La saca

Andrés Ramón Páez

El 1 de julio aún quedaba por completar la otra parte de la recolección, los trabajos derivados de las siegas. Se habían iniciado en paralelo a ellas y agotaron un calendario que se prolongaría entre mediados de junio y primeros de septiembre, aunque su intensidad, así como sus dedicaciones preferentes, oscilaron a lo largo del verano.

     Para esta parte de los trabajos eran empleados asalariados de los que regularmente trabajaban para la casa por periodos de entre quince y treinta días, durante los que permanecían en la explotación bajo la responsabilidad directa del aperador, quien los había contratado.

     A cada asalariado que empleara le asignaba cada jornada una actividad según las necesidades de cada fase. Durante los veinticinco días comprendidos entre el 22 de mayo y el 15 de junio, todavía dedicados en su mayor parte a trabajos distintos a los que necesitaba la recolección de los granos y semillas, como acabar los barbechos o recortar estiércol, empezaron la saca y los trabajos de la era. Pero se trataba todavía de la fase inicial de esta secuencia de operaciones. Los veinticuatro días comprendidos entre el 16 de junio y el 9 de julio fueron los que de verdad concentraron la actividad laboral en la saca y en la era. En acabar aquella, la trilla de las gavillas restantes, limpiar y portear grano y formar los pajares fueron invertidos los quince días del siguiente periodo, los comprendidos entre el 10 y el 24 de julio, y durante los siguientes veintiún días, los que fueron del 25 de julio al 14 de agosto, excepcionalmente hubo una interrupción de los trabajos. Por la noche del 9 se volvieron a holgar desde el cortijo central a la población todos los asalariados, así como el aperador, para oír misa al día siguiente, día de san Lorenzo, tal como era la costumbre. A pesar de esta concesión, en aquel periodo todavía hubo que trabajar intensamente en la era, terminar de portear el grano y la paja, y labrarla en pajares y techarlos. Entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre el signo de los trabajos cambiaría radicalmente. Durante esos veinticuatro días, aparte repartir estiércol en algunos lugares de la explotación y reparar las pesebreras del cortijo que se iba a incorporar a la labor, se acabaron de techar los pajares y por fin se dejó limpia la era.

     Tanto como se interesó por la siega, el administrador desde el principio supervisó sobre el terreno todo lo relacionado con sus trabajos derivados, y en ningún momento desistiría de la responsabilidad con la que las actividades paralelas le cargaban. En su visita a la explotación del 14 de junio, cuando estaba a punto de terminar el primer periodo, aprovechando que del cortijo central aquel día se volverían a holgar los asalariados regulares, trazó el plan al que debían atenerse a partir del estado en el que las encontró. Aunque el número de carretadas de gavillas que hasta el momento se habían sacado no le se lo pudieron precisar, constató que ya estaban recogidas y limpias dos parvas de trigo, una parte del cual aquel mismo día ya habían llevado a la población. Otra parva había quedado a medio trillar y otras dos estaban ya abarradas. Decidió que el día que volvieran los trabajadores, una vez terminada la huelga que empezaba el 15, que en la práctica fue el 17 de junio, la trilla ya quedara a cargo de las yeguas.

     En cuanto a la cuenta de las carretadas de gavillas que habían trillado los mulos, del trigo limpio que ya se había llevado a la población, de la carne consumida en los tres últimos días del periodo precedente y de otros detalles, prefirió aplazarla hasta que se hiciera el balance del periodo siguiente, que se cerró el 9 de julio. Un par de días antes de que llegara este momento, por la tarde, otra vez a punto de terminar la segunda de las secuencias de actividad, para conocer la situación de primera mano de nuevo estuvo en el cortijo centro de los trabajos. Esta vez revisó los rastrojos y la saca de las gavillas, y después estuvo en la era. En nada encontró novedad digna de mención.

