Pegujales autónomos asociados a labores
Publicado: enero 7, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
También había labores de todos los tamaños, emprendidas sobre cortijos y hazas, cuyos pegujales huéspedes se constituían exclusivamente como explotaciones autónomas. En el registro se deducen porque el número de los adscritos a cada labor suele superar la decena, son de un tamaño superior al característico de otras condiciones y nunca se enuncian jerarquizados.
Se atienen a este tipo 3 labores dominantes. Los 75 pegujales que ceden probablemente estén localizados en 4 áreas de sus 6 unidades de producción. Suman 418,5 fanegas, menos de la mitad del espacio que entre todas dedican a sus labores.
Según nos adentramos en el campo de los pegujales autónomos, el valor relativo de los tamaños mayores se va incrementando hasta alcanzar el límite de la rentabilidad óptima. También se amplía el espectro de los tamaños de las explotaciones menores, de donde se deduce que los cedentes se adaptan a la demanda, pero nada vence a las más características, sobre todo a las de 3 fanegas.
No hay duda de que un pegujal de 30 fanegas corresponde a la iniciativa de uno de estos tres labradores. Podría parecer inadecuado considerarlo un pegujal, y que tal vez tendría que pasar a la categoría de las labores menores. Cuando se trata de pegujales el problema no es de tamaño, sino de relación. Si la tierra se toma de quien a su vez la ha conseguido por arrendamiento, el cedido está incurriendo en una condición subordinada que si por escrúpulos parece inadecuado llamarlo pegujalero, por consideración al tamaño de su explotación podría tomarse por pelantrín o, circunstancialmente, porque la parcela se localice en el eriazo, por la de manchonero. Pero cualquiera de estas otras dos posibilidades contaminaría la relación que da origen a la pequeña explotación con factores modificantes ajenos a ella, como la tenencia directa en el caso del pelantrín, que de existir negaría la condición que está en el origen del pegujal, o una excepción al sistema, la que toleraba que al manchón se le requiriera una cosecha. Solo se podría tomar por labor del último rango en caso de que el labrador origen de la relación hubiera constituido su explotación por tenencia directa. Pero ni aun así se extinguiría del todo el rastro de las relaciones que origina el pegujal. La explotación menor estaría incluida en un espacio en el que domina una labor, a la que de alguna manera quedaría subordinada, aunque solo sea porque la explotación menor debe alojarse en las tierras que haya decidido quien tiene la unidad de explotación.
Solo una de estas tres labores está regentada por un patricio, don Juan de Briones Saavedra, cuyo cortijo mantenía una labor de 480 fanegas. Es, entre los de esta clase, quien menos pegujales cede, 17, y quien concede un mayor peso relativo a la labor. Su comportamiento es anómalo. De acuerdo con el estilo patricio, tendría que haberse servido de la cesión de pegujales por trabajo. Pero la secuencia de los valores que se refieren a los que cede no deja lugar a dudas: su descripción no se atiene a la jerarquía regular de los pegujales por trabajo.
Pudo recurrir a la fórmula más servil, ceder pegujales y obtener al menos parte del trabajo estable que necesitara su labor, el que habitualmente proporcionaban los temporiles cualificados, a cambio de la cesión de pegujales. Quienes los trabajaran mantendrían su explotación y prestarían los servicios que les demandara el señor de la labor cuando juzgara oportuno. Aunque se situara al margen del buen estilo de cortijos, se esforzaría por mantener la apariencia patricia.
Las otras dos labores de este grupo, probablemente, más que en manos de campesinos en expansión, que en parte tendrían que serlo, son iniciativa de dos negociantes de fortuna o aventureros.
La Miñana mantiene una labor de 270 fanegas en una unidad de producción, y cede 19 pegujales que suman justo 99 fanegas. Tal vez tenga sentido especulativo que La Miñana ceda exactamente esa cantidad de superficie, aunque también se puede pensar que ceder en torno a 100 fanegas sea un patrón cuando se trata de grandes unidades de producción en las que se emprenden grandes labores. Ya hemos visto otros casos que detienen su declaración de superficie justo en las inmediaciones de esa cifra.
