Precios diarios

Abel Émerson

Para vender el trigo, la cebada o el aceite, en las poblaciones cuyos municipios contaban con la gama más completa de las instituciones locales, el corregidor, en ejercicio de su autoridad judicial, debía conceder las licencias respectivas. Era general la que amparaba las operaciones de temporada. Cada interesado iba vendiendo el producto que poseyera ateniéndose a sus términos. Para las ventas que no estuvieran autorizadas por una licencia general, debía pedirse una especial a iniciativa de parte. En respuesta, el corregidor le concedía comerciar los efectos que parasen en su poder.

     Cualquiera de las licencias obligaba a la intervención de un corredor profesional, que mediaba entre el productor primario y su cliente. Aparte su negocio, el procedimiento le tenía reservado un papel. Debía declarar cada venta, una vez efectuada, ante el escribano de cabildo.

     Los términos de la declaración del corredor no serían demasiado exigentes, es posible que por contagio de las licencias, que probablemente también eran lo bastante imprecisas como para amparar la variedad de las transacciones. A un corredor se le podía acusar de haber incurrido en defecto cuando en su declaración no constaban las cantidades vendidas cada día y sus precios. Pero cuando los intereses se enfrentaban, una parte podía impugnar la obligación de que licencias y declaraciones de los corredores tuvieran que expresar por menor las partidas a las que daban garantía.

     Además, quien vendía, en el diario que tendría que llevar, debía dejar constancia de la salida de las partidas comercializadas, el precio obtenido por ellas, las personas a quienes fueron vendidas, corredor o corredores que intervinieron y la autorización judicial que para ello precedió, para que cotejados los asientos de las partidas con licencias y declaraciones se verificase, en caso necesario, cada compraventa.

     Tan esforzado control permanente de los mercados locales de trigo, cebada y aceite estaba al servicio del cobro de alcabalas y cientos, servicios integrados en el sistema de recaudación de los ingresos de la corona conocido como rentas provinciales. A su administración local, con el fin de liquidarle los pagos correspondientes, había que dar cuenta de todas las ventas, haciendo constar, por medio de los justificantes de la licencia y la declaración del corredor, que se habían atenido a las condiciones impuestas por la autoridad.

     A pesar de tantas previsiones, o quizás como consecuencia de sus excesos, la recaudación de las rentas provinciales se prestaba a la defraudación.

     Para relajar las obligaciones contributivas de sus vecinos, los municipios solían recurrir al encabezamiento, en el que a los derechos de alcabala y cientos causados por razón de las ventas se le adjudicaba de antemano una cantidad a ingresar. Cuando los que no habían declarado alguna operación eran sorprendidos en falta, ante la administración de las rentas provinciales justificaban haber actuado de aquel modo diciendo que la real hacienda, dado el encabezamiento, no salía perjudicada si se vendía más o menos.

     Era una simplificación no del todo sostenible. La gestión local de las rentas provinciales, al margen de la que fuera la cantidad comprometida por el encabezamiento, y justo buscando superarla, aunque solo fuera para deducir algún beneficio a favor del municipio, podía combatir las defraudaciones a que el gravamen directo de las compraventas conducía optando por cargar las tarifas del servicio sobre las superficies cultivadas cada año, dando así por supuesto que todo el producto terminaría buscando los mercados para optimizar su rendimiento.

     Las dificultades para controlar todas las operaciones efectuadas, aparte la voluntad defraudadora, en buena parte serían también consecuencia del comportamiento espontáneo de los mercados. Era frecuente que un lote se vendiera en el momento en el que surgía la oportunidad, antes de expedirse los libramientos judiciales o sin intervención ni declaración de los corredores, e incluso sin que constara licencia para la venta.

     Para salir al paso, si una operación ejecutada de esta forma quedaba al descubierto, con posterioridad a la venta el corredor se apresuraba a hacer su declaración ante el escribano, una iniciativa que pretendía suplantar la autorización judicial. Aunque la declaración del corredor se refiriese a ventas efectivamente hechas y fuese fidedigna, carecía de legalidad. No había precedido la licencia y la declaración forzada del corredor probaba la venta defraudadora. El tiempo transcurrido entre la venta efectiva y la declaración del corredor era suficiente para probar la falta ante la autoridad que la perseguía.

     Cualquiera que fuese la eficacia de aquel procedimiento fiscalizador, o el efecto coercitivo que tuviera la persecución de los defraudadores, en los libros de la recaudación de las rentas provinciales del municipio quedaban registradas todas las operaciones que hubieran cumplido con las formalidades requeridas. A partir de este fondo documental, el contador de las rentas provinciales, entre otros informes fidedignos relacionados con los mercados, estaba en condiciones de emitir certificados con valor testimonial de las cantidades de trigo, cebada y aceite que constaran vendidas cada día, de cualquier procedencia, y del precio que hubieran alcanzado durante el periodo para el que se solicitaran.

     Entre la documentación contable de una casa, aparece un certificado de la contaduría de rentas provinciales del municipio donde tenía su residencia, solicitado a instancia judicial para completar las pruebas de un proceso. Emitido el 8 de febrero de 1727, en él constan los precios que tuvieron en aquel lugar los granos y el aceite determinados días del periodo comprendido entre el 8 de febrero de 1725 y el 20 de julio de 1726.

     Ahora no será fácil encontrar libros de cuenta de los vendedores que cumplan con las exigencias de la justicia local, y de conservarse solo estarían en condiciones de acreditar las ventas particulares de un productor, dispersas entre las ventas de una temporada. Los libros de la recaudación de las rentas provinciales, si se han conservado, están en mejor posición para proporcionar información continuada y al detalle sobre los precios. A partir de ellos sería fácil elaborar estadísticas de su tiempo como las que se han conservado en los depósitos municipales del sudoeste, algunas de las cuales ya hemos presentado en estas mismas páginas.

     Con el certificado de 8 de febrero de 1727, aunque sea parcial, es posible descender hasta el comportamiento diario de los tres mercados, un estrato de las transacciones que nos niegan las estadísticas que hasta ahora conocíamos, y que hasta aquí solo habíamos podido suponer. Gracias a él se puede reconstruir el proceso de las ventas cotidianas, y comprobar hasta qué punto esa escala inferior o dimensión mínima del tiempo de los mercados rurales tenía algún efecto sobre las ganancias. De su virtualidad al menos es una prueba directa que para cualquiera de las cotizaciones registradas por la administración de las rentas provinciales el cuartillo de real de vellón sea la unidad monetaria que marca las diferencias. El día sería la dimensión del tiempo que permitiría el ajuste fino de los precios.

     En el certificado, los precios a los que se vendió la arroba de aceite son demasiado discontinuos para llegar a alguna conclusión segura sobre el alcance de sus cotizaciones diarias. De ellos solo se pueden obtener algunos indicios parciales.

