Conversación en la mesa contigua

Daniel Ansón

No es la incertidumbre la que ha multiplicado el valor del oro. Son las economías emergentes, que desean emanciparse de la tiranía del dólar, divisa del comercio internacional, las que lo están convirtiendo otra vez en el rector de los sistemas monetarios. Se extrae en condiciones serviles y se trafica con él desde sus orígenes africanos y latinos hasta autocracias oscuras y sangrientas, que hacen de intermediarias. El acercamiento entre las dos potencias, que antes o después serán irreconciliables, no oculta el deseo de repartirse las áreas de influencia. Los judíos británicos toleran mal el sionismo y el genocidio. Con demasiada tolerancia se admite el contraargumento de los escudos humanos. Es admirable la capacidad de control de las masas que otorga el miedo a la muerte. Algunos gobiernos se limitaron a extremar las previsiones del control policial de las poblaciones, hasta entonces organizado para los casos más inusuales de amenaza a la población civil. Así disfrutaron de un poder sobre sus poblaciones que ni en sus más complacientes supuestos habían imaginado. Los partidarios del ultranacionalismo galopante se reclutan entre las generaciones más jóvenes, saciadas de bienestar. Un sociólogo francés ha descubierto una correlación sorprendente. Mientras que quienes consumen café en cápsulas optan por tendencias moderadas, los que toman el suyo del que infunden las cafeteras monodosis se muestran entusiastas del radicalismo ultranacionalista y antieuropeo. El ultranacionalismo progresa porque todos los males se descargan sobre la inmigración. El presidente americano, en el fondo, lo que pretende es que las empresas de su país vendan armamento a Europa. Desea cargar sobre Europa los costos de su defensa, y que llegado el momento se hagan cargo de la ocupación garante de la paz. La presencia de fuerzas europeas en el escenario bélico del este, aun como fuerza de interposición, es un riesgo innecesario. Cualquier fricción esporádica, por más accidental que sea, es ya un enfrentamiento a las tropas de la primera potencia nuclear que amenaza el continente. El ansia por desplazar la población autóctona del litoral sur de Levante no es nueva. El sionismo lo alimenta desde que combatiera, con las armas del terror, el mandato colonial británico. Está por demostrar que el confinamiento fuera eficaz. Aquellos países que se limitaron a la restricción del movimiento, y lo condujeron a espacios saludables, pueden presentar un balance de letalidad nada censurable, mientras que los que se mostraron más severos y restrictivos contaron por cientos de miles sus defunciones. Un mayor gasto en armamento irá en detrimento del gasto social. La locura arancelaria solo traerá descontrol de la inflación. Figúrate que un lata de refresco, solo a causa del envase, está previsto que incremente su precio en un doscientos por cien. El presidente norteamericano ha ideado un organigrama para su gobierno que descarga todo el peso de las decisiones vitales en el consejo de seguridad nacional, un órgano restringido, confiado a un hombre designado por él, del que solo forman parte el mando supremo del ejército y los servicios de inteligencia. La potencia continental, objeto de embargos y restricciones comerciales, ha sabido mantener prodigiosamente sus beneficios gracias a que su comercio de crudo y gas natural licuado lo ha descargado sobre el mercado negro, al que lo han conducido. Barcos con bandera de conveniencia los trasladan a los pequeños y riquísimos estados arábigos, abundantes en puertos francos, y allí los comercian con el mejor postor y la mediación de bancos de paraísos fiscales. Con la inhibición de la comunidad internacional se tolera que en el corazón del continente negro, corazón de las tinieblas, se violen las fronteras. El encadenamiento de contratos descarga de responsabilidades en la misma medida que incrementa la corrupción. Los más altos reconocimientos de los estados, antes reservados a los héroes, ahora se conceden a logreros insaciables. ¿Quieres la penúltima? De acuerdo, pero después me voy.


El origen de la especie

Daniel Ansón

Narciso Sidmaringen había cursado biología en Érfurt, en cuya universidad contactó con un grupo de pintores de vanguardia que le obligó a revisar su visión del mundo.

     En su mayoría eran rusos jóvenes, unos exiliados por razones de discrepancia, otros convencidos de que solo la savia occidental podría regenerar su cultura, víctima de la autocracia más impasible que haya existido.

     Con las autocracias pasa como con los rayos del sol, que unos se perciben con resignación, otros con entusiasmo y otros sin que quien los padece tenga conciencia de sus perjuicios; mas con una diferencia. Así como para unidades de tiempo algo dilatadas la tolerancia de la piel, o de los ojos, son medianamente estables ante los rayos de sol, la autocracia puede tener efectos dispares aun en un continuo, de modo que quien la recibe puede sin intervalo repudiarla, combatirla, aceptarla con resignación o ignorarla. Tal es porque la emisión de las fuerzas de la autocracia es constante, mientras que la capacidad de resistencia de sus pacientes receptores oscila por el efecto inorgánico de la atención: a lo que ocurre, que absorbe, a las preocupaciones cotidianas, que distraen, o al insomnio, que la eleva a obsesión.

     Los rusos de Érfurt habían decidido romper con todo. No solo donde debían dibujar triángulos trazaban líneas quebradas, donde pirámides, cilindros, o cuando alguien podía esperar de ellos una expresión emotiva, en vez de una rosa, pintaban una chimenea. Propugnaban una dieta desconcertante, sin reglas ni equilibrios, muchos cigarros, ningún alcohol y nada de siesta complementaria. Solo en la música encontraban armonía, por más que fueran incapaces de traducirla a normas que la explicaran.

