda obrada fuera barbechar de dos hierros de cohecho.

     El problema es que para referirse a este acuerdo a veces se podían utilizar las palabras siembra o sembrar con un sentido impropio, o al menos con una imprecisión que no siempre se puede juzgar como involuntaria, lo que injerta en el proceso de interpretación una dosis de ambigüedad que no siempre es posible resolver. Aparte su sentido preciso, es muy probable que siembra adquiriera entre los contratantes de las obradas un valor sinónimo de trabajos previos que la hacían posible. Parece que tiene este valor genérico, y que no incluye el depósito de la simiente en los surcos, cuando se acuerda que el servicio se limite a sembrar de un hierro o a sembrar el pegujal de un hierro, o que las obradas del pegujal fueran sembrar tierra de barbechos de dos hierros. Con un sentido semejante llegó a comprometerse la siembra con dos hierros en la parte de eriazo y con una en la parte de barbecho, junto y hondo, o barbechar y sembrar de tres hierros, dos de barbecho y el tercero de siembra. Sin embargo, no es posible decidir si la palabra sembrar se está utilizando en el sentido que la limita a los barbechos o en el propio que incluye enterrar la simiente cuando se comprometen dos hierros, uno de cohecho y otro de siembra, o pasar tres hierros, de los cuales dos serían de cohecho y el tercero de siembra.

     Pero, más allá de las dudas que pueda originar la ambigüedad con la que se actuaba en algunos casos, es seguro que también se contrataba por separado la siembra del pegujal en sentido propio. Era posible que el sirviente se comprometiera a las obradas de la siembra o al trabajo de sembrar, expresamente a hacer siembra y todavía más explícitamente a sembrar de trigo el pegujal. Tan interesadamente preciso podía ser este tipo de acuerdos que el servicio debido podía describirse como sembrar el pegujal en tierras que antes de acordar la relación ya han conocido el barbecho, de dos hierros exactamente.

     Cuando se acordaba la siembra, además, se hacía referencia a que era responsabilidad de los servidos aportar el trigo suficiente o poner en la besana el trigo. Cualquiera de estas precisiones parece una referencia directa a la obligación que el servido adquiría en materia de financiación de la simiente, lo que habitualmente, para esta escala de las explotaciones se hacía recurriendo al crédito en grano del pósito. Trazar con precisión la línea que separaba la inversión en materia prima de los trabajos de siembra evitaría diferencias sobre el reparto del producto obtenido, y pudo ser una cláusula derivada de otra modalidad de financiación del grano necesario, que se sumaba a la prestación de los servicios. Aunque excepcionalmente, también fue contratado que el servidor pusiera el trigo para la siembra.

     Se acordaba, en los términos más generales, que las obradas habían de hacerse durante el año en curso o, con algo más de precisión, en tiempo oportuno, aunque para una parcela se contrató que se harían a lo largo del mes de abril siguiente, mientras que en otra el trabajo de barbechar debía realizarse durante el año venidero. Cumplir con las fechas previstas para estas obligaciones, a veces, tenía cargas añadidas. Cuando un acuerdo fue suscrito, 16 de enero, en la parcela de la que se trataba había un pedazo sembrado de habas. El servidor tendría que cosecharlas en el momento que fuera conveniente para luego cumplir con las obradas comprometidas.

     En el orden que regulaba las obradas en las labores el barbecho, primer paso de la organización de la campaña siguiente, se emprendía después de la siembra. Si se trataba de las tierras destinadas a pegujales en un cortijo con labor dominante, el calendario de sus barbechos, parte de los mismos trabajos para toda la unidad de producción, se atenía a la cadencia que imponía aquella, aunque se puede sospechar que serían más ligeros. En un cortijo con labor preferente, transcurridos dos tercios de septiembre, todavía ejecutándose los trabajos de la roza, ya estaban barbechando en el haza de los pegujales. Aquel trabajo se mantuvo hasta diciembre. Sin embargo, en las tierras que serían dedicadas a los cereales en la labor, el barbecho, que podía sumar hasta cinco hierros, se prolongó hasta la primavera.

     Pero si el trabajo de las obradas era más perentorio, como pasar solo un hierro, pudo ser común en los pegujales invertir este orden. Contratadas con premura y de manera tan sucinta, harían el barbecho inmediatamente antes de la siembra, como demuestra una parte de los calendarios acordados. Tanto de apresurado e improvisado pudo tener, en una parte de los pegujales autónomos al menos, acometer la explotación, a consecuencia de que la tierra puesta a su disposición podía ser tomada directamente del espacio que antes una casa había decidido no cultivar.

     Las referencias a las fechas en las que había que cumplir con la obligación de sembrar, sin dejar de ser genéricas, eran siempre idénticamente precisas. Las parcelas había que sembrarlas en otoño, llegado el otoño, durante el otoño o en el otoño próximo. Solo excepcionalmente se hablaba de una manera tan indefinida como sembrar en el tiempo oportuno, o se recurría a una expresión aparentemente tan obvia como que la siembra había de hacerse en la próxima sementera.

     Pero el momento justo para efectuar cualquiera de las obradas que se hubieran acordado, fuera el que quisiera el calendario, era siempre el que le pareciera conveniente al servido, luego que avisara al sirviente. En un plazo de entre tres y cuatro días este debía emprenderlas sin demora alguna. Tan solo en un caso se acordó que podía transcurrir un plazo, antes de poner los arados en las tierras que había que sembrar, a contar a partir del momento del aviso, de entre seis y ocho días.

La escarda

Cuando se trataba de pegujales alojados en cortijos, que sobrevivían en una posición subsidiaria a la labor prevalente, con abril llegaba la escarda. Solían ejecutarla mujeres, mientras que en otras parcelas del mismo cortijo escardaban hombres o zagalones. A lo largo de la primera mitad del mes, durante la mitad de las jornadas, un grupo de escardadoras, de un tamaño inestable, la realizó en el haza de un cortijo donde estaban concentrados los pegujales. Pero la documentación notarial también guarda silencio sobre este trabajo. En ningún momento los acuerdos para prestar servicios entre campesinos lo mencionan. Luego también sería una parte de los que las labores prestaban a los pegujales que estaban acogidos a sus cortijos.