     Las fuerzas que concurrieran al mercado del aceite en un población no serían tantas como para mantenerlo activo a diario. De los once días sobre los que informa el certificado, en tres no hubo compraventas de aceite, una proporción que aunque las posibilidades de observación sean tan limitadas parece alta.

     En los que sí hubo, las denominaciones apenas añaden algo a lo que pude averiguarse a través de informes referidos a una escala del tiempo mayor. El precio diario es único en seis de los ocho casos, y en los otros dos la oscilación se limita a entre un cuarto y medio real. El mercado diario del aceite también debió ser muy estable.

     Lo que más valor tiene es saber, gracias a las especificaciones del certificado, que el día que había concurrencia podía ser doble. Una parte de las ventas se consumaban en el campo y la otra en la ciudad. Debió ser la consecuencia de la localización de las instalaciones para la fabricación del aceite. Como de los ocho registros seis se refieren a precios alcanzados por el aceite en el campo, podemos pensar que estaban preferentemente localizadas en el lugar o cerca de donde se producía la aceituna, y que las transacciones se cerraban tan a ras de tierra para que el costo del transporte del aceite vendido quedara descargado sobre el comprador.

     Por el único día del que consta que estuvieron abiertos a la vez el mercado rural y el urbano, se puede pensar que este incrementaba los precios, tal como lo confirma el único en el que funcionó él en solitario. Su denominación de la arroba reincide en la más alta de la escueta colección. El aceite comprado en la ciudad sería producido en ella, tendría que hacer frente al costo del transporte, que se descargaría sobre el precio, o simplemente agregaba al valor del bien la localización urbana de la compraventa, se hubiese o no producido allí, porque la red de vías de comunicación que llegaba a la ciudad era la mejor. Como cuando abrían los dos mercados la diferencia es de medio real, es posible el incremento de costo del hecho urbano llegara a ser algo significativo aun en operaciones de poco volumen.

     El certificado de los precios de los granos se refiere a 69 días, de los cuales se vende cebada en 22. En las semanas previas a la cosecha, el mercado de la cebada estaba abierto todos los días, incluidos los domingos. Pero desparecía a fines del verano y se extinguía en pleno invierno. Podemos aventurarnos a creer que tal vez estuviera operativo solo una tercera parte del año.

     Cuando más venta de cebada había cotizaba a dos precios, y excepcionalmente a tres. La diferencia entre el mínimo y el máximo, en cualquiera de los casos, solía ser de entre un cuartillo y medio real, y solo en una ocasión alcanza los tres cuartos. Pasada la primavera, si había venta de cebada, el precio era único.

     El mercado del trigo, según afirma positivamente el certificado, era urbano. Si quedaba concentrado en la ciudad, y bajo su control, era porque a pesar del costo que originaba, el trigo que producía cada explotación su promotor lo transportaba a sus almacenes de la ciudad, localizados en el domicilio propio mientras en él hubiera espacio, en donde lo suponía al mejor recaudo.

     De los 69 días a los que se refiere el certificado del precio de los granos, solo en 5 no hubo ninguna transacción de esta mercancía. La frecuencia de la excepcional falta de compraventas se dispersa por toda la serie. No se concentra en una época definida, y siempre afecta a solo un día, que es la duración máxima de la interrupción de este mercado. De él se puede decir que no solo está abierto todos los días, incluidos domingos, sino que es el único los agropecuarios permanentemente activo. La enorme diferencia, por frecuencia de casos, con los otros dos productos protagonistas de aquella agricultura está lo suficientemente marcada como para justificar que las economías rurales de fines de la época moderna concentraran sus esfuerzos en la producción de trigo. La preferencia por el trigo la colmaba su mercado. Cuando cotizaba más alto, su precio triplicaba al de la cebada, y cuando menos era más del doble.

     Todas las explotaciones, de la clase que fueran, en las poblaciones suroccidentales contarían con que a lo largo del año podrían disponer de su oportunidad para la venta en el momento que decidieran. No solo podían contar con que encontrarían comprador, sino que además la mayor parte de las veces tendrían la oportunidad de optar a varios precios. Solo en 30 días de cada cien el precio es único. Era doble en 42, triple en 16 y cuádruple en 4.

     Aunque en el mercado legal las diferencias de precio en un mismo día solo excepcionalmente podían llegar a ser interesantes, la gama de las posibilidades estaba muy abierta. No había diferencia, porque el precio era único, en 30 días, y era de menos de un real en 22 (de ½ real en 16 y de ¾ en 6). Pero era de entre 1 y 1 ½ en 26 (de 1 en 16, de 1 ¼ en 1 y de 1 ½ en 9), de 2 en 9, de 3 en 3, de 3 ½ en 1 y de 4 en 1.

     Aunque el certificado solo reconoce como causa que marca la diferencia de valor entre los granos que estén zarandeados y limpios, es fácil suponer otras, como el aspecto del grano o su rendimiento en harina. La exhibición de la primera, de la que se encargaban los corredores cuando ofrecían el producto, era más frecuente que la segunda, que aun así los dueños del producto, tal como iban almacenando las partidas, se apresuraban a comprobar en los molinos domésticos.

     Quizás tampoco sea necesario especular con argumentos que excedan a los que utilizan los testigos. Las oscilaciones diarias de cualquiera de las tres series que recoge el certificado las explica uno de los intervinientes en el proceso en lenguaje directo. Cada uno compra y vende como puede, y según la urgencia y coyuntura y la calidad de la cosa, y por esto en un mismo día suele venderse el género a tres o cuatro precios.

     Antes que la calidad, era la percepción subjetiva del transcurso del tiempo la que activaba los mecanismos de los mercados rurales. Una constatación tan inequívoca tiene consecuencias de método. Los mercados de los productos principales de la economía rural, cualquiera que sea la dimensión del tiempo que tomemos, llevarán invariablemente como marca original su percepción subjetiva. Cualquiera de las cotizaciones de las que podamos disponer distinta a la diaria solo puede ser una interferencia estadística elaborada desde premisas a partir de la observación diaria de los hechos.

     Parece que no es mucho, salvo que se recapacite sobre la condición relativa del tiempo. Siempre es obra de cada cual, de su capacidad para percibir los fenómenos. El juego del mercado rural, el del trigo sobre todo, era el resultado del fuego cruzado de las aspiraciones y las percepciones. Si se tiene en cuenta el inevitable componente de enajenación de los comportamientos, que a los mercados llegan de la mano de las creencias, las supersticiones, los sistemas o, de manera más perentoria e inexorable, de la mano de los poderes, que tienen capacidad y medios para imponer sus decisiones, el desasosegante abismo de las decisiones individuales, que angustiarían al analista con el infinito, queda algo más cerca de las explicaciones que puedan ensayarse.

