Babilonia. 1

Cosme Pettigrew

La ciudad de principios del siglo VI es conocida gracias a las excavaciones que patrocinaron los alemanes en el lugar que la capital había ocupado. Su espacio arqueológico estaba regido por la línea del Éufrates. Al norte, el que era llamado, cuando llegaron los excavadores, tell del Qasr (El castillo) cubría las ruinas de los palacios y los sistemas defensivos, a un lado y a otro de la muralla. Más al sur, una vasta llanura denominada el-Sahn (La sartén) señalaba el emplazamiento de la extensa zona religiosa que el zigurat y el templo del dios Marduk dominaban.

     Los trabajos de los alemanes se concentraron en el palacio de Nabucodonosor y en el templo de Ishtar, pero eso no impidió que en el centro de la ciudad desenterraran un extenso barrio residencial, de red viaria regular, prueba que permitió conocer algunas peculiaridades de las casas de la Babilonia de entonces. Pudieron concluir quienes las recuperaron que el uso de sus habitaciones no estaba decidido para siempre, sino que casi todas eran utilizadas con fines distintos, dependiendo de circunstancias como la sombra y la luz en ellas proyectadas o el calor o el frío del aire que contuvieran, tal como aún ocurre en las casas rurales de los orientes próximo y medio. Únicamente las escasas actividades que requerían unas instalaciones fijas, como los sistemas de evacuación de aguas, estaban inmovilizadas en una parte de la edificación. Desde finales de la primavera hasta la llegada del otoño en aquellas casas la vida transcurriría en los patios y en las habitaciones bien aireadas, y es muy probable que los techos planos que las cubrían, de tierra batida, fueran lugares cuyo uso igualmente fuera variable y continuo. Además que los cubrieran cuando la atmósfera lo imponía, en verano, porque a la vez eran terrazas, podían ser utilizados como dormitorio, para secado del grano y quizás para ciertas preparaciones culinarias.

     Pero la excavación de las zonas que en su momento concentraron la arquitectura de mayor entidad permitió concluir que en los pocos más de setenta años de la nueva hegemonía babilónica, por iniciativa de sus reyes, en las tierras que fueron el centro de sus dominios fue emprendida una gran cantidad de construcciones. No se trató de importantes obras en piedra, material ajeno a esta época, conocida, por referencia a las precedentes de hegemonía de la ciudad, como neobabilónica. Entonces se prefirió promover edificaciones que respetaran la tradición arquitectónica del sur de Mesopotamia, que durante milenios había preferido el ladrillo. Que el curso de la tradición fuera restaurado se explica porque la iniciativa arquitectónica, en muchas de las ciudades del país, se concentró en la reconstrucción de edificios anteriores, sobre todo templos.

     Desde Nabopalasar, origen de la dinastía, hasta Nabónido, el último rey neobabilónico, las actividades edilicias fueron signo del tiempo de preeminencia que la región vivía. El gran constructor fue Nabucodonosor II, el hijo de Nabopalasar, príncipe de una época de numerosos trabajos. No dejó de intervenir y mejorar ciudades hasta las que alcanzó su poder, como Borsippa, Dilbat, Larsa, Marad, Sippar y las milenarias Ur y Uruk. La expansión del esfuerzo no le impidió destinar la mejor parte de sus medios al embellecimiento de Babilonia, la capital.

     No sería justo adjudicarle en exclusiva su renacimiento arquitectónico. Babilonia, durante la nueva era, fue una gigantesca obra en la que estuvieron interesados todos sus reyes. La época de su mayor esplendor coincide con los celebrados tiempos de Nabucodonosor. Cuando accede al trono, la ciudad, que había sido devastada por las guerras del imperio asirio, aún estaba marcada por las destrucciones. Nabucodonosor la reconstruyó y la hizo más maravillosa que nunca. Quería que la santa Babilonia fuera una rica y gran metrópoli, expresión del poder que había concentrado, y efectivamente durante su reinado volvió a ser la ciudad que desde hacía siglos no había podido ser.