La saca

El otro servicio que con frecuencia se prestaban los campesinos entre sí, el siguiente en el orden de las actividades que se sucedían cada ciclo, se formalizaba como obligación de sacar el pegujal. Podía estar más o menos ligado a cualquiera de los precedentes. Como los que habitualmente se intercambiaban eran dos –obradas y sacar el pegujal–, y ambos estaban muy separados en el tiempo, era posible que cualquiera contratara los dos servicios, juntos o por separado, o uno sí y otro no. Así, alguien, cuando contrató la saca, quiso que constara que este trabajo había de prestarse en un pegujal donde el barbecho ya se había ejecutado. Viceversa, la libertad de acción también permitía que se dejara constancia en algunos acuerdos de que el pegujal se sacaría por cuenta propia, una precisión que aproxima aún más a las condiciones en las que se desenvolverían los pegujales más autónomos, los que las fuentes insisten en llamar pegujales sueltos.

     Los trabajos de sacar el pegujal, que consistían en hacer todos los que requería la mies que se había recolectado en las tierras servidas, cuando se precisaban descriptivamente eran alzarlas y limpiarlas de la simiente que produjeren hasta entregarla limpia de paja, según costumbre, una secuencia del servicio que podía identificarse de modo resumido con la expresión sacar el pegujal hasta darlo limpio de pala.

     Lo más corriente, en torno a la mitad de los casos documentados, era contratar la saca del pegujal íntegramente. Pero, como ocurría con las obradas, también fueron requeridos como servicios sueltos todas las actividades relacionadas con la recolección. Se cerraron acuerdos solo por la alzada, una faena que consistía en sacar la mies de la parcela, sobre la que podía comprometerse expresamente hacerla de calidad. Otros delegaron solo la trilla del grano, otro, trillarlo y darlo limpio de pala, otro, solo darlo limpio de pala, y otro se limitó a contratar la limpia de la paja. Y objeto particular del contrato de estos servicios podía ser el fiel que se ponía en la era para fiscalizar las cantidades de grano que se fueran alzando, tal como era habitual. Alguna vez fue contratado que el servido le diera de comer.

     El calendario para sacar el pegujal era más ambiguo que el de las obradas. Se debía completar en la próxima sementera, o simplemente a su tiempo, en tiempo oportuno, lo que asimismo se podía concertar en referencia solo a la alzada. Regía también, para la ejecución efectiva del trabajo, la obligación de satisfacerlo sin demora alguna, una vez que al sirviente se le avisara. Lo iniciaría cuatro días después de avisado o, excepcionalmente, también en un plazo comprendido entre seis y ocho días, para que pudiera preparar todo lo necesario.

     Pero cuando se trataba de pegujales alojados en cortijos con labor, los servicios que se les prestaban en relación con la saca eran más completos. Incluían la siega, que comenzaba a primeros de junio y se prolongaba hasta que terminaba el mes. Para ejecutarla podía ser suficiente con un par de cuadrillas, cualquiera de ellas compuesta con un manijero y cuatro destajeros, en total diez segadores, ninguna de las cuales alteraría su composición mientras durase la faena. Ocasionalmente, en ciertos días de aquel mes, con ellas trabajaría otra cuadrilla más, un grupo de refuerzo con responsabilidades especiales, formado con hasta seis destajeros y su manijero, que al mismo tiempo se dispersaba trabajando en otras parcelas de la labor preponderante.

     Según las cuadrillas iban segando, se iban desarrollando los trabajos de la era. Ya casi mediado junio, empezaría la alzada del producto recolectado en los pegujales, de los que sacaría las gavillas una parte de las carretas de la labor, y el mismo día, con los mulos de la casa equipados con trillos, en la era se emprendería la trilla de la mies que las carretas habían transportado.

     Allí los trabajos eran responsabilidad de los moreros, peones de confianza así llamados por el color que adquiría su piel durante los primeros días del verano. Eran los encargados de voltear las gavillas, una vez abiertas y extendidas, para que fueran trilladas, de acopiar el producto de la trilla cuando aún no se había separado el grano de la paja y de aventar y limpiar el grano. Mientras tanto, algunos respigadores se encargaban de rebuscar el grano que las cuadrillas de los segadores hubieran dejado entre los rastrojos.

     Ya adelantada la segunda quincena de junio, las carretadas de gavillas sacadas del haza de los pegujales habrían sumado un tercio de las que en total se transportarían desde ella hasta la era, y cuando empezara julio el trabajo se incrementaría aún más, hasta alcanzar el máximo de intensidad, como prueba que entonces se concentrara el mayor gasto de aperos de cáñamo, pares de frontiles y ahijadas para las carretas, así como de pitones para sostener los sombrajos. El número de carretas que de los pegujales al principio estuvieran sacando gavillas, en aquel momento se multiplicaría por tres, mientras que el número de los hombres que trabajaran como moreros o entre los rastrojos respigando también se incrementaría en la proporción correspondiente, a pesar de lo cual se juzgaría que la cantidad de gente trabajando era escasa.

El acarreo

El último servicio que entre campesinos era acordado se suscribía como obligación de acarreo del pegujal, aunque probablemente fue el que tuvo menos demanda. Fueron pocas las ocasiones en las que un sirviente se comprometió a acarrear un pegujal, y en algún caso este trabajo incluso se contrató potestativo, si le conviniere al servido. Consistía en poner el grano que se hubiera recolectado en la casa del servido con las caballerías del sirviente.

     También las casas lo prestaban a los pegujales en cortijos con labor. A mediados de junio, las fanegas de trigo recolectadas serían las primeras transportadas, y en este caso el trabajo se limitaría a llevarlas hasta la población, el trayecto que sería común a cualquiera de sus compromisos de acarreo.

La colección de informes sobre los servicios que se prestaban a los pegujales permite presumir que, mientras que en los subsidiarios de labores, porque fueran de temporiles que trabajaban para ellas, o de campesinos a su amparo, roza, escarda y siega eran parte de la transacción acordada con el amo de los sirvientes, en los autónomos quedaban a discreción de cada campesino o cuerpo de campesinos, quienes decidirían con mayor independencia lo que para sus explotaciones en esta materia les pareciera conveniente. Es más probable que la roza fuera hecha por cuenta propia por quienes disponían de los llamados pegujales sueltos. Como podía tratarse solo de incendiar vegetación agostada, era una tarea fácil y muy asequible. También se puede sospechar que el trabajo de escarda, paciente, y reservado a un tiempo de transición, tal vez fuera ejecutado por los propios responsables de cada pequeña explotación autónoma. Y sobre cómo resolverían la siega los únicos indicios que proporcionan los testimonios asimismo son negativos. No hay ninguno de que recurrieran a contratar cuadrillas, por lo que igualmente parece más probable que la completaran con su propio esfuerzo.

