Patrimonio de los campesinos. 1

Jasón Quesada

De los 1.245 declarantes que cumplimentaron, bajo la etiqueta jornalero, en pleno siglo XVIII, los últimos memoriales para la Única, los que expresaron su estado con la mayor exactitud fueron quienes dijeron, en estos términos o en otros similares, que no poseían bienes algunos ni otro tráfico de pegujal o trato. Solo una décima parte de ellos, que a sí mismos prefirieron identificarse como trabajadores del campo, admitió que había emprendido un pegujal, la explotación agropecuaria menor, cuya duración invariable era inferior a un año, limitada justo al tiempo que convenía al desarrollo vegetativo completo de un cultivo, el elegido para la parcela de la que se dispusiera, cuya trascendencia atenuaron diciendo que solo abarcaba, en la mayor parte de los casos, entre dos y cuatro unidades de superficie.

     El estatuto del pegujal, así como su trascendencia para la formación del campesinado, lo delimitó con satisfactoria precisión el escribano que, tras preguntarle por su patrimonio, puso en boca de un declarante que no tenía bienes raíces ni semovientes ni pegujal. Gracias a esta manera de expresarse, desveló para el pegujal la condición jurídica de bien, a la misma altura que los otros dos, así como que la tercera clase no estaría caracterizada por los rasgos que distinguían a las demás. Aunque nuestro testigo se emplee en términos negativos, y ahí terminen todas sus caracterizaciones, no carecen de precisión, ni excluyen que sus fundamentos sean de los más antiguos. Dada la inestabilidad característica de aquella clase de empresas, las peculiares relaciones que la hacían posible no estarían tan garantizadas por la norma como los bienes raíces o los semovientes, que contaban con el atributo de la propiedad. Necesariamente limitarían su disfrute a la posesión temporal. Tan bajas defensas, mediado el siglo XVIII, lo harían más vulnerable que cualquiera de los otros.

     Semejante inestabilidad del acceso al bien provocaría que la condición del trabajador del campo que se aventuraba a emprender un pegujal fuera abierta. Viviría en un permanente estado de tránsito que se opondría a que se consolidara como campesino, la condición mediante cuya adquisición abandonaría la de trabajador del campo dependiente. Sus esfuerzos, año tras año, tendrían que dirigirse a sobrevivir en un medio que insistía en orientar los contratos y las obligaciones en la dirección favorable a la adquisición de los bienes raíces y semovientes bajo las seguras condiciones de la plena propiedad. En retornar a ese camino tendría que persistir quien pretendiera adquirir la condición de campesino de manera duradera, estable si fuera posible. El patrimonio que fuera adquiriendo bajo las condiciones de la propiedad hablaría de sus éxitos parciales y de sus posibilidades de progresar.

     Una parte de los trabajadores del campo que aquel año emprende un pegujal, cuando declara, guarda silencio sobre el patrimonio que posee. El silencio siempre suscita dudas, aunque no es bastante para concederle el papel decisivo. Quienes tomaron la decisión de callar, que ni afirma ni niega, no suman ni la cuarta parte de los declarantes. En torno a otro cuarto, sobreponiéndose al silencio que inspira la presión fiscal, actuó con decisión negadora, y dijo no tengo bienes algunos, bienes muebles ni raíces o industria alguna, manera esta de negar que tiene en cuenta que por industria entonces se entendía cualquier iniciativa económica; o se cuidó de ser preciso, y se limitó a decir, en previsión de los semovientes a los que en algún momento tuviera que referirse que no tenía bienes raíces de ninguna clase. Pero todavía hubo quienes especificaron que no poseían, pegujal aparte, más haberes que los que les proporcionaba su trabajo, en términos tales como no tengo bienes algunos más que mi jornal el día que lo gano, lo que obliga a pensar que había quienes compatibilizaban la explotación de un pegujal con la condición de trabajador asalariado episódico, la que comprometía la relación laboral agrícola mínima.