     Los rasgos de la nueva Babilonia se pueden esquematizar. Se extendía por las dos orillas del Éufrates, que marcaba su natural eje norte-sur. Todo su espacio urbano estaba delimitado por largos muros y se calcula que dentro de ellos vivirían, en los momentos de plenitud del imperio, unas ochenta mil personas. Al suroeste de aquel área, a un lado y otro del Éufrates, se encontraba el núcleo de la ciudad o ciudad interior, un rectángulo de unos mil quinientos metros de norte a sur y unos dos mil quinientos de este a oeste, delimitado por muralla propia. Contenía el palacio, los grandes templos y los barrios residenciales con sus santuarios propios. El nexo de esta parte central del espacio urbano interior, que garantizaba su participación en la misma unidad, era la vía procesional, que llevaba desde la puerta de Ishtar, en la cara norte de la muralla, hasta el zigurat, hacia el centro de la extensa área rectangular.

     Al este y al norte de la ciudad interior se extendía un vasto suburbio o ciudad exterior. También delimitado por murallas, las líneas que trazaban y la vertical del río formaban un enorme triángulo, cada uno de cuyos lados medían al menos unos tres mil metros, en el que por el oeste –el lado del Éufrates– quedaba injertado el rectángulo de la ciudad interior. La gran expansión del suburbio o ciudad exterior la había decidido una edificación que marcaba su vértice norte, el palacio de verano de Nabucodonosor, el actual Tell Babil, el lugar que hasta nuestros días ha conservado el nombre de la ciudad.

     Los reyes de esta dinastía levantaron para sí mismos en Babilonia un inmenso palacio al norte de la ciudad interior, cuyos antecedentes se remontan a los orígenes de la dinastía. Sobre el antiguo cauce del río, Nabopalasar había hecho construir un pequeño palacio. Nabucodonosor decidió engrandecerlo, como correspondía a la magnitud de su poder, y todavía lo completó Nabónido. Fue el escenario de todos los actos públicos que los monarcas se reservaban como protagonistas, entre los que destacaban las grandes procesiones celebradas con motivo de las más solemnes conmemoraciones religiosas, y sin duda fue aquí donde murió Alejandro Magno en junio del 323.

     En el momento de su mayor extensión ocupó una enorme parcela, con forma de trapecio, de algo más de trescientos veinte metros de latitud por unos ciento noventa de longitud, situada aproximadamente en medio del lado norte de la muralla de la ciudad interior y comprendida entre el Éufrates, al oeste, y la puerta de Ishtar y su vía procesional, al este. Era una fortificación maciza la que lo cerraba por el oeste sobre el cauce del Éufrates, y al norte lo protegía la muralla interior de la ciudad. En los otros dos lados, espesos muros lo aislaban de la vida urbana.

     Desde la obra de Nabucodonosor lo antecedía una puerta monumental, a la que se llegaba por la vía procesional, tras la cual un total de cinco unidades se sucedían: las salas de guardia, los servicios de la cancillería, las salas de recepción, los apartamentos reales y el harén. Todas tenían idéntica factura. Un gran patio, rodeado al norte por un sector de servicios y al sur por apartamentos oficiales, hacía de centro distribuidor al servicio de cada una de ellas. Por el tercer patio se llegaba al núcleo de las salas de recepción, la gran sala del trono, de poco más de cincuenta metros de longitud y cuya fachada fue decorada con ladrillos esmaltados y animales en marcha, iguales a los de la puerta de Ishtar. Durante mucho tiempo se creyó que las habitaciones que ocupan el ángulo noreste eran la base de los célebres jardines colgantes de la reina Semíramis, que fueron celebrados como una de las siete maravillas del mundo. Pero hoy parece más probable que se trate de almacenes bien guarnecidos.