Los trabajos derivados de la siega, además de planificación, exigían un notable despliegue de medios. Su primer alarde convergió en el 8 de junio. Aquel día, desde el almacén de la casa, donde habrían hibernado, fueron trasladados a la explotación los primeros medios que se utilizarían para ellos. Dos carretas, que habían ido a la población para llevar arados y yugos para mulos de los que llamaban cangas, de vuelta llevaron al cortijo central las horcas de cabo largo para cargar las carretas y las que se utilizaban en la era, bieldos y bieldas, rastros y palas. Las horcas de cabo largo, simples palos en uno de cuyos extremos, en un travesaño, se insertaban largos y agudos dientes también de madera, eran herramientas específicas de la saca. Con ellas se cargaban las gavillas en las carretas. La casa las prefería a los collazos comunes, similares pero más cortos. Los bieldos, fueran comunes, de rostros, pajareros o grandes, que se utilizaban para los trabajos de la era, eran similares a las horcas. Para mantenerlos operativos, las carretas también llevaban cuatro haces de dientes. Los rastros, ensamblados con madera formando una retícula cuadrangular, de la que colgaban dientes de hierro, durante esta parte del año servirían para arrastrar las pajas.

     Normalmente todas estas herramientas se compraban con un año de anticipación. Las que se utilizarían aquel año habían sido suministradas al almacén de la casa el 27 de julio del año anterior por un antiguo maestro y vendedor de utensilios de esta clase, vecino de una población cercana. Se las compraban con tanta antelación para darle enjugo a las maderas ligeras con las que estaban hechas. Sin embargo, el 1 de junio siguiente el suministrador habitual hubo de atender un pedido urgente de herramientas para la recolección, que se comprometió a completar en una semana, lo que tal vez fuera provocado por un volumen de la cosecha imprevisto. Entre el 1 y el 8 proporcionó más horcas para la saca y más palas para la era.

     Las carretas también trasladaron al cortijo una pieza grande de pino, probablemente desecho del enjero de un arado, para con ella hacer la arnilla que se emplearía en la era. La viga tenía unos dos metros aproximadamente, y como había sido condenada a ser arnilla en sus extremos tendría un par de argollas, donde para recoger la parva ya terminada se engancharía el tiro de animales que hiciera la trilla.

     Asimismo llevaron las piezas de madera necesarias para arreglar el lecho o trama de asiento de una de las carretas que se emplearían en la saca. El tiro o lanza, a la que se uncirían los animales que tirarían de ella, y que se prolongaba por debajo de la caja para sostener todo su entramado, era de álamo y tenía unos cinco metros y medio de longitud. Los dos limones, que eran las piezas que cerraban el lecho lateralmente en el sentido de la longitud, en paralelo al tiro, tenían unos dos metros y tres cuartos de largo. Para teleras se enviaron cuatro palos redondos, dos de ellos con poco más de dos metros y otros dos con apenas uno y tres cuartos. Las teleras, que efectivamente solían ser cuatro, se tendían en el sentido transversal de limón a limón para unirlos. Descansaban sobre el tiro, que los descargaba del peso que recogían. Y, para completar el equipamiento de las carretas, también llevaron treinta estacas de álamo. En las carretas, a cada lado, en vertical se disponían cinco listones de madera que se embutían por la base en los limones, y que por su extremo superior se aguzaban para quedaran afianzados por los aros de las riostras que las unían. Todavía una semana después otra carreta tuvo que llevar al cortijo, para que garantizar el mantenimiento de los lechos según fuera pasando la estación, otras dieciocho piezas de madera de las primeras que se obtenían del corte de los troncos en el sentido de la longitud, de unos dos metros y medio de largo, que se guardaban en el granero de la casa de campo.

     También llevaron las dos carretas materiales para reparar las angarillas, que eran dos bolsas de lienzo sujetas a un par de armazones de madera cuadrados que se cargaban sobre los animales de transporte y que durante la recolección se utilizarían para trasladar la paja, y maderas de pino mal figuradas, que en su mayor parte aprovechaban palos viejos, para montar los sombrajos donde las burras se protegerían del sol del verano. Se sostendrían sobre muletas o pies derechos de poco más de dos metros de altura, encima de los cuales en horizontal descansarían durmientes de algo menos de cuatro metros, más un par de casi cinco, que para cerrar la techumbre a su vez recibirían cumbreras de la misma longitud que las durmientes comunes. Completarían aquel entramado elemental unas berlingas, probablemente móviles, de casi seis metros de largo entre las que se tendería una cuerda para que soportara alguna pantalla de tela que evitara la entrada rasante del sol.

