Población de Valverde. VII
Publicado: febrero 27, 2021 Archivado en: Dante Émerson | Tags: población Deja un comentarioDante Émerson
Los hechos entre 1479 y 1481 parecen ocurrir en sucesión. La ordenación administrativa que ocurre entre 1479 y 1480. Tiene como consecuencia el crecimiento del tamaño de la población. Y este obliga a la ampliación de la dehesa boyal.
Sería jugar con ventaja presentar las cadenas lógicas como si fueran una sucesión de hechos. No tenemos versión directa de los documentos de 10 de febrero de 1479, 28 de noviembre de 1480 y 27 de febrero de 1481. Nadie demuestra la relación necesaria entre esos eslabones para que pueda sostenerse como una cadena. Ni podemos atribuirle al legislador un encadenamiento de palabras demostrativo de la causalidad que no sabemos si escribe. Y sí tendríamos que reconocer que el extraordinario crecimiento de la población es en alguna parte cuando menos obra de los documentos.
En realidad, lo que podemos sentar es que primero hay institución económica del concejo de Facanías, cuando solo tiene 8 o 10 vecinos. Que al año siguiente la población ha crecido hasta los 60 vecinos. Y que poco después se procede a la ampliación de la dehesa boyal. Esto es lo que dicen los datos conocidos y admisibles. Aunque parezca lo mismo, no lo es.
Es cierto que los datos disponibles de 1479-1481, tomados todos de una vez y tal como los exponen los editores parciales de los documentos, indican que Facanías es una población en crecimiento, que tal vez esté experimentando el crecimiento positivo de valor más alto del condado, un suceso que solo puede explicarse contando con la inmigración. Hemos deducido satisfactoriamente que los 8 o 10 vecinos y los 60 de los tres documentos son principio y fin de su expresiva valoración del crecimiento del tamaño de la población. Nada permite hablar de que el lugar, recién estrenado su concejo, esté pasando por malos momentos. Al contrario, parece que se ha encontrado una buena combinación de medios que hagan posible la radicación y la expansión biológica.
Si el autor del crecimiento de la población es el que redactó el documento, y este es el mismo que ordenó el nuevo concejo de Facanías y luego amplió la dehesa boyal (nos referimos a la cancillería de la administración ducal, que ejecuta una cadena de ideas), en esa secuencia concentrada de hechos poisbles (1479-1481) debe haber un hilo común que los una: sus ideas sobre cómo se puebla un lugar de nuevo. Si fuera cierto que pensaba en la inmigración al legislar, tal como parece más verosímil, la inspiración de su política podría enunciarse de este modo: la institución económica del concejo debe provocar la inmigración, bajo ciertos principios que tienen en común la exclusividad, la especialización sin competencia. Las piezas que podrían abrir hueco a la vida en aquellas tierras de baja calidad serían, en lo más inmediato, la limitación de su uso, el terrazgo, las rozas de cereales y la dehesa boyal, y como centro integrador el concejo con poderes exclusivos en materia de política económica.
Sin embargo, una de esas piezas resulta algo contradictoria. La roza es una técnica por necesidad itinerante, y por tanto se opone a la consecuencia más necesaria para el crecimiento de la población, concebida como un lugar único en el espacio, área exclusiva de radicación producto de la concentración de hogares.
De los costos que para los pobladores tendría aquella manera de radicarse es poco lo que conocemos. Positivamente, de momento, solo algo de los costos en servidumbre, el pago del terrazgo. Aunque es posible deducir otros dos más sin caer en la suposición temeraria: el diezmo, del que tenemos pruebas, y los gravámenes particulares en el marco condal del comercio de cereales. Nada sabemos de momento sobre los costos de la inversión, y ninguno de estos datos tendría sentido si no pudiéramos, a la vez, valorar los ingresos brutos, al menos a partir de los precios.
Por otra parte, la demarcación de un término de tierras baldías de uso exclusivo, indica la posibilidad de acceso diario a la parcela rozada sin necesidad de recurrir al hogar derivado. En términos generales, podemos aceptar que solo si la distancia a la parcela rozada, medida en unidades de tiempo, es un costo compatible con el régimen de trabajo que impone el sistema de cultivos –un costo que tiene como límite físico máximo, infranqueable, la duración de la jornada solar–, el hogar de los rozadores podrá ser único, y por tanto la población concentrada y radicada de forma estable en un lugar único y común, Facanías en nuestro caso. El sistema de rozas es, en compensación, de bajos costos, incluido el principal, el de tiempo total, en cada año. Cuando se está originando el concejo de Facanías, no parece que aquella contradicción pueda crear dificultades a la población.
Pero nada impide que ciertos comportamientos de los vecinos, aislados y anómalos, tengan como consecuencia la elección de un lugar rozable en el límite del término, en lugares tan alejados del hogar central, el de Facanías, que obliguen a la apertura de un hogar derivado, inestable y provisional, que pueda ser germen de otra población raíz; o que con más exactitud, desde el instante en que sucede, ya es otra población raíz, aunque sea transitoria. Existe la posibilidad desde el principio.
Aunque la reserva de derechos de roza, exclusiva de los vecinos de Facanías, dentro de unos límites definidos, parece una decisión que pretende evitar este problema, es una razón de más para admitir que la posibilidad existe, y que si en el momento inicial, este de 1479-1481, no se activa, nada impide que se active en el futuro. Será tanto más probable cuanto más aumente el tamaño de la población, y esa es la dirección del crecimiento, según los documentos, desde el principio. La roza sería pues un medio eficaz de crecimiento inmediato, pero de efectos tan expansivos –en el espacio– que superan la idea común de la población raíz.
Detrás de todo este orden inmediato del crecimiento organizado en el concejo de Facanías está un orden de mayor alcance, que afecta a todo el condado, la relación entre rozas y comercio de cereales, más que posible. La producción de cereales bajo las condiciones de las rozas ocurre en el marco común de un semimonopolio del comercio interior de esos productos. Las condiciones favorables a este comercio pueden ser las responsables del valor de la renta neta, tras los costos, de cada hogar, de su radicación prolongada, de su estabilidad, de la apertura de perspectivas de crecimiento.
