Expansión de un señorío. El frente sur

Redacción

Hasta donde lo conocemos, la referencia más antigua al enfrentamiento entre los poderes que compiten por el espacio escasamente poblado del confín occidental, marco de un buen número de experiencias de colonización a iniciativa señorial, está fechada el 21 de noviembre de 1399. Aquel año el concejo de Niebla había tomado y adehesado algunas tierras de los términos que colindaban con los dominios del concejo de Sevilla en la zona, de manera que no dejaba comer en ellas a los vecinos y vasallos de los lugares de Sevilla, según siempre se había acostumbrado y tenían por uso desde mucho antes.

     Lo que parece ocupación o usurpación, desde el punto de vista de quien proporciona esta noticia, que es la parte perjudicada, habría utilizado como arma la demarcación de dehesas, y pretendería reservarse en exclusiva el derecho de uso ganadero de ciertos espacios. Así podemos interpretarlo si le concedemos a comer valor metonímico. Desde el principio de la competencia, a una parte de quienes estaban sujetos a sus fuerzas se les identifica como vecinos o residentes de pleno derecho, y a otra como vasallos o sometidos por un deber de fidelidad a una institución superior, razón jurídica y precedente a la servidumbre. Sus derechos sobre el uso del espacio se fundan sobre un uso y costumbre inmemorial.

     Los ocupantes habían tirado y deshecho los mojones antiguos entre ambos términos, y habían consumado otros actos fuera de lugar en perjuicio del término de la ciudad de Sevilla, por lo cual estaban recibiendo allí un notable agravio y una sinrazón. Podemos suponer que al menos una agresión a iniciativa del condado de Niebla, concentrada en derribar las marcas de las lindes entre las tierras bajo dominio de los respectivos concejos, fuera anterior a la ocupación y segregación de las tierras acotadas; y que estas acciones pudieron ser el inicio del conflicto, dado que previamente regían entre las partes, no solo uso y costumbre, sino una hermandad o pacto que daba garantías al aprovechamiento de aquellas tierras y amparaba la buena voluntad que entre las partes hasta entonces había.

     Eran razones suficientes para que la parte perjudicada acordara enviar a Juan Martínez de Monreal, veinticuatro o regidor de Sevilla, a Niebla para que viera todos estos agravios y sinrazones que en contra de sus intereses se habían cometido, pusiera en ellos remedio y partiera con ellos el término por donde siempre se acostumbraba. La iniciativa política parece inspirada por la voluntad de concordia. El concejo de Sevilla habría decidido presentarse en donde daba por supuesto que se habían tomado las decisiones a cuyas consecuencias deseaba hacer frente, y restaurar la situación anterior al litigio. Pero también se puede pensar que prefirió abordarlo por el flanco, o valiéndose de una institución interpuesta y subordinada, la más accesible. Desde 1368 los poderes sobre las tierras de Niebla correspondían a una autoridad por encima de su concejo, un señor, que en 1399 era Enrique de Guzmán o Pérez de Guzmán, un hombre con impulso y cuya fuerza le valdría convertirse a su pesar en el héroe de Gibraltar.

     Los que envían a Juan Martínez de Monreal le ordenan –prosigue la autoridad de la capital–  que […] veáis todas estas cosas cómo están, y partáis el término entre ellos y nosotros […] en manera que Sevilla no pierda cosa alguna de su término que siempre fue, y hagáis hacer muy grandes mojones […] en tal manera que no se deshagan […] porque vos y nuestros vecinos y nuestros vasallos sepan cuál es un término y el otro, y no caigan en yerro.

     No parecen dispuestos a renunciar a la defensa de ninguno de los derechos adquiridos, tanto que si el concejo de Niebla no se igualara a partir el término por donde siempre había ido, y se opusiera a hacerlo, los veinticuatro de Sevilla también ordenaron a todos los concejos de todos sus lugares en aquella comarca que fueran con Juan Martínez de Monreal y lo ayudaran a hacer la partición, de manera que quedara hecha como cumplía tanto al provecho de la ciudad de Sevilla como al de la villa de Niebla. Así mismo les mandaron que creyeran a su representante en todo lo que le dijera de parte de Sevilla sobre este asunto.

     El 23 de febrero de 1400, como respuesta, el concejo de Niebla, al tiempo que negó que hubiera modificado las lindes, designó a Lope Suárez, su alcalde mayor, para que fuera a todas las partidas adonde quiera que sus términos colindaran con los términos de Sevilla, una vez que ambas partes habían decidido reconocer las lindes aceptadas por la hermandad, para lo que el 25 de febrero presentaron a sus respectivos testigos, cuatro de Escacena, Manzanilla, Paterna del Campo e Hinojos, todos lugares de Sevilla, y cinco de Bollullos, lugar del conde.