 


Los precios deciden

Abel Émerson

De los precios de hace casi trescientos años se conservan algunos registros. Uno de ellos está coleccionado en unos cuadernos de tamaño folio, en los que sus autores fueron anotando los precios mínimo y máximo que cada semana alcanzaban bienes vendidos entre enero de 1752 y diciembre de 1799 en un mercado, la población donde se conservan; cuarenta y ocho años de información regular de cuando aún las estadísticas apenas existían.

     El plan fue concebido para once productos (trigo, cebada, habas, garbanzos, aceite, lana, carnero, vaca, cerdo, tocino y macho cabrío). Es posible que proviniera de una decisión administrativa. A mediados del siglo décimo octavo las autoridades de la región suroccidental insistían en pedir información sobre precios semanales. Incluso es muy probable que el origen de esta preocupación haya que atribuirlo a los sucesos de 1750. Aquel año, en plena crisis, la administración regional una vez más quiso coleccionar informes de precios. Tal vez las crisis, que podían ser esperadas, que excitaban las compraventas, inspirasen las decisiones más ambiciosas, incluidas las administrativas. Pero solo durante las dos primeras décadas se cumpliría un programa tan extenso. Después, quedaría reducido a los cinco productos que proporcionaban los ingresos más estables de las empresas que se concentraban en la agricultura (trigo, cebada, habas, garbanzos y aceite).

     Para la cotización del trigo, la mercancía en la que por el momento he decidido concentrar mi atención, la colección estadística tiene cinco lagunas. Tres solo afectan a una semana: una de junio de 1766, otra de diciembre de 1779 y la tercera de noviembre de 1792. La cuarta es de medio año, el comprendido entre el 25 de noviembre de 1758 y el 11 de mayo de 1759. La más importante es de un año nada menos, del 31 de diciembre de 1790 al 29 de diciembre de 1791. No son inútiles las lagunas, como no lo son los errores. Los vacíos, junto con las secuencias caligráficas de los manuscritos, así como que los cuadernos no tengan las formalidades propias de los documentos, aun tratándose de un depósito administrativo, son razones suficientes para creer que se trata de una colección de copias compuesta a partir de uno o varios originales, estos sí probablemente creados por el gestor público, que no se han conservado en aquel depósito o que al menos fueron reunidos en una colección aparte.

     De todos los testimonios que hablan en favor de que sean copias, es resolutiva la laguna más importante, probable error consecuencia de un salto de igual a igual. Es posible que los copistas de los precios fueran varios, aunque es seguro que todos estaban formados en la caligrafía de los amanuenses de fines de la época moderna. Por el depósito que ha conservado la colección, se puede conjeturar que pudieron ser empleados de un municipio, que tenían acceso a la documentación relacionada con la gestión de los asuntos públicos, con la posibilidad de dedicar una parte de su tiempo a la copia por encargo. Tal vez trabajaron para una sociedad económica, un club interesado en esta clase de informaciones. La que hubo en la capital de la región, que prefirió calificarse a sí misma de patriótica, en el primer volumen de sus memorias, que salió de la imprenta en 1779, entre las páginas 129 y 134 publicó una estadística similar; precios máximos y mínimos del trigo, tal como habían cotizado en su alhóndiga entre 1649 y 1778. Pudo ser un registro oficial de mercados semejantes a la alhóndiga el responsable remoto de los valores utilizados por los autores de los cuadernos locales que vamos a emplear como fuente para el análisis de los precios del trigo. Tal vez los encargos a los copistas se fueran sucediendo, y esta fuera la causa de los cambios en la caligrafía. Pero se puede asegurar que el último tuvo que completarse con posterioridad a 1799, porque la serie se interrumpe coincidiendo con el final de este año, una cifra expresiva del límite de un ciclo, no en los hechos, sí para los cómputos. Esto permite suponer que la serie, bien de los originales bien de las copias, pudo extenderse hasta los comienzos del siglo décimo noveno al menos, y que tal vez fue coleccionada en otro legajo que no ha tenido la fortuna de sobrevivir.

     La unidad de tiempo que usa la estadística es la semana. Pudo ser una parte nada despreciable de la experiencia que se adquiría en los mercados, no digamos del comportamiento de los especuladores. Una y otro fueron descargados en su estadística por los responsables más remotos de la redacción de los cuadernos al elegirla. Pero excluye la posibilidad de observar las oscilaciones del valor de los bienes durante menos tiempo. Al tomar esta decisión, sus autores impidieron sobre todo el análisis de los cambios de los precios del trigo a lo largo de un día, en cuyo transcurso se efectuaban las operaciones de compraventa.

     Sin embargo, aquella decisión de los autores de la estadística no es un imponderable. La duración de la semana no está borrada por completo, en los cuadernos el rastro del día solo ha desaparecido parcialmente. Al decidir que se registraran hasta dos valores por semana, el mínimo y el máximo, sus redactores permitieron que fueran observables los cambios de valor durante la unidad de tiempo menor posible, y así describir del mejor modo las oscilaciones de los precios del trigo en el tiempo concreto. En la convivencia de ambos valores en la misma unidad de tiempo verían contenida suficiente elocuencia para explicar el fenómeno regular de los permanentes cambios de valor de aquella mercancía. Así pues, al considerar máximos y mínimos nos hacemos partícipes de la experiencia de los autores de la estadística.

     No obstante, se puede sospechar que sobre el registro de ambos valores carga la rutina. Anotar una diferencia de dos reales entre ellos durante una semana, tal como es frecuente, puede ser una manera convencional y expeditiva de expresar la oscilación habida, sin perder el tiempo en más detalles, ni creerse en la necesidad de buscar información más precisa sobre un hecho que al fin y al cabo es de sobra conocido. Pero con más frecuencia que la diferencia de 2 reales se registran las de 3, las de 4, que son las mayores absolutamente, y hasta las de 5. Es verdad que los valores pares se imponen sobre los impares, como es regular en cualquier secuencia de anotaciones estadísticas, y que el registro de los valores enteros se impone sobre el de sus respectivos decimales, a excepción del valor 1.5. Aunque nada de esto es distinto a lo que se observa en las tablas de precios de cualquier mercado al por menor, de acuerdo con esta descripción tendríamos que reconocer que tal vez hayamos perdido en precisión. Pero gracias a la dispersión de los casos podemos estar seguros que la amplitud de la observación, en sustancia, ha sido retratada con sus rasgos habituales más visibles.

