Primeras siegas
Publicado: junio 15, 2018 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Una casa agropecuaria podía estar interesada en la producción de aceite, en la de vino, en la cría de ganado de cualquier especie. Ninguna de estas actividades sería suficiente para satisfacer por completo su plan. Una labor, la explotación destinada a la producción de trigo y sus cultivos asociados, era la pieza imprescindible para las que aspiraban a las primeras posiciones, un rango para el que nunca faltaban competidores. Les proporcionaba al menos la mitad de los ingresos que obtuvieran cada año. Tan importante renta, cuyo tamaño la justificaría, se la jugaban a la siega, el trabajo decisivo de la recolección.
En una labor de primer orden, mantenida por una casa que estaba interesada al mismo tiempo en todas las producciones que se han mencionado, este trabajo empezó con la siega de las habas, un cultivo al servicio del barbecho que se ha solido llamar semillado, a su vez tributario del cultivo determinante, el del trigo. Para ella fueron contratadas tres cuadrillas de trabajadores del campo, que la casa identificaba por el nombre de su capataz, quien antes había reclutado a los que en cada una trabajarían con él. La de Manuel Caballero Martos sumó quince jornaleros o trabajadores esporádicos, Cristóbal García López, Tobalo para los amigos, compuso la suya con trece y Francisco Blanco González con diecisiete o dieciocho mujeres también de la clase de los asalariados. Mientras que las de hombres se ajustaron a siete reales secos, es decir, sin comida o solo por una cantidad de dinero por cada día trabajado, la de mujeres lo hizo por la mitad, tres reales y medio. No obstante, porque era una costumbre aceptada en todas partes, a todos se les permitió mientras segaran recurrir a las habas que recolectaran para que se hicieran un guiso diario.
A los capataces de las cuadrillas de hombres el administrador de la casa les adelantó cantidades a cuenta de la remuneración del trabajo que iban a hacer, mientras que para la de mujeres dio al aperador, responsable directo de las actividades de la explotación, el dinero que debía servir al mismo fin, para que les pagara diariamente en el cortijo donde debían actuar. Los adelantos a costa del trabajo que se iba a realizar, que era una práctica regular en estos casos, serían tanto una apuesta a favor de quienes iban a hacerlo como una satisfacción al apremio de quienes dependían de la renta diaria para hacer frente a sus necesidades de consumo.
La cuadrilla de mujeres empezó a trabajar el 7 de mayo y a partir del 9, cuando todos salieron temprano para el campo, trabajaron simultáneamente las tres. En el primer cortijo de la explotación, el que hacía de centro de sus actividades, las encontró aquel mismo 9 de mayo el administrador, quien fue a inspeccionar cómo marchaba la siega que les había encargado. Las hay medio verdes, escribió, refiriéndose a las habas, aunque otras están maduras, en vista de lo cual a los segadores les encargó que fueran dejando atrás las verdes, para evitar el agracejo o mal sabor que tal vez tuvieran, consecuencia de que les faltaba maduración.
La siega de las habas se prolongó hasta el 17, el mismo día que fue pagada a jornal, y por tanto sin medir ni separarse los costos de la siega. Habían sido once días en total para la cuadrilla de mujeres y nueve para las dos de hombres, aunque a estas en realidad solo les había ocupado siete, porque los dos últimos, el 16 y el 17, los habían empleado en atar las habas que habían recolectado. La cuadrilla de Cristóbal García López había acumulado ciento treinta y ocho peonadas, de las cuales ciento nueve habían sido de siega, mientras que las otras veintinueve las había empleado en atar las habas. El capataz, como reconocimiento a su responsabilidad, recibió un plus de un real, sobre los siete acordados, por sus nueve peonadas, además de una gratificación de otros cinco, aunque no es costumbre, para redondear los cuatro adelantos y la liquidación. La de Manuel Caballero Martos sumó ciento treinta y siete peonadas, de las cuales ciento dieciséis fueron de siega y veinte de atar o engavillar, a lo que se le sumaron las nueve de una mujer que durante aquellos días trabajó con los hombres de la cuadrilla. El capataz recibió el mismo plus y la misma gratificación que el de la otra. Por último, la de Francisco Blanco González acumuló ciento sesenta y una peonadas, hechas por entre once y dieciocho mujeres entre el 7 y el 17. De siega fueron ciento treinta y cinco y veintiséis de atar las gavillas. Al capataz se le reconocieron las once peonadas a ocho reales, cantidad en la que iba incluido el real de plus.
Terminada la siega de las habas, se emprendió la de cebada, un cultivo al que las casas invariablemente dedicaban atención por la responsabilidad que le tocaba en la alimentación de su ganado. El 19 de mayo fueron contratadas cuatro de las cinco cuadrillas que debían realizarla. De nuevo Cristóbal García López organizó una con siete hombres. Francisco Blanco González, que para las habas había preferido mujeres, esta vez reunió diez hombres. Las otras dos las reclutaron capataces que antes no habían actuado. Manuel García, alias Piña, creó la suya con siete destajeros, y Francisco Escamilla Lora reunió solo seis. Debían salir a trabajar al día siguiente, el mismo durante el que el administrador completó la contratación de los hombres que había creído necesarios. Otra vez Manuel Caballero Martos se comprometió con siete destajeros, bajo las mismas condiciones y con los mismos medios.
