La suerte de los vínculos. I
Publicado: diciembre 23, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
El patrimonio personal de don Diego Luis de Rueda Barrientos, patricio de 1750, se reducía a unos pocos olivares y una huerta. Los olivares más valiosos eran tres parcelas localizadas en el pago de Vadillo. Podemos suponerlas contiguas y piezas de una explotación que estaba expandiéndose. Tenía otra más que se había plantado poco antes y solo producía a un tercio de su capacidad. De ella no se registró su localización. De estar en Vadillo, aun así la explotación de olivar de don Diego Luis apenas rozaría las 20 aranzadas de superficie. La huerta tenía solo media fanega. Producía hortaliza y el fruto de unos 100 árboles, la mitad de los cuales eran naranjos. Un pobre patrimonio, para tratarse de un patricio.
Pero se daba la feliz circunstancia de que don Diego, además, disfrutaba de nada menos que diez vínculos, instituciones civiles destinadas a inmovilizar una parte de los bienes de las familias con el fin de asegurarles su posesión para siempre jamás. Don Diego, como poseedor transitorio de ellos, no podía disponer libremente de propiedades que cargaban con una obligación tan rigurosa. Debía transmitirlos tal como los hubiera recibido, ateniéndose al régimen sucesorio decidido por el fundador de cada uno de ellos. Pero su disfrute, salvo previsión excepcional a iniciativa de los fundadores, sería vitalicio. Por lo que se refería a la percepción de sus rentas, equivalían a la plena propiedad sobre sus olivares y su huerta. Tanta fortuna solo pudo ser la consecuencia de una política de alianzas familiares que se iniciaría en el siglo XV.
No hay razones para dudar de que don Diego se atuviera con rigor a lo regulado sobre el régimen de gestión y transmisión de aquellos diez impasibles derechos. Pero, por más que el espíritu estrictamente conservador inspirase a los fundadores, sería inevitable que el azar de los negocios, al que tendrían que enfrentarse bienes tan celosamente atesorados, se cruzara en su discurrir a lo largo de los siglos. No es que algunos de quienes los hubieran disfrutado se extralimitaran en su gestión, más allá de lo que estuviera permitido. Es que los recursos pudieron agotarse. Todos los bienes no tenían la misma capacidad de realizar sus rentas, y cualquiera estaba expuesto a consumirse. Cada cual llegaría a manos de don Diego en un estado diferente, entre otras razones porque no habrían sido fundados a la vez. El examen de sus respectivos patrimonios a mediados del siglo XVIII puede servir para observar la suerte de los vínculos. Sin prejuzgar sobre la trayectoria de cada uno, por sus análisis también podemos valorar las respectivas fortalezas y los planes económicos de una extraordinaria acumulación urdida por una familia.
Cinco de los diez vínculos habían sido creados por antepasados de la familia Rueda. Don Diego los habría recibido celando generaciones la consanguinidad y la línea seleccionada. Para ellos, el objetivo previsto se habría cubierto a plena satisfacción. En 1750 seguían en sus manos.
Al margen de los cantos a las glorias del linaje, que eran objeto de comercio, el testimonio más antiguo que tenemos de ella se remonta a 1556, cuando Francisca de Rueda otorgó su testamento. Cualquiera de los cinco vínculos pudo tener su origen a partir de ese momento. Sobre el principio y la transmisión de tres, los fundados a iniciativa de Diego de Rueda, Beatriz de Rueda y don Hernando de Rueda podemos decir que habrían cumplido las previsiones sucesorias, aunque no todos de la misma manera.
Diego de Rueda dotó al que fundara con 449 ½ fanegas de tierra de secano, localizadas en un lugar llamado La Cascajosa, que se dedicaban a la producción de cereales. El resto de su patrimonio sería insignificante, comparado con el que le daba sentido. Le adjudicó un par de parcelas de olivar en plena producción en lugares próximos a donde vivía, una con 1 ½ aranzadas y otra con 2. También le adscribió un par de cortinales, parcelas de escasa extensión, localizadas en las inmediaciones de la ciudad, dedicadas a la producción ininterrumpida de cebada en régimen de secano. El mayor era notable dentro de los de esta clase. Tenía 1 ½ fanegas de extensión. El otro solo tenía un celemín o doceavo de fanega. Es posible que Diego de Rueda se interesara por el transporte, o que rentabilizara la dedicación de otros a esta actividad.
Pero con el tiempo se habían cargado algunas obligaciones sobre aquel patrimonio. Debía pagar una memoria de 2 reales 32 maravedíes a favor de la fábrica de la iglesia mayor, que hipotecaban 344 ½ fanegas de las 449 ½ de tierra para cereales. Hay que recordar que el encargo de misas anuales, objeto común de las memorias, podía encubrir un crédito. Bastaba que el precio de las misas, que podían ser solo nominales, equivaliera al tipo de interés aplicado a la cantidad de dinero que prestara una institución con sacerdotes, necesarios para justificar el encargo de las misas, en cuyo caso la memoria sería impropia.