La posición de La Miñana en el mercado de los pegujales es probable que esté cerca de la que personifica La Gallega y su haza, una mujer que captaba tierras para cederlas asociadas al alojamiento de los inmigrantes que procedían del norte de la península. Del vínculo que pudiera haber entre ambas tal vez haya quedado retenido algo en sus respectivos epítetos. En Corominas, voz meñique, miñona tiene como antecedente inmediato el menino del portugués, en el que ha conservado el sentido de persona pequeña.
Juan Rodríguez Colmillo parece aún más entregado a la manera hábil de emprender el negocio. El registro inscribe como suyos cuatro cortijos, de los cuales quizás solo uno lo tomó íntegramente, mientras que de los otros tres solo tendría hazas. Su labor más racional sería la que sumara las cuatro unidades porque estuvieran contiguas, una posibilidad a la que se opone el número de las tomadas, excepcionalmente alto.
Del mismo modo que localizaría en distintas áreas su labor, también separa en por lo menos dos zonas los pegujales, a propósito de los cuales también es desmesurado. Cede casi 40. De ahí que se pueda pensar que su acaparamiento expansivo de tierras quede fiado a la ventura de su complejo empresarial, que tendría que contar tanto con el producto de una labor grande, de 359 fanegas, como con el beneficio que pudiera proporcionarle la fragmentación del espacio disponible para ceder casi 40 pegujales.
Indica el triunfo de la captación de renta a través de los pegujales que la suma de su labor dé una cifra que no es redonda, en contra de lo habitual. Es más, se podía esperar de Colmillo que descargara el peso de sus proyectos sobre la cesión de pegujales. Si no admitió más, tal vez fuera porque no hubiera más candidatos a tomarlos.
Como simultáneamente mantenía una labor de gran tamaño, su rentabilidad pudo obtenerla ateniéndose al espectro más amplio de posibilidades, dada la magnitud de las cesiones de pegujales. El dador de parcelas pudo ingresar por trabajo a cambio de tierra, por intercambio de servicios entre labor dominante y pegujal, por prestación de servicios a los pegujales y por el pago de una renta en el caso de la relación más expeditiva. En cualquiera de los casos, es seguro que el de Juan Rodríguez Colmillo es uno de los casos más definidos del comportamiento especulativo en el mercado de los pegujales.
4 labores secundarias que se atienen a este patrón. Nos falta el nombre de uno de sus labradores, y el apellido de otro (Caro) podría tomarse como propio del patriciado. Pero como carece de tratamiento parece que se trata del miembro de una rama familiar sin conexión con la patricia. Como solo uno de los cuatro ostenta esta condición, parece que definitivamente vamos abandonando escalas y dominios en los que el patriciado prefiere comprometer sus relaciones mediante la tierra.
Dos se sirven de tres unidades de producción distintas repartiéndolas de manera bastante equilibrada, y todos ceden 10 o más pegujales, hasta sumar 81 y 454 fanegas, y parece que no están tan dispersos como en las tres situaciones precedentes, sino que ocupan de manera continua sus respectivas áreas en cada cortijo.
El tamaño 3 fanegas pierde posiciones y continúan incrementándose los valores algo superiores, sobre todo el inmediato superior, el 4, y el 6, que lo duplica. Los campesinos autónomos, según se descendía en la escala de la relación, cada vez arriesgarían más confiados a sus medios, y de esa manera empezarían a destacar los aspirantes a ocupar las posiciones superiores en el orden del campesinado.
A tanto llega su concentración en esta escala que por primera vez los términos están invertidos. Hay complejos en los que el tamaño de las labores queda por debajo del acumulado por los pegujales subsidiarios. El promovido por Francisco Díaz, aun siendo notable, es un buen ejemplo de este comportamiento. Mantiene 120 fanegas de labor y cede 241 para 44 pegujales. Está claro que prefirió ampliar todo lo posible el horizonte de la renta que se podía extraer a los campesinos más activos.
