Tucídides
Publicado: noviembre 26, 2018 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Nació entre 460 y 455 y murió hacia el 400 antes de la era, aunque algunos hacen ostentación de ser más precisos diciendo que la muerte le llegó poco después del 399. A otros les basta con retrasarla hasta el 395. Aristócrata ateniense por su cuna, la posición económica de su familia cuando su vida empezaba era muy satisfactoria, porque sus miembros al menos participaban en la administración de unas minas de oro en Tracia, la tierra que más resolvería sobre su vida. Su educación estuvo guiada por sofistas, aquellos denostados maestros que anteponían la brillantez al rigor de sus enseñanzas. De lo que aprendiera durante su infancia se ha conservado una forzada leyenda, que siendo aún niño lloró de emoción cuando tuvo la oportunidad de oír a Herodoto recitar pasajes de su obra, manera mítica de responsabilizar de sus actos al prodigio.
Durante el año 431 empezaron las sangrientas hostilidades entre Atenas y Esparta, las principales ciudades griegas entonces, las que decidirían la suerte de las tierras helénicas para lo sucesivo. La guerra que así se iniciaba también marcaría el resto de la vida de Tucídides. En parte por consecuencia natural de su nacimiento, en otra por voluntad, parece que desde muy joven tuvo una decidida vocación política. Desencadenada la guerra, por fin el año 424 alcanzó el deseado nombramiento de estratego en Atenas, poder delegado por vía constitucional que había de ejercerse con medios y fines militares. Pero lamentablemente fracasó en el desempeño del encargo recibido. Aquel mismo año fue derrotado en la siniestra Tracia.
Pero aún habría de sufrir la humillación, porque el desastre que lo había hundido fue acrecentado con el inmisericorde escándalo. El demagogo Cleón lo acusó de traidor. No solo tuvo que dejar la política, sino que por efecto de aquella acusación fue condenado a un severo destierro de Atenas. No podría volver a la ciudad hasta que la guerra en la que tan estrepitosamente había fracasado no hubiera concluido. Veinte años tardaría aún en volver la paz a las tierras griegas, los mismos que Tucídides hubo de permanecer exiliado precisamente en Tracia.
Fue a consecuencia de aquella derrota personal, con el triste ánimo que se le puede suponer, desolado y resentido, que decidió hacerse historiador. El objeto de su relato sería aquella guerra que enfrentaba a Esparta con Atenas. En ella se había visto envuelto y de ella había sido actor, por ella había de sufrir el peso de una cruel ley durante los mejores años de su vida. Como aquel azar adverso lo había convertido en forzado espectador de ella, aprovecharía su excelente punto de vista sobre todo con el fin de rehabilitarse.
Inició este proyecto en la tierra de su ostracismo y a él se dedicó durante algún tiempo, hasta que por fin pudo volver a Atenas. Es muy probable que a ella retornase el mismo 404, cuando terminó el conflicto, cumpliendo así escrupulosamente la pena que se le había impuesto. Pero una parte de los que han estudiado su vida piensan que antes recibió la reparación de la amnistía, y que esta debió corresponderle en un momento que no son capaces de precisar, aunque con seguridad estiman comprendido entre 406 y 403.
Instalado por fin otra vez en su ciudad, el trabajo que se había convertido en el objeto principal de su existencia colmó lo que le quedaba de vida. De nuevo en el centro del conflicto recién concluido, porque este era su asunto, en poco tiempo adelantó mucho su obra, que incluso tuvo ocasión de revisar. Mas no pudo concluirla en los términos que precisamente se había impuesto, aunque por el resultado conocido, como en el caso de Herodoto, se puede decir que la condujo a plena satisfacción hasta el objetivo que se había propuesto al iniciarla, propósito por entero a su alcance. Murió en opinión de algunos asesinado, dudoso testimonio que tal vez solo sea la forma a la que llegó la idea que algunos concibieron, que lo más adecuado era simbolizar en un llamativo acto, al tiempo irreversible y resolutivo, su trágico destino.
El texto que dejó es comúnmente conocido con el nombre de Historia de la guerra del Peloponeso, el mismo que la siempre devota tradición ha conservado junto a su reverenciado nombre. Así se ha aceptado porque es conocido como Guerra del Peloponeso el conflicto que enfrentara a Esparta con Atenas entre 431 y 404, el objeto de sus preocupaciones. Este es el asunto único del que trata.