El cargo de 2 reales 32 maravedíes se ajusta bien a un crédito denominado en maravedíes porque también se podría enunciar como 100 maravedíes. De donde el montante del principal prestado podría estar comprendido entre 2.000 y 2.500 maravedíes al 5 o al 4 %. La denominación en aquella unidad monetaria permite sospechar además que el crédito habría tenido su origen en tiempos remotos, tanto más cuanto que los tipos 4 o 5 son tan posibles como por ejemplo un 8 que hubiera puesto precio a un préstamo de 1.250 maravedíes.
No son en absoluto inverosímiles ni el tipo de interés más alto, que sería anterior a la regulación moderna, o simplemente contratado al margen del mercado legal en una época en la que no se encontrase dinero barato, ni la cantidad de dinero prestada. Dado además que la memoria cargaría sobre las tierras vinculadas, la adquisición de estas pudo remontarse a tiempos anteriores al siglo XVI, cuando a quien las hubiera hecho suyas pudo serle necesario endeudarse.
La instantánea de todo este patrimonio inmovilizado en 1750 parece la de un vínculo que en 1750 se conservara en un estado próximo al original.
El que fundara Beatriz de Rueda, a la altura de 1750 solo posee 18 ½ aranzadas de olivar de primera, en plena producción, que además están cargadas con cuatro gravámenes, dos de los cuales se declaran expresamente memorias. Una, de 15 ½ reales a favor de Manuel de Villasante, beneficiado de una de las parroquias de la población, cuadra con un principal de 310 reales al 5 %, y la otra, de 12 reales a favor de don Félix de Amaral, cura de la iglesia mayor de la población, pudo corresponder a un principal de 400 reales al 3 %, 300 al 4 o 240 al 5. El tipo más bajo nos llevaría a un medio financiero reciente, de la primera mitad del siglo XVIII, mientras que los más altos, a tiempos anteriores, el 5 % con más probabilidad al primer tercio del siglo XVII.
De los otros dos gravámenes no se especifica su clase. El de 120 reales, equivalentes a 10 arrobas de aceite, a favor de la lámpara del Santísimo Sacramento de un convento, paradójicamente tiene todo el aspecto de una memoria justificada por una devoción, salvo que encubra un suministro al convento para su consumo. Aunque las dos posibilidades serían compatibles. Pero los 100 reales, a favor de la fábrica de una de las parroquias de una población próxima a la residencia de la fundadora, deben ser los réditos de un préstamo de 2.500 reales al 4 % o de 2.000 al 5.
El deterioro al que ha llegado el vínculo se aprecia por la cantidad de cargas que soporta un patrimonio limitado. La seguridad que proporcionaba poseer un vínculo a muchos llevaba a confiar su rentabilidad, cuando ya no era posible recurrir a otros medios de ingresar dinero a partir de sus bienes, a cargar créditos sobre ellos. Alguno de los poseedores anteriores del que fundara Beatriz de Rueda se habría endeudado tanto que pudo verse en la necesidad de aceptar préstamos paralegales a un interés alto.
Los bienes del vínculo que creara don Hernando de Rueda se limitaban a mediados del siglo XVIII a dos juros, títulos de la deuda de la corona, cargados sobre las alcabalas de la población. Anualmente rentaban 1.060 reales.
El tipo de interés al que se ofertaban los juros fue oscilante. Había épocas en los que podían cotizar, según las necesidades y la disponibilidad de los medios de pago o situado, tanto a un 7,14 % como a un 2,5. Pero sería la edad de los juros, que habían circulado desde la edad media, la que determinaría su rentabilidad. Tentativamente, y si no se tienen en cuenta las desviaciones que podía provocar el mercado secundario, se puede estimar que para adquirir aquellos dos juros se habrían invertido 21.200 reales, si el interés que por ellos se estuviera pagando hacia 1750 fuera el 5 %, entonces regular.
En el momento de la fundación, cuando coincidirían el capital disponible de la familia y la oportunidad de invertir en la deuda pública, dotando de aquel modo un vínculo pudo pretenderse el blindaje de una cantidad de dinero. También pudo ocurrir que alguno de los poseedores precedentes hubiera liquidado los bienes del vínculo que no fueran financieros y el capital obtenido lo hubiera invertido en las deudas de la corona. No contravendría la inmovilización y podría mejorar su rentabilidad. Un comportamiento conservador haría más probable la primera posibilidad. El estado del vínculo, en ese caso no habría sufrido ningún cambio desde su origen gracias a la confianza depositada en la inversión.
Los otros dos vínculos descendientes de la familia Rueda, el fundado por don Pedro de Rueda y Mendoza y doña Marina de Saavedra, y el que fuera iniciativa de don Diego Luis de Rueda y Mendoza y doña Mariana de Porres, pudieron conectar con otros patrimonios por la vía matrimonial.
En parte, los esponsales pudieron ser anteriores a 1556. Entre los hijos de Francisca de Rueda que constan en su testamento aparece María de Mendoza. Por tanto, las relaciones de los Rueda con los Mendoza tuvieron que precederlo. Pero solo podemos añadir que esta hija de Francisca de Rueda hizo el suyo el mismo año que su madre.