El precio del cereal enjuga los costos y verifica la renta que alimenta el hogar. La comercialización, los gastos de transporte hasta convertir el producto en dinero, son parte de los costos totales de la empresa rozadora. El acceso a los circuitos comerciales, a las vías de comunicación en el orden material, está en razón inversa a los costos. Cuanto más próximo se esté a las vías, más altos pueden ser los beneficios.
Y así como la roza es por naturaleza itinerante e inestable, que es tanto como decir que, en el área de baldíos, su localización, si no del todo indiferente –porque la calidad de la vegetación y los suelos no es única–, sí es aleatoria y flexible; las vías de comunicación deben ser por necesidad estables, o al menos lo son más, en términos relativos, que las parcelas rozadas. De modo que, tomando en consideración el conjunto de los costos (desde la producción hasta el comercio), puede ser más económica la radicación del hogar principal junto a la vía de comunicación. Lo cual, para el caso, puede también expresarse así. Como el elemento que atrae población a Facanías (rozas de cereales) permite una radicación abierta, múltiple, la tendencia de los hogares estables puede ser la concentración próxima a una vía de comunicación. O si se prefiere: que la población tenderá a ir basculando hacia un lugar con esas características. Entra dentro de lo posible que los bajos costos de la producción y el comercio interior de cereales fueran de hecho otros factores favorables a la inmigración.
Este balance pone en juego otros criterios preconcebidos. Aunque ninguno de ellos es etimología popular o enunciados tautológicos a partir de materiales legendarios frágiles, ni contribuye a convertir las consecuencias conocidas en causas explicativas. Podrían considerarse obedientes a una secuencia de leyes de población, una limitada galería de leyes si no fuera porque solo toma en consideración la política para poblar el condado. Porque todo procede de los iniciativas pobladoras expuestas en los tres documentos. Evoca las ideas que se derivan de sus principios, y algunos de sus límites, obstáculos que pudieron ser motivo de su consideración y de sus decisiones. Aunque lo integremos con unas pocas ideas de nuestro propio orden lógico, siempre expuesto a revisión, en lo esencial es el optimista proyecto poblador del legislador el que aparece en él reflejado.
Sin embargo, este balance no resuelve el problema central; al contrario, lo complica. Sobre el expansivo estado de Facanías en 1479-1481, según pretende su plan poblador, debe pesar una no menos razonable pregunta. Si, para el crecimiento, todo ocurre a su favor, ¿por qué a la vuelta de diez años cambia de nombre? No es que tenga mucha importancia que el lugar se llame de una manera o de otra. Pero mala política de difusión del proyecto poblador parece, recién iniciado, denominarlo de otro modo.
¿Indicará el cambio de nombre, más allá de la decisión administrativa, cierto fracaso del proyecto? En ese caso, sus lagunas pueden ser, entre otras, las que hemos deducido en este balance. Por tanto, la emigración de los habitantes de Facanías a otro lugar próximo llamado Valverde del Camino es una posibilidad que hay que considerar. Los factores del proyecto de población la admiten, más allá de la voluntad del legislador escrita en los documentos.
El caudal del conde. Segunda parte
Publicado: febrero 19, 2021 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Una parte las rentas ingresadas por cualquiera de los tres medios (arrendamientos, adehalas y producto) completó pronto su circulación decayendo al autoconsumo. Una porción del trigo (20 fanegas) había sido entregada al casero como parte de su salario, y otra de la cebada (49 fanegas) la consumió el ganado que se empleaba en la producción del aceite. Además, se reservaron otras 13 de cebada para emplearlas como simiente del verde para las mulas.
Pero el grueso del autoconsumo de trigo y cebada era consecuencia del deber de alimentos que obligaba a las rentas del conde mientras fuera menor. La autoridad judicial, para ejecutarlo, emitía un libramiento anual. Como consecuencia, el administrador entregaba al conde 200 fanegas de trigo y 250 de cebada, destinadas a su manutención y a la de sus caballerías. Aunque la asignación fuera importante, el propio conde, aun en minoría, porque no fuera suficiente para cubrir su gasto, por su iniciativa se encargaría de completarla cuando hiciera falta. Con un mandato que suscribió ingresó a costa de la renta del cortijo de Montecillo otras 6 fanegas de trigo, antes de que pudieran sumarse a las demás que se almacenaran. Si las acumulamos a todo lo demás que tuvo el mismo fin, tenemos que reconocer que fueron derivadas al autoconsumo, de toda la masa disponible de grano, 226 fanegas de trigo y 312 de cebada.
De una parte del aceite producido también sabemos que tuvo como destino completar el salario del casero (4 arrobas) y el de los tareros regulares (13 arrobas), aunque la mayor parte del autoconsumo de aceite también fue doméstica, solo que en este caso sin que mediaran las decisiones judiciales. Fue suficiente con la voluntad del conde, quien siguiendo el mismo procedimiento que con el uso discrecional del trigo ingresado, iba remitiendo al administrador cédulas para que le proporcionara partidas de aceite (7, 12, 18 ¾, 16, 11 ½ y media cuarta, 20, 40 y 48 arrobas). El total que así se desvió de otros tránsitos ascendió a 173,25 arrobas y media cuarta.
Las adehalas cobradas en especie también tendrían este destino. Dada su condición, se daría por supuesto que era el señor quien debía disfrutarlas libremente. Las 35 fanegas 7 celemines de yeros, 7 fanegas de arvejones y 7 de habas que ingresara la casa, aun sin ser adehalas, también se aplicarían al pienso de sus animales de tiro.
El autoconsumo, por muy insaciable que fuera, nunca podría dar cuenta de los ingresos en especie porque su volumen excedía con mucho las necesidades domésticas, incluso las de las casas que contaran con una tropa de sirvientes. La mayor parte del capital circulante bajo la forma de las especies, procedieran de cualquiera de las rentas o del producto propio, estaba predestinado al comercio. Al progresar hasta los mercados, podía transformar su valor nominal con la medición de la venta.