     Narciso, siguiendo su estela, entre citología y cultivo optó por el trombón. Hacía tiempo que deseaba averiguar la causa de un sonido que vibra en las entrañas, y que desde ese centro sube por las venas hasta la cabeza. Estaba convencido de que parte del secreto lo contenía la manera de meter el aire en los tubos. “Cuando soplan por la boquilla, los trombonistas en realidad cantan, tararean propiamente.”

     Mientras soplaba, de boca de sus admirados contraventores oyó que solo en el Caribe sobrevivían los instrumentos de percusión puros. Desistió del trombón y se pasó a la conga el mismo día que presentó un proyecto de investigación de la malaria en Haití, uno de sus medios endémicos. El propósito de su coartada científica era transcribir a un pentagrama las diferencias tonales entre el bongó y la conga.

     Se estableció en Petionville, emporio subsidiario. No eran su comercio, sus centros de gestión de la urbe, el trazado de sus vías las que la elevaban al orden de los fenómenos urbanos singulares. Eran sus edificios, resueltos con materiales perecederos suministrados por el medio, que permitían renovarlos permanentemente y un permanente reciclaje, más la masa compacta que entre todos, sin intervalos, componían, los que le otorgaba la condición de urbe única en el planeta.

     Tuvo que adentrarse en su montaña. Encontró en una calleja una vivienda que debía compartir con dos familias, una criolla venida a menos y la otra de origen africano. Ni siquiera entre la oriunda de Gambia encontró a nadie que tocara conga o bongó, ni nada parecido, ni nadie, de su generación o de las inmediatas anteriores, había oído hablar jamás ni de bongó ni de conga alguna. Sí de leones, serpientes, marsupiales, gorilas e hipopótamos, más algunas pirañas y caimanes, y hasta de tribus antropófagas.

     Terminó absorbido por ellas. Tuvo que devorar para sobrevivir, y esto le permitió doctorarse en prácticas caribes. Sentó cátedra en Port-au-Prince y de allí jamás volvió.


Pantocrátor

Daniel Ansón

Albino Casar, el abogado del barrio, ganaba dinero con su negocio. El suyo era el único despacho en aquel confín y allí vivía mucha gente. Pero la fortuna que manejó durante su vida no procedía de sus pleitos. Con su título en puertas, había concurrido al mercado del matrimonio en una posición que él creyó ventajosa. Los hechos vinieron a darle la razón.

     Inés, la hija de un trapero de altura, de gracias contenidas, fue su elección. Del negocio del padre sabía Albino por su abuelo, que liquidó los restos de un antiguo molino, heredado por su mujer, que nada había producido desde que dispusiera de él y que probablemente no producía desde décadas antes. La maquinaria estaba oxidada, los enseres, desvencijados, las telarañas, por todas partes.

     Era un trapero de recia formación iletrada, gordo, con la cara abotargada, los ojos saltones, padre de no sé cuántos hijos, todos varones, con el mismo rostro que el padre, Benítez de apellido, creo; menos Inés. Lo mismo compraba papel que chatarra, lotes enteros de desechos de fabricación, canastos y cestos de palma, la fruta podrida que desechaban los puestos de la plaza de abastos. Su pasión era la lotería, el sumidero por donde se le iba buena parte de los ingresos.

     Valiéndose de un conocido común, concertó las cosas de modo que coincidiera con Inés en las vísperas del carnaval. Apenas un baile, dos o tres paseos después, una merienda en la casa paterna fueron suficientes. El régimen del matrimonio le permitió disponer de la alícuota de los fondos del trapero.

     Los dirigió al mercado inmobiliario. “Los precios de las casas solo suben, nunca bajan”, fue el único principio en el que basó sus firmes decisiones.

     Tanto conocimiento de aquel abigarrado mundo se lo debía al hijo de un tendero, pertinaz depredador de pesos y monedas, invariable inmovilizador de sus ahorros en la calle eje del centro, fuera el edificio de viviendas, de oficinas o apenas un viejo almacén, superviviente de tiempos remotos. “Solo el solar vale más de lo que cuesta la casa”, reiteraba cuando se deshacía del dinero celosamente custodiado en un lugar de la tienda a buen resguardo, detrás del cajón de los garbanzos, entre el de las lentejas y el de las alubias, siempre al alcance de su vista, a medio metro de la caja registradora.

     En sus tiempos de aprendiz, cuando El Almacén era de un montañés, lo había elegido como el lugar más seguro. Entonces dormía bajo el mostrador, con una manta por toda compañía, frente por frente al cajón, a la altura de su vista. Si dormía con un ojo abierto, lo mantenía bajo vigilancia. Tras doce años de alternar la vigilia del ojo derecho con la del izquierdo, pudo tener la certeza de que hasta aquel lugar no llegaría jamás nadie, ni el más paciente de los ladrones, ni el más calculador de los dependientes que se adelantaran a la aurora, ni los ratones con la corte de sus gatos.

     Coincidía con el hijo del tendero en el bar de Casiodoro, a partir de las doce, y hasta las tres, a intervalos de unos veinte minutos, los que discurrían entre la atención a los clientes, el aviso al pasante de que lo iba a dejar solo y los saludos a la puerta del despacho. Eran cervezas, solo cervezas, las que trasegaba el hijo del tendero, ininterrumpidamente, acodado en la barra, durante aquellas tres horas de creciente inspiración mercantil. Albino no se podía permitir nada menos que un rioja, que a razón de veinte minutos por cada copa durante las mismas tres horas le permitían llegar bastante más lejos en sus visiones inmobiliarias.