     Los precios están denominados en vellón, una carga métrica que puede tener consecuencias para la correcta apreciación del fenómeno. La inflación del vellón a partir de 1772, y no los cambios en el aprecio de los bienes, pudo ser responsable de una parte de las oscilaciones registradas. De ser así, habría que neutralizar su efecto, para evitar que el cambio de valor de la moneda contaminara la observación del cambio de valor de las mercancías. Pero examinada la tabla bruta de los precios registrados, se aprecia que las alteraciones de la denominación en moneda de cuenta del valor de los bienes se comportan con autonomía en relación con el paso del que sea de los valores del tiempo. Antes y después de la inflación de 1772 se observan valores extremos, tanto en un sentido como en otro, y también antes y después se los puede encontrar moderados. Máximos y mínimos son pues aleatorios, y cualquiera de ellos lo es respecto de la duración de su ciclo. Los efectos de la inflación estarían por tanto absorbidos o serían indiferentes a la cotización del trigo.

     Hasta donde llega mi información, creo que para el suroeste estos precios semanales contienen el grado más alto de observación de un mercado del trigo hasta ahora conocido, así como su descripción continuada más completa. El elegido tenía alcance comarcal. Tal vez de ahí vino la atención que decidieron concederle a sus cotizaciones unos contemporáneos interesados en los fenómenos mercantiles. De su valor eran tan conscientes al designarlo como observatorio que de ellas encargaron copia, y luego quienes las vieron anotadas aunque reconocieran que no eran documentos propios de aquel depósito decidieron conservarlas en él. No es frecuente encontrar colecciones de precios con estas propiedades. De su condición extraordinaria se tiene la certeza si se la compara con las descritas en las obras clásicas sobre la historia de esta materia, incluida la mercurial de París de E. Labrousse.

     La historiografía tal vez le haya concedido demasiada importancia a los precios. En su origen hay un interés que le es ajeno. El que hubiera cuando se formaron las primeras grandes colecciones tenía objetivos de política económica. La atención que en su momento se concentró en el estudio de la revolución de los precios del siglo décimo sexto no es indiferente, al menos en el tiempo, a las primeras formulaciones keynesianas ni a la política de New Deal. Las elaboraciones literarias referidas al pasado, aun sin considerar su papel de mediador técnico para determinadas elaboraciones teóricas, le confiaron la responsabilidad de termómetro de los síntomas económicos, de donde a veces dedujeron comportamientos y causas que los datos por sí mismos no ponen al descubierto. Cuesta trabajo aceptar muchas de sus deducciones, buena parte de ellas basada en elaboraciones estadísticas que van dejando atrás los datos originales según van avanzando; ahora dejan a un lado los valores excepcionales, luego toman los que describen unos movimientos según los principios del modelo A o el B, e ignoran los demás. Tales métodos pueden ser útiles para ciertas demostraciones, pero crean un artificio que oculta los comportamientos espontáneos. Son lamentablemente tautológicos en la medida en que incluyen en los instrumentos de análisis las premisas de las que parten, a veces cínicamente presentadas como hipótesis. Ni siquiera el año-cosecha, el artificio más neutro que se consintió la historiografía de los precios antiguos es suficiente para respetar las oscilaciones que describen los números. Siguió la pauta que trazaban los textos contemporáneos a los hechos estudiados, que estaban tan interesados en crear una opinión homogénea como en encubrir las tácticas que efectivamente permitían los mejores beneficios. Así los relatos historiográficos se convirtieron en una parte anacrónica de aquel orden.

     Para ganar una posición independiente puede bastar un axioma incontrovertible a partir del cual inducir. Los precios, cuando los propone quien oferta, están destinados a contenerlo todo: las inversiones y los gastos, los beneficios y las rentas, las detracciones y los intereses, y por supuesto la satisfacción de las necesidades inmediatas a la supervivencia y los deseos menos perentorios. Cuando acepta un precio, quien vende aspira a cubrir con el ingreso que obtenga esa totalidad. Lo hará o no, tendrá que resignarse a una cantidad por debajo de la que desee o podrá completar una operación que le proporcione una ganancia por encima de la más optimista de las previsiones. Pero en todos los casos sus aspiraciones a alcanzar aquella totalidad estarán siempre en el origen de las decisiones mercantiles que tome. Todo su esfuerzo se concentrará en alcanzar el mejor orden de monopolio para el medio en el que actúe; de la dimensión y de la duración que sea, pero que permita en algún momento dictar el precio para aquel ámbito, una aspiración que le quedará tanto más lejos cuanta mayor sea la capacidad del comprador para elegir oferta. Así concebido, el precio es mucho más que un indicador. Es el que finalmente decide. Si el analista retrocede a lo largo de su composición y de sus avatares, puede recorrer el camino que lleva hasta el último de los esfuerzos acumulados para crear el bien que lo permite y obtener el beneficio.

     Por ahora, mi objetivo es reconstruir, sirviéndome de los precios, con la mayor fidelidad posible, los comportamientos que confluyeran en el mercado del trigo, un propósito no menos ambicioso que potencia tienen las estadísticas fuente. Parto del principio de que el relato más detallado de las oscilaciones de los precios es el que permite la restauración más completa de los actos que es posible conocer tomando como pauta estas colecciones de números, sin que la cantidad garantice que el rescate sea más fiel solo por cumplir esa condición. Pero, tratándose de hechos cuantificados, la masa permite llevar su ponderación hasta el límite, que por definición es el lugar hasta donde alcance la información conservada. La reiteración de los números registrados descubre lo que en aquel mercado había de anodino y gregario. No hay evidencias sobre que los comportamientos discurrieran al margen de estos límites. Su examen desde el principio demuestra que los actuantes se atenían al principio de razón, por cuya causa se comportarían tal como los demás presumieran y tuvieran consentido. Sobre este principio se sostiene lo que la teoría económica llama el comportamiento racional de los agentes; el fatídico principio racional de la enajenación, que es también ambición compartida, según el cual es más probable que los bienes se precipiten al mercado cuando asciende el precio, tanto más cuanto más ascienda. Según el comportamiento de este, y no a la inversa, no porque concurrieran, acudirían a emparejarse con su comprador resignado y pasivo trigos de todas las clases, viejos y jóvenes, atrojados y desembarazados. Los comportamientos más probables serían los inducidos por las oscilaciones de los precios, tanto más cuanto más se aproximara el orden de monopolio. La oscilación de los precios es la prueba más directa de que los agentes también decidían según principios distintos al racional cuando la posibilidad de monopolio se alejaba.

     El método debe imponerse violentar los números proporcionados por la estadística con la menor cantidad de premisas, para observar el comportamiento espontáneo del mercado del trigo, con la intención de eludir cualquier modelo de análisis que inyecte prejuicios en los hechos. Probablemente la descripción de las oscilaciones de los precios sin manipulación estadística no permita llegar demasiado lejos. Tal vez resulte monótona y poco instructiva. Sin embargo, estoy convencido, porque parto del principio del comportamiento enajenado por la ambición, de que es suficiente para descubrir razones, aunque sean muy elementales, que permitan reconstruir los comportamientos gregarios que insistentemente concurrían a la compraventa del trigo.