La organización del texto con relación al tiempo parece desordenada, pero está fundada en razones. Empieza por anunciar las nefastas consecuencias que habría de tener aquella guerra, para de inmediato emprender una evocación de sus antecedentes, que remonta al pasado más lejano del que tiene noticia, la evolución de Grecia desde la prehistoria hasta fines del siglo VI. A continuación estudia la crisis de los años del 435 al 432, lo que le obliga a volver atrás de nuevo para contar la formación de la potencia ateniense entre 479 y 435. Por fin, tras este excurso, comienza el relato de la guerra año por año hasta 411, momento en que el texto quedó interrumpido. En suma, se podría decir que donde acaban las Historias de Herodoto comienzan las de Tucídides.
Por cómo la narración está justificada algunos defienden que la Historia de la guerra del Peloponeso en realidad pertenece al subgénero que hoy se llama de memorias, más apreciado por su condición de testimonio directo o primario que por su valor historiográfico. Siendo acertada la observación, sin embargo no sería correcto reducir esta obra a una exposición de opiniones. Bajo cualquier consideración su alcance ha sido mucho mayor. El rigor del relato de Tucídides, que ha terminado siendo su atributo mejor valorado pasado el tiempo, está fundado sobre la selección de sus fuentes. Su elenco es más restringido que el de Herodoto, con el que sin embargo comparte la admisión de determinados medios, pero del que lo separa en este asunto una actitud más exigente.
Sin duda su observación personal, así como su experiencia, fueron los medios principales por los que obtuvo su información. Así puede ser deducido de la lectura de su texto. Pero en su caso esta personal manera de presentar los hechos puede ser motivo suficiente para sospechar una interesada deformación de los acontecimientos. No es esta su opinión. Por observar las cosas desde la lejana posición de un desterrado, equidistante de los bandos que se enfrentaban en la guerra, Tucídides se consideraba a sí mismo en idóneo puesto de observador del objeto que se propuso. Pero por la causa de aquel lamentable estado es más probable que fuera inspirado por el resentimiento cegador.
Hay que reconocer en su favor que su exposición está sujeta a la ecuanimidad y la serena actitud ante los hechos que relata, e incluso por la fría presentación de hechos en bastantes ocasiones, lo que da crédito al principio de crítica que propugna para depurar la información proporcionada por personas. Dice que como fuente no vale cualquier opinión, ni siquiera la opinión propia, sino el hecho de que el narrador en determinadas situaciones hubiera estado presente, y que para otros haya podido conocer e interrogar a testigos con la mayor exactitud. Obtenida así la principal información, aún sería necesario contrastar las declaraciones obtenidas mediante distintos testimonios.
Hay quien cree que en el fondo de este proceder pudo estar su propio diario. Es probable que en cuanto estallara el conflicto ente Esparta y Atenas empezara a tomar notas, ya con la idea de escribir sobre sus causas, y que incluso acometiera la redacción de algunos episodios. La precisión del relato permite pensar así. La estimación personal de aquellas anotaciones pudo ser una razón más que suficiente para sostener que la información de testigos debe ser la prioritaria para la reconstrucción escrita de hechos políticos y militares. Desde luego puede ser cierto en muchos casos que el interés personal alcance el grado de regla o principio, bajo el cual puede quedar protegido. Pero fuera o no el impulso que recibiera la generalización de Tucídides, debe serle reconocido que así funda la teoría del procedimiento de crítica de las fuentes, conquista suficiente para concederle que en este momento sería improcedente cualquier juicio sobre su sinceridad. Tampoco es posible llegar más allá. Lamentablemente la valoración del texto de Tucídides por este parámetro no puede ser hecha con el rigor que con seguridad a su autor le hubiera complacido. La exactitud de sus testimonios se nos escapa por completo porque sobre la Guerra del Peloponeso no se ha conservado otra narración directa que no sea la suya.
Para presentar las demás fuentes a las que recurre no es necesario extenderse tanto, porque a su relato contribuyen en menor medida que la información que los testigos le proporcionan. Es como Herodoto partidario de la visita a los lugares de la acción, en su caso con preferencia los escenarios de batallas, para situarlos y describirlos, y también como aquel recurre al análisis de algunos monumentos. Consulta también documentación de archivo, que ocasionalmente analiza y cita. Pero lo que en su caso marca la mayor distancia de Herodoto es que excluye cuanto pueda derivar de mitos o de creencias populares. Como Herodoto, investiga a partir de sus fuentes, pero su esfuerzo por resolver las contradicciones entre los testimonios es mayor. No expone hecho que no esté apoyado en al menos uno.
Es característica peculiar del texto de Tucídides que los personajes protagonistas declamen ocasionalmente extensos discursos, que detienen la narración. Los críticos han contado hasta cuarenta y cuatro piezas de esta clase insertas en su vulgata. No son copia literal de exposiciones o arengas, sino materia apócrifa, textos que el propio autor reconoce ficticios si se toman literalmente, algo sorprendente en un hombre que tan severo se muestra en el uso de las fuentes.