     Los que adoptaron la actitud más explícita, que todavía son la mitad restante, dijeron poseer algún bien. De ellos, la mayor parte afirmó que el pegujal era el único que tenían, sin más caudal o bienes. Los que reconocieron poseer además otra riqueza, en casi todos los casos de distinto tipo y en combinaciones no demasiado complejas, eran la proporción más pequeña, menos de una cuarta parte. La base de sus patrimonios eran el ganado y las casas, únicos bienes para algunos. Era excepcional quien había adquirido nada más que olivares, y era algo más común que a las casas sumaran olivares, viñas y, sobre todo, ganado; mientras que otros solo poseían olivares o viñas más ganado.

     Los bienes inmobiliarios de los que eran dueños los trabajadores del campo eran muy limitados. Unos solo poseían la cuarta parte de una casa, y otros, media, aunque era más frecuente que se poseyera una casa entera, meta que a veces se alcanzaba porque se sumaban dos medias. Y eran casos únicos los dueños de casa y media, dos casas o una casa que dentro tenía un horno de pan.

     Los olivares adquiridos también eran posesiones muy modestas, comprendidas entre una y media y cinco aranzadas, que algunos expresaron recurriendo al procedimiento métrico más descriptivo, seguramente como consecuencia de su reciente adquisición por uso de las tierras públicas. De un cercado con veintiocho pies de olivo su dueño dijo que tenía fanega y media, y de dos aranzadas de estacada, que tenían cinco fanegas de cabida. En este mismo estado del cultivo, el del estaconal de reciente plantación que aún no producía, estaba un tercio de los olivares declarados, y sus valores más frecuentes, expresados en unidades de siembra, estaban comprendidos entre dos y media y tres y tres cuartos de aranzada. Normalmente la parcela de olivar de cada cual era única, pero uno poseía dos suertes de tierra, una junto a la otra, que sin duda habrían satisfecho sus aspiraciones a apropiarse el espacio común por el procedimiento mencionado. El caso extraordinario era el de quien poseía cinco aranzadas de estacada de olivar más otra aranzada de olivar ya hecho. No parece que el objetivo de estas posesiones fuera adelantar en la producción de aceite, dados los tamaños y los estados de las plantaciones. Es más probable que la pretensión de sus dueños fuera disponer, con el mínimo costo –el de la presura, que solo era de tiempo–, de bienes que en el futuro pudieran otorgar alguna solidez patrimonial.

     Las viñas eran una parte aún más insignificante del patrimonio de los trabajadores del campo con posibilidades de acceder a un pegujal. Solo sabemos que algunos poseían cinco parcelas, dos de las cuales, una de viña hecha y otra de majuelo, eran propiedades compartidas, poseídas en tres cuartas partes. De las otras, la mayor era un cercado de tres aranzadas de majuelo y la más pequeña de dos aranzadas. Si las plantaciones de viña tenían un horizonte tan limitado era porque en la zona de referencia el cultivo de la vid estaba en retroceso en beneficio del olivar. Pero, aunque las opusiera la ley de los vasos comunicantes, ninguna característica de las parcelas de viña permite pensar que su fin fuera distinto al que destinaban sus olivares los trabajadores del campo interesados en explotar pegujales.

     Los que poseían solo ganado eran, con diferencia, la porción más significativa. Si a ellos se suman los que teniendo otros bienes también disponían de ganado, que habrían tomado decisiones parecidas, se aísla el hecho que merece más atención cuando se trata del patrimonio de los trabajadores del campo que se aplican a la explotación de los pegujales. Alcanza hasta casi la mitad de los casos de campesinos de ciclo observados. Indica por tanto un comportamiento y una inversión preferentes. Para el empleo del ahorro que consiguieran, nada facultaría tanto para transitar entre la condición de trabajador del campo y la explotación de un pegujal como poseer ganado destinado al trabajo agrícola.

     Los comportamientos más elementales son dos, los que optan por criar solo ganado asnal y los que prefieren decidirse solo por el vacuno. Los que concentran su inversión en el asnal son el doble de los que se deciden por el vacuno. Sin embargo, la mayor parte, en una proporción semejante a la de quienes optaban solo por los asnos, encontraba el equilibrio en una combinación de ambas opciones, más esforzada y costosa. A su capacidad para gastar simultáneamente en vacuno y en asnal se opondría el esfuerzo inversor, que restringía las cantidades pero permitía hacer frente a un tiempo a las necesidades que satisficiera cada una de las especies, que habrá que suponer distintas si eran gastos compatibles.

