Alfonso X
Publicado: febrero 15, 2025 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Este rey de Castilla y León, que había nacido en Toledo en 1221, estuvo en posesión de la corona entre 1252 y el año de su muerte, ocurrida en 1284. Durante ese tiempo, aparte un ambicioso plan de gobierno, promovió una innovadora política cultural. El proyecto que probablemente resultó decisivo para sus actuaciones en este campo fue el que ha terminado siendo conocido como escuela de traductores de Toledo. Ya estaba activa en esta ciudad en pleno siglo XII, por lo que un siglo después estaba a punto para ser el medio adecuado con el que ejecutar trabajos filológicos de gran complejidad. El objetivo de aquella institución fue verter clásicos árabes y griegos al latín, entonces la lengua franca del saber en Europa, para lo cual con frecuencia fue utilizada como mediadora la lengua castellana, entonces ya un habla en uso entre los habitantes de la península. Mientras unos vertían del griego o del árabe al castellano, otros luego trasladaban el texto romance al latín. Este trabajo proporcionó una cultura literaria al castellano en el siglo XIII, la misma que dio origen a las literaturas temáticas, el programa literario de nuestro rey, entre las que conocieron un desarrollo satisfactorio la astronómica, la geológica o la jurídica, pero entre las que también hay que contar la historiográfica. Gracias a ellas fue creado un lenguaje culto y especializado en castellano, rico en concepto y matices.
Autor de poesía fundamentalmente en gallego, la iniciativa literaria de Alfonso X es sin duda fruto de su personal dedicación al estudio, incluso durante años enteros a decir de algunos de sus biógrafos, durante los cuales, imitando el método que Plinio el Viejo declara, se aprovechaba de entrevistas con los mejores sabios de un tema para avanzar en su conocimiento. Su corte, centrada en Toledo, fue lugar de encuentro de gente de muy diversa formación y muy distante procedencia: poetas y trovadores, preceptores, sabios y maestros; provenzales y galaicoportugueses, italianos y franceses, árabes y judíos. Todos contribuyeron a la ambiciosa empresa de convertir la escritura castellana en el soporte de una literatura, propósito concebido por un rey siempre dispuesto a satisfacer grandes aspiraciones.
La participación del rey en la redacción de las obras que invariablemente se atribuye no se puede delimitar con facilidad, y por tanto es un asunto en permanente discusión. Sin embargo, en el caso de sus obras de historia su responsabilidad ha sido averiguada y descrita hasta límites satisfactorios. Trabajaba el rey al frente de un equipo de especialistas de variada procedencia. A él correspondería la iniciativa literaria o decisión sobre el asunto sobre el que se debía trabajar, tras lo cual ordenaba la composición del texto a sus colaboradores, a los que proporcionaba un guión del relato que había de ser escrito. Cumplida esta tarea, el resultado era personalmente revisado por el rey, con el fin de evitar repeticiones y palabras inútiles, así como para conseguir un castellano de la mayor calidad posible, para lo que concentraba su interés en que el uso del lenguaje hubiera sido correcto. Todas estas modificaciones eran la única parte del trabajo que el rey escribía de su propia mano, mientras que del resto del ciclo de producción del texto no ejecutaba materialmente nada más, lo que en absoluto impedía que se atribuyera el resultado final como autor único. De esta manera tan política fue abierta la primera corriente castellana de la literatura histórica, ella misma una parte del nacimiento de las literaturas vernáculas.
Los textos de historia que Alfonso X promovió fueron dos, una historia universal y otra de España. La universal fue titulada General estoria. Fue concebida con tanta ambición que el proyecto no llegó a completarse, habiendo sido no obstante mucho lo que de ella se alcanzó a escribir. Pretendía ser un relato de la existencia de la humanidad desde la creación del mundo hasta su reinado, pero solo pudo quedar escrito hasta poco antes del nacimiento de Cristo.