Sin embargo para todo puede componerse una explicación, y quien no lo haga es que ha sido víctima de la pereza, nunca de la inmoralidad. También para estos textos a veces cita Tucídides su procedencia, que suele ser documental, de donde es legítimo deducir que la base de los discursos de Tucídides la habrían proporcionado indirectamente sus autores. Con excelente criterio, para no devaluar la prosa con el expeditivo lenguaje de la administración, una parte de los documentos escritos que estuvieron a su alcance no fueron literalmente recogidos en el texto, sino preferentemente vertidos a la forma del discurso. Por este procedimiento los documentos fueron sometidos a las reglas de la oratoria, lo que equivale a ponerlos a la altura de la mejor prosodia. Por boca de los protagonistas el lector podía conocer ciertos hechos debidamente contados. El lector, beneficiado por este artificio, debe tolerar la invención del procedimiento, y relevar al autor del pecado de ingenuidad. Así la oratoria quedó autorizada como recurso del relato a partir de entonces, hasta el punto que llegó a ser característica de la narración clásica. Ocurriría en consecuencia que los discursos nunca son auténticos, pero sí veraces.
Mas el análisis de las declamaciones intercaladas en el texto de Tucídides permite descubrir que todavía fueron útiles a otros fines. Sirvieron también para que el lector dedujera la personalidad de los protagonistas, y también para que el autor pudiera retratarlos. Muchas veces es notorio que por el discurso el autor tiene la intención de presentar de la manera más viva actitudes que podrían explicar las decisiones tomadas por los responsables de la acción, destacarlas y así extremar la posibilidad de su comprensión. Pero a veces a esto añade, aunque de la forma más sobria, reflexiones mediante las que expone de modo directo sus criterios, sus opiniones y hasta su posición política sobre los hechos que son presentados. Los discursos, que suponen que el lector conoce e interpreta que son un artificio literario, están pues al servicio de la indagación de las causas.
Su concepción de la historia se desvía de la que inspira a Herodoto. Tucídides llama al pasado arqueología, culta manera de conducir el problema hacia el irresoluto nominalismo. Lo que él entiende por historia es una materia que debe ocuparse de narrar acontecimientos vividos por el autor. Busca en los hechos de su tiempo lecciones útiles. Más allá del valor de su testimonio le induce a escribir una convicción pedagógica. Para él, conocer el pasado es útil para tomar decisiones en el futuro. Estaba convencido de que el estudio del pasado proporcionaba las reglas para actuar en el presente. Habla de la ley de los sucesos humanos como garante de la igualdad o semejanza entre lo sucedido y lo que pueda ocurrir. Cree que la historia de la humanidad es un proceso constante, un camino abierto a una mayor perfección y hacia el bienestar; que los actos humanos deben estar inspirados por la fuerza y el espíritu de justicia.
Finalmente, descubre la fuente que inspira el más lúcido cinismo que pueda leerse en la historiografía antigua. Centró su atención en la Guerra del Peloponeso porque creía que era la mejor guerra hasta entonces ocurrida, juicio que solo puede proceder de quien está convencido de la virtud que oculta la pasión militar. Además pensaba que el conocimiento de aquel conflicto podía ser más seguro que el de las guerras antiguas. A partir de ella él se había dedicado a investigar las leyes que hacen que unos estados sean dominantes y a interpretar con la mayor frialdad la política. Así se pudo concentrar en el estudio de la guerra y la política y excluir todo lo demás, y así consigue admirar por su acertado análisis en ambas materias.
Se le considera el creador de la corriente racionalista en la historiografía y el definidor del primer método para escribir historia, porque además de criticar las fuentes según un procedimiento investiga mediante la razón. Para una parte de la crítica, intuía que la historia era explicable dentro de los límites humanos, sin que para convencer al lector de lo que por la narración se expone fuera necesario recurrir a la intervención de los dioses. Por eso su historia es exclusivamente humana, renuncia a las narraciones legendarias y no toma en consideración las fábulas. Sus interpretaciones se distancian de las creencias religiosas, lo que favorece su enorme proximidad al tema. Declara además que en absoluto no tiene el propósito de agradar. Realmente lo que desea, cuando de este modo habla, es alejar de sí la sospecha de logógrafo o narrador que pudiera seguir el fácil curso de aquel tipo de escritor antiguo. Su criterio es que la belleza de la prosa debe estar subordinada al relato riguroso de la verdad. Sus principales objetivos son relatar con certeza y rigor los hechos que conoce y buscar su explicación. Dejaba constancia con voluntad de ser imparcial de lo que le parecía cierto. A partir de ahí buscaba las causas y sus encadenamientos. Por eso se esfuerza en disponer de documentación exacta.