     Cualquiera de las otras posibilidades de combinar la inversión en ganado era muy circunstancial y secundaria. Dos quisieron mantener a un tiempo vacuno, asnal y cerda; uno, a la vez vacuno y equino; y otro, vacuno y cerda. Entre los que de antemano hubieran dado preferencia al asnal eran esfuerzos únicos el de asnal con cerda, asnal con cerda y ovino, y asnal con cerda y apícola. Algo más probable era el asnal con solo apícola, que se observa en un par de ocasiones. En los márgenes, fueron tres los que se decidieron por solo equino, dos por apícola y uno por mular. El caso más extraordinario es el de quien combinó vacuno con asnal, cerda, equino y apícola. Nada más que uno de estos trabajadores mantenía una oveja con su cría.

     Solo tres declarantes, de los treinta y dos que dicen poseer ganado asnal, mantienen dos ejemplares. Todos los demás solo tienen uno. Quienes los mencionan eligen entre varias formas de presentarlos. Hay quien prefiere referirse a uno llamándolo bestia asnal. Es anecdótico. Otros los llaman bestias menores, una manera de expresarse algo más relevante que se explica si se pone en relación con las especies similares de más envergadura, las dos equinas, la mular y la caballar. No faltan quienes hablan abiertamente de burras, una manera tosca de expresarse que no obstante estaba algo más extendida. Pero sobre todo los declarantes prefieren referirse a sus animales llamándolos jumentas.

     A causa de esta evidencia procede resolver lo que se refiere a la declaración de los sexos de los ejemplares. Quien menciona la bestia asnal o los que deciden hablar de bestias menores, se instalan, bajo este punto de vista, en el terreno de la ambigüedad, lo que lamentablemente, para estos pocos casos, obliga a admitir que no es posible tomar una decisión. Pero si la palabra elegida es la que prefiere la mayor parte de los declarantes no parece que pueda persistir la duda. Solo un declarante reconoce que su ejemplar es un jumento. Todos los demás, cuando opta por esta manera de especificar, hablan inequívocamente de jumentas.

     Algo tan comprometido aconseja adelantar a este lugar el casi inapreciable papel que al mular concedían los trabajadores del campo dedicados a pequeñas explotaciones. Solo uno reconoce disponer de una mula vieja para su tráfico, una prueba directa de la importancia relativa que entre los trabajadores que optaban por el pegujal había adquirido el otro animal de trabajo de la época. La opción a favor de las hembras asnales, tan abrumadora, no parece que buscara procrear los discutidos híbridos equinos, que la tradición venía considerando animales con menos potencia, consecuencia visible en su diferencia de masa con el vacuno, el animal de fuerza consolidado.

     Los datos que las declaraciones proporcionan sobre las aptitudes de las jumentas para tener descendencia son muy limitados, y es un camino casi sin salida si el que se elige es el de la edad de las madres. Solo de una se dice que es nueva, y de otra que es vieja, mientras que de una tercera, con más juicio, se afirma que está cerrada, queriendo expresar que ha cumplido los dos años y por tanto ha pasado el umbral del primer climaterio.

     Las referencias a la descendencia son algo más frecuentes, aunque tampoco mucho más expresivas: solo seis ejemplares que habría que sumar a las madres respectivas para componer las familias asnales que podemos percibir. De una madre sabemos que tiene una cría al pie. Y de las demás de las que disponemos de alguna referencia, en todos los casos se remite a la edad de sus descendientes. Uno es simplemente una cría pequeña. Pero, de los otros cuatro, uno es una cría de seis meses, dos son crías de un año y el último una cría de dos años, edades que indirectamente serían expresivas del acceso a la edad fecunda de las madres.

     Truncadas las familias asnales comunes por carencia de progenitor, según se deduce de estos testimonios, es necesario reconocer, porque se trata de madres con descendencia viva, que para la procreación habían de recurrir al servicio de un garañón externo. De las que no se asocian con cría alguna, se puede sospechar tanto que han sido adquiridas en ferias como que sus descendencias han podido ser comerciadas por el mismo procedimiento.

