Francesco Guicciardini
Publicado: abril 7, 2016 Archivado en: Apeles Ernesto | Tags: historiografía Deja un comentarioApeles Ernesto
Francesco Guicciardini es un analista inexorable, al estilo clásico, el mismo que heredó y consagró Tito Livio.
Su punto de vista es siempre el de su patria, la ciudad de Florencia, con la que se identifica mediante la primera persona del plural. Mantener invariable el punto de vista ayuda mucho a la comprensión de su relato, repleto de acontecimientos y personajes, alianzas que constantemente se agotan y renuevan, y enfrentamientos entre los poderes itálicos.
Sin necesidad de convertirlo en objeto explícito de su narración, a cada paso revela el origen clientelar del poder florentino, y así convierte este asunto en el protagonista de su historia, probablemente lo que la hace más valiosa para el lector contemporáneo por lo que a los contenidos se refiere. Su valor perenne tal vez será revelar con lucidez, sin ambigüedad, cómo se origina y se sostiene el poder en cualquier momento, aunque pase el tiempo inexorable. Como atributos de quienes alcanzan la cima del sistema clientelar reconoce la riqueza de las familias, fundamento de su preeminencia. Luego, la formación y las letras, que asimismo puede ser una vía para la promoción personal. Por último, también acceden a la élite los que adquieren responsabilidades magistrales gracias a su valía. En su forma de indagar y concluir sobre las raíces del gobierno hay que incluir la experiencia democrática, en Florencia desencadenada y sostenida por el iluminado Savonarola, premonitor visionario.
Cuando es necesario, para que las explicaciones tengan sentido detiene el relato cronológico y recopila antecedentes. Procede de este modo para describir conexiones y filiaciones, además de conmemoraciones de personajes y familias. Al contrario, cuando necesita mencionar algún hecho posterior, porque la secuencia del relato le obligue a mentarlo, la anticipación se limita a adelantar que lo tratará después. Su presentación completa se aplaza, advirtiéndolo, para evitar la interrupción de la prevalente exposición cronológica lineal. También para transitar recurre a breves anticipaciones. Y cuando los hechos son simultáneos, los ordena por separado y los expone sucesivamente. Un excurso, que se inserta en el orden cronológico a propósito del hecho con el que se relaciona, sirve para informar sobre una institución del estado. Y aunque no lo declare, admite la recurrencia de los hechos. Si no estuviera convencido de que actúa, no habría redactado, y revisado sucesivamente, sus Recomendaciones y advertencias, que pretenden dotar a su lector de reglas útiles para la vida. (Aunque cuando recomienda y advierte le interesa sobre todo él.)
Al principio, parece el receptor de historias una y cien veces contadas en el círculo de los allegados a las instituciones de gobierno y las familias potentadas, bien recopiladas por él, bien procedentes de narradores que le precedieran, en cuyo caso su trabajo habría consistido en ordenarlas y verterlas en su estilo. Pero, avanzado el relato, cita fuentes, quizás porque su idea sobre estas se identifica con el testimonio directo. Tal vez porque así ganaba en aproximación a los hechos, escribió en distintos momentos.
Su propia experiencia sería su fuente dominante, razón por la que puede protestar la certeza sobre lo que narra alegando que al suceder los acontecimientos no estaba en la ciudad. Entre sus experiencias también pudo estar ser parte de un auditorio que oyera historias alejadas en el tiempo. Pero reiteradamente alude a su memoria como medio de información, aunque a veces sea para confesar que duda de la información de la que dispone. Así, el testimonio sobre la duración de un encuentro, no demasiado creíble, que remite a lo que contaron quienes participaron en él. O para declarar que no recuerda una causa o un lugar, o hasta para admitir abiertamente ignorancia, como por ejemplo cuando debe mencionar cifras de combatientes. O para confesar que renuncia a contar porque desconoce los detalles o sus razones, y que cuando ignora prefiere callar. Pero sobre ciertas disputas políticas admite manejar fuentes propias que no revela, y a propósito de la vida de Lorenzo el Magnífico, dice que los datos que maneja no proceden de su experiencia personal, porque cuando el personaje murió él era un niño. Sus informantes, para este caso, fueron personas y fuentes auténticas, fidedignas.
Buena parte de su interés se concentra en averiguar las causas de los hechos que narra. Al principio, la causalidad la aísla de manera directa, y la descubre inmediata y por tanto única. Pero para explicar determinados hechos duda entre dos posibilidades en al menos un par de ocasiones: “[…] no se hizo nada, ya sea porque Dios lo haya querido para algún buen fin, ya sea porque la fortuna haya decidido burlarse otra vez de nuestros afanes […]”. Efectivamente se refugia en la intervención divina cuando no encuentra otra explicación causal: “[…] aquel Dios que muchas veces nos ha ayudado en nuestras angustias no quiso que Florencia muriera […]”. O “Pero la justicia divina quiso […]”. Aunque también opta por el azar: “[…] quiso la suerte […]”, “[…] cuando de repente la fortuna […]”. Admite la interferencia de prodigios, como presagios de muerte, al estilo antiguo, en el caso extraordinario, aunque parece más un medio para enfatizar que un procedimiento para encontrar explicaciones.
Pero se permite la conjetura cuando no está seguro de conocer la causa, y también especula con diversas causas, dos, tres e incluso más, lo que convierte al análisis y la reflexión en fuentes alternativas y punto de partida para que sus amplificaciones brillen, con tanta conciencia de su efecto que evoluciona a proclive a exponer haces de causas, y especular con distintas posibilidades para encontrar explicaciones termina convirtiéndose en un recurso frecuente. Para juzgar sobre el origen de hechos de dudosa explicación, examina circunstancias: para quiénes pudieron ser un perjuicio y a quiénes beneficiar, más allá de cuáles fueran las razones admitidas, antes de optar por una. Y a veces, con cierto aire de recurso de estilo, declara no saber por qué.