Todas las cuadrillas se ajustaron exponiéndose a las tensiones que conociera el mercado de trabajo durante aquellos días, a lo largo de los cuales su demanda se incrementaba, tal como era habitual. Las partes se limitaron a remitir el jornal al precio medio que paguen sus fanegas de cuerda don Ramón Sanjuán, don José Gavira y don Antonio Quintanilla, labradores que también cultivaban cebada, quienes por causas que no conocemos servirían de referencia a las explotaciones de aquel término. Para contribuir a su trabajo, cada cuadrilla recibió del almacén de la casa unas aguaderas, cuatro cántaros pequeños y un lebrillo, medios que creerían necesarios para sostener el trabajo en la besana cuando ya el verano estaba próximo. Las aguaderas, que se hacían con madera o con esparto, estaban pensadas para cargarlas sobre bestias. Las dividirían en cuatro compartimentos, dos a cada lado de la bestia, para colocar los cuatro cántaros, vasijas de barro de las que regularmente beberían. El lebrillo, más ancho por el borde que por el fondo, de barro vidriado, lo utilizarían para asearse.
El 24 de mayo, mediada la siega de la cebada, el administrador fue al cortijo para ver el rastrojo que estaba dejando. En su opinión, las cuadrillas lo llevaban regular, una expresión, más que imprecisa, moderadamente descalificadora. Pero para aquel momento su interés estaba ya concentrado en la inspección de los trigos. A su juicio estaban casi para segarlos, con el grano regular, principalmente en uno de los tres cortijos integrados en la labor de la casa; aunque las espigas, al menos las que aquel día vio, eran cortas y generalmente con pocas órdenes; de donde dedujo que proporcionarían poco en simientes, si la granazón no acababa muy perfectamente. Tampoco de esto percibía las mejores señales en aquel momento. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día, se lamentó.
Parece que las cuadrillas contratadas regularon con autonomía sus ciclos de trabajo. A los dos días de haber empezado el suyo, la de Cristóbal García López se volvió a la población para holgar por primera vez, y aquel mismo 24 de mayo hicieron su primera huelga las cuadrillas de Manuel García alias Piña, Francisco Escamilla Lora, Francisco Blanco González y Manuel Caballero Martos.
La frecuencia con la que se movieron se puede aproximar. Todas, a la espera de que su trabajo tomara precio, también para esta ocasión fueron recibiendo dinero a cuenta, las cuatro primeras los días 19, 23 o 24 y 29, y la quinta, el 20 y el 24. Dada la regularidad con la que los capataces acudían a las dependencias de la administración de la casa para tomar estos adelantos, se puede suponer que del mismo modo podrían regular su retorno a la población las cuadrillas de segadores. Bajo este supuesto, el calendario de sus movimientos, contando con que la primera fecha es la de partida, sería 23 o 24 de mayo para todas, es decir, entre cuatro y cinco días después de la partida, y entre cinco y seis para el siguiente y definitivo retorno. Probablemente, las cuadrillas fijaban su residencia en el cortijo de un modo muy inestable, y la frecuencia de sus desplazamientos iría en detrimento de la duración efectiva de la jornada de trabajo. Parte de la responsabilidad de tan segmentado empleo de la energía pudo corresponder a que su ajuste tampoco incluía la comida.
El 26 el administrador fue de nuevo a la explotación. Esta vez estuvo viendo la sementera de trigo en las otras dos unidades integradas en ella, donde, según observó, ya iba granando medianamente. También supervisó a los segadores de la cebada, a la que, en su opinión, le había faltado la primavera. Aunque continuaban cortándola, estaba espesa como un linar, todo lo mala que cabe, lo mismo de paja que de grano.
El 29 los asalariados que habían sido destinados a sacar las gavillas de habas, porque habían quedado en la besana una vez segadas, una parte de los que habitualmente contrataba el aperador para cualquiera de los trabajos que fueran necesarios, habían terminado este trabajo. En la unidad central de la explotación, desde días antes, otra parte de ellos estaba ya trabajando en su trilla con los mulos de la casa. Las gordas ya las tenían limpias y de las menudas estaban aventando la primera parva. Dieciséis de ellos todavía debieron seguir en la era del cortijo trillando habas menudas con los mulos los días 30 y 31 de mayo y 1 de junio.
Mientras tanto, el 27 había empezado, en el nombre de Dios, el acarreo del grano de la cosecha de aquel año, que se concentraba íntegramente en las dependencias de la casa en la población. Aquel día las burras de la casa habían llevado tres viajes de habas, y los mulos, solo uno. En total, ciento sesenta y una fanegas, de las cuales ciento quince eran de habas gordas y cuarenta y seis de menudas. Las dejaron en uno de los graneros de la casa. A partir de aquel día continuaron porteándolas al mismo lugar los días 30, 31 y 1 de junio, y era ya el 3 cuando los mulos todavía estaban llevando habas menudas, lo que seguirían haciendo hasta concluir su almacenamiento.
Aunque el 28 de mayo terminara la siega de la cebada, no se liquidaron cuentas, a la espera de que el consorcio de labradores tarifara todo el trabajo de quienes segaban. No obstante, el 29, cuando cuatro de las cinco cuadrillas estaban percibiendo sus últimos adelantos a cuenta, dos de los capataces, Tobalo y Piña, le entregaron al administrador sus fes de medida del terreno segado, hechas por un agrimensor, don Pedro Calvo, para que cuando hubiera precio pudieran liquidarse sus cuentas. De aquellas certificaciones, que fijaban con precisión e independencia arbitrales toda la superficie segada por cada cuadrilla, dependían sus ingresos, porque tal como se acordaba en todos los casos se tarifaba la remuneración del trabajo por unidad de superficie.
En aquella ocasión la cebada segada estuvo concentrada en uno de los tres cortijos de la explotación, la mayor parte de ella en áreas indiscriminadas de él, otra en el llano del pozo y el resto en el haza de la laguna. El balance de la superficie de cebada que se había segado fue de sesenta y cinco unidades de superficie. Cada una de las cinco cuadrillas había segado en torno a una quinta parte de aquel total. La diferencia entre la que más había segado y la que menos no llegaba a las tres unidades de superficie.
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