Clases de campesino
Publicado: junio 10, 2022 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: economía agraria Deja un comentarioGeneviève Valparaíso
La promoción de una labor, la empresa para la producción de cereales de orden superior, según quienes en 1768 escribieron Informes para el Expediente de la ley agraria, en el sudoeste exigía una inversión alta. Creían que para iniciar una no solo era necesario mucho caudal, sino que además hacía falta otra actividad que la sostuviera, si quien había tomado la iniciativa pretendiera además mantenerse como productor de cereales.
Muy pocos eran los capacitados para hacer la economía que permitiera disponer del fondo con el que iniciar una labor. Cualquiera que trabajara en el campo, si quería prosperar, tenía que seguir un cursus penoso y lleno de dificultades. Adquirir la condición de labrador le obligaba a subir, peldaño a peldaño, desde la condición campesina más modesta. Tenía que empezar como pegujalero; si la fortuna le favorecía, pasaría a pelantrín o ranchero y, por último, si era previsor y actuaba con toda la templanza que sobrevivir en la selva de los negocios exigía, alcanzaría la condición de labrador. A quien lo intentaba desde abajo no le cabía mucho más que resignarse a las normas para la promoción personal que el comportamiento rural había impuesto.
Es probable que todos los que opinaban de aquel modo partieran de prejuicios cargados con la habitual desconfianza hacia quienes aspiraban a destacar sobre sus semejantes. Pero también todos, cuando tomaron casos para demostrar que la escala campesina realmente operaba en los pueblos, ilustraron el penoso curso de la experiencia con la descripción de estados, un principio de método que supone que el análisis transversal puede ser suficiente para dar cuenta de hechos cuya observación necesitaría reunir una secuencia de años.
De un lugar de la región, cuyo patrón era la abundancia de aspirantes a emprender cada año una explotación propia de cereales, para estimar su demanda de tierra uno de aquellos informadores partió de que en ella había un labrador de seis yuntas, dos labriegos de cinco, cuatro de cuatro, seis de tres, ocho de dos, trece de un par de bueyes o mulas, cuatro de dos cangas de jumentos, veintiocho de solo una canga también de jumentos, doce pegujaleros sin yunta y noventa y siete jornaleros, braceros y vecinos asimismo sin ganado de labor. En total, ciento setenta y cinco demandantes de tierra para sembrar cereales.
Los escalones superiores de aquel orden campesino estarían marcados por diferencias que las cifras no siempre sostienen de manera convincente. La que hay entre labrador y labriego la define la posesión de una sola yunta de bueyes, mientras que el recorrido de la escala de los labriegos va desde las cinco yuntas hasta una canga de asnos.
Pero el criterio para segregarlos está claro. Transitar de una clase a otra sería solo una cuestión de clase y cantidad de animales de los que dispusiera cada cual. En los primeros escalones de la jerarquía las diferencias las marcaba la posesión por pares de animales de labor de tres especies de potencia decreciente, lo que a su vez fijaba la jerarquía campesina en tres grupos sustantivos: labrador y labriegos que poseen bueyes, labriegos que poseen mulas y labriegos que solo poseen asnos.
Como quien poseía seis yuntas de bueyes ya estaba capacitado para ser considerado labrador, completar el curso que permitía llegar hasta esa cima en aquella población sería tan fácil como acumular entre una y cuatro yuntas de bueyes. No obstante, según proponen como principio los autores de los Informes, antes habría que empezar por poseer una yunta de asnos, luego dos, y de ahí saltar a la yunta de mulos o bueyes. Sería cuestión de ahorro y paciencia.
La permanencia en el estado intermedio, el de labriego, a juzgar por la nomenclatura a la que se recurre, en aquel lugar haría largo y competido el trayecto ascendente, mientras que perder la condición de labrador sería fácil. Podía ser obra del azar. Bastaría con que a quien ya poseyera cinco yuntas se le muriera un buey.