Se decide por la ecuanimidad cuando llega el momento de enjuiciar los hechos más polémicos, y raramente toma una experiencia por modelo y generaliza. Pero cuando lo hace, moraliza, para lo que aplica lo que cree un valor universal: proteger la riqueza es beneficioso para la ciudad. A veces argumenta, en favor del relato, que se trata de hechos que no se deben olvidar, y otras, toma hechos por ejemplo para quienes deben dirigir, con el fin de advertirles que deben ser previsores si desean eludir por completo los peligros que acechan esta responsabilidad. Cuando narra la amenaza de crisis, llega el caso en el que opta por la admonición, aunque concediéndose un margen entre la ironía y el cinismo. “Quise mencionar este episodio para que los que se encuentran gobernando una ciudad tengan siempre presente que si no están en condiciones de poder coaccionar al pueblo, deben actuar con suavidad y paciencia; si se llega a la aspereza, el pueblo empieza a enojarse y resistirse, de modo que ya toda cooperación resulta imposible.” (XIX, [6]). Y no le parece razonable quitar la vida a un militar porque haya prestado sus servicios a quien le pagaba.
Casi no enfatiza ni se destempla. Expone sin que le altere el asunto y apenas adorna el texto. Ya muy avanzado el relato, en el capítulo XXIII, recurre al símil del piloto del barco para referirse a quien tiene la responsabilidad del gobierno. Poco después, en el XXV, insiste en él, y todavía, ya casi terminando el texto, en el XXVIII, retorna otra vez a lo mismo. En los últimos capítulos se adorna algo más, aunque con sencillez: “[…] ponían oídos de mercader […]”, “[…] tenía en sus manos una carta segura […]”, “[…] fue lo mismo que hablar a sordos […]”.
Tan solo se traiciona parcialmente cuando retrata a Lorenzo el Magnífico; parcialmente, porque en realidad se atiene al canon del encomio del héroe o varón ilustre. Dejándose llevar por un tópico similar, el retrato del antihéroe lo personifica el papa Alejandro VI. Y duplica el encomio del héroe con la semblanza de Savonarola, el otro protagonista de su relato, cuya semblanza alcanza un tono muy intenso cuando relata su muerte, cumbre de su estilo lineal. Las efemérides de los protagonistas, en particular las defunciones, las aprovecha para insertar sus biografías, también en esos casos a modo de encomio fúnebre.
Pero, tal como ocurre con todos los clásicos, lo que seduce al lector de la posteridad es casi tan eufónico como conceptual. Los criterios para la correcta elección de los sustantivos, y la elocuencia cuando adjetiva y amplifica las explicaciones, están tan cuidadosamente elaborados que el lector los acepta como una propiedad natural de su discurso, aunque demuestra que es un recurso consciente que explícitamente valore que la elocuencia no sea artificiosa y abstrusa, sino natural y comprensible. El resultado es un relato diáfano que no desfallece, directo y claro cuando plantea cualquier asunto. Lo vertebra con una red de verbos que ejecutan la acción continua, y nunca recurre a grandes complejos sintácticos. Para sus periodos, decide unas duraciones y se impone una melodía. Las longitudes de cada unidad se atienen a medidas previstas y, en una versión al castellano respetuosa con el original, el lector aprecia que resuelve sus cortas cláusulas con ritmo trocaico, aunque las cargue internamente con contrapuntos moderados.
Certamen
Publicado: abril 1, 2016 Archivado en: Apeles Ernesto, Diomedes del Ponto | Tags: historias Deja un comentarioApeles Ernesto y Diomedes del Ponto
–Aún no se habían prolongado las milicias como guerrilla ciega y áptera, y ya su felonía se había consumado. La falta de juicio que precede a la edad adulta, que a los hombres convierte en héroes del suburbano de otra ciudad, ascendentes a las alturas de los andamios, reptadores del proceso administrativo por galerías con luz eléctrica, lo había precipitado, junto con otros de su misma o similar inconsciencia, a combatir contra un ejército experimentado en la guerra colonial, sus mercenarios y algunos civiles uniformados con prendas militares.
“Habían elegido como alcázar desde el que resistir un edificio alto, que permitía avistar a quienes se acercaban, dispuestos en tres líneas paralelas, por las arterias que hasta él llegaban, los campos del entorno, algunas colinas lejanas horizontales. De reciente construcción, se podía confiar en su fortaleza, que incluso resistiría las agresiones de las armas que los artilleros enemigos manejaban.
“Durante décadas se ha creído que quienes allí se hicieron fuertes, durante un par de jornadas a lo sumo, cuando fueron conscientes de su incapacidad para rechazar a las fuerzas mercenarias, vanguardia del tridente, aguijoneadas más por un hambre feroz que por el desembarco que hasta tierras que podrían serles promisorias les había traído, se habilitaron una retirada segura que a todos permitió ponerse a salvo.
“La documentación que he reunido demuestra que al menos durante los meses que siguieron, y probablemente mientras duró la contienda, combatió en la vanguardia de las tropas a las que durante aquellas heroicas horas había hostigado, contra las que había disparado, apostado en una ventana, inexperto e inconsciente francotirador. Puede conjeturarse que no todos los resistentes consiguieron ponerse a salvo saltando por la parte posterior del celebrado edificio, fortaleza improvisada, búnker de la enajenación. Si examinas su planta, puedes observar que es fácil, dado que su centro y principal área tiene forma oval, quedar atrapado en alguno de sus pasillos laterales, curvos, confusamente convergentes, adaptados a aquella elipse soberbia y tiránica, al servicio de sus comunicaciones.
“Debió ser sorprendido cuando bajaba por una de las escaleras laterales que dan a los pasillos, obligado a depositar su arma en el suelo y, porque ya había sido elegido por la fortuna, en vez de ser ultimado de la manera más expeditiva en aquellos mismos lugar y momento, conminado a levantar los brazos y conducido, exhibiéndolo en tan extenuada actitud, al centro de las detenciones como reo del peor de los delitos que en la guerra, contraria a la justicia, puedan incriminarse. Concuerda con los hechos posteriores la posibilidad de que sus captores ante él presentaran en papel timbrado una solicitud de combatiente voluntario, cuando fuera requerido en otros frentes, en la primera línea de las tropas que desde su captura lo violentaban; que firmó, ofreciendo a cambio su persona y su familia. Faltaban al menos un par de años para que se completara la segunda década de sus días, y con unos pocos y torcidos signos decidió el rumbo de su vida para el resto de su existencia.
