La invención de la historiografía

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La historiografía quedó fijada como género literario en la Grecia clásica. Las propiedades que entonces le fueron adjudicadas decidieron los límites dentro de los que estuvo durante toda la antigüedad. Uno de ellos impondría las exigencias de forma y el otro decidiría sobre su finalidad. Ni uno ni otro eran consecuencias que debieran derivarse del hecho de que fuera recibida como género, aunque en los dos casos hubo de ser inevitable que los hábitos antes adquiridos para organizar y justificar el relato del pasado transfirieran al menos una parte de la autoridad que espontáneamente la tradición confiere. Fueron decisiones propias de hombres que vivieron en aquella cultura, que aunque heredera y respetuosa con las de Egipto y Próximo Oriente que le habían precedido prefirió crear en el tiempo de su mayor independencia bajo los principios de razón y orden.

     A partir de entonces el relato histórico estuvo regido por la condición de la calidad literaria. Tanto las narraciones escritas en griego como las que luego fueron redactadas en latín se atuvieron a esta norma. Si bien es cierto que ninguno de los dos precedentes del género de los que podemos tener certeza fue ajeno al interés literario, sería no reconocer los hechos ignorar que mientras en los anales el interés literario es circunstancial, en las narraciones inspiradas por mitos aquel interés es permanente y estimula todo el trabajo. De aquí habría que deducir que la historiografía clásica, en su origen, estuvo preferentemente influida -hablando solo de las tradiciones que en ella pudieron converger- por la mitografía. Eso significaría que pudo ser más poderosa como fuente la evocación de ideas ejemplares que la veracidad o la fidelidad a los hechos de referencia que el relato expone. Aunque entre los antiguos la aspiración fundamental a la verdad nunca fue discutida, sin embargo se exigió que la obra histórica fuera literaria. Todo quedó subordinado a la eficacia artística. Nunca se emprendería el análisis adecuado de las obras de historia escritas durante la última antigüedad si no se las tomara como obras literarias. La idea la resumió un contemporáneo, Quintiliano, en una máxima muy expresiva: la historia es casi poesía y en cierta manera canto libre.

     Pero otra característica definió formalmente este tipo de creaciones en la antigüedad, y facilitó la recepción de la analística. En todos los casos, la obra antigua de historia debía tener un fino sentido político, aunque no exactamente público. Debía ayudar a que en la ciudad hubiera un adecuado clima de convivencia, así como a que quienes en ella habitaran se sintieran identificados entre sí como parte necesaria de la vida en comunidad a la que inevitablemente pertenecían por nacimiento. También en este caso las ideas fueron depuradas hasta transformarlas en un aforismo: la historia debe ser encomio para los amigos y denuesto para los enemigos. Aunque expresadas en estos términos las ideas deban ser declaradas originales de la fijación de la historiografía, es inevitable reconocer en su fondo la responsabilidad que los anales tuvieron en la definición y sostén de las instituciones políticas egipcias. La diferencia entre una y otra iniciativa está en que la versión más tardía o desarrollada es declaradamente política.

 



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