La inclusión de los pegujaleros entre los campesinos necesita una explicación, dado que carecen de ganado. La fuente añade que son los negociantes los que disponen de dinero bastante para invertirlo como pegujaleros en el cultivo de los cereales. De donde podemos deducir que los pegujaleros de aquel lugar, que no serían solo negociantes, porque la voz era compatible con la que los distinguía, en una parte eran campesinos transitorios provenientes de la actividad comercial. Como carecían de ganado propio, se verían obligados a servirse del ganado de fuerza ajeno para mantener sus explotaciones.
Al margen, aspirarían a campesinos otros que tampoco poseían ganado de labor, y que por tanto también tendrían que actuar como pegujaleros. Una parte de ellos serían activos agrícolas, los jornaleros y braceros, pero también había vecinos que aspiraban a disponer de tierra para sembrar cereales sin ser activos agrícolas, entre los cuales, según sus relaciones, había pastores, artistas y arrieros. En otras ocasiones, los Informes también citan como aspirantes a pequeñas cantidades de tierra un sacristán, un cirujano, sastres, zapateros y otros artesanos. Para ellos sus respectivas actividades no eran una fuente de renta satisfactoria, por lo que aspirarían a la agrícola como complemento. Cualquiera de ellos, si conseguía abrirse un hueco entre las explotaciones de cereales de un año, como también carecía de ganado, ascendería momentáneamente al escalón campesino inferior, el de los pegujaleros, tal como los negociantes.
Entre todos componen los estratos del campesinado de aquella población, que se ordenan, a partir de tres tipos de campesino, en una estrecha franja de labradores, una de tránsito, bastante más dilatada, de labriegos y la más concurrida y heterogénea, la de pegujaleros.
En otra población del sudoeste, de poco más de doscientos habitantes, también elegida como paradigma, el redactor de uno de los Informes, para ponderar el valor relativo de las empresas dedicadas a producir cereales, a todos los campesinos los identifica como labradores, solo que de cuatro clases. De cuatro arados o yuntas hay dos, dice, de tres uno, de dos seis y de uno veinte. En total, veintinueve, mientras que los jornaleros son solo diecinueve.
La condición de jornalero, en este lugar, parece excluyente de quienes forman el campesinado, a diferencia de lo que ocurría en el otro. Pero los criterios para jerarquizar a quienes forman parte de él son los mismos, solo que aplicados de manera sintética. También aquí, para ordenar su jerarquía, era suficiente con tomar como criterio la posesión de una cantidad de parejas de animales de labor, presumiblemente bueyes.
Los tránsitos desde una posición a otra, aunque marcaran de manera muy definida cada estrato, serían muy abiertos y estarían al alcance de cualquiera de los campesinos porque solo dependían de cantidades de fuerza. Lo facilitaría aún más la equivalencia de yuntas y arados que acepta el informante.
Es verdad que la identidad estanca el método. El ganado de labor es más sensible a los cambios porque es perecedero, aunque amenace permanentemente con desestabilizar el criterio yunta como referente de clase. Pero el arado, un elemento obligadamente estable del capital campesino, amplía las posibilidades analíticas. Permite reconocer la adquisición de un lugar en la jerarquía como un hecho consolidado.
Si arado y yunta son intercambiables o se sustituyen mutuamente, como la descripción permite suponer, la jerarquía campesina en este caso incluiría la posibilidad de un flujo de posiciones adquiridas que pasaría por tres estados posibles: el labrador que posee yuntas y arados, el labrador que solo posee yuntas y no ha consolidado un número de arados y el que solo posee arados. No todos los estados parecen igual de probables, pero concebidos sucesivamente podrían ser expresivos de pasos en dirección a la decadencia del estado de labrador que se hubiera adquirido, y que sin embargo permitiría mantenerse aún en posición campesina.