–Pero es cierto que sufriría prisión. Para la escarda, en una porción de las tierras que entonces fecundaban con monótonos cereales, fue demandada poco más de una docena de hombres. A tal número ascendía el de quienes dedicándose al trabajo agrícola al tiempo conspiraban, una vez derrotados y vueltos a su origen, contra sus vencedores. Eran el germen renovado, una vez desangrados los cuerpos precedentes, del mismo viejo movimiento político, el de los niveladores, antes y después deslumbrado por el principio insensato de la ecuanimidad. Precaución, silencios, distancias, la más devota desconfianza, más en conocidos que en ignorados, habían permitido poner a prueba la única fidelidad que el miedo permite, la cordura cobarde, proteína de la que se nutrió la nueva célula. Sirviéndose de aquellos lazos, previamente anudados entre ellos, se constituyó el grupo compacto y solidario, que respondió a la oferta de aquel trabajo.
“Armados con sus hierros primordiales, aquellos hombres inestables movilizaron sus medios de subsistencia, incluidas sus mujeres, en actitud de contribuir a sus aspiraciones e incrementar los ingresos de cada familia. Todos se instalaron en un edificio solitario en el centro de las tierras laborales desde antiguo construido, único signo de la presencia del hombre en los parajes semidesérticos generados por la vieja agricultura. Tras sus muros, pasado el umbral de la única puerta, porque no estaba compartimentado, los sexos de quienes trabajaban, cuya naturaleza les impedía reposar cuando llegaba la noche, solo estaban separados por un cordel y un par de mantas de él pendientes que cruzaban la única habitación de lado a lado hacia la mitad de su longitud.
–Claro, y fue él mismo quien se encargó de propagar, pasado el tiempo, que la delación de la que fueron víctimas a continuación había sido la respuesta de uno de los cónyuges solidarios, que se sintió tan ecuánime como defraudado por su esposa.
–En el campo, solar donde tuvo su origen el trabajo productivo, a los hombres los celos les crecían con el ocio, como la mala hierba cuando el arado dejaba inmóvil la tierra. Unas lluvias persistentes a mediados de enero habían obligado a parar. Bastaron un par de días, persistiendo aún el tiempo adverso, para que de madrugada, cuando nada hacía prever que la luz volvería a alumbrar las tierras empantanadas, la policía rural detuviera a todos los hombres de la cuadrilla, de los que positivamente había sabido, gracias a la implacable delación, que formaban una célula conspirativa. Otros más fueron encarcelados en la población por ser parte de la misma trama, hasta que en los calabozos, consumado el dispositivo, los encausados sumaron una veintena.
–Y durante tres largos años arrastró sus huesos por calabozos y celdas, prisiones habilitadas en antiguos conventos cuyos cubículos, armados con muros de piedra, prefería compartir con roedores, insectos y líquenes hijos de la humedad, que por capilaridad filtraba la piedra, no con seres humanos.
–Recorrió toda la geografía como huésped de penales, los del norte semejantes a los del sur, los del este idénticos a los del centro, todo el movimiento inútil, el paisaje invariable.
–Entre quienes con él fueron objeto del proceso, los hubo proclives a una opinión que mantuvieron durante toda su vida: que la detención origen de la condena, que a la veintena de hombres había privado de la libertad que la vida cotidiana consiente, fue parte de un trabajo que se le había encomendado, la delación de un responsable político al más alto nivel, quien efectivamente, mientras duró el encarcelamiento sufrió detención y tortura, y que por último fue ejecutado.
–Así fue. Contra su voluntad, plegándose resignadamente a las decisiones de sus compañeros dirigentes, permanecía al frente de la única organización conspirativa que actuaba dentro del país, declarada fuera de la ley y perseguida. Residía en la capital, en casa de unos correligionarios a quienes la seguridad del estado aún no había clasificado. Para enmascarar las actividades que justificaban sus riesgos se servía como coartada de la representación comercial, lo que le permitía viajar en todas las direcciones, completar todas las distancias en cuantas etapas fueran necesarias, tomarse descansos donde la extenuación lo arrojara, alojarse donde en cada caso conviniera.
“Uno de los lugares a los que acudía con regularidad era el que con sus conciudadanos habitaba la veintena detenida. Seguro recuerdas al viejo comerciante, de ojo obtuso y mirada incierta, que vendía toda clase de vendibles en el centro de la ciudad.
–A la vista de una copia de la imagen del dirigente, que antes que la muerte lo condujera a la nada le mostré, repitió con insistencia el nombre con el que ante él se presentaba, hermético e insignificante para cualquiera de nosotros, alarmante para quienes con él tuvieran el trato que a estas tierras lo traía. Incluso evocó el traje que vestía, que llegaba por ferrocarril, los frascos de perfume que en cada visita le suministraba.
–El día de su detención había mantenido varias reuniones acompañado por otros dos correligionarios. Terminados los encuentros, él y su cómplice más allegado caminaron juntos hasta la calle perpendicular a la de su domicilio. “Nos despedimos como cada día y él se dirigió hacia su casa. Me dijo que luego iba a reunirse con algún contacto que le iba a facilitar papel y una máquina para hacer octavillas.” Como tenía previsto, se dirigió a la entrevista pendiente, para la que se había citado en una plaza céntrica.
–Nadie ha resuelto si para que se completara el peor desenlace fue necesario más que al dirigente se le viera en aquel lugar en tan singular compañía. Pero de los actos siguientes se deduce que el hombre que tan mal le iba a servir conocía sus hábitos.
–Quienes se preocupaban por su seguridad, insistían en que se desplazara en taxi. Desoyendo sus consejos, a continuación, tal como solía, subió a un autobús. En él solo viajaba un número indeterminado de pasajeros, que quienes pretenden ser más precisos cifran entre dos y seis, aunque todos coinciden en afirmar que cualquiera de aquellos hombres era un agente de la seguridad del estado.
–No tuvo que reflexionar para saber que lo habían vendido. Por rabia gritó a favor de sus ideas, el gesto habitual entre quienes acorralan en situaciones extremas, concentrado su ser en el centro donde, como pieza de carbono puro, cortada y contrastada por experto gemólogo, reside la voluntad incontaminada. Por su inexperta reacción dedujo la policía que había cobrado una de las piezas más codiciadas por el aparato que aquel estado creara para la persecución de quienes consideraba sus peores enemigos.