     Cuando testificaron, todos pretendieron rememorar hechos de entre treinta y cinco y cuarenta y seis años antes, lo que nos retrotraería a un periodo comprendido entre y 1354 y 1365. Nada autoriza a poner en duda que así fuera, excepto que los testigos de los lugares de Sevilla tienden a situar los hechos que rememoran entre cuarenta y cinco y cuarenta y seis años antes, mientras que los del lugar del conde se refieren a un tiempo comprendido entre treinta y cinco y cuarenta años. La intención inicial de cada una de las partes sería autorizar un estado en función de un tiempo distinto. Por eso, probablemente sea lo más correcto entender que los hechos que cualquiera de los testigos refiere al menos estaban vigentes en los tiempos inmediatamente anteriores a la contienda, una fecha sin duda próxima a 1399.

     No todos los topónimos que mencionan en 1400 permiten localizarlos con precisión. Buena parte de ellos no se ha conservado, pero otra es tan inequívoca como la vecindad de los lugares de donde proceden los testigos. Algunos informan de los aprovechamientos previos de las tierras sobre las que se dirime. El de Escacena, por ejemplo, afirma que andaba con vacas de su padre y otros hombres por ellas. Los de Paterna e Hinojos precisan que la cañada del Garrobo, una de las líneas de límite hasta entonces reconocida, era vereda exenta y desembargada para todos los ganados sin pena ni caloña alguna, y que el alcornocal cerca de Santa María de las Rocinas y el bodegón de Juan Fraile, gracias a la hermandad, se comía exento. Uno de los de Bollullos, por su parte, prefiere reconocer que la pasada de Gelo era cañada y vereda por donde iban los ganados sin caloña.

     Pero los hechos a partir de los cuales se habían originado las diferencias ocurrieron en torno y por iniciativa de los vecinos de Almonte. Según uno de los testigos, Diego Sánchez, su alcalde mayor, y otros hombres de Almonte, habrían desplazado mojones del antiguo deslinde. Además, ahora la vereda y cañada del Garrobo arriba estaba sembrada de pan por hombres de Almonte, que la defendían, y por tanto estaba cerrada a los ganados, lo que después los partidores comprobarían. Había sido allí, en la misma cañada, donde los de Almonte, labrando y sembrando, habían hecho mojones nuevos, algo que nunca había sucedido. En cuanto al alcornocal cerca de Santa María de las Rocinas y el bodegón de Juan Fraile, según el testigo de Hinojos, Almonte lo había hecho acotar y adehesar, y llevaba pena de seis maravedíes por res que tomaba, tanto a los de Sevilla como a los de Niebla o de cualquier parte.

     El día siguiente, 26 de febrero, los partidores tomaron como testigos a uno de Almonte y a otros dos de Escacena. El de Almonte, que resultó ser pastor, además de corroborar lo que el día anterior los deponentes habían afirmado sobre la cañada del Garrobo, sostuvo que Almonte, desde antiguo, usaba y guardaba su dehesa de los bueyes, y que desde hacía poco tiempo los de Almonte habían adehesado el monte de la Rocina, que nunca antes se había adehesado ni guardado. Los dos testigos de Escacena se presentaron como partícipes en un deslinde ente Sevilla y Niebla que se habría hecho hacia 1350, en el que no se hacía mención alguna de Almonte ni de su concejo.

     Sobre la base de estos testimonios, después de comer, los partidores emprendieron la revisión de los límites entre el concejo de Sevilla y Niebla en la parte que se dirimía. Los recorrieron íntegros y reconocieron los mojones antiguos o los renovaron. Se atuvieron a un ritual que reiteraron cada vez que acordaban un lugar en el que marcarlos. Levantaban uno hacia la parte de Sevilla y su partidor, Juan Martínez, se subía en él en señal de posesión; y otro hacia la parte de Niebla, y Lope Suárez hacía lo mismo, y cuando además tomaban como referencia un árbol, marcaban en él una cruz. Después, tanto uno como otro mandaba hacer una horca de palo, la hincaba en su lado y le ponía una soga de esparto también en señal de posesión, dice el documento, como afirmación de dominio jurisdiccional. Cuando tomaban como referencia los límites un arroyo, cada uno de los partidores caminaba por la orilla que correspondía a su lado, y cuando paraban para comer cada uno lo hacía en su parte, también en señal de posesión.

     A lo largo del recorrido otros indicios de los aprovechamientos y la ocupación del espacio fueron registrados, así como de su toponimia. Del bodegón de Juan Fraile, que estaba junto a un camino, se dice que ya estaba derribado, y en su lugar había unas zahurdas. En la pasada de Gelo un camino cruzaba el arroyo. Donde se juntaba La Parrilla con el arroyo del Garrobo comenzaba la cañada del Garrobo, que era de partimiento entre Sevilla y Niebla, y en ella los partidores deshicieron los mojones que habían levantado los de Almonte, mientras que a caballo y a pie pasaron por encima de los panes sembrados, cada uno por su lado. Tras recorrer el arroyo del Garrobo y pasar un monte, en la cumbre de Carruchena reconocieron el fin del término entre Sevilla y Niebla en el partido contra Almonte. Como piezas del paisaje aparecen además higueras, labiérnagos, lentiscos, çumajos, una laguna, retuertas de los arroyos y pasadas.