Además de estas dos descripciones integrales, se encuentran dispersas en los Informes afirmaciones ocasionales expresivas de las aptitudes requeridas a los aspirantes a agricultor. Hablando en los términos más generales, hay quien se emplea en precisar un cálculo del número óptimo de labradores a partir del tamaño de la población. Estima que, si una es de trescientos vecinos, la proporción racional correspondiente es que haya en su término entre cuarenta y cincuenta labradores. Puede ser un índice útil para cualquier comparación. Pero al referirse a la totalidad campesina como labradores, tal como en la segunda población que hemos analizado, nada descubre sobre sus clases.
Otro afirma que la multitud de labrantines y pegujaleros no puede incluirse en la clase de los labradores porque los que más, a lo sumo, tendrán entre seis y ocho yuntas. Luego, según su criterio, el intervalo de seis a ocho yuntas marcaría el tránsito entre la condición de labrador, por un lado, y las de labrantín y pegujalero juntas, por otro, lo que sitúa el escalón de acceso al nivel superior del campesinado en un lugar algo más alto que el adjudicado por cualquiera de los dos estados precedentes.
Pero es al otro extremo de la jerarquía donde se concentra el interés por marcar el límite de las aptitudes de los que se esfuerzan por ser agricultores. Unos precisan que pequeño labrador es el que tiene entre dos y cuatro yuntas, y añaden que el número de labradores de entre dos y cuatro yuntas no es significativo en la región. Este intervalo sería el dominio pleno de los que en otro lugar se llamaban labriegos, quienes según este criterio no serían algo muy distinto a los que en otros sitios llaman pelantrines, de los cuales se dice que son los disponen de dos o tres yuntas.
Quienes se aplican a la definición más precisa del límite inferior de esta clase campesina insisten en que las dos yuntas de bueyes marcan el acceso a la condición de pelantrín porque imponen el límite admisible para una labor suficiente. Para quienes poseyeran yuntas, dos, insisten, era el número sobre el que se podía sostener la autonomía económica.
También hay quienes se concentran en llamar la atención sobre lo que aparenta ser paradójico, que haya empresas sin tierra cuyo único capital es el ganado, algo que en realidad, como hemos comprobado, es denominador común para la definición de cualquiera clase campesina antes de tener en cuenta el acceso a la tierra de cultivo.
Es un hecho consolidado en la región, según reiteran en sus textos, que haya campesinos cuyo único patrimonio es una, dos o tres yuntas, y entre ellos la inmensa mayoría solo tiene una y es de ganado menor. Quienes acceden a ese estado se esforzarían para que su capital mínimo fuera un par de cabezas porque así lo exige el arrastre de los arados y el tiro de los carros.
Todavía alguien decidió definir la categoría inferior de los que aspiran a poseer una yunta. La integran, según dice, quienes tienen media yunta, cuya capacidad de cultivo, aun siendo la mitad de quienes disfrutan de yuntas enteras, puntualiza que es superior a la del pegujalero, una consideración que redundaría en la idea de que pegujalero era el campesino que carecía de ganado de labor y aun así se interesaba en la producción de cereales.
Para estimar el número de empresas de cereal y discriminarlas por tamaño, los arbitristas de 1768 recurrían insistentemente a un criterio muy definido, el número de yuntas o su correspondiente arado, que concentraban el valor de los medios o capital mínimo del que disponía cualquier proyecto de explotación. A partir de este método, se concentraron en examinar las condiciones y marcar las etapas del curso campesino en sus orígenes, en los escalones más bajos. Como propuesta para abordar el problema del flujo, es algo bastante más asequible que dirigir el análisis a la capitalización fuerte que argumentaron los que hablaron en los términos más generales. Al método que estos arbitristas aplicaban a la definición de las clases campesinas se le podría objetar, sin embargo, que para ilustrar algo que ellos mismos reconocen como lleno de obstáculos y complejo, simplifican en exceso al recurrir como casos ilustrativos a poblaciones demasiado simples.
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