De las 1.828 fanegas de trigo ingresadas, entre abril de 1725 y febrero de 1726 fueron vendidas 1.602 (el 87,6 % del total; 350, a 10 reales; 350, a 10 reales y cuartillo; 400, a 10 ½ reales; 194, a 12; 94 ½, a 19; 213 ½, a 20). Su fruto en dinero fueron 19.681 reales. De las 510 fanegas de cebada, entre enero y junio de 1726 se vendieron 448 (el 87,8 %, 400 a 5 reales y 48 a 6), de donde se dedujeron otros 2.288 reales.
A las 1.459 arrobas de aceite que habían sido el producto neto de la cosecha de 1725 para completar el lote propio se le sumó el remanente de la cosecha anterior, 344, de modo que el aceite disponible alcanzó las 1.803 arrobas. Deducidas las desviadas al autoconsumo por cédulas del conde y las pagadas como salario, entre mayo de 1725 y junio de 1726 las 1.612 restantes fueron vendidas (300 a 9 reales y cuartillo, 200 a 10 reales, 290 a 11 reales menos cuartillo, 656 arrobas a 11 reales y cuartillo y 166 arrobas a 11 ½ reales), ventas que proporcionaron 17.181,5 reales.
El aceite permitió además ingresos por la comercialización de los turbios de la cosecha de 1724 y del orujo de la siguiente. Por la venta de los fondos que habían quedado estancados en los depósitos donde el aceite se decantaba, que había que eliminar para evitar que contaminaran al nuevo, pero que podían aprovecharse para fabricaciones derivadas, se ingresaron 50 reales, prueba de su escasa calidad, cualquiera que fuese su volumen. El orujo, subproducto que se extraía de las prensas en forma de tortas, podía proporcionar todavía algún aceite poco apreciable. La casa prefirió venderlas por carretadas, a 13 reales cada una de las dos que bastaron para deshacerse de ellas. Sumaron otros escuetos 26 reales. De donde todo el producto del molino que se comercializó habría proporcionado 17.257,5 reales.
El agregado de todas las ventas todavía originó un gasto menor, el de papel sellado de las peticiones y el de las declaraciones de ventas, que en total sumaron nada más que 6 reales 32 maravedíes. Pero para sacar al mercado todo el grano fue necesario medirlo, un trabajo que hubo que pagar a razón de un ochavo o 2 maravedíes por cada fanega. Como fueron 2.070 las que se midieron (las 2.050 vendidas y las 20 entregadas al casero como parte de su salario), el gasto ascendió a 122 reales menos cuartillo. Para que el aceite llegara a su mercado, también hubo que hacer frente a ochavos y cargas, aunque no todo el aceite vendido pasó este trámite. De las 1.612 arrobas, solo 1.580 completaron aquellos pagos. Como el gasto que originaron ascendió a 129 reales, se puede estimar el costo de su venta en unos 2,75 maravedíes por arroba. De corresponder los ochavos a la medida del aceite, tal como en el caso de los granos, las cargas solas habrían añadido 36 reales al gasto de la venta.
De un lote de 12 arrobas de lana blanca, vendidas a dos ducados o 22 reales cada una, la casa obtuvo un ingreso de 264 reales. Tan corta cantidad excluye la posibilidad de que fuera producto propio, y no pudo ser adehala, porque de haberlo sido figuraría cuando menos en alguno de los contratos de cesión de las tierras. Tuvo que ser el resultado de una transacción, fuera compraventa o pago de una deuda en especie. Literalmente, fueron entregadas al señor conde y a la señora condesa su madre.
Los dineros que no procedieron de los mercados la casa los ingresó por el disfrute pasivo de sus derechos adquiridos, legales o no. 12.450 reales provinieron de las adehalas y 6.102 de las cesiones de tierra. En total, 18.552 reales o 32 % de todo el dinero obtenido. Mientras tanto, por la venta del trigo se ingresaron 19.681 reales, por la de cebada 2.288, y por la de aceite, 17.257,5, que sumaron 39.226,5 reales o 68 % de todo el dinero ingresado (57.778,5 reales). El mercado se había impuesto a la economía de la casa. Los dos tercios de sus rentas se realizaban concurriendo cada especie de las que dispusiera al suyo.
Pero había grandes diferencias entre las gratificaciones que cada mercado le proporcionaba. Mientras que colocar en el mercado trigo y cebada apenas tuvo costos (571,75 reales), disponer de aceite para comercializarlo necesitó un gasto en dinero de 4.795 reales 10 ½ maravedíes. Si le sumamos los valores del gasto en especie necesario para producir el aceite (trigo, 20 fanegas; cebada, 49, y aceite, 17 arrobas) a precios tipo, resultan 5.302 reales 5,4 maravedíes, y si a esa cantidad le sumamos los gastos por su venta, que fueron 129 reales, el costo total de la llegada al mercado del aceite de la casa alcanza los 5.431 reales 5,4 maravedíes. Por cada real ingresado por el aceite fue necesario invertir 0,31 reales. El gasto necesario para ingresar cada real por el grano se redujo a 0,026, además de que el aceite vendido solo le proporcionó el 30 % de los ingresos. Las ventajas que para la casa tenían ejercer el señorío de hecho y la apropiación protegida del suelo eran evidentes.
El dinero obtenido por cualquiera de los medios llegaba a manos del conde con la mediación de la autoridad judicial, otra consecuencia de la minoría del conde. El corregidor emitía libramientos para que el administrador circulara cantidades de dinero que el conde recibía.
El total librado fue 49.453 reales 12 maravedíes, equivalente al ingreso íntegro, 57.778 ½ reales, deducidos los gastos (8.165 reales 1 maravedí) y lo poco que había quedado en poder del administrador (160 reales 4 maravedíes). Tenemos por tanto la certeza de que todo el dinero líquido, salvo este remanente, fue a parar a manos del conde, pero no sabemos nada del empleo que hacía de él.
A partir del calendario de los libramientos se pueden hacer algunas deducciones discretas. El corregidor emitió 36 libramientos, entre uno y cuatro al mes, excepto en abril de 1726, cuando no firmó ninguno. Las situaciones entre el doble libramiento diario, que se repite hasta tres veces, y los 41 días entre uno y otro, se dispersan a lo largo de los valores del intervalo, sin que ninguna de las frecuencias llegue a destacarse seriamente. Solo los cuatro y nueve días de separación llegan a repetirse, también tres veces, lo que no es nada excepcional en ningún sentido. Tampoco se observa una posible correlación entre mayor frecuencia y mes, con ningún signo.