     Una vez resuelto el contencioso de Almonte, después de haber dormido, el 27 de febrero de 1400 los partidores se presentaron en la torre de Doña Mayor, también llamada la Tabla del Esparragal, a una legua de Villalba, lugar que había sido de Alvar Pérez de Guzmán, muerto en 1394. Los testigos que se habían tomado designaron la torre como linde entre Sevilla y Niebla en aquella otra parte, a una legua poco más o menos al norte de Almonte. Así había sido acordado en su momento en presencia de Juan Alonso Pérez de Guzmán, el primer conde de Niebla, muerto en 1396, y Alvar Pérez de Guzmán.

     Los partidores, desde la torre contra arriba hasta el monte, llegaron al Acebuche, y desde allí, aún contra arriba, a la cañada de La Zarza. Ambos lugares servían de referencia para partir Sevilla con Niebla. Las siguientes estaban en el río Corumbel, el Forcajo de la Corte y el río Tinto arriba hasta colindar con Zalamea. Así quedaron partidas las tierras de Sevilla y Niebla en esta zona.

     Por último, los partidores se interesaron por las lindes en las proximidades de Manzanilla, una población próxima al este de Villalba. Los testigos reconocieron que al menos estaban en Los Aguilones, cerca de Manzanilla. Por eso cerca de la torre de Doña Mayor, para abajo, en una palma que en la sembrada había, levantaron un mojón.

     Luego, en Manzanilla, en casa de un criado del rey, tomaron por testigos a tres vecinos de la población. Los tres, una vez conocidas las declaraciones que los testigos habían hecho en Santa María de las Rocinas, declararon sobre lo que ocurría cuarenta y cinco años antes. Confirmaron las lindes declaradas y que siempre habían visto, desde que se acordaban, que se comían los montes, se pacían las hierbas y se bebían las aguas con los ganados de una y otra parte sin pena alguna, y que se cortaban la leña y la madera hasta las viñas de Almonte, salvo la dehesa del lugar, y que Almonte no tenía otro término que la dehesa de los bueyes.

     A principios del siglo XV cualquiera de los tres deslindes parciales son frentes de litigio entre poderes, parte de la pugna que puede impulsar la población con vasallos. Entonces el conde habría decidido que su frente pionero estaba en el sur, en las tierras más próximas al litoral, con mayor presencia humana y con más posibilidades para la expansión de la actividad agrícola. Esa sería su apuesta, eso lo que diferenciaba la iniciativa de Almonte, que contrastaba con el único aprovechamiento pecuario precedente. La mayor intensidad del uso del suelo, aunque fuera de la mano del cultivo de los cereales, estaba llegando al sur del extremo occidental. Probablemente la densidad de poblaciones ya radicadas en la zona haría desistir de este plan. Ya entre Bollullos, Paterna, Escacena, Hinojos, Manzanilla y Villalba las distancias apenas si alcanzaban, excepcionalmente, en el caso más extremo, la legua. Era una tierra ya densamente ocupada. Almonte, al sur de todas ellas, no quedaba mucho más lejos de cualquiera. El fracaso de este intento sería suficiente para abandonar el frente meridional.


Técnicas primarias

J. García-Lería

En el espacio de los cortijos, el cultivo de las legumbres, más que un innovador, era indirectamente más inversión en ganado, y el abonado, al que se podía aplicar una gama razonablemente amplia de recursos, adquiridos gracias a una dilatada experimentación con las propiedades de un buen número de productos naturales, según todos los indicios en casi todas las explotaciones se limitaba a la materia orgánica que proporcionaba el ganado propio, tanto el de trabajo como el de cría. Para agregarla a la tierra con el menor costo bastaba con que pacieran los rebaños la parcela que luego sería cultivada, lo que tenía el defecto, en el caso del cultivo primordial, de reducir el calendario del posible aprovechamiento. Si se recurría a la que se obtenía del ganado estabulado o del retenido en el aprisco, limitaba su uso el costo de su transporte a la parcela y sobre todo el penoso trabajo de su dispersión por toda su superficie.

     La selección de la simiente no era propiamente una iniciativa inversora, ni por tanto estaba en condiciones de marcar diferencias a los rendimientos. Se había consolidado como el efecto espontáneo de la acción controlada, a largo plazo, de las leyes de la genética. El procedimiento selectivo que a la semilla de trigo se aplicaba, alentado por un principio naturalizado por el sistema, que solo la semilla de la tierra prevalecía, incuestionado en la época, consistía en elegir las mejores espigas cuando el fruto ya había alcanzado su sazón. Para designarlas bastaban las apariencias, que estuvieran bien formadas y que sus tallos fueran fuertes, criterios de los que hacían exhibición  sacralizada en las procesiones públicas que celebraban la obra de la primavera. De las elegidas, se cortaban la punta y la base, que se desechaban, y se conservaba el tercio central, donde se concentraban los mejores granos. Llegado el momento oportuno, las fracciones que se habían guardado se desgranaban y se sembraban en una parcela escogida, donde de nuevo fructificarían. Encadenadamente, del mismo modo se procedía durante unos pocos años, al cabo de los cuales en efecto se conseguían granos sementales altamente adaptados a las características del suelo de la explotación.