Por la forma en la que se presentan los valores del complejo de Francisco Caro se puede pensar que mantenía una labor con pegujales por trabajo. Pero son muchos los que cede y de tamaños oscilantes, algo que no es habitual cuando se trata de los reservados a los temporiles. Más bien parece que de antemano optó por el equilibrio. La cantidad de tierra reservada para labor está prácticamente en paridad con la cedida para pegujales.
Además hay 16 promotores de labores autónomas que toman la decisión de asociar a sus explotaciones pegujales que deben mantenerse con independencia, una cifra que más que duplica a la acumulada de labradores dominantes y secundarios de este orden, prueba directa de que en esta escala se concentra el tipo. Es verdad que la relativa abundancia de casos se beneficia de la separación convencional entre el grupo medio y el inferior a partir de la frontera 100 fanegas. Pero, aun así, la diferencia de frecuencias entre este nivel y los dos anteriores es manifiesta.
Aunque el patriciado, con una fuerza desigual, recupera algunas posiciones con tres de sus miembros, es la iniciativa de gentes del común que actúan como labradores, también con desigual compromiso, la que se impone según vamos descendiendo en la escala del acceso a las tierras. Conocemos por su nombre a once de los mínimos labradores del común que asocian pegujales a su labor: Francisco Blanco, Cristóbal Buiza, Juan Caballos, Juan Carvajales, Francisco de Castro, Juan García Matahambres, Pedro González Palmares, Juan Peña, José Pulido, José Rodríguez y Antonio Rojas.
Las 16 labores están comprendidas entre 90 y 21 fanegas, y las reiteraciones de un mismo tamaño para una parte de ellas puede ser indicio de un módulo (36, 30 = 6·6, 6·5). Según declaran sus responsables, ponen a producir 14 cortijos y 2 hazas, aunque por la extensión total que de ellos llega hasta el cultivo (labor + pegujales) una parte de las unidades no parece que entren dentro de lo que convencionalmente se llama cortijo.
El autor del registro suele utilizar esta palabra por antonomasia, aunque su sentido sea el de labor. También pudo ocurrir que fueran los propios declarantes quienes en busca de prestigio recurrieran al énfasis que espontáneamente se obtiene de la palabra cortijo. Es por tanto posible que en bastantes casos se trate solo de fracciones de ellos o hazas. No cabe duda de que era sí en el caso del haza de La Sancha, en su cortijo de La Mata de Uceda. También es seguro que José Rodríguez promovió su labor en una parte del cortijo de Los Sacristanes, y resulta aún más expresivo que una de las unidades que tuvo Juan García Matahambres se localizara en un cuartillo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que se tratase de unidades de producción que, sin dejar de ser cortijos, se hubieran plegado al principio de las hojas de cultivo con disciplina, y que las sembradas el año en curso fueran las de menores dimensiones, lo que a su vez redundaría en beneficio de la tierra disponible para pegujales.
Quienes llevan las labores más modestas ceden 206 parcelas que acumulan 827 fanegas. Aunque todos busquen lucrarse cuanto puedan de las cesiones, no todos actúan de la misma manera. Pero cualquiera de ellos tiene que encontrar su lugar en un campo de fuerzas marcado por dos polos, uno que podríamos llamar estilo de cortijos moderado, en la medida en que no ha lugar a pegujales por trabajo, y el que ya hemos llamado estilo especulativo. Ninguno atrae en exclusiva a patricios frente a campesinos ascendidos a labradores o viceversa, y entre ambos extremos las posiciones que se ocupan difieren.
Los más próximos al polo moderado apenas se proponen intervenir en este mercado y prefieren confiarse a sus labores. Solo ceden uno o dos pegujales. Una labor de 40 fanegas con solo un pegujal de 16 en realidad podría componer una labor en dos parcelas separadas, aunque en el mismo cortijo. Y como una labor de 32 convive con otra de 20 más dos pegujales pequeños, es probable que el titular cediera una parte del espacio a un semejante, y además, por otro lado, los dos pegujales.
