Patrimonio de los campesinos. 2

Jasón Quesada

Cualquiera de las otras especies, si es que los trabajadores del campo interesados en disponer de una explotación le dedica alguna atención, no pasa de lo circunstancial, y no tiene más significado para cada modesta empresa que la posibilidad de complementar discretamente sus ingresos.

     Solo siete hombres de esta clase poseen cincuenta ejemplares de ganado porcino en cantidades diversas, tanto que en algún caso se diría que forman piara. Hay quien tiene hasta veintiocho ejemplares, y otro diez. Pero el resto solo dispone de cinco, tres y dos cerdos, y dos solo uno. Excepto seis, todos los declarados son machos. Si se tiene en cuenta que las seis hembras son de un mismo dueño, que cuatro de ellas están capadas y que solo las otras dos se declaran de vientre, es necesario reconocer que, si la cría de cerdos tiene cierta presencia entre este grupo de trabajadores, no la tiene el interés por su producción. Sus cerdos los adquirirían por compra, para que formaran parte de su despensa viva. Ese sentido debe tener que uno de ellos diga poseer el cerdo que crío todos los años, y que otro mencione los tres que estoy criando.

     De los machos se declara la edad con más o menos precisión, lo que habría que tomar como una expresión voluntaria del estado de las crías. Las edades registradas son dos años, año y medio y un mes. De manera menos precisa, de un cerdo simplemente se dice que es pequeño, o se habla excepcionalmente de lechones que aún maman, dependencia en la que se mantenían durante un tiempo variable, aunque habitualmente comprendido dentro de los tres primeros meses de vida.

     Seis trabajadores de esta clase peculiar tienen colmenas o pies de colmena, hasta un total de cincuenta y seis, el que más veinte y el que menos cuatro, y tanto los valores diez como seis se repiten. Salvo uno, todos se aplican a declarar el lugar donde las tienen. La colección de los topónimos por sí misma no soluciona gran cosa, salvo cuando es denotativa. El grupo más numeroso está en la dehesa de yeguas del municipio, otras seis en una huerta y otras cuatro en un lugar que se llama El Cerrado. Parece que es condición necesaria, para mantener esta actividad, restringirse a un área acotada, así como que los frutos favorecerían su desarrollo. El poseedor del grupo más numeroso también aclara que sus colmenas están en el colmenar que tiene don José Ignacio Domínguez, lo que podría significar bien la formación de grandes unidades, como se podía hacer con las piaras de ganado para disminuir costos, bien que es una explotación alojada en otra, bien las dos cosas.

     Cinco declarantes también poseen caballos de distintas clases. Cada uno tiene solo un ejemplar, a excepción de quien mantiene dos potras. Excepto estas, que indicarían cierta propensión a la cría, y cuya edad declarada –que van a tres años– efectivamente se atiene al tipo, el resto son machos. De uno se dice que es jaca y de otro que es capón, lo que viene a significar lo mismo, que se trata de caballos desbravados para facilitar su manejo. La jaca me sirve para ir al campo y el capón para mi trabajo. De un tercero también se dice que es un caballo de trabajo. Aunque esta última denominación no excluye la aplicación a las tareas de la arada, es más probable que el uso preferido para el equino puro fuera el que declara muy explícitamente el primero. Los caballos solían utilizarse como medio de transporte, de más calidad que el asnal, visiblemente más restringido.

El análisis del patrimonio del que disponían los trabajadores del campo decididos a promover sus propias explotaciones permite perfilar instantáneas de la condición de campesino. Cada una, si se empleara como un estado necesario, podría propugnarse como una etapa del tránsito a su permanencia en ella, habiendo salido desde el piélago de los asalariados dependientes, y con todas componer la secuencia de la promoción personal desde las posiciones inferiores de la actividad rural, tal como defendían los reformadores de la época.

     La posibilidad mínima la tendrían quienes solo explotaban un pegujal. Para mantenerlo, probaban valerse solo de la energía que les proporcionaba su trabajo. Nada impediría que una parte de ellos, o en algunas ocasiones, se vieran obligados a contratar cuando menos alguno de los medios para su cultivo. Disponer de la simiente, inversión ineludible o primer capital variable, los conduciría bien al pósito bien al mercado negro del crédito, en su caso una dependencia que no podrían eludir.

     En un grado menor de dependencia se encontrarían aquellos cuyo único medio para sostener su pegujal fuera el jornal que ingresaran como trabajadores asalariados episódicos. En parte trabajarían para su explotación, en parte para otros. Su adquisición discontinua de la condición de campesino sería frágil, permanentemente amenazada por el retroceso a la condición de trabajador del campo dependiente, aun disponiendo de pegujal. Su recurso a medios de cultivo que otros pudieran proporcionarles no sería mucho menos obligado que si no tuvieran ocasión de trabajar para otros y al mismo tiempo estuvieran urgidos a mantener su propio pegujal. La matizada ventaja se la proporcionaría el ingreso de pudieran obtener de su trabajo episódico, en la medida en que pudiera ser empleado en la explotación que su hubieran propuesto.