     El plan para el acopio de los medios necesarios para la recolección se completó durante los restantes días de junio. El suministrador de horcas y palas, el mismo día que había completado el encargo de urgencia que se le había hecho, se comprometió a empezar a partir del día siguiente trabajos de espartería, igualmente al servicio de la recolección. Con un oficial, entre el 9 y el 22 de junio estuvo arreglando soleras para carretas y reparando o haciendo serones. Las soleras, si se hacían de esparto y servían para las carretas, serían el fondo que se colocaba sobre el lecho para que contuviera la carga. Los serones eran un par de esportones cónicos unidos entre sí de manera que cargaban sobre el lomo de las bestias que se empleaban para el transporte. Además, confeccionaron un buen número de esportones boyeros, que habrá que suponer cilíndricos y con asas, destinados a contener los áridos que se cargaran en las carretas.

     A partir del 13 de junio un maestro albardonero, a quien le acompañaban al menos su hermano y su hijo como oficiales, se empleó en arreglar las cinchas de las burras del acarreo del trigo y componer los costales que estaban estropeados, previa recogida de los materiales necesarios, que se guardaban en los almacenes de la casa. Las cinchas, que repararía con lienzo, sujetaban por debajo de la panza la albarda o almohadilla rellena de paja que amortiguaba el peso que recibían en el lomo los animales de carga. Según aquel plan, el que deberían soportar las burras sería el del trigo que se envasaba en los costales, unos sacos que también serían de lienzo. Un par de días después se dedicó además a hacer con lienzo cañamazo los costales nuevos que habrían de servir en el acarreo del trigo, y a coser con cordel de amarrar los viejos.

     Para el 14 de junio un maestro herrero había terminado para la casa, además de otros trabajos, los suministros necesarios para el cajón del trigo, un medio del que no se da más noticia, tales como escuadras y clavos, pasadores y tiradores, y los clavos de los bancos para el sombrajo de las burras, complemento de las maderas que ya se habían enviado. Pero su destreza tendría su oportunidad en los días que siguieron hasta el 30 de junio, durante los que se concentró en arreglar el eje del carro del trigo, un ingenio de una complejidad exigente.

     Era una pieza de hierro algo más larga que ancha era la caja. Sus dos extremos, que tenían forma de tronco de cono, eran las mangas, donde se ajustaban las ruedas. Renovarlas le obligaría a desmontar el eje y volver a forjarlas. Después, a las mangas puso cañoneras nuevas, roscones, arandelas y pasadores.

     Las cañoneras eran el centro de la maza o núcleo donde convergían los radios de las ruedas. Tenían forma de tronco de cono regular porque debían recibir las correspondientes formas de tronco de cono de las mangas. Con unos salientes u orejillas, las cañoneras quedaban fijadas a la maza. Ahora se trataría de un trabajo de precisión.

     Pero calcular los roscones no lo sería tanto. El eje terminaba en un par de salientes que se llamaban moños. Para protegerlos se forjaban los roscones, aros de hierro de bastante espesor. Las arandelas, por su parte, estaban al servicio de un buen cálculo de los equilibrios del peso muerto del carro. Los extremos o puntas del eje del carro que sobresalían de la rueda eran los pezones. Para que no se salieran las ruedas, en los pezones se colocaban las pezoneras o pasadores, unas cuñas de hierro que atravesaban las puntas del eje. Entre la maza y la pezonera se colocaba la arandela, una corona o anilla metálica, para evitar el roce de ambas.

     Además, el maestro herrero, durante aquella segunda mitad de junio, arregló los hierros del trillo y de la arnilla. Del trillo que utilizara la casa no disponemos de información directa, tal vez porque su empleo fuera muy secundario, y su reparación de la arnilla podemos suponer que se reduciría a las argollas de sus extremos.