     No es que despreciara las enseñanzas de su experto iniciador. Pero a base de tomar nota mentalmente de los pronósticos que le oía sobre la evolución de los precios, en aquel o en otro sector de la ciudad, las tácticas a emplear con quienes ofertaban, cómo proceder con los bancos, y analizar el lenguaje de las astucias que desplegaba -con el mismo lenguaje incontestable que emplean en sus afirmaciones los expertos que se presentan impasibles ante los micrófonos y las cámaras- supo dilucidar cuándo le mentía, cuándo estaba indicando con una negación dónde estaba la mejor oportunidad, a quién de los que condenaba como ineptos era necesario acudir para conseguir el precio más ventajoso.

     Consiguió consolidar la propiedad de diez o doce pisos en buenas zonas, y de cada presa esperaba la revaluación segura. Orgulloso de su olfato, saturado de certeza, creyendo a buen recaudo toda la inversión, tras conseguir buenos beneficios de las patatas calientes de las que se había deshecho con mano izquierda, decidió diversificar el negocio, e invertir en ganado. Era bastante más arriesgado porque era un bien perecedero. Pero poseído por la pasión del jugador, encontró en la necesidad de especular con tiempo limitado su nuevo placer. ¿Qué es lo que hay en el fondo de esa pasión? ¿Qué es lo que hay bajo la tierra que es capaz de germinar en colores?, recordaba. No sabría explicarlo.

     Contactó con un veterinario, cuyo título jamás había colgado en la pared de una consulta, especializado en precisar la edad de los ejemplares ovinos que salían al mercado sin tener en cuenta los anticuados métodos de los corredores de ganado, nada fiables, en su opinión la fuente de los engaños de todos conocidos, incomparables con los precisos resultados que proporcionaban condensadores, barímetros y espéculos de alta precisión, refractantes de los rayos que se proyectaban sobre los iris de cada cabeza.

     Para una primera experiencia, con su mediación, Albino compró a un ganadero derrotado por las pérdidas una docena de ejemplares hembra. Las vendió como dotadas de excelentes condiciones orgánicas para la maternidad, de entre uno y dos años certificados científicamente. La comisión del veterinario fue de una cuarta parte del valor neto de la venta, y el riesgo le pareció demasiado alto. Decidió cambiar de campo.

     Un hombre de su formación no se podía permitir no ser culto. Con su pasión por el fútbol, no pasaba de ser uno de tantos. A eso era necesario añadirle algo más, algo que la encubriera o que la relegara a un segundo plano, como una concesión a la clientela, con la que era necesario comentar los resultados de la última jornada. Seguro que en el mundo del arte, que tanto dinero era capaz de cambiar de mano en una sola jugada, podría ensanchar sus horizontes.

     Empezó por abonarse a la programación de ópera. El despliegue de los decorados, los ricos vestuarios y el desfile de los coros, a Inés la entusiasmaron. En los intermedios, en el bar, se codeaban con gente que solo conocían de oídas. Su vecino de localidad se la señalaba. Allí está el pintor Lasalle, aquellos, los modistos que visten a duquesas. Tampoco les importaban demasiado. Pero lo dejaron correr porque el pasatiempo fue suficiente para intimar con Suituberto, que así se llamaba quien ocupaba la localidad a la izquierda de Inés, un hombre simpático, de mundo, aunque nada lo hiciera prever. Era bajo, poco agraciado. Solo su particular elegancia hacía sospechar que su cabeza rondaba por lugares diferentes a los que poblaba la mayoría.

     Para la temporada siguiente, en vista del éxito, amplió el abono, y además de las representaciones de ópera contrató todas las sinfonías de Beethoven. Ahora, los días de concierto, Inés se dormía, y Suituberto, siempre obsequioso con ella, lo comprendía. Ni siquiera completaron la audición de la segunda, y en el descanso decidieron permanecer en el bar. A partir de aquel momento, y hasta que terminó la novena, los coloquios se fueron animando. Albino, que había visto en Suituberto un mediador, fue llevando las conversaciones hacia el terreno que pretendía pisar. ¡Cómo iba a imaginar que Suituberto era un excelente especialista en pintura medieval! Y que, más por pasatiempo que por lucro, en ocasiones, intermediaba en operaciones de un anticuario de prestigio, conectado con los centros de subasta internacionales. “Y ahora, ¿tiene a la venta algo interesante?” “Tiene de todo, y de todos los precios. Depende de lo que cada cual quiera invertir.” “Es que estoy pensando en comprar algo, nada en particular. Solo por no tener parado el dinero.” “Si quieres, te lo presento en su tienda y tú decides.”

     Terminó por comprar por mil quinientos euros una tabla de cuarenta y cinco por treinta, muy colorista, que representaba un Pantocrátor. Suituberto le aseguró que era algo tardía, del siglo XV, pero de muy buena escuela; si no flamenca, de alguno de los territorios hasta los que alcanzó su influencia.

     Albino sabía que lo estaban engañando. Pero su objetivo no era coleccionar arte. Solo trataba de probar si podría vender por más de lo que invertía, tal como había hecho con las ovejas o con los pisos que habían pasado por sus manos.

     Frecuentaba el despacho de Albino, en busca de las armaduras para sus batallas vectoriales, Martín Condestable, vecino, pintor experimentado y con olfato. Entre ellos se había instalado, desde que en el barrio se supo que Albino escalaba hacia las alturas del arte, cierta suspicacia cordial. Conociéndolo, desconfiaba Martín de que Albino llegara a saborear el néctar, y le pronosticaba que antes o después, por su falta de criterio, tendría un desliz, no en materia de arte, que por supuesto jamás quedaría a su alcance, sino en la comercial que perseguía. Aceptaba Albino el reto que así Martín le proponía, y llegaron a formalizarlo poniendo cada parte cierta cantidad de dinero sobre la mesa, cien euros, todo para el que consiguiera demostrar que el otro había errado.