–Fue conducido a sus dependencias centrales. Durante una de las sesiones del interrogatorio, fue precipitado desde el primer piso a un callejón. Cuando explicó este hecho a su abogado, le contó que mientras lo torturaban, valiéndose de insistentes preguntas sin respuesta, lo arrojaron por la maldita ventana, esposadas las manos por delante. Porque el instinto lo forzó a proponerse amortiguar la caída, de sus extremidades solo se fracturó las dos muñecas, pero no pudo evitar sufrir graves lesiones en el cráneo por la frente. Al trascender a la prensa lo ocurrido, el responsable de las comunicaciones del gobierno declaró que el detenido, mientras estaba siendo interrogado, se subió a una silla, abrió una ventana e inopinadamente se arrojó por ella.
–Se da por seguro que su delator fue el mismo contacto que le iba a suministrar medios de propaganda rudimentarios, un miembro de la organización que sin embargo desconocía su verdadera identidad. Había sido detenido días antes y había pasado algunas semanas en la cárcel. Todo indica que aquel intermediario compró su libertad, desde aquel momento y para el resto de sus días, a cambio de la delación. “Nunca más supimos de aquel hombre”, dijo quien había compartido con el dirigente detenido sus últimos momentos de libertad.
“No es probable que el contacto felón fuera vuestro héroe, quien había sido detenido un par de años antes y aún permanecería en la cárcel otro más. Pero teniendo en cuenta que el delator, según los datos de los que disponemos, había abandonado la prisión hacía poco, sí pudo obtener la información que le valió su libertad de él, con quien debió convivir.
“La panadería suministraba excelentes conspiradores a las actividades clandestinas. Quienes amasaban, incansables manipuladores de las palas durante toda la madrugada, semidesnudos ante los ardientes hornos de rojas bocas vertiginosas, podían actuar con nocturnidad sin incurrir en sospecha.
“Un panadero, contra todo pronóstico, había sido de la veintena. Cuando completó su infame humillación, antes que volver al lugar donde durante años había conspirado, y por esta causa sufrido persecución y cárcel, decidió instalarse a mil kilómetros de distancia. Satisfizo su libertad recuperada representando de otro modo su vida, porque entre los hombres, si la moneda del tiempo se emplea en longitud, se adquiere la ilusión de poner el cronómetro a cero. De siervo de la noche pasó a dueño del día, aun a costa de todos sus saberes, de todos los medios de los que antes había dispuesto para sobrevivir. No obstante, nunca se resignó a dejar sin saldar sus cuentas pasadas. Periódicamente, al lugar donde por su voluntad la fortuna lo había herido enviaba mensajes anunciando su visita, quizás su retorno, que a vuestro héroe desazonaban. Pasaban los años y no satisfacía su designio, hasta que una muerte inesperada, tal vez no inoportuna, le impidió consumarlo.
“No voy a pretender que la mano del héroe injustificado llegara tan lejos, tan rigurosa, tan cruel. Solo quiero que sepas que en la cárcel de la capital del estado, donde estaba el centro de todas las operaciones destinadas a las capturas, durante el segundo año de su condena, en una misma celda, pudo darse una triple coincidencia: el panadero, vuestro hombre y el delator del dirigente. Su trabajo en el campo apenas le daba para vivir. Ser recluido en prisión, si allí iba a ser objeto de un trato preferente, era exiliarse por un tiempo a un refugio seguro y muy bien remunerado.
“La imaginación se ha excedido en las conjeturas, al proponer que el más alto responsable de la organización, que entonces permanecía oculto en el extranjero, y todavía durante años se enrocaría en sus prevenciones, celoso del poder que ganaba en el interior quien se exponía a dirigirla sobre el terreno, se habría servido de vuestro varón para consumar una purga inmisericorde. Tendrás que admitir, sin embargo, que con esta explicación concuerda la insobornable fidelidad que este siempre mantuvo hacia el cerebro supremo.
“Y en esto, a ti, y a otros tres insensatos, tan víctimas como tú del espejismo de la imposible igualdad, se os ocurrió fundar toda la legitimidad de vuestra iniciativa en su vuelta a la actividad pública, una vez cumplida su condena. El hombre humillado por una sentencia injusta, gracias a vuestro aval, que por vosotros era el de una nueva generación, renació al siglo con una dimensión gigantesca, imperturbable, como si su paso por las cárceles lo hubiera acrisolado en bronce y erigido en un pedestal.
“Creíste que durante su prisión su familia había sobrevivido gracias a la solidaridad de sus correligionarios, a la que enviaban con cuanta frecuencia podían cantidades que al menos le permitían su manutención. De una vez debes convencerte que este fue otro de los errores a los que te llevó tu inconsciencia, tu precipitación, tu falta de sensatez, poco igualada entre los de tu edad, tan propensa a la estúpida pasión niveladora. También en este caso preferiste la causalidad heroica al examen sereno y frío de los hechos, que nadie más que tú jamás tuvo a su alcance. He reunido tal cantidad de indicios sobre las fuentes de aquellas rentas que es imposible aceptar tan edificante causa. El dinero que recibían sus allegados procedía de los servicios secretos, túnel subterráneo de la seguridad del estado, en pago al trabajo que desde los años treinta prestaba. Vuestro hombre procedía de un mundo de falsos héroes, envuelto en leyendas, dominado por la miseria.
–A ti y a mí, a los de nuestra generación, que hasta entonces había permanecido ignorante de la cantidad de sangre que consumen los más poderosos, por un día nos fue dado verla llegar hasta la calle, tanto más injusta y violenta porque era excepcional. Un destacamento armado, al mando de un oficial ebrio, irrumpió en medio de una masa informe, que se disolvió como la espuma golpeada por la lluvia, apenas una ráfaga de fusil ametrallador disparada. No el ruido de los disparos, no la sangre vertida, sí la muerte provocada, cuando de ella se supo, desencadenaron el pánico.
–La gente que tú y yo conocemos, cobarde y retraída, desconfiada hasta de sus allegados, calculadora incluso de las palabras que silenciaba, durante las horas que el cadáver yació sobre la losa, a la espera del juicio que el forense debía emitir, y también expectante y acobardado aguardaba, quedó recluida en sus domicilios. Sin embargo, él, mientras transcurrían, haciendo ostentación de un valor temerario, anduvo todo el tiempo por las calles, levantando la voz cuando los demás apenas murmuraban, condenando con palabras muy explícitas al autor de los disparos mortales. Porque no tenía nada que temer. ¿Necesitas un testimonio más concluyente de su cinismo? ¿A qué más tendré que recurrir para demostrar que vivía blindado por sus crímenes?