No había pues una cadencia regular en el libramiento de las cantidades. La distancia en días entre libramientos no parece que obedeciera a una regla. Sus causas tuvieron que ser distintas al transcurso del calendario. Tal como se presentan las referencias en la contabilidad, solo nos queda la posibilidad de examinar las cantidades libradas.
Algunas de ellas, cinco, expresan cifras con fracciones denominadas en maravedíes contables. Parecen incluir un pago. Las demás, son enteras, y cualquiera admite ensayo con las unidades monetarias, lo que solo explicaría que responden al dinero efectivo del que dispusiera el administrador. Pero hay una, 1.666 reales, la que más se repite, que se libra siempre en la última década del mes y no es divisible, salvo por la unidad. Podría tratarse de ingresos girados periódicamente en forma de instrumentos financieros, operativos con su valor nominal, quizás descontado con coeficientes múltiplos de tres, cuya forma había que mantener cuando se libraban para que llegaran a manos del conde.
Si cualquiera de las cantidades libradas salían de manos del administrador, bajo la forma que fuera, y a él no le correspondía ninguna gestión más a partir de ellas, solo se puede suponer que el destino del dinero ingresado, una vez en manos del conde, tendría que ser el consumo o la inversión fuera del ámbito de los cauces regulares de generación de las rentas de la casa. Es más probable lo primero, dado que entre los fondos manejados por el administrador no constan ni juros ni censos, ni participaciones en cualquier otro negocio financiero.
La personalidad de los linajes rurales más afortunados pudo ser tan compleja a fines de la época moderna gracias a la acumulación de conquistas. Radicados en las mayores agrociudades, en el origen de su promoción estarían los servicios de armas a la corona cuando terminaba la edad media. A cambio, una parte habría conseguido consolidar el ejercicio de las regidurías hasta hacerlas hereditarias, lo que le valdría competir con ventaja en el acceso a la tierra útil mientras sus miembros ejercieran a la vez como labradores. En sucesivas generaciones el beneficio que le proporcionara el comercio del trigo lo irían invirtiendo en patrimonio territorial. Más adelante, una vez patrimonializadas las regidurías, protegerían los bienes con la fundación de al menos un mayorazgo. Cruzándose con linajes similares, harían posible que más de uno convergiera en un heredero común. La familia del conde consiguió además completar sus conquistas con un título nobiliario a principios del siglo XVIII.
A lo largo de aquel recorrido, no se desprendería de ninguna de las ventajas que había ido adquiriendo. El poder ganado en el ejercicio del señorío del municipio, la adquisición de la tierra, su blindaje diferenciado, el ejercicio de la labranza eran experiencias compatibles si de lo que se trataba era asegurarse ingresos regulares.
Así fue posible que hacia 1725, en el conde, para la captación y generación de sus ingresos, convivieran tres identidades, sin que por alguna razón fueran incompatibles: la de señor, la de rentista y la de cosechero, tres frentes en los que podía combatir con solvencia al mismo tiempo. Cada una de las facetas de su personalidad compleja le permitía detraer trabajo ajeno de un modo distinto: imponiendo un poder, deduciéndolo de un derecho de propiedad o comprándolo, a veces con salario mixto y a veces con salario solo en dinero.
Vistos los resultados, tenemos que reconocer que en el transcurso de la experiencia que le había valido disociarse, la casa prefirió irse desprendiendo primero de las facetas vitales que le exigían trabajo propio, después, en la medida de lo posible, de la adquisición de trabajo ajeno, de tan altos costos, para ir concentrando la captación de sus rentas en la detracción onerosa de las obtenidas por otros, ateniéndose a la fuerza coercitiva del marco legal de los arrendamientos, que permitía una doble deducción, la justificada por la cesión de la fecundidad de la tierra y la impuesta por la voluntad de un señor.
Las compatibilizaba con toda naturalidad simultaneando los ámbitos donde había decidido actuar, como en el cuerpo los órganos se reparten las funciones para mantener la vida. El aparato motor captaba rentas. Convertidas en sangre, las circulaba para que cada sistema cumpliera con una función. Cuando lo encontraban, las que destinadas al mercado se imponían sobre el autoconsumo.
De tan evidente opción por la economía especulativa solo se puede dudar porque mediaban las decisiones del administrador. Pero finalmente, en el cerebro financiero, cuando el dinero ingresado se ponía a girar, deducido el necesario para la producción de aceite y los gastos de administración, todo indica que el numerario terminaba en el consumo de la casa, en una proporción tan alta que cuesta no reconocerlo como el denostado gasto suntuario.
El caudal del conde. Primera parte
Publicado: febrero 13, 2021 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Los mayorazgos que convergían en el conde le garantizaban a su casa solidez y continuidad, así como protección al patrimonio acumulado por la familia. La mayor parte del que habían blindado eran tierras: seis cortijos, tres medios cortijos y haza y media en dos parcelas. La superficie de cada propiedad estaba comprendida entre 37,5 y 1.125 fanegas, aunque para la mayor parte se limitaba al intervalo comprendido entre 225 y 562,5. Su respectiva explotación no siempre se resolvía de la misma manera, si bien el dueño en ningún caso se comprometía en ella. Se limitaba a cederla a otros.
Las menores pudieron sostenerse con los medios de un labrador que contara con el capital necesario para completar empresas del tamaño más modesto. Algunas de las que eran mayores necesitaron sostenerse con una sociedad formada por dos o tres labradores, para así disponer del capital adecuado para sacarlas adelante. Las demás, con seguridad eran grandes explotaciones a cuyo frente un labrador decidía, mientras su ejecutor delegado, el aperador, se encargaría de la dirección de los trabajos. La diferencia entre unas y otras sería que las últimas no podrían prescindir de comprar trabajo para satisfacer cualquiera las actividades necesarias, aunque todas, con seguridad, harían lo mismo para completar al menos la siega.