     En cuanto tuvo la tabla en su poder, Albino llamó a Martín. Quedó sorprendido al verla. Era realmente buena. Aunque algún bestia la había barnizado sin contemplaciones, la obra no había perdido calidad, y el barniz, sin proponérselo, había servido de pantalla protectora. Los colores estaban apagados pero aún se podía apreciar que habían sido vivos en origen. Y el dibujo era preciso y muy descriptivo, impecable bajo ese criterio.

     Martín le pidió tiempo a Albino para formarse una opinión definitiva. Tenía que estudiarla con detenimiento. Durante todo el tiempo que quisiera, con la condición de que la pintura no saliera de su casa. Nada temía Albino de Martín. Solo lo hacía con la intención de provocarlo. No podría sacarla, aunque sí fotografiarla cuando estuviera solo.

     Dedicó los días siguientes a estudiar los detalles. Por encima de la cabeza del Pantocrátor había una mancha que parecía… ¡un platillo volante! Qué absurdo. Imposible. “Es mi retina, que interpreta un ovni porque tiene en la memoria la forma que se asimila a ese nombre.” Aunque bien pensado… “igual que se ven ahora pudieron verse en el siglo XV. A lo mejor el pintor no vio nada parecido, pero sí pudo tener en la memoria, como yo ahora, una representación de la forma, vista en algún manuscrito… Tal vez se sirviera de ella como un símbolo místico para asociarlo al Pantocrátor.”

     Era posible. En el halo que enmarcaba la cabeza había formas inidentificables que quizás tuvieran el mismo sentido. Parecían signos, puede que letras. Los amplió. Perdía calidad el fotograma. La forma se difuminaba y no se identificaba nada con sentido.

     Volvió al despacho de Albino decidido a ver aquel detalle mejor. Aprovechó un momento de soledad para levantar en aquel sitio el barniz. Sí…, parecían una jota y una e góticas. ¿Jota y e…?  Volvió sobre el ovni, y allí repitió su restauración de urgencia. Ahora el objeto que sobrevolaba la cabeza del Pantocrátor más que un ovni… ¡parecía un cordero!, un cordero que recogía sus patas bajo su vientre, casi una esfera “¡No es posible! Jan van Eyck firmó algunas de sus obras, y el cordero…” ¡¿Sería aquella tabla un ensayo para el retablo de San Bavón de Gante?!

     Tomó fotografías de los detalles, salió y se despidió en silencio. “¿Qué?”, le lanzó Albino cuando ya estaba en el umbral. “Es bueno, ¿verdad?” “No sé…”

     Los días siguientes Martín evitó aparecer por el despacho. Sufría un inexplicable episodio de abstinencia. Era por culpa de la dichosa tabla, a la que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

     “¿Por cuánto venderías la tabla?”, le preguntó por fin, la semana siguiente, Martín a su dueño. “Mira. No te tengo que explicar lo que tú sabes mejor que yo. Tú has visto la tabla con detalle y sabes que no es buena. Yo también lo sé, lo sé desde el primer momento. Sé que han querido engañarme. Pero también sé que puedo venderla por el doble de lo que me costó.” “Que fue…” “No estoy dispuesto a darla por menos de tres mil euros.” “¿Y tienes quien te la compre?” “Seguro que no falta. Ya lo verás.”

     Indagó Martín y consiguió contactar, esta vez en serio, con un centro de subastas internacional. Les dejó las fotos para que juzgaran. Al cabo de un par de semanas le comunicaron oficialmente que estaban dispuestos a pagar por la tabla, una vez contrastados los juicios de sus expertos, en nombre de un comprador británico, sesenta mil euros. No se podría vender como obra de autor certificada, y por tanto nunca podría alcanzar las máximas cotizaciones, pero tenía las calidades suficientes como para salir al mercado como una obra de buen nivel.

     Fue entonces cuando Martín tuvo la seguridad de que sus sospechas, que no había confesado a nadie, habían sido corroboradas. La casa de subastas, sirviéndose del supuesto comprador británico, estaba decidida a hacer su negocio del año. Para ella, todo consistía en contratar, una vez que la tabla estuviera en sus manos, a un experto que por una comisión regular hiciera público el descubrimiento. Tampoco a la casa, ni al experto, le interesaría que lo que pudieran sostener fuera rigurosamente cierto. Pero la factura de la tabla daría de sí lo suficiente como para atraer la atención y revalorizarla hasta límites que la difusión de la noticia hiciera imprevisibles.

     Una vez en manos de la red, era difícil salir de ella. No lo dejarían. Pero no sería difícil mejorar la oferta del supuesto comprador británico. Podía decirle a los subastadores que el dueño tenía otro coleccionista que estaba dispuesto a pagar más. Aunque la casa de subastas siguiera teniendo la exclusiva sobre la venta, se vería en la necesidad de admitirla, si no quería que quedara al descubierto la jugada con la que estaba maniobrando. Él, Martín, que era el único que tenía el mapa completo, podría servirse de algún testaferro para que representara aquel papel. El problema era disponer en aquel momento de sesenta y cinco mil o setenta mil euros. Cargaba con una hipoteca, tenía que pagar mensualmente alimentos y no vendía un cuadro.

     Se jugó su última carta. “La tabla tiene cierta clase. Es mejor de lo que pensaba. ¿Cuánto me darías de comisión si te encuentro un comprador por treinta mil euros?” Albino calló y en lo sucesivo nunca volvieron a hablar del asunto. El mercado inmobiliario se hundió, Albino tuvo que deshacerse precipitadamente de los pisos que había acumulado, y ni aun así pudo evitar la ruina. Pero de la tabla jamás se deshizo. Una vez muerto, la tabla pasó a manos de uno de sus herederos, quizás de alguno de sus acreedores, pero Martín, a fecha de hoy, ignora quién la tiene en su poder.