     Pero el perfil de Babilonia estaba dominado por sus templos, entre los que destacaba el de Marduk, llamado Esagila, palabra compuesta que significa templo que alza la cabeza, emplazado en la misma avenida donde estaba el palacio, más al sur, también en la ciudad interior. Era el principal de la ciudad y su corazón religioso porque albergaba a Marduk, su dios tutelar, al que ritualmente servía como palacio en la tierra, su residencia de techumbre elevada. Marduk era en origen un dios secundario y de principios poco precisos, pero terminó convirtiéndose en un dios importante, hasta el punto que llegó a ser conocido simplemente como Baal, el Señor, o más exactamente Bal, la transcripción usual en acadio; porque Baal es la transliteración de este título al hebreo bíblico y al semítico noroccidental. Como cualquier dios que se preciara, Marduk tenía adjudicada una esposa, Zarpanitu o Beltiya, Señora, cuyos orígenes son aún más oscuros que los de su esposo.

     De las características del templo de Marduk en Babilonia se sabe por una tableta de arcilla, comúnmente conocida como tableta de Esagila, que describe el edificio, así como por cuanto los arqueólogos alemanes pudieron rescatar, que lamentablemente solo permitió trazar sus principales rasgos. La considerable profundidad del nivel arqueológico bajo la superficie actual, que alcanza nada menos que los veintiún metros, ha dificultado el trabajo y ha impedido que haya sido excavado en extensión. Pero, complementándose mutuamente ambos medios, se pueda afirmar con seguridad que el Esagila es el mayor de los santuarios de Babilonia. Ocupó unos seis mil quinientos metros cuadrados de superficie, magnitud que Nabucodonosor nunca dejó de mencionar en los textos que celebran sus trabajos, aunque su intervención en el edificio probablemente no llegara mucho más allá de la restauración de varias capillas del gran templo. La parte del edificio que ha salido a la luz, con muros en muy buen estado de conservación, por comparación con los templos contemporáneos que sí se han excavado completos, permite reconocer que el Esagila se atuvo al plano tipo del templo neobabilónico.

     Al norte de Esagila, en un recinto independiente, se hallaba la Etemenanki (que significa casa o templo de los cimientos o piedra angular del cielo y la tierra), la que ha sido comúnmente conocida como Torre de Babel, que se comunicaba con el templo principal de Marduk a través de doce puertas que conectaban entre sí los respectivos recintos. La finalidad reconocida de la Etemenanki, que también estaba dedicada a Marduk, era alcanzar el cielo, de donde viene su nombre de ziqurat o zigurat, palabra derivada del verbo zaqaru, que significa construir en altura. Era la más monumental y la más alta de estas edificaciones, aunque también la última de su género.

     En realidad la Etemenanki es la versión más reciente del gran zigurat de Ur, originalmente obra de Urnammu, de la tercera dinastía de Ur, dedicado al dios luna. Llegada la recuperación de Babilonia, sus directores creyeron adecuado acometer su réplica. Los trabajos con este fin fueron iniciados durante el reinado de Nabopalasar, pero quedaron inconclusos. Nabucodonosor los reemprendió y pudo ver cómo terminaban. Al cabo de un par de cientos de años debieron sufrir un deterioro notable, porque Alejandro Magno, ya en el siglo IV antes de la era, de nuevo tuvo el propósito de reconstruirlo. Para satisfacer su deseo se vio obligado a desescombrar íntegramente lo que los textos identifican como ruinas. Pero los accidentes de su vida en oriente impidieron que fuera completado un proyecto de restauración que por el momento ha sido el último.

     Para documentarse sobre el resultado de la obra de la época neobabilónica es posible recurrir a un buen conjunto de fuentes directas. En primer lugar está disponible la clásica descripción de Herodoto, quien visitó Babilonia hacia mediados del siglo V y pudo verla todavía intacta. También Estrabón menciona la torre de Babilonia, aunque con toda probabilidad su información es indirecta. Sin embargo, los datos de primera mano obtenidos por otros medios superan cuanto de los textos se obtiene. La misma tableta de arcilla que describe Esagila proporciona detalles muy precisos sobre la Etemenanki, un documento de enorme valor al que además se pueden sumar todos los restos de la edificación que la arqueología ha rescatado y que aún se conservan en su emplazamiento.