     Para homologar la información y no perder el tiempo en matices insignificantes, antes que nada, he revisado una por una las cotizaciones registradas. Los valores expresados por un número entero no han necesitado adaptación alguna. Las fracciones, cuando el valor registrado no era un número entero, las he concentrado en el medio real, equivalente al redondeo menos distorsionante posible. La fuente me permitiría ser más preciso, pero me entretendría demasiado y no conseguiría nada serio a cambio. Basta esta manipulación de los datos, además de los errores de transcripción, para que se acumulen cálculos erróneos, aunque se ponga todo el cuidado, lo cual ya es deformación sobrada.

     La representación de todos los valores en una sola imagen es la otra parte del método. Sin su auxilio la detección de los cambios resulta tan penosa como expuesta al error. Sobre cualquier decisión arbitraria, tiene la ventaja que permite valorar, cuando se representa la serie completa, qué oscilaciones tienen entidad para el comportamiento general y cuáles no. Atenerse a este procedimiento, aceptada la necesidad de la mediación gráfica, impone manejar una sola cifra para cada unidad de tiempo, la única elaboración estadística que debe consentirse. La semana, en la estadística representada por un mínimo y un máximo, así queda reducida a un valor, el precio medio semanal, y reducida a esta dimensión permite delinear las oscilaciones.

     Para servirme de ella durante los análisis y hacerlos avanzar, he elaborado una nomenclatura provisional, frágil, probablemente no demasiado ortodoxa, aunque redactada bajo la convicción de que resulta clara y útil. La piedra angular de mi léxico es ciclo, un concepto siempre cargado por el punto de vista. Habiendo decidido que la semana, unidad de tiempo, quedara representada por un solo valor, solo es posible observar ciclos agregando semanas. Pero todos los ciclos, aunque agreguen las semanas como quieran, conceptualmente pueden aceptar un modelo universal, el más elemental, el incluido en la idea misma de ciclo. Cualquiera es el compuesto por una primera secuencia de crecimiento y una segunda de retroceso; o viceversa, porque para la observación tanto da una como otra forma. Todo depende de donde tenga que partir el observador. Si la primera secuencia de valores que aprecia es descendente, los ciclos podrán sucederse en V; en caso contrario, valdría esta misma imagen, solo que invertida. A esta idea no habría nada que objetar. Explica lo que podemos denominar ciclo espontáneo cuando se manejan las cifras originales. Aunque sea el fruto de una abstracción, es el único principio que se puede dictar cuando se desea observar el fenómeno sin contaminación.

     Pero cuando el punto de vista de verdad interfiere es cuando hay que identificar un máximo y un mínimo absolutos en cada ciclo. A partir del examen de los números, para aceptar una inflexión como irreversible he optado por valores que estén separados por una diferencia superior a los cinco reales. Cuando una secuencia de valores se está incrementando y se mantiene con ese comportamiento sin que esa parte de la serie conozca una inversión del incremento superior a tal cantidad, acepto que el sentido de la evolución se mantiene y que el retroceso momentáneo ha sido intrascendente. Cada una de esas orientaciones puede incluir pequeñas oscilaciones, de duración variable, aunque todas limitadas a cambios en la cotización inferiores a los cinco reales. Actuando de este modo, he descubierto treinta y siete ciclos para aquellos casi cincuenta años, base suficiente para la observación del fenómeno cíclico más inmediato.

     Mas si desisto del cinco como límite a partir del cual reconocer inflexiones, que en realidad es tan arbitrario como el cuatro o el seis, y que solo aprovecha que las posibilidades de que se opongan máximo y mínimo van descendiendo según se va incrementando el factor, y me atengo ahora a la observación gráfica de toda la serie, descubro solo nueve ciclos completos. Creo por tanto que desde ahora es necesario aceptar que, observando todas las oscilaciones, se descubren dos clases de ciclos espontáneos, el que convencionalmente, por comparación, puedo llamar corto, el primero que he descrito, y el que ateniéndome al mismo criterio debo llamar largo.

     Para completar la nomenclatura, duración de un ciclo será el tiempo que consuma en agotar todo su movimiento, el que suma un ascenso a un descenso, o viceversa, y llamaré fase a cada una de las secuencias de tiempo o duraciones ininterrumpidas bien de incrementos positivos bien de caídas; antes de que se alcancen un mínimo o un máximo absolutos, tal como quedan marcados por cada secuencia cíclica, sea estadística o gráfica. También podría decir que una fase es la mitad de un ciclo o un semiciclo, siempre que por mitad no se entienda una duración sino la persistencia en el signo de los incrementos. Amplitud de los ciclos será el nombre conveniente a las diferencias entre el máximo y el mínimo de cada uno. Definida así, expresaría la escala a lo largo de la cual vendedores y compradores podrían satisfacer o defraudar sus aspiraciones. Un mayor recorrido o longitud de la escala serían más oportunidades, mientras que cuando el recorrido fuera corto, las oportunidades serían menores. Por último, habrá que denominar factor multiplicador a cuantas veces el máximo contenga al mínimo. Expresaría las mayores ganancias efectivas que podrían alcanzar los poseedores de grano que lo sacaran al mercado cuando se llegaba a la mayor amplitud; o las mayores pérdidas de oportunidad, si fuera necesario vender al mínimo, una vez escapada la del máximo.

El ciclo largo

Para satisfacer las mayores expectativas que se podían esperar de todos las oscilaciones del precio del trigo, era necesario aguardar como mínimo dos años y tres meses, y podía llegar el caso que fuera necesario poner a prueba la paciencia de los concurrentes durante casi nueve años. Esto sería extraordinario, pero no lo sería mantenerse a la expectativa entre cuatro y cinco años y medio, o en torno a siete.

     Para contar con el viento de cola del alza era necesario arriesgar mucho. Las semanas de alza eran casi dos tercios del total. Aunque no hay que despreciar el otro tercio, el recesivo, una amenaza ante la que a quien concurriera con su trigo al mercado le obligaría a permanecer en guardia para evitar depreciaciones encadenadas de su producto.

     De los nueve ciclos, en cuatro el máximo se alcanzaba en otoño, normalmente entre ocho y nueve semanas después de su comienzo, es decir, en la segunda mitad de noviembre, más que mediado el otoño, casi en vísperas del invierno. Si tomáramos como referencia de suministro de los mercados la cosecha precedente, un supuesto que no está desorientado porque acepta el principio del tamaño del mercado inmediato como pauta para decidir el volumen del producto, así como la ley de la responsabilidad del costo del transporte en el precio final del producto que se moviera, tendríamos que admitir que con más frecuencia en favor del máximo trabajaría la contracción del producto debido a la cosecha local inmediatamente anterior, y que para combatirla no se ha recurrido a la importación de choque.