La piedad de los antiguos

Daniel Ansón

Entre los masagetas, según cuenta Herodoto, regía en tiempos arcaicos la feliz costumbre de que, cuando alguien alcanzaba la ancianidad extrema, sus allegados le evitaban terminar sus días a causa de la enfermedad inmolándolo, y con él un buen número de animales de antemano consagrados al sacrificio. A continuación, cocían todas las víctimas, la humana y las bestias juntas, y las sacralizaban ingiriéndolas durante un banquete en honor del difunto, de quien de este modo celebraban que hubiera escapado a una muerte cruel. Este era el modo de conmemorar que alguien hubiera eludido la muerte natural, lo que para ellos era la felicidad extrema.

     Tan singular costumbre ni era exclusiva ni consiguieron mejorarla los indios padeos de tiempos de Darío, que incurrieron en el exceso de la cantidad. Cuando enfermaba alguien de la tribu, también sus allegados resolvían sacrificarlo, el hombre por los de su sexo, la mujer por las del suyo, justificándose con que si la enfermedad lo estragara sus carnes se corromperían. No valía que los afectados protestaran no estar enfermos, tal como solía ocurrir. Nadie los creía, y los parientes, resueltos, sin aguardar a que se manifestaran otros signos del mal, con sus cuerpos se daban un banquete. La consecuencia era que entre los indios padeos la vejez era rara, a pesar de lo cual, si alguien la alcazaba, tal como los masagetas, la conmemoraban inmolándolo y comiéndoselo.

     De los isedones se sabe que cuando a un varón se le moría el padre sus allegados le regalaban reses, que sacrificaban y descuartizaban, tras lo cual también partían en cuatro trozos el cadáver del difunto. Con todas las carnes juntas procedían a celebrar un banquete, pero la cabeza, de la que habían despojado al muerto antes, la depilaban, la lavaban con cuidado y la bañaban en oro. Una vez seca, la veneraban como una imagen sagrada a la que se ofrecían sacrificios todos los años.


La vuelta al mundo

Daniel Ansón

Antonio Pigafetta, nacido en Vicenza, donde Andrea Palladio concentraría su arte, escribió la crónica más divulgada de la travesía que completó la flota de Magallanes. La dirigió a un antepasado de Villiers de l´Isle Adam, el autor de los Cuentos crueles, de nombre Filippo, gran maestre de la orden de Rodas, de la que Pigafetta era caballero.

     Durante los años que consumió la derrota fue tomando nota de hechos singulares, unos vividos, otros conocidos por relatos. De ellos explota el contraste de las costumbres, y abunda en lo anómalo. Parece que su propósito hubiera sido atraer la atención del lector invirtiendo los valores de su mundo.

     Cuenta que en las aguas del Mar del Sur de China quienes vivían en sus poblaciones litorales, cuando salían a navegar encontraban flotando un fruto más grande que una sandía, cuyo origen les era desconocido. Uno de los juncos que habitualmente salían a la ventura, navegando por sus aguas, un día fue arrastrado por el viento hasta unos violentos remolinos. Destrozada la embarcación por la fuerza de los giros, y absorbidos todos sus tripulantes, asido a un madero sobrevivió un niño que los acompañaba. Para ponerse a salvo, subió a un árbol que emergía junto a los vórtices y en él se cobijó, rendido, perdida la noción del tiempo. Al despertar un día después, fue consciente de que había dormido bajo el ala de un gran pájaro. El ave convivía con otros ejemplares de su mismo tamaño en aquel árbol gigantesco, que era el responsable del fruto enorme que atrapaban con sus redes los pescadores del litoral. Los pájaros, de extraordinaria envergadura, estaban dotados de tanta fuerza que eran capaces de llevar hasta sus nidos, para asegurar la manutención de los suyos y la propia, búfalos y hasta elefantes, que transportaban aferrados con sus garras. Fue cuando el pájaro que lo había cobijado voló para hacerse con un búfalo que el niño pudo volver a su tierra.

     De los habitantes de una isla en el área indonesia, próxima a Timor, dice que son muy veloces, y de ellos le llama la atención su voz, que es aguda. Cobijan sus hogares en cuevas subterráneas, se afeitan todo el cuerpo y no emplean indumentaria alguna, y se alimentan de lo que pescan tanto como de una resina blanca, que extraen en forma de bolas de entre la corteza y el tronco de ciertos árboles. No son más altos que un cubo, precisa, y del mismo tamaño que sus cuerpos son sus orejas, propiedad que les proporciona la ventaja de utilizar una para acostarse dentro de ella y la otra para protegerse de la intemperie de la noche.

     De buena parte del relato se tiene la sospecha de que tal vez lo que le pareciera más eficaz, para hacerse con la atención de sus lectores, fueran las escenas de antropofagia. Supo que en la isla de Sulach, también del área indonesia, habitaba gente sin creencias y desprendida, que andaba desnuda por su país, cubría sus compromisos con un trozo de la corteza de un árbol y comía carne humana.

     No le parecen mucho menos peculiares que los hombres que se hacen llamar Los Peludos, que viven en un cabo de la isla de Mindanao, a la orilla de uno de sus cauces fluviales. Son esforzados y felices guerreros que se sirven de arcos y espadas, de solo un palmo de longitud, para enfrentarse a sus oponentes. Cuando en el transcurso de un encuentro se cobran la vida de uno, se comen nada más que su corazón. No lo elaboran, salvo que lo marinan con zumo de limón o de naranja.