     Por desgracia no es mucho lo que de la obra neobabilónica se ha recuperado, tan poco que incluso podría decirse que del zigurat no queda casi nada. Solo sigue en pie el primer piso y los restos de las tres escaleras que llevaban hasta él. Para hacerse una idea más completa de su aspecto es necesario recurrir a los otros documentos, sobre cuya base, sin embargo, los numerosos intentos que se han hecho para representar una reconstrucción admisible permanecen todos en el aire. Ninguno de ellos tiene apoyo material suficiente. Ni por separado ni combinando las fuentes disponibles se resuelven las ambigüedades e incertidumbres que inevitablemente se mantienen.

     Tal vez sea de las dimensiones del edificio de lo que es posible hacerse una idea más exacta. Las excavaciones alemanas, que permitieron al menos conocer directamente sus cimientos, dieron certeza sobre las longitudes de su base cuadrada, algo más de 91 metros de lado. Esta parte de los datos proporcionados por la exhumación afortunadamente está registrada en la tableta de Esagila, porque también da las dimensiones de la base del zigurat.  “Medidas de la base de la Etemenanki –dice–. Estas son la longitud y la anchura a considerar, 3 x 60 es la anchura, medida en codos estándar [un codo equivale a 50 cm aproximadamente]. Sus dimensiones son por lo tanto 3 x 3 = 9, 9 x 2 = 18. Si no conoces el valor de 18, este es: 3 medidas de semilla, superficie medida con el codo pequeño. Base de la Etemenanki: la altura es igual a la longitud y la anchura. Que el sabio iniciado enseñe esto al iniciado. Que el no iniciado no lo vea”.

     El texto de la tableta, cuya interpretación está lejos de ser unánime, porque su lectura aún resulta ambigua, sin embargo ilustra de manera satisfactoria los métodos de cálculo que empleaban los babilonios y cómo procedían a proyectarlo en sus obras. En ocasiones al menos seguían un sistema de cálculo basado en los múltiplos de tres. Cuando nuestra fuente declara que las dimensiones patrón del edificio son tres por tres y nueve por dos está indicando los módulos a partir de los cuales los constructores calculan. Mas la preferencia por el tres, como ella misma enseña, simplemente está decidida porque de antemano tal número ha sido provisto de un valor no numérico, bien místico bien trascendente. Que se proceda así permite pensar que la sencilla identificación de la medida regular con el principio armónico, que nuestra tradición atribuye a las altas culturas de la antigüedad, así como que sea considerada superior la reserva de este saber a los iniciados, por razón de las técnicas que es necesario manipular, eran ideas ya vivas entre los babilonios, de donde la tomarían los posteriores sistemas de pensamiento de la plenitud mediterránea. El plano de un zigurat conservado en el British Museum, que por su parte utiliza como canon la cifra siete, demuestra la regular vigencia de la misma sobrevaloración de los números para los planes arquitectónicos.

     El texto de la tableta también demuestra, sobre la base del procedimiento de cálculo que los caldeos usaran, que el conjunto había sido cuidadosamente planificado. Su manera de explicar las dimensiones permite proyectar para todo el orden vertical del edificio lo que inicialmente solo es información horizontal. Una parte de los lectores de la tableta, cuando analiza cómo el texto expone los valores para la base de la Etemenanki, deduce que los constructores neobabilónicos mantenían un sistema de proporciones muy rígido, consistente, cuando de la obra del zigurat se trataba, en ir superponiendo cubos regulares. Para calcular la dimensión de cada volumen que hubiera que sobreponer, su altura habría de ser una dimensión idéntica a la del lado de la base.

     Si además de los datos proporcionados, tanto por la excavación como por la tableta, se toma la información de los textos, es posible llevar más lejos lo que se ha deducido de los cálculos. La obra estaba erigida sobre un terraplén apisonado, y al contrario que los zigurates de épocas anteriores, construidos superponiendo volúmenes de perfil en talud, parece que nuestra torre estaba contenida por muros verticales en toda su altura. Siguiendo estos principios, como Herodoto cuenta que vio una torre de siete pisos comunicados entre sí por escalinatas, se deduce que en la Etemenanki se superponían siete niveles o cubos de volumen decreciente, hasta alcanzar una altura igual a la longitud del lado de su piso inferior, los poco más de 90 metros que ya han sido calculados. También de Herodoto procede la información de que cada piso se hacía más visible porque tenía un color diferente, uno de los cuales llamó en especial su atención porque era un luminoso azul. Se deduce que los artífices de la reconstrucción de la época de Nabucodonosor, como hicieran en otras obras de la capital, para el revestimiento decidirían emplear ladrillos esmaltados.