     Descubre todavía otra parte del alcance de la decisión en favor de tan modesto y exiguo patrimonio la manera directa de expresarse de una parte de los declarantes sobre el destino que le tienen reservado. Un tercio aproximadamente lo señala. En dos casos, para referirse al que se dedica el asnal, se emplea una expresión ambigua. De sus ejemplares se dice que son animales de trabajo, lo que si no excluyera la posibilidad de que fueran utilizados para arar en modo alguno sería extemporáneo. Las cangas propiamente eran las unidades de trabajo que agregaban arado y asno. Pero la mayor parte de las manifestaciones son mucho más expresivas de un uso determinado, incluso descriptivas de una gama de actividades que alejan esta posibilidad. Uno utiliza su ejemplar para mis agencias, y otro para servicio de mi trabajo, modos de hablar que indican lo versátiles que para ellos podían ser. Los hay que hablan genéricamente de cualquiera de sus desplazamientos, porque cada uno de ellos, dicen, recurre al asnal para mi tráfico. Semejantes a ellos, los más expresivos de los que utilizan estas fórmulas precisan que recurren a aquellos animales para mi tráfico del campo o para el tráfico del campo, y otro, de modo aún  más directo, dice que lo usa para ir a trabajar. Por último, uno de los que posee dos jumentas afirma que las usa para traficar con ellas a las fuentes, es decir, acarrear agua a las casas.

No puede decirse que los ciento sesenta y tres ejemplares de vacuno declarados, aun en el caso del tamaño superior, compusieran manadas importantes. La más grande, con diecinueve ejemplares de cinco tipos distintos, era tan singular como las de quince, catorce, doce y once, la primera y la última de las cuales también se componían con cinco tipos diferentes, mientras que las otra dos, en orden decreciente, contaban respectivamente con tres y dos tipos. A partir de aquí todo era mucho más modesto, y la mayor complejidad, que alcanzaba como máximo hasta los tres tipos, se limitaba a los valores más altos. De diez ejemplares había tres manadas, mientras que las de ocho, siete y seis eran únicas. Las manadas de cinco ejemplares eran cuatro, una de las de mayor frecuencia relativa, si bien eran las seis de tres las que se imponían, la mitad de ellas reducida a la mínima complejidad de los dos tipos. Las posesiones de dos y un ejemplar eran casos únicos.

     Las vacas eran las preferidas, algo más de la mitad de los ejemplares reconocidos, hasta el punto que a excepción de dos, sobre las que no tenemos seguridad, las manadas siempre se componían con vacas. En la mitad de los casos eran el tipo único, y en la otra mitad se combinaban con otros de la especie, en cuyo caso, para componer la manada compleja, se agregaban en tres series o tercios de implantación prácticamente idéntica: solo con su descendencia, solo con bueyes o con su descendencia y bueyes.

     Es frecuente que se declaren simplemente como vacas, de manera indiferenciada. Pero más aún se declaraban como vacas de trabajo o, sobre todo, como reses vacunas de trabajo, lo que no deja dudas sobre el destino preferido para este patrimonio. Algunos declarantes deciden referirse a él hablando de reses vacunas de hierro, donde la que mención del metal es metonimia que remite a la reja del arado.

     Fueron consideradas con idéntico criterio, aunque desde otro punto de vista, seis vacas, de las que se dijo que estaban domadas, lo que habrá que interpretar como que ya se prestaban al trabajo, algunas desde hacía bastantes años; mientras que otras cinco aún no estaban sometidas a la disciplina del arado porque sus dueños las llamaron cerriles. Es probable que vivieran un estado de tránsito, de destino aún no decidido, quizás porque en su caso se estuviera pensando en reservarlas para la reproducción. Un declarante dijo que sus cuatro vacas cerriles eran de vientre, y otro más no dijo que la suya fuera cerril, pero sí que era de vientre. Tal vez a una decisión similar correspondiera la referencia a dos vacas de las que únicamente se explicó que eran paridas.

     En la declaración de las edades de las vacas los deponentes no se imponían la obligación de ser rigurosos. Como se trataba de ejemplares adultos, casi todas eran presentadas sin hacer referencia a esta característica o se aludía a ella de manera imprecisa. El extremo de la aproximación grosera lo representa la vaca de la que se dice que es vieja, probablemente con el deseo de obtener algún beneficio fiscal a cambio de tan penoso reconocimiento. Pero esporádicamente se encuentran referencias a la edad, las más precisas las que mencionan, de un grupo de cinco, que la mayor es de seis años y que dos tienen doce años cada una, edad máxima positivamente declarada. No tenemos ninguna seguridad sobre que fuera el límite de la supervivencia de los ejemplares explotados por los campesinos inestables, pero sí es seguro que no estamos muy lejos de él.