     Menos frecuente era lo que ocurría en un lugar de la Tierra de Verzin, actual Brasil. Allí el hijo único de una anciana murió a manos de los jóvenes de una tribu vecina, con la que los suyos se mantenían enemistados. Días después, los consanguíneos del varón que había dejado a su madre desolada, dieron con uno de los que habían participado en su muerte, se hicieron con él y lo llevaron a presencia de la anciana para que decidiera. Le propinó un mordisco en la espalda, a pesar de lo cual, y de su prisión, consiguió huir y volver con su gente, a la que contó que habían querido devorarlo. La réplica no se hizo esperar. A la primera oportunidad, una vez tomados presos algunos de la tribu de la anciana, se los comieron, tras lo cual los deudos de los devorados, como venganza, no tuvieron más que comerse a quienes antes habían sido comensales. Pero cualquiera de ellos, para digerir el cuerpo de la represalia, que guardaban como bien comunal, cada vez que decidía congratularse con la venganza le cortaba del muslo un filete, se lo llevaba a su casa y allí lo ahumaba. A los ocho días, para completar el rito, volvía sobre el cuerpo conservado y se cortaba otra porción, que esta vez asaba y combinaba con los otros manjares que reservaba para su mesa. Todo lo cual lo celebraba en conmemoración de sus enemigos. Bajo aquellas premisas regía en aquellas tierras el derecho de gentes.

     Debió ser el espíritu de emulación lo que condujo a quienes se habían aventurado en la travesía a tomar decisiones equiparables. Estaba la expedición atracada en un islote próximo al cabo de Gaticara, en el extremo sur de la India, cuando se vio sorprendida por un ataque de la población indígena. De resultas de la emboscada, se vieron privados del esquife de la nave capitana, que los atacantes apresaron. Cuando se disponían a desembarcar para recuperarlo, algunos de la tripulación, contaminados por aquellas aguas insanas, encargaron a los ballesteros de la tropa que defendía la flota, responsables del contraataque, que si mataban a alguien, hombre o mujer, les trajeran sus intestinos, porque estaban seguros de que en cuanto se los comieran se curarían.

     Tampoco quiso privarse Pigafetta de relatos que le pudieran ganar la simpatía más espontánea, haciendo concesiones a la fantasía y a la identidad. Si no es posible asegurar que con este recurso consiguiera más aplauso de sus lectores que con el de la antropofagia, se puede conjeturar.

     Refiriéndose a quienes viven en la isla de Mactán, del archipiélago de las Filipinas, revela que sus varones, porque son de escasa potencia, la estimulan con una barrita de oro o de estaño que les atraviesa el miembro. Diversas veces quise que me lo enseñaran muchos, así viejos como jóvenes, pues no lo podía creer, reconoce, y a continuación se recrea en la descripción de los efectos de tan singular costumbre. Y a propósito de los solteros de Java, estos tocados por el don de la poesía, cuenta que con un hilo, cuando se enamoran de una joven, se atan al miembro una campanilla. Al acercarse a la ventana de la pretendida, la campanilla suena entusiasta, y al momento ella acude, y hacen su voluntad. A sus mujeres les causa gran placer escucharlas cómo les resuenan dentro de sí, concluye.


La viuda de Cantor

Daniel Ansón

Cantor, durante años, había preparado a su hijo para la lucha olímpica, en la que antes que naciera habían vencido su abuelo materno y los dos hijos de este, sus tíos. En su casa habilitó todas las dependencias, unas para el descanso, otras para el esfuerzo; aquellas para el aseo, estas como despensa viva al servicio de la dieta adecuada a una complexión atlética, todas ateniéndose a la misma idea. En el corral instaló pesas y tensores, un fardo inerte y compacto pendiente de una cadena, una gruesa cuerda sin nudos que bajaba desde la rama más vigorosa del limonero, y cavó una hoya para que en un estanque, alimentado con el agua del pozo, cupiera un cuerpo tendido.

     Antes de que el sol saliera, lo levantaba. Le obligaba a tomar un baño frío aun en invierno y lo sometía a la primera ingestión de zumos, fibra y proteínas. Las comidas de las mañanas eran pródigas en berenjenas y aceitunas negras, las carnes las dosificaba en fracciones a lo largo de la jornada.

     En el pupilo el hambre se mezclaba con el deseo de ingerir alimentos prohibidos, con los que soñaba. Sonámbulo llegaba hasta la puerta de la alacena de la matanza, asegurada con llaves y travesaños. Volvía de vacío al lecho y se tendía boca abajo, y en sueños volaba.

     Murió el padre. Algunos creyeron que había sido víctima del afán de emulación que había descargado sobre el hijo. Hubo quien pensó que una maldición le había sobrevenido, tal vez un accidente frente al que no pudo reaccionar. Su prestamista fue quien más lo lamentó, a sabiendas de que le había denegado su último requerimiento.

     La viuda no soportó que por aquella causa las aspiraciones al matrimonio de su único varón quedaran insatisfechas. Su pundonor la fortalecía. Lo puso a punto para el siguiente certamen gimnástico conmemorativo del primero de los dioses. A él concurrieron completando el trayecto en jornadas que el púgil hacía a pie, la madre a su lado en una caballería de carga.

     Ya en la ciudad, supo que los entrenadores debían acompañar a los contendientes antes de que comparecieran en público, durante la pelea y después de que hubieran abandonado la palestra, con el fin de auxiliar al pupilo y darle aliento. Pero la presencia de las mujeres en las competiciones olímpicas estaba severamente castigada, tanto que si eran descubiertas las precipitaban a un desfiladero erizado de rocas.