     En el orden de las frecuencias del máximo, al otoño le sigue la primavera. Como ocurre en tres de los ciclos, no sería una deformación de los hechos admitir que era un fenómeno tan probable como el máximo de otoño. Era más probable que ocurriera unas seis semanas después de empezada, esto es, en abril. Respetando el mismo modelo de comportamiento de los mercados locales, porque si es aceptado para una situación tiene que serlo para cualquiera de las demás, un máximo de primavera tendría que significar que la reserva apta para concurrir al mercado local, cualquiera que sea su edad, amenaza con retraerse, más probablemente por agotamiento, y no se ha recurrido a importar grano; o si se ha hecho, no ha sido suficiente para contraer los precios.

     Las otras dos posibilidades, que el máximo sea de verano o de invierno, justo porque son excepcionales, ganan un significado valioso si nos atenemos al mismo modelo. Un verano de máximos es la prueba de una cosecha completamente perdida, la mejor de las oportunidades para quienes tengan reservas; y que sea en invierno puede ser la consecuencia de que la caída del producto previo pudo quedar atenuada por un volumen que no fuera catastrófico o por la llegada de grano exterior.

     Así como el máximo más probable es el de otoño, el mínimo más probable es el de verano. Más de la mitad de los mínimos se observan en esta estación, y no habría que esperar mucho para que ocurriera. Bastaba aguardar a que llegara como mucho un par semanas desde su comienzo. Si nos mantenemos fieles al esquema lógico que nos ha parecido válido para explicar los máximos, cualquier mínimo de verano sería el reconocimiento de una cosecha que puede colmar las expectativas de la demanda local hasta el grado de la saturación.

     Algo similar podría decirse de los mínimos de primavera, que suceden casi con la misma frecuencia que los de verano. El mínimo de primavera reconocería que las expectativas que la cosecha que está madurando parece garantizar pueden satisfacer el mismo objetivo, aunque sin alcanzar el grado de la certeza. El mínimo de primavera sería un adelanto de los mismos comportamientos consecuencia de que la excelencia de la cosecha local era una evidencia antes de que se hubiera consumado su siega.

     Los mínimos de invierno, que aunque son algo menos frecuentes pueden imponerse en la quinta parte de los casos, serían la consecuencia de un mercado local colmado hasta la saturación, que a la cosecha local pudo sumar importaciones contingentes, no del todo previstas, quizás a su vez consecuencia de las imprevisiones de los planes locales destinados a prever el producto que se pudiera demandar. Y que no hubiera mínimo en otoño por tanto debe significar que tales modificaciones del mercado local tardarían en llegar y tendrían un efecto moderado.

     Hasta dónde podía llevar sus expectativas quien tuviera capacidad para aguardar la mayor cantidad de tiempo para satisfacerlas lo expresa con exactitud la amplitud del precio del trigo durante los ciclos largos. Oscila entre un factor 1.36 y 6. Alguien que tuviera depositadas sus esperanzas en estas duraciones, porque la experiencia le hubiera demostrado la ventaja de ser el más paciente, en el peor de los casos, cuando después de tanto esperar el ciclo hubiera sido en exceso calmado, apenas si podría esperar incrementar un tercio sus ganancias. Pero si el ciclo fuera de la mayor amplitud conocida, su apuesta por la paciencia podía valerle multiplicar por 6 sus posibilidades iniciales de ganar dinero con la venta del trigo. Si hubiera adquirido una partida de 500 unidades de capacidad al precio menor del ciclo, incluso si lo hubiera obtenido a ese costo produciéndolo, supongamos de 15 reales cada una, su inversión sería, expresada en las mismas unidades monetarias, de 7.500, mientras su venta en el momento más oportuno le valdría un ingreso de 45.000. Es verdad que para alcanzar este óptimo tendría que esperar mucho tiempo, la mayor cantidad que le enseñara la experiencia. Pero los incrementos más frecuentes, cuyos factores estaban comprendidos entre 2.4 y 4.88, también proporcionarían beneficios en modo alguno despreciables. Como mínimo más que duplicarían la inversión, y sin demasiada dificultad casi la quintuplicarían. Además, en estos casos no sería necesario fiarse a plazos excesivamente largos. No solo no hay correlación directa entre mayores incrementos y mayores duraciones, aunque es evidente que a mayor duración mayores posibilidades para que oscile el precio del trigo, sino que incluso la experiencia enseña que el segundo mayor incremento (factor 4.88) coincide con una de las menores duraciones (poco más de 3 años). A todo lo cual aún hay que añadir que los máximos colmarían las expectativas más ambiciosas cuando hubiera transcurrido una de las fases del ciclo, la de alza, que convencionalmente podemos situar a la mitad de su transcurso. Luego la mayor satisfacción podía obtenerse aguardando como máximo entre 4 y 5 años, pero sería más probable y aun altamente satisfactorio esperarlo entre 2 y 3 años. Dadas las enormes ganancias que gracias a estas oscilaciones se podían obtener, parece consecuente admitir que nunca faltarían interesados en fiar a estos comportamientos del mercado del trigo sus ganancias. Es más, serían una parte estable de su orden comercial, porque los hechos demuestran que invariablemente llegaban tan excelentes oportunidades.

     A satisfacer tan altas expectativas se opone sin embargo un imponderable decisivo, la conservación del trigo. Ninguno podría superar la frontera de la existencia. Cualquier grano, para consumar sus aspiraciones vitales, había de estar vivo. El ciclo biológico lo decidía su capacidad para resistir el paso del tiempo. Una tabla de mortalidad del grano la resumiría en cifras. Pero no creo que sea necesario ensayarla. Sabemos que a lo sumo, con los medios que se le aplicaban a la conservación en esta época, la supervivencia del grano alcanzaría los dos años. Luego ni la menor de las duraciones del ciclo largo quedarían al alcance de quienes almacenaran su cosecha a la espera de estos óptimos. Si lo hicieran, sería su ruina. Podrían arriesgarse, esperar un tiempo, pero no demasiado, porque la humedad y el gorgojo enseguida amenazarían la conservación de su tesoro. Ningún labrador, ni aun los de mayor capacidad de almacenamiento, que serían los mayores productores, podría llegar tan lejos contando solo con sus medios. Aquellas condiciones óptimas solo estarían al alcance de los grandes comerciantes, que a través del mar podrían movilizar en poco tiempo las partidas compradas en el exterior en el momento oportuno. Habitualmente operaban bajo la protección pública, temerosos los responsables políticos de los efectos que pudieran tener los precios excesivos del trigo. Como hay que suponer, para aceptar esta explicación, que el importador tendría que conectar con un productor igualmente externo que le proporcionara el trigo, debemos admitir que la situación recíproca también sucedería, y que por tanto algunos labradores, trabajando de manera coordinada con los comerciantes exportadores, podrían deducir en su favor una parte del beneficio que estos momentos extremos aseguraban cuando sucedían fuera, no necesariamente en otro país.