     Finalmente, también fue necesario recurrir a un cedacero. El 30 de junio a un tal José, que ejercía este oficio, especializado en la fabricación de los utensilios necesarios para la criba, le fue liquidado el trabajo de calar un zarandón que se iba a destinar a cribar el trigo en el cortijo. El zarandón era un instrumento algo singular. La lexicografía local lo describe como un cedazo que se aplicaba a la criba en grandes cantidades. Según sus precisos informes, estaba hecho con un marco de madera de un metro y cuarto de ancho por dos de largo, y se apoyaba en el suelo por uno sus lados menores, mientras que dos trabajadores lo sostenían en posición inclinada para que el trabajo de criba se fuera ejecutando. La fuente que nos informa de las actividades relacionadas con la recolección explica que al cedacero la casa le había suministrado para aquel trabajo la piel de una yegua y las armas, una denominación parcial del objeto que hay que interpretar, a partir del documento léxico, como una armadura de madera procedente de otro zarandón, cuya piel, según ella misma, había sido desechada. La piel, calada con el grosor y la frecuencia adecuados al destino que de él se esperaba, que era la criba del trigo, una vez montada en el armazón, sería la encargada de satisfacerla.

La saca consistía en llevar las gavillas formadas por los segadores desde donde hubieran cortado la mies hasta la era, una secuencia de movimientos que también se llamaba barcinar. Se cargaban sobre carretas que tiraban los bueyes de la explotación y las depositaban junto a la era, donde esperaban a ser trilladas.

     Preparar y mantener las carretas llevaba tiempo y necesitaba un trabajo que la casa obtenía de un taller de carpintería especializado, también externo a su organización pero subordinado a su demanda. A quienes trabajaban en él con el fin exclusivo de proporcionar los trabajos sobre la madera que demandaba una labor se les llamaba  carpinteros bastos.

     Desde que empezaba la saca, su concurso era necesario. Desde el 6 de junio, y hasta el 27, el maestro carpintero de lo basto del taller que habitualmente trabajaba para aquella labor, y hasta seis de sus oficiales, estuvieron trabajando en la cochera de la casa arreglando las carretas, además de arados, aguaderas y herramientas para la era.

     Una parte de aquellos veintidós días, con dos de sus oficiales se desplazó al cortijo central para arreglar las de la saca y después armarlas. El 19 de junio aún se mantenían componiéndolas, a pesar de las veces que se les ha dicho, tanto a ellos como al aperador, que las composiciones largas se hagan en la población. La aversión de los gestores de la casa a que los carpinteros se trasladaran a la explotación a hacer su trabajo, donde su presencia estaría suficientemente justificada por la necesidad de reparar las carretas tal como iban estropeándose, provendría de que al costo por jornada de su trabajo, si estaban desplazados al campo, añadirían el de la comida diaria.

     Al equipamiento de las carretas también permanecía atento el aperador, aunque limitándose al ámbito de sus competencias. Ya el 1 de julio pidió para las carretas que hacían la saca cuatro aperos de cáñamo, de cuyas características la fuente no proporciona más detalles. Se puede deducir, tanto por la fibra de la que estaban hechos los aperos como por el resto de su pedido, que se trataría de mantener el equipo para el manejo de los bueyes que servían en las carretas. Porque también solicitó seis pares de frontiles, la masa de desecho de textil o de fibra que se interponía entre la frente de los bueyes y la soga que los fijaba al yugo, para así amortiguar los efectos del rozamiento; y doce aguijadas, las varas con las que los boyeros estimulaban el trabajo de los bueyes. Aquel equipamiento permitiría mantener en activo simultáneamente seis carretas. Además, pidió cincuenta y cinco pitones o cáncamos para mantener los sombrajos que se habían montado.

     En los días del final de la primavera un mínimo de entre tres y cuatro gavilleros se encargarían de echar las gavillas a las seis carretas que se dedicaron a este trabajo. Su rendimiento se medía en carretadas, expresión directa de la capacidad de carga de cada unidad de transporte, lo que obliga a dar por supuesto que todas las carretas que se empleaban en aquella actividad eran idénticas. El 11 de junio rindieron treinta y seis, lo que supondría un rendimiento de seis viajes por cada carreta, y el 16 se hizo el balance de todas las que habían sacado hasta el día anterior, ciento cuarenta y una.

     El 17 de junio, cuando los trabajadores asalariados llegaron al cortijo central de la explotación donde estaban concentradas sus instalaciones después de la huelga preceptiva, a las carretas de la saca de las gavillas fueron destinados dieciocho de ellos. Al día siguiente la empezarían con dieciséis carretas, cada una de las cuales, hasta el 24, estuvo dando cuatro viajes diarios, un rendimiento moderadamente bajo, que tanto se podría explicar por la lentitud de los movimientos de los bueyes como por el tamaño que tuviera esta cabaña en aquella explotación y su práctica del revezo.