Su idea de la historia universal se inspira en Eusebio de Cesarea y San Jerónimo, aunque para presentarla recurre a un nuevo tipo historiográfico, la crónica. En el momento en que fue redactada, crónica, aparte su sentido inmediato, había llegado a tener un doble significado, uno que podríamos considerar derivado de una antigua idea sobre la función del relato histórico y otro relacionado con la organización contemporánea de las coronas. Según el primero, crónica es una relación de acontecimientos en los que ha participado el autor, pero según el otro era el texto que debía ser elaborado como síntesis de los documentos que refrendan la acción de los estados de mayor tamaño que por entonces están apareciendo en Europa o se están consolidando. Pero, como consecuencia del método impuesto por la autoridad de Eusebio de Cesarea, la cronografía universal, muy apreciada durante la edad media, fue la materia que se impuso en la redacción de la General estoria. Utilizando la sucesión del tiempo como el elemento naturalmente organizador del relato, combina los datos de la Biblia con los proporcionados por algunos mitógrafos y por los historiadores clásicos que son conocidos por quienes trabajan en su redacción. Así la obra resultó una crónica universal en el sentido más directo.
La narración mezcla historia sagrada con una mitología muy especializada, y autores latinos con la adaptación de la escritura de los Testamentos, lo que todavía es compatible con que aparezcan intercalados excursos eruditos o versiones al castellano de las primeras romans francesas. Los cambios de tono y de estilo de todas estas fuentes no siempre fueron borrados con éxito, y el resultado está lejos de cumplir el requisito de veracidad que debe ser exigido al texto historiográfico. Resulta así un relato más valioso como lectura de entretenimiento que como documento, y en cuyo origen sin duda prevaleció la inspiración y el deseo de contar historias. La narración es variada y de interés creciente, fluida y hasta emocionante, pero muy cercana a la novela.
La Estoria de España también es conocida con los títulos Crónica general, Primera crónica general y Crónica general de España. Acometió su redacción el rey al poco de su coronación, y en 1270 estaba ya muy adelantada. Comienza con una historia de los antiguos pueblos de España y otra de Roma, y continúa con los acontecimientos relacionados con la monarquía goda y la invasión islámica. La segunda parte está referida al reinado de los monarcas que se fueron sucediendo en la corona de Castilla, aunque dedica algunos capítulos a los reinos de Aragón, Navarra y Portugal. El texto termina con la muerte de Fernando III.
Se alimenta el relato con obras históricas latinas de calidad desigual aunque entonces muy reconocidas, más una historia hispánica también escrita en latín, la de don Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, un trabajo terminado en 1243. Nada de esto impidió sin embargo que para documentar ciertos pasos de la manera que se juzgaba más autorizada, en la primera parte los colaboradores del rey recurrieran a literatura latina de creación, y sin más vertieran versos originalmente escritos en aquella lengua a la prosa castellana. Con la misma facilidad con que traducían los versos latinos a la prosa escrita con la lengua nueva, para completar el relato de la historia medieval los recopiladores con mucha frecuencia y bastante extensión prosificaron cantares de gesta castellanos. Pero así como la primera parte de la historia no resulta muy dañada por la transferencia de una clase de literatura a la otra, la segunda parte está llena de relatos legendarios o poéticos en los que lo fabuloso se impone sobre la preocupación por restaurar hechos ocurridos. Aun así, la Estoria no carece de virtudes, entre las que le es más reconocida su enorme capacidad de economizar lenguaje con el objetivo de hacerla asequible y precisa.
Pronto la Primera crónica general se convirtió en un libro canónico tomado como referencia que constantemente se reelaboraba con el fin de actualizarlo. La consecuencia fue que con el paso del tiempo derivó a objeto manipulado en exceso. Autores posteriores alteraron mucho su contenido original, y sufrió una cantidad tal de adiciones que hasta mediados del siglo XVI de la intervención del primer texto resultaron una Segunda, una Tercera y hasta una Cuarta crónica general, más el producto derivado que se conoce con el nombre de Crónica de veinte reyes.
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