     Mejor posición habrían ganado quienes hubieran obtenido algún éxito, o dispusieran de algunos ahorros, y ensayaran la continuidad de la condición campesina con la adquisición de ganado en pequeñas cantidades. Decidirían primero a favor del asnal, cálculo aconsejado por el ahorro del tiempo que era necesario consumir hasta llegar al lugar donde se debía invertir el trabajo, y por la necesidad de portear hasta él los medios de trabajo y desde él el producto obtenido. Sería un recurso con el que dosificar energía y tiempo. Quien poseyera solo asnal, para los trabajos primordiales de la tierra, los de arada, podría aplicarlo también a esta tarea, o de lo contrario dependería de la fuerza que pudiera adquirir a otros. También le podía servir para expandir las actividades complementarias de los que necesitaran completar sus rentas. El asnal sería el mejor suplemento para quienes, porque son trabajadores del campo y emprendedores de un pegujal, y por tanto ya decididos a diversificar sus actividades cuanto fuera necesario, desearan servirse de las oportunidades para el transporte ajeno que se le ofrecieran. Solo con la adquisición de este capital ya habrían dado un paso firme hacia la consolidación de la condición campesina.

     El siguiente paso hacia la autonomía campesina, el más serio, lo proporcionaría la adquisición de vacuno, que permitiría disponer de fuerza de labor propia. Cuando se alcanzaba el vacuno la apuesta a favor de la condición de campesino ya se pretendería irreversible. Así lo demuestra que se le preste mucha más atención que a cualquiera de los otros bienes. Los trabajadores del campo con opción para explotar pegujales, cuando disponían de ganado bovino, preferirían las vacas porque tenían la ventaja del máximo aprovechamiento múltiple. Podían asegurar la fuerza de labor necesaria, la renovación de la manada y el suministro de leche, aunque este capital era bastante vulnerable.

     Los 48 descendientes vivos entre cero y tres años declarados [18 + 20 + 5 + 5 = 48], que tienen que ser producto de las 87 vacas documentadas, dan una relación inverosímil de 0,5 ternero por vaca. Aun descontando la ocultación, porque los terneros estaban sujetos al pago del diezmo, el resultado quedaría muy lejos de los descendientes finales por vaca que se obtiene de una observación efectiva [1070 partos/216 vacas ~= 5].

     Al contrario, si el intervalo tipo entre partos de las vacas es de unos 400 días, teniendo en cuenta que una hembra ya es fecunda a los 2,5 años, a lo largo de los 9,5 máximos de la experiencia de fecundidad, que resultarían de aceptar, de acuerdo con nuestros testimonios, que el límite biológico de las hembras vacunas es 12 años, que son 3.467,5 días, se obtendría un máximo entre 8 y 9 descendientes a lo largo de toda la vida fecunda de cada hembra.

     Descontando una mortalidad de los terneros, que se puede aceptar comprendida entre un 5 y un 6 %, en el más desfavorable de los casos la descendencia final sería superior a 7 terneros.

     Todavía se podría descontar la vejez, que es tanto como aceptar que el número de las vacas tenido en cuenta sea excesivo, porque en él estén incluidas las que han salido de la edad fecunda, lo que muy probablemente aproximaría los valores a los 5 terneros de descendencia final que demuestra la observación experimental, y aún quedaríamos muy lejos de las cifras que proporciona el análisis.

     La baja fecundidad final que resulta de la relación entre vacas y descendencia alcanzada demuestra que el ganado vacuno, para quienes son trabajadores del campo y están interesados en explotar pegujales, al tiempo que un recurso energético muy útil para mantenerse en esa posición, se concebía como una fuente suplementaria de ingresos. Parte de los ejemplares obtenidos por la reproducción serían comercializados, quizás con más frecuencia los ejemplares machos. Y viceversa. Que a los ejemplares vacunos adultos se accedía a través del mercado cuando se tomaba la decisión de arriesgarse a experimentar con una modesta explotación propia.

     La inversión en ganado era por tanto perecedera, limitada a la esperanza de vida de cada especie, corta si se sometía al estrés laboral. Era por sí misma expresiva de los horizontes a los que quienes trabajaban en el campo, de antemano, estaban dispuestos a limitar su aventura como campesinos. Si en el plazo de la vida de los animales que proporcionaban trabajo no se consolidara la posición, se retornaría al lugar de partida. Los doce años que se deducen del análisis del vacuno podían ser una duración probable de ese plazo. Las edades máximas observadas oscilan en torno a los dieciséis años.

     La frontera de los doce años al mismo tiempo sería indicativa de la rentabilidad y de la masa total de la energía deducible de un ejemplar vacuno. Si el trabajo de 8 unidades de superficie podía ser la expresión del rendimiento anual de un ejemplar vacuno, como acreditan testimonios contemporáneos, admitiendo 8 años de plenitud, el límite superior de la energía que pretendieran extraerle sus dueños lo podría expresar el trabajo necesario de 64 unidades de superficie. Tan bajos serían los rendimientos del pastueño bovino de los trabajadores del campo.

     Solo podrían dar un paso más hacia la consolidación los pocos que tuvieran capacidad para endeudarse en el mercado del crédito, y mediante la inversión del capital cedido expandir sus posibilidades. La casa que se hubiera adquirido como propia sería el recurso hipotecario menos frecuente para endeudarse. Sería más fácil servirse de los olivares, adquiridos por prescripción.

     Pero, aunque cualquiera de estas instantáneas pudiera admitirse como la conquista de una posición irreversible, no era la consolidación de cualquiera de estos patrimonios como capital agropecuario la que permitiría afianzar el tránsito de forma que la condición de campesino se prolongara en el tiempo. En contra de lo que opinaban los reformistas, ninguna las posiciones que por vía de capital se adquiriera la garantizaba de manera estable. Si el medio para disfrutarla era el pegujal, por su naturaleza solo facilitaba un estado que se alcanzaba cada año, y de la misma manera que uno se adquiría, al siguiente se podía perder. Teniendo ante sí solo la posibilidad de acceder a la tierra a través de la fórmula del pegujal, a lo máximo que se podía aspirar era a estar de campesino, nunca a serlo.