Juan Caballos era un labrador de una población contigua que aquel año emprendió una labor de 80 fanegas y cedió 10 pegujales. Además, otros vecinos de la misma población, quizás manchoneros, tomaron tierras en un cortijo que también había labrado el año precedente Juan Caballos, quien aún lo tenía y que para el año en curso al menos en parte lo cedió para dar origen a dos pequeñas labores y un pegujal.
Juan Carvajales actuó con una moderación tan modélica que cabría pensar que, aun siendo modesto labrador, cedió pegujales por trabajo, y la mención de unas tierras que solo son identificadas por su topónimo quizás sean una prueba de que se acometían proyectos circunstanciales, en una parte de un cortijo, que no encontraban la demanda de pegujales esperada.
La mayor parte estos labradores del último nivel se instala en una cómoda zona templada. La registran bien los valores en torno a 1,5 fanegas de labor por cada una de las de pegujal, donde igualmente se mezclan campesinos y patricios, estos algo más tendentes a la especulación. Como don Fernando Barba, quien tenía, por una parte, un cortijo, La Mata de Uceda, y por otra El Mármol, que eran lugares contiguos.
Por alguna razón prefirió organizar la explotación del cortijo del Mármol y La Mata de Uceda como empresas independientes; quizás, de nuevo, por no acumular las 100 unidades de superficie expresivas de un tipo. No las alcanzaría toda su labor junta. En el cortijo emprendió una labor modesta, de 28 fanegas, y en la mata otra de 58. Pero las sobrepasaría si a ambas le sumara la superficie cedida en pegujales, otras 86 fanegas.
También los 13 pegujales que cediera los dividió en dos series, una de 7 y otra de 6, todos en el haza de La Sancha, que estaba en su cortijo de La Mata de Uceda. La denominación del producto, Haza de La Sancha, y la identificación por separado de las dos áreas de pegujales, resultan equívocas. Si el hecho integrador fuera una persona, ni siquiera la unidad tendría que ser un lugar continuo en el espacio. Sería una unidad ficticia a la que le daba sentido que una mujer tuviera el control de todas las parcelas. En ese caso, estaríamos ante un caso semejante al de La Gallega.
Pero además de que sería concederle un papel efímero a la toponimia, que no suele tener, en el registro está bien identificada como una parte de un cortijo que poseía don Fernando, quien no trataría de evitar el límite de las 100 fanegas, sino de repartir el riesgo. Cuando organizara su empresa se atendría a un cálculo riguroso en paridad: mitad de la tierra disponible para labor, la otra mitad para pegujales.
Si su cálculo hubiera sido este, se puede conjeturar que la relación con los campesinos estaría sostenida por la prestación de servicios que no tuvieran relación directa con el producto obtenido, sino con el trabajo que a cambio de la tierra pudiera demandarles o con la renta que debieran pagarle, en todos los casos calculada a partir de un precio de la unidad de superficie. De ese modo, si la cosecha de la labor defraudaba, se aseguraba la rentabilidad de la mitad de sus posesiones.
Tampoco en un cortijo con labor de 21 fanegas tendría sentido que sus 6 pegujales, que no aparecen jerarquizados, fueran pegujales por trabajo siendo la labor tan corta, salvo que el trabajo de los cedidos se invirtiera en la labor. En un haza con labor de la misma extensión y 4 pegujales la distribución es compatible con que el titular tomara, además de la parcela que hemos clasificado como labor, alguna de las que interpretamos como pegujales. Juan García Matahambres, además de su labor de 36 fanegas en un cortijo en el que cede 7 pegujales, en un cuartillo pudo organizar una ampliación de su labor valiéndose de un espacio limítrofe con el del cortijo.
Hay casos que si no podemos tomarlos como labor más pegujales por trabajo, aun cumpliendo el principio de jerarquía, es porque la razón entre el tamaño de la labor (46 fanegas) y el número de pegujales (10) lo niega. Puede tratarse de otra versión del vínculo en el que el intercambio de trabajo por parcela se realiza como prestación en la labor del cedente.