     El orden de los siete niveles estaba coronado en su cima por un pequeño templo, cuya planta, en obediencia al principio supersticioso que inspira todos los cálculos de proporciones del edificio, no estaba delimitada por un cuadrado perfecto, como ocurría en las plantas de los sucesivos niveles, sino que había sido recortada para que correspondiera a la raíz cuadrada de la superficie del primer piso. En aquel templo cumbre habían sido habilitados seis santuarios, una habitación con una gran cama y un trono, un patio descubierto con otra cama y una estancia con una escalera para acceder al tejado. Según Herodoto, los caldeos de su tiempo aseguraban que en aquel lugar solo yacía una mujer, escogida de entre todas sus compañeras por el dios, que iba a visitarla por la noche, para de este modo significar que aquí el cielo se encontraba con la tierra.

     El enorme conjunto religioso de Esagila no fue el único templo de la gran Babilonia, donde los lugares de culto eran numerosos. Los textos mencionan hasta cuarenta y tres santuarios urbanos, y nada impide tomar como veraz la cifra, dadas las dimensiones de la ciudad. Algunos de los diseminados por el recinto urbano han sido identificados y excavados, como el templo de Ninmah, al este de la vía procesional, cerca de la puerta de Ishtar de Akad, o los templos de Ninurta o de Nabu-sha-hare. También es necesario mencionar entre los más destacados el templo de Ishtar, llamado Eturkalama, que en sumerio significa la casa que es la majada del país. Los reyes del nuevo imperio babilónico igualmente emprendieron edificaciones de esta clase en las otras ciudades de su inmediato dominio, en las que también construyeron grandes templos.

     Analizando de manera comparada las plantas de todos los edificios rescatados se llega a la conclusión de que todas aquellas obras se atuvieron a un mismo modelo, que en su mejor estado lo representa de manera excelente el mencionado templo de la diosa madre Ninmah. Se trata de un edificio de planta aproximadamente rectangular, de unos treinta metros de ancho por unos cincuenta de longitud. El eje del edificio está dispuesto en el sentido de la profundidad, y a lo largo de él, desde el lado sudoeste al noreste, se suceden sus piezas principales, cuyos vanos de entrada no obstante no están alineados en común.

     Tras la única puerta, jalonada por dos torreones, sigue un vestíbulo de tránsito al gran patio (de unos quince metros por veinte), la pieza que actúa como centro de toda la planta. En los templos neobabilónicos el patio desempeña igual papel que el mismo espacio en las casas comunes: distribuye la circulación, proporciona luz y aire a las habitaciones repartidas a su alrededor y es el paso obligado hacia la zona más apartada del edificio.

     Cruzado el patio en su longitud, se llega al sanctasanctórum, área localizada al extremo opuesto de la entrada. Comprende dos habitaciones que se encuentran aisladas del patio y del resto del edificio mediante una puerta de una sola hoja. La primera en la que se desemboca es la antecella, de idéntica anchura a la del patio; una habitación rectangular, abierta por su lado largo. A través suya se llega a otra habitación del mismo tipo, la cella (que no deja de recordar la habitación principal de las casas), similar en todo a la pieza que le precede, excepto en que el espacio está concentrado en una plataforma. Esta tiene como finalidad señalar la zona reservada a la estatua de la divinidad. En el muro del fondo o testero había un nicho, con un podio de ladrillo cocido, sobre el que se encontraba la estatua de culto. Los ladrillos utilizados en esta parte de las instalaciones tienen gran valor arqueológico. Eran grabados con el nombre del constructor y con el de las divinidades a las que estaba dedicado el templo, para que de esta manera quedara perpetuo recuerdo de la piedad de los soberanos. Completa la obra una red de dependencias anexas adosadas al muro, que aíslan las piezas principales y llenan la planta rectangular por dentro.