De las cesiones de sus tierras el conde obtenía a cambio los ingresos conceptuados como arrendamientos. Los podía demandar porque debían remunerar lo que la propiedad había convertido en un derecho exclusivo. El conde disponía de ese título, estaba en condiciones legales de exigirlo y los contratos de cesión se lo garantizaban. Estrictamente, según sus principios, liquidaban el aprovechamiento transitorio del suelo.
La mayor parte los cobraba en fanegas de pan terciado, que ascendieron en diecisiete meses y doce días a 2.280, de las cuales 1.520 eran de trigo y 760 de cebada. Otra parte la ingresaba en dinero, hasta sumar 6.102 reales contables, y de alguna de las cesiones, en un tiempo anterior, debió obtener también un pago en semillas o legumbres, producto del área barbechada de las tierras. Así se deduce del resto de 35 fanegas 7 celemines de yeros, 7 fanegas de arvejones y 7 fanegas de habas que figuran como deudas pendientes de meses precedentes.
La renta de la tierra era una detracción al producto del trabajo y la metamorfosis más reciente de la servidumbre real. Lo que en su origen fueron prestaciones directas de trabajo, para que a cambio quienes aspiraban a disponer de una explotación propia obtuvieran la tierra, se verterían a un bien que podía representarlas, equivalente en el mercado de las cesiones.
Permitieron la transformación el incremento de los dispuestos a trabajar la tierra y la posibilidad de comercializar el producto. Ambos incentivos, por separado y juntos, abrieron la brecha para que se injertara el labrador, un elemento capaz interpuesto entre el trabajo y la comercialización. Comprando el trabajo de quienes estaban dispuestos a trabajar la tierra, y no habían conseguido acceder a ella, y remunerándolo a la baja, según se incrementaba la recluta de los empeñados en seguir por un camino tan transitado, y vendiendo el producto en las mejores condiciones posibles, podía disponer de los ingresos suficientes para hacer tres lotes y dejar a todos satisfechos con el reparto: para el señor o amo de la tierra su renta equivalente al trabajo que antes captara, para quien trabajaba, su salario, y el remanente para él.
Fue tan ventajosa intermediación la que consolidó la renta de la tierra, que vinieron después a justificar las teorías de la cesión de la fecundidad del suelo, en su opinión la responsable de los rendimientos, fuera la que fuese la forma en la que se le liquidaba al señor de la tierra. Que la percepción fuera acordada en las especies obtenidas o en dinero no modificaba el origen de la detracción, aunque sí la posición en los mercados de las dos partes, tanto de quien pagaba como de quien percibía la renta. Las apetencias de lucro del señor de la tierra, cuando se decidiera tomarse la molestia, pudieron llevarlo a preferir las cobradas en especie, que a su vez le permitían participar de la comercialización. Más aún cuando, como en este caso, quienes habían evolucionado a amos o señores de tierras bajo las condiciones del juro de heredad antes hubieran disfrutado de las mieles del labrador. A las que nunca estarían dispuestos a renunciar del todo.
La parte de la renta de la tierra ingresada en dinero quedaba en depósito del administrador de la casa, como parte de su función, sin que ello fuera origen de mayores complicaciones, mientras que los gastos de mantenimiento de las unidades de producción corrían por cuenta de los colonos. Pero los ingresos en especie generaban a la casa del conde un gasto al que no podía renunciar. Los graneros de los que pudiera disponer en propiedad no eran suficientes para almacenar las rentas percibidas en trigo y cebada. Necesitaba alquilar otros donde se pudiera recoger todo lo que ingresaba en estas especies, para lo que fue necesario desembolsar 450 reales.
De la cesión de las tierras de los mayorazgos el conde deducía también adehalas, resultado de la imposición de un principio de fuerza arraigado y cuya vigencia el contrato de cesión firmado regeneraba. Sin más justificación, actuando el conde como un señor, las cargaba directamente sobre el beneficio que proporcionaban las explotaciones. De las concentradas en la producción de cereales, en las que se obtenía trigo, cebada y legumbres, las restaban al remanente disponible, una vez descontados costos y gastos. Gracias a esta cláusula expeditiva, el conde ingresó en dinero 12.450 reales, y en especie 17 puercos (1 de sesenta libras, 12 de setenta y 4 de ochenta), 23 carneros primales y 120 gallinas, y 18 carretadas de paja. El disfrute de la tierra que otro se había apropiado obligaba a concederle parte del producto obtenido en las explotaciones de quienes las habían emprendido. Al menos en parte, sería trabajo a su vez comprado y transferido al producto por estos.
La absorción tanto de adehalas como de las rentas de la tierra generaba también los gastos de administración del patrimonio que se cedía. Fueron escasos, casi insignificantes, los que tuvieron su origen en los oficios de cabildo y de don José de Rivero, donde hubo que pagar 26 reales 18 maravedíes por las escrituras y nómina de arrendamientos. Distinto era el gasto que originaba el administrador. Los diecisiete meses y doce días de su trabajo hubo que satisfacerlos con 2.391 ½ reales. Su trabajo cualificado, de gestor financiero, se valoraba por encima del salario común, aunque no mucho más que el que remuneraba el trabajo de los máximos responsables de la labor. El del administrador se puede estimar en unos 4,6 reales diarios, mientras que un aperador podía ingresar a razón de 4 reales.
Ahora bien. Este gasto no era adjudicable en exclusiva a la gestión de adehalas y rentas, sino a la totalidad del trabajo de administración, sin que sea posible atribuir más responsabilidad a una parte que a otra, ni por tanto ponderar el gasto causado por cada una.
También era patrimonio de los mayorazgos la cadena de bienes que al conde le permitían obtener una cosecha propia de aceite, para lo que debía comportarse como cosechero, ocasión de bastantes más gastos que los que le causaban los ingresos de las cesiones de las tierras.
La casa tenía olivares propios, en los que es probable que se reservara una parcela, de menos de diez fanegas de superficie, para sembrar la cebada que sería recolectada como verde o forraje para el alimento de las mulas de la casa.