     Si es acertado este punto de vista, eso significaría que las iniciativas que terminaban en el mercado del trigo tendrían que planificarse a un plazo mucho mayor que el año, superior incluso al trienio, un límite que incluiría la obtención de una cosecha completa en los casos de ordenación en dos o tres hojas de la explotación, los órdenes del sistema más habituales. No bastarían los sistemas comunes para garantizar la experiencia del precio óptimo inmediatamente.

El ciclo corto

No había ciclo corto de los precios del trigo inferior a los tres meses, y apenas significan algo los que duran entre tres y cuatro. Serían más probables los que duraban entre un semestre y dos. Sin embargo, hasta aquí todos los ciclos cabrían dentro de un año. Todos ocurrirían durante el ciclo productivo completo. Serían menos de la mitad. Las duraciones comprendidas entre uno y dos años tampoco serían las más probables. Pero es que todo lo demás, todo lo que dure más de dos años, es aún más disperso y poco probable. Es cierto que hay una duración de tres años y nueve meses, que marcaría el máximo, una duración extrema, muy llamativa. Pero es casi tan singular como la de cerca de tres años, aunque no tanto como las que giran en torno a los dos, cuya frecuencia relativa, superior a la décima parte de los casos, las coloca en el segundo puesto de las posibilidades. Luego las duraciones superiores a un año son todas extraordinarias, aunque en total serían las más frecuentes. Sería pues más probable lo excepcional, y no es una paradoja.

     A las duraciones extraordinarias hay que reconocerles impulsos diferentes, o no derivados de los que pudiera originar el ciclo productivo, a los cuales se sumarían. Pero son tan dispares que no sería legítimo atribuirles, aunque fuera por la vía de la suposición, causas similares. Se puede concluir primero que el patrón de tiempo que parece más adecuado al análisis de las duraciones de los ciclos cortos es la estación o trece semanas, decidida por la naturaleza, a la que debía atenerse el ciclo productivo de los cereales. Pero como no hay ciclos de duración inferior a las doce semanas, todos los ciclos eran de duración superior a la de una estación. El fenómeno biológico, la estación, era trascendido por las oscilaciones, cuya prevalente composición humana queda así en evidencia. Como son treinta y siete ciclos cortos para casi cincuenta años, entre crecimiento de los precios del trigo y año natural tampoco habría correlación. No es un descubrimiento positivo pero obliga a pensar asimismo en factores distintos al encadenamiento estacional de las cosechas locales como responsables de aquel comportamiento. Si partimos de las premisas que hemos aceptado para deducir comportamientos asociados al ciclo largo, que no tienen por qué ser distintas porque el tiempo durante el que ocurren todos los hechos es el mismo para cualquiera de nuestras abstracciones, podemos aceptar que quienes esperaran el beneficio del ciclo corto espontáneo tendrían más posibilidades si apostaran porque duraría en torno a un año. De no ser así, es probable que en dos años vieran satisfechas sus aspiraciones. Tampoco es necesario reiterar las premisas del análisis precedente para afirmar que el ciclo corto sí quedaría al alcance de los labradores locales porque estaban en condiciones de almacenar el trigo hasta el máximo biológico de dos años. El ciclo corto sería su oportunidad. Su volumen de producción les permitiría adquirir ventaja en el mercado local cuanto más se prolongara el ciclo, y adquirir ventaja en esa duración con ese alcance no incluiría la necesidad de invertir en transporte.

     Los ciclos marcados por el alza, que son los ciclos en los que dura más el incremento que la caída, son dos tercios. La duración de los incrementos en condiciones de prevalencia del crecimiento positivo es sin embargo muy abierta, y  lo mismo ocurre con la duración de sus correspondientes caídas. Los ciclos marcados por el descenso, que son aquellos en los que dura más la fase de caída que el incremento, suman el otro tercio. Es suficiente para reconocer inmediatamente que la duración de la caída cuando domina la caída responde a una gama de duraciones más restringida y que también ocurre lo mismo con la duración del incremento cuando domina la caída. La tensión a favor del alza domina, y lo que es más importante, las duraciones de los incrementos positivos se prolongan mucho más que las caídas. El resultado de esta experiencia es lo que podríamos llamar el ciclo corto tipo. Para cualquier unidad de tiempo, las posibilidades de que el precio se incremente son el doble que las de que disminuya, y el tiempo durante el que se puede disfrutar de las condiciones al alza se prolonga casi una quinta parte más. Sin embargo, la proporción de semanas de subida es 58.9, mientras que la de semanas de bajada es 41.1, un resultado que no es del todo sorprendente.

     Los máximos de primavera son los más frecuentes, un tercio. En primavera se encontrarían las mayores oportunidades. Los de otoño son algo menos probables, poco más de un cuarto, y los de invierno tampoco quedan muy lejos, son un cuarto. Sin embargo, los máximos de verano son solo un décimo. Así pues, la estación parece bastante indiferente al máximo, excepto cuando se trata del verano, que raramente lo permite. En cuanto a los mínimos, los de primavera y los de verano, cada uno de los cuales son poco más de un tercio, contrastan con los de invierno, que son casi una quinta parte, y mucho más con los de otoño, que son menos de la décima parte. Luego los mínimos son más probables en primavera y verano, raramente ocurrirían en invierno y mucho menos en otoño. Luego el otoño sería la mejor época para vender.

     Hay un buen número de ciclos en los que el factor multiplicador indica que apenas se puede esperar incentivo de su transcurso. Está comprendido entre 1,1 y 1,3. Son la tercera parte. Las expectativas se incrementan razonablemente cuando queda comprendido entre 1,4 y 1,6. Son otra tercera parte. Las expectativas son buenas en los ciclos que desarrollan uno entre 1,7 y 1,9, pero solo son una quinta parte. Las excepcionales son casi únicas. El factor 2 está esperando en dos ciclos, y nada menos que en torno al cuatro, otros dos: uno 3,9 y el extraordinario 4,2.