     Así quedarían marcadas las diferencias entre las dos clases primordiales de pegujal. Mientras que el de temporiles o de acogidos en cortijos con labor incluiría la prestación de todos los servicios, bajo las condiciones acordadas para la compra del trabajo ajeno, para el que explotaran los campesinos autónomos serían contratados servicios sueltos, a discreción de los necesidades de cada cual, aunque habitualmente no incluirían roza ni escarda ni siega. Los servicios que sí se prestaban habitualmente entre campesinos que disponían del mayor grado de independencia, aún a mediados del siglo décimo octavo, se concentraban en dos de las fases del trabajo propio de las tierras dedicadas a la producción de los cereales, las que en los documentos se identificaban respectivamente como las obradas y sacar el pegujal.

     A garantizarlos estaba destinada una parte de las previsiones que se hacían en los contratos. Si el sirviente no cumpliera con lo acordado, el servido podría buscar a quien hiciera cualquiera de los trabajos pactados, a costa de aquel, al precio que convinieran. Del mismo modo le cabría proceder cuando precisamente los incumplimientos correspondieran a cada uno de los trabajos que estuvieran en el origen del pacto. Cuando el sirviente no hiciera la siembra o no sacara el pegujal, el servido podría buscar persona que hiciera el trabajo, y por lo que costare se podría ejecutar al sirviente, quien debía pagarlo, además de devolver la cantidad adelantada para la ejecución de los servicios contratados, en caso de que se hubiera procedido así.

     Pero si los servicios fueran ejecutados y se dirimiera sobre la calidad de sus resultados, para juzgarla los podrían reconocer dos veedores del campo, autoridades públicas equivalentes en el espacio rural a los alcaldes de los gremios en el urbano, cualquiera de ellos investido con el poder judicial que les cedían los señores del municipio. En caso de que decidieran que no se había alcanzado la requerida, la fórmula más general preveía que el sirviente tendría que pagar los daños y menoscabos sufridos por el contratante, tal como los apreciaran, y sus intereses.


El riesgo de ser campesino

G. Valparaíso

No había mujeres que regularmente se comprometieran en actividades agropecuarias. Menos aún parece que su condición fuera una parte de las relaciones que estaban en el origen de las pequeñas explotaciones de cereales, aunque excepcionalmente optaran por ser sus responsables independientes y autónomas. Entonces ocho de cada diez pequeñas explotaciones eran responsabilidad de hombres que al mismo tiempo trabajaban para quienes los empleaban en cualquiera de las actividades rurales. El riesgo de acceder, en pleno siglo décimo octavo, al grupo de quienes disponían de una pequeña explotación a lo largo de su vida se puede evaluar pues a través de las edades de los varones trabajadores del campo, que eran la mitad de quienes conseguían alguna. Hay un documento que permite conocerlas en un número de casos suficiente para satisfacer los rigores de la representatividad.

     En la población de referencia, el responsable de coleccionar las últimas declaraciones para satisfacer el plan de la Única Contribución, el proyecto fiscal al que se opusieron las instituciones garantes de la preeminencia señorial, las presentadas en 1771, recurrió al tópico jornalero para servirse de él con los fines administrativos que le hubieran confiado. Con aquella etiqueta clasificó unas 2.500 de aquellas declaraciones, una proporción muy alta si se tiene en cuenta que la cifra de los habitantes de la ciudad no alcanzaría los 10.000. El tópico tenía la ventaja de ser sintético, y estaba cargado de una sencilla fuerza dramática, que a sus contemporáneos tal vez les pareciera justa. Expresaba con bastante exactitud que había hombres empleados en las actividades agrarias que para ganarse la vida trabajaban por días, sin estabilidad y percibiendo a cambio de su esfuerzo unas cantidades de dinero muy próximas al mínimo de subsistencia. Las denominaciones que a sí mismos se daban quienes la administración unificaba bajo aquella etiqueta variaban. Unos preferían identificarse como trabajadores del campo, ocasionalmente como temporiles y, solo en la menor parte de las veces, como jornaleros. En unos casos contribuían a las actividades que se sucedían en ciclos inexorables, y en otros se empleaban en una casa como ganaderos, de los animales de labor o de los de cría. Y una parte de ellos, a la vez, explotaba una pequeña empresa agropecuaria, de entre dos y cuatro unidades de superficie en la mayoría de los casos.

     Acepté como punto de partida los cuadernos de declaraciones reunidas bajo aquella etiqueta, tal como habían sido coleccionadas por los gestores del proyecto fiscal, una vez comprobado que sus contenidos eran los mencionados, y tomé nota de 1.245 de ellas, todas las comprendidas entre la A y la L según el nombre del concernido, aproximadamente la mitad de las conservadas. Para esta ocasión, me limito a tener en cuenta la edad de quienes cumplían la doble condición, que el declarante fuera clasificado jornalero y tuviera bajo su responsabilidad una pequeña explotación aquel año.

     Las edades declaradas para entrar a, y salir de, la condición de campesino, siendo trabajador del campo, fueron respectivamente 18 y 70 años. Las dos se pueden aceptar como veraces. 18 era una edad concordante con el comienzo de la plenitud de las fuerzas del hombre. Quienes primero consiguieran acceder a una pequeña explotación lo harían una vez cumplido su décimo octavo aniversario. Franqueado aquel paso, en las tierras del sudoeste, para los hombres que hubieran decidido dedicar su vida activa a los trabajos agrarios, se abriría una puerta que daba entrada al mundo de las explotaciones del tamaño menor, condenadas a ser subsidiarias. Los últimos aspirantes a entrar en él tendrían que contratarla antes de cumplir el aniversario septuagésimo de su vida, momento en el que para ellos estaría indicada la salida, o desistimiento de cualquier posibilidad de sostener una. Los 70 serían una frontera infranqueable porque tras ella la decadencia era segura. La permanencia en aquel mercado era dilatada y extendida. Podía prolongarse durante nada menos que 52 años del tiempo de una vida.

     Pero, así como puede merecer crédito la confesión de los límites de la vida activa de los empresarios más modestos de cuantos se comprometían con la producción de cereales, no es tanto el que se le puede conceder a cualquiera de las declaraciones de edad de quienes eran trabajadores del campo y habían tomado posesión de pequeñas explotaciones a cualquier otra edad. A pesar de lo cual es necesario contar con todas las referencias a esta secuencia vital que haga la fuente, si se desea medir las posibilidades biológicas que a quienes aspiraban a ser campesinos alentarían a ofertarse en el mercado de las pequeñas explotaciones, previsiblemente el más importante de todos los rurales relacionados con el trabajo, porque sería el más concurrido, dado el abrumador tamaño que conceden insistentemente a tal clase de hombres las estadísticas de la época.