En la explotación directa de los olivares, cosecha de 1725, para arada, poda y cerca fue necesario gastar 1.500 reales. No consta que la casa dispusiera de los medios necesarios para hacer la arada, que podían conseguirse como un todo articulado (hombre, ganado y arado) gracias que no faltaban campesinos que se prestaban a este servicio. Aquel año el contratado fue José Montaño, a quien hubo que pagarle 1.300 reales.
Los trabajos de poda y cerca se obtuvieron adquiriéndolo de asalariados básicos. Para la poda, que debió ajustarse a destajo, fueron contratados 20 peones, a 5 reales cada uno, lo que a la casa le costó 100 reales, mientras que el trabajo de la cerca fue tarifado en jornales o día trabajado. Un maestro trabajó en ella cinco días, a razón de 6 reales, y cuatro peones cobraron a 3 ½ reales cada uno, lo que sumó otros 100 reales. La cantidad la percibiría el maestro y la distribuiría entre los peones de la cuadrilla, tal como hacían los manijeros responsables de la recluta de hombres para cualquiera de las actividades básicas. Es posible que fuera maestro carpintero porque la cerca se hiciera de madera, aunque no trabajaría con oficiales, sino con trabajadores reclutados para la ocasión.
La posesión de olivares propios obligaba a disponer de un casero, Antonio Rodríguez, un trabajador estable necesariamente, contratado bajo las condiciones de temporil. Recibió un salario mixto o complejo de alcance anual (de 6 a 6 de octubre de cada año, una vez terminada cada temporada, después de san Miguel), como era regular cuando se trata de las actividades que abarcaban todo el ciclo agropecuario.
En su caso se compuso con dinero, trigo y aceite. Por su salario en dinero hubo que pagarle 280 reales, y en especie, 12 fanegas de trigo y una arroba de aceite. Luego, tal como pidió, fue necesario recompensarlo con otros 40 reales, equivalentes a dos fanegas de trigo, porque se había vendido todo el que tenía el conde. Así quedó satisfecho todo su salario hasta el 6 de octubre de 1725. Más adelante hubo que liquidarle otros 180 reales, 8 fanegas de trigo y 3 arrobas de aceite por cuenta del año que cumpliría el 6 de octubre siguiente. En total, el trabajo del casero durante los diecisiete meses y doce días originó un desembolso de 500 reales en dinero, 20 fanegas de trigo y 4 arrobas de aceite.
Para la cogida de la aceituna, por una parte hubo que contratar tareros, que se hicieron responsables de la recolección a mano. Los elegidos para completarla fueron dos, que serían cabeza de sendas cuadrillas. Su remuneración también fue a destajo y mixta. A cada uno se le entregaron 13 arrobas de aceite, al respecto de tres en cuarta, es decir, una cuartilla de aceite por cada tres tareas, y cada una de las dos cuadrillas consumió coles por valor de 12 ½ reales. El dinero fue concertado a razón de 8,75 reales por cada tarea de quince fanegas. Cuando dieron cuenta de su trabajo, habían completado 147 tareas 4 fanegas, lo que daba un total de 2.209 fanegas recolectadas.
Pero, porque se atrasaba la cosecha, fue necesario recurrir a otros dos tareros ocasionales. Uno de ellos solo completó 2 tareas y 2 ½ fanegas, que le fueron pagadas a 16 reales, y el otro, que fue el casero, recogió 8 tareas 1 fanega, por las que se le pagaron 14 reales. Así que al final fueron 157 tareas y 7,5 fanegas o 157 ½, o 2.362 ½ fanegas, las recolectadas.
Además fue necesario contratar el apurado, segunda fase del trabajo que se hacía apaleando los árboles con varas y varejones. Al apurador contratado, un hombre distinto a quienes se habían ocupado de las tareas a mano, se le pagó por jornadas. Consumió 19 ½ días, cada uno de los cuales le fue liquidado a razón de 30 cuartos o 7 ½ maravedíes.
Para llevar hasta los olivares a quienes completaron todos estos trabajos fue necesario contratar carretas. La casa no dispondría de estos medios, otra consecuencia de su limitada dedicación agropecuaria. Pero tampoco faltaba oferta de hombres, animales de tiro y carros integrados dispuestos a dar portes, un costo más a sumar a la compra del trabajo necesario para hacer la cogida, que en suma ascendió a: en dinero, 1520 reales 5 maravedíes, de los cuales 25 fueron gastados en coles, y en aceite, 13 arrobas.
Poner en marcha el molino de la casa originó trabajos previos y gastos en equipamiento. Hubo que picar la piedra solera, de cuya rugosidad dependían el triturado para conseguir la pasta apta para la molienda y la conducción de los primeros jugos, así como reparar la caldera que debía calentar el agua que se utilizaría en la prensa. Ambos arreglos costaron 47,5 reales.
En la espartería hubo que equiparse de espuertas, serones de encierro y, además de sogas, sobre todo, capachos, que se fueron adquiriendo por mudas, unidad que equivaldría a la carga estimada o más adecuada para la prensa de la que dispusiera el molino de la casa. Las cinco primeras mudas se compraron antes de empezar los trabajos, en la feria, y posteriormente, mientras fueron transcurriendo los cinco meses de la campaña, fue necesario comprar otras dos más. El gasto hecho en espartería añadió otros 135 reales.
Para que tirase de la palanca del molino, la casa dispondría de un mulo, que no pudo completar los cinco meses de trabajo. En su lugar, durante tres semanas, hubo de trabajar un caballo, al que se decidió contratar a jornal. Además, el molino contaba con una burra, que se utilizaría para portes.
Equipar el tiro obligó a arreglar dos albardas, de las que ya dispondría el molino, y comprar otras dos nuevas, así como renovarle al mulo la manta de su aparejo con cuatro varas y media de jerga negra. Y para las bestias del encierro también fue necesario comprar unas cinchas, una de las cuales fue reservada para la burra.
Para la alimentación del ganado de fuerza del molino se empleó cebada y paja. Las 49 fanegas de cebada consumidas procedían del almacén de la casa, ingresadas como renta de sus tierras. Pero las tras carretadas de paja que comieron las bestias fueron adquiridas (paja cosaria), a pesar del suministro que a la casa le proporcionaban las adehalas. En total, el costo del trabajo del ganado fue: en dinero, 157 reales 20 maravedíes; en cebada, 49 fanegas.