     A sabiendas del peligro al que se exponía, la viuda se vistió como los entrenadores. Camuflando su voz y su anatomía, jadeó al combatiente, desesperó de los ardides del contrincante. Terminado el combate, la recluyeron en el recinto donde los preparadores debían aguardar el veredicto. Los jueces de su arrojo decidieron que otro fuera el vencedor, dictamen que impugnó airadamente. Tanto cargó con su ira los denuestos que la guardia que custodiaba el recinto fue a detenerla. Para evitarlo, saltó la valla del recinto donde había permanecido expectante, con tan mala fortuna que la prenda que la encubría quedó pendiente de la empalizada y su cuerpo desvelado.

     Por reconocimiento a sus evidentes méritos, más que a los de sus antepasados, fue indultada. Pero, en lo sucesivo, los entrenadores debieron entrar desnudos al recinto.


Parea

Daniel Ansón

En el promontorio Ténaro, en el extremo meridional de Laconia, cerca de la entrada al Hades había una fuente con propiedades únicas. Al asomarse a sus aguas, a pocas brazas de la superficie, se podían ver los puertos y las naves ancladas; todos los de Fenicia, de norte a sur, Alejandría, aún sin faro, los de Libia y las Sirtes, las radas de las Gadeira, el puerto de Menesteo con trirremes, pentecónteras y barcos de comercio y de pesca y gabarras de fondo plano, y sobre las dársenas más tranquilas, barcas con pescadores solitarios que empuñaban su arte mínima.

     Camellos, elefantes, onagros nacidos en el desierto, gente de color semidesnuda, pálidos semitas solitarios, que con sus astucias alentaban la prosperidad de los negocios, estibadores cargados con ánforas y fardos, sus dueños, armadores y comerciantes, capitanes de fortuna, pilotos sin empleo les daban vida.

     Nunca faltaron en el promontorio peregrinos dispuestos a experimentar el prodigio. Concurrían desde todas las latitudes, y nadie resultaba defraudado. Cuando antes sus ojos se repetía, fascinados bebían de las aguas de la fuente con la unción de un elegido, como los devotos de un lugar santo. Llevados por el transporte fuera del lugar y de su tiempo, pretendían que por sus venas fluyera el genio de la representación, para que, vueltos a sus patrias, quedara a su alcance lo que en silencio celaban sus vecinos.

     Demetrio el remero calculó las posibilidades que para los habitantes del lugar tendría que algo tan inusual siguiera ocurriendo. Epámenes el piloto se asoció con Licurgo el comisionista, Lisias y Baquílides, y Adrasteo el tornero, con sus cuñados, prósperos ceramistas de vasos decorados, todos forzados al servicio por sus carencias.

     En las casas de Leónidas, próximas al puerto, los que llegaban dispuestos a rendirse al misterio encontraban alojamiento. Los mesones de Epámenes y sus asociados les daban de comer, y las tiendas de Adrasteo les proporcionaban reproducciones de la fuente. Parea la hieródula se empleó como lavandera. Iba de una casa a otra, de las pilas a los mesones, de los mesones a las tiendas. Toda la población trabajaba para excitar la fiebre fabulosa, todos encontraron cómo sacarle partido.

     Una madrugada, sobrecargada Parea de ropa para lavar, tuvo que recurrir a la fuente. Por la mañana, el prodigio había terminado. Ahora solo pescadores de aguas someras sobreviven en el lugar. Tristes sardinas, boquerones escuálidos, algunas pingües caballas, de ojos planos y lomos hinchados, los deleitan.

 


Naufragio

Daniel Ansón

Era el náufrago de una embarcación enorme, de aquellas que cuesta mantener a flote; tal es su volumen, tanto su peso. Apenas disponen de capacidad para seguir navegando, parásitas de sí mismas. Imposible que se propongan empresas ambiciosas que sobrepasen el gasto necesario para seguir sosteniéndose sobre el agua. Se diría que solo navegan para evitar que las lleven al dique seco.

Antes había servido en otras, y simultaneaba su trabajo en la gran embarcación con viajes menores en barcos de menor calado. Eran empresas a las que no concedía la menor importancia, en ocasiones hasta aventuras algo insensatas que incluso su ocupación más delicada habían puesto en peligro. Mantenía sin embargo de manera estable cierta actividad que con la tierra lo unía siempre, y que le aseguraba la subsistencia. No era aquel ligero deber incompatible con ninguna de sus arrojadas travesías, ni con las más ambiciosas, ni con las más atolondradas.

Tras el naufragio, había navegado en solitario durante años y sin rumbo. Se alimentaba de milagro. De la catástrofe había conseguido salvar por azar algunas reservas de la nave; que no pone la mar embravecida al alcance lo que es de necesidad para seguir existiendo, sino aquello que nada a la vida añade y hasta le resta y la entorpece. Era no obstante su principal aliado en aquellos primeros días de lucha por seguir en la vida su particular reserva alimenticia, que más que algo era nada, y por eso resta de necesidad, gramos de menos para el consumo que al depósito del gasto a cada momento sumaba. Porque hay alguna química ni siquiera imaginada que transforma la voluntad de negarse el alimento en energía y coraje, y ayuda al ingenio y a la búsqueda de medios para seguir procurándose la ración cotidiana. Aprendió así artes de supervivencia altamente económicas y muy productivas.

En la balsa donde sobrevivía una tienda se construyó. Poco más que la tienda con la que los desterrados protegieron su tesoro más preciado cuando se vieron en el trabajo de atravesar el desierto. Apenas los vientos resistía, el agua la mantenía siempre húmeda y por ella pasaba sin que hubiera medio de impedirlo, y el sol más tibio sería solo nube que la envolviera.