“Si a través de vosotros recuperó el vínculo con la organización del interior, antes tuvo que ocurrir que hubiera quedado roto, no por su voluntad, sino porque fuera condenado al ostracismo, la sentencia más severa que como réplica, en exceso benevolente, a la enciclopedia de maldades que había consumado podían permitirse quienes habiéndolas sufrido carecían de otras armas. Fuisteis vosotros, con vuestra descomunal inconsciencia, quienes consumasteis la injustificable resurrección a la vida pública de quien ya había sufrido la muerte civil.
“Ni te imaginas lo que pude sufrir durante los días que tú te entregabas a la aventura del héroe juvenil. Tu madre, una vez que supo que estabas enredado en juegos absurdos y peligrosos, como más próximo a ti me encomendó que te cuidara. Padecí en silencio aquel encargo, al tiempo que evité limitar tus actividades. Hasta simulé aproximarme a tus compañeros de aventuras, yo, que nunca quise mezclarme en actividades de esa clase, que he cuidado permanecer equidistante de quienes vulgarizan la vida reduciéndola a opuestos. Pagué demasiado caro mi destino y tu insensatez.
“Estoy convencido que para mí fue fatal aquella fotografía que nos tomaron, en la que tú y tu novia, y yo y la mía, aparecíamos entusiastas y confiados, orgullosos de su compañía, y él en el centro, dominante y seguro, el cuello abotonado, su cabeza cubierta con la mascota de los días de gala.
–Entonces ignorábamos que quien la tomó actuaba como delator, amparado en su aparente oficio de fotógrafo. Era un hombre de mediana edad, bien parecido, siempre con su cámara colgada del cuello, sobre el pecho, con el flash conectado, cuya batería cargaba a ratos de un hombro a ratos del otro.
–Gracias a aquella instantánea, la policía dispuso del señalamiento incriminatorio que con el tiempo nos culpó a todos.
–Así como aquel funesto sacerdote, heraldo del infierno, que durante el día ante la puerta de su templo aguardaba el paso de quienes había decidido relajar al brazo secular, a quienes detenía con preguntas ociosas y equívocos parabienes, y finalmente abrazaba, señal acordada, ante la discreta mirada de los insaciables captores.
–No te voy a recriminar que por esta causa fuera conminado a incorporarme al ejército de manera improrrogable, menos aún que durante el tiempo que estuve en filas me viera obligado a portar armas, a hacer de guardián de gente que había desertado, que durante todo aquel tiempo todos mis movimientos fueran estrechamente vigilados, mi correspondencia censurada. Lo que no puedo perdonarte es que por tu causa me viera reducido a la condición de cobarde.
–Absurdo. Permíteme que te evoque, ser arrogante, antes de que la memoria de sus gestas se extinga, la obra de hombres singulares antepasados nuestros, entre los que la excelentísima miseria de nuestro héroe se vio obligada a contarse, quizás como entre las arenas del litoral, triturados por las incansables olas batientes, los sanguinarios colmillos de los tiburones muertos; tal vez como en las orillas al ocre de las arenas los marineros descompuestos, tributarios del mar, aportan un rojo luminoso. Antes que ellos, hubo quienes cambiaron de lugar montañas, desviaron el curso de ríos, inmensos mares comunicaron entre sí partiendo por la mitad continentes enteros. Ninguno de estos portentos, aun siendo merecedores de la gloria que la humanidad prodiga, se puede comparar a los suyos. Los hombres cuya vida encomiar debo afrontaron la muerte y la vencieron. A ninguna conquista, quienes les sucedimos después, podemos quedar tan obligados por el reconocimiento y la gratitud.
“Nacieron mortales en el grado más severo, como los insectos, como los seres invertebrados del rango inferior, de vidas tan frágiles que por horas miden. Eran parte de proles excedidas, supervivientes de frecuentes partos de variable fortuna. Si entre ellos el primogénito alguna preeminencia ganaba, era un deber, compartir con los padres la carga de la descendencia. No solo en un cubículo, para toda una familia segregado, hacinados crecieron. También fueron chozas, y hasta cuevas horadadas en rocas calcáreas que destilaban humedad, el refugio extremo de sus hogares. De alimento les sirvió la hierba que al ganado nutría, ente cuyos desechos crecieron las hojas verdes que en sus cocinas después permitían un sustento escueto. Nada había de humillante en aquella manera de nutrirse, al azar de los tiempos confiada. Solo por su fuerza supervivientes, por la misma causa que la del buey sus vidas conservadas, del vigor que ganaban por tan escasos medios se enorgullecían.
“A ellos su noble dignidad jamás les consintió hacer públicas sus carencias, en secreto por todos compartidas. No deseo que las encomies. Solo quiero que tomes nota precisa del lugar donde estaba marcada su línea de salida, para que estimes el alcance de sus adelantos, los mayores que la civilización hasta ahora haya permitido
–¿Aun reconociendo el favor que a los hombres hacen las leyes de sus estados y los derechos que las garantizan, la mayor de las bendiciones que haya conquistado la humanidad?
–El cuadro te parecerá excesivo. Nada hay de patético en él. En nombre de la verdad que los encumbraba solo puedo decir que hablo por lo que me tocó ver, porque con esto conviví primero. Mis recuerdos del principio los pueblan gente mal vestida, niños sin ropa y descalzos, muchedumbres comprando alimentos que no podían pagar, que siempre adeudaban, largas cuentas registradas en papel con lápiz, nunca del todo sufragadas, a pesar de las esforzadas entregas semanales, imborrables. Por aquellas señales supe que me había tocado nacer en el desierto, que un abismo había entre sus gentes y que el estigma del linaje era indeleble. Y detesté mi origen.
–Es muy probable que en el efecto moral que aquellas escenas tuvieran en tu caso alguna responsabilidad le cupiera al hermético universo en el que nacimos. Solo quienes deben sufrir el fanatismo con el que alguna vez han sido dictados los dogmas, con el propósito de anular las voluntades, pueden imaginar el volcán de rebeldía que la imposición insensata puede desencadenar en los inconformes. No es el menos probable la evasión rigorista.
–Sé que a oídos sensibles como el tuyo, nacidos para el verso, parecerá inapropiada la mención de la miseria, que a la vista de los hombres debe ser hurtada. Porque los oídos, las manos, los órganos que componen la armonía de la vida deben concentrarse en el patrocinio de un orden equilibrado, el que está negado al caos cotidiano y que sin embargo, aunque sea a su costa, tal vez algún día a sus descendientes, ya no a él, beneficiarle pueda.