     Aunque hay declaraciones de edad, para cualquiera de aquellos momentos intermedios, que son explícitas y muy correctas, aparentemente sinceras, como la de quien dijo tener 44 cumplidos, son más las que reconocen haber cedido a un enunciado poco preciso de su edad. Los más relajados dijeron, por ejemplo, que tenían más de 30 años o 50 sobre alguno más o menos. No es algo que deba sorprender. Cuando las personas han de dar cuenta de esta característica, es común que incurran en evasivas, en formas de hablar que enmascaran cuanto pueden la exactitud, o en dudas sobre la conciencia que del tiempo transcurrido desde su nacimiento ha conseguido salvar su memoria.

     Es posible disponer de indicios sobre los momentos en los que el riesgo de la deformación del tiempo vivido pudo verse incrementado por efecto de las condiciones que impuso la fuente, y no tanto por la voluntad de los declarantes. Las edades más jóvenes, que en este caso son las que quedan por debajo de los 25 años, pueden estar representadas en una proporción superior a la real porque una parte de quienes las declararon, porque ya habían entrado en la edad laboral, todavía eran miembros de una familia cuyo titular era el responsable de la modesta empresa que estaba en el origen de las declaraciones, quien, por su parte, dado que su paternidad se había prolongado, era ya de una edad avanzada. Y ambas, como incursas en las premisas de la observación, las hemos debido tener en cuenta.

     Al menos en parte, este efecto puede estar contrapesado por los casos en los efectivamente el responsable declarado de la pequeña empresa era un joven. Uno de ellos pudo llegar a aquel estado a consecuencia de que el padre fuera de edad excesiva, la superior de las observadas, demasiada para tomar a su cargo la parcela, y otro porque su madre era viuda y no estaba comprometida directamente con la explotación.

     La disparidad y el número de tales casos, fuera uno u otro su signo, son suficientes para tener la certeza de que solo son la parte visible del mismo problema.

     Me propuse paliar cualquiera de estas rémoras, las visibles y las que no hubieran podido emerger a la superficie, que con seguridad serían más, con el agrupamiento quinquenal de las edades. Aunque no las absorbería todas, y no podría evitar que una parte de ellas todavía fuera nociva, “quizás pueda valer la pena –pensé– correr el riesgo de cierta desviación si tomo grupos que como los quinquenales permiten a la vez borrar el efecto y salvar la sensibilidad del medio de observación frente al fenómeno, su capacidad para registrar con precisión, al instante, los cambios, las oscilaciones de un ciclo que podía prolongarse durante más de cincuenta años.” La medida que se obtuviera, aunque estaría algo enrarecida, no menoscabaría la percepción de los hechos que deseaba restaurar: cómo evolucionarían a lo largo de la vida de los trabajadores del campo las posibilidades de acceder con éxito al mercado de las pequeñas explotaciones de cereales, a qué edades las incrementarían, a partir de qué momento retrocederían.

     Así pues, con las edades declaradas, sin corrección alguna, con grupos quinquenales compuse sucesivas tablas de entrada al cultivo de las explotaciones menores desde la condición de trabajador del campo. Tomé como efectivos iniciales de ellas, o universo de los expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, todos los trabajadores del campo cuya edad había identificado gracias a la fuente, 456 de los 1.245 cuyas características había podido registrar. Los 456 habían sido supervivientes a los 15 años porque sus edades estaban comprendidas entre 18 y 77 años, límites que por tanto comprendían las de quienes accedían a la condición de campesino. Nada me impedía actuar de este manera, porque nada indicaba que los trabajadores del campo que no entraban a ser campesinos quedaran sujetos a una experiencia biológica distinta a la de quienes conseguían una pequeña explotación.

     Pero para que las tablas fueran acordes con los riesgos vitales que pretendían incorporar, se hacía necesario eliminar de los 456 el efecto que la mortalidad tuviera a partir de los 15 años, un fenómeno paralelo a las aspiraciones a entrar con éxito en aquel mercado, que antes de que aquella posibilidad se consumara deduciría una parte de los efectivos potenciales y aptos para convertirse en responsables de las empresas agropecuarias mínimas. El supuesto me pareció obligado porque los casos positivamente documentados eran los de quienes habían conseguido acceder a una empresa de aquella clase, y por tanto, antes de alcanzar esa meta, habían conseguido vencer el riesgo de morir a cada edad. Así que a los efectivos expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, antes del cálculo de los cocientes, fue necesario restarle las previsibles defunciones correspondientes a cada edad. Para satisfacer con rigor este objetivo, que solo podía fundarse en supuestos, recurrí a las tablas de mortalidad de la población agrícola que años atrás había elaborado en colaboración con Dante Émerson, después de recorrer decenas de lugares en los que sobrevivía la forma de vida que habíamos decidido llamar agrícola, cuya publicación ha iniciado esta misma página.

     Cuando tomé aquella decisión, daba por descontado que no valía la pena esforzarse en un cálculo del efecto de las migraciones, la otra posibilidad de alteración del tamaño de los grupos de quienes eran susceptibles de disponer de una pequeña explotación. No me parecía que negar esta posibilidad quedara demasiado lejos de los hechos, si las condiciones de la supervivencia no estaban amenazadas por una caída de la producción de los cereales, la circunstancia que en pleno siglo décimo octavo ponía a prueba su radicación, una vez atenuadas las grandes epidemias, que asimismo desencadenaban movimientos de las poblaciones fuera de control. Es verdad que todos los años, cuando caía la demanda regular de trabajo en el medio rural, ocurrían salidas, así como en el momento de la máxima necesidad de fuerza humana las entradas se incrementaban. Sin embargo, cualquiera de los dos movimientos, se contrapesaran o no, eran estacionales y de retorno, y no tendrían efecto sobre los comportamientos estables que deseaba conocer. Y ni aun en el caso de que la frecuencia de las caídas de la producción de los cereales fuera muy alta, e ignorar los movimientos migratorios de cualquier tipo añadiera el riesgo de una observación deformada, tendría demasiado sentido persistir en plantear la posibilidad. La parte de cada población sujeta a los riesgos de las migraciones era siempre la menor. Jugar a poblaciones cerradas, cuando se trata de poblaciones agrícolas, es siempre jugar sobre seguro. La mayor parte de aquellas poblaciones era siempre conservadora y no se movía, salvo en las situaciones excepcionales que se han mencionado. Todos los comportamientos de la masa que pudieran observarse estarían siempre decididos, salvo circunstancias excepcionales, por la parte de la población que había decidido inmovilizarse. Podía pues considerar cerrada la población trabajadora del campo que se enfrentaba a la posibilidad de convertirse en promotora de una empresa menor.