     Por orden de importancia, a las vacas seguían bueyes, unas indiferenciadas reses de trabajo, novillos, becerros, erales y crías o terneros. En ningún caso se menciona toro alguno, de donde hay que deducir que para fecundar sus vacas los trabajadores del campo siempre recurrirían a contratar sementales.

     Los quince bueyes no alcanzan a ser la décima parte de los ejemplares de vacuno declarados, lo que indica un comportamiento muy selectivo. Eran mencionados en la mitad de los casos simplemente como bueyes, lo que no resulta una indefinición. La condición de buey incluye la completa dedicación al trabajo mientras el animal conserva fuerzas. Se pone tanto interés en ser preciso al hablar de bueyes sin más que la descripción de la otra mitad incurre en la redundancia, al presentarlos como bueyes de trabajo, si bien no es del todo inapropiado que de las tres cuartas partes de estos se diga que han sido domados a todo trabajo, o que los restantes son bueyes de trabajo viejos, es decir, a punto de agotar sus fuerzas. De dos solo se dice que son viejos en la misma declaración que otorga este atributo a una vaca, lo que resulta redundante de la misma indisimulada intención.

     Si bien la mención de los trece ejemplares que sus dueños definen de la manera más inconcreta como reses de trabajo no deja dudas sobre el destino elegido para ellos, la manera de presentarlos no ayuda a tomar una decisión sobre su sexo. Afortunadamente, su proporción está aún más lejos de la décima parte de los casos, lo que simplemente los anula desde este punto de vista. En cuanto a su edad, de un grupo de siete se afirma que la mayor tiene doce años. La insistencia en este límite redunda en la idea de que esa cifra tal vez exprese la conciencia de una frontera biológica.

     A partir de los novillos, y hasta identificar a los ejemplares menores, se ponía especial cuidado en discriminar por edad. El interés por declararla se incrementaba y era preferente cuando se trataba de los descendientes hasta el punto de invertir los términos. Mientras que el interés por precisar el sexo es algo menor, raro era el descendiente del que no se declaraba la edad. Esta preocupación expresaría la actitud selectiva que debió dominar el cuidado de la primera fase de la vida del vacuno destinado a satisfacer las aspiraciones más modestas. En parte pudo estar relacionado con que los ejemplares que estaban viviendo su primer año de vida eran los que estaban sujetos a la ineludible renuncia que imponía el diezmo, y en parte puede expresar las esperanzas de mantener activo este capital, cuya supervivencia se veía especialmente amenazada durante sus primeros meses.

     Los dieciocho novillos descritos implícitamente son los ejemplares de dos a tres años. Es normal que las declaraciones, en estos casos, se esforzaran en ser precisas. Seis ejemplares se declararon de dos años, cuatro de entre dos y tres y ocho de tres. Solo de uno de los ejemplares de tres años se dijo que era una novilla. Teniendo en cuenta que la capacidad generativa las hembras de bovino la alcanzaban entre el segundo y el tercer aniversarios, la escasez de novillas puede estar indicando que buena parte de los ejemplares hembra a la edad correspondiente a esta condición ya habían pasado a convertirse propiamente en vacas. Por eso en este estado o tránsito de edad casi exclusivamente hay novillos en sentido estricto.

     De un novillo también de tres años se precisa es que es cerril, lo que tal vez sea indicativo del momento en el que se tomaba la decisión irreversible de dedicarlo a una de dos funciones, padrear o buey, si es que no se destinaba al matadero. Como la primera posibilidad no está documentada entre los ejemplares poseídos por estos dueños, las vías, es más probable, quedarían reducidas a las otras dos, la castración o el sacrificio.