     A partir del 26 de junio el número de carretas de la saca de gavillas subió a dieciocho, y en esa cifra se mantuvo hasta el 4 de julio, rindiendo a razón de los mismos cuatro viajes. Pero el 5 de julio, según el diario del aperador, empezaron a sacar gavillas veinte carretas, que redujeron su actividad a tres viajes diarios, y en ese nivel más moderado de trabajo se mantuvieron durante los dos días siguientes. Luego el volumen de los bueyes activos debió incrementarse notablemente. Para el 7 de julio, próximo ya el final del segundo periodo, pastaban en los rastrojos de uno de los cortijos de la explotación los cien bueyes que servían para las veinte carretas que daban tres viajes diarios, lo que se traduciría en un hato tipo de cinco bueyes por cada carreta y por tanto un revezo graduado a lo largo de la jornada a base de un reemplazo.

     Si se había optado a favor de un tamaño tan grande para el hato de los bueyes de la saca debió ser porque se habrían impuesto unos patrones abusivos, derivados del contencioso que se había suscitado con el arrendatario saliente de un cortijo colindante con la explotación que la casa ya había arrendado para incorporarlo a ella al año siguiente. En el transcurso del mes de junio, al tiempo que se estaba jugando la decisiva siega del trigo, la casa tuvo que enfrentarse a este imprevisto.

     Las costumbres de los labradores de la zona, cuando la cesión de un cortijo iba a terminar, eran que el arrendatario saliente solo debía mantener en él cuatro bueyes por cada carreta que empleara en su última saca, los que por convención estimarían suficientes para poder barcinar. Se actuaría así porque se daría por supuesto que la decisión sobre el uso como pastos de las rastrojeras correspondería ya al arrendatario entrante. Sería uno de los pocos restos que aún sobrevivían de cuando el dominio comunal aún no había sido laminado por el imperio absoluto de la nuda propiedad. El patrón cuatro por una para el tiro y el revezo de las carretas se habría impuesto dada la alta frecuencia con que las tierras cambiaban de mano.

     El 6 de junio por el aperador se supo que el arrendatario saliente de aquel cortijo, cuya tierra había contratado la casa para empezar a barbecharla el 1 de enero siguiente, había decidido levantar sus últimas gavillas con siete carretas y cincuenta y ocho bueyes, lo que excedía incluso el doble de lo regular. Además, estaba dispuesto a meter una piara de cerdos para aprovechar la espiga desprendida de las gavillas que quedara en las tierras segadas.

     Para evitar contiendas judiciales por nuestra parte, siempre dañosas en estos casos -reflexionó en estas circunstancias el administrador-, he mandado al aperador que se vea con el perito don José Gómez, que ha mediado en las cuestiones suscitadas por el cortijo del que se trataba, y que con su opinión obre en él, desde luego resistiendo la entrada en los rastrojos de más ganado del que deba entrar para la faena de barcinar, y obligando al célebre colono saliente a que cumpla con su deber o que se queje a la autoridad, en cuyo caso contestaremos como corresponda. Lamentaba no haber podido hablar con don José Gómez, quien estaba en su cortijo del Charco de temporada. La palabra elegida por el administrador para referirse a la actividad que en aquel momento desarrollaba don José no es lo bastante precisa como para poner en duda los motivos de su ausencia. No deja de ser cierto que los edificios de los cortijos, cuando existían y estaban acondicionados, en el buen tiempo podían ser utilizados como residencia de descanso.

     Un par de semanas después, otra vez gracias a los informes del aperador, se supo que el arrendatario saliente del cortijo de la controversia ahora insistía en sacar sus mieses metiendo seis bueyes por cada carreta y cuatro para la paja en la era. Se desentendía de cuanto se le decía en contra, explicó, y contestaba que le hablaran por la justicia o como se quiera, porque él sabía que estas eran las costumbres de los labradores. Increíble parece tanta mala fe y tan refinada hipocresía en un hombre que está rico con lo que ha sacado de esta casa, recapacitaba ahora el administrador, quien por el momento prefirió  limitarse a reclamar de nuevo la mediación de don José Gómez, quien nada había contestado a la carta que le había escrito tres días antes sobre este vergonzoso negocio.