     Pero por otra parte, para reconstruir el flujo constante de los migrantes que opera espontáneamente en todas las poblaciones, disponía de un medio capaz de resolver de manera moderadamente satisfactoria el problema para aquella época, el cruce de datos censales con tablas de mortalidad. Como de estas disponía, la clasificación por edades de los 456 trabajadores del campo, equivalente a datos censales específicos, por completo independiente, no interferida por otros fenómenos, no me suponía un trabajo imposible y me permitía avanzar en una tentativa propia. Por tanto, finalmente me opté por ensayar valores expresivos del obstáculo que el movimiento migratorio podía interponer a esta parte selectiva de la población, masculina y aspirante a campesino, antes de satisfacer su acceso a una pequeña parcela según edades.

     El primer resultado de todos aquellos supuestos fue la conversión del primer juego de tablas en otro de triple extinción, primero por muerte, después por migración y por último por acceso a la pequeña explotación.

     Pero, aunque sus resultados eran convincentemente sensibles a las oscilaciones del fenómeno, en los sucesivos ensayos todavía se dejaban ver los efectos de la agrupación quinquenal que había decidido. Lo podía remediar con poco esfuerzo, con el trazado de una curva, definida con rigores algebraicos, tal como habíamos experimentado con éxito durante la elaboración de las tablas de mortalidad. O sintetizando los valores en una tabla decenal, aunque fuera menos descriptiva de las etapas de la evolución del fenómeno. Opté por la segunda solución, porque efectivamente la agrupación en décadas eliminaba todos los efectos deformantes de las declaraciones que había podido detectar, probablemente porque las desviaciones, como es regular, tendían a concentrarse en los aniversarios terminados en cero.

     Bastó con que incorporara a los cálculos las correcciones que los sucesivos ensayos me habían ido indicando para que finalmente aceptara expresar las posibilidades de disponer de una pequeña explotación en un momento, pleno siglo décimo octavo, una vez alcanzada cierta edad, el supuesto que concuerda con las características de la información disponible, con las que proporciona la fuente, naturalmente sincrónica.

     Entonces la posibilidad de disponer de una pequeña explotación a cualquier edad era realmente muy baja. Solo 1 de cada 15 hombres entre 15 y 74 años podría acceder a una de aquellas empresas. Solo él adquiriría transitoriamente la condición de campesino. Las mayores, con un máximo en torno a 1 de cada 10, coincidían con una plenitud, la de los 45-54 años de edad, quizás más determinada por la experiencia y la capacidad para gestionar una explotación que por la fuerza. El camino hacia aquella cima lo iniciaban los que habían cumplido los 25 años, así como todos los que tenían hasta 34, para quienes ya era posible que uno de cada 13 pudiera llegar a ser campesino. Lo nutrían aún más los que habían cumplido los años comprendidos entre los 35 y los 44, para quienes las posibilidades, resumidas en uno de cada 11, eran ya casi las mismas que habían alcanzado quienes habían cumplido los 45 años y siguientes hasta los 54.

     Para quienes hubieran cumplido los 55, y hasta los 64, las posibilidades retrocedían a la mitad. Solo uno de cada 20 podría entrar en aquel grupo. Y se hundían definitivamente en los extremos de la edad activa, que efectivamente coincidían con la juventud y la vejez. Tanto para quienes tuvieran entre 15 y 24 como para los que ya hubieran cumplido los aniversarios comprendidos entre 65 y 74 las posibilidades estaban algo por encima de uno de cada 30. Las limitadas energías disponibles, al principio por inexperiencia, después por agotamiento, serían las responsables efectivas de la caída de las posibilidades.

     Sin duda, las pequeñas explotaciones representaban el límite inferior del orden de las empresas interesadas en la economía de los cereales, y recíprocamente emprender una pequeña explotación era el escalón más alto al que podía acceder, de manera transitoria, aquella reducida parte de la población. Teniendo en cuenta que las demás actividades de quienes al mismo tiempo se dedicaban a mantener una pequeña explotación no eran cuantitativamente relevantes, esa proporción es muy significativa.

     Quienes se esforzaban por disponer de una pequeña explotación, parte de una nutrida masa de trabajadores del campo que competían por alcanzar aquel estado más rentable, lo alcanzarían tarde, no tanto como consecuencia del momento en el que se adquiere la madurez biológica, porque en el hombre, como calcularían quienes reclutaban los ejércitos, se alcanzaba bastante antes, como de, por una parte, la capacidad para adquirir patrimonio que permitía actuar con alguna solidez en aquel estado, y por otra de la enorme concurrencia que debía concentrarse ante aquella posibilidad, que el tamaño del universo demostraba. Técnicamente, las posibilidades las limitaría disponer de ganado de trabajo, tanto del propio y como del ajeno, lo que convertiría a todos los campesinos en intermediarios energéticos necesarios. Bajo cualquier consideración, el de los trabajadores del campo dispuestos a convertirse en campesinos era un auténtico ejército de reserva de la energía creativa de riqueza, tal como argüían los clásicos; o de al menos una parte de la energía que creaba la riqueza, la que era responsabilidad de las empresas subsidiarias del tamaño menor.


Quiénes eran campesinos

G. Valparaíso

La de campesino, cuando se trataba de obtener el producto agropecuario derivado del cultivo de los cereales, siempre en una parcela de pequeñas dimensiones, raramente era una ocupación exclusiva. Quienes a mediados del siglo décimo octavo se comprometían con ella habitualmente trabajaban en otra actividad. El tránsito era tan fluido y reversible que cuantos lo consumaban, y conseguían ganar la doble condición, a juzgar por cómo se expresaban eran conscientes de que por la de campesino solo estaban pasando. Las rentas que proporcionara al menos una de las dos actividades no serían suficientes para garantizar a las economías respectivas todas las que necesitaran.

     Pero sería imprudente seguir hablando en estos términos si no se especificara de inmediato que, entre las otras actividades de quienes se cargaban con aquella responsabilidad, estaba incluida, más que cualquiera de las otras posibles, otro trabajo agrario. Ocho de cada diez de aquellas modestas iniciativas eran responsabilidad de quienes al mismo tiempo trabajaban en alguna de las demás actividades del campo, y casi cinco de aquellos ocho campesinos ocasionales obtenían la parte más estable de su renta gracias al trabajo que otros les compraban.