     Los veinte becerros identificados implícitamente son los descendientes de entre uno y dos años de edad cumplida, aunque lo común es que sean llamados becerros los que tienen dos años, catorce en total. Solo de un becerro se dice algo próximo a la edad exacta, que va a los dos años, y de otros tres que tienen edades de un año y de dos. Lamentablemente de cinco de estos ejemplares solo se dice que son reses de dos años, lo que no permite discriminar por sexo, aunque al menos de ellas se especifica que son cerriles, lo que es una prueba bastante sólida, dado el tamaño de la muestra, de que la frontera de edad a partir de la cual empezaba la doma probablemente era superior. Con este dato, se puede pensar que primero se tomaban las decisiones favorables al destino para la reproducción, dado el rápido desarrollo de la función genital de la hembra, y luego las relacionadas con el trabajo. Fuera cualquiera la que se tomara, se concentraba en esta edad crucial, la que va del segundo al tercer aniversarios, una idea que la tradición había acogido con la palabra becerro.

     Por suerte, del resto de los casos podemos deducir que se cuida más la declaración del sexo, lo que nos pone sobre la pista del momento a partir del cual podía comenzar el proceso selectivo según este criterio. Si lo que se observa en esos quince ejemplares es normativo, habría que pensar que la selección según sexo durante este intervalo se concentraba en las hembras, solo seis, frente a los nueve becerros positivamente identificados. Creemos que esa interpretación no se aleja demasiado de los comportamientos, a pesar de que la cantidad de casos sea limitada, porque mientras que la edad declarada de los becerros oscila entre uno y dos años, la de las becerras, en todos los casos, es dos años, lo que indicaría una selección previa vía mercado o sacrificio.

     De una de las becerras se dice que es herrona, una voz que solo indicaría que ya ha sido herrada. De acuerdo con la disyuntiva observada, decisiva a esta edad, este adjetivo bien puede hacer referencia a sus aptitudes para el parto, para lo que no encontramos ningún indicio en la voz; bien para el trabajo, si es que el barbarismo también hiciera referencia a hierro en el sentido traslaticio de reja o arado, tal como quedó documentado más arriba.

     Los declarantes no se cuidan mucho de la pulcritud léxica que conviene a la identificación de los escasos cinco erales inscritos. Solo dos ejemplares son denominados con la palabra adecuada, expresiva de los descendientes de vacuno vivo de más de un año que no pasan de dos. Más frecuente es que se diga que se trata de reses pequeñas de un año o de una cría de un año. También desciende la atención al sexo de los ejemplares cuando se desciende a esta franja de edad. Solo de uno tenemos la certeza de que se trata de una hembra. Los criterios de selección tal vez estuvieran más relacionados con la aptitud para la supervivencia de los descendientes, independientemente de su sexo. Que sean solo cinco los registrados, en cualquier caso, indica a las claras que la exigencia selectiva era alta pronto.

     La identificación de los diez terneros es algo más importante, algo por encima de la vigésima parte. Tampoco para referirse a ellos la palabra precisa nunca la utilizan los declarantes. La que prefirieron para referirse a la edad mínima de los ejemplares de vacuno vivos, probablemente un eufemismo, fue cría, utilizada en casi todos los casos. Que se eluda la palabra ternero redunda en la sospecha de que se evitaría hablar en sus términos para eludir en lo posible la obligación de la carga diezmal, que recaía sobre los ejemplares nacidos en el transcurso del año.

     Teniendo en cuenta que los terneros se podían destetar a los seis meses, los incluidos en este apartado serían los comprendidos entre el nacimiento y esa edad. Pero, como la siguiente edad declarada implícitamente es la que incluye la mención de los erales, es muy probable que haya que prolongar la de los ejemplares que hemos reunido en este apartado. Sea de una forma o de otra, hemos incluido en él cuatro crías de las que se dice que no llegan a un año y una res de la que solo dice que es pequeña.

     Tal como ocurriera con los erales, y por tanto por razones similares, la atención al sexo de los ejemplares recientes ha decaído casi por completo. Solo de uno podemos tener la certeza de que es hembra. Pero es de mucho interés otra característica que afecta a casi la mitad de los casos documentados. De cuatro crías que no llegan a un año se dice que cada una es hija de una vaca de trabajo, una demostración directa de que el trabajo y la maternidad no eran en modo alguno incompatibles, y que demuestra el sentido que tenía preferir las hembras adultas.