Voltaire

Redacción

François Marie Arouet, llamado Voltaire (para algunos anagrama de Arouet le Jeune, lo que no es del todo convincente), vivió entre 1694 y 1778, y en París nació y murió, si bien su existencia en absoluto no fue sedentaria. Hijo de un notario, estudió primero con los jesuitas y luego leyes, circunstancias entre las que no ha sido demostrada relación de causalidad. Su agitada juventud estuvo sobre todo marcada por la provocación, en la que se deleitaba, la cárcel y el exilio. Al tiempo fue tocado por la fortuna, en tal grado que pudo vivir durante el resto de sus días dedicado a ocupaciones de salón y de corte, nada frívolas.

     Fue desterrado a Inglaterra ya en 1726 a consecuencia de un texto satírico, aunque pudo volver a París en 1729. Pero de nuevo provocó su procesamiento al publicar unas Cartas inglesas o filosóficas, para escapar del cual hubo de esconderse. En 1731 escribió una Historia de Carlos XII, rey de Suecia, una dura crítica de la guerra que algunos creen compuesta como una novela de aventuras. Diez años después comienza la redacción de un Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, trabajo que sin embargo poco después debió abandonar. En 1744 escribió unas Nuevas consideraciones sobe la historia, reflexión sobre el objeto de la historiografía expuesta con la mayor claridad.

     Su época de mayor fecundidad como escritor de historia coincide con la década central del siglo. Mientras disfruta de un placentero retiro en Lorena, se dedica a reunir materiales para futuros trabajos de esta clase. Incluso inicia un acercamiento a la corona, hasta el punto de que Luis XV llega a nombrarlo historiógrafo real, a pesar de lo cual no consigue ganar por completo su confianza. Ver a Voltaire nombrado historiógrafo real no debe llevar a creer que se dedicó de modo profesional a la narración histórica. Este título debió ser en Francia durante el siglo XVIII más superficial de lo que su aparente seriedad induce a pensar. He aquí la dedicatoria que Rousseau puso al frente de su ópera El adivino de aldea, de 1752. Permite ser más ceñido en la comprensión de aquel título: “A M. Duclos, historiógrafo de Francia, uno de los Cuarenta de la Academia francesa, y de la de Inscripciones y Bellas Letras.” Además, el modo en que Voltaire lo obtuvo ilustra bien la parte más imprevisible de su existencia.

     El invierno que comenzó en 1744 fue pródigo en fiestas en Versalles, entre ellas algunas óperas del tipo de la citada. Una fue la comedia-ballet inicialmente titulada La princesa de Navarra, con música de Rameau y cuya parte dramática había compuesto Voltaire. La obra fue estrenada a fines de febrero de 1745 durante las celebraciones de la boda del Delfín. Fue como premio a este trabajo que Voltaire recibió una pensión de dos mil libras, la promesa de ocupar la primera vacante que hubiera de gentilhombre ordinario de la cámara del rey y una cédula de historiógrafo del rey.

     El valor que Voltaire concedía a todo aquello se puede deducir de sus propias opiniones. En su correspondencia, confiesa que creía que el drama que le valió el título era mediocre y aburrido, y que por orden del duque de Richelieu había redactado “en un abrir y cerrar de ojos un breve y mal bosquejo de algunas escenas insípidas y truncas que debían ajustarse a unos divertimentos que no están hechos para ellas. Obedecí con la mayor exactitud, haciéndolo muy deprisa y mal. Envié ese miserable bosquejo al señor duque de Richelieu, esperando que no serviría […].”

     Cree por tanto que era necesario “rectificar todas las faltas que necesariamente se escaparon en la composición tan rápida de un simple esbozo”, y todavía añade: “Recuerdo que entre otras torpezas, en esas escenas que ligan los divertimentos no se dice cómo pasa de pronto la princesa granadina de una prisión a un jardín o a un palacio. Como no es un mago quien le da las fiestas, sino un caballero español, me parece que no debe hacerse nada mediante encantamiento […]. Sé de sobra que todo esto es muy lamentable, y que está muy por debajo de un ser pensante hacer algo serio con estas bagatelas; pero en fin, pues que se trata de desagradar lo menos posible, hay que hacerlo del modo más razonable que se pueda, incluso en un mal divertimento de ópera.” Todo esto lo declaró Voltaire en una carta que el 15 de diciembre de 1745 remitiera a Rousseau, a quien en ausencia del autor original le fueron encargados por la corte unos retoques que finalmente convirtieron La princesa de Navarra en Las fiestas de Ramiro, y a cambio de los cuales Rousseau cobró setecientas noventa y dos libras.