     Aquella mitad de los empresarios marginales expresaba su condición más duradera recurriendo a denominaciones muy variadas, tantas que he documentado hasta cuarenta y cinco versiones distintas del modo de identificarse; aunque todos preferían, para referirse a sí mismos, el enunciado descriptivo o el de unas condiciones antes que la síntesis de una etiqueta, y hablar en términos que pareciera que ocupaban una posición lo más cerca posible del límite inferior de aquella forma de sobrevivir. Algunos se declaraban simplemente del campo o del campo jornalero, y otros explicaban que eran del campo y al presente trabajaban a jornal. Otros decían de sí que eran jornalero del campo o escuetamente jornalero. También había quienes se presentaban como bracero o bracero del campo, y los demás decían ejercer como trabajador del campo. Por tanto, en lo fundamental a sí mismos se llamaban de alguna de estas cuatro maneras: bracero, del campo, jornalero y trabajador del campo. Algo menos de la cuarta parte incluyó en su descripción la palabra bracero, un poco por debajo de la quinta parte recurría a denominar su actividad del campo, y aún menos de la quinta parte se presentaba como jornalero, mientras que en casi la mitad de los casos se prefería la expresión neutra trabajador del campo. Luego no era jornalero la forma más común de identificarse que elegían aquellos hombres, a pesar de lo cual la administración del momento insistía en reunirlos bajo esta etiqueta.

     Todas aquellas maneras de enunciar una ocupación rural expresaban algo que sin embargo no era en modo alguno complejo. Se trataba de los contratados al azar para contribuir con su trabajo a alguna de las actividades agrícolas que se sucedían en ciclos regulares, según la cantidad de tierra que una labor, o una explotación mantenida al estilo de cortijos, hubiera puesto a producir, para las que se empleaban como gañanes de la siembra y el barbecho, sembradores, escardadores, cortadores de estiércol o segadores.

     Junto a este grupo mayoritario, apenas dos de aquellos ocho activos agropecuarios que al mismo tiempo disponían de una pequeña explotación se identificaban como temporiles. En el trabajo agropecuario, salvo las actividades directivas y de gestión, que en las casas de más envergadura desempeñaban cuatro o cinco personas a la sumo, no se creaba  ningún vínculo laboral indefinido. La condición que más se le aproximaba era la de temporil. Con este nombre se conocían los que comprometían su trabajo para una empresa del sector durante una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, la de invierno, que duraba los siete meses comprendidos entre octubre y abril, y otra de cinco, que iba de mayo a septiembre, que se podría llamar de verano. Unos eran contratados por una de las dos temporadas y otros por las dos, y nada, a ninguna de las partes, obligaba a renovar el compromiso cada vez que se iniciaba cualquiera de ellas.

     Todas las responsabilidades que en las casas tenían los temporiles podían ser recompensadas con el acceso al producto de una pequeña explotación. Pero no eran muchos los que se hacían acreedores a esta posibilidad. De los temporiles con mayores cargos, con más frecuencia lo ganaban quienes desempeñaban las tareas de dirección. En primer lugar el aperador, el máximo responsable de las actividades de las labores sobre el terreno, quien las organizaba a diario y reglaba la contratación y manejo de la tropa de  trabajadores que aquellas demandaban. Como la cuarta parte de las explotaciones menores de los temporiles la tenían aperadores, se puede creer que esta recompensa era consecuencia de que se juzgaba imprescindible su contribución.

     Pero también eran retribuidos con el producto que diera una pequeña explotación los que tenían altas responsabilidades en cualquiera de las otras actividades en las que estaban interesadas las casas, todos piezas valiosas del único sistema de dirección de sus empresas, aunque por su condición unos y otros fueran naturalmente singulares. Así, la de capataz, una clase de la que un par de especialidades serían las preferidas para conferirles el suplemento de la cesión: capataz de olivares y capataz de las viñas; o el responsable de la administración de la casa que todavía se identificaba como mayordomo.

     Pero bajo la condición de temporil sobre todo era contratado el trabajo de quienes bregaban con las ganaderías, capital que permitía a las labores obtener sus mejores beneficios. En una, de los cincuenta y seis trabajadores del campo que contenía la nómina de sus temporiles, solo nueve desempeñaban funciones directivas, de coordinación o de custodia y vigilancia. Los demás, que sumaban más de cuatro quintas partes de todos los temporiles, eran ganaderos. Podían emplearse como tales quienes cuidaban de los animales de labor o de los de cría; estos del ovino, los otros del vacuno, del equino o del asnal. Pero todas las clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo podían ser recompensadas con la posibilidad de disfrutar de una explotación menor.

     A juzgar por este trato peculiar, era más apreciada la responsabilidad sobre el ganado ovino, rentable complemento de las casas. Se hacían acreedores a él los rabadanes o capataces de esta cabaña –de las merinas se les nombra precisamente–, aunque sin llegar ni a la vigésima parte de las cesiones a favor de los temporiles; y también quienes cuidaban específicamente de los carneros, los carnereros, así como el resto del personal al servicio del ovino, compuesto con pastores y zagales. Aunque su importancia fuera menor, quienes trataban con el ganado de cerda, primero que ninguno el capataz de cerdos, pero también cualquiera de los porqueros, asimismo disfrutaban de esta posibilidad.

     Las otras ramas de la ganadería, sin embargo, no quedaban fuera de la previsión del reparto de las pequeñas explotaciones. Eran sus acreedores quienes se dedicaban al cuidado del ganado de labor. A ellos estaba confiada la custodia y la reproducción de las especies que necesitaban las magnas explotaciones concentradas en el cultivo del trigo. Del trabajo de estos ganaderos, que actuaban ininterrumpidamente sobre las cabañas por necesidad biológica, dependía la permanente disponibilidad de la masa de energía que absorbían constantemente las labores, cuyo imprescindible y mayor capital mecánico era. Tal vez por esta causa en aquella condición, y en la consiguiente cesión del producto de una parcela de dimensiones muy modestas, hibernaba mejor la servidumbre.

     Los ganaderos de labor más apreciados por los labradores eran los especializados en el trato con el boyal, la primera clase de este tipo de ganado. A juzgar por la recompensa de sus responsabilidades era reconocido, en primer lugar, el boyero, aunque la fracción de pequeñas explotaciones que lucraban los hombre con esta ocupación solo representa algo menos de una octava parte de las que obtenían los temporiles. Y también gozaron de este aprecio el conocedor y hasta el zagal del boyero.