Hubo también que comprar una pala para el molino, dos martillos y dos tablones delanteros para el pesebre (marometas), además de clavos, seis cántaros arrobales y dos jarronas, un mortero, hacer un gato, arreglar un rodillo y amolar unas hachas, todo lo cual ascendió a 37 reales 18 ½ maravedíes.
La continuidad de los trabajos en el molino necesitó de iluminación artificial. Para los candiles, además de aceite para que suministrara la energía, se hizo acopio de torcidas que mantuvieran la llama. Se compraba por libras, y de la misma manera se adquiría el jabón, cuyo suministro, a pesar de que la materia prima para su fabricación fuera el aceite, sería externo. Para el mismo fin fue necesario comprar una toalla, y todo reportó 5 reales 1 maravedí.
El trabajo consistió en sacar el producto a 178 moliendas, incluidas las dos de limpieza. Lo ejecutó un grupo compuesto por un maestro de molino y compañeros, que lo cobró a dos reales por cada una de las moliendas, una manera de reconocer la necesidad del trabajo coordinado y solidario e incentivarlo.
Además, el maestro de molino, Francisco López, por su trabajo de cinco meses y cuatro días, recibió como salario 49 reales por cada mes. Como la cantidad final que por este concepto se le liquidó fue 252 reales, se deduce que el día de su trabajo se le remuneró a razón de 1,75 reales. Se le pagó aparte, con 6 reales, que fuera al molino después de acabada la molienda para entregar un poco de aceite.
El moledor, Juan Jaro, responsable de la primera fase del proceso, percibió como salario tres ducados o 33 reales cada mes. En su cómputo de trabajo constaron cinco meses menos dos días. De la cantidad total que percibiera (162 reales 3 cuartillos) se deduce que el día se le liquidó a 1,1 reales.
El husillero, Francisco Antonia, encargado de ajustar el tornillo de la prensa cada vez que se cargaba, su trabajo de cinco meses y cuatro días le fue remunerado a dos ducados o 22 reales por mes. Como además tuvo que servir como moledor los seis días que faltó Juan Jaro, se le pagaron otros 2 reales 3 cuartillos, y percibió en total 115 reales 3 cuartillos.
Los otros trabajadores que intervinieran en el proceso, que ejecutarían trabajos no especializados, no han dejado rastro, aunque sí podemos estar seguros de que cuando las cuentas se refieren al maestro y compañeros solo están haciendo referencia al equipo de las tres personas responsables de los trabajos.
Cualquiera de los tres fue remunerado de un modo que podríamos llamar industrial. No recibieron, a cambio de sus trabajos, más ingreso que dinero, aunque desdoblado en jornal e incentivo por destajo. El vínculo laboral, en el molino del conde, habría progresado a la expresión impuesta por la economía especulativa. A la descarga de la remuneración del trabajo sobre la cantidad de producto obtenido, que ya tarifaba otros trabajos, sumaba el reconocimiento a la capacitación laboral como componente necesario del trabajo comprado. La capacitación podía repercutir en la calidad de un producto con el que había que competir de otro modo, porque su demanda, a diferencia de lo que ocurría con los cereales, no estaba asegurada por el tamaño de las poblaciones.
El trabajo en el molino originó el costo más importante de la producción del aceite propio, 892,5 reales, casi la quinta parte del gasto total de la cosecha y producción del aceite, que ascendió a: en dinero, 4.795 reales 10 ½ maravedíes; en trigo, 20 fanegas; en cebada, 49; en aceite, 17 arrobas. A cambio del gasto, el producto de la cosecha de 1725 fue 1.459 arrobas de aceite.
Tres tareas
Publicado: febrero 4, 2021 Archivado en: Alain Esteban | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Esteban
Obligación de tareas se llamaba en el lenguaje notarial de mediados del siglo XVIII al documento que comprometía con los amos de olivares cuyo producto estaba destinado a la molienda a quienes recogían las aceitunas maduras, que entonces, cuando incurrían en compromiso tan específico, se les solía llamar tareros.
Las condiciones del acuerdo serían estipuladas previamente, cuando entre las partes se cerraba un ajuste o trato verbal. Para formalizarlo, el contratante a los comprometidos podía darles una cédula que contenía una orden para que un escribano lo legalizara. También el mayordomo del amo de los olivares, quien había tomado la iniciativa, actuaba bajo la condición protegida de apoderado y, presente en la firma del contrato, otorgaba formalmente el acuerdo en nombre de su amo.
Tanto en uno como en otro caso eran los contratados eran quienes debían suscribir la escritura de obligación. Restringidos a fórmula contractual, a la vez que renunciaban a cualquier fuero que los protegiera por razón de persona o de residencia, se comprometían a hacer frente a los gastos en los que pudieran incurrir si incumplían los acuerdos, para cuya garantía debían hipotecar sus bienes.
Nada, en ningún sentido, comprometía recíprocamente a los contratantes. El procedimiento contractual de antemano lo excluía. Su compromiso más expreso era la cédula que enviaban al escribano o el poder dado al mayordomo. Aunque fueran expresos y muy concretos, no dejaban de ser una comunicación o un otorgamiento genérico. En los contratos quedaba constancia de que los tareros eran analfabetos, aunque algunos de los contratados, los más previsores, pedían que el tenor de la cédula emitida por el señor de los olivares fuera literalmente incluido en el texto del contrato, y por su parte, para su seguridad, en prevención de posteriores diferencias, había escribanos que tenían la precaución de conservarlas en sus protocolos.
Para ejecutar los trabajos que comenzarían a fines de 1748 y 1749, los acuerdos se firmaban entre 20 de octubre y 25 de noviembre, días en los que ya se podía estimar con fiabilidad el volumen de cada cosecha prevista, una vez madura.
