Los anales

Recopilador

Es frecuente que el principio de cualquier género literario sea llevado a los comienzos de la escritura, técnica para el registro de la lengua que ya estaba desarrollada hacia el 3000 antes de la era. Con los relatos sobre el pasado que son el objeto específico de la historiografía también ha ocurrido esto. Hasta tal punto han llegado a ser identificados principio de la escritura con principio de la historiografía que alguna vez se ha dicho, con indudable exceso, que una de las razones que pudieron aconsejar el recurso a la escritura de la lengua pudo ser dejar constancia de la clase de hechos extraordinarios que terminaría prefiriendo el relato histórico.

     No es probable que las cosas ocurrieran así. Quienes defienden esta posibilidad una vez más juzgan sobre las causas a la vista de las consecuencias, que a menudo llevan a seleccionar de modo discrecional los antecedentes. Son tan lejanos los hechos a los que nos referimos, y tan escasas las pruebas que sobre ellos pueden ser presentadas, que cualquier explicación sobre el origen es temeraria.

     Como ocurre por otra parte que el género lo encontramos completamente elaborado pronto, por obra de un autor conocido, no parece que el problema del origen haya de ser motivo de especial preocupación, ni resuelto invocando antecedentes. Hay cosas que necesitan de larga gestación, y otras que no, y que tengan uno u otro principio ni les quita ni les añade mérito.

     Cosa distinta es que una parte de los procedimientos narrativos que terminaron siendo comunes entre quienes eligieron expresarse por este medio procede de los anales, que en rigor son solo un sistema cronológico. Mas de que esta manera de retener la memoria tenga principios similares en buen número de casos antiguos, entre ellos los más remotos, se ha inferido una fuente humana común al deseo de consignar hechos pasados por escrito.

     El proceso de formación de los anales puede ser reconstruido con bastante certeza. Al principio la importancia de los cargos que ciertos hombres desempeñaban en sus sociedades, que eran periódicamente renovables, hizo que sus nombres propios fueran utilizados para denominar con precisión los periodos durante los que habían tenido aquella responsabilidad. Por extensión a este tipo de personajes se le ha terminado llamando magistrado epónimo. Sus nombres, coleccionados por el orden en el que hubieran ejercido el cargo, dieron origen a unas relaciones ahora conocidas como listas epónimas. Aquellos nombres de persona, como eran utilizados para denominar los años que se sucedían sirvieron para crear una forma primitiva de cronología.

     En Asiria los personajes sobre los que recayó esta tarea añadida fueron los llamados limu, en Atenas y en Delfos fueron los arcontes y en la Roma republicana los cónsules. En Egipto y en Babilonia para formar sus series cronológicas prefirieron tomar el nombre de los reyes que iban sucediéndose.

     Pero en una segunda fase los nombres de estos personajes sirvieron además para retener los acontecimientos dignos de memoria. En las listas epónimas, entre los nombres de los magistrados, iban siendo intercalados los hechos ocurridos durante el tiempo de cada mandato que eran juzgados relevantes. La consecuencia de esto fue que con facilidad, a partir de estas fuentes, pudieron ser redactados sencillos relatos históricos, los que justamente han sido llamados anales.

     Un ejemplo bien conocido de cómo a partir de las listas epónimas se pudo llegar al relato es el de los annales maximi romanos. Cada año el pontifex maximus ordenaba que fuesen expuestas las regia o tablas de calendario, recubiertas de yeso, para que sobre ellas fuesen escritos los nombres de todos los magistrados en ejercicio. En aquellas tablas también fueron quedando registrados per singulos dies los acontecimientos importantes. Los singulos dies probablemente venían de antemano señalados con motivo de los sacrificios y otros actos religiosos que fuera obligado celebrar. Siguiendo su pauta fueron consignados declaraciones de guerra, eclipses de luna, pestes, carestías, y con el tiempo las victorias, así como otros acontecimientos relevantes por razones particulares. Transcurrido su año, aquellas tablas eran llevadas al archivo público, donde después podían ser consultadas, copiadas y hasta editadas en colecciones por orden cronológico. Así pudo tener su origen una de las más completas analísticas de la antigüedad, la romana, caso ya muy desarrollado de esta forma de relato.

     Pero el tipo de narración que terminó siendo conocido como anal todavía fue enriquecido por otra costumbre surgida algo más tarde. Los reyes del antiguo oriente solían tener secretarios que ponían por escrito sus gestas y actos de buen gobierno, una debilidad humana que no debe ser motivo de sorpresa. A partir de estas anotaciones fueron redactados en el imperio persa libros memoriales. En ellos quedaron registrados los acontecimientos más sobresalientes y las decisiones importantes de sus reyes.

     A imitación de los grandes reyes que les habían precedido, aquellos que ambicionaban dominar imperios también encargaron que sus gestas quedaran escritas. Alejandro Magno se hacía acompañar por un hombre cuya única misión era registrar en los basilikaì éphemerides los fastos de la corte y de la guerra que aquel rey promovía. Y a semejanza de lo que había hecho Alejandro Magno actuaron los Ptolomeo, últimos reyes del Egipto antiguo, quienes ordenaron que en su corte fuera llevado un registro diario de hechos.

     Esta otra forma de relato, organizado como un diario, con facilidad pudo confluir con los anales. Pero probablemente la mayor antigüedad, y también la mayor frecuencia, le otorgaron mayor autoridad, de modo que el producto único que finalmente surgió, aunque todavía en la antigüedad, fue conocido con la denominación genérica de anales.

     Habían sido creados para servir a una sencilla enumeración correlativa de hechos, y así creados fueron utilizados y sostenidos por los poderes públicos, y difundidos a otros campos del conocimiento. Tan arraigado quedó este procedimiento narrativo que a partir del siglo IV antes de la era, durante toda la antigüedad y toda la edad media, sirvió como armazón para que insertaran sus informaciones, sus excursos y sus relatos la mayor parte de los autores de obras de historia. Pero así como los anales facilitaron la exposición narrativa, con el tiempo dificultaron el avance de la historiografía que pretendió la explicación causal de los hechos y demostrar la relación regular entre estos.

 



Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.