     Asimismo, era reconocido el trabajo con el ganado equino, que se dedicaba al transporte de calidad de los señores de la casa y de sus empleados más cualificados, y que cada año proporcionaba una renta estimable gracias a la demanda segura de la remonta, que llegaba cada primavera. El acreedor del producto de una pequeña parcela era en este caso el yegüero, yeguarizo o yegüerizo. Los que desempeñaban este trabajo accedían a una quinta parte de las explotaciones secundarias reservadas a los temporiles.

     Había recompensas del mismo orden para otros temporiles igualmente dedicados a trabajar con el ganado de las grandes explotaciones cuya ocupación específica, no obstante, no es posible determinar, como la de quien, a consecuencia de identificarse como bracero del campo ganadero, quedaba en el limbo del tránsito. Pero de otros sí se puede decir que serían recompensados por su dedicación al transporte en una casa, como quien se declaró arriero de tiempo. En alguna ocasión, con sentido explicativo, a determinados agraciados por esta recompensa desde una posición próxima se les llamaba boyeros carreteros. Tal vez se trataba de los encargados del trabajo de transporte que las casas requerían cuando hacían sus desplazamientos en el espacio rural. Los mandaderos, que también podían ser recompensados con esta renta parcial, se pueden adscribir a este mismo grupo si se les respeta su mitad urbana.

     Pieza valiosa de los sistemas de control de las labores era el casero en un cortijo, quien igualmente disponía de esta posibilidad, y a los trabajos de vigilancia que las casas necesitaban también atendían el guarda, el guarda de una hacienda y el que las fuentes llaman mozo de las noches. Salvo la primera, ninguna de estas denominaciones obliga a pensar que sus trabajos estuvieran destinados al buen fin de la empresa de labor, y todas permiten admitir que vigilaban el patrimonio de las actividades en las que estuvieran interesados los grandes inversores en los negocios rurales. Pero cualquiera de ellas también en el espacio reservado a la producción del cereal obtenía una parcela discreta.

     Hubo quien a sí mismo se refirió como temporil en un cortijo, y otro dijo que estaba al presente de temporil. Por el contrario, un tercero se presentó como jornalero de arador, expresión equivalente a gañán. Aunque el trabajo de arada se reiteraba y se prolongaba durante semanas, al parecer no era fácil que quien lo hacía alcanzara el estado de temporil. Y de un bracero del campo ganadero, aunque esta fuera su manera de emplear los términos, se podía presumir que tampoco había conquistado el estado de temporil, no obstante que fuera habitual que los ganaderos de una labor recibieran aquel trato. Pero nada impidió que los cuatro accedieran a lo que entre los temporiles era una remuneración reservada.

     Para referirse a todos los temporiles, además de la reiteración de la voz amo cuando se mencionaba la otra parte de la relación, es muy frecuente que la documentación de la época también utilice la expresión sirvientes de una labor, y que, reconocidos bajo esta denominación, accedan al cultivo de pequeñas explotaciones. Así, un sirviente de temporil, un sirviente que especifica que estaba sirviendo en un cortijo, otro que declaró sirvo en las casas de su morada a mi señora y otro par de sirvientes de otra señora.

     Aunque la posición de una parte de quienes se declaran maestro de molino podía ser por completo independiente, entra en lo posible que su actividad estable estuviera vinculada a una casa. Tanto es así que otros activos de la misma clase aparecen identificados explícitamente como maestro de molino de pan de cierto amo, con una reiteración que no permite dudar de la interpretación que es correcto hacer. También parecen sirvientes otras personas dedicadas a la fabricación de pan en las grandes casas agropecuarias, para las que trabajarían en exclusiva, como amasadores y horneros. Cualquiera de ellos también podía disponer de su recompensa en forma de explotación subordinada,  en cuyo caso el producto de esta tal vez proviniera del pago a su trabajo.

     Los que mantenían otras empresas agrícolas, y a la vez emprendían una pequeña explotación de cereales, eran el que falta para completar el total de ocho que sumaban quienes al tiempo se dedicaban a cualquiera de las actividades agropecuarias, o la décima parte de todos los activos por los que se interesa este texto. Aunque solo representen la parte menor de los campesinos, son quienes descubren las condiciones que podían inducir la doble actividad con la mayor nitidez.

     Cuando eran otros los que se referían a ellos, generalmente los identificaban como labrantines y hortelanos, y los llamaban labradores pelantrines cuando deseaban referirse a campesinos instalados en un cortijo que se había fragmentado en decenas de aquellas porciones menores del espacio dedicado a producir cereales. Aunque en aquella circunstancia la denominación podía oscilar, primero se los aludía como haceros y pelantrines y luego prevalecía llamarlos solo haceros.

     Sin embargo, cuando hablaban de sí mismos elegían términos más estables o descripciones muy explícitas. Gracias a que actuaban así, se puede decir que quienes con más frecuencia preferían añadir la diversidad a su iniciativa económica, mediante el cultivo de una explotación menor de cereales, eran los hortelanos, simultáneamente poseedores de explotaciones hortofrutícolas intensivas. Aunque uno de sí simplemente decía que era hortelano, otro ilustró muy bien su doble dedicación al explicar que su tráfico es en la huerta y sembrar pegujales y arar olivares.

     Fueron también precisos quienes, desde una posición algo más neutra, dijeron que su trabajo era arar olivares y sembrar pegujales con mis reses, o quien confesó que busco la vida arando olivares, sembrar un pegujal y a lo que sale. Y un declarante, igualmente tentado por el deseo de describir, aunque utilizaba una expresión algo presuntuosa, no dejó de esclarecer el estado que permitía aspirar a campesino. Describió su actividad diciendo algo tan displicente como me entretengo en trabajar en mi caudal. Según deduje del análisis del patrimonio que confesaba, con aquella manera de hablar pretendía hacer referencia a que tenía, además de algún ganado de labor, unas pocas tierras; un estado que compartía, como más adelante averigüé, con otros que por su parte tenían algún cortinal, algo de viña o unas cuantas aranzadas de olivar.

     Los que, dedicándose a trabajos del campo, explotaban una parcela menor y tenían ganado eran más de los que describían su situación en aquellos términos tan expresivos. Entre los que preferían limitarse a declaraciones más ceñidas, probablemente porque su patrimonio era de fuerza y no de tierras, había quien explicaba que era trabajador del campo con reses mías propias, o quien era trabajador del campo con mi ganado, clase en la que incluso podía encuadrarse una mujer soltera, la única empresaria de este rango que descubría la documentación. El más expresivo de los que se movían en este límite fue quien dijo ocuparse en sembrar mi pegujal con mi ganado y después jornalero para mantenerme. El análisis de los bienes de todos los que hablaron en estos términos demuestra que quienes ocupaban estas posiciones solo eran una fracción.