Los que ceden más pegujales son de una generosidad en la oferta que no es nueva. El responsable de un cortijo con una labor de 30 fanegas y 13 pegujales, el de otro con labor de 36 fanegas y 15 pegujales y el de un tercero con labor de 30 fanegas y 16 pegujales, en cualquiera de los cuales se impone con mucho éxito el módulo 3 fanegas, para tomar sus decisiones parece que se atienen a una ley directa: cuanto más limitada la labor más posibilidades de alojar pegujales. Cualquiera de ellos se esfuerza por captar cuantos campesinos del rango menor sea posible. Quizás, en el orden de los hechos, primero sería la oferta del espacio para ser aprovechado en pegujales y luego, con el resto no adjudicado, decidir la labor propia, lo que la relegaría a las tierras marginales del cortijo.
Y aún quedan algunos campesinos con ambiciones de labrador que se rinden con menos resistencia a la fuerza del polo especulativo. En un cortijo del Señor Vicario, con labor de 60 fanegas, se ceden hasta 25 pegujales. Mientras que la mayor parte de ellos tiene entre 2 y 6 fanegas, uno es de 24 y otro de 14. El afán por captar tenientes a su poseedor le recomendaría plegarse a la demanda ampliando la oferta con enorme flexibilidad.
Pero es Pedro González Palmares quien pone al descubierto el comportamiento especulativo en su grado extremo. Con casi la misma superficie que el poseedor de las tierras del Señor Vicario cede para pegujales, duplica su número. Poseedor de un cortijo en el que promovió una labor de solo 36 fanegas, cedió 51 de entre 6 y 1 fanega, que segregaron de la unidad de producción un total de 127 explotaciones distintas. Es decir, que solo dedicó a su labor 0,28 fanegas por cada una de las cedidas.
Las de dimensiones comprendidas entre 4 y 6 fanegas apenas son la quinta parte de las que cede. Las otras cuatro quintas partes las abarcan las que tienen entre 1 y 3, y son sobre todo las de 2, la mitad de las de esta fracción, las que más cede. Ninguno de los otros labradores del grupo desciende tan bajo. Es suficiente para reconocer que la oferta de este módulo se impuso en el negocio que emprendió Palmares, y que al otro lado encontró a campesinos dispuestos a aceptarla.
La oferta de parcelas de poca extensión haría muy asequible el acceso a ellas, porque con cantidades relativamente pequeñas (de dinero, de producto o de trabajo) sería fácil pagarlas. Al mismo tiempo, al cedente le permitiría extremar el precio de cada unidad de superficie. Cuanto más pequeñas las parcelas, tanto mayor valor relativo podría tener la renta que de ellas pudiera deducir. La preferencia por aquel módulo sería por tanto una expresión directa del deseo de obtener la máxima rentabilidad de las cesiones. Así como había usureros del dinero, los había de la tierra. Este Pedro González Palmares, en su tiempo, pudo ser el que más.
Pero aunque lo suyo fuera el exceso, lo obscenamente especulativo, lo desaforado y mayúsculo, no tenía nada de singular. Tomando el tamaño de todas las parcelas cedidas por los labradores autónomos para alumbrar pegujales subsidiarios, desde luego el empuje de las 2 fanegas es previsible por el peso relativo de la oferta de Palmares. Pero si lo descontamos, tenemos que reconocer, aun así, la recuperación de los valores menores cuando se llega a este orden inferior, seguramente por las mismas razones que hacen triunfar al 2 en manos de Palmares.
En resumen. No había labor que prescindiera de asociar pegujales a sus explotaciones, para lo que les bastaba con servirse de una parte del espacio del que disponían. Tan universal es este principio que pone al descubierto el origen de la posición aventajada de la que partían los amos o señores cuando se atenían a aquella relación. Como todos los que promueven labores captan con este recurso a gente que les puede servir, están en condiciones de elegir a los dispuestos a contraer el compromiso, campesinos de una población centrada en su término para los que sería preferente alojar sus pegujales en los cortijos y hazas cuya superficie de más calidad estuviera reservada a labor.
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