–Distraerlos del oficio excelente los expone a la degeneración.
–Imagino cómo pueden ser recibidos por ti mis recuerdos de aquellas existencias, tan marginales, tan multitudinarias. A un par de seres de tu misma clase, yo aún víctima de la mejor ingenuidad, le revelé que entre los hombres que padecían aquella condena los había que debían ganarse su renta empujando piedras de molino, cuyas soleras, luego, para el ligero sueño de sus noches, largas como las condenas, les servían de lecho. Cómo ridiculizaron mi relato, a costa de él cuánto rieron sin disimulo. No tengo que convencerte de la veracidad de aquel testimonio. Ante tu sensible oído solo tendré que mencionar la autoridad de mi padre, que tú también distinguías sobre todos, quien de niño, según contaba en ocasiones, pudo ver, entre los muros de su lastimada casa, cómo a quienes en ella trabajaban las exigencias se les imponían de ese modo.
“El primero de los héroes que conocí apenas sobrepasaba mi edad. Acudía a los encuentros solo, desprovisto de cobertura, a sabiendas de que cualquier error en sus juicios, sus excesos de confianza, corrían a cargo de su libertad. Agotábamos jornadas de iniciación en campo abierto, en lugares donde cualquier aproximación podía ser advertida, aun a cientos de metros de distancia. Unas antiguas canteras, tajadas desde la cima de un inhóspito cerro, la falda de una loma afrontada a llanuras extensas, desprovistas de vegetación, las bardillas de un puente en ruinas, atravesando un cauce seco y sin vegetación eran lugares en los que la seguridad era un cálculo que confiaba en la velocidad de la huida.
“Por su medio descubrimos que en los subterráneos había sobrevivido una numerosa legión de aquellos hombres singulares. Los había hecho grandes ser héroes a su pesar, valientes a fuerza de arrojo, abnegados y coriáceos. Durante años quedaron expuestos al peligro con la osadía del inconsciente, con la presteza con la que el matador se expone a las peores astas. Cualquiera que no conociera su temple podría juzgarlos estúpidos. Eran sin embargo los hombres más equilibrados, de costumbres moderadas, antes que nada responsables conductores de sus hogares, por la naturaleza que en sí mismos celebraban concebidos. Eran nobles de una sola palabra, almas trabadas con la más sólida e invisible cantería. En vigilia permanente ante la amenaza, un giro de sus rostros, una mirada fulminante, eran bastante para orillar al imprudente, alertar contra el peligro, delatar al desleal. Ningún rasgo de insensatez, nada de temeridad había en ellos. Solo valor, consecuente deglución del arrojo y sus riesgos.
“Antes que ellos, por idénticas conclusiones, otros hasta la muerte habían arrostrado. Nada había que hiciera sus decisiones superiores. Impuestos en tan brutales exigencias, eran capaces para conmemorar el aislamiento, refugiarse en el más radical silencio, celebrar el decanato entre quienes habían sumado el número mayor de días pasados en la cárcel. Los había cuerpos incorruptos mantenidos por el coraje, seres solo piel y huesos supervivientes más a las carencias que a las torturas. Probablemente nunca se propusieron alcanzar un orden armónico, a cuya posibilidad habrían sobrevivido decepcionados, una vez sufrida la derrota en una guerra. A muchos les bastaba para justificar el reto de la inmortalidad la memoria de un antepasado fatalmente expeditado, la fidelidad que le era debida, explicar la tragedia y el llanto cotidiano de sus mayores. Quienes los admiramos, por nuestra voluntad nos dispusimos a secundarlos y en la matrícula del mismo barco nos enrolamos.
“Durante un tiempo, él parecía el único superviviente de las travesías precedentes, por mí conocido cuando decidí hacerme a la aventura.
–Habría sobrepasado los cincuenta y vivía en permanente aislamiento, y un inopinado azar lo había convertido en guarda jurado, ocupación de policías licenciados.
–Entonces, a esta evidencia no concedimos significado, como para el hijo son invisibles los rasgos que la corrupción traza en el rostro del padre. Nos citaba al atardecer en el lugar donde permanecería en vigilia durante toda la madrugada. Se apartaba de nuestras conversaciones, soslayaba nuestras discusiones. Se negaba a saber más que lo imprescindible.
–Es posible que la necesidad le obligara a tomar decisiones comprometidas.
–Tampoco sé si alguna vez pude ser objeto de sus delaciones. En ninguna de sus decisiones vi algo que pudiera parecerme desleal, y jamás percibí nada en mi contra que pudiera juzgar alentado por él. Es cuanto con honradez puedo decir.
“Mientras tanto, te oía proclamar tu desprecio a la democracia, engendro de mediocres. Nunca antes entre nosotros alguien se había expresado con tanta brutalidad. Reconozco que entonces ignoraba el cinismo de quienes tuvieron responsabilidad en la promoción de la fórmula contemporánea. Pero concédeme que a tan temprana edad deseara aquel analgésico, habiendo sabido del injustificable dolor padecido durante años por la leva precedente.
“Sin embargo, no era ningún principio moral el que justificaba tu intolerante actitud. Hacías ostentación entonces de un atributo que impedía a quienes por él estuvieran poseídos, por naturaleza seres superiores, descender a las pasiones civiles. Como si quienes habíamos optado por exponernos al riesgo de las procelosas travesías de mares encrespados estuviéramos incapacitados para distinguir los olores, o para apreciar las melodías que las palabras, más allá del verso, las lenguas con generosidad conceden. No diré que fuiste un cobarde. Tampoco que entre tus subterfugios estuvo la ridícula comedia de la grandeza de tu condición. Lo que, aun pasado el tiempo, que difumina los perfiles, te ha hecho definitivamente infame ha sido tu intención de destrozar su memoria, presentándolo como un traidor corrompido y contumaz.
“Nunca sabré si acerté en mis decisiones, porque ese balance está reservado a quienes juzgan al fallecido. Pero puedo garantizarte que gracias a todos ellos, sin exclusión, encontré mi patria, la gente más noble del lugar donde me había tocado nacer, el que antes había aborrecido. Desde entonces no he conseguido abjurar de mi pasado, que mis contemporáneos, y entre ellos tú, detestan. No puedo ignorar las brutales desigualdades que entre los hombres ha creado la ley contemporánea, que los abandona a su suerte, que no garantiza la igualdad que por naturaleza exigen. Probablemente esta manera de hablar me valga severos calificativos. Tú, sin embargo, ni siquiera un nombre mereces.
