Primera batalla de Hímera
Publicado: marzo 14, 2026 Archivado en: Diodalsas de Agrigento | Tags: historias Deja un comentarioDiodalsas de Agrigento
Avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Melqart, Astarté, Tanit y Baal. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Amílcar, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por la isla. Se desplazó por la línea próxima a la costa y, a través de los pasos naturales, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Hímera, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad del mismo nombre.
Al campamento que momentáneamente había instalado al alcanzar el río llegaron dos soldados equipados como los griegos, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al este, cerca de Mesina. Juzgando por aquella información, decidió entonces Amílcar cruzar el Hímera desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra el tirano de Gela marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí sin demora.
Eligió Trabia como lugar adecuado para desde él abordar el río e idóneo para instalar en sus inmediaciones su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Melqart atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Astarté a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
Una vez que hubo pasado el Hímera la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de la ciudad. Estaba el general aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías siracusanos en las proximidades del campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sudeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.
Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera cortaron la llegada de la división Astarté, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.
Observaba Amílcar desde el alto elegido para decidir sobre los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. Astarté estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. De súbito, Amílcar se precipitó a la batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Amílcar mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante todo el tiempo que el combate se prolongó. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción y detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente del noroeste, de un lugar en la costa próximo a Panormo, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.
La lucha abierta en la llanura se prolongó varias horas, durante las que la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados. Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que habían iniciado la batalla, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.
Gelón estaba contemplando la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros siracusanos que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de aquellos héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Amílcar, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.
Pero Hímera no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Amílcar prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas, inspirado por la pasión de conseguir de su enemigo la derrota completa.
A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso, una vez rehabilitado por el descanso, se fue imponiendo implacable el ejército siracusano, acción tras acción, hasta que el general cartaginés decidió detener el derramamiento de sangre y envió a Gelón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.
Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo para reordenar el grueso de sus sorprendidos combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente de Panormo, aun cuando la hubiera atravesado sin detenerse, y considerase aquel país excelente retaguardia.
Los generales siracusanos, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad del enemigo. Gelón, al recibir las demandas de Amílcar, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde su campo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los cartagineses, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Gelón con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Mesina.
La batalla terrestre, junto al río Hímera, terminó con la victoria de Gelón. Dicen que el día del último encuentro las tropas que conducían los cartagineses estuvieron luchando contra los griegos desde la aurora hasta muy avanzada la tarde; tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el combate. Los aliados, que estaban en minoría, consiguieron una victoria terminante. Al concluir la jornada era indudable que la gloria era para Terón y el señor de Siracusa. Una gran fracción del ejército cartaginés fue muerta, mientras que el resto, a excepción de un pequeño contingente, capituló y cayó prisionero.
Ocurrió aquella victoria el mismo día que la de los griegos sobre los persas en Salamina, durante la última semana de septiembre del año 480, una coincidencia que desde antiguo una parte de los intérpretes piensan que no fue casual.
El epílogo de la derrota corroboró el desastre. La escuadra cartaginesa fue incendiada por los vencedores y la parte de las tropas cartaginesas que había conseguido escapar a la prisión de su enemigo, que aun así alcanzó a embarcar en veinte navíos de guerra, se hundió sorprendida por una tormenta. Solo unos pocos llegaron a Cartago en un bote. Los cartagineses, temiendo la presencia de Gelón en África, se apresuraron a pedirle la paz, que pronto les fue concedida bajo aceptables condiciones.
Pero lo más notable fue que en el transcurso de la última jornada, a los ojos de los griegos Amílcar desapareció cuando estaba siendo derrotado. No fue encontrado vivo ni muerto, en lugar alguno, a pesar de que Gelón mandó que todo fuera rastreado en su busca. Según unos, Amílcar fue muerto por los jinetes siracusanos, mientras ofrecía un gran sacrificio a Poseidón, posibilidad que no fue avalada por la evidencia del cadáver.
Otras dos versiones de su misteriosa desaparición han intentado colmar este vacío. La interpretación siciliota pretende que Amílcar huyó sin dejar rastro, perdida la batalla. Entre los cartagineses circuló una historia sobre lo sucedido que les resultaba más verosímil. Mientras duraba la contienda, Amílcar permanecía en su campamento y ofrecía sacrificios incesantemente, en busca de presagios favorables, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Cuando estaba haciendo libaciones sobre las víctimas, vio que sus tropas se daban a la fuga. Entonces se arrojó a las llamas y quedó reducido a cenizas.
Desde aquel momento al general Amílcar los cartagineses ofrecieron sacrificios como a un héroe, y le erigieron monumentos en todas sus ciudades coloniales, el más grande en la misma Cartago. Una parte de la veneración con que fue mantenida su memoria procede de la creencia en que nació predestinado. El nombre con el que fue conocido era la adaptación al griego del fenicio Abd Melqart, que significa servidor de Melqart, el imponente dios tirio. Amílcar, general cartaginés, durante la guerra que tuvo lugar en Sicilia durante el siglo quinto anterior a nuestra era, por la fuerza de su nombre hubo de suicidarse lanzándose a la hoguera, como se hacía entre cartagineses responsables desde los tiempos de Elisa, la fundadora de la ciudad.
Comentarios recientes