     En el ciclo corto, que era el que quedaba al alcance de los labradores, apenas se podría aspirar a duplicar las ganancias, porque la práctica totalidad de las posibilidades estaban bajo ese techo. Ahora bien, con un almacenamiento local, se podía esperar que la fortuna sonriera alguna vez, en cuyo caso a lo máximo que se podría llegar es a cuadruplicar las ganancias regulares. La verdad es que las expectativas del hecho extraordinario no quedaban demasiado lejos de las semejantes del ciclo largo. Aunque los labradores, restringiéndose a su alcance local, no pudieran aspirar a multiplicar sus inversiones tanto como los grandes comerciantes, con bastante menos riesgo podrían llegar a beneficios no demasiado lejos de los extraordinarios de estos.

El semiciclo o fase semanal

Ni siquiera el deseo de representar los valores semanales a partir de una única cifra debe ser causa para descuidar la atención a los datos brutos, que son el máximo y el mínimo de la cotización que ha tenido el trigo en el transcurso de una semana en el mercado local, tal como la fuente los proporciona, más aún si hemos aceptado que la semana puede ser una parte nada despreciable de la experiencia de los mercados. Desde luego ambas cifras son una síntesis demasiado comprimida de cientos de actuaciones semanales, en las que el comportamiento inmediato de los precios correspondería a la concurrencia del trigo a los mercados según calidades. Aunque no sea fácil saber cómo se graduaba el flujo del trigo a los mercados según este criterio, es posible especular con las posibilidades y aceptar premisas para formarse un juicio. Bajo estas condiciones el relato se podría prolongar extraordinariamente. Para evitarlo por ahora basta reconocer que los cambios que se conocieran durante la semana serían de muy corto alcance. Su efecto, por esa misma razón, sería muy limitado; muy limitado en el tiempo, aunque no en sus efectos, a los que nada le impide ser los más afortunados o los más catastróficos.

     Pero habría comportamientos gregarios, para unos y para otros, y para todos a la vez, tal como los garantiza el principio de razón. Bajo esta premisa es posible es posible deducir comportamientos propios de la cantidad menor de tiempo que está a nuestro alcance observar. Como el análisis de máximos y mínimos ya está tenido en cuenta en los ciclos, y tenemos la ventaja de que para la semana no es posible hablar de duraciones, porque el autor de la estadística la designó unidad de tiempo, sino solo de fases y por tanto de amplitudes, o diferencias entre mínimo y máximo habidas en el transcurso de una semana, todo lo que podemos hacer con aquella información es estudiarlas. Si la diferencia es incuestionable, según la estadística, seguro que habría quienes participaban en aquel mercado confiados a las posibilidades de las oscilaciones más cortas.

     Las amplitudes bajas, que son las comprendidas entre 0 y 2 reales, son poco frecuentes, quedan por debajo de la décima parte. Pocas posibilidades habría de que el precio del trigo oscilara poco de una semana para la siguiente. Más bien cabría afirmar que no estaba en la naturaleza del precio del trigo permanecer invariable, y que por tanto poco se podrían fiar los agentes a esta posibilidad. Por el contrario, las diferencias comprendidas entre más de 2 y menos de 7 serían las más frecuentes, más de la mitad de las posibles, y cualquiera de los valores que pudiera tomar (2, 3, 4, 5 y 6), enteros o no, tenía unas posibilidades similares. Por tanto, cualquiera podía esperar como hecho más probable que el precio del trigo, a lo largo de una semana, ganara entre dos y siete reales, una diferencia nominal nada despreciable.

     Es probable que esta diferencia de cotización dependiera de la calidad del trigo ofertado. No cotizaría igual el de la campaña reciente que el de la anterior. También cotizaría en el mercado inmediato la maduración del grano, visible en las marcas que en él quedaban, y que los corredores del comercio local, al mismo tiempo medidores de las cosechas, exhibían cuando querían incentivar una compraventa al por mayor. Con ellos siempre llevaban una muestra que probaba la granazón que cada cosecha bajo su control había alcanzado. Aunque también cotizaría, y no en el mismo sentido, el trigo apresurado, al que le urgía alcanzar el mercado y saldar costos y deudas. La concurrencia de una oferta tan abierta y tan diversa sería suficiente para ampliar las opciones en una banda que a quienes la tuvieran almacenada les podría recomendar tentar la suerte en esos momentos.

     Las amplitudes entre 7 y 8 reales ya verían seriamente reducidas sus posibilidades, poco por encima de la décima parte. Solo los tacticistas empedernidos permanecerían atentos a que surgiera esta oportunidad. Quizás todavía quienes esperaran una oscilación de 9 reales aguardaran, porque aún le podría favorecer en algo más de la vigésima de las semanas, una de cada veinte. La verdad es que no era nada despreciable la posibilidad de acumular casi diez reales por una oferta de grano a poco que se aguardara entre dos y tres semanas a que la oportunidad apareciera. Pero solo los más contumaces tendrían justificado esperar un incremento del precio del trigo entre 10 y 20 reales, máximo observado, dentro de la misma semana. Ninguna de esas posibilidades llegaba ni siquiera a la cuadragésima parte de las posibilidades, algo que solo podría ocurrir una vez en el transcurso de un ciclo agrícola. La posibilidad extrema, que en una semana el precio del trigo conociera una diferencia entre máximo y mínimo de 20 reales, era solo de un 2.5 por mil, algo muy remoto.

     Ahora bien, esa oportunidad extrema, sería grandiosa. Estaría al alcance de cualquier ofertante de cualquiera de las clases que concurrieran al mercado del trigo, desde el almacenista hasta el labrador, desde el labrador hasta el más modesto campesino, soñar con ella. Porque acceder al mercado local con los costos de transporte mínimos en las duraciones inmediatas estaba al alcance de todos. Este era el espejismo al que todos estaban expuestos. Cualquiera podría rendirse a él. Para el tiempo inmediato no sería tan importante el valor relativo del incremento como el valor nominal. Incrementar de manera tan rápida los ingresos era hacer frente a toda clase de costos que no oscilaban, ni mucho menos, con idéntica violencia. Los créditos, por ejemplo, se mantenían invariables en el precio del 3 % de interés desde principios de siglo. El enriquecimiento rápido y coyuntural, por un medio tan sencillo, acechaba cada semana, y en cualquier momento podía agraciar a alguien.

     Las posibilidades especulativas eran múltiples, en el ciclo largo, en el corto o cada semana. Todos, cualquiera que fuese el tamaño de su cosecha o de su reserva, podían arriesgar apostando por la ganancia sirviéndose de la duración que quisieran, porque cualquiera de ellas les podían dar satisfacciones. Es verdad que no todas del mismo alcance ni de iguales rendimientos. Tampoco las posibilidades de las ofertas eran las mismas para todos. Tales son al menos una parte de los comportamientos mercantiles regulares que la observación directa de los cambios espontáneos del valor del trigo permite inducir.