Demandaban el trabajo patricios rurales, como doña Nicolasa de Auñón, don Cristóbal, don Martín y doña María Cansino y Auñón, sus hijos, o don Alonso Guitérrez de Armijo y Tamariz. Algunos de quienes lo necesitaban, tal como ocurría en muchos lugares entre este segmento de la población, podían haber incrementado la fuerza de su posición con poderes civiles y militares enajenados a la corona. Fue el caso de don Pedro de Briones y Quintanilla, regidor perpetuo de su municipio y su alférez mayor, propietario de una hacienda. A ninguno su condición lo había liberado de la explotación de olivares, lo que para ellos, visto su interés por asegurarse el trabajo, no sería una ocupación inadecuada para su rango.
Los tareros comprometidos siempre eran hombres. Podían ser cuatro (Juan Cordero, Manuel González alias Bigüela, Juan José León y Pedro Rubio), todos residentes extramuros, siete (Francisco Gutiérrez, Francisco Lao, Francisco Martín, Antonio Otero, Antonio Guerra, Juan Sánchez y Mateo Sarria) o solo un hombre (Pedro Saucedo), vecino de una población próxima, y siempre que contrataba más de uno, el grupo se comprometía solidariamente (de mancomún).
Es posible que a veces los comprometidos fueran toda la cuadrilla que después completaría el trabajo. No es posible decidir con seguridad porque las obligaciones solo ocasionalmente incorporan una referencia expresa al tamaño de los olivares en los que debían trabajar, como cuando se mencionaron los olivares de la hacienda de la Fuente de la Cierva, que se componen de 115 aranzadas.
Es probable que actuaran como representantes de un grupo más numeroso. El tarero que se comprometió individualmente aseguró que haría la cogida con nueve personas, y fueron mucho más expresivos los que adelantaron que pondrían a trabajar ocho casas, cada una de tres personas iguales.
Denominar casa la unidad de trabajo o cuadrilla es identificarla con un grupo familiar definido por su radicación, el hogar que los aúna. No se puede asegurar que estas composiciones incluyeran población femenina, como tampoco se puede excluir su participación en el trabajo, ni la de las poblaciones infantil o juvenil. Solo la igualdad de los trabajadores, expresamente comprometida en el contrato, puede desviar la sospecha de carga del trabajo sobre las subpoblaciones menos aptas. Como los tareros aceptan además que, si el capataz pidiera más gente, los ya responsables de cumplir el contrato se encargarían de reclutarla, a la vez que mantendrían el compromiso nivelador de las aptitudes de los trabajadores, trazar una frontera que impidiera que las mujeres y los jóvenes menos capaces llegaran a la actividad pudo ser una decisión meditada aunque no expresa.
La fuerza de la posición de quienes contrataban, al contrario, obligaría a los tareros, en caso de que aquellos no necesitaran las casas ofertadas o que se aumentara el número de trabajadores, a plegarse a la demanda, tanto que si pidieran el despido de algunas, para dejar solo las casas que el capataz de los olivares decidiera, lo aceptaban ya cuando formalizaban el contrato.
El trabajo a realizar era coger la cosecha de aceituna, fruto pendiente del año a punto de concluir, que tuvieran todos los olivares, propios y arrendados, de quienes lo compraban. Empezaría la cogida cuando el dueño avisara, y sin interrupción continuaría hasta concluirla.
Solía especificarse que en los pedazos de olivar que lo necesitaran, o en los que les señalaran los dueños o su capataz, se completaran dos vueltas. También se contrataba expresamente el apurado, para el que podía acordarse que fueran los tareros quienes por su propia iniciativa lo realizaran, con personas que fueran a satisfacción del capataz de los olivares. Algunos amos además querían apurar sus estaconales, parcelas de olivos relativamente jóvenes. Así se lo podían demandar a los tareros, y estos no tendrían más hacerlo.
El apurado, para cualquiera de los estados del árbol en los que fuera ejecutado, se describía en los documentos como derribar la aceituna. De esta manera de expresar la actividad posterior se puede deducir que la cogida regular o en primera fase se realizaría a mano, mientras que la segunda se haría azotando el árbol con varas y varejones.
El contratante debía proporcionar a cada tarero una espuerta corriente, o a cada casa que anduviera cogiendo, mientras durase el recado, dos espuertas de terrón cada semana. Las varas y varejones que se necesitaran para el apurado también debía proporcionarlos el contratante. Según fueran completando las fases del trabajo, los tareros no debían dejar atrás tocones ni raberas o restos, ni cortar pie de olivo, ramas de cruz, ni de las otras, ni sacar rajas ni chupones, y el producto debían entregarlo limpio de hoja, chinas y terrones, y puesto en la medida, tal como era costumbre
El trabajo se medía en tareas, cada una de las cuales equivalía a quince unidades de volumen, y su precio podía oscilar. Se podía pagar a 13 ½ reales de vellón, a 14 o a 21, precios que en cada caso regían también para las tareas del apurado. Pero cuando se reservaba la posibilidad de que fueran apurados los estaconales, este trabajo se pagaba al precio que lo liquidaban los cosecheros que apuraban los estaconales por su cuenta.
La calidad de la cosecha o las condiciones previsibles para la segunda vuelta o el apurado, pudieron ser modificantes del precio acordado para el destajo. Pero lo decisivo tal vez fuera la oscilación de la carga de la cosecha de un año para otro (vecería), tan característica del olivo, que redundaría directamente en el tamaño del trabajo.
Mientras el precio pagado por la tarea de quince fanegas podía oscilar, era constante complementar cualquiera de los destajos, de la cogida y del apurado, con una cuartilla de aceite por cada tres tareas, se entiende que por tarero; una parte del salario que sin embargo se podía acordar de manera indeterminada, como el aceite que era preceptivo en todas las cogidas y estilo de la población.
A veces los tareros recibían un adelanto en el momento de formalizar el acuerdo. A juzgar por el único testimonio en el que consta, que supuso un desembolso de 240 reales de vellón, ni aun tomando como referencia el precio más bajo de la tarea, el adelanto alcanzaría a satisfacer la recolección de veinte tareas o 300 fanegas.
Pudo ocurrir también que uno de los tareros, para complementar sus ingresos, a título particular se comprometiera a acarrear con sus bestias, en haldas o costales, la aceituna de los olivares que había contribuido a recolectar hasta un molino, al precio cada fanega de 12 maravedíes.
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