Amiano Marcelino
Publicado: marzo 29, 2015 Archivado en: Apeles Ernesto | Tags: historiografía Deja un comentarioApeles Ernesto
Oriental de nacimiento, gracias a que su patria era griega pudo utilizar el latín como un objeto, con la misma destreza que el orfebre repuja las hojas de los metales, ya diestro en el manejo de los medios adquiridos durante su aprendizaje. La independencia entre las palabras de su identidad y las que utilizaba para el relato le permitieron manipular la expresión con la destreza de un entallador.
En la parte conservada de su obra, la materia primera para el texto, como ya hicieron los creadores del género, la toma de su experiencia militar. Campañas, guerras o intrigas alrededor del príncipe son, como para sus predecesores, sus mejores asuntos. Hasta la peste que paraliza los combates, feliz tópico de Tucídides, luego replicado por Lucrecio, fue uno de sus temas.
Pero la unidad de su relato no es el resultado de una introspección que le haya permitido crear un discurso exculpatorio. Es un atributo externo garantizado por la sucesión de los hechos, la forma más asequible y segura de ganar la complacencia de cualquier lector del género; quien, partícipe por herencia de las mismas reglas de composición, concede el curso del tiempo como un impulso natural, para el que no es necesaria justificación, de los hechos historiográficos. Quien actúa así delega en la secuencia biológica, inexorable, la causa de la cadena de los comportamientos, sin que se crea obligado a presentar prueba alguna a favor de estas razones.
Juliano, el césar de occidente, luego emperador, protagoniza el relato que se ha conservado. A decir del texto, adornaba sus acciones con elegantes palabras. Así el narrador, que mueve todas sus secuencias como las ruedas, que al desplazar los vehículos no parece que acusen el rozamiento, sobre combinaciones de ingenios textuales encadenadas.
El recurso de procedimiento común al relato consiste en superponer planos, como el pintor que crea un paisaje. Sobre el fondo va disponiendo personajes secundarios, mientras reserva los lugares centrales a los protagonistas. Las oraciones principales son las que ejecutan las posiciones precedentes, y toda la clase de las subordinadas, injertadas con limpieza en aquellas, va creando los sucesivos planos y la profundidad. La nobleza de la narración la garantizan las longitudes de los periodos.
Cuál sea el procedimiento de la historiografía lo explica de la siguiente forma. Una vez narrados en orden y con todo el esmero posible los hechos sucedidos hasta una época inmediata a la actual, no es conveniente adentrarse en asuntos demasiado cercanos, porque así se evitan los peligros que crea decir la verdad, recurso obligado de esta clase de relatos. Descontado que al escribir historia hay que ser totalmente sincero, es compatible con los discursos atribuidos y la reiterada recreación de combates, cuyas múltiples variantes pretende compensar la monotonía del que el autor ha elegido como asunto primero, las acciones bélicas lideradas por los emperadores. En discursos y documentos se puede servir del testimonio apócrifo para ganar en veracidad, tal como el canon antiguo tenía aceptado, y en los excursos geográficos puede insertar breves relatos exóticos, no siempre depurados de elementos fabulosos, al estilo de Herodoto.
Alejándose del presente, el autor elude soportar después las duras críticas de los que examinen los detalles de su obra. Unos, tal vez la descalifiquen por haberles perjudicado, en caso de que hubiera mencionado lo que dijo el protagonista en una cena. Otros, por no explicar la causa por la que unos soldados fueron castigados ante las insignias, o por no ser conveniente que, en la extensa descripción de una zona, se omitiera alguna explicación acerca de unas fortificaciones insignificantes; aquellos porque no se han expresado los nombres de todos los que se habían reunido para presentar sus respetos ante el pretor de la ciudad. Y así otras muchas supuestas faltas, de las que juzgarían que no se atenían a unas supuestas leyes de la historiografía.
Al contrario, el género debe aplicarse a narrar hechos esenciales, y no a escudriñar minucias y acciones insignificantes. Si alguien quisiera conocer eso, es como si pretendiera contar los pequeños corpúsculos que flotan en el vacío, que entre los griegos reciben el nombre de átomos.
Suplica a sus futuros lectores, si es que los tuviera alguna vez, que no le exijan narrar con exactitud lo sucedido, o especificar el número de los muertos, una tarea totalmente imposible. Bastante sería con no ocultar la verdad con mentira alguna y narrar los hechos más importantes.
Nicolás Maquiavelo
Publicado: enero 18, 2015 Archivado en: Apeles Ernesto | Tags: historiografía Deja un comentarioApeles Ernesto
En Florencia nació en 1469 y en Florencia murió en 1527. Hijo de familia noble, aunque de escasa fortuna, de su juventud y primera formación, que coinciden con los casi treinta años anteriores a la república democrática que gobernó su ciudad, es poco lo que se sabe. Cuanto de ellas se dice se colige de lo que se conoce de su padre, jurista y autor, quien ya vivió vinculado a la cancillería de la república y a los círculos humanistas de la ciudad. Se supone por tanto que recibiría una buena y extensa educación.
Cuando alcanzó la edad activa primero se dedicó a los negocios, para muchos de sus conciudadanos origen de su bienestar. Pero en 1498 entró al servicio de la administración de Florencia como secretario de la segunda cancillería, cargo desde el que ascendería a otras responsabilidades, que le permitirían una comprometida y brillante carrera política hasta 1512. Durante todo el tiempo que logró sostenerse la república democrática en Florencia, Maquiavelo actuó bajo la condición de secretario, probablemente auspiciado y al servicio directo de su máxima autoridad, Piero Soderini, el gonfaloniero vitalicio de aquella experiencia política.
Actuó Maquiavelo durante sus primeros años de servicio público ateniéndose a una modalidad de representación de los intereses de un estado que con precisión expresa la palabra secretario. Recibía de la autoridad florentina instrucciones sobre cómo debía actuar ante otro estado por vía reservada, la misma que él empleaba para exponer cómo con lealtad había cumplido lo que le ordenaban, sin que en ningún momento dispusiera de poder para actuar. La franqueza con la que entonces los estados preferían comportarse en sus relaciones impide llamar a aquella labor espionaje.
