Edward Gibbon

Redacción

Nació en Londres en 1737 y murió en la misma ciudad en 1794. Por ser de familia con patrimonio suficiente, pudo dedicarse al estudio. Ingresó en Oxford, y allí empezó su formación superior. Pero su momentánea conversión al catolicismo le valió la expulsión de la universidad. De inmediato dio muestras de su peculiar inteligencia. Decidió que a partir de entonces mantendría una actitud crítica ante la religión, y durante el resto de su vida se mantuvo fiel al principio que la necesidad le había dictado.

Decidió su padre enviarlo al continente para que completara su formación, y efectivamente, gracias a sus viajes, a los conocimientos que adquirió, pero sobre todo a su pasión por la lectura, que hizo compatible con su inquietud, consiguió colmar su juventud con una excelente educación. Fue un rendido lector de los clásicos griegos y latinos, de la literatura histórica que se escribía en su tiempo y de modernos como Locke, Montesquieu, Hume y Voltaire. Llegó a establecerse en Lausana, Suiza, donde pudo conocer al Voltaire más estable, sereno y admirado, y posteriormente se introdujo en los círculos ilustrados del continente, que con el tiempo serían los que de manera decisiva marcarían su obra. No obstante, en 1790, ya al final de su vida, se mostró abiertamente enemigo de la revolución francesa. Consideraba a los revolucionarios los nuevos bárbaros, y se opuso a la idea de un gobierno popular y a las “locas ideas sobre los derechos y la igualdad natural del hombre.”

Fruto de sus viajes es el proyecto original de su gran obra, que rememora así: “Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, meditando entre las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas en el templo de Júpiter, cuando me vino por primera vez a la imaginación la idea de escribir la decadencia y la caída de la ciudad.”

De vuelta ya en Inglaterra, a partir de 1768 emprende la redacción de aquel proyecto. Pero hasta 1776 no sería publicado su primer volumen, que apareció ya con el título definitivo que mantendría toda la obra, Historia de la decadencia y caída del imperio romano, denominación que declara el deseo de emulación de la obra de Montesquieu, de quien sobre todo estima la energía de su estilo – es su propia expresión – y la audacia de sus hipótesis, de la que sin embargo por muchas razones debe ser distinguida.

La obra tuvo un gran éxito inmediatamente, y en poco tiempo se vendieron tres ediciones de ella. Admirador de Hume, y reconociéndose discípulo suyo, hizo llegar a este el primer tomo que se publicara. Hume lo leyó, y lo apreció tanto que honró a Gibbon con una visita a su casa de Londres poco antes de morir. Fue el impulso definitivo para el fecundo narrador, quien finalmente entregaría un total de seis volúmenes de la obra, cuya publicación se prolongaría hasta 1788.

La Historia de Gibbon es una enorme historia del imperio romano entre 180 y 641, más una síntesis de la historia bizantina, en relación con toda la historia medieval, que alcanza hasta su final, en 1453. Está basada en un excelente conocimiento de las narraciones antiguas y toda la historiografía sobre el tema aparecida hasta su tiempo, circunstancias ambas que le permiten manejar muchos datos que, aunque no sean de primera mano, pueden ser tan precisos como poco conocidos. Solo por esta virtud su obra debe ser reconocida como una gran investigación y, para algunos, la auténtica primera obra moderna de historia. Considera la decadencia romana independiente de los progresos acumulados hasta entonces por la humanidad, porque mientras el poder de la ciudad desapareció estos no se perdieron. Cree que la causa de la caída del imperio romano fue el cristianismo, que lo habría desnaturalizado y corroído.

Tan ingente obra tuvo enorme valor para el desarrollo de la manera de pensar que puede ser más adecuada para crear un relato histórico. Está sostenida sobre un fondo teórico que procede de los grandes pensadores del siglo XVIII, y es un excelente ejemplo de cómo es posible conseguir un relato completo del pasado, en todas sus manifestaciones, gracias al apoyo de un sólido sistema de ideas. Inspirado por este impulso, enuncia el siguiente juego de palabras que sin embargo puede ser tomado por un principio. Ya que los filósofos no siempre son historiadores, que al menos los historiadores sean filósofos. Por eso su manera de ver el trabajo historiográfico, como en el caso de Montesquieu, ha sido también llamada historia filosófica. En su opinión la historia humana es un proceso de constante progreso acumulativo, aunque puedan ocurrir retrocesos accidentales. Cree que el progreso humano está unido a las actividades que el hombre despliega para garantizarse la subsistencia.

En realidad, lo que ocurre con su procedimiento es que igualmente quiere explicaciones sobre los hechos que, al tiempo que puedan descubrir los factores de los comportamientos, satisfagan la condición de ser racionales. Por eso sigue a Montesquieu y se propone un tema gigantesco, e intenta encontrarle una explicación satisfactoria. Como aquel, ordena con sentido jerárquico las razones en las que debe ser fundada la secuencia explicativa, deduciendo la causa general de las parciales que tras el examen de cada circunstancia hayan sido extraídas.

Pero sobre todo la obra de Gibbon debe ser apreciada por su calidad literaria. Lo que a Gibbon le valió el éxito fue su alta capacidad como escritor. Irónico y racionalista a un tiempo, en el fondo lo mueve que siempre está dispuesto a elaborar una frase brillante, fruto genuino de su admirable e infinita elocuencia. Por eso su obra se estima como una de las cumbres de la lengua inglesa y una de las primeras de cualquier época.



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