Los Talleres Sebastopol

Eladio Conradi

1. Los servicios de seguridad del estado, para enmascarar sus actividades, deben recurrir a los medios más desconcertantes. Los Talleres Sebastopol son algo más que un camuflaje. Si quienes trabajamos en ellos debemos comprometernos en actividades como la redacción de un Atlas es porque la empresa, sobre satisfacer los encargos más delicados y lucrativos, en aplicación de las técnicas más recientes de captación de clientes en la sombra, tanto como en beneficio de la calidad de sus servicios, del bienestar de quienes los realizan y de las buenas relaciones que deben imperar entre sus operarios, ha decidido que empleen en toda clase de experiencias intelectuales parte del tiempo que su contrato laboral les demanda. Los clientes son cada día más exigentes. Ya no se conforman con que se les deslice con insinuaciones que el líquido de frenos no se congela en enero gracias a nuestro tratamiento, o que la presión que descomponen las válvulas del compresor está evaluada a partir de las tablas de Daimler. Es necesario que quien los atienda departa abiertamente con ellos sobre temas que pueden ser de su interés, a propósito de la parte de sus deseos que ni siquiera sea necesario mencionar. Se da además la feliz circunstancia de que el personal del ministerio, nuestro primer cliente, en modo alguno desinteresado, que actúa como el más eficiente propagador de nuestras excelencias, es el de más alta cualificación de la administración pública. Su selección ha sido extraordinariamente severa a causa de sus responsabilidades en materia exterior. Sus cuadros han recibido en el extranjero cursos de los conocimientos más exigentes. Hasta los ordenanzas, por imposición de las instituciones continentales, deben conocer los pormenores del renacimiento carolingio, así como el plano del palacio de Aquisgrán tal como se haya restituido, a partir de los restos de la construcción rescatados, sea por el procedimiento arqueológico o a través de trasposiciones gráficas, hasta el día del examen de su oposición.

     A los operarios de los Talleres Sebastopol, por otra parte, los estimula no solo estar capacitados para tratar con propiedad con los expertos en la licuefacción de los gases, el cálculo diferencial avanzado o el arte minimalista. Llegar tras la jornada de trabajo al edificio donde viven, y poder departir relajadamente con sus vecinos en el portal o en el descansillo de la escalera sobre asuntos tan graves como los que he mencionado, les vale un reconocimiento que los capacita para convertirse en la autoridad que rija con solvencia su comunidad, para actuar como hombres imparciales ante cualquier controversia que se suscite en ella, decidir sobre las reparaciones que necesiten la que sea de las acometidas o los enlosados de cualquiera de las zonas comunes, azoteas incluidas, en especial el de las entreplantas, de más gasto por frecuencia de tránsito, o incluso el de toda la manzana.

2. En el Gran Salón, que antecede a las naves que ocupan los Talleres, la empresa ha concentrado la zona noble de la obra única. Lo reserva a las ocasiones que deben representar sus actividades, celebrar sus éxitos o conmemorar que se sucedan sin contratiempos los aniversarios de su fundación. En uno de sus lados mayores, majestuosos ventanales, dispuestos desde el suelo hasta la cornisa sobre la que descansa la bóveda, se abren a los jardines del complejo. Preceden a la fachada del primero de los edificios, obra del arquitecto Samper, Alfaro Samper, astur y ya angloparlante, designado por voluntad expresa del padre fundador de la primera de las sociedades del grupo, don Antonio Otamendi y Figueroa, abuelo de nuestro actual Director.

     Los jardines son el emblema de la corporación, y sirven de tránsito entre la cancela y la puerta que marca su eje. Están trazados a base de perpendiculares. Quien los planeó estaba convencido de que delegaba en ellos un orden portador de la certeza y la seguridad que a los inversores que los cruzaran, una vez recibidos a la entrada por los responsables de la compañía, estimularía a confiar en quienes debían gestionar el riesgo al que quedaban expuestos sus capitales. Las especies elegidas para árboles y setos, siempre verdes, les evocarían el equilibrio inspirador de las decisiones comprometidas.