La conexión de los Rueda con los Saavedra llegaría a través de los Castellanos, con los que también enlazaron, si bien, para conjeturarlo, apenas disponemos de una referencia. En 1561 doña Isabel de la Cerda Saavedra se mandó enterrar en Santa Lucía, un templo de la capital, donde estaba sepultado su padre, Fernando Arias de Saavedra. En aquel momento doña Isabel era la mujer del regidor Juan Castellanos. En cuanto a las posibles relaciones entre los Rueda y los Porres, carecemos de testimonio que las verifique.
Don Pedro de Rueda y Mendoza y doña Marina de Saavedra habrían dotado su vínculo con dos casas, una de primer rango, frente a la iglesia mayor, y otra, que se presenta como casas balcón, localizada en la plaza mayor, sin demasiado espacio habitable, reservada para la comparecencia de la familia en los actos públicos.
Le habrían conferido además 6 parcelas de olivar en plena producción localizadas en Vadillo, que acumulaban un total de 71 1/6 aranzadas. Esta parte tan notable del vínculo complementaría las casi 20 aranzadas que en 1750 poseía don Diego Luis en el mismo sitio a título personal, tanto que la inversión en estas pudo ser solo una pieza de un plan de expansión de la misma empresa. Su potencia todavía se incrementó con un molino en aquel mismo pago, cuyo almacén tenía una capacidad de 4.000 arrobas. Formaba parte de un edificio que también contaba con casería con cuarto de vivienda. Calculando a razón de 12 reales por cada arroba de aceite, como el mismo registro acepta más adelante, el ingreso bruto que el aceite almacenable podía reportar al vínculo podría alcanzar los 48.000 reales por campaña.
También pertenecían a este vínculo otra parcela de olivar en plena producción de 8 1/3 aranzadas, en La Platera, y dos parcelas en El Saladillo que sumaban 8 ½ aranzadas, casi todas asimismo produciendo a pleno rendimiento. Y todavía le correspondían 3 ¼ fanegas de superficie destinadas a plantar olivos.
Como cargas, el vínculo declara cuatro memorias, dos de las cuales parecen consecuencia inmediata de las devociones familiares. Una imagen de Nuestra Señora de Belén, que recibía culto en la iglesia mayor, sería su objeto. Para la celebración de la fiesta que la conmemoraba destinaron cada año 259 reales, que recaían sobre una de las parcelas de olivar, y para la lámpara que iluminaba la imagen, 6 arrobas de aceite, que equivalían a 72 reales, a razón de 12 reales cada arroba.
Las otras dos cargas, porque carecen de la misma especificación piadosa, podrían ser memorias impropias. En tal caso, los 6 reales que se pagaban a la fábrica de la iglesia mayor, que recaían sobre la casa frente a ella, podrían corresponder a un crédito de entre 120 y 200 reales a tipos comprendidos entre el 3 y el 5 %, y los 100 reales para el convento de San Francisco, que cargaban la misma casa, a otro entre 2.000 y 2.500 a tipos del 5 o 4 %.
Por último, aquel vínculo era titular de un oficio de regidor. La parte destinada a asegurar la producción familiar de aceite sería un buen signo del estado óptimo de la preservación de los patrimonios a la que estaban destinadas estas instituciones. La regiduría además nos pondría sobre la pista de una iniciativa concentrada en la promoción y preservación de la grandeza de la familia.
El vínculo de don Diego Luis de Rueda y Mendoza y doña Mariana de Porres a mediados del siglo XVIII conservaba tres inmuebles en la población. Dos eran casas, y el tercero parece una cochera anexa a una de ellas. También tenía 7 ¼ aranzadas de olivar en pleno rendimiento en dos parcelas separadas, la mayor de ellas (5 ¼ aranzadas) en Vadillo. El cortinal del vínculo, que en régimen de secano se cultivaba ininterrumpidamente para producir cebada, tenía 2 ¾ fanegas de superficie.
Sobre la cochera estaba cargada una memoria de 28 reales al año a favor de la fábrica de la iglesia mayor, que corresponderían a 560 o 700 reales de principal al 5 o 4 %. Y sobre la parcela de 2 aranzadas de olivar pesaba otra memoria, de 12 reales, a favor de un vicebeneficiado de una de las parroquias de la población. La identidad del perceptor es tan expresa, tan al margen de una descripción que descubra la obligación de cumplir con una conmemoración, que en su caso parece más seguro que en otros que la memoria fuera impropia. De ser así, podría tratarse de un crédito de 400 reales al 3 %, si bien no se pueden excluir los 300 reales al 4 % ni los 240 al 5.
Bien se trató de un vínculo originalmente modesto, bien de uno antiguo que vio cómo sus bienes se iban reduciendo. Si la razón fuera la primera, quedaría al descubierto lo pretencioso de algunas iniciativas. Lo segundo lo confirmaría el patrimonio conservado.
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