Por su posición social no pudo aspirar a los cargos de embajador o de gobernador. Pero por ser declarado partidario de la república y contrario a la oligarquía desempeñó durante aquel intenso periodo numerosas misiones diplomáticas ante el papa, el emperador y la mayor parte de las cortes europeas. Tuvo importantes responsabilidades y su trabajo fue de reconocida eficacia. Cuando no cumplía encargos diplomáticos, la secretaría de Maquiavelo satisfacía el designio de formar un ejército propio de Florencia, fuerza de la que carecía la ciudad, lo que en opinión de Maquiavelo la hacía fundamentalmente vulnerable.
Cuando en Florencia, tras la victoria de Prato, del año 1512, entraron las tropas españolas, promotoras de la restauración oligárquica, Maquiavelo al instante cayó en desgracia. Los Médicis, de nuevo dueños de la situación, lo destituyeron del cargo que tenía en la cancillería y hasta consiguieron que fuera momentáneamente encarcelado. Pero pronto recupera la libertad, aunque bajo la condición del deber de exiliarse, y se retira a una finca situada en el sereno campo que rodea su ciudad. Fueron aquellos obligados años de inactividad pública, y fue entonces cuando dispuso de mayor sosiego para entregarse a la escritura. Toda la obra extensa de Maquiavelo es posterior a su cese administrativo, aunque en todo fruto de la experiencia adquirida durante su dedicación a esta actividad en los años de su plenitud, pero también del verdadero origen de su erudición, su excelente formación autodidacta.
Así describe Maquiavelo las condiciones que hicieron fecundo su ostracismo: “Llegada la noche, me vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en el umbral me quito la ropa de cada día, llena de barro y de lodo, y me pongo paños reales y curiales. Vestido decentemente entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres, donde –recibido por ellos amistosamente– me nutro con aquel alimento que solum es mío y para el cual nací: no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos con su humanidad me responden; durante cuatro horas no siento pesar alguno, me olvido de toda preocupación, no temo a la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente en ellos. Y como Dante dice que no hay ciencia si no se retiene lo que se ha aprendido, yo he tomado nota de aquello de lo que en mi conversación con ellos he hecho capital.”
Primero emprendió la redacción de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, glosa del comienzo del texto del autor latino con fines analíticos, pero desde la que deduce reflexiones políticas en favor del gobierno republicano y democrático. A continuación redactó la obra que más fama le ha dado, El príncipe, un tratado de teoría política sobre la práctica del gobierno.
Para entonces sus relaciones con los Médicis ya debían haber mejorado notablemente, si es que alguna vez estuvieron seriamente deterioradas, y volvió a ser llamado para que participara en la vida pública, aunque tal vez desde posiciones más discretas. Por encargo de Julio de Médicis, a partir de 1520 emprende la redacción de unas Historias florentinas, a veces conocidas como Historia de Florencia, que no tuvo concluidas hasta 1525. Es su segundo texto historiográfico, quizás no tan estimable como el primero. Su objetivo declarado es interpretar los acontecimientos ocurridos en la ciudad, tomando como referencia la oposición permanente entre los grupos que en ella se enfrentaban y no narrando solo las guerras que Florencia sostuviera con enemigos externos. Pensaba que de esta manera era posible explicar el fracaso de la república que tan de cerca él mismo había vivido. Así resultó un relato histórico igualmente inspirado por su pensamiento político, solo que más directo.
Cuando su personal promotor, Julio de Médicis, consiguió ser el papa Clemente VII lo llamó a Roma para que trabajara a su servicio, y efectivamente allí se estableció en 1524. Pero restaurada la república en Florencia en 1527 todavía aspiró a recuperar su antigua posición en la cancillería. Pero porque unos temían que los despojara de sus bienes y otros porque recelaban que les arrebatase la libertad, por último vio defraudadas sus postreras ambiciones políticas. Decepcionado por este fracaso, ya en plena vejez y en medio de la anarquía, murió aquel mismo año.
Disponía Maquiavelo de un ingenio rápido, y disfrutó de una gran curiosidad, que no le abandonó durante toda su vida. Con estos dos fundamentos, el práctico y el intelectual, fue elaborando su pensamiento político, primera materia de la que todos sus escritos se alimentaron. En el campo historiográfico, donde fue particularmente considerado –sus contemporáneos lo tenían por historiador– la obra de Maquiavelo tiene una importancia excepcional para el progreso de la reflexión sobre la teoría de la historia. Es probablemente el más abierto defensor de la historia como medio para adquirir el arte del buen gobierno. “En el ordenar las repúblicas –dice–, mantener los estados, arreglar la milicia y administrar la guerra, en juzgar a los súbditos y aumentar el imperio no se encuentra príncipe ni república que recurra al ejemplo de los antiguos.” Cree sin embargo que esto no solo es recomendable sino incluso eficaz, porque en su opinión la naturaleza humana es siempre la misma. En cualquier estado a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que puede ocurrir, así como aplicar a los acontecimientos previsibles las soluciones cuya eficacia ya fue comprobada por los antiguos; y si no fueran encontradas, discurrir otras originales por similitud de las circunstancias. En la actuación humana la acción del azar queda limitada por la previsión. Por eso el objetivo al que aspiraba con su trabajo historiográfico era la elaboración de un cuerpo doctrinal a partir del examen de los hechos pasados, semejante a cuanto los juristas podían conseguir gracias a los comentarios de las leyes.
En sus obras de historia Maquiavelo se interesó por las cuestiones sociales, el origen del estado, el papel de la religión y la ley y las consecuencias de la actividad económica de los hombres, si bien para el estudio de cualquiera de estas cuestiones se rigió por el principio clásico de la apropiada selección de los datos que debían ser tratados. De esta manera los argumentos del relato conocieron una notable expansión, así como los objetos de la investigación histórica. Inspirado al tiempo por el objetivo que al estudio de la historia imponía, no solía aplicar el criterio de la división temporal de la materia sino que prefería la sistemática o lógica de los hechos, lo que junto con el abuso de los discursos hermosos y de los detalles novelescos han sido señalados como los mayores defectos del texto de Maquiavelo. Pero lo cierto es que de esta manera de concebirlo deriva su característica división interna de la obra en libros.
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