     La luz que entra al Salón por los ventanales la reflejan, frente a ellos, a lo largo del otro lado mayor, espejos de sus mismas dimensiones, posición y trazado. Durante el día, su espacio, gracias a la colaboración de la providente naturaleza, es la imagen viva del ingenio y la fuerza creadora, y durante la noche, de la excelencia. Entonces son las lámparas de cristal de roca que cuelgan de la bóveda las encargadas de iluminar su orden unitario. Samper, cuando así reguló la irrupción de los rayos, cumplía un doble designio. El salón, por el día, sería el centro donde se aprobaran los planes fecundantes de la empresa matriz, y de noche el marco adecuado para la celebración de sus benéficas consecuencias. Cuando fuera necesario tomar decisiones, una gran mesa articulada ocuparía la mayor parte del espacio, y si era el momento de festejar, todo él quedaría libre. Permanentemente, para que contribuyeran a ennoblecer cualquiera de las ocasiones, los intervalos entre ventanas y espejos permanecerían decorados con estatuas de bronce dorado, alusivas al comercio y el trabajo, la meditación y la iniciativa, replicantes de los frescos alegóricos que con los mismos temas, desarrollados con toda la retórica del mito, pintarían en la bóveda.

3. Con ocasión del quincuagésimo aniversario de la empresa, en el Gran Salón fueron organizadas las celebraciones que hasta la fecha, tras haber reiterado bailes y banquetes conmemorativos, no solo de cumpleaños, sino incluso de contratos célebres, no han tenido par. De la clase de los singulares que se sucedieron durante aquel año fueron los patrocinados por los omaníes, cuyo encargo reportó a la casa beneficios muy por encima de cuanto la más entusiasta de las Gerencias hubiera imaginado.

     Los jeques necesitaban eludir el acoso al que la prensa occidental los estaba sometiendo; sus negocios a este lado del planeta se estaban resintiendo, durante unos meses incluso más que las empresas en las que empleaban sus brutales beneficios y gracias a las cuales podían volver a reflotar su crudo, ardua tarea de la que nunca han dejado de envanecerse haciendo ostentación de túnicas inmaculadas. Para desviar los golpes, a nuestro servicio de documentación, a través del ministerio, le encargaron indagar sobre el siglo de oro de Córdoba con el objetivo de encomiar su excelencia. Le propusimos patrocinar que la cultura clásica se había salvado en occidente gracias a la mediación del averroísmo latino. Como aval, elaboramos un informe en el que demostrábamos que por iniciativa del pensamiento cordobés el corpus de la creación aristotélica había llegado a Santo Tomás.

     Los omaníes quedaron muy satisfechos, y corrieron con los gastos de una representación festiva que reconociera nuestro trabajo. Ideamos para la ocasión el más memorable despliegue dramático que haya conocido el Gran Salón, inspirado en las tácticas bélicas que habían heredado de sus mayores, vigentes ya en la época precedente a la del Profeta. En parte habían sido responsables del acoso que dio origen a la Hégira, y con veneración las conservaban solo con fines recreativos. Cuatro grupos de figurantes, ataviados como los combatientes del desierto, representaban cuatro divisiones prestas para enfrentarse al infiel, que por su parte avanzaba con sus leales decidido a imponer la tiranía de su dogma. Al llegar la primera división a la altura de un río, representado por el agua que fluía de una fuente, dispuesta en el lado opuesto a los ventanales, y que con algo de sesgo cruzaba el salón en su sentido transversal, el sahib que las dirigía ya estaba apostado al otro lado, desde donde debía observar sus movimientos. Permanecía impasible mientras contemplaba la evolución de las tropas, hasta que de improviso, cuando la segunda división cruzaba el río, el ejército de los infieles aparecía en la otra orilla, en una posición próxima a las ventanas que dan al jardín. El sahib se lanza en defensa de los suyos, sin más protección que su cimitarra, en vista de que la tercera división aún estaba lejos y el movimiento táctico que había emprendido podía quedar deshecho. Una odalisca, que salió del espejo contiguo a la fuente, dotado con un artificio que lo convirtió en una puerta abierta al Paraíso, vestida con indumentaria a base de velos, intenta seducirlo. El sahib al principio queda fascinado, mientras las divisiones figurantes evolucionan de la peor forma para sus intereses. Reflexiona un instante y monta en su carro a la odalisca, en reserva para acciones posteriores.

     Con su arrojo, desencadena el combate, y él solo al principio, luego con el auxilio de las dos divisiones que ya están cerca de él, consigue imponerse sobre los infieles, cuya sangre, representada por el vino tinto que a partir de aquel momento fluyó de la fuente, de la que hasta entonces solo agua había manado, tiñe la que se remansa en el río. Suya fue la victoria. Un canto compuesto por Adrián Conde la celebró. Muchos habían sido los héroes de la jornada, pero solo su nombre fue el elegido para que conservara la memoria del encuentro. Todos, menos los omaníes, que brindaron con néctar disuelto en aguamiel, bebieron de las aguas tintas que fluían, y celebraron la victoria de la ortodoxia genuina.