     A pesar de las afinidades que la crítica encuentra entre el templo y la edificación doméstica, las respectivas formas de la cella y de la antecella, así como la baja plataforma de aquella, son elementos formales que permiten decidir que estas obras seguían sistemas de ordenación del espacio sagrado que habían sido heredados, y por tanto obligan a aceptar la continuidad de cierta tradición arquitectónica en la región. La planta tipo descrita es más afín a la se siguió para levantar los templos de Tell-Asmar, Eshnunna e Ishchali que a la que rigió los templos asirios.

     Gracias a los relatos contemporáneos de las construcciones sabemos también que los santuarios estaban ricamente acondicionados. Nabucodonosor, que además de Esagila reconstruyó varios templos, a decir de los textos prodigó en todas partes oro, plata, piedras preciosas y maderas exóticas. Por otros informes está atestiguado que para cortar las vigas se hacían llegar desde muy lejos las maderas más preciosas, las que una vez colocadas en su lugar eran recubiertas de oro.

     La falta de excavaciones completas alrededor de estas construcciones impide hacerse una idea precisa de su entorno, en donde, si hemos de creer lo que cuentan los textos, también tenían lugar celebraciones. Así mismo parece que los templos no formaban unidades aisladas del resto de la ciudad, sino que se conectaban con ella a través de las actividades seculares a las que estaban obligados, la más importante de las cuales estaba justificada como sustento de la divinidad, que se hacía presente a sus devotos en la figura de la estatua que en la cella recibía culto. Gracias a este deber, los templos se comportaban como verdaderas unidades de producción, y no solo como lugares de celebraciones rituales. El material encontrado en el espacio donde fueron construidos habla directamente de sus actos más humanos. Con el nombre de erib biti eran conocidas todas las personas que estaban autorizadas a entrar en el templo, un grupo compuesto no solo por los sacerdotes sino también por toda una serie de artesanos filosacerdotales, como canteros, artesanos del cuero y orfebres, más gente dedicada a actividades culinarias, como panaderos, cerveceros, carniceros y prensadores de aceituna, encargados de vestir y alimentar a la divinidad según cada rito.

     En el punto en el que la ciudad interior conectaba con la exterior por el lado norte, junto al palacio, se erigió una puerta singular, llamada de Ishtar, la obra mejor conocida de la época neobabilónica. En lo fundamental se trataba de un arco flanqueado por dos torres, cuya obra inicial ya había sido ejecutada con ladrillos decorados con relieves. Posteriormente, de nuevo en tiempos de Nabucodonosor, el trabajo que hasta entonces había llegado fue enriquecido explotando el valor decorativo que el autor primitivo ya había reservado a los ladrillos. Fueron preparados dos moldes representando animales pasantes, uno de ellos con un toro y el otro con un dragón cornudo. Cocidos y sacados de sus moldes los ladrillos, los animales, que aparecían en relieve, fueron en cada caso tratados con esmaltes de colores vivos muy contrastados. Sobre el brillante fondo azul, los toros fueron vidriados con pasta amarilla, al tiempo que se les hacía ostentar un llamativo pelaje azul, concebido más para crear efecto decorativo que para servir a la descripción naturalista. Por su parte, los dragones, animales consagrados a Marduk, en todo su volumen fueron destacados con esmalte blanco, a la vez que los detalles más significados de su anatomía eran marcados con el amarillo. Expuestos a la luz, los intensos y saturados colores contrapuestos de los esmaltes empleados brillaban, y conseguían que la enorme construcción ganara en grandeza. Así fue completada la intervención de efectos más llamativos en aquella obra, la misma que ya en tiempos de la arqueología occidental fue reconstruida en el museo de Berlín, mientras que en el yacimiento solo permanecería su parte inferior, cuya altura está comprendida entre los siete y los ocho metros.



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