     A partir de 1750 Voltaire se traslada a la corte de Berlín, invitado por Federico II de Prusia. Fija su residencia en Postdam y allí vive hasta 1753. El fruto de aquel breve periodo de tranquilidad fue su obra maestra, El siglo de Luis XIV, que apareció en Berlín en 1751. Para una parte de la crítica, quedó lejos de sus pretensiones, y efectivamente hay que reconocer que no alcanzó a investigar la sociedad de aquel  tiempo. Pero con ella consiguió cambiar el planteamiento que entonces dominaba en la historiografía. A buena parte de la crítica le parece la obra precursora de la apertura de la narración histórica a nuevos campos temáticos, y solo por eso a algunos la primera de historia moderna.

     Desde luego es una de las más representativas de la historiografía de la época, pero pasados más de doscientos cincuenta años desde que fuera escrita apenas es aprovechable como medio de información sobre los hechos a los que su título se refiere. Para que ahora pudiera servir como fuente debería tener buen número de materiales fiables, como documentos, expedientes, memorias o diarios de aquella época, que sin embargo no tiene. La obra puede leerse con más provecho si el interés se concentra en conocer el pensamiento de la época de la Ilustración.

     De nuevo en París, entre 1753 y 1756 termina de elaborar el Ensayo que iniciara en 1741, una obra que también tiene algún interés desde el punto de vista historiográfico, y que al igual que El siglo de Luis XIV se aprecia como precursora de la apertura del relato histórico a nuevos temas, si bien de ella también se piensa que solo parcialmente, y de manera desigual, alcanza los altos objetivos que en su teoría de la historia Voltaire se propone.

     Tras este breve periodo en París, de nuevo decide cambiar de residencia. Se traslada esta vez a Ginebra, la patria de Rousseau, y allí, en el castillo de Ferney, vive la época de su vida de mayor estabilidad y sosiego, los años comprendidos entre 1758 y 1778, que son en consecuencia los de mayor continuidad en el trabajo. Bajo nuestra manera de observar su actividad, 1765 es el año más significado, porque es entonces cuando difunde el concepto de filosofía de la historia, del que ha de considerarse autor. Pero de ninguna manera aquel relativo reposo fue obstáculo para que protagonizara nuevos escándalos y provocara más procesos judiciales.

     Hombre de ingenio agudo, atrevido hasta ser considerado irreverente en materia de religión y moral, su dedicación preferente fue la literatura. Su obra, inspirada por el sentido crítico y la polémica, es extensa y algo desigual. Es dramaturgo y sobre todo filósofo, algo poeta, libelista y ocasionalmente narrador e historiador. Sin embargo, con el tiempo ha sido particularmente valorado por sus relatos y sus obras históricas, además de sus textos de ideología política.

     Tomando como modelo a su admirado Newton, parte de la convicción de que la historia puede llegar a conocer un radical cambio de sus principios semejante al que conociera la física. Su más valiosa aportación tal vez sea la profundización y el ensanchamiento del campo de investigación de la historia. Quien afronte la historia como ciudadano y como filósofo –dice– tendrá otra clase de curiosidad. Se preguntará por las causas, el modo y los límites del poder de las naciones y su riqueza, y su mayor interés deberá ser dirigido a conocer los cambios en las costumbres y en las leyes. Esta sería una manera de conocer la historia de los hombres, y no solo la de los reyes y sus cortes. Las cronologías y los hechos en ellas inscribibles solo son guía, pero no el objetivo del trabajo histórico. Duda de la utilidad del relato exhaustivo de batallas y tratados porque solo enseñan hechos.

     Definió la historia como el relato de los hechos que se tienen por verdaderos, y defendió que son verdaderos los verosímiles. Opone este concepto de historia al de fábula, cuyo objeto es el relato de los hechos aceptados como falsos. Piensa sin embargo que en todas las naciones la historia está deformada por la fábula, mal a cuyo remedio concurre la filosofía. Por eso la historia debe ser revisada y corregida según los principios de la razón y el sentido común. Para alcanzar la debida calidad del texto histórico, debe partirse de la crítica histórica y de la amplitud de los puntos de vista de quien escribe. En lo fundamental la crítica no es cuestión de método sino de razón, lo que no impide que sea necesario el desarrollo de las técnicas de crítica. Está convencido de que el conocimiento crea conciencia y que de esta manera se alcanza el progreso.

     Cree que la evolución de la humanidad está dividida en cuatro etapas o siglos: Grecia clásica, Roma imperial, Europa del Renacimiento y siglo de Luis XIV. Rechaza la historia antigua y dice que solo le importa la que le permite entender los progresos de la sociedad europea. Entre sus limitaciones también algunos han colocado que concede demasiada importancia al papel de los individuos más sobresalientes en el curso de la historia.



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