Ahora desde allí veía pasar los barcos que cruzan el mar de un lado a otro, las naves aventureras, y sobre que ninguna reparaba en su presencia él las dejaba seguir adelante con una sonrisa en los labios. Le bastaba verlas para que supiera cómo eran por dentro, quiénes sus tripulantes, del aparejo y las provisiones; también del capitán y de sus gentes, y de todo cuanto unos y otros pensaban. Sin querer se había convertido en una gozoso faro errante cuya luz solo para él iluminaba. Bien sabía que aquel era su destino y que en ningún lugar, de ningún modo, encontraría más equilibrio.


Seducciones y espejismos

D. Ansón

I

He aquí que Dante seducía con su palabra. Nadie podría decir que era buen orador. Sus discursos eran improvisados, y cualquier oyente, oyéndolos, podía deducir sin demasiado esfuerzo que carecía de guión u orden alguno para prever cuanto pensaba. Al hilo de la sugerencia del interlocutor, un movimiento observado, la circunstancia más insignificante, hasta un recuerdo llamado por uno de los sentidos podían sugerirlos, y a partir de cualquiera de estos accidentes los creaba. Todo consistía en alumbrar una idea, la idea, como gustaba llamarla para sí, que bien podía ser lo visto simplemente descrito con delectación, o lo sugerido en cualquiera de los infinitos órdenes de la asociación de las ideas, debidamente velada en origen, cercada luego, por fin descubierta con pompa y aparato; o confesada desde un principio, como quien declara un secreto, y luego descompuesta en piezas, y de nuevo montada como una arquitectura que haga que parezca por completo nueva.

II

Si, mirando hacia el este, en alguna ocasión han podido sentarse a contemplar el horizonte en el momento en que empieza a subir la luz anaranjada, mientras sobre la cabeza todavía un último azul permite ver la última estrella, seguro habrán pensado, como yo en algunas ocasiones (que tengo la oportunidad de ver este paisaje con la frecuencia a la que me obliga el trabajo), que el sol es un alto horno. Ninguna propiedad hay en las cosas visibles que permita pensar así, y puede parecer que solo la idea previa sobre la magnitud de la energía que el sol libera justifica la conclusión. Si creen esto, y así se explican lo que está ocurriendo en su cabeza, la repetida experiencia me dicta que están sufriendo un espejismo. Hay algo más que el ojo admirado, si no interpreta, sí recibe y hace bueno, y cómodamente lo lleva instalado sobre una sencilla historia hasta el pensamiento. La luz es tan limpia que permite creer que todo está recién hecho. La arrasadora potencia del sol que avanza como la lava del volcán una vez más ha fundido todo lo que sobrevivió hasta la negra noche, y por su obra renace.

III

¿Ves aquel paisaje? Supón que ante tu mirada despierta, atenta, en la plenitud de tu conciencia, sin artificio alguno desaparece. ¿Admiras el esbelto edificio? Imagina que ante tus ojos, sin que ni siquiera haya un parpadeo de paréntesis, se esfuma. ¿Observas y confirmas con serena ingenuidad que tus pies pisan el suelo? Piensa que de golpe el pavimento de este piso te abandona en el aire a tu peso. Que montes y valles, cauces, árboles, imprescindibles matorrales, poblaciones vistas a lo lejos, el tránsito por las carreteras, el amable ferrocarril, los grandes bloques de viviendas y la arquitectura regia, la obra inferior de la casa común, el aire mismo, hasta aquellas deliciosas criaturas que son el mayor placer que a los ojos toca juzgar, todo de golpe desapareciera, por obra del más catastrófico de los seísmos, el más violento acontecimiento que imaginarse pueda. Eso sería la muerte. Como fácilmente podrás deducir, algo imposible.


La boca del dragón

Daniel Ansón

Las fiestas del Nacimiento han sobrevivido porque satisfacen la convivencia. El atractivo de su conmemoración, entrañable recuerdo para sus melancólicos promotores, algunos lo han justificado porque acogió celebraciones que están en trance de extinguirse. En algunos pueblos, con ocasión de ellas, con la candidez que caracteriza la vida del campo se recurre a diversiones domésticas que fomentan la convivencia entre familiares, una vez terminada la cena, motivo de encuentro y aprecio mutuo. La señora Llamas ideó una a la que llamó Boca del dragón.

En un plato la anfitriona vertió un licor añejo, decantado a partir de las mejores soleras que se conservaban en su casa, las mismas que el sano espíritu festivo de cada hogar, impaciente por celebrar las ocasiones, de sus cosechas reservaba para cada conmemoración singular. Antes de que el preparado saliera de la cocina, en el líquido había sumergido pasas, otra de las obras de la vida en el campo cuya espera del momento de disfrutarlas en familia las convierte en joyas de un valor incalculable. Cuando ya todos los convocados disfrutaban de la mutua compañía alrededor de su única mesa fraternal, en cuyo centro dispuso el plato con las pasas, prendió el licor.

Bajo la amenaza de las llamas culminó el banquete que había ofrecido a sus invitados; como en el transcurso de la celebración precedente la espada de los parientes había pendido sobre el menú ofrecido por la anfitriona. Los comensales, cuando aún ardían, con una de sus manos debían atrapar los frutos que estaban carbonizándose y comérselos.

Cualquier agresión de las llamas, en los dedos o en la boca, fue celebrada con vivas muestras de regocijo por la comunión de los consanguíneos, entre quienes los lazos de parentesco se cruzaban hasta grados tan proveedores que ni las peores quemaduras impugnaron, fuera en el lenguaje directo que se emplea en los mercados o con el recurso a las alusiones, que con el bálsamo de las palabras serenan los peores impulsos del corazón; hermanos junto a hermanos, cuñados frente a cuñadas, pacientes nueras o jacunos yernos paralizados por el rostro pétreo de suegras ingobernables.