     El 8 de julio empezó la saca de la cebada, que hasta entonces habría permanecido agalberada, ateniéndose a un procedimiento al servicio de la espera de turno para la trilla. Al agalberar las gavillas se amontonaban en el lugar donde la mies había sido cortada de manera que las espigas quedaran protegidas de la acción del tiempo. Aquel día y el siguiente al menos una parte de las veinte carretas estuvieron dedicadas a esta saca.

     Terminado el periodo, ya el 10 de julio, quedó constancia de que las carretadas de gavillas de trigo sacadas para la era entre el 16 de junio y el 9 de julio habían sido en total mil trescientas sesenta y nueve. Por su parte, según la misma cuenta, las carretadas de gavillas de cebada que se habían sacado hasta entonces sumaban sesenta, aunque este trabajo aún estaba por acabar.

     El 11 de julio salieron para el cortijo con destino a la saca, que había entrado en su fase final, los mismos asalariados que habían estado sacando gavillas de trigo durante el periodo anterior, dieciocho. No obstante, de afirmaciones que se hacen más adelante, se deduce que en los trabajos de gavillas solo estarían ocupados entre seis y siete hombres, lo que solo sería cierto si es que estos trabajos se prolongaron a lo largo de los quince días que duró el tercer periodo. Al día siguiente, 12 de julio, mientras seguían sacando gavillas veinte carretas, la administración de la casa se propuso terminar la saca del trigo para seguir con las gavillas de cebada, lo que efectivamente sucedió durante los dos días posteriores, lo que permitió que ya el 15 estuvieran sacando la escaña, para lo que se emplearon diecinueve carretas. Es posible que durante dos días al frente de estos trabajos estuviera un capataz de carretas.

     Así fue como quedó concluida la saca de las gavillas, lo que formalmente se certificó el 17 de julio, una semana antes de que terminara el tercer periodo. Entonces se hizo el siguiente balance de las carretadas de gavillas que se habían sacado de uno de los cortijos anexos: de trigo, los días 11 y 12, veinte y treinta y nueve, lo que sumaba cincuenta y nueve; de escaña, los días 12 y 15, veintiuna y treinta carretadas, que componían cincuenta y una; y de cebada, los días 13, 14 y 15, sesenta, cincuenta y siete y ocho, que sumaron ciento veinticinco.

     El complemento de la saca era recoger las espigas que se desprendieran de las gavillas según eran cargadas y transportadas. A aquel trabajo se llamaba respigar y de él se ocupaban los asalariados que mientras lo hacían se conocían con el nombre de respigadores. Se les llamaba rastrojeros cuando se encargaban de rebuscar la espiga entre los rastrojos. Para la primera fase bastó con tres respigadores y entre uno y dos rastrojeros.

     El 17 de junio, cuando se había reanudado el trabajo de los asalariados contratados para el nuevo periodo, para ir tras de las carretas fueron destinados como respigadores nueve de ellos, pero al día siguiente se redujeron a ocho, y en esta cantidad se mantuvieron hasta el 24.

     A fines de junio de nuevo otro par de veces oscilaría entre ocho y nueve aquella cantidad, y a partir del 1 de julio se volvió a los ocho. Sin embargo, el 5 se decidió subirla a diez, y en esa cifra se mantuvieron hasta el 8, cuando iban tras las carretas de la cebada. Pero las gavillas de cebada, quizás a consecuencia de su conservación, debieron exigir más trabajo de esta clase. El 9 de julio acompañaban a las carretas de cebada nada menos treinta respigadores, lo que pudo ser la consecuencia de haber permanecido agalberadas desde fines de mayo. Sin embargo, para el segundo periodo fue suficiente con un rastrojero, que trabajó durante diecinueve de los veinticuatro días.

     Con las carretas que sacaban el trigo, en la última fase, que fue el tercer periodo, trabajaron diez respigadores, con las de cebada, nueve, y con las de escaña, ocho. Consta además que un rastrojero trabajó durante seis de sus quince días.



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