     Cualquiera de ellos probablemente era lo que las fuentes de la época, cuando se expresaban del modo más general, insistían en presentar como pegujaleros; incluso tal vez, con más precisión, fueran los que en la documentación administrativa eran los responsables de la modalidad de parcela dedicada al cultivo de los cereales que ella misma llamaba pegujales sueltos. Pero debe constar que cuando hacían sus declaraciones, aunque todos tenían en cuenta que mantenían una empresa menor, nadie se denominaba a sí mismo pegujalero o pegujarero, lo que demuestra que de todas las formas de actividad agropecuaria que el análisis desde este punto de vista permite observar la más efímera era la que entonces se llamaba pegujalero, en extremo transitoria e inestable.

     Por eso probablemente se homologa con más facilidad su papel efectivo si se les llama campesinos, en cuyo caso representarían el que se puede considerar genuino porque tendría más posibilidades de ser estable. El perfil del tipo vendría dado por que poseía ganado, no tenía tierras de sembradura propias y transitoriamente acometía, porque su patrimonio energético se lo permitía, una pequeña explotación de cereales entre otras. Sería la parte de los activos agropecuarios que, viviendo en el territorio de tránsito entre la condición de trabajador del campo y la de pequeño empresario, efectivamente estaba con más frecuencia en la segunda gracias a su modesto patrimonio.

     Además de los habituales activos del campo, que acumulaban unas ocho décimas partes de las iniciativas que se habían propuesto producir cereales en pequeña escala, se pueden estimar en dos de cada diez –el resto de los campesinos– los que se atrevían con una pequeña empresa con aquel fin sin tener como dedicación preferente las actividades agropecuarias. Componían una lista muy extensa. A las proporciones específicas que se obtendrían tomando todas las menciones no vale la pena concederle alcance cuantitativo. Pero su descripción tiene un enorme valor para averiguar hasta dónde llegaba el deseo de ser campesino.

     Una parte de los que tomaban bajo su responsabilidad pequeñas explotaciones se dedicaba a actividades relacionadas con el sistema de comercio. Los había transportistas y comerciantes indiferenciados, pero sobre todo abundaban los que se empleaban en el tráfico de mercancías bajo el nombre específico de arriero, no obstante lo cual alguno de nuestros documentos prefirió reconocerlo como aljamel. También, entre los de esta clase, constan el carretero, cuya mención reiteran, el carguero y hasta una trajinera. Los había también cuya dedicación al transporte se había especializado, como el aguador, cuya emergencia a los testimonios es frecuente, y el pajero. Igualmente había quien se vinculaba a la red de comunicaciones de manera algo más remota, como un ventero, o muy remota, como un tabernero. Cualquiera de ellos podría justificar su deseo de disponer de una pequeña explotación como el propósito de contener los costos a los que su actividad les obligaba, siempre que se suponga que la parcela a la que dedicaban una parte de su atención la sembraban de cebada, el alimento preferido para los animales de carga.

     Profesionales de actividades urbanas, probablemente regladas por sus respectivos gremios, también aparecen como promotores de pequeñas explotaciones. Un maestro carpintero, que tenía a su cargo un aprendiz; un maestro de herrador, que mantenía un oficial y un aprendiz de dieciséis años; y un sargento de inválidos con dispersos en su casa que efectivamente ejercía como maestro zapatero, tanto que mantiene por tiempos un oficial de zapatero, probablemente tenían en común que estaban muy cerca de las actividades subsidiarias de las labores.

     Mayor autonomía parece que disfrutaban los que se declaran suministradores de servicios igualmente urbanos, tales como los relacionados con el calzado, reunidos bajo las denominaciones de maestro de zapatero, zapatero remendón o zapatero; o con la venta de alimentos, como la especiera, el cortador, el  tablajero, el lechero, el confitero y el chocolatero, todos los cuales, sin embargo, asimismo decidían hacerse con su propia explotación menor. Asimismo, tomaban esta decisión albañiles, aserradores, caldereros, herreros, horneros, plateros o zurradores. Ni siquiera escapaban al deseo de actuar en este frente quienes ejercían actividades marginales, como jabonero y cisquero.

     Pero no quedaban mucho más lejos de esta posición quienes confesaron una dedicación más autónoma, libre o liberal, como las de maestro boticario, médico, cirujano, barbero y maestro de escuela, o los empleados de la administración fiscal, como el administrador de rentas provinciales, y los miembros del ejército, como un sargento de milicias. Incluso los había empleados en actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero, ministro y carcelero La independencia real de cualquiera de aquellas ocupaciones liberales puede ser mejor conceptuada si se recapacita sobre que todos los mencionados igualmente mantenían sus propias pequeñas explotaciones.

     De quienes desempeñaban otras actividades y se interesaban por aquella clase de empresas, por último hay que mencionar al clero, cuya condición aparta su posición de partida al lugar más alejado de las agropecuarias. En el orden de la jerarquía local, cuando se trata del clero secular, no hay rango que deje de tomarse este interés. Aunque algunos de los comprometidos simplemente se presentan como presbíteros, el vicario, el cura y el sacristán estaban entre ellos. En ningún caso consta que alguno de los mencionados, incluso el vicario, gozara de beneficio, como por otra parte era previsible. El beneficio colocaba en un campo de rentas que en absoluto no necesitaba atenerse a la disciplina ordinaria de la iglesia romana, y menos aún recurrir a una pequeña explotación para completar las rentas propias.

     También se interesaban por el cultivo de los cereales a pequeña escala individuos de órdenes religiosas, quienes disfrutaban para sí de él, como un dominico, otro que consta solo como presbítero fraile y una religiosa. Pero el clero regular prefería solventar este expediente con formas algo más indirectas. Bien eran sus priores quienes se hacían responsables de la explotación, bien era la fundación. Tres priores, el de un convento de la orden de predicadores, el de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el de un convento del carmen calzado, y dos corporaciones conventuales, una de mercedarios y otra de jerónimos, también lo tomaban a su cargo.

     Consta asimismo un ermitaño que, no obstante su existencia solitaria, había decidido acompañarla con el trabajo en una parcela de solo tres cuartos de unidad de superficie.