Polibio
Publicado: diciembre 24, 2018 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Nació en Megalópolis, de la Arcadia, hacia el 208 según unos o en torno al 200 para otros. Hijo de militar y educado por militares, su juventud estuvo marcada por la dedicación a la política desde muy joven. Su actividad tuvo como escenario la Liga Aquea, y ya en 181 fue enviado como embajador a la corte de Alejandría. En el año 168, concluida la batalla de Pidna con la derrota de los griegos por los romanos, Polibio, con otros vencidos, incurrió en la sospecha de no haber mantenido una actitud favorable hacia los vencedores, comportamiento que parece inapropiado solo entre los derrotados. Aquellos decidieron como represalia que mil aqueos serían objeto de investigación, para que pudieran ser esclarecidas las circunstancias que llevaron a la citada batalla. Con este fin fueron deportados a Roma en calidad de rehenes. Entre ellos llegó Polibio.
Instalados en Roma, contra los pretendidos desafectos no fue formulada acusación precisa ni abierto juicio alguno, y al contrario durante años pudieron disfrutar de absoluta libertad de movimientos. El juicio que a los analistas merece aquel trato es que con aquellos hombres por primera vez se habría experimentado la política de desarraigo que terminó siendo tan característica de la política exterior romana. Pero la sorprendente posición en la que por esta causa quedó Polibio fue el origen del curso de los acontecimientos que decidieron la parte principal de su vida. El vencedor de Pidna, Emilio Paulo, se lo reservó para que actuara como preceptor de sus hijos, entre los que estaba el adoptado Publio Escipión. Así surgió una fructífera amistad que a Polibio le permitió adquirir una privilegiada posición. De Escipión Emiliano procedería el motivo que terminaría justificando su obra, por efecto de la relación con tan selecto núcleo político quedó convertido en utilísimo mediador diplomático entre Grecia y Roma, y, gracias a aquella fortuna, vivió en inmejorable posición entre dieciséis y dieciocho años en la que ya era la capital del Mediterráneo. Pero lo que en el fondo tal vez tuviera consecuencias más prolongadas en su caso, juzgando por la obra que hasta nosotros ha llegado, es que por vivir entre aquellos hombres entró en contacto con el estoicismo, la doctrina defensora del esfuerzo y del dominio sobre los sentidos.
Volvió a Grecia cuando la ficción creada tras la batalla de Pidna ya fue insostenible, y protagonizó al poco su más conocida iniciativa mediadora entre sus compatriotas y Roma, necesaria tras el saqueo de Corinto de 146. Viajó por Galia y por Hispania, y periódicamente retornó a Roma, ya convertida en su segunda patria. Pero el viaje que terminaría teniendo las consecuencias más relevantes para su obra fue el que realizó en compañía de Escipión hasta Cartago entre los años 147 y 146. El militar había recibido el encargo de terminar definitivamente con la oposición púnica y puso sitio a la ciudad. En su compañía Polibio pudo asistir al final de la historia de la única potencia que llegó a competir con Roma por el dominio del Mediterráneo occidental. Es probable que todavía realizara otro viaje de alto contenido político y militar, igualmente acompañando a Escipión al sitio de Numancia en el año 133.
Aunque la fecha más probable de su muerte los analistas la creen comprendida entre el año 125 y el 120, según una leyenda le habría sobrevenido poco después del año 118 a consecuencia de la caída de un caballo. Sea una u otra la causa cierta, de lo que no cabe duda es de que disfrutó de una larga y fecunda existencia, hecho que la leyenda pretende enfatizar explicando que el final de su existencia fue accidental.
Algunos pretenden que llegó a escribir un texto sobre el sitio de Numancia del año 133. Sobre que no ha dejado rastro, en su contra actúa que tal probabilidad está sostenida por la semejanza con el origen de su obra conocida, unas Historias al parecer inspiradas por su asistencia al fin de Cartago. De aquella colosal visión habría recibido el mayor estímulo para escribir en su lengua natal, el griego, un ambicioso texto al que dedicaría los últimos años de su vida. El resultado de cuanto escribió quedó organizado en cuarenta libros con el propósito declarado de contar cómo Roma había llegado a ser la gran potencia del Mediterráneo. Relata la extensión del poder de la ciudad sobre tierras cada vez más alejadas de ella entre 221 y 146, una cronología a la que da unidad la secuencia bélica que va del comienzo de la segunda guerra púnica hasta el final de la tercera, aunque la exposición de los antecedentes incluye el relato de la primera, iniciada el año 265.
Que la línea argumental de su relato estuviera definida con precisión no le impidió detenerse a cada tanto en especulaciones y teorías, entre otras las específicamente dedicadas a problemas de método, muy directas. Es también de interés su relación paralela de todos los pueblos que hasta su tiempo habían entrado en relaciones con Roma, que va presentando según el mismo riguroso orden cronológico que guía el relato. A este propósito hace excursos geográficos y da noticias exóticas de países lejanos. Pero, de ellos, el que con razón ha sido más comentado es el de la evolución cíclica de las formas de gobierno, una teoría de la civilización probable efecto de la influencia que sobre él tuvieron las ideas estoicas.