Separa las causas en inmediatas o pretextos y auténticas, o entre próximas y remotas, y así las identifica en el relato. Propone investigarlas, tratando de las que afectan a la guerra, desde las más inmediatas hasta las más lejanas, lo que en consecuencia significa que no sin cierto atrevimiento es partidario de un método regresivo.
Al servicio de esta estrategia causal está su permanente preocupación por la cronología, lo que a su vez explica que el texto definitivo fuera organizado de la manera que ha quedado expuesta. Su gran precisión cronológica puede reconocerse como otra consecuencia de su proximidad al tema. Pero que delimite con gran precisión el tiempo de su relato también se considera fruto de una obra que apareció al tiempo que él se preparaba para intervenir en la guerra. En el año 425 fue dada a conocer una Cronología de las sacerdotisas de Argos, elaborada por Helánico de Mitilene, fecundo escritor de muy amplio registro del que sin embargo el tiempo no ha perdonado obra alguna, quien vivió entre aproximadamente 479 y 395. Helánico fijó aquella cronología con satisfactoria precisión por referencia a los juegos espartiatas, lo que le permitió después a Tucídides la ajustada medida del tiempo que su relato necesitaba. Pero la investigación de los orígenes de la guerra hace que su relato rebase los límites de la crónica. No obstante, desde Tucídides en adelante, durante toda la antigüedad y toda la edad media, los anales fueron el armazón en el que intercalaron sus noticias la mayor parte de los autores al escribir sus obras históricas. Tucídides puede por tanto ser valorado como el receptor de la analística para la historiografía.
También empleó Tucídides el método analógico, que consiste en conocer por supuesta semejanza. Cerrada la posibilidad de saber sobre asuntos que sin embargo son de interés porque las fuentes directas faltan, conocida una situación que se considera equiparable a la desconocida parece legítimo sospechar de esta determinadas características que de aquella pueden saberse. Su descripción de la Grecia arcaica está apoyada en la situación de las ciudades griegas menos evolucionadas tal como habían alcanzado el siglo V.
Riguroso orden cronológico y razonamiento son las piezas básicas del método de Tucídides. Como evita por completo las digresiones y no presenta las distintas versiones recibidas sobre un mismo hecho, a diferencia de Herodoto, porque considera que una vez depuradas mediante su procedimiento de examen las fuentes no necesitan tal demora, el relato se desarrolla de manera lineal. No se permite desviaciones hacia anécdotas, oráculos o cualquier otra expansión momentánea. Solo se concede graduar el interés del relato por la sucesión de hechos al estilo del drama, intercalando sugestivos cuadros.
El efecto es una indiscutible apariencia de imparcialidad, lo que sin dificultad puede ser identificado con la observación de los hechos narrados como si fueran objetos, sin el menor apasionamiento. Por su lectura puede comprobarse que fue obsesivo con la precisión y el rigor, hasta un límite hasta su tiempo desconocido, actitud solo atribuible a una decisión propia, al margen de cualquier influencia anterior o contemporánea. Semejante disciplina se funda sobre la confianza en poder explicar lo ocurrido dentro de los límites humanos.
A Tucídides se le tiene por el creador de la prosa ática, por lo que también ha despertado siempre interés más allá del campo historiográfico. Su manera de escribir puede resultar a un tiempo brillante y artificiosa, enfática pero útil para la presentación de grandes acontecimientos. Es probable que esto sea consecuencia del interés que tiene por enseñar con su texto qué decisiones deben ser tomadas en la política. Pero también es posible afirmar que Tucídides despliega dos maneras de escribir conscientemente separadas. Durante su lectura se pueden distinguir sin esfuerzo la que le parece correcta para la exposición de hechos y la que juzga más apropiada para los discursos. En la narración directa, la frase, aunque dilatada, es sencilla. Su lenguaje se atiene con eficacia al análisis y a la reflexión, de lo que resulta una forma de expresarse austera y concisa. Eso no significa que se niegue al adorno retórico. Exhibe un ligero sentido poético en la elección de las palabras, aunque inspirado por un criterio arcaizante. Pero por esta vía solo busca una mayor expresividad.
Pero también solo con el medio de la escritura distingue los discursos. Suelen los que declaman emplear de forma muy característica sustantivos abstractos, hasta un grado de invención que hace muy distinto el texto de Tucídides, si se le compara con los de sus contemporáneos, para finalmente concentrar la exposición de sus pensamientos en ciertas palabras estratégicas.
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