Aprender de los clásicos
Publicado: abril 30, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
He elegido los autores cuya actividad he estudiado por una razón. Según iba sabiendo de ellos, en mi opinión en todos había algo que aprender. Esa es la condición que define y separa a los clásicos, conservar pasado el tiempo la capacidad para proporcionar enseñanzas; ese es su destino cuando alcanzan semejante categoría, aunque tal vez eso mismo estaría mejor enunciado en sentido inverso: porque pueden proporcionar enseñanzas deben ser apartados al selecto lugar de los clásicos. Con este criterio podría elegir un buen número, quizás no muchos con verdadero interés historiográfico, hablando siempre dentro de los límites de la capacidad personal de conocer y valorar los autores. Pero como cualquiera que tenga alguna experiencia sabe, una severa selección de la materia siempre se impone, porque el tiempo actúa con inexorable rigor sobre la existencia de tan marginal realidad.
Puede quedar justificada una antología solo por el placer de conocer y recuperar la palabra de quienes siendo poseedores de las virtudes historiográficas ya no viven. A ese fin puede contribuir. Pero suele ocurrir con incontenible frecuencia que la lectura provoca el sano deseo de la emulación. En previsión de que esto ocurra, a sabiendas también de que quien lo defienda puede encontrarse ante la feliz coincidencia de que quienes hasta aquí lo hayan seguido muestren ellos mismos deseos de convertirse en autores de relatos de la clase que ha sido objeto de su discurso, llega el momento en que parece conveniente enunciar principios de procedimiento que pueden contribuir a la elaboración de un relato histórico propio.
En modo alguno el juicio debe precipitarse a deducir del enunciado de los principios consecuencias para la calidad del relato que pueda crearse. La calidad de los textos es responsabilidad exclusiva de quien se compromete en generarlos y es por fortuna una propiedad intransferible. Pero habiendo tratado con los clásicos, después de haberlos conocido por separado, este momento puede ser aprovechado para deducir de sus ideas enseñanzas que inspiren tales principios. Las enseñanzas extraídas pueden ser enunciadas como una colección de reglas en las que confiar si se desea conseguir el beneficio de un buen relato.
Puede ser enunciado uno previo, muy general y hasta algo impreciso, solo en apariencia reiterativo. Quien aspire a crear sus propios relatos históricos deberá volver permanentemente a los clásicos. Con una vez que se hayan estudiado no es suficiente para extraer de ellos las enseñanzas que pueden proporcionar. Las limitadas lecciones de una antología, y otras similares que puedan hacerse, siempre presentarán solo una parte del pensamiento de cada autor. Aunque la intención de quien ha tenido que seleccionar haya sido la mejor (y no hay que dudar que no haya deseo de acertar en cualquier elección del material presentado, incluido el caso en que la idea que se obtenga parezca excesiva o deformada), con seguridad a lo máximo que podrá aspirar quien utilice este medio para conocer a los clásicos es a tener un conocimiento parcial de ellos. El conocimiento directo de los autores a través de sus textos, sin más mediaciones que las ineludibles, sobre todo las relacionadas con su transmisión hasta el presente, no puede ser sustituido por nada. Por la observación directa, cuantas veces se recurra a ella, incluso cuando una y otra vez se vuelve sobre los mismos pasajes, es posible deducir multitud de características. Cualquier autor puede ser todo lo diverso que cualquier otro pueda ser porque todos los textos, solo por tener esta forma, admiten múltiples interpretaciones. Cuanta mayor elaboración tengan las obras escritas, incluida la que añaden y acumulan sobre los anteriores los sucesivos transmisores que generación tras generación se agregan a la cadena; cuanto más alto sea el cuidado puesto en ellas, cuanto mayor sea su calidad, tanto mayor juego de interpretación admiten. Los clásicos siempre son el más alto grado de calidad de los textos de su modalidad. Son por tanto una escuela permanente, a la que se puede retornar cuantas veces se desee con la seguridad de encontrar enseñanzas. Tal escuela tiene además la enorme ventaja de que está siempre abierta. Basta con tener al alcance una biblioteca de clásicos.
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