Dice que las formas de gobierno son tres, monarquía, aristocracia y democracia, las cuales describe y a favor de cuya respectiva solidez argumenta razones. Pero sostiene que se suceden sin remedio porque también inevitablemente se corrompen y degeneran. En su opinión, el origen del gobierno es producto de una catástrofe natural. Porque los hombres viven como animales se agrupan en torno a los más valerosos y fuertes con el fin de crear la primitiva monarquía. Esta se convierte en realeza cuando la adhesión al que ha sido admitido como primero es consecuencia del reconocimiento de su superioridad intelectual. La realeza a su vez degenera a causa de la tiranía, contra la cual ciertos grupos reaccionan para dar origen a la aristocracia, que por su parte se degrada como oligarquía. El enfrentamiento a la oligarquía da origen a la democracia, que finalmente puede descender hasta oclocracia o gobierno de las masas, momento a partir del cual la existencia de las sociedades humanas de nuevo se desliza hacia la vida animal, para así abrir otro ciclo político.
Su decisión sobre las fuentes que deben ser consultadas para obtener información veraz está inducida por otra previa, más general, aunque quizás las cosas podrían justificarse en el sentido inverso. De sus especulaciones, a pesar de todo frecuentes en su texto, la más valiosa para la teoría historiográfica es la que enuncia las que considera las tres cualidades necesarias para escribir la que denomina historia pragmática, directamente relacionadas con las fuentes que el historiador en su opinión debe manejar. Dice que para escribirla en primer lugar es necesario haber estudiado la obra de otros, después conocer los países de los que se desea tratar y por último tener experiencia en la vida política y militar. Se limita a la historia de la que es contemporáneo, porque de este modo es posible interrogar a los testigos de los hechos sobre los que escribe. A su vez eso podría vincularse con otro de los principios que sostiene: el historiador debe ser un hombre de acción, lo que es tanto como decir político y militar. Esta sería la condición previa que justificaría que alguien se dedicara a escribir historia.
De todo esto se deduce que el texto histórico, también para Polibio, estaría cerca de lo que actualmente entendemos por memorias. El relato debe estar basado en hechos, si no vividos, sí al menos por contemporáneos que para él puedan actuar como testigos oculares que los recuerden. El conocimiento directo de los hombres relacionados con los hechos es necesario. Pero siendo esta la fuente principal o preferente no es la única a la que Polibio recurre. La visita a los lugares que el relato debe presentar tendrá que convertirse en escenario de los hechos, sobre todo los que fueron campos de batallas, que analiza con detenimiento como experto militar. También basa su relato en fuentes narrativas, que ocasionalmente discute y rechaza, así como recurre a la indagación de documentos. De Polibio podría decirse por tanto que usa todos los medios de información a su alcance y que nunca los utiliza sin criticarlos.
El modo de presentar al lector su historia es más abierto que el de sus predecesores en lengua griega. Tiene el propósito de contar los sucesos militares y políticos tal como sucedieron, eludiendo emociones y sentimentalismos. Si llegara a rendirse a alguna pasión, solo podría justificar el historiador su pasión por la verdad. Su método prevé con rigor esa posibilidad. El objetivo que pretende alcanzar es doble, enseñar cómo fueron encadenándose las causas que dieron origen al hecho que estudia y deducir de ahí las reglas convenientes para la acción política y militar. Pretende que la historia sea un medio de formación política. Quiere dar consejo a los políticos y enseñar a los lectores por ejemplos cómo soportar las vicisitudes de la fortuna. Está poseído por un fuerte sentido moral de la vida, razón por la cual llena su relato de juicios sobre los comportamientos. Se complace en narrar a un tiempo conquistas y virtudes.
Por su obra conservada se le reconoce gran capacidad para comprender los acontecimientos que vivió. Desea aclarar cómo, cuándo y por qué ocurrieron los grandes hechos. Los analiza e indaga sus causas, a las que llega interpretando los antecedentes. Nada, sea probable o improbable, sucede sin una causa, y busca de manera sistemática las responsables de los acontecimientos. Las aísla con buen sentido y las encuentra en los dirigentes, pero sobre todo en la organización política y en las instituciones de gobierno de cada país. Solo cuando no encuentra mediante la investigación antecedentes que permitan explicar las causas, estas son atribuidas a la fortuna, que a veces parece azar y otras providencia. Admirador confeso de Roma, reconoce que la fortuna tuvo una significada responsabilidad en su éxito. Pero por otra parte es un decidido partidario de eliminar de la explicación causal la intervención de los dioses. Pensaba Polibio que cuando un autor recurre a explicar sucesos como consecuencias de factores sobrenaturales solo intenta ocultar su ignorancia.
Fundamentalmente interesado por la veracidad, pospone el valor literario de su obra, lo que es una excepción entre los historiadores de la antigüedad, aunque no puede oponerse de manera radical al principio de composición de la obra según las normas de la correcta expresión escrita. Se esfuerza por ser claro y ordenado, y su narración es sencilla, sin artificios retóricos. No es partidario de la dramatización del relato histórico, pero tampoco del puro encadenamiento de datos. Carece de la estimada elegancia de los prosistas que antes que él se habían expresado en la lengua que a él le sirvió para escribir. Para unos su lectura es agradable por fácil, mientras que para otros resulta finalmente monótono. Ya entre los antiguos tuvo fama de ser incapaz de mantener la atención del lector hasta concluir cada paso del relato. Su obra fue desconocida durante la edad media.
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